En algún lado hay gallos.
Aquí,
de rodillas, con la cabeza gacha y cubierta con un trapo inmundo, me
concentro en escuchar a los gallos, cuántos son, si están en jaula
o en corral. Papá era gallero y, como no tenía con quién dejarme,
me llevaba a las peleas. Las primeras veces lloraba al ver al gallito
desbaratado sobre la arena y él se reía y me decía mujercita.
Por
la noche, gallos gigantes, vampiros, devoraban mis tripas, gritaba y
él venía a mi cama y me volvía a decir mujercita.
—Ya,
no seas tan mujercita. Son gallos, carajo.
Después
ya no lloraba al ver las tripas calientes del gallo perdedor
mezclándose con el polvo. Yo era quien recogía esa bola de plumas y
vísceras y la llevaba al contenedor de la basura. Yo les decía:
adiós gallito, sé feliz en el cielo donde hay miles de gusanos y
campo y maíz y familias que aman a los gallitos. De camino, siempre
algún señor gallero me daba un caramelo o una moneda por tocarme o
besarme o tocarlo y besarlo. Tenía miedo de que, si se lo decía a
papá, volviera a llamarme mujercita.
—Ya,
no seas tan mujercita. Son galleros, carajo.
Una
noche, a un gallo le explotó la barriga mientras lo llevaba en mis
brazos como a una muñeca y descubrí que a esos señores tan machos
que gritaban y azuzaban para que un gallo abriera en canal a otro,
les daba asco la caca y la sangre y las vísceras del gallo muerto.
Así que me llenaba las manos, las rodillas y la cara con esa mezcla
y ya no me jodían con besos ni pendejadas.
Le
decían a mi papá:
—Tu
hija es una monstrua.
Y
él respondía que más monstruos eran ellos y después les chocaba
los vasitos de licor.
—Más
monstruo, vos. Salud.
El
olor dentro de una gallera es asqueroso. A veces me quedaba dormida
en una esquina, debajo de las graderías, y despertaba con algún
hombre de esos mirándome la ropa interior por debajo del uniforme
del colegio. Por eso, antes de quedarme dormida, me metía la cabeza
de un gallo en medio de las piernas. Una o muchas. Un cinturón de
cabezas de gallitos. Levantar una falda y encontrarse cabecitas
arrancadas tampoco gustaba a los machos.
A
veces, papá me despertaba para que tirara a la basura otro gallo
despanzurrado. A veces, iba él mismo y los amigos le decían que
para qué mierda tenía a la muchacha, que si era un maricón. Él se
iba con el gallo descuajaringado chorreando sangre. Desde la puerta
les tiraba un beso. Los amigos se reían.
Sé
que aquí, en algún lado, hay gallos, porque reconocería ese olor a
miles de kilómetros. El olor de mi vida, el olor de mi padre. Huele
a sangre, a hombre, a caca, a licor barato, a sudor agrio y a grasa
industrial. No hay que ser muy inteligente para saber que este es un
sitio clandestino, un lugar refundido quién sabe dónde, y que estoy
muy pero que muy jodida.
Habla
un hombre. Tendrá unos cuarenta. Lo imagino gordo, calvo y sucio,
con camiseta blanca sin mangas, short y chancletas plásticas, le
imagino las uñas del meñique y del pulgar largas. Habla en plural.
Aquí hay alguien más que yo. Aquí hay más gente de rodillas, con
la cabeza gacha, cubierta por esta asquerosa tela oscura.
—A
ver, nos vamos tranquilizando, que al primer hijueputa que haga un
solo ruido le meto un tiro en la cabeza. Si todos colaboramos, todos
salimos de esta noche enteros.
Siento
su panza contra mi cabeza y luego el cañón de la pistola. No, no
bromea.
Una
chica llora unos metros a mi derecha. Supongo que no ha soportado
sentir la pistola en la sien. Se escucha una bofetada.
—A
ver, reina. Aquí no me llora nadie, ¿me oyó? ¿O ya está apurada
por irse a saludar a diosito?
Luego,
el gordo de la pistola se aleja un poco. Ha ido a hablar por
teléfono. Dice un número: seis, seis malparidos. Dice también muy
buena selección, buenísima, la mejor en meses. Recomienda no
perdérsela. Hace una llamada tras otra. Se olvida, por un rato, de
nosotros.
A
mi lado escucho una tos ahogada por la tela, una tos de hombre.
—He
escuchado de esto —dice él, muy bajito—. Pensé que era mentira,
leyenda. Se llaman subastas. Los taxistas eligen pasajeros que creen
que pueden servir para que den buena plata por ellos y para eso los
secuestran. Luego los compradores vienen y pujan por sus preferidos o
preferidas. Se los llevan. Se quedan con sus cosas, los obligan a
robar, a abrirles sus casas, a darles sus números de tarjeta de
crédito. Y a las mujeres. A las mujeres.
—¿Qué?
—le digo.
Escucha
que soy mujer. Se queda callado.
Lo
primero que pensé cuando me subí al taxi esa noche fue por fin.
Apoyé mi cabeza en el asiento y cerré los ojos. Había bebido unas
cuantas copas y estaba tristísima. En el bar estaba el hombre por el
que tenía que fingir amistad. A él y a su mujer. Siempre finjo, soy
buena fingiendo. Pero cuando me subí al taxi exhalé y me dije qué
alivio: voy a casa, a llorar a gritos. Creo que me quedé dormida un
momento y, de repente, al abrir los ojos, estaba en una ciudad
desconocida. Un polígono. Vacío. Oscuridad. La alerta que hace
hervir el cerebro: se te acaba de joder la vida.
El
taxista sacó una pistola, me miró a los ojos, dijo con una
amabilidad ridícula:
—Llegamos,
señorita.
Lo
que siguió fue rápido. Alguien abrió la puerta antes de que yo
pudiera poner el seguro, me echó el trapo sobre la cabeza, me ató
las manos y me metió en esa especie de garaje con olor a gallera
podrida y me obligó a arrodillarme en una esquina.
Se
escuchan conversaciones. El gordo y alguien más y luego otro y otro.
Llega gente. Se escuchan risas y destapar cervezas. Empieza a oler a
maría y alguna otra de esas mierdas con olor picante. El hombre que
está a mi lado hace rato que ya no me dice que esté tranquila. Se
lo debe estar diciendo a sí mismo.
Mencionó
antes que tenía un bebé de ocho meses y un niño de tres. Estará
pensando en ellos. Y en estos tipos drogados entrando en la
urbanización privada en la que vive. Sí, está pensando en eso. En
él saludando al guardia de seguridad como todas las noches desde que
su carro está en el taller, mientras esas bestias van atrás,
agachados. Él los va a meter en su casa donde está su hermosa
mujer, su bebé de ocho meses y su niño de tres. Él los va a meter
a su casa.
Y
no hay nada que pueda hacer al respecto.
Más
allá, a la derecha, se escuchan murmullos, una chica que llora, no
sé si la misma que ha llorado antes. El gordo dispara y todos nos
tiramos al suelo como podemos. No nos ha disparado, ha disparado. Da
igual, el terror nos ha cortado en dos mitades. Se escucha la risa
del gordo y sus compañeros. Se acercan, nos mueven al centro de la
sala.
—Bueno,
señores, señoras, queda abierta la subasta de esta noche. Bien
bonitos, bien portaditos, se me van a poner aquí. Más acá, mi
reina. Eeeso. Sin miedo, mami, que no muerdo. Así me gusta. Para que
estos caballeros elijan a cuál de ustedes se van a llevar. Las
reglas, caballeros, las de siempre: más plata se lleva la mejor
prenda. Las armas me las dejan por aquí mientras dure la subasta, yo
se las guardo. Gracias. Encantado, como siempre, de recibirlos.
El
gordo nos va presentando como si dirigiera el programa de televisión
más repugnante del mundo. No podemos verlos, pero sabemos que hay
ladrones mirándonos, eligiéndonos. Y violadores. Seguro que hay
violadores. Y asesinos. Tal vez hay asesinos. O algo peor.
—Daaaaaaamas
y caballeeeeeeros.
Al
gordo no le gustan los que lloriquean ni los que dicen que tienen
niños ni los que gritan a la desesperada no sabes con quién te
estás metiendo. No. Menos le gustan los que amenazan con que se va a
pudrir en la cárcel. Todos esos, mujeres y hombres, ya han recibido
puñetazos en la barriga. He escuchado gente caer al suelo sin aire.
Yo me concentro en los gallos. Tal vez no hay ninguno. Pero yo los
escucho. Dentro de mí. Gallos y hombres. Ya, no seas tan mujercita,
son galleros, carajo.
—Este
señor, ¿cómo se llama nuestro primer participante? ¿Cómo? Hable
fuerte, amigo. Ricardoooooo, bienvenidooooo, lleva un reloj de marca
y unos zapatos Adidas de los bueeeenos. Ricardooooo ha de tener
plaaaaaaaataaaaaaa. A ver la cartera de Ricardo. Tarjetas de crédito,
ohhhhhh Visa Goooooold de Messi.
El
gordo hace chistes malos.
Empiezan
a pujar por Ricardo. Uno ofrece trescientos, otro ochocientos. El
gordo añade que Ricardo vive en una urbanización privada en las
afueras de la ciudad: Vistas del Río.
—Allá
donde no podemos ni asomarnos los pobres. Allá vive el amigo Riqui.
Sí le puedo decir Riqui, ¿no? Como Riqui Ricón.
Una
voz aterradora dice cinco mil. La voz aterradora se lleva a Ricardo.
Los otros aplauden.
—¡Adjudicado
al caballero de bigote por cinco mil!
A
Nancy, una chica que habla con un hilito de voz, el gordo la toca. Lo
sé porque dice miren qué tetas, qué ricas, qué paraditas, qué
pezoncitos y se sorbe la baba y esas cosas no se dicen sin tocar y,
además, qué le impide tocar, quién. Nancy suena joven.
Veintipocos. Podría ser enfermera o educadora. A Nancy el gordo la
desnuda. Escuchamos que abre su cinturón y que abre los botones y
que le arranca la ropa interior, aunque ella dice por favor tantas
veces y con tanto miedo que todos mojamos nuestros trapos inmundos
con las lágrimas. Miren este culito. Ay, qué cosita. El gordo sorbe
a Nancy, el ano de Nancy. Se escuchan lengüeteos. Los hombres
azuzan, rugen, aplauden. Luego el embestir de carne contra carne. Y
los aullidos. Los aullidos.
—Caballeros,
esto no es por vicio. Es control de calidad. Le doy un diez. Ahí la
limpian bien bonito y una delicia nuestra amiga Nancy.
Debe
ser hermosa porque ofrecen, de inmediato, dos mil, tres, tres
quinientos. Venden a Nancy en tres quinientos. El sexo es más barato
que la plata.
—Y
el afortunado que se lleva este culito rico es el caballero del
anillo de oro y el crucifijo.
Nos
van vendiendo uno a uno. Al chico que estaba a mi lado, al del bebé
de ocho meses y el niño de tres, el gordo ha logrado sacarle toda la
información posible y ahora es un pez gordísimo para la subasta:
plata en diferentes cuentas, alto ejecutivo, hijo de un empresario,
obras de arte, hijos, mujer. El tipo es la lotería. Seguramente lo
secuestrarán y pedirán un rescate. La puja empieza en cinco mil.
Sube hasta diez, quince mil. Se para en veinte. Alguien con quien
nadie se quiere meter ha ofrecido los veinte. Una voz nueva. Ha
venido sólo para esto. No estaba para perder tiempo en pendejadas.
El
gordo no hace ningún comentario.
Cuando
me toca a mí, pienso en los gallos. Cierro los ojos y abro mis
esfínteres. Es lo más importante que haré en mi vida, así que lo
haré bien. Me baño las piernas, los pies, el suelo. Estoy en el
centro de una sala, rodeada por delincuentes, exhibida ante ellos
como una res y como una res vacío mi vientre. Como puedo, froto una
pierna contra la otra, adopto la posición de un muñeca destripada.
Grito como una loca. Agito la cabeza, mascullo obscenidades, palabras
inventadas, las cosas que les decía a los gallos del cielo con maíz
y gusanos infinitos. Sé que el gordo está a punto de dispararme.
En
cambio, me revienta la boca de un manazo, me parto la lengua de un
mordisco. La sangre empieza a caer por mi pecho, a bajar por mi
estómago, a mezclarse con la mierda y la orina. Empiezo a reír,
enajenada, a reír, a reír, a reír.
El
gordo no sabe qué hacer.
—¿Cuánto
dan por este monstruo?
Nadie
quiere dar nada.
El
gordo ofrece mi reloj, mi teléfono, mi cartera. Todo es barato,
chino. Me coge las tetas para ver si la cosa se anima y chillo.
—¿Quince,
veinte?
Pero
nada, nadie.
Me
tiran a un patio. Me bañan con una manguera de lavar carros y luego,
mojada, me suben a un carro que me deja, descalza, aturdida, en la
Vía Perimetral.
Pelea de gallos, 2018.






