No quería señá Cipriana, la
prendera, cerrar tan temprano aquel lunes del Carnaval. La prisa que
le estaba dando la buena pieza de su sobrino, era «motivá» por las
ganas de largarse al baile, a gastar las perras y volver, si a mano
viene, con la crisma rota.
El
lunes de Carnaval era la gran ocasión de alquilar los mantones que
se ostentaban en el escaparate, y hasta las once y las doce estaban
viniendo chulillas del barrio, modistas y ribeteadoras, a llevarse
aquellos trapos castizos, donde pajarracos y floripondios desplegaban
sus formas, sus asiáticos colorines. Noches semejantes engrosaban el
cajón del mostrador, y después, el fajo de billetes que, ocultos
por algún tiempo en el buró, salían luego para préstamos a rédito
seriecito, del quince o del veinte.
Tanto,
sin embargo, la mareó el sobrino, alborotado por el olor de juerga
que exhalaba el barrio entero, las calles regadas de confeti, los
chiquillos vestidos de demonios verdes, azotando a los transeúntes
con el rabo, que acabó por decirle:
-¡Ay,
hijo! No vayas a mal parirte. Cierra el escaparate, deja la puerta
encajá, pa que si pasa alguna de esas, sepa que velo... Y listo, en
aeroplano, pa llegar más antes.
Por
conciencia, el mozo avisó:
-No
debía usté velar. Cierre pronto. No quea usté bien, así sola...
-No
me come el coco. Sola está una por lo regular...
Sin
meterse en más advertencias, el sobrino requirió capa y gorra, y
salió, al paso elástico de los que van hacia su deseo.
La
prendera se sentó en la tienda, en su rincón favorito, notando lo
mal que alumbraba aquel día la luz eléctrica, y su fulgor pálido y
extraño.
«Como
encienden pa tanta fiesta y tanto bailoteo...», pensó.
En
la calle, también reinaba una especie de penumbra tristona. Era de
esas antiguas callejas de Madrid, en que los faroles parecen
mortecinos candiles, y los rincones son sombríos y hasta siniestros.
Otras veces, sin embargo, animaban aquella melancolía las barbianas
que venían metiendo bulla de reíres y decires, a alquilar no sólo
mantones, sino caretas de seda, abanicos pericones y peinetas de
carey. Acaso viniesen aún, a la media noche.
Las
palabras de su sobrino la escarabajeaban un poco, y nostalgias de
cosas pasadas la asaltaron como impertinentes moscas. ¿Por qué no
había ella de divertirse? ¿Por qué no había de volver a casarse?
No era ningún vejestorio, apenas cuarenta, carnes lozanas, firme
«dentaúra» y mata de pelo gruesa y reluciente. Un marido le daría
sombra, la ayudaría al negocio... El sobrinito, ya se ve, ¡si no
fuese por la esperanza de la herencia!... Cariño, ni chispa.
Era
señá Cipriana mujer de bien, pero de suma normalidad, sana y cálida
de sangre. Se trató a sí misma de sosa. Se prometió echarse su
mejor mantón por los hombros, y concurrir a verbenas y bailes. ¿Y
si le hacían burla? ¡Que la hiciesen! Ella a darse el gran pisto,
con sus zarzillos de brillantes y su coche... Porque era capaz de
echar coche. ¿Para qué quería los ahorros?
Uno
de los varios relojes de pared colgados en la tienda sonó, la media
para las doce, y al punto mismo se abrió la entornada puerta, y
entró un mascarón, de esos de colcha rameada y escoba en ristre.
Una especie de informe capucha, de la misma tela de la colcha cubría
su cabeza, rematando el frunce en un ajado lazo de gro rojo. Una
sucia careta de raso, rojo también, dejaba entrever, bajo el
volante, una barba negra, rizosa. Con solicitud, la prendera
interrogó:
-¿Qué
se le ofrece?
-¿No
tendrá usted unos guantes?
-Veremos
si los hay que le sirven.
Revolvió
la señá Cipriana en un estante, y cuando se volvió presentando la
mercancía, un montón de guantes limpios con bencina, unos
desaparejados, otros desgarrados, que solían comprarle los cocheros
de punto para limpiar los metales de sus coches, vio que el mascarón
se había quitado el antifaz, y era de recia contextura, guapo mozo,
«un tipazo», como se dice.
Sonriente,
el mascarón imploraba.
-¿Querría
usted ponérmelos? ¡A mí me va a costar un trabajo...!
-Apoye
el codo sobre el mostrador...
Y
empezó la prendera a desempeñar la grata faena de calzar los
guantes a aquel buen tipo. Separados por la valla de madera sus
alientos casi se confundían, al tratar la señá Cipriana de embutir
la mano nervuda del cliente en el canela, el par más decente de
todos.
Los
ojos del mascarón, insolentes de galantería, de nacarada córnea,
húmedos de vida, bebían el rostro de la mujer. ¡Besaban ya
aquellos atrevidos ojos!
-¿Es
usted de aquí? -preguntó ella por disimular la repentina emoción.
-No...
Soy de Cádiz, ¿sabusté? He venío a cobrar un pico, unos atrasos.
Me gusta mucho Madrí. De gana me quedaría. Al fin, solo como es
uno, ¿qué más da un sitio que otro? Y usted..., ¿tiene familia?
-No
-tartamudeó la prendera-. Solita vivo desde que he enviudao... Cosas
de la vía, ¿verdá usté?
Él
estrechó insinuante la mano que enguantaba la suya, y con gesto ya
inequívoco, murmuró:
-¡A
ver! ¡Cosas de la vía!
Las
palabras decían uno y los mirares, ya encandilados, otro... Los
dedos de la prendera se enlanguidecían en la operación, al par que
preguntaba ávidamente:
-¿Y
usted en Cádiz tenía oficio?
-¡Vaya!
Mi buen taller de ebanista. Pero están malos los tiempos, y se
ganaba poco. Por eso macordé de los atrasos... Un piquillo regular,
¡no se crea usté!
En
otro momento acaso se hubiese fijado la señá Cipriana en que las
yemas que estaba calzando no tenían callo alguno, y aunque fuertes,
eran de holgazán. Pero la adormecían los ojos del cliente,
enviándole su fluido, y, semirrendida, consintió en el mariposeo de
unos labios sobre su mejilla sofocada...
El
mascarón, entonces, no respetando la valla, alzando la tabla que
cerraba el mostrador, penetró en la tienda. Desató las cintas que
sujetaban la colcha, y rogó:
-Yo
no voy al baile esta noche, gitana... Que se fastidie el baile...
Ahora mismito cierro esa puerta... Esto ha sío como un tiro, ¿eh?
¡La simpatía...!
Sin
esperar contestación, fue a cerrar, en efecto, dando vuelta a la
llave y corriendo el cerrojo. Ella protestaba, en una reacción de
bravía honradez:
-No,
no, abra, váyase... Si es usted persona decente, se podrán hacer
las cosas como manda Dios... No soy mujer de estos tratos, ¿lo oye
usted...?
Él
la había cogido por la cintura, arrastrándola hacia el dormitorio,
débilmente iluminado por una bombilla de a cinco, las favoritas de
la económica prendera.
El
mascarón empujaba violentamente hacia la gran cama dorada de
matrimonio que ocupaba casi todo el aposento. Vencida la resistencia,
cerró ella los párpados, y en la diestra del hombre brilló una
faca antes de hundirse dos veces en el pecho de la víctima. Alzando
luego el cuerpo, lo tendió, dejándolo debatirse en la agonía,
sobre el lecho. Guardó el arma el asesino y sacó otros instrumentos
profesionales. Abierta la cómoda-buró, la vista del fajo de
billetes le arrancó una imprecación de alegría. Allí relucían
los zarcillos, pero no los tocó: ¡no hay idea de lo que comprometen
las joyas!
Salió
luego a la tienda y tiró del cajón que tenía puesta la llave;
arrambló con los puñados de pesetas y duros, vistió otra vez la
colcha, ajustó la careta, apagó las luces, y salió, dejando la
puerta encajada. En la primera alcantarilla arrojó los guantes
sapicados de sangre. Y allá se quedó la señá Cipriana, rígida
con las pupilas reflejando el espanto de que el mascarón, en quien
creyó ver el Amor, era la Muerte.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
sábado, 22 de agosto de 2026
El mascarón. Emilia Pardo Bazán.
viernes, 21 de agosto de 2026
La irresistible ascensión de Arturito Ui. Jorge Anglada Perletti.
La confusión se apoderó del parque. La madre, a duras penas conteniendo el llanto, reprochaba amargamente a su marido el que éste cediera siempre ante los caprichos del niño. El padre, cabizbajo, aguantaba estoicamente la perorata de su esposa. El primogénito observaba cómo su hermanito, asido de un globo desproporcionadamente grande para su tamaño, se iba rápidamente elevando. El policía, pistola en mano, esperaba impaciente una decisión para actuar. Pero ¿qué hacer? Si no disparaba, el niño se perdería irremediablemente en algún lugar de la estratosfera, pero si se decidía a hacer fuego... Finalmente, el abuelo, en un arrebato de casta de viejo coronel, y ante la pasividad general, decidió: «Mejor un muerto en la familia que un desaparecido». Y dio orden de disparar. El globo reventó con un seco ruido apenas perceptible. Segundos después el niño regresaba, estrellándose contra el adoquinado.
miércoles, 19 de agosto de 2026
El barón rampante. Capítulo XII, [Gian dei Brughi]. Italo Calvino.
A veces, por la noche, a Cósimo le
despertaban gritos como: «¡Socorro! ¡Los bandidos!
¡Perseguidlos!».
Por
los árboles, se dirigía rápido al lugar de donde aquellos gritos
procedían. Era quizá un caserío de pequeños propietarios, y una
familia medio desnuda estaba allí fuera con las manos a la cabeza.
—¡Ay
de nosotros! ¡Ay de nosotros! ¡Ha venido Gian dei Brughi y se nos
ha llevado todo el producto de la cosecha!
Se
agolpaba la gente.
—¿Gian
dei Brughi? ¿Era él? ¿Lo habéis visto?
—¡Era
él! ¡Era él! Llevaba una máscara en la cara, una pistola así de
larga, y le seguían otros dos enmascarados, y él los mandaba. ¡Era
Gian dei Brughi!
—¿Y
dónde está? ¿Adónde ha ido?
—Ah,
sí, ¡a ver si lo agarras a Gian dei Brughi! ¡Quién sabe dónde
está a estas horas!
O
bien quien gritaba era un viandante dejado en medio del camino,
despojado de todo, caballo, bolsa, capa y equipaje.
—¡Socorro!
¡Al ladrón! ¡Gian dei Brughi!
—¿Cómo
ha sido? ¡Decidnos!
—Saltó
desde allí, negro, barbudo, apuntando con el trabuco, ¡por poco me
mata!
—¡Rápido!
¡Persigámosle! ¿Por dónde ha escapado?
—¡Por
aquí! ¡No, quizá por allí! ¡Corría como el viento!
A
Cósimo se le había metido en la cabeza ver a Gian dei Brughi.
Recorría el bosque a todo lo largo y lo ancho detrás de las liebres
o los pájaros, azuzando al pachón: «¡Busca, busca, Óptimo
Máximo!». Pero lo que le habría gustado sacar de su cubil era al
bandido en persona, y no para hacerle o decirle nada, sólo para ver
cara a cara a una persona tan afamada. En cambio, nunca había
conseguido hallarlo, ni siquiera dando vueltas toda una noche. «Será
que esta noche no ha salido», se decía Cósimo; pero por la mañana,
aquí o allá en el valle, había un corrillo de gente en el umbral
de una casa o en un recodo del camino, comentando el nuevo robo.
Cósimo acudía, y aguzando mucho los oídos escuchaba aquellas
historias.
—Pero
tú que estás siempre sobre los árboles del bosque —le dijo una
vez alguien—, ¿nunca lo has visto, a Gian dei Brughi?
Cósimo
se avergonzó mucho.
—Pues…
me parece que no…
—¿Y
cómo quieres que lo haya visto? —intervino otro—, Gian dei
Brughi tiene escondites que nadie puede encontrar, y va por caminos
que nadie conoce.
—¡Con
la recompensa que ofrecen por su cabeza, quien lo atrape podrá vivir
bien toda su vida!
—¡Ya!
Pero los que saben dónde está, tienen cuentas pendientes con la
justicia casi tanto como él, y si se deciden terminan en la horca
también ellos.
—¡Gian
dei Brughi! ¡Gian dei Brughi! Pero ¿será siempre él quien comete
estos delitos?
—Da
igual, tiene tantas acusaciones que aunque consiguiera disculparse de
diez robos, mientras tanto ya le habrían colgado por el undécimo.
—¡Ha
sido bandido en todos los bosques de la costa!
—¡Mató
incluso a un jefe de banda en su juventud!
—¡Ha
hecho de bandido también entre los bandidos!
—¡Por
eso ha venido a refugiarse a nuestras tierras!
—¡Es
que somos demasiado buenos!
Cósimo
cada nueva noticia la iba a comentar con los caldereros. Entre la
gente acampada en el bosque, había en aquellos tiempos toda una
ralea de fulleros ambulantes: caldereros, silleros, traperos, gente
que evita las casas, y que por la mañana estudia el hurto que hará
por la noche. En el bosque, más que el taller tenían su refugio
secreto, el escondrijo de lo que hurtaban.
—¿Sabéis?
¡Esta noche Gian dei Brughi ha asaltado una carroza!
—¿Ah,
sí? Puede ser…
—¡Ha
conseguido detener los caballos al galope cogiéndolos por la brida!
—Pues,
o no era él o en lugar de caballos eran grillos…
—¿Qué
decís? ¿No creéis que fuera Gian dei Brughi?
—Sí,
sí, ¿qué ideas le vas a meter en la cabeza a ése? ¡Claro que era
Gian dei Brughi!
—¿Y
de qué no es capaz Gian dei Brughi?
—¡Ja,
ja, ja!
Al
oír hablar de Gian dei Brughi de este modo, Cósimo no salía de su
asombro, se desplazaba por el bosque e iba a escuchar en otro
campamento de vagabundos.
—Decidme,
según vosotros, el de la carroza de anoche, ¿fue un golpe de Gian
dei Brughi, no?
—Todos
los golpes son de Gian dei Brughi cuando salen bien. ¿No lo sabes?
—¿Por
qué cuando salen bien?
—Porque
cuando no salen bien, ¡quiere decir que son realmente de Gian dei
Brughi!
—¡Ja,
ja! ¡Ese chapucero!
Cósimo
ya no entendía nada.
—¿Gian
dei Brughi un chapucero?
Los
otros, entonces, se apresuraban a cambiar de tono:
—Claro
que no, claro que no, ¡es un bandido que da miedo a todos!
—¿Lo
habéis visto vosotros?
—¿Nosotros?
¿Y quién lo ha visto alguna vez?
—Pero
¿estáis seguros de que existe?
—¡Ésa
sí que es buena! ¡Claro que existe! Pero si no existiera…
—¿Si
no existiera?
—… Sería
lo mismo. ¡Ja, ja, ja!
—Pero
todos dicen…
—Claro,
es lo que hay que decir: ¡es Gian dei Brughi que roba y mata por
todas partes, ese terrible bandido! ¡Quisiéramos ver que alguien lo
dudase!
En
fin, Cósimo había comprendido que el miedo a Gian dei Brughi que
había por el valle, cuanto más se subía hacia el bosque más se
convertía en una actitud dudosa y a menudo abiertamente burlona.
La
curiosidad de dar con él se le pasó, porque comprendió que Gian
dei Brughi a la gente más experta no le importaba nada. Y fue
precisamente entonces cuando ocurrió el encuentro.
Cósimo
estaba en un nogal, una tarde, y leía. Le había entrado hacía poco
la nostalgia de algún libro: estar todo el día con el fusil
apuntando, esperando que llegue un pinzón, a la larga aburre.
Así
pues, leía el Gil Blas, de Lesage, sosteniendo con una mano
el libro y con la otra el fusil. Óptimo Máximo, al que no le
gustaba que su amo leyese, daba vueltas alrededor buscando pretextos
para distraerlo: ladrando por ejemplo a una mariposa, para ver si
conseguía hacerle apuntar el fusil.
Y
de pronto, bajando de la montaña, por el sendero, venía corriendo y
jadeando un hombre barbudo y mal vestido, desarmado, y detrás
llevaba a dos esbirros con los sables desenvainados que gritaban:
—¡Detenedlo!
¡Es Gian dei Brughi! ¡Lo hemos cogido, al fin!
Ahora
el bandido se había distanciado un poco de los esbirros, pero si
continuaba moviéndose torpemente como quien tiene miedo de
equivocarse de camino o caer en alguna trampa, los tendría pronto
pisándole los talones. El nogal de Cósimo no presentaba agarraderos
para quien quisiera trepar, pero él tenía allí en la rama una
cuerda de esas que llevaba siempre consigo para superar los pasos
difíciles. Tiró un extremo a tierra y ató el otro a la rama. El
bandido vio caer aquella cuerda casi en las narices, se retorció las
manos un momento en la incertidumbre, luego se agarró a la cuerda y
trepó con rapidez, revelándose como uno de esos inseguros
impulsivos o impulsivos inseguros que parece que nunca saben
aprovechar el momento justo y por el contrario atinan siempre.
Llegaron
los esbirros. La cuerda ya había sido retirada y Gian dei Brughi
estaba junto a Cósimo entre las frondas del nogal. El camino se
bifurcaba. Los esbirros tomaron cada uno por un lado distinto, luego
se volvieron a encontrar, y no sabían adónde ir. Y repentinamente
toparon con Óptimo Máximo que meneaba la cola por aquellos parajes.
—¡Eh!
—dijo uno de los esbirros al otro—, ¿no es éste el perro del
hijo del barón, el que vive en los árboles? Si el muchacho está
por aquí cerca podrá decirnos algo.
—¡Estoy
aquí arriba! —gritó Cósimo.
Pero
no gritó desde el nogal donde estaba antes y en donde estaba
escondido el bandido; se había desplazado rápidamente a un castaño
de enfrente, de modo que los esbirros levantaron enseguida la cabeza
en aquella dirección sin ponerse a mirar a los árboles de en torno.
—Buenos
días, señoría —dijeron—, ¿por casualidad no habréis visto
correr al bandido Gian dei Brughi?
—Quién
era no lo sé —respondió Cósimo—, pero si buscáis a un
hombrecito que corría, ha tomado por ahí, hacia el torrente…
—¿Un
hombrecito? Es un hombre terrible, que inspira miedo…
—Bueno,
desde aquí parecéis todos pequeños…
—¡Gracias,
señoría! —y tiraron hacia el torrente.
Cósimo
volvió al nogal y siguió con la lectura del Gil Blas. Gian dei
Brughi todavía estaba abrazado a la rama, pálido entre los cabellos
y la barba hirsutos y rojos como los mismos brezos, con hojas secas,
erizos de castaña y agujas de pino enredados en ellos. Escrutaba a
Cósimo con dos ojos verdes, redondos y turbados; feo, era feo.
—¿Se
han ido? —se decidió a preguntar.
—Sí,
sí —dijo Cósimo, afable—. ¿Es usted el bandido Gian dei
Brughi?
—¿Cómo
me conoce?
—Ah,
pues, por la fama.
—¿Y
usted es el que nunca baja de los árboles?
—Sí.
¿Cómo lo sabe?
—Bueno,
también yo, la fama corre.
Se
miraron con amabilidad, como dos personas importantes que se
encuentran por casualidad y están contentas de no ser desconocidas
la una para la otra.
Cósimo
no sabía que más podía decir, y se puso de nuevo a leer.
—¿Qué
lee?
—El
Gil Blas, de Lesage.
—¿Es
bonito?
—Pues
sí.
—¿Le
falta mucho para terminarlo?
—¿Por
qué? Bueno, unas veinte páginas.
—Porque
cuando lo termine quisiera pedirle que me lo prestara —sonrió,
algo confundido—. ¿Sabe?, me paso los días escondido, nunca se
sabe qué hacer. Si tuviera un libro de vez en cuando, digo. Una vez
detuve una carroza, poca cosa, pero había un libro y lo cogí. Me lo
llevé, escondido bajo la casaca; habría dado todo el resto del
botín, con tal de quedarme aquel libro. Por la noche, enciendo la
linterna, me dispongo a leer…, ¡estaba en latín! No entendía ni
una palabra… —Sacudió la cabeza—. Ya ve, yo el latín no lo
sé…
—Bueno,
el latín, caray, es difícil —dijo Cósimo, y sintió que a pesar
suyo estaba tomando un aire protector—. Éste está en francés…
—Francés,
toscano, provenzal, castellano, los entiendo todos —dijo Gian dei
Brughi—. Un poco también el catalán: Bon dia! Bona nit! Està
la mar molt alborotada.
En
media hora Cósimo terminó el libro y se lo prestó a Gian dei
Brughi.
Así
empezaron a relacionarse mi hermano y el bandido. En cuanto Gian dei
Brughi había terminado un libro, corría a devolvérselo a Cósimo,
tomaba en préstamo otro, escapaba a esconderse a su refugio secreto,
y se hundía en la lectura.
A
Cósimo los libros se los proporcionaba yo de la biblioteca de casa,
y cuando los había leído me los volvía a dar. Ahora empezó a
quedárselos más tiempo, porque una vez leídos se los pasaba a Gian
dei Brughi, y a menudo volvían con las encuadernaciones
despellejadas, con manchas de moho, babas de caracoles, porque quién
sabe dónde los tenía el bandido.
En
días preestablecidos, Cósimo y Gian dei Brughi se daban cita sobre
un determinado árbol, se intercambiaban el libro y se separaban, ya
que el bosque estaba siempre batido por los esbirros. Esto tan simple
era muy peligroso para ambos; incluso para mi hermano, que desde
luego no habría podido justificar su amistad con aquel criminal.
Pero a Gian dei Brughi le había pillado tal furia de lecturas, que
devoraba novela tras novela y, al estar todo el día escondido
leyendo, en un día liquidaba unos tomos que mi hermano había
empleado una semana en leer, y entonces no había manera, quería
otro, y si no era el día establecido se lanzaba por los campos en
busca de Cósimo, asustando a las familias en los caseríos y
arrastrando detrás de él a toda la fuerza pública de Ombrosa.
Ahora
a Cósimo, aún más apremiado por las peticiones del bandido, los
libros que yo conseguía procurarle ya no le bastaban, y tuvo que ir
a buscar otros proveedores. Conoció a un comerciante de libros
judío, un tal Orbecche, que le suministraba incluso obras en varios
tomos. Cósimo iba a llamar a su ventana desde las ramas de un
algarrobo llevándole liebres, tordos y perdices acabados de cazar a
cambio de volúmenes.
Pero
Gian dei Brughi tenía sus gustos, no se le podía dar un libro
cualquiera, pues al día siguiente buscaba a Cósimo para que se lo
cambiase. Mi hermano estaba en la edad en que se empieza a gozar con
lecturas más sustanciosas, pero se veía obligado a ir despacio,
desde que Gian dei Brughi le devolvió Las aventuras de Telémaco,
advirtiéndole que si le daba otra vez un libro tan aburrido, le
serraría el árbol por debajo.
Cósimo,
a partir de este momento, habría querido separar los libros que
quería leer por su cuenta con toda calma de los que se procuraba
sólo para dejárselos al bandido. Pero no: también a éstos tenía
que echarles al menos una ojeada, porque Gian dei Brughi se volvía
cada vez más exigente y desconfiado, y antes de quedarse con un
libro quería que le contase un poco el argumento, y pobre de él
como lo cogiera en falta. Mi hermano probó a pasarle novelitas de
amor, y el bandido llegaba furioso preguntando si lo había tomado
por una mujercita. No se conseguía adivinar nunca lo que le gustaba.
En
resumidas cuentas, con Gian dei Brughi pegado a él, la lectura para
Cósimo, de aquella distracción de media horita, se convirtió en su
ocupación principal, en el objeto de todo el día. Y a fuerza de
manejar volúmenes, de juzgarlos y compararlos, de tener que conocer
siempre otros nuevos, entre lecturas para Gian dei Brughi y la
creciente necesidad de lecturas para sí, a Cósimo le entró tal
pasión por las letras y por todo el saber humano que no le eran
suficientes las horas desde el alba al ocaso para lo que habría
querido leer, y seguía incluso en la oscuridad, a la luz de una
linterna.
Descubrió
al fin las novelas de Richardson. A Gian dei Brughi le gustaron.
Acabada una, enseguida quería otra. Orbecche le consiguió un montón
de volúmenes. El bandido tenía lectura para un mes. Cósimo,
recobrada la tranquilidad, se lanzó a leer las Vidas de
Plutarco.
Gian
dei Brughi, mientras tanto, tumbado en su lecho, con los hirsutos
cabellos rojos llenos de hojas secas sobre la frente fruncida, los
ojos verdes que se le enrojecían por el esfuerzo de la vista, leía
y leía moviendo la mandíbula en un deletreo furioso, teniendo en
alto un dedo húmedo de saliva dispuesto a volver la página. Con la
lectura de Richardson,una inclinación latente desde hacía tiempo en
su ánimo lo iba consumiendo: un deseo de una vida rutinaria y
casera, de parentescos, de sentimientos familiares, de virtudes, de
aversión a los malvados y los viciosos. Todo lo que lo rodeaba ya no
le interesaba, o lo llenaba de disgusto. Ya no salía de su guarida
salvo para correr hacia Cósimo para que le cambiase el volumen, en
especial si era una novela en varios tomos y se había quedado a la
mitad de la historia. Vivía así, aislado, sin darse cuenta de la
tempestad de resentimientos que estaba incubando contra él incluso
entre los habitantes del bosque, en un tiempo sus fieles cómplices,
pero que ahora se habían cansado de tener entre ellos un bandido
inactivo, que atraía a todos los esbirros.
En
otra época, se le habían acercado cuantos en los alrededores tenían
cuentas que ajustar con la justicia, aunque fuese poco, habituales
pequeños robos, como los de aquellos vagabundos estañadores de
ollas, o delitos propiamente dichos, como los de sus compañeros
bandidos. Para cada hurto o atraco esta gente se aprovechaba de su
autoridad y experiencia, e incluso se escudaba con su nombre, que
corría de boca en boca y dejaba los suyos en la sombra. Y quien no
tomaba parte en los golpes también disfrutaba de algún modo de su
suerte, porque el bosque se llenaba de lo robado y de contrabando de
todas clases, que había que despachar o revender, y todos los que
frecuentaban aquellos lugares encontraban con qué traficar. Quien
además llevaba a cabo atracos por su cuenta, sin que lo supiera Gian
dei Brughi, se apoyaba en aquel nombre terrible para atemorizar a los
agredidos y sacarles el máximo; la gente vivía en el terror, en
cada maleante veía a Gian dei Brughi o a uno de su banda y se
apresuraba a desatar los cordones de la bolsa.
Estos
buenos tiempos duraron mucho; Gian dei Brughi había visto que podía
vivir de renta, y poco a poco se fue abandonando. Creía que todo
seguía como antes, en cambio los ánimos eran otros y su nombre ya
no inspiraba ningún respeto.
¿A
quién le era útil, a estas alturas, Gian dei Brughi? Se estaba
escondiendo con lagrimones en los ojos leyendo novelas, ya no
realizaba atracos, no proporcionaba botines, en el bosque nadie podía
ocuparse de sus asuntos, venían los esbirros todos los días a
buscarlo y por poco que un desgraciado tuviese un aspecto sospechoso
se lo llevaban a la prevención. Si se añade la tentación de la
recompensa que ofrecían por su cabeza, se ve claro que los días de
Gian dei Brughi estaban contados.
Otros
dos bandidos, dos jóvenes que habían sido adiestrados por él y que
no sabían resignarse a perder aquel buen jefe de la banda, quisieron
darle ocasión de rehabilitarse. Se llamaban Ugasso y Bel-Loré, y de
niños habían sido de la banda de ladronzuelos de fruta. Ahora,
mayores, se habían convertido en salteadores de caminos.
Así
pues, van a buscar a Gian dei Brughi a su guarida. Estaba allí,
tendido sobre la paja.
—Sí,
¿qué pasa? —dijo, sin levantar los ojos de la página.
—Teníamos
que proponerte una cosa, Gian dei Brughi.
—Hum…
¿Qué? —y leía.
—¿Sabes
dónde está la casa de Costanzo, el recaudador de impuestos?
—Sí,
sí… ¿Eh? ¿Qué recaudador?
Bel-Loré
y Ugasso intercambiaron una mirada contrariada. Si no le quitaban
aquel maldito libro de delante de los ojos, el bandido no entendería
ni una palabra.
—Cierra
el libro por un momento, Gian dei Brughi. Escúchanos.
Gian
dei Brughi aferró el libro con ambas manos, se puso de rodillas, se
lo apretó contra el pecho manteniéndolo abierto por la señal,
luego el deseo de seguir leyendo era demasiado y, siempre sujetándolo
estrechamente, lo levantó hasta poder hundir la nariz en él.
Bel-Loré
tuvo una idea. Había allí una tela de araña con una gruesa araña.
Bel-Loré alzó con manos ligeras la tela de araña con la araña y
se la tiró encima a Gian dei Brughi, entre el libro y la nariz. El
infeliz de Gian dei Brughi se había ablandado tanto que hasta una
araña le daba miedo. Sintió en la nariz aquella confusión de patas
de araña y filamentos pegajosos, y antes incluso de comprender qué
era, lanzó un gritito horrorizado, dejó caer el libro y empezó a
abanicarse con las manos la cara, con los ojos en blanco y la boca
que escupía.
Ugasso
se tiró al suelo y consiguió agarrar el libro antes de que Gian dei
Brughi le pusiera un pie encima.
—¡Devuélveme
ese libro! —dijo Gian dei Brughi, tratando con una mano de librarse
de la araña y la telaraña, y con la otra de arrancar el libro de
las manos de Ugasso.
—No,
¡primero escúchanos! —dijo Ugasso escondiendo el libro a la
espalda.
—Estaba
leyendo Clarisa. ¡Devolvédmelo! Precisamente en el momento
culminante…
—Oye
esto. Nosotros llevamos esta noche una carga de leña a casa del
recaudador de impuestos. En el saco, en vez de leña, vas tú. Cuando
sea de noche, sales del saco…
—¡Pues
yo quiero terminar Clarisa! —Había conseguido librarse las
manos de los últimos restos de telaraña y trataba de luchar con los
dos jóvenes.
—Oye
esto… Cuando sea de noche sales del saco, armado con tus pistolas,
haces que el recaudador te dé todo lo que ha recaudado durante la
semana, que guarda en el cofre en la cabecera de la cama…
—Dejadme
al menos acabar el capítulo… Sed buenos chicos…
Los
dos jóvenes pensaban en los tiempos en que, al primero que se
atrevía a contradecirle, Gian dei Brughi le clavaba dos pistolas en
el estómago. Les vino una amarga nostalgia.
—Tú
coges los sacos de dinero, ¿de acuerdo? —insistieron,
tristemente—, nos los traes, nosotros te devolvemos tu libro y
podrás leer cuanto quieras. ¿Está bien así? ¿Irás?
—No.
No está bien. ¡No iré!
—Ah,
conque no irás… Ah, conque no irás, dices… ¡Pues mira,
entonces! —y Ugasso cogió una página de hacia el final del libro
(—¡No! —gritó Gian dei Brughi), la arrancó (—¡No!
¡Quieto!), hizo una bola con ella, la echó al fuego.
—¡Ah!
¡Perro! ¡No puedes hacer eso! ¡Ya no sabré cómo termina! —y
corría detrás de Ugasso para pillarle el libro.
—Entonces
qué, ¿vas a ir a casa del recaudador?
—No,
¡no pienso ir!
Ugasso
arrancó otras dos páginas.
—¡Estate
quieto! ¡Todavía no he llegado ahí! ¡No puedes quemarlas!
Ugasso
ya las había tirado al fuego.
—¡Perro!
¡Clarisa! ¡No!
—Entonces
qué, ¿vas a ir?
—Yo…
Ugasso
arrancó otras tres páginas y las lanzó a las llamas.
Gian
dei Brughi se sentó con la cara entre las manos.
—Iré
—dijo—. Pero prometedme que me esperaréis con el libro fuera de
la casa del recaudador.
Escondieron
al bandido en un saco, con un haz de leña sobre la cabeza. Bel-Loré
llevaba el saco a la espalda. Detrás iba Ugasso con el libro. De vez
en cuando, cuando Gian dei Brughi con una patada o un gruñido desde
dentro del saco daba muestras de estar a punto de arrepentirse,
Ugasso le hacía oír el ruido de una página arrancada y Gian dei
Brughi volvía a quedarse calmado enseguida.
Con
este sistema lo llevaron, disfrazados de leñadores, hasta dentro de
la casa del recaudador de impuestos y lo dejaron allí. Fueron a
situarse un poco lejos, detrás de un olivo, esperando la hora en
que, terminado el golpe, debía reunirse con ellos.
Pero
Gian dei Brughi tenía demasiada prisa, salió antes de oscurecer,
por la casa aún había demasiada gente.
—¡Manos
arriba! —Pero ya no era el de antes, era como si se viese desde
fuera, se sentía un poco ridículo—. Manos arriba, he dicho…
Todos los de la habitación, contra la pared… —Nada: no se lo
creía ni él, lo hacía por hacer—. ¿Estáis todos? —No se
había dado cuenta de que se había escapado una niña.
En
cualquier caso, era un trabajo en el que no se podía perder ni un
minuto. En cambio lo alargó, el recaudador se hacía el tonto, no
encontraba la llave, Gian dei Brughi comprendía que ya no lo tomaban
en serio, y en el fondo estaba contento de que así ocurriese.
Salió,
por fin, con los brazos cargados de bolsas repletas de escudos.
Corrió casi a ciegas al olivo fijado para reunirse.
—¡Aquí
está todo lo que había! ¡Devolvedme Clarisa!
Cuatro,
siete, diez brazos se arrojaron sobre él, lo inmovilizaron de la
espalda a los tobillos. Una cuadrilla de esbirros lo levantaba a
pulso y lo ataba como a un jamón.
—¡A
Clarisa la verás estando en chirona! —y lo condujeron a la cárcel.
La
cárcel era una torre a orillas del mar. Un bosque de pinastros
crecía allí cerca. Desde lo alto de uno de estos pinastros, Cósimo
llegaba casi a la altura de la celda de Gian dei Brughi y veía su
rostro tras las rejas.
Al
bandido no le importaban nada ni los interrogatorios ni los procesos;
cualquiera que fuese el resultado, lo iban a ahorcar igualmente; pero
su preocupación eran esos días vacíos allí en la prisión, sin
poder leer, y aquella novela dejada a medias. Cósimo consiguió
obtener otro ejemplar de Clarisa y se lo llevó al pino.
—¿Dónde
habías llegado?
—¡Cuando
Clarisa escapaba de la casa de mala fama!
Cósimo
hojeó un poco y luego:
—Ah,
sí, aquí lo tengo. Pues… —y empezó a leer en voz alta, vuelto
hacia la reja, a la que se veían agarradas las manos de Gian dei
Brughi.
La
instrucción de la causa se fue alargando; el bandido resistía las
torturas; para hacerle confesar cada uno de sus innumerables delitos
se requerían días y días. Pero siempre, antes y después de los
interrogatorios, se quedaba escuchando a Cósimo que le leía. Cuando
terminó Clarisa, viéndolo algo entristecido, Cósimo pensó que
Richardson, a la postre, era un poco deprimente; y prefirió empezar
a leerle una novela de Fielding, que con vicisitudes más movidas lo
consolara un poco de la libertad perdida. Eran los días del proceso,
y Gian dei Brughi sólo tenía en la cabeza los azares de Jonathan
Wild.
Antes
de que se acabara la novela, llegó el día de la ejecución. En la
carreta, en compañía de un fraile, Gian dei Brughi llevó a término
el último viaje como viviente. Las ahorcaduras en Ombrosa se
ejecutaban en una alta encina en medio de la plaza. Alrededor todo el
pueblo formaba un círculo.
Cuando
tuvo la soga al cuello, Gian dei Brughi oyó un silbido entre las
ramas. Alzó el rostro. Era Cósimo, con el libro cerrado.
—Dime
cómo termina —dijo el condenado.
—Siento
decírtelo, Gian —respondió Cósimo—, Jonathan termina colgado
por el cuello.
—Gracias.
¡Que sea lo mismo para mí! ¡Adiós! —y dio un puntapié a la
escalera, quedando estrangulado.
El
gentío, cuando el cuerpo cesó de agitarse, se marchó. Cósimo se
quedó hasta la noche, a horcajadas de la rama de la que colgaba el
ahorcado. Cada vez que un cuervo se acercaba para morder los ojos o
la nariz al cadáver, Cósimo lo ahuyentaba agitando el gorro.
El barón rampante, 1957.
domingo, 16 de agosto de 2026
El emperador de los lagartos. León Felipe.
Porque
el sueño es un animal fronterizo como los lagartos…
El
sueño es un lagarto.
Vive
en la frontera de dos grandes peñascos,
no
tiene raíces, va de un lado a otro lado,
de
la luz a la sombra, de la sombra a la luz… de un peñasco a otro
peñasco.
Se
agarra del péndulo que oscila entre los mundos que separan la
rendija entreabierta de mis párpados]
y
se mete en el cubo del pozo que tan pronto está arriba como abajo.
En
el crepúsculo del sueño nada está firme ni clavado… y el lagarto
vive
fuera del tiempo y del espacio.]
Pero
el sueño no es un enemigo del hombre como el zorro, es enemigo de la
tachuela y del cálculo;]
de
las duchas heladas y del puñal del amoniaco.
Existen
la razón y la aritmética dominando
y
el sueño y la locura aherrojados…
La
locura también es un lagarto.
Porque
el lagarto va y viene también del yelmo a la bacía y de la bacía
al yelmo. Y el juez, el cura, Don Fernando,]
el
burlón, el prestidigitador y el catedrático
ya
no sabe ninguno qué es lo que tiene en la cabeza aquel hidalgo.
¿Quién
ha gritado baci-yelmo?, Sancho.
Baci-yelmo
también, es un lagarto.
Preguntad
otra vez: ¿Y si estuviésemos ya locos? ¿O si siguiésemos
soñando?]
¿Si
no hubiésemos dejado
de
soñar, Segismundo, y el destierro ahora aquí y
España
allá, en el otro lado
fuesen
el juego viejo y nuevo de un dios, no de un rey bárbaro,
el
sueño eterno y español de la «caverna y el palacio»?
«Yo
sueño que estoy aquí,
de
estas prisiones cargado
y
soñé que en otro estado»…
Si
no hubiésemos dejado
de
soñar, Segismundo, y alguien después de ti hubiese definitivamente
dado
el
grito subversivo de ¡Arriba, arriba los lagartos!
¿Si
tú y yo, el místico, el biólogo, el psicólogo y el matemático
ya
hubiésemos sacado nuestra espada para defender a los lagartos?
Porque
si el pájaro
no
se escondió en la biblioteca ni en el follaje barroco del retablo,
si
huyó del pan, del vino y del binomio… de las manos de los
arzobispos y los sabios,]
si
no está en la retorta ni en el vaso sagrado
tendremos
que buscarlo
en
el ritmo pendular de la locura, del sueño o del borracho…
El
borracho también es un lagarto.
Porque
tal vez el hombre no sea un animal domesticado
que
cuenta, que gobierna y que razona, sino algo
que
sueña, que enloquece y que vacila, algo…
«¿No
pusiste allí un candil?
¿Cómo
me parecen dos?»
¿Aquello
es un peñasco o dos peñascos?
¿Y
si la luz fuese la sombra, la gracia el pecado,
la
oración la blasfemia, el cielo el infierno y el oro el guijarro?
¿Si
el verso, poetas cortesanos,
si
el verso no fuese de cristal sino de barro?
¿SÍ
hacia la derecha y hacia la izquierda fuesen sólo una vana y estéril
disputa de las manos?]
¿Si
no hubiese boca arriba y boca abajo
y
no supiésemos tampoco quién es el que duerme al revés, la lechuza
o el murciélago?]
¿Si
de tanto dar vueltas, de tanto columpiarnos,
de
tanto ir y venir del caño al coro y del coro al caño
nos
trabucásemos diciendo ¡cono!, pero si no sabemos dónde estamos?
Y
ésta es la hora blasfematoria y negra en el reino crepuscular de los
lagartos;]
la
hora en que se apagan las antorchas, las linternas, los faroles
urbanos y los faros;]
la
hora en que se escapan las estrellas por el turbio pantano de los
sapos;
la
hora en que los letreros de las callejuelas y de las grandes avenidas
se desploman, y se desploman los borrachos;]
la
hora en que nos llevan a la iglesia como a una casa de socorro…
la
hora de la camilla, del hisopo y del puñal del amoníaco…
la
hora en que nos vuelven a la vida, a la vida otra vez: a la razón y
al llanto.
¿Y
si la muerte fuese la vida y la vida la muerte, y yo aquí ahora,
espatarrado
entre
los dos peñascos
no
pudiese decir en qué sitio se apoyan mis zapatos?
He
visto nacer y morir. He asistido a un enterramiento y a un parto.
Y
me ha parecido siempre que el que nace, el que llega, llega como
forzado…]
que
alguien lo empuja por detrás, que lo echan a puntapiés y puñetazos
de
algún sitio, y le arrojan aquí, que por eso aparece llorando.
El
comadrón le coge en el aire como un futbolista la pelota.
En
cambio,
¿no
es verdad que una tumba es una dulce puerta, una mampara que nos abre
en la tierra con cuidado]
una
mano cumplida y cortesana, una mano
que
nos indica reverente: Por aquí, por aquí, pase usted por aquí; en
su despacho,]
está
el señor Presidente esperándolo?
Y
hay hombres que estuvieron con la puerta entreabierta para pasar, y
no pasaron;]
hombres
en agonía que estuvieron casi del otro lado,
hombres
en agonía larga, como Lázaro…
Lázaro
también es un lagarto.
Lo
volvieron al llanto cuando huía tirándole del rabo.
Porque
tal vez nos salvan desde allá, y a los ahogados, a los
definitivamente ahogados,]
desde
la otra ribera les arrojan un cabo.
¿Se
salvan los que mueren? ¿La vida es un naufragio?
Éste
es el reino, amigos, de la interrogación y del lagarto.
Del
lagarto
que
se mece en el columpio del cangilón y pasa por la luz y el
subterráneo
con
un tiempo y un ritmo poemáticos…
¡Eh,
alto!
El
poema también es un lagarto,
y
el poeta, el Gran Emperador de los lagartos.
Y
yo digo ahora aquí, aquí, colgado
del
péndulo que oscila entre los mundos que separan la rendija
entreabierta de mis párpados,]
aquí
y ahora —sacad el reloj— a las tres, con el pico rojinegro del
gallo:
Oíd,
amigos, la revolución ha fracasado.
Subid
las campanas de nuevo al campanario,
devolvedle
la sotana al cura y al capataz el látigo,
clavad
esas bisagras y quitadle el orín a los candados…
que
venga el cristalero y que componga los cristales rotos de los
balcones de Palacio…]
Arreglad
las trampas y los cepos y comprad alambre para los vallados…
Sacad
de vuestros cofres los anillos ducales, las libreas y los viejos
contratos…]
Coronad
a los poetas otra vez con hojas de laurel purpurinado
y
regaladle al Presidente si queréis una medallita y un escapulario.
¡Viva
Cristo Rey! ¡La Revolución ha fracasado!
Esto
lo he dicho a las tres. Pero ahora digo a las cuatro:
No
obstante, el que se haga una casa, que la haga teniendo en cuenta
ciertos planos.]
y
el que escriba un poema, que no olvide que se han visto ya pájaros
que se le escapan de la jaula al matemático.]
Por
ejemplo: dos y dos no son cuatro.
(Y
que no se solivianten el tenedor de libros y el rotario:
todavía
seguiremos sumando unos cuantos días como antes, para que no se
colapsen los bancos).]
y
digo además: Se han oído gritos desesperados, aullidos y blasfemias
en el subterráneo;]
se
espera que después del homo sapiens, de los retóricos y de los
teólogos, surja un cráneo]
que
rompa los barrotes y los muros: Dios está todavía encarcelado.
Vendrán
poetas de pólvora y barreno, con la mecha en la mano,
y
harán saltar la roca donde aún sigue Prometeo encadenado.
(Pero
no os asustéis. Antes nos comeremos otra vez el rancio pastelón
eclesiástico]
para
que no se arruinen los panaderos de pan ázimo).
y
esto no lo digo ni con los conejos del corral ni con las palomas del
tejado.
lo
digo desde el cubo del pozo, que tan pronto está arriba como abajo.
Pero…
¿y el Hombre? EL hombre… ¿es un mestizo o un ario?
El
hombre… (sigo hablando desde el cubo del pozo, desde el púlpito de
los lagartos),]
yo
lo he visto en las ruinas de Itálica, verdinegro, entre el ibero y
el romano,
y
en las ruinas de Uxmal y Chichén, verdinegro, entre el maya y el
caballero castellano…]
Yo
lo he visto entre el maíz amarillo y el trigo blanco,
en
la primera rendija de la aurora, entre las tres y las cuatro,
entre
la luna y el sol… en el pico ronco y agudo del gallo…
Yo
lo he visto entre el polvo y el agua, entre la sed y la nube… en el
barro…
El
hombre es un mestizo y el mestizo también es un lagarto.
Ahora…
anotad estas voces que suben del sótano:
¿Venimos
a crecer o a purgar?
¿Nos
abrieron la puerta o la forzamos?
¿Quién
estaba allí cuando partimos?
¿Quién
nos despidió en el otro lado?
¿El
gorila
o
el ángel desterrado?
Éste
es el reino, amigos, de la interrogación y del lagarto.
Y
aunque nadie conteste, yo vuelvo a preguntar:
¿Quién,
quién sostiene y levanta la verdad redentora entre las manos,
quién
es el sacerdote, el obispo o el sabio?
¿Dónde
está Dios? ¿Está Dios en el cáliz o en el tubo de ensayo?
¿Dónde
está Dios? ¿Está en el vino puro y en las harinas pálidas del
ario,
o
está aquí, en las fronteras pendulares
del
mestizo,
del
poeta,
del
agónico,
del
borracho,
del
loco,
y
del sonámbulo?
¿Aquí,
aquí en el cubo del pozo, que tan pronto está arriba como abajo;
aquí,
aquí, en el poema, a caballo
en
la rendija entreabierta de mis párpados…?
¿Aquí…
en el reino crepuscular de los lagartos?
Los lagartos, 1941.
sábado, 15 de agosto de 2026
Octubre de 1944. Primo Levi.
Con todas nuestras fuerzas hemos
luchado para que no llegase el invierno. Nos hemos agarrado a todas
las horas tibias, y a cada puesta de sol hemos procurado sujetar el
sol en el cielo todavía un poco, pero todo ha sido inútil. Ayer por
la tarde el sol se ha puesto irrevocablemente en un enredo de niebla
sucia, de chimeneas y de cables, y esta mañana es invierno.
Sabemos
lo que quiere decir, porque estábamos aquí el invierno pasado, y
los demás lo aprenderán pronto. Quiere decir que, en el curso de
estos meses, de octubre a abril, de cada diez de nosotros, morirán
siete. Quien no se muera sufrirá minuto por minuto, día por día,
durante todos los días: desde la mañana antes del alba hasta la
distribución del potaje vespertino, deberá tener constantemente los
músculos tensos, dar saltos primero sobre un pie y luego sobre el
otro, darse palmadas bajo los sobacos para resistir el frío. Deberá
gastar pan para procurarse guantes, y perder horas de sueño para
repararlos cuando estén descosidos. Como no se podrá comer nunca al
aire libre, tendremos que consumir nuestro pienso en la barraca, de
pie, disponiendo cada uno de un palmo de pavimento, y apoyarse en las
literas está prohibido. A todos se nos abrirán heridas en las manos
y para conseguir una venda habrá que esperar toda la tarde durante
horas y de pie en la nieve y al viento.
Del
mismo modo que nuestra hambre no es la sensación de quien ha perdido
una comida, así nuestro modo de tener frío exigiría un nombre
particular. Decimos «hambre», decimos «cansancio», «miedo» y
«dolor», decimos «invierno», y son otras cosas. Son palabras
libres, creadas y empleadas por hombres libres que vivían, gozando y
sufriendo, en sus casas. Si el Lager hubiese durado más, un nuevo
lenguaje áspero habría nacido; y se siente necesidad de él para
explicar lo que es trabajar todo el día al viento, bajo cero, no
llevando encima más que la camisa, los calzoncillos, la chaqueta y
unos calzones de tela, y, en el cuerpo, debilidad y hambre y
conciencia del fin que se acerca.
Del
mismo modo en que se ve desvanecerse una esperanza, así ha llegado
el invierno esta mañana. Nos hemos dado cuenta cuando hemos salido
del barracón para ir a lavarnos: no había estrellas, el aire oscuro
y frío olía a nieve. En la plaza de la Lista, bajo la primera luz,
al reunirnos para el trabajo, nadie ha hablado. Cuando hemos visto
los primeros copos de nieve, hemos pensado que si el año pasado en
esta época nos hubiesen dicho que íbamos a ver otro invierno en el
Lager, nos habríamos dirigido a tocar el tendido eléctrico; y
también lo haríamos ahora si fuésemos lógicos, si no fuera por
este insensato y loco residuo de inconfesable esperanza.
Porque
«invierno» quiere decir todavía una cosa más.
La
primavera pasada los alemanes han construido dos enormes tiendas en
una explanada de nuestro Lager. Cada una, durante el buen tiempo, ha
hospedado a más de mil hombres; ahora, las tiendas han sido
desmontadas y un exceso de dos mil hombres se hacinan en nuestras
barracas. Nosotros, los veteranos prisioneros, sabemos que estas
irregularidades no les gustan a los alemanes y que pronto sucederá
algo que haga disminuir nuestro número.
La
selección se siente llegar. Selekcja: la híbrida palabra latina y
polaca se oye una vez, dos veces, muchas veces, intercalada en
conversaciones extranjeras; al principio no se la individualiza,
después se impone a la atención, finalmente nos persigue.
Esta
mañana, los polacos dicen Selekcja. Los polacos son los que primero
saben las noticias, y generalmente procuran que no se difundan,
porque saber algo mientras los demás no lo saben todavía puede
resultar ventajoso. Cuando todos sepan que la selección es
inminente, lo poquísimo que cada uno podría intentar para
escurrirse (corromper con pan o con tabaco a algún médico o a algún
prominente; pasar de la barraca al Ka-Be o viceversa en el momento
exacto, de manera que se cruce uno con la comisión) será su
monopolio.
En
los días siguientes, la atmósfera del Lager y de la cantera está
saturada de Selekcja: nadie sabe nada preciso y todos hablan de ello,
hasta los obreros libres, polacos, italianos, franceses, que vemos a
escondidas durante las horas de trabajo. No se puede decir que se
produzca una ola de abatimiento. Nuestra moral colectiva está
demasiado desarticulada y aplastada para que sea inestable. La lucha
contra el hambre, el frío y el trabajo deja poco margen al
pensamiento, aun tratándose de este pensamiento. Cada cual reacciona
a su manera, pero casi ninguno con las actitudes que parecerían más
plausibles por ser realistas, es decir con la resignación o con la
desesperación.
Quien
puede tomar providencias, las toma; pero son los menos, porque
sustraerse a la selección es muy difícil, los alemanes hacen estas
cosas con gran seriedad y diligencia.
Quien
no puede prevenirse materialmente trata de defenderse de otro modo.
En los retretes, en el lavadero, nos enseñamos el uno al otro el
pecho, las nalgas, los muslos, y los compañeros se tranquilizan:
«Puedes estar tranquilo, seguro que esta vez no te toca… du
bist kein Muselmann… más bien yo», y al mismo tiempo se bajan
los pantalones y se levantan la camisa.
Ninguno
niega a otro esta limosna: ninguno está tan seguro de su suerte como
para tener el valor de condenar a otro. Yo mismo he mentido
descaradamente al viejo Wertheimer; le he dicho que, si lo
interrogan, responda que tiene cuarenta y cinco años y que no se
olvide de afeitarse la tarde antes, aun a costa de quitarse de la
boca un cuarto de pan; que, aparte de esto, no debe alimentar
temores, y que además no es nada cierto que se trate de una
selección para el gas: ¿no le ha oído decir al Blockaltesterr que
los seleccionados irán al campo de convalecencia de Jaworszno?
Es
absurdo que Wertheimer tenga esperanzas: aparenta sesenta años,
tiene gruesas varices, casi no siente el hambre. Y, sin embargo, se
va a la litera sereno y tranquilo y, a quien le hace preguntas, le
responde con mis palabras; son las palabras de orden del campo
durante estos días: yo mismo las he repetido como, con menos
detalles, me las he sentido recitar por Jaim, que está en el Lager
desde hace tres años y, como es fuerte y robusto, está
admirablemente seguro de sí; y le he creído.
Sobre
esta exigua base también yo he atravesado la gran selección de
octubre de 1944 con inconcebible tranquilidad. Estaba tranquilo
porque había logrado mentirme cuánto era necesario. El hecho de que
yo no haya sido elegido ha dependido sobre todo del azar y no
demuestra que mi confianza estuviese bien fundada.
También
Monsieur Pinkert es, a priori, un condenado: basta con mirarle a los
ojos. Me llama con una seña, y me cuenta con aire confidencial que
ha sabido, de qué fuente no puede decírmelo, que, efectivamente,
esta vez hay una novedad: la Santa Sede, por medio de la Cruz Roja
Internacional… en fin, me asegura personalmente que, tanto para él
como para mí, de la manera más absoluta, está excluido todo
peligro: cuando civil, era, como es sabido, agregado a la embajada
belga en Varsovia.
De
varios modos pues, también estos días de vigilia, que cuando se
habla de ellos, parece que deberían haber sido tormentosos más allá
de todo límite humano, pasan de una manera no muy diferente que los
demás.
La
disciplina del Lager y de la Buna no se relaja en modo alguno; el
trabajo, el frío y el hambre son suficientes para acaparar toda
nuestra atención.
Hoy
es domingo de trabajo, Arbeitssonntag: se trabaja hasta las
trece, después se vuelve al campo para la ducha, el afeitado y el
control general de la sarna y de los piojos y, en el tajo,
misteriosamente, todos hemos sabido que la selección será hoy.
La
noticia ha llegado, como siempre, rodeada de un halo de detalles
contradictorios y recelos: esta misma mañana ha habido una selección
en la enfermería; el porcentaje ha sido del siete, del treinta, del
cincuenta por ciento del total de los enfermos. En Birkenau, la
chimenea del Crematorio humea desde hace diez días. Hay que hacerle
sitio a una enorme expedición que va a llegar del gueto de Posen.
Los jóvenes dicen a los jóvenes que serán elegidos todos los
viejos. Los sanos dicen a los sanos que sólo serán elegidos los
enfermos. Serán excluidos los especialistas. Serán excluidos los
judíos alemanes. Serán excluidos los Números Bajos. Serás elegido
tú. Seré excluido yo.
Con
toda normalidad, a partir de las trece en punto, el taller se vacía
y la formación gris e interminable desfila durante dos horas hacia
los dos puestos de control, donde como todos los días somos contados
y recontados, ante la orquesta que, durante horas sin interrupción,
toca como todos los días las marchas con las que, a la entrada y a
la salida, debemos sincronizar nuestros pasos. Parece que todo marcha
como todos los días, la chimenea de la cocina humea como de
costumbre, ya ha empezado la distribución del potaje. Pero luego se
ha oído la campana, y ahora hemos comprendido que va en serio.
Porque
esta campana suena siempre al alba, y entonces es la diana, pero
cuando suena a media jornada quiere decir Blocksperre,
encierro en la barraca, y esto sucede cuando hay selección, para que
nadie se sustraiga a ella y, cuando los seleccionados salgan hacia el
gas, para que nadie los vea partir.
Nuestro
Blockaltester conoce su oficio. Se ha cerciorado de que todos
hemos entrado, ha hecho cerrar la puerta con llave, ha dado a cada
uno la ficha en que constan la matrícula, el nombre, la profesión,
la edad y la nacionalidad, y ha dado orden de que todos se desnuden
completamente quedándose sólo con el calzado. De este modo,
desnudos y con la ficha en la mano, esperaremos a que la comisión
llegue a nuestra barraca. Nosotros somos la barraca 48, pero no se
puede prever si se empezará por la barraca 1 o por la 60. De todos
modos, podemos estar tranquilos durante una hora por lo menos, y no
hay motivo alguno para que no nos metamos bajo las mantas de las
literas para calentarnos.
Ya
dormitan muchos cuando un desencadenamiento de órdenes, de
blasfemias y de golpes indica que la comisión está llegando. El
Blockaltester y sus ayudantes, a gritos y puñetazos, a partir
del fondo del dormitorio, empujan hacia delante a la turba de
desnudos asustados y los apiñan dentro del Tagesraum, que es
la Comandancia. El Tagesraum es un cuarto de siete metros por
cuatro: cuando la caza ha terminado, dentro del Tagesraum está
comprimida una masa humana caliente y compacta que invade y rellena
perfectamente todos los rincones y ejerce en las paredes de madera
una presión que las hace crujir.
Ahora
estamos todos en el Tagesraum y además de no haber tiempo, ni
siquiera hay espacio para tener miedo. La sensación de la carne
caliente que oprime por todo alrededor de uno es singular y no es
desagradable. Hay que procurar tener la nariz en alto para encontrar
aire, y no arrugar o perder la ficha que tenemos en la mano.
El
Blockaltester ha cerrado la puerta del Tagesraum que da
al dormitorio y ha abierto las otras dos que, del Tagesraum y
del dormitorio dan al exterior. Aquí, delante de las dos puertas,
está el árbitro de nuestro destino, que es un suboficial de la SS.
Tiene a la derecha al Blockaltester, a la izquierda al furriel
de la barraca. Cada uno de nosotros, saliendo desnudos del Tagesraum
al frío aire de octubre, debe dar corriendo los pocos pasos que hay
entre las puertas delante de los tres, entregar la ficha al SS y
entrar por la puerta del dormitorio. El SS, en la fracción de
segundo entre las dos pasadas sucesivas, con una mirada de frente y
de espaldas, decide la suerte de cada uno y entrega a su vez la ficha
al hombre que está a su derecha o al hombre que está a su
izquierda, y esto es la vida o la muerte de cada uno de nosotros. En
tres o cuatro minutos, una barraca de doscientos hombres está
«terminada» y, durante la tarde, el campo entero de doce mil
hombres.
Yo,
inmovilizado en la carnicería del Tagesraum, he sentido
gradualmente disminuir la presión humana en torno a mí, y pronto me
ha tocado el turno. Como todos, he pasado con paso enérgico y
elástico, procurando llevar la cabeza alta, el pecho fuera y los
músculos contraídos y marcados. Con el rabillo del ojo, he
procurado ver a mi espalda y me ha parecido que mi ficha ha ido a la
derecha.
Conforme
íbamos volviendo al dormitorio, podíamos vestirnos. Nadie conoce
ahora con seguridad el propio destino, hay que saber primero con
seguridad si las fichas condenadas son las pasadas a la derecha o a
la izquierda. Ahora no es el caso de tener consideraciones los unos
con los otros ni de tener escrúpulos supersticiosos. Todos se
amontonan en torno a los más viejos, a los más desnutridos, a los
más «musulmanes»; si sus fichas han ido a la izquierda, la
izquierda es con toda seguridad el lado de los condenados.
Antes
de que la selección haya terminado, todos saben ya que la izquierda
ha sido efectivamente la «schlechte Seite», el lado
infausto. Hay, naturalmente, irregularidades: René, por ejemplo, tan
joven y robusto, ha terminado en la izquierda: quizás porque tiene
gafas, quizás porque anda un poco encorvado como los miopes, pero
más probablemente por un simple descuido: René ha pasado delante de
la comisión inmediatamente antes que yo, y podría haberse producido
un cambio de fichas. Lo pienso, hablo con Alberto y convenimos en que
la hipótesis es verosímil: no sé lo que pensaré mañana y
después; hoy, la cosa no despierta en mí ninguna emoción precisa.
Del
mismo modo, también ha debido de haber un error en el caso de
Sattler, un macizo campesino transilvano que veinte días antes
estaba en su casa; Sattler no entiende alemán, no ha comprendido
nada de lo que ha sucedido y está en un rincón remendándose la
camisa. ¿Debo ir a decirle que la camisa ya no va a servirle?
No
hay por qué asombrarse de estas equivocaciones: el examen es muy
rápido y sumario y, por otra parte, para la administración del
Lager, lo importante no es tanto que sean eliminados precisamente los
inútiles, como que queden rápidamente libres los sitios de acuerdo
con determinado tanto por ciento preestablecido.
En
nuestra barraca, la selección ha terminado, pero continúa en las
otras, por lo que ahora estamos en clausura. Pero puesto que,
mientras tanto, han llegado los bidones de potaje, el Blockaltester
decide proceder sin más a su distribución. A los seleccionados se
les distribuirá una ración doble. No he sabido nunca si ésta sería
una iniciativa absurdamente compasiva del Blockaltester o una
explícita disposición de los SS, pero de hecho, en el intervalo de
dos o tres días (también a veces mucho más largo) entre la
selección y la partida, las víctimas de Monowitz-Auschwitz
disfrutan de este privilegio.
Ziegler
presenta la escudilla, recibe la ración normal y se queda esperando.
«¿Qué más quieres?», le pregunta el Blockaltester: no le
parece que a Ziegler le toque suplemento, lo aparta de un empujón,
pero Ziegler vuelve e insiste humildemente: me han puesto de verdad a
la izquierda, todos lo han visto, que vaya el Blockaltester a
consultar las fichas: tiene derecho a ración doble. Cuando la ha
conseguido, se va tan tranquilo a la litera y empieza a comérsela.
Ahora
todos están raspando atentamente con la cuchara el fondo de la
escudilla para sacar las últimas pizcas de potaje, y se forma un
trasteo sonoro que quiere decir que la jornada ha terminado. Poco a
poco, prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en
el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta,
con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da
gracias a Dios porque no ha sido elegido.
Kuhn
es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego
que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y
está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin
pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No
comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna
oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los
culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá
remediar ya nunca?
Si
yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.
Si esto es un hombre, 1947.




