martes, 30 de agosto de 2022

El ángel caído. Cristina Peri Rossi.

El ángel se precipitó a tierra, exactamente igual que el satélite ruso que espiaba los movimientos en el mar de la X Flota norteamericana y perdió altura cuando debía ser impulsado a una órbita firme de 950 kilómetros. Exactamente igual, por lo demás, que el satélite norteamericano que espiaba los movimientos de la flota rusa, en el mar del Norte y luego de una falsa maniobra cayó a tierra. Pero mientras la caída de ambos ocasionó incontables catástrofes: la desertización de parte del Canadá, la extinción de varias clases de peces, la rotura de los dientes de los habitantes de la región y la contaminación de los suelos vecinos, la caída del ángel no causó ningún trastorno ecológico. Por ser ingrávido (misterio teológico acerca del cual las dudas son heréticas) no destruyó, a su paso, ni los árboles del camino, ni los hilos del alumbrado, ni provocó interferencias en los programas de televisión, ni en la cadena de radio; no abrió un cráter en la faz de la tierra ni envenenó las aguas. Más bien, se depositó en la vereda, y allí, confuso, permaneció sin moverse, víctima de un terrible mareo.
Al principio, no llamó la atención de nadie, pues los habitantes del lugar, hartos de catástrofes nucleares, habían perdido la capacidad de asombro y estaban ocupados en reconstruir la ciudad, despejar los escombros, analizar los alimentos y el agua, volver a levantar las casas y recuperar los muebles, igual que hacen las hormigas con el hormiguero destruido, aunque con más melancolía.
-Creo que es un ángel –dijo el primer observador, contemplando la pequeña figura caída al borde de una estatua descabezada en la última deflagración. En efecto: era un ángel más bien pequeño, con las alas mutiladas (no se sabe si a causa de la caída) y un aspecto poco feliz.
Pasó una mujer a su lado, pero estaba muy atareada arrastrando un cochecito y no le prestó atención. Un perro vagabundo y famélico, en cambio, se acercó a sólo unos pasos de distancia, pero se detuvo bruscamente: aquello, fuera lo que fuera, no olía, y algo que no huele puede decirse que no existe, por tanto no iba a perder el tiempo. Lentamente (estaba rengo) se dio media vuelta.
Otro hombre que pasaba se detuvo, interesado, y lo miró cautamente, pero sin tocarlo: temía que transmitiera radiaciones.
-Creo que es un ángel –repitió el primer observador, que se sentía dueño de la primicia.
-Está bastante desvencijado –opinó el último-. No creo que sirva para nada.
Al cabo de una hora, se había reunido un pequeño grupo de personas. Ninguno lo tocaba, pero comentaban entre sí y emitían diversas opiniones, aunque nadie dudaba que fuera un ángel. La mayoría, en efecto, pensaba que se trataba de un ángel caído, aunque no podían ponerse de acuerdo en cuanto a las causas de su descenso. Se barajaron diversas hipótesis.
-Posiblemente ha pecado –manifestó un hombre joven, al cual la contaminación había dejado calvo.
Era posible. Ahora bien, ¿qué clase de pecado podía cometer un ángel? Estaba muy flaco como para pensar en la gula; era demasiado feo como para pecar de orgullo; según afirmó uno de los presentes, los ángeles carecían de progenitores, por lo cual era imposible que los hubiera deshonrado; a toda luz, carecía de órganos sexuales, por lo cual la lujuria estaba descartada. En cuanto a la curiosidad, no daba el menor síntoma de tenerla.
-Hagámosle la pregunta por escrito –sugirió un señor mayor que tenía un bastón bajo el brazo.
La propuesta fue aceptada y se nombró un actuario, pero cuando éste, muy formalmente, estaba dispuesto a comenzar su tarea, surgió una pregunta desalentadora: ¿qué idioma hablaban los ángeles? Nadie sabía la respuesta, aunque les parecía que por un deber de cortesía, el ángel visitante debía conocer la lengua que se hablaba en esa región del país (que era, por lo demás un restringido dialecto, del cual, empero, se sentían inexplicablemente orgullosos).
Entre tanto, el ángel daba pocas señales de vida, aunque nadie podía decir, en verdad, cuáles son las señales de vida de un ángel. Permanecía en la posición inicial, no se sabía si por comodidad o por imposibilidad de moverse, y el tono azul de su piel ni aclaraba ni ensombrecía.
-¿De qué raza es? –preguntó un joven que había llegado tarde y se inclinaba sobre los hombros de los demás para contemplarlo mejor.
Nadie sabía qué contestarle. No era ario puro, lo cual provocó la desilusión de varias personas; no era negro, lo que causó ciertas simpatías en algunos corazones; no era indio (¿alguien puede imaginar un ángel indio?), ni amarillo: era más bien azul, y sobre ese color no existían prejuicios, todavía, aunque comenzaban a formarse con extraordinaria rapidez.
La edad de los ángeles constituía otro dilema.
Si bien un grupo afirmaba que los ángeles siempre son niños, el aspecto del ángel ni confirmaba ni refutaba esta teoría.
Pero lo más asombroso era el color de los ojos del ángel. Nadie lo advirtió, hasta que uno de ellos dijo:
-Sus ojos azules son preciosos.
Entonces una mujer que estaba muy cerca del ángel, le contestó:
-Pero, ¿qué dice? ¿No ve que son rosados?
Un profesor de ciencias exactas que se encontraba de paso, inclinó la cabeza para observar mejor los ojos del ángel y exclamó:
-Todos se equivocan. Son verdes.
Cada uno de los presentes veía un color distinto, por lo cual, dedujeron que en realidad no eran de ningún color especial, sino de todos.
-Esto le causará problemas cuando deba identificarse –reflexionó un viejo funcionario administrativo que tenía la dentadura postiza y un gran anillo de oro en la mano derecha.
En cuanto al sexo, no había dudas: el ángel era asexuado, ni hembra ni varón, salvo (hipótesis que pronto fue desechada) que el sexo estuviera escondido en otra parte. Esto inquietó mucho a algunos de los presentes. Luego de una época de real confusión de sexos y desenfrenada promiscuidad, el movimiento pendular de la historia (sencillo como un compás) nos había devuelto a la feliz era de los sexos diferenciados, perfectamente reconocibles. Pero el ángel parecía ignorar esta evolución.
-Pobre –comentó una gentil señora que salía de su casa a hacer las compras, cuando se encontró el ángel caído-. Me lo llevaría a casa, hasta que se compusiera, pero tengo dos hijas adolescentes y si nadie puede decirme si se trata de un hombre o de una mujer, no lo haré, pues sería imprudente que conviviera con mis hijas.
-Yo tengo un perro y un gato –murmuró un caballero bien vestido, de agradable voz de barítono-. Se pondrían muy celosos si me lo llevo.
-Además habría que conocer sus antecedentes –argumentó un hombre de dientes de conejo, frente estrecha y anteojos de carey, vestido de marrón-. Quizá se necesite una autorización. –Tenía aspecto de confidente de la policía, y esto desagradó a los presentes, por lo cual no le respondieron.
-Y nadie sabe de qué se alimenta –murmuró un hombre simpático, de aspecto limpio, que sonreía luciendo una hilera de dientes blancos.
-Comen arenques –afirmó un mendigo que siempre estaba borracho y al que todo el mundo despreciaba por su mal olor. Nadie le hizo caso.
-Me gustaría saber qué piensa –dijo un hombre que tenía la mirada brillante de los espíritus curiosos.
Pero la mayoría de los presentes opinaba que los ángeles no pensaban.
A alguien le pareció que el ángel había hecho un pequeño movimiento con las piernas, lo cual provocó gran expectación.
-Seguramente quiere andar –comentó una anciana.
-Nunca oí decir que los ángeles andaran –dijo una mujer de anchos hombros y caderas, vestida de color fucsia y comisuras estrechas, algo escépticas-. Debería volar.
-Éste está descompuesto –le informó el hombre que se había acercado primero.
El ángel volvió a moverse casi imperceptiblemente.
-Quizá necesite ayuda –murmuró un joven estudiante, de aire melancólico.
-Yo aconsejo que no lo toquen. Ha atravesado el espacio y puede estar cargado de radiación –observó un hombre vivaz, que se sentía orgulloso de su sentido común.
De pronto, sonó una alarma. Era la hora del simulacro de bombardeo y todo el mundo debía correr a los refugios, en la parte baja de los edificios. La operación debía realizarse con toda celeridad y no podía perderse un solo instante. El grupo se disolvió rápidamente, abandonando al ángel, que continuaba en el mismo lugar.
En breves segundos la ciudad quedó vacía pero aún se escuchaba la alarma. Los automóviles habían sido abandonados en las aceras, las tiendas estaban cerradas, las plazas vacías, los cines apagados, los televisores mudos. El ángel realizó otro pequeño movimiento.
Una mujer de mediana edad, hombros caídos, y un viejo abrigo rojo que alguna vez había sido extravagante se acercaba por la calle, caminando con tranquilidad, como si ignorara deliberadamente el ruido de las sirenas. Le temblaba algo el pulso, tenía una aureola azul alrededor de los ojos y el cutis era muy blanco, bastante fresco, todavía. Había salido con el pretexto de buscar cigarrillos, pero una vez en la calle, consideró que no valía la pena hacer caso de la alarma, y la idea de dar un paseo por una ciudad abandonada, vacía, le pareció muy seductora.
Cuando llegó cerca de la estatua descabezada, creyó ver un bulto en el suelo, a la altura del pedestal.
-¡Caramba! Un ángel –murmuró.
Un avión pasó por encima de su cabeza y lanzó una especie de polvo de tiza. Alzó los ojos, en un gesto instintivo, y luego dirigió la mirada hacia abajo, al mudo bulto que apenas se movía.
-No te asustes –le dijo la mujer al ángel- Están desinfectando la ciudad. El polvo le cubrió los hombros del abrigo rojo, los cabellos castaños que estaba un poco descuidados, el cuero sin brillo de los zapatos algo gastados.
-Si no te importa, te haré un rato de compañía –dijo la mujer, y se sentó a su lado. En realidad, era una mujer bastante inteligente, que procuraba no molestar a nadie, tenía un gran sentido de su independencia pero sabía apreciar una buena amistad, un paseo solitario, un buen tabaco, un buen libro y una buena ocasión.
-Es la primera vez que me encuentro con un ángel –comentó la mujer, encendiendo un cigarrillo-. Supongo que no ocurre muy a menudo.
Como imaginó, el ángel no hablaba.
-Supongo también –continuó- que no has tenido ninguna intención de hacernos una visita. Te has caído, simplemente, por algún desperfecto de la máquina. Lo que no ocurre en millones de años ocurre en un día, decía mi madre. Y fue a ocurrirte precisamente a ti. Pero te darás cuenta de que fuera el que fuera el ángel caído, habría pensado lo mismo. No pudiste, con seguridad, elegir el lugar.
La alarma había cesado y un silencio augusto cubría la ciudad. Ella odiaba ese silencio y procuraba no oírlo. Dio una nueva pitada al cigarrillo.
-Se vive como se puede. Yo tampoco estoy a gusto en este lugar, pero podría decir lo mismo de muchos otros que conozco. No es cuestión de elegir, sino de soportar. Y yo no tengo demasiada paciencia, ni los cabellos rojos. Me gustaría saber si alguien va a echarte de menos. Seguramente alguien habrá advertido tu caída. Un accidente no previsto en la organización del universo, una alteración de los planes fijados, igual que la deflagración de una bomba o el escape de una espita. Una posibilidad en billones, pero de todos modos, sucede, ¿no es cierto?
No esperaba una respuesta y no se preocupaba por el silencio del ángel. El edificio del universo montado sobre la invención de la palabra, a veces, le parecía superfluo. En cambio, el silencio que ahora sobrecogía la ciudad lo sentía como la invasión de un ejército enemigo que ocupa el territorio como una estrella de innumerables brazos que lentamente se desmembra.
-Notarás enseguida–le informó al ángel- que nos regimos por medidas de tiempo y de espacio, lo cual no disminuye, sin embargo, nuestra incertidumbre. Creo que ese será un golpe más duro para ti que la precipitación en tierra. Si eres capaz de distinguir los cuerpos, verás que nos dividimos en hombres y mujeres, aunque esa distinción no revista ninguna importancia, porque tanto unos como otros morimos, sin excepción, y ese es el acontecimiento más importante de nuestras vidas.
Apagó su cigarrillo. Había sido una imprudencia tenerlo encendido, durante la alarma, pero su filosofía incluía algunos desacatos a las normas, como forma de la rebeldía. El ángel esbozó un pequeño movimiento, pero pareció interrumpirlo antes de acabarlo. Ella lo miró con piedad.
-¡Pobrecito! –exclamó-. Comprendo que no te sientas demasiado estimulado a moverte. Pero el simulacro dura una hora, aproximadamente. Será mejor que para entonces hayas aprendido a moverte, de lo contrario, podrás ser atropellado por un auto, asfixiado por un escape de gas, arrestado por provocar desórdenes públicos e interrogado por la policía secreta. Y no te aconsejo que te subas al pedestal (le había parecido que el ángel miraba la parte superior de la columna como si se tratara de una confortable cuna), porque la política es muy variable en nuestra ciudad, y el héroe de hoy es el traidor de mañana. Además, esta ciudad no eleva monumentos a los extranjeros.
De pronto, por una calle lateral, un compacto grupo de soldados, como escarabajos, comenzó a desplazarse, ocupando las veredas, la calzada y reptando por los árboles. Se movían en un orden que, con toda seguridad, había sido estudiado antes y llevaban unos cascos que irradiaban fuertes haces de luz.
-Ya están éstos –murmuró la mujer, con resignación-. Seguramente me detendrán otra vez. No sé de qué clase de cielo habrás caído tú –le dijo al ángel-, pero éstos, ciertamente, parecen salidos del fondo infernal de la tierra.
En efecto, los escarabajos avanzaban con lentitud y seguridad.
Ella se puso de pie, porque no le gustaba que la tomaran por sorpresa ni que la tocaran demasiado. Extrajo de su bolso el carnet de identificación, la cédula administrativa, el registro de vivienda, los bonos de consumo y dio unos pasos hacia delante, con resignación.
Entonces el ángel se puso de pie. Sacudió levemente el polvo de tiza que le cubría las piernas, los brazos, e intentó algunas flexiones. Después se preguntó si alguien echaría de menos a la mujer que había caído, antes de ser introducida con violencia en el coche blindado.

domingo, 28 de agosto de 2022

Rugen las flores. McEnroe.

El día en que yo te encuentre Como a una flor entre las callesY sienta que tu sonrisa Me convierte en algo más grande
 
El día en que yo me acerque Y tú quieras acercarteEl día en que nos toquemos Como toca el viento al sauce
 
El día en que escuchemos Por vez primera nuestras vocesSe encenderán todas las lucesSonarán todas las canciones
 
El día en que sepamos Que seremos inseparablesTú lo adivinarás riendo Yo lo sabré al instante
 
Y nos sumergiremos Los dos sin coger aireHaremos las corrientesHaremos de la vida una baile
 
Seremos la luz de Roma,Seremos la lluvia en LondresDibujaremos los mapasNos inventaremos los nombres
 
Y al despertarTal vez la nieblaVuelva a dejar La puerta abierta
 
El día en que yo te encuentre Y se me borre la memoriaPara dejar todo su espacio yQue lo ocupe nuestra historia
 
El día en que nos posemos Como en las ramas los gorrionesEl día en que por fin Descansen nuestros corazones
 
No nos preguntaremosNo habrá contestacionesCallarán todos los miedos Al ver como rugen las flores
 
Caerá la nieve en ManhattanLisboa por nuestras venasEl día en que yo me acerque Y tú quieras estar cerca
 
Y al despertar Tal vez la nieblaVuelva a encontrar La puerta abierta
 

sábado, 27 de agosto de 2022

Música de jauría. Eugenio Mandrini.

Todo el tiempo aullidos.


Aullidos de amantes destronados. Aullidos de tenores desesperados por querer que los sordos oigan y aplaudan. Aullidos del viento en las hendijas de paredes de cartón. Aullidos del que increpa al sol porque no es cierto que él alumbre para todos. Aullidos de los perros que perdieron el regazo del último baldío. Aullidos del odio en el amor y del amor en el odio. Aullidos cuando el cielo se desploma en forma de bomba. Aullidos del que soñó con la muerte y al despertar e ir al espejo, el espejo no lo vio. Aullidos de ambulancias aun en esas perfumadas noches de primavera. Aullidos del microcuentista que se extravió en los laberintos de la poesía. Aullidos del martillazo en el dedo y del aceite en el fuego. Aullidos de Dios en el octavo día. Aullidos de por no saber dónde estamos, ni qué fuimos a buscar tan lejos, ni por qué volvemos siempre al lugar de la ausencia. Aullidos del hombre que está solo y sin mesa. Aullidos de lujuria de los trenes nocturnos que se desvían de los rieles y persiguen a las vacas solitarias.


Todo el tiempo aullidos.


¿Cómo desoír entonces la música de la época?


En cuanto a mí, ya estoy aprendiendo a gruñir.

jueves, 25 de agosto de 2022

El caso Arístides. Andrés Neuman.

Desde que tuvo uso de razón, Arístides no articuló sonido: él aguardaba. Confiaba en ser capaz, cuando el final lo acechase, de convocar sus sueños, sus años y su rabia, y resumirlo todo en un alarido. Sería una sola voz, descomunal y precisa, que ahuyentaría a la muerte cuando llegase a buscarlo.
El silencioso Arístides murió una tarde de otoño, sonriendo mientras dormía.

miércoles, 24 de agosto de 2022

La tienda mágica. H. G. Wells.

Había visto varias veces la Tienda Mágica desde lejos; había pasado una o dos veces por delante del escaparate, donde se podían contemplar pequeños objetos mágicos: bolas mágicas, gallinas mágicas, conos maravillosos, muñecas ventrílocuas, material para el truco del cesto, barajas que parecían corrientes, y todo ese tipo de cosas; pero nunca se me había pasado por la cabeza entrar, hasta que un día, sin previo aviso, Gip me cogió del dedo y me arrastró hasta el escaparate, y se comportó de tal forma que no me quedó más remedio que entrar con él. A decir verdad, no pensaba que estuviera en ese lugar –era una fachada de dimensiones modestas en Regent Street, entre una tienda de cuadros y un establecimiento donde salen los polluelos de las incubadoras patentadas–, pero el hecho es que estaba allí. Creía que se encontraba más cerca de Circus, o por la esquina de Oxford Street, incluso en Holborn; siempre estaba en la acera de enfrente y un tanto inaccesible, como si su situación fuera un espejismo; pero estaba allí en ese momento, sin ningún género de dudas, y la gruesa yema del dedo de Gip hacía un ruido sobre el cristal.
–Si fuera rico –dijo Gip, mientras señalaba con un dedo el «huevo que desaparece»– me compraría esto. Y eso –refiriéndose a la «muñeca que llora, muy humana»–, y esto –señalando una cosa misteriosa que se llamaba, según se leía en una elegante tarjeta: «Compra uno y asombra a tus amigos»–. Cualquier cosa –añadió– puede desaparecer bajo uno de estos conos. Lo he leído en un libro. Y allí, papá, está el «medio penique que desaparece»… sólo que lo han puesto de esa forma para que no podamos ver cómo se hace.
Gip, un niño encantador que había heredado la educación de su madre, no tenía intención de entrar en la tienda ni de molestar en absoluto; pero me llevó del dedo inconscientemente hasta la puerta y dio a entender su interés de una forma clara.
–Eso –dijo, y señaló la «botella mágica».
–¿Y si la tuvieras? –le dije.
Cuando oyó esta pregunta prometedora, me miró con un resplandor repentino en los ojos
–Se lo enseñaría a Jessie –dijo, pensando como siempre en los demás.
–Quedan menos de cuatro meses para tu cumpleaños, Gibbles –dije, y puse la mano en el picaporte.
No respondió, pero su mano me apretó más el dedo, y así entramos en la tienda.
No era una tienda común; era una tienda mágica, y el entusiasmo y la precipitación que Gip habría mostrado de tratarse de meros juguetes, no se manifestó en esta ocasión. Dejó que el peso de la conversación recayera sobre mí.
Era una tienda pequeña, estrecha y con poca luz; el timbre de la puerta volvió a sonar con una nota de dolor cuando la cerramos. Durante un momento estuvimos solos y pudimos contemplar lo que había a nuestro alrededor. Había un tigre de papel-maché sobre la vitrina que cubría el mostrador, un tigre grave, de ojos bondadosos que movía la cabeza rítmicamente; había varias esferas de cristal, una mano de porcelana que sostenía cartas mágicas, un surtido de peceras mágicas de varios tamaños, un sombrero mágico impúdico que mostraba sin vergüenza sus resortes. En el suelo había espejos mágicos: uno te alargaba y estrechaba, otro te aumentaba la cabeza y te hacía desaparecer las piernas, y otro te hacía pequeño y gordo como un tonelete. Cuando nos estábamos riendo de esto, llegó el que, según creí, era el encargado de la tienda.
Fuera quien fuera, estaba detrás del mostrador; era un hombre cetrino, moreno, extraño, con una oreja más grande que otra y un mentón como la punta de una bota.
–¿En qué puedo servirles? –dijo extendiendo sus dedos largos y mágicos sobre la vitrina.
Y así, con un susto, fue como le conocimos.
–Quiero comprar a mi pequeño algún truco sencillo de prestidigitación –dije.
–¿Un juego de manos? –preguntó–. ¿Mecánico? ¿Casero?
–Algo divertido –dije.
–¡Hum! –dijo el dependiente, y se rascó la cabeza como si reflexionara. Entonces sacó claramente de la cabeza una bola de cristal–. ¿Algo así? –dijo, y nos la acercó.
Lo que hizo fue sorprendente. Había visto el truco infinidad de veces en algún espectáculo –forma parte del repertorio habitual de los prestidigitadores–, pero no esperaba verlo allí.
–Está muy bien –dije riéndome.
–¿Verdad? –dijo el dependiente.
Gip alargó la mano para coger la bola, pero sólo encontró una mano vacía.
–Está en tu bolsillo –dijo el dependiente, ¡y allí estaba!
–¿Cuánto cuesta? –pregunté.
–Las bolas de cristal no cuestan nada –dijo el dependiente con cortesía–. Las conseguimos gratis –añadió sacando una del codo.
Volvió a sacar otra de la nuca y la dejó junto a la anterior en el mostrador. Gip miró su bola de cristal con prudencia, después dirigió una mirada de interrogación hacia las dos que estaban en el mostrador y, finalmente, examinó con sus ojos redondos al dependiente, que sonrió.
–Puedes quedarte con estas también –dijo el dependiente–, y, si no te importa, con una que saque de mi boca. ¡Así!
Gip me pidió consejo con la mirada y luego, en profundo silencio, se guardó las cuatro bolas, estrechó de nuevo mi dedo tranquilizador y se dio ánimos para presenciar el siguiente acontecimiento.
–Conseguimos todos nuestros pequeños trucos de esta forma –observó el dependiente.
Me reí como el que sigue una broma.
–En lugar de ir al distribuidor –dije–. Evidentemente, así sale más barato.
–En cierto modo –dijo el dependiente–. A fin de cuentas acabamos pagándolos, pero no tanto… como la gente supone… Nuestros trucos más importantes y los suministros diarios de las demás cosas que queremos los sacamos de ese sombrero… Y usted sabe, señor, si me permite decírselo, que no hay un almacén de venta al por mayor de artículos mágicos genuinos. No sé si ha reparado en nuestro rótulo: La Tienda de Magia Genuina.
Sacó una tarjeta comercial de su mejilla y me la entregó.
–Genuina –dijo, acompañando la palabra con el movimiento de un dedo–. No hay ningún tipo de engaño –añadió.
Parecía que estaba llevando la broma demasiado lejos.
Se volvió hacia Gip con una sonrisa extraña.
–Mira, tú eres un Buen Muchacho.
Me sorprendió que supiera esto, pues, en beneficio de su disciplina, lo manteníamos en secreto incluso en casa; pero Gip recibió la frase con impávido silencio y mantuvo la mirada firme sobre el dependiente.
–Sólo los Niños Buenos logran pasar por esa puerta.
Y, a modo de ejemplo, llegó hasta nosotros un golpeteo en la puerta y se pudo oír débilmente una vocecita que gritaba:
–¡Papá! ¡Papá! ¡Quiero entrar ahí, papá! ¡Quiero entrar ahí!
Luego se oyó la voz de un angustiado padre que trataba de consolarle y tranquilizarle:
–Está cerrado, Edward –dijo.
–Pero no lo está –dije.
–Sí, señor –dijo el dependiente–. Siempre está cerrado para esa clase de niños.
Mientras hablaba vislumbramos al niño: una carita blanca, pálida de comer dulces y chucherías, y deformada por las malas pasiones; un pequeño egoísta inexorable que daba patadas al cristal encantado.
–No servirá de nada –dijo el comerciante cuando me dirigí hacia la puerta, movido por mi natural amabilidad.
Al poco tiempo se llevaron al niño mimado, que no paraba de berrear.
–¿Cómo logra hacer eso? –dije respirando un poco más libremente.
–¡Magia! –dijo el dependiente, moviendo la mano descuidadamente, y, de pronto… surgieron chispas de diversos colores de sus dedos y se desvanecieron en las sombras de la tienda.
–Antes de entrar decías –dijo dirigiéndose a Gip– que querías una de nuestras cajas «compra una y asombra a tus amigos».
–Sí –dijo Gip, después de haberse dado ánimos.
–Está en tu bolsillo.
E inclinándose sobre el mostrador –tenía un cuerpo increíblemente largo–, este asombroso personaje mostró el artículo como suelen hacerlo los prestidigitadores.
–Papel –dijo, y sacó una hoja del sombrero vacío–. Cuerda.
Y su boca se convirtió en una caja de cuerdas, de la cual sacó una tira interminable que rompió con los dientes cuando terminó de atar el paquete… y, después –eso me pareció a mí–, se tragó el ovillo. Luego encendió una vela en la nariz de una de las muñecas ventrílocuas, puso uno de sus dedos (que se había puesto rojo como el lacre) en el fuego, y selló el paquete.
–Luego estaba el «huevo que desaparece» –observó.
Sacó uno de mi chaqueta y lo empaquetó, así como el «niño que llora, muy humano». Cuando estaban listos, yo entregaba los paquetes a Gip, que los estrechaba contra el pecho.
Habló muy poco, pero sus ojos eran elocuentes, al igual que la fuerza con que sostenía los paquetes. Gip era el escenario de emociones indescriptibles. Estas eran magia auténtica.
Luego, sobresaltado, descubrí algo que se movía dentro de mi sombrero, algo suave e inquieto. Me quité el sombrero rápidamente y una paloma irritada –un cómplice, sin duda– saltó, corrió por el mostrador, y creo que se metió en una caja de cartón, detrás del tigre de papel-maché.
–¡Qué horror! –dijo el dependiente, quitándome el sombrero con destreza–. ¡Vaya pájaro descuidado! ¡Mira que anidar en cualquier parte!
Sacudió mi sombrero y en su mano abierta aparecieron dos o tres huevos, una canica grande, un reloj, media docena de las inevitables bolas de cristal, y más y más papel arrugado y estrujado, mientras hablaba sin parar de cómo la gente se olvida de cepillar los sombreros por dentro, así como por fuera; lo decía con mucha educación, pero refiriéndose a mí.
–Se acumulan todo tipo de cosas, señor… No me refiero a usted en particular, por supuesto… Casi todos los clientes… Es asombroso todo lo que llevan encima…
El papel arrugado crecía y ondeaba en el mostrador, cada vez en mayor cantidad, hasta que casi ocultó al dependiente, hasta que lo ocultó por completo, y su voz seguía y seguía.
–Ninguno de nosotros sabe lo que puede ocultar la buena apariencia de un ser humano, señor. No somos mejores que fachadas encaladas, sepulcros blanqueados…
Su voz se paró exactamente igual que cuando se golpea el gramófono del vecino con un ladrillo bien dirigido: el mismo silencio instantáneo. El crujido del papel cesó, todo quedó en silencio.
–¿Ha terminado con mi sombrero? –dije al cabo de un rato.
Pero no hubo respuesta.
Miré a Gip y Gip me miró a mí; allí estaban nuestras imágenes deformadas en los espejos mágicos: extrañas, graves, inmóviles…
–Creo que nos vamos a ir –dije–. ¿Nos puede decir cuánto es todo esto…?
–¡Oiga! –dije con voz más bien fuerte–. Quiero la cuenta y mi sombrero, por favor.
Creo que alguien sorbió por las narices detrás del mostrador.
–Miremos detrás del mostrador, Gip –dije–. Creo que nos está tomando el pelo.
Llevé a Gip alrededor del tigre que meneaba la cabeza. Y ¿qué creéis que había detrás del mostrador? ¡Nadie, absolutamente nadie! Sólo mi sombrero tirado en el suelo y un típico conejo de prestidigitador, blanco y con orejas romas, sumido en sus meditaciones y con un aspecto tan estúpido y apocado como sólo los conejos de los prestidigitadores pueden tenerlo. Recogí mi sombrero y el conejo se apartó de mi camino arrastrando los pies.
–Papá –dijo Gip, susurrando débilmente.
–¿Qué pasa, Gip? –dije.
–Me gusta esta tienda, papá.
«A mí también me gustaría –me dije para mis adentros– si el mostrador no se hubiera alargado de repente, impidiéndonos el paso hacia la puerta».
Pero no quise llamar la atención de Gip sobre esto.
–¡Miz, miz! –dijo alargando la mano hacia el conejo cuando pasó arrastrándose por delante de nosotros–. ¡Conejito, haz un truco a Gip! –y le siguió con la mirada hasta que se introdujo por una puerta que un momento antes no estaba allí.
Luego, esta puerta se abrió de par en par, y el hombre que tenía una oreja más grande que la otra apareció de nuevo. Todavía sonreía, pero cruzó una mirada entre divertida y desafiante.
–Seguro que querrá ver la sala de exposiciones, señor –dijo con cierta cortesía.
Gip tiró de mi dedo en dirección a la sala. Miré hacia el mostrador y volví a encontrarme con la mirada del dependiente. Estaba empezando a pensar que la magia era demasiado genuina.
–No tenemos mucho tiempo –dije.
Pero, sin saber cómo, nos encontramos en la sala antes de que terminara de decir esto.
–Todos los artículos son de la misma calidad –dijo el dependiente frotándose las manos–, y esta calidad es la mejor. Aquí no hay nada que no sea magia genuina, y todo totalmente garantizado. ¡Perdón, señor!
Sentí que tiraba de algo que se pegaba a la manga de mi chaqueta; entonces vi que agarraba a un inquieto demonio rojo por el rabo –la pequeña criatura mordía, luchaba e intentaba cogerle la mano–, y en seguida lo tiró descuidadamente detrás de un mostrador. Sin duda esa cosa era sólo una figura de goma retorcida pero ¡a primera vista…! Su gesto era exactamente el de un hombre que tiene entre las manos un pequeño bicho que muerde. Miré a Gip, pero estaba mirando a un caballo mágico de madera. Me alegró que no hubiera visto esa cosa.
–Oiga –dije en voz baja, dirigiendo la mirada hacia Gip y el demonio–, ¿no tendrá muchas cosas de ese tipo por aquí, verdad?
–¡Ninguna de esas es nuestra! Seguramente la trajo usted –dijo el dependiente en voz baja y con una sonrisa más deslumbrante que nunca–. ¡Es asombroso lo que la gente puede llevar encima sin darse cuenta! ¿Ves algo que te agrade por aquí? –preguntó a Gip.
Allí había muchas cosas que agradaban a Gip.
Se volvió hacia el sorprendente comerciante con una mezcla de confianza y respeto.
–¿Es eso una espada mágica? –dijo.
–Una espada de juguete mágica. No se dobla, ni se rompe, ni corta los dedos. Al que la lleva, le hace invencible en la lucha contra cualquiera que tenga menos de diez y ocho años. Cuestan desde media corona a siete y seis peniques, según el tamaño. Estas panoplias son para jóvenes caballeros andantes, y muy útiles: escudo de seguridad, sandalias para andar velozmente, yelmo que hace invisible.
–¡Oh, papá! –exclamó sofocado.
Traté de averiguar lo que costaban, pero el dependiente no me hizo ni caso. Había cogido a Gip; había conseguido que se soltara de mi dedo; se había embarcado en la explicación de sus artículos y nada era capaz de pararle. Poco después observé, desconfiado y celoso, que Gip había cogido el dedo de esta persona como solía hacerlo conmigo. Sin duda el tipo era interesante, pensé, y tenía un lote de cosas curiosamente trucadas, realmente cosas muy bien trucadas, sin embargo…
Deambulaba detrás de ellos, casi sin hablar, pero sin perder de vista al prestidigitador. Al fin y al cabo, Gip se lo estaba pasando bien, y, cuando llegara la hora de irnos, no tendríamos ningún problema en hacerlo.
Aquella sala de exposiciones era larga y laberíntica, una galería interrumpida por mostradores y columnas, con arcos que llevaban a otras secciones donde vendedores del aspecto más extraño ganduleaban y te observaban, y también había espejos y cortinas turbadores. Tan turbadores eran, en efecto, que al cabo de un rato no fui capaz de distinguir la puerta por donde habíamos entrado.
El dependiente enseñó a Gip unos trenes que no eran de vapor, ni de cuerda, y que corrían con solo dar la señal; después, algunas cajas muy valiosas de soldados que tomaban vida en cuanto quitabas la tapa y decías… Yo no tengo un oído muy fino y sólo aprecié que se trataba de un sonido producido al retorcer la lengua; pero Gip, que tiene el oído de su madre, lo cazó al vuelo.
–¡Bravo! –dijo el dependiente, metiendo los soldados en la caja sin mucha ceremonia y dándosela a Gip–. ¡Ahora! –añadió, y en un momento Gip les había dado vida de nuevo.
–¿Se llevan esta caja? –preguntó el dependiente.
–Nos la llevamos –dije– sólo si usted no nos cobra todo su valor, en caso contrario habría que ser un magnate…
–¡No, hombre! ¡No! –exclamó el dependiente y volvió a recoger los soldaditos, cerró la tapa, agitó la caja en el aire y ¡zas!… ya estaba envuelta, atada y… ¡el nombre completo y la dirección de Gip escritos en el papel!
El dependiente se rio de mi asombro.
–Esto es magia auténtica –dijo–, real.
–Es demasiado auténtica para mi gusto –repetí.
Después de esto continuó haciendo trucos a Gip, extraños trucos, aunque más extraña era la forma de realizarlos. Se los explicaba, se los enseñaba por delante y por detrás, y el niño, encantador, inclinaba la cabeza con aire de inteligencia.
Yo no prestaba la atención necesaria.
–¡Eh, presto! –dijo el dependiente mágico.
–¡Eh, presto! –repitió la voz clara y débil del niño.
En realidad, a mí me distraían otras cosas. Me estaba afectando la extraordinaria rareza de aquel lugar, que aparecía, por decirlo así, inundado de una atmósfera de extravagancia. Incluso había algo extraño en la instalación; en el techo, en el suelo, en las sillas colocadas al azar. Tuve la extraña sensación de que, cuando no las miraba directamente, se inclinaban, se movían y jugaban silenciosamente al escondite detrás de mí. La cornisa tenía un adorno sinuoso con máscaras, que parecían demasiado expresivas para ser sólo de yeso.
Entonces, uno de los vendedores de aspecto extraño atrajo mi atención. Estaba a cierta distancia de mí, y, evidentemente, no se daba cuenta de mi presencia… Veía, a través de un arco, casi todo su cuerpo, sobre una pila de juguetes; el vendedor se inclinaba indolentemente sobre una columna, haciendo muecas horribles. Hacía una mueca especialmente horrible con la nariz. Lo hacía sólo porque parecía aburrido y quería divertirse a sí mismo. Cuando empezaba, tenía la nariz chata y redonda; luego, la extendía rápidamente como un telescopio, la estiraba, y cada vez se hacía más delgada, hasta que parecía un látigo largo, rojo y flexible. ¡Parecía una cosa de pesadilla! La agitaba y la lanzaba como un pescador lanza su caña.
Lo primero que pensé fue que Gip no tenía que verle. Me volví y le vi totalmente absorto con el dependiente y sin pensar en nada malo. Ambos cuchicheaban y me miraban. Gip estaba de pie sobre un taburete y el dependiente sostenía una especie de gran tambor con la mano.
–¡Vamos a jugar al escondite, papá! –gritó Gip–. Tú te quedas.
Y antes de que pudiera hacer algo para evitarlo, el dependiente había puesto el gran tambor sobre Gip.
En seguida me di cuenta de lo que iba a pasar.
–¡Quite eso inmediatamente! –grité–. Va a asustar al niño. ¡Quítelo!
El dependiente de orejas desiguales lo hizo sin decir una palabra y me acercó el gran cilindro para que viera que estaba vacío. ¡Y el taburete también estaba vacío! ¿Había desaparecido también mi hijo en ese instante…?
Tal vez conozcan esa cosa siniestra que surge como una mano de la nada y oprime el corazón. Saben que destruye el yo habitual y le deja a uno tenso y cauto, ni lento ni precipitado, ni enfadado ni temeroso. Eso me sucedió a mí.
Me acerqué al risueño dependiente y di una patada a su taburete.
–¡Ya está bien de locuras! –dije–. ¿Dónde está mi hijo?
–¿Ve? –dijo, mientras mostraba el interior del taburete–. Aquí no hay engaño…
Alargué la mano para agarrarle, pero se escabulló con un hábil movimiento. Intenté agarrarle otra vez, pero se apartó de mí y empujó una puerta para escapar.
–¡Alto! –grité, y se rió mientras se alejaba.
Me precipité tras él, en medio de una oscuridad total.
¡Plaf!
–¡Válgame Dios! ¡No le he visto venir, señor!
Me encontraba en Regent Street y había chocado con un trabajador de aspecto amable; un poco más allá estaba Gip, que parecía algo perplejo. Me disculpé, y entonces Gip se volvió y caminó hacia mí con una sonrisa brillante, como si se hubiera perdido por un momento.
¡Y llevaba cuatro paquetes en los brazos!
Al instante estrechó mi dedo entre su mano.
Estuve un segundo sin saber qué hacer. Miré alrededor para ver la puerta de la tienda mágica, pero… ¡no estaba allí! No había puerta, ni tienda… nada, sólo la pilastra corriente que se encuentra entre la tienda donde venden cuadros y el escaparate de los pollos…
Hice lo único que podía hacerse ante semejante confusión mental. Fui derecho al bordillo y levanté el paraguas para parar un coche.
–¡Coche! –dijo Gip exultante.
Le ayudé a montar; recordé mi dirección con dificultad y por fin monté yo también. Algo extraño se manifestó en un bolsillo de mi chaqueta; metí la mano y descubrí una bola de cristal. Con un gesto de petulancia la tiré a la calle.
Gip no dijo nada.
Durante un rato ninguno de los dos habló.
–¡Papa! –dijo Gip al fin–. ¡Esa era una auténtica tienda!
Esto me llevó a considerar el problema de la impresión que le podía haber producido todo aquello. No parecía que le hubiera afectado nada, y de momento se encontraba bien. No estaba trastornado, ni asustado, sino tremendamente satisfecho por lo bien que se lo había pasado aquella tarde y por los cuatro paquetes que llevaba en los brazos.
¡Diablos! ¿Qué podría haber en los paquetes?
–¡Hum! –dije–. Los niños pequeños no pueden ir a tiendas así todos los días.
Escuchó estas palabras con su estoicismo acostumbrado y, por un momento, lamenté ser su padre y no su madre para poder besarle allí inmediatamente, en el coche. Al fin y al cabo, pensé, no había salido tan mal la cosa.
Pero hasta que no abrimos los paquetes, no empecé a sentirme realmente tranquilo. Tres de ellos contenían cajas de soldados, soldados de plomo totalmente normales, pero de tan buena calidad que Gip olvidó que estos paquetes habían sido originariamente trucos mágicos, de una clase única y genuina. El cuarto contenía un gatito, un gatito blanco de carne y hueso, con excelente salud, carácter y apetito.
Cuando abrimos los paquetes, sentí un alivio provisional. Estuve dando vueltas por el cuarto del niño durante horas y horas…
Esto sucedió hace seis meses. Y ahora estoy empezando a pensar que todo está en orden. El gatito sólo tiene la magia que es natural a todos los gatos, y los soldados parecen una compañía tan disciplinada como cualquier coronel podría desear. ¿Y Gip…?
Los padres inteligentes comprenderán que debo conducirme con suma cautela con él.
Pero un día me atreví a preguntarle:
–¿Te gustaría que tus soldados tomasen vida, Gip, y que marcharan ellos solos?
–Los míos lo hacen –dijo Gip–. Sólo tengo que decir una palabra que sé antes de abrir la tapa.
–¿Y marchan solos?
–Claro que sí, papá. No me gustarían si no lo hicieran.
No mostré ningún signo de sorpresa improcedente; desde entonces he tenido ocasión de sorprenderle una o dos veces con los soldados fuera de la caja, pero hasta ahora no los he visto comportarse de una manera mágica…
Es algo difícil de explicar.
Existe también un problema económico. Tengo la incurable costumbre de pagar todas las facturas. He subido y bajado Regent Street varias veces buscando esa tienda. Me inclino a pensar, en efecto, que esta cuestión de honor ha sido satisfecha, y que, como conocen el nombre y la dirección de Gip, puedo esperar perfectamente que esas personas, sean quienes sean, envíen la factura a su debido tiempo.

lunes, 22 de agosto de 2022

Idunn. Lilian Elphick.

Fui a ver a las Nornas. Urd y Skuld tejían y destejían; Verdandi tenía la rueca mala, y los destinos de algunos hombres se enredaban en las ramas de Yggdrasil. Al otro lado del río, un animal bellísimo me miraba. Le ofrecí una de mis manzanas. Tuve que nadar de espaldas, con la fruta al medio de mis pechos. No podía mojarse. Las hilanderas gritaban que me devolviera. Casi al llegar a la orilla, el animal se acercó a mí y devoró el pomo carnoso y fragante. Serás joven para siempre, le dije acariciando su hocico. Él gimió de alegría, y hundió lentamente sus colmillos en mi cuello. Se ahogó de inmediato con los vapores venenosos de las uñas de los muertos que yo guardaba debajo de la lengua, a modo de precaución.
Trepadas arriba de Yggdrasil, las Nornas soñaban con aguas rojas y batallas eternas. Salí en silencio. No quise despertarlas. Mis dedos estaban traslúcidos.

domingo, 21 de agosto de 2022

El viaje. Cristina Fernández Cubas.

Un día la madre de una amiga me contó una curiosa anécdota. Estábamos en su casa, en el barrio antiguo de Palma de Mallorca, y desde el balcón interior, que daba a un pequeño jardín, se alcanzaba a ver la fachada del vecino convento de clausura. La madre de mi amiga solía visitar a la abadesa; le llevaba helados para la comunidad y conversaban durante horas a través de una celosía. Estábamos ya en una época en que las reglas de clausura eran menos estrictas de lo que fueron antaño, y nada impedía que la abadesa, si así lo hubiera deseado, interrumpiera en más de una ocasión su encierro y saliera al mundo. Pero ella se negaba en redondo. Llevaba casi treinta años entre aquellas cuatro paredes y las llamadas del exterior no le interesaban lo más mínimo. Pero eso la señora de la casa creyó que estaba soñando cuando una mañana sonó el timbre y una silueta oscura se dibujó al trasluz en el marco de la puerta. “Si no le importa”, dijo la abadesa tras los saludos de rigor, “me gustaría ver el convento desde fuera”. Y después, en el mismo balcón en el que fue narrada la historia se quedó unos minutos en silencio. “Es muy bonito”, concluyó. Y, con la misma alegría con la que había llamado a la puerta, se despidió y regresó al convento. Creo que no ha vuelto a salir, pero eso ahora no importa. El viaje de la abadesa me sigue pareciendo, como entonces, uno de los viajes más largos de los que tengo noticia.

viernes, 19 de agosto de 2022

Sensaciones. Jesús Esnaloa.

El paciente de la 103 se queja de que le pica la pierna izquierda. A veces, cuando entro a cambiarle la sonda, o el suero, me pide que le rasque, me implora con los ojos. Yo me hago la despistada, no sé cómo decirle que la ha perdido, que ya no estaba ahí cuando subió del quirófano. No es mi mayor preocupación, en todo caso. Porque tampoco sé cómo decirle que lleva un día entero hablando con un sillón vacío, como si también le picara su mujer.

Los años de lluvia, 2012.

miércoles, 17 de agosto de 2022

Esa mujer. Rodolfo Walsh.

El coronel elogia mi puntualidad:
-Es puntual como los alemanes -dice.
-O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
-Esos papeles -dice.
Lo miro.
-Esa mujer, coronel.
Sonríe.
-Todo se encadena -filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.
-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años -dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
-Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
-La pobre quedó muy afectada -explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.
-¡Cómo no me va a importar!… Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
-La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
-La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
-¿Qué más? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
-La confundió con un ladrón -sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
-Pero el capitán N…
-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
-¿Y usted, coronel?
-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
-Me gustaría.
-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
-Ojalá dependa de mí, coronel.
-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
-Derby -dice-. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
-¿Qué querían hacer?
-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
-Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
-…se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
-No.
-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
-¿Pobre gente?
-Sí, pobre gente -el coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.
-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
-Ah, bueno -dice.
-¿La vieron así?
-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
-Para mí no es nada -dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dese cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
-A mí no me podía sorprender. Pero ellos…
-¿Se impresionaron?
-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: “Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo.” Después me agradeció.
Miró la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba”.
-Beba -dice el coronel.
Bebo.
-¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
-¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
-Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba”.
-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
-Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
-¿Y?
-Era ella. Esa mujer era ella.
-¿Muy cambiada?
-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
-¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
-¿Enciendo?
-No.
-Teléfono.
-Deciles que no estoy.
Desaparece.
-Es para putearme -explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder -digo alegremente.
-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
-¿Qué le dicen?
-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
-Llueve día por medio -dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
-¡Está parada! -grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
-¿Eh? -dice- ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
-¿La sacó usted?
-Sí.
-¿Cuántas personas saben?
-DOS.
-¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
-¿Dónde?
No contesta.
-Hay que escribirlo, publicarlo.
-Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento… usted será el primero…
-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
-¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.

Cuentos completos, 2010.
 

martes, 16 de agosto de 2022

Las cordilleras se hunden. Raúl Zurita.

Te palpo, te toco, y las yemas de mis dedos,
habituadas a seguir siempre las tuyas, sienten en
la oscuridad que descendemos. Han cortado todos
los puentes y las cordilleras se hunden, el Pacífico
se hunde, y sus restos caen ante nosotros como
caen los restos de nuestro corazón. Frente a la
muerte alguien nos ha hablado de la resurrección.
¿Significa eso que tus ojos vaciados verán? ¿que
mis yemas continuarán palpando las tuyas? Mis
dedos tocan en la oscuridad tus dedos y
descienden como ahora han descendido las
cumbres, el mar, como desciende nuestro amor
muerto, nuestras miradas muertas, como estas
palabras muertas. Como un campo de margaritas
que se doblan te palpo, te toco, y mis manos
buscan en la oscuridad la piel de nieve con que
quizás reviviremos. Pero no, descendidas, de las
cumbres de los Andes sólo quedan las huellas de
estas palabras, de estas páginas muertas, de un
campo largo y muerto de flores donde las
cordilleras como mortajas blancas, con nosotros
debajo y aun abrazados, se hunden.

INRI, 2004.

lunes, 15 de agosto de 2022

Faux Pas. Mei Morán.

Isadora se pone la chalina. Le da dos vueltas alrededor del cuello, una por la brisa de la tarde, la otra por vanidad. Benoït y, ella con ademán de gacela, suben al Amilcar a ondear su amor por las calles de Niza. El coche deportivo que se pone en marcha, el chal, como un cometa caído, con la cola en el suelo, que se enreda en los neumáticos. Las ruedas que pasan por encima del echarpe y lo inmovilizan, el tejido que se tensa y le oprime el alma, le corta el aliento, le quiebra la nuca. El último paso de baile. Al abismo. 


 

sábado, 13 de agosto de 2022

Mutaciones. José Emilio Pacheco.

En el centro de la ciudad se levanta una estatua que cambia de forma. Por las noches representa a Diana, durante el día asume la figura de Apolo. Si viste los atributos de Marte anuncia la guerra —tan claro y obvio es su simbolismo. Nadie se atreve a contemplarla más de un segundo, pues si ve en ella la imagen de Thánatos sabe que a las pocas horas encontrará la muerte.
Quizá la estatua sólo existe en la imaginación de quienes creen verla. Pero hay fotografías de sus innumerables mutaciones. En otros tiempos hubo incluso quienes osaron tocarla y, antes de morir, nos legaron su testimonio. Sea como fuere, la estatua plural obsesiona a los habitantes de la ciudad. El rey quiso demolerla. El Consejo de Ancianos vetó la orden ya que, de acuerdo con la leyenda, cuando la estatua sea destruida se va a acabar el mundo.

viernes, 12 de agosto de 2022

Mi hermana Elba. Cristina Fernández Cubas.

Aún ahora, a pesar del tiempo transcurrido, no me cuesta trabajo alguno descifrar aquella letra infantil plagada de errores, ni reconstruir los frecuentes espacios en blanco o las hojas burdamente arrancadas por alguna mano inhábil. Tampoco me representa ningún esfuerzo iluminar con la memoria el deterioro del papel, el desgaste de la escritura o la ligera pátina amarillenta de las fotografías. El diario es de piel, dispone de un cierre, que no recuerdo haber utilizado nunca, y se inicia el 24 de julio de 1954. Las primeras palabras, escritas a lápiz y en torpe letra bastardilla,dicen textualmente: “Hoy, por la mañana, han vuelto a hablar de «aquello». Ojalá lo cumplan.” Sigue luego una lista de las amigas del verano y una descripción detallada de mis progresos en el mar. En los días sucesivos continúo hablando de la playa, de mis juegos de niña, pero, sobre todo, de mis padres. El diario finaliza dos años después. Ignoro si más tarde proseguí el relato de mis confesiones infantiles en otro cuaderno, pero me inclino a pensar que no lo hice. Ignoro también el destino ulterior de varias fotografías, que en algún momento debí de arrancar —y de cuya existencia hablan aún ciertos restos de cola casera petrificados por el tiempo—, y el instante o los motivos precisos que me impulsaron a desfigurar, posiblemente con un cortaplumas, una reproducción del rostro de mi hermana Elba.
Durante el largo verano de 1954 sometí a mis padres a la más estricta vigilancia. Sabía que un importante acontecimiento estaba a punto de producirse e intuía que,de alguna manera, iba a resultar directamente afectada. Así me lo daban a entenderlos frecuentes cuchicheos de mis padres en la biblioteca y, sobre todo, las animadas conversaciones de cocina, interrumpidas en el preciso momento en que yo o la pequeña Elba asomábamos la cabeza por la puerta. En estos casos, sin embargo,siempre se deslizaba una palabra, un gesto, los compases de cualquier tonadilla a la moda bruscamente lanzados al aire, una media sonrisa demasiado tierna o demasiado forzada. Mi madre, en una ocasión, se apresuró a ocultar ciertos papeles de mi vista. La niñera, menos discreta y más dada a la lamentación y al drama,dejaba caer de vez en cuando algunas alusiones a su incierto futuro económico o a la maldad congénita e irreversible de la mayoría de seres humanos. Decidí mantenerme alerta y, al tiempo que mis ojos se abrían a cualquier detalle hasta entonces insignificante, mis labios se empeñaron en practicar una mudez fuera de toda lógica que, como pude comprobar de inmediato, producía el efecto de inquietar a cuantos me rodeaban.
Nunca como en aquella época mi padre se había mostrado tan comunicativo y obsequioso. Durante las comidas nos cubría de besos a Elba y a mí, se interesaba por nuestros progresos en el mar e, incluso, nos permitía mordisquear bombones a lo largo del día. A nadie parecía importarle que los platos de carne quedaran intactos sobre la mesa ni que nuestras almohadas volaran por los aires hasta pasada la medianoche. Mi silencio pertinaz no dejaba de obrar milagros. Notaba cómo mi madre esquivaba mi mirada, siempre al acecho, o cómo la cocinera cabeceaba con ternura cuando yo me empeñaba en conocer los secretos de las natillas caseras o el difícil arte de montar unas claras de huevo. En cierta oportunidad creo haberle oído murmurar: «Tú sí que te enteras de todo, pobrecita». Sus palabras me llenaron de orgullo.


Tan largo me pareció aquel verano y tan frecuentes las conversaciones de mis padres, siempre a media voz, barajando docenas de nombres para mí desconocidos, que terminé por convencerme de que tampoco aquella vez iba a variar en nada mi monótona vida. Pero, por fortuna, la decisión estaba firmemente tomada y, aunque las palabras «separación» o «divorcio» nunca fueron pronunciadas, muy pronto me enteré de su más inmediata consecuencia. Elba y yo pasaríamos el invierno en un internado. Los prospectos, extraídos de un cajoncito secreto de un canterano junto al que había transcurrido la mayor parte de sus conversaciones, vieron entonces por primera vez la luz. Se trataba de un colegio grande y hermoso, situado a pocos kilómetros de la ciudad donde vivíamos habitualmente y rodeado de bosques frondosos y jardines de ensueño. Estas palabras, musitadas por mi madre con voz temblorosa, a medio camino entre la alegría y el llanto, nos fueron repetidas hasta la saciedad y acompañadas casi siempre de la misma apostilla: «Os visitaremos cada domingo», decía y, enjugándose los ojos —una actitud que recuerdo muy frecuente en aquellos días—, nos preguntaba a continuación si deseábamos ir al cine, comprar lapiceros de colores o jugar con las muñecas. Fue —y mi diario se hace eco con infantiles expresiones de alegría— un final de verano feliz, unido, en mi memoria, a los uniformes de cuello marinero recién adquiridos y a las visitas constantes a los más variados comercios. Observé con sorpresa que no se reparaba en gastos y que cualquier objeto, inaccesible poco tiempo atrás, pasaba a formar parte de nuestras pertenencias sólo con que la pequeña Elba demostrara un mínimo interés o que yo,no muy segura aún de los resultados, formulara tímidamente un deseo.
Con el fin del verano y el regreso a la ciudad llegaron también los últimos preparativos. Las compras se incrementaron vertiginosamente y, en algunos momentos, me costó un cierto esfuerzo disimular mi agitación o permanecer en aquel mutismo al que, sin saber muy bien la razón, atribuía gran parte del mágico cambio que se iba a operar en mi futuro. Contaba con impaciencia los días, muy pocos ya,que me quedaban para conocer mi nuevo colegio y, desesperada ante el paso lento de las horas, me entretenía en dividir el tiempo en unas fracciones, que denominé«pasos», y que comprendían, aproximadamente, unas seis horas cada una. De esta forma los días no me parecieron ya tan monótonos y, casi sin darme cuenta, me encontré a los pocos «pasos» en la estación de un pueblo costero con olor a sal y una deliciosa humedad que me rizaba el cabello. La noche había caído ya y mi padre no tuvo más remedio que avisar a un coche de alquiler para que nos condujera al colegio. Al llegar se despidió efusivamente de ambas. Luego, como obedeciendo a una súbita inspiración, se agachó junto a mí y me dijo casi en secreto: «Un día de estos cumpliste once años, ¿verdad? Toma, compra caramelos para ti y para tus amigas». Y entonces, mientras notaba el débil tintineo de unas monedas en mi bolsillo, sentí una infinita piedad hacia aquel hombre que en aquellos momentos me parecía tan pequeño y desamparado.


El lugar que me habían destinado era el tercio de un pupitre doble pintado de azul oscuro y repleto de inscripciones y manchas de tinta. Las otras dos partes eran ocupadas por la que iba a ser mi compañera obligada durante todo el curso: una adolescente obesa de piel grasienta con la que, inútilmente, intenté en los primeros días hilvanar una conversación. Durante las clases escuchaba a sor Juana con la boca entreabierta y la miraba ausente. En los recreos no solía jugar con nadie, quizá porque el exceso de peso le impedía cualquier movimiento o, tal vez, porque sus ojos, siempre perdidos en el infinito, no le permitían concentrarse en ningún pasatiempo. Nuestras relaciones se limitaron, pues, a soportarnos lo mejor que pudimos y para ello no tuvimos más remedio que recurrir a las reglas al uso: trazar una línea divisoria entre nuestros respectivos territorios y morder las pastillas de chocolate de forma inconfundible, de manera que cualquier diente ajeno en aquellos tesoros almacenados en el pupitre fuera rápidamente detectado.
Casi enseguida el obstinado silencio de mi compañera, convertido tan sólo en agudos grititos cuando la campana de la escalera nos avisaba de la hora del almuerzo, me obligó a lanzar una mirada a mi alrededor en busca de algún ser más comunicativo. Observé a todas las alumnas una a una y así, mientras sor Juana nos adentraba en los secretos de la aritmética, leía oscuras profecías o dibujaba en la pizarra los preceptos básicos de higiene y urbanidad, tuve tiempo para aprenderme sus caras de memoria y establecer mis preferencias. Me di cuenta muy pronto de que la mayoría de niñas formaba un grupo cerrado, y de que yo no era para ellas la nueva,como mi fantasía se había encargado de imaginar en la semana que precedió a mi ingreso en el internado, sino simplemente una nueva, categoría en la que, además de cuatro o cinco compañeras, se incluía a mi propia vecina de mesa.
Tampoco mis ensoñaciones protagónicas acerca de la singular situación por la que atravesaban mis padres iban a verse reflejadas en la realidad de aquellas estrechas aulas. Muchas de mis compañeras se hallaban internadas por circunstancias similares e incluso, en mi misma clase, había dos huérfanas, condición que en un principio envidié, pero a la que terminé por no conceder, como la mayoría, ninguna importancia. Comprendí pronto que mi vida en aquel apartado colegio se iba pareciendo cada vez más a la que con tanta ilusión había abandonado, y la sensación de que los días, tremendamente largos, no se iban sucediendo unos a otros sino repitiéndose de forma implacable, terminó por convencerme de que mi llegada allí no se había producido hacía meses sino siglos y que nada podía existir fuera de aquellos fríos mármoles, de los frutales del jardín o de los algarrobos que flanqueaban la entrada. Las noches, además, en poco diferían de las que había dejado atrás. Elba, que a pesar de sus seis años cumplidos había sido destinada a la clase de párvulas, logró, con sus frecuentes lloriqueos, un inesperado trato de favor. Para su alegría y mi desgracia fue acomodada junto a mí, en el dormitorio de las medianas.


Decepcionada ante las escasas novedades que me deparaban aquellos largos días y convencida de la inutilidad de dividir el tiempo en «pasos» —que, esta vez, no iban a conducirme a ninguna parte—, me entretuve en imaginar que yo no era yo, y que todo lo que me rodeaba no era más que el fantasma de un largo y tedioso sueño. Pero las frías mañanas, los lloros de Elba o la presencia inevitable de mi compañera de mesa me devolvían continuamente a la realidad. Opté entonces por hacer como la mayoría de mis compañeras y dejarme arrastrar por el tono científico de sor Juana citando a Mendel sobre un capazo de guisantes, temblar de emoción ante el relato de fogosas y valientes mujeres bíblicas o discutir, a lo largo de toda la semana, sobre el posible argumento de la película prevista para el domingo. Al atardecer, cuando las externas recogían sus libros y abandonaban el edificio, me entretenía en observar las sombras que los pedestales de las imágenes dejaban sobre el falso mármol de la capilla. Algunas eran inamovibles. Otras, la sombra del púlpito, por ejemplo, no tenían una forma precisa y sus contornos estaban en relación directa con la cantidad de cirios encendidos o la presencia de flores, atriles y misales. Al terminar el rosario nos dirigíamos en fila al refectorio y de ahí al estudio. Yo, con la excusa de cuidar a Elba, era la primera en retirarme. La acostaba en la cama y, sin ningún cansancio,intentaba a mi vez dormir. No esperaba con ilusión la llegada del día porque sabía que nada nuevo podía depararme, pero cerraba los ojos como obedeciendo a uno delos numerosos actos rituales que una mente ajena y desconocida parecía empeñada en imponerme. Hasta que conocí a Fátima.
Fátima contaba unos catorce años de edad. Tenía por costumbre repetir curso tras curso y las profesoras acogían sus respuestas desatinadas con una curiosa mezcla de paciencia y abandono, como si nada se pudiera esperar de aquella alumna flaca y desaseada. Sin embargo, su actitud hacia las demás compañeras de clase era de arrogante superioridad. A menudo requeríamos su presencia para consultarle cuestiones importantes y su nombre, a la hora de formar equipos, era disputado con vehemencia. Pero a ella no parecían interesarle nuestras diversiones y acostumbraba a emplear sus recreos en pasear por los jardines, conversar con unas y otras, sentarse bajo un algarrobo y descabezar un sueño, o desaparecer por espacio de más de una hora. Cuando esto ocurría, solía regresar con flores y hojas de ciertas especies que sólo se daban al otro lado de la propiedad. Las alisaba y prensaba entre las páginas de sus libros como un extraño trofeo. Fátima, lo sabíamos todas, entraba y salía de las zonas prohibidas a las demás con la mayor tranquilidad del mundo.
Pero lo que más me llamaba la atención en ella era su actitud durante las clases de sor Juana. Se hundía en el pupitre con expresión de infinito aburrimiento, pendiente en apariencia del zumbido de una abeja o garabateando distraída sobre la última mancha de tinta caída en su cuaderno. Pocas veces era preguntada, pero, cuando esto ocurría, Fátima tardaba un buen rato en responder o, muy a menudo, se limitaba a encogerse de hombros. Sus notas eran siempre muy bajas, pero ella encajaba los resultados con indiferencia.
Me costaba comprender su comportamiento porque, en más de una ocasión, Fátima nos había demostrado dominar cualquiera de los temas fallados pocos minutos antes o, en todo caso, poseer un caudal de conocimientos muy superior al de todas sus compañeras. Recuerdo una mañana en que varias amigas nos preguntábamos acerca de lo extraño que parecía a simple vista que los hebreos, olvidados de Moisés, hubiesen fundido un ídolo para adorarlo. Fátima se había acercado al grupo y, como era habitual en ella, escuchaba nuestras intervenciones con una media sonrisa de condescendencia. Sin embargo aquella mañana tomó la palabra y, sentándose en el centro, nos explicó otros casos en los que, según la historia, se habían producido adoraciones semejantes. Nos habló de Mahoma, de la destrucción de ídolos de La Meca y de la caprichosa conservación en la Kaaba de una singular piedra negra caída del cielo. Nos describió a los antiguos egipcios y dibujó en el suelo el cuerpo de su dios, el buey Apis. De allí pasamos a Babilonia, sus famosos jardines colgantes y su fabuloso rey Nabucodonosor. Seguimos por la caja de Pandora, en cuyo seno se encerraban todos los males, para conocer, junto a Simbad, las enormes garras del pájaro
rokh y los intrincados zocos de Bagdad y Basora. Embelesadas ante el relato de nuestra amiga, asistimos aún a la narración de varias historias más procedentes de las más diversas fuentes y entremezcladas con tanta habilidad que a ninguna de las presentes se nos ocurrió poner en duda la veracidad del más ínfimo detalle. Cuando sonó al fin la campanilla de la cena, algunas intentaron arrancar de Fátima la promesa de que al día siguiente continuaría con su relato. Pero ella no comprometía jamás su palabra y se limitó, como solía, a encogerse de hombros. Ya en el pasillo y vivamente impresionada por todo lo que acababa de escuchar, me atreví a abordarla por vez primera. «Fátima», dije, «¿por qué no has contado todo eso en clase?» Mis compañeras me hacían señas de desaprobación y me indicaban, con nerviosos movimientos de cabeza, que la dejara en paz. Pero ella se detuvo y pareció recapacitar: «Pues no sé... Estaría pensando en otras cosas, supongo». Luego se fijó detenidamente en mí y me preguntó mi nombre.
Aquel día me sentí muy importante y me pareció incluso registrar una expresión de envidia en los ojos de muchas compañeras, que se iría acrecentando a medida que Fátima y yo nos convertíamos en amigas inseparables o, para ser más exacta, a partir del momento en que pasé a ser la seguidora fiel de la admirable Fátima. Porque aquella misma noche iba a descubrir algunas singularidades que hacían de mi nueva amiga la persona más atractiva que hubiera conocido hasta entonces, y gracias, por paradoja, al ser que menos me podía interesar de todo el colegio: mi feliz y obesa compañera de pupitre y dormitorio.


A las nueve de la noche, como siempre, acosté a Elba. Se sentía inquieta y tuve que contarle un par de cuentos para que consiguiera conciliar el sueño. Apagué después la luz e intenté dormir yo también, pero cierto olor ácido y penetrante me obligó a cubrirme la cabeza con las sábanas. Encendí de nuevo la luz. Elba dormía plácidamente y, tal como había supuesto, el hedor no procedía de su cama. Miré a mi alrededor y me topé con los ojos vacíos y la boca entreabierta de mi compañera de mesa. Me acerqué a su cama. Ahora no había duda de dónde procedía aquel tufillo tan semejante a algunos efluvios que, durante las clases, me veía obligada a soportar. Iba a decirle algo, pero ella se acurrucó entre las sábanas con expresión de animal acorralado. Añoré por un instante las tranquilas noches en la casa de mi familia y, por no sufrir aquella mirada perdida que durante el día me esforzaba en apartar de mi vista, salí del dormitorio y apagué la luz. El pasillo, de noche, me pareció más desolado y frío que de ordinario. Me senté en el suelo y esperé a que llegara el sueño contemplando ensimismada los bordados de mi camisón y la felpa deshilachada de mis zapatillas. Entonces apareció Fátima.
Mordisqueaba un trozo de queso e iba vestida aún con la bata negra de cuello de piqué, como un desafío más a aquella rigidez de horarios que parecían destinados a todas nosotras menos a ella. Me miró sonriendo y me ofreció un poco de queso. «Ya»,dijo después de un momento, «seguro que a tu vecina le ha dado por roncar... o algo peor.» Yo asentí con la cabeza. Hacía frío y mis intentos por que el borde del camisón cubriera mis tobillos helados me parecieron en aquel momento absolutamente ridículos. Fátima sonrió de nuevo, engulló el último bocado y me hizo un ademán de despedida. «Hasta mañana», dijo. Y ante mi indescriptible sorpresa vi cómo, con una gran seguridad, se disponía a franquear la puerta de clausura. «¡Fátima!», grité incorporándome de un salto, «¿adónde vas?» Ella por toda respuesta me indicó el pasillo que la puerta entreabierta permitía adivinar. «Esto es el noviciado», dije dominada por una extraña agitación. «Si te descubren te expulsarán.» Fátima se encogió de hombros sin dejar de sonreír y, abriendo de par en par la puerta que señalaba el límite de la zona permitida, me hizo señas de que me acercara y escuchara en silencio. «Sí, están cantando», dije yo para disimular el temblor que de repente se había apoderado de todo mi cuerpo. «Pero ¿y si nos descubren?» Y, aterrada aún por haberme incluido gratuitamente en la más alta transgresión que preveía la norma, no presté atención al dedo de Fátima que me ordenaba el más estricto silencio. Los cantos se habían interrumpido, pero al cabo de unos segundos se volvió a oír el armonio. «Tienen para una hora», me susurró al oído. «Si quieres seguirme, hazlo, y si no, cállate.» Y así, casi sin pensarlo, me encontré con Fátima recorriendo los largos pasillos de la zona prohibida, contemplando imágenes y cuadros, abriendo y cerrando puertas, subiendo y bajando escaleras cuya existencia, hasta aquel momento, me había sido totalmente desconocida. Fátima iba respondiendo a todas las preguntas que yo, presa aún de una gran excitación, no acertaba a formular. «Estos son los dormitorios de las monjas», decía. «Has de saber que ni siquiera las criadas pueden entrar aquí.» Aterrorizada, quise regresar a mi cuarto, pero me dio más miedo aún no reconocer el camino o mostrar cobardía ante la seguridad de mi amiga. Entramos en una amplia estancia repleta de libros y Fátima me alcanzó un grueso volumen de grabados muy similares a los que adornaban las paredes de uno de los pasillos que acabábamos de abandonar. Abraham dispuesto a sacrificar a su hijo, José tentado por la mujer de Putifar, Rebeca dando de beber a Eliazar... Pero la biblioteca no parecía ser el fin de nuestra incursión. Seguimos avanzando —ahora con pasos lentos por la cercanía del oratorio— hasta llegar a un amplio cuarto provisto de diez camas, separadas entre sí por nueve mamparas, y de un enorme ropero sin puertas. «Ésta es la habitación de las novicias», seguía explicando Fátima. «Y aquí está su ropa interior.» Y apenas hubo pronunciado estas frases cuando, ante mi sorpresa, se había encasquetado un gorro de popelín blanco e intentaba ceñirse una enagua rayada con más de tres bolsillos. El aspecto de Fátima era tan cómico que, por unos instantes, mi miedo se apagó un tanto y me puse, a mi vez, a revolver el armario de las novicias y a hurgar en los bolsillos de los hábitos. Encontré misales, rosarios, un par de caramelos resecos y un papel arrugado con algunas jaculatorias y buenos propósitos. También, en uno de los refajos, hallé un clavo oxidado. «Lo hacen para mortificarse», dijo mi amiga.«Algunas se los ponen en los zapatos y andan disimulando, como si tal cosa. Otras se pinchan un poco de vez en cuando y nada más.» Luego, como viera que este descubrimiento me había dejado sobrecogida, se acercó a mi oído y susurró: «Pero hay otras que hacen cosas aún más extrañas». Y, rompiendo a reír, me mostró el interior de un calzón en el que, sin que yo pudiera explicármelo, aparecían tres estampas cosidas en el forro y una reproducción de la fundadora de la comunidad.
La sorpresa, unida al estado de inquietud en que me hallaba, hizo que mi boca prorrumpiera al fin en estrepitosas carcajadas que más se asemejaban a auténticos espasmos nerviosos. Recogía unas toscas medias de hilo y la perfección de los zurcidos me provocaba risa. Comparaba el tamaño de los calzones con mis propias medidas y tenía que llevarme la mano a la boca para contenerme. Leía alguno de los numerosos buenos propósitos y su candidez me resultaba desternillante. Contagiada por la seguridad de mi amiga quise incluso forzar un cofrecito que prometía encerrar nuevas maravillas y que yacía en el fondo del armario semioculto por un hato de faldones. Pero Fátima me ordenó silencio.
El roce de las gruesas cuentas de un rosario contra un hábito, un rumor que todas conocíamos bien, me dejó perpleja. Pronto, sin embargo, la inminencia de que alguien se acercaba hizo que mi cuerpo volviera a temblar como una hoja y que mis piernas, dotadas de vida propia, empezaran a agitarse en todas direcciones posibles sin moverse apenas del lugar en el que me encontraba. «Vamos a escondernos», dijo Fátima, pero, ante mi estupor, no eligió una mampara cualquiera del dormitorio o el interior del armario, como mi imaginación se disputaba nerviosamente, sino que, sin abandonar su expresión de extrema tranquilidad, se acurrucó en una de las esquinas del cuarto y, con un gesto rapidísimo, me indicó que me sentara a su lado. Muerta de pánico, obedecí a Fátima, quien se arrinconó aún más contra la pared, y, ahogando los latidos de mi corazón, me dispuse a afrontar el fin de los acontecimientos mientras mi mente pugnaba por encontrar algún pretexto para mi inexcusable presencia.
A los pocos segundos se abrió la puerta y entraron dos novicias. Venían conversando entre risas, pero una de ellas, al ver la luz prendida, se detuvo en seco. Pensé que mi fin era próximo y me cubrí la cara con las manos. Pero las dos novicias se dirigieron cada una a su mesita de noche, sacaron un par de devocionarios del cajón, y, de nuevo entre risas, apagaron la luz y se perdieron por el pasillo. Cuando el chasquido del entarimado de madera bajo sus desgastadas zapatillas se hizo imperceptible, Fátima y yo salimos a hurtadillas de la habitación y repetimos el camino de vuelta que, esta vez, se me antojó interminable. Subimos y bajamos las numerosas escaleras y pasamos, sin detenernos, por aquel pasillo repleto de imágenes y escenas bíblicas que antes me había llamado poderosamente la atención, pero del que ahora sólo deseaba huir. Cuando por fin, jadeantes, llegamos a la zona permitida, Fátima me indicó con un gesto que no pronunciara palabra y, sigilosa, se internó en su dormitorio.


Aquella noche no me fue posible conciliar el sueño. Por mi cabeza rondaban aún las imágenes de la peligrosa aventura que acababa de vivir pero, sobre todo, un montón de preguntas a las que, por más que me esforzaba, no podía hallar ninguna respuesta satisfactoria. Esperé con impaciencia a que llegara el día y, con éste, la ocasión propicia de abordar a Fátima.
Desayunamos, como cada mañana, en mesas separadas, pero pude observar que Fátima escupía la leche con un gesto de repugnancia y se negaba a engullir el pan excesivamente seco y la mantequilla rancia. Parecía de malhumor y la indiferencia de sus vecinas de mesa me dio a entender que estas reacciones debían de ser en ella bastante frecuentes y que, quizá, lo más prudente sería dejarla en paz y esperar a que se calmara. Tuve que aguardar, pues, al recreo del mediodía y seguirla discretamente en sus paseos solitarios por el jardín, esperando una mirada de complicidad que no llegaba o alguna indicación que me animara a conversar con tranquilidad. Ella andaba despacito, canturreando y recogiendo guijarros del suelo. De vez en cuando los lanzaba lejos de sí y volvía a repetir la operación. Simulaba no haber reparado en mi presencia, pero yo sabía que tal posibilidad era más que improbable. Ahora yo acababa de cubrir con decisión los escasos pasos que nos separaban y Fátima, con una expresión de tedio sólo comparable a la desgana con la que atendía las clases de sor Juana, no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia. Se sentó fastidiada a la sombra de un algarrobo y me inquirió con la mirada. Yo me acerqué tímidamente:«Hay algo que no entiendo», dije. «Las novicias de ayer no nos vieron ni dijeron nada.» Fátima se encogió de hombros y se puso a dibujar en la tierra con una ramita.«Pero estábamos allí mismo y ni siquiera nos miraron.» Sus ojos me taladraron el rostro. «Eres más tonta de lo que pareces», dijo. «Yo creí que tú sabías.» Y, después de cerciorarse de que nadie podía escucharnos, prosiguió: «Estábamos allí pero no estábamos. Y aunque a ti te pudiese parecer que estábamos, no estábamos». Muda de asombro me senté a mi vez junto al algarrobo. No me atrevía a preguntar nada que pudiese interrumpir el discurso de Fátima, pero tampoco me sentía capaz de ocultar la admiración que sus incomprensibles palabras me habían producido. Me mantuve en silencio pero no aparté mis ojos de los suyos. Fátima suspiró con cansancio. «No me mires con esa cara de susto», dijo y, a continuación, como quien repite una tabla recién aprendida, se puso a canturrear: «En todas partes del mundo hay escondites. Unos son muy buenos y otros no. Algunos fallan a veces y otros nunca. El de anoche es pequeño pero muy seguro. Por eso casi siempre voy al dormitorio de las novicias».Y, olvidándose de mi presencia, volvió a garabatear sobre la tierra húmeda.
Quise preguntar algo más con relación a lo ocurrido, pero temí que mi excesiva curiosidad terminara con su paciencia y callé. Mi inquietud, sin embargo, me obligaría pronto a romper el silencio. «Fátima», dije al fin, «pero allí no había paredes ni nada.» Ella suspiró de nuevo. «Veo», volvió a decir en idéntico tono, «que todavía no has comprendido. Te repito que no estábamos allí, ¿lo entiendes ahora?» Asentí confusa con la cabeza. «En este colegio», siguió más animada mi amiga, «hay cuatro, cinco o quizá más, pero yo no los conozco todos. En casa de mis padres, cuando era pequeña, descubrí uno enorme. Luego ampliaron la habitación y no lo he podido encontrar nunca más.» Mi vecina de mesa apareció en aquel momento devorando un plátano y Fátima enmudeció. Después, al tiempo que se incorporaba, me susurró al oído: «Cerca de aquí, en este mismo jardín, hay uno muy antiguo. El otro día me encontré allí con tu hermana Elba».


De la mano de Fátima aprendí a conocer los cuatro escondites del colegio. Tres,contando el de la habitación de las novicias, estaban situados en el interior del edificio y dos de ellos eran de parecida estructura. El tercero, en cambio, no ocupaba uno de los ángulos de la habitación como los otros, sino que se hallaba en la capilla,exactamente a la altura de la baldosa número diecisiete contando a partir del púlpito. Como la búsqueda resultaba un poco complicada, Fátima había marcado desde hacía tiempo la baldosa en cuestión con una cruz, pero, así y todo, el escondite era muy poco utilizado por la angostura de sus dimensiones. El cuarto se encontraba en el jardín. Era amplio y agradable y, durante un tiempo, acudíamos allí regularmente para conversar de nuestras cosas y observar sin ser vistas. Elba solía unirse a nuestros juegos con un brillo especial en la mirada y una emoción incontenible al comprobar cómo yo, de pronto, había empezado a considerarla seriamente. También Fátima trataba a mi hermana con mucho respeto y, en nuestras incursiones nocturnas, dejábamos que fuera Elba quien nos precediera. Su compañía nos resultó de gran utilidad. Elba descubrió por sí sola un escondite más situado en el hueco dela escalera que a Fátima no le pareció del todo desconocido pero que, según confesó, había olvidado inexplicablemente. Este último hallazgo, sin duda el mejor del colegio, nos deparó no pocas diversiones y a su utilización casi constante se debió el hecho de que una de las criadas se despidiera indignada (en el hueco de la escalera, decía, habitaba un brujo empeñado en levantarle las faldas) y que la pobre hermana cocinera, acostumbrada a pasar junto a la escalera para servir a la comunidad, cambiara un buen día prudentemente de itinerario.
Pero la facilidad con que Elba se movía en aquellos mundos sin límites superaba, en mucho, a la de la propia Fátima. Más de una vez, mientras mi amiga y yo hojeábamos los gruesos volúmenes de la biblioteca, deteniéndonos ante la imagen de Sansón o pasando ávidamente los grabados referentes a las plagas de Egipto, Elba, a la que acabábamos de ver jugando en el jardín, aparecía de repente con la expresión inequívoca del pecadillo recién cometido. No se molestaba en aclarar cómo había logrado alcanzarnos con tanta rapidez y, si alguna de nosotras insistía en averiguarlo, se mostraba perpleja ante nuestras preguntas. Se diría que mi hermana había logrado descubrir algunos escondites más dentro de los ya conocidos o que,por misteriosos conductos cuya comprensión se nos escapaba, sabía cómo desplazarse sin ser vista por la mayoría de las dependencias del internado. Un día Elba nos habló de «caminos chiquitos», pero ni Fátima ni yo pudimos sacar gran cosa en claro de sus voluntariosas explicaciones infantiles.
Y así, sin que yo me preguntara ya más por la extraña inmunidad que parecía protegernos en ciertas zonas del colegio, transcurrió aquel inolvidable invierno y llegaron de nuevo las vacaciones. Fátima marchó con sus padres a un pueblo de montaña, y Elba y yo fuimos conducidas como cada verano a la playa. Mis padres habían llegado a un acuerdo en su situación personal, pero a mí, durante aquel verano, sólo me interesaba la compañía de Elba, a la que, día a día, me sentía más apegada. Al principio Fátima me escribía cada semana y yo no dejaba de informarle de las habilidades de mi hermana. «No sé cómo lo hace», le escribí en una ocasión, «pero el reloj de la escalera se detiene cuando ella lo mira fijamente.» Sin embargo, las cartas de Fátima, cada vez más espaciadas, se convirtieron pronto en postales y un día, en fin, dejaron de llegar. No sabía a qué atribuir el silencio de mi amiga pero me consolé pensando en la cantidad de novedades que podría contarle al empezar el próximo curso, y, olvidada de todo lo que no fuera Elba, me dediqué a anotar cuidadosamente en mi diario cuanto decía, hacía o balbuceaba en sueños.
Sin embargo, cuando las vacaciones tocaban a su fin, volvimos a oír cuchicheos en la biblioteca, frases a media voz y lloros lastimeros. Escuchamos detrás de la puerta y nos fuimos enterando de que el próximo invierno Elba no iría conmigo al internado. Mi propia madre intentó explicármelo el día en que cumplí doce años: «Elba», me dijo, «necesita estudiar en un colegio especial junto a niñas como ella». De nada sirvieron mis protestas ni mi defensa vehemente de sus cualidades. Todo había sido programado desde hacía tiempo, a nuestras espaldas, mientras Elba, Fátima y yo jugábamos felices en el internado. Insistí a cada momento sobre su grave error pero de nada sirvieron las revelaciones con que, aun a costa de romper un secreto,intentaba aturdirles para salvar la suerte de Elba. Mi padre me ordenaba callar antes de que lograse hilvanar una frase y luego, haciéndose cargo de mi sufrimiento, intentaba, a su vez, que yo comprendiera razones que me parecían incomprensibles.«Tu hermana», solía decirme, «no es una niña normal. Tiene siete años y apenas habla. En ese colegio intentarán detener su retraso.» Lloré, supliqué, pataleé, hasta que terminé entendiendo que mis posibilidades de éxito en aquel mundo de adultos regido por la inmediatez eran prácticamente nulas. Pedí ayuda varias veces a Fátima pero no obtuve respuesta. Sólo al final, pocas semanas antes de volver al internado, recibí una postal: «Perdona por no haberte escrito antes pero estoy muy ocupada. Pronto empieza otra vez el colegio. ¡Qué rabia! Besos. Fátima».


El puesto que me habían asignado en el curso que ahora empezaba era mejor que el del año anterior. Esta vez tenía derecho a la mitad exacta del pupitre y mi compañera de clase era una nueva de aspecto mucho más agradable que mi antigua vecina. Pregunté varias veces por Fátima, pero mi amiga no había llegado aún. Me sentía triste y echaba mucho en falta la compañía de la pequeña Elba cuando, sin nadie con quien compartir mis juegos, rondaba sola por los pasillos de la clausura o me acurrucaba, durante los recreos, en el escondite del jardín. En la capilla habían realizado a lo largo del verano algunas reformas y ya no supe localizar el lugar exacto en el que antes se hallara la baldosa número diecisiete, pero tampoco me sentí disgustada. En realidad, los juegos que el año anterior tanto me fascinaran perdían ahora, sin la compañía de mi amiga y de Elba, la mayor parte de su interés.
Una mañana, cuando dominada por el aburrimiento estaba a punto de abandonar mi refugio y unirme a los juegos de las demás compañeras, observé cómo muchas de ellas corrían hacia un coche negro que acababa de detenerse ante la puerta. Comprendí que se trataba de Fátima pero no me moví, esperando con emoción a que fuera ella la primera en descubrirme. Algunas niñas habían formado un corro en torno al auto y, aunque me era difícil observar sin abandonar por completo mi posición, pude oír con toda nitidez la inconfundible voz de mi amiga y sus sonoras carcajadas. Luego, cuando el corro se convirtió en un grupo que avanzaba hacia mí, la miré con mayor detenimiento. Había crecido y sus cabellos, recogidos en la nuca, le conferían un cierto aspecto de gravedad que en nada recordaba a la estudiante desaliñada de unos pocos meses atrás. Llevaba unos zapatos oscuros con una punta de tacón y colgado al hombro, en lugar de cartera, un bolso de cuero negro. Pasaron junto al escondite, y yo hice un gesto con la mano que Fátima pareció no detectar. Entonces esperé el momento de mayor confusión, salí del refugio y me abalancé sobre mi amiga.
Ella me saludó con cortesía, sin dejar de escuchar los cumplidos de cuantas la rodeaban, sin una frase especial o un brillo en los ojos que me hubiera bastado para reconocer una preferencia. Poco después, en las semanas que siguieron a nuestro reencuentro, terminaría comprendiendo que a Fátima no le interesaban ya unos juegos que ella, sin duda, consideraba ahora infantiles, y que mi propio aspecto, aún muy aniñado, convertía mi presencia en algo molesto y detestable. Tampoco mis explicaciones acerca de las habilidades de Elba y su trágico confinamiento en una institución lograron despertar su curiosidad. Me escuchaba siempre con desgana,fingiendo atender a todo lo que yo le estaba contando para, acto seguido, hablarme de sus últimas vacaciones, mostrarme fotos de su grupo de amigos o despotricar contra su actual reclusión en aquel colegio, lejos de la civilización y del mundo. Se hizo amigas entre alumnas de su edad que estudiaban cursos superiores y, ante la sorpresa de sus antiguas compañeras, se dedicó a trabajar con ahínco. Fátima, la gran Fátima que todas —y yo con mayor razón— admirábamos, había dejado de pertenecerme.


Pero yo no podía conformarme. Los ojos de Elba, la expresión de angustia con que se despidió de mí el día en que nos separamos, me perseguían a donde quiera que fuese. Por las noches creía oír su voz y, en sueños, se me aparecía constantemente con el brazo extendido, como si, a su manera, me solicitase una ayuda urgente que yo, desde el internado y sin la compañía de Fátima, me veía en la imposibilidad de conceder. En los recreos, más sola que nunca, cuando me refugiaba en el escondite del jardín, volvía a escuchar su voz. «¡Ayúdame!», me decía y sus palabras, cada vez más apremiantes, se iban convirtiendo en una horrible pesadilla de la que ni siquiera despierta podía liberarme. A veces le suplicaba paciencia, otras, las más frecuentes, le rogaba que me dejase en paz. Parecía como si Elba no reposara nunca, como si se mantuviera siempre al acecho, como si temiera caer en el olvido.
Hice nuevas amigas y, en parte por el frío reinante, pero sobre todo porque intentaba apartar el recuerdo de Elba y de nuestras incursiones en los escondites,dejé paulatinamente de frecuentar aquellos refugios que ahora se me revelaban desprovistos de interés y de cuya existencia, por alguna oscura razón, me avergonzaba. Mis padres fueron a visitarme algunos domingos y, en esas ocasiones, solía unirse a nosotros mi compañera de clase, con la que, a medida que transcurría el curso, me sentía más identificada. Paseábamos por el pueblo, comíamos en el muelle y hacíamos excursiones en barca. Pero la voz de Elba no conocía la piedad ni el descanso. Se hacía oír en los momentos más inoportunos: cuando, con el balón alzado, estaba segura de encestar, cuando era yo precisamente la encargada de realizar la lectura que acompañaba al almuerzo, cuando intentaba ordenar mis ideas para responder con acierto a un examen. Siempre Elba, con su expresión de angustia y su brazo extendido, con una mirada cada vez más exigente, sonriéndome a veces, gimoteando otras, tomando nota de todos y cada uno de mis pensamientos. Hasta que su mismo recuerdo se me hizo odioso. «¡Basta!», terminé gritando un día. «Vete de una vez para siempre.» Y progresivamente su voz fue debilitándose, haciéndose cada vez más lejana, fundiéndose con otros sonidos y, por fin, desapareciendo por completo. Fueron unos meses felices, colmados de proyectos para las próximas vacaciones. Mi compañera y su familia pasarían el verano en un viejo caserón junto a la playa, a escasos kilómetros de la casa que mis padres poseían en la misma localidad. Formaban un grupo numeroso del que yo, desde ahora, me convertía en miembro. Planeamos excursiones y especulamos con toda la gama de posibilidades que mi aparición podía provocar en su primo Damián, de cuya fotografía había logrado apropiarme en secreto y a quien iban encaminadas, desde hacía cierto tiempo, todas mis ensoñaciones.
Pero con el verano llegaría también la inevitable Elba. Mis padres fueron a recogerla a la ciudad y regresaron a la playa dando muestras de una gran satisfacción. Elba había efectuado ciertos progresos, decían, y, con un contento que me pareció desmesurado, me mostraron el cuaderno de ejercicios de mi hermana en el que sólo acerté a ver algunas letras mal trazadas y unos esbozos de cuadriláteros y circunferencias. En el momento de su llegada, cuando divisó mi rostro pegado al cristal de una de las ventanas, los ojos de Elba brillaron de satisfacción y, tendiendo hacia mí su bracito —aquel brazo que había llegado a detestar—, pronunció mi nombre con una claridad en ella desconocida. Luego, al reunimos en el salón, la noté ya distraída y ausente. No buscaba mi mirada ni parecía dispuesta a prodigarme aquellas pruebas de afecto a las que, en otros tiempos, había sido tan aficionada. Recorría la casa con los ojos exageradamente abiertos y acariciaba el tapizado de los sillones como alguien que regresa a su ciudad natal después de un largo y agitado viaje. La sensación de que había perdido a una hermana me asaltó de repente pero, ante mi propio asombro, no sentí pesar alguno. Faltaban aún algunos minutos para que las bicicletas de mis amigos hicieran su aparición en el jardín. Me apresuré a vestirme con un traje nuevo y me aposté en la verja. «Ojalá no la vean», pensé.
Pasaron algunos días. Elba, desde su mundo, parecía intuir que su presencia me resultaba incómoda. No quiso volver a la playa —aquel lugar donde, un par de años antes, yo misma le había enseñado a nadar—, y sus frecuentes torpezas a la hora de las comidas determinaron que en lo sucesivo tomase sus alimentos en la cocina. Tampoco este año iba a compartir el dormitorio conmigo. Un llanto accidental me sirvió de excusa para exigir un traslado. Apenas la veía, pero sus ojos, cada vez más penetrantes, me acompañaban siempre en mis salidas desde las ventanas de su cuarto.


Una mañana la niñera apareció en la playa a una hora inhabitual. Me asió bruscamente del brazo y, con frases entrecortadas, vino a decirme que debía ir corriendo a casa. Bajo el toldo de los baños se había formado un grupo que me miraba con curiosidad. «Elba, se trata de Elba», oí. Por el camino fui informada a medias de lo ocurrido. Mi hermana había perdido el equilibrio en la terraza. ¿Se salvaría? La niñera esquivó la pregunta.
No quise ver el cuerpo ni mis padres me obligaron a ello. Pero, por las conversaciones que fui oyendo a lo largo de la tarde, me enteré de que la sangre corría a borbotones y de que fue mi padre quien primero acudió en su ayuda y cerró para siempre sus ojos.
Los días inmediatos fueron pródigos en acontecimientos. La casa se llenó de gente y de llantos. Algunas mujeres se apoyaban en mi hombro y lloraban, otras me acariciaban compungidas. Discutieron acerca de las medidas y características de la caja. No llevaría cristal, oí decir a mi madre, su carita había quedado destrozada. Pero el color sería blanco, como las flores y el sudario en el que había sido envuelta.
En la iglesia se agolpaba la gente desde primeras horas de la mañana. Cuando mis padres y yo bajamos del coche negro todos se retiraron con respeto. Avanzamos por el pasillo central cogidos del brazo y nos arrodillamos en el primer banco, muy cerca del lugar donde cuatro cirios custodiaban el féretro blanco de pequeñas dimensiones. El sacerdote habló con mucho cariño de mi hermana y del dolor de los familiares que dejaba en el mundo. Cuando pronunció mi nombre sentí un estremecimiento y miré con el rabillo del ojo a los bancos traseros. Todos parecían pendientes de mi persona. Se rezó un padrenuestro y por mis ojos desfilaron toda suerte de imágenes. Fátima, Elba, Eliazar, mi obesa compañera de pupitre, Rebeca, la palabra «escondite»... No oía ya rezos sino un extraño zumbido. Mi madre me dio aire con las tapas de un misal. Me había desmayado.
Salimos de nuevo por el pasillo central y, por indicación de mi padre, nos detuvimos junto a la puerta. Siguieron las frases de condolencia y los apretones de mano. Me sentía observada. Pasaron una a una todas las familias del pueblo. Pasó Damián con los ojos enrojecidos y me besó en la mejilla. Era el 7 de agosto de un verano especialmente caluroso. En esta fecha tengo escritas en mi diario las palabras que siguen: «Damián me ha besado por primera vez». Y, más abajo, en tinta roja y gruesas mayúsculas: «HOY ES EL DÍA MÁS FELIZ DE MI VIDA».