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martes, 1 de diciembre de 2020

Las coles del cementerio. Pío Baroja.

A la salida del pueblo, y colocada a la izquierda de la carretera, se veía la casa, una casa antigua, de un piso, en cuyas paredes, ennegrecidas por la humedad, se destacaban majestuosamente varias letras negras, que formaban este rótulo: «Despacho de binos de Blasido».
El artista que lo escribió, no contento con la elegante postura en que colocó a cada letra, había querido excederse, y sobre el dintel de la ancha puerta pintó un gallo de largas y levantadas plumas, apoyado en sus dos patas sobre un corazón herido y atravesado por una traidora flecha; misterio jeroglífico, cuya significación no hemos podido averiguar.
El zaguán espacioso de la casa estaba estrechado por barricas puestas a los lados, que dejaban en medio un estrecho pasadizo; venía después la tienda, que, además de taberna, era chocolatería, estanco, papelería y algunas cosas más. En la parte de atrás de la casa había varias mesas bajo un emparrado y allí se reunían los adoradores de Baco los domingos por la tarde, a beber, a jugar a los bolos, y los que rendían culto a Venus, a mitigar sus ardores con la refrescante zarza.
Justa, la tabernera, hubiera hecho su negocio a no tener un marido perezoso, derrochador y gandul, que además de tratarse íntimamente con todos los espíritus más o menos puros que ella despachaba en el mostrador, tenía una virtud prolífica de caballo padre.
—¡Arrayua Blasido! —le decían sus amigos—. ¡Qué! ¡Otra vez tu mujer así! No sé cómo demonios te las arreglas…
—Año, ¿qué queréis? —replicaba él—. ¡Las mujeres! Son como las cerdas. Y la mía… Con olerlo, ¿eh? Con que deje los calzoncillos en el hierro de la cama, ya está empreñada. Hay buena tierra, buena semilla, buen tempero…
—¡Borracho! ¡Cerdo! —gritaba la mujer cuando le oía—. Más te valiera trabajar.
—¡Trabajar! Año, trabajar. ¡Qué ocurrencias tienen estas mujeres!
Un día de enero, Blasido, que iba borracho, se cayó al río, y aunque los amigos le sacaron a tiempo para que no se ahogara, cuando llegó a casa tuvo que acostarse temblando con los escalofríos. Tenía una pulmonía doble. Mientras estuvo enfermo, cantó todos los zortzikos que sabía, hasta que una mañana que estaba el tamborilero en la taberna, gritó:
—Chomín, ¿quieres traer el pito y el tamboril?
—Bueno.
Chomín trajo el pito y el tamboril porque estimaba a Blasido.
—¿Qué toco?
—El Aurresku —dijo Blasido. Pero a la mitad del redoble, Blasido se volvió y añadió—: El final, Chomín, el final, que esto se va.
Y Blasido volvió la cabeza hacia la pared y se murió.
Al día siguiente, Pachi, el sepulturero, cavó para su amigo una magnífica y cómoda fosa de tres pies de profundidad. Justa, la tabernera, que estaba embarazada, siguió bregando con sus siete chiquillos y su taberna, dirigida por los consejos de los amigos del marido.
De estos, el más adicto era Pachi-zarra, o Pachi-infiemo, como le llamaban otros. Pachi era un hombre que hubiera parecido alto, a no ser tan grueso; era cuadrado visto por detrás, redondo por delante y monstruosamente tripudo de perfil; su cara, cuidadosamente afeitada, tenía un tono entre rojo y violáceo; sus ojos, pequeños y alegres, estaban circundados por rebordes carnosos; su nariz no era griega, hay que confesarlo, pero si no hubiera sido tan grande, tan ancha y tan colorada, hubiera parecido hermosa; su boca no tenía dientes, pero hasta sus enemigos no podían menos de declarar que sus labios se entreabrían con sonrisas suntuosas y que su boina, ancha como un plato, siempre encasquetada en la cabeza, era de un gusto exquisito.
Las malas lenguas, los eternos Zoilos, decían que Pachi había tenido una juventud borrascosa: quién, adivinaba que sus manos, ayudadas por un modesto trabuco, desvalijaron a los caminantes allá por La Rioja, cuando se estaba construyendo la línea férrea del Norte; otros veían en él un presidiario escapado; otros, un marinero de un barco pirata, y no faltaba quien, de deducción en deducción, suponía que Pachi había pedido su plaza de sepulturero para sacar las mantecas a los niños muertos; pero todas estas suposiciones tenemos que consignar, en honor de la verdad, no eran ciertas.
Pachi, al volver a su pueblo, tras de largas expediciones por América, se encontró con que en sus tierras, en unas heredades que tenía en la falda del monte, habían hecho el cementerio. En la aldea se había dicho que Pachi había muerto. El Ayuntamiento, viendo que reclamaba lo suyo, le quiso comprar las tierras; pero Pachi no admitió las ofertas que le hicieron, y propuso ceder sus heredades a condición de que le dieran el cargo de enterrador y le dejasen hacer en un ángulo de las tapias del camposanto una casuca para vivir con su boina y su pipa.
Se aceptaron sus proposiciones, y Pachi construyó su casita y fue a vivir a ella y a cuidar del cementerio, y ciertamente no debieron sentir los muertos que Pachi se encargara de sus sepulturas, pues las adornaba con plantas olorosas y hermosas flores.
A pesar de estos cuidados que se tomaba el buen Pachi, la gente del pueblo le miraba como a un réprobo; todo porque algunos domingos se le olvidaba oír misa, y porque cuando oía elogiar al vicario del pueblo, decía, guiñando los ojos: Ezaguna laguna, que en vascuence quiere decir: ‘Te conozco, amigo’; con lo cual suponían malévolamente los del pueblo que Pachi hacía alusión a una historia falsa, aunque tenía sus visos de verdadera, en la cual historia se aseguraba que el vicario había tenido dos o tres hijos en una aldea próxima.
Era tal el terror que inspiraba Pachi, que las madres para asustar a los niños, les decían: «Si no callas, matia, va a venir Pachi-infiemo y te llevará con él.»
La aristocracia del pueblo trataba a Pachi con desprecio, y el boticario, que se las echaba de ingenioso, creía burlarse de él.
Pachi y el médico joven simpatizaban; cuando este último iba a practicar alguna autopsia, el enterrador era su ayudante, y si algún curioso se acercaba a la mesa de disección y hacía demostraciones de horror o de repugnancia, Pachi guiñaba los ojos mirando al médico como diciéndole: «Estos se asustan porque no están en el secreto… ¡Je…, je!».
Pachi se preocupaba poco de lo que decían de él le bastaba con ser el oráculo de la taberna de Justa; su auditorio lo formaban el peón caminero, el único liberal del pueblo; el juez suplente, que cuando no suplía a nadie fabricaba alpargatas, don Ramón, el antiguo maestro de escuela, que se llevaba la cena y una botella de vino a la taberna, el tamborilero, el empleado de la alhóndiga y algunos más. La palabra de Pachi les atraía.
Cuando, después de haber hablado de los fuegos fatuos, decía: «A nadie le puede asustar eso; es cosa léctrica», todos los oyentes se miraban unos a otros para ver si sus compañeros habían vislumbrado la profundidad de aquella frase.
Pachi tenía frases, no todos los grandes hombres las tienen, y pronunciaba aforismos dignos de Hipócrates. Su filosofía hallábase encerrada en estas palabras: «Los hombres son como las hierbas: nacen porque sí; hay hierbas de flor encarnada y otras de flor amarilla, como hay hombres buenos y hombres malos; pero el que ha de ser borracho lo es.»
Mojaba los labios en el agua y, como asustado de su fortaleza, se bebía un gran trago de aguardiente; porque el sepulturero mandaba poner en una copita pequeña el agua y en un vaso grande el aguardiente. Pura broma.
En la réplica, Pachi era una fuerza. Un día un minero, joven y rico, que se las echaba de Tenorio, contaba sus conquistas.
—En el caserío de Olozábal —decía— tengo un hijo; en el de Zubiaurre, otro; en el Gaztelu, otro…
—Más te valía a ti también —le replicó Pachi filosóficamente— que los hijos de tu mujer fueran tuyos…
Cuando Pachi contaba sus aventuras de América, mientras calentaba con el humo de la pipa su nariz enrojecida, se acompañaban sus palabras con un coro de exclamaciones y carcajadas.
Las aventuras de Pachi en América eran interesantísimas. Había sido jugador, comerciante, ganadero, soldado y una porción de cosas más. De soldado había tenido que achicharrar vivos a unos cuantos indios. Pero donde Pachi estaba verdaderamente sugestivo era al contar sus aventuras amorosas con negras, zambas, mulatas y amarillas. Podía decir sin exageración, que su amor había recorrido toda la escala cromática de las mujeres.
Como la tabernera tenía el genio tan vivo, a los dos días de dar a luz al octavo hijo se levantó de la cama y trajinó como si tal cosa. Pero a la noche tuvo que volver a la cama con unas calenturas, que resultaron ser fiebres puerperales, que la llevaron al cementerio. La tabernera estaba muy atrasada en las cuentas, se vendió la taberna, y los ocho chiquillos quedaron en la calle.
—Hay que hacel algo por esoz niñoz —dijo el alcalde, que para que no se le notara la pronunciación vascongada, hablaba casi en andaluz.
—Por esos niños hay que hacer algo —murmuró el vicario, con voz suavísima, elevando los ojos al cielo.
—Nada, nada. Hay que hacer algo por esos niños —dijo resueltamente el farmacéutico.
—La infancia… La caridad —añadió el secretario del Ayuntamiento.
Y pasaron los días y pasaron las semanas; la chica mayor había ido a servir a casa del cartero, en donde estaba satisfecha, y el niño de pecho lo tenía criando de mala gana la mujer del herrador.
Los otros seis —Chomín, Shanti, Martinacho, Joshe, Maru y Gaspar— corrían descalzos por la carretera, pidiendo limosna.
Un día por la mañana, el enterrador vino al pueblo con un carrito, subió en él a los seis chiquitines, tomó al niño de pecho en sus brazos, para quien compró, al pasar por la botica, un biberón, y se los llevó a todos a su casita del cementerio.
—¡Farzante! —dijo el alcalde.
—¡Imbécil! —murmuró el farmacéutico.
El vicario elevó púdicamente los ojos, apartándolos de tanta miseria.
—Los abandonará —pronosticó el secretario.
Pachi no los ha abandonado y va sacándolos adelante, y como tiene muchas bocas que llenar, ha dejado su aguardiente, pero está llenando de hortalizas el camposanto de un modo lamentable. Y como ahora hay mercado en el pueblo, Pachi encarga a un amigo suyo, que tiene el caserío cerca del camposanto la venta de sus coles y de sus alcachofas en la plaza.
Las coles del amigo de Pachi, que son las del cementerio, tienen fama de sabrosas y de muy buen gusto en el mercado del pueblo. Lo que no saben los que las compran es que están alimentándose tranquilamente con la sustancia de sus abuelos.


jueves, 15 de octubre de 2020

El trasgo. Pío Baroja.

El comedor de la venta de Aristondo, sitio en donde nos reuníamos después de cenar, tenía en el pueblo los honores de casino. Era una habitación grande, muy larga, separada de la cocina por un tabique, cuya puerta casi nunca se cerraba, lo que permitía llamar a cada paso para pedir café o una copa a la simpática Maintoni, la dueña de la casa, o a sus hijas, dos muchachas a cual más bonitas; una de ellas, seria, abstraída, con esa mirada dulce que da la contemplación del campo; la otra, vivaracha y de mal genio.
Las paredes del cuarto, blanqueadas de cal, tenían por todo adorno varios números de La Lidia, puestos con mucha simetría y sujetos a la pared con tachuelas, que dejaron de ser doradas para quedarse negras y mugrientas.
La mano del patrón, José Ona, se veía en aquello; su carácter, recto y al mismo tiempo bonachón y dulce como su apellido (Ona en vascuence significa bueno), se traslucía en el orden, en la simetría, en la bondad, si se me permite la palabra, que habían inspirado la ornamentación del cuarto. Del techo del comedor, cruzado por largas vigas negruzcas, colgaban dos quinqués de petróleo, de esos de cocina, que aunque daban algo más humo que luz, iluminaban bastante bien la mesa del centro, como si dijéramos, la mesa redonda, y bastante mal otras mesas pequeñas, diseminadas por el cuarto.
Todas las noches tomábamos allí café; algunos preferían vino, y charlábamos un rato el médico joven, el maestro, el empleado de la fundición, Pachi el cartero, el cabo de la Guardia Civil y algunos otros de menor categoría y representación social. Como parroquianos y además gente distinguida, nos sentábamos en la mesa del centro.
Aquella noche era víspera de feria y, por tanto, martes. Supongo que nadie ignorará que las ferias en Arrigotia se celebran los primeros miércoles de cada mes; porque, al fin y al cabo, Arrigotia es un pueblo importante, con sus sesenta y tantos vecinos, sin contar los caseríos inmediatos. Con motivo de la feria había más gente que de ordinario en la venta.
Estaban jugando su partida de tute el doctor y el maestro, cuando entró la patrona, la obesa y sonriente Maintoni, y dijo:
-Oiga su merced, señor médico, ¿cómo siguen las hijas de Aspillaga, el herrador?
-¿Cómo han de estar? Mal -contestó el médico incomodado-, locas de remate. La menor, que es una histérica tipo, tuvo anteanoche un ataque, la vieron las otras dos hermanas reír y llorar sin motivo, y empezaron a hacer lo mismo. Un caso de contagio nervioso. Nada más.
-Y, oiga su merced, señor médico -siguió diciendo la patrona-, ¿es verdad que han llamado a la curandera de Elisabide?
-Creo que sí; y esa curandera, que es otra loca, les ha dicho que en la casa debe haber un duende, y han sacado en consecuencia que el duende es un gato negro de la vecindad, que se presenta allí de cuando en cuando. ¡Sea usted médico con semejantes imbéciles!
-Pues si estuviera usted en Galicia, vería usted lo que era bueno -saltó el empleado de la fundición-. Nosotros tuvimos una criada en Monforte que cuando se le quemaba un guiso o echaba mucha sal al puchero, decía que había sido o trasgo; y mientras mi mujer le regañaba por su descuido, ella decía que estaba oyendo al trasgo que se reía en un rincón.
-Pero, en fin -dijo el médico-, se conoce que los trasgos de allá no son tan fieros como los de aquí.
-¡Oh! No lo crea usted. Los hay de todas clases; así, al menos, nos decía a nosotros la criada de Monforte. Unos son buenos, y llevan a casa el trigo y el maíz que roban en los graneros, y cuidan de vuestras tierras y hasta os cepillan las botas; y otros son perversos y desentierran cadáveres de niños en los cementerios, y otros, por último, son unos guasones completos y se beben las botellas de vino de la despensa o quitan las tajadas al puchero y las sustituyen con piedras, o se entretienen en dar la gran tabarra por las noches, sin dejarle a uno dormir, haciéndole cosquillas o dándole pellizcos.
-¿Y eso es verdad? -preguntó el cartero, cándidamente.
Todos nos echamos a reír de la inocente salida del cartero.
-Algunos dicen que sí -contestó el empleado de la fundición, siguiendo la broma.
-Y se citan personas que han visto los trasgos -añadió uno.
-Sí -repuso el médico en tono doctoral-. En eso sucede como en todo. Se le pregunta a uno: «¿Usted lo vio?», y dicen: «Yo, no; pero el hijo de la tía Fulana, que estaba de pastor en tal parte, sí que lo vio», y resulta que todos aseguran una cosa que nadie ha visto.
-Quizá sea eso mucho decir, señor -murmuró una humilde voz a nuestro lado.
Nos volvimos a ver quién hablaba. Era un buhonero que había llegado por la tarde al pueblo, y que estaba comiendo en una mesa próxima a la nuestra.
-Pues qué, ¿usted ha visto algún duende de ésos? -dijo el cartero, con curiosidad.
-Sí, señor.
-¿Y cómo fue eso? -preguntó el empleado, guiñando un ojo con malicia-. Cuente usted, hombre, cuente usted, y siéntese aquí si ha concluido de comer. Se le convida a café y copa, a cambio de la historia, por supuesto -y el empleado volvió a guiñar el ojo.
-Pues verán ustedes -dijo el buhonero, sentándose a nuestra mesa-. Había salido por la tarde de un pueblo y me había oscurecido en el camino. La noche estaba fría, tranquila, serena; ni una ráfaga de viento movía el aire.
El paraje infundía respeto; yo era la primera vez que viajaba por esa parte de la montaña de Asturias, y, la verdad, tenía miedo. Estaba muy cansado de tanto andar con el cuévano en la espalda, pero no me atrevía a detenerme. Me daba el corazón que por los sitios que recorría no estaba seguro.
De repente, sin saber de dónde ni cómo, veo a mi lado un perro escuálido, todo de un mismo color, oscuro, que se pone a seguirme. ¿De dónde podía haber salido aquel animal tan feo?, me pregunté. Seguí adelante, ¡hala, hala!, y el perro detrás, primero gruñendo y luego aullando, aunque por lo bajo.
La verdad, los aullidos de los perros no me gustan. Me iba cargando el acompañante, y, para librarme de él, pensé sacudirle un garrotazo; pero cuando me volví con el palo en la mano para dárselo, una ráfaga de viento me llenó los ojos de tierra y me cegó por completo.
Al mismo tiempo, el perro empezó a reírse detrás de mí, y desde entonces ya no pude hacer cosa a derechas; tropecé, me caí, rodé por una cuesta, y el perro, ríe que ríe, a mi lado. Yo empecé a rezar, y me encomendé a San Rafael, abogado de toda necesidad, y San Rafael me sacó de aquellos parajes y me llevó a un pueblo.
Al llegar aquí, el perro ya no me siguió, y se quedó aullando con furia delante de una casa blanca con un jardín. Recorrí el pueblo, un pueblo de sierra con los tejados muy bajos y las tejas negruzcas, que no tenía más que una calle. Todas las casas estaban cerradas. Solo a un lado de la calle había un cobertizo con luz. Era como un portalón grande, con vigas en el techo, con las paredes blanqueadas de cal. En el interior, un hombre desarrapado, con una boina, hablaba con una mujer vieja, calentándose en una hoguera. Entré allí, y les conté lo que me había sucedido.
-¿Y el perro se ha quedado aullando? -preguntó con interés el hombre.
-Sí; aullando junto a esa casa blanca que hay a la entrada de la calle.
-Era o trasgo -murmuró la vieja-, y ha venido a anunciarle la muerte.
-¿A quién? -pregunté yo, asustado.
-Al amo de esa casa blanca. Hace una media hora que está el médico ahí. Pronto volverá.
Seguimos hablando, y al poco rato vimos venir al médico a caballo, y por delante un criado con un farol.
-¿Y el enfermo, señor médico? -preguntó la vieja, saliendo al umbral del cobertizo.
-Ha muerto -contestó una voz secamente.
-¡Eh! -dijo la vieja-; era o trasgo.
Entonces cogió un palo, y marcó en el suelo, a su alrededor, una figura como la de los ochavos morunos, una estrella de cinco puntas. Su hijo la imitó, y yo hice lo mismo.
-Es para librarse de los trasgos -añadió la vieja.
Y, efectivamente, aquella noche no nos molestaron, y dormimos perfectamente...
Concluyó el buhonero de hablar, y nos levantamos todos para ir a casa.


lunes, 24 de agosto de 2020

Playa de otoño. Pío Baroja.

Era una excursión que María Luisa hacía todos los años a principios de otoño. Cuando su marido marchaba con algún amigote a Biarritz o a San Juan de Luz, ella tomaba la diligencia que va recorriendo los pueblecitos de la costa de Guipúzcoa, y en uno de ellos se detenía.
Aquel viaje era para ella una peregrinación al santuario de sus amores, lugar donde su espíritu se refrescaba con las dulces memorias de lo pasado, y descansaba un momento de la fiebre de una vida ficticia.
Allá, en el camposanto de uno de aquellos pueblos colocados junto al mar, dormía el sueño eterno el hombre querido, en un cementerio poblado de cipreses y de laureles, huerto perdido en el monte, rodeado de soledad, de flores y de silencio…
Aquella tarde, al llegar María Luisa al pueblo, se detuvo, como siempre, en casa de su nodriza. Estaba rendida del viaje; se acostó temprano y durmió hasta la madrugada con un sueño intranquilo.
Se despertó con un sobresalto; abrió los ojos; ni un rayo de luz se filtraba en la alcoba. Debía ser de noche. Trató de volver a dormirse, pero iban acumulándose en su cerebro tantos recuerdos, tantas fantasías, que para calmar su excitación saltó de la cama, se vistió ligeramente y fue tanteando en la oscuridad hasta encontrar la ventana y abrirla.
El amanecer era de otoño. Una gasa de niebla luminosa llenaba el aire; ni un ruido, ni un signo de vida rompía la calma del crepúsculo. A lo lejos se oía el murmullo del mar, lento, tranquilo, sosegado…
El pueblo, el mar, los montes, todo estaba borrado por la bruma gris, que empezaba a temblar por el viento de la mañana.
María Luisa, pensativa, encontraba tranquilidad al contemplar la niebla opaca y maciza que impedía a los ojos ver más allá. Poco a poco, sus pupilas, ensanchadas en presencia de las tinieblas, iban sorprendiendo aquí una sombra sin contornos; allá la claridad de la arena de la playa, y las siluetas sin forma aparecían y desaparecían con los movimientos de las masas de bruma.
El viento era de tierra húmedo y tibio, lleno de olores acres, de efluvios de vida exhalados de las plantas. A veces, una bocanada de olor a marisma indicaba la presencia del viento del mar.
La luz de la mañana empezaba a esparcirse por entre los grises cendales de la niebla; luego, ya las formas confusas y sin contornos claros se iban fijando, y el pueblo, aquel pueblecillo de la costa guipuzcoana, formado por negros caseríos, iba apareciendo sobre la colina en que se asentaba, agrupado junto a la vieja torre de la iglesia, mirando de soslayo al mar, al mar verdoso del Norte, siempre agitado por inmensas olas, siempre fosco, murmurador y erizado de espuma.
Se desarrollaba con lentitud el paisaje de la costa, veíanse a la izquierda montones de rocas, sobre las cuales pasaba la carretera; a la derecha se dibujaba vagamente la línea de la playa, suave curva que concluía en grandes peñones negros y lustrosos, que en las bajas mareas se destacaban a flor de agua como monstruos marinos nadando entre nubes de espuma.
Ya el pueblo comenzaba a despertar. El viento traía y llevaba el sonido de la campana de la iglesia, cuyos toques, reposados y lentos, de la oración del alba vibraban en el aire empañado del angustioso crepúsculo.
Se abrían las ventanas y las puertas de las casas; los labradores sacaban el ganado de los pesebres a la calle, y en el silencio del pueblo sólo se oían los mugidos de los bueyes, que, con las cabezas hacia arriba y las anchas narices abiertas, respiraban con delicia el aire fresco de la mañana.
Ante aquellas vidas humildes y resignadas, en presencia del mar que gemía y de la religión que le hablaba por la voz de la campana una vaga languidez invadió a María Luisa, y sólo cuando los rayos del sol entraron en el cuarto se sintió animada, se miró al espejo y encontró en sus ojos una expresión dulce, de soñadora tristeza.
Se preparó para salir: se puso un trajecillo de color violeta oscuro en la cabeza, un canotier sin adornos; se cubrió la cara con un velillo blanco, cuajado de graciosas notas, y salió a la carretera, llena de charcos de agua amarillenta.
De cuando en cuando se encontraba con algún boyerizo que con el palo al hombro, marchaba delante de los bueyes, que iban a lento paso, arrastrando las chirriantes carretas.
María Luisa respondía a los saludos que la dirigían.
Luego fue acercándose al pueblo cruzó la plaza, desierta, y pasó por debajo de un arco pequeño de piedras ennegrecidas por la humedad a una callejuela llena de pedruscos, estrecha y en cuesta, en donde descansaban de sus antiguas faenas algunas barcas medio podridas, con la quilla al descubierto.
En la clave de arco, resto de la antigua muralla que rodeó al pueblo, veíase una imagen toscamente tallada, y, debajo de ella, una guirnalda de hierbajos crecía en los intersticios de las piedras.
Desde el final de la callejuela se veía la playa. Era un desbordamiento de alegría el que iba inundando el paisaje, a medida que el sol destrozaba las nubes y las nieblas subían del mar para desvanecerse en el aire.
El ambiente se purificaba, aparecían jirones de cielo azul, de un azul pálido, y en las faldas de los montes se veían, al descorrerse la niebla, aquí un caserío solitario en medio de sus verdes heredades de forraje; allá un bosquecillo de hayas y de robles; en las cimas, piedras angulosas y algún que otro
arbusto raquítico de ramas descamadas.
Hacía calor en la playa. María Luisa apretó el paso hasta llegar al extremo del arenal, y allí, en una roca, se sentó, fatigada.
El mar, terso y ceñudo, se obstinaba en rechazar la caricia del sol, amontonaba sus brumas pero en balde; la luz dominaba, y los rayos del sol empezaban a brillar sobre la piel ondulada del monstruo de las olas verdosas.
De repente, el sol pareció adquirir más fuerza; el mar se fue alargando y alargando, hasta unirse en línea recta con el horizonte.
Entonces se vieron llegar las olas; unas, oscuras, redondas, impenetrables; otras, llenas de espuma, algunas, como alardeando de sinceridad, mostraban a la luz del día sus interiores turbios; allá, en las puntas, se estrellaban furiosas contra las rocas; a la playa llegaban suaves, con languideces de
mujer convaleciente, bordando una puntilla blanca sobre la playa, y al retirarse dejaban en la arena negruzcas algas y oscuras medusas, que brillaban con destellos a la luz del sol.
La mañana parecía de verano, y, sin embargo, en los colores del mar, en el suspiro del viento, en los murmullos indefinidos de la soledad, sentía María Luisa la voz del otoño. El mar le enviaba en sus olas la vaga sensación de su grandeza.
Y al compás del ritmo del mar, el ritmo de su pensamiento le llevaba a la memoria los recuerdos de sus amores.
Y llegaban como oleadas imágenes de aquellas horas que pasaron los dos, solos, tendidos en la arena de la playa sin hablar, sin pensar, sin formar ideas, fundiendo su espíritu con el espíritu que late en las olas, en las nieblas, en el mar inmenso.
Allá, en aquel mismo sitio, le había conocido; hacía ya diez años, ¡diez años! Había empezado por tenerle compasión viéndole enfermo, y al oírle y al hablarle quedó estremecida en lo más oculto de su alma; ella, indiferente se sintió enamorada ella satisfecha de ser estéril, sintió envidia por la maternidad.
Las ráfagas del deseo crisparon sus nervios cuando, solos los dos, sentían reflejarse en sus espíritus los grandiosos crepúsculos de agosto, cuando el sol rojizo se ocultaba en el horizonte y el mar palpitaba con reflejo de escarlata. ¡Diez años pasados! ¡Diez años! Quizá era esto lo que más sentía ella.
Miraba en el porvenir la indiferencia, el cielo ceniciento de la vejez. ¡Diez años! ¡Y entonces ella tenía veintiocho!
«Y llegarán otras primaveras y otros veranos —pensó con desesperación—, y ante el mismo mar que ruge, agitado en olas inmensas; ante los mismos crepúsculos rojizos y las mismas noches estrelladas, germinarán otros amores y otras ilusiones en otras almas, y yo habré pasado como la espuma que brilló un momento.»
Y María Luisa contempla la playa solitaria y triste, y del mar, que suspira bajo el cielo pálido del otoño, llega a su espíritu la vaga sensación del océano a agrandar la melancolía que siente al ver su decadencia.

 

jueves, 18 de junio de 2020

Médium. Pío Baroja.

Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.

Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar; no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.

La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.

Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa… ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:

Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.

Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.

A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.

La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.

Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.

Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.

Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.

La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara…

-Hay que estudiar -dijo, a modo de conclusión, la madre.

Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.

Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.

Cuando concluimos el curso ya no veía a Román: estaba tranquilo: pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara, tan rara…

Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.

-¿Qué tienes? -le pregunté.

Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.

Luego, en voz baja, murmuró:

-Ha sido mi hermana.

-¡Ah! Ella…

-No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a otro sin tocarlo.

Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.

Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta…, llamaban…, abríamos…, nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida… ; llamaban…, nadie.

Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó…, y los dos nos miramos estremecidos de terror.

-Es mi hermana, mi hermana -dijo Román.

Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica: «Abracadabra.»

Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.

Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y llevábamos la máquina en nuestras expediciones.

Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.

Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.

Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.

Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.

¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo… ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.


martes, 19 de mayo de 2020

La sombra. Pío Baroja.

Porque el que se ensalzare será humillado, y el que se humillare será ensalzado.
(S. Mateo, v. XII, c. XIII.)

Había salido del hospital el día de Corpus Christi, y volvía, envejecida y macilenta, pero ya curada, a casa de su ama, a seguir nuevamente su vida miserable, su vida miserable de prostituta. En su rostro, todas las miserias; en su corazón, todas las ignominias.
Ni una idea cruzaba su cerebro; tenía solamente un deseo de acabar, de descansar para siempre sus huesos enfermos. Quizá hubiera preferido morir en aquel hospital inmundo, en donde se concrecionaban los detritus del vicio, que volver a la vida.
Llevaba en la mano un fardelillo con sus pobres ropas, unos cuantos harapos para adornarse. Sus ojos, acostumbrados a la semioscuridad, estaban turbados por la luz del día.
El sol amargo brillaba inexorable en el cielo azul.
De pronto, la mujer se encontró rodeada de gente, y se detuvo a ver la procesión que pasaba por la calle. ¡Hacía tanto tiempo que no la había visto! ¡Allá en el pueblo, cuando era joven y tenía alegría y no era despreciada! ¡Pero aquello estaba tan lejos!…
Veía la procesión que pasaba por la calle, cuando un hombre, a quien no molestaba, la insultó y le dio un codazo; otros, que estaban cerca, la llenaron también de improperios y de burlas.
Ella trató de buscar, para responder a los insultos, su antigua sonrisa, y no pudo más que crispar sus labios con una dolorosa mueca, y echó a andar con la cabeza baja y los ojos llenos de lágrimas.
En su rostro, todas las miserias; en su corazón, todas las ignominias.
Y el sol brillaba inexorable en el cielo azul.
En la procesión, bajo el sol brillante, lanzaban destellos los mantos de las vírgenes bordados en oro, las cruces de plata, las piedras preciosas de los estandartes de terciopelo. Y luego venían los sacerdotes con sus casullas, los magnates, los guerreros de uniforme brillante, todos los grandes de la tierra, y venían andando al compás de una música majestuosa, rodeados y vigilados por bayonetas, espadas y sables.
Y la mujer trataba de huir; los chicos la seguían gritando, acosándola, y tropezaba y sentía desmayarse; y, herida y destrozada por todos seguía andando con la cabeza baja y los ojos llenos de lágrimas.
En su rostro, todas las miserias; en su corazón, todas las ignominias.
De repente, la mujer sintió en su alma una dulzura infinita, y se volvió y quedó deslumbrada, y vio luego una sombra blanca y majestuosa que la seguía y que llevaba fuera del pecho el corazón herido y traspasado por espinas.
Y la sombra blanca y majestuosa, con la mirada brillante y la sonrisa llena de ironía, contempló a los sacerdotes, a los guerreros, a los magnates, a todos los grandes de la tierra, y, desviando de ellos la vista, y acercándose a la mujer triste, la besó, con un beso purísimo, en la frente.