Mostrando entradas con la etiqueta Pía Barros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pía Barros. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de marzo de 2025

Juegos de ciudad. Pía Barros.

Mientras la lluvia arrecia sobre Santiago, nosotras vamos al supermercado y llenamos el carro con todo aquello que necesitamos. En los pasillos atestados, tú preguntas si puedes poner galletas de chocolate y tres postres de yogurt. Te digo que sí, hija, que puedes, y ponemos también suntuarios y hasta aquellas medias calientitas que tanto te hacen falta.
Luego, subrepticias, dejamos el carro en el pasillo apartado y salimos tomadas de las manos a la calle.
—¿Te gustó el paseo y el juego, hija?
—Sí mamá, me gustaría que fuera de verdad.
—La próxima vez, hija —miento enronquecida bajo la lluvia.

martes, 29 de agosto de 2023

Primera persona del plural. Pía Barros.

El funcionario está escribiendo las listas de nombres para exiliar. Distraído, sin querer copia uno cualquiera de la guía de teléfonos. En otra parte de la ciudad, una mujer se apresta para ir a comprar el pan. Al salir de su casa, dejando a sus hijos, la toma la policía secreta y la arroja a un avión. Lo pierde todo, pero sobre todo, pierde su vida de todos los días. Vaga por el mundo, por los idiomas y por el desarraigo. Lleva consigo la llave de su casa durante treinta años. Caen los dictadores, emerge la bandera del retorno. La llave firmemente cogida entre las manos. Dos hijos corren abrazársele. Entre llantos, preguntan: “Mamá, ¿trajiste el pan?”.


lunes, 3 de mayo de 2021

Ropa usada VIII. Pía Barros.

(A Paty Salgado y Damián)
La anciana le pide a la muchacha que le envuelva ese conjunto de bebé. Ella deja la lima a un lado y no quiere entristecerla, diciéndole que en esa tienda, no se hacen paquetes de regalo. Rebusca, hasta dar con un envoltorio viejo de navidad y lo va estirando, para que el atuendo se vea como un regalo recién hecho.
La anciana le pide que dentro ponga el sobre.
La muchacha demora, se inclina y oculta tras el mostrador, lo abre y comienza la lectura: “Y hubo explosiones y tierra y fuego y el estallido abisal del universo. Entonces vino la vida y la sobrevivencia y el instinto. Un dibujo en la pared, hoguera y una voz que nombró “fuego” y dijo “niño” y dijo “ciervo” y dijo “palabras”.
Y entonces, sólo entonces, las cosas fueron. Necesitaron de una voz y una fonética para existir y hacer la historia.
Si te nombran, en este instante, Damián, eres un sueño que se proyecta, la pintura en el muro, la belleza feroz de la vida.
Nombrar ahora para que a tu vez, en un futuro, hagas existir las cosas a tu alrededor.
Tú serás el deseo que viene con el siglo. Llegas a nombrar la vida.
Has arribado.
Nombras.
El milagro es posible ante tu voz que ensaya el infinito."
La muchacha se pone de pie y mira a la anciana. ¿A quien se lo dará?, pregunta temblorosa.
Ya no puedo dárselo, fue hace mucho tiempo. Él ya creció y se dedicó a otras cosas, nunca supo que venía para nombrar. No lo hice y la vida se fue desdibujando en la ventana, ¿comprende? Nadie la nombró.
La muchacha solloza junto a la mujer vieja. Sienten que el dolor de lo que no se hizo les clava todas tristezas a la piel.


miércoles, 21 de noviembre de 2018

Prefiguración de la nostalgia. Pía Barros.


Aferrada a la piel oscura que ya se escapa, la muchacha pálida rasga la postal del lugar donde se conocieron y le extiende la mitad al muchacho de ojos húmedos en la despedida.
—Tómala y búscame cuando tengamos cincuenta años y ya no tenga sentido el habernos buscado tanto.

Llamadas perdidas. Pía Barros, 2006.

sábado, 9 de junio de 2018

Ropa usada I. Pía Barros.

(A Ana Madre)
Un hombre entra a la tienda. La chaqueta de cuero, gastada, sucia, atrapa su mirada de inmediato. La dependienta musita un precio ridículo, como si quisiera regalársela. Sólo porque tiene un orificio justo en el corazón. Sólo porque tras el cuero, el chiporro blanco tiene una mancha rojiza que ningún detergente ha podido sacar. El hombre sale feliz a la calle. A pocos pasos, unos enmascarados disparan desde un callejón. Una bala hace un giro en ciento ochenta grados de su destino original. Se diría que la bala tiene memoria. Se desvía y avanza, gozosa, hasta la chaqueta. Ingresa, conocedora, en el orificio. El hombre congela la sonrisa ante el impacto. La dependienta, corre a desvestirlo y a colgar nuevamente la chaqueta en el perchero. Lima sus uñas distraída, aguardando.

 

lunes, 1 de febrero de 2016

Ruidos. Pía Barros.

Mi hermano se mató, según dijeron, porque amaba demasiado. Amar será siempre un ruido sordo de escopeta.