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domingo, 7 de mayo de 2023

Los reptadores. Philip K. Dick.

Construía, y cuanto más construía más le gustaba construir. La cálida luz del sol se filtraba hacia abajo; la brisa del verano se agitaba a su alrededor, mientras trabajaba animadamente. Cuando se acabó el material, paró y descansó. El edificio no era grande; se trataba más de un modelo a escala que otra cosa. Una parte de su cerebro se lo decía, mientras la otra hervía de entusiasmo y orgullo. Al menos, era lo bastante grande para poder entrar. Se arrastró por el túnel de entrada y se enroscó en su interior, complacido.
Algunos fragmentos de tierra cayeron por una grieta del techo. Rezumó un fluido pegajoso y reforzó aquel punto. El aire que llenaba el edificio era limpio y frío, casi libre de polvo. Se arrastró por última vez sobre las paradas interiores y dejó un rastro pegajoso, que no tardó en secarse. ¿Qué más necesitaba? Estaba un poco amodorrado; se quedaría dormido al cabo de unos instantes.
Pensó en ella y extendió una parte de su cuerpo por la entrada todavía abierta. Aquella parte montó vigilancia, mientras el resto se sumía en un sueño reparador. Estaba feliz y contento, consciente de que desde lejos sólo se veía un montoncillo de arcilla gris. Nadie se fijaría; nadie adivinaría lo que yacía debajo.
Y si se fijaba, tenía métodos para solucionar el problema.


El granjero detuvo su vieja camioneta Ford con un chirrido de frenos. Maldijo y retrocedió unos metros.
—Ahí hay uno. Baje y échele un vistazo. Tenga cuidado con los coches. Por aquí van muy deprisa.
Ernest Gretry abrió la puerta de la cabina y saltó a la caldeada carretera. El aire olía a sol y hierba seca. Los insectos zumbaron a su alrededor mientras avanzaba con cautela por la carretera, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, su cuerpo enjuto inclinado hacia adelante. Se detuvo y escudriñó el suelo.
La cosa había sido aplastada a conciencia. Marcas de ruedas la cruzaban por cuatro sitios diferentes y sus órganos internos habían estallado. Era como una babosa, un tubo alargado y viscoso, con los órganos de los sentidos en un extremo y una confusa masa de extensiones protoplasmáticas en el otro.
Lo que más le impresionó fue la cara. Tardó un poco en mirarla directamente. Antes, contempló la carretera, las colinas, los enormes cedros, cualquier cosa menos aquello. Había un brillo en los ojillos muertos, que se iba desvaneciendo rápidamente. No eran los ojos opacos de un pez, estúpidos y vagos. La vida los había animado, una vida de la que apenas había obtenido una breve visión, antes de que el camión la aplastara.
—Cruzan de vez en cuando —dijo en voz bajo el granjero—. A veces, llegan incluso a la ciudad. La primera que vi iba por en medio de la calle Grant, a unos cincuenta metros por hora. Van muy despacio. Algunos niños las persiguen. Yo, si las veo, prefiero evitarlas.
Gretry dio un puntapié a la cosa. Se preguntó vagamente cuántas habría entre los arbustos y en las colinas. Vio casas apartadas de la carretera, relucientes cuadrados blancos bajo el sol de Tennessee. Caballos y ganado adormilado. Gallinas sucias que picoteaban el suelo. Un país dormido y apacible, bañado por el sol de finales de verano.
—Allí, en la ladera de aquellas colinas —señaló el granjero—. ¿Quiere recoger los restos? Hay una guardada en un gran depósito, en la delegación de la Standard Oil. Llenaron el depósito de queroseno para intentar conservarla. Muerta, desde luego. Está en muy buena forma, comparada con ésta. Joe Jackson le partió la cabeza con un garrote. La encontró una noche reptando en su propiedad.
Gretry volvió al camión, tembloroso. Tenía el estómago revuelto y tuvo que respirar hondo varias veces.
—No sabía que había tantas. Cuando me enviaron desde Washington, dijeron que se habían visto muy pocas.
—Hay un montón. —El granjero puso en marcha la camioneta y esquivó con gran cuidado los restos esparcidos sobre la carretera. Hemos tratado de acostumbrarnos a ellas, pero es imposible. Resultan muy desagradables. Mucha gente se está marchando. Se nota en el aire una especie de abatimiento. Tenemos este problema y hay que hacerle frente. —Aceleró, sus manos correosas aferradas al volante—. Da la impresión de que cada vez nacen menos niños normales.—¿Dónde está el laboratorio radiactivo? —preguntó.


De vuelta a la ciudad, Gretry llamó a Freeman desde una cabina instalada en el ruinoso vestíbulo del hotel.
—Hay que hacer algo. Están por todas partes. A las tres iré a ver una colonia. El tipo que se encarga de la parada de taxis sabe dónde están. Dice que habrá unas once o doce juntas.
—¿Qué opina la gente de la zona?
—¿A usted qué le parece? Creen que es el Juicio Final. Tal vez tengan razón.
—Tendríamos que haberles trasladado hace tiempo, y limpiado toda la zona. Ahora no tendríamos este problema. —Freeman hizo una pausa—. ¿Qué sugiere usted?
—La isla que escogimos para las pruebas de la bomba H.
—Es una isla muy grande. Tuvimos que trasladar y establecer en otro sitio a un grupo numeroso de nativos. Dios santo, ¿tantos hay?
—Los ciudadanos exageran, por supuesto, pero tengo la impresión de que habrá alrededor de un centenar.
Freeman guardó silencio durante largo rato —No lo sabía —dijo por fin—. Tendré que consultarlo con las altas esferas, desde luego.
Habrá que someter la isla a más pruebas, pero comprendo la urgencia.
—Me gustaría. La situación es grave. Hay que desembarazarse de estas cosas. La gente no puede convivir con estos monstruos. Déjese caer por aquí y eche un vistazo. No lo olvidará jamás.
—Veré qué puedo hacer. Hablaré con Gordon. Llámeme mañana.
Gretry colgó, abandonó el sucio y destartalado vestíbulo, y salió a la acera, calcinada por el sol. Tiendas mugrientas y coches aparcados. Algunos viejos sentados en peldaños y sillas desvencijadas. Encendió un cigarrillo con mano temblorosa y consultó su reloj. Eran casi las tres. Se encaminó con paso lento hacia la parada de taxis.
La ciudad estaba muerta. Nada se movía. Sólo los viejos petrificados en sus sillas y los coches de otras ciudades que pasaban a toda velocidad por la autopista. Una capa de polvo y silencio se cernía sobre todo. La vejez, como una gran araña gris, cubría todas las casas y tiendas. Ni una risa. Ni el menor ruido.
Ningún niño jugaba.
Un sucio taxi azul se detuvo en silencio a su lado.
—Aquí estoy, señor —dijo el chófer, un hombre con cara de rata, de unos treinta años, un palillo colgando entre sus dientes torcidos—. Vámonos.
—¿Está muy lejos? —preguntó Gretry mientras salía.
—Nada más salir de la ciudad. —El vehículo aceleró con gran estrépito, sacudiéndose como una tartana—. ¿Es usted del FBI?
—No.
—Lo he dicho por el traje y el sombrero. —El chófer le dirigió una mirada de curiosidad—. ¿Cómo se enteró de los reptadores?
—Por el laboratorio de radiactividad.
—Sí, es por culpa de lo que hacen allí. —El chófer salió de la autopista y se adentró en una carretera de tierra—. Es por aquí, en la granja de los Higgins. Esos malditos bichos eligieron el terreno de la vieja Higgins para construir sus casas.
—¿Casas?
—Tienen una especie de ciudad subterránea. Ya lo verá... Las entradas, al menos.
Trabajan en grupo, construyen como locos.
Salió de la carretera, pasó entre dos enormes cedros, atravesó un campo lleno de baches y se detuvo al borde de un barranco rocoso.
—Ya hemos llegado.
Era la primera vez que Gretry veía uno vivo.
Salió del taxi con movimientos torpes, con las piernas entumecidas. Las cosas se movían con lentitud entre el bosque y los túneles de entrada, practicados en el centro del claro.
Transportaban materiales de construcción, arcilla y malas hierbas. Lo pegaban con una sustancia viscosa hasta darle una tosca forma y lo introducían con gran cuidado bajo tierra.
Los reptadores median entre sesenta y noventa centímetros de largo; algunos eran más viejos, oscuros y pesados que otros. Todos se movían con una lentitud agónica, una silenciosa fila que se arrastraba sobre el suelo calcinado por el sol. Eran blandos, carecían de caparazón y parecían inofensivos.
Sus rostros le fascinaron e hipnotizaron. La siniestra parodia de rostros humanos.
Arrugadas facciones de bebé, ojos diminutos, una hendidura en lugar de boca, orejas torcidas, algunos mechones de cabello. Seudópodos alargados a modo de brazos, que se extendían y contraían como plastilina. Parecían increíblemente flexibles. Se alargaban y contraían cuando sus sensores entraban en contacto con algún obstáculo. No prestaron atención a los dos hombres, como inconscientes de su presencia.
—¿Son peligrosos? —preguntó Gretry.
—Bueno, tienen una especie de aguijón. Sé que atacaron a un perro. Le aguijonearon a base de bien. Se hinchó y la lengua se le puso negra. Tuvo convulsiones y murió. Estaba chafardeando —añadió el chófer, como disculpándolos—. Interrumpió su trabajo. No paran de trabajar Siempre ocupados.
—¿Están casi todos?
—Yo diría que sí. Suelen congregarse aquí. Siempre les veo reptar por esta parte. —El taxista hizo un vago ademán—. Han nacido en lugares diferentes. Uno o dos en cada granja cercana al laboratorio de radiactividad.
—¿Dónde está la granja de la señora Higgins? —preguntó Gretry.
—Allí arriba. ¿La ve entre los árboles? ¿Quiere que...?
—No tardaré —le interrumpió Gretry—. Espere aquí.


Cuando Gretry se acercó, la anciana estaba regando los geranios rojo oscuro que crecían alrededor del porche. Levantó la vista al instante, con una expresión astuta y suspicaz en su rostro arrugado, la regadera sujeta como un instrumento despuntado.
—Buenas tardes —saludó Gretry. Inclinó el sombrero y enseñó sus credenciales—.
Estoy investigando... los reptadores. En el limite de su terreno.
—¿Por qué?
La voz de la mujer era vacía, triste, fría. Como su cara y su cuerpo encogido.
—Intentamos encontrar una solución. —Gretry se sentía torpe, inseguro—. Se ha sugerido que los saquemos de aquí y los acomodemos en una isla del Golfo de México. No deberían estar en este lugar. Es demasiado duro para la gente. No es justo —concluyó con timidez.
—No. No es justo.
—Ya hemos empezado a desplazar a toda la gente que vive cerca del laboratorio de radiactividad. Tendríamos que haberlo hecho mucho antes.
Los ojos de la anciana relampaguearon.
—Ustedes y sus inventos. ¡Miren lo que han hecho! —Le apuntó con un dedo huesudo—. Ahora han de poner remedio. Tienen que hacer algo.
—Los trasladaremos a la isla lo antes posible, pero hay un problema. Hemos de contar con la autorización de los padres Su derecho a la custodia es inalienable. No podemos... —Se interrumpió—. ¿Qué piensan? ¿Permitirán que recojamos a sus... hijos y nos los
llevemos?
La señora Higgins se encaminó hacia la casa. Gretry la siguió, vacilante, por las oscuras y polvorientas habitaciones. Estancias mohosas llenas de lámparas de aceite y cuadros descoloridos, sofás y mesas antiguos. Atravesaron una gran cocina, en la que destacaban inmensas ollas y sartenes de hierro fundido, bajaron unos peldaños de madera y se detuvieron ante una puerta pintada de blanco. La mujer llamó con energía.
Movimientos y susurros al otro lado.
—Abrid la puerta —ordenó la señora Higgins.
Tras una pausa insoportable, la puerta se abrió poco a poco. La señora Higgins terminó de abrirla e indicó a Gretry que la siguiera.
En la habitación aguardaban un hombre y una mujer. Retrocedieron cuando Gretry entró.
La mujer abrazaba una gran caja de cartón que el hombre le había pasado de repente.
--¿Quién es usted? —preguntó el hombre, y se apoderó de la caja.
Las pequeñas manos de su mujer temblaron.
Gretry estaba en presencia de los padres de uno. La joven, de cabello castaño, no tenía más de diecinueve años. Esbelta, menuda, cubierta con un vestido verde barato, una muchacha de pechos rotundos y ojos asustados. El hombre era más fuerte y alto, moreno y apuesto, de brazos y manos robustas que aferraban con firmeza la caja de cartón.
Gretry no podía apartar los ojos de la caja. Tenía agujeros en la parte superior. Se movía levemente en los brazos del hombre, balanceándolo de un lado a otro.
—Este hombre ha venido para llevárselo —anunció la señora Higgins al hombre.
La pareja recibió la noticia en silencio. El marido se limitó a sujetar con más fuerza la caja.
—Los transportará a todos a una isla —continuó la señora Higgins—. Todo está arreglado. Nadie les hará daño. Estarán a salvo y harán lo que les plazca. Construir y arrastrarse a su gusto, sin que nadie se vea obligado a verles.
La joven asintió, como aturdida.
—Dádselo —ordenó la anciana, impaciente—. Dadle la caja y acabemos de una vez por todas.
Al cabo de un momento, el joven depositó la caja sobre la mesa.
--¿Sabe algo de ellos? —preguntó—. ¿Sabe lo que comen?
—Nosotros... —empezó Gretry, sin saber qué decir.
—Comen hojas. Sólo hojas y hierba. Les damos las hierbas más pequeñas que podemos encontrar.
—Sólo tiene un mes —dijo la joven con voz hueca—. Ya quiere ir con los otros, pero lo tenemos encerrado. No queremos que salga. Aún no. Tal vez más adelante. No sabíamos qué hacer. No estábamos seguros. —Sus grandes ojos oscuros relampaguearon un momento, una silenciosa petición de ayuda, y luego volvieron a apagarse—. Cuesta mucho decidirse.
El marido desató el grueso nudo y levantó la tapa.
—Échele un vistazo.
Era el más pequeño que Gretry había visto. Pálido y blando menos de treinta centímetros. Se había acurrucado en un rincón de la caja, entre una masa de hojas mordisqueadas y una especie de cera. Yacía dormido bajo una capa transparente que le rodeaba. No les prestó atención; estaban demasiado lejos para verles. Gretry experimentó una extraña sensación de horror. Se apartó, y el joven puso la tapa en su lugar.
—Sabíamos lo que era—dijo con voz ronca—. En el mismo momento de nacer. Vimos uno en la carretera. Uno de los primeros. Bob Douglas vino a buscarnos para que lo viéramos. Era suyo y de Julie. Eso fue antes de que empezaran a congregarse junto al barranco.
—Cuéntale lo que pasó —indicó la señora Higgins.
—Douglas le aplastó la cabeza con una piedra. Después, vertió gasolina sobre el cuerpo y lo quemó. La semana pasada, Julie y él hicieron las maletas y se largaron.
—¿A cuántos han destruido? —consiguió preguntar Gretry.
—Unos pocos. Muchos hombres se ponen como locos cuando los ven. No se les puede culpar.
La mirada del hombre transparentaba impotencia. Creo que estuve a punto de hacer lo mismo.
—Quizá tendríamos que haberlo hecho —murmuró la joven—. Quizá tendría que haberte dejado.
Gretry cogió la caja de cartón y se encaminó hacia la puerta.
—Terminaremos lo antes posible. Los camiones ya están en camino. Mañana todo habrá concluido.
--Gracias a Dios —exclamó la señora Higgins con voz tensa, desprovista de emoción.
Sostuvo la puerta para que Gretry pasara, y éste atravesó la oscura casa cargado con la caja, bajó los hundidos peldaños del porche y salió al sol cegador.
La señora Higgins se detuvo ante los geranios rojos y cogió la regadera.
—Cuando los cojan, cójanlos a todos. No dejen ni uno. ¿Comprendido?
—Sí —murmuró Gretry.
—Que algunos de sus hombres y camiones se queden. Continúen buscando. No permitan que quede uno.
—Cuando hayamos trasladado a la gente que vive cerca del laboratorio de radiactividad se acabarán...
Calló. La señora Higgins le había dado la espalda y estaba regando los geranios. Las abejas zumbaban a su alrededor. El aire caliente agitaba las flores. La anciana desapareció por un lado de la casa, sin dejar de regar. Gretry se quedó solo con la caja.
Turbado y avergonzado, bajó poco a poco por la colina, atravesó el campo y llegó al barranco. El taxista fumaba un cigarrillo apoyado en el vehículo. Le esperaba sin impacientarse. La colonia de reptadores trabajaba sin descanso en la construcción de su ciudad. Había calles y corredores. Gretry observó en algunas entradas complicadas marcas que bien podían ser palabras. Algunos reptadores colaboraban en disponer misteriosas cosas que no logró discernir.
—Vámonos —ordenó al chófer.
El hombre sonrió y abrió la puerta trasera.
—No he parado el taxímetro —dijo, con una expresión astuta en su cara de rata—.
Ustedes tienen todos los gastos pagados, no se preocupe.


Construía, y cuanto más construía más le gustaba construir. A estas alturas, la ciudad superaba los ciento veinte kilómetros de profundidad y tenía ocho de diámetro. Toda la isla se había convertido en una inmensa ciudad que se extendía día a día. Con el tiempo, atravesaría el océano y llegaría a tierra firme, donde el trabajo se intensificaría.
A su derecha, un millar de compañeros levantaba en silencio y metódicamente la estructura de soporte que reforzaría la cámara de reproducción principal. En cuanto estuviera colocada, todo el mundo se sentiría más tranquilo. Las madres estaban empezando a parir sus crías.
Eso era lo que le preocupaba, le robaba en parte la alegría de construir. Había visto a uno de los recién nacidos antes de que fuera ocultado a toda prisa y los rumores acallados.
Un breve vistazo a la cabeza bulbosa, el cuerpo en escorzo, las extremidades rígidas.
Chillaba, lloraba y la cara se le ponía roja. Gorjeaba, se agitaba en vano y movía los pies.
Alguien, horrorizado, había machacado por fin el atavismo con una piedra, con la confianza de que no surgirían más.

domingo, 5 de febrero de 2023

El ahorcado. Philip K. Dick.

A las cinco en punto, Ed Loyce se lavó, se puso el sombrero y la chaqueta, sacó el coche y atravesó la ciudad en dirección a su tienda de televisores. Estaba cansado. Le dolían la espalda y los hombros de excavar tierra del sótano y transportarla al patio posterior. De todos modos, para ser un hombre de cuarenta años, lo había hecho muy bien. Janet podría comprarse un nuevo jarrón con el dinero que había ahorrado, y le gustaba la idea de reparar personalmente los cimientos.
Estaba oscureciendo. El sol poniente arrojaba largos rayos sobre los apresurados peatones que volvían del trabajo, cansados y malhumorados; mujeres cargadas con bultos y paquetes, estudiantes de la universidad, se mezclaban con funcionarios, ejecutivos y secretarias. Detuvo el Packard ante un semáforo en rojo y arrancó de nuevo. La tienda había estado abierta sin su presencia. Llegaría justo a tiempo de colaborar hasta la hora de la cena, echar un vistazo a las cuentas del día y hasta cerrar un par de ventas él mismo.
Condujo a poca velocidad frente al pequeño cuadrado de verde situado en el centro de la calle, el parque de la ciudad. No había aparcamiento ante TELEVISORES LOYCE - SERVICIO DE VENTA Y REPARACIONES. Maldijo por lo bajo y ejecutó una maniobra en forma de U. Volvió a pasar frente al pequeño cuadrado de verde, con la fuente, el banco y la farola solitarias.
Algo colgaba de la farola. Un bulto informe y oscuro, que el viento balanceaba con suavidad. Como una especie de maniquí. Loyce bajó la ventanilla y asomó la cabeza. ¿Qué demonios era aquello? ¿Algún anuncio? A veces la Cámara de Comercio ponía anuncios en la plaza.
Dio otro giro en forma de U. Pasó frente al parque y se concentró en el bulto oscuro. No era un maniquí. Y de ser un anuncio, era muy raro. Se le erizó el vello de la nuca y tragó saliva. El sudor cubrió su rostro y manos.
Era un cuerpo. Un cuerpo humano.
—¡Fijaos! —gritó Loyce—. ¡Salid!
Don Fergusson salió con parsimonia de la tienda y se abotonó su chaqueta a rayas con dignidad.
—Tengo un buen negocio entre manos, Bill. No puedo dejar al tipo plantado ahí.
—¿Lo ves? —Ed extendió el dedo hacia la creciente oscuridad. La farola se recortaba contra el cielo; el poste y el bulto que se mecía—. Allí está. ¿Cuánto tiempo llevará ahí? —Alzó la voz, nervioso—. ¿Es que la gente se ha vuelto ciega? Pasan de largo como si tal cosa.


Don Fergusson encendió un cigarrillo con calma.
—Tranquilo, muchacho. Tiene que existir un buen motivo para que esté ahí.
—¡Un motivo! ¿Qué clase de motivo? Fergusson se encogió de hombros.
—Como aquella vez que el Consejo de Seguridad Vial puso el Buick destrozado. Una especie de alegato cívico. ¿Cómo quieres que lo sepa?
Jack Potter salió de la zapatería y se reunió con ellos.
—¿Qué ocurre, muchachos?
—Hay un cuerpo colgado de la farola —dijo Loyce—. Voy a llamar a la policía.
—Ya se habrán enterado—dijo Potter—, de lo contrario no seguiría ahí.
—He de volver. —Fergusson se encaminó hacia la tienda—. Los negocios antes que el
placer.


Loyce empezó a ponerse histérico.
—¿Lo ves? ¿Lo ves ahí, colgado? ¡Es el cuerpo de un hombre! ¡De un hombre muerto!
—Claro, Ed. Lo vi esto tarde cuando salí a tomar café.
—¿Quieres decir que lleva ahí toda la tarde?
—¡Claro! ¿Qué tiene de malo? —Potter consultó su reloj—. He de darme prisa. Hasta
luego, Ed.
Potter se alejó por la acera y se perdió entre los demás peatones. Hombres y mujeres, que paseaban ante el parque. Algunos lanzaban una mirada de curiosidad al bulto oscuro... y seguían adelante. Nadie se paraba. Nadie le prestaba atención.
—Voy a volverme loco —susurró Loyce.
Avanzó hacia el bordillo y cruzó la calle sin respetar el semáforo. Airados bocinazos saludaron su paso. Por fin, llegó al pequeño cuadrado de verde.
El hombre era de mediana edad. Vestía un traje gris roto y manchado de barro seco. Un forastero. Loyce no le había visto nunca. No era de la ciudad. Tenía la cara un poco ladeada, y giraba lenta, silenciosamente, mecido por el viento de la noche. Tenía cortes y heridas en la piel. Rojas hendiduras, marcas profundas de sangre coagulada. Unas gafas con montura de acero colgaban grotescamente de una oreja. Tenía los ojos saltones, la boca abierta, y de ella surgía una lengua gruesa y azulada.
—Por el amor de Dios —murmuró Loyce, mareado.
Reprimió las náuseas y volvió a la acera. Temblaba como una hoja, de asco... y miedo. ¿Por qué? ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué colgaba de la farola? ¿Qué significaba? Y... ¿por qué nadie se daba cuenta?


Tropezó con un hombrecillo que caminaba a buen paso por la acera.
—¡Mire por dónde va! —graznó el hombre—. Ah, eres tú, Ed. Ed asintió, aturdido.
—Hola, Jenkins.
—¿Qué te pasa? —El empleado de la papelería cogió el brazo de Ed—. Pareces enfermo.
—El cuerpo. En el parque.
—Claro, Ed. —Jenkins le condujo hasta la entrada de TELEVISORES LOYCE - SERVICIO DE VENTA Y REPARACIONES—. Tómatelo con calma.
Margaret Henderson salió de la joyería y fue a su encuentro.
—¿Paso algo?
—Ed no se encuentra bien. Loyce se soltó con violencia.
—¿Qué hacéis ahí quietos? ¿Es que no lo veis? Por el amor de Dios...
—¿De qué está hablando? —preguntó Margaret, nerviosa.
—¡Del cuerpo! —chilló Ed—. ¡Del cuerpo que está colgado allí! Acudió más gente.
—¿Se encuentra mal? Es Ed Loyce. ¿Estás bien, Ed?
—¡El cuerpo! —chilló Loyce, y trató de abrirse paso. Unas manos le asieron. Se soltó—.
¡Dejadme ir! ¡La policía! ¡Llamad a la policía!
—Ed...
—¡Será mejor que llamemos a un médico!
—¡Estará enfermo!
—O borracho.
Loyce luchó por abrirse paso entre la multitud. Tropezó y estuvo a punto de caer. Vio como a través de una neblina filas de rostros, curiosos, preocupados, angustiados. Hombres y mujeres se paraban a ver qué ocurría. Corrió hacia su tienda. Vio que Fergusson estaba dentro. Hablaba con un hombre y le estaba enseñando un televisor Emerson. Pete Foley, en el mostrador de reparaciones, ponía a punto un Philco nuevo. Loyce le gritó como un poseso. El rugido del tráfico y los murmullos que se alzaban en torno suyo apagaron su voz.
—¡Haced algo! —gritó—. ¡No os quedéis ahí parados! ¡Haced algo! ¡Algo está pasando!
¡Algo no va bien!
La muchedumbre abrió un respetuoso pasillo a los dos fornidos policías que avanzaban con aspecto eficiente hacia Loyce.
—¿Nombre? —murmuró el policía del bloc.
—Loyce. —Se secó la frente, cansado—. Edward C. Loyce. Escuche, allí donde...
—¿Dirección? —preguntó el policía.
El coche patrulla corría a toda velocidad, sorteando coches y autobuses. Loyce se dejó caer en el asiento, exhausto y confuso. Respiró hondo.
—Hurst Road, 1368.
—¿Eso es en Pikeville?
—Exacto. —Loyce se incorporó con un violento esfuerzo—. Escúcheme. En la plaza, colgado de una farola...
—¿Dónde estuvo hoy? —preguntó el policía que conducía.
—¿Dónde? —repitió Loyce.
—No estuvo en su tienda, ¿verdad?
—No. —Meneó la cabeza—. No, estuve en casa. En el sótano.
—¿En el sótano?
—Arreglando los cimientos. Saqué la tierra para poner un armazón de cemento. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver eso con...?
—¿Había alguien con usted?
—No. Mi mujer había ido al centro. Mis hijos estaban en el colegio. —Loyce paseó la mirada de un policía al otro. Una loca esperanza resplandeció en su rostro—. ¿Quieren decir que no comprendí la... explicación porque estaba allí abajo? ¿No lo entendí, al contrario que los demás?
—Exacto —dijo el policía del bloc, después de una pausa—. No comprendió la explicación.
—¿Se trata de algo oficial, pues? ¿El cuerpo... ha de colgar en el parque?
—Ha de colgar en el parque. Para que todo el mundo lo vea. Ed Loyce esbozó una débil sonrisa.
—Santo Dios. Supongo que me enfurecí. Pensé que algo había pasado, algo relacionado con el Ku Klux Klan, por ejemplo. Algún hecho violento, perpetrado por comunistas o fascistas. —Se secó la cara con el pañuelo. Sus manos temblaban—. Me alegra saber que todo está controlado.
—Todo está controlado.
El coche se acercaba al Palacio de Justicia. El sol se había puesto. Las calles estaban oscuras, tenebrosas. Las luces aún no se habían encendido.
—Me siento mejor —dijo Loyce—. Me puse muy nervioso. Creo que monté un circo. Ahora que ya lo he entendido, no hace falta que me lleven a la comisaría, ¿verdad?
Los dos policías no dijeron nada.
—Debo volver a mi tienda. Los chicos aún no han cenado. Estoy bien. Se acabaron los problemas. ¿Es necesario...?
—No será muy largo —le interrumpió el policía que conducía. Un proceso breve. Cuestión de minutos.
—Espero que sea corto —murmuró Loyce. El coche frenó ante un semáforo—. Creo que provoqué un altercado. Es curioso, se te alteran los nervios y...
Loyce abrió la puerta. Se lanzó a la calle. Los coches que le rodeaban se pusieron en marcha cuando el semáforo cambió. Loyce saltó al bordillo y corrió entre la gente, camuflándose entre los numerosos peatones. A su espalda oyó gritos y pasos apresurados.
No eran policías. Se había dada cuenta enseguida. Conocía a todos los policías de Pikeville. Era imposible regentar un negocio en una ciudad pequeña durante veinticinco años y no conocer a todos los policías. No eran polis... y no le habían dado ninguna explicación. Potter, Fergusson, Jenkins, ninguno sabía por qué estaba allí el cadáver. No lo sabían... y les daba igual. Eso era lo más extraño.
Loyce entró en una ferretería. Pasó como una flecha entre los estupefactos empleados y clientes, se coló en el almacén y salió por la puerta de atrás. Derribó un cubo de basura y bajó un tramo de escalones de cemento. Trepó a una valla y saltó al otro lado, jadeante, casi sin resuello.
No oyó nada detrás de él. Lo había conseguido.
Se encontraba en la entrada de un tenebroso callejón, sembrado de tablas, cajas y neumáticos rotos. Vio la calle que se abría al final. Una farola se encendió. Hombres y mujeres. Tiendas. Rótulos de neón. Coches.
Y a su derecha..., la comisaría de policía.
Estaba cerca, terriblemente cerca. Pasada la plataforma de carga de un colmado, se alzaba la pared de cemento del Palacio de Justicia. Ventanas enrejadas. La antena de la policía. Un alto muro de cemento que se erguía en la oscuridad. Un mal sitio para estar tan cerca. Y él estaba demasiado cerca. Tenía que seguir adelante, alejarse de ellos.
¿Ellos?
Loyce avanzó con cautela por el callejón. Más allá de la comisaria estaba el Ayuntamiento, la estructura amarilla de madera, latón dorado y amplios peldaños de cemento, tan pasada de moda. Vio las innumerables hileras de oficinas, ventanas oscuras, los cedros y los macizos de flores que flanqueaban la entrada.
Y... algo más.
Un retazo de oscuridad, un cono de negrura más espesa que la circundante se cernía sobre el Ayuntamiento. Un prisma de tinieblas que se perdía en el cielo. Escuchó. Santo Dios, oyó algo. Algo que le impulsó frenéticamente a taparse los oídos, a cerrar su mente para desterrar el ruido. Un zumbido. Un murmullo lejano y apagado, como un gigantesco enjambre de abejas.


Loyce levantó la vista, helado de terror. La oscuridad era tan espesa que casi parecía sólida. Algo se movió en el vórtice. Formas luminosas. Cosas que descendían del cielo, se detenían un momento sobre el Ayuntamiento, flotaban sobre él formando un denso enjambre y después se posaban en silencio sobre el tejado.
Formas. Formas luminosas venidas del cielo. De la masa oscura que se cernía sobre él. Les estaba observando.
Loyce espió durante largo rato, agazapado tras una valla inclinada sobre un charco de agua espumante. Estaban aterrizando. Descendían en grupos, se posaban sobre el tejado del Ayuntamiento y desaparecían en su interior. Tenían alas. Como insectos gigantes. Volaban, planeaban, aterrizaban, y después se arrastraban como cangrejos, de lado, sobre el tejado y penetraban en el edificio.
Estaba horrorizado. Y fascinado. El frío viento de la noche sopló a su alrededor y se estremeció. Estaba cansado, desconcertado. Había hombres parados en la escalinata del Ayuntamiento. Grupos de hombres salían del edificio y se detenían un momento antes de continuar.
¿Habría más?
No parecía posible. Lo que descendía de la grieta negra no eran hombres, sino extraterrestres. Procedentes de otro planeta, otra dimensión. Se deslizaban por aquella rendija, aquella grieta en la cáscara del universo. Entraban por el hueco, insectos alados de otro plano.
Un grupo de hombres parado en la escalinata del Ayuntamiento se dispersó. Algunos se dirigieron hacia un coche que aguardaba. Otra de las formas hizo ademán de volver a entrar en el edificio. Cambió de idea y se desvió para seguir a los demás.
Loyce cerró los ojos, horrorizado. Tenía los sentidos en estado de máxima alerta. Se aferró con fuerza a la valla desvencijada. La forma, la forma de hombre, había aleteado de súbito y volado hacia los otros. Se posó sobre la acera, entre ellos.
Pseudohombres. Hombres de imitación. Insectos con la capacidad de adoptar la forma de hombres. Como otros insectos comunes en la Tierra. Coloración protectora. Mimetismo.
Loyce reaccionó. Se puso en pie lentamente. Había anochecido. La callejuela estaba totalmente a oscuras, pero quizá podían ver en la oscuridad. Quizá la oscuridad no representaba ninguna diferencia para ellos.
Abandonó el callejón con cautela y salió a la calle. Pasaban hombres y mujeres, pero pocos. Algunos grupos esperaban en la parada del autobús. Un enorme autobús se arrastró por la calzada y sus faros taladraron la oscuridad.


Loyce avanzó. Se abrió camino entre los que esperaban. Cuando el autobús paró, subió y se sentó en la parte de atrás cerca de la puerta. Un momento después, el autobús cobró vida y se puso en movimiento.
Loyce se serenó un poco. Examinó a la gente que le rodeaba. Rostros cansados, sombríos. Gente que volvía del trabajo a casa. Rostros muy vulgares. Nadie le prestó atención. Todos se sentaron en silencio, hundidos en sus asientos, mecidos por el autobús.
El hombre sentado a su lado desdobló un periódico. Comenzó a leer la sección de deportes, moviendo los labios al mismo tiempo. Un hombre vulgar. Traje azul. Corbata. Un ejecutivo, o un vendedor. Volvía con su mujer y sus hijos.
Una joven de unos veinte años al otro lado del pasillo. Ojos y cabello oscuro, un paquete sobre el regazo. Medias y tacones. Chaqueta roja y jersey de angora. La vista fija al frente, absorta.
Un universitario con tejanos y chaqueta de cuero negra.
Una mujer de triple papada con una inmensa bolsa llena de paquetes. Su grueso rostro abrumado de cansancio.
Gente corriente. Del tipo que cada noche cogía el autobús. Volvían a casa, con sus familias. A cenar. Volvían a casa, con la mente en blanco. Controlados, cubiertos con la máscara de un extraterrestre que había aparecido y tomado posesión de ellos, de su ciudad, de sus vidas. Él también. Sólo que no había estado en la tienda, sino encerrado en el sótano. De alguna manera, le habían pasado por alto. Su control no era perfecto, no era infalible.
Quizá había más.
Loyce alimentó cierta esperanza. No eran omnipotentes. Habían cometido un error, no le habían controlado. Su red de control no había caído sobre él. En aquel momento, se encontraba en el sótano. Por lo visto, su zona de influencia era limitada.
Unos pocos asientos más adelante, un hombre le observaba. Loyce interrumpió sus pensamientos. Un hombre delgado, de cabello oscuro, con un pequeño bigote. Bien vestido, traje marrón y zapatos relucientes. Un libro entre sus manos. Miraba a Loyce, le escrutaba. Apartó la visto al instante.
Loyce se puso en tensión. ¿Uno de ellos? ¿Otro pasado por alto?
El hombre volvió a mirarle. Pequeños ojos oscuros, vivos e inteligentes. Astuto. Un hombre demasiado astuto para ellos..., o una de aquellas cosas, un insecto extraterrestre.
El autobús se detuvo. Un anciano subió con lentitud y dejó caer una ficha en la ranura. Avanzó por el pasillo y se sentó frente a Loyce. El anciano captó la mirada del otro hombre. Durante una fracción de segundo, una corriente se estableció entre ambos.
Una mirada rica en significado.


Loyce se levantó. El autobús prosiguió su camino. Corrió hacia la puerta. Bajó un peldaño.
Tiró de la palanca de emergencia. La puerta se abrió.
—¡Oiga! —gritó el conductor, al tiempo que frenaba—. ¿Qué coño...?
Loyce paseó la mirada a su alrededor. El autobús aminoró la velocidad. Casas por todos los lados. Un distrito residencial, jardines y altos edificios de apartamentos. El hombre de ojos vivos se había levantado. El anciano también. Iban en su persecución.
Loyce saltó. Se estrelló sobre el pavimento con terrorífica fuerza y fue a parar contra el bordillo. Experimentó dolor en todo el cuerpo. Dolor y una inmensa oleada de negrura. La rechazó, desesperado. Consiguió ponerse de rodillas, pero volvió a caer. El autobús se había detenido. La gente estaba bajando.
Loyce tanteó a su alrededor. Sus dedos se cerraron sobre algo. Una piedra, tirada en la cuneta. Se puso en pie y gimió de dolor. Una forma se cernió sobre él. Un hombre. El hombre de ojos vivos, el del libro.
Loyce le propinó una patada. El hombre gruñó y cayó. Loyce levantó la piedra. El hombre chilló y trató de rodar lejos de su alcance.
—¡Alto! ¡Escuche, por el amor de Dios...!
Loyce golpeó de nuevo. Un espantoso crujido. La voz del hombre enmudeció y se convirtió en un quejido. Loyce retrocedió. Los otros le rodeaban. Corrió por la acera hacia un camino particular. Nadie le siguió. Se habían parado y estaban agachados sobre el cuerpo inerte del hombre del libro, el hombre de ojos vivos que le había perseguido.
¿Había cometido un error?
Era demasiado tarde para preocuparse por eso. Tenía que escapar, alejarse de ellos. Salir de Pikeville, dejar atrás el vórtice de oscuridad, la grieta que comunicaba su mundo con el de ellos.


—¡Ed! —Janet Loyce retrocedió, nerviosa—. ¿Qué pasa? ¿Qué...? Loyce cerró la puerta a su espalda y entró en la sala de estar.
—Corre las cortinas, deprisa. Janet caminó hacia la ventana.
—Pero...
—Haz lo que digo. ¿Hay alguien más en casa?
—Nadie. Sólo los gemelos. Están arriba, en su habitación. ¿Qué ha pasado? Estás muy raro. ¿Por qué has venido a casa?
Ed cerró con llave la puerta principal. Escudriñó la casa y entró en la cocina. Del cajón que había debajo del fregadero sacó el gran cuchillo de carnicero y lo probó con un dedo. Afilado. Muy afilado.
Regresó a la sala de estar.
—Escúchame —dijo—, no me queda mucho tiempo. Saben que me he escapado y andarán en mi busca.
—¿Escapado? —El rostro de Janet expresó desconcierto y miedo a la vez—. ¿Quiénes?
—Se han apoderado de la ciudad. Han tomado el control. Lo he comprobado. Comenzaron por las fuerzas vivas, el Ayuntamiento y el departamento de policía. Lo que han hecho con los humanos auténticos...
—¿De qué estás hablando?
—Nos han invadido. Desde otro universo, otra dimensión. Son insectos. Miméticos. Y más. Poseen el poder de controlar las mentes. Tu mente.
—¿Mi mente?
—Están entrando por Pikeville. Se han apoderado de todo, de toda la ciudad..., excepto de mí. Nos enfrentamos a un enemigo increíblemente poderoso, pero tienen sus limitaciones. Ésa es nuestra esperanza. ¡Son limitados! ¡Pueden cometer equivocaciones!
Janet sacudió la cabeza.
—No entiendo, Ed. Te has vuelto loco.
—¿Loco? No, ha sido un golpe de suerte. De no haber estado en el sótano, sería como todos vosotros. —Loyce miró por la ventana—. No tengo tiempo para hablar. Coge tu chaqueta.
—¿Mi chaqueta?
—Nos vamos de Pikeville. Hemos de conseguir ayuda, combatir contra esa cosa. Derrotarles es posible. No son infalibles. Será difícil, pero lo lograremos si nos damos prisa. ¡Vamos! —Agarró su brazo con rudeza—. Coge tu chaqueta y llama a los gemelos. Nos vamos. No te molestes en hacer las maletas. No tenemos tiempo.
Su mujer, blanca como la cera, se encaminó al ropero y sacó su chaqueta.
—¿Adónde vamos?
Ed abrió el cajón del escritorio y tiró su contenido al suelo. Cogió un mapa de carreteras y lo desplegó.
—Tendrán vigilada la autopista, por supuesto, pero hay una carretera secundaria, la que va a Oak Grove. Una vez la exploré. Está prácticamente abandonada. Quizá la hayan olvidado.
—¿La vieja carretera del Rancho? Santo Dios, está clausurada. Nadie la utiliza.
—Lo sé. —Ed guardó el mapa en su chaqueta—. Es nuestra única oportunidad. Baja a los gemelos y vámonos. El depósito de tu coche está lleno, ¿verdad?
Janet estaba perpleja.
—¿El Chevy? Lo llené ayer por la tarde. —Janet avanzó hacia la escalera—. Ed, yo...
—¡Llama a los gemelos!
Ed abrió la puerta principal y miró afuera. No se veía nada. Ni la menor señal de vida. De momento, todo iba a pedir de boca.
—Bajad —gritó Janet con voz temblorosa—. Nos..., nos vamos a dar un paseo.
—¿Ahora?
Era la voz de Tommy.
—Daos prisa—ladró Ed—. Bajad de una vez. Tommy apareció en lo alto de la escalera.
—Estaba haciendo los deberes. Hemos empezado con los quebrados. La señorita Parker ha dicho que si no los hacemos...
—Olvídate de los quebrados. —Ed agarró a su, hijo cuando bajó y le empujó hacia la puerta—. ¿Dónde está Jim?
—Ya baja.
Tommy caminó poco a poco hacia la puerta.
—¿Qué pasa, papá?
—Vamos a dar un paseo.
—¿Un paseo? ¿Dónde? Ed se volvió hacia Janet.
—Dejaremos las luces encendidas, y la tele en marcha. Ve a encenderlas. —La empujó hacia el aparato—. Así pensarán que seguimos...
Oyó el zumbido. Sacó al instante el largo cuchillo de carnicero. Vio, horrorizado, que bajaba la escalera hacia él, agitando las alas Todavía conservaba un vago parecido con Jimmy. Era pequeño. Un breve vistazo: la cosa se precipitaba hacia él, los fríos e inhumanos ojos multifacetados. Alas, el cuerpo aún cubierto con la camiseta y los tejanos, una burda caricatura. Cuando llegó a su lado giró de forma extraña su cuerpo. ¿Qué pretendía?
Un aguijón.
Loyce lo apuñaló con violencia. La cosa retrocedió y zumbó frenéticamente. Loyce se tiró al suelo y rodó hasta la puerta. Tommy y Janet estaban inmóviles como estatuas, los rostros inexpresivos. Loyce descargó el cuchillo de nuevo. Esta vez, el arma hizo su trabajo. La cosa chilló y trastabilló. Rebotó contra la pared y cayó al suelo.
Algo penetró en su mente. Un muro de fuerza, de energía, una mente extraterrestre que sondeaba la suya. Se quedó paralizado de repente. Aquella mente entró en contacto con la suya un instante. Una presencia extraña, abrumadora..., que se apagó cuando el ser se derrumbó sobre la alfombra.
Estaba muerto. Le dio la vuelta con el pie. Era un insecto, una mosca. Camiseta amarilla, tejanos. Su hijo Jimmy... Cerró su mente con firmeza. Demasiado tarde para pensar en eso. Recogió su cuchillo y se encaminó a la puerta. Janet y Tommy continuaban petrificados. El coche estaba fuera. Nunca lo lograría. Le estarían esperando. Quince kilómetros a pie.
Quince kilómetros de terreno difícil, barrancos, campos abiertos y colinas boscosas. Tendría que irse solo. Loyce abrió la puerta. Se volvió para mirar a su mujer y a su hijo un breve instante. Después, cerró la puerta de golpe y bajó corriendo los peldaños del porche. Se internó en la oscuridad y avanzó a toda prisa hacia los límites de la ciudad.


El sol de la mañana era cegador. Loyce se detuvo, falto de aliento, y se tambaleó. El sudor resbalaba sobre sus ojos. La ropa se había desgarrado en los matorrales y espinos entre los cuales se había arrastrado. Quince kilómetros... a gatas. Reptando toda la noche. Los zapatos estaban cubiertos de barro. Estaba herido, entumecido, completamente agotado.
Pero delante de él se extendía Oak Grove.
Respiró hondo y comenzó a bajar la colina. Tropezó y cayó dos veces, se incorporó y continuó andando. Le zumbaban los oídos. Todo se hacía confuso. Pero lo había logrado. Había escapado de Pikeville.
Un granjero que trabajaba en el campo le vio. Una joven le observaba desde una casa, atónita. Loyce llegó a la carretera. Más adelante había una gasolinera y un bar. Un par de camiones, algunos gallinas que picoteaban la tierra, un perro atado con una correa. El empleado vestido de blanco le miró con suspicacia cuando llegó a la gasolinera.
—Gracias a Dios. —Se apoyó en la pared—. No creí que lo conseguiría. Me han seguido casi todo el rato. Oía sus zumbidos. Zumbaban y revoloteaban a mi alrededor.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el empleado—. ¿Alguna desgracia? ¿Le han asaltado? Loyce meneó la cabeza.
—Se han apoderado de toda la ciudad. El Ayuntamiento y la comisaría de policía. Colgaron a un hombre de una farola. Eso fue lo primero que vi. Han bloqueado todas las carreteras. Les vi sobrevolar los coches que se acercaban. Les burlé a eso de las cuatro. Lo supe enseguida. Presentí que se alejaban. Y entonces, salió el sol.
El empleado se humedeció los labios, nervioso.
—Está chiflado. Será mejor que llama a un médico.
—Lléveme a Oak Grove jadeó Loyce. Se dejó caer sobre la gravilla—. Hemos de ponernos en acción ahora mismo.


Grabaron todo su relato. Cuando terminó, el comisario cerró la grabadora y se puso en pie. Permaneció inmóvil unos segundos, absorto en sus pensamientos. Por fin, sacó los cigarrillos y encendió uno, con el ceño fruncido.
—No me cree —dijo Loyce.
El comisario le ofreció un cigarrillo. Loyce lo apartó con impaciencia.
—Póngase cómodo. —El comisario se acercó a la ventana y contempló unos momentos la ciudad de Oak Grove—. Le creo —dijo de repente.
Loyce se derrumbó.
—Gracias a Dios.
—De modo que escapó. —El comisario sacudió la cabeza—. Estaba en el sótano, no en su tienda. Una posibilidad entre un millón.
Loyce bebió un poco del café que le habían traído.
—Tengo una teoría —murmuró.
—¿Cuál es?
—Sobre ellos; quiénes son. Se apoderan de una sola zona cada vez. Empiezan por lo principal, las autoridades más importantes. Desde allí, se expanden en círculo. Cuando su control es firme, se dirigen a la siguiente ciudad. Se esparcen con lentitud, muy poco a poco. Creo que el proceso comenzó hace mucho tiempo.
—¿Mucho tiempo?
—Miles de años. No creo que sea reciente.
—¿Por qué lo dice?
—Cuando era niño... Una ilustración que nos enseñaron en la Liga Bíblica. Una ilustración religiosa muy antigua. Los dioses enemigos, derrotados por Jehová. Moloc, Belcebú, Moab, Baalin, Astarot...
—¿Y?
—Estaban representados por figuras. —Loyce miró al comisario—. Belcebú estaba representado por... una mosca gigante.
El comisario gruñó.
—Una vieja lucha.
—Fueron derrotados. La Biblia narra sus derrotas. Ganan a veces pero siempre acaban derrotados.
—¿Por qué?


—No pueden apoderarse de todo el mundo. Fallaron conmigo. Y nunca pudieron con los hebreos. Los hebreos difundieron el mensaje a todo el mundo. La certeza del peligro. Los dos hombres del autobús. Creo que comprendieron. Habían escapado, como yo. Cerró los puños—. Maté a uno. Cometí una equivocación. Tenía miedo de correr el riesgo.
El comisario asintió.
—Sí, sin duda habían escapado. Como usted. Accidentes fortuitos, pero el resto de la ciudad estaba firmemente controlado. —Se apartó de la ventana—. Bien, señor Loyce. Parece que lo ha descubierto todo.
—Todo no. El hombre ahorcado. El hombre que colgaba de la farola. No lo entiendo. ¿Por qué? ¿Por qué le colgaron de manera deliberada?
—Parece sencillo. —El comisario sonrió—. Un cebo. Loyce se puso en tensión. Su corazón cesó de latir.
—¿Un cebo? ¿Qué quiere decir?
—Para hacerle salir. Para que se delatara. Así sabrían quién estaba bajo control... y quién había escapado.
Loyce se encogió, horrorizado.
—¡Eso quiere decir que auguraban fallos! Anticiparon... —Se interrumpió—. Habían dispuesto una trampa.
—Y usted se delató. Reaccionó. Se puso en evidencia. —El comisario avanzó de pronto hacia la puerta—. Venga conmigo, Loyce. Tenemos mucho que hacer. Hemos de ponernos en acción. No hay tiempo que perder.
Loyce se levantó poco a poco, entumecido.
—El hombre. ¿Quién era ese hombre? Nunca le había visto. No era de la ciudad. Era un forastero. Sucio, cubierto de barro, la cara arañada, llena de cortes...
Una extraña expresión apareció en el rostro del comisario.
—Quizá también llegue a comprender eso —dijo en voz bajo—. Acompáñeme, señor Loyce. Sostuvo la puerta, los ojos brillantes. Loyce vio un momento la calle, frente a la comisaría.
Agentes de policía, una especie de plataforma. Un poste telefónico... ¡y una soga!
—Por aquí —dijo el comisario, y sonrió con frialdad.




Cuando el sol se puso, el vicepresidente del Banco Mercantil de Oak Grove salió de la cámara acorazada, echó las pesadas cerraduras de tiempo, se puso el sombrero y el abrigo, y salió a la calle. Había poca gente, que caminaba con prisa para ir a cenar.
—Buenas noches —dijeron los guardias, y cerraron la puerta.


—Buenas noches —murmuró Clarence Mason.
Se encaminó al coche. Estaba cansado. Había trabajado todo el día en la cámara, examinando la distribución de las cajas de seguridad para ver si había sitio para otra fila. Se alegraba de haber terminado.
Se detuvo en la esquina. Las farolas de la calle aún no estaban encendidas. La oscuridad reinaba en la calle. Todo era vago. Miró a su alrededor... y se quedó petrificado.
Algo grande e informe colgaba del poste telefónico que se alzaba frente a la comisaría de policía. El viento lo mecía levemente.
¿Qué demonios era?
Mason se aproximó con cautela. Quería llegar a casa. Estaba cansado y hambriento. Pensó en su mujer, en sus hijos, en la comida caliente dispuesta sobre la mesa del comedor. El bulto le sugería algo ominoso, detestable. No había mucha luz; imposible adivinar qué era. Sin embargo, le atraía, le impulsaba a verlo mejor. La cosa informe le inquietaba. Le asustaba. Asustaba... y fascinaba.
Y lo más extraño era que nadie parecía darse cuenta.

domingo, 31 de julio de 2022

La niñera. Philip K. Dick.

—Cuando miro hacia atrás —dijo Mary Fields—, me asombro de que creciéramos sin una Niñera que nos cuidara.
No cabía duda de que la Niñera había cambiado la vida de los Fields desde el momento en que entró a formar parte de su hogar. Desde que los niños abrían los ojos por la mañana hasta que se dormían, la Niñera les hacía compañía, les vigilaba y se encargaba de que se cumplieran todos sus deseos.
El señor Fields sabía, cuando se marchaba a la oficina, que sus hijos estaban en buenas manos, y Mary se libraba de una interminable sucesión de tareas domésticas y preocupaciones. No tenía que despertar a los niños, ni vestirles, ni lavarles, ni prepararles las comidas, ni nada. Ni siquiera les acompañaba al colegio. Y, al terminar las clases, si no llegaban enseguida a casa, se ahorraba la ansiedad de temer que algo les hubiera ocurrido.
La Niñera no les mimaba, por supuesto. Si los niños pedían algo absurdo o peligroso (un montón de caramelos o la moto de un policía, por ejemplo), tropezaban con la voluntad de hierro de la Niñera. Como un buen pastor, sabía cuándo debía negarse a obedecer sus caprichos.
Los dos niños la querían. Una vez que tuvieron que repararla lloraron y lloraron sin cesar. Ni su madre ni su padre pudieron consolarles, pero cuando la Niñera volvió todo se normalizó. ¡Justo a tiempo! La señora Fields estaba agotada.
—Señor —suspiró Mary, derrumbándose en el sofá—. ¿Qué haríamos sin ella?
—¿Sin quién? —preguntó el señor Fields.
—Sin la Niñera.
—Cualquiera sabe.
Después de despertar a los niños mediante un suave y musical zumbido, emitido a escasos centímetros de sus cabecitas, cuidaba de que se vistieran y bajaran enseguida a desayunar, con la cara limpia y de buen humor. Si estaban enfadados les permitía bajar la escalera subidos en su espalda.
¡Codiciado placer! Bobby y Jean divirtiéndose casi como en las montañas rusas, y la Niñera descendiendo peldaño a peldaño de aquella forma tan curiosa.
La Niñera no preparaba el desayuno, por supuesto; de ello se encargaba la cocinera. Sin embargo, rondaba cerca de allí para vigilar que los niños comieran bien y luego, una vez terminado el desayuno, supervisaba sus preparativos para el colegio. Después de que hubieran recogido los libros, se lavaran y se peinaran, llegaba el momento de atender a su tarea más importante: vigilar que no sufrieran el menor daño en las calles atestadas.
Había muchos peligros en la ciudad, los suficientes como para que la Niñera no descuidara la vigilancia: los veloces vehículos de superficie impulsados por cohetes en los que se desplazaban los hombres de negocios. En cierta ocasión, un bravucón trató de golpear a Bobby, pero un rápido empujón de la Niñera envió al individuo por los suelos; y cuando un borracho se acercó a Jean, con Dios sabe qué intenciones, Nanny lo arrojó a la cuneta con un codazo de su potente brazo metálico.
A veces, los niños se paraban fascinados ante un escaparate. La Niñera les obligaba a proseguir su camino. Y si ocurría que llegaban tarde al colegio les aupaba sobre la espalda y se deslizaba por la acera sobre sus ruedas, que zumbaban y rodaban a toda velocidad.
La Niñera estaba con ellos constantemente después del colegio; supervisaba sus juegos, les vigilaba, les protegía y, por fin, cuando empezaba a oscurecer, les apartaba de sus diversiones y emprendían el regreso a casa.
No fallaba nunca: en cuanto se servía la cena aparecía la Niñera en la puerta con Bobby y Jean, amonestándoles con chirridos y cliqueteos. ¡Justo a tiempo para la cena! Una rápida visita al cuarto de baño para lavarse las manos y la cara.
Y por la noche…
La señora Fields estaba silenciosa y fruncía ligeramente el ceño. Por la noche…
—Tom —dijo.
Su marido levantó la vista del periódico.
—¿Qué?
—Quiero hablar contigo de una cosa, algo muy extraño que no consigo comprender. Ya sé que lo ignoro todo acerca de objetos mecánicos, pero Tom, por la noche, cuando todos estamos durmiendo y en la casa no se oye nada, la Niñera…
Se oyó un ruido.
—¡Mamá! —Jean y Bobby irrumpieron en la sala de estar con las caras rojas de excitación—. ¡Mamá, hicimos una carrera con la Niñera hasta casa y ganamos!
—Ganamos —repitió Bobby—. La vencimos.
—Corrimos mucho más rápidamente que ella —dijo Jean.
—¿Dónde está la Niñera, chicos? —preguntó la señora Fields.
—Ahora viene. Hola, papá.
—Hola, chicos —dijo Tom Fields.
Inclinó la cabeza a un lado y escuchó. Desde el porche llegó un sonido inusual, rasposo y chirriante. Sonrió.
—Esa es la Niñera —dijo Bobby.
La Niñera entró en la sala.
El señor Fields la miró con curiosidad. Siempre le había intrigado. El único ruido que rompía la tranquilidad de la sala provenía de sus ruedas de metal en contacto con el suelo de madera, un peculiar sonido rítmico. La Niñera se inmovilizó a pocos pasos del señor Fields. Los ojos sin párpados, dos células fotoeléctricas al extremo de unos pedúnculos de alambre flexible, permanecieron fijos en él. Los pedúnculos ondularon especulativamente y luego se retrajeron.
La Niñera tenía forma de esfera, una esfera ancha achatada en la base. La superficie, mellada y rayada por el uso, estaba recubierta de un esmalte verde oscuro. No había nada más visible, aparte de los ojos pedunculados, ni siquiera las ruedas. A cada lado del casco se dibujaba el perfil de una puerta, de la que surgían agarraderas magnéticas cuando era necesario. La parte delantera del casco estaba reforzada en un punto. Habían soldado las placas adicionales de atrás adelante, por lo que recordaba a un vehículo militar, una especie de tanque o una nave, una nave metálica redonda posada en tierra. Quizá, también, a un insecto de los llamados bicho munición.
—¡Vamos! —aulló Bobby.
La Niñera cobró vida de repente y empezó a girar poco a poco en el sentido de las ruedas que la dirigían. Se abrió una de sus puertas laterales y surgió un largo brazo metálico. La Niñera cogió a Bobby por el brazo y lo atrajo hacia ella. Después se lo cargó a la espalda. Bobby montó a horcajadas y, sin dejar de saltar, le golpeó los flancos con los talones.
—¡Que te dé la vuelta a la manzana! —gritó Jean.
—¡Arre! —chilló Bobby, y la Niñera, como un enorme insecto redondo de metal chirriante, relés, fotocélulas y tubos, salió de la habitación con el niño a cuestas.
Jean corrió detrás de ella.
Se hizo el silencio. Los padres se quedaron solos.
—¿No es sorprendente? —preguntó la señora Fields—. Ya sé que hoy en día es normal ver robots, más que hace unos años. Los ves por todas partes, en los mostradores de las tiendas, conduciendo autobuses, cavando zanjas…
—Pero la Niñera es diferente —murmuró Tom Fields.
—No es… no es como una máquina. Parece una persona, un ser vivo. A fin de cuentas, es mucho más complicada. Ha de serlo, por fuerza. Dicen que es mucho más complicada que la cocina.
—La verdad es que pagamos mucho por ella —dijo Tom.
—Sí —murmuró Mary Fields—. Parece una criatura viva —vibraba un tono extraño en su voz—. Un auténtico ser humano.
—Cuida muy bien a los niños —comentó Tom, volviendo la atención al periódico.
—Sin embargo, estoy preocupada. —Mary dejó la taza de café sobre la mesa y frunció el ceño. Estaban cenando, y era tarde. Los niños ya estaban en la cama. Mary se secó la boca con la servilleta—. Tom, estoy preocupada. Me gustaría que me escucharas.
Tom Fields parpadeó.
—¿Preocupada? ¿Por qué?
—Por ella…, por la Niñera.
—¿Por qué?
—No… no lo sé.
—¿Crees que necesita una nueva reparación? Acabamos de ponerla a punto. ¿Qué pasa esta vez? Si esos niños no la…
—No es eso.
—Entonces, ¿qué?
Su esposa permaneció en silencio un rato. De pronto, se levantó de la mesa y fue hacia la escalera. Miró hacia arriba y escudriñó la oscuridad. Tom la contempló con perplejidad.
—¿Qué ocurre?
—Quiero asegurarme de que no puede oírnos.
—¿Ella? ¿La Niñera?
—Tom, anoche me desperté otra vez a causa de los ruidos. Los oí otra vez, los mismos ruidos que he oído otras veces. ¡Y tú me dijiste que carecían de importancia!
—Y no la tienen —gesticuló él—. ¿Qué quieres decir?
—No lo sé, eso es lo que me preocupa. Cuando estamos dormidos, ella baja, sale de su habitación. Se desliza por la escalera con el mayor sigilo en cuanto está segura de que dormimos.
—Pero ¿por qué?
—¡No lo sé! La otra noche la oí bajar por la escalera, silenciosa como un ratón. La oí moverse por aquí. Y después…
—Después, ¿qué?
—Tom, después la oí salir por la puerta trasera. Salió de la casa y fue al patio de atrás. Eso fue todo lo que oí durante un rato.
Tom se frotó la barbilla.
—Sigue.
—Me senté en la cama y escuché. Tú dormías, claro, como un tronco. Era inútil intentar despertarte. Me levanté y me asomé a la ventana. Alcé la persiana y miré afuera. La Niñera estaba en el patio de atrás.
—¿Qué hacía?
—No lo sé —el rostro de Mary se veía preocupado—. ¡No lo sé! ¿Qué demonios haría la Niñera, a altas horas de la noche, en el patio de atrás?
Estaba oscuro, terriblemente oscuro, pero los filtros infrarrojos se activaron y la oscuridad se disipó. La forma de metal avanzó por la cocina con las ruedas medio retraídas para evitar el ruido. Llegó a la puerta trasera y se detuvo para escuchar.
La casa seguía en silencio. Todos dormían en el piso de arriba. Dormían profundamente.
La Niñera abrió la puerta trasera, salió al porche y dejó que la puerta se cerrara a su espalda. El aire de la noche era frío, cortante, y transportaba toda clase de olores, olores extraños, estimulantes olores nocturnos que despiertan cuando la primavera se transmuta en verano, cuando la tierra todavía está húmeda y el cálido sol de julio aún no ha gozado de la oportunidad de exterminar las pequeñas cosas que crecen.
La Niñera bajó los peldaños hasta el sendero de cemento. Después se movió cautelosamente sobre la hierba. Las hojas húmedas acariciaban sus costados. Al cabo de unos momentos se detuvo y se alzó sobre las ruedas traseras. Su parte frontal se elevó en el aire. Sus ojos pedunculados, rígidos y tiesos, se estiraron y ondularon con mucha suavidad. Luego recobró su aspecto normal y siguió adelante.
El sonido se produjo cuando daba la vuelta alrededor del melocotonero, en dirección a la casa.
Se inmovilizó al instante, al acecho. Sus puertas laterales se abrieron y surgieron las agarraderas en toda su longitud, ágiles y alertas. Algo se había movido al otro lado de la cerca, más allá de la fila de margaritas. La Niñera aguzó la vista y dispuso los filtros. Solo unas pocas estrellas titilaban en el cielo, pero vio lo que tenía que ver.
Una segunda Niñera se movía al otro lado de la cerca, abriéndose paso en silencio entre las flores. Intentaba hacer el menor ruido posible. Ambas Niñeras se detuvieron, súbitamente paralizadas, mirándose una a la otra… la Niñera verde aguardaba en su patio a la intrusa azul que avanzaba hacia la cerca.
La intrusa azul era de mayores dimensiones, diseñada para manejar a dos muchachos. Sus costados estaban mellados y combados por el uso, pero las agarraderas todavía se mantenían fuertes y poderosas. Además de las placas de refuerzo adicionales que recubrían su parte delantera, tenía una mandíbula prominente de duro metal que se estaba poniendo en posición, preparada y a punto de entrar en acción.
Productos Mecho, el fabricante, había llamado la atención sobre el detalle de la mandíbula: era su marca de fábrica, su único rasgo original. Todos los folletos ponían énfasis en la enorme pala frontal montada en todos los modelos. Y había una prestación opcional: un filo cortante, accionado mecánicamente, que podía instalarse por una cantidad adicional en todos los modelos de lujo.
Así iba equipada la Niñera azul.
La intrusa llegó a la cerca. Se detuvo e inspeccionó con minuciosidad las tablas. Eran de escaso grosor y estaban podridas por el paso de los años. Apretó su pesada cabeza contra la madera. La cerca cedió y se rompió en pedazos. La Niñera verde se alzó al instante sobre sus ruedas traseras y sacó las agarraderas. Se sentía henchida de una feroz alegría, de una insoportable excitación: el salvaje frenesí de la batalla.
Se aproximaron, rodando en silencio sobre la tierra, con las agarraderas dispuestas. Ninguna produjo el menor ruido, ni la Niñera azul de Productos Mecho ni la Niñera verde, más pequeña, más ligera, de la Compañía de Servicios Industriales. Lucharon sin tregua, cuerpo a cuerpo, la gran mandíbula tratando de desgarrar las delicadas ruedas, y la Niñera verde intentando clavar su extremo metálico en los ojos que centelleaban a intervalos contra su flanco. La Niñera verde tenía la desventaja de ser un modelo de precio intermedio, inferior en clase y en peso, pero se debatió con furia y encarnizamiento.
Rodaron por el húmedo suelo sin dejar de combatir, sin hacer el menor ruido: realizaban la violenta tarea para la que cada una había sido diseñada en última instancia.
—No puedo creerlo —murmuró Mary Fields con un movimiento de la cabeza—. No lo entiendo.
—¿Crees que lo hizo algún animal? —aventuró Tom—. ¿Hay perros grandes en el vecindario?
—No. Había un setter irlandés rojo muy grande, pero sus dueños se fueron a vivir al campo. Era el perro del señor Petty.
Ambos contemplaban, taciturnos y preocupados, el estado de la Niñera, que se hallaba posada junto a la puerta del cuarto de baño y vigilaba que Bobby se cepillara los dientes. El casco verde estaba doblado y retorcido. Le habían destrozado un ojo y el cristal estaba astillado. Una agarradera no se retraía por completo; colgaba, inutilizada, fuera de la puerta.
—No consigo entenderlo —repitió Mary—. Llamaré a la tienda de reparaciones, a ver qué dicen. Tom, algo ha sucedido esta noche, mientras dormíamos. Los ruidos que oí…
—Shhh —le advirtió Tom.
La Niñera se aproximaba, cliqueteando y chirriando a intervalos regulares. Pasó de largo, un tubo verde de metal renqueante que emitía un sonido áspero y arrítmico. Tom y Mary Fields la contemplaron con expresión compungida mientras se tambaleaba hasta la sala de estar.
—Me pregunto… —murmuró Mary.
—¿Qué?
—Me pregunto si volverá a suceder. —Levantó los ojos hacia su marido, unos ojos llenos de preocupación—. Ya sabes cuánto la quieren los niños… y cuánto la necesitan. Se sentirían desprotegidos sin ella, ¿verdad?
—Quizá no vuelva a ocurrir —repuso Tom—, quizá fue un accidente.
Pero no lo creía; de hecho, estaba convencido de que no se trataba de un accidente.
Entró en el garaje, dio marcha atrás a su vehículo de superficie y lo maniobró hasta que el maletero quedó frente a la puerta trasera de la casa. Solo tardó un momento en meter dentro a la mellada y maltrecha Niñera. Llegó en diez minutos al departamento de mantenimiento y reparaciones de la Compañía de Servicios Industriales.
El empleado, vestido con un mono blanco manchado de grasa, le recibió en la entrada.
—¿Problemas? —preguntó con desgana; detrás del empleado, en las profundidades del edificio que abarcaba una manzana, se veían filas de Niñeras, en distintas fases de montaje—. ¿Dónde está el fallo esta vez?
Tom no dijo nada. Ordenó a la Niñera que saliera del vehículo y esperó a que el empleado la examinara.
El mecánico meneó la cabeza, se puso en pie y se secó la grasa de las manos.
—Le va a costar un montón de pasta. La transmisión neural está rota.
—¿Ha visto algo parecido antes? —preguntó Tom con la garganta seca—. Usted ya sabe que no se ha roto; fue destrozada.
—Desde luego —asintió en tono neutro el mecánico—. Se emplearon a fondo. A juzgar por los pedazos arrancados —señaló las melladas secciones delanteras del casco—, creo que fue obra de uno de los nuevos modelos Mecho de mandíbula saliente.
La sangre de Tom Fields se heló en sus venas.
—O sea, que no le pilla de sorpresa —dijo suavemente, casi conteniendo la respiración—. Ocurre a menudo.
—Bueno, Mecho acaba de lanzar al mercado ese modelo. No está nada mal… Cuesta el doble que este. Claro que —añadió con aire pensativo— tenemos un equivalente, igual de bueno y por menos dinero.
—Quiero que me arreglen este —dijo Tom con la mayor serenidad posible—. No pienso comprar otro.
—Haré lo que pueda, pero no volverá a ser como antes. La avería es muy grave. Le recomiendo que lo entregue como entrada del nuevo, recuperará casi todo lo que pagó. Cuando lancemos los nuevos modelos, dentro de un mes o así, los vendedores irán como locos para…
—Aclaremos esto. —Tom Fields encendió un cigarrillo con manos trémulas—. Ustedes no quieren reparar estos modelos, ¿verdad? Quieren vender los nuevos en cuanto estos se estropeen… —Se fijó en el mecánico—. Se estropeen, o los estropeen.
El mecánico se encogió de hombros.
—Creo que es una pérdida de tiempo repararlo. De todas maneras, no tardará en estar acabado. —Le dio una patada a la maltrecha esfera verde—. Este modelo tiene ya tres años, señor; no sirve para nada.
—Arréglelo —masculló Tom. Empezaba a comprender en su totalidad la situación y a perder el control de sus nervios—. ¡No voy a comprar uno nuevo! ¡Quiero que me arreglen este!
—Desde luego —se resignó el mecánico. Empezó a llenar un formulario—. Haremos lo que podamos, pero no espere milagros.
Mientras Tom Fields firmaba con brusquedad la hoja, trajeron dos Niñeras averiadas más.
—¿Cuándo puedo pasar a buscarla? —preguntó.
—Dentro de un par de días —respondió el mecánico, señalando la fila de Niñeras a medio reparar—. Como puede ver, no damos abasto.
—Esperaré, aunque tarden un mes.
—¡Vamos al parque! —gritó Jean.
Así que fueron al parque.
Era un día muy agradable; el sol calentaba la tierra, y el viento mecía las flores y la hierba. Los dos niños corrieron por el sendero de grava. Respiraron a pleno pulmón el aire perfumado por el aroma de las rosas, las hortensias y los naranjos. Atravesaron un bosquecillo de oscuros y lustrosos cedros. La tierra que pisaban, la piel aterciopelada y húmeda de un mundo vivo, era suave y blanda. Al otro lado de los cedros se extendía un gran prado verde, iluminado por el sol que brillaba en el cielo azul.
La Niñera les seguía. Se desplazaba lentamente, acompañada por el cliqueteo de las ruedas. La agarradera había sido reparada, y contaba con una unidad óptica nueva en lugar de la averiada, pero se echaba en falta la perfecta coordinación de antaño; tampoco habían pulido el casco. Se detuvo un momento, y los niños hicieron lo mismo, esperando con impaciencia a que les alcanzara.
—¿Qué pasa, Niñera? —preguntó Bobby.
—Algo le falla —se lamentó Jean—. Ha estado muy rara desde el pasado miércoles, rara y lenta. Y se ausentó unos días.
—La llevaron a reparar —anunció Bobby—. Me parece que estaba cansada. Papá dice que es vieja. Oí una conversación entre él y mamá.
Siguieron adelante un poco tristes, con la Niñera tratando de mantener el ritmo. Había unos cuantos bancos esparcidos por el prado, y la gente tomaba perezosamente el sol. Un joven estaba estirado sobre la hierba, con la cara protegida por un periódico y la chaqueta doblada bajo la cabeza, a modo de almohada. Dieron un rodeo para no tropezar con él.
—¡Allí está el lago! —gritó Jean, más animada.
El prado se inclinaba en una suave pendiente, a cuyo pie empezaba un sendero de grava que llevaba hasta el lago. Los niños gritaron de júbilo y se pusieron a correr pendiente abajo, mientras la Niñera hacía denodados esfuerzos para alcanzarles.
—¡El lago!
—¡El último es una maloliente sabandija marciana muerta!
Bajaron sin aliento por el sendero hasta la estrecha franja verde que era la orilla, lamida por las aguas. Bobby se puso a cuatro patas entre risas y jadeos. Jean se acomodó a su lado y se arregló el vestido. En el fondo de las aguas azuladas se movían renacuajos y pececillos artificiales, demasiado pequeños para cogerlos.
En el otro extremo del lago unos niños hacían flotar barcos provistos de ondulantes velas blancas. Un individuo obeso leía un libro sentado en un banco, con una pipa en la boca. Un chico y una chica paseaban por la orilla cogidos del brazo, entregados a su mutua contemplación, ajenos al mundo que les rodeaba.
—Ojalá tuviéramos un barco —suspiró Bobby.
La Niñera consiguió llegar hasta ellos, precedida por toda clase de rechinamientos y sonidos metálicos. Se detuvo y retrajo las ruedas para posarse sobre la hierba. No se movió. El sol se reflejaba en el ojo bueno. El otro no estaba sincronizado; no servía para nada. Acomodó su peso sobre el costado menos dañado, pero se movía con lentitud, imprecisión y torpeza. Olía a aceite quemado y a fricción.
Jean la examinó y palmeó su torcido costado con afecto.
—¡Pobre Niñera! ¿Qué te hicieron, Niñera? ¿Qué te pasó? ¿Te metiste en líos?
—Echémosla al agua —sugirió Bobby—, a ver si sabe nadar. ¿Saben nadar las Niñeras?
Jean dijo que no, porque pesaba demasiado. Se hundiría hasta el fondo y nunca más la volverían a ver.
—Entonces no la echaremos —decidió Bobby.
Estuvieron en silencio durante un rato. Algunos pájaros pasaron volando sobre sus cabezas, manchas redondeadas que surcaban el cielo. Un niño montado en una bicicleta llegó por el sendero de grava. La rueda delantera no estaba del todo firme.
—Me gustaría tener una bicicleta —murmuró Bobby.
El niño pasó de largo a lomos de su bicicleta inestable. El hombre gordo se levantó y golpeó su pipa contra el banco. Cerró el libro y paseó por el sendero mientras se secaba el sudor de la frente con un enorme pañuelo rojo.
—¿Qué pasa cuando las Niñeras se hacen viejas? —preguntó Bobby—. ¿Qué hacen, adónde van?
—Van al cielo. —Jean palmeó cariñosamente el mellado casco verde—. Como todo el mundo.
—¿Las Niñeras nacen? ¿Siempre hubo Niñeras? —Bobby había empezado a profundizar en los misterios cósmicos—. Tal vez hubo un tiempo en que no había Niñeras. Me gustaría saber cómo era el mundo antes de que vivieran las Niñeras.
—Claro que hubo siempre Niñeras —se impacientó Jean—. Si no había, ¿de dónde vinieron?
Bobby no halló respuesta. Meditó un rato, pero se adormeció… Era demasiado joven para resolver tales enigmas. Los párpados le pesaban. Bostezó. Jean y él se tendieron en la hierba, junto al lago, contemplaron el cielo y las nubes, escucharon el sonido del viento que acariciaba los cedros. La castigada Niñera descansó y recuperó sus menguadas fuerzas.
Una preciosa niña, ataviada con un vestido azul y una cinta de colores en el pelo castaño, se acercó poco a poco por el prado, en dirección al lago.
—Mira —dijo Jean—, es Phyllis Casworthy. Tiene una Niñera naranja.
La observaron con mucho interés.
—¿Te imaginas una Niñera naranja? —comentó con desagrado Bobby.
La niña y su Niñera atravesaron el sendero y llegaron a la orilla del lago. La Niñera y ella se detuvieron y contemplaron las aguas, las velas blancas de los barcos de juguete y los peces mecánicos.
—Su Niñera es más grande que la nuestra —observó Jean.
—Es verdad —admitió Bobby. Señaló la esfera verde con cariño—. Pero la nuestra es más bonita, ¿verdad?
Su Niñera no se movió. Se volvió para mirarla, sorprendido. La Niñera verde se mantenía rígida, inmóvil. Su ojo pedunculado bueno estaba extendido del todo y examinaba a la Niñera naranja fijamente, sin pestañear.
—¿Qué ocurre? —inquirió Bobby, preocupado.
—Niñera, ¿qué te pasa? —repitió Jean.
La Niñera verde zumbó. Sus ruedas se enderezaron con un seco chasquido metálico. Las puertas se abrieron y surgieron las agarraderas.
—Niñera, ¿qué haces?
Jean, nerviosa, se levantó de un brinco. Bobby la imitó.
—¡Niñera! ¿Qué ocurre?
—¡Vámonos! —dijo Jean, asustada—. Volvamos a casa.
—Vamos, Niñera —ordenó Bobby—. Volvamos a casa.
La Niñera verde, ignorando sus voces, se apartó. La gran Niñera de color naranja se separó de la niña y se deslizó sobre la hierba.
—¡Niñera, vuelve! —gritó la niña con su aguda vocecilla.
Jean y Bobby subieron corriendo la pendiente cubierta de hierba, alejándose del lago.
—¡Ya vendrá! —dijo Bobby—. ¡Niñera, vuelve, por favor!
Pero la Niñera no volvió.
La Niñera naranja, gigantesca, mucho más grande que el modelo Mecho azul que había penetrado en su patio aquella noche, se aproximó. El modelo armado con una enorme mandíbula se hallaba esparcido en pedazos en el extremo de la cerca, con el casco destrozado y las piezas diseminadas por los alrededores.
Esta Niñera naranja era la más grande que la Niñera verde había visto nunca. La Niñera verde avanzó con movimientos torpes. Levantó las agarraderas y preparó sus escudos internos. La Niñera naranja desdobló un robusto brazo de metal, montado en un largo cable. El brazo metálico se alzó en el aire, remolineó en círculos, cada vez más rápido, hasta alcanzar una ominosa velocidad.
La Niñera verde vaciló. Retrocedió, tratando de eludir la movediza maza metálica. Y, mientras intentaba ordenar sus pensamientos, paralizada por la duda, la otra se lanzó sobre ella.
—¡Niñera! —chilló Jean.
—¡Niñera, Niñera!
Los dos cuerpos de metal rodaron furiosamente sobre la hierba, luchando y debatiéndose con desesperación. La maza de metal golpeó una y otra vez el casco verde. El cálido sol brillaba en lo alto del cielo, y el viento levantaba suaves olas en la superficie del lago.
—¡Niñera! —gritó Bobby, saltando de desesperación.
Pero no obtuvo respuesta de la retorcida masa de restos naranja y verde.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Mary Fields, pálida y con los labios apretados.
—Quédate aquí.
Tom cogió la chaqueta y el sombrero, se los puso y fue hacia la puerta.
—¿Adónde vas?
—¿Está el coche fuera?
Tom abrió la puerta principal y salió al porche. Los dos niños, desolados y temblorosos, le observaron con temor.
—Sí —murmuró Mary—, está fuera. ¿Adónde…?
Tom habló a los niños con brusquedad.
—¿Estáis seguros de que está… muerta?
Bobby asintió con la cabeza. Grandes lágrimas resbalaban por sus mejillas.
—Piezas… desparramadas por la hierba.
—Volveré enseguida —dijo Tom— y no os preocupéis. Quedaos aquí.
Bajó a toda prisa los peldaños hasta el vehículo. Al cabo de un momento le oyeron partir a toda velocidad.
Tuvo que recorrer varias agencias antes de encontrar lo que buscaba. Servicios Industriales no le sirvió de nada. Sin embargo, descubrió en el escaparate, lujosamente iluminado, de Complementos para el Hogar justo lo que necesitaba. Estaban a punto de cerrar, pero el empleado le franqueó el paso al ver la expresión de su rostro.
—Me lo llevaré —dijo Tom, haciendo ademán de sacar su talonario.
—¿Cuál, señor? —preguntó el empleado.
—El más grande, ese negro que hay en el escaparate, con cuatro brazos y el espolón.
El empleado hizo una reverencia y el rostro se le iluminó de satisfacción.
—¡Sí, señor! —exclamó, agitando su cuaderno de pedidos—. El Emperador de lujo, provisto de los últimos adelantos. ¿Desea el modelo equipado con la agarradera de alta velocidad y realimentación por control remoto? Por un módico precio adjuntamos una pantalla de comunicación visual; sin abandonar la comodidad de su hogar puede seguir todos sus pasos.
—¿Sus pasos? —preguntó Tom con brusquedad.
—Cuando entra en acción. —El empleado se puso a escribir con gran rapidez—. Acción es la palabra apropiada… Este modelo ataca a su adversario a los quince segundos de ser activado. No hay comparación con ningún otro modelo, nuestro o ajeno. Hace seis meses decían que sobrepasar el límite de quince segundos era una utopía —el empleado rio histéricamente— pero la ciencia no cesa de progresar.
Una extraña lasitud se apoderó de Tom Fields.
—Escuche —dijo con voz ronca, agarrando al empleado por la solapa. El cuaderno de pedidos cayó al suelo; el empleado tragó saliva, sorprendido y asustado—. Escúcheme atentamente, cada vez construyen modelos más poderosos… ¿verdad? Nuevos modelos, nuevas armas, cada año. Ustedes y las demás compañías… Los dotan de accesorios capaces de destruirse unos a otros.
—¡No! —se indignó el empleado—. Todos los modelos de Complementos para el Hogar son indestructibles. Algunos se averían de vez en cuando, pero no encontrará uno que haya quedado fuera de servicio. —Recogió con dignidad su cuaderno de pedidos y se alisó la chaqueta—. No, señor, nuestros modelos sobreviven. Hace poco vi un modelo antiguo, un 3-S de siete años de edad, que aún funcionaba. Un poco estropeado, pero lleno de energía. Me gustaría ver a uno de esos modelos baratos de Protección y Compañía compitiendo con ese.
Tom, controlándose con un gran esfuerzo, preguntó:
—Pero ¿por qué? ¿Cuál es el objetivo? ¿Qué se proponen con esta… competencia?
El empleado vaciló. Volvió su atención al cuaderno de pedidos.
—Sí, señor. Competencia: ha puesto el dedo en la llaga. Competencia triunfante, para ser exactos. Complementos para el Hogar no desea la competencia… la destruye.
A Tom Fields le costó un segundo reaccionar, hasta absorber el significado de las palabras.
—Entiendo. En otras palabras, estos objetos quedan superados al año de ser lanzados al mercado: inútiles, pequeños, insuficientes. Si no son reemplazados, si no compras uno nuevo, un modelo más perfeccionado…
—Por cierto, ¿su Niñera actual llevó la peor parte en la contienda? —Sonrió con conocimiento de causa—. ¿Es un modelo algo pasado de moda, quizá? ¿No está a la altura de las exigencias actuales? ¿No hizo acto de presencia por la noche?
—No volvió a casa.
—Sí, fue destruida… Ahora lo comprendo todo. Suele pasar. No le queda otra elección, señor. No es culpa de nadie, señor. No acuse a Complementos para el Hogar.
—Sin embargo —repuso Tom—, cuando uno es destruido, ustedes venden otro, lo que significa que salen beneficiados, dinero en metálico.
—Cierto, pero también exige que estemos a la altura de las circunstancias. No podemos quedarnos atrás… Usted mismo comprobó, si me disculpa, las desafortunadas consecuencias de quedarse atrás.
—Sí —asintió Tom con voz casi inaudible—. Me advirtieron de que no valía la pena repararla, que era mejor cambiarla por otra.
El rostro confiado y resplandeciente del empleado pareció ensancharse. Brilló, como un sol en miniatura, feliz y exaltadamente.
—Ahora todo está arreglado, señor. Con este modelo no habrá competencia posible. Sus problemas se han terminado, señor… ¿A qué nombre redacto la orden de entrega?
Bobby y Jean contemplaron fascinados la enorme caja que los transportistas depositaron en la sala de estar entre gruñidos e imprecaciones.
—Muy bien —dijo con sequedad Tom—. Gracias.
—De nada, señor —los transportistas se marcharon y cerraron la puerta con un fuerte golpe.
—Papá, ¿qué es eso? —susurró Jean. Los dos niños inspeccionaron la caja, asombrados e intrigados.
—Lo veréis dentro de un momento.
—Tom, ya deberían estar acostados —protestó Mary—. ¿No pueden verlo mañana?
—Quiero que lo vean ahora.
Tom desapareció en el sótano y volvió con un destornillador en la mano. Se arrodilló junto a la caja y procedió a sacar los tornillos.
—Por una vez, pueden irse a la cama un poco más tarde.
Sacó las tablas una por una con pericia y tranquilidad. Arrancó la última por fin y la apoyó en la pared, junto con las demás. Sacó el libro de instrucciones y el certificado de garantía por noventa días, y se los tendió a Mary.
—Coge esto.
—¡Es una Niñera! —gritó Bobby.
—¡Una Niñera muy grande!
La gran forma negra yacía en el fondo de la caja, como una gran tortuga de metal, embutida en una capa de grasa, cuidadosamente comprobada, aceitada y garantizada. Tom afirmó con la cabeza.
—Exacto, es una Niñera, una nueva Niñera que ocupará el lugar de la anterior.
—¿Para nosotros?
—Sí. —Tom se sentó en una silla y encendió un cigarrillo—. Mañana por la mañana la pondremos en funcionamiento y veremos qué tal se porta.
Los niños abrieron unos ojos como platos. Ninguno de los dos se atrevía a respirar o a hablar.
—Pero esta vez debéis alejaros del parque —advirtió Mary—. No la llevéis al parque, ¿me oís?
—No —la contradijo Tom—, pueden ir al parque.
Mary le miró, vacilante.
—Pero esa cosa naranja podría…
—No me importa que vayan al parque —sonrió Tom. Se giró hacia Bobby y Jean—. Id al parque cuando os dé la gana, y no tengáis miedo de nada ni de nadie. No os olvidéis.
Propinó una patada a una esquina de la caja.
—No debéis tener miedo a nada. Nunca más.
Bobby y Jean asintieron sin dejar de observar el fondo de la caja.
—Muy bien, papá —susurró Jean.
—¡Caray, mirad eso! —exclamó Bobby—. ¡Miradla! No sé si podré esperar a mañana.

La esposa de Andrew Casworthy se reunió con su marido en la puerta de su lujosa mansión de tres plantas, y agitó las manos con nerviosismo.
—¿Qué sucede? —gruñó Casworthy, sacándose el sombrero. Se secó con un pañuelo el sudor de su encarnado rostro—. Señor, qué calor hace hoy. ¿Qué pasa?
—Andrew, tengo miedo de…
—¿Qué demonios ocurre?
—Phyllis ha vuelto del parque sin su Niñera. Cuando Phyllis la trajo a casa ayer estaba abollada y agrietada, y está tan disgustada que no puedo…
—¿Sin su Niñera?
—Vino sola, por sus propios medios. Completamente sola.
La cólera congestionó las facciones del señor Casworthy.
—¿Qué ocurrió?
—Lo mismo de ayer: algo atacó a su Niñera. ¡La destrozó! No conozco bien los detalles, pero algo negro, algo gigantesco y negro… Tal vez haya sido otra Niñera.
La mandíbula de Casworthy descendió lentamente. Su rostro porcino viró a un rojo intenso, un rubor ominoso que floreció y se disipó. Giró sobre sus talones bruscamente.
—¿Adónde vas? —se inquietó su mujer.
El grueso y encolerizado hombre bajó por el sendero a grandes zancadas en dirección a su coche.
—Voy a comprar otra Niñera —murmuró—, la mejor que encuentre, aunque tenga que recorrer cien tiendas. Quiero la mejor…, la más grande.
—Pero, querido —le advirtió su esposa, corriendo tras él—, ¿nos lo podemos permitir? —Enlazó las manos ansiosamente y prosiguió—: ¿No sería mejor esperar? Pensémoslo un poco más, hasta que hayamos recobrado la… calma.
Pero Andrew Casworthy ya no la escuchaba. El coche retembló, dispuesto a lanzarse adelante.
—Nadie me va a pasar la mano por la cara —dijo con los labios apretados—. Ya les enseñaré yo, aunque tenga que comprar un último modelo. ¡Aunque tenga que hacer fabricar un nuevo modelo para mí solo!
Y, por extraño que pareciera, supo que alguien lo haría.