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viernes, 26 de diciembre de 2025

Tercera historia. Harold Kremer.

¿Sobre qué? ¿La prensa? Sigan, sigan. Ya sé a qué vienen. ¿Van a tomar fotos? Espere, espere, quiero arreglarme un poco el cabello… ¡Ya, estoy lista! Sí, yo trabajé en esa casa de locos. No dormía allá porque Bernardo no me dejaba. ¿Quién? ¿Bernardo? Es mi marido… ¡Mi segundo marido! Mire su foto en la pared, el tercero a la derecha… Sí, a mí me tocó lidiar con esa bestia. Nadie quería hacerse a ese trabajo, ni siquiera la hermana, que decía quererlo tanto. Quizás tenía miedo. Bueno, todos tenían miedo de entrar a ese cuarto. A mí me tocaba limpiarlo y llevarle la comida podrida que tanto le gustaba. ¿Cómo? No, lo que limpiaba era el cuarto. Bueno, yo lo vi pocas veces, porque vivía metido debajo de la cama. Cierta vez intentó atacarme, pero con una silla y la escoba lo esperé, decidida a destriparlo. ¡Ja! Apenas me vio, el pedazo de bicho corrió nuevamente debajo de la cama, y allí mismo fui y le eché su buena cantidad de polvo para que aprendiera. Y no lo volví a ver, hasta el día en que lo encontré reventado… Claro que a mí me daba sentimiento: tan joven que era. Y buen mozo, además. Yo no sé por qué no tenía novia. Raro, ¿no? De cualquier forma, yo les serví lo mejor que pude, ayudándolos en semejante desgracia, consolando a la Señora Samsa que, cuando me veía salir del cuarto, me disparaba mil preguntas sobre él. Yo era la única que podía hacer ese trabajo. ¡Ingratos! El mismo día que reventó, me echaron a la calle. Malagradecidos… ¿Otra foto? Bueno. ¡Ojalá salga en primera página!

martes, 25 de noviembre de 2025

El combate. Harold Kremer.

Fue en la guerra de los Mil Días. Raúl Sánchez, con una bala en el estómago, caminó durante tres días y tres noches. Se arrastró por montes y selvas hasta llegar a Buga. Entró a su casa, besó a su madre, a sus hermanas y se desmayó. A los dos días despertó. Vio a sus compañeros de guerra y preguntó por su madre y sus hermanas. Nadie le respondió. Preguntó por qué estaba allí en el campo de batalla. Le respondieron la verdad: iba a morir. Le dieron un calmante y volvió a dormir. Al despertar se encontró en su casa. Preguntó por sus compañeros. "Cuando ibas a partir a la guerra caíste enfermo", le dijo su madre. Raúl cerró los ojos y murió.

miércoles, 17 de febrero de 2021

Los confusos. Harold Kremer.

El rey de aquel país, para perpetuarse en el poder, se propuso crear una escuela de la confusión.
—De ahora en adelante —explicó a sus ministros— vamos a cambiar el significado de las palabras. A la noche la llamaremos guayaba, a la golondrina la llamaremos mar, al toro lo llamaremos piedra, al rey lo llamaremos gafas y así hasta completar un nuevo idioma.
Los ministros se pusieron a trabajar y crearon, al cabo del tiempo, un diccionario nuevo.
Todos los niños fueron obligados a prepararse en la nueva escuela.
Cuando estuvo lista la primera generación el rey construyó una nueva ciudad y envío allí a hombres y mujeres.
Con el tiempo, las siguientes generaciones confusas declararon la guerra. Sus ejércitos se tomaron la ciudad, entraron a palacio y pusieron preso al rey. El jefe le dijo:
—Gafas, por principio te basamos en el plato torcido. ¡Te disfrazamos el ajedrez por tus colas del caucho!
Al escuchar la orden de su jefe, los hombres confusos lo llevaron a la plaza y lo decapitaron.

El combate, 2004.
 

viernes, 6 de marzo de 2020

Los dos magos. Harold Kremer.

El empresario anunció el gran espectáculo: los dos magos realizarían sus actos al mismo tiempo.
Y lo hizo así: a un lado de la pista del circo se anunciaba con letras de neón al gran Salomón con sus secretos milenarios, y al otro lado, a la izquierda, separado por 30 metros, se encontraba el magnífico Ulises, heredero de Merlín.
Para no dar ventaja a ninguno de los dos el presentador tocaba la campana y los magos empezaban la función. El gran Salomón, levantaba a su ayudante por el aire y la hacía volar por encima del público para retornarla luego a su lado. El magnífico Ulises con sólo golpear su varita mágica sobre el sombrero, sacaba un elefante y también lo hacía volar por encima del público.
Los dos eran tan buenos que el público no sabía a quién mirar, a quién aplaudir ni a quién vitorear y bien pronto empezaron a dividir sus afectos, a boicotear, los del lado izquierdo, al gran Salomón, y los del lado derecho, a el magnífico Ulises.
Pronto la declaración de guerra tocó a los dos magos: una noche el elefante volador del magnífico Ulises golpeó accidentalmente a la ayudante del gran Salomón, dejándola con cuatro costillas rotas e innumerables heridas. Para vengarse el gran Salomón, en el siguiente acto, convirtió al elefante en un murciélago sin rumbo que se fue a estrellar contra uno de los postes de los malabaristas.
Al día siguiente cuando el público del lado izquierdo aplaudía y gritaba el nombre del magnífico Ulises por la aparición que hizo de un tren rodando sobre la pista, el gran Salomón con uno de sus pases mágicos los convirtió en gallinas que cacareaban y volaban por las graderías. Entonces el magnífico Ulises convirtió al público del lado derecho en gordos gusanos que fueron devorados rápidamente por las gallinas. Pero cinco gusanos olvidados fueron convertidos por el gran Salomón en cinco pumas hambrientos que devoraron a las gallinas, y una gallina que logró huir de las graderías fue convertida en un cazador que mató a los pumas, y el cazador fue fulminado por un rayo que le lanzó el gran Salomón.
Cuando el empresario salió a controlar la situación encontró la carpa vacía. Del lado del gran Salomón sólo quedaba una varita mágica y del lado del magnífico Ulises un sombrero de copa que giraba sobre sí mismo en la pista de arena.


 

martes, 4 de febrero de 2020

El dragón. Harold Kremer.

Cuando el mundo conocido sólo era China, el dragón Han se apareció en sueños al rey Tong y le dijo:
—Al despertar sólo tendrás un día más de vida y luego morirás. Podrás seguir viviendo si construyes para mí un castillo que dure mil años.
Cuando despertó, el rey olvidó el sueño. Al anochecer, cuando faltaban apenas seis horas para la sentencia, lo recordó y llamó de prisa a sus ministros, consejeros y magos.
—Pronto moriré —concluyó después de contar su sueño—. Si alguno de ustedes tiene una solución quiero oírla.
Divagaron durante horas hasta que uno de los consejeros trajo unas copas de licor. En la del rey echó un fuerte somnífero que lo hizo dormir inmediatamente.
—Pero, ¿qué hiciste, siniestro consejero? —clamaron en coro los hombres.
—Salvarlo —respondió—. Sólo en sueños podrá construir ese castillo.

 

sábado, 14 de julio de 2018

Espejo. Harold Kremer.

Cuando usted sale de su casa obsesionado con la idea de comprarse un espejo, se puede decir que ha dado por vez primera un gran paso en su vida. Pero si además de dicha decisión descubre que no desea un espejo cualquiera, sino uno especial que se adapte a su temperamento, su carácter y su figura, se podría decir que usted sabe lo que quiere de la vida. Y si después de recorrer toda la ciudad, de pronto se descubre en un viejo barrio judío discutiendo el precio de un insignificante y carcomido espejo, usted pensará que la vida y el destino han sido pródigos al brindarle esa oportunidad. Y si al llegar a su casa con el espejo se va directo al baño, lo cuelga, lo cuadra y luego se mira durante un largo instante en él, tratando de encontrar su imagen que no aparece por ningún lado, entonces usted tendrá que aceptar la realidad de su muerte.


jueves, 30 de julio de 2015

El alma que venía todas las noches. Harold Kremer. Microrrelato.



Dicen que son almas en pena porque aquella noche el hombre salió de la habitación con una linterna prendida gritando a todo pulmón quién anda por ahí y buscó por toda la casa llevándose las cosas por delante y hasta dándole de patadas a las puertas para irrespetar de una vez el sueño de los inquilinos que se levantaron a decirle que los dejara dormir por qué te levantás a joder a la una de la mañana pero él insistía que por allí andaba lo estoy oyendo y José que le decía debe ser un sueño que soñaste o es un sueño de otro que se te metió por los ojos y él sin mirarlos volteaba los muebles y se metía a los cuartos a esculcar entre los armarios no me jodan que lo estoy oyendo desde hace mucho tiempo para que dejara de gritar pero aún así gimió toda la noche y tuvo a la gente despierta turnándose para cuidarlo y verlo llenarse de esa babaza que le salía por los poros como un poseído del demonio y cuando llegaron ellos dicen que ya tenía los ojos como de loco sí girando en las órbitas pero se lo llevaron con todo y su babaza aunque les dejó la pátina de su miseria al no llevarse con él el alma que venía todas las noches a buscarlo y que ahora viene a joderlos a despertarlos para sentarse a llorar junto a sus camas y preguntarles por él que dónde está que se lo vuelvan a traer.


Imagen: La locura o el tormento de llamarse nada, lienzo de Juan M. Carrasco. Venezuela.