Es cierto, la bala entró debajo de la clavícula izquierda y no quiso buscar salida al otro lado: allí se quedó para atestiguar y vigilar su muerte.
Las noches de la vigilia, 1975.
Rincón de cuentos, breves y micros.
Es cierto, la bala entró debajo de la clavícula izquierda y no quiso buscar salida al otro lado: allí se quedó para atestiguar y vigilar su muerte.
Las noches de la vigilia, 1975.
Querida
Conchi:
La
Universidad de Nuevo México no es para nada como la imaginábamos.
La escuela secundaria en Chile era más difícil que la facultad
aquí. Vivo en una residencia, cientos de chicas, todas extrovertidas
y desenvueltas. Aún me siento rara, incómoda.
Me
encanta el lugar en sí. El campus tiene muchos edificios antiguos de
adobe. El desierto es precioso, y aquí hay montañas. No como los
Andes, por supuesto, pero grandes a otra escala. Escarpadas y
rocosas. Qué tonta... así es como se llaman, las Montañas Rocosas.
Aire claro y limpio, frío de noche con millones de estrellas.
Mi
ropa desentona completamente. Una chica incluso me dijo que aquí
nadie «se arregla» tanto. Supongo que habré de comprarme
calcetines blancos y faldas enormes de vuelo, vaqueros azules. En
serio, aquí las mujeres visten fatal. A los hombres, en cambio, les
sienta bien llevar ropa informal y botas.
Nunca
me acostumbraré a la comida. Cereales de desayuno, y un café tan
aguachento que parece té. Y cuando me apetece tomar el té por la
tarde aquí es la hora de la cena. Cuando estoy lista para cenar se
apagan las luces de la residencia.
No
conseguí plaza en las clases de Ramón J. Sender hasta el próximo
semestre, ¡pero lo vi en el vestíbulo! Le dije que Crónica
del alba
era mi libro favorito. «Ya, pero claro, eres muy joven», me dijo.
Es tal como me lo imaginaba, solo que viejo de verdad. Muy español y
arrogante, todo un señor...
Querida
Conchi:
Tengo
trabajo, ¿te imaginas? De media jornada, pero aun así. Hago de
correctora del periódico universitario, The
Lobo,
que sale una vez por semana. Trabajo tres noches en la facultad de
Periodismo, justo al lado de la residencia. Incluso me han dado una
llave, porque la residencia cierra a las diez y yo trabajo hasta las
once. El impresor es un viejo texano llamado Jonesy, que trabaja con
una linotipia. Una máquina maravillosa con cerca de mil piezas y
engranajes. Las letras se hacen con plomo fundido. Compone las
palabras en moldes que chocan y cantan y tintinean, y luego salen en
líneas de plomo caliente. Eso hace que cada línea parezca
importante.
Aprendo
mucho de Jonesy, me enseña a escribir titulares, a distinguir qué
artículos son buenos, y por qué. Me toma el pelo, me tiende trampas
para que no baje la guardia. En mitad de una crónica sobre un
partido de baloncesto cuela algo como «Bajando por el río Swanee».
A
veces viene un hombre que se llama Joe Sánchez a traer artículos y
una cerveza para Jonesy. Es cronista deportivo y columnista. Estudia,
pero es mucho mayor que los chicos de mis clases, porque es veterano
de guerra, está aquí con el programa de ayudas a los
excombatientes. Nos habla de Japón, donde sirvió como médico.
Parece un indio, con su pelo negro y lustroso, largo, peinado en un
tupé de cola de pato.
Perdona,
ya estoy usando expresiones que nunca has oído. La mayoría de los
chicos aquí llevan el pelo cortado al rape, que es casi como decir
que se afeitan la cabeza. Algunos se lo dejan más largo y se peinan
los lados hacia la nuca, de manera que visto desde atrás parece una
cola de pato.
Os
echo mucho de menos a ti y a Quena. Todavía no tengo ninguna amiga
aquí. Soy diferente, al venir de Chile. Como soy reservada, creo que
me toman por engreída. Todavía no capto el humor, me da vergüenza
porque aquí hacen muchas bromas e insinuaciones sobre el sexo.
Cualquier desconocido te cuenta su vida, pero no son emotivos o
afectuosos como los chilenos, así que aún no acabo de entender a la
gente.
En
todos esos años que viví en Sudamérica quería volver a mi país,
a Estados Unidos, porque era una democracia, no solo había dos
clases sociales como en Chile. Desde luego aquí también hay clases.
Chicas que al principio fueron simpáticas conmigo ahora me miran con
desdén porque no quise entrar en ninguna hermandad, porque prefiero
vivir en una residencia. Y además hay hermandades «mejores» que
otras. Más ricas.
Le
comenté a mi compañera de habitación, Ella, que Joe, el reportero,
era divertido y agradable, y me dijo: «Sí, pero es mexicano». En
realidad no es de México, pero aquí llaman así a cualquiera que
descienda de españoles.
No
hay muchos mexicanos en la universidad, en proporción a la población
local, y los negros se pueden contar con los dedos de la mano.
Mis
clases de periodismo van bien, profesores estupendos, incluso se
parecen a los reporteros de las películas antiguas. Empiezo a tener
una sensación extraña, sin embargo. Me matriculé en Periodismo
porque quería ser escritora, pero el periodismo consiste
precisamente en cortar cuando se pone interesante...
Querida
Conchi:
...
he salido varias veces con Joe Sánchez. Le dan entradas y luego
escribe sobre los eventos. Joe me gusta porque nunca dice las cosas
solo por quedar bien. Es muy moderno decir que te gusta Dave Brubeck,
un músico de jazz, pero en su reseña Joe dijo que era un
pusilánime. La gente se enfadó muchísimo. Y Billy Graham. Es
difícil explicarle a una católica como tú lo que es un
evangelista. Ese hombre se desgañita hablando de Dios y el pecado,
intenta que la gente se entregue en cuerpo y alma a Jesucristo. Todo
el mundo que conozco cree que está chiflado, que es un sacacuartos y
rancio a más no poder. Joe en su columna habló de la habilidad y el
poder que tiene ese hombre. Acabó siendo una reflexión sobre la fe.
Luego
no vamos a los locales de moda entre los estudiantes, sino a pequeños
restaurantes en el valle del sur o a las tabernas mexicanas o de
vaqueros. Es como estar en otro país. Nos perdemos con el coche por
las montañas o en el desierto, caminamos o escalamos durante horas.
No intenta «atracar» como hacen aquí todos los chicos, sin tregua.
Cuando se despide solo me acaricia la mejilla. Una vez me besó el
pelo.
No
comenta las cosas, ni los espectáculos, ni los libros. Me recuerda a
mi tío John. Cuenta historias, sobre sus hermanos, o sobre su
abuelo, o sobre las geishas de Japón.
Me
gusta porque habla con todo el mundo. De verdad quiere saber cómo le
va a la gente.
Querida
Conchi:
He
conocido a un hombre de lo más sofisticado, Bob Dash. Fuimos a ver
una obra, Esperando
a Godot,
y una película italiana, no recuerdo el título. Bob parece un autor
apuesto en la solapa de un libro. Fuma en pipa, lleva parches en los
codos. Vive en una casa de adobe llena de vasijas indias, alfombras y
arte moderno. Tomamos gin-tonics con rodajas de lima, escuchamos
música del estilo «Sonata para dos pianos y percusión», de
Bartók. Habla mucho de libros que nunca he oído nombrar, y me ha
prestado una docena... Sartre, Keerkegard (¿se escribe así?),
Beckett y T. S. Eliot, muchos más. Me gusta un poema titulado «Los
hombres huecos».
Joe
me dijo que el que estaba hueco era Dash. No sé por qué le ha
molestado tanto que salga con Bob, o incluso que me tome un café con
él. Dice que no está celoso, pero que no soporta la idea de que me
convierta en una intelectual. Dice que tengo que escuchar a Patsy
Cline y a Charlie Parker como antídoto. Leer a Walt Whitman y El
ángel que nos mira
de Thomas Wolfe.
En
realidad a mí me gustó más El
extranjero
de Camus que El
ángel que nos mira.
Pero me gusta Joe porque a él le gusta ese libro. No le importa
parecer sentimental. Ama Estados Unidos, y Nuevo México, el barrio
donde vive, el desierto. Hacemos largas excursiones por la montaña.
Una vez se levantó una gran tormenta de arena. Los rastrojos
azotaban entre la ventisca de polvo amarillento. Joe se puso a bailar
en círculos en medio del remolino. Apenas pude oírle cuando gritó
lo maravilloso que era el desierto. Vimos un coyote, oímos sus
aullidos.
También
es sentimental conmigo. Rescata recuerdos, y me escucha mientras
hablo sin parar. Una vez me eché a llorar sin motivo, solo porque os
añoraba a ti y a Quena y echaba de menos aquello. No intentó
animarme, solo me abrazó y me dejó estar triste. Hablamos en
español para decir cosas bonitas, o cuando nos besamos. Nos hemos
besado mucho últimamente.
Querida
Conchi:
Escribí
un cuento, «Manzanas». Va sobre un viejo que recoge manzanas caídas
con un rastrillo. Bob Dash me tachó en rojo una docena de adjetivos
y dijo que era «un boceto pasable». Joe dijo que era precioso y
falso. Que debía escribir solo sobre lo que siento, no inventar
cosas sobre un viejo al que no conozco. No me importa lo que me
digan. No me canso de leerlo.
Claro
que me importa.
Mi
compañera de habitación, Ella, me dijo que prefería no leerlo.
Ojalá nos lleváramos mejor. Su madre le manda compresas por correo
desde Oklahoma todos los meses. Estudia arte dramático. Por favor,
¿cómo va a interpretar a Lady Macbeth si hace aspavientos por un
poco de sangre?
Me
veo más a menudo con Bob Dash. Es como asistir a un seminario
personalizado. Hoy hemos ido a tomar café y hemos hablado de La
náusea.
Aun así pienso más en Joe. Nos encontramos entre clase y clase, y
en el trabajo. Jonesy y él se ríen mucho, comen pizza y beben
cerveza. Joe tiene un cuartito que es como su despacho, ahí es donde
nos besamos. No pienso en él exactamente, sino en besarlo. Estaba
pensando en eso en la clase de Corrección de Pruebas I, e incluso
gemí o se me escapó algo en voz alta, y el profesor me miró y
dijo: «¿Sí, señorita Gray?».
Querida
Conchi:
...
estoy leyendo a Jane Austen. Su prosa parece música de cámara, pero
es auténtica y divertida al mismo tiempo. Hay mil libros que quiero
leer, no sé por dónde empezar. Voy a pasarme a Filología el
próximo semestre...
Querida
Conchi:
Hay
una pareja mayor, los dos trabajan de conserjes en la facultad de
Periodismo. Una noche nos llevaron a la azotea a tomar una cerveza
después del trabajo. Las copas de los álamos son más altas que el
tejado, así que te sientas bajo los árboles a mirar las estrellas.
Si quieres, puedes asomarte y ver los coches que pasan por la ruta
66, o desde el otro lado, las ventanas de mi residencia. Nos dieron
una llave del cuartito de las escobas, donde está la escalera que
sube a la azotea. Nadie más conoce este sitio. Subimos entre clase y
clase, y después de trabajar. Joe compró una parrilla, un colchón
y velas. Es como nuestra propia isla, o una cabaña en los árboles...
Querida
Conchi:
Soy
feliz. Cuando me despierto por la mañana me duele la cara de tanto
sonreír.
Creo
que de pequeña a veces encontraba paz, en el bosque o en un prado, y
en Chile siempre me divertía mucho. Esquiar siempre ha sido un
placer para mí. Sin embargo, nunca había sentido la felicidad como
ahora con Joe. Nunca me había sentido tan a gusto conmigo misma, y
amada por eso.
Firmo
el permiso los fines de semana para ir a su casa, bajo la
responsabilidad de su padre. Joe vive con su padre, que es muy viejo,
un maestro retirado. Le encanta cocinar, hace unas comidas horrorosas
y grasientas. Se pasa el día bebiendo cerveza. A primera vista solo
le da por cantar baladas románticas, como «Minnie the Mermaid» y
«Rain on the Roof», las repite una y otra vez mientras cocina.
También cuenta historias, sobre la gente de Armijo, el barrio. La
mayoría fueron alumnos suyos en la escuela.
Querida
Conchi:
Los
fines de semana solemos ir a la sierra de Jémez y pasamos el día
escalando, y por la noche acampamos al raso. Hay varias fuentes
termales allí arriba. Hasta ahora nunca nos hemos encontrado a nadie
cuando hemos ido. Ciervos y búhos, carneros de grandes cuernos,
arrendajos azules. Nos tumbamos en el agua, hablamos o leemos en voz
alta. A Joe le encanta leer a Keats.
Mis
clases y mi trabajo van bien, pero siempre estoy deseando acabar para
poder estar con Joe. Él también es cronista deportivo para el
Tribune, así que cuesta encontrar tiempo. Vamos a las carreras de
atletismo y a los partidos de baloncesto de la liga juvenil, a las
carreras de coches de serie. A mí no me gusta el fútbol americano,
echo de menos los partidos de fútbol y rugby.
Querida
Conchi:
Todo
el mundo está haciendo un drama porque Joe y yo salgamos juntos. La
supervisora de la residencia me dio una charla. Bob Dash cayó muy
bajo, se pasó una hora sermoneándome hasta que me levanté y me
fui. Dijo que Joe era vulgar y mediocre, un hedonista sin valores y
sin amplitud intelectual. Entre otras cosas. La gente se preocupa
porque soy muy joven. Piensan que echaré por la borda mis estudios o
mi carrera. O eso es lo que dicen. Creo que les da envidia vernos tan
enamorados. Y sean cuales sean sus argumentos, desde que arruinaré
mi reputación a que mi futuro está en peligro, siempre mencionan el
hecho de que Joe es mexicano. A nadie se le ocurre que viniendo de
Chile lógicamente me atraería alguien latino, alguien que sienta
las cosas. No encajo aquí para nada. Ojalá Joe y yo pudiéramos
volver a casa, a Santiago...
Querida
Conchi:
...
resulta que alguien ha escrito a mis padres, les ha dicho que estoy
teniendo una aventura con un hombre demasiado mayor para mí.
Me
llamaron, histéricos, y van a venir desde Chile. Llegarán el día
de Fin de Año. Por lo visto mi madre ha vuelto a beber. Mi padre
dice que todo es culpa mía.
Cuando
estoy con Joe nada de eso importa. Creo que es reportero porque le
gusta hablar con la gente. Vayamos donde vayamos, acabamos hablando
con desconocidos. Y todos nos caen bien.
Creo
que el mundo no me gustaba de verdad hasta que conocí a Joe. A mis
padres no les gusta el mundo, ni les gusto yo, o de lo contrario
confiarían en mí.
Querida
Conchi:
Llegaron
la víspera de Año Nuevo, pero estaban agotados del viaje así que
apenas hablamos. No oyeron que mis notas son sobresalientes, que me
encanta mi trabajo, que aquella noche me habían elegido reina del
Baile de la Prensa. Me he convertido en una cualquiera, una furcia,
etcétera. «Con un grasiento», dijo mi madre.
El
baile fue maravilloso. Antes cenamos con amigos de la redacción, nos
reímos mucho. Hubo una ceremonia en la que me obsequiaron con una
corona de papel de periódico y una orquídea. Por alguna razón
antes nunca había bailado con Joe. Fue maravilloso. Bailar con él.
Habíamos
quedado con mis padres al día siguiente, en el motel donde se
alojaban. Mi padre dijo que Joe y él podían ver el partido del Rose
Bowl, que así romperían el hielo.
Qué
estúpida soy. Vi que ya habían tomado unos martinis y pensé que
estarían más relajados. Joe estuvo fantástico. Desenvuelto,
cálido, abierto. Ellos parecían de piedra.
Papá
se calmó un poco cuando empezó el partido, él y Joe lo
disfrutaron. Mamá y yo nos quedamos ahí sentadas en silencio. Joe
solo bebe cerveza, así que realmente se soltó con los martinis de
mi padre. Cada vez que había un gol de campo, aullaba «¡Puta
madre!» o «¡A la verga!». En varias ocasiones le dio un puñetazo
amistoso en el hombro a mi padre. Mamá ponía cara de circunstancias
y bebía sin decir una palabra.
Después
del partido Joe invitó a mis padres a cenar fuera, pero mi padre
dijo que mejor que Joe y él fueran a buscar comida china.
Mientras
tanto mamá me habló de cuánto los había avergonzado con mi
inmoralidad, de lo disgustada que estaba.
Conchi,
sé que prometimos que hablaríamos de sexo, que nos contaríamos
cuando hiciéramos el amor la primera vez. Por escrito resulta
difícil. A mí me parece bonito porque es entre dos personas, lo más
desnudo y cerca que se puede estar. Y siempre es distinto y
sorprendente. A veces no paramos de reírnos. A veces te hace llorar.
El
sexo es lo más importante que me ha pasado en la vida. No podía
entender lo que mi madre decía, que me llamara indecente.
A
saber de qué hablaron Joe y papá. Los dos estaban pálidos cuando
volvieron. Por lo visto mi padre dijo cosas como «violación de una
menor», y Joe dijo que se casaría conmigo al día siguiente; fue lo
peor, para mis padres, que podría haber dicho.
Después
de comer, Joe dijo:
—Bueno,
estamos todos cansados. Será mejor que me vaya. ¿Vienes, Lu?
—No,
ella se queda aquí —dijo mi padre.
Me
dejó helada.
—Me
voy con Joe —dije—. Os veré por la mañana.
Te
escribo desde la residencia. Reina un silencio inquietante. La
mayoría de las chicas se han ido a casa por Navidad.
Aparte
de contarme brevemente lo que había dicho mi padre, Joe no habló en
el trayecto de vuelta. Yo tampoco pude. Cuando nos despedimos con un
beso creí que se me partía el corazón.
Querida
Conchi:
Mis
padres me sacan de la universidad al final del semestre. Me esperarán
en Nueva York. Me reuniré allí con ellos y luego iremos a Europa
hasta el otoño.
Fui
en taxi a casa de Joe. Íbamos a Pico Sandía para hablar, nos
montamos en el coche. No sé qué pensaba que me diría, ni siquiera
lo que yo misma quería.
Deseaba
que dijera que me esperaría, que seguiría aquí a mi regreso. Pero
dijo que si lo amaba de verdad, me casaría con él ahora mismo.
Protesté. Él debe terminar sus estudios; solo trabaja media
jornada. Preferí no seguir diciendo la verdad, que es que no quiero
dejar la universidad. Quiero estudiar a Shakespeare, a los poetas
románticos. Joe dijo que podíamos vivir con su padre hasta que
tuviéramos suficiente dinero. Estábamos cruzando el puente sobre el
río Grande cuando le dije que aún no quería casarme
—Tardarás
mucho en saber lo que estás dejando pasar.
Sabía
lo que había entre nosotros, dije, y seguiría estando ahí cuando
yo volviera.
—Eso
seguirá estando, pero tú no. No, tú seguirás adelante, tendrás
«relaciones», te casarás con algún imbécil.
Abrió
la puerta del coche, me empujó y me dejó tirada en el puente del
río Grande, sin parar siquiera. Y se marchó. Crucé a pie toda la
ciudad de vuelta a la residencia. Seguí pensando que aparecería en
cualquier momento a recogerme, pero no lo hizo.
Manual para mujeres de la limpieza, 2015.
España
1942.
Jugaban
a estar muertos. Juan solía hacerlo de forma dramática hincando las
rodillas en el suelo y dejándose caer hacia delante. Aseguraba que
había visto morir así a un fusilado detrás del cementerio. El
Pelao prefería caerse hacia atrás torpemente. Pero el que mejor lo
hacía era Angelillo, el hijo de la viuda. Se agarraba el estómago
con manos crispadas y se desplomaba poniendo un gesto de agonía tan
real que daba escalofríos. A todos les sorprendía su manera de
meterse en el papel porque, cuando volvían a su casa, por el camino
seguía agarrándose la barriga y poniendo gesto de dolor.
Nunca
he podido dominar mis impulsos. En este sentido me reconozco un
sujeto primitivo, puro, incapaz de adaptarme al florido mundo, donde,
para tranquilidad de la hermosa gente, se cultivan con sensatez todas
las formas del buen gusto, la hipocresía y el cinismo. Pero al menos
hoy he comprendido algo; lo he comprendido después de lo que pasó
esta noche: soy un hombre bueno. No lo digo, no escribo esto, para
justificar nada. De ocurrirme semejante cosa debería admitir que yo
mismo repudio lo que he hecho, y no es cierto, y aunque fuera cierto:
acabo de hacer feliz a un miserable. Quién podría juzgarme, quién
sobre la Tierra (quién en el cielo) se atrevería a juzgarme.
Mejor
vayamos por partes. Todavía estoy borracho perdido pero trataré de
ser coherente.
Todo
empezó esta misma tarde; es decir, la tarde de ayer, puesto que
ahora deben de ser las tres o las cuatro de la mañana. Madrugada del
25 de diciembre de 1956. Navidad. Sobre la mesa todavía quedan
restos de la insólita fiesta. El candelabro de plata, más
anacrónico que nunca en medio de la suciedad y la pobreza que lo
rodean, parece ocuparlo todo ahora. Nunca he comprendido por qué
este candelabro no ha ido a parar, como las otras pocas cosas
heredadas de mi padre, al Banco de Empeño, o al cambalache. En esto,
pienso, se parece a la conciencia. Supongo que nunca voy a poder
desprenderme de él.
Digo
que empezó a la tarde. Había ido a dar sabe Dios cómo a cualquier
sórdido callejón del Dock, cuando, al oír un acordeón y las risas
de un cafetín del muelle, reparé en la fecha. Entonces me vi en el
viejo parque de nuestra casa. No sé explicarlo. Las luces, las
esferas de colores: recordé todo eso, recordé el portalito que yo
mismo, mezclando hasta el absurdo ríos azules y arpilleras nevadas,
construía todos los años en mitad del jardín (me acuerdo ahora del
Dios-Niño, siempre espantosamente grande en relación a su divina
madre, como justificando al fin lo milagroso del alumbramiento), y
sentí un asco tan profundo por mi vida que —como quien se lava—
decidí celebrar mi propia Nochebuena.
La
idea parecerá trivial, pero a mí me apasionó y, antes de las diez,
también había fiesta en este innoble agujero que ahora es mi casa.
Con orgullo pueril, me senté a contemplar el espectáculo. El
candelabro labrado, en el centro de la mesa, parecía irradiar su
antigua serenidad hacia todos los rincones. Al principio me sentí
bien; era una sensación extraña, como de paz —un gran sosiego—,
pero, poco a poco, empecé a preocuparme. Qué significaba todo esto.
Para qué lo había hecho: para quién. Podría jurar que en ese
preciso instante supe que estaba solo y, por primera vez en muchos
años, necesité imperiosamente de alguien. Una mujer. No. Rechacé
la idea con repulsión. Hubo una sola capaz de ser insustituible
(capaz de no ser insoportable) y ésa no vendría ya. Nunca vendría.
Entonces
recordé al viejo checoslovaco.
Lo
había visto muchas veces en uno de esos torvos cafés del puerto que
suelo frecuentar cuando, embrutecido de ginebra, quiero divertirme
con la degradación de los demás, y con la mía. Pobre viejo:
semioculto en un recoveco, siempre igual, como si formara parte de la
imagen infame de la cantina, fumando su pipa, mirando fijamente un
vaso de bebida turbia. Nunca habíamos hablado. Jamás lo hago con
nadie —llego y me emborracho solo, a veces también escribo alguna
cosa absurda que después arrojo al primer tacho de basuras que
encuentro a mi paso—; pero yo sabía que él me miraba. Era como si
una ligazón muda, un vínculo invisible y misterioso, nos uniera de
algún modo. Al menos, teníamos una cosa en común, dos cosas: la
soledad y el fracaso. El viejo checoslovaco; ése era el hombre que
yo necesitaba.
Cuando
llegué frente a la roñosa vidriera del negocio, lo vi. Ahí estaba,
tal como lo había supuesto. Una atmósfera desacostumbrada rodeaba
al viejo —también allí se regocija uno de que nazca Dios, de que
venga y vea cómo es esto. Una mujer pintarrajeada se le acercó y,
riendo, le dijo alguna cosa; él no pareció darse cuenta. Sí, ése
era mi hombre. Me abrí paso entre las parejas. Enormes marineros de
ropas mugrientas abrazaban a mujerzuelas indescriptibles que se les
echaban encima y reían. Alguna de ellas dijo: «¿Quién te crees
vos que soy?», y, adornado con un insulto brutal, le respondieron
quién se creían que era. No podía soportar aquello; por lo menos,
no esta noche; pensé que si me quedaba un minuto más iba a vomitar,
o a golpear a alguien, o a llorar a gritos, no sé. Llegué hasta el
viejo y lo tomé del brazo.
—Te
venís conmigo —le dije.
Mi
voz debe
de haber sido asombrosa; el hombre alzó los ojos, unos ojos
celestes, clarísimos, y balbuceó:
—¿Qué
dice usted, señor…?
—Que
ahora mismo te venís conmigo, a mi casa, a pasar una Nochebuena
decente.
—Pero,
cómo, yo… con usted.
Casi
a rastras lo saqué de allí. Nadie, sin embargo, nos prestó
atención.
Faltaba
algo más de una hora para la medianoche. El viejo, cohibido al
principio, de pronto empezó a hablar. Tenía un acento raro, dulce.
Se llamaba Franta, y creo no haberme sorprendido al darme cuenta de
que no era un hombre vulgar; hablaba con soltura, casi con
corrección. Acaso yo le había preguntado algo, o acaso, rota la
frialdad del primer momento (para esa hora ya estábamos bastante
borrachos), la confesión surgió por sí misma. El hecho es que
habló. Habló de su país, de una pequeña aldea perdida entre
colinas grises, de una mujer rubia cuyos ojos —fueron sus palabras—
eran transparentes y azules como el cielo del mediodía. Habló de un
muchachito, también rubio, también de ojos azules.
—Ahora
será un hombre —había dicho—. Hace treinta años, cuando vine a
América, él apenas caminaba.
Dijo
que ése era su último recuerdo. Bebió un trago de champán y
agregó:
—Pensar,
señor, que ahora tiene un hijo. Qué cosa. Y yo me los imagino a los
dos iguales, qué cosa.
Yo
pensé entonces en aquel nieto. Ojos de cielo al mediodía, pelo de
trigo joven, de qué otro modo podía ser. Sólo que el viejo Franta
difícilmente iba a comprobarlo nunca.
—Pero,
¿cómo supiste de ellos?
—El
capitán de un barco mercante, señor, me reconoció hace un mes.
Yo
pensaba, me acuerdo, cómo era posible reconocer en ese pordiosero
que tenía delante, en ese viejo entregado, roto, la imagen que dejó
en otro treinta años atrás. Y ahora pienso que siempre queda algo
donde hubo un hombre, y quién sabe: a lo mejor, a mí también me va
a quedar algo cuando, como el viejo, tenga la mirada perdida y le
diga «señor» al primer sinvergüenza bien vestido que me hable.
Pregunté:
—¿Y
no intentaste volver…? ¿No trataste…? Él me miró, perplejo;
después, a medida que hablaba, su cara fue endureciéndose.
—Volver.
¿Volver así? Usted lo dice fácil, señor; pero es… Es muy feo.
Volver como un mendigo —el tono de su voz empezó a ser rencoroso—,
un mendigo borracho que en la puerta de la iglesia pide por un Dios
en el que ya no cree… No, señor. Volver así, no. Ella, Mayenko,
se murió hace mucho, y mejor si allá piensan que yo también me
morí hace mucho… —Hizo una pausa, ahora hablaba como quien
escupe.— Yo me jugué la plata que había juntado para hacerla
venir, ¿se da cuenta?, entonces ella se murió. Esperando. No ve que
todo es una porquería, señor.
La
palabra es una caricatura miserable. Quién puede explicar con
palabras, aunque esté contando su propia vida, todo lo que induce a
un hombre a entregarse, a venderse todos los días un poco, hasta
llegar a ser como vos, viejo. Cuántas pequeñas canalladas, cuántas
porquerías imperceptibles forman esa otra gran porquería de la que
él habló: el alma. Pobre alma de miserables tipos que ya han dejado
de ser hombres y son bestias, bestias caídas, arrodilladas de
humillación.
—Qué
vergüenza, señor.
Eso
dijo, qué vergüenza, y después agregó: No poder matarse.
Para
el viejo Franta yo era algo así como un millonario, tal vez un poco
desequilibrado y algo artista (mis ropas, la manía que tengo de
escribir en los tugurios y acaso el candelabro le habían hecho
suponer semejante desatino), yo era un loco con plata, en suma, que
buscaba literatura en los bajos fondos de Buenos Aires. Entonces
empezó a darme vueltas en la cabeza aquella idea que, más tarde, se
transformaría en un colosal engaño.
Quiero
decir algo: miento prodigiosamente. Y es natural. La fantasía del
que está solo se desarrolla, a veces, como una corcova de la
imaginación, un poco monstruosamente; con ella elabora un universo
tramposo, exclusivo, inverificable, que —como el creado por Dios—
suele acabar aniquilándose a sí mismo. El suicidio o la locura son
dos formas del apocalipsis individual: la venganza de la soledad.
Pero
éste es otro asunto. Lo que quería decir es que amo la mentira, la
adoro, me alimento de ella y ella es, si tengo alguna, mi mayor
virtud. Miento, de proponérmelo, con maestría ejemplar, casi
genialmente. Y esta noche puse toda mi alma en el engaño. Él me
creía rico y caprichoso, pues bien: lo fui. A medida que yo hablaba
bebíamos sin interrupción y, a medida que bebíamos, mi palabra se
hacía más exacta, más convincente, más brillante. Lo engañé,
pobre viejo, lo engañé y lo emborraché como si fuera un chico. De
todos modos, no puedo arrepentirme de esto. Conté una historia
inaudita, febril, en la que yo era (como él quiso) uno que no
entraría aunque un escuadrón de camellos se paseara por el ojo de
una aguja. Mi fortuna venía de generaciones. Jamás, ni con el más
prolijo y concienzudo derroche, podría desembarazarme de ella; esta
forma de vivir que yo llevaba —él lo había adivinado— no era
más que una extravagancia, una manera de quitarme el aburrimiento.
El viejo, poco a poco, empezó a odiarme. Y yo, mientras improvisaba,
iba llenando una y otra vez nuestras copas. Ennoblecida por el
alcohol, la idea aquella se gestaba cada vez más precisa y
fascinante: yo haría feliz a ese pobre diablo. Aunque todavía no
sabía cómo.
De
pronto, dijo:
—Pero,
¿por qué, señor, por qué…?
No
acabó de hablar: no se atrevió. Yo supe que en ese instante me
aborrecía con toda su alma. Ah, si él, el mugriento vagabundo,
hubiese tenido una parte, al menos una parte de mi supuesta fortuna.
Sí, yo sabía que él pensaba esto; yo sabía que ahora sólo
pensaba en una aldea lejana, en un chico de mirada transparente y
pelo como trigo joven. Sin responder, me puse de pie. Fui a buscar
las dos últimas botellas que nos quedaban.
Le
estaba dando la espalda ahora, pero podía verlo: inconscientemente
su mano se había cerrado sobre el mango de un cuchillo que había
sobre la mesa, pobre viejo. Ni siquiera pensaba que, de una sola
bofetada, yo podía arrojarlo a la calle despatarrado por la
escalera. Empezaba, él también, a ser una persona.
Volví
a la mesa, sus dedos se apartaron.
—¿Sabes
por qué? ¿Querés saber por qué?
Bebimos.
Hubo un silencio durante el cual miré rectamente a sus ojos;
después, bajando la cabeza como aplastado por el peso de lo que iba
a decir, agregué con brutalidad:
—¿Sabes
lo que es el cáncer, vos?
El
viejo me miraba. Apoyé las manos sobre la mesa y, con mi cara a
nivel de la suya, dije:
—Por
eso. Porque yo también soy un pobre infeliz que no se anima a
partirse la cabeza contra una pared.
El
viejo, que me había estado mirando todo el tiempo, de golpe
comprendió lo que yo quería decir y sus ojos se hicieron enormes.
Concluí secamente:
—Por
eso.
—Quiere
decir…
—Quiere
decir que estás hablando con uno que ya se murió. ¿Entendés? Y
entonces ni toda mi plata ni toda la plata de veinte como yo va a
poder resucitarme. —Me erguí; hablaba con voz serena y contenida.
—Por eso vivo lo poco que me queda como mejor me cuadra. Yo no
pertenezco al mundo, viejo. El mundo es de ustedes, los que pueden
proyectar cosas, los que tienen derecho a la esperanza o a la
mentira. Yo soy menos que un cadáver.
Mis
últimas palabras eran tal vez demasiado teatrales, pero Franta no
podía advertirlo.
—Cállese,
señor… —murmuró.
Y
mi idea, súbitamente, se dio forma a sí misma. Como un milagro.
—Un
cadáver —dije con voz ronca— que ahora, por una casualidad en la
que se adivina la mano de Dios, acaba de encontrar un motivo para
justificarse.
De
pronto, en el puerto, la noche estalló como una fiesta. En todos los
muelles las sirenas empezaron a entonar su histérico salmodio y el
cielo reventó de petardos. Brindamos con los ojos húmedos. Fuegos
multicolores se abrían hacia el río, desparramando sobre el mundo
extravagantes flores de artificio. Fue como si una enloquecida
sinfonía universal acompañara mis últimas palabras absurdas y
solemnes.
—Por
Dios, Franta —dije y creo que gritaba—; por ese Dios en el que
vos no crees y que acaba de nacer para todos los hombres, yo te juro
que toda mi fortuna servirá para que vuelvas a tu tierra. Es mi
reconciliación con el mundo. Vas a volver, viejo, y vas a volver
como un hombre.
La
Nochebuena se ardía. Pitos, sirenas y campanas se mezclaban con los
perfumes nocturnos y entraban en tumulto por la ventana abierta. A
nadie le importaba, es cierto, el judío recién nacido que pataleaba
en el pesebre, pero todos querían gozar del minuto de felicidad que
les ofrecía, él también, con su prodigiosa mentira. En la tierra,
bajo la Estrella, los hombres de buena voluntad se emborrachaban como
cerdos y daban alaridos.
Franta
me miró un instante. Sus ojos brillaban desde lo más profundo, con
un brillo que ya no olvidaré nunca: me creía. Me creía ciegamente.
En un arrebato de gratitud incontenible me besó las manos y balbuceó
llorando:
—No
te olvidaré mientras viva.
Me
había tuteado. Era un hombre: yo había cumplido mi obra.
Su
cabeza cayó pesadamente sobre la mesa. Estaba borracho de alcohol y
de sueños. En esa misma posición se quedó dormido. Soñaba que
volvía a la pequeña aldea de colinas grises y acariciaba unos
cabellos rubios y miraba unos ojos tan claros como el cielo del
mediodía.
Con
todo cuidado, retiré mis manos de entre las suyas y me levanté,
tambaleante. Tu cabeza era suave y blanca, viejo; yo la había
acariciado.
Después
levanté el pesado candelabro de plata. Amorosamente, con una ternura
infinita, poniendo toda mi alma en aquel gesto, y sin meditar más la
idea que desde hacía un segundo me obsesionaba, dije: Feliz
Nochebuena, Franta. Y le aplasté el cráneo.
Las otras puertas, 1961.
Sobre el autor:
Nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside.
Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y diecinueve poemarios.
En ediciones digitales se hallan los seis tomos de su libro Documentales. Entrevistas a escritores argentinos, conformado por 159 entrevistas por él realizadas.
Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com Más de 1700 videos en los que ha grabado poemas y otros textos literarios de muy diversos autores se encuentran en https://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti/videos y en https://www.arcoiris.tv/fonte/Rolando%20Revagliatti/
En
Escocia, la noche de San Silvestre no se niega a nadie la entrada en
las casas, aunque se exige el requisito de llevar bajo el brazo una
botella de whisky. Así, en medio del tumulto de aquellas excitadas
horas, conocí a Sir Malcolm, fantasma desambientado y ebrio que
insistía tartajosamente en su desazón espectral.
Hablamos
largo y tendido, él de su pasado heroico, que nublaban no sé qué
bromas de tristeza, yo de mis sueños, y coincidimos en todo, o al
menos ésa fue la sensación que tuve. A nuestro alrededor, ginebra y
whisky daban más estrépito a la orgía común, y teníamos que
acercarnos mucho el uno al otro para oír nuestras sentidas palabras.
Recuerdo
muy bien el olor a jardín húmedo y a brezo de las landas, y que una
y otra vez se entristecía, friolero, a pesar de la proximidad de la
chimenea. Volcó su corazón en confesiones de las que la memoria
sólo guarda un eco de dolor antiguo, y supo escuchar lo que yo le
conté como un abuelo inmemorial que no juzga, comprende y conforta
con la mirada.
—Ojalá
todas las noches fueran así —afirmó, envolviéndome en un aura de
gratitud, recordando quizá fastidiosos milenios de vida
ultraterrenal.
Cuando
iba a responder, él ya había desaparecido, sin dejar tras de sí
más que efluvios de tierra mojada y campo abierto. Llevábamos dos o
tres horas del nuevo año, la noche era estridente y una rubia
desgarbada que decía llamarse Peggy me hacía señas inseguras desde
el otro extremo del salón. Entonces me froté los ojos que habían
visto lo invisible.
Unos milicianos de uniforme
hambriento, barba de tres días, mirada inculta, uñas grises, suelas
de esparto y correaje de caballería, llegaron a casa, a las órdenes
de un engafado burgués con disfraz de revolución. Entraron sin ser
invitados, empujando la puerta con el pie, tras llamar con la culata.
Nos miraban con un silencio insultante, a la vez que abrían puertas
a su antojo, como quien busca a un fantasma. A mi tía Aurora la
sorprendieron con el crepé en la mano, cuando se disponía a realzar
su tupé. Mi bisabuela canturreaba junto a la estufa aquello de: “Soy
un hombre que está desesperado. Soy un hombre que traga mucha hiel…”
Mi abuelo, como siempre, paseaba. Mi abuela cosía. Mi hermano no
estaba, así como tampoco el resto de la familia. Yo los miraba con
expectante curiosidad, barruntando que algo olía a chamusquina.
-¿Dónde
está? -preguntó el capataz.
-Dónde
está … ¿el qué? -dijo mi abuelo.
-Cállese
y conteste.
-Pero…
-¡Que
se calle le digo! ¡Vamos, conteste!
A
pesar de mis pocos años, no hacía falta ser un lince para
comprender la incongruencia de aquel ser con cerebro romo, que
entorpecía su propio interrogatorio, no dejando salida a la puerta
que él mismo abría.
Intervino
mi abuela:
-¿Se
puede saber qué es lo que quieren?
-Tenemos
orden de regristro.
-Enséñemela.
-No
la hemos traído, ni falta que nos hace. Representamos al pueblo.
-¿De
qué pueblo son ustedes? -pregunté lleno de curiosidad.
-Oye,
niño, no me seas tonto chorra, porque te pego una patá en los
cojones que sales por la ventana.
Intenté
aclararle algo, pero mi abuela me contuvo con un gesto. La verdad es
que sólo quería manifestarle la imposibilidad de su propósito, ya
que no había ventanas, sino balcones.
Después,
de manera sistemática y ritual, lo pusieorn todo patas arriba sin la
menor delicadeza. Deshicieron las camas, volcaron los cajones,
vaciaron los armarios del gabinete, arrancaron el perchero,
descerrajaron la alacena y la despensa, se subieron al fogón para
mirar por la chimenea, rompieron el botijo, la jofaina, los cajones
de la cómoda, abrieron los baúles, y hasta desparramaron la caja de
los hilos que había en la mesa camilla.
-¿Qué
es esto? -preguntó uno de los soldados de zarzuela.
Aquello
no era otra cosa que nuestro cine Pate-Babi, una especie de doble
compartimento metálico, con una bombilla y un rústico proyector,
que se enchufaba a la red y nos permitía disfrutar con las aventuras
de Mickey, Mini y la Bety Bo.
-Así
que con esto es con lo que se comunican ustedes con el enemigo, ¿no?
¡Fascistas de mierda!
Mi
abuelo, en mala hora, no pudo reprimir una sonora carcajada ante
tamaño disparate. Pero la carcajada no llegó a ser tan extensa como
él hubiera deseado. Aquel perspicaz de chaquetón de cuero, polainas
de cuero, cerebro de cuero y pistolón al cinto, le propinó una
bofetada de tal tamaño, que la mejilla izquierda le crecía poco a
poco ante nuestras impotentes e incrédulas miradas.
-¡Cobardes!
¿No les da vergüenza pegar a un anciano? ¿Es que no ven que esto
es un juguete de los niños?
-Conque
juguete, ¿eh? De momento, lo incautamos. Y como sea lo que me estoy
recelando, se van ustedes a enterar de lo que cuesta un peine.
Yo
sabía lo que costaba un peine, pero preferí callarme.
Se
marcharon dando un portazo, que hizo caer sobre el suelo del pasillo
un viejo cuadro pintado por mi bisabuelo, que representaba las
almenas de un castillo, en noche de luna, por las que sobrevolaban
cinco brujas montadas en sendas escobas.
Hasta
ese instante, el cuadro es lo único que estaba en el lugar que le
correspondía.
Mi
abuelo, todavía tumbado, se apretaba la mejilla con la mano
izquierda. Le brilalban los ojos. De joven había matado un burro de
un puñetazo. Ahora, otro burro casi lo mata a él. Mi abuela se
inclinó y le dio un beso en la frente. Mi tía acabó de ponerse el
crepé, llorando.
Yo
me limité a pensar: “Si lo que querían era llevarse mi cine, que
me lo hubieran pedido. Pero sin pegarle a mi abuelo. El hecho de que
él, de cuando en cuando, me dé un coscorrón o un papirotazo, no
tiene importancia. Yo sé que me quiere, aunque lo demuestre con
ahorro. Pero pegarle a mi abuelo… ¡Me cago en la leche puta!”
El hermano bastardo de Dios. 1984.