domingo, 6 de septiembre de 2026

Solo vine a hablar por teléfono. Gabriel García Márquez.

Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un automóvil alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como actriz de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.
No importa —dijo María—. Lo único que necesito es un teléfono.
Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina de asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia y el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.
Están dormidas —murmuró.
María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada de su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud alerta.
¿Dónde estamos? —le preguntó María.
Hemos llegado —contestó la mujer.
El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas apenas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia en la penumbra del patio que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron en la puerta del autobús, y les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en la portería.
¿Habrá un teléfono? —le preguntó María.
Por supuesto —dijo la mujer—. Ahí mismo le indican.
Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. «En el camino se secan», le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó: «Buena suerte». El autobús arrancó sin darle tiempo de más.
María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: «¡Alto he dicho!». María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos muy dulces:
——Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.
María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.
Es que yo sólo vine a hablar por teléfono —le dijo María.
Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.
¿Cómo te llamas? —le preguntó.
María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.
Es que yo sólo vine a hablar por teléfono —dijo María.
De acuerdo, maja —le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real—, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.
Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad, estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.
Por el amor de Dios —dijo—. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por teléfono.
Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.
Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes del amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.
Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.
Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras —le dijo el médico, con una voz adormecedora—. No hay mejor remedio que las lágrimas.
María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por la primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.
El médico se incorporó con toda la majestad de su rango. «Todavía no, reina», le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. «Todo se hará a su tiempo». Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.
Confía en mí —le dijo.
Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada.
Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.
En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en la suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.
De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podría ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se olvidó de darle la comida al gato.
Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irredimible, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.
Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometió mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. «Hay amores cortos y hay amores largos», le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: «Este fue corto». Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes. María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperándolo en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.
No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. «¿Y ahora hasta cuándo?», le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: «El amor es eterno mientras dura». Dos años después, seguía siendo eterno.
María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A fines del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves todavía no había dado señales de vida.
El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a la casa para preguntar por María. «No sé nada», dijo Saturno. «Búsquenla en Zaragoza». Colgó. Una semana después un policía civil fue a la casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar en que María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miró para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.
El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los había invitado a navegar a vela. Estábamos en el Marítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas abarcas de labrador.
No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo.
Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un número de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.
Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. «El señorito se ha ido», le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.
Aquí no vive ninguna María —le dijo la mujer—. El señorito es soltero.
Ya lo sé —le dijo él—. No vive, pero a veces va. ¿O no?
La mujer se encabritó.
¿Pero quién coño habla ahí?
Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de La gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.
A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y a otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad. La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarros de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas en la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.
Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también en el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que la oyera su vecina de cama:
¿Dónde estamos?
La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:
En los profundos infiernos.
Dicen que esta es tierra de moros —dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio—. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oyen los perros ladrándole a la mar.
Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué.
Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. «Tendrás todo», le decía, trémula. «Serás la reina». Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.
Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yertos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.
Hija de puta —gritó—. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.
El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en Pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trato de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:
Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos.
Maricón —dijo María.
Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuera el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre familiar con su tono ávido y triste, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
¿Bueno?
Tuvo que esperar a que pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta.
Conejo, vida mía —suspiró.
Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y la voz enardecida por los celos escupió la palabra:
¡Puta!
Y colgó en seco.
Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataron de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados, mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó en puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.
El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.
Si alguna vez se sabe, te mueres.
Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de la esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada el mismo día no había concluido en nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.
Me lo informó la compañía de seguros del coche —dijo.
El director asintió complacido. «No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo», dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:
Lo único cierto es la gravedad de su estado.
Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicara. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.
Es raro —dijo Saturno—. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.
El médico hizo un ademán de sabio. «Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan», dijo. «Con todo, es una suerte que haya caído aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura». Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.
Sígale la corriente —dijo.
Tranquilo, doctor —dijo Saturno con un aire alegre—. Es mi especialidad.
La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era el antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color de fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.
¿Cómo te sientes? —le preguntó él.
Feliz de que al fin hayas venido, conejo —dijo ella—. Esto ha sido la muerte.
No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro —dijo, y suspiró con el alma—: Creo que nunca volveré a ser la misma.
Ahora todo eso pasó —dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara—. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más, si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.
Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los pronósticos del médico. «En síntesis», concluyó, «aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo». María entendió la verdad.
¡Por Dios, conejo! —dijo, atónita—. ¡No me digas que tú también crees que estoy loca!
¡Cómo se te ocurre! —dijo él, tratando de reír—. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas por un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.
¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! —dijo María.
Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello del marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:
¡Váyase!
Saturno huyó despavorido.
Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran Leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró con la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir al marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
Es una reacción típica —lo consoló el director—. Ya pasará.
Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible por que le recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si le llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.
Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y encinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, y resolviéndole algunas urgencias imprevistas, hasta un día en que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó también el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.


Abril 1978.

Doce cuentos peregrinos, 1992.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Escritor. Rodolfo Báez.

Cuando me fui del barrio no podía cargarlo, así que tuve que decidir entre meterlo en un libro o morir de nostalgia.



lunes, 24 de agosto de 2026

[El lunes te agarró la muerte, Paula]. Paula, (Fragmento). Isabel Allende.

El lunes te agarró la muerte, Paula. Vino y te señaló, pero se encontró frente a frente con tu madre y tu abuela y por esta vez retrocedió. No está derrotada y todavía te ronda, rezongando con su revuelo de harapos sombríos y rumor de huesos. Te fuiste para el otro lado por algunos minutos y en verdad nadie se explica cómo ni por qué estás de vuelta. Nunca te habíamos visto tan mal, ardías de fiebre, un ronroneo aterrador te salía del pecho, se te asomaba el blanco de los ojos a través de los párpados entrecerrados, de pronto la tensión te bajó casi a cero y comenzaron a sonar las alarmas de los monitores y la sala se llenó de gente, todos tan afanados en torno a ti, que se olvidaron de nosotras, y así es como estuvimos presentes cuando se te escapaba el alma del cuerpo, mientras te inyectaban drogas, te soplaban oxígeno y trataban de poner de nuevo en marcha tu corazón agotado. Trajeron un aparato y empezaron a darte golpes eléctricos, terribles corrientazos en el pecho, que te hacían saltar de la cama. Oímos órdenes, voces alteradas y carreras, llegaron otros médicos con diferentes máquinas y jeringas, quién sabe cuántos minutos eternos transcurrieron, parecieron muchas horas. No podíamos verte, te tapaban los cuerpos de quienes te atendían, pero pudimos percibir con nitidez tu zozobra y el aliento triunfal de la muerte. Hubo un momento en el cual la febril agitación se congeló de súbito, como en una fotografía, y entonces escuché el murmullo en sordina de mi madre exigiéndote que lucharas, hija, ordenándole a tu corazón que siguiera andando en nombre de Ernesto y de los años preciosos que te faltan por vivir y del bien que aún puedes sembrar. El tiempo se detuvo en los relojes, las curvas y picos verdes en las pantallas de las máquinas se convirtieron en líneas rectas y un zumbido de consternación reemplazó el chillido de las alarmas. Alguien dijo no hay más que hacer… y otra voz agregó ha muerto, la gente se apartó, algunos se alejaron y pudimos verte inerte y pálida, como una niña de mármol. Entonces sentí la mano de mi madre en la mía impulsándome hacia delante y dimos unos pasos al frente acercándonos a la orilla de tu cama y sin una lágrima te ofrecimos la reserva completa de nuestro vigor, toda la salud y fortaleza de nuestros más recónditos genes de navegantes vascos y de indómitos indios americanos, y en silencio invocamos a los dioses conocidos y por conocer y a los espíritus benéficos de nuestros antepasados y a las fuerzas más formidables de la vida, para que corrieran a tu rescate. Fue tan intenso el clamor que a cincuenta kilómetros de distancia Ernesto sintió el llamado con la claridad de un campanazo, supo que rodabas hacia un abismo y echó a correr en dirección al hospital. Entretanto en torno a tu cama se helaba el aire y se confundía el tiempo y cuando los relojes marcaron de nuevo los segundos, ya era tarde para la muerte. Los médicos vencidos se habían retirado y las enfermeras se preparaban para desconectar los tubos y cubrirte con una sábana, cuando una de las pantallas mágicas dio un suspiro y la caprichosa línea verde empezó a ondular señalando tu retorno a la vida. ¡Paula!, te llamamos mi madre y yo en una sola voz y las enfermeras repitieron el grito y la sala se llenó con tu nombre.
Ernesto llegó una hora más tarde; había devorado la autopista y atravesado la ciudad como una exhalación. Hasta entonces no tenía duda que sanarías, pero en esta ocasión, vencido, de rodillas en la capilla, rogó simplemente para que cesara este martirio y descansaras por fin. Sin embargo, cuando te abrazó en la siguiente visita la vehemencia del amor y el deseo de retenerte fueron más poderosos que la resignación. Te siente en su propio cuerpo, se adelanta a los diagnósticos clínicos, percibe signos invisibles para otros ojos, es el único que pareciera comunicarse contigo. Vive, vive por mí, por nosotros, Paula, somos un equipo chica mía, te rogaba, verás que todo sale bien, no te vayas, seré tu apoyo, tu refugio, tu amigo, te sanaré con mi amor, acuérdate de ese bendito 3 de enero en que nos conocimos y todo cambió para siempre, no puedes dejarme ahora, estamos recién comenzando, nos queda medio siglo por delante. No sé qué otras súplicas, secretos o promesas te susurró al oído ese lunes tenebroso, ni cómo te sopló ganas de vivir en cada beso que te dio, pero estoy segura que hoy respiras por obra de su tenaz ternura. Tu vida es una misteriosa victoria del amor. Ya has superado la peor parte de la crisis, te están administrando el antibiótico preciso, han controlado tu presión y poco a poco cede la fiebre. Has vuelto al punto de partida, no sé qué significa esta especie de resurrección. Llevas más de dos meses en coma, no me engaño, hija, sé cuán grave estás, pero puedes recuperarte por completo; el especialista en porfiria asegura que no tienes daño cerebral, la enfermedad sólo te ha atacado los nervios periféricos. Palabras, palabras benditas, las repito una y otra vez como una fórmula de encantamiento que puede traerte la salvación. Hoy te habían colocado de costado en la cama y a pesar del aspecto torturado de tu pobre cuerpo, tu cara estaba intacta y te veías hermosa como una novia dormida, con sombras azules bajo tus largas pestañas. Las enfermeras te habían refrescado con agua de colonia y recogido el cabello en una gruesa trenza, que colgaba fuera de la cama como una cuerda marinera. No hay señas de tu inteligencia, pero vives y tu espíritu aún te habita. Respira, Paula, tienes que respirar…
Mi madre sigue regateando con Dios, ahora le ofrece su vida por la tuya, dice que de todos modos setenta años son mucho tiempo, mucho cansancio y muchas penas. También yo quisiera ocupar tu lugar, pero no existen recursos de ilusionista para estos trueques, cada una de nosotras, abuela, madre e hija, deberá cumplir su propio destino. Al menos no estamos solas, somos tres. Tu abuela está cansada, trata de disimularlo, pero le pesan los años y durante estos meses de sufrimiento en Madrid el invierno se le ha metido en los huesos, no hay forma de darle calor, duerme bajo una montaña de frazadas y de día anda envuelta en chalecos y bufandas, pero no deja de temblar. Hablé largamente por teléfono con el tío Ramón para que me ayude a convencerla de que es hora de volver a Chile. No he podido escribir en varios días, sólo ahora, que empiezas a salir de la agonía, vuelvo a estas páginas. 

Paula, 1994.

domingo, 23 de agosto de 2026

El estafador de Nueva Orleáns. Walter Tamayo Góez.

Ayer detuvieron a un sujeto en Nueva Orléans estafando a la gente con un “elixir de la eterna juventud”. El mismo estafador ya había sido detenido por lo mismo en 1811, 1904 y 1969. Hay gente que nunca aprende.​


 

sábado, 22 de agosto de 2026

El mascarón. Emilia Pardo Bazán.

No quería señá Cipriana, la prendera, cerrar tan temprano aquel lunes del Carnaval. La prisa que le estaba dando la buena pieza de su sobrino, era «motivá» por las ganas de largarse al baile, a gastar las perras y volver, si a mano viene, con la crisma rota.
El lunes de Carnaval era la gran ocasión de alquilar los mantones que se ostentaban en el escaparate, y hasta las once y las doce estaban viniendo chulillas del barrio, modistas y ribeteadoras, a llevarse aquellos trapos castizos, donde pajarracos y floripondios desplegaban sus formas, sus asiáticos colorines. Noches semejantes engrosaban el cajón del mostrador, y después, el fajo de billetes que, ocultos por algún tiempo en el buró, salían luego para préstamos a rédito seriecito, del quince o del veinte.
Tanto, sin embargo, la mareó el sobrino, alborotado por el olor de juerga que exhalaba el barrio entero, las calles regadas de confeti, los chiquillos vestidos de demonios verdes, azotando a los transeúntes con el rabo, que acabó por decirle:
-¡Ay, hijo! No vayas a mal parirte. Cierra el escaparate, deja la puerta encajá, pa que si pasa alguna de esas, sepa que velo... Y listo, en aeroplano, pa llegar más antes.
Por conciencia, el mozo avisó:
-No debía usté velar. Cierre pronto. No quea usté bien, así sola...
-No me come el coco. Sola está una por lo regular...
Sin meterse en más advertencias, el sobrino requirió capa y gorra, y salió, al paso elástico de los que van hacia su deseo.
La prendera se sentó en la tienda, en su rincón favorito, notando lo mal que alumbraba aquel día la luz eléctrica, y su fulgor pálido y extraño.
«Como encienden pa tanta fiesta y tanto bailoteo...», pensó.
En la calle, también reinaba una especie de penumbra tristona. Era de esas antiguas callejas de Madrid, en que los faroles parecen mortecinos candiles, y los rincones son sombríos y hasta siniestros. Otras veces, sin embargo, animaban aquella melancolía las barbianas que venían metiendo bulla de reíres y decires, a alquilar no sólo mantones, sino caretas de seda, abanicos pericones y peinetas de carey. Acaso viniesen aún, a la media noche.
Las palabras de su sobrino la escarabajeaban un poco, y nostalgias de cosas pasadas la asaltaron como impertinentes moscas. ¿Por qué no había ella de divertirse? ¿Por qué no había de volver a casarse? No era ningún vejestorio, apenas cuarenta, carnes lozanas, firme «dentaúra» y mata de pelo gruesa y reluciente. Un marido le daría sombra, la ayudaría al negocio... El sobrinito, ya se ve, ¡si no fuese por la esperanza de la herencia!... Cariño, ni chispa.
Era señá Cipriana mujer de bien, pero de suma normalidad, sana y cálida de sangre. Se trató a sí misma de sosa. Se prometió echarse su mejor mantón por los hombros, y concurrir a verbenas y bailes. ¿Y si le hacían burla? ¡Que la hiciesen! Ella a darse el gran pisto, con sus zarzillos de brillantes y su coche... Porque era capaz de echar coche. ¿Para qué quería los ahorros?
Uno de los varios relojes de pared colgados en la tienda sonó, la media para las doce, y al punto mismo se abrió la entornada puerta, y entró un mascarón, de esos de colcha rameada y escoba en ristre. Una especie de informe capucha, de la misma tela de la colcha cubría su cabeza, rematando el frunce en un ajado lazo de gro rojo. Una sucia careta de raso, rojo también, dejaba entrever, bajo el volante, una barba negra, rizosa. Con solicitud, la prendera interrogó:
-¿Qué se le ofrece?
-¿No tendrá usted unos guantes?
-Veremos si los hay que le sirven.
Revolvió la señá Cipriana en un estante, y cuando se volvió presentando la mercancía, un montón de guantes limpios con bencina, unos desaparejados, otros desgarrados, que solían comprarle los cocheros de punto para limpiar los metales de sus coches, vio que el mascarón se había quitado el antifaz, y era de recia contextura, guapo mozo, «un tipazo», como se dice.
Sonriente, el mascarón imploraba.
-¿Querría usted ponérmelos? ¡A mí me va a costar un trabajo...!
-Apoye el codo sobre el mostrador...
Y empezó la prendera a desempeñar la grata faena de calzar los guantes a aquel buen tipo. Separados por la valla de madera sus alientos casi se confundían, al tratar la señá Cipriana de embutir la mano nervuda del cliente en el canela, el par más decente de todos.
Los ojos del mascarón, insolentes de galantería, de nacarada córnea, húmedos de vida, bebían el rostro de la mujer. ¡Besaban ya aquellos atrevidos ojos!
-¿Es usted de aquí? -preguntó ella por disimular la repentina emoción.
-No... Soy de Cádiz, ¿sabusté? He venío a cobrar un pico, unos atrasos. Me gusta mucho Madrí. De gana me quedaría. Al fin, solo como es uno, ¿qué más da un sitio que otro? Y usted..., ¿tiene familia?
-No -tartamudeó la prendera-. Solita vivo desde que he enviudao... Cosas de la vía, ¿verdá usté?
Él estrechó insinuante la mano que enguantaba la suya, y con gesto ya inequívoco, murmuró:
-¡A ver! ¡Cosas de la vía!
Las palabras decían uno y los mirares, ya encandilados, otro... Los dedos de la prendera se enlanguidecían en la operación, al par que preguntaba ávidamente:
-¿Y usted en Cádiz tenía oficio?
-¡Vaya! Mi buen taller de ebanista. Pero están malos los tiempos, y se ganaba poco. Por eso macordé de los atrasos... Un piquillo regular, ¡no se crea usté!
En otro momento acaso se hubiese fijado la señá Cipriana en que las yemas que estaba calzando no tenían callo alguno, y aunque fuertes, eran de holgazán. Pero la adormecían los ojos del cliente, enviándole su fluido, y, semirrendida, consintió en el mariposeo de unos labios sobre su mejilla sofocada...
El mascarón, entonces, no respetando la valla, alzando la tabla que cerraba el mostrador, penetró en la tienda. Desató las cintas que sujetaban la colcha, y rogó:
-Yo no voy al baile esta noche, gitana... Que se fastidie el baile... Ahora mismito cierro esa puerta... Esto ha sío como un tiro, ¿eh? ¡La simpatía...!
Sin esperar contestación, fue a cerrar, en efecto, dando vuelta a la llave y corriendo el cerrojo. Ella protestaba, en una reacción de bravía honradez:
-No, no, abra, váyase... Si es usted persona decente, se podrán hacer las cosas como manda Dios... No soy mujer de estos tratos, ¿lo oye usted...?
Él la había cogido por la cintura, arrastrándola hacia el dormitorio, débilmente iluminado por una bombilla de a cinco, las favoritas de la económica prendera.
El mascarón empujaba violentamente hacia la gran cama dorada de matrimonio que ocupaba casi todo el aposento. Vencida la resistencia, cerró ella los párpados, y en la diestra del hombre brilló una faca antes de hundirse dos veces en el pecho de la víctima. Alzando luego el cuerpo, lo tendió, dejándolo debatirse en la agonía, sobre el lecho. Guardó el arma el asesino y sacó otros instrumentos profesionales. Abierta la cómoda-buró, la vista del fajo de billetes le arrancó una imprecación de alegría. Allí relucían los zarcillos, pero no los tocó: ¡no hay idea de lo que comprometen las joyas!
Salió luego a la tienda y tiró del cajón que tenía puesta la llave; arrambló con los puñados de pesetas y duros, vistió otra vez la colcha, ajustó la careta, apagó las luces, y salió, dejando la puerta encajada. En la primera alcantarilla arrojó los guantes sapicados de sangre. Y allá se quedó la señá Cipriana, rígida con las pupilas reflejando el espanto de que el mascarón, en quien creyó ver el Amor, era la Muerte.


viernes, 21 de agosto de 2026

La irresistible ascensión de Arturito Ui. Jorge Anglada Perletti.

La confusión se apoderó del parque. La madre, a du­ras penas conteniendo el llanto, reprochaba amarga­mente a su marido el que éste cediera siempre ante los caprichos del niño. El padre, cabizbajo, aguantaba estoi­camente la perorata de su esposa. El primogénito obser­vaba cómo su hermanito, asido de un globo desproporcionadamente grande para su tamaño, se iba rápidamente elevando. El policía, pistola en mano, esperaba impa­ciente una decisión para actuar. Pero ¿qué hacer? Si no disparaba, el niño se perdería irremediablemente en al­gún lugar de la estratosfera, pero si se decidía a hacer fuego... Finalmente, el abuelo, en un arrebato de casta de viejo coronel, y ante la pasividad general, decidió: «Mejor un muerto en la familia que un desaparecido». Y dio orden de disparar. El globo reventó con un seco ruido apenas perceptible. Segundos después el niño re­gresaba, estrellándose contra el adoquinado.


miércoles, 19 de agosto de 2026

El barón rampante. Capítulo XII, [Gian dei Brughi]. Italo Calvino.

A veces, por la noche, a Cósimo le despertaban gritos como: «¡Socorro! ¡Los bandidos! ¡Perseguidlos!».
Por los árboles, se dirigía rápido al lugar de donde aquellos gritos procedían. Era quizá un caserío de pequeños propietarios, y una familia medio desnuda estaba allí fuera con las manos a la cabeza.
¡Ay de nosotros! ¡Ay de nosotros! ¡Ha venido Gian dei Brughi y se nos ha llevado todo el producto de la cosecha!
Se agolpaba la gente.
¿Gian dei Brughi? ¿Era él? ¿Lo habéis visto?
¡Era él! ¡Era él! Llevaba una máscara en la cara, una pistola así de larga, y le seguían otros dos enmascarados, y él los mandaba. ¡Era Gian dei Brughi!
¿Y dónde está? ¿Adónde ha ido?
Ah, sí, ¡a ver si lo agarras a Gian dei Brughi! ¡Quién sabe dónde está a estas horas!
O bien quien gritaba era un viandante dejado en medio del camino, despojado de todo, caballo, bolsa, capa y equipaje.
¡Socorro! ¡Al ladrón! ¡Gian dei Brughi!
¿Cómo ha sido? ¡Decidnos!
Saltó desde allí, negro, barbudo, apuntando con el trabuco, ¡por poco me mata!
¡Rápido! ¡Persigámosle! ¿Por dónde ha escapado?
¡Por aquí! ¡No, quizá por allí! ¡Corría como el viento!
A Cósimo se le había metido en la cabeza ver a Gian dei Brughi. Recorría el bosque a todo lo largo y lo ancho detrás de las liebres o los pájaros, azuzando al pachón: «¡Busca, busca, Óptimo Máximo!». Pero lo que le habría gustado sacar de su cubil era al bandido en persona, y no para hacerle o decirle nada, sólo para ver cara a cara a una persona tan afamada. En cambio, nunca había conseguido hallarlo, ni siquiera dando vueltas toda una noche. «Será que esta noche no ha salido», se decía Cósimo; pero por la mañana, aquí o allá en el valle, había un corrillo de gente en el umbral de una casa o en un recodo del camino, comentando el nuevo robo. Cósimo acudía, y aguzando mucho los oídos escuchaba aquellas historias.
Pero tú que estás siempre sobre los árboles del bosque —le dijo una vez alguien—, ¿nunca lo has visto, a Gian dei Brughi?
Cósimo se avergonzó mucho.
Pues… me parece que no…
¿Y cómo quieres que lo haya visto? —intervino otro—, Gian dei Brughi tiene escondites que nadie puede encontrar, y va por caminos que nadie conoce.
¡Con la recompensa que ofrecen por su cabeza, quien lo atrape podrá vivir bien toda su vida!
¡Ya! Pero los que saben dónde está, tienen cuentas pendientes con la justicia casi tanto como él, y si se deciden terminan en la horca también ellos.
¡Gian dei Brughi! ¡Gian dei Brughi! Pero ¿será siempre él quien comete estos delitos?
Da igual, tiene tantas acusaciones que aunque consiguiera disculparse de diez robos, mientras tanto ya le habrían colgado por el undécimo.
¡Ha sido bandido en todos los bosques de la costa!
¡Mató incluso a un jefe de banda en su juventud!
¡Ha hecho de bandido también entre los bandidos!
¡Por eso ha venido a refugiarse a nuestras tierras!
¡Es que somos demasiado buenos!
Cósimo cada nueva noticia la iba a comentar con los caldereros. Entre la gente acampada en el bosque, había en aquellos tiempos toda una ralea de fulleros ambulantes: caldereros, silleros, traperos, gente que evita las casas, y que por la mañana estudia el hurto que hará por la noche. En el bosque, más que el taller tenían su refugio secreto, el escondrijo de lo que hurtaban.
¿Sabéis? ¡Esta noche Gian dei Brughi ha asaltado una carroza!
¿Ah, sí? Puede ser…
¡Ha conseguido detener los caballos al galope cogiéndolos por la brida!
Pues, o no era él o en lugar de caballos eran grillos…
¿Qué decís? ¿No creéis que fuera Gian dei Brughi?
Sí, sí, ¿qué ideas le vas a meter en la cabeza a ése? ¡Claro que era Gian dei Brughi!
¿Y de qué no es capaz Gian dei Brughi?
¡Ja, ja, ja!
Al oír hablar de Gian dei Brughi de este modo, Cósimo no salía de su asombro, se desplazaba por el bosque e iba a escuchar en otro campamento de vagabundos.
Decidme, según vosotros, el de la carroza de anoche, ¿fue un golpe de Gian dei Brughi, no?
Todos los golpes son de Gian dei Brughi cuando salen bien. ¿No lo sabes?
¿Por qué cuando salen bien?
Porque cuando no salen bien, ¡quiere decir que son realmente de Gian dei Brughi!
¡Ja, ja! ¡Ese chapucero!
Cósimo ya no entendía nada.
¿Gian dei Brughi un chapucero?
Los otros, entonces, se apresuraban a cambiar de tono:
Claro que no, claro que no, ¡es un bandido que da miedo a todos!
¿Lo habéis visto vosotros?
¿Nosotros? ¿Y quién lo ha visto alguna vez?
Pero ¿estáis seguros de que existe?
¡Ésa sí que es buena! ¡Claro que existe! Pero si no existiera…
¿Si no existiera?
—… Sería lo mismo. ¡Ja, ja, ja!
Pero todos dicen…
Claro, es lo que hay que decir: ¡es Gian dei Brughi que roba y mata por todas partes, ese terrible bandido! ¡Quisiéramos ver que alguien lo dudase!
En fin, Cósimo había comprendido que el miedo a Gian dei Brughi que había por el valle, cuanto más se subía hacia el bosque más se convertía en una actitud dudosa y a menudo abiertamente burlona.
La curiosidad de dar con él se le pasó, porque comprendió que Gian dei Brughi a la gente más experta no le importaba nada. Y fue precisamente entonces cuando ocurrió el encuentro.
Cósimo estaba en un nogal, una tarde, y leía. Le había entrado hacía poco la nostalgia de algún libro: estar todo el día con el fusil apuntando, esperando que llegue un pinzón, a la larga aburre.
Así pues, leía el Gil Blas, de Lesage, sosteniendo con una mano el libro y con la otra el fusil. Óptimo Máximo, al que no le gustaba que su amo leyese, daba vueltas alrededor buscando pretextos para distraerlo: ladrando por ejemplo a una mariposa, para ver si conseguía hacerle apuntar el fusil.
Y de pronto, bajando de la montaña, por el sendero, venía corriendo y jadeando un hombre barbudo y mal vestido, desarmado, y detrás llevaba a dos esbirros con los sables desenvainados que gritaban:
¡Detenedlo! ¡Es Gian dei Brughi! ¡Lo hemos cogido, al fin!
Ahora el bandido se había distanciado un poco de los esbirros, pero si continuaba moviéndose torpemente como quien tiene miedo de equivocarse de camino o caer en alguna trampa, los tendría pronto pisándole los talones. El nogal de Cósimo no presentaba agarraderos para quien quisiera trepar, pero él tenía allí en la rama una cuerda de esas que llevaba siempre consigo para superar los pasos difíciles. Tiró un extremo a tierra y ató el otro a la rama. El bandido vio caer aquella cuerda casi en las narices, se retorció las manos un momento en la incertidumbre, luego se agarró a la cuerda y trepó con rapidez, revelándose como uno de esos inseguros impulsivos o impulsivos inseguros que parece que nunca saben aprovechar el momento justo y por el contrario atinan siempre.
Llegaron los esbirros. La cuerda ya había sido retirada y Gian dei Brughi estaba junto a Cósimo entre las frondas del nogal. El camino se bifurcaba. Los esbirros tomaron cada uno por un lado distinto, luego se volvieron a encontrar, y no sabían adónde ir. Y repentinamente toparon con Óptimo Máximo que meneaba la cola por aquellos parajes.
¡Eh! —dijo uno de los esbirros al otro—, ¿no es éste el perro del hijo del barón, el que vive en los árboles? Si el muchacho está por aquí cerca podrá decirnos algo.
¡Estoy aquí arriba! —gritó Cósimo.
Pero no gritó desde el nogal donde estaba antes y en donde estaba escondido el bandido; se había desplazado rápidamente a un castaño de enfrente, de modo que los esbirros levantaron enseguida la cabeza en aquella dirección sin ponerse a mirar a los árboles de en torno.
Buenos días, señoría —dijeron—, ¿por casualidad no habréis visto correr al bandido Gian dei Brughi?
Quién era no lo sé —respondió Cósimo—, pero si buscáis a un hombrecito que corría, ha tomado por ahí, hacia el torrente…
¿Un hombrecito? Es un hombre terrible, que inspira miedo…
Bueno, desde aquí parecéis todos pequeños…
¡Gracias, señoría! —y tiraron hacia el torrente.
Cósimo volvió al nogal y siguió con la lectura del Gil Blas. Gian dei Brughi todavía estaba abrazado a la rama, pálido entre los cabellos y la barba hirsutos y rojos como los mismos brezos, con hojas secas, erizos de castaña y agujas de pino enredados en ellos. Escrutaba a Cósimo con dos ojos verdes, redondos y turbados; feo, era feo.
¿Se han ido? —se decidió a preguntar.
Sí, sí —dijo Cósimo, afable—. ¿Es usted el bandido Gian dei Brughi?
¿Cómo me conoce?
Ah, pues, por la fama.
¿Y usted es el que nunca baja de los árboles?
Sí. ¿Cómo lo sabe?
Bueno, también yo, la fama corre.
Se miraron con amabilidad, como dos personas importantes que se encuentran por casualidad y están contentas de no ser desconocidas la una para la otra.
Cósimo no sabía que más podía decir, y se puso de nuevo a leer.
¿Qué lee?
El Gil Blas, de Lesage.
¿Es bonito?
Pues sí.
¿Le falta mucho para terminarlo?
¿Por qué? Bueno, unas veinte páginas.
Porque cuando lo termine quisiera pedirle que me lo prestara —sonrió, algo confundido—. ¿Sabe?, me paso los días escondido, nunca se sabe qué hacer. Si tuviera un libro de vez en cuando, digo. Una vez detuve una carroza, poca cosa, pero había un libro y lo cogí. Me lo llevé, escondido bajo la casaca; habría dado todo el resto del botín, con tal de quedarme aquel libro. Por la noche, enciendo la linterna, me dispongo a leer…, ¡estaba en latín! No entendía ni una palabra… —Sacudió la cabeza—. Ya ve, yo el latín no lo sé…
Bueno, el latín, caray, es difícil —dijo Cósimo, y sintió que a pesar suyo estaba tomando un aire protector—. Éste está en francés…
Francés, toscano, provenzal, castellano, los entiendo todos —dijo Gian dei Brughi—. Un poco también el catalán: Bon dia! Bona nit! Està la mar molt alborotada.
En media hora Cósimo terminó el libro y se lo prestó a Gian dei Brughi.
Así empezaron a relacionarse mi hermano y el bandido. En cuanto Gian dei Brughi había terminado un libro, corría a devolvérselo a Cósimo, tomaba en préstamo otro, escapaba a esconderse a su refugio secreto, y se hundía en la lectura.
A Cósimo los libros se los proporcionaba yo de la biblioteca de casa, y cuando los había leído me los volvía a dar. Ahora empezó a quedárselos más tiempo, porque una vez leídos se los pasaba a Gian dei Brughi, y a menudo volvían con las encuadernaciones despellejadas, con manchas de moho, babas de caracoles, porque quién sabe dónde los tenía el bandido.
En días preestablecidos, Cósimo y Gian dei Brughi se daban cita sobre un determinado árbol, se intercambiaban el libro y se separaban, ya que el bosque estaba siempre batido por los esbirros. Esto tan simple era muy peligroso para ambos; incluso para mi hermano, que desde luego no habría podido justificar su amistad con aquel criminal. Pero a Gian dei Brughi le había pillado tal furia de lecturas, que devoraba novela tras novela y, al estar todo el día escondido leyendo, en un día liquidaba unos tomos que mi hermano había empleado una semana en leer, y entonces no había manera, quería otro, y si no era el día establecido se lanzaba por los campos en busca de Cósimo, asustando a las familias en los caseríos y arrastrando detrás de él a toda la fuerza pública de Ombrosa.
Ahora a Cósimo, aún más apremiado por las peticiones del bandido, los libros que yo conseguía procurarle ya no le bastaban, y tuvo que ir a buscar otros proveedores. Conoció a un comerciante de libros judío, un tal Orbecche, que le suministraba incluso obras en varios tomos. Cósimo iba a llamar a su ventana desde las ramas de un algarrobo llevándole liebres, tordos y perdices acabados de cazar a cambio de volúmenes.
Pero Gian dei Brughi tenía sus gustos, no se le podía dar un libro cualquiera, pues al día siguiente buscaba a Cósimo para que se lo cambiase. Mi hermano estaba en la edad en que se empieza a gozar con lecturas más sustanciosas, pero se veía obligado a ir despacio, desde que Gian dei Brughi le devolvió Las aventuras de Telémaco, advirtiéndole que si le daba otra vez un libro tan aburrido, le serraría el árbol por debajo.
Cósimo, a partir de este momento, habría querido separar los libros que quería leer por su cuenta con toda calma de los que se procuraba sólo para dejárselos al bandido. Pero no: también a éstos tenía que echarles al menos una ojeada, porque Gian dei Brughi se volvía cada vez más exigente y desconfiado, y antes de quedarse con un libro quería que le contase un poco el argumento, y pobre de él como lo cogiera en falta. Mi hermano probó a pasarle novelitas de amor, y el bandido llegaba furioso preguntando si lo había tomado por una mujercita. No se conseguía adivinar nunca lo que le gustaba.
En resumidas cuentas, con Gian dei Brughi pegado a él, la lectura para Cósimo, de aquella distracción de media horita, se convirtió en su ocupación principal, en el objeto de todo el día. Y a fuerza de manejar volúmenes, de juzgarlos y compararlos, de tener que conocer siempre otros nuevos, entre lecturas para Gian dei Brughi y la creciente necesidad de lecturas para sí, a Cósimo le entró tal pasión por las letras y por todo el saber humano que no le eran suficientes las horas desde el alba al ocaso para lo que habría querido leer, y seguía incluso en la oscuridad, a la luz de una linterna.
Descubrió al fin las novelas de Richardson. A Gian dei Brughi le gustaron. Acabada una, enseguida quería otra. Orbecche le consiguió un montón de volúmenes. El bandido tenía lectura para un mes. Cósimo, recobrada la tranquilidad, se lanzó a leer las Vidas de Plutarco.
Gian dei Brughi, mientras tanto, tumbado en su lecho, con los hirsutos cabellos rojos llenos de hojas secas sobre la frente fruncida, los ojos verdes que se le enrojecían por el esfuerzo de la vista, leía y leía moviendo la mandíbula en un deletreo furioso, teniendo en alto un dedo húmedo de saliva dispuesto a volver la página. Con la lectura de Richardson,una inclinación latente desde hacía tiempo en su ánimo lo iba consumiendo: un deseo de una vida rutinaria y casera, de parentescos, de sentimientos familiares, de virtudes, de aversión a los malvados y los viciosos. Todo lo que lo rodeaba ya no le interesaba, o lo llenaba de disgusto. Ya no salía de su guarida salvo para correr hacia Cósimo para que le cambiase el volumen, en especial si era una novela en varios tomos y se había quedado a la mitad de la historia. Vivía así, aislado, sin darse cuenta de la tempestad de resentimientos que estaba incubando contra él incluso entre los habitantes del bosque, en un tiempo sus fieles cómplices, pero que ahora se habían cansado de tener entre ellos un bandido inactivo, que atraía a todos los esbirros.
En otra época, se le habían acercado cuantos en los alrededores tenían cuentas que ajustar con la justicia, aunque fuese poco, habituales pequeños robos, como los de aquellos vagabundos estañadores de ollas, o delitos propiamente dichos, como los de sus compañeros bandidos. Para cada hurto o atraco esta gente se aprovechaba de su autoridad y experiencia, e incluso se escudaba con su nombre, que corría de boca en boca y dejaba los suyos en la sombra. Y quien no tomaba parte en los golpes también disfrutaba de algún modo de su suerte, porque el bosque se llenaba de lo robado y de contrabando de todas clases, que había que despachar o revender, y todos los que frecuentaban aquellos lugares encontraban con qué traficar. Quien además llevaba a cabo atracos por su cuenta, sin que lo supiera Gian dei Brughi, se apoyaba en aquel nombre terrible para atemorizar a los agredidos y sacarles el máximo; la gente vivía en el terror, en cada maleante veía a Gian dei Brughi o a uno de su banda y se apresuraba a desatar los cordones de la bolsa.
Estos buenos tiempos duraron mucho; Gian dei Brughi había visto que podía vivir de renta, y poco a poco se fue abandonando. Creía que todo seguía como antes, en cambio los ánimos eran otros y su nombre ya no inspiraba ningún respeto.
¿A quién le era útil, a estas alturas, Gian dei Brughi? Se estaba escondiendo con lagrimones en los ojos leyendo novelas, ya no realizaba atracos, no proporcionaba botines, en el bosque nadie podía ocuparse de sus asuntos, venían los esbirros todos los días a buscarlo y por poco que un desgraciado tuviese un aspecto sospechoso se lo llevaban a la prevención. Si se añade la tentación de la recompensa que ofrecían por su cabeza, se ve claro que los días de Gian dei Brughi estaban contados.
Otros dos bandidos, dos jóvenes que habían sido adiestrados por él y que no sabían resignarse a perder aquel buen jefe de la banda, quisieron darle ocasión de rehabilitarse. Se llamaban Ugasso y Bel-Loré, y de niños habían sido de la banda de ladronzuelos de fruta. Ahora, mayores, se habían convertido en salteadores de caminos.
Así pues, van a buscar a Gian dei Brughi a su guarida. Estaba allí, tendido sobre la paja.
Sí, ¿qué pasa? —dijo, sin levantar los ojos de la página.
Teníamos que proponerte una cosa, Gian dei Brughi.
Hum… ¿Qué? —y leía.
¿Sabes dónde está la casa de Costanzo, el recaudador de impuestos?
Sí, sí… ¿Eh? ¿Qué recaudador?
Bel-Loré y Ugasso intercambiaron una mirada contrariada. Si no le quitaban aquel maldito libro de delante de los ojos, el bandido no entendería ni una palabra.
Cierra el libro por un momento, Gian dei Brughi. Escúchanos.
Gian dei Brughi aferró el libro con ambas manos, se puso de rodillas, se lo apretó contra el pecho manteniéndolo abierto por la señal, luego el deseo de seguir leyendo era demasiado y, siempre sujetándolo estrechamente, lo levantó hasta poder hundir la nariz en él.
Bel-Loré tuvo una idea. Había allí una tela de araña con una gruesa araña. Bel-Loré alzó con manos ligeras la tela de araña con la araña y se la tiró encima a Gian dei Brughi, entre el libro y la nariz. El infeliz de Gian dei Brughi se había ablandado tanto que hasta una araña le daba miedo. Sintió en la nariz aquella confusión de patas de araña y filamentos pegajosos, y antes incluso de comprender qué era, lanzó un gritito horrorizado, dejó caer el libro y empezó a abanicarse con las manos la cara, con los ojos en blanco y la boca que escupía.
Ugasso se tiró al suelo y consiguió agarrar el libro antes de que Gian dei Brughi le pusiera un pie encima.
¡Devuélveme ese libro! —dijo Gian dei Brughi, tratando con una mano de librarse de la araña y la telaraña, y con la otra de arrancar el libro de las manos de Ugasso.
No, ¡primero escúchanos! —dijo Ugasso escondiendo el libro a la espalda.
Estaba leyendo Clarisa. ¡Devolvédmelo! Precisamente en el momento culminante…
Oye esto. Nosotros llevamos esta noche una carga de leña a casa del recaudador de impuestos. En el saco, en vez de leña, vas tú. Cuando sea de noche, sales del saco…
¡Pues yo quiero terminar Clarisa! —Había conseguido librarse las manos de los últimos restos de telaraña y trataba de luchar con los dos jóvenes.
Oye esto… Cuando sea de noche sales del saco, armado con tus pistolas, haces que el recaudador te dé todo lo que ha recaudado durante la semana, que guarda en el cofre en la cabecera de la cama…
Dejadme al menos acabar el capítulo… Sed buenos chicos…
Los dos jóvenes pensaban en los tiempos en que, al primero que se atrevía a contradecirle, Gian dei Brughi le clavaba dos pistolas en el estómago. Les vino una amarga nostalgia.
Tú coges los sacos de dinero, ¿de acuerdo? —insistieron, tristemente—, nos los traes, nosotros te devolvemos tu libro y podrás leer cuanto quieras. ¿Está bien así? ¿Irás?
No. No está bien. ¡No iré!
Ah, conque no irás… Ah, conque no irás, dices… ¡Pues mira, entonces! —y Ugasso cogió una página de hacia el final del libro (—¡No! —gritó Gian dei Brughi), la arrancó (—¡No! ¡Quieto!), hizo una bola con ella, la echó al fuego.
¡Ah! ¡Perro! ¡No puedes hacer eso! ¡Ya no sabré cómo termina! —y corría detrás de Ugasso para pillarle el libro.
Entonces qué, ¿vas a ir a casa del recaudador?
No, ¡no pienso ir!
Ugasso arrancó otras dos páginas.
¡Estate quieto! ¡Todavía no he llegado ahí! ¡No puedes quemarlas!
Ugasso ya las había tirado al fuego.
¡Perro! ¡Clarisa! ¡No!
Entonces qué, ¿vas a ir?
Yo…
Ugasso arrancó otras tres páginas y las lanzó a las llamas.
Gian dei Brughi se sentó con la cara entre las manos.
Iré —dijo—. Pero prometedme que me esperaréis con el libro fuera de la casa del recaudador.
Escondieron al bandido en un saco, con un haz de leña sobre la cabeza. Bel-Loré llevaba el saco a la espalda. Detrás iba Ugasso con el libro. De vez en cuando, cuando Gian dei Brughi con una patada o un gruñido desde dentro del saco daba muestras de estar a punto de arrepentirse, Ugasso le hacía oír el ruido de una página arrancada y Gian dei Brughi volvía a quedarse calmado enseguida.
Con este sistema lo llevaron, disfrazados de leñadores, hasta dentro de la casa del recaudador de impuestos y lo dejaron allí. Fueron a situarse un poco lejos, detrás de un olivo, esperando la hora en que, terminado el golpe, debía reunirse con ellos.
Pero Gian dei Brughi tenía demasiada prisa, salió antes de oscurecer, por la casa aún había demasiada gente.
¡Manos arriba! —Pero ya no era el de antes, era como si se viese desde fuera, se sentía un poco ridículo—. Manos arriba, he dicho… Todos los de la habitación, contra la pared… —Nada: no se lo creía ni él, lo hacía por hacer—. ¿Estáis todos? —No se había dado cuenta de que se había escapado una niña.
En cualquier caso, era un trabajo en el que no se podía perder ni un minuto. En cambio lo alargó, el recaudador se hacía el tonto, no encontraba la llave, Gian dei Brughi comprendía que ya no lo tomaban en serio, y en el fondo estaba contento de que así ocurriese.
Salió, por fin, con los brazos cargados de bolsas repletas de escudos. Corrió casi a ciegas al olivo fijado para reunirse.
¡Aquí está todo lo que había! ¡Devolvedme Clarisa!
Cuatro, siete, diez brazos se arrojaron sobre él, lo inmovilizaron de la espalda a los tobillos. Una cuadrilla de esbirros lo levantaba a pulso y lo ataba como a un jamón.
¡A Clarisa la verás estando en chirona! —y lo condujeron a la cárcel.
La cárcel era una torre a orillas del mar. Un bosque de pinastros crecía allí cerca. Desde lo alto de uno de estos pinastros, Cósimo llegaba casi a la altura de la celda de Gian dei Brughi y veía su rostro tras las rejas.
Al bandido no le importaban nada ni los interrogatorios ni los procesos; cualquiera que fuese el resultado, lo iban a ahorcar igualmente; pero su preocupación eran esos días vacíos allí en la prisión, sin poder leer, y aquella novela dejada a medias. Cósimo consiguió obtener otro ejemplar de Clarisa y se lo llevó al pino.
¿Dónde habías llegado?
¡Cuando Clarisa escapaba de la casa de mala fama!
Cósimo hojeó un poco y luego:
Ah, sí, aquí lo tengo. Pues… —y empezó a leer en voz alta, vuelto hacia la reja, a la que se veían agarradas las manos de Gian dei Brughi.
La instrucción de la causa se fue alargando; el bandido resistía las torturas; para hacerle confesar cada uno de sus innumerables delitos se requerían días y días. Pero siempre, antes y después de los interrogatorios, se quedaba escuchando a Cósimo que le leía. Cuando terminó Clarisa, viéndolo algo entristecido, Cósimo pensó que Richardson, a la postre, era un poco deprimente; y prefirió empezar a leerle una novela de Fielding, que con vicisitudes más movidas lo consolara un poco de la libertad perdida. Eran los días del proceso, y Gian dei Brughi sólo tenía en la cabeza los azares de Jonathan Wild.
Antes de que se acabara la novela, llegó el día de la ejecución. En la carreta, en compañía de un fraile, Gian dei Brughi llevó a término el último viaje como viviente. Las ahorcaduras en Ombrosa se ejecutaban en una alta encina en medio de la plaza. Alrededor todo el pueblo formaba un círculo.
Cuando tuvo la soga al cuello, Gian dei Brughi oyó un silbido entre las ramas. Alzó el rostro. Era Cósimo, con el libro cerrado.
Dime cómo termina —dijo el condenado.
Siento decírtelo, Gian —respondió Cósimo—, Jonathan termina colgado por el cuello.
Gracias. ¡Que sea lo mismo para mí! ¡Adiós! —y dio un puntapié a la escalera, quedando estrangulado.
El gentío, cuando el cuerpo cesó de agitarse, se marchó. Cósimo se quedó hasta la noche, a horcajadas de la rama de la que colgaba el ahorcado. Cada vez que un cuervo se acercaba para morder los ojos o la nariz al cadáver, Cósimo lo ahuyentaba agitando el gorro.

El barón rampante, 1957.