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miércoles, 11 de enero de 2023

Avenida Atlántica. Manuel Rivas.

Espero la venganza del mar.
El mar volviéndose con ojos de loco contra tierra.
El mar burbujeando en el hueco negro de los sepulcros.
El mar llamando a las puertas de la ciudad.
El mar con sus labios secos.
El mar recorriendo la distancia de un puño.
El mar sólo como un solo de jazz.
Un pájaro ciego.
Un caballo azul bebiendo en los espejos.
El mar.
Ahogando mi corazón, un pez abisal,
eléctrico y antiguo.
Arrastrándome como a un animal dormido en la arena.
Lejos de vosotros, contra vosotros, el mar.


miércoles, 11 de noviembre de 2020

La trayectoria del balón. Manuel Rivas.

Con la rabia de ir perdiendo, le di un patadón al balón y salió como un obús. Desviado. Le dio en la cara a la mendiga de los plásticos. En el suelo quedaron, destrozadas, sus gafas.
Todo calló en el Campo de Marte. El balón rodó y volvió hacia mí como llevado por un impulso delator. Hasta los ojos de los árboles parecían mirarme con desaprobación y una paloma bajó a contar los fragmentos de vidrio.
¡Corre, Román!, llamó Uri. ¡Corre! Y todos los de la pandilla le siguieron, huyendo al trote hacia la calle del Matadero, con una estela de nerviosas carcajadas.
¡Hijos de la gran puta!, gritó la mendiga de los plásticos.
Era muy fea, cara de patata blanda, con brotes verrugosos en la piel. Pero los ojos, repentinamente desnudos, llorosos y enrojecidos por el arranque de ira, le daban un aire de niña ultrajada en el recreo.
¡Corre, Román! Escuché a lo lejos la voz de Uri: ¡Te va a chupar la sangre!
Ella se removió en su asiento y palpó el montó de bolsas. El recuento del tesoro. Andaba siempre con ese cargamento de sobras y basura, y nosotros la veíamos pasar como una nube sucia que va a ras del suelo, con un velo de moscas y el limo de un caracol gigante. Si hubiese una guerra, pensé, todas las balas perdidas le darían a ella. Así que estás a tiempo. Coge el balón y lárgate. Ni siquiera te ve.
¡Ven aquí, muchacho! Su voz tenía ahora un tono de súplica.
¡Ayúdame, chavalín!
Sentí que tiraba de mí como un sedal. Dejé rodar el balón hacia el seto de mirtos, recogí la montura de las gafas y los pedazos de cristal, y los deposité en sus manos.
¡Esos hijos de la gran puta! Y murmuró lo que parecía una maldición: ¡Ojalá se les sequen las lágrimas en el manantial de los ojos!
Guardó los restos de las gafas en una de las bolsas. Había un pan enmohecido. Y había también el cuerpo sin brazos de una muñeca vieja.
A ti no, niño, dijo levantándose con mucho trabajo. A ti que no se te sequen. Ya se ve que tú eres un buen muchacho.
Era una mujer de baja estatura pero de una redondez enorme, como un pajar bajo un gabán gris, del color de la lluvia fría. Las bolsas fueron hacia ella, prendidas del tendal de sus brazos. La última, la de las gafas destrozadas, el pan enmohecido y la muñeca amputada, le quedó colgada de la punta de los dedos.
Si quieres, puedes ayudar a esta pobre vieja.
Y allá me fui con ella, como un satélite menudo, con las rodillas heridas por el fútbol, en la órbita de un planeta bamboleante y con un tesoro de basura en el gancho de la mano.
Subimos la cuesta del Campo de Marte, atravesamos la calle que lleva a la Torre, hasta llegar a una calleja de las Atochas. La vieja se detuvo ante una puerta de madera labrada en hiedra, y una aldaba de ninfa. Dejó las bolsas, rebuscó en los bolsillo y fue quitando pañuelos sucios, de ilusionista mendicante, y después un bazar de cosas, desde huesos de cerezas a aspirinas, hasta encontrar la llave.
El pasillo estaba muy oscuro, un túnel del que no se veía el fondo.
Sin las gafas no encuetro esa maldita luz, dijo ella.
Fue entonces cuando entré. Distinguí bien la llave de la luz y fui a encenderla. Y justo cuando lo hice, la vieja me agarró por el gaznate. Una tenaza que estaba a punto de ahorcarme.
¡Ah, cabrón! ¿Pensabas que yo era tonta o qué?
Me sacudió en el aire. Perdí el aliento y vi a mi ángel traspasando el techo: ¡Adiós, Román! Serás un bonito muñeco.
De repente, me soltó y caí al suelo como un saco desollado.
Los niños se recuperan enseguida, eso dicen, y traté de escabullirme entre las columnas macizas de sus piernas. Pero ella me agarró como a un pichón por las alas de los brazos, otra vez en el aire. Tenía los mismos ojos que aquella maestra que se había vuelto loca y que lloraba al pegar.
¡Pobrecito, pobrecito mío! Mely no te va a hacer daño. Tranquilo, mi niño. Mely nunca le ha hecho mal a nadie. No tengas miedo. ¿Verdad que no tienes miedo de Melita?
Asentí con la cabeza.
No tengas miedo.
Negué con la cabeza.
No, no tengas miedo.
Y cerró de un portazo. Ahora me llevaba fuermente cogido de la mano. Todos mis sentidos estaban concetrados en los resquicios de luz en los agujeros posibles para la salvación. En aquel corredor de la muerte, me sentía identificado con cada uno de los bichos de los que había sido verdugo. Me sentía mosca, hormiga, cucaracha, grillo, lagartija, mariposa, renacuajo, cangrejo, ratón. Sí, ratón. Había matado un ratón en la aldea de mis abuelos. Ésa era mi pieza de caza mayor. Vi el ratón agigantado. De mi tamaño. Lloraba por aquel ratón.
No llores. No sé por qué todos tienen miedo de la pobre Mely dijo ella, enjugando las lágrimas. Si todo lo que hago, lo hago para cuidar de mis niñas.
Abrió una puerta en el pasillo y encendió una luz. Era una habitación pequeña, una despensa. Los estantes estaban atestados de muñecas. Muñecas amputadas. Las había sin piernas, sin brazos, sin ojos. Muñecas greñudas, muñecas calvas.
Es la habitaciónde mis niñas. Míralas, pobrecitas. Todas han venido de la basura. Y Mely cuida de ellas.
Y entonces me di cuenta de que era capaz de hablar. Una hendidura de luz que venía de mis entrañas.
Yo puedo ayudarla, señora.
De vez en cuando, dijo ella, encuentro una pierna para las cojitas. Y un brazo para las mancas. Pero, ¿y los ojos? Eso es más difícil. ¿Cómo encontrar los ojos sin arrancárselos a otras? He probado a ponerles ojos de peces, en la basura de los ricos abundas los ojos de merluza, pero se pudren.
Yo puedo conseguir ojos, señora. Sé dónde hay ojos de muñecas.
Me cogió la cara y me miró de frente, como si acabase de descubrir mi presencia: ¿Y tú quién eres? ¿Qué haces aquí con mis niñas? ¡Fuera, cabrón de hombre!
Corrí por la cuesta del Monte Alto sin mirar hacia atrás. Por los roquedales del Orzán, jugando a escapar de las olas, encontré a mis amigos.
Hostia, tío, ¿dónde te habías metido?, preguntó Uri.
Fui a dar un vuelta por ahí, comenté como de pasada.
Esa vieja es una bruja, dijo Uri. Suerte que no te pillase. Dicen que fue una puta.
Yo me reí nervioso y puse cara rara. ¿Una puta?
De joven era muy guapa. Demasiado linda. Lo oí decir en el bar de Amancio. Se la folló todo dios. Eso decían. Se la pasó por la piedra medio mundo. Más puta que las gallinas.
Ahora nos moríamos de risa. Era una palabra que nos hacía reír, esa de puta unida a la de gallina. Y después me fui de allí por el arenal, y arrojé una concha contra la estela de brillo que el sol pintaba en el mar.
La concha fue dando saltos hasta hundirse.

Ella, maldita alma. 1999.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

La barra de pan. Manuel Rivas.

Tras el entierro, en el cementerio de San Amaro, habíamos ido al Huevito y luego al bar David para brindar por el alma difunta. Había muerto la madre de Fontana. Él estaba muy apesadumbrado, como si el peso de la caja continuase aún allí, a su espalda, y con ese aire de dolor culpable que tienen los hijos cuando se les va la madre. En su caso, la madre había tenido Alzheimer y confundía a su hijo con el hombre de la información meteorológica en la televisión.
¡Mira qué formal está!, decía ella. Y le mandaba un beso soplando en la palma de su mano hacia la pantalla.
Fontana interpretaba aquella desmemoria como una señal de protesta, de acusación indirecta por sus largas ausencias. Estaba soltero como todos nosotros y le iba la bohemia. Le llegó a tener mucha antipatía al Hombre del Tiempo. Hasta que O'Chanel le dijo un día: Es que se parece a ti, Fontana. Es igualito a ti.
Y Fontana se puso un traje de chaqueta cruzada como el de aquel Hombre del Tiempo y le dijo: Mamá, soy yo.
Ya veo que eres tú, le respondió su madre sonriente. Mucho he rezado para te dejasen salir de las isobaras.
En la barra del bar estaba Corea. Era un bebedor solitario, que no se metía con nadie. Pero en lo poco que hablaba, incluso cuando quería ser amable, le salían apocalipsis por la boca, que decía con una voz grave, como palabras de tierra. Por eso, cuando se acercó a Fontana, nos pusimos en guardia. Pero Corea le puso la mano en el hombro y le dio el pésame sorprendente: A los muertos hay que dejarles ir. No hay que tirar de ellos hacia abajo. Hay que abrir una teja en el tejado. Y que el alma busque su sitio.
Sin más, Corea se fue hacia la barra, bebió el trago que le quedaba, pagó la ronda y se marchó por la puerta sin despedirse.
Por un tiempo, nos quedamos mudos. Es una hermosa oración, dijo por fin O'Chanel.
La mejor, añadió Fontana pensativo.
Va un brindis por el alma.
¡Por el alma!
Es cierto, dijo O'Chanel. Es cierto que hay cosas que tienen alma. O dicho de otra manera, hay sitios en los que se posan las almas como pájaros en las ramas.
O'Chanel siempre tenía un cuento en la recámara para tapar los tiempos muertos. Solo necesitaba un trago para, según decía él, mojar la prosodia. Había emigrado a Francia de joven, en uno de esos trenes que salían atestados de Galicia. Y le había ido bien. Oye, tú, ¡yo colocaba guardabarros en la Renault!, decía como un mariscal victorioso. Incluso contaba que había estado sentado con un Filósofo célebre en la terraza de un café a la orilla del Sena y que el filosofo había tomado notas de cuanto él le decía. Por supuesto, aseguraba O'Chanel, antes me pidió permiso. ¡Ese sí que es un país con cultura y educación! Y es que a veces le entraba nostalgia del revés: ¡Aún he de volver a Paris! Un hombre con prosodia allí es un galán.
Yo, una vez, dijo ahora O'Chanel, una vez me comí un alma.
Y miró a su alrededor, uno por uno, como quien pide tiempo antes de ser contrariado.
De niño, en los tiempos del hambre, mi madre me mandó con la cartilla de racionamiento. A ver qué daban. Siempre daban poco, pero cualquier cosa que entrase en la casa del pobre era un manjar. Nosotros vivíamos en la aldea, pero no teníamos tierras. Mi padre, ya sabéis, era obrero. Los labradores aún se iban arreglando. Venían los de Abastos, rapiñaban todo lo que podían, pero siempre había algo que echar el puchero. Pero el nuestro, la más de las veces, solo tenía un hueso para darle sabor al caldo de verdura. Y éramos muchos en la familia, una rueda de polluelos alrededor de la madre. Cuentas esto ahora y se ríen de uno, pero vosotros sabéis que era cierto.
Pues bien, mi madre me mandó con la cartilla. Me dijo: Anda, a ver qué dan.
Salí por la mañana temprano. Tenía que andar cinco kilómetros hasta Cambre. Dejé atrás la casa, oscura y ahumada, porque las desgracias nunca vienen solas y el fuego arde mal, se hace perezoso cuando no tiene sustancia que cocer. Dejé atrás a mis hermanos, una letanía coral de llanto y tos. Y el día, por fuera, era como la casa por dentro. Con una niebla pegajosa, una roña fría y tristona que envolvía todas las cosas y se te metía en la cabeza. Había algunos pájaros en ramas y cercados, pero todos parecían estar de luto, ensimismados y con el capuchón fúnebre. El camino estaba enlamado y yo buscaba apoyos de piedra para no empapar los zuecos, pero a veces resbalaba, hasta que el barro me llegó a los tobillos y entonces me despreocupé, y me metía en los charcos adrede, como animal de agua. Por los lugares que pasaba, la gente no parecía verme. Yo decía buenos días, miraban de reojo, pero no respondían a mi saludo. Era un niño invisible.
Así fue mi viaje hacia la barra de pan. Porque todo cuanto me dieron cuando mostré la cartilla fue una barra de pan.
Y volví abrazado a la barra. Para mí aquel pan tenía el color del oro. Ahora caminaba con mucho tiento, dando rodeos para encontrar el buen paso. Por nada del mundo podía resbalar y echarla a perder. Fue entonces cuando el hambre despertó. Yo la mantenía entretenida, adormecida, pero creo que despertó al sentir tan cerca el pan. Y, sin pensar, cogí un cuscurro. Y lo dejé ablandar en la boca, demorando, sin masticar. Me sabía a todos los sabores. A dulce, a caramelo, a maravilla. Y ya noté que el día estaba clareando, con la niebla que se alejaba, deshilándose en los árboles.
Y los dedos siguieron agujereándole las entrañas, haciendo bolitas de miga. Andaban a su aire, sin que yo tuviese cuenta de ellos, y llevaban las migas a la boca como si fuese otro quien me las diese. Sí que era un bonito día. Nunca había reparado en los colores que tiene el invierno en Galicia. Con las violetas al borde del camino, los tojos que doran los montes, las flores de las navales como inmensas alfombras palaciegas.
Otro bocado y los pájaros se ponen a cantar. El mirlo, el petirrojo, el gorrión, el reyezuelo, la collalba, el herrerillo, el pinzón, la alondra en lo alto. Alegres parientes que no emigran.
Otro pedazo de pan en el paladar y las campanas de Sigras que se ponen a repicar. No era un sonido fúnebre, como acostumbraban en aquel tiempo. Era un repique festivo, que recorría los campos como una alborada.
El mugir de las vacas y el canto de los gallos parecían himnos de abundancia y de vida. Un viejo apilaba estiércol en el carro, llenando la mañana de un aroma cálido que olía a las cosechas futuras, a cachelos cocidos y a borona, e incluso a las sardinas del mar.
¡Buenos días, chaval!, dijo Vulto, el viejo vecino que nunca decía palabra. ¡Feliz Navidad! Aquel saludo cariñoso tuvo el efecto de una bofetada. Vulto era mudo y la Navidad había pasado hacia un mes.
Miré hacia abajo. De la barra solo quedaba un polvo de harina en el gabán. Ante mi casa, lo sacudí como quien sacude un pecado. Abrí la puerta y una docena de ojos, en aquella cueva ahumada, miró con brillo de ansia para mí.
¿Qué te han dado?, pregunto mi madre.
Un pan, dije, una barra de pan.
Para no retrasar más la penitencia, añadí a continuación: Me la he comido entera por el camino. Y dejé caer los brazos, acercándome a ella con desazón, deseando que me golpease muy fuerte.
Mi madre me miró de frente, como quien se pregunta en qué momento se estropea la obra de Dios. Pero luego me acercó a su vientre y me secó la cara con aquel delantal que tenía, estampado en flores de manzanilla.
Y mi madre dijo: ¡Has hecho bien, hijo, has hecho bien! 

 


Ella, maldita alma. 1999.

viernes, 4 de octubre de 2019

El partido de reyes. Manuel Rivas.

¡Para Félix! Son las cinco de la tarde, una hora menos en Canarias. Eso decían siempre los locutores de Carrusel Deportivo. Y así era Félix, a quien nosotros llamábamos Feliz, porque ceceaba algo y sonreía cuando lo reprendíamos. Una Hora Menos. De chavales, cuando jugábamos una pachanga en el patio de la escuela, no había problema. Lo dejábamos participar y nos divertía su terquedad en perseguir el balón como si éste estuviese imantado y él calzase herraduras. Sin importarle que traspasase la red imaginaria de la portería o que la sirena pusiera fin al recreo. Durante un tiempo, él continuaba su atropellada carrera, la cara enrojecida, la respiración entrecortada, y parecía entonces que era el balón quien jugaba contra él, como un burlador, hasta que lo detenía el súbito descubrimiento de la soledad o el redoble de un aviso.
Stop, Félix. ¡A clase!
En verdad, nadie disfrutaba el juego como él. Le iba la vida. Si lo felicitabas por un disparo, ese punterazo al azar que acaba en gol, se abrazaba a ti con un afecto desmedido, abrumador, y te comía a besos, y temías que te lamiese la mejilla con su larga lengua rosada, hasta que lo apartabas y limpiabas el salivado rubor con la manga. A veces, hipnotizado por el rodar del balón, se confundía de equipo, y disputaba la posesión a un compañero. Si le reñías, se quedaba apesadumbrado, y sus ojos rasgados y distantes uno de otro, como los de un batracio, parecían expresar dos desconsuelos a un tiempo.
No quiero ser cínico. De críos, a Félix, o Feliz, le llamábamos como insulto Mongol. A mí me borró esa tendencia mi madre de una bofetada en los morros. Y cuando pasó el disgusto, me contó la historia de aquella criatura que al nacer tenía la piel suave y membranosa de una uva. Fue también entonces la primera vez que oí hablar del síndrome de Down. Tal como yo lo entendí, una cosa era Félix, que era como nosotros, y otra, una especie de duende relojero llamado Down que maquinaba por dentro para cambiarte la hora, distorsionarle el micrófono de la voz y volver áspera y pasa su piel de uva.
En medio de los contratiempos, había algo admirable en el desfase horario de Félix. La misma porfía que ponía en la caza del balón, la empleaba en las tareas escolares. Nuestra caligrafía, por ejemplo, se había ido encogiendo o agrandando, las líneas ascendían o decaían, las letras altas se alzaban más o perdían su altiva cresta, e incluso había quien dejaba la “i” sin su bonito punto, capada, como si la vida empezara a apremiarlos hacia ninguna parte. Él, no. Él perseveraba en un desafío permanente con la perfección, enderechando la escritura por el zócalo de las líneas, inclinándose en las curvas como un ciclista, y ajustando la medida como si a cada letra le correspondiese un crisol natural e invisible.
En pinturas y dibujos, fuese cual fuese el asunto propuesto por el maestro, siempre incorporaba una grúa de la construcción y un tendal. Si era un paisaje marino, él chantaba una grúa entra las olas y donde ataba el tendal, con el otro extremo en tierra, o situaba la grúa en la costa y alargaba el tendal hacia el mástil de un barco o en el pico de un alcatraz, con una ringlera colgante de piezas de ropa que rotulaba fosforescentes en lila o amarillo limón. El maestro le daba vueltas y vueltas a aquella fijación, pero cualquiera de nosotros podía ver su sentido del marketing, la marca inconfundible de Grúas Ferreiro, la empresa del padre, y el magnífico tendal, la espléndida guirnalda, con colchas y alfombras, que su madre colgaba en el balcón. Por lo demás, y durante muchos años, Félix pintaba el mar de color naranja, las nubes intensamente oscuras y ceñudas y un sol verde, grande como una manzana granny smith.
Cuando comenzamos a jugar en serio, con partidos concertados fuera de la escuela, Félix no era convocado, pero él se presentaba siempre, avisado por un sexto sentido, y muy animoso tras la silenciosa cuadrilla. Nos hacía sentir incómodos, pero Valdo Varela, el más decidido, muy capitán, le impartía órdenes sin miramientos.
-Tú, Félix, de recogepelotas. ¡Así empezó Maradona!
Y Félix o Feliz, correteaba atareado por las bandas, con la larga lengua fuera, pero sin descanso, y brincaba los setos tras lo balones perdidos con un entusiasmo profesional. Si vencíamos, Varela sabía tener con él la grandeza de un líder: “¡Lo has hecho muy bien, Dieguito!”. Pero si perdíamos, lo dejábamos atrás como una oveja coja.
Nuestros partidos, a la manera de los de los mayores, tenían una segunda parte más secreta. En algún cobertizo, tras la tapia del cementerio o entre las rocas de Beiramar, fumábamos los primeros pitillos. Lo hacíamos con mucho paripé, serios y solemnes, como si cada vaharada fuese una firma de notario que adelantase el futuro. Félix se reía. Le decíamos: “¡Venga una calada, campeón!”. Pedro él lo rechazaba y nos observaba con esa mirada cáustica de quien está de vuelta de todos los vicios.
-¿No irás por ahí con el cuento?
-Con el cuento, con el cuento -repitió Félix, riendo a su manera.
-Pues entonces -se levantó Varela con el chester en la mano-, ¿por qué no fumas, infeliz del carajo?
Félix miró hacia los demás, buscando un noray, pero el chiste ya estaba en marcha. Cogió el pitillo con la mano temblorosa y lo metió en la boca, mordiendo el filtro. Aspiraba y soplaba seguido, sin soltarlo. Estaba atufado, congestionado. El humo le salía por el vidrio roto de los ojos. Hasta que escupió todo, tosiendo, con las manos en el pecho, y Varela le dijo: “¡Muy bien, Maradona, muy bien! Estás hecho un hombre”.
Para el día de Reyes, habíamos pactado un partido contra los de las Casas Baratas. El partido del siglo. Una prueba de fuego, aunque el tiempo era de invierno crudo, desterrado el sol desde San Martín. Los días transcurrían entre diluvios, encogidos como mendigos en una pegajosa anochecida. Nos daba calor el balón. Calentando en los soportales, esperábamos el día con la fe de los cristianos en el calendario, mientras el resto del mundo, pasado el desahogo del fin de año, proseguía, sombrío y entumecido, su rutina.
Hasta entonces, la única relación que habíamos tenido con los de las Casas Baratas era el lanzamiento mutuo de pedradas. Una rivalidad tribal, dictada por el suelo, entre Vikingos, ellos, instalados en el arrabal, y los Madamitas, como ellos nos llamaban a nosotros, a los de siempre, a los de la Plaza. Medirse en el fútbol era distinto. Se trataba del honor, fuese lo que eso fuese. Una histórica contienda que nos tuvo ocupados e inquietos toda la semana.
Y allí estábamos el día de la verdad. Con los pies helados y el corazón brioso. La cita era en el campo de Agra Bella, donde jugaba el glorioso Unión Beiramar la liga de la Costa. Había llovido por la mañana, y el campo, a la orilla del río, era un archipiélago, con una calva de arenas movedizas delante de cada portería. Pero nadie iba a recular.
-¿Dónde está Varela?
Nos faltaba uno. Nuestro capitán. Lo retendrían en casa, con alguna labor. Estaría en camino. Hicimos tiempo. Varela era el central. No hacía virguerías, pero era un auténtico destructor. Su voz era como una tercera pierna. Gritaba tanto que teledirigía el equipo y acojonaba al rival. Hasta el balón rodaba aturdido cuando iba hacia él y frenaba antes de llegarle al pie. Por enésima vez, oteé encaramado a la valla de madera. El camino, surcado por el agua desbocada, era como un río desmemoriado.
-El Varela no viene -aventuró el Zezé.
Los de las Casas Baratas se fueron colocando en perfecta formación. Callados, la mirada dura, casi todos rapados como si los soltasen del Reformatorio, con los brazos tensados, a punto de desenfundar un revólver invisible. De entre ellos, el que tenía la voz cantante era el guardameta. Lo conocía de vista. Coco liso. Le llamaban Tokyo.
-No va a venir. Te lo digo yo. Le tiene miedo a ese bestia.
-¿Miedo Varela?
Zezé era menudo de cuerpo, pero muy bravo. Fibroso, siempre alerta, mitad ratón y mitad gato, trastornaba el área contraria y era capaz de tumbar a un defensa sin tocarlo, sólo con el baile. Nunca buscaba el cuerpo a cuerpo, el enfrentamiento. Tenía esa cualidad de hacerse respetar de abajo arriba.
-El otro día le hizo un corte de mangas desde el bus y ahora se raja. No va a venir. En el fondo, es un cagón.
Como si nos leyese los labios, desde el campo contrario, a la manera de un pastor que ordeña el rebaño, nos gritó el coco liso.
-¿Qué? ¿Jugamos o lo dais por perdido?
Tokyo era un tipo imponente. Hacía por dos de nosotros, pero tampoco era el más viejo. Al parecer, de niño se fracturó una pierna saltando el muro de la rectoral para robar fruta y en el hospital habían experimientado con él un nuevo complejo vitamínico. Eso era lo que contaban. Ahora, al verlo enfrente, lamenté no haberme roto yo también una pierna.
-¡Nos falta uno! Podemos jugar otro día.
-¡Yo cuento once! -gritó, sarcástico, el gigantón.
Y fue entonces cuando lo vimos, sonriente en la banda, con su balón de Reyes Magos, de estreno, debajo del brazo, en brillante blanco y negro, como un ajedrez esférico, rotulado rombo a rombo por él mismo. Vestía la flamante camiseta de Grúas Ferreiro, caída como una túnica hasta las rodillas, marcando así una barriga en forma de aguacate.
-¿O es que el mongol no juega?
-¡Se llama Down! -gritó Zeñe con coraje.
Los propios compañeros lo miramos extrañados.
-Tiene nombre, ¿sabes? ¡Se llama Down!
-¿Qué es? ¿Un fichaje inglés? -ironizó alguien en el otro lado.
-Sí. Es nuevo en el equipo.
Zezé llamó a Félix. Él acudió corriendo, excitado.
-Hoy no vas a recoger pelotas. Vas a jugar de titular.
-Titular.
-Sí, titular. Aquí. Con tu equipo.
Le temblaban las piernas. La mirada desdoblada entre el enemigo y nosotros.
-Te llamas Down -le dijo Zezé con firmeza -. Desde hoy eres Down, nuestro lateral derecho.
-Down. Lateral derecho.
-Eso es. Vas a defender. Tú estate ahí, en esa banda. Que no pase el balón. Chuta hacia delante. Siempre hacia delante. ¿Entendido?
-Siempre adelante.
-Ahora, fíjate bien en lo que te voy a decir, Down. Es muy importante. No dejes sola tu banda. Pegado siempre al delantero. No lo sueltes nunca. No lo dejes respirar. No pases nunca, nunca, más allá del medio campo. ¿Ves esta raya?
Down seguía la marca, casi borrada por el agua. La rotulaba de nuevo con los ojos.
-Pues aquí, en esta raya, paras.
Down se quedó pensativo. Parecía calibrar su crédito, la tremenda responsabilidad de asumir un límite.
-Parar en la raya.
-Muy bien, Down. ¡Vamos a ganar este partido!
No. No íbamos a ganarlo. Sufrimos mucho. Pero tampoco estábamos llevando una palia. Ellos marcaron un gol nada más comenzar. Reaccionamos. El problema era que llegábamos con mucha dificultad a la portería del rival, y cuando lo conseguíamos, el coco liso era, como diría el presidente del Unión, un muladar imbatible.
Pero peleamos sin bajar la cerviz. Y entre todos, con la larga lengua fuera, quien más luchó fue Félix, nuestro lateral Down, ceñido al delantero como una sombra. La cara arañada, el labio partido, una costra ocre, de fango y sangre en las rodillas. No fue esa abanda nuestro flanco débil. No. Al revés. Cuando esperábamos el fin del suplicio, Down cortó un pase del contrario y arrancó tras el balón a trompicones, con esa manera atropellada de correr que tenía, desconcertando a los que le salían al paso, avanzando en sorprendentes errores que el balón, como si tuviese vida propia, transformaba en regates.
Y pasó la raya prohibida. Esquivó a tres más, sin mirar para ellos, con la orientación de un ciego, y se plantó enfrente de Tokyo.
-¡Tira, Down! ¡Tira!
Hizo lo más difícil. Intentó driblar al gigante y, de hecho, lo sentó de culo sin tocarlo, pero Tokyo reptó en el lodazal como un cocodrilo y trabó con las fauces de las manos el pie izquierdo de Félix. Era un penalti claro, la máxima pena, pero nadie reclamó. Todos los demás fuimos ralentizando la escena hasta quedar inmóviles y mudos espectadores de aquel duelo. El gigante intentó sujetar la pierna de Félix para derribarlo, pero se le fue escurriendo. A la desesperada, agarró la bota, que le quedó en las manos como un pez muerto. Liberado del cepo, tambaleándose, Félix avanzó hacia la meta. Lo veíamos a cámara lenta. En aquel tris inconcebible, los postes y el larguero de eucalipto, mal pintados, con la memoria reverdecida de la antigua piel, formaban un arco del triunfo en el horizonte. Había dejado de llover. De entre las nubes, salió el efecto especial de un haz de luz que parecía enfocar al héroe. Había surgido también de improviso la pirotecnia del arco iris y pisábamos en las pozas las serpentinas caídas de aquel cielo poco antes pavoroso.
Creo que los de las Casas Baratas y nosotros comprendimos en ese momento, de alguna manera, lo que el viejo párroco, el iracundo don Pedro, llamaba el Estremecimiento Divino. Después de la representación de la pasión de Cristo en la Semana Santa, nos interpelaba con el displicente sarcasmo de quien trata con una tribu de paganos irrecuperables: “¿Habréis sentido al menos el Estremecimiento Divino?”
-Eso sí, don Pedro.
Nos daba mucha risa ver al concejal Bartal vestido de centurión romano, con la panza de un buey, las piernas trencas al aire, impartir órdenes por un megáfono: “¡El buen ladrón que tire ese puro! ¡En la cruz no se fuma, hostia! ¡Es un ultimato! Educación, señores, ¡me cago en el infarto del Sagrado Corazón!
Félix y el estremecimiento. Los sentimientos tienen días. Oyes hablar de ellos. Están ahí, como una simiente. Hay sentimientos que no nacen nunca, que sólo los conocemos de oídas o los imaginamos. Recuerdo esa escena, por otra parte cómica, como el día en que reconocí la emoción. La sentí de verdad. Una planta que trepaba por los pulmones, por la garganta y hacía cosquillas en los ojos.
Iba a meter un gol, con el monstruo derrumbado a sus espaldas y un halo de luz que se refractaba en la camiseta de Grúas Ferreiro. Lento, lentísimo. El resto, espetados como esfinges de terracota. Pero entonces fue cuando noté una corriente de frío en las turbas del cerebro, que replegó la planta de la emoción. Un presagio. Un fatídico presagio.
No pasar nunca la raya. Nunca.
Y en efecto. Félix se clavó con el balón a un paso de la meta. Miraba ese su balón de estreno, el balón de Reyes, todo sucio, empapado, convertido en un recuerdo de guerra. Iba a llevárselo a las manos. Yo intuía, sabía, que ahora iba a cogerlo con las manos sin rematar la jugada. Los de las Casas Baratas se rieron. El grandullón Tokyo, el guardameta vikingo, se irguió de nuevo. La realidad dejó de rodar a cámara lena.
-¡Tira, Down!
-¡Tira, Félix!
-¡Tira de una puta vez!
Me salió el grito de los adentros, un gallo distorsionado y ronco que nunca antes había oído.
-¡Pasa la raya, Félix! ¡Pasa la raya!
Entró, entró. Félix apañó el balón del fondo de la red, lo limpió con las mangas, y volvió cabizbajo, cojeando, sin recoger la bota, con la cara arañada, con su labio partido. Hacia fuera, la larga lengua rosa, como el pico de un cisne. Corrí hacia él. Lo abracé. Esos ojos rasgados separados. Ese respirar entrecortado. El vapor de su boca en la anochecida. Su barriga de aguacate. Revolcados con él en el suelo. Ese beso de saliva carmín de sangre.

Cuentos de un invierno, 2005.