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jueves, 20 de junio de 2024

Justificación. Fermín López Costero.

¿Que por qué lo hice? Pues porque hace más de un lustro que vengo sufriendo infinidad de humillaciones destinadas a enflaquecer mi personalidad. ¡Y ya estaba harto! ¡Porque maldito el día en que, por falta de expectativas, vine a trabajar a este circo tan deprimente y decrépito! Pero yo bien que se lo advertí a todos ellos, y varias veces, cuando más me fastidiaban. Les dije que el día menos pensado se me iban a hinchar las narices y que iba a ocurrir una desgracia. Pero los muy imbéciles se reían…
¿Que por qué aguanté tanto? ¿Por qué no mandé todo a hacer puñetas, en vez de permitir que mi vida se convirtiese en un infierno bajo esta carpa cochambrosa?… Infinidad de veces me he hecho esas mismas preguntas. Pero, adónde ir, si ni siquiera mi propia vida me pertenece… Para colmo, siempre he sido un pusilánime, un triste apocado, a pesar de mi fiera apariencia…
¡Ah, pero ayer fue distinto! Ayer, la rabia se me hizo incontenible y acabó destrozando -¡al fin!- el corsé de mansedumbre que siempre me ha tenido acogotado. Fue en plena función vespertina: aburrido de tanto pasar por el aro, en el instante en que el domador introdujo su cabeza entre mis fauces, junté las mandíbulas y juro que apreté con ganas. 

 

miércoles, 20 de febrero de 2019

Robinson. Fermín López Costero.


Todas las mañanas bajo corriendo hasta la playa, para ver si las olas han arrastrado algún objeto que pueda serme útil: un jirón de vela, unas tablas, alguna cuerda, un barril de ron… Pero, rara es la vez que encuentro algo provechoso.
Tampoco vislumbro en lontananza la silueta de ningún barco. Ni encuentro a nadie conocido con quien hablar. Ese muchacho negro al que llamo Viernes, hace días que no aparece. Aburrido y descorazonado, a mediodía recojo la toalla y la sombrilla y me voy para la piscina del hotel.


martes, 23 de octubre de 2018

Los aparecidos. Fermín López Costero.


Con frecuencia, pero también cuando menos lo espero, se me aparecen mis padres. Tras el susto inicial, el miedo va dejando paso a un sentimiento de impotencia y de rabia, porque, por más empeño que pongo, nunca consigo comunicarme con ellos. Me gustaría decirles, sobre todo, que los echo mucho de menos, que me cuesta asumir que aquel desgraciado accidente me haya privado de su compañía.
Luego, cuando desaparecen, me quedo durante horas muy triste, abrazado a las flores que amorosamente han depositado sobre mi lápida.