Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Rodríguez Criado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Rodríguez Criado. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de agosto de 2026

El sibarita. Francisco Rodríguez Criado.

En los restaurantes, nada más sentarse, mi padre le pedía al camarero pan con aceite a modo de examen. “Si el aceite es bueno, la calidad de la cocina también lo será”, razonaba.
Un día invitó a su hermano Alfredo a comer en «el restaurante con el mejor aceite de todo Jaén. A mi tío Alfredo le sorprendió que su hermano no siguiera la liturgia de pedir pan con aceite antes de leer la carta, y que estuviera tan embobado y se mostrara con exquisita amabilidad con la diligente chef de ojos verdes.
–Me casaré con esta mujer –le dijo mi padre a su hermano.
–¿Así, tan fácil? ¿No sería mejor que antes la invitaras a salir? –preguntó este, sarcástico.
–¿Acaso no me escuchas? Me casaré con esta mujer.
Y, justo cuando Alfredo se disponía a mofarse, mi padre le entregó la invitación de boda.
A la chef –mi futura madre– le costó contener la risa al observar el rostro de incertidumbre del hermano de su prometido. Y mi tío, aunque molesto de que hubiera mantenido el romance en secreto, se alegró de que su sibarita hermano hallara por fin algo en un restaurante que le gustara aún más que el aceite.

Blog del autor: Narrativa breve

domingo, 28 de julio de 2019

Su primer libro de historia. Francisco Rodríguez Criado.

Estaba aproximándose a un momento clave de su Primer Libro de Historia. Presintiendo lo que podría suceder con la llegada del inminente año 456 –tanta barbarie no pintaba nada bien–, el niño pasó la página con sumo cuidado, reteniendo la respiración, temeroso de que un descuido de sus temblorosos deditos pudiera provocar el desplome definitivo del castigado Imperio Romano de Occidente.

 

martes, 27 de noviembre de 2018

Adiós, Penélope. Francisco Rodríguez Criado.


No es cierto que Ulises terminara sus días al calor de Penélope. De regreso al hogar, las aves le contaron que la paciente Penélope le había sido fiel durante veinte años y que había rechazado a numerosos pretendientes mientras tejía su moroso tapiz. Y Ulises, empujado por sus complejos de inferioridad, sintió miedo de no estar a la altura moral de su amada. Así pues, a punto de arribar a las costas de Ítaca, decidió darse media vuelta y volver a los brazos de la ninfa Calipso a sabiendas de que el bueno de Homero ya arreglaría el asunto.


martes, 24 de abril de 2018

La mano de Dios. Francisco Rodríguez Criado.

Después de la cena, mamá nos leía un fragmento de la Biblia. Y digo “cena” por decir algo, en verdad pasábamos hambre, mucha hambre, apenas daba la economía para unos vasos de leche caliente y un par de galletas. La tía a veces nos traía pan y mantequilla, y otras veces era el propio azar quien nos suministraba unas porciones de falsas ilusiones que echarnos al estómago.
Un día Javier anunció que en la radio un escritor organizaba un concurso de relatos breves. Diez líneas como máximo. El premio consistía en cinco libros y un jamón de bellota. Nuestros rostros escuálidos centellearon de repente, más por el jamón que por los libros. “Yo escribiré la primera línea -dijo papá-, y vosotros el resto. Ya es hora de que hagáis algo de provecho.” Pusimos manos a la obra. Mamá, la segunda línea; Rosario, la tercera, Pepe, la cuarta; Isabel, Javier, Nacho y Augusto escribieron la quinta, sexta, séptima y octava. ¿Y la siguiente? Miramos a la perra, que encogió el rabo y huyó a otra habitación. Convencimos a un tipo que pasaba cada semana por casa para que escribiera la siguiente línea. Mamá, entre dientes, le llamaba “el acreedor”, y yo daba por hecho que un acreedor era el devoto de una religión diferente a la católica. El hombre tenía una letra firme y regular, se notaba que comía de lo lindo. Después observamos embelesados el papel garabateado. “Vamos a dormir -dijo papá-. Y así pensamos detenidamente la última línea”. Mamá, religiosa en la desesperación, dijo: “Ya está, sólo falta la mano de Dios y el jamón es nuestro”. He de decir que nadie durmió aquella noche, de pura concentración intelectual.
A la mañana siguiente sucedió el milagro. Cuando mamá se levantó para mirar si había algo en el frigorífico, encontró que alguien que firmaba como La Mano de Dios había finalizado el relato (con cierto estilo celestial, dicho sea de paso). Botamos de alegría.
El día del concurso escuchamos el programa, todos apiñados alrededor de la radio. No ganamos. Ni siquiera se nos mencionó. Quizá nos faltaba talento literario…
Ahora seguimos pasando hambre. Pero al menos ya sabemos que Dios no existe.

 

sábado, 5 de noviembre de 2016

Naufragio. Francisco Rodríguez Criado.

Después de pasar toda la noche braceando en las frías aguas del Atlántico, llegó exhausto a la orilla justo cuando empezaban a clarear las primeras luces de la mañana. Exhausto, se arrojó sobre la arena y, palpando tierra seca, se echó a llorar de rabia y alegría: sabía que estaba a salvo. Cuando se giró para maldecir a ese desaprensivo océano que había tratado de acabar con su vida, vio que allí no había agua sino un inhóspito e interminable desierto. ¡Un desierto! El náufrago se echó a llorar de nuevo. Pero de repente vislumbró a lo lejos un reluciente oasis. Venciendo al cansancio, empezó a correr en dirección hacia el oasis. El suelo, duro y agreste, lastimaba sus pies desnudos. Loco de emoción –el objetivo estaba cada vez más cerca–, el náufrago recobró la creencia de que la felicidad es posible. Aquel pensamiento no duró demasiado, porque a pocos metros de alcanzar el oasis el desierto se cubrió nuevamente con las frías aguas del Atlántico. Su vida volvía a correr peligro.
Tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para bracear por segunda vez hasta ganar la orilla. Afortunadamente, en esta ocasión las olas jugaban a su favor. Y también por segunda vez alcanzó la arena, tumbándose sobre ella, más exhausto aun si cabe, ahora con más rabia que alegría, prometiéndose no abrir los ojos bajo ningún concepto. Y en esa posición hubiera estado un día entero de no ser porque su mujer entró en la habitación, vistiendo un raída bata de color fucsia, los rulos en la cabeza y los brazos en jarras, para preguntarle, airada, si tenía pensado quedarse toda la mañana del domingo en la cama, o si por el contrario iba a levantarse de una vez para ayudarle en las tareas domésticas. 

El hombre, incapaz de seguir escuchando la voz agreste de su malhumorada esposa, por la que ya no sentía sino hastío, se tapó los oídos y hundió el rostro en la vivificante arena. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

La ira de Zeus. Francisco Rodríguez Criado. Microrrelato.

Atraído por mis crónicas sobre la Grecia moderna y el aroma de mi café expreso, Zeus visitaba mi casa al menos una vez por semana. Nada más cruzar el umbral dejaba su terrible rayo en el paragüero del vestíbulo y, sonriendo, su famosa águila posada en el hombro, venía hacia mí con los brazos abiertos. Era un tipo afable y locuaz, aunque con mucho carácter. (Qué les voy a contar que ustedes no sepan a estas alturas.) 
Durante la tertulia –nunca antes de apurar la segunda taza de café– se mesaba la barba mientras me hacía partícipe de los graves problemas a los que se enfrentaba en “el gobierno de este nefasto imperio que es el mundo, donde todo son conflictos y desdichas”. Le gustaba hablar de su infancia, de las guerras que había librado, de los castigos infligidos a quienes habían desoído su voluntad y, cómo no, le gustaba jactarse de su numerosa descendencia con diosas y mujeres de carne y hueso. En verdad ese era su tema preferido: las mujeres. Yo, pobre mortal, me limitaba a contarle naderías: mis fracasos literarios, los problemas domésticos, las dificultades para llegar a final de mes y, como dije antes, alguna que otra anécdota de mi pasada estancia en Grecia, un viajecito en Atenas... En resumen, poca cosa. 
Todo iba bien hasta que Zeus, señor del cielo y dios de la lluvia, padre de los seres humanos, tuvo que ausentarse unos días de la ciudad. 
–He de estar presente en los Juegos Olímpicos que se celebran en mi honor –se excusó complacido. 
En su lugar envió a su hija Helena (a la postre Helena de Troya), la mujer más bella de Grecia. Subyugada por el café y mi colección de discos de los Beatles, consternada por la soledad que exhalaban mis ojos apagados, Helena durmió aquella noche en mi cama. 
Zeus, al enterarse, arremetió con toda su furia contra este indefenso servidor. 
Manco del brazo derecho desde ese instante, habrá de perdonar el lector la brevedad y falta de puntería de mis últimos escritos.

miércoles, 8 de abril de 2015

Las muertes de Wilbor Wagner. Francisco Rodríguez Criado. Microrrelato.



¿Qué pasaría si alguien llama a la puerta de tu casa y resulta que la persona que llama desde el exterior eres tú, que estás dentro?
Eso fue lo que le pasó a Wilbor Wagner una gélida noche de invierno de 1898, en Juneau, en el estado de Alaska. Estaba en bata en el cálido salón de su casa, sentado gozoso en la mecedora mientras afilaba sus cuchillos de caza, cuando sintió que alguien llamaba a la puerta. Al abrir, como se ha dicho ya, Wilbor descubrió que era él, el propio Wilbor, quien estaba en el umbral, tiritando, precariamente vestido, con restos de nieve sobre los hombros, los viejos zapatos y el gorro de piel. Su desconsolado abrigo presentaba tantos agujeros como un queso de Gruyere; era como si el fiero viento de los últimos días se lo hubiera comido a dentelladas.Seguramente uno de esos buscadores de oro, un fracasado, pensó Wilbor de Wilbor al tiempo que el segundo se frotaba las manos avejentadas por el frío en un intento de entrar en calor.
Wilbor, incorregible egoísta, denegó al pobre Wilbor la menor hospitalidad aun a sabiendas de que eran la misma persona. Por más que insistió el humilde Wilbor en que le permitiera pasar la noche bajo techo, o que al menos le diera un tazón de caldo caliente que echarse al estómago, el altanero y cicatero Wilbor se negó en rotundo. Después de despacharle sin el menor miramiento –lo hizo con energía pero con suma tranquilidad, ni siquiera se sacó las manos de los bolsillos de la bata–, Wilbor regresó a su mecedora mientras Wilbor, la cabeza gacha y el hatillo a la espalda, enfilaba el camino de El Sendero de los Ciervos en dirección a la iglesia de San Miguel. Allí a lo mejor podrían socorrerle. No tuvo suerte: minutos después, Wilbor caía exhausto y aterido sobre la nieve para no levantarse nunca jamás. Alguien que pasaba por la zona, al ver el cadáver, se hizo una señal en la frente en forma de cruz y siguió su camino.
Cuando la asistenta regresó a la mañana siguiente a la casa de Wilbor Wagner, encontró a su patrón muerto en la alfombra del cálido salón. El doctor Joel Fleischman dictaminó que el señor Wilbor Wagner había muerto de frío junto a la chimenea encendida. 


viernes, 25 de abril de 2014

Luis Alberto. Francisco Rodríguez Criado. Microrrelato.



Mi madre estaba convencida de que iba a tener gemelos, pero luego sólo me tuvo a mí. Parece ser que nadie esperaba el doble embarazo, en el pueblo estaban ya acostumbrados a sus alocadas predicciones del futuro –predicciones que por supuesto nunca se cumplían-. Mi padre murió cuando yo tenía cinco años, de un cáncer dicen, aunque creo que más bien lo mató mi madre con sus brujerías y otros desvaríos mentales.

Yo me llamo Luis Alberto, porque mi madre, incapaz de asumir los hechos, pensó hasta el último de sus días que había dado a luz a dos hermosos niños: Luis, el mayor, y Alberto, el pequeño. Cuando preguntaba por Alberto, que en su trastornada imaginación era un muchacho débil y enfermizo, yo respondía con una voz febril; y cuando llamaba a Luis (“el hombretón de la casa”) yo fingía una voz grave y enérgica. Al principio me resultaba molesto dividirme en dos personas, era realmente agotador ser mi propio hermano; después, con el paso de los años, aprendí a sobrellevarlo. No obstante, la relación con mi inexistente hermano ha sido siempre un tira y afloja; si yo decía blanco, él decía negro, si yo quería ir a un sitio; él me obligaba a ir a otro, si me interesaba por una mujer, él se encargaba de importunarla hasta que, atemorizada, salía huyendo. Se entienden, pues, todas las peleas –algunas muy violentas- que hemos mantenido desde la infancia.

Por una reyerta me encuentro en este despreciable lugar. El juez no tuvo piedad al dictar el veredicto: diez años de reclusión. Ahora sólo hay que esperar a que los doctores averigüen quién fue el autor del crimen, si mi hermano gemelo o yo.