Se despertó antes que ella y continuó
tumbado, escuchando su áspera respiración; parecía el sonido del
mar contra las rocas. Empeoraría antes de despertar. Se inclinó
hacia la mesilla, tomó un cigarrillo del paquete casi vacío, lo
encendió y se sentó en la cama. Trató de no pensar en las fuerzas
que envolverían su cabeza, en los siniestros y dolorosos poderes que
estarían rugiendo allí. En la oscuridad, intentó pensar en otra
cosa.
La
vista que se observaba desde la ventana era magnífica. Había estado
nevando toda la noche y el campo quedó completamente cubierto; las
nubes se entreabrían de vez en cuando permitiendo ver la luna, que
iluminaba el blanco manto. Tras la vieja encina, se extendía la
carretera, que semejaba un tajo negro sobre la blanqueada tierra.
Indudablemente, los calefactores de la carretera se habían
estropeado de nuevo, ya que algunas capas de hielo iban avanzando
desde el margen. Anticuadas palas quitanieves trataban de despejarla.
Sueños
cenicientos esparciéndose en copos
descienden
flotando pacíficamente;
mientras
monstruos relampagueantes, armados con espadas
golpean
cruelmente el cerebro
y
extienden sus uñas,
sobre
el hielo...
No
estaba seguro de si el poema tenía sentido o no. Posiblemente era el
efecto de su estado de ánimo. Lo repitió en voz baja. Tendría que
recordarlo, pulirlo y, quién sabe, quizá lo incluyese en su próximo
libro.
Al
cabo de un rato volvió a mirar a Laurie. Tenía la cara pálida, y
los ojos cerrados y rodeados de pequeñas arrugas. Le pasó la mano
por el suave pelo negro que se extendía sobre la almohada. Ella
lanzó un gemido y oyó cómo se precipitaba el aire fuera de su
pecho.
Respiraba
cada vez con más dificultad. Él, decidido a empezar esta vez sin
titubeos, se levantó y se puso los pantalones y la camisa.
—¡Frank!
—dijo ella.
—Lo
sé.
Abandonó
la cama y se puso la bata que tanto le gustaba a él.
—Sacaré
el coche del garaje —dijo Frank.
—¿Y
la nieve?
—Parecen
tenerla bajo su control. No te preocupes; te recogeré en la puerta,
dentro de cinco minutos.
—Te
quiero —exclamó Laurie, mientras él desaparecía en la sala.
Su
voz y su cara siempre le producían escalofríos, en momentos como
aquél. Cogió una linterna y el revólver, que estaban en el cajón
de las herramientas. Al salir de la casa, se guardó el arma en el
bolsillo y aspiró el aire frío; parecía cortarle los pulmones,
pero lo acabó de despejar. La senda que conducía desde la casa al
garaje estaba sin limpiar y la nieve alcanzaba allí de treinta a
treinta y cinco centímetros de espesor. La cruzó; escuchaba los
ligeros silbidos del viento y el lejano gemido de las máquinas que
batallaban contra las fuerzas de la naturaleza. La puerta del garaje
se abrió al influjo de su huella digital sobre la cerradura. Se
metió en el coche, lo puso en marcha y empezó a salir, en tanto
empujaba la nieve con el parachoques trasero. Luego hizo funcionar
los calefactores de ambos parachoques. Con el problema de Laurie,
tenía que estar a punto para salir en cualquier momento, sin
importarle el tiempo ni la temperatura, y aunque los calefactores
para derretir la nieve fueran un suplemento caro, eran necesarios.
Cuando
apareció, frente a la puerta de la casa, ella ya estaba esperándole.
Subió y se acurrucó junto a él.
—¿Adonde?
—A
cualquier sitio deshabitado —murmuró su vocecita—. Date prisa,
por favor. Esta vez, el ataque va a ser realmente malo.
Se
derretía la nieve a medida que avanzaban; cuando llegaron a la
autopista el coche tomó el desvío que salía de la ciudad. Entonces
él dejó el control del auto al piloto automático, mientras besaba
y acariciaba las mejillas de Laurie.
Diez
minutos más tarde, mientras el coche bajaba una rampa, una de las
luces del piloto empezó a bizquear para avisarle de que tenía que
tomar el control manual. En algún lugar del coche, comenzó a sonar
un zumbador por la misma razón. Dobló a la izquierda, por una
carretera secundaria bastante menos despejada de nieve que la
superautopista. El hielo avanzaba sobre sus bordes y la dejaba
reducida, en muchos sitios, a la mitad de su anchura. Mantuvo el
acelerador a fondo, casi peligrosamente.
Ella
estaba quejándose...
Tenía
mal aspecto; estaba llegando rápidamente al punto crítico, al
momento en que los poderes psíquicos alcanzaban el punto máximo de
tolerancia y luego estallaban violentamente. Laurie era una esper;
pero esto era todo lo contrario que una ventaja, pues no podía
gobernar su propia energía psíquica. No podía liberarla hasta
llegar al punto crítico; y una vez alcanzado éste, tenía pocos
segundos para desprenderse de ella.
Se
alegraba de haber instalado en el coche los descongeladores. Algún
día, pensó, todo el mundo los tendría. Entonces, las máquinas
quitanieves y los calefactores de las carreteras serían
innecesarios; los descongeladores evaporaban los cristales de nieve e
iban dejando tras de sí una estela de vapor que el frío viento de
la noche reconvertía rápidamente en hielo.
—Nos
alejaremos un poco más —dijo él.
Laurie
murmuró algo...
Se
arriesgó a desviar la vista de la carretera y dirigirla hacia ella.
Quedó asustado, como siempre, por el tono blanco verdoso que iba
adquiriendo su atractivo rostro. Le recordaba a los muertos. Le hacía
sentir escalofríos.
—Aguanta
un poco más —dijo Frank.
De
pronto, el coche empezó a patinar. Sujetó desesperadamente el
volante. Quedaron atascados en un montón de nieve y los
descongeladores tardaron unos minutos en poderles liberar. Continuó
unos dos kilómetros más, sin ver ninguna casa; así que giró y se
metió en lo que parecía ser un campo de trigo, liso ahora y
cubierto de nieve. Los descongeladores estaban funcionando a toda
potencia. Avanzó, despacio, por el camino que éstos le abrían
hacia el borde del bosque que empezaba en uno de los extremos del
campo y se perdía en la distancia. Cuando llegaron al bosque, frenó
y apagó las luces. No se les podía ver desde la carretera, a causa
del fondo oscuro que ofrecían los árboles.
Se
sentó con ella sobre la nieve, junto a un árbol. Ella había
alcanzado el punto crítico.
—Vale
—exclamó—; no hay nadie aquí.
Ella
gimió otra vez... Su respiración se convirtió en un angustioso
jadeo. La nieve empezó a derretirse a su alrededor y a los dos
minutos, ya había desaparecido en un círculo de más de dos metros
de diámetro. La tierra se convirtió en barro hirviente...
Recuerdo
salas empapeladas
y
con un gran reloj de pared
que
tocaba las horas
como
una voz que dijese:
«Te
daré un dólar por diez centavos.»
Recuerdo
cocinas soleadas
al
empezar la tarde;
cien
mil fragancias
del
cucharón de mi madre...
Desconectó
el magnetófono y quitó la cinta para devolverla a su estuche. Era
la emisión del sábado, que sería retransmitida por ciento dos
emisoras de frecuencia modulada. Quince minutos de poesía, crítica
y música. Se sentía un poco amargado por la emisión y se
preguntaba cuántos la escuchaban con atención y cuántos reían.
Pensaba que muchas de las artes no estaban hechas para los medios de
comunicación de masas.
—¡Frank!
—Laurie entró en la habitación esparciendo un suave perfume y con
un vestido estampado de vivos colores; llevaba recogido su pelo
oscuro con una cinta roja—. ¿Has visto el periódico de esta
mañana?
Sí,
había visto los titulares: «Un alucinógeno en la vecindad». Y
debajo: «La policía comienza la búsqueda». Hablaba del campo
Crockerton, donde se había evaporado la nieve; la tierra aparecía
revuelta, como si hubiese hervido, y los árboles rotos y quemados.
También decía que sólo una cosa podía haber provocado todo
aquello y que se estaba buscando a una persona alucinógena.
—No
te preocupes —contestó él.
—Pero
dicen que la policía está investigando en un radio de veinte
kilómetros.
La
sentó sobre sus rodillas y la besó.
—¿Y
qué pueden encontrar? Soy un poeta contribuyente al partido; el
partido es antiesper. Hacemos vida normal. Nunca hemos manifestado
desaprobación ante el castigo de personas alucinógenas.
—Es
igual —dijo ella—. Yo estaría preocupada.
También
lo estaba Frank.
Fue
al mediodía cuando llegó la policía. La estuvieron observando por
la mirilla de la puerta principal, mientras se aproximaba a la casa.
—Será
sólo para preguntar cosas de rutina, alguna inspección sin
importancia —comentó él.
No
importaba. Ella estaba temblando y se retiró a la cocina. Pero él
esperó, aunque dejó que llamasen dos veces antes de abrir la
puerta. No quería aparecer preocupado y necesitaba esos pocos
segundos para conseguir simular una sonrisa.
—¿Quién
es?
—Inspector
de policía Jameson; y su asistente, androide «T» —dijo el
detective, señalando aquella parodia de hombre que tenía junto a
él.
—¡Oh!,
es a propósito de la persona alucinógena de la que se habla en los
periódicos, ¿verdad? Entre usted, inspector... y también su
autómata...
Les
condujo a la sala. El inspector y él se sentaron, pero el robot «T»
permaneció de pie. Los copos de nieve que habían caído sobre su
piel metálica estaban derritiéndose y mojaban la alfombra, tras
dejar una marca húmeda hasta la altura de la barbilla.
—Tiene
usted un bonita casa, señor Cauvell.
—Gracias.
—¿Es
aquí donde escribe sus poemas?
Frank
miró la mesa, afirmando. Allí solía escribirlos.
—Soy
un gran admirador suyo. Aunque debo confesarle que no siempre me
gustan sus composiciones en verso libre.
Respiró
con más facilidad. Ciertamente, aquél no era un policía duro,
brutal. En realidad, parecía más bien tímido. «Ni siquiera puede
mirarme directamente a los ojos», pensó Cauvell.
—¿Está
su esposa en casa?
Su
corazón pegó un salto, pero no dudó ni un momento sobre lo que
tenía que hacer.
—Sí,
está aquí. ¡Laurie! —gritó, quizá demasiado fuerte.
Ella
vino de la cocina y se quedó de pie, junto a la silla donde él
estaba sentado, mirando desconfiadamente al androide. ¿Se estaría
dando cuenta «T» de sus sospechas?
—Siéntese,
por favor, señora Cauvell —dijo Jameson.
Entonces
se dirigió a los dos.
—Estamos
realizando una investigación en la vecindad y nos gustaría hacerles
unas cuantas preguntas.
Ambos
asintieron.
—«T»
—dijo Jameson.
La
garganta del androide pareció vibrar por un momento y se escuchó
una profunda voz, emitida por un pequeño altavoz que se encontraba
escondido en su duro cuello.
—«Esta
entrevista está siendo grabada. ¿Son ustedes conscientes de ello,
señor y señora Cauvell?»
—Sí
—respondieron los dos.
—«Toda
la información que aquí se grabe puede ser usada ante un tribunal.
¿Son ustedes conscientes de ello, señor y señora Cauvell?»
—Sí.
—«Habla
el androide ”T", de la división de la policía ciudadana,
cooperando con el inspector Harold Jameson. Señor Cauvell, un
alucinógeno es una persona nacida de padres cuyos genes fueron
alterados por el uso de la LSD 25. Estas personas se deforman física
o mentalmente. ¿Comprende usted el término "persona
alucinógena"?»
—Sí.
—«¿Y
usted, señora Cauvell?»
—Sí.
—«Las
personas deformadas físicamente son cuidadas por el Estado. Las
personas alucinógenas que nacieron con el defecto congénito de
sensibilidad ESP, son un peligro para el Estado y no pueden ser
ciudadanos con plenitud de derechos. A causa de la naturaleza de su
poder, que puede ser estudiado tan sólo en su punto crítico, y en
el cual dicho estudio es demasiado peligroso para ser llevado a cabo,
muchos de estos mutantes deben ser dados al sueño humanamente.
¿Entienden esto, señor y señora Cauvell?»
Ellos
dijeron que lo entendían. Las formalidades se habían acabado.
—«Tenemos
razones para creer en la existencia de una persona alucinógena en
esta zona. ¿Tiene alguno de ustedes conocimiento de dicha persona?»
Dijeron
que no.
—«¿Alguno
de ustedes abandonó su casa la pasada noche?»
—No.
—«¿Cómo
es que la entrada a su garaje y la salida a la autopista se
encuentran limpias de nieve?»
—Vimos
al venir —dijo Jameson— que la entrada de su garaje aparecía
como limpiada por descongeladores de nieve.
—Salí
esta mañana a realizar unas compras —contestó Cauvell, quizá con
demasiada rapidez.
—¿Hace
usted sus propias compras? —preguntó Jameson, levantando las
cejas.
—Sí.
Cauvell
se sintió súbitamente contento de no haberse convertido nunca en
una persona completamente moderna. Menos de la quinta parte de la
población compraba personalmente sus propios comestibles. Las
secciones de empleados-robots, que tomaban los encargos por teléfono,
habían deshumanizado las compras casi por completo. A Cauvell, sin
embargo, siempre le había gustado ver la carne antes de comprarla.
Quizá por su paladar exigente.
—«El
padre de la señora Cauvell era un catedrático de Universidad —dijo
“T" con voz chirriante—. Los profesores universitarios de
los años setenta eran a menudo bastante liberales y tan ansiosos
como sus alumnos por experimentar nuevos productos. Señora Cauvell,
¿tomó su padre LSD 25?»
Se
habían preparado, hacía ya mucho tiempo, ante la posibilidad de
preguntas de este tipo. Habían convenido que decir una verdad
parcial era mejor que una mentira completa.
—Creo
que la probó dos veces, ambas con malas experiencias —dijo Laurie.
Cauvell
empezó a tranquilizarse ante las respuestas firmes y serenas de su
esposa.
—«¿Era
un consumidor habitual de la droga?»
—No.
—¿Cómo
puede usted tener esa seguridad? —preguntó amablemente Jameson.
Cauvell
se dio cuenta de que Jameson podía ser cualquier cosa, pero no
tonto, ni tímido. El era el jefe de «T», y algunas veces sus
preguntas tocaban muy cerca de la diana.
—Mi
madre me habló de ello —respondió Laurie—. Mi padre murió
cuando yo tenía siete años y mi madre se pasó el resto de su vida
contándome todas las cosas que él solía hacer. Escuché todas esas
historias miles de veces. No pude olvidarlas. El tomó LSD en dos
ocasiones y tuvo desagradables experiencias en los «viajes»
respectivos.
—«¿A
qué partido pertenecen?» —preguntó «T».
—Al
que ha permanecido en el Gobierno los últimos trece años, al
Partido Constitucional Moderado.
Cauvell
trató de aparentar orgullo, mientras tragaba su angustia.
—«¿Y
por qué se unieron al partido?»
—Porque
temíamos a los países comunistas y nos dimos cuenta de que las
tendencias subversivas en nuestro país debían hacerse abortar.
—«¿Y
ustedes no han visto ni tenido noticias de la existencia de alguna
persona alucinógena?»
—No,
ninguna.
—«¿Fue
grabada esta entrevista con su consentimiento, señor y señora
Cauvell?»
Contestaron
que lo había sido. La voz del androide desapareció tras hacer su
cuello un murmullo extraño y, por fin, quedó absolutamente
silencioso. El inspector Jameson se levantó.
—Siento
haberles molestado. Muchas gracias por su cooperación; han sido
ustedes muy amables.
—Ha
sido un placer —contestó Frank.
—Espero
que encuentre al mutante —dijo Laurie.
Estuvieron
observando por la mirilla cómo el inspector y el androide se metían
en el coche de policía, que salió a la carretera y se fue haciendo
más y más pequeño, hasta que desapareció a lo lejos.
El
aspecto del cielo indicaba que pronto comenzaría a nevar de nuevo.
En
algún sitio se escondió un joven mutante, temblando.
No
pudo aguantar más, perdió los nervios; corrió.
Corrió
hacia los brazos del androide. Los ojos del hombre de metal eran
joyas, mientras las lágrimas de los suyos se le helaban en las
mejillas. Dio la vuelta, pero encontró a otros detrás de él. No
había sitio por donde escapar. Desató sus fuerzas psíquicas contra
ellos. Los vio elevarse en llamas, vio derretirse sus caras y humear
sus entrañas.
Pero
aún quedaban más. Y no esperaron. Aparecieron cañones en sus
caderas. Surgió el fuego; las llamas lo envolvieron, lo tragaron, lo
digirieron.
Todo
mientras caía la nieve... pequeñas balas blancas...
—Han
cogido a un pobre diablo —dijo Laurie y le mostró el diario.
Frank
lo miró; «Un alucinógeno lucha con la policía». No «lucha con
robots», pues eso sería demasiado crudo. Haría parecer la noticia
como a favor de los mutantes. Cauvell estaba seguro de que ni un solo
policía de carne y hueso había estado a menos de cien metros del
muchacho.
—Fue
por mi culpa —dijo Laurie.
—Es
absurdo que digas eso. ¿Cómo ha podido ser por tu culpa?
—No
nos ocultamos lo suficiente. Dejamos una enormidad de pistas que les
facilitó empezar la búsqueda.
—Pero
era una emergencia. Nos habrías matado a todos si hubieses tratado
de aguantar un momento más esa fuerza.
—Es
igual; es posible que ellos no hubiesen cogido al perseguido si
nosotros...
—Olvídate
de eso. ¿Qué hay para cenar? —preguntó él con naturalidad.
—Spaghetti...
A
la noche siguiente hubo lomo de cerdo, y a la otra cenaron carne
asada. Pero a la tercera noche, Frank despertó al oír la áspera
respiración de ella.
—Laurie...
Estaba
despierta y contestó:
—Sí...
—¿Por
qué no me has despertado? —Se levantó de la cama y empezó a
vestirse.
—¿Frank?
—¿Qué?
Date prisa y vístete.
—Frank,
quizá fuese mucho mejor si dejaras que esto acabara conmigo.
Paró
de abrocharse la camisa y se volvió para quedar frente a ella. Sólo
podía ver el vago perfil de su pequeña, pero femenina figura,
realzada por las sábanas. Su cabellera extendida como hilos de seda
destacaba sobre la almohada. Avanzó hacia ella y le cogió la cara.
—¿Qué
quieres decir con eso?
Entonces
ella empezó a llorar.
—¿Acaso
no me amas? —preguntó él.
Laurie
trató de contestar, pero sus palabras eran sólo suspiros.
—Ten
calma y vístete de una vez —dijo él cariñosamente.
Frank
salió. Ya en la cocina, cogió el revólver del cajón. Fuera, el
cielo estaba claro y el viento, fuerte, azotaba la nieve. Cuando
acercó el coche a la puerta, ella ya estaba esperando.
—¿Adonde
iremos? —preguntó Laurie.
—Más
lejos que la otra vez, pero ésta nos cubriremos bien.
La
Navidad se acercaba. Pensaba en ella mientras conducía: en las
fiestas y en las velas que se encenderían en altares y ventanas.
Pensó también en Cristo, descendiendo de su cruz, y en lo que
hubiese podido escribir Ferlinghetti de haber estado casado con una
persona alucinógena.
Ya
hacía bastante rato que habían salido de la ciudad y luego echaron
por un camino para avanzar unos cuantos kilómetros más. Salió de
él, cruzando un arroyo seco que se introducía entre los árboles y
llegaron a un claro en el centro del bosque. Se encontraban a unos
cinco kilómetros de la carretera y ocultos a la vista por todos
lados, excepto por la parte de arriba. Cuando salieron del coche,
oyeron el motor de un helicóptero, que trepidaba en algún lugar del
cielo, sobre sus cabezas. De pronto, pareció hacerse de día: el
helicóptero, con sus luces como los ojos de un insecto monstruoso,
aterrizó en el claro.
—¡Frank!
La
empujó hacia el coche y se puso al volante.
—«Por
favor, no traten de escapar...» —Era la voz de «T».
Sólo
tenían dos posibilidades: dar marcha atrás —que sería desastroso
en un terreno tan desigual— o bien pasar por en medio de ellos.
Jameson, «T» y otro androide que llevaba pintadas las letras JJK
estaban cruzando el campo con la nieve a la altura de las rodillas y
las armas dispuestas a disparar.
Frank
bajó la ventanilla.
—¿Qué
quieren? —les preguntó.
—Si
usted fue de compras esa mañana, ¿cómo es que ningún tendero, en
varios kilómetros a la redonda, tenía factura de su compra?
«T»
se encontraba a veinte metros, justo enfrente del coche.
Apretó
a fondo el acelerador, puso las barras descongeladoras al máximo y
percibió el golpe en el momento en que «T» caía bajo las ruedas;
cuando atropelló al segundo androide, pudo comprobar de un vistazo
que el atropello le había arrancado un brazo. No podía escapar
rápidamente, a través de la nieve, puesto que las barras
descongeladoras no serían capaces de trabajar con la velocidad
suficiente. Giró en redondo y aceleró hacia el sendero que las
barras habían abierto a su llegada. Pasó velozmente junto a
Jameson, quien tuvo que saltar para evitar al vehículo. Los dos
androides yacían, averiados, en el suelo.
—¡Somos
libres! —exclamó Frank.
En
aquel momento el vibro-láser disparado por Jameson dibujó un limpio
orificio en la ventanilla trasera y golpeó a Laurie en la sien. Cayó
sobre Frank, mientras su oído comenzaba a sangrar.
Frank
podía personificar poéticamente a la luna: La luna se esparcía
majestuosamente; podía convertir a una chica en rosa: Ella
era una rosa, gentil y dulce. Podía hacer metáforas, conseguir
sonrisas, planear tantas aliteraciones para tantas líneas, pero no
podía conseguir que el oído de Laurie dejase de sangrar. Podía,
sí, elevarse en la mañana como un dragón que surgiera del mar,
pero impedir que la sangre de Laurie siguiera fluyendo estaba más
allá de sus poderes. Ella estaba estirada en el asiento de atrás,
boca arriba, pálida y fantasmal, bajo los rayos de la luna que se
filtraban a través de la ventanilla. Cauvell se apretó más el
cinturón de seguridad y cogió el volante con furia. ¿Adonde?
¿Cuánto tiempo pasaría antes de que todas las carreteras
estuviesen bloqueadas? Se encontraban ya a más de veinte kilómetros
del bosque, pero el mundo se había reducido muchísimo en pocos años
y esa distancia no era nada. La solución consistía en encontrar un
pueblo pequeño; con el revólver obligaría a cualquier doctor a
cuidarla, y escondería el coche en su garaje. Salió de la carretera
principal y se introdujo en otra, estrecha y zigzagueante, en la que
las ruedas volvieron a morder la nieve.
La
sangre seguía goteando de un oído de Laurie.
Caldwell,
cuarenta y siete kilómetros...
Caldwell,
solamente treinta y cuatro...
Estaban
a dieciocho kilómetros de Caldwell, cuando el helicóptero volvió a
aparecer sobre las copas de los árboles, que cubrían gran parte de
la carretera. Inmediatamente el coche quedó bañado por una luz
amarilla. Dobló a la derecha y luego a la izquierda, tratando de
desprenderse del foco, pero aumentaron su ángulo y éste abarcaba
ahora ambos lados de la carretera; las balas empezaron a marcarse en
el asfalto, frente al coche. Una de ellas rebotó en el techo; unos
cuantos disparos de vibro-láser hicieron hervir trozos de asfalto
alrededor del vehículo fugitivo. Entonces, cesó la luz súbitamente
y no se oyó el batir de los rotores del helicóptero.
Quitó
el pie del acelerador, bajó el cristal y escuchó. No se volvía a
oír el «blap-blap» de las palas del helicóptero batiendo el aire.
Se había ido; sí, había desaparecido por completo. Sin embargo, no
parecía como si simplemente se hubiese alejado. «Quizá se habrá
estrellado», pensó Frank, si bien no había habido explosión ni
ningún sonido que indicase un golpe contra el suelo. Subió el
cristal y siguió avanzando. La policía ya lo tenía localizado
cerca de Caldwell y ahora ya no podría parar en el pueblo. A unos
setenta kilómetros más lejos, se encontraba Steepleton.
Miró
hacia atrás y su estómago se encogió al ver el estado de Laurie,
agonizante, y el rostro de un color amarillo oscuro. Apretó a fondo
el acelerador.
Steepleton,
cincuenta y siete kilómetros...
Steepleton,
ahora solamente cuarenta y tres...
En
los arrabales de esa ciudad había un bloqueo de carretera. Siete
hombres, siete androides. Y ellos comprendían perfectamente de quién
era el coche que se acercaba y tenían las armas dispuestas.
La
muerte no es nadie, envuelta en vestiduras negras, baboseante. La
muerte no puede verse...
¡No
se puede!
Y
sin embargo, su mundo era un cementerio. La luna se desliza en lo
alto, sobre nubes como mortajas rasgadas que baten fieramente al son
de los vientos de los árboles muertos. Llegó a la cumbre de la
montaña, donde el aire frío y la nieve lo obligaron a bizquear.
—Buenas
noches —le saludó el director de pompas fúnebres.
Dio
las buenas noches...
—Polvo
al polvo —dijo el embalsamador, sentado en una aguja de iglesia.
—Cenizas
sobre cenizas —dijo él sepulturero.
Él
pasó sin hacerles caso. Continuó adelante, hacia la cumbre, donde
se encontraba el sepulturero mordiendo el cielo como si fuese un
diente roto. En algún sitio sonaba un tambor, en otro una campanilla
que pasaba... Empujó la pesada puerta con el hombro; las oxidadas
bisagras se estremecieron, las oyó rechinar y las ratas corrieron en
el interior.
Pisó
la entrada, iluminada por la luna, y avanzó hacia el sarcófago. La
habían enterrado en un ataúd de piedra caliza, para facilitar la
descomposición del cadáver.
Esto
le llenó de rabia. Abrió el inmenso cerrojo y vio su cara pálida.
Tiernamente, la sacó y la colocó sobre la tabla de mármol que se
encontraba a su lado.
En
algún sitio sonaron las campanadas, al revés; en algún sitio se
cantaba, al revés.
Y
él cantaría un responso que haría de panegírico...
«Porque
la luna nunca alumbra
sin
traerme ensueños
de
la hermosa Annabel Lee.
Y
las estrellas nunca aparecen
excepto
en los ojos
de
la bella Annabel Lee,
Y
así por siempre descanso
al
lado de mi amada,
de
mi amada, mi vida y mi esposa,
en
su sepulcro allí junto al mar.
En
su tumba allí junto...»
Steepleton
había quedado atrás y continuaba sin haber huellas de una
persecución de la policía...
Apartó
el coche de la carretera. ¿Acaso estaba perdiendo la razón? Había
policías en la carretera, ¿no? ¿Dónde se hallaba en realidad, en
la policía o en el cementerio? En la policía, sin duda alguna; él
no era Edgar Allan Poe, que dormía con su amante muerta. Además, su
mujer no estaba muerta. Se volvió a mirarla. Su cara estaba
contraída, como si estuviera sufriendo. La llamó. Por unos
segundos, le pareció que había contestado, pero ella no había
movido los labios. Miró de nuevo hacia adelante. Quedaban dieciocho
kilómetros hasta Kingsmir. ¿Qué sucedería allí? ¿Volvería de
nuevo la pesadilla del cementerio? ¿Habría más cosas extrañas? De
pronto, se acordó de la desaparición del helicóptero y se
estremeció. Volvió a entrar en la carretera.
...Despertó
y la besó en el cuello.
El
negro pelo se deslizaba sobre sus desnudos hombros y senos y se
rizaba en sus orejas rosadas...
Ella
le devolvió el beso...
Yacía
en un ataúd..., a veces templada y viva, otras fría y putrefacta.
...Se
volvió a oír el sonido de un helicóptero... De pronto, desapareció
en un mundo donde los hombres jamás habían aprendido a volar...
Entonces,
volvió persiguiendo una cantera desaparecida cuando el mundo había
sido diferente durante unos minutos...
Tumbas...
¡Click!
Una
cama caliente y cuerpos templados...
¡Click!
¡Click!
¡Click!
Frank
despertó a la realidad, unos dos kilómetros más cerca de Kingsmir.
¡De pronto, comprendió! Aparcó el coche en la cuneta y pasó por
entre los asientos delanteros hasta donde ella estaba tumbada. Le
pasó una mano por la cara; y luego la colocó bajo la barbilla y le
tomó el pulso. ¡Laurie estaba cambiando la realidad! En el estado
de coma en que se encontraba, sus poderes psíquicos se estaban
disipando gradualmente, en lugar de estallar con violencia. ¡Estaba
bajo control! Y no eran simples poderes de teleportación y lectura
del pensamiento; eran poderes que podían variar las más esenciales
bases de la vida. Un rato antes había creído que imaginaba
escucharla; ahora sabía que le había contestado. ¡No tenía
necesidad para ello de usar los labios!
—Laurie,
¿puedes oírme?
Hubo
una respuesta lejana y tuvo que concentrarse para comprenderla.
—Laurie,
tú escuchaste el helicóptero y sentiste la presencia de los
guardias en el bosque y en la carretera, así es que cambiaste la
realidad de las cosas durante un rato, hasta que el coche, moviéndose
independientemente de ambos mundos, pasó de largo. ¿Es esto lo que
hiciste, verdad?
Oyó
un «sí» lejano.
—Escucha,
Laurie; el cementerio es un sueño disparatado. Muy poético, pero
disparatado. El otro. Ese en el que estamos en la cama, Laurie.
Le
acarició la barbilla y le rogó que se concentrase. Oyó sirenas en
la carretera y empezó a hablar más de prisa...
Le
habló de un mundo en el que jamás habían existido mutantes
alucinógenos. Sí, de un mundo en el que todos eran normales.
Despertó
antes de que ella lo hiciese y continuó tumbado, escuchando su
áspera respiración; parecía el sonido del mar contra las rocas.
Empeoraría antes de despertar.
La
vista que se observaba desde la ventana era magnífica. Había estado
nevando toda la noche y el campo quedó completamente cubierto; las
nubes se entreabrían de vez en cuando permitiendo ver la luna, que
iluminaba el blanco manto. Tras la vieja encina, se extendía la
carretera que semejaba un tajo negro sobre la blanqueada tierra.
Indudablemente los calefactores de la carretera se habían estropeado
de nuevo, ya que algunas capas de hielo iban avanzando desde el
margen. Anticuadas palas quitanieves, trataban de despejarla.
Por
alguna razón, le parecía revivir esta escena. Era como si todo
fuese un eco extendido.
Sueños
cenicientos esparciéndose en copos
descienden
flotando pacíficamente;
mientras
monstruos relampagueantes, armados con espadas
golpean
cruelmente el cerebro
y
extienden sus uñas,
sobre
el hielo...
No
estaba seguro de si el poema tenía sentido o no. Incluso, éste le
sonaba vagamente familiar. Lo repitió suavemente.
—¡Frank!
—dijo ella.
—Lo
sé.
Abandonó
la cama y se puso la bata que tanto le gustaba a él.
—Sacaré
el coche del garaje —dijo Frank.
—¿Y
la nieve?
—Parecen
tenerla bajo su control —dijo, y parecía como si esto también se
repitiese.
—Te
quiero —exclamó Laurie, mientras él desaparecía de la sala.
Su
voz y su cara siempre le producían escalofríos, en momentos como
éste. Sin embargo, esta vez se prolongó y subiendo por la espina
dorsal hasta llegarle a la cabeza, pareció esparcirse por cada uno
de sus nervios.
¿De
qué estaba asustado? ¿A qué se debía este sentimiento de
familiaridad? Temía por Laurie más de lo corriente. Después de
todo, estar encinta era una cosa normal. Deseaba con toda su alma que
fuese una niña. Entonces, mientras iba en busca del coche, dejó de
sentir los escalofríos. Se encontraba bien; el mundo era estupendo y
había desaparecido ese sentido de familiaridad. De pronto, todo se
había hecho diferente y las cosas parecían como nuevas...
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
viernes, 31 de julio de 2026
Alucinogenia. Dean R. Koontz
jueves, 30 de julio de 2026
Ángelus. Juan Ramón Jiménez.
Mira,
Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas azules, rosas
blancas, sin color... Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira
cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos... ¿Qué
haré yo con tantas rosas?
¿Sabes
tú, quizá, de dónde es esta blanda flora, que yo no sé de dónde
es, que enternece, cada día, el paisaje y lo deja dulcemente rosado,
blanco y celeste --más rosas, más rosas--, como un cuadro de Fray
Angélico, el que pintaba la gloria de rodillas?
De
las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a la
tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las
rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo
fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más rosas, más
rosas…
Parece,
Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su
fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más
constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia,
suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas... Más
rosas... Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al
cielo, son dos bellas rosas.
Platero y yo. 1917.
martes, 28 de julio de 2026
Cristo. María Fernanda Ampuero.
Cuando al ñañito le empezó a subir
la fiebre fue cuando empezó todo esto.
Dejé
de ir a la escuela tantos días que empecé a sentir que nunca había
ido, que desde que nací lo único que había hecho era cuidar al
ñañito. Yo me quedaba en la casa mientras ella se iba a trabajar y
le daba las cucharaditas del jarabe rosado cada hora y del jarabe
transparente cada cuatro.
Ella me
había regalado un reloj de números grandes por mi cumpleaños.
El bebé
era livianito, livianito. Era como cargar papel de regalo arrugado en
los brazos. No reía. Casi nunca abría los ojos.
Una noche
uno de los amigos de mi mamá le hizo un hueco a la puerta del baño
cansado de oírlo llorar.
—Cállalo
—le decía a mi mamá—. Que se calle esa criatura de mierda.
Calla a ese monstruo, por puta te salió monstruo, mátalo.
Repetía
las malas palabras y daba con el puño.
Era mejor
que le diera a la puerta del baño y no al ñañito. Y no a ella.
Pero un poco le daba a ella también.
No
volvimos a ver a ese amigo de mi mamá y se hizo más difícil
comprar el jarabe rosado y el jarabe transparente y ella lo hacía
durar con un poco de agua hervida.
Ella se
apretaba las manos mientras esperaba para sacarle el termómetro a mi
ñañito. Le quedaban blancas después. Y hacía un ruidito después
de sacudirlo en el aire y mirarlo debajo de la lámpara. Un ruidito
de lengua y dientes. Cuando no lo hacía era un día mejor del
ñañito.
Algunos
fines de semana me mandaba donde los abuelitos.
Mi
abuelito Fernando me llevaba primero al cementerio a visitar a su
mamá muerta, Rosita. Después nos íbamos a La Palma a tomar
Coca-Cola con helado de vainilla. Una niña con su abuelo. Con
vestido. Sin hermanos. Hija única. Consentida. Todo eso se acababa
muy rápido y enseguida era lunes.
Una
tarde, mientras yo veía El Pájaro Loco, el ñañito empezó a
llorar. No fui. Tocaba el jarabe rosado. No fui. Quería ver El
Pájaro Loco. Entero. Por una vez entero sin mirar el reloj de
números grandes, sin medir el jarabe en esa cucharota de plástico
blanco, sin luchar para que se lo trague y ensuciarme la ropa y
apestar, como siempre, a medicina. Quería oler a niña que ve El
Pájaro Loco y nada más. Me reía hasta en las partes que no daban
chiste. Muy alto, muy alto, como el Pájaro, para tapar el lloro del
ñañito.
Al rato
se acabó el programa y empezaron Los Picapiedras. También me lo vi
enterito.
Cuando
fui, el ñañito ya había dejado de chillar. Lo toqué. Fue como
meter los dedos en candela vivita.
Llamé a
la vecina y la vecina llamó a mi mamá.
—¿Le
diste el jarabe rosado?
Hice que
sí con la cabeza.
El médico
le mandó un jarabe verde y supositorios.
Mi mamá
me enseñó a ponerle los supositorios. Yo no quería. El ñañito
gritaba como ese perro cafecito al que atropelló un taxi una vez
frente a la casa y se quedó ahí tirado, con las tripas afuera, pero
vivo. Gritaba igualito, igualito.
Rosado,
transparente, verde y supositorio.
Al día
siguiente dejamos al ñaño con mis abuelitos y nos fuimos al Cristo
del Consuelo. Ese era el barrio negro, el barrio prohibido. Mi mamá
y yo éramos ahí como las bolitas de helado de vainilla flotando en
la Coca-Cola.
Una
señora negra, gordísima, con un pañuelo rojo en la cabeza le dijo
a mi mami que tuviera fe.
—Tenga
fe, doñita. Este Cristo es milagroso.
Después
le pidió plata, unas monedas. ¿Por qué no se la pedía al Cristo?
Si era tan milagroso debía estar llenito de monedas, no como
nosotras que a veces caminábamos porque no había para el bus.
La señora
negra del pañuelo rojo le vendió a mi mamá un niñito como de
juguete para que lo colgara del vestido morado del Cristo. Cuando
entramos a la iglesia ¡había tantos niñitos de esos! Y
corazoncitos y piernitas y bracitos y cabecitas y otras partes que no
reconocí. Y fotos y cartas y billetes y dibujos. Una de esas cartas
decía «alluda señor, solo tengo nuebe años y cancer».
—¿Mami?
—pregunté—. ¿Cómo va a saber el Cristo cuál de todos es mi
ñañito?
—Porque
Él es muy inteligente.
Olía
raro ahí dentro. A viejo, a polvo, a como cuando no me lavo el pelo
muchos días, a caliente, a cuando se va la luz.
Antes de
irnos, mi mami sacó una botella de salsa de tomate Los Andes y la
llenó del agua de un grifo.
—Agua
buena —dijo—. Agua del Cristito, agüita santa.
Me
dio un trago, pero no sabía a santa, sino a salsa de tomate y un
poco a oxidado y pensé que una agua de salsa de tomate, como la que
echamos al arroz blanco a fin de mes, cuando ya se está acabando la
botella, no podía ser milagrosa. Tenía que saber a dulce de leche,
a hamburguesa doble. No saber a pobre. Con esa porquería en la boca,
sentí ganas de gritarle a todo el mundo que estaba equivocado, que
aquí no había más milagro que la señora del pañuelo rojo
recibiendo monedas por vender trocitos de cuerpo y cuerpitos enteros
para pegar a la falda de un Cristo que sabe a salsa de tomate chirle.
Ahí se quedó mi hermanito, o sea, un muñequito tan deforme como
él, rodeado de cientos de otros muñequitos igual de horrorosos y
cabezas y brazos y piernas y corazones, como si hubiera habido una
explosión.
—Él
se tiene que quedar ahí —se puso furiosa mi mamá.
Y
yo lloré todo el camino a la casa porque me di cuenta de que ella
tampoco sabía lo que hacía.
En
la casa, mi mami le dio un poco de esa agua al ñañito y se la echó
por la cabeza. Él abrió los ojos y enseñó su boca, sus dientes.
Por fin. Nos sonreía.
Así,
con esa sonrisa, lo pusimos la semana siguiente en una caja blanca,
pequeñita, que pagó el barrio con una colecta.
He
vuelto a la escuela. Otra vez a cuarto grado, donde soy enorme y no
tengo amigos.
Cuando
me preguntan si tengo hermanas o hermanos pienso en el niñito que
está colgado del manto del Cristo del Consuelo y digo que no.
Ellos
no lo entenderían.
Pelea de gallos, 2018.
lunes, 27 de julio de 2026
Libro del desasosiego. Fragmento 466. Fernando Pessoa.
El
hombre no debe poder ver su propia cara. Eso es lo más terrible de
todo. La Naturaleza le dio el don de no poderla ver, como también el
de no poder mirar sus propios ojos.
Sólo
en el agua de los ríos y de los lagos podía él contemplar su
rostro. Pero hasta la postura que había de adoptar era simbólica.
Tenía que curvarse, inclinarse para cometer la ignominia de verse.
El
inventor del espejo envenenó el alma de los hombres.
Libro del desasosiego, 1982.
domingo, 26 de julio de 2026
Día domingo. Mario Vargas Llosa
Contuvo un instante la respiración,
clavó las uñas en la palma de sus manos y dijo my rápido: «Estoy
enamorado de ti». Vio que ella enrojecía bruscamente, como si
alguien hubiera golpeado sus mejillas, que eran de una palidez
resplandeciente y muy suaves. Aterrado, sintió que la confusión
ascendía por él y petrificaba su lengua. Deseó salir corriendo,
acabar: en la taciturna mañana de invierno había surgido ese
desaliento íntimo que lo abatían siempre en los momentos decisivos.
Unos minutos antes, entre la multitud animada y sonriente que
circulaba por el Parque Central de Miraflores, Miguel se repetía
aún: «Ahora. Al llegar a la Avenida Pardo. Me atreveré. ¡Ah,
Rubén, si supieras como te odio!». Y antes todavía, en la iglesia,
mientras buscaba a Flora con los ojos, la divisaba al pie de una
columna y, abriéndose paso con los codos sin pedir permiso a las
señoras que empujaba, conseguía acercársele y saludarla en voz
baja, volvía a decidirse, tercamente, como esa madrugada, tendido en
su lecho, vigilando la aparición de la luz: » No hay más remedio.
Tengo que hacerlo hoy día. En la mañana. Ya me las pagarás,
Rubén». Y la noche anterior había llorado, por primera vez en
muchos años, al saber que se preparaba esa innoble emboscada. La
gente seguía en el Parque y la Avenida Pardo desierta; caminaban por
la alameda, bajo los ficus de cabelleras altas y tupidas. «Tengo que
apurarme, pensaba Miguel, si no me friego». Miró de soslayo
alrededor: no había nadie, podía intentarlo. Lentamente fue
estirando su mano izquierda hasta tocar la de ella: el contacto le
reveló que transpiraba. Imploró que ocurriera un milagro, que
cesara aquella humillación. «Qué le digo, pensaba, qué le digo».
Ella acababa de retirar su mano y él se sentía desamparado y
ridículo. Todas las frases radiantes, preparadas febrilmente la
víspera, se habían disuelto como globos de espuma.
-Flora
-balbuceó-, he esperado mucho tiempo este momento. Desde que te
conozco sólo pienso en ti. Estoy enamorado por primera vez, créeme,
nunca había conocido una muchacha como tú.
Otra
vez una compacta mancha blanca en su cerebro, el vacío. Ya no podía
aumentar la presión: la piel cedía como jebe y las uñas alcanzaban
el hueso. Sin embargo, siguió hablando, dificultosamente, con
grandes intervalos, venciendo el bochornoso tartamudeo, tratando de
describir una pasión irreflexiva y total, hasta descubrir, con
alivio, que llegaban al primer óvalo de la Avenida Pardo, y entonces
calló. Entre el segundo y tercer ficus, pasando el óvalo, vivía
Flora. Se detuvieron, se miraron: Flora estaba aún encendida y la
turbación había colmado sus ojos de un brillo húmedo. Desolado,
Miguel se dijo que nunca le había parecido tan hermosa: una cinta
azul recogía sus cabellos y él podía ver el nacimiento de su
cuello, y sus orejas, dos signos de interrogación, pequeñitos y
perfectos.
-Mira
Miguel -dijo Flora; su voz era suave, llena de música, segura-. No
puedo contestarte ahora. Pero mi mamá no quiere que ande con chicos
hasta que termine el colegio.
-Todas
las mamás dicen lo mismo, Flora -insistió Miguel- ¿Cómo iba a
saber ella? Nos veremos cuando tú digas, aunque sea sólo los
domingos.
-Ya
te contestaré, primero tengo que pensarlo -dijo Flora, bajando los
ojos. Y después de unos segundos, añadió: -Perdona, pero ahora
tengo que irme, se hace tarde.
Miguel
sintió una profunda lasitud, algo que se expandía por todo su
cuerpo y lo ablandaba.
-¿No
estás enojada conmigo, Flora, no? -dijo humildemente.
-No
seas sonso -replicó ella, con vivacidad-. No estoy enojada.
-Esperaré
todo lo que quieras -dijo Miguel. Pero nos seguiremos viendo, ¿no?
¿Iremos al cine esta tarde, no?
-Esta
tarde no puedo -dijo ella, dulcemente-. Me ha invitado a su casa
Martha.
Una
correntada cálida y violenta, lo invadió y se sintió herido,
atontado, ante esa respuesta que esperaba y ahora parecía una
crueldad. Era cierto lo que el Melanés había murmurado, torvamente,
a su oído, el sábado en la tarde. Martha los dejaría solos, era la
táctica habitual. Después, Rubén relataría a los pajarracos cómo
él y su hermana habían planeado las circunstancias, el sitio y la
hora. Martha habría reclamado, en pago de servicios, el derecho a
espiar detrás de la cortina. La cólera empapó sus manos de golpe.
-No
seas así, Flora. Vamos a la matinée como quedamos. No te hablaré
de esto. Te prometo.
-No
puedo, de veras -dijo Flora-. Tengo que ir donde Martha. Vino ayer a
mi casa para invitarme. Pero después iré con ella al Parque
Salazar.
Ni
siquiera en esas últimas palabras una esperanza. Un rato después
contemplaba el lugar donde había desaparecido la frágil figurita
celeste, bajo el arco majestuoso de los ficus de la avenida. Era
simple competir con un simple adversario, pero no con Rubén.
Recordó
los nombres de las muchachas invitadas por Martha, una tarde de
domingo. Ya no podía hacer nada, estaba derrotado.
Una
vez más surgió entonces esa imagen que lo salvaba siempre que
sufría una frustración: desde un lejano fondo de nubes infladas de
humo negro se aproximaba él, al frente de una compañía de cadetes
de la Escuela Naval, a una tribuna levantada en el Parque; personajes
vestidos de etiqueta, el sombrero de copa en la mano y señoras de
joyas relampagueantes lo aplaudían. Aglomerada en las veredas, una
multitud en la que sobresalían los rostros de sus amigos y enemigos,
lo observaba maravillada murmurando su nombre. Vestido de paño azul,
una amplia capa flotando a sus espaldas, Miguel desfilaba delante,
mirando al horizonte. Levantada la espada, su cabeza describía media
esfera en el aire: allí, en el corazón de la tribuna estaba Flora,
sonriendo. En una esquina, haraposo, avergonzado, descubría a Rubén:
se limitaba a echarle una brevísima ojeada despectiva. Seguía
marchando, desaparecía entre vítores.
Como
el vaho de un espejo que se frota, la imagen desapareció. Estaba en
la puerta de su casa, odiaba a todo el mundo, se odiaba. Entró y
subió directamente a su cuarto. Se echó de bruces en la cama: y
luego Rubén, con su mandíbula insolente, y su sonrisa hostil:
estaban uno al lado del otro, se acercaban, los ojos de Rubén se
torcían para mirarlo burlonamente, mientras su boca avanzaba hacia
Flora.
Saltó
de la cama. El espejo del armario le mostró un rostro ojeroso,
lívido. «No la verá; decidió. No me hará esto, no permitiré que
me haga esa perrada».
La
Avenida pardo continuaba solitaria. Acelerando el paso sin cesar,
caminó hasta el cruce de la Avenida Grau; allí vaciló. Sintió
frío: había olvidado el saco en su cuarto y la sola camisa no
bastaba para protegerlo del viento que venía del mar y se enredaba
en el denso ramaje de los ficus con un suave murmullo. La temida
imagen de Flora y Rubén juntos, le dio valor, y siguió andando.
Desde la puerta del bar vecino al cine Montecarlo, los vio en la mesa
de costumbre, dueños del ángulo que formaban las paredes del fondo
y de la izquierda. Francisco, el Melanés, Tobías, el Escolar lo
descubrían y, después de un instante de sorpresa, se volvían hacia
Rubén, los rostros maliciosos, excitados. Recuperó el aplomo de
inmediato: frente a los hombres sí sabía comportarse.
-Hola
-les dijo acercándose-. ¿Qué hay de nuevo?
-Siéntate
-le alcanzó una silla el Escolar–. ¿Qué milagro te ha traído
por aquí?
-Hace
siglos que no venías -dijo Francisco..
-Me
provocó verlos -dijo Miguel, cordialmente-. Ya sabía que estaba
aquí. ¿De qué se asombran? ¿O ya no soy un pajarraco?
Tomó
asiento entre el Melanés y Tobías. Rubén estaba al frente.
-¡Cuncho!
-gritó el Escolar-. Trae un vaso. Que no esté muy mugriento.
Cuncho
trajo el vaso y el Escolar lo llenó de cerveza. Miguel dijo «por
los pajarracos» y bebió.
-Por
poco te tomas el vaso también -dijo Francisco-. ¡Qué ímpetus!
-Apuesto
a que fuiste a misa de una -dijo el Melanés, un párpado plegado por
la satisfacción, como siempre que iniciaba algún enredo- ¿O no?
-Fui
-dijo Miguel imperturbable-. Pero sólo para ver a una hembrita, nada
más.
Miró
a Rubén con ojos desafiantes, pero él no se dio por aludido;
jugueteaba con los dedos sobre la mesa y, bajito, la punta de la
lengua entre los dientes, silbaba La niña Popof, de Pérez
Prado.
-¡Buena!
-aplaudió el Melanés-. Buena, don Juan. Cuéntanos, ¿a qué
hembrita?
-Eso
es un secreto.
-Entre
pajarracos no hay secretos -recordó Tobías-. ¿Ya te has olvidado?
Anda, ¿quién era?
Qué
importa -dijo Miguel.
-Muchísimo
-dijo Tobías. Tengo que saber con quién andas para saber quién
eres.
-Toma
mientras -dijo el Melanés a Miguel-… Una a cero.
-¿A
que adivino quién es? -dijo Francisco—. ¿Ustedes no?
-Yo
ya sé -dijo Tobías.
-Y
yo -dijo el Melanés. Se volvió a Rubén con ojos y voz muy
inocentes- Y tú, cuñado, ¿adivinas quién es?
-No
-dijo Rubén, con frialdad-. Y tampoco me importa.
-Tengo
llamitas en el estómago -dijo el Escolar-. ¿Nadie va a pedir una
cerveza?
El
Melanés se pasó un patético por la garganta:
-Y
have not money, darling -dijo.
-Pago
una botella -anunció Tobías, con ademán solemne-. A ver quién me
sigue, hay que apagarle las llamitas a este baboso.
-Cuncho,
bájate media docena de Cristal -diijo Miguel.
Hubo
gritos de júbilo, exclamaciones.
Eres
un verdadero pajarraco -afirmó Francisco.
-Sucio,
pulguiento -agregó el Melanés-, sí señor, un pajarraco de la
pitri-mitri.
Cuncho
trajo las cervezas. Bebieron. Escucharon al Melanés referir
historias sexuales, crudas, extravagantes y afiebradas y se entabló
entre Tobías y Francisco una recia polémica sobre fútbol. El
Escolar contó una anécdota. Venía de Lima a Miraflores en un
colectivo; los demás pasajeros bajaron en la Avenida Arequipa. A la
altura de Javier Prado subió el cachalote Tomaso, ese albino de dos
metros que sigue en primaria, vive por la Quebrada, ¿ya captan?;
simulando gran interés por el automóvil comenzó a hacer preguntas
al chofer, inclinado hacia el asiento de adelante, mientras rasgaba
con una navaja, suavemente, el tapiz del espaldar.
-Lo
hacía porque yo estaba ahí afirmó el Escolar-. Quería lucirse.
-Es
un retrasado mental -dijo Francisco-. Esas cosas se hacen a los diez
años. A su edad no tiene gracia.
-Tiene
gracia lo que pasó después -rió el Escolar-. Oiga chofer, ¿no ve
que este cachalote está destrozando su carro?
-¿Qué?
-dijo el chofer, frenando en seco. Las orejas encarnadas, los ojos
espantados, el cachalote Tomaso forcejeaba con la puerta.
-Con
su navaja -dijo el Escolar-. Fíjese como le ha dejado el asiento.
El
cachalote logró salir por fin. Echó a correr por la Avenida
Arequipa; el chofer iba tras él, gritando: «Agarren a ese
desgraciado».
-¿Lo
agarró? -preguntó el Melanés.
-No
sé. Yo desaparecí. Y me robé la llavee del motor, de recuerdo.
Aquí la tengo.
Sacó
de su bolsillo una pequeña llave plateada y la arrojó sobre la
mesa. Las botellas estaban vacías. Rubén miró su reloj y se puso
de pie.
-Me
voy -dijo-. Ya nos vemos.
-No
te vayas -dijo Miguel-. Estoy rico, hoy día. Los invito a almorzar a
todos.
Un
remolino de palmadas cayó sobre él, los pajarracos le agradecieron
con estruendo, lo alabaron.
-No
puedo -dijo Rubén-. Tengo que hacer.
-Anda
vete no más, buen mozo -dijo Tobías—. y salúdame a Marthita.
-Pensaremos
mucho en tí, cuñado -dijo el Melanés.
-No
-exclamó Miguel. Invito a todos o a ninguno. Si se va Rubén, nada.
-Ya
has oído, pajarraco Rubén -dijo Francisco-, tienes que quedarte.
-Tienes
que quedarte -dijo el Melanés-, no hay tutías.
-Me
voy -dijo Rubén.
-Lo
que pasa es que está borracho -dijo Miguel-. Te vas porque tienes
miedo de quedar en ridículo delante de nosotros, eso es lo que pasa.
-¿Cuántas
veces te he llevado a tu casa boqueando? -dijo Rubén- ¿Cuántas te
he ayudado a subir la reja para que no te pesque tu papá? Resisto
diez veces más que tú.
-Resistías
-dijo Miguel-. Ahora está difícil. ¿Quieres ver?
-Con
mucho gusto -dijo Rubén- ¿Nos vemos a la noche, aquí mismo?
-No.
En este momento -Miguel se volvió hacia los demás, abriendo los
brazos: -Pajarracos, estoy haciendo un desafío.
Dichoso,
comprobó que la antigua fórmula conservaba intacto su poder. En
medio de la ruidosa alegría que había provocado, vio a Rubén,
sentarse, pálido.
-¡Cuncho!
-gritó Tobías-. El menú. Y dos piscinas de cerveza. Un pajarraco
acaba de lanzar un desafío.
Pidieron
bistecs a la chorrillana y una docena de cervezas. Tobías dispuso
tres botellas para cada uno de los competidores y las demás para el
resto. Comieron hablando apenas. Miguel bebía después de cada
bocado y procuraba mostrar animación, pero el temor de no resistir
lo suficiente crecía a medida que la cerveza depositaba en su
garganta un sabor ácido. Cuando alcanzaron las seis botellas, hacía
rato que Cuncho había retirado los platos.
-Ordena
tú -dijo Miguel a Rubén.
Otras
tres por cabeza.
Después
del primer vaso de la nueva tanda, Miguel sintió que los oídos le
zumbaban; su cabeza era una lentísima ruleta, todo se movía.
-Me
hago pis -dijo-. Voy al baño.
Los
pajarracos rieron.
-¿Te
rindes? -preguntó Rubén.
-Voy
a hacer pis -gritó Miguel-. Si quieres que traigan más.
En
el baño, vomitó. Luego se lavó la cara, detenidamente, procurando
borrar toda señal reveladora. Su reloj marcaba las cuatro y media.
Pese al denso malestar, se sintió feliz. Rubén ya no podía hacer
nada. Regresó donde ellos.
-Salud
-dijo Rubén, levantando el vaso.
«Está
furioso, pensó Miguel. Pero ya lo fregué».
-Huele
a cadáver -dijo el Melanés-. Alguien se nos muere por aquí.
-Estoy
nuevecito -aseguró Miguel, tratando de dominar el asco y el mareo.
-Salud
-repetía Rubén.
Cuando
hubieron terminado la última cerveza, su estómago parecía de
plomo, las voces de los otros llegaban a sus oídos como una confusa
mezcla de ruidos. Una mano apareció de pronto bajo sus ojos, era
blanca y de largos dedos, lo cogía del mentón, lo obligaba a alzar
la cabeza: la cara de Rubén había crecido. Estaba chistoso, tan
despeinado y colérico.
-¿Te
rindes, mocoso?
Miguel
se incorporó de golpe y empujó a Rubén, pero antes que el
simulacro prosperara, intervino el Escolar.
-Los
pajarracos no pelean nunca -dijo obligándolos a sentarse-. Los dos
están borrachos. Se acabó. Votación.
El
Melanés, Francisco y Tobías accedieron a otorgar el empate, de mala
gana.
-Yo
ya había ganado -dijo Rubén-. Este no puede ni hablar. Mírenlo.
Efectivamente,
los ojos de Miguel estaban vidriosos, tenía la boca abierta y de su
lengua chorreaba un hilo de saliva.
-Cállate
-dijo el Escolar-. Tú no eres un campeón, que digamos, tomando
cerveza.
-No
eres un campeón tomando cerveza -subrayó el Melanés-. Sólo eres
un campeón de natación, el trome de las piscinas.
-Mejor
tú no hables -dijo Rubén-; ¿no ves que la envidia te corroe?
-Viva
la Esther Williams de Miraflores -dijo el Melanés.
-Tremendo
vejete y ni siquiera sabes nadar -dijo Rubén-. ¿No quieres que te
de unas clases?
-Ya
sabemos, maravilla -dijo el Escolar-. Has ganado un campeonato de
natación. Y todas las chicas se mueren por ti. Eres un campeoncito.
-Este
no es campeón de nada -dijo Miguel con dificultad. Es pura pose.
-Te
estás muriendo -dijo Rubén-. ¿Te llevo a tu casa, niñita?
-No
estoy borracho -aseguró Miguel-. Y tú eres pura pose.
-Estás
picado porque le voy a caer a Flora -dijo Rubén-. Te mueres de
celos. ¿Crees que no capto las cosas?
-Pura
pose -dijo Miguel-. Ganaste porque tu padre es Presidente de la
Federación, todo el mundo sabe que hizo trampa, sólo por eso
ganaste.
-Por
lo menos nado mejor que tú -dijo Rubén-, que ni siquiera sabes
correr olas.
-Tú
no nadas mejor que nadie -dijo Miguel—. Cualquiera te deja botado.
-Cualquiera
-dijo el Melanés-. Hasta Miguel que es una madre.
-Permítanme
que me sonría -dijo Rubén.
-Te
permitimos -dijo Tobías-. No faltaba más.
-Se
me sobran porque estamos en invierno —dijo Rubén-. Si no, los
desafiaba a ir a la playa, a ver si en el agua también son tan
sobrados.
-Ganaste
el campeonato por tu padre -dijo Miguel-. Eres pura pose. Cuando
quieras nadar conmigo, me avisas no más, con toda confianza. En la
playa, en el Terrazas, donde quieras.
-En
la playa -dijo Rubén-. Ahora mismo. -Eres pura pose -dijo Miguel.
El
rostro de Rubén se iluminó de pronto y sus ojos, además de
rencorosos, se volvieron arrogantes.
-Te
apuesto a ver quién llega primero a la reventazón -dijo.
-Pura
pose -dijo Miguel.
-Si
ganas -dijo Rubén, te prometo que no le caigo a Flora. Y si yo gano,
tú te vas con la música a otra parte.
-¿Qué
te has creído? -balbuceó Miguel-. Maldita sea, ¿qué es lo que te
has creído?
-Pajarracos
-dijo Rubén, abriendo los brazos-, estoy haciendo un desafío.
-Miguel
no está en forma ahora -dijo el Escolar-. ¿Por qué no se juegan a
Flora a cara o sello?
-Y
tú por qué te metes -dijo Miguel-. Acepto. Vamos a la playa.
-Están
locos -dijo Francisco-. Yo no bajo a la playa con este frío. Hagan
otra apuesta.
-He
aceptado -dijo Rubén-. Vamos.
-Cuando
un pajarraco hace un desafío, todos se meten la lengua al bolsillo
-dijo Melanés-. Vamos a la playa. Y si no se atreven a entrar al
agua, los tiramos nosotros..
-Los
dos están borrachos -insistió el Escollar-. El desafío no vale.
-Cállate,
Escolar -rugió Miguel-. Ya estoy grande, no necesito que me cuides.
-Bueno
-dijo el Escolar, encogiendo los hombros-. Friégate, no más.
Salieron.
Afuera los esperaba una atmósfera quieta, gris. Miguel respiró
hondo; se sintió mejor. Caminaban adelante Francisco, el Melanés y
Rubén. Atrás, Miguel y el Escolar. En la Avenida Grau había
transeúntes; la mayoría sirvientas de trajes chillones, en su día
de salida. Hombres cenicientos, de gruesos cabellos lacios,
merodeaban a su alrededor y las miraban con codicia; ellas reían
mostrando sus dientes de oro. Los pajarracos no les prestaban
atención. Avanzaban a grandes trancos y la excitación los iba
ganando, poco a poco.
-¿Ya
te pasó? -dijo el Escolar.
-Sí
-respondió Miguel-. El aire me ha hecho bien.
En
la esquina de la Avenida Pardo, doblaron. Marchaban desplegados como
una escuadra, en una misma línea, bajo los ficus de la alameda,
sobre las losetas hinchadas a trechos por las enormes raíces de los
árboles que irrumpían a veces en la superficie como garfios. Al
bajar por la Diagonal, cruzaron a dos muchachas. Rubén se inclinó,
ceremonioso.
-Hola,
Rubén -cantaron ellas, a dúo.
Tobías
las imitó, aflautando la voz:
-Hola,
Rubén, príncipe.
La
Avenida Diagonal desemboca en una pequeña quebrada que se bifurca:
por un lado, serpentea el Malecón, asfaltado y lustroso; por el
otro, hay una pendiente que contornea el cerro y llega hasta el mar.
Se llama «la bajada a los baños», su empedrado es parejo y brilla
por el repaso de las llantas de los automóviles y los pies de los
bañistas de muchísimos veranos.
-Entremos
en calor, campeones -gritó el Melanés, echándose a correr. Los
demás lo imitaron.
Corrían
contra el viento y la delgada bruma que subía desde la playa,
sumidos en un emocionante torbellino; por sus oídos su boca y sus
narices penetraba el aire a sus pulmones y una sensación de alivio y
desintoxicación se expandía por su cuerpo a medida que el declive
se acentuaba y en un momento sus pies no obedecían ya sino a una
fuerza misteriosa que provenía de lo más profundo de la tierra. Los
brazos como hélices, en sus lenguas un aliento salado, los
pajarracos descendieron la bajada a toda carrera, hasta la plataforma
circular, suspendida sobre el edificio de las casetas.
El
mar se desvanecía a unos cincuenta metros de la orilla, en una
espesa nube que parecía próxima a arremeter contra los acantilados,
altas moles oscuras plantadas a lo largo de toda la bahía.
-Regresemos
-dijo Francisco-. Tengo frío…
Al
borde de la plataforma hay un cerco manchado a pedazos por el musgo.
Una abertura señala el comienzo de la escalerilla, casi vertical,
que baja hasta la playa. Los pajarracos contemplaban desde allí, a
sus pies, una breve cinta de agua libre, y la superficie inusitada,
gaseosa, donde la neblina se confundía con la espuma de las olas.
-Me
voy si éste se rinde -dijo Rubén.
-¿Quién
habla de rendirse? -repuso Miguel—. ¿Pero qué te has creído?
Rubén
bajó la escalerilla de tres en tres escalones, a la vez que
desabotonaba la camisa.
-¡Rubén!
-gritó el Escolar- ¿Estás loco? ¡Regresa!
Pero
Miguel y los otros también bajaban y el Escolar los siguió.
En
el verano, desde la baranda del largo y angosto edificio recostado
contra el cerro, donde se hallan los cuartos de los bañistas, hasta
el límite curvo del mar, había un declive de piedras plomizas donde
la gente se asoleaba. La pequeña playa hervía de animación desde
la mañana hasta el crepúsculo. Ahora el agua ocupaba el declive y
no había sombrillas de colores vivísimos, ni muchachas elásticas
de cuerpos tostados, no resonaban los gritos melodramáticos de los
niños y de las mujeres cuando una ola conseguía salpicarlos, antes
de regresar arrastrando rumorosas piedras y guijarros, no se veía ni
un hilo de playa pues la corriente inundaba hasta el espacio limitado
por las sombrías columnas que mantienen el edificio en vilo y, en el
momento de la resaca, apenas se descubrían los escalones de madera y
los soportes de cemento, decorados por estalactitas y algas.
-La
reventazón no se ve -dijo Rubén-. ¿Cómo hacemos?
Estaban
en la galería de la izquierda, en el sector correspondiente a las
mujeres; tenían los rostros serios.
-Esperen
hasta mañana -dijo el Escolar-. Al medio día estará despejado. Así
podremos controlarlos.
-Ya
que hemos venido hasta aquí, que sea ahora -dijo el Melanés-.
Pueden controlarse ellos mismos.
-Me
parece bien -dijo Rubén-. ¿Y a ti?
-También
-dijo Miguel.
Cuando
estuvieron desnudos, Tobías bromeó acerca de las venas azules que
escalaban el vientre liso de Miguel. Descendieron. La madera de los
escalones, lamida incesantemente por el agua desde hacía meses,
estaba resbaladiza y muy suave. Prendido al pasamanos de hierro para
no caer, Miguel sintió un estremecimiento que subía desde la planta
de sus pies al cerebro. Pensó que, en cierta forma, la neblina y el
frío lo favorecían, el éxito ya no dependía de la destreza, sino
sobre todo de la resistencia, y la piel de Rubén estaba también
cárdena, replegada en millones de capas pequeñísimas. Un escalón
más abajo, el cuerpo armonioso de Rubén se inclinó: tenso,
aguardaba el final de la resaca y la llegada de la próxima ola, que
venía sin bulla, airosamente, despidiendo por delante una bandada de
trocitos de espuma. Cuando la cresta de la ola estuvo a dos metros de
la escalera, Rubén se arrojó; los brazos como lanzas, los cabellos
alborotados por la fuerza del impulso, su cuerpo cortó el aire
rectamente y cayó sin doblarse, sin bajar la cabeza ni plegar las
piernas, rebotó en la espuma, se hundió apenas y, de inmediato,
aprovechando la marea, se deslizó hacia adentro; sus brazos
aparecían y se hundían entre un burbujeo frenético y sus pies iban
trazando una estela cuidadosa y muy veloz. A su vez, Miguel bajó
otro escalón y esperó la próxima ola. Sabía que el fondo era allí
escaso, que debía arrojarse como una tabla, duro y rígido, sin
mover un músculo, o chocaría contra las piedras. Cerró los ojos y
saltó y no encontró el fondo, pero su cuerpo fue azotado desde la
frente hasta las rodillas, y surgió un vivísimo escozor mientras
braceaba con todas sus fuerzas para devolver a sus miembros el calor
que el agua les había arrebatado de golpe. Estaba en esa extraña
sección del mar de Miraflores vecina a la orilla, donde se
encuentran la resaca y las olas, y hay remolinos y corrientes
encontradas, y el último verano distaba tanto que Miguel había
olvidado cómo franquearla sin esfuerzo. No recordaba que es preciso
aflojar el cuerpo y abandonarse, dejarse llevar sumisamente a la
deriva, bracear sólo cuando se salva una ola y se está sobre la
cresta, en esa plancha líquida que escolta a la espuma y flota
encima de las corrientes. No recordaba que conviene soportar con
paciencia y cierta malicia ese primer contacto con el mar exasperado
de la orilla que tironea los miembros y avienta chorros a la boca y
los ojos, no ofrecer resistencia, ser un corcho, limitarse a tomar
aire cada vez que una ola se avecina, sumergirse -apenas, si reventó
lejos y viene sin ímpetu, o hasta el mismo fondo, si el estallido es
cercano-, aferrarse a alguna piedra y esperar atento el estruendo
sordo de su paso, para emerger de un solo impulso y continuar
avanzando, disimuladamente, con las manos, hasta encontrar un nuevo
obstáculo y entonces ablandarse, no combatir contra los remolinos,
girar voluntariamente en la espiral lentísima y escapar de pronto,
en el momento oportuno, de un solo manotazo. Luego, surge de
improviso una superficie calma, conmovida por tumbos inofensivos; el
agua es clara, llana y en algunos puntos se divisan las opacas
piedras submarinas.
Después
de atravesar la zona encrespada, Miguel se detuvo, exhausto, y tomó
aire. Vio a Rubén a poca distancia, mirándolo. El pelo le caía
sobre la frente en cerquillo; tenía los dientes apretados.
-¿Vamos?
-Vamos.
A
los pocos minutos de estar nadando, Miguel sintió que el frío,
momentáneamente desaparecido, lo invadía de nuevo, y apuró el
pataleo porque era en las piernas, en las pantorrillas sobre todo,
donde el agua actuaba con mayor eficacia, insensibilizándolas
primero, luego endureciéndolas. Nadaba con la cara sumergida y, cada
vez que el brazo derecho se hallaba afuera, volvía la cabeza para
arrojar el aire retenido y tomar otra provisión, con la que hundió
una vez más la frente y la barbilla, apenas, para no frenar su
propio avance y, al contrario, hendir el agua como una proa y
facilitar el desliz. A cada brazada veía con un ojo a Rubén,
nadando sobre la superficie, suavemente, sin esfuerzo, sin levantar
espuma ahora, con la delicadeza y la facilidad de una gaviota que
planea.
Miguel
trataba de olvidar a Rubén y al mar y a la reventazón (que debía
estar lejos aún, pues el agua era limpia, sosegada y sólo
atravesaban tumbos recién iniciados), quería recordar únicamente
el rostro de Flora, el vello de sus brazos que los días de sol
centelleaba como un diminuto bosque de hilos de oro, pero no podía
evitar que, a la imagen de la muchacha, sucediera otra, brumosa,
excluyente, atronadora, que caía sobre Flora y la ocultaba, la
imagen de una montaña de agua embravecida, no precisamente la
reventazón (a la que había llegado una vez, hacía dos veranos, y
cuyo oleaje era intenso, de espuma verbosa y negruzca, porque en ese
lugar, más o menos, terminaban las piedras y empezaba el fango que
las olas extraían a la superficie y entreveraban con los nidos de
algas y malaguas, tiñendo el mar), sino, más bien, en un verdadero
océano removido por cataclismos interiores, en el que se elevaban
olas descomunales, que hubieran podido abrazar a un barco entero y lo
hubieran revuelto con asombrosa rapidez, despidiendo por los aires a
pasajeros, lanchas, mástiles, velas, boyas, marineros, ojos de buey
y banderas.
Dejó
de nadar, su cuerpo se hundió hasta quedar vertical, alzó la cabeza
y vio a Rubén que se alejaba. Pensó en llamarlo con cualquier
pretexto, decirle por ejemplo «por qué no descansamos un momento»,
pero no lo hizo. Todo el frío de su cuerpo parecía concentrarse en
las pantorrillas, sentía los músculos agarrotados, la piel tirante,
el corazón acelerado. Movió los pies febrilmente. Estaba en el
centro de un círculo de agua oscura, amurallado por la neblina.
Trató de distinguir la playa, cuando menos la sombra de los
acantilados, pero esa gasa equívoca que se iba disolviendo a su
paso, no era transparente. Sólo veía una superficie breve, verde
negruzco y un manto de nubes, a ras del agua. Entonces, sintió
miedo. Lo asaltó el recuerdo de la cerveza que había bebido, y
pensó «fijo que eso me ha debilitado». Al instante preciso que sus
brazos y piernas desaparecían. Decidió regresar, pero después de
unas brazadas en dirección a la playa, dio media vuelta y nadó lo
más ligero que pudo. «No llego a la orilla solo, se decía, mejor
estar cerca de Rubén, si me agoto le diré me ganaste pero
regresemos». Ahora nadaba sin estilo, la cabeza en alto, golpeando
el agua con los brazos tiesos, la vista clavada en el cuerpo
imperturbable que lo precedía.
La
agitación y el esfuerzo desentumieron sus piernas, su cuerpo recobró
algo de calor, la distancia que lo separaba de Rubén había
disminuido y eso lo serenó. Poco después lo alcanzaba; estiró un
brazo, cogió uno de sus pies. Instantáneamente el otro se detuvo.
Rubén tenía muy enrojecidas las pupilas y la boca abierta.
-Creo
que nos hemos torcido -dijo Miguel-… Me parece que estamos nadando
de costado a la playa.
Sus
dientes castañearon, pero su voz era segura. Rubén miró a todos
lados. Miguel lo observaba, tenso.
-Ya
no se ve la playa -dijo Rubén.
-Hace
mucho rato que no se ve -dijo Miguel–. Hay mucha neblina.
-No
nos hemos torcido -dijo Rubén-. Ya se ve la espuma.
En
efecto, hasta ellos llegaban unos tumbos condecorados por una orla de
espuma que se disolvía y, repentinamente, rehacía. Se miraron, en
silencio.
-Ya
estamos cerca de la reventazón, entonces -dijo, al fin, Miguel.
-Sí,
hemos nadado rápido.
-Nunca
había visto tanta neblina.
-¿Estás
muy cansado? -preguntó Rubén.
-¿Yo?
Estás loco. Sigamos.
Inmediatamente
lamentó esa frase, pero ya era tarde, Rubén había dicho «bueno,
sigamos».
Llegó
a contar veinte brazadas antes de decirse que no podía más: casi no
avanzaba, tenía la pierna derecha semi-inmovilizada por el frío,
sentía los brazos torpes y pesados. Acezando gritó «¡Rubén!».
Este seguía nadando. «¡Rubén, Rubén!». Giró y comenzó a nadar
hacia la playa, a chapotear más bien, con desesperación, y de
pronto rogaba a Dios que lo salvara, sería bueno en futuro,
obedecería a sus padres, no faltaría a la misa del domingo y,
entonces, recordó haber confesado a los pajarracos «voy a la
iglesia sólo a ver una hembrita» y tuvo una certidumbre como una
puñalada, Dios iba a castigarlo ahogándolo en esas aguas turbias
que golpeaba frenético, aguas bajo las cuales lo aguardaba una
muerte atroz y, después, quizá, el infierno. En su angustia surgió
entonces como un eco, cierta frase pronunciada alguna vez por el
padre Alberto en la clase de religión, sobre la bondad divina que no
conoce límites, y mientras azotaba el mar con los brazos -sus
piernas colgaban como plomadas transversales-, moviendo los labios
rogó a Dios que fuera bueno con él, que era tan joven, y juró que
iría al seminario si se salvaba, pero un segundo después rectificó,
asustado, y prometió que en vez de hacerse sacerdote haría
sacrificios y otras cosas, daría limosnas y ahí descubrió que la
vacilación y el regateo en ese instante crítico podían ser fatales
y entonces sintió los gritos enloquecidos de Rubén, muy próximos,
y volvió la cabeza y lo vio, a unos diez metros, media cara hundida
en el agua, agitando un brazo, implorando: «¡Miguel, hermanito,
ven, me ahogo, no te vayas!»
Quedó
perplejo, inmóvil, y fue de pronto como si la desesperación de
Rubén fulminara la suya, sintió que recobraba el coraje, la rigidez
de sus piernas se atenuaba.
-Tengo
calambre en el estómago -chillaba Rubén-. No puedo más, Miguel.
Sálvame, por lo que más quieras, no me dejes, hermanito.
Flotaba
hacia Rubén y ya iba a acercársele cuando recordó, los náufragos
sólo atinan a prenderse como tenazas de sus salvadores, y los hunden
con ellos, y se alejó, pero los gritos lo aterraban y presintió que
si Rubén se ahogaba él tampoco llegaría a la playa, y regresó. A
dos metros de Rubén, algo blanco y encogido que se hundía y
emergía, gritó: «no te muevas, Rubén, te voy a jalar pero no
trates de agarrarme, si me agarras nos hundimos, Rubén, te vas a
quedar quieto, hermanito, yo te voy a jalar de la cabeza, pero no me
toques». Se detuvo a una distancia prudente, alargó una mano hasta
alcanzar los cabellos de Rubén. Principió a nadar con el brazo
libre, esforzándose todo lo posible para ayudarse con las piernas.
El desliz era lento, muy penoso, acaparaba todos sus sentidos, apenas
escuchaba a Rubén quejarse monótonamente, lanzar de pronto
terribles alaridos, «me voy a morir, sálvame Miguel», o
estremecerse por las arcadas. Estaba exhausto cuando se detuvo.
Sostenía a Rubén con una mano, con la otra trazaba círculos en la
superficie. Respiró hondo por la boca. Rubén tenía la cara
contraída por el dolor, los labios plegados en una mueca insólita.
-Hermanito
-susurró Miguel-, ya falta poco, haz un esfuerzo. Contesta, Rubén.
Grita. No te quedes así.
Lo
abofeteó con fuerza y Rubén abrió los ojos; movió la cabeza
débilmente.
-Grita,
hermanito -repitió Miguel-. Trata de estirarte. Voy a sobarte el
estómago. Ya falta poco, no te dejes vencer.
Su
mano buscó bajo el agua, encontró una bola dura que nacía en el
ombligo de Rubén y ocupaba gran parte del vientre. La repasó,
muchas veces, primero despacio, luego fuertemente, y Rubén gritó:
«¡no quiero morirme, Miguel, sálvame!»
Comenzó
a nadar de nuevo, arrastrando a Rubén esta vez de la barbilla. Cada
vez que un tumbo los sorprendía, Rubén se atragantaba, Miguel le
indicaba a gritos que escupiera. Y siguió nadando, sin detenerse un
momento, cerrando los ojos a veces, animado porque en su corazón
había brotado una especie de confianza, algo caliente y orgulloso,
estimulante, que lo protegía contra el frío y la fatiga. Una piedra
raspó uno de sus pies y él dio un grito y apuró. Un momento
después podía pararse y pasaba los brazos en torno a Rubén.
Teniéndolo apretado contra él, sintiendo su cabeza apoyada en uno
de sus hombros, descansó largo rato. Luego ayudó a Rubén a
extenderse de espaldas, y soportándolo en el antebrazo, lo obligó a
estirar las rodillas: le hizo masajes en el vientre hasta que la
dureza fue cediendo. Rubén ya no gritaba, hacía grandes esfuerzos
por estirarse del todo y con sus dos manos se frotaba también.
-¿Estás
mejor?
-Sí,
hermanito, ya estoy bien. Salgamos. Una alegría inexpresable los
colmaba mientras avanzaban sobre las piedras, inclinados hacia
adelante para enfrentar la resaca, insensibles a los erizos. Al poco
rato vieron las aristas de los acantilados, el edificio de los baños
y, finalmente, ya cerca de la orilla, a los pajarracos, de pie en la
galería de las mujeres, mirándolos.
-Oye
-dijo Rubén.
-Sí.
-No
les digas nada. Por favor, no les digas que he gritado. Hemos sido
siempre muy amigos, Miguel. No me hagas eso.
-¿Crees
que soy un desgraciado? -dijo Miguel-. No diré nada, no te
preocupes.
Salieron
tiritando. Se sentaron en la escalerilla, entre el alboroto de los
pajarracos.
-Ya
nos íbamos a dar el pésame a las familias -decía Tobías.
-Hace
más de una hora que están adentro -dijo el Escolar-. Cuenten ¿Cómo
ha sido la cosa?
Hablando
con calma, mientras se secaba el cuerpo con la camiseta, Rubén
explicó:
-Nada.
Llegamos a la reventazón y volvimos. Así somos los pajarracos.
Miguel me ganó. Apenas, por una puesta de mano. Claro que si hubiera
sido en una piscina, habría quedado en ridículo.
Sobre
la espalda de Miguel, que se había vestido sin secarse, llovieron
las palmadas de felicitación.
-Te
estás haciendo un hombre -le decía el Melanés.
Miguel
no respondió. Sonriendo, pensaba que esa misma noche iría al Parque
Salazar; todo Miraflores sabría ya, por boca del Melanés, que había
vencido esa prueba heroica y Flora lo estaría esperando con los ojos
brillantes. Se abría, frente a él, un porvenir dorado.
Los jefes, 19569.




