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sábado, 29 de julio de 2023

Las canciones solitarias de Laren Dorr. George R. R. Martin.

Hay una joven que viaja entre dos mundos.
Tiene los ojos grises y la piel clara, o al menos eso cuenta la historia, y su pelo es una cascada negra como el carbón con destellos rojizos. Se ciñe las sienes con un aro de metal bruñido, una corona oscura que le sujeta el cabello y a veces le ensombrece los ojos. Se llama Sharra; conoce los pórticos.
Hemos perdido el principio de su historia, junto con el recuerdo del mundo del que salió. ¿Y el final? El final aún no ha llegado, y cuando llegue no lo conoceremos.
Solo tenemos el nudo; mejor dicho, una parte de ese nudo, la parte más pequeña de la leyenda, un simple fragmento de la búsqueda. Una breve historia dentro de otra más grande acerca de un mundo donde Sharra se detuvo, del cantor solitario Laren Dorr y de cómo sus historias se cruzaron un instante.
Al principio solo había un valle bañado por la luz tenue del crepúsculo. El sol poniente se demoraba sobre la cresta de la montaña, enorme y violáceo; sus rayos sesgados hendían silenciosos la espesura de árboles de brillantes troncos negros y fantasmagóricas hojas incoloras. No se oía más sonido que el gorjeo de las aves plañideras que salían al caer la noche y el susurro rápido del agua en el arroyo pedregoso que cruzaba el bosque.
Entonces, a través de un pórtico invisible, Sharra llegó exhausta y ensangrentada al mundo de Laren Dorr. Llevaba un sencillo vestido blanco manchado y empapado de sudor, y una gruesa capa de piel desgarrada por la espalda. En el brazo izquierdo, delgado y desnudo, todavía le sangraban tres largos cortes. Apareció junto al arroyo, temblorosa, y miró a su alrededor con cautela antes de arrodillarse para curarse las heridas. Pese a correr rápida, el agua era de color verde, oscura y sucia. No había manera de saber si era salobre, pero Sharra estaba agotada y sedienta. Bebió, se lavó el brazo como pudo con aquella agua extraña de aspecto dudoso y se vendó las heridas con tiras de tela que se arrancó de la ropa. Después, mientras el sol violeta seguía hundiéndose tras las montañas, Sharra se alejó del agua, buscó refugio entre los árboles y se dejó vencer por el sueño.
Se despertó envuelta por unos brazos, unos brazos fuertes que la levantaron sin esfuerzo. Sharra forcejeó, pero los brazos la agarraron con más fuerza y la inmovilizaron.
-Tranquila -le dijo una voz suave. Vio un rostro en medio de la niebla cada vez más densa, un rostro de hombre, alargado, no exento de dulzura-. Estás débil -añadió-, y se acerca la noche. Tenemos que entrar antes de que oscurezca.
Sharra sabía que debería resistirse, pero desistió. Llevaba mucho tiempo luchando y estaba cansada. Se limitó a mirarlo, confusa.
-¿Por qué? -preguntó. No aguardó respuesta-. ¿Quién eres? ¿Adónde vamos?
-A un lugar seguro -replicó él.
-¿A tu hogar? -preguntó, soñolienta.
-No -dijo en voz tan baja que apenas lo oyó-. No, a mi hogar no, a mi hogar nunca. Pero allí estaremos bien.
Luego oyó un chapoteo, como si cruzaran el arroyo, y ante ellos, en la cresta de la montaña, divisó la silueta descarnada y retorcida de un castillo de tres torres que se recortaba contra los últimos restos de luz solar.
«Qué extraño -pensó-; antes no estaba ahí.»
Se quedó dormida.
Cuando despertó, él estaba mirándola. La había acostado en una cama con dosel y cortinajes bajo un montón de mantas suaves y cálidas. Las cortinas estaban corridas, y su anfitrión se hallaba sentado al otro lado de la estancia en un gran sillón envuelto en sombras. La luz de la vela le bailaba en los ojos, y tenía las manos entrelazadas bajo la barbilla.
-¿Te encuentras mejor? -le preguntó sin moverse.
Sharra se incorporó y se dio cuenta de que estaba desnuda. Veloz como la sospecha, más rápida que el pensamiento, se llevó la mano a la cabeza. Pero la corona oscura seguía allí, en su sitio, intacta; el frío metal le ceñía la frente. Se relajó, volvió a reclinarse en las almohadas y se subió las mantas para taparse.
-Mucho mejor -dijo, y en aquel instante se dio cuenta de que las heridas habían desaparecido.
El hombre le dedicó una sonrisa triste. Tenía un rostro fuerte, y el pelo ensortijado, del color del carbón, le caía sobre los ojos oscuros muy abiertos. Incluso sentado parecía alto. Y esbelto. Vestía un traje y una capa de suave cuero gris, y por encima llevaba la melancolía como si fuera un manto.
-Marcas de zarpazos -dijo en tono especulativo sin dejar de sonreír-. Las marcas del brazo son de zarpazos, y casi te habían arrancado la ropa por la espalda. Por lo visto, hay alguien a quien no le gustas.
-Algo -replicó Sharra-. Un guardián. Un guardián, en el pórtico -Dejó escapar un suspiro -. Siempre hay un guardián en el pórtico. A los Siete no les gusta que vayamos de mundo en mundo. Y yo soy la que menos les gusta de todos.
El hombre separó las manos y las apoyó en los brazos de madera tallada del sillón. Asintió, pero su sonrisa seguía siendo melancólica.
-Ya entiendo -dijo-. Conoces a los Siete y conoces los pórticos – Desvió la mirada a su frente-. Y la corona, claro. Tendría que haberlo adivinado.
-Lo has adivinado -repuso Sharra, sonriendo-. No; en realidad, lo sabías. ¿Quién eres? ¿Qué mundo es este?
-Mi mundo -respondió con voz indiferente-. Le he puesto un millar de nombres, pero ninguno me parece adecuado. Una vez le puse uno que me gustaba, que le iba bien, pero se me ha olvidado. Fue hace mucho tiempo. Me llamo Laren Dorr, o ese fue mi nombre alguna vez, cuando tener un nombre me servía de algo. Ahora mismo es una tontería, pero al menos aún lo recuerdo.
-Tu mundo -repitió Sharra-. ¿De modo que eres un rey? ¿O un dios?
-Si – respondió Laren Dorr con una carcajada-.Todo eso y mucho más. Soy todo lo que quiera ser. No hay nadie que vaya a disputármelo.
-¿Qué has hecho con mis heridas? -preguntó.
-Te las he curado. -Se encogió de hombros como si se disculpara-. Es mi mundo. Tengo ciertos poderes. Puede que no sean los poderes que me gustaría tener, pero al menos son poderes.
-Ah -dijo Sharra, sin convencimiento.
-Crees que es imposible -siguió Laren, haciendo un además impaciente-. La corona, claro. Está bien; es verdad solo en parte. Mis… poderes no pueden hacerte daño mientras la lleves. En cambio, sí que puedo ayudarte. -Volvió a sonreír, y sus ojos adquirieron una expresión dulce y soñadora-. En fin, no importa. No te haría daño aunque pudiera, Sharra. Créeme. Ha pasado mucho tiempo.
-Sabes mi nombre. ¿Cómo es posible? -preguntó Sharra, sobresaltada.
Laren sonrió, se levantó, cruzó las estancia y se sentó en la cama junto a ella. Y antes de responder le cogió la mano y la envolvió en la suya con ternura, acariciándosela con el pulgar.
-Sí, sé tu nombre. Eres Sharra, la que viaja entre los mundos. Hace siglos, cuando las colinas tenían otra forma y el sol estaba al principio de su ciclo y no ardía de color violeta, sino escarlata, vinieron a verme y me dijeron que llegarías. Los detesto a todos, a los Siete, y siempre los detestaré, pero aquella noche agradecí la visión que me otorgaron. Solo me dijeron tu nombre y que vendrías aquí, a mi mundo. Y una cosa más, pero con aquello ya tenía suficiente. Era una promesa, la promesa de un final o de un comienzo, de un cambio. Y en este mundo, cualquier cambio es bien recibido. Estoy aquí, solo, desde hace un millar de ciclos solares, Sharra, y cada ciclo dura siglos. Son pocos los acontecimientos que marcan la muerte de un tiempo.
Sharra tenía el ceño fruncido. Sacudió la larga cabellera negra, y los reflejos rojizos centellearon a la tenue luz de las velas.
-¿Tanta ventaja me llevan? -preguntó-. ¿Saben qué va a suceder? -Tenía la voz cargada de preocupación. Lo miró-. ¿Qué más te dijeron?
Laren le apretó la mano con una suavidad infinita.
-Me dijeron que te amaría. -Había un tinte de tristeza en su voz-. Como profecía, no es gran cosa. Yo habría podido decirles exactamente o mismo. Hace mucho mucho tiempo, tanto que creo que el sol era amarillo, me di cuenta de que amaría cualquier voz que no fuera un eco de la mía.
Sharra se despertó al amanecer, cuando los haces de brillante luz violeta se derramaron en su habitación por una ventana alta y arqueada que no estaba allí la noche anterior. Encontró ropa preparada para ella: una amplia túnica amarilla, un vestido enjoyado de vivo color carmesí y un traje verde bosque. Eligió el traje y se vistió a toda prisa. Antes de salir se detuvo un instante para mirar por la ventana.
Se encontraba en una torre desde la que se dominaban unas desmoronadas almenas de piedra y un polvoriento patio triangular. En los otros dos vértices del triángulo se alzaban sendas torres; eran unas construcciones con forma de cerilla retorcida y punta cónica. Un viento fuerte agitaba las hileras de gallardetes grises dispuestos a lo largo de la muralla, pero, por lo demás, no se movía nada.
Más allá de la muralla no había ni rastro del valle. El castillo, con su patio y sus torres retorcidas, se erguía en la cima de una montaña, totalmente rodeado por montañas todavía más altas que ofrecían un panorama de barrancos de piedra negra, escarpadas paredes rocosas y picos cubiertos de hielo límpido que refulgían con destellos violáceos. La ventana no podía abrirse, pero el viento tenía un aspecto gélido.
La puerta de la habitación estaba abierta. Sharra descendió a paso vivo por una escalera de caracol con peldaños de piedra, salió al patio y se dirigió al edificio principal, una construcción baja de madera pegada a la muralla. Atravesó incontables habitaciones, algunas frías, desiertas y llenas de polvo, y otras con rico mobiliario, antes de encontrar a Laren Dorr, que estaba desayunando.
Había una silla vacía a su lado, y la mesa estaba repleta de comida y bebida. Sharra se sentó y cogió un bollo caliente, sonriendo contra su voluntad. Laren le devolvió la sonrisa.
-Me marcho hoy -dijo ella entre bocado y bocado-. Lo siento mucho, Laren. Tengo que buscar el pórtico.
El aire de melancolía y desesperanza no lo había abandonado. Nunca lo abandonaba, en realidad.
-Ya me lo dijiste anoche -respondió con un suspiro-. Parece que he esperado mucho tiempo para nada.
Había carne, varios tipos de bollos, fruta, queso y leche. Sharra se llenó el plato, cabizbaja. No quería mirar a Laren a los ojos.
-Lo siento mucho – repitió.
-Quédate un poco más -pidió-. Aunque sea poco tiempo. Creo que no hay nada que te lo impida. Déjame enseñarte lo que pueda de mi mundo. Déjame cantar para ti. -Sus ojos, grandes, oscuros y cansados, le suplicaban, y ella vaciló.
-Bueno… La verdad es que se tarda en encontrar la puerta.
-Entonces quédate conmigo un tiempo.
-Pero, Laren, al final tendré que marcharme. He hecho promesas. ¿Lo comprendes?
-Sí -contestó él con una sonrisa, y se encogió de hombros con gesto desvalido-. Pero, mira… Sé dónde está el pórtico. Puedo mostrártelo, y te ahorrarías la búsqueda. Quédate conmigo… un mes. Un mes, tal como tú mides el tiempo. Y después te llevaré al pórtico. -La miró con atención-. Llevas mucho tiempo cazando, Sharra, mucho tiempo. Tal vez necesites un descanso.
Ella se comió una pieza de fruta muy despacio, pensativa, sin dejar de mirarlo.
-Puede que sí -dijo al final mientras consideraba la situación-. Y habrá un guardián, claro. Tú podrías ayudarme. Un mes… no es tanto tiempo. He pasado mucho más de un mes en otros mundos. -Asintió, y el rostro se le iluminó progresivamente con una amplia sonrisa-. Sí -dijo, sin dejar de asentir-.Estaría muy bien.
Laren le acarició la mano. Y tras el desayuno le enseñó el mundo que le habían dado.
Estaban en un pequeño balcón de la cima de la torre más alta. Sharra iba vestida de verde oscuro, y Laren, alto y gentil, de gris. Ellos no se movían; era Laren quien movía el mundo a su alrededor. Hizo volar el castillo sobre mares bravíos en los que asomaban largas y negras cabezas de serpiente para verlos pasar. Los trasladó bajo tierra, a una enorme caverna llena de ecos, iluminada por una suave luz verdosa, donde las estalactitas goteantes acariciaban la parte superior de las torres, mientras rebaños de cabras blancas y ciegas balaban alrededor de las almenas. Sonriendo, dio unas palmadas, y los envolvió la niebla densa de una selva. Los árboles trepaban hacia el cielo unos sobre otros como escaleras de caucho; había flores gigantescas de una docena de colores diferentes; monos con largos colmillos se aferraban a la muralla y chillaban… Dio otra palmada; los muros desaparecieron, y la tierra del patio se convirtió en arena. Se encontraron en una playa interminable, a orillas de un océano gris y sombrío; el único movimiento perceptible eran las evoluciones pausadas, sobre ellos, de un enorme pájaro azul de alas finas como la seda. Todas aquellas cosas mostró Laren a Sharra, y más, muchas más. Y al final, cuando el ocaso los persiguió de un lugar a otro, llevó el castillo de vuelta a la cumbre desde la que se dominaba el valle. Y desde el balcón, Sharra contempló el bosque de árboles de corteza negra donde él la había encontrado, y oyó los gemidos y sollozos de los pájaros plañideros entre las hojas transparentes.
-No es un mal mundo -dijo al tiempo que se volvía hacia él.
-No -respondió Laren. Sus manos descansaban en la baranda de piedra fría, y sus ojos, en el valle-. No del todo. Una vez lo exploré entero, a pie, con una espada y un bastón. Disfruté mucho; fue verdaderamente emocionante. Detrás de cada colina aguardaba un nuevo misterio. -Rió entre dientes-. Pero de eso también hace mucho tiempo. Ahora sé qué hay detrás de cada colina: otro horizonte desierto. -La miró y se encogió de hombros de aquella manera tan característica-. En fin, debe de haber infiernos peores. Pero este es el mío.
-Entonces ven conmigo -le dijo Sharra-. Busquemos juntos el pórtico y marchémonos de aquí. Hay otros mundos. Puede que sean menos extraños y menos hermosos, pero no estarás solo.
-Tal como dices, parece sencillo -dijo él con tono liviano volviéndose a encoger de hombros-. Sé dónde está el pórtico, Sharra. Lo he intentado mil veces. El guardián no me detiene. Lo atravieso, atisbo un mundo apenas un instante y, de pronto, vuelvo a encontrarme en el patio. No. No puedo marcharme.
-Es muy triste. -Sharra le cogió la mano entre las suyas-. Tanta soledad, durante tanto tiempo… Debes de ser muy fuerte, Laren. Yo me habría vuelto loca a los pocos años.
Laren se echó a reír con una carcajada llena de amargura.
-Ay, Sharra, he perdido la razón mil veces. Pero me curan, mi amor. Siempre me curan. -De nuevo se encogió de hombros y la rodeó con el brazo. El viento era frío y cada vez soplaba más fuerte-. Vamos, tenemos que entrar antes de que oscurezca por completo.
Subieron a la torre, hasta el dormitorio de Sharra, y se sentaron juntos en la cama. Laren llevó comida: carne ennegrecida por fuera y roja por dentro, pan caliente y vino. Comieron y charlaron.
-¿Por qué estás aquí? -le preguntó Sharra entre bocado y bocado, regando las palabras con vino-. ¿Cómo los ofendiste? ¿Quién eras antes?
-No lo recuerdo más que en sueños -le respondió-. Y los sueños… Ha pasado tanto tiempo que ni siquiera sé decir cuáles son verdaderos y cuáles visiones fruto de mi locura. -Suspiró-. A veces sueño que fui un rey, un gran rey en un mundo que no era este, y que mi crimen fue conseguir hacer feliz a mi pueblo. En su felicidad se volvieron contra los Siete y abandonaron los templos. Un día me desperté en mi habitación, en el castillo, y descubrí que los sirvientes habían desaparecido. Cuando salí, mi pueblo y mi mundo tampoco estaban, ni tampoco la mujer que dormía a mi lado.
«Pero también tengo otros sueños. A menudo me parece recordar que fui un dios. Bueno, casi un dios. Tenía poderes y doctrina, pero no era la doctrina de los Siete. Me temían porque era un rival a la altura de cualquiera de ellos. Pero no podía enfrentarme a los Siete juntos, y a eso fue a lo que me obligaron. Me dejaron con una pequeña fracción de mi poder y me enviaron aquí. Fue una ironía cruel. Como dios, enseñaba que las personas debían ayudarse entre sí; que con amor, risas y charlas podían mantener a raya la oscuridad. Así que eso fue precisamente lo que me quitaron los Siete.
«Pero eso no es lo peor. Porque hay otros momentos en los que creo que siempre he estado aquí, que nací aquí hace un tiempo infinito. Que todos los recuerdos son falsos, que me los envían para que sufra todavía más.
Sharra lo observaba y veía que no la miraba a ella, sino que tenía los ojos clavado en un punto lejano, lleno de niebla, sueños y recuerdos moribundos. Las frases eran muy pausadas, y las pronunciaba con una voz que también era como la niebla, que giraba y se arremolinaba y ocultaba cosas, y se intuían los misterios, las sombras que merodeaban y se escabullían, las luces lejanas que jamás podrían alcanzarse.
De repente, Laren se detuvo, y sus ojos volvieron a despertar.
-Ay, Sharra -dijo-. Ten mucho cuidado. Si deciden ir contra ti directamente, ni la corona te ayudará. Bakkalon, el Niño Pálido, te desgarrará; Naa-Slas se alimentará de tu dolor, y Saagael, de tu alma.
Ella se estremeció y cortó otro trozo de carne. Pero al morderlo lo sintió frío y duro, y se fijó en que las velas estaban casi agotadas. ¿Cuánto rato había estado escuchándolo?
-Espera -le dijo Laren.
Se levantó y salió por la puerta junto a la que había estado la ventana. Ya no quedaba ni rastro de ella, solo sólida piedra gris. Todas las ventanas se transformaban en roca en cuanto desaparecía el último rayo de sol. Laren no tardó en volver con un instrumento de madera negra que despedía un brillo tenue, colgado del cuello con un cordel de cuero. Sharra nunca había visto un instrumento semejante. Tenía dieciséis cuerdas, cada una de un color, y brillantes trastes de luz incrustados a todo lo largo de la madera encerada. Laren se sentó y apoyó la base del instrumento en el suelo; la parte superior le llegaba justo a la altura del hombro. Lo acarició con dedos ligeros, tentativos; las luces refulgieron, y de pronto, una música llenó la estancia y se desvaneció enseguida.
-Es mi compañero -dijo, con una sonrisa.
Volvió a tocarlo, y la música nació y murió, notas perdidas sin melodía. Entonces acarició los trastes de luz, y el mismo aire se estremeció y cambió de color.
Y empezó a cantar.
“Soy el señor de la soledad,
desiertos están mis dominios…”
Así empezaba la canción, cantada con aquella voz grave y dulce, lejana y neblinosa. Sharra escuchó el resto con atención, se aferró a cada palabra y trató de recordarlas, pero las perdió. La acariciaron, la tocaron y se disiparon; volvieron a la niebla. Aparecieron y desaparecieron tan deprisa que no fue capaz de rememorar qué habían sido. Y lo mismo sucedió con la música triste, melancólica y llena de secretos; la arrastraba, sollozaba, susurraba promesas de un millar de historias jamás narradas… Las llamas de la estancia ardieron más vivamente, y brotaron globos de luz, que danzaban y flotaban juntos hasta que el aire estuvo lleno de color.
Palabras, música, luz… Laren Dorr lo tomó todo y tejió una visión para ella.
Lo vio como se veía a sí mismo en sus sueños: un rey, alto y fuerte, todavía con la cabeza bien alta, con el cabello tan negro como el de ella y los ojos centelleantes. Sus prendas eran de un blanco deslumbrante; llevaba pantalones ajustados, una camisa de mangas con el vuelo recogido en los puños y una capa que se movía la viento como un manto de nieve. Le ceñía la frente una corona de plata tan brillante como la espada de hoja delgada que le colgaba de la cintura. Aquel Laren, aquel Laren más joven, aquella visión de ensueño, se movía sin melancolía, deambulaba en un mundo de hermosos minaretes de marfil y apacibles canales azules. Y el mundo se movía a su alrededor, amigos, amantes y una mujer especial a quien Laren dibujó con palabras y luces de fuego, y los días sencillos y las risas se sucedían sin fin.
Entonces, de repente, bruscamente, se hizo la oscuridad. Estaba en aquel mundo vacío.
La música gimió; las luces se atenuaron, y las palabras se tornaron tristes y desamparadas. Sharra vio cómo despertaba Laren en su castillo de siempre, pero estaba vacío. Lo vio buscar de habitación en habitación, lo vio salir para enfrentarse a un mundo que jamás había visto. Lo vio abandonar el castillo y caminar hacia la niebla de un horizonte lejano con la esperanza de que no fuera niebla, sino humo. Caminó y caminó; cada día caían nuevos horizontes bajo sus pies, y el enorme sol pasaba del rojo al naranja y luego al amarillo, pero su mundo seguía desierto. Pasó por todos los lugares que había mostrado a Sharra, por todos ellos y por muchos más; y al final, perdido como siempre y añorando su hogar, el castillo acudió a él.
Para entonces, su ropa blanca se había vuelto de un gris marchito. Pero la canción no terminó. Pasaron días, pasaron años, pasaron siglos. Laren se agotaba y enloquecía, pero sin envejecer. El sol brilló verde y morado y de un cruento azul blanquecino, pero a cada ciclo que pasaba había menos color en el mundo.
Tal fue la canción de Laren, acerca de días interminables y noches hueras en las que la música y los recuerdos eran la única fuente de cordura, y con su canto, Sharra lo sintió todo en su propia carne.
Y cuando la visión de desvaneció y la música murió, cuando la voz dulce se derritió en la lejanía por última vez, cuando Laren calló y sonrió y la miró, Sharra se descubrió temblando.
-Gracias -le dijo él en voz baja mientras se encogía de hombros.
Se llevó el instrumento y la dejó a solas.
El día siguiente amaneció frío y encapotado, pero Laren la llevó de caza al bosque. La presa era un animal blanco y esbelto, mitad felino y mitad gacela, demasiado veloz para que pudieran atraparlo y con demasiados dientes para que pudieran matarlo. A Sharra no le importó. La persecución era mejor que la muerte de la presa. Aquella carrera por el bosque umbrío, con un arco que jamás había utilizado y un carcaj de flechas de la misma madera negra que los árboles adustos que los rodeaban, le produjo una extraña alegría. Ambos iban abrigados con pieles grises; Laren le sonreía desde una capucha de cabeza de lobo. Al correr pisaban las hojas del suelo, transparentes y frágiles como el cristal, que crujían y crepitaban bajo sus botas.
Después, sin haber derramado ni una gota de sangre, regresaron agotados al castillo, y Laren dispuso un gran banquete en el salón principal. Se sonrieron, cada uno en un extremo de una mesa de quince metros de largo, y Sharra contempló cómo corrían las nubes al otro lado de la ventana, detrás de Laren, y cómo la ventana se transformaba en piedra después.
-¿Por qué se transforma? -preguntó-. ¿Y por qué nunca sales de noche?
-Eh… -Laren se encogió de hombros-. Hay motivos. Aquí, las noches son… En fin, no son agradables. -Bebió un trago de vino caliente especiado de una copa grande adornada con piedras preciosas-. En el mundo del que vienes, el lugar del que partiste… Dime, Sharra, ¿había estrellas?
-Sí. -Asintió-. Ha pasado mucho tiempo, pero todavía lo recuerdo. Las noches eran muy oscuras y negras, y las estrellas eran como puntitos de luz duros, fríos, muy lejanos. A veces formaban figuras. Cuando eran jóvenes, los hombres de mi mundo ponían nombres a aquellas figuras y contaban historias fantásticas sobre ellas.
-Creo que me gustaría tu mundo -dijo Laren-. El mío se le parecía un poco. Pero nuestras estrellas eran de mil colores y se movían como lamparillas fantasmales en la noche. A veces se envolvían en velos para ocultar la luz, y entonces, las noches se volvían tenues y vaporosas. A menudo, cuando aparecían las estrellas, salía a navegar con la mujer a quien amaba. Solo apara verlas juntos. Era un momento maravilloso para cantar. -La voz empezaba a teñírsele de tristeza.
La oscuridad se había adueñado de la habitación, la oscuridad y el silencio. La comida estaba fría, y Sharra apenas divisaba su rostro, a quince metros de distancia. De modo que se levantó y fue a sentarse junto a él, risueña. Y Laren asintió y sonrió, y al momento se oyó un silbido, y a lo largo de las paredes, las antorchas cobraron vida en todo el salón. Le sirvió más vino, y los dedos de ella se detuvieron un momento en los suyos cuando aceptó la copa.
-Nosotros hacíamos lo mismo -dijo Sharra-. Si la brisa era cálida y los demás estaban lejos, nos gustaba tumbarnos juntos bajo el cielo. A Kaydar y a mí.
Sharra titubeó y lo miró. Los ojos de Laren la escudriñaban.
-¿Kaydar?
-Te habría caído bien, Laren. Y tú también a él; estoy segura. Era alto, y tenía el pelo rojo y fuego en los ojos. Kaydar tenía poderes, igual que yo, pero los suyos eran superiores. ¡Y qué voluntad! Una noche se lo llevaron. No lo mataron; solo nos lo arrebataron, a mí y a nuestro mundo. Desde entonces he estado buscándolo. Conozco los pórticos y llevo la corona oscura. No les resultará fácil detenerme.
Laren bebió de su copa de metal y contempló el reflejo de la luz de las antorchas en ella.
-Hay una infinidad de mundos, Sharra.
-Tengo tanto tiempo como haga falta. No envejezco, Laren, no más que tú. Lo encontraré.
-¿Tanto lo amabas?
Sharra luchó por no esbozar una sonrisa tenue y afectuosa, pero no lo consiguió.
-Sí -dijo, y entonces fue su voz la que sonó perdida-. Sí, tanto. Me hizo feliz. Estuvimos juntos muy poco tiempo, pero me hizo feliz. Eso es algo que los Siete no pueden quitarme. Era maravilloso simplemente mirarlo, sentir sus brazos en torno a mi cuerpo y ver su sonrisa.
-Vaya. -Sonrió, aunque en su sonrisa había una pesada sobra de derrota.
El silencio se hizo muy denso. Al final Sharra lo miró.
-Pero nos hemos desviado mucho del tema. Todavía no me has dicho por qué se sellan las ventanas cuando llega la noche.
-Has recorrido un largo camino. Tú viajas entre los mundos. ¿Has visto mundos sin estrellas?
-Sí. Muchos. He visto un universo donde solo hay un mundo y el sol no es más que una brasa brillante, y de noche los cielos son vastos y están vacíos. He visto la tierra de los bufones ceñudos, donde no hay cielo y los soles silbantes arden bajo el océano. He caminado por los páramos de Carradyne y he visto a oscuros brujos prender fuego a un arcoíris para iluminar aquella tierra sin sol.
-Este mundo no tiene estrellas -dijo Laren.
-¿Y eso te asusta tanto como para encerrarte?
-No. En su lugar hay otra cosa. -La miró-. ¿Quieres verlo?
Ella asintió. Las antorchas se extinguieron tan bruscamente como se habían encendido, y la estancia quedó sumida en la oscuridad. Sharra se giró para mirar detrás de Laren. Laren no se movió, pero, a su espalda, las piedras de la ventana se deshicieron como polvo, y la luz del exterior entró en la sala.
Pese a que el cielo estaba muy oscuro, se veía perfectamente. Una forma que emanaba luz se movía contra la oscuridad, y la arena del patio, las piedras de las almenas y los gallardetes grises brillaban bajo su resplandor. Sharra, asombrada, alzó la vista.
Algo le devolvió la mirada. Era más alto que las montañas y ocupaba la mitad del cielo, y aunque desprendía luz suficiente para iluminar el castillo entero, Sharra supo que era más oscuro que la propia oscuridad. La silueta recordaba la de un hombre, y llevaba una capa larga con capucha que ocultaba una oscuridad aún más terrible que el resto. Los únicos sonidos que se oían eran la respiración suave de Laren, el latido del corazón de Sharra y el sollozo distante de un pájaro plañidero, pero ella escuchó una risa demoníaca en su mente.
La forma del cielo la miró, miró en su interior. Sharra sintió la oscuridad fría que albergaba su propia alma. Estaba paralizada; no podía mover los ojos. Pero la sombra sí se movió. Se volvió y levantó una mano, y de repente apareció algo allí arriba, a su lado: la diminuta figura de un hombre con ojos de fuego que se retorcía, gritaba y la llamaba.
Sharra chilló y se volvió de espaldas. Cuando miró de nuevo, la ventana ya no estaba; solo un muro de piedra segura, inofensiva, y una hilera de antorchas encendidas, y Laren, que la sujetaba con brazos fuertes.
-Solo ha sido una visión -le dijo. La estrechó contra él y le acarició el pelo-. Hubo un tiempo en que intenté hacerles frente por las noches -dijo, más para sí mismo que para ella-. Pero ¿para qué? Los Siete se turnan para vigilarme, me observan. Los he visto muchas veces. Arden con luz negra contra el cielo límpido de la noche, tienen a aquellos a los que quise. Ahora ya no miro. Me quedo aquí dentro, canto, y mis ventanas son de la piedra de la noche.
-Me siento… sucia -susurró, todavía temblorosa.
-Vamos -le dijo-. Arriba hay agua; puedes limpiarte el frío. Luego cantaré para ti.
La tomó de la mano y subieron por la torre.
Sharra se dio un baño caliente mientras Laren preparaba el instrumento y lo afinaba en el dormitorio. Ya estaba listo cuando volvió Sharra, envuelta de la cabeza a los pies en una enorme y esponjosa toalla marrón. Se sentó en la cama y se secó el pelo mientras esperaba.
Y Laren le regaló visiones.
En aquella ocasión le cantó su otro sueño, aquel en el que era un dios enemigo de los Siete. La música era un martilleo indómito salpicado de relámpagos y temblores de miedo, y las luces se fundieron para formar un campo de batalla escarlata donde Laren, vestido de un blanco cegador, luchaba contra una pesadilla de sombras y figuras. Eran siete y formaban un círculo en torno a él; lo acosaban, lo apuñalaban con lanzas de negrura absoluta, y Laren les respondía con fuego y tormenta. Pero al final lo doblegaron. La luz se desvaneció; la canción volvió a ser suave y triste, y la visión se hizo borrosa a medida que pasaban los siglos solitarios.
Apenas cayeron del aire las últimas notas, apenas murieron los últimos destellos, Laren empezó a cantar de nuevo. Se trataba de una canción diferente, una que no conocía tan bien. Sus dedos ágiles y finos titubearon y rectificaron más de una vez; además le temblaba la voz, porque iba componiendo la letra sobre la marcha. Sharra pronto supo por qué. En aquella ocasión cantaba sobre ella; era la balada de su viaje. De su amor ardiente y su búsqueda sin fin, de mundos y más mundos, de coronas oscuras y guardianes a la espera que luchaban con garras, trampas y mentiras. Tomó cada palabra que ella había pronunciado, las utilizó todas, las transformó todas. En el dormitorio nacieron paisajes deslumbrantes donde soles blancos ardían bajo océanos eternos y siseaban entre nubes de vapor, donde hombres tan viejos como el tiempo encendían arcoíris para ahuyentar la oscuridad. Y cantó a Kaydar, y en cierto modo lo cantó tal como era, y atrapó el fuego que había sido el amor de Sharra y lo pintó y lo hizo revivir.
La canción, sin embargo, terminaba con una pregunta. El final quedó suspendido en el aire, resonando y resonando como un eco. Ambos esperaron algo más, pero ambos sabían que no había nada. De momento.
-Ahora me toca a mí darte las gracias -dijo Sharra entre lágrimas-. Por devolverme a Kaydar.
-No ha sido más que una canción -dijo al tiempo que se encogía de hombros-. Hacía mucho que no tenía una canción nueva.
La dejó otra vez a solas, pero antes de atravesar el umbral se detuvo y le acarició la mejilla. Luego Sharra, aún envuelta en la toalla, cerró la puerta y fue de vela en vela convirtiendo la luz en oscuridad con su aliento. Dejó la toalla en una silla, se metió bajo las mantas y estuvo largo rato despierta antes de dejarse llevar por el sueño.
Todavía reinaba la oscuridad cuando se despertó sin saber por qué. Abrió los ojos y miró a su alrededor. No había nada; nada había cambiado. ¿O sí?
Entonces lo vio, sentado en el sillón, al otro lado de la estancia, con las manos entrelazadas bajo la barbilla, tal como lo había visto la primera vez, quieto como una estatua, con los ojos serenos e inmóviles, muy abiertos, muy oscuros en la habitación llena de noche.
-¿Laren? -llamó en voz baja, no del todo segura de si la forma negra era él.
-Sí -respondió. Siguió sin moverse-. También te contemplé anoche mientras dormías. He estado solo más tiempo del que puedas imaginar, y muy pronto volveré a estarlo. Incluso dormida, tu mera presencia es una maravilla.
-Oh, Laren -dijo.
Se hizo un silencio, una pausa, una ponderación, una conversación sin palabras. Luego, Sharra apartó las mantas, y Laren acudió a ella.
Los dos habían visto el paso de los siglos. Un mes y un instante venían a ser lo mismo.
Durmieron juntos todas las noches, y todas las noches Laren le cantó canciones, y Sharra las escuchó. Pasaban las horas de oscuridad conversando, y de día nadaban desnudos en aguas cristalinas que reflejaban el esplendoroso violeta del cielo. Hicieron el amor en playas de arena fina y blanca, y hablaron mucho del amor.
Pero nada cambió. Y por fin se acercó el momento. La víspera del día que significaba el final, al anochecer, pasearon juntos por el bosque umbrío donde la había encontrado.
Durante aquel mes con Sharra, Laren había aprendido a reír, pero en ese momento volvió a aguardar silencio. Caminaba despacio, con la mano de ella apretada en la suya y un talante más gris que la suave camisa de seda que vestía. Se sentó a la orilla del arroyo que surcaba el valle y la atrajo para que se sentara también. Se quitaron las botas y dejaron que el agua fría les acariciara los pies. Era un atardecer cálido; soplaba una brisa inquieta y solitaria, y ya se oían los primeros pájaros plañideros.
-Tienes que marcharte -le dijo sin soltarle la mano, pero también sin mirarla. No era una pregunta, sino una afirmación.
-Si -dijo, y la melancolía también la había invadido a ella, y en su voz había ecos lóbregos.
-Las palabras me han abandonado Sharra -dijo Laren-. Si pudiera cantar una visión para ti, cantaría. Sería la visión de un mundo antes vacío, pero que nosotros y nuestros hijos habríamos llenado. Podría ofrecértelo. Mi mundo contiene belleza, maravillas y misterios; solo faltan ojos que los vean. Y si las noches son terribles… Bueno, no sería la primera vez que los hombres se han enfrentado a noches oscuras, en otros mundos y en otros tiempos. Te amaría, Sharra, te amaría tanto como soy capaz. Trataría por todos los medios de hacerte feliz.
-Laren… -empezó, pero él le pidió silencio con una mirada.
-No. Podría decirte todo eso y mucho más, pero no lo haré. No tengo derecho. Kaydar te hace feliz. Solo un estúpido egoísta te pediría que renunciaras a esa felicidad para compartir mi desgracia. Kaydar es todo fuego y risas, mientras que yo soy humo, soy canción, soy tristeza. Llevo demasiado tiempo solo. El gris se ha convertido en parte de mi alma, y no quiero oscurecerte a ti. Pero…
Ella le cogió la mano con las suyas, se la llevó a los labios y le dio un beso rápido. Luego se la soltó y apoyó la cabeza en su hombro firme.
-Intenta venir conmigo, Laren -le pidió-. Cógete de mi mano cuando pasemos por la puerta. Puede que la corona oscura te proteja.
-Intentaré cualquier cosa que me pidas. Pero no me pidas que crea que va a salir bien. -Dejó escapar un suspiro-. Te esperan incontables mundos, Sharra, y no veo tu final. Pero sé que no está aquí. De eso estoy seguro. Puede que sea lo mejor. Yo ya no sé nada, si es que alguna vez supe algo. Recuerdo vagamente qué era el amor, creo que soy capaz de rememorar cómo era, y lo que recuerdo es que no dura para siempre. Aquí, los dos juntos, inmutables e inmortales, ¿cómo podríamos escapar del aburrimiento? ¿Llegaríamos a detestarnos? Eso no lo querría. Creo que estás tan enamorada de Kaydar porque solo estuviste un periodo breve con él. Tal vez mi actitud sea retorcida e insidiosa. Pero, al encontrar a Kaydar, lo perderás. Amor mío, algún día se apagará el fuego y la magia morirá. Y puede que ese día te acuerdes de Laren Dorr.
Sharra empezó a llorar con un llanto suave y silencioso. Laren la estrechó contra él y la besó.
-No -le susurró con dulzura.
Ella le devolvió el beso, y se abrazaron sin palabras.
Cuando por fin la penumbra violeta casi se había convertido en negra, volvieron a calzarse las botas y se levantaron. Laren la abrazó y sonrió.
-Debo irme -dijo Sharra-. Debo. Pero es muy duro, Laren, créeme.
-Te creo -dijo-. Supongo que te amo porque te vas a ir. Porque no puedes olvidar a Kaydar, porque no olvidas las promesas que hiciste. Tú eres Sharra, la que viaja entre los mundos, y creo que los Siete te temen mucho más que al dios que tal vez fui. Si no fueras tú, no sentiría por ti lo que siento.
-¿No? Pues dijiste que amarías cualquier voz que no fuera un eco de la tuya.
-Como te he dicho tantas veces, amor mío -dijo Laren encogiéndose de hombros-, eso fue hace mucho tiempo.
Antes de que oscureciera por completo volvieron al castillo para una última cena, una última noche, una última canción. Aquella noche no durmieron, y Laren volvió a cantar para ella justo antes del amanecer. No fue una buena canción; era una divagación sin rumbo acerca de un juglar errante en un mundo cualquiera a quien rara vez le sucedía nada de interés. Sharra no entendió la canción, y Laren la cantó a desgana. Como despedida era un tanto extraña, pero los dos estaban transidos de dolor.
Cuando salió el sol, la dejó a solas y le prometió que se reuniría con ella en el patio tras cambiarse de ropa. Y así fue, allí la esperaba cuando llegó, sonriéndole tranquilo y seguro. Iba vestido de blanco inmaculado: pantalones ceñidos, camisa de mangas con el vuelo recogido en el puño y una capa larga y pesada que un viento incipiente hinchaba y azotaba. Pero el sol violeta lo manchaba con sus rayos sombríos.
Sharra se acercó a él y le cogió la mano. Vestía ropas de cuero duro y llevaba un cuchillo en el cinto para enfrentarse al guardián. El cabello negro como azabache con destellos rojos y purpúreos le ondeaba tan libre como la capa de Laren, y llevaba bien encajada la corona oscura.
-Adiós, Laren -dijo-. Me habría gustado darte más.
-Me has dado mucho. En los siglos venideros, en todos los ciclos solares que me esperan, te recordaré. Mi tiempo se regirá por ti, Sharra. Cuando un día salga el sol y su color sea azul fuego, lo miraré y diré: «Sí, este es el primer sol azul después de que Sharra viniera a mí».
-He hecho una nueva promesa. Algún día encontraré a Kaydar. Y si consigo liberarlo, vendremos juntos aquí, volveremos a buscarte y enfrentaremos mi corona y los fuegos de Kaydar a la oscuridad de los Siete.
-Muy bien. -Laren se encogió de hombros-. Si ves que no estoy, déjame un mensaje. -Y sonrió.
-Bien… El pórtico… Dijiste que me enseñarías dónde está.
Laren se volvió y señaló la torre más baja, una edificación cubierta de hollín donde Sharra no había entrado. En la base había una puerta ancha de madera. Laren sacó una llave.
-¿Aquí? -preguntó, desconcertada-. ¿En el castillo?
-Aquí -corroboró Laren.
Atravesaron el patio hasta la puerta. Laren introdujo la pesada llave metálica y empezó a forcejear con la cerradura. Mientras tanto, Sharra echó el último vistazo a su alrededor, y la tristeza le pesó en el alma como una losa. Las torres parecían desoladas y muertas; el patio, abandonado, y más allá de las altas montañas nevadas tan solo había un horizonte desierto. No se oía más sonidos que el del forcejeo de la cerradura; no había más movimiento que el del viento que barría la arena del patio y azotaba los siete gallardetes grises clavados en los muros. Sharra se estremeció con una repentina sensación de soledad.
Laren abrió la puerta. Al otro lado no había ninguna habitación; solo una cortina de niebla que se agitaba, una niebla sin color, sin sonido, sin luz.
-Vuestro pórtico, mi señora -dijo el cantor.
Sharra se quedó mirando el pórtico como siempre que se enfrentaba a uno nuevo. ¿Qué mundo sería el siguiente?, se preguntó. Nunca lo sabía. Pero tal vez en aquel encontraría a Kaydar. Sintió la mano de Laren en el hombro.
-Estás dudando -le dijo con voz tierna.
-Falta el guardián -dijo Sharra de repente llevándose la mano al cuchillo-. Siempre hay un guardián.
Registró el patio con miradas breves, veloces. Laren suspiró.
-Si. Siempre. Unos tratan de despedazarte a zarpazos; otros intentan que te pierdas; otros quieren engañarte para que cruces el pórtico incorrecto… Unos te detienen con armas; otros, con cadenas; otros, con mentiras. Y hay unos, al menos uno, que quiso detenerte con amor. Pero siempre fue sincero y jamás te cantó una mentira.
Laren se encogió de hombros con aire impotente, y la empujó con cariño al otro lado del pórtico.


¿Lo encontró al final? ¿Encontró a su amado de ojos de fuego? ¿O todavía sigue buscándolo? ¿Cuál fue el siguiente guardián al que se enfrentó?
Cuando camina de noche, forastera en tierra solitaria, ¿hay estrellas en el cielo?
Yo no lo sé. Él tampoco. Puede que ni los Siete lo sepan. Son poderosos, sí, pero no todo el poder les pertenece, y los mundos son tantos que ni ellos pueden contarlos.
Hay una joven que viaja entre los mundos, pero su camino se ha perdido en la leyenda. Tal vez esté muerta, tal vez no. Las noticias viajan despacio entre los mundos, y no todas son ciertas.
Pero una cosa sí sabemos: en un castillo desierto, bajo un sol violeta, un juglar solitario espera y canta sobre ella.


domingo, 16 de abril de 2023

En las tierras perdidas. George R. R. Martin.

Se puede comprar a Alys la Gris cualquier cosa que se desee. Pero es mejor que no.


La dama Melange, de quien decían que era una joven lista y prudente, así como implacablemente justa, no fue en persona a ver a Alys la Gris. La dama Melange había oído los rumores: quienes cerraban tratos con Alys la Gris los hacían por su cuenta y riesgo. Alys la Gris no rechazaba a nadie que fuera a verla y siempre conseguía lo que le pedían. Sin embargo, cuando todo había terminado, quienes habían acudido a ella nunca quedaban contentos con las cosas que obtenían, las mismas cosas que habían deseado antes. La dama Melange sabía todo aquello, puesto que gobernaba aquellas tierras desde la alta torre del homenaje, construida en la ladera de la montaña. Tal vez precisamente por eso no fue a verla en persona.
En su lugar, quien fue a ver a Alys la Gris fue Jerais: Jerais el Azul, el paladín de la dama, el mejor de los caballeros que guardaban la altísima torre y encabezaban el ejército en las batallas, así como el capitán de los portaestandartes. Jerais iba vestido de seda azul claro debajo de la armadura esmaltada en azul intenso. El emblema de su escudo era un torbellino de un centenar de tonos distintos de azul, y la empuñadura de la espada llevaba incrustado un zafiro tan grande como el ojo de un águila. Cuando estuvo en presencia de Alys la Gris, se quitó el casco, y esta vio que sus ojos eran exactamente del mismo tono que la joya; sin embargo, el pelo de color rojo contrastaba inapropiadamente.
Alys la Gris lo recibió en la vieja casita de piedra donde vivía, en el corazón sombrío de la ciudad situada al pie de la montaña. Lo esperó en una sala polvorienta y sin ventanas que apestaba a moho, sentada en una silla vieja de respaldo alto que aún empequeñecía más su cuerpecillo menudo. En el regazo tenía una rata gris del tamaño de un perro pequeño. No dejó de acariciarla con languidez mientras Jerais entró, se quitó el casco y se tomó unos instantes para que se le acostumbraran los ojos a la oscuridad.
—¿Sí? —dijo por fin la mujer.
—¿Eres tú aquella a quien llaman Alys la Gris?
—Sí.
—Yo soy Jerais. He venido a instancias de la dama Melange.
—La sabia y bella dama Melange. —Alys la Gris seguía acariciando a la rata, suave como el terciopelo, con sus dedos largos y blancos—. ¿Por qué manda la señora a su paladín a casa de alguien tan pobre y simple como yo?
—Incluso a la torre llegan historias sobre ti.
—Ya veo.
—Dicen que, a cambio de un precio determinado, vendes cosas extrañas y maravillosas.
—¿Acaso la dama Melange quiere comprar algo?
—También dicen que tienes poderes. Dicen que tu apariencia no es siempre la que tienes ahora, la de una joven esbelta de edad incierta y vestida de gris. Dicen que puedes rejuvenecer y envejecer a tu antojo. Dicen que a veces eres un hombre, una vieja o un niño. Dicen que conoces los secretos de la transformación, que puedes viajar convertida en felino, oso o pájaro, que cambias de piel cuando lo deseas y no estás sometida a la tiranía de la luna como los metamorfos de las tierras perdidas.
—Sí, eso dicen —reconoció Alys la Gris.
Jerais se desató una faltriquera del cinturón y se acercó a Alys la Gris. Liberó el cordón que la cerraba y esparció el contenido en la mesa que había al lado de Alys. Gemas. Una docena, cada una de un color distinto. Alys la Gris cogió una y se la acercó a los ojos, observando la llama de la vela a través de ella. La dejó junto a las demás y asintió.
—¿Qué querría comprarme la señora?
—Tu secreto —dijo Jerais con una sonrisa—. La dama Melange desea cambiar.
—Dicen que es joven y bella —replicó Alys la Gris—. Incluso al pie de la torre llegan historias sobre ella. No tiene pareja, sino muchos amantes. Dicen que todos los portaestandartes la aman, y tú entre ellos. ¿Por qué desearía cambiar?
—No me has entendido. La dama Melange no busca la juventud ni la belleza. Ningún cambio podría hacerla más hermosa de lo que es. Lo que quiere de ti es el poder para convertirse en una bestia. En un lobo.
—¿Por qué? —preguntó Alys la Gris.
—Eso no es de tu incumbencia. ¿Le venderás ese don?
—No rechazo a nadie. Deja las gemas aquí. Regresa dentro de un mes y te daré lo que desea la dama Melange.
Jerais asintió, pensativo.
—¿No rechazas a nadie?
—A nadie.
Con una sonrisa torcida, rebuscó en el cinturón y le tendió la mano. En la palma enguantada en arrugado terciopelo azul sostenía otra joya, un zafiro más grande que el de la empuñadura de la espada.
—Acepta esto como pago, si te place. Yo también quiero comprar.
Alys la Gris cogió el zafiro, lo sostuvo entre el pulgar y el índice contra la llama de la vela, asintió y lo dejó junto a las otras gemas.
—¿Qué quieres, Jerais?
—Quiero tu fracaso. —Se le ensanchó la sonrisa—. No quiero que la dama Melange obtenga el poder que desea.
Alys la Gris lo miró sin alterarse, clavando sus serenos ojos grises en los azules y fríos de Jerais.
—Llevas el color equivocado —dijo por fin—. El azul es el color de la lealtad, pero tú traicionas a tu señora y la misión que te ha encomendado.
—Soy leal —protestó Jerais—. Sé qué le conviene; lo sé mejor que ella. Melange es joven y estúpida. Cree que, cuando obtenga el poder que busca, podrá mantenerlo en secreto. Pero se equivoca. Y cuando la gente se entere, la destruirá. No puede gobernar al pueblo de día y desgarrarles el cuello de noche.
Alys la Gris reflexionó unos instantes, acariciando la rata que descansaba en su regazo.
—Mientes, Jerais —dijo al cabo de un poco—. Los motivos que me das no son tus verdaderos motivos.
Jerais frunció el ceño. Como por casualidad puso su mano enguantada en la empuñadura de la espada y acarició el gran zafiro con el pulgar.
—No discutiré contigo —dijo con brusquedad—. Si no me vendes lo que te pido, devuélveme la gema, y que te parta un rayo.
—No rechazo a nadie —respondió Alys la Gris, y Jerais arrugó la frente, desconcertado. —Entonces, ¿tendré lo que te pido?
—Tendrás lo que deseas.
—Excelente —dijo Jerais, sonriendo de nuevo—. ¿Dentro de un mes?
—Un mes.


Así las cosas, Alys la Gris envió el mensaje por vías que solo ella conocía. El mensaje pasó de boca en boca por las sombras, los callejones y los pasos secretos de las cloacas, y también por las casas altas de madera escarlata y vidrieras de colores donde moraban los más nobles y los ricos. Ratas grises y ligeras con diminutas manos humanas se lo susurraron en sueños a los niños, y estos compartieron el secreto entre sí, y entonaron un canto nuevo y extraño al saltar a la comba. El mensaje voló hasta los puestos del ejército en la frontera del este y viajó hacia el oeste con las grandes caravanas hasta el corazón del viejo imperio, del que la ciudad del pie de la montaña no era más que una minúscula parte. Aves enormes que parecían de cuero, con cara de monos astutos, lo llevaron al sur, más allá de los bosques y los ríos, a una docena de reinos, donde hombres y mujeres tan pálidos y terribles como Alys la Gris lo escucharon en la soledad de sus torres. El mensaje llegó incluso hasta el norte, más allá de las montañas, a las tierras perdidas.
No tuvo que esperar mucho. Menos de dos semanas después, alguien fue a visitarla.
—Sé donde puedes encontrar lo que necesitas —le dijo—. Puedo conducirte hasta un hombre lobo.
Era un chico joven, delgado e imberbe. Llevaba la ropa habitual de cuero gastado de los aventureros que vivían y cazaban en el páramo azotado por el viento del otro lado de las montañas. Tenía la piel curtida del que ha pasado toda la vida al aire libre, y el pelo blanco como la nieve de las montañas, enredado y descuidado, le llegaba por los hombros. No llevaba armadura, y solo un cuchillo largo en lugar de espada. Sus movimientos eran elegantes y cautos. Entre los mechones blancos que le caían por la cara le asomaban los ojos, oscuros y soñolientos. Pese a que su sonrisa era franca y afable, adolecía de una especie de desidia, y los labios se le torcían ligeramente en un gesto soñador y sensual cuando creía que nadie lo miraba. Se hacía llamar Boyce.
Alys la Gris lo observó y lo escuchó con atención.
—¿Dónde? —preguntó.
—En el norte, a una semana de viaje. En las tierras perdidas.
—¿Vives en las tierras perdidas, Boyce? —le preguntó Alys la Gris.
—No. No es lugar para vivir. Tengo una casa aquí, en la ciudad, pero a menudo cruzo las montañas. Soy cazador. Conozco bien las tierras perdidas y sé qué seres viven allí. Buscas un hombre que camina como un lobo. Puedo llevarte hasta él, pero tenemos que salir de inmediato si queremos llegar antes de la luna llena.
—Mi carro está cargado —dijo Alys la Gris, levantándose—. Mis caballos están ahítos y herrados. Vámonos, pues.
Boyce se apartó el pelo fino y blanco de los ojos y sonrió perezosamente.


El collado era alto, empinado y rocoso, y en algunos tramos, apenas lo bastante ancho para que el carro de Alys la Gris pudiera pasar. Era un armatoste largo y pesado, totalmente cerrado. Antaño había estado pintado de colores brillantes, pero el tiempo y el clima los habían desgastado tanto que las paredes de madera eran de un gris tristón. Tenía seis estrepitosas ruedas de hierro, y los dos caballos que tiraban de él eran, por necesidad, unos monstruos el doble de grandes que los caballos normales. A pesar de ello, avanzaban muy despacio. Boyce, que no tenía montura, caminaba por delante o al lado, y algunas veces se sentaba en el pescante junto a Alys la Gris. El carro crujía lastimeramente. Tardaron tres días en completar el ascenso, y entre las montañas contemplaron la llanura estéril e infinita de las tierras perdidas. Les costó tres días más bajar.
—A partir de ahora iremos más deprisa —prometió Boyce a Alys cuando llegaron a la llanura de las tierras perdidas—. Aquí, el terreno es llano y desierto, y la marcha no será difícil. Dentro de un día, o de dos como mucho, tendrás lo que buscas.—Bien —dijo Alys la Gris.
Llenaron los bidones de agua antes de alejarse de las montañas. Boyce fue a cazar por la ladera y regresó con tres conejos negros y un ciervo pequeño curiosamente deforme. Cuando Alys la Gris le preguntó cómo los había cazado si solo tenía el cuchillo largo, Boyce sonrió y sacó una honda con la que lanzó unos cuantos guijarros, que silbaron al cortar el aire. Alys la Gris asintió. Encendieron una hoguera y cocinaron dos conejos; después salaron el resto de la carne. A la mañana siguiente, al alba, se adentraron en las tierras perdidas.
En efecto, avanzaron deprisa. Las tierras perdidas eran un lugar frío y desierto, y el suelo era tan compacto, duro y firme como los caminos que atravesaban el imperio, al otro lado de las montañas. El carro rodaba con decisión entre traqueteos, crujidos y balanceos. En las tierras perdidas no había matorrales entre los que abrirse paso ni ríos que cruzar. Ante ellos se extendía la más pura e interminable desolación. De tarde en tarde veían un grupo de árboles nudosos y enredados entre sí, con las ramas cargadas de frutos gordos de piel añil y brillante. De tarde en tarde atravesaban un arroyuelo rocoso de un palmo de profundidad. De tarde en tarde encontraban extensas manchas formadas por hongos blancos que cubrían la tierra gris y árida. Sin embargo, era raro que se topasen con algo. Lo que abundaba era la nada, la llanura estéril que se extendía a su alrededor, y el viento. El viento era terrible; nunca dejaba de soplar, y era frío y cortante. A veces olía a ceniza, y otras veces parecía ulular y chillar como si fuera un alma en pena.
Llegaron tan lejos que Alys la Gris vio el límite de las tierras perdidas: una cadena de montañas muy, muy al norte; una línea borrosa entre azul y blanca recortada contra el horizonte gris. Alys la Gris sabía que, aunque viajaran durante semanas, no llegarían a aquellos lejanos picos, pero las tierras perdidas eran tan llanas y desiertas que la vista los alcanzaba con claridad, aun desde tan lejos.
Al anochecer, Alys la Gris y Boyce montaron el campamento bajo un grupo de árboles tortuosos como los que habían visto durante la jornada, que les proporcionaron una tregua momentánea de la furia del viento, pero siguieron oyéndolo y notando cómo los acosaba y empujaba, y viendo cómo retorcía el fuego de mil formas salvajes y evocadoras.
—Sí que están perdidas estas tierras, sí —dijo Alys la Gris mientras comían.
—Tienen una belleza propia. —Boyce pinchó un pedazo de carne con el cuchillo largo y le dio vueltas sobre el fuego—. Por la noche, si se despejan las nubes, podrás ver unas luces violetas, grises y granates moviéndose sobre las montañas del norte, ondulándose como si fueran cortinas atrapadas en el viento incesante. —Ya he visto esas luces antes —dijo Alys la Gris.
—Yo las he visto muchas veces. —Boyce mordió la carne y tiró de ella con los dientes. Un hilo de grasa le cayó por la comisura del labio y sonrió.
—Vienes muy a menudo a las tierras perdidas —dijo Alys la Gris.
—Soy cazador —repuso Boyce, encogiéndose de hombros.
—Pero ¿hay vida aquí? —preguntó Alys la Gris—. ¿Vive algo en este desierto?
—Oh, sí. Hay que fijarse bien y conocer las tierras, pero sí que hay. Bestias extrañas y contrahechas jamás vistas al otro lado de las montañas, seres de leyendas y de pesadillas, seres encantados y malditos, seres de carne inimaginablemente rara y deliciosa. También hay humanos o, más bien, seres casi humanos. Niños cambiados, metamorfos, siluetas grises que caminan solo después del crepúsculo, seres erráticos medio vivos y medio muertos… —Su sonrisa era amable y burlona—. Pero tú eres Alys la Gris y ya debes de saber todo esto. Dicen que provienes de las tierras perdidas, que hace mucho tiempo saliste de aquí.
—Sí, eso dicen.
—Tú y yo somos iguales. Me gustan la ciudad, la gente, la música, la alegría y los chismes. Disfruto de la comodidad del hogar, de la buena comida y el buen vino. Me deleito con los actores que van en otoño a la alta torre del homenaje y actúan para la dama Melange. Me gustan la ropa elegante, las joyas y las mujeres dulces y bellas. Sin embargo, una parte de mí se siente en casa solo aquí, en las tierras perdidas, escuchando el viento, observando con cautela las sombras al anochecer, soñando con cosas con las que la gente de ciudad jamás se atrevería a soñar. —Entretanto ya se había hecho completamente de noche. Boyce señaló al norte con el cuchillo, donde las luces tenues empezaban a resplandecer sobre las montañas—. Mira, Alys. Mira cómo cambian y titilan las luces. Si se mira mucho rato, pueden verse figuras que se mueven en la oscuridad: hombres, mujeres y seres que no son hombres ni mujeres. El viento arrastra sus voces. Observa y escucha. Esas luces son como grandes dramas, como obras más magníficas y extrañas que las que se representan en el escenario de la señora. ¿Lo oyes? ¿Lo ves?
Alys la Gris estaba sentada en la tierra dura y compacta con las piernas cruzadas. Observaba en silencio con una mirada inescrutable en los ojos grises.
—Sí —dijo por fin. No habló más. Boyce enfundo el cuchillo largo; rodeó la hoguera, que ya se había reducido a un puñado de ascuas de un apagado tono rojizo, y se sentó a su lado.
—Sabía que lo verías. Tú y yo somos iguales. Nuestra carne es urbana, pero el viento frío de las tierras perdidas sopla por nuestras venas. Lo he visto en tus ojos, Alys la Gris.
Ella no contestó; se quedó sentada mirando las luces y sintiendo la cálida presencia de Boyce a su lado. Poco después, él le pasó el brazo por los hombros, y ella no protestó. Al cabo de un rato, de mucho más rato, cuando las ascuas se habían apagado y la noche ya era muy fría, Boyce le tomó la cara con ambas manos, delicadamente, y se la giró. La besó con dulzura en los labios finos solo una vez.
Entonces, Alys la Gris se despertó como de un sueño, lo tumbó en el suelo de un empujón, lo desnudó con manos decididas y expertas, y lo poseyó sin más preámbulos. Boyce la dejó hacer. Se tumbó en la tierra dura y fría con las manos entrelazadas tras la cabeza, los ojos soñadores y los labios torcidos en una sonrisa lánguida y satisfecha, mientras Alys la Gris lo cabalgaba, primero suavemente, después cada vez más deprisa, acercándose al clímax entre estremecimientos. Cuando llegó, tensó el cuerpo, echó la cabeza atrás y abrió la boca como si fuera a gritar, pero no salió ningún sonido. Solo aullaba el viento, helado y salvaje, y el grito no era de placer.


El día siguiente amaneció nublado y frío. El cielo que se extendía ante ellos estaba cubierto de jirones de nubes finas y grises que corrían mucho más deprisa que lo que solían correr las nubes, y la poca luz que se filtraba era pálida y apagada. Boyce caminaba junto al carro, y Alys la Gris lo conducía a ritmo pausado.
—Ya estamos cerca —le dijo Boyce—. Muy cerca.
—Bien.
Boyce le sonrió. Su sonrisa había cambiado desde que eran amantes. Era dulce y misteriosa, un poco más que condescendiente; era una sonrisa de presunción.
—Esta noche —le dijo.
—Esta noche habrá luna llena —dijo Alys la Gris.
Boyce sonrió y se apartó el pelo de los ojos sin decir nada.


Bastante antes del anochecer se detuvieron en las ruinas de una ciudad cuyo nombre había sido olvidado mucho tiempo atrás, incluso por los moradores de las tierras perdidas. Quedaba muy poca cosa que rompiera la nada envolvente; solo una pila desamparada y lastimera de escombros. Todavía se distinguían vagamente los contornos de las murallas, y quedaban medio en pie un par de chimeneas rotas que roían el horizonte como dientes negros y cariados. La ciudad no tenía vida ni refugio que ofrecer. Cuando Alys la Gris terminó de dar de comer a los caballos paseó por las ruinas, pero no encontró casi nada. No había cerámica, ni armas oxidadas, ni libros. Ni siquiera huesos. Nada que permitiera hacerse una idea de qué clase de gente había vivido allí, si es que había sido gente.
Las tierras perdidas habían absorbido la vida de aquel lugar, y el viento se había llevado hasta los fantasmas. No quedaba ni un vestigio, ni un recuerdo. El sol, oculto tras las nubes escurridizas, se hundía y casi rozaba el horizonte, y la escena habló con la voz del viento, gritó su soledad y su desesperación. Alys la Gris estuvo allí largo rato a solas, viendo como se ponía el sol, sintiendo cómo el manto fino y harapiento se le hinchaba en la espalda y cómo el viento frío le azotaba el alma. Por fin, regresó al carro.
Boyce había encendido una hoguera y estaba sentado calentando vino en un cazo de cobre y añadiéndole especias de vez en cuando. Dedicó una de aquellas sonrisas nuevas a Alys la Gris cuando ella lo miró.
—El viento es frío —dijo Boyce—. He pensado que una bebida caliente haría nuestra cena más placentera.
Alys la Gris miró a lo lejos, al sol casi hundido, y luego de nuevo a Boyce.
—Este no es ni el momento ni el lugar para el placer, Boyce. Ya es casi de noche, y la luna llena está a punto de salir.
—Bien. —Boyce vertió vino caliente en la copa con un cucharón y lo probó—. Tampoco hay que tener prisa por salir a cazar —añadió con una sonrisa lánguida—. El lobo vendrá a nosotros. El viento transportará nuestro olor por esta nada hasta muy lejos, y él vendrá corriendo cuando perciba el aroma de la carne fresca.
Alys la Gris no dijo nada. Le dio la espalda y subió los tres peldaños del carro. Encendió un brasero con calma y observó cómo cambiaba y parpadeaba la luz al reflejarse en las planchas desgastadas y grises que protegían las paredes y en el montón de pieles del lecho. Cuando la luz se estabilizó, Alys la Gris corrió un panel de la pared y se quedó mirando el estrecho armario, donde una larga hilera de ropa vieja colgaba de ganchos. Había mantos, capas y blusones muy holgados; vestidos demasiado cortos y trajes que se ajustaban como una segunda piel desde la cabeza hasta los pies; ropa de cuero, de pieles y de plumas. Vaciló un momento y luego alargó la mano para sacar un gran manto hecho de mil plumas largas y plateadas, todas acabadas delicadamente en punta negra. Se quitó el que llevaba y se abrochó al cuello la amplia prenda de plumas. Cuando giró sobre sí, el manto se ahuecó, y el aire muerto del carro se agitó y pareció volver a la vida momentáneamente, antes de que las plumas volvieran a posarse. Después, Alys la Gris se agachó y abrió un enorme arcón de roble con correas de cuero y remaches de hierro. Sacó una caja pequeña donde diez anillos reposaban en el viejo lecho de fieltro gris. Cada uno llevaba engarzada una larga y curva garra de plata en lugar de una gema. Alys la Gris se puso los anillos por orden, uno en cada dedo, y cuando se levantó y cerró los puños, las garras amenazadoras reflejaron la tenue luz del brasero.
Fuera ya estaba oscuro. Al sentarse al otro lado del fuego, frente al aventurero de pelo blanco que disfrutaba del vino, Alys la Gris advirtió que este no había preparado nada para cenar.
—Qué manto tan bonito —comentó Boyce, amable. —Ningún manto va a ayudarte cuando venga.
Alys la Gris levantó la mano y la apretó en un puño. Las garras de plata centellearon a la luz de la hoguera.
—Ah —dijo Boyce—. Son de plata.
—Sí, son de plata —corroboró Alys la Gris, bajando la mano.
—Otros lo han atacado antes con armas de plata. Espadas de plata, cuchillos de plata, flechas con punta de plata. Y ahora, todos esos guerreros plateados no son más que polvo. Se dio un festín con su carne.
Alys la Gris se encogió de hombros.
Boyce le dirigió una mirada inquisitiva, pero luego sonrió y volvió a su vino. Alys la Gris se arrebujó en el manto para protegerse del viento helado. Al cabo de un rato, mirando a lo lejos, vio las luces que se movían sobre las montañas del norte. Recordó las historias que había visto en ellas y los relatos de aquel teatro de colores que había invocado Boyce para ella. Eran historias lúgubres y horribles. No las había de otra clase en las tierras perdidas.
Por fin, otra luz llamó su atención, una luz mate y creciente que procedía del este, enfermiza y ominosa. La luz de la luna.
Alys la Gris miró al otro lado de la hoguera agonizante. Boyce había empezado a cambiar.
Contempló cómo se le retorcía el cuerpo mientras los músculos y los huesos se le transformaban por dentro, cómo le crecía el pelo blanco, cómo la sonrisa lánguida se convertía en una amplia mueca roja que le dividió la cara, cómo se le alargaban los caninos y cómo le colgaba la lengua, cómo cayó la copa de vino cuando las manos se le deformaron, se le contorsionaron y se le tornaron garras. Empezó a decir algo, pero de las fauces no salieron palabras, sino un gruñido grave y brutal de alegría, medio humano y medio animal. Entonces echó la cabeza atrás y aulló, y se desgarró la ropa hasta que todos los pedazos quedaron esparcidos a su alrededor. Ya no era Boyce. Al otro lado del fuego había un lobo, una bestia enorme, blanca y peluda, el doble de grande que un lobo común, con una boca que se abría roja y feroz, y ojos de brillo escarlata. Alys la Gris clavó la mirada en ellos mientras se levantaba y se sacudía el polvo del manto de plumas. Aquellos ojos eran astutos, maliciosos e inteligentes, y en lo más profundo de ellos destellaba una sonrisa, una sonrisa de presunción.
Una sonrisa que se pasaba de lista.
El lobo aulló de nuevo; el sonido largo y bestial se disolvió en el viento. Entonces saltó por encima de las brasas de la hoguera que él mismo había encendido.
Alys la Gris extendió los brazos sujetando el manto con las manos y se transformó.
Su metamorfosis fue más rápida que la de Boyce; terminó casi antes de empezar, pero a Alys la Gris le pareció que duraba una eternidad. Comenzó con una extraña sensación de ahogo pegajoso provocada por el manto al adherírsele a la piel; después, un mareo y una extraña debilidad líquida a medida que sus músculos se disolvían, fluían y tomaban nueva forma. Y al final, la euforia, mientras la invadía y corría por sus venas un poder mucho más violento, ardiente y salvaje que el triste vino especiado que había calentado Boyce en la hoguera.
Batió las amplias alas de plata, cuyas plumas tenían la punta negra, y el polvo se levantó y se arremolinó mientras alzaba el vuelo bajo la luz de la luna, a salvo del salto del lobo blanco, arriba y más arriba, hasta que las ruinas se tornaron puntos insignificantes. El viento la sostuvo y la acunó con manos heladas y temblorosas; ella se entregó a él y remontó el vuelo. Sus alas se llenaron con la melodía espeluznante de las tierras perdidas y la elevaron más aún. El pico cruel y curvado se abrió, se cerró y volvió a abrirse, pero no emitió ningún sonido. Dio vueltas por el cielo, embriagada por la sensación de volar. Sus ojos, más agudos que los de ningún hombre, veían a distancia inimaginable, descubrían los secretos de cada sombra, captaban todos los seres moribundos o medio muertos que se arrastraban por la baldía superficie de las tierras perdidas. Las cortinas de luz danzaban en el norte, al frente, mil veces más brillantes y espectaculares que cuando solo podía percibirlas con los ojos miserables de la entidad insignificante llamada Alys la Gris. Quiso volar hacia ellas, volar hacia el norte, el norte, siempre hacia el norte, y retozar en ellas y rasgarlas en jirones brillantes.
Levantó las garras engarabitadas como si desafiara a las luces. Eran largas, letalmente curvas y afiladas, y la luz de la luna les arrancaba destellos plateados en toda su longitud. Pero entonces recordó. Trazó un amplio círculo a su pesar, dando la espalda a las irresistibles luces del norte. Batió las alas una y otra vez, y con un chillido que atravesó la noche empezó a descender en picado hacia su presa.
Lo vio abajo, muy lejos. La figura blanca se alejaba como una exhalación del carro y del fuego, en busca de protección en las sombras y los lugares oscuros. Pero no había protección en las tierras perdidas. El lobo era fuerte e incansable, y sus patas largas y poderosas lo transportaban a un ritmo constante y veloz. Devoraba la distancia como si nada, y ya había recorrido un largo trecho desde el campamento. Pero por muy rápido que fuera, ella lo era más. Solo era un lobo, al fin y al cabo, mientras que ella era el propio viento.
Descendió en un silencio mortal, cortando el aire como un cuchillo, con las garras de plata extendidas. Él debió de atisbar su sombra abalanzándose sobre él, perfilada claramente por la luz de la luna, ya que, cuando se acercó, aceleró desesperado, espoleado por el miedo. No sirvió de nada. Corría tanto como era capaz, pero ella le pasó por encima y lo arañó con las garras, que le penetraron el pelaje y le rasgaron la carne como diez espadas de plata. Él menguó el paso, se tambaleó y cayó.
Ella batió las alas y describió un círculo en el aire para dar otra pasada, y mientras tanto, el lobo se levantó y contempló su terrible silueta, que se recortaba contra la luna, con los ojos más brillantes que nunca, febriles a causa del miedo. Echó atrás la cabeza y emitió un aullido desgarrado y sangriento que pedía piedad.
Pero no había piedad en ella. Descendió con las garras manchadas de sangre y el pico abierto dispuesto a rasgar y a destrozar. El lobo la esperó y saltó a su encuentro, gruñendo y lanzando una dentellada. Pero el combate era demasiado desigual.
Ella eludió su ataque con facilidad y lo rajó al pasar, abriéndole cinco nuevos cortes profundos y largos que no tardaron en empaparse de sangre.
La tercera vez que descendió, el lobo estaba demasiado débil tanto para correr como para atacarla. Pero la observó mientras giraba y descendía, y justo antes de que lo golpeara, un escalofrío le recorrió el cuerpo grande y peludo.


Abrió los ojos, débil todavía. Veía borroso, gruñó y se movió con torpeza. Era de día, y estaba en el campamento, junto al fuego. Alys la Gris se acercó a él cuando lo oyó moverse. Se arrodilló, le levantó la cabeza, le llevó una copa de vino a los labios y la sostuvo hasta que la vació. Cuando Boyce volvió a tumbarse, Alys la Gris vio el asombro en su mirada, la sorpresa ante el hecho de seguir vivo.
—Lo sabías —dijo con la voz quebrada—. Sabías qué era.
—Sí.
Alys la Gris volvía a ser la misma de antes: una mujer delgada, menuda y sin edad, de grandes ojos grises, envuelta en ropa desvaída. El manto de plumas descansaba en el armario, y las garras de plata ya no le adornaban los dedos.
Boyce intentó incorporarse, pero el dolor le arrancó una mueca, y volvió a tumbarse en la manta que Alys la Gris había extendido para él.
—Pensaba… Pensaba que estaba muerto.
—Has estado muy cerca de la muerte —le dijo ella.
—La plata —dijo Boyce con acritud—. La plata corta y quema mucho.
—Sí.
—Pero me salvaste. —Estaba confuso.
—Volví a mi ser, te traje de regreso y te curé.
Boyce sonrió, aunque su sonrisa no era más que una sombra descolorida de la antigua. —Tú puedes cambiar a voluntad —dijo, maravillado—. Ah, ¡mataría por ese don, Alys la Gris! —Ella no dijo nada—. El campo es demasiado abierto aquí —continuó —. Debería haberte llevado a otro sitio. Si hubiera tenido un lugar donde refugiarme… Edificios, un bosque, algo… Entonces no lo habrías tenido tan fácil.
—Tengo otras pieles —repuso Alys la Gris—. Un oso, un felino. Habría dado igual.
—Ah. —Boyce cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, sonrió con amargura —. Qué hermosa eras, Alys. Estuve mucho rato mirando cómo volabas antes de comprender qué pasaría y echar a correr. No podía apartar los ojos de ti. Sabía que eras mi perdición, pero no podía dejar de mirarte. Qué hermosa. Toda de humo y plata, y fuego en los ojos. La última vez, mientras contemplaba como bajabas directa hacía mí, me sentía casi feliz. Mejor morir a manos de Alys la Gris, tan terrible y grácil, pensé, que a manos de cualquier espadachín sucio e insignificante con un palo de punta de plata.
—Lo siento.
—No —se apresuró a contestar Boyce—. Es mejor que me hayas salvado. Me curaré deprisa, ya verás. Las heridas causadas por la plata sangran, pero poco. Y luego estaremos juntos.
—Todavía estás débil —dijo Alys la Gris—. Duérmete.
—Sí —dijo Boyce. Le sonrió y cerró los ojos.


Boyce se despertó horas después. Había recuperado fuerzas y se le habían cerrado las heridas. Pero cuando trató de levantarse, no pudo. Se encontraba amarrado e inmovilizado, espatarrado de brazos y piernas, con las manos y los pies atados a palos clavados en aquella tierra dura y gris.
Alys la Gris lo observó apercibirse de la situación y lo oyó gritar asustado. Se le acercó, le levantó la cabeza y le dio más vino. Cuando se apartó de él, Boyce movió la cabeza con desesperación, mirando las ataduras y luego a ella.
—¿Qué has hecho? —le gritó. Alys la Gris no contestó—. ¿Por qué? No lo entiendo. ¿Por qué? Me salvas, me curas, ¿y ahora me atas?
—No te gustaría mi respuesta, Boyce.
—¡La luna! —bramó—. Tienes miedo de lo que pueda pasar esta noche cuando me transforme de nuevo. —Sonrió, satisfecho de haber resuelto el misterio—. No seas tonta. No te haría daño, y menos ahora, después de lo que ha pasado entre nosotros, después de lo que sé. Estamos hechos el uno para el otro, Alys la Gris. Tú y yo somos iguales. Hemos contemplado juntos las luces, ¡y te he visto volar! ¡Debemos confiar el uno en el otro! Suéltame.
Alys la Gris frunció el ceño, suspiró y dio la callada por respuesta. Boyce la miró sin comprender.
—¿Por qué? —volvió a preguntar—. Desátame, Alys, y te demostraré que no miento. No tienes por qué tenerme miedo.
—No te tengo miedo, Boyce —dijo ella con tristeza.
—¡Bien! —dijo, animado—. Entonces, suéltame, y cambia conmigo. Conviértete en un felino grande esta noche y corre a mi lado, caza conmigo. Puedo llevarte a cazar seres con los que nunca has soñado. Tenemos tanto que compartir… Sabes qué se siente al cambiar, sabes la verdad del cambio, has saboreado el poder y la libertad, has visto las luces con los ojos de un animal, has olido sangre fresca, te has entregado al placer de matar. Conoces… la libertad…, la embriaguez que da… la… Ya sabes…
—Lo sé —reconoció Alys la Gris.
—¡Pues suéltame! Estamos hechos el uno para el otro. Viviremos juntos, amaremos juntos, cazaremos juntos. —Alys la Gris hizo un gesto de negación—. No lo entiendo. —Boyce tiró de las cuerdas hacia arriba, maldijo y se derrumbó de nuevo —. ¿Acaso soy feo? ¿Te parezco repugnante o espantoso?
—No.
—Entonces, ¿qué sucede? —preguntó con amargura—. Muchas otras mujeres me han amado; les parecía atractivo. Damas ricas y hermosas, las mejores del país. Todas me han deseado, incluso sabiendo qué era yo.
—Pero nunca les devolvías ese amor, Boyce.
—No —admitió él—. Bueno, las quise a mi manera. Nunca he traicionado la confianza de ninguna, si es eso lo que estás pensando. Mi presa está aquí, en las tierras perdidas, no entre los que me quieren. —Boyce sintió el peso de la mirada penetrante de Alys la Gris y prosiguió—: ¿Cómo habría podido amarlas más de lo que las amaba? —dijo con vehemencia—. Solo podían conocer una mitad de mí; solo la mitad que vivía en la ciudad; la mitad a la que le gusta el vino, las canciones y las sábanas perfumadas. La otra mitad vivía aquí, en las tierras perdidas, y sabía cosas que ellas, esos seres tristes y débiles, nunca podrían saber. Se lo dije a quienes me insistieron. Les dije que para ser uno conmigo debían correr y cazar a mi lado. Como tú. Suéltame, Alys. Vuela para mí, mírame correr. Caza conmigo.
—Lo siento, Boyce —dijo Alys la Gris, levantándose y soltando un suspiro—. Si pudiera, no te haría pasar por esto, pero lo que debe suceder, debe suceder. Si hubieras muerto anoche no habría servido de nada. Los muertos no tienen poder. La noche y el día, el blanco y el negro son débiles. La fuerza proviene del reino intermedio, de la penumbra, de la sombra, del lugar terrible que hay entre la vida y la muerte. De lo gris, Boyce, de lo gris.
Volvió a tirar de las cuerdas con furia, y empezó a llorar, a maldecir y a apretar los dientes. Alys la Gris le dio la espalda y buscó la soledad de su carro. Se quedó horas allí, sentada a solas en la oscuridad mientras escuchaba los gritos e improperios de Boyce, que amenazaba, suplicaba y prometía amor eterno. Alys la Gris no salió hasta un buen rato después de que se levantara la luna. No quería verlo cambiar. No quería ver como su humanidad lo abandonaba por última vez.
Por fin, cuando los gritos se convirtieron en aullidos brutales, desamparados y dolorosos, Alys la Gris reapareció. La luna llena arrojaba una luz blanquecina y melancólica a la escena. Atado a la tierra dura, el gran lobo blanco se retorcía, aullaba, se debatía y la miraba con hambrientos ojos escarlata.
Alys la Gris se acercó muy lentamente a él. En la mano llevaba el largo cuchillo de desollar, en cuya hoja de plata había delicados grabados rúnicos.


Cuando dejó de debatirse, el trabajo fue más fácil, pero de todas formas fue una noche larga y sangrienta. Lo mató en el momento en el que terminó, antes de que llegara el alba, lo cambiara y le devolviese una voz humana con la que gritar de agonía. Después, Alys la Gris colgó la piel y sacó las herramientas necesarias para cavar una tumba muy, muy profunda en la tierra compacta y fría. Apiló piedras y cascotes encima para protegerla de los seres que merodeaban por las tierras perdidas, los gules, las cornejas negras y otras criaturas que no hacían ascos a la carne muerta. Empleó casi todo el día en enterrarlo porque la tierra era muy dura, pese a saber de antemano que era una tarea inútil.
Cuando por fin terminó, casi había regresado el crepúsculo. Alys la Gris entró de nuevo en el carro y salió con el gran manto de plumas plateadas de punta negra. Entonces se metamorfoseó y voló, voló furibunda e infatigable, bañada en extrañas luces y casada con la oscuridad. Voló toda la noche bajo la luna llena y burlona, y solo gritó una vez, justo antes del amanecer. Fue un chillido agudo de desesperación y congoja que vibró y lloró en el borde afilado del viento y cambió su sonido para siempre.


Tal vez Jerais tuviera miedo de lo que fuera a darle Alys la Gris, ya que no fue a verla solo. Se hizo acompañar por dos caballeros: un hombretón vestido de blanco, cuyo escudo estaba decorado con una calavera tallada en hielo, y otro de carmesí, cuyo emblema era un hombre en llamas. Ambos se quedaron en la puerta, con el casco puesto y sin decir palabra. Jerais se acercó a Alys la Gris con recelo.
—¿Y bien? —le preguntó Jerais.
En el regazo de la mujer había una piel de lobo que debía de haber pertenecido a un animal colosal, completamente blanca como la nieve de las montañas. Alys la Gris se levantó y se la entregó a Jerais el Azul, colocándosela en el brazo extendido.
—Dile a la dama Melange que se haga un corte y vierta su sangre en la piel. Que lo haga una noche de luna llena, justo cuando esta salga. Entonces, el poder será suyo. Después no tendrá más que ponerse la piel como un manto y desear la metamorfosis, sin necesidad de que sea de día o de noche ni de que haya luna llena o nueva.
—Vaya. —Jerais miró la piel blanca y pesada y le dedicó una sonrisa forzada—. ¿Una piel de lobo? No me lo esperaba. Creía que me darías una poción o un hechizo.
—No —dijo Alys la Gris—. Es la piel de un hombre lobo.
—¿De un hombre lobo? —La boca de Jerais se torció en una mueca torva, y sus ojos zafiro centellearon—. Muy bien, Alys la Gris, has cumplido lo que te pidió la dama Melange, pero no lo que yo pedí. Te pagué por tu fracaso. Devuélveme la gema.
—No —respondió Alys la Gris—. Me la he ganado.
—No tengo lo que pedí.
—Pero tienes lo que querías, y eso fue lo que prometí. —Lo miró a los ojos sin temor—. Creías que mi fracaso te ayudaría a conseguir lo que realmente deseabas, y que mi éxito te condenaría. Estabas equivocado.
—¿Y qué deseo de verdad? —preguntó Jerais con sarcasmo.
—A la dama Melange. Has sido un amante entre muchos, pero querías más. Lo querías todo. Te sabías plato de segunda mesa. Pero he cambiado eso. Preséntate ante ella y llévale lo que ha comprado.


Aquel día hubo amargos lamentos en la alta torre del homenaje cuando Jerais el Azul se arrodilló ante la dama Melange y le ofreció la piel blanca de lobo. Y cuando los gritos, las lágrimas y el duelo llegaron a su fin, la dama Melange cogió el gran manto blanco y vertió su sangre en él y aprendió a metamorfosearse. No era la unión que deseaba, pero era una unión, a fin de cuentas. De modo que por las noches merodea en las almenas y la ladera de la montaña, y la gente de la ciudad dice que su aullido es un lamento salvaje que quiebra el corazón.
Y Jerais el Azul, que se casó con ella un mes después de que Alys la Gris regresara de las tierras perdidas, de día se sienta al lado de una loca en el salón principal, y de noche se encierra en sus aposentos, aterrorizado por los ojos rojos y ardientes de su esposa, y ha dejado de cazar, de reír y de desear.


Se puede comprar a Alys la Gris cualquier cosa que se desee. Pero es mejor que no.