A escasos minutos de levantarse el telón, el actor secundario abandona el edificio por una puerta trasera. En el camerino, desconsolado, su personaje trata de encontrar una solución de última hora.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
sábado, 25 de julio de 2026
viernes, 24 de julio de 2026
Los ritos. Abelardo Castillo.
Lo
que abyectamente me hacía falta era sol, mosquitos, remar hasta
quedar echado, olvidarme, por medio del embrutecimiento físico, de
dos o tres ideas grandiosas que en los últimos tiempos venían
acosándome: el suicidio, entre ellas. Empeñé, por lo tanto, la
máquina de escribir, le dije a la señora Magdalena que necesitaba
unos pesos, miré tu retrato, Virginia —tu retrato a lápiz hecho
por mí una tarde de canteros andaluces y otoño, en el Rosedal—,
murmuré entre dientes y no sin ternura que todas las mujeres son una
manga de hijas de puta, y, considerando mejor el empeño de la
máquina, vendí por lo que me dieron las figulinas japonesas y las
terracotas, tus tortugas de caparazón de nuez y hasta el abominable
bonzo de arcilla que me obligaste a comprarte en Montevideo, tiré a
la basura lo invendible, desempeñé la Remington, tapié de libros
como lápidas la repisa y me tomé un tren para San Pedro.
Tres
horas más tarde, los naranjales dorados y el peculiar olor a podrido
de la refinería que han hecho a la entrada del pueblo me hicieron
olvidar los muñequitos. Venía pensando en ellos, en tu costumbre de
ordenarlos a tu modo: un caballo de mar junto a la geisha; la tortuga
de caparazón de nuez fingiéndole —jurándole, decías vos— amor
eterno al samurái de la enorme maza; una miniatura de Balí, tallada
a mano, dejándose cortejar por cualquier kokeshi de cincuenta pesos,
todos en el más heterodoxo desorden, sin el menor respeto por las
leyes de la perspectiva, las jerarquías, la unidad de estilo o la
Lógica, pero amándose. Me acuerdo de la primera noche en que, al
darme vuelta en la cama, no te encontré a mi lado. Estabas ahí, de
pie junto a la biblioteca, cubierta a medias con una camisa mía y
con un gesto de preocupación tan grande que solté la risa. Me
miraste con seriedad y dijiste:
—Vos
no sabes querer. ¿Nunca te lo dijeron?
—Mira,
no. Y menos a esta hora, y menos una mocosa después de una primera
noche de alto vuelo como ésta —respuesta que, en vez de cínica o
inteligente, me salió más bien tirando a puerca. Pensé, con
estupidez, que ibas a llorar.
Entonces
te reíste.
—Yo
te los arreglo —dijiste.
Y
ésa fue la primera vez que ordenaste, a tu modo cachivachero, los
muñequitos de la repisa. Después, durante tres años, cada vez que
venías a mi departamento te ocupabas, a tu manera, de reordenarme el
mundo.
Y
esto lo recordaba no ya en el tren, sino, unos días más tarde, en
la vieja casa de San Pedro, de espaldas en la cama y mirando el techo
mientras trataba de averiguar, Virginia, por qué una muchacha como
vos, es decir con tus ojos, con tus maneras de bachillerato nocturno,
se tiene que meter en la vida de un sujeto como yo, en vez de
casarse, como corresponde, con un buen empleado de Correos o un
cuentacorrentista y parir unos cuantos hijos, y criarlos. Porque, a
decir verdad, los sentimientos son una cuestión de perspectiva.
Tumbado al sol en el Club Náutico de San Pedro, o mirando un techo
que aún repite antiguas rajaduras de infancia, la única mujer que
tiene sentido es la que se tuesta al sol con uno o nos enciende el
cigarrillo, en la cama.
—En
qué pensás —oí, al sol.
—En
vos —dije.
—Originalísimo
—oí.
Adela
era inteligente. Y las mujeres inteligentes que se tuestan al sol con
uno son la sal de la tierra. Nos conocíamos desde la adolescencia;
leales amigos que cada dos o tres años no desdeñan dormir juntos,
en vacaciones, y pueden jurar durante ese mes que, en realidad, el
otro siempre ha sido el gran, el único amor de su vida.
—Cierto
—dije—. No pensaba en vos, sino en María Fernanda, la mujer del
bioquímico —y pensaba, Virginia, que lo peor de todo era haberse
acostumbrado finalmente a verte llegar a mi departamento con un
caracol recogido en cualquier plaza o una figulina de teja envuelta
en un papel de seda, o a encontrarte sentada tranquilamente en el
umbral de la puerta de calle y hasta en el cordón de la vereda, sin
preocuparme a mí de dónde venías o adonde ibas cuando no estabas,
porque lo fundamental era que no metieras ruido ni molestaras mucho;
verte aparecer, simplemente, al rato de habernos separado o un mes
después, trayendo una hoja de árbol que a vos te parecía la
cúspide de lo bello, y que era una hoja de amaranto seco o de
paraíso—. No hago más que pensar en eso desde que vine —le dije
a Adela—, en que me gustaría saber cómo hizo el bioquímico, con
esa cara, para casarse con una mujer como María Fernanda.
María
Fernanda era la mujer de un bioquímico, el que, en efecto, tenía
una más que regular cara de idiota. Ella era altísima, de manos
góticas, le encantaban (supe esa noche) los intelectuales rebeldes,
de izquierda, tenía un vago aspecto de orquídea o de planta
carnívora, pero había en ella cierta claridad que me daba ánimos;
y ahora estaba tomando sol justamente detrás de nosotros.
—Callate
que te va a oír —dijo Adela—. Está tirada justamente detrás de
nosotros.
—Ya
lo sé —dije yo—. Si lo que quiero, justamente, es que me oiga.
Motivo
por el cual esa misma noche, en el baile del Club Náutico, Adela
bailaba con el marido bioquímico, y yo, en una mesa junto a los
ventanales que dan al Paraná, me encontré contándole a María
Fernanda, sin razón alguna y como en un arrebato de delirio, la
historia de las figulinas de mi repisa. Antes, naturalmente, hablamos
de la condición humana en general, de astrología, de música
concreta y de una teoría que inventé allí mismo acerca de mi
concepción de Lo Poético. Yo quería escribir libros asquerosos. Ya
que el martillero público y la señora del escribano y el
bioquímico, es decir el Burgués, son mi desocupado lector, había
que enchastrarlos todos. Que al abrir la caja de Pandora, en vez de
la Esperanza, les quede para lo último una cagada de vaca. Y María
Fernanda me observaba con divertida curiosidad y, al ritmo de la
música, yo me volvía más pantanesco y cloacal. Ella se reía y
adoraba, en mí, a los intelectuales de izquierda. «Sobre todo»,
dijo, «si somáticamente parecen de derecha».
—Linda
frase —dije yo—. El día menos pensado la perpetúo —me reí,
con disgusto; ella había agregado:
—Y
sobre todo si, como vos, no se diferencian en nada de nosotros. Dame
whisky.
—¿Nosotros?
¿Qué ustedes?
—Los
malos. —Me miraba, alegremente. Tenía ojos estriados, como
ranuras, y un gesto que la hacía parecer diez años más joven.
—Mira que sos farsante. Y petiso. ¿Sos comunista?
—Soy
loco. Una especie de terrorista cristiano, de masón de izquierda. En
realidad, soy un suicida revolucionario. Mi madre me abandonó a los
ocho años y eso, ideológicamente, me quebró. A los diez, leí a
Lenin, a Salgari, Gargantúa y Pantagruel y al conde Kropotkin. Tomé
la Comunión. Pasaron los años y escuché la Sinfonía de los
Juguetes: esa noche pensé matarme. A la mañana siguiente conocí a
una muchacha; la única mujer que amé, antes de conocerte. Ella dejó
de venir a mi departamento hace seis meses.
Jamás
le pregunté dónde vivía, y ahora ya no voy a volver a encontrarla
nunca. Seguramente se casó, e hizo bien; tenía el tipo físico
justo para engordar con el tiempo y colgar pañales en la cocina:
siempre me la imaginé con olor a caca de nene y a leche cuajada.
Era, propiamente, la que describió Baudelaire cuando dijo aquello de
que, para nosotros, sólo dos tipos de mujeres. O las adolescentes o
las cocineras. Mi verdulerita unía, diabólicamente, ambos estilos.
En mi vida le pude hacer pronunciar la palabra Weltamchauung, ni creo
que la tuviera. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Suicida, eso es lo que soy; pero con conciencia histórica. Y no tan
petiso. En cuanto a ser o no un farsante, tate tate fólloncicos,
dijo Quijano. Nunca te arriesgues a juzgar los procesos históricos a
la luz de mi tristeza infinita, porque fuera de que estoy
desesperado, y eso, en un poeta, justifica cualquier tipo de
desviaciones, puede ocurrirte que el día de la revolución niegue
haberme acostado nunca con vos, y farewell. Que te maten sin asco.
—Bueno
—dijo María Fernanda—, salvo que en realidad nunca te acostaste
conmigo, tu programa parece espantoso, ¿no?
—Las
mujeres —dije— siempre reparan en lo accesorio —y pensé,
Virginia, en vos: cubierta con mi camisa y oficiando el ritual de las
figulinas, o reprochándome una noche que no hubiese notado, en todo
el día, qué fecha era hoy o qué nuevo adefesio habías agregado a
las parejas de la repisa; algún pollo anaranjado, de esos de peluche
ceñido con anilina, alguna jirafa de vidrio—. Son naturalistas. Yo
te invento, nada menos, una historia de amor revolucionaria; vos
muriendo fusilada ante mis ojos glaciales, y el pueblo, en armas,
cantando La Internacional. Y me salís con que todavía no nos hemos
ido a la cama. —Y empezaba, lentamente, a divertirme.
—¿Todavía?
Fijate que no sé si lo que me gusta en vos es tu caradurismo o que
no seas ni la mitad de audaz de lo que te imaginas. Y pórtate bien
que ahí vienen Adela y mi esposo.
Adela
y el bioquímico llegaron a nuestra mesa. ¿Ya está?, me preguntó
Adela al oído, al mismo tiempo que con misteriosa simultaneidad
conseguía decir: «Tu marido baila divinamente», encendía un
cigarrillo y se miraba en su espejito de mano. Yo dije que no; recién
iba por el whisky de la revolución social, dije. María Fernanda le
comentó a Adela mi Poética. Ah sí, dijo Adela riendo: él tiene un
sentido más bien fétido de la belleza. Yo admití que era verdad.
Mi anhelo, en cierto modo, era escribir grandes libros de mierda. El
bioquímico, algo asombrado por el giro que estaba tomando nuestra
conversación, hizo el gesto astuto de quien todo lo entiende, vamos,
en boca de la juventud, y con bioquímico buen humor, liberal
farmacéutico diplomado seductor de Adela y amigo mío, me preguntó
cómo era eso de que yo, siendo comunista, tomara whisky.
—La
alienación —dije—. Cómo hago para verte a solas —agregué en
voz baja, al oído de María Fernanda—. Aparte de que soy
coherente, doctor. Me he prometido consumir cigarrillos importados y
whisky escocés, hasta fumarme y tomarme todo el imperialismo —frase
que en modo alguno era mía, pero que siempre da excelentes
resultados con un bioquímico. Ellos rieron. Yo era simpático.
—Mañana
—dijo María Fernanda.
—¿Bailamos?
—dijo Adela.
—Permiso
—dijo el bioquímico, poniéndose de pie con Adela y dirigiéndonos
una rápida mirada de disculpa, algo delictiva, a su mujer y a mí.
Yo, con estúpido gesto de intelectual marxista, o paralítico, que
reconoce la superioridad física del ágil y mundano bioquímico que
se nos lleva la mujer ante nuestros propios ojos, murmuré a María
Fernanda:
—Tiene
pelos, en las orejas.
—Qué
—dijo María Fernanda.
—Que
tu marido tiene orejas con pelos, ¿no te fijaste?
—¿Sí?
—dijo ella con naturalidad.
Me
agredió, tan imperturbable. No me gustan las mujeres más
inteligentes que yo.
—Qué
te pasa —dijo ella, al rato.
—Que
todo esto es frívolo, e hipócrita. Que desde mi llegada a San Pedro
estoy buscando una oportunidad de estar a solas con vos, de hablar.
Y, cuando la tengo, la banalizo y la empequeñezco, y me hago el
Casanova; el terrible. Oíme, María Fernanda. —E inicié el gesto
vehemente de rodear con mi mano la suya, que sostenía el vaso a la
altura de su boca, y con rapidez cerré la mano y apoyé el puño
sobre la mesa, tímido, o torturado, o como a ella le gustara más.
—Oíme. Necesito realmente verte. Estar con vos, lejos de este
ruido de miércoles, y sin Adela ni tu marido ni estos idiotas
—levanté la voz e hice un ademán amplio que abarcaba todo el
club, o todo el país, y noté, en sus ojos, que yo estaba bastante
impresionante—, estos idiotas, que lo único que pueden imaginar de
esto, de nosotros, es que quiero acostarme con vos.
María
Fernanda me miraba, algo maravillada. Y ahora estaba de verdad
hermosa y había adquirido, toda la mujer, esa cualidad de
transparencia que consigné antes.
Repitió:
—Mañana,
ya te lo dije.
—¿Cuándo
me lo dijiste?
—Hace
un momento, cuando me lo preguntaste. Qué te pasa, ahora.
—Nada
—dije—. No me pasa nada. Me pasa que no soy «ustedes», si te
parece bien. Que yo no puedo atender, simultáneamente, mil cosas a
la vez; al menos, cuando hay una que me importa.
Volvió
a mirarme, a los ojos; con mucha seriedad ahora: tu gesto, Virginia,
junto a la repisa.
—Decime,
¿estás seguro de no ser muy mal bicho?
—Me
lo tengo merecido —dije con frialdad, mientras me ponía de pie—.
Por imbécil.
Y
ahí nomás di media vuelta, saliendo entre las parejas en dirección
a la puerta. Era bastante arriesgado, lo admito. Pero el hecho es que
cuando oí mi nombre, detrás, pronunciado por María Fernanda en un
tono nada contenido, tampoco me detuve. Ella me alcanzó a tomar del
brazo justo en el límite del salón. Nos miraban; a ella no pareció
importarle. Sólo hizo un mecánico gesto de estar caminando
naturalmente tomada de mi brazo. Me dijo:
—No
entiendo nada. Pero no me hagas hacer, si no hace falta, cosas como
ésta.
Salimos.
La besé en la arboleda que da al camino. Volvimos a entrar antes de
que terminara la pieza. Entonces fue cuando le conté, de algún
modo, lo de los muñequitos. La historia, Virginia, contada entonces,
era bellamente más triste. Y no estoy seguro de que, esencialmente,
no fuese también más verdadera. Hasta yo me conmoví, haciéndote
llegar sabe Dios de dónde con tus hipocampos disecados, que a lo
mejor fue sólo uno, y tus cambalacheras figulinas de teja pintada, y
tu disparate. De pronto te parecías bastante a María Fernanda, y no
tuve más remedio que agregarte unos años, y también unos
centímetros. El pelo coincidió solo. Y yo llegué de noche a mi
departamento después de acciones repulsivas, de camas infames y
cópulas con intelectuales corrompidas, borracho y semiloco de miedo
a morirme sin haber vuelto a leer Sandokán y puteando a Dios y al
género humano por puercos, y feos, y decepcionantes, pensando que
todo lo que nace debiera ser inmortal, o no haber nacido, abjurando,
como quien comete adulterio, de una inmortalidad que dura apenas lo
que dura el mundo y ni un solo día más allá del juicio final o de
la guerra atómica, llorando de risa por mí y por todos los cretinos
hijos de perra que llaman belleza a lo que no es sino un estado, un
minuto grotesco de un proceso de descomposición, haciéndome pis, en
la figura del árbol de la puerta de mi casa, sobre la cabeza de
todos los que escriben libros y pintan cuadros y componen sinfonías,
y aman a una mujer, y suben las escaleras hacia su departamento
dispuestos por una vez a acabar dignamente este asunto. Basta de
papelerío. Al fuego con todo y uno por la ventana al medio del patio
del vecino. Y sin embargo, no. Porque yo encendía la luz de mi
pieza, Virginia, y ahora que lo escribo ya no sé si esto lo inventé
o fue cierto, y te encontraba a vos; en cualquier parte. Sentada en
cuclillas una noche, debajo de la mesa: recibiéndome sorpresivamente
con un ladrido que por poco me hace saltar realmente por la ventana,
o escribiéndome una carta, acostada boca abajo en la cama. Una de
aquellas cartas que luego nunca se atrevía a mostrarme, por su letra
infantil y sus electrizantes faltas de ortografía. Y yo, en la
historia, me reía entonces. Y uno, mientras está vivo y ama y tiene
ideas, es inmortal, qué joder. Y mientras corre a una muchacha por
la pieza para quitarle una carta, y ladra, o muge, y le recita el
monólogo de Hamlet envuelto en una sábana o cantan juntos la Marcha
de San Lorenzo hasta que viene la señora Magdalena a preguntar si
uno se ha vuelto loco, uno es Dios. No importa que esto no haya
ocurrido nunca. Lo que importaba era contarlo; sentir, debajo de las
palabras, que un día te hartaste de mis silencios, de mis libros, de
mi máquina de escribir metida en las orejas y hasta metafóricamente
en la vagina. Y así como vino, se fue. No dije lo que yo acababa de
hacer con las terracotas de la repisa, ni cómo
tiré a la basura las porquerías invendibles; dije que un día,
antes de que te fueras, y no después, había terminado por hacerte
una canallada. Innecesaria, imperdonable. «Porque sí, María
Fernanda», dije. «Porque hay dos tipos mal nacidos al estado puro;
nadie sabe por qué». Y María Fernanda dijo:
—Vos
sos bueno, en el fondo.
—Te
felicito —murmuró Adela, al llegar a nuestra mesa. María
Fernanda, con la excusa de ir a arreglarse la pintura, se había
puesto de pie. El bioquímico era feliz.
—¿Te
fijaste? —le dije a Adela—. Él tiene pelos, en las orejas.
Y
más tarde, habiéndome Adela enjabonado la espalda en la bañadera
de casa, y yo a ella, estuvimos a punto de morir ahogados ahí mismo
al evocar la capilaridad orejal del bioquímico. Y yo canté la
Marcha de San Lorenzo, y recité desnudo el monólogo de Hamlet, y me
enteré en la bañadera de que el bioquímico viajaba a Buenos Aires
todas las semanas, y cerca del amanecer, antes de dormirme, le hice
jurar a Adela que no me iba a olvidar nunca en su vida, y Adela,
llorando, se abrazó a mí. Y así, abrazados, nos quedamos dormidos.
A las cuatro o a las cinco de la tarde, cuando me desperté, ya nos
amábamos menos y yo estaba algo sediento. Adela me preguntó si
quería que ella me alcanzara en el coche hasta la casa de María
Fernanda; yo acepté, no sin antes pedirle que me pelara una naranja.
A partir de allí, y durante el mes que duró mi estada en San Pedro,
los días, anecdóticamente hablando, no ofrecieron mayores
alternativas. Que al principio me olvidé de las figulinas y me
tosté, bien tostado, hasta no aguantar las sábanas, de ambas cosas
podría dar testimonio, si hablara, la cama colonial de María
Fernanda. Lo que pasó en ella, y en la cucheta del María Fernanda
II —designación que aludía a la diminuta descendiente del
bioquímico, de tres años, ojos idénticos a la madre—, y en un
rancho de la isla, y en el mirador del Náutico Viejo, yo no soy
quién para contarlo. Los minuciosos volúmenes que, a propósito de
esta sagrada y ritual alegría de los cuerpos, llenan las bibliotecas
del mundo; las originales acrobacias que nuestros novelistas obligan
a realizar a sus héroes cuando sencillamente canta en la sangre la
limpia y pura y mozartiana armonía de un hombre y una mujer latiendo
desnudos al ritmo del corazón del universo; los barrenamientos de
caballeriza que estos bárbaros consignan con el nombre de cópula me
impiden a mí contaminar de literatura mi relación con María
Fernanda. Eso era la vida misma, y la vida, en su tensión más alta,
no tiene nada que ver con la palabra. Y en esto se parece a la
muerte. Y ciertas mujeres, en la cama, sólo admiten el sagrado
silencio o la metáfora. Y la única metáfora que ahora se me ocurre
es que imaginarse a un elefante entrando en una exposición de
cristales de Murano es una figura menos catastrófica que pensar al
bioquímico echado, con ruidoso jadeo, sobre la cama colonial de
María Fernanda. Me consuela pensar que, por patadas que dé el
elefante a las vitrinas, comprenderá tanto el espíritu del cristal
como el bioquímico gozará a María Fernanda, así lleve quince años
embistiéndola por el bajo vientre. También llovió, esos días.
Hubo una carrera de Ford T, pintarrajeados para el caso, en la
carretera que va del club al balneario. La crecida del Paraná dejó
a cincuenta familias de la isla sin casa, y la tormenta arrancó los
embalses hasta Santa Fe. Yo oía las noticias acostado, generalmente.
Y así me enteré de que los hidrómetros del observatorio llegaron a
marcar seis metros de Paraná sobre el nivel normal. Casi me ahogué,
con whisky, y de la alegría, cuando leí en el diario que los Mig
soviéticos iban por fin a entrar en acción en Vietnam. La felicidad
me duró poco, porque, una tarde, María Fernanda se puso lamentable
y, en una especie de ataque de locura, amenazó con abandonar para
siempre al bioquímico y a la hija y a venirse conmigo a Buenos
Aires.
—Llévame
con vos —dijo.
Ella
me serviría café mientras yo redactaba grandes obras: comeríamos
lo que hubiera.
Esa
noche dormí con Adela. Cosa que por otra parte me veía obligado a
hacer los fines de semana, pues el bioquímico regresaba de la
Capital y había que tender la cama. E inventé un cóctel. Y fui a
cazar patos salvajes al Tabaquero. Y volvió a salir el sol y volvió
a llover, en cualquier orden. Y a veces hubo descuidos. Grietas
peligrosísimas, Virginia, por las que repentinamente, en mitad de un
tango o de un informativo sobre los varios miles de muertos del
terremoto de Chile, país hermano, o a través de un gesto de Adela o
de María Fernanda, o incluso en el mismo cénit de la telaraña
cósmica de la Gran Fuga de Bach (justa y absurdamente e
incomprensiblemente allí) aparecía un pie de muchacha, adolescente
y descalzo, o una ramita con forma de bailarina por la que hace años
debí treparme a un árbol en el Parque Lezama, y casi me desnuqué,
o se oía un horripilante ladrido capaz de matarlo a uno. O de
arrancarlo a carcajadas de la muerte. Motivo por el cual yo pedía
permiso, en San Pedro, e iba, con regularidad asombrosa, a la
letrina. Los diarios anunciaban que había llegado a nuestro planeta
la luz de una estrella que se encendió hace un millón de años, o
Adela me hacía señas de que tenía la bragueta desprendida. Éramos
instantáneamente eternos en un eternamente momentáneo universo con
estrellas detectadas, por el telescopio de mi bragueta, milenios
después de haber estallado y, quizá, de haber muerto. Y hubo tardes
nubladas. Y una de ellas, al pasar frente a la Biblioteca Rafael
Obligado, rumbo al Club Náutico, corrí el serio peligro de una
Caída prematura. Intoxicación que en esa etapa de mi convalecencia
podía resultarme fatal: porque de pronto entré y me sorprendí a mí
mismo, con el pantalón de baño colgado del cuello, tomando apuntes
grandiosos del Fausto, de Goethe, tomándolos con ferocidad, pensando
bajo las letras escritas algo así como yo te voy a dar, ¡oh Yegua!,
ya vas a ver a los nietos de los hijos que te haga el
cuentacorrentista robando con veneración mis libros de las
bibliotecas y muriéndose de risa de esa vieja loca sin dientes que
farfulla moviendo la cabeza que ella lo conoció a él, sí, cuando
era desconocido y joven, y tan triste, guau, y los niños
retorciéndose de risa cantando con pura crueldad de niños uh, uh,
uh, qué vas a conocerlo abuelita guau, tan bruta y analfabeta como
fuiste siempre, abuela farandulera, Carlota en Weimar. Menos mal que
en eso oí una frenada y la bocina del coche de María Fernanda, y la
vi a María Fernanda tal como era en el siglo XX y en un pequeño
pueblo turístico de provincia, llamado en ese entonces San Pedro, y
salí a la calle, y María Fernanda juntó sus dedos medievales
agitándolos en el extremo de su transitorio y corruptible brazo,
pigmentado ahora por el sol, y dijo qué hacías ahí metido, con
este día. Yo noté que el cielo, repentinamente, se había limpiado.
Nada, respondí: estaba a punto de perder el alma. Y subí al auto. Y
bajé. Y nadé. Y remé. Y fui crucificado, muerto y sepultado en la
pelvis de María Fernanda. Y descendí a los infiernos y resucité al
tercer día, acostado a la diestra de no sé quién, porque Dios
Padre no era, y Adela tampoco, ni podía ser María Fernanda pues
estábamos en Semana Santa y el bioquímico, aunque respetó la
abstinencia de la carne, pasó la Pascua en su casa. En fin: que a
partir del momento en que Adela me peló una naranja, hasta la
madrugada particularmente curativa, y de alta repulsión, que
determinó mi regreso a Buenos Aires, sólo acontecieron, como ya lo
he dicho, las alternativas no anecdóticas; las que hacen del mundo
real un simultáneo y algo contradictorio pandemónium de terremotos
en Chile, braguetas, funciones gastrointestinales, estrellas
milenarias, la práctica del remo, metabolismos y metafísica;
apelmazamiento difícilmente reinventable en estas páginas.
Suponiendo que yo —aunque esté quizá demorando adrede esta
historia, este otro rito oficiado fríamente a máquina, tomando mate
de espaldas a la repisa bien tapiada de libros no tuyos,
incompatibles con tus peluches y tus morondangas y tus ritos, libros
anchos, sacrificiales, como lápidas—, suponiendo que yo tuviera
ganas de reinventar el mundo real. Y menos si incluye a la hermosa
gente. Tres mil millones de seres celebrando cada día, por turno o
simultáneamente (puede darse el caso), idéntica ceremonia en
inodoros, excusados, pequeñas escupideras, sencillos agujeros o
pasto, son una buena imagen del culto que le rinde a su Creador esta
cretina y flexible especie. Y bien. El 11 de abril, víspera de mi
regreso, el horóscopo me aseguró que el tránsito de Venus por
Aries estaba en su apogeo. Leí también que el pulpo del acuario de
Berlín, con gran criterio, venía devorando hacía un tiempo sus
propios tentáculos, con el objeto aparente de suicidarse. Ya llevaba
comidos cuatro. Esa noche, en casa de María Fernanda, yo exalté la
autofagia. Uno se volvía ibseniano, le expliqué; te imaginas, se
transforma en uno mismo. Sin contar que lo único que no podés
comerte es tu propia cabeza. Y ella, mordiéndome en diversas partes,
llegó hasta mi nuca y allí murmuró que de eso se encargaba ella.
Después me preguntó si no había leído una noticia muy linda
referida a un congreso científico, en Washington, donde se discutió
el comportamiento sexual de la cucaracha. Yo terminé de desvestirla.
—No
seas ególatra —le dije—. Me haces acordar a esas chicas que te
preguntan si no has visto tal película porque ellas se parecen a la
actriz.
—Cállese,
adulador —dijo ella—. Se lo habrá dicho a tantas.
Y
así hablamos y jugamos y reímos y mordimos y cucaracheamos, hasta
que yo sentí una especie de hachazo en el medio del pecho, o del
alma, y me tapé la cara con las manos en la oscuridad y me encontré
diciéndole que la quería.
Ella
encendió la luz. Yo abrí los ojos.
—Lo
que me emocionaría mucho —dijo ella, rígida—. Si no fuera que
acabas de llamarme Virginia. Por segunda vez. Busqué un cigarrillo.
Lo encendí.
—Bueno,
no es la única mujer con la que me pasa. —No era el mejor camino;
pero, de cualquier manera, ya no tenía arreglo. —Perdona, no fue
eso lo que pensé decir.
El
resto es previsible. Con idiotez, traté de abrazarla; ella se
apartó. Yo me enfurecí, con ella y sobre todo conmigo, y me puse a
fumar y a mirar el techo. De modo que por segunda vez; la primera,
entonces, María Fernanda había estado bastante generosa. La miré
de reojo. Ella, a mi lado, fumaba en silencio y miraba el techo.
Lástima, claro, que siempre se las ingenian para que uno lo note. Y
a los veinte minutos, aquel fumar y aquel callar y aquel rozarnos era
tal porquería, y tan monótono, que lo mejor fue abrir las
alcantarillas y tirarse de cabeza.
Incoherente,
comencé:
—Por
lo demás, si supieras —y María Fernanda, su voz apagada, me
interrumpió:
—Ya
lo sé —dijo.
Me
senté violentamente en la cama.
—Si
supieras lo que significó para mí, carajo, no adoptarías ese aire
de Blanca Nieves ofendida.
Ella
no levantó la voz, ni me miró.
—Ya
lo sé. Uy, si lo sé. Ella era silvestre y acomodaba ritualmente tus
figulinas, con gran sentido erótico. Caballito con geisha; kokeshi
con Santa Bibiana de Bernini. Y ahora pregúntame si estoy celosa,
así yo puedo contestarte que no seas idiota. Y tortuga macho con
máscara javanesa. Me lo contaste diez veces, y hace veinte días que
nos conocemos. Y la pequeña Virginia llegaba a tu departamento como
Alicia al País de las Maravillas, y se quedaba, en camisa,
palmeteando con manos regordetas con hoyuelos ante la vitrina donde…
—La
repisa —dije secamente—. Se trataba de un pedazo de biblioteca.
Seguí.
Yo
estaba sentado en la cama. María Fernanda hablaba con voz
controlada, tenue: un arroyo impersonal y transparente, fluyendo.
—O
repisa, o jaula del canario, porque para la Sirenita, puesto que eran
tuyas, esas cosas se le figuraban escaparates con arabescos de
André-Charles Boule, propiedad del rey sol. Y luego de palmetear, o
de llegar misteriosamente de nunca supimos qué sitio, o de
esperarnos en el cordón de la vereda con sus excitables hipocampos y
sus marfilinas, iba y ponía geisha con pollito, bambi con la
Victoria de Samotracia original, hoja de árbol del Paraíso con
palacio del generalife.
—Delfín
—murmuré yo, y ella se interrumpió—. Que los muebles tallados
por Boule, no fueron para el padre, sino para el hijo: para el
Delfín. Y ahora, María Fernanda, sería muy lindo si nos
calláramos.
Yo
seguía sentado en la cama; ella, sin mirarme.
—Pero,
por qué —dijo María Fernanda—. Si en el fondo nos encanta; si
no hay nada tan ajeno a todo lo que odiamos, a nuestro falso orgullo,
a nuestra frivolidad, como la muchacha silvestre de las figulinas.
Que lo dio todo… podía darlo todo, sabes. Sin pedir nada a cambio.
Que era capaz de vestirse sólo con nuestra camisa, y servirte café
hasta que la mates. Y comer, realmente, lo que hubiera, imbécil. Y
caballito con geisha y tortuga con peluche. Y vos, y yo. Y algún día
iba a abrir una gran valija llena de piedras de colores de cuando era
chica, y hojas otoñales, e iba a decirte: vine, viste. Y se iba a
quedar.
—Callate
—murmuré.
—Y
vos, por fin, ibas a ser feliz. Y puro.
Le
di un bofetón real, impremeditado. Con toda mi alma.
Le
dije:
—Ya
no tenés edad para jugar a estas cosas. Me dijo:
—Te
agradecería infinitamente que te fueras de mi casa.
Fue
bastante bueno, lo confieso. Vestirme, en esas circunstancias,
resultó una de las operaciones más abyectas, ridículas e
intolerables que me he visto obligado a realizar en mi vida.
A
la mañana siguiente me fui de San Pedro.
Cuentos crueles, 1966.
jueves, 23 de julio de 2026
Memoria en blanco. Teresa Serván. Microlocas.
La mujer se encuentra una cana. Es la primera y le recuerda los bizcochos de naranja y los cuentos al calor del brasero de su abuela, pero se siente demasiado joven para tener el pelo blanco así que de un tirón se la arranca y ese tirón extirpa la memoria y la abuela y de pronto siente frío y no recuerda el olor de un bizcocho y es incapaz de saber quién es esa mujer que la abraza en las fotos.
Pelos, 2016.
martes, 21 de julio de 2026
Los buques suicidantes. Horacio Quiroga.
Resulta que hay pocas cosas más
terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el
peligro es menor, de noche no se ven ni hay advertencia posible: el
choque se lleva a uno y otro.
Estos
buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor de
las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas.
Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.
No
pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han
tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan
por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto.
Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo.
Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para
siempre en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van
deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en
silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto siempre está
frecuentado.
El
principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las
tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos
errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede
incluir lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el
24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una
corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un
paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó
al María Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de
los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una
máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como
si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de
lucha ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué
pasó?
La
noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Íbamos a
Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente
cierta, por otro lado.
La
concurrencia femenina, ganada por la sugestión del campo de batalla
presente, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer
inquieto oído a la voz de los marineros en proa. Una señora recién
casada se atrevió:
-¿No
serán águilas?...
El
capitán se sonrió bondadosamente:
-¿Qué,
señora? ¿Águilas que se lleven a la tripulación?
Todos
se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.
Felizmente
un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente. Durante el
viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y
riesgo, y hablando poco.
-¡Ah!
¡si nos contara, señor! -suplicó la joven de las águilas.
-No
tengo inconveniente -asintió el discreto individuo-. En dos palabras
-y en los mares del norte, como el María Margarita del capitán-
encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo -viajábamos
también a vela- nos llevó casi a su lado. El singular aire de
abandono que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y
disminuimos la marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa;
abordo no se halló a nadie, y todo estaba también en perfecto
orden. Pero la última anotación del diario databa de cuatro días
atrás, de modo que no sentimos mayor impresión. Aún nos reímos un
poco de las famosas desapariciones súbitas.
"Ocho
de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo buque.
Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de camino.
Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el
puente. Desprendióse de nuevo la chalupa, y los que fueron
recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un
objeto fuera de lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su
extensión. En la cocina hervía aún una olla con papas.
"Como
ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó
a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fui
con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compañeros se decidieron a
beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda y
a la hora la mayoría cantaba ya.
"Llegó
mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las velas
cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso.
Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno
se sentó en un cabo y se sacó la camiseta para remendarla. Cosió
un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo silbido.
Sus compañeros se volvieron. Él los miró vagamente, sorprendido
también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta
en el cabo arrollado, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al
sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño
ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la apatía
común.
"Al
rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró
al agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que
me tocaban en el hombro.
"-¿Qué
hora es?
"-Las
cinco -respondí.
"El
viejo marinero me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos,
recostándose enfrente de mí. Miró largo rato mi pantalón,
distraído. Al fin se tiró al agua.
"Los
tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron el remolino.
Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista perdida a lo
lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los otros
desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó, se
compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con sueño
aún, y se tiró al agua.
"Entonces
quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos, sin saber
lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el
sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al
agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si
recordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecido
todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y
los de los demás buques. Esto es todo."
Nos
quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad.
-¿Y
usted no sintió nada? -le preguntó mi vecino de camarote.
-Sí,
un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más.
No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es este:
en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo
que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros
sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como
si estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los
centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se
ahorcaban.
Como
el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fue al
rato. El capitán lo siguió un rato de reojo.
-¡Farsante!
-murmuró.
-Al
contrario -dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra-. Si
fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se hubiera
tirado al agua.
Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917.
viernes, 17 de julio de 2026
El deseo inmerso. Miguelángel Flores.
Las tardes de por sí aquietadas de los domingos, amordazadas además por el calor de agosto, las esquivábamos en el remanso grande del río. Allí los chicos, entre los que no estaba bien visto tomar el sol tumbado en la toalla, nos retábamos para ser los primeros en sacar del agua cualquier cosa que las muchachas lanzaran y se hundiese: unas llaves, un collar, un brazalete. Al competir él y yo, como líderes en continua rivalidad, siempre proponíamos complicar el juego, de forma que tuviéramos que coger la presa sin manos y sacarla entre los dientes. Han pasado muchos años y, aunque jamás hemos hablado de ello, sé, sabíamos ambos, que era una manera de, en el fondo, comernos las bocas durante la refriega, sin que nadie lo sospechara en la superficie.
jueves, 16 de julio de 2026
Me alquilo para soñar. Gabriel García Márquez.
A las nueve de la mañana, mientras
desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de
mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por
la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y
uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión
de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y
convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas
que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires
junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de
vidrio. Tuvo que ser un marejazo colosal, pues entre la muralla del
malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que
la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza
para desmigajar el vitral.
Los
alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron
los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y
habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no
se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se
pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la
grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer
amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad.
El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el
rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y
un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La
policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos
embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La
Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el
mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada
cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé
intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas.
No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era
un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo
nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el
índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tiempo. La
había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo
salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una
taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa mañana,
y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de
soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y
aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la
única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano
primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería.
Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre
las dos guerras, si niña, a estudiar música y canto. En aquel
momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió
ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en
cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más
temibles.
Viena
era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica
entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra
había acabado de convertirla en un paraíso del mercado negro y el
espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más
adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la
taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen,
pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus
comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la
conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los
estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían
presentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle
cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan
distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me
contestó con un golpe: —Me alquilo para soñar.
En
realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once
hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que
aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar
los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras
sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus
hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura
superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más le gustaba
que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema
propio de vaticinios.
—Lo
que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino
que no debe comer dulces.
La
sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño
de cinco años que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La
madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo
respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo
el niño se atragantó con una canica de caramelo que se estaba
comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau
Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio,
hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos
de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le
gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella
sólo dijo la verdad: «Sueño». Le bastó con una breve explicación
a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas
suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las
tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la
familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus
miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer
alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños
de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo
propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a
Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de
la familia a través de los sueños.
Lo
hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra,
cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella
podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer
aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos
terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre
la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden
suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño
de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de
sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la
familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve
en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los
estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las
visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran
entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas
noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una
convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
—He
venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me
dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos
cinco años.
Su
convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el
último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado,
que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que
nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes
del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de
una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el
día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde
la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia
Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las
librerías del viejo, y en Porter compró un libro antiguo,
descuadernado y marchito, por el cual pagó lo que hubiera sido su
sueldo de dos meses en el consulado de Ranigún. Se movía por entre
la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el
mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo le parecía un inmenso
juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No
he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa
renacentista: glotón y refinado. Aun contra su voluntad, siempre era
él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero
que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única
manera de impedir que se bañara en salsas. Aquel día en
Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras
descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo
devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de
cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las
almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de
Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los
franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en
especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el
corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante,
y me dijo en voz muy baja: hay alguien detrás de mí que no deja de
mirarme.
Miré
por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más
allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una
bufanda morada, masticaba despacio con los ojos fijos en él. La
reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con
el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba
desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían
visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la
induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le
hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en
adivinaciones de sueños.
—Sólo
la poesía es clarividente —dijo.
Después
del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a
propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos
ajenos. Me contó que había vendido sus propiedades de Austria, y
vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como
un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el
océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación
quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse
de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó,
sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran
más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella
soltó su carcajada irresistible. «Sigues tan atrevido como
siempre», me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se
había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga
chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos
la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
—A
propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena. Sólo entonces
caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que
nos conocimos.
—Aun
si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije—. Por si
acaso.
A
las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta
sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos
solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el
Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que
hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta
dirección, y un silencio absoluto.
Neruda
se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los
niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y
con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
—Soñé
con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso que le contara el
sueño.
—Soñé
que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
—Eso
es de Borges —le dije. Él me miró desencantado.
—¿Ya
está escrito?
—Si
no está escrito lo va a escribir alguna vez —le dije—. Será uno
de sus laberintos.
Tan
pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se
despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a
escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba
flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la
primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la
encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin
despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
—Soñé
con el poeta —nos dijo. Asombrado, le pedí que me contara el
sueño.
—Soñé
que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la
confundió—. ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos
cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No
volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en
forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel
Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al
embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una
recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran
entusiasmo y una enorme admiración. «No se imagina lo
extraordinaria que era», me dijo. «Usted no habría resistido la
tentación de escribir un cuento sobre ella». Y prosiguió en el
mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista que me
permitiera una conclusión final.
—En
concreto, —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
—Nada
—me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.
Doce cuentos peregrinos, 1992.
miércoles, 15 de julio de 2026
La estatua inesperada. Ramón Gómez de la Serna.
No
se supo nunca por qué había brotado aquella estatua en el jardín.
El
caso fue que una mañana se encontraron con ella, quieta en el gesto
hipócrita de las estatuas, sobre un pedestal de haber estado allí
toda la vida.
Se
hicieron indagaciones, se preguntó en diez leguas a la redonda.
Nadie sabía nada.
Sólo
el que todo lo explica de alguna manera opinó que aquel debía ser
un fantasma, que había vuelto la cabeza o había hecho algo
prohibido por la ley y se había quedado convertido en estatua de
piedra.






