viernes, 31 de julio de 2026

Alucinogenia. Dean R. Koontz

Se despertó antes que ella y continuó tumbado, escuchando su áspera respiración; parecía el sonido del mar contra las rocas. Empeoraría antes de despertar. Se inclinó hacia la mesilla, tomó un cigarrillo del paquete casi vacío, lo encendió y se sentó en la cama. Trató de no pensar en las fuerzas que envolverían su cabeza, en los siniestros y dolorosos poderes que estarían rugiendo allí. En la oscuridad, intentó pensar en otra cosa.
La vista que se observaba desde la ventana era magnífica. Había estado nevando toda la noche y el campo quedó completamente cubierto; las nubes se entreabrían de vez en cuando permitiendo ver la luna, que iluminaba el blanco manto. Tras la vieja encina, se extendía la carretera, que semejaba un tajo negro sobre la blanqueada tierra. Indudablemente, los calefactores de la carretera se habían estropeado de nuevo, ya que algunas capas de hielo iban avanzando desde el margen. Anticuadas palas quitanieves trataban de despejarla.


Sueños cenicientos esparciéndose en copos
descienden flotando pacíficamente;
mientras monstruos relampagueantes, armados con espadas
golpean cruelmente el cerebro
y extienden sus uñas,
sobre el hielo...


No estaba seguro de si el poema tenía sentido o no. Posiblemente era el efecto de su estado de ánimo. Lo repitió en voz baja. Tendría que recordarlo, pulirlo y, quién sabe, quizá lo incluyese en su próximo libro.
Al cabo de un rato volvió a mirar a Laurie. Tenía la cara pálida, y los ojos cerrados y rodeados de pequeñas arrugas. Le pasó la mano por el suave pelo negro que se extendía sobre la almohada. Ella lanzó un gemido y oyó cómo se precipitaba el aire fuera de su pecho.
Respiraba cada vez con más dificultad. Él, decidido a empezar esta vez sin titubeos, se levantó y se puso los pantalones y la camisa.
¡Frank! —dijo ella.
Lo sé.
Abandonó la cama y se puso la bata que tanto le gustaba a él.
Sacaré el coche del garaje —dijo Frank.
¿Y la nieve?
Parecen tenerla bajo su control. No te preocupes; te recogeré en la puerta, dentro de cinco minutos.
Te quiero —exclamó Laurie, mientras él desaparecía en la sala.
Su voz y su cara siempre le producían escalofríos, en momentos como aquél. Cogió una linterna y el revólver, que estaban en el cajón de las herramientas. Al salir de la casa, se guardó el arma en el bolsillo y aspiró el aire frío; parecía cortarle los pulmones, pero lo acabó de despejar. La senda que conducía desde la casa al garaje estaba sin limpiar y la nieve alcanzaba allí de treinta a treinta y cinco centímetros de espesor. La cruzó; escuchaba los ligeros silbidos del viento y el lejano gemido de las máquinas que batallaban contra las fuerzas de la naturaleza. La puerta del garaje se abrió al influjo de su huella digital sobre la cerradura. Se metió en el coche, lo puso en marcha y empezó a salir, en tanto empujaba la nieve con el parachoques trasero. Luego hizo funcionar los calefactores de ambos parachoques. Con el problema de Laurie, tenía que estar a punto para salir en cualquier momento, sin importarle el tiempo ni la temperatura, y aunque los calefactores para derretir la nieve fueran un suplemento caro, eran necesarios.
Cuando apareció, frente a la puerta de la casa, ella ya estaba esperándole. Subió y se acurrucó junto a él.
¿Adonde?
A cualquier sitio deshabitado —murmuró su vocecita—. Date prisa, por favor. Esta vez, el ataque va a ser realmente malo.
Se derretía la nieve a medida que avanzaban; cuando llegaron a la autopista el coche tomó el desvío que salía de la ciudad. Entonces él dejó el control del auto al piloto automático, mientras besaba y acariciaba las mejillas de Laurie.
Diez minutos más tarde, mientras el coche bajaba una rampa, una de las luces del piloto empezó a bizquear para avisarle de que tenía que tomar el control manual. En algún lugar del coche, comenzó a sonar un zumbador por la misma razón. Dobló a la izquierda, por una carretera secundaria bastante menos despejada de nieve que la superautopista. El hielo avanzaba sobre sus bordes y la dejaba reducida, en muchos sitios, a la mitad de su anchura. Mantuvo el acelerador a fondo, casi peligrosamente.
Ella estaba quejándose...
Tenía mal aspecto; estaba llegando rápidamente al punto crítico, al momento en que los poderes psíquicos alcanzaban el punto máximo de tolerancia y luego estallaban violentamente. Laurie era una esper; pero esto era todo lo contrario que una ventaja, pues no podía gobernar su propia energía psíquica. No podía liberarla hasta llegar al punto crítico; y una vez alcanzado éste, tenía pocos segundos para desprenderse de ella.
Se alegraba de haber instalado en el coche los descongeladores. Algún día, pensó, todo el mundo los tendría. Entonces, las máquinas quitanieves y los calefactores de las carreteras serían innecesarios; los descongeladores evaporaban los cristales de nieve e iban dejando tras de sí una estela de vapor que el frío viento de la noche reconvertía rápidamente en hielo.
Nos alejaremos un poco más —dijo él.
Laurie murmuró algo...
Se arriesgó a desviar la vista de la carretera y dirigirla hacia ella. Quedó asustado, como siempre, por el tono blanco verdoso que iba adquiriendo su atractivo rostro. Le recordaba a los muertos. Le hacía sentir escalofríos.
Aguanta un poco más —dijo Frank.
De pronto, el coche empezó a patinar. Sujetó desesperadamente el volante. Quedaron atascados en un montón de nieve y los descongeladores tardaron unos minutos en poderles liberar. Continuó unos dos kilómetros más, sin ver ninguna casa; así que giró y se metió en lo que parecía ser un campo de trigo, liso ahora y cubierto de nieve. Los descongeladores estaban funcionando a toda potencia. Avanzó, despacio, por el camino que éstos le abrían hacia el borde del bosque que empezaba en uno de los extremos del campo y se perdía en la distancia. Cuando llegaron al bosque, frenó y apagó las luces. No se les podía ver desde la carretera, a causa del fondo oscuro que ofrecían los árboles.
Se sentó con ella sobre la nieve, junto a un árbol. Ella había alcanzado el punto crítico.
Vale —exclamó—; no hay nadie aquí.
Ella gimió otra vez... Su respiración se convirtió en un angustioso jadeo. La nieve empezó a derretirse a su alrededor y a los dos minutos, ya había desaparecido en un círculo de más de dos metros de diámetro. La tierra se convirtió en barro hirviente...


Recuerdo salas empapeladas
y con un gran reloj de pared
que tocaba las horas
como una voz que dijese:
«Te daré un dólar por diez centavos.»
Recuerdo cocinas soleadas
al empezar la tarde;
cien mil fragancias
del cucharón de mi madre...


Desconectó el magnetófono y quitó la cinta para devolverla a su estuche. Era la emisión del sábado, que sería retransmitida por ciento dos emisoras de frecuencia modulada. Quince minutos de poesía, crítica y música. Se sentía un poco amargado por la emisión y se preguntaba cuántos la escuchaban con atención y cuántos reían. Pensaba que muchas de las artes no estaban hechas para los medios de comunicación de masas.
¡Frank! —Laurie entró en la habitación esparciendo un suave perfume y con un vestido estampado de vivos colores; llevaba recogido su pelo oscuro con una cinta roja—. ¿Has visto el periódico de esta mañana?
Sí, había visto los titulares: «Un alucinógeno en la vecindad». Y debajo: «La policía comienza la búsqueda». Hablaba del campo Crockerton, donde se había evaporado la nieve; la tierra aparecía revuelta, como si hubiese hervido, y los árboles rotos y quemados. También decía que sólo una cosa podía haber provocado todo aquello y que se estaba buscando a una persona alucinógena.
No te preocupes —contestó él.
Pero dicen que la policía está investigando en un radio de veinte kilómetros.
La sentó sobre sus rodillas y la besó.
¿Y qué pueden encontrar? Soy un poeta contribuyente al partido; el partido es antiesper. Hacemos vida normal. Nunca hemos manifestado desaprobación ante el castigo de personas alucinógenas.
Es igual —dijo ella—. Yo estaría preocupada.
También lo estaba Frank.
Fue al mediodía cuando llegó la policía. La estuvieron observando por la mirilla de la puerta principal, mientras se aproximaba a la casa.
Será sólo para preguntar cosas de rutina, alguna inspección sin importancia —comentó él.
No importaba. Ella estaba temblando y se retiró a la cocina. Pero él esperó, aunque dejó que llamasen dos veces antes de abrir la puerta. No quería aparecer preocupado y necesitaba esos pocos segundos para conseguir simular una sonrisa.
¿Quién es?
Inspector de policía Jameson; y su asistente, androide «T» —dijo el detective, señalando aquella parodia de hombre que tenía junto a él.
¡Oh!, es a propósito de la persona alucinógena de la que se habla en los periódicos, ¿verdad? Entre usted, inspector... y también su autómata...
Les condujo a la sala. El inspector y él se sentaron, pero el robot «T» permaneció de pie. Los copos de nieve que habían caído sobre su piel metálica estaban derritiéndose y mojaban la alfombra, tras dejar una marca húmeda hasta la altura de la barbilla.
Tiene usted un bonita casa, señor Cauvell.
Gracias.
¿Es aquí donde escribe sus poemas?
Frank miró la mesa, afirmando. Allí solía escribirlos.
Soy un gran admirador suyo. Aunque debo confesarle que no siempre me gustan sus composiciones en verso libre.
Respiró con más facilidad. Ciertamente, aquél no era un policía duro, brutal. En realidad, parecía más bien tímido. «Ni siquiera puede mirarme directamente a los ojos», pensó Cauvell.
¿Está su esposa en casa?
Su corazón pegó un salto, pero no dudó ni un momento sobre lo que tenía que hacer.
Sí, está aquí. ¡Laurie! —gritó, quizá demasiado fuerte.
Ella vino de la cocina y se quedó de pie, junto a la silla donde él estaba sentado, mirando desconfiadamente al androide. ¿Se estaría dando cuenta «T» de sus sospechas?
Siéntese, por favor, señora Cauvell —dijo Jameson.
Entonces se dirigió a los dos.
Estamos realizando una investigación en la vecindad y nos gustaría hacerles unas cuantas preguntas.
Ambos asintieron.
«T» —dijo Jameson.
La garganta del androide pareció vibrar por un momento y se escuchó una profunda voz, emitida por un pequeño altavoz que se encontraba escondido en su duro cuello.
«Esta entrevista está siendo grabada. ¿Son ustedes conscientes de ello, señor y señora Cauvell?»
Sí —respondieron los dos.
«Toda la información que aquí se grabe puede ser usada ante un tribunal. ¿Son ustedes conscientes de ello, señor y señora Cauvell?»
Sí.
«Habla el androide ”T", de la división de la policía ciudadana, cooperando con el inspector Harold Jameson. Señor Cauvell, un alucinógeno es una persona nacida de padres cuyos genes fueron alterados por el uso de la LSD 25. Estas personas se deforman física o mentalmente. ¿Comprende usted el término "persona alucinógena"?»
Sí.
«¿Y usted, señora Cauvell?»
Sí.
«Las personas deformadas físicamente son cuidadas por el Estado. Las personas alucinógenas que nacieron con el defecto congénito de sensibilidad ESP, son un peligro para el Estado y no pueden ser ciudadanos con plenitud de derechos. A causa de la naturaleza de su poder, que puede ser estudiado tan sólo en su punto crítico, y en el cual dicho estudio es demasiado peligroso para ser llevado a cabo, muchos de estos mutantes deben ser dados al sueño humanamente. ¿Entienden esto, señor y señora Cauvell?»
Ellos dijeron que lo entendían. Las formalidades se habían acabado.
«Tenemos razones para creer en la existencia de una persona alucinógena en esta zona. ¿Tiene alguno de ustedes conocimiento de dicha persona?»
Dijeron que no.
«¿Alguno de ustedes abandonó su casa la pasada noche?»
No.
«¿Cómo es que la entrada a su garaje y la salida a la autopista se encuentran limpias de nieve?»
Vimos al venir —dijo Jameson— que la entrada de su garaje aparecía como limpiada por descongeladores de nieve.
Salí esta mañana a realizar unas compras —contestó Cauvell, quizá con demasiada rapidez.
¿Hace usted sus propias compras? —preguntó Jameson, levantando las cejas.
Sí.
Cauvell se sintió súbitamente contento de no haberse convertido nunca en una persona completamente moderna. Menos de la quinta parte de la población compraba personalmente sus propios comestibles. Las secciones de empleados-robots, que tomaban los encargos por teléfono, habían deshumanizado las compras casi por completo. A Cauvell, sin embargo, siempre le había gustado ver la carne antes de comprarla. Quizá por su paladar exigente.
«El padre de la señora Cauvell era un catedrático de Universidad —dijo “T" con voz chirriante—. Los profesores universitarios de los años setenta eran a menudo bastante liberales y tan ansiosos como sus alumnos por experimentar nuevos productos. Señora Cauvell, ¿tomó su padre LSD 25?»
Se habían preparado, hacía ya mucho tiempo, ante la posibilidad de preguntas de este tipo. Habían convenido que decir una verdad parcial era mejor que una mentira completa.
Creo que la probó dos veces, ambas con malas experiencias —dijo Laurie.
Cauvell empezó a tranquilizarse ante las respuestas firmes y serenas de su esposa.
«¿Era un consumidor habitual de la droga?»
No.
¿Cómo puede usted tener esa seguridad? —preguntó amablemente Jameson.
Cauvell se dio cuenta de que Jameson podía ser cualquier cosa, pero no tonto, ni tímido. El era el jefe de «T», y algunas veces sus preguntas tocaban muy cerca de la diana.
Mi madre me habló de ello —respondió Laurie—. Mi padre murió cuando yo tenía siete años y mi madre se pasó el resto de su vida contándome todas las cosas que él solía hacer. Escuché todas esas historias miles de veces. No pude olvidarlas. El tomó LSD en dos ocasiones y tuvo desagradables experiencias en los «viajes» respectivos.
«¿A qué partido pertenecen?» —preguntó «T».
Al que ha permanecido en el Gobierno los últimos trece años, al Partido Constitucional Moderado.
Cauvell trató de aparentar orgullo, mientras tragaba su angustia.
«¿Y por qué se unieron al partido?»
Porque temíamos a los países comunistas y nos dimos cuenta de que las tendencias subversivas en nuestro país debían hacerse abortar.
«¿Y ustedes no han visto ni tenido noticias de la existencia de alguna persona alucinógena?»
No, ninguna.
«¿Fue grabada esta entrevista con su consentimiento, señor y señora Cauvell?»
Contestaron que lo había sido. La voz del androide desapareció tras hacer su cuello un murmullo extraño y, por fin, quedó absolutamente silencioso. El inspector Jameson se levantó.
Siento haberles molestado. Muchas gracias por su cooperación; han sido ustedes muy amables.
Ha sido un placer —contestó Frank.
Espero que encuentre al mutante —dijo Laurie.
Estuvieron observando por la mirilla cómo el inspector y el androide se metían en el coche de policía, que salió a la carretera y se fue haciendo más y más pequeño, hasta que desapareció a lo lejos.
El aspecto del cielo indicaba que pronto comenzaría a nevar de nuevo.


En algún sitio se escondió un joven mutante, temblando.
No pudo aguantar más, perdió los nervios; corrió.
Corrió hacia los brazos del androide. Los ojos del hombre de metal eran joyas, mientras las lágrimas de los suyos se le helaban en las mejillas. Dio la vuelta, pero encontró a otros detrás de él. No había sitio por donde escapar. Desató sus fuerzas psíquicas contra ellos. Los vio elevarse en llamas, vio derretirse sus caras y humear sus entrañas.
Pero aún quedaban más. Y no esperaron. Aparecieron cañones en sus caderas. Surgió el fuego; las llamas lo envolvieron, lo tragaron, lo digirieron.
Todo mientras caía la nieve... pequeñas balas blancas...


Han cogido a un pobre diablo —dijo Laurie y le mostró el diario.
Frank lo miró; «Un alucinógeno lucha con la policía». No «lucha con robots», pues eso sería demasiado crudo. Haría parecer la noticia como a favor de los mutantes. Cauvell estaba seguro de que ni un solo policía de carne y hueso había estado a menos de cien metros del muchacho.
Fue por mi culpa —dijo Laurie.
Es absurdo que digas eso. ¿Cómo ha podido ser por tu culpa?
No nos ocultamos lo suficiente. Dejamos una enormidad de pistas que les facilitó empezar la búsqueda.
Pero era una emergencia. Nos habrías matado a todos si hubieses tratado de aguantar un momento más esa fuerza.
Es igual; es posible que ellos no hubiesen cogido al perseguido si nosotros...
Olvídate de eso. ¿Qué hay para cenar? —preguntó él con naturalidad.
Spaghetti...
A la noche siguiente hubo lomo de cerdo, y a la otra cenaron carne asada. Pero a la tercera noche, Frank despertó al oír la áspera respiración de ella.
Laurie...
Estaba despierta y contestó:
Sí...
¿Por qué no me has despertado? —Se levantó de la cama y empezó a vestirse.
¿Frank?
¿Qué? Date prisa y vístete.
Frank, quizá fuese mucho mejor si dejaras que esto acabara conmigo.
Paró de abrocharse la camisa y se volvió para quedar frente a ella. Sólo podía ver el vago perfil de su pequeña, pero femenina figura, realzada por las sábanas. Su cabellera extendida como hilos de seda destacaba sobre la almohada. Avanzó hacia ella y le cogió la cara.
¿Qué quieres decir con eso?
Entonces ella empezó a llorar.
¿Acaso no me amas? —preguntó él.
Laurie trató de contestar, pero sus palabras eran sólo suspiros.
Ten calma y vístete de una vez —dijo él cariñosamente.
Frank salió. Ya en la cocina, cogió el revólver del cajón. Fuera, el cielo estaba claro y el viento, fuerte, azotaba la nieve. Cuando acercó el coche a la puerta, ella ya estaba esperando.
¿Adonde iremos? —preguntó Laurie.
Más lejos que la otra vez, pero ésta nos cubriremos bien.
La Navidad se acercaba. Pensaba en ella mientras conducía: en las fiestas y en las velas que se encenderían en altares y ventanas. Pensó también en Cristo, descendiendo de su cruz, y en lo que hubiese podido escribir Ferlinghetti de haber estado casado con una persona alucinógena.
Ya hacía bastante rato que habían salido de la ciudad y luego echaron por un camino para avanzar unos cuantos kilómetros más. Salió de él, cruzando un arroyo seco que se introducía entre los árboles y llegaron a un claro en el centro del bosque. Se encontraban a unos cinco kilómetros de la carretera y ocultos a la vista por todos lados, excepto por la parte de arriba. Cuando salieron del coche, oyeron el motor de un helicóptero, que trepidaba en algún lugar del cielo, sobre sus cabezas. De pronto, pareció hacerse de día: el helicóptero, con sus luces como los ojos de un insecto monstruoso, aterrizó en el claro.
¡Frank!
La empujó hacia el coche y se puso al volante.
«Por favor, no traten de escapar...» —Era la voz de «T».
Sólo tenían dos posibilidades: dar marcha atrás —que sería desastroso en un terreno tan desigual— o bien pasar por en medio de ellos. Jameson, «T» y otro androide que llevaba pintadas las letras JJK estaban cruzando el campo con la nieve a la altura de las rodillas y las armas dispuestas a disparar.
Frank bajó la ventanilla.
¿Qué quieren? —les preguntó.
Si usted fue de compras esa mañana, ¿cómo es que ningún tendero, en varios kilómetros a la redonda, tenía factura de su compra?
«T» se encontraba a veinte metros, justo enfrente del coche.
Apretó a fondo el acelerador, puso las barras descongeladoras al máximo y percibió el golpe en el momento en que «T» caía bajo las ruedas; cuando atropelló al segundo androide, pudo comprobar de un vistazo que el atropello le había arrancado un brazo. No podía escapar rápidamente, a través de la nieve, puesto que las barras descongeladoras no serían capaces de trabajar con la velocidad suficiente. Giró en redondo y aceleró hacia el sendero que las barras habían abierto a su llegada. Pasó velozmente junto a Jameson, quien tuvo que saltar para evitar al vehículo. Los dos androides yacían, averiados, en el suelo.
¡Somos libres! —exclamó Frank.
En aquel momento el vibro-láser disparado por Jameson dibujó un limpio orificio en la ventanilla trasera y golpeó a Laurie en la sien. Cayó sobre Frank, mientras su oído comenzaba a sangrar.
Frank podía personificar poéticamente a la luna: La luna se esparcía majestuosamente; podía convertir a una chica en rosa: Ella era una rosa, gentil y dulce. Podía hacer metáforas, conseguir sonrisas, planear tantas aliteraciones para tantas líneas, pero no podía conseguir que el oído de Laurie dejase de sangrar. Podía, sí, elevarse en la mañana como un dragón que surgiera del mar, pero impedir que la sangre de Laurie siguiera fluyendo estaba más allá de sus poderes. Ella estaba estirada en el asiento de atrás, boca arriba, pálida y fantasmal, bajo los rayos de la luna que se filtraban a través de la ventanilla. Cauvell se apretó más el cinturón de seguridad y cogió el volante con furia. ¿Adonde? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que todas las carreteras estuviesen bloqueadas? Se encontraban ya a más de veinte kilómetros del bosque, pero el mundo se había reducido muchísimo en pocos años y esa distancia no era nada. La solución consistía en encontrar un pueblo pequeño; con el revólver obligaría a cualquier doctor a cuidarla, y escondería el coche en su garaje. Salió de la carretera principal y se introdujo en otra, estrecha y zigzagueante, en la que las ruedas volvieron a morder la nieve.
La sangre seguía goteando de un oído de Laurie.
Caldwell, cuarenta y siete kilómetros...
Caldwell, solamente treinta y cuatro...
Estaban a dieciocho kilómetros de Caldwell, cuando el helicóptero volvió a aparecer sobre las copas de los árboles, que cubrían gran parte de la carretera. Inmediatamente el coche quedó bañado por una luz amarilla. Dobló a la derecha y luego a la izquierda, tratando de desprenderse del foco, pero aumentaron su ángulo y éste abarcaba ahora ambos lados de la carretera; las balas empezaron a marcarse en el asfalto, frente al coche. Una de ellas rebotó en el techo; unos cuantos disparos de vibro-láser hicieron hervir trozos de asfalto alrededor del vehículo fugitivo. Entonces, cesó la luz súbitamente y no se oyó el batir de los rotores del helicóptero.
Quitó el pie del acelerador, bajó el cristal y escuchó. No se volvía a oír el «blap-blap» de las palas del helicóptero batiendo el aire. Se había ido; sí, había desaparecido por completo. Sin embargo, no parecía como si simplemente se hubiese alejado. «Quizá se habrá estrellado», pensó Frank, si bien no había habido explosión ni ningún sonido que indicase un golpe contra el suelo. Subió el cristal y siguió avanzando. La policía ya lo tenía localizado cerca de Caldwell y ahora ya no podría parar en el pueblo. A unos setenta kilómetros más lejos, se encontraba Steepleton.
Miró hacia atrás y su estómago se encogió al ver el estado de Laurie, agonizante, y el rostro de un color amarillo oscuro. Apretó a fondo el acelerador.
Steepleton, cincuenta y siete kilómetros...
Steepleton, ahora solamente cuarenta y tres...
En los arrabales de esa ciudad había un bloqueo de carretera. Siete hombres, siete androides. Y ellos comprendían perfectamente de quién era el coche que se acercaba y tenían las armas dispuestas.


La muerte no es nadie, envuelta en vestiduras negras, baboseante. La muerte no puede verse...
¡No se puede!
Y sin embargo, su mundo era un cementerio. La luna se desliza en lo alto, sobre nubes como mortajas rasgadas que baten fieramente al son de los vientos de los árboles muertos. Llegó a la cumbre de la montaña, donde el aire frío y la nieve lo obligaron a bizquear.
Buenas noches —le saludó el director de pompas fúnebres.
Dio las buenas noches...
Polvo al polvo —dijo el embalsamador, sentado en una aguja de iglesia.
Cenizas sobre cenizas —dijo él sepulturero.
Él pasó sin hacerles caso. Continuó adelante, hacia la cumbre, donde se encontraba el sepulturero mordiendo el cielo como si fuese un diente roto. En algún sitio sonaba un tambor, en otro una campanilla que pasaba... Empujó la pesada puerta con el hombro; las oxidadas bisagras se estremecieron, las oyó rechinar y las ratas corrieron en el interior.
Pisó la entrada, iluminada por la luna, y avanzó hacia el sarcófago. La habían enterrado en un ataúd de piedra caliza, para facilitar la descomposición del cadáver.
Esto le llenó de rabia. Abrió el inmenso cerrojo y vio su cara pálida. Tiernamente, la sacó y la colocó sobre la tabla de mármol que se encontraba a su lado.
En algún sitio sonaron las campanadas, al revés; en algún sitio se cantaba, al revés.
Y él cantaría un responso que haría de panegírico...


«Porque la luna nunca alumbra
sin traerme ensueños
de la hermosa Annabel Lee.
Y las estrellas nunca aparecen
excepto en los ojos
de la bella Annabel Lee,
Y así por siempre descanso
al lado de mi amada,
de mi amada, mi vida y mi esposa,
en su sepulcro allí junto al mar.
En su tumba allí junto...»


Steepleton había quedado atrás y continuaba sin haber huellas de una persecución de la policía...
Apartó el coche de la carretera. ¿Acaso estaba perdiendo la razón? Había policías en la carretera, ¿no? ¿Dónde se hallaba en realidad, en la policía o en el cementerio? En la policía, sin duda alguna; él no era Edgar Allan Poe, que dormía con su amante muerta. Además, su mujer no estaba muerta. Se volvió a mirarla. Su cara estaba contraída, como si estuviera sufriendo. La llamó. Por unos segundos, le pareció que había contestado, pero ella no había movido los labios. Miró de nuevo hacia adelante. Quedaban dieciocho kilómetros hasta Kingsmir. ¿Qué sucedería allí? ¿Volvería de nuevo la pesadilla del cementerio? ¿Habría más cosas extrañas? De pronto, se acordó de la desaparición del helicóptero y se estremeció. Volvió a entrar en la carretera.


...Despertó y la besó en el cuello.
El negro pelo se deslizaba sobre sus desnudos hombros y senos y se rizaba en sus orejas rosadas...
Ella le devolvió el beso...
Yacía en un ataúd..., a veces templada y viva, otras fría y putrefacta.
...Se volvió a oír el sonido de un helicóptero... De pronto, desapareció en un mundo donde los hombres jamás habían aprendido a volar...
Entonces, volvió persiguiendo una cantera desaparecida cuando el mundo había sido diferente durante unos minutos...
Tumbas...
¡Click!
Una cama caliente y cuerpos templados...
¡Click!
¡Click! ¡Click!


Frank despertó a la realidad, unos dos kilómetros más cerca de Kingsmir. ¡De pronto, comprendió! Aparcó el coche en la cuneta y pasó por entre los asientos delanteros hasta donde ella estaba tumbada. Le pasó una mano por la cara; y luego la colocó bajo la barbilla y le tomó el pulso. ¡Laurie estaba cambiando la realidad! En el estado de coma en que se encontraba, sus poderes psíquicos se estaban disipando gradualmente, en lugar de estallar con violencia. ¡Estaba bajo control! Y no eran simples poderes de teleportación y lectura del pensamiento; eran poderes que podían variar las más esenciales bases de la vida. Un rato antes había creído que imaginaba escucharla; ahora sabía que le había contestado. ¡No tenía necesidad para ello de usar los labios!
Laurie, ¿puedes oírme?
Hubo una respuesta lejana y tuvo que concentrarse para comprenderla.
Laurie, tú escuchaste el helicóptero y sentiste la presencia de los guardias en el bosque y en la carretera, así es que cambiaste la realidad de las cosas durante un rato, hasta que el coche, moviéndose independientemente de ambos mundos, pasó de largo. ¿Es esto lo que hiciste, verdad?
Oyó un «sí» lejano.
Escucha, Laurie; el cementerio es un sueño disparatado. Muy poético, pero disparatado. El otro. Ese en el que estamos en la cama, Laurie.
Le acarició la barbilla y le rogó que se concentrase. Oyó sirenas en la carretera y empezó a hablar más de prisa...
Le habló de un mundo en el que jamás habían existido mutantes alucinógenos. Sí, de un mundo en el que todos eran normales.


Despertó antes de que ella lo hiciese y continuó tumbado, escuchando su áspera respiración; parecía el sonido del mar contra las rocas. Empeoraría antes de despertar.
La vista que se observaba desde la ventana era magnífica. Había estado nevando toda la noche y el campo quedó completamente cubierto; las nubes se entreabrían de vez en cuando permitiendo ver la luna, que iluminaba el blanco manto. Tras la vieja encina, se extendía la carretera que semejaba un tajo negro sobre la blanqueada tierra. Indudablemente los calefactores de la carretera se habían estropeado de nuevo, ya que algunas capas de hielo iban avanzando desde el margen. Anticuadas palas quitanieves, trataban de despejarla.
Por alguna razón, le parecía revivir esta escena. Era como si todo fuese un eco extendido.


Sueños cenicientos esparciéndose en copos
descienden flotando pacíficamente;
mientras monstruos relampagueantes, armados con espadas
golpean cruelmente el cerebro
y extienden sus uñas,
sobre el hielo...


No estaba seguro de si el poema tenía sentido o no. Incluso, éste le sonaba vagamente familiar. Lo repitió suavemente.
¡Frank! —dijo ella.
Lo sé.
Abandonó la cama y se puso la bata que tanto le gustaba a él.
Sacaré el coche del garaje —dijo Frank.
¿Y la nieve?
Parecen tenerla bajo su control —dijo, y parecía como si esto también se repitiese.
Te quiero —exclamó Laurie, mientras él desaparecía de la sala.
Su voz y su cara siempre le producían escalofríos, en momentos como éste. Sin embargo, esta vez se prolongó y subiendo por la espina dorsal hasta llegarle a la cabeza, pareció esparcirse por cada uno de sus nervios.
¿De qué estaba asustado? ¿A qué se debía este sentimiento de familiaridad? Temía por Laurie más de lo corriente. Después de todo, estar encinta era una cosa normal. Deseaba con toda su alma que fuese una niña. Entonces, mientras iba en busca del coche, dejó de sentir los escalofríos. Se encontraba bien; el mundo era estupendo y había desaparecido ese sentido de familiaridad. De pronto, todo se había hecho diferente y las cosas parecían como nuevas...


jueves, 30 de julio de 2026

Ángelus. Juan Ramón Jiménez.

Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas azules, rosas blancas, sin color... Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos... ¿Qué haré yo con tantas rosas?
¿Sabes tú, quizá, de dónde es esta blanda flora, que yo no sé de dónde es, que enternece, cada día, el paisaje y lo deja dulcemente rosado, blanco y celeste --más rosas, más rosas--, como un cuadro de Fray Angélico, el que pintaba la gloria de rodillas?
De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más rosas, más rosas…
Parece, Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas... Más rosas... Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas.

Platero y yo. 1917.

martes, 28 de julio de 2026

Cristo. María Fernanda Ampuero.

Cuando al ñañito le empezó a subir la fiebre fue cuando empezó todo esto.
Dejé de ir a la escuela tantos días que empecé a sentir que nunca había ido, que desde que nací lo único que había hecho era cuidar al ñañito. Yo me quedaba en la casa mientras ella se iba a trabajar y le daba las cucharaditas del jarabe rosado cada hora y del jarabe transparente cada cuatro.
Ella me había regalado un reloj de números grandes por mi cumpleaños.
El bebé era livianito, livianito. Era como cargar papel de regalo arrugado en los brazos. No reía. Casi nunca abría los ojos.
Una noche uno de los amigos de mi mamá le hizo un hueco a la puerta del baño cansado de oírlo llorar.
Cállalo —le decía a mi mamá—. Que se calle esa criatura de mierda. Calla a ese monstruo, por puta te salió monstruo, mátalo.
Repetía las malas palabras y daba con el puño.
Era mejor que le diera a la puerta del baño y no al ñañito. Y no a ella. Pero un poco le daba a ella también.
No volvimos a ver a ese amigo de mi mamá y se hizo más difícil comprar el jarabe rosado y el jarabe transparente y ella lo hacía durar con un poco de agua hervida.
Ella se apretaba las manos mientras esperaba para sacarle el termómetro a mi ñañito. Le quedaban blancas después. Y hacía un ruidito después de sacudirlo en el aire y mirarlo debajo de la lámpara. Un ruidito de lengua y dientes. Cuando no lo hacía era un día mejor del ñañito.
Algunos fines de semana me mandaba donde los abuelitos.
Mi abuelito Fernando me llevaba primero al cementerio a visitar a su mamá muerta, Rosita. Después nos íbamos a La Palma a tomar Coca-Cola con helado de vainilla. Una niña con su abuelo. Con vestido. Sin hermanos. Hija única. Consentida. Todo eso se acababa muy rápido y enseguida era lunes.
Una tarde, mientras yo veía El Pájaro Loco, el ñañito empezó a llorar. No fui. Tocaba el jarabe rosado. No fui. Quería ver El Pájaro Loco. Entero. Por una vez entero sin mirar el reloj de números grandes, sin medir el jarabe en esa cucharota de plástico blanco, sin luchar para que se lo trague y ensuciarme la ropa y apestar, como siempre, a medicina. Quería oler a niña que ve El Pájaro Loco y nada más. Me reía hasta en las partes que no daban chiste. Muy alto, muy alto, como el Pájaro, para tapar el lloro del ñañito.
Al rato se acabó el programa y empezaron Los Picapiedras. También me lo vi enterito.
Cuando fui, el ñañito ya había dejado de chillar. Lo toqué. Fue como meter los dedos en candela vivita.
Llamé a la vecina y la vecina llamó a mi mamá.
¿Le diste el jarabe rosado?
Hice que sí con la cabeza.
El médico le mandó un jarabe verde y supositorios.
Mi mamá me enseñó a ponerle los supositorios. Yo no quería. El ñañito gritaba como ese perro cafecito al que atropelló un taxi una vez frente a la casa y se quedó ahí tirado, con las tripas afuera, pero vivo. Gritaba igualito, igualito.
Rosado, transparente, verde y supositorio.
Al día siguiente dejamos al ñaño con mis abuelitos y nos fuimos al Cristo del Consuelo. Ese era el barrio negro, el barrio prohibido. Mi mamá y yo éramos ahí como las bolitas de helado de vainilla flotando en la Coca-Cola.
Una señora negra, gordísima, con un pañuelo rojo en la cabeza le dijo a mi mami que tuviera fe.
Tenga fe, doñita. Este Cristo es milagroso.
Después le pidió plata, unas monedas. ¿Por qué no se la pedía al Cristo? Si era tan milagroso debía estar llenito de monedas, no como nosotras que a veces caminábamos porque no había para el bus.
La señora negra del pañuelo rojo le vendió a mi mamá un niñito como de juguete para que lo colgara del vestido morado del Cristo. Cuando entramos a la iglesia ¡había tantos niñitos de esos! Y corazoncitos y piernitas y bracitos y cabecitas y otras partes que no reconocí. Y fotos y cartas y billetes y dibujos. Una de esas cartas decía «alluda señor, solo tengo nuebe años y cancer».
¿Mami? —pregunté—. ¿Cómo va a saber el Cristo cuál de todos es mi ñañito?
Porque Él es muy inteligente.
Olía raro ahí dentro. A viejo, a polvo, a como cuando no me lavo el pelo muchos días, a caliente, a cuando se va la luz.
Antes de irnos, mi mami sacó una botella de salsa de tomate Los Andes y la llenó del agua de un grifo.
Agua buena —dijo—. Agua del Cristito, agüita santa.
Me dio un trago, pero no sabía a santa, sino a salsa de tomate y un poco a oxidado y pensé que una agua de salsa de tomate, como la que echamos al arroz blanco a fin de mes, cuando ya se está acabando la botella, no podía ser milagrosa. Tenía que saber a dulce de leche, a hamburguesa doble. No saber a pobre. Con esa porquería en la boca, sentí ganas de gritarle a todo el mundo que estaba equivocado, que aquí no había más milagro que la señora del pañuelo rojo recibiendo monedas por vender trocitos de cuerpo y cuerpitos enteros para pegar a la falda de un Cristo que sabe a salsa de tomate chirle. Ahí se quedó mi hermanito, o sea, un muñequito tan deforme como él, rodeado de cientos de otros muñequitos igual de horrorosos y cabezas y brazos y piernas y corazones, como si hubiera habido una explosión.
Él se tiene que quedar ahí —se puso furiosa mi mamá.
Y yo lloré todo el camino a la casa porque me di cuenta de que ella tampoco sabía lo que hacía.
En la casa, mi mami le dio un poco de esa agua al ñañito y se la echó por la cabeza. Él abrió los ojos y enseñó su boca, sus dientes. Por fin. Nos sonreía.
Así, con esa sonrisa, lo pusimos la semana siguiente en una caja blanca, pequeñita, que pagó el barrio con una colecta.
He vuelto a la escuela. Otra vez a cuarto grado, donde soy enorme y no tengo amigos.
Cuando me preguntan si tengo hermanas o hermanos pienso en el niñito que está colgado del manto del Cristo del Consuelo y digo que no.
Ellos no lo entenderían.

Pelea de gallos, 2018.

lunes, 27 de julio de 2026

Libro del desasosiego. Fragmento 466. Fernando Pessoa.

El hombre no debe poder ver su propia cara. Eso es lo más terrible de todo. La Naturaleza le dio el don de no poderla ver, como también el de no poder mirar sus propios ojos.
Sólo en el agua de los ríos y de los lagos podía él contemplar su rostro. Pero hasta la postura que había de adoptar era simbólica. Tenía que curvarse, inclinarse para cometer la ignominia de verse.
El inventor del espejo envenenó el alma de los hombres.

Libro del desasosiego, 1982.

domingo, 26 de julio de 2026

Día domingo. Mario Vargas Llosa

Contuvo un instante la respiración, clavó las uñas en la palma de sus manos y dijo my rápido: «Estoy enamorado de ti». Vio que ella enrojecía bruscamente, como si alguien hubiera golpeado sus mejillas, que eran de una palidez resplandeciente y muy suaves. Aterrado, sintió que la confusión ascendía por él y petrificaba su lengua. Deseó salir corriendo, acabar: en la taciturna mañana de invierno había surgido ese desaliento íntimo que lo abatían siempre en los momentos decisivos. Unos minutos antes, entre la multitud animada y sonriente que circulaba por el Parque Central de Miraflores, Miguel se repetía aún: «Ahora. Al llegar a la Avenida Pardo. Me atreveré. ¡Ah, Rubén, si supieras como te odio!». Y antes todavía, en la iglesia, mientras buscaba a Flora con los ojos, la divisaba al pie de una columna y, abriéndose paso con los codos sin pedir permiso a las señoras que empujaba, conseguía acercársele y saludarla en voz baja, volvía a decidirse, tercamente, como esa madrugada, tendido en su lecho, vigilando la aparición de la luz: » No hay más remedio. Tengo que hacerlo hoy día. En la mañana. Ya me las pagarás, Rubén». Y la noche anterior había llorado, por primera vez en muchos años, al saber que se preparaba esa innoble emboscada. La gente seguía en el Parque y la Avenida Pardo desierta; caminaban por la alameda, bajo los ficus de cabelleras altas y tupidas. «Tengo que apurarme, pensaba Miguel, si no me friego». Miró de soslayo alrededor: no había nadie, podía intentarlo. Lentamente fue estirando su mano izquierda hasta tocar la de ella: el contacto le reveló que transpiraba. Imploró que ocurriera un milagro, que cesara aquella humillación. «Qué le digo, pensaba, qué le digo». Ella acababa de retirar su mano y él se sentía desamparado y ridículo. Todas las frases radiantes, preparadas febrilmente la víspera, se habían disuelto como globos de espuma.
-Flora -balbuceó-, he esperado mucho tiempo este momento. Desde que te conozco sólo pienso en ti. Estoy enamorado por primera vez, créeme, nunca había conocido una muchacha como tú.
Otra vez una compacta mancha blanca en su cerebro, el vacío. Ya no podía aumentar la presión: la piel cedía como jebe y las uñas alcanzaban el hueso. Sin embargo, siguió hablando, dificultosamente, con grandes intervalos, venciendo el bochornoso tartamudeo, tratando de describir una pasión irreflexiva y total, hasta descubrir, con alivio, que llegaban al primer óvalo de la Avenida Pardo, y entonces calló. Entre el segundo y tercer ficus, pasando el óvalo, vivía Flora. Se detuvieron, se miraron: Flora estaba aún encendida y la turbación había colmado sus ojos de un brillo húmedo. Desolado, Miguel se dijo que nunca le había parecido tan hermosa: una cinta azul recogía sus cabellos y él podía ver el nacimiento de su cuello, y sus orejas, dos signos de interrogación, pequeñitos y perfectos.
-Mira Miguel -dijo Flora; su voz era suave, llena de música, segura-. No puedo contestarte ahora. Pero mi mamá no quiere que ande con chicos hasta que termine el colegio.
-Todas las mamás dicen lo mismo, Flora -insistió Miguel- ¿Cómo iba a saber ella? Nos veremos cuando tú digas, aunque sea sólo los domingos.
-Ya te contestaré, primero tengo que pensarlo -dijo Flora, bajando los ojos. Y después de unos segundos, añadió: -Perdona, pero ahora tengo que irme, se hace tarde.
Miguel sintió una profunda lasitud, algo que se expandía por todo su cuerpo y lo ablandaba.
-¿No estás enojada conmigo, Flora, no? -dijo humildemente.
-No seas sonso -replicó ella, con vivacidad-. No estoy enojada.
-Esperaré todo lo que quieras -dijo Miguel. Pero nos seguiremos viendo, ¿no? ¿Iremos al cine esta tarde, no?
-Esta tarde no puedo -dijo ella, dulcemente-. Me ha invitado a su casa Martha.
Una correntada cálida y violenta, lo invadió y se sintió herido, atontado, ante esa respuesta que esperaba y ahora parecía una crueldad. Era cierto lo que el Melanés había murmurado, torvamente, a su oído, el sábado en la tarde. Martha los dejaría solos, era la táctica habitual. Después, Rubén relataría a los pajarracos cómo él y su hermana habían planeado las circunstancias, el sitio y la hora. Martha habría reclamado, en pago de servicios, el derecho a espiar detrás de la cortina. La cólera empapó sus manos de golpe.
-No seas así, Flora. Vamos a la matinée como quedamos. No te hablaré de esto. Te prometo.
-No puedo, de veras -dijo Flora-. Tengo que ir donde Martha. Vino ayer a mi casa para invitarme. Pero después iré con ella al Parque Salazar.
Ni siquiera en esas últimas palabras una esperanza. Un rato después contemplaba el lugar donde había desaparecido la frágil figurita celeste, bajo el arco majestuoso de los ficus de la avenida. Era simple competir con un simple adversario, pero no con Rubén.
Recordó los nombres de las muchachas invitadas por Martha, una tarde de domingo. Ya no podía hacer nada, estaba derrotado.
Una vez más surgió entonces esa imagen que lo salvaba siempre que sufría una frustración: desde un lejano fondo de nubes infladas de humo negro se aproximaba él, al frente de una compañía de cadetes de la Escuela Naval, a una tribuna levantada en el Parque; personajes vestidos de etiqueta, el sombrero de copa en la mano y señoras de joyas relampagueantes lo aplaudían. Aglomerada en las veredas, una multitud en la que sobresalían los rostros de sus amigos y enemigos, lo observaba maravillada murmurando su nombre. Vestido de paño azul, una amplia capa flotando a sus espaldas, Miguel desfilaba delante, mirando al horizonte. Levantada la espada, su cabeza describía media esfera en el aire: allí, en el corazón de la tribuna estaba Flora, sonriendo. En una esquina, haraposo, avergonzado, descubría a Rubén: se limitaba a echarle una brevísima ojeada despectiva. Seguía marchando, desaparecía entre vítores.
Como el vaho de un espejo que se frota, la imagen desapareció. Estaba en la puerta de su casa, odiaba a todo el mundo, se odiaba. Entró y subió directamente a su cuarto. Se echó de bruces en la cama: y luego Rubén, con su mandíbula insolente, y su sonrisa hostil: estaban uno al lado del otro, se acercaban, los ojos de Rubén se torcían para mirarlo burlonamente, mientras su boca avanzaba hacia Flora.
Saltó de la cama. El espejo del armario le mostró un rostro ojeroso, lívido. «No la verá; decidió. No me hará esto, no permitiré que me haga esa perrada».
La Avenida pardo continuaba solitaria. Acelerando el paso sin cesar, caminó hasta el cruce de la Avenida Grau; allí vaciló. Sintió frío: había olvidado el saco en su cuarto y la sola camisa no bastaba para protegerlo del viento que venía del mar y se enredaba en el denso ramaje de los ficus con un suave murmullo. La temida imagen de Flora y Rubén juntos, le dio valor, y siguió andando. Desde la puerta del bar vecino al cine Montecarlo, los vio en la mesa de costumbre, dueños del ángulo que formaban las paredes del fondo y de la izquierda. Francisco, el Melanés, Tobías, el Escolar lo descubrían y, después de un instante de sorpresa, se volvían hacia Rubén, los rostros maliciosos, excitados. Recuperó el aplomo de inmediato: frente a los hombres sí sabía comportarse.
-Hola -les dijo acercándose-. ¿Qué hay de nuevo?
-Siéntate -le alcanzó una silla el Escolar–. ¿Qué milagro te ha traído por aquí?
-Hace siglos que no venías -dijo Francisco..
-Me provocó verlos -dijo Miguel, cordialmente-. Ya sabía que estaba aquí. ¿De qué se asombran? ¿O ya no soy un pajarraco?
Tomó asiento entre el Melanés y Tobías. Rubén estaba al frente.
-¡Cuncho! -gritó el Escolar-. Trae un vaso. Que no esté muy mugriento.
Cuncho trajo el vaso y el Escolar lo llenó de cerveza. Miguel dijo «por los pajarracos» y bebió.
-Por poco te tomas el vaso también -dijo Francisco-. ¡Qué ímpetus!
-Apuesto a que fuiste a misa de una -dijo el Melanés, un párpado plegado por la satisfacción, como siempre que iniciaba algún enredo- ¿O no?
-Fui -dijo Miguel imperturbable-. Pero sólo para ver a una hembrita, nada más.
Miró a Rubén con ojos desafiantes, pero él no se dio por aludido; jugueteaba con los dedos sobre la mesa y, bajito, la punta de la lengua entre los dientes, silbaba La niña Popof, de Pérez Prado.
-¡Buena! -aplaudió el Melanés-. Buena, don Juan. Cuéntanos, ¿a qué hembrita?
-Eso es un secreto.
-Entre pajarracos no hay secretos -recordó Tobías-. ¿Ya te has olvidado? Anda, ¿quién era?
Qué importa -dijo Miguel.
-Muchísimo -dijo Tobías. Tengo que saber con quién andas para saber quién eres.
-Toma mientras -dijo el Melanés a Miguel-… Una a cero.
-¿A que adivino quién es? -dijo Francisco—. ¿Ustedes no?
-Yo ya sé -dijo Tobías.
-Y yo -dijo el Melanés. Se volvió a Rubén con ojos y voz muy inocentes- Y tú, cuñado, ¿adivinas quién es?
-No -dijo Rubén, con frialdad-. Y tampoco me importa.
-Tengo llamitas en el estómago -dijo el Escolar-. ¿Nadie va a pedir una cerveza?
El Melanés se pasó un patético por la garganta:
-Y have not money, darling -dijo.
-Pago una botella -anunció Tobías, con ademán solemne-. A ver quién me sigue, hay que apagarle las llamitas a este baboso.
-Cuncho, bájate media docena de Cristal -diijo Miguel.
Hubo gritos de júbilo, exclamaciones.
Eres un verdadero pajarraco -afirmó Francisco.
-Sucio, pulguiento -agregó el Melanés-, sí señor, un pajarraco de la pitri-mitri.
Cuncho trajo las cervezas. Bebieron. Escucharon al Melanés referir historias sexuales, crudas, extravagantes y afiebradas y se entabló entre Tobías y Francisco una recia polémica sobre fútbol. El Escolar contó una anécdota. Venía de Lima a Miraflores en un colectivo; los demás pasajeros bajaron en la Avenida Arequipa. A la altura de Javier Prado subió el cachalote Tomaso, ese albino de dos metros que sigue en primaria, vive por la Quebrada, ¿ya captan?; simulando gran interés por el automóvil comenzó a hacer preguntas al chofer, inclinado hacia el asiento de adelante, mientras rasgaba con una navaja, suavemente, el tapiz del espaldar.
-Lo hacía porque yo estaba ahí afirmó el Escolar-. Quería lucirse.
-Es un retrasado mental -dijo Francisco-. Esas cosas se hacen a los diez años. A su edad no tiene gracia.
-Tiene gracia lo que pasó después -rió el Escolar-. Oiga chofer, ¿no ve que este cachalote está destrozando su carro?
-¿Qué? -dijo el chofer, frenando en seco. Las orejas encarnadas, los ojos espantados, el cachalote Tomaso forcejeaba con la puerta.
-Con su navaja -dijo el Escolar-. Fíjese como le ha dejado el asiento.
El cachalote logró salir por fin. Echó a correr por la Avenida Arequipa; el chofer iba tras él, gritando: «Agarren a ese desgraciado».
-¿Lo agarró? -preguntó el Melanés.
-No sé. Yo desaparecí. Y me robé la llavee del motor, de recuerdo. Aquí la tengo.
Sacó de su bolsillo una pequeña llave plateada y la arrojó sobre la mesa. Las botellas estaban vacías. Rubén miró su reloj y se puso de pie.
-Me voy -dijo-. Ya nos vemos.
-No te vayas -dijo Miguel-. Estoy rico, hoy día. Los invito a almorzar a todos.
Un remolino de palmadas cayó sobre él, los pajarracos le agradecieron con estruendo, lo alabaron.
-No puedo -dijo Rubén-. Tengo que hacer.
-Anda vete no más, buen mozo -dijo Tobías—. y salúdame a Marthita.
-Pensaremos mucho en tí, cuñado -dijo el Melanés.
-No -exclamó Miguel. Invito a todos o a ninguno. Si se va Rubén, nada.
-Ya has oído, pajarraco Rubén -dijo Francisco-, tienes que quedarte.
-Tienes que quedarte -dijo el Melanés-, no hay tutías.
-Me voy -dijo Rubén.
-Lo que pasa es que está borracho -dijo Miguel-. Te vas porque tienes miedo de quedar en ridículo delante de nosotros, eso es lo que pasa.
-¿Cuántas veces te he llevado a tu casa boqueando? -dijo Rubén- ¿Cuántas te he ayudado a subir la reja para que no te pesque tu papá? Resisto diez veces más que tú.
-Resistías -dijo Miguel-. Ahora está difícil. ¿Quieres ver?
-Con mucho gusto -dijo Rubén- ¿Nos vemos a la noche, aquí mismo?
-No. En este momento -Miguel se volvió hacia los demás, abriendo los brazos: -Pajarracos, estoy haciendo un desafío.
Dichoso, comprobó que la antigua fórmula conservaba intacto su poder. En medio de la ruidosa alegría que había provocado, vio a Rubén, sentarse, pálido.
-¡Cuncho! -gritó Tobías-. El menú. Y dos piscinas de cerveza. Un pajarraco acaba de lanzar un desafío.
Pidieron bistecs a la chorrillana y una docena de cervezas. Tobías dispuso tres botellas para cada uno de los competidores y las demás para el resto. Comieron hablando apenas. Miguel bebía después de cada bocado y procuraba mostrar animación, pero el temor de no resistir lo suficiente crecía a medida que la cerveza depositaba en su garganta un sabor ácido. Cuando alcanzaron las seis botellas, hacía rato que Cuncho había retirado los platos.
-Ordena tú -dijo Miguel a Rubén.
Otras tres por cabeza.
Después del primer vaso de la nueva tanda, Miguel sintió que los oídos le zumbaban; su cabeza era una lentísima ruleta, todo se movía.
-Me hago pis -dijo-. Voy al baño.
Los pajarracos rieron.
-¿Te rindes? -preguntó Rubén.
-Voy a hacer pis -gritó Miguel-. Si quieres que traigan más.
En el baño, vomitó. Luego se lavó la cara, detenidamente, procurando borrar toda señal reveladora. Su reloj marcaba las cuatro y media. Pese al denso malestar, se sintió feliz. Rubén ya no podía hacer nada. Regresó donde ellos.
-Salud -dijo Rubén, levantando el vaso.
«Está furioso, pensó Miguel. Pero ya lo fregué».
-Huele a cadáver -dijo el Melanés-. Alguien se nos muere por aquí.
-Estoy nuevecito -aseguró Miguel, tratando de dominar el asco y el mareo.
-Salud -repetía Rubén.
Cuando hubieron terminado la última cerveza, su estómago parecía de plomo, las voces de los otros llegaban a sus oídos como una confusa mezcla de ruidos. Una mano apareció de pronto bajo sus ojos, era blanca y de largos dedos, lo cogía del mentón, lo obligaba a alzar la cabeza: la cara de Rubén había crecido. Estaba chistoso, tan despeinado y colérico.
-¿Te rindes, mocoso?
Miguel se incorporó de golpe y empujó a Rubén, pero antes que el simulacro prosperara, intervino el Escolar.
-Los pajarracos no pelean nunca -dijo obligándolos a sentarse-. Los dos están borrachos. Se acabó. Votación.
El Melanés, Francisco y Tobías accedieron a otorgar el empate, de mala gana.
-Yo ya había ganado -dijo Rubén-. Este no puede ni hablar. Mírenlo.
Efectivamente, los ojos de Miguel estaban vidriosos, tenía la boca abierta y de su lengua chorreaba un hilo de saliva.
-Cállate -dijo el Escolar-. Tú no eres un campeón, que digamos, tomando cerveza.
-No eres un campeón tomando cerveza -subrayó el Melanés-. Sólo eres un campeón de natación, el trome de las piscinas.
-Mejor tú no hables -dijo Rubén-; ¿no ves que la envidia te corroe?
-Viva la Esther Williams de Miraflores -dijo el Melanés.
-Tremendo vejete y ni siquiera sabes nadar -dijo Rubén-. ¿No quieres que te de unas clases?
-Ya sabemos, maravilla -dijo el Escolar-. Has ganado un campeonato de natación. Y todas las chicas se mueren por ti. Eres un campeoncito.
-Este no es campeón de nada -dijo Miguel con dificultad. Es pura pose.
-Te estás muriendo -dijo Rubén-. ¿Te llevo a tu casa, niñita?
-No estoy borracho -aseguró Miguel-. Y tú eres pura pose.
-Estás picado porque le voy a caer a Flora -dijo Rubén-. Te mueres de celos. ¿Crees que no capto las cosas?
-Pura pose -dijo Miguel-. Ganaste porque tu padre es Presidente de la Federación, todo el mundo sabe que hizo trampa, sólo por eso ganaste.
-Por lo menos nado mejor que tú -dijo Rubén-, que ni siquiera sabes correr olas.
-Tú no nadas mejor que nadie -dijo Miguel—. Cualquiera te deja botado.
-Cualquiera -dijo el Melanés-. Hasta Miguel que es una madre.
-Permítanme que me sonría -dijo Rubén.
-Te permitimos -dijo Tobías-. No faltaba más.
-Se me sobran porque estamos en invierno —dijo Rubén-. Si no, los desafiaba a ir a la playa, a ver si en el agua también son tan sobrados.
-Ganaste el campeonato por tu padre -dijo Miguel-. Eres pura pose. Cuando quieras nadar conmigo, me avisas no más, con toda confianza. En la playa, en el Terrazas, donde quieras.
-En la playa -dijo Rubén-. Ahora mismo. -Eres pura pose -dijo Miguel.
El rostro de Rubén se iluminó de pronto y sus ojos, además de rencorosos, se volvieron arrogantes.
-Te apuesto a ver quién llega primero a la reventazón -dijo.
-Pura pose -dijo Miguel.
-Si ganas -dijo Rubén, te prometo que no le caigo a Flora. Y si yo gano, tú te vas con la música a otra parte.
-¿Qué te has creído? -balbuceó Miguel-. Maldita sea, ¿qué es lo que te has creído?
-Pajarracos -dijo Rubén, abriendo los brazos-, estoy haciendo un desafío.
-Miguel no está en forma ahora -dijo el Escolar-. ¿Por qué no se juegan a Flora a cara o sello?
-Y tú por qué te metes -dijo Miguel-. Acepto. Vamos a la playa.
-Están locos -dijo Francisco-. Yo no bajo a la playa con este frío. Hagan otra apuesta.
-He aceptado -dijo Rubén-. Vamos.
-Cuando un pajarraco hace un desafío, todos se meten la lengua al bolsillo -dijo Melanés-. Vamos a la playa. Y si no se atreven a entrar al agua, los tiramos nosotros..
-Los dos están borrachos -insistió el Escollar-. El desafío no vale.
-Cállate, Escolar -rugió Miguel-. Ya estoy grande, no necesito que me cuides.
-Bueno -dijo el Escolar, encogiendo los hombros-. Friégate, no más.
Salieron. Afuera los esperaba una atmósfera quieta, gris. Miguel respiró hondo; se sintió mejor. Caminaban adelante Francisco, el Melanés y Rubén. Atrás, Miguel y el Escolar. En la Avenida Grau había transeúntes; la mayoría sirvientas de trajes chillones, en su día de salida. Hombres cenicientos, de gruesos cabellos lacios, merodeaban a su alrededor y las miraban con codicia; ellas reían mostrando sus dientes de oro. Los pajarracos no les prestaban atención. Avanzaban a grandes trancos y la excitación los iba ganando, poco a poco.
-¿Ya te pasó? -dijo el Escolar.
-Sí -respondió Miguel-. El aire me ha hecho bien.
En la esquina de la Avenida Pardo, doblaron. Marchaban desplegados como una escuadra, en una misma línea, bajo los ficus de la alameda, sobre las losetas hinchadas a trechos por las enormes raíces de los árboles que irrumpían a veces en la superficie como garfios. Al bajar por la Diagonal, cruzaron a dos muchachas. Rubén se inclinó, ceremonioso.
-Hola, Rubén -cantaron ellas, a dúo.
Tobías las imitó, aflautando la voz:
-Hola, Rubén, príncipe.
La Avenida Diagonal desemboca en una pequeña quebrada que se bifurca: por un lado, serpentea el Malecón, asfaltado y lustroso; por el otro, hay una pendiente que contornea el cerro y llega hasta el mar. Se llama «la bajada a los baños», su empedrado es parejo y brilla por el repaso de las llantas de los automóviles y los pies de los bañistas de muchísimos veranos.
-Entremos en calor, campeones -gritó el Melanés, echándose a correr. Los demás lo imitaron.
Corrían contra el viento y la delgada bruma que subía desde la playa, sumidos en un emocionante torbellino; por sus oídos su boca y sus narices penetraba el aire a sus pulmones y una sensación de alivio y desintoxicación se expandía por su cuerpo a medida que el declive se acentuaba y en un momento sus pies no obedecían ya sino a una fuerza misteriosa que provenía de lo más profundo de la tierra. Los brazos como hélices, en sus lenguas un aliento salado, los pajarracos descendieron la bajada a toda carrera, hasta la plataforma circular, suspendida sobre el edificio de las casetas.
El mar se desvanecía a unos cincuenta metros de la orilla, en una espesa nube que parecía próxima a arremeter contra los acantilados, altas moles oscuras plantadas a lo largo de toda la bahía.
-Regresemos -dijo Francisco-. Tengo frío…
Al borde de la plataforma hay un cerco manchado a pedazos por el musgo. Una abertura señala el comienzo de la escalerilla, casi vertical, que baja hasta la playa. Los pajarracos contemplaban desde allí, a sus pies, una breve cinta de agua libre, y la superficie inusitada, gaseosa, donde la neblina se confundía con la espuma de las olas.
-Me voy si éste se rinde -dijo Rubén.
-¿Quién habla de rendirse? -repuso Miguel—. ¿Pero qué te has creído?
Rubén bajó la escalerilla de tres en tres escalones, a la vez que desabotonaba la camisa.
-¡Rubén! -gritó el Escolar- ¿Estás loco? ¡Regresa!
Pero Miguel y los otros también bajaban y el Escolar los siguió.
En el verano, desde la baranda del largo y angosto edificio recostado contra el cerro, donde se hallan los cuartos de los bañistas, hasta el límite curvo del mar, había un declive de piedras plomizas donde la gente se asoleaba. La pequeña playa hervía de animación desde la mañana hasta el crepúsculo. Ahora el agua ocupaba el declive y no había sombrillas de colores vivísimos, ni muchachas elásticas de cuerpos tostados, no resonaban los gritos melodramáticos de los niños y de las mujeres cuando una ola conseguía salpicarlos, antes de regresar arrastrando rumorosas piedras y guijarros, no se veía ni un hilo de playa pues la corriente inundaba hasta el espacio limitado por las sombrías columnas que mantienen el edificio en vilo y, en el momento de la resaca, apenas se descubrían los escalones de madera y los soportes de cemento, decorados por estalactitas y algas.
-La reventazón no se ve -dijo Rubén-. ¿Cómo hacemos?
Estaban en la galería de la izquierda, en el sector correspondiente a las mujeres; tenían los rostros serios.
-Esperen hasta mañana -dijo el Escolar-. Al medio día estará despejado. Así podremos controlarlos.
-Ya que hemos venido hasta aquí, que sea ahora -dijo el Melanés-. Pueden controlarse ellos mismos.
-Me parece bien -dijo Rubén-. ¿Y a ti?
-También -dijo Miguel.
Cuando estuvieron desnudos, Tobías bromeó acerca de las venas azules que escalaban el vientre liso de Miguel. Descendieron. La madera de los escalones, lamida incesantemente por el agua desde hacía meses, estaba resbaladiza y muy suave. Prendido al pasamanos de hierro para no caer, Miguel sintió un estremecimiento que subía desde la planta de sus pies al cerebro. Pensó que, en cierta forma, la neblina y el frío lo favorecían, el éxito ya no dependía de la destreza, sino sobre todo de la resistencia, y la piel de Rubén estaba también cárdena, replegada en millones de capas pequeñísimas. Un escalón más abajo, el cuerpo armonioso de Rubén se inclinó: tenso, aguardaba el final de la resaca y la llegada de la próxima ola, que venía sin bulla, airosamente, despidiendo por delante una bandada de trocitos de espuma. Cuando la cresta de la ola estuvo a dos metros de la escalera, Rubén se arrojó; los brazos como lanzas, los cabellos alborotados por la fuerza del impulso, su cuerpo cortó el aire rectamente y cayó sin doblarse, sin bajar la cabeza ni plegar las piernas, rebotó en la espuma, se hundió apenas y, de inmediato, aprovechando la marea, se deslizó hacia adentro; sus brazos aparecían y se hundían entre un burbujeo frenético y sus pies iban trazando una estela cuidadosa y muy veloz. A su vez, Miguel bajó otro escalón y esperó la próxima ola. Sabía que el fondo era allí escaso, que debía arrojarse como una tabla, duro y rígido, sin mover un músculo, o chocaría contra las piedras. Cerró los ojos y saltó y no encontró el fondo, pero su cuerpo fue azotado desde la frente hasta las rodillas, y surgió un vivísimo escozor mientras braceaba con todas sus fuerzas para devolver a sus miembros el calor que el agua les había arrebatado de golpe. Estaba en esa extraña sección del mar de Miraflores vecina a la orilla, donde se encuentran la resaca y las olas, y hay remolinos y corrientes encontradas, y el último verano distaba tanto que Miguel había olvidado cómo franquearla sin esfuerzo. No recordaba que es preciso aflojar el cuerpo y abandonarse, dejarse llevar sumisamente a la deriva, bracear sólo cuando se salva una ola y se está sobre la cresta, en esa plancha líquida que escolta a la espuma y flota encima de las corrientes. No recordaba que conviene soportar con paciencia y cierta malicia ese primer contacto con el mar exasperado de la orilla que tironea los miembros y avienta chorros a la boca y los ojos, no ofrecer resistencia, ser un corcho, limitarse a tomar aire cada vez que una ola se avecina, sumergirse -apenas, si reventó lejos y viene sin ímpetu, o hasta el mismo fondo, si el estallido es cercano-, aferrarse a alguna piedra y esperar atento el estruendo sordo de su paso, para emerger de un solo impulso y continuar avanzando, disimuladamente, con las manos, hasta encontrar un nuevo obstáculo y entonces ablandarse, no combatir contra los remolinos, girar voluntariamente en la espiral lentísima y escapar de pronto, en el momento oportuno, de un solo manotazo. Luego, surge de improviso una superficie calma, conmovida por tumbos inofensivos; el agua es clara, llana y en algunos puntos se divisan las opacas piedras submarinas.
Después de atravesar la zona encrespada, Miguel se detuvo, exhausto, y tomó aire. Vio a Rubén a poca distancia, mirándolo. El pelo le caía sobre la frente en cerquillo; tenía los dientes apretados.
-¿Vamos?
-Vamos.
A los pocos minutos de estar nadando, Miguel sintió que el frío, momentáneamente desaparecido, lo invadía de nuevo, y apuró el pataleo porque era en las piernas, en las pantorrillas sobre todo, donde el agua actuaba con mayor eficacia, insensibilizándolas primero, luego endureciéndolas. Nadaba con la cara sumergida y, cada vez que el brazo derecho se hallaba afuera, volvía la cabeza para arrojar el aire retenido y tomar otra provisión, con la que hundió una vez más la frente y la barbilla, apenas, para no frenar su propio avance y, al contrario, hendir el agua como una proa y facilitar el desliz. A cada brazada veía con un ojo a Rubén, nadando sobre la superficie, suavemente, sin esfuerzo, sin levantar espuma ahora, con la delicadeza y la facilidad de una gaviota que planea.
Miguel trataba de olvidar a Rubén y al mar y a la reventazón (que debía estar lejos aún, pues el agua era limpia, sosegada y sólo atravesaban tumbos recién iniciados), quería recordar únicamente el rostro de Flora, el vello de sus brazos que los días de sol centelleaba como un diminuto bosque de hilos de oro, pero no podía evitar que, a la imagen de la muchacha, sucediera otra, brumosa, excluyente, atronadora, que caía sobre Flora y la ocultaba, la imagen de una montaña de agua embravecida, no precisamente la reventazón (a la que había llegado una vez, hacía dos veranos, y cuyo oleaje era intenso, de espuma verbosa y negruzca, porque en ese lugar, más o menos, terminaban las piedras y empezaba el fango que las olas extraían a la superficie y entreveraban con los nidos de algas y malaguas, tiñendo el mar), sino, más bien, en un verdadero océano removido por cataclismos interiores, en el que se elevaban olas descomunales, que hubieran podido abrazar a un barco entero y lo hubieran revuelto con asombrosa rapidez, despidiendo por los aires a pasajeros, lanchas, mástiles, velas, boyas, marineros, ojos de buey y banderas.
Dejó de nadar, su cuerpo se hundió hasta quedar vertical, alzó la cabeza y vio a Rubén que se alejaba. Pensó en llamarlo con cualquier pretexto, decirle por ejemplo «por qué no descansamos un momento», pero no lo hizo. Todo el frío de su cuerpo parecía concentrarse en las pantorrillas, sentía los músculos agarrotados, la piel tirante, el corazón acelerado. Movió los pies febrilmente. Estaba en el centro de un círculo de agua oscura, amurallado por la neblina. Trató de distinguir la playa, cuando menos la sombra de los acantilados, pero esa gasa equívoca que se iba disolviendo a su paso, no era transparente. Sólo veía una superficie breve, verde negruzco y un manto de nubes, a ras del agua. Entonces, sintió miedo. Lo asaltó el recuerdo de la cerveza que había bebido, y pensó «fijo que eso me ha debilitado». Al instante preciso que sus brazos y piernas desaparecían. Decidió regresar, pero después de unas brazadas en dirección a la playa, dio media vuelta y nadó lo más ligero que pudo. «No llego a la orilla solo, se decía, mejor estar cerca de Rubén, si me agoto le diré me ganaste pero regresemos». Ahora nadaba sin estilo, la cabeza en alto, golpeando el agua con los brazos tiesos, la vista clavada en el cuerpo imperturbable que lo precedía.
La agitación y el esfuerzo desentumieron sus piernas, su cuerpo recobró algo de calor, la distancia que lo separaba de Rubén había disminuido y eso lo serenó. Poco después lo alcanzaba; estiró un brazo, cogió uno de sus pies. Instantáneamente el otro se detuvo. Rubén tenía muy enrojecidas las pupilas y la boca abierta.
-Creo que nos hemos torcido -dijo Miguel-… Me parece que estamos nadando de costado a la playa.
Sus dientes castañearon, pero su voz era segura. Rubén miró a todos lados. Miguel lo observaba, tenso.
-Ya no se ve la playa -dijo Rubén.
-Hace mucho rato que no se ve -dijo Miguel–. Hay mucha neblina.
-No nos hemos torcido -dijo Rubén-. Ya se ve la espuma.
En efecto, hasta ellos llegaban unos tumbos condecorados por una orla de espuma que se disolvía y, repentinamente, rehacía. Se miraron, en silencio.
-Ya estamos cerca de la reventazón, entonces -dijo, al fin, Miguel.
-Sí, hemos nadado rápido.
-Nunca había visto tanta neblina.
-¿Estás muy cansado? -preguntó Rubén.
-¿Yo? Estás loco. Sigamos.
Inmediatamente lamentó esa frase, pero ya era tarde, Rubén había dicho «bueno, sigamos».
Llegó a contar veinte brazadas antes de decirse que no podía más: casi no avanzaba, tenía la pierna derecha semi-inmovilizada por el frío, sentía los brazos torpes y pesados. Acezando gritó «¡Rubén!». Este seguía nadando. «¡Rubén, Rubén!». Giró y comenzó a nadar hacia la playa, a chapotear más bien, con desesperación, y de pronto rogaba a Dios que lo salvara, sería bueno en futuro, obedecería a sus padres, no faltaría a la misa del domingo y, entonces, recordó haber confesado a los pajarracos «voy a la iglesia sólo a ver una hembrita» y tuvo una certidumbre como una puñalada, Dios iba a castigarlo ahogándolo en esas aguas turbias que golpeaba frenético, aguas bajo las cuales lo aguardaba una muerte atroz y, después, quizá, el infierno. En su angustia surgió entonces como un eco, cierta frase pronunciada alguna vez por el padre Alberto en la clase de religión, sobre la bondad divina que no conoce límites, y mientras azotaba el mar con los brazos -sus piernas colgaban como plomadas transversales-, moviendo los labios rogó a Dios que fuera bueno con él, que era tan joven, y juró que iría al seminario si se salvaba, pero un segundo después rectificó, asustado, y prometió que en vez de hacerse sacerdote haría sacrificios y otras cosas, daría limosnas y ahí descubrió que la vacilación y el regateo en ese instante crítico podían ser fatales y entonces sintió los gritos enloquecidos de Rubén, muy próximos, y volvió la cabeza y lo vio, a unos diez metros, media cara hundida en el agua, agitando un brazo, implorando: «¡Miguel, hermanito, ven, me ahogo, no te vayas!»
Quedó perplejo, inmóvil, y fue de pronto como si la desesperación de Rubén fulminara la suya, sintió que recobraba el coraje, la rigidez de sus piernas se atenuaba.
-Tengo calambre en el estómago -chillaba Rubén-. No puedo más, Miguel. Sálvame, por lo que más quieras, no me dejes, hermanito.
Flotaba hacia Rubén y ya iba a acercársele cuando recordó, los náufragos sólo atinan a prenderse como tenazas de sus salvadores, y los hunden con ellos, y se alejó, pero los gritos lo aterraban y presintió que si Rubén se ahogaba él tampoco llegaría a la playa, y regresó. A dos metros de Rubén, algo blanco y encogido que se hundía y emergía, gritó: «no te muevas, Rubén, te voy a jalar pero no trates de agarrarme, si me agarras nos hundimos, Rubén, te vas a quedar quieto, hermanito, yo te voy a jalar de la cabeza, pero no me toques». Se detuvo a una distancia prudente, alargó una mano hasta alcanzar los cabellos de Rubén. Principió a nadar con el brazo libre, esforzándose todo lo posible para ayudarse con las piernas. El desliz era lento, muy penoso, acaparaba todos sus sentidos, apenas escuchaba a Rubén quejarse monótonamente, lanzar de pronto terribles alaridos, «me voy a morir, sálvame Miguel», o estremecerse por las arcadas. Estaba exhausto cuando se detuvo. Sostenía a Rubén con una mano, con la otra trazaba círculos en la superficie. Respiró hondo por la boca. Rubén tenía la cara contraída por el dolor, los labios plegados en una mueca insólita.
-Hermanito -susurró Miguel-, ya falta poco, haz un esfuerzo. Contesta, Rubén. Grita. No te quedes así.
Lo abofeteó con fuerza y Rubén abrió los ojos; movió la cabeza débilmente.
-Grita, hermanito -repitió Miguel-. Trata de estirarte. Voy a sobarte el estómago. Ya falta poco, no te dejes vencer.
Su mano buscó bajo el agua, encontró una bola dura que nacía en el ombligo de Rubén y ocupaba gran parte del vientre. La repasó, muchas veces, primero despacio, luego fuertemente, y Rubén gritó: «¡no quiero morirme, Miguel, sálvame!»
Comenzó a nadar de nuevo, arrastrando a Rubén esta vez de la barbilla. Cada vez que un tumbo los sorprendía, Rubén se atragantaba, Miguel le indicaba a gritos que escupiera. Y siguió nadando, sin detenerse un momento, cerrando los ojos a veces, animado porque en su corazón había brotado una especie de confianza, algo caliente y orgulloso, estimulante, que lo protegía contra el frío y la fatiga. Una piedra raspó uno de sus pies y él dio un grito y apuró. Un momento después podía pararse y pasaba los brazos en torno a Rubén. Teniéndolo apretado contra él, sintiendo su cabeza apoyada en uno de sus hombros, descansó largo rato. Luego ayudó a Rubén a extenderse de espaldas, y soportándolo en el antebrazo, lo obligó a estirar las rodillas: le hizo masajes en el vientre hasta que la dureza fue cediendo. Rubén ya no gritaba, hacía grandes esfuerzos por estirarse del todo y con sus dos manos se frotaba también.
-¿Estás mejor?
-Sí, hermanito, ya estoy bien. Salgamos. Una alegría inexpresable los colmaba mientras avanzaban sobre las piedras, inclinados hacia adelante para enfrentar la resaca, insensibles a los erizos. Al poco rato vieron las aristas de los acantilados, el edificio de los baños y, finalmente, ya cerca de la orilla, a los pajarracos, de pie en la galería de las mujeres, mirándolos.
-Oye -dijo Rubén.
-Sí.
-No les digas nada. Por favor, no les digas que he gritado. Hemos sido siempre muy amigos, Miguel. No me hagas eso.
-¿Crees que soy un desgraciado? -dijo Miguel-. No diré nada, no te preocupes.
Salieron tiritando. Se sentaron en la escalerilla, entre el alboroto de los pajarracos.
-Ya nos íbamos a dar el pésame a las familias -decía Tobías.
-Hace más de una hora que están adentro -dijo el Escolar-. Cuenten ¿Cómo ha sido la cosa?
Hablando con calma, mientras se secaba el cuerpo con la camiseta, Rubén explicó:
-Nada. Llegamos a la reventazón y volvimos. Así somos los pajarracos. Miguel me ganó. Apenas, por una puesta de mano. Claro que si hubiera sido en una piscina, habría quedado en ridículo.
Sobre la espalda de Miguel, que se había vestido sin secarse, llovieron las palmadas de felicitación.
-Te estás haciendo un hombre -le decía el Melanés.
Miguel no respondió. Sonriendo, pensaba que esa misma noche iría al Parque Salazar; todo Miraflores sabría ya, por boca del Melanés, que había vencido esa prueba heroica y Flora lo estaría esperando con los ojos brillantes. Se abría, frente a él, un porvenir dorado.

Los jefes, 19569.