Amo la noche con pasión. La amo, como
uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo,
invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven,
con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su
silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras
cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire
ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra
que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra
inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
El
día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con
esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada
movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como
si levantara una enorme carga.
Pero
cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo.
Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento
distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo
espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una
ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores,
las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto
imperceptible.
Entonces
tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los
tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en
mis venas.
Salgo,
unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los
bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras
y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con
violencia acaba siempre por matarlo a uno.
Pero
¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho
de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo
aquí.
El
caso es que ayer -¿fue ayer?- Sí, sin duda, a no ser que haya sido
antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer,
pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a
salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo...?
¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí
como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una
temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los
bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas
recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y
ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros.
Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las
farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad
que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más
alegres que los días de sol espléndido.
En
el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía.
Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había
tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo
ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los
balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal,
por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta
claridad falsa y cruda.
Me
dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto
parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz
amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las
bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a
huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían
palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del
gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.
Me
detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y
admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas
de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros
desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas
extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.
Entré
en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño
escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y
poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.
Anduve
durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.
¿Qué
hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé.
La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían
lentamente en el cielo.
Por
primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo.
Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche,
que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la
avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban
cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada
apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de
vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les
Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los
conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso
uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre
el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera,
las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de
blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro,
estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de
plata, verdes, de un verde esmeralda.
Los
seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los
bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo
algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París
tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.
Una
fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia
la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche
tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio,
cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una
bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las
estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.
Volví
sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du
Château-d'Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar
conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su
paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de
Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena.
Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la
calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su
mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero
rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le
pregunté:
-¿Amigo,
qué hora es?
-¡Y
yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.
Entonces
me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas.
Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del
amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer...
«Iré
al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».
Me
puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como
se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.
Ante
el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont,
perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja
que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin
embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el
mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté
alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles
solitarias y negras, negras como la muerte.
Una
vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto
el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni
siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.
«¿Dónde
estaban los agentes de policía?", me dije. «Voy a gritar, y
vendrán.» Grité, no respondió nadie.
Llamé
más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la
noche, por esta noche impenetrable.
Grité
más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»
Mi
desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi
reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña
pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía
estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de
nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando
los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el
espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro
que la ciudad.
¿Qué
hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito
pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre
horrible.
Me
decidí a llamar a la primera cochera. Toqué el timbre de cobre, que
sonó en toda la casa; sonó de una forma extraña, como si este
ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó
nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé... Nada.
Tuve
miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el
timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no
se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las
anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi
bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.
Y
de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba
desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni
un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil,
abandonado, muerto.
Un
espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío!
¿qué sucedía?
Me
marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿Quién me diría la hora?
Ningún
reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a
abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.»
Saqué el reloj... ya no sonaba... se había parado. Ya no quedaba
nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un
resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más.
Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.
Me
encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.
¿Corría
aún el Sena?
Quise
saberlo, encontré la escalera, bajé... No oía la corriente bajo
los arcos del puente... Unos escalones más... luego la arena... el
fango... y el agua... hundí mi brazo, el agua corría, corría,
fría, fría, fría... casi helada... casi detenida... casi muerta.
Y
sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir... y que iba
a morir allí abajo... yo también, de hambre, de cansancio, y de
frío.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
lunes, 2 de noviembre de 2026
La noche. Guy de Maupassant.
domingo, 1 de noviembre de 2026
El poeta y el filósofo. León Felipe.
Yo
no soy el filósofo.
El
filósofo dice: Pienso… luego existo.
Yo
digo: Lloro, grito, aúllo, blasfemo… luego existo.
Creo
que la Filosofía arranca del primer juicio. La Poesía, del primer
lamento. No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer
filósofo del mundo. La que dijo el primer poeta fue: ¡Ay!
¡Ay!
Éste
es le verso más antiguo que conocemos. La peregrinación de este
¡Ay! Por todas las vicisitudes de la historia, ha sido hasta hoy la
Poesía. Un día este ¡Ay! Se organiza y santifica. Entonces nace el
salmo. Del salmo nace el templo. Y a la sombra del salmo ha estado
viviendo el hombre muchos siglos.
Ahora
todo se ha roto en el mundo. Todo. Hasta las herramientas del
filósofo. Y el salmo ha enloquecido: se ha hecho llanto, grito,
aullido, blasfemia… y se ha arrojado de cabeza en el infierno. Aquí
están ahora los poetas. Aquí estoy yo por lo menos.
Éste
es el itinerario de la Poesía por todos los caminos de la Tierra.
Creo que no es el mismo que el de la Filosofía. Por lo cual no podrá
decirse nunca: éste es un poeta filosófico.
Porque
la diferencia esencial entre le poeta y el filósofo no está, como
se ha creído hasta ahora, en que el poeta hable con verbo rítmico,
cristalino y musical, y el filósofo con palabras obstrusas, opacas y
doctorales, sino en que el filósofo cree en la razón y el poeta en
la locura.
El
filósofo dice:
Para
encontrar la verdad hay que organizar el cerebro.
Y
el Poeta:
Para
encontrar la verdad hay que reventar el cerebro, hay que hacerlo
explotar. La verdad está más allá de la caja de música y del gran
fichero filosófico.
Cuando
sentimos que se rompe el cerebro y se quiebra en grito el salmo en la
garganta, comenzamos a comprender. Un día averiguamos que en nuestra
casa no hay ventanas. Entonces abrimos un gran boquete en la pared y
nos escapamos a buscar la luz desnudos, locos y mudos, sin discurso y
sin canción.
Además,
los poetas sabemos muy poco. Somos muy malos estudiantes, no somos
inteligentes, somos holgazanes, nos gusta mucho dormir y creemos que
hay un atajo escondido para llegar al saber.
Y
en vez de meditar como el filósofo o de investigar como los sabios,
ponemos nuestros grandes problemas en el altar de los oráculos o
dejamos que los resuelva aleatoriamente una moneda de diez centavos.
Y
decimos, por ejemplo: Puesto que no sé quién soy… que lo decida
la suerte.
¿Cara
o cruz?
domingo, 25 de octubre de 2026
El desafío. Mario Vargas Llosa.
Estábamos bebiendo cerveza, como
todos los sábados, cuando en la puerta del «Río Bar» apareció
Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo.
– ¿Qué
pasa? – preguntó León.
Leonidas
arrastró una silla y se sentó junto a nosotros.
– Me
muero de sed.
Le
serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa.
Leonidas sopló lentamente y se quedó mirando, pensativo, cómo
estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la última
gota.
– Justo
va a pelear esta noche – dijo, con una voz rara.
Quedamos
callados un momento. León bebió, Briceño encendió un cigarrillo.
– Me
encargó que les avisara – agregó Leoniidas. – Quiere que vayan.
Finalmente,
Briceño preguntó:
– ¿Cómo
fue?
– Se
encontraron esta tarde en Catacaos. – Leonidas limpió su frente
con la mano y fustigó el aire: unas gotas de sudor resbalaron de sus
dedos al suelo. – Ya se imaginan lo demás…
– Bueno
– dijo León. Si tenían que pelear, mejor que sea así, con todas
las de ley. No hay que alterarse tampoco. Justo sabe lo que hace.
– Sí
– repitió Leonidas, con un aire ido.- Tal vez es mejor que sea
así.
Las
botellas habían quedado vacías. Corría brisa y, unos momentos
antes, habíamos dejado de escuchar a la banda del cuartel Grau que
tocaba en la plaza. El puente estaba cubierto por la gente que
regresaba de la retreta y las parejas que habían buscado la penumbra
del malecón comenzaban, también, a abandonar sus escondites. Por la
puerta del «Río Bar» pasaba mucha gente. Algunos entraban. Pronto,
la terraza estuvo llena de hombres y mujeres que hablaban en voz alta
y reían.
– Son
casi las nueve – dijo León.- Mejor nos vamos.
Salimos.
– Bueno,
muchachos – dijo Leonidas. – Gracias por la cerveza.
– ¿Va
a ser en «La Balsa», ¿no? – preguntó Briceño.
– Sí.
A las once. Justo los esperará a las diez y media, aquí mismo.
El
viejo hizo un gesto de despedida y se alejó por la avenida Castilla.
Vivía en las afueras, al comienzo del arenal, en un rancho
solitario, que parecía custodiar la ciudad. Caminamos hacia la
plaza. Estaba casi desierta. Junto al Hotel de Turistas, unos jóvenes
discutían a gritos. Al pasar por su lado, descubrimos en medio de
ellos a una muchacha que escuchaba sonriendo. Era bonita y parecía
divertirse.
– El
Cojo lo va a matar – dijo, de pronto, Briceño.
– Cállate
– dijo León.
– Nos
separamos en la esquina de la iglesiaa. Caminé rápidamente hasta mi
casa. No había nadie. Me puse un overol y dos chompas y oculté la
navaja en el bolsillo trasero del pantalón, envuelta en el pañuelo.
Cuando salía, encontré a mi mujer que llegaba.
– ¿Otra
vez a la calle? – dijo ella.
– Sí.
Tengo que arreglar un asunto.
El
chico estaba dormido, en sus brazos, y tuve la impresión que se
había muerto.
– Tienes
que levantarte temprano – insistió ella – ¿Te has olvidado que
trabajas los domingos?
– No
te preocupes – dije. – Regreso en unos minutos.
Caminé
de vuelta hacia el «Río Bar» y me senté al mostrador. Pedí una
cerveza y un sándwich, que no terminé: había perdido el apetito.
Alguien me tocó el hombro. Era Moisés, el dueño del local.
– ¿Es
cierto lo de la pelea?
– Sí.
Va ser en la «Balsa». Mejor te callas.
– No
necesito que me adviertas – dijo. – Lo supe hace rato. Lo siento
por Justo pero, en realidad, se lo ha estado buscando hace tiempo. Y
el Cojo no tiene mucha paciencia, ya sabemos.
– El
Cojo es un asco de hombre.
– Era
tu amigo antes… – comenzó a decir Moisés, pero se contuvo.
Alguien
llamó desde la terraza y se alejó, pero a los pocos minutos estaba
de nuevo a mi lado.
– ¿Quieres
que yo vaya? – me preguntó.
– No.
Con nosotros basta, gracias.
– Bueno.
Avísame si puedo ayudar en algo. Justo es también mi amigo. –
Tomó un trago de mi cerveza, sin pedirme permiso. – Anoche estuvo
aquí el Cojo con su grupo. No hacía sino hablar de Justo y juraba
que lo iba a hacer añicos. Estuve rezando porque no se les ocurriera
a ustedes darse una vuelta por acá.
– Hubiera
querido verlo al Cojo – dije. – Cuando está furioso su cara es
muy chistosa.
Moisés
se río.
– Anoche
parecía el diablo. Y es tan feo, este tipo. Uno no puede mirarlo
mucho sin sentir náuseas.
Acabé
la cerveza y salí a caminar por el malecón, pero regresé pronto.
Desde la puerta del «Río Bar» vi a Justo, solo, sentado en la
terraza. Tenía unas zapatillas de jebe y una chompa descolorida que
le subía por el cuello hasta las orejas. Visto de perfil, contra la
oscuridad de afuera, parecía un niño, una mujer: de ese lado, sus
facciones eran delicadas, dulces. Al escuchar mis pasos se volvió,
descubriendo a mis ojos la mancha morada que hería la otra mitad de
su rostro, desde la comisura de los labios hasta la frente. (Algunos
decían que había sido un golpe, recibido de chico, en una pelea,
pero Leonidas aseguraba que había nacido en el día de la
inundación, y que esa mancha era el susto de la madre al ver avanzar
el agua hasta la misma puerta de su casa).
– Acabo
de llegar – dijo. – ¿Qué es de los otros?
– Ya
vienen. Deben estar en camino.
Justo
me miró de frente. Pareció que iba a sonreír, pero se puso muy
serio y volvió la cabeza.
– ¿Cómo
fue lo de esta tarde?
Encogió
los hombros e hizo un ademán vago.
– Nos
encontramos en el «Carro Hundido». Yo que entraba a tomar un trago
y me topo cara a cara con el Cojo y su gente. ¿Te das cuenta? Si no
pasa el cura, ahí mismo me degüellan. Se me echaron encima como
perros. Como perros rabiosos. Nos separó el cura.
– ¿Eres
muy hombre? – gritó el Cojo.
– Más
que tú – gritó Justo.
– Quietos,
bestias – decía el cura.
– ¿En
«La Balsa» esta noche entonces? – gritó el Cojo.
– Bueno
– dijo Justo. – Eso fue todo.
La
gente que estaba en el «Río Bar» había disminuido. Quedaban
algunas personas en el mostrador, pero en la terraza sólo estábamos
nosotros.
– He
traído esto – dije, alcanzándole el pañuelo. Justo abrió la
navaja y la midió. La hoja tenía exactamente la dimensión de su
mano, de la muñeca a las uñas. Luego sacó otra navaja de su
bolsillo y comparó.
– Son
iguales – dijo. – Me quedaré con la mía, nomás.
Pidió
una cerveza y la bebimos sin hablar, fumando.
No
tengo hora – dijo Justo – Pero deben ser más de las diez. Vamos
a alcanzarlos.
A
la altura del puente nos encontramos con Briceño y León. Saludaron
a Justo, le estrecharon la mano.
– Hermanito
– dijo León – Usted lo va a hacer trizas.
– De
eso ni hablar – dijo Briceño. – El Cojo no tiene nada que hacer
contigo.
Los
dos tenían la misma ropa que antes, y parecían haberse puesto de
acuerdo para mostrar delante de Justo seguridad e, incluso cierta
alegría.
– Bajemos
por aquí – dijo León – Es más corto.
– No
– dijo Justo. – Demos la vuelta. No tengo ganas de quebrarme una
pierna, ahora.
Era
extraño ese temor, porque siempre habíamos bajado al cause del río,
descolgándonos por el tejido de hierros que sostiene el puente.
Avanzamos una cuadra por la avenida, luego doblamos a la derecha y
caminamos un buen rato en silencio. Al descender por el minúsculo
camino hacia el lecho del río, Briceño tropezó y lanzó una
maldición. La arena estaba tibia y nuestros pies se Hundían, como
si andáramos sobre un mar de algodones. León miró detenidamente el
cielo.
– Hay
muchas nubes – dijo; – la luna no va a servir de mucho esta
noche.
– Haremos
fogatas – dijo Justo.
– ¿Estas
loco? – dije. – ¿Quieres que venga la policía?
– Se
puede arreglar – dijo Briceño sin convicción.-
Se
podría postergar el asunto hasta mañana. No van a pelear a oscuras.
Nadie
contestó y Briceño no volvió a insistir.
– Ahí
está «La Balsa» – dijo León.
En
un tiempo, nadie sabía cuándo, había caído sobre el lecho del río
un tronco de algarrobo tan enorme que cubría las tres cuartas partes
del ancho del cauce.
Era
muy pesado y, cuando bajaba, el agua no conseguía levantarlo, sino
arrastrarlo solamente unos metros, de modo que cada año, «La Balsa»
se alejaba más de la ciudad. Nadie sabía tampoco quién le puso el
nombre de «La Balsa», pero así lo designaban todos.
– Ellos
ya están ahí – dijo León.
Nos
detuvimos a unos cinco metros de «La Balsa. En el débil resplandor
nocturno no distinguíamos las caras de quienes nos esperaban, sólo
sus siluetas. Eran cinco. Las conté, tratando inútilmente de
descubrir al Cojo.
– Anda
tú – dijo Justo.
Avancé
despacio hacia el tronco, procurando que mi rostro conservara una
expresión serena.
– ¡Quieto!
– gritó alguien. – ¿Quién es?
– Julián
– grité – Julián Huertas. ¿Están ciegos?
A
mi encuentro salió un pequeño bulto. Era el Chalupas.
– Ya
nos íbamos – dijo. – Pensábamos que Justito había ido a la
comisaría a pedir que lo cuidaran.
– Quiero
entenderme con un hombre – grité, sin responderle – No con este
muñeco.
– ¿Eres
muy valiente? – preguntó el Chalupas, con voz descompuesta.
– ¡Silencio!
– dijo el Cojo. Se habían aproximado todos ellos y el Cojo se
adelantó hacia mí. Era alto, mucho más que todos los presentes. En
la penumbra, yo no podía ver; sólo imaginar su rostro acorazado por
los granos, el color aceituna profundo de su piel lampiña, los
agujeros diminutos de sus ojos, hundidos y breves como dos puntos
dentro de esa masa de carne, interrumpida por los bultos oblongos de
sus pómulos, y sus labios gruesos como dedos, colgando de su
barbilla triangular de iguana. El Cojo rengueaba del pie izquierdo;
decían que en esa pierna tenía una cicatriz en forma de cruz,
recuerdo de un chancho que lo mordió cuando dormía pero nadie se la
había visto.
– ¿Por
qué has traído a Leonidas? – dijo el Cojo, con voz ronca.
– ¿A
Leonidas? ¿Quién ha traído al Leonidas?
El
cojo señaló con su dedo a un costado. El viejo había estado unos
metros más allá, sobre la arena, y al oír que lo nombraban se
acercó.
– ¡Qué
pasa conmigo! – dijo. Mirando al Cojo fijamente. – No necesito
que me traigan, He venido solo, con mis pies, porque me dio la gana.
Si estas buscando pretextos para no pelear, dijo.
El
Cojo vaciló antes de responder. Pensé que iba a insultarlo y,
rápido, llevé mi mano al bolsillo trasero.
– No
se meta, viejo – dijo el Cojo amablemeente. – No voy a pelearme
con usted.
– No
creas que estoy tan viejo – dijo Leonidas. – He revolcado a
muchos que eran mejores que tú.
– Está
bien, viejo – dijo el Cojo. – Le creo. – Se dirigió a mí: –
¿Están listos?
– Sí.
Di a tus amigos que no se metan. Si lo hacen, peor para ellos.
El
Cojo se rió.
– Tú
bien sabes, Julián, que no necesito refuerzos. Sobre todo hoy. No te
preocupes.
Uno
de los que estaban detrás del Cojo, se rió también. El Cojo me
extendió algo. Estiré la mano: la hoja de la navaja estaba al aire
y yo la había tomado del filo; sentí un pequeño rasguño en la
palma y un estremecimiento, el metal parecía un trozo se hielo.
– ¿Tienes
fósforos, viejo?
Leonidas
prendió un fósforo y lo sostuvo entre sus dedos hasta que la
candela le lamió las uñas. A la frágil luz de la llama examiné
minuciosamente la navaja, la medí a lo ancho y a lo largo, comprobé
su filo y su peso.
– Está
bien – dije.
– Chunga
caminó entre Leonidas y yo. Cuando llegamos entre los otros. Briceño
estaba fumando y a cada chupada que daba resplandecerían
instantáneamente los rostros de Justo, impasible, con los labios
apretados; de León, que masticaba algo, tal vez una brizna de
hierba, y del propio Briceño, que sudaba.
– ¿Quién
le dijo a usted que viniera? – preguntó Justo, severamente.
– Nadie
me dijo. – afirmó Leonidas, en voz alta. – Vine porque quise.
¿Va usted a tomarme cuentas?
Justo
no contestó. Le hice una señal y le mostré a Chunga, que había
quedado un poco retrasado. Justo sacó su navaja y la arrojó. El
arma cayó en algún lugar del cuerpo de Chunga y éste se encogió.
– Perdón
– dije, palpando la arena en busca de la navaja. – Se me escapó.
Aquí está.
Las
gracias se te van a quitar pronto – dijo Chunga.
Luego,
como había hecho yo, al resplandor de un fósforo pasó sus dedos
sobre la hoja, nos la devolvió sin decir nada, y regresó caminando
a trancos largos hacia «La Balsa». Estuvimos unos minutos en
silencio, aspirando el perfume de los algodonales cercanos, que una
brisa cálida arrastraba en dirección al puente. Detrás de
nosotros, a los dos costados del cauce, se veían las luces
vacilantes de la ciudad. El silencio era casi absoluto; a veces, lo
quebraban bruscamente ladridos o rebuznos.
– ¡Listos!
– exclamó una voz, del otro lado.
– ¡Listos!
– grité yo.
En
el bloque de hombres que estaba junto a «La Balsa» hubo movimientos
y murmullos; luego, una sombra rengueante se deslizó hasta el centro
del terreno que limitábamos los dos grupos. Allí, vi al Cojo
tantear el suelo con los pies; comprobaba si había piedras, huecos.
Busqué a Justo con la vista; León y Briceño habían pasado sus
brazos sobre sus hombros. Justo se desprendió rápidamente. Cuando
estuvo a mi lado, sonrió. Le extendí la mano. Comenzó a alejarse,
pero Leonidas dio un salto y lo tomó de los hombros. El Viejo se
sacó una manta que llevaba sobre la espalda. Estaba a mi lado.
– No
te le acerques ni un momento. – El viejo hablaba despacio, con voz
levemente temblorosa. – Siempre de lejos. Báilalo hasta que se
agote. Sobre todo cuidado con el estómago y la cara. Ten el brazo
siempre estirado. Agáchate, pisa firme… Ya, vaya, pórtese como un
hombre…
Justo
escuchó a Leonidas con la cabeza baja. Creí que iba a abrazarlo,
pero se limitó a hacer un gesto brusco. Arrancó la manta de las
manos del viejo de un tirón y se la envolvió en el brazo. Después
se alejó; caminaba sobre la arena a pasos firmes, con la cabeza
levantada. En su Mano derecha, mientras se distanciaba de nosotros,
el breve trozo de metal despedía reflejos. Justo se detuvo a dos
metros del Cojo.
Quedaron
unos instantes inmóviles, en silencio, diciéndose seguramente con
los ojos cuánto se odiaban, observándose, los músculos tensos bajo
la ropa, la mano derecha aplastada con ira en las navajas. De lejos,
semiocultos por la oscuridad tibia de la noche, no parecían dos
hombres que se aprestaban a pelear, sino estatuas borrosas, vaciadas
en un material negro, o las sombras de dos jóvenes y macizos
algarrobos de la orilla, proyectados en el aire, no en la arena. Casi
simultáneamente, como respondiendo a una urgente voz de mando,
comenzaron a moverse. Quizá el primero fue Justo; un segundo antes,
inició sobre el sitio un balanceo lentísimo, que ascendía desde
las rodillas hasta los hombros, y el Cojo lo imitó, meciéndose
también, sin apartar los pies. Sus posturas eran idénticas; el
brazo derecho adelante, levemente doblado con el codo hacia fuera, la
mano apuntando directamente al centro del adversario, y el brazo
izquierdo, envuelto por las mantas, desproporcionado, gigante,
cruzado como un escudo a la altura del rostro. Al principio sólo sus
cuerpos se movían, sus cabezas, sus pies y sus manos permanecían
fijos.
Imperceptiblemente,
los dos habían ido inclinándose, extendiendo la espalda, las
piernas en flexión, como para lanzarse al agua. El Cojo fue el
primero en atacar; dio de pronto un salto hacia delante, su brazo
describió un círculo veloz. El trazo en el vacío del arma, que
rozó a Justo, sin herirlo, estaba aún inconcluso cuando éste, que
era rápido, comenzaba a girar. Sin abrir la guardia, tejía un cerco
en torno del otro, deslizándose suavemente sobre la arena, a un
ritmo cada vez más intenso. El Cojo giraba sobre el sitio. Se había
encogido más, y en tanto daba vueltas sobre sí mismo, siguiendo la
dirección de su adversario, lo perseguía con la mirada todo el
tiempo, como hipnotizado. De improviso, Justo se plantó; lo vimos
caer sobro el otro con todo su cuerpo y regresar a su sitio en un
segundo, como un muñeco de resortes.
– Ya
está – murmuró Briceño. – lo rasgó.
– En
el hombro – dijo Leonidas. – Pero apennas.
Sin
haber dado un grito, firme en su posición, el Cojo continuaba su
danza, mientras que Justo ya no se limitaba a avanzar en redondo; a
la vez, se acercaba y se alejaba del Cojo agitando la manta, abría y
cerraba la guardia, ofrecía su cuerpo y lo negaba, esquivo, ágil
tentando y rehuyendo a su contendor como una mujer en celo. Quería
marearlo, pero el Cojo tenía experiencia y recursos. Rompió el
círculo retrocediendo, siempre inclinado, obligando a Justo a
detenerse y a seguirlo. Este lo perseguía a pasos muy cortos, la
cabeza avanzada, el rostro resguardado por la manta que colgaba de su
brazo; el Cojo huía arrastrando los pies, agachado hasta casi tocar
la arena sus rodillas. Justo estiró dos veces el brazo, y las dos
halló sólo el vacío. «No te acerques tanto». Dijo Leonidas,
junto a mí, en voz tan baja que sólo yo podía oírlo, en el
momento que el bulto, la sombra deforme y ancha que se había
empequeñecido, replegándose sobre sí mismo como una oruga,
recobraba brutalmente su estatura normal y, al crecer y arrojarse,
nos quitaba de la vista a Justo. Uno, dos, tal vez tres segundos
estuvimos sin aliento, viendo la figura desmesurada de los
combatientes abrazados y escuchamos un ruido breve, el primero que
oíamos durante el combate, parecido a un eructo. Un instante después
surgió a un costado de la sombra gigantesca, otra, más delgada y
esbelta, que de dos saltos volvió a levantar una muralla invisible
entre los luchadores. Esta vez comenzó a girar el Cojo; movía su
pie derecho y arrastraba el izquierdo. Yo me esforzaba en vano para
que mis ojos atravesaran la penumbra y leyeran sobre la piel de Justo
lo que había ocurrido en esos tres segundos, cuando los adversarios,
tan juntos como dos amantes, formaban un solo cuerpo. «¡Sal de
ahí!», dijo Leonidas muy despacio. «¿Por qué demonios peleas tan
cerca?». Misteriosamente, como si la ligera brisa le hubiera llevado
ese mensaje secreto, Justo comenzó también a brincar igual que el
Cojo.
Agazapados,
atentos, feroces, pasaban de la defensa al ataque y luego a la
defensa con la velocidad de los relámpagos, pero los amagos no
sorprendían a ninguno: al movimiento rápido del brazo enemigo,
estirado como para lanzar una piedra, que buscaba no herir, sino
desconcertar al adversario, confundirlo un instante, quebrarle la
guardia, respondía el otro, automáticamente, levantando el brazo
izquierdo, sin moverse. Yo no podía ver las caras, pero cerraba los
ojos y las veía, mejor que si estuviera en medio de ellos; el Cojo,
transpirando, la boca cerrada, sus ojillos de cerdo incendiados,
llameantes tras los párpados, su piel palpitante, las aletas de su
nariz chata y del ancho de su boca agitadas, con un temblor
inverosímil; y Justo con su máscara habitual de desprecio,
acentuada por la cólera, y sus labios húmedos de exasperación y
fatiga.
Abrí
los ojos a tiempo para ver a Justo abalanzarse alocado, ciegamente
sobre el otro, dándole todas las ventajas, ofreciendo su rostro,
descubriendo absurdamente su cuerpo. La ira y la impaciencia elevaron
su cuerpo, lo mantuvieron extrañamente en el aire, recortado contra
el cielo, lo estrellaron sobre su presa con violencia. La salvaje
explosión debió sorprender al Cojo que, por un tiempo brevísimo,
quedó indeciso y, cuando se inclinó, alargando su brazo como una
flecha, ocultando a nuestra vista la brillante hoja que perseguimos
alucinados, supimos que el gesto de locura de Justo no había sido
inútil del todo. Con el choque, la noche que nos envolvía se pobló
de rugidos desgarradores y profundos que brotaban como chispas de los
combatientes. No supimos entonces, no sabremos ya cuánto tiempo
estuvieron abrazados en ese poliedro convulsivo, pero, aunque sin
distinguir quién era quién, sin saber de que brazo partían esos
golpes, qué garganta profería esos rugidos que se sucedían como
ecos, vimos muchas veces, en el aire, temblando hacia el cielo, o en
medio de la sombra, abajo, a los costados, las hojas desnudas de las
navajas, veloces, iluminadas, ocultarse y aparecer, hundirse o vibrar
en la noche, como en un espectáculo de magia.
Debimos
estar anhelantes y ávidos, sin respirar, los ojos dilatados,
murmurando tal vez palabras incomprensibles, hasta que la pirámide
humana se dividió, cortada en el centro de golpe por una cuchillada
invisible; los dos salieron despedidos, como imantados por la
espalda, en el mismo momento, con la misma violencia. Quedaron a un
metro de distancia, acezantes. «Hay que pararlos, dijo la voz de
León. Ya basta». Pero antes que intentáramos movernos, el Cojo
había abandonado su emplazamiento como un bólido. Justo no esquivó
la embestida y ambos rodaron por el suelo. Se retorcían sobre la
arena, revolviéndose uno sobre otro, hendiendo el aire a tajos y
resuellos sordos. Esta vez la lucha fue breve. Pronto estuvieron
quietos, tendidos en el lecho del río, como durmiendo. Me aprestaba
a correr hacia ellos cuando, quizá adivinando mi intención, alguien
se incorporó de golpe y se mantuvo de pie junto al caído,
cimbreándose peor que un borracho. Era el Cojo.
En
el forcejeo, habían perdido hasta las mantas, que reposaban un poco
más allá, semejando una piedra de muchos vértices. «Vamos», dijo
León. Pero esta vez también ocurrió algo que nos mantuvo
inmóviles. Justo se incorporaba, difícilmente, apoyando todo su
cuerpo sobre el brazo derecho y cubriendo la cabeza con la mano
libre, como si quisiera apartar de sus ojos una visión horrible.
Cuando estuvo de pie, el Cojo retrocedió unos pasos. Justo se
tambaleaba. No había apartado su brazo de la cara. Escuchamos
entonces, una voz que todos conocíamos, pero que no hubiéramos
reconocido esta vez si nos hubiera tomado de sorpresa en las
tinieblas.
– ¡Julián!
– grito el Cojo. – ¡Dile que se rinda!
Me
volví a mirar a Leonidas, pero encontré atravesado el rostro de
León: observaba la escena con expresión atroz. Volví a mirarlos:
estaban nuevamente unidos. Azuzado por las palabras del Cojo. Justo,
sin duda, apartó su brazo del rostro en el segundo que yo descuidaba
la pelea, y debió arrojarse sobre el enemigo extrayendo las últimas
fuerzas desde su amargura de vencido. El Cojo se libró fácilmente
de esa acometida sentimental e inútil, saltando hacia atrás: –
¡Don Leonidas!
– gritó
de nuevo con acento furioso e implorante. – ¡Dígale que se rinda!
– ¡Calla
y pelea! – bramó Leonidas, sin vacilar.
Justo
había intentado nuevamente un asalto, pero nosotros, sobre todo
Leonidas, que era viejo y había visto muchas peleas en su vida,
sabíamos que no había nada que hacer ya, que su brazo no tenía
vigor ni siquiera para rasguñar la piel aceitunada del Cojo. Con la
angustia que nacía de lo más hondo, subía hasta la boca,
resecándola, y hasta los ojos, nublándose, los vimos forcejear en
cámara lenta todavía un momento, hasta que la sombra se fragmentó
una vez más: alguien se desplomaba en la tierra con un ruido seco.
Cuando llegamos donde yacía Justo, el Cojo se había retirado hacia
los suyos y, todos juntos, comenzaron a alejarse sin hablar. Junté
mi cara a su pecho, notando apenas que una sustancia caliente
humedecía mi cuello y mi hombro, mientras mi mano exploraba su
vientre y su espalda entre desgarraduras de tela y se hundía a ratos
en el cuerpo flácido, mojado y frío, de malagua varada. Briceño y
León se quitaron sus sacos lo envolvieron con cuidado y lo
levantaron de los pies y de los brazos. Yo busqué la manta de
Leonidas, que estaba unos pasos más allá, y con ella le cubrí la
cara, a tientas, sin mirar.
Luego,
entre los tres lo cargamos al hombro en dos hileras, como a un ataúd,
y caminamos, igualando los pasos, en dirección al sendero que
escalaba la orilla del río y que nos llevaría a la ciudad. – No
llore, viejo – dijo León. – No he conocido a nadie tan valiente
como su hijo. Se lo digo de veras.
Leonidas
no contestó. Iba detrás de mí, de modo que yo no podía verlo.
A
la altura de los primeros ranchos de Castilla, pregunté.
– ¿Lo
llevamos a su casa, don Leonidas?
– Sí
– dijo el viejo, precipitadamente, como si no hubiera escuchado lo
que le decía.
Los jefes, 1959.
sábado, 24 de octubre de 2026
El relámpago. Italo Calvino.
Me
ocurrió una vez, en un cruce, en medio de la multitud, de su ir y
venir.
Me
detuve, parpadeé: no entendía nada. Nada de nada: no entendía las
razones de las cosas, de los hombres, todo era insensato, absurdo.
Y
me eché a reír.
Lo
extraño para mí era que nunca antes lo hubiese advertido. Y que
hasta ese momento lo hubiese aceptado todo: semáforos, vehículos,
carteles, uniformes, monumentos, aquellas cosas tan separadas del
sentido del mundo, como si hubiera una necesidad, una consecuencia
que las uniese una a otra.
Entonces
la risa se me murió en la garganta, enrojecí de vergüenza.
Gesticulé
para llamar la atención de los transeúntes y «¡Deteneos un
momento!», grité. «¡Hay algo que no funciona! ¡Todo está
equivocado! ¡Hacemos cosas absurdas! ¡Éste no puede ser el camino
justo! ¿Dónde iremos a parar?».
La
gente se detuvo a mi alrededor, me observaba, curiosa. Yo estaba allí
en medio, gesticulaba, me volvía loco por explicarme, por hacerles
partícipes del relámpago que me había iluminado de golpe: y me
quedaba callado. Callado porque en el momento en que alcé los brazos
y abrí la boca, fue como si me tragara la gran revelación y las
palabras me hubiesen salido así, en un arranque.
—¿Y
qué? —preguntó la gente—. ¿Qué quiere decir? Todo está en su
sitio. Todo marcha como debe marchar. Cada cosa es consecuencia de
otra. ¡Cada cosa está ordenada con las demás! ¡Nosotros no vemos
nada de absurdo ni de injustificado!
Yo
me quedé allí, perdido, porque ante mi vista todo había vuelto a
su lugar y todo me parecía natural, semáforos, monumentos,
uniformes, rascacielos, rieles, mendigos, cortejos; y sin embargo
aquello no me daba tranquilidad sino tormento.
—Disculpad
—respondí—. Tal vez me haya equivocado. Me pareció. Pero todo
está en orden. Disculpad —y me abrí paso entre miradas ásperas.
Sin
embargo, todavía hoy, cada vez que no entiendo algo (a menudo),
instintivamente me asalta la esperanza de que esta vez sea la buena,
y que yo vuelva a no entender nada, a adueñarme de aquella sabiduría
diferente, en un instante encontrada y perdida.
La gran bonanza de las Antillas, 1991.
sábado, 17 de octubre de 2026
El hacha pequeña de los indios. Abelardo Castillo.
Después, ella hizo un alocado paso de baile y una reverencia y agregó que por eso ésta era una noche especial, mientras él, incrédulo, la miraba con los ojos llenos de perplejidad (o de algo parecido a la perplejidad, que también se parecía un poco a la locura), pero la muchacha sólo reparó en su asombro porque él había sonreído de inmediato y cuando ella le preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle, el hombre alcanzó a murmurar nada amor mío, nada, y se rió, y siguió riéndose como si aquello ya no tuviese importancia puesto que estaba loco de alegría, como si realmente se hubiera vuelto loco de alegría. Por eso, cuando ella fue hacia el dormitorio y agregó no tardes, el hombre dijo que no. Voy en seguida, dijo. Pero se quedó mirando el hacha que colgaba junto al aparador de cedro, nueva todavía, sin usar, porque esas cosas son en realidad adornos o poco menos que se regalan en los casamientos pero que nadie utiliza y quedan colgadas ahí, como ésta, en el mismo sitio desde hace un año, haciéndole recordar cada vez que la miraba (de un lado el filo; del otro, una especie de maza, con puntas, para macerar carne) viejas historias de indios cuando él era Ojo de Halcón y mataba al traidor o al lobo empuñando un hacha parecida a ésta. Sólo que aquélla era de palo y ésa estaba ahí, de metal brillante, frente al hombre que ahora, al levantarse y cruzar la habitación, evocó la primera noche que cruzó esta habitación igual que ahora, el día que se casaron pese al gesto ambiguo de los amigos, pese a las palabras del médico, la noche un poco casual en que se encontraron casados y mirándose con sorpresa, riéndose de sus propias caras, después de aquel noviazgo o juego junto al mar en el que hasta hubo una gitana y fuegos artificiales y un viejo napolitano que cantaba romanzas, fin de semana o sueño que él recordaba desde el fondo de un país de agua como una sola y larga madrugada verde, como estar desnudo y algo ebrio sobre una arena lunar, de tan limpia, como un gusto a ola o a piel mojada pero sobre todo como un jirón de música de acordeón y la voz del viejito napolitano en alguna cantina junto a los malecones, vértigo que se consumó en dos días porque la muchacha era hermosa —linda como una estampa de la Virgen, dijo mamá al verla, te hará feliz, y también lo había dicho la gitana, que sin embargo bajó los ojos y no aceptó el dinero—, y de pronto estaban riéndose y casados, pese al gesto cortado de algún amigo al saludarla, pese a que ella quería tener un hijo y a la gitana que decía la buenaventura entre los fuegos artificiales, pese al espermograma y al dictamen médico y a que cada vez que la veía mirar a un chico, cada vez que la veía acariciarles la cabeza y jugar atolondradamente con ellos como una pequeña hermana mayor de ojos alocados y manos como pájaros, pensaba estoy haciendo una porquería y sentía vergüenza, y asco, un asco parecido al que lo mareaba ahora, en el momento de descolgar el hacha pequeña, mientras la sopesaba lo mismo que sopesó durante un año entero la idea de contárselo todo, de contarle que al casarse con ella él le había matado de algún modo y para siempre un muchachito rubio, un chiquilín tropezante que jamás podría andar cayéndose, levantándose, dejando sus juguetes por la casa: hasta que al fin esta misma tarde él decidió contárselo todo porque supo secretamente que ella, la muchacha de ojos alocados y manos como pájaros, la perra, entendería. Y llegó a la casa pensando en el tono con que pronunciaría sus primeras palabras esa noche (tengo que decirte algo), el tono intrascendente o ingenuo que tienen siempre las grandes revelaciones. Por eso el hombre estaba cruzando ahora la habitación y empuñaba el hacha pequeña de los indios que le recordaba historias de matar al cacique o al lobo, o a la grandísima perra que esta noche, antes de que él hablara, dijo que tenía algo que decirle: algo que ella había dicho con el tono intrascendente e ingenuo de las grandes revelaciones. «Vamos a tener un hijo», había dicho. Simplemente. Después, hizo un paso de baile y una reverencia.
Las panteras y el templo, 1976.
martes, 13 de octubre de 2026
Microficciones de Rolando Revagliatti. 2ª parte.
Pacto
Alguien-Que-Mereciera-Llamarse-Lulú
conoció, sin procurarlo, a La-Muerte-Que-Te-Alcanza, en un
crepúsculo del mil setecientos. Importa consignar que,
esencialmente, a la primera le disgustó la segunda, mientras que la
segunda simpatizó con la primera. Por
completo de acuerdo, se arrancaron los ojos.
Nimbo
Enorme
y bueno. Trabajaba y residía en un taller mecánico. Entre sus
pertenencias figuraban un colchoncito con cotín engrasado como él y
unas frazadas asquerosas. Dos gatos dormían a su lado. Cocinaba
huevos y sopa y se calentaba mate cocido con una garrafa. A los
chicos del barrio les producía curiosidad. Un día, ese hombre que
se trasladaba bamboleándose, que sonreía y silbaba, que apretaba
con los dientes un toscano, ese hombre de paz, muerto, apareció
nimbado, semi-empotrado en un pilar, inapacible, limpio, con alígero
nimbo de barniz selenita.
Cuento
corto
En
sus cuentos —me refiero a mi hija—, que son breves, hay misterio,
suspenso. Y siempre mata a alguien. Acababa de leerme el último, y
en ese, moría el protagonista. Le pregunté: “¿Por
qué no hacés que siga vivo?”
Ella me explicó: “No
me salía, no sabía cómo continuar, me cansé y, además, ya estuve
mucho rato”.
Le sugerí: “Seguí
escribiéndolo mañana”.
Adujo: “No;
porque es un cuento corto”.
Solo
Desde
que me quedé solo decreció mi optimismo. (Riego malvones a la
madrugada. Volveré al lecho. Hasta que aburrido me dejaré caer, y
lograré así reaccionar, sobreponerme y encarar el día, si no
laborable para mí, que eso nunca, al menos...) Los que ya no están,
con cariño y con resignación, me instaban a la diurna vigilia.
¿Han
contemplado a pájaros muriendo?... Yo los he contemplado.
Corbatitas, jilgueros, chingolos..., despidiéndose a través de
sonidos broncos y aislados, o de un piar chillón y sostenido.
Ya no me
afeito ni me peino, no recito églogas en el salón principal ni
ensayo formas de saludo frente al gran espejo del vestíbulo. No hay
artilugio ni práctica conspicua que pudiera adquirir o conservar.
Duermo ahora con los pies envueltos en una bufanda y bebo el té
amargo, sin limón ni coñac. Claro está, no espero ser visitado ni
socorrido, aun en circunstancias extremas. Desde que me quedé solo,
soy, a simple vista, un hombre infeliz.
domingo, 4 de octubre de 2026
Film. Rolando Revagliatti.
Una joven dama argentina casada se halla con un mexicano licenciado en abogacía. Tienen un hijito y una mansión en ciudad de México. Ella era cancionista de tangos hasta que se produjo su enlace, sin lo que se dice amor-amor, para acceder así, legalmente (por la puerta grande, principal), a la suprema misión a la que una mujer muy mujer está destinada: dar a luz y consagrarse al retoño. Aunque rígido el magnate esposo, condesciende en acompañarla a presenciar un ensayo de la compañía (en gira por aquellas latitudes) de artistas de variedades en la que había participado, para así reencontrarse con sus ex-compañeros, entre los que se cuenta quien fuera su novio, el pianista, que la sigue adorando. Incómodo entre esa gente, con brusquedad el marido se retira sin saludar. La consorte se despide de sus ex-compañeros, excusándose, con el objetivo de alcanzarlo. Esto no ocurre y acepta la invitación del gentil ex-novio de trasladarla en su auto a la suntuosa residencia. Pero el pillo pianista no enfila hacia allí. La ex-novia lo advierte y protesta con despliegue motriz, a consecuencia de lo cual el automóvil choca, el ex-novio (y desde entonces ex-pianista) muere, y la ex-cancionista queda con magulladuras. Enterado el huraño picapleitos, con estupor y arrasadora indignación, que su (para él) ex-intachable esposa se encontraba en el vehículo del ex-novio al desencadenarse el accidente, decide divorciarse de ella y, cruel, separarla del vástago, al que comunica que no volverá a ver a su madre (cuando éste, como siempre, se entretenía oyendo en el fonógrafo los discos de 78 grabados por la mami en épocas de esplendor). Corroído por los celos y la omnipotencia, el agraviado cónyuge destruye discos, fotos y demás rastros de la abominada. Disponiendo de influencias, consigue expulsarla del país. Adoptando un nombre artístico retorna ella a su métier, en el que vuelve a descollar, y de este modo van transcurriendo los años, añadiendo alguna cana señorial y efectuando temporadas hoy aquí, mañana allá, con compañías conformadas, entre otros, por bailarines, músicos y malabaristas. No arma pareja (su representante y empresario la ama en secreto) y añora a su hijo, ansiando la extinción del ex-marido, a quien, al admitir la derrota, habíale augurado que él abandonaría este valle de lágrimas, antecediéndole. Informada un buen día de que esto había acontecido y de que el hijo se tambaleaba, desmoralizado desde la desaparición física de su padre, que lo había criado en el odio hacia la supuesta casi ex-adúltera, regresa a México, tras caducar, merced ahora a sus propias influencias, la disposición que lo impedía. El muchacho se embriaga y dilapida su fortuna en juegos de azar, habiendo interrumpido la carrera universitaria (abogacía). Y es también el azar quien dispone que la chica de la pareja de bailarines que el empresario contrata ya en la capital azteca, esté noviando con el confundido ricachón. Descubre la madre que ese mozo apuesto e impertinente que le fuera presentado en una fiesta, candidato de la vulgar y trepadora danzarina, es exactamente su único hijo. Dimes y diretes, lindos momentos y malos entendidos, desesperación y regocijo, la madre impulsa tan perfecta estratagema que logra desnudar los innobles (embaucadores) propósitos de la blonda ordinaria, que no sólo no estima al muchacho, sino que, además, está ya unida en matrimonio con su partenaire. Es tal el flujo de apasionada simpatía que irradian hijo y madre entre sí, que, producidas diversas citas equívocas, el hijo enuncia, intentando besarla en los labios, que ha comprendido que ella está que arde por él. La madre se horroriza, claro, qué menos, se espeluzna, y se casa, de nuevo sin amor, con el representante y empresario (como para conjurar pulsiones, me sopla, sonriente, un amigo, estudiante de psicología). Por fin, estando la madre interpretando en el primer coliseo un tema amargo, sombrío, pernicioso, impregnado de desconsuelo, y divisando al hijo entre el público yéndose abatido, intuye de súbito que él se escurre dispuesto, acaso, a quitarse la vida. Corre y lo alcanza, así nomás, él ya en su coupé y con el motor en marcha. Asciende y él arranca furioso, contrincante de sí mismo, y conduce a velocidades inauditas, sin rumbo, mientras ella lo apremia instándolo a toparse contra el bendito grado de parentesco que los involucra. Se lo grita la madre justo cuando la coupé, ingobernable, está por desbarrancarse. Ambos salen despedidos, la coupé se incendia, la madre (Libertad Lamarque) perece, y el hijo, contuso, llorándose todo, la sostiene entre sus brazos (filiales en la tragedia), sentado, apoyado contra un árbol, como a una amante.






