Un movimiento casi imperceptible agita el fondo del callejón. El movimiento se transforma rápidamente en sombra. La sombra se hace carne. El monstruo levanta su cabeza hacia el cielo y brama. Y la intolerable realidad deja de tener sentido, una vez más.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
sábado, 14 de marzo de 2026
domingo, 8 de marzo de 2026
La vida instrucciones de uso (Capítulo LXXXIII). Georges Perec.
Hutting,
3
La
habitación de Hutting, instalada en el altillo de su gran estudio,
corresponde más o menos a la antigua habitación de servicio n.º
12, en la que vivió, hasta finales de 1949, un matrimonio muy viejo
al que llamaban los Honoré; Honoré era en realidad el nombre de
pila del marido, pero nadie, salvo quizá la señora Claveau y los
Gratiolet, conocía su apellido —Marcion— ni usaba el nombre de
pila de la mujer, Corinne, a quien todos los vecinos se empeñaban en
llamar señora Honoré.
Hasta
mil novecientos veintiséis los Honoré sirvieron en casa de los
Danglars. Honoré era mayordomo y la señora Honoré cocinera, una
cocinera a la antigua, que llevaba en cualquier época del año un
pañuelo de indiana prendido con un alfiler a la espalda, un gorro
que le cubría los cabellos, medias grises, enaguas rojas y, encima
de la blusa, una delantal de peto. Completaba el servicio de los
Danglars una tercera criada; era Célia Crespi, que había sido
contratada como doncella unos meses antes.
El
tres de enero de mil novecientos veintiséis, unos diez días después
del incendio que había destruido el gabinete de la señora Danglars,
Célia Crespi, al ir a empezar su jornada sobre las siete de la
mañana, se encontró con el piso vacío. Por lo visto, los Danglars
habían metido unos cuantos objetos de primera necesidad en tres
maletas y se habían marchado sin avisar.
La
desaparición de un presidente segundo del Tribunal de Apelación no
podía constituir un hecho anodino y al día siguiente empezaron a
correr los rumores sobre lo que, de buenas a primeras, se dio en
llamar el caso Danglars: ¿Era cierto que se habían proferido
amenazas contra el magistrado? ¿Era cierto que desde hacía más de
dos meses lo andaban siguiendo unos policías vestidos de paisano?
¿Era cierto que se había efectuado un registro en su despacho del
Palacio de Justicia a pesar de una prohibición formal notificada al
prefecto de policía por el propio ministro de Justicia? Fueron las
preguntas que, encabezada por los periódicos satíricos, formuló la
prensa multitudinaria con su acostumbrado sentido del escándalo y su
sensacionalismo.
La
respuesta llegó al cabo de una semana: el Ministerio del Interior
publicó un comunicado anunciando que Berthe y Maximilien Danglars
habían sido detenidos el cinco de enero, cuando intentaban entrar
clandestinamente en Suiza. Y se enteró el público, estupefacto, de
que, desde el final de la guerra, el alto magistrado y su esposa
habían cometido unos treinta robos a cual más audaz.
No
era por interés por lo que robaban los Danglars sino más bien, a
semejanza de todos esos casos descritos con abundancia de detalles
por la literatura psicopatológica, porque los peligros que corrían
al cometer aquellos robos les procuraban una exaltación y una
excitación de índole propiamente erótica y de intensidad
excepcional. Aquel matrimonio de grandes burgueses rígidos que
siempre habían tenido unas relaciones a lo Gauthier-Shandy (una vez
por semana, después de darle cuerda al reloj de chimenea, Maximilien
Danglars cumplía su deber conyugal) descubrió que el robar en
público un objeto de gran valor desencadenaba en uno y otro una
especie de embriaguez libidinosa que pronto se convirtió en su razón
de existir.
Habían
tenido la revelación de aquella pulsión común de modo totalmente
fortuito; un día, acompañando a su marido a Cleray, para que
escogiera una cigarrera, la señora Danglars, presa de un trastorno y
un pavor irresistibles y mirando directamente a los ojos a la
dependienta que los atendía, había robado una hebilla de cinturón
de concha. No era más que un hurto de lujo, pero, cuando aquella
misma noche se lo confesó a su marido, que no había advertido nada,
el relato de aquella hazaña ilegal provocó simultáneamente en
ellos un frenesí sensual que no solía formar parte de sus prácticas
amorosas.
Las
reglas de su juego se elaboraron bastante aprisa. Lo importante en
todo aquello era que uno de los dos realizase delante del otro el
robo que este último le había intimado a cometer. Todo un sistema
de prendas, generalmente eróticas, recompensaba o castigaba al
ladrón según hubiese triunfado o fracasado.
Recibiendo
mucho y siendo invitados muy a menudo, elegían sus víctimas en los
salones de las embajadas o en las grandes fiestas del Todo
París.
Por ejemplo, Berthe Danglars desafiaba a su marido a que le trajese
la estola de pieles que llevaba aquella noche la duquesa de Beaufour
y Maximilien, recogiendo el guante, exigía a cambio que su mujer se
procurase el cartón de Fernand
Cormon
(La caza del uro) que adornaba uno de los salones de sus huéspedes.
Según la dificultad para acercarse al objeto codiciado, el candidato
podía disponer de cierto plazo y hasta beneficiarse, en determinados
casos más complejos, con la complicidad o la protección del
cónyuge.
De
los cuarenta y cuatro retos que se lanzaron, treinta y dos fueron
cumplidos. Robaron, entre otras cosas, un gran samovar de plata en
casa de la condesa de Melan, un boceto de Perugino en la residencia
del nuncio del Papa, el alfiler de corbata del director general del
Banco Hainaut, y el manuscrito casi completo de la Memoria
sobre la vida de Jean Racine,
por su hijo Louis, en casa del jefe de gabinete del ministro de
Instrucción Pública.
Cualquier
otra persona hubiera sido localizada y detenida en seguida; pero
ellos, incluso en los pocos casos en que los cogieron in fraganti,
pudieron disculparse con facilidad: parecía tan imposible que un
gran magistrado y su esposa pudieran resultar sospechosos de robo que
los testigos preferían dudar de lo que habían visto con sus propios
ojos antes que admitir la culpabilidad de un juez.
Así,
interrogado por el comerciante en objetos artísticos d’Olivet en
la escalera de su hotelito particular, cuando se llevaba tres lettres
de cachet, firmadas por Luis XVI, relativas a la prisión del marqués
de Sade en Vincennes y en la Bastilla, Maximilien Danglars explicó
con el mayor sosiego que acababa de pedir la autorización para
llevárselas prestadas cuarenta y ocho horas a un hombre al que había
confundido con su anfitrión, justificación totalmente indefendible
que d’Olivet aceptó, no obstante, sin pestañear.
Esta
casi impunidad les dio una temeridad loca, como lo demuestra en
particular el suceso que acarreó su perdición. Con motivo de un
baile de máscaras, ofrecido por Timothy Clawbonny —del banco de
negocios Marcuart,
Marcuart, Clawbonny y Shandon—,
un viejo anglosajón lampiño, amanerado y pederasta, disfrazado de
Confucio, mandarín de gafas y vestidura larga, Berthe Danglars robó
una tiara escita. El robo se descubrió durante la fiesta. La
policía, llamada inmediatamente, registró a todos los invitados y
descubrió la joya en la gaita trucada de la esposa del presidente,
que se había disfrazado de escocesa.
Berthe
Danglars confesó tranquilamente que había forzado la vitrina donde
estaba encerrada la tiara porque se lo había mandado su marido; con
la misma tranquilidad Maximilien confirmó esta confesión,
exhibiendo acto seguido una carta del director de la cárcel de la
Santé en la que le rogaba —a título altamente confidencial— que
no perdiese de vista cierta corona de oro que sabía por uno de sus
mejores confidentes que debía ser robada en el transcurso de aquella
fiesta de disfraces por Chalia la Rapine: se había dado este
sobrenombre a un audaz ladrón que había cometido su primera
fechoría en la Ópera durante una representación de Boris
Godunov;
en realidad Chalia la Rapine fue siempre un ladrón mítico; más
adelante se averiguó que de los treinta y tres robos con fractura
que se le imputaban, los Danglars habían perpetrado dieciocho.
Aquella
vez aún, por inverosímil que pudiera parecer la explicación, fue
admitida por todos, incluida la policía. Sin embargo, al regresar,
pensativo, al Quai des Orfèvres, un joven inspector, Roland
Blanchet, quiso ver los expedientes de todos los robos cometidos en
París en ocasión de fiestas mundanas, pendientes todavía de
solución; pegó un salto al constatar que los Danglars figuraban en
veintinueve de las treinta y cuatro listas de invitados. Para él eso
constituía la más abrumadora de todas las pruebas; pero el prefecto
de policía, a quien comunicó sus sospechas, pidiéndole que lo
encargara del caso, no quiso ver en ello más que una coincidencia. Y
tras haber informado, por prudencia, al Ministerio de Justicia, donde
causó indignación que un policía pudiera dudar de la palabra y la
honorabilidad de un magistrado tenido en gran aprecio por todos sus
colegas, el prefecto prohibió a su inspector que se ocupase de
aquella investigación y, ante su insistencia, lo amenazó incluso
con trasladarlo a Argelia.
Loco
de rabia, presentó Blanchet su dimisión, jurándose a sí mismo que
volvería con la prueba de la culpabilidad de los Danglars.
En
vano, durante varias semanas, los siguió o los mandó seguir y
penetró clandestinamente en el despacho que Maximilien tenía a su
disposición en el Palacio de Justicia. Las pruebas que andaba
buscando, si es que existían, no estaban desde luego allí, y la
única oportunidad que le quedaba era que los Danglars hubiesen
conservado en su piso algunos de los objetos robados. En Nochebuena
de 1925, sabiendo que los Danglars cenaban fuera, que los Honoré ya
estaban acostados y que la joven doncella iba de cotillón con tres
amigos (Serge Valène, François Gratiolet y Flora Champigny) al
restaurante de los Fresnel, Blanchet consiguió penetrar por fin en
el tercero izquierda. No encontró ni el abanico incrustado de
zafiros de Fanny Mosca, ni el retrato de Ambroise Vollard por Felix
Vallotton que había sido sustraído a lord Summerhill al día
siguiente mismo de haberlo adquirido, pero sí un collar de perlas
que tal vez fuese el que habían robado en casa de la princesa
Rzewuska poco después del armisticio y un huevo de Fabergé que
coincidía bastante con el que se había robado en casa de la señora
de Guitaut. Pero dio con un cuerpo del delito mucho más
comprometedor para los Danglars que aquellas pruebas cuya legitimidad
podrían seguir discutiendo sus ex superiores: un cuaderno de gran
formato, con rayado contable, que contenía la descripción sucinta
pero precisa de cada uno de los robos que los Danglars habían
cometido o habían intentado cometer, acompañada, en la página de
al lado, de la enumeración de prendas que, consecuentemente, se
había impuesto el matrimonio.
Blanchet
iba a volverse con el cuaderno revelador, cuando, en la otra
extremidad del pasillo, oyó que abrían la puerta del piso: era
Célia Crespi que se había olvidado de encender la chimenea del
gabinete de la señora antes de subir a acostarse, tal como se lo
había pedido Honoré, y volvía a cumplir tardíamente su deber,
aprovechando la ocasión para ofrecer una copita de licor a sus
compañeros de cotillón y hacerles probar los maravillosos marrons
glacés mandados al señor por un encausado agradecido. Escondido
tras una cortina, miró Blanchet su reloj y vio que era cerca de la
una de la madrugada. Sin duda estaba previsto que los Danglars
volvieran tarde, pero cada minuto que pasaba aumentaba el riesgo de
un encuentro desagradable, y no podía salir sin pasar por delante de
la gran vidriera del comedor donde Célia agasajaba a sus convidados.
La visión del ramo de flores artificiales le dio la idea de provocar
un incendio antes de ir a ocultarse al dormitorio de los Danglars. El
fuego se propagó con loca rapidez, y Blanchet se preguntaba si no
iba a caer en su propia trampa, cuando Célia Crespi y los demás
acabaron por darse cuenta de que estaba ardiendo todo el fondo del
piso. Dieron la alarma y ya entonces le fue fácil huir al policía
mezclado con la multitud de auxiliadores y vecinos.
Blanchet
estuvo haciéndose el muerto durante varios días, dejando cruelmente
que los Danglars creyeran que el cuaderno que los condenaba —y que
habían buscado frenéticamente al regresar a su piso medio consumido
por el fuego— se había quemado al mismo tiempo que todos los
objetos que se hallaban en el gabinete. Después, el ex policía
llamó a Danglars: el triunfo de la justicia y el restablecimiento de
la verdad no eran ya los únicos motivos que lo animaban: si sus
pretensiones hubieran sido menos elevadas, es probable que aquel caso
no hubiera salido nunca a la luz pública y el presidente segundo del
Tribunal de Apelación y su esposa hubieran seguido mucho tiempo aún
entregándose libremente a sus sustracciones libidinosas. Pero la
cantidad que exigió Blanchet —quinientos mil francos— superaba
sus posibilidades financieras. «Róbenlos» replicó cínicamente
Blanchet antes de colgar: los Danglars se sentían absolutamente
incapaces de robar por dinero y prefirieron jugarse la última carta
emprendiendo la huida.
A
la justicia le gusta muy poco que sus supuestos defensores se mofen
de ella, y el jurado pegó fuerte: treinta años de reclusión
criminal para Berthe Danglars, cadena perpetua para Maximilien, que
fue deportado a Saint-Laurent-du-Maroni, donde tardó poco tiempo en
morir.
Hace
algunos años, paseando por París, la señorita Crespi reconoció a
su antigua señora; la vio sentada en un banco de la calle de la
Folie-Régnault: una vagabunda desdentada, vestida con una bata de
color caca de oca, empujando un cochecito de niño lleno de harapos
diversos y respondiendo al apodo de Baronesa.
Ambos
Honoré tenían en la época setenta años. Él era un lionés de tez
pálida; había viajado, había tenido aventuras, había sido
marionetista con Vuillerme y con Laurent Josserand, ayudante de un
fakir, mozo de café en el baile Mabille, organillero con un gorro
puntiagudo y un monito subido al hombro, antes de colocarse de criado
en casas burguesas, en las que su flema, más británica que la de
los mismos británicos, no había tardado en hacerlo insustituible.
Ella era una robusta campesina normanda que lo sabía hacer todo:
igual habría cocido el pan que habría matado un gorrino, si se lo
hubiesen pedido. Colocada en París a la edad de quince años, a
finales de 1871, había entrado de pinche en una pensión de familia,
The
Vienna School and Family Hotel,
en el 22 de la calle Darcet, cerca de la plaza Clichy, un
establecimiento llevado con mano férrea por una griega, la señora
Cissampelos, mujer bajita y seca como un trallazo, que enseñaba
buenos modales a las jóvenes inglesas portadoras de aquellos
temibles incisivos que entonces quedaba bien decir que servían para
hacer teclas de piano.
Al
cabo de treinta años, Corinne seguía allí de cocinera, aunque sólo
ganaba veinticinco francos mensuales. Fue por esa época cuando
conoció a Honoré. Se vieron por primera vez en la Exposición
Universal, en el espectáculo de los Muñecos Guillaumes, un teatro
de autómatas en el que, en un escenario minúsculo, se veía bailar
y parlotear a unas muñecas de cincuenta centímetros de estatura,
vestidas a la última moda. Viendo Honoré el asombro de Corinne, le
dio explicaciones técnicas antes de llevarla a visitar la Casa al
revés, un viejo castillo gótico alzado sobre sus chimeneas, con las
ventanas del revés y los muebles colgados del techo, el Palacio
luminoso, aquella casa mágica en la que todo, desde los muebles
hasta las tapicerías, desde las alfombras hasta los ramos de flores,
estaba hecho con vidrio, y cuyo constructor, el vidriero Ponsin,
había muerto sin verla acabada; el Globo celeste, el Palacio del
vestido, el Palacio de la óptica, con su gran catalejo que permitía
ver la LUNA a UN metro, los Dioramas del Club Alpino, el Panorama
trasatlántico, Venecia en París y otros diez pabellones. Lo que más
los impresionó fue, a ella, el arco iris artificial del pabellón de
Bosnia y, a él, la Exposición minera subterránea, con sus
seiscientos metros de pasadizos recorridos por un ferrocarril
eléctrico que desembocaba de pronto en una mina de oro en la que
trabajaban negros de verdad, y la cuba gigantesca del señor
Fruhinsoliz, verdadera edificación de cuatro pisos que comprendía
no menos de cincuenta y cuatro quioscos donde se despachaban todas
las bebidas del mundo.
Cenaron
en la Taberna
de la Bella Molinera,
al lado de los pabellones coloniales, donde bebieron Chablis en
jarrita y donde comieron sopa de berzas y pierna de cordero que a
Corinne le pareció mal guisada.
A
Honoré lo había contratado por un año el señor Danglars padre, un
viticultor de la Gironde, presidente de la Sección bordelesa del
Comité de Vinos, que se había venido a instalar a París para todo
el tiempo que durara la Exposición y le había alquilado un piso a
Juste Gratiolet. Cuando dejó París, a las pocas semanas, el señor
Danglars padre estaba tan contento con su mayordomo que se lo regaló,
junto con el piso, a su hijo Maximilien, que estaba a punto de
casarse y acababa de ser nombrado asesor. Poco después, el joven
matrimonio, aconsejado por su mayordomo, contrató a la cocinera.
Después
del caso Danglars los Honoré, demasiado viejos para pensar en
buscarse otra colocación, obtuvieron de Émile Gratiolet la
autorización de seguir conservando su cuarto. Estuvieron vegetando
en él con sus pequeños ahorrillos, reforzados de vez en cuando
gracias a alguna chapuza suplementaria, como guardar a Ghislain
Fresnel cuando no podían llevárselo las niñeras, o ir a buscar a
Paul Hébert a la salida del colegio, o preparar para tal o cual
vecina que daba una cena suculentos pastelillos de carne o
bastoncitos de naranja en dulce forrados de chocolate. De este modo
vivieron más de veinte años todavía, cuidando su buhardilla con
meticuloso esmero, dando cera a las baldosas romboidales, regando
casi con cuentagotas su mirto en el jarro de cobre rojo. Alcanzaron
la edad de noventa y tres años, ella cada vez más arrugadita, él
cada vez más largo y seco. Y un día de noviembre de 1949, se cayó
Honoré al levantarse de la mesa y murió casi en el acto. Corinne no
le sobrevivió más allá de unas semanas.
Célia
Crespi, para quien era su primer trabajo, se quedó más desamparada
aún que los Honoré con la desaparición súbita de sus señores.
Tuvo la suerte de volver a colocarse casi en seguida en la escalera
con el inquilino que, durante un año, ocupó el piso de los
Danglars, un hombre de negocios latinoamericano al que la portera y
algunos más llamaban Rastacuero, un obeso jovial de bigotes
lustrados, que fumaba largos habanos, se hurgaba los dientes con un
palillo de oro y llevaba un grueso diamante a modo de alfiler de
corbata; después la empleó la señora de Beaumont, cuando se vino a
vivir a la calle Simon-Crubellier después de su boda. Más tarde,
cuando la cantante, casi en seguida de nacer su hija, se marchó para
una larga gira por Estados Unidos, Célia Crespi entró de costurera
en casa de Bartlebooth y se quedó hasta que el inglés emprendió su
larga vuelta al mundo. Un poco más tarde encontró una colocación
de dependienta en Las
delicias de Luis XV,
la pastelería salón de té más apreciada del barrio y en ella
trabajó hasta su jubilación.
Aunque
siempre la llamaron señorita Crespi, Célia Crespi tuvo un hijo. Lo
trajo discretamente al mundo en mil novecientos treinta y seis. Casi
nadie se había dado cuenta de que estaba embarazada. Toda la finca
se preguntó por la identidad del padre y se barajaron todos los
nombres de los individuos de sexo masculino que vivían en la casa,
con edades comprendidas entre los quince y los setenta y cinco años.
El secreto no se desveló nunca. El niño, declarado hijo de padre
desconocido, se crio fuera de París. Nadie de la casa lo vio jamás.
Se
ha sabido, hace sólo unos años, que lo mataron durante los combates
por la Liberación de París, cuando ayudaba a un oficial alemán a
cargar en su sidecar una caja de botellas de champán.
La
señorita Crespi nació en un pueblo al norte de Ajaccio. Salió de
Córcega a la edad de doce años y nunca ha vuelto a ir. A veces
entorna los ojos y ve el paisaje que había delante de la ventana del
cuarto donde hacía la vida toda la familia: la tapia cubierta de
buganvilias en flor, la cuesta donde crecían matas de euforbios, el
seto de chumberas, el emparrado de alcaparros; pero no consigue
acordarse de nada más.
Actualmente
la habitación de Hutting sirve muy rara vez. Encima del sofá-cama
cubierto con una piel sintética y provisto de unos treinta cojines
de colores abigarrados, está clavada una alfombra de rezos de seda
procedente de Samarcanda, con un dibujo rosa ajado y largos flecos
negros. A la derecha un silloncito tipo sapo forrado de seda amarilla
hace de mesilla de noche: sostiene un despertador de acero brillante
que presenta la forma de un corto cilindro oblicuo, un teléfono cuya
esfera tiene un dispositivo de teclas y un número de la revista de
vanguardia La Bête Noire. No hay cuadros en las paredes pero, a la
izquierda de la cama, montada en un marco de acero móvil que la
convierte en una especie de monstruoso biombo, hay una obra del
intelectualista italiano Martiboni: es un bloque de poliestireno de
dos metros de alto, uno de ancho y diez centímetros de hondo, en el
que están metidos viejos corsés revueltos con pilas de antiguos
carnets de baile, flores secas, vestidos de seda rozados hasta la
trama, jirones de pieles apolilladas, abanicos roídos semejantes a
patas de ánades despojadas de sus palmas, zapatos de plata sin
suelas ni tacones, restos de festines y dos o tres perritos
disecados.
La vida instrucciones de uso, 1978.
sábado, 7 de marzo de 2026
Ábaco. Arantza Portabales.
Un,
dos, tres, cuatro, sesenta. Un minuto, dos, tres… siete. Al dente.
Saco los espaguetis del fuego. Llegarás en ocho minutos. Preparo la
salsa. Tomate. Orégano. Pongo la mesa. Descuento. Cuatro, tres, dos,
uno. Tres timbrazos. Dos besos. Un abrazo. Me gusta contar. Aunque
solo en las colas del supermercado hay paz. En la del médico huele a
rabia y a desinfectante. Vivir es contar. Un, dos tres, cuatro,
sesenta y vuelta a empezar. Un minuto, dos, sesenta. Una hora, dos
tres, veinticuatro. Un día, dos, tres, treinta. Un mes. Una regla,
otra regla. Un año, otro, treinta y nueve.
¿En
qué piensas?
En
nada.
Pienso
en que la salsa solo lleva tomate. Me tocó el veintiocho en la
carnicería. Los números rojos se deslizaban lentos. Diecisiete,
dieciocho, diecinueve. Eran las dos menos diez. Salen a y cuarto.
Veintiuno. Ya eran las dos. Solté la cesta. Corrí. Dos y diez. Me
paré ante el colegio. Escuché el timbre. Se abrieron las puertas.
Un niño, dos, tres, veinte, cincuenta, doscientos.
¿En
qué piensas?
En
nada.
Pienso
en cómo desaparecen, día a día, uno a uno, con sus manitas
aferradas a las de sus padres. Doscientos, cien, cincuenta, veinte,
dos, uno.
Cero.
Nunca
sobra ninguno.
martes, 3 de marzo de 2026
El mejor amigo de un muchacho. Isaac Asimov.
-Querida,
¿dónde está Jimmy? -preguntó el señor Anderson.
-Afuera,
en el cráter -dijo la señora Anderson-. No te preocupes por él.
Está con Robutt… ¿Ha llegado ya?
-Sí.
Está pasando las pruebas en la estación de cohetes. Te juro que me
ha costado mucho contenerme y no ir a verlo. No he visto ninguno
desde que abandoné la Tierra hace ya quinceaños… dejando aparte
los de las películas, claro.
-Jimmy
nunca ha visto uno -dijo la señora Anderson.
-Porque
nació en la Luna y no puede visitar la Tierra. Por eso hice traer
uno aquí. Creo que es el primero que viene a la Luna.
-Sí,
su precio lo demuestra -dijo la señora Anderson lanzando un suave
suspiro.
-Mantener
a Robutt tampoco resulta barato, querida -dijo el señor Anderson.
Jimmy
estaba en el cráter, tal y como había dicho su madre. En la Tierra
le habrían considerado delgado, pero estaba bastante alto para sus
diez años de edad. Sus brazos y piernas eran largos y ágiles. El
traje espacial que llevaba hacía que pareciese más robusto y
pesado, pero Jimmy sabía arreglárselas en la débil gravedad lunar
como ningún terrestre podía hacerlo nunca. Cuando Jimmy tensaba las
piernas y daba su salto de canguro su padre siempre acababa
quedándose atrás.
El
lado exterior del cráter iba bajando en dirección sur y la Tierra
-que se hallaba bastante baja en el cielo meridional, el lugar desde
donde siempre podía ver desde Ciudad Lunar-, ya casi había entrado
en la fase de llena, por lo que toda la ladera del cráter quedaba
bañada por su claridad.
La
pendiente no era muy empinada, y ni tan siquiera el peso del traje
espacial podía impedir que Jimmy se moviera con gráciles saltos que
le hacían flotar y creaban la impresión de que no había ninguna
gravedad contra la que luchar.
-¡Vamos,
Robutt! -gritó Jimmy.
Robutt
le oyó a través de la radio, ladró y echó a correr detrás de él.
Jimmy era un experto, pero ni tan siquiera él podía competir con
las cuatro patas y los tendones de Robutt, que además no necesitaba
traje espacial. Robutt saltó por encima de la cabeza de Jimmy, dio
una voltereta y terminó posándose casi debajo de sus pies.
-No
hagas tonterías, Robutt, y quédate allí donde pueda verte -le
ordenó Jimmy.
Robutt
volvió a ladrar, ahora con el ladrido especial que significaba “Sí”.
-No
confío en ti, farsante -exclamó Jimmy.
Dio
un último salto que lo llevó por encima del curvado borde superior
de la pared del cráter y le hizo descender hacia la ladera inferior.
La
Tierra se hundió detrás del borde de la pared del cráter, y la
oscuridad cegadora y amistosa que eliminaba toda diferencia entre el
suelo y el espacio envolvió a Jimmy. La única claridad visible era
la emitida por las estrellas.
En
realidad Jimmy no tenía permitido jugar en el lado oscuro de la
pared del cráter. Los adultos decían que era peligroso, pero lo
decían porque nunca habían estado allí. El suelo era liso y
crujiente, y Jimmy conocía la situación exacta de cada una de las
escasas piedras que había en él.
Y,
además, ¿qué podía haber de peligroso en correr a través de la
oscuridad cuando la silueta resplandeciente de Robutt le acompañaba
ladrando y saltando a su alrededor? El radar de Robutt podía decirle
dónde estaba y dónde estaba Jimmy aunque no hubiera luz. Mientras
Robutt estuviera con él para advertirle cuando se acercaba demasiado
a una roca, saltar sobre él demostrándole lo mucho que le quería o
gemir en voz baja y asustada cuando Jimmy se ocultaba detrás de una
roca aunque Robutt supiera todo el tiempo dónde estaba Jimmy, jamás
podría sufrir ningún daño. En una ocasión Jimmy se acostó sobre
el suelo, se puso muy rígido y fingió estar herido, y Robutt activó
la alarma de la radio haciendo acudir a un grupo de rescate de Ciudad
Lunar. El padre de Jimmy castigó la pequeña travesura con una buena
reprimenda, y Jimmy nunca había vuelto a hacer algo semejante.
La
voz de su padre le llegó por la frecuencia privada justo cuando
estaba recordando aquello.
-Jimmy,
vuelve a casa. Tengo que decirte algo.
Jimmy
se había quitado el traje espacial y se había lavado
concienzudamente después de entrar en casa; e incluso Robutt había
sido meticulosamente rociado, lo cual le encantaba. Robutt estaba
inmóvil sobre sus cuatro patas con su pequeño cuerpo de no más de
treinta centímetros de longitud estremeciéndose y lanzando algún
que otro destello metálico, y su cabecita desprovista de boca con
dos ojos enormes que parecían cuentas de cristal y la diminuta
protuberancia donde se hallaba alojado el cerebro no dejó de lanzar
débiles ladridos hasta que el señor Anderson abrió la boca.
-Tranquilo,
Robutt -dijo el señor Anderson, y sonrió-. Bien, Jimmy, tenemos
algo para ti. Ahora se encuentra en la estación de cohetes, pero
mañana ya habrá pasado todas las pruebas y lo tendremos en casa.
Creo que ya puedo decírtelo.
-¿Algo
de la Tierra, papi?
-Es
un perro de la Tierra, hijo, un perro de verdad… un cachorro
terrier escocés para ser exactos. El primer perro de la Luna… Ya
no necesitarás más a Robutt. No podemos tenerlos a los dos, ¿sabes?
Se lo regalaremos a algún niño.
-El
señor Anderson parecía estar esperando que Jimmy dijera algo, pero
al ver que no abría la boca siguió hablando-. Ya sabes lo que es un
perro, Jimmy. Es de verdad, está vivo… Robutt no es más que una
imitación mecánica, una copia de robot.
Jimmy
frunció el ceño.
-Robutt
no es una imitación, papi. Es mi perro.
-No
es un perro de verdad, Jimmy. Robutt tiene un cerebro positrónico
muy sencillo y está hecho de acero y circuitos. No está vivo.
-Hace
todo lo que yo quiero que haga, papi. Me entiende. Te aseguro que
está vivo.
-No,
hijo. Robutt no es más que una máquina. Está programado para que
actúe de esa forma. Un perro es algo vivo. En cuanto tengas al perro
ya no querrás a Robutt.
-El
perro necesitará un traje espacial, ¿verdad?
-Sí,
naturalmente, pero creo que será dinero bien invertido y muy pronto
se habrá acostumbrado a él… Y cuando esté en la ciudad no lo
necesitará, claro. Cuando lo tengamos en casa enseguida notarás la
diferencia.
Jimmy
miró a Robutt. El perro robot había empezado a lanzar unos gemidos
muy débiles, como si estuviera asustado. Jimmy extendió los brazos
hacia él y Robutt salvó la distancia que le separaba de ellos de un
solo salto.
-¿Y
qué diferencia hay entre Robutt y el perro? -preguntó Jimmy.
-Es
difícil de explicar -dijo el señor Anderson-, pero lo comprenderás
en cuanto lo veas. El perro te querrá de verdad, Jimmy. Robutt sólo
está programado para actuar como si te quisiera, ¿entiendes?
-Pero
papi… No sabemos qué hay dentro del perro ni cuáles son sus
sentimientos. Puede que también finja.
El
señor Anderson frunció el ceño.
-Jimmy,
te aseguro que en cuanto hayas experimentado el amor de una criatura
viva notarás la diferencia.
Jimmy
estrechó a Robutt en sus brazos. El niño también tenía el ceño
fruncido, y la expresión desesperada de su rostro indicaba que no
estaba dispuesto a cambiar de opinión.
-Pero
si los dos se portan igual conmigo, entonces tanto da que sea un
perro de verdad o un perro robot -dijo Jimmy-. ¿Y lo que yo siento?
Quiero a Robutt, y eso es lo que importa.
Y
el pequeño robot, que nunca se había sentido abrazado con tanta
fuerza en toda su existencia, lanzó una serie de ladridos
estridentes… ladridos de pura felicidad.
domingo, 1 de marzo de 2026
Confesión. Charles Bukowski.
Esperando
a la muerte
como
un gato
que
saltará sobre la
cama.
Estoy
apenado por
mi
esposa.
Ella
verá este
cuerpo
rígido
y
blanco.
Lo
sacudirá una vez, entonces
quizás
de nuevo:
“Hank”
Hank
no
contestará.
No
es mi muerte lo que
me
preocupa, es mi esposa
sola
con esta
pila
de nada.
Quiero
que sepa
que
todas las noches
durmiendo
a su lado.
Incluso
las discusiones
inútiles
fueron
cosas
espléndidas.
Y
las duras
palabras
que
siempre tuve miedo de
decir
pueden
ahora ser
dichas:
“Te
amo”
sábado, 28 de febrero de 2026
Inmanejable. Lucia Berlin.
En
la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están
cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio
litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie.
Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba
agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían
convulsiones o delírium trémens.
El
truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma
en la medida de lo posible hasta que consigas una botella. Azúcar.
Té con azúcar, es lo que te dan en los centros de desintoxicación.
Temblaba tanto, sin embargo, que no podía tenerse en pie. Se estiró
en el suelo e hizo varias inhalaciones profundas tratando de
relajarse. No pienses, por Dios, no pienses en qué estado estás o
te morirás, de vergüenza, de un ataque. Consiguió calmar la
respiración. Empezó a leer títulos de los libros de la estantería.
Concéntrate, léelos en voz alta. Edward Abbey, Chinua Achebe,
Sherwood Anderson, Jane Austen, Paul Auster, no te saltes ninguno, ve
más despacio. Cuando acabó de leer todos los títulos de la pared
se encontraba mejor. Se levantó con esfuerzo. Sujetándose a la
pared, temblando tanto que a duras penas podía mover los pies,
consiguió llegar a la cocina. No quedaba vainilla. Extracto de
limón. Le quemó la garganta y le dio una arcada; apretó los labios
para volver a tragárselo. Preparó té, con mucha miel; lo tomó a
pequeños sorbos en la oscuridad. A las seis, en dos horas, la
licorería Uptown de Oakland le vendería un poco de vodka. En
Berkeley tendría que esperar hasta las siete. Ay, Dios, ¿tenía
dinero? Volvió sigilosamente a su habitación y miró en el bolso
que había encima del escritorio. Su hijo Nick debía de haberse
llevado su cartera y las llaves del coche. No podía entrar a
buscarlas al cuarto de sus hijos sin despertarlos.
Había
un dólar con treinta centavos en calderilla en el bote del
escritorio. Revisó los bolsos del armario, los bolsillos del abrigo,
un cajón de la cocina, hasta que reunió los cuatro dólares que
aquel maldito paki cobraba por una petaca a esas horas. Los
alcohólicos enfermos le pagaban. Aunque la mayoría compraban vino
dulce, porque hacía efecto más rápido.
Era
una caminata larga. Tardaría tres cuartos de hora; tendría que
volver corriendo a casa para llegar antes de que los chicos se
despertaran. ¿Lo conseguiría? Apenas podía caminar de una
habitación a la otra. Y reza para que no pase un coche patrulla.
Ojalá tuviera un perro para sacarlo a pasear. Qué buena idea, se
rio, le pediré a los vecinos que me presten el suyo. Claro. Ninguno
de los vecinos le dirigía ya la palabra.
Consiguió
mantener el equilibrio concentrándose en las grietas de la acera,
contándolas: un, dos, tres... Agarrándose a los arbustos, los
troncos de los árboles para darse impulso, como si escalara una
montaña muy escarpada. Cruzar las calles era aterrador, parecían
tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar.
De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío.
Un coche de policía a toda velocidad, sin luces. No la vieron. Un
sudor frío le caía por la espalda, el fuerte castañeteo de sus
dientes rompía la quietud de la mañana oscura.
Llegó
jadeante y mareada a la licorería Uptown de Shattuck Avenue. Todavía
no estaba abierta. Siete hombres negros, todos viejos menos un chico
joven, esperaban de pie junto a la puerta. El hindú estaba sentado
al otro lado del escaparate, ajeno a ellos, tomando café con
parsimonia. En la acera dos hombres compartían un frasco de jarabe
NyQuil para la tos. Muerte azul, eso sí se podía comprar toda la
noche.
Un
viejo al que llamaban Champ sonrió al verla.
—¿Qué
pasa, mujer, te has puesto mala? ¿Tan mala que te duele hasta el
pelo?
Ella
asintió. Se sentía exactamente así; el pelo, los ojos, los huesos.
—Anda,
toma —le ofreció Champ—, cómete alguna —estaba comiendo
galletitas saladas, le dio un par—. Tienes que obligarte a comer
algo.
—Eh,
Champ, déjame unas pocas —le reclamó el chico.
La
dejaron que comprara primero. Pidió vodka y soltó el montón de
monedas en el mostrador.
—Está
justo —dijo.
El
hombre sonrió.
—Cuéntelo,
hágame el favor.
—Venga
ya. Mierda —protestó el chico mientras ella contaba las monedas
con las manos temblando a más no poder. Se guardó la petaca en el
bolso y salió a trompicones. En la calle se agarró a un poste de
teléfono, sin atreverse a cruzar.
Champ
estaba bebiendo de una botella de Night Train.
—¿Eres
demasiado señora para beber en la calle?
Ella
negó con la cabeza.
—Me
da miedo que se me caiga la botella.
—Ven
—dijo él—. Abre la boca. Necesitas un trago o te quedarás por
el camino.
Le
arrimó la botella a los labios y le dio un poco de vino. Ella sintió
cómo le corría por dentro, cálido.
—Gracias
—dijo.
Cruzó
la calle deprisa y trotó desgarbadamente por las calles de vuelta a
su casa, noventa, noventa y una, contando las grietas. Era todavía
de noche cuando llegó a la puerta.
Recobró
el aliento. Sin encender la luz, sirvió un poco de zumo de grosellas
en un vaso y un tercio de la botella. Se sentó y bebió despacio,
sintiendo cómo el alcohol la reconfortaba a medida que calaba en su
cuerpo. Se echó a llorar, de alivio por no haber muerto. Se sirvió
otro tercio de la botella con un poco de zumo, y entre trago y trago
recostaba la cabeza en la mesa.
Después
de la segunda copa se sentía mejor, y fue al lavadero y metió la
colada en la lavadora. Se llevó la botella al cuarto de baño. Se
duchó y se peinó, se puso ropa limpia. Diez minutos más. Comprobó
que la puerta estaba cerrada, se sentó en el váter y se terminó el
vodka. Con esos últimos tragos no solo se puso a tono, sino que se
sintió ligeramente ebria.
Pasó
la colada de la lavadora a la secadora. Estaba batiendo el
concentrado de naranja para preparar zumo cuando Joel entró en la
cocina, restregándose los ojos.
—No
tengo calcetines, ni camisa.
—Hola,
cariño. Toma unos cereales. Cuando termines de desayunar y ducharte,
la ropa estará seca —le sirvió un vaso de zumo, y otro a
Nicholas, que estaba callado en silencio junto a la puerta.
—¿Dónde
demonios has conseguido licor? —la empujó al pasar y se sirvió
cereales. Trece años. Era más alto que ella.
—¿Podrías
devolverme la cartera y las llaves del coche? —le preguntó.
—La
cartera sí. Te daré las llaves cuando vea que estás bien.
—Estoy
bien. Mañana volveré al trabajo.
—Ya
no eres capaz de dejarlo sin ir al hospital, mamá.
—Me
pondré bien. Por favor, no te preocupes. Tengo todo el día para
recuperarme —fue a echar un vistazo a la ropa de la secadora—.
Las camisas están secas —le dijo a Joel—. A los calcetines les
faltan diez minutos, más o menos.
—No
puedo esperar. Me los pondré mojados.
Sus
hijos fueron a buscar los libros y las mochilas, se despidieron con
un beso y se marcharon. Ella se quedó en la ventana y los vio bajar
la calle hacia la parada del autobús. Esperó hasta que el autobús
los recogió y desapareció por Telegrah Avenue. Entonces salió, fue
directa a la licorería de la esquina. Ya habían abierto.
Manual para mujeres de la limpieza, 2015
domingo, 22 de febrero de 2026
Dos silencios. Miguelángel Flores.
Habíamos oído hablar de él. Aun así, o quizá por ello, hubo una chillería colectiva y desmesurada cuando apareció de pronto de entre la espesura. Fueron unos instantes de confusión y espanto, de nervios con cierto toque también de fascinación. Abrazadas entre nosotras, lo vimos volver a desaparecer precipitadamente, más veloz incluso que como llegó. Todas, aún escandalizadas, seguían gritando. Menos yo, que me había quedado muda. Y continué igual al llegar a casa, cuando mamá me preguntó por la excursión y no supe qué decir; ni cuando miré a papá, que no levantaba la cabeza del diario para saludarme.






