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domingo, 27 de octubre de 2024

Actos cotidianos. Lilian Elphick.

Vino la Muerte a verme, la dejé entrar, le serví té con galletas, después le mostré fotografías familiares. Hablamos de tantas cosas, también nos reímos de otras. Cuando oscureció, la acompañé al paradero. No pasó nunca el bus. Tuve que prestarle plata para un taxi porque ella vive muy lejos. A la vuelta, compré cigarrillos y no pude encontrar mi casa; di vueltas por calles que ya me eran desconocidas. Le pregunté a un policía pero él me miró como si hubiese sido un fantasma: salió corriendo. Lo mismo me pasó con una señora que paseaba a su perro y con los repartidores del gas.
Han pasado los días y yo aún no doy con mi casa. Más encima se me quedó el horno prendido, y la reja abierta de par en par. Con la delincuencia que hay ahora... Ojalá no pase nada.

miércoles, 24 de abril de 2024

Veinte siglos despues. Lilian Elphick.

Arriba de su Lamborghini descapotable blanco, Julio César Avendaño Avendaño recibe los vítores del pueblo. ¡Viva Julito!, gritan las mujeres; ¡gracias, compañero!, vocean los hombres. Una lluvia de papeles de colores se posa en las hombreras de su saco Armani.
Julio César Avendaño Avendaño infla su pecho de un orgullo desconocido; hace unos años era un pobre traficante y ahora es un gran, grandísimo mercader que vuelve a su pueblo, hundido en la miseria. Lanza monedas de oro a la multitud enfervorizada.
-Recuerda que eres mortal –le susurra una mujercilla, casi una sombra.
-¿Eres tú, mamá? –pregunta Julio César.
Antes de que la mujer conteste que sí, Julito, soy tu mamá, vayámonos a casa y yo te daré cerdo a las brasas; bueno, no te vas a dar ni cuenta de la diferencia, el fuego arregla todo, mal que mal el gato estaba lleno de pulgas y de un solo guadañazo lo destripé; antes de que diga pío la flaca pelá, una bala loca entra por el bolsillo superior izquierdo del Armani, descosiendo el borde pespunteado en seda y tiñendo de rojo el clavel tan varonil de Julio César Avendaño Avendaño.


lunes, 1 de abril de 2024

Buenos muchachos. Lilian Elphick.

Cool Pozzo y Al Caparra ya no son amigos. La vida se encargó de distanciarlos a punta de balas huérfanas, irremisiblemente perdidas en el espacio de la historia.
Por años, Cool vivió atormentado por sus fechorías: robó en Trepani y mató en Nueva York. En aquellos tiempos la gran manzana estaba podrida. En una callejuela hedionda, con seguridad Prince St., conoció a Al, recién apaleado por deudas de juego. Los grandes hematomas que invadían su cara, impresionaron a Cool, que lo llevó a su ratonera para curarlo y componerle los huesos quebrados.
Ten cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos, sugirió Cool a Al. ¿Eso no lo dijo Don Vito?, preguntó Al. Perfecto, respondió Cool, no eres tan tonto como pensaba.
Cool Pozzo y Al Caparra fueron goodfellas. Trabajaron solos. Hay quienes intentaron acercárseles, como Pus Verdi, un matón con los arcos ciliares inflamados por la sinusitis crónica, de hablar gangoso y respiración sibilante. O como Sony Ditto, policía corrupto y trompetista amateur. Cool les encargó trabajos que fueron cumplidos en menos de lo que canta un gallo. Acto seguido, Al los despachó al patio de los callados. Nuestro lema es la desconfianza, balbuceaba Cool, limpiándose las lágrimas, al recordar a sus esbirros desangrándose en algún rincón oscuro de Port Authority.
La desconfianza huyó por una alcantarilla cuando los goodfellas conocieron a Kala Mari, de padres napolitanos pero nacida en Newark, NJ, prostituta de profesión y cantante ocasional en bares del distrito portuario.
Cool y Al enloquecieron al verla aquella noche, enfundada en un vestido morado, de tela tan flexible que podía apreciarse la turgencia de los senos y los largos músculos de sus piernas.
A Kala no le costó nada enamorar al par de babosos y agenciarse comida diaria, una cama, aunque sucia, para dormir, ciertas caricias a las cuales no estaba acostumbrada. Los tres, puedo decirlo con certeza, pasaron días felices. Kala cocinaba como una diosa y su especialidad era la frittata di piovra; también la soppressata di piovra all’aceto balsamico. Cool y Al le compraban otros frutos del mar, pero Kala tenía sólo ojos para los moluscos cefalópodos. Te amo, suspiraba Kala, deslizando uno por su cuello, cantándole Autumn leaves, besando cada una de las ventosas, jugando con los tentáculos y la cabeza lánguida. Te amo, repetía, mientras miraba con lascivia a Cool y Al, celosos, pero también excitados por aquella extraña parafilia.
Este huevito quiere sal, espetó Al tocándose obscenamente. He aquí el principio del caos. Cool le dio la paliza de su vida. No te mato porque somos goodfellas, acezó, mientras Kala, ajena a la pelea, continuaba su ritual a ojos cerrados, murmurando cosas ininteligibles, quizás el lenguaje de las profundidades abisales, donde los monstruos mayores están en la mente del que los lee.
Pobre chica. La cortaron en juliana. Desde aquel nefasto día, Cool y Al guardaron silencio. Se enjabonaban el cuerpo hasta cinco veces diarias, pero no lograron sacarse el pungente olor de Kala. Vivieron sumergidos en una pena violácea, sobre todo Cool, que tenía accesos de llanto y no lograba calmar su espíritu.
Hasta que pasó lo que tenía que pasar: Una helada mañana de febrero, Al Caparra se marchó de la covacha infesta. Dejó una nota sujeta a uno de los imanes en forma de pulpo que Kala había comprado para el refrigerador: We’re not friends, pal.

Ojo travieso.

sábado, 24 de febrero de 2024

Ariadna II. Lilian Elphick.

Mira, el asunto es que maté a Teseo. Fue rápido y limpio. Dijo “perra traicionera”, y cerró los ojos. Luego, todo fue fácil. Entré al laberinto a buscar a Minotauro. Cuchito, cuchito, llamé. Y él me respondió con unos gemidos asustados. ¿Se fue el loco? Sí, gatito, para siempre. Gracias, preciosa, no sé cómo agradecerte. Me puedes rascar el lomo, me encanta. ¿Ahí? Sí, pero un poco más arriba. ¡Sigue, sigue! ¡Ahhhhh! Sé que suena perverso, pero tócame la cola. ¿Así? Más fuerte, más fuerte. Ahora, trata por aquí y aquí y acá.
Cuento corto: después de tantas caricias, le mordí el cuello y lo asfixié. Balbuceó “perra”, a secas, y murió con la carpa alzada, como Teseo.
Aquí hay un enredo muy grande. Pásame las tijeras, anudamos nuevamente y seguimos ovillando.
¿Vale?

Imagen: Teseo y el Minotauro en el laberinto, de Edward Burne Jones.

miércoles, 10 de enero de 2024

La línea verde. Lilian Elphick.

Voy en el metro rumbo al hospital. Alguien “se ha precipitado a las vías del tren”, avisa una voz neutra. Todos abajo. Alguien. No sé si es hombre o mujer, si se levantó temprano con la decisión instalada en sus ojos, si salió en ayunas de su casa, si se despidió de su familia. Alguien. Un nadie que ya ha muerto.
La calle me recibe con su aletazo de siempre: mendigos mano estirada, violinista eximio en la esquina, vendedores ambulantes. El hospital ya está cerca. Llevo útiles de aseo, unas zapatillas de levantarse que acabo de comprar. Y es mi hermano el que está postrado en una sala de recuperación del Hospital Del Salvador, en la calle Salvador, por supuesto. Ingresar a este recinto es casi como entrar a un cuento de Borges. Pasillos interminables, lóbregos; bibliotecas de la sanidad. La línea verde pintada en el suelo me guía por los anchos corredores; a mi derecha, patios de naranjos antiguos, algún kiosco de diarios y gaseosas. Hoy lunes hay mucha gente. Pasan los moribundos en sus camillas de metal, los ancianos, las madres con sus hijos ahogados por la contaminación. Yo sigo la línea verde, la señal que me llevará al infierno o al paraíso, según el estado de ánimo. Falta poco. Me queda una gran escalera, un pasillo amarillo suave, insoportable, unas salas de espera frías y oscuras donde nadie espera y ya, estoy cerca. A diez metros diviso a mi hermano. Le llega el sol de mayo en la espalda flaca. La bolsa de suero brilla en su soledad hecha gota. Ahí está, vivo, cuando hace unos días estuvo a punto de irse a la otra orilla. Hola, le digo, y le paso los periódicos y el librito de puzzles. Las enfermeras me advierten que “unos minutitos no más”, pero pasan veinte minutos y ellas conversan de novios, ropa interior, de los sueldos malos y el frío de las mañanas.
Mi hermano sonríe apenas; se nota cansado, coloca su cabeza en la almohada y se hunde cerrando los ojos. Me dan ganas de llorar, pero reprimo las lágrimas para cuando esté de vuelta en la línea verde. Me voy. Chao, le digo. Hago el camino de vuelta. No tengo necesidad de mirar el piso. El hospital me abraza cuando bajo al patio de los viejos naranjos y ya me he olvidado de esa huella, de lo interminable, del olor a anestesia y sangre, a pacientes, a sillas de ruedas, a la muerte tan encima pillándote los talones, verde que te quiero verde.


jueves, 12 de octubre de 2023

Día de la madre. Lilian Elphick.

Querido diario:
Hoy destapé el WC con soda cáustica; lavé la ropa a mano (máquina descompuesta) y la planché. Preparé niños envueltos para diez familiares que me visitaron; los atendí, oí sus logros, penas, frustraciones; me maldije por no tener diez floreros para los diez ramos de flores. Lavé los platos, serví el postre y el café. Algunos durmieron siesta: los cubrí con una frazada. Más tarde, se fueron dejando una estela de migas, servilletas, restos de niños debajo de las alfombras. Las flores estaban hediondas; el tacho de basura estaba repleto. Tuve que trapear el piso con cloro, mientras el perro se cagaba en la entrada de la casa.
Estoy cansada. No sobró comida.
Ay, ya se me estaba olvidando, ¡qué cabeza!: debo deshacerme del veneno. Y a ti, querido, tendré que quemarte.


 

domingo, 3 de septiembre de 2023

K. en La Mancha. Lilian Elphick.

K, Don Quijote y Sancho Panza frente a los molinos de viento.
Don Quijote: — ¡Ataque!
K: — ¿Yo?
Don Quijote: — ¿No vino aquí a desfacer agravios?
K: —Vine a La Mancha porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Hermann Kafka.
Sancho: — Ése caballero vive más al norte, señor K, donde hay ríos llenos de truchas y bosques encantados.
Don Quijote: —Vamos a buscarlo y nos olvidamos de estos gigantes de brazos largos.
K: — Pero, yo vengo del norte y él no está allí.
Sancho: — Seguramente es otro norte el que usted buscó.
Don Quijote: — Tiene razón el escudero: hay muchos nortes. ¡Andando!
K: — Yo tengo una brújula y el norte es siempre el mismo. Mire.
Don Quijote y Sancho: — ¡Válgame Dios!
Don Quijote: —Usted es nigromante, K, y no nos había dicho nada.
K: — Soy escritor igual que su amo.
Sancho: —Mi amo no tiene amo, ¿o sí?
Don Quijote: —El único escritor soy yo, ¿acaso sois ciegos?
K: — Usted es un personaje creado por Don Miguel de Cervantes y Saavedra.
Don Quijote: —Ha perdido el norte irremediablemente, K. Deme el aparato y finiquitamos el asunto. Usted se va por aquí y nosotros, por allá. ¿Le parece?
K entrega la brújula a Don Quijote.
K: — Ya no la necesito. Llegué al territorio de mis sueños y no me di cuenta. Ahora, debo ir al sur.
Sancho: — Si desea, podemos acompañarlo, ¿no es cierto, mi señor?
Don Quijote: —Con la condición de que me llame “escritor” y no “personaje”.
Sancho: —Y que cuando diga “¡Ataque!”, usted ataca sin más ni más.
K: —Muy bien, señores, haré lo que piden. Dicen que en el sur hay volcanes activos y unos seres barbados que escriben historias mínimas que me encantaría leer. Ahí puede estar mi padre.
                                                               A Juan Armando Epple y Pedro Guillermo Jara

lunes, 17 de julio de 2023

El crujido de la seda. Lilian Elphick.

-Entonces, ¿qué arma prefiere?
- Navaja.
- ¿Dónde?
- Aquí.
- Ahí sale más caro.
- No importa. ¿El cheque se lo hago cruzado o abierto?
El hombre rió.
-Sólo efectivo. Mire, allí hay un dispensador de dinero. La espero. No tengo apuro.
La mujer puso el fajo de billetes en el bolsillo de la chaqueta del hombre. Él la llevó a un callejón sin salida para proceder con el encargo. Ella se sacó el pañuelo de la cabeza. Estaba totalmente calva. El hombre sintió lástima y fue rápido. Recogió el pañuelo haciéndolo crujir; luego, lo puso en la cara de la mujer y caminó hasta el terminal de buses. Antes, le regaló sus guantes a un pordiosero. 

El crujido de la seda. 2016.

lunes, 19 de junio de 2023

Diálogo de tigres III. Lilian Elphick.

“Luego de caminar por las extensas planicies de la escritura, los tigres llegan al río del silencio. Ahí se bañan y olvidan que están hechos de tiempo y de sangre. A sus pieles mojadas se adhiere la palabra ’pez’. La tigresa puede nadar debajo del agua a gran velocidad; el tigre da brincos contra la corriente. Juegan a acariciar burbujas.
-¿A quién le contaremos nuestra historia?- pregunta ella.
-¿Cuál historia?- pregunta él.
Los tigres jadean bajo el sol implacable y sus patas se hunden en la arena. Tienen sed. Saben que morirán si no encuentran una mano que morder, aquella que los escribe en la mitad de la noche”.

Diálogo de tigres, 2011.

jueves, 4 de mayo de 2023

Historias que se repiten. Lilian Elphick.

A Diego, Gabriela y Susana
Llegamos al hotel. De inmediato, el conserje nos advirtió que no había agua. Habíamos estado cinco horas y media dentro de un avión; era natural nuestra pretensión de darnos un baño. Además, yo tenía los pies hinchados y D. necesitaba afeitarse. G. y S. querían hacerse el pelo. Pero llegará dentro de un rato, tengan paciencia, por favor, agregó el hombrecillo de gafas y anticuada levita.
Subimos a nuestras habitaciones. La colcha de mi cama estaba quemada de cigarrillos; del armario colgaban cuatro ganchos negros. Yo fui la primera en oír la llegada del agua: las tuberías roncaron y muy pronto un hilo barroso salía del grifo. Miré la ducha sin regadera; sólo un trozo de manguera revenida afloraba de la pared mohosa. No había tanta presión para que se llenara el estanque del W.C. Mientras investigaba cómo llamar a mis colegas (anexo 210 para la habitación 406; anexo 315 para la habitación 201), escuché el llanto del bebé a través del ducto de la ventilación. Lo hacía con una monotonía fastidiosa y ni me acordé del cuento de Cortázar, lo juro. Quizás sólo era un bebé con hambre o cólicos. Salí al pasillo, bajé dos pisos y di con la 312. La puerta tenía candado y el lactante lloraba detrás de ella. Las cañerías de todo el hotel ahora mascullaban, como fantasmas del infierno.
Fuimos a comer. Había muy pocos lugares abiertos. Encontramos un restorán de comida rápida. Todos pedimos lo mismo: pechuga de pollo frita y cerveza.
D. fue el primero en contarnos lo del bebé en la habitación 708. No, le dije, está en la 312. G. y S. habían llegado a la 503. Y ahí, recién, nos reímos, recordando a Petrone. Pero nosotros teníamos no una, sino varias puertas condenadas.
Luego de engullir la pechuga, caminamos para conocer un poco. No hay nada peor que un domingo en la noche y, sobre todo, con el recuerdo de aquella criatura ubicua que berreaba en tres habitaciones diferentes.
Como era obvio, el conserje nos aseguró que no había ningún pasajero con bebé en todo el hotel. Incluso, se permitió hacer un par de bromas de pésimo gusto, como imitar el berrinche del infante y los arrullos de la madre. Quedamos desconcertados.
Decidimos dormir los cuatro en la 406, de G. y S., pero no pudimos conciliar el sueño. Toda la noche soportamos el lloriqueo, los portazos y el borboteo insidioso de las tuberías. A la mañana siguiente, descubrimos una puerta en la pared del fondo de la ducha de la 201, de D. Era diminuta y no tenía candado. Teníamos los ojos muy irritados y la garganta rasposa. Un nauseabundo olor a leche agria invadía el dormitorio.
Nos miramos: habíamos empequeñecido lo suficiente como para entrar. Abre tú, le carraspeé a S. Ella giró el picaporte y uno a uno fuimos cruzando el umbral de nuestra condena.

Del blog de la autora: Ojo travieso.

sábado, 15 de abril de 2023

Ariadna. Lilian Elphick.

Teseo, con esta espada matarás al Minotauro, que es tu sombra; tómala, siente su peso, pruébala en mí, deja que mi sangre te guíe de vuelta. No temas, acostumbrarás tus ojos a la oscuridad, podrás sentirme acezar en el laberinto de tu corazón. Ve, guerrero, hunde el acero y grita. Manifiesta tu odio que yo revierto la historia: soy el toro y el hombre, el monstruo, la pesadilla, y también el lugar de la pérdida y el espejismo.
Que el cierzo me lleve si lo que digo es mentira.

Del blog de la autora: Ojo Travieso.

jueves, 16 de marzo de 2023

Verdadera historia de amor. Lilian Elphick.

Pio Gento, italiano de nacimiento, está enamorado de Helga Tito, hermosa croata de veintiún abriles. Pio no sabe que Charly Tan ya le ha escrito a Helga y le promete amor eterno. En la carta dice llamarse Ron Roneo. Indecisa, Helga prefiere guardar silencio y acechar a sus pretendientes. Con artimañas y digitaciones, cita a Pio y a Ron al Bar Budo. Los hombres se encuentran; Helga se deleita mirándolos a escondidas, mientras Fid, el dueño del bar, le habla de compromiso y de utopías sociales. Miau, contesta Helga, coqueta, relamiéndose una mano. Él, Fid, queda impresionado de la capacidad de síntesis de la bella joven.

Pio se rasca la cabeza; Ron, bastante ebrio, le confiesa su verdadero nombre: Elmo John, avecindado en Sonora. Piacere, dice Pio; la gata es mía, responde Elmo, con la lengua traposa, y pide otro trago a cuenta de su interlocutor.

Fid arrincona a Helga y le toca la cola; ésta, indignada, le suelta un arañazo. Fuck you, Fid, le espeta con elegancia. Decide enfrentar a los pacientes varones que la esperan hace más de dos horas.

Se acerca lentamente. Sus ojos verdes poseen un brillo especial. Pio y Elmo, borrachos, se ríen de la muchacha. Ah, llegó Sar Nossa, escupe Elmo. Tenemos que celebrar a Pulgeria Alexandrova, expectora Pio, reventando una liendre que hace un segundo rodaba por su cuello. Helga los mira con asco, pero finge alegría. Se sienta con ellos y pide un Mary Shelley doble. Después de un rato, Helga también está pasada de copas y ha llegado a la 36 D. ¿Conocen a la escritora Elf Hic?, pregunta, dándoselas de intelectual. Sí, claro que la conocemos, gritan a coro los borrachines, nos acaba de inventar. Antes no existíamos y ahora podemos decir “agua va”. Los hombres vomitan arriba de la barra. Llega Fid y exclama "hemos dicho ¡basta!", seguro del plural mayestático. Te dije que esos dos eran unos burgueses, chica, y se nota que nunca leyeron a Hic, en cambio yo me conozco su obra de la pe a la pa, mi he’mana. Lo que más nos gusta de ella es su cuento “Nanera”; ay, una delicia cuando Ba, la protagonista, libera a su pueblo del imperialismo opresor. Quiero leerlo, musita Helga, ¿me prestas el libro? Te lo regalamos, compañera, hay que dar hasta que duela, y cito a J.J. Martí y Pérez: “conocer es resolver”. Vamos a buscarlo, Fid, lo único que quiero es leerlo, que me duela, mojarme de su sabiduría.

Fid y Helga se besan y salen. La galesa Elf Hic, disfrazada de mesera, barre los restos de sus personajes.

Del blog de la autora: Ojo travieso.

jueves, 9 de febrero de 2023

Monstrua III. Lilian Elphick.

Aspiro pegamento echada en la última esquina de esta ciudad amurallada. Una "M" cosida a la espalda me identifica. No soy pordiosera, pero la gente insiste en arrojar basura a la geografía de mis cuatro faldas. Sé que el sol sale por ahí y que los perros cuidan mis cosas: el canasto vacío, la remendada capa roja. Mi abuela, antes de morir, me dijo: lleva en tu tobillo este ramito de romero. Y así lo hice. No me gruñen los malos espíritus, aunque a cada rato siento que el verdadero colmillo del lobo se entierra en mi estómago y retuerce los sueños del bosque, donde yo era una niña muy pequeña que estaba enamorada de su hambre.


domingo, 8 de enero de 2023

Pandora. Lilian Elphick.

La caja es de madera de pino sin barnizar, como un ataúd en el muro de los lamentos. Es ahí donde habito. Me he acostumbrado a las rendijas por donde entra luz, a las astillas que me recuerdan que estoy viva, al silencio de la noche y a la algarabía del día. Hasta ahora, nadie ha tratado de forzar la cerradura de la caja, es tan inofensivo su rectangular deseo. A veces, alguien la levanta pero teme males y desgracias, y la deja en el suelo como una piedra o una carta rota en varios pedazos. Ya no me molestan los viajes de la caja. Soy errante y callo. Me llevan en manos especialistas, y luego de un rato concluyen: no hay bomba. Vuelvo al bosque o a un tarro de basura. El mundo olvida rápido; pasará poco tiempo y la caja no estará en sus sueños, ni siquiera en los míos. 

 

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Diluvio V. Lilian Elphick.

Un silencio insoportable ha invadido el arca. Está muy oscuro. Todos duermen, menos el tigre que mira el cielo queriendo encontrar una respuesta. Pero, no es suficiente. Está cansado del encierro, de la amabilidad con los otros animales, de sus debilidades. Quiere desgarrar cuellos, lamer sangre y correr, correr en soledad.
Entonces, tomando impulso, salta por la borda. Y cae a tierra.
Ya amanece. El tigre ve el arca tambaleándose arriba de un monte, tan pequeña e insignificante. Y se siente igual frente al paisaje de arenas mudas, entumecidas por las rocas.
-¿Y ahora, qué? – se pregunta, mientras camina sin rumbo por el inicio filoso de esta historia.

Del blog de la autora: Ojo travieso.

miércoles, 26 de octubre de 2022

La última canción de Maggie Alcázar. Lilian Elphick.

Afuera llueve y él no tiene ganas de volver a mojarse. Antes, hace unas horas, anduvo caminando sin rumbo por el centro; en el Mermoz comió una pizza con anchoas, leyendo el diario. Luego, volvió a caminar, miró su reloj y apuró el paso. San Antonio 3 y tantos, un callejón sin salida, el hueco recto entre dos edificios, donde se asoman tuberías y chimeneas como las tripas de un gato atropellado, y los ruidos de los autos se confunden con otros, extractores de aire, zumbidos de alta tensión que cargan la noche. Una luz amarillenta y espasmódica, una puerta sola con un nuevo letrero: Maggie’s. Subió la escalera estrecha, apenas iluminada. Subió acostumbrado al crujido de la madera debajo del forrado plástico y echó de menos una gran fotografía que tapizaba la pared en pendiente, una fotografía de Toño Ruiz en el piano, él mismo y Maggie en primer plano, cantando. Antes de entrar, se pasó la mano por la cabeza.
Ha visto entero el show de esta noche desde su mesa preferida, lejos del escenario y cerca de una ventana que a veces abre para poder respirar aire fresco y mirar las canaletas con su repiqueteo de agua sucia. Es tarde, pero no le importa. Esperará hasta el final.
Ella termina de cantar, la cabeza echada hacia atrás, las dos manos sujetando el micrófono, su garganta aún vibrando con los últimos compases de Summertime, que abarcan el espacio denso de humo, finalizando con lágrimas y sudor en una perfecta representación. Se da vuelta hacia el público. Aplausos.
La gente se retira de a poco, cansada y satisfecha. El muchacho de turno comienza a limpiar y levantar sillas.
Voz de agua torrentosa, piensa él mirando a Maggie Alcázar, la monumental del jazz santiaguino, con el vestido ajustado a su cuerpo, rebosante de caderas drapeadas, sus lentejuelas oscilando en el vaivén del tajo que descubre su pierna en rombos que se agrandan hacia arriba y se achican al llegar a su pie de taco alto.
Un foco la parte por la mitad, la debilita, y él adivina su maquillaje disuelto, aunque en la oscuridad la huela a mujer bravía. Se levanta para aplaudirla.
Solo en el local, aplaude, sintiéndose nervioso por esa humedad de Maggie Alcázar, por ese pañuelo entrando y saliendo entre los pechos.
Ella lo mira desde un rincón.
-Ya, córtala, Miguel –le dice con fastidio.
Él interrumpe su enojo chasqueando la lengua.
-No me desprecies, Maggie. Vine a hacer las paces.
-De qué paces me hablas. No quiero repetirte otra vez lo que tú bien sabes. ¡Ándate! Estoy agotada.
Él hace un gesto leve. Pide un minuto. Maggie Alcázar, finalmente, se sienta en su mesa.
-¿Quieres? –él le ofrece gin de su propio vaso.
-¿Por qué no te vas?, apestas a trago –dice ella.
Él quiere tomar su mano, pero se encandila con el parpadeo de los anillos incrustados en los dedos gordos. Los anillos que le regaló hace unos años, cuando trabajaban juntos y les iba bien. Prefiere mirar su boca para decirle Maggie, cásate conmigo, Maggié, vámonos a Buenos Aires, Maggie, te quiero.
No puede, la boca pintada se abre de a poco, los dientes se insinúan. Intenta hacerla callar, le gustaría amordazarla, apretar el pescuezo ancho para que no diga nada. En el momento que la escucha decir “ándate, eres un fracasado, déjame tranquila”, y se levanta poderosa, destellando baratijas, él ya sabe que le queda sólo una cosa por hacer.
Antes de que Maggie Alcázar avance por el corredor, le grita: -Me voy, pero con una condición.
Ella se pierde lentamente, tijereteada por las sombras y por los malos augurios. Él se queda donde mismo, mascando toda su rabia. Bebe de un golpe el resto de trago y siente frío. La busca, pero ya no hay nada más que un pasillo de alfombra desgastada.
Alguien que no reconoce intenta tomarlo del brazo; falta usted, le dice, siente la fuerza presionándolo, un tironeo, hasta que oye la voz imperiosa de Maggie Alcázar. –Déjalo, Ortiz, no lo molestes, se va ir luego.
El muchacho, encogiéndose de hombros, se marcha.
-Maggie, -grita él nuevamente, parado arriba de la silla –oye, cántame algo y me voy.
En el baño, ella se arregla el pelo, de su bolso saca una cajita. Acerca la punta de su uña a su nariz. Aspira.
Maggie Alcázar canta a capella Dream a little dream of me. Enérgica desliza las palabras, arrastra los agudos en una lentitud maravillosa, alarga pausas, saliéndose de la melodía, continuando libre, sin pensar en nada. Pero la voz se quiebra, desafina. Él se ríe, tocando un saxo imaginario. Ella continúa cantando hasta que él dice: -¡Más fuerte, no te escucho, dónde está la fuerza! Ahí entonces, suplica: -Ándate, Miguel.
-Gorda maldita, todavía te haces de rogar; vámonos a la cama, ¿ya?
-¡Basta! – se levanta ella, incontrolable.
Una cachetada veloz hiere su mejilla. Las uñas largas y rojas le han dejado una huella que él olvida luego.
De una sola patada hace volar la mesita por los aires. Trastabillando en medio de los vidrios rotos, la amenaza: -Sigue cantando, gordita.
Maggie Alcázar retrocede, trata de defenderse cuando él la tumba en el suelo.
-A ver, canta, ¿cómo es?, dream a little dream, la la la, ¿no querías cantar?, ¿no querías ser cantante?, ¿quién te enseñó a cantar en inglés?, ¿por qué no dejas de comer, ah? ¡Hasta cuando comes, gordita! –
Ella se asfixia mientras él, montado arriba de sus brillos, le retuerce el cuello y a la vez la besa, remeciéndola, pellizcándola entera, hasta descubrir que sus ojos egipcios se han ido hacia un costado y lloran.
En el marco de la puerta, él se detiene. Maggie Alcázar se tapa la cara, ovillada en el entarimado.
Sin saber dónde ir, el saxofonista, baja la escalera. Se aleja calle arriba, pisando la basura arremolinada en las esquinas. Una lluvia molesta le aguijonea la cara. Busca algún local abierto donde terminar la noche, pero está solo en pleno centro, casi todos los cafés y bares ya han cerrado. Silba algo. De pronto siente que lo llaman. No se da vuelta. Enfila por Irene Morales. Puede que Il Sucesso esté abierto.

domingo, 2 de octubre de 2022

Notas de la Huacha Loca. Lilian Elphick.

1965


Mi mamá está muerta. Me ha dejado sus terrenos y su casa. Ayer, buscando en su ropero un vestido alegre para amortajarla, encontré estas notas adentro de una caja de zapatos. Ahora las tengo en mi bolso. Son algunas hojas arrancadas de un cuaderno. Amarillentas, escritas con lápiz a mina.
El entierro es corto. Espero que toda la gente se vaya. Quedo sola. Sola frente a dos tumbas. Madre y abuela.
Me llega un piedrazo en la frente. A pesar del dolor, saco las notas del bolso y leo en voz alta:


1 de enero 1940
Soy huérfana. No tengo padre ni madre ni perro que me ladre. En el Hogar me dicen la Huacha Loca. Nací en los terrenos de la Olga.
Estoy enamorada y estoy muerta. No por huacha ni por loca. Sólo me muero de amor por otro huérfano. Él no me quiere. Me mira con sus ojos negros. Sólo me mira todo el día, así de reojo, así de ladito. Huérfano de porquería. Ya quisiera yo atrincarlo por ahí donde los ojos de las cuidadoras desaparecen. Ya quisiera yo montarme arriba de él y gritarle: Mírame bien. Mírame como mira un huérfano.


2 de enero
Soy morena de ojos muy grandes. Nací en los terrenos de la Olga, mi mamita. Dios la tenga en su santa gloria. Alguien me dijo que yo sería igual a ella. Alguien me dijo que iba a tener la profesión más antigua del mundo. La de la Olga.
Tengo carné de identidad. Pronto tendré que trabajar.


3 de enero
Mis caderas son anchas, prepotentes. El huérfano que amo, día a día, se coloca una máscara de papel encolado que hizo en el taller, y vaga por el patio cantando canciones de guerras y de muertes. Él no quiere saber nada del amor.
Sus canciones de muertes me matan.
Resucito porque le robo su máscara y me la pongo.
Resucito porque yo sé que él se da cuenta y no dice nada.


4 de enero
Soy una huérfana de piel dolida. Los terrenos de la Olga eran lindos. En la casa había flores, mesas cubiertas con cuadrillé rojo. Cada pieza tenía una cama, una cantora y una palangana con agua. En cada patio había un caqui.
Dicen que cuando la Olga me tuvo, rió por harto rato.
Dicen que yo le traje felicidad.
Dicen que yo había venido de milagro. Un primero de enero.
Me han dicho que de su casa ya no queda ni el radier.


5 de enero
Pechos pequeños, pezones grandes, granulados. Eso fue lo que la orfandad me regaló. Él deja que me ponga su máscara porque también está muerto: sus ojos negros, su pelo muy corto, las piernas largas, el olor de sus sobacos, las ganas anidándose en sus manos. Ahí está su muerte.
Lo miro demasiado. Que no sea arrastrada me dicen. Que no lo mire más, que lo olvide.
Que no tenga memoria, que no escriba. Que no rece por la tarde ángel de la guarda dulce compañía no me desampares ni de noche ni de día…
Que la corte.
Que no sea loca.
El Hogar es puro olvido. Pero él me mira a través de su máscara. El arrastrado.
La esperanza es como otra huacha.


6 de enero
Uso el pelo amarrado en cola de caballo, sin chasquilla. Así las liendres no me tapan la vista.
La Olga está enterrada en sus terrenos. Quiso un funeral sencillo. Un cajón de pino. Una sola corona de claveles amarillos.
Todo se hizo según su deseo. Ya no la recuerdan los viejos que la lloraron, los que la bajaron al hoyo, los que le tiraron puñados de tierra para esconder sus propias vergüenzas.
Después del funeral, las mujeres y los niños de los otros terrenos, me apedrearon por ser hija de la finada. Nada más que por eso.
La cicatriz que cruza mi frente confirma el odio que le tenían a la cabrona. También confirma el miedo, las ganas, la calentura de aquéllas.
Prefirieron olvidarse rápidamente de la niña que en el funeral no usó zapatos de charol ni lazos en el pelo. Según deseo de su madre.
Prefirieron olvidarse de la venérea, de esos cuerpos que trabajaron para la Olga. Por temor al contagio.
Que fuera loba, me dijo mi mamita en secreto. Que fuera brava. Que me alejara de la casa para volver, años después, a reconstruirla. Y que no llorara.
Me dijo eso antes de irse sonriendo.
Después me sacaron de su pieza junto con todas sus otras cosas.
Yo lloro por dentro para que ella no se dé cuenta y no me venga a penar.


7 de enero
Tengo piernas trabajadas; podré caminar sin cansarme. Faltan tres días para que me vaya de aquí. Sé perfectamente dónde debo ir.
El huérfano que amo ya sabe de mi partida. Y sabe que quedará más huérfano aún. Sin nacimiento.
Mi maleta está repleta de mi amor por él, de mi deseo. Y del suyo.
De pronto, tocan a la puerta. Mis notas quedan arriba de la cama. Cuando abro llevo el lápiz en la mano.
Te voy a hacer retiritas, dice el huérfano enmascarado.
Le pido que se saque la máscara. La tira arriba de la cama, al lado del cuaderno.
Sus ojos son negros. Ahora lo sé.
Desnudos. En su pecho escribo: Estos huérfanos se aman locamente. Entierro el lápiz más de lo necesario. Aprieta los dientes. No se queja. Con mi lengua recorro el camino de sangre.
Nos besamos. Nos manoseamos. Me pongo en cuatro patas y cierro los ojos.
Cuando se va, la máscara aún sigue al lado del cuaderno.


8 de enero
Estoy en cama. Estoy desnuda. Toco mi cuerpo como el huérfano lo tocó. Y no tengo vergüenza de la sangre seca en las sábanas.
Cuando visite la tumba de la Olga, leeré esto en voz alta. Después levantaré la casa tal cual era antes. Y los clientes llegarán sin que los llame. Nuevos, sin lastimaduras que los hagan sentirse cobardes. No faltará quién me ayude.


9 de enero
Soy huérfana. No me cansaré nunca de decirlo. No por dolor, sino por orgullo.
Le he preguntado a él si cree en el amor. No ha respondido. Me ha dado la espalda para continuar regando las plantas, para continuar cantando canciones de guerras y de muertes.
Su silencio me dice que no puedo escapar de mi destino.


10 de enero
Pinto mis labios de color rojo furioso. Me voy del Hogar. Seguiré siendo huérfana hasta que me entierren al lado de la Olga. Hasta que nuestras historias se junten.
Llevo una maleta y una máscara.
En el momento en que abro la gran reja de fierro, él me detiene. Abre su camisa y me muestra las palabras cicatrizadas. Sus ojos negros me dicen que me vaya y no mire para atrás.
Y así lo hago. La hija de esos huérfanos va conmigo.

El otro afuera, 2002.

domingo, 18 de septiembre de 2022

Leda. Lilian Elphick.

A Juan Armando Epple.
Encontré a un cisne malherido. Algún insensible le había amarrado el pico con alambre. Lo llevé a casa, curé sus heridas, saqué sus piojos uno a uno, acicalé sus plumas. Su alimentación consistía en granos de maíz tierno, bayas y delicias del bosque. El cisne engordó y se puso cariñoso. Venía a verme por las noches. Para atraer mi atención relinchaba, aullaba, mugía y hasta hablaba: Leda, bonita, ábreme la puerta. La cosa se puso fea. Ante tantos picotazos y empellones, bloqueé la puerta con la tranca del olvido. Él afuera y yo adentro. Él enloquecía y yo pensaba.
Fue un tiempo duro. Ahora, tengo una pequeña tienda y, entre otros productos, vendo pâté de foie gras.

Imagen: Leda y el cisne, copia del desaparecido cuadro de Miguel Ángel.


lunes, 22 de agosto de 2022

Idunn. Lilian Elphick.

Fui a ver a las Nornas. Urd y Skuld tejían y destejían; Verdandi tenía la rueca mala, y los destinos de algunos hombres se enredaban en las ramas de Yggdrasil. Al otro lado del río, un animal bellísimo me miraba. Le ofrecí una de mis manzanas. Tuve que nadar de espaldas, con la fruta al medio de mis pechos. No podía mojarse. Las hilanderas gritaban que me devolviera. Casi al llegar a la orilla, el animal se acercó a mí y devoró el pomo carnoso y fragante. Serás joven para siempre, le dije acariciando su hocico. Él gimió de alegría, y hundió lentamente sus colmillos en mi cuello. Se ahogó de inmediato con los vapores venenosos de las uñas de los muertos que yo guardaba debajo de la lengua, a modo de precaución.
Trepadas arriba de Yggdrasil, las Nornas soñaban con aguas rojas y batallas eternas. Salí en silencio. No quise despertarlas. Mis dedos estaban traslúcidos.

lunes, 1 de agosto de 2022

El sueño del pájaro. Lilian Elphick.

A Pau y Ricardo
Un pájaro soñó que era Chuang Tzu. Al despertar tenía brazos y no alas. Triste porque ya no podía volar, se dedicó a escribir. Una mariposa se posó en su ala y le dijo: No has despertado aún.

Del blog de la autora: Ojo travieso.