La confusión se apoderó del parque. La madre, a duras penas conteniendo el llanto, reprochaba amargamente a su marido el que éste cediera siempre ante los caprichos del niño. El padre, cabizbajo, aguantaba estoicamente la perorata de su esposa. El primogénito observaba cómo su hermanito, asido de un globo desproporcionadamente grande para su tamaño, se iba rápidamente elevando. El policía, pistola en mano, esperaba impaciente una decisión para actuar. Pero ¿qué hacer? Si no disparaba, el niño se perdería irremediablemente en algún lugar de la estratosfera, pero si se decidía a hacer fuego... Finalmente, el abuelo, en un arrebato de casta de viejo coronel, y ante la pasividad general, decidió: «Mejor un muerto en la familia que un desaparecido». Y dio orden de disparar. El globo reventó con un seco ruido apenas perceptible. Segundos después el niño regresaba, estrellándose contra el adoquinado.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
viernes, 21 de agosto de 2026
miércoles, 19 de agosto de 2026
El barón rampante. Capítulo XII, [Gian dei Brughi]. Italo Calvino.
A veces, por la noche, a Cósimo le
despertaban gritos como: «¡Socorro! ¡Los bandidos!
¡Perseguidlos!».
Por
los árboles, se dirigía rápido al lugar de donde aquellos gritos
procedían. Era quizá un caserío de pequeños propietarios, y una
familia medio desnuda estaba allí fuera con las manos a la cabeza.
—¡Ay
de nosotros! ¡Ay de nosotros! ¡Ha venido Gian dei Brughi y se nos
ha llevado todo el producto de la cosecha!
Se
agolpaba la gente.
—¿Gian
dei Brughi? ¿Era él? ¿Lo habéis visto?
—¡Era
él! ¡Era él! Llevaba una máscara en la cara, una pistola así de
larga, y le seguían otros dos enmascarados, y él los mandaba. ¡Era
Gian dei Brughi!
—¿Y
dónde está? ¿Adónde ha ido?
—Ah,
sí, ¡a ver si lo agarras a Gian dei Brughi! ¡Quién sabe dónde
está a estas horas!
O
bien quien gritaba era un viandante dejado en medio del camino,
despojado de todo, caballo, bolsa, capa y equipaje.
—¡Socorro!
¡Al ladrón! ¡Gian dei Brughi!
—¿Cómo
ha sido? ¡Decidnos!
—Saltó
desde allí, negro, barbudo, apuntando con el trabuco, ¡por poco me
mata!
—¡Rápido!
¡Persigámosle! ¿Por dónde ha escapado?
—¡Por
aquí! ¡No, quizá por allí! ¡Corría como el viento!
A
Cósimo se le había metido en la cabeza ver a Gian dei Brughi.
Recorría el bosque a todo lo largo y lo ancho detrás de las liebres
o los pájaros, azuzando al pachón: «¡Busca, busca, Óptimo
Máximo!». Pero lo que le habría gustado sacar de su cubil era al
bandido en persona, y no para hacerle o decirle nada, sólo para ver
cara a cara a una persona tan afamada. En cambio, nunca había
conseguido hallarlo, ni siquiera dando vueltas toda una noche. «Será
que esta noche no ha salido», se decía Cósimo; pero por la mañana,
aquí o allá en el valle, había un corrillo de gente en el umbral
de una casa o en un recodo del camino, comentando el nuevo robo.
Cósimo acudía, y aguzando mucho los oídos escuchaba aquellas
historias.
—Pero
tú que estás siempre sobre los árboles del bosque —le dijo una
vez alguien—, ¿nunca lo has visto, a Gian dei Brughi?
Cósimo
se avergonzó mucho.
—Pues…
me parece que no…
—¿Y
cómo quieres que lo haya visto? —intervino otro—, Gian dei
Brughi tiene escondites que nadie puede encontrar, y va por caminos
que nadie conoce.
—¡Con
la recompensa que ofrecen por su cabeza, quien lo atrape podrá vivir
bien toda su vida!
—¡Ya!
Pero los que saben dónde está, tienen cuentas pendientes con la
justicia casi tanto como él, y si se deciden terminan en la horca
también ellos.
—¡Gian
dei Brughi! ¡Gian dei Brughi! Pero ¿será siempre él quien comete
estos delitos?
—Da
igual, tiene tantas acusaciones que aunque consiguiera disculparse de
diez robos, mientras tanto ya le habrían colgado por el undécimo.
—¡Ha
sido bandido en todos los bosques de la costa!
—¡Mató
incluso a un jefe de banda en su juventud!
—¡Ha
hecho de bandido también entre los bandidos!
—¡Por
eso ha venido a refugiarse a nuestras tierras!
—¡Es
que somos demasiado buenos!
Cósimo
cada nueva noticia la iba a comentar con los caldereros. Entre la
gente acampada en el bosque, había en aquellos tiempos toda una
ralea de fulleros ambulantes: caldereros, silleros, traperos, gente
que evita las casas, y que por la mañana estudia el hurto que hará
por la noche. En el bosque, más que el taller tenían su refugio
secreto, el escondrijo de lo que hurtaban.
—¿Sabéis?
¡Esta noche Gian dei Brughi ha asaltado una carroza!
—¿Ah,
sí? Puede ser…
—¡Ha
conseguido detener los caballos al galope cogiéndolos por la brida!
—Pues,
o no era él o en lugar de caballos eran grillos…
—¿Qué
decís? ¿No creéis que fuera Gian dei Brughi?
—Sí,
sí, ¿qué ideas le vas a meter en la cabeza a ése? ¡Claro que era
Gian dei Brughi!
—¿Y
de qué no es capaz Gian dei Brughi?
—¡Ja,
ja, ja!
Al
oír hablar de Gian dei Brughi de este modo, Cósimo no salía de su
asombro, se desplazaba por el bosque e iba a escuchar en otro
campamento de vagabundos.
—Decidme,
según vosotros, el de la carroza de anoche, ¿fue un golpe de Gian
dei Brughi, no?
—Todos
los golpes son de Gian dei Brughi cuando salen bien. ¿No lo sabes?
—¿Por
qué cuando salen bien?
—Porque
cuando no salen bien, ¡quiere decir que son realmente de Gian dei
Brughi!
—¡Ja,
ja! ¡Ese chapucero!
Cósimo
ya no entendía nada.
—¿Gian
dei Brughi un chapucero?
Los
otros, entonces, se apresuraban a cambiar de tono:
—Claro
que no, claro que no, ¡es un bandido que da miedo a todos!
—¿Lo
habéis visto vosotros?
—¿Nosotros?
¿Y quién lo ha visto alguna vez?
—Pero
¿estáis seguros de que existe?
—¡Ésa
sí que es buena! ¡Claro que existe! Pero si no existiera…
—¿Si
no existiera?
—… Sería
lo mismo. ¡Ja, ja, ja!
—Pero
todos dicen…
—Claro,
es lo que hay que decir: ¡es Gian dei Brughi que roba y mata por
todas partes, ese terrible bandido! ¡Quisiéramos ver que alguien lo
dudase!
En
fin, Cósimo había comprendido que el miedo a Gian dei Brughi que
había por el valle, cuanto más se subía hacia el bosque más se
convertía en una actitud dudosa y a menudo abiertamente burlona.
La
curiosidad de dar con él se le pasó, porque comprendió que Gian
dei Brughi a la gente más experta no le importaba nada. Y fue
precisamente entonces cuando ocurrió el encuentro.
Cósimo
estaba en un nogal, una tarde, y leía. Le había entrado hacía poco
la nostalgia de algún libro: estar todo el día con el fusil
apuntando, esperando que llegue un pinzón, a la larga aburre.
Así
pues, leía el Gil Blas, de Lesage, sosteniendo con una mano
el libro y con la otra el fusil. Óptimo Máximo, al que no le
gustaba que su amo leyese, daba vueltas alrededor buscando pretextos
para distraerlo: ladrando por ejemplo a una mariposa, para ver si
conseguía hacerle apuntar el fusil.
Y
de pronto, bajando de la montaña, por el sendero, venía corriendo y
jadeando un hombre barbudo y mal vestido, desarmado, y detrás
llevaba a dos esbirros con los sables desenvainados que gritaban:
—¡Detenedlo!
¡Es Gian dei Brughi! ¡Lo hemos cogido, al fin!
Ahora
el bandido se había distanciado un poco de los esbirros, pero si
continuaba moviéndose torpemente como quien tiene miedo de
equivocarse de camino o caer en alguna trampa, los tendría pronto
pisándole los talones. El nogal de Cósimo no presentaba agarraderos
para quien quisiera trepar, pero él tenía allí en la rama una
cuerda de esas que llevaba siempre consigo para superar los pasos
difíciles. Tiró un extremo a tierra y ató el otro a la rama. El
bandido vio caer aquella cuerda casi en las narices, se retorció las
manos un momento en la incertidumbre, luego se agarró a la cuerda y
trepó con rapidez, revelándose como uno de esos inseguros
impulsivos o impulsivos inseguros que parece que nunca saben
aprovechar el momento justo y por el contrario atinan siempre.
Llegaron
los esbirros. La cuerda ya había sido retirada y Gian dei Brughi
estaba junto a Cósimo entre las frondas del nogal. El camino se
bifurcaba. Los esbirros tomaron cada uno por un lado distinto, luego
se volvieron a encontrar, y no sabían adónde ir. Y repentinamente
toparon con Óptimo Máximo que meneaba la cola por aquellos parajes.
—¡Eh!
—dijo uno de los esbirros al otro—, ¿no es éste el perro del
hijo del barón, el que vive en los árboles? Si el muchacho está
por aquí cerca podrá decirnos algo.
—¡Estoy
aquí arriba! —gritó Cósimo.
Pero
no gritó desde el nogal donde estaba antes y en donde estaba
escondido el bandido; se había desplazado rápidamente a un castaño
de enfrente, de modo que los esbirros levantaron enseguida la cabeza
en aquella dirección sin ponerse a mirar a los árboles de en torno.
—Buenos
días, señoría —dijeron—, ¿por casualidad no habréis visto
correr al bandido Gian dei Brughi?
—Quién
era no lo sé —respondió Cósimo—, pero si buscáis a un
hombrecito que corría, ha tomado por ahí, hacia el torrente…
—¿Un
hombrecito? Es un hombre terrible, que inspira miedo…
—Bueno,
desde aquí parecéis todos pequeños…
—¡Gracias,
señoría! —y tiraron hacia el torrente.
Cósimo
volvió al nogal y siguió con la lectura del Gil Blas. Gian dei
Brughi todavía estaba abrazado a la rama, pálido entre los cabellos
y la barba hirsutos y rojos como los mismos brezos, con hojas secas,
erizos de castaña y agujas de pino enredados en ellos. Escrutaba a
Cósimo con dos ojos verdes, redondos y turbados; feo, era feo.
—¿Se
han ido? —se decidió a preguntar.
—Sí,
sí —dijo Cósimo, afable—. ¿Es usted el bandido Gian dei
Brughi?
—¿Cómo
me conoce?
—Ah,
pues, por la fama.
—¿Y
usted es el que nunca baja de los árboles?
—Sí.
¿Cómo lo sabe?
—Bueno,
también yo, la fama corre.
Se
miraron con amabilidad, como dos personas importantes que se
encuentran por casualidad y están contentas de no ser desconocidas
la una para la otra.
Cósimo
no sabía que más podía decir, y se puso de nuevo a leer.
—¿Qué
lee?
—El
Gil Blas, de Lesage.
—¿Es
bonito?
—Pues
sí.
—¿Le
falta mucho para terminarlo?
—¿Por
qué? Bueno, unas veinte páginas.
—Porque
cuando lo termine quisiera pedirle que me lo prestara —sonrió,
algo confundido—. ¿Sabe?, me paso los días escondido, nunca se
sabe qué hacer. Si tuviera un libro de vez en cuando, digo. Una vez
detuve una carroza, poca cosa, pero había un libro y lo cogí. Me lo
llevé, escondido bajo la casaca; habría dado todo el resto del
botín, con tal de quedarme aquel libro. Por la noche, enciendo la
linterna, me dispongo a leer…, ¡estaba en latín! No entendía ni
una palabra… —Sacudió la cabeza—. Ya ve, yo el latín no lo
sé…
—Bueno,
el latín, caray, es difícil —dijo Cósimo, y sintió que a pesar
suyo estaba tomando un aire protector—. Éste está en francés…
—Francés,
toscano, provenzal, castellano, los entiendo todos —dijo Gian dei
Brughi—. Un poco también el catalán: Bon dia! Bona nit! Està
la mar molt alborotada.
En
media hora Cósimo terminó el libro y se lo prestó a Gian dei
Brughi.
Así
empezaron a relacionarse mi hermano y el bandido. En cuanto Gian dei
Brughi había terminado un libro, corría a devolvérselo a Cósimo,
tomaba en préstamo otro, escapaba a esconderse a su refugio secreto,
y se hundía en la lectura.
A
Cósimo los libros se los proporcionaba yo de la biblioteca de casa,
y cuando los había leído me los volvía a dar. Ahora empezó a
quedárselos más tiempo, porque una vez leídos se los pasaba a Gian
dei Brughi, y a menudo volvían con las encuadernaciones
despellejadas, con manchas de moho, babas de caracoles, porque quién
sabe dónde los tenía el bandido.
En
días preestablecidos, Cósimo y Gian dei Brughi se daban cita sobre
un determinado árbol, se intercambiaban el libro y se separaban, ya
que el bosque estaba siempre batido por los esbirros. Esto tan simple
era muy peligroso para ambos; incluso para mi hermano, que desde
luego no habría podido justificar su amistad con aquel criminal.
Pero a Gian dei Brughi le había pillado tal furia de lecturas, que
devoraba novela tras novela y, al estar todo el día escondido
leyendo, en un día liquidaba unos tomos que mi hermano había
empleado una semana en leer, y entonces no había manera, quería
otro, y si no era el día establecido se lanzaba por los campos en
busca de Cósimo, asustando a las familias en los caseríos y
arrastrando detrás de él a toda la fuerza pública de Ombrosa.
Ahora
a Cósimo, aún más apremiado por las peticiones del bandido, los
libros que yo conseguía procurarle ya no le bastaban, y tuvo que ir
a buscar otros proveedores. Conoció a un comerciante de libros
judío, un tal Orbecche, que le suministraba incluso obras en varios
tomos. Cósimo iba a llamar a su ventana desde las ramas de un
algarrobo llevándole liebres, tordos y perdices acabados de cazar a
cambio de volúmenes.
Pero
Gian dei Brughi tenía sus gustos, no se le podía dar un libro
cualquiera, pues al día siguiente buscaba a Cósimo para que se lo
cambiase. Mi hermano estaba en la edad en que se empieza a gozar con
lecturas más sustanciosas, pero se veía obligado a ir despacio,
desde que Gian dei Brughi le devolvió Las aventuras de Telémaco,
advirtiéndole que si le daba otra vez un libro tan aburrido, le
serraría el árbol por debajo.
Cósimo,
a partir de este momento, habría querido separar los libros que
quería leer por su cuenta con toda calma de los que se procuraba
sólo para dejárselos al bandido. Pero no: también a éstos tenía
que echarles al menos una ojeada, porque Gian dei Brughi se volvía
cada vez más exigente y desconfiado, y antes de quedarse con un
libro quería que le contase un poco el argumento, y pobre de él
como lo cogiera en falta. Mi hermano probó a pasarle novelitas de
amor, y el bandido llegaba furioso preguntando si lo había tomado
por una mujercita. No se conseguía adivinar nunca lo que le gustaba.
En
resumidas cuentas, con Gian dei Brughi pegado a él, la lectura para
Cósimo, de aquella distracción de media horita, se convirtió en su
ocupación principal, en el objeto de todo el día. Y a fuerza de
manejar volúmenes, de juzgarlos y compararlos, de tener que conocer
siempre otros nuevos, entre lecturas para Gian dei Brughi y la
creciente necesidad de lecturas para sí, a Cósimo le entró tal
pasión por las letras y por todo el saber humano que no le eran
suficientes las horas desde el alba al ocaso para lo que habría
querido leer, y seguía incluso en la oscuridad, a la luz de una
linterna.
Descubrió
al fin las novelas de Richardson. A Gian dei Brughi le gustaron.
Acabada una, enseguida quería otra. Orbecche le consiguió un montón
de volúmenes. El bandido tenía lectura para un mes. Cósimo,
recobrada la tranquilidad, se lanzó a leer las Vidas de
Plutarco.
Gian
dei Brughi, mientras tanto, tumbado en su lecho, con los hirsutos
cabellos rojos llenos de hojas secas sobre la frente fruncida, los
ojos verdes que se le enrojecían por el esfuerzo de la vista, leía
y leía moviendo la mandíbula en un deletreo furioso, teniendo en
alto un dedo húmedo de saliva dispuesto a volver la página. Con la
lectura de Richardson,una inclinación latente desde hacía tiempo en
su ánimo lo iba consumiendo: un deseo de una vida rutinaria y
casera, de parentescos, de sentimientos familiares, de virtudes, de
aversión a los malvados y los viciosos. Todo lo que lo rodeaba ya no
le interesaba, o lo llenaba de disgusto. Ya no salía de su guarida
salvo para correr hacia Cósimo para que le cambiase el volumen, en
especial si era una novela en varios tomos y se había quedado a la
mitad de la historia. Vivía así, aislado, sin darse cuenta de la
tempestad de resentimientos que estaba incubando contra él incluso
entre los habitantes del bosque, en un tiempo sus fieles cómplices,
pero que ahora se habían cansado de tener entre ellos un bandido
inactivo, que atraía a todos los esbirros.
En
otra época, se le habían acercado cuantos en los alrededores tenían
cuentas que ajustar con la justicia, aunque fuese poco, habituales
pequeños robos, como los de aquellos vagabundos estañadores de
ollas, o delitos propiamente dichos, como los de sus compañeros
bandidos. Para cada hurto o atraco esta gente se aprovechaba de su
autoridad y experiencia, e incluso se escudaba con su nombre, que
corría de boca en boca y dejaba los suyos en la sombra. Y quien no
tomaba parte en los golpes también disfrutaba de algún modo de su
suerte, porque el bosque se llenaba de lo robado y de contrabando de
todas clases, que había que despachar o revender, y todos los que
frecuentaban aquellos lugares encontraban con qué traficar. Quien
además llevaba a cabo atracos por su cuenta, sin que lo supiera Gian
dei Brughi, se apoyaba en aquel nombre terrible para atemorizar a los
agredidos y sacarles el máximo; la gente vivía en el terror, en
cada maleante veía a Gian dei Brughi o a uno de su banda y se
apresuraba a desatar los cordones de la bolsa.
Estos
buenos tiempos duraron mucho; Gian dei Brughi había visto que podía
vivir de renta, y poco a poco se fue abandonando. Creía que todo
seguía como antes, en cambio los ánimos eran otros y su nombre ya
no inspiraba ningún respeto.
¿A
quién le era útil, a estas alturas, Gian dei Brughi? Se estaba
escondiendo con lagrimones en los ojos leyendo novelas, ya no
realizaba atracos, no proporcionaba botines, en el bosque nadie podía
ocuparse de sus asuntos, venían los esbirros todos los días a
buscarlo y por poco que un desgraciado tuviese un aspecto sospechoso
se lo llevaban a la prevención. Si se añade la tentación de la
recompensa que ofrecían por su cabeza, se ve claro que los días de
Gian dei Brughi estaban contados.
Otros
dos bandidos, dos jóvenes que habían sido adiestrados por él y que
no sabían resignarse a perder aquel buen jefe de la banda, quisieron
darle ocasión de rehabilitarse. Se llamaban Ugasso y Bel-Loré, y de
niños habían sido de la banda de ladronzuelos de fruta. Ahora,
mayores, se habían convertido en salteadores de caminos.
Así
pues, van a buscar a Gian dei Brughi a su guarida. Estaba allí,
tendido sobre la paja.
—Sí,
¿qué pasa? —dijo, sin levantar los ojos de la página.
—Teníamos
que proponerte una cosa, Gian dei Brughi.
—Hum…
¿Qué? —y leía.
—¿Sabes
dónde está la casa de Costanzo, el recaudador de impuestos?
—Sí,
sí… ¿Eh? ¿Qué recaudador?
Bel-Loré
y Ugasso intercambiaron una mirada contrariada. Si no le quitaban
aquel maldito libro de delante de los ojos, el bandido no entendería
ni una palabra.
—Cierra
el libro por un momento, Gian dei Brughi. Escúchanos.
Gian
dei Brughi aferró el libro con ambas manos, se puso de rodillas, se
lo apretó contra el pecho manteniéndolo abierto por la señal,
luego el deseo de seguir leyendo era demasiado y, siempre sujetándolo
estrechamente, lo levantó hasta poder hundir la nariz en él.
Bel-Loré
tuvo una idea. Había allí una tela de araña con una gruesa araña.
Bel-Loré alzó con manos ligeras la tela de araña con la araña y
se la tiró encima a Gian dei Brughi, entre el libro y la nariz. El
infeliz de Gian dei Brughi se había ablandado tanto que hasta una
araña le daba miedo. Sintió en la nariz aquella confusión de patas
de araña y filamentos pegajosos, y antes incluso de comprender qué
era, lanzó un gritito horrorizado, dejó caer el libro y empezó a
abanicarse con las manos la cara, con los ojos en blanco y la boca
que escupía.
Ugasso
se tiró al suelo y consiguió agarrar el libro antes de que Gian dei
Brughi le pusiera un pie encima.
—¡Devuélveme
ese libro! —dijo Gian dei Brughi, tratando con una mano de librarse
de la araña y la telaraña, y con la otra de arrancar el libro de
las manos de Ugasso.
—No,
¡primero escúchanos! —dijo Ugasso escondiendo el libro a la
espalda.
—Estaba
leyendo Clarisa. ¡Devolvédmelo! Precisamente en el momento
culminante…
—Oye
esto. Nosotros llevamos esta noche una carga de leña a casa del
recaudador de impuestos. En el saco, en vez de leña, vas tú. Cuando
sea de noche, sales del saco…
—¡Pues
yo quiero terminar Clarisa! —Había conseguido librarse las
manos de los últimos restos de telaraña y trataba de luchar con los
dos jóvenes.
—Oye
esto… Cuando sea de noche sales del saco, armado con tus pistolas,
haces que el recaudador te dé todo lo que ha recaudado durante la
semana, que guarda en el cofre en la cabecera de la cama…
—Dejadme
al menos acabar el capítulo… Sed buenos chicos…
Los
dos jóvenes pensaban en los tiempos en que, al primero que se
atrevía a contradecirle, Gian dei Brughi le clavaba dos pistolas en
el estómago. Les vino una amarga nostalgia.
—Tú
coges los sacos de dinero, ¿de acuerdo? —insistieron,
tristemente—, nos los traes, nosotros te devolvemos tu libro y
podrás leer cuanto quieras. ¿Está bien así? ¿Irás?
—No.
No está bien. ¡No iré!
—Ah,
conque no irás… Ah, conque no irás, dices… ¡Pues mira,
entonces! —y Ugasso cogió una página de hacia el final del libro
(—¡No! —gritó Gian dei Brughi), la arrancó (—¡No!
¡Quieto!), hizo una bola con ella, la echó al fuego.
—¡Ah!
¡Perro! ¡No puedes hacer eso! ¡Ya no sabré cómo termina! —y
corría detrás de Ugasso para pillarle el libro.
—Entonces
qué, ¿vas a ir a casa del recaudador?
—No,
¡no pienso ir!
Ugasso
arrancó otras dos páginas.
—¡Estate
quieto! ¡Todavía no he llegado ahí! ¡No puedes quemarlas!
Ugasso
ya las había tirado al fuego.
—¡Perro!
¡Clarisa! ¡No!
—Entonces
qué, ¿vas a ir?
—Yo…
Ugasso
arrancó otras tres páginas y las lanzó a las llamas.
Gian
dei Brughi se sentó con la cara entre las manos.
—Iré
—dijo—. Pero prometedme que me esperaréis con el libro fuera de
la casa del recaudador.
Escondieron
al bandido en un saco, con un haz de leña sobre la cabeza. Bel-Loré
llevaba el saco a la espalda. Detrás iba Ugasso con el libro. De vez
en cuando, cuando Gian dei Brughi con una patada o un gruñido desde
dentro del saco daba muestras de estar a punto de arrepentirse,
Ugasso le hacía oír el ruido de una página arrancada y Gian dei
Brughi volvía a quedarse calmado enseguida.
Con
este sistema lo llevaron, disfrazados de leñadores, hasta dentro de
la casa del recaudador de impuestos y lo dejaron allí. Fueron a
situarse un poco lejos, detrás de un olivo, esperando la hora en
que, terminado el golpe, debía reunirse con ellos.
Pero
Gian dei Brughi tenía demasiada prisa, salió antes de oscurecer,
por la casa aún había demasiada gente.
—¡Manos
arriba! —Pero ya no era el de antes, era como si se viese desde
fuera, se sentía un poco ridículo—. Manos arriba, he dicho…
Todos los de la habitación, contra la pared… —Nada: no se lo
creía ni él, lo hacía por hacer—. ¿Estáis todos? —No se
había dado cuenta de que se había escapado una niña.
En
cualquier caso, era un trabajo en el que no se podía perder ni un
minuto. En cambio lo alargó, el recaudador se hacía el tonto, no
encontraba la llave, Gian dei Brughi comprendía que ya no lo tomaban
en serio, y en el fondo estaba contento de que así ocurriese.
Salió,
por fin, con los brazos cargados de bolsas repletas de escudos.
Corrió casi a ciegas al olivo fijado para reunirse.
—¡Aquí
está todo lo que había! ¡Devolvedme Clarisa!
Cuatro,
siete, diez brazos se arrojaron sobre él, lo inmovilizaron de la
espalda a los tobillos. Una cuadrilla de esbirros lo levantaba a
pulso y lo ataba como a un jamón.
—¡A
Clarisa la verás estando en chirona! —y lo condujeron a la cárcel.
La
cárcel era una torre a orillas del mar. Un bosque de pinastros
crecía allí cerca. Desde lo alto de uno de estos pinastros, Cósimo
llegaba casi a la altura de la celda de Gian dei Brughi y veía su
rostro tras las rejas.
Al
bandido no le importaban nada ni los interrogatorios ni los procesos;
cualquiera que fuese el resultado, lo iban a ahorcar igualmente; pero
su preocupación eran esos días vacíos allí en la prisión, sin
poder leer, y aquella novela dejada a medias. Cósimo consiguió
obtener otro ejemplar de Clarisa y se lo llevó al pino.
—¿Dónde
habías llegado?
—¡Cuando
Clarisa escapaba de la casa de mala fama!
Cósimo
hojeó un poco y luego:
—Ah,
sí, aquí lo tengo. Pues… —y empezó a leer en voz alta, vuelto
hacia la reja, a la que se veían agarradas las manos de Gian dei
Brughi.
La
instrucción de la causa se fue alargando; el bandido resistía las
torturas; para hacerle confesar cada uno de sus innumerables delitos
se requerían días y días. Pero siempre, antes y después de los
interrogatorios, se quedaba escuchando a Cósimo que le leía. Cuando
terminó Clarisa, viéndolo algo entristecido, Cósimo pensó que
Richardson, a la postre, era un poco deprimente; y prefirió empezar
a leerle una novela de Fielding, que con vicisitudes más movidas lo
consolara un poco de la libertad perdida. Eran los días del proceso,
y Gian dei Brughi sólo tenía en la cabeza los azares de Jonathan
Wild.
Antes
de que se acabara la novela, llegó el día de la ejecución. En la
carreta, en compañía de un fraile, Gian dei Brughi llevó a término
el último viaje como viviente. Las ahorcaduras en Ombrosa se
ejecutaban en una alta encina en medio de la plaza. Alrededor todo el
pueblo formaba un círculo.
Cuando
tuvo la soga al cuello, Gian dei Brughi oyó un silbido entre las
ramas. Alzó el rostro. Era Cósimo, con el libro cerrado.
—Dime
cómo termina —dijo el condenado.
—Siento
decírtelo, Gian —respondió Cósimo—, Jonathan termina colgado
por el cuello.
—Gracias.
¡Que sea lo mismo para mí! ¡Adiós! —y dio un puntapié a la
escalera, quedando estrangulado.
El
gentío, cuando el cuerpo cesó de agitarse, se marchó. Cósimo se
quedó hasta la noche, a horcajadas de la rama de la que colgaba el
ahorcado. Cada vez que un cuervo se acercaba para morder los ojos o
la nariz al cadáver, Cósimo lo ahuyentaba agitando el gorro.
El barón rampante, 1957.
domingo, 16 de agosto de 2026
El emperador de los lagartos. León Felipe.
Porque
el sueño es un animal fronterizo como los lagartos…
El
sueño es un lagarto.
Vive
en la frontera de dos grandes peñascos,
no
tiene raíces, va de un lado a otro lado,
de
la luz a la sombra, de la sombra a la luz… de un peñasco a otro
peñasco.
Se
agarra del péndulo que oscila entre los mundos que separan la
rendija entreabierta de mis párpados]
y
se mete en el cubo del pozo que tan pronto está arriba como abajo.
En
el crepúsculo del sueño nada está firme ni clavado… y el lagarto
vive
fuera del tiempo y del espacio.]
Pero
el sueño no es un enemigo del hombre como el zorro, es enemigo de la
tachuela y del cálculo;]
de
las duchas heladas y del puñal del amoniaco.
Existen
la razón y la aritmética dominando
y
el sueño y la locura aherrojados…
La
locura también es un lagarto.
Porque
el lagarto va y viene también del yelmo a la bacía y de la bacía
al yelmo. Y el juez, el cura, Don Fernando,]
el
burlón, el prestidigitador y el catedrático
ya
no sabe ninguno qué es lo que tiene en la cabeza aquel hidalgo.
¿Quién
ha gritado baci-yelmo?, Sancho.
Baci-yelmo
también, es un lagarto.
Preguntad
otra vez: ¿Y si estuviésemos ya locos? ¿O si siguiésemos
soñando?]
¿Si
no hubiésemos dejado
de
soñar, Segismundo, y el destierro ahora aquí y
España
allá, en el otro lado
fuesen
el juego viejo y nuevo de un dios, no de un rey bárbaro,
el
sueño eterno y español de la «caverna y el palacio»?
«Yo
sueño que estoy aquí,
de
estas prisiones cargado
y
soñé que en otro estado»…
Si
no hubiésemos dejado
de
soñar, Segismundo, y alguien después de ti hubiese definitivamente
dado
el
grito subversivo de ¡Arriba, arriba los lagartos!
¿Si
tú y yo, el místico, el biólogo, el psicólogo y el matemático
ya
hubiésemos sacado nuestra espada para defender a los lagartos?
Porque
si el pájaro
no
se escondió en la biblioteca ni en el follaje barroco del retablo,
si
huyó del pan, del vino y del binomio… de las manos de los
arzobispos y los sabios,]
si
no está en la retorta ni en el vaso sagrado
tendremos
que buscarlo
en
el ritmo pendular de la locura, del sueño o del borracho…
El
borracho también es un lagarto.
Porque
tal vez el hombre no sea un animal domesticado
que
cuenta, que gobierna y que razona, sino algo
que
sueña, que enloquece y que vacila, algo…
«¿No
pusiste allí un candil?
¿Cómo
me parecen dos?»
¿Aquello
es un peñasco o dos peñascos?
¿Y
si la luz fuese la sombra, la gracia el pecado,
la
oración la blasfemia, el cielo el infierno y el oro el guijarro?
¿Si
el verso, poetas cortesanos,
si
el verso no fuese de cristal sino de barro?
¿SÍ
hacia la derecha y hacia la izquierda fuesen sólo una vana y estéril
disputa de las manos?]
¿Si
no hubiese boca arriba y boca abajo
y
no supiésemos tampoco quién es el que duerme al revés, la lechuza
o el murciélago?]
¿Si
de tanto dar vueltas, de tanto columpiarnos,
de
tanto ir y venir del caño al coro y del coro al caño
nos
trabucásemos diciendo ¡cono!, pero si no sabemos dónde estamos?
Y
ésta es la hora blasfematoria y negra en el reino crepuscular de los
lagartos;]
la
hora en que se apagan las antorchas, las linternas, los faroles
urbanos y los faros;]
la
hora en que se escapan las estrellas por el turbio pantano de los
sapos;
la
hora en que los letreros de las callejuelas y de las grandes avenidas
se desploman, y se desploman los borrachos;]
la
hora en que nos llevan a la iglesia como a una casa de socorro…
la
hora de la camilla, del hisopo y del puñal del amoníaco…
la
hora en que nos vuelven a la vida, a la vida otra vez: a la razón y
al llanto.
¿Y
si la muerte fuese la vida y la vida la muerte, y yo aquí ahora,
espatarrado
entre
los dos peñascos
no
pudiese decir en qué sitio se apoyan mis zapatos?
He
visto nacer y morir. He asistido a un enterramiento y a un parto.
Y
me ha parecido siempre que el que nace, el que llega, llega como
forzado…]
que
alguien lo empuja por detrás, que lo echan a puntapiés y puñetazos
de
algún sitio, y le arrojan aquí, que por eso aparece llorando.
El
comadrón le coge en el aire como un futbolista la pelota.
En
cambio,
¿no
es verdad que una tumba es una dulce puerta, una mampara que nos abre
en la tierra con cuidado]
una
mano cumplida y cortesana, una mano
que
nos indica reverente: Por aquí, por aquí, pase usted por aquí; en
su despacho,]
está
el señor Presidente esperándolo?
Y
hay hombres que estuvieron con la puerta entreabierta para pasar, y
no pasaron;]
hombres
en agonía que estuvieron casi del otro lado,
hombres
en agonía larga, como Lázaro…
Lázaro
también es un lagarto.
Lo
volvieron al llanto cuando huía tirándole del rabo.
Porque
tal vez nos salvan desde allá, y a los ahogados, a los
definitivamente ahogados,]
desde
la otra ribera les arrojan un cabo.
¿Se
salvan los que mueren? ¿La vida es un naufragio?
Éste
es el reino, amigos, de la interrogación y del lagarto.
Del
lagarto
que
se mece en el columpio del cangilón y pasa por la luz y el
subterráneo
con
un tiempo y un ritmo poemáticos…
¡Eh,
alto!
El
poema también es un lagarto,
y
el poeta, el Gran Emperador de los lagartos.
Y
yo digo ahora aquí, aquí, colgado
del
péndulo que oscila entre los mundos que separan la rendija
entreabierta de mis párpados,]
aquí
y ahora —sacad el reloj— a las tres, con el pico rojinegro del
gallo:
Oíd,
amigos, la revolución ha fracasado.
Subid
las campanas de nuevo al campanario,
devolvedle
la sotana al cura y al capataz el látigo,
clavad
esas bisagras y quitadle el orín a los candados…
que
venga el cristalero y que componga los cristales rotos de los
balcones de Palacio…]
Arreglad
las trampas y los cepos y comprad alambre para los vallados…
Sacad
de vuestros cofres los anillos ducales, las libreas y los viejos
contratos…]
Coronad
a los poetas otra vez con hojas de laurel purpurinado
y
regaladle al Presidente si queréis una medallita y un escapulario.
¡Viva
Cristo Rey! ¡La Revolución ha fracasado!
Esto
lo he dicho a las tres. Pero ahora digo a las cuatro:
No
obstante, el que se haga una casa, que la haga teniendo en cuenta
ciertos planos.]
y
el que escriba un poema, que no olvide que se han visto ya pájaros
que se le escapan de la jaula al matemático.]
Por
ejemplo: dos y dos no son cuatro.
(Y
que no se solivianten el tenedor de libros y el rotario:
todavía
seguiremos sumando unos cuantos días como antes, para que no se
colapsen los bancos).]
y
digo además: Se han oído gritos desesperados, aullidos y blasfemias
en el subterráneo;]
se
espera que después del homo sapiens, de los retóricos y de los
teólogos, surja un cráneo]
que
rompa los barrotes y los muros: Dios está todavía encarcelado.
Vendrán
poetas de pólvora y barreno, con la mecha en la mano,
y
harán saltar la roca donde aún sigue Prometeo encadenado.
(Pero
no os asustéis. Antes nos comeremos otra vez el rancio pastelón
eclesiástico]
para
que no se arruinen los panaderos de pan ázimo).
y
esto no lo digo ni con los conejos del corral ni con las palomas del
tejado.
lo
digo desde el cubo del pozo, que tan pronto está arriba como abajo.
Pero…
¿y el Hombre? EL hombre… ¿es un mestizo o un ario?
El
hombre… (sigo hablando desde el cubo del pozo, desde el púlpito de
los lagartos),]
yo
lo he visto en las ruinas de Itálica, verdinegro, entre el ibero y
el romano,
y
en las ruinas de Uxmal y Chichén, verdinegro, entre el maya y el
caballero castellano…]
Yo
lo he visto entre el maíz amarillo y el trigo blanco,
en
la primera rendija de la aurora, entre las tres y las cuatro,
entre
la luna y el sol… en el pico ronco y agudo del gallo…
Yo
lo he visto entre el polvo y el agua, entre la sed y la nube… en el
barro…
El
hombre es un mestizo y el mestizo también es un lagarto.
Ahora…
anotad estas voces que suben del sótano:
¿Venimos
a crecer o a purgar?
¿Nos
abrieron la puerta o la forzamos?
¿Quién
estaba allí cuando partimos?
¿Quién
nos despidió en el otro lado?
¿El
gorila
o
el ángel desterrado?
Éste
es el reino, amigos, de la interrogación y del lagarto.
Y
aunque nadie conteste, yo vuelvo a preguntar:
¿Quién,
quién sostiene y levanta la verdad redentora entre las manos,
quién
es el sacerdote, el obispo o el sabio?
¿Dónde
está Dios? ¿Está Dios en el cáliz o en el tubo de ensayo?
¿Dónde
está Dios? ¿Está en el vino puro y en las harinas pálidas del
ario,
o
está aquí, en las fronteras pendulares
del
mestizo,
del
poeta,
del
agónico,
del
borracho,
del
loco,
y
del sonámbulo?
¿Aquí,
aquí en el cubo del pozo, que tan pronto está arriba como abajo;
aquí,
aquí, en el poema, a caballo
en
la rendija entreabierta de mis párpados…?
¿Aquí…
en el reino crepuscular de los lagartos?
Los lagartos, 1941.
sábado, 15 de agosto de 2026
Octubre de 1944. Primo Levi.
Con todas nuestras fuerzas hemos
luchado para que no llegase el invierno. Nos hemos agarrado a todas
las horas tibias, y a cada puesta de sol hemos procurado sujetar el
sol en el cielo todavía un poco, pero todo ha sido inútil. Ayer por
la tarde el sol se ha puesto irrevocablemente en un enredo de niebla
sucia, de chimeneas y de cables, y esta mañana es invierno.
Sabemos
lo que quiere decir, porque estábamos aquí el invierno pasado, y
los demás lo aprenderán pronto. Quiere decir que, en el curso de
estos meses, de octubre a abril, de cada diez de nosotros, morirán
siete. Quien no se muera sufrirá minuto por minuto, día por día,
durante todos los días: desde la mañana antes del alba hasta la
distribución del potaje vespertino, deberá tener constantemente los
músculos tensos, dar saltos primero sobre un pie y luego sobre el
otro, darse palmadas bajo los sobacos para resistir el frío. Deberá
gastar pan para procurarse guantes, y perder horas de sueño para
repararlos cuando estén descosidos. Como no se podrá comer nunca al
aire libre, tendremos que consumir nuestro pienso en la barraca, de
pie, disponiendo cada uno de un palmo de pavimento, y apoyarse en las
literas está prohibido. A todos se nos abrirán heridas en las manos
y para conseguir una venda habrá que esperar toda la tarde durante
horas y de pie en la nieve y al viento.
Del
mismo modo que nuestra hambre no es la sensación de quien ha perdido
una comida, así nuestro modo de tener frío exigiría un nombre
particular. Decimos «hambre», decimos «cansancio», «miedo» y
«dolor», decimos «invierno», y son otras cosas. Son palabras
libres, creadas y empleadas por hombres libres que vivían, gozando y
sufriendo, en sus casas. Si el Lager hubiese durado más, un nuevo
lenguaje áspero habría nacido; y se siente necesidad de él para
explicar lo que es trabajar todo el día al viento, bajo cero, no
llevando encima más que la camisa, los calzoncillos, la chaqueta y
unos calzones de tela, y, en el cuerpo, debilidad y hambre y
conciencia del fin que se acerca.
Del
mismo modo en que se ve desvanecerse una esperanza, así ha llegado
el invierno esta mañana. Nos hemos dado cuenta cuando hemos salido
del barracón para ir a lavarnos: no había estrellas, el aire oscuro
y frío olía a nieve. En la plaza de la Lista, bajo la primera luz,
al reunirnos para el trabajo, nadie ha hablado. Cuando hemos visto
los primeros copos de nieve, hemos pensado que si el año pasado en
esta época nos hubiesen dicho que íbamos a ver otro invierno en el
Lager, nos habríamos dirigido a tocar el tendido eléctrico; y
también lo haríamos ahora si fuésemos lógicos, si no fuera por
este insensato y loco residuo de inconfesable esperanza.
Porque
«invierno» quiere decir todavía una cosa más.
La
primavera pasada los alemanes han construido dos enormes tiendas en
una explanada de nuestro Lager. Cada una, durante el buen tiempo, ha
hospedado a más de mil hombres; ahora, las tiendas han sido
desmontadas y un exceso de dos mil hombres se hacinan en nuestras
barracas. Nosotros, los veteranos prisioneros, sabemos que estas
irregularidades no les gustan a los alemanes y que pronto sucederá
algo que haga disminuir nuestro número.
La
selección se siente llegar. Selekcja: la híbrida palabra latina y
polaca se oye una vez, dos veces, muchas veces, intercalada en
conversaciones extranjeras; al principio no se la individualiza,
después se impone a la atención, finalmente nos persigue.
Esta
mañana, los polacos dicen Selekcja. Los polacos son los que primero
saben las noticias, y generalmente procuran que no se difundan,
porque saber algo mientras los demás no lo saben todavía puede
resultar ventajoso. Cuando todos sepan que la selección es
inminente, lo poquísimo que cada uno podría intentar para
escurrirse (corromper con pan o con tabaco a algún médico o a algún
prominente; pasar de la barraca al Ka-Be o viceversa en el momento
exacto, de manera que se cruce uno con la comisión) será su
monopolio.
En
los días siguientes, la atmósfera del Lager y de la cantera está
saturada de Selekcja: nadie sabe nada preciso y todos hablan de ello,
hasta los obreros libres, polacos, italianos, franceses, que vemos a
escondidas durante las horas de trabajo. No se puede decir que se
produzca una ola de abatimiento. Nuestra moral colectiva está
demasiado desarticulada y aplastada para que sea inestable. La lucha
contra el hambre, el frío y el trabajo deja poco margen al
pensamiento, aun tratándose de este pensamiento. Cada cual reacciona
a su manera, pero casi ninguno con las actitudes que parecerían más
plausibles por ser realistas, es decir con la resignación o con la
desesperación.
Quien
puede tomar providencias, las toma; pero son los menos, porque
sustraerse a la selección es muy difícil, los alemanes hacen estas
cosas con gran seriedad y diligencia.
Quien
no puede prevenirse materialmente trata de defenderse de otro modo.
En los retretes, en el lavadero, nos enseñamos el uno al otro el
pecho, las nalgas, los muslos, y los compañeros se tranquilizan:
«Puedes estar tranquilo, seguro que esta vez no te toca… du
bist kein Muselmann… más bien yo», y al mismo tiempo se bajan
los pantalones y se levantan la camisa.
Ninguno
niega a otro esta limosna: ninguno está tan seguro de su suerte como
para tener el valor de condenar a otro. Yo mismo he mentido
descaradamente al viejo Wertheimer; le he dicho que, si lo
interrogan, responda que tiene cuarenta y cinco años y que no se
olvide de afeitarse la tarde antes, aun a costa de quitarse de la
boca un cuarto de pan; que, aparte de esto, no debe alimentar
temores, y que además no es nada cierto que se trate de una
selección para el gas: ¿no le ha oído decir al Blockaltesterr que
los seleccionados irán al campo de convalecencia de Jaworszno?
Es
absurdo que Wertheimer tenga esperanzas: aparenta sesenta años,
tiene gruesas varices, casi no siente el hambre. Y, sin embargo, se
va a la litera sereno y tranquilo y, a quien le hace preguntas, le
responde con mis palabras; son las palabras de orden del campo
durante estos días: yo mismo las he repetido como, con menos
detalles, me las he sentido recitar por Jaim, que está en el Lager
desde hace tres años y, como es fuerte y robusto, está
admirablemente seguro de sí; y le he creído.
Sobre
esta exigua base también yo he atravesado la gran selección de
octubre de 1944 con inconcebible tranquilidad. Estaba tranquilo
porque había logrado mentirme cuánto era necesario. El hecho de que
yo no haya sido elegido ha dependido sobre todo del azar y no
demuestra que mi confianza estuviese bien fundada.
También
Monsieur Pinkert es, a priori, un condenado: basta con mirarle a los
ojos. Me llama con una seña, y me cuenta con aire confidencial que
ha sabido, de qué fuente no puede decírmelo, que, efectivamente,
esta vez hay una novedad: la Santa Sede, por medio de la Cruz Roja
Internacional… en fin, me asegura personalmente que, tanto para él
como para mí, de la manera más absoluta, está excluido todo
peligro: cuando civil, era, como es sabido, agregado a la embajada
belga en Varsovia.
De
varios modos pues, también estos días de vigilia, que cuando se
habla de ellos, parece que deberían haber sido tormentosos más allá
de todo límite humano, pasan de una manera no muy diferente que los
demás.
La
disciplina del Lager y de la Buna no se relaja en modo alguno; el
trabajo, el frío y el hambre son suficientes para acaparar toda
nuestra atención.
Hoy
es domingo de trabajo, Arbeitssonntag: se trabaja hasta las
trece, después se vuelve al campo para la ducha, el afeitado y el
control general de la sarna y de los piojos y, en el tajo,
misteriosamente, todos hemos sabido que la selección será hoy.
La
noticia ha llegado, como siempre, rodeada de un halo de detalles
contradictorios y recelos: esta misma mañana ha habido una selección
en la enfermería; el porcentaje ha sido del siete, del treinta, del
cincuenta por ciento del total de los enfermos. En Birkenau, la
chimenea del Crematorio humea desde hace diez días. Hay que hacerle
sitio a una enorme expedición que va a llegar del gueto de Posen.
Los jóvenes dicen a los jóvenes que serán elegidos todos los
viejos. Los sanos dicen a los sanos que sólo serán elegidos los
enfermos. Serán excluidos los especialistas. Serán excluidos los
judíos alemanes. Serán excluidos los Números Bajos. Serás elegido
tú. Seré excluido yo.
Con
toda normalidad, a partir de las trece en punto, el taller se vacía
y la formación gris e interminable desfila durante dos horas hacia
los dos puestos de control, donde como todos los días somos contados
y recontados, ante la orquesta que, durante horas sin interrupción,
toca como todos los días las marchas con las que, a la entrada y a
la salida, debemos sincronizar nuestros pasos. Parece que todo marcha
como todos los días, la chimenea de la cocina humea como de
costumbre, ya ha empezado la distribución del potaje. Pero luego se
ha oído la campana, y ahora hemos comprendido que va en serio.
Porque
esta campana suena siempre al alba, y entonces es la diana, pero
cuando suena a media jornada quiere decir Blocksperre,
encierro en la barraca, y esto sucede cuando hay selección, para que
nadie se sustraiga a ella y, cuando los seleccionados salgan hacia el
gas, para que nadie los vea partir.
Nuestro
Blockaltester conoce su oficio. Se ha cerciorado de que todos
hemos entrado, ha hecho cerrar la puerta con llave, ha dado a cada
uno la ficha en que constan la matrícula, el nombre, la profesión,
la edad y la nacionalidad, y ha dado orden de que todos se desnuden
completamente quedándose sólo con el calzado. De este modo,
desnudos y con la ficha en la mano, esperaremos a que la comisión
llegue a nuestra barraca. Nosotros somos la barraca 48, pero no se
puede prever si se empezará por la barraca 1 o por la 60. De todos
modos, podemos estar tranquilos durante una hora por lo menos, y no
hay motivo alguno para que no nos metamos bajo las mantas de las
literas para calentarnos.
Ya
dormitan muchos cuando un desencadenamiento de órdenes, de
blasfemias y de golpes indica que la comisión está llegando. El
Blockaltester y sus ayudantes, a gritos y puñetazos, a partir
del fondo del dormitorio, empujan hacia delante a la turba de
desnudos asustados y los apiñan dentro del Tagesraum, que es
la Comandancia. El Tagesraum es un cuarto de siete metros por
cuatro: cuando la caza ha terminado, dentro del Tagesraum está
comprimida una masa humana caliente y compacta que invade y rellena
perfectamente todos los rincones y ejerce en las paredes de madera
una presión que las hace crujir.
Ahora
estamos todos en el Tagesraum y además de no haber tiempo, ni
siquiera hay espacio para tener miedo. La sensación de la carne
caliente que oprime por todo alrededor de uno es singular y no es
desagradable. Hay que procurar tener la nariz en alto para encontrar
aire, y no arrugar o perder la ficha que tenemos en la mano.
El
Blockaltester ha cerrado la puerta del Tagesraum que da
al dormitorio y ha abierto las otras dos que, del Tagesraum y
del dormitorio dan al exterior. Aquí, delante de las dos puertas,
está el árbitro de nuestro destino, que es un suboficial de la SS.
Tiene a la derecha al Blockaltester, a la izquierda al furriel
de la barraca. Cada uno de nosotros, saliendo desnudos del Tagesraum
al frío aire de octubre, debe dar corriendo los pocos pasos que hay
entre las puertas delante de los tres, entregar la ficha al SS y
entrar por la puerta del dormitorio. El SS, en la fracción de
segundo entre las dos pasadas sucesivas, con una mirada de frente y
de espaldas, decide la suerte de cada uno y entrega a su vez la ficha
al hombre que está a su derecha o al hombre que está a su
izquierda, y esto es la vida o la muerte de cada uno de nosotros. En
tres o cuatro minutos, una barraca de doscientos hombres está
«terminada» y, durante la tarde, el campo entero de doce mil
hombres.
Yo,
inmovilizado en la carnicería del Tagesraum, he sentido
gradualmente disminuir la presión humana en torno a mí, y pronto me
ha tocado el turno. Como todos, he pasado con paso enérgico y
elástico, procurando llevar la cabeza alta, el pecho fuera y los
músculos contraídos y marcados. Con el rabillo del ojo, he
procurado ver a mi espalda y me ha parecido que mi ficha ha ido a la
derecha.
Conforme
íbamos volviendo al dormitorio, podíamos vestirnos. Nadie conoce
ahora con seguridad el propio destino, hay que saber primero con
seguridad si las fichas condenadas son las pasadas a la derecha o a
la izquierda. Ahora no es el caso de tener consideraciones los unos
con los otros ni de tener escrúpulos supersticiosos. Todos se
amontonan en torno a los más viejos, a los más desnutridos, a los
más «musulmanes»; si sus fichas han ido a la izquierda, la
izquierda es con toda seguridad el lado de los condenados.
Antes
de que la selección haya terminado, todos saben ya que la izquierda
ha sido efectivamente la «schlechte Seite», el lado
infausto. Hay, naturalmente, irregularidades: René, por ejemplo, tan
joven y robusto, ha terminado en la izquierda: quizás porque tiene
gafas, quizás porque anda un poco encorvado como los miopes, pero
más probablemente por un simple descuido: René ha pasado delante de
la comisión inmediatamente antes que yo, y podría haberse producido
un cambio de fichas. Lo pienso, hablo con Alberto y convenimos en que
la hipótesis es verosímil: no sé lo que pensaré mañana y
después; hoy, la cosa no despierta en mí ninguna emoción precisa.
Del
mismo modo, también ha debido de haber un error en el caso de
Sattler, un macizo campesino transilvano que veinte días antes
estaba en su casa; Sattler no entiende alemán, no ha comprendido
nada de lo que ha sucedido y está en un rincón remendándose la
camisa. ¿Debo ir a decirle que la camisa ya no va a servirle?
No
hay por qué asombrarse de estas equivocaciones: el examen es muy
rápido y sumario y, por otra parte, para la administración del
Lager, lo importante no es tanto que sean eliminados precisamente los
inútiles, como que queden rápidamente libres los sitios de acuerdo
con determinado tanto por ciento preestablecido.
En
nuestra barraca, la selección ha terminado, pero continúa en las
otras, por lo que ahora estamos en clausura. Pero puesto que,
mientras tanto, han llegado los bidones de potaje, el Blockaltester
decide proceder sin más a su distribución. A los seleccionados se
les distribuirá una ración doble. No he sabido nunca si ésta sería
una iniciativa absurdamente compasiva del Blockaltester o una
explícita disposición de los SS, pero de hecho, en el intervalo de
dos o tres días (también a veces mucho más largo) entre la
selección y la partida, las víctimas de Monowitz-Auschwitz
disfrutan de este privilegio.
Ziegler
presenta la escudilla, recibe la ración normal y se queda esperando.
«¿Qué más quieres?», le pregunta el Blockaltester: no le
parece que a Ziegler le toque suplemento, lo aparta de un empujón,
pero Ziegler vuelve e insiste humildemente: me han puesto de verdad a
la izquierda, todos lo han visto, que vaya el Blockaltester a
consultar las fichas: tiene derecho a ración doble. Cuando la ha
conseguido, se va tan tranquilo a la litera y empieza a comérsela.
Ahora
todos están raspando atentamente con la cuchara el fondo de la
escudilla para sacar las últimas pizcas de potaje, y se forma un
trasteo sonoro que quiere decir que la jornada ha terminado. Poco a
poco, prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en
el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta,
con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da
gracias a Dios porque no ha sido elegido.
Kuhn
es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego
que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y
está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin
pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No
comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna
oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los
culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá
remediar ya nunca?
Si
yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.
Si esto es un hombre, 1947.
jueves, 13 de agosto de 2026
El sibarita. Francisco Rodríguez Criado.
En
los restaurantes, nada más sentarse, mi padre le pedía al camarero
pan con aceite a modo de examen. “Si el aceite es bueno, la calidad
de la cocina también lo será”, razonaba.
Un
día invitó a su hermano Alfredo a comer en «el restaurante con el
mejor aceite de todo Jaén. A mi tío Alfredo le sorprendió que su
hermano no siguiera la liturgia de pedir pan con aceite antes de leer
la carta, y que estuviera tan embobado y se mostrara con exquisita
amabilidad con la diligente chef de ojos verdes.
–Me
casaré con esta mujer –le dijo mi padre a su hermano.
–¿Así,
tan fácil? ¿No sería mejor que antes la invitaras a salir?
–preguntó este, sarcástico.
–¿Acaso
no me escuchas? Me casaré con esta mujer.
Y,
justo cuando Alfredo se disponía a mofarse, mi padre le entregó la
invitación de boda.
A
la chef –mi futura madre– le costó contener la risa al observar
el rostro de incertidumbre del hermano de su prometido. Y mi tío,
aunque molesto de que hubiera mantenido el romance en secreto, se
alegró de que su sibarita hermano hallara por fin algo en un
restaurante que le gustara aún más que el aceite.
Blog del autor: Narrativa breve
miércoles, 12 de agosto de 2026
Queenie. Alice Munro.
—Quizá sea mejor que dejes de
llamarme así —dijo Queenie cuando me recibió en Union Station.
Yo
pregunté:
—¿Cómo?
¿Queenie?
—A
Stan no le gusta —explicó ella—. Dice que le recuerda a un
nombre de caballo.
Me
sorprendió más oírla decir «Stan» que la noticia de que ya no
era Queenie sino Lena. Pero no podía suponer que después de un año
y medio de casada siguiera llamando a su esposo señor Vorguilla.
Durante aquel lapso no había vuelto a verla y un momento antes, al
avistarla entre la gente que esperaba en el andén, por poco no la
había reconocido.
El
pelo, teñido de negro, se le arqueaba a los lados de la cara en ese
estilo que no sé cómo llamaban pero entonces hacía furor. Tanto el
hermoso color de jarabe de maíz —dorado en la superficie y oscuro
debajo— como la sedosa cascada se habían perdido para siempre.
Llevaba un vestido amarillo estampado que le ceñía el cuerpo y
acababa unos centímetros por encima de las rodillas. Gruesos trazos
a lo Cleopatra y una sombra púrpura le hacían los ojos más
pequeños, en vez de agrandárselos, como si se estuvieran
escondiendo adrede. Se había perforado las orejas; de los lóbulos
colgaban aros de oro.
Vi
que ella también me miraba con cierta sorpresa. Intenté ser
atrevida y campechana. Dije:
—¿Eso
es un vestido o una cortinilla para el trasero? —Se echó a reír y
agregué—: Menudo calor hacía en el tren. He sudado como una
marrana.
Oía
el sonido de mi voz, vibrante y pletórica como la de mi madrastra
Bet.
Sudado
como una marrana.
Y
luego, ya en el tranvía que llevaba a casa de Queenie, seguí
sonando como una estúpida.
—¿Todavía
estamos en el centro? —pregunté.
Los
bloques altos habían quedado atrás muy pronto, pero no se habría
dicho que aquél fuera un barrio residencial. Unos tras otros se
sucedían los mismos edificios y comercios: una tintorería, una
floristería, un colmado, un restaurante. Cajas de frutas y verduras
en la acera, letreros de dentistas, costureras y fontaneros en
ventanas de segundos pisos. Rara vez una construcción más alta.
Rara vez un árbol.
—Esto
no es el centro mismo —dijo Queenie—. ¿Recuerdas dónde te
enseñé que estaba Simpson’s, donde cogimos el tranvía? Pues
allí.
—O
sea, ¿que ya casi estamos?
—Aún
falta un buen trecho —le respondió ella. Luego agregó—: Un
trecho. A Stan tampoco le gusta que diga sólo «trecho».
Con
las repeticiones, o acaso con el calor, me estaba entrando ansiedad y
un poco de náuseas. Entre las dos llevábamos mi maleta sobre las
rodillas y a unos centímetros de los dedos yo tenía el cuello gordo
y la calva de un hombre. Unos pocos pelos negros y sudorosos se le
pegaban a la coronilla. No sé por qué tuve que pensar en los
dientes del señor Vorguilla guardados en el botiquín; Queenie me
los había enseñado cuando éramos vecinos de los Vorguilla y ella
trabajaba en su casa. Eso había sido mucho antes de que el señor
Vorguilla fuese ni remotamente Stan.
Dos
dientes unidos, junto a la navaja, la brocha y el cuenco de madera
con el asqueroso jabón lleno de pelos.
—Es
su puente —había dicho Queenie.
¿Puente?
—Puente
de dientes.
—Uf
—había exclamado yo.
—Este
es de recambio —había dicho ella—. Ahora lleva puesto el otro.
—Uf.
¿No están un poco amarillos?
Queenie
me había tapado la boca. No quería que la señora Vorguilla nos
oyese. La señora Vorguilla estaba abajo, echada en el sofá del
comedor. Casi todo el tiempo tenía los ojos cerrados, pero podía no
estar durmiendo.
Cuando
al fin bajamos del tranvía tuvimos que subir una cuesta empinada,
tratando torpemente de repartirnos el peso de la maleta. Aunque al
principio lo parecieran, las casas no eran todas iguales. A veces,
los tejados ceñían los muros como gorras; a veces, toda la planta
alta era un tejado cubierto de tejas. Las tejas eran de color verde
oscuro, castaño o pardo. Los porches llegaban casi hasta la acera y
había tan poco espacio entre las casas que se podía dar la mano al
vecino a través de la ventana. Había niños jugando en la calle,
pero Queenie les hacía el mismo caso que les haría a pájaros que
picotearan entre las grietas. Sentado en un escalón, un hombre
gordísimo, desnudo de cintura para arriba, nos lanzó una mirada tan
fija y sombría que no tuve duda de que quería decirnos algo.
Queenie pasó de largo.
A
mitad de la cuesta dobló por un sendero de gravilla que discurría
entre cubos de basura. De una ventana de la segunda planta asomó una
mujer y dijo algo que no conseguí entender. Queenie le respondió.
—Es
mi hermana —explicó—. Ha venido de visita. —Y a mí me
aclaró—: Es nuestra patrona. Vive arriba con su familia, en la
parte de delante. Son griegos. Casi no habla inglés.
Resultó
que Queenie y el señor Vorguilla compartían el cuarto de baño con
los griegos. Había que llevar el rollo de papel higiénico, porque
si se te olvidaba, allí no había. Yo tuve que entrar enseguida
porque tenía una regla muy fuerte y debía cambiarme la compresa.
Después de aquel día, durante años me bastaría ver una calle de
ciudad en un día caluroso, los tranvías traqueteando o ciertos
guijarros pintados, para recordar los retortijones en el vientre, las
oleadas de flujo, las filtraciones del cuerpo, el aturdimiento
bochornoso.
Había
una habitación donde dormían Queenie y el señor Vorguilla, otra
convertida en sala de estar, una cocina estrecha y una galería
acristalada. Yo iba a dormir en el catre de la galería. Al otro lado
de las ventanas, muy cerca, el patrón y otro hombre reparaban una
moto. El olor a aceite, metal y maquinaria se mezclaba con un perfume
de tomates maduros bajo el sol. Desde una ventana de la planta baja
llegaba la música estridente de una radio.
—Ahí
tienes algo que Stan no soporta —dijo Queenie—. Esa radio. —No
por correr las cortinas floreadas logró que el ruido y el sol
dejaran de entrar—. Me habría gustado poder ponerte sábanas
—dijo.
Yo
tenía en la mano la compresa ensangrentada envuelta en papel
higiénico. Me dio una bolsa de papel y me guió hasta el cubo de
basura.
—Las
tiras todas aquí —dijo—. En el acto. No lo olvidarás, ¿no? Y
no dejes tu caja a la vista de él; detesta que se lo recuerden.
Yo
me seguía esforzando por parecer despreocupada, por comportarme como
en mi casa.
—Necesito
comprar un vestido tan mono como el tuyo —declaré.
—A
lo mejor te lo hago yo —dijo Queenie metiendo la cabeza en la
nevera—. Me apetece una coca; ¿y a ti? Es que voy a un lugar donde
venden retales. Este vestido me salió por unos tres dólares. Por
cierto, ¿qué talla usas ahora?
Me
encogí de hombros. Dije que estaba tratando de adelgazar.
—Vale.
Puede que encontremos algo.
—Voy
a casarme con una señora que tiene una hijita más o menos de tu
edad —había dicho mi padre—. Y el padre de esa niña ha dejado
de verla. Por eso has de prometerme una cosa, y es que no le harás
bromas ni le dirás maldades sobre eso. Seguro que a veces tendréis
desacuerdos o pelearéis como pasa entre hermanas, pero de eso nunca
debes decirle nada.
Y
si lo dicen otros niños, tú te pones de parte de ella.
Para
discutir un poco argumenté que yo no tenía madre y sin embargo
nadie me decía maldades.
—Es
diferente —dijo mi padre.
Se
equivocaba en todo. No éramos en absoluto de la misma edad porque,
cuando mi padre se casó con Bet, Queenie tenía nueve años y yo
seis. Aunque en la escuela acabamos acercándonos cuando yo me salté
un curso y Queenie repitió. Y nunca supe de nadie que intentara
molestarla. Queenie era de esas de quienes todos quieren ser amigos.
Para los equipos de béisbol la elegían la primera, aunque el juego
le importaba poco, y primera para el equipo de ortografía aunque
deletreaba fatal. Además no nos peleábamos. Ni una vez. Ella era
conmigo la mar de bondadosa y yo le tenía una admiración inmensa.
Sólo por ese pelo de oro bruñido y los oscuros ojos soñadores la
habría idolatrado; por lo guapa que era. La risa de Queenie era
dulce y tosca como azúcar moreno. Sorprendía que con tantos
privilegios fuese tierna y amable.
La
mañana de la desaparición de Queenie, una mañana de comienzos de
invierno, tuve al despertarme la sensación de que se había ido.
Eran
menos de las siete y todavía estaba oscuro. En la casa hacía frío.
Cogí el albornoz lanudo que compartía con Queenie. Lo llamábamos
Buffalo Bill y siempre se lo ponía la primera en levantarse. De
dónde había salido era un misterio.
—Tal
vez era de un amigo de Bet, de antes de que se casara con tu padre
—dijo Queenie—. Pero no vayas a decirlo, que me mata.
No
estaba en su cama ni en el lavabo. Bajé la escalera, sin encender la
luz para no despertar a Bet. Miré por la ventanita de la puerta
delantera. El pavimento duro, las baldosas de la acera y la hierba
rala de la entrada relucían de escarcha. La nieve se había
retrasado. Subí el termostato del vestíbulo y la caldera se
despertó en la oscuridad con un gruñido fiable. Acabábamos de
poner una caldera de aceite pero mi padre aún se despertaba a las
cinco, decía, pensando que era hora de bajar al sótano a encender
el fuego.
Mi
padre dormía en lo que había sido una despensa, al lado de la
cocina. Tenía una cama de hierro y una silla de respaldo roto, y
sobre la silla la pila de revistas de National Geographic que leía
cuando no podía dormir. Encendía y apagaba la luz del techo
mediante una cuerda atada a la cabecera. A mí el arreglo me parecía
totalmente natural y apropiado para el hombre de la casa, el padre.
Dormía como un centinela, con una frazada basta por todo abrigo,
rodeado de un indómito olor a motores y tabaco. Leía y velaba hasta
altas horas y hasta dormido seguía vigilante.
Sin
embargo no había oído a Queenie. Dijo que debía de estar en algún
rincón de la casa.
—¿Has
mirado en el cuarto?
—Allí
no está —respondí.
—Puede
que esté con su madre. La miedica…
Mi
padre llamaba «mieditis» al trance en que Bet despertaba —o no
despertaba del todo— de una pesadilla. Salía tambaleándose de su
habitación, incapaz de explicar qué la había asustado, y la que la
guiaba de vuelta a la cama era Queenie. Ella la abrazaba por la
espalda, calmándola como un cachorro que lame leche, y a la mañana
siguiente Bet no recordaba nada.
Yo
había encendido la luz de la cocina.
—No
quería despertarla —dije—. Miré la oxidada panera de lata en la
que siempre golpeteaba el trapo, los cacharros lavados pero aún
sobre la cocina y el lema provisto por la Granja Fairholme: El
Señor es el corazón de la casa. Esperando estúpidamente que
empezara el día, sin saber que la catástrofe lo había vaciado.
Alguien
había quitado el cerrojo a la puerta que daba a la galería lateral.
—Ha
entrado alguien —dije—. Ha entrado alguien y se ha llevado a
Queenie.
Mi
padre salió con los pantalones encima de los calzoncillos largos.
Bet bajaba en pantuflas y bata de felpilla, encendiendo luces por el
camino.
—¿Queenie
está contigo? —le preguntó mi padre. Y a mí me dijo—: Esa
puerta la han abierto desde dentro.
Bet
preguntó:
—¿Qué
pasa con Queenie?
—A
lo mejor le apeteció dar un paseo —dijo mi padre.
Bet
no le hizo caso. Llevaba en la cara una mascarilla seca de un
potingue rosa. Era representante de productos de belleza y nunca
vendía un cosmético que no hubiera probado.
—Ve
a donde los Vorguilla —me ordenó—. A lo mejor recordó algo que
debía hacer.
Había
pasado una semana desde el funeral de la señora Vorguilla, pero
Queenie había seguido trabajando en la casa; ayudando a embalar la
vajilla y la ropa de cama para que el señor Vorguilla pudiera
trasladarse a un piso. Como debía preparar los conciertos de Navidad
del colegio, él no podía hacerlo todo solo. Bet quería que Queenie
lo dejase para que la cogieran en alguna tienda para Navidad.
En
vez de subir a por mis zapatos me puse las botas de goma de mi padre,
que estaban junto a la puerta. Crucé el jardín dando tropezones y
en el porche de los Vorguilla toqué el timbre. Era una campanilla
que parecía proclamar la musicalidad de la familia. Arrebujada en
Buffalo Bill, me puse a rezar. Queenie, Queenie, enciende las luces,
por favor. Olvidaba que si Queenie estuviera trabajando habría
encendido las luces.
No
hubo ninguna respuesta. Aporreé la madera. Cuando acabara de
despertarlo, el señor Vorguilla estaría de un humor de perros.
Apreté la oreja contra la puerta, atenta a los ruidos.
—Señor
Vorguilla, señor Vorguilla. Siento despertarlo. Señor Vorguilla.
¿Hay alguien ahí?
En
la casa de enfrente abrieron una ventana. Allí vivían el señor
Hovey, un solterón, y su hermana.
—¿Para
qué tienes los ojos? —gritó el señor Hovey—. Mira el patio.
El
coche del señor Vorguilla no estaba.
El
señor Hovey cerró de un golpe.
Cuando
abrí la puerta de nuestra cocina vi a mi padre y a Bet sentados a la
mesa con sendas tazas de té. Por un instante pensé que se había
restablecido el orden. Tal vez había llamado alguien con noticias
tranquilizadoras.
—El
señor Vorguilla no está —anuncié—. El coche tampoco.
—Oh,
lo sabemos —asintió Bet—. Lo sabemos todo.
Mi
padre dijo:
—Lee
esto. —Y me acercó un papel que había encima de la mesa.
Me
caso con el señor Vorguilla, decía. Sinceramente vuestra, Queenie.
—Debajo
de la azucarera —añadió mi padre.
Bet
dejó caer la cuchara.
—Quiero
que lo juzguen —gritó—. Y a ella la quiero en el reformatorio.
Quiero que venga la policía.
—Tiene
dieciocho años y si quiere puede casarse. La policía no va a
bloquear las carreteras.
—¿Y
quién dice que están en la carretera? Seguro que se han escondido
en un motel. Esa tonta y el tonto del culo de Vorguilla, con esos
ojos de huevo.
—Hablar
así no va a hacer que vuelva.
—No
quiero que vuelva. No si viene arrastrándose. Ha hecho su cama y
puede acostarse en ella con ese cabrón cara de huevo. Por mí se la
puede follar por la oreja.
Mi
padre dijo:
—Basta
ya.
Para
acompañar la coca, Queenie me dio un par de galletas 222.
—Es
increíble cómo después de casarte se te van los retortijones.
Bien, o sea, ¿que tu padre te contó lo nuestro?
Cuando
yo le había dicho a mi padre que antes de empezar magisterio quería
trabajar todo el verano, me había sugerido que fuese a Toronto a ver
a Queenie. Me contó que ella había escrito a la empresa de
transportes preguntándole si podía prestarles un dinero para pasar
el invierno.
—Nunca
le habría escrito —me dijo Queenie— de no ser porque el invierno
pasado Stan tuvo neumonía.
—Fue
la primera noticia que tuve de dónde estabas —expliqué. No sabía
por qué, se me llenaron los ojos de lágrimas. Por la alegría que
me había dado enterarme, por lo sola que me había sentido antes,
porque deseaba oírla decir «Claro que contigo siempre pensé
ponerme en contacto», y ella no lo decía—. Bet no sabe nada
—añadí—. Cree que he venido por mi cuenta.
—Espero
que no —dijo Queenie con calma—. O sea, espero que no lo sepa.
Yo
tenía un montón de cosas que contarle. Le conté que la empresa de
transportes se había ampliado de tres camiones a doce, que Bet se
había comprado un abrigo de chinchilla, había expandido su negocio
y ahora manejaba Beauty Clinics desde casa. Con aquel fin había
arreglado la habitación donde solía dormir mi padre, y él había
mudado el catre y las National Geographic a su despacho, una casilla
de las Fuerzas Aéreas que había remolcado hasta el garaje de los
camiones. Cuando estudiaba en la mesa de la cocina para mis exámenes
de tercero de bachillerato, yo había escuchado a Bet decir «A una
piel delicada como ésta no hay que tocarla ni con una esponja»,
antes de untar con cremas y lociones la basta cara de una clienta. Y
a veces, en un tono no menos intenso, pero no tan optimista:
—Le
aseguro que he vivido junto al mal. Tenía el mal en la casa de al
lado y ni lo sospechaba, porque el caso es que una no sospecha, ¿no?
Una siempre piensa lo mejor de la gente. Hasta que le parten los
dientes.
—En
eso tiene razón —decía la clienta—. A mí me pasa igual.
O
bien:
—Cuando
una cree que lo ha sufrido todo, resulta que acaba de empezar.
Luego,
cuando ya había despedido a la mujer, Bet rezongaba:
—Como
le toques la cara a oscuras la tomas por papel de lija.
No
parecía que esas cosas interesaran a Queenie. Y además no hubo
mucho tiempo. No habíamos acabado las cocas cuando oímos unos pasos
rápidos en la gravilla y entró en la cocina el señor Vorguilla.
—Mira
a quién tenemos aquí —exclamó Queenie. Hizo ademán de
levantarse, como para tocarlo, pero él se desvió hacia el
fregadero.
Ella
había hablado en un tono tan risueño y sorprendido que me pregunté
si le habría dicho algo sobre mi carta.
—Es
Chrissy —explicó.
—Ya
veo —dijo el señor Vorguilla—. Tiene que gustarte el calor,
Chrissy, para haber venido a Toronto en verano.
—Va
a buscar un trabajo —contó Queenie.
—¿Y
tienes títulos? —preguntó el señor Vorguilla—. ¿Estás
calificada para encontrar empleo en Toronto?
Queenie
informó:
—Ha
acabado el bachillerato.
—Vaya.
Ojalá que con eso baste —comentó el señor Vorguilla.
Llenó
un vaso de agua y se lo bebió de pie, dándonos la espalda.
Exactamente como hacía en la cocina de la otra casa, la vecina casa
de los Vorguilla, cuando la señora Vorguilla, Queenie y yo estábamos
sentadas a la mesa. El señor Vorguilla entraba de vuelta de algún
ensayo, o para hacer una pausa después de una de las lecciones de
piano que daba en la sala. Ya al oír sus pasos la señora Vorguilla
nos había prevenido con una sonrisa. Y todas mirábamos las letras
del Scrabble, dándole la opción de fijarse en nosotras o no. A
veces no lo hacía. La puerta del armario abriéndose, el chorro del
grifo, el ruido del vaso en la encimera eran una serie de explosiones
menores. Como si el señor Vorguilla retara a quien fuese a respirar
mientras él estaba allí.
Se
comportaba igual que cuando nos enseñaba música. Entraba en el aula
con el paso de quien no tiene un minuto que perder, daba un golpecito
con el puntero y había que empezar. Se paseaba entre los pupitres
aguzando los oídos, los azules ojos saltones bien alerta y una
expresión tensa y belicosa. En el momento menos pensado podía
pararse junto a una para oírla cantar, para ver si falseaba o
desafinaba. Luego bajaba lentamente la cabeza, clavándole a una los
ojos saltones, acallando las otras voces con una mano, dispuesto a
avergonzarla. Y corría la voz de que igualmente despótico era con
sus diversos grupos y corales. Sin embargo era un favorito de los
cantantes, sobre todo de las damas. Para Navidad le tejían prendas.
Calcetines, bufandas y guantes para que se abrigara en los viajes
entre colegio y colegio, entre un coro y otro.
Una
vez, mientras Queenie estaba a cargo de la casa, pues la enfermedad
de la señora Vorguilla le impedía ya llevarla, Queenie había
pescado en un cajón un objeto de punto y me lo había agitado ante
la cara. Había llegado sin el nombre de la donante.
Yo
no sabía qué era.
—Es
un calientaputero —había explicado Queenie—. La señora
Vorguilla dice que no se lo enseñe, que se pondría furioso. ¿No
sabes qué es un calientaputero?
—Hum…
—había dicho yo.
—Es
sólo una broma.
Tanto
Queenie como el señor Vorguilla se iban a trabajar por las noches.
El señor Vorguilla tocaba el piano en un restaurante. Se ponía un
frac. Y Queenie vendía billetes en un cine. Como el cine estaba a
sólo unas manzanas, yo la acompañé. Y cuando la vi sentada en la
taquilla comprendí que al fin y al cabo el pelo teñido y los aretes
no eran tan raros. Queenie tenía el mismo aspecto que algunas de las
chicas que pasaban por la calle o iban al cine con sus novios. Y se
parecía mucho a algunas chicas retratadas en los carteles que la
rodeaban. Daba la impresión de tener algo en común con el mundo de
los dramas, de los amores fogosos y los peligros que se describía en
la pantalla.
Daba
la impresión, habría dicho mi padre, de no ser ninguna segundona.
—¿Por
qué no vas a dar una vuelta? —me había preguntado.
Pero
yo temía llamar la atención. No me imaginaba sentada en un bar,
tomando café y pregonando al mundo que no tenía nada que hacer ni
lugar adonde ir. Ni entrando en una tienda a probarme ropa que no
tenía esperanzas de comprar. Volví a subir la cuesta, contesté al
saludo de la mujer griega, que estaba en la ventana, y entré usando
la llave de Queenie.
Me
senté en el catre de la galería. No tenía dónde colgar la ropa, y
de todos modos pensé que quizá no fuese buena idea abrir la maleta.
Tal vez al señor Vorguilla no le gustase ver indicios de que iba a
quedarme.
Pensé
que el señor Vorguilla estaba tan cambiado como Queenie. Pero él no
había cambiado como ella, ahora de una elegancia y una sofisticación
para mí severas y extrañas. Tenía el pelo, antes rojo grisáceo,
totalmente canoso y en la cara —siempre presta a relampaguear de
rabia ante una posible falta de respeto, una ejecución defectuosa o
algo fuera de lugar en la casa— una expresión de daño más
permanente, como si todo el tiempo se cometiera ante sus ojos una
ofensa o se dejara de castigar una mala conducta.
Me
levanté a dar vueltas por el piso. Cuando en un lugar están quienes
lo habitan, es imposible echarle un buen vistazo.
Lo
más bonito me pareció la cocina, aunque era demasiado oscura. En la
ventana que había sobre el fregadero, Queenie había plantado hiedra
y, como le gustaba a la señora Vorguilla, había cucharas de madera
asomando de un lindo jarro sin asa. En la sala estaba el piano, el
mismo piano de la otra casa. Había un sillón, una biblioteca hecha
con tablas y ladrillos, un tocadiscos y muchos discos en el suelo. No
había televisión. Tampoco mecedoras de avellano ni cortinas
estampadas. Ni siquiera la lámpara de pie con escenas japonesas en
la pantalla. Sin embargo, un día de nieve, todas esas cosas se
habían despachado a Toronto. Yo estuve en casa a la hora de comer y
había visto el camión de mudanzas. Bet no podía apartarse de la
ventana delantera. Al cabo, olvidando la dignidad que le gustaba
exhibir ante los extraños, había gritado a los peones:
—Cuando
lleguéis a Toronto decidle a ése que si llega a enseñar la jeta
por aquí se arrepentirá para siempre.
Los
peones la saludaron alegremente, como si estuvieran acostumbrados a
escenas de ese tipo; y tal vez lo estaban. Trasladar muebles debe
exponerlo a uno a cabreos y ataques de rabia.
Pero
¿adonde habían ido a parar las cosas? Las vendieron, pensé. Tienen
que haberlas vendido. Mi padre había dicho que en Toronto, daba la
impresión, al señor Vorguilla le estaba costando encontrar trabajo
en lo suyo. Y Queenie había dicho algo así como que estaban
«atrasándose». Si no se hubieran estado atrasando nunca le habría
escrito a mi padre.
Debían
de haber vendido los muebles antes de que ella escribiera.
En
la biblioteca vi La enciclopedia de la música, un Diccionario
mundial de la ópera y Las vidas de los grandes compositores.
También ese libro grande y delgado, de hermosa cubierta, que la
señora Vorguilla solía tener junto al sofá: las Rubaiyatas
de Omar Jayam.
Había
otro libro de cubierta decorada cuyo título exacto no recuerdo. Algo
en el título me sugirió que podía gustarme. Tal vez la palabra
«florecido», o «perfumado». Lo abrí, y recuerdo perfectamente la
primera frase que leí.
«A
las odaliscas jóvenes del harim se las instruía además en el uso
exquisito de sus uñas».
Yo
no sabía bien qué era una odalisca pero la palabra «harim» (¿por
qué no «harem»?) me dio una pista. Y para descubrir qué se les
enseñaba a hacer con las uñas tuve que seguir leyendo. Leí y leí
durante acaso una hora y luego dejé caer el libro.
Sentía
excitación, repugnancia e incredulidad. ¿Eran ésas las cosas en
que se interesaban los verdaderos adultos? Hasta el dibujo de la
cubierta, las preciosas viñas curvas y retorcidas, parecía
levemente hostil y corrupto. Recogí el libro para devolverlo a su
sitio y se abrió para mostrar los nombres escritos en la guarda.
Stan y Marigold Vorguilla. Con letra de mujer. Stan y Marigold.
Pensé
en la pálida, ancha frente de la señora Vorguilla, en sus rígidos
rizos de un color grisáceo. Los pendientes de perlas y las blusas
con un lazo en el cuello. Era un poquito más alta que el señor
Vorguilla y a eso atribuía la gente que no salieran juntos. Pero la
verdadera razón era que ella se agitaba. La agitaba subir escaleras
o tender la ropa. Y al final la agitaba incluso sentarse a la mesa a
jugar al Scrabble.
Al
principio mi padre nos prohibía aceptar dinero por hacerle la compra
o tenderle la colada; explicaba que eran favores de buen vecino.
Bet
decía que ella probaría a quedarse tumbada, a ver si la gente iba a
cuidarla gratis.
Hasta
que un día el señor Vorguilla fue a casa a acordar que Queenie
trabajase para ellos. Queenie estaba dispuesta porque no había
aprobado el curso y no quería repetir. Al fin Bet aceptó, pero le
dijo que no debía cuidar a la mujer.
—A
ti no te concierne que la muy rácana no contrate a una enfermera.
Queenie
reveló que todas las mañanas el señor Vorguilla sacaba las
pastillas y todas las noches lavaba a la señora Vorguilla con una
esponja. Hasta intentaba fregar las sábanas en la bañera, como si
en la casa no existiese una lavadora.
Recordé
las veces en que estábamos jugando al Scrabble en la cocina y el
señor Vorguilla, después de beber su vaso de agua, le ponía a la
señora Vorguilla una mano en el hombro. Suspiraba como si hubiera
vuelto de un viaje largo y agotador.
—Hola,
cielo —decía.
La
señora Vorguilla estiraba el cuello para besarle la mano reseca.
—Hola,
cielo —decía.
Luego
él nos miraba a nosotras como si nuestra presencia no lo molestara
en absoluto.
—Hola,
chicas.
Más
tarde, a oscuras en la cama, Queenie y yo nos reíamos.
—Buenas
noches, cielo.
—Buenas
noches, cielo.
Cómo
me habría gustado volver a esos tiempos.
Por
la mañana, aparte de ir al lavabo y salir a echar la compresa en el
cubo, estuve sentada en mi catre de la galería hasta que se marchó
el señor Vorguilla. Yo temía que no tuviera adonde ir, pero al
parecer no era así. En cuanto hubo salido, Queenie me llamó. En la
mesa había una naranja pelada, copos de maíz y café.
—Y
aquí tienes el periódico —dijo—. Estuve mirando las ofertas de
empleo. Pero antes quiero hacerte algo en el pelo. Te lo cortaré un
poco detrás y te lo armaré con los rulos. ¿Te parece?
Accedí.
No había acabado de comer cuando Queenie ya me rondaba
perfeccionando su idea. Luego me sentó en un taburete —yo seguía
bebiendo el café— y se puso a manejar peine y tijeras.
—¿Qué
tipo de empleo buscamos? —preguntó—. He visto uno en una
lavandería. En el mostrador. ¿Qué te parece?
—Estaría
muy bien —dije yo.
—¿Sigues
con el plan de ser maestra?
Le
respondí que no sabía. Comprendí que podía parecerle una
ocupación algo insulsa.
—Yo
creo que te conviene. Inteligencia te sobra. Los maestros ganan más.
Ganan más que la gente como yo. Y tienes más independencia.
Pero
trabajar en el cine estaba bien, dijo. Había conseguido el puesto un
mes antes de Navidad y se había alegrado de veras porque al fin
había podido comprar los ingredientes para una tarta con su propio
dinero. Y se había hecho amiga de un hombre que vendía árboles de
Navidad en la caja de un camión. El hombre le había vendido uno por
cincuenta céntimos y ella misma lo había arrastrado cuesta arriba.
Le había colgado banderines rojos y verdes de papel crepé, que era
barato. Unos adornos los había hecho con papel metálico sobre
cartón y otros los había comprado en las rebajas de última hora
del drugstore. De una revista había sacado la idea de colgar del
árbol galletas caseras. Era una costumbre europea.
Le
apetecía organizar una fiesta, pero no sabía a quién invitar. Sólo
estaban los griegos, Stan y un par de amigos. Entonces se le había
ocurrido invitar a los alumnos de él.
Yo
no lograba acostumbrarme a que dijera «Stan». Y no sólo porque me
recordaba su intimidad con el señor Vorguilla. Eso tenía su
importancia, claro. Pero también estaba la sensación de que ella lo
había hecho desde cero. Una persona nueva. Stan. Como si el señor
Vorguilla que las dos habíamos conocido —y no digamos ya la señora
Vorguilla— no hubiese existido nunca.
Entonces
Stan sólo enseñaba a adultos —realmente los prefería a los
escolares—, así que no tuvieron que preocuparse por preparar
juegos y entretenimientos para niños. Habían hecho la fiesta un
domingo por la noche porque tanto Stan como ella trabajaban en el
restaurante y en el cine el resto de noches.
Los
griegos llevaron vino hecho por ellos y unos alumnos, licor de huevo,
ron y jerez. Otros aparecieron con discos para bailar, pensando que
Stan no tendría música de ésa; y no se equivocaban.
Queenie
había hecho rollos de salchicha y pan de jengibre y la mujer griega
unas galletas especiales. Estaba todo muy bueno. La fiesta era un
éxito. Queenie bailaba con un chico chino llamado Andrew, que había
llevado un disco que ella adoraba.
—Gira,
gira —dijo, y yo moví la cabeza como me indicaba. Riendo, ella
aclaró—: No, no. No te decía a ti. Así es la canción. Es de los
Byrds.
«Gira,
gira, gira», cantó. «Hay días para sembrar y tiempo de recoger».
Andrew
estudiaba para dentista. Pero quería aprender a tocar la sonata
Claro de luna. Stan le había dicho que le llevaría mucho
tiempo. Andrew era paciente. Le contó a Queenie que no podía
costearse el viaje a casa para Navidad. Su familia vivía en el norte
de Ontario.
—Pensé
que eran chinos.
—No,
chinos chinos no. Son de aquí.
Sí
que hubo un juego de niños. Jugaron a las sillas. A esas alturas
todo el mundo chillaba. Hasta Stan. Había cogido a Queenie al vuelo,
la había sentado en sus rodillas y no la soltaba. Y cuando todos se
fueron no había querido que limpiase. Quería que fuera a la cama.
—Ya
sabes cómo son los hombres —dijo Queenie—. ¿Tienes novio o algo
por el estilo?
Respondí
que no. El último chófer que había contratado mi padre venía todo
el tiempo a casa con mensajes sin importancia y mi padre había
dicho: «Lo que busca es una oportunidad de hablar con Chrissy».
Pero yo lo trataba con frialdad y de momento no se había atrevido a
invitarme a salir.
—O
sea, que aún no sabes nada de esas cosas —dijo Queenie.
Yo
repliqué:
—Pues
claro que sé.
—Hum…
—dijo ella.
Los
invitados a la fiesta se comieron casi todo menos la tarta. Del
pastel no habían comido gran cosa, pero Queenie no se molestó. Era
algo pesado y a esas alturas ya estaban repletos de rollos de
salchicha y demás. Por otra parte, como no había terminado de
asentarse según recomendaba el libro, le había alegrado que sobrase
una parte. Había pensado, antes de que Stan la arrastrara, que
cubriría la tarta con un baño borracho, y la dejaría en un sitio
fresco. O lo había pensado o lo había hecho realmente y, como a la
mañana siguiente la tarta no estaba sobre la mesa, pensó que lo
había hecho. Bien, había pensado, la tarta está guardada.
Uno
o dos días después Stan dijo: «Comamos un trozo de esa tarta».
Ella propuso dejarla asentarse un poco más, pero él insistió. Ella
no la encontró ni en el aparador ni en la nevera. Buscara donde
buscara no lograba encontrarla. Y en eso, recordó cómo había
cogido un paño limpio, empapado en vino, y envuelto las sobras con
mucho cuidado. Y luego recordó cómo había cubierto el paño con
papel de cera. Pero ¿cuándo? ¿Lo había hecho o era todo un sueño?
¿Dónde había puesto la tarta después de envolverla? Intentaba
verse guardándola pero tenía la mente en blanco.
Había
revisado el fondo del aparador, pero sabía que era una tarta
demasiado grande para estar allí. Luego había buscado en el horno y
hasta en lugares absurdos como los cajones del dormitorio, debajo de
la cama o los estantes del vestidor. No estaba en ningún lado.
—Si
la guardaste en alguna parte, en alguna parte ha de estar —dijo
Stan.
—La
guardé. En alguna parte la guardé —dijo Queenie.
—A
lo mejor estabas borracha y la tiraste.
—No
estaba borracha. Y no la tiré.
Pero
buscó en la basura. Tampoco.
Sentado
a la mesa, él la observaba. Si la guardaste en alguna parte, en
alguna parte ha de estar. Ella empezaba a ponerse frenética.
—¿Estás
segura? —preguntó Stan—. ¿Estás segura de que no se la diste a
alguien?
Estaba
segura de no haberla regalado. La había envuelto para guardarla.
Estaba segura, estaba casi segura de haberla envuelto. Estaba segura
de no habérsela dado a nadie.
—Bueno,
no sé —dijo Stan—. Creo que tal vez se la diste a alguien. Y
creo que sé a quién.
Queenie
se quedó de piedra. ¿A quién?
—Creo
que se la diste a Andrew.
¿A
Andrew?
Sí,
sí. Al pobre Andrew, que le había contado que no podía ir a su
casa por Navidad. Andrew le había dado pena.
—Así
que le diste la tarta.
No,
había dicho Queenie. ¿Por qué iba a hacer eso? Ella no hacía esas
cosas. Ni se le había pasado por la cabeza darle la tarta a Andrew.
Stan
dijo:
—Lena.
No mientas.
Y
así había empezado la larga y miserable batalla de Queenie. No
lograba decir más que no. No, no, no le di la tarta a nadie. No le
di la tarta a Andrew. No estoy mintiendo. No, no.
—Probablemente
estabas borracha —dijo Stan—. Estabas borracha y no te acuerdas
bien.
Queenie
contestó que no estaba borracha.
—El
que estaba borracho eras tú —añadió.
El
se levantó y, acercándose con la mano levantada, le dijo que no le
dijera que estaba borracho, que nunca le dijera eso.
Queenie
gritó:
—No
lo haré. No lo haré. Lo siento.
Y
él no le pegó. Pero ella se puso a llorar. Siguió llorando
mientras trataba de persuadirlo. ¿Por qué iba a regalar la tarta,
con el trabajo que le había dado hacerla? ¿Por qué no quería
creerle? ¿Qué razón tenía ella para mentirle?
—Todo
el mundo miente —decía Stan.
Y
cuanto más lloraba y le rogaba que le creyera, más frío y
sarcástico se volvía él.
—Aplica
cierta lógica. Si está aquí, ve y encuéntrala. Si no está, es
que la regalaste.
Queenie
dijo que eso no era lógico. No porque no la encontrara tenía que
haberla regalado. Entonces él se acercó de nuevo a ella, sonriendo
a medias con tal calma que por un momento Queenie pensó que iba a
besarla. En cambio, él le cerró las manos alrededor del cuello y
por un segundo le cortó el aliento. Ni siquiera le había dejado
marcas.
—Vamos
—dijo—. Vamos… ¿Resulta que ahora tú me vas a enseñar
lógica?
Después
fue a vestirse para ir a tocar al restaurante.
Él
le retiró la palabra. Por una nota le comunicó que volvería a
hablarle cuando ella le dijera la verdad. Queenie se pasó las
fiestas llorando. Estaba previsto que el día de Navidad fueran los
dos a visitar a la familia griega, pero ella no podía ir con aquella
cara. Tuvo que ir Stan solo y decir que estaba enferma. De todos
modos, los griegos debían de saber la verdad. Probablemente habían
oído la batahola.
Queenie
se puso una tonelada de maquillaje para ir a trabajar, y el gerente
le había dicho:
—¿Qué
quieres? ¿Que la gente piense que es una historia de llorar?
Ella
había contado que tenía sinusitis y el hombre la había dejado
marchar.
Cuando
Stan llegó a casa esa noche fingiendo que ella no existía, Queenie
se volvió a mirarlo. Sabía que él iba a acostarse junto a ella
como un poste y que si se le acercaba seguiría como un poste hasta
que se apartase. Se daba cuenta de que él podía seguir viviendo así
y ella no. Pensó que de seguir así se moriría. Como si realmente
él la hubiera estrangulado, se moriría.
Así
que dijo: Perdóname.
Perdóname.
Hice lo que tú dices. Lo siento.
Él
se sentó en la cama. Sin hablar.
Ella
dijo que de verdad había olvidado que había regalado la tarta, pero
que ahora lo recordaba y le pedía disculpas.
—No
te he mentido —le explicó—. Lo olvidé.
—¿Olvidaste
que le diste la tarta a Andrew? —preguntó él.
—Debí
olvidarlo. Lo olvidé.
—A
Andrew. Se la diste a Andrew.
Sí,
dijo Queenie. Sí, sí, eso había hecho. Y se puso a aullar y a
colgarse de él y rogarle que la perdonara.
Está
bien, acaba con esa histeria, dijo él. No dijo que la perdonaba,
pero le limpió la cara con un paño tibio y se echó junto a ella,
abrazándola, y muy pronto quiso hacer todo lo demás.
—Se
acabaron las lecciones del señor Claro de Luna.
Y
para rematarlo, más tarde Queenie encontró la tarta.
La
encontró envuelta en un trapo de cocina y en papel de cera, tal como
recordaba. Y dentro de una bolsa de compra colgada de un gancho de la
galería trasera. Por supuesto. La galería acristalada era ideal
porque en invierno hacía demasiado frío para usarla, pero no un
frío glacial. Seguramente eso había pensado al colgar la tarta. Que
era el lugar ideal.
Y
después se había olvidado. Puede que estuviera un poco borracha;
sin duda lo estaba. Se había olvidado por completo. Y estaba allí.
La
encontró y la tiró. No le había contado nada a Stan.
—La
tiré —dijo—. Estaba buenísima todavía, y llena de esos
ingredientes y frutos caros, pero ni en sueños quería tocar de
nuevo el asunto. Así que la tiré.
La
voz, tan doliente en los pasajes malos de la historia, era ahora
astuta y risueña, como si todo el tiempo me hubiera estado contando
un chiste y tirar la tarta fuera el desenlace ridículo. Tuve que
soltar la cabeza de sus manos y volverme a mirarla.
Dije:
—Pero
él no tenía razón.
—Pues
claro que no tenía razón. Los hombres no son normales, Chrissy. Es
una de las cosas que aprenderás si alguna vez te casas.
—Entonces
no lo haré. No me casaré nunca.
—Sólo
estaba celoso. No veas lo celoso que estaba.
—Nunca.
—Mira,
tú y yo somos muy diferentes, Chrissy. Muy diferentes. —Suspiró.
Dijo—: Yo soy una criatura del amor.
Pensé
que esas palabras podrían aparecer en el cartel de una película:
Una criatura del amor. Tal vez en una de las películas que
pasaban en el cine de Queenie.
—Verás
qué guapa vas a estar cuando te quite los rulos —dijo ella—. No
te durará mucho lo de no tener novio. Pero hoy ya es tarde para
salir a buscar trabajo. Mejor mañana madrugas. Si Stan te pregunta
algo, le dices que fuiste a un par de sitios y apuntaron tu número
de teléfono. Dile que a un restaurante, una tienda o lo que sea.
Como para que crea que estás buscando.
Al
día siguiente me cogieron en el primer lugar donde probé, aunque no
había conseguido madrugar después de todo. Queenie había decidido
peinarme de otra manera y maquillarme los ojos, pero el resultado no
había sido el que esperaba. «Al fin y al cabo eres más bien del
tipo natural», había dicho, y lo había quitado todo y usado mi
propia barra de labios, que no era de color rosa pálido y brillante
como la suya, sino de un rojo vulgar.
A
esas alturas ya era tarde para que Queenie saliera conmigo a revisar
su casilla de correos. Tenía que prepararse para ir al cine. Como
era sábado, trabajaba también por la tarde. Sacó la llave y me
pidió que fuera yo a mirar la casilla. Me explicó dónde era.
—Tuve
que alquilar mi propia casilla cuando escribí a tu padre —me dijo.
Conseguí
trabajo en un drugstore que estaba en el sótano de un edificio de
apartamentos. En el momento de entrar casi no tenía esperanzas. El
calor me había aplastado el pelo y tenía un bigote de sudor sobre
el labio superior. Al menos los retortijones en el estómago se
habían calmado.
Una
mujer de uniforme blanco bebía café detrás del mostrador.
—¿Vienes
por lo del empleo? —preguntó.
Contesté
que sí. Era una mujer de cara cuadrada y rígida, pestañas
repasadas con lápiz y un panal de pelo púrpura.
—Hablas
inglés, ¿no?
—Sí.
—Quiero
decir si no lo habrás aprendido. ¿No serás extranjera?
Respondí
que no lo era.
—En
estos dos días he probado a dos chicas que tuve que despedir. Una
dio a entender que hablaba inglés pero no era cierto y a la otra
había que repetirle todo diez veces. Lávate bien las manos en el
fregadero, que te traeré un delantal. Mi marido es el farmacéutico
y yo llevo la caja. —Sólo entonces reparé en un hombre canoso que
desde el mostrador alto de un rincón me miraba con disimulo—.
Ahora está vacío, pero dentro de un rato habrá movimiento. En este
edificio son todos viejos y después de la siesta empiezan a bajar a
tomar café.
Me
anudé el delantal y ocupé mi puesto detrás del mostrador. Un
empleo en Toronto. Traté de descubrir dónde estaban las cosas sin
preguntar y sólo tuve que hacerlo dos veces: cómo funcionaba la
cafetera y qué hacer con el dinero.
—Tú
haces la cuenta y me la traen a mí. ¿Qué te pensabas?
Estaba
bien. La gente entraba sola o de dos en dos, la mayoría a pedir café
o una coca. Yo lavaba y secaba las tazas, limpiaba el mostrador y al
parecer hacía bien las cuentas porque nadie se quejaba. Como había
dicho la mujer, la mayoría de los clientes eran ancianos. Algunos,
muy amables conmigo, comentaban que era nueva y hasta me preguntaban
de dónde había llegado. Otros parecían sumidos en una especie de
trance. Una mujer pidió tostadas y me las arreglé para hacérselas.
Luego hice un bocadillo de jamón. Se montó un pequeño alboroto
cuando entraron cuatro personas a la vez. Un hombre quería pastel
con helado, y el helado estaba duro de rascar como el cemento. Pero
lo conseguí. Iba ganando confianza. «Servido», les decía al
ponerles el pedido, y «Aquí viene el golpe» al presentarles la
cuenta.
En
un momento de poco trabajo se me acercó la mujer de la caja.
—He
visto que hacías unas tostadas —dijo—. ¿No sabes leer?
Señaló
un cartel pegado al espejo, detrás del mostrador.
NO
SE SIRVEN DESAYUNOS DESPUÉS DE LAS 11.
Contesté
que, como se podían hacer bocadillos calientes, no me había
parecido mal hacer tostadas.
—Bien,
pues te equivocaste. Bocadillos calientes sí, con diez centavos de
recargo. Tostadas no. ¿Has entendido?
Dije
que sí. No me sentía tan abatida como me habría sentido al
principio. Pensaba constantemente en el alivio que sería volver y
contestarle al señor Vorguilla que sí, que tenía trabajo. Ahora
podría buscarme una habitación propia. Tal vez al día siguiente, o
el domingo, si el drugstore cerraba. Aunque sólo alquilara una
habitación, pensaba, Queenie tendría adonde huir si el señor
Vorguilla se enfurecía de nuevo.
Y
si alguna vez Queenie decidía dejar al señor Vorguilla (insistía
en considerar la posibilidad pese al final que Queenie había dado a
su historia), con los sueldos de las dos podríamos alquilar un
pisito. O al menos una habitación con cocina americana y cuarto de
baño para nosotras solas. Sería como cuando vivíamos en casa con
nuestros padres, salvo que nuestros padres no estarían.
Guarnecía
cada bocadillo con una hoja de lechuga y un pepinillo encurtido. Eso
era lo que prometía otro cartel pegado al espejo. Pero, como al
sacar el primer pepinillo del tarro me había parecido demasiado
grande, había decidido cortarlos por la mitad. Así acababa de
presentarle el bocadillo a un hombre cuando la mujer de la caja vino
a servirse una taza de café. Se llevó el café a la caja y lo bebió
de pie. Esperó a que el hombre comiera el bocadillo, lo pagara y se
fuese para acercarse a mí otra vez.
—A
ese hombre le has dado medio pepinillo. ¿Con todos los bocadillos
haces lo mismo?
Le
dije que sí.
—¿No
te han enseñado a cortar un pepinillo en rodajas? Cada uno tiene que
alcanzar para diez bocadillos por lo menos.
Miré
el cartel.
—No
dice una rodaja. Dice un pepinillo.
—Ya
está bien —dijo la mujer—. Quítate ese delantal. Si algo no voy
a tolerar es que mis empleados me contesten. Puedes coger tu cartera
y largarte. Y no se te ocurra preguntarme por la paga porque no has
servido de nada, y de todos modos te tomé como aprendiza.
El
hombre canoso atisbaba con una sonrisa nerviosa.
Así
que me encontré de nuevo en la calle, andando hacia la parada del
tranvía. Pero ahora ya sabía la dirección de ciertas calles y
también cómo hacer transbordos. Hasta tenía experiencia laboral.
Podía decir que había trabajado detrás de un mostrador. Si me
pedían referencias me vería en apuros, pero podía agregar que la
cafetería estaba en mi pueblo. Mientras esperaba el tranvía saqué
la lista de lugares en donde pensaba solicitar empleo y el mapa que
me había dado Queenie. Pero se había hecho tarde y la mayoría de
los locales estaban lejos. Me daba miedo tener que hablar con el
señor Vorguilla. Decidí volver a pie, con la esperanza de llegar
cuando ya hubiera salido.
Había
empezado a subir la cuesta cuando me acordé del correo. Regresé
hasta la estafeta, saqué una carta de la casilla y retomé el camino
a casa. Seguro que el señor Vorguilla ya se había ido.
Pero
no era así. La ventana de la sala que daba al sendero estaba abierta
y al pasar frente a ella oí música. No era de la que escuchaba
Queenie. Era esa música complicada que a veces salía por las
ventanas de la casa de los Vorguilla; una música que reclamaba la
atención y luego no iba a ninguna parte, o al menos no lo bastante
pronto. Música clásica.
Queenie
estaba en la cocina, llevaba puesto otro de sus vestidos sucintos y
todo el maquillaje posible. Llevaba brazaletes en los brazos. Estaba
poniendo tazas en una bandeja.
Al
dejar la luz del sol atrás sentí un mareo fugaz y cada centímetro
de mi piel se cubrió de sudor.
—Chist
—dijo Queenie, y es que yo había cerrado de un portazo—. Están
dentro escuchando música. El y su amigo Leslie.
Acababa
de decirlo cuando la música se interrumpió abruptamente y hubo un
estallido de charla excitada.
—Uno
pone un disco y el otro tiene que adivinar qué es después de
escuchar sólo un trocito —explicó Queenie—. Ponen un trocito,
paran y luego empiezan otra vez y otra. Te saca de quicio. —Comenzó
a cortar rodajas de pollo y a colocarlas sobre rebanadas de pan con
mantequilla—. ¿Has encontrado trabajo? —preguntó.
—Sí,
pero no era permanente.
—Vaya.
—No parecía muy interesada. Pero al escuchar de nuevo la música
alzó los ojos, sonrió y dijo—: ¿Has ido al…? —Entonces vio
la carta que yo tenía en la mano.
Soltó
el cuchillo y corrió hacia mí susurrando:
—Has
entrado con la carta en la mano. Tendría que haberte prevenido.
Ponla en mi cartera. Es una carta privada. —Me la arrebató justo
en el momento en que la tetera empezaba a silbar sobre el hornillo—.
Ay, coge la tetera. Rápido, Chrissy, ¡rápido! Coge la tetera o
entrará en un segundo. No soporta ese ruido.
Me
volvió la espalda y comenzó a rasgar el sobre.
Retiré
la tetera del hornillo.
—Haz
el té, por favor… —pidió Queenie, en voz baja y en el tono
preocupado de quien ha recibido un mensaje urgente—. Sólo tienes
que echarle el agua. Está puesto. —Reía como si estuviera leyendo
un chiste privado. Vertí el agua sobre las hojas de té y ella
dijo—: Gracias. Oh, Chrissy, gracias. Gracias. —Se volvió hacia
mí. Se había ruborizado y todos los brazaletes le tintineaban con
una agitación delicada. Dobló la carta, se levantó la falda y se
metió el papel bajo el elástico de las bragas—. A veces me revisa
la cartera —reveló.
Yo
dije:
—¿El
té es para ellos?
—Sí.
Y tengo que irme a trabajar. Caray, ¿qué hago? Tengo que cortar los
sándwiches. ¿Dónde está el cuchillo?
Cogí
el cuchillo, corté los sándwiches y los puse en una fuente.
—¿No
quieres saber de quién es mi carta? —preguntó ella.
No
tenía ni idea.
—¿De
Bet? —dije.
Pues
tenía la esperanza de que fuese un perdón privado de Bet lo que
había hecho florecer a Queenie de esa manera.
Ni
siquiera había mirado la letra del sobre.
A
Queenie le cambió la cara. Por un momento dio la impresión de no
saber de quién le hablaba. Luego recobró la alegría. Me rodeó con
los brazos y, con una voz trémula, turbada y triunfal, me susurró
al oído:
—Es
de Andrew. ¿Puedes llevarles tú la bandeja? Yo no puedo. Ahora
mismo no puedo. Oh, gracias.
Antes
de marcharse al trabajo, Queenie entró en la sala y besó al señor
Vorguilla y a su amigo. Los besó a los dos en la frente. De mí se
despidió con un mariposeo de la mano:
—Chao.
En
el momento de llevar la bandeja noté el fastidio del señor
Vorguilla al ver que no era Queenie. Sin embargo me habló en un tono
asombrosamente tolerante y me presentó a Leslie. Leslie era un calvo
fornido que a primera vista me pareció casi tan viejo como el señor
Vorguilla. Cuando una se acostumbraba a la calva y la tenía en
cuenta, se volvía mucho más joven. No era el tipo de amigo que yo
hubiera esperado del señor Vorguilla. No era brusco ni sabelotodo
sino hospitalario y alentador. Cuando le hablé de mi empleo en la
cafetería del drugstore, por ejemplo, me dijo:
—Pues
no es poco, ¿sabes?, que te cojan en el primer lugar donde lo
intentas. Es una prueba de que causas buena impresión.
Descubrí
que no me costaba hablar de la experiencia. La presencia de Leslie lo
facilitaba todo y parecía suavizar la actitud del señor Vorguilla,
como si ante su amigo tuviera que tratarme con una cortesía decente.
También podía ser que percibiese en mí un cambio. Cuando una deja
de tenerle miedo, una persona nota la diferencia. Quizás el señor
Vorguilla no supiera bien en qué estribaba ni de dónde surgía
aquella diferencia, pero lo desconcertaba y lo volvió más
cuidadoso. Acordó con Leslie que era una suerte haberme librado de
ese empleo, y hasta dijo que aquella mujer debía de ser una de esas
timadoras despiadadas que se encontraban en algunos antros de
Toronto.
—Y
no tenía ningún derecho a no pagarte —añadió.
—Yo
pienso que el marido tenía que haber dado la cara —dijo Leslie—.
Si es el farmacéutico, el jefe es él.
El
señor Vorguilla aventuró:
—Quién
sabe si un día no prepara un brebaje especial. Para su mujer.
No
era tan difícil servir el té, ofrecer leche y azúcar y sándwiches,
e incluso charlar cuando una sabe algo que esa persona no sabe sobre
un peligro que ignora. Precisamente porque él no sabe que yo no
puedo sentir por él otra cosa que odio. No era que él hubiese
cambiado; o, si había cambiado, era probablemente porque yo había
cambiado.
Pronto
dijo que se le había hecho la hora de ir a trabajar. Fue a vestirse.
Entonces Leslie me preguntó si me gustaría cenar con él.
—A
la vuelta de la esquina hay un lugar adonde suelo ir —explicó—.
Nada elegante. No es un lugar para Stan.
A
mí me alegró saber que no era un lugar elegante.
—Claro
—dije.
Y
después de dejar al señor Vorguilla en el restaurante fuimos a un
local de pescado frito. Leslie pidió la cena Súper —aunque
acababa de consumir varios sándwiches de pollo— y yo, la Normal.
El bebió cerveza y yo Coca-Cola.
El
habló de sí mismo. Dijo que se arrepentía de no haber estudiado
magisterio como iba a hacer yo en lugar de música, que no facilitaba
una vida estable.
Yo
estaba tan enfrascada en mi situación que ni le pregunté qué clase
de músico era. Mi padre me había comprado un billete de vuelta.
«Nunca se sabe cómo te entenderás con ellos», había dicho. Había
pensado en el billete al ver a Queenie metiéndose la carta de Andrew
bajo el elástico de las bragas. Aunque en aquel momento no supiese
aún que era una carta de Andrew.
No
había ido a Toronto porque sí, ni para encontrar un trabajo de
verano. Había ido a ser parte de la vida de Queenie. O, si no había
más remedio, parte de la vida de Queenie y el señor Vorguilla. Y
hasta la fantasía de que Queenie viviera conmigo tenía relación
con el señor Vorguilla y con que ella le diese su merecido. Y al
pensar en el billete de regreso estaba dando algo por supuesto: Que
podía volver a vivir con Bet y mi padre y ser parte de la vida de
ellos.
Mi
padre y Bet. El señor y la señora Vorguilla. Queenie y el señor
Vorguilla. Hasta Queenie y Andrew. Eran parejas y cada una de ellas,
por dislocada que estuviese, tenía en el presente o en el recuerdo
una guarida íntima, con su arrebato y su confusión, de la cual yo
estaba aislada. Y yo debía estar aislada, lo deseaba, porque no veía
en sus vidas nada que me instruyera ni me diese aliento.
Leslie
también estaba aislado. Sin embargo me habló de varias personas a
quienes lo unían lazos de sangre o de amistad. Su hermana y el
marido de ella. Sus sobrinos y sobrinas, las parejas casadas que
visitaba y con quienes pasaba las vacaciones. Todas tenían
problemas, pero todas tenían su valor. Habló de los trabajos que
hacían, de la falta de trabajo de algunas, de sus talentos, de sus
golpes de suerte, de sus errores de juicio, con gran interés pero
sin pasión. Estaba aislado, parecía, del amor y el rencor.
Más
adelante en mi vida, yo habría advertido los fallos de aquella
actitud. Habría sentido la impaciencia, incluso la desconfianza, que
suele sentir una mujer por un hombre falto de motivaciones. Un hombre
que sólo tiene para ofrecer amistad y la ofrece con tal soltura que,
aun si es rechazado, puede seguir adelante sin perder el buen humor.
Lo que yo tenía enfrente no era un solitario con esperanzas de
enganchar una muchacha. Ni a mí se me escapaba eso. Era alguien que
se solazaba en el momento y en una especie de fachada razonable de la
vida.
Aunque
no era del todo consciente, era exactamente la compañía que me
hacía falta. Es muy probable que fuera deliberadamente amable
conmigo. Tal como un rato antes, de forma inesperada, yo me había
propuesto ser amable con el señor Vorguilla o al menos protegerlo.
Estaba
estudiando magisterio cuando Queenie se fugó otra vez. Recibí la
noticia por una carta de mi padre. Mi padre no sabía cómo había
ocurrido ni cuándo. Por un tiempo, el señor Vorguilla se lo había
ocultado, pero al fin se lo había contado por si Queenie había
vuelto a casa. Mi padre le había contestado que eso no le parecía
probable. A mí me escribió que al menos ahora no podríamos decir
que Queenie nunca habría hecho algo así.
Durante
muchos años, aun después de casada, me llegó por Navidad una
postal del señor Vorguilla. Trineos cargados de paquetes brillantes;
una familia recibiendo amigos en un umbral decorado. Tal vez pensara
que en mi nueva forma de vida esas escenas me atraerían. Tal vez las
cogía del exhibidor sin fijarse. Siempre incluía la dirección del
remitente, como para recordarme su existencia e informarme de dónde
estaba en caso de que hubiera noticias.
Por
mi parte, yo ya no esperaba ese tipo de noticias. Nunca descubrí
siquiera si fue con Andrew o con otro con quien se escapó Queenie.
Ni si en caso de ser Andrew siguieron juntos. Cuando mi padre murió
y dejó algún dinero se hizo un intento serio por seguir el rastro
de Queenie, pero no dio resultado.
Sin
embargo ahora ha pasado algo. Ahora que mis hijos son adultos, que mi
esposo se ha jubilado y los dos viajamos mucho, tengo la sensación
de que a veces veo a Queenie. No es que la vea por la fuerza de un
deseo o un empeño particular; tampoco que me convenza de que
realmente es ella.
Una
vez fue en un aeropuerto atestado y ella llevaba un sarong y un
sombrero de paja con guirnalda de flores. Bronceada y entusiasta, con
aspecto de rica, rodeada de amigos. Otra vez estaba entre unas
mujeres, a la puerta de una iglesia, espiando una boda. Llevaba una
manchada chaqueta de ante y no parecía próspera ni contenta. Una
vez más, en una bocacalle, esperaba la luz verde para cruzar una
fila de parvulario camino del parque o la piscina.
La
última ocasión y la más rara fue en un supermercado de Twin Falls
(Idaho). Al doblar una esquina, llevando las pocas cosas que había
comprado para un picnic, me topé con una anciana apoyada en su
carrito como si me estuviera esperando. Una viejecita llena de
arrugas, de boca torcida y piel amarronada e insalubre. El pelo
hirsuto y amarillento, los pantalones violeta subidos hasta el bulto
de la panza: una de esas mujeres que de todos modos, con la edad, han
perdido la cintura. Los pantalones bien podían ser de una tienda de
segunda mano, y lo mismo el jersey de colores alegres, pero
apelmazado y encogido, abotonado sobre un pecho de niña de diez
años.
El
carrito estaba vacío. La mujer ni llevaba bolso.
Y
al contrario que las anteriores, ésta parecía saber que era
Queenie. Me sonrió con tal alegría de reconocer, y tal ansia de ser
reconocida, que se habría dicho que era un acontecimiento, el
momento que le concedían un día entre mil, cuando la dejaban salir
de las sombras.
Lo
único que hice yo fue estirar la boca con una cordialidad
impersonal, como ante una solitaria desconocida, y seguir mi camino a
la caja.
Luego,
en el aparcamiento, le dije a mi marido que había olvidado algo y
volví corriendo. Busqué en todos los pasillos. Pero en ese lapso
ínfimo la viejecita se había desvanecido. Tal vez hubiera salido
justo después de mí; tal vez ya andaba por las calles de Twin
Falls, a pie, o en un coche conducido por un pariente o un vecino.
Podía incluso conducir ella misma. Existía la posibilidad, sin
embargo, de que siguiera en el supermercado y entre pasillo y pasillo
nos desencontráramos. Me encontré yendo de un lado a otro,
temblando en la atmósfera glacial del aire refrigerado, escrutando
las caras, asustando quizás a la gente con el ruego silencioso de
que me dijeran dónde estaba Queenie.
Hasta
que entré en razón y me convencí de que no era posible, de que,
fuera quien fuese, Queenie me había dejado atrás.
Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, 2001.





