En el verano de 1979 entré en la
cocina de la casa de mi amiga Sunny en Uxbridge (Ontario) y vi a un
hombre junto a la encimera preparando un sándwich de kétchup.
He
recorrido con mi esposo —el segundo, no el que dejé atrás aquel
verano— las colinas del nordeste de Toronto en busca de aquella
casa; con una ociosa perseverancia he intentado localizarla, pero
nunca lo he logrado. Probablemente la hayan demolido. Sunny y su
marido la vendieron pocos años después de mi visita. Como lugar de
veraneo estaba demasiado lejos de Ottawa, donde ellos vivían. Los
hijos, a medida que entraban en la adolescencia, se resistían a ir.
Y en la casa había demasiado trabajo de mantenimiento para Johnston
—el marido de Sunny—, a quien le gustaba pasar los veranos
jugando al golf.
He
encontrado el campo de golf; creo que era el mismo, aunque han
limpiado la vieja verja y ahora hay un club más elegante.
Cuando
de pequeña yo vivía en el campo, en verano los pozos de esa comarca
se secaban. Ocurría cada cinco o seis años, cuando no llovía lo
suficiente. Los pozos eran agujeros cavados en la tierra. El nuestro
era más profundo que la mayoría pero, como necesitábamos una buena
provisión de agua para los animales enjaulados —mi padre criaba
zorros plateados y armiños—, un día llegó un perforador con un
equipo impresionante y el agujero se fue extendiendo hacia abajo,
cada vez más abajo, hasta que encontró agua en la roca. Desde
entonces pudimos bombear agua pura y fría en cualquier época del
año por mucha sequía que hubiera. Era un motivo de orgullo. De la
bomba colgaba un jarrito de lata y, cuando en los días calcinantes
yo bebía de él, pensaba en rocas negras por donde el agua corría
centelleando como el diamante.
El
perforador —a veces lo llamaban pocero, como si fuera muy
fastidioso precisar lo que hacía, como si la antigua descripción
fuese más cómoda— era un hombre llamado Mike McCallum. Vivía en
la ciudad vecina a nuestra granja, pero no tenía casa. Vivía en el
hotel Clark: había llegado en primavera y se quedaría hasta que
acabara todo el trabajo que encontrara por hacer en la región.
Después se iría a otro lado.
Mike
McCallum era más joven que mi padre, pero tenía un hijo un año y
dos meses mayor que yo. El muchacho vivía con el padre en hoteles o
pensiones, dondequiera que el padre estuviera trabajando, e iba a la
escuela que tuviera más cerca. Él también se llamaba Mike
McCallum.
Sé
exactamente qué edad tenía, porque eso los niños lo dejan sentado
de inmediato; sean amigos o no, entre ellos es uno de los asuntos
esenciales de negociación. Él tenía nueve y yo ocho. Cumplía años
en abril; yo, en junio. Cuando llegó a casa con su padre ya estaban
avanzadas las vacaciones de verano.
Su
padre conducía un camión rojo oscuro siempre polvoriento o
embarrado. Cuando llovía, Mike y yo nos subíamos al camión. No
recuerdo si el padre entraba en nuestra cocina a beber una taza de té
o a fumar, si se quedaba bajo un árbol o seguía trabajando. La
lluvia lavaba las ventanillas del camión y retumbaba como piedras en
un tejado. La cabina olía a hombres; a ropa de trabajo,
herramientas, tabaco y calcetines como queso agrio. También a perro
peludo mojado, porque llevábamos con nosotros a Ranger. Para mí,
Ranger era parte de la familia; estaba acostumbrada a tenerlo siempre
encima y a veces, sin ninguna razón, le ordenaba que se quedara en
casa, se fuera al granero, me dejara en paz. Pero Mike lo quería.
Invariablemente se dirigía a él con dulzura, lo llamaba por el
nombre, le contaba nuestros planes y, cuando Ranger partía hacia
cualquier proyecto perruno, como perseguir una marmota o un conejo,
se quedaba esperándolo. Con la vida que hacía con su padre, Mike
nunca iba a tener un perro propio.
Un
día que estaba con nosotros, Ranger se lanzó detrás de una mofeta
y la mofeta se dio la vuelta y lo roció. A Mike y a mí nos cayó
parte de la culpa. Mi madre tuvo que suspender lo que estuviera
haciendo para ir a la ciudad a comprar varios frascos grandes de zumo
de tomate. Mike persuadió a Ranger para que entrase en una tina y
allí le echamos zumo de tomate y le cepillamos el pelo. Parecía que
lo estuviésemos lavando con sangre. ¿Cuánta gente haría falta
para conseguir tanta sangre?, nos preguntábamos. ¿Cuántos
caballos? ¿Y elefantes?
Yo
tenía más trato que Mike con la sangre y la muerte de animales. Lo
llevé a ver la mancha que había en un lugar del prado, cerca del
portón del establo, donde mi padre mataba y descuartizaba los
caballos con que alimentaba a los zorros y los armiños. De tantas
pisadas, el suelo estaba pelado y la mancha rojo sangre era profunda
como una marca de hierro candente. Luego lo llevé a la carnicería
del establo, donde se colgaban los cuerpos muertos de los caballos
antes de molerlos para hacer alimento. La carnicería era un simple
cobertizo con muros de malla, una malla negra de moscas ebrias de
olor a carroña. Nosotros cogíamos tejas y las machacábamos hasta
matarlas.
Nuestra
granja era pequeña: nueve hectáreas. Lo bastante pequeña para que
yo hubiera explorado todos los rincones, y cada rincón tenía un
aspecto y un carácter peculiar que yo no habría sabido poner en
palabras. Es fácil entender qué tenía de especial el cobertizo de
malla con los largos, pálidos cadáveres de caballo colgados de
ganchos brutales, o el suelo pisoteado teñido de sangre donde los
caballos vivos se transformaban en alimento para zorros. Pero había
otros lugares, como las piedras que flanqueaban la pasarela del
granero, que no me decían menos aunque no hubiese sucedido en ellos
nada memorable. A un costado había una lisa piedra blancuzca cuyo
bulto dominaba todas las demás, de modo que aquel lado tenía para
mí un aire extrovertido y público; por eso siempre elegía subir
por allí y no por el otro lado, donde las piedras eran más oscuras
y se apretaban con un aire más mezquino. Del mismo modo, cada árbol
del lugar tenía su actitud y su presencia: el olmo era sereno y el
cedro, amenazador; los arces, cotidianos y amigables, el espino,
viejo y rezongón. Hasta las pozas de los remansos del río —donde
años antes mi padre había vendido gravilla— tenían su carácter
distinto, más fácil quizá de reconocer si una las veía llenas de
agua cuando cesaban los torrentes de primavera. Estaba aquella
pequeña, redonda, profunda y perfecta; la que se estiraba como una
cola; y otra muy ancha, de forma indecisa, siempre con el morro
asomando, pues las aguas eran muy escasas.
Mike
veía todas estas cosas desde un ángulo muy diferente. Y lo mismo me
pasaba a mí ahora que estaba con él.
Las
veía a su manera y a la mía y, como por su misma naturaleza la mía
era incomunicable, tenía que mantenerla en secreto. La suya se
relacionaba con el provecho inmediato. La gran piedra pálida de la
pasarela era para saltar desde ella; cogía carrerilla e,
impulsándose en el aire por encima de las piedras pequeñas de la
pendiente, aterrizaba en el suelo apisonado, delante de la puerta del
establo. Todos los árboles eran para trepar, pero sobre todo el arce
junto a la casa, por una de cuyas ramas se podía gatear hasta
dejarse caer en el techo de la terraza. Y las pozas de gravilla eran
simplemente para zambullirse, con un grito de animal que se lanza
sobre su presa, tras una carrera furiosa por la hierba alta. Si
estuviéramos a principios de año, cuando las aguas son más
caudalosas, decía Mike, habríamos podido construir una balsa.
En
cuanto al río, por un tiempo ese proyecto fue tenido en cuenta. Pero
en agosto el río era tanto un sendero rocoso como un curso de agua
y, en vez de intentar bajarlo a flote o a nado, lo vadeábamos
descalzos —saltábamos de una piedra desnuda a otra, resbalábamos
en las musgosas rocas sumergidas, surcábamos grupos de nenúfares de
hojas chatas y de otras plantas cuyos nombres no recuerdo o no supe
nunca (¿chirivía silvestre?, ¿cicuta de río?)—. Las matas eran
tan tupidas que parecían arraigadas en islas, en tierra firme,
aunque en realidad crecían del légamo y sus raíces serpeantes nos
atrapaban las piernas.
El
río era el mismo que atravesaba la ciudad, y cuando lo remontábamos
llegábamos a ver el doble arco del puente de la carretera. En mis
paseos sola o con Ranger nunca había ido hasta el puente, porque por
allí solía haber gente de la ciudad. Iban a pescar a la orilla, y
cuando el río estaba lo bastante alto los chicos saltaban desde el
parapeto. En esa época probablemente no, aunque tal vez hubiera
algunos chapoteando entre los pilares, vocingleros y hostiles como
eran siempre los chicos de la ciudad.
También
estaban los vagabundos. Pero no le hablé de ellos a Mike, que iba
delante de mí como si el puente fuese un destino corriente y no
tuviera nada de desagradable ni de prohibido. Oímos voces, y como
era de esperar, eran voces de muchachos chillando; se habría dicho
que el puente les pertenecía. Hasta allí, Ranger nos había
seguido, sin entusiasmo, pero de pronto viró hacia la orilla. Era un
perro ya viejo y nunca había tenido una afición indiscriminada por
los niños.
Un
hombre que estaba pescando —no en el puente, sino en la orilla—
maldijo la agitación que había causado Ranger al salir del agua.
Nos preguntó por qué no dejábamos nuestro puto perro en casa. Mike
siguió andando como si el hombre sólo hubiera silbado y pronto
entramos en la sombra del puente, donde yo no había estado en mi
vida.
El
suelo del puente nos hacía de techo; franjas de sol caían por entre
las tablas. Entonces por arriba pasó un coche, hubo un ruido
atronador y por un momento se apagó la luz. El acontecimiento nos
dejó inmóviles, mirando hacia arriba. Debajo-del-puente era un
lugar por derecho propio, no un mero tramo del río. Cuando hubo
pasado el coche y el sol volvió a filtrarse por los resquicios, su
reflejo arrancó del agua olas de luz, raras burbujas de luz, para
proyectarlas en los pilares de cemento. Mike gritó para probar el
eco y lo mismo hice yo, pero débilmente, porque en la orilla los
muchachos, los extraños del otro lado del puente, me daban más
miedo que los vagabundos.
Iba
a la escuela rural que había más allá de nuestra granja. La
inscripción había mermado hasta tal punto que yo era la única cría
de mi clase. Pero Mike iba desde la primavera a la escuela de la
ciudad y para él aquellos chicos no eran desconocidos. De no ser
porque a su padre se le ocurría llevarlo al trabajo, para poder
vigilarlo de vez en cuando, probablemente no habría estado jugando
conmigo sino con ellos.
Entre
los muchachos de la ciudad y Mike debió de haber un intercambio de
saludos.
Hey.
¿Y tú qué haces aquí?
Nada.
¿Qué piensas que hago?
Nada.
¿Y ésa quién es?
Nadie.
Es ella, nada más.
Ña-ña.
Ella.
En
realidad se estaba desarrollando un juego que tenía a todo el mundo
pendiente. Y todo el mundo incluidas las niñas —pues más adelante
había niñas en la orilla, enfrascadas en sus cosas—, aunque ya no
estábamos en la edad en que niños y niñas solían jugar juntos. O
habían seguido a los muchachos desde la ciudad —fingiendo no
seguirlos— o los muchachos habían llegado tras ellas con intención
de acosarlas; pero con la reunión había cobrado forma aquel juego
y, como el juego los necesitaba a todos, las restricciones habituales
habían desaparecido. Y, como el juego era mejor cuantos más
participaran, para Mike fue fácil entrar y llevarme a mí con él.
Era
un juego de guerra. Los chicos se habían dividido en dos ejércitos
que guerreaban uno contra otro desde barricadas toscamente hechas con
ramas o protegiéndose tras las hierbas, las cañas y unos juncos más
altos que nuestras cabezas. Las armas principales eran unas bolas de
arcilla grandes como pelotas de béisbol. Se daba el caso de que más
o menos a mitad del banco del río había una fuente especial de
arcilla, un pozo gris medio oculto por hierbas (la idea del juego
debía de haber surgido al descubrirlo), y era allí donde trabajaban
las niñas preparando munición. Se sobaba y apretaba la arcilla
viscosa hasta moldear una bola lo más dura posible —podía
contener algo de gravilla y hierba u hojas que se pegaran al
fabricarla, pero no piedras añadidas adrede—, y la provisión
tenía que ser grande porque cada bola sólo servía una vez. No se
podían recoger las que habían fallado, rehacerlas y arrojarlas de
nuevo.
Las
reglas de la guerra eran simples. Si a uno le daba una bola
—oficialmente se llamaban balas de cañón— en la cara, la cabeza
o el cuerpo, tenía que caer muerto. Si le daba en los brazos o las
piernas, igualmente tenía que tumbarse, aunque sólo estaba herido.
A las niñas también correspondía arrastrarse hasta los heridos y
arrastrarlos hasta un lugar llano que era el hospital. Se los curaba
con emplastos y tenían que quedarse quietos contando hasta cien. En
cuanto acababan podían volver a la lucha. Los soldados muertos
tenían prohibido levantarse hasta que acabara la guerra, y la guerra
no acababa hasta que en uno de los dos bandos estuvieran todos
muertos.
En
ambos bandos había muchachos y niñas, pero como las niñas éramos
muchas menos no podíamos fabricar munición y hacer de enfermeras de
un solo soldado cada una. Todas las niñas tenían su propia pila de
bolas y trabajaban para ciertos soldados; cuando uno de ellos caía
herido, llamaba a la niña en cuestión a gritos, para que ella lo
arrastrara y le curara las heridas lo antes posible. Yo hacía bolas
para Mike y el nombre que Mike gritaba era el mío. Había tal ruido
en el aire —gritos constantes de «Estás muerto», victoriosos o
enfurecidos (enfurecidos porque siempre había algún muerto que
disimuladamente volvía a la lucha), y encima el ladrido de un perro,
que no era Ranger, que de algún modo se había mezclado en la
guerra—, tal ruido que una debía estar muy alerta a la voz del
muchacho que podía llamarla. Cuando el grito llegaba había una
sensación de fina alarma, un cable que hacía que vibrara en todo el
cuerpo el despertar de una devoción fanática. (Al menos para mí,
que al contrario que las otras niñas rendía servicios a un solo
guerrero).
Creo
que hasta aquel día tampoco había jugado en grupo. Y qué alegría
me daba formar parte de una empresa tan grande y apremiante, y dentro
de ella ser elegida esencialmente para servir con fidelidad a un
luchador. Cuando a Mike lo herían se quedaba flojo y quieto, y no
abría los ojos, mientras yo le ponía hojas enfangadas en la frente,
la garganta y —quitándole la camisa— el pálido, suave estómago,
alrededor del ombligo dulce y vulnerable.
No
ganó nadie. Largo rato después, el juego se desintegró entre
disputas y resurrecciones en masa. Camino de casa, nosotros tratamos
de llevarnos algo de arcilla tendiéndonos en el lecho del río.
Llevábamos las camisas y los pantalones cortos chorreando de barro.
Atardecía.
El padre de Mike se preparaba para marcharse.
—Dios
santo —dijo.
Había
un peón que iba a ayudar a mi padre cuando había que descuartizar o
se necesitaba un par de brazos más. Tenía una mirada de muchacho
adulto y respiraba con un silbido asmático. Le gustaba hacerme
cosquillas hasta que yo me sofocaba. Nadie interfería en la lucha. A
mi madre no le gustaba, pero mi padre decía que era en broma.
Estaba
en el vallado, ayudando al padre de Mike.
—Os
habéis revolcado juntos en el barro —dijo—. Para empezar ahora
tendréis que casaros.
Desde
detrás de la mosquitera, mi madre lo había oído. (Si los hombres
hubieran sabido que estaba allí no habrían hablado de esa manera).
Salió y, antes de comentar la facha que llevábamos, le dijo algo al
peón en voz baja y recriminatoria.
Yo
oí parte de lo que decía.
Como
hermano y hermana.
El
peón se miraba las botas con una sonrisa indefensa.
Mi
madre se equivocaba. El peón estaba más cerca de la verdad que
ella. No éramos como hermano y hermana, al menos como cualquier
hermano o hermana que yo conociera. Como mi único hermano era poco
más que un bebé, no tenía experiencia en ese campo. Pero tampoco
nos parecíamos a las mujeres y los maridos que yo había visto,
personas viejas —para empezar— y habitantes de mundos tan
separados que apenas se reconocían el uno al otro.
Eramos
un par de novios sólidos y avezados cuyo vínculo no necesitaba
mucha expresión visible. Yo al menos sentía algo solemne y
emocionante.
Me
di cuenta de que el peón estaba hablando de sexo, aunque no creo que
conociera la palabra. Y eso me hizo odiarlo aún más que de
costumbre. En lo específico se equivocaba. Lo nuestro no era la
exhibición, el magreo, las intimidades culpables; no había nada de
la trabajosa búsqueda de lugares ocultos, nada de esa mezcla de
placer, frustración y vergüenza viva e inmediata. Yo había vivido
escenas así con un primo y con un par de hermanas algo mayores que
iban a mi escuela. Aquellas parejas me habían disgustado antes y
después del acontecimiento y, aun mentalmente, de buena gana habría
negado lo que había sucedido. Nunca habría pensado en una escapada
con alguien por quien sentía afecto o respeto; sólo con gente que
me desagradaba, como me desagradaban de mí misma los abominables
escozores del arrebato.
En
cuanto a lo que sentía por Mike, el demonio se había transformado
en excitación difusa y una ternura que se extendía por toda la
piel, en un placer visual y una satisfacción tintineante en
presencia de la otra persona. Cada mañana me despertaba con hambre
de verlo, de oír al camión del pocero tambalearse y traquetear por
el camino. Sin dar la menor muestra de ello, idolatraba su nuca y la
forma de su cabeza, el pliegue de su ceño, sus largos pies descalzos
y sus codos sucios, su voz fuerte y confiada, su olor. Aceptaba sin
vacilar, y aun devotamente, los papeles que entre nosotros no era
preciso urdir ni explicar; yo lo asistía y admiraba, él dirigía y
estaba siempre dispuesto a protegerme.
Y
una mañana el camión no llegó. Una mañana, evidentemente, el
trabajo estuvo acabado, la tapa del pozo instalada, la bomba en
funcionamiento, el agua fresca admirada. En la mesa del almuerzo hubo
dos sillas menos. Tanto el Mike mayor como el chico habían comido
siempre con nosotros. El Mike chico y yo no solíamos hablarnos y
apenas nos mirábamos. A él le gustaba untar el pan con kétchup. Su
padre hablaba con papá, y la conversación trataba sobre todo de
pozos, accidentes, niveles de agua. Un hombre serio. Un trabajador de
la cabeza a los pies, decía mi padre. Sin embargo, él —el padre
de Mike— concluía casi todas las frases con una risa. Su risa
tenía un eco solitario, como si todavía estuviera en el pozo.
El
camión no llegó. Con la obra acabada, no había razón para que
volvieran. Y resultó ser que aquel trabajo era el último que le
quedaba al perforador en nuestra comarca. Tenía más trabajos
esperando en otros sitios y quería empezarlos lo antes posible,
mientras durara el buen tiempo. Como vivía en el hotel, sólo tenía
que hacer la maleta y partir. Y eso había hecho.
¿Cómo
pude no entender lo que pasaba? ¿No hubo ninguna despedida, ninguna
conciencia de que la última tarde, cuando subía al camión, Mike se
estaba yendo para siempre? ¿No agitó nadie la mano, no se volvió
hacia mí una cabeza —o dejó de volverse— cuando el camión,
cargado ahora con la maquinaria, fue dando bandazos por última vez
camino abajo? Con el primer borbotón de agua —recuerdo aquel
borbotón, y a todos reunidos para beber un trago—, ¿por qué no
comprendí cuántas cosas terminaban para mí? Ahora me pregunto si
no hubo un plan deliberado de no hacer de aquello algo especial, de
eliminar las despedidas y evitar que me pusiera —o nos pusiéramos—
demasiado triste o difícil.
Es
improbable que entonces se tomaran tanto en cuenta los sentimientos
de los niños. Padecerlos o reprimirlos era asunto nuestro.
No
me puse difícil. Pasada la primera conmoción no le mostré nada a
nadie. Cada vez que me veía, el peón bromeaba (¿Qué, tu amigo se
ha largado?), pero yo nunca le hice caso.
Tendría
que haber sabido que Mike iba a irse. Igual que sabía que Ranger era
viejo y moriría pronto. Aceptaba la ausencia futura; sólo que,
hasta que Mike desapareció, no tenía ni idea de cómo era la
ausencia. De cómo se alteraría todo mi territorio, como si por un
fallo se hubiera escurrido todo sentido salvo la pérdida de Mike.
Nunca pude volver a mirar la piedra blanca de la pasarela sin pensar
en él, y al fin le tomé aversión. Lo mismo empecé a sentir por la
rama del arce y, cuando mi padre la cortó porque se acercaba
demasiado a la casa, sentí aversión hacia la cicatriz del tronco.
Semanas
más tarde, un día en que llevaba ya puesta mi chaqueta de otoño,
estaba junto a la puerta de la zapatería, esperando a que mi madre
se probara unos zapatos, cuando oí que una mujer llamaba a un tal
Mike. «Mike», gritó mientras pasaba. De golpe tuve la convicción
de que esa mujer desconocida era la madre de Mike —yo sabía,
aunque no por él, que no estaba muerta sino separada del padre—, y
de que algo los había llevado de nuevo a la ciudad. No me puse a
considerar si el regreso sería transitorio o definitivo; sólo pensé
—mientras salía de la tienda a la carrera— que un minuto más
tarde iba a verlo.
La
mujer había alcanzado a un niño, de unos cinco años, que acababa
de coger una manzana de un cajón que había en la acera, delante de
la tienda de al lado.
Incrédula,
me paré a mirar al niño como si ante mis ojos hubiera tenido lugar
un maleficio abusivo y humillante.
Un
nombre común. Un niño estúpido, de cara chata y sucio pelo rubio.
El
corazón me latía con estrépito, como si en mi pecho sonaran
aullidos.
Sunny
me esperaba en Uxbridge al pie del autobús. Era una mujer de huesos
grandes y cara vivaz, con el pelo rizado, de un castaño canoso,
sujeto por pinzas desiguales a los lados de la cara. Aunque hubiera
ganado peso —lo que había sucedido—, nunca habría parecido una
matrona sino una muchacha majestuosa.
Me
sumergió en su vida, como siempre había hecho, contándome que
había estado a punto de llegar tarde porque Claire tenía un tapón
en el oído y esa mañana la había llevado al hospital para que se
lo extrajeran; que luego el perro había vomitado en el escalón de
la cocina, probablemente porque odiaba el viaje, la casa y el campo;
y que, mientras ella —Sunny— salía a buscarme, Johnston había
puesto a los niños a limpiar, puesto que eran ellos los que habían
querido tener un perro, y Claire se quejaba de seguir oyendo un
zumbido.
—Así
que, ¿qué tal si nosotras vamos a emborracharnos a un lugar bonito
y tranquilo y no volvemos más a casa? —preguntó—. Claro que
tenemos que volver. Johnston ha invitado a un amigo que tiene a su
mujer y a sus hijos en Irlanda y quieren irse a jugar al golf.
Sunny
y yo habíamos sido amigas en Vancouver. Como nuestros embarazos se
habían sucedido a la perfección, nos las habíamos arreglado con un
solo ajuar de maternidad. Una vez a la semana más o menos, en mi
cocina o en la suya, alteradas por los niños y en ocasiones
tambaleándonos de sueño, nos espabilábamos a fuerza de café y
cigarrillos para lanzarnos a una charla desenfrenada: sobre el
matrimonio, las peleas, nuestros defectos personales, nuestras
interesantes y deshonrosas motivaciones, las ambiciones perdidas.
Leíamos a Jung al mismo tiempo e intentábamos seguir la pista a los
sueños. En ese momento de la vida que suele considerarse un mareo
reproductivo, cuando la mujer tiene la mente anegada de jugos
maternos, nosotras seguimos imponiéndonos leer a Simone de Beauvoir,
Arthur Koestler y The Cocktail Party.
La
actitud de nuestros maridos no era en absoluto la misma. Cuando
sacábamos esos temas, decían «Eso es sólo literatura» o «Ni que
te hubieras graduado en filosofía».
Ahora
las dos nos habíamos marchado de Vancouver. Pero Sunny se había
trasladado con su marido, sus hijos y sus muebles, de la manera
normal y por las razones habituales: su marido había cambiado de
trabajo. Yo en cambio me había ido por una razón moderna, que se
aprobaba entusiasta pero fugazmente y sólo en ciertos círculos,
dejando marido, casa y todo lo adquirido durante el matrimonio (salvo
los niños, claro, cuya posesión se parcelaría) con la esperanza de
hacer una vida que pudiera sobrellevarse sin hipocresía, privación
ni vergüenza.
A
la sazón vivía en el segundo piso de una casa de Toronto. Los
vecinos de abajo —los dueños de la casa— habían llegado de
Trinidad hacía una docena de años. A un lado y otro de la calle,
las viejas casas de ladrillo con galerías y ventanas altas, antaño
hogares de metodistas y presbiterianos apellidados Henderson, Grisham
o McAllister, rebosaban de gente de piel cobriza u olivácea que
hablaba un inglés para mí desconocido, si es que siquiera lo
hablaban, y a todas horas colmaban el aire con el aroma de su comida
dulce y condimentada. A mí todo eso me hacía feliz; me daba la
sensación de haber cambiado de verdad, después de un largo viaje
desde la casa matrimonial. Pero era demasiado esperar que lo mismo
sintieran mis hijas, de diez y doce años. Yo había dejado Vancouver
en primavera y ellas habían llegado a comienzos de las vacaciones de
verano, supuestamente para estar conmigo los dos meses. Los olores de
la calle les resultaban asqueantes y el ruido les daba miedo. Hacía
calor y no podían dormir ni con el ventilador que les compré.
Teníamos que dejar la ventana abierta, y las fiestas en los patios
traseros duraban a veces hasta las cuatro de la madrugada.
Expediciones
al Centro de Ciencias y a la Torre de Comunicaciones, al museo y al
zoo, comidas en los restaurantes refrigerados de los grandes
almacenes, un viaje en transbordador a Toronto Island: nada podía
compensar la ausencia de sus amigos ni reconciliarlas con la versión
travestida del hogar que yo les ofrecía. Echaban de menos a sus
gatos. Querían volver a sus habitaciones, a la libertad de su
vecindario, a la parsimonia de los días de quedarse en casa.
Durante
un tiempo no se quejaron. Oí que la mayor le decía a la otra:
—A
mamá hay que convencerla de que estamos contentas. Si no, se sentirá
mal.
Por
fin, la cosa estalló. Acusaciones, confesiones de desdicha (hasta
exageraciones de la desdicha, según me pareció, desplegadas en mi
beneficio). La menor gritando «¿Por qué no vive en casa y ya
está?», y la mayor respondiéndole «Porque odia a papá».
Telefoneé
a mi marido, que me preguntó prácticamente lo mismo y proporcionó
por su cuenta la misma respuesta. Cambié los billetes, ayudé a las
niñas a hacer las maletas y las llevé al aeropuerto. Nos pasamos
todo el viaje jugando a un juego bobo que propuso la mayor. Había
que elegir un número —27, 42—, mirar por la ventanilla del coche
y contar los hombres que una veía; el vigésimo séptimo,
cuadragésimo segundo o lo que fuese era el hombre con el que una se
casaría. De vuelta en casa, sola, reuní todos los vestigios de su
presencia —un dibujo que había hecho la menor, una revista Glamour
que había comprado la mayor, bisutería y ropa que en Toronto podían
ponerse pero en su ciudad no— y los metí en una bolsa de basura. Y
más o menos lo mismo hice cada vez que pensaba en ellas; le di
cerrojazo a mi mente. Había desdichas —las relacionadas con los
hombres— que yo podía soportar y otras —las relacionadas con los
niños— que me superaban.
Volví
a vivir como antes de su visita. Dejé de preparar el desayuno y salí
cada mañana a tomar café con bollos frescos en el del italiano. La
idea de haberme liberado de lo doméstico, al menos de momento, me
encantaba. A partir de ese instante, empecé a fijarme en la
expresión de los que ocupaban las banquetas que había junto a la
ventana o las mesas de la acera: gente para la cual aquél no era un
momento agradable ni extraordinario, sino una rancia costumbre de la
vida solitaria.
De
vuelta en casa me sentaba a escribir durante horas enteras en una
mesa de madera, bajo las ventanas de una antigua galería convertida
en cocina de utilería. Tenía la esperanza de ganarme la vida como
escritora. El sol calentaba temprano la salita y las corvas
—seguramente llevaba pantalones cortos— se me pegaban a la silla.
Percibía el peculiar, dulzón olor químico de las sandalias de
plástico absorbiendo el sudor de mis pies. Me gustaba: era el olor
de mi laboriosidad y, esperaba, de mis logros. Lo que escribía no
era mejor que lo que me las había ingeniado para escribir en mi
antigua vida mientras se asaban las patatas o la colada daba tumbos
en el tambor de la lavadora. Escribía más, sencillamente, y no
peor: eso era todo.
Más
tarde me daba un baño y probablemente iba a ver a alguna amiga.
Bebíamos vino en terrazas de pequeños restaurantes de Queen Street,
Baldwin Street o Brunswick Street y hablábamos de nuestras vidas;
sobre todo de los amantes, pero como la palabra «amante» nos
revolvía un poco el estómago, decíamos «el hombre con quien
salgo». Y a veces veía al hombre con quien salía. Durante la
estancia de mis hijas, yo lo había proscrito, aunque un par de
veces, tras dejar a las niñas en un cine gélido, había roto la
regla.
Había
conocido a aquel hombre antes de romper mi matrimonio y él había
sido la razón directa para romperlo, aunque ante él —y ante
todos— yo fingiese que no era así. Cuando nos encontrábamos
intentaba mostrarme despreocupada e independiente. Intercambiábamos
novedades —yo me aseguraba de tenerlas—, nos reíamos y
paseábamos por el barranco, pero en realidad lo que yo quería era
incitarlo a que se acostara conmigo, porque creía que el alto
entusiasmo del sexo fusionaba lo mejor de los seres. En estas
cuestiones era una estúpida, en un sentido muy peligroso sobre todo
para una mujer de mi edad. A veces me sentía exultante después de
los encuentros —deslumbrada y segura—, otras veces el recelo me
pesaba como una losa. Una vez él se iba, sólo tomaba conciencia de
estar llorando cuando sentía las lágrimas corriéndome por las
mejillas. El motivo solía ser una sombra que había entrevisto en
él, una brusquedad, alguna advertencia oblicua. Más allá de las
ventanas, a medida que oscurecía, empezaban las fiestas en los
jardines traseros; más tarde, la música, los gritos y las
provocaciones terminarían en peleas y yo tendría miedo, no de la
posible hostilidad sino de una especie de inexistencia.
En
medio de una de sus crisis telefoneé a Sunny y ella me invitó a
pasar el fin de semana en el campo.
—Qué
hermoso es esto —dije.
Pero,
para mí, la región por la que viajábamos no significaba nada. Las
colinas eran una serie de lomas verdes, en algunas había vacas.
Había puentes bajos de cemento sobre arroyos asfixiados de juncos.
El heno se empacaba de una forma nueva, en rollos que quedaban en los
campos.
—Espera
a ver la casa —dijo Sunny—. Es sórdida. En la tubería había un
ratón. Muerto. Aún siguen apareciendo pelos en el agua de la
bañera. Ahora eso está arreglado, pero nunca se sabe qué más
pasará.
No
me preguntó por mi nueva vida. ¿Era delicadeza o censura? Tal vez
no supiera empezar, simplemente no pudiera imaginársela. De todos
modos, yo le habría dicho mentiras, o medias verdades. Fue muy duro
romper, pero había que hacerlo. Claro que siempre hay un precio; no
sabes cómo echo de menos a las niñas. Estoy aprendiendo cómo se le
devuelve la libertad a un hombre y a ser libre yo misma. Estoy
aprendiendo a tomarme el sexo de forma relajada, algo muy difícil
para mí porque no es lo que nos enseñaron y encima ya no soy joven,
pero estoy aprendiendo.
Un
fin de semana, pensé. Parecía mucho tiempo.
En
el lugar donde había habido una galería quedaba una cicatriz en los
ladrillos de la casa. Los niños de Sunny trotaban en la explanada.
—Mark
ha perdido el balón —gritó Gregory, el mayor.
Sunny
les dijo que me saludaran.
—Hola.
Mark ha tirado la pelota al otro lado del cobertizo y ahora no la
encontramos.
La
niña de tres años, nacida después de nuestro último encuentro,
salió corriendo de la cocina y se detuvo, sorprendida de ver a una
extraña. Pero enseguida se recuperó y me dijo:
—Me
ha volado un bicho en la cabeza.
Sunny
la alzó en brazos. Yo cogí mi bolso y entramos en la cocina, donde
Mike McCallum estaba untando kétchup en una rebanada de pan.
—Eres
tú —dijimos casi al mismo tiempo. Reímos los dos y corrí hacia
él a la vez que él avanzaba. Nos dimos la mano.
—Pensé
que eras tu padre —expliqué.
No
sé si llegué a acordarme del perforador. Más bien había pensado:
«Yo a este hombre lo conozco». Un hombre que movía su cuerpo con
ligereza, como si entrar y salir de un pozo para él no fuera nada.
Pelo muy corto con canas incipientes, ojos profundos de color claro.
Cara magra, jovial pero austera. Una reserva proverbial, nada
desagradable.
—Imposible
—dijo él—. Papá murió.
Johnston
entró en la cocina con las bolsas de golf, me saludó y le dijo a
Mike que se diera prisa.
—Se
conocen, cariño —explicó Sunny—. Quién lo hubiera dicho.
—De
cuando éramos niños —dijo Mike.
—¿De
verdad? —preguntó Johnston—. Es increíble.
Y
todos juntos agregamos lo que iba a agregar él.
—El
mundo es un pañuelo.
Mike
y yo aún nos mirábamos riendo, como si nos dejáramos claro que ese
descubrimiento, que a Sunny y Johnston les parecía increíble, para
nosotros era un cómico y deslumbrante estallido de buena suerte.
Durante
toda la tarde, mientras los hombres estuvieron fuera, me sentí llena
de una feliz energía. Hice un pastel de melocotón para la cena y le
leí a Claire para que durmiera la siesta mientras Sunny llevaba a
los niños a pescar, infructuosamente, en el verdín del arroyo.
Luego las dos nos sentamos en el suelo de la sala, con una botella de
vino, y otra vez fuimos amigas que hablaban no de la vida sino de
libros.
Mike
no recordaba las mismas cosas que recordaba yo. Él nos recordaba
andando por la estrecha cumbre de unos cimientos de hormigón,
imaginando que era un edificio altísimo del que si nos llegábamos a
caer nos mataríamos. Yo dije que debía de haber sido otro lugar,
pero luego recordé los cimientos de un garaje que no había llegado
a construirse en el cruce de nuestro camino con la carretera. ¿Nos
habíamos subido allí?
Sí.
Yo
me acordaba de haber querido aullar a voz en cuello debajo del puente
y de tener miedo de los chicos de la ciudad. Él no se acordaba de
ningún puente.
Los
dos recordábamos las bolas de arcilla y la guerra.
Nos
habíamos puesto a fregar juntos los platos para poder hablar sin ser
desatentos.
Me
contó cómo había muerto su padre. Había fallecido en un accidente
de tráfico, volviendo de un trabajo cerca de Bancroft.
—¿Y
tus padres viven?
Le
dije que mi madre había muerto y que mi padre se había vuelto a
casar.
Llegado
un momento le conté que estaba separada de mi marido y que vivía en
Toronto. Le dije que había tenido un tiempo a mis hijas pero ahora
estaban de vacaciones con su padre.
Él
me contó que vivía en Kingston, pero no que no llevaba allí mucho
tiempo. Había conocido a Johnston hacía poco, a través del
trabajo. Como Johnston, era ingeniero civil. Su mujer había nacido
en Irlanda pero trabajaba en Canadá cuando la conoció. Era
enfermera. En ese momento estaba en Irlanda, en County Clare,
visitando a su familia. Se había llevado a los niños.
—¿Cuántos
niños?
—Tres.
Cuando
acabamos con los platos, fuimos a la sala y nos ofrecimos a jugar al
Scrabble con los niños para que Sunny y Johnston pudieran dar un
paseo. Una sola partida; se suponía que era hora de irse a la cama.
Pero los niños nos convencieron de que empezáramos otra, y cuando
volvieron los padres aún estábamos jugando.
—¿Qué
os había dicho? —preguntó Johnston.
—Es
la misma partida —mintió Gregory—. Dijiste que podíamos acabar
la partida y es la misma.
—Seguro
—dijo Sunny.
Añadió
que era una noche preciosa y que con eso de tener canguros en casa
ella y Johnston se acostumbrarían mal.
—Anoche
Mike se quedó con los niños y hasta fuimos al cine. Una película
vieja. El puente del río Kwai.
—Sobre
—dijo Johnston—. Sobre el río Kwai.
—De
todos modos, yo ya la había visto —repuso Mike—. Hace años.
—Está
bastante bien —dijo Sunny—. Sólo que me molestó el final. Para
mí es un error. ¿Te acuerdas de cuando Alec Guinness ve el cable en
el agua, por la mañana, y se da cuenta de que alguien va a volar el
puente? Se pone como loco y entonces todo se complica porque morirá
todo el mundo y demás. Vale, para mí tendría que haber visto el
cable y saber lo que pasaría, pero quedarse de todos modos y morir
en la explosión… Me parece que es lo que haría ese personaje, y
dramáticamente habría sido más eficaz.
—No
—dijo Johnston, en un tono de haber discutido ya el asunto—.
¿Dónde estaría el suspense, entonces?
—Estoy
de acuerdo con Sunny —tercié yo—. Recuerdo que el final me
pareció muy complicado.
—¿Y
a ti, Mike?
—A
mí me pareció muy bien —respondió Mike—. Muy bien como estaba.
—Chicos
contra chicas —comentó Johnston—. Ganan los chicos.
Les
dijo a los niños que recogieran el juego y los niños obedecieron.
Pero a Gregory se le ocurrió que quería ver las estrellas.
—Sólo
aquí se pueden ver —adujo—. En casa siempre hay luces y
porquerías.
—Eh,
cuidado —dijo el padre. Pero enseguida agregó—: De acuerdo,
venga, pero cinco minutos, vamos todos a mirar el cielo.
Buscamos
la Estrella Guarda, cercana a la segunda del brazo de la Osa Mayor.
Si uno alcanzaba a verla, dijo Johnston, quería decir que tenía
suficiente buena vista para entrar en las Fuerzas Aéreas; al menos
así había sido durante la Segunda Guerra Mundial.
—Yo
la veo, pero ya sabía que estaba allí —dijo Sunny.
—Yo
la he visto —dijo Gregory, desdeñoso—. La he visto aunque no
sabía si estaba allí o no.
—Yo
también la he visto —dijo Mark.
Mike
estaba delante de mí y a un lado. En realidad estaba más cerca de
Sunny. No había nadie detrás y yo quería rozarlo; rozar levemente,
como por casualidad, su brazo o su hombro. Luego, si él no se
apartaba —¿por cortesía, por considerarlo un simple accidente?—,
quería apoyarle un dedo en su nuca desnuda. ¿Era eso lo que habría
hecho él si hubiera estado detrás de mí? ¿En eso se habría
concentrado, en vez de en mirar las estrellas?
Tenía
la sensación, sin embargo, de que era un hombre escrupuloso. Se
habría refrenado.
Y
por la misma razón, por cierto, esa noche no iría a mi cama. En
cualquier caso era tan arriesgado que se hacía imposible. Arriba
había tres habitaciones: la de las visitas y la de los padres daban
a la más grande, donde dormían los niños. Quien quisiera entrar en
cualquiera de las dos pequeñas tenía que pasar por la otra. A Mike,
que la noche anterior había dormido en la de las visitas, lo habían
trasladado abajo, al sofá desplegable de la sala. En vez de deshacer
la cama en donde dormiría yo, Sunny le había dado a él sábanas
limpias.
—Es
muy limpio —dijo—. Y a fin de cuentas es un viejo amigo.
Yo
no podía pasar una noche apacible entre aquellas sábanas. En mis
sueños, no en la realidad, olían a juncos, barro de río y cañas
bajo el sol candente.
Sabía
que él no vendría por muy poco que fuera el riesgo. Habría sido un
acto mal visto en casa de sus amigos, que con el tiempo también
serían —si no lo eran ya— amigos de su mujer. ¿Y cómo podía
estar seguro de que yo quería eso? ¿O de que él quería,
realmente? Ni siquiera yo estaba segura. Hasta entonces siempre había
podido considerarme una mujer fiel a la persona con quien dormía en
un momento dado.
Dormí
inquieta y tuve sueños de una lujuria monótona, con tramas
secundarias irritantes y desagradables. Unas veces Mike quería
cooperar pero encontraba obstáculos. Otras veces se volvía esquivo,
como cuando decía que me había comprado un regalo pero acababa de
perderlo y era para él importantísimo recuperarlo. Yo le decía que
no se preocupara, que el regalo no me importaba porque mi regalo era
él, la persona que quería y había querido siempre; decía eso.
Pero él seguía preocupado.
Toda
la noche —o al menos cada vez que me despertaba, y me desperté
muchas veces—, los grillos estuvieron cantando junto a mi ventana.
Primero pensé que eran pájaros, un coro de infatigables pájaros
nocturnos. Llevaba viviendo en ciudades el tiempo suficiente para
haber olvidado la perfecta cascada de sonido que pueden obrar los
grillos.
Hay
que decir, también, que en ocasiones al despertarme me encontraba
varada en un banco seco. Una lucidez inoportuna. ¿Qué sabes en
realidad de ese hombre? ¿Qué sabe él de ti? ¿Qué música le
gusta, a quién vota? ¿Qué espera de las mujeres?
—¿Habéis
dormido bien? —preguntó Sunny.
—Como
una piedra —dijo Mike.
—Bien,
sí —contesté yo.
Esa
mañana, todo el mundo estaba invitado a almorzar en la casa de unos
vecinos que tenían piscina. Mike dijo que él prefería darse una
vuelta por el campo de golf, si no había problema.
—Claro
—Sunny me miró—. Bueno, no sé si tú… —dijo.
Y
Mike preguntó:
—Tú
no juegas al golf, ¿no?
—No.
—Pero
igual podrías hacerme de caddie.
—Te
haré de caddie yo —intervino Gregory. Estaba dispuesto a apuntarse
a cualquier excursión que hiciéramos nosotros, seguro de que lo
pasaría mejor y tendría más libertad que con sus padres.
Sunny
le dijo que no.
—Tú
vienes con nosotros. ¿No quieres meterte en la piscina?
—En
esa piscina, todos los chavales hacen pipí. No sé cómo no lo
sabes.
Antes
de salir, Johnston nos había prevenido de que anunciaban lluvia.
Mike dijo que correríamos el riesgo. Me gustó que hablara en plural
y me gustó ir en el coche con él, en el asiento de la esposa. Me
causaba placer imaginarnos como pareja, un placer que sabía
exaltado, adolescente. Me cautivaba la idea de ser esposa, como si no
lo hubiera sido nunca. Eso no me había pasado con el hombre que
entonces era mi amante. ¿De verdad habría podido asentarme con un
amor verdadero, desprenderme de las partes mías que no encajaban y
ser feliz?
Pero
ahora que estábamos solos había cierta inhibición.
—¿No
es hermoso el campo aquí? —pregunté.
Y
ahora lo decía en serio. Bajo el nuboso cielo blanco, las colinas
parecían más suaves que el día anterior bajo el sol insolente. A
fines del verano, el follaje de los árboles se corroía; los bordes
de las hojas empezaban a oxidarse y algunas ya estaban del todo
castañas o rojas. Yo ya reconocía diferentes hojas.
—Robles
—dije.
—Aquí
el suelo es arenoso —explicó Mike—. En toda la comarca… La
llaman Cresta de los Robles.
Dije
que suponía que Irlanda era muy hermosa.
—Algunas
zonas son muy áridas. Roca pelada.
—¿Tu
mujer creció allí? ¿Habla con ese acento encantador?
—Si
la escucharas dirías que sí. Pero cuando vuelve le dicen que lo ha
perdido. Le dicen que parece americana. Americana es lo que dicen
siempre… Tanto les da si es canadiense.
—Y
tus hijos… Supongo que no tienen acento irlandés, ¿no?
—No.
—Por
cierto, ¿son niños o niñas?
—Dos
niños y una niña.
Ahora
yo sentía un apremio por hablarle de las contradicciones, las penas
y las necesidades de mi vida.
—Yo
echo de menos a mis hijas —dije.
Pero
no contestó. Ni una palabra de comprensión, ningún aliento. Tal
vez le parecía indecoroso hablar de nuestras parejas y nuestros
hijos, dadas las circunstancias.
Poco
después entrábamos en el aparcamiento del club y, un poco
estrepitosamente, como para compensar la rigidez, él comentó:
—Parece
que el miedo a la lluvia ha dejado a los golfistas domingueros en
casa.
En
el aparcamiento había un solo coche. Mike se bajó y fue al despacho
a pagar mi entrada.
Yo
nunca había estado en un campo de golf. Había visto partidos por
televisión, una o dos veces y nunca por decisión propia, y tenía
la vaga idea de que a ciertos palos se los llamaba hierros, o a
ciertos hierros palos, que uno en especial era el niblick y el campo
se llamaba link. Cuando le dije eso a Mike, contestó:
—A
lo mejor te aburres espantosamente.
—Si
me aburro daré un paseo.
Eso
pareció gustarle. Me apoyó en el hombro una mano cálida y dijo:
—Verás
cómo te dan ganas.
Mi
ignorancia no importaba —desde luego que no tuve que hacer de
caddie— y no me aburrí. Mi única tarea era seguir a Mike por
donde fuera y mirarlo. En realidad ni siquiera tenía que mirarlo.
Podría haber mirado los árboles que bordeaban el campo; eran unos
árboles altos de copa plumosa y tronco esbelto, de cuyo nombre yo no
estaba segura —¿acacias?—, agitados de vez en cuando por un
viento que allí abajo no se sentía. También había bandadas de
pájaros, mirlos o estorninos, que volaban con una urgencia
comunitaria, aunque sólo de una copa a otra. Recordé entonces que
eso hacían los pájaros; en agosto o a fines de julio empezaban a
celebrar bulliciosas reuniones en masa, preparándose para volar al
sur.
De
vez en cuando Mike hablaba, pero rara vez a mí. No había necesidad
de que yo respondiera, y de hecho no habría podido hacerlo. Me
pareció, sin embargo, que hablaba más que si hubiera estado jugando
sin compañía. Sus palabras inconexas eran reproches, elogios
prudentes o advertencias para él mismo, y en ocasiones no eran casi
palabras sino esos sonidos que quieren comunicar un significado, y lo
comunican, en la larga intimidad de las vidas vividas en cercanía
voluntaria.
Se
suponía pues que yo debía hacer eso: proporcionarle una noción de
sí amplificada, extendida. Una noción más cómoda, podría
decirse, un sentido tranquilizador de la soledad propia por donde
cada humano se mueve sin hacer ruido. De haber sido yo un hombre, él
no habría tenido la misma expectativa, o la solicitud no habría
sido tan natural y espontánea. Tampoco si hubiera sido una mujer con
quien no creía tener un vínculo establecido.
Todo
eso no era producto de mi imaginación. Estaba allí, entero, en el
placer que me inundaba mientras caminábamos por el link. Las
dolorosas descargas de deseo que me habían recorrido por la noche se
habían domesticado y limitado a una delicada llama piloto, atenta,
conyugal. Yo lo observaba colocarse, elegir, calcular, ojear,
balancearse, y luego miraba el trayecto de la pelota, que a mí me
parecía siempre triunfal y a él problemático, hasta el lugar del
reto siguiente, de nuestro futuro inmediato.
Caminábamos
casi sin hablar. ¿Lloverá?, decíamos. ¿No has sentido una gota? A
mí me pareció que sí. A lo mejor no. No era la típica y dudosa
charla sobre el tiempo; pertenecía al contexto del juego. ¿Crees
que acabaremos la vuelta?
El
caso fue que no la acabamos. Hubo una gota de lluvia —indudablemente
una gota—, luego otra y por fin un golpeteo. Por encima del campo,
Mike miró hacia donde las nubes habían cambiado de color, del
blanco al azul plomizo, y sin especial alarma ni decepción dijo:
—Aquí
está nuestra lluvia.
Luego
se puso a ordenar metódicamente la bolsa.
No
podríamos haber estado más lejos de la casa del club. Los pájaros,
en un alboroto creciente, nos sobrevolaban en círculos, indecisos,
agitados. Las copas de los árboles se sacudían y hubo un ruido —al
parecer, sobre nuestras cabezas— como de ola pedregosa
estrellándose contra la playa. Mike dijo:
—Mejor
nos metemos allí debajo.
Al
borde de la hierba había unos arbustos de hojas oscuras y aspecto
casi formal, como si los hubieran plantado en seto. Pero eran
silvestres y habían crecido apretados. Aunque parecían
impenetrables, al acercarnos vimos pequeñas entradas, sendas
angostas abiertas por animales o jugadores en busca de pelotas. El
terreno declinaba suavemente y, después de atravesar el desparejo
muro de matas, entrevimos el río, el río que explicaba el cartel de
la entrada, el nombre del club. Club de golf La Ribera. El agua era
de un gris acerado y las ráfagas de viento la habían ondulado, pero
sin romper en crestas como la de los estanques. Entre la orilla y
nosotros había un prado de maleza florecida. Solidago, salvia de
campanillas violáceas, algo que me pareció ortiga en flor —púrpura
o blanca— y ásteres silvestres. Parra, también, rodeando lo que
encontrara y anudándose, o en maraña bajo los pies. El suelo era
suave, no del todo espumoso. Ni las plantas de apariencia más frágil
y delicada llegaban a nuestras cabezas.
Cuando
nos paramos a mirar entre ellas vimos, a poca distancia, grupos de
árboles agitándose como ramos. Y algo que se aproximaba en la
dirección de las nubes sombrías. Era la lluvia de verdad, que venía
detrás del primer chubasco, pero daba la impresión de ser mucho más
que una lluvia. Parecía como si una gran porción del cielo se
hubiera desprendido y empezara a descargarse, clamorosa y resuelta,
bajo una forma animal no del todo reconocible. A la cabeza se
desplazaban cortinas de agua; no velos, sino gruesas cortinas que se
sacudían con violencia. Las divisábamos claramente aunque todavía
no sintiéramos más que unas gotas leves y ociosas. Habríamos
podido estar mirando a través de una ventana, sin creer que el
cristal fuera a hacerse añicos, hasta que se rompió y el viento y
la lluvia nos embistieron y mi cabello se alzó en un revuelo. Pensé
que pronto se me iba a erizar la piel.
En
aquel momento intenté dar la vuelta; tenía la urgencia, que no
había sentido hasta entonces, de salir de los arbustos y correr
hacia la casa. Pero no podía moverme. Bastante costaba ya tenerse en
pie; a cielo abierto, el viento me habría derribado enseguida.
Encorvándose
para meter la cabeza entre las matas, la cara contra el viento y sin
soltarme el brazo, Mike se puso delante de mí. Luego se volvió a
mirarme, protegiéndome de la tormenta. Tanto habría dado que se
hubiera interpuesto un palillo. Me dijo algo a la cara, pero no lo
oí. Por mucho que estuviese gritando no me llegaba ni un sonido
suyo. Me había cogido los dos brazos y bajó las manos hasta
aferrarme las muñecas. Así fue tirando hacia abajo —en el intento
de cambiar de posición trastabillamos— hasta que estuvimos los dos
en cuclillas. Tan cerca estábamos uno de otro que no podíamos
mirarnos; sólo podíamos mirar el suelo, los diminutos ríos que
empezaban a romper en torno a nuestros pies, las plantas aplastadas,
los zapatos empapados. Veíamos aquello a través de los torrentes
que rodaban por nuestra cara.
Mike
me soltó las muñecas y me plantó las manos en los hombros. Era más
un gesto de retraimiento que de sosiego.
Así
permanecimos hasta que cesó el viento. No pudieron ser más de cinco
minutos, y quizá fueron sólo dos o tres. Seguía lloviendo, pero
era una lluvia fuerte, normal. Él retiró las manos y nos levantamos
temblando. Teníamos las camisas y los pantalones pegados a los
cuerpos. A mí el pelo me caía sobre la cara en largos zarcillos de
bruja y él tenía cortos tallos oscuros aplastados sobre la frente.
Intentó sonreír, pero apenas le quedaban fuerzas. Luego nos besamos
y estuvimos abrazados un instante. Fue más un rito, el
agradecimiento por haber sobrevivido, que una tendencia de los
cuerpos. Los labios se deslizaron unos sobre otros, frescos y
resbaladizos, y la presión del abrazo nos estremeció levemente,
como si nos hubiera rociado con agua fría.
Cada
vez llovía menos. Tambaleando un poco sobre hierbas medio aplastadas
nos abrimos paso entre los gruesos arbustos chorreantes. Por todo el
campo de golf había grandes ramas arrancadas. Sólo más tarde pensé
que alguna habría podido matarnos.
Anduvimos
al raso esquivando las ramas caídas. Ya casi no llovía y el aire
empezaba a iluminarse. Como caminaba con la Cabeza inclinada, para
que el agua que me caía del pelo no rodase por mi cara, sentí el
sol calentándome los hombros antes de alzar los ojos a la luz
festiva.
Me
detuve, respiré hondo y moviendo la cabeza me quité el pelo de la
cara. Había llegado el momento, ahora que estábamos empapados, a
salvo y frente al fulgor. Ahora había que decir algo.
—Hay
una cosa que no te he dicho.
Su
voz me sorprendió, como el sol. Pero en el sentido opuesto. Había
en ella un peso, una advertencia, una decisión con un matiz de
excusa.
—Sobre
nuestro hijo menor —dijo—. Nuestro hijo menor murió el verano
pasado.
Oh.
—Murió
atropellado —añadió—. Lo atropellé yo. Dando marcha atrás en
la puerta de casa.
Volví
a pararme. El se paró conmigo. Los dos mirábamos adelante.
—Se
llamaba Brian. Tenía tres años. El caso es que… yo pensé que
estaba en la cama. Los otros aún estaban en pie, pero a él lo
habíamos acostado. Y fue y se levantó. Sin embargo debí mirar.
Debí mirar con más cuidado.
Imaginé
el momento en que se había bajado del coche. El ruido que debió de
hacer. La madre corriendo fuera de la casa. No es él. Él no está
aquí. Esto no ha pasado.
Arriba,
en la cama.
Echó
a andar de nuevo y entró en el aparcamiento. Yo lo seguía a unos
pasos. Y no dije nada; ni una palabra amable, impotente. Lo habíamos
dejado atrás.
Él
no dijo: «Fue mi culpa» o «Nunca lo podré superar. Nunca me lo
perdonaré. Pero hago todo lo que puedo».
Ni:
«Mi mujer me perdona pero ella tampoco lo va a superar».
Yo
lo sabía. Ahora sabía que él era de esos que han tocado fondo. De
esos que saben —como no sabía yo, ni me acercaba siquiera a saber—
qué significa exactamente tocar fondo. Los dos lo sabían, él y su
mujer, y eso los unía como sólo lo hace aquello que une o separa
para siempre. No vivirían siempre en el fondo, claro. Pero
compartirían el hecho de conocer ese espacio central gélido, vacío,
cerrado.
Podría
sucederle a cualquiera.
Sí.
Pero no parece que sea así. Parece que le sucediera a éste, a
aquél, elegidos aquí y allá, de uno en uno.
—No
es justo —dije.
Hablaba
de cómo lidiar con esos castigos fortuitos, esos zarpazos malvados y
catastróficos. Peores así, tal vez, que cuando ocurren entre un
aluvión de desgracias, en la guerra o en un terremoto. Y todavía
peores cuando hay alguien cuya acción, probablemente una acción
inhabitual, lo hace singular y permanentemente responsable.
De
eso hablaba. Pero también quería decir: No es justo. ¿Y eso qué
tiene que ver con nosotros?
Una
protesta tan brutal que casi parece inocente, cuando surge de la
médula del ser. Inocente, es decir, cuando es una quien la eleva y
no la hace pública.
—En
fin —dijo él con mucha suavidad. Porque no se veía la justicia
por ningún lado—. Sunny y Johnston no lo saben —agregó—. No
lo sabe ninguno de los que conocimos después de cambiar de casa. Nos
pareció que así nos arreglaríamos mejor. Ni siquiera los otros
niños… Ellos casi no lo mencionan. No lo nombran.
Yo
no era de los que habían conocido después de dejar la casa. No era
de las personas entre las que harían su nueva vida, normal y ardua.
Yo era una persona que sabía; nada más. Una persona que él tenía
para sí y que sabía.
—Qué
raro —exclamó, mirando alrededor, antes de abrir el maletero para
colocar los palos—. ¿Qué pasó con el tío que había aparcado
aquí? ¿Te fijaste en que cuando llegamos había un coche? Pero en
el campo no vi a nadie, ahora que lo pienso. ¿Y tú?
Contesté
que no.
—Un
misterio —dijo. Y otra vez—: En fin.
Era
una expresión que yo había oído muchas veces en mi infancia, y
dicha en el mismo tono. Un puente entre una cosa y otra, una
conclusión o una forma de decir algo que no podía decirse más
claramente, ni pensarse.
«El
fin del pozo está en el pozo», era el chiste para contestar.
La
tormenta había malogrado la fiesta junto a la piscina. Eran
demasiados invitados para meterse en casa, y los que tenían hijos
habían preferido marcharse.
En
el camino de vuelta, tanto Mike como yo habíamos notado —y lo
habíamos comentado— una picazón en los antebrazos, en el dorso de
las manos y alrededor de los tobillos. Lugares que habíamos tenido
al descubierto al acuclillarnos entre la maleza. Me acordé de las
ortigas.
Sentados
en la cocina de Sunny, ya con ropa seca, contamos la aventura y
mostramos las ronchas.
Sunny
sabía qué hacer. La del día anterior con Claire no había sido su
primera visita a la sala de urgencias del hospital local. Otro fin de
semana, los niños se habían metido en un terreno fangoso, detrás
del establo, y habían vuelto cubiertos de manchas y verdugones. El
médico había dicho que debían de haber rozado ortigas. Que se
habrían revolcado en ellas, había dicho exactamente. Había
recetado compresas frías, una loción antihistamínica y unas
píldoras. En el frasco aún quedaba loción, y también quedaban
píldoras porque Mark y Gregory se habían curado enseguida.
Dijimos
que píldoras no; lo nuestro no parecía tan serio.
Sunny
contó que había hablado con la mujer de la gasolinera, y que según
ella había una planta con cuyas hojas se hacía el mejor cataplasma
para las ronchas de ortiga. Nada de píldoras ni porquerías, había
dicho la mujer. La planta se llamaba algo así como pie de cordera.
¿Piscornera? La mujer había dicho que se la encontraba en cierto
cruce de caminos, junto a un puente.
Sunny
tenía muchas ganas de hacerlo; le encantaba la idea del remedio
folclórico. Tuvimos que advertirle que la loción ya estaba allí, y
pagada.
Pero
ella disfrutaba velando por nosotros. En realidad, nuestra
tribulación puso a toda la familia de buen humor, los apartó de los
inconvenientes del día de tormenta y los planes cancelados. El hecho
de que hubiésemos resuelto irnos juntos y hubiésemos vivido una
aventura —una aventura cuyas pruebas llevábamos en el cuerpo—,
parecía despertar en Sunny y Johnston un entusiasmo provocativo.
Graciosas miradas de él, una solicitud encendida de parte de ella.
Por supuesto que si hubiéramos aportado pruebas de verdadera mala
conducta —abrojos en el trasero, manchas rojas en los muslos y el
vientre—, no habrían sido tan encantadores e indulgentes.
A
los chicos los divertía vernos sentados con los pies en sendas
palanganas, los brazos y las piernas envueltos en trapos gruesos. A
Claire la deleitaba en especial la visión de nuestros pies adultos
disparatadamente expuestos. Mike retorcía los largos dedos y ella
rompía en ataques de risa alarmada.
Bien.
Si alguna vez volvíamos a encontrarnos sería lo mismo de siempre. O
si no nos encontrábamos más. Un amor inútil, consciente de su
lugar. (Alguien había dicho que irreal, porque nunca se arriesgaría
a partirse el cuello, a transformarse en un chiste malo o a
consumirse tristemente). Nada arriesgado y sin embargo vivo como un
hilo de agua dulce, una fuente subterránea. Con el peso de ese nuevo
silencio, ese sello.
En
todos los años de nuestra amistad menguante nunca le pedí a Sunny
noticias de él, ni las tuve.
Esas
plantas de grandes flores púrpuras no son ortigas. He descubierto
que se llaman algo así como dactilorizas. Las ortigas entre las que
seguramente nos metimos son plantas más insignificantes, sus flores
son de un púrpura más claro y tienen tallos malignamente provistos
de espinas finas, feroces, penetrantes e inflamatorias. Aunque no las
notáramos, también de ésas debió de haber habido en el prado
baldío.
Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. 2001.



