domingo, 1 de marzo de 2026

Confesión. Charles Bukowski.

Esperando a la muerte
como un gato
que saltará sobre la
cama.


Estoy apenado por
mi esposa.
Ella verá este
cuerpo
rígido
y blanco.


Lo sacudirá una vez, entonces
quizás de nuevo:
Hank”
Hank no
contestará.


No es mi muerte lo que
me preocupa, es mi esposa
sola con esta
pila de nada.


Quiero que sepa
que todas las noches
durmiendo a su lado.
Incluso las discusiones
inútiles
fueron cosas
espléndidas.


Y las duras
palabras
que siempre tuve miedo de
decir
pueden ahora ser
dichas:


Te amo”


sábado, 28 de febrero de 2026

Inmanejable. Lucia Berlin.

En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delírium trémens.
El truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma en la medida de lo posible hasta que consigas una botella. Azúcar. Té con azúcar, es lo que te dan en los centros de desintoxicación. Temblaba tanto, sin embargo, que no podía tenerse en pie. Se estiró en el suelo e hizo varias inhalaciones profundas tratando de relajarse. No pienses, por Dios, no pienses en qué estado estás o te morirás, de vergüenza, de un ataque. Consiguió calmar la respiración. Empezó a leer títulos de los libros de la estantería. Concéntrate, léelos en voz alta. Edward Abbey, Chinua Achebe, Sherwood Anderson, Jane Austen, Paul Auster, no te saltes ninguno, ve más despacio. Cuando acabó de leer todos los títulos de la pared se encontraba mejor. Se levantó con esfuerzo. Sujetándose a la pared, temblando tanto que a duras penas podía mover los pies, consiguió llegar a la cocina. No quedaba vainilla. Extracto de limón. Le quemó la garganta y le dio una arcada; apretó los labios para volver a tragárselo. Preparó té, con mucha miel; lo tomó a pequeños sorbos en la oscuridad. A las seis, en dos horas, la licorería Uptown de Oakland le vendería un poco de vodka. En Berkeley tendría que esperar hasta las siete. Ay, Dios, ¿tenía dinero? Volvió sigilosamente a su habitación y miró en el bolso que había encima del escritorio. Su hijo Nick debía de haberse llevado su cartera y las llaves del coche. No podía entrar a buscarlas al cuarto de sus hijos sin despertarlos.
Había un dólar con treinta centavos en calderilla en el bote del escritorio. Revisó los bolsos del armario, los bolsillos del abrigo, un cajón de la cocina, hasta que reunió los cuatro dólares que aquel maldito paki cobraba por una petaca a esas horas. Los alcohólicos enfermos le pagaban. Aunque la mayoría compraban vino dulce, porque hacía efecto más rápido.
Era una caminata larga. Tardaría tres cuartos de hora; tendría que volver corriendo a casa para llegar antes de que los chicos se despertaran. ¿Lo conseguiría? Apenas podía caminar de una habitación a la otra. Y reza para que no pase un coche patrulla. Ojalá tuviera un perro para sacarlo a pasear. Qué buena idea, se rio, le pediré a los vecinos que me presten el suyo. Claro. Ninguno de los vecinos le dirigía ya la palabra.
Consiguió mantener el equilibrio concentrándose en las grietas de la acera, contándolas: un, dos, tres... Agarrándose a los arbustos, los troncos de los árboles para darse impulso, como si escalara una montaña muy escarpada. Cruzar las calles era aterrador, parecían tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar. De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío. Un coche de policía a toda velocidad, sin luces. No la vieron. Un sudor frío le caía por la espalda, el fuerte castañeteo de sus dientes rompía la quietud de la mañana oscura.
Llegó jadeante y mareada a la licorería Uptown de Shattuck Avenue. Todavía no estaba abierta. Siete hombres negros, todos viejos menos un chico joven, esperaban de pie junto a la puerta. El hindú estaba sentado al otro lado del escaparate, ajeno a ellos, tomando café con parsimonia. En la acera dos hombres compartían un frasco de jarabe NyQuil para la tos. Muerte azul, eso sí se podía comprar toda la noche.
Un viejo al que llamaban Champ sonrió al verla.
¿Qué pasa, mujer, te has puesto mala? ¿Tan mala que te duele hasta el pelo?
Ella asintió. Se sentía exactamente así; el pelo, los ojos, los huesos.
Anda, toma —le ofreció Champ—, cómete alguna —estaba comiendo galletitas saladas, le dio un par—. Tienes que obligarte a comer algo.
Eh, Champ, déjame unas pocas —le reclamó el chico.
La dejaron que comprara primero. Pidió vodka y soltó el montón de monedas en el mostrador.
Está justo —dijo.
El hombre sonrió.
Cuéntelo, hágame el favor.
Venga ya. Mierda —protestó el chico mientras ella contaba las monedas con las manos temblando a más no poder. Se guardó la petaca en el bolso y salió a trompicones. En la calle se agarró a un poste de teléfono, sin atreverse a cruzar.
Champ estaba bebiendo de una botella de Night Train.
¿Eres demasiado señora para beber en la calle?
Ella negó con la cabeza.
Me da miedo que se me caiga la botella.
Ven —dijo él—. Abre la boca. Necesitas un trago o te quedarás por el camino.
Le arrimó la botella a los labios y le dio un poco de vino. Ella sintió cómo le corría por dentro, cálido.
Gracias —dijo.
Cruzó la calle deprisa y trotó desgarbadamente por las calles de vuelta a su casa, noventa, noventa y una, contando las grietas. Era todavía de noche cuando llegó a la puerta.
Recobró el aliento. Sin encender la luz, sirvió un poco de zumo de grosellas en un vaso y un tercio de la botella. Se sentó y bebió despacio, sintiendo cómo el alcohol la reconfortaba a medida que calaba en su cuerpo. Se echó a llorar, de alivio por no haber muerto. Se sirvió otro tercio de la botella con un poco de zumo, y entre trago y trago recostaba la cabeza en la mesa.
Después de la segunda copa se sentía mejor, y fue al lavadero y metió la colada en la lavadora. Se llevó la botella al cuarto de baño. Se duchó y se peinó, se puso ropa limpia. Diez minutos más. Comprobó que la puerta estaba cerrada, se sentó en el váter y se terminó el vodka. Con esos últimos tragos no solo se puso a tono, sino que se sintió ligeramente ebria.
Pasó la colada de la lavadora a la secadora. Estaba batiendo el concentrado de naranja para preparar zumo cuando Joel entró en la cocina, restregándose los ojos.
No tengo calcetines, ni camisa.
Hola, cariño. Toma unos cereales. Cuando termines de desayunar y ducharte, la ropa estará seca —le sirvió un vaso de zumo, y otro a Nicholas, que estaba callado en silencio junto a la puerta.
¿Dónde demonios has conseguido licor? —la empujó al pasar y se sirvió cereales. Trece años. Era más alto que ella.
¿Podrías devolverme la cartera y las llaves del coche? —le preguntó.
La cartera sí. Te daré las llaves cuando vea que estás bien.
Estoy bien. Mañana volveré al trabajo.
Ya no eres capaz de dejarlo sin ir al hospital, mamá.
Me pondré bien. Por favor, no te preocupes. Tengo todo el día para recuperarme —fue a echar un vistazo a la ropa de la secadora—. Las camisas están secas —le dijo a Joel—. A los calcetines les faltan diez minutos, más o menos.
No puedo esperar. Me los pondré mojados.
Sus hijos fueron a buscar los libros y las mochilas, se despidieron con un beso y se marcharon. Ella se quedó en la ventana y los vio bajar la calle hacia la parada del autobús. Esperó hasta que el autobús los recogió y desapareció por Telegrah Avenue. Entonces salió, fue directa a la licorería de la esquina. Ya habían abierto.

Manual para mujeres de la limpieza, 2015

domingo, 22 de febrero de 2026

Dos silencios. Miguelángel Flores.

Habíamos oído hablar de él. Aun así, o quizá por ello, hubo una chillería colectiva y desmesurada cuando apareció de pronto de entre la espesura. Fueron unos instantes de confusión y espanto, de nervios con cierto toque también de fascinación. Abrazadas entre nosotras, lo vimos volver a desaparecer precipitadamente, más veloz incluso que como llegó. Todas, aún escandalizadas, seguían gritando. Menos yo, que me había quedado muda. Y continué igual al llegar a casa, cuando mamá me preguntó por la excursión y no supe qué decir; ni cuando miré a papá, que no levantaba la cabeza del diario para saludarme.


sábado, 21 de febrero de 2026

Historia para un tal Gaido. Abelardo Castillo.

Su historia es así: para él, para Martín Gaido, todo comienza una noche de los carnavales de 1940, en lo peor de Parque Patricios, frente al basural. La misma noche que Juan —su hermano— entró como borracho a la pieza, apretándose el estómago con los dos brazos y, antes de caer hecho un ovillo sobre el piso, alcanzó a decir «me la dieron, Martín», y fue lo último que dijo. Esa noche, Martín supo que tenía que arrodillarse junto a su hermano y preguntar. Aquella pregunta fue la primera de una serie de preguntas, precisa, irrevocable, estirada a lo largo de veinte años, que debía terminar esta noche en un boliche de la costa de San Pedro. Como esa vez Gaido no podía adivinar tanto, simplemente se arrodilló junto a un muerto y preguntó. Sólo se oyó el silencio, o tal vez el sonido lejano de unos pitos de murga, de unas matracas, y se oyó un juramento de Martín, una promesa convencional y terrible.
Más tarde se enteró de la pelea. Esto también había sido convencional (todo, supo luego, sería convencional en su historia). Había, por supuesto, un baile, y había una mujer disfrazada de Colombina a la que se disputaban dos hombres. Uno de los hombres era Juan; el otro, a juzgar por lo poco que sabían de él, no era nadie. Le contaron que esa noche su hermano atropelló a lo loco y un resbalón fortuito mezcló las muertes; después del resbalón, una mascarita vio a Juan levantarse del suelo con los ojos llenos de espanto, queriendo sacarse su propio cuchillo del cuerpo, y al otro que, sin pestañear, lo clava suciamente, dos veces más todavía.
Como digo, para él, para Martín Gaido, su vida empieza esa noche. A partir de esos carnavales vivirá persiguiendo a un hombre, una especie de sombra escurridiza, ese nadie que parte de los lugares a donde él llega sin dejar más rastros que la memoria gangosa de algún borracho acerca de un modo de mirar, el color de un traje o la manera de echarse el sombrero gris sobre los ojos. La mujer no tenía mucha importancia en su historia y no apareció nunca, como si hubiera estado en ese baile sólo unos minutos, para justificar con su disfraz de Colombina la irrealidad del carnaval. La busca del hombre, en cambio, fue un ajedrez lento, inexorable y exacto. Hubo pueblos perdidos, almacenes de llanura, cantineros con sueño a cuyo oído, en voz baja, Martín formuló preguntas, cantineros que sólo conocían una parte del secreto pero lo condujeron sin remedio a lugares donde el rastro se volvía cada vez más preciso. Hubo estaciones de ferrocarril y largas esperas debajo de largos puentes. Hubo camas, mujeres de grandes ojos pintados y caras de tiza, quienes, al enterarse de que Martín sólo había venido para llevarse un nombre, lo miraban con decepción, con estupor o con miedo.
Después pasará mucho tiempo y Gaido, por fin, apoyado en el mostrador de un boliche de la costa, estará aguardando pacientemente que se descorra una cortina de flores desleídas; detrás de la cortina está la puerta por la que ha de aparecer un hombre.
Ginebra —ha dicho Martín.
En cualquier rincón hay un viejo. Tiene una botella entre las piernas y lo mira con ojos blancos. Afuera, la noche es un largo y distante eco de perros. Lejos, seguramente pasa un tren.
Entonces sucedió.
Sí, fue en ese momento, al levantar Martín el vaso de ginebra y llevárselo a los labios.
No puedo asegurar, es cierto, que desde mucho tiempo atrás Gaido no comprendiera, de algún modo, la verdad. El porqué de que él hubiese nacido en lo peor de Parque Patricios, frente al basural, que a su hermano lo mataran como no se olvida y que gente con aspecto de muñecos contestara todas sus preguntas. En algún lugar del juego Martín debió sospechar que su promesa —buscar, dar con un hombre, matarlo y vengar a otro hombre muerto— podía ser mucho más, o mucho menos, que una promesa. Alguna vez, incluso, sintió vértigo y pensó echarse atrás; pero yo no lo dejé tener miedo. Yo le inventé el coraje. Y ahora cada palabra dicha, cada aparente postergación conducían inevitablemente hasta ese boliche de la costa donde Gaido esperaba a un hombre. Las leyes secretas de su historia quieren que otra vez sea carnaval para que Martín haya visto algunas máscaras en el pueblo y haya pensado que ya no van quedando Colombinas.
Martín alzó el vaso de ginebra, se lo llevó a los labios y, en ese preciso momento lo supo. Lo supo antes de que el otro abriera la puerta. Cuando se abrió la puerta, ya había comprendido toda la verdad.
Por reflejo, introdujo la mano en el bolsillo. Ese gesto y los demás gestos que seguirían estaban previstos. Gaido tenía que sacar un puño al que le había crecido repentinamente un revólver; tenía que nombrar al otro, pronunciar un nombre de fácil sonoridad a compadraje y cuchillo, y cuando el otro lo mirase sorprendido (sorprendido al principio, pero luego no; luego con resignación, comprendiendo), debía insultarlo en voz baja con un insulto brutal, rencoroso, pacientemente elaborado durante veinte años.
Gaido, sin embargo, no sacó la mano del bolsillo. No hubo palabras de odio. Todo, el almacén, la cortina de flores desleídas, el carnaval de pueblo, se desarticuló de pronto, como un espejo roto o como un sueño. Y Martín, ya antes de ver al hombre, antes de ver su rostro canallesco —convencional, envejecido y canallesco— supo que ese pobre infeliz tampoco tenía la culpa de nada.
El final de la historia no es fácil de contar.
Es probable que ahora mismo Martín ya esté bajando por la calle Tarija, en Buenos Aires (lo imagino caminando un poco echado hacia atrás, a causa del declive del empedrado), en el barrio de Boedo. Dentro de un instante doblará por Maza. La cuadra es arbolada y propicia. Los carnavales del sesenta también. El pañuelo blanco en el cuello de Martín, sus ajustados pantalones de anchas rayas grises y negras, sus botines puntiagudos de compadre, su sombrero anacrónico, no podían pasar más inadvertidos en una noche como ésta. Lleva la mano en el bolsillo del saco y muerde todavía un insulto que no dijo. Cuando Gaido doble la esquina, verá, inequívoca, una ventana con luz: eso significa que el otro está ahí, dentro de la casa, esperando oír el ruido de la cancel —un rechinar apenas perceptible—, esperando oír luego los pasos de Gaido por el corredor, mientras él escribe un cuento de espaldas a la puerta y cree escuchar ya (escucha ya) un sordo taconeo que da vuelta la esquina, mientras yo acabo la historia de Martín Gaido, oigo el rechinar apenas perceptible de la cancel, sus pasos por el corredor, las últimas matracas desganadas y los pitos lejanos del corso de Boedo y siento una ráfaga de aire en la nuca porque alguien está abriendo la puerta a mi espalda, alguien que me nombra, que ya pronuncia mi nombre aborrecido y, con rencorosa lentitud, saca la mano del bolsillo y me insulta en voz muy baja.


domingo, 15 de febrero de 2026

Destino fatal. Martín Gardella.

Desde el principio los tiempos, fue tildada de prohibida. El hombre que se animó a acariciarla por primera vez recibió un duro castigo, aunque fue innegable que ella lo había seducido. Años más tarde, no tuvo reparos en golpear duramente la cabeza pensativa de un científico inglés, amparada por una ley hasta allí desconocida. En un juicio poco claro, la culparon de envenenamiento de una princesita blanca y de generar discordia entre las hermosas diosas griegas. Fue condenada a morir de un flechazo, ejecutada en un cantón suizo por un hábil ballestero. En el pueblo se organizó un brindis para festejar la ejecución. Su cuerpo frío fue servido en una jarra dorada, con sabor a sidra.

Los chicos crecen, Martín Gardella. 2026

sábado, 14 de febrero de 2026

El terraplén de San Martín. (El hermano bastardo de Dios. Fragmeto). José Luis Coll.

El terraplén de San Martín era un desnivel de tierra y cañigueras, en la Hoz del Huécar, desde donde podíamos escuchar el llanto de los sauces. Aquella tarde plomiza la dedicamos a excavar un “refugio” en la ladera, semejante a esos que hacían los mayores, y en los que se metían cuando sonaba la sirena, para que las bombas no les cayeran en la cabeza. Utilizamos palos, hierros y otros objetos a modo de herramientas, hasta conseguir una cavidad de medio metro de altura por unos tres o cuatro de profundidad. La tarea era grata y en cierta manera cómoda, ya que no había rocas ni materia dura que la dificultara. Hicimos un descanso para fumar unos “mataquintos”, un tabaco que, a buen seguro, hubiera podido dañar gargantas de hojalata, pero que, a nosotros, sólo nos hacía vomitar o jugar al corro con el paisaje. De mi cosecha propia y sin contar con nadie, empecé a considerar aceptable la profundidad del refugio, pero no así su altura, por lo que decidí, sin ayuda de nadie, hacer más alto su techo. Grandes copos de tierra negra caían sobre mis hombros y cabeza, con una facilidad tal que me regocijaba pensar el que podríamos estar dentro de pie, antes de que se acabaran los “mataquintos”.
De repente todo quedó a oscuras y yo no podía respirar, ni abrir los ojos. Había quedado súbitamente sepultado, maniatado y paralítico, dentro de un saco de silencio. La tierra se metía por los orificios de mi nariz y me picaban los ojos Me hallaba inclinado hacia delante. Las piernas encogidas e inútiles. Los brazos y todo el cuerpo escayolado en bronce. Y a esa velocidad con que el cerebro se manifiesta en ciertos casos, comprendí que en pocos instantes me iba a cantar una nana la vieja de la guadaña.
A galope tendido pasaron por mi mente los rostros llorosos de mis tíos. Y el de mi hermano, con su trajecito teñido de negro. Y el de mi abuelo, moviendo la cabeza a un lado y otro, maldiciendo a la luna. Pero, sobre todos, el de mi abuela, mi güelita, que me quería como a un nieto: ese grado inmediatamente superior al de hijo, cuando los hijos ya no tienen tamaño de nieto. 
Aunque tenía los ojos forzosamente tapiados, noté que se me iban cerrando paulatinamente, como cuando en la cama. El corazón se me subió a las sienes y en su lugar quedó un tambor. Miles de gallinas me picaban las plantas de los pies y las palmas de las manos. Mi pecho y mi espalda se buscaban con ahínco. Noté olor a lombrices y degusté fango. No estaba desesperado. Solamente avergonzado de aquella estupidez que tantas molestias iba a proporcionar a los míos. A esa edad, la vida n no ha hecho méritos para temer a la muerte. Sin embargo, mi mente comenzó a rezar por dos razones: porque nadie podía oírme, y por si acaso.
De pronto noté un leve cosquilleo sobre mi hombro izquierdo. Después -lustros más tarde-, una mano me cogía por el cuello y otra me arrancaba el jersey. Los zapatos se quedaron dentro, los pantalones por las rodillas, y las escasas vergüenzas al aire. 
La mayoría de ellos reía, como solían hacerlo los amigos cuando otro estaba en peligro. Ajeno, naturalmente.
Mi hermano tenía los ojos llenos de lágrimas y había tratado de ahogarse con la bufanda. Porque mi hermano, a pesar de ser mi hermano, siempre me demostró gran cariño.
Entre todos, me fueron limpiando la cara y el pelo de tierra y broza. Uno fue a buscar mis zapatos. Otro me subió los pantalones. Y otro me dijo:
-Por ahí viene tu abuelo.
Había pasado más tiempo del que yo pude calcular, y le fueron a decir que su nieto se había matado haciendo un refugio. Mi abuelo me llevó a casa, cogido de la mano, sin pronunciar palabra durante el camino. Hizo que me lavara de arriba abajo y me cambiara de ropa, aunque no era domingo.
-¿Estás bien? -me preguntó.
-Sí, estoy bien.
-¿De veras?
-De veras.
-¿No te duele nada?
-Nada, abuelo. Estoy bien.

-¿Ni la menor molestia?
-Te lo juro. Ni la menor molestia.
-¿Y ahora?
A esta pregunta ya no pude contestar. La bofetada fue de tal tamaño, que casi preferí que no me hubieran sacado del refugio.

El hermano bastardo de Dios, 1984.

lunes, 9 de febrero de 2026

Poe. William Ospina.

Edgar Poe se miró al espejo y se dijo:
—Ese hombre del espejo no sufre, es un actor que imita mi sufrimiento.
El hombre del espejo se dijo:
—Ese hombre no sufre, finge sufrir para que yo sufra imitándolo.