sábado, 13 de junio de 2026

Un grito en la noche. Ernesto Ortega Garrido.

El piso se alquilaba con fantasma. Lo decía el anuncio: Calefacción central y fantasma incluido. Por ese precio, en el centro, no íbamos a encontrar nada mejor, y para nosotros, sin hijos que pudieran asustarse, resultaba perfecto. Poco a poco, nos hemos acostumbrado a su presencia. Le gusta apagar y encender las luces y, si estamos viendo una película, cambia de canal. A veces, se enfada sin razón y, como un niño, nos arroja cosas, o se encierra en el dormitorio, dando un portazo. pero lo peor son las noches, cuando estamos en la cama, leyendo un libro o haciendo el amor, y lo oímos gritar, llamar a papá y a mamá entre sollozos. Ni mi marido ni yo nos atrevemos a levantarnos. escuchamos unos pasitos. Una corriente de aire recorre la habitación. Algo se desliza entre las sábanas y se acurruca a nuestro lado, mientras nos hacemos los dormidos.

domingo, 7 de junio de 2026

El ser bajo la luz de la luna. H. P. Lovecraft.

Morgan no es hombre de letras; de hecho, su inglés carece del más mínimo grado de coherencia. Por eso me tienen maravillado las palabras que escribió, aunque otros se han reído.
Estaba sólo la noche en que ocurrió. De repente lo acometieron unos deseos incontenibles de escribir, y tomando la pluma redactó lo siguiente:
«Me llamo Howard Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence, Rhode Island. El 24 de noviembre de 1927 -no sé siquiera en qué año estamos- me quedé dormido y tuve un sueño; y desde entonces me ha sido imposible despertar.
»Mi sueño empezó en un paraje húmedo, pantanoso y cubierto de cañas, bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca cubierta de líquenes, al norte. Impulsado por una vaga curiosidad, subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, observando entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades de la meseta rocosa.
»En varios lugares, el paso estaba techado por el estrechamiento de la parte superior de la angosta fisura; en dichos lugares, la oscuridad era extraordinaria, y no se distinguían las madrigueras que pudiese haber allí. En uno de esos tramos oscuros me asaltó un miedo tremendo, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa para descubrir la fuente de mi alarma.
»Por último, salí a una meseta cubierta de roca musgosa y escasa tierra, iluminada por una débil luna que había reemplazado al agonizante orbe del día. Miré a mi alrededor y no vi a ningún ser viviente; sin embargo, percibí una agitación extraña muy por debajo de mí, entre los juncos susurrantes de la ciénaga pestilente que hacía poco había abandonado.
»Después de caminar un trecho, me topé con unas vías herrumbrosas de tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué en seguida a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910. Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré en vano a mi alrededor tratando de descubrir un interruptor de la luz…, entonces noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales. A continuación oí crujir la yerba escasa por el lado de la izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor. Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro patas dispuesto a correr hacia el coche.
»Me levanté de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas y leguas por la meseta, hasta que el cansancio me obligó a detenerme… Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas, sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.


………………………………………………..


»Me di cuenta de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por ello me resultó agradable.
»Desde esa noche espantosa lo único que pido es despertar…, ¡pero aún no ha podido ser!
»¡Al contrario, he descubierto que soy un habitante de este terrible mundo onírico! Aquella primera noche dejó paso al amanecer, y vagué sin rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la maleza y vi ante mí el viejo tranvía… ¡A su lado había un ser de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la luz de la luna!
»Todos los días sucede lo mismo. La noche me coge como siempre en ese lugar de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y echo a correr desenfrenadamente.
»¡Dios mío! ¿Cuándo despertaré?»
Eso es lo que Morgan escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de Providence; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí.


sábado, 6 de junio de 2026

Los que no están. Alejandro Bentivoglio.

Algunas noches nos despertamos preguntándonos quién está bailando en el piso de arriba. Pero nadie sube a ver, porque está vacío hace años y ¿cómo saber qué se encontrará? No tememos a los fantasmas o a invasores. Sin embargo, es mejor no ir.
Por otro lado, los del piso de abajo, ellos sí que no tienen de qué preocuparse. De nuestro piso vacío hace años que no sale ruido molesto alguno.

Música para naufragios y otros eventos sociales, 2015.

domingo, 31 de mayo de 2026

Mamá. Lucia Berlin.

Mamá lo sabía todo —dijo mi hermana Sally—. Era bruja. Incluso ahora que está muerta me da miedo que pueda verme.
A mí también. Me preocupo sobre todo cuando meto la pata hasta el fondo. Lo más triste es que cuando hago algo bien me gustaría que me viera. «Eh, mamá, fíjate en esto.» ¿Y si los muertos andan a su antojo mirándonos a todos, partiéndose de risa? Dios, Sally, eso suena como una de las cosas que diría mamá. ¿Y si resulta que soy igual que ella?
Nuestra madre se preguntaba cómo serían las sillas si dobláramos las rodillas al revés. ¿Y si a Jesucristo lo hubieran electrocutado? En lugar de llevar crucifijos en las cadenas, la gente iría por ahí con sillas colgando del cuello.
A mí me dijo: «Hagas lo que hagas, no procrees» —recordó Sally—. Y que si era tan idiota como para casarme alguna vez, me asegurara de elegir a un hombre rico que me adorara. «Nunca, jamás te cases por amor. Si amas a un hombre, querrás estar siempre a su lado, complacerlo, hacer cosas por él. Le preguntarás: “¿Dónde has estado?” o “¿En qué estás pensando?” o “¿Me quieres?”. Así que acabará pegándote. O saldrá a por cigarrillos y no volverá.»
Mamá odiaba la palabra «amor». La decía con el mismo desprecio que la gente dice la palabra «furcia».
Odiaba los niños. Una vez la fui a buscar a un aeropuerto cuando mis cuatro hijos eran pequeños, y chilló «¡Quítamelos de encima!», como si fueran una manada de dóberman.
No sé si me repudió por casarme con un mexicano o porque era católico.
Culpaba a la Iglesia católica de que la gente tuviera tantos hijos. Decía que los papas habían hecho correr el rumor de que el amor hacía feliz a la gente.
«El amor te hace desgraciado», decía nuestra madre. «Mojas la almohada llorando hasta quedarte dormida, empañas las cabinas telefónicas con tus lágrimas, tus sollozos hacen aullar al perro, fumas dos cigarrillos a la vez.»
¿Papá te hizo desgraciada? —le pregunté.
¿Tu padre? Él no podía hacer desgraciado a nadie.
Aun así, recurrí al consejo de mi madre para salvar el matrimonio de mi hijo. Coco, su mujer, me llamó, llorando a mares. Ken quería vivir por su cuenta unos meses. Necesitaba su propio espacio. Coco lo adoraba; estaba desesperada. De pronto me descubrí dándole consejos con la voz de mi madre. Literalmente, con su acento nasal de Texas, con su desdén.
Pues dale a ese idiota un poco de su propia medicina.
Le dije que no se le ocurriera pedirle que volviera a casa.
No lo llames. Mándate flores con tarjetas misteriosas. Enséñale a su loro gris africano a decir: «¡Hola, Joe!».
Le recomendé que se abasteciera de hombres, hombres guapos, bien plantados. Que les pagara si era necesario, solo para que se pasaran a verla. Que los invitara a Chez Panisse a almorzar. Que se asegurara de que hubiera hombres distintos en casa cuando Ken se presentara, a buscar ropa o a visitar al loro. Coco siguió llamándome. Sí, estaba haciendo lo que le había dicho, pero Ken aún no había ido a casa. Sin embargo, ya no sonaba tan apenada.
Finalmente un día Ken me telefoneó.
Eh, mamá, agárrate... Coco es una pécora de cuidado. Voy a buscar unos CD a nuestro apartamento, ¿vale? Y me encuentro ahí a ese tipo. Un ciclista, con un maillot morado de licra, probablemente sudoroso, tumbado en mi cama, viendo a Oprah en mi televisor, dándole de comer a mi pájaro.
¿Qué puedo decir? Ken y Coco han vivido felices desde entonces. Hace poco estuve de visita en su casa y sonó el teléfono. Coco contestó, habló un rato, riéndose de vez en cuando. Cuando colgó, Ken le preguntó «¿Quién era?». Coco sonrió: «Bah, un chico que conocí en el gimnasio».


Mamá echó por tierra mi película favorita —le conté a Sally—. La canción de Bernadette. Entonces yo iba al colegio St. Joseph y aspiraba a hacerme monja, o preferiblemente llegar a ser una santa. Tú no tendrías más de tres años. Vi aquella película tres veces. Al final accedió a venir conmigo al cine. No paró de reírse en todo el rato. Dijo que la bella dama no era la Virgen María. «Es Dorothy Lamour, por amor de Dios.» Durante semanas se burló de la Inmaculada Concepción. «Tráeme una taza de café, ¿te importa? No me puedo levantar. Soy la Inmaculada Concepción.» O, hablando por teléfono con su amiga Alice Pomeroy, decía: «Hola, soy yo, la virgen de los sudores». O bien: «Hola, aquí la concepción exprés».
Era ingeniosa, no lo negarás. Como cuando le daba cinco centavos a un pordiosero y decía: «Disculpe, joven, pero ¿cuáles son sus sueños y aspiraciones?». O cuando encontraba un taxista hosco y le decía: «Hoy parece usted bastante reflexivo y taciturno».
No, incluso su sentido del humor era escalofriante. Las notas de suicidio que escribió a lo largo de los años, siempre dirigidas a mí, solían ser bromas. Cuando se cortó las venas, firmó «Mary la Sangrienta». Cuando se tomó pastillas, escribió que prefería no intentarlo con una soga porque era demasiado lío. La última carta que me mandó no era divertida. Decía que sabía que yo nunca la perdonaría. Que ella tampoco me perdonaba por haber destrozado mi vida.
A mí nunca me escribió una nota de suicidio.
No me lo puedo creer, Sally, ¿estás celosa de que me las escribiera a mí?
Bueno, sí, la verdad.


Cuando murió nuestro padre, Sally voló desde Ciudad de México a California. Llegó a casa de mamá y llamó a la puerta. Mamá se asomó a la ventana, pero no la dejó entrar. Había renegado de Sally hacía años y años.
Echo de menos a papá —le gritó Sally desde el otro lado del vidrio—. Me estoy muriendo de cáncer. ¡Ahora te necesito, mamá!
Ella se limitó a cerrar las persianas e ignoró los golpes de mi hermana en la puerta.
Sally lloraba, recreando la escena y otras escenas más tristes, una y otra vez. Al final estaba muy enferma y preparada para morir. Había dejado de padecer por sus hijos. Estaba serena, encantadora y dulce. Aun así, de vez en cuando, la rabia se apoderaba de ella y no la soltaba, negándole la paz.
Así que empecé a contarle historias a Sally todas las noches, como si fueran cuentos de hadas.
Le contaba anécdotas divertidas de nuestra madre. Como aquella vez que quería abrir una bolsa de patatas fritas Granny Goose, pero al final se rindió. «La vida es demasiado dura, maldita sea», dijo, y lanzó la bolsa de patatas por los aires.
Le conté que mamá no había hablado con su hermano Fortunatus durante treinta años. Finalmente él la invitó a comer a un restaurante de lujo, el Top of the Mark, para enterrar el hacha. «¡En su cabeza de viejo pomposo!», farfulló mi madre. Se lo hizo pagar caro, de todos modos. Fortunatus la obligó a pedir faisán y, cuando se lo trajeron cubierto con una campana de cristal, mamá le dijo al camarero: «Eh, muchacho, ¿no tienes un poco de ketchup?».
Más que nada le contaba a Sally historias de cómo era mi madre en otros tiempos. Antes de darse a la bebida, antes de hacernos daño. Érase una vez...


Mamá está apoyada en la barandilla del barco a Juneau. Va a conocer a Ed, su futuro esposo. En busca de una nueva vida. Estamos en 1930. Ha dejado atrás la Gran Depresión, ha dejado atrás al abuelo. Toda la pobreza sórdida y el dolor de Texas han desaparecido. El barco surca las olas, ya cerca de la costa, en un día radiante. Ella mira el intenso azul del agua y los pinos verdes en la orilla de esa tierra nueva, virgen. Hay icebergs y gaviotas.
»Sobre todo debemos tener presente que era una mujer muy menuda, medía poco más de metro sesenta. Solo a nosotras nos parecía enorme. Y tan joven, diecinueve años. Era muy hermosa, morena y delgada. En la cubierta del barco, se mece contra el viento. Es frágil. Tiembla de frío y de emoción. Fumando, con el cuello de pieles ceñido alrededor de su cara en forma de corazón, su pelo azabache.
»El tío Guyler y el tío John le habían comprado a mamá aquel abrigo como regalo de bodas. Todavía lo llevaba seis años después, así que se grabó en mi memoria. Solía enterrar mi cara en las pieles apelmazadas por la nicotina. No mientras ella lo llevaba puesto. No soportaba que la tocaran. Si te acercabas, levantaba la mano como para protegerse de un golpe.
»En la cubierta del barco se siente bonita y mayor. Había hecho amistades durante la travesía, desplegando sus encantos, su ingenio. El capitán flirteaba con ella. Le servía más ginebra, que a ella le daba vértigo, y la hacía reírse a carcajadas mientras le susurraba: “¡Me está rompiendo el corazón, belleza de tez morena!”.
»Cuando el barco atracó en el puerto de Juneau, sus ojos azules se llenaron de lágrimas. No, tampoco la vi llorar jamás. Era algo así como Escarlata en Lo que el viento se llevó. Se hizo una promesa. Jamás volverán a hacerme daño.
»Sabía que Ed era un buen hombre, íntegro y cariñoso. La primera vez que le dejó acompañarla a casa, en Upson Avenue, estaba avergonzada. Todo era decadente; el tío John y el abuelo estaban borrachos. Temió que Ed no quisiera volver a salir con ella. Pero la estrechó entre sus brazos y dijo: “Yo te protegeré”.
»Alaska era tan maravillosa como había imaginado. Recorrieron regiones inexploradas en aviones que podían aterrizar en lagos helados, esquiaban en el silencio y vieron alces, osos polares, lobos. Acampaban en los bosques en verano y pescaban salmones, ¡vieron osos grizzlies y cabras blancas de las montañas! Hicieron amigos; ella se unió a un grupo de teatro y fue la médium en Un espíritu burlón. Los actores hacían fiestas y cenas en las que cada uno llevaba algo, hasta que Ed le dijo que no podía seguir con el teatro porque bebía más de la cuenta, su comportamiento no era digno de una mujer casada. Entonces nací yo. Papá tuvo que ir a Nome varios meses, y se quedó sola con una criatura recién nacida. A su regreso la encontró borracha, tambaleándose conmigo en los brazos. “Te arrancó de mi pecho”, me dijo ella. Papá se hizo cargo de mí, empezó a darme el biberón. Le pedía a una mujer esquimal que me cuidara mientras él iba a trabajar. Acusó a mamá de ser débil y despiadada, como todos los Moynihan. A partir de entonces se empeñó en protegerla de sí misma, no la dejaba conducir ni le daba dinero. Mamá solo podía ir andando a la biblioteca y leer obras de teatro, y novelas de misterio o de Zane Grey.
»Cuando estalló la guerra naciste tú y nos fuimos a vivir a Texas. Papá sirvió en Japón, de teniente en un acorazado. Mamá no soportó volver a casa. Salía todo lo que podía, y bebía cada vez más. La abuela dejó de trabajar en la consulta del abuelo para ocuparse de ti. Trasladó tu cuna a su habitación; jugaba contigo y te cantaba y te mecía en brazos para dormirte. No dejaba que nadie se acercara a ti, ni siquiera yo.
»Para mí era terrible, con mamá, y con el abuelo. O sola, más que nada. Me metí en problemas en la escuela, me escapé de un colegio, me expulsaron de otros dos. Una vez pasé seis meses sin hablar. Mamá me llamaba la Mala Semilla. Descargaba en mí toda su rabia. Hasta que fui mayor no me di cuenta de que ella y el abuelo probablemente ni siquiera se acordaban de lo que hacían. Dios concede lagunas a los borrachos porque si supieran lo que han hecho, se morirían de vergüenza.
»Después de que papá volviera de la guerra vivimos en Arizona y fueron felices juntos. Plantaron rosales y te regalaron un cachorro que se llamaba Sam. Mamá estaba sobria, pero ya no sabía cómo tratar con nosotras. Pensábamos que nos odiaba, cuando simplemente le dábamos miedo. Creía que éramos nosotras quienes la habíamos abandonado, quienes la odiábamos. Se protegía burlándose y tratándonos con desprecio, hiriéndonos para evitar que la hiriéramos primero.
»Parecía que irnos a vivir a Chile sería un sueño hecho realidad para mamá. Le encantaba la elegancia y las cosas bellas, siempre anhelaba codearse con “la gente adecuada”. Papá tenía un trabajo prestigioso. De pronto éramos ricos, con una casa preciosa y muchos sirvientes, y alternábamos en cenas y fiestas con toda la gente adecuada. Mamá al principio salía, pero el miedo pudo con ella. Su pelo desentonaba, su ropa desentonaba. Compró muebles caros que imitaban antigüedades y cuadros malos. Los sirvientes la aterraban. Hizo algunas amistades de confianza; por irónico que parezca, jugaba al póquer con curas jesuitas. Sin embargo, pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación. Papá la dejaba allí encerrada.
»“Al principio fue mi guardián, luego se convirtió en mi carcelero”, decía ella. Él creía que así la ayudaba, pero año tras año le racionó la bebida y escondió a mamá, y nunca recurrió a nadie en busca de apoyo. Nosotras no nos acercábamos a ella, nadie lo hacía. Le daban ataques de furia, se volvía cruel, irracional. Nosotras pensábamos que nada de lo que hacíamos era bastante bueno para ella. Y de hecho le daba rabia ver que salíamos adelante, que crecíamos y alcanzábamos metas. Éramos jóvenes y bonitas y teníamos un futuro. ¿Ves? ¿Entiendes qué mal lo pasaba, Sally?
Sí. Tal cual. Pobre mamá, qué lástima. Ahora hago lo mismo, ¿sabes? Me enfado porque todo el mundo está trabajando, viviendo. A veces te odio porque no te estás muriendo. ¿No es terrible?
No, porque tú puedes contármelo. Y yo te puedo decir que me alegro de no ser la que se está muriendo. Mamá, en cambio, nunca tuvo a nadie con quien hablar. Aquel día, en el barco, al llegar al puerto, pensó que iba a encontrarlo. Mamá creía que Ed siempre estaría ahí. Creyó que llegaba a casa.
Descríbemela otra vez. En el barco. Cuando se le llenaron los ojos de lágrimas.
De acuerdo. Tira el cigarrillo al agua. Se oye el siseo que hace al apagarse, tan en calma está el mar cerca de la orilla. Los motores del barco se paran con un temblor. Silenciosamente, acompañados por el vaivén de las boyas y las gaviotas y la sirena larga y quejumbrosa del barco, se deslizan hacia el atracadero, chocan suavemente contra los neumáticos del muelle. Mamá se alisa el cuello de pieles y el pelo. Sonriente, mira hacia la multitud, buscando a su marido. Nunca ha conocido una felicidad igual.
Sally está llorando en silencio.
Pobrecita, pobrecita —dice—. Ojalá hubiera sido capaz de hablar con ella. Ojalá le hubiera dicho cuánto la quería.
Yo... no tengo compasión.

Manual para mujeres de la limpieza, 2015.

domingo, 24 de mayo de 2026

Poemas menores V. León Felipe.

¿Qué me importa que se borren
los caminos de la tierra
con el agua
que ha traído esa tormenta?
Mi pena es porque esas nubes tan negras
han borrado las estrellas.

Versos y oraciones de caminante, 1920.

lunes, 18 de mayo de 2026

Vecinos. Raymond Carver.

Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de cuando en cuando tenían la sensación de que en su círculo de amistades se les había relegado —y sólo a ellos— un tanto, y que tal actitud había hecho que Bill se entregara a su trabajo de contable y que Arlene se dedicara a sus tareas de secretaria. Hablaban de ello a veces, sobre todo comparando su vida con la de sus vecinos Harriet y Jim Stone. A los Miller les parecía que los Stone llevaban una vida más llena y excitante. Los Stone salían mucho a cenar fuera, o recibían a amigos en casa, o viajaban por el país aprovechando los desplazamientos de Jim por motivos de trabajo.
Los Stone vivían enfrente de los Miller, al otro lado del pasillo. Jim era vendedor en una empresa de piezas de maquinaria y solía arreglárselas para hacer que sus viajes fueran a la vez de placer y de negocios, y en esta ocasión los Stone estarían fuera diez días, primero en Cheyenne y luego en St. Louis visitando a unos parientes. Los Miller, en su ausencia, cuidarían de su apartamento, darían de comer a Kitty y regarían las plantas.
Bill y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se cogieron por los codos y se dieron un ligero beso en los labios.
Que os divirtáis —dijo Bill a Harriet.
Nos divertiremos —dijo Harriet—. Y vosotos igual, chicos.
Arlene asintió con la cabeza.
Jim le dirigió un guiño.
Adiós, Arlene. Cuida del muchacho éste.
Lo haré —dijo Arlene.
Divertíos —dijo Bill.
No lo dudes —dijo Jim, dándole a Bill un ligero apretón en el brazo—. Y gracias de nuevo, chicos.
Los Stone hicieron adiós con las manos al alejarse. Y lo mismo hicieron los Miller.
Me gustaría que fuéramos nosotros quienes saliéramos de viaje —dijo Bill.
Dios sabe lo bien que nos vendrían unas vacaciones —dijo Arlene. Le cogió el brazo y se lo pasó por la cintura mientras subían las escaleras hacia su apartamento.
Después de la cena, Arlene dijo:
No te olvides. La primera noche Kitty come la de sabor a hígado.
Estaba de pie en la puerta de la cocina, doblando el mantel hecho a mano que Harriet le había regalado el año anterior a su vuelta de Santa Fe.


Bill, al entrar en el apartamento de los Stone, respiró hondo. Era un aire ya cargado, y tenuemente dulce. El reloj con el sol naciente de encima del televisor marcaba las ocho y media. Recordaba el día en que Harriet había llegado a casa con él, cómo había cruzado el pasillo para enseñárselo a Arlene, acunando la caja de latón y hablándole a través del papel de seda como si le hablara a un bebé.
Kitty se restregó la cara contra las zapatillas y se recostó de lado en el suelo, pero en seguida brincó sobre sus pies cuando Bill fue a la cocina y escogió una de las latas apiladas en la reluciente escurridera. Luego dejó a la gata con su comida y se dirigió hacia el baño. Se miró en el espejo y cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el botiquín. Vio un frasco de píldoras y leyó la etiqueta: Harriet Stone. Una al día según prescripción. Y se metió el frasco en el bolsillo. Volvió a la cocina, llenó una jarra de agua y entró en la sala. Regó las plantas, dejó la jarra sobre la alfombra y abrió el mueble bar. Buscó en el fondo la botella de Chivas Regal. Bebió dos tragos de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a dejar la botella dentro del mueble.
Kitty estaba echada en el sofá, dormida. Bill apagó las luces, y cerró la puerta despacio asegurándose de que quedaba cerrada. Tenía la sensación de que se había dejado algo.
¿Por qué has tardado tanto? —dijo Arlene. Estaba sentada sobre las piernas, viendo la televisión.
Por nada. Jugaba con Kitty —dijo él, y se acercó a Arlene y le tocó los pechos.
Vámonos a la cama, cariño —dijo.


Al día siguiente Bill se tomó sólo diez de los veinte minutos de descanso de la tarde, y salió del trabajo a las cinco menos cuarto. Dejó el coche en el aparcamiento en el preciso instante en que Arlene saltaba del autobús. Esperó hasta que hubo entrado en el edificio, y luego corrió escaleras arriba y la sorprendió saliendo del ascensor.
¡Bill! Dios, me has asustado. Llegas pronto —dijo Arlene.
Bill se encogió de hombros.
No había nada que hacer en la oficina —dijo.
Ella le dejó su llave para abrir la puerta. Él, antes de entrar detrás de ella, miró a la puerta del otro lado del pasillo.
Vámonos a la cama —dijo él.
¿Ahora? —dijo ella riendo—. ¿Qué mosca te ha picado?
Ninguna. Quítate el vestido. —Trató de asir a Arlene torpemente, y ella dijo—: Santo cielo, Bill.
Bill se soltó el cinturón.
Luego encargaron comida china por teléfono, y cuando llegó comieron con apetito, sin hablar, escuchando discos.
No nos olvidemos de dar de comer a Kitty —dijo Arlene.
Precisamente estaba pensando en eso —dijo Bill—. Voy ahora mismo.
Esta vez eligió una lata de sabor a pescado para la gata, llenó la jarra y fue a regar las plantas. Cuando volvió a la cocina, Kitty escarbaba en su caja. Al verlo se quedó mirándole fijamente, y luego volvió a centrar su interés en la caja. Bill abrió todos los armarios y examinó las latas de conserva, los cereales, los comestibles empaquetados, los vasos de vino y de cóctel, la porcelana, la batería de cocina. Abrió el frigorífico. Olió unos tallos de apio, dio un par de bocados al queso Cheddar y entró en el dormitorio mordiendo una manzana. La cama parecía enorme, y la mullida colcha blanca llegaba hasta el suelo. Abrió un cajón de la mesilla de noche, vio un paquete de cigarrillos mediado y se lo metió en el bolsillo. Luego fue hasta el armario ropero y estaba abriéndolo cuando oyó que llamaban a la puerta.
Al pasar por el cuarto de baño accionó la cisterna del water.
¿Por qué tardabas tanto? —le dijo Arlene—. Llevas aquí más de una hora.
¿Sí? —dijo él.
Sí —dijo ella.
He tenido que entrar en el baño —dijo él.
Tienes tu propio baño —dijo ella.
No he podido esperar —dijo él.
Aquella noche hicieron el amor de nuevo.


Le había pedido a Arlene que le despertara por la mañana. Se duchó, se vistió y tomó un desayuno ligero. Intentó empezar un libro. Salió a dar un paseo y se sintió mejor. Pero al rato, aún con las manos en los bolsillos, volvió al apartamento. Se paró junto a la puerta de los Stone para ver si oía a la gata. Luego entró en su apartamento y fue a la cocina a coger la llave.
El apartamento de los Stone le pareció más fresco que el suyo, y más oscuro. Se preguntó si las plantas tendrían algo que ver con la temperatura ambiente. Miró por la ventana, y luego fue recorriendo despacio los cuartos, fijándose en todo lo que encontraba a su paso. Detenidamente, un objeto tras otro. Vio ceniceros, muebles, utensilios de cocina, el reloj. Lo miró todo. Al cabo entró en el dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició —una sola vez—, la llevó hasta el cuarto de baño y cuando la gata entró, cerró la puerta.
Se echó en la cama y se quedó allí mirando el techo. Siguió un rato tumbado con los ojos cerrados, y luego se pasó la mano por debajo del cinturón. Trató de recordar qué día era. Trató de recordar cuándo volverían los Stone, y a continuación se preguntó si realmente iban a volver. No podía recordar sus caras, ni cómo hablaban o vestían. Suspiró, se dejó caer de la cama con esfuerzo y fue hasta el tocador y se inclinó para mirarse en el espejo.
Abrió el armario ropero y eligió una camisa hawaiana. Por fin encontró unas bermudas, perfectamente planchadas y colgadas sobre unos pantalones de sarga castaños. Se quitó la ropa y se puso la camisa y las bermudas. Volvió a mirarse en el espejo. Fue a la sala de estar y se sirvió una bebida y volvió al dormitorio bebiéndosela a sorbitos. Se puso una camisa azul, un traje oscuro, una corbata azul y blanca y unos mocasines negros. El vaso estaba vacío y fue a servirse otro trago.
De nuevo en el dormitorio, se sentó en una silla, cruzó las piernas, se miró en el espejo y sonrió. El teléfono sonó un par de veces. Apuró la bebida y se quitó el traje. Registró los cajones de arriba hasta encontrar unas bragas y un sostén. Se puso las bragas y el sostén, y registró el ropero en busca de un conjunto. Se puso una falda a cuadros negros y blancos y trató de subirse la cremallera. Luego se puso una blusa color vivo con botones en la delantera. Examinó los zapatos de Harriet, pero se dio cuenta de que le quedarían pequeños. Se quedó largo rato mirando por la ventana de la sala de estar, detrás de la cortina. Luego volvió al dormitorio y lo puso todo en su sitio.


No tenía hambre. Tampoco ella comió mucho. Se miraron tímidamente y sonrieron. Ella se levantó de la mesa, comprobó que la llave seguía en la repisa y recogió apresuradamente la mesa.
Ponte cómodo mientras paso ahí enfrente —dijo ella—. Lee el periódico o haz cualquier cosa. —Apretó la llave contra sus dedos. Le dijo a Bill que parecía cansado.
Bill trató de concentrarse en las noticias. Leyó el periódico y puso la televisión. Finalmente salió de casa y cruzó el pasillo. La puerta estaba cerrada.
Soy yo. ¿Sigues ahí dentro, cariño? —llamó.
Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.
¿Tanto he tardado? —dijo.
Sí, has tardado —dijo él.
¿De veras? —dijo ella—. Habré estado jugando con Kitty.
La observó. Ella, con la mano aún sobre el pomo de la puerta, apartó la mirada.
Es extraño —dijo Arlene—. Ya sabes… entrar así en casa de alguien.
Él asintió con la cabeza, le cogió la mano que seguía sobre el pomo y condujo a Arlene hasta el otro lado del pasillo. Entraron en su apartamento.
Sí, es extraño —dijo.
Le descubrió una pelusa blanca en la espalda del suéter, y vio que sus mejillas estaban encendidas. Se puso a besarla en el cuello y en el pelo, ella se volvió y lo besó también.
Maldita sea —dijo ella—. Maldita sea… —dijo como cantando, dando palmadas como una chiquilla—. Me acabo de acordar. Se me ha olvidado por completo hacer lo que tenía que hacer ahí dentro. Ni he dado de comer a Kitty ni he regado ninguna planta. —Le miró—. ¿No es estúpido?
No lo creo —dijo él—. Espera un momento. Voy a coger el tabaco y te acompaño.
Arlene esperó a que Bill cerrara con llave la puerta. Luego le cogió del brazo, más arriba del codo, y dijo:
Creo que tengo que contártelo. He encontrado unas fotos.
Bill se paró en medio del pasillo.
¿Qué clase de fotos?
Vas a verlo por ti mismo —dijo Arlene, y se quedó mirándole.
¿En serio? —Sonrió abiertamente—. ¿Dónde?
En un cajón —dijo Arlene.
¿En serio? —dijo Bill.
Y, después de unos instantes, Arlene dijo:
A lo mejor no vuelven. —Y acto seguido se quedó asombrada de lo que había dicho.
Es posible —dijo Bill—. Todo es posible.
O puede que vuelvan y… —Arlene no terminó la frase.
Se cogieron de la mano y recorrieron el breve trecho de pasillo. Y cuando Bill habló, Arlene apenas pudo oír sus palabras.
La llave —dijo Bill—. Dámela.
¿Qué? —dijo Arlene. Se quedó mirando la puerta.
La llave —dijo Bill—. La tienes tú.
Dios mío —dijo Arlene—. Me la he dejado dentro.
Bill tentó el pomo. La puerta estaba cerrada. Luego lo intentó Arlene. El pomo no giraba. Arlene tenía los labios abiertos, y su respiración era pesada, expectante. Bill abrió los brazos y Arlene se fue hacia ellos.
No te preocupes —le dijo Bill al oído—. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Se quedaron allí, quietos. Abrazados. Se apoyaron contra la puerta, como en contra de un viento, el uno en brazos del otro.

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, 1976.

domingo, 17 de mayo de 2026

Libro del desasosiego. Fragmento 442. Fernando Pessoa. 1982.

Releo, en una de estas soñolencias sin sueño, en que nos entretenemos inteligentemente sin la inteligencia, algunas de las páginas que todas juntas formarán mi libro de impresiones sin nexo. Y desde ellas me sube, como un olor de cosa conocida, una impresión desierta de monotonía. Siento que, incluso cuando digo que soy siempre diferente, he dicho siempre la misma cosa; que soy más análogo a mí de lo que me gustaría confesar; que, a fin de cuentas, ni tuve la alegría de ganar ni la emoción de perder. Soy una falta de saldo de mí mismo, de un equilibrio involuntario que me llena de desolación y que me debilita.
Todo cuanto escribí es sombrío. Se diría que mi vida, incluso la mental, era un día de lluvia lenta, en que todo es no-acontecimiento y penumbra, privilegio vacío y razón olvidada. Me llena de desolación la seda rota. Me desconozco bajo la luz y el tedio.
Mi humilde esfuerzo de al menos decir quién soy, de registrar, como una máquina de nervios, las mínimas impresiones de mi vida subjetiva y aguda, todo eso se me vació como un balde en el que tropezasen, y se mojó por tierra como el agua de todas las cosas. Me fabriqué con tintas falsas, acabé en un imperio de buhardilla. Mi corazón, del que confié los grandes sucesos de la prosa vivida, me parece hoy, escrito en la distancia de estas páginas releídas con un alma distinta, una bomba del huerto provinciano, instalada por instinto y accionada por razones de utilidad. Naufragué sin tormenta en un mar donde se puede estar de pie.
Y pregunto a lo que me queda de consciente en esta serie confusa de pausas entre cosas inexistentes, de qué me sirvió llenar tantas páginas de frases en las que creí como mías, de emociones que sentí como pensadas, de banderas y pendones de ejércitos que son sólo, al final, papeles pegados con saliva por la hija del mendigo debajo de los aleros del tejado.
Pregunto a lo que queda de mí a qué vienen estas páginas inútiles, destinadas al extravío y la basura, perdidas antes de existir entre los papeles rasgados del Destino.
Pregunto, y continúo. Escribo la pregunta, la envuelvo en nuevas frases, la desmadejo con nuevas emociones. Y mañana volveré a escribir, continuando con mi libro estúpido, las impresiones diarias de mi disuasión con frío.
Sigan siendo como son. Jugado el dominó y ganado el juego, o perdido, las fichas se vuelven boca abajo y el juego finalizado es de color negro.

Libro del desasosiego, 1982.