Las dos hermanas se encontraron en el
estrecho pasillo; casi se tropezaron, y se dieron un beso, siendo de
cariño a pesar de lo tristes que estaban. La mayor, Dionisia, venía
del cuarto de la madre enferma, trayendo una taza de caldo vacía ya;
la menor, Germana, de la cocina, de calentar por sus manos un parche
cáustico. La penosa y quebrantadora faena de enfermeras, la vigilia
y las inquietudes habían empalidecido y ajado sus caras graciosas,
donde esplendía, antes, fresca y atractiva, la «belleza del
diablo».
-¿Cómo
queda ahora? -preguntó Dionisia.
-Me
parece que peor... Con mucha fatiga, ¿sabes?
-¿Recado
al médico?
-No
quiere.
-¡Aunque
no quiera...!
Suplicantes,
momentos después balbuceaban al oído de la paciente... Era
necesario que viniese el doctor; con que recetase un calmante, aquel
acceso pasaría...
Respiroteaba
la señora como pez a quien sacan de su elemento y dejan temblar
sobre la playa en anhelo agónico. Desmadejada, azulosa la tez, sus
labios morados se abrían desmesuradamente, queriendo beberse todo el
aire del mundo. Las hijas, conteniendo el sollozo, la auxiliaban como
podían; dábanle fricciones suaves, la incorporaban, abrían la
ventana de par en par. El parche, olvidado, se enfriaba sobre la mesa
de noche. Al fin se aquietó un poco; la respiración era más fácil
y franca. Pudo hablar:
-Ahorrad
médico. Lo indispensable. Acordaos de que cada visita cuesta un
duro.
Ante
el gesto de desinterés de indiferencia de las muchachas, la señora
añadió, no sin esfuerzo doloroso, terrible:
-Es
que no sabéis de la misa la media... Creéis que únicamente hemos
bajado de posición... Ayer me entregasteis carta del tío Manolo,
que ha terminado la liquidación de nuestra fortuna... Estamos
completamente arruinadas, y aún peor: estamos alcanzadas en seis mil
y pico de duros. ¿Qué tal?... Llamad médico, llamad médico... ¡Si
al fin yo duraré pocos días, y no hay médico en el mundo que pueda
curarme! Con este golpe..., lo he sentido; se me ha descompuesto algo
dentro, en el corazón... ¡Pobres pequeñas mías! ¡Ánimo, no
lloréis!...
Era
tardío el encargo, Dionisia y Germana, abrazadas, se mojaban
recíprocamente los rostros con el llanto ardiente y salado de las
grandes amarguras... La primera en dominarse fue la menor; arrastró
fuera de la habitación a la mayor y la llevó hacia una salita
amueblada con cierto lujo, reliquia del bienestar antiguo.
-¿Qué
va a ser de nosotras? -tartamudeó hipando aún Dionisia.
-Trabajaremos
-decidió Germana prontamente-. Y desde hoy mismo. No en balde nos
llaman Manitas de oro. No creas que aguardaré a que mamá se muera,
a que nos echen de esta casa y perdamos nuestra única esperanza de
salvación.
-Y,
por mucho que trabajemos, ¿crees tú que sacaremos para vivir?
-De
seguro. Y para volver a tener coche.
-¿Y
los intereses de la deuda de los seis mil? Porque hay que pagarlos,
¿entiendes?
-¡Vaya
si hay que pagarlos! -murmuró pensativa, lacrimosa, Germana-. No
vamos a dejar en vergüenza la memoria de mamá. Sólo que
entonces..., habrá que trabajar de otro modo.
-¿De
qué modo? -interrogó, recelosa, Dionisia.
-Yo
me entiendo.
-No
vayas a hacer una de las tuyas...
Vistiose
Germana con elegancia y coquetería: traje sastre de fino paño
marrón; toca azul, donde anidaba un pajarito tornasolado; tomó un
coche y fue recorriendo las casas de las amigas de antaño, que se
mostraban frías o, por lo menos, alejadas, desde el momento en que
«las de Ramos» se encontraron en mala situación económica...
Donde la recibían, Germana entraba decidida, sonriente bajo el
velito de motas; un ramillo de violetas naturales, preso en la
solapa, la anunciaba con la discreta brisa de su perfume; y soltaba
el discurso, no en tono suplicante, sino como el que pide lo que se
le debe.
-No
estamos lo que se dice en grave apuro, eso no; sin embargo, hemos
sufrido pérdidas... ¡Figúrate que vivíamos con tanto lujo...!
Cuesta, cuesta el acostumbrarse a recortar gastos. Echamos de menos
el coche, los abonos, los viajes. En vista de esto -añadía
precipitadamente la niña al notar las nubes de desconfianza y
precaución que iban cubriendo la faz de su interlocutora-, hemos
resuelto ser en breve más ricas que nunca. Yo tengo disposición,
buen gusto, algo de chic. He aceptado la representación de una
modista muy elegante de Biarritz, la que nos vestía antes; este
traje es de ella... Reproduciremos aquí sus modelos con alguna
rebaja, naturalmente... Haremos las toilettes y los sombreros; todo
completo. Pago, eso sí, al contado; la modista nos lo exige... Hemos
montado taller. Conque, querida, a ver si nos ayudas..., ¿eh? No te
pido otro favor... Es en ventaja tuya; vestirás bien con menos
sacrificio, y lo que lleves será igual, como que es el modelo, a lo
que otras traigan de casa madama Lagazc... Te dejo las señas. Corre
la voz... Ven a casa a ver los modelitos...
Los
confeccionó ella misma, con trapos suyos, sobre maniquíes de
alambre de unas cuantas pulgadas de alto. Había el traje de
sociedad, el de calle, el de abrigo y hasta el alborotado, insolente,
enorme sombrero. La fiebre de la inspiración hacía que Germana ni
tuviese tiempo de notar que su madre empeoraba. Dionisia,
desesperanzada y temblona, lloraba por los rincones. Germana,
valerosa, esperaba las parroquianas seguras. Al espejuelo de la
elegancia extranjera, la mujer acude, y acudió. Dos antiguas amigas
se encargaron trajes sastre; tres o cuatro desconocidas, abrigos y
sombreros; una dama de alto copete pidió el traje de sociedad muy
aprisa, a plazo fijo, para comida y baile en la Embajada de Rusia...
-Oye,
Dionisia -suplicó Germana, con voz rota por la emoción-: coge, sin
que mamá te vea, todo el dinero que tenga ella en su armario... hay
que adelantar tela, los adornos...
-No
me atrevo... ¡Coger, así, del armario! ¡Las economías de mamá!
-¿Prefieres
pedir limosna?
La
energía sugestiona, la resolución fascina. Dionisia se apoderó de
la cantidad, y los trajes empezaron a surgir. Las hermanas no
dormían, no comían ni vivían. La enferma hubo de notar algo
extraño.
-¿Qué
os pasa? ¡Qué raras estáis! ¿Por qué me deja Germana sola tanto
tiempo? ¿A qué se dedica? ¡Ingrata! Que venga...
Una
mañana, el ahogo de la señora fue más largo, o las fuerzas se
hallaban más agotadas tal vez... Sobre el brazo de Dionisia cayó la
inerte cabeza de la madre, libre ya de penas y sufrimientos, bañada
en eterno reposo. Las hijas, arrodillándose al pie de la cama,
sollozaban sin consuelo. Se oyó sonar la campanilla imperiosamente.
-¡Llaman!...
-gimió Dionisia.
-¡Es
la parroquiana del traje de sociedad!... ¡La había citado a esta
hora! Viene a probar -hipó Germana, levantándose.
-¿Vas
a recibirla? -reprobó la hermana mayor.
-¡Ya
lo creo!...
Y
Germana, limpiándose las lágrimas, salió aprisa.
-¿Llora
usted? -preguntábale entre compadecida y curiosa la cliente,
mientras ahuecaba con el dedo un pliegue del cuerpo escotado, para
señalar la arruga.
-Sí,
señora. Acabo de saber que se me ha muerto una parienta... allá en
Andalucía.
-¿Cercana?
No
mucho... Pero la queríamos... ¿Le gusta a la señora el escote
bajo, o sin hombreras? Ahora se llevan poco...
-Más
bajito..., así... Que no me falte usted mañana, ¿eh? Espero el
vestido por la tarde...
Al
día siguiente -horas después del entierro- Germana cobraba la
primera toilette de las que hicieron la reputación de las famosas
hermanas Ramos. Se ganaba en el traje sobre unas trescientas pesetas.
-Si
yo confieso mi verdadera situación -decíame Germana, al referirme
su escondida tragedia-, o me vuelven la espalda o me dan unas
«perras» de limosna... Hay que pedir con soberbia y para lujo; no
para comer...
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
sábado, 11 de julio de 2026
El mundo. Emilia Pardo Bazán.
viernes, 10 de julio de 2026
El hambre. Miguel Hernández.
Tened
presente el hambre: recordad su pasado
turbio
de capataces que pagaban en plomo.
Aquel
jornal al precio de la sangre cobrado,
con
yugos en el alma, con golpes en el lomo.
El
hambre paseaba sus vacas exprimidas,
sus
mujeres resecas, sus devoradas ubres,
sus
ávidas quijadas, sus miserables vidas
frente
a los comedores y los cuerpos salubres.
Los
años de abundancia, la saciedad, la hartura
eran
sólo de aquellos que se llamaban amos.
Para
que venga el pan justo a la dentadura
del
hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos.
Nosotros
no podemos ser ellos, los de enfrente,
los
que entienden la vida por un botín sangriento:
como
los tiburones, voracidad y diente,
panteras
deseosas de un mundo siempre hambriento.
Años
del hambre han sido para el pobre sus años.
Sumaban
para el otro su cantidad los panes.
Y
el hambre alobadaba sus rapaces rebaños
de
cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes.
Hambrientamente
lucho yo, con todas mis brechas,
cicatrices
y heridas, señales y recuerdos
del
hambre, contra tantas barrigas satisfechas:
cerdos
con un origen peor que el de los cerdos.
Por
haber engordado tan baja y brutalmente,
más
abajo de donde los cerdos se solazan,
seréis
atravesados por esta gran corriente
de
espigas que llamean, de puños que amenazan.
No
habéis querido oír con orejas abiertas
el
llanto de millones de niños jornaleros.
Ladrabais
cuando el hambre llegaba a vuestras puertas
a
pedir con la boca de los mismos luceros.
En
cada casa, un odio como una higuera fosca,
como
un tremante toro con los cuernos tremantes,
rompe
por los tejados, os cerca y os embosca,
y
os destruye a cornadas, perros agonizantes.
El
hambre es el primero de los conocimientos:
tener
hambre es la cosa primera que se aprende.
Y
la ferocidad de nuestros sentimientos,
allá
donde el estómago se origina, se enciende.
Uno
no es tan humano que no estrangule un día
pájaros
sin sentir herida en la conciencia:
que
no sea capaz de ahogar en nieve fría
palomas
que no saben si no es de la inocencia.
El
animal influye sobre mí con extremo,
la
fiera late en todas mis fuerzas, mis pasiones.
A
veces, he de hacer un esfuerzo supremo
para
acallar en mí la voz de los leones.
Me
enorgullece el título de animal en mi vida,
pero
en el animal humano persevero.
Y
busco por mi cuerpo lo más puro que anida,
bajo
tanta maleza, con su valor primero.
Por
hambre vuelve el hombre sobre los laberintos
donde
la vida habita siniestramente sola.
Reaparece
la fiera, recobra sus instintos,
sus
patas erizadas, sus rencores, su cola.
Arroja
sus estudios y la sabiduría,
y
se quita la máscara, la piel de la cultura,
los
ojos de la ciencia, la corteza tardía
de
los conocimientos que descubre y procura.
Entonces
sólo sabe del mal, del exterminio.
Inventa
gases, lanza motivos destructores,
regresa
a la pezuña, retrocede al dominio
del
colmillo, y avanza sobre los comedores.
Se
ejercita en la bestia, y empuña la cuchara
dispuesto
a que ninguno se le acerque a la mesa.
Entonces
sólo veo sobre el mundo una piara
de
tigres, y en mis ojos la visión duele y pesa.
Yo
no tengo en el alma tanto tigre admitido,
tanto
chacal prohijado, que el vino que me toca,
el
pan, el día, el hambre no tenga compartido
con
otras hambres puestas noblemente en la boca.
Ayudadme
a ser hombre: no me dejéis ser fiera
hambrienta,
encarnizada, sitiada eternamente.
Yo,
animal familiar, con esta sangre obrera
os
doy la humanidad que mi canción presiente.
El hombre acecha. 1939.
miércoles, 8 de julio de 2026
Volver al hogar. Lucia Berlin.
Nunca
he visto los cuervos abandonar el árbol por la mañana, pero cada
tarde, una media hora antes de que oscurezca, empiezan a acudir desde
todos los puntos del pueblo. Tal vez haya algunos que se dediquen a
barrer el cielo por zonas llamando a los demás para volver a casa, o
quizá vuelen por libre en círculos recogiendo a los rezagados antes
de posarse en el árbol. He observado bastante, cabría esperar que a
estas alturas lo supiera, pero yo solo veo cuervos, docenas de
cuervos, que llegan volando desde todas las direcciones y cinco o
seis se quedan dando vueltas como sobre el aeropuerto de O’Hare,
graznando, graznando. Y de pronto se hace el silencio en una fracción
de segundo y no ves ni uno. El árbol parece un arce corriente. Jamás
dirías que hay tantos pájaros ahí metidos.
La
primera vez que los vi fue de casualidad. Había ido al centro y me
quedé en el balancín del porche de la entrada con mi tanque de
oxígeno portátil a contemplar la luz del atardecer. Suelo sentarme
en el porche trasero, adonde llega el tubo que uso normalmente. A
veces a esa hora veo las noticias o preparo la cena. A lo que me
refiero es a que fácilmente podría no tener ni idea de que ese arce
en concreto se llena de cuervos al caer el sol.
¿Se
marchan luego a dormir todos juntos en otro árbol, en un lugar más
elevado del monte Sanitas? Quizá, porque me levanto temprano, me
siento delante de la ventana que mira a las estribaciones de la
montaña, y nunca los he visto alzar el vuelo desde el árbol. Veo
ciervos, en cambio, subiendo por las laderas del monte Sanitas y la
cresta Dakota cuando los primeros albores iluminan las rocas. Si hay
nieve y hace mucho frío, las cimas se arrebolan, el hielo convierte
el alba en un vitral rosado, coral fosforescente.
Claro
que ahora es invierno. El árbol está desnudo y no hay cuervos. Tan
solo estoy pensando en los cuervos. Me cuesta caminar, así que
recorrer la pequeña pendiente empinada sería demasiado para mí.
Podría ir en coche, supongo, como Buster Keaton pidiéndole a su
chófer que lo lleve al otro lado de la calle, aunque creo que
entonces estaría demasiado oscuro para ver los pájaros posados en
el árbol.
Ni
siquiera sé por qué empecé a darle vueltas. Ahora las urracas
pasan como relámpagos azules, verdes sobre el fondo nevado. Tienen
un graznido similar, mandón y estridente. Por supuesto podría
conseguir un libro o llamar a alguien y averiguar los hábitos de
cría de los cuervos, pero lo que me preocupa es que los descubrí
solo por azar. ¿Qué más me he perdido? ¿Cuántas veces en mi vida
he estado, digámoslo así, en el porche de atrás y no en el de
delante? ¿Qué me habrían dicho que no alcancé a escuchar? ¿Qué
amor pudo haberse dado que no sentí?
Son
preguntas inútiles. La única razón por la que he vivido tanto
tiempo es porque fui soltando lastre del pasado. Cierro la puerta a
la pena al pesar al remordimiento. Si permito que entren, aunque sea
por una rendija de autocompasión, zas, la puerta se abrirá de golpe
y una tempestad de dolor me desgarrará el corazón y cegará mis
ojos de vergüenza rompiendo tazas y botellas derribando frascos
rompiendo las ventanas tropezando sangrienta sobre azúcar derramado
y vidrios rotos aterrorizada entre arcadas hasta que con un
estremecimiento y sollozo final consiga volver a cerrar la pesada
puerta. Y recoja los pedazos una vez más.
Tal
vez no sea tan arriesgado dejar que el pasado entre, siempre que sea
bajo la premisa «¿Y si?». ¿Y si hubiera hablado con Paul antes de
que se marchara? ¿Y si hubiera pedido ayuda? ¿Y si me hubiera
casado con H? Sentada aquí, mirando por la ventana el árbol donde
ahora no hay hojas ni cuervos, las respuestas a cada una de esas
preguntas resultan extrañamente tranquilizadoras. Son especulaciones
imposibles. Todo lo bueno o malo que ha ocurrido en mi vida ha sido
predecible e inevitable, en especial las decisiones y los actos que
han garantizado que ahora esté completamente sola.
Pero
¿y si vuelvo atrás, a antes de que nos mudáramos a Sudamérica? ¿Y
si el doctor Mock hubiera dicho que no podía marcharme de Arizona
durante un año, que necesitaba terapia intensiva y ajustes en el
corsé, posiblemente cirugía para mi escoliosis? Me habría reunido
con mi familia al año siguiente. ¿Y si hubiera vivido con los
Wilson en Patagonia, si hubiera ido cada semana al traumatólogo de
Tucson, leyendo Emma o Jane Eyre en el caluroso trayecto de autobús?
Los
Wilson tenían cinco hijos, todos ya con edad para trabajar en el
almacén de abastos o la confitería propiedad de la familia. Yo
trabajaba antes y después de la escuela en la confitería con Dot, y
compartía con ella la habitación de la buhardilla. Dot tenía
diecisiete años, era la niña mayor. Una mujer, de hecho. Me
recordaba a las mujeres de las películas, por el modo en que se
ponía el maquillaje de la polvera y se fijaba el pintalabios, y
echaba el humo por la nariz. Dormíamos juntas en el jergón de heno
cubierto con colchas viejas. Aprendí a no molestarla, a yacer en
silencio, subyugada por la mezcolanza de olores que exhalaba. Domaba
sus rizos pelirrojos con aceite Wildroot, se untaba la cara con
Noxzema por la noche, y siempre se ponía perfume Tweed en las
muñecas y detrás de las orejas. Olía a cigarrillos y sudor y
desodorante Mum y lo que con el tiempo aprendí que era sexo. Las dos
olíamos a grasa rancia porque en la confitería también
preparábamos hamburguesas y patatas fritas, hasta que cerraba a las
diez. Volvíamos a pie a casa cruzando deprisa la avenida principal y
las vías del tren, pasando la taberna Frontier y bajando la calle
hasta la casa de sus padres. La casa de los Wilson era la más bonita
del pueblo. Un caserón blanco de dos plantas con una cerca de
madera, jardín y césped. La mayoría de las casas en Patagonia eran
pequeñas y feas. Típicas casas de paso en un pueblo minero,
pintadas de aquel raro color caramelo que caracterizaba las
estaciones de tren de los asentamientos mineros. La mayoría de la
gente trabajaba en la montaña, en las minas de Trench y Flux donde
mi padre había sido supervisor. Ahora se dedicaba a comprar mena en
Chile, Perú y Bolivia. Se había marchado a desgana de las minas, le
gustaba trabajar allí abajo. Mi madre lo había convencido, todo el
mundo insistió en que se marchara. Era una gran oportunidad y se
haría muy rico.
Mi
padre le pagaba a los Wilson mis gastos de alojamiento y comida, pero
todos decidieron que me convenía trabajar igual que los otros
chicos. Y trabajábamos duro, especialmente Dot y yo, porque
acabábamos muy tarde y nos levantábamos a las cinco de la mañana.
Abríamos para los mineros que iban desde Nogales a la mina de
Trench. Llegaban en tres autobuses, con quince minutos de diferencia
uno del otro; los mineros disponían del tiempo justo para uno o dos
cafés y alguna rosquilla. Nos daban las gracias al salir, y se
despedían con un ¡Hasta luego! Acabábamos de limpiar y nos
preparábamos unos sándwiches para el almuerzo. La señora Wilson
venía a tomar el relevo y nosotras nos íbamos a la escuela. Yo
todavía estudiaba en el colegio de primaria en lo alto de la colina.
Dot había empezado el instituto.
Cuando
volvíamos a casa por la noche, ella salía a escondidas a ver a su
novio, Sextus, que vivía en un rancho en Sonoita y había dejado los
estudios para ayudar a su padre. No sé a qué hora regresaba, porque
me quedaba dormida nada más recostar la cabeza en la almohada. ¡Caía
redonda! Me encantaba la idea de dormir en un colchón de heno, como
en Heidi. El heno era mullido y olía bien. Siempre me parecía que
acababa de cerrar los ojos cuando Dot me zarandeaba para despertarme.
Ella ya se había aseado o duchado y vestido, y mientras yo lo hacía
se cepillaba el pelo cortado a lo paje y se maquillaba.
—¿Qué
estás mirando? Arregla la cama si no tienes nada más que hacer.
Me
detestaba, pero yo también a ella, así que no me importaba. De
camino a la confitería me repetía una y otra vez que más me valía
no contarle a nadie que se veía con Sextus a hurtadillas, su padre
la mataría. De no ser porque en el pueblo todo el mundo sabía lo de
Dot y Sextus la habría delatado, no a sus padres, pero a alguien,
solo por lo mal que me trataba. Era mala conmigo por principio. Daba
por hecho que debía odiar a esa chica que le habían endosado en su
cuarto. Por lo demás nos llevábamos bien, la verdad, hacíamos
muecas y nos reíamos, formábamos un buen equipo, cortando cebollas,
preparando sifón, dando la vuelta a las hamburguesas. Las dos éramos
rápidas y eficientes, a las dos nos gustaba tratar con la clientela,
sobre todo los simpáticos mineros mexicanos, que por las mañanas
bromeaban y tonteaban con nosotras. Después del colegio venían
chicos de la escuela y gente del pueblo, a tomar refrescos o helados,
a poner canciones en la rocola y jugar al petaco. Preparábamos
hamburguesas, perritos calientes enchilados, queso gratinado.
Servíamos ensaladas de atún y huevo, ensaladillas de patata o de
col que hacía la señora Wilson. El plato más popular, sin embargo,
era el chili que la madre de Willie Torres traía cada tarde. Chili
rojo en invierno, chili verde con cerdo en verano. Pilas de tortillas
de harina que nosotras calentábamos en la parrilla.
Una
razón de que Dot y yo trabajáramos con tanto ahínco y rapidez era
nuestro acuerdo tácito de que, una vez estaban servidos los platos y
la parrilla limpia, ella se escabullía por la puerta de atrás con
Sextus y yo me ocupaba de las pocas comandas de tarta y café entre
las nueve y las diez. Y normalmente me quedaba haciendo los deberes
con Willie Torres.
Willie
trabajaba hasta las nueve en el despacho del analista, contiguo a la
confitería. Habíamos ido al mismo curso en la escuela y allí nos
hicimos amigos. Los sábados por la mañana yo solía bajar con mi
padre en la camioneta a comprar víveres y recoger el correo para las
cuatro o cinco familias que vivían en lo alto de la montaña, al
lado de la mina de Trench. Después de hacer y cargar todas las
compras, papá se pasaba por el Laboratorio de Ensayos Minerales del
señor Wise. Tomaban café y hablaban de... ¿mena, minas, vetas? Lo
siento, no prestaba atención, aunque sé que era sobre minerales. En
el despacho, Willie parecía una persona distinta. Era un chico
tímido en la escuela, había venido de México con ocho años, así
que aunque era más inteligente que la señora Boosinger, a veces
pasaba apuros para leer y escribir. El primer mensaje de amor que me
mandó fue «Sé mi nobia». Aun así nadie se burlaba de él, como
hacían conmigo y mi corsé ortopédico, gritándome «¡Tronco!»,
cuando entraba en clase, por lo alta que era. Willie también era
alto, con una cara india, pómulos marcados y ojos oscuros. Llevaba
la ropa limpia, pero raída y demasiado pequeña, y el pelo largo y
greñudo, cortado por su madre. Cuando leí Cumbres borrascosas, a
Heathcliff me lo imaginé igual que Willie, apasionado y valiente.
En
el Laboratorio de Ensayos Minerales daba la impresión de saberlo
todo. De mayor sería geólogo. Me enseñó cómo distinguir el oro y
el oro de los tontos y la plata. Aquel primer día mi padre me
preguntó de qué estábamos hablando. Le mostré lo que había
aprendido.
—Esto
es cobre. Cuarzo. Plomo. Zinc.
—¡Estupendo!
—dijo, muy complacido. Volviendo a casa me dio una charla de
geología sobre el terreno todo el trayecto hasta la mina.
Otros
sábados Willie me enseñó más rocas.
—Esto
es mica. Esta roca es pizarra, esta caliza.
Me
ayudó a entender los mapas de las minas. Revolvíamos en cajas
llenas de fósiles. Él y el señor Wise se dedicaban a recopilarlos.
—¡Eh,
mira este! ¡Parece una hoja!
No
me daba cuenta de que amaba a Willie porque nuestra cercanía era
velada, nada que ver con el amor del que las chicas hablaban a todas
horas, ni los romances o los idilios o los corazones atravesados con
flechas.
En
la confitería corríamos las cortinas, nos sentábamos en la barra a
hacer los deberes durante esa última hora antes del cierre, tomando
helados con sirope de chocolate caliente. Willie trucaba la rocola
para que sonaran «Slow Boat to China», «Cry» y «Texarkana Baby»
una y otra vez. A él se le daban bien la aritmética y el álgebra,
y yo era buena con las palabras, así que nos ayudábamos. Apoyados
uno en el otro, enganchábamos las piernas a los taburetes. Ni
siquiera me molestaba que pasara el codo por la barra metálica que
sobresalía de mi corsé ortopédico. Normalmente solo de ver que
alguien notaba el corsé bajo la ropa me moría de vergüenza.
Por
encima de todo compartíamos la modorra. Nunca decíamos: «Ay, me
caigo de sueño, ¿tú no?». Simplemente estábamos cansados, nos
recostábamos bostezando juntos en la confitería. Bostezábamos y
nos sonreíamos desde la otra punta de la clase en la escuela.
Su
padre murió en un derrumbe en la mina de Flux. Mi padre había
intentado cerrarla desde que nos mudamos a Arizona. Ese fue su
trabajo durante años, comprobar las minas para ver si las vetas se
agotaban o eran inseguras. Lo llamaban Brown el Clausurador. Esperé
en la camioneta mientras él iba a decírselo a la madre de Willie.
Eso fue antes de conocernos. Me asusté, porque mi padre lloró todo
el camino desde el pueblo a casa. Más adelante Willie me contaría
que mi padre había luchado por conseguir pensiones para los mineros
y sus familias, cuánto ayudó eso a su madre. Tenía cinco hijos
más, trabajaba de lavandera y cocinera para distinta gente.
Willie
madrugaba tanto como yo, se ocupaba de cortar leña, de preparar el
desayuno a sus hermanos y hermanas. La clase de educación cívica
era la peor, imposible mantenerse despierto, sentir interés. Nos la
daban a las tres de la tarde. Una hora interminable. En invierno la
estufa de leña empañaba las ventanas y salíamos con las mejillas
encendidas. A la señora Boosinger le ardía la cara bajo las dos
manchas moradas de colorete. En verano, con las ventanas abiertas y
las moscas revoloteando alrededor, las abejas zumbando y el tictac
del reloj, tanta modorra, tanto calor, ella hablaba y hablaba sobre
la Primera Enmienda y de pronto, ¡zas!, descargaba la regla en la
mesa.
—¡Despertad,
despertad! ¡Vamos, par de zánganos, no tenéis sangre en las venas!
¡Erguíos! ¡Despertad! ¡Zánganos!
Una
vez pensó que me había dormido, pero yo solo estaba descansando la
vista.
—Lulu,
¿quién es el secretario de Estado?
—Acheson,
señorita.
Se
sorprendió.
—Willie,
¿quién es el secretario de Agricultura?
—¿Topeka
y Santa Fe?
Creo
que los dos estábamos ebrios de sueño. Cada vez que nos pegaba en
la cabeza con el libro de Educación Cívica, nos reíamos con más
ganas. A Willie lo mandó al pasillo y a mí al guardarropa, y al
final de la clase nos encontró a los dos acurrucados, profundamente
dormidos.
De
vez en cuando Sextus trepaba al cuarto de Dot.
—¿La
niña está dormida? —le oía susurrar.
—Como
un tronco.
Y
era verdad. Por más que intentaba quedarme despierta para ver lo que
hacían, no había manera.
Me
pasó una cosa rara esta semana. Con el rabillo del ojo empecé a ver
pequeños cuervos que pasaban volando como flechas. Cuando me volvía
ya no estaban. Y cuando cerraba los párpados veía destellos
fugaces, como motos surcando la autopista a toda velocidad. Pensé
que sufría alucinaciones o que tenía un tumor en el ojo, pero el
médico me dijo que eran máculas en la retina, que a mucha gente le
ocurre.
—¿Cómo
puede haber luces en la oscuridad? —le pregunté, tan desconcertada
como solía quedarme con la luz del frigorífico.
Me
explicó que mi ojo le decía al cerebro que había luz, así que mi
cerebro lo creía. Por favor, no se rían. Eso solo exacerbó la
cuestión de los cuervos. Y reavivó la paradoja del árbol que cae
en el bosque. Quizá mis ojos simplemente le decían a mi cerebro que
había cuervos en el arce.
Un
domingo por la mañana me desperté y Sextus estaba durmiendo al otro
lado de Dot. Quizá me habría interesado más si hubieran sido una
pareja más atractiva. Él llevaba el pelo al rape y tenía granos,
cejas albinas y una enorme nuez de Adán. Aun así era muy bueno en
los rodeos, campeón con el lazo y en las carreras de barriles, y su
cerdo había ganado tres años seguidos la exposición ganadera. Dot
era fea, fea sin más. Toda la pintura que se ponía ni siquiera la
hacía parecer ordinaria, solo acentuaba sus ojillos castaños y su
enorme boca, siempre entreabierta por unos colmillos prominentes y a
punto para gruñir. La zarandeé con suavidad y señalé a Sextus.
—¡Cielo
santo! —dijo, y lo despertó.
Salió
por la ventana, bajando el álamo, y desapareció en pocos segundos.
Dot me sujetó contra el heno, me hizo jurar que no diría una
palabra.
—Oye,
Dot, hasta ahora no he dicho nada, ¿verdad?
—Hazlo,
y contaré lo tuyo con el mexicano —me estremecí, sonaba igual que
mi madre.
Era
un alivio no preocuparme por mi madre. Ahora me sentía mejor
persona. No hosca ni resentida. Educada y solícita. No derramaba ni
rompía ni dejaba caer las cosas como en casa. No me quería marchar
nunca de allí. El señor y la señora Wilson siempre decían que era
una chica dulce, trabajadora, y que me tenían por una más de la
familia. Los domingos cenábamos en familia. Dot y yo trabajábamos
hasta mediodía mientras ellos iban a la iglesia, luego cerrábamos,
volvíamos a casa y ayudábamos a preparar la cena. El señor Wilson
bendecía la mesa. Los chicos se daban codazos y reían, hablaban de
baloncesto, y todos hablábamos de, bueno, no me acuerdo. Quizá
tampoco hablábamos mucho, pero se respiraba cordialidad. Decíamos:
«Por favor, pasa la mantequilla». «¿Salsa para la carne?» A mí
me encantaba que mi servilleta, con su correspondiente aro, fuese en
el aparador con las de todos los demás.
Los
sábados conseguía que alguien me llevara a Nogales, y luego iba en
autobús a Tucson. Los médicos me colocaban durante horas en un
aparato de tracción idéntico a un fundíbulo medieval, hasta que no
podía resistir el dolor. Me medían y comprobaban lesiones nerviosas
clavándome agujas, golpeándome las piernas y los pies con unos
martillos. Ajustaban el corsé y el alza de mi zapato. Parecía que
se acercaban a un veredicto. Distintos doctores examinaron mis
radiografías. Un especialista de renombre al que estaban esperando
dijo que mis vértebras estaban demasiado cerca de la médula
espinal. La cirugía podía provocar parálisis, perjudicar los
distintos órganos que se habían compensado por la desviación.
Sería caro, no solo por la cirugía, sino porque durante la
recuperación habría de pasar cinco meses inmóvil tumbada boca
abajo. Me alegré de no verlos muy partidarios de la operación.
Estaba segura de que si me enderezaban la columna, mediría más de
dos metros, pero quería que continuaran examinándome. No quería ir
a Chile. Dejaron que me quedara con una de las radiografías, en la
que se veía el corazón de plata que Willie me regaló. Mi columna
en forma de S, mi corazón desplazado y el corazón de plata justo en
el centro. Willie la puso en una ventanita al fondo del Laboratorio
de Ensayos Minerales.
A
veces los sábados por la noche había bailes campestres, a las
afueras de Elgin o Sonoita. En graneros. Acudía todo el mundo de
varios kilómetros a la redonda, viejos, jóvenes, chiquillos,
perros. Los huéspedes de los ranchos para turistas. Las mujeres
traían cosas para comer. Pollo frito y ensaladilla de patata,
pasteles, tartas y ponche. Los hombres salían en pelotón y se
quedaban bebiendo cerca de sus rancheras. También algunas mujeres;
mi madre siempre, por ejemplo. Los chicos del instituto se
emborrachaban y vomitaban, los sorprendían besuqueándose. Las
señoras mayores bailaban entre ellas, o con los niños. Todo el
mundo bailaba. Polcas, más que nada, pero también bailes lentos y
bugui-bugui. Algunas cuadrillas, o danzas mexicanas como La
Varsoviana. Salto, salto y vuelta entera. Tocaban cualquier cosa, de
«Night and Day» a «Detour, There’s a Muddy Road Ahead», de
«Jalisco no te rajes» a «Do the Hucklebuck». Cada vez había una
orquesta distinta pero con el mismo repertorio. ¿De dónde salían
aquellos músicos maravillosos y variopintos? Pachucos a los metales
y el güiro, guitarristas country con anchos sombreros,
percusionistas de bebop, pianistas con aires de Fred Astaire. Lo más
parecido que he oído a aquellas pequeñas bandas fue en el Five Spot
a finales de los cincuenta. El «Ramblin’» de Ornette Coleman. A
todo el mundo le pareció rompedor y alucinante. A mí me sonaba a
Tex-Mex, como un buen baile folclórico en Sonoita.
Las
sobrias amas de casa, herederas del espíritu de los pioneros, se
engalanaban para el baile. Permanentes caseras y carmín, tacones
altos. Los hombres eran rancheros o mineros curtidos, criados en la
Gran Depresión. Trabajadores serios, temerosos de Dios. Me
encantaban las caras de los mineros. Los hombres a los que solía ver
sucios y demacrados al final de un turno ahora estaban colorados y
alegres, aullando el «Aha, San Antone» o sus «Ay, ay, ay» a grito
pelado, porque la gente no solo bailaba, sino que también cantaba y
daba alaridos. Cada tanto el señor y la señora Wilson paraban un
momento.
—¿Has
visto a Dot? —me preguntaban jadeando.
La
madre de Willie iba a los bailes con un grupo de amigas. Bailaba
todas las canciones, siempre con un vestido bonito, el pelo recogido,
el crucifijo meciéndose al compás. Era hermosa y joven. Y toda una
dama. Mantenía las distancias en los bailes lentos y no salía a
beber. No, yo no me fijaba en eso. Pero las mujeres de Patagonia sí,
y lo mencionaban a su favor. También decían que no seguiría viuda
mucho tiempo. Cuando le pregunté a Willie por qué él nunca venía,
me dijo que no sabía bailar y además debía cuidar de sus hermanos.
Pero vienen muchos niños, por qué no podían venir ellos también.
No, dijo Willie. Su madre necesitaba un poco de diversión,
despreocuparse de los hijos de vez en cuando.
—Bueno,
¿y tú qué?
—A
mí no me importa. Y no lo hago por generosidad. Quiero que mi madre
encuentre otro marido tanto como ella —dijo.
Si
los prospectores estaban en el pueblo, los bailes se animaban de
verdad. No sé si todavía hay prospectores en las minas, pero en
aquellos tiempos eran una raza aparte. Siempre trabajaban por
parejas, aparecían en el yacimiento a toda velocidad entre una nube
de polvo. No conducían rancheras o coches convencionales, sino
biplazas relucientes metalizados que centelleaban a través de la
polvareda. Tampoco vestían con ropa tejana o caqui como los
rancheros o los mineros. Quizá se la pusieran cuando bajaban a los
pozos, pero cuando viajaban o en los bailes iban con trajes oscuros y
camisas y corbatas sedosas. Llevaban el pelo largo, peinado en un
tupé, con largas patillas, a veces bigote. A pesar de que solo los
vi en el oeste del país, sus matrículas solían ser de Tennessee o
Alabama o Virginia Oeste. Nunca se quedaban mucho tiempo, una semana
a lo sumo. Les pagaban más que a los neurocirujanos, según mi
padre. Se encargaban de abrir o encontrar un buen filón, me parece.
En cualquier caso eran importantes y hacían un trabajo peligroso.
También parecían peligrosos y, ahora lo sé, derrochaban carisma.
Fríos y arrogantes, tenían el aura de los matadores, los
atracadores de banco, los lanzadores de relevo. En los bailes
campestres, todas las mujeres, viejas o jóvenes, querían bailar con
un prospector. También yo. Los prospectores siempre querían bailar
con la madre de Willie. La esposa o la hermana de alguien que había
bebido de más invariablemente acababa fuera con uno de ellos y se
armaba una pelea sangrienta, y todos los hombres salían en tropel
del granero. Las peleas siempre se zanjaban cuando alguien disparaba
al aire y los prospectores se perdían en la oscuridad de la noche,
mientras los galanes heridos volvían al baile con una mandíbula
hinchada o un ojo morado, y la orquesta tocaba alguna canción sobre
amores despechados.
Un
domingo por la tarde el señor Wise nos llevó a Willie y a mí hasta
la mina, a ver nuestra antigua casa. Entonces me embargó la
añoranza, al oler las rosas trepadoras de mi padre, caminando bajo
los viejos robles. Peñascos rocosos alrededor y vistas de los valles
y del monte Baldy. Vi los halcones y los arrendajos, oí el
repiqueteo de las poleas en la planta trituradora. Eché de menos a
mi familia e intenté no llorar, pero no pude contener las lágrimas.
El señor Wise me dio un abrazo, me dijo que no me preocupara,
probablemente me reuniría con ellos una vez acabara la escuela. Miré
a Willie. Señaló con la cabeza hacia la hembra de gamo y sus
cervatillos que nos observaban, apenas a unos pasos.
—Ellos
no quieren que te vayas —me dijo.
Así
que probablemente habría ido a Sudamérica. Pero entonces hubo un
terrible terremoto en Chile, una catástrofe nacional, y mi familia
murió. Seguí viviendo en Patagonia, Arizona, con los Wilson. Al
acabar el instituto conseguí una beca para estudiar Periodismo en la
Universidad de Arizona. Willie también consiguió una beca, y se
matriculó a la vez en Geología e Historia del Arte. Nos casamos al
terminar la carrera. Willie encontró trabajo en la mina de Trench y
yo trabajé para el Nogales Star hasta que nació nuestro primer
hijo, Silver. Vivíamos en la preciosa vieja casa de adobe de la
señora Boosinger (que para entonces ya había muerto) en lo alto de
la montaña, en una finca de manzanos cerca de Harshaw.
Quizá
suene melindroso, pero Willie y yo vivimos felices desde entonces.
¿Y
si realmente hubiera ocurrido, el terremoto? Sé muy bien lo que
habría pasado. Ese es el problema con las especulaciones. Tarde o
temprano tropiezas con un escollo. No habría podido quedarme en
Patagonia. Habría acabado en Amarillo, Texas. Planicies
interminables y silos y cielo y rastrojos a merced del viento, ni una
montaña a la vista. Viviendo con mi tío David y mi tía Harriet y
mi bisabuela Grey. Me habrían considerado un problema. Una cruz con
la que cargar. Ellos siempre se quejarían de mis «llamadas de
atención», que para el terapeuta serían «llamadas de socorro».
Después de salir del correccional de menores no pasaría mucho
tiempo antes de que me fugara con un prospector de paso por la
ciudad, camino a Montana, y ¿pueden creerlo? Mi vida habría acabado
exactamente igual que ahora, bajo las rocas calizas de la cresta
Dakota, con los cuervos.
Manual para mujeres de la limpieza, 2015.
martes, 7 de julio de 2026
Cadena. Rubén Abella.
León se estaba afeitando cuando su mujer le recordó que era un inútil. El dinero no alcanzaba y, además, hacía meses que no cumplía con sus deberes carnales. —Si ya me lo decía mi madre: cuidado, Blanca, que éste de macho no tiene más que el nombre. Tres horas después León montó en cólera porque Paloma, la becaria de la asesoría, le trajo el café frío. Aprovechó la inercia del rapapolvo para reconvenirla también por sus fotocopias ennegrecidas y su falta de garbo. —¡Yo no sé qué os enseñan en la universidad! —exclamó, devolviéndole el vaso de plástico. Poco antes de comer, Paloma recibió una llamada de Blas. Echaba mucho, mucho, mucho de menos a su pichoncito, dijo, y quería saber cómo estaba. —Te he dicho muchas, muchas, muchas veces que no me llames al trabajo. A ver si en vez de echarme tanto de menos, empiezas a respetarme un poco —lo interrumpió Paloma en un susurro malhumorado, y colgó el teléfono. A última hora de la tarde, mientras repartía pizzas en la moto, Blas estuvo a punto de chocar contra un coche mal aparcado. Para resarcirse le rayó la chapa con una moneda y escribió en el parabrisas: «APRENDE A APARCAR, MAMÓN, QUE CASI ME MATO». Rolando se quedó atónito al cerrar la papelería y ver el coche estragado. Se montó maldiciendo en voz alta, calculando los costes del arreglo, esperando que Merche tuviera la cena lista cuando él llegase a casa. Si no, se iba a enterar.
lunes, 6 de julio de 2026
Ortigas. Alice Munro.
En el verano de 1979 entré en la
cocina de la casa de mi amiga Sunny en Uxbridge (Ontario) y vi a un
hombre junto a la encimera preparando un sándwich de kétchup.
He
recorrido con mi esposo —el segundo, no el que dejé atrás aquel
verano— las colinas del nordeste de Toronto en busca de aquella
casa; con una ociosa perseverancia he intentado localizarla, pero
nunca lo he logrado. Probablemente la hayan demolido. Sunny y su
marido la vendieron pocos años después de mi visita. Como lugar de
veraneo estaba demasiado lejos de Ottawa, donde ellos vivían. Los
hijos, a medida que entraban en la adolescencia, se resistían a ir.
Y en la casa había demasiado trabajo de mantenimiento para Johnston
—el marido de Sunny—, a quien le gustaba pasar los veranos
jugando al golf.
He
encontrado el campo de golf; creo que era el mismo, aunque han
limpiado la vieja verja y ahora hay un club más elegante.
Cuando
de pequeña yo vivía en el campo, en verano los pozos de esa comarca
se secaban. Ocurría cada cinco o seis años, cuando no llovía lo
suficiente. Los pozos eran agujeros cavados en la tierra. El nuestro
era más profundo que la mayoría pero, como necesitábamos una buena
provisión de agua para los animales enjaulados —mi padre criaba
zorros plateados y armiños—, un día llegó un perforador con un
equipo impresionante y el agujero se fue extendiendo hacia abajo,
cada vez más abajo, hasta que encontró agua en la roca. Desde
entonces pudimos bombear agua pura y fría en cualquier época del
año por mucha sequía que hubiera. Era un motivo de orgullo. De la
bomba colgaba un jarrito de lata y, cuando en los días calcinantes
yo bebía de él, pensaba en rocas negras por donde el agua corría
centelleando como el diamante.
El
perforador —a veces lo llamaban pocero, como si fuera muy
fastidioso precisar lo que hacía, como si la antigua descripción
fuese más cómoda— era un hombre llamado Mike McCallum. Vivía en
la ciudad vecina a nuestra granja, pero no tenía casa. Vivía en el
hotel Clark: había llegado en primavera y se quedaría hasta que
acabara todo el trabajo que encontrara por hacer en la región.
Después se iría a otro lado.
Mike
McCallum era más joven que mi padre, pero tenía un hijo un año y
dos meses mayor que yo. El muchacho vivía con el padre en hoteles o
pensiones, dondequiera que el padre estuviera trabajando, e iba a la
escuela que tuviera más cerca. Él también se llamaba Mike
McCallum.
Sé
exactamente qué edad tenía, porque eso los niños lo dejan sentado
de inmediato; sean amigos o no, entre ellos es uno de los asuntos
esenciales de negociación. Él tenía nueve y yo ocho. Cumplía años
en abril; yo, en junio. Cuando llegó a casa con su padre ya estaban
avanzadas las vacaciones de verano.
Su
padre conducía un camión rojo oscuro siempre polvoriento o
embarrado. Cuando llovía, Mike y yo nos subíamos al camión. No
recuerdo si el padre entraba en nuestra cocina a beber una taza de té
o a fumar, si se quedaba bajo un árbol o seguía trabajando. La
lluvia lavaba las ventanillas del camión y retumbaba como piedras en
un tejado. La cabina olía a hombres; a ropa de trabajo,
herramientas, tabaco y calcetines como queso agrio. También a perro
peludo mojado, porque llevábamos con nosotros a Ranger. Para mí,
Ranger era parte de la familia; estaba acostumbrada a tenerlo siempre
encima y a veces, sin ninguna razón, le ordenaba que se quedara en
casa, se fuera al granero, me dejara en paz. Pero Mike lo quería.
Invariablemente se dirigía a él con dulzura, lo llamaba por el
nombre, le contaba nuestros planes y, cuando Ranger partía hacia
cualquier proyecto perruno, como perseguir una marmota o un conejo,
se quedaba esperándolo. Con la vida que hacía con su padre, Mike
nunca iba a tener un perro propio.
Un
día que estaba con nosotros, Ranger se lanzó detrás de una mofeta
y la mofeta se dio la vuelta y lo roció. A Mike y a mí nos cayó
parte de la culpa. Mi madre tuvo que suspender lo que estuviera
haciendo para ir a la ciudad a comprar varios frascos grandes de zumo
de tomate. Mike persuadió a Ranger para que entrase en una tina y
allí le echamos zumo de tomate y le cepillamos el pelo. Parecía que
lo estuviésemos lavando con sangre. ¿Cuánta gente haría falta
para conseguir tanta sangre?, nos preguntábamos. ¿Cuántos
caballos? ¿Y elefantes?
Yo
tenía más trato que Mike con la sangre y la muerte de animales. Lo
llevé a ver la mancha que había en un lugar del prado, cerca del
portón del establo, donde mi padre mataba y descuartizaba los
caballos con que alimentaba a los zorros y los armiños. De tantas
pisadas, el suelo estaba pelado y la mancha rojo sangre era profunda
como una marca de hierro candente. Luego lo llevé a la carnicería
del establo, donde se colgaban los cuerpos muertos de los caballos
antes de molerlos para hacer alimento. La carnicería era un simple
cobertizo con muros de malla, una malla negra de moscas ebrias de
olor a carroña. Nosotros cogíamos tejas y las machacábamos hasta
matarlas.
Nuestra
granja era pequeña: nueve hectáreas. Lo bastante pequeña para que
yo hubiera explorado todos los rincones, y cada rincón tenía un
aspecto y un carácter peculiar que yo no habría sabido poner en
palabras. Es fácil entender qué tenía de especial el cobertizo de
malla con los largos, pálidos cadáveres de caballo colgados de
ganchos brutales, o el suelo pisoteado teñido de sangre donde los
caballos vivos se transformaban en alimento para zorros. Pero había
otros lugares, como las piedras que flanqueaban la pasarela del
granero, que no me decían menos aunque no hubiese sucedido en ellos
nada memorable. A un costado había una lisa piedra blancuzca cuyo
bulto dominaba todas las demás, de modo que aquel lado tenía para
mí un aire extrovertido y público; por eso siempre elegía subir
por allí y no por el otro lado, donde las piedras eran más oscuras
y se apretaban con un aire más mezquino. Del mismo modo, cada árbol
del lugar tenía su actitud y su presencia: el olmo era sereno y el
cedro, amenazador; los arces, cotidianos y amigables, el espino,
viejo y rezongón. Hasta las pozas de los remansos del río —donde
años antes mi padre había vendido gravilla— tenían su carácter
distinto, más fácil quizá de reconocer si una las veía llenas de
agua cuando cesaban los torrentes de primavera. Estaba aquella
pequeña, redonda, profunda y perfecta; la que se estiraba como una
cola; y otra muy ancha, de forma indecisa, siempre con el morro
asomando, pues las aguas eran muy escasas.
Mike
veía todas estas cosas desde un ángulo muy diferente. Y lo mismo me
pasaba a mí ahora que estaba con él.
Las
veía a su manera y a la mía y, como por su misma naturaleza la mía
era incomunicable, tenía que mantenerla en secreto. La suya se
relacionaba con el provecho inmediato. La gran piedra pálida de la
pasarela era para saltar desde ella; cogía carrerilla e,
impulsándose en el aire por encima de las piedras pequeñas de la
pendiente, aterrizaba en el suelo apisonado, delante de la puerta del
establo. Todos los árboles eran para trepar, pero sobre todo el arce
junto a la casa, por una de cuyas ramas se podía gatear hasta
dejarse caer en el techo de la terraza. Y las pozas de gravilla eran
simplemente para zambullirse, con un grito de animal que se lanza
sobre su presa, tras una carrera furiosa por la hierba alta. Si
estuviéramos a principios de año, cuando las aguas son más
caudalosas, decía Mike, habríamos podido construir una balsa.
En
cuanto al río, por un tiempo ese proyecto fue tenido en cuenta. Pero
en agosto el río era tanto un sendero rocoso como un curso de agua
y, en vez de intentar bajarlo a flote o a nado, lo vadeábamos
descalzos —saltábamos de una piedra desnuda a otra, resbalábamos
en las musgosas rocas sumergidas, surcábamos grupos de nenúfares de
hojas chatas y de otras plantas cuyos nombres no recuerdo o no supe
nunca (¿chirivía silvestre?, ¿cicuta de río?)—. Las matas eran
tan tupidas que parecían arraigadas en islas, en tierra firme,
aunque en realidad crecían del légamo y sus raíces serpeantes nos
atrapaban las piernas.
El
río era el mismo que atravesaba la ciudad, y cuando lo remontábamos
llegábamos a ver el doble arco del puente de la carretera. En mis
paseos sola o con Ranger nunca había ido hasta el puente, porque por
allí solía haber gente de la ciudad. Iban a pescar a la orilla, y
cuando el río estaba lo bastante alto los chicos saltaban desde el
parapeto. En esa época probablemente no, aunque tal vez hubiera
algunos chapoteando entre los pilares, vocingleros y hostiles como
eran siempre los chicos de la ciudad.
También
estaban los vagabundos. Pero no le hablé de ellos a Mike, que iba
delante de mí como si el puente fuese un destino corriente y no
tuviera nada de desagradable ni de prohibido. Oímos voces, y como
era de esperar, eran voces de muchachos chillando; se habría dicho
que el puente les pertenecía. Hasta allí, Ranger nos había
seguido, sin entusiasmo, pero de pronto viró hacia la orilla. Era un
perro ya viejo y nunca había tenido una afición indiscriminada por
los niños.
Un
hombre que estaba pescando —no en el puente, sino en la orilla—
maldijo la agitación que había causado Ranger al salir del agua.
Nos preguntó por qué no dejábamos nuestro puto perro en casa. Mike
siguió andando como si el hombre sólo hubiera silbado y pronto
entramos en la sombra del puente, donde yo no había estado en mi
vida.
El
suelo del puente nos hacía de techo; franjas de sol caían por entre
las tablas. Entonces por arriba pasó un coche, hubo un ruido
atronador y por un momento se apagó la luz. El acontecimiento nos
dejó inmóviles, mirando hacia arriba. Debajo-del-puente era un
lugar por derecho propio, no un mero tramo del río. Cuando hubo
pasado el coche y el sol volvió a filtrarse por los resquicios, su
reflejo arrancó del agua olas de luz, raras burbujas de luz, para
proyectarlas en los pilares de cemento. Mike gritó para probar el
eco y lo mismo hice yo, pero débilmente, porque en la orilla los
muchachos, los extraños del otro lado del puente, me daban más
miedo que los vagabundos.
Iba
a la escuela rural que había más allá de nuestra granja. La
inscripción había mermado hasta tal punto que yo era la única cría
de mi clase. Pero Mike iba desde la primavera a la escuela de la
ciudad y para él aquellos chicos no eran desconocidos. De no ser
porque a su padre se le ocurría llevarlo al trabajo, para poder
vigilarlo de vez en cuando, probablemente no habría estado jugando
conmigo sino con ellos.
Entre
los muchachos de la ciudad y Mike debió de haber un intercambio de
saludos.
Hey.
¿Y tú qué haces aquí?
Nada.
¿Qué piensas que hago?
Nada.
¿Y ésa quién es?
Nadie.
Es ella, nada más.
Ña-ña.
Ella.
En
realidad se estaba desarrollando un juego que tenía a todo el mundo
pendiente. Y todo el mundo incluidas las niñas —pues más adelante
había niñas en la orilla, enfrascadas en sus cosas—, aunque ya no
estábamos en la edad en que niños y niñas solían jugar juntos. O
habían seguido a los muchachos desde la ciudad —fingiendo no
seguirlos— o los muchachos habían llegado tras ellas con intención
de acosarlas; pero con la reunión había cobrado forma aquel juego
y, como el juego los necesitaba a todos, las restricciones habituales
habían desaparecido. Y, como el juego era mejor cuantos más
participaran, para Mike fue fácil entrar y llevarme a mí con él.
Era
un juego de guerra. Los chicos se habían dividido en dos ejércitos
que guerreaban uno contra otro desde barricadas toscamente hechas con
ramas o protegiéndose tras las hierbas, las cañas y unos juncos más
altos que nuestras cabezas. Las armas principales eran unas bolas de
arcilla grandes como pelotas de béisbol. Se daba el caso de que más
o menos a mitad del banco del río había una fuente especial de
arcilla, un pozo gris medio oculto por hierbas (la idea del juego
debía de haber surgido al descubrirlo), y era allí donde trabajaban
las niñas preparando munición. Se sobaba y apretaba la arcilla
viscosa hasta moldear una bola lo más dura posible —podía
contener algo de gravilla y hierba u hojas que se pegaran al
fabricarla, pero no piedras añadidas adrede—, y la provisión
tenía que ser grande porque cada bola sólo servía una vez. No se
podían recoger las que habían fallado, rehacerlas y arrojarlas de
nuevo.
Las
reglas de la guerra eran simples. Si a uno le daba una bola
—oficialmente se llamaban balas de cañón— en la cara, la cabeza
o el cuerpo, tenía que caer muerto. Si le daba en los brazos o las
piernas, igualmente tenía que tumbarse, aunque sólo estaba herido.
A las niñas también correspondía arrastrarse hasta los heridos y
arrastrarlos hasta un lugar llano que era el hospital. Se los curaba
con emplastos y tenían que quedarse quietos contando hasta cien. En
cuanto acababan podían volver a la lucha. Los soldados muertos
tenían prohibido levantarse hasta que acabara la guerra, y la guerra
no acababa hasta que en uno de los dos bandos estuvieran todos
muertos.
En
ambos bandos había muchachos y niñas, pero como las niñas éramos
muchas menos no podíamos fabricar munición y hacer de enfermeras de
un solo soldado cada una. Todas las niñas tenían su propia pila de
bolas y trabajaban para ciertos soldados; cuando uno de ellos caía
herido, llamaba a la niña en cuestión a gritos, para que ella lo
arrastrara y le curara las heridas lo antes posible. Yo hacía bolas
para Mike y el nombre que Mike gritaba era el mío. Había tal ruido
en el aire —gritos constantes de «Estás muerto», victoriosos o
enfurecidos (enfurecidos porque siempre había algún muerto que
disimuladamente volvía a la lucha), y encima el ladrido de un perro,
que no era Ranger, que de algún modo se había mezclado en la
guerra—, tal ruido que una debía estar muy alerta a la voz del
muchacho que podía llamarla. Cuando el grito llegaba había una
sensación de fina alarma, un cable que hacía que vibrara en todo el
cuerpo el despertar de una devoción fanática. (Al menos para mí,
que al contrario que las otras niñas rendía servicios a un solo
guerrero).
Creo
que hasta aquel día tampoco había jugado en grupo. Y qué alegría
me daba formar parte de una empresa tan grande y apremiante, y dentro
de ella ser elegida esencialmente para servir con fidelidad a un
luchador. Cuando a Mike lo herían se quedaba flojo y quieto, y no
abría los ojos, mientras yo le ponía hojas enfangadas en la frente,
la garganta y —quitándole la camisa— el pálido, suave estómago,
alrededor del ombligo dulce y vulnerable.
No
ganó nadie. Largo rato después, el juego se desintegró entre
disputas y resurrecciones en masa. Camino de casa, nosotros tratamos
de llevarnos algo de arcilla tendiéndonos en el lecho del río.
Llevábamos las camisas y los pantalones cortos chorreando de barro.
Atardecía.
El padre de Mike se preparaba para marcharse.
—Dios
santo —dijo.
Había
un peón que iba a ayudar a mi padre cuando había que descuartizar o
se necesitaba un par de brazos más. Tenía una mirada de muchacho
adulto y respiraba con un silbido asmático. Le gustaba hacerme
cosquillas hasta que yo me sofocaba. Nadie interfería en la lucha. A
mi madre no le gustaba, pero mi padre decía que era en broma.
Estaba
en el vallado, ayudando al padre de Mike.
—Os
habéis revolcado juntos en el barro —dijo—. Para empezar ahora
tendréis que casaros.
Desde
detrás de la mosquitera, mi madre lo había oído. (Si los hombres
hubieran sabido que estaba allí no habrían hablado de esa manera).
Salió y, antes de comentar la facha que llevábamos, le dijo algo al
peón en voz baja y recriminatoria.
Yo
oí parte de lo que decía.
Como
hermano y hermana.
El
peón se miraba las botas con una sonrisa indefensa.
Mi
madre se equivocaba. El peón estaba más cerca de la verdad que
ella. No éramos como hermano y hermana, al menos como cualquier
hermano o hermana que yo conociera. Como mi único hermano era poco
más que un bebé, no tenía experiencia en ese campo. Pero tampoco
nos parecíamos a las mujeres y los maridos que yo había visto,
personas viejas —para empezar— y habitantes de mundos tan
separados que apenas se reconocían el uno al otro.
Eramos
un par de novios sólidos y avezados cuyo vínculo no necesitaba
mucha expresión visible. Yo al menos sentía algo solemne y
emocionante.
Me
di cuenta de que el peón estaba hablando de sexo, aunque no creo que
conociera la palabra. Y eso me hizo odiarlo aún más que de
costumbre. En lo específico se equivocaba. Lo nuestro no era la
exhibición, el magreo, las intimidades culpables; no había nada de
la trabajosa búsqueda de lugares ocultos, nada de esa mezcla de
placer, frustración y vergüenza viva e inmediata. Yo había vivido
escenas así con un primo y con un par de hermanas algo mayores que
iban a mi escuela. Aquellas parejas me habían disgustado antes y
después del acontecimiento y, aun mentalmente, de buena gana habría
negado lo que había sucedido. Nunca habría pensado en una escapada
con alguien por quien sentía afecto o respeto; sólo con gente que
me desagradaba, como me desagradaban de mí misma los abominables
escozores del arrebato.
En
cuanto a lo que sentía por Mike, el demonio se había transformado
en excitación difusa y una ternura que se extendía por toda la
piel, en un placer visual y una satisfacción tintineante en
presencia de la otra persona. Cada mañana me despertaba con hambre
de verlo, de oír al camión del pocero tambalearse y traquetear por
el camino. Sin dar la menor muestra de ello, idolatraba su nuca y la
forma de su cabeza, el pliegue de su ceño, sus largos pies descalzos
y sus codos sucios, su voz fuerte y confiada, su olor. Aceptaba sin
vacilar, y aun devotamente, los papeles que entre nosotros no era
preciso urdir ni explicar; yo lo asistía y admiraba, él dirigía y
estaba siempre dispuesto a protegerme.
Y
una mañana el camión no llegó. Una mañana, evidentemente, el
trabajo estuvo acabado, la tapa del pozo instalada, la bomba en
funcionamiento, el agua fresca admirada. En la mesa del almuerzo hubo
dos sillas menos. Tanto el Mike mayor como el chico habían comido
siempre con nosotros. El Mike chico y yo no solíamos hablarnos y
apenas nos mirábamos. A él le gustaba untar el pan con kétchup. Su
padre hablaba con papá, y la conversación trataba sobre todo de
pozos, accidentes, niveles de agua. Un hombre serio. Un trabajador de
la cabeza a los pies, decía mi padre. Sin embargo, él —el padre
de Mike— concluía casi todas las frases con una risa. Su risa
tenía un eco solitario, como si todavía estuviera en el pozo.
El
camión no llegó. Con la obra acabada, no había razón para que
volvieran. Y resultó ser que aquel trabajo era el último que le
quedaba al perforador en nuestra comarca. Tenía más trabajos
esperando en otros sitios y quería empezarlos lo antes posible,
mientras durara el buen tiempo. Como vivía en el hotel, sólo tenía
que hacer la maleta y partir. Y eso había hecho.
¿Cómo
pude no entender lo que pasaba? ¿No hubo ninguna despedida, ninguna
conciencia de que la última tarde, cuando subía al camión, Mike se
estaba yendo para siempre? ¿No agitó nadie la mano, no se volvió
hacia mí una cabeza —o dejó de volverse— cuando el camión,
cargado ahora con la maquinaria, fue dando bandazos por última vez
camino abajo? Con el primer borbotón de agua —recuerdo aquel
borbotón, y a todos reunidos para beber un trago—, ¿por qué no
comprendí cuántas cosas terminaban para mí? Ahora me pregunto si
no hubo un plan deliberado de no hacer de aquello algo especial, de
eliminar las despedidas y evitar que me pusiera —o nos pusiéramos—
demasiado triste o difícil.
Es
improbable que entonces se tomaran tanto en cuenta los sentimientos
de los niños. Padecerlos o reprimirlos era asunto nuestro.
No
me puse difícil. Pasada la primera conmoción no le mostré nada a
nadie. Cada vez que me veía, el peón bromeaba (¿Qué, tu amigo se
ha largado?), pero yo nunca le hice caso.
Tendría
que haber sabido que Mike iba a irse. Igual que sabía que Ranger era
viejo y moriría pronto. Aceptaba la ausencia futura; sólo que,
hasta que Mike desapareció, no tenía ni idea de cómo era la
ausencia. De cómo se alteraría todo mi territorio, como si por un
fallo se hubiera escurrido todo sentido salvo la pérdida de Mike.
Nunca pude volver a mirar la piedra blanca de la pasarela sin pensar
en él, y al fin le tomé aversión. Lo mismo empecé a sentir por la
rama del arce y, cuando mi padre la cortó porque se acercaba
demasiado a la casa, sentí aversión hacia la cicatriz del tronco.
Semanas
más tarde, un día en que llevaba ya puesta mi chaqueta de otoño,
estaba junto a la puerta de la zapatería, esperando a que mi madre
se probara unos zapatos, cuando oí que una mujer llamaba a un tal
Mike. «Mike», gritó mientras pasaba. De golpe tuve la convicción
de que esa mujer desconocida era la madre de Mike —yo sabía,
aunque no por él, que no estaba muerta sino separada del padre—, y
de que algo los había llevado de nuevo a la ciudad. No me puse a
considerar si el regreso sería transitorio o definitivo; sólo pensé
—mientras salía de la tienda a la carrera— que un minuto más
tarde iba a verlo.
La
mujer había alcanzado a un niño, de unos cinco años, que acababa
de coger una manzana de un cajón que había en la acera, delante de
la tienda de al lado.
Incrédula,
me paré a mirar al niño como si ante mis ojos hubiera tenido lugar
un maleficio abusivo y humillante.
Un
nombre común. Un niño estúpido, de cara chata y sucio pelo rubio.
El
corazón me latía con estrépito, como si en mi pecho sonaran
aullidos.
Sunny
me esperaba en Uxbridge al pie del autobús. Era una mujer de huesos
grandes y cara vivaz, con el pelo rizado, de un castaño canoso,
sujeto por pinzas desiguales a los lados de la cara. Aunque hubiera
ganado peso —lo que había sucedido—, nunca habría parecido una
matrona sino una muchacha majestuosa.
Me
sumergió en su vida, como siempre había hecho, contándome que
había estado a punto de llegar tarde porque Claire tenía un tapón
en el oído y esa mañana la había llevado al hospital para que se
lo extrajeran; que luego el perro había vomitado en el escalón de
la cocina, probablemente porque odiaba el viaje, la casa y el campo;
y que, mientras ella —Sunny— salía a buscarme, Johnston había
puesto a los niños a limpiar, puesto que eran ellos los que habían
querido tener un perro, y Claire se quejaba de seguir oyendo un
zumbido.
—Así
que, ¿qué tal si nosotras vamos a emborracharnos a un lugar bonito
y tranquilo y no volvemos más a casa? —preguntó—. Claro que
tenemos que volver. Johnston ha invitado a un amigo que tiene a su
mujer y a sus hijos en Irlanda y quieren irse a jugar al golf.
Sunny
y yo habíamos sido amigas en Vancouver. Como nuestros embarazos se
habían sucedido a la perfección, nos las habíamos arreglado con un
solo ajuar de maternidad. Una vez a la semana más o menos, en mi
cocina o en la suya, alteradas por los niños y en ocasiones
tambaleándonos de sueño, nos espabilábamos a fuerza de café y
cigarrillos para lanzarnos a una charla desenfrenada: sobre el
matrimonio, las peleas, nuestros defectos personales, nuestras
interesantes y deshonrosas motivaciones, las ambiciones perdidas.
Leíamos a Jung al mismo tiempo e intentábamos seguir la pista a los
sueños. En ese momento de la vida que suele considerarse un mareo
reproductivo, cuando la mujer tiene la mente anegada de jugos
maternos, nosotras seguimos imponiéndonos leer a Simone de Beauvoir,
Arthur Koestler y The Cocktail Party.
La
actitud de nuestros maridos no era en absoluto la misma. Cuando
sacábamos esos temas, decían «Eso es sólo literatura» o «Ni que
te hubieras graduado en filosofía».
Ahora
las dos nos habíamos marchado de Vancouver. Pero Sunny se había
trasladado con su marido, sus hijos y sus muebles, de la manera
normal y por las razones habituales: su marido había cambiado de
trabajo. Yo en cambio me había ido por una razón moderna, que se
aprobaba entusiasta pero fugazmente y sólo en ciertos círculos,
dejando marido, casa y todo lo adquirido durante el matrimonio (salvo
los niños, claro, cuya posesión se parcelaría) con la esperanza de
hacer una vida que pudiera sobrellevarse sin hipocresía, privación
ni vergüenza.
A
la sazón vivía en el segundo piso de una casa de Toronto. Los
vecinos de abajo —los dueños de la casa— habían llegado de
Trinidad hacía una docena de años. A un lado y otro de la calle,
las viejas casas de ladrillo con galerías y ventanas altas, antaño
hogares de metodistas y presbiterianos apellidados Henderson, Grisham
o McAllister, rebosaban de gente de piel cobriza u olivácea que
hablaba un inglés para mí desconocido, si es que siquiera lo
hablaban, y a todas horas colmaban el aire con el aroma de su comida
dulce y condimentada. A mí todo eso me hacía feliz; me daba la
sensación de haber cambiado de verdad, después de un largo viaje
desde la casa matrimonial. Pero era demasiado esperar que lo mismo
sintieran mis hijas, de diez y doce años. Yo había dejado Vancouver
en primavera y ellas habían llegado a comienzos de las vacaciones de
verano, supuestamente para estar conmigo los dos meses. Los olores de
la calle les resultaban asqueantes y el ruido les daba miedo. Hacía
calor y no podían dormir ni con el ventilador que les compré.
Teníamos que dejar la ventana abierta, y las fiestas en los patios
traseros duraban a veces hasta las cuatro de la madrugada.
Expediciones
al Centro de Ciencias y a la Torre de Comunicaciones, al museo y al
zoo, comidas en los restaurantes refrigerados de los grandes
almacenes, un viaje en transbordador a Toronto Island: nada podía
compensar la ausencia de sus amigos ni reconciliarlas con la versión
travestida del hogar que yo les ofrecía. Echaban de menos a sus
gatos. Querían volver a sus habitaciones, a la libertad de su
vecindario, a la parsimonia de los días de quedarse en casa.
Durante
un tiempo no se quejaron. Oí que la mayor le decía a la otra:
—A
mamá hay que convencerla de que estamos contentas. Si no, se sentirá
mal.
Por
fin, la cosa estalló. Acusaciones, confesiones de desdicha (hasta
exageraciones de la desdicha, según me pareció, desplegadas en mi
beneficio). La menor gritando «¿Por qué no vive en casa y ya
está?», y la mayor respondiéndole «Porque odia a papá».
Telefoneé
a mi marido, que me preguntó prácticamente lo mismo y proporcionó
por su cuenta la misma respuesta. Cambié los billetes, ayudé a las
niñas a hacer las maletas y las llevé al aeropuerto. Nos pasamos
todo el viaje jugando a un juego bobo que propuso la mayor. Había
que elegir un número —27, 42—, mirar por la ventanilla del coche
y contar los hombres que una veía; el vigésimo séptimo,
cuadragésimo segundo o lo que fuese era el hombre con el que una se
casaría. De vuelta en casa, sola, reuní todos los vestigios de su
presencia —un dibujo que había hecho la menor, una revista Glamour
que había comprado la mayor, bisutería y ropa que en Toronto podían
ponerse pero en su ciudad no— y los metí en una bolsa de basura. Y
más o menos lo mismo hice cada vez que pensaba en ellas; le di
cerrojazo a mi mente. Había desdichas —las relacionadas con los
hombres— que yo podía soportar y otras —las relacionadas con los
niños— que me superaban.
Volví
a vivir como antes de su visita. Dejé de preparar el desayuno y salí
cada mañana a tomar café con bollos frescos en el del italiano. La
idea de haberme liberado de lo doméstico, al menos de momento, me
encantaba. A partir de ese instante, empecé a fijarme en la
expresión de los que ocupaban las banquetas que había junto a la
ventana o las mesas de la acera: gente para la cual aquél no era un
momento agradable ni extraordinario, sino una rancia costumbre de la
vida solitaria.
De
vuelta en casa me sentaba a escribir durante horas enteras en una
mesa de madera, bajo las ventanas de una antigua galería convertida
en cocina de utilería. Tenía la esperanza de ganarme la vida como
escritora. El sol calentaba temprano la salita y las corvas
—seguramente llevaba pantalones cortos— se me pegaban a la silla.
Percibía el peculiar, dulzón olor químico de las sandalias de
plástico absorbiendo el sudor de mis pies. Me gustaba: era el olor
de mi laboriosidad y, esperaba, de mis logros. Lo que escribía no
era mejor que lo que me las había ingeniado para escribir en mi
antigua vida mientras se asaban las patatas o la colada daba tumbos
en el tambor de la lavadora. Escribía más, sencillamente, y no
peor: eso era todo.
Más
tarde me daba un baño y probablemente iba a ver a alguna amiga.
Bebíamos vino en terrazas de pequeños restaurantes de Queen Street,
Baldwin Street o Brunswick Street y hablábamos de nuestras vidas;
sobre todo de los amantes, pero como la palabra «amante» nos
revolvía un poco el estómago, decíamos «el hombre con quien
salgo». Y a veces veía al hombre con quien salía. Durante la
estancia de mis hijas, yo lo había proscrito, aunque un par de
veces, tras dejar a las niñas en un cine gélido, había roto la
regla.
Había
conocido a aquel hombre antes de romper mi matrimonio y él había
sido la razón directa para romperlo, aunque ante él —y ante
todos— yo fingiese que no era así. Cuando nos encontrábamos
intentaba mostrarme despreocupada e independiente. Intercambiábamos
novedades —yo me aseguraba de tenerlas—, nos reíamos y
paseábamos por el barranco, pero en realidad lo que yo quería era
incitarlo a que se acostara conmigo, porque creía que el alto
entusiasmo del sexo fusionaba lo mejor de los seres. En estas
cuestiones era una estúpida, en un sentido muy peligroso sobre todo
para una mujer de mi edad. A veces me sentía exultante después de
los encuentros —deslumbrada y segura—, otras veces el recelo me
pesaba como una losa. Una vez él se iba, sólo tomaba conciencia de
estar llorando cuando sentía las lágrimas corriéndome por las
mejillas. El motivo solía ser una sombra que había entrevisto en
él, una brusquedad, alguna advertencia oblicua. Más allá de las
ventanas, a medida que oscurecía, empezaban las fiestas en los
jardines traseros; más tarde, la música, los gritos y las
provocaciones terminarían en peleas y yo tendría miedo, no de la
posible hostilidad sino de una especie de inexistencia.
En
medio de una de sus crisis telefoneé a Sunny y ella me invitó a
pasar el fin de semana en el campo.
—Qué
hermoso es esto —dije.
Pero,
para mí, la región por la que viajábamos no significaba nada. Las
colinas eran una serie de lomas verdes, en algunas había vacas.
Había puentes bajos de cemento sobre arroyos asfixiados de juncos.
El heno se empacaba de una forma nueva, en rollos que quedaban en los
campos.
—Espera
a ver la casa —dijo Sunny—. Es sórdida. En la tubería había un
ratón. Muerto. Aún siguen apareciendo pelos en el agua de la
bañera. Ahora eso está arreglado, pero nunca se sabe qué más
pasará.
No
me preguntó por mi nueva vida. ¿Era delicadeza o censura? Tal vez
no supiera empezar, simplemente no pudiera imaginársela. De todos
modos, yo le habría dicho mentiras, o medias verdades. Fue muy duro
romper, pero había que hacerlo. Claro que siempre hay un precio; no
sabes cómo echo de menos a las niñas. Estoy aprendiendo cómo se le
devuelve la libertad a un hombre y a ser libre yo misma. Estoy
aprendiendo a tomarme el sexo de forma relajada, algo muy difícil
para mí porque no es lo que nos enseñaron y encima ya no soy joven,
pero estoy aprendiendo.
Un
fin de semana, pensé. Parecía mucho tiempo.
En
el lugar donde había habido una galería quedaba una cicatriz en los
ladrillos de la casa. Los niños de Sunny trotaban en la explanada.
—Mark
ha perdido el balón —gritó Gregory, el mayor.
Sunny
les dijo que me saludaran.
—Hola.
Mark ha tirado la pelota al otro lado del cobertizo y ahora no la
encontramos.
La
niña de tres años, nacida después de nuestro último encuentro,
salió corriendo de la cocina y se detuvo, sorprendida de ver a una
extraña. Pero enseguida se recuperó y me dijo:
—Me
ha volado un bicho en la cabeza.
Sunny
la alzó en brazos. Yo cogí mi bolso y entramos en la cocina, donde
Mike McCallum estaba untando kétchup en una rebanada de pan.
—Eres
tú —dijimos casi al mismo tiempo. Reímos los dos y corrí hacia
él a la vez que él avanzaba. Nos dimos la mano.
—Pensé
que eras tu padre —expliqué.
No
sé si llegué a acordarme del perforador. Más bien había pensado:
«Yo a este hombre lo conozco». Un hombre que movía su cuerpo con
ligereza, como si entrar y salir de un pozo para él no fuera nada.
Pelo muy corto con canas incipientes, ojos profundos de color claro.
Cara magra, jovial pero austera. Una reserva proverbial, nada
desagradable.
—Imposible
—dijo él—. Papá murió.
Johnston
entró en la cocina con las bolsas de golf, me saludó y le dijo a
Mike que se diera prisa.
—Se
conocen, cariño —explicó Sunny—. Quién lo hubiera dicho.
—De
cuando éramos niños —dijo Mike.
—¿De
verdad? —preguntó Johnston—. Es increíble.
Y
todos juntos agregamos lo que iba a agregar él.
—El
mundo es un pañuelo.
Mike
y yo aún nos mirábamos riendo, como si nos dejáramos claro que ese
descubrimiento, que a Sunny y Johnston les parecía increíble, para
nosotros era un cómico y deslumbrante estallido de buena suerte.
Durante
toda la tarde, mientras los hombres estuvieron fuera, me sentí llena
de una feliz energía. Hice un pastel de melocotón para la cena y le
leí a Claire para que durmiera la siesta mientras Sunny llevaba a
los niños a pescar, infructuosamente, en el verdín del arroyo.
Luego las dos nos sentamos en el suelo de la sala, con una botella de
vino, y otra vez fuimos amigas que hablaban no de la vida sino de
libros.
Mike
no recordaba las mismas cosas que recordaba yo. Él nos recordaba
andando por la estrecha cumbre de unos cimientos de hormigón,
imaginando que era un edificio altísimo del que si nos llegábamos a
caer nos mataríamos. Yo dije que debía de haber sido otro lugar,
pero luego recordé los cimientos de un garaje que no había llegado
a construirse en el cruce de nuestro camino con la carretera. ¿Nos
habíamos subido allí?
Sí.
Yo
me acordaba de haber querido aullar a voz en cuello debajo del puente
y de tener miedo de los chicos de la ciudad. Él no se acordaba de
ningún puente.
Los
dos recordábamos las bolas de arcilla y la guerra.
Nos
habíamos puesto a fregar juntos los platos para poder hablar sin ser
desatentos.
Me
contó cómo había muerto su padre. Había fallecido en un accidente
de tráfico, volviendo de un trabajo cerca de Bancroft.
—¿Y
tus padres viven?
Le
dije que mi madre había muerto y que mi padre se había vuelto a
casar.
Llegado
un momento le conté que estaba separada de mi marido y que vivía en
Toronto. Le dije que había tenido un tiempo a mis hijas pero ahora
estaban de vacaciones con su padre.
Él
me contó que vivía en Kingston, pero no que no llevaba allí mucho
tiempo. Había conocido a Johnston hacía poco, a través del
trabajo. Como Johnston, era ingeniero civil. Su mujer había nacido
en Irlanda pero trabajaba en Canadá cuando la conoció. Era
enfermera. En ese momento estaba en Irlanda, en County Clare,
visitando a su familia. Se había llevado a los niños.
—¿Cuántos
niños?
—Tres.
Cuando
acabamos con los platos, fuimos a la sala y nos ofrecimos a jugar al
Scrabble con los niños para que Sunny y Johnston pudieran dar un
paseo. Una sola partida; se suponía que era hora de irse a la cama.
Pero los niños nos convencieron de que empezáramos otra, y cuando
volvieron los padres aún estábamos jugando.
—¿Qué
os había dicho? —preguntó Johnston.
—Es
la misma partida —mintió Gregory—. Dijiste que podíamos acabar
la partida y es la misma.
—Seguro
—dijo Sunny.
Añadió
que era una noche preciosa y que con eso de tener canguros en casa
ella y Johnston se acostumbrarían mal.
—Anoche
Mike se quedó con los niños y hasta fuimos al cine. Una película
vieja. El puente del río Kwai.
—Sobre
—dijo Johnston—. Sobre el río Kwai.
—De
todos modos, yo ya la había visto —repuso Mike—. Hace años.
—Está
bastante bien —dijo Sunny—. Sólo que me molestó el final. Para
mí es un error. ¿Te acuerdas de cuando Alec Guinness ve el cable en
el agua, por la mañana, y se da cuenta de que alguien va a volar el
puente? Se pone como loco y entonces todo se complica porque morirá
todo el mundo y demás. Vale, para mí tendría que haber visto el
cable y saber lo que pasaría, pero quedarse de todos modos y morir
en la explosión… Me parece que es lo que haría ese personaje, y
dramáticamente habría sido más eficaz.
—No
—dijo Johnston, en un tono de haber discutido ya el asunto—.
¿Dónde estaría el suspense, entonces?
—Estoy
de acuerdo con Sunny —tercié yo—. Recuerdo que el final me
pareció muy complicado.
—¿Y
a ti, Mike?
—A
mí me pareció muy bien —respondió Mike—. Muy bien como estaba.
—Chicos
contra chicas —comentó Johnston—. Ganan los chicos.
Les
dijo a los niños que recogieran el juego y los niños obedecieron.
Pero a Gregory se le ocurrió que quería ver las estrellas.
—Sólo
aquí se pueden ver —adujo—. En casa siempre hay luces y
porquerías.
—Eh,
cuidado —dijo el padre. Pero enseguida agregó—: De acuerdo,
venga, pero cinco minutos, vamos todos a mirar el cielo.
Buscamos
la Estrella Guarda, cercana a la segunda del brazo de la Osa Mayor.
Si uno alcanzaba a verla, dijo Johnston, quería decir que tenía
suficiente buena vista para entrar en las Fuerzas Aéreas; al menos
así había sido durante la Segunda Guerra Mundial.
—Yo
la veo, pero ya sabía que estaba allí —dijo Sunny.
—Yo
la he visto —dijo Gregory, desdeñoso—. La he visto aunque no
sabía si estaba allí o no.
—Yo
también la he visto —dijo Mark.
Mike
estaba delante de mí y a un lado. En realidad estaba más cerca de
Sunny. No había nadie detrás y yo quería rozarlo; rozar levemente,
como por casualidad, su brazo o su hombro. Luego, si él no se
apartaba —¿por cortesía, por considerarlo un simple accidente?—,
quería apoyarle un dedo en su nuca desnuda. ¿Era eso lo que habría
hecho él si hubiera estado detrás de mí? ¿En eso se habría
concentrado, en vez de en mirar las estrellas?
Tenía
la sensación, sin embargo, de que era un hombre escrupuloso. Se
habría refrenado.
Y
por la misma razón, por cierto, esa noche no iría a mi cama. En
cualquier caso era tan arriesgado que se hacía imposible. Arriba
había tres habitaciones: la de las visitas y la de los padres daban
a la más grande, donde dormían los niños. Quien quisiera entrar en
cualquiera de las dos pequeñas tenía que pasar por la otra. A Mike,
que la noche anterior había dormido en la de las visitas, lo habían
trasladado abajo, al sofá desplegable de la sala. En vez de deshacer
la cama en donde dormiría yo, Sunny le había dado a él sábanas
limpias.
—Es
muy limpio —dijo—. Y a fin de cuentas es un viejo amigo.
Yo
no podía pasar una noche apacible entre aquellas sábanas. En mis
sueños, no en la realidad, olían a juncos, barro de río y cañas
bajo el sol candente.
Sabía
que él no vendría por muy poco que fuera el riesgo. Habría sido un
acto mal visto en casa de sus amigos, que con el tiempo también
serían —si no lo eran ya— amigos de su mujer. ¿Y cómo podía
estar seguro de que yo quería eso? ¿O de que él quería,
realmente? Ni siquiera yo estaba segura. Hasta entonces siempre había
podido considerarme una mujer fiel a la persona con quien dormía en
un momento dado.
Dormí
inquieta y tuve sueños de una lujuria monótona, con tramas
secundarias irritantes y desagradables. Unas veces Mike quería
cooperar pero encontraba obstáculos. Otras veces se volvía esquivo,
como cuando decía que me había comprado un regalo pero acababa de
perderlo y era para él importantísimo recuperarlo. Yo le decía que
no se preocupara, que el regalo no me importaba porque mi regalo era
él, la persona que quería y había querido siempre; decía eso.
Pero él seguía preocupado.
Toda
la noche —o al menos cada vez que me despertaba, y me desperté
muchas veces—, los grillos estuvieron cantando junto a mi ventana.
Primero pensé que eran pájaros, un coro de infatigables pájaros
nocturnos. Llevaba viviendo en ciudades el tiempo suficiente para
haber olvidado la perfecta cascada de sonido que pueden obrar los
grillos.
Hay
que decir, también, que en ocasiones al despertarme me encontraba
varada en un banco seco. Una lucidez inoportuna. ¿Qué sabes en
realidad de ese hombre? ¿Qué sabe él de ti? ¿Qué música le
gusta, a quién vota? ¿Qué espera de las mujeres?
—¿Habéis
dormido bien? —preguntó Sunny.
—Como
una piedra —dijo Mike.
—Bien,
sí —contesté yo.
Esa
mañana, todo el mundo estaba invitado a almorzar en la casa de unos
vecinos que tenían piscina. Mike dijo que él prefería darse una
vuelta por el campo de golf, si no había problema.
—Claro
—Sunny me miró—. Bueno, no sé si tú… —dijo.
Y
Mike preguntó:
—Tú
no juegas al golf, ¿no?
—No.
—Pero
igual podrías hacerme de caddie.
—Te
haré de caddie yo —intervino Gregory. Estaba dispuesto a apuntarse
a cualquier excursión que hiciéramos nosotros, seguro de que lo
pasaría mejor y tendría más libertad que con sus padres.
Sunny
le dijo que no.
—Tú
vienes con nosotros. ¿No quieres meterte en la piscina?
—En
esa piscina, todos los chavales hacen pipí. No sé cómo no lo
sabes.
Antes
de salir, Johnston nos había prevenido de que anunciaban lluvia.
Mike dijo que correríamos el riesgo. Me gustó que hablara en plural
y me gustó ir en el coche con él, en el asiento de la esposa. Me
causaba placer imaginarnos como pareja, un placer que sabía
exaltado, adolescente. Me cautivaba la idea de ser esposa, como si no
lo hubiera sido nunca. Eso no me había pasado con el hombre que
entonces era mi amante. ¿De verdad habría podido asentarme con un
amor verdadero, desprenderme de las partes mías que no encajaban y
ser feliz?
Pero
ahora que estábamos solos había cierta inhibición.
—¿No
es hermoso el campo aquí? —pregunté.
Y
ahora lo decía en serio. Bajo el nuboso cielo blanco, las colinas
parecían más suaves que el día anterior bajo el sol insolente. A
fines del verano, el follaje de los árboles se corroía; los bordes
de las hojas empezaban a oxidarse y algunas ya estaban del todo
castañas o rojas. Yo ya reconocía diferentes hojas.
—Robles
—dije.
—Aquí
el suelo es arenoso —explicó Mike—. En toda la comarca… La
llaman Cresta de los Robles.
Dije
que suponía que Irlanda era muy hermosa.
—Algunas
zonas son muy áridas. Roca pelada.
—¿Tu
mujer creció allí? ¿Habla con ese acento encantador?
—Si
la escucharas dirías que sí. Pero cuando vuelve le dicen que lo ha
perdido. Le dicen que parece americana. Americana es lo que dicen
siempre… Tanto les da si es canadiense.
—Y
tus hijos… Supongo que no tienen acento irlandés, ¿no?
—No.
—Por
cierto, ¿son niños o niñas?
—Dos
niños y una niña.
Ahora
yo sentía un apremio por hablarle de las contradicciones, las penas
y las necesidades de mi vida.
—Yo
echo de menos a mis hijas —dije.
Pero
no contestó. Ni una palabra de comprensión, ningún aliento. Tal
vez le parecía indecoroso hablar de nuestras parejas y nuestros
hijos, dadas las circunstancias.
Poco
después entrábamos en el aparcamiento del club y, un poco
estrepitosamente, como para compensar la rigidez, él comentó:
—Parece
que el miedo a la lluvia ha dejado a los golfistas domingueros en
casa.
En
el aparcamiento había un solo coche. Mike se bajó y fue al despacho
a pagar mi entrada.
Yo
nunca había estado en un campo de golf. Había visto partidos por
televisión, una o dos veces y nunca por decisión propia, y tenía
la vaga idea de que a ciertos palos se los llamaba hierros, o a
ciertos hierros palos, que uno en especial era el niblick y el campo
se llamaba link. Cuando le dije eso a Mike, contestó:
—A
lo mejor te aburres espantosamente.
—Si
me aburro daré un paseo.
Eso
pareció gustarle. Me apoyó en el hombro una mano cálida y dijo:
—Verás
cómo te dan ganas.
Mi
ignorancia no importaba —desde luego que no tuve que hacer de
caddie— y no me aburrí. Mi única tarea era seguir a Mike por
donde fuera y mirarlo. En realidad ni siquiera tenía que mirarlo.
Podría haber mirado los árboles que bordeaban el campo; eran unos
árboles altos de copa plumosa y tronco esbelto, de cuyo nombre yo no
estaba segura —¿acacias?—, agitados de vez en cuando por un
viento que allí abajo no se sentía. También había bandadas de
pájaros, mirlos o estorninos, que volaban con una urgencia
comunitaria, aunque sólo de una copa a otra. Recordé entonces que
eso hacían los pájaros; en agosto o a fines de julio empezaban a
celebrar bulliciosas reuniones en masa, preparándose para volar al
sur.
De
vez en cuando Mike hablaba, pero rara vez a mí. No había necesidad
de que yo respondiera, y de hecho no habría podido hacerlo. Me
pareció, sin embargo, que hablaba más que si hubiera estado jugando
sin compañía. Sus palabras inconexas eran reproches, elogios
prudentes o advertencias para él mismo, y en ocasiones no eran casi
palabras sino esos sonidos que quieren comunicar un significado, y lo
comunican, en la larga intimidad de las vidas vividas en cercanía
voluntaria.
Se
suponía pues que yo debía hacer eso: proporcionarle una noción de
sí amplificada, extendida. Una noción más cómoda, podría
decirse, un sentido tranquilizador de la soledad propia por donde
cada humano se mueve sin hacer ruido. De haber sido yo un hombre, él
no habría tenido la misma expectativa, o la solicitud no habría
sido tan natural y espontánea. Tampoco si hubiera sido una mujer con
quien no creía tener un vínculo establecido.
Todo
eso no era producto de mi imaginación. Estaba allí, entero, en el
placer que me inundaba mientras caminábamos por el link. Las
dolorosas descargas de deseo que me habían recorrido por la noche se
habían domesticado y limitado a una delicada llama piloto, atenta,
conyugal. Yo lo observaba colocarse, elegir, calcular, ojear,
balancearse, y luego miraba el trayecto de la pelota, que a mí me
parecía siempre triunfal y a él problemático, hasta el lugar del
reto siguiente, de nuestro futuro inmediato.
Caminábamos
casi sin hablar. ¿Lloverá?, decíamos. ¿No has sentido una gota? A
mí me pareció que sí. A lo mejor no. No era la típica y dudosa
charla sobre el tiempo; pertenecía al contexto del juego. ¿Crees
que acabaremos la vuelta?
El
caso fue que no la acabamos. Hubo una gota de lluvia —indudablemente
una gota—, luego otra y por fin un golpeteo. Por encima del campo,
Mike miró hacia donde las nubes habían cambiado de color, del
blanco al azul plomizo, y sin especial alarma ni decepción dijo:
—Aquí
está nuestra lluvia.
Luego
se puso a ordenar metódicamente la bolsa.
No
podríamos haber estado más lejos de la casa del club. Los pájaros,
en un alboroto creciente, nos sobrevolaban en círculos, indecisos,
agitados. Las copas de los árboles se sacudían y hubo un ruido —al
parecer, sobre nuestras cabezas— como de ola pedregosa
estrellándose contra la playa. Mike dijo:
—Mejor
nos metemos allí debajo.
Al
borde de la hierba había unos arbustos de hojas oscuras y aspecto
casi formal, como si los hubieran plantado en seto. Pero eran
silvestres y habían crecido apretados. Aunque parecían
impenetrables, al acercarnos vimos pequeñas entradas, sendas
angostas abiertas por animales o jugadores en busca de pelotas. El
terreno declinaba suavemente y, después de atravesar el desparejo
muro de matas, entrevimos el río, el río que explicaba el cartel de
la entrada, el nombre del club. Club de golf La Ribera. El agua era
de un gris acerado y las ráfagas de viento la habían ondulado, pero
sin romper en crestas como la de los estanques. Entre la orilla y
nosotros había un prado de maleza florecida. Solidago, salvia de
campanillas violáceas, algo que me pareció ortiga en flor —púrpura
o blanca— y ásteres silvestres. Parra, también, rodeando lo que
encontrara y anudándose, o en maraña bajo los pies. El suelo era
suave, no del todo espumoso. Ni las plantas de apariencia más frágil
y delicada llegaban a nuestras cabezas.
Cuando
nos paramos a mirar entre ellas vimos, a poca distancia, grupos de
árboles agitándose como ramos. Y algo que se aproximaba en la
dirección de las nubes sombrías. Era la lluvia de verdad, que venía
detrás del primer chubasco, pero daba la impresión de ser mucho más
que una lluvia. Parecía como si una gran porción del cielo se
hubiera desprendido y empezara a descargarse, clamorosa y resuelta,
bajo una forma animal no del todo reconocible. A la cabeza se
desplazaban cortinas de agua; no velos, sino gruesas cortinas que se
sacudían con violencia. Las divisábamos claramente aunque todavía
no sintiéramos más que unas gotas leves y ociosas. Habríamos
podido estar mirando a través de una ventana, sin creer que el
cristal fuera a hacerse añicos, hasta que se rompió y el viento y
la lluvia nos embistieron y mi cabello se alzó en un revuelo. Pensé
que pronto se me iba a erizar la piel.
En
aquel momento intenté dar la vuelta; tenía la urgencia, que no
había sentido hasta entonces, de salir de los arbustos y correr
hacia la casa. Pero no podía moverme. Bastante costaba ya tenerse en
pie; a cielo abierto, el viento me habría derribado enseguida.
Encorvándose
para meter la cabeza entre las matas, la cara contra el viento y sin
soltarme el brazo, Mike se puso delante de mí. Luego se volvió a
mirarme, protegiéndome de la tormenta. Tanto habría dado que se
hubiera interpuesto un palillo. Me dijo algo a la cara, pero no lo
oí. Por mucho que estuviese gritando no me llegaba ni un sonido
suyo. Me había cogido los dos brazos y bajó las manos hasta
aferrarme las muñecas. Así fue tirando hacia abajo —en el intento
de cambiar de posición trastabillamos— hasta que estuvimos los dos
en cuclillas. Tan cerca estábamos uno de otro que no podíamos
mirarnos; sólo podíamos mirar el suelo, los diminutos ríos que
empezaban a romper en torno a nuestros pies, las plantas aplastadas,
los zapatos empapados. Veíamos aquello a través de los torrentes
que rodaban por nuestra cara.
Mike
me soltó las muñecas y me plantó las manos en los hombros. Era más
un gesto de retraimiento que de sosiego.
Así
permanecimos hasta que cesó el viento. No pudieron ser más de cinco
minutos, y quizá fueron sólo dos o tres. Seguía lloviendo, pero
era una lluvia fuerte, normal. Él retiró las manos y nos levantamos
temblando. Teníamos las camisas y los pantalones pegados a los
cuerpos. A mí el pelo me caía sobre la cara en largos zarcillos de
bruja y él tenía cortos tallos oscuros aplastados sobre la frente.
Intentó sonreír, pero apenas le quedaban fuerzas. Luego nos besamos
y estuvimos abrazados un instante. Fue más un rito, el
agradecimiento por haber sobrevivido, que una tendencia de los
cuerpos. Los labios se deslizaron unos sobre otros, frescos y
resbaladizos, y la presión del abrazo nos estremeció levemente,
como si nos hubiera rociado con agua fría.
Cada
vez llovía menos. Tambaleando un poco sobre hierbas medio aplastadas
nos abrimos paso entre los gruesos arbustos chorreantes. Por todo el
campo de golf había grandes ramas arrancadas. Sólo más tarde pensé
que alguna habría podido matarnos.
Anduvimos
al raso esquivando las ramas caídas. Ya casi no llovía y el aire
empezaba a iluminarse. Como caminaba con la Cabeza inclinada, para
que el agua que me caía del pelo no rodase por mi cara, sentí el
sol calentándome los hombros antes de alzar los ojos a la luz
festiva.
Me
detuve, respiré hondo y moviendo la cabeza me quité el pelo de la
cara. Había llegado el momento, ahora que estábamos empapados, a
salvo y frente al fulgor. Ahora había que decir algo.
—Hay
una cosa que no te he dicho.
Su
voz me sorprendió, como el sol. Pero en el sentido opuesto. Había
en ella un peso, una advertencia, una decisión con un matiz de
excusa.
—Sobre
nuestro hijo menor —dijo—. Nuestro hijo menor murió el verano
pasado.
Oh.
—Murió
atropellado —añadió—. Lo atropellé yo. Dando marcha atrás en
la puerta de casa.
Volví
a pararme. El se paró conmigo. Los dos mirábamos adelante.
—Se
llamaba Brian. Tenía tres años. El caso es que… yo pensé que
estaba en la cama. Los otros aún estaban en pie, pero a él lo
habíamos acostado. Y fue y se levantó. Sin embargo debí mirar.
Debí mirar con más cuidado.
Imaginé
el momento en que se había bajado del coche. El ruido que debió de
hacer. La madre corriendo fuera de la casa. No es él. Él no está
aquí. Esto no ha pasado.
Arriba,
en la cama.
Echó
a andar de nuevo y entró en el aparcamiento. Yo lo seguía a unos
pasos. Y no dije nada; ni una palabra amable, impotente. Lo habíamos
dejado atrás.
Él
no dijo: «Fue mi culpa» o «Nunca lo podré superar. Nunca me lo
perdonaré. Pero hago todo lo que puedo».
Ni:
«Mi mujer me perdona pero ella tampoco lo va a superar».
Yo
lo sabía. Ahora sabía que él era de esos que han tocado fondo. De
esos que saben —como no sabía yo, ni me acercaba siquiera a saber—
qué significa exactamente tocar fondo. Los dos lo sabían, él y su
mujer, y eso los unía como sólo lo hace aquello que une o separa
para siempre. No vivirían siempre en el fondo, claro. Pero
compartirían el hecho de conocer ese espacio central gélido, vacío,
cerrado.
Podría
sucederle a cualquiera.
Sí.
Pero no parece que sea así. Parece que le sucediera a éste, a
aquél, elegidos aquí y allá, de uno en uno.
—No
es justo —dije.
Hablaba
de cómo lidiar con esos castigos fortuitos, esos zarpazos malvados y
catastróficos. Peores así, tal vez, que cuando ocurren entre un
aluvión de desgracias, en la guerra o en un terremoto. Y todavía
peores cuando hay alguien cuya acción, probablemente una acción
inhabitual, lo hace singular y permanentemente responsable.
De
eso hablaba. Pero también quería decir: No es justo. ¿Y eso qué
tiene que ver con nosotros?
Una
protesta tan brutal que casi parece inocente, cuando surge de la
médula del ser. Inocente, es decir, cuando es una quien la eleva y
no la hace pública.
—En
fin —dijo él con mucha suavidad. Porque no se veía la justicia
por ningún lado—. Sunny y Johnston no lo saben —agregó—. No
lo sabe ninguno de los que conocimos después de cambiar de casa. Nos
pareció que así nos arreglaríamos mejor. Ni siquiera los otros
niños… Ellos casi no lo mencionan. No lo nombran.
Yo
no era de los que habían conocido después de dejar la casa. No era
de las personas entre las que harían su nueva vida, normal y ardua.
Yo era una persona que sabía; nada más. Una persona que él tenía
para sí y que sabía.
—Qué
raro —exclamó, mirando alrededor, antes de abrir el maletero para
colocar los palos—. ¿Qué pasó con el tío que había aparcado
aquí? ¿Te fijaste en que cuando llegamos había un coche? Pero en
el campo no vi a nadie, ahora que lo pienso. ¿Y tú?
Contesté
que no.
—Un
misterio —dijo. Y otra vez—: En fin.
Era
una expresión que yo había oído muchas veces en mi infancia, y
dicha en el mismo tono. Un puente entre una cosa y otra, una
conclusión o una forma de decir algo que no podía decirse más
claramente, ni pensarse.
«El
fin del pozo está en el pozo», era el chiste para contestar.
La
tormenta había malogrado la fiesta junto a la piscina. Eran
demasiados invitados para meterse en casa, y los que tenían hijos
habían preferido marcharse.
En
el camino de vuelta, tanto Mike como yo habíamos notado —y lo
habíamos comentado— una picazón en los antebrazos, en el dorso de
las manos y alrededor de los tobillos. Lugares que habíamos tenido
al descubierto al acuclillarnos entre la maleza. Me acordé de las
ortigas.
Sentados
en la cocina de Sunny, ya con ropa seca, contamos la aventura y
mostramos las ronchas.
Sunny
sabía qué hacer. La del día anterior con Claire no había sido su
primera visita a la sala de urgencias del hospital local. Otro fin de
semana, los niños se habían metido en un terreno fangoso, detrás
del establo, y habían vuelto cubiertos de manchas y verdugones. El
médico había dicho que debían de haber rozado ortigas. Que se
habrían revolcado en ellas, había dicho exactamente. Había
recetado compresas frías, una loción antihistamínica y unas
píldoras. En el frasco aún quedaba loción, y también quedaban
píldoras porque Mark y Gregory se habían curado enseguida.
Dijimos
que píldoras no; lo nuestro no parecía tan serio.
Sunny
contó que había hablado con la mujer de la gasolinera, y que según
ella había una planta con cuyas hojas se hacía el mejor cataplasma
para las ronchas de ortiga. Nada de píldoras ni porquerías, había
dicho la mujer. La planta se llamaba algo así como pie de cordera.
¿Piscornera? La mujer había dicho que se la encontraba en cierto
cruce de caminos, junto a un puente.
Sunny
tenía muchas ganas de hacerlo; le encantaba la idea del remedio
folclórico. Tuvimos que advertirle que la loción ya estaba allí, y
pagada.
Pero
ella disfrutaba velando por nosotros. En realidad, nuestra
tribulación puso a toda la familia de buen humor, los apartó de los
inconvenientes del día de tormenta y los planes cancelados. El hecho
de que hubiésemos resuelto irnos juntos y hubiésemos vivido una
aventura —una aventura cuyas pruebas llevábamos en el cuerpo—,
parecía despertar en Sunny y Johnston un entusiasmo provocativo.
Graciosas miradas de él, una solicitud encendida de parte de ella.
Por supuesto que si hubiéramos aportado pruebas de verdadera mala
conducta —abrojos en el trasero, manchas rojas en los muslos y el
vientre—, no habrían sido tan encantadores e indulgentes.
A
los chicos los divertía vernos sentados con los pies en sendas
palanganas, los brazos y las piernas envueltos en trapos gruesos. A
Claire la deleitaba en especial la visión de nuestros pies adultos
disparatadamente expuestos. Mike retorcía los largos dedos y ella
rompía en ataques de risa alarmada.
Bien.
Si alguna vez volvíamos a encontrarnos sería lo mismo de siempre. O
si no nos encontrábamos más. Un amor inútil, consciente de su
lugar. (Alguien había dicho que irreal, porque nunca se arriesgaría
a partirse el cuello, a transformarse en un chiste malo o a
consumirse tristemente). Nada arriesgado y sin embargo vivo como un
hilo de agua dulce, una fuente subterránea. Con el peso de ese nuevo
silencio, ese sello.
En
todos los años de nuestra amistad menguante nunca le pedí a Sunny
noticias de él, ni las tuve.
Esas
plantas de grandes flores púrpuras no son ortigas. He descubierto
que se llaman algo así como dactilorizas. Las ortigas entre las que
seguramente nos metimos son plantas más insignificantes, sus flores
son de un púrpura más claro y tienen tallos malignamente provistos
de espinas finas, feroces, penetrantes e inflamatorias. Aunque no las
notáramos, también de ésas debió de haber habido en el prado
baldío.
Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. 2001.




