-Dispense,
amigo, ¿cuánto tiempo se necesita para ir de Corbigny a
Saint-Révérien?
El
picapedrero levanta la cabeza y, apoyándose sobre su maza, me
observa a través de la rejilla de sus gafas, sin contestar.
Repito
la pregunta. No responde.
-Es
un sordomudo -pienso yo, y prosigo mi camino.
Apenas
he andado un centenar de pasos, cuando oigo la voz del picapedrero.
Me llama y agita su maza. Vuelvo y me dice:
-Necesitará
usted unas dos horas.
-¿Por
qué no me lo ha dicho usted antes?
-Caballero
-me explica el picapedrero-, me pregunta usted cuánto tiempo se
necesita para ir de Corbigny a Saint-Révérien. Tiene usted una mala
manera de preguntar. Se necesita lo que se necesita. Eso depende del
paso. ¿Conozco yo su paso? Por eso le he dejado marchar. Le he visto
andar un rato. Después he calculado, y ahora ya lo sé y puedo
contestarle: necesitará usted dos horas.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
domingo, 10 de mayo de 2026
El informe. Jules Renard.
sábado, 9 de mayo de 2026
El dragón. Ray Bradbury.
La
noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro
movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y
tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían
desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo
la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el
desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía
calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las
muñecas y en las sienes.
Las
luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se
volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los
hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de
lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.
-¡No,
idiota, nos delatarás!
-¡Qué
importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros
de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
-Es
la muerte, no el sueño, lo que buscamos...
-¿Por
qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
-¡Cállate,
tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al
pueblo vecino.
-¡Que
se los devore y que nos deje llegar a casa!
-¡Espera,
escucha!
Los
dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron
largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de
los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en
las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.
-Ah...
-el segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede
aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces,
¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un
aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos
oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas
aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas
monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las
torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida
del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos
caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán
fracasado, como fracasaremos también nosotros?
-¡Suficiente,
te digo!
-¡Más
que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué
año estamos.
-Novecientos
años después de Navidad.
-No,
no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo
no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos
atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido
todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados
aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no
preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos
los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos
ampare!
-¡Si
tienes miedo, ponte tu armadura!
-¿Para
qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se
desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra
armadura, moriremos ataviados.
Enfundado
a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y
volvió la cabeza.
En
el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el
corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo
de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón
del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas
carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte.
Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera
blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en
el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en
tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era
sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres
en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos
blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso
ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la
hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento
y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un
tiempo frío.
-Mira...
-murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá.
A
kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido:
el dragón.
Los
hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio.
Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón,
rugiendo, se acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante
mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en
seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por
encima del cerro y se hundió en un valle.
-¡Pronto!
Espolearon
las cabalgaduras hasta un claro.
-¡Pasará
por aquí!
Los
guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los
ojos de los caballos.
-¡Señor!
-Sí;
invoquemos su nombre.
En
ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino
se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y
resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con
ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.
-¡Dios
misericordioso!
La
lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por
el aire. El dragón se abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el
monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de
distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre,
el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol
rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
-¿Viste?
-gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?
-¡Sí!
¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
-¿Vas
a detenerte?
-Me
detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este
páramo. Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
-Pero
atropellamos algo.
El
tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una
ráfaga de humo dividió la niebla.
-Llegaremos
a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un
nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren
nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una
ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el
norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor
que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.
Remedio para malancólicos, 1959
lunes, 4 de mayo de 2026
El futuro. Julio Cortázar.
Y
sé muy bien que no estarás.
No
estarás en la calle
en
el murmullo que brota de la noche
de
los postes de alumbrado,
ni
en el gesto de elegir el menú,
ni
en la sonrisa que alivia los completos en los subtes
ni
en los libros prestados,
ni
en el hasta mañana.
No
estarás en mis sueños,
en
el destino original de mis palabras,
ni
en una cifra telefónica estarás,
o
en el color de un par de guantes
o
una blusa.
Me
enojaré
amor
mío
sin
que sea por ti,
y
compraré bombones
pero
no para ti,
me
pararé en la esquina
a
la que no vendrás
y
diré las cosas que sé decir
y
comeré las cosas que sé comer
y
soñaré los sueños que se sueñan.
Y
se muy bien que no estarás
ni
aquí dentro de la cárcel donde te retengo,
ni
allí afuera
en
ese río de calles y de puentes.
No
estarás para nada,
no
serás mi recuerdo
y
cuando piense en ti
pensaré
un pensamiento
que
oscuramente trata de acordarse de ti.
domingo, 3 de mayo de 2026
El gemelo. Emilia Pardo Bazán.
La condesa de Noroña, al recibir y
leer la apremiante esquela de invitación, hizo un movimiento de
contrariedad. ¡Tanto tiempo que no asistía a las fiestas! Desde la
muerte de su esposo: dos años y medio, entre luto y alivio. Parte
por tristeza verdadera, parte por comodidad, se había habituado a no
salir de noche, a recogerse temprano, a no vestirse y a prescindir
del mundo y sus pompas, concentrándose en el amor maternal, en
Diego, su adorado hijo único. Sin embargo, no hay regla sin
excepción: se trataba de la boda de Carlota, la sobrina predilecta,
la ahijada… No cabía negarse.
«Y
lo peor es que han adelantado el día -pensó-. Se casan el
dieciséis… Estamos a diez… Veremos si mañana Pastiche me saca
de este apuro. En una semana bien puede armar sobre raso gris o
violeta mis encajes. Yo no exijo muchos perifollos. Con los encajes y
mis joyas…»
Tocó
un golpe en el timbre y, pasados algunos minutos, acudió la
doncella.
-¿Qué
estabas haciendo? -preguntó la condesa, impaciente.
-Ayudaba
a Gregorio a buscar una cosa que se le ha perdido al señorito.
-Y
¿qué cosa es esa?
-Un
gemelo de los puños. Uno de los de granate que la señora condesa le
regaló hace un mes.
-¡Válgame
Dios! ¡Qué chicos! ¡Perder ya ese gemelo, tan precioso y tan
original como era! No los hay así en Madrid. ¡Bueno! Ya seguiréis
buscando; ahora tráete del armario mayor mis Chantillíes, los
volantes y la berta. No sé en qué estante los habré colocado.
Registra.
La
sirvienta obedeció, no sin hacer a su vez ese involuntario mohín de
sorpresa que producen en los criados ya antiguos en las casas las
órdenes inesperadas que indican variación en el género de vida. Al
retirarse la doncella la dama pasó al amplio dormitorio y tomó de
su secrétaire un llavero, de llaves menudas; se dirigió a otro
mueble, un escritorio-cómoda Imperio, de esos que al bajar la tapa
forman mesa y tienen dentro sólida cajonería, y lo abrió, diciendo
entre sí:
«Suerte
que las he retirado del Banco este invierno… Ya me temía que
saltase algún compromiso.»
Al
introducir la llavecita en uno de los cajones, notó con extrañeza
que estaba abierto.
-¿Es
posible que yo lo dejase así? -murmuró, casi en voz alta.
Era
el primer cajón de la izquierda. La condesa creía haber colocado en
él su gran rama de eglantinas de diamantes. Solo encerraba
chucherías sin valor, un par de relojes de esmalte, papeles de seda
arrugados. La señora, desazonada, turbada, pasó a reconocer los
restantes cajones. Abiertos estaban todos; dos de ellos astillados y
destrozada la cerradura. Las manos de la dama temblaban; frío sudor
humedecía sus sienes. Ya no cabía duda; faltaban de allí todas las
joyas, las hereditarias y las nupciales. Rama de diamantes, sartas de
perlas, collar de chatones, broche de rubíes y diamantes… ¡Robada!
¡Robada!
Una
impresión extraña, conocida de cuantos se han visto en caso
análogo, dominó a la condesa. Por un instante dudó de su memoria,
dudó de la existencia real de los objetos que no veía.
Inmediatamente se le impuso el recuerdo preciso, categórico. ¡Si
hasta tenía presente que al envolver en papeles de seda y algodones
en rama el broche de rubíes, había advertido que parecía sucio, y
que era necesario llevarlo al joyero a que lo limpiase! «Pues el
mueble estaba bien cerrado por fuera -calculó la señora, en cuyo
espíritu se iniciaba ese trabajo de indagatoria que hasta sin querer
verificamos ante un delito-. Ladrón de casa. Alguien que entra aquí
con libertad a cualquier hora; que aprovecha un descuido mío para
apoderarse de mis llaves; que puede pasarse aquí un rato
probándolas… Alguien que sabe como yo misma el sitio en que guardo
mis joyas, su valor, mi costumbre de no usarlas en estos últimos
años.»
Como
rayos de luz dispersos que se reúnen y forman intenso foco, estas
observaciones confluyeron en un nombre:
-¡Lucía!
¡Era
ella! No podía ser nadie más. Las sugestiones de la duda y del bien
pensar no contrarrestaban la abrumadora evidencia. Cierto que Lucía
llevaba en la casa ocho años de excelente servicio. Hija de honrados
arrendadores de la condesa; criada a la sombra de la familia de
Noroña, probada estaba su lealtad por asistencia en enfermedades
graves de los amos, en que había pasado semanas enteras sin
acostarse, velando, entregando su juventud y su salud con la
generosidad fácil de la gente humilde. «Pero -discurría la
condesa- cabe ser muy leal, muy dócil, hasta desinteresado…, y
ceder un día a la tentación de la codicia, dominadora de los demás
instintos. Por algo hay en el mundo llaves, cerrojos, cofres recios;
por algo se vigila siempre al pobre cuando la casualidad o las
circunstancias le ponen en contacto con los tesoros del rico…» En
el cerebro de la condesa, bajo la fuerte impresión del
descubrimiento, la imagen de Lucía se transformaba -fenómeno
psíquico de los más curiosos-. Borrábanse los rasgos de la
criatura buena, sencilla, llena de abnegación, y aparecía una mujer
artera, astuta, codiciosa, que aguardaba, acorazada de hipocresía,
el momento de extender sus largas uñas y arramblar con cuanto
existía en el guardajoyas de su ama…
«Por
eso se sobresaltó la bribona cuando le mandé traer los encajes
-pensó la señora, obedeciendo al instinto humano de explicar en el
sentido de la preocupación dominante cualquier hecho-. Temió que al
necesitar los encajes necesitase las joyas también. ¡Ya, ya!
Espera, que tendrás tu merecido. No quiero ponerme con ella en dimes
y diretes: si la veo llorar, es fácil que me entre lástima, y si le
doy tiempo a pedirme perdón, puedo cometer la tontería de
otorgárselo. Antes que se me pase la indignación, el parte.»
La
dama, trémula, furiosa, sobre la misma tabla de la cómoda-escritorio
trazó con lápiz algunas palabras en una tarjeta, le puso sobre y
dirección, hirió el timbre dos veces, y cuando Gregorio, el ayuda
de cámara, apareció en la puerta, se la entregó.
-Esto,
a la Delegación, ahora mismo.
Sola
otra vez, la condesa volvió a fijarse en los cajones.
«Tiene
fuerza la ladrona -pensó, al ver los dos que habían sido abiertos
violentamente-. Sin duda, en la prisa, no acertó con la llavecita
propia de cada uno, y los forzó. Como yo salgo tan poco de casa y me
paso la vida en ese gabinete…»
Al
sentir los pasos de Lucía que se acercaba, la indignación de la
condesa precipitó el curso de su sangre, que dio, como suele
decirse, un vuelco. Entró la muchacha trayendo una caja chata de
cartón.
-Trabajo
me ha costado hallarlos, señora. Estaban en lo más alto, entre las
colchas de raso y las mantillas.
La
señora no respondió al pronto. Respiraba para que su voz no saliese
de la garganta demasiado alterada y ronca. En la boca revolvía
hieles; en la lengua le hormigueaban insultos. Tenía impulsos de
coger por un brazo a la sirvienta y arrojarla contra la pared. Si le
hubiesen quitado el dinero que las joyas valían, no sentiría tanta
cólera; pero es que eran joyas de familia, el esplendor y el decoro
de la estirpe…, y el tocarlas, un atentado, un ultraje…
Se
domina la voz, se sujeta la lengua, se inmovilizan las manos…; los
ojos, no. La mirada de la condesa buscó, terrible y acusadora, la de
Lucía, y la encontró fija, como hipnotizada, en el
mueble-escritorio, abierto aún, con los cajones fuera. En tono de
asombro, de asombro alegre, impremeditado, la doncella exclamó,
acercándose:
-¡Señora!
¡Señora! Ahí…, en ese cajoncito del escritorio… ¡El gemelo
que faltaba! ¡El gemelo del señorito Diego!
La
condesa abrió la boca, extendió los brazos, comprendió… sin
comprender. Y, rígida, de golpe, cayó hacia atrás, perdido el
conocimiento, casi roto el corazón.
sábado, 2 de mayo de 2026
La invitación. Jürg Schubiger.
Verano
en el jardín. bajo el peral, chispeantes insectos. Ellos zumbaban;
yo canturreaba con ellos. Estaba sujetando una malva a un bastón,
quitando malas hierbas, haciendo esto y lo otro, y entre una cosa y
otra, nada.
Entonces
me habló una abeja:
-Hoy
se casa nuestra reina -dijo-. Mi pueblo y yo necesitamos un padrino.
Te hemos elegido a ti.
Me
quité la tierra seca de los dedos.
-Gracias
-dije-. ¿Qué debo ponerme?
-Alas
-dijo la abeja.
viernes, 1 de mayo de 2026
La vida instrucciones de uso. (Historia de Helene Brodin). Georges Perec, 1978.
Hélène
Brodin murió en este cuarto, en mil novecientos cuarenta y siete.
Había vivido en él, amedrentada y discreta, cerca de doce años.
Tras su muerte, su sobrino François Gratiolet encontró una carta
suya en la que contaba cómo había concluido su estancia en América.
En
la tarde del once de septiembre de 1935, la fue a buscar la policía
y la condujo a Jemima Creek para identificar el cadáver de su
marido. Antoine Brodin, con el cráneo machacado, estaba tendido boca
arriba, abierto de brazos, al fondo de una cantera cenagosa del suelo
totalmente enlodado. Los policías le habían puesto un pañuelo
verde en la cabeza. Le habían robado el pantalón y las botas, pero
todavía llevaba la camisa de finas rayas grises que le había
comprado Hélène pocos días antes en St. Petersburg.
Hélène
no había visto nunca a los asesinos de Antoine; sólo había oído
sus voces cuando, dos días antes, declararon tranquilamente a su
marido que iban a volver para cargárselo. Pero no le costó nada
identificarlos: eran los dos hermanos Ashby, Jeremiah y Ruben,
acompañados como de costumbre por Nick Pertusano, un enano vicioso y
cruel, que tenía la frente adornada con una mancha indeleble en
forma de cruz color ceniza y era su alma pecadora y su víctima. Los
Ashby, pese a sus dulces nombres bíblicos, eran unos golfos temidos
en toda la región, que asaltaban los saloons y los diner’s,
aquellos vagones acondicionados como restaurantes donde se podía
comer por unos céntimos, y, desgraciadamente para Hélène, eran los
sobrinos del sherif del condado. Aquel sherif no sólo no detuvo a
los asesinos, sino que encargó a dos de sus ayudantes que escoltaran
a Hélène hasta Mobile, tras desaconsejarle que volviera a poner los
pies en la región. Hélène logró escabullirse de sus guardianes,
fue hasta Tallahassee, la capital del Estado, y presentó una
denuncia al gobernador. Aquella misma noche una piedra hizo añicos
uno de los cristales de su cuarto de hotel. Llevaba atado un mensaje
que encerraba amenazas de muerte.
Por
orden del gobernador, el sherif tuvo que iniciar un simulacro de
investigación; por prudencia recomendó a sus sobrinos que se
alejasen algún tiempo. Los dos golfos y el enano se separaron. Lo
supo Hélène y comprendió que aquélla era su única posibilidad de
vengarse: tenía que actuar con rapidez y matarlos uno por uno sin
que llegaran ni a darse cuenta de lo que sucedía.
El
primero a quien mató fue el enano. Fue el más fácil. Supo que se
había colocado de pinche en un vapor de aspas que remontaba el
Mississippi y en el que todo el año actuaban varios jugadores
profesionales. Uno de ellos aceptó ayudar a Hélène: ésta se
disfrazó de muchacho, y él la hizo subir a bordo haciéndola pasar
por su boy.
Durante
la noche, cuando todos los que no dormían estaban enfrascados en
interminables partidas de craps o de faraón, Hélène encontró sin
dificultad el camino de las cocinas; el enano, medio borracho,
dormitaba en una hamaca al lado de un fogón en el que se estaba
cociendo un enorme guiso de cordero. Se acercó a él y, sin darle
tiempo a reaccionar, lo agarró del cuello y de los tirantes y lo
arrojó al perol gigante.
Abandonó
el barco a la mañana siguiente, en Bâton Rouge, cuando aún no se
había descubierto el crimen. Con el mismo disfraz de chico, siguió
río abajo, esta vez en una armadía, verdadera ciudad flotante en la
que vivían desahogadamente varias docenas de hombres. A uno de
ellos, un titiritero de origen francés que se llamaba Paul Marchal,
le contó su historia y él le ofreció su ayuda. En Nueva Orleans
alquilaron un camión y empezaron a recorrer Luisiana y Florida. Se
paraban en las gasolineras, las estaciones pequeñas, los bares de
las carreteras. Él iba cargado con una especie de equipo de hombre
orquesta con bombo, bandoneón, armónica, triángulo, platillos y
cascabeles; ella, oriental de cara velada, esbozaba una danza del
vientre, antes de ofrecer a los espectadores sus dotes de echadora de
cartas: extendía ante ellos tres hileras de tres naipes, cubría dos
que juntos sumaban once puntos, así como las tres figuras: era un
solitario que había aprendido de muy niña, el único que conocía y
lo usaba para predecir las cosas más inverosímiles en una
inextricable mezcla de idiomas.
Sólo
tardaron diez días en hallar una pista. Una familia semínola que
vivía a bordo de una balsa anclada en la orilla del lago Apopka les
habló de un hombre que, desde hacía unos días, se albergaba en un
gigantesco pozo abandonado, cerca de un lugar llamado Stone’s Hill,
a unos treinta kilómetros de Tampa.
Era
Ruben. Lo descubrieron cuando, sentado en una caja, intentaba abrir
con los dientes una lata de conservas. Estaba tan obsesionado por el
hambre que no los oyó llegar. Antes de matarlo de una bala en la
nuca, Hélène lo obligó a revelar el escondite de Jeremiah. Ruben
sólo sabía que, al ir a separarse, los tres habían discutido
vagamente a qué sitio irían: el enano había dicho que le apetecía
viajar. Ruben quería un sitio tranquilo; y Jeremiah había afirmado
que lo mejor para emboscarse eran las poblaciones grandes.
Nick
era un enano y Ruben un retrasado, pero Jeremiah le daba miedo a
Hélène. Lo encontró casi fácilmente el tercer día, de pie ante
el mostrador de un cafetucho cerca de Hialeah, el hipódromo de
Miami; estaba hojeando un periódico hípico mientras masticaba
mecánicamente una porción de breaded veal chops de quince centavos.
Lo
estuvo siguiendo tres días. Vivía de expedientes miserables,
vaciaba los bolsillos de los turistas y hacía de gancho para un
local de juego mugriento, bautizado orgullosamente The
Oriental Saloon and Gambling House,
a ejemplo del famoso tugurio que Wyatt Earp y Doc Halliday habían
regentado antaño en Tomnbstone, Arizona. Era un pajar cuyas paredes
de tablas estaban literalmente forradas de arriba abajo con placas
comerciales de metal esmaltado, publicitarias o electorales: QUALITY
ECONOMY AMOCO MOTOR OIL, GROVE’S BROMOQUININE STOPS COLD, ZENO
CHEWING-GUM, ARMOUR’S COVERBLOOM BUTTER, RINSO SOAKS CLOTHES
WHITER, THALCO PINE DEODORANT, CLABBERGIRL BAKING POWDER, TOWER’S
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FINDLAY’S, ETC.
El
cuarto día, por la mañana, Hélène mandó llevar un sobre a
Jeremiah. Contenía una fotografía de los dos hermanos —encontrada
en la cartera de Ruben— y una notita en la que la mujer le
informaba de lo que les había hecho al Enano y a Ruben y del destino
que aguardaba a aquel hijo de puta si tenía cojones para ir a
encontrarse con ella en el bungalow n.º 31 del Burbanks Motel.
Hélène
estuvo esperando todo el día escondida en la ducha de un bungalow
vecino. Sabía que Jeremiah había recibido su carta y que no
soportaría la idea de que lo desafiara una mujer. Pero no bastaría
esto para obligarle a responder a la provocación; haría falta
además que estuviera seguro de ser más fuerte que ella.
Sobre
las siete de la tarde supo que su instinto no la había engañado:
Jeremiah, acompañado de cuatro malhechores armados, llegó a bordo
de un bucketseat modelo T abollado y humeante. Con todas las
precauciones usuales inspeccionaron los alrededores y cercaron el
bungalow n.º 31.
La
habitación no estaba muy iluminada, sólo lo justo para que, por
entre los visillos de ganchillo, Jeremiah viera distintamente a su
hermano Ruben, echado pacíficamente en una de las camas gemelas,
cruzado de brazos y con los ojos muy abiertos. Jeremiah Ashby,
lanzando un rugido feroz, se precipitó en el cuarto provocando la
explosión de la bomba que Hélène había colocado en él.
Aquella
misma noche subió la joven a bordo de una goleta que iba a Cuba,
desde donde la trasladó a Francia un buque de línea regular. Hasta
su muerte, estuvo aguardando el día en que iría a detenerla la
policía, pero la Justicia americana no se atrevió nunca a imaginar
que aquella mujercita frágil hubiera podido matar a sangre fría a
tres bandidos para los que no tuvo dificultad en hallar asesinos
mucho más plausibles.
La vida instrucciones de uso, 1978.
domingo, 19 de abril de 2026
Testigo de cargo. Manuel Mejía Vallejo.
Es cierto, la bala entró debajo de la clavícula izquierda y no quiso buscar salida al otro lado: allí se quedó para atestiguar y vigilar su muerte.
Las noches de la vigilia, 1975.






