sábado, 17 de octubre de 2026

El hacha pequeña de los indios. Abelardo Castillo.

Después, ella hizo un alocado paso de baile y una reverencia y agregó que por eso ésta era una noche especial, mientras él, incrédulo, la miraba con los ojos llenos de perplejidad (o de algo parecido a la perplejidad, que también se parecía un poco a la locura), pero la muchacha sólo reparó en su asombro porque él había sonreído de inmediato y cuando ella le preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle, el hombre alcanzó a murmurar nada amor mío, nada, y se rió, y siguió riéndose como si aquello ya no tuviese importancia puesto que estaba loco de alegría, como si realmente se hubiera vuelto loco de alegría. Por eso, cuando ella fue hacia el dormitorio y agregó no tardes, el hombre dijo que no. Voy en seguida, dijo. Pero se quedó mirando el hacha que colgaba junto al aparador de cedro, nueva todavía, sin usar, porque esas cosas son en realidad adornos o poco menos que se regalan en los casamientos pero que nadie utiliza y quedan colgadas ahí, como ésta, en el mismo sitio desde hace un año, haciéndole recordar cada vez que la miraba (de un lado el filo; del otro, una especie de maza, con puntas, para macerar carne) viejas historias de indios cuando él era Ojo de Halcón y mataba al traidor o al lobo empuñando un hacha parecida a ésta. Sólo que aquélla era de palo y ésa estaba ahí, de metal brillante, frente al hombre que ahora, al levantarse y cruzar la habitación, evocó la primera noche que cruzó esta habitación igual que ahora, el día que se casaron pese al gesto ambiguo de los amigos, pese a las palabras del médico, la noche un poco casual en que se encontraron casados y mirándose con sorpresa, riéndose de sus propias caras, después de aquel noviazgo o juego junto al mar en el que hasta hubo una gitana y fuegos artificiales y un viejo napolitano que cantaba romanzas, fin de semana o sueño que él recordaba desde el fondo de un país de agua como una sola y larga madrugada verde, como estar desnudo y algo ebrio sobre una arena lunar, de tan limpia, como un gusto a ola o a piel mojada pero sobre todo como un jirón de música de acordeón y la voz del viejito napolitano en alguna cantina junto a los malecones, vértigo que se consumó en dos días porque la muchacha era hermosa —linda como una estampa de la Virgen, dijo mamá al verla, te hará feliz, y también lo había dicho la gitana, que sin embargo bajó los ojos y no aceptó el dinero—, y de pronto estaban riéndose y casados, pese al gesto cortado de algún amigo al saludarla, pese a que ella quería tener un hijo y a la gitana que decía la buenaventura entre los fuegos artificiales, pese al espermograma y al dictamen médico y a que cada vez que la veía mirar a un chico, cada vez que la veía acariciarles la cabeza y jugar atolondradamente con ellos como una pequeña hermana mayor de ojos alocados y manos como pájaros, pensaba estoy haciendo una porquería y sentía vergüenza, y asco, un asco parecido al que lo mareaba ahora, en el momento de descolgar el hacha pequeña, mientras la sopesaba lo mismo que sopesó durante un año entero la idea de contárselo todo, de contarle que al casarse con ella él le había matado de algún modo y para siempre un muchachito rubio, un chiquilín tropezante que jamás podría andar cayéndose, levantándose, dejando sus juguetes por la casa: hasta que al fin esta misma tarde él decidió contárselo todo porque supo secretamente que ella, la muchacha de ojos alocados y manos como pájaros, la perra, entendería. Y llegó a la casa pensando en el tono con que pronunciaría sus primeras palabras esa noche (tengo que decirte algo), el tono intrascendente o ingenuo que tienen siempre las grandes revelaciones. Por eso el hombre estaba cruzando ahora la habitación y empuñaba el hacha pequeña de los indios que le recordaba historias de matar al cacique o al lobo, o a la grandísima perra que esta noche, antes de que él hablara, dijo que tenía algo que decirle: algo que ella había dicho con el tono intrascendente e ingenuo de las grandes revelaciones. «Vamos a tener un hijo», había dicho. Simplemente. Después, hizo un paso de baile y una reverencia.

Las panteras y el templo, 1976. 

martes, 13 de octubre de 2026

Microficciones de Rolando Revagliatti. 2ª parte.

Pacto
Alguien-Que-Mereciera-Llamarse-Lulú conoció, sin procurarlo, a La-Muerte-Que-Te-Alcanza, en un crepúsculo del mil setecientos. Importa consignar que, esencialmente, a la primera le disgustó la segunda, mientras que la segunda simpatizó con la primera. Por completo de acuerdo, se arrancaron los ojos.


Nimbo
Enorme y bueno. Trabajaba y residía en un taller mecánico. Entre sus pertenencias figuraban un colchoncito con cotín engrasado como él y unas frazadas asquerosas. Dos gatos dormían a su lado. Cocinaba huevos y sopa y se calentaba mate cocido con una garrafa. A los chicos del barrio les producía curiosidad. Un día, ese hombre que se trasladaba bamboleándose, que sonreía y silbaba, que apretaba con los dientes un toscano, ese hombre de paz, muerto, apareció nimbado, semi-empotrado en un pilar, inapacible, limpio, con alígero nimbo de barniz selenita.


Cuento corto
En sus cuentos —me refiero a mi hija—, que son breves, hay misterio, suspenso. Y siempre mata a alguien. Acababa de leerme el último, y en ese, moría el protagonista. Le pregunté: “¿Por qué no hacés que siga vivo?” Ella me explicó: “No me salía, no sabía cómo continuar, me cansé y, además, ya estuve mucho rato”. Le sugerí: “Seguí escribiéndolo mañana”. Adujo: “No; porque es un cuento corto”.


Solo
Desde que me quedé solo decreció mi optimismo. (Riego malvones a la madrugada. Volveré al lecho. Hasta que aburrido me dejaré caer, y lograré así reaccionar, sobreponerme y encarar el día, si no laborable para mí, que eso nunca, al menos...) Los que ya no están, con cariño y con resignación, me instaban a la diurna vigilia.
¿Han contemplado a pájaros muriendo?... Yo los he contemplado. Corbatitas, jilgueros, chingolos..., despidiéndose a través de sonidos broncos y aislados, o de un piar chillón y sostenido.
Ya no me afeito ni me peino, no recito églogas en el salón principal ni ensayo formas de saludo frente al gran espejo del vestíbulo. No hay artilugio ni práctica conspicua que pudiera adquirir o conservar. Duermo ahora con los pies envueltos en una bufanda y bebo el té amargo, sin limón ni coñac. Claro está, no espero ser visitado ni socorrido, aun en circunstancias extremas. Desde que me quedé solo, soy, a simple vista, un hombre infeliz.

 


domingo, 4 de octubre de 2026

Film. Rolando Revagliatti.

Una joven dama argentina casada se halla con un mexicano licenciado en abogacía. Tienen un hijito y una mansión en ciudad de México. Ella era cancionista de tangos hasta que se produjo su enlace, sin lo que se dice amor-amor, para acceder así, legalmente (por la puerta grande, principal), a la suprema misión a la que una mujer muy mujer está destinada: dar a luz y consagrarse al retoño. Aunque rígido el magnate esposo, condesciende en acompañarla a presenciar un ensayo de la compañía (en gira por aquellas latitudes) de artistas de variedades en la que había participado, para así reencontrarse con sus ex-compañeros, entre los que se cuenta quien fuera su novio, el pianista, que la sigue adorando. Incómodo entre esa gente, con brusquedad el marido se retira sin saludar. La consorte se despide de sus ex-compañeros, excusándose, con el objetivo de alcanzarlo. Esto no ocurre y acepta la invitación del gentil ex-novio de trasladarla en su auto a la suntuosa residencia. Pero el pillo pianista no enfila hacia allí. La ex-novia lo advierte y protesta con despliegue motriz, a consecuencia de lo cual el automóvil choca, el ex-novio (y desde entonces ex-pianista) muere, y la ex-cancionista queda con magulladuras. Enterado el huraño picapleitos, con estupor y arrasadora indignación, que su (para él) ex-intachable esposa se encontraba en el vehículo del ex-novio al desencadenarse el accidente, decide divorciarse de ella y, cruel, separarla del vástago, al que comunica que no volverá a ver a su madre (cuando éste, como siempre, se entretenía oyendo en el fonógrafo los discos de 78 grabados por la mami en épocas de esplendor). Corroído por los celos y la omnipotencia, el agraviado cónyuge destruye discos, fotos y demás rastros de la abominada. Disponiendo de influencias, consigue expulsarla del país. Adoptando un nombre artístico retorna ella a su métier, en el que vuelve a descollar, y de este modo van transcurriendo los años, añadiendo alguna cana señorial y efectuando temporadas hoy aquí, mañana allá, con compañías conformadas, entre otros, por bailarines, músicos y malabaristas. No arma pareja (su representante y empresario la ama en secreto) y añora a su hijo, ansiando la extinción del ex-marido, a quien, al admitir la derrota, habíale augurado que él abandonaría este valle de lágrimas, antecediéndole. Informada un buen día de que esto había acontecido y de que el hijo se tambaleaba, desmoralizado desde la desaparición física de su padre, que lo había criado en el odio hacia la supuesta casi ex-adúltera, regresa a México, tras caducar, merced ahora a sus propias influencias, la disposición que lo impedía. El muchacho se embriaga y dilapida su fortuna en juegos de azar, habiendo interrumpido la carrera universitaria (abogacía). Y es también el azar quien dispone que la chica de la pareja de bailarines que el empresario contrata ya en la capital azteca, esté noviando con el confundido ricachón. Descubre la madre que ese mozo apuesto e impertinente que le fuera presentado en una fiesta, candidato de la vulgar y trepadora danzarina, es exactamente su único hijo. Dimes y diretes, lindos momentos y malos entendidos, desesperación y regocijo, la madre impulsa tan perfecta estratagema que logra desnudar los innobles (embaucadores) propósitos de la blonda ordinaria, que no sólo no estima al muchacho, sino que, además, está ya unida en matrimonio con su partenaire. Es tal el flujo de apasionada simpatía que irradian hijo y madre entre sí, que, producidas diversas citas equívocas, el hijo enuncia, intentando besarla en los labios, que ha comprendido que ella está que arde por él. La madre se horroriza, claro, qué menos, se espeluzna, y se casa, de nuevo sin amor, con el representante y empresario (como para conjurar pulsiones, me sopla, sonriente, un amigo, estudiante de psicología). Por fin, estando la madre interpretando en el primer coliseo un tema amargo, sombrío, pernicioso, impregnado de desconsuelo, y divisando al hijo entre el público yéndose abatido, intuye de súbito que él se escurre dispuesto, acaso, a quitarse la vida. Corre y lo alcanza, así nomás, él ya en su coupé y con el motor en marcha. Asciende y él arranca furioso, contrincante de sí mismo, y conduce a velocidades inauditas, sin rumbo, mientras ella lo apremia instándolo a toparse contra el bendito grado de parentesco que los involucra. Se lo grita la madre justo cuando la coupé, ingobernable, está por desbarrancarse. Ambos salen despedidos, la coupé se incendia, la madre (Libertad Lamarque) perece, y el hijo, contuso, llorándose todo, la sostiene entre sus brazos (filiales en la tragedia), sentado, apoyado contra un árbol, como a una amante.