No
se supo nunca por qué había brotado aquella estatua en el jardín.
El
caso fue que una mañana se encontraron con ella, quieta en el gesto
hipócrita de las estatuas, sobre un pedestal de haber estado allí
toda la vida.
Se
hicieron indagaciones, se preguntó en diez leguas a la redonda.
Nadie sabía nada.
Sólo
el que todo lo explica de alguna manera opinó que aquel debía ser
un fantasma, que había vuelto la cabeza o había hecho algo
prohibido por la ley y se había quedado convertido en estatua de
piedra.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
miércoles, 15 de julio de 2026
La estatua inesperada. Ramón Gómez de la Serna.
lunes, 13 de julio de 2026
La vida de mi madre es un novela que me ha prohibido escribir. Isabel Allende. Paula, (fragmento).
La vida de mi madre es una novela que
me ha prohibido escribir; no puedo revelar sus secretos y misterios
hasta cincuenta años después de su muerte, pero para entonces
estaré convertida en alimento de peces, si mis descendientes cumplen
las instrucciones de arrojar mis cenizas al mar. A pesar de que rara
vez logramos ponernos de acuerdo, ella es el amor más largo de mi
vida, comenzó el día de mi gestación y ya dura medio siglo, además
es el único realmente incondicional, ni los hijos ni los más
ardientes enamorados aman así. Ahora está conmigo en Madrid. Tiene
el pelo de plata y arrugas de setenta años, pero todavía brillan
sus ojos verdes con la antigua pasión, a pesar de la amargura de
estos meses, que todo lo torna opaco. Compartimos un par de piezas de
hotel a pocas cuadras del hospital, donde contamos con una hornilla y
una nevera. Nos alimentamos de chocolate espeso y churros comprados
al pasar, a veces de unas contundentes sopas de lentejas con
salchichón capaces de resucitar a Lázaro, que preparamos en nuestra
cocinilla. Despertamos de madrugada, cuando todavía está oscuro, y
mientras ella se despereza, yo me visto de prisa y preparo café.
Parto primero, por calles parchadas de nieve sucia y hielo, y un par
de horas más tarde ella se reúne conmigo en el hospital. El día se
nos va en el corredor de los pasos perdidos, junto a la puerta de la
Unidad de Cuidados Intensivos, solas hasta el anochecer, cuando
aparece Ernesto de vuelta de su trabajo y comienzan a llegar de
visita los amigos y las monjas.
Según
el reglamento sólo podemos atravesar esa puerta nefasta dos veces al
día, vestirnos con los delantales verdes, calzarnos forros de
plástico y caminar veintiún pasos largos con el corazón en la mano
hasta tu sala, Paula. Tu cama es la primera de la izquierda, hay doce
en esa habitación, algunas vacías, otras ocupadas: pacientes
cardíacos, recién operados, víctimas de accidentes, drogas o
suicidios, que pasan por allí unos días y luego desaparecen,
algunos vuelven a la vida, a otros se los llevan cubiertos con una
sábana. A tu lado yace don Manuel, muriéndose lentamente. A veces
se incorpora un poco para mirarte con ojos nublados por el dolor,
vaya qué guapa es su niña, me dice. Suele preguntarme qué te
sucedió, pero está sumido en las miserias de su propia enfermedad y
apenas termino de explicarle lo olvida. Ayer le conté un cuento y
por primera vez me escuchó con atención: había una vez una
princesa a quien el día del bautizo sus hadas madrinas colmaron de
dones, pero un brujo colocó una bomba de tiempo en su cuerpo, antes
que su madre pudiera impedirlo. Para la época en que la joven
cumplió veintiocho años felices todos habían olvidado el
maleficio, pero el reloj contaba inexorablemente los minutos y un día
aciago explotó la bomba sin ruido. Las enzimas perdieron el rumbo en
el laberinto de las venas y la muchacha se sumió en un sueño tan
profundo como la muerte.
Que
Dios guarde a su princesa, suspiró don Manuel.
A
ti te cuento otras historias, hija.
Mi
infancia fue un tiempo de miedos callados: terror de Margara, que me
detestaba, de que apareciera mi padre a reclamarnos, de que mi madre
muriera o se casara, del diablo, los juegos bruscos, las cosas que
los hombres malos pueden hacer con las niñas. No se te ocurra subir
al automóvil de un desconocido, no hables con nadie en la calle, no
dejes que te toquen el cuerpo, no te acerques a los gitanos. Siempre
me sentí diferente, desde que puedo recordarlo he estado marginada;
no pertenecía realmente a mi familia, a mi medio social, a un grupo.
Supongo que de ese sentimiento de soledad nacen las preguntas que
impulsan a escribir, en la búsqueda de respuestas se gestan los
libros. El consuelo en los momentos de pánico fue el persistente
espíritu de la Memé, que solía desprenderse de los pliegues de la
cortina para acompañarme. El sótano era el oscuro vientre de la
casa, lugar sellado y prohibido al cual me deslizaba por un ventanuco
de ventilación. Me sentía bien en esa caverna olorosa a humedad,
donde jugaba rompiendo tinieblas con una vela o con la misma linterna
que usaba para leer de noche bajo las sábanas. Pasaba horas dedicada
a juegos callados, lecturas clandestinas y esas complicadas
ceremonias que inventan los niños solitarios. Había almacenado una
buena provisión de velas robadas en la cocina y tenía una caja con
trozos de pan y galletas para alimentar a los ratones. Nadie
sospechaba de mis excursiones al fondo de la tierra, las empleadas
atribuían los ruidos y las luces al fantasma de mi abuela y no se
acercaban jamás por ese lado. El subterráneo consistía en dos
cuartos amplios de techo bajo y suelo de tierra apisonada, donde
quedaban expuestos los huesos de la casa, sus tripas de cañerías,
su peluca de cables eléctricos; allí se amontonaban muebles rotos,
colchones despanzurrados, pesadas maletas antiguas para viajes en
barco que ya nadie recordaba. En un baúl metálico marcado con las
iniciales de mi padre, encontré una colección de libros, fabulosa
herencia que iluminó esos años de mi infancia: El tesoro de la
juventud, Salgari, Shaw, Verne, Twain, Wilde, London y otros. Los
supuse vedados porque pertenecían a ese T. A. de nombre
impronunciable, no me atreví a sacarlos a la luz y, alumbrada por
candiles, me los tragué con la voracidad que despiertan las cosas
prohibidas, tal como años después leí a escondidas Las mil y una
noches, aunque en realidad en esa casa no había libros censurados,
nadie tenía tiempo para vigilar a los niños y mucho menos sus
lecturas. A los nueve años me sumergí en las obras completas de
Shakespeare, primer regalo del tío Ramón, una bella edición que
repasé innumerables veces sin parar mientes en su calidad literaria,
por el simple placer del chisme y la tragedia, es decir, por la misma
razón que antes escuchaba los folletines de la radio y ahora escribo
ficción.
Vivía
cada cuento como si fuera mi propia vida, yo era cada uno de los
personajes, sobre todo los villanos, mucho más atrayentes que los
héroes virtuosos. La imaginación se me disparaba inevitablemente
hacia la truculencia. Si leía sobre los pieles rojas que arrancaban
el cuero cabelludo a sus enemigos, suponía que las víctimas
quedaban vivas y continuaban sus luchas con apretados gorros de piel
de bisonte para sujetarse los sesos que asomaban entre las fisuras
del cráneo despellejado, y de allí a imaginar que las ideas también
se les escapaban había un paso.
Dibujaba
los personajes en cartulina, los recortaba y los sostenía con
palitos, ese fue el comienzo de mis primeros intentos en el teatro.
Les contaba cuentos a mis alelados hermanos, horribles historias de
suspenso que llenaban sus días de terrores y sus noches de
pesadillas, tal como después hice con mis hijos y con algunos
hombres en la intimidad de la cama, donde una fábula bien contada
suele tener un poderoso efecto afrodisiaco.
El
tío Ramón tuvo una influencia fundamental en muchos aspectos de mi
carácter, aunque en algunos casos me ha costado cuarenta años
relacionar sus enseñanzas con mis reacciones. Poseía un Ford
destartalado que compartía a medias con un amigo; él lo usaba
lunes, miércoles, viernes y domingo por medio, y el otro lo tenía
el resto del tiempo. Uno de esos domingos con automóvil, nos llevó
con mis hermanos y mi madre al Open Door, un fundo en los alrededores
de Santiago donde internaban a los locos mansos.
Conocía
bien esos parajes porque en su juventud pasaba las vacaciones allí
invitado por unos parientes que administraban la parte agrícola del
sanatorio. Entramos a barquinazos por un camino de tierra bordeado
por grandes plátanos orientales formando una bóveda verde por
encima de nuestras cabezas. A un lado quedaban los potreros y al otro
los edificios rodeados de un huerto de árboles frutales, donde
deambulaban unos cuantos dementes pacíficos vestidos con camisolas
descoloridas, que acudieron a nuestro encuentro corriendo junto al
coche y asomando las caras y las manos por las ventanillas entre
gritos de bienvenida. Nos encogimos en el asiento espantados mientras
el tío Ramón los saludaba por el nombre, algunos habían estado
allí por muchos años y en los veranos de su juventud jugaba con
ellos. Por un precio razonable negoció con el cuidador para que nos
dejara entrar al huerto.
—Bájense,
niños, los locos son buena gente —ordenó—. Pueden subirse a los
árboles, comer todo lo que quieran y llenar este saco.
Somos
inmensamente ricos.
No
sé cómo consiguió que los internos del sanatorio nos ayudaran.
Pronto
les perdimos el miedo y terminamos todos encaramados devorando
damascos, chorreados de jugo, arrancándolos a manos llenas de las
ramas para meterlos en la bolsa. Les dábamos un mordisco y si no nos
parecían bien dulces los tirábamos y sacábamos otro, nos
lanzábamos los damascos maduros, que nos reventaban encima en una
verdadera orgía de fruta y de risa.
Comimos
hasta la saciedad y después de despedirnos a besos de los orates
emprendimos el regreso en el viejo Ford con la gran bolsa repleta, de
la cual seguimos engullendo hasta que nos vencieron los calambres de
barriga. Ese día tuve conciencia por primera vez de que la vida
puede ser generosa. Jamás habría tenido una experiencia así con mi
abuelo o con otro miembro de mi familia, que consideraban la escasez
una bendición y la avaricia una virtud. De vez en cuando el Tata
aparecía con una bandeja de pasteles, siempre medidos, uno para cada
uno, nada faltaba y nada sobraba. El dinero era sagrado y a los niños
nos enseñaban desde temprano cuánto costaba ganarlo. Mi abuelo
tenía fortuna, pero no lo sospeché hasta mucho después. El tío
Ramón era pobre como un ratón de sacristía y tampoco lo supe
entonces, porque se las arregló para enseñarnos a gozar de lo poco
que tenía. En los momentos más duros de mi existencia, cuando me ha
parecido que se cierran todas las puertas, el sabor de esos damascos
me viene a la boca para consolarme con la idea de que la abundancia
está al alcance de la mano, si uno sabe encontrarla.
Paula, 1994.
domingo, 12 de julio de 2026
Pero ya no hay locos. León Felipe.
Ya
no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego,
aquel estrafalario fantasma del desierto y… ni en España hay
locos. Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo.
Oíd…
esto,
historiadores…
filósofos… loqueros
Franco…
el sapo iscariote y ladrón en la silla del juez repartiendo castigos
y premios,
en
nombre de Cristo, con la efigie de Cristo prendida del pecho,
y
el hombre aquí, de pie, firme, erguido, sereno,
con
el pulso normal, con la lengua en silencio,
los
ojos en sus cuencas y en su lugar los huesos…
El
sapo iscariote y ladrón repartiendo castigos y premios…
y
yo, callado aquí, callado, impasible, cuerdo…
¡cuerdo!,
sin que se me quiebre el mecanismo del cerebro.
¿Cuándo
se pierde el juicio? (yo pregunto, loqueros).
¿Cuándo
enloquece el hombre? ¿Cuándo, cuándo es cuando se enuncian los
conceptos
absurdos
y blasfemos
y
se hacen unos gestos sin sentido, monstruosos y obscenos?
¿Cuándo
es cuando se dice por ejemplo:
No
es verdad. Dios no ha puesto
al
hombre aquí, en la Tierra, bajo la luz y la ley del universo;
el
hombre es un insecto
que
vive en las partes pestilentes y rojas del mono y del camello?
¿Cuándo
si no es ahora (yo pregunto, loqueros),
cuándo
es cuando se paran los ojos y se quedan abiertos, inmensamente
abiertos,
sin
que puedan cerrarlos ni la llama ni el viento?
¿Cuándo
es cuando se cambian las funciones del alma y los resortes del cuerpo
y
en vez de llanto no hay más que risa y baba en nuestro gesto?
Si
no es ahora, ahora que la justicia vale menos, infinitamente menos
que
el orín de los perros;
si
no es ahora, ahora que la justicia tiene menos, infinitamente menos
categoría
que el estiércol;
si
no es ahora… ¿cuándo se pierde el juicio? Respondedme, loqueros,
¿cuándo
se quiebra y salta roto en mil pedazos el mecanismo del cerebro?
Ya
no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego,
aquel
estrafalario fantasma del desierto
y…
¡Ni en España hay locos! ¡Todo el mundo está cuerdo,
terrible,
monstruosamente cuerdo!…
¡Qué
bien marcha el reloj! ¡Qué bien marcha el cerebro!
Este
reloj…, este cerebro, tic-tac, tic-tac, tic-tac, es un reloj
perfecto…,
perfecto,
¡perfecto!
El payaso de las bofetadas, 1938.
sábado, 11 de julio de 2026
El mundo. Emilia Pardo Bazán.
Las dos hermanas se encontraron en el
estrecho pasillo; casi se tropezaron, y se dieron un beso, siendo de
cariño a pesar de lo tristes que estaban. La mayor, Dionisia, venía
del cuarto de la madre enferma, trayendo una taza de caldo vacía ya;
la menor, Germana, de la cocina, de calentar por sus manos un parche
cáustico. La penosa y quebrantadora faena de enfermeras, la vigilia
y las inquietudes habían empalidecido y ajado sus caras graciosas,
donde esplendía, antes, fresca y atractiva, la «belleza del
diablo».
-¿Cómo
queda ahora? -preguntó Dionisia.
-Me
parece que peor... Con mucha fatiga, ¿sabes?
-¿Recado
al médico?
-No
quiere.
-¡Aunque
no quiera...!
Suplicantes,
momentos después balbuceaban al oído de la paciente... Era
necesario que viniese el doctor; con que recetase un calmante, aquel
acceso pasaría...
Respiroteaba
la señora como pez a quien sacan de su elemento y dejan temblar
sobre la playa en anhelo agónico. Desmadejada, azulosa la tez, sus
labios morados se abrían desmesuradamente, queriendo beberse todo el
aire del mundo. Las hijas, conteniendo el sollozo, la auxiliaban como
podían; dábanle fricciones suaves, la incorporaban, abrían la
ventana de par en par. El parche, olvidado, se enfriaba sobre la mesa
de noche. Al fin se aquietó un poco; la respiración era más fácil
y franca. Pudo hablar:
-Ahorrad
médico. Lo indispensable. Acordaos de que cada visita cuesta un
duro.
Ante
el gesto de desinterés de indiferencia de las muchachas, la señora
añadió, no sin esfuerzo doloroso, terrible:
-Es
que no sabéis de la misa la media... Creéis que únicamente hemos
bajado de posición... Ayer me entregasteis carta del tío Manolo,
que ha terminado la liquidación de nuestra fortuna... Estamos
completamente arruinadas, y aún peor: estamos alcanzadas en seis mil
y pico de duros. ¿Qué tal?... Llamad médico, llamad médico... ¡Si
al fin yo duraré pocos días, y no hay médico en el mundo que pueda
curarme! Con este golpe..., lo he sentido; se me ha descompuesto algo
dentro, en el corazón... ¡Pobres pequeñas mías! ¡Ánimo, no
lloréis!...
Era
tardío el encargo, Dionisia y Germana, abrazadas, se mojaban
recíprocamente los rostros con el llanto ardiente y salado de las
grandes amarguras... La primera en dominarse fue la menor; arrastró
fuera de la habitación a la mayor y la llevó hacia una salita
amueblada con cierto lujo, reliquia del bienestar antiguo.
-¿Qué
va a ser de nosotras? -tartamudeó hipando aún Dionisia.
-Trabajaremos
-decidió Germana prontamente-. Y desde hoy mismo. No en balde nos
llaman Manitas de oro. No creas que aguardaré a que mamá se muera,
a que nos echen de esta casa y perdamos nuestra única esperanza de
salvación.
-Y,
por mucho que trabajemos, ¿crees tú que sacaremos para vivir?
-De
seguro. Y para volver a tener coche.
-¿Y
los intereses de la deuda de los seis mil? Porque hay que pagarlos,
¿entiendes?
-¡Vaya
si hay que pagarlos! -murmuró pensativa, lacrimosa, Germana-. No
vamos a dejar en vergüenza la memoria de mamá. Sólo que
entonces..., habrá que trabajar de otro modo.
-¿De
qué modo? -interrogó, recelosa, Dionisia.
-Yo
me entiendo.
-No
vayas a hacer una de las tuyas...
Vistiose
Germana con elegancia y coquetería: traje sastre de fino paño
marrón; toca azul, donde anidaba un pajarito tornasolado; tomó un
coche y fue recorriendo las casas de las amigas de antaño, que se
mostraban frías o, por lo menos, alejadas, desde el momento en que
«las de Ramos» se encontraron en mala situación económica...
Donde la recibían, Germana entraba decidida, sonriente bajo el
velito de motas; un ramillo de violetas naturales, preso en la
solapa, la anunciaba con la discreta brisa de su perfume; y soltaba
el discurso, no en tono suplicante, sino como el que pide lo que se
le debe.
-No
estamos lo que se dice en grave apuro, eso no; sin embargo, hemos
sufrido pérdidas... ¡Figúrate que vivíamos con tanto lujo...!
Cuesta, cuesta el acostumbrarse a recortar gastos. Echamos de menos
el coche, los abonos, los viajes. En vista de esto -añadía
precipitadamente la niña al notar las nubes de desconfianza y
precaución que iban cubriendo la faz de su interlocutora-, hemos
resuelto ser en breve más ricas que nunca. Yo tengo disposición,
buen gusto, algo de chic. He aceptado la representación de una
modista muy elegante de Biarritz, la que nos vestía antes; este
traje es de ella... Reproduciremos aquí sus modelos con alguna
rebaja, naturalmente... Haremos las toilettes y los sombreros; todo
completo. Pago, eso sí, al contado; la modista nos lo exige... Hemos
montado taller. Conque, querida, a ver si nos ayudas..., ¿eh? No te
pido otro favor... Es en ventaja tuya; vestirás bien con menos
sacrificio, y lo que lleves será igual, como que es el modelo, a lo
que otras traigan de casa madama Lagazc... Te dejo las señas. Corre
la voz... Ven a casa a ver los modelitos...
Los
confeccionó ella misma, con trapos suyos, sobre maniquíes de
alambre de unas cuantas pulgadas de alto. Había el traje de
sociedad, el de calle, el de abrigo y hasta el alborotado, insolente,
enorme sombrero. La fiebre de la inspiración hacía que Germana ni
tuviese tiempo de notar que su madre empeoraba. Dionisia,
desesperanzada y temblona, lloraba por los rincones. Germana,
valerosa, esperaba las parroquianas seguras. Al espejuelo de la
elegancia extranjera, la mujer acude, y acudió. Dos antiguas amigas
se encargaron trajes sastre; tres o cuatro desconocidas, abrigos y
sombreros; una dama de alto copete pidió el traje de sociedad muy
aprisa, a plazo fijo, para comida y baile en la Embajada de Rusia...
-Oye,
Dionisia -suplicó Germana, con voz rota por la emoción-: coge, sin
que mamá te vea, todo el dinero que tenga ella en su armario... hay
que adelantar tela, los adornos...
-No
me atrevo... ¡Coger, así, del armario! ¡Las economías de mamá!
-¿Prefieres
pedir limosna?
La
energía sugestiona, la resolución fascina. Dionisia se apoderó de
la cantidad, y los trajes empezaron a surgir. Las hermanas no
dormían, no comían ni vivían. La enferma hubo de notar algo
extraño.
-¿Qué
os pasa? ¡Qué raras estáis! ¿Por qué me deja Germana sola tanto
tiempo? ¿A qué se dedica? ¡Ingrata! Que venga...
Una
mañana, el ahogo de la señora fue más largo, o las fuerzas se
hallaban más agotadas tal vez... Sobre el brazo de Dionisia cayó la
inerte cabeza de la madre, libre ya de penas y sufrimientos, bañada
en eterno reposo. Las hijas, arrodillándose al pie de la cama,
sollozaban sin consuelo. Se oyó sonar la campanilla imperiosamente.
-¡Llaman!...
-gimió Dionisia.
-¡Es
la parroquiana del traje de sociedad!... ¡La había citado a esta
hora! Viene a probar -hipó Germana, levantándose.
-¿Vas
a recibirla? -reprobó la hermana mayor.
-¡Ya
lo creo!...
Y
Germana, limpiándose las lágrimas, salió aprisa.
-¿Llora
usted? -preguntábale entre compadecida y curiosa la cliente,
mientras ahuecaba con el dedo un pliegue del cuerpo escotado, para
señalar la arruga.
-Sí,
señora. Acabo de saber que se me ha muerto una parienta... allá en
Andalucía.
-¿Cercana?
No
mucho... Pero la queríamos... ¿Le gusta a la señora el escote
bajo, o sin hombreras? Ahora se llevan poco...
-Más
bajito..., así... Que no me falte usted mañana, ¿eh? Espero el
vestido por la tarde...
Al
día siguiente -horas después del entierro- Germana cobraba la
primera toilette de las que hicieron la reputación de las famosas
hermanas Ramos. Se ganaba en el traje sobre unas trescientas pesetas.
-Si
yo confieso mi verdadera situación -decíame Germana, al referirme
su escondida tragedia-, o me vuelven la espalda o me dan unas
«perras» de limosna... Hay que pedir con soberbia y para lujo; no
para comer...
viernes, 10 de julio de 2026
El hambre. Miguel Hernández.
Tened
presente el hambre: recordad su pasado
turbio
de capataces que pagaban en plomo.
Aquel
jornal al precio de la sangre cobrado,
con
yugos en el alma, con golpes en el lomo.
El
hambre paseaba sus vacas exprimidas,
sus
mujeres resecas, sus devoradas ubres,
sus
ávidas quijadas, sus miserables vidas
frente
a los comedores y los cuerpos salubres.
Los
años de abundancia, la saciedad, la hartura
eran
sólo de aquellos que se llamaban amos.
Para
que venga el pan justo a la dentadura
del
hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos.
Nosotros
no podemos ser ellos, los de enfrente,
los
que entienden la vida por un botín sangriento:
como
los tiburones, voracidad y diente,
panteras
deseosas de un mundo siempre hambriento.
Años
del hambre han sido para el pobre sus años.
Sumaban
para el otro su cantidad los panes.
Y
el hambre alobadaba sus rapaces rebaños
de
cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes.
Hambrientamente
lucho yo, con todas mis brechas,
cicatrices
y heridas, señales y recuerdos
del
hambre, contra tantas barrigas satisfechas:
cerdos
con un origen peor que el de los cerdos.
Por
haber engordado tan baja y brutalmente,
más
abajo de donde los cerdos se solazan,
seréis
atravesados por esta gran corriente
de
espigas que llamean, de puños que amenazan.
No
habéis querido oír con orejas abiertas
el
llanto de millones de niños jornaleros.
Ladrabais
cuando el hambre llegaba a vuestras puertas
a
pedir con la boca de los mismos luceros.
En
cada casa, un odio como una higuera fosca,
como
un tremante toro con los cuernos tremantes,
rompe
por los tejados, os cerca y os embosca,
y
os destruye a cornadas, perros agonizantes.
El
hambre es el primero de los conocimientos:
tener
hambre es la cosa primera que se aprende.
Y
la ferocidad de nuestros sentimientos,
allá
donde el estómago se origina, se enciende.
Uno
no es tan humano que no estrangule un día
pájaros
sin sentir herida en la conciencia:
que
no sea capaz de ahogar en nieve fría
palomas
que no saben si no es de la inocencia.
El
animal influye sobre mí con extremo,
la
fiera late en todas mis fuerzas, mis pasiones.
A
veces, he de hacer un esfuerzo supremo
para
acallar en mí la voz de los leones.
Me
enorgullece el título de animal en mi vida,
pero
en el animal humano persevero.
Y
busco por mi cuerpo lo más puro que anida,
bajo
tanta maleza, con su valor primero.
Por
hambre vuelve el hombre sobre los laberintos
donde
la vida habita siniestramente sola.
Reaparece
la fiera, recobra sus instintos,
sus
patas erizadas, sus rencores, su cola.
Arroja
sus estudios y la sabiduría,
y
se quita la máscara, la piel de la cultura,
los
ojos de la ciencia, la corteza tardía
de
los conocimientos que descubre y procura.
Entonces
sólo sabe del mal, del exterminio.
Inventa
gases, lanza motivos destructores,
regresa
a la pezuña, retrocede al dominio
del
colmillo, y avanza sobre los comedores.
Se
ejercita en la bestia, y empuña la cuchara
dispuesto
a que ninguno se le acerque a la mesa.
Entonces
sólo veo sobre el mundo una piara
de
tigres, y en mis ojos la visión duele y pesa.
Yo
no tengo en el alma tanto tigre admitido,
tanto
chacal prohijado, que el vino que me toca,
el
pan, el día, el hambre no tenga compartido
con
otras hambres puestas noblemente en la boca.
Ayudadme
a ser hombre: no me dejéis ser fiera
hambrienta,
encarnizada, sitiada eternamente.
Yo,
animal familiar, con esta sangre obrera
os
doy la humanidad que mi canción presiente.
El hombre acecha. 1939.
miércoles, 8 de julio de 2026
Volver al hogar. Lucia Berlin.
Nunca
he visto los cuervos abandonar el árbol por la mañana, pero cada
tarde, una media hora antes de que oscurezca, empiezan a acudir desde
todos los puntos del pueblo. Tal vez haya algunos que se dediquen a
barrer el cielo por zonas llamando a los demás para volver a casa, o
quizá vuelen por libre en círculos recogiendo a los rezagados antes
de posarse en el árbol. He observado bastante, cabría esperar que a
estas alturas lo supiera, pero yo solo veo cuervos, docenas de
cuervos, que llegan volando desde todas las direcciones y cinco o
seis se quedan dando vueltas como sobre el aeropuerto de O’Hare,
graznando, graznando. Y de pronto se hace el silencio en una fracción
de segundo y no ves ni uno. El árbol parece un arce corriente. Jamás
dirías que hay tantos pájaros ahí metidos.
La
primera vez que los vi fue de casualidad. Había ido al centro y me
quedé en el balancín del porche de la entrada con mi tanque de
oxígeno portátil a contemplar la luz del atardecer. Suelo sentarme
en el porche trasero, adonde llega el tubo que uso normalmente. A
veces a esa hora veo las noticias o preparo la cena. A lo que me
refiero es a que fácilmente podría no tener ni idea de que ese arce
en concreto se llena de cuervos al caer el sol.
¿Se
marchan luego a dormir todos juntos en otro árbol, en un lugar más
elevado del monte Sanitas? Quizá, porque me levanto temprano, me
siento delante de la ventana que mira a las estribaciones de la
montaña, y nunca los he visto alzar el vuelo desde el árbol. Veo
ciervos, en cambio, subiendo por las laderas del monte Sanitas y la
cresta Dakota cuando los primeros albores iluminan las rocas. Si hay
nieve y hace mucho frío, las cimas se arrebolan, el hielo convierte
el alba en un vitral rosado, coral fosforescente.
Claro
que ahora es invierno. El árbol está desnudo y no hay cuervos. Tan
solo estoy pensando en los cuervos. Me cuesta caminar, así que
recorrer la pequeña pendiente empinada sería demasiado para mí.
Podría ir en coche, supongo, como Buster Keaton pidiéndole a su
chófer que lo lleve al otro lado de la calle, aunque creo que
entonces estaría demasiado oscuro para ver los pájaros posados en
el árbol.
Ni
siquiera sé por qué empecé a darle vueltas. Ahora las urracas
pasan como relámpagos azules, verdes sobre el fondo nevado. Tienen
un graznido similar, mandón y estridente. Por supuesto podría
conseguir un libro o llamar a alguien y averiguar los hábitos de
cría de los cuervos, pero lo que me preocupa es que los descubrí
solo por azar. ¿Qué más me he perdido? ¿Cuántas veces en mi vida
he estado, digámoslo así, en el porche de atrás y no en el de
delante? ¿Qué me habrían dicho que no alcancé a escuchar? ¿Qué
amor pudo haberse dado que no sentí?
Son
preguntas inútiles. La única razón por la que he vivido tanto
tiempo es porque fui soltando lastre del pasado. Cierro la puerta a
la pena al pesar al remordimiento. Si permito que entren, aunque sea
por una rendija de autocompasión, zas, la puerta se abrirá de golpe
y una tempestad de dolor me desgarrará el corazón y cegará mis
ojos de vergüenza rompiendo tazas y botellas derribando frascos
rompiendo las ventanas tropezando sangrienta sobre azúcar derramado
y vidrios rotos aterrorizada entre arcadas hasta que con un
estremecimiento y sollozo final consiga volver a cerrar la pesada
puerta. Y recoja los pedazos una vez más.
Tal
vez no sea tan arriesgado dejar que el pasado entre, siempre que sea
bajo la premisa «¿Y si?». ¿Y si hubiera hablado con Paul antes de
que se marchara? ¿Y si hubiera pedido ayuda? ¿Y si me hubiera
casado con H? Sentada aquí, mirando por la ventana el árbol donde
ahora no hay hojas ni cuervos, las respuestas a cada una de esas
preguntas resultan extrañamente tranquilizadoras. Son especulaciones
imposibles. Todo lo bueno o malo que ha ocurrido en mi vida ha sido
predecible e inevitable, en especial las decisiones y los actos que
han garantizado que ahora esté completamente sola.
Pero
¿y si vuelvo atrás, a antes de que nos mudáramos a Sudamérica? ¿Y
si el doctor Mock hubiera dicho que no podía marcharme de Arizona
durante un año, que necesitaba terapia intensiva y ajustes en el
corsé, posiblemente cirugía para mi escoliosis? Me habría reunido
con mi familia al año siguiente. ¿Y si hubiera vivido con los
Wilson en Patagonia, si hubiera ido cada semana al traumatólogo de
Tucson, leyendo Emma o Jane Eyre en el caluroso trayecto de autobús?
Los
Wilson tenían cinco hijos, todos ya con edad para trabajar en el
almacén de abastos o la confitería propiedad de la familia. Yo
trabajaba antes y después de la escuela en la confitería con Dot, y
compartía con ella la habitación de la buhardilla. Dot tenía
diecisiete años, era la niña mayor. Una mujer, de hecho. Me
recordaba a las mujeres de las películas, por el modo en que se
ponía el maquillaje de la polvera y se fijaba el pintalabios, y
echaba el humo por la nariz. Dormíamos juntas en el jergón de heno
cubierto con colchas viejas. Aprendí a no molestarla, a yacer en
silencio, subyugada por la mezcolanza de olores que exhalaba. Domaba
sus rizos pelirrojos con aceite Wildroot, se untaba la cara con
Noxzema por la noche, y siempre se ponía perfume Tweed en las
muñecas y detrás de las orejas. Olía a cigarrillos y sudor y
desodorante Mum y lo que con el tiempo aprendí que era sexo. Las dos
olíamos a grasa rancia porque en la confitería también
preparábamos hamburguesas y patatas fritas, hasta que cerraba a las
diez. Volvíamos a pie a casa cruzando deprisa la avenida principal y
las vías del tren, pasando la taberna Frontier y bajando la calle
hasta la casa de sus padres. La casa de los Wilson era la más bonita
del pueblo. Un caserón blanco de dos plantas con una cerca de
madera, jardín y césped. La mayoría de las casas en Patagonia eran
pequeñas y feas. Típicas casas de paso en un pueblo minero,
pintadas de aquel raro color caramelo que caracterizaba las
estaciones de tren de los asentamientos mineros. La mayoría de la
gente trabajaba en la montaña, en las minas de Trench y Flux donde
mi padre había sido supervisor. Ahora se dedicaba a comprar mena en
Chile, Perú y Bolivia. Se había marchado a desgana de las minas, le
gustaba trabajar allí abajo. Mi madre lo había convencido, todo el
mundo insistió en que se marchara. Era una gran oportunidad y se
haría muy rico.
Mi
padre le pagaba a los Wilson mis gastos de alojamiento y comida, pero
todos decidieron que me convenía trabajar igual que los otros
chicos. Y trabajábamos duro, especialmente Dot y yo, porque
acabábamos muy tarde y nos levantábamos a las cinco de la mañana.
Abríamos para los mineros que iban desde Nogales a la mina de
Trench. Llegaban en tres autobuses, con quince minutos de diferencia
uno del otro; los mineros disponían del tiempo justo para uno o dos
cafés y alguna rosquilla. Nos daban las gracias al salir, y se
despedían con un ¡Hasta luego! Acabábamos de limpiar y nos
preparábamos unos sándwiches para el almuerzo. La señora Wilson
venía a tomar el relevo y nosotras nos íbamos a la escuela. Yo
todavía estudiaba en el colegio de primaria en lo alto de la colina.
Dot había empezado el instituto.
Cuando
volvíamos a casa por la noche, ella salía a escondidas a ver a su
novio, Sextus, que vivía en un rancho en Sonoita y había dejado los
estudios para ayudar a su padre. No sé a qué hora regresaba, porque
me quedaba dormida nada más recostar la cabeza en la almohada. ¡Caía
redonda! Me encantaba la idea de dormir en un colchón de heno, como
en Heidi. El heno era mullido y olía bien. Siempre me parecía que
acababa de cerrar los ojos cuando Dot me zarandeaba para despertarme.
Ella ya se había aseado o duchado y vestido, y mientras yo lo hacía
se cepillaba el pelo cortado a lo paje y se maquillaba.
—¿Qué
estás mirando? Arregla la cama si no tienes nada más que hacer.
Me
detestaba, pero yo también a ella, así que no me importaba. De
camino a la confitería me repetía una y otra vez que más me valía
no contarle a nadie que se veía con Sextus a hurtadillas, su padre
la mataría. De no ser porque en el pueblo todo el mundo sabía lo de
Dot y Sextus la habría delatado, no a sus padres, pero a alguien,
solo por lo mal que me trataba. Era mala conmigo por principio. Daba
por hecho que debía odiar a esa chica que le habían endosado en su
cuarto. Por lo demás nos llevábamos bien, la verdad, hacíamos
muecas y nos reíamos, formábamos un buen equipo, cortando cebollas,
preparando sifón, dando la vuelta a las hamburguesas. Las dos éramos
rápidas y eficientes, a las dos nos gustaba tratar con la clientela,
sobre todo los simpáticos mineros mexicanos, que por las mañanas
bromeaban y tonteaban con nosotras. Después del colegio venían
chicos de la escuela y gente del pueblo, a tomar refrescos o helados,
a poner canciones en la rocola y jugar al petaco. Preparábamos
hamburguesas, perritos calientes enchilados, queso gratinado.
Servíamos ensaladas de atún y huevo, ensaladillas de patata o de
col que hacía la señora Wilson. El plato más popular, sin embargo,
era el chili que la madre de Willie Torres traía cada tarde. Chili
rojo en invierno, chili verde con cerdo en verano. Pilas de tortillas
de harina que nosotras calentábamos en la parrilla.
Una
razón de que Dot y yo trabajáramos con tanto ahínco y rapidez era
nuestro acuerdo tácito de que, una vez estaban servidos los platos y
la parrilla limpia, ella se escabullía por la puerta de atrás con
Sextus y yo me ocupaba de las pocas comandas de tarta y café entre
las nueve y las diez. Y normalmente me quedaba haciendo los deberes
con Willie Torres.
Willie
trabajaba hasta las nueve en el despacho del analista, contiguo a la
confitería. Habíamos ido al mismo curso en la escuela y allí nos
hicimos amigos. Los sábados por la mañana yo solía bajar con mi
padre en la camioneta a comprar víveres y recoger el correo para las
cuatro o cinco familias que vivían en lo alto de la montaña, al
lado de la mina de Trench. Después de hacer y cargar todas las
compras, papá se pasaba por el Laboratorio de Ensayos Minerales del
señor Wise. Tomaban café y hablaban de... ¿mena, minas, vetas? Lo
siento, no prestaba atención, aunque sé que era sobre minerales. En
el despacho, Willie parecía una persona distinta. Era un chico
tímido en la escuela, había venido de México con ocho años, así
que aunque era más inteligente que la señora Boosinger, a veces
pasaba apuros para leer y escribir. El primer mensaje de amor que me
mandó fue «Sé mi nobia». Aun así nadie se burlaba de él, como
hacían conmigo y mi corsé ortopédico, gritándome «¡Tronco!»,
cuando entraba en clase, por lo alta que era. Willie también era
alto, con una cara india, pómulos marcados y ojos oscuros. Llevaba
la ropa limpia, pero raída y demasiado pequeña, y el pelo largo y
greñudo, cortado por su madre. Cuando leí Cumbres borrascosas, a
Heathcliff me lo imaginé igual que Willie, apasionado y valiente.
En
el Laboratorio de Ensayos Minerales daba la impresión de saberlo
todo. De mayor sería geólogo. Me enseñó cómo distinguir el oro y
el oro de los tontos y la plata. Aquel primer día mi padre me
preguntó de qué estábamos hablando. Le mostré lo que había
aprendido.
—Esto
es cobre. Cuarzo. Plomo. Zinc.
—¡Estupendo!
—dijo, muy complacido. Volviendo a casa me dio una charla de
geología sobre el terreno todo el trayecto hasta la mina.
Otros
sábados Willie me enseñó más rocas.
—Esto
es mica. Esta roca es pizarra, esta caliza.
Me
ayudó a entender los mapas de las minas. Revolvíamos en cajas
llenas de fósiles. Él y el señor Wise se dedicaban a recopilarlos.
—¡Eh,
mira este! ¡Parece una hoja!
No
me daba cuenta de que amaba a Willie porque nuestra cercanía era
velada, nada que ver con el amor del que las chicas hablaban a todas
horas, ni los romances o los idilios o los corazones atravesados con
flechas.
En
la confitería corríamos las cortinas, nos sentábamos en la barra a
hacer los deberes durante esa última hora antes del cierre, tomando
helados con sirope de chocolate caliente. Willie trucaba la rocola
para que sonaran «Slow Boat to China», «Cry» y «Texarkana Baby»
una y otra vez. A él se le daban bien la aritmética y el álgebra,
y yo era buena con las palabras, así que nos ayudábamos. Apoyados
uno en el otro, enganchábamos las piernas a los taburetes. Ni
siquiera me molestaba que pasara el codo por la barra metálica que
sobresalía de mi corsé ortopédico. Normalmente solo de ver que
alguien notaba el corsé bajo la ropa me moría de vergüenza.
Por
encima de todo compartíamos la modorra. Nunca decíamos: «Ay, me
caigo de sueño, ¿tú no?». Simplemente estábamos cansados, nos
recostábamos bostezando juntos en la confitería. Bostezábamos y
nos sonreíamos desde la otra punta de la clase en la escuela.
Su
padre murió en un derrumbe en la mina de Flux. Mi padre había
intentado cerrarla desde que nos mudamos a Arizona. Ese fue su
trabajo durante años, comprobar las minas para ver si las vetas se
agotaban o eran inseguras. Lo llamaban Brown el Clausurador. Esperé
en la camioneta mientras él iba a decírselo a la madre de Willie.
Eso fue antes de conocernos. Me asusté, porque mi padre lloró todo
el camino desde el pueblo a casa. Más adelante Willie me contaría
que mi padre había luchado por conseguir pensiones para los mineros
y sus familias, cuánto ayudó eso a su madre. Tenía cinco hijos
más, trabajaba de lavandera y cocinera para distinta gente.
Willie
madrugaba tanto como yo, se ocupaba de cortar leña, de preparar el
desayuno a sus hermanos y hermanas. La clase de educación cívica
era la peor, imposible mantenerse despierto, sentir interés. Nos la
daban a las tres de la tarde. Una hora interminable. En invierno la
estufa de leña empañaba las ventanas y salíamos con las mejillas
encendidas. A la señora Boosinger le ardía la cara bajo las dos
manchas moradas de colorete. En verano, con las ventanas abiertas y
las moscas revoloteando alrededor, las abejas zumbando y el tictac
del reloj, tanta modorra, tanto calor, ella hablaba y hablaba sobre
la Primera Enmienda y de pronto, ¡zas!, descargaba la regla en la
mesa.
—¡Despertad,
despertad! ¡Vamos, par de zánganos, no tenéis sangre en las venas!
¡Erguíos! ¡Despertad! ¡Zánganos!
Una
vez pensó que me había dormido, pero yo solo estaba descansando la
vista.
—Lulu,
¿quién es el secretario de Estado?
—Acheson,
señorita.
Se
sorprendió.
—Willie,
¿quién es el secretario de Agricultura?
—¿Topeka
y Santa Fe?
Creo
que los dos estábamos ebrios de sueño. Cada vez que nos pegaba en
la cabeza con el libro de Educación Cívica, nos reíamos con más
ganas. A Willie lo mandó al pasillo y a mí al guardarropa, y al
final de la clase nos encontró a los dos acurrucados, profundamente
dormidos.
De
vez en cuando Sextus trepaba al cuarto de Dot.
—¿La
niña está dormida? —le oía susurrar.
—Como
un tronco.
Y
era verdad. Por más que intentaba quedarme despierta para ver lo que
hacían, no había manera.
Me
pasó una cosa rara esta semana. Con el rabillo del ojo empecé a ver
pequeños cuervos que pasaban volando como flechas. Cuando me volvía
ya no estaban. Y cuando cerraba los párpados veía destellos
fugaces, como motos surcando la autopista a toda velocidad. Pensé
que sufría alucinaciones o que tenía un tumor en el ojo, pero el
médico me dijo que eran máculas en la retina, que a mucha gente le
ocurre.
—¿Cómo
puede haber luces en la oscuridad? —le pregunté, tan desconcertada
como solía quedarme con la luz del frigorífico.
Me
explicó que mi ojo le decía al cerebro que había luz, así que mi
cerebro lo creía. Por favor, no se rían. Eso solo exacerbó la
cuestión de los cuervos. Y reavivó la paradoja del árbol que cae
en el bosque. Quizá mis ojos simplemente le decían a mi cerebro que
había cuervos en el arce.
Un
domingo por la mañana me desperté y Sextus estaba durmiendo al otro
lado de Dot. Quizá me habría interesado más si hubieran sido una
pareja más atractiva. Él llevaba el pelo al rape y tenía granos,
cejas albinas y una enorme nuez de Adán. Aun así era muy bueno en
los rodeos, campeón con el lazo y en las carreras de barriles, y su
cerdo había ganado tres años seguidos la exposición ganadera. Dot
era fea, fea sin más. Toda la pintura que se ponía ni siquiera la
hacía parecer ordinaria, solo acentuaba sus ojillos castaños y su
enorme boca, siempre entreabierta por unos colmillos prominentes y a
punto para gruñir. La zarandeé con suavidad y señalé a Sextus.
—¡Cielo
santo! —dijo, y lo despertó.
Salió
por la ventana, bajando el álamo, y desapareció en pocos segundos.
Dot me sujetó contra el heno, me hizo jurar que no diría una
palabra.
—Oye,
Dot, hasta ahora no he dicho nada, ¿verdad?
—Hazlo,
y contaré lo tuyo con el mexicano —me estremecí, sonaba igual que
mi madre.
Era
un alivio no preocuparme por mi madre. Ahora me sentía mejor
persona. No hosca ni resentida. Educada y solícita. No derramaba ni
rompía ni dejaba caer las cosas como en casa. No me quería marchar
nunca de allí. El señor y la señora Wilson siempre decían que era
una chica dulce, trabajadora, y que me tenían por una más de la
familia. Los domingos cenábamos en familia. Dot y yo trabajábamos
hasta mediodía mientras ellos iban a la iglesia, luego cerrábamos,
volvíamos a casa y ayudábamos a preparar la cena. El señor Wilson
bendecía la mesa. Los chicos se daban codazos y reían, hablaban de
baloncesto, y todos hablábamos de, bueno, no me acuerdo. Quizá
tampoco hablábamos mucho, pero se respiraba cordialidad. Decíamos:
«Por favor, pasa la mantequilla». «¿Salsa para la carne?» A mí
me encantaba que mi servilleta, con su correspondiente aro, fuese en
el aparador con las de todos los demás.
Los
sábados conseguía que alguien me llevara a Nogales, y luego iba en
autobús a Tucson. Los médicos me colocaban durante horas en un
aparato de tracción idéntico a un fundíbulo medieval, hasta que no
podía resistir el dolor. Me medían y comprobaban lesiones nerviosas
clavándome agujas, golpeándome las piernas y los pies con unos
martillos. Ajustaban el corsé y el alza de mi zapato. Parecía que
se acercaban a un veredicto. Distintos doctores examinaron mis
radiografías. Un especialista de renombre al que estaban esperando
dijo que mis vértebras estaban demasiado cerca de la médula
espinal. La cirugía podía provocar parálisis, perjudicar los
distintos órganos que se habían compensado por la desviación.
Sería caro, no solo por la cirugía, sino porque durante la
recuperación habría de pasar cinco meses inmóvil tumbada boca
abajo. Me alegré de no verlos muy partidarios de la operación.
Estaba segura de que si me enderezaban la columna, mediría más de
dos metros, pero quería que continuaran examinándome. No quería ir
a Chile. Dejaron que me quedara con una de las radiografías, en la
que se veía el corazón de plata que Willie me regaló. Mi columna
en forma de S, mi corazón desplazado y el corazón de plata justo en
el centro. Willie la puso en una ventanita al fondo del Laboratorio
de Ensayos Minerales.
A
veces los sábados por la noche había bailes campestres, a las
afueras de Elgin o Sonoita. En graneros. Acudía todo el mundo de
varios kilómetros a la redonda, viejos, jóvenes, chiquillos,
perros. Los huéspedes de los ranchos para turistas. Las mujeres
traían cosas para comer. Pollo frito y ensaladilla de patata,
pasteles, tartas y ponche. Los hombres salían en pelotón y se
quedaban bebiendo cerca de sus rancheras. También algunas mujeres;
mi madre siempre, por ejemplo. Los chicos del instituto se
emborrachaban y vomitaban, los sorprendían besuqueándose. Las
señoras mayores bailaban entre ellas, o con los niños. Todo el
mundo bailaba. Polcas, más que nada, pero también bailes lentos y
bugui-bugui. Algunas cuadrillas, o danzas mexicanas como La
Varsoviana. Salto, salto y vuelta entera. Tocaban cualquier cosa, de
«Night and Day» a «Detour, There’s a Muddy Road Ahead», de
«Jalisco no te rajes» a «Do the Hucklebuck». Cada vez había una
orquesta distinta pero con el mismo repertorio. ¿De dónde salían
aquellos músicos maravillosos y variopintos? Pachucos a los metales
y el güiro, guitarristas country con anchos sombreros,
percusionistas de bebop, pianistas con aires de Fred Astaire. Lo más
parecido que he oído a aquellas pequeñas bandas fue en el Five Spot
a finales de los cincuenta. El «Ramblin’» de Ornette Coleman. A
todo el mundo le pareció rompedor y alucinante. A mí me sonaba a
Tex-Mex, como un buen baile folclórico en Sonoita.
Las
sobrias amas de casa, herederas del espíritu de los pioneros, se
engalanaban para el baile. Permanentes caseras y carmín, tacones
altos. Los hombres eran rancheros o mineros curtidos, criados en la
Gran Depresión. Trabajadores serios, temerosos de Dios. Me
encantaban las caras de los mineros. Los hombres a los que solía ver
sucios y demacrados al final de un turno ahora estaban colorados y
alegres, aullando el «Aha, San Antone» o sus «Ay, ay, ay» a grito
pelado, porque la gente no solo bailaba, sino que también cantaba y
daba alaridos. Cada tanto el señor y la señora Wilson paraban un
momento.
—¿Has
visto a Dot? —me preguntaban jadeando.
La
madre de Willie iba a los bailes con un grupo de amigas. Bailaba
todas las canciones, siempre con un vestido bonito, el pelo recogido,
el crucifijo meciéndose al compás. Era hermosa y joven. Y toda una
dama. Mantenía las distancias en los bailes lentos y no salía a
beber. No, yo no me fijaba en eso. Pero las mujeres de Patagonia sí,
y lo mencionaban a su favor. También decían que no seguiría viuda
mucho tiempo. Cuando le pregunté a Willie por qué él nunca venía,
me dijo que no sabía bailar y además debía cuidar de sus hermanos.
Pero vienen muchos niños, por qué no podían venir ellos también.
No, dijo Willie. Su madre necesitaba un poco de diversión,
despreocuparse de los hijos de vez en cuando.
—Bueno,
¿y tú qué?
—A
mí no me importa. Y no lo hago por generosidad. Quiero que mi madre
encuentre otro marido tanto como ella —dijo.
Si
los prospectores estaban en el pueblo, los bailes se animaban de
verdad. No sé si todavía hay prospectores en las minas, pero en
aquellos tiempos eran una raza aparte. Siempre trabajaban por
parejas, aparecían en el yacimiento a toda velocidad entre una nube
de polvo. No conducían rancheras o coches convencionales, sino
biplazas relucientes metalizados que centelleaban a través de la
polvareda. Tampoco vestían con ropa tejana o caqui como los
rancheros o los mineros. Quizá se la pusieran cuando bajaban a los
pozos, pero cuando viajaban o en los bailes iban con trajes oscuros y
camisas y corbatas sedosas. Llevaban el pelo largo, peinado en un
tupé, con largas patillas, a veces bigote. A pesar de que solo los
vi en el oeste del país, sus matrículas solían ser de Tennessee o
Alabama o Virginia Oeste. Nunca se quedaban mucho tiempo, una semana
a lo sumo. Les pagaban más que a los neurocirujanos, según mi
padre. Se encargaban de abrir o encontrar un buen filón, me parece.
En cualquier caso eran importantes y hacían un trabajo peligroso.
También parecían peligrosos y, ahora lo sé, derrochaban carisma.
Fríos y arrogantes, tenían el aura de los matadores, los
atracadores de banco, los lanzadores de relevo. En los bailes
campestres, todas las mujeres, viejas o jóvenes, querían bailar con
un prospector. También yo. Los prospectores siempre querían bailar
con la madre de Willie. La esposa o la hermana de alguien que había
bebido de más invariablemente acababa fuera con uno de ellos y se
armaba una pelea sangrienta, y todos los hombres salían en tropel
del granero. Las peleas siempre se zanjaban cuando alguien disparaba
al aire y los prospectores se perdían en la oscuridad de la noche,
mientras los galanes heridos volvían al baile con una mandíbula
hinchada o un ojo morado, y la orquesta tocaba alguna canción sobre
amores despechados.
Un
domingo por la tarde el señor Wise nos llevó a Willie y a mí hasta
la mina, a ver nuestra antigua casa. Entonces me embargó la
añoranza, al oler las rosas trepadoras de mi padre, caminando bajo
los viejos robles. Peñascos rocosos alrededor y vistas de los valles
y del monte Baldy. Vi los halcones y los arrendajos, oí el
repiqueteo de las poleas en la planta trituradora. Eché de menos a
mi familia e intenté no llorar, pero no pude contener las lágrimas.
El señor Wise me dio un abrazo, me dijo que no me preocupara,
probablemente me reuniría con ellos una vez acabara la escuela. Miré
a Willie. Señaló con la cabeza hacia la hembra de gamo y sus
cervatillos que nos observaban, apenas a unos pasos.
—Ellos
no quieren que te vayas —me dijo.
Así
que probablemente habría ido a Sudamérica. Pero entonces hubo un
terrible terremoto en Chile, una catástrofe nacional, y mi familia
murió. Seguí viviendo en Patagonia, Arizona, con los Wilson. Al
acabar el instituto conseguí una beca para estudiar Periodismo en la
Universidad de Arizona. Willie también consiguió una beca, y se
matriculó a la vez en Geología e Historia del Arte. Nos casamos al
terminar la carrera. Willie encontró trabajo en la mina de Trench y
yo trabajé para el Nogales Star hasta que nació nuestro primer
hijo, Silver. Vivíamos en la preciosa vieja casa de adobe de la
señora Boosinger (que para entonces ya había muerto) en lo alto de
la montaña, en una finca de manzanos cerca de Harshaw.
Quizá
suene melindroso, pero Willie y yo vivimos felices desde entonces.
¿Y
si realmente hubiera ocurrido, el terremoto? Sé muy bien lo que
habría pasado. Ese es el problema con las especulaciones. Tarde o
temprano tropiezas con un escollo. No habría podido quedarme en
Patagonia. Habría acabado en Amarillo, Texas. Planicies
interminables y silos y cielo y rastrojos a merced del viento, ni una
montaña a la vista. Viviendo con mi tío David y mi tía Harriet y
mi bisabuela Grey. Me habrían considerado un problema. Una cruz con
la que cargar. Ellos siempre se quejarían de mis «llamadas de
atención», que para el terapeuta serían «llamadas de socorro».
Después de salir del correccional de menores no pasaría mucho
tiempo antes de que me fugara con un prospector de paso por la
ciudad, camino a Montana, y ¿pueden creerlo? Mi vida habría acabado
exactamente igual que ahora, bajo las rocas calizas de la cresta
Dakota, con los cuervos.
Manual para mujeres de la limpieza, 2015.
martes, 7 de julio de 2026
Cadena. Rubén Abella.
León se estaba afeitando cuando su mujer le recordó que era un inútil. El dinero no alcanzaba y, además, hacía meses que no cumplía con sus deberes carnales. —Si ya me lo decía mi madre: cuidado, Blanca, que éste de macho no tiene más que el nombre. Tres horas después León montó en cólera porque Paloma, la becaria de la asesoría, le trajo el café frío. Aprovechó la inercia del rapapolvo para reconvenirla también por sus fotocopias ennegrecidas y su falta de garbo. —¡Yo no sé qué os enseñan en la universidad! —exclamó, devolviéndole el vaso de plástico. Poco antes de comer, Paloma recibió una llamada de Blas. Echaba mucho, mucho, mucho de menos a su pichoncito, dijo, y quería saber cómo estaba. —Te he dicho muchas, muchas, muchas veces que no me llames al trabajo. A ver si en vez de echarme tanto de menos, empiezas a respetarme un poco —lo interrumpió Paloma en un susurro malhumorado, y colgó el teléfono. A última hora de la tarde, mientras repartía pizzas en la moto, Blas estuvo a punto de chocar contra un coche mal aparcado. Para resarcirse le rayó la chapa con una moneda y escribió en el parabrisas: «APRENDE A APARCAR, MAMÓN, QUE CASI ME MATO». Rolando se quedó atónito al cerrar la papelería y ver el coche estragado. Se montó maldiciendo en voz alta, calculando los costes del arreglo, esperando que Merche tuviera la cena lista cuando él llegase a casa. Si no, se iba a enterar.






