Y
sé muy bien que no estarás.
No
estarás en la calle
en
el murmullo que brota de la noche
de
los postes de alumbrado,
ni
en el gesto de elegir el menú,
ni
en la sonrisa que alivia los completos en los subtes
ni
en los libros prestados,
ni
en el hasta mañana.
No
estarás en mis sueños,
en
el destino original de mis palabras,
ni
en una cifra telefónica estarás,
o
en el color de un par de guantes
o
una blusa.
Me
enojaré
amor
mío
sin
que sea por ti,
y
compraré bombones
pero
no para ti,
me
pararé en la esquina
a
la que no vendrás
y
diré las cosas que sé decir
y
comeré las cosas que sé comer
y
soñaré los sueños que se sueñan.
Y
se muy bien que no estarás
ni
aquí dentro de la cárcel donde te retengo,
ni
allí afuera
en
ese río de calles y de puentes.
No
estarás para nada,
no
serás mi recuerdo
y
cuando piense en ti
pensaré
un pensamiento
que
oscuramente trata de acordarse de ti.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
lunes, 4 de mayo de 2026
El futuro. Julio Cortázar.
domingo, 3 de mayo de 2026
El gemelo. Emilia Pardo Bazán.
La condesa de Noroña, al recibir y
leer la apremiante esquela de invitación, hizo un movimiento de
contrariedad. ¡Tanto tiempo que no asistía a las fiestas! Desde la
muerte de su esposo: dos años y medio, entre luto y alivio. Parte
por tristeza verdadera, parte por comodidad, se había habituado a no
salir de noche, a recogerse temprano, a no vestirse y a prescindir
del mundo y sus pompas, concentrándose en el amor maternal, en
Diego, su adorado hijo único. Sin embargo, no hay regla sin
excepción: se trataba de la boda de Carlota, la sobrina predilecta,
la ahijada… No cabía negarse.
«Y
lo peor es que han adelantado el día -pensó-. Se casan el
dieciséis… Estamos a diez… Veremos si mañana Pastiche me saca
de este apuro. En una semana bien puede armar sobre raso gris o
violeta mis encajes. Yo no exijo muchos perifollos. Con los encajes y
mis joyas…»
Tocó
un golpe en el timbre y, pasados algunos minutos, acudió la
doncella.
-¿Qué
estabas haciendo? -preguntó la condesa, impaciente.
-Ayudaba
a Gregorio a buscar una cosa que se le ha perdido al señorito.
-Y
¿qué cosa es esa?
-Un
gemelo de los puños. Uno de los de granate que la señora condesa le
regaló hace un mes.
-¡Válgame
Dios! ¡Qué chicos! ¡Perder ya ese gemelo, tan precioso y tan
original como era! No los hay así en Madrid. ¡Bueno! Ya seguiréis
buscando; ahora tráete del armario mayor mis Chantillíes, los
volantes y la berta. No sé en qué estante los habré colocado.
Registra.
La
sirvienta obedeció, no sin hacer a su vez ese involuntario mohín de
sorpresa que producen en los criados ya antiguos en las casas las
órdenes inesperadas que indican variación en el género de vida. Al
retirarse la doncella la dama pasó al amplio dormitorio y tomó de
su secrétaire un llavero, de llaves menudas; se dirigió a otro
mueble, un escritorio-cómoda Imperio, de esos que al bajar la tapa
forman mesa y tienen dentro sólida cajonería, y lo abrió, diciendo
entre sí:
«Suerte
que las he retirado del Banco este invierno… Ya me temía que
saltase algún compromiso.»
Al
introducir la llavecita en uno de los cajones, notó con extrañeza
que estaba abierto.
-¿Es
posible que yo lo dejase así? -murmuró, casi en voz alta.
Era
el primer cajón de la izquierda. La condesa creía haber colocado en
él su gran rama de eglantinas de diamantes. Solo encerraba
chucherías sin valor, un par de relojes de esmalte, papeles de seda
arrugados. La señora, desazonada, turbada, pasó a reconocer los
restantes cajones. Abiertos estaban todos; dos de ellos astillados y
destrozada la cerradura. Las manos de la dama temblaban; frío sudor
humedecía sus sienes. Ya no cabía duda; faltaban de allí todas las
joyas, las hereditarias y las nupciales. Rama de diamantes, sartas de
perlas, collar de chatones, broche de rubíes y diamantes… ¡Robada!
¡Robada!
Una
impresión extraña, conocida de cuantos se han visto en caso
análogo, dominó a la condesa. Por un instante dudó de su memoria,
dudó de la existencia real de los objetos que no veía.
Inmediatamente se le impuso el recuerdo preciso, categórico. ¡Si
hasta tenía presente que al envolver en papeles de seda y algodones
en rama el broche de rubíes, había advertido que parecía sucio, y
que era necesario llevarlo al joyero a que lo limpiase! «Pues el
mueble estaba bien cerrado por fuera -calculó la señora, en cuyo
espíritu se iniciaba ese trabajo de indagatoria que hasta sin querer
verificamos ante un delito-. Ladrón de casa. Alguien que entra aquí
con libertad a cualquier hora; que aprovecha un descuido mío para
apoderarse de mis llaves; que puede pasarse aquí un rato
probándolas… Alguien que sabe como yo misma el sitio en que guardo
mis joyas, su valor, mi costumbre de no usarlas en estos últimos
años.»
Como
rayos de luz dispersos que se reúnen y forman intenso foco, estas
observaciones confluyeron en un nombre:
-¡Lucía!
¡Era
ella! No podía ser nadie más. Las sugestiones de la duda y del bien
pensar no contrarrestaban la abrumadora evidencia. Cierto que Lucía
llevaba en la casa ocho años de excelente servicio. Hija de honrados
arrendadores de la condesa; criada a la sombra de la familia de
Noroña, probada estaba su lealtad por asistencia en enfermedades
graves de los amos, en que había pasado semanas enteras sin
acostarse, velando, entregando su juventud y su salud con la
generosidad fácil de la gente humilde. «Pero -discurría la
condesa- cabe ser muy leal, muy dócil, hasta desinteresado…, y
ceder un día a la tentación de la codicia, dominadora de los demás
instintos. Por algo hay en el mundo llaves, cerrojos, cofres recios;
por algo se vigila siempre al pobre cuando la casualidad o las
circunstancias le ponen en contacto con los tesoros del rico…» En
el cerebro de la condesa, bajo la fuerte impresión del
descubrimiento, la imagen de Lucía se transformaba -fenómeno
psíquico de los más curiosos-. Borrábanse los rasgos de la
criatura buena, sencilla, llena de abnegación, y aparecía una mujer
artera, astuta, codiciosa, que aguardaba, acorazada de hipocresía,
el momento de extender sus largas uñas y arramblar con cuanto
existía en el guardajoyas de su ama…
«Por
eso se sobresaltó la bribona cuando le mandé traer los encajes
-pensó la señora, obedeciendo al instinto humano de explicar en el
sentido de la preocupación dominante cualquier hecho-. Temió que al
necesitar los encajes necesitase las joyas también. ¡Ya, ya!
Espera, que tendrás tu merecido. No quiero ponerme con ella en dimes
y diretes: si la veo llorar, es fácil que me entre lástima, y si le
doy tiempo a pedirme perdón, puedo cometer la tontería de
otorgárselo. Antes que se me pase la indignación, el parte.»
La
dama, trémula, furiosa, sobre la misma tabla de la cómoda-escritorio
trazó con lápiz algunas palabras en una tarjeta, le puso sobre y
dirección, hirió el timbre dos veces, y cuando Gregorio, el ayuda
de cámara, apareció en la puerta, se la entregó.
-Esto,
a la Delegación, ahora mismo.
Sola
otra vez, la condesa volvió a fijarse en los cajones.
«Tiene
fuerza la ladrona -pensó, al ver los dos que habían sido abiertos
violentamente-. Sin duda, en la prisa, no acertó con la llavecita
propia de cada uno, y los forzó. Como yo salgo tan poco de casa y me
paso la vida en ese gabinete…»
Al
sentir los pasos de Lucía que se acercaba, la indignación de la
condesa precipitó el curso de su sangre, que dio, como suele
decirse, un vuelco. Entró la muchacha trayendo una caja chata de
cartón.
-Trabajo
me ha costado hallarlos, señora. Estaban en lo más alto, entre las
colchas de raso y las mantillas.
La
señora no respondió al pronto. Respiraba para que su voz no saliese
de la garganta demasiado alterada y ronca. En la boca revolvía
hieles; en la lengua le hormigueaban insultos. Tenía impulsos de
coger por un brazo a la sirvienta y arrojarla contra la pared. Si le
hubiesen quitado el dinero que las joyas valían, no sentiría tanta
cólera; pero es que eran joyas de familia, el esplendor y el decoro
de la estirpe…, y el tocarlas, un atentado, un ultraje…
Se
domina la voz, se sujeta la lengua, se inmovilizan las manos…; los
ojos, no. La mirada de la condesa buscó, terrible y acusadora, la de
Lucía, y la encontró fija, como hipnotizada, en el
mueble-escritorio, abierto aún, con los cajones fuera. En tono de
asombro, de asombro alegre, impremeditado, la doncella exclamó,
acercándose:
-¡Señora!
¡Señora! Ahí…, en ese cajoncito del escritorio… ¡El gemelo
que faltaba! ¡El gemelo del señorito Diego!
La
condesa abrió la boca, extendió los brazos, comprendió… sin
comprender. Y, rígida, de golpe, cayó hacia atrás, perdido el
conocimiento, casi roto el corazón.
sábado, 2 de mayo de 2026
La invitación. Jürg Schubiger.
Verano
en el jardín. bajo el peral, chispeantes insectos. Ellos zumbaban;
yo canturreaba con ellos. Estaba sujetando una malva a un bastón,
quitando malas hierbas, haciendo esto y lo otro, y entre una cosa y
otra, nada.
Entonces
me habló una abeja:
-Hoy
se casa nuestra reina -dijo-. Mi pueblo y yo necesitamos un padrino.
Te hemos elegido a ti.
Me
quité la tierra seca de los dedos.
-Gracias
-dije-. ¿Qué debo ponerme?
-Alas
-dijo la abeja.
viernes, 1 de mayo de 2026
La vida instrucciones de uso. (Historia de Helene Brodin). Georges Perec, 1978.
Hélène
Brodin murió en este cuarto, en mil novecientos cuarenta y siete.
Había vivido en él, amedrentada y discreta, cerca de doce años.
Tras su muerte, su sobrino François Gratiolet encontró una carta
suya en la que contaba cómo había concluido su estancia en América.
En
la tarde del once de septiembre de 1935, la fue a buscar la policía
y la condujo a Jemima Creek para identificar el cadáver de su
marido. Antoine Brodin, con el cráneo machacado, estaba tendido boca
arriba, abierto de brazos, al fondo de una cantera cenagosa del suelo
totalmente enlodado. Los policías le habían puesto un pañuelo
verde en la cabeza. Le habían robado el pantalón y las botas, pero
todavía llevaba la camisa de finas rayas grises que le había
comprado Hélène pocos días antes en St. Petersburg.
Hélène
no había visto nunca a los asesinos de Antoine; sólo había oído
sus voces cuando, dos días antes, declararon tranquilamente a su
marido que iban a volver para cargárselo. Pero no le costó nada
identificarlos: eran los dos hermanos Ashby, Jeremiah y Ruben,
acompañados como de costumbre por Nick Pertusano, un enano vicioso y
cruel, que tenía la frente adornada con una mancha indeleble en
forma de cruz color ceniza y era su alma pecadora y su víctima. Los
Ashby, pese a sus dulces nombres bíblicos, eran unos golfos temidos
en toda la región, que asaltaban los saloons y los diner’s,
aquellos vagones acondicionados como restaurantes donde se podía
comer por unos céntimos, y, desgraciadamente para Hélène, eran los
sobrinos del sherif del condado. Aquel sherif no sólo no detuvo a
los asesinos, sino que encargó a dos de sus ayudantes que escoltaran
a Hélène hasta Mobile, tras desaconsejarle que volviera a poner los
pies en la región. Hélène logró escabullirse de sus guardianes,
fue hasta Tallahassee, la capital del Estado, y presentó una
denuncia al gobernador. Aquella misma noche una piedra hizo añicos
uno de los cristales de su cuarto de hotel. Llevaba atado un mensaje
que encerraba amenazas de muerte.
Por
orden del gobernador, el sherif tuvo que iniciar un simulacro de
investigación; por prudencia recomendó a sus sobrinos que se
alejasen algún tiempo. Los dos golfos y el enano se separaron. Lo
supo Hélène y comprendió que aquélla era su única posibilidad de
vengarse: tenía que actuar con rapidez y matarlos uno por uno sin
que llegaran ni a darse cuenta de lo que sucedía.
El
primero a quien mató fue el enano. Fue el más fácil. Supo que se
había colocado de pinche en un vapor de aspas que remontaba el
Mississippi y en el que todo el año actuaban varios jugadores
profesionales. Uno de ellos aceptó ayudar a Hélène: ésta se
disfrazó de muchacho, y él la hizo subir a bordo haciéndola pasar
por su boy.
Durante
la noche, cuando todos los que no dormían estaban enfrascados en
interminables partidas de craps o de faraón, Hélène encontró sin
dificultad el camino de las cocinas; el enano, medio borracho,
dormitaba en una hamaca al lado de un fogón en el que se estaba
cociendo un enorme guiso de cordero. Se acercó a él y, sin darle
tiempo a reaccionar, lo agarró del cuello y de los tirantes y lo
arrojó al perol gigante.
Abandonó
el barco a la mañana siguiente, en Bâton Rouge, cuando aún no se
había descubierto el crimen. Con el mismo disfraz de chico, siguió
río abajo, esta vez en una armadía, verdadera ciudad flotante en la
que vivían desahogadamente varias docenas de hombres. A uno de
ellos, un titiritero de origen francés que se llamaba Paul Marchal,
le contó su historia y él le ofreció su ayuda. En Nueva Orleans
alquilaron un camión y empezaron a recorrer Luisiana y Florida. Se
paraban en las gasolineras, las estaciones pequeñas, los bares de
las carreteras. Él iba cargado con una especie de equipo de hombre
orquesta con bombo, bandoneón, armónica, triángulo, platillos y
cascabeles; ella, oriental de cara velada, esbozaba una danza del
vientre, antes de ofrecer a los espectadores sus dotes de echadora de
cartas: extendía ante ellos tres hileras de tres naipes, cubría dos
que juntos sumaban once puntos, así como las tres figuras: era un
solitario que había aprendido de muy niña, el único que conocía y
lo usaba para predecir las cosas más inverosímiles en una
inextricable mezcla de idiomas.
Sólo
tardaron diez días en hallar una pista. Una familia semínola que
vivía a bordo de una balsa anclada en la orilla del lago Apopka les
habló de un hombre que, desde hacía unos días, se albergaba en un
gigantesco pozo abandonado, cerca de un lugar llamado Stone’s Hill,
a unos treinta kilómetros de Tampa.
Era
Ruben. Lo descubrieron cuando, sentado en una caja, intentaba abrir
con los dientes una lata de conservas. Estaba tan obsesionado por el
hambre que no los oyó llegar. Antes de matarlo de una bala en la
nuca, Hélène lo obligó a revelar el escondite de Jeremiah. Ruben
sólo sabía que, al ir a separarse, los tres habían discutido
vagamente a qué sitio irían: el enano había dicho que le apetecía
viajar. Ruben quería un sitio tranquilo; y Jeremiah había afirmado
que lo mejor para emboscarse eran las poblaciones grandes.
Nick
era un enano y Ruben un retrasado, pero Jeremiah le daba miedo a
Hélène. Lo encontró casi fácilmente el tercer día, de pie ante
el mostrador de un cafetucho cerca de Hialeah, el hipódromo de
Miami; estaba hojeando un periódico hípico mientras masticaba
mecánicamente una porción de breaded veal chops de quince centavos.
Lo
estuvo siguiendo tres días. Vivía de expedientes miserables,
vaciaba los bolsillos de los turistas y hacía de gancho para un
local de juego mugriento, bautizado orgullosamente The
Oriental Saloon and Gambling House,
a ejemplo del famoso tugurio que Wyatt Earp y Doc Halliday habían
regentado antaño en Tomnbstone, Arizona. Era un pajar cuyas paredes
de tablas estaban literalmente forradas de arriba abajo con placas
comerciales de metal esmaltado, publicitarias o electorales: QUALITY
ECONOMY AMOCO MOTOR OIL, GROVE’S BROMOQUININE STOPS COLD, ZENO
CHEWING-GUM, ARMOUR’S COVERBLOOM BUTTER, RINSO SOAKS CLOTHES
WHITER, THALCO PINE DEODORANT, CLABBERGIRL BAKING POWDER, TOWER’S
FISH BRAND, ARCADIA, GOODYEAR TIRES, QUAKER STATE, PENNZOIL SAFE
LUBRICATION, 100% PURE PENNSYLVANIA, BASE-BALL TOURNAMENT, SELMA
AMERICAN LEGION JRS VS. MOBILE, PETER’S SHOE’S, CHEW MAIL POUCH
TOBACCO, BROTHER-IN-LAW BARBER SHOP, HAIRCUT 25 ¢, SILAS GREEN SHOW
FROM NEW ORLEANS, DRINK COCA COLA DELICIOUS REFRESHING, POSTAL
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FOR CONGRESS, CAPUDINE LIQUID AND TABLETS, AMERICAN ETHYL GASOLINE,
GRANGER ROUGH CUT MADE FOR PIPES, JOHN DEERE FARM IMPLEMENTS,
FINDLAY’S, ETC.
El
cuarto día, por la mañana, Hélène mandó llevar un sobre a
Jeremiah. Contenía una fotografía de los dos hermanos —encontrada
en la cartera de Ruben— y una notita en la que la mujer le
informaba de lo que les había hecho al Enano y a Ruben y del destino
que aguardaba a aquel hijo de puta si tenía cojones para ir a
encontrarse con ella en el bungalow n.º 31 del Burbanks Motel.
Hélène
estuvo esperando todo el día escondida en la ducha de un bungalow
vecino. Sabía que Jeremiah había recibido su carta y que no
soportaría la idea de que lo desafiara una mujer. Pero no bastaría
esto para obligarle a responder a la provocación; haría falta
además que estuviera seguro de ser más fuerte que ella.
Sobre
las siete de la tarde supo que su instinto no la había engañado:
Jeremiah, acompañado de cuatro malhechores armados, llegó a bordo
de un bucketseat modelo T abollado y humeante. Con todas las
precauciones usuales inspeccionaron los alrededores y cercaron el
bungalow n.º 31.
La
habitación no estaba muy iluminada, sólo lo justo para que, por
entre los visillos de ganchillo, Jeremiah viera distintamente a su
hermano Ruben, echado pacíficamente en una de las camas gemelas,
cruzado de brazos y con los ojos muy abiertos. Jeremiah Ashby,
lanzando un rugido feroz, se precipitó en el cuarto provocando la
explosión de la bomba que Hélène había colocado en él.
Aquella
misma noche subió la joven a bordo de una goleta que iba a Cuba,
desde donde la trasladó a Francia un buque de línea regular. Hasta
su muerte, estuvo aguardando el día en que iría a detenerla la
policía, pero la Justicia americana no se atrevió nunca a imaginar
que aquella mujercita frágil hubiera podido matar a sangre fría a
tres bandidos para los que no tuvo dificultad en hallar asesinos
mucho más plausibles.
La vida instrucciones de uso, 1978.
domingo, 19 de abril de 2026
Testigo de cargo. Manuel Mejía Vallejo.
Es cierto, la bala entró debajo de la clavícula izquierda y no quiso buscar salida al otro lado: allí se quedó para atestiguar y vigilar su muerte.
Las noches de la vigilia, 1975.
sábado, 18 de abril de 2026
Querida Conchi. Lucia Berlin.
Querida
Conchi:
La
Universidad de Nuevo México no es para nada como la imaginábamos.
La escuela secundaria en Chile era más difícil que la facultad
aquí. Vivo en una residencia, cientos de chicas, todas extrovertidas
y desenvueltas. Aún me siento rara, incómoda.
Me
encanta el lugar en sí. El campus tiene muchos edificios antiguos de
adobe. El desierto es precioso, y aquí hay montañas. No como los
Andes, por supuesto, pero grandes a otra escala. Escarpadas y
rocosas. Qué tonta... así es como se llaman, las Montañas Rocosas.
Aire claro y limpio, frío de noche con millones de estrellas.
Mi
ropa desentona completamente. Una chica incluso me dijo que aquí
nadie «se arregla» tanto. Supongo que habré de comprarme
calcetines blancos y faldas enormes de vuelo, vaqueros azules. En
serio, aquí las mujeres visten fatal. A los hombres, en cambio, les
sienta bien llevar ropa informal y botas.
Nunca
me acostumbraré a la comida. Cereales de desayuno, y un café tan
aguachento que parece té. Y cuando me apetece tomar el té por la
tarde aquí es la hora de la cena. Cuando estoy lista para cenar se
apagan las luces de la residencia.
No
conseguí plaza en las clases de Ramón J. Sender hasta el próximo
semestre, ¡pero lo vi en el vestíbulo! Le dije que Crónica
del alba
era mi libro favorito. «Ya, pero claro, eres muy joven», me dijo.
Es tal como me lo imaginaba, solo que viejo de verdad. Muy español y
arrogante, todo un señor...
Querida
Conchi:
Tengo
trabajo, ¿te imaginas? De media jornada, pero aun así. Hago de
correctora del periódico universitario, The
Lobo,
que sale una vez por semana. Trabajo tres noches en la facultad de
Periodismo, justo al lado de la residencia. Incluso me han dado una
llave, porque la residencia cierra a las diez y yo trabajo hasta las
once. El impresor es un viejo texano llamado Jonesy, que trabaja con
una linotipia. Una máquina maravillosa con cerca de mil piezas y
engranajes. Las letras se hacen con plomo fundido. Compone las
palabras en moldes que chocan y cantan y tintinean, y luego salen en
líneas de plomo caliente. Eso hace que cada línea parezca
importante.
Aprendo
mucho de Jonesy, me enseña a escribir titulares, a distinguir qué
artículos son buenos, y por qué. Me toma el pelo, me tiende trampas
para que no baje la guardia. En mitad de una crónica sobre un
partido de baloncesto cuela algo como «Bajando por el río Swanee».
A
veces viene un hombre que se llama Joe Sánchez a traer artículos y
una cerveza para Jonesy. Es cronista deportivo y columnista. Estudia,
pero es mucho mayor que los chicos de mis clases, porque es veterano
de guerra, está aquí con el programa de ayudas a los
excombatientes. Nos habla de Japón, donde sirvió como médico.
Parece un indio, con su pelo negro y lustroso, largo, peinado en un
tupé de cola de pato.
Perdona,
ya estoy usando expresiones que nunca has oído. La mayoría de los
chicos aquí llevan el pelo cortado al rape, que es casi como decir
que se afeitan la cabeza. Algunos se lo dejan más largo y se peinan
los lados hacia la nuca, de manera que visto desde atrás parece una
cola de pato.
Os
echo mucho de menos a ti y a Quena. Todavía no tengo ninguna amiga
aquí. Soy diferente, al venir de Chile. Como soy reservada, creo que
me toman por engreída. Todavía no capto el humor, me da vergüenza
porque aquí hacen muchas bromas e insinuaciones sobre el sexo.
Cualquier desconocido te cuenta su vida, pero no son emotivos o
afectuosos como los chilenos, así que aún no acabo de entender a la
gente.
En
todos esos años que viví en Sudamérica quería volver a mi país,
a Estados Unidos, porque era una democracia, no solo había dos
clases sociales como en Chile. Desde luego aquí también hay clases.
Chicas que al principio fueron simpáticas conmigo ahora me miran con
desdén porque no quise entrar en ninguna hermandad, porque prefiero
vivir en una residencia. Y además hay hermandades «mejores» que
otras. Más ricas.
Le
comenté a mi compañera de habitación, Ella, que Joe, el reportero,
era divertido y agradable, y me dijo: «Sí, pero es mexicano». En
realidad no es de México, pero aquí llaman así a cualquiera que
descienda de españoles.
No
hay muchos mexicanos en la universidad, en proporción a la población
local, y los negros se pueden contar con los dedos de la mano.
Mis
clases de periodismo van bien, profesores estupendos, incluso se
parecen a los reporteros de las películas antiguas. Empiezo a tener
una sensación extraña, sin embargo. Me matriculé en Periodismo
porque quería ser escritora, pero el periodismo consiste
precisamente en cortar cuando se pone interesante...
Querida
Conchi:
...
he salido varias veces con Joe Sánchez. Le dan entradas y luego
escribe sobre los eventos. Joe me gusta porque nunca dice las cosas
solo por quedar bien. Es muy moderno decir que te gusta Dave Brubeck,
un músico de jazz, pero en su reseña Joe dijo que era un
pusilánime. La gente se enfadó muchísimo. Y Billy Graham. Es
difícil explicarle a una católica como tú lo que es un
evangelista. Ese hombre se desgañita hablando de Dios y el pecado,
intenta que la gente se entregue en cuerpo y alma a Jesucristo. Todo
el mundo que conozco cree que está chiflado, que es un sacacuartos y
rancio a más no poder. Joe en su columna habló de la habilidad y el
poder que tiene ese hombre. Acabó siendo una reflexión sobre la fe.
Luego
no vamos a los locales de moda entre los estudiantes, sino a pequeños
restaurantes en el valle del sur o a las tabernas mexicanas o de
vaqueros. Es como estar en otro país. Nos perdemos con el coche por
las montañas o en el desierto, caminamos o escalamos durante horas.
No intenta «atracar» como hacen aquí todos los chicos, sin tregua.
Cuando se despide solo me acaricia la mejilla. Una vez me besó el
pelo.
No
comenta las cosas, ni los espectáculos, ni los libros. Me recuerda a
mi tío John. Cuenta historias, sobre sus hermanos, o sobre su
abuelo, o sobre las geishas de Japón.
Me
gusta porque habla con todo el mundo. De verdad quiere saber cómo le
va a la gente.
Querida
Conchi:
He
conocido a un hombre de lo más sofisticado, Bob Dash. Fuimos a ver
una obra, Esperando
a Godot,
y una película italiana, no recuerdo el título. Bob parece un autor
apuesto en la solapa de un libro. Fuma en pipa, lleva parches en los
codos. Vive en una casa de adobe llena de vasijas indias, alfombras y
arte moderno. Tomamos gin-tonics con rodajas de lima, escuchamos
música del estilo «Sonata para dos pianos y percusión», de
Bartók. Habla mucho de libros que nunca he oído nombrar, y me ha
prestado una docena... Sartre, Keerkegard (¿se escribe así?),
Beckett y T. S. Eliot, muchos más. Me gusta un poema titulado «Los
hombres huecos».
Joe
me dijo que el que estaba hueco era Dash. No sé por qué le ha
molestado tanto que salga con Bob, o incluso que me tome un café con
él. Dice que no está celoso, pero que no soporta la idea de que me
convierta en una intelectual. Dice que tengo que escuchar a Patsy
Cline y a Charlie Parker como antídoto. Leer a Walt Whitman y El
ángel que nos mira
de Thomas Wolfe.
En
realidad a mí me gustó más El
extranjero
de Camus que El
ángel que nos mira.
Pero me gusta Joe porque a él le gusta ese libro. No le importa
parecer sentimental. Ama Estados Unidos, y Nuevo México, el barrio
donde vive, el desierto. Hacemos largas excursiones por la montaña.
Una vez se levantó una gran tormenta de arena. Los rastrojos
azotaban entre la ventisca de polvo amarillento. Joe se puso a bailar
en círculos en medio del remolino. Apenas pude oírle cuando gritó
lo maravilloso que era el desierto. Vimos un coyote, oímos sus
aullidos.
También
es sentimental conmigo. Rescata recuerdos, y me escucha mientras
hablo sin parar. Una vez me eché a llorar sin motivo, solo porque os
añoraba a ti y a Quena y echaba de menos aquello. No intentó
animarme, solo me abrazó y me dejó estar triste. Hablamos en
español para decir cosas bonitas, o cuando nos besamos. Nos hemos
besado mucho últimamente.
Querida
Conchi:
Escribí
un cuento, «Manzanas». Va sobre un viejo que recoge manzanas caídas
con un rastrillo. Bob Dash me tachó en rojo una docena de adjetivos
y dijo que era «un boceto pasable». Joe dijo que era precioso y
falso. Que debía escribir solo sobre lo que siento, no inventar
cosas sobre un viejo al que no conozco. No me importa lo que me
digan. No me canso de leerlo.
Claro
que me importa.
Mi
compañera de habitación, Ella, me dijo que prefería no leerlo.
Ojalá nos lleváramos mejor. Su madre le manda compresas por correo
desde Oklahoma todos los meses. Estudia arte dramático. Por favor,
¿cómo va a interpretar a Lady Macbeth si hace aspavientos por un
poco de sangre?
Me
veo más a menudo con Bob Dash. Es como asistir a un seminario
personalizado. Hoy hemos ido a tomar café y hemos hablado de La
náusea.
Aun así pienso más en Joe. Nos encontramos entre clase y clase, y
en el trabajo. Jonesy y él se ríen mucho, comen pizza y beben
cerveza. Joe tiene un cuartito que es como su despacho, ahí es donde
nos besamos. No pienso en él exactamente, sino en besarlo. Estaba
pensando en eso en la clase de Corrección de Pruebas I, e incluso
gemí o se me escapó algo en voz alta, y el profesor me miró y
dijo: «¿Sí, señorita Gray?».
Querida
Conchi:
...
estoy leyendo a Jane Austen. Su prosa parece música de cámara, pero
es auténtica y divertida al mismo tiempo. Hay mil libros que quiero
leer, no sé por dónde empezar. Voy a pasarme a Filología el
próximo semestre...
Querida
Conchi:
Hay
una pareja mayor, los dos trabajan de conserjes en la facultad de
Periodismo. Una noche nos llevaron a la azotea a tomar una cerveza
después del trabajo. Las copas de los álamos son más altas que el
tejado, así que te sientas bajo los árboles a mirar las estrellas.
Si quieres, puedes asomarte y ver los coches que pasan por la ruta
66, o desde el otro lado, las ventanas de mi residencia. Nos dieron
una llave del cuartito de las escobas, donde está la escalera que
sube a la azotea. Nadie más conoce este sitio. Subimos entre clase y
clase, y después de trabajar. Joe compró una parrilla, un colchón
y velas. Es como nuestra propia isla, o una cabaña en los árboles...
Querida
Conchi:
Soy
feliz. Cuando me despierto por la mañana me duele la cara de tanto
sonreír.
Creo
que de pequeña a veces encontraba paz, en el bosque o en un prado, y
en Chile siempre me divertía mucho. Esquiar siempre ha sido un
placer para mí. Sin embargo, nunca había sentido la felicidad como
ahora con Joe. Nunca me había sentido tan a gusto conmigo misma, y
amada por eso.
Firmo
el permiso los fines de semana para ir a su casa, bajo la
responsabilidad de su padre. Joe vive con su padre, que es muy viejo,
un maestro retirado. Le encanta cocinar, hace unas comidas horrorosas
y grasientas. Se pasa el día bebiendo cerveza. A primera vista solo
le da por cantar baladas románticas, como «Minnie the Mermaid» y
«Rain on the Roof», las repite una y otra vez mientras cocina.
También cuenta historias, sobre la gente de Armijo, el barrio. La
mayoría fueron alumnos suyos en la escuela.
Querida
Conchi:
Los
fines de semana solemos ir a la sierra de Jémez y pasamos el día
escalando, y por la noche acampamos al raso. Hay varias fuentes
termales allí arriba. Hasta ahora nunca nos hemos encontrado a nadie
cuando hemos ido. Ciervos y búhos, carneros de grandes cuernos,
arrendajos azules. Nos tumbamos en el agua, hablamos o leemos en voz
alta. A Joe le encanta leer a Keats.
Mis
clases y mi trabajo van bien, pero siempre estoy deseando acabar para
poder estar con Joe. Él también es cronista deportivo para el
Tribune, así que cuesta encontrar tiempo. Vamos a las carreras de
atletismo y a los partidos de baloncesto de la liga juvenil, a las
carreras de coches de serie. A mí no me gusta el fútbol americano,
echo de menos los partidos de fútbol y rugby.
Querida
Conchi:
Todo
el mundo está haciendo un drama porque Joe y yo salgamos juntos. La
supervisora de la residencia me dio una charla. Bob Dash cayó muy
bajo, se pasó una hora sermoneándome hasta que me levanté y me
fui. Dijo que Joe era vulgar y mediocre, un hedonista sin valores y
sin amplitud intelectual. Entre otras cosas. La gente se preocupa
porque soy muy joven. Piensan que echaré por la borda mis estudios o
mi carrera. O eso es lo que dicen. Creo que les da envidia vernos tan
enamorados. Y sean cuales sean sus argumentos, desde que arruinaré
mi reputación a que mi futuro está en peligro, siempre mencionan el
hecho de que Joe es mexicano. A nadie se le ocurre que viniendo de
Chile lógicamente me atraería alguien latino, alguien que sienta
las cosas. No encajo aquí para nada. Ojalá Joe y yo pudiéramos
volver a casa, a Santiago...
Querida
Conchi:
...
resulta que alguien ha escrito a mis padres, les ha dicho que estoy
teniendo una aventura con un hombre demasiado mayor para mí.
Me
llamaron, histéricos, y van a venir desde Chile. Llegarán el día
de Fin de Año. Por lo visto mi madre ha vuelto a beber. Mi padre
dice que todo es culpa mía.
Cuando
estoy con Joe nada de eso importa. Creo que es reportero porque le
gusta hablar con la gente. Vayamos donde vayamos, acabamos hablando
con desconocidos. Y todos nos caen bien.
Creo
que el mundo no me gustaba de verdad hasta que conocí a Joe. A mis
padres no les gusta el mundo, ni les gusto yo, o de lo contrario
confiarían en mí.
Querida
Conchi:
Llegaron
la víspera de Año Nuevo, pero estaban agotados del viaje así que
apenas hablamos. No oyeron que mis notas son sobresalientes, que me
encanta mi trabajo, que aquella noche me habían elegido reina del
Baile de la Prensa. Me he convertido en una cualquiera, una furcia,
etcétera. «Con un grasiento», dijo mi madre.
El
baile fue maravilloso. Antes cenamos con amigos de la redacción, nos
reímos mucho. Hubo una ceremonia en la que me obsequiaron con una
corona de papel de periódico y una orquídea. Por alguna razón
antes nunca había bailado con Joe. Fue maravilloso. Bailar con él.
Habíamos
quedado con mis padres al día siguiente, en el motel donde se
alojaban. Mi padre dijo que Joe y él podían ver el partido del Rose
Bowl, que así romperían el hielo.
Qué
estúpida soy. Vi que ya habían tomado unos martinis y pensé que
estarían más relajados. Joe estuvo fantástico. Desenvuelto,
cálido, abierto. Ellos parecían de piedra.
Papá
se calmó un poco cuando empezó el partido, él y Joe lo
disfrutaron. Mamá y yo nos quedamos ahí sentadas en silencio. Joe
solo bebe cerveza, así que realmente se soltó con los martinis de
mi padre. Cada vez que había un gol de campo, aullaba «¡Puta
madre!» o «¡A la verga!». En varias ocasiones le dio un puñetazo
amistoso en el hombro a mi padre. Mamá ponía cara de circunstancias
y bebía sin decir una palabra.
Después
del partido Joe invitó a mis padres a cenar fuera, pero mi padre
dijo que mejor que Joe y él fueran a buscar comida china.
Mientras
tanto mamá me habló de cuánto los había avergonzado con mi
inmoralidad, de lo disgustada que estaba.
Conchi,
sé que prometimos que hablaríamos de sexo, que nos contaríamos
cuando hiciéramos el amor la primera vez. Por escrito resulta
difícil. A mí me parece bonito porque es entre dos personas, lo más
desnudo y cerca que se puede estar. Y siempre es distinto y
sorprendente. A veces no paramos de reírnos. A veces te hace llorar.
El
sexo es lo más importante que me ha pasado en la vida. No podía
entender lo que mi madre decía, que me llamara indecente.
A
saber de qué hablaron Joe y papá. Los dos estaban pálidos cuando
volvieron. Por lo visto mi padre dijo cosas como «violación de una
menor», y Joe dijo que se casaría conmigo al día siguiente; fue lo
peor, para mis padres, que podría haber dicho.
Después
de comer, Joe dijo:
—Bueno,
estamos todos cansados. Será mejor que me vaya. ¿Vienes, Lu?
—No,
ella se queda aquí —dijo mi padre.
Me
dejó helada.
—Me
voy con Joe —dije—. Os veré por la mañana.
Te
escribo desde la residencia. Reina un silencio inquietante. La
mayoría de las chicas se han ido a casa por Navidad.
Aparte
de contarme brevemente lo que había dicho mi padre, Joe no habló en
el trayecto de vuelta. Yo tampoco pude. Cuando nos despedimos con un
beso creí que se me partía el corazón.
Querida
Conchi:
Mis
padres me sacan de la universidad al final del semestre. Me esperarán
en Nueva York. Me reuniré allí con ellos y luego iremos a Europa
hasta el otoño.
Fui
en taxi a casa de Joe. Íbamos a Pico Sandía para hablar, nos
montamos en el coche. No sé qué pensaba que me diría, ni siquiera
lo que yo misma quería.
Deseaba
que dijera que me esperaría, que seguiría aquí a mi regreso. Pero
dijo que si lo amaba de verdad, me casaría con él ahora mismo.
Protesté. Él debe terminar sus estudios; solo trabaja media
jornada. Preferí no seguir diciendo la verdad, que es que no quiero
dejar la universidad. Quiero estudiar a Shakespeare, a los poetas
románticos. Joe dijo que podíamos vivir con su padre hasta que
tuviéramos suficiente dinero. Estábamos cruzando el puente sobre el
río Grande cuando le dije que aún no quería casarme
—Tardarás
mucho en saber lo que estás dejando pasar.
Sabía
lo que había entre nosotros, dije, y seguiría estando ahí cuando
yo volviera.
—Eso
seguirá estando, pero tú no. No, tú seguirás adelante, tendrás
«relaciones», te casarás con algún imbécil.
Abrió
la puerta del coche, me empujó y me dejó tirada en el puente del
río Grande, sin parar siquiera. Y se marchó. Crucé a pie toda la
ciudad de vuelta a la residencia. Seguí pensando que aparecería en
cualquier momento a recogerme, pero no lo hizo.
Manual para mujeres de la limpieza, 2015.
jueves, 16 de abril de 2026
Hambre. Sara Nieto.
España
1942.
Jugaban
a estar muertos. Juan solía hacerlo de forma dramática hincando las
rodillas en el suelo y dejándose caer hacia delante. Aseguraba que
había visto morir así a un fusilado detrás del cementerio. El
Pelao prefería caerse hacia atrás torpemente. Pero el que mejor lo
hacía era Angelillo, el hijo de la viuda. Se agarraba el estómago
con manos crispadas y se desplomaba poniendo un gesto de agonía tan
real que daba escalofríos. A todos les sorprendía su manera de
meterse en el papel porque, cuando volvían a su casa, por el camino
seguía agarrándose la barriga y poniendo gesto de dolor.






