domingo, 25 de octubre de 2026

El desafío. Mario Vargas Llosa.

Estábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del «Río Bar» apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo.
– ¿Qué pasa? – preguntó León.
Leonidas arrastró una silla y se sentó junto a nosotros.
– Me muero de sed.
Le serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa. Leonidas sopló lentamente y se quedó mirando, pensativo, cómo estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la última gota.
– Justo va a pelear esta noche – dijo, con una voz rara.
Quedamos callados un momento. León bebió, Briceño encendió un cigarrillo.
– Me encargó que les avisara – agregó Leoniidas. – Quiere que vayan.
Finalmente, Briceño preguntó:
– ¿Cómo fue?
– Se encontraron esta tarde en Catacaos. – Leonidas limpió su frente con la mano y fustigó el aire: unas gotas de sudor resbalaron de sus dedos al suelo. – Ya se imaginan lo demás…
– Bueno – dijo León. Si tenían que pelear, mejor que sea así, con todas las de ley. No hay que alterarse tampoco. Justo sabe lo que hace.
– Sí – repitió Leonidas, con un aire ido.- Tal vez es mejor que sea así.
Las botellas habían quedado vacías. Corría brisa y, unos momentos antes, habíamos dejado de escuchar a la banda del cuartel Grau que tocaba en la plaza. El puente estaba cubierto por la gente que regresaba de la retreta y las parejas que habían buscado la penumbra del malecón comenzaban, también, a abandonar sus escondites. Por la puerta del «Río Bar» pasaba mucha gente. Algunos entraban. Pronto, la terraza estuvo llena de hombres y mujeres que hablaban en voz alta y reían.
– Son casi las nueve – dijo León.- Mejor nos vamos.
Salimos.
– Bueno, muchachos – dijo Leonidas. – Gracias por la cerveza.
– ¿Va a ser en «La Balsa», ¿no? – preguntó Briceño.
– Sí. A las once. Justo los esperará a las diez y media, aquí mismo.
El viejo hizo un gesto de despedida y se alejó por la avenida Castilla. Vivía en las afueras, al comienzo del arenal, en un rancho solitario, que parecía custodiar la ciudad. Caminamos hacia la plaza. Estaba casi desierta. Junto al Hotel de Turistas, unos jóvenes discutían a gritos. Al pasar por su lado, descubrimos en medio de ellos a una muchacha que escuchaba sonriendo. Era bonita y parecía divertirse.
– El Cojo lo va a matar – dijo, de pronto, Briceño.
– Cállate – dijo León.
– Nos separamos en la esquina de la iglesiaa. Caminé rápidamente hasta mi casa. No había nadie. Me puse un overol y dos chompas y oculté la navaja en el bolsillo trasero del pantalón, envuelta en el pañuelo. Cuando salía, encontré a mi mujer que llegaba.
– ¿Otra vez a la calle? – dijo ella.
– Sí. Tengo que arreglar un asunto.
El chico estaba dormido, en sus brazos, y tuve la impresión que se había muerto.
– Tienes que levantarte temprano – insistió ella – ¿Te has olvidado que trabajas los domingos?
– No te preocupes – dije. – Regreso en unos minutos.
Caminé de vuelta hacia el «Río Bar» y me senté al mostrador. Pedí una cerveza y un sándwich, que no terminé: había perdido el apetito. Alguien me tocó el hombro. Era Moisés, el dueño del local.
– ¿Es cierto lo de la pelea?
– Sí. Va ser en la «Balsa». Mejor te callas.
– No necesito que me adviertas – dijo. – Lo supe hace rato. Lo siento por Justo pero, en realidad, se lo ha estado buscando hace tiempo. Y el Cojo no tiene mucha paciencia, ya sabemos.
– El Cojo es un asco de hombre.
– Era tu amigo antes… – comenzó a decir Moisés, pero se contuvo.
Alguien llamó desde la terraza y se alejó, pero a los pocos minutos estaba de nuevo a mi lado.
– ¿Quieres que yo vaya? – me preguntó.
– No. Con nosotros basta, gracias.
– Bueno. Avísame si puedo ayudar en algo. Justo es también mi amigo. – Tomó un trago de mi cerveza, sin pedirme permiso. – Anoche estuvo aquí el Cojo con su grupo. No hacía sino hablar de Justo y juraba que lo iba a hacer añicos. Estuve rezando porque no se les ocurriera a ustedes darse una vuelta por acá.
– Hubiera querido verlo al Cojo – dije. – Cuando está furioso su cara es muy chistosa.
Moisés se río.
– Anoche parecía el diablo. Y es tan feo, este tipo. Uno no puede mirarlo mucho sin sentir náuseas.
Acabé la cerveza y salí a caminar por el malecón, pero regresé pronto. Desde la puerta del «Río Bar» vi a Justo, solo, sentado en la terraza. Tenía unas zapatillas de jebe y una chompa descolorida que le subía por el cuello hasta las orejas. Visto de perfil, contra la oscuridad de afuera, parecía un niño, una mujer: de ese lado, sus facciones eran delicadas, dulces. Al escuchar mis pasos se volvió, descubriendo a mis ojos la mancha morada que hería la otra mitad de su rostro, desde la comisura de los labios hasta la frente. (Algunos decían que había sido un golpe, recibido de chico, en una pelea, pero Leonidas aseguraba que había nacido en el día de la inundación, y que esa mancha era el susto de la madre al ver avanzar el agua hasta la misma puerta de su casa).
– Acabo de llegar – dijo. – ¿Qué es de los otros?
– Ya vienen. Deben estar en camino.
Justo me miró de frente. Pareció que iba a sonreír, pero se puso muy serio y volvió la cabeza.
– ¿Cómo fue lo de esta tarde?
Encogió los hombros e hizo un ademán vago.
– Nos encontramos en el «Carro Hundido». Yo que entraba a tomar un trago y me topo cara a cara con el Cojo y su gente. ¿Te das cuenta? Si no pasa el cura, ahí mismo me degüellan. Se me echaron encima como perros. Como perros rabiosos. Nos separó el cura.
– ¿Eres muy hombre? – gritó el Cojo.
– Más que tú – gritó Justo.
– Quietos, bestias – decía el cura.
– ¿En «La Balsa» esta noche entonces? – gritó el Cojo.
– Bueno – dijo Justo. – Eso fue todo.
La gente que estaba en el «Río Bar» había disminuido. Quedaban algunas personas en el mostrador, pero en la terraza sólo estábamos nosotros.
– He traído esto – dije, alcanzándole el pañuelo. Justo abrió la navaja y la midió. La hoja tenía exactamente la dimensión de su mano, de la muñeca a las uñas. Luego sacó otra navaja de su bolsillo y comparó.
– Son iguales – dijo. – Me quedaré con la mía, nomás.
Pidió una cerveza y la bebimos sin hablar, fumando.
No tengo hora – dijo Justo – Pero deben ser más de las diez. Vamos a alcanzarlos.
A la altura del puente nos encontramos con Briceño y León. Saludaron a Justo, le estrecharon la mano.
– Hermanito – dijo León – Usted lo va a hacer trizas.
– De eso ni hablar – dijo Briceño. – El Cojo no tiene nada que hacer contigo.
Los dos tenían la misma ropa que antes, y parecían haberse puesto de acuerdo para mostrar delante de Justo seguridad e, incluso cierta alegría.
– Bajemos por aquí – dijo León – Es más corto.
– No – dijo Justo. – Demos la vuelta. No tengo ganas de quebrarme una pierna, ahora.
Era extraño ese temor, porque siempre habíamos bajado al cause del río, descolgándonos por el tejido de hierros que sostiene el puente. Avanzamos una cuadra por la avenida, luego doblamos a la derecha y caminamos un buen rato en silencio. Al descender por el minúsculo camino hacia el lecho del río, Briceño tropezó y lanzó una maldición. La arena estaba tibia y nuestros pies se Hundían, como si andáramos sobre un mar de algodones. León miró detenidamente el cielo.
– Hay muchas nubes – dijo; – la luna no va a servir de mucho esta noche.
– Haremos fogatas – dijo Justo.
– ¿Estas loco? – dije. – ¿Quieres que venga la policía?
– Se puede arreglar – dijo Briceño sin convicción.-
Se podría postergar el asunto hasta mañana. No van a pelear a oscuras.
Nadie contestó y Briceño no volvió a insistir.
– Ahí está «La Balsa» – dijo León.
En un tiempo, nadie sabía cuándo, había caído sobre el lecho del río un tronco de algarrobo tan enorme que cubría las tres cuartas partes del ancho del cauce.
Era muy pesado y, cuando bajaba, el agua no conseguía levantarlo, sino arrastrarlo solamente unos metros, de modo que cada año, «La Balsa» se alejaba más de la ciudad. Nadie sabía tampoco quién le puso el nombre de «La Balsa», pero así lo designaban todos.
– Ellos ya están ahí – dijo León.
Nos detuvimos a unos cinco metros de «La Balsa. En el débil resplandor nocturno no distinguíamos las caras de quienes nos esperaban, sólo sus siluetas. Eran cinco. Las conté, tratando inútilmente de descubrir al Cojo.
– Anda tú – dijo Justo.
Avancé despacio hacia el tronco, procurando que mi rostro conservara una expresión serena.
– ¡Quieto! – gritó alguien. – ¿Quién es?
– Julián – grité – Julián Huertas. ¿Están ciegos?
A mi encuentro salió un pequeño bulto. Era el Chalupas.
– Ya nos íbamos – dijo. – Pensábamos que Justito había ido a la comisaría a pedir que lo cuidaran.
– Quiero entenderme con un hombre – grité, sin responderle – No con este muñeco.
– ¿Eres muy valiente? – preguntó el Chalupas, con voz descompuesta.
– ¡Silencio! – dijo el Cojo. Se habían aproximado todos ellos y el Cojo se adelantó hacia mí. Era alto, mucho más que todos los presentes. En la penumbra, yo no podía ver; sólo imaginar su rostro acorazado por los granos, el color aceituna profundo de su piel lampiña, los agujeros diminutos de sus ojos, hundidos y breves como dos puntos dentro de esa masa de carne, interrumpida por los bultos oblongos de sus pómulos, y sus labios gruesos como dedos, colgando de su barbilla triangular de iguana. El Cojo rengueaba del pie izquierdo; decían que en esa pierna tenía una cicatriz en forma de cruz, recuerdo de un chancho que lo mordió cuando dormía pero nadie se la había visto.
– ¿Por qué has traído a Leonidas? – dijo el Cojo, con voz ronca.
– ¿A Leonidas? ¿Quién ha traído al Leonidas?
El cojo señaló con su dedo a un costado. El viejo había estado unos metros más allá, sobre la arena, y al oír que lo nombraban se acercó.
– ¡Qué pasa conmigo! – dijo. Mirando al Cojo fijamente. – No necesito que me traigan, He venido solo, con mis pies, porque me dio la gana. Si estas buscando pretextos para no pelear, dijo.
El Cojo vaciló antes de responder. Pensé que iba a insultarlo y, rápido, llevé mi mano al bolsillo trasero.
– No se meta, viejo – dijo el Cojo amablemeente. – No voy a pelearme con usted.
– No creas que estoy tan viejo – dijo Leonidas. – He revolcado a muchos que eran mejores que tú.
– Está bien, viejo – dijo el Cojo. – Le creo. – Se dirigió a mí: – ¿Están listos?
– Sí. Di a tus amigos que no se metan. Si lo hacen, peor para ellos.
El Cojo se rió.
– Tú bien sabes, Julián, que no necesito refuerzos. Sobre todo hoy. No te preocupes.
Uno de los que estaban detrás del Cojo, se rió también. El Cojo me extendió algo. Estiré la mano: la hoja de la navaja estaba al aire y yo la había tomado del filo; sentí un pequeño rasguño en la palma y un estremecimiento, el metal parecía un trozo se hielo.
– ¿Tienes fósforos, viejo?
Leonidas prendió un fósforo y lo sostuvo entre sus dedos hasta que la candela le lamió las uñas. A la frágil luz de la llama examiné minuciosamente la navaja, la medí a lo ancho y a lo largo, comprobé su filo y su peso.
– Está bien – dije.
– Chunga caminó entre Leonidas y yo. Cuando llegamos entre los otros. Briceño estaba fumando y a cada chupada que daba resplandecerían instantáneamente los rostros de Justo, impasible, con los labios apretados; de León, que masticaba algo, tal vez una brizna de hierba, y del propio Briceño, que sudaba.
– ¿Quién le dijo a usted que viniera? – preguntó Justo, severamente.
– Nadie me dijo. – afirmó Leonidas, en voz alta. – Vine porque quise. ¿Va usted a tomarme cuentas?
Justo no contestó. Le hice una señal y le mostré a Chunga, que había quedado un poco retrasado. Justo sacó su navaja y la arrojó. El arma cayó en algún lugar del cuerpo de Chunga y éste se encogió.
– Perdón – dije, palpando la arena en busca de la navaja. – Se me escapó. Aquí está.
Las gracias se te van a quitar pronto – dijo Chunga.
Luego, como había hecho yo, al resplandor de un fósforo pasó sus dedos sobre la hoja, nos la devolvió sin decir nada, y regresó caminando a trancos largos hacia «La Balsa». Estuvimos unos minutos en silencio, aspirando el perfume de los algodonales cercanos, que una brisa cálida arrastraba en dirección al puente. Detrás de nosotros, a los dos costados del cauce, se veían las luces vacilantes de la ciudad. El silencio era casi absoluto; a veces, lo quebraban bruscamente ladridos o rebuznos.
– ¡Listos! – exclamó una voz, del otro lado.
– ¡Listos! – grité yo.
En el bloque de hombres que estaba junto a «La Balsa» hubo movimientos y murmullos; luego, una sombra rengueante se deslizó hasta el centro del terreno que limitábamos los dos grupos. Allí, vi al Cojo tantear el suelo con los pies; comprobaba si había piedras, huecos. Busqué a Justo con la vista; León y Briceño habían pasado sus brazos sobre sus hombros. Justo se desprendió rápidamente. Cuando estuvo a mi lado, sonrió. Le extendí la mano. Comenzó a alejarse, pero Leonidas dio un salto y lo tomó de los hombros. El Viejo se sacó una manta que llevaba sobre la espalda. Estaba a mi lado.
– No te le acerques ni un momento. – El viejo hablaba despacio, con voz levemente temblorosa. – Siempre de lejos. Báilalo hasta que se agote. Sobre todo cuidado con el estómago y la cara. Ten el brazo siempre estirado. Agáchate, pisa firme… Ya, vaya, pórtese como un hombre…
Justo escuchó a Leonidas con la cabeza baja. Creí que iba a abrazarlo, pero se limitó a hacer un gesto brusco. Arrancó la manta de las manos del viejo de un tirón y se la envolvió en el brazo. Después se alejó; caminaba sobre la arena a pasos firmes, con la cabeza levantada. En su Mano derecha, mientras se distanciaba de nosotros, el breve trozo de metal despedía reflejos. Justo se detuvo a dos metros del Cojo.
Quedaron unos instantes inmóviles, en silencio, diciéndose seguramente con los ojos cuánto se odiaban, observándose, los músculos tensos bajo la ropa, la mano derecha aplastada con ira en las navajas. De lejos, semiocultos por la oscuridad tibia de la noche, no parecían dos hombres que se aprestaban a pelear, sino estatuas borrosas, vaciadas en un material negro, o las sombras de dos jóvenes y macizos algarrobos de la orilla, proyectados en el aire, no en la arena. Casi simultáneamente, como respondiendo a una urgente voz de mando, comenzaron a moverse. Quizá el primero fue Justo; un segundo antes, inició sobre el sitio un balanceo lentísimo, que ascendía desde las rodillas hasta los hombros, y el Cojo lo imitó, meciéndose también, sin apartar los pies. Sus posturas eran idénticas; el brazo derecho adelante, levemente doblado con el codo hacia fuera, la mano apuntando directamente al centro del adversario, y el brazo izquierdo, envuelto por las mantas, desproporcionado, gigante, cruzado como un escudo a la altura del rostro. Al principio sólo sus cuerpos se movían, sus cabezas, sus pies y sus manos permanecían fijos.
Imperceptiblemente, los dos habían ido inclinándose, extendiendo la espalda, las piernas en flexión, como para lanzarse al agua. El Cojo fue el primero en atacar; dio de pronto un salto hacia delante, su brazo describió un círculo veloz. El trazo en el vacío del arma, que rozó a Justo, sin herirlo, estaba aún inconcluso cuando éste, que era rápido, comenzaba a girar. Sin abrir la guardia, tejía un cerco en torno del otro, deslizándose suavemente sobre la arena, a un ritmo cada vez más intenso. El Cojo giraba sobre el sitio. Se había encogido más, y en tanto daba vueltas sobre sí mismo, siguiendo la dirección de su adversario, lo perseguía con la mirada todo el tiempo, como hipnotizado. De improviso, Justo se plantó; lo vimos caer sobro el otro con todo su cuerpo y regresar a su sitio en un segundo, como un muñeco de resortes.
– Ya está – murmuró Briceño. – lo rasgó.
– En el hombro – dijo Leonidas. – Pero apennas.
Sin haber dado un grito, firme en su posición, el Cojo continuaba su danza, mientras que Justo ya no se limitaba a avanzar en redondo; a la vez, se acercaba y se alejaba del Cojo agitando la manta, abría y cerraba la guardia, ofrecía su cuerpo y lo negaba, esquivo, ágil tentando y rehuyendo a su contendor como una mujer en celo. Quería marearlo, pero el Cojo tenía experiencia y recursos. Rompió el círculo retrocediendo, siempre inclinado, obligando a Justo a detenerse y a seguirlo. Este lo perseguía a pasos muy cortos, la cabeza avanzada, el rostro resguardado por la manta que colgaba de su brazo; el Cojo huía arrastrando los pies, agachado hasta casi tocar la arena sus rodillas. Justo estiró dos veces el brazo, y las dos halló sólo el vacío. «No te acerques tanto». Dijo Leonidas, junto a mí, en voz tan baja que sólo yo podía oírlo, en el momento que el bulto, la sombra deforme y ancha que se había empequeñecido, replegándose sobre sí mismo como una oruga, recobraba brutalmente su estatura normal y, al crecer y arrojarse, nos quitaba de la vista a Justo. Uno, dos, tal vez tres segundos estuvimos sin aliento, viendo la figura desmesurada de los combatientes abrazados y escuchamos un ruido breve, el primero que oíamos durante el combate, parecido a un eructo. Un instante después surgió a un costado de la sombra gigantesca, otra, más delgada y esbelta, que de dos saltos volvió a levantar una muralla invisible entre los luchadores. Esta vez comenzó a girar el Cojo; movía su pie derecho y arrastraba el izquierdo. Yo me esforzaba en vano para que mis ojos atravesaran la penumbra y leyeran sobre la piel de Justo lo que había ocurrido en esos tres segundos, cuando los adversarios, tan juntos como dos amantes, formaban un solo cuerpo. «¡Sal de ahí!», dijo Leonidas muy despacio. «¿Por qué demonios peleas tan cerca?». Misteriosamente, como si la ligera brisa le hubiera llevado ese mensaje secreto, Justo comenzó también a brincar igual que el Cojo.
Agazapados, atentos, feroces, pasaban de la defensa al ataque y luego a la defensa con la velocidad de los relámpagos, pero los amagos no sorprendían a ninguno: al movimiento rápido del brazo enemigo, estirado como para lanzar una piedra, que buscaba no herir, sino desconcertar al adversario, confundirlo un instante, quebrarle la guardia, respondía el otro, automáticamente, levantando el brazo izquierdo, sin moverse. Yo no podía ver las caras, pero cerraba los ojos y las veía, mejor que si estuviera en medio de ellos; el Cojo, transpirando, la boca cerrada, sus ojillos de cerdo incendiados, llameantes tras los párpados, su piel palpitante, las aletas de su nariz chata y del ancho de su boca agitadas, con un temblor inverosímil; y Justo con su máscara habitual de desprecio, acentuada por la cólera, y sus labios húmedos de exasperación y fatiga.
Abrí los ojos a tiempo para ver a Justo abalanzarse alocado, ciegamente sobre el otro, dándole todas las ventajas, ofreciendo su rostro, descubriendo absurdamente su cuerpo. La ira y la impaciencia elevaron su cuerpo, lo mantuvieron extrañamente en el aire, recortado contra el cielo, lo estrellaron sobre su presa con violencia. La salvaje explosión debió sorprender al Cojo que, por un tiempo brevísimo, quedó indeciso y, cuando se inclinó, alargando su brazo como una flecha, ocultando a nuestra vista la brillante hoja que perseguimos alucinados, supimos que el gesto de locura de Justo no había sido inútil del todo. Con el choque, la noche que nos envolvía se pobló de rugidos desgarradores y profundos que brotaban como chispas de los combatientes. No supimos entonces, no sabremos ya cuánto tiempo estuvieron abrazados en ese poliedro convulsivo, pero, aunque sin distinguir quién era quién, sin saber de que brazo partían esos golpes, qué garganta profería esos rugidos que se sucedían como ecos, vimos muchas veces, en el aire, temblando hacia el cielo, o en medio de la sombra, abajo, a los costados, las hojas desnudas de las navajas, veloces, iluminadas, ocultarse y aparecer, hundirse o vibrar en la noche, como en un espectáculo de magia.
Debimos estar anhelantes y ávidos, sin respirar, los ojos dilatados, murmurando tal vez palabras incomprensibles, hasta que la pirámide humana se dividió, cortada en el centro de golpe por una cuchillada invisible; los dos salieron despedidos, como imantados por la espalda, en el mismo momento, con la misma violencia. Quedaron a un metro de distancia, acezantes. «Hay que pararlos, dijo la voz de León. Ya basta». Pero antes que intentáramos movernos, el Cojo había abandonado su emplazamiento como un bólido. Justo no esquivó la embestida y ambos rodaron por el suelo. Se retorcían sobre la arena, revolviéndose uno sobre otro, hendiendo el aire a tajos y resuellos sordos. Esta vez la lucha fue breve. Pronto estuvieron quietos, tendidos en el lecho del río, como durmiendo. Me aprestaba a correr hacia ellos cuando, quizá adivinando mi intención, alguien se incorporó de golpe y se mantuvo de pie junto al caído, cimbreándose peor que un borracho. Era el Cojo.
En el forcejeo, habían perdido hasta las mantas, que reposaban un poco más allá, semejando una piedra de muchos vértices. «Vamos», dijo León. Pero esta vez también ocurrió algo que nos mantuvo inmóviles. Justo se incorporaba, difícilmente, apoyando todo su cuerpo sobre el brazo derecho y cubriendo la cabeza con la mano libre, como si quisiera apartar de sus ojos una visión horrible. Cuando estuvo de pie, el Cojo retrocedió unos pasos. Justo se tambaleaba. No había apartado su brazo de la cara. Escuchamos entonces, una voz que todos conocíamos, pero que no hubiéramos reconocido esta vez si nos hubiera tomado de sorpresa en las tinieblas.
– ¡Julián! – grito el Cojo. – ¡Dile que se rinda!
Me volví a mirar a Leonidas, pero encontré atravesado el rostro de León: observaba la escena con expresión atroz. Volví a mirarlos: estaban nuevamente unidos. Azuzado por las palabras del Cojo. Justo, sin duda, apartó su brazo del rostro en el segundo que yo descuidaba la pelea, y debió arrojarse sobre el enemigo extrayendo las últimas fuerzas desde su amargura de vencido. El Cojo se libró fácilmente de esa acometida sentimental e inútil, saltando hacia atrás: – ¡Don Leonidas!
– gritó de nuevo con acento furioso e implorante. – ¡Dígale que se rinda!
– ¡Calla y pelea! – bramó Leonidas, sin vacilar.
Justo había intentado nuevamente un asalto, pero nosotros, sobre todo Leonidas, que era viejo y había visto muchas peleas en su vida, sabíamos que no había nada que hacer ya, que su brazo no tenía vigor ni siquiera para rasguñar la piel aceitunada del Cojo. Con la angustia que nacía de lo más hondo, subía hasta la boca, resecándola, y hasta los ojos, nublándose, los vimos forcejear en cámara lenta todavía un momento, hasta que la sombra se fragmentó una vez más: alguien se desplomaba en la tierra con un ruido seco. Cuando llegamos donde yacía Justo, el Cojo se había retirado hacia los suyos y, todos juntos, comenzaron a alejarse sin hablar. Junté mi cara a su pecho, notando apenas que una sustancia caliente humedecía mi cuello y mi hombro, mientras mi mano exploraba su vientre y su espalda entre desgarraduras de tela y se hundía a ratos en el cuerpo flácido, mojado y frío, de malagua varada. Briceño y León se quitaron sus sacos lo envolvieron con cuidado y lo levantaron de los pies y de los brazos. Yo busqué la manta de Leonidas, que estaba unos pasos más allá, y con ella le cubrí la cara, a tientas, sin mirar.
Luego, entre los tres lo cargamos al hombro en dos hileras, como a un ataúd, y caminamos, igualando los pasos, en dirección al sendero que escalaba la orilla del río y que nos llevaría a la ciudad. – No llore, viejo – dijo León. – No he conocido a nadie tan valiente como su hijo. Se lo digo de veras.
Leonidas no contestó. Iba detrás de mí, de modo que yo no podía verlo.
A la altura de los primeros ranchos de Castilla, pregunté.
– ¿Lo llevamos a su casa, don Leonidas?
– Sí – dijo el viejo, precipitadamente, como si no hubiera escuchado lo que le decía.

Los jefes, 1959.

sábado, 24 de octubre de 2026

El relámpago. Italo Calvino.

Me ocurrió una vez, en un cruce, en medio de la multitud, de su ir y venir.
Me detuve, parpadeé: no entendía nada. Nada de nada: no entendía las razones de las cosas, de los hombres, todo era insensato, absurdo.
Y me eché a reír.
Lo extraño para mí era que nunca antes lo hubiese advertido. Y que hasta ese momento lo hubiese aceptado todo: semáforos, vehículos, carteles, uniformes, monumentos, aquellas cosas tan separadas del sentido del mundo, como si hubiera una necesidad, una consecuencia que las uniese una a otra.
Entonces la risa se me murió en la garganta, enrojecí de vergüenza.
Gesticulé para llamar la atención de los transeúntes y «¡Deteneos un momento!», grité. «¡Hay algo que no funciona! ¡Todo está equivocado! ¡Hacemos cosas absurdas! ¡Éste no puede ser el camino justo! ¿Dónde iremos a parar?».
La gente se detuvo a mi alrededor, me observaba, curiosa. Yo estaba allí en medio, gesticulaba, me volvía loco por explicarme, por hacerles partícipes del relámpago que me había iluminado de golpe: y me quedaba callado. Callado porque en el momento en que alcé los brazos y abrí la boca, fue como si me tragara la gran revelación y las palabras me hubiesen salido así, en un arranque.
—¿Y qué? —preguntó la gente—. ¿Qué quiere decir? Todo está en su sitio. Todo marcha como debe marchar. Cada cosa es consecuencia de otra. ¡Cada cosa está ordenada con las demás! ¡Nosotros no vemos nada de absurdo ni de injustificado!
Yo me quedé allí, perdido, porque ante mi vista todo había vuelto a su lugar y todo me parecía natural, semáforos, monumentos, uniformes, rascacielos, rieles, mendigos, cortejos; y sin embargo aquello no me daba tranquilidad sino tormento.
—Disculpad —respondí—. Tal vez me haya equivocado. Me pareció. Pero todo está en orden. Disculpad —y me abrí paso entre miradas ásperas.
Sin embargo, todavía hoy, cada vez que no entiendo algo (a menudo), instintivamente me asalta la esperanza de que esta vez sea la buena, y que yo vuelva a no entender nada, a adueñarme de aquella sabiduría diferente, en un instante encontrada y perdida.

 La gran bonanza de las Antillas, 1991.

sábado, 17 de octubre de 2026

El hacha pequeña de los indios. Abelardo Castillo.

Después, ella hizo un alocado paso de baile y una reverencia y agregó que por eso ésta era una noche especial, mientras él, incrédulo, la miraba con los ojos llenos de perplejidad (o de algo parecido a la perplejidad, que también se parecía un poco a la locura), pero la muchacha sólo reparó en su asombro porque él había sonreído de inmediato y cuando ella le preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle, el hombre alcanzó a murmurar nada amor mío, nada, y se rió, y siguió riéndose como si aquello ya no tuviese importancia puesto que estaba loco de alegría, como si realmente se hubiera vuelto loco de alegría. Por eso, cuando ella fue hacia el dormitorio y agregó no tardes, el hombre dijo que no. Voy en seguida, dijo. Pero se quedó mirando el hacha que colgaba junto al aparador de cedro, nueva todavía, sin usar, porque esas cosas son en realidad adornos o poco menos que se regalan en los casamientos pero que nadie utiliza y quedan colgadas ahí, como ésta, en el mismo sitio desde hace un año, haciéndole recordar cada vez que la miraba (de un lado el filo; del otro, una especie de maza, con puntas, para macerar carne) viejas historias de indios cuando él era Ojo de Halcón y mataba al traidor o al lobo empuñando un hacha parecida a ésta. Sólo que aquélla era de palo y ésa estaba ahí, de metal brillante, frente al hombre que ahora, al levantarse y cruzar la habitación, evocó la primera noche que cruzó esta habitación igual que ahora, el día que se casaron pese al gesto ambiguo de los amigos, pese a las palabras del médico, la noche un poco casual en que se encontraron casados y mirándose con sorpresa, riéndose de sus propias caras, después de aquel noviazgo o juego junto al mar en el que hasta hubo una gitana y fuegos artificiales y un viejo napolitano que cantaba romanzas, fin de semana o sueño que él recordaba desde el fondo de un país de agua como una sola y larga madrugada verde, como estar desnudo y algo ebrio sobre una arena lunar, de tan limpia, como un gusto a ola o a piel mojada pero sobre todo como un jirón de música de acordeón y la voz del viejito napolitano en alguna cantina junto a los malecones, vértigo que se consumó en dos días porque la muchacha era hermosa —linda como una estampa de la Virgen, dijo mamá al verla, te hará feliz, y también lo había dicho la gitana, que sin embargo bajó los ojos y no aceptó el dinero—, y de pronto estaban riéndose y casados, pese al gesto cortado de algún amigo al saludarla, pese a que ella quería tener un hijo y a la gitana que decía la buenaventura entre los fuegos artificiales, pese al espermograma y al dictamen médico y a que cada vez que la veía mirar a un chico, cada vez que la veía acariciarles la cabeza y jugar atolondradamente con ellos como una pequeña hermana mayor de ojos alocados y manos como pájaros, pensaba estoy haciendo una porquería y sentía vergüenza, y asco, un asco parecido al que lo mareaba ahora, en el momento de descolgar el hacha pequeña, mientras la sopesaba lo mismo que sopesó durante un año entero la idea de contárselo todo, de contarle que al casarse con ella él le había matado de algún modo y para siempre un muchachito rubio, un chiquilín tropezante que jamás podría andar cayéndose, levantándose, dejando sus juguetes por la casa: hasta que al fin esta misma tarde él decidió contárselo todo porque supo secretamente que ella, la muchacha de ojos alocados y manos como pájaros, la perra, entendería. Y llegó a la casa pensando en el tono con que pronunciaría sus primeras palabras esa noche (tengo que decirte algo), el tono intrascendente o ingenuo que tienen siempre las grandes revelaciones. Por eso el hombre estaba cruzando ahora la habitación y empuñaba el hacha pequeña de los indios que le recordaba historias de matar al cacique o al lobo, o a la grandísima perra que esta noche, antes de que él hablara, dijo que tenía algo que decirle: algo que ella había dicho con el tono intrascendente e ingenuo de las grandes revelaciones. «Vamos a tener un hijo», había dicho. Simplemente. Después, hizo un paso de baile y una reverencia.

Las panteras y el templo, 1976. 

martes, 13 de octubre de 2026

Microficciones de Rolando Revagliatti. 2ª parte.

Pacto
Alguien-Que-Mereciera-Llamarse-Lulú conoció, sin procurarlo, a La-Muerte-Que-Te-Alcanza, en un crepúsculo del mil setecientos. Importa consignar que, esencialmente, a la primera le disgustó la segunda, mientras que la segunda simpatizó con la primera. Por completo de acuerdo, se arrancaron los ojos.


Nimbo
Enorme y bueno. Trabajaba y residía en un taller mecánico. Entre sus pertenencias figuraban un colchoncito con cotín engrasado como él y unas frazadas asquerosas. Dos gatos dormían a su lado. Cocinaba huevos y sopa y se calentaba mate cocido con una garrafa. A los chicos del barrio les producía curiosidad. Un día, ese hombre que se trasladaba bamboleándose, que sonreía y silbaba, que apretaba con los dientes un toscano, ese hombre de paz, muerto, apareció nimbado, semi-empotrado en un pilar, inapacible, limpio, con alígero nimbo de barniz selenita.


Cuento corto
En sus cuentos —me refiero a mi hija—, que son breves, hay misterio, suspenso. Y siempre mata a alguien. Acababa de leerme el último, y en ese, moría el protagonista. Le pregunté: “¿Por qué no hacés que siga vivo?” Ella me explicó: “No me salía, no sabía cómo continuar, me cansé y, además, ya estuve mucho rato”. Le sugerí: “Seguí escribiéndolo mañana”. Adujo: “No; porque es un cuento corto”.


Solo
Desde que me quedé solo decreció mi optimismo. (Riego malvones a la madrugada. Volveré al lecho. Hasta que aburrido me dejaré caer, y lograré así reaccionar, sobreponerme y encarar el día, si no laborable para mí, que eso nunca, al menos...) Los que ya no están, con cariño y con resignación, me instaban a la diurna vigilia.
¿Han contemplado a pájaros muriendo?... Yo los he contemplado. Corbatitas, jilgueros, chingolos..., despidiéndose a través de sonidos broncos y aislados, o de un piar chillón y sostenido.
Ya no me afeito ni me peino, no recito églogas en el salón principal ni ensayo formas de saludo frente al gran espejo del vestíbulo. No hay artilugio ni práctica conspicua que pudiera adquirir o conservar. Duermo ahora con los pies envueltos en una bufanda y bebo el té amargo, sin limón ni coñac. Claro está, no espero ser visitado ni socorrido, aun en circunstancias extremas. Desde que me quedé solo, soy, a simple vista, un hombre infeliz.

 


domingo, 4 de octubre de 2026

Film. Rolando Revagliatti.

Una joven dama argentina casada se halla con un mexicano licenciado en abogacía. Tienen un hijito y una mansión en ciudad de México. Ella era cancionista de tangos hasta que se produjo su enlace, sin lo que se dice amor-amor, para acceder así, legalmente (por la puerta grande, principal), a la suprema misión a la que una mujer muy mujer está destinada: dar a luz y consagrarse al retoño. Aunque rígido el magnate esposo, condesciende en acompañarla a presenciar un ensayo de la compañía (en gira por aquellas latitudes) de artistas de variedades en la que había participado, para así reencontrarse con sus ex-compañeros, entre los que se cuenta quien fuera su novio, el pianista, que la sigue adorando. Incómodo entre esa gente, con brusquedad el marido se retira sin saludar. La consorte se despide de sus ex-compañeros, excusándose, con el objetivo de alcanzarlo. Esto no ocurre y acepta la invitación del gentil ex-novio de trasladarla en su auto a la suntuosa residencia. Pero el pillo pianista no enfila hacia allí. La ex-novia lo advierte y protesta con despliegue motriz, a consecuencia de lo cual el automóvil choca, el ex-novio (y desde entonces ex-pianista) muere, y la ex-cancionista queda con magulladuras. Enterado el huraño picapleitos, con estupor y arrasadora indignación, que su (para él) ex-intachable esposa se encontraba en el vehículo del ex-novio al desencadenarse el accidente, decide divorciarse de ella y, cruel, separarla del vástago, al que comunica que no volverá a ver a su madre (cuando éste, como siempre, se entretenía oyendo en el fonógrafo los discos de 78 grabados por la mami en épocas de esplendor). Corroído por los celos y la omnipotencia, el agraviado cónyuge destruye discos, fotos y demás rastros de la abominada. Disponiendo de influencias, consigue expulsarla del país. Adoptando un nombre artístico retorna ella a su métier, en el que vuelve a descollar, y de este modo van transcurriendo los años, añadiendo alguna cana señorial y efectuando temporadas hoy aquí, mañana allá, con compañías conformadas, entre otros, por bailarines, músicos y malabaristas. No arma pareja (su representante y empresario la ama en secreto) y añora a su hijo, ansiando la extinción del ex-marido, a quien, al admitir la derrota, habíale augurado que él abandonaría este valle de lágrimas, antecediéndole. Informada un buen día de que esto había acontecido y de que el hijo se tambaleaba, desmoralizado desde la desaparición física de su padre, que lo había criado en el odio hacia la supuesta casi ex-adúltera, regresa a México, tras caducar, merced ahora a sus propias influencias, la disposición que lo impedía. El muchacho se embriaga y dilapida su fortuna en juegos de azar, habiendo interrumpido la carrera universitaria (abogacía). Y es también el azar quien dispone que la chica de la pareja de bailarines que el empresario contrata ya en la capital azteca, esté noviando con el confundido ricachón. Descubre la madre que ese mozo apuesto e impertinente que le fuera presentado en una fiesta, candidato de la vulgar y trepadora danzarina, es exactamente su único hijo. Dimes y diretes, lindos momentos y malos entendidos, desesperación y regocijo, la madre impulsa tan perfecta estratagema que logra desnudar los innobles (embaucadores) propósitos de la blonda ordinaria, que no sólo no estima al muchacho, sino que, además, está ya unida en matrimonio con su partenaire. Es tal el flujo de apasionada simpatía que irradian hijo y madre entre sí, que, producidas diversas citas equívocas, el hijo enuncia, intentando besarla en los labios, que ha comprendido que ella está que arde por él. La madre se horroriza, claro, qué menos, se espeluzna, y se casa, de nuevo sin amor, con el representante y empresario (como para conjurar pulsiones, me sopla, sonriente, un amigo, estudiante de psicología). Por fin, estando la madre interpretando en el primer coliseo un tema amargo, sombrío, pernicioso, impregnado de desconsuelo, y divisando al hijo entre el público yéndose abatido, intuye de súbito que él se escurre dispuesto, acaso, a quitarse la vida. Corre y lo alcanza, así nomás, él ya en su coupé y con el motor en marcha. Asciende y él arranca furioso, contrincante de sí mismo, y conduce a velocidades inauditas, sin rumbo, mientras ella lo apremia instándolo a toparse contra el bendito grado de parentesco que los involucra. Se lo grita la madre justo cuando la coupé, ingobernable, está por desbarrancarse. Ambos salen despedidos, la coupé se incendia, la madre (Libertad Lamarque) perece, y el hijo, contuso, llorándose todo, la sostiene entre sus brazos (filiales en la tragedia), sentado, apoyado contra un árbol, como a una amante.


lunes, 28 de septiembre de 2026

El geranio. Flennery O'Connor.

El viejo Dudley se dobló en la silla que poco a poco iba amoldando a su cuerpo, miró por la ventana y, unos cuantos metros más allá, vio otra ventana enmarcada en ladrillos rojos manchados de tizne. Esperaba el geranio. Lo sacaban todas las mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. «Los nuestros sí que son geranios pensó el viejo Dudley, no como esta cosa rosa y verde con lazos de papel.» El geranio que ponían en la ventana le recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol. Si Lutisha llegaba a echarle mano a ese geranio y a plantarlo en la tierra, a las pocas semanas seguro que conseguía algo digno de verse. Esos que vivían al otro lado del callejón no tenían ni idea de cómo se cuidan los geranios. A este lo sacaban para que se cocinara todo el día bajo un sol de justicia, y lo ponían tan cerca del borde que, a la que soplara un poco de viento, acababa en el suelo. No tenían ni idea, ni idea de geranios. Esa maceta no tenía que haber estado donde estaba. Al viejo Dudley se le hizo un nudo en la garganta. Lutish era capaz de conseguir que arraigara lo que le echasen. Y Rabie también. Notó una opresión en la garganta. Echó la cabeza hacia atrás y trató de aclararse las ideas. No se le ocurrían muchas cosas en las que pensar que no le hicieran sentir el nudo en la garganta. Entró su hija y le preguntó:
—No quieres salir a dar un paseo? —Se la veía molesta.
No le contestó.
—Sales o no sales?
—No salgo.
Se preguntó cuánto tiempo iba a seguir su hija allí de pie. Hacía que los ojos se le pusieran como la garganta. Se le iban a nublar y entonces ella se daría cuenta. Se había dado cuenta otras veces y había sentido pena por su padre. También había sentido pena por sí misma. «Se lo podría haber ahorrao pensó el viejo Dudley, si lo hubiese dejao en paz, si hubiese dejao que se quedara allá en el pueblo y no se hubiese empeñao en cumplir con su maldito deber.» Ella salió de la habitación lanzando un fuerte suspiro, y ese suspiro le fue subiendo por el cuerpo y le recordó otra vez el momento aquel de eso ella no tenía la culpa en que, de repente, le habían entrado ganas de ir a Nueva York a vivir con su hija.
Podía haberse librado de ir. Podía haberse puesto firme, haberle dicho que viviría su vida donde había vivido siempre, le enviara o no dinero todos los meses, se las arreglaría con la jubilación y lo que sacara haciendo chapuzas. Que se quedara con el maldito dinero, lo necesitaba más que él. Se hubiera alegrado de que liquidaran su deber de hija de aquella manera. Entonces, si él se moría solo, lejos de sus hijos, ella podía decir que la culpa la tenía su padre; y si llegaba a ponerse enfermo y no tenía quién lo cuidara, ella podía haber dicho que se lo había buscado él solito Pero, claro, llevaba dentro aquella cosa y le habían entrado ganas de conocer Nueva York. Cuando era niño había estado en Atlanta una vez, y había visto Nueva York en una película. Big Town Rhythm se llamaba. Las grandes ciudades eran lugares importantes. Aquella cosa que llevaba dentro le salió de repente, lo agarró por sorpresa. El lugar igualito al que había visto en el cine tenía un sitio para él! Un lugar importante y tenía sitio para él! Y había dicho que sí, que iría.
Enfermo debía estar cuando aceptó. Porque, sano, seguro que no decía que sí. El estaba enfermo y ella tan empeñada en cumplir con su maldito deber que al final consiguió convencerlo. Vamos a ver, por qué tuvo su hija que ir al pueblo a darle la tabarra? Con lo bien que se arreglaba él. La jubilación le alcanzaba para comer, y con las chapuzas que iba haciendo se pagaba el cuarto de la pensión.
Por la ventana de aquel cuarto veía pasar el río, denso y rojo, lo veía superar con esfuerzo las piedras y las curvas. Trató de pensar cómo era, además de rojo y lento. Añadió las manchas verdes de los árboles en las dos orillas, y en algún punto, río arriba, una mancha marrón para indicar la basura. Él y Rabie iban hasta ahí todos los miércoles a pescar en una barca. Rabie se conocía el río de arriba abajo en un tramo de treinta kilómetros. En todo el condado de Coa no había ni un solo negro que lo conociese como él. A Rabie le encantaba el río, pero al viejo Dudley no le decía nada. A él lo que le interesaban eran los peces. Le gustaba volver por la noche con una larga ristra de pescados y echarlos en el fregadero. «Traigo unos cuantos qu’he pescao», decía. «Hacía falta un hombre para pescar unos pescaos así», comentaban siempre las viejecitas de la pensión. El y Rabie salían los miércoles bien temprano y pescaban todo el día. Rabie se encargaba de encontrar los sitios buenos y de remar; el viejo Dudley se encargaba de pescarlos. A Rabie no le interesaba demasiado pescar, a él lo que le gustaba era el río.
—¿Pa qué le vale echar el sedal ahí, jefe? —decía—. Si ahí no queda ni un pescao. Este viejo río no esconde nada por aquí, no señor.
Reía como un tonto y llevaba la barca río abajo. Así era Rabie. Para robar tenía más arte que las comadrejas, pero sabía dónde había buena pesca. El viejo Dudley siempre le regalaba los pescados chicos.
El viejo Dudley había vivido en la planta de arriba de la pensión, en el cuarto de la esquina, desde la muerte de su esposa en el año 1922. Protegía a las ancianitas. Era el hombre de la casa y hacía las cosas que se supone que debe hacer el hombre de la casa. La tarea era aburrida por las noches, cuando las viejecitas se sentaban en la sala a rezongar y a hacer ganchillo y el hombre de la casa estaba obligado a escuchar y a hacer de juez en las guerras de cotorreos y chillidos crispantes. Pero durante el día estaba Rabie. Rabie y Lutisha vivían en el sótano. Lutish cocinaba y Rabie se ocupaba de la limpieza y del huerto, pero menudo era para escaquearse con la faena a medio hacer e irse a echarle una mano al viejo Dudley en alguna de sus empresas: construir un gallinero, pintar una puerta. Le gustaba escuchar, que le contaran cosas de Atlanta, de cuando el viejo Dudley estuvo allí, y de cómo se montaban los fusiles y un montón de cosas más que el viejo sabía.
A veces, por las noches, iban a cazar zarigüeyas. Nunca cogían ni una zarigüeya, pero, de vez en cuando, al viejo Dudley le gustaba librarse de las señoras y la caza era una buena excusa. A Rabie no le gustaba ir a cazar zarigüeyas. Nunca cazaban ni una zarigüeya, ni siquiera conseguían hacer que alguna se subiera a un árbol; además, Rabie era más bien un negro de río.
—Esta noche no vamo a cazar zarigüeyas, ¿eh, jefe? Tengo algo que hacer —decía cuando el viejo Dudley se ponía a hablar de sabuesos y escopetas.
—¿A quién le vas a robar las gallinas esta noche? —preguntaba Dudley sonriendo.
—Me parece qu’esta noche toca cazar zarigüeyas —suspiraba Rabie.
El viejo Dudley sacaba la escopeta, la desmontaba y, mientras Rabie limpiaba las piezas, le explicaba el mecanismo. Después volvía a montarla. A Rabie le maravillaba la forma en que conseguía volver a montarla. Al viejo Dudley le hubiera gustado explicarle a Rabie cosas de Nueva York. Si hubiera podido enseñársela a Rabie, la ciudad no habría sido tan grande y él no habría notado aquella presión cada vez que salía, «Tan grande no es le habría dicho—. No te dejes agobiar, Rabie. Es una ciudad com’otra cualquiera, y a la final las ciudades tampoco no son tan complicadas».
Lo eran. De pronto Nueva York era todo bullicio y actividad y al cabo de nada lo veías sucio y sin vida. Su hija ni siquiera vivía en una casa. Vivía en un edificio, en medio de una hilera de edificios todos iguales, grises y rojos, manchados de tizne, con gentes de boca agria asomadas a las ventanas para ver otras ventanas y otras gentes que las miraban a su vez. Y dentro, subías y bajabas, y solo veías corredores, como cintas de medir donde las puertas indicaban los centímetros. Recordó que la primera semana aquel edificio lo había dejado aturdido. Se despertaba con la esperanza de que durante la noche los corredores hubiesen cambiado, se asomaba a la puerta y ahí estaban, alargados como pistas para pasear perros. Y las calles, tres cuartos de lo mismo. Se preguntaba adonde llegaría si caminaba hasta el final de alguna de ellas. Una noche soñó que lo hacía y que acababa al final del edificio: en ninguna parte.
A la semana siguiente tomó algo más de conciencia de su hija, su yerno y su nieto: se pusiera donde se pusiera, siempre estaba en medio. Su yerno sí que era curioso. Era camionero y solo estaba en casa los fines de semana. Decía «naa» en lugar de «no» y en la vida había oído hablar de zarigüeyas. El viejo Dudley dormía en el cuarto con su nieto de dieciséis años, con el que no se podía hablar. Algunas veces, cuando el viejo Dudley y su hija se quedaban solos en el apartamento, ella se sentaba y hablaba con él. Primero tenía que pensar en qué iba a decirle a su padre. Normalmente la conversación se terminaba antes de que ella considerase llegado el momento de levantarse y ponerse a hacer otra cosa, y entonces él se veía obligado a decir algo. Siempre trataba de pensar en algo que no le hubiese dicho ya. Ella nunca lo escuchaba la segunda vez. Lo que ella veía era que su padre pasaba sus últimos años con su familia y no en una pensión de mala muerte, llena de viejas a las que les temblaba la cabeza. Ella cumplía con su deber. No como sus hermanos.
Una vez lo llevó de compras, pero él estuvo de lo más torpe. Fueron en el «metro», un ferrocarril que iba por debajo de la tierra, por una especie de cueva inmensa. La gente salía de los trenes como hormigas, subían las escaleras y llegaban a las calles. Y dejaban las calles, bajaban las escaleras y se metían en los trenes: blancos, negros, amarillos, mezclados como verduras en la sopa. Aquello era un hormiguero. Los trenes entraban como flechas en los túneles, iban por canales y de repente se detenían. Los que bajaban se abrían paso a empujones entre los que subían y el tren salía otra vez disparado. El viejo Dudley y la hija tuvieron que tomar tres distintos antes de llegar a donde iban. El se preguntó para qué salía la gente de su casa. Notaba como si se hubiese tragado la lengua. Ella lo sujetaba de la manga y tiraba de él entre el gentío.
También viajaron en un tren que iba por encima del suelo. Ella lo llamaba «elevado». Para tomarlo tuvieron que subir a un andén muy alto. El viejo Dudley se asomó por encima de la barandilla y, allá abajo, vio a la gente y los coches pasar muy, muy rápido. Le entraron ganas de vomitar. Se agarró de la barandilla y se dejó caer sobre el suelo de madera del andén. La hija lanzó un grito y lo apartó del borde.
—Pero qué haces, ¿quieres caerte y matarte? —le gritó.
Por una rendija en las tablas entrevió el fluir de coches en la calle.
—No m’importa —murmuró—. No m’importa si vivo o si muero.
—Anda, vamos —le dijo ella—, te sentirás mejor cuando lleguemos a casa.
—¿A casa? —repitió.
Allá abajo, los coches avanzaban a su ritmo.
—Anda, vamos —repitió ella—, que ya viene; estamos justo a tiempo de pillarlo.
Les hubiera dado tiempo de pillarlos todos.
Consiguieron subirse a ese. Volvieron al edificio y al apartamento. En el apartamento estaban demasiado apretados. Te pusieras donde te pusieras, siempre había alguien. La cocina daba al lavabo y el lavabo daba a todo lo demás, así que siempre estabas en el lugar de partida. Allá en el pueblo tenías la planta de arriba, el sótano, el río y el centro, delante de Fraziers… y dale, otra vez la garganta.
Hoy el geranio se retrasaba. Eran las diez y media. Normalmente, a eso de las diez y cuarto ya lo habían sacado.
En alguna parte del corredor una mujer chilló algo ininteligible a la calle; una radio gemía con la música cansina de una radionovela; un cubo de basura cayó con estrépito por la escalera de incendios. Se oyó un portazo en el apartamento de al lado y unos pasos decididos se alejaron por el corredor.
—Será el negro —masculló el viejo Dudley—. El negro de los zapatos relucientes.
Llevaba allí una semana cuando el negro se mudó. Ese jueves, cuando se asomó a la puerta para mirar por los corredores largos como pistas para pasear perros, vio al negro entrar en el apartamento de al lado. Llevaba un traje gris mil rayas, y una corbata color habano. El cuello duro y blanco le dibujaba una línea bien definida en la piel. Los zapatos relucientes también eran color habano a juego con la corbata y la piel. El viejo Dudley se rascó la cabeza. No sabía que la gente que vivía apretada en un edificio pudiera pagarse un sirviente. Rió entre dientes. Para lo que les iba a servir un negro endomingado. A lo mejor este negro conocía el campo de los alrededores… o a lo mejor sabía cómo se llegaba al campo. En una de esas podían ir de caza. Podían buscar un arroyo en alguna parte. Cerró la puerta y fue al cuarto de la hija.
—Oye! —le gritó—, los d’aquí al lao tienen un negro. Será pa que limpie. Tú ¿crees que lo van a hacer venir to los días?
Sin dejar de hacer la cama, su hija levantó la cabeza y le preguntó:
—¿Se puede saber de qué me estás hablando?
—Digo que los d’aquí al lao tienen un criado, un negro, va to endomingao.
La hija se fue al otro lado de la cama y le dijo:
—A ti te falta un tornillo. El apartamento de al lado está vacío, además, en este edificio nadie puede pagarse un criado.
—Te digo que lo vi —insistió el viejo Dudley riendo burlón. Entró derechito en l’apartamento y llevaba corbata, cuello blanco y zapatos con punta.
—Si entró en el apartamento de al lado, seguro que se lo limpia él —masculló.
Se fue hasta el tocador y empezó a revolver las cosas. El viejo Dudley lanzó una carcajada. Cuando quería, la hija resultaba bien cómica. Y le dijo:
—Bueno, me parece que voy ir a ver cuándo le dan el día libre. En una d’esas lo convenzo que le gusta la pesca. —Y se dio una palmada en el bolsillo haciendo tintinear las dos monedas de veinticinco centavos.
Antes de que consiguiera salir del todo al corredor, ella salió corriendo a buscarlo y tiró de él para hacerlo entrar.
—¿Es que no me oyes? —le gritó—. Te hablo en serio. Si entró en el apartamento es que lo tiene alquilado para él. Ni se te ocurra preguntarle nada ni hablar con él. No quiero líos con estos negros.
—¿Quieres decir que va vivir aquí al lao? —murmuró el viejo Dudley.
—Supongo —contestó ella encogiéndose de hombros—. Y tú no te metas en lo que no te importa —agregó—. Tú con ese no tienes nada que ver.
Se lo dijo tal cual. Como si él no tuviera sentido común. Pero ahí mismito le echó la bronca. Se las cantó bien claritas y bien que lo entendió.
—No es así como t’han educao! —le dijo con voz atronadora—. No t’han educao pa vivir apretujada con estos negros del norte que se creen que valen lo mismo que tú, y encima te piensas que yo tendría tratos con un tipo así! Si te piensas que me quiero mezclar con ellos, estás loca.
Tuvo que calmarse un poco porque se le hacía un nudo en la garganta. Ella se puso tiesa y le dijo que vivían donde podían permitírselo y que hacían lo que podían. Con sermones a él! Después salió toda tiesa sin decir una palabra más. Así era ella. Trataba de mostrarse solemne echando los hombros hacia atrás estirando el cuello. Ni que él fuera un tonto. Ya sabía que los yanquis dejaban entrar a los negros por la puerta principal y sentarse en sus sillones, pero lo que no sabía era que su propia hija educada como estaba mandado, se iría a vivir justo al lado de ellos, y que después pensaría que él tenía tan poco sentido común para mezclarse con esa gentuza. Justo él!
Se levantó y cogió un diario que había en otra silla. Ya puesto cuando ella volviera a entrar, haría como que estaba leyendo. No tenía sentido que se estuviera ahí parada, mirándolo fijamente, convencida de que debía buscarle alguna ocupación. Miró por encima del periódico la ventana al otro lado del callejón. Todavía no estaba el geranio. Nunca había tardado tanto. El primer día que lo había visto estaba sentado ahí mismo, asomado a la ventana, mirando la otra ventana, y entonces le había echado un vistazo al reloj para calcular cuánto tiempo había pasado desde el desayuno. Al levantar la vista, lo vio. Dio un respingo. No le gustaban las flores, pero el geranio no parecía una flor. Se parecía a Grisby, el chico enfermo del pueblo, y era del mismo color que las cortinas que las ancianas tenían en la sala, y el lazo de papel de la maceta se parecía al que Lutish llevaba en la espalda del uniforme de los domingos. Lutish era aficionada a los lazos. «Como la mayoría de las negras», pensó el viejo Dudley.
La hija volvió a pasar. Él se había propuesto que cuando pasara lo viera leyendo el diario.
—Hazme un favor, ¿quieres? —le dijo ella como si acabara de inventarse un favor para que él tuviera que hacérselo.
Ojalá no lo mandara otra vez a la tienda de comestibles. La última vez se había perdido. Esos malditos edificios eran todos iguales. Asintió con la cabeza.
—Baja al tercer piso y pídele a la señora Schmitt que me preste el patrón de la camisa que usa para Jake.
¿Por qué no lo dejaba quedarse ahí sentado? No necesitaba el patrón de la camisa.
—De acuerdo —le dijo—. ¿Qué apartamento es?
—El diez… y está en el mismo sitio que este. Justo aquí debajo, bajando tres pisos.
El viejo Dudley siempre temía que al salir a aquellas pistas para pasear perros se abriera de repente una puerta y uno de los hombres de morro fino que se sentaban en camiseta en los alféizares de las ventanas le gruñeran: «Y tú qu’haces aquí?». La puerta del apartamento del negro estaba abierta y vio a una mujer sentada en una silla, al lado de la ventana. «Negros yanquis», masculló. La mujer llevaba unas gafas sin montura y sobre el regazo tenía un libro. «Las negras no se sienten elegantes hasta que no llevan gafas», pensó el viejo Dudley. Se acordó de Lutish y de sus gafas. Había ahorrado trece dólares para comprárselas. Y entonces fue al médico, le pidió que le revisara la vista y le dijera cómo de gruesas tenían que ser las gafas. El hombre la mandó mirar unos dibujos de animales a través de un espejo, le puso una luz muy cerca de los ojos y le observó la cabeza por dentro.
Y después le dijo que no necesitaba gafas. Lutish se enojó tanto que durante tres días seguidos se le quemó el pan de maíz, y después de todos modos se compró unas gafas en la tienda de baratillo. No le costaron más que un dólar con noventa y ocho centavos y se las ponía todos los sábados. «Así eran las negras», rió entre dientes el viejo Dudley. Se dio cuenta de que había hecho ruido y se tapó la boca con la mano. A ver si lo oía alguno de los que vivían en los apartamentos.
Bajó el primer tramo de escaleras. En el segundo, oyó unos pasos que subían. Se inclinó por encima del pasamanos y vio que era una mujer, una gorda con el delantal puesto. Desde arriba se parecía un poco a la señora Benson, la del pueblo. Se preguntó si la mujer iba a hablarle. Cuando los separaban apenas cuatro escalones, él la miró de reojo, pero ella no lo estaba mirando. Cuando se cruzaron en el mismo escalón, le echó un vistazo rápido y comprobó que lo miraba a la cara, como si nada. Entonces lo adelantó. No le había dicho una sola palabra. El viejo Dudley sintió un peso en el estómago.
Bajó cuatro pisos en vez de tres. Volvió a subir uno y encontró el número 10. La señora Schmitt dijo que bueno, que esperara un momento, que iría a por el patrón. Mandó a uno de los niños a que se lo llevara a la puerta. El chico ni abrió la boca.
El viejo Dudley empezó a subir las escaleras. Tenía que ir más despacio. Se cansaba al subir. Se cansaba con todo, o eso parecía. Claro que cuando Rabie corría por él la cosa era distinta. Rabie era un negro ágil de pies. Capaz de meterse en un gallinero sin que ni siquiera las gallinas se enteraran y de sacar el pollo más gordo de todos sin darle tiempo a pipiar. Rápido, además. Dudley siempre había sido pesado de pies. En los gordos era natural. Se acordó de una vez, cuando él y Rabie estaban cazando codornices cerca de Molton. Llevaban entonces un sabueso que te encontraba los nidos más rápido que el más lindo de los pointers. Eso sí, no servía para traértelas de vuelta, pero las encontraba siempre, y después se quedaba más tieso que un palo mientras tú apuntabas a los pájaros. Aquella vez el perro se paró en seco.
—Va ser grand’el nido ese —susurró Rabie—. Lo noto.
El viejo Dudley levantó la escopeta despacio a medida que caminaban. Tuvo que poner cuidado al andar sobre la pinaza. Con tanta pinaza, el suelo se volvía resbaladizo. Rabie pasaba el peso de una pierna a la otra, levantaba y apoyaba los pies sobre la pinaza blanda como la cera con un cuidado instintivo. Miraba al frente y avanzaba deprisa. El viejo Dudley miraba con un ojo hacia delante y con el otro el suelo, que empezaría a bajar y él resbalaría peligrosamente hacia delante, o, cuando quisiera subir con esfuerzo una pendiente, resbalaría hacia atrás.
——Jefe, ¿no vale más qu’esta vuelta coja yo los pájaros? —sugirió Rabie—. Los lunes no anda usté muy ligero de pies. Si se cae en una d’esas pendientes, los pájaros se desparramarán antes que pueda usté apuntar con l’escopeta.
El viejo Dudley quería coger toda la nidada. Habría podido darle a cuatro sin problema. —Los cogeré yo —masculló.
Levantó la escopeta para apuntar y se inclinó hacia delante. Patinó con algo y se deslizó con los pies por delante. La escopeta se disparó y toda la nidada salió volando.
—Aah, dejamos escapar unos pájaros maníficos —suspiró Rabie.
—Encontraremos otra nidada —dijo el viejo Dudley—. Y ahora sácame de este maldito agujero.
Podría haber cazado cinco de esos pájaros si no se hubiera caído. Podría haberlos volteado como latas en una verja. Acercó una mano a la oreja y extendió la otra hacia delante. Podría haberlos volteado como en el tiro al plato. ¡Pum! Un crujido en la escalera lo obligó a volverse, mientras con los brazos seguía sosteniendo una escopeta invisible. El negro subía las escaleras que parecía que se comía los escalones, iba hacia él, una sonrisa divertida le estiraba el bigote cuidado. El viejo Dudley se quedó boquiabierto. El negro hacía muecas, como aguantando la risa. El viejo Dudley fue incapaz de moverse. Tenía la vista clavada en la línea bien definida que el cuello de la camisa marcaba sobre la piel del negro.
—¿Qué está cazando, veterano? —le preguntó el hombre con una voz que recordaba la risa de un negro y la sorna de un blanco.
El viejo Dudley se sintió como un crío con una pistola de aire comprimido. Se había quedado con la boca abierta y la lengua inmóvil en el centro. Notó una flojera justo debajo de las rodillas. Perdió pie, resbaló tres escalones y cayó sentado.
—Será mejor que tenga cuidado —le dijo el hombre—. Podría lastimarse en estas escaleras.
Le tendió la mano para que pudiera agarrarse y levantarse. Era una mano larga y estrecha, de uñas limpias y cortadas rectas. Daban la impresión de estar limadas. Las manos del viejo Dudley colgaban inertes entre sus rodillas. El negro lo agarró del brazo y tiró de él.
—¡Uff! —soltó—, ¡cómo pesa! Venga, colabore un poquito.
Al viejo Dudley se le destrabaron las rodillas y se levantó con dificultad. El negro lo tenía agarrado del brazo.
—De todas maneras voy para arriba —le dijo—. Lo ayudo.
El viejo Dudley echó una ojeada desesperada a su alrededor. A sus espaldas, las escaleras parecían echársele encima. Subía las escaleras con el negro. El negro lo esperaba en cada escalón.
—¿Así que caza? —le preguntó el negro—. Déjeme pensar. Una vez fui a cazar ciervos. Me parece que usamos una Dodson calibre treinta y ocho para coger esos ciervos. ¿Usted qué usa?
El viejo Dudley miraba sin ver los relucientes zapatos color habano.
—Escopeta —farfulló.
—Me gustan las armas, más que ir de caza —le decía el negro—. Nunca se me dio bien matar nada. Da pena acabar con la reserva de caza. Eso sí, si tuviera tiempo y dinero, coleccionaría armas.
En cada escalón esperaba a que el viejo Dudley lo subiera. Mientras, le iba hablando de armas y marcas. Llevaba unos calcetines grises con motas negras. Terminaron de subir las escaleras. El negro lo acompañó por el corredor, agarrándolo del brazo. Seguro que daba la impresión de que iba enlazado al brazo de aquel negro.
Fueron derechitos a la puerta del viejo Dudley. Y ahí el negro le preguntó:
—¿Es de por aquí?
El viejo Dudley negó con la cabeza, la vista clavada en la puerta. Todavía no había mirado al negro. Mientras subían las escaleras, no había mirado al negro.
—Ya verá —le dijo el negro—, es un sitio estupendo… cuando se acostumbre.
Le dio una palmada en la espalda al viejo Dudley y entró en su apartamento. El viejo Dudley entró en el suyo. El dolor de la garganta se le extendió por toda la cara y le empañó los ojos.
Se acercó arrastrando los pies a la silla junto a la ventana y se dejó caer en ella. La garganta estaba a punto de estallarle. La garganta estaba a punto de estallarle por culpa de un negro yanqui, un negro condenado que le daba palmadas en la espalda y lo llamaba «veterano». A él que sabía que eso no podía ser. A él que había venido de un lugar decente. Un lugar decente. Un lugar donde eso no podía ser. Notó algo raro en los ojos. Le estaban creciendo dentro de las órbitas y de un momento a otro se iban a quedar sin sitio. Estaba atrapado en ese lugar donde los negros te llamaban «veterano». No se dejaría atrapar. No se dejaría. Movió la cabeza contra el respaldo de la silla para estirar el cuello, lo notaba agarrotado.
Un hombre lo miraba. Desde la ventana, al otro lado del callejón, un hombre lo miraba fijamente. El hombre estaba viendo cómo lloraba. En ese lugar era donde tendría que haber estado el geranio, pero no, allí había un hombre en camiseta, que lo veía llorar y esperaba a que se le reventara la garganta. El viejo Dudley le sostuvo la mirada a aquel hombre. En ese lugar tendría que haber estado el geranio. Ese era el sitio del geranio y no del hombre.
—¿Y el geranio, dónde está? —le gritó pese a que se le cerraba la garganta.
—¿Pa qué llora? —le preguntó el hombre—. En mi vida no había visto a un hombre llorar así.
—¿Y el geranio, dónde está? —preguntó el viejo Dudley, tembloroso—. Ahí tendría que estar el geranio y no usté.
—Esta ventana es mía —le aclaró el hombre—. Tengo derecho a sentarme aquí, si me da la gana.
—¿Dónde está? —chilló el viejo Dudley. La garganta se le había abierto un poco.
—Se cayó pa abajo, si tanto l’interesa —le contestó el hombre.
El viejo Dudley se levantó y se asomó por encima del alféizar de la ventana. Seis pisos más abajo, en el callejón, alcanzó a ver una maceta hecha añicos sobre un montón de tierra desparramada y algo de color rosa que asomaba en medio de un lazo verde de papel. Seis pisos más abajo, destrozado.
El viejo Dudley miró al hombre que mascaba chicle y esperaba a ver cómo se le reventaba la garganta.
—No tenía qu’haberlo puesto tan cerca del borde —murmuró—. ¿Por qué no lo recoge?
—¿Por qué no lo recoge usté, agüelo?
El viejo Dudley se quedó con la vista clavada en el hombre que ocupaba el sitio donde debería haber estado el geranio.
Eso haría. Bajaría y lo recogería. Lo pondría en su ventana, y, si le daba la gana, se quedaría todo el día mirándolo. Se alejó de la ventana y salió del cuarto. Caminó despacio por la pista para pasear perros y llegó a las escaleras. Las escaleras se abrían hacia abajo como una herida en el suelo. Penetraban por un agujero como una caverna y bajaban, bajaban en picado. Y él había subido un tramo de esas escaleras un poco por detrás del negro. Y el negro lo había ayudado a levantarse y lo había llevado agarrado del brazo y había subido con él las escaleras y le había contado que cazaba ciervos, «veterano», y lo había visto empuñar una escopeta que no existía y lo había visto sentado en la escalera como un niño. Llevaba zapatos relucientes, color habano, y hacía muecas para no reírse y todo aquello era de risa. A lo mejor, en cada escalón había un negro con motas negras en los calcetines, haciendo muecas para no reírse. Las escaleras bajaban y bajaban en picado. No podía bajar y arriesgarse a que los negros le dieran palmadas en la espalda. Volvió al cuarto y a la ventana, se asomó y, allá abajo, vio el geranio.
El hombre seguía sentado donde debería haber estado la planta.
—Oiga usté, que no l’he visto recogerlo —le dijo.
El viejo Dudley lo miró fijamente.
—A usté lo tengo visto de otras veces —le dijo el hombre—. Lo veo ahí sentao, to los días en esa silla vieja, mirando por la ventana, mirando lo qu’hacemos en mi apartamento. Lo que yo hago en mi apartamento es asunto mío, ¿s’entera? No me gusta que la gente mire lo que yo hago.
Estaba tirado allá abajo, en el callejón, con las raíces al aire.
—Y mucho cuidao, yo aviso una sola vez —dijo el hombre, y se apartó de la ventana.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Canción última. Miguel Hernández.

Pintada, no vacía:

pintada está mi casa

del color de las grandes

pasiones y desgracias.


Regresará del llanto

adonde fue llevada

con su desierta mesa

con su ruinosa cama.


Florecerán los besos

sobre las almohadas.

Y en torno de los cuerpos

elevará la sábana

su intensa enredadera

nocturna, perfumada.


El odio se amortigua

detrás de la ventana.


Será la garra suave.


Dejadme la esperanza.

El hombre acecha, 1939.