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domingo, 19 de mayo de 2024

La cuarta salida. José María Merino.

El profesor Souto, gracias a ciertos documentos procedentes del alcaná de Toledo, acaba de descubrir que el último capítulo de la Segunda Parte de El Quijote -“De cómo Don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo y su muerte”- es una interpolación con la que un clérigo, por darle ejemplaridad a la novela, sustituyó buena parte del texto primitivo y su verdadero final. Pues hubo una cuarta salida del ingenioso hidalgo y caballero, en ella encontró al mago que enredaba sus asuntos, un antiguo soldado manco al que ayudaba un morisco instruido, y consiguió derrotarlos. Así, los molinos volvieron a ser gigantes, las ventas castillos y los rebaños ejércitos, y él, tras incontables hazañas, casó con doña Dulcinea del Toboso y fundó un linaje de caballeros andantes que hasta la fecha han ayudado a salvar al mundo de los embaidores, follones, malandrines e hipedutas que siguen pretendiendo imponernos su ominoso despotismo.

lunes, 22 de abril de 2024

Cuerpo rebelde. José María Merino.

A partir de la operación, el cuerpo me ha desobedecido en muchas ocasiones. Se niega a levantarse, a sentarse. Se niega a entrar o salir. Me fuerza muchas tardes a permanecer en casa, inmóvil como un mueble más. Los trámites de la testamentaría -las últimas enfermedades suelen empezar al tiemp que las primeras herencias- me han obligado a hacer este viaje y me sorpendió comprobar la facilidad con que mi cuerpo se dispuso a ello. Anoche, tras llegar a la vieja casa impregnada de recuerdos de niñez y adolescencia que incrementaban mi desazón, advertí el primer signo rebelde: en un momento de la madrugada me sentí en una posición incómoda que no me dejaba respirar bien e intenté moverme, pero el cuerpo no me resondía. Como estaba dormido, comprendí que era preciso despertar para cambiar de postura, pero mi cuerpo no quería despertarse, y solo después de un largo forcejeo en el umbral que comunica sueño y vigilia conseguí vencer su resistencia. Otro signo de rebelión se produjo esta misma tarde, después de comer, cuando me disponía a pasear por el bosque. Mi cuerpo no me obedeció y tuve que cambiar de rumbo y encaminarme a los acantilados. Ahora estoy sentado en el borde del prado húmedo, sobre el mar que ruge. En el oscuro roquedal, treinta metros más abajo, se desparrama violenta la espuma de las olas. Hace mucho frío y he intentado regresar a casa, pero mi cuerpo se rebela una vez más, se acerca al borde del precipicio, levanta los brazos. Asumo lo que va a suceder con horrible resignación. 

 Antología del microrrelato español. (1906 – 2011). 2012.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Convivencia. José María Merino.

La primera vez que lo oí, pensé que alguien había entrado en casa. Eran las siete de la tarde, mi mujer se había ido al cine con unas amigas, yo estaba en la sala leyendo el periódico y me llegó su murmullo desde el otro lado del piso. Me levanté: al fondo del pasillo, tras la puerta abierta de mi estudio, brillaba la lámpara de la mesa y una voz tatareaba una melodía familiar. Me quedé escuchándola hasta descubrir que el causante del tarareo era yo mismo: me había quedado allí a pesar de haberme ido a la sala. Muy asustado por el incidente, regresé a la sala y permanecí escuchando el tarareo hasta que se extinguió. Volví a mi estudio: la lámpara estaba apagada y no había nadie.
Unos días después, otra tarde en la que también mi mujer estaba ausente, se repitió el fenómeno: esta vez me encontraba en mi estudio, enfrentado al ordenador, cuando empecé a escuchar la televisión en la sala. Desde el pasillo, vislumbré mi propio bulto sentado en el sofá con el periódico en las manos.
Ahora, cuando me encuentro solo en casa, soy consciente de estar en la sala o en el estudio, pero sé que al mismo tiempo me encuentro en otro lugar. Mi temor inicial se ha ido apaciguando, pero permanezco sin moverme hasta que mi ruido en el otro sitio se extingue y la luz se apaga, horrorizado de que algún día podamos encontrarnos yo y yo.

miércoles, 12 de julio de 2023

El acueducto de Segovia. José María Merino.

Hace muchísimos años, antes de que existiese el acueducto, los segovianos debían recorrer un largo trecho fuera de la ciudad para recoger el agua que precisaban en su vida diaria. Algunos, si las necesidades de la casa eran grandes, se veían obligados a hacer más de un viaje. Esto le sucedía a una muchacha, aunque ya no se conoce si sus obligaciones provenían de su trabajo en la servidumbre de algún señor o de la pertenencia a una familia con muchos miembros. Mas lo cierto es que, cargada con sus cántaros, la muchacha descendía hasta las fuentes y volvía a subir la empinada cuesta varias veces cada día.
El trabajo le resultaba muy enfadoso, y la muchacha lo sentía como la más intolerable de las tareas que pudiera imaginar. En cierta ocasión en que lo caluroso del día hacía más duros los esfuerzos de su caminata, la muchacha lanzó una desesperada exclamación, dirigida a su propia desdicha, asegurando que daría cualquier cosa por tener el agua a la puerta de casa y evitar aquel penoso deber que la sujetaba como un castigo.
En aquel momento, la muchacha sintió una vocecita que la llamaba, y pudo ver que en el camino, detrás de ella, había una niña. La muchacha, malhumorada, le preguntó a la niña qué quería, y la niñita repuso si era verdad que daría cualquier cosa por conseguir que el agua llegase hasta la puerta de su casa y le ahorrase aquella tarea que tanto aborrecía. La muchacha aseguró que sí, pero que desgraciadamente no tenía nada que dar, pero la niñita le recordó que tenía una riqueza, aunque no pudiese verla ni tocarla, que era su alma. La muchacha había apoyado los cántaros en el suelo y se secaba el sudor, perpleja, y la niñita le preguntó si daría el alma. La muchacha se echó a reír y repuso que naturalmente que la daría, porque no le servía de nada, aunque se preguntaba quién iba a querer su alma a cambio de llevar el agua hasta su casa.
En aquel momento, la niñita se desvaneció y en su lugar apareció un señor moreno, con la barba recortada, vestido de negro, muy elegante, que con hermosa voz quiso saber si era cierto que estaba dispuesta a concertar aquel cambio. La admiración de la muchacha ante la prodigiosa transformación no le hizo olvidar su propósito, y contestó que su decisión era firme. Entonces el señor moreno le aseguró que él estaba interesado en su alma y que a cambio de ella se ocuparía de que el agua llegase hasta la puerta de su casa, para evitarle el cansado acarreo de los cántaros.
La muchacha no acababa de creer en su buena suerte, pero sintió también una inquietud repentina, por lo que añadió que, en cualquier caso, para que el acuerdo se cumpliese, el agua debía estar en el lugar pactado antes de que cantasen los gallos de la siguiente jornada, porque no podía resistir aquel trabajo ni un solo día más. Lo breve del plazo no desazonó a su interlocutor, que extendió su mano derecha, buscando la de la muchacha, y aseguró que el trato, el alma de ella a cambio de que la fuente manase a la puerta de su casa antes del alba del día siguiente, quedaba cerrado. La muchacha, al apretar la mano del hombre, sintió un frío sobrenatural. Y el hombre desapareció.
La muchacha cargó otra vez con los cántaros y siguió su camino cuesta arriba, imaginando que el suceso había sido solo una fantasía surgida en el acaloramiento de la hora y del estío. No volvió a acordarse de ello en todo el día. Pero aquella noche se desató sobre Segovia una tormenta nunca vista antes, con incesante retumbar de truenos y un relumbre de relámpagos tan continuo que la noche tenía el brillo del día. La muchacha despertó asustada y pronto comprendió que todos los demás dormían, inmovilizados por un sueño extraño. Salió de la casa y percibió que toda la ciudad parecía sumida en el mismo sueño, incapaz de sentir la violencia de aquella tormenta salvaje e inusitada.
Entonces, en la vaguada que separa el monte del cerro sobre el que se asienta la ciudad, a la iluminación fulgurante de los rayos, la muchacha pudo ver la figura del señor que había concertado con ella el peculiar trueque. La figura no era ya elegante, sino terrible. Envuelta en una gran llamarada rojiza, volaba por los aires transportando enormes piedras y dejándolas sobre el suelo, para formar un alineamiento gigantesco.
La figura llameante descubrió a la muchacha que la contemplaba y lanzó una carcajada que resonó con más fuerza que los propios truenos. La muchacha comprendió que aquel ser era el Diablo, y que su alma debía de ser muy valiosa, si a cambio de ella el Diablo levantaba una construcción como la que anunciaban aquellos sillares que iban formando los cimientos.
La muchacha regresó a su lecho llena de miedo, acongojada por el arrepentimiento, deseosa de no haber establecido su pacto, de seguir obligada a su cansada tarea diaria, pero conservando en su interior, para ella sola, aquella sustancia invisible, impalpable, que el Diablo tenía en tanta estima. Algunos narradores dicen que entonces se le apareció un ángel para confirmar su contrición, otros se conforman con relatar las oraciones con que la muchacha declaró sinceramente su arrepentimiento, pidiendo a Dios que el pacto no pudiese cumplirse.
Parece que, recibida la súplica, en los cielos hubo mucho revuelo, pero no parecía fácil salvar aquella alma, visto el denuedo con que el Diablo estaba trabajando en la construcción de su obra y las muchas horas que quedaban aún hasta el alba. Lo sorprendente del caso es que el Diablo debió de considerar también que no tenía por qué trabajar con tanta prisa. Quién sabe si Dios lo tentó. El hecho es que empezó a ir más despacio, seguro de que le sobraba el tiempo, y se dedicó, entre acarreo y acarreo de sillares, a detenerse en ciertos sitios, a visitar a algunos amigos, a crear discordias en distintos lugares del mundo.
Pasó la noche. Los cálculos del Diablo eran precisos y sabía que quedaba aún una hora hasta el alba y solamente una piedra por colocar para que su obra estuviese concluida y el alma de la incauta aguadora pasase a su poder. Mas las potencias celestiales habían resuelto salvar a la muchacha. Fue solamente un minúsculo ajuste en los mecanismos que hacen fluir y expandirse las galaxias, moverse las constelaciones y rotar los sistemas astrales, pero suficiente para que el giro de nuestro planeta adelantase en una hora la llegada a Segovia de la luz del sol. Y cuando el Diablo se disponía a buscar la última piedra, los gallos cantaron, dejándolo primero atónito y luego furioso al saberse burlado. La luz del sol iluminó enseguida las arcadas monumentales del acueducto, que sigue en pie después de tantos siglos, manifestando el poder del Diablo y el poder de Dios.

Leyendas españolas de todos los tiempos, 2000.

domingo, 2 de abril de 2023

El lago de Sanabria. José María Merino.

«Antiguamente llamaban al llagu Villalverde de Lucerna. Nu yera llagu entuences, yera una villa». Así empezarían a contarnos esta historia, en una de las lenguas de la zona.
En el mismo lugar que ahora ocupa el lago de Sanabria, en Zamora, existió una ciudad que unos narradores llaman Valverde y otros Villaverde —o Villalverde— de Lucerna. Por allí pasó también Jesucristo en forma de mendigo, y nadie del pueblo quiso darle limosna, y hasta lo insultaron, y hubo quien le echó los perros. Solo el panadero se compadeció del mendigo y horneó para él un pan que creció tanto que no podía salir por la puerta. El misterioso mendigo le dijo al panadero y a su familia que subiesen a lo más alto del monte, y luego, clavando con fuerza su cayado en el suelo, exclamó:
Aquí finco mi bastón,
aquí nazca un gargallón.
Y comenzó a surgir agua de la tierra con tanto caudal que el pueblo quedó pronto anegado y todos sus habitantes perecieron.
Mientras el pueblo estaba siendo inundado, algunos intentaron salvar las campanas. Una la ataron a un toro y la otra a un buey. El toro consiguió sacar su campana y es la que ahora está en un pueblo cercano al lago. El buey, por su parte, no consiguió sacar la suya y se ahogó. El día de San Juan, cuando despunta el sol, repica la campana que está en el fondo del lago, pero solo pueden oír su tañido quienes no están en pecado mortal. También se dice que, ese mismo día, el toro que consiguió salvar la otra campana llega hasta la orilla del lago y muge, llamando a su compañero.

Leyendas españolas de todos los tiempos, 2000.

lunes, 13 de febrero de 2023

Calle de la cabeza, Madrid. José María Merino.

Durante el reinado de Felipe III vivía en esta calle, asistido por un criado, un sacerdote que al parecer era poseedor de muchas riquezas. Una noche, el criado asesinó al sacerdote, decapitándole, y tras recoger todo el oro y las joyas que encontró en la casa huyó a Portugal.
Pasaron los años y, cuando aquel crimen impune había sido olvidado, el criado, hecho ya un caballero gracias a las riquezas sangrientamente adquiridas, regresó a Madrid en la convicción de que no sería reconocido por nadie.
Un día que el flamante caballero recorría las calles del Rastro, las cabezas de carnero que se ofrecían en una carnicería le recordaron que era ése uno de los platos de su preferencia en sus antiguos tiempos de criado, y decidió comprar una y llevársela a su casa para que se la cocinasen.
Llevaba el hombre la cabeza en un capacho oculto bajo la capa, ignorante de un rastro de sangre muy copioso que iba dejando tras de sí. A la vista de aquella sangre un alguacil lo detuvo para conocer lo que ocultaba bajo la capa. El hombre sacó el capacho y mostró su contenido, pero la cabeza de carnero se había convertido en la cabeza de aquel sacerdote a quien asesinara tantos años antes, cuyos ojos fijos lo miraban acusadoramente.
Horrorizado, el antiguo criado confesó su crimen y fue juzgado y condenado a muerte. Se dice que, en el mismo momento de su ajusticiamiento, aquella cabeza prodigiosa que había sido la prueba del crimen volvió a ser la de un carnero común y corriente.

Leyendas españolas de todos los tiempos. 2000.

martes, 19 de octubre de 2021

El reencuentro. José María Merino.

Al fin, tras muchos años de búsqueda, volvió a encontrar el lugar en aquel valle deshabitado de la montaña. La vegetación formaba una maraña que hacía muy difícil el acceso, pero al cabo de un rato pudo reconocer el pequeño montículo desde el que a Eva le gustaba contemplar el atardecer, y el prado donde Caín y Abel jugaban de niños. Sintió mucha melancolía y se sentó sobre un tronco caído. De repente, un cuervo enorme alzó el vuelo cerca de él, y en su graznido retumbante le pareció escuchar: Nunca más.

El libro de las horas contadas, 2011.
 

miércoles, 23 de junio de 2021

Génesis 3. José María Merino.

Aquella mañana empezamos a ver las cosas más claras: la complejidad del universo, la evolución de los seres vivos, que sobre un punto de apoyo se podría levantar el mundo, que era la tierra la que giraba alrededor del sol y no al contrario y, sobre todo, intuimos que la existencia es un misterio indescifrable. No habían pasado ni dos horas cuando llegó el guardia con la carta de desahucio: el casero había conseguido echarnos a la calle. Nos vinimos a este lugar tan frío, tuvimos hijos. Del resto saben ustedes mucho más que nosotros. El caso es que aquella mañana, en el desayuno, habíamos compartido una manzana.


jueves, 11 de marzo de 2021

El agente secreto. José María Merino.

Primero fue un rumor ronco e ininteligible, en llamadas de teléfono que se repetían una y otra vez. Luego, unos signos indescifrables e insistentes en la pantalla del ordenador, que aparecían siempre que lo ponía en marcha. Un día, el mensaje se fue haciendo comprensible y pude leer, en un texto sin fin: debes regresar, tu misión ha terminado. Ahora sé que me esperan. Están ahí fuera, al acecho, para llevarme con ellos. Pero yo he olvidado de que misión me hablan. Yo quiero seguir aquí, entre los humanos, con mi familia mortal.

jueves, 10 de diciembre de 2020

Las horas falsas. José María Merino.

Para Paqui Noguerol.


Mi padre tuvo una librería en aquella villa y allí pasé mi niñez y adolescencia. A mis abuelos paternos, que vivían en la capital, los veía muchos fines de semana, así como en navidades y otras ocasiones festivas. Eran personas apesadumbradas, que a menudo se quejaban de alguna dolencia. Solamente Teodo, su criada, daba algo de alegría a aquella casa.
-Si tus abuelos no tuviesen tanto miedo de morirse, se lo pasarían mejor -me contó una vez-. Yo les animo a salir, a ir al cine, a tomar el aperitivo, pero ellos siempre aquí, tristes como cipreses.
Un día nos dieron la noticia de que el abuelo se había puesto muy mal y tenían que operarlo con urgencia. Mi padre fue enseguida a la capital y al volver nos dijo que lo del aubelo era grave, que no sabían si conseguiría sobrevivir. Nos acercamos todos a verlo y mi abuelo, despavorido, solo hablaba de que la muerte estaba al acecho, que sentía cómo lo rondaba, mientras la abuela afirmaba con la cabeza. Duró solamente quince días más. La abuela contaba que la muerte había venido a buscarlo en persona, pero según Teodo había sido una señora de luto que se había equivocado de piso, la misma tarde que el abuelo murió, lo que había motivado aquella ocurrencia.
En el funeral y en el entierro, la abuela estaba tan afectada que Teodo tenía que ayudarla a moverse. Al despedirme de la abuela, no se le ocurrió otra cosa que decirme, con ojos espantados:
-Ahora me toca a mí.
-Vamos, mamá -respondió mi padre, que lo había oído-, tú estás perfectamente, no tienes nada malo, lo que necesitas es levantar el ánimo. Vas a venirte con nosotros, a casa.
Pero a la abuela no había forma de quitarle el temor.
-Sé muy bien lo que digo, también la siento rondarme, como el pobre Filín.
En cuanto a lo de venirse a vivir con nosotors, se negó tajantemente. Su casa era su casa, al fin y al cabo, e irse con nosotros no le iba a quitar los temores.


Yo empezaba la carrera aquel otoño. Como la universidad estaba en la capital, mi padre decidió que me fuese a vivir con la abuela. Mis primos mayores se reían de mí:
-Pues sí que te vas a divertir con esa vida de cartujo.
Pero mi padre fue inflexible: a la abuela le vendría muy bien mi compañía, y además él y mi madre irían a vernos todos los domingos:
-Así sacaremos a la abuela a comer, para que se anime un poco. Y tú procura darle conversación, que tu estancia le resulte entretenida.


La casa de los abuelos era tan lúgubre como su carácter, pero además mi abuela estaba llena de rarezas. Por ejemplo, había decidido que ninguno de los relojes de la casa señalase la hora verdadera, y que el único calendario que había en ella, uno de números muy grandes colgado en la cocina, fuese el mismo que estaba allí cuando murió el abuelo.
Cuando advertí que el reloj de la sala, uno de pared negro con adornos de nácar, marcaba las once a media tarde, se lo dije:
-Abuela, ese reloj tiene la hora equivocada.
Ella me miró impávida y me contestó que el reloj estaba como tenía que estar:
-Es mi casa y los relojes marcan la hora que a mí me apetece.
Ciertamente, el despertador de su dormitorio señalaba las nueve a mediodía, y otro reloj de péndulo en lo que llamaban el cuartín, que era el lugar en el que normalmente se comía y se cosía, y donde estaba la televisión, que mi abuela no veía nunca -hasta el punto de que me dejó llevármela a mi habitación, con la condición estricta de que no tuviese el volumen muy alto y que nunca viese el telediario- también presentaba en sus agujas una hora que no tenía nada que ver con el tiempo verdadero.
Aquellas horas falsas llamaron mi atención y hablé de ello con Teodo.
-A tu abuela le ha entrado la manía de que en esta casa no se sepa en qué día vivimos, ni qué hora es, para que la muerte no pueda encontrarla. Cree que la muerte es alguien que anda por ahí, como en los cuentos, cumpliendo plazos fijos.
No supe qué decir. Pero pasó el tiempo, y lo de estar en casa con aquel caos temporal y sin calendario me resultó tan absurdo que una mañana, mientras la abuela todavía dormía, puse en hora el reloj de la sala y el del cuartín, y sustituí aquel calendario inútil de la cocina por uno vigente que había conseguido en el supermercado.
Desayuné, y cuando abría la puerta de la casa para marcharme a la facultad me encontré con una mujer alta, pálida, flaca, vestida de negro, que me preguntó si esa era la casa de mi abuela. Le dije que sí, pero que ella estaba todavía acostada.
-Volveré más tarde -repuso, con voz ronca.
A mediodía, cuando regresé, la abuela se había puesto muy mala. Murió aquella misma tarde.


Desde entonces no llevo reloj y he procurado no saber el día en que vivo.

Aventuras e invenciones del profesor Souto, 2017.

domingo, 25 de octubre de 2020

El otro camino. José María Merino.

Two roads diverged in a yellow Word
And sorry I could not travel both
(En el bosque amarillo se bifurca el sendero
y siento no poder seguir los dos caminos).
ROBERT FROST


Para mis alumnos de Dartmouth College, otoño de 2007, Alina, CArolina, Chad, David, Gabriela, Jessica, Kevin y Marc


Me gustaba subir al lugar donde se encuentra la estatua sedente de Robert Frost, apoyarme a su lado en la roca, mirar su figura inmóvil con esa tabla sobre las rodillas que le sirve de escritorio, sujeta a un bastón campestre, mientras aparenta desilzar la punta de la estilográfica sobre una hoja de papel que también el bronce simula.
Desde esa cumbre modesta, donde parece condensarse la habitual quietud del campus, vislumbraba a través de los ramajes de los árboles la cercana cúpula del observatorio; las cristaleras del edificio donde se balancea sin cesar un péndulo de Foucault; las torres de la biblioteca Baker; un espacio abierto utilizado al parecer en verano para celebraciones al aire libre; el pacífico pero continuo movimiento humano por las sendas que llevan a los lugares académicos.
Esaba muy cerca el tocón, momificado por el metacrilato, que conmemora el más viejo árbol del College, ejemplar totémico destruído por un rayo a finales del siglo XIX, y del monumento que diez generaciones sucesivas de estudiantes fueron levantando desde 1885 hasta alcanzar la altura que había tenido el pino fulminado, una torre de la misma piedra grisácea, oscura, que compone el subsuelo del terreno. La torre, que recibió el nombre de Bartlett, tiene la forma de un cilindro estrecho y fino, rematado en lo alto por una caperuza verdosa, una puerta de hierro negra tras algunos escalones como entrada, y sugiere un escenario misterioso, apropiado pra cuentos góticos.
Era el principio de otoño y los bosques ofrecían esa multiplicidad colorista, a la vez jubilosa y melancólica, de las hojas en trance de caer, del amarillo al ocre pasando por el rojo entre matices de verde oscuro. También eran mis primeras semanas como profesor invitado, tenía pocas clases y bastante tiempo para leer y pasear, pero desde que uno de los profesores del departamento me había mostrado aquel paraje, muy próximo al edificio donde se hallaban mi despacho y mi aula, no dejaba de visitarlo antes de mis correspondientes clases. Otros colegas advirtieron mi costumbre, y un día una profesora, veterana ya en el College, me dijo con cierto tono jocoso que tuviese cuidado con ese lugar.
-Hace años, otro profesor visitante español que lo frecuentaba desapareció -añadió, como explicación.
-¿Otro profesor español? ¿Cómo que desapareció?
-Fue un caso muy extraño. El profesor Eduardo Souto, lingüista. Un día primaveral lo dejamos de ver y no hubo forma de volver a encontrarlo. Se piensa que se perdió en alguno de los bosques de la zona, pero aunque se intentó buscar su rastro con todos los medios posibles, jamás se lo pudo localizar, ni vivo ni muerto. Le gustaba mucho estar donde la estatua de Robert Frost.
La noticia me sacudió íntimamente, porque no sólo sabía quién era el profesor Eduardo Souto, sino que he sido alumno suyo, compañero de estudios de Celina Vallejo, que fue su pareja sentimental durante muchos años, y lector de algunos de sus ensayos sobre el sentido de la ficción como factor constitutivo de lo humano, y de la relación entre escritura y tiempo, y claro que había tenido noticia de su penosa desaparición mientras permanecía en alguna universidad norteamericana, pero cuando se produjo yo no estaba tampoco en España y no pude conocer los extremos exactos del caso, entre ellos que el lugar en el que había ocurrido el lamentable suceso resultaba ser, precisamente, la universidad donde yo me encontraba en aquellos momentos impartiendo un curso sobre el cuento literario.
En la soledad de aquellos días, un estilo de vida que me parecía reproducir el que debía de ser habitual en ciertos monasterios medievales, mucho estudio, rutinas sencillas y muy escasas diversiones, la historia de la desaparición del profesor Souto estimuló mi imaginación, y especulé sobre las diferentes formas en que habría podido producirse, ahogado en alguno de los muchos ríos y lagos que se dispersan por la comarca, devorado por un oso en el bosque, sepultado de repente bajo la copa de alguno de los grandes árboles que a menudo el viento desarraiga y derriba.
El caso es que mi evocación de Souto se hizo un poco obsesiva y un día, el director de la biblioteca, también español, me contó que aquella no ha bía sido la única desaparición de los anales del College, tras señalarme la fotografía de un hombre con pajarita, grandes patillas y fino cráneo exento de pelo colgada entre otras en la pared del edificio.
-Uno de mis antecesores en este puesto, Faustus Pilgrim, despareció en 1920, se supone que como consecuencia de la enorme nevada de aquel invierno, que debió alcanzarlo en algún punto sin posible refugio. Pilgrim fue un pionero en la afición al esquí y a las acampadas al aire libre. Y un erudito en aspectos curiosos del campus. Por ejemplo, tiene un estudio muy minucioso de los escritos de Barlett Tower.
-¿Los escritos de la torre? ¿Qué escritos son esos?
El bibliotecario me contó entonces que, tras la construcción de la torre y antes de su inauguración, se había forrado de madera el interior del muro, mediante una sucesión de tablas ensambladas donde estaban reproducidos fragmentos de piezas literarias en muchos idiomas.
-Faustus Pilgrim los analizó uno por uno y demostró que formaban un único texto, en el que se construye una ficción coherente, una especie de árbol de palabras escritas replicante del árbol real desaparecido.
Mostré mi interés por visitar el interior de Bartlett Tower, pero encontré dificultades. Al parecer, como consecuencia de un accidente grave ocurrido en el pasado y del que había sido víctima una alumna, la torre estaba clausurada desde hacía muchísimo tiempo, y solo una vez al año, cuando había terminado el invierno, entraba en ella el personal de mantenimiento a revisar las condiciones en que se conservaba. Pero el director de mi departamento me prometió que haría las gestiones necesarias para que yo pudiese vistarla.
Aprovechaba los fines de semana y el tiempo libre para hacer excursiones por los alrededores, visitaba los bosques y las riberas pero también las pequeñas poblaciones con sus casas de madera, donde las calabazas y otros adornos anunciaban la cercanía de la fiesta de Halloween, sus pequeñas iglesias de torre rematada por un pináculo piramidal, sus granjas y vetustas estaciones de ferrocarril. Y fue en una de aquellas excursiones cuando me enteré de que, antes de la de Pilgrim y de la de Souto, había habido otra curiosa desaparición.
Una joven profesora, hija de un escritor español amigo mío, me llévo un día a visitar un pequeño museo propiedad de una persona a quien ella conocía, instalado en el pueblecito donde confluyen los ríos White y Connectituc. Entre el precioso y artístico conjunto de objetos extraños, singulares o absurdos que componen la colección -"una imagen del universo", según el propietario-, hay una llave de hierro colocada en un expositor de cristal, ocupando lugar tan destacado que llama la atención, a pesar de ser una de las pocas cosas que no parece extravagante a primera vista.
-Es la lave de salida de Bartlett Tower -nos explicó.
-¿La llave de salida?
-Cuando lo cuento, la gente piensa que es una burla, pero la heredé de mi abuelo, a quien se la había dado su padre, que perteneció a una de las fraternidades que fueron levantando la torre y que aseguraba que la cerradura de la puerta de la torre requiere dos llaves, una para ser utilizada desde fuera y otra desde dentro.
-Pero ¿por qué esas precauciones? ¿Quién iba a encerrarse en un sitio tan angosto, que al parecer es una simple escalera de caracol?
-No lo sé. Mi abuelo decía que según su padre, la cerradura de la puerta necesita esta llave para poder ser abierta desde el interio. La conservo aquí por su rareza, precisamente. Además, hace años quise donársela a las autoridades del campus, pero parece que nadie se acuerda de ello ni le da importancia, y hasta pensaron que bromeaba.
Luego nos contó que tanto esa cerradura de las dos llaves, como las tablas con poemas y relatos que recorren el interior de los muros, fueron ideas de quien también diseñó el edificio, un tal Ira Adams, del que solamente nuestro anfitrió sabía algo por lo que su abuelo le había contado, pues tras participar con entusiasmo en la construcción de esa torre que, como cosa de estudiantes, se considera en el campus un monumento ante todo pintoresco, desapareció.
-¿Qué quiere decir que desapareció?
Puede entenderse que mi interés contuviese una alarma súbita, tras las noticias de cómo se habían esfumado el profesor Souto y el antiguo bibliotecario.
-Quiero decir que cuando se inauguró la torre debió de perder la atracción por este lugar y sin duda se marchó a otro sitio. Mi abuelo contaba que su padre y sus compaeñros se habían extrañado ante aquella forma de desaparecer de un día para otro, sin despedirse de nadie.
Nos mostró una fotografía de la época, bastante borrosa, de un grupo de jóvenes con gorros estudiantiles y utensilios de contrucción ante la torre a medio hacer. Junto al grupo había un tipo alto y flaco, con un gran libro en las manos, que no llevaba cubierta la cabeza, y su pelo relucía muy blanco.
-Este es mi bisabuelo y este es Ira Adams. Lo conocían como Adams el Albino. Tampoco sé si era una especie de constructor, pues por lo visto estuvo aquí durante los diez años que se emplearon en levantar la torre, pero su vinculación con el College no debía de ser muy seria, pues su nombre no ha quedado registado en ningún siitio.
Cuando nos despedimos, el hombre, que colabora también en un centro dedicado al cómic con el que está vinculada la profesora que me acompañaba, me regaló un llavero de metal conmemorativo del museo, una reproducción exacta de aquella llave peculiar, aunque pintada de color rojo.
-Una llave solo para salir, no para entrar. Un obsequio especial del museo para este amigo de Ana Merino -dijo el hombre, y le di las gracias antes de colocar en él los llavines de mi despacho y de mi apartamento, que tenía atadas con una simple cuerda.


La autorización para visitar la torre Barlett llegó pocos días despues y me acompañó uno de los vigilantes del campus que, cuando llegamos, abrió la puerta de goznes chirrinates, conectó las bombillas que iluminan el interior y me dijo que durante media hora más o menos la torre sería solo mía, pues él iba a recoger un vehículo en una zona cercana.
Por dentro, la torre da sensación de mayor amplitud que en su vista exterior. Comencé a subir las escaleras de madera, sujetas a un eje central de hierro y cubiertas de excrementos de aves, pero inmediatamente atrajo mi atención el friso colocado sobre la barandilla, que se alarga a lo largo del muro, una sucesión de planchas de madera, aunque bien barnizadas ya muy envejecidas por los años, con textos escritos sobre ellas.
En las lenguas que yo puedo entender o barruntar están reproducidos fragmentos de muchas historias: la de Caín y Abel, la del durmiente despertado, la de Jasón y los argonautas, la del capitán Ahab, la de Ulises, la de Rama y Jánuman, la del Ingenioso Hidalgo, la del asno de oro, la de los caballero de la Tabla Redonda, la del doctor Jekyll y mister Hyde, la de la dama del perrito, la de los amantes de Verona, la de Ana Karenina, la de Julian Sorel, la de Tom Sawyer, la de Emma Bovary, la del horror de Dunwich...
Innumerables partes y fragmentos de narraciones y de poemas, cuidadosamente manuscritos, revisten continuamente el muro, y mientras subía, deteniéndome a cada paso para identificar una palabra, un nombre, iba apoderándose de mí la confusa sensación de que aquel lugar por el que ascendía no formaba parte de los espacios físicos sino de los soñados.
Alcancé por fin el escalón que da salida a la estrecha plataforma cubierta por el tejadillo cónico, y pensé que a causa de la lluvia no me era posible distinguir sino muy borrosamente los alrededores de la torre, pero muy pronto comprendí que aquello no era lluvia, sino bruma, y mi sospecha de estar soñando se hizo muy temerosa cuando pude advertir que la plataforma superio de la supuesta torre estaba al ras del sulo, puesto que debajo de mí no había torre alguna sino que la escalera de caracol provenía de un espacio subterráneo. También pude advertir que en las inmediaciones había desaparecido el tocón momificado, y que junto a las grandes rocas tampoco se encontraba la escultura de Robert Frost, aunque tras la burma ciertas formas poco definidas recordaban los edificios habituales del campus. Mas enseguida el temor quedó sustituido por una especie de apática serenidad y eché a andar camino abajo, en un propósito de búsqueda que no podía racionalizar, siguiendo el rastro casi desvanecido de lo que era mi ruta familiar.
Pisaba un suelo al parecer firme, pero ahí concluía toda la solidez del lugar, pues las formas de los edificios eran también evidentes fantasmas, solo sombras evanescentes de sus figuras reales, y todo estaba silencioso y solitario, en una quietud que parecía exigirme también la inmovilidad y el reposo.
En las escaleras de la biblioteca encontré el primer bulto humano: un hombre sentado, los brazos demadejados a cada lado del cuerpo, cuya cabeza pelada y enormes patillas me recordaron la fotografía de aquel Faustus Pilgrim que el bibliotecario me había mostrado. Me acerqué a él y comprobé que su inmovilidad era absoluta, aunque mantenía abiertos unos ojos que no pestañeaban, y musitaba en voz muy baja una melopea lenta e ininteligible con cierto ritmo y soniquete poético. Le hablé, descubriendo que tenía que hacer un esfuerzo por formar las palabras, pero no me oía.
Cuando estuve seguro de que no podría sacarlo de su abstracción continué andando, aunque me encontraba cada vez más cansado, como aplastado por un peso invisible que quería obligarme a que me detuviese. Descubrí la figura alta y flaca de Adams el Albino al otro lado de la plaza, sentado en uno de los bancos de madera, muy cerca del espacio que recordaba vagamante la calzada. Estaba también inmóvil, con las manos en los bolsillos y la cara vuelta hacia el cielo, de sus labios surgía una especie de salmodia interminable que no pude entender, y tampoco mis intentos por sacarlo de su estupefacción, sin embargo tan costosos para mí, tuvieron éxito.
A partir de aquel punto, los fantasmas de los edificios daban paso al fantasma del bosque de manera abrupta, como si la mayor parte del espacio urbano se hubiese desvanecido. Había el atisbo de un camino cubierto de desdibujadas hojas secas y lo fui recorriendo cada vez con mayor esfuerzo, hasta encontrar al profesor Souto sentado en el suelo, con la espalda apoyada en uno de aquellos troncos espectrales. Yo sabía que tenía que intentar salir cuando antes de aquel espacio cada vez más aniquilador de mi voluntad y de mi conciencia, y articulando muy penosamente las palabras me propuse llamar su atención.
-¡Profesor Souto! ¡Profesor Souto! ¡Levántese, tenemos que salir de aquí!
No estaba tan ensimismado como los otros dos, pues tras unos momentos de vidente perplejidad, me miró.
-Sin tiempo -repuso, también como si le costase mucho pronunciar cada palabra, pero con tono de admiración-. El lugar sin tiempo.
Aunque mi tacto casi no sentía su volumen conseguí que se alzase, y tras orientar nuestra marcha caminé arrastrándolo, avanzando los dos como borrachos tambaleantes. Pero el profesor Souto no pierde sus impulsos pedagógicos en ninguna circunstancia, y continuaba hablando ronca y dificultosamente.
-La palabra escrita prosibilita dos caminos, el que conduce a los ámbitos del tiempo fugitivo y el que lleva a los lugares del tiempo detenido. Este es el corazón de la ficción.
Yo apenas podía entenderlo, pues todo mi empeño estaba en conseguir llegar al lugar de la torre y de la escalera antes de que nuestras fuerzas nos abandonasen del todo y quedásemos postrados en la inmovilidad. Nos fuimos desplazando poco a poco hasta pasar de nuevo junto al albino Ira Adams y más tarde frente al patilludo Faustus Pilgrim.
Luego he podido verificar que el oscuro discurso del profesor Souto reproducía el arranque de uno de sus ensayos: La palabra escrita posibilita dos caminos, el que conduce a los ámbitos del tiempo, al ir materializando memoria y por lo tanto historia, y el que lleva a los lugares sin tiempo, del tiempo inmóvil o detenido. La lectura de un mito clásico, mientras nos permite comprender la dimensión temporal que nos separa de él, nos devuelve paradójicamente al momento de su escritura y al de la lectura de cuantos nos han precedido, consiguiento detener el tiempo, vencer milagrosamente ese fluir irreversible... Pero entonces mi único objetivo era conseguir llegar al punto de la torre.
Cuando al fin lo logré, descendimos por la escalera de caracol que se hundía en el suelo. Me enfrentaba también con indecible violencia a la paralización de músculos y pensamiento que cada vez sentía más avasalladora. Al final del trayecto encontramos cerrada la puerta de hierro, pero como habrán imaginado ustedes, la llave conmemorativa del museo de objetos raros me permitió abrir la cerradura y recuperar la realidad del tiempo y del espacio de la universidad, que aparecía cubierta de nieve.


Todo el mundo se desasosegó ante lo aberrante del caso: que yo apareciese de repente tras cuatro meses de haber ascendido por la escalera de Bartlett Tower aquella mañana de octubre, y que el profesor Souto lo hiciese a los siete años de su desaparición. Hasta Celina Vallejo había curzado el océano para reencontrarse con él, y ambos reanudaron su relación, aunque a mí el profesor me echó en cara, desde el primer momento, que lo hubiese sacado de aquel lugar:
-Adams estableció la ruta, Pilgrim consiguió descifrar la clave, yo llegué allí por casualidad, como tú. Pero tú me has robado el mejor embeleso, la mejor experiencia de mi vida -me dijo una vez más cuando nos despedimos, y no me ha vuelto a dirigir la palabra.
El caso es que nuestra reaparición había resultado tan inexplicable y desconcertante que se nos dieron toda clase de facilidades oficiales para que regresásemos a España, y aunque los medios de comunicación se hicieron eco de la extraña noticia, nadie quiso reproducir mi declaración sobre lo que de verdad había sucedido, y yo comprendía que no me miraban como si pensasen que estaba mal de la cabeza, sino que, simplemente, no querían aceptar la historia que yo les contaba.
Estoy seguro de que a ustedes les está pasando lo mismo.


Aventuras e invenciones del profesor Souto, 2017.

domingo, 11 de octubre de 2020

¿Yo? José María Merino.

De niño imaginaba que la Luna no estaba allá arriba, sino dentro de mí, que mi mirada la proyectaba en el cielo como hacía con las películas el ojo palpitante de las máquinas de los cines en las pantallas. Con los años he comprendido que tenía razón; la Luna está dentro de mí, como el Sol, y la Vía Láctea, y esas galaxias que aparentan ser tan lejanas y extensas. Y procuraré que se mantengan aquí dentro por los siglos de los siglos, es decir, mientras viva.


El libro de las horas contadas, 2011.

lunes, 14 de septiembre de 2020

La vieja pálida (Versión Souto). Jose María Merino.

Anteayer le robaron al profesor Souto la cartera en el autobús y le ha fastidiado mucho, no porque llevase en ella una cantidad importante de dinero, sino por las molestias que le está causando el robo: los avisos al banco para que anulen la tajeta de crédito y emitan otra nueva, las gestiones para renovar el documento de identidad y otros que llevaba.
El profesor Souto está tan enfadado con el desconocido caco, que se lo imagina, acaso en la borrosa reproducción de alguien que atisbó borrosamente en el trayecto: un tipo mayor, enjuto, de ojos escurridizos y una cazadora verdosa.
Imagina que el personaj se llama Juan Macael, y que es descuidero.
Imagina que tuvo un tutor, el Chato Morillas, que le enseñó el oficio y que le decía que es una profesión tan antigua y tan importante que hasta hubo un dios dedicado a proteger a los antepasados que la ejercían.
-Vista aguda, manos seguras y rápidas, capacidad de improvisar, pero ante todo, sangre fría -repetía el Chato Morillas-. Como te aturdas, estás perdido.
El profesor Souto imagina que una vez, en uno de los trayectos de la Periferia Norte, un paciente al que su personaje acababa de extirpar la cartera, se dio cuenta de la pérdida y empezó a gritar.
-¡Conductor, que me acaban de robar! ¡No abra las puertas!
El autobús iba repleto, el conductor lo detuvo junto a una parada y se escuchó su voz.
-Aquí nos quedamos hasta que llegue la policía.
Pasaron unos minutos, Juan Macael comprendió que estaba en un trance peligroso, pero recordó las enseñanzas de su maestro. Se agachó, simulando que recogía algo del suelo, y alzó la cartera en la mano, mientras daba grandes voces:
-¡Aquí hay una cartera!
El propietario la cogió y la abrió con nerviosismo, comprobó que no faltaba nada, y se sintió al parecer tan aliviado que dejó de reclamar.
-¿Es que vamos a quedarnos encerrados toda la mañana? -gritó de nuevo el personaje que Souto imagina-. ¡Abra las puertas, conductor! ¡Hay aquí gente que tiene cosas que hacer!
En cuanto se abrieron las puertas, salió con rapidez.


El profesor Souto imagina que los años han pasado y que, aunque su personaje no pierda los nervios venga lo que venga, ya su vista no tiene la finura de antaño. Sus dedos siguen siendo precisos, así haga la pinza con el índice y el corazón, la tenaza con el pulgar y cualquiera de los otros o utilice la palma entera para el resbalón, arrastrando lo que se deba arrastrar, pero ya nota los huesos de las piernas y no puede doblar demasiado la cintrua sin peligro de algún tirón.
Imagina que a veces la ciática lo ha tenido de baja durante una temporada y que, si no se ha retirado todavía, es porque, pese a su edad, no puede vivir sin trabajar. De manera que sigue haciendo lo suyo día tras día, cambiando de línea, como es natural, y aprovechando las horas punta y las jornadas en que hay más turistas. En verano se va a alguna zona playera y es cuando más recauda, por la facilidad de la poca ropa y esa alegría de las vacaciones que tan descuidada pone a la gente.
No es del mismo lugar donde trabaja y se siente un poco agobiado en la ciudad, pues las líneas de autobús no son demasiadas, hay pocos conductores e inspectores, de modo que corre el peligro de que pronto acaben descubriendo los motivos de sus tan frecuentes viajes.
Cuando eso empieza a ocurrir tiene que irse a otra ciudad. Lo ha hecho ya tres veces, y cada vez le ha resultado menos agradable cambiar de lugar de trabajo, pues con los años uno se acostumbra a ciertas rutinas, le acaba cogiendo gusto al barrio en el que vive, y a su casa, y hasta a la gente del bar donde ve el fútbol por la tele o juega la partida de dominó.
El profesor Souto imagina que Juan Macael tuvo que dejar la gran ciudad, con sus infinitas líneas de autobús, y el metro, y los ferrocarriles de cercanías, porque los de cierta banda le dieron aviso de que tenía que pagar una cuota.
-No le doy nada a Hacienda, que al fin y al cabo es el Estado y paga con ello a los maestros y a los sanitarios, como para pagaros a vosotros.
Se marchó de allí antes de que intentaran convencerlo a palos. Así fue como se vino a trabajar a provincias, pero piensa que ya no tiene la edad conveniente para una labor tan delicada. Si fuese más joven, no le habría sucedido lo que le ha pasado, no habría cometido un error tan grave.


El profesor Souto imagina que fue la tarde de un viernes, cuando la mayoría de la gente trabajadora regresa a su casa con la ilusión de la libertad y el descanso del fin de semana. El autobús era uno de la ruta del río. El descuidero estaba estudiando a los pasajeros cuando subió, con bastante esfuerzo, una vieja flaca, vestida de negro de los pies a la cabeza como las ancianas de su infancia y de la mía, que llevaba un gran bolso colgado del brazo.
La vieja fue avanzando entre los pasajeros y Juan Macael pudo advertir que el bolso no estaba cerrado con cremallera y que relucía dentro la esquina de un sobre. Le cedió el asiento y permaneció de pie a su lado.
Era una vieja muy pálida y arrugada. El pañuelo que cubría su cabeza dejaba asomar las canas ralas y amarillentas. Su aspecto era de algo pasado sin remedio y desprendía un tufillo a pan viejo y orines. Le faltaban muchos dientes, pues mostraba esa carencia en un continuo mover de mandíbulas y entreabrir baboso de los labios.
Puso el bolso sobre sus piernas huesudas y Juan Macael pudo observar mejor su contenido, bolsas de plástico que dejaban adivinar la forma de alguna verdura, envoltorios de periódico. El sobre estaba colocado encima de todo. Por las fechas, el personaje inventado por el profesor Souto supuso que contenía su pensión. Lo engañó su vista de ahora, pues hace años hubiera descubierto enseguida las pequeñas arrugas que denotan si un sobre lleva dinero dentro.
Una pensión es siempre algo suculento para un descuidero. Además, Macael sabe muy bien que en su profesión no puede haber sentimentalismos: la primera regla es apropiarse de todo lo que valga, y en el caso de que se ofrezcan diversas alterntivas, elegir la menos dificultosa, siempre que parezca rentable. Entre un niño y un adulto, ante la misma cantidad, se opera al niño. En su oficio no hay pobres ni ricos, sino gente que lleva o que no lleva. Si la gente de su profesión fuese a considerar la edad o la condición social de los pacientes, su trabajo sería muy complicado. Además quitarle a una vieja su pensión no es fastidiarla para toda la vida, razona. Un mes pasa enseguida y la gente acaba arreglándoselas, bien o mal.
El caso es que, aprovechando un frenazo, hace la pinza, escamotea el sobre con toda limpieza y se baja del autobús en la siguiente parada.
Pero el sobre no contiene dinero, ni un talón, que es lo que pensó desde el momento de tocarlo. Lo abre al llegar a casa y dentro hay un papel doblado. En letras mayúsculas, están impresas cuatro palabras:
                                   TE QUEDAN TRES DÍAS
Al principio, Juan Macael piensa que se trata de una broma, pero él a aquella vieja no la conoce de nada. Por la tarde, en el bar, le enseña el papel a los de la partida sin explicarles su origen, naturalmente: para ellos él es viajante de unas máquinas raras. Pero todos ven en el papel solo una hoja en blanco, aunque él sea capaz de leer con claridad las cuatro palabras impresas:
                                  TE QUEDAN TRES DÍAS
Ni se acuerda del dichoso papel al día siguiente, ayer, cuando se levanta de la cama, pero se lleva una sorpresa al ver que el mensaje del papel ha cambiado ligeramente. Ahora pone, con unas letras gordas y bien negras:
                                  TE QUEDAN DOS DÍAS
Cualquiera se hubiera asustado tanto como él. El profesor Souto imagina que Macael se queda un rato sentado con el papel en la mano, sin saber qué hacer.
Decide por fin buscar a la vieja pálida, devolverle el sobre con el papel y darle treinta euros, para que le perdone las molestias. Así que se pasa la mañana y la tarde cambiando de línea de autobús, hasta recorrérselas todas, pero no es capz de dar con ella. En ese afán abandona su trabajo, cuando acaba la jornada no ha recaudado no un solo euro, está muy cansado, apenas ha comido, y ni siquiera le quedan ganas de ir al bar.
Hoy, en ese papel que solo él es capaz de leer dice:
                                 TE QUEDA UN DÍA
Se puede suponer que leerlo no le ha mejorado el humor. Además, ha echado una mirada por la ventana para ver cómo está el tiempo y ha descubierto a la vieja pálida abajo, en la acera, el rostro vuelto hacia su ventana.


Vamos a ver qué pasa con este día último que anuncia el papel, imagina el profesor Souto que ha pensado Juan Macael.
Para empezar, ha resuelto no salir a la calle y luego se ha puesto a escribir en el cuaderno de las cuentas esto mismo que imagina el profesor Souto, como una especie de memoria o testimonio de la aventura tan rara que está viviendo.
A veces se asoma a la ventana y comprueba que la vieja pálida sigue ahí, plantada en la acera y mirando en su dirección.
Ha comido un pco, se ha echado la siesta, ha soñado que extirpaba a un hombre gordo una cartera hinchada de billetes delante de la catedral, pero el despertar le ha devuelto la desazón del día, y una nueva mirada desde la ventana le ha dejado ver la figura de esa vieja pálida plantada en la acera, delante de su casa.
Cuando se acerca la medianoche, alguien llama a la puerta del piso dando golpes sucesivos: suena como si la sacudiesen con algo de madera, o de hueso.
Juan Macael ha echado un vistazo por la mirilla y ha percibido la cabeza de la vieja pálida al otro lado de la puerta.
A la luz pobre del descansillo, su rostro es una mancha blanca en la que las órbitas de los ojos forman dos oquedades oscuras. Ya no deja de golpear la puerta y Juan Macae comprende que tiene que abrir.
El profesor Souto imagina que aquí termina esta historia. Y es que termina aquí, naturalmente.

Aventuras e invenciones del profesor Souto, 2017.

viernes, 28 de agosto de 2020

Del libro de naufragios. José María Merino.

Lo conocí hace unos años, la primera vez que visité aquellas costas para recoger información destinada al libro de naufragios que, desde hace tanto tiempo, estoy intentando escribir. Me habían hablado del lugar agreste frente al que se fue a pique The Serpent, buque escuela de la armada británica, una noche de 1890. En el desastre perecieron al parecer trescientos hombres, cuyos cuerpos fueron sepultados por los vecinos de los alrededores en un rústico fosal, llamado desde entonces Cementerio de los ingleses.
Yo ya había bajado hasta el lugar -situado frente a la mar brava, en un declive del terreno especialmente silvestre y propicio a la melancolía- y contemplaba aquel conjunto de viejas losas de piedra, descuidado y ruinoso, cunado llamó mi atención un repentino alboroto de aves que graznaban. Bastantes metros más abajo del punto en el que me encontraba, cinco o seis gaviotas remontaban el vuelo.
La causa de aquel sobresalto resultó ser un hombre que ascendía la ladera, saltando con agilidad de roca en roca. Cuando llegó a mi altura me saludó en castellano muy finamente y continuó su camino sin detenerse. Portaba en bandolera una pequeña grabadora de sonido y un macuto de lona muy sucio.
Su aspecto era tan pintoresco -largas greñas grises bajo una vieja visera, enrevesada barba sobre una camiseta de algodón que llevaba impresa publicidad de un refresco, flaquísimas piernas peludas que sobresalían de un pantalón corto demasiado ancho y remataban en multicolores zapatos deportivos- que lo reconocí sin dudar cuando, aquella misma noche, coincidimos ambos en asientos contiguos en la taberna donde solía yo perder algunas horas cada jornada, a falta de otra distraccioón y tras haber asistido a la primera subasta del pescado.
La taberna es oscura y ruidosa; en el pueblo hay otras dos, acaso más confortables, pero yo me había hecho cliente de aquella tras establecer con el patrón -un tipo cabezudo, de grandes manos, siempre mal afeitado- una peculiar relación. Pues la primera de las noches en que me senté en su taberna me cobró por el whisky un precio extraordinariamente barato, pero la noche siguiente, al preguntarle el precio de mi consumición, el honmbre duplicó sin titubear la cantidad de la noche anterior, e hizo algo similar la tercera noche, hasta fijar un precio tan disparatadamente desproporcionado, que yo le entregué con resolución una cantidad bastante inferior -la que me parecía justa- sin que él manifestase protesta alguna.
A partir de entonces se estableció entre nosotros un pacto tácito -yo pagaba por mis consumiciones un precio que estimaba razonable, y él recibía mi dinero sin comentarios ni objeciones- que me sentía obligado a revalidar a diario, convirtiéndome así en un parroquiano fiel.
-¿Le gustó el Cementerio de los ingleses? -me preguntó mi vecino.
-Es un lugar solitario y salvaje, pero muy hermoso -repuse.
-Cada aniversario, durante setenta y cinco años desde el naufragio, los británicos enviaron un barco para que disparase allí enfrente las salvas reglamentarias. Luego, dejaron de enviarlo.
Yo dije que aquel suceso debió de ser muy dramático.
-En aquellas mismas playas hubo por lo menos cinco naufragios más en nuestro siglo, todos también muy trágicos -repuso.
El tabernero le trajo una copa de orujoy señalé con un gesto que estaba invitado. Luego le informé de que , precisamente, yo estaba recogiendo información sobre ese tipo de catástrofes.
-Ya había oído hablar de esa afición suya -repuso-. Aquí se sabe todo en seguida. Yo conozco bien toda la costa de esta parte, pues estoy grabando las playas.
No comprendí el sentido de sus palabras.
-¿Grabando las playas?
-Ya puede suponerse usted: los ruidos de las olas, en las distintas mareas, según las estaciones. Nos parece que la mar suena igual, salvo la mayor o menor intensidad del oleaje, pero cada lugar de la costa, cada playa, tiene un sonido diferente.
Me dijo que se llamaba Souto, que había sido profesor de alguna materia relacionada con las humanidades, pero que estaba ya retirado y que -según señaló con aires de orgullosa confidencia- se dedicaba casi por entero a la investigación.
-También vendo seguros de diversos ramos. Parece que mi aspecto estrafalario infunde mucha confianza -añadió con tono burlón.
Coincidíamos en la taberna casi todas la noches, y cada vez que nos encontrábamos continuaba aquella conversación nuestra, repartida entre mi curiosidad por los naufragios y su obsesión por el ruido de las aguas. Me contó que las investigaciones a las que se dedicaba habían partido de su curiosidad por el ruido de las corrientes de agua.
-¿Ha escuchado usted alguna vez un manantial, un arroyo, mientras fluye en la noche? Después de cierto lapso de tiempo, el sonido del agua sugiere risas y cantos de mujer. De ahí debe venir, pensé yo, toda la mitología sobre las ninfas acuáticas, esas náyades y esas nereidas, las xanas de algunas fábulas de otros pueblos del norte.
Me dijo que había grabado muchas horas de sonidos de agua y que pretendía aplicar un programa informático para identificar los elementos acústicos básicos, como paso previo a la definición de lo que se pudiera llamar el lenguaje de cada una de las fuentes.
-Cuando consiga reunir algún dinero, naturalmente, pues mi proyecto no ha merecido por ahora ningún interés por parte de instituciones privadas o públicas.
El objetivo de aquellos esfuerzos me resultó bastante chocante. Sin embargo, como si comprendiese los motivos de mi extrañeza, añadió que, al hablar de lenguaje, no quería referirse a una expresión racional para la voluntaria comunicación. Lo dijo de modo tan apresurado, que inmediatamente sospeché que pensaba exactamente lo contrario.


Aproveché el verano siguiente para regresar a aquella comarca lejana y arcaica. Continuaba tomando notas para ese Libro de Naufragios cuyo comienzo, acaso por la abundancia de documentación que he llegado a reunir para elaborarlo, cada vez me resulta más difícil.
Encontré a Souto en la taberna Caramiñas, con el mismo aspecto extravagante -y creo que hasta con las mismas ropas- que el anterior verano. Tras los saludos iniciales me interesé por el desarrollo de sus investigaciones acústicas, pero me respondió diciendo que las había abandonado.
-El asunto económico -confesó-. Sin ayuda no puedo pensar en ese programa. Pero ahora estoy metido en otra recherche muy interesante.
Buscó en el sobado zurrón varias fotografías, que me fue mostrando. En todos los casos el motivo eran grandes peñascos o cúmulos de rocas. Mientras me las enseñaba, iba indicando el lugar de donde procedían. Yo le escuchaba con paciencia, esperando conocer el tema de su nueva investigación.
-Los signos en las rocas -exclamó al fin-. Todos estos peñascales ofrecen formas fantásticas, pero lo verdaderamente extaordinario del asunto son las inscripciones. En algunos lugares parece que la mano del hombre ayudó a que las rocas presentasen aspecto zoomofórcio, pues se trata de enclaves que fueron sagrados, y hasta hay quien dice que en los pedreros de Traba estuvieron las famosas Aras Sextianas. Estas fisuras y muescas, estas incisiones, tan similares a pesar de provenir de yacimientos diferentes, que pudieran parecer haber sido originadas por la mano humana, se adaptan demasiado bien a la conformación de cada roca para no tener un origen natural. Pero, por otra parte, si fuesen debidas a la simple erosión ¿cómo es posible que se repitan idénticos esquemas gráficos en todas las rocas de estructura y composición diferente?
-Otro lenguaje -me aventuré a decir, para romper el enfático silencio que mantenía tras su explicación.
Sacó del macuto muchas hojas de papel repletas de trazos.
-Sería cuestión de aclarar el concepto, pero yo no lo negaría.
Recordé entonces sus ambiguas hipótesis del año anterior y le pregunté, insidiosamente, si podía tratarse de algún lenguaje proveniente de las propias rocas. Miró de soslayo, acercó su cabeza y, tras sujetarme un brazo con firme apretón, murmuró:
-Se podría pensar en un lenguaje secreto, destinado a no se sabe qué secretos comunicantes.
En su pacífica y elaboradísima manía, estaba agrupando los signos conforme a un código que, según afirmaba, podía tener relación con las estructuras elementales de la materia. Por lo demás, continuaba siendo hombre de conversación amena y de buen sentido y claro entendimiento. Aquel verano nos despedimos con manifestaciones de mutuo afecto, haciéndonos el propósito, que no cumplimos ninguno de los dos, de mantener correspondencia escrita.


Transcurrieron cuatro años sin que yo visitase otra vez aquellas tierras. Entre tanto, hice algunos viajes al extranjero o hube de quedarme en casa, aquejado por una de esas fastidiosas enfermedades que parecen esperar nuestras vacaciones para asaltarnos. Por fin, el año pasado me propuse un viaje que bordease las costas de la antigua Gallaecia, desde el oriente de Asturias hasta las tierras del norte portugués.
Pasé frente a la taberna Caramiñas un día de mucha lluvia y pregunté por Souto. Mi viejo conocido, el tabernero mal afeitado de manos enormes, me dijo que mi amigo hacía una vida bastante retirada, en la casa que había sido de sus abuelos. La casa está cerca de la carretera de Vimianzo y decidí hacerle una visita.
Es una casa antigua de piedra, trazada con buenas proporciones y que estuvo bien construida, pero que ha sufrido mucho la desatención de los humanos. En la actualidad, con los ringleros de tejas sujetos por grandes piedras y otros remedios tan baratos como ese contra las inclemencias del tiempo, presenta un aspecto ajemplar de implacable decrepitud.
Golpeé varias veces la aldaba, pero nadie acudió a mis llamadas. Y estaba ya resuelto a marcharme, cuando oí una voz que, desde el otro lado de las maderas, inquiría en gallego el nombre del visitante y la razón de la visita. Declaré mi nombre y que solamente quería saludar a don Eduardo Souto. La puerta se abrió con muy literario rechinar de pestillo y crujir de goznes, y me encontré con el propio Souto, que me observaba desde el zaguán con un paraguas en una mano, zuecos en los pies y sobre las espaldas una de esas capas de paja que llevaban los campesinos hace más de veinticinco años.
Comprendí muy pronto las razones de su atavío. Pues, tras pedirme que lo acompañase a su estudio y recorrer oscuros pasillos, me llevó a un pequeño corral donde, bajo una lona rodeada por un frondosísimo conjunto de hiedras y hortensias -que, a su vez, estaba cubierto por un emparrado chorreante- había una mesa de madera.
-Trabajo aquí fuera, porque es el único lugar seguro de la casa -me informó, tras invitarme a tomar asiento en una silla de cuero-. Claro que los días como hoy son un fatidio.
Se sentó en su lugar de trabajo. Tenía las greñas de la cabeza y de la barba más crecidas que nunca, pero sus ojos seguían manifestando mucha viveza.
-De modo que otra vez por aquí, después de tanto tiempo- añadió.
-Surgieron otros viajes -expliqué-. Ahora estoy recorriendo las costas, desde Ribadesella hasta Oporto. Los contornos marítimos de un mundo perdido.
-¿Y ese Libro de Naufragios?
-No lo he comenzado aún -repuse, confuso ante su buena memoria-. Tengo demasiados datos.
Guardó silencio durante un rato. El rumor de la lluvia marcaba las fronteras de un espacio sonoro que, complementado por límites de otra naturaleza -el verde de la vegetación, el azul cobrizo de los líquenes-, parecía localizarse fuera de lo cotidiano, en un tiempo sin usos ni rutinas. Habló al fin de sus investigaciones, con voz forzadamente sigilosa.
-He avanzado mucho, pero he llegado a un punto que considero en extremo peligroso, e incluso mortal.
Los adjetivos eran tan violentos e incongruentes, que preferí no asumirlos.
-¿Identificó los signos de las rocas? -pregunté.
-Era solo una intuición que no podía solucionarse por las vías de la lógica -repuso-. Si realmente se trata de un código, no parece estar elaborado con la razón ni destinado a la compresnión humana. Pero por ahí comenzaron mis especulaciones. Un día, rebuscando entre unas peñas, encontré un hacha de piedra pulimentada. Ya sabe usted que por todo el noroeste han considerado tal objeto, hasta hace poco, la piedra celeste por antonomasia, la piedra del rayo, buena para usos sanitarios y benéficos, de carácter más o menos mágico. La llevé en la mano muchos días, sintiendo con gusto su tacto, tan suave. Pensaba que aquel era uno de los primeros instrumentos inventados por el hombre, y su manoseo me llenaba de fantasías que, aunque vertiginosas, no dejaban de pertenecer a lo ordinario. Mas un día se me ocurrió una idea terrible: que había sido el instrumento quien había encontrado la mano, y no al revés. ¿Usted me comprende?
Arrebujado en mi chubasquero, yo le escuchaba comprendiendo que su manía estaba desbordando los contornos de la excentricidad.
-Que, convirtiéndose en instrumento, ese pedazo de materia inanimada, inorgánica, incapaz de esta palpitación a la que nosotros pertenecemos, había conseguido comenzar a participar en la historia de las cosas vivas.
Dejó de llover, pero desde las hojas de la parra siguieron escurriendo goterones que resonaban en el toldo con ritmo de tamboril. Yo le escuchaba absorto, muy interesado por el curso de aquel delirio que, de todos modos, tenía la verosimilitud de las ficciones.
-Así fui sospechando que lo inorgánico nos ha venido utilizando, de manera cada vez más compleja, para organizarse. Del mundo inorgánico ha salido la mayoría de nuestros instrumentos, armas, herramientas. Creemos que las botellas, los relojes, las máquinas de escribir, los automóviles, los bolígrafos, las lámparas, son objetos creados para nuestro servicio y acomodo, y en realidad estamos dando cada vez mayor protagonismo a las cosas, convertidas en un variadísmo soporte de nuestro bienestar. Unos siglos más, y la materia inorgánica habrá salido definitivamente de su inmemorial inmovilidad y se adueñará del mundo.
La desmesura de sus explicaciones tenía la sustancia convincente de esos artificios que dejan absorto al público en determinados espectáculos; y yo intuía, con una mezcla de gusto y temor, que un suceso inesperado corroboraría súbitamente sus confesiones, para demostrar, con la presencia de lo imposible, que todo aquello no era producto de un embeleco.
-Estoy escribiendo mi testimonio de ello. Pero ya he sido descubierto.
-¿Descubierto? -pregunté-. ¿Por quién?
-¿Por quién va a ser? -dijo, mirándome con extrañeza durante largo rato-. Solo en esta parte de la casa tengo cierta tranquilidad -prosiguió-. Las cerraduras comenzaron a estropearse hace ya tiempo, dejándome a menudo encerrado en las habitaciones. Las ollas se desportillan y cuartean sin razón alguna. Los vasos estallan en mi mano. Se estropea el paso de la electricidad dos o tres veces cada noche. A veces la casa misma se bambolea, como bajo los efectos de un terremoto. Intenté mecanografiar mi ensayo, pero las teclas no me obedecen y el carro corre sin motivo. Otro diría que la casa está embrujada, pero yo conozco la verdad. Y sé que, si no he sido destuido aun, es por la virtud de mi insignificancia. No se me teme lo suficiente. Pero soy objeto de continuas molestias, engorros y hasta burlas.
En aquel momento se oyó a mis espaldas el fuerte ruido de un objeto aplastándose contra el suelo. Souto se levantó de un salto y, atravesanto el corral rápidamente, regresó a mi lado llevando en sus manos un pedazo de madera que parecía la hoja de un ventanuco.
-¿Lo ve usted? -dijo-. Las sujeciones se han desatornillado solas. Me sucede habitualmente. Podría haberle roto la cabeza.
Comprobé el extraño aspecto que ofrecía aquel marco de donde los tornillos habían desaparecido limpiamente, sin que huella de esfuerzo alguno hubiese marcado la profundidad del orín y la perfección geométrica de los antiguos orificios.
-¿Qué piensa usted hacer? -pregunté cuando se sentó de nuevo.
-Quiero emigrar a lo más profundo de la selva tropical -repuso, muy seriamente- para sentirme inmerso en lo orgánico, lejos de las herramientas mecánicas o electrónicas, de los motores, de las casetes, de las cuchillas de afeitar. Tengo dinero suficiente para el viaje, pero no sé si podré conseguirlo.
-¿Por qué?
Me miró con una intensidad en que era evidente, junto con su angustia, su extrañeza ante mi falta de perspicacia.
-¿No lo comprende? Hasta llegar allí, todos los medios están bajo su control. Intentaré viajar a lomos de mulas, cruzar el estrecho a vela, o a remo. Pero no tengo ninguna confianza en conseguirlo.
Llovía otra vez con fuerza en el momento de despedirme de él. Y cuando dejé atrás su casa, todo el paisaje tenía esa tristeza sarcástica de la locura.


No volví a ver a Souto hasta la semana pasada. Cruzaba el paso subterráneo de Cibeles cuando, entre los vagabundos y mendigos que allí suelen vivaquear en estos meses de invierno, me pareció reconocer su inconfundible figura. Me acerqué a él y lo identifiqué enseguida. Llevaba las mismas greñas bajo la visera marinera y sus sucias y largas barbas de profeta.
-¡Souto! -exclamé-. ¿Qué hace usted aquí?
Me reconoció inmediatamente. Su mirada no había perdido nada de su brillo.
-Venga conmigo -repuso.
Echó a andar con paso rápido, dirigiéndose al Retiro, y solo cuando estuvimos bien adentrados en uno de los paseos laterales del parque, entre la fronda, me dirigió otra vez la palabra.
-No quise hablarle antes, pues puedo comprometerlo -dijo.
-¿Qué hace usted aquí? -insistí.
-Mi viaje no puede cumplirse. Todo parece estar en contra mía. Un incendio destruyó mi casa. Compré dos mulas y una fue muerta por un rayo y la otra pereció al desplomársele encima un muro. Tomé el tren -con toda clase de prevenciones- y descarriló cerca de Ávila. Habrá leido usted que perecieron veintiocho personas. He llegado a Madrid andando y vivo entre vagabundos, pues además no me queda ni un céntimo. Pero a mi paso se detienen y bloquean las escaleras mecánicas, se estropean los semáforos y hasta estallan las cañerías del agua.
-Véngase usted a mi casa. Necesita descansar, reponerse.
-Ni hablar -repuso, tajante-. Continuaré mi camino hacia el sur, a pie y por sendas. Cómpreme usted unos bocadillos y aléjese de mí. Ya le dije que mi compañía puede comprometerlo.


No lo he vuelto a ver, aunque estos días he recorrido varias veces los subterráneos de Cibeles. Por fin, y como un homenaje a su delirio y a su persona, he decidido escribir esta narración. Debo señalar que comencé a grabarla en el ordenador, pero que el texto se me ha borrado cuatro veces, tras la reiteración de insólitos apagones. Me puse entonces a la máquina de escribir, pero sin duda el largo desuso la ha estropeado, pues el carro se atascó y no he conseguido arreglarlo, con lo que he debido volver al ordenador, aunque cuidando de ir grabando poco a poco mi texto, en una labor casi artesanal. Todo ello me hace gracia, pese a todo, pues parece orquestar verazmente mi homenaje.
He decidido también que esta sea la introducción a mi Libro de los Naufragios, pues de un naufragio se trata, al fin y al cabo. Y mi proyecto es comenzar el libro de inmediato, después de poner en orden los demás estropicios de la casa.
Pues, como si se hubiesen puesto de acuerdo -no en vano cumplen todos ellos un plazo similar de funcionamiento, ya bastante largo, por cierto- se me están estropeando los aparatos electrodomésticos y tengo una grave avería en el cuarto de baño, con lo que mi vida está empezando a resultar bastante incómoda.

Aventuras e invenciones del profesor Souto, 2017.
 

lunes, 15 de junio de 2020

El niño lobo del cine Mari. José María Merino.

La doctora estaba en lo cierto: ningún proceso anormal se desarrollaba dentro del pequeño cerebro, ninguna perturbación patológica. Sin embargo, si hubiese podido leer el mensaje contenido en los impulsos que habían determinado aquellas líneas sinuosas, se hubiera sorprendido al encontrar un universo tan exuberante: el niño era un pequeño corneta que tocaba a la carga en el desierto, mientras ondeaba el estandarte del regimiento y los jinetes de Toro Sentado preparaban también sus corceles y sus armas, hasta que el páramo polvoriento se convertía en una selva de nutrida vegetación alrededor de una laguna de aguas oscuras, en la que el niño estaba a punto de ser atacado por un cocodrilo, y en ese momento resonaba entre el follaje la larga escala de la voz de Tarzán, que acudía para salvarle saltando de liana en liana, seguido de la fiel Chita. O la selva se transmutaba sin transición en una playa extensa; entre la arena de la orilla reposaba una botella de largo cuello, que había sido arrojada por las olas; el niño encontraba la botella, la destapaba, y de su interior salía una pequeña columnilla de humo que al punto iba creciendo y creciendo hasta llegar a los cielos y convertirse en un terrible gigante verdoso, de larga coleta en su cabeza afeitada y uñas en las manos y en los pies, curvas como zarpas. Pero antes de que la amenaza del gigante se concretase de un modo claro, la playa era un navío, un buque sobre las olas del Pacífico, y el niño acompañaba a aquel otro muchacho, hijo del posadero, en la singladura que les llevaba hasta la isla donde se oculta el tesoro del viejo y feroz pirata.
Una vez más, la doctora observó perpleja las formas de aquellas ondas. Como de costumbre, no presentaban variaciones especiales. Las frecuencias seguían sin proclamar algún cuadro particularmente extraño. Las ondas no ofrecían ninguna alteración insólita, pero el niño permanecía insensible al mundo que le rodeaba, como una estatua viva y embobada.
El niño apareció cuando derribaron el Cine Mari. Tendría unos nueve años, e iba vestido con un traje marrón sin solapas, de pantalón corto, y una camisa de piqué. Calzaba zapatos marrones y calcetines blancos. La máquina echó abajo la última pared del sótano (en la que se marcaban las huellas grotescas que habían dejado los urinarios, los lavabos y los espejos, y por donde asomaban, como extraños hocicos o bocas, los bordes seccionados de las tuberías) y, tras la polvareda, apareció el niño, de pie en medio de aquel montón de cascotes y escombros, mirando fijamente a la máquina, que el conductor detuvo bruscamente, mientras le increpaba, gritando:
–Pero qué haces ahí, chaval. Quítate ahora mismo.
El niño no respondía. Estaba pasmado, ausente. Hubo que apartarlo. Mientras las máquinas proseguían su tarea destructora, le sacaron al callejón, frente a las carteleras ya vacías cuyos cristales sucios proclamaban una larga clausura, y le preguntaban.
Pero el niño no contestó: no les dijo cómo se llamaba, ni dónde vivía. No les dio atisbo alguno de su identidad. Al cabo, se lo llevaron a la comisaría. Aquel raro atildamiento de maniquí antiguo, y el perenne mutismo, desconcertaban a los guardias. Al día siguiente, las dos emisoras daban la curiosa noticia, y en el periódico, por la mañana, salió una fotografía del niño, con su rictus serio y aquellos ojos fijos y ausentes.
La doctora puso en marcha el aparato y comenzó a oírse otra vez el cuento. En el niño hubo un breve respingo, y sus ojos bizquearon levemente, como agudizando una supuesta atención cuyo origen tampoco podía ser comprobado. Tanto los sonidos reproducidos a través de algún instrumento como las imágenes proyectadas de modo artificial, le hacían reaccionar del mismo modo, y producían unas ondas como de emoción o súbito interés. La doctora suspiró y le palmeó las pequeñas manos, dobladas sobre el regazo.
–Pero di algo.
El niño, una vez más, permanecía silencioso y absorto. Al parecer, su nombre era Pedro. Al poco tiempo de haberse publicado la foto en el periódico, una señora llorosa se presentaba en la redacción con la increíble nueva de que el niño era hijo suyo, un hijo desaparecido hace treinta años. La señora era viuda de un fiscal notorio por su dureza. Le acompañaban una hija cuarentona. Extendió sobre la mesa del director una serie de fotos de primera comunión en que era evidente el parecido. Acabaron por entregarle el niño a la señora, al menos mientras el caso se aclaraba definitivamente. El hecho de que un niño desaparecido treinta años antes (en un suceso misterioso que había conmovido a la ciudad y en el que se había aludido a causas de venganzas oscuras) apareciese de aquel modo, como si sólo hubiesen transcurrido unas horas, era tan extraño, tan fuera del normal acontecer, que a partir del momento en que se le atribuyó aquella identidad, ni la prensa ni la radio volvieron a hacerse eco de la noticia, como si el voluntario silencio pudiese limitar de algún modo lo monstruoso del caso.
Sin embargo, el asunto era objeto de toda clase de hipótesis, comentarios y conclusiones en mercados y peluquerías, oficinas y tertulias y, por supuesto, en cada uno de los hogares. Hasta tal punto el tema parecía extraño, que los amigos de la familia dudaban si lo más adecuado sería darle a la madre la enhorabuena o el pésame. Al aparecido le llamaron “el niño lobo” desde que ingresó en la Residencia, aunque la doctora señalaba lo impropio de la denominación, ya que el niño no manifestaba ningún comportamiento por el que pudiese ser asimilado a aquel tipo de fenómenos, sino sólo una especie de catatonía, de rara estupefacción. Sin embargo, las extrañas circunstancias de su aparición, aquella presencia alucinada, sugerían realmente que el niño hubiese sido recuperado fortuitamente de algún remoto entorno, virgen de presencia humana.
Puso música y el niño tuvo otro pequeño sobresalto. Era un niño muy guapo. Ahora la miraba como si quisiera decirle algo, pero ella sabía que era inútil animarle. Aquella supuesta intención era sólo una figuración suya. El desconocido pensamiento del niño estaba muy lejos. Era una verdadera pena.
–Te voy a llevar al cine –dijo la doctora.
Primero, le reconocieron en la Residencia. Luego, la familia le había trasladado a Madrid, buscando esa mayor ciencia que siempre en provincias se atribuye a la capital. Pero no hubo mejores resultados. Cuando volvió, el niño mantenía la misma presencia atónita y, aunque las hermanas hablaban de llevarle a California (donde al parecer las cosas del cerebro estaban muy estudiadas), la madre se había acostumbrado ya a la presencia inerte de aquel muñeco de carne y hueso, y posponía la decisión de separarse de él.
De vuelta a la ciudad, el niño seguía subiendo a la Residencia, donde la doctora le miraba todas las semanas. La doctora era bastante joven, y se estaba tomando el caso con mucho interés. Además de las connotaciones médicas y científicas del asunto, le fascinaba la impasibilidad de aquel ser mudo, cuyos ojos parecían mostrar, junto a un gran olvido, un desolado desconcierto.
La evidente influencia que producía en el cerebro del niño cualquier imagen o sonido proyectado a través de medios artificiales, le había sugerido la idea de llevarle al cine. La doctora era poco aficionada al cine, sobre todo por una falta de costumbre que provenía de su origen rural, de un internado severo de monjas y de una carrera realizada con bastantes esfuerzos y poco tiempo de ocio. Sus descansos vespertinos solía emplearlos en la lectura de temas vinculados a su profesión, y sólo de modo ocasional (y más como ejercitando un obligado rito colectivo, donde lo menos significativo era el espectáculo en sí) asistía a la proyección de alguna película que la publicidad o los compañeros proclamaban como verdaderamente importante. La idea le surgió al ver las largas colas llenas de niños que rodeaban al Emperador. Al parecer, se trataba de una de esas películas de enorme éxito en todas partes, que se pregonan como muy apropiadas al público infantil, con batallas espaciales y mundos imaginarios.
La doctora se proponía observar cuidadosamente al niño a lo largo de toda la sesión, escrutando el pulso, la respiración y otras manifestaciones físicas del posible impacto que la visión de la película pudiese tener en aquel ánimo misteriosamente ajeno.
Le observó durante los primeros minutos de proyección. El niño se había acurrucado en la butaca y observaba la pantalla con una avidez de apariencia inteligente. Mientras tanto, la historia comenzaba a desarrollarse. Una espectacular nave aérea perseguía a otra navecilla por un espacio infinito, fulgurante de estrellas, muy bien simulado. La nave perseguidora hace funcionar su artillería. La pequeña nave es alcanzada por los disparos de raro zumbido, y atrapada al fin por medio de poderosos mecanismos. El vencedor llega para conocer su presa. Es una estampa atroz: una figura alta, oscura, con un gran casco negro parecido al del ejército, cuyo rostro está recubierto por una mezcla imprecisa de animales y objetos: ratas, mandriles, cerdos, caretas antigás.
Entonces, el niño extendió su mano y sujetó con fuerza la de la doctora. Ella sintió la sorpresa de aquel gesto con un impacto más que físico. Exclamó el nombre del niño. Le observó de cerca, al reflejo de las grandes imágenes multicolores. En los ojos infantiles persistía aquella mirada inteligente, absorta en la percepción óptica, y la doctora sintió una alegría esperanzada.
La princesa ha sido capturada, aunque ha conseguido lanzar un mensaje que sus perseguidores no advirtieron. Mientras tanto, sus robots llegan a un desierto reverberante, cuya larga soledad sólo presiden los restos de gigantescos esqueletos. El cielo está inundado de un extraño color, en un crepúsculo de varios soles simultáneos.
Sin darse cuenta, la atención de la doctora se distrajo en aquella insólita aventura y no percibió que el niño había soltado su mano. El niño había soltado su mano, y atravesaba la oscuridad multicolor, ascendía por la rampa de la nave, conseguía introducirse en ella como disimulado polizón.
La nave corría rápidamente al espacio oscuro, lleno de estrellas, que la rodeaba como un cobijo. Los héroes vigilaban el fondo del cielo para prevenir la aparición del enemigo.
Al fin, la doctora se dio cuenta de que el pequeño había soltado su mano y volvió la cabeza a la butaca inmediata. Pero el niño ya no estaba y, del mismo modo que había sucedido en aquella lejana desaparición primera, la búsqueda fue completamente infructuosa.

Cuentos del reino secreto, 1982.