sábado, 18 de abril de 2026

Querida Conchi. Lucia Berlin.

Querida Conchi:
La Universidad de Nuevo México no es para nada como la imaginábamos. La escuela secundaria en Chile era más difícil que la facultad aquí. Vivo en una residencia, cientos de chicas, todas extrovertidas y desenvueltas. Aún me siento rara, incómoda.
Me encanta el lugar en sí. El campus tiene muchos edificios antiguos de adobe. El desierto es precioso, y aquí hay montañas. No como los Andes, por supuesto, pero grandes a otra escala. Escarpadas y rocosas. Qué tonta... así es como se llaman, las Montañas Rocosas. Aire claro y limpio, frío de noche con millones de estrellas.
Mi ropa desentona completamente. Una chica incluso me dijo que aquí nadie «se arregla» tanto. Supongo que habré de comprarme calcetines blancos y faldas enormes de vuelo, vaqueros azules. En serio, aquí las mujeres visten fatal. A los hombres, en cambio, les sienta bien llevar ropa informal y botas.
Nunca me acostumbraré a la comida. Cereales de desayuno, y un café tan aguachento que parece té. Y cuando me apetece tomar el té por la tarde aquí es la hora de la cena. Cuando estoy lista para cenar se apagan las luces de la residencia.
No conseguí plaza en las clases de Ramón J. Sender hasta el próximo semestre, ¡pero lo vi en el vestíbulo! Le dije que Crónica del alba era mi libro favorito. «Ya, pero claro, eres muy joven», me dijo. Es tal como me lo imaginaba, solo que viejo de verdad. Muy español y arrogante, todo un señor...


Querida Conchi:
Tengo trabajo, ¿te imaginas? De media jornada, pero aun así. Hago de correctora del periódico universitario, The Lobo, que sale una vez por semana. Trabajo tres noches en la facultad de Periodismo, justo al lado de la residencia. Incluso me han dado una llave, porque la residencia cierra a las diez y yo trabajo hasta las once. El impresor es un viejo texano llamado Jonesy, que trabaja con una linotipia. Una máquina maravillosa con cerca de mil piezas y engranajes. Las letras se hacen con plomo fundido. Compone las palabras en moldes que chocan y cantan y tintinean, y luego salen en líneas de plomo caliente. Eso hace que cada línea parezca importante.
Aprendo mucho de Jonesy, me enseña a escribir titulares, a distinguir qué artículos son buenos, y por qué. Me toma el pelo, me tiende trampas para que no baje la guardia. En mitad de una crónica sobre un partido de baloncesto cuela algo como «Bajando por el río Swanee».
A veces viene un hombre que se llama Joe Sánchez a traer artículos y una cerveza para Jonesy. Es cronista deportivo y columnista. Estudia, pero es mucho mayor que los chicos de mis clases, porque es veterano de guerra, está aquí con el programa de ayudas a los excombatientes. Nos habla de Japón, donde sirvió como médico. Parece un indio, con su pelo negro y lustroso, largo, peinado en un tupé de cola de pato.
Perdona, ya estoy usando expresiones que nunca has oído. La mayoría de los chicos aquí llevan el pelo cortado al rape, que es casi como decir que se afeitan la cabeza. Algunos se lo dejan más largo y se peinan los lados hacia la nuca, de manera que visto desde atrás parece una cola de pato.
Os echo mucho de menos a ti y a Quena. Todavía no tengo ninguna amiga aquí. Soy diferente, al venir de Chile. Como soy reservada, creo que me toman por engreída. Todavía no capto el humor, me da vergüenza porque aquí hacen muchas bromas e insinuaciones sobre el sexo. Cualquier desconocido te cuenta su vida, pero no son emotivos o afectuosos como los chilenos, así que aún no acabo de entender a la gente.
En todos esos años que viví en Sudamérica quería volver a mi país, a Estados Unidos, porque era una democracia, no solo había dos clases sociales como en Chile. Desde luego aquí también hay clases. Chicas que al principio fueron simpáticas conmigo ahora me miran con desdén porque no quise entrar en ninguna hermandad, porque prefiero vivir en una residencia. Y además hay hermandades «mejores» que otras. Más ricas.
Le comenté a mi compañera de habitación, Ella, que Joe, el reportero, era divertido y agradable, y me dijo: «Sí, pero es mexicano». En realidad no es de México, pero aquí llaman así a cualquiera que descienda de españoles.
No hay muchos mexicanos en la universidad, en proporción a la población local, y los negros se pueden contar con los dedos de la mano.
Mis clases de periodismo van bien, profesores estupendos, incluso se parecen a los reporteros de las películas antiguas. Empiezo a tener una sensación extraña, sin embargo. Me matriculé en Periodismo porque quería ser escritora, pero el periodismo consiste precisamente en cortar cuando se pone interesante...


Querida Conchi:
... he salido varias veces con Joe Sánchez. Le dan entradas y luego escribe sobre los eventos. Joe me gusta porque nunca dice las cosas solo por quedar bien. Es muy moderno decir que te gusta Dave Brubeck, un músico de jazz, pero en su reseña Joe dijo que era un pusilánime. La gente se enfadó muchísimo. Y Billy Graham. Es difícil explicarle a una católica como tú lo que es un evangelista. Ese hombre se desgañita hablando de Dios y el pecado, intenta que la gente se entregue en cuerpo y alma a Jesucristo. Todo el mundo que conozco cree que está chiflado, que es un sacacuartos y rancio a más no poder. Joe en su columna habló de la habilidad y el poder que tiene ese hombre. Acabó siendo una reflexión sobre la fe.
Luego no vamos a los locales de moda entre los estudiantes, sino a pequeños restaurantes en el valle del sur o a las tabernas mexicanas o de vaqueros. Es como estar en otro país. Nos perdemos con el coche por las montañas o en el desierto, caminamos o escalamos durante horas. No intenta «atracar» como hacen aquí todos los chicos, sin tregua. Cuando se despide solo me acaricia la mejilla. Una vez me besó el pelo.
No comenta las cosas, ni los espectáculos, ni los libros. Me recuerda a mi tío John. Cuenta historias, sobre sus hermanos, o sobre su abuelo, o sobre las geishas de Japón.
Me gusta porque habla con todo el mundo. De verdad quiere saber cómo le va a la gente.


Querida Conchi:
He conocido a un hombre de lo más sofisticado, Bob Dash. Fuimos a ver una obra, Esperando a Godot, y una película italiana, no recuerdo el título. Bob parece un autor apuesto en la solapa de un libro. Fuma en pipa, lleva parches en los codos. Vive en una casa de adobe llena de vasijas indias, alfombras y arte moderno. Tomamos gin-tonics con rodajas de lima, escuchamos música del estilo «Sonata para dos pianos y percusión», de Bartók. Habla mucho de libros que nunca he oído nombrar, y me ha prestado una docena... Sartre, Keerkegard (¿se escribe así?), Beckett y T. S. Eliot, muchos más. Me gusta un poema titulado «Los hombres huecos».
Joe me dijo que el que estaba hueco era Dash. No sé por qué le ha molestado tanto que salga con Bob, o incluso que me tome un café con él. Dice que no está celoso, pero que no soporta la idea de que me convierta en una intelectual. Dice que tengo que escuchar a Patsy Cline y a Charlie Parker como antídoto. Leer a Walt Whitman y El ángel que nos mira de Thomas Wolfe.
En realidad a mí me gustó más El extranjero de Camus que El ángel que nos mira. Pero me gusta Joe porque a él le gusta ese libro. No le importa parecer sentimental. Ama Estados Unidos, y Nuevo México, el barrio donde vive, el desierto. Hacemos largas excursiones por la montaña. Una vez se levantó una gran tormenta de arena. Los rastrojos azotaban entre la ventisca de polvo amarillento. Joe se puso a bailar en círculos en medio del remolino. Apenas pude oírle cuando gritó lo maravilloso que era el desierto. Vimos un coyote, oímos sus aullidos.
También es sentimental conmigo. Rescata recuerdos, y me escucha mientras hablo sin parar. Una vez me eché a llorar sin motivo, solo porque os añoraba a ti y a Quena y echaba de menos aquello. No intentó animarme, solo me abrazó y me dejó estar triste. Hablamos en español para decir cosas bonitas, o cuando nos besamos. Nos hemos besado mucho últimamente.


Querida Conchi:
Escribí un cuento, «Manzanas». Va sobre un viejo que recoge manzanas caídas con un rastrillo. Bob Dash me tachó en rojo una docena de adjetivos y dijo que era «un boceto pasable». Joe dijo que era precioso y falso. Que debía escribir solo sobre lo que siento, no inventar cosas sobre un viejo al que no conozco. No me importa lo que me digan. No me canso de leerlo.
Claro que me importa.
Mi compañera de habitación, Ella, me dijo que prefería no leerlo. Ojalá nos lleváramos mejor. Su madre le manda compresas por correo desde Oklahoma todos los meses. Estudia arte dramático. Por favor, ¿cómo va a interpretar a Lady Macbeth si hace aspavientos por un poco de sangre?
Me veo más a menudo con Bob Dash. Es como asistir a un seminario personalizado. Hoy hemos ido a tomar café y hemos hablado de La náusea. Aun así pienso más en Joe. Nos encontramos entre clase y clase, y en el trabajo. Jonesy y él se ríen mucho, comen pizza y beben cerveza. Joe tiene un cuartito que es como su despacho, ahí es donde nos besamos. No pienso en él exactamente, sino en besarlo. Estaba pensando en eso en la clase de Corrección de Pruebas I, e incluso gemí o se me escapó algo en voz alta, y el profesor me miró y dijo: «¿Sí, señorita Gray?».


Querida Conchi:
... estoy leyendo a Jane Austen. Su prosa parece música de cámara, pero es auténtica y divertida al mismo tiempo. Hay mil libros que quiero leer, no sé por dónde empezar. Voy a pasarme a Filología el próximo semestre...


Querida Conchi:
Hay una pareja mayor, los dos trabajan de conserjes en la facultad de Periodismo. Una noche nos llevaron a la azotea a tomar una cerveza después del trabajo. Las copas de los álamos son más altas que el tejado, así que te sientas bajo los árboles a mirar las estrellas. Si quieres, puedes asomarte y ver los coches que pasan por la ruta 66, o desde el otro lado, las ventanas de mi residencia. Nos dieron una llave del cuartito de las escobas, donde está la escalera que sube a la azotea. Nadie más conoce este sitio. Subimos entre clase y clase, y después de trabajar. Joe compró una parrilla, un colchón y velas. Es como nuestra propia isla, o una cabaña en los árboles...


Querida Conchi:
Soy feliz. Cuando me despierto por la mañana me duele la cara de tanto sonreír.
Creo que de pequeña a veces encontraba paz, en el bosque o en un prado, y en Chile siempre me divertía mucho. Esquiar siempre ha sido un placer para mí. Sin embargo, nunca había sentido la felicidad como ahora con Joe. Nunca me había sentido tan a gusto conmigo misma, y amada por eso.
Firmo el permiso los fines de semana para ir a su casa, bajo la responsabilidad de su padre. Joe vive con su padre, que es muy viejo, un maestro retirado. Le encanta cocinar, hace unas comidas horrorosas y grasientas. Se pasa el día bebiendo cerveza. A primera vista solo le da por cantar baladas románticas, como «Minnie the Mermaid» y «Rain on the Roof», las repite una y otra vez mientras cocina. También cuenta historias, sobre la gente de Armijo, el barrio. La mayoría fueron alumnos suyos en la escuela.


Querida Conchi:
Los fines de semana solemos ir a la sierra de Jémez y pasamos el día escalando, y por la noche acampamos al raso. Hay varias fuentes termales allí arriba. Hasta ahora nunca nos hemos encontrado a nadie cuando hemos ido. Ciervos y búhos, carneros de grandes cuernos, arrendajos azules. Nos tumbamos en el agua, hablamos o leemos en voz alta. A Joe le encanta leer a Keats.
Mis clases y mi trabajo van bien, pero siempre estoy deseando acabar para poder estar con Joe. Él también es cronista deportivo para el Tribune, así que cuesta encontrar tiempo. Vamos a las carreras de atletismo y a los partidos de baloncesto de la liga juvenil, a las carreras de coches de serie. A mí no me gusta el fútbol americano, echo de menos los partidos de fútbol y rugby.


Querida Conchi:
Todo el mundo está haciendo un drama porque Joe y yo salgamos juntos. La supervisora de la residencia me dio una charla. Bob Dash cayó muy bajo, se pasó una hora sermoneándome hasta que me levanté y me fui. Dijo que Joe era vulgar y mediocre, un hedonista sin valores y sin amplitud intelectual. Entre otras cosas. La gente se preocupa porque soy muy joven. Piensan que echaré por la borda mis estudios o mi carrera. O eso es lo que dicen. Creo que les da envidia vernos tan enamorados. Y sean cuales sean sus argumentos, desde que arruinaré mi reputación a que mi futuro está en peligro, siempre mencionan el hecho de que Joe es mexicano. A nadie se le ocurre que viniendo de Chile lógicamente me atraería alguien latino, alguien que sienta las cosas. No encajo aquí para nada. Ojalá Joe y yo pudiéramos volver a casa, a Santiago...


Querida Conchi:
... resulta que alguien ha escrito a mis padres, les ha dicho que estoy teniendo una aventura con un hombre demasiado mayor para mí.
Me llamaron, histéricos, y van a venir desde Chile. Llegarán el día de Fin de Año. Por lo visto mi madre ha vuelto a beber. Mi padre dice que todo es culpa mía.
Cuando estoy con Joe nada de eso importa. Creo que es reportero porque le gusta hablar con la gente. Vayamos donde vayamos, acabamos hablando con desconocidos. Y todos nos caen bien.
Creo que el mundo no me gustaba de verdad hasta que conocí a Joe. A mis padres no les gusta el mundo, ni les gusto yo, o de lo contrario confiarían en mí.


Querida Conchi:
Llegaron la víspera de Año Nuevo, pero estaban agotados del viaje así que apenas hablamos. No oyeron que mis notas son sobresalientes, que me encanta mi trabajo, que aquella noche me habían elegido reina del Baile de la Prensa. Me he convertido en una cualquiera, una furcia, etcétera. «Con un grasiento», dijo mi madre.
El baile fue maravilloso. Antes cenamos con amigos de la redacción, nos reímos mucho. Hubo una ceremonia en la que me obsequiaron con una corona de papel de periódico y una orquídea. Por alguna razón antes nunca había bailado con Joe. Fue maravilloso. Bailar con él.
Habíamos quedado con mis padres al día siguiente, en el motel donde se alojaban. Mi padre dijo que Joe y él podían ver el partido del Rose Bowl, que así romperían el hielo.
Qué estúpida soy. Vi que ya habían tomado unos martinis y pensé que estarían más relajados. Joe estuvo fantástico. Desenvuelto, cálido, abierto. Ellos parecían de piedra.
Papá se calmó un poco cuando empezó el partido, él y Joe lo disfrutaron. Mamá y yo nos quedamos ahí sentadas en silencio. Joe solo bebe cerveza, así que realmente se soltó con los martinis de mi padre. Cada vez que había un gol de campo, aullaba «¡Puta madre!» o «¡A la verga!». En varias ocasiones le dio un puñetazo amistoso en el hombro a mi padre. Mamá ponía cara de circunstancias y bebía sin decir una palabra.
Después del partido Joe invitó a mis padres a cenar fuera, pero mi padre dijo que mejor que Joe y él fueran a buscar comida china.
Mientras tanto mamá me habló de cuánto los había avergonzado con mi inmoralidad, de lo disgustada que estaba.
Conchi, sé que prometimos que hablaríamos de sexo, que nos contaríamos cuando hiciéramos el amor la primera vez. Por escrito resulta difícil. A mí me parece bonito porque es entre dos personas, lo más desnudo y cerca que se puede estar. Y siempre es distinto y sorprendente. A veces no paramos de reírnos. A veces te hace llorar.
El sexo es lo más importante que me ha pasado en la vida. No podía entender lo que mi madre decía, que me llamara indecente.
A saber de qué hablaron Joe y papá. Los dos estaban pálidos cuando volvieron. Por lo visto mi padre dijo cosas como «violación de una menor», y Joe dijo que se casaría conmigo al día siguiente; fue lo peor, para mis padres, que podría haber dicho.
Después de comer, Joe dijo:
Bueno, estamos todos cansados. Será mejor que me vaya. ¿Vienes, Lu?
No, ella se queda aquí —dijo mi padre.
Me dejó helada.
Me voy con Joe —dije—. Os veré por la mañana.
Te escribo desde la residencia. Reina un silencio inquietante. La mayoría de las chicas se han ido a casa por Navidad.
Aparte de contarme brevemente lo que había dicho mi padre, Joe no habló en el trayecto de vuelta. Yo tampoco pude. Cuando nos despedimos con un beso creí que se me partía el corazón.


Querida Conchi:
Mis padres me sacan de la universidad al final del semestre. Me esperarán en Nueva York. Me reuniré allí con ellos y luego iremos a Europa hasta el otoño.
Fui en taxi a casa de Joe. Íbamos a Pico Sandía para hablar, nos montamos en el coche. No sé qué pensaba que me diría, ni siquiera lo que yo misma quería.
Deseaba que dijera que me esperaría, que seguiría aquí a mi regreso. Pero dijo que si lo amaba de verdad, me casaría con él ahora mismo. Protesté. Él debe terminar sus estudios; solo trabaja media jornada. Preferí no seguir diciendo la verdad, que es que no quiero dejar la universidad. Quiero estudiar a Shakespeare, a los poetas románticos. Joe dijo que podíamos vivir con su padre hasta que tuviéramos suficiente dinero. Estábamos cruzando el puente sobre el río Grande cuando le dije que aún no quería casarme
Tardarás mucho en saber lo que estás dejando pasar.
Sabía lo que había entre nosotros, dije, y seguiría estando ahí cuando yo volviera.
Eso seguirá estando, pero tú no. No, tú seguirás adelante, tendrás «relaciones», te casarás con algún imbécil.
Abrió la puerta del coche, me empujó y me dejó tirada en el puente del río Grande, sin parar siquiera. Y se marchó. Crucé a pie toda la ciudad de vuelta a la residencia. Seguí pensando que aparecería en cualquier momento a recogerme, pero no lo hizo.

Manual para mujeres de la limpieza, 2015.

jueves, 16 de abril de 2026

Hambre. Sara Nieto.

España 1942.
Jugaban a estar muertos. Juan solía hacerlo de forma dramática hincando las rodillas en el suelo y dejándose caer hacia delante. Aseguraba que había visto morir así a un fusilado detrás del cementerio. El Pelao prefería caerse hacia atrás torpemente. Pero el que mejor lo hacía era Angelillo, el hijo de la viuda. Se agarraba el estómago con manos crispadas y se desplomaba poniendo un gesto de agonía tan real que daba escalofríos. A todos les sorprendía su manera de meterse en el papel porque, cuando volvían a su casa, por el camino seguía agarrándose la barriga y poniendo gesto de dolor.


domingo, 12 de abril de 2026

El candelabro de plata. Abelardo Castillo.

Nunca he podido dominar mis impulsos. En este sentido me reconozco un sujeto primitivo, puro, incapaz de adaptarme al florido mundo, donde, para tranquilidad de la hermosa gente, se cultivan con sensatez todas las formas del buen gusto, la hipocresía y el cinismo. Pero al menos hoy he comprendido algo; lo he comprendido después de lo que pasó esta noche: soy un hombre bueno. No lo digo, no escribo esto, para justificar nada. De ocurrirme semejante cosa debería admitir que yo mismo repudio lo que he hecho, y no es cierto, y aunque fuera cierto: acabo de hacer feliz a un miserable. Quién podría juzgarme, quién sobre la Tierra (quién en el cielo) se atrevería a juzgarme.
Mejor vayamos por partes. Todavía estoy borracho perdido pero trataré de ser coherente.
Todo empezó esta misma tarde; es decir, la tarde de ayer, puesto que ahora deben de ser las tres o las cuatro de la mañana. Madrugada del 25 de diciembre de 1956. Navidad. Sobre la mesa todavía quedan restos de la insólita fiesta. El candelabro de plata, más anacrónico que nunca en medio de la suciedad y la pobreza que lo rodean, parece ocuparlo todo ahora. Nunca he comprendido por qué este candelabro no ha ido a parar, como las otras pocas cosas heredadas de mi padre, al Banco de Empeño, o al cambalache. En esto, pienso, se parece a la conciencia. Supongo que nunca voy a poder desprenderme de él.
Digo que empezó a la tarde. Había ido a dar sabe Dios cómo a cualquier sórdido callejón del Dock, cuando, al oír un acordeón y las risas de un cafetín del muelle, reparé en la fecha. Entonces me vi en el viejo parque de nuestra casa. No sé explicarlo. Las luces, las esferas de colores: recordé todo eso, recordé el portalito que yo mismo, mezclando hasta el absurdo ríos azules y arpilleras nevadas, construía todos los años en mitad del jardín (me acuerdo ahora del Dios-Niño, siempre espantosamente grande en relación a su divina madre, como justificando al fin lo milagroso del alumbramiento), y sentí un asco tan profundo por mi vida que —como quien se lava— decidí celebrar mi propia Nochebuena.
La idea parecerá trivial, pero a mí me apasionó y, antes de las diez, también había fiesta en este innoble agujero que ahora es mi casa. Con orgullo pueril, me senté a contemplar el espectáculo. El candelabro labrado, en el centro de la mesa, parecía irradiar su antigua serenidad hacia todos los rincones. Al principio me sentí bien; era una sensación extraña, como de paz —un gran sosiego—, pero, poco a poco, empecé a preocuparme. Qué significaba todo esto. Para qué lo había hecho: para quién. Podría jurar que en ese preciso instante supe que estaba solo y, por primera vez en muchos años, necesité imperiosamente de alguien. Una mujer. No. Rechacé la idea con repulsión. Hubo una sola capaz de ser insustituible (capaz de no ser insoportable) y ésa no vendría ya. Nunca vendría.
Entonces recordé al viejo checoslovaco.
Lo había visto muchas veces en uno de esos torvos cafés del puerto que suelo frecuentar cuando, embrutecido de ginebra, quiero divertirme con la degradación de los demás, y con la mía. Pobre viejo: semioculto en un recoveco, siempre igual, como si formara parte de la imagen infame de la cantina, fumando su pipa, mirando fijamente un vaso de bebida turbia. Nunca habíamos hablado. Jamás lo hago con nadie —llego y me emborracho solo, a veces también escribo alguna cosa absurda que después arrojo al primer tacho de basuras que encuentro a mi paso—; pero yo sabía que él me miraba. Era como si una ligazón muda, un vínculo invisible y misterioso, nos uniera de algún modo. Al menos, teníamos una cosa en común, dos cosas: la soledad y el fracaso. El viejo checoslovaco; ése era el hombre que yo necesitaba.
Cuando llegué frente a la roñosa vidriera del negocio, lo vi. Ahí estaba, tal como lo había supuesto. Una atmósfera desacostumbrada rodeaba al viejo —también allí se regocija uno de que nazca Dios, de que venga y vea cómo es esto. Una mujer pintarrajeada se le acercó y, riendo, le dijo alguna cosa; él no pareció darse cuenta. Sí, ése era mi hombre. Me abrí paso entre las parejas. Enormes marineros de ropas mugrientas abrazaban a mujerzuelas indescriptibles que se les echaban encima y reían. Alguna de ellas dijo: «¿Quién te crees vos que soy?», y, adornado con un insulto brutal, le respondieron quién se creían que era. No podía soportar aquello; por lo menos, no esta noche; pensé que si me quedaba un minuto más iba a vomitar, o a golpear a alguien, o a llorar a gritos, no sé. Llegué hasta el viejo y lo tomé del brazo.
Te venís conmigo —le dije.
Mi voz debe de haber sido asombrosa; el hombre alzó los ojos, unos ojos celestes, clarísimos, y balbuceó:
¿Qué dice usted, señor…?
Que ahora mismo te venís conmigo, a mi casa, a pasar una Nochebuena decente.
Pero, cómo, yo… con usted.
Casi a rastras lo saqué de allí. Nadie, sin embargo, nos prestó atención.
Faltaba algo más de una hora para la medianoche. El viejo, cohibido al principio, de pronto empezó a hablar. Tenía un acento raro, dulce. Se llamaba Franta, y creo no haberme sorprendido al darme cuenta de que no era un hombre vulgar; hablaba con soltura, casi con corrección. Acaso yo le había preguntado algo, o acaso, rota la frialdad del primer momento (para esa hora ya estábamos bastante borrachos), la confesión surgió por sí misma. El hecho es que habló. Habló de su país, de una pequeña aldea perdida entre colinas grises, de una mujer rubia cuyos ojos —fueron sus palabras— eran transparentes y azules como el cielo del mediodía. Habló de un muchachito, también rubio, también de ojos azules.
Ahora será un hombre —había dicho—. Hace treinta años, cuando vine a América, él apenas caminaba.
Dijo que ése era su último recuerdo. Bebió un trago de champán y agregó:
Pensar, señor, que ahora tiene un hijo. Qué cosa. Y yo me los imagino a los dos iguales, qué cosa.
Yo pensé entonces en aquel nieto. Ojos de cielo al mediodía, pelo de trigo joven, de qué otro modo podía ser. Sólo que el viejo Franta difícilmente iba a comprobarlo nunca.
Pero, ¿cómo supiste de ellos?
El capitán de un barco mercante, señor, me reconoció hace un mes.
Yo pensaba, me acuerdo, cómo era posible reconocer en ese pordiosero que tenía delante, en ese viejo entregado, roto, la imagen que dejó en otro treinta años atrás. Y ahora pienso que siempre queda algo donde hubo un hombre, y quién sabe: a lo mejor, a mí también me va a quedar algo cuando, como el viejo, tenga la mirada perdida y le diga «señor» al primer sinvergüenza bien vestido que me hable. Pregunté:
¿Y no intentaste volver…? ¿No trataste…? Él me miró, perplejo; después, a medida que hablaba, su cara fue endureciéndose.
Volver. ¿Volver así? Usted lo dice fácil, señor; pero es… Es muy feo. Volver como un mendigo —el tono de su voz empezó a ser rencoroso—, un mendigo borracho que en la puerta de la iglesia pide por un Dios en el que ya no cree… No, señor. Volver así, no. Ella, Mayenko, se murió hace mucho, y mejor si allá piensan que yo también me morí hace mucho… —Hizo una pausa, ahora hablaba como quien escupe.— Yo me jugué la plata que había juntado para hacerla venir, ¿se da cuenta?, entonces ella se murió. Esperando. No ve que todo es una porquería, señor.
La palabra es una caricatura miserable. Quién puede explicar con palabras, aunque esté contando su propia vida, todo lo que induce a un hombre a entregarse, a venderse todos los días un poco, hasta llegar a ser como vos, viejo. Cuántas pequeñas canalladas, cuántas porquerías imperceptibles forman esa otra gran porquería de la que él habló: el alma. Pobre alma de miserables tipos que ya han dejado de ser hombres y son bestias, bestias caídas, arrodilladas de humillación.
Qué vergüenza, señor.
Eso dijo, qué vergüenza, y después agregó: No poder matarse.
Para el viejo Franta yo era algo así como un millonario, tal vez un poco desequilibrado y algo artista (mis ropas, la manía que tengo de escribir en los tugurios y acaso el candelabro le habían hecho suponer semejante desatino), yo era un loco con plata, en suma, que buscaba literatura en los bajos fondos de Buenos Aires. Entonces empezó a darme vueltas en la cabeza aquella idea que, más tarde, se transformaría en un colosal engaño.
Quiero decir algo: miento prodigiosamente. Y es natural. La fantasía del que está solo se desarrolla, a veces, como una corcova de la imaginación, un poco monstruosamente; con ella elabora un universo tramposo, exclusivo, inverificable, que —como el creado por Dios— suele acabar aniquilándose a sí mismo. El suicidio o la locura son dos formas del apocalipsis individual: la venganza de la soledad.
Pero éste es otro asunto. Lo que quería decir es que amo la mentira, la adoro, me alimento de ella y ella es, si tengo alguna, mi mayor virtud. Miento, de proponérmelo, con maestría ejemplar, casi genialmente. Y esta noche puse toda mi alma en el engaño. Él me creía rico y caprichoso, pues bien: lo fui. A medida que yo hablaba bebíamos sin interrupción y, a medida que bebíamos, mi palabra se hacía más exacta, más convincente, más brillante. Lo engañé, pobre viejo, lo engañé y lo emborraché como si fuera un chico. De todos modos, no puedo arrepentirme de esto. Conté una historia inaudita, febril, en la que yo era (como él quiso) uno que no entraría aunque un escuadrón de camellos se paseara por el ojo de una aguja. Mi fortuna venía de generaciones. Jamás, ni con el más prolijo y concienzudo derroche, podría desembarazarme de ella; esta forma de vivir que yo llevaba —él lo había adivinado— no era más que una extravagancia, una manera de quitarme el aburrimiento. El viejo, poco a poco, empezó a odiarme. Y yo, mientras improvisaba, iba llenando una y otra vez nuestras copas. Ennoblecida por el alcohol, la idea aquella se gestaba cada vez más precisa y fascinante: yo haría feliz a ese pobre diablo. Aunque todavía no sabía cómo.
De pronto, dijo:
Pero, ¿por qué, señor, por qué…?
No acabó de hablar: no se atrevió. Yo supe que en ese instante me aborrecía con toda su alma. Ah, si él, el mugriento vagabundo, hubiese tenido una parte, al menos una parte de mi supuesta fortuna. Sí, yo sabía que él pensaba esto; yo sabía que ahora sólo pensaba en una aldea lejana, en un chico de mirada transparente y pelo como trigo joven. Sin responder, me puse de pie. Fui a buscar las dos últimas botellas que nos quedaban.
Le estaba dando la espalda ahora, pero podía verlo: inconscientemente su mano se había cerrado sobre el mango de un cuchillo que había sobre la mesa, pobre viejo. Ni siquiera pensaba que, de una sola bofetada, yo podía arrojarlo a la calle despatarrado por la escalera. Empezaba, él también, a ser una persona.
Volví a la mesa, sus dedos se apartaron.
¿Sabes por qué? ¿Querés saber por qué?
Bebimos. Hubo un silencio durante el cual miré rectamente a sus ojos; después, bajando la cabeza como aplastado por el peso de lo que iba a decir, agregué con brutalidad:
¿Sabes lo que es el cáncer, vos?
El viejo me miraba. Apoyé las manos sobre la mesa y, con mi cara a nivel de la suya, dije:
Por eso. Porque yo también soy un pobre infeliz que no se anima a partirse la cabeza contra una pared.
El viejo, que me había estado mirando todo el tiempo, de golpe comprendió lo que yo quería decir y sus ojos se hicieron enormes. Concluí secamente:
Por eso.
Quiere decir…
Quiere decir que estás hablando con uno que ya se murió. ¿Entendés? Y entonces ni toda mi plata ni toda la plata de veinte como yo va a poder resucitarme. —Me erguí; hablaba con voz serena y contenida. —Por eso vivo lo poco que me queda como mejor me cuadra. Yo no pertenezco al mundo, viejo. El mundo es de ustedes, los que pueden proyectar cosas, los que tienen derecho a la esperanza o a la mentira. Yo soy menos que un cadáver.
Mis últimas palabras eran tal vez demasiado teatrales, pero Franta no podía advertirlo.
Cállese, señor… —murmuró.
Y mi idea, súbitamente, se dio forma a sí misma. Como un milagro.
Un cadáver —dije con voz ronca— que ahora, por una casualidad en la que se adivina la mano de Dios, acaba de encontrar un motivo para justificarse.
De pronto, en el puerto, la noche estalló como una fiesta. En todos los muelles las sirenas empezaron a entonar su histérico salmodio y el cielo reventó de petardos. Brindamos con los ojos húmedos. Fuegos multicolores se abrían hacia el río, desparramando sobre el mundo extravagantes flores de artificio. Fue como si una enloquecida sinfonía universal acompañara mis últimas palabras absurdas y solemnes.
Por Dios, Franta —dije y creo que gritaba—; por ese Dios en el que vos no crees y que acaba de nacer para todos los hombres, yo te juro que toda mi fortuna servirá para que vuelvas a tu tierra. Es mi reconciliación con el mundo. Vas a volver, viejo, y vas a volver como un hombre.
La Nochebuena se ardía. Pitos, sirenas y campanas se mezclaban con los perfumes nocturnos y entraban en tumulto por la ventana abierta. A nadie le importaba, es cierto, el judío recién nacido que pataleaba en el pesebre, pero todos querían gozar del minuto de felicidad que les ofrecía, él también, con su prodigiosa mentira. En la tierra, bajo la Estrella, los hombres de buena voluntad se emborrachaban como cerdos y daban alaridos.
Franta me miró un instante. Sus ojos brillaban desde lo más profundo, con un brillo que ya no olvidaré nunca: me creía. Me creía ciegamente. En un arrebato de gratitud incontenible me besó las manos y balbuceó llorando:
No te olvidaré mientras viva.
Me había tuteado. Era un hombre: yo había cumplido mi obra.
Su cabeza cayó pesadamente sobre la mesa. Estaba borracho de alcohol y de sueños. En esa misma posición se quedó dormido. Soñaba que volvía a la pequeña aldea de colinas grises y acariciaba unos cabellos rubios y miraba unos ojos tan claros como el cielo del mediodía.
Con todo cuidado, retiré mis manos de entre las suyas y me levanté, tambaleante. Tu cabeza era suave y blanca, viejo; yo la había acariciado.
Después levanté el pesado candelabro de plata. Amorosamente, con una ternura infinita, poniendo toda mi alma en aquel gesto, y sin meditar más la idea que desde hacía un segundo me obsesionaba, dije: Feliz Nochebuena, Franta. Y le aplasté el cráneo.

Las otras puertas, 1961.

sábado, 11 de abril de 2026

Microficciones de Rolando Revagliatti.

Corpulencia
Con semejante físico, es lógico, se da el gustazo de trompear, de vez en cuando, a escogidos cretinos en tren de patoteros. Ha noqueado, por ejemplo, a energúmenos choferes de colectivos. ¿Por qué limitarse a una discusión estéril, pudiendo escarmentarlos? ¡Ha corregido a tantos, elevándolos con naturalidad por sobre su cabeza, agitándolos, hasta hacerles deponer actitudes necias, presuntamente arraigadas! Impuso siempre su corpulencia, y permítaseme enunciarlo así: su preclaro vigor, como factor desmoralizante frente a comportamientos repetitivos de groseros y malintencionados. Ya desde la niñez el admirable Hércules implementó los mentados recursos. Con las mujeres se contiene: se limita a la -también mentada- estéril discusión.


Redactor
El chico que no habla es el hijo único de su fallecida única hija, y de su también fallecido yerno. Lo crió ella, viuda, al chico que no habla, su nieto. Es el chico que no habla quien redacta el breve texto que se inicia con: “El chico que no habla es el hijo único de su fallecida...”.


Huir
Claro que pensó en huir, harta de padecer la torpeza de los golpes de esa especie de marido colérico, de pésimo vino y borbotones de sevicia. También pensó en huir cuando su hijo cayera muerto por una bala perdida, entre los cohetes y petardos detonados por los chicos y adultos del barrio, después de transcurridos veinte minutos del año nuevo.
Pensó. Hasta que dejó de hacerlo. Después de veinte años la vieja sigue, loca, letárgica. Sigue huyendo.


En la mira
Linda mina, lindo tipo de hombre, se sienten cómodos en sus cuerpos flacos, debajo de sus abundantes cabelleras, encima de sus principescos pies.
Señor gordo, calvo, con juanetes, desencantado y empuñando una Magnum 44. Apunta (no sin fastidio).

 

Sobre el autor:

Nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside. 

Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y diecinueve poemarios. 

En ediciones digitales se hallan los seis tomos de su libro Documentales. Entrevistas a escritores argentinos, conformado por 159 entrevistas por él realizadas. 

Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com  Más de 1700 videos en los que ha grabado poemas y otros textos literarios de muy diversos autores se encuentran en https://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti/videos y en https://www.arcoiris.tv/fonte/Rolando%20Revagliatti/ 

lunes, 6 de abril de 2026

El fantasma escoces. Carlo Pujol.

En Escocia, la noche de San Silvestre no se niega a nadie la entrada en las casas, aunque se exige el requisito de llevar bajo el brazo una botella de whisky. Así, en medio del tumulto de aquellas excitadas horas, conocí a Sir Malcolm, fantasma desambientado y ebrio que insistía tartajosamente en su desazón espectral.
Hablamos largo y tendido, él de su pasado heroico, que nublaban no sé qué bromas de tristeza, yo de mis sueños, y coincidimos en todo, o al menos ésa fue la sensación que tuve. A nuestro alrededor, ginebra y whisky daban más estrépito a la orgía común, y teníamos que acercarnos mucho el uno al otro para oír nuestras sentidas palabras.
Recuerdo muy bien el olor a jardín húmedo y a brezo de las landas, y que una y otra vez se entristecía, friolero, a pesar de la proximidad de la chimenea. Volcó su corazón en confesiones de las que la memoria sólo guarda un eco de dolor antiguo, y supo escuchar lo que yo le conté como un abuelo inmemorial que no juzga, comprende y conforta con la mirada.
Ojalá todas las noches fueran así —afirmó, envolviéndome en un aura de gratitud, recordando quizá fastidiosos milenios de vida ultraterrenal.
Cuando iba a responder, él ya había desaparecido, sin dejar tras de sí más que efluvios de tierra mojada y campo abierto. Llevábamos dos o tres horas del nuevo año, la noche era estridente y una rubia desgarbada que decía llamarse Peggy me hacía señas inseguras desde el otro extremo del salón. Entonces me froté los ojos que habían visto lo invisible.


domingo, 5 de abril de 2026

Unos milicianos de uniforme hambriento. José Luis Coll.

Unos milicianos de uniforme hambriento, barba de tres días, mirada inculta, uñas grises, suelas de esparto y correaje de caballería, llegaron a casa, a las órdenes de un engafado burgués con disfraz de revolución. Entraron sin ser invitados, empujando la puerta con el pie, tras llamar con la culata. Nos miraban con un silencio insultante, a la vez que abrían puertas a su antojo, como quien busca a un fantasma. A mi tía Aurora la sorprendieron con el crepé en la mano, cuando se disponía a realzar su tupé. Mi bisabuela canturreaba junto a la estufa aquello de: “Soy un hombre que está desesperado. Soy un hombre que traga mucha hiel…” Mi abuelo, como siempre, paseaba. Mi abuela cosía. Mi hermano no estaba, así como tampoco el resto de la familia. Yo los miraba con expectante curiosidad, barruntando que algo olía a chamusquina.
-¿Dónde está? -preguntó el capataz.
-Dónde está … ¿el qué? -dijo mi abuelo.
-Cállese y conteste.
-Pero…
-¡Que se calle le digo! ¡Vamos, conteste!
A pesar de mis pocos años, no hacía falta ser un lince para comprender la incongruencia de aquel ser con cerebro romo, que entorpecía su propio interrogatorio, no dejando salida a la puerta que él mismo abría.
Intervino mi abuela:
-¿Se puede saber qué es lo que quieren?
-Tenemos orden de regristro.
-Enséñemela.
-No la hemos traído, ni falta que nos hace. Representamos al pueblo.
-¿De qué pueblo son ustedes? -pregunté lleno de curiosidad.
-Oye, niño, no me seas tonto chorra, porque te pego una patá en los cojones que sales por la ventana.
Intenté aclararle algo, pero mi abuela me contuvo con un gesto. La verdad es que sólo quería manifestarle la imposibilidad de su propósito, ya que no había ventanas, sino balcones.
Después, de manera sistemática y ritual, lo pusieorn todo patas arriba sin la menor delicadeza. Deshicieron las camas, volcaron los cajones, vaciaron los armarios del gabinete, arrancaron el perchero, descerrajaron la alacena y la despensa, se subieron al fogón para mirar por la chimenea, rompieron el botijo, la jofaina, los cajones de la cómoda, abrieron los baúles, y hasta desparramaron la caja de los hilos que había en la mesa camilla.
-¿Qué es esto? -preguntó uno de los soldados de zarzuela.
Aquello no era otra cosa que nuestro cine Pate-Babi, una especie de doble compartimento metálico, con una bombilla y un rústico proyector, que se enchufaba a la red y nos permitía disfrutar con las aventuras de Mickey, Mini y la Bety Bo.
-Así que con esto es con lo que se comunican ustedes con el enemigo, ¿no? ¡Fascistas de mierda!
Mi abuelo, en mala hora, no pudo reprimir una sonora carcajada ante tamaño disparate. Pero la carcajada no llegó a ser tan extensa como él hubiera deseado. Aquel perspicaz de chaquetón de cuero, polainas de cuero, cerebro de cuero y pistolón al cinto, le propinó una bofetada de tal tamaño, que la mejilla izquierda le crecía poco a poco ante nuestras impotentes e incrédulas miradas.
-¡Cobardes! ¿No les da vergüenza pegar a un anciano? ¿Es que no ven que esto es un juguete de los niños?
-Conque juguete, ¿eh? De momento, lo incautamos. Y como sea lo que me estoy recelando, se van ustedes a enterar de lo que cuesta un peine.
Yo sabía lo que costaba un peine, pero preferí callarme.
Se marcharon dando un portazo, que hizo caer sobre el suelo del pasillo un viejo cuadro pintado por mi bisabuelo, que representaba las almenas de un castillo, en noche de luna, por las que sobrevolaban cinco brujas montadas en sendas escobas.
Hasta ese instante, el cuadro es lo único que estaba en el lugar que le correspondía.
Mi abuelo, todavía tumbado, se apretaba la mejilla con la mano izquierda. Le brilalban los ojos. De joven había matado un burro de un puñetazo. Ahora, otro burro casi lo mata a él. Mi abuela se inclinó y le dio un beso en la frente. Mi tía acabó de ponerse el crepé, llorando.
Yo me limité a pensar: “Si lo que querían era llevarse mi cine, que me lo hubieran pedido. Pero sin pegarle a mi abuelo. El hecho de que él, de cuando en cuando, me dé un coscorrón o un papirotazo, no tiene importancia. Yo sé que me quiere, aunque lo demuestre con ahorro. Pero pegarle a mi abuelo… ¡Me cago en la leche puta!”

El hermano bastardo de Dios. 1984.

sábado, 4 de abril de 2026

¡Qué pena! León Felipe.

¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas
y siempre se repitieran
los mismos pueblos, las mismas ventas
los mismos rebaños, las mismas recuas!
¡Qué pena si esta vida tuviera
esta vida nuestra—
mil años de existencia!
¿Quién la haría hasta el fin llevadera?
¿Quién la soportaría toda sin protesta?
¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra
al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?
Los mismos hombres, las mismas guerras,
los mismos tiranos, las mismas cadenas,
los mismos farsantes, las mismas sectas
¡y los mismos, los mismos poetas!
¡Qué pena,
que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!

Versos y oraciones de caminante, 1920.