sábado, 22 de agosto de 2026

El mascarón. Emilia Pardo Bazán.

No quería señá Cipriana, la prendera, cerrar tan temprano aquel lunes del Carnaval. La prisa que le estaba dando la buena pieza de su sobrino, era «motivá» por las ganas de largarse al baile, a gastar las perras y volver, si a mano viene, con la crisma rota.
El lunes de Carnaval era la gran ocasión de alquilar los mantones que se ostentaban en el escaparate, y hasta las once y las doce estaban viniendo chulillas del barrio, modistas y ribeteadoras, a llevarse aquellos trapos castizos, donde pajarracos y floripondios desplegaban sus formas, sus asiáticos colorines. Noches semejantes engrosaban el cajón del mostrador, y después, el fajo de billetes que, ocultos por algún tiempo en el buró, salían luego para préstamos a rédito seriecito, del quince o del veinte.
Tanto, sin embargo, la mareó el sobrino, alborotado por el olor de juerga que exhalaba el barrio entero, las calles regadas de confeti, los chiquillos vestidos de demonios verdes, azotando a los transeúntes con el rabo, que acabó por decirle:
-¡Ay, hijo! No vayas a mal parirte. Cierra el escaparate, deja la puerta encajá, pa que si pasa alguna de esas, sepa que velo... Y listo, en aeroplano, pa llegar más antes.
Por conciencia, el mozo avisó:
-No debía usté velar. Cierre pronto. No quea usté bien, así sola...
-No me come el coco. Sola está una por lo regular...
Sin meterse en más advertencias, el sobrino requirió capa y gorra, y salió, al paso elástico de los que van hacia su deseo.
La prendera se sentó en la tienda, en su rincón favorito, notando lo mal que alumbraba aquel día la luz eléctrica, y su fulgor pálido y extraño.
«Como encienden pa tanta fiesta y tanto bailoteo...», pensó.
En la calle, también reinaba una especie de penumbra tristona. Era de esas antiguas callejas de Madrid, en que los faroles parecen mortecinos candiles, y los rincones son sombríos y hasta siniestros. Otras veces, sin embargo, animaban aquella melancolía las barbianas que venían metiendo bulla de reíres y decires, a alquilar no sólo mantones, sino caretas de seda, abanicos pericones y peinetas de carey. Acaso viniesen aún, a la media noche.
Las palabras de su sobrino la escarabajeaban un poco, y nostalgias de cosas pasadas la asaltaron como impertinentes moscas. ¿Por qué no había ella de divertirse? ¿Por qué no había de volver a casarse? No era ningún vejestorio, apenas cuarenta, carnes lozanas, firme «dentaúra» y mata de pelo gruesa y reluciente. Un marido le daría sombra, la ayudaría al negocio... El sobrinito, ya se ve, ¡si no fuese por la esperanza de la herencia!... Cariño, ni chispa.
Era señá Cipriana mujer de bien, pero de suma normalidad, sana y cálida de sangre. Se trató a sí misma de sosa. Se prometió echarse su mejor mantón por los hombros, y concurrir a verbenas y bailes. ¿Y si le hacían burla? ¡Que la hiciesen! Ella a darse el gran pisto, con sus zarzillos de brillantes y su coche... Porque era capaz de echar coche. ¿Para qué quería los ahorros?
Uno de los varios relojes de pared colgados en la tienda sonó, la media para las doce, y al punto mismo se abrió la entornada puerta, y entró un mascarón, de esos de colcha rameada y escoba en ristre. Una especie de informe capucha, de la misma tela de la colcha cubría su cabeza, rematando el frunce en un ajado lazo de gro rojo. Una sucia careta de raso, rojo también, dejaba entrever, bajo el volante, una barba negra, rizosa. Con solicitud, la prendera interrogó:
-¿Qué se le ofrece?
-¿No tendrá usted unos guantes?
-Veremos si los hay que le sirven.
Revolvió la señá Cipriana en un estante, y cuando se volvió presentando la mercancía, un montón de guantes limpios con bencina, unos desaparejados, otros desgarrados, que solían comprarle los cocheros de punto para limpiar los metales de sus coches, vio que el mascarón se había quitado el antifaz, y era de recia contextura, guapo mozo, «un tipazo», como se dice.
Sonriente, el mascarón imploraba.
-¿Querría usted ponérmelos? ¡A mí me va a costar un trabajo...!
-Apoye el codo sobre el mostrador...
Y empezó la prendera a desempeñar la grata faena de calzar los guantes a aquel buen tipo. Separados por la valla de madera sus alientos casi se confundían, al tratar la señá Cipriana de embutir la mano nervuda del cliente en el canela, el par más decente de todos.
Los ojos del mascarón, insolentes de galantería, de nacarada córnea, húmedos de vida, bebían el rostro de la mujer. ¡Besaban ya aquellos atrevidos ojos!
-¿Es usted de aquí? -preguntó ella por disimular la repentina emoción.
-No... Soy de Cádiz, ¿sabusté? He venío a cobrar un pico, unos atrasos. Me gusta mucho Madrí. De gana me quedaría. Al fin, solo como es uno, ¿qué más da un sitio que otro? Y usted..., ¿tiene familia?
-No -tartamudeó la prendera-. Solita vivo desde que he enviudao... Cosas de la vía, ¿verdá usté?
Él estrechó insinuante la mano que enguantaba la suya, y con gesto ya inequívoco, murmuró:
-¡A ver! ¡Cosas de la vía!
Las palabras decían uno y los mirares, ya encandilados, otro... Los dedos de la prendera se enlanguidecían en la operación, al par que preguntaba ávidamente:
-¿Y usted en Cádiz tenía oficio?
-¡Vaya! Mi buen taller de ebanista. Pero están malos los tiempos, y se ganaba poco. Por eso macordé de los atrasos... Un piquillo regular, ¡no se crea usté!
En otro momento acaso se hubiese fijado la señá Cipriana en que las yemas que estaba calzando no tenían callo alguno, y aunque fuertes, eran de holgazán. Pero la adormecían los ojos del cliente, enviándole su fluido, y, semirrendida, consintió en el mariposeo de unos labios sobre su mejilla sofocada...
El mascarón, entonces, no respetando la valla, alzando la tabla que cerraba el mostrador, penetró en la tienda. Desató las cintas que sujetaban la colcha, y rogó:
-Yo no voy al baile esta noche, gitana... Que se fastidie el baile... Ahora mismito cierro esa puerta... Esto ha sío como un tiro, ¿eh? ¡La simpatía...!
Sin esperar contestación, fue a cerrar, en efecto, dando vuelta a la llave y corriendo el cerrojo. Ella protestaba, en una reacción de bravía honradez:
-No, no, abra, váyase... Si es usted persona decente, se podrán hacer las cosas como manda Dios... No soy mujer de estos tratos, ¿lo oye usted...?
Él la había cogido por la cintura, arrastrándola hacia el dormitorio, débilmente iluminado por una bombilla de a cinco, las favoritas de la económica prendera.
El mascarón empujaba violentamente hacia la gran cama dorada de matrimonio que ocupaba casi todo el aposento. Vencida la resistencia, cerró ella los párpados, y en la diestra del hombre brilló una faca antes de hundirse dos veces en el pecho de la víctima. Alzando luego el cuerpo, lo tendió, dejándolo debatirse en la agonía, sobre el lecho. Guardó el arma el asesino y sacó otros instrumentos profesionales. Abierta la cómoda-buró, la vista del fajo de billetes le arrancó una imprecación de alegría. Allí relucían los zarcillos, pero no los tocó: ¡no hay idea de lo que comprometen las joyas!
Salió luego a la tienda y tiró del cajón que tenía puesta la llave; arrambló con los puñados de pesetas y duros, vistió otra vez la colcha, ajustó la careta, apagó las luces, y salió, dejando la puerta encajada. En la primera alcantarilla arrojó los guantes sapicados de sangre. Y allá se quedó la señá Cipriana, rígida con las pupilas reflejando el espanto de que el mascarón, en quien creyó ver el Amor, era la Muerte.


viernes, 21 de agosto de 2026

La irresistible ascensión de Arturito Ui. Jorge Anglada Perletti.

La confusión se apoderó del parque. La madre, a du­ras penas conteniendo el llanto, reprochaba amarga­mente a su marido el que éste cediera siempre ante los caprichos del niño. El padre, cabizbajo, aguantaba estoi­camente la perorata de su esposa. El primogénito obser­vaba cómo su hermanito, asido de un globo desproporcionadamente grande para su tamaño, se iba rápidamente elevando. El policía, pistola en mano, esperaba impa­ciente una decisión para actuar. Pero ¿qué hacer? Si no disparaba, el niño se perdería irremediablemente en al­gún lugar de la estratosfera, pero si se decidía a hacer fuego... Finalmente, el abuelo, en un arrebato de casta de viejo coronel, y ante la pasividad general, decidió: «Mejor un muerto en la familia que un desaparecido». Y dio orden de disparar. El globo reventó con un seco ruido apenas perceptible. Segundos después el niño re­gresaba, estrellándose contra el adoquinado.


miércoles, 19 de agosto de 2026

El barón rampante. Capítulo XII, [Gian dei Brughi]. Italo Calvino.

A veces, por la noche, a Cósimo le despertaban gritos como: «¡Socorro! ¡Los bandidos! ¡Perseguidlos!».
Por los árboles, se dirigía rápido al lugar de donde aquellos gritos procedían. Era quizá un caserío de pequeños propietarios, y una familia medio desnuda estaba allí fuera con las manos a la cabeza.
¡Ay de nosotros! ¡Ay de nosotros! ¡Ha venido Gian dei Brughi y se nos ha llevado todo el producto de la cosecha!
Se agolpaba la gente.
¿Gian dei Brughi? ¿Era él? ¿Lo habéis visto?
¡Era él! ¡Era él! Llevaba una máscara en la cara, una pistola así de larga, y le seguían otros dos enmascarados, y él los mandaba. ¡Era Gian dei Brughi!
¿Y dónde está? ¿Adónde ha ido?
Ah, sí, ¡a ver si lo agarras a Gian dei Brughi! ¡Quién sabe dónde está a estas horas!
O bien quien gritaba era un viandante dejado en medio del camino, despojado de todo, caballo, bolsa, capa y equipaje.
¡Socorro! ¡Al ladrón! ¡Gian dei Brughi!
¿Cómo ha sido? ¡Decidnos!
Saltó desde allí, negro, barbudo, apuntando con el trabuco, ¡por poco me mata!
¡Rápido! ¡Persigámosle! ¿Por dónde ha escapado?
¡Por aquí! ¡No, quizá por allí! ¡Corría como el viento!
A Cósimo se le había metido en la cabeza ver a Gian dei Brughi. Recorría el bosque a todo lo largo y lo ancho detrás de las liebres o los pájaros, azuzando al pachón: «¡Busca, busca, Óptimo Máximo!». Pero lo que le habría gustado sacar de su cubil era al bandido en persona, y no para hacerle o decirle nada, sólo para ver cara a cara a una persona tan afamada. En cambio, nunca había conseguido hallarlo, ni siquiera dando vueltas toda una noche. «Será que esta noche no ha salido», se decía Cósimo; pero por la mañana, aquí o allá en el valle, había un corrillo de gente en el umbral de una casa o en un recodo del camino, comentando el nuevo robo. Cósimo acudía, y aguzando mucho los oídos escuchaba aquellas historias.
Pero tú que estás siempre sobre los árboles del bosque —le dijo una vez alguien—, ¿nunca lo has visto, a Gian dei Brughi?
Cósimo se avergonzó mucho.
Pues… me parece que no…
¿Y cómo quieres que lo haya visto? —intervino otro—, Gian dei Brughi tiene escondites que nadie puede encontrar, y va por caminos que nadie conoce.
¡Con la recompensa que ofrecen por su cabeza, quien lo atrape podrá vivir bien toda su vida!
¡Ya! Pero los que saben dónde está, tienen cuentas pendientes con la justicia casi tanto como él, y si se deciden terminan en la horca también ellos.
¡Gian dei Brughi! ¡Gian dei Brughi! Pero ¿será siempre él quien comete estos delitos?
Da igual, tiene tantas acusaciones que aunque consiguiera disculparse de diez robos, mientras tanto ya le habrían colgado por el undécimo.
¡Ha sido bandido en todos los bosques de la costa!
¡Mató incluso a un jefe de banda en su juventud!
¡Ha hecho de bandido también entre los bandidos!
¡Por eso ha venido a refugiarse a nuestras tierras!
¡Es que somos demasiado buenos!
Cósimo cada nueva noticia la iba a comentar con los caldereros. Entre la gente acampada en el bosque, había en aquellos tiempos toda una ralea de fulleros ambulantes: caldereros, silleros, traperos, gente que evita las casas, y que por la mañana estudia el hurto que hará por la noche. En el bosque, más que el taller tenían su refugio secreto, el escondrijo de lo que hurtaban.
¿Sabéis? ¡Esta noche Gian dei Brughi ha asaltado una carroza!
¿Ah, sí? Puede ser…
¡Ha conseguido detener los caballos al galope cogiéndolos por la brida!
Pues, o no era él o en lugar de caballos eran grillos…
¿Qué decís? ¿No creéis que fuera Gian dei Brughi?
Sí, sí, ¿qué ideas le vas a meter en la cabeza a ése? ¡Claro que era Gian dei Brughi!
¿Y de qué no es capaz Gian dei Brughi?
¡Ja, ja, ja!
Al oír hablar de Gian dei Brughi de este modo, Cósimo no salía de su asombro, se desplazaba por el bosque e iba a escuchar en otro campamento de vagabundos.
Decidme, según vosotros, el de la carroza de anoche, ¿fue un golpe de Gian dei Brughi, no?
Todos los golpes son de Gian dei Brughi cuando salen bien. ¿No lo sabes?
¿Por qué cuando salen bien?
Porque cuando no salen bien, ¡quiere decir que son realmente de Gian dei Brughi!
¡Ja, ja! ¡Ese chapucero!
Cósimo ya no entendía nada.
¿Gian dei Brughi un chapucero?
Los otros, entonces, se apresuraban a cambiar de tono:
Claro que no, claro que no, ¡es un bandido que da miedo a todos!
¿Lo habéis visto vosotros?
¿Nosotros? ¿Y quién lo ha visto alguna vez?
Pero ¿estáis seguros de que existe?
¡Ésa sí que es buena! ¡Claro que existe! Pero si no existiera…
¿Si no existiera?
—… Sería lo mismo. ¡Ja, ja, ja!
Pero todos dicen…
Claro, es lo que hay que decir: ¡es Gian dei Brughi que roba y mata por todas partes, ese terrible bandido! ¡Quisiéramos ver que alguien lo dudase!
En fin, Cósimo había comprendido que el miedo a Gian dei Brughi que había por el valle, cuanto más se subía hacia el bosque más se convertía en una actitud dudosa y a menudo abiertamente burlona.
La curiosidad de dar con él se le pasó, porque comprendió que Gian dei Brughi a la gente más experta no le importaba nada. Y fue precisamente entonces cuando ocurrió el encuentro.
Cósimo estaba en un nogal, una tarde, y leía. Le había entrado hacía poco la nostalgia de algún libro: estar todo el día con el fusil apuntando, esperando que llegue un pinzón, a la larga aburre.
Así pues, leía el Gil Blas, de Lesage, sosteniendo con una mano el libro y con la otra el fusil. Óptimo Máximo, al que no le gustaba que su amo leyese, daba vueltas alrededor buscando pretextos para distraerlo: ladrando por ejemplo a una mariposa, para ver si conseguía hacerle apuntar el fusil.
Y de pronto, bajando de la montaña, por el sendero, venía corriendo y jadeando un hombre barbudo y mal vestido, desarmado, y detrás llevaba a dos esbirros con los sables desenvainados que gritaban:
¡Detenedlo! ¡Es Gian dei Brughi! ¡Lo hemos cogido, al fin!
Ahora el bandido se había distanciado un poco de los esbirros, pero si continuaba moviéndose torpemente como quien tiene miedo de equivocarse de camino o caer en alguna trampa, los tendría pronto pisándole los talones. El nogal de Cósimo no presentaba agarraderos para quien quisiera trepar, pero él tenía allí en la rama una cuerda de esas que llevaba siempre consigo para superar los pasos difíciles. Tiró un extremo a tierra y ató el otro a la rama. El bandido vio caer aquella cuerda casi en las narices, se retorció las manos un momento en la incertidumbre, luego se agarró a la cuerda y trepó con rapidez, revelándose como uno de esos inseguros impulsivos o impulsivos inseguros que parece que nunca saben aprovechar el momento justo y por el contrario atinan siempre.
Llegaron los esbirros. La cuerda ya había sido retirada y Gian dei Brughi estaba junto a Cósimo entre las frondas del nogal. El camino se bifurcaba. Los esbirros tomaron cada uno por un lado distinto, luego se volvieron a encontrar, y no sabían adónde ir. Y repentinamente toparon con Óptimo Máximo que meneaba la cola por aquellos parajes.
¡Eh! —dijo uno de los esbirros al otro—, ¿no es éste el perro del hijo del barón, el que vive en los árboles? Si el muchacho está por aquí cerca podrá decirnos algo.
¡Estoy aquí arriba! —gritó Cósimo.
Pero no gritó desde el nogal donde estaba antes y en donde estaba escondido el bandido; se había desplazado rápidamente a un castaño de enfrente, de modo que los esbirros levantaron enseguida la cabeza en aquella dirección sin ponerse a mirar a los árboles de en torno.
Buenos días, señoría —dijeron—, ¿por casualidad no habréis visto correr al bandido Gian dei Brughi?
Quién era no lo sé —respondió Cósimo—, pero si buscáis a un hombrecito que corría, ha tomado por ahí, hacia el torrente…
¿Un hombrecito? Es un hombre terrible, que inspira miedo…
Bueno, desde aquí parecéis todos pequeños…
¡Gracias, señoría! —y tiraron hacia el torrente.
Cósimo volvió al nogal y siguió con la lectura del Gil Blas. Gian dei Brughi todavía estaba abrazado a la rama, pálido entre los cabellos y la barba hirsutos y rojos como los mismos brezos, con hojas secas, erizos de castaña y agujas de pino enredados en ellos. Escrutaba a Cósimo con dos ojos verdes, redondos y turbados; feo, era feo.
¿Se han ido? —se decidió a preguntar.
Sí, sí —dijo Cósimo, afable—. ¿Es usted el bandido Gian dei Brughi?
¿Cómo me conoce?
Ah, pues, por la fama.
¿Y usted es el que nunca baja de los árboles?
Sí. ¿Cómo lo sabe?
Bueno, también yo, la fama corre.
Se miraron con amabilidad, como dos personas importantes que se encuentran por casualidad y están contentas de no ser desconocidas la una para la otra.
Cósimo no sabía que más podía decir, y se puso de nuevo a leer.
¿Qué lee?
El Gil Blas, de Lesage.
¿Es bonito?
Pues sí.
¿Le falta mucho para terminarlo?
¿Por qué? Bueno, unas veinte páginas.
Porque cuando lo termine quisiera pedirle que me lo prestara —sonrió, algo confundido—. ¿Sabe?, me paso los días escondido, nunca se sabe qué hacer. Si tuviera un libro de vez en cuando, digo. Una vez detuve una carroza, poca cosa, pero había un libro y lo cogí. Me lo llevé, escondido bajo la casaca; habría dado todo el resto del botín, con tal de quedarme aquel libro. Por la noche, enciendo la linterna, me dispongo a leer…, ¡estaba en latín! No entendía ni una palabra… —Sacudió la cabeza—. Ya ve, yo el latín no lo sé…
Bueno, el latín, caray, es difícil —dijo Cósimo, y sintió que a pesar suyo estaba tomando un aire protector—. Éste está en francés…
Francés, toscano, provenzal, castellano, los entiendo todos —dijo Gian dei Brughi—. Un poco también el catalán: Bon dia! Bona nit! Està la mar molt alborotada.
En media hora Cósimo terminó el libro y se lo prestó a Gian dei Brughi.
Así empezaron a relacionarse mi hermano y el bandido. En cuanto Gian dei Brughi había terminado un libro, corría a devolvérselo a Cósimo, tomaba en préstamo otro, escapaba a esconderse a su refugio secreto, y se hundía en la lectura.
A Cósimo los libros se los proporcionaba yo de la biblioteca de casa, y cuando los había leído me los volvía a dar. Ahora empezó a quedárselos más tiempo, porque una vez leídos se los pasaba a Gian dei Brughi, y a menudo volvían con las encuadernaciones despellejadas, con manchas de moho, babas de caracoles, porque quién sabe dónde los tenía el bandido.
En días preestablecidos, Cósimo y Gian dei Brughi se daban cita sobre un determinado árbol, se intercambiaban el libro y se separaban, ya que el bosque estaba siempre batido por los esbirros. Esto tan simple era muy peligroso para ambos; incluso para mi hermano, que desde luego no habría podido justificar su amistad con aquel criminal. Pero a Gian dei Brughi le había pillado tal furia de lecturas, que devoraba novela tras novela y, al estar todo el día escondido leyendo, en un día liquidaba unos tomos que mi hermano había empleado una semana en leer, y entonces no había manera, quería otro, y si no era el día establecido se lanzaba por los campos en busca de Cósimo, asustando a las familias en los caseríos y arrastrando detrás de él a toda la fuerza pública de Ombrosa.
Ahora a Cósimo, aún más apremiado por las peticiones del bandido, los libros que yo conseguía procurarle ya no le bastaban, y tuvo que ir a buscar otros proveedores. Conoció a un comerciante de libros judío, un tal Orbecche, que le suministraba incluso obras en varios tomos. Cósimo iba a llamar a su ventana desde las ramas de un algarrobo llevándole liebres, tordos y perdices acabados de cazar a cambio de volúmenes.
Pero Gian dei Brughi tenía sus gustos, no se le podía dar un libro cualquiera, pues al día siguiente buscaba a Cósimo para que se lo cambiase. Mi hermano estaba en la edad en que se empieza a gozar con lecturas más sustanciosas, pero se veía obligado a ir despacio, desde que Gian dei Brughi le devolvió Las aventuras de Telémaco, advirtiéndole que si le daba otra vez un libro tan aburrido, le serraría el árbol por debajo.
Cósimo, a partir de este momento, habría querido separar los libros que quería leer por su cuenta con toda calma de los que se procuraba sólo para dejárselos al bandido. Pero no: también a éstos tenía que echarles al menos una ojeada, porque Gian dei Brughi se volvía cada vez más exigente y desconfiado, y antes de quedarse con un libro quería que le contase un poco el argumento, y pobre de él como lo cogiera en falta. Mi hermano probó a pasarle novelitas de amor, y el bandido llegaba furioso preguntando si lo había tomado por una mujercita. No se conseguía adivinar nunca lo que le gustaba.
En resumidas cuentas, con Gian dei Brughi pegado a él, la lectura para Cósimo, de aquella distracción de media horita, se convirtió en su ocupación principal, en el objeto de todo el día. Y a fuerza de manejar volúmenes, de juzgarlos y compararlos, de tener que conocer siempre otros nuevos, entre lecturas para Gian dei Brughi y la creciente necesidad de lecturas para sí, a Cósimo le entró tal pasión por las letras y por todo el saber humano que no le eran suficientes las horas desde el alba al ocaso para lo que habría querido leer, y seguía incluso en la oscuridad, a la luz de una linterna.
Descubrió al fin las novelas de Richardson. A Gian dei Brughi le gustaron. Acabada una, enseguida quería otra. Orbecche le consiguió un montón de volúmenes. El bandido tenía lectura para un mes. Cósimo, recobrada la tranquilidad, se lanzó a leer las Vidas de Plutarco.
Gian dei Brughi, mientras tanto, tumbado en su lecho, con los hirsutos cabellos rojos llenos de hojas secas sobre la frente fruncida, los ojos verdes que se le enrojecían por el esfuerzo de la vista, leía y leía moviendo la mandíbula en un deletreo furioso, teniendo en alto un dedo húmedo de saliva dispuesto a volver la página. Con la lectura de Richardson,una inclinación latente desde hacía tiempo en su ánimo lo iba consumiendo: un deseo de una vida rutinaria y casera, de parentescos, de sentimientos familiares, de virtudes, de aversión a los malvados y los viciosos. Todo lo que lo rodeaba ya no le interesaba, o lo llenaba de disgusto. Ya no salía de su guarida salvo para correr hacia Cósimo para que le cambiase el volumen, en especial si era una novela en varios tomos y se había quedado a la mitad de la historia. Vivía así, aislado, sin darse cuenta de la tempestad de resentimientos que estaba incubando contra él incluso entre los habitantes del bosque, en un tiempo sus fieles cómplices, pero que ahora se habían cansado de tener entre ellos un bandido inactivo, que atraía a todos los esbirros.
En otra época, se le habían acercado cuantos en los alrededores tenían cuentas que ajustar con la justicia, aunque fuese poco, habituales pequeños robos, como los de aquellos vagabundos estañadores de ollas, o delitos propiamente dichos, como los de sus compañeros bandidos. Para cada hurto o atraco esta gente se aprovechaba de su autoridad y experiencia, e incluso se escudaba con su nombre, que corría de boca en boca y dejaba los suyos en la sombra. Y quien no tomaba parte en los golpes también disfrutaba de algún modo de su suerte, porque el bosque se llenaba de lo robado y de contrabando de todas clases, que había que despachar o revender, y todos los que frecuentaban aquellos lugares encontraban con qué traficar. Quien además llevaba a cabo atracos por su cuenta, sin que lo supiera Gian dei Brughi, se apoyaba en aquel nombre terrible para atemorizar a los agredidos y sacarles el máximo; la gente vivía en el terror, en cada maleante veía a Gian dei Brughi o a uno de su banda y se apresuraba a desatar los cordones de la bolsa.
Estos buenos tiempos duraron mucho; Gian dei Brughi había visto que podía vivir de renta, y poco a poco se fue abandonando. Creía que todo seguía como antes, en cambio los ánimos eran otros y su nombre ya no inspiraba ningún respeto.
¿A quién le era útil, a estas alturas, Gian dei Brughi? Se estaba escondiendo con lagrimones en los ojos leyendo novelas, ya no realizaba atracos, no proporcionaba botines, en el bosque nadie podía ocuparse de sus asuntos, venían los esbirros todos los días a buscarlo y por poco que un desgraciado tuviese un aspecto sospechoso se lo llevaban a la prevención. Si se añade la tentación de la recompensa que ofrecían por su cabeza, se ve claro que los días de Gian dei Brughi estaban contados.
Otros dos bandidos, dos jóvenes que habían sido adiestrados por él y que no sabían resignarse a perder aquel buen jefe de la banda, quisieron darle ocasión de rehabilitarse. Se llamaban Ugasso y Bel-Loré, y de niños habían sido de la banda de ladronzuelos de fruta. Ahora, mayores, se habían convertido en salteadores de caminos.
Así pues, van a buscar a Gian dei Brughi a su guarida. Estaba allí, tendido sobre la paja.
Sí, ¿qué pasa? —dijo, sin levantar los ojos de la página.
Teníamos que proponerte una cosa, Gian dei Brughi.
Hum… ¿Qué? —y leía.
¿Sabes dónde está la casa de Costanzo, el recaudador de impuestos?
Sí, sí… ¿Eh? ¿Qué recaudador?
Bel-Loré y Ugasso intercambiaron una mirada contrariada. Si no le quitaban aquel maldito libro de delante de los ojos, el bandido no entendería ni una palabra.
Cierra el libro por un momento, Gian dei Brughi. Escúchanos.
Gian dei Brughi aferró el libro con ambas manos, se puso de rodillas, se lo apretó contra el pecho manteniéndolo abierto por la señal, luego el deseo de seguir leyendo era demasiado y, siempre sujetándolo estrechamente, lo levantó hasta poder hundir la nariz en él.
Bel-Loré tuvo una idea. Había allí una tela de araña con una gruesa araña. Bel-Loré alzó con manos ligeras la tela de araña con la araña y se la tiró encima a Gian dei Brughi, entre el libro y la nariz. El infeliz de Gian dei Brughi se había ablandado tanto que hasta una araña le daba miedo. Sintió en la nariz aquella confusión de patas de araña y filamentos pegajosos, y antes incluso de comprender qué era, lanzó un gritito horrorizado, dejó caer el libro y empezó a abanicarse con las manos la cara, con los ojos en blanco y la boca que escupía.
Ugasso se tiró al suelo y consiguió agarrar el libro antes de que Gian dei Brughi le pusiera un pie encima.
¡Devuélveme ese libro! —dijo Gian dei Brughi, tratando con una mano de librarse de la araña y la telaraña, y con la otra de arrancar el libro de las manos de Ugasso.
No, ¡primero escúchanos! —dijo Ugasso escondiendo el libro a la espalda.
Estaba leyendo Clarisa. ¡Devolvédmelo! Precisamente en el momento culminante…
Oye esto. Nosotros llevamos esta noche una carga de leña a casa del recaudador de impuestos. En el saco, en vez de leña, vas tú. Cuando sea de noche, sales del saco…
¡Pues yo quiero terminar Clarisa! —Había conseguido librarse las manos de los últimos restos de telaraña y trataba de luchar con los dos jóvenes.
Oye esto… Cuando sea de noche sales del saco, armado con tus pistolas, haces que el recaudador te dé todo lo que ha recaudado durante la semana, que guarda en el cofre en la cabecera de la cama…
Dejadme al menos acabar el capítulo… Sed buenos chicos…
Los dos jóvenes pensaban en los tiempos en que, al primero que se atrevía a contradecirle, Gian dei Brughi le clavaba dos pistolas en el estómago. Les vino una amarga nostalgia.
Tú coges los sacos de dinero, ¿de acuerdo? —insistieron, tristemente—, nos los traes, nosotros te devolvemos tu libro y podrás leer cuanto quieras. ¿Está bien así? ¿Irás?
No. No está bien. ¡No iré!
Ah, conque no irás… Ah, conque no irás, dices… ¡Pues mira, entonces! —y Ugasso cogió una página de hacia el final del libro (—¡No! —gritó Gian dei Brughi), la arrancó (—¡No! ¡Quieto!), hizo una bola con ella, la echó al fuego.
¡Ah! ¡Perro! ¡No puedes hacer eso! ¡Ya no sabré cómo termina! —y corría detrás de Ugasso para pillarle el libro.
Entonces qué, ¿vas a ir a casa del recaudador?
No, ¡no pienso ir!
Ugasso arrancó otras dos páginas.
¡Estate quieto! ¡Todavía no he llegado ahí! ¡No puedes quemarlas!
Ugasso ya las había tirado al fuego.
¡Perro! ¡Clarisa! ¡No!
Entonces qué, ¿vas a ir?
Yo…
Ugasso arrancó otras tres páginas y las lanzó a las llamas.
Gian dei Brughi se sentó con la cara entre las manos.
Iré —dijo—. Pero prometedme que me esperaréis con el libro fuera de la casa del recaudador.
Escondieron al bandido en un saco, con un haz de leña sobre la cabeza. Bel-Loré llevaba el saco a la espalda. Detrás iba Ugasso con el libro. De vez en cuando, cuando Gian dei Brughi con una patada o un gruñido desde dentro del saco daba muestras de estar a punto de arrepentirse, Ugasso le hacía oír el ruido de una página arrancada y Gian dei Brughi volvía a quedarse calmado enseguida.
Con este sistema lo llevaron, disfrazados de leñadores, hasta dentro de la casa del recaudador de impuestos y lo dejaron allí. Fueron a situarse un poco lejos, detrás de un olivo, esperando la hora en que, terminado el golpe, debía reunirse con ellos.
Pero Gian dei Brughi tenía demasiada prisa, salió antes de oscurecer, por la casa aún había demasiada gente.
¡Manos arriba! —Pero ya no era el de antes, era como si se viese desde fuera, se sentía un poco ridículo—. Manos arriba, he dicho… Todos los de la habitación, contra la pared… —Nada: no se lo creía ni él, lo hacía por hacer—. ¿Estáis todos? —No se había dado cuenta de que se había escapado una niña.
En cualquier caso, era un trabajo en el que no se podía perder ni un minuto. En cambio lo alargó, el recaudador se hacía el tonto, no encontraba la llave, Gian dei Brughi comprendía que ya no lo tomaban en serio, y en el fondo estaba contento de que así ocurriese.
Salió, por fin, con los brazos cargados de bolsas repletas de escudos. Corrió casi a ciegas al olivo fijado para reunirse.
¡Aquí está todo lo que había! ¡Devolvedme Clarisa!
Cuatro, siete, diez brazos se arrojaron sobre él, lo inmovilizaron de la espalda a los tobillos. Una cuadrilla de esbirros lo levantaba a pulso y lo ataba como a un jamón.
¡A Clarisa la verás estando en chirona! —y lo condujeron a la cárcel.
La cárcel era una torre a orillas del mar. Un bosque de pinastros crecía allí cerca. Desde lo alto de uno de estos pinastros, Cósimo llegaba casi a la altura de la celda de Gian dei Brughi y veía su rostro tras las rejas.
Al bandido no le importaban nada ni los interrogatorios ni los procesos; cualquiera que fuese el resultado, lo iban a ahorcar igualmente; pero su preocupación eran esos días vacíos allí en la prisión, sin poder leer, y aquella novela dejada a medias. Cósimo consiguió obtener otro ejemplar de Clarisa y se lo llevó al pino.
¿Dónde habías llegado?
¡Cuando Clarisa escapaba de la casa de mala fama!
Cósimo hojeó un poco y luego:
Ah, sí, aquí lo tengo. Pues… —y empezó a leer en voz alta, vuelto hacia la reja, a la que se veían agarradas las manos de Gian dei Brughi.
La instrucción de la causa se fue alargando; el bandido resistía las torturas; para hacerle confesar cada uno de sus innumerables delitos se requerían días y días. Pero siempre, antes y después de los interrogatorios, se quedaba escuchando a Cósimo que le leía. Cuando terminó Clarisa, viéndolo algo entristecido, Cósimo pensó que Richardson, a la postre, era un poco deprimente; y prefirió empezar a leerle una novela de Fielding, que con vicisitudes más movidas lo consolara un poco de la libertad perdida. Eran los días del proceso, y Gian dei Brughi sólo tenía en la cabeza los azares de Jonathan Wild.
Antes de que se acabara la novela, llegó el día de la ejecución. En la carreta, en compañía de un fraile, Gian dei Brughi llevó a término el último viaje como viviente. Las ahorcaduras en Ombrosa se ejecutaban en una alta encina en medio de la plaza. Alrededor todo el pueblo formaba un círculo.
Cuando tuvo la soga al cuello, Gian dei Brughi oyó un silbido entre las ramas. Alzó el rostro. Era Cósimo, con el libro cerrado.
Dime cómo termina —dijo el condenado.
Siento decírtelo, Gian —respondió Cósimo—, Jonathan termina colgado por el cuello.
Gracias. ¡Que sea lo mismo para mí! ¡Adiós! —y dio un puntapié a la escalera, quedando estrangulado.
El gentío, cuando el cuerpo cesó de agitarse, se marchó. Cósimo se quedó hasta la noche, a horcajadas de la rama de la que colgaba el ahorcado. Cada vez que un cuervo se acercaba para morder los ojos o la nariz al cadáver, Cósimo lo ahuyentaba agitando el gorro.

El barón rampante, 1957.

domingo, 16 de agosto de 2026

El emperador de los lagartos. León Felipe.

Porque el sueño es un animal fronterizo como los lagartos…
El sueño es un lagarto.
Vive en la frontera de dos grandes peñascos,
no tiene raíces, va de un lado a otro lado,
de la luz a la sombra, de la sombra a la luz… de un peñasco a otro peñasco.
Se agarra del péndulo que oscila entre los mundos que separan la rendija entreabierta de mis párpados]
y se mete en el cubo del pozo que tan pronto está arriba como abajo.
En el crepúsculo del sueño nada está firme ni clavado… y el lagarto
vive fuera del tiempo y del espacio.]
Pero el sueño no es un enemigo del hombre como el zorro, es enemigo de la tachuela y del cálculo;]
de las duchas heladas y del puñal del amoniaco.
Existen la razón y la aritmética dominando
y el sueño y la locura aherrojados…
La locura también es un lagarto.
Porque el lagarto va y viene también del yelmo a la bacía y de la bacía al yelmo. Y el juez, el cura, Don Fernando,]
el burlón, el prestidigitador y el catedrático
ya no sabe ninguno qué es lo que tiene en la cabeza aquel hidalgo.
¿Quién ha gritado baci-yelmo?, Sancho.
Baci-yelmo también, es un lagarto.
Preguntad otra vez: ¿Y si estuviésemos ya locos? ¿O si siguiésemos soñando?]
¿Si no hubiésemos dejado
de soñar, Segismundo, y el destierro ahora aquí y
España allá, en el otro lado
fuesen el juego viejo y nuevo de un dios, no de un rey bárbaro,
el sueño eterno y español de la «caverna y el palacio»?
«Yo sueño que estoy aquí,
de estas prisiones cargado
y soñé que en otro estado»…
Si no hubiésemos dejado
de soñar, Segismundo, y alguien después de ti hubiese definitivamente dado
el grito subversivo de ¡Arriba, arriba los lagartos!
¿Si tú y yo, el místico, el biólogo, el psicólogo y el matemático
ya hubiésemos sacado nuestra espada para defender a los lagartos?
Porque si el pájaro
no se escondió en la biblioteca ni en el follaje barroco del retablo,
si huyó del pan, del vino y del binomio… de las manos de los arzobispos y los sabios,]
si no está en la retorta ni en el vaso sagrado
tendremos que buscarlo
en el ritmo pendular de la locura, del sueño o del borracho…
El borracho también es un lagarto.
Porque tal vez el hombre no sea un animal domesticado
que cuenta, que gobierna y que razona, sino algo
que sueña, que enloquece y que vacila, algo…
«¿No pusiste allí un candil?
¿Cómo me parecen dos?»
¿Aquello es un peñasco o dos peñascos?
¿Y si la luz fuese la sombra, la gracia el pecado,
la oración la blasfemia, el cielo el infierno y el oro el guijarro?
¿Si el verso, poetas cortesanos,
si el verso no fuese de cristal sino de barro?
¿SÍ hacia la derecha y hacia la izquierda fuesen sólo una vana y estéril disputa de las manos?]
¿Si no hubiese boca arriba y boca abajo
y no supiésemos tampoco quién es el que duerme al revés, la lechuza o el murciélago?]
¿Si de tanto dar vueltas, de tanto columpiarnos,
de tanto ir y venir del caño al coro y del coro al caño
nos trabucásemos diciendo ¡cono!, pero si no sabemos dónde estamos?
Y ésta es la hora blasfematoria y negra en el reino crepuscular de los lagartos;]
la hora en que se apagan las antorchas, las linternas, los faroles urbanos y los faros;]
la hora en que se escapan las estrellas por el turbio pantano de los sapos;
la hora en que los letreros de las callejuelas y de las grandes avenidas se desploman, y se desploman los borrachos;]
la hora en que nos llevan a la iglesia como a una casa de socorro…
la hora de la camilla, del hisopo y del puñal del amoníaco…
la hora en que nos vuelven a la vida, a la vida otra vez: a la razón y al llanto.
¿Y si la muerte fuese la vida y la vida la muerte, y yo aquí ahora, espatarrado
entre los dos peñascos
no pudiese decir en qué sitio se apoyan mis zapatos?
He visto nacer y morir. He asistido a un enterramiento y a un parto.
Y me ha parecido siempre que el que nace, el que llega, llega como forzado…]
que alguien lo empuja por detrás, que lo echan a puntapiés y puñetazos
de algún sitio, y le arrojan aquí, que por eso aparece llorando.
El comadrón le coge en el aire como un futbolista la pelota.
En cambio,
¿no es verdad que una tumba es una dulce puerta, una mampara que nos abre en la tierra con cuidado]
una mano cumplida y cortesana, una mano
que nos indica reverente: Por aquí, por aquí, pase usted por aquí; en su despacho,]
está el señor Presidente esperándolo?
Y hay hombres que estuvieron con la puerta entreabierta para pasar, y no pasaron;]
hombres en agonía que estuvieron casi del otro lado,
hombres en agonía larga, como Lázaro…
Lázaro también es un lagarto.
Lo volvieron al llanto cuando huía tirándole del rabo.
Porque tal vez nos salvan desde allá, y a los ahogados, a los definitivamente ahogados,]
desde la otra ribera les arrojan un cabo.
¿Se salvan los que mueren? ¿La vida es un naufragio?
Éste es el reino, amigos, de la interrogación y del lagarto.
Del lagarto
que se mece en el columpio del cangilón y pasa por la luz y el subterráneo
con un tiempo y un ritmo poemáticos…
¡Eh, alto!
El poema también es un lagarto,
y el poeta, el Gran Emperador de los lagartos.
Y yo digo ahora aquí, aquí, colgado
del péndulo que oscila entre los mundos que separan la rendija entreabierta de mis párpados,]
aquí y ahora —sacad el reloj— a las tres, con el pico rojinegro del gallo:
Oíd, amigos, la revolución ha fracasado.
Subid las campanas de nuevo al campanario,
devolvedle la sotana al cura y al capataz el látigo,
clavad esas bisagras y quitadle el orín a los candados…
que venga el cristalero y que componga los cristales rotos de los balcones de Palacio…]
Arreglad las trampas y los cepos y comprad alambre para los vallados…
Sacad de vuestros cofres los anillos ducales, las libreas y los viejos contratos…]
Coronad a los poetas otra vez con hojas de laurel purpurinado
y regaladle al Presidente si queréis una medallita y un escapulario.
¡Viva Cristo Rey! ¡La Revolución ha fracasado!
Esto lo he dicho a las tres. Pero ahora digo a las cuatro:
No obstante, el que se haga una casa, que la haga teniendo en cuenta ciertos planos.]
y el que escriba un poema, que no olvide que se han visto ya pájaros que se le escapan de la jaula al matemático.]
Por ejemplo: dos y dos no son cuatro.
(Y que no se solivianten el tenedor de libros y el rotario:
todavía seguiremos sumando unos cuantos días como antes, para que no se colapsen los bancos).]
y digo además: Se han oído gritos desesperados, aullidos y blasfemias en el subterráneo;]
se espera que después del homo sapiens, de los retóricos y de los teólogos, surja un cráneo]
que rompa los barrotes y los muros: Dios está todavía encarcelado.
Vendrán poetas de pólvora y barreno, con la mecha en la mano,
y harán saltar la roca donde aún sigue Prometeo encadenado.
(Pero no os asustéis. Antes nos comeremos otra vez el rancio pastelón eclesiástico]
para que no se arruinen los panaderos de pan ázimo).
y esto no lo digo ni con los conejos del corral ni con las palomas del tejado.
lo digo desde el cubo del pozo, que tan pronto está arriba como abajo.
Pero… ¿y el Hombre? EL hombre… ¿es un mestizo o un ario?
El hombre… (sigo hablando desde el cubo del pozo, desde el púlpito de los lagartos),]
yo lo he visto en las ruinas de Itálica, verdinegro, entre el ibero y el romano,
y en las ruinas de Uxmal y Chichén, verdinegro, entre el maya y el caballero castellano…]
Yo lo he visto entre el maíz amarillo y el trigo blanco,
en la primera rendija de la aurora, entre las tres y las cuatro,
entre la luna y el sol… en el pico ronco y agudo del gallo…
Yo lo he visto entre el polvo y el agua, entre la sed y la nube… en el barro…
El hombre es un mestizo y el mestizo también es un lagarto.
Ahora… anotad estas voces que suben del sótano:
¿Venimos a crecer o a purgar?
¿Nos abrieron la puerta o la forzamos?
¿Quién estaba allí cuando partimos?
¿Quién nos despidió en el otro lado?
¿El gorila
o el ángel desterrado?
Éste es el reino, amigos, de la interrogación y del lagarto.
Y aunque nadie conteste, yo vuelvo a preguntar:
¿Quién, quién sostiene y levanta la verdad redentora entre las manos,
quién es el sacerdote, el obispo o el sabio?
¿Dónde está Dios? ¿Está Dios en el cáliz o en el tubo de ensayo?
¿Dónde está Dios? ¿Está en el vino puro y en las harinas pálidas del ario,
o está aquí, en las fronteras pendulares
del mestizo,
del poeta,
del agónico,
del borracho,
del loco,
y del sonámbulo?
¿Aquí, aquí en el cubo del pozo, que tan pronto está arriba como abajo;
aquí, aquí, en el poema, a caballo
en la rendija entreabierta de mis párpados…?
¿Aquí… en el reino crepuscular de los lagartos?

Los lagartos, 1941.

sábado, 15 de agosto de 2026

Octubre de 1944. Primo Levi.

Con todas nuestras fuerzas hemos luchado para que no llegase el invierno. Nos hemos agarrado a todas las horas tibias, y a cada puesta de sol hemos procurado sujetar el sol en el cielo todavía un poco, pero todo ha sido inútil. Ayer por la tarde el sol se ha puesto irrevocablemente en un enredo de niebla sucia, de chimeneas y de cables, y esta mañana es invierno.
Sabemos lo que quiere decir, porque estábamos aquí el invierno pasado, y los demás lo aprenderán pronto. Quiere decir que, en el curso de estos meses, de octubre a abril, de cada diez de nosotros, morirán siete. Quien no se muera sufrirá minuto por minuto, día por día, durante todos los días: desde la mañana antes del alba hasta la distribución del potaje vespertino, deberá tener constantemente los músculos tensos, dar saltos primero sobre un pie y luego sobre el otro, darse palmadas bajo los sobacos para resistir el frío. Deberá gastar pan para procurarse guantes, y perder horas de sueño para repararlos cuando estén descosidos. Como no se podrá comer nunca al aire libre, tendremos que consumir nuestro pienso en la barraca, de pie, disponiendo cada uno de un palmo de pavimento, y apoyarse en las literas está prohibido. A todos se nos abrirán heridas en las manos y para conseguir una venda habrá que esperar toda la tarde durante horas y de pie en la nieve y al viento.
Del mismo modo que nuestra hambre no es la sensación de quien ha perdido una comida, así nuestro modo de tener frío exigiría un nombre particular. Decimos «hambre», decimos «cansancio», «miedo» y «dolor», decimos «invierno», y son otras cosas. Son palabras libres, creadas y empleadas por hombres libres que vivían, gozando y sufriendo, en sus casas. Si el Lager hubiese durado más, un nuevo lenguaje áspero habría nacido; y se siente necesidad de él para explicar lo que es trabajar todo el día al viento, bajo cero, no llevando encima más que la camisa, los calzoncillos, la chaqueta y unos calzones de tela, y, en el cuerpo, debilidad y hambre y conciencia del fin que se acerca.
Del mismo modo en que se ve desvanecerse una esperanza, así ha llegado el invierno esta mañana. Nos hemos dado cuenta cuando hemos salido del barracón para ir a lavarnos: no había estrellas, el aire oscuro y frío olía a nieve. En la plaza de la Lista, bajo la primera luz, al reunirnos para el trabajo, nadie ha hablado. Cuando hemos visto los primeros copos de nieve, hemos pensado que si el año pasado en esta época nos hubiesen dicho que íbamos a ver otro invierno en el Lager, nos habríamos dirigido a tocar el tendido eléctrico; y también lo haríamos ahora si fuésemos lógicos, si no fuera por este insensato y loco residuo de inconfesable esperanza.
Porque «invierno» quiere decir todavía una cosa más.
La primavera pasada los alemanes han construido dos enormes tiendas en una explanada de nuestro Lager. Cada una, durante el buen tiempo, ha hospedado a más de mil hombres; ahora, las tiendas han sido desmontadas y un exceso de dos mil hombres se hacinan en nuestras barracas. Nosotros, los veteranos prisioneros, sabemos que estas irregularidades no les gustan a los alemanes y que pronto sucederá algo que haga disminuir nuestro número.
La selección se siente llegar. Selekcja: la híbrida palabra latina y polaca se oye una vez, dos veces, muchas veces, intercalada en conversaciones extranjeras; al principio no se la individualiza, después se impone a la atención, finalmente nos persigue.
Esta mañana, los polacos dicen Selekcja. Los polacos son los que primero saben las noticias, y generalmente procuran que no se difundan, porque saber algo mientras los demás no lo saben todavía puede resultar ventajoso. Cuando todos sepan que la selección es inminente, lo poquísimo que cada uno podría intentar para escurrirse (corromper con pan o con tabaco a algún médico o a algún prominente; pasar de la barraca al Ka-Be o viceversa en el momento exacto, de manera que se cruce uno con la comisión) será su monopolio.
En los días siguientes, la atmósfera del Lager y de la cantera está saturada de Selekcja: nadie sabe nada preciso y todos hablan de ello, hasta los obreros libres, polacos, italianos, franceses, que vemos a escondidas durante las horas de trabajo. No se puede decir que se produzca una ola de abatimiento. Nuestra moral colectiva está demasiado desarticulada y aplastada para que sea inestable. La lucha contra el hambre, el frío y el trabajo deja poco margen al pensamiento, aun tratándose de este pensamiento. Cada cual reacciona a su manera, pero casi ninguno con las actitudes que parecerían más plausibles por ser realistas, es decir con la resignación o con la desesperación.
Quien puede tomar providencias, las toma; pero son los menos, porque sustraerse a la selección es muy difícil, los alemanes hacen estas cosas con gran seriedad y diligencia.
Quien no puede prevenirse materialmente trata de defenderse de otro modo. En los retretes, en el lavadero, nos enseñamos el uno al otro el pecho, las nalgas, los muslos, y los compañeros se tranquilizan: «Puedes estar tranquilo, seguro que esta vez no te toca… du bist kein Muselmann… más bien yo», y al mismo tiempo se bajan los pantalones y se levantan la camisa.
Ninguno niega a otro esta limosna: ninguno está tan seguro de su suerte como para tener el valor de condenar a otro. Yo mismo he mentido descaradamente al viejo Wertheimer; le he dicho que, si lo interrogan, responda que tiene cuarenta y cinco años y que no se olvide de afeitarse la tarde antes, aun a costa de quitarse de la boca un cuarto de pan; que, aparte de esto, no debe alimentar temores, y que además no es nada cierto que se trate de una selección para el gas: ¿no le ha oído decir al Blockaltesterr que los seleccionados irán al campo de convalecencia de Jaworszno?
Es absurdo que Wertheimer tenga esperanzas: aparenta sesenta años, tiene gruesas varices, casi no siente el hambre. Y, sin embargo, se va a la litera sereno y tranquilo y, a quien le hace preguntas, le responde con mis palabras; son las palabras de orden del campo durante estos días: yo mismo las he repetido como, con menos detalles, me las he sentido recitar por Jaim, que está en el Lager desde hace tres años y, como es fuerte y robusto, está admirablemente seguro de sí; y le he creído.
Sobre esta exigua base también yo he atravesado la gran selección de octubre de 1944 con inconcebible tranquilidad. Estaba tranquilo porque había logrado mentirme cuánto era necesario. El hecho de que yo no haya sido elegido ha dependido sobre todo del azar y no demuestra que mi confianza estuviese bien fundada.
También Monsieur Pinkert es, a priori, un condenado: basta con mirarle a los ojos. Me llama con una seña, y me cuenta con aire confidencial que ha sabido, de qué fuente no puede decírmelo, que, efectivamente, esta vez hay una novedad: la Santa Sede, por medio de la Cruz Roja Internacional… en fin, me asegura personalmente que, tanto para él como para mí, de la manera más absoluta, está excluido todo peligro: cuando civil, era, como es sabido, agregado a la embajada belga en Varsovia.
De varios modos pues, también estos días de vigilia, que cuando se habla de ellos, parece que deberían haber sido tormentosos más allá de todo límite humano, pasan de una manera no muy diferente que los demás.
La disciplina del Lager y de la Buna no se relaja en modo alguno; el trabajo, el frío y el hambre son suficientes para acaparar toda nuestra atención.
Hoy es domingo de trabajo, Arbeitssonntag: se trabaja hasta las trece, después se vuelve al campo para la ducha, el afeitado y el control general de la sarna y de los piojos y, en el tajo, misteriosamente, todos hemos sabido que la selección será hoy.
La noticia ha llegado, como siempre, rodeada de un halo de detalles contradictorios y recelos: esta misma mañana ha habido una selección en la enfermería; el porcentaje ha sido del siete, del treinta, del cincuenta por ciento del total de los enfermos. En Birkenau, la chimenea del Crematorio humea desde hace diez días. Hay que hacerle sitio a una enorme expedición que va a llegar del gueto de Posen. Los jóvenes dicen a los jóvenes que serán elegidos todos los viejos. Los sanos dicen a los sanos que sólo serán elegidos los enfermos. Serán excluidos los especialistas. Serán excluidos los judíos alemanes. Serán excluidos los Números Bajos. Serás elegido tú. Seré excluido yo.
Con toda normalidad, a partir de las trece en punto, el taller se vacía y la formación gris e interminable desfila durante dos horas hacia los dos puestos de control, donde como todos los días somos contados y recontados, ante la orquesta que, durante horas sin interrupción, toca como todos los días las marchas con las que, a la entrada y a la salida, debemos sincronizar nuestros pasos. Parece que todo marcha como todos los días, la chimenea de la cocina humea como de costumbre, ya ha empezado la distribución del potaje. Pero luego se ha oído la campana, y ahora hemos comprendido que va en serio.
Porque esta campana suena siempre al alba, y entonces es la diana, pero cuando suena a media jornada quiere decir Blocksperre, encierro en la barraca, y esto sucede cuando hay selección, para que nadie se sustraiga a ella y, cuando los seleccionados salgan hacia el gas, para que nadie los vea partir.
Nuestro Blockaltester conoce su oficio. Se ha cerciorado de que todos hemos entrado, ha hecho cerrar la puerta con llave, ha dado a cada uno la ficha en que constan la matrícula, el nombre, la profesión, la edad y la nacionalidad, y ha dado orden de que todos se desnuden completamente quedándose sólo con el calzado. De este modo, desnudos y con la ficha en la mano, esperaremos a que la comisión llegue a nuestra barraca. Nosotros somos la barraca 48, pero no se puede prever si se empezará por la barraca 1 o por la 60. De todos modos, podemos estar tranquilos durante una hora por lo menos, y no hay motivo alguno para que no nos metamos bajo las mantas de las literas para calentarnos.
Ya dormitan muchos cuando un desencadenamiento de órdenes, de blasfemias y de golpes indica que la comisión está llegando. El Blockaltester y sus ayudantes, a gritos y puñetazos, a partir del fondo del dormitorio, empujan hacia delante a la turba de desnudos asustados y los apiñan dentro del Tagesraum, que es la Comandancia. El Tagesraum es un cuarto de siete metros por cuatro: cuando la caza ha terminado, dentro del Tagesraum está comprimida una masa humana caliente y compacta que invade y rellena perfectamente todos los rincones y ejerce en las paredes de madera una presión que las hace crujir.
Ahora estamos todos en el Tagesraum y además de no haber tiempo, ni siquiera hay espacio para tener miedo. La sensación de la carne caliente que oprime por todo alrededor de uno es singular y no es desagradable. Hay que procurar tener la nariz en alto para encontrar aire, y no arrugar o perder la ficha que tenemos en la mano.
El Blockaltester ha cerrado la puerta del Tagesraum que da al dormitorio y ha abierto las otras dos que, del Tagesraum y del dormitorio dan al exterior. Aquí, delante de las dos puertas, está el árbitro de nuestro destino, que es un suboficial de la SS. Tiene a la derecha al Blockaltester, a la izquierda al furriel de la barraca. Cada uno de nosotros, saliendo desnudos del Tagesraum al frío aire de octubre, debe dar corriendo los pocos pasos que hay entre las puertas delante de los tres, entregar la ficha al SS y entrar por la puerta del dormitorio. El SS, en la fracción de segundo entre las dos pasadas sucesivas, con una mirada de frente y de espaldas, decide la suerte de cada uno y entrega a su vez la ficha al hombre que está a su derecha o al hombre que está a su izquierda, y esto es la vida o la muerte de cada uno de nosotros. En tres o cuatro minutos, una barraca de doscientos hombres está «terminada» y, durante la tarde, el campo entero de doce mil hombres.
Yo, inmovilizado en la carnicería del Tagesraum, he sentido gradualmente disminuir la presión humana en torno a mí, y pronto me ha tocado el turno. Como todos, he pasado con paso enérgico y elástico, procurando llevar la cabeza alta, el pecho fuera y los músculos contraídos y marcados. Con el rabillo del ojo, he procurado ver a mi espalda y me ha parecido que mi ficha ha ido a la derecha.
Conforme íbamos volviendo al dormitorio, podíamos vestirnos. Nadie conoce ahora con seguridad el propio destino, hay que saber primero con seguridad si las fichas condenadas son las pasadas a la derecha o a la izquierda. Ahora no es el caso de tener consideraciones los unos con los otros ni de tener escrúpulos supersticiosos. Todos se amontonan en torno a los más viejos, a los más desnutridos, a los más «musulmanes»; si sus fichas han ido a la izquierda, la izquierda es con toda seguridad el lado de los condenados.
Antes de que la selección haya terminado, todos saben ya que la izquierda ha sido efectivamente la «schlechte Seite», el lado infausto. Hay, naturalmente, irregularidades: René, por ejemplo, tan joven y robusto, ha terminado en la izquierda: quizás porque tiene gafas, quizás porque anda un poco encorvado como los miopes, pero más probablemente por un simple descuido: René ha pasado delante de la comisión inmediatamente antes que yo, y podría haberse producido un cambio de fichas. Lo pienso, hablo con Alberto y convenimos en que la hipótesis es verosímil: no sé lo que pensaré mañana y después; hoy, la cosa no despierta en mí ninguna emoción precisa.
Del mismo modo, también ha debido de haber un error en el caso de Sattler, un macizo campesino transilvano que veinte días antes estaba en su casa; Sattler no entiende alemán, no ha comprendido nada de lo que ha sucedido y está en un rincón remendándose la camisa. ¿Debo ir a decirle que la camisa ya no va a servirle?
No hay por qué asombrarse de estas equivocaciones: el examen es muy rápido y sumario y, por otra parte, para la administración del Lager, lo importante no es tanto que sean eliminados precisamente los inútiles, como que queden rápidamente libres los sitios de acuerdo con determinado tanto por ciento preestablecido.
En nuestra barraca, la selección ha terminado, pero continúa en las otras, por lo que ahora estamos en clausura. Pero puesto que, mientras tanto, han llegado los bidones de potaje, el Blockaltester decide proceder sin más a su distribución. A los seleccionados se les distribuirá una ración doble. No he sabido nunca si ésta sería una iniciativa absurdamente compasiva del Blockaltester o una explícita disposición de los SS, pero de hecho, en el intervalo de dos o tres días (también a veces mucho más largo) entre la selección y la partida, las víctimas de Monowitz-Auschwitz disfrutan de este privilegio.
Ziegler presenta la escudilla, recibe la ración normal y se queda esperando. «¿Qué más quieres?», le pregunta el Blockaltester: no le parece que a Ziegler le toque suplemento, lo aparta de un empujón, pero Ziegler vuelve e insiste humildemente: me han puesto de verdad a la izquierda, todos lo han visto, que vaya el Blockaltester a consultar las fichas: tiene derecho a ración doble. Cuando la ha conseguido, se va tan tranquilo a la litera y empieza a comérsela.
Ahora todos están raspando atentamente con la cuchara el fondo de la escudilla para sacar las últimas pizcas de potaje, y se forma un trasteo sonoro que quiere decir que la jornada ha terminado. Poco a poco, prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido elegido.
Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca?
Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.

Si esto es un hombre, 1947.