domingo, 28 de abril de 2024

Niña de quince años. Alfredo Buxán.

Ni tu sabrás tampoco que una tristeza tuya
cruzó una vez mi vida…
La noche será corta. Mañana volverás
a ser una sonrisa.
MIGUEL D’ORS


Te veo sonreír cabizbaja en la parada
con el leve desconsuelo de tus quince años,
te veo caminar paso a paso hacia el futuro
y me pregunto qué será de tus ilusiones
al final del camino, si morirán del todo
o mantendrán, rebeldes, encendida la hoguera,
el rastro de una esperanza allá en el hondo túnel,
la luz de una ventana.
                                                           Sólo quiero que sepas
que el mañana no existe, que eludirás las trampas
que se agazapan en la sombra como alimañas
al acecho -eso tendrás que descubrirlo sola-,
que tu pena es eterna porque te precedía,
que no te pertenece porque estaba en el mundo
mucho antes que tú, desde que abrió la herida
que ahora te lastima.
                                                         Sólo quiero que entiendas
que no va a poder nunca, por más que lo pretenda,
destronarte, apagar el fulgor de tu belleza
ni la luz de tus ojos, pues la auténtica vida,
niña de quince años que me miras tan triste
desde el fondo del pozo,
                                                                  la verdad de la vida,
es la flor del rocío que moja tu sonrisa.

Las palabras perdidas, 2011

sábado, 27 de abril de 2024

Primer amor. Víctor Balcells Matas.

Ahora todo se mezcla en mi cabeza: cementerios, bodas y los distintos tipos de mierda.
Samuel Beckett


Recuerdo que, si bien tus padres vivían en un piso, disponían de otro piso vacío en el que tú y tu hermana jugabais. Aquella tarde mis padres me dejaron en tu pisito vacío y se fueron a hablar de cosas de mayores. Tuve que llamar al timbre.
Primero me abrió una tal Laura (o así se hacía llamar), que dijo ser tu secretaria. Pasa, pasa, mi amiga te está esperando en el salón, me dijo.
Yo entré con mis diez años de edad, con miedo, con un pasado de juegos de Playmobil y Super Mario Bros. Ésa era toda mi conversación. Que no es poca.
Y allí estabas tú, en el salón, tendida de lado como Cleopatra, tocándote los ojos y fumando un lápiz.
Tu secretaria, Laura, nos presentó. ¿Pero qué iba a hacer yo si tú tenías la eternidad en tus grandes pestañas o si te parecías a las chicas de la televisión y llevabas lazos rosas en la cabeza? Qué iba a hacer yo, un proletario, un jugador de los jardines y las cabañas. Porque tú en cambio eras otra clase de mujer, sofisticada, con sus juegos de cocinas y de médicos, con su desfiladero de Barbies en la estantería.
Ni siquiera me saludaste. Giraste la cara y te pusiste a mirar por la ventana. Laura, tu secretaria, me dijo: Dile algo, venga. Así que yo di un paso al frente y te enseñé mi tirachinas.
Ya sé que desde el primer momento no aceptaste mis pretensiones de Robin Hood pero reconoce que te fascinó ese salvajismo que había en mi pelo y la colonia Nenuco con la que me perfumé. Reconócelo.
Te enseñé mi tirachinas y lo despreciaste. Tu secretaria Laura nos miraba desde la puerta. Márchate, le ordenaste a Laura, y ella se fue por los pasillos.
Lo primero que hiciste fue enseñarme la casa. Aunque no había mucha casa. Sólo un sofá y una cama. Entramos en el dormitorio y dijiste: Mira mi cama de matrimonio.
Ya veo, dije.
Es de matrimonio, repetiste. Me puse nervioso. Muy bien, dije. Pronto me casaré, aseguraste tocándome el brazo. Pronto, pensé yo, que aún no conocía las virtudes de tener granos en la cara o aparatos en los dientes, que mis estudios se reducían a sumas aritméticas y letras del alfabeto.
Volvimos al salón. Tu secretaria había desaparecido. Me llevaste junto a la ventana. Había un pino reseco en el jardín y un perro dormía boca arriba. No me hablabas, no decías nada. Tenías el control de la situación. Y así fue como te giraste y me miraste y vi que tus ojos eran verdes y suplicantes. Cogiste mi brazo y me dijiste: Cásate conmigo.
¿Qué?
Cásate conmigo, repetiste, quiero que te cases conmigo. Lo harás, ¿verdad? Lo harás porque yo estoy muy sola, muy sola.
Y yo dije: No sé. Porque entonces (ni ahora, creo), te quería. Tú me cogiste y dijiste sí, cásate conmigo, cásate. Vale, dije. Total, no había testigos de mi desgracia. ¡Promételo!, me gritaste y tu risa fue un temblor acuático.
Lo prometo, balbuceé. Entonces apareció de detrás del sofá tu secretaria, Laura, y dijo: ¡Lo he oído todo! Lo has prometido y ahora estás obligado a casarte con ella.
Temblé. Cómo era posible. Tan pronto se acababa mi infancia. Y así bajamos al patio y allí tu secretaria Laura hizo de cura, de representante de la sacra y romana y apostólica iglesia y ofició la boda con piñones secos y hojas de los arbustos. Yo os declaro marido y mujer, sentenció Laura.
Ahora todo se mezcla en mi cabeza: cementerios, bodas y los distintos tipos de mierda. Mis cosas eran poco numerosas, así que empecé a vivir con mi esposa esa misma tarde. No nos conocíamos, pero esa, supongo, era la gracia. No. Estaba hundido. Mis padres habían desaparecido y a los diez años no se tienen erecciones con facilidad.
Lo primero que supe de ti fue tu nombre. Me llamo Lulú, dijiste. Por lo menos así dijiste, y no veo qué interés podías tener en mentirme sobre aquello. Como no eras francesa, decías Loulou. También me dijiste tu apellido. Pero lo he olvidado.
Laura se convirtió en nuestra mayordoma y el sol se ponía tras el pino reseco y se acercaba la noche de bodas. Terrible presagio del sexo aún por conocer que llega salvajemente y nos enciende y rodea. Porque teníamos que hacer el amor esa noche, aunque no tuviéramos pelos en ninguna parte. Ésa es la costumbre.
Entramos en la habitación con cama de matrimonio. Laura, nuestra mayordoma, ya consagrada y culpable de mi desgracia, dijo que iba a cocinar la cena. Tú, Loulou, me mirabas con curiosidad. Seguramente no me amabas. O a lo mejor sí. No lo sé.
Tampoco me dio tiempo a saberlo porque enseguida regresó Laura con la cena, que consistía en unos espaguetis sin cocinar, duros, quiero decir, recién sacados de la bolsa, y nos dio unos cuantos y tú, tú me obligaste a comer esas espigas de trigo que, a fin de cuentas no sabían tan mal, ni tan bien. Come, me decías, tienes que hacer músculos. Oh, incluso tu sintaxis tenía un no sé qué de erótico.
Y cuando acabé de cenar las espigas de trigo la mayordoma se retiró, tú apagaste la luz y me lanzaste sobre la cama y me gritaste: Hazme un hijo, ¡hazme un hijo! Oh, Loulou, gemía yo, por qué me haces esto, y me quitaste la camiseta con tu amor puro y desinteresado. Y me besabas en todos los sitios menos en la boca, porque no sabíamos que las bocas servían para besar. Por Dios Loulou, todo fue tan rápido y repentino.
Pero mira tú por dónde, justo entonces llegaron mis padres y anunciaron la partida y me despojaron de ti, me arrebataron el insigne conocimiento de tu gracia, Loulou. Y me dijiste adiós, como se dice en las telenovelas y rompimos nuestro matrimonio con una mirada.
Mira, ¿sabes qué? Yo sí que te amé. Tuve miedo, es cierto, pero te amé. Durante años creí que ya no tendría más amores. Volví a los juguetes y a los toboganes, volví a las merendolas con Nocilla en casa de mis padres, a los hoteles con habitaciones de tres camas.
Durante años creí que ya no tendría más amores. Ahora ya no lo creo. En ese tiempo, quizá, me hubieran hecho falta más besos para olvidarte, supongo. Pero claro, el amor, esa palabra, no se puede hacer por encargo, mi pequeña Loulou, la única mujer que tuvo la eternidad en las pestañas. 

 
Yo mataré monstruos por ti, 2010.

jueves, 25 de abril de 2024

El gran terremoto. Ryūnosuke Akutagawa.

Olía como a albaricoques podridos. Caminando entre las ruinas del incendio, percibió ese tenue olor. También pensó que, extrañamente, el hedor de cadáveres putrefactos bajo el calor del sol no era tan desagradable. Ante el estanque donde habían ido apilando los cadáveres, comprendió que en el ámbito de las sensaciones, la expresión «atroz y truculento» no era exagerada. En especial, lo había impresionado el cadáver de un niño de doce o trece años. Mientras lo miraba, sintió algo parecido a la envidia. Las palabras «Los amados por los dioses, mueren prematuramente» surgieron en su mente. La casa de su hermana, quemada. La de su hermano adoptivo, también. Sin embargo, su cuñado, en libertad provisional por haber cometido perjurio…
«Ojalá se mueran todos».
Fue todo lo que se le ocurrió pensar mientras permanecía inmóvil y de pie ante las ruinas de los incendios que siguieron al terremoto.

miércoles, 24 de abril de 2024

Veinte siglos despues. Lilian Elphick.

Arriba de su Lamborghini descapotable blanco, Julio César Avendaño Avendaño recibe los vítores del pueblo. ¡Viva Julito!, gritan las mujeres; ¡gracias, compañero!, vocean los hombres. Una lluvia de papeles de colores se posa en las hombreras de su saco Armani.
Julio César Avendaño Avendaño infla su pecho de un orgullo desconocido; hace unos años era un pobre traficante y ahora es un gran, grandísimo mercader que vuelve a su pueblo, hundido en la miseria. Lanza monedas de oro a la multitud enfervorizada.
-Recuerda que eres mortal –le susurra una mujercilla, casi una sombra.
-¿Eres tú, mamá? –pregunta Julio César.
Antes de que la mujer conteste que sí, Julito, soy tu mamá, vayámonos a casa y yo te daré cerdo a las brasas; bueno, no te vas a dar ni cuenta de la diferencia, el fuego arregla todo, mal que mal el gato estaba lleno de pulgas y de un solo guadañazo lo destripé; antes de que diga pío la flaca pelá, una bala loca entra por el bolsillo superior izquierdo del Armani, descosiendo el borde pespunteado en seda y tiñendo de rojo el clavel tan varonil de Julio César Avendaño Avendaño.


lunes, 22 de abril de 2024

Cuerpo rebelde. José María Merino.

A partir de la operación, el cuerpo me ha desobedecido en muchas ocasiones. Se niega a levantarse, a sentarse. Se niega a entrar o salir. Me fuerza muchas tardes a permanecer en casa, inmóvil como un mueble más. Los trámites de la testamentaría -las últimas enfermedades suelen empezar al tiemp que las primeras herencias- me han obligado a hacer este viaje y me sorpendió comprobar la facilidad con que mi cuerpo se dispuso a ello. Anoche, tras llegar a la vieja casa impregnada de recuerdos de niñez y adolescencia que incrementaban mi desazón, advertí el primer signo rebelde: en un momento de la madrugada me sentí en una posición incómoda que no me dejaba respirar bien e intenté moverme, pero el cuerpo no me resondía. Como estaba dormido, comprendí que era preciso despertar para cambiar de postura, pero mi cuerpo no quería despertarse, y solo después de un largo forcejeo en el umbral que comunica sueño y vigilia conseguí vencer su resistencia. Otro signo de rebelión se produjo esta misma tarde, después de comer, cuando me disponía a pasear por el bosque. Mi cuerpo no me obedeció y tuve que cambiar de rumbo y encaminarme a los acantilados. Ahora estoy sentado en el borde del prado húmedo, sobre el mar que ruge. En el oscuro roquedal, treinta metros más abajo, se desparrama violenta la espuma de las olas. Hace mucho frío y he intentado regresar a casa, pero mi cuerpo se rebela una vez más, se acerca al borde del precipicio, levanta los brazos. Asumo lo que va a suceder con horrible resignación. 

 Antología del microrrelato español. (1906 – 2011). 2012.

domingo, 21 de abril de 2024

El cofrecito era justo de su medida. Svetlana Alexiévich.

Dunia Gólubeva, once años
Actualmente es ordeñadora


La guerra… Pero había que seguir arando…
Mi madre, mi hermana y mi hermano se fueron al campo. A sembrar lino. Se fueron, y menos de una hora después unas mujeres vinieron corriendo.
Dunia, a los tuyos los han acribillado a balazos. Allí están, en el campo…
Mi madre estaba tirada encima del saco, del saco iban cayendo semillas. Las balas habían dejado un montón de agujeros…
Me quedé sola con mi sobrino recién nacido. Mi hermana había dado a luz hacía poco, su marido se había unido a los partisanos. Y yo con ese pequeño…
Yo no sabía cómo se ordeñaba la vaca. La pobre mugía en el establo, sentía que su dueña no estaba. El perro aullaba toda la noche. Y la vaca…
El bebé pedía… Pedía pecho… Leche… Me acordé de cómo lo amamantaba mi hermana… Le puse mi pezón en la boca, él chasqueaba los labios y se quedaba dormido. Yo no tenía leche, pero el pobrecito, de esforzarse tanto, se cansaba y caía dormido. ¿Dónde se había resfriado? ¿Cómo había enfermado? Yo era pequeña, ¿cómo iba a saber qué hacer? Tosía y tosía. No había comida. Los policías se habían llevado la vaca.
Y el niñito murió. Gemía, gemía y murió. Lo oí: se hizo el silencio. Levanté los trapos y ahí estaba él, todo negro; solo tenía la carita blanca, limpia. La cara era blanca y lo demás negro.
Era de noche. Por las ventanas se veía todo oscuro. ¿Adónde podía ir? Decidí esperar a la mañana, por la mañana avisaría a alguien. Me quedé allí sentada, llorando, porque no había nadie más en la casa, ni siquiera aquel bebecito pequeño. Empezó a salir el sol; lo metí en un cofrecito… Nos quedaba el cofrecito del abuelo, allí guardaba las herramientas; un cofrecito pequeño como un paquete de correos. Yo tenía miedo de que vinieran los gatos o las ratas y lo mordisquearan. Estaba allí, tan pequeño, más pequeño que cuando estaba vivo. Lo envolví en una toalla limpia. Una de lino. Y lo besé.
El cofrecito era justo de su medida…

Últimos testigos. Los niños de la II Guerra Mundial. 1985.

sábado, 20 de abril de 2024

“Fue una guerra total…”. Enrique Anderson Imbert.

Fue una guerra total, con las últimas armas. Todo quedó destruido. Solo un verso resultó indestructible, pero ya no hubo nadie que pudiera leerlo.

El gato de Cheshire, 1965.

lunes, 15 de abril de 2024

Oigan. Vladimir Maiakovski.

Oigan:
si encienden las estrellas
es porque alguien las necesita, ¿verdad?,
es que alguien desea que estén,
es que alguien llama perlas a esas escupitinas.
Resollando
entre tormentas de polvo del mediodía
penetra hasta Dios,
teme haber llegado tarde,
llora,
le besa la mano carniseca,
implora
que pongan sin falta una estrella,
jura
que no soportará ese tormento inestelar.
Y luego
anda preocupado,
aunque aparenta calma.
Dice a alguien:
Ahora no estás mal, ¿eh?
¿A que ya no tienes miedo?
Oigan, si encienden
las estrellas es porque alguien las necesita, ¿verdad?
Es indispensable
que todas las noches
sobre los tejados
arda aunque sea una sola estrella.

domingo, 14 de abril de 2024

Hondonada. Donald Ray Pollock.

Me desperté creyendo que había vuelto a mearme en la cama, pero no era más que una mancha pegajosa de cuando Sandy y yo habíamos follado la noche antes. Son las típicas cosas que te pasan cuando bebes como yo: que te cagas en los pantalones en el Wal-Mart y terminas viviendo a expensas de una adicta al crack y de sus padres hundidos en la miseria. Levanté un poco la manta y reseguí con el dedo el tatuaje de KNOCKEMSTIFF, OHIO que Sandy se había hecho en el culo flaco como si fuera un letrero de carretera. Jamás llegaré a entender por qué hay gente a quien le hace falta tinta para acordarse de dónde es.
Rodeándola con los brazos, la apreté contra mí y le solté el mal aliento en la nuca. Ya me estaba preparando para volver a tirármela cuando su padre empezó otra vez desde su habitación al final del pasillo, llorando con esa voz baja y triste con que lloraba siempre desde su derrame cerebral. Aquello me cortó el rollo de golpe. Sandy gimió, se dio la vuelta hacia el otro lado de la cama y se cubrió la cabeza rubia con una almohada llena de bultos y embadurnada de fluidos secos y babas.
Me quedé mirando al cielo y oí cómo Mary, la madre de Sandy, pasaba cansinamente por delante de la puerta de camino a ver cómo estaba Albert. Los tablones fríos del suelo crujían y crujían como témpanos de hielo bajo sus piernas gordas. En la casa todo estaba viejo y gastado, incluida Sandy. De ella podía decirse lo mismo que mi viejo decía siempre de mi madre después de que ésta se marchara: «Si todo lo que le han metido le saliera ahora parecería un puto puercoespín». Aquello podía aplicarse también a Sandy: prácticamente no había chaval del municipio de Twin que no se la hubiera hincado alguna vez.
A través de las finas paredes, oí que Mary le decía a su marido inválido:
No, todavía no se ha levantado.
Desde que Sandy me había llevado a su casa una noche del otoño anterior, yo había estado ayudando a cuidar de Albert. Todas las mañanas, antes de que Mary abriera su primera botella de vino, yo iba al cuarto del viejo y lo afeitaba, lo lavaba y le cambiaba el pañal. Era una mera cuestión de horarios. Si a Albert no le dabas el desayuno a las diez en punto, empezaba a ver soldados muertos colgados de sus paracaídas en el manzano que había al otro lado de la ventana. Aquello implicaba levantarse temprano, pero yo no paraba de pensar que si trataba bien al viejo tal vez algún día alguien me devolvería el favor.
Me levanté y miré el reloj de la cajonera. Me puse los vaqueros y eché un vistazo a algunos de los dibujos a lápiz de Sandy que había tirados por el suelo. Siempre estaba trabajando en retratar a su Novio Ideal. A veces se fumaba una pipa de crack, se encerraba en la habitación y se pasaba dos o tres noches como una moto y practicando distintas partes del cuerpo. Debajo de la cama guardaba páginas y más páginas de sus fantasías. Ni uno solo de aquellos malditos dibujos se parecía a mí en nada, y supongo que debería haber dado las gracias. Todos tenían la misma cabeza diminuta y los mismos hombros como balas de cañón. Al final salía dando tumbos de la habitación con ampollas en los dedos de tanto estrujar el lápiz y con costras alrededor de la boca de tanto fumar aquella porquería.
Albert empezó a chasquear los labios blancos y despellejados en cuanto entré en la habitación. Salvo por un temblor constante en la mano izquierda, de pecho para abajo estaba más muerto que mi abuela. Mary ya se había retirado a la sala de estar, pero había dejado una palangana de agua tibia y una toalla gastada en la mesilla de al lado de la cama de hospital. Encima de la cajonera había un paquete de Gillettes y una navaja. Le apliqué la espuma y encendí un cigarrillo para calmarme. Examiné el mapa de venas de su nariz morada mientras me sonreía a través de la espuma.
Cuando me disponía a rasurarle el cuello, Mary entró a toda prisa con una botella de Wild Irish Rose. A Albert le empezó a temblar la cabeza en cuanto sus ojos amarillos enfocaron el vino.
Son casi las diez, Tom —dijo Mary con voz jadeante—. ¿Has terminado?
Casi —contesté, echando la ceniza al suelo—. Tal vez tendrías que darle un poco ya. Si se pone a dar botes puedo cortarle.
Mary negó con la cabeza.
Hasta las diez nada —dijo en tono inflexible—. Si empezamos así, la cosa se irá adelantando más y más. Y ya me tiene hecha polvo tal como está ahora.
Pero todavía tengo que cambiarlo —señalé, apretando la palma de la mano contra la frente sudorosa del viejo para mantenerlo quieto—. ¿Qué pasa con su medicación? Quizá deberías probar a dársela alguna vez.
Su medicación es ésta —dijo Mary, agitando la botella—. Joder, sin ella no duraría ni un día.
En la mesilla de noche había un cajón lleno de pastillas, pero en todos los meses que llevaba viviendo allí, el único que se había tomado algo recetado por el médico era yo.
Terminé de afeitar a Albert y luego le limpié la cara con un paño húmedo y le pasé un peine por el pelo gris y quebradizo. Bajando las ásperas mantas, le dije:
¿Estás listo, socio?
Retorció la cara mientras intentaba farfullar unas palabras, pero finalmente desistió y asintió con la cabeza. El viejo odiaba que lo cambiara, pero eso era mejor que pasarse el día tirado encima de su porquería. Le desabroché el pañal de papel y respiré hondo; a continuación le levanté las piernas huesudas con una mano y se lo saqué de debajo. Estaba empapado de pringue marrón. Lo tiré a la papelera y le limpié el culo con un paño. Luego le puse un pañal nuevo de la caja de Adult Pampers que había tirada en el suelo. Para cuando lo tuve listo ya estaba berreando otra vez.
En cuanto lo envolví con las mantas de nuevo, Mary abrió el precinto de la botella y me la dio. Metí un extremo de una pajita en el cuello de la botella y el otro en la boca de Albert. El reloj de la pared marcaba las 9:56. Cuatro minutos más y se nos habría vuelto a Corea. Sostuve la botella y me fumé otro cigarrillo mientras el viejo sorbía su desayuno. La voz aguda y lastimera de Sandy cruzó el pasillo y se metió en la habitación del enfermo. Estaba cantando aquella canción suya sobre un pájaro que era azul pero quería ser rojo.
¿Adónde fuisteis vosotros dos anoche? —me preguntó Mary.
Al bar de Hap —respondí, limpiando un hilo de vino de la barbilla de Albert.
Me lo tendría que haber imaginado —dijo ella, y salió de la habitación.
Aparte del bar de Hap, el único otro negocio que sobrevivía en Knockemstiff era la tienda de Maude Speakman. Hasta la iglesia había caído en desgracia. Ya nadie tenía lealtad. Todo el mundo quería irse al pueblo a trabajar y forrarse en la planta papelera o en la fábrica de plástico. Preferían hacer la compra y rezar en Meade porque allí los precios eran más bajos y las iglesias más grandes. Me imaginaba que Hap Collins no tardaría mucho en vender su licencia de licores al mejor postor y cerrar lo único que valía la pena en la hondonada.
Después de que Albert se quedara dormido, me acabé los dos dedos de posos que había dejado en la botella, fui a la cocina y me serví un café. Desde la ventana de atrás pude ver todo Knockemstiff. Había nevado un poco por la noche y ahora salía humo de las chimeneas de las angostas casas de una planta y de las caravanas herrumbrosas que había en el camino de grava de más abajo. En algún lugar de Slate Hill arrancó una motosierra. Me comí una tostada fría mientras miraba cómo Porter Watson llenaba el depósito del camión en la tienda de Maude, cruzaba el aparcamiento dando tumbos, ataviado con todo su acolchamiento de camuflaje, y entraba en el local.
Contemplando la otra punta de la hondonada, pude distinguir el morro helado del coche del Búho sobresaliendo de la ladera de la colina enfrente del bar de Hap. Era un Chrysler Newport de 1966 abandonado, pero la gente del lugar lo llamaba «el buga del Búho», «el castillo del Búho» y yo qué sé qué más del Búho. Nadie tenía ni idea de quién había sido el primer propietario del vehículo, pero Porter Watson se encargaba de que nadie en el puto condado se olvidara de la lechuza que había anidado en el asiento delantero el verano después de que el coche apareciera misteriosamente, sin tapacubos y con el motor roto, aparcado en mitad de la colina. Parecía que fueran primos, de tanto que hablaba Porter de aquel bicharraco estúpido.
Lavé la taza, entré en la sala de estar y me dejé caer en el sofá hundido. Pegados con chinchetas a las paredes, había un montón de bonitos paisajes arrancados de calendarios viejos; parecían ventanas a otros mundos. También había guías de la Triple A desparramadas por todas partes. Aunque Mary nunca había tenido coche, sí tenía una guía para cada estado. Siempre estaba fingiendo que iba a hacer algún viaje.
Está chiflada —me había dicho Sandy la primera noche que fui a su casa. Acabábamos de echar uno y estábamos tumbados en la cama, bebiéndonos la última cerveza—. La otra mañana me puso una puta piedra en la cama y me dijo que la había encontrado en el Gran Cañón. No paraba de meterme el rollo de que había querido traerme algo especial.
¿Y qué?
¿Y qué? Que yo acababa de ver cómo la recogía en la entrada de coches. Joder, esa vieja guarra no ha salido en su vida del estado de Ohio, Tom.
No dije ni pío y me tragué los posos del fondo de la botella. Mi mujer me había echado y necesitaba desesperadamente un sitio donde quedarme.
Y además —había dicho Sandy, levantándose y poniendo rumbo al cuarto de baño—, ¿a quién se le ocurre regalar una piedra vieja y sucia?
Nos pasamos todo aquel día de invierno viendo la tele, fumando cigarrillos y comiendo galletas saladas de queso directamente de la caja. Como la casa estaba encima de una loma, la tele podía pillar cuatro canales, o sea que siempre había algo que ver. Pese a todo, había veces en que me habría gustado tener cable. Durante los anuncios, Sandy seguía trabajando en otro dibujo del Novio Ideal y Mary hojeaba un libro sobre Florida. De vez en cuando me levantaba para echar un vistazo a Albert y le daba más vino con pajita para mantener la guerra a raya.
Luego, justo después de que se hiciera oscuro, a Mary se le acabaron los cigarrillos. Miré con el rabillo del ojo cómo revolvía los cajones y buscaba debajo de los cojines. Por fin se irguió y se alejó por el pasillo hablando sola. Cuando regresó, llevaba en la mano un billete arrugado de veinte dólares y nos pidió que fuéramos a comprarle un cartón. Sandy agarró el dinero, se levantó de un salto y volvió corriendo a su dormitorio.
La tienda está a punto de cerrar —le gritó Mary—. No hace falta que te arregles para ir a donde Maude.
Me di cuenta de la que se avecinaba en cuanto Sandy regresó pavoneándose a la sala de estar. Se había pintado los labios, se había puesto sus vaqueros más prietos y se había peinado las greñas. El olor amargo de la colonia que le había regalado por Navidad cortaba el aire rancio. A Mary se le nublaron los ojos de preocupación, pero no podía hacer nada. Hacía una eternidad que no bajaba la colina y no podía pasar sin sus cigarrillos. Me puse el abrigo y seguí a su hija a la oscuridad invernal. Era la primera vez que salíamos en todo el día.
Así deben de sentirse los vampiros —comenté, levantando la vista para mirar las estrellas a través de las ramas desnudas de los árboles.
¿Eh? —dijo Sandy mientras echaba a trotar colina abajo por delante de mí.
No corras tanto. —La grava estaba helada allí donde los coches habían aplastado la nieve—. ¿Qué prisa tienes?
Tengo sed.
Chica, yo no tengo dinero.
Se dio la vuelta, se sacó el billete de veinte del bolsillo y lo agitó delante de mis narices.
Yo sí —dijo, riendo.
¿No crees que tendríamos que llevarle los cigarrillos a tu madre?
Tú no te preocupes por eso. Además, fuma demasiado.
Siempre supe que lo nuestro no duraría demasiado, pero cuando salí del lavabo del bar de Hap y me encontré con que Sandy había desaparecido se me hizo un nudo en el estómago. Llevábamos un par de horas bebiendo la cerveza de barril más barata y escuchando sus temas favoritos de Phil Collins cuando me dejó. Salí y me puse a buscarla por el aparcamiento; luego volví y me senté en la barra al lado de Porter Watson.
¿Sabes adónde ha ido Sandy? —le pregunté a Wanda, la camarera, con la voz quebrada. Me encendí el último cigarrillo con manos temblorosas.
Wanda me puso otra jarra de cerveza delante.
En cuanto te has ido al meadero, ha salido por la puerta con el leñador que estaba allí. Joder, llevaban mirándose desde que habéis entrado.
El Novio Ideal.
¿El novio qué? —preguntó Porter, volviéndose hacia mí. La barba poblada le olía a ácido estomacal.
Nada —respondí, contemplando la jarra de cerveza. Hice el amago de cogerla pero luego la empujé hacia Wanda—. No tengo dinero.
Ya la he servido.
Yo le invito —le dijo Porter, tirando un billete de cinco sobre la barra.
Y me quedé allí sentado hasta la hora de cerrar, bebiendo a cuenta de Porter y oyéndolo hablar sin parar del coche del Búho. La primera vez que lo oías hablar de aquello te daba la impresión de que estaba como una puta cabra, pero la verdad era que sólo intentaba aferrarse a algo que llenara sus días para no tener que pensar en el puto desastre en que había convertido su vida. A la mayoría nos pasa lo mismo; puede que olvidar nuestras vidas sea lo mejor que hagamos nunca.
Aun así me gustaría saber la historia de ese coche —le dije, solamente para demostrarle que todavía lo estaba escuchando.
¿La historia? —dijo Porter con un soplido de burla—. Caray, ese coche es como parte del paisaje. Es como la puta naturaleza.
No. O sea, ¿cómo crees que llegó hasta ahí?
Aterrizó ahí.
¿Aterrizó? —Me lo quedé mirando. Sus ojos inyectados en sangre miraban fijamente el espejo ondulante que había detrás de la barra—. ¿Quieres decir que…?
Joder, sí. Y tenemos la puta suerte de que así fuera —añadió, mientras empezaba a emerger un sollozo de las profundidades de su garganta.
Unos minutos más tarde, Wanda gritó:
¡Ultima ronda!
Eché un vistazo al reloj-anuncio de cerveza Miller que había encima de la puerta. Y entonces me acordé de los cigarrillos de la vieja. No podía volver a casa sin unos cuantos Marlboro. Joder, lo más seguro era que no me dejara entrar. Esperé a que Wanda se pusiera a apagar las luces y le gorreé dinero a Porter para comprar un paquete, confiando en que aquello apaciguara a Mary hasta la mañana.
¡Ultima ronda! —volvió a gritar Wanda, y metí ocho monedas de veinticinco centavos en la máquina de cigarrillos.
Cuando por fin volví a casa de Sandy, la luz gris de la tele seguía brillando a través de las láminas de plástico grapadas a las ventanas. Llamé a la puerta y miré por el cristal cómo Mary se levantaba con esfuerzo del sillón abatible y cruzaba lentamente la sala. La bata de estar por casa de peluche azul envolvía su cuerpo redondo como si fuera un capullo. En los bolsillos le abultaban los montones de kleenex usados. Cuando abrió la puerta, se puso a buscar con la mirada en la oscuridad detrás de mí.
¿Dónde está Sandy?
No estoy seguro —dije. Me castañeaban los dientes de frío—. Se ha ido.
¿Y mis cigarrillos?
Te he traído un paquete —respondí, acercándolos a la luz del porche—. Sandy tiene el resto.
Ay, esa chica… —dijo, abriendo la puerta mosquitera—. No tiene seso ni para echar arena por una ratonera.
Entré en la minúscula sala de estar y me quité el abrigo con un movimiento de los hombros. En la tele estaban dando Vacaciones en el mar.
Joder. La de tiempo que hace que no veo esa serie.
Era una de las favoritas de mi madre, aunque a mí aquello de que todo el mundo se enamorara y consiguiera lo que quería en el final feliz siempre me había parecido una chorrada.
Nos quedamos de pie en medio de la sala de estar, viendo la tele.
Daría lo que fuera por hacer un crucero de ésos —comentó Mary, mientras abría el paquete de cigarrillos.
¿Dónde es eso?
En la pantalla todo se veía hermoso: los sensuales biquinis, el color azul resplandeciente del agua y hasta el capitán calvo con su esmoquin.
Hawái. Este lo he visto docenas de veces. ¿Ves a esa mujer que está plantada delante de la barandilla? La pobre no sabe que su marido está en el barco con su nueva novia.
Mary se dejó caer en el sillón abatible y encendió un cigarrillo. La punta del Marlboro empezó a brillar como una luz de freno en medio de su cara arrugada.
¿Son esos dos? —le pregunté.
Había un par de estrellas de cine en decadencia paseando por la cubierta, cogiéndose por la cintura, con las caras sonrientes levantadas hacia el sol.
Sí. Está a punto de armarse la de Dios es Cristo.
Al cabo de unos minutos, Mary se quedó dormida en el sillón. Le cogí uno de los cigarrillos del paquete que le había traído y entré en la cocina. Me quedé junto a la ventana, fumando y preguntándome si Sandy y su leñador estarían follando en alguna parte en aquel mismo momento, con sus corazones batiendo el uno contra el otro como mazos mientras que el mío apenas si registraba latidos. De pronto me acordé de Albert. Saqué un litro de Rose de la nevera y cogí el pasillo para ir a echarle un vistazo. Aunque iba en contra de las reglas de Mary, supuse que no le vendría mal echar un trago. Una lamparilla de noche enchufada en una toma de corriente por encima de él brillaba sobre su cara como una estrella pálida. Sentado a su lado, destapé la botella.
Eh, viejo —le dije en voz baja—. Tomémonos una copa.
Llegué a meter la pajita dentro de la botella antes de darme cuenta de que estaba muerto. Debía de ser la primera vez en su vida que rechazaba un trago. Me quedé sentado a su lado un rato, dando sorbos de la botella y pensando en Sandy. En algún momento del día siguiente volvería a casa y yo ya había tomado la decisión de que no quería estar presente. A fin de cuentas, mi trabajo allí ya había terminado. Encendí la lámpara y rebusqué en el cajón de las pastillas hasta encontrar el frasco de Demerol. Luego me incliné sobre Albert y, tan suavemente como pude, le cerré los párpados secos y rosados con los pulgares.
Regresé a la sala de estar, me puse el abrigo y me metí la botella de vino en el bolsillo. Mientras me dirigía a la puerta principal, bajé la vista y vi uno de los dibujos de Sandy tirado en la mesilla de café. Había escrito se busca en mayúsculas encima de la cabeza diminuta del tipo. Me lo guardé en el otro bolsillo y a continuación fui de puntillas hasta el sillón de Mary y, con cuidado, le quité el paquete de cigarrillos de la mano, dejándole tres en el cenicero.
Me quedé un momento delante de la vieja casa y por fin eché a andar. Mientras el aire frío se me filtraba rápidamente debajo del abrigo, me di cuenta de que aquella noche ya no iba a salir de la hondonada. Todo Knockemstiff estaba dormido, hasta los perros, y yo no tenía adonde ir. Para cuando llegué al edificio de hormigón del bar de Hap, ya casi me había congelado. Me quedé temblando en medio del camino, intentando decidir qué hacer, y por fin salté por encima de la zanja de desagüe y trepé por la ladera. Los brezos y los matorrales me rasgaron la piel y me hicieron jirones la ropa, pero al final llegué al coche del Búho.
Abrí la puerta oxidada y me metí en el Newport. Encendí el mechero y miré a mi alrededor. Había plumas grises y sucias por todas partes; el suelo de tela descolorido estaba cubierto de cagadas blancas y secas. Por debajo de mis botas oí un crujido como de ramas secas. Sosteniendo el Zippo cerca de mis pies, vi que el suelo estaba lleno de huesecillos finos y blancos de animales. Se me ocurrió que tal vez pertenecieran a las víctimas del Búho. Cerré tanto como pude las ventanillas rebeldes y me acurruqué en el asiento, dejando solamente los ojos por encima del salpicadero roto.
Después de terminarme la botella de Albert y tragarme dos de sus pastillas de Demerol, me tumbé como pude en el asiento delantero. Cerré los ojos y me hundí más y más en ese mundo solitario que sólo conoce la gente que duerme en vehículos abandonados. Mientras pasaba un coche traqueteando por el camino de más abajo, me acordé de la historia de cómo el tío de Sandy, Wimpy Miller, se había muerto de congelación dentro de un contenedor detrás del Sack N’ Save, con el cuerpo sepultado bajo lechugas caducadas. Luego pensé en Hawái y traté de invocar la arena caliente de una playa tropical y las cálidas noches de seda del paraíso.
El viento volvió a levantarse, meciendo el viejo coche de un lado para otro. Los copos de nieve entraban por las ventanillas mal cerradas y se arremolinaban encima de mí. Estiré el brazo y cogí del suelo el minúsculo cráneo de un pobre pajarillo. Lo sostuve un buen rato en la mano. Daba la impresión de que todo lo que había hecho en mi vida, lo bueno y lo malo, estaba allí. A continuación me lo metí, fino y frágil como un huevo, en la boca.

Knockemstiff, 2008.

sábado, 13 de abril de 2024

Fragmento 140. [Libro del desasosiego]. Fernando Pessoa.

Me sucede a veces, y siempre que me sucede es casi de repente, que me aparece en medio de las sensaciones un cansancio tan terrible de la vida que es imposible imaginar un acto con el que dominarlo. Para remediarlo, el suicidio parece poco seguro, la muerte, incluso presupuesta la inconsciencia, todavía poco. Es un cansancio que ambiciona no el dejar de existir —cosa que puede ser posible o puede no serlo— sino una cosa mucho más horrorosa y profunda, el dejar de ni siquiera haber existido, lo que no hay modo de que pueda acontecer.
Creo entrever a veces, en las especulaciones, en general confusas, de los indios, algo de esta ambición más negativa que la nada. Pero o les falta agudeza de sensación para relatar así lo que piensan, o les falta agudeza de pensamiento para sentir así lo que sienten. El hecho es que lo que en ellos entreveo no lo veo. El hecho es que creo ser el primero en dar en palabras el absurdo siniestro de esta sensación sin remedio.
Y la curo escribiéndola. Sí, no hay desolación, si es de veras profunda, mientras que no
sea puro sentimiento, pero en ella participe la inteligencia, para que no exista el remedio irónico de decirla. Aun cuando la literatura no tuviera otra utilidad, tendría esta, aunque para unos pocos.
Los males de la inteligencia, infelizmente, duelen menos que los del sentimiento, y los
del sentimiento, infelizmente, menos que los del cuerpo. Digo «infelizmente» porque la dignidad humana exigiría lo contrario. No hay sensación angustiosa del misterio que pueda doler como el amor, los celos o la saudade, que pueda ahogar como el miedo físico intenso, que pueda transformar como la cólera o la ambición. Pero también ningún dolor de los que despedazan el alma consigue ser tan realmente dolor como el dolor de muelas, o el de los cólicos, o (supongo) el dolor del parto.
Estamos de tal modo constituidos que la inteligencia que ennoblece ciertas emociones o sensaciones, y las eleva por encima de las otras, las deprime también si extiende su análisis a la comparación entre todas ellas.
Escribo como quien duerme, y toda mi vida es un recibo por firmar.
Dentro del gallinero de donde saldrá para matar, el gallo canta himnos a la libertad porque le dieron dos palos de gallinero.

Libro del desasosiego, 1982.

jueves, 11 de abril de 2024

Destino. Luis Cernuda.

Había en el viejo edificio de la universidad, pasado el patio grande, otro más pequeño, tras de cuyos arcos, entre las adelfas y limoneros, sussurraba una fuente. El loco bullicio del patio principal, sólo con subir unos escalones y atravesar una galería, se trocaba allá silencio y quietud.
Un atardecer de mayo, tranquilo el edificio todo, porque era ya pasada la hora de las clases y los exámenes estaban cerca, te paseabas por las galerías de aquel patio escondido. No había otro rumor sino el del agua en la fuente, leve y sostenido, al que se sobreponía a veces el trino fugitivo de un bando de golondrinas cruzando el cielo que encuadraban los aleros.
Cuántas cosas no te ha dicho a lo largo de la vida el rumor del agua. Podrías pasarte las horas escuchándola, lo mismo que podrías pasarlas contemplando el fuego. ¡Hermosa hermandad la del agua y la llama! Aquella tarde, el surtidor que se alzaba como una gargola blanca para caer luego deshecho en lágrimas sobre la taza de la fuente, su brotar y anegarse sempiterno, trajo a tu memoria, por una vaga asociación de ideas, el fin de tu estancia en la universidad.
Nunca el pasar de las generaciones parece tan melancólico como al representárselo en algo materialmente, tal en esos viejos edificios de universidades o cuarteles, por los que discurre cada año la juventud nueva, dejando en ellos sus voces, los locos impulsos de la sangre. Recuerdos de juventudes idas llenan su ámbito, y resuenan sus muros en el silencio como la espiral vacía de un caracol marino.
Apoyado en una columna del patio, pensaste en tus días futuros, en la necesidad de escoger una profesión, tú, a quien todas repugnaban igualmente, y sólo deseabas escapar de aquella ciudad y de aquel ambiente letal. Cosas contradictorias eran tu necesiad y tu deseo, atándote a ambos sin solución la pobreza. Mas aquel problema mezquino, ¿qué valor tenía cuando te veías arrastrado en el avanzar incesante del tiempo, ascendiendo con una generación de hombres para caer luego, peridiéndote con ellos en la sombra? Privado de gozo, de placer y de libertad, como tantos otros, comprendiste entonces que acaso la sociedad ha cubierto con falsos problemas materiales los verdaderos problemas del hombre, para evitarle que reconozca la melancolía de su destino o la desesperación de su impotencia.

Ocnos, 1942.

miércoles, 10 de abril de 2024

Los vecinos. Mario Benedetti.

Cuando mi padre se arruinó con la farmacia de Tacuarembó, la familia pasó, casi sin transición, de la vida confortable a la casi miseria. Fuimos a dar a una casucha con techo de zinc en los alrededores de Colón. Si malamente nos manteníamos era gracias a que mi madre iba pignorando, uno tras otro, los regalos de su boda: un juego de té de porcelana Meissen, una jarra de plata y cristal, una lámpara de Gallé (sólo con esta venta sobrevivimos un semestre), etcétera. Mi padre no podía trabajar en ninguna parte, al menos legalmente, porque la implacable Liga Comercial había embargado de antemano todos sus posibles haberes en nombre de una retahíla de acreedores. Lo más que conseguía, gracias a la buena voluntad de algún viejo amigo o camarada de estudios, eran changas clandestinas. Me consta que trabajó, en distintas épocas, como boletero eventual de un cine de barrio, y también que gastó zapatos haciendo una suplencia de visitador médico. Varios años después consiguió un puesto como químico en el laboratorio de una repartición pública (allí el sueldo era por fin inembargable), pero en aquel entonces ese logro estaba todavía muy lejos y en el ambiente familiar había siempre tensiones y rabias contenidas y cuando a la noche sacaba las cuentas mi padre daba de pronto un puñetazo de impotencia sobre la mesa y el hule a cuadros verdes y blancos quedaba durante unos minutos marcado por el castigo. Mientras tuvimos radio, mi madre se quedaba en un rincón escuchando el episodio del día, pero cuando también hubo que vender la antigua Philips de dos piezas, simplemente callaba y se ponía a hojear revistas viejas, deteniéndose sólo en los avisos.
Recuerdo esta escena porque así estábamos distribuidos, casi como en el cierre de un capítulo de D'Amicis, cuando en la puerta de la cocina sonaron golpes de miedo. Mi padre, más pálido que de costumbre, se levantó y fue a abrir. Nunca olvidaré el aspecto del vecino, Saverio Tarchetti, que apareció en el marco de la puerta con una impresionante herida en el hombro y otra más leve en una mano. Un hermano mayor, Dino, lo sujetaba de un brazo y le pidió a mi padre que los acompañara hasta el médico más cercano, cuya casa quedaba a unas cinco cuadras, en el Camino Garzón. Antes hubo que hacerle al herido una cura elemental, sumarísima, y mi madre no vaciló en rasgar una de nuestras únicas tres sábanas a fin de que mi padre pudiera hacer un precario vendaje. Por allí no había teléfono público ni privado para llamar a la Asistencia. El teléfono más próximo, dijo Dino, quedaba más lejos aún que la casa del médico.
Era medianoche. Días después supimos con detalles qué había pasado. Los Tarchetti eran una laboriosa familia italiana, magnífica gente, generosa y alegre durante casi todo el año, pero inusualmente agresiva en Navidad, Año Nuevo y en los cumpleaños familiares. Sólo en tales celebraciones tomaban vino en abundancia y el resultado era siempre lamentable. En un cumpleaños anterior, el ahora herido había rociado el exterior de la vivienda con abundante nafta y seguramente la habría incendiado, pero en el instante en que iba a arrojar un fósforo encendido, unos vecinos a quienes la tradición familiar había vuelto vigilantes se le echaron encima hasta reducirlo. En la pasada Navidad, Ruggero, otro de los cinco hermanos, había saltado, con las botas puestas, sobre el vientre de un fratello, Paolo, que estuvo varias semanas orinando sangre. Un quinto hermano, Giorgio, el menor, que en la ocasión era el dueño del cumpleaños, le había asestado esta vez dos puñaladas a nuestro huésped de medianoche.
Cuando al fin mi padre se dispuso a salir con Dino y Saverio, mi madre dijo que ella por nada del mundo se iba a quedar sola, de modo que me tomó de la mano y así emprendimos la marcha. Mis siete años, recién cumplidos, iban temblando, pero no de frío. La noche era cálida y serena, y la luna hacía más blancos los trozos de sábana que iban poco a poco tiñéndose de sangre a la altura del hombro y la mano del herido. Éste no decía palabra, ni siquiera se quejaba, como si concentrara todas las energías que le quedaban en dar un paso tras otro, flanqueado y ayudado por Dino y por mi padre. Mi madre y yo éramos la retaguardia, formando una comitiva casi fantasmal. Yo me aferraba a la mano materna, con la vista fija en aquellas manchas de sangre que crecían, oscureciendo la pálida contribución de la luna.
Después de una eternidad (el paso del herido era cada vez más lento y vacilante) llegamos a casa del médico, pero ahí todo estaba cerrado y oscuro. Dino empezó entonces a aporrear la puerta y a gritar una y otra vez: «¡Dottore Acosta! ¡Dottore Acosta!». Pasó una segunda eternidad antes de que il dottore Acosta abriera cautelosamente un postigo y asomara su personal modorra. Rápidamente se despejó, sin embargo, no bien le echó un vistazo a nuestro miserable quinteto. Nos abrió la puerta y entramos todos. Afortunadamente hacía diez días que el doctor tenía teléfono, así que, en una breve secuencia tartamuda, le indicó a mi padre que pidiera una ambulancia, mientras él atendía al derrengado Saverio, que a esta altura había optado por desmayarse. Estuvimos allí una tercera eternidad hasta que por fin se hizo presente la ambulancia y se llevó a Saverio, a Dino y al médico.
Mis padres y yo emprendimos el regreso, más bien cabizbajos, y recuerdo que el viejo respiró profundamente y dijo: «Siempre hay alguien que está peor que uno», y enseguida agregó: «Pero eso tampoco arregla las cosas». Luego me tomó de la mano y pasó el otro brazo sobre el hombro de mamá y no sé si a ella se le aguaron los ojos o es que así me parecía a través de mis lágrimas. Y bien, esta imagen última, con los tres caminando, enlazados y tristes, bajo la luna solidaria, es en verdad el recuerdo más entrañable que conservo de mi infancia, que no fue lo que se dice un paraíso.
Ah, me olvidaba. Saverio se salvó. En el siguiente Año Nuevo, el segundo de los hermanos empujó al cuarto desde la azotea y el salto terminó en doble fractura de la pierna derecha. Pero nosotros ya no estábamos allí y quizá para esa época ya había teléfono.

Despistes y franquezas, 1989.

martes, 9 de abril de 2024

Nuestras cosas. Sergi Puertas.

El día que cumplí ocho años
me acerqué a mi hermana mayor
que lloraba.
¿Por qué lloras?, pregunté.


Porque los abuelos se van a morir pronto
y después los papás
y después nosotros
también nosotros nos moriremos un día.


Estremecido como una pobre bestia por la revelación
también yo me eché a llorar
allí mismo
junto a mi hermana.


¿Qué les has hecho a los niños que lloran tanto?,
preguntó mi padre al llegar del trabajo.


Nada, déjalos estar
respondió mamá:
cosas de críos, qué sé yo.


Lloran por
sus cosas.

lunes, 8 de abril de 2024

Al abrigo. Juan José Saer.

Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón -muerte, olvido, fuga precipitada, embargo- el diario había quedado ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, él la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario. El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido -un diario, o lo que fuese-, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata desimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido. Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que él tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo.

domingo, 7 de abril de 2024

Las nieves del Kilimanjaro. Ernest Hemingway.

El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve de 5895 m de altura, y dicen que es la más alta de África. Su nombre es, en masai, «Ngáje Ngái», «la Casa de Dios». Cerca de la cima se encuentra el esqueleto seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el leopardo por aquellas alturas.


Lo maravilloso es que no huele —dijo—. Así se sabe cuándo empieza.
¿De veras?
Absolutamente. Aunque siento mucho lo del olor. No se puede evitar, y debe molestarte, ¿eh?
¡No! No digas eso, por favor.
Míralos. ¿Qué será lo que los atrae? ¿Vendrán por la vista o por el olfato?
El catre donde yacía el hombre estaba situado a la sombra de una ancha mimosa. Ahora dirigía su mirada hacia el resplandor de la llanura, mientras tres de las grandes aves se agazapaban en posición obscena y otras doce atravesaban el cielo, provocando fugaces sombras al pasar.
No se han movido de allí desde que nos quedamos sin camión —dijo—. Hoy por primera vez han bajado al suelo. He observado que al principio volaban con precaución, como temiendo que quisiera cogerlas para mi despensa. Esto es muy divertido, ya que ocurrirá todo lo contrario.
Quisiera que no fuese así.
Es un decir. Si hablo, me resulta más fácil soportarlo. Pero puedes creer que no quiero molestarte, por supuesto.
Bien sabes que no me molesta —contestó ella—. ¡Me pone tan nerviosa no poder hacer nada! Creo que podríamos aliviar la situación hasta que llegue el aeroplano.
O hasta que no venga…
Dime qué puedo hacer. Te lo ruego. Ha de existir algo que yo sea capaz de hacer.
Puedes irte; eso te calmaría. Aunque dudo que puedas hacerlo. Tal vez será mejor que me mates. Ahora tienes mejor puntería. Yo te enseñé a tirar, ¿no?
No me hables así, por favor. ¿No podría leerte algo?
¿Leerme qué?
Cualquier libro de los que no hayamos leído. Han quedado algunos.
No puedo prestar atención. Hablar es más fácil. Así nos peleamos, y no deja de ser un buen pasatiempo.
Para mí, no. Nunca quiero pelearme. Y no lo hagamos más. No demos más importancia a mis nervios, tampoco. Quizá vuelvan hoy mismo con otro camión. Tal vez venga el avión…
No quiero moverme —manifestó el hombre—. No vale la pena ahora; lo haría únicamente si supiera que con ello te encontrarías más cómoda.
Eso es hablar con cobardía.
¿No puedes dejar que un hombre muera lo más tranquilamente posible, sin dirigirle epítetos ofensivos? ¿Qué se gana con insultarme?
Es que no vas a morir.
No seas tonta. Ya me estoy muriendo. Mira esos bastardos —y levantó la vista hacia los enormes y repugnantes pájaros, con las cabezas peladas hundidas entre las abultadas plumas. En aquel instante bajó otro y, después de correr con rapidez, se acercó con lentitud hacia el grupo.
Siempre están cerca de los campamentos. ¿No te habías fijado nunca? Además, no puedes morir si no te abandonas…
¿Dónde has leído eso? ¡Maldición! ¡Qué estúpida eres!
Podrías pensar en otra cosa.
¡Por el amor de Dios! —exclamó—. Eso es lo que he estado haciendo.
Luego se quedó quieto y callado por un rato y miró a través de la cálida luz trémula de la llanura, la zona cubierta de arbustos. Por momentos, aparecían gatos salvajes, y, más lejos, divisó un hato de cebras, blanco contra el verdor de la maleza. Era un hermoso campamento, sin duda. Estaba situado debajo de grandes árboles y al pie de una colina. El agua era bastante buena allí y en las cercanías había un manantial casi seco por donde los guacos de las arenas volaban por la mañana.
¿No quieres que lea, entonces? —preguntó la mujer, que estaba sentada en una silla de lona, junto al catre—. Se está levantando la brisa.
No, gracias.
Quizá venga el camión.
Al diablo con él. No me importa un comino.
A mí, sí.
A ti también te importan un bledo muchas cosas que para mí tienen valor.
No tantas, Harry.
¿Qué te parece si bebemos algo?
Creo que te hará daño. Dijeron que debías evitar todo contacto con el alcohol. En todo caso, no te conviene beber.
¡Molo! —gritó él.
Sí, bwana.
Trae whisky con soda.
Sí, bwana.
¿Por qué bebes? No deberías hacerlo —le reprochó la mujer—. Eso es lo que entiendo por abandono. Sé que te hará daño.
No. Me sienta bien.
«Al fin y al cabo, ya ha terminado todo —pensó—. Ahora no tendré oportunidad de acabar con eso. Y así concluirán para siempre las discusiones acerca de si la bebida es buena o mala».
Desde que le empezó la gangrena en la pierna derecha no había sentido ningún dolor, y le desapareció también el miedo, de modo que lo único que sentía era un gran cansancio y la cólera que le provocaba el que esto fuera el fin. Tenía muy poca curiosidad por lo que le ocurriría luego. Durante años le había obsesionado, sí, pero ahora no representaba esencialmente nada. Lo raro era la facilidad con que se soportaba la situación estando cansado.
Ya no escribiría nunca las cosas que había dejado para cuando tuviera la experiencia suficiente para escribirlas. Y tampoco vería su fracaso al tratar de hacerlo. Quizá fuesen cosas que uno nunca puede escribir, y por eso las va postergando una y otra vez. Pero ahora no podría saberlo, en realidad.
Quisiera no haber venido a este lugar —dijo la mujer. Le estaba mirando mientras tenía el vaso en la mano y apretaba los labios—. Nunca te hubiera ocurrido nada semejante en París. Siempre dijiste que te gustaba París. Podíamos habernos quedado allí, entonces, o haber ido a otro sitio. Yo hubiera ido a cualquier otra parte. Dije, por supuesto, que iría adonde tú quisieras. Pero si tenías ganas de cazar, podíamos ir a Hungría y vivir con más comodidad y seguridad.
¡Tu maldito dinero!
No es justo lo que dices. Bien sabes que siempre ha sido tan tuyo como mío. Lo abandoné todo, te seguí por todas partes y he hecho todo lo que se te ha ocurrido que hiciese. Pero quisiera no haber pisado nunca estas tierras.
Dijiste que te gustaba mucho.
Sí, pero cuando tú estabas bien. Ahora lo odio todo. Y no veo por qué tuvo que sucederte lo de la infección en la pierna. ¿Qué hemos hecho para que nos ocurra?
Creo que lo que hice fue olvidarme de ponerle yodo en seguida. Entonces no le di importancia porque nunca había tenido ninguna infección. Y después, cuando empeoró la herida y tuvimos que utilizar esa débil solución fénica, por haberse derramado los otros antisépticos, se paralizaron los vasos sanguíneos y comenzó la gangrena. —Mirándola, agregó—: ¿Qué otra cosa, pues?
No me refiero a eso.
Si hubiésemos contratado a un buen mecánico en vez de un imbécil conductor kikuyú, hubiera averiguado si había combustible y no hubiera dejado que se quemara ese cojinete…
No me refiero a eso.
Si no te hubieses separado de tu propia gente, de tu maldita gente de Old Westbury, Saratoga, Palm Beach, para seguirme…
¡Caramba! Te amaba. No tienes razón al hablar así. Ahora también te quiero. Y te querré siempre. ¿Acaso no me quieres tú?
No —respondió el hombre—. No lo creo. Nunca te he querido.
¿Qué estás diciendo, Harry? ¿Has perdido el conocimiento?
No. No tengo ni siquiera conocimiento para perder.
No bebas eso. No bebas, querido. Te lo ruego. Tenemos que hacer todo lo que podamos para zafarnos de esta situación.
Hazlo tú, pues. Yo estoy cansado.


En su imaginación vio una estación de ferrocarril en Karagatch. Estaba de pie junto a su equipaje. La potente luz delantera del expreso Simplón-Oriente atravesó la oscuridad, y abandonó Tracia, después de la retirada. Esta era una de las cosas que había reservado para escribir en otra ocasión, lo mismo que lo ocurrido aquella mañana, a la hora del desayuno, cuando miraba por la ventana las montañas cubiertas de nieve de Bulgaria y el secretario de Nansen le preguntó al anciano si era nieve. Este lo miró y le dijo: «No, no es nieve. Aún no ha llegado el tiempo de las nevadas». Entonces, el secretario repitió a las otras muchachas: «No. Como ven, no es nieve». Y todas decían: «No es nieve. Estábamos equivocadas». Pero era nieve, en realidad, y él las hacía salir de cualquier modo si se efectuaba algún cambio de poblaciones. Y ese invierno tuvieron que pasar por la nieve, hasta que murieron…
Y era nieve también lo que cayó durante toda la semana de Navidad, aquel año en que vivían en la casa del leñador, con el gran horno cuadrado de porcelana que ocupaba la mitad del cuarto, y dormían sobre colchones rellenos de hojas de haya. Fue la época en que llegó el desertor con los pies sangrando de frío para decirle que la Policía estaba siguiendo su rastro. Le dieron medias de lana y entretuvieron con la charla a los gendarmes hasta que las pisadas hubieron desaparecido.
En Schrunz, el día de Navidad, la nieve brillaba tanto que hacía daño a los ojos cuando uno miraba desde la taberna y veía a la gente que volvía de la iglesia. Allí fue donde subieron por la ruta amarillenta como la orina y alisada por los trineos que se extendían a lo largo del río, con las empinadas colinas cubiertas de pinos, mientras llevaban los esquíes al hombro. Fue allí donde efectuaron ese desenfrenado descenso por el glaciar, para ir a la Madlenerhaus. La nieve parecía una torta helada, se desmenuzaba como el polvo, y recordaba el silencioso ímpetu de la carrera, mientras caían como pájaros.
La ventisca los hizo permanecer una semana en la Madlenerhaus, jugando a los naipes y fumando a la luz de un farol. Las apuestas iban en aumento a medida que Herr Lent perdía. Finalmente, lo perdió todo. Todo: el dinero que obtenía con la escuela de esquí, las ganancias de la temporada y también su capital. Lo veía ahora con su nariz larga, mientras recogía las cartas y las descubría, Sans Voir. Siempre jugaban. Si no había nada de nieve, jugaban; y si había mucha también. Pensó en la gran parte de su vida que pasaba jugando.
Pero nunca había escrito una línea acerca de ello, ni de aquel claro y frío día de Navidad, con las montañas a lo lejos, a través de la llanura que había recorrido Gardner, después de cruzar las líneas, para bombardear el tren que llevaba a los oficiales austriacos licenciados, ametrallándolos mientras ellos se dispersaban y huían. Recordó que Gardner se reunió después con ellos y empezó a contar lo sucedido, con toda tranquilidad, y luego dijo: «¡Tú, maldito! ¡Eres un asesino de porquería!».
Y con los mismos austriacos que habían matado entonces se había deslizado después en esquíes. No; con los mismos, no. Hans, con quien paseó con esquí durante todo el año, estaba en los Káiser-Jagers (Cazadores imperiales), y cuando fueron juntos a cazar liebres al valle pequeño, conversaron encima del aserradero, sobre la batalla de Pasubio y el ataque a Pertica y Asalone, y jamás escribió una palabra de todo eso. Ni tampoco de Monte Corno, ni de lo que ocurrió en Siete Commum, ni lo de Arsiero.
¿Cuántos inviernos había pasado en el Vorarlberg y el Arlberg? Fueron cuatro, y recordó la escena del pie a Bludenz, en la época de los regalos, el gusto a cereza de un buen kirsch y el ímpetu de la carrera a través de la blanda nieve, mientras cantaban: «¡Hi! ¡Ho!, dijo Rolly».
Así recorrieron el último trecho que los separaba del empinado declive, y siguieron en línea recta, pasando tres veces por el huerto; luego salieron y cruzaron la zanja, para entrar por último en el camino helado, detrás de la posada. Allí se desataron los esquíes y los arrojaron contra la pared de madera de la casa. Por la ventana salía la luz del farol y se oían las notas de un acordeón que alegraba el ambiente interior, cálido, lleno de humo y de olor a vino fresco.


¿Dónde nos hospedamos en París? —preguntó a la mujer que estaba sentada a su lado en una silla de lona, en África.
En el «Crillon», ya lo sabes.
¿Por qué he de saberlo?
Porque allí paramos siempre.
No. No siempre. Allí y en el «Pavillion Henri-Quatre», en St. Germain. Decías que te gustaba con locura.
Ese cariño es una porquería —dijo Harry—, y yo soy el animal que se nutre y engorda con eso.
Si tienes que desaparecer, ¿es absolutamente preciso destruir todo lo que dejas atrás? Quiero decir, si tienes que deshacerte de todo: ¿debes matar a tu caballo y a tu esposa y quemar tu silla y tu armadura?
Sí. Tu podrido dinero era mi armadura. Mi Corcel y mi Armadura.
No digas eso…
Muy bien. Me callaré. No quiero ofenderte.
Ya es un poco tarde.
De acuerdo. Entonces seguiré hiriéndote. Es más divertido, ya que ahora no puedo hacer lo único que realmente me ha gustado hacer contigo.
No, eso no es verdad. Te gustaban muchas cosas y yo hacía todo lo que querías. ¡Oh! ¡Por el amor de Dios! Deja ya de fanfarronear, ¿quieres?
Escucha —dijo—. ¿Crees que es divertido hacer esto? No sé, francamente, por qué lo hago. Será para tratar de mantenerte viva, me imagino. Me encontraba muy bien cuando empezamos a charlar. No tenía intención de llegar a esto, y ahora estoy loco como un zopenco y me porto cruelmente contigo. Pero no me hagas caso, querida. No des ninguna importancia a lo que digo. Te quiero. Bien sabes que te quiero. Nunca he querido a nadie como te quiero a ti.
Y deslizó la mentira familiar que le había servido muchas veces de apoyo.
¡Qué amable eres conmigo!
Ahora estoy lleno de poesía. Podredumbre y poesía. Poesía podrida…
Cállate, Harry. ¿Por qué tienes que ser malo ahora? ¿Eh?
No me gusta dejar nada —contestó el hombre—. No me gusta dejar nada detrás de mí.


Cuando despertó anochecía. El sol se había ocultado detrás de la colina y la sombra se extendía por toda la llanura, mientras los animalitos se alimentaban muy cerca del campamento, con rápidos movimientos de cabeza y golpes de cola. Observó que sobresalían por completo de la maleza. Los pájaros, en cambio, ya no esperaban en tierra. Se habían encaramado todos a un árbol, y eran muchos más que antes. Su criado particular estaba sentado al lado del catre.
La memsahib fue a cazar —le dijo—. ¿Quiere algo bwana?
Nada.
Ella había ido a conseguir un poco de carne buena y, como sabía que a él le gustaba observar a los animales, se alejó lo bastante para no provocar disturbios en el espacio de llanura que el hombre abarcaba con su mirada.
«Siempre está pensativa —meditó Harry—. Reflexiona sobre cualquier cosa que sabe, que ha leído, o que ha oído alguna vez. Y no tiene la culpa de haberme conocido cuando yo ya estaba acabado. ¿Cómo puede saber una mujer que uno no quiere decir nada con lo que dice, y que habla solo por costumbre y para estar cómodo?».
Desde que empezó a expresar lo contrario de lo que sentía, sus mentiras le procuraron más éxitos con las mujeres que cuando les decía la verdad. Y lo grave no eran solo las mentiras, sino el hecho de que ya no quedaba ninguna verdad para contar. Estaba acabando de vivir su vida cuando empezó una nueva existencia, con gente distinta y de más dinero, en los mejores sitios que conocía y en otros que constituyeron la novedad.
«Uno deja de pensar y todo es maravilloso. Uno se cuida para que esta vida no lo arruine como le ocurre a la mayoría y adopta la actitud de indiferencia hacia el trabajo que solía hacer cuando ya no es posible hacerlo. Pero, en lo más mínimo de mi espíritu, pensé que podría escribir sobre esa gente, los millonarios, y diría que yo no era de esa clase, sino un simple espía en su país. Pensé en abandonarles y escribir todo eso, para que, aunque solo fuera una vez, lo escribiese alguien bien compenetrado con el asunto». Pero luego se dio cuenta de que no podía llevar a cabo tal empresa, pues cada día que pasaba sin escribir, rodeado de comodidades y siendo lo que despreciaba, embotaba su habilidad y reblandecía su voluntad de trabajo, de modo que, finalmente, no hizo absolutamente nada. Y la gente que conocía ahora vivía mucho más tranquila si él no trabajaba. En África había pasado la temporada más feliz de su vida y entonces se le ocurrió volver para empezar de nuevo. Fue así como se realizó la expedición de caza con el mínimo de comodidad. No pasaban penurias, pero tampoco podían permitirse lujos, y él pensó que podría volver a vivir así, de algún modo que le permitiese eliminar la grasa de su espíritu, igual que los boxeadores que van a trabajar y entrenarse a las montañas para quemar la grasa de su cuerpo.
La mujer, por su parte, se había mostrado complacida. Decía que le gustaba. Le gustaba todo lo que era atractivo, lo que implicara un cambio de escenario, donde hubiera gente nueva y las cosas fuesen agradables. Y él sintió la ilusión de regresar al trabajo con más fuerza de voluntad que perdiera.
«Y ahora que se acerca el fin —pensó—, ya que estoy seguro de que esto es el fin, no tengo por qué volverme como esas serpientes que se muerden ellas mismas cuando les quiebran el espinazo. Esta mujer no tiene la culpa, después de todo. Si no fuese ella, sería otra. Si he vivido de una mentira trataré de morir de igual modo».
En aquel instante oyó un estampido, más allá de la colina.
«Tiene muy buena puntería esta buena y rica perra, esta amable guardiana y destructora de mi talento. ¡Tonterías! Yo mismo he destruido mi talento. ¿Acaso tengo que insultar a esta mujer porque me mantiene? He destruido mi talento por no usarlo, por traicionarme a mí mismo y olvidar mis antiguas creencias y mi fe, por beber tanto que he embotado el límite de mis percepciones, por la pereza y la holgazanería, por las ínfulas, el orgullo y los prejuicios, y, en fin, por tantas cosas buenas y malas. ¿Qué es esto? ¿Un catálogo de libros viejos? ¿Qué es mi talento, en fin de cuentas? Era un talento, bueno, pero, en vez de usarlo, he comerciado con él. Nunca se reflejó en las obras que hice, sino en ese problemático “lo que podría hacer”. Por otra parte, he preferido vivir con otra cosa que un lápiz o una pluma. Es raro, ¿no?, pero cada vez que me he enamorado de una nueva mujer, siempre tenía más dinero que la anterior… Cuando dejé de enamorarme y solo mentía, como por ejemplo con esta mujer; con esta, que tiene más dinero que todas las demás, que tiene todo el dinero que existe, que tuvo marido e hijos, y amantes que no la satisficieron, y que me ama tiernamente como hombre, como compañero y con orgullosa posesión; es raro lo que me ocurre, ya que, a pesar de que no la amo y estoy mintiendo, sería capaz de darle más por su dinero que cuando amaba de veras. Todos hemos de estar preparados para lo que hacemos. El talento consiste en cómo vive uno la vida. Durante toda mi existencia he regalado vitalidad en una u otra forma, y he aquí que cuando mis afectos no están comprometidos, como ocurre ahora, uno vale mucho más para el dinero. He hecho este descubrimiento, pero nunca lo escribiré. No, no puedo escribir tal cosa, aunque realmente vale la pena».
Entonces apareció ella, caminando hacia el campamento a través de la llanura. Usaba pantalones de montar y llevaba su rifle. Detrás, venían los dos criados con un animal muerto cada uno. «Todavía es una mujer atractiva —pensó Harry—, y tiene un hermoso cuerpo». No era bonita, pero a él le gustaba su rostro. Leía una enormidad, era aficionada a cabalgar y a cazar y, sin duda alguna, bebía muchísimo. Su marido había muerto cuando ella era una mujer relativamente joven, y por un tiempo se dedicó a sus dos hijos, que no la necesitaban y a quienes molestaban sus cuidados; a sus caballos, a sus libros y a las bebidas. Le gustaba leer por la noche, antes de cenar, y mientras tanto, bebía whisky escocés y soda. Al acercarse la hora de la cena ya estaba embriagada y, después de otra botella de vino con la comida, se encontraba lo bastante ebria como para dormirse.
Esto ocurrió mientras no tuvo amantes. Luego, cuando los tuvo, no bebió tanto, porque no precisaba estar ebria para dormir… Pero los amantes la aburrían. Se había casado con un hombre que nunca la fastidiaba, y los otros hombres le resultaban extraordinariamente pesados.
Después, uno de sus hijos murió en un accidente de aviación. Cuando sucedió aquello, no quiso más amantes, y como la bebida no le servía ya de anestésico, pensó en empezar una nueva vida. De repente, se sintió aterrorizada por su soledad. Pero necesitaba alguien a quien poder corresponder.
Empezó del modo más simple. A la mujer le gustaba lo que Harry escribía y envidiaba la vida que llevaba. Pensaba que él realizaba todo lo que se proponía. Los medios a través de los cuales trabaron relación y el modo de enamorarse de ese hombre formaban parte de una constante progresión que se desarrollaba mientras ella construía su nueva vida y se desprendía de los residuos de su anterior existencia.
Él sabía que ella tenía mucho dinero, muchísimo, y que la maldita era una mujer muy atractiva. Entonces se acostó pronto con ella, mejor que con cualquier otra, porque era más rica, porque era deliciosa y muy sensible, y porque nunca metía bulla. Y ahora, esa vida que la mujer se forjara estaba a punto de terminar por el solo hecho de que él no se puso yodo, dos semanas antes, cuando una espina le hirió la rodilla, mientras se acercaba a un rebaño de antílopes con objeto de sacarles una fotografía. Los animales, con la cabeza erguida, atisbaban y olfateaban sin cesar, y sus orejas estaban tensas, como para escuchar el más leve ruido que les haría huir hacia la maleza. Y así fue: huyeron antes de que él pudiera sacar la fotografía.
Y ella ahora estaba aquí.
Harry volvió la cabeza para mirarla.
¡Hola! —le dijo.
Cacé un buen morueco —manifestó la mujer—. Te haré un poco de caldo y les diré que preparen puré de patatas. ¿Cómo te encuentras?
Mucho mejor.
¡Maravilloso! Te aseguro que pensaba encontrarte mejor. Estabas durmiendo cuando me fui.
Dormí muy bien. ¿Anduviste mucho?
No. Llegué más allá de la colina. Tuve suerte con la puntería.
Te aseguro que tiras de un modo extraordinario.
Es que me gusta. Y África también me gusta. De veras. Si mejorases, esta sería la mejor época de mi vida. No sabes cuánto me gusta salir de caza contigo. Me ha gustado mucho más el país.
A mí también.
Querido, no sabes qué maravilloso es encontrarte mejor. No podía soportar lo de antes. No podía verte sufrir. Y no volverás a hablarme otra vez como hoy, ¿verdad? ¿Me lo prometes?
No. No recuerdo lo que dije.
No tienes que destrozarme, ¿sabes? No soy nada más que una mujer vieja que te ama y quiere que hagas lo que se te antoje. Ya me han destrozado dos o tres veces. No quieres destrozarme de nuevo, ¿verdad? El aeroplano estará aquí mañana.
¿Cómo lo sabes?
Estoy segura. Se verá obligado a aterrizar. Los criados tienen la leña y el pasto preparados para hacer la hoguera. Hoy fui a darles un vistazo. Hay sitio de sobra para aterrizar y tenemos las hogueras preparadas en los dos extremos.
¿Y por qué piensas que vendrá mañana?
Estoy segura de que vendrá. Hoy se ha retrasado. Luego, cuando estemos en la ciudad, te curarán la pierna. No ocurrirán esas cosas horribles que dijiste.
Vayamos a tomar algo. El sol se ha ocultado ya.
¿Crees que no te hará daño?
Voy a beber.
Beberemos juntos, entonces. ¡Molo, letti dui whiskey-soda! —gritó la mujer.
Sería mejor que te pusieras las botas. Hay muchos mosquitos.
Lo haré después de bañarme…
Bebieron mientras las sombras de la noche lo envolvían todo, pero un poco antes de que reinase la oscuridad, y cuando no había luz suficiente como para tirar, una hiena cruzó la llanura y dio la vuelta a la colina.
Esa porquería cruza por allí todas las noches —dijo el hombre—. Ha hecho lo mismo durante dos semanas.
Es la que hace ruido por la noche. No me importa. Aunque son unos animales asquerosos.
Y mientras bebían juntos, sin que él experimentara ningún dolor, excepto el malestar de estar siempre postrado en la misma posición, y los criados encendían el fuego, que proyectaba sus sombras sobre las tiendas, Harry pudo advertir el retorno de la sumisión en esta vida de agradable entrega. Ella era, francamente, muy buena con él. Por la tarde había sido demasiado cruel e injusto. Era una mujer delicada, maravillosa de verdad. Y en aquel preciso instante se le ocurrió pensar que iba a morir.
Llegó esta idea con ímpetu; no como un torrente o un huracán, sino como una vaciedad repentinamente repugnante, y lo raro era que la hiena se deslizaba ligeramente por el borde…
¿Qué te pasa, Harry?
Nada. Sería mejor que te colocaras al otro lado. A barlovento.
¿Te cambió la venda Molo?
Sí. Ahora llevo la que tiene ácido bórico.
¿Cómo te encuentras?
Un poco mareado.
Voy a bañarme. En seguida volveré. Comeremos juntos, y después haré entrar el catre.
«Me parece —se dijo Harry— que hicimos bien dejándonos de pelear». Nunca se había peleado mucho con esta mujer, y, en cambio, con las que amó de veras lo hizo siempre, de tal modo que, finalmente, lo corrosivo de las disputas destruía todos los vínculos de unión. Había amado demasiado, pedido muchísimo y acabado con todo.


Pensó ahora en aquella ocasión en que se encontró solo en Constantinopla, después de haber reñido en París antes de irse. Pasaba todo el tiempo con prostitutas y cuando se dio cuenta de que no podía matar su soledad, sino que cada vez era peor, le escribió a la primera, a la que abandonó. En la carta le decía que nunca había podido acostumbrarse a estar solo… Le contó cómo, cuando una vez le pareció verla salir del «Regence», la siguió ansiosamente, y que siempre hacía lo mismo al ver a cualquier mujer parecida por el bulevar, temiendo que no fuese ella, temiendo perder esa esperanza. Le dijo cómo la extrañaba más cada vez que se acostaba con otra; que no importaba lo que ella hiciera, pues sabía que no podía curarse de su amor. Escribió esta carta en el club y la mandó a Nueva York, pidiéndole que le contestara a la oficina en París. Esto le pareció más seguro. Y aquella noche la extrañó tanto que le pareció sentir un vacío en su interior. Entonces salió a pasear, sin rumbo fijo, y al pasar por «Maxim’s» recogió una muchacha y la llevó a cenar. Fue a un sitio donde se pudiera bailar después de la cena, pero la mujer era muy mala bailadora, y entonces la dejó por una perra armenia, que se restregaba contra él. Se la quitó a un artillero británico subalterno, después de una disputa. El artillero le pegó en el cuerpo y junto a un ojo. Él le aplicó un puñetazo con la mano izquierda y el otro se arrojó sobre él y lo cogió por la chaqueta, arrancándole una manga. Entonces le golpeó en pleno rostro con la derecha, echándole hacia delante. Al caer el inglés se hirió en la cabeza y Harry salió corriendo con la mujer porque oyeron que se acercaba la Policía. Tomaron un taxi y fueron a Rimmily Hissa, a lo largo del Bósforo, y después dieron la vuelta. Era una noche más bien fresca y se acostaron en seguida. Ella parecía más bien madura, pero tenía la piel suave y un olor agradable. La abandonó antes de que se despertase, y con la primera luz del día fue al «Pera Palace». Tenía un ojo negro y llevaba la chaqueta bajo el brazo, ya que había perdido una manga.
Aquella misma noche partió para Anatolia y, en la última parte del viaje, mientras cabalgaban por los campos de adormideras que recolectaban para hacer opio, y las distancias parecían alargarse cada vez más, sin llegar nunca al sitio donde se efectuó el ataque con los oficiales que marcharon a Constantinopla, recordó que no sabía nada, ¡maldición!, y luego la artillería acribilló a las tropas, y el observador británico gritó como un niño.
Aquella fue la primera vez que vio hombres muertos con faldas blancas de ballet y zapatos con cintas. Los turcos se hicieron presentes con firmeza y en tropel. Entonces vio que los hombres de faldón huían, perseguidos por los oficiales que hacían fuego sobre ellos, y él y el observador británico también tuvieron que escapar. Corrieron hasta sentir una aguda punzada en los pulmones y tener la boca seca. Se refugiaron detrás de unas rocas, y los turcos seguían atacando con la misma furia. Luego vio cosas que ahora le dolía recordar, y después fue mucho peor aún. Así, pues, cuando regresó a París no quería hablar de aquello ni tan solo oír que lo mencionaran. Al pasar por el café vio al poeta americano delante de un montón de platillos, con estúpido gesto en el rostro, mientras hablaba del movimiento «dadá» con un rumano que decía llamarse Tristán Tzara, y que siempre usaba monóculo y tenía jaqueca. Por último, volvió a su departamento con su esposa, a la que amaba otra vez. Estaba contento de encontrarse en su hogar y de que hubieran terminado todas las peleas y todas las locuras. Pero la administración del hotel empezó a mandarle la correspondencia al departamento, y una mañana, en una bandeja, recibió una carta en contestación a la suya. Cuando vio la letra le invadió un sudor frío y trató de ocultar la carta debajo de otro sobre. Pero su esposa dijo: «¿De quién es esa carta, querido?»; y ese fue el principio del fin. Recordaba la buena época que pasó con todas ellas, y también las peleas. Siempre elegían los mejores sitios para pelearse. ¿Y por qué tenían que reñir cuando él se encontraba mejor? Nunca había escrito nada referente a aquello, pues, al principio, no quiso ofender a nadie, y después, le pareció que tenía muchas cosas para escribir sin necesidad de agregar otra. Pero siempre pensaba que al final lo escribiría también. No era mucho, en realidad. Había visto los cambios que se producían en el mundo; no solo los acontecimientos, aunque observó con detención gran cantidad de ellos y de gente; también sabía apreciar ese cambio más sutil que hay en el fondo y podía recordar cómo era la gente y cómo se comportaba en épocas distintas. Había estado en aquello, lo observaba de cerca, y tenía el deber de escribirlo. Pero ya no podría hacerlo…


¿Cómo te encuentras? —preguntó la mujer, que salía de la tienda después de bañarse.
Muy bien.
¿Podrías comer algo, ahora?
Vio a Molo detrás de la mujer, con la mesa plegadiza, mientras el otro sirviente llevaba los platos.
Quiero escribir.
Sería mejor que tomaras un poco de caldo para fortalecerte.
Si voy a morirme esta noche, ¿para qué quiero fortalecerme?
No seas melodramático, Harry; te lo ruego.
¿Por qué diablos no usas la nariz? ¿No te das cuenta de que estoy podrido hasta la cintura? ¿Para qué demonios serviría el caldo ahora? Molo, trae whisky-soda.
Toma el caldo, por favor —dijo ella suavemente.
Bueno.
El caldo estaba demasiado caliente. Tuvo que dejarlo enfriar en la taza, y por último lo tragó sin sentir náuseas.
Ella lo miró con su cara bonita como las que ilustraban Spur y Town and Country. Y al mirarla y observar su agradable sonrisa, sintió que la muerte se acercaba de nuevo. Esta vez no fue con ímpetu. Fue una ráfaga, como las que hacen vacilar la luz de la vela y extienden la llama con su gigantesca sombra proyectada hasta el techo.
Después pueden traer mi mosquitero, colgarlo del árbol y encender el fuego. No voy a entrar en la tienda esta noche. No vale la pena moverse. Es una noche clara. No lloverá.
«Así es como uno muere, entre susurros que no oye. Pues bien, no habrá más peleas». Hasta podía prometerlo. No iba a echar a perder la única experiencia que le faltaba. Aunque probablemente lo haría. «Siempre lo he estropeado todo». Pero quizá no fuese así en esta ocasión.
No puedes escribir al dictado, ¿verdad?
Nunca supe —contestó ella.
Está bien.
No había tiempo, por supuesto, pero en aquel momento le pareció que todo se podía poner en un párrafo si se interpretaba bien.


Encima del lago, en una colina, veía una cabaña rústica que tenía las hendiduras tapadas con mezcla. Junto a la puerta había un palo con una campana, que servía para llamar a la gente a comer. Detrás de la casa, campos, y más allá de los campos estaba el monte. Una hilera de álamos se extendía desde la casa hasta el muelle. Un camino llevaba hasta las colinas por el límite del monte, y a lo largo de ese camino él solía recoger zarzas. Luego, la cabaña se incendió y todos los fusiles que había en las perchas encima del hogar, también se quemaron. Los cañones de las escopetas, fundido el plomo de las cámaras para cartuchos, y las cajas fueron destruidos lentamente por el fuego, sobresaliendo del montón de cenizas que fueron usadas para hacer lejía en las grandes calderas de hierro, y cuando le preguntamos al Abuelo si podíamos utilizarla para jugar, nos dijo que no. Allí estaban, pues, sus fusiles y nunca volvió a comprar otros. Ni volvió a cazar. La casa fue reconstruida en el mismo sitio, con madera aserrada. La pintaron de blanco; desde la puerta se veían los álamos y, más allá, el lago; pero ya no habían fusiles. Los cañones de las escopetas que habían estado en las perchas de la cabaña yacían ahora afuera, en el montón de cenizas que nadie se atrevió a tocar jamás.
En la Selva Negra, después de la guerra, alquilamos un río para pescar truchas, y teníamos dos maneras de llegar hasta aquel sitio. Había que bajar al valle desde Trisberg, seguir por el camino rodeado de árboles y luego subir por otro que atravesaba las colinas, pasando por muchas granjas pequeñas, con las grandes casas de Schwarzwald, hasta que cruzaba el río. La primera vez que pescamos recorrimos todo ese trayecto.
La otra manera consistía en trepar por una cuesta empinada hasta el límite de los bosques, atravesando luego las cimas de las colinas por el monte de pinos, y después bajar hasta una pradera, desde donde se llegaba al puente. Habla abedules a lo largo del río, que no era grande, sino estrecho, claro y profundo, con pozos provocados por las raíces de los abedules. El propietario del hotel, en Trisberg, tuvo una buena temporada. Era muy agradable el lugar y todos eran grandes amigos. Pero el año siguiente se presentó la inflación, y el dinero que ganó durante la temporada anterior no fue suficiente para comprar provisiones y abrir el hotel; entonces, se ahorcó.
Aquello era fácil de dictar, pero uno no podía dictar lo de la Plaza Contrescarpe, donde las floristas teñían sus flores en la calle, y la pintura corría por el empedrado hasta la parada de los autobuses; y los ancianos y las mujeres, siempre ebrios de vino; y los niños con las narices goteando por el frío. Ni tampoco lo del olor a sobaco, roña y borrachera del café «Des Amateurs», y las rameras del «Bal Musette», encima del cuál vivían. Ni lo de la portera que se divertía en su cuarto con el soldado de la Guardia Republicana, que había dejado el casco adornado con cerdas de caballo sobre una silla. Y la inquilina del otro lado del vestíbulo, cuyo marido era ciclista, y que aquella mañana, en la lechería, sintió una dicha inmensa al abrir L’Auto y ver la fotografía de la prueba Parls-Tours, la primera carrera importante que disputaba, y en la que se clasificó tercero. Enrojeció de tanto reír, y después subió al primer piso llorando, mientras mostraba por todas partes la página de deportes. El marido de la encargada del «Bal Musette» era conductor de taxi y cuando él, Harry, tenía que tomar un avión a primera hora, el hombre le golpeaba la puerta para despertarlo y luego bebían un vaso de vino blanco en el mostrador de la cantina, antes de salir. Conocía a todos los vecinos de ese barrio, pues todos, sin excepción, eran pobres.
Frecuentaban la Plaza dos clases de personas: los borrachos y los deportistas. Los borrachos mataban su pobreza de ese modo; los deportistas iban para hacer ejercicio. Eran descendientes de los comuneros y resultaba fácil describir sus ideas políticas. Todos sabían cómo habían muerto sus padres, sus parientes, sus hermanos y sus amigos cuando las tropas de Versalles se apoderaron de la ciudad, después de la Comuna, y ejecutaron a toda persona que tuviera las manos callosas, que usara gorra o que llevara cualquier otro signo que revelase su condición de obrero. Y en aquella pobreza, en aquel barrio del otro lado de la calle de la «Boucherie Chevaline» y la cooperativa de vinos, escribió el comienzo de todo lo que iba a hacer. Nunca encontró una parte de París que le gustase tanto como aquella, con sus enormes árboles, las viejas casas de argamasa blanca con la parte baja pintada de pardo, los autobuses verdes que daban vueltas alrededor de la plaza, el color purpúreo de las flores que se extendían por el empedrado, el repentino declive pronunciado de la calle Cardenal Lemoine hasta el río y, del otro lado, la apretada muchedumbre de la calle Mouffetard. La calle que llevaba al Panteón y la otra que él siempre recorría en bicicleta, la única asfaltada de todo el barrio, suave para los neumáticos, con las altas casas y el hotel grande y barato donde había muerto Paul Verlaine. Como los departamentos que alquilaban solo constaban de dos habitaciones, él tenía una habitación aparte en el último piso, por la cual pagaba sesenta francos mensuales. Desde allí podía ver, mientras escribía, los techos, las chimeneas y todas las colinas de París.
Desde el departamento solo se veían los grandes árboles y la casa del carbonero, donde también se vendía vino, pero de mala calidad; la cabeza de caballo de oro que colgaba frente a la «Boucherie Chevaline», en cuya vidriera se exhibían los dorados trozos de res muerta, y la cooperativa pintada de verde, donde compraban el vino, bueno y barato. Lo demás eran paredes de argamasa y ventanas de los vecinos. Los vecinos que, por la noche, cuando algún borracho se sentaba en el umbral, gimiendo y gruñendo con la típica ivresse francesa que la propaganda hace creer que no existe, abrían las ventanas, dejando oír el murmullo de la conversación. «¿Dónde está el policía? El bribón desaparece siempre que uno lo necesita. Debe de estar acostado con alguna portera. Que venga el agente». Hasta que alguien arrojaba un balde de agua desde otra ventana y los gemidos cesaban. «¿Qué es eso? Agua. ¡Ah! ¡Eso se llama tener inteligencia!». Y entonces se cerraban todas las ventanas.
Marie, su sirvienta, protestaba contra la jornada de ocho horas, diciendo: «Mi marido trabaja hasta las seis, solo se emborracha un poquito al salir y no derrocha demasiado. Pero si trabaja nada más que hasta las cinco, está borracho todas las noches y una se queda sin dinero para la casa. Es la esposa del obrero la que sufre de la reducción del horario».


¿Quieres un poco más de caldo? —le preguntaba su mujer.
No, muchísimas gracias, aunque está muy bueno.
Toma un poquito más, ¿no?
Prefiero un whisky con soda.
No te sentará bien.
Ya lo sé. Me hace daño. Cole Porter escribió la letra y la música de eso: te estás volviendo loca por mí.
Bien sabes que me gusta que bebas, pero…
¡Oh! Sí, ya lo sé: solo que me sienta mal.
«Cuando se vaya —pensó—, tendré todo lo que quiera. No todo lo que quiera, sino todo lo que haya». ¡Ay! Estaba cansado. Demasiado cansado. Iba a dormir un rato. Estaba tranquilo porque la muerte ya se había ido. Tomaba otra calle, probablemente. Iba en bicicleta, acompañada, y marchaba en absoluto silencio por el empedrado…


No, nunca escribió nada sobre París. Nada del París que le interesaba. Pero ¿y todo lo demás que tampoco había escrito?
¿Y lo del rancho y el gris plateado de los arbustos de aquella región, el agua rápida y clara de los embalses de riego, y el verde oscuro de la alfalfa? El sendero subía hasta las colinas. En el verano, el ganado era tan asustadizo como los ciervos. En otoño, entre gritos y rugidos estrepitosos, lo llevaban lentamente hacia el valle, levantando una polvareda con sus cascos. Detrás de las montañas se dibujaba el limpio perfil del pico a la luz del atardecer, y también cuando cabalgaba por el sendero bajo la luz de la luna. Ahora recordaba la vez que bajó atravesando el monte, en plena oscuridad, y tuvo que llevar al caballo por las riendas, pues no se veía nada… Y todos los cuentos y anécdotas, en fin, que había pensado escribir.
¿Y el imbécil peón que dejaron a cargo del rancho en aquella época, con la consigna de que no dejara tocar el heno a nadie? ¿Y aquel viejo bastardo de los Forks que castigó al muchacho cuando este se negó a entregarle determinada cantidad de forraje? El peón tomó entonces el rifle de la cocina y le disparó un tiro cuando el anciano iba a entrar en el granero. Y cuando volvieron a la granja, hacía una semana que el viejo había muerto. Su cadáver congelado estaba en el corral y los perros lo habían devorado en parte. A pesar de todo, envolvieron los restos en una frazada y la ataron con una cuerda. El mismo peón los ayudó en la tarea. Luego, dos de ellos se llevaron el cadáver, con esquíes, por el camino, recorriendo las sesenta millas hasta la ciudad, y regresaron en busca del asesino. El peón no esperaba que se lo llevaran preso. Creía haber cumplido con su deber, y que yo era su amigo y pensaba recompensar sus servicios. Por eso, cuando el sheriff le colocó las esposas, se quedó mudo de sorpresa, y luego se echó a llorar. Esta era una de las anécdotas que dejé para escribirla más adelante. Conocía por lo menos veinte anécdotas parecidas y buenas y nunca había escrito ninguna. ¿Por qué?


Tú les dirás por qué —dijo.
¿Por qué qué, querido?
Nada.
Desde que estaba con él, la mujer no bebía mucho. «Pero si vivo —pensó Harry—, nunca escribiré nada sobre ella ni sobre los otros». Los ricos eran perezosos y bebían muchísimo, o jugaban demasiado al backgammon. Eran perezosos; por eso siempre repetían lo mismo. Recordaba al pobre Julián, que sentía un respetuoso temor por todos ellos, y que una vez empezó a contar un cuento que decía: «Los muy ricos son gente distinta. No se parecen ni a usted ni a mí». Y alguien le interrumpió para manifestar: «Ya lo creo. Tienen más dinero que nosotros». Pero esto no le causó ninguna gracia a Julián, que pensaba que los ricos formaban una clase social de singular encanto. Por eso, cuando descubrió lo contrario, sufrió una decepción totalmente nueva.
Harry despreciaba siempre a los que se desilusionaban, y eso se comprendía fácilmente. Creía que podía vencerlo todo y a todos, y que nada podría hacerle daño, ya que nada le importaba.
Muy bien. Pues ahora no le importaba un comino la muerte. El dolor era una de las pocas cosas que siempre había temido. Podía aguantarlo como cualquier mortal, mientras no fuese demasiado prolongado y agotador, pero en esta ocasión había algo que le hería espantosamente, y cuando iba a abandonarse a su suerte, cesó el dolor.


Recordaba aquella lejana noche en que Williamson, el oficial del cuerpo de bombarderos, fue herido por una granada lanzada por un patrullero alemán, cuando él atravesaba las alambradas; y cómo, llorando, nos pidió a todos que lo matásemos. Era un hombre gordo, muy valiente y buen oficial, aunque demasiado amigo de las exhibiciones fantásticas. Pero, a pesar de sus alardes, un foco le iluminó aquella noche entre las alambradas, y sus tripas empezaron a desparramarse por las púas a consecuencia de la explosión de la granada, de modo que cuando lo trajeron vivo todavía, tuvieron que matarlo, «¡Mátame, Harry! ¡Mátame, por el amor de Dios!». Una vez sostuvieron una discusión acerca de que Nuestro Señor nunca nos manda lo que no podemos aguantar, y alguien exponía la teoría de que, diciendo eso en un determinado momento, el dolor desaparece automáticamente. Pero nunca se olvidaría del estado de Williamson aquella noche. No le pasó nada hasta que se terminaron las tabletas de morfina que Harry no usaba ni para él mismo. Después, matarlo fue la única solución.


Lo que tenía ahora no era nada en comparación con aquello; y no habría habido motivo de preocupación, a no ser que empeorara con el tiempo. Aunque tal vez estuviera mejor acompañado.
Entonces pensó un poco en la compañía que le hubiera gustado tener.
«No —reflexionó—, cuando uno hace algo que dura mucho, y ha empezado demasiado tarde, no puede tener la esperanza de volver a encontrar a la gente todavía allí. Toda la gente se ha ido. La reunión ha terminado y ahora has quedado solo con tu patrona. ¡Bah! Este asunto de la muerte me está fastidiando tanto como las demás cosas».
Es un fastidio —dijo en voz alta.
¿Qué, queridito?
Todo lo que dura mucho.
Harry miró el rostro de la mujer, que estaba entre el fuego y él. Ella se había recostado en la silla y la luz de la hoguera brillaba sobre su cara de agradables contornos, y entonces se dio cuenta de que ella tenía sueño. Oyó también que la hiena hacía ruido algo más allá del límite del fuego.
He estado escribiendo —dijo—, pero me cansé.
¿Crees que podrás dormir?
Casi seguro. ¿Por qué no vas adentro?
Me gusta quedarme sentada aquí, contigo.
¿Te encuentras mal? —le preguntó a la mujer.
No. Tengo un poco de sueño.
Yo también.
En aquel momento sintió que la muerte se acercaba de nuevo.
Te aseguro que lo único que no he perdido nunca es la curiosidad —le dijo más tarde.
Nunca has perdido nada. Eres el hombre más completo que he conocido.
¡Dios mío! ¡Qué poco sabe una mujer! ¿Qué es eso? ¿Tu intuición?
Porque en aquel instante la muerte apoyaba la cabeza sobre los pies del catre y su aliento llegaba hasta la nariz de Harry.
Nunca creas eso que dicen de la guadaña y la calavera. Del mismo modo podrían ser dos policías en bicicleta, o un pájaro, o un hocico ancho como el de la hiena.
Ahora avanzaba sobre él, pero no tenía forma. Ocupaba espacio, simplemente.
Dile que se marche.
No se fue, sino que se acercó aún más.
¡Qué aliento del demonio tienes! —le dijo a la muerte—. ¡Tú, asquerosa bastarda!
Se acercó otro poco y él ya no podía hablarle, y cuando la muerte lo advirtió, se aproximó todavía más, mientras Harry trataba de echarla sin hablar; pero todo su peso estaba sobre su pecho, y mientras se acuclillaba allí y le impedía moverse o hablar, oyó que su mujer decía:
Bwana ya se ha dormido. Levanten el catre y llévenlo a la tienda, pero con cuidado.
No podía decirle que la hiciera marcharse, y allí estaba la muerte, sentada sobre su pecho, cada vez más pesada, impidiéndole hasta respirar.
Y entonces, mientras levantaban el catre, se encontró repentinamente bien ya que el peso dejó de oprimirle el pecho.


***


Ya era de día y habían transcurrido varias horas de la mañana cuando oyó el aeroplano. Parecía muy pequeño. Los criados corrieron a encender las hogueras, usando kerosene y amontonando la hierba hasta formar dos grandes humaredas en cada extremo del terreno que ocupaba el campamento. La brisa matinal llevaba el humo hacia las tiendas. El aeroplano dio dos vueltas más, esta vez a menor altura, y luego planeó y aterrizó suavemente. Después, Harry vio que se acercaba el viejo Compton, con pantalones, camisa de color y sombrero de fieltro oscuro.
¿Qué te pasa, amigo? —preguntó el aviador.
La pierna —le respondió Harry—. Anda mal. ¿Quieres comer algo o has desayunado ya?
Gracias. Voy a tomar un poco de té. Traje el Puss Moth que ya conoces, y como hay sitio para uno solo, no podré llevar a la memsahib. Tu camión está en el camino.
Helen llamó aparte a Compton para decirle algo. Luego, él volvió más animado que antes.
Te llevaré en seguida —dijo—. Después volveré a buscar a la mem. Lo único que temo es tener que detenerme en Arusha para cargar combustible. Convendría salir ahora mismo.
¿Y el té?
No importa; no te preocupes.
Los peones levantaron el catre y lo llevaron a través de las verdes tiendas hasta el avión, pasando entre las hogueras que ardían con todo su resplandor. La hierba se había consumido por completo y el viento atizaba el fuego hacia el pequeño aparato. Costó mucho trabajo meter a Harry, pero una vez que estuvo adentro se acostó en el asiento de cuero, y ataron su pierna a uno de los brazos del que ocupaba Compton. Saludó con la mano a Helen y a los criados. El motor rugía con su sonido familiar. Después giraron rápidamente, mientras Compie vigilaba y esquivaba los pozos hechos por los jabalíes. Así, a trompicones atravesaron el terreno, entre las fogatas, y alzaron vuelo con el último choque. Harry vio a los otros abajo, agitando las manos; y el campamento, junto a la colina, se veía cada vez más pequeño: la amplia llanura, los bosques y la maleza, y los rastros de los animales que llegaban hasta los charcos secos, y vio también un nuevo manantial que no conocía. Las cebras, ahora con su lomo pequeño, y las bestias, con las enormes cabezas reducidas a puntos, parecían subir mientras el avión avanzaba a grandes trancos por la llanura, dispersándose cuando la sombra se proyectaba sobre ellos. Cada vez eran más pequeños, el movimiento no se notaba, y la llanura parecía estar lejos, muy lejos. Ahora era gris-amarillenta. Estaban encima de las primeras colinas y las bestias les seguían siempre el rastro. Luego pasaron sobre unas montañas con profundos valles de selvas verdes y declives cubiertos de bambúes, y después, de nuevo los bosques tupidos y las colinas que se veían casi chatas. Después, otra llanura, caliente ahora, morena, y púrpura por el sol. Compie miraba hacia atrás para ver cómo cabalgaba. Enfrente, se elevaban otras oscuras montañas.
Por último, en vez de dirigirse a Arusha, dieron la vuelta hacia la izquierda. Supuso, sin ninguna duda, que al piloto le alcanzaba el combustible. Al mirar hacia abajo, vio una nube rosada que se movía sobre el terreno, y en el aire algo semejante a las primeras nieves de una ventisca que aparecen de improviso, y entonces supo que eran las langostas que venían del Sur. Luego empezaron a subir. Parecían dirigirse hacia el Este. Después se oscureció todo y se encontraron en medio de una tormenta en la que la lluvia torrencial daba la impresión de estar volando a través de una cascada, hasta que salieron de ella. Compie volvió la cabeza sonriendo y señaló algo. Harry miró, y todo lo que pudo ver fue la cima cuadrada del Kilimanjaro, ancha como el mundo entero; gigantesca, alta e increíblemente blanca bajo el sol. Entonces supo que era allí adonde iba.


En aquel instante, la hiena cambió sus lamentos nocturnos por un sonido raro, casi humano, como un sollozo. La mujer lo oyó y se estremeció de inquietud. No se despertó, sin embargo. En su sueño, se veía en la casa de Long Island, la noche antes de la presentación en sociedad de su hija. Por alguna razón estaba allí su padre, que se portó con mucha descortesía. Pero la hiena hizo tanto ruido que ella se despertó y, por un momento, llena de temor, no supo dónde estaba. Luego tomó la linterna portátil e iluminó el catre que le habían entrado después de dormirse Harry. Vio el bulto bajo el mosquitero, pero ahora le parecía que él había sacado la pierna, que colgaba a lo largo de la cama con las vendas sueltas. No aguantó más.
¡Molo! —llamó—. ¡Molo! ¡Molo!
Y después dijo:
¡Harry! ¡Harry! —Y levantando la voz—: ¡Harry! ¡Contéstame, te lo ruego! ¡Oh, Harry!
No hubo respuesta y tampoco le oyó respirar.
Fuera de la tienda, la hiena seguía lanzando el mismo gemido extraño que la despertó. Pero los latidos del corazón le impedían oírlo.

Las nieves del Kilimanjaro. 1961.