—¿Qué
vas a hacer? —preguntaron a Roberto en la plaza de Balandú, frío
y sol en su sueño.
—Voy
a pescar —respondió ajustando sus aparejos.
—¿Dónde?
—En
la fuente.
De
bronce la fuente caedora sobre el pequeño charco limpio, diez
centímetros de profundidad en piedra labrada, con lama de años
retenidos. —¿Pescar, allí?
Lo
querían, se burlaron, pero lo respetaban: Roberto inventaba la vida,
le sobaba sus mejores flancos.
—Aquí
—dijo, y tiró el anzuelo.
Se
reunieron muchos para seguirle la corriente, echando risas y bromas
al aire quieto. Pero Roberto no miró la extrañeza ni la burla del
pueblo, y arrojó el anzuelo en sereno desparpajo. Sonreían. Él
miraba el agua pequeña de la fuente.
—¡Una
trucha! —exclamaron muchas voces al tiempo, cuando vieron brincar
la trucha al extremo de la caña encordada. Roberto recuperó la
cuerda, despegó el pez cuidadosamente.
—Dos
libras y media, si acaso —dijo y lo devolvió con suavidad al agua.
El pez y él desaparecieron: uno por el agua sin profundidad, el otro
calle arriba, silencioso y lento.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
lunes, 15 de junio de 2026
La pesca milagrosa. Manuel Mejía Vallejo.
domingo, 14 de junio de 2026
El alambre. Emilia Pardo Bazán.
Siempre que ocurría algo superior a
la comprensión de los vecinos de Paramelle,
preguntaban,
como a un oráculo, al tío Manuel el Viajante, hoy traficante en
ganado
vacuno.
¡Sabía tantas cosas! ¡Había corrido tantas tierras! Así, cuando
vieron al señorito
Roberto
Santomé en aquel condenado coche que sin caballos iba como alma que
el
diablo
lleva, acosaron al viejo en la feria de la Lameiroa. El único que no
preguntaba, y
hasta
ponía cara de fisga, era Jácome Fidalgo, alias Mansegura, cazador
furtivo injerto
en
contrabandista y sabe Dios si algo más: ¡buen punto! Acababa el tal
de mercar un
rollo
de alambre, para amañar sus jaulas de codorniz y perdiz, y con el
rollo en la
derecha,
su chiquillo agarrado a la izquierda, la vetusta carabina terciada al
hombro,
contraída
la cara en una mueca de escepticismo, aguardaba la sentencia relativa
a la
consabida
endrómena. El viejo Viajante, ahuecando la voz, tomó la palabra.
-Parecéis
parvosa. Os pasmáis de lo menos. ¡Como nunca somástedes el nariz
fuera de
este
rincón del mundo! ¡Si hubiésedes cruzado a la otra banda del mar,
allí sí que
encontraríades
invenciones! Para cada divina cosa, una mecánica diferente: ¡hasta
para
descalzar
las hay!
Con
estas noticias no se dio por enterado el grupo de preguntones. Quién
se rascaba la
oreja,
quién meneaba la cabeza, caviloso. Fidalgo tuvo la desvergüenza de
soltar una
risilla
insolente, que rasgó de oreja a oreja su boca de jimio. Con sorna,
guardándose el
alambre
en el bolsillo de la gabardina, murmuró:
-Máquinas
para se descalzar, ¿eh? ¿Y no las hay también para...?
Soltó
la indecencia gorda, provocando en el compadrío una explosión de
risotadas, y
chuscando
un ojo añadió socarronamente:
-¡A
largas tierras, largos engaños! Si el Viajante no cierta a poner
claro lo que es ese
coche
de Judas, vos lo aclararé yo, ¡careta!, vos lo aclararé yo.
¿Vístedes vos el camino
de
fierro?
-Yo,
no... yo, no...
-Yo,
sí, cuando me llamaron a declarar en Auriabella...
-Pues
igual viene a ser. En trueco de caballos lleva dentro un maquinismo,
a modo de
reló...
Y el maquinismo, ¡careta!, es lo que empuja.
A
su vez el Viajante, con desprecio:
-Pero
¿tú no sabes que el tren va por carriles, y esta endrómena por
todas las carreteras,
hom?
¿Qué tiene que ver lo negro con lo blanco?
-Pues
a ver entonces, ¡careta!, en qué consiste.
-En
eso.
-Y
eso..., ¿qué es?
-Que
va, ¿estamos?, por onde se le entoja -declaró enfáticamente el tío
Manuel, echando
a
andar en busca de su yegua.
No
quería el tratante esperar a que atardeciese, que es mal negocio
para quien lleva
dinero
en la faja; pero urgíale sobre todo evadirse de aquel interrogatorio
comprometedor
para su fama de sabiduría universal. Jácome, encogiéndose de
hombros,
mofándose,
tiró de su pequeñuelo, su Rosendo, Sendiño, y se dispuso a
emprender
también
la vuelta a la aldea. No tenía en el mundo más que aquella
criatura: su mujer,
hallándose
recién parida, había muerto a consecuencia del susto de ver entrar
a los
civiles,
que venían a prender al marido por sospechas de no sé qué alijo de
tabaco y sal.
Solo
en la tierra con el chiquillo, Jácome le crió sabe Dios cómo; y
ahora se le caía la
baba
viendo despuntar en Sendiño, a los seis años mal contados, otro
cazador, otro
merodeador,
sin afición alguna al trabajo lento y metódico del labriego, fértil
ya en
ardides
y tretas de salvaje para sorprender nidos y pajarillos nuevos, para
descubrir
dónde
ponen las gallinas del prójimo y aun para engolosinarlas echándoles
granos de
maíz,
hasta atraerlas a la boca del saco. El padre estaba embelesado con
tal retoño, y le
enseñaba
nuevas habilidades cada día. Era la criatura lo único que
despertaba en
Jácome,
bajo la dura coraza metálica que revestía su corazón,
palpitaciones de humana
ternura.
Apenas
echaron carretera arriba, en dirección a las alturas de Sandiás, el
chico,
traveseando,
corrió delante: saltaba sobre una pierna, haciéndose el cojo. El
padre, con
el
instinto siempre vigilante del cazador, escrutaba sin proponérselo
los espesos pinares,
las
madroñeras y los manchones de castaños, que revestían los escarpes
pedregosos de
la
montaña. «Si volase una perdiz, si cruzase una liebre...» Pensaba
en esta hipótesis,
cuando
un relámpago blanco y color canela lució entre un seto. Mansegura
se echó la
carabina
a la cara y disparó casi sin apuntar. Sendiño, loco de alegría,
brincó, tomó
vuelo,
se lanzó en dirección a la maleza. Era su encanto hacer de perro,
portando la
caza.
A los dos minutos salió del matorral el chico, balanceando, agarrada
de las patas
traseras,
una liebre poco menor que él. Padre e hijo se confundieron en un
grupo,
admirando
la hermosa pieza. Caliente estaba aún el cuerpo del animal; la
blanca y densa
piel
de su vientre relucía como seda manchada de sangre; sus enormes
orejas pendían;
sus
ojos se vidriaban.
-¡Careta,
lo que pesa! -balbució, gozoso, el cazador, sopesándola, babándose
de vanidad
paternal,
porque Sendiño reía fanfarronamente columpiando su carga.
Y
se entretuvieron así, padre e hijo, confundidos en la complacencia
de la destrucción y
la
victoria, palpando la presa, distraídos. Tan distraídos, que el
vigilante contrabandista,
habituado
al acecho, de sentidos despiertísimos, no oyó el ruido insólito,
semejante al
resuello
y jadeo trepidante de alimaña fabulosa y despertó al tener encima
ya al
monstruo,
¡taf, taf, taf!, al desgarrarle los oídos el rugido de metal de su
bocina. Jácome,
instintivamente,
saltó de costado, evitando la embestida furiosa; vio tendido a
Sendo; a
su
lado, en el polvo, el cuerpo de la liebre... y ya del «coche de
Judas» ni rastro, ni señal
en
el horizonte... Se arrojó fiero, loco, a recoger al niño, que yacía
de bruces, la cara
contra
la hierba de la cuneta; le llamó con nombres amantes, le acarició...
El niño le
blandeaba
en los brazos, inerte, tronchado, roto. Jácome conocía bien las
formas que
adopta
la muerte... Soltó el cadáver y alzó los ojos atónitos, sin
llanto, al cielo, que
consentía
aquella iniquidad... Después, sobre el padre que sufría se destacó
el hombre
de
lucha, pronto a la acometida y a la emboscada, vengativo y feroz.
Cerró los puños y
amenazó
en la dirección que llevaba el «coche de Judas». ¡No se reirá
don Roberto! ¡Se
lo
prometo yo!... Él va a Paramelle... Allí no duerme... ¡Volverá!
Alzó
otra vez a Sendiño, y con infinita delicadeza le transportó a lo
más oculto del
pinar,
depositándole sobre un lecho de ramalla seca. Cerca del muerto
colocó la
carabina,
y la liebre muerta, polvorienta, ¡vengada ella también! Volvió a
la carretera, y
recorrió
un largo trecho estudiando el sitio a propósito para su intento. Una
revuelta
violenta
se le ofreció. Ni de encargo. A derecha e izquierda, árboles añosos
avanzaban
sus
ramas sobre el camino, como brazos fuertes que se brindasen a
secundar a
Mansegura.
Él extrajo del bolsillo el rollo de alambre, desenrolló un trozo,
midió, cortó
con
su navaja, retorció uno de los extremos, calculó alturas, lo
afianzó a una rama
sólidamente,
ensayó la resistencia y, pasando al otro lado, probó si había rama
que
permitiese
tender el hilo metálico recto al través del camino. Mientras
practicaba estas
operaciones,
atendía, no fuera que pasase alguien y le viese. Nadie: la carretera
desierta;
por
allí solo se iba a Sandías y al pazo de don Roberto... Por
precaución, sin embargo,
Jácome
no sujetó el otro cabo del alambre. Tiempo tenía. Con él agarrado
se tumbó en
el
pequeño resalte de la cuneta, y pegó la oreja a la tierra lisa,
aguardando. Dos veces
saltó
y se ocultó en la maleza: eran transeúntes, «gente de a caballo»,
un cura, una
pareja
a estilo de Portugal, hombre y mujer sobre una misma yegua, apretados
y
contentos.
La tarde caía, el rocío enfriaba y escarchaba la hierba, enmudecían
los
pájaros
o piaban débilmente. Un sordo trueno, lejano, llenó con su mate
redoblar el oído
del
contrabandista. Ágil, con la precisión de movimientos del
impulsivo, se incorporó,
amarró
firme el otro cabo a la rama y se agachó entre el brabádigo espeso.
Si se
descuida,
¡careta! El trueno ya se venía encima, resollante y amenazador.
¡Taaf!
Mansegura
vio distintamente, un segundo, al señorito, su gorra blanca, su
rostro guapo,
desfigurado
por los anteojos negros... «¡Ahora!», pensó. El rostro guapo se
tambaleó
violentamente,
como cabeza de muñeco que se desencola; un alarido se ahogó en la
catarata
de sangre... Fue instantáneo; el automóvil, loco y sin dirección,
corrió a
despeñarse
por la pendiente, arrastrando a su dueño, a quien el alambre había
degollado,
con
la misma prontitud y limpieza que pudiera la mejor navaja de
barbería...
Y
Mansegura, después de cerciorarse de que el señorito quedaba bien
amañado, se entró
en
el pinar, recobró su escopeta, echó una mirada de dolor y de
triunfo a Sendiño, que
parecía
dormir, y dejando el camino real, se perdió en los montes, por
atajos de él
conocidos,
en dirección de la frontera portuguesa.
sábado, 13 de junio de 2026
Un grito en la noche. Ernesto Ortega Garrido.
El piso se alquilaba con fantasma. Lo decía el anuncio: Calefacción central y fantasma incluido. Por ese precio, en el centro, no íbamos a encontrar nada mejor, y para nosotros, sin hijos que pudieran asustarse, resultaba perfecto. Poco a poco, nos hemos acostumbrado a su presencia. Le gusta apagar y encender las luces y, si estamos viendo una película, cambia de canal. A veces, se enfada sin razón y, como un niño, nos arroja cosas, o se encierra en el dormitorio, dando un portazo. pero lo peor son las noches, cuando estamos en la cama, leyendo un libro o haciendo el amor, y lo oímos gritar, llamar a papá y a mamá entre sollozos. Ni mi marido ni yo nos atrevemos a levantarnos. escuchamos unos pasitos. Una corriente de aire recorre la habitación. Algo se desliza entre las sábanas y se acurruca a nuestro lado, mientras nos hacemos los dormidos.
domingo, 7 de junio de 2026
El ser bajo la luz de la luna. H. P. Lovecraft.
Morgan no es hombre de letras; de
hecho, su inglés carece del más mínimo grado de coherencia. Por
eso me tienen maravillado las palabras que escribió, aunque otros se
han reído.
Estaba
sólo la noche en que ocurrió. De repente lo acometieron unos deseos
incontenibles de escribir, y tomando la pluma redactó lo siguiente:
«Me
llamo Howard Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence,
Rhode Island. El 24 de noviembre de 1927 -no sé siquiera en qué año
estamos- me quedé dormido y tuve un sueño; y desde entonces me ha
sido imposible despertar.
»Mi
sueño empezó en un paraje húmedo, pantanoso y cubierto de cañas,
bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca
cubierta de líquenes, al norte. Impulsado por una vaga curiosidad,
subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, observando
entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras
bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades
de la meseta rocosa.
»En
varios lugares, el paso estaba techado por el estrechamiento de la
parte superior de la angosta fisura; en dichos lugares, la oscuridad
era extraordinaria, y no se distinguían las madrigueras que pudiese
haber allí. En uno de esos tramos oscuros me asaltó un miedo
tremendo, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos
tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa
para descubrir la fuente de mi alarma.
»Por
último, salí a una meseta cubierta de roca musgosa y escasa tierra,
iluminada por una débil luna que había reemplazado al agonizante
orbe del día. Miré a mi alrededor y no vi a ningún ser viviente;
sin embargo, percibí una agitación extraña muy por debajo de mí,
entre los juncos susurrantes de la ciénaga pestilente que hacía
poco había abandonado.
»Después
de caminar un trecho, me topé con unas vías herrumbrosas de
tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable
fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué en
seguida a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle
de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910.
Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el
trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en
cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré en vano a mi
alrededor tratando de descubrir un interruptor de la luz…, entonces
noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no
estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales.
A continuación oí crujir la yerba escasa por el lado de la
izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban
a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la
compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor.
Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y
levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro
patas dispuesto a correr hacia el coche.
»Me
levanté de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas
y leguas por la meseta, hasta que el cansancio me obligó a
detenerme… Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas,
sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se
estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.
………………………………………………..
»Me
di cuenta de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por
ello me resultó agradable.
»Desde
esa noche espantosa lo único que pido es despertar…, ¡pero aún
no ha podido ser!
»¡Al
contrario, he descubierto que soy un habitante de este terrible mundo
onírico! Aquella primera noche dejó paso al amanecer, y vagué sin
rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche
aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la
maleza y vi ante mí el viejo tranvía… ¡A su lado había un ser
de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la
luz de la luna!
»Todos
los días sucede lo mismo. La noche me coge como siempre en ese lugar
de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo
caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador
aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y
echo a correr desenfrenadamente.
»¡Dios
mío! ¿Cuándo despertaré?»
Eso
es lo que Morgan escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de
Providence; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí.
sábado, 6 de junio de 2026
Los que no están. Alejandro Bentivoglio.
Algunas
noches nos despertamos preguntándonos quién está bailando en el
piso de arriba. Pero nadie sube a ver, porque está vacío hace años
y ¿cómo saber qué se encontrará? No tememos a los fantasmas o a
invasores. Sin embargo, es mejor no ir.
Por
otro lado, los del piso de abajo, ellos sí que no tienen de qué
preocuparse. De nuestro piso vacío hace años que no sale ruido
molesto alguno.
Música para naufragios y otros eventos sociales, 2015.
domingo, 31 de mayo de 2026
Mamá. Lucia Berlin.
—Mamá
lo sabía todo —dijo mi hermana Sally—. Era bruja. Incluso ahora
que está muerta me da miedo que pueda verme.
—A
mí también. Me preocupo sobre todo cuando meto la pata hasta el
fondo. Lo más triste es que cuando hago algo bien me gustaría que
me viera. «Eh, mamá, fíjate en esto.» ¿Y si los muertos andan a
su antojo mirándonos a todos, partiéndose de risa? Dios, Sally, eso
suena como una de las cosas que diría mamá. ¿Y si resulta que soy
igual que ella?
Nuestra
madre se preguntaba cómo serían las sillas si dobláramos las
rodillas al revés. ¿Y si a Jesucristo lo hubieran electrocutado? En
lugar de llevar crucifijos en las cadenas, la gente iría por ahí
con sillas colgando del cuello.
—A
mí me dijo: «Hagas lo que hagas, no procrees» —recordó Sally—.
Y que si era tan idiota como para casarme alguna vez, me asegurara de
elegir a un hombre rico que me adorara. «Nunca, jamás te cases por
amor. Si amas a un hombre, querrás estar siempre a su lado,
complacerlo, hacer cosas por él. Le preguntarás: “¿Dónde has
estado?” o “¿En qué estás pensando?” o “¿Me quieres?”.
Así que acabará pegándote. O saldrá a por cigarrillos y no
volverá.»
—Mamá
odiaba la palabra «amor». La decía con el mismo desprecio que la
gente dice la palabra «furcia».
—Odiaba
los niños. Una vez la fui a buscar a un aeropuerto cuando mis cuatro
hijos eran pequeños, y chilló «¡Quítamelos de encima!», como si
fueran una manada de dóberman.
—No
sé si me repudió por casarme con un mexicano o porque era católico.
—Culpaba
a la Iglesia católica de que la gente tuviera tantos hijos. Decía
que los papas habían hecho correr el rumor de que el amor hacía
feliz a la gente.
«El
amor te hace desgraciado», decía nuestra madre. «Mojas la almohada
llorando hasta quedarte dormida, empañas las cabinas telefónicas
con tus lágrimas, tus sollozos hacen aullar al perro, fumas dos
cigarrillos a la vez.»
—¿Papá
te hizo desgraciada? —le pregunté.
—¿Tu
padre? Él no podía hacer desgraciado a nadie.
Aun
así, recurrí al consejo de mi madre para salvar el matrimonio de mi
hijo. Coco, su mujer, me llamó, llorando a mares. Ken quería vivir
por su cuenta unos meses. Necesitaba su propio espacio. Coco lo
adoraba; estaba desesperada. De pronto me descubrí dándole consejos
con la voz de mi madre. Literalmente, con su acento nasal de Texas,
con su desdén.
—Pues
dale a ese idiota un poco de su propia medicina.
Le
dije que no se le ocurriera pedirle que volviera a casa.
—No
lo llames. Mándate flores con tarjetas misteriosas. Enséñale a su
loro gris africano a decir: «¡Hola, Joe!».
Le
recomendé que se abasteciera de hombres, hombres guapos, bien
plantados. Que les pagara si era necesario, solo para que se pasaran
a verla. Que los invitara a Chez Panisse a almorzar. Que se asegurara
de que hubiera hombres distintos en casa cuando Ken se presentara, a
buscar ropa o a visitar al loro. Coco siguió llamándome. Sí,
estaba haciendo lo que le había dicho, pero Ken aún no había ido a
casa. Sin embargo, ya no sonaba tan apenada.
Finalmente
un día Ken me telefoneó.
—Eh,
mamá, agárrate... Coco es una pécora de cuidado. Voy a buscar unos
CD a nuestro apartamento, ¿vale? Y me encuentro ahí a ese tipo. Un
ciclista, con un maillot morado de licra, probablemente sudoroso,
tumbado en mi cama, viendo a Oprah en mi televisor, dándole de comer
a mi pájaro.
¿Qué
puedo decir? Ken y Coco han vivido felices desde entonces. Hace poco
estuve de visita en su casa y sonó el teléfono. Coco contestó,
habló un rato, riéndose de vez en cuando. Cuando colgó, Ken le
preguntó «¿Quién era?». Coco sonrió: «Bah, un chico que conocí
en el gimnasio».
—Mamá
echó por tierra mi película favorita —le conté a Sally—. La
canción de Bernadette. Entonces yo iba al colegio St. Joseph y
aspiraba a hacerme monja, o preferiblemente llegar a ser una santa.
Tú no tendrías más de tres años. Vi aquella película tres veces.
Al final accedió a venir conmigo al cine. No paró de reírse en
todo el rato. Dijo que la bella dama no era la Virgen María. «Es
Dorothy Lamour, por amor de Dios.» Durante semanas se burló de la
Inmaculada Concepción. «Tráeme una taza de café, ¿te importa? No
me puedo levantar. Soy la Inmaculada Concepción.» O, hablando por
teléfono con su amiga Alice Pomeroy, decía: «Hola, soy yo, la
virgen de los sudores». O bien: «Hola, aquí la concepción
exprés».
—Era
ingeniosa, no lo negarás. Como cuando le daba cinco centavos a un
pordiosero y decía: «Disculpe, joven, pero ¿cuáles son sus sueños
y aspiraciones?». O cuando encontraba un taxista hosco y le decía:
«Hoy parece usted bastante reflexivo y taciturno».
—No,
incluso su sentido del humor era escalofriante. Las notas de suicidio
que escribió a lo largo de los años, siempre dirigidas a mí,
solían ser bromas. Cuando se cortó las venas, firmó «Mary la
Sangrienta». Cuando se tomó pastillas, escribió que prefería no
intentarlo con una soga porque era demasiado lío. La última carta
que me mandó no era divertida. Decía que sabía que yo nunca la
perdonaría. Que ella tampoco me perdonaba por haber destrozado mi
vida.
—A
mí nunca me escribió una nota de suicidio.
—No
me lo puedo creer, Sally, ¿estás celosa de que me las escribiera a
mí?
—Bueno,
sí, la verdad.
Cuando
murió nuestro padre, Sally voló desde Ciudad de México a
California. Llegó a casa de mamá y llamó a la puerta. Mamá se
asomó a la ventana, pero no la dejó entrar. Había renegado de
Sally hacía años y años.
—Echo
de menos a papá —le gritó Sally desde el otro lado del vidrio—.
Me estoy muriendo de cáncer. ¡Ahora te necesito, mamá!
Ella
se limitó a cerrar las persianas e ignoró los golpes de mi hermana
en la puerta.
Sally
lloraba, recreando la escena y otras escenas más tristes, una y otra
vez. Al final estaba muy enferma y preparada para morir. Había
dejado de padecer por sus hijos. Estaba serena, encantadora y dulce.
Aun así, de vez en cuando, la rabia se apoderaba de ella y no la
soltaba, negándole la paz.
Así
que empecé a contarle historias a Sally todas las noches, como si
fueran cuentos de hadas.
Le
contaba anécdotas divertidas de nuestra madre. Como aquella vez que
quería abrir una bolsa de patatas fritas Granny Goose, pero al final
se rindió. «La vida es demasiado dura, maldita sea», dijo, y lanzó
la bolsa de patatas por los aires.
Le
conté que mamá no había hablado con su hermano Fortunatus durante
treinta años. Finalmente él la invitó a comer a un restaurante de
lujo, el Top of the Mark, para enterrar el hacha. «¡En su cabeza de
viejo pomposo!», farfulló mi madre. Se lo hizo pagar caro, de todos
modos. Fortunatus la obligó a pedir faisán y, cuando se lo trajeron
cubierto con una campana de cristal, mamá le dijo al camarero: «Eh,
muchacho, ¿no tienes un poco de ketchup?».
Más
que nada le contaba a Sally historias de cómo era mi madre en otros
tiempos. Antes de darse a la bebida, antes de hacernos daño. Érase
una vez...
—Mamá
está apoyada en la barandilla del barco a Juneau. Va a conocer a Ed,
su futuro esposo. En busca de una nueva vida. Estamos en 1930. Ha
dejado atrás la Gran Depresión, ha dejado atrás al abuelo. Toda la
pobreza sórdida y el dolor de Texas han desaparecido. El barco surca
las olas, ya cerca de la costa, en un día radiante. Ella mira el
intenso azul del agua y los pinos verdes en la orilla de esa tierra
nueva, virgen. Hay icebergs y gaviotas.
»Sobre
todo debemos tener presente que era una mujer muy menuda, medía poco
más de metro sesenta. Solo a nosotras nos parecía enorme. Y tan
joven, diecinueve años. Era muy hermosa, morena y delgada. En la
cubierta del barco, se mece contra el viento. Es frágil. Tiembla de
frío y de emoción. Fumando, con el cuello de pieles ceñido
alrededor de su cara en forma de corazón, su pelo azabache.
»El
tío Guyler y el tío John le habían comprado a mamá aquel abrigo
como regalo de bodas. Todavía lo llevaba seis años después, así
que se grabó en mi memoria. Solía enterrar mi cara en las pieles
apelmazadas por la nicotina. No mientras ella lo llevaba puesto. No
soportaba que la tocaran. Si te acercabas, levantaba la mano como
para protegerse de un golpe.
»En
la cubierta del barco se siente bonita y mayor. Había hecho
amistades durante la travesía, desplegando sus encantos, su ingenio.
El capitán flirteaba con ella. Le servía más ginebra, que a ella
le daba vértigo, y la hacía reírse a carcajadas mientras le
susurraba: “¡Me está rompiendo el corazón, belleza de tez
morena!”.
»Cuando
el barco atracó en el puerto de Juneau, sus ojos azules se llenaron
de lágrimas. No, tampoco la vi llorar jamás. Era algo así como
Escarlata en Lo
que el viento se llevó.
Se hizo una promesa. Jamás volverán a hacerme daño.
»Sabía
que Ed era un buen hombre, íntegro y cariñoso. La primera vez que
le dejó acompañarla a casa, en Upson Avenue, estaba avergonzada.
Todo era decadente; el tío John y el abuelo estaban borrachos. Temió
que Ed no quisiera volver a salir con ella. Pero la estrechó entre
sus brazos y dijo: “Yo te protegeré”.
»Alaska
era tan maravillosa como había imaginado. Recorrieron regiones
inexploradas en aviones que podían aterrizar en lagos helados,
esquiaban en el silencio y vieron alces, osos polares, lobos.
Acampaban en los bosques en verano y pescaban salmones, ¡vieron osos
grizzlies y cabras blancas de las montañas! Hicieron amigos; ella se
unió a un grupo de teatro y fue la médium en Un
espíritu burlón.
Los actores hacían fiestas y cenas en las que cada uno llevaba algo,
hasta que Ed le dijo que no podía seguir con el teatro porque bebía
más de la cuenta, su comportamiento no era digno de una mujer
casada. Entonces nací yo. Papá tuvo que ir a Nome varios meses, y
se quedó sola con una criatura recién nacida. A su regreso la
encontró borracha, tambaleándose conmigo en los brazos. “Te
arrancó de mi pecho”, me dijo ella. Papá se hizo cargo de mí,
empezó a darme el biberón. Le pedía a una mujer esquimal que me
cuidara mientras él iba a trabajar. Acusó a mamá de ser débil y
despiadada, como todos los Moynihan. A partir de entonces se empeñó
en protegerla de sí misma, no la dejaba conducir ni le daba dinero.
Mamá solo podía ir andando a la biblioteca y leer obras de teatro,
y novelas de misterio o de Zane Grey.
»Cuando
estalló la guerra naciste tú y nos fuimos a vivir a Texas. Papá
sirvió en Japón, de teniente en un acorazado. Mamá no soportó
volver a casa. Salía todo lo que podía, y bebía cada vez más. La
abuela dejó de trabajar en la consulta del abuelo para ocuparse de
ti. Trasladó tu cuna a su habitación; jugaba contigo y te cantaba y
te mecía en brazos para dormirte. No dejaba que nadie se acercara a
ti, ni siquiera yo.
»Para
mí era terrible, con mamá, y con el abuelo. O sola, más que nada.
Me metí en problemas en la escuela, me escapé de un colegio, me
expulsaron de otros dos. Una vez pasé seis meses sin hablar. Mamá
me llamaba la Mala Semilla. Descargaba en mí toda su rabia. Hasta
que fui mayor no me di cuenta de que ella y el abuelo probablemente
ni siquiera se acordaban de lo que hacían. Dios concede lagunas a
los borrachos porque si supieran lo que han hecho, se morirían de
vergüenza.
»Después
de que papá volviera de la guerra vivimos en Arizona y fueron
felices juntos. Plantaron rosales y te regalaron un cachorro que se
llamaba Sam. Mamá estaba sobria, pero ya no sabía cómo tratar con
nosotras. Pensábamos que nos odiaba, cuando simplemente le dábamos
miedo. Creía que éramos nosotras quienes la habíamos abandonado,
quienes la odiábamos. Se protegía burlándose y tratándonos con
desprecio, hiriéndonos para evitar que la hiriéramos primero.
»Parecía
que irnos a vivir a Chile sería un sueño hecho realidad para mamá.
Le encantaba la elegancia y las cosas bellas, siempre anhelaba
codearse con “la gente adecuada”. Papá tenía un trabajo
prestigioso. De pronto éramos ricos, con una casa preciosa y muchos
sirvientes, y alternábamos en cenas y fiestas con toda la gente
adecuada. Mamá al principio salía, pero el miedo pudo con ella. Su
pelo desentonaba, su ropa desentonaba. Compró muebles caros que
imitaban antigüedades y cuadros malos. Los sirvientes la aterraban.
Hizo algunas amistades de confianza; por irónico que parezca, jugaba
al póquer con curas jesuitas. Sin embargo, pasaba la mayor parte del
tiempo en su habitación. Papá la dejaba allí encerrada.
»“Al
principio fue mi guardián, luego se convirtió en mi carcelero”,
decía ella. Él creía que así la ayudaba, pero año tras año le
racionó la bebida y escondió a mamá, y nunca recurrió a nadie en
busca de apoyo. Nosotras no nos acercábamos a ella, nadie lo hacía.
Le daban ataques de furia, se volvía cruel, irracional. Nosotras
pensábamos que nada de lo que hacíamos era bastante bueno para
ella. Y de hecho le daba rabia ver que salíamos adelante, que
crecíamos y alcanzábamos metas. Éramos jóvenes y bonitas y
teníamos un futuro. ¿Ves? ¿Entiendes qué mal lo pasaba, Sally?
—Sí.
Tal cual. Pobre mamá, qué lástima. Ahora hago lo mismo, ¿sabes?
Me enfado porque todo el mundo está trabajando, viviendo. A veces te
odio porque no te estás muriendo. ¿No es terrible?
—No,
porque tú puedes contármelo. Y yo te puedo decir que me alegro de
no ser la que se está muriendo. Mamá, en cambio, nunca tuvo a nadie
con quien hablar. Aquel día, en el barco, al llegar al puerto, pensó
que iba a encontrarlo. Mamá creía que Ed siempre estaría ahí.
Creyó que llegaba a casa.
—Descríbemela
otra vez. En el barco. Cuando se le llenaron los ojos de lágrimas.
—De
acuerdo. Tira el cigarrillo al agua. Se oye el siseo que hace al
apagarse, tan en calma está el mar cerca de la orilla. Los motores
del barco se paran con un temblor. Silenciosamente, acompañados por
el vaivén de las boyas y las gaviotas y la sirena larga y
quejumbrosa del barco, se deslizan hacia el atracadero, chocan
suavemente contra los neumáticos del muelle. Mamá se alisa el
cuello de pieles y el pelo. Sonriente, mira hacia la multitud,
buscando a su marido. Nunca ha conocido una felicidad igual.
Sally
está llorando en silencio.
—Pobrecita,
pobrecita —dice—. Ojalá hubiera sido capaz de hablar con ella.
Ojalá le hubiera dicho cuánto la quería.
Yo...
no tengo compasión.
Manual para mujeres de la limpieza, 2015.






