En un minúsculo planeta de una
estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo
más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha
penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Fue
construida con un metal precioso y es algo impresionante, de
veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los
bichos se deslizan sobre ella…
Estaban
en una patrulla de rutina en el Sector 1534, más allá de Sirio y a
muchos parsecs de Sol. La nave era la consabida biplaza de
reconocimiento utilizada para todas las patrullas fuera del sistema.
El capitán May y el teniente Ross jugaban al ajedrez cuando sonó la
alarma.
El
capitán May dijo:
-Don,
ajústala, mientras pienso esta jugada.
No
apartó la mirada del tablero; sabía que solo podía tratarse de un
meteoro pasajero. En ese sector no había naves. El hombre había
penetrado mil parsecs en el espacio y aún no había encontrado una
forma de vida extraña lo bastante inteligente para comunicarse,
menos aún para construir naves espaciales.
Ross
tampoco se levantó, sino que se volvió en la silla para mirar el
tablero de instrumentos y la telepantalla. Levantó distraídamente
la mirada y quedó boquiabierto: había una nave en la pantalla.
Recuperó lo suficiente el aliento para gritar «¡Capitán!» y
después el tablero de ajedrez cayó al suelo y May miró por encima
de su hombro. Pudo oír la respiración de May y luego su voz que
dijo:
-¡Fuego,
Don!
-¡Pero
si es un crucero clase Rochester! Uno de los nuestros. Ignoro qué
hace aquí, pero no podemos…
-Vuelve
a mirar.
Don
Ross no podía volver a mirar porque no había dejado de hacerlo pero
repentinamente vio a qué se refería May. Era casi un Rochester,
pero no del todo. Tenía algo extraño. ¿Algo? Era extraño, se
trataba de una imitación alienígena de un Rochester. Y sus manos
corrieron hacia el botón de disparo casi antes de que todo el
impacto de la situación lo alcanzara.
Con
el dedo en el botón, observó los diales del telémetro Picar y del
Monold. Marcaban cero.
Lanzó
una maldición.
-Capitán,
nos interfieren. ¡No podemos calcular a qué distancia está, su
tamaño ni su masa!
El
capitán May asintió lentamente, pálido.
En
el interior de la cabeza de Don Ross, un pensamiento dijo:
-Serénense,
hombres. No somos enemigos.
Ross
se volvió y miró a May. Este dijo:
-Sí,
lo he recibido. Telepatía.
Ross
volvió a maldecir. Si fueran telépatas…
-Fuego,
Don. Visual.
Ross
oprimió el botón. La pantalla quedó cubierta por una llamarada de
energía y cuando esta cesó, no había restos de nave espacial…
*
El
almirante Sutherland dio la espalda al gráfico estelar colgado de la
pared y los estudió agriamente desde debajo de sus pobladas cejas.
Dijo:
-May,
no me interesa refundir su informe. Ambos han estado sometidos al
psicógrafo; hemos extraído de sus mentes hasta el último segundo
del encuentro. Nuestros lógicos lo han analizado. Están aquí por
razones disciplinarias. Capitán May, ¿conoce el castigo por
desobediencia?
-Sí,
señor -reconoció May tensamente.
-¿Cuál
es?
-La
muerte, señor.
-¿Y
qué orden desobedeció?
-Orden
General Trece-Noventa, Sección Doce. Prioridad Cuadrado-A. Toda nave
terrestre, sea militar o de otro tipo, tiene la orden de destruir
inmediatamente y al verla a cualquier nave extraña que encuentre. Si
no lo hace, debe volar hacia el espacio extraterrestre, en una
dirección no exactamente contraria a la de la Tierra, y continuar
hasta que se le acabe el combustible.
-¿Y
por qué motivo, capitán? Lo pregunto simplemente para averiguar si
lo sabe. Desde luego, no es importante y ni siquiera relevante si
comprende o no el motivo de cualquier disposición.
-Sí,
señor. Para que no exista la posibilidad de que la nave extraña
siga a la nave avistada hasta Sol y se entere así de la situación
de la Tierra.
-Pero
usted desobedeció esa disposición, capitán. No está seguro de
haber destruido al extraño. ¿Qué puede decir en defensa propia?
-No
lo consideramos necesario, señor. La nave extraña no parecía
hostil. Además, señor, debían conocer nuestra base; al hablarnos
nos llamaron «hombres».
-¡Tonterías!
El mensaje telepático fue enviado por una mente extraña, pero
recibido por las de ustedes. Sus mentes tradujeron automáticamente
el mensaje a nuestra terminología. Él no sabia necesariamente el
punto de origen de ustedes ni que eran humanos.
El
teniente Ross no tenía por qué hablar, pero preguntó:
-Señor,
por lo tanto, ¿no se cree que fueran amistosos?
El
almirante resopló.
-Teniente,
¿dónde se entrenó? Parece haber pasado por alto la premisa más
elemental de nuestros planes de defensa, el motivo por el cual desde
hace cuatrocientos años patrullamos el espacio en busca de cualquier
vida extraña. Todo extraño es un enemigo. Aunque hoy se mostrara
amistoso, ¿cómo podemos saber que lo será el año que viene o
dentro de un siglo? Y un enemigo potencial es un enemigo. Cuanto más
rápidamente sea destruido, más segura estará la Tierra. ¡Analice
la historia militar del mundo! Como mínimo, demuestra eso. ¡Piense
en Roma! Para estar a salvo, no podía permitirse el lujo de vecinos
poderosos. ¡Y en Alejandro el Grande! ¡Y en Napoleón!
-Señor
-intervino el capitán May-, ¿estoy bajo pena de muerte?
-Sí.
-Entonces
más vale que hable. ¿Dónde está Roma ahora? ¿Y el imperio de
Alejandro o el de Napoleón? ¿Y la Alemania nazi? ¿Y el
tiranosaurio Rex?
-¿Quién?
-El
antepasado del hombre, el más resistente de los dinosaurios. Su
nombre significa «rey de los saurios tiranos». También pensaba que
todos los demás seres eran sus enemigos. ¿Y dónde está ahora?
-Capitán,
¿es todo lo que tiene que decir?
-Sí,
señor.
-Entonces
lo pasaré por alto. Un razonamiento falaz y sentimental. No está
bajo pena de muerte, capitán. Simplemente respondí que sí para
averiguar lo que decía, hasta dónde llegaba. No se muestra piedad
con usted a causa de una tontería humanitaria. Se ha encontrado una
circunstancia realmente atenuante.
-¿Puedo
saber cuál, señor?
-El
extraño fue destruido. Nuestros técnicos y lógicos lo han
averiguado. El Picar y el Monold funcionaban correctamente. El único
motivo por el cual no registraron ninguna señal se debió a que la
nave extraña era demasiado pequeña. Pueden detectar un meteoro que
pesa nada más que dos kilos y cuarto. La nave extraña era más
pequeña.
-¿Más
pequeña…?
-Indudablemente.
Ustedes pensaron en la vida extraña en términos de nuestro tamaño.
No existen razones por las cuales deba de ser así. Incluso podría
ser submicroscópica, demasiado pequeña para ser visible. La nave
extraña debió contactar deliberadamente, a una distancia de pocos
metros. Y los disparos, a esa distancia, la destruyeron por completo.
Por eso no vieron un casco carbonizado como prueba de que había sido
destruida -sonrió-. Lo felicito, teniente Ross, por su puntería.
Desde luego, en el futuro las descargas visuales serán innecesarias.
Hemos modificado inmediatamente los detectores y calculadores de las
naves de todas clases a fin de que detecten y señalen objetos
incluso de tamaño diminuto.
Ross
dijo:
-Gracias,
señor. ¿Pero no opina que el hecho de que la nave que vimos, al
margen de su tamaño, fuera una imitación de una de nuestras naves
de clase Rochester prueba que los extraños ya saben sobre nosotros
mucho más que nosotros sobre ellos, incluido probablemente el
emplazamiento de nuestro planeta natal? ¿Y que, aunque sean
hostiles, el reducido tamaño de su aparato es lo que les impide
expulsarnos del sistema?
-Es
posible. O ambas cosas son ciertas o ninguna lo es. Es evidente que,
al margen de su habilidad telepática, técnicamente son muy
inferiores a nosotros… o, de lo contrario, no imitarían nuestro
diseño de naves espaciales. Tuvieron que leer la mente de algunos de
nuestros ingenieros para copiar ese diseño. Sin embargo, aunque
supongamos que eso es verdad, quizá todavía no conocen el
emplazamiento de Sol. Las coordenadas espaciales serían sumamente
difíciles de traducir y el nombre Sol no significaría nada para
ellos. Además, su descripción aproximada coincidiría con las de
otros millares de estrellas. De todos modos, está en nuestras manos
encontrarlos y exterminarlos antes de que ellos nos encuentren a
nosotros. Hemos dado la alerta a todas las naves que están en el
espacio para que los busquen y las hemos equipado con instrumentos
especiales para detectar objetos pequeños. Estado de guerra. Quizás
sea redundante decirlo: siempre existe un estado de guerra con los
extraños.
-Sí,
señor.
-Eso
es todo, caballeros. Pueden retirarse.
En
el pasillo, dos guardias armados esperaban. Cada uno de ellos se
colocó a un lado del capitán May.
May
dijo rápidamente:
-Don,
no digas nada. Lo esperaba. No olvides que desobedecí una orden
importante y que el almirante dijo que estaba condenado a muerte.
Mantente al margen de esto.
Con
los puños cerrados y los dientes fuertemente apretados, Don Ross vio
cómo los guardias se llevaban a su amigo. Sabía que May tenía
razón; no podía hacer nada salvo meterse en líos mayores que aquel
en el que May ya estaba metido y empeorar la situación de su amigo.
Salió
casi ciegamente del Edificio del Almirantazgo. Salió y se emborrachó
en seguida pero de nada le sirvió.
Tenía
la acostumbrada licencia de dos semanas antes de volver a presentarse
para cumplir con sus deberes espaciales y sabía que le convendría
aclarar su mente en ese período. Fue a ver a un siquiatra y habló
hasta perder la mayor parte de su amargura y su sentimiento de
rebeldía.
Volvió
a sus libros de texto y se sumergió en la necesidad de una estricta
e indiscutible obediencia a la autoridad militar, en la necesidad de
una vigilancia incesante a la espera de razas extrañas y en la
necesidad de exterminarlas siempre que las encontrara.
Ganó;
se convenció a sí mismo de cuán impensable había sido creer que
el capitán May pudiera haber sido totalmente perdonado por haber
desobedecido una orden, por el motivo que fuese. Incluso se sintió
horrorizado por haber consentido en esa desobediencia. Desde luego,
técnicamente era intachable; May había estado al mando de la nave y
la decisión de regresar a la Tierra en lugar de volar hacia el
espacio -y la muerte- provino de él. Como subordinado, Ross no había
compartido la responsabilidad. Pero ahora, como persona, le remordía
la conciencia por no haber tratado de convencer a May de que no
desobedeciera.
¿Qué
sería del Cuerpo Espacial sin obediencia?
¿Cómo
podía compensar lo que ahora consideraba su negligencia culpable, su
delito? Durante ese período miró ávidamente los telenoticieros y
supo que, en algunos otros sectores del espacio, habían destruido
otras cuatro naves extrañas. Gracias a los instrumentos de detección
mejorados, todas fueron destruidas al ser avistadas; no hubo
comunicación después del primer contacto.
Durante
el décimo día de licencia, puso fin a las vacaciones por decisión
propia. Regresó al Edificio del Almirantazgo y pidió audiencia con
el almirante Sutherland. Obviamente, se rieron de él, pero lo
esperaba. Logró que llevaran hasta el almirante un conciso mensaje
verbal. Simplemente decía: «Tengo un plan que probablemente nos
permitirá encontrar el planeta de los extraños sin que nosotros
corramos riesgos».
Sin
duda alguna, esas palabras le abrieron paso.
Permaneció
en posición de firmes ante el escritorio del almirante y dijo:
-Señor,
los extraños han intentado contactamos. No han podido hacerlo debido
a que los destruimos al contactarlos, antes de que enviaran un
pensamiento telepático completo. Si les permitimos que se
comuniquen, existe la posibilidad de que delaten, accidentalmente o
de otro modo, el emplazamiento de su planeta natal.
El
almirante Sutherland respondió secamente:
-Y
lo hagan o no, podrían descubrir el del nuestro siguiendo la nave a
su regreso.
-Señor,
mi plan cubre esa contingencia. Sugiero que me envíen al mismo
sector donde se estableció el contacto inicial… esta vez en una
nave monoplaza y desarmado. Solicito que esta misión sea ampliamente
difundida a fin de que todos los hombres del espacio lo sepan y sepan
que estoy en una nave desarmada con el fin de establecer contacto con
los extraños. Opino que ellos se enterarán. Seguramente logran
recibir pensamientos a larga distancia pero enviarlos, por lo menos a
mentes terráqueas, solo a distancias muy cortas.
-Teniente,
¿cómo lo ha deducido? No se preocupe, coincide con lo calculado por
nuestros lógicos. Dicen que el hecho de que hayan robado nuestra
ciencia, por ejemplo para copiar nuestras naves a escala menor, antes
de que reparáramos en su existencia, demuestra su capacidad de leer
nuestros pensamientos a… bueno, a distancia moderada.
-Sí,
señor. Supongo que si la noticia de mi misión llega a toda la
flota, los extraños se enterarán. Y al saber que mi nave está
desarmada, establecerán contacto. Averiguaré qué tienen que
decirme, que decirnos, y es posible que ese mensaje incluya una pista
acerca del emplazamiento de su planeta natal.
-Y
en ese caso el planeta duraría un máximo de veinticuatro horas
-dijo el almirante Sutherland-. ¿Pero qué me dice de lo contrario,
teniente? ¿No existe la posibilidad de que lo sigan a su regreso?
-Señor,
aquí es donde no tenemos nada que perder. Regresaré a la Tierra
solo si averiguo que ya conocen su emplazamiento. Creo que ya lo
conocen gracias a sus habilidades telepáticas… y que no nos han
atacado porque no son hostiles o porque son demasiado débiles. Pero
sea como fuere, si conocen el emplazamiento de la Tierra no lo
negarán al hablar conmigo. ¿Por qué habrían de hacerlo? Lo
considerarán un elemento favorable para ellos y creerán que estamos
pactando. Si afirman que lo conocen aunque no sea cierto… me negaré
a aceptar su palabra a menos que me den pruebas.
El
almirante Sutherland lo miraba atentamente. Dijo:
-Hijo,
usted tiene algo. Probablemente le costará la vida pero… si no es
así y regresa con la novedad sobre el lugar de donde proceden los
extraños, será el héroe de la raza. Probablemente acabará con mi
trabajo. A decir verdad, siento la tentación de robarle la idea y
hacer yo mismo el viaje.
-Señor,
usted es demasiado valioso. Yo soy sacrificable. Además, señor,
tengo que hacerlo. No son honores lo que deseo. Algo me pesa en la
conciencia y quisiera compensarlo. Debí tratar de evitar que el
capitán May desobedeciera órdenes. Yo no debería estar aquí
ahora, con vida. Debimos volar hacia el espacio, dado que no
estábamos seguros de haber destruido al extraño.
El
almirante carraspeó.
-Hijo,
usted no es responsable de ello. En un caso como este, solo el
capitán de la nave es responsable. Pero comprendo lo que quiere
decir. Siente que, en espíritu, desobedeció órdenes porque en su
momento coincidió con la decisión del capitán May. De acuerdo, eso
pasó y su sugerencia lo compensa, aunque usted mismo no tripulara la
nave de contacto.
-¿Pero
puedo hacerlo, señor?
-Puede,
teniente. Mejor dicho, puede hacerlo, capitán.
-Gracias,
señor.
-Tendrá
una nave preparada dentro de tres días. Podríamos tenerla antes,
pero necesitaremos esos días para que la flota conozca la noticia de
nuestras «negociaciones». Pero debe comprender que bajo ninguna
circunstancia se desviará, por iniciativa propia, de las
limitaciones que usted ha precisado.
-Sí,
señor. A menos que los extraños ya conozcan el emplazamiento de la
Tierra y lo demuestren fehacientemente, no regresaré. Volaré hacia
el espacio. Le doy mi palabra, señor.
-Muy
bien, capitán Ross.
*
La
nave monoplaza volaba cerca del centro del Sector 1534, más allá de
Sirio. Ninguna otra nave patrullaba ese sector.
El
capitán Don Ross estaba tranquilo y esperaba. Observaba la visiplaca
y esperaba a que una voz hablara en el interior de su mente.
Surgió
cuando llevaba menos de tres horas de espera.
-Hola,
Donross -dijo la voz, y simultáneamente aparecieron cinco minúsculas
naves espaciales en su visiplaca.
El
Monold le indicó que cada una de ellas pesaba menos de treinta
gramos. Preguntó:
-¿He
de hablar en voz alta o solamente debo pensar?
-No
tiene importancia. Puede hablar si desea concentrarse en un
pensamiento determinado, pero primero guarde silencio un momento.
Medio
minuto después, Ross creyó oír en su mente el eco de un suspiro y
luego:
-Lo
siento. Supongo que esta charla no servirá de nada para ninguno.
Verá, Donross, no conocemos el emplazamiento de su planeta natal.
Quizá podríamos haberlo averiguado pero no nos interesaba. No
éramos hostiles y, a partir de las mentes de los terráqueos,
sabíamos que no podíamos correr el riesgo de ser amistosos. Por lo
tanto, si usted obedece órdenes podrá regresar para informar.
Don
Ross cerró los ojos un instante. Entonces ese era el fin, no tenía
sentido seguir hablando. Había dado su palabra al almirante
Sutherland de que obedecería las órdenes al pie de la letra.
-Así
es -dijo la voz-. Ambos estamos condenados, Donross, y lo que le
digamos carece de importancia. No logramos atravesar el cordón de
sus naves y hemos perdido a la mitad de nuestra raza en el intento.
-¡La
mitad! ¿Quiere decir…?
-Sí,
Solo éramos mil. Construimos diez naves, cada una de las cuales
transportaba un centenar. Los terráqueos destruyeron cinco naves;
solo quedan cinco más, las que usted ve, toda nuestra raza. A pesar
de que va a morir, ¿le interesa saber algo sobre nosotros?
Don
Ross asintió, olvidando que no podían verle, pero debieron de leer
en su mente su afirmación.
-Somos
una raza antigua, mucho más antigua que la suya. Nuestro hogar es, o
era, un minúsculo planeta del compañero oscuro de Sirio; solo tiene
ciento sesenta kilómetros de diámetro. Sus naves aún no lo han
encontrado, pero solo es cuestión de tiempo. Hace muchos, muchísimos
milenios que somos inteligentes, pero jamás desarrollamos los viajes
espaciales. Ni era necesario ni deseábamos hacerlo. Hace veinte años
de los suyos, una nave terráquea pasó cerca de nuestro planeta y
captamos los pensamientos de los hombres que iban en ella. Entonces
supimos que nuestra única seguridad, nuestra única posibilidad de
supervivencia, consistía en un vuelo inmediato hasta los límites
más lejanos de la galaxia. Gracias a esos pensamientos supimos que
tarde o temprano nos encontrarían, aunque nos quedáramos en nuestro
propio planeta, y que seríamos implacablemente exterminados.
-¿No
pensaron en combatir?
-No.
No podríamos haberlo hecho aunque lo hubiésemos deseado… y no lo
deseamos. Para nosotros es imposible matar. Si la muerte de un solo
terráqueo e incluso de un ser inferior asegurara nuestra
supervivencia, no podríamos causarla. Usted no puede comprenderlo.
Un momento… creo que puede hacerlo. Donross, usted no es como los
demás terráqueos. Pero volvamos a nuestra historia. Extrajimos
detalles del viaje espacial de las mentes de los miembros de esa nave
y los adaptamos a la diminuta escala de las naves que construimos.
Hicimos diez, las suficientes para transportar a toda nuestra raza.
Pero descubrimos que no podemos atravesar sus patrullas. Cinco de
nuestras naves lo intentaron y todas han sido destruidas.
-Yo
hice una quinta parte: destruí una de sus naves -informó Don Ross
apesadumbrado.
-Se
limitó a cumplir órdenes. No se culpe a sí mismo. En ustedes la
obediencia está tan profundamente arraigada como en nosotros el odio
a matar. Aquel primer contacto con la nave en que usted viajaba fue
deliberado; teníamos que cercioramos de que nos destruirían al
vernos. Pero a partir de entonces, y de una en una, otras cuatro
naves nuestras han intentado pasar y todas han sido destruidas.
Reunimos todas las restantes aquí cuando supimos que usted
establecería contacto con nosotros desde una nave desarmada. Pero
aunque desobedeciera órdenes y regresara a la Tierra, esté donde
esté, para informar de lo que acabamos de decirle, no darían
órdenes de dejarnos pasar. Todavía hay muy pocos terráqueos como
usted. Es posible que en épocas futuras, cuando los terráqueos
lleguen al extremo más lejano de la galaxia, haya más seres como
usted. Pero ahora, las posibilidades de que logremos hacer pasar
siquiera una de nuestras naves son remotas. Adiós, Donross. ¿Qué
significa esa extraña convulsión de su mente y la contracción de
sus músculos? No lo comprendo. Espere… es el reconocimiento de que
usted percibe algo incoherente. Aunque el pensamiento es demasiado
complejo, demasiado confuso. ¿De qué se trata?
Finalmente
Don Ross logró dejar de reír.
-Escuche,
amigo alienígena que no puede matar -dijo Don-, los libraré de
esto. Me ocuparé de que atraviesen nuestro cordón hacia la
seguridad que desean. Pero lo divertido es el modo en que lo haré.
Será obedeciendo órdenes y yendo hacia mi propia muerte. Saldré al
espacio extraterrestre para morir allí. Usted, todos ustedes, pueden
acompañarme y vivir allí. Navestop. Sus minúsculas naves no
aparecerán en los detectores de la patrulla si tocan esta nave. Y
por si eso fuera poco, la fuerza de gravedad de esta nave los
empujará y no tendrán que utilizar combustible hasta que estén más
allá del cordón y fuera del alcance de sus detectores. Podré
recorrer, como mínimo, cien mil parsecs antes de que se agote el
combustible.
Hubo
una prolongada pausa hasta que la voz en la mente de Don Ross dijo,
débil y suavemente:
-Gracias.
Esperó
hasta que las cinco naves desaparecieron de su visiplaca y oyó cinco
ligeros sonidos cuando hicieron contacto con el casco de su propia
nave. Después volvió a reír. Y obedeció órdenes: voló hacia el
espacio y la muerte.
En
un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible
desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco
veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva
la estatua de un terráqueo. Es algo impresionante, de veinticinco
centímetros de altura y exquisita factura.
Los
bichos se deslizan sobre ella, pero tienen derecho a hacerlo; la
construyeron y la honran. La estatua es de un metal sumamente duro.
En un mundo sin atmósfera, durará eternamente… o hasta que los
terráqueos la encuentren y la destruyan. A menos que, desde luego,
para entonces los terráqueos hayan cambiado profundamente.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
domingo, 28 de junio de 2026
Obediencia. Fredric Brown.
domingo, 21 de junio de 2026
Cine de verano. Ana Grandal.
Nadie
sabe lo que pasó. Nadie vio nada, tan solo el cuerpecito del chico
desmadejado sobre el asfalto reblandecido por el inclemente calor.
Los sanitarios lo alzaron del suelo, y la toalla que llevaba anudada
al cuello quedó colgando como un guiñapo sanguinolento y triste.
Nadie
se acuerda tampoco de la película proyectada anoche sobre el inmenso
lienzo blanco instalado en la playa, protagonizada por un famoso
superhéroe volador, ni de la mirada callada de aquel chico a unas
manos que aplauden con la misma fuerza que estallan contra su rostro
infantil.
sábado, 20 de junio de 2026
Los ojos hacen algo más que ver. Isaac Asimov.
Después de cientos de miles de
millones de años, pensó de súbito en sí mismo como Ames. No la
combinación de longitudes de ondas que a través de todo el universo
era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido en sí. Una clara
memoria trajo las ondas sonoras que él no escuchó ni podía
escuchar.
Su
nuevo proyecto le aguzaba sus recuerdos más allá de lo usualmente
recordable. Registró el vórtice energético que constituía la suma
de su individualidad y las líneas de fuerza se extendieron más allá
de las estrellas.
La
señal de respuesta de Brock llegó.
Con
seguridad, pensó Ames, él podía decírselo a Brock. Sin duda,
podría hablar con cualquiera.
Los
modelos fluctuantes de energía enviados por Brock, comunicaron:
—¿Vienes,
Ames?
—Naturalmente.
—¿Tomarás
parte en el torneo?
—¡Sí!
—Las líneas de fuerza de Ames fluctuaron irregularmente—. Pensé
en una forma artística completamente nueva. Algo realmente insólito.
—¡Qué
despilfarro de esfuerzo! ¿Cómo puedes creer que una nueva variante
pueda ser concebida tras doscientos mil millones de años? Nada puede
haber que sea nuevo.
Por
un momento Brock quedó fuera de fase e interrumpió la comunicación,
y Ames se apresuró en ajustar sus líneas de fuerza. Captó el flujo
de los pensamientos de otros emanadores mientras lo hizo; captó la
poderosa visión de la extensa galaxia contra el terciopelo de la
nada, y las líneas de fuerza pulsada en forma incesante por una
multitudinaria vida energética, discurriendo entre las galaxias.
—Por
favor, Brock —suplicó Ames—, absorbe mis pensamientos. No los
evites. Estuve pensando en manipular la Materia. ¡Imagínate! Una
sinfonía de Materia. ¿Por qué molestarse con Energía? Es cierto
que nada hay de nuevo en la Energía. ¿Cómo podría ser de otra
forma? ¿No nos enseña esto que debemos experimentar con la Materia?
—¡Materia!
Ames
interpretó las vibraciones energéticas de Brock como un claro gesto
de disgusto.
—¿Por
qué no? —dijo—. Nosotros mismos fuimos Materia en otros tiempos…
¡Oh, quizás un trillón de años atrás! ¿Por qué no construir
objetos en un medio material? O con formas abstractas, o... escucha,
Brock... ¿Por qué no construir una imitación nuestra con Materia,
una Materia a nuestra imagen y semejanza, tal como fuimos alguna vez?
—No
recuerdo cómo fuimos —dijo Brock—. Nadie lo recuerda.
—Yo
lo recuerdo —dijo Ames con seguridad—. No he pensado sino en eso
y estoy comenzando a recordar. Brock, déjame que te lo muestre. Dime
si tengo razón. Dímelo.
—No.
Es ridículo. Es... repugnante.
—Déjame
intentarlo, Brock. Hemos sido amigos desde los inicios cuando
irradiamos juntos nuestra energía vital, desde el momento en que nos
convertimos en lo que ahora somos. ¡Por favor, Brock!
—De
acuerdo, pero hazlo rápido.
Ames
no sentía aquel temblor a lo largo de sus líneas de fuerza desde...
¿desde cuándo? Si lo intentaba ahora para Brock y funcionaba, se
atrevería a manipular la Materia ante la Asamblea de Seres
Energéticos que, durante tanto tiempo, esperaban algo novedoso.
La
Materia era muy escasa entre las galaxias, pero Ames la reunió, la
juntó en un radio de varios años-luz, escogiendo los átomos,
dotándola de consistencia arcillosa y conformándola en sentido
ovoide.
—¿No
lo recuerdas, Brock? —preguntó suavemente—. ¿No era algo
parecido?
El
vórtice de Brock tembló al entrar en fase.
—No
me obligues a recordar. No recuerdo nada.
—Existía
una cúspide y ellos la llamaban cabeza. Lo recuerdo tan claramente
como te lo digo ahora. —Efectuó una pausa y luego continuó—.
Mira, ¿recuerdas algo así?
Sobre
la parte superior del ovoide apareció la «cabeza».
—¿Qué
es eso? —preguntó Brock.
—Es
la palabra que designa la cabeza. Los símbolos que representan el
sonido de la palabra. Dime que lo recuerdas, Brock.
—Había
algo más —dijo Brock con dudas—. Había algo en medio.
Una
forma abultada surgió.
—¡Sí!
—exclamó Ames—. ¡Es la nariz! —Y la palabra «nariz»
apareció en su lugar—. Y también había ojos a cada lado: «Ojo
izquierdo..., Ojo derecho».
Ames
contempló lo que había conformado, sus líneas de fuerza palpitaban
lentamente. ¿Estaba seguro que era algo así?
—La
boca y la barbilla —dijo luego— y la nuez de Adán y las
clavículas. Recuerdo bien todas las palabras. —Y todas ellas
aparecieron escritas junto a la figura ovoide.
—No
pensaba en estas cosas desde hace cientos de millones de años —dijo
Brock—. ¿Por qué me haces recordarlas? ¿Por qué?
Ames
permaneció sumido en sus pensamientos.
—Algo
más. Órganos para oír. Algo para escuchar las ondas acústicas.
¡Oídos! ¿Dónde estaban? ¡No puedo recordar dónde estaban!
—¡Olvídalo!
—gritó Brock—. ¡Olvídate de los oídos y de todo lo demás!
¡No recuerdes!
—¿Qué
hay de malo en recordar? —replicó Ames, desconcertado.
—Porque
el exterior no era tan rugoso y frío como eso, sino cálido y suave.
Los ojos miraban con ternura y estaban vivos y los labios de la boca
temblaban y eran suaves sobre los míos.
Las
líneas de fuerza de Brock palpitaban y se agitaban, palpitaban y se
agitaban.
—¡Lo
lamento! —dijo Ames—. ¡Lo lamento!
—Me
has recordado que en otro tiempo fui mujer y supe amar, que esos ojos
hacían algo más que ver y que no había nadie que lo hiciera por
mí... y ahora no tengo ojos para hacerlo.
Con
violencia, ella añadió una porción de materia a la rugosa y áspera
cabeza y dijo:
—Ahora,
deja que ellos lo hagan —y desapareció.
Y
Ames vio y recordó que en otro tiempo él fue un hombre. La fuerza
de su vórtice partió la cabeza en dos y partió a través de las
galaxias siguiendo las huellas energéticas de Brock, de vuelta al
infinito destino de la vida.
Y
los ojos de la destrozada cabeza de Materia aún centelleaban con lo
que Brock colocó allí en representación de las lágrimas. La
cabeza de Materia hizo lo que los seres energéticos ya no podían
hacer y lloró por toda la humanidad y por la frágil belleza de los
cuerpos que abandonaron un billón de años atrás.
Anochecer y otros cuentos. 1969.
lunes, 15 de junio de 2026
La pesca milagrosa. Manuel Mejía Vallejo.
—¿Qué
vas a hacer? —preguntaron a Roberto en la plaza de Balandú, frío
y sol en su sueño.
—Voy
a pescar —respondió ajustando sus aparejos.
—¿Dónde?
—En
la fuente.
De
bronce la fuente caedora sobre el pequeño charco limpio, diez
centímetros de profundidad en piedra labrada, con lama de años
retenidos. —¿Pescar, allí?
Lo
querían, se burlaron, pero lo respetaban: Roberto inventaba la vida,
le sobaba sus mejores flancos.
—Aquí
—dijo, y tiró el anzuelo.
Se
reunieron muchos para seguirle la corriente, echando risas y bromas
al aire quieto. Pero Roberto no miró la extrañeza ni la burla del
pueblo, y arrojó el anzuelo en sereno desparpajo. Sonreían. Él
miraba el agua pequeña de la fuente.
—¡Una
trucha! —exclamaron muchas voces al tiempo, cuando vieron brincar
la trucha al extremo de la caña encordada. Roberto recuperó la
cuerda, despegó el pez cuidadosamente.
—Dos
libras y media, si acaso —dijo y lo devolvió con suavidad al agua.
El pez y él desaparecieron: uno por el agua sin profundidad, el otro
calle arriba, silencioso y lento.
domingo, 14 de junio de 2026
El alambre. Emilia Pardo Bazán.
Siempre que ocurría algo superior a
la comprensión de los vecinos de Paramelle,
preguntaban,
como a un oráculo, al tío Manuel el Viajante, hoy traficante en
ganado
vacuno.
¡Sabía tantas cosas! ¡Había corrido tantas tierras! Así, cuando
vieron al señorito
Roberto
Santomé en aquel condenado coche que sin caballos iba como alma que
el
diablo
lleva, acosaron al viejo en la feria de la Lameiroa. El único que no
preguntaba, y
hasta
ponía cara de fisga, era Jácome Fidalgo, alias Mansegura, cazador
furtivo injerto
en
contrabandista y sabe Dios si algo más: ¡buen punto! Acababa el tal
de mercar un
rollo
de alambre, para amañar sus jaulas de codorniz y perdiz, y con el
rollo en la
derecha,
su chiquillo agarrado a la izquierda, la vetusta carabina terciada al
hombro,
contraída
la cara en una mueca de escepticismo, aguardaba la sentencia relativa
a la
consabida
endrómena. El viejo Viajante, ahuecando la voz, tomó la palabra.
-Parecéis
parvosa. Os pasmáis de lo menos. ¡Como nunca somástedes el nariz
fuera de
este
rincón del mundo! ¡Si hubiésedes cruzado a la otra banda del mar,
allí sí que
encontraríades
invenciones! Para cada divina cosa, una mecánica diferente: ¡hasta
para
descalzar
las hay!
Con
estas noticias no se dio por enterado el grupo de preguntones. Quién
se rascaba la
oreja,
quién meneaba la cabeza, caviloso. Fidalgo tuvo la desvergüenza de
soltar una
risilla
insolente, que rasgó de oreja a oreja su boca de jimio. Con sorna,
guardándose el
alambre
en el bolsillo de la gabardina, murmuró:
-Máquinas
para se descalzar, ¿eh? ¿Y no las hay también para...?
Soltó
la indecencia gorda, provocando en el compadrío una explosión de
risotadas, y
chuscando
un ojo añadió socarronamente:
-¡A
largas tierras, largos engaños! Si el Viajante no cierta a poner
claro lo que es ese
coche
de Judas, vos lo aclararé yo, ¡careta!, vos lo aclararé yo.
¿Vístedes vos el camino
de
fierro?
-Yo,
no... yo, no...
-Yo,
sí, cuando me llamaron a declarar en Auriabella...
-Pues
igual viene a ser. En trueco de caballos lleva dentro un maquinismo,
a modo de
reló...
Y el maquinismo, ¡careta!, es lo que empuja.
A
su vez el Viajante, con desprecio:
-Pero
¿tú no sabes que el tren va por carriles, y esta endrómena por
todas las carreteras,
hom?
¿Qué tiene que ver lo negro con lo blanco?
-Pues
a ver entonces, ¡careta!, en qué consiste.
-En
eso.
-Y
eso..., ¿qué es?
-Que
va, ¿estamos?, por onde se le entoja -declaró enfáticamente el tío
Manuel, echando
a
andar en busca de su yegua.
No
quería el tratante esperar a que atardeciese, que es mal negocio
para quien lleva
dinero
en la faja; pero urgíale sobre todo evadirse de aquel interrogatorio
comprometedor
para su fama de sabiduría universal. Jácome, encogiéndose de
hombros,
mofándose,
tiró de su pequeñuelo, su Rosendo, Sendiño, y se dispuso a
emprender
también
la vuelta a la aldea. No tenía en el mundo más que aquella
criatura: su mujer,
hallándose
recién parida, había muerto a consecuencia del susto de ver entrar
a los
civiles,
que venían a prender al marido por sospechas de no sé qué alijo de
tabaco y sal.
Solo
en la tierra con el chiquillo, Jácome le crió sabe Dios cómo; y
ahora se le caía la
baba
viendo despuntar en Sendiño, a los seis años mal contados, otro
cazador, otro
merodeador,
sin afición alguna al trabajo lento y metódico del labriego, fértil
ya en
ardides
y tretas de salvaje para sorprender nidos y pajarillos nuevos, para
descubrir
dónde
ponen las gallinas del prójimo y aun para engolosinarlas echándoles
granos de
maíz,
hasta atraerlas a la boca del saco. El padre estaba embelesado con
tal retoño, y le
enseñaba
nuevas habilidades cada día. Era la criatura lo único que
despertaba en
Jácome,
bajo la dura coraza metálica que revestía su corazón,
palpitaciones de humana
ternura.
Apenas
echaron carretera arriba, en dirección a las alturas de Sandiás, el
chico,
traveseando,
corrió delante: saltaba sobre una pierna, haciéndose el cojo. El
padre, con
el
instinto siempre vigilante del cazador, escrutaba sin proponérselo
los espesos pinares,
las
madroñeras y los manchones de castaños, que revestían los escarpes
pedregosos de
la
montaña. «Si volase una perdiz, si cruzase una liebre...» Pensaba
en esta hipótesis,
cuando
un relámpago blanco y color canela lució entre un seto. Mansegura
se echó la
carabina
a la cara y disparó casi sin apuntar. Sendiño, loco de alegría,
brincó, tomó
vuelo,
se lanzó en dirección a la maleza. Era su encanto hacer de perro,
portando la
caza.
A los dos minutos salió del matorral el chico, balanceando, agarrada
de las patas
traseras,
una liebre poco menor que él. Padre e hijo se confundieron en un
grupo,
admirando
la hermosa pieza. Caliente estaba aún el cuerpo del animal; la
blanca y densa
piel
de su vientre relucía como seda manchada de sangre; sus enormes
orejas pendían;
sus
ojos se vidriaban.
-¡Careta,
lo que pesa! -balbució, gozoso, el cazador, sopesándola, babándose
de vanidad
paternal,
porque Sendiño reía fanfarronamente columpiando su carga.
Y
se entretuvieron así, padre e hijo, confundidos en la complacencia
de la destrucción y
la
victoria, palpando la presa, distraídos. Tan distraídos, que el
vigilante contrabandista,
habituado
al acecho, de sentidos despiertísimos, no oyó el ruido insólito,
semejante al
resuello
y jadeo trepidante de alimaña fabulosa y despertó al tener encima
ya al
monstruo,
¡taf, taf, taf!, al desgarrarle los oídos el rugido de metal de su
bocina. Jácome,
instintivamente,
saltó de costado, evitando la embestida furiosa; vio tendido a
Sendo; a
su
lado, en el polvo, el cuerpo de la liebre... y ya del «coche de
Judas» ni rastro, ni señal
en
el horizonte... Se arrojó fiero, loco, a recoger al niño, que yacía
de bruces, la cara
contra
la hierba de la cuneta; le llamó con nombres amantes, le acarició...
El niño le
blandeaba
en los brazos, inerte, tronchado, roto. Jácome conocía bien las
formas que
adopta
la muerte... Soltó el cadáver y alzó los ojos atónitos, sin
llanto, al cielo, que
consentía
aquella iniquidad... Después, sobre el padre que sufría se destacó
el hombre
de
lucha, pronto a la acometida y a la emboscada, vengativo y feroz.
Cerró los puños y
amenazó
en la dirección que llevaba el «coche de Judas». ¡No se reirá
don Roberto! ¡Se
lo
prometo yo!... Él va a Paramelle... Allí no duerme... ¡Volverá!
Alzó
otra vez a Sendiño, y con infinita delicadeza le transportó a lo
más oculto del
pinar,
depositándole sobre un lecho de ramalla seca. Cerca del muerto
colocó la
carabina,
y la liebre muerta, polvorienta, ¡vengada ella también! Volvió a
la carretera, y
recorrió
un largo trecho estudiando el sitio a propósito para su intento. Una
revuelta
violenta
se le ofreció. Ni de encargo. A derecha e izquierda, árboles añosos
avanzaban
sus
ramas sobre el camino, como brazos fuertes que se brindasen a
secundar a
Mansegura.
Él extrajo del bolsillo el rollo de alambre, desenrolló un trozo,
midió, cortó
con
su navaja, retorció uno de los extremos, calculó alturas, lo
afianzó a una rama
sólidamente,
ensayó la resistencia y, pasando al otro lado, probó si había rama
que
permitiese
tender el hilo metálico recto al través del camino. Mientras
practicaba estas
operaciones,
atendía, no fuera que pasase alguien y le viese. Nadie: la carretera
desierta;
por
allí solo se iba a Sandías y al pazo de don Roberto... Por
precaución, sin embargo,
Jácome
no sujetó el otro cabo del alambre. Tiempo tenía. Con él agarrado
se tumbó en
el
pequeño resalte de la cuneta, y pegó la oreja a la tierra lisa,
aguardando. Dos veces
saltó
y se ocultó en la maleza: eran transeúntes, «gente de a caballo»,
un cura, una
pareja
a estilo de Portugal, hombre y mujer sobre una misma yegua, apretados
y
contentos.
La tarde caía, el rocío enfriaba y escarchaba la hierba, enmudecían
los
pájaros
o piaban débilmente. Un sordo trueno, lejano, llenó con su mate
redoblar el oído
del
contrabandista. Ágil, con la precisión de movimientos del
impulsivo, se incorporó,
amarró
firme el otro cabo a la rama y se agachó entre el brabádigo espeso.
Si se
descuida,
¡careta! El trueno ya se venía encima, resollante y amenazador.
¡Taaf!
Mansegura
vio distintamente, un segundo, al señorito, su gorra blanca, su
rostro guapo,
desfigurado
por los anteojos negros... «¡Ahora!», pensó. El rostro guapo se
tambaleó
violentamente,
como cabeza de muñeco que se desencola; un alarido se ahogó en la
catarata
de sangre... Fue instantáneo; el automóvil, loco y sin dirección,
corrió a
despeñarse
por la pendiente, arrastrando a su dueño, a quien el alambre había
degollado,
con
la misma prontitud y limpieza que pudiera la mejor navaja de
barbería...
Y
Mansegura, después de cerciorarse de que el señorito quedaba bien
amañado, se entró
en
el pinar, recobró su escopeta, echó una mirada de dolor y de
triunfo a Sendiño, que
parecía
dormir, y dejando el camino real, se perdió en los montes, por
atajos de él
conocidos,
en dirección de la frontera portuguesa.
sábado, 13 de junio de 2026
Un grito en la noche. Ernesto Ortega Garrido.
El piso se alquilaba con fantasma. Lo decía el anuncio: Calefacción central y fantasma incluido. Por ese precio, en el centro, no íbamos a encontrar nada mejor, y para nosotros, sin hijos que pudieran asustarse, resultaba perfecto. Poco a poco, nos hemos acostumbrado a su presencia. Le gusta apagar y encender las luces y, si estamos viendo una película, cambia de canal. A veces, se enfada sin razón y, como un niño, nos arroja cosas, o se encierra en el dormitorio, dando un portazo. pero lo peor son las noches, cuando estamos en la cama, leyendo un libro o haciendo el amor, y lo oímos gritar, llamar a papá y a mamá entre sollozos. Ni mi marido ni yo nos atrevemos a levantarnos. escuchamos unos pasitos. Una corriente de aire recorre la habitación. Algo se desliza entre las sábanas y se acurruca a nuestro lado, mientras nos hacemos los dormidos.
domingo, 7 de junio de 2026
El ser bajo la luz de la luna. H. P. Lovecraft.
Morgan no es hombre de letras; de
hecho, su inglés carece del más mínimo grado de coherencia. Por
eso me tienen maravillado las palabras que escribió, aunque otros se
han reído.
Estaba
sólo la noche en que ocurrió. De repente lo acometieron unos deseos
incontenibles de escribir, y tomando la pluma redactó lo siguiente:
«Me
llamo Howard Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence,
Rhode Island. El 24 de noviembre de 1927 -no sé siquiera en qué año
estamos- me quedé dormido y tuve un sueño; y desde entonces me ha
sido imposible despertar.
»Mi
sueño empezó en un paraje húmedo, pantanoso y cubierto de cañas,
bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca
cubierta de líquenes, al norte. Impulsado por una vaga curiosidad,
subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, observando
entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras
bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades
de la meseta rocosa.
»En
varios lugares, el paso estaba techado por el estrechamiento de la
parte superior de la angosta fisura; en dichos lugares, la oscuridad
era extraordinaria, y no se distinguían las madrigueras que pudiese
haber allí. En uno de esos tramos oscuros me asaltó un miedo
tremendo, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos
tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa
para descubrir la fuente de mi alarma.
»Por
último, salí a una meseta cubierta de roca musgosa y escasa tierra,
iluminada por una débil luna que había reemplazado al agonizante
orbe del día. Miré a mi alrededor y no vi a ningún ser viviente;
sin embargo, percibí una agitación extraña muy por debajo de mí,
entre los juncos susurrantes de la ciénaga pestilente que hacía
poco había abandonado.
»Después
de caminar un trecho, me topé con unas vías herrumbrosas de
tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable
fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué en
seguida a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle
de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910.
Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el
trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en
cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré en vano a mi
alrededor tratando de descubrir un interruptor de la luz…, entonces
noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no
estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales.
A continuación oí crujir la yerba escasa por el lado de la
izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban
a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la
compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor.
Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y
levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro
patas dispuesto a correr hacia el coche.
»Me
levanté de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas
y leguas por la meseta, hasta que el cansancio me obligó a
detenerme… Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas,
sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se
estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.
………………………………………………..
»Me
di cuenta de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por
ello me resultó agradable.
»Desde
esa noche espantosa lo único que pido es despertar…, ¡pero aún
no ha podido ser!
»¡Al
contrario, he descubierto que soy un habitante de este terrible mundo
onírico! Aquella primera noche dejó paso al amanecer, y vagué sin
rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche
aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la
maleza y vi ante mí el viejo tranvía… ¡A su lado había un ser
de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la
luz de la luna!
»Todos
los días sucede lo mismo. La noche me coge como siempre en ese lugar
de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo
caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador
aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y
echo a correr desenfrenadamente.
»¡Dios
mío! ¿Cuándo despertaré?»
Eso
es lo que Morgan escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de
Providence; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí.






