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sábado, 3 de febrero de 2024

El sistema II. Edudardo Galeano.

Hay jaulas de muchos pajaritos y jaulas de a uno. Adoum me explica que a las jaulas de a uno les ponen un espejito, para que los pájaros no sepan que están solos.
Después, en el almuerzo, Guayasamín cuenta cosas de New York. Dice que allá ha visto hombres bebiendo solos en los mostradores. Que tras la hilera de botellas hay un espejo y que a veces, bien entrada la noche, los hombres arrojan el vaso y el espejo vuela en pedazos.

sábado, 16 de diciembre de 2023

Mujer que dice Chau. Eduardo Galeano.

Me llevo un paquete vacío y arrugado de cigarrillos Republicana y una revista vieja que dejaste aquí. Me llevo los dos boletos últimos del ferrocarril. Me llevo una servilleta de papel con una cara mía que habías dibujado, de mi boca sale un globito con palabras, las palabras dicen cosas cómicas. También llevo una hoja de acacia recogida en la calle, la otra noche, cuando caminábamos separados por la gente. Y otra hoja, petrificada, blanca, que tiene un agujerito como una ventana, y la ventana estaba velada por el agua y yo soplé y te vi y ése fue el día en que empezó la suerte.
Me llevo el gusto del vino en la boca (Por todas las cosas buenas, decíamos, todas las cosas cada vez mejores que nos van a pasar).
No me llevo ni una sola gota de veneno. Me llevo los besos cuando te ibas (no estaba nunca dormida, nunca). Y un asombro por todo esto que ninguna carta, ninguna explicación, pueden decir a nadie lo que ha sido.

Vagamundo, 1973.

domingo, 17 de septiembre de 2023

¿Nos dará permiso la memoria para ser felices? (Hubo un momento). Eduardo Galeano.

Hubo un momento en que el dolor comenzó y desde entonces no se detuvo nunca, venía aunque no lo llamaras, sombra de ala de cuervo repitiéndote al oído: «Ninguno quedará. Ninguno quedará vivo. Son muchos los errores y las esperanzas que habrá que pagar».
La Sarracena arrancó el trapo que cubría el cuerpo de tu hermano Tin, en Córdoba, y mientras ella se quejaba del calor y del mucho trabajo le torció la cara para que vieras el agujero del tiro. No te diste cuenta de las lágrimas hasta que te tocaste la piel mojada.
Cuando acribillaron a Rodolfo, el primer balazo te alcanzó la boca. Te inclinaste sobre su cuerpo y no tenías labios para besarlo.
Después…
Iban cayendo, uno tras otro, los seres queridos, culpables de actuar o de pensar o de dudar o de nada.
Aquel muchacho de barba y mirada melancólica llegó al velorio de Silvio Frondizi muy tempranito, cuando no había nadie. Dejó sobre el cajón una manzana roja y brillante. Lo viste dejar la manzana y él se alejó caminando.
Después supiste que aquel muchacho era el hijo de Silvio. El padre le había pedido la manzana. Estaban comiendo, al mediodía, y él se levantó para alcanzarle la manzana cuando irrumpieron, de golpe, los asesinos.

Días y noches de amor y de guerra, 1978.

jueves, 10 de agosto de 2023

Los hijos. (Hace once años). Eduardo Galeano.

Hace once años, en Montevideo, yo estaba esperando a Florencia en la puerta de casa. Ella era muy chica; caminaba como un osito. Yo la veía poco. Me quedaba en el diario hasta cualquier hora y por las mañanas trabajaba en la Universidad. Poco sabía de ella. La besaba dormida; a veces le llevaba chocolatines o juguetes.
La madre no estaba, aquella tarde, y yo esperaba en la puerta de casa el ómnibus que traía a Florencia de la jardinera.
Llegó muy triste. No hablaba. En el ascensor hacía pucheros. Después dejó que la leche se enfriara en el tazón. Miraba el piso.
La senté en mis rodillas y le pedí que me contara. Ella negó con la cabeza. La acaricié, la besé en la frente. Se le escapó alguna lágrima. Con el pañuelo le sequé la cara y la soné. Entonces, volví a pedirle:
—Anda, decime.
Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería.
Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla.
Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado.

jueves, 6 de julio de 2023

Esta tarde rompí la porky y tiré los pedacitos a la basura. Eduardo Galeano.

Me había acompañado a todas partes. Se aguantó a mi lado intemperies y maltratos y caídas. Perdió la espiral de alambre y se le salieron las hojas. De las tapas, color lacre, no quedaban más que jirones. La Porky, que supo ser una elegante agenda francesa, se había reducido a un montón de papeles y papelitos atados con un elástico, y andaba toda lajeada y rotosa y sucia de tinta y tierra.
Me costó decidirme. A esa gorda descuajeringada, yo la quería. Me estallaba en las manos cada vez que le pedía una dirección o un teléfono.
Ninguna computadora hubiera podido con ella. La Porky estaba a salvo de espías y policías. En ella yo encontraba lo que buscaba sin esfuerzo: sabía descifrarla manchita por manchita y retazo por retazo.
Entre la A y la Z, la Porky contenía diez años de mi vida.
Nunca la había pasado en limpio. Por pereza, decía; pero era por miedo.
Hoy la maté.
Unos pocos nombres me dolieron de verdad. A la mayoría ya no los reconocía. La libreta estaba llena de muertos; y también de vivos que ya no tenían ningún significado para mí. Confirmé que en estos años, quien había muerto varias veces y varias veces nacido, era yo.

Días y noches de amor y de guerra, 1978.

jueves, 11 de mayo de 2023

Diagnóstico de la civilización. Eduardo Galeano.

En algún lugar de alguna selva, alguien comentó: Qué raros son los civilizados. Todos tienen relojes y ninguno tiene tiempo.

El cazador de historias, 2016.

domingo, 23 de abril de 2023

El sistema. Eduardo Galeano.

que programa la computadora que alarma al banquero que alerta al embajador que cena con el general que emplaza al presidente que intima al ministro que amenaza al director general que humilla al gerente que grita al jefe que prepotea al empleado que desprecia al obrero que maltrata a la mujer que golpea al hijo que patea al perro.

Días y noches de amor y de guerra. 1978

lunes, 10 de enero de 2022

El rescate de la ciudad prisionera. Eduardo Galeano.

Al amanecer de este día de 1944, París enloqueció.
La ocupación nazi había terminado.
Los primeros tanques y carros blindados habían entrado unas horas antes:
—¿Son americanos? —preguntaba el gentío.
Pero los nombres de esos tanques y esos blindados, torpemente escritos con pintura blanca, decían: Guadalajara, Ebro, Teruel, Brunete, Madrid, Don Quijote, Durruti...
Los primeros liberadores de París fueron los republicanos españoles.
Vencidos en su tierra, se habían batido por Francia.
Ellos creían que después España sería rescatada.
Se equivocaron.

Los hijos de los días, 2012.

jueves, 25 de marzo de 2021

La puerta. Eduardo Galeano.

A Carlos, que después de esta historia,
ya en plena democracia,
volvió a prisión por el delito de ser periodista.


En una barraca, por pura casualidad, Carlos Fasano encontró la puerta de la celda donde había estado preso.
Durante la dictadura militar uruguaya, él había pasado seis años conversando con un ratón y con esa puerta de la celda número 282. El ratón se escabullía y volvía cuando quería, pero la puerta estaba siempre. Carlos la conocía mejor que la palma de su mano. No bien la vio, reconoció los tajos que él había cavado con la cuchara, y las manchas, las viejas manchas de la madera, que eran los mapas de los países secretos adonde él había viajado a lo largo de cada día de encierro.
Esa puerta y las puertas de todas las otras celdas fueron a parar a la barraca que las compró, cuando la cárcel se convirtió en shopping center. El centro de reclusión pasó a ser un centro de consumo y ya sus prisiones no encerraban gente, sino trajes de Armani, perfumes de Dior y videos de Panasonic.
Cuando Carlos descubrió su puerta, decidió quedársela. Pero las puertas de las celdas se habían puesto de moda en Punta del Este, y el dueño de la barraca exigió un precio imposible. Carlos regateó y regateó hasta que por fin, con la ayuda de algunos amigos, pudo pagarla. Y con la ayuda de otros amigos, pudo llevarla: más de un musculoso fue necesario para acarrear aquella mole de madera y hierro, invulnerable a los años y a las fugas, hasta la casa de Carlos, en las quebradas de Cuchilla Pereira.
Allí se alza, ahora, la puerta. Está clavada en lo alto de una loma verde, rodeada de verderías, de cara al sol. Cada mañana el sol ilumina la puerta, y en la puerta el cartel que dice: Prohibido cerrar.


viernes, 19 de febrero de 2021

Un resplandor que se demora entre los párpados. Eduardo Galeano.

Ocurrió esta tarde, en el andén, mientras esperaba el tren a Barcelona.
La luz encendió la tierra entre las vías. La tierra tuvo de pronto un color muy vivo, como si se le hubiera subido la sangre, y se hinchó bajo las vías azules.
Yo no estaba feliz, pero la tierra sí, mientras duró ese largo instante, y era yo quien tenía conciencia para saberlo y memoria para recordarlo.

Días y noches de amor y guerra, 1978.
 

martes, 2 de febrero de 2021

Ventana sobre el arte (II). Eduardo Galeano.

Yo era muchacho, casi niño, y quería dibujar. Mintiendo la edad, pude mezclarme con los estudiantes que dibujaban una modelo desnuda. En las clases, yo borroneaba papeles, peleando por encontrar líneas y volúmenes. Aquella mujer en cueros, que iba cambiando de pose, era un desafío para mi mano torpe y nada más: algo así como un jarrón que respiraba.
Pero una noche, en la parada del ómnibus, la vi vestida por primera vez. Al subir al ómnibus, la pollera se alzó y le descubrió el nacimiento del muslo. Y entonces mi cuerpo ardió.

Las palabras andantes, 1994.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Historia de la resurrección del papagayo. Eduardo Galeano.

El papagayo cayó en la olla que humeaba. Se asomó, se mareó y cayó. Cayó por curioso, y se ahogó en la sopa caliente. La niña, que era su amiga, lloró. La naranja se desnudó de su cáscara y se le ofreció de consuelo.
El fuego que ardía bajo la olla se arrepintió y se apagó. Del muro se desprendió una piedra.
El árbol, inclinado sobre el muro, se estremeció de pena, y todas sus hojas se fueron al suelo.
Como todos los días llegó el viento a peinar el árbol frondoso, y lo encontró pelado. Cuando el viento supo lo que había ocurrido, perdió una ráfaga.
La ráfaga abrió la ventana, anduvo sin rumbo por el mundo y se fue al cielo.
Cuando el cielo se enteró de la mala noticia, se puso pálido.
Y viendo al cielo blanco, el hombre se quedó sin palabras.


El alfarero de Ceará quiso saber. Por fin el hombre recuperó el habla, y contó que el papagayo se había ahogado
y la niña había llorado
y la naranja se había desnudado
y el fuego se había apagado
y el muro había perdido una piedra
y el árbol había perdido las hojas
y el viento había perdido una ráfaga
y la ventana se había abierto
y el cielo había quedado sin color
y el hombre sin palabras.


Entonces el alfarero reunió toda la tristeza. Y con esos materiales, sus manos pudieron renacer al muerto.
El papagayo que brotó de la pena tuvo plumas rojas del fuego
y plumas azules del cielo
y plumas verdes de las hojas del árbol
y un pico duro de piedra y dorado de naranja
y tuvo palabras humanas para decir
y agua de lágrimas para beber y refrescarse
y tuvo una ventana abierta para escaparse
y voló en la ráfaga del viento.

Las palabras andantes, 1994.
 

lunes, 16 de noviembre de 2020

Nochebuena. Eduardo Galeano.

Fernando Silva dirige el hospital de niños, en Managua.
En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba detrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedía permiso. 
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano: 
–Decile a… –susurró el niño–. Decile a alguien, que yo estoy aquí.

El libro de los abrazos, 1989. 

lunes, 5 de octubre de 2020

Historia de la intrusa. Eduardo Galeano.

 Y al séptimo día, Dios descansó.
Y recuperó la plenitud de su energía.
Y al octavo día, la creó.
(Génesis, 2.1)


Viniste por el río, en la noche de tu boda. Todo el pueblo estaba de boca abierta en el muelle, cuando llegaste desde la oscuridad, erguida sobre la espuma. Las salpicaduras del agua te habían pegado al cuerpo la túnica blanca, y una diadema de cocuyos vivos te encendía la cara.
Lucho Cabalgante te había cambiado por seis vacas, que eran todo lo que tenía, para que tu hermosura le sanara el cuerpo agraviado por la soledad y humillado por los años.
La noche fue fiesta. Y al amanecer, bajo una lluvia de arroz, la balsa dio cuatro vueltas en el río y ustedes se alejaron, perseguidos por los adioses de las guitarras y las maracas.


A la noche siguiente, la balsa volvió. Venías parada. Lucho Cabalgante, tendido cuan largo era.
Lucho había muerto sin tocarte, mientras la túnica blanca se deslizaba lentamente a lo largo de tu cuerpo y caía, hecha un ovillo, a tus pies. Mirándote, le había estallado el pecho.
Lo velaran tapado, porque estaba todo violeta y con la lengua salida. Y durante la vela, los dos hermanos de Lucho se acuchillaron entre sí, disputándote en herencia, hembra sola, invicta y viuda. Hubo que abrir tres tumbas.


Te quedaste en el pueblo.
El padre de los difuntos no te perdía pisada. Desde la orilla, el viejo Cabalgante te perseguía con sus prismáticos, mientras hacías cantar los remolinos: al amanecer, girabas en el agua tu remo de pala ancha y una música ronquita brotaba de la espuma. Tu cantío de las pompas del agua era más poderoso que la campana de la iglesia. La canoa danzaba, los peces acudían y todos los hombres despertaban.
En el mercado, cambiabas sábalos y róbalos por mangos y piñas y aceite de palma. El viejo te andaba atrás, malandando su reuma, espiándote los pasos. Y cuando te tendías en la hamaca, te espiaba los sueños.
El viejo no comía ni dormía. Desangrado por los celos, torbellino de mosquitos que lo mordían día y noche, fue perdiendo su carne y su aliento. Y cuando no quedó de él nada más que un puñado de huesos mudos, lo enterraron junto a sus hijos.


No usabas vestidos de la Casa París, ni pulseras, ni aretes, ni anillos, ni un broche siquiera para tu largo pelo negro, siempre brilloso de baños de cepa de plátano. Pero cada vez que pasabas cerca, Escolástico, que era paralítico, pegaba un brinco. Allá ibas navegando por las calles del pueblo, invulnerable al polvo y al barro, y Escolástico sentía que el destino lo llamaba a gritos y a gritos le mandaba entrar en tu cuerpo y allí quedarse por todos los días de los años que tuviera su vida.
—¿Qué hago yo aquí, fuera de ella?—se atormentaba Escolástico, hasta que una mañana, cuando te vio pasar, abandonó de un salto su silla de ruedas y corriendo pereció, atropellado por una bicicleta.


Cuando había marea alta, el río le llegaba al pecho: Fortunato era capaz de hundir cualquier barco con un brazo, y con dos lo reflotaba. Insaciable devorador de peces crudos y mujeres frescas, aquél sansón alardeaba:
—Mi espada de mango peludo sólo hace hijos machos.
Un rayo lo aniquiló, cuando iba a pegarte el zarpazo. El rayo, que cayó del cielo sin nubes, sorprendió a Fortunato con su espada tiesa y sus brazos estirados, a la orilla de la hamaca donde dormías; pero seguiste durmiendo serenamente, sin enterarte de nada, y de Fortunato no nos quedó más que un tronquito de carbón erizado en tres puntas.


Llamados por tu fama de muy mujer, que se había regado por toda la costa del Pacífico, llegaron al pueblo un periodista y un fotógrafo del puerto de Buenaventura.
Era noche bailandera. Estabas girando en el aire, al centro de un ruedo de aplausos, quietos los hombros, meneando las caderas, zumba que te zumban aquellos pies tuyos o alas de colibrí, y en oleajes se alzaba la espuma de los encajes sobre tus muslos oscuros y radiantes. El periodista alcanzó a musitar:
—Qué suerte tuve,
haber estado en el mundo,
haberla visto,
y ésas fueron sus últimas palabras.
El fotógrafo se volvió loco. Queriendo atrapar tu imagen de mujer alada, tierra y cielo, suelo y vuelo, quedó por siempre tartamudo y tembleque. Fotografiaba estatuas y le salían movidas.


El padre Jovlno sintió una ráfaga de olor a mar y te descubrió en las cercanías. Echó un manotón de tierra hacia adelante, pronunció sus conjuros haciendo la señal de la cruz y echó otro puñado de tierra hacia atrás. Cuando advirtió que venías hacia la iglesia, cerró la puerta con doble llave y tranca de fierro y madera.
—Padre—dijiste.
Él retrocedió, despavorido. En el altar, se abrazó a la cruz.
—Padre—repetiste, pegada a la puerta.
—¡Señor mío, no me abandones!—imploraba el sacerdote, transpirando a chorros, incendiado por los fuegos de su perdición.
Venías a confesarte. Te fuiste. Ibas llorando gotas de hierbabuena.


Al día siguiente, el padre Jovino se untó de barro bendito y se tiró al río, en la vuelta honda, atado al Cristo. Al rato, los sacaron a los dos. El cura estaba ahogado y Jesusito, que antes sudaba y sangraba y hacía guiñadas, se dejó de parpadear y ya no echaba agua ni sangre, ni hacía milagros.


Siempre las mujeres te habían mirado con el ceño fruncido. Desde que habías llegado al pueblo, la lluvia no llovía y los hombres trabajaban poco y morían mucho. Alguien había visto espuelas en tus sandalias y alguien te había visto envuelta en nube de azufre. Era público y notorio que el río hervía y humeaba donde tu navegabas, y los peces te perseguían agitando frenéticamente las aletas; y se sabía que una culebra te visitaba cada noche, deslizándose hacia tu hamaca desde la palma del techo, y te hacía el favor.
Todo el pueblo te condenaba, bruja desdeñosa, más fiestera que rezandera, por tus artes de encantamiento y hechicería o por la culpa de tu belleza imperdonable. Una noche te fuiste. En tu canoa, de pie sobre las aguas, te desvaneciste en la niebla.
Nadie te vio. Sólo yo te vi. Yo era muy niño, y ni te diste cuenta. Te veo todavía.


Palabras andantes, 1993.

sábado, 15 de agosto de 2020

Historia de la justiciera y el arcángel en el palacio de las pecadoras. Eduardo Galeano.

Señor escritor: No me mueve a escribirle la admiración, sino la piedad que me inspiran su escasa inspiración y su imaginación de corto vuelo. En su prosa, tan correcta como incapaz de sorpresa, el lector nunca encuentra más que lo ya leído.
Esta carta le ofrece la oportunidad de lucir sus talentos, habitualmente invisibles a los ojos del público, si es que los tiene usted escondidos en alguna parte. Créame si le aseguro que no se necesita ser un genio para cocinar una buena historia con todos los ingredientes que le estoy regalando. Se preguntará usted: ¿Por qué a mí, y no a otro?
En primer lugar, porque alguien me ha dado su dirección. En segundo lugar, porque los escritores que valen la pena yacen un par de metros bajo tierra, donde no llega el cartero.
Empecemos por el escenario: el burdel de Cormayagua, ubicado en lo alto de una colina, en una torre blanca que tocaba las estrellas. Debajo, estaba la Iglesia. Toda la población acudía a las misas y a las procesiones y la mitad de la población acudía al burdel; y así Comayagua bostezaba su destino.
Por si le resulta de utilidad, le transcribo la opinión de las señoras decentes, tal cual fue sintetizada por un viajero de la época: Aquí el relajito empezó con el baile agarrado, cuando vino la Independencia. En tiempos de los españoles se bailaba suelto y sin tocarse, el minué de Francia, la jota de Aragón...
El burdel pertenecía a don Idilio Gallo. Las muchachas trabajaban día y noche, sin un momento, de descanso. Don Idilio les exprimía la juventud hasta la última gota. Cuando ya no tenían jugo, las devolvía a la calle. Le ruego que no se extienda demasiado en este punto, señor escritor, habida cuenta de su notoria tendencia al panfleto, y permita cuanto antes la entrada en escena de Calamity Jane. Al fin y al cabo, si bien el trato dejaba que desear, las chicas de don Idilio Gallo no la pasaban tan mal —si se compara con la vida de los demás sapos que croaban en el fondo del pozo de aquella ciudad venida a menos.
Calamity Jane llegó maltrecha, tumbada en el lomo de su caballo Satán. Venía del Lejano Oeste, perseguida por los ecos de los tambores apaches. Había atravesado las montañas de tres países, guiada por los reflejos de su anillo de diamantes en las paredes rocosas. Calamity traía ese anillo, que desapareció la primera noche, y también traía su larga fama de corazón de madre y mano obligada a matar, gatillo alegre, lazo infalible, naipes marcados.
Las chicas le dieron refugio, sin que don Idilio supiera. Ella durmió una semana. Cuando despertó, lo encaró:
—El sombrero —dijo.
En lugar de descubrirse la cabeza, don Idilio, que poco tenía de caballero, se hundió el Stetson hasta las cejas. Calamity desenfundó el Colt y le voló el sombrero de un balazo.
A tiros lo sostuvo en el aire. Cuando el sombrero aterrizó, convertido en colador, don Idilio Gallo dejó escapar un gemido y Calamity sopló el humo del caño:
— Por eso no me quedé en Rapid City —dijo—. Se mata mucho en aquella mierda.
La mención de las marcas, Colt, Stetson, ¿le parece superflua? No me sorprende; pero un escritor profesional debería saber que en una narración verosímil, el todo está en lo que parece nada. Y dicho sea de paso, le sugiero tener en cuenta que Calamity usaba también un rifle Springfield, y no el fusil Winchester que le atribuyen los ignorantes.


Continuemos. Jugaron al póker. Las apuestas subían mientras bajaban las botellas de ron de Jamaica, hasta que don Idilio perdió el burdel y todo lo demás. Y entonces aquel hombre mandón y despiadado no se defendió. Sin pestañear aceptó su ruina, con aquel fatalismo de los Gallo, estirpe de centinelas, que en los terremotos se sentaban a esperar que la casa les cayera encima. Calamity le dio una carta de recomendación para el circo de Buffalo Bill. Sin otra cosa en el bolsillo, don Idilio se embarcó a París. Allá se emplumó, se disfrazó de cacique piel roja, posó de perfil para las fotos y murió de pulmonía.
El burdel, que había sido frío como un hospital y duro como un cuartel, se llenó de pájaros y guitarras y plantas y colores. Sólo se abrían piernas desde el crepúsculo, mientras duraba la noche. Durante el día, y hasta la primera campanada del ángelus, se abrían orejas. Esa idea vino de la experiencia. Las muchachas habían aprendido que todo macho en pelotas esconde un náufrago que suplica amparo. El confesionario tuvo tanto éxito que fue desbordado por las multitudes que acudían desde la enemiga ciudad de Tegucigalpa y desde todas partes. Largas colas de hombres se veían en las laderas de la colina, esperando turno para contar dudas y secretos, miedos guardados, sueños y pesadillas. La iglesia no era competencia. Los curas, como usted sabe, sólo reciben la confesión de los pecados, que es lo que la gente menos necesita confesar.


Mientras tanto, Calamity se ocupaba de arreglar papeles con el señor Gobierno. Había estrenado pollera, ella que siempre vestía pantalones. En la liga, bajo la falda, guardaba una bayoneta Collins, y el dinero en el corpiño.
— Que sea con sobre —exigió el señor Gobierno, cuando Calamity le deslizó un puñado de billetes calientes. Y un decreto exoneró de impuestos al burdel, por tratarse de una cooperativa sin fines de lucro, y prohibió la instalación de nuevos lenocinios en todo el territorio nacional.


Y en aquel año de loca prosperidad, llegó el arcángel. Según la tradición, el palacio de las pecadoras cerraba sus puertas todos los Viernes de Cuaresma. Y según la tradición, cuando Jesús Nazareno había recorrido, en hombros de las beatas, la calle del Calvario, y ya resonaban los últimos ecos de los cánticos de pasión y los rezos del Viacrucis, un jinete sin cabeza surgía, al galope, de la boca de la noche. El caballo pateaba las puertas del burdel, lanzando relinchos espeluznantes, y tras rajar las puertas se alejaba, perseguido por humaredas de azufre y remolinos de tormenta. Entonces, según la tradición, una de las ovejas descarriadas se arrepentía y llorando abandonaba la lujuria para iniciar vida honesta.
Aquel viernes, el jinete sin cabeza atropelló, ciego de furia, como todos los años, pero las puertas estaban abiertas de par en par. El caballo negro atravesó el burdel y se perdió en la lejanía; el jinete rodó por los suelos, chocó con una lámpara Tiffany y se estrelló contra la pared. Despertó en brazos de mujer:
—Oiga, señora —protestó.
—Señorita —corrigió Calamity Jane.
El jinete era un arcángel, un enanito de edad avanzada, con nariz roja y voz de niño, que Dios disfrazaba de diablo decapitado para meter miedo a las mujeres de vida licenciosa.


Hubo relámpagos y lluvia durante toda la noche y el mundo amaneció más luminoso que nunca. La mañana sorprendió al arcángel en pleno baño de asiento, metido en un tacho de leche de papaya verde. El pobrecito se había lastimado el culo cuando se rompió la cuerda que lo bajó del cielo. A su lado, Calamity, con la boca abierta, se dejaba hacer. El arcángel le estaba limpiando, con miel y canela, la lengua sucia de procaces maldiciones.


Por favor, se lo ruego, no me ofenda usted preguntando si esta historia ocurrió. Yo se la estoy ofreciendo para que usted haga que ocurra. No le pido que describa la lluvia de aquella noche de la visitación del arcángel: le exijo que me moje. Decídase, señor escritor, y por una vez al menos sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma. Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe; y a sus años ya va siendo hora de que usted se entere.


Continúo. Como sabrá usted por la iconografía disponible, los arcángeles no tienen sexo, pero tienen barriga. Si había sucumbido Adán por una manzana cualquiera, ¿cómo no iba a sucumbir el arcángel? El burdel le ofreció las delicias de su huerto: la dorada carne del mango, el aliento mareador del maracuyá, la frescura de la piña, las suavidades de la guanábana y el aguacate.
Y como cualquiera sabe, los arcángeles tienen alma; y el alma necesita confesión, aunque no peque. Calamity hablaba mal del Lejano Oeste y el arcángel se quejaba del Cielo. De día los acompañaba el chocolate; de noche, el ron. Decía ella que si fuera dueña de Wyoming y del infierno, alquilaría Wyomlng y viviría en el infierno; y él decía que se había pasado toda la eternidad sirviendo al Señor en el Paraíso, en los más pesados menesteres, y el ingrato le pagaba mandándolo a la tierra a redimir putas y borrachos. Ella contaba escabrosas confidencias del general Custer y del sheriff Wild Bill Hickok y él se desahogaba contra los asesores del Altísimo; y charlando descubrían que habían estado toda la vida solos, y que no lo sabían.
Algunas tardes, Calamity paseaba al arcángel por las calles de Comayagua, en un cochecito de bebé. Andaban muy orondos, invulnerables al rencor y la envidia. Los perseguían las malas lenguas de los antiimperialistas, los ateos y los abogados de la virtud y las buenas costumbres, mientras los escépticos que nunca faltan se daban codazos cuchicheando: ¿Cómo es que Calamity Jane no entiende ni una palabra de inglés? ¿Qué clase de arcángel es éste, que no tiene alas, ni espada de fuego, ni sabe una jota de latín? ¿Por qué hablan los dos con acento de por aquí nomás?


No sé si fue: yo sólo sé que mereció haber sido. Lo demás es lo de menos. El tiempo ha borrado todas las huellas. Cabe imaginar que el arcángel lo pasaba de lo más bien, la vida era mucho más divertida que la salvación; pero también se puede suponer que Calamity, a la larga, se cansó de todo aquello. Se puede suponer que en aquel palacio, tapizado de espejos que la delataban, ella ya no encontraba refugio para esconderse de sus años. Que el burdel estaba en plena gloria, con la Orquesta Sinfónica Nacional tocando hasta el amanecer, y una noche Calamity bailó la danza del ombligo, desnuda bajo las gasas rojas, y el público la celebró riendo a las carcajadas y ella se aguantó las lágrimas. Y que al día siguiente se fue. Se fue sin despedirse, cuando nadie la veía. Su caballo, Satán, se arrodilló para ayudarla a montar. Ella no volvió al norte, al origen; siguió viaje al sur, al destino. Alguien ha de haber escuchado, entre dos luces, el ruido de cascos y el silbido. Ella silbaba. ¿Para acompañarse? ¿Para darse coraje? Usted elige.
¿Y el arcángel? ¿Se lo llevó Calamity en el regazo? ¿Volvió al cielo, o intentó volver? ¿Se convirtió, macho al fin, en un nuevo Idilio Gallo? Ni se moleste en preguntar. Nadie sabrá responderle, en Comayagua ni en ningún otro lugar de este planeta. Lo lamento, señor escritor, mamífero plumífero: no tendrá usted más remedio que inventarlo.


Suyo,


(Firma ilegible) 

Las palabras andantes, 1994.
 

jueves, 25 de junio de 2020

Ellos venían desde lejos. Eduardo Galeano.

Si hubieran conocido la lengua de la ciudad, habrían podido preguntar quién hizo al hombre blanco, de dónde salió la fuerza de los automóviles, cómo se sostienen los aviones, por qué los dioses nos negaron el acero.

Pero no conocían la lengua de la ciudad. Hablaban el viejo idioma de los antepasados, que no habían sido pastores ni habían vivido en las alturas de la sierra nevada de Santa Marta. Porque antes de los cuatro siglos de persecución y de despojo, los abuelos de los abuelos de los abuelos habían trabajado las tierras fértiles que los nietos de los nietos de los nietos no habían podido conocer ni siquiera de vista o de oídas.

De modo que ahora ellos no podían hacer otro comentario que el que les nacía, en chispas burlonas, de los ojos: miraban esas manos pequeñitas de los hombres blancos, manos de lagartija, y pensaban: esas manos no saben cazar, y pensaba: sólo pueden regalar regalos hechos por otros.

Estaban parados en una esquina de la capital, el jefe y tres de sus hombres, sin miedo. No los sobresaltaba el vértigo del tráfico de las máquinas y los transeúntes, ni temían que los edificios gigantes pudieran desprenderse de las nubes y derrumbárseles encima. Acariciaban con las yemas de los dedos sus collares de varias vueltas de dientes y semillas, y no se dejaban impresionar por el estrépito de las avenidas. Sus corazones se compadecían de los millones de ciudadanos que les pasaban por encima y por debajo, por los costados y por delante y por detrás, sobre piernas y sobre ruedas, a todo vapor. “¿Qué sería de todos ustedes -preguntaban lentamente sus corazones- si nosotros no hiciéramos salir el sol todos los días?”


 Vagamundo y otros relatos, 1998.

jueves, 4 de junio de 2020

Buñuel. Eduardo Galeano.

Llueven piedras sobre Luis Buñuel. Varios diarios y sindicatos piden que México expulse a este español ingrato que con infamia está pagando los favores recibidos. La película que provoca la indignación nacional, Los olvidados, retrata los arrabales de la ciudad de México. En este espeluznante contramundo, unos adolescentes que viven a salto de mata, comiendo lo que encuentran y comiéndose entre sí, sobrevuelan los basurales. Se devoran a picotazos, pedazo tras pedazo, estos muchachos o pichones de buitres, y así van cumpliendo el oscuro destino que su ciudad les eligió.
Un trueno misterioso, una misteriosa fuerza, resuena en las películas de Buñuel. Es un largo y profundo redoble de tambores, los tambores de la infancia en Calanda haciendo temblar el suelo bajo los pies, aunque la banda sonora no registre ruido ninguno y aunque el mundo simule silencio y perdón.

Memoria del fuego III. El siglo del viento. 1986.

viernes, 8 de mayo de 2020

Matazón. Eduardo Galeano.

En las orillas de Ciénaga, un oleaje de mar y de banderas. Los huelguistas han venido desde todas las distancias, hombres de machete al cinto, mujeres cargadas de ollas y de niños, y aquí, rodeados de fogatas, esperan. Les han prometido que esta noche la empresa firmará el acuerdo que pondrá fin a la huelga.
En lugar del gerente de la United Fruit, llega el general Cortés Vargas. En lugar del acuerdo, les lee un ultimátum.
La multitud no se mueve. Tres veces suena, advirtiendo, el clarín militar.
Y entonces, de pronto, revienta el mundo, súbito trueno de truenos, y se vacían las ametralladoras y los rifles.
Queda la plaza alfombrada de muertos. Los soldados la barren y la lavan, durante toda la noche, mientras los barcos arrojan a los muertos mar adentro; y al amanecer no pasa nada.
—En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando, ni pasará nunca.

 

jueves, 16 de abril de 2020

Un niño mira. Eduardo Galeano.

La madre le tapó los ojos para que no viera al abuelo colgado de los pies. Y después las manos de la madre no lo dejaron ver al padre agujereado por los balazos de los bandoleros, ni a los tíos balanceándose, al soplo del aire, allá en lo alto de los postes del telégrafo.
Ahora la madre también se murió o se cansó de defenderle los ojos. Sentado en la cerca de piedra que culebrea por las lomas, Juan Rulfo contempla a ojo desnudo su tierra áspera. Ve a los jinetes, federales o cristeros, que lo mismo da, emergiendo del humo y, tras ellos, allá lejos, un incendio. Ve la hilera de los ahorcados, pura ropa en jirones vaciada por los buitres, y ve una procesión de mujeres vestidas de negro.
Juan Rulfo es un niño de nueve años rodeado de fantasmas que se le parecen.
Aquí no hay nada viviente. No hay más voces que los aullidos de los coyotes, ni más aire que el negro viento que sube en tremolina. En los llanos de Jalisco, los vivos son muertos que disimulan.

Memoria del fuego III. El siglo del viento, 1986.
 

martes, 24 de marzo de 2020

Chaplin. Eduardo Galeano.

En el principio fueron los trapos.
De los desperdicios de los estudios Keystone, Charles Chaplin eligió las prendas más inútiles, por demasiado grandes o demasiado pequeñas o demasiado feas, y unió, como quien junta basura, un pantalón de gordo, una chaqueta de enano, un sombrero hongo y unos ruinosos zapatones. Cuando tuvo todo eso, agregó un bigote de utilería y un bastón. Y entonces, ese montoncito de despreciados harapos se alzó y saludó a su autor con una ridícula reverencia y se echó a caminar a paso de pato. A poco andar, chocó con un árbol y le pidió disculpas sacándose el sombrero.
Y así fue lanzado a la vida Carlitos el Vagabundo, paria y poeta.

Memoria del fuego III. El siglo del viento. 1986.