Su
historia es así: para él, para Martín Gaido, todo comienza una
noche de los carnavales de 1940, en lo peor de Parque Patricios,
frente al basural. La misma noche que Juan —su hermano— entró
como borracho a la pieza, apretándose el estómago con los dos
brazos y, antes de caer hecho un ovillo sobre el piso, alcanzó a
decir «me la dieron, Martín», y fue lo último que dijo. Esa
noche, Martín supo que tenía que arrodillarse junto a su hermano y
preguntar. Aquella pregunta fue la primera de una serie de preguntas,
precisa, irrevocable, estirada a lo largo de veinte años, que debía
terminar esta noche en un boliche de la costa de San Pedro. Como esa
vez Gaido no podía adivinar tanto, simplemente se arrodilló junto a
un muerto y preguntó. Sólo se oyó el silencio, o tal vez el sonido
lejano de unos pitos de murga, de unas matracas, y se oyó un
juramento de Martín, una promesa convencional y terrible.
Más
tarde se enteró de la pelea. Esto también había sido convencional
(todo, supo luego, sería convencional en su historia). Había, por
supuesto, un baile, y había una mujer disfrazada de Colombina a la
que se disputaban dos hombres. Uno de los hombres era Juan; el otro,
a juzgar por lo poco que sabían de él, no era nadie. Le contaron
que esa noche su hermano atropelló
a lo loco y un resbalón fortuito mezcló las muertes; después del
resbalón, una mascarita vio a Juan levantarse del suelo con los ojos
llenos de espanto, queriendo sacarse su propio cuchillo del cuerpo, y
al otro que, sin pestañear, lo clava suciamente, dos veces más
todavía.
Como
digo, para él, para Martín Gaido, su vida empieza esa noche. A
partir de esos carnavales vivirá persiguiendo a un hombre, una
especie de sombra escurridiza, ese nadie que parte de los lugares a
donde él llega sin dejar más rastros que la memoria gangosa de
algún borracho acerca de un modo de mirar, el color de un traje o la
manera de echarse el sombrero gris sobre los ojos. La mujer no tenía
mucha importancia en su historia y no apareció nunca, como si
hubiera estado en ese baile sólo unos minutos, para justificar con
su disfraz de Colombina la irrealidad del carnaval. La busca del
hombre, en cambio, fue un ajedrez lento, inexorable y exacto. Hubo
pueblos perdidos, almacenes de llanura, cantineros con sueño a cuyo
oído, en voz baja, Martín formuló preguntas, cantineros que sólo
conocían una parte del secreto pero lo condujeron sin remedio a
lugares donde el rastro se volvía cada vez más preciso. Hubo
estaciones de ferrocarril y largas esperas debajo de largos puentes.
Hubo camas, mujeres de grandes ojos pintados y caras de tiza,
quienes, al enterarse de que Martín sólo había venido para
llevarse un nombre, lo miraban con decepción, con estupor o con
miedo.
Después
pasará mucho tiempo y Gaido, por fin, apoyado en el mostrador de un
boliche de la costa, estará aguardando pacientemente que se descorra
una cortina de flores desleídas; detrás de la cortina está la
puerta por la que ha de aparecer un hombre.
—Ginebra
—ha dicho Martín.
En
cualquier rincón hay un viejo. Tiene una botella entre las piernas y
lo mira con ojos blancos. Afuera, la noche es un largo y distante eco
de perros. Lejos, seguramente pasa un tren.
Entonces
sucedió.
Sí,
fue en ese momento, al levantar Martín el vaso de ginebra y
llevárselo a los labios.
No
puedo asegurar, es cierto, que desde mucho tiempo atrás Gaido no
comprendiera, de algún modo, la verdad. El porqué de que él
hubiese nacido en lo peor de Parque Patricios, frente al basural, que
a su hermano lo mataran como no se olvida y que gente con aspecto de
muñecos contestara todas sus preguntas. En algún lugar del juego
Martín debió sospechar que su promesa —buscar, dar con un hombre,
matarlo y vengar a otro hombre muerto— podía ser mucho más, o
mucho menos, que una promesa. Alguna vez, incluso, sintió vértigo y
pensó echarse atrás; pero yo no lo dejé tener miedo. Yo le inventé
el coraje. Y ahora cada palabra dicha, cada aparente postergación
conducían inevitablemente hasta ese boliche de la costa donde Gaido
esperaba a un hombre. Las leyes secretas de su historia quieren que
otra vez sea carnaval para que Martín haya visto algunas máscaras
en el pueblo y haya pensado que ya no van quedando Colombinas.
Martín
alzó el vaso de ginebra, se lo llevó a los labios y, en ese preciso
momento lo supo. Lo supo antes de que el otro abriera la puerta.
Cuando se abrió la puerta, ya había comprendido toda la verdad.
Por
reflejo, introdujo la mano en el bolsillo. Ese gesto y los demás
gestos que seguirían estaban previstos. Gaido tenía que sacar un
puño al que le había crecido repentinamente un revólver; tenía
que nombrar al otro, pronunciar un nombre de fácil sonoridad a
compadraje y cuchillo, y cuando el otro lo mirase sorprendido
(sorprendido al principio, pero luego no; luego con resignación,
comprendiendo), debía insultarlo en voz baja con un insulto brutal,
rencoroso, pacientemente elaborado durante veinte años.
Gaido,
sin embargo, no sacó la mano del bolsillo. No hubo palabras de odio.
Todo, el almacén, la cortina de flores desleídas, el carnaval de
pueblo, se desarticuló de pronto, como un espejo roto o como un
sueño. Y Martín, ya antes de ver al hombre, antes de ver su rostro
canallesco —convencional, envejecido y canallesco— supo que ese
pobre infeliz tampoco tenía la culpa de nada.
El
final de la historia no es fácil de contar.
Es
probable que ahora mismo Martín ya esté bajando por la calle
Tarija, en Buenos Aires (lo imagino caminando un poco echado hacia
atrás, a causa del declive del empedrado), en el barrio de Boedo.
Dentro de un instante doblará por Maza. La cuadra es arbolada y
propicia. Los carnavales del sesenta también. El pañuelo blanco en
el cuello de Martín, sus ajustados pantalones de anchas rayas grises
y negras, sus botines puntiagudos de compadre, su sombrero
anacrónico, no podían pasar más inadvertidos en una noche como
ésta. Lleva la mano en el bolsillo del saco y muerde todavía un
insulto que no dijo. Cuando Gaido doble la esquina, verá,
inequívoca, una ventana con luz: eso significa que el otro está
ahí, dentro de la casa, esperando oír el ruido de la cancel —un
rechinar apenas perceptible—, esperando oír luego los pasos de
Gaido por el corredor, mientras él escribe un cuento de espaldas a
la puerta y cree escuchar ya (escucha ya) un sordo taconeo que da
vuelta la esquina, mientras yo acabo la historia de Martín Gaido,
oigo el rechinar apenas perceptible de la cancel, sus pasos por el
corredor, las últimas matracas desganadas y los pitos lejanos del
corso de Boedo y siento una ráfaga de aire en la nuca porque alguien
está abriendo la puerta a mi espalda, alguien que me nombra, que ya
pronuncia mi nombre aborrecido y, con rencorosa lentitud, saca la
mano del bolsillo y me insulta en voz muy baja.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
sábado, 21 de febrero de 2026
Historia para un tal Gaido. Abelardo Castillo.
domingo, 15 de febrero de 2026
Destino fatal. Martín Gardella.
Desde el principio los tiempos, fue tildada de prohibida. El hombre que se animó a acariciarla por primera vez recibió un duro castigo, aunque fue innegable que ella lo había seducido. Años más tarde, no tuvo reparos en golpear duramente la cabeza pensativa de un científico inglés, amparada por una ley hasta allí desconocida. En un juicio poco claro, la culparon de envenenamiento de una princesita blanca y de generar discordia entre las hermosas diosas griegas. Fue condenada a morir de un flechazo, ejecutada en un cantón suizo por un hábil ballestero. En el pueblo se organizó un brindis para festejar la ejecución. Su cuerpo frío fue servido en una jarra dorada, con sabor a sidra.
Los chicos crecen, Martín Gardella. 2026
sábado, 14 de febrero de 2026
El terraplén de San Martín. (El hermano bastardo de Dios. Fragmeto). José Luis Coll.
El terraplén de San Martín era un desnivel de tierra y cañigueras, en la Hoz del Huécar, desde donde podíamos escuchar el llanto de los sauces. Aquella tarde plomiza la dedicamos a excavar un “refugio” en la ladera, semejante a esos que hacían los mayores, y en los que se metían cuando sonaba la sirena, para que las bombas no les cayeran en la cabeza. Utilizamos palos, hierros y otros objetos a modo de herramientas, hasta conseguir una cavidad de medio metro de altura por unos tres o cuatro de profundidad. La tarea era grata y en cierta manera cómoda, ya que no había rocas ni materia dura que la dificultara. Hicimos un descanso para fumar unos “mataquintos”, un tabaco que, a buen seguro, hubiera podido dañar gargantas de hojalata, pero que, a nosotros, sólo nos hacía vomitar o jugar al corro con el paisaje. De mi cosecha propia y sin contar con nadie, empecé a considerar aceptable la profundidad del refugio, pero no así su altura, por lo que decidí, sin ayuda de nadie, hacer más alto su techo. Grandes copos de tierra negra caían sobre mis hombros y cabeza, con una facilidad tal que me regocijaba pensar el que podríamos estar dentro de pie, antes de que se acabaran los “mataquintos”.
De repente todo quedó a oscuras y yo no podía respirar, ni abrir los ojos. Había quedado súbitamente sepultado, maniatado y paralítico, dentro de un saco de silencio. La tierra se metía por los orificios de mi nariz y me picaban los ojos Me hallaba inclinado hacia delante. Las piernas encogidas e inútiles. Los brazos y todo el cuerpo escayolado en bronce. Y a esa velocidad con que el cerebro se manifiesta en ciertos casos, comprendí que en pocos instantes me iba a cantar una nana la vieja de la guadaña.
A galope tendido pasaron por mi mente los rostros llorosos de mis tíos. Y el de mi hermano, con su trajecito teñido de negro. Y el de mi abuelo, moviendo la cabeza a un lado y otro, maldiciendo a la luna. Pero, sobre todos, el de mi abuela, mi güelita, que me quería como a un nieto: ese grado inmediatamente superior al de hijo, cuando los hijos ya no tienen tamaño de nieto.
Aunque tenía los ojos forzosamente tapiados, noté que se me iban cerrando paulatinamente, como cuando en la cama. El corazón se me subió a las sienes y en su lugar quedó un tambor. Miles de gallinas me picaban las plantas de los pies y las palmas de las manos. Mi pecho y mi espalda se buscaban con ahínco. Noté olor a lombrices y degusté fango. No estaba desesperado. Solamente avergonzado de aquella estupidez que tantas molestias iba a proporcionar a los míos. A esa edad, la vida aún no ha hecho méritos para temer a la muerte. Sin embargo, mi mente comenzó a rezar por dos razones: porque nadie podía oírme, y por si acaso.
De pronto noté un leve cosquilleo sobre mi hombro izquierdo. Después -lustros más tarde-, una mano me cogía por el cuello y otra me arrancaba el jersey. Los zapatos se quedaron dentro, los pantalones por las rodillas, y las escasas vergüenzas al aire.
La mayoría de ellos reía, como solían hacerlo los amigos cuando otro estaba en peligro. Ajeno, naturalmente.
Mi hermano tenía los ojos llenos de lágrimas y había tratado de ahogarse con la bufanda. Porque mi hermano, a pesar de ser mi hermano, siempre me demostró gran cariño.
Entre todos, me fueron limpiando la cara y el pelo de tierra y broza. Uno fue a buscar mis zapatos. Otro me subió los pantalones. Y otro me dijo:
-Por ahí viene tu abuelo.
Había pasado más tiempo del que yo pude calcular, y le fueron a decir que su nieto se había matado haciendo un refugio. Mi abuelo me llevó a casa, cogido de la mano, sin pronunciar palabra durante el camino. Hizo que me lavara de arriba abajo y me cambiara de ropa, aunque no era domingo.
-¿Estás bien? -me preguntó.
-Sí, estoy bien.
-¿De veras?
-De veras.
-¿No te duele nada?
-Nada, abuelo. Estoy bien.
-¿Ni la menor molestia?
-Te lo juro. Ni la menor molestia.
-¿Y ahora?
A esta pregunta ya no pude contestar. La bofetada fue de tal tamaño, que casi preferí que no me hubieran sacado del refugio.
El hermano bastardo de Dios, 1984.
lunes, 9 de febrero de 2026
Poe. William Ospina.
Edgar Poe se miró al espejo y se dijo:
—Ese hombre del espejo no sufre, es un actor que imita mi sufrimiento.
El hombre del espejo se dijo:
—Ese hombre no sufre, finge sufrir para que yo sufra imitándolo.
domingo, 8 de febrero de 2026
Cenizas. H. P. Lovecraft y C. M. Eddy Jr.
-Hola, Bruce. Hace siglos que no te veo. Entra.
Dejé la puerta abierta y me siguió al interior de la habitación. Su flaca y desgarbada figura se acomodó con torpeza en la silla que le ofrecía mientras comenzaba a jugar con su sombrero entre los dedos. Sus profundos ojos tenían un mirar asustado, distraído, y atisbaban furtivos por entre los rincones de la habitación, como si buscasen algo escondido dispuesto a echarse sobre él en cualquier momento. Su rostro estaba ojeroso y sin color. Las comisuras de sus labios tenían un rictus espasmódico.
-¿Qué te ocurre, viejo? Parece que has visto un fantasma. ¡Levanta el ánimo!
Me acerqué al mueble bar y llené un pequeño vaso con el vino de una botella.
-¡Bébete esto!
Vació el vaso de un sorbo y continuó jugando con su sombrero.
-Gracias, Prague; no me siento demasiado bien esta noche.
-¡No hace falta que lo digas! ¿Qué es lo que va mal?
Malcolm Bruce se agitó inquieto en su silla. Lo miré en silencio, preguntándome qué podía haberle afectado de aquella manera. Conocía a Bruce y lo tenía catalogado como un hombre tranquilo y con voluntad de acero. Verlo en aquel estado de nervios no era normal. Le ofrecí un cigarro, y él lo tomó, mecánicamente. Pero, hasta que Bruce no encendió el segundo cigarrillo, el silencio entre los dos continuó. Su nerviosismo parecía desaparecer poco a poco. Una vez más fue el hombre dominante, seguro de sí mismo, que yo conocía.
-Prague –empezó-, me acaba de suceder la experiencia más diabólica y terrible que puede acontecerle a un hombre. No estoy muy seguro de si debo contártelo o no, pues tengo miedo de que pienses que estoy loco; ¡cosa que no te reprocharía! Pero es cierto, ¡hasta la última palabra!
Hizo una dramática pausa y lanzó al aire unos tenues anillos de humo. Sonreí. Ya había escuchado más de una historia de miedo en aquella misma mesa. Debía haber alguna especie de peculiaridad en mi forma de ser que inspiraba confianza a los demás; me han contado historias tan extrañas que algunos hombres darían años de su vida por escucharlas. Pero, a pesar de mi gusto por lo sobrenatural y peligroso, de mi atracción por el conocimiento de lejanas e inexploradas regiones, me he visto condenado a una vida prosaica y aburrida, con un trabajo anodino.
-¿Has oído hablar alguna vez del profesor Van Allister? -preguntó Bruce.
-¿Quieres decir de Arthur Van Allister?
-¡El mismo! ¿O sea que le conoces?
-¡Desde luego! Hace años que le conozco. Desde el momento en que renunció a su profesorado de química en la escuela para dedicarse a sus experimentos. Yo le ayudé a diseñar el laboratorio insonorizado en el ático de su casa. Después comenzó a estar tan embebido en su trabajo que no tenía tiempo de ser amable con nadie.
-Recordarás, Prague, que cuando ambos estábamos en la escuela, yo era muy aficionado a la química.
Asentí, y Bruce siguió hablando.
-Hace unos cuatro meses yo estaba buscando trabajo. Van Allister publicó un anuncio en el que requería un ayudante, y yo le contesté. Se acordaba de cuando yo estaba, en el colegio, y pude convencerle de que sabía lo suficiente de química como para serle útil. Tenía una joven de secretaria, la señorita Marjorie Purdy. Era la típica mujer que se dedicaba por completo a su trabajo, tan eficiente como bonita. Había ayudado algunas veces a Van Allister en el laboratorio, y pronto descubrí que mostraba mucho interés en este trabajo y que hacía sus propios experimentos. Pasaba casi todo su tiempo libre en el laboratorio con nosotros. Sólo era cuestión de tiempo que tanta camaradería se convirtiese en una profunda amistad, de tal forma que llegó un momento en el que yo dependía de su ayuda en mis experimentos más difíciles, cuando el profesor estaba ocupado. Jamás vi que titubease ante mis requerimientos. ¡Aquella chica se desenvolvía con la química como el pato en el agua! Hace aproximadamente dos meses el profesor Van Allister dividió el laboratorio en dos estancias, quedando una de ellas para su uso personal. Nos dijo que iba a realizar una serie de experimentos que, si tenían éxito, le darían una fama universal. Se negó firmemente a darnos cualquier tipo de información sobre sus características.
«Por entonces, la señorita Purdy y yo estábamos solos cada vez más tiempo. El profesor permanecía encerrado en su habitación durante días y no aparecía ni tan siquiera para comer. Esto también nos permitía tener más tiempo libre. Nuestra amistad se hizo más fuerte.
Sentía una creciente admiración por la delicada joven que parecía moverse con genuina seguridad entre olorosos frascos y densas mezclas químicas, embutida en ropas blancas desde la cabeza a los pies, incluyendo los guantes de goma que llevaba en las manos.
«Anteayer, Van Allister nos invitó a su cuarto de trabajo. “Por fin lo he conseguido”, dijo, mostrándonos un pequeño recipiente que contenía un líquido incoloro. “Aquí tengo lo que va a ser el mayor descubrimiento químico jamás conocido. Voy a probar delante de vosotros su eficacia. Bruce, ¿podrías traerme uno de los conejos, por favor?” Fui a la otra habitación y cogí uno de los conejos que guardamos, junto con las cobayas, para nuestros experimentos. Puso al pequeño animalillo en una caja de cristal lo suficientemente grande para que cupiese y cerró la tapa. Después colocó un embudo de cristal en un pequeño agujero que había sobre la tapa. Nos acercamos para ver mejor. Destapó el recipiente y echó su contenido sobre la caja donde estaba el conejillo. "¡Ahora vamos a descubrir si mis semanas de esfuerzos continuados han tenido éxito o han fracasado!” Lenta, metódicamente, yació el contenido del frasco en el embudo, mientras veíamos cómo el líquido se esparcía por el recipiente donde estaba el aterrado animalillo. La señorita Purdy emitió un grito de asombro, mientras que yo parpadeaba para asegurarme de que lo que veía era cierto. ¡Pues en el sitio donde hacía sólo unos momentos había habido un conejo vivo y aterrado, ahora no habla más que un montoncito de livianas, blancas cenizas!
«El profesor Van Allister se volvió hacia nosotros con un aire de triunfal satisfacción.
De su rostro emanaba un júbilo malsano y sus ojos brillaban con una expresión salvaje y cruel. Su voz adoptó un tono de superioridad cuando nos dijo:
«Bruce —y usted también, señorita Purdy— habéis tenido el privilegio de contemplar el éxito de los resultados de una fórmula que revolucionará el mundo.
¡Este preparado reduce instantáneamente a cenizas a cualquier objeto que toque, excepto al cristal!
Pensad en lo que puede significar. ¡Un ejército equipado con bombas de cristal llenas con mi fórmula podría ser capaz de aniquilar el mundo! Madera, metal, piedra, ladrillo —cualquier cosa— desaparecerían ante su paso, sin dejar más restos que lo mismo que ha quedado del conejillo con el que he experimentado, ¡un montoncito de tenues, blancas cenizas!
«Miré a la señorita Purdy. Su rostro estaba tan blanco como la bata que vestía. Esperamos a que Van Allister recogiera en un pequeño frasco todo lo que había quedado del conejillo. Debo admitir que mi mente estaba helada cuando me dijo que podíamos irnos. Le dejarnos solo tras las pesadas puertas que separaban su cuarto de trabajo. Una vez a salvo y solos, la señorita Purdy no pudo contener sus nervios. Sufrió un desmayo y habría caído al suelo si yo no la hubiese sujetado en mis brazos. La sensación de su cuerpo delicado y tembloroso sobre el mío era insoportable. La acerqué suavemente hacia mí pegando mi boca a la suya. La besé varias veces presionando con mis labios los suyos, rojos y delicados, hasta que abrió los ojos y vi el amor reflejado en ellos. Después de una deliciosa eternidad volvimos de nuevo a la tierra, con el suficiente conocimiento como para darnos cuenta de que aquel laboratorio no era el lugar más idóneo para aquellas ardientes demostraciones. En cualquier momento, el profesor podía salir de su retiro y, dado su estado actual de ánimo, no sabíamos qué podía ocurrir si nos descubría en aquella amorosa actitud. Pasé el resto de la jornada como en un sueño. Me asombraba de que fuese capaz de seguir con mi trabajo en tal estado. Actuaba como un autómata, una máquina bien engrasada, ocupándose mecánicamente de sus tareas, mientras que mi mente vagaba por lejanas y deliciosas regiones de ensueño. Marjorie estuvo ocupada con sus tareas de secretaria durante el resto del día, y procuré no mirarla ni una sola vez hasta que mis ocupaciones en el laboratorio estuvieron terminadas. Aquella noche nos dedicamos a disfrutar de nuestra nueva felicidad. ¡Prague, recordaré esa noche mientras viva! El momento más feliz de mi vida fue cuando Marjorie Purdy me dijo que se casaría conmigo. Ayer fue otro día de éxtasis y arrobamiento. Transcurrió la jornada con dulces sentimientos mientras trabajaba. Luego siguió otra noche de amor. ¡Si nunca has amado a una mujer en la vida, Prague, a la única mujer del mundo, no podrás entender el delirio que te produce pensar en ella! Y Marjorie hacía que pensase continuamente en ella. Se dio sin reservas a mí. Hacia el mediodía de hoy tuve que salir a la farmacia a comprar unos productos que necesitaba para completar uno de mis experimentos. Cuando volví eché de menos la presencia de Marjorie.
Miré si todavía estaban su sombrero y su abrigo, pero no fue así. No había visto al profesor desde el experimento con el conejillo, ya que estaba encerrado en su cuarto de trabajo.
-Pregunté a la servidumbre, pero ninguno la había visto salir de la casa, ni les había dejado ningún mensaje dirigido a mí. Según iba atardeciendo, la sensación de angustia se agrandaba. Pronto se hizo de noche y seguía sin rastro de mi querida niña. Ya no tenía ganas de trabajar. Comencé a caminar de un lado a otro de la habitación como un tigre enjaulado. En cuanto sonaba el teléfono o el timbre de la puerta renacían en mí las esperanzas de volver a escuchar su voz, pero todas las veces fue en vano. Cada minuto se alargaba una hora; ¡cada hora una eternidad! ¡Buen Dios, Prague! ¡No puedes imaginarte cuánto he sufrido! Desde las cumbres del amor sublime me he visto sumido en las más oscuras simas de la desesperación. Ante mis ojos aparecían las más horribles visiones, los peores hechos que pudieran acontecer.
Y seguía sin volver a escuchar su voz.
-Parecía que había pasado una vida entera, aunque al mirar el reloj me di cuenta de que sólo eran las siete y media, cuando el mayordomo me dijo que Van Allister requería mi presencia en el laboratorio. No tenía ningunas ganas de hacer experimentos, pero mientras estuviese bajo su techo él era mi maestro, y me veía obligado a obedecerle. El profesor estaba en su cuarto de trabajo, con la puerta ligeramente abierta. Me dijo que me acercase y que cerrara la puerta del laboratorio. Debido a mi estado de ánimo en aquellos momentos, mi mente actuó como una cámara fotográfica, registrando todos los hechos que sucedieron a continuación. En el centro de la habitación, sobre una alta mesa de mármol, habla un recipiente de cristal del tamaño y forma aproximados de un ataúd. Rebosaba del mismo líquido incoloro que había estado dentro de la pequeña botella, dos días antes. A la izquierda, sobre un taburete de cristal, había otro frasco de cristal. No pude reprimir un escalofrío involuntario cuando vi que estaba lleno de ligeras, blancas cenizas. ¡De repente, vi algo más que hizo que mi corazón dejase de latir! Sobre una silla, en un rincón de la habitación, reposaban el sombrero y el abrigo de la mujer que había decidido unir su vida a la mía; ¡la mujer a la que yo había jurado lealtad y protección mientras durasen nuestras vidas! Mis sentidos se nublaron, mi alma se colmó de pánico, cuando me di cuenta de lo que había sucedido. No podía haber otra explicación. ¡Las cenizas del frasco era todo lo que había quedado de Marjorie Purdy!
«El mundo quedó suspendido durante unos largos, terribles instantes; ¡después me volví un loco, un loco ceñudo con un solo objetivo! Lo siguiente que soy capaz de recordar es la imagen del profesor y la mía forcejeando desesperadamente. Aunque ya era viejo, aún conservaba una fuerza similar a la mía, y además tenía la ventaja añadida de su estado de tranquilidad y autocontrol. Poco a poco fue empujándome hacia el recipiente de cristal. En breves instantes, mis cenizas se mezclarían con las de la mujer que había amado. Choqué contra el taburete y mis dedos se cerraron sobre el frasco que contenía las cenizas. ¡Con un último y supremo esfuerzo, lo levanté por encima de mi cabeza y golpeé el cráneo de mi oponente con todas las fuerzas que me quedaban! Sus brazos se relajaron de inmediato y su desvaída figura cayó al suelo inconsciente. Aún bajo los efectos del acaloramiento, levanté el silencioso cuerpo del profesor y con mucho cuidado, bastante más del que había mostrado al golpearle, ¡introduje el cuerpo en el cajón de la muerte!
«Desapareció en un instante. Tanto el líquido como el profesor se habían esfumado, ¡y en su lugar sólo quedaba un pequeño montoncito de livianas, blancas cenizas! Pero, mientras contemplaba el resultado de mi acción y fueron pasando los efectos de mi locura, tuve que enfrentarme ante la dura y fría verdad: había asesinado a una persona. Una calma antinatural se apoderó de mí. Sabía que no quedaba ni un solo rastro que pudiera delatarme, exceptuando el hecho de que yo había sido la última persona que había sido vista con el profesor. Por otra parte, ¡no había más que cenizas! Me puse el sombrero y el abrigo, y le dije al mayordomo que el profesor me había dado estrictas órdenes de que no se le molestase, indicándome también que podía tomarme el resto de la tarde. Una vez en el exterior, todo mi autocontrol se vino abajo. No había forma de contener mis nervios. No sabía dónde dirigirme; sólo recuerdo que vagué de aquí para allá hasta darme cuenta de que me hallaba en tu apartamento, hace unos minutos. Necesitaba hablar con alguien, Prague; sólo quiero aliviar mi torturado cerebro. Sé que puedo confiar en ti, viejo amigo, así que te he contado toda la verdad. Aquí estoy; puedes hacer lo que prefieras. ¡Ahora que Marjorie no está, la vida ya no significa nada para mí!
La voz de Bruce se estremeció por la emoción cuando pronunció el nombre de la mujer a la que amaba. Me incliné sobre la mesa y observé con atención la mirada del hombre desesperado que se acurrucaba alicaído en el sillón. Me levanté, me puse el sombrero y el abrigo y me acerqué a Bruce, que sacudía la cabeza, oculta entre las manos, y profería débiles lamentos.
-¡Bruce!
Malcolm Bruce levantó la vista.
-Bruce, escúchame. ¿Estás seguro de que Marjorie Purdy ha muerto?
-Estoy seguro… -Sus ojos se dilataron ante tal sugerencia y su cuerpo se puso rígido.
Insistí:
-¿Estás total y absolutamente seguro de que las cenizas que contenía el frasco eran las de Marjorie Purdy?
-¡Pues… yo… las vi, Prague! ¿Adónde quieres ir a parar?
-Entonces no estás totalmente seguro. Viste el sombrero y el abrigo de la mujer sobre la silla y, en tu estado de ánimo, tomaste una conclusión precipitada.
-Las cenizas tienen que ser las de la mujer desaparecida… El profesor ha experimentado con ella… y cosas por el estilo. Vamos, seguramente Van Allister te dijo algo.
-No sé qué pudo decir. ¡Ya te he dicho que me convertí en un loco salvaje!
-Entonces tienes que venir conmigo. Si no ha muerto, tiene que hallarse en algún rincón de la casa, y si está allí, ¡tenemos que encontrarla!
Ya en la calle, paramos un taxi y en breves instantes el mayordomo nos permitió entrar en la casa de Van Allister. Bruce abrió el laboratorio con su llave. La puerta del cuarto de trabajo del profesor aún estaba entornada. Mis ojos barrieron la habitación reconociendo todos sus rincones. A la izquierda, cerca de la ventana, había una puerta cerrada. Atravesé la habitación y tiré del manillar, pero ni tan siquiera se movió.
-¿Adónde da?
-Es sólo una antesala donde el profesor acostumbra a guardar sus aparatos.
-Es igual, hay que abrir esta puerta, insistí, ceñudo. Retrocedí unos pasos y di una fuerte patada sobre la madera. Después de varios intentos, la cerradura saltó, dejándonos el paso libre.
Bruce, con un grito inarticulado, atravesó la habitación hasta situarse ante un arca de caoba. Escogió una de las llaves de su llavero, la metió en la cerradura y abrió la tapa con manos temblorosas.
-Aquí está, Prague; ¡rápido! ¡Tiene que darle el aire!
Entre los dos llevamos el desmayado cuerpo de la mujer hasta el laboratorio. Bruce preparó una infusión que hizo resbalar por entre sus labios. Después de unos momentos, sus ojos comenzaron a abrirse. Miró asombrada el cuarto donde se hallaba, hasta que reparó en Bruce y sus ojos se iluminaron de repente con la felicidad de encontrarle allí. Más tarde, después de los primeros intercambios de palabras, la mujer nos contó todo lo que habla sucedido:
-Cuando Malcolm se fue, al atardecer, el profesor me hizo llamar a su cuarto de trabajo.
Como me mandaba frecuentemente a hacer algún que otro recado, pensé que éste era el motivo y cogí el abrigo y el sombrero para ganar tiempo. Cerró la puerta del pequeño cuarto y, sin previo aviso, me atacó por detrás. Pronto me dominó y me ató las manos y los pies. Era imposible que nadie me oyese. Como ya sabes, el laboratorio está totalmente insonorizado. Entonces sacó un mastín que debía haber atrapado de algún sitio y lo redujo a cenizas delante de mis ojos. Luego puso las cenizas en un frasco de cristal sobre el taburete que hay en el laboratorio. Se dirigió a la pequeña antesala y sacó esa especie de ataúd de cristal del arca que habéis visto. ¡Por lo menos eso parecía a mis aterrados sentidos! Vertió la suficiente cantidad de ese horrible líquido como para rebosar el recipiente. Entonces me dijo algo que es lo único que recuerdo. ¡Tenía la intención de experimentar su compuesto con una persona humana!
Se estremeció ante el recuerdo.
Empezó a ponderar sobre el privilegio que era ser la primera persona en dar su vida por una causa tan digna. Después, con toda la calma del mundo, me comunicó que te había elegido a ti como conejillo de indias, ¡y que yo sería la testigo de su éxito! Me desmayé. El profesor debía tener miedo de que alguien se enterase, pues lo siguiente que recuerdo es que me desperté dentro del arcón en donde me habéis encontrado. ¡Era sofocante! Cada vez me costaba más respirar. Pensaba en ti, Malcolm, en las horas maravillosas y felices que habíamos pasado juntos los últimos días. ¡No sabía qué haría cuando tú no estuvieses! ¡Rogué, incluso, que me matara a mí también! Tenía la garganta dolorida y seca; todo comenzó a oscurecerse. Por fin, desperté para encontrarme a tu lado, Malcolm. Su voz era un susurro nervioso y ronco.
-¿Dónde está el profesor?
Bruce la llevó en silencio hasta el laboratorio. Ella se estremeció ante la visión del ataúd de cristal. Todavía en silencio, Bruce se dirigió directamente al recipiente, ¡y, cogiendo en su mano un puñado de livianas, blancas cenizas, dejó que resbalasen suavemente entre sus dedos!
sábado, 7 de febrero de 2026
El día que dejamos el pueblo. Sara Nieto.
-¡Al carajo con la Rosa! ¡Que le den a la Juliana! -mascullaba mamá entre dientes-.
Basta ya de secretos y de esquivar miradas tras las cortinas-. Se puso sus mejores ropas, me agarró con decisión y salimos por la puerta.
-Levanta bien la cabeza, Agustín, que hoy vamos a ver a tu padre -dijo en voz bien alta al pasar frente a las casas de las cotillas. Yo, confundido, pensé que mi madre había perdido la chaveta porque en vez de ir al cementerio fuimos directos a casa del cura.
lunes, 2 de febrero de 2026
Amargura para tres sonámbulos. Gabriel García Márquez.
Ahora la teníamos allí, abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo, antes de que trajéramos sus cosas —su ropa olorosa a madera reciente, sus zapatos sin peso para el barro— que no podía acostumbrarse a aquella vida lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal y canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo —y había pasado mucho tiempo antes que lo recordáramos— que ella también había tenido una infancia. Quizás no lo creímos, entonces. Pero ahora, viéndola sentada en el rincón, con los ojos asombrados, y un dedo puesto sobre los labios, tal vez aceptábamos que una vez tuvo una infancia, que alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura anticipada de la lluvia, y que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una sombra inesperada.
Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo:
“No volveré a sonreír”.
Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
Sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba, convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.
Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos; había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. Nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.
Sabíamos sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.
Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiando de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.
De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y seguro en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva.






