Cuando me fui del barrio no podía cargarlo, así que tuve que decidir entre meterlo en un libro o morir de nostalgia.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
miércoles, 26 de agosto de 2026
lunes, 24 de agosto de 2026
[El lunes te agarró la muerte, Paula]. Paula, (Fragmento). Isabel Allende.
El lunes te agarró la muerte, Paula.
Vino y te señaló, pero se encontró frente a frente con tu madre y
tu abuela y por esta vez retrocedió. No está derrotada y todavía
te ronda, rezongando con su revuelo de harapos sombríos y rumor de
huesos. Te fuiste para el otro lado por algunos minutos y en verdad
nadie se explica cómo ni por qué estás de vuelta. Nunca te
habíamos visto tan mal, ardías de fiebre, un ronroneo aterrador te
salía del pecho, se te asomaba el blanco de los ojos a través de
los párpados entrecerrados, de pronto la tensión te bajó casi a
cero y comenzaron a sonar las alarmas de los monitores y la sala se
llenó de gente, todos tan afanados en torno a ti, que se olvidaron
de nosotras, y así es como estuvimos presentes cuando se te escapaba
el alma del cuerpo, mientras te inyectaban drogas, te soplaban
oxígeno y trataban de poner de nuevo en marcha tu corazón agotado.
Trajeron un aparato y empezaron a darte golpes eléctricos, terribles
corrientazos en el pecho, que te hacían saltar de la cama. Oímos
órdenes, voces alteradas y carreras, llegaron otros médicos con
diferentes máquinas y jeringas, quién sabe cuántos minutos eternos
transcurrieron, parecieron muchas horas. No podíamos verte, te
tapaban los cuerpos de quienes te atendían, pero pudimos percibir
con nitidez tu zozobra y el aliento triunfal de la muerte. Hubo un
momento en el cual la febril agitación se congeló de súbito, como
en una fotografía, y entonces escuché el murmullo en sordina de mi
madre exigiéndote que lucharas, hija, ordenándole a tu corazón que
siguiera andando en nombre de Ernesto y de los años preciosos que te
faltan por vivir y del bien que aún puedes sembrar. El tiempo se
detuvo en los relojes, las curvas y picos verdes en las pantallas de
las máquinas se convirtieron en líneas rectas y un zumbido de
consternación reemplazó el chillido de las alarmas. Alguien dijo no
hay más que hacer… y otra voz agregó ha muerto, la gente se
apartó, algunos se alejaron y pudimos verte inerte y pálida, como
una niña de mármol. Entonces sentí la mano de mi madre en la mía
impulsándome hacia delante y dimos unos pasos al frente acercándonos
a la orilla de tu cama y sin una lágrima te ofrecimos la reserva
completa de nuestro vigor, toda la salud y fortaleza de nuestros más
recónditos genes de navegantes vascos y de indómitos indios
americanos, y en silencio invocamos a los dioses conocidos y por
conocer y a los espíritus benéficos de nuestros antepasados y a las
fuerzas más formidables de la vida, para que corrieran a tu rescate.
Fue tan intenso el clamor que a cincuenta kilómetros de distancia
Ernesto sintió el llamado con la claridad de un campanazo, supo que
rodabas hacia un abismo y echó a correr en dirección al hospital.
Entretanto en torno a tu cama se helaba el aire y se confundía el
tiempo y cuando los relojes marcaron de nuevo los segundos, ya era
tarde para la muerte. Los médicos vencidos se habían retirado y las
enfermeras se preparaban para desconectar los tubos y cubrirte con
una sábana, cuando una de las pantallas mágicas dio un suspiro y la
caprichosa línea verde empezó a ondular señalando tu retorno a la
vida. ¡Paula!, te llamamos mi madre y yo en una sola voz y las
enfermeras repitieron el grito y la sala se llenó con tu nombre.
Ernesto
llegó una hora más tarde; había devorado la autopista y atravesado
la ciudad como una exhalación. Hasta entonces no tenía duda que
sanarías, pero en esta ocasión, vencido, de rodillas en la capilla,
rogó simplemente para que cesara este martirio y descansaras por
fin. Sin embargo, cuando te abrazó en la siguiente visita la
vehemencia del amor y el deseo de retenerte fueron más poderosos que
la resignación. Te siente en su propio cuerpo, se adelanta a los
diagnósticos clínicos, percibe signos invisibles para otros ojos,
es el único que pareciera comunicarse contigo. Vive, vive por mí,
por nosotros, Paula, somos un equipo chica mía, te rogaba, verás
que todo sale bien, no te vayas, seré tu apoyo, tu refugio, tu
amigo, te sanaré con mi amor, acuérdate de ese bendito 3 de enero
en que nos conocimos y todo cambió para siempre, no puedes dejarme
ahora, estamos recién comenzando, nos queda medio siglo por delante.
No sé qué otras súplicas, secretos o promesas te susurró al oído
ese lunes tenebroso, ni cómo te sopló ganas de vivir en cada beso
que te dio, pero estoy segura que hoy respiras por obra de su tenaz
ternura. Tu vida es una misteriosa victoria del amor. Ya has superado
la peor parte de la crisis, te están administrando el antibiótico
preciso, han controlado tu presión y poco a poco cede la fiebre. Has
vuelto al punto de partida, no sé qué significa esta especie de
resurrección. Llevas más de dos meses en coma, no me engaño, hija,
sé cuán grave estás, pero puedes recuperarte por completo; el
especialista en porfiria asegura que no tienes daño cerebral, la
enfermedad sólo te ha atacado los nervios periféricos. Palabras,
palabras benditas, las repito una y otra vez como una fórmula de
encantamiento que puede traerte la salvación. Hoy te habían
colocado de costado en la cama y a pesar del aspecto torturado de tu
pobre cuerpo, tu cara estaba intacta y te veías hermosa como una
novia dormida, con sombras azules bajo tus largas pestañas. Las
enfermeras te habían refrescado con agua de colonia y recogido el
cabello en una gruesa trenza, que colgaba fuera de la cama como una
cuerda marinera. No hay señas de tu inteligencia, pero vives y tu
espíritu aún te habita. Respira, Paula, tienes que respirar…
Mi
madre sigue regateando con Dios, ahora le ofrece su vida por la tuya,
dice que de todos modos setenta años son mucho tiempo, mucho
cansancio y muchas penas. También yo quisiera ocupar tu lugar, pero
no existen recursos de ilusionista para estos trueques, cada una de
nosotras, abuela, madre e hija, deberá cumplir su propio destino. Al
menos no estamos solas, somos tres. Tu abuela está cansada, trata de
disimularlo, pero le pesan los años y durante estos meses de
sufrimiento en Madrid el invierno se le ha metido en los huesos, no
hay forma de darle calor, duerme bajo una montaña de frazadas y de
día anda envuelta en chalecos y bufandas, pero no deja de temblar.
Hablé largamente por teléfono con el tío Ramón para que me ayude
a convencerla de que es hora de volver a Chile. No he podido escribir
en varios días, sólo ahora, que empiezas a salir de la agonía,
vuelvo a estas páginas.
Paula, 1994.
domingo, 23 de agosto de 2026
El estafador de Nueva Orleáns. Walter Tamayo Góez.
Ayer detuvieron a un sujeto en Nueva Orléans estafando a la gente con un “elixir de la eterna juventud”. El mismo estafador ya había sido detenido por lo mismo en 1811, 1904 y 1969. Hay gente que nunca aprende.
sábado, 22 de agosto de 2026
El mascarón. Emilia Pardo Bazán.
No quería señá Cipriana, la
prendera, cerrar tan temprano aquel lunes del Carnaval. La prisa que
le estaba dando la buena pieza de su sobrino, era «motivá» por las
ganas de largarse al baile, a gastar las perras y volver, si a mano
viene, con la crisma rota.
El
lunes de Carnaval era la gran ocasión de alquilar los mantones que
se ostentaban en el escaparate, y hasta las once y las doce estaban
viniendo chulillas del barrio, modistas y ribeteadoras, a llevarse
aquellos trapos castizos, donde pajarracos y floripondios desplegaban
sus formas, sus asiáticos colorines. Noches semejantes engrosaban el
cajón del mostrador, y después, el fajo de billetes que, ocultos
por algún tiempo en el buró, salían luego para préstamos a rédito
seriecito, del quince o del veinte.
Tanto,
sin embargo, la mareó el sobrino, alborotado por el olor de juerga
que exhalaba el barrio entero, las calles regadas de confeti, los
chiquillos vestidos de demonios verdes, azotando a los transeúntes
con el rabo, que acabó por decirle:
-¡Ay,
hijo! No vayas a mal parirte. Cierra el escaparate, deja la puerta
encajá, pa que si pasa alguna de esas, sepa que velo... Y listo, en
aeroplano, pa llegar más antes.
Por
conciencia, el mozo avisó:
-No
debía usté velar. Cierre pronto. No quea usté bien, así sola...
-No
me come el coco. Sola está una por lo regular...
Sin
meterse en más advertencias, el sobrino requirió capa y gorra, y
salió, al paso elástico de los que van hacia su deseo.
La
prendera se sentó en la tienda, en su rincón favorito, notando lo
mal que alumbraba aquel día la luz eléctrica, y su fulgor pálido y
extraño.
«Como
encienden pa tanta fiesta y tanto bailoteo...», pensó.
En
la calle, también reinaba una especie de penumbra tristona. Era de
esas antiguas callejas de Madrid, en que los faroles parecen
mortecinos candiles, y los rincones son sombríos y hasta siniestros.
Otras veces, sin embargo, animaban aquella melancolía las barbianas
que venían metiendo bulla de reíres y decires, a alquilar no sólo
mantones, sino caretas de seda, abanicos pericones y peinetas de
carey. Acaso viniesen aún, a la media noche.
Las
palabras de su sobrino la escarabajeaban un poco, y nostalgias de
cosas pasadas la asaltaron como impertinentes moscas. ¿Por qué no
había ella de divertirse? ¿Por qué no había de volver a casarse?
No era ningún vejestorio, apenas cuarenta, carnes lozanas, firme
«dentaúra» y mata de pelo gruesa y reluciente. Un marido le daría
sombra, la ayudaría al negocio... El sobrinito, ya se ve, ¡si no
fuese por la esperanza de la herencia!... Cariño, ni chispa.
Era
señá Cipriana mujer de bien, pero de suma normalidad, sana y cálida
de sangre. Se trató a sí misma de sosa. Se prometió echarse su
mejor mantón por los hombros, y concurrir a verbenas y bailes. ¿Y
si le hacían burla? ¡Que la hiciesen! Ella a darse el gran pisto,
con sus zarzillos de brillantes y su coche... Porque era capaz de
echar coche. ¿Para qué quería los ahorros?
Uno
de los varios relojes de pared colgados en la tienda sonó, la media
para las doce, y al punto mismo se abrió la entornada puerta, y
entró un mascarón, de esos de colcha rameada y escoba en ristre.
Una especie de informe capucha, de la misma tela de la colcha cubría
su cabeza, rematando el frunce en un ajado lazo de gro rojo. Una
sucia careta de raso, rojo también, dejaba entrever, bajo el
volante, una barba negra, rizosa. Con solicitud, la prendera
interrogó:
-¿Qué
se le ofrece?
-¿No
tendrá usted unos guantes?
-Veremos
si los hay que le sirven.
Revolvió
la señá Cipriana en un estante, y cuando se volvió presentando la
mercancía, un montón de guantes limpios con bencina, unos
desaparejados, otros desgarrados, que solían comprarle los cocheros
de punto para limpiar los metales de sus coches, vio que el mascarón
se había quitado el antifaz, y era de recia contextura, guapo mozo,
«un tipazo», como se dice.
Sonriente,
el mascarón imploraba.
-¿Querría
usted ponérmelos? ¡A mí me va a costar un trabajo...!
-Apoye
el codo sobre el mostrador...
Y
empezó la prendera a desempeñar la grata faena de calzar los
guantes a aquel buen tipo. Separados por la valla de madera sus
alientos casi se confundían, al tratar la señá Cipriana de embutir
la mano nervuda del cliente en el canela, el par más decente de
todos.
Los
ojos del mascarón, insolentes de galantería, de nacarada córnea,
húmedos de vida, bebían el rostro de la mujer. ¡Besaban ya
aquellos atrevidos ojos!
-¿Es
usted de aquí? -preguntó ella por disimular la repentina emoción.
-No...
Soy de Cádiz, ¿sabusté? He venío a cobrar un pico, unos atrasos.
Me gusta mucho Madrí. De gana me quedaría. Al fin, solo como es
uno, ¿qué más da un sitio que otro? Y usted..., ¿tiene familia?
-No
-tartamudeó la prendera-. Solita vivo desde que he enviudao... Cosas
de la vía, ¿verdá usté?
Él
estrechó insinuante la mano que enguantaba la suya, y con gesto ya
inequívoco, murmuró:
-¡A
ver! ¡Cosas de la vía!
Las
palabras decían uno y los mirares, ya encandilados, otro... Los
dedos de la prendera se enlanguidecían en la operación, al par que
preguntaba ávidamente:
-¿Y
usted en Cádiz tenía oficio?
-¡Vaya!
Mi buen taller de ebanista. Pero están malos los tiempos, y se
ganaba poco. Por eso macordé de los atrasos... Un piquillo regular,
¡no se crea usté!
En
otro momento acaso se hubiese fijado la señá Cipriana en que las
yemas que estaba calzando no tenían callo alguno, y aunque fuertes,
eran de holgazán. Pero la adormecían los ojos del cliente,
enviándole su fluido, y, semirrendida, consintió en el mariposeo de
unos labios sobre su mejilla sofocada...
El
mascarón, entonces, no respetando la valla, alzando la tabla que
cerraba el mostrador, penetró en la tienda. Desató las cintas que
sujetaban la colcha, y rogó:
-Yo
no voy al baile esta noche, gitana... Que se fastidie el baile...
Ahora mismito cierro esa puerta... Esto ha sío como un tiro, ¿eh?
¡La simpatía...!
Sin
esperar contestación, fue a cerrar, en efecto, dando vuelta a la
llave y corriendo el cerrojo. Ella protestaba, en una reacción de
bravía honradez:
-No,
no, abra, váyase... Si es usted persona decente, se podrán hacer
las cosas como manda Dios... No soy mujer de estos tratos, ¿lo oye
usted...?
Él
la había cogido por la cintura, arrastrándola hacia el dormitorio,
débilmente iluminado por una bombilla de a cinco, las favoritas de
la económica prendera.
El
mascarón empujaba violentamente hacia la gran cama dorada de
matrimonio que ocupaba casi todo el aposento. Vencida la resistencia,
cerró ella los párpados, y en la diestra del hombre brilló una
faca antes de hundirse dos veces en el pecho de la víctima. Alzando
luego el cuerpo, lo tendió, dejándolo debatirse en la agonía,
sobre el lecho. Guardó el arma el asesino y sacó otros instrumentos
profesionales. Abierta la cómoda-buró, la vista del fajo de
billetes le arrancó una imprecación de alegría. Allí relucían
los zarcillos, pero no los tocó: ¡no hay idea de lo que comprometen
las joyas!
Salió
luego a la tienda y tiró del cajón que tenía puesta la llave;
arrambló con los puñados de pesetas y duros, vistió otra vez la
colcha, ajustó la careta, apagó las luces, y salió, dejando la
puerta encajada. En la primera alcantarilla arrojó los guantes
sapicados de sangre. Y allá se quedó la señá Cipriana, rígida
con las pupilas reflejando el espanto de que el mascarón, en quien
creyó ver el Amor, era la Muerte.
viernes, 21 de agosto de 2026
La irresistible ascensión de Arturito Ui. Jorge Anglada Perletti.
La confusión se apoderó del parque. La madre, a duras penas conteniendo el llanto, reprochaba amargamente a su marido el que éste cediera siempre ante los caprichos del niño. El padre, cabizbajo, aguantaba estoicamente la perorata de su esposa. El primogénito observaba cómo su hermanito, asido de un globo desproporcionadamente grande para su tamaño, se iba rápidamente elevando. El policía, pistola en mano, esperaba impaciente una decisión para actuar. Pero ¿qué hacer? Si no disparaba, el niño se perdería irremediablemente en algún lugar de la estratosfera, pero si se decidía a hacer fuego... Finalmente, el abuelo, en un arrebato de casta de viejo coronel, y ante la pasividad general, decidió: «Mejor un muerto en la familia que un desaparecido». Y dio orden de disparar. El globo reventó con un seco ruido apenas perceptible. Segundos después el niño regresaba, estrellándose contra el adoquinado.
miércoles, 19 de agosto de 2026
El barón rampante. Capítulo XII, [Gian dei Brughi]. Italo Calvino.
A veces, por la noche, a Cósimo le
despertaban gritos como: «¡Socorro! ¡Los bandidos!
¡Perseguidlos!».
Por
los árboles, se dirigía rápido al lugar de donde aquellos gritos
procedían. Era quizá un caserío de pequeños propietarios, y una
familia medio desnuda estaba allí fuera con las manos a la cabeza.
—¡Ay
de nosotros! ¡Ay de nosotros! ¡Ha venido Gian dei Brughi y se nos
ha llevado todo el producto de la cosecha!
Se
agolpaba la gente.
—¿Gian
dei Brughi? ¿Era él? ¿Lo habéis visto?
—¡Era
él! ¡Era él! Llevaba una máscara en la cara, una pistola así de
larga, y le seguían otros dos enmascarados, y él los mandaba. ¡Era
Gian dei Brughi!
—¿Y
dónde está? ¿Adónde ha ido?
—Ah,
sí, ¡a ver si lo agarras a Gian dei Brughi! ¡Quién sabe dónde
está a estas horas!
O
bien quien gritaba era un viandante dejado en medio del camino,
despojado de todo, caballo, bolsa, capa y equipaje.
—¡Socorro!
¡Al ladrón! ¡Gian dei Brughi!
—¿Cómo
ha sido? ¡Decidnos!
—Saltó
desde allí, negro, barbudo, apuntando con el trabuco, ¡por poco me
mata!
—¡Rápido!
¡Persigámosle! ¿Por dónde ha escapado?
—¡Por
aquí! ¡No, quizá por allí! ¡Corría como el viento!
A
Cósimo se le había metido en la cabeza ver a Gian dei Brughi.
Recorría el bosque a todo lo largo y lo ancho detrás de las liebres
o los pájaros, azuzando al pachón: «¡Busca, busca, Óptimo
Máximo!». Pero lo que le habría gustado sacar de su cubil era al
bandido en persona, y no para hacerle o decirle nada, sólo para ver
cara a cara a una persona tan afamada. En cambio, nunca había
conseguido hallarlo, ni siquiera dando vueltas toda una noche. «Será
que esta noche no ha salido», se decía Cósimo; pero por la mañana,
aquí o allá en el valle, había un corrillo de gente en el umbral
de una casa o en un recodo del camino, comentando el nuevo robo.
Cósimo acudía, y aguzando mucho los oídos escuchaba aquellas
historias.
—Pero
tú que estás siempre sobre los árboles del bosque —le dijo una
vez alguien—, ¿nunca lo has visto, a Gian dei Brughi?
Cósimo
se avergonzó mucho.
—Pues…
me parece que no…
—¿Y
cómo quieres que lo haya visto? —intervino otro—, Gian dei
Brughi tiene escondites que nadie puede encontrar, y va por caminos
que nadie conoce.
—¡Con
la recompensa que ofrecen por su cabeza, quien lo atrape podrá vivir
bien toda su vida!
—¡Ya!
Pero los que saben dónde está, tienen cuentas pendientes con la
justicia casi tanto como él, y si se deciden terminan en la horca
también ellos.
—¡Gian
dei Brughi! ¡Gian dei Brughi! Pero ¿será siempre él quien comete
estos delitos?
—Da
igual, tiene tantas acusaciones que aunque consiguiera disculparse de
diez robos, mientras tanto ya le habrían colgado por el undécimo.
—¡Ha
sido bandido en todos los bosques de la costa!
—¡Mató
incluso a un jefe de banda en su juventud!
—¡Ha
hecho de bandido también entre los bandidos!
—¡Por
eso ha venido a refugiarse a nuestras tierras!
—¡Es
que somos demasiado buenos!
Cósimo
cada nueva noticia la iba a comentar con los caldereros. Entre la
gente acampada en el bosque, había en aquellos tiempos toda una
ralea de fulleros ambulantes: caldereros, silleros, traperos, gente
que evita las casas, y que por la mañana estudia el hurto que hará
por la noche. En el bosque, más que el taller tenían su refugio
secreto, el escondrijo de lo que hurtaban.
—¿Sabéis?
¡Esta noche Gian dei Brughi ha asaltado una carroza!
—¿Ah,
sí? Puede ser…
—¡Ha
conseguido detener los caballos al galope cogiéndolos por la brida!
—Pues,
o no era él o en lugar de caballos eran grillos…
—¿Qué
decís? ¿No creéis que fuera Gian dei Brughi?
—Sí,
sí, ¿qué ideas le vas a meter en la cabeza a ése? ¡Claro que era
Gian dei Brughi!
—¿Y
de qué no es capaz Gian dei Brughi?
—¡Ja,
ja, ja!
Al
oír hablar de Gian dei Brughi de este modo, Cósimo no salía de su
asombro, se desplazaba por el bosque e iba a escuchar en otro
campamento de vagabundos.
—Decidme,
según vosotros, el de la carroza de anoche, ¿fue un golpe de Gian
dei Brughi, no?
—Todos
los golpes son de Gian dei Brughi cuando salen bien. ¿No lo sabes?
—¿Por
qué cuando salen bien?
—Porque
cuando no salen bien, ¡quiere decir que son realmente de Gian dei
Brughi!
—¡Ja,
ja! ¡Ese chapucero!
Cósimo
ya no entendía nada.
—¿Gian
dei Brughi un chapucero?
Los
otros, entonces, se apresuraban a cambiar de tono:
—Claro
que no, claro que no, ¡es un bandido que da miedo a todos!
—¿Lo
habéis visto vosotros?
—¿Nosotros?
¿Y quién lo ha visto alguna vez?
—Pero
¿estáis seguros de que existe?
—¡Ésa
sí que es buena! ¡Claro que existe! Pero si no existiera…
—¿Si
no existiera?
—… Sería
lo mismo. ¡Ja, ja, ja!
—Pero
todos dicen…
—Claro,
es lo que hay que decir: ¡es Gian dei Brughi que roba y mata por
todas partes, ese terrible bandido! ¡Quisiéramos ver que alguien lo
dudase!
En
fin, Cósimo había comprendido que el miedo a Gian dei Brughi que
había por el valle, cuanto más se subía hacia el bosque más se
convertía en una actitud dudosa y a menudo abiertamente burlona.
La
curiosidad de dar con él se le pasó, porque comprendió que Gian
dei Brughi a la gente más experta no le importaba nada. Y fue
precisamente entonces cuando ocurrió el encuentro.
Cósimo
estaba en un nogal, una tarde, y leía. Le había entrado hacía poco
la nostalgia de algún libro: estar todo el día con el fusil
apuntando, esperando que llegue un pinzón, a la larga aburre.
Así
pues, leía el Gil Blas, de Lesage, sosteniendo con una mano
el libro y con la otra el fusil. Óptimo Máximo, al que no le
gustaba que su amo leyese, daba vueltas alrededor buscando pretextos
para distraerlo: ladrando por ejemplo a una mariposa, para ver si
conseguía hacerle apuntar el fusil.
Y
de pronto, bajando de la montaña, por el sendero, venía corriendo y
jadeando un hombre barbudo y mal vestido, desarmado, y detrás
llevaba a dos esbirros con los sables desenvainados que gritaban:
—¡Detenedlo!
¡Es Gian dei Brughi! ¡Lo hemos cogido, al fin!
Ahora
el bandido se había distanciado un poco de los esbirros, pero si
continuaba moviéndose torpemente como quien tiene miedo de
equivocarse de camino o caer en alguna trampa, los tendría pronto
pisándole los talones. El nogal de Cósimo no presentaba agarraderos
para quien quisiera trepar, pero él tenía allí en la rama una
cuerda de esas que llevaba siempre consigo para superar los pasos
difíciles. Tiró un extremo a tierra y ató el otro a la rama. El
bandido vio caer aquella cuerda casi en las narices, se retorció las
manos un momento en la incertidumbre, luego se agarró a la cuerda y
trepó con rapidez, revelándose como uno de esos inseguros
impulsivos o impulsivos inseguros que parece que nunca saben
aprovechar el momento justo y por el contrario atinan siempre.
Llegaron
los esbirros. La cuerda ya había sido retirada y Gian dei Brughi
estaba junto a Cósimo entre las frondas del nogal. El camino se
bifurcaba. Los esbirros tomaron cada uno por un lado distinto, luego
se volvieron a encontrar, y no sabían adónde ir. Y repentinamente
toparon con Óptimo Máximo que meneaba la cola por aquellos parajes.
—¡Eh!
—dijo uno de los esbirros al otro—, ¿no es éste el perro del
hijo del barón, el que vive en los árboles? Si el muchacho está
por aquí cerca podrá decirnos algo.
—¡Estoy
aquí arriba! —gritó Cósimo.
Pero
no gritó desde el nogal donde estaba antes y en donde estaba
escondido el bandido; se había desplazado rápidamente a un castaño
de enfrente, de modo que los esbirros levantaron enseguida la cabeza
en aquella dirección sin ponerse a mirar a los árboles de en torno.
—Buenos
días, señoría —dijeron—, ¿por casualidad no habréis visto
correr al bandido Gian dei Brughi?
—Quién
era no lo sé —respondió Cósimo—, pero si buscáis a un
hombrecito que corría, ha tomado por ahí, hacia el torrente…
—¿Un
hombrecito? Es un hombre terrible, que inspira miedo…
—Bueno,
desde aquí parecéis todos pequeños…
—¡Gracias,
señoría! —y tiraron hacia el torrente.
Cósimo
volvió al nogal y siguió con la lectura del Gil Blas. Gian dei
Brughi todavía estaba abrazado a la rama, pálido entre los cabellos
y la barba hirsutos y rojos como los mismos brezos, con hojas secas,
erizos de castaña y agujas de pino enredados en ellos. Escrutaba a
Cósimo con dos ojos verdes, redondos y turbados; feo, era feo.
—¿Se
han ido? —se decidió a preguntar.
—Sí,
sí —dijo Cósimo, afable—. ¿Es usted el bandido Gian dei
Brughi?
—¿Cómo
me conoce?
—Ah,
pues, por la fama.
—¿Y
usted es el que nunca baja de los árboles?
—Sí.
¿Cómo lo sabe?
—Bueno,
también yo, la fama corre.
Se
miraron con amabilidad, como dos personas importantes que se
encuentran por casualidad y están contentas de no ser desconocidas
la una para la otra.
Cósimo
no sabía que más podía decir, y se puso de nuevo a leer.
—¿Qué
lee?
—El
Gil Blas, de Lesage.
—¿Es
bonito?
—Pues
sí.
—¿Le
falta mucho para terminarlo?
—¿Por
qué? Bueno, unas veinte páginas.
—Porque
cuando lo termine quisiera pedirle que me lo prestara —sonrió,
algo confundido—. ¿Sabe?, me paso los días escondido, nunca se
sabe qué hacer. Si tuviera un libro de vez en cuando, digo. Una vez
detuve una carroza, poca cosa, pero había un libro y lo cogí. Me lo
llevé, escondido bajo la casaca; habría dado todo el resto del
botín, con tal de quedarme aquel libro. Por la noche, enciendo la
linterna, me dispongo a leer…, ¡estaba en latín! No entendía ni
una palabra… —Sacudió la cabeza—. Ya ve, yo el latín no lo
sé…
—Bueno,
el latín, caray, es difícil —dijo Cósimo, y sintió que a pesar
suyo estaba tomando un aire protector—. Éste está en francés…
—Francés,
toscano, provenzal, castellano, los entiendo todos —dijo Gian dei
Brughi—. Un poco también el catalán: Bon dia! Bona nit! Està
la mar molt alborotada.
En
media hora Cósimo terminó el libro y se lo prestó a Gian dei
Brughi.
Así
empezaron a relacionarse mi hermano y el bandido. En cuanto Gian dei
Brughi había terminado un libro, corría a devolvérselo a Cósimo,
tomaba en préstamo otro, escapaba a esconderse a su refugio secreto,
y se hundía en la lectura.
A
Cósimo los libros se los proporcionaba yo de la biblioteca de casa,
y cuando los había leído me los volvía a dar. Ahora empezó a
quedárselos más tiempo, porque una vez leídos se los pasaba a Gian
dei Brughi, y a menudo volvían con las encuadernaciones
despellejadas, con manchas de moho, babas de caracoles, porque quién
sabe dónde los tenía el bandido.
En
días preestablecidos, Cósimo y Gian dei Brughi se daban cita sobre
un determinado árbol, se intercambiaban el libro y se separaban, ya
que el bosque estaba siempre batido por los esbirros. Esto tan simple
era muy peligroso para ambos; incluso para mi hermano, que desde
luego no habría podido justificar su amistad con aquel criminal.
Pero a Gian dei Brughi le había pillado tal furia de lecturas, que
devoraba novela tras novela y, al estar todo el día escondido
leyendo, en un día liquidaba unos tomos que mi hermano había
empleado una semana en leer, y entonces no había manera, quería
otro, y si no era el día establecido se lanzaba por los campos en
busca de Cósimo, asustando a las familias en los caseríos y
arrastrando detrás de él a toda la fuerza pública de Ombrosa.
Ahora
a Cósimo, aún más apremiado por las peticiones del bandido, los
libros que yo conseguía procurarle ya no le bastaban, y tuvo que ir
a buscar otros proveedores. Conoció a un comerciante de libros
judío, un tal Orbecche, que le suministraba incluso obras en varios
tomos. Cósimo iba a llamar a su ventana desde las ramas de un
algarrobo llevándole liebres, tordos y perdices acabados de cazar a
cambio de volúmenes.
Pero
Gian dei Brughi tenía sus gustos, no se le podía dar un libro
cualquiera, pues al día siguiente buscaba a Cósimo para que se lo
cambiase. Mi hermano estaba en la edad en que se empieza a gozar con
lecturas más sustanciosas, pero se veía obligado a ir despacio,
desde que Gian dei Brughi le devolvió Las aventuras de Telémaco,
advirtiéndole que si le daba otra vez un libro tan aburrido, le
serraría el árbol por debajo.
Cósimo,
a partir de este momento, habría querido separar los libros que
quería leer por su cuenta con toda calma de los que se procuraba
sólo para dejárselos al bandido. Pero no: también a éstos tenía
que echarles al menos una ojeada, porque Gian dei Brughi se volvía
cada vez más exigente y desconfiado, y antes de quedarse con un
libro quería que le contase un poco el argumento, y pobre de él
como lo cogiera en falta. Mi hermano probó a pasarle novelitas de
amor, y el bandido llegaba furioso preguntando si lo había tomado
por una mujercita. No se conseguía adivinar nunca lo que le gustaba.
En
resumidas cuentas, con Gian dei Brughi pegado a él, la lectura para
Cósimo, de aquella distracción de media horita, se convirtió en su
ocupación principal, en el objeto de todo el día. Y a fuerza de
manejar volúmenes, de juzgarlos y compararlos, de tener que conocer
siempre otros nuevos, entre lecturas para Gian dei Brughi y la
creciente necesidad de lecturas para sí, a Cósimo le entró tal
pasión por las letras y por todo el saber humano que no le eran
suficientes las horas desde el alba al ocaso para lo que habría
querido leer, y seguía incluso en la oscuridad, a la luz de una
linterna.
Descubrió
al fin las novelas de Richardson. A Gian dei Brughi le gustaron.
Acabada una, enseguida quería otra. Orbecche le consiguió un montón
de volúmenes. El bandido tenía lectura para un mes. Cósimo,
recobrada la tranquilidad, se lanzó a leer las Vidas de
Plutarco.
Gian
dei Brughi, mientras tanto, tumbado en su lecho, con los hirsutos
cabellos rojos llenos de hojas secas sobre la frente fruncida, los
ojos verdes que se le enrojecían por el esfuerzo de la vista, leía
y leía moviendo la mandíbula en un deletreo furioso, teniendo en
alto un dedo húmedo de saliva dispuesto a volver la página. Con la
lectura de Richardson,una inclinación latente desde hacía tiempo en
su ánimo lo iba consumiendo: un deseo de una vida rutinaria y
casera, de parentescos, de sentimientos familiares, de virtudes, de
aversión a los malvados y los viciosos. Todo lo que lo rodeaba ya no
le interesaba, o lo llenaba de disgusto. Ya no salía de su guarida
salvo para correr hacia Cósimo para que le cambiase el volumen, en
especial si era una novela en varios tomos y se había quedado a la
mitad de la historia. Vivía así, aislado, sin darse cuenta de la
tempestad de resentimientos que estaba incubando contra él incluso
entre los habitantes del bosque, en un tiempo sus fieles cómplices,
pero que ahora se habían cansado de tener entre ellos un bandido
inactivo, que atraía a todos los esbirros.
En
otra época, se le habían acercado cuantos en los alrededores tenían
cuentas que ajustar con la justicia, aunque fuese poco, habituales
pequeños robos, como los de aquellos vagabundos estañadores de
ollas, o delitos propiamente dichos, como los de sus compañeros
bandidos. Para cada hurto o atraco esta gente se aprovechaba de su
autoridad y experiencia, e incluso se escudaba con su nombre, que
corría de boca en boca y dejaba los suyos en la sombra. Y quien no
tomaba parte en los golpes también disfrutaba de algún modo de su
suerte, porque el bosque se llenaba de lo robado y de contrabando de
todas clases, que había que despachar o revender, y todos los que
frecuentaban aquellos lugares encontraban con qué traficar. Quien
además llevaba a cabo atracos por su cuenta, sin que lo supiera Gian
dei Brughi, se apoyaba en aquel nombre terrible para atemorizar a los
agredidos y sacarles el máximo; la gente vivía en el terror, en
cada maleante veía a Gian dei Brughi o a uno de su banda y se
apresuraba a desatar los cordones de la bolsa.
Estos
buenos tiempos duraron mucho; Gian dei Brughi había visto que podía
vivir de renta, y poco a poco se fue abandonando. Creía que todo
seguía como antes, en cambio los ánimos eran otros y su nombre ya
no inspiraba ningún respeto.
¿A
quién le era útil, a estas alturas, Gian dei Brughi? Se estaba
escondiendo con lagrimones en los ojos leyendo novelas, ya no
realizaba atracos, no proporcionaba botines, en el bosque nadie podía
ocuparse de sus asuntos, venían los esbirros todos los días a
buscarlo y por poco que un desgraciado tuviese un aspecto sospechoso
se lo llevaban a la prevención. Si se añade la tentación de la
recompensa que ofrecían por su cabeza, se ve claro que los días de
Gian dei Brughi estaban contados.
Otros
dos bandidos, dos jóvenes que habían sido adiestrados por él y que
no sabían resignarse a perder aquel buen jefe de la banda, quisieron
darle ocasión de rehabilitarse. Se llamaban Ugasso y Bel-Loré, y de
niños habían sido de la banda de ladronzuelos de fruta. Ahora,
mayores, se habían convertido en salteadores de caminos.
Así
pues, van a buscar a Gian dei Brughi a su guarida. Estaba allí,
tendido sobre la paja.
—Sí,
¿qué pasa? —dijo, sin levantar los ojos de la página.
—Teníamos
que proponerte una cosa, Gian dei Brughi.
—Hum…
¿Qué? —y leía.
—¿Sabes
dónde está la casa de Costanzo, el recaudador de impuestos?
—Sí,
sí… ¿Eh? ¿Qué recaudador?
Bel-Loré
y Ugasso intercambiaron una mirada contrariada. Si no le quitaban
aquel maldito libro de delante de los ojos, el bandido no entendería
ni una palabra.
—Cierra
el libro por un momento, Gian dei Brughi. Escúchanos.
Gian
dei Brughi aferró el libro con ambas manos, se puso de rodillas, se
lo apretó contra el pecho manteniéndolo abierto por la señal,
luego el deseo de seguir leyendo era demasiado y, siempre sujetándolo
estrechamente, lo levantó hasta poder hundir la nariz en él.
Bel-Loré
tuvo una idea. Había allí una tela de araña con una gruesa araña.
Bel-Loré alzó con manos ligeras la tela de araña con la araña y
se la tiró encima a Gian dei Brughi, entre el libro y la nariz. El
infeliz de Gian dei Brughi se había ablandado tanto que hasta una
araña le daba miedo. Sintió en la nariz aquella confusión de patas
de araña y filamentos pegajosos, y antes incluso de comprender qué
era, lanzó un gritito horrorizado, dejó caer el libro y empezó a
abanicarse con las manos la cara, con los ojos en blanco y la boca
que escupía.
Ugasso
se tiró al suelo y consiguió agarrar el libro antes de que Gian dei
Brughi le pusiera un pie encima.
—¡Devuélveme
ese libro! —dijo Gian dei Brughi, tratando con una mano de librarse
de la araña y la telaraña, y con la otra de arrancar el libro de
las manos de Ugasso.
—No,
¡primero escúchanos! —dijo Ugasso escondiendo el libro a la
espalda.
—Estaba
leyendo Clarisa. ¡Devolvédmelo! Precisamente en el momento
culminante…
—Oye
esto. Nosotros llevamos esta noche una carga de leña a casa del
recaudador de impuestos. En el saco, en vez de leña, vas tú. Cuando
sea de noche, sales del saco…
—¡Pues
yo quiero terminar Clarisa! —Había conseguido librarse las
manos de los últimos restos de telaraña y trataba de luchar con los
dos jóvenes.
—Oye
esto… Cuando sea de noche sales del saco, armado con tus pistolas,
haces que el recaudador te dé todo lo que ha recaudado durante la
semana, que guarda en el cofre en la cabecera de la cama…
—Dejadme
al menos acabar el capítulo… Sed buenos chicos…
Los
dos jóvenes pensaban en los tiempos en que, al primero que se
atrevía a contradecirle, Gian dei Brughi le clavaba dos pistolas en
el estómago. Les vino una amarga nostalgia.
—Tú
coges los sacos de dinero, ¿de acuerdo? —insistieron,
tristemente—, nos los traes, nosotros te devolvemos tu libro y
podrás leer cuanto quieras. ¿Está bien así? ¿Irás?
—No.
No está bien. ¡No iré!
—Ah,
conque no irás… Ah, conque no irás, dices… ¡Pues mira,
entonces! —y Ugasso cogió una página de hacia el final del libro
(—¡No! —gritó Gian dei Brughi), la arrancó (—¡No!
¡Quieto!), hizo una bola con ella, la echó al fuego.
—¡Ah!
¡Perro! ¡No puedes hacer eso! ¡Ya no sabré cómo termina! —y
corría detrás de Ugasso para pillarle el libro.
—Entonces
qué, ¿vas a ir a casa del recaudador?
—No,
¡no pienso ir!
Ugasso
arrancó otras dos páginas.
—¡Estate
quieto! ¡Todavía no he llegado ahí! ¡No puedes quemarlas!
Ugasso
ya las había tirado al fuego.
—¡Perro!
¡Clarisa! ¡No!
—Entonces
qué, ¿vas a ir?
—Yo…
Ugasso
arrancó otras tres páginas y las lanzó a las llamas.
Gian
dei Brughi se sentó con la cara entre las manos.
—Iré
—dijo—. Pero prometedme que me esperaréis con el libro fuera de
la casa del recaudador.
Escondieron
al bandido en un saco, con un haz de leña sobre la cabeza. Bel-Loré
llevaba el saco a la espalda. Detrás iba Ugasso con el libro. De vez
en cuando, cuando Gian dei Brughi con una patada o un gruñido desde
dentro del saco daba muestras de estar a punto de arrepentirse,
Ugasso le hacía oír el ruido de una página arrancada y Gian dei
Brughi volvía a quedarse calmado enseguida.
Con
este sistema lo llevaron, disfrazados de leñadores, hasta dentro de
la casa del recaudador de impuestos y lo dejaron allí. Fueron a
situarse un poco lejos, detrás de un olivo, esperando la hora en
que, terminado el golpe, debía reunirse con ellos.
Pero
Gian dei Brughi tenía demasiada prisa, salió antes de oscurecer,
por la casa aún había demasiada gente.
—¡Manos
arriba! —Pero ya no era el de antes, era como si se viese desde
fuera, se sentía un poco ridículo—. Manos arriba, he dicho…
Todos los de la habitación, contra la pared… —Nada: no se lo
creía ni él, lo hacía por hacer—. ¿Estáis todos? —No se
había dado cuenta de que se había escapado una niña.
En
cualquier caso, era un trabajo en el que no se podía perder ni un
minuto. En cambio lo alargó, el recaudador se hacía el tonto, no
encontraba la llave, Gian dei Brughi comprendía que ya no lo tomaban
en serio, y en el fondo estaba contento de que así ocurriese.
Salió,
por fin, con los brazos cargados de bolsas repletas de escudos.
Corrió casi a ciegas al olivo fijado para reunirse.
—¡Aquí
está todo lo que había! ¡Devolvedme Clarisa!
Cuatro,
siete, diez brazos se arrojaron sobre él, lo inmovilizaron de la
espalda a los tobillos. Una cuadrilla de esbirros lo levantaba a
pulso y lo ataba como a un jamón.
—¡A
Clarisa la verás estando en chirona! —y lo condujeron a la cárcel.
La
cárcel era una torre a orillas del mar. Un bosque de pinastros
crecía allí cerca. Desde lo alto de uno de estos pinastros, Cósimo
llegaba casi a la altura de la celda de Gian dei Brughi y veía su
rostro tras las rejas.
Al
bandido no le importaban nada ni los interrogatorios ni los procesos;
cualquiera que fuese el resultado, lo iban a ahorcar igualmente; pero
su preocupación eran esos días vacíos allí en la prisión, sin
poder leer, y aquella novela dejada a medias. Cósimo consiguió
obtener otro ejemplar de Clarisa y se lo llevó al pino.
—¿Dónde
habías llegado?
—¡Cuando
Clarisa escapaba de la casa de mala fama!
Cósimo
hojeó un poco y luego:
—Ah,
sí, aquí lo tengo. Pues… —y empezó a leer en voz alta, vuelto
hacia la reja, a la que se veían agarradas las manos de Gian dei
Brughi.
La
instrucción de la causa se fue alargando; el bandido resistía las
torturas; para hacerle confesar cada uno de sus innumerables delitos
se requerían días y días. Pero siempre, antes y después de los
interrogatorios, se quedaba escuchando a Cósimo que le leía. Cuando
terminó Clarisa, viéndolo algo entristecido, Cósimo pensó que
Richardson, a la postre, era un poco deprimente; y prefirió empezar
a leerle una novela de Fielding, que con vicisitudes más movidas lo
consolara un poco de la libertad perdida. Eran los días del proceso,
y Gian dei Brughi sólo tenía en la cabeza los azares de Jonathan
Wild.
Antes
de que se acabara la novela, llegó el día de la ejecución. En la
carreta, en compañía de un fraile, Gian dei Brughi llevó a término
el último viaje como viviente. Las ahorcaduras en Ombrosa se
ejecutaban en una alta encina en medio de la plaza. Alrededor todo el
pueblo formaba un círculo.
Cuando
tuvo la soga al cuello, Gian dei Brughi oyó un silbido entre las
ramas. Alzó el rostro. Era Cósimo, con el libro cerrado.
—Dime
cómo termina —dijo el condenado.
—Siento
decírtelo, Gian —respondió Cósimo—, Jonathan termina colgado
por el cuello.
—Gracias.
¡Que sea lo mismo para mí! ¡Adiós! —y dio un puntapié a la
escalera, quedando estrangulado.
El
gentío, cuando el cuerpo cesó de agitarse, se marchó. Cósimo se
quedó hasta la noche, a horcajadas de la rama de la que colgaba el
ahorcado. Cada vez que un cuervo se acercaba para morder los ojos o
la nariz al cadáver, Cósimo lo ahuyentaba agitando el gorro.
El barón rampante, 1957.
domingo, 16 de agosto de 2026
El emperador de los lagartos. León Felipe.
Porque
el sueño es un animal fronterizo como los lagartos…
El
sueño es un lagarto.
Vive
en la frontera de dos grandes peñascos,
no
tiene raíces, va de un lado a otro lado,
de
la luz a la sombra, de la sombra a la luz… de un peñasco a otro
peñasco.
Se
agarra del péndulo que oscila entre los mundos que separan la
rendija entreabierta de mis párpados]
y
se mete en el cubo del pozo que tan pronto está arriba como abajo.
En
el crepúsculo del sueño nada está firme ni clavado… y el lagarto
vive
fuera del tiempo y del espacio.]
Pero
el sueño no es un enemigo del hombre como el zorro, es enemigo de la
tachuela y del cálculo;]
de
las duchas heladas y del puñal del amoniaco.
Existen
la razón y la aritmética dominando
y
el sueño y la locura aherrojados…
La
locura también es un lagarto.
Porque
el lagarto va y viene también del yelmo a la bacía y de la bacía
al yelmo. Y el juez, el cura, Don Fernando,]
el
burlón, el prestidigitador y el catedrático
ya
no sabe ninguno qué es lo que tiene en la cabeza aquel hidalgo.
¿Quién
ha gritado baci-yelmo?, Sancho.
Baci-yelmo
también, es un lagarto.
Preguntad
otra vez: ¿Y si estuviésemos ya locos? ¿O si siguiésemos
soñando?]
¿Si
no hubiésemos dejado
de
soñar, Segismundo, y el destierro ahora aquí y
España
allá, en el otro lado
fuesen
el juego viejo y nuevo de un dios, no de un rey bárbaro,
el
sueño eterno y español de la «caverna y el palacio»?
«Yo
sueño que estoy aquí,
de
estas prisiones cargado
y
soñé que en otro estado»…
Si
no hubiésemos dejado
de
soñar, Segismundo, y alguien después de ti hubiese definitivamente
dado
el
grito subversivo de ¡Arriba, arriba los lagartos!
¿Si
tú y yo, el místico, el biólogo, el psicólogo y el matemático
ya
hubiésemos sacado nuestra espada para defender a los lagartos?
Porque
si el pájaro
no
se escondió en la biblioteca ni en el follaje barroco del retablo,
si
huyó del pan, del vino y del binomio… de las manos de los
arzobispos y los sabios,]
si
no está en la retorta ni en el vaso sagrado
tendremos
que buscarlo
en
el ritmo pendular de la locura, del sueño o del borracho…
El
borracho también es un lagarto.
Porque
tal vez el hombre no sea un animal domesticado
que
cuenta, que gobierna y que razona, sino algo
que
sueña, que enloquece y que vacila, algo…
«¿No
pusiste allí un candil?
¿Cómo
me parecen dos?»
¿Aquello
es un peñasco o dos peñascos?
¿Y
si la luz fuese la sombra, la gracia el pecado,
la
oración la blasfemia, el cielo el infierno y el oro el guijarro?
¿Si
el verso, poetas cortesanos,
si
el verso no fuese de cristal sino de barro?
¿SÍ
hacia la derecha y hacia la izquierda fuesen sólo una vana y estéril
disputa de las manos?]
¿Si
no hubiese boca arriba y boca abajo
y
no supiésemos tampoco quién es el que duerme al revés, la lechuza
o el murciélago?]
¿Si
de tanto dar vueltas, de tanto columpiarnos,
de
tanto ir y venir del caño al coro y del coro al caño
nos
trabucásemos diciendo ¡cono!, pero si no sabemos dónde estamos?
Y
ésta es la hora blasfematoria y negra en el reino crepuscular de los
lagartos;]
la
hora en que se apagan las antorchas, las linternas, los faroles
urbanos y los faros;]
la
hora en que se escapan las estrellas por el turbio pantano de los
sapos;
la
hora en que los letreros de las callejuelas y de las grandes avenidas
se desploman, y se desploman los borrachos;]
la
hora en que nos llevan a la iglesia como a una casa de socorro…
la
hora de la camilla, del hisopo y del puñal del amoníaco…
la
hora en que nos vuelven a la vida, a la vida otra vez: a la razón y
al llanto.
¿Y
si la muerte fuese la vida y la vida la muerte, y yo aquí ahora,
espatarrado
entre
los dos peñascos
no
pudiese decir en qué sitio se apoyan mis zapatos?
He
visto nacer y morir. He asistido a un enterramiento y a un parto.
Y
me ha parecido siempre que el que nace, el que llega, llega como
forzado…]
que
alguien lo empuja por detrás, que lo echan a puntapiés y puñetazos
de
algún sitio, y le arrojan aquí, que por eso aparece llorando.
El
comadrón le coge en el aire como un futbolista la pelota.
En
cambio,
¿no
es verdad que una tumba es una dulce puerta, una mampara que nos abre
en la tierra con cuidado]
una
mano cumplida y cortesana, una mano
que
nos indica reverente: Por aquí, por aquí, pase usted por aquí; en
su despacho,]
está
el señor Presidente esperándolo?
Y
hay hombres que estuvieron con la puerta entreabierta para pasar, y
no pasaron;]
hombres
en agonía que estuvieron casi del otro lado,
hombres
en agonía larga, como Lázaro…
Lázaro
también es un lagarto.
Lo
volvieron al llanto cuando huía tirándole del rabo.
Porque
tal vez nos salvan desde allá, y a los ahogados, a los
definitivamente ahogados,]
desde
la otra ribera les arrojan un cabo.
¿Se
salvan los que mueren? ¿La vida es un naufragio?
Éste
es el reino, amigos, de la interrogación y del lagarto.
Del
lagarto
que
se mece en el columpio del cangilón y pasa por la luz y el
subterráneo
con
un tiempo y un ritmo poemáticos…
¡Eh,
alto!
El
poema también es un lagarto,
y
el poeta, el Gran Emperador de los lagartos.
Y
yo digo ahora aquí, aquí, colgado
del
péndulo que oscila entre los mundos que separan la rendija
entreabierta de mis párpados,]
aquí
y ahora —sacad el reloj— a las tres, con el pico rojinegro del
gallo:
Oíd,
amigos, la revolución ha fracasado.
Subid
las campanas de nuevo al campanario,
devolvedle
la sotana al cura y al capataz el látigo,
clavad
esas bisagras y quitadle el orín a los candados…
que
venga el cristalero y que componga los cristales rotos de los
balcones de Palacio…]
Arreglad
las trampas y los cepos y comprad alambre para los vallados…
Sacad
de vuestros cofres los anillos ducales, las libreas y los viejos
contratos…]
Coronad
a los poetas otra vez con hojas de laurel purpurinado
y
regaladle al Presidente si queréis una medallita y un escapulario.
¡Viva
Cristo Rey! ¡La Revolución ha fracasado!
Esto
lo he dicho a las tres. Pero ahora digo a las cuatro:
No
obstante, el que se haga una casa, que la haga teniendo en cuenta
ciertos planos.]
y
el que escriba un poema, que no olvide que se han visto ya pájaros
que se le escapan de la jaula al matemático.]
Por
ejemplo: dos y dos no son cuatro.
(Y
que no se solivianten el tenedor de libros y el rotario:
todavía
seguiremos sumando unos cuantos días como antes, para que no se
colapsen los bancos).]
y
digo además: Se han oído gritos desesperados, aullidos y blasfemias
en el subterráneo;]
se
espera que después del homo sapiens, de los retóricos y de los
teólogos, surja un cráneo]
que
rompa los barrotes y los muros: Dios está todavía encarcelado.
Vendrán
poetas de pólvora y barreno, con la mecha en la mano,
y
harán saltar la roca donde aún sigue Prometeo encadenado.
(Pero
no os asustéis. Antes nos comeremos otra vez el rancio pastelón
eclesiástico]
para
que no se arruinen los panaderos de pan ázimo).
y
esto no lo digo ni con los conejos del corral ni con las palomas del
tejado.
lo
digo desde el cubo del pozo, que tan pronto está arriba como abajo.
Pero…
¿y el Hombre? EL hombre… ¿es un mestizo o un ario?
El
hombre… (sigo hablando desde el cubo del pozo, desde el púlpito de
los lagartos),]
yo
lo he visto en las ruinas de Itálica, verdinegro, entre el ibero y
el romano,
y
en las ruinas de Uxmal y Chichén, verdinegro, entre el maya y el
caballero castellano…]
Yo
lo he visto entre el maíz amarillo y el trigo blanco,
en
la primera rendija de la aurora, entre las tres y las cuatro,
entre
la luna y el sol… en el pico ronco y agudo del gallo…
Yo
lo he visto entre el polvo y el agua, entre la sed y la nube… en el
barro…
El
hombre es un mestizo y el mestizo también es un lagarto.
Ahora…
anotad estas voces que suben del sótano:
¿Venimos
a crecer o a purgar?
¿Nos
abrieron la puerta o la forzamos?
¿Quién
estaba allí cuando partimos?
¿Quién
nos despidió en el otro lado?
¿El
gorila
o
el ángel desterrado?
Éste
es el reino, amigos, de la interrogación y del lagarto.
Y
aunque nadie conteste, yo vuelvo a preguntar:
¿Quién,
quién sostiene y levanta la verdad redentora entre las manos,
quién
es el sacerdote, el obispo o el sabio?
¿Dónde
está Dios? ¿Está Dios en el cáliz o en el tubo de ensayo?
¿Dónde
está Dios? ¿Está en el vino puro y en las harinas pálidas del
ario,
o
está aquí, en las fronteras pendulares
del
mestizo,
del
poeta,
del
agónico,
del
borracho,
del
loco,
y
del sonámbulo?
¿Aquí,
aquí en el cubo del pozo, que tan pronto está arriba como abajo;
aquí,
aquí, en el poema, a caballo
en
la rendija entreabierta de mis párpados…?
¿Aquí…
en el reino crepuscular de los lagartos?
Los lagartos, 1941.






