lunes, 28 de septiembre de 2026

El geranio. Flennery O'Connor.

El viejo Dudley se dobló en la silla que poco a poco iba amoldando a su cuerpo, miró por la ventana y, unos cuantos metros más allá, vio otra ventana enmarcada en ladrillos rojos manchados de tizne. Esperaba el geranio. Lo sacaban todas las mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. «Los nuestros sí que son geranios pensó el viejo Dudley, no como esta cosa rosa y verde con lazos de papel.» El geranio que ponían en la ventana le recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol. Si Lutisha llegaba a echarle mano a ese geranio y a plantarlo en la tierra, a las pocas semanas seguro que conseguía algo digno de verse. Esos que vivían al otro lado del callejón no tenían ni idea de cómo se cuidan los geranios. A este lo sacaban para que se cocinara todo el día bajo un sol de justicia, y lo ponían tan cerca del borde que, a la que soplara un poco de viento, acababa en el suelo. No tenían ni idea, ni idea de geranios. Esa maceta no tenía que haber estado donde estaba. Al viejo Dudley se le hizo un nudo en la garganta. Lutish era capaz de conseguir que arraigara lo que le echasen. Y Rabie también. Notó una opresión en la garganta. Echó la cabeza hacia atrás y trató de aclararse las ideas. No se le ocurrían muchas cosas en las que pensar que no le hicieran sentir el nudo en la garganta. Entró su hija y le preguntó:
—No quieres salir a dar un paseo? —Se la veía molesta.
No le contestó.
—Sales o no sales?
—No salgo.
Se preguntó cuánto tiempo iba a seguir su hija allí de pie. Hacía que los ojos se le pusieran como la garganta. Se le iban a nublar y entonces ella se daría cuenta. Se había dado cuenta otras veces y había sentido pena por su padre. También había sentido pena por sí misma. «Se lo podría haber ahorrao pensó el viejo Dudley, si lo hubiese dejao en paz, si hubiese dejao que se quedara allá en el pueblo y no se hubiese empeñao en cumplir con su maldito deber.» Ella salió de la habitación lanzando un fuerte suspiro, y ese suspiro le fue subiendo por el cuerpo y le recordó otra vez el momento aquel de eso ella no tenía la culpa en que, de repente, le habían entrado ganas de ir a Nueva York a vivir con su hija.
Podía haberse librado de ir. Podía haberse puesto firme, haberle dicho que viviría su vida donde había vivido siempre, le enviara o no dinero todos los meses, se las arreglaría con la jubilación y lo que sacara haciendo chapuzas. Que se quedara con el maldito dinero, lo necesitaba más que él. Se hubiera alegrado de que liquidaran su deber de hija de aquella manera. Entonces, si él se moría solo, lejos de sus hijos, ella podía decir que la culpa la tenía su padre; y si llegaba a ponerse enfermo y no tenía quién lo cuidara, ella podía haber dicho que se lo había buscado él solito Pero, claro, llevaba dentro aquella cosa y le habían entrado ganas de conocer Nueva York. Cuando era niño había estado en Atlanta una vez, y había visto Nueva York en una película. Big Town Rhythm se llamaba. Las grandes ciudades eran lugares importantes. Aquella cosa que llevaba dentro le salió de repente, lo agarró por sorpresa. El lugar igualito al que había visto en el cine tenía un sitio para él! Un lugar importante y tenía sitio para él! Y había dicho que sí, que iría.
Enfermo debía estar cuando aceptó. Porque, sano, seguro que no decía que sí. El estaba enfermo y ella tan empeñada en cumplir con su maldito deber que al final consiguió convencerlo. Vamos a ver, por qué tuvo su hija que ir al pueblo a darle la tabarra? Con lo bien que se arreglaba él. La jubilación le alcanzaba para comer, y con las chapuzas que iba haciendo se pagaba el cuarto de la pensión.
Por la ventana de aquel cuarto veía pasar el río, denso y rojo, lo veía superar con esfuerzo las piedras y las curvas. Trató de pensar cómo era, además de rojo y lento. Añadió las manchas verdes de los árboles en las dos orillas, y en algún punto, río arriba, una mancha marrón para indicar la basura. Él y Rabie iban hasta ahí todos los miércoles a pescar en una barca. Rabie se conocía el río de arriba abajo en un tramo de treinta kilómetros. En todo el condado de Coa no había ni un solo negro que lo conociese como él. A Rabie le encantaba el río, pero al viejo Dudley no le decía nada. A él lo que le interesaban eran los peces. Le gustaba volver por la noche con una larga ristra de pescados y echarlos en el fregadero. «Traigo unos cuantos qu’he pescao», decía. «Hacía falta un hombre para pescar unos pescaos así», comentaban siempre las viejecitas de la pensión. El y Rabie salían los miércoles bien temprano y pescaban todo el día. Rabie se encargaba de encontrar los sitios buenos y de remar; el viejo Dudley se encargaba de pescarlos. A Rabie no le interesaba demasiado pescar, a él lo que le gustaba era el río.
—¿Pa qué le vale echar el sedal ahí, jefe? —decía—. Si ahí no queda ni un pescao. Este viejo río no esconde nada por aquí, no señor.
Reía como un tonto y llevaba la barca río abajo. Así era Rabie. Para robar tenía más arte que las comadrejas, pero sabía dónde había buena pesca. El viejo Dudley siempre le regalaba los pescados chicos.
El viejo Dudley había vivido en la planta de arriba de la pensión, en el cuarto de la esquina, desde la muerte de su esposa en el año 1922. Protegía a las ancianitas. Era el hombre de la casa y hacía las cosas que se supone que debe hacer el hombre de la casa. La tarea era aburrida por las noches, cuando las viejecitas se sentaban en la sala a rezongar y a hacer ganchillo y el hombre de la casa estaba obligado a escuchar y a hacer de juez en las guerras de cotorreos y chillidos crispantes. Pero durante el día estaba Rabie. Rabie y Lutisha vivían en el sótano. Lutish cocinaba y Rabie se ocupaba de la limpieza y del huerto, pero menudo era para escaquearse con la faena a medio hacer e irse a echarle una mano al viejo Dudley en alguna de sus empresas: construir un gallinero, pintar una puerta. Le gustaba escuchar, que le contaran cosas de Atlanta, de cuando el viejo Dudley estuvo allí, y de cómo se montaban los fusiles y un montón de cosas más que el viejo sabía.
A veces, por las noches, iban a cazar zarigüeyas. Nunca cogían ni una zarigüeya, pero, de vez en cuando, al viejo Dudley le gustaba librarse de las señoras y la caza era una buena excusa. A Rabie no le gustaba ir a cazar zarigüeyas. Nunca cazaban ni una zarigüeya, ni siquiera conseguían hacer que alguna se subiera a un árbol; además, Rabie era más bien un negro de río.
—Esta noche no vamo a cazar zarigüeyas, ¿eh, jefe? Tengo algo que hacer —decía cuando el viejo Dudley se ponía a hablar de sabuesos y escopetas.
—¿A quién le vas a robar las gallinas esta noche? —preguntaba Dudley sonriendo.
—Me parece qu’esta noche toca cazar zarigüeyas —suspiraba Rabie.
El viejo Dudley sacaba la escopeta, la desmontaba y, mientras Rabie limpiaba las piezas, le explicaba el mecanismo. Después volvía a montarla. A Rabie le maravillaba la forma en que conseguía volver a montarla. Al viejo Dudley le hubiera gustado explicarle a Rabie cosas de Nueva York. Si hubiera podido enseñársela a Rabie, la ciudad no habría sido tan grande y él no habría notado aquella presión cada vez que salía, «Tan grande no es le habría dicho—. No te dejes agobiar, Rabie. Es una ciudad com’otra cualquiera, y a la final las ciudades tampoco no son tan complicadas».
Lo eran. De pronto Nueva York era todo bullicio y actividad y al cabo de nada lo veías sucio y sin vida. Su hija ni siquiera vivía en una casa. Vivía en un edificio, en medio de una hilera de edificios todos iguales, grises y rojos, manchados de tizne, con gentes de boca agria asomadas a las ventanas para ver otras ventanas y otras gentes que las miraban a su vez. Y dentro, subías y bajabas, y solo veías corredores, como cintas de medir donde las puertas indicaban los centímetros. Recordó que la primera semana aquel edificio lo había dejado aturdido. Se despertaba con la esperanza de que durante la noche los corredores hubiesen cambiado, se asomaba a la puerta y ahí estaban, alargados como pistas para pasear perros. Y las calles, tres cuartos de lo mismo. Se preguntaba adonde llegaría si caminaba hasta el final de alguna de ellas. Una noche soñó que lo hacía y que acababa al final del edificio: en ninguna parte.
A la semana siguiente tomó algo más de conciencia de su hija, su yerno y su nieto: se pusiera donde se pusiera, siempre estaba en medio. Su yerno sí que era curioso. Era camionero y solo estaba en casa los fines de semana. Decía «naa» en lugar de «no» y en la vida había oído hablar de zarigüeyas. El viejo Dudley dormía en el cuarto con su nieto de dieciséis años, con el que no se podía hablar. Algunas veces, cuando el viejo Dudley y su hija se quedaban solos en el apartamento, ella se sentaba y hablaba con él. Primero tenía que pensar en qué iba a decirle a su padre. Normalmente la conversación se terminaba antes de que ella considerase llegado el momento de levantarse y ponerse a hacer otra cosa, y entonces él se veía obligado a decir algo. Siempre trataba de pensar en algo que no le hubiese dicho ya. Ella nunca lo escuchaba la segunda vez. Lo que ella veía era que su padre pasaba sus últimos años con su familia y no en una pensión de mala muerte, llena de viejas a las que les temblaba la cabeza. Ella cumplía con su deber. No como sus hermanos.
Una vez lo llevó de compras, pero él estuvo de lo más torpe. Fueron en el «metro», un ferrocarril que iba por debajo de la tierra, por una especie de cueva inmensa. La gente salía de los trenes como hormigas, subían las escaleras y llegaban a las calles. Y dejaban las calles, bajaban las escaleras y se metían en los trenes: blancos, negros, amarillos, mezclados como verduras en la sopa. Aquello era un hormiguero. Los trenes entraban como flechas en los túneles, iban por canales y de repente se detenían. Los que bajaban se abrían paso a empujones entre los que subían y el tren salía otra vez disparado. El viejo Dudley y la hija tuvieron que tomar tres distintos antes de llegar a donde iban. El se preguntó para qué salía la gente de su casa. Notaba como si se hubiese tragado la lengua. Ella lo sujetaba de la manga y tiraba de él entre el gentío.
También viajaron en un tren que iba por encima del suelo. Ella lo llamaba «elevado». Para tomarlo tuvieron que subir a un andén muy alto. El viejo Dudley se asomó por encima de la barandilla y, allá abajo, vio a la gente y los coches pasar muy, muy rápido. Le entraron ganas de vomitar. Se agarró de la barandilla y se dejó caer sobre el suelo de madera del andén. La hija lanzó un grito y lo apartó del borde.
—Pero qué haces, ¿quieres caerte y matarte? —le gritó.
Por una rendija en las tablas entrevió el fluir de coches en la calle.
—No m’importa —murmuró—. No m’importa si vivo o si muero.
—Anda, vamos —le dijo ella—, te sentirás mejor cuando lleguemos a casa.
—¿A casa? —repitió.
Allá abajo, los coches avanzaban a su ritmo.
—Anda, vamos —repitió ella—, que ya viene; estamos justo a tiempo de pillarlo.
Les hubiera dado tiempo de pillarlos todos.
Consiguieron subirse a ese. Volvieron al edificio y al apartamento. En el apartamento estaban demasiado apretados. Te pusieras donde te pusieras, siempre había alguien. La cocina daba al lavabo y el lavabo daba a todo lo demás, así que siempre estabas en el lugar de partida. Allá en el pueblo tenías la planta de arriba, el sótano, el río y el centro, delante de Fraziers… y dale, otra vez la garganta.
Hoy el geranio se retrasaba. Eran las diez y media. Normalmente, a eso de las diez y cuarto ya lo habían sacado.
En alguna parte del corredor una mujer chilló algo ininteligible a la calle; una radio gemía con la música cansina de una radionovela; un cubo de basura cayó con estrépito por la escalera de incendios. Se oyó un portazo en el apartamento de al lado y unos pasos decididos se alejaron por el corredor.
—Será el negro —masculló el viejo Dudley—. El negro de los zapatos relucientes.
Llevaba allí una semana cuando el negro se mudó. Ese jueves, cuando se asomó a la puerta para mirar por los corredores largos como pistas para pasear perros, vio al negro entrar en el apartamento de al lado. Llevaba un traje gris mil rayas, y una corbata color habano. El cuello duro y blanco le dibujaba una línea bien definida en la piel. Los zapatos relucientes también eran color habano a juego con la corbata y la piel. El viejo Dudley se rascó la cabeza. No sabía que la gente que vivía apretada en un edificio pudiera pagarse un sirviente. Rió entre dientes. Para lo que les iba a servir un negro endomingado. A lo mejor este negro conocía el campo de los alrededores… o a lo mejor sabía cómo se llegaba al campo. En una de esas podían ir de caza. Podían buscar un arroyo en alguna parte. Cerró la puerta y fue al cuarto de la hija.
—Oye! —le gritó—, los d’aquí al lao tienen un negro. Será pa que limpie. Tú ¿crees que lo van a hacer venir to los días?
Sin dejar de hacer la cama, su hija levantó la cabeza y le preguntó:
—¿Se puede saber de qué me estás hablando?
—Digo que los d’aquí al lao tienen un criado, un negro, va to endomingao.
La hija se fue al otro lado de la cama y le dijo:
—A ti te falta un tornillo. El apartamento de al lado está vacío, además, en este edificio nadie puede pagarse un criado.
—Te digo que lo vi —insistió el viejo Dudley riendo burlón. Entró derechito en l’apartamento y llevaba corbata, cuello blanco y zapatos con punta.
—Si entró en el apartamento de al lado, seguro que se lo limpia él —masculló.
Se fue hasta el tocador y empezó a revolver las cosas. El viejo Dudley lanzó una carcajada. Cuando quería, la hija resultaba bien cómica. Y le dijo:
—Bueno, me parece que voy ir a ver cuándo le dan el día libre. En una d’esas lo convenzo que le gusta la pesca. —Y se dio una palmada en el bolsillo haciendo tintinear las dos monedas de veinticinco centavos.
Antes de que consiguiera salir del todo al corredor, ella salió corriendo a buscarlo y tiró de él para hacerlo entrar.
—¿Es que no me oyes? —le gritó—. Te hablo en serio. Si entró en el apartamento es que lo tiene alquilado para él. Ni se te ocurra preguntarle nada ni hablar con él. No quiero líos con estos negros.
—¿Quieres decir que va vivir aquí al lao? —murmuró el viejo Dudley.
—Supongo —contestó ella encogiéndose de hombros—. Y tú no te metas en lo que no te importa —agregó—. Tú con ese no tienes nada que ver.
Se lo dijo tal cual. Como si él no tuviera sentido común. Pero ahí mismito le echó la bronca. Se las cantó bien claritas y bien que lo entendió.
—No es así como t’han educao! —le dijo con voz atronadora—. No t’han educao pa vivir apretujada con estos negros del norte que se creen que valen lo mismo que tú, y encima te piensas que yo tendría tratos con un tipo así! Si te piensas que me quiero mezclar con ellos, estás loca.
Tuvo que calmarse un poco porque se le hacía un nudo en la garganta. Ella se puso tiesa y le dijo que vivían donde podían permitírselo y que hacían lo que podían. Con sermones a él! Después salió toda tiesa sin decir una palabra más. Así era ella. Trataba de mostrarse solemne echando los hombros hacia atrás estirando el cuello. Ni que él fuera un tonto. Ya sabía que los yanquis dejaban entrar a los negros por la puerta principal y sentarse en sus sillones, pero lo que no sabía era que su propia hija educada como estaba mandado, se iría a vivir justo al lado de ellos, y que después pensaría que él tenía tan poco sentido común para mezclarse con esa gentuza. Justo él!
Se levantó y cogió un diario que había en otra silla. Ya puesto cuando ella volviera a entrar, haría como que estaba leyendo. No tenía sentido que se estuviera ahí parada, mirándolo fijamente, convencida de que debía buscarle alguna ocupación. Miró por encima del periódico la ventana al otro lado del callejón. Todavía no estaba el geranio. Nunca había tardado tanto. El primer día que lo había visto estaba sentado ahí mismo, asomado a la ventana, mirando la otra ventana, y entonces le había echado un vistazo al reloj para calcular cuánto tiempo había pasado desde el desayuno. Al levantar la vista, lo vio. Dio un respingo. No le gustaban las flores, pero el geranio no parecía una flor. Se parecía a Grisby, el chico enfermo del pueblo, y era del mismo color que las cortinas que las ancianas tenían en la sala, y el lazo de papel de la maceta se parecía al que Lutish llevaba en la espalda del uniforme de los domingos. Lutish era aficionada a los lazos. «Como la mayoría de las negras», pensó el viejo Dudley.
La hija volvió a pasar. Él se había propuesto que cuando pasara lo viera leyendo el diario.
—Hazme un favor, ¿quieres? —le dijo ella como si acabara de inventarse un favor para que él tuviera que hacérselo.
Ojalá no lo mandara otra vez a la tienda de comestibles. La última vez se había perdido. Esos malditos edificios eran todos iguales. Asintió con la cabeza.
—Baja al tercer piso y pídele a la señora Schmitt que me preste el patrón de la camisa que usa para Jake.
¿Por qué no lo dejaba quedarse ahí sentado? No necesitaba el patrón de la camisa.
—De acuerdo —le dijo—. ¿Qué apartamento es?
—El diez… y está en el mismo sitio que este. Justo aquí debajo, bajando tres pisos.
El viejo Dudley siempre temía que al salir a aquellas pistas para pasear perros se abriera de repente una puerta y uno de los hombres de morro fino que se sentaban en camiseta en los alféizares de las ventanas le gruñeran: «Y tú qu’haces aquí?». La puerta del apartamento del negro estaba abierta y vio a una mujer sentada en una silla, al lado de la ventana. «Negros yanquis», masculló. La mujer llevaba unas gafas sin montura y sobre el regazo tenía un libro. «Las negras no se sienten elegantes hasta que no llevan gafas», pensó el viejo Dudley. Se acordó de Lutish y de sus gafas. Había ahorrado trece dólares para comprárselas. Y entonces fue al médico, le pidió que le revisara la vista y le dijera cómo de gruesas tenían que ser las gafas. El hombre la mandó mirar unos dibujos de animales a través de un espejo, le puso una luz muy cerca de los ojos y le observó la cabeza por dentro.
Y después le dijo que no necesitaba gafas. Lutish se enojó tanto que durante tres días seguidos se le quemó el pan de maíz, y después de todos modos se compró unas gafas en la tienda de baratillo. No le costaron más que un dólar con noventa y ocho centavos y se las ponía todos los sábados. «Así eran las negras», rió entre dientes el viejo Dudley. Se dio cuenta de que había hecho ruido y se tapó la boca con la mano. A ver si lo oía alguno de los que vivían en los apartamentos.
Bajó el primer tramo de escaleras. En el segundo, oyó unos pasos que subían. Se inclinó por encima del pasamanos y vio que era una mujer, una gorda con el delantal puesto. Desde arriba se parecía un poco a la señora Benson, la del pueblo. Se preguntó si la mujer iba a hablarle. Cuando los separaban apenas cuatro escalones, él la miró de reojo, pero ella no lo estaba mirando. Cuando se cruzaron en el mismo escalón, le echó un vistazo rápido y comprobó que lo miraba a la cara, como si nada. Entonces lo adelantó. No le había dicho una sola palabra. El viejo Dudley sintió un peso en el estómago.
Bajó cuatro pisos en vez de tres. Volvió a subir uno y encontró el número 10. La señora Schmitt dijo que bueno, que esperara un momento, que iría a por el patrón. Mandó a uno de los niños a que se lo llevara a la puerta. El chico ni abrió la boca.
El viejo Dudley empezó a subir las escaleras. Tenía que ir más despacio. Se cansaba al subir. Se cansaba con todo, o eso parecía. Claro que cuando Rabie corría por él la cosa era distinta. Rabie era un negro ágil de pies. Capaz de meterse en un gallinero sin que ni siquiera las gallinas se enteraran y de sacar el pollo más gordo de todos sin darle tiempo a pipiar. Rápido, además. Dudley siempre había sido pesado de pies. En los gordos era natural. Se acordó de una vez, cuando él y Rabie estaban cazando codornices cerca de Molton. Llevaban entonces un sabueso que te encontraba los nidos más rápido que el más lindo de los pointers. Eso sí, no servía para traértelas de vuelta, pero las encontraba siempre, y después se quedaba más tieso que un palo mientras tú apuntabas a los pájaros. Aquella vez el perro se paró en seco.
—Va ser grand’el nido ese —susurró Rabie—. Lo noto.
El viejo Dudley levantó la escopeta despacio a medida que caminaban. Tuvo que poner cuidado al andar sobre la pinaza. Con tanta pinaza, el suelo se volvía resbaladizo. Rabie pasaba el peso de una pierna a la otra, levantaba y apoyaba los pies sobre la pinaza blanda como la cera con un cuidado instintivo. Miraba al frente y avanzaba deprisa. El viejo Dudley miraba con un ojo hacia delante y con el otro el suelo, que empezaría a bajar y él resbalaría peligrosamente hacia delante, o, cuando quisiera subir con esfuerzo una pendiente, resbalaría hacia atrás.
——Jefe, ¿no vale más qu’esta vuelta coja yo los pájaros? —sugirió Rabie—. Los lunes no anda usté muy ligero de pies. Si se cae en una d’esas pendientes, los pájaros se desparramarán antes que pueda usté apuntar con l’escopeta.
El viejo Dudley quería coger toda la nidada. Habría podido darle a cuatro sin problema. —Los cogeré yo —masculló.
Levantó la escopeta para apuntar y se inclinó hacia delante. Patinó con algo y se deslizó con los pies por delante. La escopeta se disparó y toda la nidada salió volando.
—Aah, dejamos escapar unos pájaros maníficos —suspiró Rabie.
—Encontraremos otra nidada —dijo el viejo Dudley—. Y ahora sácame de este maldito agujero.
Podría haber cazado cinco de esos pájaros si no se hubiera caído. Podría haberlos volteado como latas en una verja. Acercó una mano a la oreja y extendió la otra hacia delante. Podría haberlos volteado como en el tiro al plato. ¡Pum! Un crujido en la escalera lo obligó a volverse, mientras con los brazos seguía sosteniendo una escopeta invisible. El negro subía las escaleras que parecía que se comía los escalones, iba hacia él, una sonrisa divertida le estiraba el bigote cuidado. El viejo Dudley se quedó boquiabierto. El negro hacía muecas, como aguantando la risa. El viejo Dudley fue incapaz de moverse. Tenía la vista clavada en la línea bien definida que el cuello de la camisa marcaba sobre la piel del negro.
—¿Qué está cazando, veterano? —le preguntó el hombre con una voz que recordaba la risa de un negro y la sorna de un blanco.
El viejo Dudley se sintió como un crío con una pistola de aire comprimido. Se había quedado con la boca abierta y la lengua inmóvil en el centro. Notó una flojera justo debajo de las rodillas. Perdió pie, resbaló tres escalones y cayó sentado.
—Será mejor que tenga cuidado —le dijo el hombre—. Podría lastimarse en estas escaleras.
Le tendió la mano para que pudiera agarrarse y levantarse. Era una mano larga y estrecha, de uñas limpias y cortadas rectas. Daban la impresión de estar limadas. Las manos del viejo Dudley colgaban inertes entre sus rodillas. El negro lo agarró del brazo y tiró de él.
—¡Uff! —soltó—, ¡cómo pesa! Venga, colabore un poquito.
Al viejo Dudley se le destrabaron las rodillas y se levantó con dificultad. El negro lo tenía agarrado del brazo.
—De todas maneras voy para arriba —le dijo—. Lo ayudo.
El viejo Dudley echó una ojeada desesperada a su alrededor. A sus espaldas, las escaleras parecían echársele encima. Subía las escaleras con el negro. El negro lo esperaba en cada escalón.
—¿Así que caza? —le preguntó el negro—. Déjeme pensar. Una vez fui a cazar ciervos. Me parece que usamos una Dodson calibre treinta y ocho para coger esos ciervos. ¿Usted qué usa?
El viejo Dudley miraba sin ver los relucientes zapatos color habano.
—Escopeta —farfulló.
—Me gustan las armas, más que ir de caza —le decía el negro—. Nunca se me dio bien matar nada. Da pena acabar con la reserva de caza. Eso sí, si tuviera tiempo y dinero, coleccionaría armas.
En cada escalón esperaba a que el viejo Dudley lo subiera. Mientras, le iba hablando de armas y marcas. Llevaba unos calcetines grises con motas negras. Terminaron de subir las escaleras. El negro lo acompañó por el corredor, agarrándolo del brazo. Seguro que daba la impresión de que iba enlazado al brazo de aquel negro.
Fueron derechitos a la puerta del viejo Dudley. Y ahí el negro le preguntó:
—¿Es de por aquí?
El viejo Dudley negó con la cabeza, la vista clavada en la puerta. Todavía no había mirado al negro. Mientras subían las escaleras, no había mirado al negro.
—Ya verá —le dijo el negro—, es un sitio estupendo… cuando se acostumbre.
Le dio una palmada en la espalda al viejo Dudley y entró en su apartamento. El viejo Dudley entró en el suyo. El dolor de la garganta se le extendió por toda la cara y le empañó los ojos.
Se acercó arrastrando los pies a la silla junto a la ventana y se dejó caer en ella. La garganta estaba a punto de estallarle. La garganta estaba a punto de estallarle por culpa de un negro yanqui, un negro condenado que le daba palmadas en la espalda y lo llamaba «veterano». A él que sabía que eso no podía ser. A él que había venido de un lugar decente. Un lugar decente. Un lugar donde eso no podía ser. Notó algo raro en los ojos. Le estaban creciendo dentro de las órbitas y de un momento a otro se iban a quedar sin sitio. Estaba atrapado en ese lugar donde los negros te llamaban «veterano». No se dejaría atrapar. No se dejaría. Movió la cabeza contra el respaldo de la silla para estirar el cuello, lo notaba agarrotado.
Un hombre lo miraba. Desde la ventana, al otro lado del callejón, un hombre lo miraba fijamente. El hombre estaba viendo cómo lloraba. En ese lugar era donde tendría que haber estado el geranio, pero no, allí había un hombre en camiseta, que lo veía llorar y esperaba a que se le reventara la garganta. El viejo Dudley le sostuvo la mirada a aquel hombre. En ese lugar tendría que haber estado el geranio. Ese era el sitio del geranio y no del hombre.
—¿Y el geranio, dónde está? —le gritó pese a que se le cerraba la garganta.
—¿Pa qué llora? —le preguntó el hombre—. En mi vida no había visto a un hombre llorar así.
—¿Y el geranio, dónde está? —preguntó el viejo Dudley, tembloroso—. Ahí tendría que estar el geranio y no usté.
—Esta ventana es mía —le aclaró el hombre—. Tengo derecho a sentarme aquí, si me da la gana.
—¿Dónde está? —chilló el viejo Dudley. La garganta se le había abierto un poco.
—Se cayó pa abajo, si tanto l’interesa —le contestó el hombre.
El viejo Dudley se levantó y se asomó por encima del alféizar de la ventana. Seis pisos más abajo, en el callejón, alcanzó a ver una maceta hecha añicos sobre un montón de tierra desparramada y algo de color rosa que asomaba en medio de un lazo verde de papel. Seis pisos más abajo, destrozado.
El viejo Dudley miró al hombre que mascaba chicle y esperaba a ver cómo se le reventaba la garganta.
—No tenía qu’haberlo puesto tan cerca del borde —murmuró—. ¿Por qué no lo recoge?
—¿Por qué no lo recoge usté, agüelo?
El viejo Dudley se quedó con la vista clavada en el hombre que ocupaba el sitio donde debería haber estado el geranio.
Eso haría. Bajaría y lo recogería. Lo pondría en su ventana, y, si le daba la gana, se quedaría todo el día mirándolo. Se alejó de la ventana y salió del cuarto. Caminó despacio por la pista para pasear perros y llegó a las escaleras. Las escaleras se abrían hacia abajo como una herida en el suelo. Penetraban por un agujero como una caverna y bajaban, bajaban en picado. Y él había subido un tramo de esas escaleras un poco por detrás del negro. Y el negro lo había ayudado a levantarse y lo había llevado agarrado del brazo y había subido con él las escaleras y le había contado que cazaba ciervos, «veterano», y lo había visto empuñar una escopeta que no existía y lo había visto sentado en la escalera como un niño. Llevaba zapatos relucientes, color habano, y hacía muecas para no reírse y todo aquello era de risa. A lo mejor, en cada escalón había un negro con motas negras en los calcetines, haciendo muecas para no reírse. Las escaleras bajaban y bajaban en picado. No podía bajar y arriesgarse a que los negros le dieran palmadas en la espalda. Volvió al cuarto y a la ventana, se asomó y, allá abajo, vio el geranio.
El hombre seguía sentado donde debería haber estado la planta.
—Oiga usté, que no l’he visto recogerlo —le dijo.
El viejo Dudley lo miró fijamente.
—A usté lo tengo visto de otras veces —le dijo el hombre—. Lo veo ahí sentao, to los días en esa silla vieja, mirando por la ventana, mirando lo qu’hacemos en mi apartamento. Lo que yo hago en mi apartamento es asunto mío, ¿s’entera? No me gusta que la gente mire lo que yo hago.
Estaba tirado allá abajo, en el callejón, con las raíces al aire.
—Y mucho cuidao, yo aviso una sola vez —dijo el hombre, y se apartó de la ventana.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Canción última. Miguel Hernández.

Pintada, no vacía:

pintada está mi casa

del color de las grandes

pasiones y desgracias.


Regresará del llanto

adonde fue llevada

con su desierta mesa

con su ruinosa cama.


Florecerán los besos

sobre las almohadas.

Y en torno de los cuerpos

elevará la sábana

su intensa enredadera

nocturna, perfumada.


El odio se amortigua

detrás de la ventana.


Será la garra suave.


Dejadme la esperanza.

El hombre acecha, 1939.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El hijo. Horacio Quiroga.

Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.
Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.
-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo, abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.
-Si, papá -responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.
-Vuelve a la hora de almorzar -observa aún el padre.
-Sí, papá -repite el chico.
Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.
Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.
Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo.
Para cazar en el monte -caza de pelo- se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores. Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá -menos aún- y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.
Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe...
No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.
Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!
El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.
De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.
Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.
Horrible caso... Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir.
En ese instante, no muy lejos, suena un estampido.
-La Saint-Étienne... -piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de menos en el monte...
Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.
El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire -piedras, tierra, árboles-, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.
El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte. Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro -el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años-, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: "Sí, papá", hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir. Y no ha vuelto.
El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil?
El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.
¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.
Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia...
La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.
Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.
Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un... ¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano...
El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire... ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro...
Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama por él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.
-¡Chiquito! -se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.
Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.
-¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! -clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.
Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque, ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su...
-¡Chiquito...! ¡Mi hijo!
Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.
A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.
-Chiquito... -murmura el hombre. Y, exhausto, se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.
La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:
-Pobre papá...
En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres...
Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.
-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora...? -murmura aún el primero.
-Me fijé, papá... Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí...
-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!
-Piapiá... -murmura también el chico.
Después de un largo silencio:
-Y las garzas, ¿las mataste? -pregunta el padre.
-No.
Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre vuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.
Sonríe de alucinada felicidad... Pues ese padre va solo.
A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.


domingo, 13 de septiembre de 2026

Diario lúcido. Libro del desasosiego. Fernando Pessoa.

Mi vida, tragedia fracasada por el pateo de los ángeles y de la que sólo se representó su primer acto.
Amigos, ninguno. Sólo unos conocidos que creen que simpatizan conmigo y que tal vez sintieran pena si un tren me pasara por encima y el entierro se realizara en día de lluvia.
El premio natural de mi alejamiento de la vida fue la incapacidad, que creé en los otros, de sentir conmigo. En torno a mí hay una aureola de frialdad, un halo de hielo que repele a los otros. Todavía no he conseguido no sufrir por causa de mi soledad. Tan difícil es conseguir aquella distinción del espíritu que permite al aislamiento ser un reposo sin angustia.
Nunca creí en la amistad que me demostraron, como no habría creído en el amor si me lo hubieran demostrado, cosa, por lo demás, imposible. Aunque nunca me hubiera hecho ilusiones respecto a aquellos que se decían mis amigos, conseguí sentirme desilusionado con ellos —tan complejo y sutil es mi destino de sufrir.
Nunca dudé de que sería traicionado por todos; y siempre me sorprendí cuando me veía traicionado. Cuando acontecía lo que yo ya esperaba, siempre me resultaba inesperado.
Como nunca me descubrí cualidades que pudieran atraer a alguien, nunca pude creer que alguien se sintiese atraído por mí. Esta idea sería de una modestia estulta, si unos hechos tras otros —aquellos inesperados hechos que yo estaba esperando— no acabaran siempre por confirmármela.
No puedo tampoco concebir que me estimen por compasión, porque, aunque físicamente mal parecido e inaceptable, no llego a aquel grado de humillación orgánica que permite entrar en la órbita de la compasión ajena, ni siquiera aquella simpatía que la atrae cuando no sea patentemente merecida; y para lo que en mí merece piedad, no puede haberla, porque nunca hay piedad para los tullidos de espíritu. De modo que caí en aquel centro de gravedad del desdén ajeno en el que no me consigo atraer la simpatía de nadie.
Toda mi vida ha sido un querer adaptarme a estas circunstancias sin sentir demasiado su crueldad y su abyección.
Se necesita cierto coraje espiritual para que un individuo reconozca abiertamente que no es más que un harapo humano, aborto sobreviviente, loco aunque fuera de las fronteras del internamiento; pero se necesita todavía más coraje de espíritu para, reconocido eso, crear una adaptación perfecta a ese destino, aceptar sin rebelarse, sin resignación, sin gesto ni esbozo de gesto alguno, la maldición orgánica que la Naturaleza le impuso. Pretender que con eso no sufra, es pretender demasiado, porque no cabe en lo humano aceptar el mal, viéndolo como un bien, y llamarle bien; y, aceptándolo como mal, es imposible no sufrir por su causa.
Concebirme desde fuera fue mi desgracia —una desgracia para mi felicidad. Me vi como los otros me ven, y pasé a despreciarme no tanto porque reconociera en mí cualidades de tal naturaleza que me hicieran merecedor de desprecio, sino porque pasé a verme como los otros me ven y a sentir un cierto tipo de desprecio que los otros sienten por mí. Sufrí la humillación de conocerme. Como este calvario carece de nobleza, y no hay para él resurrección días después, yo no pude sino sufrir con lo innoble de todo esto.
Comprendí que era imposible que alguien me amara, salvo que careciera por completo de sentido estético —y en ese caso, y por eso mismo, yo lo despreciaría; y que incluso simpatizar conmigo no podía pasar de ser un capricho de la indiferencia ajena.
¡Ver claro en nosotros y en cómo los otros nos ven! ¡Contemplar esta verdad frente a frente! ¡Y al final el grito de Cristo en el Calvario, cuando vio, frente a él, su verdad: Señor, señor, por qué me has abandonado!

Libro del desasosiego, 1982.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Solo vine a hablar por teléfono. Gabriel García Márquez.

Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un automóvil alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como actriz de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.
—No importa —dijo María—. Lo único que necesito es un teléfono.
Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina de asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia y el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.
—Están dormidas —murmuró.
María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada de su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud alerta.
—¿Dónde estamos? —le preguntó María.
—Hemos llegado —contestó la mujer.
El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas apenas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia en la penumbra del patio que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron en la puerta del autobús, y les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en la portería.
—¿Habrá un teléfono? —le preguntó María.
—Por supuesto —dijo la mujer—. Ahí mismo le indican.
Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. «En el camino se secan», le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó: «Buena suerte». El autobús arrancó sin darle tiempo de más.
María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: «¡Alto he dicho!». María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos muy dulces:
——Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.
María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.
—Es que yo sólo vine a hablar por teléfono —le dijo María.
Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.
—Es que yo sólo vine a hablar por teléfono —dijo María.
—De acuerdo, maja —le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real—, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.
Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad, estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.
—Por el amor de Dios —dijo—. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por teléfono.
Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.
Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes del amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.
Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.
—Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras —le dijo el médico, con una voz adormecedora—. No hay mejor remedio que las lágrimas.
María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por la primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.
El médico se incorporó con toda la majestad de su rango. «Todavía no, reina», le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. «Todo se hará a su tiempo». Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.
—Confía en mí —le dijo.
Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada.
Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.
En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en la suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.
De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podría ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se olvidó de darle la comida al gato.
Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irredimible, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.
Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometió mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. «Hay amores cortos y hay amores largos», le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: «Este fue corto». Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes. María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperándolo en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.
No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. «¿Y ahora hasta cuándo?», le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: «El amor es eterno mientras dura». Dos años después, seguía siendo eterno.
María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A fines del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves todavía no había dado señales de vida.
El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a la casa para preguntar por María. «No sé nada», dijo Saturno. «Búsquenla en Zaragoza». Colgó. Una semana después un policía civil fue a la casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar en que María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miró para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.
El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los había invitado a navegar a vela. Estábamos en el Marítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas abarcas de labrador.
No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo.
Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un número de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.
Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. «El señorito se ha ido», le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.
—Aquí no vive ninguna María —le dijo la mujer—. El señorito es soltero.
—Ya lo sé —le dijo él—. No vive, pero a veces va. ¿O no?
La mujer se encabritó.
—¿Pero quién coño habla ahí?
Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de La gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.
A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y a otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad. La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarros de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas en la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.
Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también en el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que la oyera su vecina de cama:
—¿Dónde estamos?
La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:
—En los profundos infiernos.
—Dicen que esta es tierra de moros —dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio—. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oyen los perros ladrándole a la mar.
Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué.
Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. «Tendrás todo», le decía, trémula. «Serás la reina». Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.
Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yertos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.
—Hija de puta —gritó—. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.
El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en Pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trato de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:
—Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos.
—Maricón —dijo María.
Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuera el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre familiar con su tono ávido y triste, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
—¿Bueno?
Tuvo que esperar a que pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta.
—Conejo, vida mía —suspiró.
Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y la voz enardecida por los celos escupió la palabra:
—¡Puta!
Y colgó en seco.
Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataron de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados, mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó en puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.
El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.
—Si alguna vez se sabe, te mueres.
Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de la esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada el mismo día no había concluido en nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.
—Me lo informó la compañía de seguros del coche —dijo.
El director asintió complacido. «No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo», dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:
—Lo único cierto es la gravedad de su estado.
Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicara. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.
—Es raro —dijo Saturno—. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.
El médico hizo un ademán de sabio. «Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan», dijo. «Con todo, es una suerte que haya caído aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura». Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.
—Sígale la corriente —dijo.
—Tranquilo, doctor —dijo Saturno con un aire alegre—. Es mi especialidad.
La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era el antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color de fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó él.
—Feliz de que al fin hayas venido, conejo —dijo ella—. Esto ha sido la muerte.
No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
—Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro —dijo, y suspiró con el alma—: Creo que nunca volveré a ser la misma.
—Ahora todo eso pasó —dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara—. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más, si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.
Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los pronósticos del médico. «En síntesis», concluyó, «aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo». María entendió la verdad.
—¡Por Dios, conejo! —dijo, atónita—. ¡No me digas que tú también crees que estoy loca!
—¡Cómo se te ocurre! —dijo él, tratando de reír—. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas por un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.
—¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! —dijo María.
Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello del marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:
—¡Váyase!
Saturno huyó despavorido.
Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran Leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró con la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir al marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
—Es una reacción típica —lo consoló el director—. Ya pasará.
Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible por que le recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si le llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.
Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y encinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, y resolviéndole algunas urgencias imprevistas, hasta un día en que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó también el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.


Abril 1978.

Doce cuentos peregrinos, 1992.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Escritor. Rodolfo Báez.

Cuando me fui del barrio no podía cargarlo, así que tuve que decidir entre meterlo en un libro o morir de nostalgia.