sábado, 16 de mayo de 2026

Volvedor. Abelardo Castillo.

A Julio Cortázar
y a usted, Borges,
y perdón si los salpiqué.


I
El oficio de guapo es un oficio como cualquier otro. El coraje, ahora lo sé, tiene la paciencia larga; necesita práctica. Hay que adiestrarse en la mirada torva, ladina, en el gesto pausado, en el áspero monosílabo hecho de ambigüedad y amenaza para llegar con exactitud, si la Virgen lo permite (porque la destreza de la mano depende, en la mitad de los casos, de un secreto favor suyo), para llegar, repito, a la decisiva matemática de dos puñaladas en un boliche o un patio.
Esto lo sé porque yo soy Evaristo Garay. Antes, cuando me daba por la literatura, cuando era pálido y usaba anteojos gruesos, de carey negro, y leía a lord Dunsany, me llamaba de otro modo. Y muchos me han visto discutiendo de carburadores y metempsicosis en La Biela Fundida, en Palermo, o sentado en la Jockey frente a un mazagrán, asegurando que Borges —con licencia— nunca vio un orillero de verdad ni en foto, pero escribir, escribe lindo. Estaba diciendo, digo, que ahora me llamo Evaristo Garay, el que supo sentarlo de un planazo al comisario Bozzano en la casa de baile de María Sosa, allá en San Pedro; el mismo Evaristo Garay que ahora se juntó para siempre con la Rosario; yo (devoto de la Virgen de Pompeya), que anoche, en el almacén de Barbieri, maté de tres balazos en la cabeza al chino Aldazábal.
Todo empezó cuando el último verano caí desprevenidamente por Baradero y pregunté en un boliche de la costa si nadie conocía al chino:
Busco al chino Aldazábal —dije, limpiándome los anteojos.
Siempre que estoy nervioso me limpio los anteojos, esto lo sé. Lo que no sé es por qué dije que buscaba al chino. En realidad yo venía a preguntar por un tal González y, aunque al principio me pareció lo mismo, después supe que no, que no era lo mismo. Porque yo, de entrada nomás, llegué y pregunté por Aldazábal.
El patrón me miró. Era un tipo impresionante; sus hombros, enormes, asomaban detrás del mostrador como dos moles; en el medio, rapada y poderosa, había una cabeza. Se quedó mirándome y después que se le fue el sueño levantó una ceja.
Si yo me hubiera ido entonces, antes que levantara la otra ceja, no habría pasado nada; pero yo no me fui y el monstruo, sorprendido, levantó la otra ceja. Sorprendido o asustado. O contento. Después abrió la boca y se enojó con mi madre. Pero no se enojó: lo dijo como si yo acabara de hacerle una secreta broma y él la estuviera festejando. A su modo, claro. Luego, abrazándome por encima del mostrador, me juró que los años no pasaban para mí, para Evaristo Garay, que él sabía que yo iba a volver aunque Aldazábal hubiera dicho que me balearon en la frontera, y que nunca me habría reconocido con esas ropas de cajetilla, a no ser —según aseguró— por esta pinta de rufián que Dios me ha dado, y que Barbieri no se olvida de los amigos.
Ya he dicho que en ese entonces yo era algo literato; por lo tanto, nunca fui demasiado original. De inmediato pensé: sueño. Pero los brazos de Barbieri, fraternal y peligrosamente me demostraron que no, que no era un sueño. Más tarde supe que era algo mucho más vertiginoso que un sueño, pero, por el momento, sólo sentía que el gigante me estaba haciendo mal en la espalda. En la cicatriz esa que tengo en la espalda.
Ellos cruzaron a Gualeguaychú —dijo después—. Fueron a traer la medicina.
Y se rió. Yo también me reí; esto, al menos, lo entendía: la medicina eran drogas. Yo había venido al bajo justamente por eso. Estaba escribiendo una nota con contrabandistas, subprefectura y moraleja social. Necesitaba documentarme. El comisario de San Pedro me había dicho que, en la ribera de Baradero, un tal González —el chajá, que le decían— “operaba en esos chimisturrios”, que si me animaba, fuera: él, lo más que podía hacer era prestarme un vigilante. Yo dije gracias y acá estaba. Y ya había decidido volverme cuando sucedieron dos cosas: el gigante que me alcanza un vaso de ginebra; yo, desprevenido, que me la tomo quién sabe por qué, por darme ánimos tal vez, y una puerta que se abre, arriba, en el remate de la escalera.
Mira —dijo Barbieri.
Miré y la vi por primera vez; era la Rosario. La Rosario que en seguida me reconoció y dijo vos acá, Evaristo, y me miraba tierna, tan tierna que yo, a causa de la ginebra y de esa ternura, dije que sí, que estaba ahí, de vuelta. Y antes de que pudiera agregar nada, ella se encerró en la pieza, como si fuera a llorar.
El patrón seguía sonriendo; me alcanzó otra ginebra y se quedó estudiándome. No sé si por taparme la cara (porque ahora yo no quería explicar nada) o porque la ginebra, aunque marea, siempre me gustó, me llevé el vaso a la boca y me lo tomé. Me asombró un poco mi propia voz:
¿Cuándo vuelven?
Él dijo que tenían lo menos para dos meses. Después dijo:
Que alegrón —y el aumentativo, con el tono en que fue dicho, resultaba una intencionada, amenazante paradoja— se va a pegar el chino cuando te vea.
Si esas palabras me sonaron extrañas, no lo fueron mucho más que las mías.
Sí —dije—. Qué alegrón.
Tal vez se trataba de que Aldazábal, al verme, se iba a enterar de que yo no era el que parecía; pero no sé por qué se me ocurrió que el otro podía alegrarse de eso.
Usted, en cambio, sí lo hubiera sabido, Evaristo Garay.
Barbieri estaba diciendo:
La Rosario también parece contenta. Levantó la vista; yo también. La puerta de la pieza, arriba, había quedado entreabierta.
Y, ¿no vas a subir a verla?
Entonces, al mirar hacia arriba, fue cuando me acomodé el pantalón. Me lo acomodé a dos manos, metiendo los pulgares en el cinto.
¿Y pa qué te crees vos que volví? —me oí decir.
El «pa» me salió solo; el tono, el gesto, me salieron solos. Después estaba arriba y, aunque no soy hombre de ventajear a nadie y menos trampeando a una mujer como aquélla, como la Rosario, la tumbé sobre la cama y me convencí de que ése era mi sitio, que todo venía de muy lejos, de antes, cuando Aldazábal y yo, peleando en yunta, nos jugábamos por esta morocha en La Colorada y en yunta la alzamos del baile, y él, porque le correspondía, se quedó con ella, esta morocha que ahora me estaba diciendo entre lágrimas, nunca creí que te hubieran muerto en la frontera ya sabía que a vos nadies, y después no habló más y al mucho rato se me quedó dormida entre los brazos, alborotando la almohada con sus crenchas negras.


II
Mi memoria suele ocasionarme disgustos. Generalmente retengo —o invento— detalles nimios, imágenes aisladas, un gesto a veces o una palabra, y se me escapan sin remedio los hechos históricos. Será por eso que de toda la primera semana que pasé en el bajo (porque me quedé, Evaristo Garay, y usted me miraba desde los espejos, aprobando mi espera), sólo recuerdo algún áspero trago de caña, que a lo mejor fue el que me hizo perder el miedo, y recuerdo que empezó a dolerme la cicatriz esa que tengo en la espalda —la que me hice en la rotonda de Palermo, una noche, con la moto— y pensé la humedad o el cansancio. También evoco una manera de caminar que me gustó, y la sensación, que no me gustó, de estar haciéndole una porquería a alguien. Esos días anduve mucho, vi, pregunté y aprendí mucho. Me pareció que Aldazábal no se iba a alegrar ni medio cuando volviera de Gualeguaychú (por dos motivos, claro, pero yo entonces sólo conocía uno), no se iba a alegrar de verme ni de que me confundieran con Evaristo Garay, a quien el chino siempre quiso como a un hermano, más que a un hermano, como tampoco se iba a alegrar mucho si alguien lo ponía al tanto de lo que estaba pasando allá arriba, en la pieza de la Rosario. Por eso digo lo de sentir que estaba haciendo una porquería, máxime cuando supe que la parda siempre le había jugado limpio al chino, menos esta vez, cuando yo vine al bajo a terminar cierto asunto que empezó una noche de 1957, en la frontera, noche en que la policía se apareció de golpe allá adelante, entre los juncos, y Evaristo sintió un estruendo a su espalda y cuando quiso sacar el cuchillo ya tenía la boca llena de barro.
De modo que me quedé. Al principio me quedé por la Rosario. Después debí de tener otros motivos porque una noche ella me dijo «Vámosnos, Evaristo» y yo le dije que no. Todavía no, le dije, y a lo mejor era que pensaba irme solo, antes que pasara alguna cosa grande, o a lo mejor quise quedarme porque seguía con la idea de escribir mi artículo con moraleja, o vaya a saber. La cosa es que me quedé. Y supe que la historia del chino Aldazábal, la parda y Evaristo, en todo caso, ya estaba escrita. No resultaba ni más equívoca ni menos matrera que aquella otra, venerable, compilada por un escriba del Faraón, hace treinta siglos, historia que acaso leyó Moisés y en la que hay una mujer que es malvada y miente y un hermano espera a otro detrás de una puerta, con un hacha.
En esta que yo me sé el triángulo es ribereño pero igual de confuso, sólo que la mujer no es mala y que Evaristo no era hermano de Aldazábal, sino su casi hermano, su mejor amigo, por lo menos mientras lo fue.
Según me contó la gente del bajo (o debo escribir me recordó, pues todos los relatos empezaban «te acordás, Garay»), parece que Evaristo y Aldazábal solían pelear juntos, desde muchachos. Me salteo homicidios menores, y digo aquél del baile en La Colorada, que, si no me han mentido, se llamó así después del estropicio, por la sangre que anduvo por el piso aquella noche:
Evaristo estaba recostado en el mostrador, mirando. Su casi hermano, prendido como chuncaco, bailaba con la muchacha, una morocha nuevita y asustada que (aunque aún no lo sabían) se llamaba Rosario y estaba destinada a que acontecieran planazos donde ella metía sus ojos azules, raros, medio grises. Usted la miraba, Evaristo Garay.
Entonces apareció un grandote y le tocó la espalda al chino. Tenía voz de mamado cuando habló:
No se pegue, que no es dulce —dijo. Aldazábal, sin darse vuelta, dejó de bailar; después, arreglándose el pelo detrás de la oreja, preguntó:
¿Bastonero, el hombre?
La música se cortó de golpe; un acordeonista ya metía la mano por atrás, a la altura de la faja. Los ojos de Aldazábal y su hermano se encontraron. Yo, que escribo esto porque alguien me lo contó, recuerdo esa mirada. El grandote dijo:
Bastonero no: sampedrino.
Y los mirones (menos Evaristo, que seguía apoyado en el mostrador, aunque un poco más cerca de la puerta) empezaron a arrimarse, y había manos con brillo a fierro. Porque ser sampedrino quería decir ser guapo, y Aldazábal, en ese momento, pudo decir que también lo era y aquí no ha pasado nada. Pero Aldazábal —yo lo sé— nunca fue hombre de arreglar las cosas con conversación. Dijo pior pa usté y le ordenó a la chica:
Vaya, espéreme afuera: dos tordillos hay. Vaya, le digo.
La dejaron irse; el grandote también, porque una mujer estorba. Al pasar junto a Evaristo, ella tenía una cara de susto que le gustó al hombre. Sin apuro, Evaristo le preguntó:
El grandote, ¿cómo se llama? Ella se lo dijo.
Y antes de que la cancha se cerrara en torno de Aldazábal, una voz autoritaria, desde la puerta, pegó el grito:
¡Lisandro!
La distracción del grandote, de Lisandro, duró un segundo. Después estaba boca abajo sobre la pista de tierra, con un tajo del ombligo al esternón. Lo que siguió también fue breve.
Evaristo abrió cancha desde atrás, a los gritos, atropellando a los que se daban vuelta; Aldazábal encaró de punta. En el medio se juntaron, espalda con espalda buscando la puerta. Y a partir de ese momento, el boliche empezó a llamarse La Colorada.
Rosario los esperaba afuera, azarosamente junto al tordillo de Evaristo, quien de un salto se la llevó en ancas. Y allá salieron los tres, delante de la polvareda.
En la disparada, Evaristo sentía las uñas de la parda, clavadas en su cuerpo. Y era lindo. Pero fue la única vez que las sintió, porque la muchacha era del chino, de su casi hermano; por más que él, Evaristo Garay, se acordaba de aquella disparada cada vez que lo veía entrar al chino en la pieza de arriba. Y no quería acordarse. Después la historia se entreveraba. Se entreveró del todo, el día que Evaristo se dio cuenta de que la mujer no lo quería al chino, que a él lo quería. Desde que le sentí las uñas supe que ella me quería.


III
No sé si dije que a partir de la primera semana empezó a pasárseme el miedo. Natural. Yo pensaba desaparecer, con la muchacha o sin ella —más bien creo que sin ella—, unos días antes de que la gente volviera del Gualeguaychú. Además sentía que en aquel sitio yo estaba tan seguro como en la Jockey, y bastante más que en La Biela (que fue allí en la rotonda donde casi me mato una noche, la noche del 5 de enero del 57, y de allí me quedó, como regalo de Reyes, la cicatriz que tengo en la espalda), y digo que me sentía seguro porque, según vi, a Evaristo lo temían. Lo respetaban. Y yo no podía dudar de que me parecía increíblemente al taita; no tanto porque todos en la costa me miraban de reojo, como si mi presencia anticipara catástrofes, sino por la Rosario: la morocha no era de desconocer así nomás a su hombre, aunque nunca hubiera podido entregársele antes. Me enteré de que Evaristo y ella no tuvieron tiempo de hacer lo que Dios manda, del mismo modo que me enteré de toda la historia, o de casi toda: astuta y pacientemente, con preguntas furtivas, por casualidad. Y por otros medios, menos fáciles de explicar. Al principio creí que mis preguntas obedecían a reflejos literarios; después, no sé. De todos modos, había una parte en las peripecias de Evaristo Garay que no estaba clara: la parte de la frontera. Por supuesto, yo, sobre este punto, no podía preguntar nada; no podía, es claro, andar preguntando:
¿Cómo fue que me mató la policía?
Por cosas dispersas que me contó Barbieri, entendí que Aldazábal nunca fue ajeno a lo que había estado ocurriendo. Una noche sobrevino este diálogo:
Estás metido con la parda —y la voz del chino no tenía inflexión de pregunta; Evaristo dijo que sí y ésa fue la única vez que Aldazábal lo miró feo—. Yo me la alcé pa mí —dijo.
Barbieri no escuchó más porque entonces apareció el chajá González y anunció mañana tenemos que cruzar, y el resto, como digo, lo supe por boca de la Rosario, quien a su vez lo escuchó del chino. Su versión se contradice un poco con la de Barbieri. Parece que la noche del 5 de enero era Evaristo quien tenía la mirada torcida.
Me imagino su voz:
Que ella elija.
Aldazábal dijo está bien. Dijo que dijo: está bien hermano. Y ese gesto le había llegado hondo a la Rosario. Será por eso que, cuando me enteré, estuve a punto de perderle el respeto, Evaristo Garay. Porque usted se aprovechó de la aflojada y lo ofendió al chino:
Y ahora déjame solo —le dijo.
Todo esto ocurrió la noche de Reyes del 57, en la frontera. Y al rato el chajá González gritó: la policía. Y empezaron los tiros. Cuando la gente llegó a la lancha, Evaristo Garay no estaba. Se había quedado allá, muerto por la policía. Bien muerto. De cara al barro.


IV
Creo que voy a terminar pronto; la Rosario está inquieta y en estos casos lo mejor es irse antes de las averiguaciones y el sumario. Al empezar ya expliqué lo que le pasó en la cabeza al chino Aldazábal; ahora quiero contar por qué.
El tiempo que viví en el almacén de Barbieri —también ya lo expliqué— me enseñó muchas cosas: entre otras, que el coraje es subjetivo. Mirando a la gente ilegal reeduqué mis reflejos y empecé a olvidarme de citar correctamente a Virgilio. Me dieron ropas amenazantes, que fueron de Evaristo Garay, y la Rosario me prendió al cuello una medalla con la Virgen de Pompeya. En eso estaba cuando se quedó mirándome:
Llévame con vos —dijo.
Yo nunca tuve predilección por morir en manos de un contrabandista, sin embargo dije que tenía que esperarlo. Tal vez cuando la Rosario me pidió por primera vez que me la alzara, todavía estaba a tiempo. Ahora no podía irme.
Te voy a llevar —dije—; pero antes tengo que esperarlo.
Bajé al boliche.
Dame un cuchillo, Barbieri.
El grandote me miró; entonces cambié de idea:
No. Mejor dame un revólver.
Después volví a subir y estuve un rato ante el espejo; pese a todo la imagen que veía no era absurda. Usted me miraba, Evaristo Garay.
Vámosnos —insistió la Rosario.
Yo le dije mejor que te estés quieta. Después dije:
Hace calor.
Y me saqué la camisa. Entonces la Rosario me vio la cicatriz esa que tengo en la espalda y dijo cómo te hicieron esto, Evaristo, y yo casi le cuento lo de la rotonda, cuando, de golpe, me acordé de todo. Me acordé cuando Evaristo, la noche de Reyes, en la frontera, dijo: Que ella elija. Y Aldazábal le contestó: Esto no se arregla con conversación, hermano. Y el chajá gritó la policía y empezó el barullo, y Evaristo se dispuso a pelear como cuando eran muchachos, como siempre, y fue entonces que sintió aquel balazo trapero, en la espalda, y cuando se dio vuelta con el cuchillo en la mano ya tenía otro tiro quemándole las costillas y el último fue cuando cayó de cara al barro como un perro.
La Rosario preguntaba:
¿Quién te hizo esto, Evaristo? Dije:
Ya te vas a dar cuenta.
Por eso me quedé. Y por eso, anoche, cuando la gente volvió del Gualeguaychú yo estaba parado en lo alto de la escalera, con el revólver en la mano. Y cuando el chajá me reconoció y se vino derecho a abrazarme, yo le grité:
¡Abrite!
Y por eso él se abrió, y Aldazábal se quedó mirándome, como a un fantasma, mirándome a mí, a Evaristo Garay. Y por eso lo bajé de tres tiros en la cabeza.

Las otras puertas, 1961.

domingo, 10 de mayo de 2026

El informe. Jules Renard.

-Dispense, amigo, ¿cuánto tiempo se necesita para ir de Corbigny a Saint-Révérien?
El picapedrero levanta la cabeza y, apoyándose sobre su maza, me observa a través de la rejilla de sus gafas, sin contestar.
Repito la pregunta. No responde.
-Es un sordomudo -pienso yo, y prosigo mi camino.
Apenas he andado un centenar de pasos, cuando oigo la voz del picapedrero. Me llama y agita su maza. Vuelvo y me dice:
-Necesitará usted unas dos horas.
-¿Por qué no me lo ha dicho usted antes?
-Caballero -me explica el picapedrero-, me pregunta usted cuánto tiempo se necesita para ir de Corbigny a Saint-Révérien. Tiene usted una mala manera de preguntar. Se necesita lo que se necesita. Eso depende del paso. ¿Conozco yo su paso? Por eso le he dejado marchar. Le he visto andar un rato. Después he calculado, y ahora ya lo sé y puedo contestarle: necesitará usted dos horas.


sábado, 9 de mayo de 2026

El dragón. Ray Bradbury.

La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.
-¡No, idiota, nos delatarás!
-¡Qué importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
-Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...
-¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
-¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.
-¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
-¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.
-Ah... -el segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?
-¡Suficiente, te digo!
-¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.
-Novecientos años después de Navidad.
-No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ampare!
-¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
-¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
-Mira... -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
-¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
-¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.
-¡Señor!
-Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.
-¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El dragón se abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
-¿Viste? -gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?
-¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
-¿Vas a detenerte?
-Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
-Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
-Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.

Remedio para malancólicos, 1959

lunes, 4 de mayo de 2026

El futuro. Julio Cortázar.

Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle
en el murmullo que brota de la noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia los completos en los subtes
ni en los libros prestados,
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás,
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré
amor mío
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás
y diré las cosas que sé decir
y comeré las cosas que sé comer
y soñaré los sueños que se sueñan.
Y se muy bien que no estarás
ni aquí dentro de la cárcel donde te retengo,
ni allí afuera
en ese río de calles y de puentes.
No estarás para nada,
no serás mi recuerdo
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente trata de acordarse de ti.


domingo, 3 de mayo de 2026

El gemelo. Emilia Pardo Bazán.

La condesa de Noroña, al recibir y leer la apremiante esquela de invitación, hizo un movimiento de contrariedad. ¡Tanto tiempo que no asistía a las fiestas! Desde la muerte de su esposo: dos años y medio, entre luto y alivio. Parte por tristeza verdadera, parte por comodidad, se había habituado a no salir de noche, a recogerse temprano, a no vestirse y a prescindir del mundo y sus pompas, concentrándose en el amor maternal, en Diego, su adorado hijo único. Sin embargo, no hay regla sin excepción: se trataba de la boda de Carlota, la sobrina predilecta, la ahijada… No cabía negarse.
«Y lo peor es que han adelantado el día -pensó-. Se casan el dieciséis… Estamos a diez… Veremos si mañana Pastiche me saca de este apuro. En una semana bien puede armar sobre raso gris o violeta mis encajes. Yo no exijo muchos perifollos. Con los encajes y mis joyas…»
Tocó un golpe en el timbre y, pasados algunos minutos, acudió la doncella.
-¿Qué estabas haciendo? -preguntó la condesa, impaciente.
-Ayudaba a Gregorio a buscar una cosa que se le ha perdido al señorito.
-Y ¿qué cosa es esa?
-Un gemelo de los puños. Uno de los de granate que la señora condesa le regaló hace un mes.
-¡Válgame Dios! ¡Qué chicos! ¡Perder ya ese gemelo, tan precioso y tan original como era! No los hay así en Madrid. ¡Bueno! Ya seguiréis buscando; ahora tráete del armario mayor mis Chantillíes, los volantes y la berta. No sé en qué estante los habré colocado. Registra.
La sirvienta obedeció, no sin hacer a su vez ese involuntario mohín de sorpresa que producen en los criados ya antiguos en las casas las órdenes inesperadas que indican variación en el género de vida. Al retirarse la doncella la dama pasó al amplio dormitorio y tomó de su secrétaire un llavero, de llaves menudas; se dirigió a otro mueble, un escritorio-cómoda Imperio, de esos que al bajar la tapa forman mesa y tienen dentro sólida cajonería, y lo abrió, diciendo entre sí:
«Suerte que las he retirado del Banco este invierno… Ya me temía que saltase algún compromiso.»
Al introducir la llavecita en uno de los cajones, notó con extrañeza que estaba abierto.
-¿Es posible que yo lo dejase así? -murmuró, casi en voz alta.
Era el primer cajón de la izquierda. La condesa creía haber colocado en él su gran rama de eglantinas de diamantes. Solo encerraba chucherías sin valor, un par de relojes de esmalte, papeles de seda arrugados. La señora, desazonada, turbada, pasó a reconocer los restantes cajones. Abiertos estaban todos; dos de ellos astillados y destrozada la cerradura. Las manos de la dama temblaban; frío sudor humedecía sus sienes. Ya no cabía duda; faltaban de allí todas las joyas, las hereditarias y las nupciales. Rama de diamantes, sartas de perlas, collar de chatones, broche de rubíes y diamantes… ¡Robada! ¡Robada!
Una impresión extraña, conocida de cuantos se han visto en caso análogo, dominó a la condesa. Por un instante dudó de su memoria, dudó de la existencia real de los objetos que no veía. Inmediatamente se le impuso el recuerdo preciso, categórico. ¡Si hasta tenía presente que al envolver en papeles de seda y algodones en rama el broche de rubíes, había advertido que parecía sucio, y que era necesario llevarlo al joyero a que lo limpiase! «Pues el mueble estaba bien cerrado por fuera -calculó la señora, en cuyo espíritu se iniciaba ese trabajo de indagatoria que hasta sin querer verificamos ante un delito-. Ladrón de casa. Alguien que entra aquí con libertad a cualquier hora; que aprovecha un descuido mío para apoderarse de mis llaves; que puede pasarse aquí un rato probándolas… Alguien que sabe como yo misma el sitio en que guardo mis joyas, su valor, mi costumbre de no usarlas en estos últimos años.»
Como rayos de luz dispersos que se reúnen y forman intenso foco, estas observaciones confluyeron en un nombre:
-¡Lucía!
¡Era ella! No podía ser nadie más. Las sugestiones de la duda y del bien pensar no contrarrestaban la abrumadora evidencia. Cierto que Lucía llevaba en la casa ocho años de excelente servicio. Hija de honrados arrendadores de la condesa; criada a la sombra de la familia de Noroña, probada estaba su lealtad por asistencia en enfermedades graves de los amos, en que había pasado semanas enteras sin acostarse, velando, entregando su juventud y su salud con la generosidad fácil de la gente humilde. «Pero -discurría la condesa- cabe ser muy leal, muy dócil, hasta desinteresado…, y ceder un día a la tentación de la codicia, dominadora de los demás instintos. Por algo hay en el mundo llaves, cerrojos, cofres recios; por algo se vigila siempre al pobre cuando la casualidad o las circunstancias le ponen en contacto con los tesoros del rico…» En el cerebro de la condesa, bajo la fuerte impresión del descubrimiento, la imagen de Lucía se transformaba -fenómeno psíquico de los más curiosos-. Borrábanse los rasgos de la criatura buena, sencilla, llena de abnegación, y aparecía una mujer artera, astuta, codiciosa, que aguardaba, acorazada de hipocresía, el momento de extender sus largas uñas y arramblar con cuanto existía en el guardajoyas de su ama…
«Por eso se sobresaltó la bribona cuando le mandé traer los encajes -pensó la señora, obedeciendo al instinto humano de explicar en el sentido de la preocupación dominante cualquier hecho-. Temió que al necesitar los encajes necesitase las joyas también. ¡Ya, ya! Espera, que tendrás tu merecido. No quiero ponerme con ella en dimes y diretes: si la veo llorar, es fácil que me entre lástima, y si le doy tiempo a pedirme perdón, puedo cometer la tontería de otorgárselo. Antes que se me pase la indignación, el parte.»
La dama, trémula, furiosa, sobre la misma tabla de la cómoda-escritorio trazó con lápiz algunas palabras en una tarjeta, le puso sobre y dirección, hirió el timbre dos veces, y cuando Gregorio, el ayuda de cámara, apareció en la puerta, se la entregó.
-Esto, a la Delegación, ahora mismo.
Sola otra vez, la condesa volvió a fijarse en los cajones.
«Tiene fuerza la ladrona -pensó, al ver los dos que habían sido abiertos violentamente-. Sin duda, en la prisa, no acertó con la llavecita propia de cada uno, y los forzó. Como yo salgo tan poco de casa y me paso la vida en ese gabinete…»
Al sentir los pasos de Lucía que se acercaba, la indignación de la condesa precipitó el curso de su sangre, que dio, como suele decirse, un vuelco. Entró la muchacha trayendo una caja chata de cartón.
-Trabajo me ha costado hallarlos, señora. Estaban en lo más alto, entre las colchas de raso y las mantillas.
La señora no respondió al pronto. Respiraba para que su voz no saliese de la garganta demasiado alterada y ronca. En la boca revolvía hieles; en la lengua le hormigueaban insultos. Tenía impulsos de coger por un brazo a la sirvienta y arrojarla contra la pared. Si le hubiesen quitado el dinero que las joyas valían, no sentiría tanta cólera; pero es que eran joyas de familia, el esplendor y el decoro de la estirpe…, y el tocarlas, un atentado, un ultraje…
Se domina la voz, se sujeta la lengua, se inmovilizan las manos…; los ojos, no. La mirada de la condesa buscó, terrible y acusadora, la de Lucía, y la encontró fija, como hipnotizada, en el mueble-escritorio, abierto aún, con los cajones fuera. En tono de asombro, de asombro alegre, impremeditado, la doncella exclamó, acercándose:
-¡Señora! ¡Señora! Ahí…, en ese cajoncito del escritorio… ¡El gemelo que faltaba! ¡El gemelo del señorito Diego!
La condesa abrió la boca, extendió los brazos, comprendió… sin comprender. Y, rígida, de golpe, cayó hacia atrás, perdido el conocimiento, casi roto el corazón.


sábado, 2 de mayo de 2026

La invitación. Jürg Schubiger.

Verano en el jardín. bajo el peral, chispeantes insectos. Ellos zumbaban; yo canturreaba con ellos. Estaba sujetando una malva a un bastón, quitando malas hierbas, haciendo esto y lo otro, y entre una cosa y otra, nada.
Entonces me habló una abeja:
-Hoy se casa nuestra reina -dijo-. Mi pueblo y yo necesitamos un padrino. Te hemos elegido a ti.
Me quité la tierra seca de los dedos.
-Gracias -dije-. ¿Qué debo ponerme?
-Alas -dijo la abeja.


viernes, 1 de mayo de 2026

La vida instrucciones de uso. (Historia de Helene Brodin). Georges Perec, 1978.

Hélène Brodin murió en este cuarto, en mil novecientos cuarenta y siete. Había vivido en él, amedrentada y discreta, cerca de doce años. Tras su muerte, su sobrino François Gratiolet encontró una carta suya en la que contaba cómo había concluido su estancia en América.
En la tarde del once de septiembre de 1935, la fue a buscar la policía y la condujo a Jemima Creek para identificar el cadáver de su marido. Antoine Brodin, con el cráneo machacado, estaba tendido boca arriba, abierto de brazos, al fondo de una cantera cenagosa del suelo totalmente enlodado. Los policías le habían puesto un pañuelo verde en la cabeza. Le habían robado el pantalón y las botas, pero todavía llevaba la camisa de finas rayas grises que le había comprado Hélène pocos días antes en St. Petersburg.
Hélène no había visto nunca a los asesinos de Antoine; sólo había oído sus voces cuando, dos días antes, declararon tranquilamente a su marido que iban a volver para cargárselo. Pero no le costó nada identificarlos: eran los dos hermanos Ashby, Jeremiah y Ruben, acompañados como de costumbre por Nick Pertusano, un enano vicioso y cruel, que tenía la frente adornada con una mancha indeleble en forma de cruz color ceniza y era su alma pecadora y su víctima. Los Ashby, pese a sus dulces nombres bíblicos, eran unos golfos temidos en toda la región, que asaltaban los saloons y los diner’s, aquellos vagones acondicionados como restaurantes donde se podía comer por unos céntimos, y, desgraciadamente para Hélène, eran los sobrinos del sherif del condado. Aquel sherif no sólo no detuvo a los asesinos, sino que encargó a dos de sus ayudantes que escoltaran a Hélène hasta Mobile, tras desaconsejarle que volviera a poner los pies en la región. Hélène logró escabullirse de sus guardianes, fue hasta Tallahassee, la capital del Estado, y presentó una denuncia al gobernador. Aquella misma noche una piedra hizo añicos uno de los cristales de su cuarto de hotel. Llevaba atado un mensaje que encerraba amenazas de muerte.
Por orden del gobernador, el sherif tuvo que iniciar un simulacro de investigación; por prudencia recomendó a sus sobrinos que se alejasen algún tiempo. Los dos golfos y el enano se separaron. Lo supo Hélène y comprendió que aquélla era su única posibilidad de vengarse: tenía que actuar con rapidez y matarlos uno por uno sin que llegaran ni a darse cuenta de lo que sucedía.
El primero a quien mató fue el enano. Fue el más fácil. Supo que se había colocado de pinche en un vapor de aspas que remontaba el Mississippi y en el que todo el año actuaban varios jugadores profesionales. Uno de ellos aceptó ayudar a Hélène: ésta se disfrazó de muchacho, y él la hizo subir a bordo haciéndola pasar por su boy.
Durante la noche, cuando todos los que no dormían estaban enfrascados en interminables partidas de craps o de faraón, Hélène encontró sin dificultad el camino de las cocinas; el enano, medio borracho, dormitaba en una hamaca al lado de un fogón en el que se estaba cociendo un enorme guiso de cordero. Se acercó a él y, sin darle tiempo a reaccionar, lo agarró del cuello y de los tirantes y lo arrojó al perol gigante.
Abandonó el barco a la mañana siguiente, en Bâton Rouge, cuando aún no se había descubierto el crimen. Con el mismo disfraz de chico, siguió río abajo, esta vez en una armadía, verdadera ciudad flotante en la que vivían desahogadamente varias docenas de hombres. A uno de ellos, un titiritero de origen francés que se llamaba Paul Marchal, le contó su historia y él le ofreció su ayuda. En Nueva Orleans alquilaron un camión y empezaron a recorrer Luisiana y Florida. Se paraban en las gasolineras, las estaciones pequeñas, los bares de las carreteras. Él iba cargado con una especie de equipo de hombre orquesta con bombo, bandoneón, armónica, triángulo, platillos y cascabeles; ella, oriental de cara velada, esbozaba una danza del vientre, antes de ofrecer a los espectadores sus dotes de echadora de cartas: extendía ante ellos tres hileras de tres naipes, cubría dos que juntos sumaban once puntos, así como las tres figuras: era un solitario que había aprendido de muy niña, el único que conocía y lo usaba para predecir las cosas más inverosímiles en una inextricable mezcla de idiomas.
Sólo tardaron diez días en hallar una pista. Una familia semínola que vivía a bordo de una balsa anclada en la orilla del lago Apopka les habló de un hombre que, desde hacía unos días, se albergaba en un gigantesco pozo abandonado, cerca de un lugar llamado Stone’s Hill, a unos treinta kilómetros de Tampa.
Era Ruben. Lo descubrieron cuando, sentado en una caja, intentaba abrir con los dientes una lata de conservas. Estaba tan obsesionado por el hambre que no los oyó llegar. Antes de matarlo de una bala en la nuca, Hélène lo obligó a revelar el escondite de Jeremiah. Ruben sólo sabía que, al ir a separarse, los tres habían discutido vagamente a qué sitio irían: el enano había dicho que le apetecía viajar. Ruben quería un sitio tranquilo; y Jeremiah había afirmado que lo mejor para emboscarse eran las poblaciones grandes.
Nick era un enano y Ruben un retrasado, pero Jeremiah le daba miedo a Hélène. Lo encontró casi fácilmente el tercer día, de pie ante el mostrador de un cafetucho cerca de Hialeah, el hipódromo de Miami; estaba hojeando un periódico hípico mientras masticaba mecánicamente una porción de breaded veal chops de quince centavos.
Lo estuvo siguiendo tres días. Vivía de expedientes miserables, vaciaba los bolsillos de los turistas y hacía de gancho para un local de juego mugriento, bautizado orgullosamente The Oriental Saloon and Gambling House, a ejemplo del famoso tugurio que Wyatt Earp y Doc Halliday habían regentado antaño en Tomnbstone, Arizona. Era un pajar cuyas paredes de tablas estaban literalmente forradas de arriba abajo con placas comerciales de metal esmaltado, publicitarias o electorales: QUALITY ECONOMY AMOCO MOTOR OIL, GROVE’S BROMOQUININE STOPS COLD, ZENO CHEWING-GUM, ARMOUR’S COVERBLOOM BUTTER, RINSO SOAKS CLOTHES WHITER, THALCO PINE DEODORANT, CLABBERGIRL BAKING POWDER, TOWER’S FISH BRAND, ARCADIA, GOODYEAR TIRES, QUAKER STATE, PENNZOIL SAFE LUBRICATION, 100% PURE PENNSYLVANIA, BASE-BALL TOURNAMENT, SELMA AMERICAN LEGION JRS VS. MOBILE, PETER’S SHOE’S, CHEW MAIL POUCH TOBACCO, BROTHER-IN-LAW BARBER SHOP, HAIRCUT 25 ¢, SILAS GREEN SHOW FROM NEW ORLEANS, DRINK COCA COLA DELICIOUS REFRESHING, POSTAL TELEGRAPH HERE, DID YOU KNOW? J.W. MCDONALD FURN’ CO CAN FURNISH YOUR HOME COMPLETE, CONGOLEUM RUGS, GRUNO REFRIGERATORS, PETE JARMAN FOR CONGRESS, CAPUDINE LIQUID AND TABLETS, AMERICAN ETHYL GASOLINE, GRANGER ROUGH CUT MADE FOR PIPES, JOHN DEERE FARM IMPLEMENTS, FINDLAY’S, ETC.
El cuarto día, por la mañana, Hélène mandó llevar un sobre a Jeremiah. Contenía una fotografía de los dos hermanos —encontrada en la cartera de Ruben— y una notita en la que la mujer le informaba de lo que les había hecho al Enano y a Ruben y del destino que aguardaba a aquel hijo de puta si tenía cojones para ir a encontrarse con ella en el bungalow n.º 31 del Burbanks Motel.
Hélène estuvo esperando todo el día escondida en la ducha de un bungalow vecino. Sabía que Jeremiah había recibido su carta y que no soportaría la idea de que lo desafiara una mujer. Pero no bastaría esto para obligarle a responder a la provocación; haría falta además que estuviera seguro de ser más fuerte que ella.
Sobre las siete de la tarde supo que su instinto no la había engañado: Jeremiah, acompañado de cuatro malhechores armados, llegó a bordo de un bucketseat modelo T abollado y humeante. Con todas las precauciones usuales inspeccionaron los alrededores y cercaron el bungalow n.º 31.
La habitación no estaba muy iluminada, sólo lo justo para que, por entre los visillos de ganchillo, Jeremiah viera distintamente a su hermano Ruben, echado pacíficamente en una de las camas gemelas, cruzado de brazos y con los ojos muy abiertos. Jeremiah Ashby, lanzando un rugido feroz, se precipitó en el cuarto provocando la explosión de la bomba que Hélène había colocado en él.
Aquella misma noche subió la joven a bordo de una goleta que iba a Cuba, desde donde la trasladó a Francia un buque de línea regular. Hasta su muerte, estuvo aguardando el día en que iría a detenerla la policía, pero la Justicia americana no se atrevió nunca a imaginar que aquella mujercita frágil hubiera podido matar a sangre fría a tres bandidos para los que no tuvo dificultad en hallar asesinos mucho más plausibles.

La vida instrucciones de uso, 1978.