domingo, 8 de marzo de 2026

La vida instrucciones de uso (Capítulo LXXXIII). Georges Perec.

Hutting, 3
La habitación de Hutting, instalada en el altillo de su gran estudio, corresponde más o menos a la antigua habitación de servicio n.º 12, en la que vivió, hasta finales de 1949, un matrimonio muy viejo al que llamaban los Honoré; Honoré era en realidad el nombre de pila del marido, pero nadie, salvo quizá la señora Claveau y los Gratiolet, conocía su apellido —Marcion— ni usaba el nombre de pila de la mujer, Corinne, a quien todos los vecinos se empeñaban en llamar señora Honoré.
Hasta mil novecientos veintiséis los Honoré sirvieron en casa de los Danglars. Honoré era mayordomo y la señora Honoré cocinera, una cocinera a la antigua, que llevaba en cualquier época del año un pañuelo de indiana prendido con un alfiler a la espalda, un gorro que le cubría los cabellos, medias grises, enaguas rojas y, encima de la blusa, una delantal de peto. Completaba el servicio de los Danglars una tercera criada; era Célia Crespi, que había sido contratada como doncella unos meses antes.
El tres de enero de mil novecientos veintiséis, unos diez días después del incendio que había destruido el gabinete de la señora Danglars, Célia Crespi, al ir a empezar su jornada sobre las siete de la mañana, se encontró con el piso vacío. Por lo visto, los Danglars habían metido unos cuantos objetos de primera necesidad en tres maletas y se habían marchado sin avisar.
La desaparición de un presidente segundo del Tribunal de Apelación no podía constituir un hecho anodino y al día siguiente empezaron a correr los rumores sobre lo que, de buenas a primeras, se dio en llamar el caso Danglars: ¿Era cierto que se habían proferido amenazas contra el magistrado? ¿Era cierto que desde hacía más de dos meses lo andaban siguiendo unos policías vestidos de paisano? ¿Era cierto que se había efectuado un registro en su despacho del Palacio de Justicia a pesar de una prohibición formal notificada al prefecto de policía por el propio ministro de Justicia? Fueron las preguntas que, encabezada por los periódicos satíricos, formuló la prensa multitudinaria con su acostumbrado sentido del escándalo y su sensacionalismo.
La respuesta llegó al cabo de una semana: el Ministerio del Interior publicó un comunicado anunciando que Berthe y Maximilien Danglars habían sido detenidos el cinco de enero, cuando intentaban entrar clandestinamente en Suiza. Y se enteró el público, estupefacto, de que, desde el final de la guerra, el alto magistrado y su esposa habían cometido unos treinta robos a cual más audaz.
No era por interés por lo que robaban los Danglars sino más bien, a semejanza de todos esos casos descritos con abundancia de detalles por la literatura psicopatológica, porque los peligros que corrían al cometer aquellos robos les procuraban una exaltación y una excitación de índole propiamente erótica y de intensidad excepcional. Aquel matrimonio de grandes burgueses rígidos que siempre habían tenido unas relaciones a lo Gauthier-Shandy (una vez por semana, después de darle cuerda al reloj de chimenea, Maximilien Danglars cumplía su deber conyugal) descubrió que el robar en público un objeto de gran valor desencadenaba en uno y otro una especie de embriaguez libidinosa que pronto se convirtió en su razón de existir.
Habían tenido la revelación de aquella pulsión común de modo totalmente fortuito; un día, acompañando a su marido a Cleray, para que escogiera una cigarrera, la señora Danglars, presa de un trastorno y un pavor irresistibles y mirando directamente a los ojos a la dependienta que los atendía, había robado una hebilla de cinturón de concha. No era más que un hurto de lujo, pero, cuando aquella misma noche se lo confesó a su marido, que no había advertido nada, el relato de aquella hazaña ilegal provocó simultáneamente en ellos un frenesí sensual que no solía formar parte de sus prácticas amorosas.
Las reglas de su juego se elaboraron bastante aprisa. Lo importante en todo aquello era que uno de los dos realizase delante del otro el robo que este último le había intimado a cometer. Todo un sistema de prendas, generalmente eróticas, recompensaba o castigaba al ladrón según hubiese triunfado o fracasado.
Recibiendo mucho y siendo invitados muy a menudo, elegían sus víctimas en los salones de las embajadas o en las grandes fiestas del Todo París. Por ejemplo, Berthe Danglars desafiaba a su marido a que le trajese la estola de pieles que llevaba aquella noche la duquesa de Beaufour y Maximilien, recogiendo el guante, exigía a cambio que su mujer se procurase el cartón de Fernand Cormon (La caza del uro) que adornaba uno de los salones de sus huéspedes. Según la dificultad para acercarse al objeto codiciado, el candidato podía disponer de cierto plazo y hasta beneficiarse, en determinados casos más complejos, con la complicidad o la protección del cónyuge.
De los cuarenta y cuatro retos que se lanzaron, treinta y dos fueron cumplidos. Robaron, entre otras cosas, un gran samovar de plata en casa de la condesa de Melan, un boceto de Perugino en la residencia del nuncio del Papa, el alfiler de corbata del director general del Banco Hainaut, y el manuscrito casi completo de la Memoria sobre la vida de Jean Racine, por su hijo Louis, en casa del jefe de gabinete del ministro de Instrucción Pública.
Cualquier otra persona hubiera sido localizada y detenida en seguida; pero ellos, incluso en los pocos casos en que los cogieron in fraganti, pudieron disculparse con facilidad: parecía tan imposible que un gran magistrado y su esposa pudieran resultar sospechosos de robo que los testigos preferían dudar de lo que habían visto con sus propios ojos antes que admitir la culpabilidad de un juez.
Así, interrogado por el comerciante en objetos artísticos d’Olivet en la escalera de su hotelito particular, cuando se llevaba tres lettres de cachet, firmadas por Luis XVI, relativas a la prisión del marqués de Sade en Vincennes y en la Bastilla, Maximilien Danglars explicó con el mayor sosiego que acababa de pedir la autorización para llevárselas prestadas cuarenta y ocho horas a un hombre al que había confundido con su anfitrión, justificación totalmente indefendible que d’Olivet aceptó, no obstante, sin pestañear.
Esta casi impunidad les dio una temeridad loca, como lo demuestra en particular el suceso que acarreó su perdición. Con motivo de un baile de máscaras, ofrecido por Timothy Clawbonny —del banco de negocios Marcuart, Marcuart, Clawbonny y Shandon—, un viejo anglosajón lampiño, amanerado y pederasta, disfrazado de Confucio, mandarín de gafas y vestidura larga, Berthe Danglars robó una tiara escita. El robo se descubrió durante la fiesta. La policía, llamada inmediatamente, registró a todos los invitados y descubrió la joya en la gaita trucada de la esposa del presidente, que se había disfrazado de escocesa.
Berthe Danglars confesó tranquilamente que había forzado la vitrina donde estaba encerrada la tiara porque se lo había mandado su marido; con la misma tranquilidad Maximilien confirmó esta confesión, exhibiendo acto seguido una carta del director de la cárcel de la Santé en la que le rogaba —a título altamente confidencial— que no perdiese de vista cierta corona de oro que sabía por uno de sus mejores confidentes que debía ser robada en el transcurso de aquella fiesta de disfraces por Chalia la Rapine: se había dado este sobrenombre a un audaz ladrón que había cometido su primera fechoría en la Ópera durante una representación de Boris Godunov; en realidad Chalia la Rapine fue siempre un ladrón mítico; más adelante se averiguó que de los treinta y tres robos con fractura que se le imputaban, los Danglars habían perpetrado dieciocho.
Aquella vez aún, por inverosímil que pudiera parecer la explicación, fue admitida por todos, incluida la policía. Sin embargo, al regresar, pensativo, al Quai des Orfèvres, un joven inspector, Roland Blanchet, quiso ver los expedientes de todos los robos cometidos en París en ocasión de fiestas mundanas, pendientes todavía de solución; pegó un salto al constatar que los Danglars figuraban en veintinueve de las treinta y cuatro listas de invitados. Para él eso constituía la más abrumadora de todas las pruebas; pero el prefecto de policía, a quien comunicó sus sospechas, pidiéndole que lo encargara del caso, no quiso ver en ello más que una coincidencia. Y tras haber informado, por prudencia, al Ministerio de Justicia, donde causó indignación que un policía pudiera dudar de la palabra y la honorabilidad de un magistrado tenido en gran aprecio por todos sus colegas, el prefecto prohibió a su inspector que se ocupase de aquella investigación y, ante su insistencia, lo amenazó incluso con trasladarlo a Argelia.
Loco de rabia, presentó Blanchet su dimisión, jurándose a sí mismo que volvería con la prueba de la culpabilidad de los Danglars.
En vano, durante varias semanas, los siguió o los mandó seguir y penetró clandestinamente en el despacho que Maximilien tenía a su disposición en el Palacio de Justicia. Las pruebas que andaba buscando, si es que existían, no estaban desde luego allí, y la única oportunidad que le quedaba era que los Danglars hubiesen conservado en su piso algunos de los objetos robados. En Nochebuena de 1925, sabiendo que los Danglars cenaban fuera, que los Honoré ya estaban acostados y que la joven doncella iba de cotillón con tres amigos (Serge Valène, François Gratiolet y Flora Champigny) al restaurante de los Fresnel, Blanchet consiguió penetrar por fin en el tercero izquierda. No encontró ni el abanico incrustado de zafiros de Fanny Mosca, ni el retrato de Ambroise Vollard por Felix Vallotton que había sido sustraído a lord Summerhill al día siguiente mismo de haberlo adquirido, pero sí un collar de perlas que tal vez fuese el que habían robado en casa de la princesa Rzewuska poco después del armisticio y un huevo de Fabergé que coincidía bastante con el que se había robado en casa de la señora de Guitaut. Pero dio con un cuerpo del delito mucho más comprometedor para los Danglars que aquellas pruebas cuya legitimidad podrían seguir discutiendo sus ex superiores: un cuaderno de gran formato, con rayado contable, que contenía la descripción sucinta pero precisa de cada uno de los robos que los Danglars habían cometido o habían intentado cometer, acompañada, en la página de al lado, de la enumeración de prendas que, consecuentemente, se había impuesto el matrimonio.
Blanchet iba a volverse con el cuaderno revelador, cuando, en la otra extremidad del pasillo, oyó que abrían la puerta del piso: era Célia Crespi que se había olvidado de encender la chimenea del gabinete de la señora antes de subir a acostarse, tal como se lo había pedido Honoré, y volvía a cumplir tardíamente su deber, aprovechando la ocasión para ofrecer una copita de licor a sus compañeros de cotillón y hacerles probar los maravillosos marrons glacés mandados al señor por un encausado agradecido. Escondido tras una cortina, miró Blanchet su reloj y vio que era cerca de la una de la madrugada. Sin duda estaba previsto que los Danglars volvieran tarde, pero cada minuto que pasaba aumentaba el riesgo de un encuentro desagradable, y no podía salir sin pasar por delante de la gran vidriera del comedor donde Célia agasajaba a sus convidados. La visión del ramo de flores artificiales le dio la idea de provocar un incendio antes de ir a ocultarse al dormitorio de los Danglars. El fuego se propagó con loca rapidez, y Blanchet se preguntaba si no iba a caer en su propia trampa, cuando Célia Crespi y los demás acabaron por darse cuenta de que estaba ardiendo todo el fondo del piso. Dieron la alarma y ya entonces le fue fácil huir al policía mezclado con la multitud de auxiliadores y vecinos.
Blanchet estuvo haciéndose el muerto durante varios días, dejando cruelmente que los Danglars creyeran que el cuaderno que los condenaba —y que habían buscado frenéticamente al regresar a su piso medio consumido por el fuego— se había quemado al mismo tiempo que todos los objetos que se hallaban en el gabinete. Después, el ex policía llamó a Danglars: el triunfo de la justicia y el restablecimiento de la verdad no eran ya los únicos motivos que lo animaban: si sus pretensiones hubieran sido menos elevadas, es probable que aquel caso no hubiera salido nunca a la luz pública y el presidente segundo del Tribunal de Apelación y su esposa hubieran seguido mucho tiempo aún entregándose libremente a sus sustracciones libidinosas. Pero la cantidad que exigió Blanchet —quinientos mil francos— superaba sus posibilidades financieras. «Róbenlos» replicó cínicamente Blanchet antes de colgar: los Danglars se sentían absolutamente incapaces de robar por dinero y prefirieron jugarse la última carta emprendiendo la huida.
A la justicia le gusta muy poco que sus supuestos defensores se mofen de ella, y el jurado pegó fuerte: treinta años de reclusión criminal para Berthe Danglars, cadena perpetua para Maximilien, que fue deportado a Saint-Laurent-du-Maroni, donde tardó poco tiempo en morir.
Hace algunos años, paseando por París, la señorita Crespi reconoció a su antigua señora; la vio sentada en un banco de la calle de la Folie-Régnault: una vagabunda desdentada, vestida con una bata de color caca de oca, empujando un cochecito de niño lleno de harapos diversos y respondiendo al apodo de Baronesa.
Ambos Honoré tenían en la época setenta años. Él era un lionés de tez pálida; había viajado, había tenido aventuras, había sido marionetista con Vuillerme y con Laurent Josserand, ayudante de un fakir, mozo de café en el baile Mabille, organillero con un gorro puntiagudo y un monito subido al hombro, antes de colocarse de criado en casas burguesas, en las que su flema, más británica que la de los mismos británicos, no había tardado en hacerlo insustituible. Ella era una robusta campesina normanda que lo sabía hacer todo: igual habría cocido el pan que habría matado un gorrino, si se lo hubiesen pedido. Colocada en París a la edad de quince años, a finales de 1871, había entrado de pinche en una pensión de familia, The Vienna School and Family Hotel, en el 22 de la calle Darcet, cerca de la plaza Clichy, un establecimiento llevado con mano férrea por una griega, la señora Cissampelos, mujer bajita y seca como un trallazo, que enseñaba buenos modales a las jóvenes inglesas portadoras de aquellos temibles incisivos que entonces quedaba bien decir que servían para hacer teclas de piano.
Al cabo de treinta años, Corinne seguía allí de cocinera, aunque sólo ganaba veinticinco francos mensuales. Fue por esa época cuando conoció a Honoré. Se vieron por primera vez en la Exposición Universal, en el espectáculo de los Muñecos Guillaumes, un teatro de autómatas en el que, en un escenario minúsculo, se veía bailar y parlotear a unas muñecas de cincuenta centímetros de estatura, vestidas a la última moda. Viendo Honoré el asombro de Corinne, le dio explicaciones técnicas antes de llevarla a visitar la Casa al revés, un viejo castillo gótico alzado sobre sus chimeneas, con las ventanas del revés y los muebles colgados del techo, el Palacio luminoso, aquella casa mágica en la que todo, desde los muebles hasta las tapicerías, desde las alfombras hasta los ramos de flores, estaba hecho con vidrio, y cuyo constructor, el vidriero Ponsin, había muerto sin verla acabada; el Globo celeste, el Palacio del vestido, el Palacio de la óptica, con su gran catalejo que permitía ver la LUNA a UN metro, los Dioramas del Club Alpino, el Panorama trasatlántico, Venecia en París y otros diez pabellones. Lo que más los impresionó fue, a ella, el arco iris artificial del pabellón de Bosnia y, a él, la Exposición minera subterránea, con sus seiscientos metros de pasadizos recorridos por un ferrocarril eléctrico que desembocaba de pronto en una mina de oro en la que trabajaban negros de verdad, y la cuba gigantesca del señor Fruhinsoliz, verdadera edificación de cuatro pisos que comprendía no menos de cincuenta y cuatro quioscos donde se despachaban todas las bebidas del mundo.
Cenaron en la Taberna de la Bella Molinera, al lado de los pabellones coloniales, donde bebieron Chablis en jarrita y donde comieron sopa de berzas y pierna de cordero que a Corinne le pareció mal guisada.
A Honoré lo había contratado por un año el señor Danglars padre, un viticultor de la Gironde, presidente de la Sección bordelesa del Comité de Vinos, que se había venido a instalar a París para todo el tiempo que durara la Exposición y le había alquilado un piso a Juste Gratiolet. Cuando dejó París, a las pocas semanas, el señor Danglars padre estaba tan contento con su mayordomo que se lo regaló, junto con el piso, a su hijo Maximilien, que estaba a punto de casarse y acababa de ser nombrado asesor. Poco después, el joven matrimonio, aconsejado por su mayordomo, contrató a la cocinera.
Después del caso Danglars los Honoré, demasiado viejos para pensar en buscarse otra colocación, obtuvieron de Émile Gratiolet la autorización de seguir conservando su cuarto. Estuvieron vegetando en él con sus pequeños ahorrillos, reforzados de vez en cuando gracias a alguna chapuza suplementaria, como guardar a Ghislain Fresnel cuando no podían llevárselo las niñeras, o ir a buscar a Paul Hébert a la salida del colegio, o preparar para tal o cual vecina que daba una cena suculentos pastelillos de carne o bastoncitos de naranja en dulce forrados de chocolate. De este modo vivieron más de veinte años todavía, cuidando su buhardilla con meticuloso esmero, dando cera a las baldosas romboidales, regando casi con cuentagotas su mirto en el jarro de cobre rojo. Alcanzaron la edad de noventa y tres años, ella cada vez más arrugadita, él cada vez más largo y seco. Y un día de noviembre de 1949, se cayó Honoré al levantarse de la mesa y murió casi en el acto. Corinne no le sobrevivió más allá de unas semanas.
Célia Crespi, para quien era su primer trabajo, se quedó más desamparada aún que los Honoré con la desaparición súbita de sus señores. Tuvo la suerte de volver a colocarse casi en seguida en la escalera con el inquilino que, durante un año, ocupó el piso de los Danglars, un hombre de negocios latinoamericano al que la portera y algunos más llamaban Rastacuero, un obeso jovial de bigotes lustrados, que fumaba largos habanos, se hurgaba los dientes con un palillo de oro y llevaba un grueso diamante a modo de alfiler de corbata; después la empleó la señora de Beaumont, cuando se vino a vivir a la calle Simon-Crubellier después de su boda. Más tarde, cuando la cantante, casi en seguida de nacer su hija, se marchó para una larga gira por Estados Unidos, Célia Crespi entró de costurera en casa de Bartlebooth y se quedó hasta que el inglés emprendió su larga vuelta al mundo. Un poco más tarde encontró una colocación de dependienta en Las delicias de Luis XV, la pastelería salón de té más apreciada del barrio y en ella trabajó hasta su jubilación.
Aunque siempre la llamaron señorita Crespi, Célia Crespi tuvo un hijo. Lo trajo discretamente al mundo en mil novecientos treinta y seis. Casi nadie se había dado cuenta de que estaba embarazada. Toda la finca se preguntó por la identidad del padre y se barajaron todos los nombres de los individuos de sexo masculino que vivían en la casa, con edades comprendidas entre los quince y los setenta y cinco años. El secreto no se desveló nunca. El niño, declarado hijo de padre desconocido, se crio fuera de París. Nadie de la casa lo vio jamás.
Se ha sabido, hace sólo unos años, que lo mataron durante los combates por la Liberación de París, cuando ayudaba a un oficial alemán a cargar en su sidecar una caja de botellas de champán.
La señorita Crespi nació en un pueblo al norte de Ajaccio. Salió de Córcega a la edad de doce años y nunca ha vuelto a ir. A veces entorna los ojos y ve el paisaje que había delante de la ventana del cuarto donde hacía la vida toda la familia: la tapia cubierta de buganvilias en flor, la cuesta donde crecían matas de euforbios, el seto de chumberas, el emparrado de alcaparros; pero no consigue acordarse de nada más.
Actualmente la habitación de Hutting sirve muy rara vez. Encima del sofá-cama cubierto con una piel sintética y provisto de unos treinta cojines de colores abigarrados, está clavada una alfombra de rezos de seda procedente de Samarcanda, con un dibujo rosa ajado y largos flecos negros. A la derecha un silloncito tipo sapo forrado de seda amarilla hace de mesilla de noche: sostiene un despertador de acero brillante que presenta la forma de un corto cilindro oblicuo, un teléfono cuya esfera tiene un dispositivo de teclas y un número de la revista de vanguardia La Bête Noire. No hay cuadros en las paredes pero, a la izquierda de la cama, montada en un marco de acero móvil que la convierte en una especie de monstruoso biombo, hay una obra del intelectualista italiano Martiboni: es un bloque de poliestireno de dos metros de alto, uno de ancho y diez centímetros de hondo, en el que están metidos viejos corsés revueltos con pilas de antiguos carnets de baile, flores secas, vestidos de seda rozados hasta la trama, jirones de pieles apolilladas, abanicos roídos semejantes a patas de ánades despojadas de sus palmas, zapatos de plata sin suelas ni tacones, restos de festines y dos o tres perritos disecados.

La vida instrucciones de uso, 1978. 

sábado, 7 de marzo de 2026

Ábaco. Arantza Portabales.

Un, dos, tres, cuatro, sesenta. Un minuto, dos, tres… siete. Al dente. Saco los espaguetis del fuego. Llegarás en ocho minutos. Preparo la salsa. Tomate. Orégano. Pongo la mesa. Descuento. Cuatro, tres, dos, uno. Tres timbrazos. Dos besos. Un abrazo. Me gusta contar. Aunque solo en las colas del supermercado hay paz. En la del médico huele a rabia y a desinfectante. Vivir es contar. Un, dos tres, cuatro, sesenta y vuelta a empezar. Un minuto, dos, sesenta. Una hora, dos tres, veinticuatro. Un día, dos, tres, treinta. Un mes. Una regla, otra regla. Un año, otro, treinta y nueve.
¿En qué piensas?
En nada.
Pienso en que la salsa solo lleva tomate. Me tocó el veintiocho en la carnicería. Los números rojos se deslizaban lentos. Diecisiete, dieciocho, diecinueve. Eran las dos menos diez. Salen a y cuarto. Veintiuno. Ya eran las dos. Solté la cesta. Corrí. Dos y diez. Me paré ante el colegio. Escuché el timbre. Se abrieron las puertas. Un niño, dos, tres, veinte, cincuenta, doscientos.
¿En qué piensas?
En nada.
Pienso en cómo desaparecen, día a día, uno a uno, con sus manitas aferradas a las de sus padres. Doscientos, cien, cincuenta, veinte, dos, uno.
Cero.
Nunca sobra ninguno.


martes, 3 de marzo de 2026

El mejor amigo de un muchacho. Isaac Asimov.

-Querida, ¿dónde está Jimmy? -preguntó el señor Anderson.
-Afuera, en el cráter -dijo la señora Anderson-. No te preocupes por él. Está con Robutt… ¿Ha llegado ya?
-Sí. Está pasando las pruebas en la estación de cohetes. Te juro que me ha costado mucho contenerme y no ir a verlo. No he visto ninguno desde que abandoné la Tierra hace ya quinceaños… dejando aparte los de las películas, claro.
-Jimmy nunca ha visto uno -dijo la señora Anderson.
-Porque nació en la Luna y no puede visitar la Tierra. Por eso hice traer uno aquí. Creo que es el primero que viene a la Luna.
-Sí, su precio lo demuestra -dijo la señora Anderson lanzando un suave suspiro.
-Mantener a Robutt tampoco resulta barato, querida -dijo el señor Anderson.
Jimmy estaba en el cráter, tal y como había dicho su madre. En la Tierra le habrían considerado delgado, pero estaba bastante alto para sus diez años de edad. Sus brazos y piernas eran largos y ágiles. El traje espacial que llevaba hacía que pareciese más robusto y pesado, pero Jimmy sabía arreglárselas en la débil gravedad lunar como ningún terrestre podía hacerlo nunca. Cuando Jimmy tensaba las piernas y daba su salto de canguro su padre siempre acababa quedándose atrás.
El lado exterior del cráter iba bajando en dirección sur y la Tierra -que se hallaba bastante baja en el cielo meridional, el lugar desde donde siempre podía ver desde Ciudad Lunar-, ya casi había entrado en la fase de llena, por lo que toda la ladera del cráter quedaba bañada por su claridad.
La pendiente no era muy empinada, y ni tan siquiera el peso del traje espacial podía impedir que Jimmy se moviera con gráciles saltos que le hacían flotar y creaban la impresión de que no había ninguna gravedad contra la que luchar.
-¡Vamos, Robutt! -gritó Jimmy.
Robutt le oyó a través de la radio, ladró y echó a correr detrás de él. Jimmy era un experto, pero ni tan siquiera él podía competir con las cuatro patas y los tendones de Robutt, que además no necesitaba traje espacial. Robutt saltó por encima de la cabeza de Jimmy, dio una voltereta y terminó posándose casi debajo de sus pies.
-No hagas tonterías, Robutt, y quédate allí donde pueda verte -le ordenó Jimmy.
Robutt volvió a ladrar, ahora con el ladrido especial que significaba “Sí”.
-No confío en ti, farsante -exclamó Jimmy.
Dio un último salto que lo llevó por encima del curvado borde superior de la pared del cráter y le hizo descender hacia la ladera inferior.
La Tierra se hundió detrás del borde de la pared del cráter, y la oscuridad cegadora y amistosa que eliminaba toda diferencia entre el suelo y el espacio envolvió a Jimmy. La única claridad visible era la emitida por las estrellas.
En realidad Jimmy no tenía permitido jugar en el lado oscuro de la pared del cráter. Los adultos decían que era peligroso, pero lo decían porque nunca habían estado allí. El suelo era liso y crujiente, y Jimmy conocía la situación exacta de cada una de las escasas piedras que había en él.
Y, además, ¿qué podía haber de peligroso en correr a través de la oscuridad cuando la silueta resplandeciente de Robutt le acompañaba ladrando y saltando a su alrededor? El radar de Robutt podía decirle dónde estaba y dónde estaba Jimmy aunque no hubiera luz. Mientras Robutt estuviera con él para advertirle cuando se acercaba demasiado a una roca, saltar sobre él demostrándole lo mucho que le quería o gemir en voz baja y asustada cuando Jimmy se ocultaba detrás de una roca aunque Robutt supiera todo el tiempo dónde estaba Jimmy, jamás podría sufrir ningún daño. En una ocasión Jimmy se acostó sobre el suelo, se puso muy rígido y fingió estar herido, y Robutt activó la alarma de la radio haciendo acudir a un grupo de rescate de Ciudad Lunar. El padre de Jimmy castigó la pequeña travesura con una buena reprimenda, y Jimmy nunca había vuelto a hacer algo semejante.
La voz de su padre le llegó por la frecuencia privada justo cuando estaba recordando aquello.
-Jimmy, vuelve a casa. Tengo que decirte algo.
Jimmy se había quitado el traje espacial y se había lavado concienzudamente después de entrar en casa; e incluso Robutt había sido meticulosamente rociado, lo cual le encantaba. Robutt estaba inmóvil sobre sus cuatro patas con su pequeño cuerpo de no más de treinta centímetros de longitud estremeciéndose y lanzando algún que otro destello metálico, y su cabecita desprovista de boca con dos ojos enormes que parecían cuentas de cristal y la diminuta protuberancia donde se hallaba alojado el cerebro no dejó de lanzar débiles ladridos hasta que el señor Anderson abrió la boca.
-Tranquilo, Robutt -dijo el señor Anderson, y sonrió-. Bien, Jimmy, tenemos algo para ti. Ahora se encuentra en la estación de cohetes, pero mañana ya habrá pasado todas las pruebas y lo tendremos en casa. Creo que ya puedo decírtelo.
-¿Algo de la Tierra, papi?
-Es un perro de la Tierra, hijo, un perro de verdad… un cachorro terrier escocés para ser exactos. El primer perro de la Luna… Ya no necesitarás más a Robutt. No podemos tenerlos a los dos, ¿sabes? Se lo regalaremos a algún niño.
-El señor Anderson parecía estar esperando que Jimmy dijera algo, pero al ver que no abría la boca siguió hablando-. Ya sabes lo que es un perro, Jimmy. Es de verdad, está vivo… Robutt no es más que una imitación mecánica, una copia de robot.
Jimmy frunció el ceño.
-Robutt no es una imitación, papi. Es mi perro.
-No es un perro de verdad, Jimmy. Robutt tiene un cerebro positrónico muy sencillo y está hecho de acero y circuitos. No está vivo.
-Hace todo lo que yo quiero que haga, papi. Me entiende. Te aseguro que está vivo.
-No, hijo. Robutt no es más que una máquina. Está programado para que actúe de esa forma. Un perro es algo vivo. En cuanto tengas al perro ya no querrás a Robutt.
-El perro necesitará un traje espacial, ¿verdad?
-Sí, naturalmente, pero creo que será dinero bien invertido y muy pronto se habrá acostumbrado a él… Y cuando esté en la ciudad no lo necesitará, claro. Cuando lo tengamos en casa enseguida notarás la diferencia.
Jimmy miró a Robutt. El perro robot había empezado a lanzar unos gemidos muy débiles, como si estuviera asustado. Jimmy extendió los brazos hacia él y Robutt salvó la distancia que le separaba de ellos de un solo salto.
-¿Y qué diferencia hay entre Robutt y el perro? -preguntó Jimmy.
-Es difícil de explicar -dijo el señor Anderson-, pero lo comprenderás en cuanto lo veas. El perro te querrá de verdad, Jimmy. Robutt sólo está programado para actuar como si te quisiera, ¿entiendes?
-Pero papi… No sabemos qué hay dentro del perro ni cuáles son sus sentimientos. Puede que también finja.
El señor Anderson frunció el ceño.
-Jimmy, te aseguro que en cuanto hayas experimentado el amor de una criatura viva notarás la diferencia.
Jimmy estrechó a Robutt en sus brazos. El niño también tenía el ceño fruncido, y la expresión desesperada de su rostro indicaba que no estaba dispuesto a cambiar de opinión.
-Pero si los dos se portan igual conmigo, entonces tanto da que sea un perro de verdad o un perro robot -dijo Jimmy-. ¿Y lo que yo siento? Quiero a Robutt, y eso es lo que importa.
Y el pequeño robot, que nunca se había sentido abrazado con tanta fuerza en toda su existencia, lanzó una serie de ladridos estridentes… ladridos de pura felicidad.


domingo, 1 de marzo de 2026

Confesión. Charles Bukowski.

Esperando a la muerte
como un gato
que saltará sobre la
cama.


Estoy apenado por
mi esposa.
Ella verá este
cuerpo
rígido
y blanco.


Lo sacudirá una vez, entonces
quizás de nuevo:
Hank”
Hank no
contestará.


No es mi muerte lo que
me preocupa, es mi esposa
sola con esta
pila de nada.


Quiero que sepa
que todas las noches
durmiendo a su lado.
Incluso las discusiones
inútiles
fueron cosas
espléndidas.


Y las duras
palabras
que siempre tuve miedo de
decir
pueden ahora ser
dichas:


Te amo”


sábado, 28 de febrero de 2026

Inmanejable. Lucia Berlin.

En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delírium trémens.
El truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma en la medida de lo posible hasta que consigas una botella. Azúcar. Té con azúcar, es lo que te dan en los centros de desintoxicación. Temblaba tanto, sin embargo, que no podía tenerse en pie. Se estiró en el suelo e hizo varias inhalaciones profundas tratando de relajarse. No pienses, por Dios, no pienses en qué estado estás o te morirás, de vergüenza, de un ataque. Consiguió calmar la respiración. Empezó a leer títulos de los libros de la estantería. Concéntrate, léelos en voz alta. Edward Abbey, Chinua Achebe, Sherwood Anderson, Jane Austen, Paul Auster, no te saltes ninguno, ve más despacio. Cuando acabó de leer todos los títulos de la pared se encontraba mejor. Se levantó con esfuerzo. Sujetándose a la pared, temblando tanto que a duras penas podía mover los pies, consiguió llegar a la cocina. No quedaba vainilla. Extracto de limón. Le quemó la garganta y le dio una arcada; apretó los labios para volver a tragárselo. Preparó té, con mucha miel; lo tomó a pequeños sorbos en la oscuridad. A las seis, en dos horas, la licorería Uptown de Oakland le vendería un poco de vodka. En Berkeley tendría que esperar hasta las siete. Ay, Dios, ¿tenía dinero? Volvió sigilosamente a su habitación y miró en el bolso que había encima del escritorio. Su hijo Nick debía de haberse llevado su cartera y las llaves del coche. No podía entrar a buscarlas al cuarto de sus hijos sin despertarlos.
Había un dólar con treinta centavos en calderilla en el bote del escritorio. Revisó los bolsos del armario, los bolsillos del abrigo, un cajón de la cocina, hasta que reunió los cuatro dólares que aquel maldito paki cobraba por una petaca a esas horas. Los alcohólicos enfermos le pagaban. Aunque la mayoría compraban vino dulce, porque hacía efecto más rápido.
Era una caminata larga. Tardaría tres cuartos de hora; tendría que volver corriendo a casa para llegar antes de que los chicos se despertaran. ¿Lo conseguiría? Apenas podía caminar de una habitación a la otra. Y reza para que no pase un coche patrulla. Ojalá tuviera un perro para sacarlo a pasear. Qué buena idea, se rio, le pediré a los vecinos que me presten el suyo. Claro. Ninguno de los vecinos le dirigía ya la palabra.
Consiguió mantener el equilibrio concentrándose en las grietas de la acera, contándolas: un, dos, tres... Agarrándose a los arbustos, los troncos de los árboles para darse impulso, como si escalara una montaña muy escarpada. Cruzar las calles era aterrador, parecían tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar. De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío. Un coche de policía a toda velocidad, sin luces. No la vieron. Un sudor frío le caía por la espalda, el fuerte castañeteo de sus dientes rompía la quietud de la mañana oscura.
Llegó jadeante y mareada a la licorería Uptown de Shattuck Avenue. Todavía no estaba abierta. Siete hombres negros, todos viejos menos un chico joven, esperaban de pie junto a la puerta. El hindú estaba sentado al otro lado del escaparate, ajeno a ellos, tomando café con parsimonia. En la acera dos hombres compartían un frasco de jarabe NyQuil para la tos. Muerte azul, eso sí se podía comprar toda la noche.
Un viejo al que llamaban Champ sonrió al verla.
¿Qué pasa, mujer, te has puesto mala? ¿Tan mala que te duele hasta el pelo?
Ella asintió. Se sentía exactamente así; el pelo, los ojos, los huesos.
Anda, toma —le ofreció Champ—, cómete alguna —estaba comiendo galletitas saladas, le dio un par—. Tienes que obligarte a comer algo.
Eh, Champ, déjame unas pocas —le reclamó el chico.
La dejaron que comprara primero. Pidió vodka y soltó el montón de monedas en el mostrador.
Está justo —dijo.
El hombre sonrió.
Cuéntelo, hágame el favor.
Venga ya. Mierda —protestó el chico mientras ella contaba las monedas con las manos temblando a más no poder. Se guardó la petaca en el bolso y salió a trompicones. En la calle se agarró a un poste de teléfono, sin atreverse a cruzar.
Champ estaba bebiendo de una botella de Night Train.
¿Eres demasiado señora para beber en la calle?
Ella negó con la cabeza.
Me da miedo que se me caiga la botella.
Ven —dijo él—. Abre la boca. Necesitas un trago o te quedarás por el camino.
Le arrimó la botella a los labios y le dio un poco de vino. Ella sintió cómo le corría por dentro, cálido.
Gracias —dijo.
Cruzó la calle deprisa y trotó desgarbadamente por las calles de vuelta a su casa, noventa, noventa y una, contando las grietas. Era todavía de noche cuando llegó a la puerta.
Recobró el aliento. Sin encender la luz, sirvió un poco de zumo de grosellas en un vaso y un tercio de la botella. Se sentó y bebió despacio, sintiendo cómo el alcohol la reconfortaba a medida que calaba en su cuerpo. Se echó a llorar, de alivio por no haber muerto. Se sirvió otro tercio de la botella con un poco de zumo, y entre trago y trago recostaba la cabeza en la mesa.
Después de la segunda copa se sentía mejor, y fue al lavadero y metió la colada en la lavadora. Se llevó la botella al cuarto de baño. Se duchó y se peinó, se puso ropa limpia. Diez minutos más. Comprobó que la puerta estaba cerrada, se sentó en el váter y se terminó el vodka. Con esos últimos tragos no solo se puso a tono, sino que se sintió ligeramente ebria.
Pasó la colada de la lavadora a la secadora. Estaba batiendo el concentrado de naranja para preparar zumo cuando Joel entró en la cocina, restregándose los ojos.
No tengo calcetines, ni camisa.
Hola, cariño. Toma unos cereales. Cuando termines de desayunar y ducharte, la ropa estará seca —le sirvió un vaso de zumo, y otro a Nicholas, que estaba callado en silencio junto a la puerta.
¿Dónde demonios has conseguido licor? —la empujó al pasar y se sirvió cereales. Trece años. Era más alto que ella.
¿Podrías devolverme la cartera y las llaves del coche? —le preguntó.
La cartera sí. Te daré las llaves cuando vea que estás bien.
Estoy bien. Mañana volveré al trabajo.
Ya no eres capaz de dejarlo sin ir al hospital, mamá.
Me pondré bien. Por favor, no te preocupes. Tengo todo el día para recuperarme —fue a echar un vistazo a la ropa de la secadora—. Las camisas están secas —le dijo a Joel—. A los calcetines les faltan diez minutos, más o menos.
No puedo esperar. Me los pondré mojados.
Sus hijos fueron a buscar los libros y las mochilas, se despidieron con un beso y se marcharon. Ella se quedó en la ventana y los vio bajar la calle hacia la parada del autobús. Esperó hasta que el autobús los recogió y desapareció por Telegrah Avenue. Entonces salió, fue directa a la licorería de la esquina. Ya habían abierto.

Manual para mujeres de la limpieza, 2015

domingo, 22 de febrero de 2026

Dos silencios. Miguelángel Flores.

Habíamos oído hablar de él. Aun así, o quizá por ello, hubo una chillería colectiva y desmesurada cuando apareció de pronto de entre la espesura. Fueron unos instantes de confusión y espanto, de nervios con cierto toque también de fascinación. Abrazadas entre nosotras, lo vimos volver a desaparecer precipitadamente, más veloz incluso que como llegó. Todas, aún escandalizadas, seguían gritando. Menos yo, que me había quedado muda. Y continué igual al llegar a casa, cuando mamá me preguntó por la excursión y no supe qué decir; ni cuando miré a papá, que no levantaba la cabeza del diario para saludarme.


sábado, 21 de febrero de 2026

Historia para un tal Gaido. Abelardo Castillo.

Su historia es así: para él, para Martín Gaido, todo comienza una noche de los carnavales de 1940, en lo peor de Parque Patricios, frente al basural. La misma noche que Juan —su hermano— entró como borracho a la pieza, apretándose el estómago con los dos brazos y, antes de caer hecho un ovillo sobre el piso, alcanzó a decir «me la dieron, Martín», y fue lo último que dijo. Esa noche, Martín supo que tenía que arrodillarse junto a su hermano y preguntar. Aquella pregunta fue la primera de una serie de preguntas, precisa, irrevocable, estirada a lo largo de veinte años, que debía terminar esta noche en un boliche de la costa de San Pedro. Como esa vez Gaido no podía adivinar tanto, simplemente se arrodilló junto a un muerto y preguntó. Sólo se oyó el silencio, o tal vez el sonido lejano de unos pitos de murga, de unas matracas, y se oyó un juramento de Martín, una promesa convencional y terrible.
Más tarde se enteró de la pelea. Esto también había sido convencional (todo, supo luego, sería convencional en su historia). Había, por supuesto, un baile, y había una mujer disfrazada de Colombina a la que se disputaban dos hombres. Uno de los hombres era Juan; el otro, a juzgar por lo poco que sabían de él, no era nadie. Le contaron que esa noche su hermano atropelló a lo loco y un resbalón fortuito mezcló las muertes; después del resbalón, una mascarita vio a Juan levantarse del suelo con los ojos llenos de espanto, queriendo sacarse su propio cuchillo del cuerpo, y al otro que, sin pestañear, lo clava suciamente, dos veces más todavía.
Como digo, para él, para Martín Gaido, su vida empieza esa noche. A partir de esos carnavales vivirá persiguiendo a un hombre, una especie de sombra escurridiza, ese nadie que parte de los lugares a donde él llega sin dejar más rastros que la memoria gangosa de algún borracho acerca de un modo de mirar, el color de un traje o la manera de echarse el sombrero gris sobre los ojos. La mujer no tenía mucha importancia en su historia y no apareció nunca, como si hubiera estado en ese baile sólo unos minutos, para justificar con su disfraz de Colombina la irrealidad del carnaval. La busca del hombre, en cambio, fue un ajedrez lento, inexorable y exacto. Hubo pueblos perdidos, almacenes de llanura, cantineros con sueño a cuyo oído, en voz baja, Martín formuló preguntas, cantineros que sólo conocían una parte del secreto pero lo condujeron sin remedio a lugares donde el rastro se volvía cada vez más preciso. Hubo estaciones de ferrocarril y largas esperas debajo de largos puentes. Hubo camas, mujeres de grandes ojos pintados y caras de tiza, quienes, al enterarse de que Martín sólo había venido para llevarse un nombre, lo miraban con decepción, con estupor o con miedo.
Después pasará mucho tiempo y Gaido, por fin, apoyado en el mostrador de un boliche de la costa, estará aguardando pacientemente que se descorra una cortina de flores desleídas; detrás de la cortina está la puerta por la que ha de aparecer un hombre.
Ginebra —ha dicho Martín.
En cualquier rincón hay un viejo. Tiene una botella entre las piernas y lo mira con ojos blancos. Afuera, la noche es un largo y distante eco de perros. Lejos, seguramente pasa un tren.
Entonces sucedió.
Sí, fue en ese momento, al levantar Martín el vaso de ginebra y llevárselo a los labios.
No puedo asegurar, es cierto, que desde mucho tiempo atrás Gaido no comprendiera, de algún modo, la verdad. El porqué de que él hubiese nacido en lo peor de Parque Patricios, frente al basural, que a su hermano lo mataran como no se olvida y que gente con aspecto de muñecos contestara todas sus preguntas. En algún lugar del juego Martín debió sospechar que su promesa —buscar, dar con un hombre, matarlo y vengar a otro hombre muerto— podía ser mucho más, o mucho menos, que una promesa. Alguna vez, incluso, sintió vértigo y pensó echarse atrás; pero yo no lo dejé tener miedo. Yo le inventé el coraje. Y ahora cada palabra dicha, cada aparente postergación conducían inevitablemente hasta ese boliche de la costa donde Gaido esperaba a un hombre. Las leyes secretas de su historia quieren que otra vez sea carnaval para que Martín haya visto algunas máscaras en el pueblo y haya pensado que ya no van quedando Colombinas.
Martín alzó el vaso de ginebra, se lo llevó a los labios y, en ese preciso momento lo supo. Lo supo antes de que el otro abriera la puerta. Cuando se abrió la puerta, ya había comprendido toda la verdad.
Por reflejo, introdujo la mano en el bolsillo. Ese gesto y los demás gestos que seguirían estaban previstos. Gaido tenía que sacar un puño al que le había crecido repentinamente un revólver; tenía que nombrar al otro, pronunciar un nombre de fácil sonoridad a compadraje y cuchillo, y cuando el otro lo mirase sorprendido (sorprendido al principio, pero luego no; luego con resignación, comprendiendo), debía insultarlo en voz baja con un insulto brutal, rencoroso, pacientemente elaborado durante veinte años.
Gaido, sin embargo, no sacó la mano del bolsillo. No hubo palabras de odio. Todo, el almacén, la cortina de flores desleídas, el carnaval de pueblo, se desarticuló de pronto, como un espejo roto o como un sueño. Y Martín, ya antes de ver al hombre, antes de ver su rostro canallesco —convencional, envejecido y canallesco— supo que ese pobre infeliz tampoco tenía la culpa de nada.
El final de la historia no es fácil de contar.
Es probable que ahora mismo Martín ya esté bajando por la calle Tarija, en Buenos Aires (lo imagino caminando un poco echado hacia atrás, a causa del declive del empedrado), en el barrio de Boedo. Dentro de un instante doblará por Maza. La cuadra es arbolada y propicia. Los carnavales del sesenta también. El pañuelo blanco en el cuello de Martín, sus ajustados pantalones de anchas rayas grises y negras, sus botines puntiagudos de compadre, su sombrero anacrónico, no podían pasar más inadvertidos en una noche como ésta. Lleva la mano en el bolsillo del saco y muerde todavía un insulto que no dijo. Cuando Gaido doble la esquina, verá, inequívoca, una ventana con luz: eso significa que el otro está ahí, dentro de la casa, esperando oír el ruido de la cancel —un rechinar apenas perceptible—, esperando oír luego los pasos de Gaido por el corredor, mientras él escribe un cuento de espaldas a la puerta y cree escuchar ya (escucha ya) un sordo taconeo que da vuelta la esquina, mientras yo acabo la historia de Martín Gaido, oigo el rechinar apenas perceptible de la cancel, sus pasos por el corredor, las últimas matracas desganadas y los pitos lejanos del corso de Boedo y siento una ráfaga de aire en la nuca porque alguien está abriendo la puerta a mi espalda, alguien que me nombra, que ya pronuncia mi nombre aborrecido y, con rencorosa lentitud, saca la mano del bolsillo y me insulta en voz muy baja.