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domingo, 15 de diciembre de 2024

Sangre en los jardines. Hernando Téllez.

Cuando los guardias rurales llegaron a la granja de mamá Rosa, hacía ya una semana que Pedrillo estaba tirado en la cama, hecho una miseria de dolor y de ira. Las heridas del brazo habían tomado una escandalosa coloración de tomate maduro y el brazo abultaba hasta reventar. La infección y la fiebre devoraban a Pedrillo. Esos malditos hombres de la guardia, si lo encontraban, no lo dejarían con vida. Esto era lo de menos. ¡Si sólo lo mataran! Pero Pedrillo sabía que antes de que con él acabaran como un perro, de un disparo o de un machetazo en la nuca, bien medido, para que los huesos se quebraran y la cabeza quedara bamboleándose y fuera fácil desprenderla y ensartarla luego en un palo para llevarla a la alcaldía del pueblo como trofeo, antes de que eso ocurriera, Pedrillo sabía que ocurrirían otras cosas con él, pues ya estaban ocurriendo con los otros. Sabía que lo torturarían en la cárcel. Y también lo sabía mamá Rosa, su mamá. Esto lo atormentaba más que todo y se le aparecía como una anticipación de las torturas que, de seguro, iban a ensayar otra vez esos bárbaros si lograban pillarlo. Primero le cortarían los dedos de los pies, como a Saulo Gómez, y luego lo pondrían a caminar sobre las piedras del patio; y después, quién sabe, lo colgarían de las manos para azotarlo desnudo, mientras con las puntas de las bayonetas esos salvajes se divertirían abriéndole surcos en la carne. Y, Dios santo, pobre mamá Rosa si la obligaban a la fuerza, a puntapiés, a presenciar el espectáculo, como a la desgraciada María del Carmen Vargas, quien se había vuelto loca ahí mismo, y tuvieron que sacarla del pueblo para el manicomio. No. Él no se dejaría pillar. Él era una presa difícil.
Pero los guardias llegaron. Mamá Rosa los divisó desde la pequeña colina que daba sombra, en la tarde, a uno de los costados de la casa. Bajó corriendo para avisar a Pedrillo. El rostro de la mujer se había vuelto de ceniza, del color de ese polvillo volandero que deja el carbón de palo, ya apagado y a medio quemar, sobre los ladrillos del fogón. “Ahí vienen, ahí vienen”, dijo. Pedrillo tambaleó para levantarse de la cama. La fiebre, como un mal enemigo, trataba de doblegarlo. Pero él era un mocetón de veinticinco años, lo que se llama un mocetón, bronco y fuerte, a quien le decían Pedrillo por puro chiste, por pura gracia del contraste entre su vigor campesino y el diminutivo con que, desde siempre, lo nombraba su madre. El sucio trozo de tela que le servía de cabestrillo para el brazo herido cayó al suelo, y el brazo, al perder ese apoyo, se convirtió en una masa de dolor, inverosímilmente pesada. La cara se le contrajo en una expresión de martirio. Soltó una espantosa grosería, y mamá Rosa, con las manos temblorosas, ató de nuevo el trapo por detrás del cuello. “Aprisa, mamá, dame uno de los fusiles”. Había dos, cargados, debajo de la cama. Ella extrajo uno, lo colgó al hombre del brazo bueno de su hijo, y abrió la puerta. Entró, sin obstáculos, la claridad de la tarde y con ella, traído en el viento, el delicioso olor de los cañaverales, pues esa era una tierra de caña —dulce y de cafetos, de naranjos y de jazmines, de los cándidos jazmines que mamá Rosa cultivaba.
Pedrillo salió apoyándose en el muro de tapia pisada. Hizo un violento esfuerzo para enderezar el torso y, poco a poco, fue apresurando el paso. Mamá Rosa se quedó parada a la puerta. El sol le daba sobre los ojos de pupilas dilatadas. Parecía un personaje de cuadro al óleo, con su negra mata de pelo, partida en dos, el busto alto y palpitante bajo la tosca blusa, las manos sobre las anchas caderas, y el miedo y la amargura distribuidos sobre el rostro. Lo vio desaparecer más allá de las cañas, más allá de los cafetos, más allá de la última mancha de hierba.
Pero los guardias llegaron. Del punto en donde los vio mamá Rosa a la casa, había que contar entre cinco y ocho minutos de tiempo. Pasaron probablemente diez antes de que los tuviera a la vista, a un metro de distancia entre la puerta y la boca de los tres fusiles tendidos contra ella. Mamá Rosa alcanzó, pues, a poner todo en orden: la cama y la cocina. No movió el fusil que le había dejado Pedrillo. Apenas hizo caer un poco más contra el suelo, para disimular el arma, la descolorida manta del lecho. Lo hizo sin saber por qué, pues ella no pensaba oponer ninguna resistencia. “Si me matan, que me maten. Dios sabrá”. Tantas otras mamás Rosas habían muerto así en los últimos meses que ella no iba a ser ciertamente una novedad. Muertas estaban Carmen y la niña Luisa y la anciana Rosario, su comadre, la madrina de Pedrillo. ¿Qué importaba, pues? Y otra ventaja: mientras la mataban, los guardias le darían un poco más de tiempo a Pedrillo para huir. La muerte andaba ahora por toda la comarca con uniforme del gobierno, unas veces, y otras sin uniforme. Se mataban los unos a los otros desde hacía meses y meses. Pedrillo, como los demás, había entrado a la fiesta. Y de seguro que Pedrillo debía también unas cuantas vidas de esas con uniforme color de tierra pardusca y cinturón con balas y machete al cinto. Aquello parecía a mamá Rosa una maldición del cielo. Pero, qué diablos, nada se sacaba con lamentaciones. Ella no sabía nada de la política y cuando Pedrillo quiso explicárselo, Mamá Rosa le dijo que él anduviera bien con Dios y no se metiera en nada. Pero Pedrillo ya estaba en la danza. “Si uno no se apresura a matar, lo matan”. Algo así le dijo él. Y mamá Rosa se resignó.
Ahora ya no había nada que hacer. Ahí estaban los guardias. “¿Pedrillo podría seguir caminando?”. “¿El dolor no terminaría por echarlo a tierra?”. “¿Y estos hombres darían con él?”. Mamá Rosa los miraba y sentía que empezaba a desfallecer. “¿Por qué no disparan?”. “Yo debía estar ya muerta”. “¡Santo Dios! ¡Santo Dios!”. Nada. Ella seguía extrañamente viva frente a las bocas de los fusiles y frente a esas tres caras nada siniestras. “Son como Pedrillo”. “Tan jóvenes como Pedrillo”. Avanzaron. “Ahora dispararán”. “Perdóname, Dios bendito”. Uno de ellos le gritó: “Vieja inmunda”, y enderezando el fusil que tomó en una mano, con la otra le golpeó el rostro. Mamá Rosa se llevó las manos a la cara y las retiró manchadas de sangre. Después sintió que sobre el costado caía, de plano, la culata del fusil. Rodó sobre el suelo y ahí contra el piso de greda, que le pareció tibio y húmedo, se le clavó, al lado del seno, la punta de una bota, una, dos, tres veces. ¡Pobre Mamá Rosa! El prodigioso dolor que se apoderó de todo su cuerpo no le impidió recordar que así había visto maltratar muchas veces por los gañanes de la comarca, a los cerdos y a los perros. Ella no era ahora más ni mejor que los cerdos o los perros.
Los tres hombres se detuvieron en el marco de la puerta. Uno de ellos gritó: “So hijo e perra, entréguese o lo matamos”. Tenían miedo de penetrar a la habitación. Pasaron unos segundos y luego se oyó una descarga. “No hay nadie, no hay nadie”, les gritó Mamá Rosa, “mátenme, mátenme”. Los hombres entraron. Y Mamá Rosa arrastrándose, los siguió. Se volvieron para mirarla. Y el que parecía más enardecido apuntó al cuerpo de Mamá Rosa. “Cuidado con la vieja. Ella sabe para dónde se ha ido”, dijo otro. Y entonces, se oyó, afuera, a la distancia, un tiro de fusil. Los tres guardas se precipitaron fuera de la habitación, con el arma al brazo. Mamá Rosa empezaba a desvanecerse, pero entre la niebla de la conciencia le pareció que una nueva detonación sonaba, más próxima, menos distante. “Es Pedrillo”, pensó. Y la cabeza, con su negra mata de pelo partida en dos y ahora ensangrentada, se doblegó sobre el suelo.
Pero los guardias volvieron. Cuando Mamá Rosa recuperó el sentido y pudo otra vez incorporarse, le pareció que Dios no era completamente justo con ella, pues le permitía vivir para ver lo que estaba viendo: Pedrillo había sido cazado por los guardias —él debía haber disparado al aire para llamarles la atención y salvarla a ella— y ahí, en el naranjo que adornaba la minúscula huerta, fronteriza a la puerta de entrada, estaba colgado de las manos, como un cuero de res, las espaldas desnudas, desgarradas y sanguinolentas. El grito de Mamá Rosa hizo volver la cara a los tres guardias. “Esto era lo que se merecía el hijo e perra. Y todavía falta, vieja p…”, aulló el que estaba restregando contra la rala hierba el cinturón manchado de rojo. Mamá Rosa veía brillar al sol de media tarde, como una llaga, esa dura espalda maciza del gigante Pedrillo que de su vientre había salido una noche, frágil y pequeñito. Ahí estaba Pedrillo, peor que un perro apaleado. “Y que Dios me perdone: como Cristo”. Sus propios dolores se le olvidaron a Mamá Rosa. Ya no sentía su cuerpo, sino el cuerpo de Pedrillo. Era como si esa espalda fuera su propia carne. No, no eran sus dolores sino los dolores de Pedrillo que en ella resonaban, repercutían y desollaban la carne y el alma. Pobre Mamá Rosa con su linda mata de pelo oscuro, partida en dos, con su cabeza bíblica de madre campesina donde ahora se hundían unas manos desesperadas y trágicas. “Y todavía falta vieja p…”, volvió a aullar la voz del guardia, quien, al mismo tiempo, arranco al aire una queja con el látigo antes de dejarlo caer una y otra vez sobre la espalda. Se oyó un quejido como de animal a punto de morir, un lamento sordo y elemental que parecía llegar desde el fondo último de la Vida, desde el abismo visceral de la existencia. “Y todavía falta…”, rugió de nuevo la voz.
Mamá Rosa comprendió que ella también, como Pedrillo, estaba muriéndose. Y que iba a caer de nuevo, sobre el suelo. “Virgen de los Dolores, ayúdame”. El pecho se le rompió en sollozos. Otra vez sonaban los latigazos. “Miserables, miserables, debían matarlo más bien”. Y Mamá Rosa recordó entonces que allí, debajo de la cama, estaba el otro fusil de Pedrillo. Sí. La Virgen de los Dolores la había oído.
El primer disparo hizo un impacto imperfecto y levantó un trozo de corteza del árbol. Pero el segundo penetró en la carne martirizada y sangrante de la espalda, ahuyentando para siempre el dolor y la vida. Mamá Rosa se desplomó sobre el piso con el fusil entre las manos. Ahí quedaba con la cabeza sobre la tierra. Una cabeza como para un cuadro, con su mata de pelo negro, partida en dos.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Espuma y nada más. Hernando Téllez.

No saludó al entrar. Yo estaba repasando sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero él no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja. La probé luego sobre la yema del dedo gordo y volví a mirarla contra la luz. En ese instante se quitaba el cinturón ribeteado de balas de donde pendía la funda de la pistola. Lo colgó de uno de los clavos del ropero y encima colocó el kepis. Volvió completamente el cuerpo para hablarme y, deshaciendo el nudo de la corbata, me dijo: “Hace un calor de todos los demonios. Aféiteme”. Y se sentó en la silla. le calculé cuatro días de barba. Los cuatro días de la última excursión en busca de los nuestros. El rostro aparecía quemado, curtido por el sol. Me puse a preparar minuciosamente el jabón. Corté unas rebanadas de la pasta, dejándolas caer en el recipiente, mezclé un poco de agua tibia y con la brocha empecé a revolver. Pronto subió la espuma “Los muchachos de la tropa deben tener tanta barba como yo”. Seguí batiendo la espuma. “Pero nos fue bien, ¿sabe? Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todavía viven. Pero pronto estarán todos muertos”. “¿Cuántos cogieron?” pregunté. “Catorce. Tuvimos que internarnos bastante para dar con ellos. Pero ya la están pagando. Y no se salvará ni uno, ni uno”. Se echó para atrás en la silla al verme la brocha en la mano, rebosante de espuma. Faltaba ponerle la sábana. Ciertamente yo estaba aturdido. Extraje del cajón una sábana y la anudé al cuello de mi cliente. Él no cesaba de hablar. Suponía que yo era uno de los partidarios del orden. “El pueblo habrá escarmentado con lo del otro día”, dijo. “Sí”, repuse mientras concluía de hacer el nudo sobre la oscura nuca, olorosa a sudor. “¿Estuvo bueno, verdad?” “Muy bueno”, contesté mientras regresaba a la brocha. El hombre cerró los ojos con un gesto de fatiga y esperó así la fresca caricia del jabón. Jamás lo había tenido tan cerca de mí. El día en que ordenó que el pueblo desfilara por el patio de la escuela para ver a los cuatro rebeldes allí colgados, me crucé con él un instante. Pero el espectáculo de los cuerpos mutilados me impedía fijarme en el rostro del hombre que lo dirigía todo y que ahora iba a tomar en mis manos. No era un rostro desagradable, ciertamente. Y la barba, envejeciéndolo un poco, no le caía mal. Se llamaba Torres. El capitán Torres. Un hombre con imaginación, porque ¿a quién se le había ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilación a bala? Empecé a extender la primera capa de jabón. Él seguía con los ojos cerrados. “De buena gana me iría a dormir un poco”, dijo, “pero esta tarde hay mucho qué hacer”. Retiré la brocha y pregunté con aire falsamente desinteresado: “¿Fusilamiento?” “Algo por el estilo, pero más lento”, respondió. “¿Todos?” “No. Unos cuantos apenas”. Reanudé de nuevo la tarea de enjabonarle la barba. Otra vez me temblaban las manos. El hombre no podía darse cuenta de ello y ésa era mi ventaja. Pero yo hubiera querido que él no viniera. Probablemente muchos de los nuestros lo habrían visto entrar. Y el enemigo en la casa impone condiciones. Yo tendría que afeitar esa barba como cualquiera otra, con cuidado, con esmero, como la de un buen parroquiano, cuidando de que ni por un solo poro fuese a brotar una gota de sangre. Cuidando de que en los pequeños remolinos no se desviara la hoja. Cuidando de que la piel quedara limpia, templada, pulida, y de que al pasar el dorso de mi mana por ella, sintiera la superficie sin un pelo. Sí. Yo era un revolucionario clandestino, pero era también un barbero de conciencia, orgulloso de la pulcritud en su oficio. Y esa barba de cuatro días se prestaba para una buena faena.


Tomé la navaja, levanté en ángulo oblicuo las dos cachas, dejé libre la hoja y empecé la tarea, de una de las patillas hacia abajo. La hoja respondía a la perfección. El pelo se presentaba indócil y duro, no muy crecido, pero compacto. La piel iba apareciendo poco a poco. Sonaba la hoja con su ruido característico, y sobre ella crecían los grumos de jabón mezclados con trocitos de pelo. Hice una pausa para limpiarla, tomé la badana, de nuevo yo me puse a asentar el acero, porque soy un barbero que hace bien sus cosas. El hombre que había mantenido los ojos cerrados, los abrió, sacó una de las manos por encima de la sábana, se palpó la zona del rostro que empezaba a quedar libre de jabón, y me dijo: “Venga usted a las seis, esta tarde, a la Escuela”. “¿Lo mismo del otro día?”, le pregunté horrorizado. “Puede que resulte mejor”, respondió. “¿Qué piensa usted hacer?” “No sé todavía. Pero nos divertiremos”. Otra vez se echó hacia atrás y cerró los ojos. Yo me acerqué con la navaja en alto. “¿Piensa castigarlos a todos?”, aventuré tímidamente. “A todos”. El jabón se secaba sobre la cara. Debía apresurarme. Por el espejo, miré hacia la calle. Lo mismo de siempre: la tienda de víveres y en ella dos o tres compradores. Luego miré el reloj: las dos y veinte de la tarde. La navaja seguía descendiendo. Ahora de la otra patilla hacia abajo. Una barba azul, cerrada. Debía dejársela crecer como algunos poetas o como algunos sacerdotes. Le quedaría bien. Muchos no lo reconocerían. Y mejor para él, pensé, mientras trataba de pulir suavemente todo el sector del cuello. Porque allí sí que debía manejar con habilidad la hoja, pues el pelo, aunque es agraz, se enredaba en pequeños remolinos. Una barba crespa. Los poros podían abrirse, diminutos, y soltar su perla de sangre. Un buen barbero como yo finca su orgullo en que eso no ocurra a ningún cliente. Y éste era un cliente de calidad. ¿A cuántos de los nuestros había ordenado matar? ¿A cuántos de los nuestros había ordenado que los mutilaran? Mejor no pensarlo. Torres no sabía que yo era un enemigo. No lo sabía él ni lo sabían los demás. Se trataba de un secreto entre muy pocos, precisamente para que yo pudiese informar a los revolucionarios de lo que Torres estaba haciendo en el pueblo y de lo que proyectaba hacer cada vez que emprendía una excursión para cazar revolucionarios. Iba a ser, pues, muy difícil explicar que yo lo tuve entre mis manos y lo dejé ir tranquilamente, vivo y afeitado.


La barba le había desaparecido casi completamente. Parecía más joven, con menos años de los que llevaba a cuestas cuando entró. Yo supongo que eso ocurre siempre con los hombres que entran y salen de las peluquerías. Bajo el golpe de mi navaja Torres rejuvenecía, sí; porque yo soy un buen barbero, el mejor de este pueblo, lo digo sin vanidad. Un poco más de jabón, aquí, bajo la barbilla, sobre la manzana, sobre esta gran vena. ¡Qué calor! Torres debe estar sudando como yo. Pero él no tiene miedo. Es un hombre sereno que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros. En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente. Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? No, ¡qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y éstos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre. Yo podría cortar este cuello, así, ¡zas! No le daría tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vería ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos. Pero estoy temblando como un verdadero asesino. De ese cuello brotaría un chorro de sangre sobre la sábana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo. Tendría que cerrar la puerta. Y la sangre seguiría corriendo por el piso, tibia, imborrable, incontenible, hasta la calle, como un pequeño arroyo escarlata. Estoy seguro de que un golpe fuerte, una honda incisión, le evitaría todo dolor. No sufriría. ¿Y qué hacer con el cuerpo? ¿Dónde ocultarlo? Yo tendría que huir, dejar estas cosas, refugiarme lejos, bien lejos. Pero me perseguirían hasta dar conmigo. “El asesino del Capitán Torres. Lo degolló mientras le afeitaba la barba. Una cobardía”. Y por otro lado: “El vengador de los nuestros. Un nombre para recordar (aquí mi nombre). Era el barbero del pueblo. Nadie sabía que él defendía nuestra causa…” ¿Y qué? ¿Asesino o héroe? Del filo de esta navaja depende mi destino. Puedo inclinar un poco más la mano, apoyar un poco más la hoja, y hundirla. La piel cederá como la seda, como el caucho, como la badana. No hay nada más tierno que la piel del hombre y la sangre siempre está ahí, lista a brotar. Una navaja como ésta no traiciona. Es la mejor de mis navajas. Pero yo no quiero ser un asesino, no señor. Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo… No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto.


La barba había quedado limpia, pulida y templada. El hombre se incorporó para mirarse en el espejo. Se pasó las manos por la piel y la sintió fresca y nuevecita.


“Gracias”, dijo. Se dirigió al ropero en busca del cinturón, de la pistola y del kepis. Yo debía estar muy pálido y sentía la camisa empapada. Torres concluyó de ajustar la hebilla, rectificó la posición de la pistola en la funda y, luego de alisarse maquinalmente los cabellos, se puso el kepis. Del bolsillo del pantalón extrajo unas monedas para pagarme el importe del servicio. Y empezó a caminar hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo y volviéndose me dijo:


“Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo digo”. Y siguió calle abajo.