Nadie
sabe lo que pasó. Nadie vio nada, tan solo el cuerpecito del chico
desmadejado sobre el asfalto reblandecido por el inclemente calor.
Los sanitarios lo alzaron del suelo, y la toalla que llevaba anudada
al cuello quedó colgando como un guiñapo sanguinolento y triste.
Nadie
se acuerda tampoco de la película proyectada anoche sobre el inmenso
lienzo blanco instalado en la playa, protagonizada por un famoso
superhéroe volador, ni de la mirada callada de aquel chico a unas
manos que aplauden con la misma fuerza que estallan contra su rostro
infantil.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
domingo, 21 de junio de 2026
Cine de verano. Ana Grandal.
sábado, 20 de junio de 2026
Los ojos hacen algo más que ver. Isaac Asimov.
Después de cientos de miles de
millones de años, pensó de súbito en sí mismo como Ames. No la
combinación de longitudes de ondas que a través de todo el universo
era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido en sí. Una clara
memoria trajo las ondas sonoras que él no escuchó ni podía
escuchar.
Su
nuevo proyecto le aguzaba sus recuerdos más allá de lo usualmente
recordable. Registró el vórtice energético que constituía la suma
de su individualidad y las líneas de fuerza se extendieron más allá
de las estrellas.
La
señal de respuesta de Brock llegó.
Con
seguridad, pensó Ames, él podía decírselo a Brock. Sin duda,
podría hablar con cualquiera.
Los
modelos fluctuantes de energía enviados por Brock, comunicaron:
—¿Vienes,
Ames?
—Naturalmente.
—¿Tomarás
parte en el torneo?
—¡Sí!
—Las líneas de fuerza de Ames fluctuaron irregularmente—. Pensé
en una forma artística completamente nueva. Algo realmente insólito.
—¡Qué
despilfarro de esfuerzo! ¿Cómo puedes creer que una nueva variante
pueda ser concebida tras doscientos mil millones de años? Nada puede
haber que sea nuevo.
Por
un momento Brock quedó fuera de fase e interrumpió la comunicación,
y Ames se apresuró en ajustar sus líneas de fuerza. Captó el flujo
de los pensamientos de otros emanadores mientras lo hizo; captó la
poderosa visión de la extensa galaxia contra el terciopelo de la
nada, y las líneas de fuerza pulsada en forma incesante por una
multitudinaria vida energética, discurriendo entre las galaxias.
—Por
favor, Brock —suplicó Ames—, absorbe mis pensamientos. No los
evites. Estuve pensando en manipular la Materia. ¡Imagínate! Una
sinfonía de Materia. ¿Por qué molestarse con Energía? Es cierto
que nada hay de nuevo en la Energía. ¿Cómo podría ser de otra
forma? ¿No nos enseña esto que debemos experimentar con la Materia?
—¡Materia!
Ames
interpretó las vibraciones energéticas de Brock como un claro gesto
de disgusto.
—¿Por
qué no? —dijo—. Nosotros mismos fuimos Materia en otros tiempos…
¡Oh, quizás un trillón de años atrás! ¿Por qué no construir
objetos en un medio material? O con formas abstractas, o... escucha,
Brock... ¿Por qué no construir una imitación nuestra con Materia,
una Materia a nuestra imagen y semejanza, tal como fuimos alguna vez?
—No
recuerdo cómo fuimos —dijo Brock—. Nadie lo recuerda.
—Yo
lo recuerdo —dijo Ames con seguridad—. No he pensado sino en eso
y estoy comenzando a recordar. Brock, déjame que te lo muestre. Dime
si tengo razón. Dímelo.
—No.
Es ridículo. Es... repugnante.
—Déjame
intentarlo, Brock. Hemos sido amigos desde los inicios cuando
irradiamos juntos nuestra energía vital, desde el momento en que nos
convertimos en lo que ahora somos. ¡Por favor, Brock!
—De
acuerdo, pero hazlo rápido.
Ames
no sentía aquel temblor a lo largo de sus líneas de fuerza desde...
¿desde cuándo? Si lo intentaba ahora para Brock y funcionaba, se
atrevería a manipular la Materia ante la Asamblea de Seres
Energéticos que, durante tanto tiempo, esperaban algo novedoso.
La
Materia era muy escasa entre las galaxias, pero Ames la reunió, la
juntó en un radio de varios años-luz, escogiendo los átomos,
dotándola de consistencia arcillosa y conformándola en sentido
ovoide.
—¿No
lo recuerdas, Brock? —preguntó suavemente—. ¿No era algo
parecido?
El
vórtice de Brock tembló al entrar en fase.
—No
me obligues a recordar. No recuerdo nada.
—Existía
una cúspide y ellos la llamaban cabeza. Lo recuerdo tan claramente
como te lo digo ahora. —Efectuó una pausa y luego continuó—.
Mira, ¿recuerdas algo así?
Sobre
la parte superior del ovoide apareció la «cabeza».
—¿Qué
es eso? —preguntó Brock.
—Es
la palabra que designa la cabeza. Los símbolos que representan el
sonido de la palabra. Dime que lo recuerdas, Brock.
—Había
algo más —dijo Brock con dudas—. Había algo en medio.
Una
forma abultada surgió.
—¡Sí!
—exclamó Ames—. ¡Es la nariz! —Y la palabra «nariz»
apareció en su lugar—. Y también había ojos a cada lado: «Ojo
izquierdo..., Ojo derecho».
Ames
contempló lo que había conformado, sus líneas de fuerza palpitaban
lentamente. ¿Estaba seguro que era algo así?
—La
boca y la barbilla —dijo luego— y la nuez de Adán y las
clavículas. Recuerdo bien todas las palabras. —Y todas ellas
aparecieron escritas junto a la figura ovoide.
—No
pensaba en estas cosas desde hace cientos de millones de años —dijo
Brock—. ¿Por qué me haces recordarlas? ¿Por qué?
Ames
permaneció sumido en sus pensamientos.
—Algo
más. Órganos para oír. Algo para escuchar las ondas acústicas.
¡Oídos! ¿Dónde estaban? ¡No puedo recordar dónde estaban!
—¡Olvídalo!
—gritó Brock—. ¡Olvídate de los oídos y de todo lo demás!
¡No recuerdes!
—¿Qué
hay de malo en recordar? —replicó Ames, desconcertado.
—Porque
el exterior no era tan rugoso y frío como eso, sino cálido y suave.
Los ojos miraban con ternura y estaban vivos y los labios de la boca
temblaban y eran suaves sobre los míos.
Las
líneas de fuerza de Brock palpitaban y se agitaban, palpitaban y se
agitaban.
—¡Lo
lamento! —dijo Ames—. ¡Lo lamento!
—Me
has recordado que en otro tiempo fui mujer y supe amar, que esos ojos
hacían algo más que ver y que no había nadie que lo hiciera por
mí... y ahora no tengo ojos para hacerlo.
Con
violencia, ella añadió una porción de materia a la rugosa y áspera
cabeza y dijo:
—Ahora,
deja que ellos lo hagan —y desapareció.
Y
Ames vio y recordó que en otro tiempo él fue un hombre. La fuerza
de su vórtice partió la cabeza en dos y partió a través de las
galaxias siguiendo las huellas energéticas de Brock, de vuelta al
infinito destino de la vida.
Y
los ojos de la destrozada cabeza de Materia aún centelleaban con lo
que Brock colocó allí en representación de las lágrimas. La
cabeza de Materia hizo lo que los seres energéticos ya no podían
hacer y lloró por toda la humanidad y por la frágil belleza de los
cuerpos que abandonaron un billón de años atrás.
Anochecer y otros cuentos. 1969.
lunes, 15 de junio de 2026
La pesca milagrosa. Manuel Mejía Vallejo.
—¿Qué
vas a hacer? —preguntaron a Roberto en la plaza de Balandú, frío
y sol en su sueño.
—Voy
a pescar —respondió ajustando sus aparejos.
—¿Dónde?
—En
la fuente.
De
bronce la fuente caedora sobre el pequeño charco limpio, diez
centímetros de profundidad en piedra labrada, con lama de años
retenidos. —¿Pescar, allí?
Lo
querían, se burlaron, pero lo respetaban: Roberto inventaba la vida,
le sobaba sus mejores flancos.
—Aquí
—dijo, y tiró el anzuelo.
Se
reunieron muchos para seguirle la corriente, echando risas y bromas
al aire quieto. Pero Roberto no miró la extrañeza ni la burla del
pueblo, y arrojó el anzuelo en sereno desparpajo. Sonreían. Él
miraba el agua pequeña de la fuente.
—¡Una
trucha! —exclamaron muchas voces al tiempo, cuando vieron brincar
la trucha al extremo de la caña encordada. Roberto recuperó la
cuerda, despegó el pez cuidadosamente.
—Dos
libras y media, si acaso —dijo y lo devolvió con suavidad al agua.
El pez y él desaparecieron: uno por el agua sin profundidad, el otro
calle arriba, silencioso y lento.
domingo, 14 de junio de 2026
El alambre. Emilia Pardo Bazán.
Siempre que ocurría algo superior a
la comprensión de los vecinos de Paramelle,
preguntaban,
como a un oráculo, al tío Manuel el Viajante, hoy traficante en
ganado
vacuno.
¡Sabía tantas cosas! ¡Había corrido tantas tierras! Así, cuando
vieron al señorito
Roberto
Santomé en aquel condenado coche que sin caballos iba como alma que
el
diablo
lleva, acosaron al viejo en la feria de la Lameiroa. El único que no
preguntaba, y
hasta
ponía cara de fisga, era Jácome Fidalgo, alias Mansegura, cazador
furtivo injerto
en
contrabandista y sabe Dios si algo más: ¡buen punto! Acababa el tal
de mercar un
rollo
de alambre, para amañar sus jaulas de codorniz y perdiz, y con el
rollo en la
derecha,
su chiquillo agarrado a la izquierda, la vetusta carabina terciada al
hombro,
contraída
la cara en una mueca de escepticismo, aguardaba la sentencia relativa
a la
consabida
endrómena. El viejo Viajante, ahuecando la voz, tomó la palabra.
-Parecéis
parvosa. Os pasmáis de lo menos. ¡Como nunca somástedes el nariz
fuera de
este
rincón del mundo! ¡Si hubiésedes cruzado a la otra banda del mar,
allí sí que
encontraríades
invenciones! Para cada divina cosa, una mecánica diferente: ¡hasta
para
descalzar
las hay!
Con
estas noticias no se dio por enterado el grupo de preguntones. Quién
se rascaba la
oreja,
quién meneaba la cabeza, caviloso. Fidalgo tuvo la desvergüenza de
soltar una
risilla
insolente, que rasgó de oreja a oreja su boca de jimio. Con sorna,
guardándose el
alambre
en el bolsillo de la gabardina, murmuró:
-Máquinas
para se descalzar, ¿eh? ¿Y no las hay también para...?
Soltó
la indecencia gorda, provocando en el compadrío una explosión de
risotadas, y
chuscando
un ojo añadió socarronamente:
-¡A
largas tierras, largos engaños! Si el Viajante no cierta a poner
claro lo que es ese
coche
de Judas, vos lo aclararé yo, ¡careta!, vos lo aclararé yo.
¿Vístedes vos el camino
de
fierro?
-Yo,
no... yo, no...
-Yo,
sí, cuando me llamaron a declarar en Auriabella...
-Pues
igual viene a ser. En trueco de caballos lleva dentro un maquinismo,
a modo de
reló...
Y el maquinismo, ¡careta!, es lo que empuja.
A
su vez el Viajante, con desprecio:
-Pero
¿tú no sabes que el tren va por carriles, y esta endrómena por
todas las carreteras,
hom?
¿Qué tiene que ver lo negro con lo blanco?
-Pues
a ver entonces, ¡careta!, en qué consiste.
-En
eso.
-Y
eso..., ¿qué es?
-Que
va, ¿estamos?, por onde se le entoja -declaró enfáticamente el tío
Manuel, echando
a
andar en busca de su yegua.
No
quería el tratante esperar a que atardeciese, que es mal negocio
para quien lleva
dinero
en la faja; pero urgíale sobre todo evadirse de aquel interrogatorio
comprometedor
para su fama de sabiduría universal. Jácome, encogiéndose de
hombros,
mofándose,
tiró de su pequeñuelo, su Rosendo, Sendiño, y se dispuso a
emprender
también
la vuelta a la aldea. No tenía en el mundo más que aquella
criatura: su mujer,
hallándose
recién parida, había muerto a consecuencia del susto de ver entrar
a los
civiles,
que venían a prender al marido por sospechas de no sé qué alijo de
tabaco y sal.
Solo
en la tierra con el chiquillo, Jácome le crió sabe Dios cómo; y
ahora se le caía la
baba
viendo despuntar en Sendiño, a los seis años mal contados, otro
cazador, otro
merodeador,
sin afición alguna al trabajo lento y metódico del labriego, fértil
ya en
ardides
y tretas de salvaje para sorprender nidos y pajarillos nuevos, para
descubrir
dónde
ponen las gallinas del prójimo y aun para engolosinarlas echándoles
granos de
maíz,
hasta atraerlas a la boca del saco. El padre estaba embelesado con
tal retoño, y le
enseñaba
nuevas habilidades cada día. Era la criatura lo único que
despertaba en
Jácome,
bajo la dura coraza metálica que revestía su corazón,
palpitaciones de humana
ternura.
Apenas
echaron carretera arriba, en dirección a las alturas de Sandiás, el
chico,
traveseando,
corrió delante: saltaba sobre una pierna, haciéndose el cojo. El
padre, con
el
instinto siempre vigilante del cazador, escrutaba sin proponérselo
los espesos pinares,
las
madroñeras y los manchones de castaños, que revestían los escarpes
pedregosos de
la
montaña. «Si volase una perdiz, si cruzase una liebre...» Pensaba
en esta hipótesis,
cuando
un relámpago blanco y color canela lució entre un seto. Mansegura
se echó la
carabina
a la cara y disparó casi sin apuntar. Sendiño, loco de alegría,
brincó, tomó
vuelo,
se lanzó en dirección a la maleza. Era su encanto hacer de perro,
portando la
caza.
A los dos minutos salió del matorral el chico, balanceando, agarrada
de las patas
traseras,
una liebre poco menor que él. Padre e hijo se confundieron en un
grupo,
admirando
la hermosa pieza. Caliente estaba aún el cuerpo del animal; la
blanca y densa
piel
de su vientre relucía como seda manchada de sangre; sus enormes
orejas pendían;
sus
ojos se vidriaban.
-¡Careta,
lo que pesa! -balbució, gozoso, el cazador, sopesándola, babándose
de vanidad
paternal,
porque Sendiño reía fanfarronamente columpiando su carga.
Y
se entretuvieron así, padre e hijo, confundidos en la complacencia
de la destrucción y
la
victoria, palpando la presa, distraídos. Tan distraídos, que el
vigilante contrabandista,
habituado
al acecho, de sentidos despiertísimos, no oyó el ruido insólito,
semejante al
resuello
y jadeo trepidante de alimaña fabulosa y despertó al tener encima
ya al
monstruo,
¡taf, taf, taf!, al desgarrarle los oídos el rugido de metal de su
bocina. Jácome,
instintivamente,
saltó de costado, evitando la embestida furiosa; vio tendido a
Sendo; a
su
lado, en el polvo, el cuerpo de la liebre... y ya del «coche de
Judas» ni rastro, ni señal
en
el horizonte... Se arrojó fiero, loco, a recoger al niño, que yacía
de bruces, la cara
contra
la hierba de la cuneta; le llamó con nombres amantes, le acarició...
El niño le
blandeaba
en los brazos, inerte, tronchado, roto. Jácome conocía bien las
formas que
adopta
la muerte... Soltó el cadáver y alzó los ojos atónitos, sin
llanto, al cielo, que
consentía
aquella iniquidad... Después, sobre el padre que sufría se destacó
el hombre
de
lucha, pronto a la acometida y a la emboscada, vengativo y feroz.
Cerró los puños y
amenazó
en la dirección que llevaba el «coche de Judas». ¡No se reirá
don Roberto! ¡Se
lo
prometo yo!... Él va a Paramelle... Allí no duerme... ¡Volverá!
Alzó
otra vez a Sendiño, y con infinita delicadeza le transportó a lo
más oculto del
pinar,
depositándole sobre un lecho de ramalla seca. Cerca del muerto
colocó la
carabina,
y la liebre muerta, polvorienta, ¡vengada ella también! Volvió a
la carretera, y
recorrió
un largo trecho estudiando el sitio a propósito para su intento. Una
revuelta
violenta
se le ofreció. Ni de encargo. A derecha e izquierda, árboles añosos
avanzaban
sus
ramas sobre el camino, como brazos fuertes que se brindasen a
secundar a
Mansegura.
Él extrajo del bolsillo el rollo de alambre, desenrolló un trozo,
midió, cortó
con
su navaja, retorció uno de los extremos, calculó alturas, lo
afianzó a una rama
sólidamente,
ensayó la resistencia y, pasando al otro lado, probó si había rama
que
permitiese
tender el hilo metálico recto al través del camino. Mientras
practicaba estas
operaciones,
atendía, no fuera que pasase alguien y le viese. Nadie: la carretera
desierta;
por
allí solo se iba a Sandías y al pazo de don Roberto... Por
precaución, sin embargo,
Jácome
no sujetó el otro cabo del alambre. Tiempo tenía. Con él agarrado
se tumbó en
el
pequeño resalte de la cuneta, y pegó la oreja a la tierra lisa,
aguardando. Dos veces
saltó
y se ocultó en la maleza: eran transeúntes, «gente de a caballo»,
un cura, una
pareja
a estilo de Portugal, hombre y mujer sobre una misma yegua, apretados
y
contentos.
La tarde caía, el rocío enfriaba y escarchaba la hierba, enmudecían
los
pájaros
o piaban débilmente. Un sordo trueno, lejano, llenó con su mate
redoblar el oído
del
contrabandista. Ágil, con la precisión de movimientos del
impulsivo, se incorporó,
amarró
firme el otro cabo a la rama y se agachó entre el brabádigo espeso.
Si se
descuida,
¡careta! El trueno ya se venía encima, resollante y amenazador.
¡Taaf!
Mansegura
vio distintamente, un segundo, al señorito, su gorra blanca, su
rostro guapo,
desfigurado
por los anteojos negros... «¡Ahora!», pensó. El rostro guapo se
tambaleó
violentamente,
como cabeza de muñeco que se desencola; un alarido se ahogó en la
catarata
de sangre... Fue instantáneo; el automóvil, loco y sin dirección,
corrió a
despeñarse
por la pendiente, arrastrando a su dueño, a quien el alambre había
degollado,
con
la misma prontitud y limpieza que pudiera la mejor navaja de
barbería...
Y
Mansegura, después de cerciorarse de que el señorito quedaba bien
amañado, se entró
en
el pinar, recobró su escopeta, echó una mirada de dolor y de
triunfo a Sendiño, que
parecía
dormir, y dejando el camino real, se perdió en los montes, por
atajos de él
conocidos,
en dirección de la frontera portuguesa.
sábado, 13 de junio de 2026
Un grito en la noche. Ernesto Ortega Garrido.
El piso se alquilaba con fantasma. Lo decía el anuncio: Calefacción central y fantasma incluido. Por ese precio, en el centro, no íbamos a encontrar nada mejor, y para nosotros, sin hijos que pudieran asustarse, resultaba perfecto. Poco a poco, nos hemos acostumbrado a su presencia. Le gusta apagar y encender las luces y, si estamos viendo una película, cambia de canal. A veces, se enfada sin razón y, como un niño, nos arroja cosas, o se encierra en el dormitorio, dando un portazo. pero lo peor son las noches, cuando estamos en la cama, leyendo un libro o haciendo el amor, y lo oímos gritar, llamar a papá y a mamá entre sollozos. Ni mi marido ni yo nos atrevemos a levantarnos. escuchamos unos pasitos. Una corriente de aire recorre la habitación. Algo se desliza entre las sábanas y se acurruca a nuestro lado, mientras nos hacemos los dormidos.
domingo, 7 de junio de 2026
El ser bajo la luz de la luna. H. P. Lovecraft.
Morgan no es hombre de letras; de
hecho, su inglés carece del más mínimo grado de coherencia. Por
eso me tienen maravillado las palabras que escribió, aunque otros se
han reído.
Estaba
sólo la noche en que ocurrió. De repente lo acometieron unos deseos
incontenibles de escribir, y tomando la pluma redactó lo siguiente:
«Me
llamo Howard Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence,
Rhode Island. El 24 de noviembre de 1927 -no sé siquiera en qué año
estamos- me quedé dormido y tuve un sueño; y desde entonces me ha
sido imposible despertar.
»Mi
sueño empezó en un paraje húmedo, pantanoso y cubierto de cañas,
bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca
cubierta de líquenes, al norte. Impulsado por una vaga curiosidad,
subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, observando
entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras
bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades
de la meseta rocosa.
»En
varios lugares, el paso estaba techado por el estrechamiento de la
parte superior de la angosta fisura; en dichos lugares, la oscuridad
era extraordinaria, y no se distinguían las madrigueras que pudiese
haber allí. En uno de esos tramos oscuros me asaltó un miedo
tremendo, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos
tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa
para descubrir la fuente de mi alarma.
»Por
último, salí a una meseta cubierta de roca musgosa y escasa tierra,
iluminada por una débil luna que había reemplazado al agonizante
orbe del día. Miré a mi alrededor y no vi a ningún ser viviente;
sin embargo, percibí una agitación extraña muy por debajo de mí,
entre los juncos susurrantes de la ciénaga pestilente que hacía
poco había abandonado.
»Después
de caminar un trecho, me topé con unas vías herrumbrosas de
tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable
fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué en
seguida a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle
de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910.
Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el
trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en
cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré en vano a mi
alrededor tratando de descubrir un interruptor de la luz…, entonces
noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no
estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales.
A continuación oí crujir la yerba escasa por el lado de la
izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban
a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la
compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor.
Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y
levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro
patas dispuesto a correr hacia el coche.
»Me
levanté de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas
y leguas por la meseta, hasta que el cansancio me obligó a
detenerme… Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas,
sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se
estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.
………………………………………………..
»Me
di cuenta de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por
ello me resultó agradable.
»Desde
esa noche espantosa lo único que pido es despertar…, ¡pero aún
no ha podido ser!
»¡Al
contrario, he descubierto que soy un habitante de este terrible mundo
onírico! Aquella primera noche dejó paso al amanecer, y vagué sin
rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche
aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la
maleza y vi ante mí el viejo tranvía… ¡A su lado había un ser
de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la
luz de la luna!
»Todos
los días sucede lo mismo. La noche me coge como siempre en ese lugar
de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo
caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador
aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y
echo a correr desenfrenadamente.
»¡Dios
mío! ¿Cuándo despertaré?»
Eso
es lo que Morgan escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de
Providence; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí.
sábado, 6 de junio de 2026
Los que no están. Alejandro Bentivoglio.
Algunas
noches nos despertamos preguntándonos quién está bailando en el
piso de arriba. Pero nadie sube a ver, porque está vacío hace años
y ¿cómo saber qué se encontrará? No tememos a los fantasmas o a
invasores. Sin embargo, es mejor no ir.
Por
otro lado, los del piso de abajo, ellos sí que no tienen de qué
preocuparse. De nuestro piso vacío hace años que no sale ruido
molesto alguno.
Música para naufragios y otros eventos sociales, 2015.






