domingo, 31 de mayo de 2026

Mamá. Lucia Berlin.

Mamá lo sabía todo —dijo mi hermana Sally—. Era bruja. Incluso ahora que está muerta me da miedo que pueda verme.
A mí también. Me preocupo sobre todo cuando meto la pata hasta el fondo. Lo más triste es que cuando hago algo bien me gustaría que me viera. «Eh, mamá, fíjate en esto.» ¿Y si los muertos andan a su antojo mirándonos a todos, partiéndose de risa? Dios, Sally, eso suena como una de las cosas que diría mamá. ¿Y si resulta que soy igual que ella?
Nuestra madre se preguntaba cómo serían las sillas si dobláramos las rodillas al revés. ¿Y si a Jesucristo lo hubieran electrocutado? En lugar de llevar crucifijos en las cadenas, la gente iría por ahí con sillas colgando del cuello.
A mí me dijo: «Hagas lo que hagas, no procrees» —recordó Sally—. Y que si era tan idiota como para casarme alguna vez, me asegurara de elegir a un hombre rico que me adorara. «Nunca, jamás te cases por amor. Si amas a un hombre, querrás estar siempre a su lado, complacerlo, hacer cosas por él. Le preguntarás: “¿Dónde has estado?” o “¿En qué estás pensando?” o “¿Me quieres?”. Así que acabará pegándote. O saldrá a por cigarrillos y no volverá.»
Mamá odiaba la palabra «amor». La decía con el mismo desprecio que la gente dice la palabra «furcia».
Odiaba los niños. Una vez la fui a buscar a un aeropuerto cuando mis cuatro hijos eran pequeños, y chilló «¡Quítamelos de encima!», como si fueran una manada de dóberman.
No sé si me repudió por casarme con un mexicano o porque era católico.
Culpaba a la Iglesia católica de que la gente tuviera tantos hijos. Decía que los papas habían hecho correr el rumor de que el amor hacía feliz a la gente.
«El amor te hace desgraciado», decía nuestra madre. «Mojas la almohada llorando hasta quedarte dormida, empañas las cabinas telefónicas con tus lágrimas, tus sollozos hacen aullar al perro, fumas dos cigarrillos a la vez.»
¿Papá te hizo desgraciada? —le pregunté.
¿Tu padre? Él no podía hacer desgraciado a nadie.
Aun así, recurrí al consejo de mi madre para salvar el matrimonio de mi hijo. Coco, su mujer, me llamó, llorando a mares. Ken quería vivir por su cuenta unos meses. Necesitaba su propio espacio. Coco lo adoraba; estaba desesperada. De pronto me descubrí dándole consejos con la voz de mi madre. Literalmente, con su acento nasal de Texas, con su desdén.
Pues dale a ese idiota un poco de su propia medicina.
Le dije que no se le ocurriera pedirle que volviera a casa.
No lo llames. Mándate flores con tarjetas misteriosas. Enséñale a su loro gris africano a decir: «¡Hola, Joe!».
Le recomendé que se abasteciera de hombres, hombres guapos, bien plantados. Que les pagara si era necesario, solo para que se pasaran a verla. Que los invitara a Chez Panisse a almorzar. Que se asegurara de que hubiera hombres distintos en casa cuando Ken se presentara, a buscar ropa o a visitar al loro. Coco siguió llamándome. Sí, estaba haciendo lo que le había dicho, pero Ken aún no había ido a casa. Sin embargo, ya no sonaba tan apenada.
Finalmente un día Ken me telefoneó.
Eh, mamá, agárrate... Coco es una pécora de cuidado. Voy a buscar unos CD a nuestro apartamento, ¿vale? Y me encuentro ahí a ese tipo. Un ciclista, con un maillot morado de licra, probablemente sudoroso, tumbado en mi cama, viendo a Oprah en mi televisor, dándole de comer a mi pájaro.
¿Qué puedo decir? Ken y Coco han vivido felices desde entonces. Hace poco estuve de visita en su casa y sonó el teléfono. Coco contestó, habló un rato, riéndose de vez en cuando. Cuando colgó, Ken le preguntó «¿Quién era?». Coco sonrió: «Bah, un chico que conocí en el gimnasio».


Mamá echó por tierra mi película favorita —le conté a Sally—. La canción de Bernadette. Entonces yo iba al colegio St. Joseph y aspiraba a hacerme monja, o preferiblemente llegar a ser una santa. Tú no tendrías más de tres años. Vi aquella película tres veces. Al final accedió a venir conmigo al cine. No paró de reírse en todo el rato. Dijo que la bella dama no era la Virgen María. «Es Dorothy Lamour, por amor de Dios.» Durante semanas se burló de la Inmaculada Concepción. «Tráeme una taza de café, ¿te importa? No me puedo levantar. Soy la Inmaculada Concepción.» O, hablando por teléfono con su amiga Alice Pomeroy, decía: «Hola, soy yo, la virgen de los sudores». O bien: «Hola, aquí la concepción exprés».
Era ingeniosa, no lo negarás. Como cuando le daba cinco centavos a un pordiosero y decía: «Disculpe, joven, pero ¿cuáles son sus sueños y aspiraciones?». O cuando encontraba un taxista hosco y le decía: «Hoy parece usted bastante reflexivo y taciturno».
No, incluso su sentido del humor era escalofriante. Las notas de suicidio que escribió a lo largo de los años, siempre dirigidas a mí, solían ser bromas. Cuando se cortó las venas, firmó «Mary la Sangrienta». Cuando se tomó pastillas, escribió que prefería no intentarlo con una soga porque era demasiado lío. La última carta que me mandó no era divertida. Decía que sabía que yo nunca la perdonaría. Que ella tampoco me perdonaba por haber destrozado mi vida.
A mí nunca me escribió una nota de suicidio.
No me lo puedo creer, Sally, ¿estás celosa de que me las escribiera a mí?
Bueno, sí, la verdad.


Cuando murió nuestro padre, Sally voló desde Ciudad de México a California. Llegó a casa de mamá y llamó a la puerta. Mamá se asomó a la ventana, pero no la dejó entrar. Había renegado de Sally hacía años y años.
Echo de menos a papá —le gritó Sally desde el otro lado del vidrio—. Me estoy muriendo de cáncer. ¡Ahora te necesito, mamá!
Ella se limitó a cerrar las persianas e ignoró los golpes de mi hermana en la puerta.
Sally lloraba, recreando la escena y otras escenas más tristes, una y otra vez. Al final estaba muy enferma y preparada para morir. Había dejado de padecer por sus hijos. Estaba serena, encantadora y dulce. Aun así, de vez en cuando, la rabia se apoderaba de ella y no la soltaba, negándole la paz.
Así que empecé a contarle historias a Sally todas las noches, como si fueran cuentos de hadas.
Le contaba anécdotas divertidas de nuestra madre. Como aquella vez que quería abrir una bolsa de patatas fritas Granny Goose, pero al final se rindió. «La vida es demasiado dura, maldita sea», dijo, y lanzó la bolsa de patatas por los aires.
Le conté que mamá no había hablado con su hermano Fortunatus durante treinta años. Finalmente él la invitó a comer a un restaurante de lujo, el Top of the Mark, para enterrar el hacha. «¡En su cabeza de viejo pomposo!», farfulló mi madre. Se lo hizo pagar caro, de todos modos. Fortunatus la obligó a pedir faisán y, cuando se lo trajeron cubierto con una campana de cristal, mamá le dijo al camarero: «Eh, muchacho, ¿no tienes un poco de ketchup?».
Más que nada le contaba a Sally historias de cómo era mi madre en otros tiempos. Antes de darse a la bebida, antes de hacernos daño. Érase una vez...


Mamá está apoyada en la barandilla del barco a Juneau. Va a conocer a Ed, su futuro esposo. En busca de una nueva vida. Estamos en 1930. Ha dejado atrás la Gran Depresión, ha dejado atrás al abuelo. Toda la pobreza sórdida y el dolor de Texas han desaparecido. El barco surca las olas, ya cerca de la costa, en un día radiante. Ella mira el intenso azul del agua y los pinos verdes en la orilla de esa tierra nueva, virgen. Hay icebergs y gaviotas.
»Sobre todo debemos tener presente que era una mujer muy menuda, medía poco más de metro sesenta. Solo a nosotras nos parecía enorme. Y tan joven, diecinueve años. Era muy hermosa, morena y delgada. En la cubierta del barco, se mece contra el viento. Es frágil. Tiembla de frío y de emoción. Fumando, con el cuello de pieles ceñido alrededor de su cara en forma de corazón, su pelo azabache.
»El tío Guyler y el tío John le habían comprado a mamá aquel abrigo como regalo de bodas. Todavía lo llevaba seis años después, así que se grabó en mi memoria. Solía enterrar mi cara en las pieles apelmazadas por la nicotina. No mientras ella lo llevaba puesto. No soportaba que la tocaran. Si te acercabas, levantaba la mano como para protegerse de un golpe.
»En la cubierta del barco se siente bonita y mayor. Había hecho amistades durante la travesía, desplegando sus encantos, su ingenio. El capitán flirteaba con ella. Le servía más ginebra, que a ella le daba vértigo, y la hacía reírse a carcajadas mientras le susurraba: “¡Me está rompiendo el corazón, belleza de tez morena!”.
»Cuando el barco atracó en el puerto de Juneau, sus ojos azules se llenaron de lágrimas. No, tampoco la vi llorar jamás. Era algo así como Escarlata en Lo que el viento se llevó. Se hizo una promesa. Jamás volverán a hacerme daño.
»Sabía que Ed era un buen hombre, íntegro y cariñoso. La primera vez que le dejó acompañarla a casa, en Upson Avenue, estaba avergonzada. Todo era decadente; el tío John y el abuelo estaban borrachos. Temió que Ed no quisiera volver a salir con ella. Pero la estrechó entre sus brazos y dijo: “Yo te protegeré”.
»Alaska era tan maravillosa como había imaginado. Recorrieron regiones inexploradas en aviones que podían aterrizar en lagos helados, esquiaban en el silencio y vieron alces, osos polares, lobos. Acampaban en los bosques en verano y pescaban salmones, ¡vieron osos grizzlies y cabras blancas de las montañas! Hicieron amigos; ella se unió a un grupo de teatro y fue la médium en Un espíritu burlón. Los actores hacían fiestas y cenas en las que cada uno llevaba algo, hasta que Ed le dijo que no podía seguir con el teatro porque bebía más de la cuenta, su comportamiento no era digno de una mujer casada. Entonces nací yo. Papá tuvo que ir a Nome varios meses, y se quedó sola con una criatura recién nacida. A su regreso la encontró borracha, tambaleándose conmigo en los brazos. “Te arrancó de mi pecho”, me dijo ella. Papá se hizo cargo de mí, empezó a darme el biberón. Le pedía a una mujer esquimal que me cuidara mientras él iba a trabajar. Acusó a mamá de ser débil y despiadada, como todos los Moynihan. A partir de entonces se empeñó en protegerla de sí misma, no la dejaba conducir ni le daba dinero. Mamá solo podía ir andando a la biblioteca y leer obras de teatro, y novelas de misterio o de Zane Grey.
»Cuando estalló la guerra naciste tú y nos fuimos a vivir a Texas. Papá sirvió en Japón, de teniente en un acorazado. Mamá no soportó volver a casa. Salía todo lo que podía, y bebía cada vez más. La abuela dejó de trabajar en la consulta del abuelo para ocuparse de ti. Trasladó tu cuna a su habitación; jugaba contigo y te cantaba y te mecía en brazos para dormirte. No dejaba que nadie se acercara a ti, ni siquiera yo.
»Para mí era terrible, con mamá, y con el abuelo. O sola, más que nada. Me metí en problemas en la escuela, me escapé de un colegio, me expulsaron de otros dos. Una vez pasé seis meses sin hablar. Mamá me llamaba la Mala Semilla. Descargaba en mí toda su rabia. Hasta que fui mayor no me di cuenta de que ella y el abuelo probablemente ni siquiera se acordaban de lo que hacían. Dios concede lagunas a los borrachos porque si supieran lo que han hecho, se morirían de vergüenza.
»Después de que papá volviera de la guerra vivimos en Arizona y fueron felices juntos. Plantaron rosales y te regalaron un cachorro que se llamaba Sam. Mamá estaba sobria, pero ya no sabía cómo tratar con nosotras. Pensábamos que nos odiaba, cuando simplemente le dábamos miedo. Creía que éramos nosotras quienes la habíamos abandonado, quienes la odiábamos. Se protegía burlándose y tratándonos con desprecio, hiriéndonos para evitar que la hiriéramos primero.
»Parecía que irnos a vivir a Chile sería un sueño hecho realidad para mamá. Le encantaba la elegancia y las cosas bellas, siempre anhelaba codearse con “la gente adecuada”. Papá tenía un trabajo prestigioso. De pronto éramos ricos, con una casa preciosa y muchos sirvientes, y alternábamos en cenas y fiestas con toda la gente adecuada. Mamá al principio salía, pero el miedo pudo con ella. Su pelo desentonaba, su ropa desentonaba. Compró muebles caros que imitaban antigüedades y cuadros malos. Los sirvientes la aterraban. Hizo algunas amistades de confianza; por irónico que parezca, jugaba al póquer con curas jesuitas. Sin embargo, pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación. Papá la dejaba allí encerrada.
»“Al principio fue mi guardián, luego se convirtió en mi carcelero”, decía ella. Él creía que así la ayudaba, pero año tras año le racionó la bebida y escondió a mamá, y nunca recurrió a nadie en busca de apoyo. Nosotras no nos acercábamos a ella, nadie lo hacía. Le daban ataques de furia, se volvía cruel, irracional. Nosotras pensábamos que nada de lo que hacíamos era bastante bueno para ella. Y de hecho le daba rabia ver que salíamos adelante, que crecíamos y alcanzábamos metas. Éramos jóvenes y bonitas y teníamos un futuro. ¿Ves? ¿Entiendes qué mal lo pasaba, Sally?
Sí. Tal cual. Pobre mamá, qué lástima. Ahora hago lo mismo, ¿sabes? Me enfado porque todo el mundo está trabajando, viviendo. A veces te odio porque no te estás muriendo. ¿No es terrible?
No, porque tú puedes contármelo. Y yo te puedo decir que me alegro de no ser la que se está muriendo. Mamá, en cambio, nunca tuvo a nadie con quien hablar. Aquel día, en el barco, al llegar al puerto, pensó que iba a encontrarlo. Mamá creía que Ed siempre estaría ahí. Creyó que llegaba a casa.
Descríbemela otra vez. En el barco. Cuando se le llenaron los ojos de lágrimas.
De acuerdo. Tira el cigarrillo al agua. Se oye el siseo que hace al apagarse, tan en calma está el mar cerca de la orilla. Los motores del barco se paran con un temblor. Silenciosamente, acompañados por el vaivén de las boyas y las gaviotas y la sirena larga y quejumbrosa del barco, se deslizan hacia el atracadero, chocan suavemente contra los neumáticos del muelle. Mamá se alisa el cuello de pieles y el pelo. Sonriente, mira hacia la multitud, buscando a su marido. Nunca ha conocido una felicidad igual.
Sally está llorando en silencio.
Pobrecita, pobrecita —dice—. Ojalá hubiera sido capaz de hablar con ella. Ojalá le hubiera dicho cuánto la quería.
Yo... no tengo compasión.

Manual para mujeres de la limpieza, 2015.

domingo, 24 de mayo de 2026

Poemas menores V. León Felipe.

¿Qué me importa que se borren
los caminos de la tierra
con el agua
que ha traído esa tormenta?
Mi pena es porque esas nubes tan negras
han borrado las estrellas.

Versos y oraciones de caminante, 1920.

lunes, 18 de mayo de 2026

Vecinos. Raymond Carver.

Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de cuando en cuando tenían la sensación de que en su círculo de amistades se les había relegado —y sólo a ellos— un tanto, y que tal actitud había hecho que Bill se entregara a su trabajo de contable y que Arlene se dedicara a sus tareas de secretaria. Hablaban de ello a veces, sobre todo comparando su vida con la de sus vecinos Harriet y Jim Stone. A los Miller les parecía que los Stone llevaban una vida más llena y excitante. Los Stone salían mucho a cenar fuera, o recibían a amigos en casa, o viajaban por el país aprovechando los desplazamientos de Jim por motivos de trabajo.
Los Stone vivían enfrente de los Miller, al otro lado del pasillo. Jim era vendedor en una empresa de piezas de maquinaria y solía arreglárselas para hacer que sus viajes fueran a la vez de placer y de negocios, y en esta ocasión los Stone estarían fuera diez días, primero en Cheyenne y luego en St. Louis visitando a unos parientes. Los Miller, en su ausencia, cuidarían de su apartamento, darían de comer a Kitty y regarían las plantas.
Bill y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se cogieron por los codos y se dieron un ligero beso en los labios.
Que os divirtáis —dijo Bill a Harriet.
Nos divertiremos —dijo Harriet—. Y vosotos igual, chicos.
Arlene asintió con la cabeza.
Jim le dirigió un guiño.
Adiós, Arlene. Cuida del muchacho éste.
Lo haré —dijo Arlene.
Divertíos —dijo Bill.
No lo dudes —dijo Jim, dándole a Bill un ligero apretón en el brazo—. Y gracias de nuevo, chicos.
Los Stone hicieron adiós con las manos al alejarse. Y lo mismo hicieron los Miller.
Me gustaría que fuéramos nosotros quienes saliéramos de viaje —dijo Bill.
Dios sabe lo bien que nos vendrían unas vacaciones —dijo Arlene. Le cogió el brazo y se lo pasó por la cintura mientras subían las escaleras hacia su apartamento.
Después de la cena, Arlene dijo:
No te olvides. La primera noche Kitty come la de sabor a hígado.
Estaba de pie en la puerta de la cocina, doblando el mantel hecho a mano que Harriet le había regalado el año anterior a su vuelta de Santa Fe.


Bill, al entrar en el apartamento de los Stone, respiró hondo. Era un aire ya cargado, y tenuemente dulce. El reloj con el sol naciente de encima del televisor marcaba las ocho y media. Recordaba el día en que Harriet había llegado a casa con él, cómo había cruzado el pasillo para enseñárselo a Arlene, acunando la caja de latón y hablándole a través del papel de seda como si le hablara a un bebé.
Kitty se restregó la cara contra las zapatillas y se recostó de lado en el suelo, pero en seguida brincó sobre sus pies cuando Bill fue a la cocina y escogió una de las latas apiladas en la reluciente escurridera. Luego dejó a la gata con su comida y se dirigió hacia el baño. Se miró en el espejo y cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el botiquín. Vio un frasco de píldoras y leyó la etiqueta: Harriet Stone. Una al día según prescripción. Y se metió el frasco en el bolsillo. Volvió a la cocina, llenó una jarra de agua y entró en la sala. Regó las plantas, dejó la jarra sobre la alfombra y abrió el mueble bar. Buscó en el fondo la botella de Chivas Regal. Bebió dos tragos de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a dejar la botella dentro del mueble.
Kitty estaba echada en el sofá, dormida. Bill apagó las luces, y cerró la puerta despacio asegurándose de que quedaba cerrada. Tenía la sensación de que se había dejado algo.
¿Por qué has tardado tanto? —dijo Arlene. Estaba sentada sobre las piernas, viendo la televisión.
Por nada. Jugaba con Kitty —dijo él, y se acercó a Arlene y le tocó los pechos.
Vámonos a la cama, cariño —dijo.


Al día siguiente Bill se tomó sólo diez de los veinte minutos de descanso de la tarde, y salió del trabajo a las cinco menos cuarto. Dejó el coche en el aparcamiento en el preciso instante en que Arlene saltaba del autobús. Esperó hasta que hubo entrado en el edificio, y luego corrió escaleras arriba y la sorprendió saliendo del ascensor.
¡Bill! Dios, me has asustado. Llegas pronto —dijo Arlene.
Bill se encogió de hombros.
No había nada que hacer en la oficina —dijo.
Ella le dejó su llave para abrir la puerta. Él, antes de entrar detrás de ella, miró a la puerta del otro lado del pasillo.
Vámonos a la cama —dijo él.
¿Ahora? —dijo ella riendo—. ¿Qué mosca te ha picado?
Ninguna. Quítate el vestido. —Trató de asir a Arlene torpemente, y ella dijo—: Santo cielo, Bill.
Bill se soltó el cinturón.
Luego encargaron comida china por teléfono, y cuando llegó comieron con apetito, sin hablar, escuchando discos.
No nos olvidemos de dar de comer a Kitty —dijo Arlene.
Precisamente estaba pensando en eso —dijo Bill—. Voy ahora mismo.
Esta vez eligió una lata de sabor a pescado para la gata, llenó la jarra y fue a regar las plantas. Cuando volvió a la cocina, Kitty escarbaba en su caja. Al verlo se quedó mirándole fijamente, y luego volvió a centrar su interés en la caja. Bill abrió todos los armarios y examinó las latas de conserva, los cereales, los comestibles empaquetados, los vasos de vino y de cóctel, la porcelana, la batería de cocina. Abrió el frigorífico. Olió unos tallos de apio, dio un par de bocados al queso Cheddar y entró en el dormitorio mordiendo una manzana. La cama parecía enorme, y la mullida colcha blanca llegaba hasta el suelo. Abrió un cajón de la mesilla de noche, vio un paquete de cigarrillos mediado y se lo metió en el bolsillo. Luego fue hasta el armario ropero y estaba abriéndolo cuando oyó que llamaban a la puerta.
Al pasar por el cuarto de baño accionó la cisterna del water.
¿Por qué tardabas tanto? —le dijo Arlene—. Llevas aquí más de una hora.
¿Sí? —dijo él.
Sí —dijo ella.
He tenido que entrar en el baño —dijo él.
Tienes tu propio baño —dijo ella.
No he podido esperar —dijo él.
Aquella noche hicieron el amor de nuevo.


Le había pedido a Arlene que le despertara por la mañana. Se duchó, se vistió y tomó un desayuno ligero. Intentó empezar un libro. Salió a dar un paseo y se sintió mejor. Pero al rato, aún con las manos en los bolsillos, volvió al apartamento. Se paró junto a la puerta de los Stone para ver si oía a la gata. Luego entró en su apartamento y fue a la cocina a coger la llave.
El apartamento de los Stone le pareció más fresco que el suyo, y más oscuro. Se preguntó si las plantas tendrían algo que ver con la temperatura ambiente. Miró por la ventana, y luego fue recorriendo despacio los cuartos, fijándose en todo lo que encontraba a su paso. Detenidamente, un objeto tras otro. Vio ceniceros, muebles, utensilios de cocina, el reloj. Lo miró todo. Al cabo entró en el dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició —una sola vez—, la llevó hasta el cuarto de baño y cuando la gata entró, cerró la puerta.
Se echó en la cama y se quedó allí mirando el techo. Siguió un rato tumbado con los ojos cerrados, y luego se pasó la mano por debajo del cinturón. Trató de recordar qué día era. Trató de recordar cuándo volverían los Stone, y a continuación se preguntó si realmente iban a volver. No podía recordar sus caras, ni cómo hablaban o vestían. Suspiró, se dejó caer de la cama con esfuerzo y fue hasta el tocador y se inclinó para mirarse en el espejo.
Abrió el armario ropero y eligió una camisa hawaiana. Por fin encontró unas bermudas, perfectamente planchadas y colgadas sobre unos pantalones de sarga castaños. Se quitó la ropa y se puso la camisa y las bermudas. Volvió a mirarse en el espejo. Fue a la sala de estar y se sirvió una bebida y volvió al dormitorio bebiéndosela a sorbitos. Se puso una camisa azul, un traje oscuro, una corbata azul y blanca y unos mocasines negros. El vaso estaba vacío y fue a servirse otro trago.
De nuevo en el dormitorio, se sentó en una silla, cruzó las piernas, se miró en el espejo y sonrió. El teléfono sonó un par de veces. Apuró la bebida y se quitó el traje. Registró los cajones de arriba hasta encontrar unas bragas y un sostén. Se puso las bragas y el sostén, y registró el ropero en busca de un conjunto. Se puso una falda a cuadros negros y blancos y trató de subirse la cremallera. Luego se puso una blusa color vivo con botones en la delantera. Examinó los zapatos de Harriet, pero se dio cuenta de que le quedarían pequeños. Se quedó largo rato mirando por la ventana de la sala de estar, detrás de la cortina. Luego volvió al dormitorio y lo puso todo en su sitio.


No tenía hambre. Tampoco ella comió mucho. Se miraron tímidamente y sonrieron. Ella se levantó de la mesa, comprobó que la llave seguía en la repisa y recogió apresuradamente la mesa.
Ponte cómodo mientras paso ahí enfrente —dijo ella—. Lee el periódico o haz cualquier cosa. —Apretó la llave contra sus dedos. Le dijo a Bill que parecía cansado.
Bill trató de concentrarse en las noticias. Leyó el periódico y puso la televisión. Finalmente salió de casa y cruzó el pasillo. La puerta estaba cerrada.
Soy yo. ¿Sigues ahí dentro, cariño? —llamó.
Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.
¿Tanto he tardado? —dijo.
Sí, has tardado —dijo él.
¿De veras? —dijo ella—. Habré estado jugando con Kitty.
La observó. Ella, con la mano aún sobre el pomo de la puerta, apartó la mirada.
Es extraño —dijo Arlene—. Ya sabes… entrar así en casa de alguien.
Él asintió con la cabeza, le cogió la mano que seguía sobre el pomo y condujo a Arlene hasta el otro lado del pasillo. Entraron en su apartamento.
Sí, es extraño —dijo.
Le descubrió una pelusa blanca en la espalda del suéter, y vio que sus mejillas estaban encendidas. Se puso a besarla en el cuello y en el pelo, ella se volvió y lo besó también.
Maldita sea —dijo ella—. Maldita sea… —dijo como cantando, dando palmadas como una chiquilla—. Me acabo de acordar. Se me ha olvidado por completo hacer lo que tenía que hacer ahí dentro. Ni he dado de comer a Kitty ni he regado ninguna planta. —Le miró—. ¿No es estúpido?
No lo creo —dijo él—. Espera un momento. Voy a coger el tabaco y te acompaño.
Arlene esperó a que Bill cerrara con llave la puerta. Luego le cogió del brazo, más arriba del codo, y dijo:
Creo que tengo que contártelo. He encontrado unas fotos.
Bill se paró en medio del pasillo.
¿Qué clase de fotos?
Vas a verlo por ti mismo —dijo Arlene, y se quedó mirándole.
¿En serio? —Sonrió abiertamente—. ¿Dónde?
En un cajón —dijo Arlene.
¿En serio? —dijo Bill.
Y, después de unos instantes, Arlene dijo:
A lo mejor no vuelven. —Y acto seguido se quedó asombrada de lo que había dicho.
Es posible —dijo Bill—. Todo es posible.
O puede que vuelvan y… —Arlene no terminó la frase.
Se cogieron de la mano y recorrieron el breve trecho de pasillo. Y cuando Bill habló, Arlene apenas pudo oír sus palabras.
La llave —dijo Bill—. Dámela.
¿Qué? —dijo Arlene. Se quedó mirando la puerta.
La llave —dijo Bill—. La tienes tú.
Dios mío —dijo Arlene—. Me la he dejado dentro.
Bill tentó el pomo. La puerta estaba cerrada. Luego lo intentó Arlene. El pomo no giraba. Arlene tenía los labios abiertos, y su respiración era pesada, expectante. Bill abrió los brazos y Arlene se fue hacia ellos.
No te preocupes —le dijo Bill al oído—. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Se quedaron allí, quietos. Abrazados. Se apoyaron contra la puerta, como en contra de un viento, el uno en brazos del otro.

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, 1976.

domingo, 17 de mayo de 2026

Libro del desasosiego. Fragmento 442. Fernando Pessoa. 1982.

Releo, en una de estas soñolencias sin sueño, en que nos entretenemos inteligentemente sin la inteligencia, algunas de las páginas que todas juntas formarán mi libro de impresiones sin nexo. Y desde ellas me sube, como un olor de cosa conocida, una impresión desierta de monotonía. Siento que, incluso cuando digo que soy siempre diferente, he dicho siempre la misma cosa; que soy más análogo a mí de lo que me gustaría confesar; que, a fin de cuentas, ni tuve la alegría de ganar ni la emoción de perder. Soy una falta de saldo de mí mismo, de un equilibrio involuntario que me llena de desolación y que me debilita.
Todo cuanto escribí es sombrío. Se diría que mi vida, incluso la mental, era un día de lluvia lenta, en que todo es no-acontecimiento y penumbra, privilegio vacío y razón olvidada. Me llena de desolación la seda rota. Me desconozco bajo la luz y el tedio.
Mi humilde esfuerzo de al menos decir quién soy, de registrar, como una máquina de nervios, las mínimas impresiones de mi vida subjetiva y aguda, todo eso se me vació como un balde en el que tropezasen, y se mojó por tierra como el agua de todas las cosas. Me fabriqué con tintas falsas, acabé en un imperio de buhardilla. Mi corazón, del que confié los grandes sucesos de la prosa vivida, me parece hoy, escrito en la distancia de estas páginas releídas con un alma distinta, una bomba del huerto provinciano, instalada por instinto y accionada por razones de utilidad. Naufragué sin tormenta en un mar donde se puede estar de pie.
Y pregunto a lo que me queda de consciente en esta serie confusa de pausas entre cosas inexistentes, de qué me sirvió llenar tantas páginas de frases en las que creí como mías, de emociones que sentí como pensadas, de banderas y pendones de ejércitos que son sólo, al final, papeles pegados con saliva por la hija del mendigo debajo de los aleros del tejado.
Pregunto a lo que queda de mí a qué vienen estas páginas inútiles, destinadas al extravío y la basura, perdidas antes de existir entre los papeles rasgados del Destino.
Pregunto, y continúo. Escribo la pregunta, la envuelvo en nuevas frases, la desmadejo con nuevas emociones. Y mañana volveré a escribir, continuando con mi libro estúpido, las impresiones diarias de mi disuasión con frío.
Sigan siendo como son. Jugado el dominó y ganado el juego, o perdido, las fichas se vuelven boca abajo y el juego finalizado es de color negro.

Libro del desasosiego, 1982.

sábado, 16 de mayo de 2026

Volvedor. Abelardo Castillo.

A Julio Cortázar
y a usted, Borges,
y perdón si los salpiqué.


I
El oficio de guapo es un oficio como cualquier otro. El coraje, ahora lo sé, tiene la paciencia larga; necesita práctica. Hay que adiestrarse en la mirada torva, ladina, en el gesto pausado, en el áspero monosílabo hecho de ambigüedad y amenaza para llegar con exactitud, si la Virgen lo permite (porque la destreza de la mano depende, en la mitad de los casos, de un secreto favor suyo), para llegar, repito, a la decisiva matemática de dos puñaladas en un boliche o un patio.
Esto lo sé porque yo soy Evaristo Garay. Antes, cuando me daba por la literatura, cuando era pálido y usaba anteojos gruesos, de carey negro, y leía a lord Dunsany, me llamaba de otro modo. Y muchos me han visto discutiendo de carburadores y metempsicosis en La Biela Fundida, en Palermo, o sentado en la Jockey frente a un mazagrán, asegurando que Borges —con licencia— nunca vio un orillero de verdad ni en foto, pero escribir, escribe lindo. Estaba diciendo, digo, que ahora me llamo Evaristo Garay, el que supo sentarlo de un planazo al comisario Bozzano en la casa de baile de María Sosa, allá en San Pedro; el mismo Evaristo Garay que ahora se juntó para siempre con la Rosario; yo (devoto de la Virgen de Pompeya), que anoche, en el almacén de Barbieri, maté de tres balazos en la cabeza al chino Aldazábal.
Todo empezó cuando el último verano caí desprevenidamente por Baradero y pregunté en un boliche de la costa si nadie conocía al chino:
Busco al chino Aldazábal —dije, limpiándome los anteojos.
Siempre que estoy nervioso me limpio los anteojos, esto lo sé. Lo que no sé es por qué dije que buscaba al chino. En realidad yo venía a preguntar por un tal González y, aunque al principio me pareció lo mismo, después supe que no, que no era lo mismo. Porque yo, de entrada nomás, llegué y pregunté por Aldazábal.
El patrón me miró. Era un tipo impresionante; sus hombros, enormes, asomaban detrás del mostrador como dos moles; en el medio, rapada y poderosa, había una cabeza. Se quedó mirándome y después que se le fue el sueño levantó una ceja.
Si yo me hubiera ido entonces, antes que levantara la otra ceja, no habría pasado nada; pero yo no me fui y el monstruo, sorprendido, levantó la otra ceja. Sorprendido o asustado. O contento. Después abrió la boca y se enojó con mi madre. Pero no se enojó: lo dijo como si yo acabara de hacerle una secreta broma y él la estuviera festejando. A su modo, claro. Luego, abrazándome por encima del mostrador, me juró que los años no pasaban para mí, para Evaristo Garay, que él sabía que yo iba a volver aunque Aldazábal hubiera dicho que me balearon en la frontera, y que nunca me habría reconocido con esas ropas de cajetilla, a no ser —según aseguró— por esta pinta de rufián que Dios me ha dado, y que Barbieri no se olvida de los amigos.
Ya he dicho que en ese entonces yo era algo literato; por lo tanto, nunca fui demasiado original. De inmediato pensé: sueño. Pero los brazos de Barbieri, fraternal y peligrosamente me demostraron que no, que no era un sueño. Más tarde supe que era algo mucho más vertiginoso que un sueño, pero, por el momento, sólo sentía que el gigante me estaba haciendo mal en la espalda. En la cicatriz esa que tengo en la espalda.
Ellos cruzaron a Gualeguaychú —dijo después—. Fueron a traer la medicina.
Y se rió. Yo también me reí; esto, al menos, lo entendía: la medicina eran drogas. Yo había venido al bajo justamente por eso. Estaba escribiendo una nota con contrabandistas, subprefectura y moraleja social. Necesitaba documentarme. El comisario de San Pedro me había dicho que, en la ribera de Baradero, un tal González —el chajá, que le decían— “operaba en esos chimisturrios”, que si me animaba, fuera: él, lo más que podía hacer era prestarme un vigilante. Yo dije gracias y acá estaba. Y ya había decidido volverme cuando sucedieron dos cosas: el gigante que me alcanza un vaso de ginebra; yo, desprevenido, que me la tomo quién sabe por qué, por darme ánimos tal vez, y una puerta que se abre, arriba, en el remate de la escalera.
Mira —dijo Barbieri.
Miré y la vi por primera vez; era la Rosario. La Rosario que en seguida me reconoció y dijo vos acá, Evaristo, y me miraba tierna, tan tierna que yo, a causa de la ginebra y de esa ternura, dije que sí, que estaba ahí, de vuelta. Y antes de que pudiera agregar nada, ella se encerró en la pieza, como si fuera a llorar.
El patrón seguía sonriendo; me alcanzó otra ginebra y se quedó estudiándome. No sé si por taparme la cara (porque ahora yo no quería explicar nada) o porque la ginebra, aunque marea, siempre me gustó, me llevé el vaso a la boca y me lo tomé. Me asombró un poco mi propia voz:
¿Cuándo vuelven?
Él dijo que tenían lo menos para dos meses. Después dijo:
Que alegrón —y el aumentativo, con el tono en que fue dicho, resultaba una intencionada, amenazante paradoja— se va a pegar el chino cuando te vea.
Si esas palabras me sonaron extrañas, no lo fueron mucho más que las mías.
Sí —dije—. Qué alegrón.
Tal vez se trataba de que Aldazábal, al verme, se iba a enterar de que yo no era el que parecía; pero no sé por qué se me ocurrió que el otro podía alegrarse de eso.
Usted, en cambio, sí lo hubiera sabido, Evaristo Garay.
Barbieri estaba diciendo:
La Rosario también parece contenta. Levantó la vista; yo también. La puerta de la pieza, arriba, había quedado entreabierta.
Y, ¿no vas a subir a verla?
Entonces, al mirar hacia arriba, fue cuando me acomodé el pantalón. Me lo acomodé a dos manos, metiendo los pulgares en el cinto.
¿Y pa qué te crees vos que volví? —me oí decir.
El «pa» me salió solo; el tono, el gesto, me salieron solos. Después estaba arriba y, aunque no soy hombre de ventajear a nadie y menos trampeando a una mujer como aquélla, como la Rosario, la tumbé sobre la cama y me convencí de que ése era mi sitio, que todo venía de muy lejos, de antes, cuando Aldazábal y yo, peleando en yunta, nos jugábamos por esta morocha en La Colorada y en yunta la alzamos del baile, y él, porque le correspondía, se quedó con ella, esta morocha que ahora me estaba diciendo entre lágrimas, nunca creí que te hubieran muerto en la frontera ya sabía que a vos nadies, y después no habló más y al mucho rato se me quedó dormida entre los brazos, alborotando la almohada con sus crenchas negras.


II
Mi memoria suele ocasionarme disgustos. Generalmente retengo —o invento— detalles nimios, imágenes aisladas, un gesto a veces o una palabra, y se me escapan sin remedio los hechos históricos. Será por eso que de toda la primera semana que pasé en el bajo (porque me quedé, Evaristo Garay, y usted me miraba desde los espejos, aprobando mi espera), sólo recuerdo algún áspero trago de caña, que a lo mejor fue el que me hizo perder el miedo, y recuerdo que empezó a dolerme la cicatriz esa que tengo en la espalda —la que me hice en la rotonda de Palermo, una noche, con la moto— y pensé la humedad o el cansancio. También evoco una manera de caminar que me gustó, y la sensación, que no me gustó, de estar haciéndole una porquería a alguien. Esos días anduve mucho, vi, pregunté y aprendí mucho. Me pareció que Aldazábal no se iba a alegrar ni medio cuando volviera de Gualeguaychú (por dos motivos, claro, pero yo entonces sólo conocía uno), no se iba a alegrar de verme ni de que me confundieran con Evaristo Garay, a quien el chino siempre quiso como a un hermano, más que a un hermano, como tampoco se iba a alegrar mucho si alguien lo ponía al tanto de lo que estaba pasando allá arriba, en la pieza de la Rosario. Por eso digo lo de sentir que estaba haciendo una porquería, máxime cuando supe que la parda siempre le había jugado limpio al chino, menos esta vez, cuando yo vine al bajo a terminar cierto asunto que empezó una noche de 1957, en la frontera, noche en que la policía se apareció de golpe allá adelante, entre los juncos, y Evaristo sintió un estruendo a su espalda y cuando quiso sacar el cuchillo ya tenía la boca llena de barro.
De modo que me quedé. Al principio me quedé por la Rosario. Después debí de tener otros motivos porque una noche ella me dijo «Vámosnos, Evaristo» y yo le dije que no. Todavía no, le dije, y a lo mejor era que pensaba irme solo, antes que pasara alguna cosa grande, o a lo mejor quise quedarme porque seguía con la idea de escribir mi artículo con moraleja, o vaya a saber. La cosa es que me quedé. Y supe que la historia del chino Aldazábal, la parda y Evaristo, en todo caso, ya estaba escrita. No resultaba ni más equívoca ni menos matrera que aquella otra, venerable, compilada por un escriba del Faraón, hace treinta siglos, historia que acaso leyó Moisés y en la que hay una mujer que es malvada y miente y un hermano espera a otro detrás de una puerta, con un hacha.
En esta que yo me sé el triángulo es ribereño pero igual de confuso, sólo que la mujer no es mala y que Evaristo no era hermano de Aldazábal, sino su casi hermano, su mejor amigo, por lo menos mientras lo fue.
Según me contó la gente del bajo (o debo escribir me recordó, pues todos los relatos empezaban «te acordás, Garay»), parece que Evaristo y Aldazábal solían pelear juntos, desde muchachos. Me salteo homicidios menores, y digo aquél del baile en La Colorada, que, si no me han mentido, se llamó así después del estropicio, por la sangre que anduvo por el piso aquella noche:
Evaristo estaba recostado en el mostrador, mirando. Su casi hermano, prendido como chuncaco, bailaba con la muchacha, una morocha nuevita y asustada que (aunque aún no lo sabían) se llamaba Rosario y estaba destinada a que acontecieran planazos donde ella metía sus ojos azules, raros, medio grises. Usted la miraba, Evaristo Garay.
Entonces apareció un grandote y le tocó la espalda al chino. Tenía voz de mamado cuando habló:
No se pegue, que no es dulce —dijo. Aldazábal, sin darse vuelta, dejó de bailar; después, arreglándose el pelo detrás de la oreja, preguntó:
¿Bastonero, el hombre?
La música se cortó de golpe; un acordeonista ya metía la mano por atrás, a la altura de la faja. Los ojos de Aldazábal y su hermano se encontraron. Yo, que escribo esto porque alguien me lo contó, recuerdo esa mirada. El grandote dijo:
Bastonero no: sampedrino.
Y los mirones (menos Evaristo, que seguía apoyado en el mostrador, aunque un poco más cerca de la puerta) empezaron a arrimarse, y había manos con brillo a fierro. Porque ser sampedrino quería decir ser guapo, y Aldazábal, en ese momento, pudo decir que también lo era y aquí no ha pasado nada. Pero Aldazábal —yo lo sé— nunca fue hombre de arreglar las cosas con conversación. Dijo pior pa usté y le ordenó a la chica:
Vaya, espéreme afuera: dos tordillos hay. Vaya, le digo.
La dejaron irse; el grandote también, porque una mujer estorba. Al pasar junto a Evaristo, ella tenía una cara de susto que le gustó al hombre. Sin apuro, Evaristo le preguntó:
El grandote, ¿cómo se llama? Ella se lo dijo.
Y antes de que la cancha se cerrara en torno de Aldazábal, una voz autoritaria, desde la puerta, pegó el grito:
¡Lisandro!
La distracción del grandote, de Lisandro, duró un segundo. Después estaba boca abajo sobre la pista de tierra, con un tajo del ombligo al esternón. Lo que siguió también fue breve.
Evaristo abrió cancha desde atrás, a los gritos, atropellando a los que se daban vuelta; Aldazábal encaró de punta. En el medio se juntaron, espalda con espalda buscando la puerta. Y a partir de ese momento, el boliche empezó a llamarse La Colorada.
Rosario los esperaba afuera, azarosamente junto al tordillo de Evaristo, quien de un salto se la llevó en ancas. Y allá salieron los tres, delante de la polvareda.
En la disparada, Evaristo sentía las uñas de la parda, clavadas en su cuerpo. Y era lindo. Pero fue la única vez que las sintió, porque la muchacha era del chino, de su casi hermano; por más que él, Evaristo Garay, se acordaba de aquella disparada cada vez que lo veía entrar al chino en la pieza de arriba. Y no quería acordarse. Después la historia se entreveraba. Se entreveró del todo, el día que Evaristo se dio cuenta de que la mujer no lo quería al chino, que a él lo quería. Desde que le sentí las uñas supe que ella me quería.


III
No sé si dije que a partir de la primera semana empezó a pasárseme el miedo. Natural. Yo pensaba desaparecer, con la muchacha o sin ella —más bien creo que sin ella—, unos días antes de que la gente volviera del Gualeguaychú. Además sentía que en aquel sitio yo estaba tan seguro como en la Jockey, y bastante más que en La Biela (que fue allí en la rotonda donde casi me mato una noche, la noche del 5 de enero del 57, y de allí me quedó, como regalo de Reyes, la cicatriz que tengo en la espalda), y digo que me sentía seguro porque, según vi, a Evaristo lo temían. Lo respetaban. Y yo no podía dudar de que me parecía increíblemente al taita; no tanto porque todos en la costa me miraban de reojo, como si mi presencia anticipara catástrofes, sino por la Rosario: la morocha no era de desconocer así nomás a su hombre, aunque nunca hubiera podido entregársele antes. Me enteré de que Evaristo y ella no tuvieron tiempo de hacer lo que Dios manda, del mismo modo que me enteré de toda la historia, o de casi toda: astuta y pacientemente, con preguntas furtivas, por casualidad. Y por otros medios, menos fáciles de explicar. Al principio creí que mis preguntas obedecían a reflejos literarios; después, no sé. De todos modos, había una parte en las peripecias de Evaristo Garay que no estaba clara: la parte de la frontera. Por supuesto, yo, sobre este punto, no podía preguntar nada; no podía, es claro, andar preguntando:
¿Cómo fue que me mató la policía?
Por cosas dispersas que me contó Barbieri, entendí que Aldazábal nunca fue ajeno a lo que había estado ocurriendo. Una noche sobrevino este diálogo:
Estás metido con la parda —y la voz del chino no tenía inflexión de pregunta; Evaristo dijo que sí y ésa fue la única vez que Aldazábal lo miró feo—. Yo me la alcé pa mí —dijo.
Barbieri no escuchó más porque entonces apareció el chajá González y anunció mañana tenemos que cruzar, y el resto, como digo, lo supe por boca de la Rosario, quien a su vez lo escuchó del chino. Su versión se contradice un poco con la de Barbieri. Parece que la noche del 5 de enero era Evaristo quien tenía la mirada torcida.
Me imagino su voz:
Que ella elija.
Aldazábal dijo está bien. Dijo que dijo: está bien hermano. Y ese gesto le había llegado hondo a la Rosario. Será por eso que, cuando me enteré, estuve a punto de perderle el respeto, Evaristo Garay. Porque usted se aprovechó de la aflojada y lo ofendió al chino:
Y ahora déjame solo —le dijo.
Todo esto ocurrió la noche de Reyes del 57, en la frontera. Y al rato el chajá González gritó: la policía. Y empezaron los tiros. Cuando la gente llegó a la lancha, Evaristo Garay no estaba. Se había quedado allá, muerto por la policía. Bien muerto. De cara al barro.


IV
Creo que voy a terminar pronto; la Rosario está inquieta y en estos casos lo mejor es irse antes de las averiguaciones y el sumario. Al empezar ya expliqué lo que le pasó en la cabeza al chino Aldazábal; ahora quiero contar por qué.
El tiempo que viví en el almacén de Barbieri —también ya lo expliqué— me enseñó muchas cosas: entre otras, que el coraje es subjetivo. Mirando a la gente ilegal reeduqué mis reflejos y empecé a olvidarme de citar correctamente a Virgilio. Me dieron ropas amenazantes, que fueron de Evaristo Garay, y la Rosario me prendió al cuello una medalla con la Virgen de Pompeya. En eso estaba cuando se quedó mirándome:
Llévame con vos —dijo.
Yo nunca tuve predilección por morir en manos de un contrabandista, sin embargo dije que tenía que esperarlo. Tal vez cuando la Rosario me pidió por primera vez que me la alzara, todavía estaba a tiempo. Ahora no podía irme.
Te voy a llevar —dije—; pero antes tengo que esperarlo.
Bajé al boliche.
Dame un cuchillo, Barbieri.
El grandote me miró; entonces cambié de idea:
No. Mejor dame un revólver.
Después volví a subir y estuve un rato ante el espejo; pese a todo la imagen que veía no era absurda. Usted me miraba, Evaristo Garay.
Vámosnos —insistió la Rosario.
Yo le dije mejor que te estés quieta. Después dije:
Hace calor.
Y me saqué la camisa. Entonces la Rosario me vio la cicatriz esa que tengo en la espalda y dijo cómo te hicieron esto, Evaristo, y yo casi le cuento lo de la rotonda, cuando, de golpe, me acordé de todo. Me acordé cuando Evaristo, la noche de Reyes, en la frontera, dijo: Que ella elija. Y Aldazábal le contestó: Esto no se arregla con conversación, hermano. Y el chajá gritó la policía y empezó el barullo, y Evaristo se dispuso a pelear como cuando eran muchachos, como siempre, y fue entonces que sintió aquel balazo trapero, en la espalda, y cuando se dio vuelta con el cuchillo en la mano ya tenía otro tiro quemándole las costillas y el último fue cuando cayó de cara al barro como un perro.
La Rosario preguntaba:
¿Quién te hizo esto, Evaristo? Dije:
Ya te vas a dar cuenta.
Por eso me quedé. Y por eso, anoche, cuando la gente volvió del Gualeguaychú yo estaba parado en lo alto de la escalera, con el revólver en la mano. Y cuando el chajá me reconoció y se vino derecho a abrazarme, yo le grité:
¡Abrite!
Y por eso él se abrió, y Aldazábal se quedó mirándome, como a un fantasma, mirándome a mí, a Evaristo Garay. Y por eso lo bajé de tres tiros en la cabeza.

Las otras puertas, 1961.

domingo, 10 de mayo de 2026

El informe. Jules Renard.

-Dispense, amigo, ¿cuánto tiempo se necesita para ir de Corbigny a Saint-Révérien?
El picapedrero levanta la cabeza y, apoyándose sobre su maza, me observa a través de la rejilla de sus gafas, sin contestar.
Repito la pregunta. No responde.
-Es un sordomudo -pienso yo, y prosigo mi camino.
Apenas he andado un centenar de pasos, cuando oigo la voz del picapedrero. Me llama y agita su maza. Vuelvo y me dice:
-Necesitará usted unas dos horas.
-¿Por qué no me lo ha dicho usted antes?
-Caballero -me explica el picapedrero-, me pregunta usted cuánto tiempo se necesita para ir de Corbigny a Saint-Révérien. Tiene usted una mala manera de preguntar. Se necesita lo que se necesita. Eso depende del paso. ¿Conozco yo su paso? Por eso le he dejado marchar. Le he visto andar un rato. Después he calculado, y ahora ya lo sé y puedo contestarle: necesitará usted dos horas.


sábado, 9 de mayo de 2026

El dragón. Ray Bradbury.

La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.
-¡No, idiota, nos delatarás!
-¡Qué importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
-Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...
-¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
-¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.
-¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
-¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.
-Ah... -el segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?
-¡Suficiente, te digo!
-¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.
-Novecientos años después de Navidad.
-No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ampare!
-¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
-¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
-Mira... -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
-¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
-¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.
-¡Señor!
-Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.
-¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El dragón se abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
-¿Viste? -gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?
-¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
-¿Vas a detenerte?
-Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
-Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
-Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.

Remedio para malancólicos, 1959