En
Escocia, la noche de San Silvestre no se niega a nadie la entrada en
las casas, aunque se exige el requisito de llevar bajo el brazo una
botella de whisky. Así, en medio del tumulto de aquellas excitadas
horas, conocí a Sir Malcolm, fantasma desambientado y ebrio que
insistía tartajosamente en su desazón espectral.
Hablamos
largo y tendido, él de su pasado heroico, que nublaban no sé qué
bromas de tristeza, yo de mis sueños, y coincidimos en todo, o al
menos ésa fue la sensación que tuve. A nuestro alrededor, ginebra y
whisky daban más estrépito a la orgía común, y teníamos que
acercarnos mucho el uno al otro para oír nuestras sentidas palabras.
Recuerdo
muy bien el olor a jardín húmedo y a brezo de las landas, y que una
y otra vez se entristecía, friolero, a pesar de la proximidad de la
chimenea. Volcó su corazón en confesiones de las que la memoria
sólo guarda un eco de dolor antiguo, y supo escuchar lo que yo le
conté como un abuelo inmemorial que no juzga, comprende y conforta
con la mirada.
—Ojalá
todas las noches fueran así —afirmó, envolviéndome en un aura de
gratitud, recordando quizá fastidiosos milenios de vida
ultraterrenal.
Cuando
iba a responder, él ya había desaparecido, sin dejar tras de sí
más que efluvios de tierra mojada y campo abierto. Llevábamos dos o
tres horas del nuevo año, la noche era estridente y una rubia
desgarbada que decía llamarse Peggy me hacía señas inseguras desde
el otro extremo del salón. Entonces me froté los ojos que habían
visto lo invisible.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
lunes, 6 de abril de 2026
El fantasma escoces. Carlo Pujol.
domingo, 5 de abril de 2026
Unos milicianos de uniforme hambriento. José Luis Coll.
Unos milicianos de uniforme
hambriento, barba de tres días, mirada inculta, uñas grises, suelas
de esparto y correaje de caballería, llegaron a casa, a las órdenes
de un engafado burgués con disfraz de revolución. Entraron sin ser
invitados, empujando la puerta con el pie, tras llamar con la culata.
Nos miraban con un silencio insultante, a la vez que abrían puertas
a su antojo, como quien busca a un fantasma. A mi tía Aurora la
sorprendieron con el crepé en la mano, cuando se disponía a realzar
su tupé. Mi bisabuela canturreaba junto a la estufa aquello de: “Soy
un hombre que está desesperado. Soy un hombre que traga mucha hiel…”
Mi abuelo, como siempre, paseaba. Mi abuela cosía. Mi hermano no
estaba, así como tampoco el resto de la familia. Yo los miraba con
expectante curiosidad, barruntando que algo olía a chamusquina.
-¿Dónde
está? -preguntó el capataz.
-Dónde
está … ¿el qué? -dijo mi abuelo.
-Cállese
y conteste.
-Pero…
-¡Que
se calle le digo! ¡Vamos, conteste!
A
pesar de mis pocos años, no hacía falta ser un lince para
comprender la incongruencia de aquel ser con cerebro romo, que
entorpecía su propio interrogatorio, no dejando salida a la puerta
que él mismo abría.
Intervino
mi abuela:
-¿Se
puede saber qué es lo que quieren?
-Tenemos
orden de regristro.
-Enséñemela.
-No
la hemos traído, ni falta que nos hace. Representamos al pueblo.
-¿De
qué pueblo son ustedes? -pregunté lleno de curiosidad.
-Oye,
niño, no me seas tonto chorra, porque te pego una patá en los
cojones que sales por la ventana.
Intenté
aclararle algo, pero mi abuela me contuvo con un gesto. La verdad es
que sólo quería manifestarle la imposibilidad de su propósito, ya
que no había ventanas, sino balcones.
Después,
de manera sistemática y ritual, lo pusieorn todo patas arriba sin la
menor delicadeza. Deshicieron las camas, volcaron los cajones,
vaciaron los armarios del gabinete, arrancaron el perchero,
descerrajaron la alacena y la despensa, se subieron al fogón para
mirar por la chimenea, rompieron el botijo, la jofaina, los cajones
de la cómoda, abrieron los baúles, y hasta desparramaron la caja de
los hilos que había en la mesa camilla.
-¿Qué
es esto? -preguntó uno de los soldados de zarzuela.
Aquello
no era otra cosa que nuestro cine Pate-Babi, una especie de doble
compartimento metálico, con una bombilla y un rústico proyector,
que se enchufaba a la red y nos permitía disfrutar con las aventuras
de Mickey, Mini y la Bety Bo.
-Así
que con esto es con lo que se comunican ustedes con el enemigo, ¿no?
¡Fascistas de mierda!
Mi
abuelo, en mala hora, no pudo reprimir una sonora carcajada ante
tamaño disparate. Pero la carcajada no llegó a ser tan extensa como
él hubiera deseado. Aquel perspicaz de chaquetón de cuero, polainas
de cuero, cerebro de cuero y pistolón al cinto, le propinó una
bofetada de tal tamaño, que la mejilla izquierda le crecía poco a
poco ante nuestras impotentes e incrédulas miradas.
-¡Cobardes!
¿No les da vergüenza pegar a un anciano? ¿Es que no ven que esto
es un juguete de los niños?
-Conque
juguete, ¿eh? De momento, lo incautamos. Y como sea lo que me estoy
recelando, se van ustedes a enterar de lo que cuesta un peine.
Yo
sabía lo que costaba un peine, pero preferí callarme.
Se
marcharon dando un portazo, que hizo caer sobre el suelo del pasillo
un viejo cuadro pintado por mi bisabuelo, que representaba las
almenas de un castillo, en noche de luna, por las que sobrevolaban
cinco brujas montadas en sendas escobas.
Hasta
ese instante, el cuadro es lo único que estaba en el lugar que le
correspondía.
Mi
abuelo, todavía tumbado, se apretaba la mejilla con la mano
izquierda. Le brilalban los ojos. De joven había matado un burro de
un puñetazo. Ahora, otro burro casi lo mata a él. Mi abuela se
inclinó y le dio un beso en la frente. Mi tía acabó de ponerse el
crepé, llorando.
Yo
me limité a pensar: “Si lo que querían era llevarse mi cine, que
me lo hubieran pedido. Pero sin pegarle a mi abuelo. El hecho de que
él, de cuando en cuando, me dé un coscorrón o un papirotazo, no
tiene importancia. Yo sé que me quiere, aunque lo demuestre con
ahorro. Pero pegarle a mi abuelo… ¡Me cago en la leche puta!”
El hermano bastardo de Dios. 1984.
sábado, 4 de abril de 2026
¡Qué pena! León Felipe.
¡Qué
pena si este camino fuera de muchísimas leguas
y
siempre se repitieran
los
mismos pueblos, las mismas ventas
los
mismos rebaños, las mismas recuas!
¡Qué
pena si esta vida tuviera
—esta
vida nuestra—
mil
años de existencia!
¿Quién
la haría hasta el fin llevadera?
¿Quién
la soportaría toda sin protesta?
¿Quién
lee diez siglos en la Historia y no la cierra
al
ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?
Los
mismos hombres, las mismas guerras,
los
mismos tiranos, las mismas cadenas,
los
mismos farsantes, las mismas sectas
¡y
los mismos, los mismos poetas!
¡Qué
pena,
que
sea así todo siempre, siempre de la misma manera!
Versos y oraciones de caminante, 1920.
viernes, 3 de abril de 2026
El ruido de un trueno. Ray Bradbury.
El
anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de
agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en
la momentánea oscuridad:
SAFARI
EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL
ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.
Una
flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva
empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca
formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano
se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del
escritorio.
-¿Este
safari garantiza que yo regrese vivo?
-No
garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se
volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él
le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece
sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además
de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels
miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña
zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya
plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde
ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de
pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y
este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí
mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De
las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas
salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas
endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas
desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la
muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los
cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se
devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas
en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros,
todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte
verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano,
el más leve roce de una mano.
-¡Infierno
y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el
rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la
cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer,
yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios
ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí
-dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher
hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el
antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La
gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente.
Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492.
Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris.
De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación
es…
Eckels
terminó la frase:
-Matar
mi dinosaurio.
-Un
Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo
de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos
responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels
enrojeció, enojado.
-¿Trata
de asustarme?
-Francamente,
sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El
año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores.
Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador
pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para
que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los
tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El
señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena
suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está
a su disposición.
Cruzaron
el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina,
hacia el metal plateado y la luz rugiente.
Primero
un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego
día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una
década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina
rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los
intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado,
con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó
los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro
hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente,
Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos
a otros y los años llamearon alrededor.
-¿Estos
fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a
Eckels.
-Si
da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-.
Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la
columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más
probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si
puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La
máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás.
Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
-Dios
santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos
envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.
El
sol se detuvo en el cielo.
La
niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban
en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y
dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo
no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a
hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra,
esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler…
no han existido.
Los
hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso
-señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil
cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró
un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre
pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y
eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su
provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera
una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El
propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del
pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga
de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y
no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por
qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros
lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo
mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No
queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro.
Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho
dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo
es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal
importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo
así un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No
me parece muy claro -dijo Eckels.
-Muy
bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un
ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este
individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y
todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un
pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un
millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno,
¿y eso qué? -inquirió Eckels.
-¿Eso
qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que
necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones
muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre.
Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres,
infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la
destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve
millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la
única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un
tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a
todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el
hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las
cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse,
¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De
ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días.
Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo,
toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de
Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así
un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros
destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de
ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán
nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete
colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo
crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará
las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en
la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará
el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga
cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya
veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto.
Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores
infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en
sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones
extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté
equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez
sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto
aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una
desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego,
una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la
conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil.
Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el
aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando
de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo
sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis.
Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el
tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible
crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este
sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados,
como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno
para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
-¿Cómo
sabemos qué animales podemos matar?
-Están
marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje,
enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era
particular y siguió a ciertos animales.
-¿Para
estudiarlos?
-Exactamente
-dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia,
observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se
acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba
a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de
alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le
arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No
podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo
que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de
aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que
nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
-Pero
si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían
haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió?
¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos… vivos?
Travis
y Lesperance se miraron.
-Eso
hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite
esas confusiones…, un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando
va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un
avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la
Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con
nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo
de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro
monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con
vida.
Eckels
sonrió débilmente.
-Dejemos
esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! Se prepararon a
dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la
jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como
música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los
pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos
gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels,
guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle,
bromeando.
-¡No
haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita
sea! Si se le dispara el arma…
Eckels
enrojeció.
– ¿Dónde
está nuestro Tyrannosaurus?
– Lesperance
miró su reloj de pulsera.
-Adelante.
Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura
roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el
Sendero. ¡Quédese en el Sendero!
Se
adelantaron en el viento de la mañana.
-Qué
raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años,
ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran.
Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante
meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
-¡Levanten
el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels.
Luego, Billings. Luego, Kramer.
-He
cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús,
esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.
– Ah
-dijo Travis.
-Todos
se detuvieron.
Travis
alzó una mano.
-Ahí
adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La
jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros.
De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El
ruido de un trueno.
De
la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo
-murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía
a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez
metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal,
apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de
reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos
blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una
vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un
guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y
acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos
delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los
hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía
sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se
alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba
una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas,
ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en
una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un
lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando
huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese
unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio
para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y
sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
-¡Dios
mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la
luna.
-¡Chist!
-Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No
es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto,
como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su
razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire
comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
-¡Cállese!
-siseó Travis.
-Una
pesadilla.
-Dé
media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina.
Le devolveremos la mitad del dinero.
-No
imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es
todo. Y ahora quiero irme.
-¡Nos
vio!
-¡Ahí
está la pintura roja en el pecho!
El
Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil
monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se
movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía
retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El
monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
-Sáquenme
de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que
saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección.
Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi
zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
-No
corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.
-Sí.
Eckels
parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos.
Lanzó un gruñido de desesperanza
-¡Eckels!
Eckels
dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí
no!
El
monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un
grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se
alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que
los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió
con los dientes brillantes al sol.
Eckels,
sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con
el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó,
y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde.
Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que
ocurría atrás.
Los
rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y
truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose.
Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo
retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los
hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos
entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado
bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes.
Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes
iris negros.
Como
un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el
Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los
arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los
hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez
toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo
azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de
serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la
garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas
bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se
quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El
trueno se apagó.
La
jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego
de la pesadilla, la mañana.
Billings
y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance,
de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.
En
la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose.
Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la
Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos
trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros,
sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron
la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne
sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a
medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos
dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de
un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba
para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una
excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se
las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne,
perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados
antebrazos, quebrándolos.
Otro
crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y
cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.
-Ahí
está- Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol
gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.
Miró
a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No
podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí
donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los
pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto.
Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos
llevar una foto con ustedes al lado.
Los
dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza.
Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo
cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el
monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros
reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante
armadura.
Un
sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels
estaba allí, temblando.
-Lo
siento -dijo al fin.
-¡Levántese!
-gritó Travis.
Eckels
se levantó.
-¡Vaya
por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-.
Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance
tomó a Travis por el brazo. -Espera…
-¡No
te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo
de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus
zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos
arruinados Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de
dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó.
¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta
quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la
Historia!
-Cálmate.
Sólo pisó un poco de barro.
-¿Cómo
podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un
condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels
buscó en su chaqueta.
-Pagaré
cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis
miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya
allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta
los codos en la boca, y vuelva.
-¡Eso
no tiene sentido!
-El
monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos
dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo.
Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La
jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de
los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo
vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un
rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó
temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos
hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón
de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
-No
había por qué obligarlo a eso – dijo Lesperance.
-¿No?
Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo
inmóvil.
-Vivirá.
La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una
fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a
casa. 1492. 1776. 1812.
Se
limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones.
Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró
furiosamente durante diez minutos.
-No
me mire -gritó Eckels-. No hice nada.
-¿Quién
puede decirlo?
-Salí
del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué
quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
-Quizá
lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo
listo el fusil.
-Soy
inocente. ¡No he hecho nada!
1999,
2000, 2055.
La
máquina se detuvo.
-Afuera
-dijo Travis.
El
cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El
mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no
exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis
miró alrededor con rapidez.
-¿Todo
bien aquí? -estalló.
-Muy
bien. ¡Bienvenidos!
Travis
no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del
aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
-Muy
bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels
no se movió.
-¿No
me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?
Eckels
olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan
sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos
subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris,
azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá
de la ventana, eran… eran… Y había una sensación. Se
estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento
raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía
de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los
perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de
este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que
no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio…,
se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo
era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más
allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un
viento seco…
Pero
había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la
oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al
entrar allí por vez primera.
De
algún modo el anuncio había cambiado.
SEFARI
EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA
EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.
Eckels
sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso
barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
-No,
no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida
en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una
mariposa, muy hermosa y muy muerta.
-¡No
algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó
al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir
todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño
dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó,
a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels
giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar
una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía
el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:
– ¿Quién…
quién ganó la elección presidencial ayer?
El
hombre detrás del mostrador se rió.
-¿Se
burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese
condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un
hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?
Eckels
gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos
temblorosos.
-¿No
podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los
oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos
hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No
podríamos…?
No
se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que
Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro,
y apuntaba.
El
ruido de un trueno.
Las doradas manzanas del sol, 1953.
miércoles, 1 de abril de 2026
Derechos de autor. Margarita del Brezo.
Ha muerto mi musa. De repente. Sin dar ninguna explicación. Quién iba a imaginar anoche, cuando se fue a dormir, que ya no volvería a despertarse. No me lo puedo creer. Después de tantos años felices y prolíficos como hemos compartido me va a costar seguir adelante sin ella. Sentados a mi lado, Fantasía, Imaginación, el pequeño Mito y los mellizos Ciencia y Ficción tampoco encuentran consuelo. Acuden al sepelio personajes venidos desde bibliotecas, estantes, librerías, mesas camillas y polvorientos desvanes de todo el país. Impresiona verlos así de afligidos, con la tinta corrida, e incluso desfigurados algunos al no poder soportar sus delicados cuerpos de papel el peso húmedo de las lágrimas. Tras la última paletada de tierra regresamos a casa cabizbajos. Fantasía pone una olla de sopa a calentar. Tenemos que comer algo, dice. Los demás asentimos en silencio y nos sentamos alrededor de la mesa. Primero sirve a los niños, después le tiende un plato humeante a Imaginación, que está a punto de dar a luz. Según la última ecografía es niña. Y viene con un libro bajo el brazo. Estoy deseando firmarlo.
martes, 31 de marzo de 2026
A los pinches chamacos. Francisco Hinojosa.
Soy
un pinche chamaco. Lo sé porque todos lo saben. Ya deja, pinche
chamaco. Deja allí, pinche chamaco. Qué haces, pinche chamaco. Son
cosas que oigo todos los días. No importa quién las diga. Y es que
las cosas que hago, en honor a la verdad, son las que haría
cualquier pinche chamaco. Si bien que lo sé.
Una
vez me dediqué a matar moscas. Junte setentaidós y las guardé en
una bolsa de plástico. A todos les dio asco, a pesar de que las
paredes no quedaron manchadas porque tuve el cuidado de no
aplastarlas. Sólo embarré una, la más gorda de todas. Pero luego
la limpié. Lo que menos les gustó, creo, es que las agarraba con la
mano. Pero la verdad es que eran una molestia. Lo decía mi mamá:
pinches moscas. Lo dijo papá: pinche calor: no aguanto a las moscas:
pinche vida. Hasta lo dije yo: voy a matarlas. Nadie dijo que no lo
hiciera. En cuanto se fueron a dormir su siesta, tomé el matamoscas
y maté setentaidós. Concha me vio cómo tomaba las moscas muertas
con la mano y las metía en una bolsa de plástico. Les dijo a ellos.
Y ellos me dijeron pinche chamaco, no seas cochino. En vez de
agradecérmelo. Y me quitaron el matamoscas y echaron la bolsa al
cesto y me volvieron a decir pinche chamaco hijo del diablo.
Yo
ya sabía entonces que lo que hacía es lo que hacen todos los
pinches chamacos. Como Rodrigo. Rodrigo deshojó un ramo de rosas que
le regalaron a su madre cuando la operaron y le dijeron pinche
chamaco. Creo que hasta le dieron una paliza. O Mariana, que se robó
un gatito recién nacido del departamento 2 para meterlo en el
microondas y le dijeron pinche chamaca.
Los
pinches chamacos nos reuníamos a veces en el jardín del edificio. Y
no es que nos gustara
ser a propósito unos pinches chamacos. Pero había algo en nosotros
que así era, ni modo. Por ejemplo, un día a Mariana se le ocurrió
excavar. Entre los tres excavamos toda una tarde: no encontramos
tesoros: ni encontramos piedras raras para la colección: ni siquiera
lombrices. Encontramos huesos. El papá de Rodrigo dijo: pinche hoyo.
Y la mamá: son huesos. Vino la policía y dijo que eran huesos
humanos. Yo no sé bien a bien lo que pasó allí, pero la mamá de
Mariana desapareció algunos días. Estaba en la cárcel, me dijo
Concha. Rodrigo escuchó que su papá había dicho que ella había
matado a alguien y lo había enterrado allí. Cuando volvió, supe
que todos éramos unos pinches chamacos metiches pendejos. Rodrigo me
aclaró las cosas: la policía pensaba que ella había matado a
alguien pero no, se había salvado de las rejas. ¿Qué son las
rejas?, pregunté. La cárcel, buey.
Ya
no volvimos a jugar a excavar. Tampoco pudimos vernos durante un buen
tiempo. A mí, mis papás me decían que no debía juntarme con
ellos. A ellos les dijeron lo mismo, que yo era un pinche chamaco
desobligado mentiroso. A Rodrigo le dieron unos cuerazos.
Tiempo
después, cuando ya a nadie le importó que los pinches chamacos
volviéramos a vernos, Mariana tuvo otra ocurrencia: hay que excavar
más. No ¿qué no ves lo que estuvo a punto de pasarle a tu mamá?
No pasó nada, qué, dijo. Para que nadie nos viera, hicimos
guardias. Excavamos en otra parte y no encontramos nada de huesos.
Luego en otra: tampoco había huesos: pero sí un tesoro: una
pistola. Debe valer mucho. Yo digo que muchísimo. A lo mejor con eso
mataron al señor del hoyo. A lo mejor. Sí, hay que venderla.
Escondimos
la pistola en el cuarto donde guarda sus cosas el jardinero. Rodrigo
dijo que él sabía cómo se usan las pistolas. Mi papá tiene una y
me deja usarla cuando vamos a Pachuca. Mariana no le creyó. Has de
ver mucha televisión, eso es lo que pasa.
Al
día siguiente la volvimos a sacar y la envolvimos en un periódico.
¿Cómo la vendemos? ¿A quién se la vendemos? Al señor Miranda, el
de la tienda. Fuimos con el señor Miranda y nos vio con unos ojos
que se le salían. Nos dijo: se las voy a comprar sólo porque me
caen bien. Sí, sí. Bueno. Pero nadie debe saberlo, ¿eh? Nos dio
una caja de chicles y cincuenta pesos. El resto de la tarde nos
dedicamos a mascar hasta que se acabó la caja.
A
la semana siguiente, la colonia entera sabía que el señor Miranda
tenía una pistola. La verdad, yo no se lo dije a nadie, sólo a
Concha. Y lo único que se le ocurrió decirme fue pinche chamaco. Lo
que inventas. O que dices. Tu imaginación. Hasta que el señor
Miranda nos llamó un día y nos dijo: ya dejen, pinches chamacos.
Dedíquense a otras cosas. Déjense de chismeríos. Pónganse a
jugar. Nos dio tres paletas heladas para que lo dejáramos de
jorobar.
En
esos días, para no aburrirnos, nos dedicamos a juntar caracoles. Nos
gustaba lanzarlos desde la azotea. O les echábamos sal para ver cómo
se deshacían. O los metíamos en los buzones. En poco tiempo ya no
había manera de encontrar un solo caracol en todo el jardín. Luego
quisimos seguir juntando piedras raras, pero alguien nos tiró la
colección a la basura. O deplanamente se la robó.
Fue
entonces cuando decidimos escapar. Fue idea de Mariana.
Me
puse mi chamarra y saqué mi alcancía, que la verdad no iba a tener
muchas monedas porque Concha toma dinero de ahí cuando le falta para
el gasto. Mariana también salió con su chamarra y con la billetera
de su papá. Hay que correrle, decía, si se dan cuenta nos agarran.
Rodrigo no llevó nada.
Caminamos
como una hora. Llegamos a una plaza que ninguno de los tres
conocíamos. ¿Y ahora?, preguntó Rodrigo. Hay que descansar, pedí.
Yo tengo hambre. Yo también. Vamos a un restaurante. ¿Dónde hay
uno? Le podemos preguntar a ese señor. Señor, ¿sabe dónde hay un
restaurante? Sí, en esa esquina, ¿qué no lo ven?
Era
un restaurante chiquito. Rodrigo nos contó qué él había ido a
muchos restaurantes en su vida. La carta, le dijo al señor. Nos
trajo hamburguesas con queso y tres cocas. ¿Quién va a pagar?,
preguntó el señor. Yo, dijo Mariana, y sacó la billetera de su
papá. Está bien. Escuchamos que le decía al cocinero pinches
chamacos si serán bien ladrones.
Nos
dio las tres hamburguesas y las tres cocas. Comimos. Y Mariana pagó.
Y
ahora, ¿qué hacemos? Cállate, me calló Mariana. Mi papá ya debe
haberse dado cuenta de que le falta su billetera. ¿Estás
preocupada? ¿Por qué?, ya nos fuimos, ¿o no? Sí. Y ahora, ¿qué
hacemos?
Vamos
a platicar con el señor Miranda.
Rodrigo
hizo parada a un taxi. Llévenos a la calle Argentina. ¿Quién
pagará? Mariana le enseñó la billetera. Pinches chamacos le
robaron el dinero a sus papás, ¿verdad? ¿Nos va a llevar o no?, le
preguntó Rodrigo. Ustedes pagan, dijo.
El
taxista nos llevó a unas pocas cuadras de allí. Era una calle
solitita. Ahora denme el dinero. No, qué. Miren, pinches chamacos, o
me lo dan o los mato. Es nuestro. Se los voy a robar como ustedes lo
robaron, ¿verdad? También tu alcancía, me dijo. Yo le di la
alcancía. Así es, pinches chamacos. Y ahora bájense.
Pinche
viejo, dijo Mariana. Si hubiera tenido la pistola, le doy un balazo,
dijo Rodrigo. Deplanamente. Me dan ganas de ahorcarlo. Sin dinero ya
no podemos ir a un hotel. Yo he ido a muchos hoteles, dijo Rodrigo.
Pero sin dinero… Por qué no vamos con el señor Miranda a pedirle
nuestra pistola. Sí, eso es. La pistola. A ver así quién se atreve
a robarnos.
Un
señor nos dijo hacia dónde quedaba Argentina. Y luego: ¿están
perdidos? Sí, un poco perdidos. Sigan derecho, derecho hasta
Domínguez, ahí dan vuelta a la izquierda, ¿Me entendieron? ¿Saben
cuál es Domínguez? Yo no sabía, pero Mariana dijo que ella sí. La
verdad, era un señor muy amable.
Para
no hacer el cuento largo, llegamos con el señor Miranda cuando ya
era de noche. ¿Y ahora qué quieren?, nos preguntó, ya voy a
cerrar. Queremos la pistola. Sí, y que nos venda unas balas. Miren,
pinches chamacos, ya les dije que se dejaran de chismes. Tomen un
chicle y váyanse. No, la verdad queremos sólo la pistola. Voy a
cerrar, así es que lárguense sin chicles, ¿entendieron?
Rodrigo
tomó una bolsa de pinole, la abrió y le echó un buen puñado en
los ojos al pobre señor Miranda. Pinches chamacos, van a ver con sus
papás. El viejito se cayó al piso. Yo me le eché encima de la
cabeza y le jalé los pelos. Mientras, Mariana le pellizcaba un brazo
con todas sus ganas. Busca la pistola, córrele, le dijimos a
Rodrigo. ¿Dónde? Allí abajo. No, no está. Allí, junto a la caja.
Suéltenme, pinches chamacos, gritaba. Tampoco, no está aquí.
¿Dónde está, pinche viejo? Si no me sueltan… Aquí está, gritó
Rodrigo, aquí está. ¿Dónde estaba? En el cajón.
Y
ahora qué. ¿Lo matamos? Mariana se había abrazado de las piernas
del señor Miranda para que no se moviera tanto. Ve si tiene balas.
Sí, si tiene balas. ¿Le damos un plomazo? ¿Qué es plomazo? Que si
lo matamos, buey. Sí, mátalo. Pinches chamacos…
El
ruido del disparo fue horroroso, yo pensaba que los balazos no
sonaban tanto. Al pobre del señor Miranda le salió mucha sangre de
la cabeza y se quedó muerto. ¿Está muerto? Pues sí, ¿qué no te
das cuenta? Ya ven cómo sí sé disparar pistolas. Puta, dijo
Mariana. Sí, puta.
Vámonos
antes de que llegue alguien. Nos fuimos por Argentina, derechito,
corriendo a todo lo que podíamos. Hasta que llegamos cerca de la
escuela de Rodrigo. Pinche chamaca, dijo una señora con la que se
tropezó Mariana, fíjate.
No
sé cómo lo hizo, pero Rodrigo sacó rapidísimamente la pistola y
le dio un plomazo en la panza. La señora cayó al piso y empezó a
gritar. No está muerta, le dije, tienes que darle otro plomazo.
Rodrigo le dio otro plomazo en la cabeza.
Ahora
sí, comprobó Mariana, está fría. ¿La tocaste o qué? Está
muerta, buey.
Al
parecer, otros oyeron el ruido del balazo porque la gente se juntó
alrededor de la muerta. Rodrigo se había guardado ya la pistola en
la bolsa de su chamarra.
¡Llamen
a una ambulancia! ¡Llamen a la policía! ¡Llamen a alguien! ¡La
mataron! Yo creo que fue un balazo. ¿Ya le tomaron el pulso? Yo lo
oí. Salí corriendo de la casa a ver qué pasaba y me encuentro con
que… Yo vi correr a un hombre. Llevaba una pistola en la mano.
Debes atestiguar. Claro, nomás venga la policía. No, no respira.
Quítense, pinches chamacos, qué no ven que está muerta. No hay
seguridad en esta colonia. Es un pinche peligro. ¿Le robaron la
bolsa? Sí, yo vi que el hombre corría con la pistola y la bolsa de
la señora. Era una bolsa blanca… ¿Qué no oyeron, pinches
chamacos metiches? Si sus papás los vieran haciendo bulto… Eran
dos, llevaban pistolas y la bolsa… Yo la conozco es Mariquita, la
de don Gustavo. Lo triste que se va a poner el hombre.
En
cuanto oímos el ruido de las sirenas, Mariana dijo mejor vámonos,
podemos tener problemas.
No
debimos matarla, les dije mientras caminábamos hacia la avenida. Fue
culpa de ella. Además, así son las cosas, a mucha gente la matan
igual, en la calle, con pistola. No debes preocuparte. Dicen que te
vas al cielo cuando te matan a balazos. Sí, es cierto, yo ya había
oído eso. ¿Tú crees que el señor Miranda se vaya al cielo? Claro,
tonto.
Mariana
le hizo la parada a un taxi. ¿A dónde vamos? No tenemos dinero para
pagarle. Ay, qué ingenuo eres, me dijo. A la calle de López, dijo
Rodrigo. ¿Cuál calle de López? ¿Saben qué hora es? No, le dije.
Son las diez. ¿Nos va a llevar o no?, le preguntó Mariana. Miren,
pinches chamacos, si sus papás los dejan andar a estas horas tomando
taxis no es mi problema, así es que largo, largo de aquí. Rodrigo
sacó la pistola y le apuntó a la cara. Ah, pinche chamaco, además
te voy a dar una paliza por andarme jodiendo.
Y
cuando le iba a quitar la pistola, Rodrigo disparó el plomazo con
las dos manos. Le entró la bala por el ojo. Lo mandamos derechito al
cielo, qué duda.
Yo
sé manejar, dijo Rodrigo. Pero no fue cierto, en cuanto pudimos
hacer a un lado al taxista, Rodrigo trató de echar a andar el coche
y no pudo. Debes meterle primera. Ya sé; ya sé. Déjame a mí, dijo
Mariana. Se puso al volante, metió la primera y el coche caminó un
poco, dando saltos. Mejor vamos a pie, les dije. Sí, este coche no
funciona muy bien.
Antes
de abandonar el taxi, Rodrigo esculcó en los bolsillos del taxista
hasta que encontró el dinero. Hay más de cien pesos. Quítale
también el reloj. Luego lo vendemos. Mariana guardó el dinero, yo
me puse el reloj y Rodrigo se escondió la pistola en la chamarra.
En
el hotel fue la misma bronca, que si dónde están sus papás, que si
saben qué hora es, que si un hotel no es para que jueguen los
chamacos, que si alquilar un cuarto cuesta, que dónde está el
dinero. Váyase a la chingada, dijo Rodrigo alfinmente, y todos
echamos a correr.
Caminamos
un rato hasta que Mariana tuvo una buena idea. Ya sé, podríamos ir
a dormir a casa de la señora Ana Dulce. ¿Con esa pinche vieja? Sí,
buey, dijo Rodrigo, nos metemos en su casa, le damos un plomazo y nos
quedamos allí a dormir. Puta, que si es buena idea…
La
señora Ana Dulce nos abrió. ¿Qué quieren? ¿Nos deja usar su
teléfono?, le dijimos para guaseárnosla. Pinches chamacos, ¿saben
qué hora es? Nos metimos a la casa sin importarnos las amenazas de
la vieja: voy a llamarle a la policía para decirle que se escaparon
de sus casas. Van a ver la cueriza que les van a poner. Vi cómo
Mariana discutía con Rodrigo. Ahora me toca a mí. Si tú no sabes…
Al parecer ganó Mariana porque tomó el arma y le disparó un
plomazo a la señora Ana Dulce. Le dio en una pata. Luego disparó
por segunda vez. ¿Qué tal?, dijo, te apuesto a que le di en el
corazón. Yo pensaba lo mismo, a pesar de que la vieja chillaba del
dolor como una loca y se retorcía en el piso. Al rato se calló.
La
guardamos en un clóset. Rodrigo decía que era un cadáver. Luego
cenamos pan con mantequilla y mermelada y nos metimos los tres a la
cama con la pistola abajo de la almohada.
Durante
los siguientes diez días no le dimos plomazos a nadie más. Nos
quedaba una bala. Íbamos al parque todas las mañanas y comíamos y
dormíamos en casa del cadáver, hasta que el espantoso olor del
clóset nos hizo salir corriendo.
Ese
día tuvimos la mala suerte de encontrarnos frente a frente con el
papá de Mariana. ¡Pinches chamacos!, nos gritó. ¡Cómo los he
buscado! ¡Van a ver la que les espera!
Nos
esperaba una que ni la imaginábamos… A todos nos agarraron a
patadas y cuerazos y cachetadas y puntapiés. Yo oía cómo gritaban
Mariana y Rodrigo. Mi
mamá me dio un puñetazo en la cara que me sacó sangre de la nariz,
y mi papá, un zopaco en la boca que casi me tira un diente. Por más
que lloraba, no dejaban de darme y darme como a un perro.
Tardé
un poco en dormirme. Pero en un ratito me desperté con el ruido de
un plomazo. Ya Rodrigo debe haberse echado a sus papás, pensé.
Luego se empezaron a oír gritos. Mis papás se despertaron también
y corrieron a la puerta para ver qué pasaba.
La
mamá de Rodrigo gritaba: ¡Lo mató, lo mató, lo mató! ¡El pinche
chamaco lo mató! Cálmese, señora, quién mató a quién. Rodrigo
salió en ese momento con la pistola en la mano. Córrele, me dijo a
mí, antes de que nos agarren. Esto es la guerra. ¿Y Mariana?, le
pregunté. Hay que ir por ella. No, qué, córrele.
Y
sí: corrimos a madres. Fue un alivio encontrarnos con nuestra amiga
en la calle. Ya se echó a sus papás, le anuncié. Puta, dijo
Mariana, eso me imaginé. Y nos echamos a correr como si nos
persiguiera una manada de perros rabiosos. No paramos hasta que
Rodrigo se tropezó con una piedra y fue a dar al suelo. Le salía
sangre de la cabeza.
Qué
madrazo me di, nos dijo medio apendejado. Y sí que era un buen
madrazo. Hasta se le veía un poco del hueso.
Los
tres teníamos la piyama puesta y ellos dos estaban descalzos. Sólo
yo tenía puestos los calcetines. ¿Me los prestas un rato?, me pidió
Mariana, está haciendo mucho frío. Se los presté.
¿Y
ahora qué hacemos? Ni modo que volver a casa del cadáver. Todavía
tenemos la pistola, ¿o no?, podemos meternos a una casa y matar a
quien nos abra. No seas buey, eso está cabrón. Además ya no
tenemos balas. ¿Cómo se te ocurre que ahorita alguien nos va a
abrir la puerta? Es cierto, somos unos matones. No es por eso.
Me
dieron ganas de orinar del frío que estaba haciendo. Una parte me
hice en los calzones y otra sobre la llanta de un coche. Pinche
cochino, me dijo Mariana. A Rodrigo le dio risa.
Caminamos
un rato hasta que nos encontramos con una casa que tenía las
ventanas rotas. Debe estar abandonada. Seguro. Terminamos de romper
uno de los cristales y nos metimos. Estaba oscurísimo.
Encontramos
un cuarto en el que se metía un poquito de la luz de la calle.
Hicimos a un lado los escombros y nos echamos al piso, muy juntos
para tratar de calentarnos, hasta que nos quedamos dormidos,
alfinmente dormidos.
A
la mañana siguiente, con los huesos adoloridos, desperté a los
otros. Pudimos ver ahora sí el cuarto en el que habíamos dormido.
Estaba muy húmedo y sucio. Había latas vacías de cerveza, colillas
de cigarros, bolsas de plástico, cáscaras de naranja y cantidad de
tierra. Olía a puritita mierda.
Mariana
tiritaba de frío, aunque estaba calientísima. Es calentura, estoy
seguro, les dije. Un calenturón como para llamar al doctor. Cuál
doctor, se encabronó Rodrigo. ¿Qué sientes?, le pregunté. Ella ni
contestó. Sólo tiritaba y tiritaba.
Hay
que comprar aspirinas. Es cierto, le dije. Rodrigo se ofreció a
buscar una farmacia mientras yo cuidaba a Mariana.
Esperamos
horas y horas hasta que a Mariana se le quitó la temblorina. Cuando
me dijo que ya se sentía bien le expliqué que Rodrigo había ido a
buscar una farmacia para comprarle aspirinas y que todavía no
regresaba. Pues ya se tardó. Claro que ya se tardó. Algo debe
haberle pasado.
Lo
buscamos hasta que nos perdimos y ya no sabíamos cómo regresar a la
casa donde habíamos dormido. Teníamos un hambre espantosa. Y sin
dinero. Y sin pistola. Y sin casa donde nos dieran de comer.
Lo
demás fue idea de Mariana. En un semáforo nos pusimos a pedir
dinero a los conductores de los coches. Cuando llenamos los bolsillos
de monedas las contamos: eran nueve pesos con veinte centavos. En una
tienda compramos dos bolsas de papas y dos refrescos.
Después
de comer nos acostamos en el pastito del camellón. Durante mucho
tiempo nos pusimos a hablar de Rodrigo. ¿Qué le había pasado?
Sabe. ¿Lo habrá agarrado la policía por matar a sus papás? A lo
mejor sólo está perdido. Como nosotros. O quizá lo agarraron
cuando quiso matar al de la farmacia. ¿Cómo, si no tiene balas? O
lo atropellaron. Quién sabe. O le dieron un plomazo por metiche.
Se
hizo de noche y no teníamos dónde dormir. No nos quedó otra más
que preguntar por la calle de López para ir a casa de la señora Ana
Dulce. Aunque oliera feo, al menos habría una cama.
Tardamos
como dos horas en llegar. Afuera de la casa de la señora Ana Dulce
había un policía. Yo creo que… Sí, sí, no necesitas explicarme
nada. ¿Qué hacemos? Puta, ahora sí me la pones canija.
Nos
metimos a dormir a un terreno baldío en el que había ratas. Puta
madre que estoy seguro. La pasamos delachingadamente.
Despertamos
mojados y con el pelo hecho hielitos. Teníamos un hambre espantosa.
Y si vamos a la casa. ¿Qué dices? No ves que Rodrigo se echó a su
papá. Pues Rodrigo es Rodrigo. A lo mejor ahorita ya está muerto.
Concha
fue la primera en vernos: pinches chamacos, van a ver la que les
espera.
Y
es cierto: la que nos esperaba… Pero, con el carácter de Mariana,
tampoco se imaginaron nunca la que les esperaba a ellos.
Cuentos héticos, 1996.
lunes, 30 de marzo de 2026
Orden. Lydia Davis.
Todo el día la vieja brega con la casa y las cosas que están en ella: las puertas no cierran; las tablas del piso se separan y la arcilla se filtra entre ellas; el revoque de las paredes se mancha de humedad; los murciélagos vuelan desde la buhardilla e invaden su ropero; los ratones hacen sus nidos en sus zapatos; sus frágiles vestidos se despedazan en jirones que caen al piso desde los ganchos; insectos se encuentran por doquier. Desesperada, ella se cansa de barrer, despolvar, retocar, calafatear, pegar, y por las noches se esconde bajo las colchas, tapándose los oídos para no escuchar cómo se desmorona la casa alrededor de ella.






