viernes, 24 de julio de 2026

Los ritos. Abelardo Castillo.

Lo que abyectamente me hacía falta era sol, mosquitos, remar hasta quedar echado, olvidarme, por medio del embrutecimiento físico, de dos o tres ideas grandiosas que en los últimos tiempos venían acosándome: el suicidio, entre ellas. Empeñé, por lo tanto, la máquina de escribir, le dije a la señora Magdalena que necesitaba unos pesos, miré tu retrato, Virginia —tu retrato a lápiz hecho por mí una tarde de canteros andaluces y otoño, en el Rosedal—, murmuré entre dientes y no sin ternura que todas las mujeres son una manga de hijas de puta, y, considerando mejor el empeño de la máquina, vendí por lo que me dieron las figulinas japonesas y las terracotas, tus tortugas de caparazón de nuez y hasta el abominable bonzo de arcilla que me obligaste a comprarte en Montevideo, tiré a la basura lo invendible, desempeñé la Remington, tapié de libros como lápidas la repisa y me tomé un tren para San Pedro.
Tres horas más tarde, los naranjales dorados y el peculiar olor a podrido de la refinería que han hecho a la entrada del pueblo me hicieron olvidar los muñequitos. Venía pensando en ellos, en tu costumbre de ordenarlos a tu modo: un caballo de mar junto a la geisha; la tortuga de caparazón de nuez fingiéndole —jurándole, decías vos— amor eterno al samurái de la enorme maza; una miniatura de Balí, tallada a mano, dejándose cortejar por cualquier kokeshi de cincuenta pesos, todos en el más heterodoxo desorden, sin el menor respeto por las leyes de la perspectiva, las jerarquías, la unidad de estilo o la Lógica, pero amándose. Me acuerdo de la primera noche en que, al darme vuelta en la cama, no te encontré a mi lado. Estabas ahí, de pie junto a la biblioteca, cubierta a medias con una camisa mía y con un gesto de preocupación tan grande que solté la risa. Me miraste con seriedad y dijiste:
Vos no sabes querer. ¿Nunca te lo dijeron?
Mira, no. Y menos a esta hora, y menos una mocosa después de una primera noche de alto vuelo como ésta —respuesta que, en vez de cínica o inteligente, me salió más bien tirando a puerca. Pensé, con estupidez, que ibas a llorar.
Entonces te reíste.
Yo te los arreglo —dijiste.
Y ésa fue la primera vez que ordenaste, a tu modo cachivachero, los muñequitos de la repisa. Después, durante tres años, cada vez que venías a mi departamento te ocupabas, a tu manera, de reordenarme el mundo.
Y esto lo recordaba no ya en el tren, sino, unos días más tarde, en la vieja casa de San Pedro, de espaldas en la cama y mirando el techo mientras trataba de averiguar, Virginia, por qué una muchacha como vos, es decir con tus ojos, con tus maneras de bachillerato nocturno, se tiene que meter en la vida de un sujeto como yo, en vez de casarse, como corresponde, con un buen empleado de Correos o un cuentacorrentista y parir unos cuantos hijos, y criarlos. Porque, a decir verdad, los sentimientos son una cuestión de perspectiva. Tumbado al sol en el Club Náutico de San Pedro, o mirando un techo que aún repite antiguas rajaduras de infancia, la única mujer que tiene sentido es la que se tuesta al sol con uno o nos enciende el cigarrillo, en la cama.
En qué pensás —oí, al sol.
En vos —dije.
Originalísimo —oí.
Adela era inteligente. Y las mujeres inteligentes que se tuestan al sol con uno son la sal de la tierra. Nos conocíamos desde la adolescencia; leales amigos que cada dos o tres años no desdeñan dormir juntos, en vacaciones, y pueden jurar durante ese mes que, en realidad, el otro siempre ha sido el gran, el único amor de su vida.
Cierto —dije—. No pensaba en vos, sino en María Fernanda, la mujer del bioquímico —y pensaba, Virginia, que lo peor de todo era haberse acostumbrado finalmente a verte llegar a mi departamento con un caracol recogido en cualquier plaza o una figulina de teja envuelta en un papel de seda, o a encontrarte sentada tranquilamente en el umbral de la puerta de calle y hasta en el cordón de la vereda, sin preocuparme a mí de dónde venías o adonde ibas cuando no estabas, porque lo fundamental era que no metieras ruido ni molestaras mucho; verte aparecer, simplemente, al rato de habernos separado o un mes después, trayendo una hoja de árbol que a vos te parecía la cúspide de lo bello, y que era una hoja de amaranto seco o de paraíso—. No hago más que pensar en eso desde que vine —le dije a Adela—, en que me gustaría saber cómo hizo el bioquímico, con esa cara, para casarse con una mujer como María Fernanda.
María Fernanda era la mujer de un bioquímico, el que, en efecto, tenía una más que regular cara de idiota. Ella era altísima, de manos góticas, le encantaban (supe esa noche) los intelectuales rebeldes, de izquierda, tenía un vago aspecto de orquídea o de planta carnívora, pero había en ella cierta claridad que me daba ánimos; y ahora estaba tomando sol justamente detrás de nosotros.
Callate que te va a oír —dijo Adela—. Está tirada justamente detrás de nosotros.
Ya lo sé —dije yo—. Si lo que quiero, justamente, es que me oiga.
Motivo por el cual esa misma noche, en el baile del Club Náutico, Adela bailaba con el marido bioquímico, y yo, en una mesa junto a los ventanales que dan al Paraná, me encontré contándole a María Fernanda, sin razón alguna y como en un arrebato de delirio, la historia de las figulinas de mi repisa. Antes, naturalmente, hablamos de la condición humana en general, de astrología, de música concreta y de una teoría que inventé allí mismo acerca de mi concepción de Lo Poético. Yo quería escribir libros asquerosos. Ya que el martillero público y la señora del escribano y el bioquímico, es decir el Burgués, son mi desocupado lector, había que enchastrarlos todos. Que al abrir la caja de Pandora, en vez de la Esperanza, les quede para lo último una cagada de vaca. Y María Fernanda me observaba con divertida curiosidad y, al ritmo de la música, yo me volvía más pantanesco y cloacal. Ella se reía y adoraba, en mí, a los intelectuales de izquierda. «Sobre todo», dijo, «si somáticamente parecen de derecha».
Linda frase —dije yo—. El día menos pensado la perpetúo —me reí, con disgusto; ella había agregado:
Y sobre todo si, como vos, no se diferencian en nada de nosotros. Dame whisky.
¿Nosotros? ¿Qué ustedes?
Los malos. —Me miraba, alegremente. Tenía ojos estriados, como ranuras, y un gesto que la hacía parecer diez años más joven. —Mira que sos farsante. Y petiso. ¿Sos comunista?
Soy loco. Una especie de terrorista cristiano, de masón de izquierda. En realidad, soy un suicida revolucionario. Mi madre me abandonó a los ocho años y eso, ideológicamente, me quebró. A los diez, leí a Lenin, a Salgari, Gargantúa y Pantagruel y al conde Kropotkin. Tomé la Comunión. Pasaron los años y escuché la Sinfonía de los Juguetes: esa noche pensé matarme. A la mañana siguiente conocí a una muchacha; la única mujer que amé, antes de conocerte. Ella dejó de venir a mi departamento hace seis meses.
Jamás le pregunté dónde vivía, y ahora ya no voy a volver a encontrarla nunca. Seguramente se casó, e hizo bien; tenía el tipo físico justo para engordar con el tiempo y colgar pañales en la cocina: siempre me la imaginé con olor a caca de nene y a leche cuajada. Era, propiamente, la que describió Baudelaire cuando dijo aquello de que, para nosotros, sólo dos tipos de mujeres. O las adolescentes o las cocineras. Mi verdulerita unía, diabólicamente, ambos estilos. En mi vida le pude hacer pronunciar la palabra Weltamchauung, ni creo que la tuviera. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Suicida, eso es lo que soy; pero con conciencia histórica. Y no tan petiso. En cuanto a ser o no un farsante, tate tate fólloncicos, dijo Quijano. Nunca te arriesgues a juzgar los procesos históricos a la luz de mi tristeza infinita, porque fuera de que estoy desesperado, y eso, en un poeta, justifica cualquier tipo de desviaciones, puede ocurrirte que el día de la revolución niegue haberme acostado nunca con vos, y farewell. Que te maten sin asco.
Bueno —dijo María Fernanda—, salvo que en realidad nunca te acostaste conmigo, tu programa parece espantoso, ¿no?
Las mujeres —dije— siempre reparan en lo accesorio —y pensé, Virginia, en vos: cubierta con mi camisa y oficiando el ritual de las figulinas, o reprochándome una noche que no hubiese notado, en todo el día, qué fecha era hoy o qué nuevo adefesio habías agregado a las parejas de la repisa; algún pollo anaranjado, de esos de peluche ceñido con anilina, alguna jirafa de vidrio—. Son naturalistas. Yo te invento, nada menos, una historia de amor revolucionaria; vos muriendo fusilada ante mis ojos glaciales, y el pueblo, en armas, cantando La Internacional. Y me salís con que todavía no nos hemos ido a la cama. —Y empezaba, lentamente, a divertirme.
¿Todavía? Fijate que no sé si lo que me gusta en vos es tu caradurismo o que no seas ni la mitad de audaz de lo que te imaginas. Y pórtate bien que ahí vienen Adela y mi esposo.
Adela y el bioquímico llegaron a nuestra mesa. ¿Ya está?, me preguntó Adela al oído, al mismo tiempo que con misteriosa simultaneidad conseguía decir: «Tu marido baila divinamente», encendía un cigarrillo y se miraba en su espejito de mano. Yo dije que no; recién iba por el whisky de la revolución social, dije. María Fernanda le comentó a Adela mi Poética. Ah sí, dijo Adela riendo: él tiene un sentido más bien fétido de la belleza. Yo admití que era verdad. Mi anhelo, en cierto modo, era escribir grandes libros de mierda. El bioquímico, algo asombrado por el giro que estaba tomando nuestra conversación, hizo el gesto astuto de quien todo lo entiende, vamos, en boca de la juventud, y con bioquímico buen humor, liberal farmacéutico diplomado seductor de Adela y amigo mío, me preguntó cómo era eso de que yo, siendo comunista, tomara whisky.
La alienación —dije—. Cómo hago para verte a solas —agregué en voz baja, al oído de María Fernanda—. Aparte de que soy coherente, doctor. Me he prometido consumir cigarrillos importados y whisky escocés, hasta fumarme y tomarme todo el imperialismo —frase que en modo alguno era mía, pero que siempre da excelentes resultados con un bioquímico. Ellos rieron. Yo era simpático.
Mañana —dijo María Fernanda.
¿Bailamos? —dijo Adela.
Permiso —dijo el bioquímico, poniéndose de pie con Adela y dirigiéndonos una rápida mirada de disculpa, algo delictiva, a su mujer y a mí. Yo, con estúpido gesto de intelectual marxista, o paralítico, que reconoce la superioridad física del ágil y mundano bioquímico que se nos lleva la mujer ante nuestros propios ojos, murmuré a María Fernanda:
Tiene pelos, en las orejas.
Qué —dijo María Fernanda.
Que tu marido tiene orejas con pelos, ¿no te fijaste?
¿Sí? —dijo ella con naturalidad.
Me agredió, tan imperturbable. No me gustan las mujeres más inteligentes que yo.
Qué te pasa —dijo ella, al rato.
Que todo esto es frívolo, e hipócrita. Que desde mi llegada a San Pedro estoy buscando una oportunidad de estar a solas con vos, de hablar. Y, cuando la tengo, la banalizo y la empequeñezco, y me hago el Casanova; el terrible. Oíme, María Fernanda. —E inicié el gesto vehemente de rodear con mi mano la suya, que sostenía el vaso a la altura de su boca, y con rapidez cerré la mano y apoyé el puño sobre la mesa, tímido, o torturado, o como a ella le gustara más. —Oíme. Necesito realmente verte. Estar con vos, lejos de este ruido de miércoles, y sin Adela ni tu marido ni estos idiotas —levanté la voz e hice un ademán amplio que abarcaba todo el club, o todo el país, y noté, en sus ojos, que yo estaba bastante impresionante—, estos idiotas, que lo único que pueden imaginar de esto, de nosotros, es que quiero acostarme con vos.
María Fernanda me miraba, algo maravillada. Y ahora estaba de verdad hermosa y había adquirido, toda la mujer, esa cualidad de transparencia que consigné antes.
Repitió:
Mañana, ya te lo dije.
¿Cuándo me lo dijiste?
Hace un momento, cuando me lo preguntaste. Qué te pasa, ahora.
Nada —dije—. No me pasa nada. Me pasa que no soy «ustedes», si te parece bien. Que yo no puedo atender, simultáneamente, mil cosas a la vez; al menos, cuando hay una que me importa.
Volvió a mirarme, a los ojos; con mucha seriedad ahora: tu gesto, Virginia, junto a la repisa.
Decime, ¿estás seguro de no ser muy mal bicho?
Me lo tengo merecido —dije con frialdad, mientras me ponía de pie—. Por imbécil.
Y ahí nomás di media vuelta, saliendo entre las parejas en dirección a la puerta. Era bastante arriesgado, lo admito. Pero el hecho es que cuando oí mi nombre, detrás, pronunciado por María Fernanda en un tono nada contenido, tampoco me detuve. Ella me alcanzó a tomar del brazo justo en el límite del salón. Nos miraban; a ella no pareció importarle. Sólo hizo un mecánico gesto de estar caminando naturalmente tomada de mi brazo. Me dijo:
No entiendo nada. Pero no me hagas hacer, si no hace falta, cosas como ésta.
Salimos. La besé en la arboleda que da al camino. Volvimos a entrar antes de que terminara la pieza. Entonces fue cuando le conté, de algún modo, lo de los muñequitos. La historia, Virginia, contada entonces, era bellamente más triste. Y no estoy seguro de que, esencialmente, no fuese también más verdadera. Hasta yo me conmoví, haciéndote llegar sabe Dios de dónde con tus hipocampos disecados, que a lo mejor fue sólo uno, y tus cambalacheras figulinas de teja pintada, y tu disparate. De pronto te parecías bastante a María Fernanda, y no tuve más remedio que agregarte unos años, y también unos centímetros. El pelo coincidió solo. Y yo llegué de noche a mi departamento después de acciones repulsivas, de camas infames y cópulas con intelectuales corrompidas, borracho y semiloco de miedo a morirme sin haber vuelto a leer Sandokán y puteando a Dios y al género humano por puercos, y feos, y decepcionantes, pensando que todo lo que nace debiera ser inmortal, o no haber nacido, abjurando, como quien comete adulterio, de una inmortalidad que dura apenas lo que dura el mundo y ni un solo día más allá del juicio final o de la guerra atómica, llorando de risa por mí y por todos los cretinos hijos de perra que llaman belleza a lo que no es sino un estado, un minuto grotesco de un proceso de descomposición, haciéndome pis, en la figura del árbol de la puerta de mi casa, sobre la cabeza de todos los que escriben libros y pintan cuadros y componen sinfonías, y aman a una mujer, y suben las escaleras hacia su departamento dispuestos por una vez a acabar dignamente este asunto. Basta de papelerío. Al fuego con todo y uno por la ventana al medio del patio del vecino. Y sin embargo, no. Porque yo encendía la luz de mi pieza, Virginia, y ahora que lo escribo ya no sé si esto lo inventé o fue cierto, y te encontraba a vos; en cualquier parte. Sentada en cuclillas una noche, debajo de la mesa: recibiéndome sorpresivamente con un ladrido que por poco me hace saltar realmente por la ventana, o escribiéndome una carta, acostada boca abajo en la cama. Una de aquellas cartas que luego nunca se atrevía a mostrarme, por su letra infantil y sus electrizantes faltas de ortografía. Y yo, en la historia, me reía entonces. Y uno, mientras está vivo y ama y tiene ideas, es inmortal, qué joder. Y mientras corre a una muchacha por la pieza para quitarle una carta, y ladra, o muge, y le recita el monólogo de Hamlet envuelto en una sábana o cantan juntos la Marcha de San Lorenzo hasta que viene la señora Magdalena a preguntar si uno se ha vuelto loco, uno es Dios. No importa que esto no haya ocurrido nunca. Lo que importaba era contarlo; sentir, debajo de las palabras, que un día te hartaste de mis silencios, de mis libros, de mi máquina de escribir metida en las orejas y hasta metafóricamente en la vagina. Y así como vino, se fue. No dije lo que yo acababa de hacer con las terracotas de la repisa, ni cómo tiré a la basura las porquerías invendibles; dije que un día, antes de que te fueras, y no después, había terminado por hacerte una canallada. Innecesaria, imperdonable. «Porque sí, María Fernanda», dije. «Porque hay dos tipos mal nacidos al estado puro; nadie sabe por qué». Y María Fernanda dijo:
Vos sos bueno, en el fondo.
Te felicito —murmuró Adela, al llegar a nuestra mesa. María Fernanda, con la excusa de ir a arreglarse la pintura, se había puesto de pie. El bioquímico era feliz.
¿Te fijaste? —le dije a Adela—. Él tiene pelos, en las orejas.
Y más tarde, habiéndome Adela enjabonado la espalda en la bañadera de casa, y yo a ella, estuvimos a punto de morir ahogados ahí mismo al evocar la capilaridad orejal del bioquímico. Y yo canté la Marcha de San Lorenzo, y recité desnudo el monólogo de Hamlet, y me enteré en la bañadera de que el bioquímico viajaba a Buenos Aires todas las semanas, y cerca del amanecer, antes de dormirme, le hice jurar a Adela que no me iba a olvidar nunca en su vida, y Adela, llorando, se abrazó a mí. Y así, abrazados, nos quedamos dormidos. A las cuatro o a las cinco de la tarde, cuando me desperté, ya nos amábamos menos y yo estaba algo sediento. Adela me preguntó si quería que ella me alcanzara en el coche hasta la casa de María Fernanda; yo acepté, no sin antes pedirle que me pelara una naranja. A partir de allí, y durante el mes que duró mi estada en San Pedro, los días, anecdóticamente hablando, no ofrecieron mayores alternativas. Que al principio me olvidé de las figulinas y me tosté, bien tostado, hasta no aguantar las sábanas, de ambas cosas podría dar testimonio, si hablara, la cama colonial de María Fernanda. Lo que pasó en ella, y en la cucheta del María Fernanda II —designación que aludía a la diminuta descendiente del bioquímico, de tres años, ojos idénticos a la madre—, y en un rancho de la isla, y en el mirador del Náutico Viejo, yo no soy quién para contarlo. Los minuciosos volúmenes que, a propósito de esta sagrada y ritual alegría de los cuerpos, llenan las bibliotecas del mundo; las originales acrobacias que nuestros novelistas obligan a realizar a sus héroes cuando sencillamente canta en la sangre la limpia y pura y mozartiana armonía de un hombre y una mujer latiendo desnudos al ritmo del corazón del universo; los barrenamientos de caballeriza que estos bárbaros consignan con el nombre de cópula me impiden a mí contaminar de literatura mi relación con María Fernanda. Eso era la vida misma, y la vida, en su tensión más alta, no tiene nada que ver con la palabra. Y en esto se parece a la muerte. Y ciertas mujeres, en la cama, sólo admiten el sagrado silencio o la metáfora. Y la única metáfora que ahora se me ocurre es que imaginarse a un elefante entrando en una exposición de cristales de Murano es una figura menos catastrófica que pensar al bioquímico echado, con ruidoso jadeo, sobre la cama colonial de María Fernanda. Me consuela pensar que, por patadas que dé el elefante a las vitrinas, comprenderá tanto el espíritu del cristal como el bioquímico gozará a María Fernanda, así lleve quince años embistiéndola por el bajo vientre. También llovió, esos días. Hubo una carrera de Ford T, pintarrajeados para el caso, en la carretera que va del club al balneario. La crecida del Paraná dejó a cincuenta familias de la isla sin casa, y la tormenta arrancó los embalses hasta Santa Fe. Yo oía las noticias acostado, generalmente. Y así me enteré de que los hidrómetros del observatorio llegaron a marcar seis metros de Paraná sobre el nivel normal. Casi me ahogué, con whisky, y de la alegría, cuando leí en el diario que los Mig soviéticos iban por fin a entrar en acción en Vietnam. La felicidad me duró poco, porque, una tarde, María Fernanda se puso lamentable y, en una especie de ataque de locura, amenazó con abandonar para siempre al bioquímico y a la hija y a venirse conmigo a Buenos Aires.
Llévame con vos —dijo.
Ella me serviría café mientras yo redactaba grandes obras: comeríamos lo que hubiera.
Esa noche dormí con Adela. Cosa que por otra parte me veía obligado a hacer los fines de semana, pues el bioquímico regresaba de la Capital y había que tender la cama. E inventé un cóctel. Y fui a cazar patos salvajes al Tabaquero. Y volvió a salir el sol y volvió a llover, en cualquier orden. Y a veces hubo descuidos. Grietas peligrosísimas, Virginia, por las que repentinamente, en mitad de un tango o de un informativo sobre los varios miles de muertos del terremoto de Chile, país hermano, o a través de un gesto de Adela o de María Fernanda, o incluso en el mismo cénit de la telaraña cósmica de la Gran Fuga de Bach (justa y absurdamente e incomprensiblemente allí) aparecía un pie de muchacha, adolescente y descalzo, o una ramita con forma de bailarina por la que hace años debí treparme a un árbol en el Parque Lezama, y casi me desnuqué, o se oía un horripilante ladrido capaz de matarlo a uno. O de arrancarlo a carcajadas de la muerte. Motivo por el cual yo pedía permiso, en San Pedro, e iba, con regularidad asombrosa, a la letrina. Los diarios anunciaban que había llegado a nuestro planeta la luz de una estrella que se encendió hace un millón de años, o Adela me hacía señas de que tenía la bragueta desprendida. Éramos instantáneamente eternos en un eternamente momentáneo universo con estrellas detectadas, por el telescopio de mi bragueta, milenios después de haber estallado y, quizá, de haber muerto. Y hubo tardes nubladas. Y una de ellas, al pasar frente a la Biblioteca Rafael Obligado, rumbo al Club Náutico, corrí el serio peligro de una Caída prematura. Intoxicación que en esa etapa de mi convalecencia podía resultarme fatal: porque de pronto entré y me sorprendí a mí mismo, con el pantalón de baño colgado del cuello, tomando apuntes grandiosos del Fausto, de Goethe, tomándolos con ferocidad, pensando bajo las letras escritas algo así como yo te voy a dar, ¡oh Yegua!, ya vas a ver a los nietos de los hijos que te haga el cuentacorrentista robando con veneración mis libros de las bibliotecas y muriéndose de risa de esa vieja loca sin dientes que farfulla moviendo la cabeza que ella lo conoció a él, sí, cuando era desconocido y joven, y tan triste, guau, y los niños retorciéndose de risa cantando con pura crueldad de niños uh, uh, uh, qué vas a conocerlo abuelita guau, tan bruta y analfabeta como fuiste siempre, abuela farandulera, Carlota en Weimar. Menos mal que en eso oí una frenada y la bocina del coche de María Fernanda, y la vi a María Fernanda tal como era en el siglo XX y en un pequeño pueblo turístico de provincia, llamado en ese entonces San Pedro, y salí a la calle, y María Fernanda juntó sus dedos medievales agitándolos en el extremo de su transitorio y corruptible brazo, pigmentado ahora por el sol, y dijo qué hacías ahí metido, con este día. Yo noté que el cielo, repentinamente, se había limpiado. Nada, respondí: estaba a punto de perder el alma. Y subí al auto. Y bajé. Y nadé. Y remé. Y fui crucificado, muerto y sepultado en la pelvis de María Fernanda. Y descendí a los infiernos y resucité al tercer día, acostado a la diestra de no sé quién, porque Dios Padre no era, y Adela tampoco, ni podía ser María Fernanda pues estábamos en Semana Santa y el bioquímico, aunque respetó la abstinencia de la carne, pasó la Pascua en su casa. En fin: que a partir del momento en que Adela me peló una naranja, hasta la madrugada particularmente curativa, y de alta repulsión, que determinó mi regreso a Buenos Aires, sólo acontecieron, como ya lo he dicho, las alternativas no anecdóticas; las que hacen del mundo real un simultáneo y algo contradictorio pandemónium de terremotos en Chile, braguetas, funciones gastrointestinales, estrellas milenarias, la práctica del remo, metabolismos y metafísica; apelmazamiento difícilmente reinventable en estas páginas. Suponiendo que yo —aunque esté quizá demorando adrede esta historia, este otro rito oficiado fríamente a máquina, tomando mate de espaldas a la repisa bien tapiada de libros no tuyos, incompatibles con tus peluches y tus morondangas y tus ritos, libros anchos, sacrificiales, como lápidas—, suponiendo que yo tuviera ganas de reinventar el mundo real. Y menos si incluye a la hermosa gente. Tres mil millones de seres celebrando cada día, por turno o simultáneamente (puede darse el caso), idéntica ceremonia en inodoros, excusados, pequeñas escupideras, sencillos agujeros o pasto, son una buena imagen del culto que le rinde a su Creador esta cretina y flexible especie. Y bien. El 11 de abril, víspera de mi regreso, el horóscopo me aseguró que el tránsito de Venus por Aries estaba en su apogeo. Leí también que el pulpo del acuario de Berlín, con gran criterio, venía devorando hacía un tiempo sus propios tentáculos, con el objeto aparente de suicidarse. Ya llevaba comidos cuatro. Esa noche, en casa de María Fernanda, yo exalté la autofagia. Uno se volvía ibseniano, le expliqué; te imaginas, se transforma en uno mismo. Sin contar que lo único que no podés comerte es tu propia cabeza. Y ella, mordiéndome en diversas partes, llegó hasta mi nuca y allí murmuró que de eso se encargaba ella. Después me preguntó si no había leído una noticia muy linda referida a un congreso científico, en Washington, donde se discutió el comportamiento sexual de la cucaracha. Yo terminé de desvestirla.
No seas ególatra —le dije—. Me haces acordar a esas chicas que te preguntan si no has visto tal película porque ellas se parecen a la actriz.
Cállese, adulador —dijo ella—. Se lo habrá dicho a tantas.
Y así hablamos y jugamos y reímos y mordimos y cucaracheamos, hasta que yo sentí una especie de hachazo en el medio del pecho, o del alma, y me tapé la cara con las manos en la oscuridad y me encontré diciéndole que la quería.
Ella encendió la luz. Yo abrí los ojos.
Lo que me emocionaría mucho —dijo ella, rígida—. Si no fuera que acabas de llamarme Virginia. Por segunda vez. Busqué un cigarrillo. Lo encendí.
Bueno, no es la única mujer con la que me pasa. —No era el mejor camino; pero, de cualquier manera, ya no tenía arreglo. —Perdona, no fue eso lo que pensé decir.
El resto es previsible. Con idiotez, traté de abrazarla; ella se apartó. Yo me enfurecí, con ella y sobre todo conmigo, y me puse a fumar y a mirar el techo. De modo que por segunda vez; la primera, entonces, María Fernanda había estado bastante generosa. La miré de reojo. Ella, a mi lado, fumaba en silencio y miraba el techo. Lástima, claro, que siempre se las ingenian para que uno lo note. Y a los veinte minutos, aquel fumar y aquel callar y aquel rozarnos era tal porquería, y tan monótono, que lo mejor fue abrir las alcantarillas y tirarse de cabeza.
Incoherente, comencé:
Por lo demás, si supieras —y María Fernanda, su voz apagada, me interrumpió:
Ya lo sé —dijo.
Me senté violentamente en la cama.
Si supieras lo que significó para mí, carajo, no adoptarías ese aire de Blanca Nieves ofendida.
Ella no levantó la voz, ni me miró.
Ya lo sé. Uy, si lo sé. Ella era silvestre y acomodaba ritualmente tus figulinas, con gran sentido erótico. Caballito con geisha; kokeshi con Santa Bibiana de Bernini. Y ahora pregúntame si estoy celosa, así yo puedo contestarte que no seas idiota. Y tortuga macho con máscara javanesa. Me lo contaste diez veces, y hace veinte días que nos conocemos. Y la pequeña Virginia llegaba a tu departamento como Alicia al País de las Maravillas, y se quedaba, en camisa, palmeteando con manos regordetas con hoyuelos ante la vitrina donde…
La repisa —dije secamente—. Se trataba de un pedazo de biblioteca. Seguí.
Yo estaba sentado en la cama. María Fernanda hablaba con voz controlada, tenue: un arroyo impersonal y transparente, fluyendo.
O repisa, o jaula del canario, porque para la Sirenita, puesto que eran tuyas, esas cosas se le figuraban escaparates con arabescos de André-Charles Boule, propiedad del rey sol. Y luego de palmetear, o de llegar misteriosamente de nunca supimos qué sitio, o de esperarnos en el cordón de la vereda con sus excitables hipocampos y sus marfilinas, iba y ponía geisha con pollito, bambi con la Victoria de Samotracia original, hoja de árbol del Paraíso con palacio del generalife.
Delfín —murmuré yo, y ella se interrumpió—. Que los muebles tallados por Boule, no fueron para el padre, sino para el hijo: para el Delfín. Y ahora, María Fernanda, sería muy lindo si nos calláramos.
Yo seguía sentado en la cama; ella, sin mirarme.
Pero, por qué —dijo María Fernanda—. Si en el fondo nos encanta; si no hay nada tan ajeno a todo lo que odiamos, a nuestro falso orgullo, a nuestra frivolidad, como la muchacha silvestre de las figulinas. Que lo dio todo… podía darlo todo, sabes. Sin pedir nada a cambio. Que era capaz de vestirse sólo con nuestra camisa, y servirte café hasta que la mates. Y comer, realmente, lo que hubiera, imbécil. Y caballito con geisha y tortuga con peluche. Y vos, y yo. Y algún día iba a abrir una gran valija llena de piedras de colores de cuando era chica, y hojas otoñales, e iba a decirte: vine, viste. Y se iba a quedar.
Callate —murmuré.
Y vos, por fin, ibas a ser feliz. Y puro.
Le di un bofetón real, impremeditado. Con toda mi alma.
Le dije:
Ya no tenés edad para jugar a estas cosas. Me dijo:
Te agradecería infinitamente que te fueras de mi casa.
Fue bastante bueno, lo confieso. Vestirme, en esas circunstancias, resultó una de las operaciones más abyectas, ridículas e intolerables que me he visto obligado a realizar en mi vida.
A la mañana siguiente me fui de San Pedro.

Cuentos crueles, 1966.

jueves, 23 de julio de 2026

Memoria en blanco. Teresa Serván. Microlocas.

La mujer se encuentra una cana. Es la primera y le recuerda los bizcochos de naranja y los cuentos al calor del brasero de su abuela, pero se siente demasiado joven para tener el pelo blanco así que de un tirón se la arranca y ese tirón extirpa la memoria y la abuela y de pronto siente frío y no recuerda el olor de un bizcocho y es incapaz de saber quién es esa mujer que la abraza en las fotos.


Pelos, 2016.

martes, 21 de julio de 2026

Los buques suicidantes. Horacio Quiroga.

Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.
Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas. Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.
No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto siempre está frecuentado.
El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al María Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó?


La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Íbamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado.
La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del campo de batalla presente, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oído a la voz de los marineros en proa. Una señora recién casada se atrevió:
-¿No serán águilas?...
El capitán se sonrió bondadosamente:
-¿Qué, señora? ¿Águilas que se lleven a la tripulación?
Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.
Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente. Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y riesgo, y hablando poco.
-¡Ah! ¡si nos contara, señor! -suplicó la joven de las águilas.
-No tengo inconveniente -asintió el discreto individuo-. En dos palabras -y en los mares del norte, como el María Margarita del capitán- encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo -viajábamos también a vela- nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandono que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuimos la marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se halló a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no sentimos mayor impresión. Aún nos reímos un poco de las famosas desapariciones súbitas.
"Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo buque. Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el puente. Desprendióse de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la cocina hervía aún una olla con papas.
"Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fui con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda y a la hora la mayoría cantaba ya.
"Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se sentó en un cabo y se sacó la camiseta para remendarla. Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo silbido. Sus compañeros se volvieron. Él los miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta en el cabo arrollado, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la apatía común.
"Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me tocaban en el hombro.
"-¿Qué hora es?
"-Las cinco -respondí.
"El viejo marinero me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí. Miró largo rato mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.
"Los tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron el remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó, se compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con sueño aún, y se tiró al agua.
"Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos, sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecido todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los de los demás buques. Esto es todo."


Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad.
-¿Y usted no sintió nada? -le preguntó mi vecino de camarote.
-Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es este: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.
Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fue al rato. El capitán lo siguió un rato de reojo.
-¡Farsante! -murmuró.
-Al contrario -dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra-. Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se hubiera tirado al agua.

Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917.

viernes, 17 de julio de 2026

El deseo inmerso. Miguelángel Flores.

Las tardes de por sí aquietadas de los domingos, amordazadas además por el calor de agosto, las esquivábamos en el remanso grande del río. Allí los chicos, entre los que no estaba bien visto tomar el sol tumbado en la toalla, nos retábamos para ser los primeros en sacar del agua cualquier cosa que las muchachas lanzaran y se hundiese: unas llaves, un collar, un brazalete. Al competir él y yo, como líderes en continua rivalidad, siempre proponíamos complicar el juego, de forma que tuviéramos que coger la presa sin manos y sacarla entre los dientes. Han pasado muchos años y, aunque jamás hemos hablado de ello, sé, sabíamos ambos, que era una manera de, en el fondo, comernos las bocas durante la refriega, sin que nadie lo sospechara en la superficie.

jueves, 16 de julio de 2026

Me alquilo para soñar. Gabriel García Márquez.

A las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un marejazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.
Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tiempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa mañana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, si niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.
Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían presentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe: —Me alquilo para soñar.
En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más le gustaba que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinios.
Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.
La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco años que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atragantó con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: «Sueño». Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.
Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.
Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías del viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo que hubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Ranigún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo le parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante, y me dijo en voz muy baja: hay alguien detrás de mí que no deja de mirarme.
Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada, masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.
Sólo la poesía es clarividente —dijo.
Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. Me contó que había vendido sus propiedades de Austria, y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella soltó su carcajada irresistible. «Sigues tan atrevido como siempre», me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena. Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.
Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije—. Por si acaso.
A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto.
Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
Soñé con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso que le contara el sueño.
Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado.
¿Ya está escrito?
Si no está escrito lo va a escribir alguna vez —le dije—. Será uno de sus laberintos.
Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
Soñé con el poeta —nos dijo. Asombrado, le pedí que me contara el sueño.
Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió—. ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme admiración. «No se imagina lo extraordinaria que era», me dijo. «Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella». Y prosiguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista que me permitiera una conclusión final.
En concreto, —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
Nada —me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.

Doce cuentos peregrinos, 1992.

miércoles, 15 de julio de 2026

La estatua inesperada. Ramón Gómez de la Serna.

No se supo nunca por qué había brotado aquella estatua en el jardín.
El caso fue que una mañana se encontraron con ella, quieta en el gesto hipócrita de las estatuas, sobre un pedestal de haber estado allí toda la vida.
Se hicieron indagaciones, se preguntó en diez leguas a la redonda. Nadie sabía nada.
Sólo el que todo lo explica de alguna manera opinó que aquel debía ser un fantasma, que había vuelto la cabeza o había hecho algo prohibido por la ley y se había quedado convertido en estatua de piedra.


lunes, 13 de julio de 2026

La vida de mi madre es un novela que me ha prohibido escribir. Isabel Allende. Paula, (fragmento).

La vida de mi madre es una novela que me ha prohibido escribir; no puedo revelar sus secretos y misterios hasta cincuenta años después de su muerte, pero para entonces estaré convertida en alimento de peces, si mis descendientes cumplen las instrucciones de arrojar mis cenizas al mar. A pesar de que rara vez logramos ponernos de acuerdo, ella es el amor más largo de mi vida, comenzó el día de mi gestación y ya dura medio siglo, además es el único realmente incondicional, ni los hijos ni los más ardientes enamorados aman así. Ahora está conmigo en Madrid. Tiene el pelo de plata y arrugas de setenta años, pero todavía brillan sus ojos verdes con la antigua pasión, a pesar de la amargura de estos meses, que todo lo torna opaco. Compartimos un par de piezas de hotel a pocas cuadras del hospital, donde contamos con una hornilla y una nevera. Nos alimentamos de chocolate espeso y churros comprados al pasar, a veces de unas contundentes sopas de lentejas con salchichón capaces de resucitar a Lázaro, que preparamos en nuestra cocinilla. Despertamos de madrugada, cuando todavía está oscuro, y mientras ella se despereza, yo me visto de prisa y preparo café. Parto primero, por calles parchadas de nieve sucia y hielo, y un par de horas más tarde ella se reúne conmigo en el hospital. El día se nos va en el corredor de los pasos perdidos, junto a la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos, solas hasta el anochecer, cuando aparece Ernesto de vuelta de su trabajo y comienzan a llegar de visita los amigos y las monjas.
Según el reglamento sólo podemos atravesar esa puerta nefasta dos veces al día, vestirnos con los delantales verdes, calzarnos forros de plástico y caminar veintiún pasos largos con el corazón en la mano hasta tu sala, Paula. Tu cama es la primera de la izquierda, hay doce en esa habitación, algunas vacías, otras ocupadas: pacientes cardíacos, recién operados, víctimas de accidentes, drogas o suicidios, que pasan por allí unos días y luego desaparecen, algunos vuelven a la vida, a otros se los llevan cubiertos con una sábana. A tu lado yace don Manuel, muriéndose lentamente. A veces se incorpora un poco para mirarte con ojos nublados por el dolor, vaya qué guapa es su niña, me dice. Suele preguntarme qué te sucedió, pero está sumido en las miserias de su propia enfermedad y apenas termino de explicarle lo olvida. Ayer le conté un cuento y por primera vez me escuchó con atención: había una vez una princesa a quien el día del bautizo sus hadas madrinas colmaron de dones, pero un brujo colocó una bomba de tiempo en su cuerpo, antes que su madre pudiera impedirlo. Para la época en que la joven cumplió veintiocho años felices todos habían olvidado el maleficio, pero el reloj contaba inexorablemente los minutos y un día aciago explotó la bomba sin ruido. Las enzimas perdieron el rumbo en el laberinto de las venas y la muchacha se sumió en un sueño tan profundo como la muerte.
Que Dios guarde a su princesa, suspiró don Manuel.
A ti te cuento otras historias, hija.
Mi infancia fue un tiempo de miedos callados: terror de Margara, que me detestaba, de que apareciera mi padre a reclamarnos, de que mi madre muriera o se casara, del diablo, los juegos bruscos, las cosas que los hombres malos pueden hacer con las niñas. No se te ocurra subir al automóvil de un desconocido, no hables con nadie en la calle, no dejes que te toquen el cuerpo, no te acerques a los gitanos. Siempre me sentí diferente, desde que puedo recordarlo he estado marginada; no pertenecía realmente a mi familia, a mi medio social, a un grupo. Supongo que de ese sentimiento de soledad nacen las preguntas que impulsan a escribir, en la búsqueda de respuestas se gestan los libros. El consuelo en los momentos de pánico fue el persistente espíritu de la Memé, que solía desprenderse de los pliegues de la cortina para acompañarme. El sótano era el oscuro vientre de la casa, lugar sellado y prohibido al cual me deslizaba por un ventanuco de ventilación. Me sentía bien en esa caverna olorosa a humedad, donde jugaba rompiendo tinieblas con una vela o con la misma linterna que usaba para leer de noche bajo las sábanas. Pasaba horas dedicada a juegos callados, lecturas clandestinas y esas complicadas ceremonias que inventan los niños solitarios. Había almacenado una buena provisión de velas robadas en la cocina y tenía una caja con trozos de pan y galletas para alimentar a los ratones. Nadie sospechaba de mis excursiones al fondo de la tierra, las empleadas atribuían los ruidos y las luces al fantasma de mi abuela y no se acercaban jamás por ese lado. El subterráneo consistía en dos cuartos amplios de techo bajo y suelo de tierra apisonada, donde quedaban expuestos los huesos de la casa, sus tripas de cañerías, su peluca de cables eléctricos; allí se amontonaban muebles rotos, colchones despanzurrados, pesadas maletas antiguas para viajes en barco que ya nadie recordaba. En un baúl metálico marcado con las iniciales de mi padre, encontré una colección de libros, fabulosa herencia que iluminó esos años de mi infancia: El tesoro de la juventud, Salgari, Shaw, Verne, Twain, Wilde, London y otros. Los supuse vedados porque pertenecían a ese T. A. de nombre impronunciable, no me atreví a sacarlos a la luz y, alumbrada por candiles, me los tragué con la voracidad que despiertan las cosas prohibidas, tal como años después leí a escondidas Las mil y una noches, aunque en realidad en esa casa no había libros censurados, nadie tenía tiempo para vigilar a los niños y mucho menos sus lecturas. A los nueve años me sumergí en las obras completas de Shakespeare, primer regalo del tío Ramón, una bella edición que repasé innumerables veces sin parar mientes en su calidad literaria, por el simple placer del chisme y la tragedia, es decir, por la misma razón que antes escuchaba los folletines de la radio y ahora escribo ficción.
Vivía cada cuento como si fuera mi propia vida, yo era cada uno de los personajes, sobre todo los villanos, mucho más atrayentes que los héroes virtuosos. La imaginación se me disparaba inevitablemente hacia la truculencia. Si leía sobre los pieles rojas que arrancaban el cuero cabelludo a sus enemigos, suponía que las víctimas quedaban vivas y continuaban sus luchas con apretados gorros de piel de bisonte para sujetarse los sesos que asomaban entre las fisuras del cráneo despellejado, y de allí a imaginar que las ideas también se les escapaban había un paso.
Dibujaba los personajes en cartulina, los recortaba y los sostenía con palitos, ese fue el comienzo de mis primeros intentos en el teatro. Les contaba cuentos a mis alelados hermanos, horribles historias de suspenso que llenaban sus días de terrores y sus noches de pesadillas, tal como después hice con mis hijos y con algunos hombres en la intimidad de la cama, donde una fábula bien contada suele tener un poderoso efecto afrodisiaco.
El tío Ramón tuvo una influencia fundamental en muchos aspectos de mi carácter, aunque en algunos casos me ha costado cuarenta años relacionar sus enseñanzas con mis reacciones. Poseía un Ford destartalado que compartía a medias con un amigo; él lo usaba lunes, miércoles, viernes y domingo por medio, y el otro lo tenía el resto del tiempo. Uno de esos domingos con automóvil, nos llevó con mis hermanos y mi madre al Open Door, un fundo en los alrededores de Santiago donde internaban a los locos mansos.
Conocía bien esos parajes porque en su juventud pasaba las vacaciones allí invitado por unos parientes que administraban la parte agrícola del sanatorio. Entramos a barquinazos por un camino de tierra bordeado por grandes plátanos orientales formando una bóveda verde por encima de nuestras cabezas. A un lado quedaban los potreros y al otro los edificios rodeados de un huerto de árboles frutales, donde deambulaban unos cuantos dementes pacíficos vestidos con camisolas descoloridas, que acudieron a nuestro encuentro corriendo junto al coche y asomando las caras y las manos por las ventanillas entre gritos de bienvenida. Nos encogimos en el asiento espantados mientras el tío Ramón los saludaba por el nombre, algunos habían estado allí por muchos años y en los veranos de su juventud jugaba con ellos. Por un precio razonable negoció con el cuidador para que nos dejara entrar al huerto.
Bájense, niños, los locos son buena gente —ordenó—. Pueden subirse a los árboles, comer todo lo que quieran y llenar este saco.
Somos inmensamente ricos.
No sé cómo consiguió que los internos del sanatorio nos ayudaran.
Pronto les perdimos el miedo y terminamos todos encaramados devorando damascos, chorreados de jugo, arrancándolos a manos llenas de las ramas para meterlos en la bolsa. Les dábamos un mordisco y si no nos parecían bien dulces los tirábamos y sacábamos otro, nos lanzábamos los damascos maduros, que nos reventaban encima en una verdadera orgía de fruta y de risa.
Comimos hasta la saciedad y después de despedirnos a besos de los orates emprendimos el regreso en el viejo Ford con la gran bolsa repleta, de la cual seguimos engullendo hasta que nos vencieron los calambres de barriga. Ese día tuve conciencia por primera vez de que la vida puede ser generosa. Jamás habría tenido una experiencia así con mi abuelo o con otro miembro de mi familia, que consideraban la escasez una bendición y la avaricia una virtud. De vez en cuando el Tata aparecía con una bandeja de pasteles, siempre medidos, uno para cada uno, nada faltaba y nada sobraba. El dinero era sagrado y a los niños nos enseñaban desde temprano cuánto costaba ganarlo. Mi abuelo tenía fortuna, pero no lo sospeché hasta mucho después. El tío Ramón era pobre como un ratón de sacristía y tampoco lo supe entonces, porque se las arregló para enseñarnos a gozar de lo poco que tenía. En los momentos más duros de mi existencia, cuando me ha parecido que se cierran todas las puertas, el sabor de esos damascos me viene a la boca para consolarme con la idea de que la abundancia está al alcance de la mano, si uno sabe encontrarla.

Paula, 1994.