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jueves, 10 de octubre de 2024

La cautela. Slawomir Mrozek.

Mi ansiedad iba creciendo a medida que me acercaba al lugar más tenebroso del bosque. Decían que allí acechaban los bandoleros.
Estaba a punto de dejar atrás aquel tramo tan peligroso, cuando tres individuos me cortaron el paso.
—¿Ustedes son bandoleros? —les pregunté.
—¿Nosotros? ¡Qué va! Somos guardabosques.
Respiré con alivio.
—Aunque, ahora que lo dice, rondan por aquí unos tipos extraños. ¿Por qué no nos deja en depósito el dinero en efectivo que lleva? Mejor no correr ningún riesgo.
Se los entregué todo y, libre de preocupaciones, seguí mi camino. Debo admitir que nadie me molestó: ¡ni rastro de bandoleros!
Pero yo soy una persona precavida.

miércoles, 7 de febrero de 2024

La guardia en la montaña. Slawomir Mrozek.

Nowosadecki, Majer y yo alquilamos una pequeña casa en la montaña para pasar las vacaciones.
Majer pretendía buscar setas. Nowosadecki quería tomar el sol y yo no tenía proyectos determinados.
Fue una buena idea. Silencio, tranquilidad, naturaleza, nadie alrededor. Sólo al anochecer divisamos una lucecita a lo lejos. Ni siquiera era una luz. Nada más que un puntito luminoso.
Primero pensamos que se trataba de una estrella, pero estaba demasiado baja para serlo. Y brillaba incluso con el cielo cubierto, cuando no ves estrellas ni por asomo.
¿Tal vez era una casa? Pero en los alrededores no había ninguna otra casa, sólo la nuestra. ¿Unos vagabundos que hubiesen hecho fuego? Pero el fuego es rojo y centellea, mientras que aquello brillaba con una luz dorada y fija.
—Me pone nervioso —dijo Nowosadecki.
—Déjalo que brille —expuso su punto de vista diferente Majer—. Está lejos, no nos molesta para nada.
—Me pone nervioso no porque brille —precisó Nowosadecki—, sino porque no sé qué es lo que brilla.
—Típica avidez de conocimiento —comenté yo—. Propia de la naturaleza humana. Al hombre le interesa, más que el fenómeno en sí, la causalidad. El hombre quiere conocer la causa.
—Ya que estamos hablando de la naturaleza —se enervó Nowosadecki—, nos han engañado. Aquí sólo iba a haber naturaleza, pero resulta que hay no se sabe qué gente. Yo quería soledad.
—¿Cómo sabes que esa lucecita no es un fenómeno natural?
—Precisamente no lo sé, y eso es lo que me pone nervioso.
Al día siguiente fue a buscar setas y Majer estuvo tomando el sol. Yo no hice nada en especial y no tengo nada para explicar.
Nowosadecki volvió del bosque irritado.
—No sé, no me ha ido bien, no podía concentrarme.
—¿Por qué, si el tiempo es adecuado y hay montones de setas?
—Pero he estado pensando todo el tiempo que cuando acabe el día vendrá la noche y esa lucecita volverá a aparecer.
—Tal vez no aparezca.
—Justamente. No se sabe si aparecerá o no, y esa inseguridad me atormenta.
—Bien, pues supongamos que no aparecerá. ¿Te sientes mejor?
—Si no aparece será aún peor. Entonces pensaré: ¿por qué antes estaba y ahora no?
—Lo olvidarás.
—No lo olvidaré; los recuerdos no se olvidan. Además, ya no podré observarla más que en el recuerdo.
—Espera hasta la noche y ya veremos. No te preocupes antes de tiempo.
Cuanto más se acercaba la noche, tanto más se impacientaba Nowosadecki, aunque de hecho debería haber sido todo lo contrario: cuanto más cerca estuviese el fin de la espera, tanto menos debería haberse impacientado. Antes de la puesta de sol nos reunimos en el umbral de la casa.
—Qué moreno me he puesto, ¿eh? —dijo Majer.
—Calla —le reprimió Nowosadecki—. Estamos esperando, no nos distraigas.
Anochecía poco a poco, para Nowosadecki demasiado poco a poco.
—No aparece —constató Nowosadecki con nerviosismo—. Ya no aparecerá.
—Tal vez ayer sólo nos pareció verla —traté de tranquilizarlo—. A veces a la gente le parece ver cosas.
—A uno sí, pero ¿a los tres? Uno podía haberse equivocado, pero no los tres a la vez.
—También hay casos de alucinaciones colectivas. Bien es verdad que la experiencia colectiva es la base normativa de nuestros conocimientos, pero el consenso no soporta la prueba filosófica.
—¡Palabras! —se enojó Nowosadecki—. No trates de volverme lelo.
—Yo no trato nada, sino que analizo.
—¡Ahí está! —gritó Majer, que no tomaba parte en nuestra discusión, sino que escrutaba el cielo—. Ahí está, se ha encendido.
Nowosadecki y yo dejamos de teorizar y también miramos. Efectivamente, en medio del oscuro macizo de montañas estaba el puntito luminoso.
—¡Dios mío! —gimió Nowosadecki—. ¡Otra vez!
—Pero si es lo que querías. Si no hubiese aparecido de nuevo, estarías aún más nervioso.
—¡A mí qué me cuentas, cuéntaselo a ella! —gritó indicando la lucecita.
—No puedo. Tú eres mi colega, y aquello… ni siquiera sé lo que es.
—Precisamente —corroboró Nowosadecki—. Es, pero ¿qué?
Después de cenar, Majer se puso a embadurnarse con la crema Nivea, yo no hacía nada y Nowosadecki salió de la casa. Contemplaba la noche, o más bien sólo aquel puntito luminoso en medio de la noche. No era de extrañar. Aunque la noche era inmensa, inconmensurable e inabarcable, quedaba toda ella suspendida de aquel único puntito como de un clavo.
Al día siguiente por la mañana, Majer apareció descansado, mientras que Nowosadecki estaba pálido y con sueño.
—No he podido dormir —se quejó.
—No es de extrañar, te quedaste mirando el cielo hasta muy tarde.
—Cuando me acosté, tampoco podía dormir. Estuve mucho rato pensando qué puede ser aquello.
—¿Tienes alguna hipótesis?
—Ninguna. Ahí está y brilla, y nada más.
Aquel día ni siquiera fue a buscar setas. Vagó por la casa, fue de un lado para otro sin ningún objetivo, hasta el mediodía no salió al patio, donde yacía Majer en una hamaca.
—Ahora es cuando coge mejor —dijo Majer señalando al sol.
—Y a mi qué —murmuró Nowosadecki, y volvió al interior. Era evidente que estaba esperando que anocheciera y que el día se le hacía demasiado largo.
Al anochecer nos sentamos de nuevo en el umbral. Pero —es curioso qué diferente es la gente—, Majer y yo sin aquella tensión del día anterior —¿acaso ya habíamos empezado a habituarnos?—, Nowosadecki, en cambio, aún más excitado.
Majer era quien menos interés demostraba, estaba preocupado porque al mediodía el sol le había quemado demasiado y seguramente iba a pelarse.
—Esa Nivea no vale nada —se quejó.
—Pizbuin es mejor —le aconsejé—. ¿Lo has probado?
—¡Silencio! —gritó Nowosadecki.
—¿Por qué? Estamos esperando un fenómeno óptico, no acústico. Si ha de encenderse, se encenderá aunque yo toque un tambor y Majer un trombón.
Como para corroborar mis palabras, en el espacio que pasaba del azul y el gris al azul marino apareció un puntito dorado.
—Bien, voy a preparar la pasta —dijo Majer, y se levantó.
Nowosadecki no cenó. Se quedó en el umbral todo ojos; cuando Majer y yo nos íbamos a dormir, él seguía sentado allí.
—Que no se vaya a volver lelo —expresó su preocupación Majer—. Buenas noches.
En el desayuno nos encontramos sólo Majer y yo.
—¿Sigue sentado? —pregunté a Majer.
—Ni se ha movido. Ha estado sentado toda la noche.
Llevé a Nowosadecki una taza de café caliente. Temblaba de frío, pues en la montaña las noches, y sobre todo las madrugadas, son frescas, incluso en verano.
—¿Por qué no te has tapado al menos con una manta? —pregunté.
—No he podido ir a buscar una manta, porque no quería quitarle la vista de encima. La observación debe ser estricta.
—¿Y has visto algo nuevo?
—No, todo lo que se puede establecer es que se enciende al anochecer y se apaga al amanecer. Aparte de eso, ni se inmuta.
—Pues, ¿para qué sigues sentado? Ya se ha apagado, es de día.
—Es verdad —me dio la razón Nowosadecki, y me miró con un aire un poco más despierto.
Durmió el día entero. Mientras tanto Majer consiguió un bonito bronceado; sus temores respecto a la piel resultaron infundados.
Nowosadecki no se despertó hasta antes de la cena.
—¿Cenarás hoy? —preguntó Majer.
—Sólo quiero un bocadillo. Me lo llevaré para el camino.
—¿Qué camino? —nos sorprendimos.
—Voy a ver qué es aquello.
—Déjalo —intentó retenerlo Majer—. ¿Para qué vas a caminar por ahí de noche?
—De día no lo encontraré.
—Que se vaya —salí en su apoyo—. Si tiene que volvernos locos, mejor que vaya a ver qué es, de lo contrario nos estropeará las vacaciones.
Se fue. Volvió al día siguiente a eso del mediodía.
—¿Y qué? —le dimos la bienvenida Majer y yo.
—Nada, está demasiado lejos. En una noche es imposible llegar.
Majer me miró a mí y yo a Majer. Ya sabíamos qué iba a ocurrir.
Efectivamente. Nowosadecki volvió a dormir el día entero y al anochecer hizo la mochila.
—No sé cuándo volveré, tal vez dentro de unos días. Vosotros, chicos, quedaos aquí y esperadme.
Esperamos un día, después otro. La primera noche dormimos como de costumbre, la segunda tampoco nos preocupamos por Nowosadecki, porque sabíamos que necesitaba al menos dos noches. Al anochecer del segundo día empezamos a inquietarnos.
—No hay nada que temer —argumentaba Majer—. Tal vez necesite más tiempo del que pensamos.
—Claro, si son dos noches de ida, pues a la vuelta también serán dos, o un día y una noche si vuelve sin descansar. Le podemos esperar lo más pronto de madrugada. —A pesar de esa lógica, por algún motivo no nos movimos del sitio, mirando en aquella dirección donde, en medio de la noche y de las montañas, estaba el puntito luminoso. No teníamos ganas de hablar y estuvimos así mucho rato.
—¿Qué hora es? —pregunté al fin.
—Cerca de medianoche.
—Será mejor irse a dormir. Seguro que no llegará antes del amanecer.
Y ya me había dado la vuelta para entrar en casa cuando Majer exclamó:
—¡Mira!
Miré: en la oscuridad, en el vacío, en lugar de un puntito luminoso, había dos. Uno junto al otro, iguales, no se sabía cuál era el primero y cuál el segundo. Majer tampoco lo sabía, aunque al principio sostuvo que la lucecita de la izquierda se había encendido al lado de la de la derecha; pero cuando le insistí un poco cambió de opinión y se empecinó en que la de la derecha se había encendido al lado de la de la izquierda. Le expliqué que ni la izquierda podía haberse encendido al lado de la derecha, ni la derecha al lado de la izquierda, ya que mientras sólo había una no podía ser ni la derecha ni la izquierda. Entonces tuvo que admitir que de hecho no las diferenciaba y que sólo intentaba establecer algún tipo de orden. Parecían un par de ojos.
Aquella noche dormimos mal.
Nowosadecki no volvió ni al tercer día, ni al quinto. Cuando llegó y pasó el séptimo, Majer dijo:
—¿Y si fuéramos a buscarlo?
—Nos dijo que esperáramos. Y además…
—Además, ¿qué?
Estábamos sentados como de costumbre en el umbral mirando las dos lucecitas.
—Si antes brillaba sólo una, y ahora que Nowosadecki no ha vuelto, brillan dos, eso da lugar a la suposición…
—¿Qué suposición? —me apremió Majer, pues yo tardaba en terminar la frase.
—Que Nowosadecki es la segunda.
Majer se puso pensativo.
—Es muy posible —dijo por fin—. Pero en ese caso, ¿qué es lo que brillaba antes?
—¿Y cómo puedo saberlo? —contesté con rabia— Nowosadecki también tenía esta curiosidad. Pero si insistes, vamos allí a averiguarlo.
—Ni hablar —me tranquilizó Majer—. Al fin y al cabo sólo estamos aquí de vacaciones.

El árbol, 1990.
 

lunes, 30 de octubre de 2023

Volvía el soldado a casa. Slawomir Mrozek.

Tras muchas batallas peligrosas volvía el soldado a casa. Las guerras le habían llevado a países extraños, así que tenía que preguntar por el camino, porque ya no sabía por dónde iba. Hacía tiempo que caminaba por una selva oscura sin encontrar a nadie, de modo que se alegró cuando por fin vio a una figura sentada junto al sendero. Se le acercó y preguntó con educación:
– ¿No sabréis por casualidad cuál es el camino que lleva a mi casa?
No dijo ni mi buen señor, ni mi buena señora, pues la figura estaba envuelta en una capa negra, y no lograba distinguir si se trataba de un varón o de una hembra.
– Justamente voy hacia allí – respondió la figura con una voz ni grave ni aguda -; ya te enseñaré el camino.
Se alegró el soldado porque no erraría más y se puso en camino junto a la figura.
Caminaron largo tiempo, ella delante y el soldado detrás. Por mucho que alargara el paso, la figura siempre iba algo más adelantada. Además callaba, lo cual le parecía al soldado de mala educación, pues resulta extraño que dos personas caminen así, en silencio, a través de un bosque oscuro. De modo que preguntó:
-¿Y vos os dirigís hacia mi tierra por amistad o por negocios?
– Yo busco a un soldado. Hasta ahora no lo he podido encontrar, porque estaba guerreando y en la guerra hay muchos soldados. Cada vez que encontraba alguno, resultaba que no era aquel. Pero he oído que ha acabado la guerra y que ahora vuelve a casa. Así que voy hacia allí, porque es donde a buen seguro lo encontraré. Cada soldado tiene muchas guerras, pero sólo una casa.
Al oír esto, el soldado puso pies en polvorosa. Desanduvo todo el camino del bosque y volvió a enrolarse para una guerra, ya que, gracias a Dios, guerras no faltan.
Sólo que añora su casa y seguramente regresará a ella algún día.

El árbol. 1990.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Carta para Suecia. Slawomir Mrozek.

Distinguido señor Nobel:
Solicito humildemente que me sea concedido el premio que lleva su nombre.
Mis motivos son los siguientes:
Trabajo como contable en una oficina estatal y, en el ejercicio de mis funciones, he escrito unos cuantos libros, a saber: el Libro de entradas y salidas, el Libro de balances y el Libro mayor. Además, en colaboración con el almacenero, escrito una novela fantástica titulada Inventario.
Creo que le gustarían, porque son libros escritos con imaginación y tienen mucha gracia (son auténticas sátiras). Si deseara leerlos, podría prestárselos, aunque por poco tiempo, porque están muy solicitados. Quien tiene más interés es el inspector de Hacienda, ya puedo oír su voz en el despacho de al lado.
Hablando del inspector, preveo que tendré ciertos gastos, porque me temo que los libros no van a ser de su agrado. Precisamente le escribo a usted esta carta para que el premio me permita sufragarlos. Por favor, mande el giro a mi domicilio. Dejaré una autorización a nombre de mi mujer, por si yo no estuviera ya en casa el día que venga el cartero. En tal caso, el dinero servirá para pagar al abogado o… Espere un momento, señor Nobel, acaba de entrar el inspector.
Ya se ha marchado. ¿Sabe qué le digo, señor Nobel? Mándeme mejor dos premios. No tiene usted idea de cómo se han disparado los precios.


sábado, 21 de enero de 2023

La solicitud. Slawomir Mrozek.

Respetuosamente ruego que me sea entregado el dominio del mundo. Fundo mi solicitud en el hecho de que soy el mejor, el más inteligente y el más original de todos los hombres.
Hago saber también que mi distrito es uno de los más pobres. Arenales, nada más. Y los mercados anuales fueron suprimidos porque dicen que se hará la industrialización. En casa tampoco reina la abundancia, ya que mi yerno, además de tenerme que mantener a mí, tiene que mantener a otras ocho personas, entre las cuales hay dos que pertenecen a la intelectualidad. No dispongo de dinero ni de ningún ejército para apoyar mi demanda. Por eso pongo también la condición de que no se me obligue a tener bombas atómicas. En caso necesario, puedo presentar el correspondiente certificado de la parroquia.
Ya comprendo que, vistas las circunstancias, no será fácil poner en mis manos el poder. Sin embargo, acaricio la esperanza de que tanto la voluntad entusiasta de los pueblos como la marcha de la historia vendrán en apoyo de mi solicitud. Por otra parte, confío en la providencia divina.
Sobre todo, como ya he dicho antes, soy mejor que todos los demás hombres. Tal vez haya algunos que no estén de acuerdo y pretendan que son ellos los mejores. Pero tales afirmaciones no tienen ningún peso; porque ellos no son yo y, por lo tanto, ¿cómo van a saber lo bueno que soy?
Yo creo que todos saldrían ganando con que yo gobernara el mundo. Como estoy dispuesto al sacrificio, puedo asumir esa grave obligación. Mientras fui joven, hice más de una locura, pero, ahora he encontrado el camino y podría guiar a los demás.
No tenemos ni un solo tanque. Incluso el colador está roto y por eso, la pobre de mi hija las pasa negras para hacer los fideos. Pero ¿que importancia tiene eso? En realidad, uno gobierna el mundo porque es el mejor y no porque tenga un ejército. A nadie le gustaría gobernar porque tiene un ejército, sino únicamente porque es el mejor. Tengo, pues, igualdad de oportunidades o incluso más, porque no tengo ningún ejército y soy realmente el mejor. ¿Para qué necesito un buque de guerra? Estas cosas sólo cuestan dinero y, por otra parte, un buque, en casa, sólo nos estorbaría, sobre todo ahora que mi hija vuelve a estar en estado de buena esperanza.
No se trata de mí, sino sólo de la humanidad. Cuando a veces me escondo en el huerto que hay detrás de casa (el huerto, gracias a Dios, todavía es nuestro) y como las moras a puñados, hay algo que parece tocarme con el dedo. ¡Aquí estás tú tan tranquilo comiendo moras y allí está las humanidad! Y me entran deseos de abandonarlo todo para a ocupar el poder.
Ayer, mi yerno me encerró porque dijo que como demasiado. Dispongo pues de un poco de tiempo y escribo lo que ya hace mucho que quería escribir. Pero siempre había tantas moscas ahogadas en el tintero que resultaba desagradable mojar la pluma en él. Hasta ahora, en otoño, la cosa no ha mejorado un poco.
Tengo suerte de ser yo y no otro el que está dentro de mí. Es terrible la idea de que otro pudiera ser yo y entonces me mirara y no supiera como soy.
Ha llegado mi yerno. Ya comprendo que todo está muy caro, pero ¿es indispensable que todo se arregle en seguida a palos?
En espera de una respuesta afirmativa a mi solicitud, le saluda atentamente…

sábado, 7 de mayo de 2022

El socio. Slawomir Mrozek.

Decidí vender mi alma al diablo. El alma es lo más valioso que tiene el hombre, de modo que esperaba hacer un negocio colosal.
El diablo que se presentó a la cita me decepcionó. Las pezuñas de plástico, la cola arrancada y atada con una cuerda, el pellejo descolorido y como roído por las polillas, los cuernos pequeñitos, poco desarrollados. ¿Cuánto podía dar un desgraciado así por mi inapreciable alma?
-¿Seguro que es usted el diablo?-pregunté.
-Sí, ¿por qué lo duda?
-Me esperaba el Príncipe de las Tinieblas y usted es, no sé, algo así como una chapuza.
-A tal alma, tal diablo -contestó-. Vayamos al negocio.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

El kamikaze. Slawomir Mrozek.

El director nos llamó y dijo:

—Hay que poner en orden el Archivo de Asuntos Pendientes. ¿Algún voluntario?

Nadie dio un paso al frente.

—Entonces tendré que nombrarlo a dedo. Irá el compañero secretario.

—Tengo mujer e hijos —susurró el secretario.

—¿El compañero contable?

—Imposible. Yo incluso estoy eximido de participar en la manifestación del Primero de Mayo.

—¿El compañero becario?

El becario se tiró al suelo y abrazó al director por las rodillas.

—No me haga esta trastada —dijo, sollozando—. Soy joven, tengo toda la vida por delante.

Daba pena sacrificar una vida joven. De pronto, llegó desde el rincón la voz del compañero amanuense.

—Ayer me plantó la novia. Todo me da igual.

Se fue, llevando consigo un termo y provisiones para tres días. Lo acompañamos hasta la mismísima puerta del archivo, donde nos despedimos.

Al principio lo veíamos encaramarse lentamente por la montaña de papeles. Los expedientes se hundían bajo sus pies, pero él seguía adelante, porfiado.

Al día siguiente el ordenanza aún pudo ver a través del ojo de la cerradura cómo, colgado de una cuerda, escalaba la pared de actas ordenando algo por el camino.

El tercer día desapareció de su campo de visión. Probablemente se había adentrado en la espesura.

El sexto día oímos un estrépito lejano. El viejo y aguerrido ordenanza opinó que una avalancha habría sepultado a nuestro colega. Debió de haberse metido imprudentemente bajo una cornisa, que se habría desprendido y lo habría aplastado.

Pensábamos organizar una expedición de socorro, pero las semanas se nos escurrían entre los dedos y, finalmente, archivamos el caso y arrojamos la carpeta en el Archivo de Asuntos Pendientes a través del conducto de ventilación del techo.

 

jueves, 9 de septiembre de 2021

La isla del tesoro. Slawomir Mrozek.

Cortando la maleza con machetes, avanzábamos despacio hacia el interior de la isla. Por fin estábamos sobre la pista correcta. Con un último esfuerzo encontraríamos el legendario tesoro del Capitán Morgan.
—Aquí —dijo Gucio, mi compañero, y clavó el machete en el suelo bajo un baobab de amplias ramas. Era el lugar que, antaño, en un mapa cifrado, había señalado con una cruz la propia mano del capitán.
Tiramos los machetes y agarramos las palas. Pronto descubrimos un esqueleto humano.
—Todo concuerda —dijo Gucio—. Bajo el esqueleto debe haber un cofre.
Allí estaba. Lo sacamos del hoyo y lo pusimos debajo del baobab. El sol llegaba a su cénit, los monos, excitados, saltaban de una rama a otra; el esqueleto mostraba sus dientes, sonriente. Respirando pesadamente, nos sentamos encima del cofre.
—Quince años —dijo Gucio.
Era el tiempo que había transcurrido desde que empezáramos a buscar el tesoro.
Apagamos los cigarrillos y cogimos unas barras de hierro. Los monos gritaban cada vez más, al igual que los loros. Finalmente, la tapa cedió.
En el fondo del cofre yacía una hoja de papel y en ella estaba escrito: “Besadme el culo. Morgan”.
—El objetivo nunca es lo importante —dijo Gucio—. Lo que cuenta es el esfuerzo de perseguirlo, no el hecho de alcanzarlo.
Maté a Gucio y volví a casa. Me gustan las moralejas, pero sin pasarse.

jueves, 20 de agosto de 2020

Las cuitas del joven Werther. Slawomir Mrozek.

El director de la filarmónica nos recibió con amabilidad.
—¿En qué puedo servirles? —preguntó.
—Nos debe cincuenta mil.
—Es posible, pero no acierto a saber por qué razón. ¿Podrían ustedes aclarármelo?
—En calidad de anticipo —le aclaré.
—Tal vez, es una práctica habitual. Pero anticipo, ¿a cuenta de qué?
—De nuestra actuación en la filarmónica.
—Sí, eso ya tiene cierto fundamento. Sin embargo, si no me falla la memoria, es la primera vez que nos vemos. ¿Acaso hemos firmado un contrato por correo?
—Aún no, pero podemos firmarlo ahora mismo.
—Indudablemente. Pero quisiera conocer a grandes rasgos su propuesta. ¿Ustedes forman un conjunto musical?
—De momento no, pero lo formaremos.
—¿Y más o menos con qué repertorio?
—Eso ya lo veremos cuando aprendamos a tocar.
—¿A tocar?
—Sí, a tocar instrumentos musicales, por supuesto.
La torpeza de ese individuo comenzaba a enervarme.
—¿Quiere decir que aún no saben?
—Aún o ya, ¿qué más da? El futuro de todas formas nos pertenece. ¿No ve que somos jóvenes?
—¡Oh!, desde luego. Sin embargo, ¿puedo sugerirles algo? Primero aprendan a tocar, después toquen un poco y después nos vemos. El futuro sin duda les pertenece.
Y no nos dio el anticipo, el muy facha. Salimos de allí perjudicados socialmente.
En el muro había un cartel que anunciaba la actuación de un tal Mozart.
—¿Quién es? —preguntó…, pero no me acuerdo cual de nosotros, porque me falla la memoria, sobre todo antes del mediodía.
—Seguramente un viejo.
Dejamos de pensar en el arte y nos dedicamos a construir una bomba. Un día de estos la pondremos en la filarmónica. La lucha por la justicia es lo primero.

 

miércoles, 29 de julio de 2020

La bella durmiente. Slawomir Mrozek.

Tendida sobre un lecho rebosante de flores, bajo una campana de cristal, dormía la Bella Durmiente. Era bella, buena y juiciosa, pero su belleza, su bondad y su buen juicio dormían con ella. Existía, pero dormía, así que era como si no existiese. A través de la campana transparente sólo era visible su belleza, no las cualidades de su carácter. Desde tiempo inmemorial estaba sumida en un sueño profundo, rodeada de unos afables gnomos que la defendían de los bandidos y los animales salvajes. Ellos sabían que sólo un Príncipe Errante tenía derecho a acercarse a ella. Pero no era seguro que el Príncipe llegara, ni tampoco que no llegara. Cuál fue la alegría de los fieles gnomos, pues, al ver una mañana de mayo al Príncipe que, por un feliz azar, se había dejado caer por aquellos parajes. «¡Aquí! ¡Aquí!», se pusieron a llamarlo y en seguida quitaron la campana de cristal. El Príncipe se acercó. Miró y vio lo hermosa que era la Bella Durmiente. Dejándose llevar por un impulso poderoso, se inclinó y depositó un beso sobre sus pálidos labios rosados. Exactamente como estaba previsto. La Bella Durmiente abrió los ojos, se despertó y vio al Príncipe inclinado sobre ella. Le rodeó el cuello con los brazos, mientras los gnomos bailaban a su alrededor de alegría. Y también de contento, porque había acabado su guardia junto a la Bella Durmiente y por fin podrían dedicarse a sus cosas. Los gnomos se habían alejado saltando de júbilo, mientras el Príncipe seguía entre los brazos de la Bella Durmiente y ella continuaba abrazándole. Hasta que a él empezó a dolerle la espalda, de modo que inadvertidamente se sentó en el borde del lecho de cristal; pero como seguía inclinado sobre ella y por ella abrazado, le era imposible cambiar del todo de posición. Así que transcurrído un tiempo preguntó: —¿Y ahora qué? —Ahora quedaremos así para siempre —contestó la Bella Durmiente. —¿Para siempre? —se sorprendió el Príncipe. —Por supuesto. ¿No es por eso por lo que me has despertado depositando un beso en mis pálidos labios rosados? —Pero mi querida Bella Durmiente, ¿y no nos aburriremos? —No entiendo de qué hablas. Pero si la felicidad es esto. El Príncipe calló confuso y no discutió más, porque no quería quedar mal. Pero al cabo de un tiempo volvió a intentarlo, esta vez tratando de presentar su punto de vista subjetivo como una verdad objetiva. —Verás, mi querida Bella Durmiente, desde el punto de vista subjetivo estoy totalmente de acuerdo contigo, pero objetivamente las cosas están así: yo soy un Príncipe Errante, programado, es decir, destinado a recorrer el mundo en busca de Bellas Durmientes. Cada vez que veo una Bella Durmiente, me acerco y deposito un beso en sus pálidos labios rosados. Entonces ella se despierta, pero lo que pasa después ya no es de mi incumbencia. Así que yo tendría que ponerme de nuevo en camino. —¿De qué Bellas Durmientes me estás hablando? Pero si soy yo la Bella Durmiente. —¡Oh, sí! Por supuesto. Es decir, Bella, evidentemente, pero ya no Durmiente. Tú ya no duermes, mientras que otras, pobrecitas, siguen durmiendo profundamente esperando que alguien las despierte. —¿Qué otras?—preguntó la Bella Durmiente en un tono tal que el Príncipe prefirió no desarrollar el tema. —Las que sean. No tiene importancia. A la Bella Durmiente le bastó esta respuesta incompleta, porque como ya se ha dicho era juiciosa. Sólo que ahora fue ella la que intentó presentar al Príncipe su punto de vista subjetivo de una manera objetiva: —Tienes razón en eso de que soy Bella pero ya no Durmiente. Pero al fin y al cabo has sido tú quien me ha despertado, y ahora ya no volveré a dormir. De modo que si tú ahora te marchas y no te puedo tener más entre mis brazos, ¿quién seré yo y qué será de mí? El Príncipe se puso triste. —Realmente es un problema y cada vez estoy más convencido de que este cuento está muy mal escrito. El autor nos ha programado de una manera que todo cuadra hasta cierto momento, pero después empiezan las contradicciones. Quedémonos, pues, en esta posición y tal vez el autor se dé cuenta, borre, añada o cambie algo... Y quizá la cosa se aclare... Eso dijo el Príncipe, aunque la espalda le dolía cada vez más; sin embargo entendía la situación de la Bella Durmiente y simpatizaba de veras con ella. Así que seguían igual; pero ni la Bella Durmiente era feliz, porque no tenía la seguridad de que seguirían así para siempre, ni tampoco el Príncipe, porque no estaba seguro de que sólo sería por un tiempo. Hasta que al cabo el Príncipe dijo: —Me gustaría fumar, pero se me han acabado las cerillas. ¿Me permites que vaya un momento a por ellas? —Pero ¿volverás? —preguntó la Bella Durmiente, ya que era juiciosa. —Claro que volveré. Sólo voy a por cerillas y en seguida estoy de vuelta. Tengo unas ganas bárbaras de fumar. La Bella Durmiente se quedó pensativa. Por un lado su buen juicio le imponía escepticismo, por otro su bondad—y como se ha dicho era buena—hacía que le diese pena el Príncipe atormentado por la avidez de nicotina. ¿Cómo se puede torturar así al amado? Y dijo con tristeza, pues el buen juicio y la bondad no se ponían de acuerdo: —Ve. Y el Príncipe se marchó. Era verdad que tenía ganas de fumar y que necesitaba cerillas, en este sentido era sincero. En cuanto a lo demás... Tenía la esperanza de que gracias a esta verdad parcial podría apagar sus remordimientos de conciencia respecto a todo el asunto. Porque todo lo demás era mentira. Así que el Príncipe tenía la esperanza de que con una verdad parcial compensaría en su conciencia la mentira total. Pero era una esperanza infundada. Hasta qué punto era infundada su esperanza lo supo en seguida. Porque como castigo fue convertido en un repugnante sapo. Y seguirá siendo un sapo hasta que —ya según otro cuento— encontrará a cierta Bella de tan buen corazón que, haciendo caso omiso de la asquerosidad del batracio, depositará con sus pálidos labios rosados un beso sobre el pustuloso morro. Sólo entonces volverá a convertirse en Príncipe. 

 

viernes, 31 de enero de 2020

La metamorfosis. Slawomir Mrozek.

Este Kafka se habrá creído que sólo a él le ha ocurrido una cosa así. Hablo de Franz Kafka, el literato, ese que se convirtió en bicho y lo describió en una de sus obras. Vaya logro, convertirse en algo asqueroso puede hacerlo cualquiera, pero eso no es motivo suficiente para presumir de ello. Yo, por ejemplo, me convertí una vez en un lagarto y ni se me pasó por la cabeza contarlo. Ahora me arrepiento, porque este Kafka se hizo famoso y yo, en cambio, no mucho...
Lo que sí resulta más difícil es volver a convertirse después en persona. Contaré esta dificultad, aunque no espero que me traiga fama. No hay justicia en este mundo.
Resulta, pues, que fui un lagarto, tal vez no uno de esos que figuran en las clasificaciones oficiales, pero, sin duda, algún tipo de lagarto. Sólo el rabo ya era prueba de ello, por no mencionar otros detalles de mi encarnación de entonces. Mediría como dos metros de largo, era dentado y estaba cubierto de escamas. Si hablo ante todo del rabo es porque era del rabo de lo que más difícil resultaba deshacerse. Una vez ya logrado un aspecto humano visto de frente, seguía pareciendo un lagarto de perfil y por detrás.
Independientemente de su inoportunidad moral, el hecho de tener un rabo era fuente de constante incomodidad práctica. No podía cerrar la puerta detrás de mí como una persona normal, sin volverme hacia ésta. Al cruzar la calle siempre corría el riesgo de que un coche me lo aplastara. Entre la multitud siempre había alguien que me lo pisaba. Pero, sobre todo, sufría anímicamente, puesto que el rabo era el último obstáculo en mi camino hacia una humanidad plena. Y no me hacía ninguna gracia cuando, en el zoológico, los cocodrilos me miraban con complicidad.
¿Qué hacer? Entendí que solo no conseguiría deshacerme del rabo y acudí a unos especialistas. Primero, a aquellos que afirman que la humanidad es cosa del alma. Tienes un alma, eres persona. No tienes, eres un lagarto, o, en el mejor de los casos, una vaca. Afirmaron que aunque tenía un alma, ésta no estaba completamente desarrollada. Durante un tiempo intentaron desarrollármela. Al parecer exageraron ya que empezaron a salirme alas de ángel, mientras que al rabo, ni cosquillas. Aquéllas, unidas al rabo, daban al conjunto un aspecto todavía peor, así que abandoné el tratamiento.
Afortunadamente, no vivimos ya en la Edad Media y existe la alternativa laica. El lagarto, por lo visto, se había convertido en hombre gracias a una cultura mental, sin ninguna metafísica. Me suscribí, pues, a algunas revistas literarias y cada día medía el rabo por si menguaba. Sólo conseguí que empezara a rizarse en espiral. En vez de un rabo sencillo y honrado, tenía ahora un rabo de lagarto en forma de sacacorchos.
Será que lo de la cultura tampoco es cierto. Pero ¿para qué tenemos una teoría social? El hombre se convierte en hombre gracias a que vive en grupo, o sea en sociedad, colabora, mantiene una actividad pública. ¿Y qué más público que la política? Así que fundé mi propio partido político y me convertí en su líder. El rabo quedó como estaba, pero, en cambio, empezó a salirme un hocico de cerdo. Me retiré de la política.
Triste, acongojado, fui de nuevo al zoológico para volver a pensar en todo el asunto. Era un día entre semana, había pocos visitantes y podía contar con relativa soledad. Me detuve delante de la jaula de los lagartos, pero no me estaba destinado gozar de la tranquilidad. Se me acercó un bedel, dio un par de vueltas, se deslizó la gorra del uniforme a un lado y se rascó la cabeza observándome.
—¿Usted va aquí?_preguntó finalmente, y añadió, señalando la jaula—: ¿O allí?
—¿Yo? Si yo solo pasaba por aquí un momento. Gracias. Ahora mismo sigo paseando.
Y abandoné el zoo.
Desde entonces pienso que Kafka se guardó algo, que no lo contó todo. Si se convirtió en bicho, es porque algo de eso tendría ya de antes, tal vez cuernos o tentáculos, algo de insecto quiero decir. Y tampoco me creo que se transformara en bicho completamente, es evidente que le quedó una mano humana con la que lo narró todo. No se puede llegar a ser nada de lo que no se haya empezado siendo, ni en un sentido ni en otro. Siempre, al principio, hay algo de lo que habrá al final, y da igual por que lado se empiece y por que lado se acabe.
Y, por cierto, los cocodrilos son más educados que las personas. Sólo miran, no hacen preguntas.

 

viernes, 27 de diciembre de 2019

El expreso nocturno. Slawomir Mrozek.

Cinco minutos antes de la salida del tren encontré mi compartimiento en el coche cama. Por suerte sólo estaba ocupada una litera, sin contar la mía, así que podía esperar una noche tranquila. Alguien ya estaba acostado en esa litera; desde debajo de la manta que le cubría hasta la barbilla asomaba una nariz puntiaguda y pálida.
En seguida dejé de verlo, porque tras haber dicho “buenas noches” y sin haber recibido respuesta -mejor, eso quería decir que ya estaba durmiendo y que me ahorraría tener que cumplir con las obligaciones sociales-, me senté en la litera de abajo y empecé a desvestirme.
-¿Fuma usted? -oí la voz desde arriba.
-No, gracias.
-No soporto el humo.
-Puede estar tranquilo, no fumo.
-Pero si usted fumara yo no podría soportarlo. Tengo los pulmones muy sensibles.
-Lo siento por usted, pero no tiene nada que temer.
-Tal vez usted fume, pero ahora se esté deshabituando. Le entrarán las ganas a media noche y no podrá aguantarse.
-No, no he fumado nunca.
La voz calló. Me quité un calcetín.
-Pero tal vez empiece.
-¿El qué?
-A fumar. Los hay que empiezan incluso a edad avanzada.
-No tengo esa intención.
-Eso es lo que se dice y después se hace otra cosa. Y yo no podría soportarlo.
-Por lo demás no llevo tabaco.
-Entonces lo pedirá al revisor.
-No se sabe si fuma.
-¿Y si fuma?
-Entonces saldría al pasillo, no fumaría en el compartimiento.
-¿Y si se atasca la puerta?
-No importa, porque yo no fumo, no he fumado nunca y no tengo ganas de comenzar a fumar. Buenas noches.
Dije “buenas noches” antes de tiempo, ya que me quedaba aún la camisa y los calzoncillos. Pero quería cortar la conversación.
Me salió bien, aunque no por mucho tiempo. Apenas había logrado quitarme la camisa cuando de nuevo se oyó su voz:
-¿Usted no apaga la luz?
-Sí, pero primero tengo que desvestirme.
-Hay quienes gustan de leer antes de conciliar el sueño y yo entonces no puedo dormir. Soy sensible a la luz.
-Soy analfabeto.
-Puede mirar las ilustraciones.
-Aquí no hay ninguna revista ilustrada.
-¿Y fotos? Seguro que llevará usted una foto de su mujer. Y la mirará antes de dormir.
-Estoy divorciado.
-¿Y los hijos?
-No tengo hijos.
-Todo el mundo tiene a alguien próximo.
-No, no llevo ninguna foto. ¿Quiere registrarme?
-Si no son fotos, seguro que querrá mirarse los granos en un espejo, o qué sé yo… Y yo no lo soporto…
No terminó, porque apagué la luz. Suspiró y se hizo el silencio, y yo ya estaba a punto de coger el sueño cuando me llegó una pregunta:
-¿Usted ronca?
-No.
-¿Por qué?
-Por casualidad.
-Es extraño, en general todo el mundo ronca y a mí me molesta. Tengo el oído hipersensible.
-Lo siento, pero no puedo servirle.
-¿Está seguro de que no ronca?
-Del todo. Y ahora permítame dormir, estoy muy cansado.
Me lo permitió. Me despertó una luz fuerte y las sacudidas en un brazo.
-¡Oiga! ¡Oiga!
Vi su nariz puntiaguda junto a mi cara. Asomado hacia abajo desde su litera, me tiraba de la manga del pijama.
-Oiga, si usted no fuma, no ronca y no deja la luz encendida, ¿qué es lo que hace?
-¿Quiere saberlo?
-¡Sí! Porque seguro que tiene que hacer algo, solo que aún no sé lo que es. Y eso me inquieta tanto, que no puedo dormir.
-Estrangulo.
-¿Qué dice usted?
-Estrangulo. Con las manos o con ayuda de una cuerda. ¿No ha oído hablar del famoso Estrangulador del expreso nocturno? Viaja generalmente en esta línea. Compra el billete de un coche cama como cualquier pasajero inocente y luego, por la noche, estrangula. Con preferencia, claro está, cuando en el compartimiento, aparte de él y de la víctima, no hay nadie más. Es un degenerado y ese degenerado soy yo.
Ya no fui molestado hasta la mañana. Cuando de madrugada salí al lavabo me lo encontré en el pasillo con la gabardina puesta y la maleta. Se había pasado toda la noche sentado encima de ella. Al verme se levantó y arrastrando la maleta se alejó al otro extremo del pasillo.
Sentí pena por él: la vida de un hombre sensible no es nada fácil.

Juego de azar, 1991.
 

lunes, 25 de noviembre de 2019

El agujero en el puente. Slawomir Mrozek

Érase una vez un río, y en cada una de las orillas de este río había un pueblo. Los dos pueblos estaban unidos por un camino que pasaba por un puente.
Un buen día en el puente apareció un agujero. El agujero debía arreglarse, en cuanto a esto la opinión pública de ambos pueblos estaba de acuerdo. Sin embargo, surgió una disputa sobre quién debía hacer el arreglo. Ya que cada uno de los pueblos se consideraba más importante que el otro. El pueblo de la orilla derecha opinaba que el camino conducía sobre todo a él, por lo que el pueblo de la orilla izquierda había de arreglar el agujero porque debía de estar más interesado en ello. El pueblo de la orilla izquierda consideraba que era el objetivo de cualquier viaje, de modo que el arreglo del puente debía de ser de interés para el pueblo de la orilla derecha.
La disputa se prolongaba, así que el agujero seguía allí. Y cuanto más tiempo pasaba, tanto más crecía la mutua antipatía entre ambos pueblos.
Un buen día un mendigo local cayó al agujero y se rompió una pierna. Los habitantes de ambos pueblos le preguntaron con insistencia si iba de la orilla derecha a la izquierda, o bien de la izquierda a la derecha, ya que de eso dependía cuál de los dos pueblos era responsable del accidente. Pero él no se acordaba porque aquella noche iba borracho.
Algún tiempo más tarde pasó por el puente un carro con un viajero, que cayó al agujero y se le rompió el eje. Puesto que el viajero estaba de paso en ambos pueblos -no iba ni del primer al segundo, ni del segundo al primero-, los habitantes de ambos pueblos se mostraron indiferentes con el accidente. El viajero, hecho una furia, bajó del carruaje, preguntó por qué no se arreglaba el agujero, y al enterarse de las razones dijo:
-Quiero comprar este agujero. ¿Quién es su propietario?
Ambos pueblos reclamaron al unísono su derecho al agujero.
-O el uno o el otro. La parte propietaria del agujero tiene que demostrar que lo es.
-Pero ¿cómo? -preguntaron al unísono los representantes de ambas comunidades.
-Es muy sencillo. Sólo el propietario del agujero tiene derecho a arreglarlo. Lo compraré al que arregle el puente.
Los habitantes de ambos pueblos se pusieron manos a la obra, mientras el viajero se fumaba un puro y su cochero cambiaba el eje. Arreglaron el puente en un santiamén y se presentaron para cobrar el agujero.
-¿Qué agujero? -se sorprendió el viajero-. Yo no veo aquí ningún agujero. Hace tiempo que busco un agujero para comprar, estoy dispuesto a pagar por él un dineral, pero vosotros no tenéis ningún agujero para vender. ¿Me estáis tomando el pelo o qué?
Subió al carro y se alejó. Y los dos pueblos hicieron las paces. Los habitantes de ambos están ahora al acecho en buena armonía en el puente y, si aparece un viajero, lo detienen y lo zurran.

 

martes, 24 de septiembre de 2019

Un europeo. Slawomir Mrozek.

Cuando el cocodrilo entró en mi dormitorio, pensé que tampoco había que exagerar. No me refiero al cocodrilo sino a mí mismo. Ya que mi primer impulso fue alcanzar el teléfono para marcar los tres números de urgencias: policía, bomberos y ambulancia. Pero justamente semejante reacción me pareció exagerada. Puesto que soy un europeo educado en el espíritu cartesiano, siento repulsión por los extremismos, pienso de un modo racional y no sucumbo a impulsos de ningún tipo sin haberlos analizado previamente.
Así que me cubrí la cabeza con el edredón y emprendí un trabajo mental.
Primero -determiné- la aparición de un cocodrilo en mi dormitorio es un absurdo y, según el pensamiento lógico, el absurdo sirve sólo para ser excluido del razonamiento ulterior. O sea que no había ningún cocodrilo. Tranquilizado con esta conclusión, asomé la cara por debajo del edredón, gracias a lo cual logré ver cómo el cocodrilo cortaba de un mordisco el cable del aparato telefónico, ya anteriormente devorado por él. Incluso en el caso de que alargando la mano a través de sus fauces hasta el estómago consiguiera marcar uno de los números de urgencias, la comunicación ya estaba cortada.
Decidí acudir a la cabina telefónica más próxima para avisar al pertinente departamento de la empresa de telecomunicaciones sobre el fallo de mi teléfono particular, lo cual me permitiría, tras la eliminación del fallo por un equipo de especialistas, ponerme en contacto con la institución competente en materia de retirar cocodrilos. Sin embargo, como hombre civilizado que soy, no podía salir a la calle en pijama, y el cocodrilo, justamente, acababa de engullir mis pantalones. Por supuesto no eran los únicos pantalones de que yo disponía. A pesar del insuficiente, en mi opinión, crecimiento del nivel de vida, en mi armario había unos cuantos pantalones. Por desgracia, los que tenía la intención de ponerme, pues combinaban mejor con la americana Yves Saint Laurent, no se encontraban en el armario, sino en la tintorería. ¿Y dónde estaba el comprobante de mi identidad como dueño de aquellos pantalones, documento sin el cual resultaría imposible retirarlos de la tintorería? Me puse a buscar el comprobante cojeando un poco, ya que mientras tanto el cocodrilo había devorado una de mis piernas. No hice caso de la pierna, pues iba creciendo en mí la preocupación por los pantalones. Justamente estaba a punto de devorarme la otra pierna, cuando adiviné la terrible verdad: el cocodrilo había devorado el comprobante de la tintorería y nunca más recuperaría mis pantalones.
Estrangulé a la bestia con mis propias manos. Reconozco haber actuado con brutalidad y, lo que es peor, bajo la influencia de una emoción incontrolada. Reconozco que en lugar de confiar en las instituciones constitucionales actué por mi cuenta. Pero ¡comerse un comprobante de tintorería! Hay situaciones en las que la defensa de la civilización requiere faltar a las normas civilizadas.

Juego de azar, 1991.
 

martes, 20 de agosto de 2019

Sueños. Slawomir Mrozek.

Éramos seis en un compartimiento de un coche cama, por suerte todos con un nivel social adecuado, gente culta, amable y conocedora de las reglas de convivencia. Llegada la hora apagamos la luz y nos acostamos en seis literas dispuestas en tres pisos y dos columnas verticales. Acto seguido cada uno se sumió en su sueño particular y solitario.
Yo soñé que perseguía a una mariposa en un prado. Estaba a punto de atraparla con una red, cuando la mariposa me asestó un golpe tan fuerte en la mandíbula que me desperté. A plena luz vi a la señora de mediana edad que debería haber estado acostada en la litera situada encima de mí, y sin embargo estaba de pie a mi lado dándome bofetadas y gritando al mismo tiempo:
-¡Cerdo!
-¡Qué dice usted! -protesté aún no del todo consciente-. Seguro que es una mariposa, sólo que tiene alas como pezuñas.
Desde otras literas se asomaban hacia nosotros las cabezas del personal que acababa de despertar.
-¿Qué pasa aquí? -preguntó en un tono enérgico el señor de la litera superior de enfrente.
-¡Este señor me ha ofendido! -gritó la señora señalándome a mí.
-¿Cómo lo ha hecho?
-¡Si yo le contara lo que he soñado!
-¿La ha ofendido activa o pasivamente?
-¡Vaya pregunta!
-Esta diferenciación es importante, soy juez de profesión.
A la señora no le dio tiempo a contestar porque su niño rompió a llorar dos literas por encima de mí. Entre sollozo y sollozo resultó que alguien le había quitado la red para cazar mariposas, su juguete preferido.
-¿Quién te la ha quitado? -preguntó su madre.
El niño señaló al juez.
-¡Bruto! ¿No le da vergüenza?
-¡Esto es un malentendido! -exclamó el juez-. Yo he soñado que me comía una zanahoria.
Por debajo del juez se movió algo. Un hombre atlético en camiseta bajó de la litera y se enderezó en medio del compartimiento. Era tan alto que casi miraba al juez desde arriba, aunque éste estaba en la litera superior.
-¿Qué quiere decir con esto?
-Nada, sólo que si me comía una zanahoria no podía ocuparme de la red para cazar mariposas.
-El nombre de soltera de mi mujer es Zanahoria.
-Pepe, déjalo… -dijo desde abajo una voz tímida y suplicante.
-¡Eso es! Su esposa puede certificar que yo no he tenido nada que ver con ella. Sus sospechas carecen del todo de fundamento, basta con que ella explique su sueño.
-¡Mi mujer no le va a explicar ningún sueño!
-Se trata del bien público.
-¡Levántate! -se dirigió el alto a su mujer-. Me lo contarás en el pasillo.
-¡Un momento! -exclamó el juez-. ¿Y usted no ha soñado nada, por casualidad?
-¿Yo? -dijo sorprendido el alto y perdió la seguridad en sí mismo-. Yo, señor juez, incluso en sueños soy inocente, me lo ha dicho mi abogado.
-Inocente, ¿eh? -gritó de repente su mujer-. ¿Y qué me dices de aquella pelirroja?
-¿Qué pelirroja?
-¡Encima lo niega! ¡No le dé crédito, señor juez! ¡Yo lo he soñado todo, ahora le explicaré qué mariposa está hecho éste!
-¿Él? ¿Una mariposa? -me opuse frotándome la mandíbula dolorida-. Pero si su marido no se parece en nada a una mariposa. Lo sé porque justamente he estado persiguiendo a una en un prado. Bueno, tal vez la única cosa que tienen en común son las pezuñas.
-¡Señores! -exclamó el juez-. ¡Calma! Estos sueños no son nuestros, puesto que son unos sueños turbios, equívocos y estúpidos, y nosotros somos gente culta, mundana, y de ninguna manera podemos tener sueños así. Deben de ser los sueños de los pasajeros que han viajado en este compartimiento antes que nosotros y que era gente de poca categoría. Al fin y al cabo cada noche seis personas sueñan aquí algo, los ferrocarriles transportan a individuos de toda clase y después esos sueños se pegan a la gente decente. Nosotros no somos responsables de ellos, quien sí es responsable es la dirección de los ferrocarriles, que no desinfecta los coches cama como es debido.
-¡Sí! ¡Es un escándalo!
-¡No desinfectan!-
-¡Hay que poner una denuncia!
Respondieron todos a coro.
-Veo que estamos de acuerdo -dijo el juez.- Así que les deseo buenas noches.
-Buenas noches, señor juez.
-Buenas noches, estimada señora.
-A sus pies.
-Buenas noches, apreciado señor.
-¡Buenas noches, señores!
Y deseándonos unos a otros las buenas noches, entre los “lo siento muchísimo”, “de veras que no tiene importancia”, “con mucho gusto” y “por favor, señor”, nos acostamos de nuevo.

 

jueves, 1 de agosto de 2019

La sanidad pública. Slawomir Mrozek.

La extirpación del apéndice resultó ser necesaria. Rellené los formularios pertinentes y me pusieron en la lista de espera. Pasaron dos años como un soplo, llegó mi turno y me encontré en el hospital.
La operación fue un éxito rotundo. El médico jefe en persona me felicitó por los resultados.
-Ha sido una hermosa intervención, señora -me dijo.
Llamé su atención sobre el hecho de ser yo de género masculino. Comprobó algo en los papeles.
-Lo era antes de la operación. Por un error le mandaron al departamento experimental y actualmente es usted una mujer. El cambio de sexo es una rama pionera de la cirugía, pero tenemos magníficos resultados de los que usted, ¿señora, señor?, es la mejor prueba.
-¿Y qué hay de mi apéndice?
-¿No le gustaría quedárselo, señora?
-No, y tampoco quiero ser mujer, así que haga el favor de corregir inmediatamente este malentendido.
-Es usted, ¿señor, señora?, un paciente difícil. Vamos a ver. ¿Cuál es su preferencia, la masculinidad o el apéndice?
-Lo que sea más rápido.
-Rellene, por favor, estos formularios dobles.
El tiempo vuela y la siguiente operación fue un éxito igual que la primera. El nuevo riñón funcionaba de maravilla, sólo que ahora tenía tres: dos míos y uno trasplantado. A raíz de un fallo del ordenador se me había enviado a un quirófano equivocado. Al recuperarme, rellené los formularios referentes a los riñones, que fueron adjuntados a los formularios presentados anteriormente.
Ya no era una chica joven cuando recibí la notificación de que había una plaza en el hospital y llegó mi turno para operarme los riñones. Sólo se trata de extirpar uno de ellos, pero me encontré en el departamento de partos en calidad de recién nacido. Se había producido un error en la administración central de la sanidad pública, pero los padres no protestaron. Al fin y al cabo era una niña ya crecida y se podían ahorrar los gastos de mi educación, así que prefirieron reconocerme como hija suya. En cuanto a mí, ya estaba harto de rellenar formularios, de modo que me reconcilié con mi destino.
Las relaciones con mis padres van muy bien. La única preocupación que les causo es que el apéndice sigue molestándome. Cualquier día me llamarán del hospital para la operación de apéndice. No está mal, porque sospecho que a pesar de todo preferirían tener un niño y no una niña.