Morgan no es hombre de letras; de
hecho, su inglés carece del más mínimo grado de coherencia. Por
eso me tienen maravillado las palabras que escribió, aunque otros se
han reído.
Estaba
sólo la noche en que ocurrió. De repente lo acometieron unos deseos
incontenibles de escribir, y tomando la pluma redactó lo siguiente:
«Me
llamo Howard Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence,
Rhode Island. El 24 de noviembre de 1927 -no sé siquiera en qué año
estamos- me quedé dormido y tuve un sueño; y desde entonces me ha
sido imposible despertar.
»Mi
sueño empezó en un paraje húmedo, pantanoso y cubierto de cañas,
bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca
cubierta de líquenes, al norte. Impulsado por una vaga curiosidad,
subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, observando
entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras
bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades
de la meseta rocosa.
»En
varios lugares, el paso estaba techado por el estrechamiento de la
parte superior de la angosta fisura; en dichos lugares, la oscuridad
era extraordinaria, y no se distinguían las madrigueras que pudiese
haber allí. En uno de esos tramos oscuros me asaltó un miedo
tremendo, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos
tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa
para descubrir la fuente de mi alarma.
»Por
último, salí a una meseta cubierta de roca musgosa y escasa tierra,
iluminada por una débil luna que había reemplazado al agonizante
orbe del día. Miré a mi alrededor y no vi a ningún ser viviente;
sin embargo, percibí una agitación extraña muy por debajo de mí,
entre los juncos susurrantes de la ciénaga pestilente que hacía
poco había abandonado.
»Después
de caminar un trecho, me topé con unas vías herrumbrosas de
tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable
fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué en
seguida a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle
de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910.
Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el
trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en
cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré en vano a mi
alrededor tratando de descubrir un interruptor de la luz…, entonces
noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no
estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales.
A continuación oí crujir la yerba escasa por el lado de la
izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban
a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la
compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor.
Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y
levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro
patas dispuesto a correr hacia el coche.
»Me
levanté de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas
y leguas por la meseta, hasta que el cansancio me obligó a
detenerme… Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas,
sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se
estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.
………………………………………………..
»Me
di cuenta de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por
ello me resultó agradable.
»Desde
esa noche espantosa lo único que pido es despertar…, ¡pero aún
no ha podido ser!
»¡Al
contrario, he descubierto que soy un habitante de este terrible mundo
onírico! Aquella primera noche dejó paso al amanecer, y vagué sin
rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche
aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la
maleza y vi ante mí el viejo tranvía… ¡A su lado había un ser
de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la
luz de la luna!
»Todos
los días sucede lo mismo. La noche me coge como siempre en ese lugar
de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo
caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador
aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y
echo a correr desenfrenadamente.
»¡Dios
mío! ¿Cuándo despertaré?»
Eso
es lo que Morgan escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de
Providence; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
domingo, 7 de junio de 2026
El ser bajo la luz de la luna. H. P. Lovecraft.
sábado, 6 de junio de 2026
Los que no están. Alejandro Bentivoglio.
Algunas
noches nos despertamos preguntándonos quién está bailando en el
piso de arriba. Pero nadie sube a ver, porque está vacío hace años
y ¿cómo saber qué se encontrará? No tememos a los fantasmas o a
invasores. Sin embargo, es mejor no ir.
Por
otro lado, los del piso de abajo, ellos sí que no tienen de qué
preocuparse. De nuestro piso vacío hace años que no sale ruido
molesto alguno.
Música para naufragios y otros eventos sociales, 2015.
domingo, 31 de mayo de 2026
Mamá. Lucia Berlin.
—Mamá
lo sabía todo —dijo mi hermana Sally—. Era bruja. Incluso ahora
que está muerta me da miedo que pueda verme.
—A
mí también. Me preocupo sobre todo cuando meto la pata hasta el
fondo. Lo más triste es que cuando hago algo bien me gustaría que
me viera. «Eh, mamá, fíjate en esto.» ¿Y si los muertos andan a
su antojo mirándonos a todos, partiéndose de risa? Dios, Sally, eso
suena como una de las cosas que diría mamá. ¿Y si resulta que soy
igual que ella?
Nuestra
madre se preguntaba cómo serían las sillas si dobláramos las
rodillas al revés. ¿Y si a Jesucristo lo hubieran electrocutado? En
lugar de llevar crucifijos en las cadenas, la gente iría por ahí
con sillas colgando del cuello.
—A
mí me dijo: «Hagas lo que hagas, no procrees» —recordó Sally—.
Y que si era tan idiota como para casarme alguna vez, me asegurara de
elegir a un hombre rico que me adorara. «Nunca, jamás te cases por
amor. Si amas a un hombre, querrás estar siempre a su lado,
complacerlo, hacer cosas por él. Le preguntarás: “¿Dónde has
estado?” o “¿En qué estás pensando?” o “¿Me quieres?”.
Así que acabará pegándote. O saldrá a por cigarrillos y no
volverá.»
—Mamá
odiaba la palabra «amor». La decía con el mismo desprecio que la
gente dice la palabra «furcia».
—Odiaba
los niños. Una vez la fui a buscar a un aeropuerto cuando mis cuatro
hijos eran pequeños, y chilló «¡Quítamelos de encima!», como si
fueran una manada de dóberman.
—No
sé si me repudió por casarme con un mexicano o porque era católico.
—Culpaba
a la Iglesia católica de que la gente tuviera tantos hijos. Decía
que los papas habían hecho correr el rumor de que el amor hacía
feliz a la gente.
«El
amor te hace desgraciado», decía nuestra madre. «Mojas la almohada
llorando hasta quedarte dormida, empañas las cabinas telefónicas
con tus lágrimas, tus sollozos hacen aullar al perro, fumas dos
cigarrillos a la vez.»
—¿Papá
te hizo desgraciada? —le pregunté.
—¿Tu
padre? Él no podía hacer desgraciado a nadie.
Aun
así, recurrí al consejo de mi madre para salvar el matrimonio de mi
hijo. Coco, su mujer, me llamó, llorando a mares. Ken quería vivir
por su cuenta unos meses. Necesitaba su propio espacio. Coco lo
adoraba; estaba desesperada. De pronto me descubrí dándole consejos
con la voz de mi madre. Literalmente, con su acento nasal de Texas,
con su desdén.
—Pues
dale a ese idiota un poco de su propia medicina.
Le
dije que no se le ocurriera pedirle que volviera a casa.
—No
lo llames. Mándate flores con tarjetas misteriosas. Enséñale a su
loro gris africano a decir: «¡Hola, Joe!».
Le
recomendé que se abasteciera de hombres, hombres guapos, bien
plantados. Que les pagara si era necesario, solo para que se pasaran
a verla. Que los invitara a Chez Panisse a almorzar. Que se asegurara
de que hubiera hombres distintos en casa cuando Ken se presentara, a
buscar ropa o a visitar al loro. Coco siguió llamándome. Sí,
estaba haciendo lo que le había dicho, pero Ken aún no había ido a
casa. Sin embargo, ya no sonaba tan apenada.
Finalmente
un día Ken me telefoneó.
—Eh,
mamá, agárrate... Coco es una pécora de cuidado. Voy a buscar unos
CD a nuestro apartamento, ¿vale? Y me encuentro ahí a ese tipo. Un
ciclista, con un maillot morado de licra, probablemente sudoroso,
tumbado en mi cama, viendo a Oprah en mi televisor, dándole de comer
a mi pájaro.
¿Qué
puedo decir? Ken y Coco han vivido felices desde entonces. Hace poco
estuve de visita en su casa y sonó el teléfono. Coco contestó,
habló un rato, riéndose de vez en cuando. Cuando colgó, Ken le
preguntó «¿Quién era?». Coco sonrió: «Bah, un chico que conocí
en el gimnasio».
—Mamá
echó por tierra mi película favorita —le conté a Sally—. La
canción de Bernadette. Entonces yo iba al colegio St. Joseph y
aspiraba a hacerme monja, o preferiblemente llegar a ser una santa.
Tú no tendrías más de tres años. Vi aquella película tres veces.
Al final accedió a venir conmigo al cine. No paró de reírse en
todo el rato. Dijo que la bella dama no era la Virgen María. «Es
Dorothy Lamour, por amor de Dios.» Durante semanas se burló de la
Inmaculada Concepción. «Tráeme una taza de café, ¿te importa? No
me puedo levantar. Soy la Inmaculada Concepción.» O, hablando por
teléfono con su amiga Alice Pomeroy, decía: «Hola, soy yo, la
virgen de los sudores». O bien: «Hola, aquí la concepción
exprés».
—Era
ingeniosa, no lo negarás. Como cuando le daba cinco centavos a un
pordiosero y decía: «Disculpe, joven, pero ¿cuáles son sus sueños
y aspiraciones?». O cuando encontraba un taxista hosco y le decía:
«Hoy parece usted bastante reflexivo y taciturno».
—No,
incluso su sentido del humor era escalofriante. Las notas de suicidio
que escribió a lo largo de los años, siempre dirigidas a mí,
solían ser bromas. Cuando se cortó las venas, firmó «Mary la
Sangrienta». Cuando se tomó pastillas, escribió que prefería no
intentarlo con una soga porque era demasiado lío. La última carta
que me mandó no era divertida. Decía que sabía que yo nunca la
perdonaría. Que ella tampoco me perdonaba por haber destrozado mi
vida.
—A
mí nunca me escribió una nota de suicidio.
—No
me lo puedo creer, Sally, ¿estás celosa de que me las escribiera a
mí?
—Bueno,
sí, la verdad.
Cuando
murió nuestro padre, Sally voló desde Ciudad de México a
California. Llegó a casa de mamá y llamó a la puerta. Mamá se
asomó a la ventana, pero no la dejó entrar. Había renegado de
Sally hacía años y años.
—Echo
de menos a papá —le gritó Sally desde el otro lado del vidrio—.
Me estoy muriendo de cáncer. ¡Ahora te necesito, mamá!
Ella
se limitó a cerrar las persianas e ignoró los golpes de mi hermana
en la puerta.
Sally
lloraba, recreando la escena y otras escenas más tristes, una y otra
vez. Al final estaba muy enferma y preparada para morir. Había
dejado de padecer por sus hijos. Estaba serena, encantadora y dulce.
Aun así, de vez en cuando, la rabia se apoderaba de ella y no la
soltaba, negándole la paz.
Así
que empecé a contarle historias a Sally todas las noches, como si
fueran cuentos de hadas.
Le
contaba anécdotas divertidas de nuestra madre. Como aquella vez que
quería abrir una bolsa de patatas fritas Granny Goose, pero al final
se rindió. «La vida es demasiado dura, maldita sea», dijo, y lanzó
la bolsa de patatas por los aires.
Le
conté que mamá no había hablado con su hermano Fortunatus durante
treinta años. Finalmente él la invitó a comer a un restaurante de
lujo, el Top of the Mark, para enterrar el hacha. «¡En su cabeza de
viejo pomposo!», farfulló mi madre. Se lo hizo pagar caro, de todos
modos. Fortunatus la obligó a pedir faisán y, cuando se lo trajeron
cubierto con una campana de cristal, mamá le dijo al camarero: «Eh,
muchacho, ¿no tienes un poco de ketchup?».
Más
que nada le contaba a Sally historias de cómo era mi madre en otros
tiempos. Antes de darse a la bebida, antes de hacernos daño. Érase
una vez...
—Mamá
está apoyada en la barandilla del barco a Juneau. Va a conocer a Ed,
su futuro esposo. En busca de una nueva vida. Estamos en 1930. Ha
dejado atrás la Gran Depresión, ha dejado atrás al abuelo. Toda la
pobreza sórdida y el dolor de Texas han desaparecido. El barco surca
las olas, ya cerca de la costa, en un día radiante. Ella mira el
intenso azul del agua y los pinos verdes en la orilla de esa tierra
nueva, virgen. Hay icebergs y gaviotas.
»Sobre
todo debemos tener presente que era una mujer muy menuda, medía poco
más de metro sesenta. Solo a nosotras nos parecía enorme. Y tan
joven, diecinueve años. Era muy hermosa, morena y delgada. En la
cubierta del barco, se mece contra el viento. Es frágil. Tiembla de
frío y de emoción. Fumando, con el cuello de pieles ceñido
alrededor de su cara en forma de corazón, su pelo azabache.
»El
tío Guyler y el tío John le habían comprado a mamá aquel abrigo
como regalo de bodas. Todavía lo llevaba seis años después, así
que se grabó en mi memoria. Solía enterrar mi cara en las pieles
apelmazadas por la nicotina. No mientras ella lo llevaba puesto. No
soportaba que la tocaran. Si te acercabas, levantaba la mano como
para protegerse de un golpe.
»En
la cubierta del barco se siente bonita y mayor. Había hecho
amistades durante la travesía, desplegando sus encantos, su ingenio.
El capitán flirteaba con ella. Le servía más ginebra, que a ella
le daba vértigo, y la hacía reírse a carcajadas mientras le
susurraba: “¡Me está rompiendo el corazón, belleza de tez
morena!”.
»Cuando
el barco atracó en el puerto de Juneau, sus ojos azules se llenaron
de lágrimas. No, tampoco la vi llorar jamás. Era algo así como
Escarlata en Lo
que el viento se llevó.
Se hizo una promesa. Jamás volverán a hacerme daño.
»Sabía
que Ed era un buen hombre, íntegro y cariñoso. La primera vez que
le dejó acompañarla a casa, en Upson Avenue, estaba avergonzada.
Todo era decadente; el tío John y el abuelo estaban borrachos. Temió
que Ed no quisiera volver a salir con ella. Pero la estrechó entre
sus brazos y dijo: “Yo te protegeré”.
»Alaska
era tan maravillosa como había imaginado. Recorrieron regiones
inexploradas en aviones que podían aterrizar en lagos helados,
esquiaban en el silencio y vieron alces, osos polares, lobos.
Acampaban en los bosques en verano y pescaban salmones, ¡vieron osos
grizzlies y cabras blancas de las montañas! Hicieron amigos; ella se
unió a un grupo de teatro y fue la médium en Un
espíritu burlón.
Los actores hacían fiestas y cenas en las que cada uno llevaba algo,
hasta que Ed le dijo que no podía seguir con el teatro porque bebía
más de la cuenta, su comportamiento no era digno de una mujer
casada. Entonces nací yo. Papá tuvo que ir a Nome varios meses, y
se quedó sola con una criatura recién nacida. A su regreso la
encontró borracha, tambaleándose conmigo en los brazos. “Te
arrancó de mi pecho”, me dijo ella. Papá se hizo cargo de mí,
empezó a darme el biberón. Le pedía a una mujer esquimal que me
cuidara mientras él iba a trabajar. Acusó a mamá de ser débil y
despiadada, como todos los Moynihan. A partir de entonces se empeñó
en protegerla de sí misma, no la dejaba conducir ni le daba dinero.
Mamá solo podía ir andando a la biblioteca y leer obras de teatro,
y novelas de misterio o de Zane Grey.
»Cuando
estalló la guerra naciste tú y nos fuimos a vivir a Texas. Papá
sirvió en Japón, de teniente en un acorazado. Mamá no soportó
volver a casa. Salía todo lo que podía, y bebía cada vez más. La
abuela dejó de trabajar en la consulta del abuelo para ocuparse de
ti. Trasladó tu cuna a su habitación; jugaba contigo y te cantaba y
te mecía en brazos para dormirte. No dejaba que nadie se acercara a
ti, ni siquiera yo.
»Para
mí era terrible, con mamá, y con el abuelo. O sola, más que nada.
Me metí en problemas en la escuela, me escapé de un colegio, me
expulsaron de otros dos. Una vez pasé seis meses sin hablar. Mamá
me llamaba la Mala Semilla. Descargaba en mí toda su rabia. Hasta
que fui mayor no me di cuenta de que ella y el abuelo probablemente
ni siquiera se acordaban de lo que hacían. Dios concede lagunas a
los borrachos porque si supieran lo que han hecho, se morirían de
vergüenza.
»Después
de que papá volviera de la guerra vivimos en Arizona y fueron
felices juntos. Plantaron rosales y te regalaron un cachorro que se
llamaba Sam. Mamá estaba sobria, pero ya no sabía cómo tratar con
nosotras. Pensábamos que nos odiaba, cuando simplemente le dábamos
miedo. Creía que éramos nosotras quienes la habíamos abandonado,
quienes la odiábamos. Se protegía burlándose y tratándonos con
desprecio, hiriéndonos para evitar que la hiriéramos primero.
»Parecía
que irnos a vivir a Chile sería un sueño hecho realidad para mamá.
Le encantaba la elegancia y las cosas bellas, siempre anhelaba
codearse con “la gente adecuada”. Papá tenía un trabajo
prestigioso. De pronto éramos ricos, con una casa preciosa y muchos
sirvientes, y alternábamos en cenas y fiestas con toda la gente
adecuada. Mamá al principio salía, pero el miedo pudo con ella. Su
pelo desentonaba, su ropa desentonaba. Compró muebles caros que
imitaban antigüedades y cuadros malos. Los sirvientes la aterraban.
Hizo algunas amistades de confianza; por irónico que parezca, jugaba
al póquer con curas jesuitas. Sin embargo, pasaba la mayor parte del
tiempo en su habitación. Papá la dejaba allí encerrada.
»“Al
principio fue mi guardián, luego se convirtió en mi carcelero”,
decía ella. Él creía que así la ayudaba, pero año tras año le
racionó la bebida y escondió a mamá, y nunca recurrió a nadie en
busca de apoyo. Nosotras no nos acercábamos a ella, nadie lo hacía.
Le daban ataques de furia, se volvía cruel, irracional. Nosotras
pensábamos que nada de lo que hacíamos era bastante bueno para
ella. Y de hecho le daba rabia ver que salíamos adelante, que
crecíamos y alcanzábamos metas. Éramos jóvenes y bonitas y
teníamos un futuro. ¿Ves? ¿Entiendes qué mal lo pasaba, Sally?
—Sí.
Tal cual. Pobre mamá, qué lástima. Ahora hago lo mismo, ¿sabes?
Me enfado porque todo el mundo está trabajando, viviendo. A veces te
odio porque no te estás muriendo. ¿No es terrible?
—No,
porque tú puedes contármelo. Y yo te puedo decir que me alegro de
no ser la que se está muriendo. Mamá, en cambio, nunca tuvo a nadie
con quien hablar. Aquel día, en el barco, al llegar al puerto, pensó
que iba a encontrarlo. Mamá creía que Ed siempre estaría ahí.
Creyó que llegaba a casa.
—Descríbemela
otra vez. En el barco. Cuando se le llenaron los ojos de lágrimas.
—De
acuerdo. Tira el cigarrillo al agua. Se oye el siseo que hace al
apagarse, tan en calma está el mar cerca de la orilla. Los motores
del barco se paran con un temblor. Silenciosamente, acompañados por
el vaivén de las boyas y las gaviotas y la sirena larga y
quejumbrosa del barco, se deslizan hacia el atracadero, chocan
suavemente contra los neumáticos del muelle. Mamá se alisa el
cuello de pieles y el pelo. Sonriente, mira hacia la multitud,
buscando a su marido. Nunca ha conocido una felicidad igual.
Sally
está llorando en silencio.
—Pobrecita,
pobrecita —dice—. Ojalá hubiera sido capaz de hablar con ella.
Ojalá le hubiera dicho cuánto la quería.
Yo...
no tengo compasión.
Manual para mujeres de la limpieza, 2015.
domingo, 24 de mayo de 2026
Poemas menores V. León Felipe.
lunes, 18 de mayo de 2026
Vecinos. Raymond Carver.
Bill y Arlene Miller eran una pareja
feliz. Pero de cuando en cuando tenían la sensación de que en su
círculo de amistades se les había relegado —y sólo a ellos— un
tanto, y que tal actitud había hecho que Bill se entregara a su
trabajo de contable y que Arlene se dedicara a sus tareas de
secretaria. Hablaban de ello a veces, sobre todo comparando su vida
con la de sus vecinos Harriet y Jim Stone. A los Miller les parecía
que los Stone llevaban una vida más llena y excitante. Los Stone
salían mucho a cenar fuera, o recibían a amigos en casa, o viajaban
por el país aprovechando los desplazamientos de Jim por motivos de
trabajo.
Los
Stone vivían enfrente de los Miller, al otro lado del pasillo. Jim
era vendedor en una empresa de piezas de maquinaria y solía
arreglárselas para hacer que sus viajes fueran a la vez de placer y
de negocios, y en esta ocasión los Stone estarían fuera diez días,
primero en Cheyenne y luego en St. Louis visitando a unos parientes.
Los Miller, en su ausencia, cuidarían de su apartamento, darían de
comer a Kitty y regarían las plantas.
Bill
y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se cogieron
por los codos y se dieron un ligero beso en los labios.
—Que
os divirtáis —dijo Bill a Harriet.
—Nos
divertiremos —dijo Harriet—. Y vosotos igual, chicos.
Arlene
asintió con la cabeza.
Jim
le dirigió un guiño.
—Adiós,
Arlene. Cuida del muchacho éste.
—Lo
haré —dijo Arlene.
—Divertíos
—dijo Bill.
—No
lo dudes —dijo Jim, dándole a Bill un ligero apretón en el
brazo—. Y gracias de nuevo, chicos.
Los
Stone hicieron adiós con las manos al alejarse. Y lo mismo hicieron
los Miller.
—Me
gustaría que fuéramos nosotros quienes saliéramos de viaje —dijo
Bill.
—Dios
sabe lo bien que nos vendrían unas vacaciones —dijo Arlene. Le
cogió el brazo y se lo pasó por la cintura mientras subían las
escaleras hacia su apartamento.
Después
de la cena, Arlene dijo:
—No
te olvides. La primera noche Kitty come la de sabor a hígado.
Estaba
de pie en la puerta de la cocina, doblando el mantel hecho a mano que
Harriet le había regalado el año anterior a su vuelta de Santa Fe.
Bill,
al entrar en el apartamento de los Stone, respiró hondo. Era un aire
ya cargado, y tenuemente dulce. El reloj con el sol naciente de
encima del televisor marcaba las ocho y media. Recordaba el día en
que Harriet había llegado a casa con él, cómo había cruzado el
pasillo para enseñárselo a Arlene, acunando la caja de latón y
hablándole a través del papel de seda como si le hablara a un bebé.
Kitty
se restregó la cara contra las zapatillas y se recostó de lado en
el suelo, pero en seguida brincó sobre sus pies cuando Bill fue a la
cocina y escogió una de las latas apiladas en la reluciente
escurridera. Luego dejó a la gata con su comida y se dirigió hacia
el baño. Se miró en el espejo y cerró los ojos y volvió a
mirarse. Abrió el botiquín. Vio un frasco de píldoras y leyó la
etiqueta: Harriet Stone. Una al día según prescripción. Y se metió
el frasco en el bolsillo. Volvió a la cocina, llenó una jarra de
agua y entró en la sala. Regó las plantas, dejó la jarra sobre la
alfombra y abrió el mueble bar. Buscó en el fondo la botella de
Chivas Regal. Bebió dos tragos de la botella, se limpió los labios
con la manga y volvió a dejar la botella dentro del mueble.
Kitty
estaba echada en el sofá, dormida. Bill apagó las luces, y cerró
la puerta despacio asegurándose de que quedaba cerrada. Tenía la
sensación de que se había dejado algo.
—¿Por
qué has tardado tanto? —dijo Arlene. Estaba sentada sobre las
piernas, viendo la televisión.
—Por
nada. Jugaba con Kitty —dijo él, y se acercó a Arlene y le tocó
los pechos.
—Vámonos
a la cama, cariño —dijo.
Al
día siguiente Bill se tomó sólo diez de los veinte minutos de
descanso de la tarde, y salió del trabajo a las cinco menos cuarto.
Dejó el coche en el aparcamiento en el preciso instante en que
Arlene saltaba del autobús. Esperó hasta que hubo entrado en el
edificio, y luego corrió escaleras arriba y la sorprendió saliendo
del ascensor.
—¡Bill!
Dios, me has asustado. Llegas pronto —dijo Arlene.
Bill
se encogió de hombros.
—No
había nada que hacer en la oficina —dijo.
Ella
le dejó su llave para abrir la puerta. Él, antes de entrar detrás
de ella, miró a la puerta del otro lado del pasillo.
—Vámonos
a la cama —dijo él.
—¿Ahora?
—dijo ella riendo—. ¿Qué mosca te ha picado?
—Ninguna.
Quítate el vestido. —Trató de asir a Arlene torpemente, y ella
dijo—: Santo cielo, Bill.
Bill
se soltó el cinturón.
Luego
encargaron comida china por teléfono, y cuando llegó comieron con
apetito, sin hablar, escuchando discos.
—No
nos olvidemos de dar de comer a Kitty —dijo Arlene.
—Precisamente
estaba pensando en eso —dijo Bill—. Voy ahora mismo.
Esta
vez eligió una lata de sabor a pescado para la gata, llenó la jarra
y fue a regar las plantas. Cuando volvió a la cocina, Kitty
escarbaba en su caja. Al verlo se quedó mirándole fijamente, y
luego volvió a centrar su interés en la caja. Bill abrió todos los
armarios y examinó las latas de conserva, los cereales, los
comestibles empaquetados, los vasos de vino y de cóctel, la
porcelana, la batería de cocina. Abrió el frigorífico. Olió unos
tallos de apio, dio un par de bocados al queso Cheddar y entró en el
dormitorio mordiendo una manzana. La cama parecía enorme, y la
mullida colcha blanca llegaba hasta el suelo. Abrió un cajón de la
mesilla de noche, vio un paquete de cigarrillos mediado y se lo metió
en el bolsillo. Luego fue hasta el armario ropero y estaba abriéndolo
cuando oyó que llamaban a la puerta.
Al
pasar por el cuarto de baño accionó la cisterna del water.
—¿Por
qué tardabas tanto? —le dijo Arlene—. Llevas aquí más de una
hora.
—¿Sí?
—dijo él.
—Sí
—dijo ella.
—He
tenido que entrar en el baño —dijo él.
—Tienes
tu propio baño —dijo ella.
—No
he podido esperar —dijo él.
Aquella
noche hicieron el amor de nuevo.
Le
había pedido a Arlene que le despertara por la mañana. Se duchó,
se vistió y tomó un desayuno ligero. Intentó empezar un libro.
Salió a dar un paseo y se sintió mejor. Pero al rato, aún con las
manos en los bolsillos, volvió al apartamento. Se paró junto a la
puerta de los Stone para ver si oía a la gata. Luego entró en su
apartamento y fue a la cocina a coger la llave.
El
apartamento de los Stone le pareció más fresco que el suyo, y más
oscuro. Se preguntó si las plantas tendrían algo que ver con la
temperatura ambiente. Miró por la ventana, y luego fue recorriendo
despacio los cuartos, fijándose en todo lo que encontraba a su paso.
Detenidamente, un objeto tras otro. Vio ceniceros, muebles,
utensilios de cocina, el reloj. Lo miró todo. Al cabo entró en el
dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició —una sola
vez—, la llevó hasta el cuarto de baño y cuando la gata entró,
cerró la puerta.
Se
echó en la cama y se quedó allí mirando el techo. Siguió un rato
tumbado con los ojos cerrados, y luego se pasó la mano por debajo
del cinturón. Trató de recordar qué día era. Trató de recordar
cuándo volverían los Stone, y a continuación se preguntó si
realmente iban a volver. No podía recordar sus caras, ni cómo
hablaban o vestían. Suspiró, se dejó caer de la cama con esfuerzo
y fue hasta el tocador y se inclinó para mirarse en el espejo.
Abrió
el armario ropero y eligió una camisa hawaiana. Por fin encontró
unas bermudas, perfectamente planchadas y colgadas sobre unos
pantalones de sarga castaños. Se quitó la ropa y se puso la camisa
y las bermudas. Volvió a mirarse en el espejo. Fue a la sala de
estar y se sirvió una bebida y volvió al dormitorio bebiéndosela a
sorbitos. Se puso una camisa azul, un traje oscuro, una corbata azul
y blanca y unos mocasines negros. El vaso estaba vacío y fue a
servirse otro trago.
De
nuevo en el dormitorio, se sentó en una silla, cruzó las piernas,
se miró en el espejo y sonrió. El teléfono sonó un par de veces.
Apuró la bebida y se quitó el traje. Registró los cajones de
arriba hasta encontrar unas bragas y un sostén. Se puso las bragas y
el sostén, y registró el ropero en busca de un conjunto. Se puso
una falda a cuadros negros y blancos y trató de subirse la
cremallera. Luego se puso una blusa color vivo con botones en la
delantera. Examinó los zapatos de Harriet, pero se dio cuenta de que
le quedarían pequeños. Se quedó largo rato mirando por la ventana
de la sala de estar, detrás de la cortina. Luego volvió al
dormitorio y lo puso todo en su sitio.
No
tenía hambre. Tampoco ella comió mucho. Se miraron tímidamente y
sonrieron. Ella se levantó de la mesa, comprobó que la llave seguía
en la repisa y recogió apresuradamente la mesa.
—Ponte
cómodo mientras paso ahí enfrente —dijo ella—. Lee el periódico
o haz cualquier cosa. —Apretó la llave contra sus dedos. Le dijo a
Bill que parecía cansado.
Bill
trató de concentrarse en las noticias. Leyó el periódico y puso la
televisión. Finalmente salió de casa y cruzó el pasillo. La puerta
estaba cerrada.
—Soy
yo. ¿Sigues ahí dentro, cariño? —llamó.
Después
de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.
—¿Tanto
he tardado? —dijo.
—Sí,
has tardado —dijo él.
—¿De
veras? —dijo ella—. Habré estado jugando con Kitty.
La
observó. Ella, con la mano aún sobre el pomo de la puerta, apartó
la mirada.
—Es
extraño —dijo Arlene—. Ya sabes… entrar así en casa de
alguien.
Él
asintió con la cabeza, le cogió la mano que seguía sobre el pomo y
condujo a Arlene hasta el otro lado del pasillo. Entraron en su
apartamento.
—Sí,
es extraño —dijo.
Le
descubrió una pelusa blanca en la espalda del suéter, y vio que sus
mejillas estaban encendidas. Se puso a besarla en el cuello y en el
pelo, ella se volvió y lo besó también.
—Maldita
sea —dijo ella—. Maldita sea… —dijo como cantando, dando
palmadas como una chiquilla—. Me acabo de acordar. Se me ha
olvidado por completo hacer lo que tenía que hacer ahí dentro. Ni
he dado de comer a Kitty ni he regado ninguna planta. —Le miró—.
¿No es estúpido?
—No
lo creo —dijo él—. Espera un momento. Voy a coger el tabaco y te
acompaño.
Arlene
esperó a que Bill cerrara con llave la puerta. Luego le cogió del
brazo, más arriba del codo, y dijo:
—Creo
que tengo que contártelo. He encontrado unas fotos.
Bill
se paró en medio del pasillo.
—¿Qué
clase de fotos?
—Vas
a verlo por ti mismo —dijo Arlene, y se quedó mirándole.
—¿En
serio? —Sonrió abiertamente—. ¿Dónde?
—En
un cajón —dijo Arlene.
—¿En
serio? —dijo Bill.
Y,
después de unos instantes, Arlene dijo:
—A
lo mejor no vuelven. —Y acto seguido se quedó asombrada de lo que
había dicho.
—Es
posible —dijo Bill—. Todo es posible.
—O
puede que vuelvan y… —Arlene no terminó la frase.
Se
cogieron de la mano y recorrieron el breve trecho de pasillo. Y
cuando Bill habló, Arlene apenas pudo oír sus palabras.
—La
llave —dijo Bill—. Dámela.
—¿Qué?
—dijo Arlene. Se quedó mirando la puerta.
—La
llave —dijo Bill—. La tienes tú.
—Dios
mío —dijo Arlene—. Me la he dejado dentro.
Bill
tentó el pomo. La puerta estaba cerrada. Luego lo intentó Arlene.
El pomo no giraba. Arlene tenía los labios abiertos, y su
respiración era pesada, expectante. Bill abrió los brazos y Arlene
se fue hacia ellos.
—No
te preocupes —le dijo Bill al oído—. Por el amor de Dios, no te
preocupes.
Se
quedaron allí, quietos. Abrazados. Se apoyaron contra la puerta,
como en contra de un viento, el uno en brazos del otro.
¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, 1976.
domingo, 17 de mayo de 2026
Libro del desasosiego. Fragmento 442. Fernando Pessoa. 1982.
Releo,
en una de estas soñolencias sin sueño, en que nos entretenemos
inteligentemente sin la inteligencia, algunas de las páginas que
todas juntas formarán mi libro de impresiones sin nexo. Y desde
ellas me sube, como un olor de cosa conocida, una impresión desierta
de monotonía. Siento que, incluso cuando digo que soy siempre
diferente, he dicho siempre la misma cosa; que soy más análogo a mí
de lo que me gustaría confesar; que, a fin de cuentas, ni tuve la
alegría de ganar ni la emoción de perder. Soy una falta de saldo de
mí mismo, de un equilibrio involuntario que me llena de desolación
y que me debilita.
Todo
cuanto escribí es sombrío. Se diría que mi vida, incluso la
mental, era un día de lluvia lenta, en que todo es no-acontecimiento
y penumbra, privilegio vacío y razón olvidada. Me llena de
desolación la seda rota. Me desconozco bajo la luz y el tedio.
Mi
humilde esfuerzo de al menos decir quién soy, de registrar, como una
máquina de nervios, las mínimas impresiones de mi vida subjetiva y
aguda, todo eso se me vació como un balde en el que tropezasen, y se
mojó por tierra como el agua de todas las cosas. Me fabriqué con
tintas falsas, acabé en un imperio de buhardilla. Mi corazón, del
que confié los grandes sucesos de la prosa vivida, me parece hoy,
escrito en la distancia de estas páginas releídas con un alma
distinta, una bomba del huerto provinciano, instalada por instinto y
accionada por razones de utilidad. Naufragué sin tormenta en un mar
donde se puede estar de pie.
Y
pregunto a lo que me queda de consciente en esta serie confusa de
pausas entre cosas inexistentes, de qué me sirvió llenar tantas
páginas de frases en las que creí como mías, de emociones que
sentí como pensadas, de banderas y pendones de ejércitos que son
sólo, al final, papeles pegados con saliva por la hija del mendigo
debajo de los aleros del tejado.
Pregunto
a lo que queda de mí a qué vienen estas páginas inútiles,
destinadas al extravío y la basura, perdidas antes de existir entre
los papeles rasgados del Destino.
Pregunto,
y continúo. Escribo la pregunta, la envuelvo en nuevas frases, la
desmadejo con nuevas emociones. Y mañana volveré a escribir,
continuando con mi libro estúpido, las impresiones diarias de mi
disuasión con frío.
Sigan
siendo como son. Jugado el dominó y ganado el juego, o perdido, las
fichas se vuelven boca abajo y el juego finalizado es de color negro.
Libro del desasosiego, 1982.
sábado, 16 de mayo de 2026
Volvedor. Abelardo Castillo.
A
Julio Cortázar
y
a usted, Borges,
y
perdón si los salpiqué.
I
El
oficio de guapo es un oficio como cualquier otro. El coraje, ahora lo
sé, tiene la paciencia larga; necesita práctica. Hay que
adiestrarse en la mirada torva, ladina, en el gesto pausado, en el
áspero monosílabo hecho de ambigüedad y amenaza para llegar con
exactitud, si la Virgen lo permite (porque la destreza de la mano
depende, en la mitad de los casos, de un secreto favor suyo), para
llegar, repito, a la decisiva matemática de dos puñaladas en un
boliche o un patio.
Esto
lo sé porque yo soy Evaristo Garay. Antes, cuando me daba por la
literatura, cuando era pálido y usaba anteojos gruesos, de carey
negro, y leía a lord Dunsany, me llamaba de otro modo. Y muchos me
han visto discutiendo de carburadores y metempsicosis en La Biela
Fundida, en Palermo, o sentado en la Jockey frente a un mazagrán,
asegurando que Borges —con licencia— nunca vio un orillero de
verdad ni en foto, pero escribir, escribe lindo. Estaba diciendo,
digo, que ahora me llamo Evaristo Garay, el que supo sentarlo de un
planazo al comisario Bozzano en la casa de baile de María Sosa, allá
en San Pedro; el mismo Evaristo Garay que ahora se juntó para
siempre con la Rosario; yo (devoto de la Virgen de Pompeya), que
anoche, en el almacén de Barbieri, maté de tres balazos en la
cabeza al chino Aldazábal.
Todo
empezó cuando el último verano caí desprevenidamente por Baradero
y pregunté en un boliche de la costa si nadie conocía al chino:
—Busco
al chino Aldazábal —dije, limpiándome los anteojos.
Siempre
que estoy nervioso me limpio los anteojos, esto lo sé. Lo que no sé
es por qué dije que buscaba al chino. En realidad yo venía a
preguntar por un tal González y, aunque al principio me pareció lo
mismo, después supe que no, que no era lo mismo. Porque yo, de
entrada nomás, llegué y pregunté por Aldazábal.
El
patrón me miró. Era un tipo impresionante; sus hombros, enormes,
asomaban detrás del mostrador como dos moles; en el medio, rapada y
poderosa, había una cabeza. Se quedó mirándome y después que se
le fue el sueño levantó una ceja.
Si
yo me hubiera ido entonces, antes que levantara la otra ceja, no
habría pasado nada; pero yo no me fui y el monstruo, sorprendido,
levantó la otra ceja. Sorprendido o asustado. O contento. Después
abrió la boca y se enojó con mi madre. Pero no se enojó: lo dijo
como si yo acabara de hacerle una secreta broma y él la estuviera
festejando. A su modo, claro. Luego, abrazándome por encima del
mostrador, me juró que los años no pasaban para mí, para Evaristo
Garay, que él sabía que yo iba a volver aunque Aldazábal hubiera
dicho que me balearon en la frontera, y que nunca me habría
reconocido con esas ropas de cajetilla, a no ser —según aseguró—
por esta pinta de rufián que Dios me ha dado, y que Barbieri no se
olvida de los amigos.
Ya
he dicho que en ese entonces yo era algo literato; por lo tanto,
nunca fui demasiado original. De inmediato pensé: sueño. Pero los
brazos de Barbieri, fraternal y peligrosamente me demostraron que no,
que no era un sueño. Más tarde supe que era algo mucho más
vertiginoso que un sueño, pero, por el momento, sólo sentía que el
gigante me estaba haciendo mal en la espalda. En la cicatriz esa que
tengo en la espalda.
—Ellos
cruzaron a Gualeguaychú —dijo después—. Fueron a traer la
medicina.
Y
se rió. Yo también me reí; esto, al menos, lo entendía: la
medicina eran drogas. Yo había venido al bajo justamente por eso.
Estaba escribiendo una nota con contrabandistas, subprefectura y
moraleja social. Necesitaba documentarme. El comisario de San Pedro
me había dicho que, en la ribera de Baradero, un tal González —el
chajá, que le decían— “operaba en esos chimisturrios”, que si
me animaba, fuera: él, lo más que podía hacer era prestarme un
vigilante. Yo dije gracias y acá estaba. Y ya había decidido
volverme cuando sucedieron dos cosas: el gigante que me alcanza un
vaso de ginebra; yo, desprevenido, que me la tomo quién sabe por
qué, por darme ánimos tal vez, y una puerta que se abre, arriba, en
el remate de la escalera.
—Mira
—dijo Barbieri.
Miré
y la vi por primera vez; era la Rosario. La Rosario que en seguida me
reconoció y dijo vos acá, Evaristo, y me miraba tierna, tan tierna
que yo, a causa de la ginebra y de esa ternura, dije que sí, que
estaba ahí, de vuelta. Y antes de que pudiera agregar nada, ella se
encerró en la pieza, como si fuera a llorar.
El
patrón seguía sonriendo; me alcanzó otra ginebra y se quedó
estudiándome. No sé si por taparme la cara (porque ahora yo no
quería explicar nada) o porque la ginebra, aunque marea, siempre me
gustó, me llevé el vaso a la boca y me lo tomé. Me asombró un
poco mi propia voz:
—¿Cuándo
vuelven?
Él
dijo que tenían lo menos para dos meses. Después dijo:
—Que
alegrón —y el aumentativo, con el tono en que fue dicho, resultaba
una intencionada, amenazante paradoja— se va a pegar el chino
cuando te vea.
Si
esas palabras me sonaron extrañas, no lo fueron mucho más que las
mías.
—Sí
—dije—. Qué alegrón.
Tal
vez se trataba de que Aldazábal, al verme, se iba a enterar de que
yo no era el que parecía; pero no sé por qué se me ocurrió que el
otro podía alegrarse de eso.
Usted,
en cambio, sí lo hubiera sabido, Evaristo Garay.
Barbieri
estaba diciendo:
—La
Rosario también parece contenta. Levantó la vista; yo también. La
puerta de la pieza, arriba, había quedado entreabierta.
—Y,
¿no vas a subir a verla?
Entonces,
al mirar hacia arriba, fue cuando me acomodé el pantalón. Me lo
acomodé a dos manos, metiendo los pulgares en el cinto.
—¿Y
pa qué te crees vos que volví? —me oí decir.
El
«pa» me salió solo; el tono, el gesto, me salieron solos. Después
estaba arriba y, aunque no soy hombre de ventajear a nadie y menos
trampeando a una mujer como aquélla, como la Rosario, la tumbé
sobre la cama y me convencí de que ése era mi sitio, que todo venía
de muy lejos, de antes, cuando Aldazábal y yo, peleando en yunta,
nos jugábamos por esta morocha en La Colorada y en yunta la alzamos
del baile, y él, porque le correspondía, se quedó con ella, esta
morocha que ahora me estaba diciendo entre lágrimas, nunca creí que
te hubieran muerto en la frontera ya sabía que a vos nadies, y
después no habló más y al mucho rato se me quedó dormida entre
los brazos, alborotando la almohada con sus crenchas negras.
II
Mi
memoria suele ocasionarme disgustos. Generalmente retengo —o
invento— detalles nimios, imágenes aisladas, un gesto a veces o
una palabra, y se me escapan sin remedio los hechos históricos. Será
por eso que de toda la primera semana que pasé en el bajo (porque me
quedé, Evaristo Garay, y usted me miraba desde los espejos,
aprobando mi espera), sólo recuerdo algún áspero trago de caña,
que a lo mejor fue el que me hizo perder el miedo, y recuerdo que
empezó a dolerme la cicatriz esa que tengo en la espalda —la que
me hice en la rotonda de Palermo, una noche, con la moto— y pensé
la humedad o el cansancio. También evoco una manera de caminar que
me gustó, y la sensación, que no me gustó, de estar haciéndole
una porquería a alguien. Esos días anduve mucho, vi, pregunté y
aprendí mucho. Me pareció que Aldazábal no se iba a alegrar ni
medio cuando volviera de Gualeguaychú (por dos motivos, claro, pero
yo entonces sólo conocía uno), no se iba a alegrar de verme ni de
que me confundieran con Evaristo Garay, a quien el chino siempre
quiso como a un hermano, más que a un hermano, como tampoco se iba a
alegrar mucho si alguien lo ponía al tanto de lo que estaba pasando
allá arriba, en la pieza de la Rosario. Por eso digo lo de sentir
que estaba haciendo una porquería, máxime cuando supe que la parda
siempre le había jugado limpio al chino, menos esta vez, cuando yo
vine al bajo a terminar cierto asunto que empezó una noche de 1957,
en la frontera, noche en que la policía se apareció de golpe allá
adelante, entre los juncos, y Evaristo sintió un estruendo a su
espalda y cuando quiso sacar el cuchillo ya tenía la boca llena de
barro.
De
modo que me quedé. Al principio me quedé por la Rosario. Después
debí de tener otros motivos porque una noche ella me dijo «Vámosnos,
Evaristo» y yo le dije que no. Todavía no, le dije, y a lo mejor
era que pensaba irme solo, antes que pasara alguna cosa grande, o a
lo mejor quise quedarme porque seguía con la idea de escribir mi
artículo con moraleja, o vaya a saber. La cosa es que me quedé. Y
supe que la historia del chino Aldazábal, la parda y Evaristo, en
todo caso, ya estaba escrita. No resultaba ni más equívoca ni menos
matrera que aquella otra, venerable, compilada por un escriba del
Faraón, hace treinta siglos, historia que acaso leyó Moisés y en
la que hay una mujer que es malvada y miente y un hermano espera a
otro detrás de una puerta, con un hacha.
En
esta que yo me sé el triángulo es ribereño pero igual de confuso,
sólo que la mujer no es mala y que Evaristo no era hermano de
Aldazábal, sino su casi hermano, su mejor amigo, por lo menos
mientras lo fue.
Según
me contó la gente del bajo (o debo escribir me recordó, pues todos
los relatos empezaban «te acordás, Garay»), parece que Evaristo y
Aldazábal solían pelear juntos, desde muchachos. Me salteo
homicidios menores, y digo aquél del baile en La Colorada, que, si
no me han mentido, se llamó así después del estropicio, por la
sangre que anduvo por el piso aquella noche:
Evaristo
estaba recostado en el mostrador, mirando. Su casi hermano, prendido
como chuncaco, bailaba con la muchacha, una morocha nuevita y
asustada que (aunque aún no lo sabían) se llamaba Rosario y estaba
destinada a que acontecieran planazos donde ella metía sus ojos
azules, raros, medio grises. Usted la miraba, Evaristo Garay.
Entonces
apareció un grandote y le tocó la espalda al chino. Tenía voz de
mamado cuando habló:
—No
se pegue, que no es dulce —dijo. Aldazábal, sin darse vuelta, dejó
de bailar; después, arreglándose el pelo detrás de la oreja,
preguntó:
—¿Bastonero,
el hombre?
La
música se cortó de golpe; un acordeonista ya metía la mano por
atrás, a la altura de la faja. Los ojos de Aldazábal y su hermano
se encontraron. Yo, que escribo esto porque alguien me lo contó,
recuerdo esa mirada. El grandote dijo:
—Bastonero
no: sampedrino.
Y
los mirones (menos Evaristo, que seguía apoyado en el mostrador,
aunque un poco más cerca de la puerta) empezaron a arrimarse, y
había manos con brillo a fierro. Porque ser sampedrino quería decir
ser guapo, y Aldazábal, en ese momento, pudo decir que también lo
era y aquí no ha pasado nada. Pero Aldazábal —yo lo sé— nunca
fue hombre de arreglar las cosas con conversación. Dijo pior pa usté
y le ordenó a la chica:
—Vaya,
espéreme afuera: dos tordillos hay. Vaya, le digo.
La
dejaron irse; el grandote también, porque una mujer estorba. Al
pasar junto a Evaristo, ella tenía una cara de susto que le gustó
al hombre. Sin apuro, Evaristo le preguntó:
—El
grandote, ¿cómo se llama? Ella se lo dijo.
Y
antes de que la cancha se cerrara en torno de Aldazábal, una voz
autoritaria, desde la puerta, pegó el grito:
—¡Lisandro!
La
distracción del grandote, de Lisandro, duró un segundo. Después
estaba boca abajo sobre la pista de tierra, con un tajo del ombligo
al esternón. Lo que siguió también fue breve.
Evaristo
abrió cancha desde atrás, a los gritos, atropellando a los que se
daban vuelta; Aldazábal encaró de punta. En el medio se juntaron,
espalda con espalda buscando la puerta. Y a partir de ese momento, el
boliche empezó a llamarse La Colorada.
Rosario
los esperaba afuera, azarosamente junto al tordillo de Evaristo,
quien de un salto se la llevó en ancas. Y allá salieron los tres,
delante de la polvareda.
En
la disparada, Evaristo sentía las uñas de la parda, clavadas en su
cuerpo. Y era lindo. Pero fue la única vez que las sintió, porque
la muchacha era del chino, de su casi hermano; por más que él,
Evaristo Garay, se acordaba de aquella disparada cada vez que lo veía
entrar al chino en la pieza de arriba. Y no quería acordarse.
Después la historia se entreveraba. Se entreveró del todo, el día
que Evaristo se dio cuenta de que la mujer no lo quería al chino,
que a él lo quería. Desde que le sentí las uñas supe que ella me
quería.
III
No
sé si dije que a partir de la primera semana empezó a pasárseme el
miedo. Natural. Yo pensaba desaparecer, con la muchacha o sin ella
—más bien creo que sin ella—, unos días antes de que la gente
volviera del Gualeguaychú. Además sentía que en aquel sitio yo
estaba tan seguro como en la Jockey, y bastante más que en La Biela
(que fue allí en la rotonda donde casi me mato una noche, la noche
del 5 de enero del 57, y de allí me quedó, como regalo de Reyes, la
cicatriz que tengo en la espalda), y digo que me sentía seguro
porque, según vi, a Evaristo lo temían. Lo respetaban. Y yo no
podía dudar de que me parecía increíblemente al taita; no tanto
porque todos en la costa me miraban de reojo, como si mi presencia
anticipara catástrofes, sino por la Rosario: la morocha no era de
desconocer así nomás a su hombre, aunque nunca hubiera podido
entregársele antes. Me enteré de que Evaristo y ella no tuvieron
tiempo de hacer lo que Dios manda, del mismo modo que me enteré de
toda la historia, o de casi toda: astuta y pacientemente, con
preguntas furtivas, por casualidad. Y por otros medios, menos fáciles
de explicar. Al principio creí que mis preguntas obedecían a
reflejos literarios; después, no sé. De todos modos, había una
parte en las peripecias de Evaristo Garay que no estaba clara: la
parte de la frontera. Por supuesto, yo, sobre este punto, no podía
preguntar nada; no podía, es claro, andar preguntando:
—¿Cómo
fue que me mató la policía?
Por
cosas dispersas que me contó Barbieri, entendí que Aldazábal nunca
fue ajeno a lo que había estado ocurriendo. Una noche sobrevino este
diálogo:
—Estás
metido con la parda —y la voz del chino no tenía inflexión de
pregunta; Evaristo dijo que sí y ésa fue la única vez que
Aldazábal lo miró feo—. Yo me la alcé pa mí —dijo.
Barbieri
no escuchó más porque entonces apareció el chajá González y
anunció mañana tenemos que cruzar, y el resto, como digo, lo supe
por boca de la Rosario, quien a su vez lo escuchó del chino. Su
versión se contradice un poco con la de Barbieri. Parece que la
noche del 5 de enero era Evaristo quien tenía la mirada torcida.
Me
imagino su voz:
—Que
ella elija.
Aldazábal
dijo está bien. Dijo que dijo: está bien hermano. Y ese gesto le
había llegado hondo a la Rosario. Será por eso que, cuando me
enteré, estuve a punto de perderle el respeto, Evaristo Garay.
Porque usted se aprovechó de la aflojada y lo ofendió al chino:
—Y
ahora déjame solo —le dijo.
Todo
esto ocurrió la noche de Reyes del 57, en la frontera. Y al rato el
chajá González gritó: la policía. Y empezaron los tiros. Cuando
la gente llegó a la lancha, Evaristo Garay no estaba. Se había
quedado allá, muerto por la policía. Bien muerto. De cara al barro.
IV
Creo
que voy a terminar pronto; la Rosario está inquieta y en estos casos
lo mejor es irse antes de las averiguaciones y el sumario. Al empezar
ya expliqué lo que le pasó en la cabeza al chino Aldazábal; ahora
quiero contar por qué.
El
tiempo que viví en el almacén de Barbieri —también ya lo
expliqué— me enseñó muchas cosas: entre otras, que el coraje es
subjetivo. Mirando a la gente ilegal reeduqué mis reflejos y empecé
a olvidarme de citar correctamente a Virgilio. Me dieron ropas
amenazantes, que fueron de Evaristo Garay, y la Rosario me prendió
al cuello una medalla con la Virgen de Pompeya. En eso estaba cuando
se quedó mirándome:
—Llévame
con vos —dijo.
Yo
nunca tuve predilección por morir en manos de un contrabandista, sin
embargo dije que tenía que esperarlo. Tal vez cuando la Rosario me
pidió por primera vez que me la alzara, todavía estaba a tiempo.
Ahora no podía irme.
—Te
voy a llevar —dije—; pero antes tengo que esperarlo.
Bajé
al boliche.
—Dame
un cuchillo, Barbieri.
El
grandote me miró; entonces cambié de idea:
—No.
Mejor dame un revólver.
Después
volví a subir y estuve un rato ante el espejo; pese a todo la imagen
que veía no era absurda. Usted me miraba, Evaristo Garay.
—Vámosnos
—insistió la Rosario.
Yo
le dije mejor que te estés quieta. Después dije:
—Hace
calor.
Y
me saqué la camisa. Entonces la Rosario me vio la cicatriz esa que
tengo en la espalda y dijo cómo te hicieron esto, Evaristo, y yo
casi le cuento lo de la rotonda, cuando, de golpe, me acordé de
todo. Me acordé cuando Evaristo, la noche de Reyes, en la frontera,
dijo: Que ella elija. Y Aldazábal le contestó: Esto no se arregla
con conversación, hermano. Y el chajá gritó la policía y empezó
el barullo, y Evaristo se dispuso a pelear como cuando eran
muchachos, como siempre, y fue entonces que sintió aquel balazo
trapero, en la espalda, y cuando se dio vuelta con el cuchillo en la
mano ya tenía otro tiro quemándole las costillas y el último fue
cuando cayó de cara al barro como un perro.
La
Rosario preguntaba:
—¿Quién
te hizo esto, Evaristo? Dije:
—Ya
te vas a dar cuenta.
Por
eso me quedé. Y por eso, anoche, cuando la gente volvió del
Gualeguaychú yo estaba parado en lo alto de la escalera, con el
revólver en la mano. Y cuando el chajá me reconoció y se vino
derecho a abrazarme, yo le grité:
—¡Abrite!
Y
por eso él se abrió, y Aldazábal se quedó mirándome, como a un
fantasma, mirándome a mí, a Evaristo Garay. Y por eso lo bajé de
tres tiros en la cabeza.
Las otras puertas, 1961.






