lunes, 31 de enero de 2022

Mañana. Anette María Jiménez Marata.

Su vida era una constante posposición. Había aplazado el matrimonio para cuando tuviera más solvencia económica, los hijos para cuando gozara de una casa más amplia y la mudanza para el momento en que dejaran de serle útiles los vecinos cercanos.
Aquella mañana debía haber realizado su más importante viaje de trabajo, pero como lo había postergado debido al cansancio, la Muerte, al llegar, se lo encontró en su más dócil estado. Satisfecha con la circunstancia, decidió concederle el favor de seleccionar cómo quería morir pero, atónita, sólo escucho una frase:
Mañana, cuando despierte, te digo.

domingo, 30 de enero de 2022

En la estepa. Samanta Schweblin.

No es fácil la vida en la estepa, cualquier sitio se encuentra a horas de distancia, y no hay otra cosa más para ver que esta gran mata de arbustos secos. Nuestra casa está a varios kilómetros del pueblo, pero está bien: es cómoda y tiene todo lo que necesitamos. Pol va al pueblo tres veces por semana, envía a las revistas de agro sus notas sobre insectos e insecticidas y hace las compras siguiendo las listas que preparo. En esas horas en las que él no está, llevo adelante una serie de actividades que prefiero hacer sola. Creo que a Pol no le gustaría saber sobre eso, pero cuando uno está desesperado, cuando se ha llegado al límite, como nosotros, entonces las soluciones más simples, como las velas, los inciensos y cualquier consejo de revista parecen opciones razonables. Como hay muchas recetas para la fertilidad, y no todas parecen confiables, yo apuesto a las más verosímiles y sigo rigurosamente sus métodos. Anoto en el cuaderno cualquier detalle pertinente, pequeños cambios en Pol o en mí.
Oscurece tarde en la estepa, lo que no nos deja demasiado tiempo. Hay que tener todo preparado: las linternas, las redes. Pol limpia las cosas mientras espera a que se haga la hora. Eso de sacarles el polvo para ensuciarlas un segundo después le da cierta ritualidad al asunto, como si antes de empezar uno ya estuviera pensando en la forma de hacerlo cada vez mejor, revisando atentamente los últimos días para encontrar cualquier detalle que pueda corregirse, que nos lleve a ellos, a uno al menos: el nuestro.
Cuando estamos listos Pol me pasa la campera y la bufanda, yo lo ayudo a ponerse los guantes y cada uno se cuelga su mochila al hombro. Salimos por la puerta trasera y caminamos campo adentro. La noche es fría, pero el viento se calma. Pol va adelante, ilumina el suelo con la linterna. Más adentro el campo se hunde un poco en largas lomas; avanzamos hacia ellas. En esa zona los arbustos son pequeños, apenas alcanzan a ocultar nuestros cuerpos y Pol cree que esa es una de las razones por las que el plan fracasa noche a noche. Pero insistimos porque ya van varias veces que nos pareció ver algunos, al amanecer, cuando ya estamos cansados. Para esas horas yo casi siempre me escondo detrás de algún arbusto, aferrada a mi red, y cabeceo y sueño con cosas que me parecen fértiles. Pol en cambio se convierte en una especie de animal de caza. Lo veo alejarse, agazapado entre las plantas, y puede permanecer de cuclillas, inmóvil, durante mucho tiempo.
Siempre me pregunté cómo serán realmente. Conversamos sobre esto varias veces. Creo que son iguales a los de la ciudad, sólo que quizá más rústicos, más salvajes. Para Pol, en cambio, son definitivamente diferentes, y aunque está tan entusiasmado como yo, y no pasa una noche en la que ni el frío ni el cansancio lo persuadan de dejar la búsqueda para el día siguiente, cuando estamos entre los arbustos, él se mueve con cierto recelo, como si de un momento a otro algún animal salvaje pudiera atacarlo.
Ahora estoy sola, mirando la ruta desde la cocina. Esta mañana, como siempre, nos levantamos tarde y almorzamos. Después Pol fue al pueblo con la lista de las compras y los artículos para la revista. Pero es tarde, hace tiempo que debió haber regresado, y todavía no aparece. Entonces veo la camioneta. Ya llegando a la casa me hace señas por la ventanilla para que salga. Lo ayudo con las cosas, él me saluda y dice:
—No lo vas a creer.
—¿Qué?
Sonríe y me indica que entremos. Cargamos las bolsas pero no las llevamos hasta la cocina, no una vez que algo sucede, que al fin hay algo para contar. Dejamos todo a la entrada y nos sentamos en los sillones.
—Bueno —dice Pol; se frota las manos—, conocí a una pareja, son geniales.
—¿Dónde?
Pregunto sólo para que siga hablando y entonces dice algo maravilloso, algo que nunca se me hubiera ocurrido y sin embargo entiendo que lo cambiará todo.
—Vinieron por lo mismo —dice. Le brillan los ojos y sabe que estoy desesperada por que continúe—, y tienen uno, desde hará un mes atrás.
—¿Tienen uno? ¡Tienen uno!, no lo puedo creer…
Pol no deja de asentir y frotarse las manos.
—Estamos invitados a cenar. Hoy mismo.
Me alegra verlo feliz y yo también estoy tan feliz que es como si nosotros también lo hubiéramos logrado. Nos abrazamos y nos besamos, y enseguida empezamos a prepararnos.
Cocino un postre y Pol elige un vino y sus mejores puros. Mientras nos bañamos y nos vestimos me cuenta todo lo que sabe. Arnol y Nabel viven a unos veinte kilómetros de acá, en una casa muy parecida a la nuestra. Pol la vio porque regresaron juntos, en caravana, hasta que Arnol tocó la bocina para avisar que doblaban y entonces vio que Nabel le señalaba la casa. Son geniales, dice Pol a cada rato y yo siento cierta envidia de que ya sepa tanto sobre ellos.
—¿Y cómo es? ¿Lo viste?
—Lo dejan en la casa.
—¿Cómo que lo dejan en la casa? ¿Sólo?
Pol levanta los hombros. Me extraña que el asunto no le llame la atención, pero le pido más detalles mientras sigo adelante con los preparativos.
Cerramos la casa como si no fuéramos a volver durante un tiempo. Nos abrigamos y salimos. Durante el viaje llevo el pastel de manzana sobre la falda, cuidando que no se incline, y pienso en las cosas que voy a decir, en todo lo que quiero preguntarle a Nabel. Puede que cuando Pol invite a Arnol con un puro nos dejen solas. Entonces quizá pueda hablar con ella sobre cosas más privadas, quizá Nabel también haya usado velas y soñado con cosas fértiles a cada rato y ahora que lo consiguieron puedan decirnos exactamente qué hacer.
Al llegar tocamos bocina y enseguida salen a recibirnos. Arnol es un tipo grandote y lleva jeans y una camisa roja a cuadros; saluda a Pol con un fuerte abrazo, como un viejo amigo al que no ve hace tiempo. Nabel se asoma tras Arnol y me sonríe. Creo que vamos a llevarnos bien. También es grandota, a la medida de Arnol aunque delgada, y viste casi como él; me incomoda haber venido tan bien vestida. Por dentro la casa parece una vieja hostería de montaña. Paredes y techo de madera, una gran chimenea en el living y pieles sobre el piso y los sillones. Está bien iluminada y calefaccionada. Realmente no es el modo en que decoraría mi casa, pero pienso en que se está bien y le devuelvo a Nabel su sonrisa. Hay un exquisito olor a salsa y carne asada. Parece que Arnol es el cocinero, se mueve por la cocina acomodando algunas fuentes sucias y le dice a Nabel que nos invite al living. Nos sentamos en el sillón. Ella sirve vino, trae una bandeja con una picada y enseguida Arnol se suma. Yo quiero preguntar cosas, ya mismo: cómo lo agarraron, cómo es, cómo se llama, si come bien, si ya lo vio un médico, si es tan bonito como los de la ciudad. Pero la conversación se alarga en puntos tontos. Arnol consulta a Pol sobre los insecticidas, Pol se interesa en los negocios de Arnol, después hablan de las camionetas, los sitios donde hacen las compras, descubren que discutieron con el mismo hombre, uno que atiende en la estación de servicio, y coinciden en que es un pésimo tipo. Entonces Arnol se disculpa porque debe revisar la comida, Pol se ofrece a ayudarlo y se alejan. Me acomodo en el sillón frente a Nabel. Sé que debo decir algo amable antes de preguntar lo que quiero. La felicito por la casa, y enseguida pregunto:
—¿Es lindo?
Ella se sonroja y sonríe. Me mira como avergonzada y yo siento un nudo en el estómago y me muero de la felicidad y pienso “lo tienen”, “lo tienen y es hermoso”.
—Quiero verlo —digo. “Quiero verlo ya”, pienso, y me incorporo. Miro hacia el pasillo esperando a que Nabel diga “por acá”, al fin voy a poder verlo, alzarlo.
Entonces Arnol regresa con la comida y nos invita a la mesa.
—¿Es que duerme todo el día? —pregunto y me río, como si fuera un chiste.
—Ana está ansiosa por conocerlo —dice Pol, y me acaricia el pelo.
Arnol se ríe, pero en vez de contestar ubica la fuente en la mesa y pregunta a quién le gusta la carne roja y a quién más cocida, y enseguida estamos comiendo otra vez. En la cena Nabel es más comunicativa. Mientras ellos conversan nosotras descubrimos que tenemos vidas similares. Nabel me pide consejos sobre las plantas y entonces yo me animo y hablo sobre las recetas para la fertilidad. Lo traigo a cuenta como algo gracioso, una ocurrencia, pero Nabel enseguida se interesa y descubro que ella también las practicó.
—¿Y las salidas? ¿Las cacerías nocturnas? —digo riéndome— ¿Los guantes, las mochilas?— Nabel se queda un segundo en silencio, sorprendida, y después se echa a reír conmigo.
—¡Y las linternas! —dice ella y se agarra la panza— ¡esas malditas pilas que no duran nada!
Y yo, casi llorando:
—¡Y las redes! ¡La red de Pol!
—¡Y la de Arnol! —dice ella— ¡No puedo explicarte!
Entonces ellos dejan de hablar: Arnol mira a Nabel, parece sorprendido. Ella no se ha dado cuenta todavía: se dobla en un ataque de risa, golpea la mesa dos veces con la palma de la mano; parece que trata de decir algo más, pero apenas puede respirar. La miro divertida, lo miro a Pol, quiero comprobar que también la está pasando bien, y entonces Nabel toma aire y llorando de risa dice:
—Y la escopeta —vuelve a golpear la mesa— ¡por Dios, Arnol! ¡Si sólo dejaras de disparar! Lo hubiéramos encontrado mucho más rápido…
Arnol mira a Nabel como si quisiera matarla y al fin larga una risa exagerada. Vuelvo a mirar a Pol, que ya no se ríe. Arnol levanta los hombros resignado, buscando en Pol una mirada de complicidad. Después hace el gesto de apuntar con una escopeta y dispara. Nabel lo imita. Lo hacen una vez más apuntándose uno al otro, ya un poco más calmados, hasta que dejan de reír.
—Ay… Por favor… —dice Arnol y acerca la fuente para ofrecer más carne—, por fin gente con quien compartir toda esta cosa… ¿Alguien quiere más?
—Bueno, ¿y dónde está? Queremos verlo —dice al fin Pol.
—Ya van a verlo —dice Arnol.
—Duerme muchísimo —dice Nabel.
—Todo el día.
—¡Entonces lo vemos dormido! —dice Pol.
—Ah, no, no —dice Arnol—, primero el postre que cocinó Ana, después un buen café, y acá mi Nabel preparó algunos juegos de mesa. ¿Te gustan los juegos de estrategia, Pol?
—Pero nos encantaría verlo dormido.
—No —dice Arnol—. Digo, no tiene ningún sentido verlo así. Para eso pueden verlo cualquier otro día.
Pol me mira un segundo, después dice:
—Bueno, el postre entonces.
Ayudo a Nabel a levantar las cosas. Saco el pastel que Arnol había acomodado en la heladera, lo llevo a la mesa y lo preparo para servir. Mientras, en la cocina, Nabel se ocupa del café.
—¿El baño? —dice Pol.
—Ah, el baño… —dice Arnol y mira hacia la cocina, quizá buscando a Nabel—, es que no funciona bien y…
Pol hace un gesto para restarle importancia al asunto.
—¿Dónde está?
Quizá sin quererlo, Arnol mira hacia el pasillo. Entonces Pol se levanta y empieza a caminar, Arnol también se levanta.
—Te acompaño.
—Está bien, no hace falta —dice Pol ya entrando al pasillo.
Arnol lo sigue algunos pasos.
—A tu derecha —dice—, el baño es el de la derecha.
Sigo a Pol con la mirada hasta que finalmente entra al baño. Arnol se queda unos segundos de espaldas a mí, mira hacia el pasillo.
—Arnol —digo, es la primera vez que lo llamo por su nombre— ¿te sirvo?
—Claro —dice él— me mira y se da vuelta otra vez hacia el pasillo.
—Servido —digo, y empujo el primer plato hasta su sitio— no te preocupes, va a tardar.
Sonrío para él, pero no responde. Regresa a la mesa. Se sienta en su lugar, de espaldas al pasillo. Parece incómodo, pero al fin corta con el tenedor una porción enorme de su postre y se la lleva a la boca. Lo miro sorprendida y sigo sirviendo. Desde la cocina Nabel pregunta cómo nos gusta el café. Estoy por contestar, pero veo a Pol salir silenciosamente del baño y cruzarse a la otra habitación. Arnol me mira esperando una respuesta. Digo que nos encanta el café, que nos gusta de cualquier forma. La luz del cuarto se enciende y escucho un ruido sordo, como algo pesado sobre una alfombra. Arnol va a volverse hacia el pasillo así que lo llamo:
—Arnol —me mira, pero empieza a incorporarse.
Escucho otro ruido, enseguida Pol grita y algo cae al piso, una silla quizá; un mueble pesado que se mueve y después cosas que se rompen. Arnol corre hacia el pasillo y toma el rifle que está colgado en la pared. Me levanto para correr tras él, Pol sale del cuarto de espaldas, sin dejar de mirar hacia adentro. Arnol va directo hacia él pero Pol reacciona, lo golpea para quitarle el rifle, lo empuja hacia un lado y corre hacia mí. No alcanzo a entender qué pasa, pero dejo que me tome del brazo y salimos. Escucho tras nosotros la puerta ir cerrándose lentamente y después el golpe que vuelve a abrirla. Dentro Nabel grita. Pol sube a la camioneta y la enciende, yo subo por mi lado. Salimos marcha atrás y por unos segundos las luces iluminan a Arnol que corre hacia nosotros.
Ya en la ruta andamos un rato en silencio, tratando de calmarnos. Pol tiene la camisa rota, casi perdió por completo la manga derecha y en el brazo le sangran algunos rasguños profundos. Pronto nos acercamos a nuestra casa a toda velocidad y a toda velocidad nos alejamos. Lo miro para detenerlo pero él respira agitado; las manos tensas aferradas al volante. Examina hacia los lados el campo negro, y hacia atrás por el espejo retrovisor. Deberíamos bajar la velocidad. Podríamos matarnos si un animal llegara a cruzarse. Entonces pienso que también podría cruzarse uno de ellos: el nuestro. Pero Pol acelera aún más, como si desde el terror de sus ojos perdidos, contara con esa posibilidad.

Pájaros en la boca, 2009.

sábado, 29 de enero de 2022

Lucas, sus pudores. Julio Cortázar.

En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metros del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oír se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las sales de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonará el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar exento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres.

Un tal Lucas, 1979.

jueves, 27 de enero de 2022

Los siameses. Pepe Viyuela.

Los siameses son dos islas que nacieron península, dos seres rodeados de mundo por todas partes menos por una, precisamente aquella por la que se unen a un continente mismo y distinto a la vez; a un destino que, sin ser el propio, se ha fundido con el suyo y los aúna.
Los siameses son dos promesas de vida reunidas en una sola, dos torrentes que confluyen en única energía, dos destinos ligados por la carne y la materia, dos eternas reivindicaciones de libertad e independencia abolidas por el gen que los vincula y los coliga.
Son cera y albayalde, Cástor y Pólux en coito eterno y estelar. Los siameses son la tabla del dos sin resolver, una doble incógnita que no puede despejarse, son una ecuación de vida con doble resultado y se suelen mirar a los ojos para intentar adivinar cuál de los dos arrastrará al otro hasta la muerte.

Bestiario de circo, 2003.

miércoles, 26 de enero de 2022

Nuestro primer cigarro. Horacio Quiroga.

Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y a mí, nuestra tía con su muerte.
Inés volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa noche, cuando nos acostábamos, oímos que Inés decía a mamá:
–¡Qué extraño!… Tengo las cejas hinchadas.
Mamá examinó seguramente las cejas de tía, pues después de un rato contestó:
–Es cierto… ¿No sientes nada?
–No… sueño.
Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto fuerte agitación en casa, puertas que se abrían y no se cerraban, diálogos cortados de exclamaciones, y semblantes asustados. Inés tenía viruela, y de cierta especie hemorrágica que vivía en Buenos Aires.
Desde luego, a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama. Las criaturas tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no pasen en su casa. Esta vez nuestra tía –¡casualmente nuestra tía!– ¡enferma de viruela! Yo, chico feliz, contaba ya en mi orgullo la amistad de un agente de policía, y el contacto con un payaso que saltando las gradas había tomado asiento a mi lado. Pero ahora el gran acontecimiento pasaba en nuestra propia casa; y al comunicarlo al primer chico que se detuvo en la puerta de calle a mirar, había ya en mis ojos la vanidad con que una criatura de riguroso luto pasa por primera vez ante sus vecinillos atónitos y envidiosos.
Esa misma tarde salimos de casa, instalándonos en la única que pudimos hallar con tanta premura, una vieja quinta de los alrededores. Una hermana de mamá, que había tenido viruela en su niñez, quedó al lado de Inés.
Seguramente en los primeros días mamá pasó crueles angustias por sus hijos que habían besado a la virolenta. Pero en cambio nosotros, convertidos en furiosos robinsones, no teníamos tiempo para acordarnos de nuestra tía. Hacía mucho tiempo que la quinta dormía en su sombrío y húmedo sosiego. Naranjos blanquecinos de diaspis; duraznos rajados en la horqueta; membrillos con aspecto de mimbres; higueras rastreantes a fuerza de abandono, aquello daba, en su tupida hojarasca que ahogaba los pasos, fuerte sensación de paraíso.
Nosotros no éramos precisamente Adán y Eva; pero sí heroicos robinsones, arrastrados a nuestro destino por una gran desgracia de familia: la muerte de nuestra tía, acaecida cuatro días después de comenzar nuestra exploración.
Pasábamos el día entero huroneando por la quinta bien que las higueras, demasiado tupidas al pie, nos inquietaran un poco. El pozo también suscitaba nuestras preocupaciones geográficas. Era este un viejo pozo inconcluso, cuyos trabajos se habían detenido a los catorce metros sobre el fondo de piedra, y que desaparecía ahora entre los culantrillos y doradillas de sus paredes. Era, sin embargo, menester explorarlo, y por vía de avanzada logramos con infinitos esfuerzos llevar hasta su borde una gran piedra. Como el pozo quedaba oculto tras un macizo de cañas, nos fue permitida esta maniobra sin que mamá se enterase. No obstante, María, cuya inspiración poética primó siempre en nuestras empresas, obtuvo que aplazáramos el fenómeno hasta que una gran lluvia, llenando el pozo, nos proporcionara satisfacción artística, a la par que científica.
Pero lo que sobre todo atrajo nuestros asaltos diarios fue el cañaveral. Tardamos dos semanas enteras en explorar como era debido aquel diluviano enredo de varas verdes, varas secas, varas verticales, varas dobladas, atravesadas, rotas hacia tierra. Las hojas secas, detenidas en su caída, entretejían el macizo, que llenaba el aire de polvo y briznas al menor contacto.
Aclaramos el secreto, sin embargo; y sentados con mi hermana en la sombría guarida de algún rincón, bien juntos y mudos en la semioscuridad, gozamos horas enteras el orgullo de no sentir miedo.
Fue allí donde una tarde, avergonzados de nuestra poca iniciativa, inventamos fumar. Mamá era viuda; con nosotros vivían habitualmente dos hermanas suyas, y en aquellos momentos un hermano, precisamente el que había venido con Inés de Buenos Aires.
Este nuestro tío de veinte años, muy elegante y presumido, habíase atribuido sobre nosotros dos cierta potestad que mamá, con el disgusto actual y su falta de carácter, fomentaba.
María y yo, por de pronto, profesábamos cordialísima antipatía al padrastrillo.
–Te aseguro –decía él a mamá, señalándonos con el mentón– que desearía vivir siempre contigo para vigilar a tus hijos. Te van a dar mucho trabajo.
–¡Déjalos! –respondía mamá cansada.
Nosotros no decíamos nada; pero nos mirábamos por encima del plato de sopa.
A este severo personaje, pues, habíamos robado un paquete de cigarrillos; y aunque nos tentaba iniciarnos súbitamente en la viril virtud, esperamos el artefacto. Este consistía en una pipa que yo había fabricado con un trozo de caña, por depósito; una varilla de cortina, por boquilla; y por cemento, masilla de un vidrio recién colocado. La pipa era perfecta: grande, liviana y de varios colores.
En nuestra madriguera del cañaveral cargámosla María y yo con religiosa y firme unción. Cinco cigarrillos dejaron su tabaco adentro; y sentándonos entonces con las rodillas altas, encendí la pipa y aspiré. María, que devoraba mi acto con los ojos, notó que los míos se cubrían de lágrimas: jamás se ha visto ni verá cosa más abominable. Deglutí, sin embargo, valerosamente la nauseosa saliva.
–¿Rico? –me preguntó María ansiosa, tendiendo la mano.
–Rico –le contesté pasándole la horrible máquina.
María chupó, y con más fuerza aún. Yo, que la observaba atentamente, noté a mi vez sus lágrimas y el movimiento simultáneo de labios, lengua y garganta, rechazando aquello. Su valor fue mayor que el mío.
–Es rico –dijo con los ojos llorosos y haciendo casi un puchero. Y se llevó heroicamente otra vez a la boca la varilla de bronce.
Era inminente salvarla. El orgullo, solo él, la precipitaba de nuevo a aquel infernal humo con gusto a sal de Chantaud, el mismo orgullo que me había hecho alabarle la nausebunda fogata.
–¡Psht! –dije bruscamente, prestando oído– me parece el gargantilla del otro día… debe de tener nido aquí…
María se incorporó, dejando la pipa de lado; y con el oído atento y los ojos escrudiñantes, nos alejamos de allí, ansiosos aparentemente de ver al animalito, pero en verdad asidos como moribundos a aquel honorable pretexto de mi invención, para retirarnos prudentemente del tabaco, sin que nuestro orgullo sufriera.
Un mes más tarde volví a la pipa de caña, pero entonces con muy distinto resultado.
Por alguna que otra travesura nuestra, el padrastrillo habíanos ya levantado la voz mucho más duramente de lo que podíamos permitirle mi hermana y yo. Nos quejamos a mamá.
–¡Bah!, no hagan caso –nos respondió, sin oírnos casi– él es así.
–¡Es que nos va a pegar un día! –gimoteó María.
–Si ustedes no le dan motivos, no. ¿Qué le han hecho? –añadió dirigiéndose a mí.
–Nada, mamá… Pero yo no quiero que me toque! –objeté a mi vez.
En este momento entró nuestro tío.
–¡Ah! aquí está el buena pieza de tu Eduardo… ¡Te va a sacar canas este hijo, ya verás!
–Se quejan de que quieres pegarles.
–¿Yo? –exclamó el padrastrillo midiéndome–. No lo he pensado aún. Pero en cuanto me faltes al respeto…
–Y harás bien –asintió mamá.
–¡Yo no quiero que me toque! –repetí enfurruñado y rojo–. ¡Él no es papá!
–Pero a falta de tu pobre padre, es tu tío. ¡En fin, déjenme tranquila! –concluyó apartándonos.
Solos en el patio, María y yo nos miramos con altivo fuego en los ojos.
–¡Nadie me va a pegar a mí! –asenté.
–¡No… ni a mí tampoco! –apoyó ella, por la cuenta que le iba.
–¡Es un zonzo!
Y la inspiración vino bruscamente, y como siempre, a mi hermana, con furibunda risa y marcha triunfal:
–¡Tío Alfonso… es un zonzo! ¡Tío Alfonso… es un zonzo!
Cuando un rato después tropecé con el padrastrillo, me pareció, por su mirada, que nos había oído. Pero ya habíamos planteado la historia del Cigarro Pateador, epíteto este a la mayor gloria de la mula Maud.
El cigarro pateador consistió, en sus líneas elementales, en un cohete que rodeado de papel de fumar, fue colocado en el atado de cigarrillos que tío Alfonso tenía siempre en su velador, usando de ellos a la siesta.
Un extremo había sido cortado a fin de que el cigarro no afectara excesivamente al fumador. Con el violento chorro de chispas había bastante, y en su total, todo el éxito estribaba en que nuestro tío, adormilado, no se diera cuenta de la singular rigidez de su cigarrillo.
Las cosas se precipitan a veces de tal modo, que no hay tiempo ni aliento para contarlas. Solo sé que una siesta el padrastrillo salió como una bomba de su cuarto, encontrando a mamá en el comedor.
–¡Ah, estás acá! ¿Sabes lo que han hecho? ¡Te juro que esta vez se van a acordar de mí!
–¡Alfonso!
–¿Qué? ¡No faltaba más que tú también!… ¡Si no sabes educar a tus hijos, yo lo voy a hacer!
Al oír la voz furiosa del tío, yo, que me ocupaba inocentemente con mi hermana en hacer rayitas en el brocal del aljibe, evolucioné hasta entrar por la segunda puerta en el comedor, y colocarme detrás de mamá. El padrastrillo me vio entonces y se lanzó sobre mí.
–¡Yo no hice nada! –grité.
–¡Espérate! –rugió mi tío, corriendo tras de mí alrededor de la mesa.
–¡Alfonso, déjalo!
–¡Después te lo dejaré!
–¡Yo no quiero que me toque!
–¡Vamos, Alfonso! ¡Pareces una criatura!
Esto era lo último que se podía decir al padrastrillo. Lanzó un juramento y sus piernas en mi persecución con tal velocidad, que estuvo a punto de alcanzarme. Pero en ese instante salía yo como de una honda por la puerta abierta, y disparaba hacia la quinta, con mi tío detrás.
En cinco segundos pasamos como una exhalación por los durazneros, los naranjos y los perales, y fue en este momento cuando la idea del pozo, y su piedra, surgió terriblemente nítida.
–¡No quiero que me toque! –grité aún.
–¡Espérate!
En ese instante llegamos al cañaveral.
–¡Me voy a tirar al pozo! –aullé para que mamá me oyera.
–¡Yo soy el que te voy a tirar!
Bruscamente desaparecí a sus ojos tras las cañas; corriendo siempre, di un empujón a la piedra exploradora que esperaba una lluvia, y salté de costado, hundiéndome bajo la hojarasca.
Tío desembocó en seguida, a tiempo que dejando de verme, sentía allá en el fondo del pozo el abominable zumbido de un cuerpo que se aplastaba.
El padrastrillo se detuvo, totalmente lívido; volvió a todas partes sus ojos dilatados, y se aproximó al pozo. Trató de mirar adentro, pero los culantrillos se lo impidieron. Entonces pareció reflexionar, y después de una atenta mirada al pozo y sus alrededores, comenzó a buscarme.
Como desgraciadamente para el caso, hacía poco tiempo que el tío Alfonso cesara a su vez de esconderse para evitar los cuerpo a cuerpo con sus padres, conservaba aún muy frescas las estrategias subsecuentes, e hizo por mi persona cuanto era posible hacer para hallarme.
Descubrió en seguida mi cubil, volviendo pertinazmente a él con admirable olfato; pero fuera de que la hojarasca diluviana me ocultaba del todo, el ruido de mi cuerpo estrellándose obsediaba a mi tío, que no buscaba bien, en consecuencia.
Fue pues resuelto que yo yacía aplastado en el fondo del pozo, dando entonces principio a lo que llamaríamos mi venganza póstuma. El caso era bien claro: ¿con qué cara mi tío contaría a mamá que yo me había suicidado para evitar que él me pegara?
Pasaron diez minutos.
–¡Alfonso! –sonó de pronto la voz de mamá en el patio.
–¿Mercedes? –respondió aquel tras una brusca sacudida.
Seguramente mamá presintió algo, porque su voz sonó de nuevo, alterada.
–¿Y Eduardo? ¿Dónde está? –agregó avanzando.
–¡Aquí, conmigo! –contestó riendo–. Ya hemos hecho las paces.
Como de lejos mamá no podía ver su palidez ni la ridícula mueca que él pretendía ser beatífica sonrisa, todo fue bien.
–¿No le pegaste, no? –insistió aún mamá.
–No. ¡Si fue una broma!
Mamá entró de nuevo. ¡Broma! Broma comenzaba a ser la mía para el padrastrillo.
Celia, mi tía mayor, que había concluido de dormir la siesta, cruzó el patio y Alfonso la llamó en silencio con la mano. Momentos después Celia lanzaba un ¡oh! ahogado, llevándose las manos a la cabeza.
–¡Pero, cómo! ¡Qué horror! ¡Pobre, pobre Mercedes! ¡Qué golpe!
Era menester resolver algo antes que Mercedes se enterara. ¿Sacarme, con vida aún?… El pozo tenía catorce metros sobre piedra viva. Tal vez, quién sabe… Pero para ello sería preciso traer sogas, hombres; y Mercedes…
–¡Pobre, pobre madre! –repetía mi tía.
Justo es decir que para mí, el pequeño héroe, mártir de su dignidad corporal, no hubo una sola lágrima. Mamá acaparaba todos los entusiasmos de aquel dolor, sacrificándole ellos la remota probabilidad de vida que yo pudiera aún conservar allá abajo. Lo cual, hiriendo mi doble vanidad de muerto y de vivo, avivó mi sed de venganza.
Media hora después mamá volvió a preguntar por mí, respondiéndole Celia con tan pobre diplomacia, que mamá tuvo en seguida la seguridad de una catástrofe.
–¡Eduardo, mi hijo! –clamó arrancándose de las manos de su hermana que pretendía sujetarla, y precipitándose a la quinta.
–¡Mercedes! ¡Te juro que no! ¡Ha salido!
–¡Mi hijo! ¡mi hijo! ¡Alfonso!
Alfonso corrió a su encuentro, deteniéndola al ver que se dirigía al pozo. Mamá no pensaba en nada concreto; pero al ver el gesto horrorizado de su hermano, recordó entonces mi exclamación de una hora antes, y lanzó un espantoso alarido.
–¡Ay! ¡Mi hijo! ¡Se ha matado! ¡Déjame, déjenme! ¡Mi hijo, Alfonso! ¡Me lo has muerto!
Se llevaron a mamá sin sentido. No me había conmovido en lo más mínimo la desesperación de mamá, puesto que yo –motivo de aquella– estaba en verdad vivo y bien vivo, jugando simplemente en mis ocho años con la emoción, a manera de los grandes que usan de las sorpresas semitrágicas: ¡el gusto que va a tener cuando me vea!
Entretanto, gozaba yo íntimo deleite con el fracaso del padrastrillo.
–¡Hum!… ¡Pegarme! –rezongaba yo, aún bajo la hojarasca. Levantándome entonces con cautela, senteme en cuclillas en mi cubil y recogí la famosa pipa bien guardada entre el follaje. Aquel era el momento de dedicar toda mi seriedad a agotar la pipa.
El humo de aquel tabaco humedecido, seco, vuelto a humedecer y resecar infinitas veces, tenía en aquel momento un gusto a cumbarí, solución Coirre y sulfato de soda, mucho más ventajoso que la primera vez. Emprendí, sin embargo, la tarea que sabía dura, con el ceño contraído y los dientes crispados sobre la boquilla.
Fumé, quiero creer que cuarta pipa. Solo recuerdo que al final el cañaveral se puso completamente azul y comenzó a danzar a dos dedos de mis ojos. Dos o tres martillos de cada lado de la cabeza comenzaron a destrozarme las sienes, mientras el estómago, instalado en plena boca, aspiraba él mismo directamente las últimas bocanadas de humo.
* * * * *
Volví en mí cuando me llevaban en brazos a casa. A pesar de lo horriblemente enfermo que me encontraba, tuve el tacto de continuar dormido, por lo que pudiera pasar. Sentí los brazos delirantes de mamá sacudiéndome.
–¡Mi hijo querido! ¡Eduardo, mi hijo! ¡Ah, Alfonso, nunca te perdonaré el dolor que me has causado!
–¡Pero, vamos! –decíale mi tía mayor– ¡no seas loca, Mercedes! ¡Ya ves que no tiene nada!
–¡Ah! –repuso mamá llevándose las manos al corazón en un inmenso suspiro–. ¡Sí, ya pasó!… Pero dime, Alfonso, ¿cómo pudo no haberse hecho nada? ¡Ese pozo, Dios mío!…
El padrastrillo, quebrantado a su vez, habló vagamente de desmoronamiento, tierra blanda, prefiriendo para un momento de mayor calma la solución verdadera, mientras la pobre mamá no se percataba de la horrible infección de tabaco que exhalaba su suicida.
Abrí al fin los ojos, me sonreí y volví a dormirme, esta vez honrada y profundamente.
Tarde ya, el tío Alfonso me despertó.
–¿Qué merecerías que te hiciera? –me dijo con sibilante rencor–. ¡Lo que es mañana, le cuento todo a tu madre, y ya verás lo que son gracias!
Yo veía aún bastante mal, las cosas bailaban un poco, y el estómago continuaba todavía adherido a la garganta. Sin embargo, le respondí:
–¡Si le cuentas algo a mamá, lo que es esta vez te juro que me tiro!
¿Los ojos de un joven suicida que fumó heroicamente su pipa, expresan acaso desesperado valor?
Es posible. De todos modos, el padrastrillo, después de mirarme fijamente, se encogió de hombros, levantando hasta mi cuello la sábana un poco caída.
–Me parece que mejor haría en ser amigo de este microbio –murmuró.
–Creo lo mismo –le respondí.
Y me dormí.


Cuentos de amor, de locura y de muerte. 1917.

lunes, 24 de enero de 2022

La caridad. Enrique Wernicke.

Nunca la había practicado. Detestaba dejar una moneda en esas manos sucias y aprovechadas que se extienden en los subterráneos. Luchaba por un régimen social en el que la mendicidad no existiera.
Pero allí estaban, cotidianamente, los pordioseros, con su letanía de ballenitas y patas torcidas.
Un día —había bebido dos copas de más— tuvo un impulso inusitado y al pasar junto a una vieja repugnante, sacó un billete de cincuenta pesos y se lo puso en la mano.
Tenga, hermana... —le dijo.
Antes de que tuviera tiempo de retirar los dedos, la vieja estiró su garra y lo tomó del brazo.
¿Por qué me da tanto dinero? —le preguntó—. ¿Qué maldito pecado ha cometido? ¿Pretende conmigo salvar su alma? ¡Nada, nada! ¡Que Dios sea bendito! ¡Tome su plata...!
Y seguía la vieja lanzando improperios.
Él tuvo un momento de lucidez. Retomó sus cincuenta pesos y, agarrando a la vieja de sus trapos, la sacudió como un muñeco.
¡Imbécil! ¡Vieja estúpida! ¡Estoy borracho!
Y entonces la vieja, arrugándose como una pasa, hizo la señal de la cruz, recuperó el billete y, desde el suelo, exclamó conmovida:
¡Ay, perdón! ¡Dios se lo pague...!

domingo, 23 de enero de 2022

Tránsito. Susana Camps Perarnau.

Wang Yu pedalea todos los días de su casa al mercado y del mercado a casa. Con la bicicleta tira de un carro de madera que a la ida está lleno de verduras. Antes las ha recolectado cuidadosamente, con la lentitud de sus manos apergaminadas; las mismas manos que todos los días preparan té y un cuenco de arroz a la esposa enferma. Los deja a su alcance, en la mesilla de noche, y abandona la casa al silencio. Luego pedalea, pedalea hasta el mercado.
.......
Cuando vuelve, ya de noche, Wang Yu está cansado. Sus movimientos son lentos. Desea cobijarse en la paz que acuna la casa, descansar de su propia vejez. Pero hoy el silencio es extrañamente denso. Lo ha sabido nada más llegar. Hoy, el té y el cuenco de arroz esperan intactos sobre la mesilla. Wang Yu comprende que el verdadero otoño ha llegado a su vida.

De madrugada no acude al huerto para trabajar en los cultivos, como siempre. Hoy entrega el cuerpo de su esposa a la tierra. Reza. Después, como si hubiera hecho las paces con el mundo, echa a andar por los campos vecinos. Se interna en el prado y camina, camina solo, con la vista fija en los pies, para eludir ese resplandor áureo que despunta en el horizonte.

sábado, 22 de enero de 2022

Escuela nocturna. Robert Bloch.

Se las puede ver en callejones de toda gran ciudad, y uno se pregunta a veces cómo se las arreglan sus propietarios para ganarse la vida.
Suele haber en ellas una puertecilla de entrada y un escaparate mal iluminado que ostenta el letrero LIBROS DE OCASION escrito con caracteres confusos. Casi siempre hay una mesa junto a la entrada, presidida por un cartel que reza A ELEGIR - 10 c. Es inevitable que en este mostrador se hallen seis títulos sempiternos: Tres semanas, El sombrero verde, Los niños de Elena, La vaca negra, Cuando llegue el invierno, y Hablando de operaciones.
Nadie los compra, ni siquiera por diez centavos, y tampoco parece que nadie pague alguna vez los precios exorbitantes que ostentan los ejemplares de Fantazius Mallare, El asno de oro o Tertium Organum que se encuentran en el interior de la tienda. Cabe sospechar que el propietario hace condiciones especiales a ciertos bibliófilos; es posible que ávidos estudiantes de geografía adquieran el Trópico de Cáncer de Henry Miller, o que algún visitante perspicaz detecte los picantes aromas de El jardín perfumado, pero aun así las ventas han de ser muy escasas. Y entonces es cuando uno vuelve a preguntarse cómo se las arreglan estos libreros para vivir años y más años.
Ante una tienda de esta clase se detuvo un joven, a primera hora de la tarde. Se llamaba Abel, y nada había de particular en su persona, excepto un cierto aire furtivo cuando bajó los peldaños y penetró en la oscura tienda.
Al cruzar el umbral frunció el ceño, como si le extrañase todo lo que le rodeaba. Fue como si el vulgar aspecto del establecimiento le confundiera o le decepcionase. Y cuando el propietario apareció detrás de un polvoriento mostrador que había al fondo, la expresión del joven míster Abel pareció indicar que allí había algún error.
El propio librero tenía todo el aspecto de una edición popular, ligeramente maltratada por el tiempo. Daba la impresión de haber sido hojeado, desdeñado y vuelto a colocar en un estante para almacenar polvo a medida que pasaran los años. Era bajo y algo encorvado, como la mayoría de ellos; sus cabellos hirsutos y su mal cuidado bigote no tenían ningún color definido y, a través de los lentes, sus ojos recordaban dos canicas de mármol blanco.
Cuando la exhibió, su voz resultó ser un murmullo desprovisto de tonalidades.
—¿En qué puedo servirle?
El joven míster Abel titubeó. Volvió a fruncir el ceño y por un momento pareció como si optase entre las tres alternativas: pedir un ejemplar de Jurgen, contestar con la clásica frase de "sólo estoy dando un vistazo, muchas gracias", o limitarse a dar media vuelta y abandonar la tienda.
Pero sin duda había algo más que extrañeza en aquel fruncimiento de ceño, y después de una pausa habló con determinación.
—Vengo en busca de instrucciones —dijo—. Se trata de un cursillo muy especial y necesito unos libros también especiales.
Las dos canicas se movieron detrás de las gafas y el propietario de la tienda inclinó la cabeza.
—¿Sus títulos?
—Hay tres —fue la respuesta—. El primero es Introducción al asesinato. El segundo es Muerte a plazos, y el tercero es El precio adecuado.
El librero levantó la vista. Las canicas blancas se habían convertido en un par de ojos negros y penetrantes.
—Un surtido poco corriente —murmuró—. Pero tal vez pueda complacerle. A propósito, ¿quién le ha recomendado mi tienda?
—Una persona que me dijo que usted me haría esa pregunta, aconsejándome al propio tiempo que yo no contestase.
El librero asintió con un gesto de la cabeza.
—Será mejor que pasemos a la trastienda. Espere un momento; voy a cerrar.
Hurgó en la cerradura de la puerta y después apagó la luz del escaparate. El joven le siguió a través de un oscuro corredor, hasta que llegaron a la habitación que servía de trastienda.
Era una sala confortable y bien iluminada, así como regiamente amueblada.
—Siéntese —dijo el librero—. ¿Quiere decirme su nombre?
—Abel. Charles Abel.
—¿Abel, de verdad? ¡Extraordinario! —El anciano se echó a reír—. En este caso, creo que puede llamarme míster Caín.
El ceño del joven desapareció.
—¡Entonces, éste es el lugar! —exclamó—. ¡Y usted es el hombre que yo busco!
Míster Caín se encogió de hombros.
—¿Tiene el dinero? —inquirió.
—Aquí está. Mil en metálico, todo en billetes pequeños.
Míster Caín aceptó la suma y la contó con cuidado. Después levantó la vista y asintió.
—Soy el hombre que usted busca —murmuró—. Y ahora hablemos de esas instrucciones que está buscando. ¿A quién desea matar?



Había pasado casi una semana desde la primera visita de Abel a la librería de lance. Había vuelto a ella cada noche, presentándose siempre a las nueve en punto. No había problemas con la puntualidad, pues era un alumno meticuloso y aprovechado. Y también había mucho que aprender.
Descubrió satisfecho que míster Caín era un maestro capacitado, y así se lo dijo creyendo hacerle un cumplido, pero el anciano se limitó a hacer una mueca de timidez.
—Ya sabe lo que suele decirse —comentó—. El que no puede, enseña.
—¿Quiere decir que usted nunca ha asesinado a nadie?
Míster Caín adoptó una expresión de embarazo.
—Padezco de hemofobia. Es una desdicha. La visión de la sangre me altera tanto que ni siquiera puedo tender trampas a los ratones que infestan esta tienda. Se me están comiendo todos mis beneficios.
—Pero en realidad esta tienda no es más que una fachada. Su verdadero negocio es éste, ¿no es así?
—Sí, soy profesor, ésta es mi carrera.
El joven míster Abel sonrió.
—Lo siento, pero no puedo evitarlo. Me causa risa pensar en usted, sentado aquí y planeando el crimen perfecto.
—¿Y por qué le divierte tanto, joven? —El librero se levantó—. Si supiera lo mal que andan los negocios en nuestra especialidad, lo comprendería. Todo hombre tiene que ganarse la vida.
—Ha hablado usted de la "especialidad". ¿Es que acaso no es usted el único? ¿Tal vez otros libreros de lance…?
—Esto no le importa —replicó apresuradamente míster Caín—. Aquí yo soy el único que hace preguntas. Y me gustaría obtener mayor número de respuestas. Lleva usted una semana estudiando y todavía no me ha dicho cuándo pretende realizar el asesinato. Creo que ya es hora de que vayamos al grano. Soy un hombre muy ocupado y tengo otros clientes que necesitan mi ayuda.
El joven sacudió la cabeza con aire consternado.
—Pienso decírselo cuando esté convencido de veras —se disculpó—. Pero debo estar seguro de que usted puede enseñarme cómo cometer el crimen perfecto.
—¿El crimen perfecto? No veo ningún problema en ello —replicó míster Caín—. Ya le he dicho que yo nunca he matado a nadie, y no le engaño, pero he sido centenares de veces lo que usted llamaría un cómplice. Y puedo asegurarle que cada caso fue un éxito rotundo. ¿Conoce usted las estadísticas sobre el asesinato? El cincuenta y cinco por ciento de todos los asesinatos queda por resolver. ¡El cincuenta y cinco por ciento, piense en lo que esto significa! ¡Ni un juicio, ni siquiera un sospechoso, en más de la mitad de los crímenes que se cometen cada año! Ello no se debe a la casualidad. Son muchos los asesinos que reciben ayuda. Una instrucción de manos expertas. Lo que yo le estoy ofreciendo. ¿Recuerda aquel caso de la Dalia Negra, en la costa occidental?
—¿Usted planeó aquello?
—Sí, para uno de mis discípulos —afirmó con discreto orgullo míster Caín—. No es más que un ejemplo de lo que yo puedo lograr cuando obtengo un poco de cooperación por parte de un estudiante deseoso de aprender.
El joven Abel encendió un cigarrillo.
—¿Cómo voy a saber que no me está enseñando naderías? El crimen que me ha mencionado se me antojó carente de todo sentido.
Míster Caín se mordió el labio.
—Ahí está el detalle —insistió—. ¿No ha prestado atención a lo que le he estado repitiendo durante toda la semana? Vamos a repasarlo otra vez, brevemente. ¿Cuáles son los motivos del asesinato? Conteste, rápido.
—Pues son tres, según dice usted. Primero, la necesidad.
—Ejemplos.
—Pues los asesinatos por compasión, y casos en los que hay cuestión de dinero, o bien cuando alguien quiere desembarazarse de su cónyuge, pero tiene escrúpulos con respecto al divorcio.
—Bien. ¿Y el segundo motivo?
—Ira. Celos. Rivalidad. Todo viene a ser lo mismo.
—¿Y el tercero?
—Pues cuando uno está mal de la azotea. Cuando se trata de buscar una emoción fuerte, puramente por esto.
—Impuramente —corrigióle míster Caín—. En lo que a mí respecta, la tercera categoría no existe. Jamás aceptaría a un psicópata como alumno. En primer lugar, nadie puede confiar en que siga las instrucciones.
—Pero el caso de la Dalia Negra pareció ser obra de un psicópata.
—Ahora es cuando empieza a comprender —aseguró míster Caín—. Claro que sí. Yo lo planeé expresamente.
—¿Planeó?
—Ya le he dicho antes que la mitad de los asesinatos en ese país nunca llegan a ser resueltos. ¿Por qué? Porque las pistas que conducen a las autoridades hasta la mayoría de asesinos no tienen nada que ver con el auténtico modus operandi de los crímenes. Hará unos veinte años, hubo una verdadera obsesión por las novelas detectivescas que narraban métodos destructivos complicados y rebuscados. Puedo asegurárselo, pues las estanterías superiores aún están llenas de ellas. Asesinatos fantásticos. Gente que utilizaba dardos emponzoñados, dagas improvisadas con carámbanos de hielo, muertes misteriosas en habitaciones herméticamente cerradas, reproducciones fonográficas que servían de coartadas… Todo esto es ridículo. Si emplea su sentido común y no le ve nadie que después pueda recurrir a la policía como informador o testigo, no tiene nada de particular escapar impune de un asesinato. Desde luego, siempre y cuando adopte sus precauciones en cuanto a huellas digitales, manchas de sangre y otras niñerías por el estilo.
"Hoy en día, la policía no captura al asesino a causa de sus métodos. Lo que les lleva hasta el culpable son los motivos de éste. Y esto es, precisamente, lo que el desdichado cuarenta y cinco por ciento formado por los que son aprehendidos suele olvidar. En casos de necesidad, la ley siempre está al acecho en busca del que se beneficie de la muerte; un heredero, un cónyuge infeliz, un rival en negocios. En casos de ira o celos, también es fácil localizar al culpable. —Hizo una pausa—. Permítame asegurarle que en todos los asesinatos que yo he ayudado a planear, ha habido siempre un auténtico motivo. Pero siempre los he planeado de modo que no hubiese ni una apariencia de motivo. En una palabra, cada muerte parece ser obra de un demente.
—¿De modo que éste es el secreto?
—¿Acaso no se lo insinuó la persona que le envió? —inquirió míster Caín—. ¿No está enterado de los detalles de su afortunado crimen?
—Lo hizo —admitió el joven Abel—. Y conozco los detalles. Me ensalzó sus clases. Pero antes, me parecía como si la cosa no tuviera sentido.
—¿Y ahora sí? ¡Magnífico! Bien, pues entonces, ¿no cree que ya es hora de que confíe en mí? Dígame, ¿qué piensa hacer?
Míster Abel no titubeó por más tiempo.
—Quiero matar al hombre que me recomendó a usted.
—¿A uno de mis antiguos alumnos? Mi querido muchacho, esto no resulta muy ético que digamos…
—Puede tranquilizar su conciencia. Yo no le diré su nombre. Usted nunca lo sabrá y de este modo no le asaltarán los remordimientos.
—¿Acaso tiene algún rencor personal contra él? ¿Se trata de esto?
—Sí. Pero le repito que no hay necesidad de que le abrume a usted con detalles. Lo único que debe saber es que él no sospecha que yo le odio. Por lo tanto, según su propia definición, contamos con un punto de partida perfecto. Nadie me relacionaría jamás con el crimen, pues aparentemente no tengo ningún motivo. Todo cuanto necesito de usted es un método. Algo que convierta el asesinato en algo parecido a la obra de un psicópata criminal.
—¡Hum! —Míster Caín se levantó y empezó a pasear por la habitación—. Si me está diciendo la verdad, la cosa parece sencilla.
—Le doy mi palabra de honor.
—Bien, si lo enfoca de ese modo… —Míster Caín hizo una pausa—. Supongo que sería demasiado sencillo que usted le acorralase a solas en cualquier rincón, lo estrangulase, y después se alejara de allí. Hay veces en que la misma sencillez de una muerte confunde a todos. Un lugar oscuro, un buen golpe en la cabeza y ya tenemos a la policía sin saber por dónde empezar.
—Por favor, caballero —dijo míster Abel con voz suave—. No creo que este consejo valga mil dólares en metálico y libres de impuestos.
—Podría proporcionarle algún veneno, pero…
—¿Qué tiene de psicopático un veneno? Si he de serle franco, después de tanta preparación esperaba algo más original.
—¿Original, eh? —Míster Caín hizo una pausa y sus ojos se iluminaron—. Hay uno que le gustará, muchacho. Es un poco anticuado, desde luego, pero hace años que no se ha utilizado. Yo le llamo "el correo macabro".
—¿Cómo?
—El correo macabro —repitió míster Caín, sonriendo a su discípulo—. Para llevarlo a cabo es preciso asegurarse concienzudamente de tres condiciones.
—¿Cuáles son?
—Primera, que el asesino pueda atraer a su víctima a un lugar solitario y allí disponer de él. A pesar de sus objeciones, debo recomendarle otra vez un golpe en la cabeza o la estrangulación. Desde luego, hay que tener en cuenta la necesidad de eliminar las usuales pruebas del crimen y hacer desaparecer el arma homicida, si la hubiere. ¿Cree poder desempeñar esta fase de su labor?
—Con toda facilidad.
—Espléndido. La segunda condición consiste en que el asesino debe disponer de un automóvil.
—Poseo un automóvil.
—La tercera y la más importante. El asesino no debe estar sujeto a una vigilancia regular. Me refiero a que debe poder trasladarse de un lado a otro con toda facilidad, tal vez abandonando la ciudad durante varios días sin que nadie se inquiete por su ausencia.
—Vivo solo y la semana próxima empiezo mis vacaciones.
—¡Perfecto! En este caso, creo que podremos planear el perfecto crimen psicopático. El correo macabro tiene como objeto desviar a la policía de toda pista. Les interesa tanto el método que la cuestión del motivo queda relegada al olvido.
—Pero, ¿qué es lo que debo hacer?
—¿Aún no lo adivina? Mata a su víctima por un medio sencillo, tal como lo he sugerido. Después, con la ayuda de un cuchillo de carnicero o un trinchante, descuartiza el cadáver. Yo le recomendaría la división natural, basada en mis anteriores experiencias en tales menesteres, comprendiendo piernas, muslos, pelvis partida en dos, torso también partido, brazos, antebrazos y cabeza. En total, trece piezas. Es un número antipático, pero quiero esperar que no será usted supersticioso.
—No. Sólo curioso. ¿Y qué hago con los… fragmentos?
—Pues envolverlos, claro está. En trece paquetes separados. Necesitará un poco de esa tela de plástico que se utiliza en los frigoríficos, papel recio de embalaje y cordel como el que emplean los carniceros. ¡Asegúrese de que no le falte el cordel! Una vez listos sus paquetes, sólo tiene que escribir direcciones en ellos, pegar los sellos y meterlos en los buzones destinados a paquetes postales.
—Pero trece paquetes tan pesados…
—Por esto le he preguntado si tenía coche y unos cuantos días de que poder disponer libremente. No debe mandarlos todos desde una misma localidad. Tiene que trasladarse a una docena de ciudades distintas. Procúrese un mapa y estudie hasta donde puede llegar en, digamos, unos cuatro días. Es mejor elegir localidades aparentemente sin relación alguna, para que la policía no pueda deducir un itinerario con punto de partida. Más tarde, le ayudaré a planear todos estos detalles. Forma parte de mis servicios, ya sabe. Otra cosa; debe comprar los sellos con bastante anterioridad. Un rollo de sellos de tres centavos, para que nadie les preste atención.
—¿Y a quién debo mandar los paquetes?
—Elija los nombres al azar en los listines telefónicos de las ciudades que visite. O bien, y no deja de ser un detalle, mándelos a trece empresarios de pompas fúnebres, uno de cada localidad. Esto puede despistar por completo a la policía. Empezarán a buscar personas que estén enemistadas con los enterradores, o darán caza a los necrófilos. Sea como fuere, estarán seguros de que el crimen ha sido obra de un psicópata. Cuando se enteren los periódicos y aireen la historia, puede estar seguro de que la pista se perderá en un laberinto de sórdido sensacionalismo. Dementes, maniáticos, y toda la gama. —Míster Cain inclinó la cabeza—. ¿Qué le parece mi plan? ¿Resulta bastante original para su paladar?
—Sí. Pero, ¿está seguro de que no quedará ninguna pista?
—No, si lo planeamos todo cuidadosamente. Desde luego, usted debe asegurarse de tomar las precauciones elementales, como por ejemplo la de atraer a su víctima al lugar más a propósito. Y tendrá que ocuparse de la desaparición de sus, ejem, utensilios. Será mejor que los robe cuanto antes, en algún almacén de artículos domésticos, por ejemplo. Después, se desprende de ellos en algún puente, lejos ya de la ciudad. Pero podremos cuidar estos detalles a medida que se vayan presentando. Ante todo, debemos librarnos de las huellas dactilares. ¿Quiere hacerlo ahora o prefiere esperar a que hayan empezado sus vacaciones? Bien mirado, hoy es viernes. Si no trabaja los sábados, podríamos hacerlo ahora mismo. El fin de semana bastará para cicatrizar los dedos.
—¿De qué me está hablando?
—Ácido, muchacho. Un pequeño preparado propio. Elimina las ondas de modo que nadie puede tomar las huellas. Desde luego, también arranca parte de la piel, pero esto no puede evitarse. Y siento decirle que no tengo a mano ningún anestésico. Sin embargo, esta habitación es a prueba de ruidos, y si grita un poco nadie le oirá.
—¿Ácido? ¿Gritos? Oiga, esto no me…
El joven Abel se echó atrás, pero míster Caín hizo como si no lo viera y, abriendo un armario, sacó una botella, una palangana y una copa graduada. Trabajó con ello durante un rato y finalmente miró benévolo a su alumno a través de una nube de humo que despedía un olor acre.
—Venga —murmuró—. Le dolerá un poquitín, pero le prometo que no es nada si lo comparamos con las angustias de la electrocución. Le aseguro que la silla eléctrica da más cosquilleo, y disculpe mi chiste malo…



Pasó más de una semana desde el momento en que míster Abel salió de la librería con los dedos vendados y enguantados, hasta su brusca reaparición una tarde a última hora.
Había oscurecido ya y tuvo que golpear la puerta de la tienda durante un buen rato antes de que míster Caín fuese a abrirle.
Hizo pasar al joven a la trastienda, contemplando con curiosidad la bolsa de mano que éste llevaba, pero sin decir palabra hasta que ambos estuvieron sentados en la tranquila habitación posterior.
Entonces, el anhelo de saber lo sucedido se apoderó del librero.
—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó—. No volvió para recibir las últimas instrucciones. Estaba inquieto…
El joven Abel sonrió.
—No tenía por qué preocuparse. Sepa que sus sugerencias fueron perfectamente adecuadas para mis fines. El asunto ha sido un éxito rotundo.
—¿De modo que… que lo hizo? Pero, ¿cuándo? No he visto ninguna noticia en los periódicos, nada…
—Volví a reflexionar sobre toda la cuestión. Su primera sugerencia, limitarme a estrangular a la víctima, me pareció más eficaz. Claro que aún tenía los dedos un poco doloridos, pero no se presentaron complicaciones. El asesinato en un callejón oscuro fue atribuído a cualquier maniático. Apenas mereció un par de líneas en la Prensa; no me extraña que le pasara inadvertido. Tenga, léalo.
Abel le entregó un recorte, y el anciano lo leyó con rapidez. Después levantó la vista, asintiendo.
—¿Conque el joven Driscoll, eh? Pero usted me había dicho que no me diría su nombre…
—Poco importa, ¿no cree? Él fue quien me envió aquí, y era un ex alumno suyo.
—Sí. Fue un caso de celos. Un rival le había quitado la novia. Aunque parezca extraño, no odiaba al hombre, quería matar a la chica. Ella vivía con su rival, y nos costó bastante ocultar su motivo para el asesinato. Finalmente, elaboramos un plan para que la muerte pareciera la obra de una personalidad psicópata. Empleamos el sistema del "bombardeo loco", como yo lo llamo, pero optamos por un autobús en vez de un avión. El truco consistió en colocar la bomba, no en su equipaje, cosa que habría podido inducir a una investigación de motivos, sino en la maleta de un soldado que regresaba al campamento después de gozar de un permiso. Localizamos a ese hombre en un momento oportuno y realizamos la faena. No le molestaré con detalles, pero todo funcionó a la perfección.
Abel asintió.
—Sí. Cuatro muertos y tres heridos. La chica murió, desde luego.
—Tiene usted una memoria excelente. Esto ocurrió hace más de dos años. —Míster Caín hizo una pausa—. ¿Acaso se lo contó él mismo?
—Él no me contó nada. Fueron suposiciones mías. Usted comprenderá que, al fin y al cabo, yo era su rival. La chica que él mató era mi chica.
—¡Oh, ya comprendo! No me extraña que deseara eliminarlo. Pues bien, ya está vengado.
—Sí.
—Y todo marcha bien cuando las cosas terminan bien.
—Pero es que no han terminado.
—¿No?
Míster Abel abrió su bolsa.
—Como usted mismo me explicó, usted fue el cómplice. Ayudó a montar el asesinato. Y por lo tanto…
Sacó a relucir un largo cuchillo y una media luna de carnicero.
—¡Oiga, espere! —gimoteó míster Caín—. ¡No puede hacer semejante cosa!
—Usted dijo que esta habitación es a prueba de ruidos. Nadie oirá los gritos, sobre todo si como primera providencia le golpeo en la cabeza.
Abel bloqueó la puerta y probó la media luna, que silbó en el aire de un modo satisfactorio.
—¡Pero es que yo apelo a usted, no como presunta víctima, sino como su profesor, su superior en experiencia! El plan que le di no puede tener éxito en mi caso.
—¿Por qué no? Dispongo de tiempo suficiente para efectuar el viaje. Es que le mentí, ¿sabe? Tengo dos semanas de vacaciones, no una.
—A pesar de ello, le descubrirán. En cualquier parte debe de haber alguien enterado de que usted me ha estado visitando cada noche. Y cuando yo desaparezca…
—Usted no desaparecerá. Por lo menos, no para siempre. Si alguien desea enterarse, usted estará de vacaciones durante una semana más o menos. Yo soy el que va a desaparecer.
—¿Dónde se ocultará?
—Aquí, en esta librería de lance. Desapareceré mediante un teñido de cabellos, un caminar vacilante, un bigote mal recortado y unas gafas.
—¿Ocupará usted mi lugar? ¿Para siempre?
—¿Por qué no? Puedo aprender a imitar su voz, a copiar su escritura. Con el tiempo, captaré sus demás características. Así podré atender a sus futuros clientes. Debe admitir que el autor de semejante plan tiene talento para hacer de instructor. Además, como voy a demostrarle dentro de un momento, tengo una ventaja práctica sobre usted. A mí no me asusta la visión de la sangre.
—No, no puede… ¡Es usted un psicópata!
—Todos los asesinos deben serlo. Y los profesores también.
—Pero…
La media luna interrumpió brutalmente sus palabras.



Fue una lástima que el ex profesor de míster Abel no pudiese sentir el orgullo pedagógico de ver cómo su alumno desempeñaba todas las etapas de su plan. Puesto que parte del mismo consistía en la transformación de míster Abel en míster Caín, el joven llegó hasta el punto de adoptar todas las pequeñas manías de su maestro, incluso la de sentir afición por los chistes macabros. Dentro de cada paquete preparado para ser echado al correo, metió la cubierta de un libro. Entre los títulos se contaban La anatomía de la melancolía, Los desnudos y los muertos y Un corazón solitario. Para el desmembrado torso reservó la portada de un libro de chistes titulado Sin pies ni cabeza.
Comprendió, desde luego, que existía un cierto riesgo, pero hasta un psicópata tiene derecho a hacer gala de un poquitín de humor inofensivo. Sobre todo cuando pretende, como pretendía el nuevo míster Caín, desarrollar el resto de su programa con toda sobriedad y regresar después para iniciar la sacrificada vida del pedagogo.
Y como era de esperar, así transcurrió todo. Una vez terminada su misión, regresó a la tienda y se escondió tras las gafas y el pelo teñido. Al cabo de breve tiempo, dominó los detalles de su existencia. Y pasadas unas semanas más, llegaron nuevos alumnos y la librería de lance reanudó sus negocios.
Se las puede ver en callejones de toda gran ciudad, y uno se pregunta a veces cómo se las arreglan sus propietarios para ganarse la vida.

Cuentos de humor negro, 1965.

jueves, 20 de enero de 2022

Canción de cuna. Julia Otxoa.

De noche, acostada en mi cama, poco antes de entrar dulcemente en el sueño, me gusta escuchar las sirenas de los grandes barcos deslizándose por el mar, saludándose entre ellos o anunciando su entrada a puerto, como sereno lenguaje de entrecruzadas luces y sonidos a través de la oscuridad. Lenguaje cuyos códigos desconozco, pero cuya melodía llena mi ánimo de paz. Conocer que la ciudad donde vivo nunca tuvo mar, no disminuye un ápice cuanto siento.


miércoles, 19 de enero de 2022

La larga digestión del dragón de Komodo. Ángel Olgoso.

Alrededor de las once de la mañana, a petición mía, el vehículo oficial del ministerio me deja ante la vieja casa –ahora abandonada- donde viví cuando era niño. El asistente dobla mi abrigo en su brazo, esperándome. Aplasto el puro contra la acera deshecha. Sin pena, sin ternura, puede que con suficiencia y hasta con un ligero asco, veo el zócalo gris ratón, la puerta carcomida, los escombros de la salita. Subo las mismas escaleras que cuarenta años atrás me llevaban al pequeño dormitorio. Los balcones están cerrados. Parece de noche.
-¿De dónde vienes a estas horas, sinvergüenza?
Es el vozarrón de menestral de mi padre, repudiando una vez más mi conducta.
Bajo la cabeza para tolerar el horror. Miro mis pantalones cortos, mis zapatitos embarrados que se tocan por la puntera buscando un arrimo, un cálido refugio. En la penumbra, mi padre hace un movimiento amenazador, como si inclinara su cuerpo hacia delante. Oigo un eco familiar, ese roce seguido de un chasquido que se escucha cada vez que mi padre se quita el cinturón.

martes, 18 de enero de 2022

Parte I. Capítulo III. De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel. Francisco de Quevedo.

Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje, lo uno por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que había en Segovia un licenciado Cabra que tenía por oficio el criar hijos de caballeros, y envió allá el suyo y a mí para que le acompañase y sirviese.
Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética, la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese. Cortábale los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.
A poder de éste, pues, vine, y en su poder estuve con don Diego, y la noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática corta, que aun por no gastar tiempo no duró más. Díjonos lo que habíamos de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora de comer. Fuimos allá; comían los amos primero y servíamos los criados.
El refectorio era un aposento como medio celemín. Sentábanse a una mesa hasta cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo:
-¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo. ¿Qué tiene esto de refectorio de Jerónimos para que se críen aquí?
Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me susté cuando advertí que todos los que vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas, con unas caras que parecía se afeitaban con diaquilón. Sentóse el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo:
-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.
Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo, echóse su escudilla a pechos, diciendo:
-Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.
-¡Mal ingenio te acabe!, decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que parecía que la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en viéndole:
-¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale. Coman, que me huelgo de verlos comer.
Y tomando el cuchillo por el cuerno, picóle con la punta y asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:
-Conforta realmente, y son cordiales.
Que era grande adulador de las legumbres. Repartió a cada uno tan poco carnero que entre lo que se les pegó en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba y decía:
-Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.
¡Mire V. Md. qué aliño para los que bostezaban de hambre! Acabaron de comer y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el plato dos pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero:
-Quede esto para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo.
-¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado -decía yo-, que tal amenaza has hecho a mis tripas!
Echó la bendición, y dijo:
-Ea, demos lugar a la gentecilla que se repapile, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido.
Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojóse mucho y díjome que aprendiese modestia y tres o cuatro sentencias viejas y fuese.
Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado y que mis tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte que los otros, arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres medrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra, diciendo:
-Coman como hermanos, pues Dios les da con qué. No riñan, que para todos hay.
Volvióse al sol y dejónos solos. Certifico a V. Md. que vi al uno de ellos, que se llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la boca. Pedí yo de beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no lo hacían, y diéronme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije. Levantéme con grande dolor de mi alma, viendo que estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacían la razón. Diome gana de descomer, aunque no había comido, digo, de proveerme, y pregunté por las necesarias a un antiguo, y díjome:
-Como no lo son en esta casa, no las hay. Para una vez que os proveeréis mientras aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí estoy dos meses ha y no he hecho tal cosa sino el día que entré, como ahora vos, de lo que cené en mi casa la noche antes.
¿Cómo encareceré yo mi tristeza y pena? Fue tanta, que considerando lo poco que había de entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía gana, echar nada de él. Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué haría él para persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían creer. Andaban vahídos en aquella casa como en otras ahítos.
Llegó la hora de cenar; pasóse la merienda en blanco, y la cena ya que no se pasó en blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenábamos con bendición. «Es cosa saludable (decía) cenar poco, para tener el estómago desocupado», y citaba una retahíla de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueños pesados, sabiendo que en su casa no se podía soñar otra cosa sino que comían. Cenaron y cenamos todos y no cenó ninguno.
Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego dormir, él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí y yo aconsejándole que lo hiciese; aunque últimamente le dije:
-Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la pendencia de las berceras nos mataron, y que somos ánimas que estamos en el Purgatorio. Y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre, si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones y nos saca de penas con alguna misa en altar previlegiado.
Entre estas pláticas y un poco que dormimos, se llegó la hora de levantar. Dieron las seis y llamó Cabra a lición; fuimos y oímosla todos. Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi hambre que me desayuné con la mitad de las razones, comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó el mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma topó muchos hombres, unos metiendo los pies, otros las manos y otros todo el cuerpo en el portal de su casa, y esto por muy gran rato, y mucha gente que venía a sólo aquello de fuera; y preguntando a uno un día que qué sería (porque Cabra se enojó de que se lo preguntase) respondió que los unos tenían sarna y los otros sabañones y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre, de manera que no comían desde allí adelante. Certificóme que era verdad, y yo, que conocí la casa, lo creo. Dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije. Y volviendo a la lición, diola y decorámosla. Y prosiguió siempre en aquel modo de vivir que he contado. Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué que le dijeron un día de hidalguía allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda agujerada como salvadera, abríala y metía un pedazo de tocino en ella que la llenase y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla, para que la diese algún zumo por los agujeros y quedase para otro día el tocino. Parecióle después que en esto se gastaba mucho, y dio en sólo asomar el tocino a la olla. Dábase la olla por entendida del tocino y nosotros comíamos algunas sospechas de pernil. Pasábamoslo con estas cosas como se puede imaginar.
Don Diego y yo nos vimos tan al cabo que, ya que para comer al cabo de un mes no hallábamos remedio, le buscamos para no levantarnos de mañana; y así, trazamos de decir que teníamos algún mal. No osamos decir calentura, porque no la teniendo era fácil de conocer el enredo. Dolor de cabeza u muelas era poco estorbo. Dijimos al fin que nos dolían las tripas y que estábamos muy malos de achaque de no haber hecho de nuestras personas en tres días, fiados en que a trueque de no gastar dos cuartos en una melecina, no buscaría el remedio. Mas ordenólo el diablo de otra suerte, porque tenía una que había heredado de su padre, que fue boticario. Supo el mal, y tomóla y aderezó una melecina, y haciendo llamar una vieja de setenta años, tía suya, que le servía de enfermera, dijo que nos echase sendas gaitas. Empezaron por don Diego; el desventurado atajóse, y la vieja, en vez de echársela dentro, disparósela por entre la camisa y el espinazo y diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de guarnición la que dentro había de ser aforro. Quedó el mozo dando gritos; vino Cabra y, viéndolo, dijo que me echasen a mí la otra, que luego tornarían a don Diego. Yo me resistía, pero no me valió, porque, teniéndome Cabra y otros, me la echó la vieja, a la cual de retorno di con ella en toda la cara. Enojóse Cabra conmigo y dijo que él me echaría de su casa, que bien se echaba de ver que era bellaquería todo. Yo rogaba a Dios que se enojase tanto que me despidiese, mas no lo quiso mi ventura.

Historia de la vida del Buscón, 1626.