martes, 1 de agosto de 2017

El muro. Eva Sánchez Palomo.

Apoyaban los cuerpos contra el muro y luego disparaban”. Así se lo contó un anciano que casi masticaba las palabras. “Sigue aquel sendero, deja atrás el cementerio, y verás, a lo lejos, las ruinas de lo que antaño fue una casa. El muro que queda en pie fue el testigo, el único herido por las balas.”
El viajero no encontró un alma por las calles, estaban cerradas puertas y ventanas. Solo las golondrinas llenaban con su vuelo una estampa que, de no ser así, parecería la de un lugar habitado solo por fantasmas.
El muro lo acogió con un calor de piedra al mediodía, dejó que tocara sus heridas y que sintiera en sus manos que las piedras saben muy bien guardar el dolor que llevaron los hombres y mujeres muy dentro en sus entrañas.
Hoy las golondrinas de entonces ya están muertas, como muerto está el aire alrededor de aquellas piedras y el alma de lo que fue la casa, y solo queda en pie la piedra herida en la que habita impasible la memoria.

 

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