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miércoles, 23 de julio de 2025

Algo había sucedido. Dino Buzzati.

El tren había recorrido sólo pocos kilómetros (y el camino era largo, nos detendríamos recién en la lejanísima estación de llegada, después de correr durante casi diez horas) cuando vi por la ventanilla, en un paso a nivel, a una muchacha. Fue una casualidad, podía haber mirado tantas otras cosas y en cambio mi mirada cayó sobre ella, que no era hermosa ni tenía nada de extraordinario. ¡Quién sabe por qué había reparado en ella! Era evidente que estaba apoyada en la barrera para disfrutar de la vista de nuestro tren, superdirecto, expreso al norte, símbolo -para aquella gente inculta- de vida fácil, aventureros, espléndidas valijas de cuero, celebridades, estrellas cinematográficas... Una vez al día este maravilloso espectáculo y absolutamente gratuito, por añadidura.
Pero cuando el tren pasó frente a la muchacha, en vez de mirar en nuestra dirección se dio vuelta para atender a un hombre que llegaba corriendo y le gritaba algo que nosotros, naturalmente, no pudimos oír, como si acudiera a prevenirla de un peligro. Solamente fue un instante: la escena voló, quedó atrás y yo me quedé preguntándome qué preocupación le había traído aquel hombre a la muchacha que había venido a contemplarnos. Y ya estaba por adormecerme, al rítmico bamboleo del tren, cuando quiso la casualidad -se trataba seguramente de una pura y simple casualidad- que reparara en un campesino parado sobre un murito, que llamaba y llamaba hacia el campo, haciéndose bocina con las manos. También esta vez fue un momento porque el expreso siguió su camino, aunque me dio tiempo de ver a seis o siete personas que corrían a través de las praderas, los cultivos, la hierba medicinal, pisoteándola sin miramientos. Debía ser algo importante. Venían de diferentes lugares -de una casa, de una fila de viñas, de una abertura en la maleza- pero todos corrían directamente al murito, acudiendo alarmados, al llamado del muchacho. Corrían, sí, ¡por Dios cómo corrían!, espantados por alguna inesperada noticia que los intrigaba terriblemente, quebrando la paz de sus vidas. Pero fue sólo un instante, lo repito, apenas un relámpago; no tuvimos tiempo de observar nada más.
"¡Qué extraño!", pensé, "en pocos kilómetros ya dos casos de gente que recibe, de golpe, una noticia" (eso, al menos, era lo que yo presumía). Ahora, vagamente sugestionado, escrutaba el campo, las carreteras, los paisajes, con presentimiento e inquietud. Seguramente estaba influido por el especial estado de ánimo, pero lo cierto es que cuanto más observaba a la gente, más me parecía encontrar en todos lados una inusitada animación. ¿Por qué aquel ir y venir en los patios, aquellas afanadas mujeres, aquellos carros...? En todos los lados era lo mismo. Aunque a esa velocidad era imposible distinguir bien, hubiera jurado que toda esa agitación respondía a una misma causa. ¿Se celebraría alguna procesión en la zona? ¿O los hombres se dispondrían a ir al mercado? El tren continuaba adelante y todo seguía igual, a juzgar por la confusión. Era evidente que todo se relacionaba: la muchacha del paso a nivel, el joven sobre el muro, el ir y venir de los campesinos: algo había sucedido y nosotros, en el tren, no sabíamos nada.
Miré a mis compañeros de viaje, algunos en el compartimiento, otros en el corredor. No se habían dado cuenta de nada. Parecían tranquilos y una señora de unos sesenta años, frente a mí, estaba a punto de dormirse. ¿O acaso sospechaban? Sí, sí, también ellos estaban inquietos y no se atrevían a hablar. Más de una vez los sorprendí echando rápidas miradas hacia fuera. Especialmente la señora somnolienta, sobre todo ella, miraba de reojo, entreabriendo apenas los párpados y después me examinaba cuidadosamente para ver si la había descubierto. Pero, ¿de qué teníamos miedo?
Nápoles. Aquí, habitualmente, el tren se detiene. Pero nuestro expreso, no, hoy no. Desfilaron cerca las viejas casas y en los patios oscuros se veían ventanas iluminadas. En aquellos cuartos -fue un instante- hombres y mujeres aparecían inclinados, haciendo paquetes y cerrando valijas. ¿O me engañaba y todo era producto de mi fantasía?
Se preparaban para marcharse. "¿Adónde?", me preguntaba. Evidentemente no era una noticia feliz, pues había como una especie de alarma generalizada tanto en la campaña como en la ciudad. Una amenaza, un peligro, el anuncio de un desastre. Después me decía: "Si fuera una desgracia se habría detenido el tren; en cambio, el tren encontraba todo en orden, señales de vía libre, cambios perfectos, como para un viaje inaugural.
Un joven a mi lado, simulando que se desperezaba, se había puesto de pie. En realidad quería ver mejor y se inclinaba sobre mí para estar más cerca del vidrio. Afuera, el campo, el sol, los caminos blancos; sobre los caminos, carros, camiones, grupos de gente a pie, largas caravanas, semejantes a las que marchan en dirección a la iglesia el día del santo patrón de la ciudad. Ya eran cientos, cada vez más gentío a medida que el tren se acercaba al norte. Y todos llevaban la misma dirección, descendían hacia el mediodía, huían del peligro mientras nosotros íbamos directamente a su encuentro; a velocidad enloquecida nos precipitábamos, corríamos hacia la guerra, la revolución, la peste, el fuego... ¿Qué más podía pasarnos? No lo sabríamos hasta dentro de cinco horas, en el momento de llegar, y seguramente sería demasiado tarde.
Nadie decía nada. Ninguno quería ser el primero en ceder. Cada uno quizás dudara de sí mismo, como yo, y en la incertidumbre se preguntara si toda aquella alarma sería real o simplemente una idea loca, una alucinación, una de esas ocurrencias absurdas que suelen asaltarnos en el tren, cuando ya se está un poco cansado. La señora de enfrente lanzó un suspiro, aparentando que recién se despertaba, e igual que aquel que saliendo efectivamente del sueño levanta la mirada mecánicamente, así ella levantó las pupilas, fijándolas, casi por azar, en la manija de la señal de alarma. Y también todos nosotros miramos el aparato, con idéntico pensamiento. Nadie se atrevió a hablar o tuvo la audacia de romper el silencio o simplemente osó preguntar a los otros si habían advertido, afuera, algo alarmante.
Ahora las carreteras hormigueaban de vehículos y gente, todos en dirección al sur. Nos cruzábamos con trenes repletos de gente. Los que nos veían pasar, volando con tanta prisa hacia el norte, nos miraban desconcertados. Un multitud había invadido las estaciones. Algunos nos hacían señales, otros nos gritaban frases de las cuales se percibían solamente las voces, como ecos de la montaña.
La señora de enfrente empezó a mirarme. Con las manos enjoyadas estrujaba nerviosamente un pañuelo, mientras suplicaba con la mirada. Parecía decir: si alguien hablaba... si alguno de ustedes rompiera al fin este silencio y pronunciara la pregunta que todos estamos esperando como una gracia y ninguno se atreve a formular...
Otra ciudad. Como al entrar en la estación el tren disminuyó su velocidad, dos o tres se levantaron con la esperanza de que se detuviera. No lo hizo y siguió adelante como una estruendosa turbonada a lo largo de los andenes donde, en medio de un caótico montón de valijas, un gentío se enardecía, esperando, seguramente, un convoy que partiera. Un muchacho intentó seguirnos con un paquete de diarios y agitaba uno que tenía un gran titular negro en la primera página. Entonces, con un gesto repentino, la señora que estaba frente a mí se asomó, logrando detener por un momento el periódico, pero el viento se lo arrancó impetuosamente. Entre los dedos le quedó un pedacito. Advertí que sus manos temblaban al desplegarlo. Era un papelito casi triangular. Del enorme título, sólo quedaban tres letras: ION, se leía. Nada más. Sobre el reverso aparecían indiferentes noticias periodísticas.
Sin decir palabra, la señora levantó un poco el fragmento, a fin de que pudiéramos verlo. Todos lo habíamos visto, aunque ella aparentaba ignorarlo. A medida que crecía el miedo, nos volvíamos más cautelosos. Corríamos como locos hacia una cosa que terminaba en ION y debía de tratarse de algo espeluznante; poblaciones enteras se daban a la fuga. Un hecho nuevo y poderoso había roto la vida del país, hombres y mujeres solamente pensaban en salvarse, abandonando casas, trabajos, negocios, todo, pero nuestro tren no, el maldito aparato, del cual ya nos sentíamos parte como un pasamano más, como un asiento, marchaba con la regularidad de un reloj, a la manera de un soldado honesto que se separa del grueso del ejército derrotado para llegar a su trinchera, donde ya la ha cercado el enemigo. Y por decencia, por un respeto humano miserable, ninguno de nosotros tenía el coraje de reaccionar. ¡Oh los trenes, cómo se parecen a la vida!
Faltaban dos horas. Dos horas más tarde, a la llegada, ya sabríamos la suerte que nos esperaba a todos. Dos horas. Una hora y media. Una hora. Ya descendía la oscuridad. Vimos a lo lejos las luces de nuestra anhelada ciudad y su inmóvil resplandor reverberante, un halo amarillo en el cielo, nos volvió a dar un poco de coraje.
La locomotora emitió un silbido, las ruedas resonaron sobre el laberinto de los cambios. La estación, la superficie -ahora oscura- del techo de vidrio, las lámparas, los carteles, todo estaba como de costumbre. Pero, ¡horror! Aún el tren se movía, cuando vi que la estación estaba desierta, los andenes vacíos y desnudos. Por más que busqué no pude encontrar una figura humana. El tren se detuvo, al fin. Corrimos por el andén hacia la salida, a la caza de alguno de nuestros semejantes. Me pareció entrever al fondo, en el ángulo derecho, casi en la penumbra, a un ferroviario con su gorro que desaparecía por una puerta, aterrorizado. ¿Qué habría pasado? ¿No encontraríamos un alma en la ciudad? De pronto, la voz de una mujer, altísima y violenta como un disparo, nos hizo estremecer. "¡Socorro! ¡Socorro!", gritaba y el grito repercutió bajo el techo de vidrio con la vacía sonoridad de los lugares abandonados para siempre.


Sesenta relatos, 1958.

viernes, 16 de octubre de 2020

Crescendo. Dino Buzzati.

La señorita Annie Motleri oyó llamar a la puerta y fue a abrir. Era el notario, doctor Alberto Fassi, viejo amigo suyo. Ella observó que su abrigo estaba mojado, señal de que fuera llovía. Dijo:
—¡Oh, qué alegría, querido doctor Fassi. Pase, pase!
Él sonriendo entró y le tendió la mano.
La señorita Motleri oyó unos golpes en la puerta. Tuvo un sobresalto y fue a abrir. Era el viejo amigo doctor Fassi, notario, que llevaba un abrigo negro, aún goteante de lluvia. Ella, sonriendo, le dijo:
—¡Oh, qué alegría, querido doctor Fassi, pase, pase!
Fassi entró, con paso grave, y le tendió la mano.
A la señorita Annie le dio un vuelco el corazón cuando oyó que alguien llamaba a la puerta. Se levantó prontamente de la butaquita donde estaba bordando y corrió a abrir. Vio al viejo notario Fassi, amigo de la familia, que desde hacía muchos meses no daba señales de vida. Parecía más pesado y mucho más corpulento de cómo ella lo recordaba. Quizá también porque llevaba un impermeable negro demasiado largo, que le caía a grandes pliegues, brillante por la lluvia, chorreando lluvia. Annie hizo un esfuerzo y sonrió, diciendo:
—¡Oh, qué agradable sorpresa, querido doctor Fassi!
A lo que el hombre entró a pasos lentos y le tendió la robusta mano para saludarla.
Ya marchita, la señorita Motleri, que estaba bordando en el salón iluminado por la lívida luz de aquella tarde lluviosa, se estaba arreglando con la mano izquierda un mechón de cabellos grises que le había caído sobre la frente, cuando oyó unos violentos golpes en la puerta. Tuvo entonces un violento estremecimiento nervioso en la butaquita, se levantó con brusquedad y se precipitó a abrir la puerta. Se encontró ante un hombre robusto que llevaba un impermeable de hule negro, con escamas, duro y viscoso, rezumando agua. Así de pronto creyó reconocer al viejo doctor Fassi, notario, un amigo de los viejos tiempos, y forzando sus labios en una sonrisa dijo:
—¡Oh, qué agradable sorpresa, qué agradable sorpresa! Pero pase, por favor, entre.
A lo que el visitante se introdujo en el vestíbulo con gran retumbar de pasos como si fuese un gigante y le tendió la mano ancha y musculosa para saludarla.
En la suave somnolencia de la casa a aquellas primeras horas de la tarde, los insistentes golpes en la puerta sobresaltaron violentamente a la señorita Motleri, enfrascada en un complicado bordado. A pesar suyo, dio un brinco en la butaquita, escapándose de sus manos el mantel que estaba bordando y que fue a parar al suelo, mientras ella con ansiedad se apresuraba a ir hasta la puerta. Cuando abrió, se halló ante una silueta negra, corpulenta y brillante que la miraba fijamente. A lo que ella dijo: —¡Pero usted... pero usted...! Y retrocedió, mientras el visitante entraba en el pequeño vestíbulo, sus pesados pasos retumbando de forma incomprensible en el vasto edificio.
Fue rapidísima, Annie Motleri, en llegar hasta la puerta, mechones despeinados de cabellos grises cayéndole sobre la frente, cuando resonaron repetidos golpes de alguien que quería entrar. Con mano temblorosa dio vuelta a la llave y bajó la manija, abriendo la puerta. En el rellano había una forma viva, robusta y poderosa, de color negro, cubierta de escamas, con dos ojitos penetrantes y una especie de viscosas antenas que se inclinaban hacia ella, palpándola. A lo que ella gimió:
—No, no, por favor... —y retrocedía asustada, mientras el otro avanzaba con pasos de plomo, y todo el edificio retumbaba.
Cuando la señorita Motleri, solicitada por insistentes golpes en la puerta, corrió a abrir, se halló ante un ser negro cubierto de una coraza negra y brillante que la miraba fijamente, tendiendo hacia ella dos patas negras que terminaban cada una de ellas en cinco garras blancuzcas. Annie instintivamente retrocedió, procurando no obstante cerrarle la puerta y gimió:
—¡No, no! Por la misericordia de Dios...
Pero el otro, abalanzándose con su descomunal masa sobre la puerta, la abría cada vez más, hasta que consiguió una abertura por la que poder entrar, y el parquet crujía bajo su gigantesca mole.
—Annie... —susurraba el intruso—. Annie... uh, uh...
Y tendía hacia ella sus blancas y horribles zarpas.
La señorita Annie Motleri se quedó sin fuerzas para pedir auxilio cuando, requerida por enérgicos golpes en la puerta, que instantáneamente la habían puesto en un estado de excitación difícilmente explicable, se precipitó a abrir y vio un tenebroso inmundo y mastodóntico coleóptero, escarabajo, araña, consistente en relucientes placas unidas entre sí hasta formar un poderoso monstruo, que la miraba fijamente con dos minúsculos ojos fosforescentes (en los que se hallaban contenidas todas las profundidades fatales de nuestra penosa vida), y tendía hacia ella decenas y decenas de antenas rígidas que terminaban en ganchos sanguinolentos.
—No, no, doctor Fassi... —suplicó, retrocediendo, y fue todo lo que pudo decir. Entonces el bestial la aferró con sus horribles garras.
La jovencita Annie Motleri oyó llamar a la puerta y fue a abrir. Era el monstruo, el infierno, el antiguo reptil divino, el cual la taladraba con la mirada de sus ojillos de fósforo y de fuego. Y antes de que ella tuviese tiempo ni siquiera mínimamente para retirarse, se abalanzó sobre ella con sus tenazas de hierro, hundiendo sus uñazas en el tierno cuerpecito, en la carne, en las entrañas, en el ánimo sensible y doliente.
¿La conocéis, a la señorita Annie Motleri? No, que va, nada de cuarenta y cinco, estáis de broma. Claro, vive sola. ¿Quién va a querer a estas alturas...? Borda, borda incesantemente, en la casa silenciosa. ¿Pero qué le pasa ahora para que dé ese brinco en su butaquita? ¿Tal vez alguien ha llamado a la puerta? Imagínate. No, nadie ha llamado, nadie, nadie. ¿Quién podría llamar a su puerta?
Sin embargo la señorita ha corrido con una lacerante agitación, tropezando con la alfombra, dándose un golpe con el canto del trumeau, jadeante. Ha dado vuelta a la llave, ha bajado la manija, ha abierto.
El rellano está vacío. Los mosaicos del rellano vacíos, con aquella luz gris que procede de la claraboya gris y que a nadie perdona, la barandilla negra e inmóvil, inmóvil la puerta del piso de enfrente, todo inmóvil, vacío y perdido para siempre. No hay nadie. Nada de nada de nada.
La antigua nostalgia sí. La aflicción incurable sí. La maldita esperanza de los años lejanos, sí. El invisible monstruo, sí. Una vez más la ha capturado. Lentamente hunde sus aguijones en el solitario corazón.

Las noches difíciles. 1971.

jueves, 27 de agosto de 2020

El sueño de la escalera. Dino Buzzati.

Creo que soy muy bueno produciendo sueños, especialmente de los que dan miedo.
De hecho estoy bastante buscado. Aunque no hago publicidad de ninguna clase, los espíritus de la noche prefieren mis servicios a los de muchos de mis colegas que ponen costosos anuncios en los periódicos.
Dispongo de un repertorio de pesadillas de lo más fantasioso. Hay uno sin embargo que es mucho más apreciado que todos los demás; uno de los menos originales, debo decir, lo que me mortifica un poco: es el sueño de la escalera.
En el medio, mi reputación reposa casi exclusivamente sobre este artículo que los espíritus nocturnos no se cansan de pedirme y que, por descontado, a medida que pasan los años procuro perfeccionar cada vez más. Dicen, los espíritus, que su efecto es irresistible, ya que contiene, según ellos, una alegoría de la vida.
¿Hacemos una prueba? Ahí tenemos al señor Giulio Minervini, cuarenta y cinco años, joyero y relojero, que poco antes de medianoche, después de ver la televisión, se acuesta junto a su mujer; y en seguida se duerme.
Como con todas las pesadillas angustiosas, esperaremos a que se halle sumido profundamente en los remansos del sueño, para que le resulte difícil salir, cuando desee liberarse.
Observémosle bien. Son más de las dos. Ha llegado el momento. El señor Minervini, recostado sobre el lado izquierdo, lo que obviamente facilitará la operación, parece hallarse en los campos elíseos, tan beatífica, y añadamos cretina, es la expresión satisfecha de su rostro.
Entonces le llamo. Él reacciona. No ve nada, pero oye, al otro lado de la puerta, pronunciar con insistencia su nombre; así como un débil crujido.
Es fundamental, en el oficio de los joyeros, la idea fija de los ladrones. Otra persona, tal vez, ante un ruido más o menos inexplicable, no le daría mayor importancia. Giulio Minervini, en cambio, sí. Dejando en la cama su propio cuerpo bestialmente amodorrado, se levanta, se pone a toda prisa los pantalones y en zapatillas entra en la habitación contigua. Donde, ¿hace falta decirlo?, no encuentra a nadie.
Entonces me desplazo al vestíbulo, renovando la llamada. Y cuando él se asoma al vestíbulo me traslado, invisible, al descansillo de la escalera. Doy ligeros golpecitos al pasamanos de hierro, simulando un apresurado ruido de pasos, llamo con un suspiro:
—¡Señor Minervini, señor Minervini!
¿Qué está sucediendo? El joyero, ya en pleno desasosiego, hace correr la pesada cadena de la puerta blindada por dentro, entreabre una hoja, echa un vistazo fuera. En este momento la partida está ganada.
Rápido como el pensamiento, me dirijo al descansillo inferior con un petulante repiqueteo de tacones de aguja. Y desde allí vuelvo a llamarle, esta vez con inconfundible voz femenina: joven, avispada, prometedora.
Él se asoma por la barandilla para mirar hacia abajo. No ve nada, sin embargo oye mi respiración, procedente del zaguán de la entrada de un piso inferior donde, por mucho que estire el cuello, su mirada no consigue llegar.
—¡Señor Minervini! ¡Señor Giulio! —ahora la voz ha sonado realmente delicada, procaz, carnal. Y el joyero, maldita sea, es un hombre que no desperdicia ninguna ocasión.
¿Qué hace entonces? Desprendiéndose de las zapatillas, descalzo, para no hacer ruido, empieza a bajar las escaleras. El primer tramo es de doce escalones. Luego un descansillo haciendo esquina, un tramo de siete, otro descansillo haciendo esquina, otro tramo de doce. La luz, procedente de unas lámparas dispuestas a lo largo de los rellanos, por donde se accede a las viviendas, es mortecina y bastante siniestra, pero alumbra.
Cuando haya bajado cinco o seis escalones, el pasamanos sobre el que apoya su mano izquierda se verá truncado, desvaneciéndose en la nada. Quedará un pedazo en el tramo inferior de las escaleras.
Bajar una escalera desprovista de barandilla y sin pasamanos a lo largo de la pared es algo bastante desagradable, aunque no haya ningún peligro si se va con cuidado.
La desaparición de la barandilla ha borrado, mientras tanto, en Minervini, la idea de la misteriosa mujer que le llamaba y que ahora ha dejado de llamarle. En este momento sólo tiene una duda: ¿le conviene volver a subir hasta el balcón corrido, todavía provisto de balaustrada y meterse lo antes posible en casa, afrontando sin embargo aquellos siete escalones tan repulsivos sin protección externa? ¿O le conviene bajar un par más de escalones hasta poder agarrarse al pedazo de barandilla inferior?
En el más absoluto silencio, el joyero se decide por la segunda opción, baja los dos escalones, con la mano izquierda se aferra al pasamanos de madera, que sin embargo cede, como si no estuviese unido a nada.
Minervini se queda de piedra, de su mano cuelga un pesado fragmento de barandilla. Con un escalofrío lo arroja por el hueco de la escalera, se pega, buscando protección, a la pared, oye el estruendo metálico en el portal, cinco pisos más abajo.
Sabe que ha caído en la trampa. Lo único que puede hacer es volver a subir. Lo hará con la máxima prudencia, por suerte descalzo es más difícil resbalar. El hueco de la escalera allí arriba, con su sólida balaustrada, le parece un agarradero fabuloso. ¿Por qué fabuloso? Sólo se trata de subir nueve escalones.
Nueve escalones, es cierto, pero en ese brevísimo intervalo de tiempo los escalones se han hecho altísimos y estrechos, parecen la pared de una pirámide azteca. Minervini no me ve, pero sabe que estoy allí. Pregunta:
—¿Es un sueño, verdad?
No contesto.
—Digo: ¿es un sueño, verdad? —repite.
Y yo:
—Bueno, ya veremos.
Se pondrá a cuatro patas, para aprovechar cuatro puntos de apoyo en lugar de dos. Sabia precaución porque mientras tanto se verá obligado a constatar que los escalones ya no son verdaderos escalones con un plano horizontal sino simples barras metálicas que asoman de la pared un metro aproximadamente, distantes entre sí unos cuarenta centímetros, y entre Una y otra el vacío. Además, más de la mitad de los travesaños han desaparecido bajo sus pies, y se abren unos vacíos espantosos que habría que salvar con un salto acrobático, lo que sería una locura porque debajo se abre un profundo precipicio en forma de embudo.
Un peldaño, dos peldaños, tres peldaños, todavía faltan seis para llegar al rellano. La mano se estira, buscando a tientas, el próximo peldaño ha desaparecido. En ese mismo momento también el peldaño sobre el que tiene apoyado el pie izquierdo se volatiliza inesperadamente, apenas le da tiempo a agarrarse con las dos manos al último peldaño restante, poniéndose peligrosamente a horcajadas. De ahí no se puede mover, nunca jamás podrá moverse. ¿Y quién le salvará?
Entonces empieza a pedir socorro. Oh, si pudiese. Aunque emplea todo su aliento, de la garganta no aflora ni un hilo de voz. ¡Socorro! ¡Socorro! Con horror se da cuenta de que la barra sobre la que se ha encaramado, su último recurso, está ablandándose por debajo, lentamente, como si fuese de goma. Se mantiene desesperadamente aferrado a la juntura, aprieta las rodillas contra el fláccido muñón. Pero sabe que todo es inútil.
Me llama:
—Dime, dime. ¿Es un sueño, verdad? Si es un sueño, acabaré despertándome. ¿Es un sueño, verdad?
Y yo:
—Bueno, ya veremos. 

Las noches difíciles, 1971.
 

sábado, 2 de mayo de 2020

Delicadeza Dino Buzzati.

Existe un país en que la pena de muerte es suministrada con extrema delicadeza. He aquí un ejemplo:
Una vez que la sentencia ya se ha hecho ejecutiva, antes de que le sea comunicada la fecha de la ejecución, el reo —supongamos que se llame Ernesto Troll, tapicero, uxoricida con veneno —es conducido, sin esposas, a la dirección de prisiones.
Aquí se le invita a sentarse en el despacho del director, en una cómoda butaca. Se le ofrecen cigarrillos, café, caramelos, después de lo cual los sirvientes desaparecen, dejando solos al director y al condenado.
El director empieza a hablar:
—Bien, señor Troll, usted ha sido condenado a muerte. No obstante es mi deber tranquilizarle. Es decir, advertirle de que, en cierto sentido, se trata de una condena sobre todo teórica.
—¿Teórica?
—Sí, teórica. Porque la muerte en realidad no existe.
—¿Cómo que no existe?
—No existe, quiero decir, como pena, como castigo, como hecho trágico, motivo de miedo y de angustia. Sobre este tema, rigen en el mundo prejuicios insensatos. Dejemos aparte el sufrimiento físico que, al menos en su caso, está fuera de discusión, dada la perfección de nuestras instalaciones —y esboza una sonrisita diplomática—. Yo hablo del dolor moral, injustamente temido, como confío en llegar a demostrarle.
»Vayamos por pasos: ¿por qué el hombre tiene miedo a morir? La respuesta es de lo más sencilla. El hombre tiene miedo porque, después de muerto, ya no podrá vivir, es decir hacer, ver, escuchar, etc., todas las cosas que hacía mientras estaba con vida. Y eso le disgustaría sobremanera. Pero para poder experimentar dolor es necesario, conditio sine qua non, estar vivos. Por lo tanto quien está muerto ya no puede sufrir, como tampoco puede ser sujeto de arrepentimientos, nostalgias y aflicciones de ningún tipo. En pocas palabras, una vez producida la defunción, el hombre no puede quejarse de estar muerto. Moraleja: el aspecto negativo de la muerte, que generalmente infunde tanto pánico, es una estólida ilusión.
Responde el señor Troll:
—Todo eso que dice está muy bien, señor director. Pero lo malo de la muerte no es tan sólo el no poder hacer nunca más las cosas que se hacían estando vivo. Está también la pena de dejar para siempre a tantas personas queridas.
—¡Muy bien! Tampoco esta pena, hijo mío, va a poder sentirla, precisamente porque estará muerto.
—Y además, señor director, ¿quién nos asegura que después de la muerte no hay nada?
—Esperaba esta objeción, señor Troll. Una objeción más que razonable. Pasemos pues al meollo del problema.
—Le escucho, señor director.
—Bien. Es evidente que las posibilidades son dos: o después de la muerte existe una segunda vida del tipo que sea, o después de la muerte no hay nada. Evidente, me atrevería a decir, elemental. Ahora consideremos la hipótesis de que usted…
—Pero, realmente, yo…
—Es sólo una hipótesis, repito, que no prejuzga en absoluto lo que puedan ser sus convicciones personales. Es decir, supongamos que usted, señor Troll, no cree en el más allá. En este caso, si usted encuentra una segunda vida, tendrá una agradabilísima sorpresa, que redundará en beneficio suyo; y no tendrá razones para lamentarse. Es evidente que el pesar por las personas queridas que habrá tenido que abandonar se verá enormemente mitigado por la certeza de que también ellas, un día u otro, llegarán a donde usted está. Además le queda el consuelo de reencontrar, en el otro mundo, parientes y amigos ya desaparecidos antes que usted.
—Bueno, lo de los parientes…
—Ah, perdóneme… —dice el director que por un momento ha olvidado que se las está viendo con un uxoricida—. En cualquier caso, hasta aquí me parece que no puede haber objeciones. Ahora consideremos la otra eventualidad. Es decir, que del otro lado no haya nada. Pero precisamente porque no hay nada, y la nada implica que usted tampoco exista, usted no tiene la posibilidad de darse cuenta, como ya hemos visto. En resumidas cuentas, ningún pesar. Es evidente que la habitual desesperación de los que no tienen fe carece de fundamento.
—Pero es que yo, señor director, no es que sea tan escéptico. Es más, tengo la sensación de que…
—Perfectamente. Consideremos ahora al hombre que cree en el más allá. De entrada es lógico que, debido precisamente a dicha convicción, se enfrente a la muerte con considerable serenidad. Pues bien, sigámosle en el acto de franquear el famoso umbral. Avanza, ya ha pasado, mira en derredor suyo, se da cuenta de existir todavía, de forma completamente distinta quizá, pero existe. Su fe ha sido recompensada, se siente consolado y despojado de todo peso material, puede ocurrir incluso que encuentre la felicidad inútilmente buscada sobre la tierra.
»Y henos por segunda vez frente a la hipótesis negativa. El hombre que cree en el más allá muere y al otro lado no hay nada. Pero no obstante las cuentas salen; no ha sido víctima, por decirlo de alguna manera, de ninguna estafa, no ha habido tiempo ni ocasión para la decepción. Razón por la cual, estoy de acuerdo con usted, querido señor Troll: la fea, en cualquier caso, es un buen negocio.
—Una apuesta sobre seguro, ¿no?
—Veo que ha leído usted a Pascal. Me alegro. Pero para aclararle mejor las ideas, ¿por qué no hacemos una prueba?
—¿Una prueba de qué clase?
—Una especie de representación simbólica, una ficción casi teatral, una ejemplificación plástica, una especie de juego.
—¿Y en qué consistiría mi papel?
El director pulsó el botón del interfono. Del aparato graznó una voz.
—Mande, señor director.
—Que venga en seguida Fiorella.
El condenado está inquieto:
—Señor director, creo que tengo derecho a saber: ¿en qué consiste esta representación? Espero que no se trate de una broma.
—Nada de bromas. Se trata de tranquilizarle. Hasta ahora todo han sido palabras. Y las palabras valen por lo que son, yo soy el primero en reconocerlo. Lo que vamos a hacer ahora es un experimento práctico. Piense en los vuelos espaciales. Antes del lanzamiento, los cosmonautas son recluidos en la cápsula para que se hagan cargo, se acostumbren, adquieran confianza con el ambiente. Pero la cápsula no despega, no hay peligro de ninguna clase. Lo mismo usted. Esta prueba, le repito, le aclarará las ideas sobre su verdadera situación. Después, se lo aseguro, se sentirá muchísimo mejor. Usted sólo tiene que… ¡Ah, ahí llega nuestra querida Fiorella!
Ha entrado una chica de unos veinte años, espléndida y procaz, con una falda cortísima y un generoso escote. Una imagen algo increíble para la cárcel de la muerte.
—Considero superfluas las presentaciones —observa el director dirigiéndose al condenado—. Nuestra Fiorella es una especialista en estas pequeñas ficciones escénicas. Nuestra Fiorella, en nuestro caso, simboliza, mejor dicho encarna la segunda vida. Y precisamente por eso ahora se retira… Hasta la vista, Fiorella…
La muchacha sale no sin antes dirigir al condenado una descarada sonrisa, y guiñarle un ojo.
Director y reo se hallan de nuevo solos.
—¿Y esta Fiorella? —pregunta el señor Troll haciendo un gesto sumamente expresivo.
El director se ríe.
—Claro, claro, por supuesto, si se tercia… Ahora verá usted qué sencillo es. ¿Ve aquella puerta?Sólo tiene que abrirla y pasar al otro lado, a la habitación contigua. Ahora bien, puede ocurrir que al otro lado sean tinieblas; y las tinieblas significarían la nada. Pero también puede ocurrir que al otro lado esté Fiorella esperándole… ¿No le parece una buena alegoría?
—Pero, quiero decir, ¿si encuentro tinieblas, yo…?
—Usted nada, querido señor Troll. En este caso, en vista de que no hay nada, usted tranquilamente vuelve aquí a mi despacho… Eso es todo. Elemental, ¿no? Muy bien, creo que al otro lado todo está ya preparado.
—¿Y quién decide? Quiero decir ¿quién establece si dejarlo a oscuras o hacerme encontrar a la chica? ¿Es usted quien lo decide, señor director?
—No, en absoluto. Es la chica quien lo decide. Y Fiorella es la criatura más imprevisible de este mundo. En fin, valor. ¿Hacemos la prueba?
Con pasos más bien inseguros el condenado se levanta, se acerca a la puerta, con precaución empuña la manija, la hace girar lentamente, empuja con extrema cautela la puerta, vislumbra un filo de luz, una rendija, un rosado esplendor de carnes.
En ese preciso instante, desde una minúscula tronera bien camuflada abierta en una pared del estudio, un experto tirador fulmina al señor Troll de un disparo en la nuca.

 

domingo, 1 de marzo de 2020

Una carta aburrida. Dino Buzzati.

Ni yo misma sé, querida Elena, cómo he podido estar tanto tiempo sin escribirte, sin dar señales de vida. ¡Pero el tiempo pasa tan deprisa, y el invierno me pone siempre tan apática! Al final le he matado. Bueno, ha hecho falta que pasasen cinco meses largos desde nuestro último encuentro, y que llamase a la puerta, finalmente, la bendita primavera, aquí en el campo tan radiante, tan consoladora, para decidirme a coger la pluma y ponerme a charlar con mi querida Elenuccia. Te juro que no podía más.
Cómo me gustaría que ahora estuvieses aquí a mi lado, tú que tienes una sensibilidad tan parecida a la mía, que sabes escuchar las suaves voces de la naturaleza y de los viejos caserones, que sabes disfrutar como yo con los minúsculos encantos de la vida doméstica, para muchos otros monótona y mezquina. Créeme, desembarazarse de un marido semejante ha sido un gran alivio.
Es casi de noche, los árboles y los prados se disponen a recogerse en el sueño. Ni yo misma sé cómo he podido aguantar tantos años. Una paz maravillosa se extiende en torno a mi casa (por suerte la carretera queda lejos) y un sentimiento de seguridad, de bondad, de satisfacción, no sé cómo expresarlo, de intimidad profunda apacigua mi ánimo. Y además el «profesor» ha dejado de atormentarme, ya no se queja, ya no da más clases.
En este momento no se ve, porque ya ha oscurecido, pero de día, aquí sentada, en mi escritorio, puedo ver los nuevos brotes de la enredadera que asoma por la ventana. Qué verde más tierno, amoroso, conmovedor. Es la vida misma, es —y no vayas a decirme que estoy loca— la esperanza encarnada. Por la noche, mientras dormía, soltaba siempre un silbido por la nariz, era algo horrible. Y además me engañaba. Sistemáticamente.
¿Sabes que la primavera hace chirriar los travesaños de los muebles antiguos, de los prehistóricos palafitos? Hasta con la hija del casero, me engañaba, aquí abajo, a la salida del bosque, en la vía del tren. ¿Pero sabes que la primavera hace estallar también dentro de mí, no sé muy bien en qué parte de mí, desde luego en lo más profundo de los nervios y de los sentidos, hace estallar una especie de muelles, que han permanecido, quién sabe cómo, comprimidos durante largo tiempo? Zic, zic, tengo la sensación de que infinitos saltamontes microscópicos escondidos en las partes más recónditas de mi cuerpo salen disparados de pronto. Sensaciones mínimas, apenas perceptibles, y no obstante tan provocativas y suaves. ¿También tú? Dime: ¿también tú, Elena querida? Ha sido fácil, ¿sabes? Dormía con su acostumbrado silbidito. Había encontrado un alfiler, quien sabe, tal vez de mi abuela, de esos que servían para sujetar los sombreros en la cabeza. Un bonito alfiler.
Éstos son para mí, quizás, los mejores días del año. Había calculado bien el lugar. Él seguía con su silbidito. Lo empujé hacia dentro con todas mis fuerzas. Como en la mantequilla. Esta mañana, al salir al jardín, he tenido una deliciosa sorpresa: la guadina tropical, sabes, aquella que me había traído de Zanzíbar el doctor Genck, y que creía que se había muerto, en el espacio de una noche había echado una flor, ¿pero cómo una flor? Una especie de llama, de antorcha, de erupción incandescente. Él todo lo que hizo fue abrir los ojos. No se movió. Susurró: «Tendrás que ll…» tal vez quería decir «Tendrás que llamar al médico». No se dio cuenta de que había sido yo. Con aquella «Ll…» se desinfló como un globo con poco gas. Es una planta diminuta, la guadina, ¿te acuerdas? Una cosita de nada, una frivolidad, y sin embargo llevaba oculta en su seno, en sus fibras más recónditas, tanta carga de vida. Es algo maravilloso, la naturaleza. Yo no acabo de salir de mi asombro. Inagotable mina de belleza, de generosidad, de sabiduría, de genio artístico.
¿Y sabes lo más extraordinario? Las mariposas valquirias, aquellas a rayas azul pálido y lila, aquella obra maestra de la creación, las más hermosas, las más delicadas, las más liberty, las más femeninas, que además vuelan de aquella forma especial, ¿te acuerdas?, casi contoneándose, bueno, tú a lo mejor no te lo creerás, pero todas, fíjate bien todas, estaban encima de la impetuosa flor, la cual parecía complacida. Menudo golpe cuando lo bajé de la cama. Ni pensar en levantarlo, gordo y pesado como era. Y luego más golpes mientras le llevaba a rastras por las escaleras. Cada escalón un golpe. Un buen trabajo. Él en cambio cada vez más feo, con aquellos bigotes que le colgaban.
Ah, otra buena noticia. Mirandola, mi gata siamesa, ha dado a luz seis gatitos que son una preciosidad. El encuentro con el semental de los Soffiati ha dado sus frutos. Perfectos, puedes creerme. El veterinario que asistió al parto, aquel Scorlesi tan simpático, ¿tú también le conociste, no?, no salía de su asombro. Recién nacidos, decía, y ya con esas orejas. ¡Podrían ganar concursos ahora mismo!, decía. Le llevé hasta el escotillón que va a parar a las cloacas. «Chac», oí, cuando llegó al fondo.
En el tedio del invierno, que aquí en el campo es más perceptible que ahí en la ciudad donde tenéis tantas luces, tanto movimiento, tantas buenas ocasiones, tantas (¡ay!) llamadas telefónicas, ¿sabes que he leído un montón de libros? Te vas a reír. Y pensarás que me he vuelto chocha, gazmoña y santurrona. Ríete, ríete. Me he enamorado de los viejos Evangelios. Me había explicado muchas veces que nuestra cloaca comunica con una corriente subterránea que se pierde quien sabe dónde, la casa se levanta sobre un terreno calcáreo, socavado por galerías y cavernas. Naturalmente, cuando era niña me habían hecho leer los Evangelios como libro de texto, por eso los odiaba. Ahora, en cambio: todas las noches, pero todas, antes de cerrar los ojos, abro al azar el pequeño librito. ¡Qué páginas tan divinas! A la mañana siguiente denuncié su desaparición a la policía. Dije que le había visto por última vez la tarde precedente. Cada vez es una inyección de fe, de serenidad, de beatitud. Hasta el punto de que tengo intenciones de restaurar la iglesita de al lado, perteneciente a la casa, más bien delabrée. ¡Y quien me dice que no se me tendrá en cuenta algún día, cuando los ángeles (¿o los demonios?) me conduzcan a la presencia de Dios!
Pero, a propósito, antes de despedirme —quizás he estado un poco aburrida, ¿verdad?— quiero explicarte aquel poncho peruano que tanto te gustaba. Volvió a eso de la una de la madrugada, juraría que había estado con la hija del casero. La policía lo está buscando por aquellos parajes, yo misma he dado a entender algo. Pues bien, escucha: se necesitan unos doscientos gramos de lana shetland gris (o beige), más noventa gramos de la misma lana negra (o tabaco), más cincuenta gramos de la misma lana blanca (o crema) y agujas del 3. Se trabaja en dos partes menguando un punto por cada lado en cada pasada del derecho. En cualquier caso, aquí debajo no le encontrarán nunca. Me había explicado muy bien, el difunto profesor, las características de los terrenos calcáreos. Para la primera parte: con la lana gris montar 262 puntos y hacer diez pasadas de canalé, luego sin dejar la lana gris 16 pasadas de punto liso. En las novelas se habla del remordimiento, si vieses en cambio qué paz, qué tranquilidad, qué silencio. Pasada veintisiete: un punto con lana blanca, tres puntos con lana gris; repetir desde * a * hasta el final de la aguja terminando con un punto en lana blanca. Pasada veintiocho: tres puntos con lana blanca, un punto con lana gris, repetir desde * a * hasta el final de la aguja, terminando con tres puntos en lana blanca. Es imposible que le encuentren, absolutamente imposible. Pasadas veintinueve y treinta, en lana blanca. De la treinta y una a la treinta y cuatro, en lana gris. De la treinta y cinco a la treinta y ocho, en lana negra. Treinta y nueve y cuarenta, en lana gris. Cuarenta y una y cuarenta y dos, en lana blanca. Y espero que no se te ocurra contárselo a nadie, aunque seas la hija de un juez. De esta forma nos quedan 226 puntos en la aguja. Cuarenta y tres y cuarenta y cuatro, en lana negra. Cuarenta y cinco…


Las noches difíciles, 1971.

viernes, 14 de febrero de 2020

Siete pisos. Dino Buzzati.

Después de un día de viaje en tren, Giuseppe Corte llegó, una mañana de marzo, a la ciudad donde se hallaba el famoso sanatorio. Tenía un poco de fiebre, pero aun así quiso hacer a pie el camino entre la estación y el hospital, llevando su pequeña maleta de viaje.
Si bien no tenía más que una manifestación incipiente sumamente leve, le habían aconsejado dirigirse a aquel célebre sanatorio, en el que se trataba exclusivamente aquella enfermedad. Eso garantizaba una competencia excepcional en los médicos y la más racional sistematización de las instalaciones.
Cuando lo divisó desde lejos –lo reconoció por haberlo visto ya en fotografía en un folleto publicitario– Giuseppe Corte tuvo una inmejorable impresión. El blanco edificio de siete plantas estaba surcado por entrantes regulares que le daban una vaga fisonomía de hotel. Estaba rodeado completamente de altos árboles.
Después de un breve reconocimiento a la espera de un examen más detenido y completo, Giuseppe Corte fue instalado en una alegre habitación de la séptima y última planta. Los muebles eran claros y limpios, como el tapizado, los sillones eran de madera, los cojines estaban forrados de tela estampada. La vista se extendía sobre uno de los barrios más bonitos de la ciudad. Todo era plácido, hospitalario y tranquilizador.
Giuseppe Corte se metió sin dilación en la cama y, encendiendo la luz que tenía a la cabecera, comenzó a leer un libro que había llevado. Poco después entró una enfermera para preguntarle si quería algo.
Giuseppe Corte no quería nada pero se puso de buena gana a conversar con la joven, pidiendo información acerca del sanatorio. Se enteró así de la extraña peculiaridad de aquel hospital. Los enfermos eran distribuidos planta por planta según su gravedad. En la séptima, es decir en la última, se acogían las manifestaciones sumamente leves. La sexta estaba destinada a los enfermos no graves, pero tampoco susceptibles de descuido. En la quinta se trataban ya afecciones serias, y así sucesivamente de planta en planta. En la segunda estaban los enfermos gravísimos. En la primera, aquellos para los que no había esperanza.
Este singular sistema, además de agilizar mucho el servicio, impedía que un enfermo leve pudiera verse turbado por la vecindad de un compañero agonizante y garantizaba en cada planta un ambiente homogéneo. Por otra parte, de este modo el tratamiento podía graduarse de forma perfecta y con mejores resultados.
De ello se derivaba que los enfermos se dividían en siete castas progresivas. Cada planta era como un pequeño mundo autónomo, con sus reglas particulares, con especiales tradiciones que en las otras plantas carecían de cualquier valor. Y como cada sector se confiaba a la dirección de un médico distinto, se habían creado, siquiera fueran nimias, netas diferencias en los métodos de tratamiento, pese a que el director general hubiera imprimido a la institución una única orientación fundamental.
Cuando la enfermera hubo salido, Giuseppe Corte, pareciéndole que la fiebre había desaparecido, se llegó a la ventana y miró hacia fuera, no para observar el panorama de la ciudad, que también era nueva para él, sino con la esperanza de divisar a través de aquélla a otros enfermos de las plantas inferiores. La estructura del edificio, con grandes entrantes, permitía este género de observaciones. Giuseppe Corte concentró su atención sobre todo en las ventanas de la primera planta, que parecían muy lejanas y no alcanzaban a distinguirse más que de forma sesgada. Sin embargo, no pudo ver nada interesante. En su mayoría estaban herméticamente cerradas por grises persianas.
Corte advirtió que en una ventana vecina a la suya estaba asomado un hombre. Ambos se miraron largamente con creciente simpatía, pero no sabían cómo romper aquel silencio. Finalmente, Giuseppe Corte se animó y dijo:
–¿Usted también está aquí desde hace poco?
–Oh, no –dijo el otro–, yo ya hace dos meses que estoy aquí… –calló por un instante y después, no sabiendo cómo continuar la conversación, añadió–: miraba ahí abajo, a mi hermano.
–¿Su hermano?
–Sí –explicó el desconocido–. Ingresamos juntos, un caso realmente curioso, pero él ha ido empeorando; piense que ahora está ya en la cuarta.
–¿Qué cuarta?
–La cuarta planta –explicó el individuo, y pronunció las dos palabras con tanto sentimiento y horror que Giuseppe Corte se quedó casi sobrecogido de espanto.
–¿Tan graves están los de la planta cuarta?
–Oh –dijo el otro meneando con lentitud la cabeza–, todavía no son casos desesperados, pero tampoco es como para estar muy alegre.
–Y entonces –siguió preguntando Corte con la festiva desenvoltura de quien hace referencia a cosas trágicas que no le atañen–, si en la cuarta están ya tan graves, ¿a la primera quiénes van a parar?
–Oh –dijo el otro–, en la primera están los moribundos sin más. Allá abajo los médicos ya no tienen nada que hacer. Sólo trabaja el sacerdote. Y naturalmente…
–Pero hay poca gente en la primera planta –interrumpió Giuseppe Corte, como si le urgiese tener una confirmación, ahí abajo casi todas las habitaciones están cerradas.
–Hay poca gente ahora, pero esta mañana había bastante –respondió el desconocido con una sonrisa sutil. Allí donde las persianas están bajadas, es que alguien se ha muerto hace poco. ¿No ve usted, por otra parte, que en las otras plantas todas las contraventanas están abiertas? Pero perdone –añadió retirándose lentamente, me parece que comienza a refrescar. Me vuelvo a la cama. Que le vaya bien…
El hombre desapareció del antepecho y la ventana se cerró con energía; luego se vio encenderse dentro una luz. Giuseppe Corte permaneció inmóvil en la ventana, mirando fijamente las persianas bajadas de la primera planta. Las miraba con una intensidad morbosa, tratando de imaginar los fúnebres secretos de aquella terrible primera planta donde los enfermos se veían confinados para morir; y se sentía aliviado de saberse tan alejado. Descendían entre tanto sobre la ciudad las sombras de la noche. Una a una, las mil ventanas del sanatorio se iluminaban; de lejos podría haberse dicho un palacio en que se celebrara una fiesta. Sólo en la primera planta, allí abajo, en el fondo del precipicio, decenas y decenas de ventanas permanecían ciegas y oscuras.
El resultado del reconocimiento general tranquilizó a Giuseppe Corte. Inclinado habitualmente a prever lo peor, en su interior se había preparado ya para un veredicto severo y no se habría sorprendido si el médico le hubiese declarado que debía asignarle a la planta inferior. De hecho, la fiebre no daba señas de desaparecer, pese a que el estado general siguiera siendo bueno. El facultativo, sin embargo, le dirigió palabras cordiales y alentadoras. Principio de enfermedad, lo había, le dijo, pero muy ligero; probablemente en dos o tres semanas todo habría pasado.
–Entonces ¿me quedo en la séptima planta? –había preguntado en ese momento Giuseppe Corte con ansiedad.
–¡Pues claro! –había respondido el médico palmeándole amistosamente la espalda–. ¿Dónde pensaba que había de ir? ¿A la cuarta quizá? –preguntó riendo, como para hacer alusión a la hipótesis más absurda.
–Mejor así, mejor así –dijo Corte–. ¿Sabe usted? Cuando uno está enfermo se imagina siempre lo peor…
De hecho, Giuseppe Corte se quedó en la habitación que se le había asignado originalmente. En las raras tardes en que se le permitía levantarse intimó con algunos de sus compañeros de hospital. Siguió escrupulosamente el tratamiento y puso todo su empeño en sanar con rapidez; su estado, con todo, parecía seguir estacionario.
Habían pasado unos diez días cuando se le presentó el supervisor de la séptima planta. Tenía que pedirle un favor a título meramente personal: al día siguiente tenía que ingresar en el hospital una señora con dos niños; había dos habitaciones libres, justamente al lado de la suya, pero faltaba la tercera; ¿consentiría el señor Corte en trasladarse a otra habitación igual de confortable?
Giuseppe Corte no opuso, naturalmente, ningún inconveniente; para él, una u otra habitación era lo mismo; quizá incluso le tocara una enfermera nueva y más mona. –Se lo agradezco de corazón –dijo el supervisor con una ligera inclinación–; de una persona como usted, confieso que no me asombra semejante acto de caballerosidad. Dentro de una hora, si no tiene inconveniente, procederemos al traslado. Tenga en cuenta que es necesario que baje a la planta de abajo –añadió con voz atenuada, como si se tratase de un detalle completamente intrascendente–. Desgraciadamente, en esta planta no quedan habitaciones libres. Pero es un arreglo provisional –se apresuró a especificar al ver que Corte, que se había incorporado de golpe, estaba a punto de abrir la boca para protestar–, un arreglo absolutamente provisional. En cuanto quede libre una habitación, y creo que será dentro de dos o tres días, podrá volver aquí arriba –Le confieso –dijo Giuseppe Corte sonriendo para demostrar que no era ningún niño– que un traslado de esta clase no me agrada en absoluto.
–Pero es un traslado que no obedece a ningún motivo médico; entiendo perfectamente lo que quiere decir; se trata únicamente de una gentileza con esta señora, que prefiere no estar separada de sus niños… Un favor –añadió riendo abiertamente, ¡ni se le ocurra que pueda haber otras razones!
–Puede ser –dijo Giuseppe Corte–, pero me parece de mal agüero.
De este modo Corte pasó a la sexta planta, y si bien convencido de que este traslado no correspondía en absoluto a un empeoramiento de la enfermedad, se sentía incómodo al pensar que entre él y el mundo normal, de la gente sana, se interponía ya un obstáculo preciso. En la séptima planta, puerto de llegada, se estaba en cierto modo todavía en contacto con la sociedad de los hombres; podía considerarse más bien casi una prolongación del mundo habitual. En la sexta, en cambio, se entraba en el auténtico interior del hospital; la mentalidad de los médicos, de los enfermeros y de los propios enfermos era ya ligeramente distinta. Se admitía ya que en esa planta se albergaba a los enfermos auténticos, por más que fuera en estado no grave. Las primeras conversaciones con sus vecinos de habitación, con el personal y los médicos, hicieron advertir a Giuseppe Corte de hecho que en aquella sección la séptima planta se consideraba una farsa reservada a los enfermos por afición, padecedores más que nada de imaginaciones; sólo en la sexta, por decirlo así, se empezaba de verdad. De todos modos, Giuseppe Corte comprendió que para volver arriba, al lugar que le correspondía por las características de su enfermedad, hallaría sin duda cierta dificultad; aunque fuera tan sólo para un esfuerzo mínimo, para regresar a la séptima planta debía poner en marcha un complejo mecanismo; no cabía duda de que si él no chistaba, nadie tomaría en consideración trasladarlo nuevamente a la planta superior de los “casi sanos”.
Por ello, Giuseppe Corte se propuso no transigir con sus derechos y no dejarse atrapar por la costumbre. Cuidaba mucho de puntualizar a sus compañeros de sección que se hallaba con ellos sólo por unos pocos días, que había sido él quien había accedido a descender una planta para hacer un favor a una señora y que en cuanto quedara libre una habitación volvería arriba. Los otros asentían con escaso convencimiento.
La convicción de Giuseppe Corte halló plena confirmación en el dictamen del nuevo médico. Incluso éste admitía que podía asignarse perfectamente a Giuseppe Corte a la séptima planta; su manifestación era ab-so-lu-ta-men-te le-ve –y fragmentaba esta definición para darle importancia–, pero en el fondo estimaba que acaso en la sexta planta Giuseppe Corte pudiera ser mejor tratado.
–No empecemos –intervenía en este punto el enfermo con decisión–, me ha dicho que la séptima planta es la que me corresponde; y quiero volver a ella.
–Nadie dice lo contrario –replicaba el doctor–, ¡yo no le daba más que un simple consejo, no de mé-di-co, sino de au-tén-ti-co a-mi-go! Su manifestación, le repito, es levísima (no sería exagerado decir que ni siquiera está enfermo), pero en mi opinión se diferencia de manifestaciones análogas en una cierta mayor extensión. Me explico: la intensidad de la enfermedad es mínima, pero su amplitud es considerable; el proceso destructivo de las células –era la primera vez que Giuseppe Corte oía allí dentro aquella siniestra expresión–, el proceso destructivo de las células no ha hecho más que comenzar, quizá ni siquiera haya comenzado, pero tiende, y digo sólo tiende, a atacar simultáneamente respetables proporciones del organismo. Sólo por esto, en mi opinión, puede ser tratado más eficazmente aquí, en la sexta planta, donde los métodos terapéuticos son más específicos e intensos.
Un día le contaron que, después de haber consultado largamente con sus colaboradores, el director general del establecimiento había decidido cambiar la subdivisión de los enfermos. El grado de cada uno de éstos, por decirlo así, se veía acrecentado en medio punto. Suponiendo que en cada planta los enfermos se dividieran, según su gravedad, en dos categorías (de hecho los respectivos médicos hacían esta subdivisión, si bien a efectos meramente internos), la inferior de estas dos mitades se veía trasladada de oficio una planta más abajo. Por ejemplo, la mitad de los enfermos de la sexta planta, aquellos con manifestaciones ligeramente más avanzadas, debían pasar a la quinta; y los menos leves de la séptima pasar a la sexta. La noticia alegró a Giuseppe Corte porque, en un cuadro de traslados de tal complejidad, su regreso a la séptima planta podría llevarse a cabo más fácilmente.
Cuando mencionó esta su esperanza a la enfermera, se llevó, sin embargo, una amarga sorpresa. Supo entonces que sería trasladado, pero no a la séptima, sino a la planta de abajo. Por motivos que la enfermera no sabía explicarle, estaba incluido en la mitad más “grave” de los que se alojaban en la sexta planta y por esta razón debía descender a la quinta.
Pasados los primeros instantes de sorpresa, Giuseppe Corte montó en cólera; dijo a gritos que lo estafaban vilmente, que no quería oír hablar de ningún traslado abajo, que se volvería a casa, que los derechos eran derechos y que la administración del hospital no podía ignorar de forma tan abierta los diagnósticos de los facultativos.
Todavía estaba gritando cuando el médico llegó sin resuello para tranquilizarlo. Aconsejó a Corte que se calmara si no quería que le subiera la fiebre, le explicó que se había producido un malentendido, cuando menos parcial. Llegó a admitir, incluso, que lo más propio habría sido que hubieran enviado a Giuseppe Corte a la séptima planta, pero añadió que tenía acerca de su caso una idea ligeramente diferente, si bien muy personal. En el fondo su enfermedad podía, en cierto sentido, naturalmente, considerarse de sexto grado, dada la amplitud de las manifestaciones morbosas. Sin embargo, ni siquiera él lograba explicarse cómo Corte había sido catalogado en la mitad inferior de la sexta planta. Probablemente el secretario de la dirección, que había llamado aquella misma mañana preguntando por la ubicación clínica exacta de Giuseppe Corte, se había equivocado al transcribirla. Por mejor decir, la dirección había “empeorado” ligeramente su dictamen a propósito, ya que se le consideraba un médico experto pero demasiado indulgente. El doctor aconsejaba a Corte, en fin, no inquietarse, sufrir sin protestas el traslado; lo que contaba era la enfermedad, no el lugar donde se situaba a un enfermo.
Por lo que se refería al tratamiento –añadió aún el facultativo–, Giuseppe Corte no habría de lamentarlo; el médico de la planta de abajo tenía sin duda más experiencia; era casi un dogma que la pericia de los doctores aumentaba, cuando menos a juicio de la dirección, a medida que se descendía. La habitación era igual de cómoda y elegante. Las vistas, igualmente amplias: sólo de la tercera planta para abajo la visión se veía estorbada por los árboles del perímetro.
Presa de la fiebre vespertina, Giuseppe Corte escuchaba las minuciosas justificaciones del doctor con progresivo cansancio. Finalmente, se dio cuenta de que no tenía fuerzas ni, sobre todo, ganas de seguir oponiéndose al injusto traslado. Y se dejó llevar a la planta de abajo.
El único, si bien magro, consuelo de Giuseppe Corte una vez se halló en la quinta planta, fue saber que era común opinión de los médicos, los enfermeros y enfermos que en aquella sección él era el menos grave de todos. En el ámbito de aquella planta, en suma, podía considerarse con diferencia el más afortunado. Sin embargo, por otra parte lo atormentaba el pensamiento de que ahora eran ya dos las barreras que se interponían entre él y el mundo de la gente normal.
A medida que avanzaba la primavera, el aire se hacía más tibio, pero Giuseppe Corte no gustaba ya, como en los primeros días, de asomarse a la ventana; aunque semejante temor fuese una verdadera tontería, cuando veía las ventanas de la primera planta, siempre cerradas en su mayoría, que tanto se habían acercado, sentía recorrerle un extraño escalofrío.
Su enfermedad se mostraba estacionaria. Con todo, pasados tres días de estancia en la quinta planta, se manifestó en su pierna derecha una erupción cutánea que en los días siguientes no dio señas de reabsorberse. Era una afección, le dijo el médico, absolutamente independiente de la enfermedad principal; un trastorno que le podía ocurrir a la persona más sana del mundo. Para eliminarlo en pocos días, sería deseable un tratamiento intensivo de rayos digamma.
–¿Y me los pueden dar aquí, esos rayos digamma? –preguntó Giuseppe Corte.
–Nuestro hospital –respondió complacido el médico– desde luego dispone de todo. Sólo hay un inconveniente…
–¿De qué se trata? –preguntó Corte con un vago presentimiento.
–Inconveniente por decirlo así –se corrigió el doctor–; me refiero a que sólo hay instalación de rayos en la cuarta planta, y yo le desaconsejaría hacer semejante trayecto tres veces al día.
–Entonces ¿nada?
–Entonces lo mejor sería que hasta que le desaparezca la erupción hiciera el favor de bajarse a la cuarta.
–¡Basta! –aulló Giuseppe Corte–. ¡Ya he bajado bastante! A la cuarta no voy, así reviente.
–Como a usted le parezca –dijo, conciliador, el otro para no irritarle–, pero, como médico encargado de su tratamiento, tenga en cuenta que le prohíbo bajar tres veces al día.
Lo malo fue que el eccema, en vez de ir a menos, se fue extendiendo lentamente. Giuseppe Corte no conseguía hallar reposo y no cesaba de revolverse en la cama. Aguantó así, furioso, tres días, hasta que se vio obligado a ceder. Espontáneamente, rogó al médico que ordenara que le hicieran el tratamiento de los rayos y, por consiguiente, que lo trasladaran a la planta inferior.
Allí abajo Corte advirtió con inconfesado placer que representaba una excepción. Los otros enfermos de la sección estaban sin lugar a dudas en estado muy grave y no podían abandonar la cama siquiera por un minuto. Sin embargo él podía permitirse el lujo de ir a pie desde su habitación a la sala de rayos entre los parabienes y la admiración de las propias enfermeras.
Al nuevo médico le precisó con insistencia su especialísima situación. Un enfermo que en el fondo tenía derecho a la séptima planta había ido a parar a la cuarta. En cuanto la erupción desapareciese, pretendía regresar arriba. No admitiría en absoluto ninguna nueva excusa. ¡Él, que legítimamente habría podido estar todavía en la séptima!
–¡La séptima, la séptima! –exclamó sonriendo el médico, que acababa justamente de pasar visita–. ¡Ustedes, los enfermos, siempre exageran! Soy el primero en decir que puede estar contento de su estado; por lo que veo en su cuadro clínico, no ha habido grandes empeoramientos. ¡Pero de ahí a hablar de la séptima planta, y disculpe mi brutal sinceridad, hay sin duda cierta diferencia! Es usted uno de los casos menos preocupantes, lo admito, pero no deja de ser un enfermo.
–Entonces usted –dijo Giuseppe Corte con el rostro encendido, ¿a qué planta me asignaría?
–Bueno, no es fácil decirlo, no le hecho más que un breve reconocimiento, y para poder pronunciarme debería seguirle por lo menos una semana.
–Está bien –insistió Corte–, pero más o menos sí sabrá. Para tranquilizarlo, el médico simuló concentrarse un momento; luego asintió con la cabeza y dijo con lentitud:
–Bueno, aunque sólo sea para contentarle, podríamos en el fondo asignarle a la sexta. Sí, sí –añadió como para convencerse a sí mismo–. La sexta podría estar bien. Creía así el doctor contentar al enfermo. Por el rostro de Giuseppe Corte, en cambio, se extendió una expresión de zozobra: el enfermo se daba cuenta de que los médicos de las últimas plantas lo habían engañado; ¡y hete aquí que este nuevo doctor, a todas luces más competente y más sincero, en su fuero interno –era evidente– lo asignaba, no a la séptima, sino a la sexta planta, y quizá a la quinta, la inferior! La inesperada desilusión postró a Corte. Aquella noche la fiebre le subió de forma apreciable.
Su estancia en la cuarta planta señaló para Giuseppe Corte el período más tranquilo desde que ingresara en el hospital. El médico era una persona sumamente simpática, atenta y cordial; a menudo se paraba, incluso durante horas enteras, a charlar de los temas más diversos. Y también Giuseppe Corte hablaba de buena gana, buscando temas relacionados con su vida habitual de abogado y hombre de sociedad. Intentaba convencerse de que pertenecía aún a la sociedad de los hombres sanos, de estar vinculado todavía al mundo de los negocios, de interesarse por los acontecimientos públicos. Lo intentaba, pero sin conseguirlo. De forma invariable, la conversación acababa siempre yendo a parar a la enfermedad.
Entre tanto, el deseo de una mejoría cualquiera se había convertido para él en una obsesión. Los rayos digamma, aunque habían conseguido detener la extensión de la erupción cutánea, no habían bastado a eliminarla. Todos los días Giuseppe Corte hablaba de ello largamente con el médico y se esforzaba por mostrarse fuerte, incluso irónico, sin conseguirlo.
–Dígame, doctor –preguntó un día–, ¿cómo va el proceso destructivo de mis células?
–¿Pero qué expresiones son esas? –le reconvino jovialmente el doctor–. ¿De dónde las ha sacado? ¡Eso no está bien, no está bien, y menos en un enfermo! No quiero oírle nunca más cosas semejantes.
–Está bien –objetó Corte–, pero así no me ha contestado.
–Oh, ahora mismo lo hago –dijo el doctor, amable–. El proceso destructivo de las células, por emplear su siniestra expresión, es, en su caso, mínimo, absolutamente mínimo. Pero me siento tentado de definirlo como obstinado.
–¿Obstinado? ¿Quiere decir crónico?
–No me haga decir lo que no he dicho. Quiero decir solamente rebelde. Por lo demás, así son la mayoría de los casos. Afecciones incluso muy leves necesitan a menudo tratamientos enérgicos y prolongados.
–Pero dígame, doctor, ¿para cuándo puedo esperar una mejoría?
–¿Para cuándo? En estos casos, las predicciones son más bien difíciles… Pero escuche –añadió después de una pausa meditativa–, según veo, tiene auténtica obsesión por sanar… si no tuviera miedo de que se me enfade, le daría un consejo…
–Pues diga, diga, doctor…
–Pues bien, le plantearé la cuestión en términos muy claros. Si yo, atacado por esta enfermedad aunque fuera de forma levísima, viniera a parar a este sanatorio, que posiblemente es el mejor que existe, espontáneamente haría que me asignaran, y desde el primer día, desde el primer día, ¿comprende?, a una de las plantas más bajas. Haría que me ingresaran directamente en la…
–¿En la primera? –sugirió Corte con una sonrisa forzada.
–¡Oh, no!, ¡en la primera no! –respondió irónico el médico–, ¡eso no! Pero en la segunda o la tercera, seguro que sí. En las plantas inferiores el tratamiento se lleva a cabo mucho mejor, se lo garantizo, las instalaciones son más completas y potentes, el personal más competente. ¿Sabe usted, además, quién es el alma de este hospital?
–¿No es el profesor Dati?
–En efecto, el profesor Dati. Él es el inventor del tratamiento que se lleva a cabo, el que proyectó toda la instalación. Pues bien, él, el maestro, está, por decirlo así, entre la primera y la segunda planta. Desde allí irradia su fuerza directiva. Pero le garantizo que su influjo no llega más allá de la tercera planta; de ahí para arriba se diría que sus mismas órdenes se diluyen, pierden consistencia, se extravían; el corazón del hospital está abajo y se necesita estar abajo para tener los mejores tratamientos.
–Así que, en definitiva –dijo Giuseppe Corte con voz temblorosa–, usted me aconseja…
–Añada a eso una cosa –continuó imperturbable el doctor–, añada que en su caso particular habría que insistir hasta que desaparezca. Es una cosa sin ninguna importancia, convengo en ello, pero más bien molesta, que de prolongarse mucho podría deprimir la “moral”; y usted sabe lo importante que es, para sanar, la tranquilidad de espíritu. Las sesiones de rayos a que le he sometido no han dado resultado más que a medias. ¿Que por qué? Puede ser tan sólo casualidad, pero puede ser también que los rayos no tengan la suficiente intensidad. Pues bien, en la tercera planta las máquinas de rayos son mucho más potentes. Las probabilidades de curar el eccema serían mucho mayores, Y luego, ¿ve usted?, una vez la curación en marcha, lo más complicado ya está hecho. Una vez iniciada la recuperación, lo difícil es volver atrás. Cuando se sienta mejor de veras, nada le impedirá volver aquí con nosotros o incluso más arriba, según sus “méritos”, incluso a la quinta, a la sexta, hasta a la séptima, me atrevo a decir…
–¿Y usted cree que eso podrá acelerar el tratamiento?
–¡De eso no cabe ninguna duda! Ya le he dicho lo que yo haría en su situación. Charlas de esta clase el doctor no las daba todos los días. Acabó llegando el momento en que el enfermo, cansado de sufrir a causa del eccema, pese a su instintiva reluctancia a descender al reino de los casos todavía más graves, decidió seguir el consejo y se trasladó a la planta de abajo.
En la tercera planta no tardó en advertir que reinaba en la sección, en el médico, en las enfermeras, un especial regocijo, pese a que allí abajo recibieran tratamiento enfermos muy preocupantes. Notó incluso que este regocijo aumentaba con los días: picado por la curiosidad, una vez que hubo tomado un poco de confianza con la enfermera, preguntó cómo era que en aquella planta estaban siempre todos tan alegres.
–Ah, ¿pero es que no lo sabe? –respondió la enfermera. Dentro de tres días nos vamos de vacaciones.
–¿Qué quiere decir eso de «nos vamos de vacaciones»?
–Sí. Durante quince días la tercera planta se cierra y el personal se va de asueto. Las plantas descansan por turno.
–¿Y los enfermos? ¿Qué hacen con ellos?
–Como hay relativamente pocos, se reúnen dos plantas en una sola.
–¿Cómo? ¿Reúnen a los enfermos de la tercera y de la cuarta?
–No, no –corrigió la enfermera–, a los de la tercera y la segunda. Los que están aquí tendrán que bajar.
–¿Bajar a la segunda? –dijo Giuseppe Corte pálido como un muerto–. ¿Tendré que bajar entonces a la segunda?
–Pues claro. ¿Qué tiene de raro? Cuando, dentro de quince días, regresemos, volverá usted a esta habitación. No creo que sea para asustarse. Sin embargo, Giuseppe Corte –misterioso instinto le advertía– se vio embargado por el miedo. No obstante, ya que no podía impedir que el personal se fuera de vacaciones, convencido de que el nuevo tratamiento de rayos le hacía bien (el eccema se había reabsorbido casi por completo), no se atrevió a oponerse al nuevo traslado. Pretendió, con todo, y a pesar de las burlas de las enfermeras, que en la puerta de su nueva habitación se pusiera un cartel que dijera: «Giuseppe Corte, de la tercera planta, provisional». Esto no tenía precedentes en la historia del sanatorio, pero los médicos, considerando que en un temperamento nervioso como Corte incluso pequeñas contrariedades podían provocar un empeoramiento, no se opusieron a ello.
En el fondo se trataba de esperar quince días, ni uno más ni uno menos. Giuseppe Corte empezó a contarlos con obstinada avidez, permaneciendo inmóvil en su lecho durante horas enteras con los ojos fijos en los muebles, que en la segunda planta no eran ya tan modernos y alegres como en las secciones superiores, sino que adoptaban dimensiones mayores y líneas más solemnes y severas. Y de cuando en cuando aguzaba el oído, pues le parecía oír en la planta de abajo, la planta de los moribundos, la sección de los “condenados”, vagos estertores de agonía.
Todo esto, naturalmente, contribuía a entristecerlo. Y su mengua de serenidad parecía fomentar la enfermedad, la fiebre tendía a aumentar, la debilidad se hacía más pronunciada. Desde la ventana –era ya pleno verano y las ventanas se hallaban casi siempre abiertas– no se divisaban ya los tejados, ni siquiera las casas de la ciudad; sólo la muralla verde de los árboles que rodeaban el hospital.


Habían pasado siete días cuando una tarde, hacia las dos, el supervisor y tres enfermeros que empujaban una camilla con ruedas irrumpieron súbitamente.
–¿Listos para el traslado? –preguntó en tono de afable chanza el supervisor.
–¿Qué traslado? –preguntó Giuseppe Corte con un hilo de voz–. ¿Qué bromas son estas? ¿No faltan aún siete días para que vuelvan los de la tercera planta?
–¿La tercera planta? –dijo el supervisor como si no comprendiera–. A mí me han dado orden de llevarle a la primera, mire –y le enseñó un volante sellado para su traslado a la planta inferior, firmado nada menos que por el mismísimo profesor Dati. El terror, la cólera infernal de Giuseppe Corte estallaron en largos gritos que resonaron por toda la planta. «Más bajo, más bajo, haga el favor», suplicaron las enfermeras, «¡aquí hay enfermos que no se encuentran bien!». Pero hacía falta algo más para calmarlo.
Al fin acudió el médico que dirigía la sección, una persona amabilísima y sumamente educada. Se informó, miró el volante, hizo que Corte le explicara. Luego se volteó, encolerizado, hacia el supervisor, declarando que había habido un error, él no había dado ninguna orden de ese tipo, desde hacía algún tiempo había un desbarajuste intolerable, nadie le informaba de nada… Al cabo, después de haber echado la bronca al subordinado, se volvió en tono cortés al enfermo, deshaciéndose en excusas.
–Con todo, desgraciadamente –añadió el médico–, el profesor Dati hace justo una hora que se ha marchado para una breve licencia, y no volverá hasta dentro de dos días. Estoy absolutamente desolado, pero sus órdenes no se pueden transgredir. Él será el primero en lamentarlo, se lo garantizo… ¡Un error así! ¡No me explico cómo ha podido suceder!
Un lastimoso estremecimiento había empezado a sacudir a Giuseppe Corte. Su capacidad de dominarse había desaparecido por completo. El terror se había apoderado de él como de un niño. Sus sollozos resonaban en la habitación. De este modo, debido a aquel execrable error, alcanzó la última etapa. ¡Él, que en el fondo, por la gravedad de su mal, a juicio de los médicos más severos, tenía derecho a verse asignado a la sexta, cuando no a la séptima planta, en la sección de los moribundos! La situación era tan grotesca que en algunos momentos Giuseppe Corte casi sentía deseos de echar a reír a carcajadas.
Tendido en la cama mientras la cálida tarde de verano pasaba lentamente sobre la ciudad, miraba los verdes árboles a través de la ventana con la impresión de haber ido a parar a un mundo irreal, hecho de absurdas paredes alicatadas y esterilizadas, de gélidos y fúnebres zaguanes, de blancas figuras humanas carentes de alma. Hasta dio en pensar que ni siquiera los árboles que le parecía divisar a través de la ventana eran verdaderos: acabó incluso por convencerse, al advertir que las hojas no se movían en absoluto.
Esta idea lo agitó hasta tal punto que Corte llamó con el timbre a la enfermera e hizo que le alcanzara sus gafas de miope, que no usaba en la cama; sólo entonces consiguió tranquilizarse un poco: con su ayuda pudo asegurarse de que eran realmente árboles auténticos y que las hojas, aunque ligeramente, se veían agitadas por el viento de cuando en cuando.
Una vez que salió la enfermera, transcurrió un cuarto de hora de completo silencio. Seis plantas, seis terribles murallas, aun siendo por un error de forma, abrumaban ahora a Giuseppe Corte con implacable peso. ¿Cuántos años –sí, tenía que pensar en años– le harían falta para que consiguiera alcanzar de nuevo el borde de aquel precipicio?
Pero ¿cómo de repente se hacía en la habitación tanta oscuridad? Seguía siendo plena tarde. Con un esfuerzo supremo, Giuseppe Corte, que se sentía paralizado por un extraño entumecimiento, miró el reloj que estaba sobre la mesita al lado de la cama.
Eran las tres y media. Volvió la cabeza hacia la otra parte y vio que las persianas, obedientes a una misteriosa orden, descendían lentamente, cerrando el paso a la luz.

 

viernes, 29 de noviembre de 2019

La droga. Dino Buzzati.

Es realmente extraño oír todavía gritos de alarma, lamentaciones, apesadumbrados reproches contra el uso de las drogas. Hay gente muy obstinada. ¿Cómo se pueden cerrar los ojos ante el irrefrenable progreso de las cosas? Las viejas leyes suscitan actualmente incredulidad y conmiseración: prohibido severamente la venta; ¡e incluso el uso! de cocaína, heroína, haschis, LSD, marihuana, peyote, etc... Para la mentalidad de entonces tal vez pareciese lógico y justo.
Pero la humanidad incubaba mientras tanto sus oscuras instancias, destinadas a irrumpir victoriosamente. La propia naturaleza iba a su encuentro.
Un primer indicio fue la constatación de que de la simple piel de plátano, debidamente tratada, podían extraerse sensaciones deliciosas. Con los años, los experimentadores fueron abriendo nuevos horizontes, sin violar el código. Una sucesión de gloriosos descubrimientos: las patatas hervidas, ingeridas en la más completa oscuridad, procuraban dionisíacas visiones; efectos de no menor intensidad se obtenían con la infusión de viejos diccionarios mezclada con aceite de genciana, o escuchando hacia atrás la música de Wagner, o amasando merengue con la baba de perros boxer. Vino luego la moda de la gimnasia psicodélica, más bien extenuante a decir verdad, pero no por ello menos eficaz.
Hasta llegar a las conquistas más recientes. La misma atmósfera que envuelve al globo terráqueo es un estupefaciente, basta inspirarla y expirarla por los pulmones con un ritmo determinado, muy fácil de aprender.
Pero aún hay más. La vida misma —es el último grito— el hecho mismo de existir es una droga potentísima, todo consiste en no obstaculizarla en absoluto, en dejarse llevar. Hasta sumergirse en un paradisíaco delirio.

Las noches difíciles, 1971.
 

jueves, 10 de octubre de 2019

Los días perdidos. Dino Buzzati.

Pocos días después de haber adquirido una lujosa finca y cuando volvía a casa, Ernst Kazirra avistó a lo lejos a un hombre que, con una caja sobre los hombros, salía por una pequeña puerta de la cerca, y la cargaba en un camión. No le dio tiempo a alcanzarlo antes de que se marchara. Decidió seguirlo con el coche. El camión hizo un largo trayecto hasta lo más lejano de la periferia de la ciudad, deteniéndose al borde de un barranco. Kazirra salió del coche y se acercó a mirar. El desconocido descargó la caja del camión y, dando unos pocos pasos, la arrojó al barranco, que estaba lleno de miles y miles de otras cajas iguales. Se acercó al hombre y le preguntó:
–Te he visto sacar esa caja de mi finca. ¿Qué había dentro? ¿Y qué son todas esas otras cajas?
El hombre lo miró y sonrió:
–Todavía hay más en el camión, para tirar. ¿No lo sabes? Son los días.
–¿Qué días?
–Tus días.
–¿Mis días?
–Tus días perdidos. Los días que has perdido. Los esperabas, ¿verdad? Han venido. ¿Qué has hecho? Míralos, intactos, todavía enteros. ¿Y ahora…?
Kazirra miró. Formaban una pila inmensa. Bajó por la pendiente escarpada y abrió uno. Dentro había un paseo de otoño, y al fondo Graziella, su novia, que se alejaba de él para siempre. Y él ni siquiera la llamó.
Abrió un segundo. Había una habitación de hospital, y en la cama su hermano Giosuè, que estaba enfermo y le esperaba. Pero él estaba en viaje de negocios.
Abrió un tercero. En la verja de la antigua y mísera casa estaba Duk, el fiel mastín, que le esperó durante dos años, hasta quedar reducido a piel y huesos. Y él ni pensó en volver.
Sintió como si algo le oprimiera en la boca del estómago. El transportista se mantuvo erguido al borde del barranco, impasible, como un verdugo.
–¡Señor! –gritó Kazirra–. Escúcheme. Deje que me lleve al menos estos tres días. Se lo ruego. Al menos estos tres. Soy rico. Le daré todo lo que quiera.
El transportista hizo un gesto con la mano derecha, como señalando un punto inalcanzable, como diciendo que era demasiado tarde y que ya no había ningún remedio posible. Entonces se desvaneció en el aire y al instante también desapareció el gigantesco cúmulo de cajas misteriosas. Y la sombra de la noche descendía.

Las noches difíciles. Dino Buzzati, 1972.