domingo, 21 de junio de 2026

Cine de verano. Ana Grandal.

Nadie sabe lo que pasó. Nadie vio nada, tan solo el cuerpecito del chico desmadejado sobre el asfalto reblandecido por el inclemente calor. Los sanitarios lo alzaron del suelo, y la toalla que llevaba anudada al cuello quedó colgando como un guiñapo sanguinolento y triste.
Nadie se acuerda tampoco de la película proyectada anoche sobre el inmenso lienzo blanco instalado en la playa, protagonizada por un famoso superhéroe volador, ni de la mirada callada de aquel chico a unas manos que aplauden con la misma fuerza que estallan contra su rostro infantil.


sábado, 20 de junio de 2026

Los ojos hacen algo más que ver. Isaac Asimov.

Después de cientos de miles de millones de años, pensó de súbito en sí mismo como Ames. No la combinación de longitudes de ondas que a través de todo el universo era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido en sí. Una clara memoria trajo las ondas sonoras que él no escuchó ni podía escuchar.
Su nuevo proyecto le aguzaba sus recuerdos más allá de lo usualmente recordable. Registró el vórtice energético que constituía la suma de su individualidad y las líneas de fuerza se extendieron más allá de las estrellas.
La señal de respuesta de Brock llegó.
Con seguridad, pensó Ames, él podía decírselo a Brock. Sin duda, podría hablar con cualquiera.
Los modelos fluctuantes de energía enviados por Brock, comunicaron:
¿Vienes, Ames?
Naturalmente.
¿Tomarás parte en el torneo?
¡Sí! —Las líneas de fuerza de Ames fluctuaron irregularmente—. Pensé en una forma artística completamente nueva. Algo realmente insólito.
¡Qué despilfarro de esfuerzo! ¿Cómo puedes creer que una nueva variante pueda ser concebida tras doscientos mil millones de años? Nada puede haber que sea nuevo.
Por un momento Brock quedó fuera de fase e interrumpió la comunicación, y Ames se apresuró en ajustar sus líneas de fuerza. Captó el flujo de los pensamientos de otros emanadores mientras lo hizo; captó la poderosa visión de la extensa galaxia contra el terciopelo de la nada, y las líneas de fuerza pulsada en forma incesante por una multitudinaria vida energética, discurriendo entre las galaxias.
Por favor, Brock —suplicó Ames—, absorbe mis pensamientos. No los evites. Estuve pensando en manipular la Materia. ¡Imagínate! Una sinfonía de Materia. ¿Por qué molestarse con Energía? Es cierto que nada hay de nuevo en la Energía. ¿Cómo podría ser de otra forma? ¿No nos enseña esto que debemos experimentar con la Materia?
¡Materia!
Ames interpretó las vibraciones energéticas de Brock como un claro gesto de disgusto.
¿Por qué no? —dijo—. Nosotros mismos fuimos Materia en otros tiempos… ¡Oh, quizás un trillón de años atrás! ¿Por qué no construir objetos en un medio material? O con formas abstractas, o... escucha, Brock... ¿Por qué no construir una imitación nuestra con Materia, una Materia a nuestra imagen y semejanza, tal como fuimos alguna vez?
No recuerdo cómo fuimos —dijo Brock—. Nadie lo recuerda.
Yo lo recuerdo —dijo Ames con seguridad—. No he pensado sino en eso y estoy comenzando a recordar. Brock, déjame que te lo muestre. Dime si tengo razón. Dímelo.
No. Es ridículo. Es... repugnante.
Déjame intentarlo, Brock. Hemos sido amigos desde los inicios cuando irradiamos juntos nuestra energía vital, desde el momento en que nos convertimos en lo que ahora somos. ¡Por favor, Brock!
De acuerdo, pero hazlo rápido.
Ames no sentía aquel temblor a lo largo de sus líneas de fuerza desde... ¿desde cuándo? Si lo intentaba ahora para Brock y funcionaba, se atrevería a manipular la Materia ante la Asamblea de Seres Energéticos que, durante tanto tiempo, esperaban algo novedoso.
La Materia era muy escasa entre las galaxias, pero Ames la reunió, la juntó en un radio de varios años-luz, escogiendo los átomos, dotándola de consistencia arcillosa y conformándola en sentido ovoide.
¿No lo recuerdas, Brock? —preguntó suavemente—. ¿No era algo parecido?
El vórtice de Brock tembló al entrar en fase.
No me obligues a recordar. No recuerdo nada.
Existía una cúspide y ellos la llamaban cabeza. Lo recuerdo tan claramente como te lo digo ahora. —Efectuó una pausa y luego continuó—. Mira, ¿recuerdas algo así?
Sobre la parte superior del ovoide apareció la «cabeza».
¿Qué es eso? —preguntó Brock.
Es la palabra que designa la cabeza. Los símbolos que representan el sonido de la palabra. Dime que lo recuerdas, Brock.
Había algo más —dijo Brock con dudas—. Había algo en medio.
Una forma abultada surgió.
¡Sí! —exclamó Ames—. ¡Es la nariz! —Y la palabra «nariz» apareció en su lugar—. Y también había ojos a cada lado: «Ojo izquierdo..., Ojo derecho».
Ames contempló lo que había conformado, sus líneas de fuerza palpitaban lentamente. ¿Estaba seguro que era algo así?
La boca y la barbilla —dijo luego— y la nuez de Adán y las clavículas. Recuerdo bien todas las palabras. —Y todas ellas aparecieron escritas junto a la figura ovoide.
No pensaba en estas cosas desde hace cientos de millones de años —dijo Brock—. ¿Por qué me haces recordarlas? ¿Por qué?
Ames permaneció sumido en sus pensamientos.
Algo más. Órganos para oír. Algo para escuchar las ondas acústicas. ¡Oídos! ¿Dónde estaban? ¡No puedo recordar dónde estaban!
¡Olvídalo! —gritó Brock—. ¡Olvídate de los oídos y de todo lo demás! ¡No recuerdes!
¿Qué hay de malo en recordar? —replicó Ames, desconcertado.
Porque el exterior no era tan rugoso y frío como eso, sino cálido y suave. Los ojos miraban con ternura y estaban vivos y los labios de la boca temblaban y eran suaves sobre los míos.
Las líneas de fuerza de Brock palpitaban y se agitaban, palpitaban y se agitaban.
¡Lo lamento! —dijo Ames—. ¡Lo lamento!
Me has recordado que en otro tiempo fui mujer y supe amar, que esos ojos hacían algo más que ver y que no había nadie que lo hiciera por mí... y ahora no tengo ojos para hacerlo.
Con violencia, ella añadió una porción de materia a la rugosa y áspera cabeza y dijo:
Ahora, deja que ellos lo hagan —y desapareció.
Y Ames vio y recordó que en otro tiempo él fue un hombre. La fuerza de su vórtice partió la cabeza en dos y partió a través de las galaxias siguiendo las huellas energéticas de Brock, de vuelta al infinito destino de la vida.
Y los ojos de la destrozada cabeza de Materia aún centelleaban con lo que Brock colocó allí en representación de las lágrimas. La cabeza de Materia hizo lo que los seres energéticos ya no podían hacer y lloró por toda la humanidad y por la frágil belleza de los cuerpos que abandonaron un billón de años atrás.

Anochecer y otros cuentos. 1969.

lunes, 15 de junio de 2026

La pesca milagrosa. Manuel Mejía Vallejo.

¿Qué vas a hacer? —preguntaron a Roberto en la plaza de Balandú, frío y sol en su sueño.
Voy a pescar —respondió ajustando sus aparejos.
¿Dónde?
En la fuente.
De bronce la fuente caedora sobre el pequeño charco limpio, diez centímetros de profundidad en piedra labrada, con lama de años retenidos. —¿Pescar, allí?
Lo querían, se burlaron, pero lo respetaban: Roberto inventaba la vida, le sobaba sus mejores flancos.
Aquí —dijo, y tiró el anzuelo.
Se reunieron muchos para seguirle la corriente, echando risas y bromas al aire quieto. Pero Roberto no miró la extrañeza ni la burla del pueblo, y arrojó el anzuelo en sereno desparpajo. Sonreían. Él miraba el agua pequeña de la fuente.
¡Una trucha! —exclamaron muchas voces al tiempo, cuando vieron brincar la trucha al extremo de la caña encordada. Roberto recuperó la cuerda, despegó el pez cuidadosamente.
Dos libras y media, si acaso —dijo y lo devolvió con suavidad al agua. El pez y él desaparecieron: uno por el agua sin profundidad, el otro calle arriba, silencioso y lento.


domingo, 14 de junio de 2026

El alambre. Emilia Pardo Bazán.

Siempre que ocurría algo superior a la comprensión de los vecinos de Paramelle,
preguntaban, como a un oráculo, al tío Manuel el Viajante, hoy traficante en ganado
vacuno. ¡Sabía tantas cosas! ¡Había corrido tantas tierras! Así, cuando vieron al señorito
Roberto Santomé en aquel condenado coche que sin caballos iba como alma que el
diablo lleva, acosaron al viejo en la feria de la Lameiroa. El único que no preguntaba, y
hasta ponía cara de fisga, era Jácome Fidalgo, alias Mansegura, cazador furtivo injerto
en contrabandista y sabe Dios si algo más: ¡buen punto! Acababa el tal de mercar un
rollo de alambre, para amañar sus jaulas de codorniz y perdiz, y con el rollo en la
derecha, su chiquillo agarrado a la izquierda, la vetusta carabina terciada al hombro,
contraída la cara en una mueca de escepticismo, aguardaba la sentencia relativa a la
consabida endrómena. El viejo Viajante, ahuecando la voz, tomó la palabra.
-Parecéis parvosa. Os pasmáis de lo menos. ¡Como nunca somástedes el nariz fuera de
este rincón del mundo! ¡Si hubiésedes cruzado a la otra banda del mar, allí sí que
encontraríades invenciones! Para cada divina cosa, una mecánica diferente: ¡hasta para
descalzar las hay!
Con estas noticias no se dio por enterado el grupo de preguntones. Quién se rascaba la
oreja, quién meneaba la cabeza, caviloso. Fidalgo tuvo la desvergüenza de soltar una
risilla insolente, que rasgó de oreja a oreja su boca de jimio. Con sorna, guardándose el
alambre en el bolsillo de la gabardina, murmuró:
-Máquinas para se descalzar, ¿eh? ¿Y no las hay también para...?
Soltó la indecencia gorda, provocando en el compadrío una explosión de risotadas, y
chuscando un ojo añadió socarronamente:
-¡A largas tierras, largos engaños! Si el Viajante no cierta a poner claro lo que es ese
coche de Judas, vos lo aclararé yo, ¡careta!, vos lo aclararé yo. ¿Vístedes vos el camino
de fierro?
-Yo, no... yo, no...
-Yo, sí, cuando me llamaron a declarar en Auriabella...
-Pues igual viene a ser. En trueco de caballos lleva dentro un maquinismo, a modo de
reló... Y el maquinismo, ¡careta!, es lo que empuja.
A su vez el Viajante, con desprecio:
-Pero ¿tú no sabes que el tren va por carriles, y esta endrómena por todas las carreteras,
hom? ¿Qué tiene que ver lo negro con lo blanco?
-Pues a ver entonces, ¡careta!, en qué consiste.
-En eso.
-Y eso..., ¿qué es?
-Que va, ¿estamos?, por onde se le entoja -declaró enfáticamente el tío Manuel, echando
a andar en busca de su yegua.
No quería el tratante esperar a que atardeciese, que es mal negocio para quien lleva
dinero en la faja; pero urgíale sobre todo evadirse de aquel interrogatorio
comprometedor para su fama de sabiduría universal. Jácome, encogiéndose de hombros,
mofándose, tiró de su pequeñuelo, su Rosendo, Sendiño, y se dispuso a emprender
también la vuelta a la aldea. No tenía en el mundo más que aquella criatura: su mujer,
hallándose recién parida, había muerto a consecuencia del susto de ver entrar a los
civiles, que venían a prender al marido por sospechas de no sé qué alijo de tabaco y sal.
Solo en la tierra con el chiquillo, Jácome le crió sabe Dios cómo; y ahora se le caía la
baba viendo despuntar en Sendiño, a los seis años mal contados, otro cazador, otro
merodeador, sin afición alguna al trabajo lento y metódico del labriego, fértil ya en
ardides y tretas de salvaje para sorprender nidos y pajarillos nuevos, para descubrir
dónde ponen las gallinas del prójimo y aun para engolosinarlas echándoles granos de
maíz, hasta atraerlas a la boca del saco. El padre estaba embelesado con tal retoño, y le
enseñaba nuevas habilidades cada día. Era la criatura lo único que despertaba en
Jácome, bajo la dura coraza metálica que revestía su corazón, palpitaciones de humana
ternura.
Apenas echaron carretera arriba, en dirección a las alturas de Sandiás, el chico,
traveseando, corrió delante: saltaba sobre una pierna, haciéndose el cojo. El padre, con
el instinto siempre vigilante del cazador, escrutaba sin proponérselo los espesos pinares,
las madroñeras y los manchones de castaños, que revestían los escarpes pedregosos de
la montaña. «Si volase una perdiz, si cruzase una liebre...» Pensaba en esta hipótesis,
cuando un relámpago blanco y color canela lució entre un seto. Mansegura se echó la
carabina a la cara y disparó casi sin apuntar. Sendiño, loco de alegría, brincó, tomó
vuelo, se lanzó en dirección a la maleza. Era su encanto hacer de perro, portando la
caza. A los dos minutos salió del matorral el chico, balanceando, agarrada de las patas
traseras, una liebre poco menor que él. Padre e hijo se confundieron en un grupo,
admirando la hermosa pieza. Caliente estaba aún el cuerpo del animal; la blanca y densa
piel de su vientre relucía como seda manchada de sangre; sus enormes orejas pendían;
sus ojos se vidriaban.
-¡Careta, lo que pesa! -balbució, gozoso, el cazador, sopesándola, babándose de vanidad
paternal, porque Sendiño reía fanfarronamente columpiando su carga.
Y se entretuvieron así, padre e hijo, confundidos en la complacencia de la destrucción y
la victoria, palpando la presa, distraídos. Tan distraídos, que el vigilante contrabandista,
habituado al acecho, de sentidos despiertísimos, no oyó el ruido insólito, semejante al
resuello y jadeo trepidante de alimaña fabulosa y despertó al tener encima ya al
monstruo, ¡taf, taf, taf!, al desgarrarle los oídos el rugido de metal de su bocina. Jácome,
instintivamente, saltó de costado, evitando la embestida furiosa; vio tendido a Sendo; a
su lado, en el polvo, el cuerpo de la liebre... y ya del «coche de Judas» ni rastro, ni señal
en el horizonte... Se arrojó fiero, loco, a recoger al niño, que yacía de bruces, la cara
contra la hierba de la cuneta; le llamó con nombres amantes, le acarició... El niño le
blandeaba en los brazos, inerte, tronchado, roto. Jácome conocía bien las formas que
adopta la muerte... Soltó el cadáver y alzó los ojos atónitos, sin llanto, al cielo, que
consentía aquella iniquidad... Después, sobre el padre que sufría se destacó el hombre
de lucha, pronto a la acometida y a la emboscada, vengativo y feroz. Cerró los puños y
amenazó en la dirección que llevaba el «coche de Judas». ¡No se reirá don Roberto! ¡Se
lo prometo yo!... Él va a Paramelle... Allí no duerme... ¡Volverá!
Alzó otra vez a Sendiño, y con infinita delicadeza le transportó a lo más oculto del
pinar, depositándole sobre un lecho de ramalla seca. Cerca del muerto colocó la
carabina, y la liebre muerta, polvorienta, ¡vengada ella también! Volvió a la carretera, y
recorrió un largo trecho estudiando el sitio a propósito para su intento. Una revuelta
violenta se le ofreció. Ni de encargo. A derecha e izquierda, árboles añosos avanzaban
sus ramas sobre el camino, como brazos fuertes que se brindasen a secundar a
Mansegura. Él extrajo del bolsillo el rollo de alambre, desenrolló un trozo, midió, cortó
con su navaja, retorció uno de los extremos, calculó alturas, lo afianzó a una rama
sólidamente, ensayó la resistencia y, pasando al otro lado, probó si había rama que
permitiese tender el hilo metálico recto al través del camino. Mientras practicaba estas
operaciones, atendía, no fuera que pasase alguien y le viese. Nadie: la carretera desierta;
por allí solo se iba a Sandías y al pazo de don Roberto... Por precaución, sin embargo,
Jácome no sujetó el otro cabo del alambre. Tiempo tenía. Con él agarrado se tumbó en
el pequeño resalte de la cuneta, y pegó la oreja a la tierra lisa, aguardando. Dos veces
saltó y se ocultó en la maleza: eran transeúntes, «gente de a caballo», un cura, una
pareja a estilo de Portugal, hombre y mujer sobre una misma yegua, apretados y
contentos. La tarde caía, el rocío enfriaba y escarchaba la hierba, enmudecían los
pájaros o piaban débilmente. Un sordo trueno, lejano, llenó con su mate redoblar el oído
del contrabandista. Ágil, con la precisión de movimientos del impulsivo, se incorporó,
amarró firme el otro cabo a la rama y se agachó entre el brabádigo espeso. Si se
descuida, ¡careta! El trueno ya se venía encima, resollante y amenazador. ¡Taaf!
Mansegura vio distintamente, un segundo, al señorito, su gorra blanca, su rostro guapo,
desfigurado por los anteojos negros... «¡Ahora!», pensó. El rostro guapo se tambaleó
violentamente, como cabeza de muñeco que se desencola; un alarido se ahogó en la
catarata de sangre... Fue instantáneo; el automóvil, loco y sin dirección, corrió a
despeñarse por la pendiente, arrastrando a su dueño, a quien el alambre había degollado,
con la misma prontitud y limpieza que pudiera la mejor navaja de barbería...
Y Mansegura, después de cerciorarse de que el señorito quedaba bien amañado, se entró
en el pinar, recobró su escopeta, echó una mirada de dolor y de triunfo a Sendiño, que
parecía dormir, y dejando el camino real, se perdió en los montes, por atajos de él
conocidos, en dirección de la frontera portuguesa.

 

sábado, 13 de junio de 2026

Un grito en la noche. Ernesto Ortega Garrido.

El piso se alquilaba con fantasma. Lo decía el anuncio: Calefacción central y fantasma incluido. Por ese precio, en el centro, no íbamos a encontrar nada mejor, y para nosotros, sin hijos que pudieran asustarse, resultaba perfecto. Poco a poco, nos hemos acostumbrado a su presencia. Le gusta apagar y encender las luces y, si estamos viendo una película, cambia de canal. A veces, se enfada sin razón y, como un niño, nos arroja cosas, o se encierra en el dormitorio, dando un portazo. pero lo peor son las noches, cuando estamos en la cama, leyendo un libro o haciendo el amor, y lo oímos gritar, llamar a papá y a mamá entre sollozos. Ni mi marido ni yo nos atrevemos a levantarnos. escuchamos unos pasitos. Una corriente de aire recorre la habitación. Algo se desliza entre las sábanas y se acurruca a nuestro lado, mientras nos hacemos los dormidos.

domingo, 7 de junio de 2026

El ser bajo la luz de la luna. H. P. Lovecraft.

Morgan no es hombre de letras; de hecho, su inglés carece del más mínimo grado de coherencia. Por eso me tienen maravillado las palabras que escribió, aunque otros se han reído.
Estaba sólo la noche en que ocurrió. De repente lo acometieron unos deseos incontenibles de escribir, y tomando la pluma redactó lo siguiente:
«Me llamo Howard Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence, Rhode Island. El 24 de noviembre de 1927 -no sé siquiera en qué año estamos- me quedé dormido y tuve un sueño; y desde entonces me ha sido imposible despertar.
»Mi sueño empezó en un paraje húmedo, pantanoso y cubierto de cañas, bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca cubierta de líquenes, al norte. Impulsado por una vaga curiosidad, subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, observando entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades de la meseta rocosa.
»En varios lugares, el paso estaba techado por el estrechamiento de la parte superior de la angosta fisura; en dichos lugares, la oscuridad era extraordinaria, y no se distinguían las madrigueras que pudiese haber allí. En uno de esos tramos oscuros me asaltó un miedo tremendo, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa para descubrir la fuente de mi alarma.
»Por último, salí a una meseta cubierta de roca musgosa y escasa tierra, iluminada por una débil luna que había reemplazado al agonizante orbe del día. Miré a mi alrededor y no vi a ningún ser viviente; sin embargo, percibí una agitación extraña muy por debajo de mí, entre los juncos susurrantes de la ciénaga pestilente que hacía poco había abandonado.
»Después de caminar un trecho, me topé con unas vías herrumbrosas de tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué en seguida a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910. Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré en vano a mi alrededor tratando de descubrir un interruptor de la luz…, entonces noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales. A continuación oí crujir la yerba escasa por el lado de la izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor. Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro patas dispuesto a correr hacia el coche.
»Me levanté de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas y leguas por la meseta, hasta que el cansancio me obligó a detenerme… Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas, sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.


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»Me di cuenta de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por ello me resultó agradable.
»Desde esa noche espantosa lo único que pido es despertar…, ¡pero aún no ha podido ser!
»¡Al contrario, he descubierto que soy un habitante de este terrible mundo onírico! Aquella primera noche dejó paso al amanecer, y vagué sin rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la maleza y vi ante mí el viejo tranvía… ¡A su lado había un ser de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la luz de la luna!
»Todos los días sucede lo mismo. La noche me coge como siempre en ese lugar de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y echo a correr desenfrenadamente.
»¡Dios mío! ¿Cuándo despertaré?»
Eso es lo que Morgan escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de Providence; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí.


sábado, 6 de junio de 2026

Los que no están. Alejandro Bentivoglio.

Algunas noches nos despertamos preguntándonos quién está bailando en el piso de arriba. Pero nadie sube a ver, porque está vacío hace años y ¿cómo saber qué se encontrará? No tememos a los fantasmas o a invasores. Sin embargo, es mejor no ir.
Por otro lado, los del piso de abajo, ellos sí que no tienen de qué preocuparse. De nuestro piso vacío hace años que no sale ruido molesto alguno.

Música para naufragios y otros eventos sociales, 2015.