martes, 31 de marzo de 2026

A los pinches chamacos. Francisco Hinojosa.

Soy un pinche chamaco. Lo sé porque todos lo saben. Ya deja, pinche chamaco. Deja allí, pinche chamaco. Qué haces, pinche chamaco. Son cosas que oigo todos los días. No importa quién las diga. Y es que las cosas que hago, en honor a la verdad, son las que haría cualquier pinche chamaco. Si bien que lo sé.
Una vez me dediqué a matar moscas. Junte setentaidós y las guardé en una bolsa de plástico. A todos les dio asco, a pesar de que las paredes no quedaron manchadas porque tuve el cuidado de no aplastarlas. Sólo embarré una, la más gorda de todas. Pero luego la limpié. Lo que menos les gustó, creo, es que las agarraba con la mano. Pero la verdad es que eran una molestia. Lo decía mi mamá: pinches moscas. Lo dijo papá: pinche calor: no aguanto a las moscas: pinche vida. Hasta lo dije yo: voy a matarlas. Nadie dijo que no lo hiciera. En cuanto se fueron a dormir su siesta, tomé el matamoscas y maté setentaidós. Concha me vio cómo tomaba las moscas muertas con la mano y las metía en una bolsa de plástico. Les dijo a ellos. Y ellos me dijeron pinche chamaco, no seas cochino. En vez de agradecérmelo. Y me quitaron el matamoscas y echaron la bolsa al cesto y me volvieron a decir pinche chamaco hijo del diablo.
Yo ya sabía entonces que lo que hacía es lo que hacen todos los pinches chamacos. Como Rodrigo. Rodrigo deshojó un ramo de rosas que le regalaron a su madre cuando la operaron y le dijeron pinche chamaco. Creo que hasta le dieron una paliza. O Mariana, que se robó un gatito recién nacido del departamento 2 para meterlo en el microondas y le dijeron pinche chamaca.
Los pinches chamacos nos reuníamos a veces en el jardín del edificio. Y no es que nos gustara ser a propósito unos pinches chamacos. Pero había algo en nosotros que así era, ni modo. Por ejemplo, un día a Mariana se le ocurrió excavar. Entre los tres excavamos toda una tarde: no encontramos tesoros: ni encontramos piedras raras para la colección: ni siquiera lombrices. Encontramos huesos. El papá de Rodrigo dijo: pinche hoyo. Y la mamá: son huesos. Vino la policía y dijo que eran huesos humanos. Yo no sé bien a bien lo que pasó allí, pero la mamá de Mariana desapareció algunos días. Estaba en la cárcel, me dijo Concha. Rodrigo escuchó que su papá había dicho que ella había matado a alguien y lo había enterrado allí. Cuando volvió, supe que todos éramos unos pinches chamacos metiches pendejos. Rodrigo me aclaró las cosas: la policía pensaba que ella había matado a alguien pero no, se había salvado de las rejas. ¿Qué son las rejas?, pregunté. La cárcel, buey.
Ya no volvimos a jugar a excavar. Tampoco pudimos vernos durante un buen tiempo. A mí, mis papás me decían que no debía juntarme con ellos. A ellos les dijeron lo mismo, que yo era un pinche chamaco desobligado mentiroso. A Rodrigo le dieron unos cuerazos.
Tiempo después, cuando ya a nadie le importó que los pinches chamacos volviéramos a vernos, Mariana tuvo otra ocurrencia: hay que excavar más. No ¿qué no ves lo que estuvo a punto de pasarle a tu mamá? No pasó nada, qué, dijo. Para que nadie nos viera, hicimos guardias. Excavamos en otra parte y no encontramos nada de huesos. Luego en otra: tampoco había huesos: pero sí un tesoro: una pistola. Debe valer mucho. Yo digo que muchísimo. A lo mejor con eso mataron al señor del hoyo. A lo mejor. Sí, hay que venderla.
Escondimos la pistola en el cuarto donde guarda sus cosas el jardinero. Rodrigo dijo que él sabía cómo se usan las pistolas. Mi papá tiene una y me deja usarla cuando vamos a Pachuca. Mariana no le creyó. Has de ver mucha televisión, eso es lo que pasa.
Al día siguiente la volvimos a sacar y la envolvimos en un periódico. ¿Cómo la vendemos? ¿A quién se la vendemos? Al señor Miranda, el de la tienda. Fuimos con el señor Miranda y nos vio con unos ojos que se le salían. Nos dijo: se las voy a comprar sólo porque me caen bien. Sí, sí. Bueno. Pero nadie debe saberlo, ¿eh? Nos dio una caja de chicles y cincuenta pesos. El resto de la tarde nos dedicamos a mascar hasta que se acabó la caja.
A la semana siguiente, la colonia entera sabía que el señor Miranda tenía una pistola. La verdad, yo no se lo dije a nadie, sólo a Concha. Y lo único que se le ocurrió decirme fue pinche chamaco. Lo que inventas. O que dices. Tu imaginación. Hasta que el señor Miranda nos llamó un día y nos dijo: ya dejen, pinches chamacos. Dedíquense a otras cosas. Déjense de chismeríos. Pónganse a jugar. Nos dio tres paletas heladas para que lo dejáramos de jorobar.
En esos días, para no aburrirnos, nos dedicamos a juntar caracoles. Nos gustaba lanzarlos desde la azotea. O les echábamos sal para ver cómo se deshacían. O los metíamos en los buzones. En poco tiempo ya no había manera de encontrar un solo caracol en todo el jardín. Luego quisimos seguir juntando piedras raras, pero alguien nos tiró la colección a la basura. O deplanamente se la robó.
Fue entonces cuando decidimos escapar. Fue idea de Mariana.
Me puse mi chamarra y saqué mi alcancía, que la verdad no iba a tener muchas monedas porque Concha toma dinero de ahí cuando le falta para el gasto. Mariana también salió con su chamarra y con la billetera de su papá. Hay que correrle, decía, si se dan cuenta nos agarran. Rodrigo no llevó nada.
Caminamos como una hora. Llegamos a una plaza que ninguno de los tres conocíamos. ¿Y ahora?, preguntó Rodrigo. Hay que descansar, pedí. Yo tengo hambre. Yo también. Vamos a un restaurante. ¿Dónde hay uno? Le podemos preguntar a ese señor. Señor, ¿sabe dónde hay un restaurante? Sí, en esa esquina, ¿qué no lo ven?
Era un restaurante chiquito. Rodrigo nos contó qué él había ido a muchos restaurantes en su vida. La carta, le dijo al señor. Nos trajo hamburguesas con queso y tres cocas. ¿Quién va a pagar?, preguntó el señor. Yo, dijo Mariana, y sacó la billetera de su papá. Está bien. Escuchamos que le decía al cocinero pinches chamacos si serán bien ladrones.
Nos dio las tres hamburguesas y las tres cocas. Comimos. Y Mariana pagó.
Y ahora, ¿qué hacemos? Cállate, me calló Mariana. Mi papá ya debe haberse dado cuenta de que le falta su billetera. ¿Estás preocupada? ¿Por qué?, ya nos fuimos, ¿o no? Sí. Y ahora, ¿qué hacemos?
Vamos a platicar con el señor Miranda.
Rodrigo hizo parada a un taxi. Llévenos a la calle Argentina. ¿Quién pagará? Mariana le enseñó la billetera. Pinches chamacos le robaron el dinero a sus papás, ¿verdad? ¿Nos va a llevar o no?, le preguntó Rodrigo. Ustedes pagan, dijo.
El taxista nos llevó a unas pocas cuadras de allí. Era una calle solitita. Ahora denme el dinero. No, qué. Miren, pinches chamacos, o me lo dan o los mato. Es nuestro. Se los voy a robar como ustedes lo robaron, ¿verdad? También tu alcancía, me dijo. Yo le di la alcancía. Así es, pinches chamacos. Y ahora bájense.
Pinche viejo, dijo Mariana. Si hubiera tenido la pistola, le doy un balazo, dijo Rodrigo. Deplanamente. Me dan ganas de ahorcarlo. Sin dinero ya no podemos ir a un hotel. Yo he ido a muchos hoteles, dijo Rodrigo. Pero sin dinero… Por qué no vamos con el señor Miranda a pedirle nuestra pistola. Sí, eso es. La pistola. A ver así quién se atreve a robarnos.
Un señor nos dijo hacia dónde quedaba Argentina. Y luego: ¿están perdidos? Sí, un poco perdidos. Sigan derecho, derecho hasta Domínguez, ahí dan vuelta a la izquierda, ¿Me entendieron? ¿Saben cuál es Domínguez? Yo no sabía, pero Mariana dijo que ella sí. La verdad, era un señor muy amable.
Para no hacer el cuento largo, llegamos con el señor Miranda cuando ya era de noche. ¿Y ahora qué quieren?, nos preguntó, ya voy a cerrar. Queremos la pistola. Sí, y que nos venda unas balas. Miren, pinches chamacos, ya les dije que se dejaran de chismes. Tomen un chicle y váyanse. No, la verdad queremos sólo la pistola. Voy a cerrar, así es que lárguense sin chicles, ¿entendieron?
Rodrigo tomó una bolsa de pinole, la abrió y le echó un buen puñado en los ojos al pobre señor Miranda. Pinches chamacos, van a ver con sus papás. El viejito se cayó al piso. Yo me le eché encima de la cabeza y le jalé los pelos. Mientras, Mariana le pellizcaba un brazo con todas sus ganas. Busca la pistola, córrele, le dijimos a Rodrigo. ¿Dónde? Allí abajo. No, no está. Allí, junto a la caja. Suéltenme, pinches chamacos, gritaba. Tampoco, no está aquí. ¿Dónde está, pinche viejo? Si no me sueltan… Aquí está, gritó Rodrigo, aquí está. ¿Dónde estaba? En el cajón.
Y ahora qué. ¿Lo matamos? Mariana se había abrazado de las piernas del señor Miranda para que no se moviera tanto. Ve si tiene balas. Sí, si tiene balas. ¿Le damos un plomazo? ¿Qué es plomazo? Que si lo matamos, buey. Sí, mátalo. Pinches chamacos…
El ruido del disparo fue horroroso, yo pensaba que los balazos no sonaban tanto. Al pobre del señor Miranda le salió mucha sangre de la cabeza y se quedó muerto. ¿Está muerto? Pues sí, ¿qué no te das cuenta? Ya ven cómo sí sé disparar pistolas. Puta, dijo Mariana. Sí, puta.
Vámonos antes de que llegue alguien. Nos fuimos por Argentina, derechito, corriendo a todo lo que podíamos. Hasta que llegamos cerca de la escuela de Rodrigo. Pinche chamaca, dijo una señora con la que se tropezó Mariana, fíjate.
No sé cómo lo hizo, pero Rodrigo sacó rapidísimamente la pistola y le dio un plomazo en la panza. La señora cayó al piso y empezó a gritar. No está muerta, le dije, tienes que darle otro plomazo. Rodrigo le dio otro plomazo en la cabeza.
Ahora sí, comprobó Mariana, está fría. ¿La tocaste o qué? Está muerta, buey.
Al parecer, otros oyeron el ruido del balazo porque la gente se juntó alrededor de la muerta. Rodrigo se había guardado ya la pistola en la bolsa de su chamarra.
¡Llamen a una ambulancia! ¡Llamen a la policía! ¡Llamen a alguien! ¡La mataron! Yo creo que fue un balazo. ¿Ya le tomaron el pulso? Yo lo oí. Salí corriendo de la casa a ver qué pasaba y me encuentro con que… Yo vi correr a un hombre. Llevaba una pistola en la mano. Debes atestiguar. Claro, nomás venga la policía. No, no respira. Quítense, pinches chamacos, qué no ven que está muerta. No hay seguridad en esta colonia. Es un pinche peligro. ¿Le robaron la bolsa? Sí, yo vi que el hombre corría con la pistola y la bolsa de la señora. Era una bolsa blanca… ¿Qué no oyeron, pinches chamacos metiches? Si sus papás los vieran haciendo bulto… Eran dos, llevaban pistolas y la bolsa… Yo la conozco es Mariquita, la de don Gustavo. Lo triste que se va a poner el hombre.
En cuanto oímos el ruido de las sirenas, Mariana dijo mejor vámonos, podemos tener problemas.
No debimos matarla, les dije mientras caminábamos hacia la avenida. Fue culpa de ella. Además, así son las cosas, a mucha gente la matan igual, en la calle, con pistola. No debes preocuparte. Dicen que te vas al cielo cuando te matan a balazos. Sí, es cierto, yo ya había oído eso. ¿Tú crees que el señor Miranda se vaya al cielo? Claro, tonto.
Mariana le hizo la parada a un taxi. ¿A dónde vamos? No tenemos dinero para pagarle. Ay, qué ingenuo eres, me dijo. A la calle de López, dijo Rodrigo. ¿Cuál calle de López? ¿Saben qué hora es? No, le dije. Son las diez. ¿Nos va a llevar o no?, le preguntó Mariana. Miren, pinches chamacos, si sus papás los dejan andar a estas horas tomando taxis no es mi problema, así es que largo, largo de aquí. Rodrigo sacó la pistola y le apuntó a la cara. Ah, pinche chamaco, además te voy a dar una paliza por andarme jodiendo.
Y cuando le iba a quitar la pistola, Rodrigo disparó el plomazo con las dos manos. Le entró la bala por el ojo. Lo mandamos derechito al cielo, qué duda.
Yo sé manejar, dijo Rodrigo. Pero no fue cierto, en cuanto pudimos hacer a un lado al taxista, Rodrigo trató de echar a andar el coche y no pudo. Debes meterle primera. Ya sé; ya sé. Déjame a mí, dijo Mariana. Se puso al volante, metió la primera y el coche caminó un poco, dando saltos. Mejor vamos a pie, les dije. Sí, este coche no funciona muy bien.
Antes de abandonar el taxi, Rodrigo esculcó en los bolsillos del taxista hasta que encontró el dinero. Hay más de cien pesos. Quítale también el reloj. Luego lo vendemos. Mariana guardó el dinero, yo me puse el reloj y Rodrigo se escondió la pistola en la chamarra.
En el hotel fue la misma bronca, que si dónde están sus papás, que si saben qué hora es, que si un hotel no es para que jueguen los chamacos, que si alquilar un cuarto cuesta, que dónde está el dinero. Váyase a la chingada, dijo Rodrigo alfinmente, y todos echamos a correr.
Caminamos un rato hasta que Mariana tuvo una buena idea. Ya sé, podríamos ir a dormir a casa de la señora Ana Dulce. ¿Con esa pinche vieja? Sí, buey, dijo Rodrigo, nos metemos en su casa, le damos un plomazo y nos quedamos allí a dormir. Puta, que si es buena idea…
La señora Ana Dulce nos abrió. ¿Qué quieren? ¿Nos deja usar su teléfono?, le dijimos para guaseárnosla. Pinches chamacos, ¿saben qué hora es? Nos metimos a la casa sin importarnos las amenazas de la vieja: voy a llamarle a la policía para decirle que se escaparon de sus casas. Van a ver la cueriza que les van a poner. Vi cómo Mariana discutía con Rodrigo. Ahora me toca a mí. Si tú no sabes… Al parecer ganó Mariana porque tomó el arma y le disparó un plomazo a la señora Ana Dulce. Le dio en una pata. Luego disparó por segunda vez. ¿Qué tal?, dijo, te apuesto a que le di en el corazón. Yo pensaba lo mismo, a pesar de que la vieja chillaba del dolor como una loca y se retorcía en el piso. Al rato se calló.
La guardamos en un clóset. Rodrigo decía que era un cadáver. Luego cenamos pan con mantequilla y mermelada y nos metimos los tres a la cama con la pistola abajo de la almohada.
Durante los siguientes diez días no le dimos plomazos a nadie más. Nos quedaba una bala. Íbamos al parque todas las mañanas y comíamos y dormíamos en casa del cadáver, hasta que el espantoso olor del clóset nos hizo salir corriendo.
Ese día tuvimos la mala suerte de encontrarnos frente a frente con el papá de Mariana. ¡Pinches chamacos!, nos gritó. ¡Cómo los he buscado! ¡Van a ver la que les espera!
Nos esperaba una que ni la imaginábamos… A todos nos agarraron a patadas y cuerazos y cachetadas y puntapiés. Yo oía cómo gritaban Mariana y Rodrigo. Mi mamá me dio un puñetazo en la cara que me sacó sangre de la nariz, y mi papá, un zopaco en la boca que casi me tira un diente. Por más que lloraba, no dejaban de darme y darme como a un perro.
Tardé un poco en dormirme. Pero en un ratito me desperté con el ruido de un plomazo. Ya Rodrigo debe haberse echado a sus papás, pensé. Luego se empezaron a oír gritos. Mis papás se despertaron también y corrieron a la puerta para ver qué pasaba.
La mamá de Rodrigo gritaba: ¡Lo mató, lo mató, lo mató! ¡El pinche chamaco lo mató! Cálmese, señora, quién mató a quién. Rodrigo salió en ese momento con la pistola en la mano. Córrele, me dijo a mí, antes de que nos agarren. Esto es la guerra. ¿Y Mariana?, le pregunté. Hay que ir por ella. No, qué, córrele.
Y sí: corrimos a madres. Fue un alivio encontrarnos con nuestra amiga en la calle. Ya se echó a sus papás, le anuncié. Puta, dijo Mariana, eso me imaginé. Y nos echamos a correr como si nos persiguiera una manada de perros rabiosos. No paramos hasta que Rodrigo se tropezó con una piedra y fue a dar al suelo. Le salía sangre de la cabeza.
Qué madrazo me di, nos dijo medio apendejado. Y sí que era un buen madrazo. Hasta se le veía un poco del hueso.
Los tres teníamos la piyama puesta y ellos dos estaban descalzos. Sólo yo tenía puestos los calcetines. ¿Me los prestas un rato?, me pidió Mariana, está haciendo mucho frío. Se los presté.
¿Y ahora qué hacemos? Ni modo que volver a casa del cadáver. Todavía tenemos la pistola, ¿o no?, podemos meternos a una casa y matar a quien nos abra. No seas buey, eso está cabrón. Además ya no tenemos balas. ¿Cómo se te ocurre que ahorita alguien nos va a abrir la puerta? Es cierto, somos unos matones. No es por eso.
Me dieron ganas de orinar del frío que estaba haciendo. Una parte me hice en los calzones y otra sobre la llanta de un coche. Pinche cochino, me dijo Mariana. A Rodrigo le dio risa.
Caminamos un rato hasta que nos encontramos con una casa que tenía las ventanas rotas. Debe estar abandonada. Seguro. Terminamos de romper uno de los cristales y nos metimos. Estaba oscurísimo.
Encontramos un cuarto en el que se metía un poquito de la luz de la calle. Hicimos a un lado los escombros y nos echamos al piso, muy juntos para tratar de calentarnos, hasta que nos quedamos dormidos, alfinmente dormidos.
A la mañana siguiente, con los huesos adoloridos, desperté a los otros. Pudimos ver ahora sí el cuarto en el que habíamos dormido. Estaba muy húmedo y sucio. Había latas vacías de cerveza, colillas de cigarros, bolsas de plástico, cáscaras de naranja y cantidad de tierra. Olía a puritita mierda.
Mariana tiritaba de frío, aunque estaba calientísima. Es calentura, estoy seguro, les dije. Un calenturón como para llamar al doctor. Cuál doctor, se encabronó Rodrigo. ¿Qué sientes?, le pregunté. Ella ni contestó. Sólo tiritaba y tiritaba.
Hay que comprar aspirinas. Es cierto, le dije. Rodrigo se ofreció a buscar una farmacia mientras yo cuidaba a Mariana.
Esperamos horas y horas hasta que a Mariana se le quitó la temblorina. Cuando me dijo que ya se sentía bien le expliqué que Rodrigo había ido a buscar una farmacia para comprarle aspirinas y que todavía no regresaba. Pues ya se tardó. Claro que ya se tardó. Algo debe haberle pasado.
Lo buscamos hasta que nos perdimos y ya no sabíamos cómo regresar a la casa donde habíamos dormido. Teníamos un hambre espantosa. Y sin dinero. Y sin pistola. Y sin casa donde nos dieran de comer.
Lo demás fue idea de Mariana. En un semáforo nos pusimos a pedir dinero a los conductores de los coches. Cuando llenamos los bolsillos de monedas las contamos: eran nueve pesos con veinte centavos. En una tienda compramos dos bolsas de papas y dos refrescos.
Después de comer nos acostamos en el pastito del camellón. Durante mucho tiempo nos pusimos a hablar de Rodrigo. ¿Qué le había pasado? Sabe. ¿Lo habrá agarrado la policía por matar a sus papás? A lo mejor sólo está perdido. Como nosotros. O quizá lo agarraron cuando quiso matar al de la farmacia. ¿Cómo, si no tiene balas? O lo atropellaron. Quién sabe. O le dieron un plomazo por metiche.
Se hizo de noche y no teníamos dónde dormir. No nos quedó otra más que preguntar por la calle de López para ir a casa de la señora Ana Dulce. Aunque oliera feo, al menos habría una cama.
Tardamos como dos horas en llegar. Afuera de la casa de la señora Ana Dulce había un policía. Yo creo que… Sí, sí, no necesitas explicarme nada. ¿Qué hacemos? Puta, ahora sí me la pones canija.
Nos metimos a dormir a un terreno baldío en el que había ratas. Puta madre que estoy seguro. La pasamos delachingadamente.
Despertamos mojados y con el pelo hecho hielitos. Teníamos un hambre espantosa. Y si vamos a la casa. ¿Qué dices? No ves que Rodrigo se echó a su papá. Pues Rodrigo es Rodrigo. A lo mejor ahorita ya está muerto.
Concha fue la primera en vernos: pinches chamacos, van a ver la que les espera.
Y es cierto: la que nos esperaba… Pero, con el carácter de Mariana, tampoco se imaginaron nunca la que les esperaba a ellos.

Cuentos héticos, 1996.

lunes, 30 de marzo de 2026

Orden. Lydia Davis.

Todo el día la vieja brega con la casa y las cosas que están en ella: las puertas no cierran; las tablas del piso se separan y la arcilla se filtra entre ellas; el revoque de las paredes se mancha de humedad; los murciélagos vuelan desde la buhardilla e invaden su ropero; los ratones hacen sus nidos en sus zapatos; sus frágiles vestidos se despedazan en jirones que caen al piso desde los ganchos; insectos se encuentran por doquier. Desesperada, ella se cansa de barrer, despolvar, retocar, calafatear, pegar, y por las noches se esconde bajo las colchas, tapándose los oídos para no escuchar cómo se desmorona la casa alrededor de ella.


domingo, 29 de marzo de 2026

El panadero. Ferdinand von Schirach.

La panadería Backshop era como todas las de la cadena, una franquicia, lista para abrir sus puertas, unos pocos metros cuadrados pensados a conciencia. Todas las mañanas, un repartidor llevaba los productos congelados, que dejaba en recipientes de plástico verde en el pasillo del local, donde se iban descongelando despacio. Pasteles y herraduras de almendra recibían un baño de azúcar glas que se pegaba a los dedos. El café salía de una máquina de acero inoxidable con el rótulo «Especialidades de café. Dispensador automático» y que hacía unos ruidos infernales cuando cogía la leche. El panadero era gordo, de cara roja y manos pequeñas, los nudillos eran meras oquedades. En la tienda llevaba un delantal blanco con el logotipo de la empresa cosido cerca de los tirantes. Se movía con agilidad, pero el espacio que quedaba detrás del expositor era demasiado estrecho: el mostrador se le hincaba en la barriga, donde las migas de pan formaban una línea.
El panadero era del barrio, a la gente le caía bien. Tenía cuarenta y siete años. Cuando era joven se había hecho cargo de la gran pastelería y cafetería de su padre. Todo parecía ir bien, obtuvo la titulación pertinente, se casó y tuvo un hijo. La casa a las afueras de la ciudad era nueva, habían ido todos los fines de semana para comprobar la evolución de las obras y se habían imaginado cómo vivirían allí.
El día que todo cambió, el panadero llegó a casa antes que de costumbre, quería darle una sorpresa a su mujer. Un hombre, más alto y delgado que él, de cabello claro, estaba en la entrada de la casa. El panadero lo conocía, trabajaba de dependiente en una tienda de muebles. El hombre se despidió y su mujer rió, parecía feliz, y entonces el panadero supo que lo había engañado. Después todo sucedió muy rápido. Cogió la pala, que seguía junto a la puerta porque la había utilizado en el jardín el fin de semana, y se la hundió en el cuello al hombre. El borde de la pala tenía tierra adherida, y el panadero pensó que ahora la tierra había pasado al cuerpo del hombre. A continuación, vio que del tajo del cuello manaba sangre, que iba a parar a la alfombra clara y formaba extraños dibujos. «Es una alfombra muy cara —pensó—, demasiado cara para nosotros.» En la tienda de muebles su mujer había comentado lo bien que quedaría «esa pieza» en la entrada, y él le dio la razón, ya que le resultaba violento hablar de dinero delante del dependiente. «Recibidor», repetía su mujer al dependiente, no «entrada», como decía el panadero. Su mujer flirteaba con el dependiente y él se sintió estúpido, pero ahora tenía delante al dependiente en el suelo, y le faltaba un trozo de cuello. Finalmente, dejó de brotar sangre, y el panadero pensó que el dependiente se había vaciado del todo y que era una forma curiosa de morir.
El fiscal dijo más tarde en el juicio oral que aquello había sido un trágico error: el hombre no era el amante de su mujer, sólo había ido a medir el salón. El psiquiatra forense explicó que el panadero padecía un trastorno peligroso. Empleó numerosas expresiones que el panadero no entendió. De eso hacía mucho tiempo, y él ya no pensaba en ello.
Ahora, cuando no tenía clientes, solía sentarse con el dueño del quiosco enfrente de la tienda. Había sacado a la acera unas viejas sillas de madera. El panadero nunca hablaba mucho y sólo a veces se quejaba. En esas ocasiones, decía que en realidad él era maestro pastelero y que no le gustaba limitarse a meter productos congelados en los hornos eléctricos. Echaba de menos su pastelería, la de verdad, pero por lo menos así llegaba a fin de mes. El quiosquero asentía y no hacía preguntas. De todos modos, el panadero tampoco habría podido hablarle de los nueve años que había pasado en la cárcel, de los días grises, la espera, la soledad y todo lo demás.
Todas las mañanas salía a repartir panecillos a domicilio, ya que con la tienda sólo no ganaba lo suficiente. Tenía que ir a muchos sitios, y le llevaba más de dos horas despachar la tarea. La mayoría de sus clientes aún dormían. El panadero les dejaba las bolsas de papel en la puerta. Una vez se hacía con un cliente en un edificio, no tardaban en aparecer otros, ya que, cuando los dejaba en el pasillo, los panecillos aún estaban calientes y olían bien.
En un edificio de la Savignyplatz tenía ocho clientes. Le habían dejado una llave del portal. Todas las mañanas subía en ascensor al último piso y bajaba por la escalera, las bolsas de papel en la mano. En el segundo piso vivía una japonesa. Tenía pelo negro y ojos negros, y era muy delgada. El panadero la veía algunas veces, cuando ella volvía del conservatorio. En esas ocasiones, llevaba el estuche del violín y los labios pintados de rojo oscuro. Cuando él estaba sentado delante de la tienda, ella lo saludaba con la cabeza o le daba los buenos días, y siempre sonreía. Una vez a la semana entraba en la panadería para pagar los panecillos que él le dejaba delante de la puerta por la mañana. E intercambiaban dos o tres frases, sobre los estudios de ella o la huelga de los trenes de cercanías o el tiempo. Como él era incapaz de pronunciar su apellido, la chica le dijo que podía llamarla Sakura; su nombre de pila resultaba más fácil para los alemanes. El panadero se enamoró de ella.
Todas las noches pensaba en cómo decírselo, y finalmente se le ocurrió una idea. Era maestro pastelero, había ganado premios por sus tartas. A la mañana siguiente puso manos a la obra. Despejó la cocina y lo preparó todo. Sería una tarta de cinco pisos, algo muy distinto de las tartas convencionales que podían comprarse en cualquier sitio. Comenzó por las columnas que colocaría entre piso y piso. Las hizo con una pasta dura de azúcar glas, clara de huevo, limón y agua de rosas, si bien por dentro eran de fondant casi líquido. En la cobertura estuvo trabajando casi una semana, probó, desechó y experimentó con diversos licores, hasta que dio con una, ligera y casi transparente. Luego dispuso las cinco capas por colores y dulzor. De abajo arriba: guinda, grosella, cereza, naranja y mandarina. Cada piso constaba de cuatro tartitas grandes y una pequeña, y las situó de manera escalonada, de forma que desde arriba se abrían como una flor. Trabajó mucho y con ahínco, y cuando terminó se sentía cansado y satisfecho.
Esa noche durmió mal, y por la mañana estaba nervioso cuando metió la tarta en una caja de madera junto con su cuchillo de sierra y sus mejores tenedores de postre. Cuando llamó a la puerta de Sakura, se sentía un tanto sofocado. No sabía qué iba a decir cuando ella apareciera. El hombre que abrió la puerta iba en calzoncillos. Tenía vello en el pecho y una cadenilla de oro de la que colgaba una pantera. Apoyó una mano en el marco y le preguntó qué quería. Por debajo del brazo del hombre, el panadero atisbó el piso, que sólo tenía una habitación, y oyó el agua de la ducha. Miró fijamente la pantera sobre el pecho del hombre. Observó los diminutos ojos de jade y el aro del que siempre pendería la pantera, y de repente el animal le dio pena. En la cárcel decían que las cosas nunca cambian, y en ese momento el panadero pensó en ello.
Bajó con la caja de madera y se sentó en un banco de piedra del patio. Abrió la tapa. «Es una tarta muy bonita», pensó. Lanzaba destellos anaranjados y rojos y burdeos con el sol invernal. La estuvo contemplando un rato, y a continuación arrancó un pedacito del piso de arriba con los dedos. Estaba muy buena. «Es la mejor tarta que soy capaz hacer», se dijo a media voz. Comió otro trozo. Y otro más. Estuvo dos horas sentado en el banco, y al final se comió la tarta entera. Para terminar, cogió la base, lamió los restos de cobertura, volvió a meter dentro el cuchillo y los tenedores de postre y tiró la caja a la basura.
Por la tarde se reunió con el quiosquero delante de su establecimiento. El panadero ya no llevaba el delantal blanco, sino un chaquetón con cuello rojo; había cerrado la tienda. Hacía frío en las sillas de madera. Sacó dos tazas en una bandejita que dejó en la silla de en medio. La bandeja se movió y se derramó un poco de café. El panadero se sentó, apoyó las manos en los muslos y profirió un hondo suspiro. Sonrió.
Éste es el último café —comentó. Y con el pulgar hacia atrás señaló la tienda, sin volverse—. Voy a venderlo todo: la panadería y mis muebles, hasta el coche.
¿Y qué va a hacer? —preguntó el quiosquero.
Irme a Japón —respondió el panadero, y esperó un poco, ya que quería ver la reacción del otro—. Abriré una pastelería en Tokio. Allí viven treinta y cinco millones de personas. A los japoneses les gustan las tartas, ¿sabe? Lo leí una vez en el periódico. Sobre todo la de cereza, la Selva Negra. Se me da muy bien la tarta de cereza.
Estoy seguro —contestó el dueño del quiosco.
La clave de la Selva Negra es el kirsch. Hay que utilizar un kirsch de muy buena calidad, sólo el que se hace con las cerezas oscuras de la Selva Negra. Pero han de emplearse las dos cosas: el aguardiente y el zumo de las cerezas. No se puede escatimar nada, ése es el secreto. Bebieron el café de las tazas, que lucían el logo de la empresa. El panadero se echó hacia delante para no mancharse la camisa.
Tiene que ir a verme. Lo llamaré para que vaya cuando la pastelería esté funcionando.
El quiosquero asintió. El panadero se limpió las manos en los pantalones. —A las japonesas les gustan los hombres gordos —dijo bajando algo la voz, sin mirar al otro—. Allí los luchadores de sumo son como estrellas del pop… Quizá hasta mi hijo acabe yendo a Japón, cuando pueda decidir por sí mismo, claro.
Esa noche, en la cama, el panadero volvió a pensar en Sakura. Al final se quedó dormido y soñó que los japoneses de Tokio se comían sus tartas de cereza, y cuando despertó ya no pensaba en Sakura. Cogió la cadenilla con la pantera de la mesita de noche, le había quitado la sangre y los restos de piel, y estuvo mirándola un buen rato. «Unas cosas llevan a otras», pensó, pero no supo por qué lo pensaba. Luego cerró los ojos y oyó granizar a través de la ventana abierta.

Culpa, 2010.

domingo, 22 de marzo de 2026

Libro del desasosiego. (Fragmento 407). Fernando Pessoa.

Dios me creó para niño, y me dejó siempre niño. ¿Pero por qué dejó que la Vida me golpease y me quitase los juguetes, y me dejara solo en el recreo, estrujando con mis manos tan débiles la bata azul sucia de lágrimas copiosas? ¿Si yo no había de poder vivir sino en medio de cariño, por qué desalojaron mi cariño? Ah, cada vez que veo por la calle un niño llorando, un niño exilado de los otros, me duele más que la tristeza del niño el horror por sorpresa de mi corazón exhausto. Me duelo con todo el tamaño de la vida sentida, y son mías las manos que retuercen el borde de la bata, son mías las falsas cuencas de las lágrimas auténticas, es mía la debilidad, mía la soledad, y las risas de la vida adulta que pasa me usan como el fuego de cerillas rascadas en el tejido sensible de mi corazón.

Libro del desasosiego. 1982.

sábado, 21 de marzo de 2026

Consuelos. Emilia Pardo Bazán.

María Vicenta, la costurera, alzó la cabeza, que tenía caída sobre el pecho, y momentáneamente llevó sus hinchados y extraviados ojos hacia la puerta de entrada. Se oía ruido. Era que traían la caja comprada en Areal, y Selme, el cantero, que se había encargado de la adquisición, la depositaba en el suelo, refunfuñando:
-Veintitrés reales... Ni una condenada perra menos... Es de las superiores, bien pintada...
En efecto, el cajón donde iban a guardar para siempre al niño de María Vicenta lucía simétricas listas azules sobre fondo blanco, e interiormente un forro chillón de percalina rosa. No se hacía en Areal nada más elegante. Con extrañeza notó Selme que la costurera no admiraba el pequeño féretro. Acababa de fijar ahincadamente la vista en el jergón donde reposaba el cuerpecito, amortajado con el traje de los días de fiesta y la marmota de lana blanca y moños de colores. Sobre la cara diminuta, pálida, se veían manchas amoratadas, señales de besos furiosos. Selme se creyó en el caso de repetir y ampliar su relación.
-Vengo cansado como un raposo. De Areal aquí hay la carreriña de un can. No me paré a resollar ni tan siquiera un menuto, porque te corría prisa la caja, mujer. Decíame Ramón el de la taberna: «Hombre, echa un vaso, que un vaso en un estante se echa». Pero ni eso, diaño. Ya sabrás que sólo me diste dazaocho reales. Cinco los puse yo de mi dinero...
Incorporóse María Vicenta, andando como una autómata; fue al cajón de su máquina de coser y, de entre carretes revueltos y retales de indiana arrugados, sacó un envoltorio de papel que contenía calderilla.
-Ahí tienes -dijo, de un modo inexpresivo, al cantero.
Selme desdobló el papel y contó escrupulosamente la suma. Sobraban unas perras; las devolvió, echándolas en el regazo de la costurera, que había vuelto a sentarse.
-Aún es de más, mujer... Apaña esos cuartos, que falta te harán... Y, ¡qué carala!, vuelve por ti, que ese no es modo ni manera. A mí se me llevó Dios a cuatro rapaces, y para esos menos tengo que trabajar. Anda, que moza eres, y cuando vuelva tu mozo de servir al rey y casedes, verás... ¡A fellas que los chiquillos nácente y médrante más pronto que los carballos!
-Selme -respondió la costurera, con la misma frialdad-, coge ahí de la lacena una botella que hay mediada y echarás un vaso.
No hubo que decirlo dos veces. Mientras Selme revolvía la alacena, fueron entrando comadres y mocitas aldeanas, porque ya sabían el regreso del cantero con el ataúd a cuestas, y les picaba curiosidad de ver la caja bonita, un objeto de lujo. La señora Antonia, la viuda, tenía a su cargo el pésame y la oratoria consoladora, por ser la más suelta de lengua y de mejor explicación entre todas las viejas de la parroquia de Boiro. ¡Como que hasta sabía improvisar coplas!
-María Vicentiña, prenda de mi corazón... -exclamó la comadre, abrazando a la costurera-. Echa cohetes, que hoy le envías a Nuestro Señor del Cielo divino un ánguele. Dios está alegre, Nuestra Señora está alegre, el bendito San Antón está que hasta pega gargalladas, y los demás anguelitos..., todo se les vuelve cantar como locos. Llega allá, a los cielos divinos, tu neno, y lo reciben con violines, panderetas, conchas, gaita... ¡A fellas que oigo la música! ¡Dichoso dél! ¡En una caja así, tan preciosa, nos hubiesen llevado a nosotras, enfelices, que nos hemos pasado la vida sudando para ganar el triste comer! A tu neno ahora le regala rosquillas la Virgen, y San Antón le está poniendo una ropa toda de oro, y de plata, y de perlas, con unos fleques colorados... ¡Mujer, boba, María Vicentiña, alevántate, quita esas manos de la cara, no seas desagradecida con el Señor, que tanto bien te hizo!
La costurera se levantó, extendiendo los brazos para rechazar a la consoladora. Involuntariamente la despidió contra la pared. Silenciosa, avanzó hacia el jergón donde yacía el cuerpo, pero lo rodeaban las mocitas, admirando la gorra de moños y el traje con tiras bordadas. ¡Cuánta majeza! Por algo María Vicenta tenía aquella habilidad y aquellos dedos primorosos...
-¡Apartad, apartad! -mandó la madre, sin esforzar la voz; y las rapazas se desviaron, estremecidas sin saber por qué...
María Vicenta se echó al suelo, pegó el rostro al de su hijo y así permaneció un rato largo, sin llorar, sin moverse, cual si se hubiese dormido. Por fin, la llamaron, la sacudieron, gritaron a su alrededor:
-¡Los señores amos! ¡María Vicenta! ¡Érguete! ¡Están ahí los señores amos!
Rígida, muda, se levantó la costurera, mostrando respeto. Eran, en efecto, los señores, los propietarios de su humilde casa, los que le daban costura, la enseñaban a trabajar, la protegían bondadosamente. Eran los amos de la aldea, los dueños de la quinta; un caballero de barba gris, una dama cuarentona, muy retocada, de traje de percal incrustado de entredoses, sombrero y sombrilla de encaje negro. La pareja se aproximó a María Vicenta y la interpeló con dulzura:
-¡Sea todo por Dios! ¡Al fin se te murió la criaturita!... -dijo la dama-. En cuanto supe yo que tenía convulsiones, ¡cosa perdida! Así se nos quedó muerto un sobrinito monísimo, que era mi encanto... Tranquilízate tú ahora, María Vicenta, que, como estabas criando, puede arrebatársete la leche a la cabeza, y eso es muy serio. ¿Por qué no te vienes allá así que... en cuanto... «no tengas nada que hacer aquí?» Te pondremos la cama en el cuarto que cae a la carretera... Te distraerás con los compañeros en la cocina...
No hubo respuesta. La costurera, inmóvil, quizá ni escuchaba el murmullo sedoso y blando de las consoladoras frases. La señora, entonces, la cogió suavemente por un brazo, la arrinconó y le secreteó algo más personal y directo.
-Es preciso ser razonable, María Vicenta. Ya sabes que te hemos amparado en tu... «desgracia». Nada te ha faltado, ¿verdad? Ni asistencia, ni caldo, ni ropita para el nene... Ya ves, podríamos ser como otros, que en casos así despiden a las muchachas... Hasta el día antes de tu apuro, has cosido en casa, has tenido buena comida, que en tu estado... Después, lo mismo. Te llevaban el chico, le dabas de mamar; nadie te ha dicho una palabra desagradable. ¿Es cierto? Pues, hija, cuando Dios dispone lo que dispone..., por algo será. ¿No se te ha ocurrido que puede ser un castigo de..., de tu... ligereza? Recíbelo así; a título de castigo. Ten paciencia. A serenarse, y a vivir mejor desde ahora. ¿Eh? Aunque vuelva... ese, tu amigo de antes..., como si no existiera. Y si te persigue, le respondes: «No me propongas picardías... Soy la madre de un ángel». ¡Si hoy debías estar más contenta! ¡Debías reír! Conque ¿te vienes allá? Sin coser, por supuesto, en unos días... A distraerte...
La madre del ángel hizo con la cabeza signos negativos y trató de volverse hacia la pared. Las mocitas habían aprovechado la ocasión para meter el cuerpo en la caja. Selme la cerró y la tomó a cuestas; ya pesaba doble, pero a bien que hasta el camposanto el viaje era corto. Formadas en fila, las mujeres siguieron al cantero, y apenas fuera de la casa, alzaron las voces, el griterío obligado en todo entierro de aldea, lúgubre cuando acompañan a un adulto, regocijado cuando se trata de un niño. Aquellos clamores despertaron a María Vicenta...
Pegó un salto de fiera y se abalanzó al jergón. No quedaba en él sino la depresión leve marcando el sitio del cuerpo. Un alarido ronco, profundo, como de animal herido, salió de la garganta de María Vicenta, al desplomarse al suelo con el ataque de nervios. Se retorcía, se golpeaba, rugía... y también se reía, sí. Cumplía la consigna de reírse, con risa violenta, inextinguible, terminada, a cada acceso, en sollozos. El caballero y la dama se miraron, apurados, confusos. ¡Qué terquedad! ¿Pues no habían hecho todo lo posible para consolarla?


sábado, 14 de marzo de 2026

Génesis. David Roas.

Un movimiento casi imperceptible agita el fondo del callejón. El movimiento se transforma rápidamente en sombra. La sombra se hace carne. El monstruo levanta su cabeza hacia el cielo y brama. Y la intolerable realidad deja de tener sentido, una vez más.


domingo, 8 de marzo de 2026

La vida instrucciones de uso (Capítulo LXXXIII). Georges Perec.

Hutting, 3
La habitación de Hutting, instalada en el altillo de su gran estudio, corresponde más o menos a la antigua habitación de servicio n.º 12, en la que vivió, hasta finales de 1949, un matrimonio muy viejo al que llamaban los Honoré; Honoré era en realidad el nombre de pila del marido, pero nadie, salvo quizá la señora Claveau y los Gratiolet, conocía su apellido —Marcion— ni usaba el nombre de pila de la mujer, Corinne, a quien todos los vecinos se empeñaban en llamar señora Honoré.
Hasta mil novecientos veintiséis los Honoré sirvieron en casa de los Danglars. Honoré era mayordomo y la señora Honoré cocinera, una cocinera a la antigua, que llevaba en cualquier época del año un pañuelo de indiana prendido con un alfiler a la espalda, un gorro que le cubría los cabellos, medias grises, enaguas rojas y, encima de la blusa, una delantal de peto. Completaba el servicio de los Danglars una tercera criada; era Célia Crespi, que había sido contratada como doncella unos meses antes.
El tres de enero de mil novecientos veintiséis, unos diez días después del incendio que había destruido el gabinete de la señora Danglars, Célia Crespi, al ir a empezar su jornada sobre las siete de la mañana, se encontró con el piso vacío. Por lo visto, los Danglars habían metido unos cuantos objetos de primera necesidad en tres maletas y se habían marchado sin avisar.
La desaparición de un presidente segundo del Tribunal de Apelación no podía constituir un hecho anodino y al día siguiente empezaron a correr los rumores sobre lo que, de buenas a primeras, se dio en llamar el caso Danglars: ¿Era cierto que se habían proferido amenazas contra el magistrado? ¿Era cierto que desde hacía más de dos meses lo andaban siguiendo unos policías vestidos de paisano? ¿Era cierto que se había efectuado un registro en su despacho del Palacio de Justicia a pesar de una prohibición formal notificada al prefecto de policía por el propio ministro de Justicia? Fueron las preguntas que, encabezada por los periódicos satíricos, formuló la prensa multitudinaria con su acostumbrado sentido del escándalo y su sensacionalismo.
La respuesta llegó al cabo de una semana: el Ministerio del Interior publicó un comunicado anunciando que Berthe y Maximilien Danglars habían sido detenidos el cinco de enero, cuando intentaban entrar clandestinamente en Suiza. Y se enteró el público, estupefacto, de que, desde el final de la guerra, el alto magistrado y su esposa habían cometido unos treinta robos a cual más audaz.
No era por interés por lo que robaban los Danglars sino más bien, a semejanza de todos esos casos descritos con abundancia de detalles por la literatura psicopatológica, porque los peligros que corrían al cometer aquellos robos les procuraban una exaltación y una excitación de índole propiamente erótica y de intensidad excepcional. Aquel matrimonio de grandes burgueses rígidos que siempre habían tenido unas relaciones a lo Gauthier-Shandy (una vez por semana, después de darle cuerda al reloj de chimenea, Maximilien Danglars cumplía su deber conyugal) descubrió que el robar en público un objeto de gran valor desencadenaba en uno y otro una especie de embriaguez libidinosa que pronto se convirtió en su razón de existir.
Habían tenido la revelación de aquella pulsión común de modo totalmente fortuito; un día, acompañando a su marido a Cleray, para que escogiera una cigarrera, la señora Danglars, presa de un trastorno y un pavor irresistibles y mirando directamente a los ojos a la dependienta que los atendía, había robado una hebilla de cinturón de concha. No era más que un hurto de lujo, pero, cuando aquella misma noche se lo confesó a su marido, que no había advertido nada, el relato de aquella hazaña ilegal provocó simultáneamente en ellos un frenesí sensual que no solía formar parte de sus prácticas amorosas.
Las reglas de su juego se elaboraron bastante aprisa. Lo importante en todo aquello era que uno de los dos realizase delante del otro el robo que este último le había intimado a cometer. Todo un sistema de prendas, generalmente eróticas, recompensaba o castigaba al ladrón según hubiese triunfado o fracasado.
Recibiendo mucho y siendo invitados muy a menudo, elegían sus víctimas en los salones de las embajadas o en las grandes fiestas del Todo París. Por ejemplo, Berthe Danglars desafiaba a su marido a que le trajese la estola de pieles que llevaba aquella noche la duquesa de Beaufour y Maximilien, recogiendo el guante, exigía a cambio que su mujer se procurase el cartón de Fernand Cormon (La caza del uro) que adornaba uno de los salones de sus huéspedes. Según la dificultad para acercarse al objeto codiciado, el candidato podía disponer de cierto plazo y hasta beneficiarse, en determinados casos más complejos, con la complicidad o la protección del cónyuge.
De los cuarenta y cuatro retos que se lanzaron, treinta y dos fueron cumplidos. Robaron, entre otras cosas, un gran samovar de plata en casa de la condesa de Melan, un boceto de Perugino en la residencia del nuncio del Papa, el alfiler de corbata del director general del Banco Hainaut, y el manuscrito casi completo de la Memoria sobre la vida de Jean Racine, por su hijo Louis, en casa del jefe de gabinete del ministro de Instrucción Pública.
Cualquier otra persona hubiera sido localizada y detenida en seguida; pero ellos, incluso en los pocos casos en que los cogieron in fraganti, pudieron disculparse con facilidad: parecía tan imposible que un gran magistrado y su esposa pudieran resultar sospechosos de robo que los testigos preferían dudar de lo que habían visto con sus propios ojos antes que admitir la culpabilidad de un juez.
Así, interrogado por el comerciante en objetos artísticos d’Olivet en la escalera de su hotelito particular, cuando se llevaba tres lettres de cachet, firmadas por Luis XVI, relativas a la prisión del marqués de Sade en Vincennes y en la Bastilla, Maximilien Danglars explicó con el mayor sosiego que acababa de pedir la autorización para llevárselas prestadas cuarenta y ocho horas a un hombre al que había confundido con su anfitrión, justificación totalmente indefendible que d’Olivet aceptó, no obstante, sin pestañear.
Esta casi impunidad les dio una temeridad loca, como lo demuestra en particular el suceso que acarreó su perdición. Con motivo de un baile de máscaras, ofrecido por Timothy Clawbonny —del banco de negocios Marcuart, Marcuart, Clawbonny y Shandon—, un viejo anglosajón lampiño, amanerado y pederasta, disfrazado de Confucio, mandarín de gafas y vestidura larga, Berthe Danglars robó una tiara escita. El robo se descubrió durante la fiesta. La policía, llamada inmediatamente, registró a todos los invitados y descubrió la joya en la gaita trucada de la esposa del presidente, que se había disfrazado de escocesa.
Berthe Danglars confesó tranquilamente que había forzado la vitrina donde estaba encerrada la tiara porque se lo había mandado su marido; con la misma tranquilidad Maximilien confirmó esta confesión, exhibiendo acto seguido una carta del director de la cárcel de la Santé en la que le rogaba —a título altamente confidencial— que no perdiese de vista cierta corona de oro que sabía por uno de sus mejores confidentes que debía ser robada en el transcurso de aquella fiesta de disfraces por Chalia la Rapine: se había dado este sobrenombre a un audaz ladrón que había cometido su primera fechoría en la Ópera durante una representación de Boris Godunov; en realidad Chalia la Rapine fue siempre un ladrón mítico; más adelante se averiguó que de los treinta y tres robos con fractura que se le imputaban, los Danglars habían perpetrado dieciocho.
Aquella vez aún, por inverosímil que pudiera parecer la explicación, fue admitida por todos, incluida la policía. Sin embargo, al regresar, pensativo, al Quai des Orfèvres, un joven inspector, Roland Blanchet, quiso ver los expedientes de todos los robos cometidos en París en ocasión de fiestas mundanas, pendientes todavía de solución; pegó un salto al constatar que los Danglars figuraban en veintinueve de las treinta y cuatro listas de invitados. Para él eso constituía la más abrumadora de todas las pruebas; pero el prefecto de policía, a quien comunicó sus sospechas, pidiéndole que lo encargara del caso, no quiso ver en ello más que una coincidencia. Y tras haber informado, por prudencia, al Ministerio de Justicia, donde causó indignación que un policía pudiera dudar de la palabra y la honorabilidad de un magistrado tenido en gran aprecio por todos sus colegas, el prefecto prohibió a su inspector que se ocupase de aquella investigación y, ante su insistencia, lo amenazó incluso con trasladarlo a Argelia.
Loco de rabia, presentó Blanchet su dimisión, jurándose a sí mismo que volvería con la prueba de la culpabilidad de los Danglars.
En vano, durante varias semanas, los siguió o los mandó seguir y penetró clandestinamente en el despacho que Maximilien tenía a su disposición en el Palacio de Justicia. Las pruebas que andaba buscando, si es que existían, no estaban desde luego allí, y la única oportunidad que le quedaba era que los Danglars hubiesen conservado en su piso algunos de los objetos robados. En Nochebuena de 1925, sabiendo que los Danglars cenaban fuera, que los Honoré ya estaban acostados y que la joven doncella iba de cotillón con tres amigos (Serge Valène, François Gratiolet y Flora Champigny) al restaurante de los Fresnel, Blanchet consiguió penetrar por fin en el tercero izquierda. No encontró ni el abanico incrustado de zafiros de Fanny Mosca, ni el retrato de Ambroise Vollard por Felix Vallotton que había sido sustraído a lord Summerhill al día siguiente mismo de haberlo adquirido, pero sí un collar de perlas que tal vez fuese el que habían robado en casa de la princesa Rzewuska poco después del armisticio y un huevo de Fabergé que coincidía bastante con el que se había robado en casa de la señora de Guitaut. Pero dio con un cuerpo del delito mucho más comprometedor para los Danglars que aquellas pruebas cuya legitimidad podrían seguir discutiendo sus ex superiores: un cuaderno de gran formato, con rayado contable, que contenía la descripción sucinta pero precisa de cada uno de los robos que los Danglars habían cometido o habían intentado cometer, acompañada, en la página de al lado, de la enumeración de prendas que, consecuentemente, se había impuesto el matrimonio.
Blanchet iba a volverse con el cuaderno revelador, cuando, en la otra extremidad del pasillo, oyó que abrían la puerta del piso: era Célia Crespi que se había olvidado de encender la chimenea del gabinete de la señora antes de subir a acostarse, tal como se lo había pedido Honoré, y volvía a cumplir tardíamente su deber, aprovechando la ocasión para ofrecer una copita de licor a sus compañeros de cotillón y hacerles probar los maravillosos marrons glacés mandados al señor por un encausado agradecido. Escondido tras una cortina, miró Blanchet su reloj y vio que era cerca de la una de la madrugada. Sin duda estaba previsto que los Danglars volvieran tarde, pero cada minuto que pasaba aumentaba el riesgo de un encuentro desagradable, y no podía salir sin pasar por delante de la gran vidriera del comedor donde Célia agasajaba a sus convidados. La visión del ramo de flores artificiales le dio la idea de provocar un incendio antes de ir a ocultarse al dormitorio de los Danglars. El fuego se propagó con loca rapidez, y Blanchet se preguntaba si no iba a caer en su propia trampa, cuando Célia Crespi y los demás acabaron por darse cuenta de que estaba ardiendo todo el fondo del piso. Dieron la alarma y ya entonces le fue fácil huir al policía mezclado con la multitud de auxiliadores y vecinos.
Blanchet estuvo haciéndose el muerto durante varios días, dejando cruelmente que los Danglars creyeran que el cuaderno que los condenaba —y que habían buscado frenéticamente al regresar a su piso medio consumido por el fuego— se había quemado al mismo tiempo que todos los objetos que se hallaban en el gabinete. Después, el ex policía llamó a Danglars: el triunfo de la justicia y el restablecimiento de la verdad no eran ya los únicos motivos que lo animaban: si sus pretensiones hubieran sido menos elevadas, es probable que aquel caso no hubiera salido nunca a la luz pública y el presidente segundo del Tribunal de Apelación y su esposa hubieran seguido mucho tiempo aún entregándose libremente a sus sustracciones libidinosas. Pero la cantidad que exigió Blanchet —quinientos mil francos— superaba sus posibilidades financieras. «Róbenlos» replicó cínicamente Blanchet antes de colgar: los Danglars se sentían absolutamente incapaces de robar por dinero y prefirieron jugarse la última carta emprendiendo la huida.
A la justicia le gusta muy poco que sus supuestos defensores se mofen de ella, y el jurado pegó fuerte: treinta años de reclusión criminal para Berthe Danglars, cadena perpetua para Maximilien, que fue deportado a Saint-Laurent-du-Maroni, donde tardó poco tiempo en morir.
Hace algunos años, paseando por París, la señorita Crespi reconoció a su antigua señora; la vio sentada en un banco de la calle de la Folie-Régnault: una vagabunda desdentada, vestida con una bata de color caca de oca, empujando un cochecito de niño lleno de harapos diversos y respondiendo al apodo de Baronesa.
Ambos Honoré tenían en la época setenta años. Él era un lionés de tez pálida; había viajado, había tenido aventuras, había sido marionetista con Vuillerme y con Laurent Josserand, ayudante de un fakir, mozo de café en el baile Mabille, organillero con un gorro puntiagudo y un monito subido al hombro, antes de colocarse de criado en casas burguesas, en las que su flema, más británica que la de los mismos británicos, no había tardado en hacerlo insustituible. Ella era una robusta campesina normanda que lo sabía hacer todo: igual habría cocido el pan que habría matado un gorrino, si se lo hubiesen pedido. Colocada en París a la edad de quince años, a finales de 1871, había entrado de pinche en una pensión de familia, The Vienna School and Family Hotel, en el 22 de la calle Darcet, cerca de la plaza Clichy, un establecimiento llevado con mano férrea por una griega, la señora Cissampelos, mujer bajita y seca como un trallazo, que enseñaba buenos modales a las jóvenes inglesas portadoras de aquellos temibles incisivos que entonces quedaba bien decir que servían para hacer teclas de piano.
Al cabo de treinta años, Corinne seguía allí de cocinera, aunque sólo ganaba veinticinco francos mensuales. Fue por esa época cuando conoció a Honoré. Se vieron por primera vez en la Exposición Universal, en el espectáculo de los Muñecos Guillaumes, un teatro de autómatas en el que, en un escenario minúsculo, se veía bailar y parlotear a unas muñecas de cincuenta centímetros de estatura, vestidas a la última moda. Viendo Honoré el asombro de Corinne, le dio explicaciones técnicas antes de llevarla a visitar la Casa al revés, un viejo castillo gótico alzado sobre sus chimeneas, con las ventanas del revés y los muebles colgados del techo, el Palacio luminoso, aquella casa mágica en la que todo, desde los muebles hasta las tapicerías, desde las alfombras hasta los ramos de flores, estaba hecho con vidrio, y cuyo constructor, el vidriero Ponsin, había muerto sin verla acabada; el Globo celeste, el Palacio del vestido, el Palacio de la óptica, con su gran catalejo que permitía ver la LUNA a UN metro, los Dioramas del Club Alpino, el Panorama trasatlántico, Venecia en París y otros diez pabellones. Lo que más los impresionó fue, a ella, el arco iris artificial del pabellón de Bosnia y, a él, la Exposición minera subterránea, con sus seiscientos metros de pasadizos recorridos por un ferrocarril eléctrico que desembocaba de pronto en una mina de oro en la que trabajaban negros de verdad, y la cuba gigantesca del señor Fruhinsoliz, verdadera edificación de cuatro pisos que comprendía no menos de cincuenta y cuatro quioscos donde se despachaban todas las bebidas del mundo.
Cenaron en la Taberna de la Bella Molinera, al lado de los pabellones coloniales, donde bebieron Chablis en jarrita y donde comieron sopa de berzas y pierna de cordero que a Corinne le pareció mal guisada.
A Honoré lo había contratado por un año el señor Danglars padre, un viticultor de la Gironde, presidente de la Sección bordelesa del Comité de Vinos, que se había venido a instalar a París para todo el tiempo que durara la Exposición y le había alquilado un piso a Juste Gratiolet. Cuando dejó París, a las pocas semanas, el señor Danglars padre estaba tan contento con su mayordomo que se lo regaló, junto con el piso, a su hijo Maximilien, que estaba a punto de casarse y acababa de ser nombrado asesor. Poco después, el joven matrimonio, aconsejado por su mayordomo, contrató a la cocinera.
Después del caso Danglars los Honoré, demasiado viejos para pensar en buscarse otra colocación, obtuvieron de Émile Gratiolet la autorización de seguir conservando su cuarto. Estuvieron vegetando en él con sus pequeños ahorrillos, reforzados de vez en cuando gracias a alguna chapuza suplementaria, como guardar a Ghislain Fresnel cuando no podían llevárselo las niñeras, o ir a buscar a Paul Hébert a la salida del colegio, o preparar para tal o cual vecina que daba una cena suculentos pastelillos de carne o bastoncitos de naranja en dulce forrados de chocolate. De este modo vivieron más de veinte años todavía, cuidando su buhardilla con meticuloso esmero, dando cera a las baldosas romboidales, regando casi con cuentagotas su mirto en el jarro de cobre rojo. Alcanzaron la edad de noventa y tres años, ella cada vez más arrugadita, él cada vez más largo y seco. Y un día de noviembre de 1949, se cayó Honoré al levantarse de la mesa y murió casi en el acto. Corinne no le sobrevivió más allá de unas semanas.
Célia Crespi, para quien era su primer trabajo, se quedó más desamparada aún que los Honoré con la desaparición súbita de sus señores. Tuvo la suerte de volver a colocarse casi en seguida en la escalera con el inquilino que, durante un año, ocupó el piso de los Danglars, un hombre de negocios latinoamericano al que la portera y algunos más llamaban Rastacuero, un obeso jovial de bigotes lustrados, que fumaba largos habanos, se hurgaba los dientes con un palillo de oro y llevaba un grueso diamante a modo de alfiler de corbata; después la empleó la señora de Beaumont, cuando se vino a vivir a la calle Simon-Crubellier después de su boda. Más tarde, cuando la cantante, casi en seguida de nacer su hija, se marchó para una larga gira por Estados Unidos, Célia Crespi entró de costurera en casa de Bartlebooth y se quedó hasta que el inglés emprendió su larga vuelta al mundo. Un poco más tarde encontró una colocación de dependienta en Las delicias de Luis XV, la pastelería salón de té más apreciada del barrio y en ella trabajó hasta su jubilación.
Aunque siempre la llamaron señorita Crespi, Célia Crespi tuvo un hijo. Lo trajo discretamente al mundo en mil novecientos treinta y seis. Casi nadie se había dado cuenta de que estaba embarazada. Toda la finca se preguntó por la identidad del padre y se barajaron todos los nombres de los individuos de sexo masculino que vivían en la casa, con edades comprendidas entre los quince y los setenta y cinco años. El secreto no se desveló nunca. El niño, declarado hijo de padre desconocido, se crio fuera de París. Nadie de la casa lo vio jamás.
Se ha sabido, hace sólo unos años, que lo mataron durante los combates por la Liberación de París, cuando ayudaba a un oficial alemán a cargar en su sidecar una caja de botellas de champán.
La señorita Crespi nació en un pueblo al norte de Ajaccio. Salió de Córcega a la edad de doce años y nunca ha vuelto a ir. A veces entorna los ojos y ve el paisaje que había delante de la ventana del cuarto donde hacía la vida toda la familia: la tapia cubierta de buganvilias en flor, la cuesta donde crecían matas de euforbios, el seto de chumberas, el emparrado de alcaparros; pero no consigue acordarse de nada más.
Actualmente la habitación de Hutting sirve muy rara vez. Encima del sofá-cama cubierto con una piel sintética y provisto de unos treinta cojines de colores abigarrados, está clavada una alfombra de rezos de seda procedente de Samarcanda, con un dibujo rosa ajado y largos flecos negros. A la derecha un silloncito tipo sapo forrado de seda amarilla hace de mesilla de noche: sostiene un despertador de acero brillante que presenta la forma de un corto cilindro oblicuo, un teléfono cuya esfera tiene un dispositivo de teclas y un número de la revista de vanguardia La Bête Noire. No hay cuadros en las paredes pero, a la izquierda de la cama, montada en un marco de acero móvil que la convierte en una especie de monstruoso biombo, hay una obra del intelectualista italiano Martiboni: es un bloque de poliestireno de dos metros de alto, uno de ancho y diez centímetros de hondo, en el que están metidos viejos corsés revueltos con pilas de antiguos carnets de baile, flores secas, vestidos de seda rozados hasta la trama, jirones de pieles apolilladas, abanicos roídos semejantes a patas de ánades despojadas de sus palmas, zapatos de plata sin suelas ni tacones, restos de festines y dos o tres perritos disecados.

La vida instrucciones de uso, 1978.