Me
recibe un hombre que lleva una bata blanca con el logotipo del
psiquiátrico. Antes de que empiecen las presentaciones, llega otro
con idéntica indumentaria que le recrimina: “Fonsito, ¿otra vez
haciéndote pasar por médico? Quítate esa ropa y vete ahora mismo a
la sala de recreo si no quieres que te ponga una inyección”.
Perdone
la escena -dice ahora dirigiéndose a mí- se trata de un paciente
con trastorno de personalidad que por lo demás es bastante sumiso.
Yo soy el doctor Torreiglesias, acompáñeme por favor a la
habitación que le hemos asignado.
Le
sigo la corriente mientras dura el trayecto. Me divierte pensar en la
cara que pondrá cuando le diga que el doctor soy yo.

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