Todo el día la vieja brega con la casa y las cosas que están en ella: las puertas no cierran; las tablas del piso se separan y la arcilla se filtra entre ellas; el revoque de las paredes se mancha de humedad; los murciélagos vuelan desde la buhardilla e invaden su ropero; los ratones hacen sus nidos en sus zapatos; sus frágiles vestidos se despedazan en jirones que caen al piso desde los ganchos; insectos se encuentran por doquier. Desesperada, ella se cansa de barrer, despolvar, retocar, calafatear, pegar, y por las noches se esconde bajo las colchas, tapándose los oídos para no escuchar cómo se desmorona la casa alrededor de ella.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
lunes, 30 de marzo de 2026
domingo, 29 de marzo de 2026
El panadero. Ferdinand von Schirach.
La
panadería Backshop era como todas las de la cadena, una franquicia,
lista para abrir sus puertas, unos pocos metros cuadrados pensados a
conciencia. Todas las mañanas, un repartidor llevaba los productos
congelados, que dejaba en recipientes de plástico verde en el
pasillo del local, donde se iban descongelando despacio. Pasteles y
herraduras de almendra recibían un baño de azúcar glas que se
pegaba a los dedos. El café salía de una máquina de acero
inoxidable con el rótulo «Especialidades de café. Dispensador
automático» y que hacía unos ruidos infernales cuando cogía la
leche. El panadero era gordo, de cara roja y manos pequeñas, los
nudillos eran meras oquedades. En la tienda llevaba un delantal
blanco con el logotipo de la empresa cosido cerca de los tirantes.
Se movía con agilidad, pero el espacio que quedaba detrás del
expositor era demasiado estrecho: el mostrador se le hincaba en la
barriga, donde las migas de pan formaban una línea.
El
panadero era del barrio, a la gente le caía bien. Tenía cuarenta y
siete años. Cuando era joven se había hecho cargo de la gran
pastelería y cafetería de su padre. Todo parecía ir bien, obtuvo
la titulación pertinente, se casó y tuvo un hijo. La casa a las
afueras de la ciudad era nueva, habían ido todos los fines de semana
para comprobar la evolución de las obras y se habían imaginado cómo
vivirían allí.
El
día que todo cambió, el panadero llegó a casa antes que de
costumbre, quería darle una sorpresa a su mujer. Un hombre, más
alto y delgado que él, de cabello claro, estaba en la entrada de
la casa. El panadero lo conocía, trabajaba de dependiente en una
tienda de muebles. El hombre se despidió y su mujer rió, parecía
feliz, y entonces el panadero supo que lo había engañado. Después
todo sucedió muy rápido. Cogió la pala, que seguía junto a la
puerta porque la había utilizado en el jardín el fin de semana, y
se la hundió en el cuello al hombre. El borde de la pala tenía
tierra adherida, y el panadero pensó que ahora la tierra había
pasado al cuerpo del hombre. A continuación, vio que del tajo del
cuello manaba sangre, que iba a parar a la alfombra clara y formaba
extraños dibujos. «Es una alfombra muy cara —pensó—,
demasiado cara para nosotros.» En la tienda de muebles su mujer
había comentado lo bien que quedaría «esa pieza» en la entrada, y
él le dio la razón, ya que le resultaba violento hablar de dinero
delante del dependiente. «Recibidor», repetía su mujer al
dependiente, no «entrada», como decía el panadero. Su mujer
flirteaba con el dependiente y él se sintió estúpido, pero ahora
tenía delante al dependiente en el suelo, y le faltaba un trozo de
cuello. Finalmente, dejó de brotar sangre, y el panadero pensó que
el dependiente se había vaciado del todo y que era una forma
curiosa de morir.
El
fiscal dijo más tarde en el juicio oral que aquello había sido un
trágico error: el hombre no era el amante de su mujer, sólo había
ido a medir el salón. El psiquiatra forense explicó que el panadero
padecía un trastorno peligroso. Empleó numerosas expresiones que el
panadero no entendió. De eso hacía mucho tiempo, y él ya no
pensaba en ello.
Ahora,
cuando no tenía clientes, solía sentarse con el dueño del quiosco
enfrente de la tienda. Había sacado a la acera unas viejas sillas
de madera. El panadero nunca hablaba mucho y sólo a veces se
quejaba. En esas ocasiones, decía que en realidad él era maestro
pastelero y que no le gustaba limitarse a meter productos
congelados en los hornos eléctricos. Echaba de menos su pastelería,
la de verdad, pero por lo menos así llegaba a fin de mes. El
quiosquero asentía y no hacía preguntas. De todos modos, el
panadero tampoco habría podido hablarle de los nueve años que había
pasado en la cárcel, de los días grises, la espera, la soledad y
todo lo demás.
Todas
las mañanas salía a repartir panecillos a domicilio, ya que con la
tienda sólo no ganaba lo suficiente. Tenía que ir a muchos sitios,
y le llevaba más de dos horas despachar la tarea. La mayoría de sus
clientes aún dormían. El panadero les dejaba las bolsas de papel en
la puerta. Una vez se hacía con un cliente en un edificio, no
tardaban en aparecer otros, ya que, cuando los dejaba en el
pasillo, los panecillos aún estaban calientes y olían bien.
En
un edificio de la Savignyplatz tenía ocho clientes. Le habían
dejado una llave del portal. Todas las mañanas subía en ascensor al
último piso y bajaba por la escalera, las bolsas de papel en la
mano. En el segundo piso vivía una japonesa. Tenía pelo negro y
ojos negros, y era muy delgada. El panadero la veía algunas veces,
cuando ella volvía del conservatorio. En esas ocasiones, llevaba el
estuche del violín y los labios pintados de rojo oscuro. Cuando él
estaba sentado delante de la tienda, ella lo saludaba con la cabeza o
le daba los buenos días, y siempre sonreía. Una vez a la semana
entraba en la panadería para pagar los panecillos que él le dejaba
delante de la puerta por la mañana. E intercambiaban dos o tres
frases, sobre los estudios de ella o la huelga de los trenes de
cercanías o el tiempo. Como él era incapaz de pronunciar su
apellido, la chica le dijo que podía llamarla Sakura; su nombre de
pila resultaba más fácil para los alemanes. El panadero se enamoró
de ella.
Todas
las noches pensaba en cómo decírselo, y finalmente se le ocurrió
una idea. Era maestro pastelero, había ganado premios por sus
tartas. A la mañana siguiente puso manos a la obra. Despejó la
cocina y lo preparó todo. Sería una tarta de cinco pisos, algo muy
distinto de las tartas convencionales que podían comprarse en
cualquier sitio. Comenzó por las columnas que colocaría entre piso
y piso. Las hizo con una pasta dura de azúcar glas, clara de huevo,
limón y agua de rosas, si bien por dentro eran de fondant casi
líquido. En la cobertura estuvo trabajando casi una semana, probó,
desechó y experimentó con diversos licores, hasta que dio con una,
ligera y casi transparente. Luego dispuso las cinco capas por colores
y dulzor. De abajo arriba: guinda, grosella, cereza, naranja y
mandarina. Cada piso constaba de cuatro tartitas grandes y una
pequeña, y las situó de manera escalonada, de forma que desde
arriba se abrían como una flor. Trabajó mucho y con ahínco, y
cuando terminó se sentía cansado y satisfecho.
Esa
noche durmió mal, y por la mañana estaba nervioso cuando metió la
tarta en una caja de madera junto con su cuchillo de sierra y sus
mejores tenedores de postre. Cuando llamó a la puerta de Sakura, se
sentía un tanto sofocado. No sabía qué iba a decir cuando ella
apareciera. El hombre que abrió la puerta iba en calzoncillos.
Tenía vello en el pecho y una cadenilla de oro de la que colgaba una
pantera. Apoyó una mano en el marco y le preguntó qué quería. Por
debajo del brazo del hombre, el panadero atisbó el piso, que sólo
tenía una habitación, y oyó el agua de la ducha. Miró fijamente
la pantera sobre el pecho del hombre. Observó los diminutos ojos de
jade y el aro del que siempre pendería la pantera, y de repente el
animal le dio pena. En la cárcel decían que las cosas nunca
cambian, y en ese momento el panadero pensó en ello.
Bajó
con la caja de madera y se sentó en un banco de piedra del patio.
Abrió la tapa. «Es una tarta muy bonita», pensó. Lanzaba
destellos anaranjados y rojos y burdeos con el sol invernal. La
estuvo contemplando un rato, y a continuación arrancó un pedacito
del piso de arriba con los dedos. Estaba muy buena. «Es la mejor
tarta que soy capaz hacer», se dijo a media voz. Comió otro trozo.
Y otro más. Estuvo dos horas sentado en el banco, y al final se
comió la tarta entera. Para terminar, cogió la base, lamió los
restos de cobertura, volvió a meter dentro el cuchillo y los
tenedores de postre y tiró la caja a la basura.
Por
la tarde se reunió con el quiosquero delante de su
establecimiento. El panadero ya no llevaba el delantal blanco, sino
un chaquetón con cuello rojo; había cerrado la tienda. Hacía frío
en las sillas de madera. Sacó dos tazas en una bandejita que dejó
en la silla de en medio. La bandeja se movió y se derramó un poco
de café. El panadero se sentó, apoyó las manos en los muslos y
profirió un hondo suspiro. Sonrió.
—Éste
es el último café —comentó. Y con el pulgar hacia atrás
señaló la tienda, sin volverse—. Voy a venderlo todo: la
panadería y mis muebles, hasta el coche.
—¿Y
qué va a hacer? —preguntó el quiosquero.
—Irme
a Japón —respondió el panadero, y esperó un poco, ya que quería
ver la reacción del otro—. Abriré una pastelería en Tokio. Allí
viven treinta y cinco millones de personas. A los japoneses les
gustan las tartas, ¿sabe? Lo leí una vez en el periódico. Sobre
todo la de cereza, la Selva Negra. Se me da muy bien la tarta de
cereza.
—Estoy
seguro —contestó el dueño del quiosco.
—La
clave de la Selva Negra es el kirsch. Hay que utilizar un kirsch de
muy buena calidad, sólo el que se hace con las cerezas oscuras de
la Selva Negra. Pero han de emplearse las dos cosas: el aguardiente
y el zumo de las cerezas. No se puede escatimar nada, ése es el
secreto. Bebieron el café de las tazas, que lucían el logo de la
empresa. El panadero se echó hacia delante para no mancharse la
camisa.
—Tiene
que ir a verme. Lo llamaré para que vaya cuando la pastelería esté
funcionando.
El
quiosquero asintió. El panadero se limpió las manos en los
pantalones. —A las japonesas les gustan los hombres gordos —dijo
bajando algo la voz, sin mirar al otro—. Allí los luchadores de
sumo son como estrellas del pop… Quizá hasta mi hijo acabe yendo a
Japón, cuando pueda decidir por sí mismo, claro.
Esa
noche, en la cama, el panadero volvió a pensar en Sakura. Al final
se quedó dormido y soñó que los japoneses de Tokio se comían sus
tartas de cereza, y cuando despertó ya no pensaba en Sakura. Cogió
la cadenilla con la pantera de la mesita de noche, le había quitado
la sangre y los restos de piel, y estuvo mirándola un buen rato.
«Unas cosas llevan a otras», pensó, pero no supo por qué lo
pensaba. Luego cerró los ojos y oyó granizar a través de la
ventana abierta.
Culpa, 2010.
domingo, 22 de marzo de 2026
Libro del desasosiego. (Fragmento 407). Fernando Pessoa.
Dios me creó para niño, y me dejó siempre niño. ¿Pero por qué dejó que la Vida me golpease y me quitase los juguetes, y me dejara solo en el recreo, estrujando con mis manos tan débiles la bata azul sucia de lágrimas copiosas? ¿Si yo no había de poder vivir sino en medio de cariño, por qué desalojaron mi cariño? Ah, cada vez que veo por la calle un niño llorando, un niño exilado de los otros, me duele más que la tristeza del niño el horror por sorpresa de mi corazón exhausto. Me duelo con todo el tamaño de la vida sentida, y son mías las manos que retuercen el borde de la bata, son mías las falsas cuencas de las lágrimas auténticas, es mía la debilidad, mía la soledad, y las risas de la vida adulta que pasa me usan como el fuego de cerillas rascadas en el tejido sensible de mi corazón.
Libro del desasosiego. 1982.
sábado, 21 de marzo de 2026
Consuelos. Emilia Pardo Bazán.
María Vicenta, la costurera, alzó la
cabeza, que tenía caída sobre el pecho, y momentáneamente llevó
sus hinchados y extraviados ojos hacia la puerta de entrada. Se oía
ruido. Era que traían la caja comprada en Areal, y Selme, el
cantero, que se había encargado de la adquisición, la depositaba en
el suelo, refunfuñando:
-Veintitrés
reales... Ni una condenada perra menos... Es de las superiores, bien
pintada...
En
efecto, el cajón donde iban a guardar para siempre al niño de María
Vicenta lucía simétricas listas azules sobre fondo blanco, e
interiormente un forro chillón de percalina rosa. No se hacía en
Areal nada más elegante. Con extrañeza notó Selme que la costurera
no admiraba el pequeño féretro. Acababa de fijar ahincadamente la
vista en el jergón donde reposaba el cuerpecito, amortajado con el
traje de los días de fiesta y la marmota de lana blanca y moños de
colores. Sobre la cara diminuta, pálida, se veían manchas
amoratadas, señales de besos furiosos. Selme se creyó en el caso de
repetir y ampliar su relación.
-Vengo
cansado como un raposo. De Areal aquí hay la carreriña de un can.
No me paré a resollar ni tan siquiera un menuto, porque te corría
prisa la caja, mujer. Decíame Ramón el de la taberna: «Hombre,
echa un vaso, que un vaso en un estante se echa». Pero ni eso,
diaño. Ya sabrás que sólo me diste dazaocho reales. Cinco los puse
yo de mi dinero...
Incorporóse
María Vicenta, andando como una autómata; fue al cajón de su
máquina de coser y, de entre carretes revueltos y retales de indiana
arrugados, sacó un envoltorio de papel que contenía calderilla.
-Ahí
tienes -dijo, de un modo inexpresivo, al cantero.
Selme
desdobló el papel y contó escrupulosamente la suma. Sobraban unas
perras; las devolvió, echándolas en el regazo de la costurera, que
había vuelto a sentarse.
-Aún
es de más, mujer... Apaña esos cuartos, que falta te harán... Y,
¡qué carala!, vuelve por ti, que ese no es modo ni manera. A mí se
me llevó Dios a cuatro rapaces, y para esos menos tengo que
trabajar. Anda, que moza eres, y cuando vuelva tu mozo de servir al
rey y casedes, verás... ¡A fellas que los chiquillos nácente y
médrante más pronto que los carballos!
-Selme
-respondió la costurera, con la misma frialdad-, coge ahí de la
lacena una botella que hay mediada y echarás un vaso.
No
hubo que decirlo dos veces. Mientras Selme revolvía la alacena,
fueron entrando comadres y mocitas aldeanas, porque ya sabían el
regreso del cantero con el ataúd a cuestas, y les picaba curiosidad
de ver la caja bonita, un objeto de lujo. La señora Antonia, la
viuda, tenía a su cargo el pésame y la oratoria consoladora, por
ser la más suelta de lengua y de mejor explicación entre todas las
viejas de la parroquia de Boiro. ¡Como que hasta sabía improvisar
coplas!
-María
Vicentiña, prenda de mi corazón... -exclamó la comadre, abrazando
a la costurera-. Echa cohetes, que hoy le envías a Nuestro Señor
del Cielo divino un ánguele. Dios está alegre, Nuestra Señora está
alegre, el bendito San Antón está que hasta pega gargalladas, y los
demás anguelitos..., todo se les vuelve cantar como locos. Llega
allá, a los cielos divinos, tu neno, y lo reciben con violines,
panderetas, conchas, gaita... ¡A fellas que oigo la música!
¡Dichoso dél! ¡En una caja así, tan preciosa, nos hubiesen
llevado a nosotras, enfelices, que nos hemos pasado la vida sudando
para ganar el triste comer! A tu neno ahora le regala rosquillas la
Virgen, y San Antón le está poniendo una ropa toda de oro, y de
plata, y de perlas, con unos fleques colorados... ¡Mujer, boba,
María Vicentiña, alevántate, quita esas manos de la cara, no seas
desagradecida con el Señor, que tanto bien te hizo!
La
costurera se levantó, extendiendo los brazos para rechazar a la
consoladora. Involuntariamente la despidió contra la pared.
Silenciosa, avanzó hacia el jergón donde yacía el cuerpo, pero lo
rodeaban las mocitas, admirando la gorra de moños y el traje con
tiras bordadas. ¡Cuánta majeza! Por algo María Vicenta tenía
aquella habilidad y aquellos dedos primorosos...
-¡Apartad,
apartad! -mandó la madre, sin esforzar la voz; y las rapazas se
desviaron, estremecidas sin saber por qué...
María
Vicenta se echó al suelo, pegó el rostro al de su hijo y así
permaneció un rato largo, sin llorar, sin moverse, cual si se
hubiese dormido. Por fin, la llamaron, la sacudieron, gritaron a su
alrededor:
-¡Los
señores amos! ¡María Vicenta! ¡Érguete! ¡Están ahí los
señores amos!
Rígida,
muda, se levantó la costurera, mostrando respeto. Eran, en efecto,
los señores, los propietarios de su humilde casa, los que le daban
costura, la enseñaban a trabajar, la protegían bondadosamente. Eran
los amos de la aldea, los dueños de la quinta; un caballero de barba
gris, una dama cuarentona, muy retocada, de traje de percal
incrustado de entredoses, sombrero y sombrilla de encaje negro. La
pareja se aproximó a María Vicenta y la interpeló con dulzura:
-¡Sea
todo por Dios! ¡Al fin se te murió la criaturita!... -dijo la
dama-. En cuanto supe yo que tenía convulsiones, ¡cosa perdida! Así
se nos quedó muerto un sobrinito monísimo, que era mi encanto...
Tranquilízate tú ahora, María Vicenta, que, como estabas criando,
puede arrebatársete la leche a la cabeza, y eso es muy serio. ¿Por
qué no te vienes allá así que... en cuanto... «no tengas nada que
hacer aquí?» Te pondremos la cama en el cuarto que cae a la
carretera... Te distraerás con los compañeros en la cocina...
No
hubo respuesta. La costurera, inmóvil, quizá ni escuchaba el
murmullo sedoso y blando de las consoladoras frases. La señora,
entonces, la cogió suavemente por un brazo, la arrinconó y le
secreteó algo más personal y directo.
-Es
preciso ser razonable, María Vicenta. Ya sabes que te hemos amparado
en tu... «desgracia». Nada te ha faltado, ¿verdad? Ni asistencia,
ni caldo, ni ropita para el nene... Ya ves, podríamos ser como
otros, que en casos así despiden a las muchachas... Hasta el día
antes de tu apuro, has cosido en casa, has tenido buena comida, que
en tu estado... Después, lo mismo. Te llevaban el chico, le dabas de
mamar; nadie te ha dicho una palabra desagradable. ¿Es cierto? Pues,
hija, cuando Dios dispone lo que dispone..., por algo será. ¿No se
te ha ocurrido que puede ser un castigo de..., de tu... ligereza?
Recíbelo así; a título de castigo. Ten paciencia. A serenarse, y a
vivir mejor desde ahora. ¿Eh? Aunque vuelva... ese, tu amigo de
antes..., como si no existiera. Y si te persigue, le respondes: «No
me propongas picardías... Soy la madre de un ángel». ¡Si hoy
debías estar más contenta! ¡Debías reír! Conque ¿te vienes
allá? Sin coser, por supuesto, en unos días... A distraerte...
La
madre del ángel hizo con la cabeza signos negativos y trató de
volverse hacia la pared. Las mocitas habían aprovechado la ocasión
para meter el cuerpo en la caja. Selme la cerró y la tomó a
cuestas; ya pesaba doble, pero a bien que hasta el camposanto el
viaje era corto. Formadas en fila, las mujeres siguieron al cantero,
y apenas fuera de la casa, alzaron las voces, el griterío obligado
en todo entierro de aldea, lúgubre cuando acompañan a un adulto,
regocijado cuando se trata de un niño. Aquellos clamores despertaron
a María Vicenta...
Pegó
un salto de fiera y se abalanzó al jergón. No quedaba en él sino
la depresión leve marcando el sitio del cuerpo. Un alarido ronco,
profundo, como de animal herido, salió de la garganta de María
Vicenta, al desplomarse al suelo con el ataque de nervios. Se
retorcía, se golpeaba, rugía... y también se reía, sí. Cumplía
la consigna de reírse, con risa violenta, inextinguible, terminada,
a cada acceso, en sollozos. El caballero y la dama se miraron,
apurados, confusos. ¡Qué terquedad! ¿Pues no habían hecho todo lo
posible para consolarla?
sábado, 14 de marzo de 2026
Génesis. David Roas.
Un movimiento casi imperceptible agita el fondo del callejón. El movimiento se transforma rápidamente en sombra. La sombra se hace carne. El monstruo levanta su cabeza hacia el cielo y brama. Y la intolerable realidad deja de tener sentido, una vez más.
domingo, 8 de marzo de 2026
La vida instrucciones de uso (Capítulo LXXXIII). Georges Perec.
Hutting,
3
La
habitación de Hutting, instalada en el altillo de su gran estudio,
corresponde más o menos a la antigua habitación de servicio n.º
12, en la que vivió, hasta finales de 1949, un matrimonio muy viejo
al que llamaban los Honoré; Honoré era en realidad el nombre de
pila del marido, pero nadie, salvo quizá la señora Claveau y los
Gratiolet, conocía su apellido —Marcion— ni usaba el nombre de
pila de la mujer, Corinne, a quien todos los vecinos se empeñaban en
llamar señora Honoré.
Hasta
mil novecientos veintiséis los Honoré sirvieron en casa de los
Danglars. Honoré era mayordomo y la señora Honoré cocinera, una
cocinera a la antigua, que llevaba en cualquier época del año un
pañuelo de indiana prendido con un alfiler a la espalda, un gorro
que le cubría los cabellos, medias grises, enaguas rojas y, encima
de la blusa, una delantal de peto. Completaba el servicio de los
Danglars una tercera criada; era Célia Crespi, que había sido
contratada como doncella unos meses antes.
El
tres de enero de mil novecientos veintiséis, unos diez días después
del incendio que había destruido el gabinete de la señora Danglars,
Célia Crespi, al ir a empezar su jornada sobre las siete de la
mañana, se encontró con el piso vacío. Por lo visto, los Danglars
habían metido unos cuantos objetos de primera necesidad en tres
maletas y se habían marchado sin avisar.
La
desaparición de un presidente segundo del Tribunal de Apelación no
podía constituir un hecho anodino y al día siguiente empezaron a
correr los rumores sobre lo que, de buenas a primeras, se dio en
llamar el caso Danglars: ¿Era cierto que se habían proferido
amenazas contra el magistrado? ¿Era cierto que desde hacía más de
dos meses lo andaban siguiendo unos policías vestidos de paisano?
¿Era cierto que se había efectuado un registro en su despacho del
Palacio de Justicia a pesar de una prohibición formal notificada al
prefecto de policía por el propio ministro de Justicia? Fueron las
preguntas que, encabezada por los periódicos satíricos, formuló la
prensa multitudinaria con su acostumbrado sentido del escándalo y su
sensacionalismo.
La
respuesta llegó al cabo de una semana: el Ministerio del Interior
publicó un comunicado anunciando que Berthe y Maximilien Danglars
habían sido detenidos el cinco de enero, cuando intentaban entrar
clandestinamente en Suiza. Y se enteró el público, estupefacto, de
que, desde el final de la guerra, el alto magistrado y su esposa
habían cometido unos treinta robos a cual más audaz.
No
era por interés por lo que robaban los Danglars sino más bien, a
semejanza de todos esos casos descritos con abundancia de detalles
por la literatura psicopatológica, porque los peligros que corrían
al cometer aquellos robos les procuraban una exaltación y una
excitación de índole propiamente erótica y de intensidad
excepcional. Aquel matrimonio de grandes burgueses rígidos que
siempre habían tenido unas relaciones a lo Gauthier-Shandy (una vez
por semana, después de darle cuerda al reloj de chimenea, Maximilien
Danglars cumplía su deber conyugal) descubrió que el robar en
público un objeto de gran valor desencadenaba en uno y otro una
especie de embriaguez libidinosa que pronto se convirtió en su razón
de existir.
Habían
tenido la revelación de aquella pulsión común de modo totalmente
fortuito; un día, acompañando a su marido a Cleray, para que
escogiera una cigarrera, la señora Danglars, presa de un trastorno y
un pavor irresistibles y mirando directamente a los ojos a la
dependienta que los atendía, había robado una hebilla de cinturón
de concha. No era más que un hurto de lujo, pero, cuando aquella
misma noche se lo confesó a su marido, que no había advertido nada,
el relato de aquella hazaña ilegal provocó simultáneamente en
ellos un frenesí sensual que no solía formar parte de sus prácticas
amorosas.
Las
reglas de su juego se elaboraron bastante aprisa. Lo importante en
todo aquello era que uno de los dos realizase delante del otro el
robo que este último le había intimado a cometer. Todo un sistema
de prendas, generalmente eróticas, recompensaba o castigaba al
ladrón según hubiese triunfado o fracasado.
Recibiendo
mucho y siendo invitados muy a menudo, elegían sus víctimas en los
salones de las embajadas o en las grandes fiestas del Todo
París.
Por ejemplo, Berthe Danglars desafiaba a su marido a que le trajese
la estola de pieles que llevaba aquella noche la duquesa de Beaufour
y Maximilien, recogiendo el guante, exigía a cambio que su mujer se
procurase el cartón de Fernand
Cormon
(La caza del uro) que adornaba uno de los salones de sus huéspedes.
Según la dificultad para acercarse al objeto codiciado, el candidato
podía disponer de cierto plazo y hasta beneficiarse, en determinados
casos más complejos, con la complicidad o la protección del
cónyuge.
De
los cuarenta y cuatro retos que se lanzaron, treinta y dos fueron
cumplidos. Robaron, entre otras cosas, un gran samovar de plata en
casa de la condesa de Melan, un boceto de Perugino en la residencia
del nuncio del Papa, el alfiler de corbata del director general del
Banco Hainaut, y el manuscrito casi completo de la Memoria
sobre la vida de Jean Racine,
por su hijo Louis, en casa del jefe de gabinete del ministro de
Instrucción Pública.
Cualquier
otra persona hubiera sido localizada y detenida en seguida; pero
ellos, incluso en los pocos casos en que los cogieron in fraganti,
pudieron disculparse con facilidad: parecía tan imposible que un
gran magistrado y su esposa pudieran resultar sospechosos de robo que
los testigos preferían dudar de lo que habían visto con sus propios
ojos antes que admitir la culpabilidad de un juez.
Así,
interrogado por el comerciante en objetos artísticos d’Olivet en
la escalera de su hotelito particular, cuando se llevaba tres lettres
de cachet, firmadas por Luis XVI, relativas a la prisión del marqués
de Sade en Vincennes y en la Bastilla, Maximilien Danglars explicó
con el mayor sosiego que acababa de pedir la autorización para
llevárselas prestadas cuarenta y ocho horas a un hombre al que había
confundido con su anfitrión, justificación totalmente indefendible
que d’Olivet aceptó, no obstante, sin pestañear.
Esta
casi impunidad les dio una temeridad loca, como lo demuestra en
particular el suceso que acarreó su perdición. Con motivo de un
baile de máscaras, ofrecido por Timothy Clawbonny —del banco de
negocios Marcuart,
Marcuart, Clawbonny y Shandon—,
un viejo anglosajón lampiño, amanerado y pederasta, disfrazado de
Confucio, mandarín de gafas y vestidura larga, Berthe Danglars robó
una tiara escita. El robo se descubrió durante la fiesta. La
policía, llamada inmediatamente, registró a todos los invitados y
descubrió la joya en la gaita trucada de la esposa del presidente,
que se había disfrazado de escocesa.
Berthe
Danglars confesó tranquilamente que había forzado la vitrina donde
estaba encerrada la tiara porque se lo había mandado su marido; con
la misma tranquilidad Maximilien confirmó esta confesión,
exhibiendo acto seguido una carta del director de la cárcel de la
Santé en la que le rogaba —a título altamente confidencial— que
no perdiese de vista cierta corona de oro que sabía por uno de sus
mejores confidentes que debía ser robada en el transcurso de aquella
fiesta de disfraces por Chalia la Rapine: se había dado este
sobrenombre a un audaz ladrón que había cometido su primera
fechoría en la Ópera durante una representación de Boris
Godunov;
en realidad Chalia la Rapine fue siempre un ladrón mítico; más
adelante se averiguó que de los treinta y tres robos con fractura
que se le imputaban, los Danglars habían perpetrado dieciocho.
Aquella
vez aún, por inverosímil que pudiera parecer la explicación, fue
admitida por todos, incluida la policía. Sin embargo, al regresar,
pensativo, al Quai des Orfèvres, un joven inspector, Roland
Blanchet, quiso ver los expedientes de todos los robos cometidos en
París en ocasión de fiestas mundanas, pendientes todavía de
solución; pegó un salto al constatar que los Danglars figuraban en
veintinueve de las treinta y cuatro listas de invitados. Para él eso
constituía la más abrumadora de todas las pruebas; pero el prefecto
de policía, a quien comunicó sus sospechas, pidiéndole que lo
encargara del caso, no quiso ver en ello más que una coincidencia. Y
tras haber informado, por prudencia, al Ministerio de Justicia, donde
causó indignación que un policía pudiera dudar de la palabra y la
honorabilidad de un magistrado tenido en gran aprecio por todos sus
colegas, el prefecto prohibió a su inspector que se ocupase de
aquella investigación y, ante su insistencia, lo amenazó incluso
con trasladarlo a Argelia.
Loco
de rabia, presentó Blanchet su dimisión, jurándose a sí mismo que
volvería con la prueba de la culpabilidad de los Danglars.
En
vano, durante varias semanas, los siguió o los mandó seguir y
penetró clandestinamente en el despacho que Maximilien tenía a su
disposición en el Palacio de Justicia. Las pruebas que andaba
buscando, si es que existían, no estaban desde luego allí, y la
única oportunidad que le quedaba era que los Danglars hubiesen
conservado en su piso algunos de los objetos robados. En Nochebuena
de 1925, sabiendo que los Danglars cenaban fuera, que los Honoré ya
estaban acostados y que la joven doncella iba de cotillón con tres
amigos (Serge Valène, François Gratiolet y Flora Champigny) al
restaurante de los Fresnel, Blanchet consiguió penetrar por fin en
el tercero izquierda. No encontró ni el abanico incrustado de
zafiros de Fanny Mosca, ni el retrato de Ambroise Vollard por Felix
Vallotton que había sido sustraído a lord Summerhill al día
siguiente mismo de haberlo adquirido, pero sí un collar de perlas
que tal vez fuese el que habían robado en casa de la princesa
Rzewuska poco después del armisticio y un huevo de Fabergé que
coincidía bastante con el que se había robado en casa de la señora
de Guitaut. Pero dio con un cuerpo del delito mucho más
comprometedor para los Danglars que aquellas pruebas cuya legitimidad
podrían seguir discutiendo sus ex superiores: un cuaderno de gran
formato, con rayado contable, que contenía la descripción sucinta
pero precisa de cada uno de los robos que los Danglars habían
cometido o habían intentado cometer, acompañada, en la página de
al lado, de la enumeración de prendas que, consecuentemente, se
había impuesto el matrimonio.
Blanchet
iba a volverse con el cuaderno revelador, cuando, en la otra
extremidad del pasillo, oyó que abrían la puerta del piso: era
Célia Crespi que se había olvidado de encender la chimenea del
gabinete de la señora antes de subir a acostarse, tal como se lo
había pedido Honoré, y volvía a cumplir tardíamente su deber,
aprovechando la ocasión para ofrecer una copita de licor a sus
compañeros de cotillón y hacerles probar los maravillosos marrons
glacés mandados al señor por un encausado agradecido. Escondido
tras una cortina, miró Blanchet su reloj y vio que era cerca de la
una de la madrugada. Sin duda estaba previsto que los Danglars
volvieran tarde, pero cada minuto que pasaba aumentaba el riesgo de
un encuentro desagradable, y no podía salir sin pasar por delante de
la gran vidriera del comedor donde Célia agasajaba a sus convidados.
La visión del ramo de flores artificiales le dio la idea de provocar
un incendio antes de ir a ocultarse al dormitorio de los Danglars. El
fuego se propagó con loca rapidez, y Blanchet se preguntaba si no
iba a caer en su propia trampa, cuando Célia Crespi y los demás
acabaron por darse cuenta de que estaba ardiendo todo el fondo del
piso. Dieron la alarma y ya entonces le fue fácil huir al policía
mezclado con la multitud de auxiliadores y vecinos.
Blanchet
estuvo haciéndose el muerto durante varios días, dejando cruelmente
que los Danglars creyeran que el cuaderno que los condenaba —y que
habían buscado frenéticamente al regresar a su piso medio consumido
por el fuego— se había quemado al mismo tiempo que todos los
objetos que se hallaban en el gabinete. Después, el ex policía
llamó a Danglars: el triunfo de la justicia y el restablecimiento de
la verdad no eran ya los únicos motivos que lo animaban: si sus
pretensiones hubieran sido menos elevadas, es probable que aquel caso
no hubiera salido nunca a la luz pública y el presidente segundo del
Tribunal de Apelación y su esposa hubieran seguido mucho tiempo aún
entregándose libremente a sus sustracciones libidinosas. Pero la
cantidad que exigió Blanchet —quinientos mil francos— superaba
sus posibilidades financieras. «Róbenlos» replicó cínicamente
Blanchet antes de colgar: los Danglars se sentían absolutamente
incapaces de robar por dinero y prefirieron jugarse la última carta
emprendiendo la huida.
A
la justicia le gusta muy poco que sus supuestos defensores se mofen
de ella, y el jurado pegó fuerte: treinta años de reclusión
criminal para Berthe Danglars, cadena perpetua para Maximilien, que
fue deportado a Saint-Laurent-du-Maroni, donde tardó poco tiempo en
morir.
Hace
algunos años, paseando por París, la señorita Crespi reconoció a
su antigua señora; la vio sentada en un banco de la calle de la
Folie-Régnault: una vagabunda desdentada, vestida con una bata de
color caca de oca, empujando un cochecito de niño lleno de harapos
diversos y respondiendo al apodo de Baronesa.
Ambos
Honoré tenían en la época setenta años. Él era un lionés de tez
pálida; había viajado, había tenido aventuras, había sido
marionetista con Vuillerme y con Laurent Josserand, ayudante de un
fakir, mozo de café en el baile Mabille, organillero con un gorro
puntiagudo y un monito subido al hombro, antes de colocarse de criado
en casas burguesas, en las que su flema, más británica que la de
los mismos británicos, no había tardado en hacerlo insustituible.
Ella era una robusta campesina normanda que lo sabía hacer todo:
igual habría cocido el pan que habría matado un gorrino, si se lo
hubiesen pedido. Colocada en París a la edad de quince años, a
finales de 1871, había entrado de pinche en una pensión de familia,
The
Vienna School and Family Hotel,
en el 22 de la calle Darcet, cerca de la plaza Clichy, un
establecimiento llevado con mano férrea por una griega, la señora
Cissampelos, mujer bajita y seca como un trallazo, que enseñaba
buenos modales a las jóvenes inglesas portadoras de aquellos
temibles incisivos que entonces quedaba bien decir que servían para
hacer teclas de piano.
Al
cabo de treinta años, Corinne seguía allí de cocinera, aunque sólo
ganaba veinticinco francos mensuales. Fue por esa época cuando
conoció a Honoré. Se vieron por primera vez en la Exposición
Universal, en el espectáculo de los Muñecos Guillaumes, un teatro
de autómatas en el que, en un escenario minúsculo, se veía bailar
y parlotear a unas muñecas de cincuenta centímetros de estatura,
vestidas a la última moda. Viendo Honoré el asombro de Corinne, le
dio explicaciones técnicas antes de llevarla a visitar la Casa al
revés, un viejo castillo gótico alzado sobre sus chimeneas, con las
ventanas del revés y los muebles colgados del techo, el Palacio
luminoso, aquella casa mágica en la que todo, desde los muebles
hasta las tapicerías, desde las alfombras hasta los ramos de flores,
estaba hecho con vidrio, y cuyo constructor, el vidriero Ponsin,
había muerto sin verla acabada; el Globo celeste, el Palacio del
vestido, el Palacio de la óptica, con su gran catalejo que permitía
ver la LUNA a UN metro, los Dioramas del Club Alpino, el Panorama
trasatlántico, Venecia en París y otros diez pabellones. Lo que más
los impresionó fue, a ella, el arco iris artificial del pabellón de
Bosnia y, a él, la Exposición minera subterránea, con sus
seiscientos metros de pasadizos recorridos por un ferrocarril
eléctrico que desembocaba de pronto en una mina de oro en la que
trabajaban negros de verdad, y la cuba gigantesca del señor
Fruhinsoliz, verdadera edificación de cuatro pisos que comprendía
no menos de cincuenta y cuatro quioscos donde se despachaban todas
las bebidas del mundo.
Cenaron
en la Taberna
de la Bella Molinera,
al lado de los pabellones coloniales, donde bebieron Chablis en
jarrita y donde comieron sopa de berzas y pierna de cordero que a
Corinne le pareció mal guisada.
A
Honoré lo había contratado por un año el señor Danglars padre, un
viticultor de la Gironde, presidente de la Sección bordelesa del
Comité de Vinos, que se había venido a instalar a París para todo
el tiempo que durara la Exposición y le había alquilado un piso a
Juste Gratiolet. Cuando dejó París, a las pocas semanas, el señor
Danglars padre estaba tan contento con su mayordomo que se lo regaló,
junto con el piso, a su hijo Maximilien, que estaba a punto de
casarse y acababa de ser nombrado asesor. Poco después, el joven
matrimonio, aconsejado por su mayordomo, contrató a la cocinera.
Después
del caso Danglars los Honoré, demasiado viejos para pensar en
buscarse otra colocación, obtuvieron de Émile Gratiolet la
autorización de seguir conservando su cuarto. Estuvieron vegetando
en él con sus pequeños ahorrillos, reforzados de vez en cuando
gracias a alguna chapuza suplementaria, como guardar a Ghislain
Fresnel cuando no podían llevárselo las niñeras, o ir a buscar a
Paul Hébert a la salida del colegio, o preparar para tal o cual
vecina que daba una cena suculentos pastelillos de carne o
bastoncitos de naranja en dulce forrados de chocolate. De este modo
vivieron más de veinte años todavía, cuidando su buhardilla con
meticuloso esmero, dando cera a las baldosas romboidales, regando
casi con cuentagotas su mirto en el jarro de cobre rojo. Alcanzaron
la edad de noventa y tres años, ella cada vez más arrugadita, él
cada vez más largo y seco. Y un día de noviembre de 1949, se cayó
Honoré al levantarse de la mesa y murió casi en el acto. Corinne no
le sobrevivió más allá de unas semanas.
Célia
Crespi, para quien era su primer trabajo, se quedó más desamparada
aún que los Honoré con la desaparición súbita de sus señores.
Tuvo la suerte de volver a colocarse casi en seguida en la escalera
con el inquilino que, durante un año, ocupó el piso de los
Danglars, un hombre de negocios latinoamericano al que la portera y
algunos más llamaban Rastacuero, un obeso jovial de bigotes
lustrados, que fumaba largos habanos, se hurgaba los dientes con un
palillo de oro y llevaba un grueso diamante a modo de alfiler de
corbata; después la empleó la señora de Beaumont, cuando se vino a
vivir a la calle Simon-Crubellier después de su boda. Más tarde,
cuando la cantante, casi en seguida de nacer su hija, se marchó para
una larga gira por Estados Unidos, Célia Crespi entró de costurera
en casa de Bartlebooth y se quedó hasta que el inglés emprendió su
larga vuelta al mundo. Un poco más tarde encontró una colocación
de dependienta en Las
delicias de Luis XV,
la pastelería salón de té más apreciada del barrio y en ella
trabajó hasta su jubilación.
Aunque
siempre la llamaron señorita Crespi, Célia Crespi tuvo un hijo. Lo
trajo discretamente al mundo en mil novecientos treinta y seis. Casi
nadie se había dado cuenta de que estaba embarazada. Toda la finca
se preguntó por la identidad del padre y se barajaron todos los
nombres de los individuos de sexo masculino que vivían en la casa,
con edades comprendidas entre los quince y los setenta y cinco años.
El secreto no se desveló nunca. El niño, declarado hijo de padre
desconocido, se crio fuera de París. Nadie de la casa lo vio jamás.
Se
ha sabido, hace sólo unos años, que lo mataron durante los combates
por la Liberación de París, cuando ayudaba a un oficial alemán a
cargar en su sidecar una caja de botellas de champán.
La
señorita Crespi nació en un pueblo al norte de Ajaccio. Salió de
Córcega a la edad de doce años y nunca ha vuelto a ir. A veces
entorna los ojos y ve el paisaje que había delante de la ventana del
cuarto donde hacía la vida toda la familia: la tapia cubierta de
buganvilias en flor, la cuesta donde crecían matas de euforbios, el
seto de chumberas, el emparrado de alcaparros; pero no consigue
acordarse de nada más.
Actualmente
la habitación de Hutting sirve muy rara vez. Encima del sofá-cama
cubierto con una piel sintética y provisto de unos treinta cojines
de colores abigarrados, está clavada una alfombra de rezos de seda
procedente de Samarcanda, con un dibujo rosa ajado y largos flecos
negros. A la derecha un silloncito tipo sapo forrado de seda amarilla
hace de mesilla de noche: sostiene un despertador de acero brillante
que presenta la forma de un corto cilindro oblicuo, un teléfono cuya
esfera tiene un dispositivo de teclas y un número de la revista de
vanguardia La Bête Noire. No hay cuadros en las paredes pero, a la
izquierda de la cama, montada en un marco de acero móvil que la
convierte en una especie de monstruoso biombo, hay una obra del
intelectualista italiano Martiboni: es un bloque de poliestireno de
dos metros de alto, uno de ancho y diez centímetros de hondo, en el
que están metidos viejos corsés revueltos con pilas de antiguos
carnets de baile, flores secas, vestidos de seda rozados hasta la
trama, jirones de pieles apolilladas, abanicos roídos semejantes a
patas de ánades despojadas de sus palmas, zapatos de plata sin
suelas ni tacones, restos de festines y dos o tres perritos
disecados.
La vida instrucciones de uso, 1978.
sábado, 7 de marzo de 2026
Ábaco. Arantza Portabales.
Un,
dos, tres, cuatro, sesenta. Un minuto, dos, tres… siete. Al dente.
Saco los espaguetis del fuego. Llegarás en ocho minutos. Preparo la
salsa. Tomate. Orégano. Pongo la mesa. Descuento. Cuatro, tres, dos,
uno. Tres timbrazos. Dos besos. Un abrazo. Me gusta contar. Aunque
solo en las colas del supermercado hay paz. En la del médico huele a
rabia y a desinfectante. Vivir es contar. Un, dos tres, cuatro,
sesenta y vuelta a empezar. Un minuto, dos, sesenta. Una hora, dos
tres, veinticuatro. Un día, dos, tres, treinta. Un mes. Una regla,
otra regla. Un año, otro, treinta y nueve.
¿En
qué piensas?
En
nada.
Pienso
en que la salsa solo lleva tomate. Me tocó el veintiocho en la
carnicería. Los números rojos se deslizaban lentos. Diecisiete,
dieciocho, diecinueve. Eran las dos menos diez. Salen a y cuarto.
Veintiuno. Ya eran las dos. Solté la cesta. Corrí. Dos y diez. Me
paré ante el colegio. Escuché el timbre. Se abrieron las puertas.
Un niño, dos, tres, veinte, cincuenta, doscientos.
¿En
qué piensas?
En
nada.
Pienso
en cómo desaparecen, día a día, uno a uno, con sus manitas
aferradas a las de sus padres. Doscientos, cien, cincuenta, veinte,
dos, uno.
Cero.
Nunca
sobra ninguno.






