sábado, 17 de octubre de 2026

El hacha pequeña de los indios. Abelardo Castillo.

Después, ella hizo un alocado paso de baile y una reverencia y agregó que por eso ésta era una noche especial, mientras él, incrédulo, la miraba con los ojos llenos de perplejidad (o de algo parecido a la perplejidad, que también se parecía un poco a la locura), pero la muchacha sólo reparó en su asombro porque él había sonreído de inmediato y cuando ella le preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle, el hombre alcanzó a murmurar nada amor mío, nada, y se rió, y siguió riéndose como si aquello ya no tuviese importancia puesto que estaba loco de alegría, como si realmente se hubiera vuelto loco de alegría. Por eso, cuando ella fue hacia el dormitorio y agregó no tardes, el hombre dijo que no. Voy en seguida, dijo. Pero se quedó mirando el hacha que colgaba junto al aparador de cedro, nueva todavía, sin usar, porque esas cosas son en realidad adornos o poco menos que se regalan en los casamientos pero que nadie utiliza y quedan colgadas ahí, como ésta, en el mismo sitio desde hace un año, haciéndole recordar cada vez que la miraba (de un lado el filo; del otro, una especie de maza, con puntas, para macerar carne) viejas historias de indios cuando él era Ojo de Halcón y mataba al traidor o al lobo empuñando un hacha parecida a ésta. Sólo que aquélla era de palo y ésa estaba ahí, de metal brillante, frente al hombre que ahora, al levantarse y cruzar la habitación, evocó la primera noche que cruzó esta habitación igual que ahora, el día que se casaron pese al gesto ambiguo de los amigos, pese a las palabras del médico, la noche un poco casual en que se encontraron casados y mirándose con sorpresa, riéndose de sus propias caras, después de aquel noviazgo o juego junto al mar en el que hasta hubo una gitana y fuegos artificiales y un viejo napolitano que cantaba romanzas, fin de semana o sueño que él recordaba desde el fondo de un país de agua como una sola y larga madrugada verde, como estar desnudo y algo ebrio sobre una arena lunar, de tan limpia, como un gusto a ola o a piel mojada pero sobre todo como un jirón de música de acordeón y la voz del viejito napolitano en alguna cantina junto a los malecones, vértigo que se consumó en dos días porque la muchacha era hermosa —linda como una estampa de la Virgen, dijo mamá al verla, te hará feliz, y también lo había dicho la gitana, que sin embargo bajó los ojos y no aceptó el dinero—, y de pronto estaban riéndose y casados, pese al gesto cortado de algún amigo al saludarla, pese a que ella quería tener un hijo y a la gitana que decía la buenaventura entre los fuegos artificiales, pese al espermograma y al dictamen médico y a que cada vez que la veía mirar a un chico, cada vez que la veía acariciarles la cabeza y jugar atolondradamente con ellos como una pequeña hermana mayor de ojos alocados y manos como pájaros, pensaba estoy haciendo una porquería y sentía vergüenza, y asco, un asco parecido al que lo mareaba ahora, en el momento de descolgar el hacha pequeña, mientras la sopesaba lo mismo que sopesó durante un año entero la idea de contárselo todo, de contarle que al casarse con ella él le había matado de algún modo y para siempre un muchachito rubio, un chiquilín tropezante que jamás podría andar cayéndose, levantándose, dejando sus juguetes por la casa: hasta que al fin esta misma tarde él decidió contárselo todo porque supo secretamente que ella, la muchacha de ojos alocados y manos como pájaros, la perra, entendería. Y llegó a la casa pensando en el tono con que pronunciaría sus primeras palabras esa noche (tengo que decirte algo), el tono intrascendente o ingenuo que tienen siempre las grandes revelaciones. Por eso el hombre estaba cruzando ahora la habitación y empuñaba el hacha pequeña de los indios que le recordaba historias de matar al cacique o al lobo, o a la grandísima perra que esta noche, antes de que él hablara, dijo que tenía algo que decirle: algo que ella había dicho con el tono intrascendente e ingenuo de las grandes revelaciones. «Vamos a tener un hijo», había dicho. Simplemente. Después, hizo un paso de baile y una reverencia.

Las panteras y el templo, 1976. 

martes, 13 de octubre de 2026

Microficciones de Rolando Revagliatti. 2ª parte.

Pacto
Alguien-Que-Mereciera-Llamarse-Lulú conoció, sin procurarlo, a La-Muerte-Que-Te-Alcanza, en un crepúsculo del mil setecientos. Importa consignar que, esencialmente, a la primera le disgustó la segunda, mientras que la segunda simpatizó con la primera. Por completo de acuerdo, se arrancaron los ojos.


Nimbo
Enorme y bueno. Trabajaba y residía en un taller mecánico. Entre sus pertenencias figuraban un colchoncito con cotín engrasado como él y unas frazadas asquerosas. Dos gatos dormían a su lado. Cocinaba huevos y sopa y se calentaba mate cocido con una garrafa. A los chicos del barrio les producía curiosidad. Un día, ese hombre que se trasladaba bamboleándose, que sonreía y silbaba, que apretaba con los dientes un toscano, ese hombre de paz, muerto, apareció nimbado, semi-empotrado en un pilar, inapacible, limpio, con alígero nimbo de barniz selenita.


Cuento corto
En sus cuentos —me refiero a mi hija—, que son breves, hay misterio, suspenso. Y siempre mata a alguien. Acababa de leerme el último, y en ese, moría el protagonista. Le pregunté: “¿Por qué no hacés que siga vivo?” Ella me explicó: “No me salía, no sabía cómo continuar, me cansé y, además, ya estuve mucho rato”. Le sugerí: “Seguí escribiéndolo mañana”. Adujo: “No; porque es un cuento corto”.


Solo
Desde que me quedé solo decreció mi optimismo. (Riego malvones a la madrugada. Volveré al lecho. Hasta que aburrido me dejaré caer, y lograré así reaccionar, sobreponerme y encarar el día, si no laborable para mí, que eso nunca, al menos...) Los que ya no están, con cariño y con resignación, me instaban a la diurna vigilia.
¿Han contemplado a pájaros muriendo?... Yo los he contemplado. Corbatitas, jilgueros, chingolos..., despidiéndose a través de sonidos broncos y aislados, o de un piar chillón y sostenido.
Ya no me afeito ni me peino, no recito églogas en el salón principal ni ensayo formas de saludo frente al gran espejo del vestíbulo. No hay artilugio ni práctica conspicua que pudiera adquirir o conservar. Duermo ahora con los pies envueltos en una bufanda y bebo el té amargo, sin limón ni coñac. Claro está, no espero ser visitado ni socorrido, aun en circunstancias extremas. Desde que me quedé solo, soy, a simple vista, un hombre infeliz.

 


domingo, 4 de octubre de 2026

Film. Rolando Revagliatti.

Una joven dama argentina casada se halla con un mexicano licenciado en abogacía. Tienen un hijito y una mansión en ciudad de México. Ella era cancionista de tangos hasta que se produjo su enlace, sin lo que se dice amor-amor, para acceder así, legalmente (por la puerta grande, principal), a la suprema misión a la que una mujer muy mujer está destinada: dar a luz y consagrarse al retoño. Aunque rígido el magnate esposo, condesciende en acompañarla a presenciar un ensayo de la compañía (en gira por aquellas latitudes) de artistas de variedades en la que había participado, para así reencontrarse con sus ex-compañeros, entre los que se cuenta quien fuera su novio, el pianista, que la sigue adorando. Incómodo entre esa gente, con brusquedad el marido se retira sin saludar. La consorte se despide de sus ex-compañeros, excusándose, con el objetivo de alcanzarlo. Esto no ocurre y acepta la invitación del gentil ex-novio de trasladarla en su auto a la suntuosa residencia. Pero el pillo pianista no enfila hacia allí. La ex-novia lo advierte y protesta con despliegue motriz, a consecuencia de lo cual el automóvil choca, el ex-novio (y desde entonces ex-pianista) muere, y la ex-cancionista queda con magulladuras. Enterado el huraño picapleitos, con estupor y arrasadora indignación, que su (para él) ex-intachable esposa se encontraba en el vehículo del ex-novio al desencadenarse el accidente, decide divorciarse de ella y, cruel, separarla del vástago, al que comunica que no volverá a ver a su madre (cuando éste, como siempre, se entretenía oyendo en el fonógrafo los discos de 78 grabados por la mami en épocas de esplendor). Corroído por los celos y la omnipotencia, el agraviado cónyuge destruye discos, fotos y demás rastros de la abominada. Disponiendo de influencias, consigue expulsarla del país. Adoptando un nombre artístico retorna ella a su métier, en el que vuelve a descollar, y de este modo van transcurriendo los años, añadiendo alguna cana señorial y efectuando temporadas hoy aquí, mañana allá, con compañías conformadas, entre otros, por bailarines, músicos y malabaristas. No arma pareja (su representante y empresario la ama en secreto) y añora a su hijo, ansiando la extinción del ex-marido, a quien, al admitir la derrota, habíale augurado que él abandonaría este valle de lágrimas, antecediéndole. Informada un buen día de que esto había acontecido y de que el hijo se tambaleaba, desmoralizado desde la desaparición física de su padre, que lo había criado en el odio hacia la supuesta casi ex-adúltera, regresa a México, tras caducar, merced ahora a sus propias influencias, la disposición que lo impedía. El muchacho se embriaga y dilapida su fortuna en juegos de azar, habiendo interrumpido la carrera universitaria (abogacía). Y es también el azar quien dispone que la chica de la pareja de bailarines que el empresario contrata ya en la capital azteca, esté noviando con el confundido ricachón. Descubre la madre que ese mozo apuesto e impertinente que le fuera presentado en una fiesta, candidato de la vulgar y trepadora danzarina, es exactamente su único hijo. Dimes y diretes, lindos momentos y malos entendidos, desesperación y regocijo, la madre impulsa tan perfecta estratagema que logra desnudar los innobles (embaucadores) propósitos de la blonda ordinaria, que no sólo no estima al muchacho, sino que, además, está ya unida en matrimonio con su partenaire. Es tal el flujo de apasionada simpatía que irradian hijo y madre entre sí, que, producidas diversas citas equívocas, el hijo enuncia, intentando besarla en los labios, que ha comprendido que ella está que arde por él. La madre se horroriza, claro, qué menos, se espeluzna, y se casa, de nuevo sin amor, con el representante y empresario (como para conjurar pulsiones, me sopla, sonriente, un amigo, estudiante de psicología). Por fin, estando la madre interpretando en el primer coliseo un tema amargo, sombrío, pernicioso, impregnado de desconsuelo, y divisando al hijo entre el público yéndose abatido, intuye de súbito que él se escurre dispuesto, acaso, a quitarse la vida. Corre y lo alcanza, así nomás, él ya en su coupé y con el motor en marcha. Asciende y él arranca furioso, contrincante de sí mismo, y conduce a velocidades inauditas, sin rumbo, mientras ella lo apremia instándolo a toparse contra el bendito grado de parentesco que los involucra. Se lo grita la madre justo cuando la coupé, ingobernable, está por desbarrancarse. Ambos salen despedidos, la coupé se incendia, la madre (Libertad Lamarque) perece, y el hijo, contuso, llorándose todo, la sostiene entre sus brazos (filiales en la tragedia), sentado, apoyado contra un árbol, como a una amante.


lunes, 28 de septiembre de 2026

El geranio. Flennery O'Connor.

El viejo Dudley se dobló en la silla que poco a poco iba amoldando a su cuerpo, miró por la ventana y, unos cuantos metros más allá, vio otra ventana enmarcada en ladrillos rojos manchados de tizne. Esperaba el geranio. Lo sacaban todas las mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. «Los nuestros sí que son geranios pensó el viejo Dudley, no como esta cosa rosa y verde con lazos de papel.» El geranio que ponían en la ventana le recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol. Si Lutisha llegaba a echarle mano a ese geranio y a plantarlo en la tierra, a las pocas semanas seguro que conseguía algo digno de verse. Esos que vivían al otro lado del callejón no tenían ni idea de cómo se cuidan los geranios. A este lo sacaban para que se cocinara todo el día bajo un sol de justicia, y lo ponían tan cerca del borde que, a la que soplara un poco de viento, acababa en el suelo. No tenían ni idea, ni idea de geranios. Esa maceta no tenía que haber estado donde estaba. Al viejo Dudley se le hizo un nudo en la garganta. Lutish era capaz de conseguir que arraigara lo que le echasen. Y Rabie también. Notó una opresión en la garganta. Echó la cabeza hacia atrás y trató de aclararse las ideas. No se le ocurrían muchas cosas en las que pensar que no le hicieran sentir el nudo en la garganta. Entró su hija y le preguntó:
—No quieres salir a dar un paseo? —Se la veía molesta.
No le contestó.
—Sales o no sales?
—No salgo.
Se preguntó cuánto tiempo iba a seguir su hija allí de pie. Hacía que los ojos se le pusieran como la garganta. Se le iban a nublar y entonces ella se daría cuenta. Se había dado cuenta otras veces y había sentido pena por su padre. También había sentido pena por sí misma. «Se lo podría haber ahorrao pensó el viejo Dudley, si lo hubiese dejao en paz, si hubiese dejao que se quedara allá en el pueblo y no se hubiese empeñao en cumplir con su maldito deber.» Ella salió de la habitación lanzando un fuerte suspiro, y ese suspiro le fue subiendo por el cuerpo y le recordó otra vez el momento aquel de eso ella no tenía la culpa en que, de repente, le habían entrado ganas de ir a Nueva York a vivir con su hija.
Podía haberse librado de ir. Podía haberse puesto firme, haberle dicho que viviría su vida donde había vivido siempre, le enviara o no dinero todos los meses, se las arreglaría con la jubilación y lo que sacara haciendo chapuzas. Que se quedara con el maldito dinero, lo necesitaba más que él. Se hubiera alegrado de que liquidaran su deber de hija de aquella manera. Entonces, si él se moría solo, lejos de sus hijos, ella podía decir que la culpa la tenía su padre; y si llegaba a ponerse enfermo y no tenía quién lo cuidara, ella podía haber dicho que se lo había buscado él solito Pero, claro, llevaba dentro aquella cosa y le habían entrado ganas de conocer Nueva York. Cuando era niño había estado en Atlanta una vez, y había visto Nueva York en una película. Big Town Rhythm se llamaba. Las grandes ciudades eran lugares importantes. Aquella cosa que llevaba dentro le salió de repente, lo agarró por sorpresa. El lugar igualito al que había visto en el cine tenía un sitio para él! Un lugar importante y tenía sitio para él! Y había dicho que sí, que iría.
Enfermo debía estar cuando aceptó. Porque, sano, seguro que no decía que sí. El estaba enfermo y ella tan empeñada en cumplir con su maldito deber que al final consiguió convencerlo. Vamos a ver, por qué tuvo su hija que ir al pueblo a darle la tabarra? Con lo bien que se arreglaba él. La jubilación le alcanzaba para comer, y con las chapuzas que iba haciendo se pagaba el cuarto de la pensión.
Por la ventana de aquel cuarto veía pasar el río, denso y rojo, lo veía superar con esfuerzo las piedras y las curvas. Trató de pensar cómo era, además de rojo y lento. Añadió las manchas verdes de los árboles en las dos orillas, y en algún punto, río arriba, una mancha marrón para indicar la basura. Él y Rabie iban hasta ahí todos los miércoles a pescar en una barca. Rabie se conocía el río de arriba abajo en un tramo de treinta kilómetros. En todo el condado de Coa no había ni un solo negro que lo conociese como él. A Rabie le encantaba el río, pero al viejo Dudley no le decía nada. A él lo que le interesaban eran los peces. Le gustaba volver por la noche con una larga ristra de pescados y echarlos en el fregadero. «Traigo unos cuantos qu’he pescao», decía. «Hacía falta un hombre para pescar unos pescaos así», comentaban siempre las viejecitas de la pensión. El y Rabie salían los miércoles bien temprano y pescaban todo el día. Rabie se encargaba de encontrar los sitios buenos y de remar; el viejo Dudley se encargaba de pescarlos. A Rabie no le interesaba demasiado pescar, a él lo que le gustaba era el río.
—¿Pa qué le vale echar el sedal ahí, jefe? —decía—. Si ahí no queda ni un pescao. Este viejo río no esconde nada por aquí, no señor.
Reía como un tonto y llevaba la barca río abajo. Así era Rabie. Para robar tenía más arte que las comadrejas, pero sabía dónde había buena pesca. El viejo Dudley siempre le regalaba los pescados chicos.
El viejo Dudley había vivido en la planta de arriba de la pensión, en el cuarto de la esquina, desde la muerte de su esposa en el año 1922. Protegía a las ancianitas. Era el hombre de la casa y hacía las cosas que se supone que debe hacer el hombre de la casa. La tarea era aburrida por las noches, cuando las viejecitas se sentaban en la sala a rezongar y a hacer ganchillo y el hombre de la casa estaba obligado a escuchar y a hacer de juez en las guerras de cotorreos y chillidos crispantes. Pero durante el día estaba Rabie. Rabie y Lutisha vivían en el sótano. Lutish cocinaba y Rabie se ocupaba de la limpieza y del huerto, pero menudo era para escaquearse con la faena a medio hacer e irse a echarle una mano al viejo Dudley en alguna de sus empresas: construir un gallinero, pintar una puerta. Le gustaba escuchar, que le contaran cosas de Atlanta, de cuando el viejo Dudley estuvo allí, y de cómo se montaban los fusiles y un montón de cosas más que el viejo sabía.
A veces, por las noches, iban a cazar zarigüeyas. Nunca cogían ni una zarigüeya, pero, de vez en cuando, al viejo Dudley le gustaba librarse de las señoras y la caza era una buena excusa. A Rabie no le gustaba ir a cazar zarigüeyas. Nunca cazaban ni una zarigüeya, ni siquiera conseguían hacer que alguna se subiera a un árbol; además, Rabie era más bien un negro de río.
—Esta noche no vamo a cazar zarigüeyas, ¿eh, jefe? Tengo algo que hacer —decía cuando el viejo Dudley se ponía a hablar de sabuesos y escopetas.
—¿A quién le vas a robar las gallinas esta noche? —preguntaba Dudley sonriendo.
—Me parece qu’esta noche toca cazar zarigüeyas —suspiraba Rabie.
El viejo Dudley sacaba la escopeta, la desmontaba y, mientras Rabie limpiaba las piezas, le explicaba el mecanismo. Después volvía a montarla. A Rabie le maravillaba la forma en que conseguía volver a montarla. Al viejo Dudley le hubiera gustado explicarle a Rabie cosas de Nueva York. Si hubiera podido enseñársela a Rabie, la ciudad no habría sido tan grande y él no habría notado aquella presión cada vez que salía, «Tan grande no es le habría dicho—. No te dejes agobiar, Rabie. Es una ciudad com’otra cualquiera, y a la final las ciudades tampoco no son tan complicadas».
Lo eran. De pronto Nueva York era todo bullicio y actividad y al cabo de nada lo veías sucio y sin vida. Su hija ni siquiera vivía en una casa. Vivía en un edificio, en medio de una hilera de edificios todos iguales, grises y rojos, manchados de tizne, con gentes de boca agria asomadas a las ventanas para ver otras ventanas y otras gentes que las miraban a su vez. Y dentro, subías y bajabas, y solo veías corredores, como cintas de medir donde las puertas indicaban los centímetros. Recordó que la primera semana aquel edificio lo había dejado aturdido. Se despertaba con la esperanza de que durante la noche los corredores hubiesen cambiado, se asomaba a la puerta y ahí estaban, alargados como pistas para pasear perros. Y las calles, tres cuartos de lo mismo. Se preguntaba adonde llegaría si caminaba hasta el final de alguna de ellas. Una noche soñó que lo hacía y que acababa al final del edificio: en ninguna parte.
A la semana siguiente tomó algo más de conciencia de su hija, su yerno y su nieto: se pusiera donde se pusiera, siempre estaba en medio. Su yerno sí que era curioso. Era camionero y solo estaba en casa los fines de semana. Decía «naa» en lugar de «no» y en la vida había oído hablar de zarigüeyas. El viejo Dudley dormía en el cuarto con su nieto de dieciséis años, con el que no se podía hablar. Algunas veces, cuando el viejo Dudley y su hija se quedaban solos en el apartamento, ella se sentaba y hablaba con él. Primero tenía que pensar en qué iba a decirle a su padre. Normalmente la conversación se terminaba antes de que ella considerase llegado el momento de levantarse y ponerse a hacer otra cosa, y entonces él se veía obligado a decir algo. Siempre trataba de pensar en algo que no le hubiese dicho ya. Ella nunca lo escuchaba la segunda vez. Lo que ella veía era que su padre pasaba sus últimos años con su familia y no en una pensión de mala muerte, llena de viejas a las que les temblaba la cabeza. Ella cumplía con su deber. No como sus hermanos.
Una vez lo llevó de compras, pero él estuvo de lo más torpe. Fueron en el «metro», un ferrocarril que iba por debajo de la tierra, por una especie de cueva inmensa. La gente salía de los trenes como hormigas, subían las escaleras y llegaban a las calles. Y dejaban las calles, bajaban las escaleras y se metían en los trenes: blancos, negros, amarillos, mezclados como verduras en la sopa. Aquello era un hormiguero. Los trenes entraban como flechas en los túneles, iban por canales y de repente se detenían. Los que bajaban se abrían paso a empujones entre los que subían y el tren salía otra vez disparado. El viejo Dudley y la hija tuvieron que tomar tres distintos antes de llegar a donde iban. El se preguntó para qué salía la gente de su casa. Notaba como si se hubiese tragado la lengua. Ella lo sujetaba de la manga y tiraba de él entre el gentío.
También viajaron en un tren que iba por encima del suelo. Ella lo llamaba «elevado». Para tomarlo tuvieron que subir a un andén muy alto. El viejo Dudley se asomó por encima de la barandilla y, allá abajo, vio a la gente y los coches pasar muy, muy rápido. Le entraron ganas de vomitar. Se agarró de la barandilla y se dejó caer sobre el suelo de madera del andén. La hija lanzó un grito y lo apartó del borde.
—Pero qué haces, ¿quieres caerte y matarte? —le gritó.
Por una rendija en las tablas entrevió el fluir de coches en la calle.
—No m’importa —murmuró—. No m’importa si vivo o si muero.
—Anda, vamos —le dijo ella—, te sentirás mejor cuando lleguemos a casa.
—¿A casa? —repitió.
Allá abajo, los coches avanzaban a su ritmo.
—Anda, vamos —repitió ella—, que ya viene; estamos justo a tiempo de pillarlo.
Les hubiera dado tiempo de pillarlos todos.
Consiguieron subirse a ese. Volvieron al edificio y al apartamento. En el apartamento estaban demasiado apretados. Te pusieras donde te pusieras, siempre había alguien. La cocina daba al lavabo y el lavabo daba a todo lo demás, así que siempre estabas en el lugar de partida. Allá en el pueblo tenías la planta de arriba, el sótano, el río y el centro, delante de Fraziers… y dale, otra vez la garganta.
Hoy el geranio se retrasaba. Eran las diez y media. Normalmente, a eso de las diez y cuarto ya lo habían sacado.
En alguna parte del corredor una mujer chilló algo ininteligible a la calle; una radio gemía con la música cansina de una radionovela; un cubo de basura cayó con estrépito por la escalera de incendios. Se oyó un portazo en el apartamento de al lado y unos pasos decididos se alejaron por el corredor.
—Será el negro —masculló el viejo Dudley—. El negro de los zapatos relucientes.
Llevaba allí una semana cuando el negro se mudó. Ese jueves, cuando se asomó a la puerta para mirar por los corredores largos como pistas para pasear perros, vio al negro entrar en el apartamento de al lado. Llevaba un traje gris mil rayas, y una corbata color habano. El cuello duro y blanco le dibujaba una línea bien definida en la piel. Los zapatos relucientes también eran color habano a juego con la corbata y la piel. El viejo Dudley se rascó la cabeza. No sabía que la gente que vivía apretada en un edificio pudiera pagarse un sirviente. Rió entre dientes. Para lo que les iba a servir un negro endomingado. A lo mejor este negro conocía el campo de los alrededores… o a lo mejor sabía cómo se llegaba al campo. En una de esas podían ir de caza. Podían buscar un arroyo en alguna parte. Cerró la puerta y fue al cuarto de la hija.
—Oye! —le gritó—, los d’aquí al lao tienen un negro. Será pa que limpie. Tú ¿crees que lo van a hacer venir to los días?
Sin dejar de hacer la cama, su hija levantó la cabeza y le preguntó:
—¿Se puede saber de qué me estás hablando?
—Digo que los d’aquí al lao tienen un criado, un negro, va to endomingao.
La hija se fue al otro lado de la cama y le dijo:
—A ti te falta un tornillo. El apartamento de al lado está vacío, además, en este edificio nadie puede pagarse un criado.
—Te digo que lo vi —insistió el viejo Dudley riendo burlón. Entró derechito en l’apartamento y llevaba corbata, cuello blanco y zapatos con punta.
—Si entró en el apartamento de al lado, seguro que se lo limpia él —masculló.
Se fue hasta el tocador y empezó a revolver las cosas. El viejo Dudley lanzó una carcajada. Cuando quería, la hija resultaba bien cómica. Y le dijo:
—Bueno, me parece que voy ir a ver cuándo le dan el día libre. En una d’esas lo convenzo que le gusta la pesca. —Y se dio una palmada en el bolsillo haciendo tintinear las dos monedas de veinticinco centavos.
Antes de que consiguiera salir del todo al corredor, ella salió corriendo a buscarlo y tiró de él para hacerlo entrar.
—¿Es que no me oyes? —le gritó—. Te hablo en serio. Si entró en el apartamento es que lo tiene alquilado para él. Ni se te ocurra preguntarle nada ni hablar con él. No quiero líos con estos negros.
—¿Quieres decir que va vivir aquí al lao? —murmuró el viejo Dudley.
—Supongo —contestó ella encogiéndose de hombros—. Y tú no te metas en lo que no te importa —agregó—. Tú con ese no tienes nada que ver.
Se lo dijo tal cual. Como si él no tuviera sentido común. Pero ahí mismito le echó la bronca. Se las cantó bien claritas y bien que lo entendió.
—No es así como t’han educao! —le dijo con voz atronadora—. No t’han educao pa vivir apretujada con estos negros del norte que se creen que valen lo mismo que tú, y encima te piensas que yo tendría tratos con un tipo así! Si te piensas que me quiero mezclar con ellos, estás loca.
Tuvo que calmarse un poco porque se le hacía un nudo en la garganta. Ella se puso tiesa y le dijo que vivían donde podían permitírselo y que hacían lo que podían. Con sermones a él! Después salió toda tiesa sin decir una palabra más. Así era ella. Trataba de mostrarse solemne echando los hombros hacia atrás estirando el cuello. Ni que él fuera un tonto. Ya sabía que los yanquis dejaban entrar a los negros por la puerta principal y sentarse en sus sillones, pero lo que no sabía era que su propia hija educada como estaba mandado, se iría a vivir justo al lado de ellos, y que después pensaría que él tenía tan poco sentido común para mezclarse con esa gentuza. Justo él!
Se levantó y cogió un diario que había en otra silla. Ya puesto cuando ella volviera a entrar, haría como que estaba leyendo. No tenía sentido que se estuviera ahí parada, mirándolo fijamente, convencida de que debía buscarle alguna ocupación. Miró por encima del periódico la ventana al otro lado del callejón. Todavía no estaba el geranio. Nunca había tardado tanto. El primer día que lo había visto estaba sentado ahí mismo, asomado a la ventana, mirando la otra ventana, y entonces le había echado un vistazo al reloj para calcular cuánto tiempo había pasado desde el desayuno. Al levantar la vista, lo vio. Dio un respingo. No le gustaban las flores, pero el geranio no parecía una flor. Se parecía a Grisby, el chico enfermo del pueblo, y era del mismo color que las cortinas que las ancianas tenían en la sala, y el lazo de papel de la maceta se parecía al que Lutish llevaba en la espalda del uniforme de los domingos. Lutish era aficionada a los lazos. «Como la mayoría de las negras», pensó el viejo Dudley.
La hija volvió a pasar. Él se había propuesto que cuando pasara lo viera leyendo el diario.
—Hazme un favor, ¿quieres? —le dijo ella como si acabara de inventarse un favor para que él tuviera que hacérselo.
Ojalá no lo mandara otra vez a la tienda de comestibles. La última vez se había perdido. Esos malditos edificios eran todos iguales. Asintió con la cabeza.
—Baja al tercer piso y pídele a la señora Schmitt que me preste el patrón de la camisa que usa para Jake.
¿Por qué no lo dejaba quedarse ahí sentado? No necesitaba el patrón de la camisa.
—De acuerdo —le dijo—. ¿Qué apartamento es?
—El diez… y está en el mismo sitio que este. Justo aquí debajo, bajando tres pisos.
El viejo Dudley siempre temía que al salir a aquellas pistas para pasear perros se abriera de repente una puerta y uno de los hombres de morro fino que se sentaban en camiseta en los alféizares de las ventanas le gruñeran: «Y tú qu’haces aquí?». La puerta del apartamento del negro estaba abierta y vio a una mujer sentada en una silla, al lado de la ventana. «Negros yanquis», masculló. La mujer llevaba unas gafas sin montura y sobre el regazo tenía un libro. «Las negras no se sienten elegantes hasta que no llevan gafas», pensó el viejo Dudley. Se acordó de Lutish y de sus gafas. Había ahorrado trece dólares para comprárselas. Y entonces fue al médico, le pidió que le revisara la vista y le dijera cómo de gruesas tenían que ser las gafas. El hombre la mandó mirar unos dibujos de animales a través de un espejo, le puso una luz muy cerca de los ojos y le observó la cabeza por dentro.
Y después le dijo que no necesitaba gafas. Lutish se enojó tanto que durante tres días seguidos se le quemó el pan de maíz, y después de todos modos se compró unas gafas en la tienda de baratillo. No le costaron más que un dólar con noventa y ocho centavos y se las ponía todos los sábados. «Así eran las negras», rió entre dientes el viejo Dudley. Se dio cuenta de que había hecho ruido y se tapó la boca con la mano. A ver si lo oía alguno de los que vivían en los apartamentos.
Bajó el primer tramo de escaleras. En el segundo, oyó unos pasos que subían. Se inclinó por encima del pasamanos y vio que era una mujer, una gorda con el delantal puesto. Desde arriba se parecía un poco a la señora Benson, la del pueblo. Se preguntó si la mujer iba a hablarle. Cuando los separaban apenas cuatro escalones, él la miró de reojo, pero ella no lo estaba mirando. Cuando se cruzaron en el mismo escalón, le echó un vistazo rápido y comprobó que lo miraba a la cara, como si nada. Entonces lo adelantó. No le había dicho una sola palabra. El viejo Dudley sintió un peso en el estómago.
Bajó cuatro pisos en vez de tres. Volvió a subir uno y encontró el número 10. La señora Schmitt dijo que bueno, que esperara un momento, que iría a por el patrón. Mandó a uno de los niños a que se lo llevara a la puerta. El chico ni abrió la boca.
El viejo Dudley empezó a subir las escaleras. Tenía que ir más despacio. Se cansaba al subir. Se cansaba con todo, o eso parecía. Claro que cuando Rabie corría por él la cosa era distinta. Rabie era un negro ágil de pies. Capaz de meterse en un gallinero sin que ni siquiera las gallinas se enteraran y de sacar el pollo más gordo de todos sin darle tiempo a pipiar. Rápido, además. Dudley siempre había sido pesado de pies. En los gordos era natural. Se acordó de una vez, cuando él y Rabie estaban cazando codornices cerca de Molton. Llevaban entonces un sabueso que te encontraba los nidos más rápido que el más lindo de los pointers. Eso sí, no servía para traértelas de vuelta, pero las encontraba siempre, y después se quedaba más tieso que un palo mientras tú apuntabas a los pájaros. Aquella vez el perro se paró en seco.
—Va ser grand’el nido ese —susurró Rabie—. Lo noto.
El viejo Dudley levantó la escopeta despacio a medida que caminaban. Tuvo que poner cuidado al andar sobre la pinaza. Con tanta pinaza, el suelo se volvía resbaladizo. Rabie pasaba el peso de una pierna a la otra, levantaba y apoyaba los pies sobre la pinaza blanda como la cera con un cuidado instintivo. Miraba al frente y avanzaba deprisa. El viejo Dudley miraba con un ojo hacia delante y con el otro el suelo, que empezaría a bajar y él resbalaría peligrosamente hacia delante, o, cuando quisiera subir con esfuerzo una pendiente, resbalaría hacia atrás.
——Jefe, ¿no vale más qu’esta vuelta coja yo los pájaros? —sugirió Rabie—. Los lunes no anda usté muy ligero de pies. Si se cae en una d’esas pendientes, los pájaros se desparramarán antes que pueda usté apuntar con l’escopeta.
El viejo Dudley quería coger toda la nidada. Habría podido darle a cuatro sin problema. —Los cogeré yo —masculló.
Levantó la escopeta para apuntar y se inclinó hacia delante. Patinó con algo y se deslizó con los pies por delante. La escopeta se disparó y toda la nidada salió volando.
—Aah, dejamos escapar unos pájaros maníficos —suspiró Rabie.
—Encontraremos otra nidada —dijo el viejo Dudley—. Y ahora sácame de este maldito agujero.
Podría haber cazado cinco de esos pájaros si no se hubiera caído. Podría haberlos volteado como latas en una verja. Acercó una mano a la oreja y extendió la otra hacia delante. Podría haberlos volteado como en el tiro al plato. ¡Pum! Un crujido en la escalera lo obligó a volverse, mientras con los brazos seguía sosteniendo una escopeta invisible. El negro subía las escaleras que parecía que se comía los escalones, iba hacia él, una sonrisa divertida le estiraba el bigote cuidado. El viejo Dudley se quedó boquiabierto. El negro hacía muecas, como aguantando la risa. El viejo Dudley fue incapaz de moverse. Tenía la vista clavada en la línea bien definida que el cuello de la camisa marcaba sobre la piel del negro.
—¿Qué está cazando, veterano? —le preguntó el hombre con una voz que recordaba la risa de un negro y la sorna de un blanco.
El viejo Dudley se sintió como un crío con una pistola de aire comprimido. Se había quedado con la boca abierta y la lengua inmóvil en el centro. Notó una flojera justo debajo de las rodillas. Perdió pie, resbaló tres escalones y cayó sentado.
—Será mejor que tenga cuidado —le dijo el hombre—. Podría lastimarse en estas escaleras.
Le tendió la mano para que pudiera agarrarse y levantarse. Era una mano larga y estrecha, de uñas limpias y cortadas rectas. Daban la impresión de estar limadas. Las manos del viejo Dudley colgaban inertes entre sus rodillas. El negro lo agarró del brazo y tiró de él.
—¡Uff! —soltó—, ¡cómo pesa! Venga, colabore un poquito.
Al viejo Dudley se le destrabaron las rodillas y se levantó con dificultad. El negro lo tenía agarrado del brazo.
—De todas maneras voy para arriba —le dijo—. Lo ayudo.
El viejo Dudley echó una ojeada desesperada a su alrededor. A sus espaldas, las escaleras parecían echársele encima. Subía las escaleras con el negro. El negro lo esperaba en cada escalón.
—¿Así que caza? —le preguntó el negro—. Déjeme pensar. Una vez fui a cazar ciervos. Me parece que usamos una Dodson calibre treinta y ocho para coger esos ciervos. ¿Usted qué usa?
El viejo Dudley miraba sin ver los relucientes zapatos color habano.
—Escopeta —farfulló.
—Me gustan las armas, más que ir de caza —le decía el negro—. Nunca se me dio bien matar nada. Da pena acabar con la reserva de caza. Eso sí, si tuviera tiempo y dinero, coleccionaría armas.
En cada escalón esperaba a que el viejo Dudley lo subiera. Mientras, le iba hablando de armas y marcas. Llevaba unos calcetines grises con motas negras. Terminaron de subir las escaleras. El negro lo acompañó por el corredor, agarrándolo del brazo. Seguro que daba la impresión de que iba enlazado al brazo de aquel negro.
Fueron derechitos a la puerta del viejo Dudley. Y ahí el negro le preguntó:
—¿Es de por aquí?
El viejo Dudley negó con la cabeza, la vista clavada en la puerta. Todavía no había mirado al negro. Mientras subían las escaleras, no había mirado al negro.
—Ya verá —le dijo el negro—, es un sitio estupendo… cuando se acostumbre.
Le dio una palmada en la espalda al viejo Dudley y entró en su apartamento. El viejo Dudley entró en el suyo. El dolor de la garganta se le extendió por toda la cara y le empañó los ojos.
Se acercó arrastrando los pies a la silla junto a la ventana y se dejó caer en ella. La garganta estaba a punto de estallarle. La garganta estaba a punto de estallarle por culpa de un negro yanqui, un negro condenado que le daba palmadas en la espalda y lo llamaba «veterano». A él que sabía que eso no podía ser. A él que había venido de un lugar decente. Un lugar decente. Un lugar donde eso no podía ser. Notó algo raro en los ojos. Le estaban creciendo dentro de las órbitas y de un momento a otro se iban a quedar sin sitio. Estaba atrapado en ese lugar donde los negros te llamaban «veterano». No se dejaría atrapar. No se dejaría. Movió la cabeza contra el respaldo de la silla para estirar el cuello, lo notaba agarrotado.
Un hombre lo miraba. Desde la ventana, al otro lado del callejón, un hombre lo miraba fijamente. El hombre estaba viendo cómo lloraba. En ese lugar era donde tendría que haber estado el geranio, pero no, allí había un hombre en camiseta, que lo veía llorar y esperaba a que se le reventara la garganta. El viejo Dudley le sostuvo la mirada a aquel hombre. En ese lugar tendría que haber estado el geranio. Ese era el sitio del geranio y no del hombre.
—¿Y el geranio, dónde está? —le gritó pese a que se le cerraba la garganta.
—¿Pa qué llora? —le preguntó el hombre—. En mi vida no había visto a un hombre llorar así.
—¿Y el geranio, dónde está? —preguntó el viejo Dudley, tembloroso—. Ahí tendría que estar el geranio y no usté.
—Esta ventana es mía —le aclaró el hombre—. Tengo derecho a sentarme aquí, si me da la gana.
—¿Dónde está? —chilló el viejo Dudley. La garganta se le había abierto un poco.
—Se cayó pa abajo, si tanto l’interesa —le contestó el hombre.
El viejo Dudley se levantó y se asomó por encima del alféizar de la ventana. Seis pisos más abajo, en el callejón, alcanzó a ver una maceta hecha añicos sobre un montón de tierra desparramada y algo de color rosa que asomaba en medio de un lazo verde de papel. Seis pisos más abajo, destrozado.
El viejo Dudley miró al hombre que mascaba chicle y esperaba a ver cómo se le reventaba la garganta.
—No tenía qu’haberlo puesto tan cerca del borde —murmuró—. ¿Por qué no lo recoge?
—¿Por qué no lo recoge usté, agüelo?
El viejo Dudley se quedó con la vista clavada en el hombre que ocupaba el sitio donde debería haber estado el geranio.
Eso haría. Bajaría y lo recogería. Lo pondría en su ventana, y, si le daba la gana, se quedaría todo el día mirándolo. Se alejó de la ventana y salió del cuarto. Caminó despacio por la pista para pasear perros y llegó a las escaleras. Las escaleras se abrían hacia abajo como una herida en el suelo. Penetraban por un agujero como una caverna y bajaban, bajaban en picado. Y él había subido un tramo de esas escaleras un poco por detrás del negro. Y el negro lo había ayudado a levantarse y lo había llevado agarrado del brazo y había subido con él las escaleras y le había contado que cazaba ciervos, «veterano», y lo había visto empuñar una escopeta que no existía y lo había visto sentado en la escalera como un niño. Llevaba zapatos relucientes, color habano, y hacía muecas para no reírse y todo aquello era de risa. A lo mejor, en cada escalón había un negro con motas negras en los calcetines, haciendo muecas para no reírse. Las escaleras bajaban y bajaban en picado. No podía bajar y arriesgarse a que los negros le dieran palmadas en la espalda. Volvió al cuarto y a la ventana, se asomó y, allá abajo, vio el geranio.
El hombre seguía sentado donde debería haber estado la planta.
—Oiga usté, que no l’he visto recogerlo —le dijo.
El viejo Dudley lo miró fijamente.
—A usté lo tengo visto de otras veces —le dijo el hombre—. Lo veo ahí sentao, to los días en esa silla vieja, mirando por la ventana, mirando lo qu’hacemos en mi apartamento. Lo que yo hago en mi apartamento es asunto mío, ¿s’entera? No me gusta que la gente mire lo que yo hago.
Estaba tirado allá abajo, en el callejón, con las raíces al aire.
—Y mucho cuidao, yo aviso una sola vez —dijo el hombre, y se apartó de la ventana.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Canción última. Miguel Hernández.

Pintada, no vacía:

pintada está mi casa

del color de las grandes

pasiones y desgracias.


Regresará del llanto

adonde fue llevada

con su desierta mesa

con su ruinosa cama.


Florecerán los besos

sobre las almohadas.

Y en torno de los cuerpos

elevará la sábana

su intensa enredadera

nocturna, perfumada.


El odio se amortigua

detrás de la ventana.


Será la garra suave.


Dejadme la esperanza.

El hombre acecha, 1939.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El hijo. Horacio Quiroga.

Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.
Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.
-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo, abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.
-Si, papá -responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.
-Vuelve a la hora de almorzar -observa aún el padre.
-Sí, papá -repite el chico.
Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.
Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.
Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo.
Para cazar en el monte -caza de pelo- se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores. Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá -menos aún- y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.
Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe...
No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.
Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!
El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.
De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.
Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.
Horrible caso... Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir.
En ese instante, no muy lejos, suena un estampido.
-La Saint-Étienne... -piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de menos en el monte...
Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.
El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire -piedras, tierra, árboles-, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.
El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte. Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro -el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años-, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: "Sí, papá", hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir. Y no ha vuelto.
El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil?
El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.
¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.
Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia...
La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.
Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.
Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un... ¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano...
El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire... ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro...
Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama por él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.
-¡Chiquito! -se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.
Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.
-¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! -clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.
Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque, ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su...
-¡Chiquito...! ¡Mi hijo!
Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.
A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.
-Chiquito... -murmura el hombre. Y, exhausto, se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.
La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:
-Pobre papá...
En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres...
Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.
-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora...? -murmura aún el primero.
-Me fijé, papá... Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí...
-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!
-Piapiá... -murmura también el chico.
Después de un largo silencio:
-Y las garzas, ¿las mataste? -pregunta el padre.
-No.
Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre vuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.
Sonríe de alucinada felicidad... Pues ese padre va solo.
A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.


domingo, 13 de septiembre de 2026

Diario lúcido. Libro del desasosiego. Fernando Pessoa.

Mi vida, tragedia fracasada por el pateo de los ángeles y de la que sólo se representó su primer acto.
Amigos, ninguno. Sólo unos conocidos que creen que simpatizan conmigo y que tal vez sintieran pena si un tren me pasara por encima y el entierro se realizara en día de lluvia.
El premio natural de mi alejamiento de la vida fue la incapacidad, que creé en los otros, de sentir conmigo. En torno a mí hay una aureola de frialdad, un halo de hielo que repele a los otros. Todavía no he conseguido no sufrir por causa de mi soledad. Tan difícil es conseguir aquella distinción del espíritu que permite al aislamiento ser un reposo sin angustia.
Nunca creí en la amistad que me demostraron, como no habría creído en el amor si me lo hubieran demostrado, cosa, por lo demás, imposible. Aunque nunca me hubiera hecho ilusiones respecto a aquellos que se decían mis amigos, conseguí sentirme desilusionado con ellos —tan complejo y sutil es mi destino de sufrir.
Nunca dudé de que sería traicionado por todos; y siempre me sorprendí cuando me veía traicionado. Cuando acontecía lo que yo ya esperaba, siempre me resultaba inesperado.
Como nunca me descubrí cualidades que pudieran atraer a alguien, nunca pude creer que alguien se sintiese atraído por mí. Esta idea sería de una modestia estulta, si unos hechos tras otros —aquellos inesperados hechos que yo estaba esperando— no acabaran siempre por confirmármela.
No puedo tampoco concebir que me estimen por compasión, porque, aunque físicamente mal parecido e inaceptable, no llego a aquel grado de humillación orgánica que permite entrar en la órbita de la compasión ajena, ni siquiera aquella simpatía que la atrae cuando no sea patentemente merecida; y para lo que en mí merece piedad, no puede haberla, porque nunca hay piedad para los tullidos de espíritu. De modo que caí en aquel centro de gravedad del desdén ajeno en el que no me consigo atraer la simpatía de nadie.
Toda mi vida ha sido un querer adaptarme a estas circunstancias sin sentir demasiado su crueldad y su abyección.
Se necesita cierto coraje espiritual para que un individuo reconozca abiertamente que no es más que un harapo humano, aborto sobreviviente, loco aunque fuera de las fronteras del internamiento; pero se necesita todavía más coraje de espíritu para, reconocido eso, crear una adaptación perfecta a ese destino, aceptar sin rebelarse, sin resignación, sin gesto ni esbozo de gesto alguno, la maldición orgánica que la Naturaleza le impuso. Pretender que con eso no sufra, es pretender demasiado, porque no cabe en lo humano aceptar el mal, viéndolo como un bien, y llamarle bien; y, aceptándolo como mal, es imposible no sufrir por su causa.
Concebirme desde fuera fue mi desgracia —una desgracia para mi felicidad. Me vi como los otros me ven, y pasé a despreciarme no tanto porque reconociera en mí cualidades de tal naturaleza que me hicieran merecedor de desprecio, sino porque pasé a verme como los otros me ven y a sentir un cierto tipo de desprecio que los otros sienten por mí. Sufrí la humillación de conocerme. Como este calvario carece de nobleza, y no hay para él resurrección días después, yo no pude sino sufrir con lo innoble de todo esto.
Comprendí que era imposible que alguien me amara, salvo que careciera por completo de sentido estético —y en ese caso, y por eso mismo, yo lo despreciaría; y que incluso simpatizar conmigo no podía pasar de ser un capricho de la indiferencia ajena.
¡Ver claro en nosotros y en cómo los otros nos ven! ¡Contemplar esta verdad frente a frente! ¡Y al final el grito de Cristo en el Calvario, cuando vio, frente a él, su verdad: Señor, señor, por qué me has abandonado!

Libro del desasosiego, 1982.