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domingo, 7 de junio de 2026

El ser bajo la luz de la luna. H. P. Lovecraft.

Morgan no es hombre de letras; de hecho, su inglés carece del más mínimo grado de coherencia. Por eso me tienen maravillado las palabras que escribió, aunque otros se han reído.
Estaba sólo la noche en que ocurrió. De repente lo acometieron unos deseos incontenibles de escribir, y tomando la pluma redactó lo siguiente:
«Me llamo Howard Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence, Rhode Island. El 24 de noviembre de 1927 -no sé siquiera en qué año estamos- me quedé dormido y tuve un sueño; y desde entonces me ha sido imposible despertar.
»Mi sueño empezó en un paraje húmedo, pantanoso y cubierto de cañas, bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca cubierta de líquenes, al norte. Impulsado por una vaga curiosidad, subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, observando entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades de la meseta rocosa.
»En varios lugares, el paso estaba techado por el estrechamiento de la parte superior de la angosta fisura; en dichos lugares, la oscuridad era extraordinaria, y no se distinguían las madrigueras que pudiese haber allí. En uno de esos tramos oscuros me asaltó un miedo tremendo, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa para descubrir la fuente de mi alarma.
»Por último, salí a una meseta cubierta de roca musgosa y escasa tierra, iluminada por una débil luna que había reemplazado al agonizante orbe del día. Miré a mi alrededor y no vi a ningún ser viviente; sin embargo, percibí una agitación extraña muy por debajo de mí, entre los juncos susurrantes de la ciénaga pestilente que hacía poco había abandonado.
»Después de caminar un trecho, me topé con unas vías herrumbrosas de tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué en seguida a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910. Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré en vano a mi alrededor tratando de descubrir un interruptor de la luz…, entonces noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales. A continuación oí crujir la yerba escasa por el lado de la izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor. Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro patas dispuesto a correr hacia el coche.
»Me levanté de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas y leguas por la meseta, hasta que el cansancio me obligó a detenerme… Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas, sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.


………………………………………………..


»Me di cuenta de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por ello me resultó agradable.
»Desde esa noche espantosa lo único que pido es despertar…, ¡pero aún no ha podido ser!
»¡Al contrario, he descubierto que soy un habitante de este terrible mundo onírico! Aquella primera noche dejó paso al amanecer, y vagué sin rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la maleza y vi ante mí el viejo tranvía… ¡A su lado había un ser de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la luz de la luna!
»Todos los días sucede lo mismo. La noche me coge como siempre en ese lugar de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y echo a correr desenfrenadamente.
»¡Dios mío! ¿Cuándo despertaré?»
Eso es lo que Morgan escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de Providence; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí.


domingo, 8 de febrero de 2026

Cenizas. H. P. Lovecraft y C. M. Eddy Jr.

-Hola, Bruce. Hace siglos que no te veo. Entra.
Dejé la puerta abierta y me siguió al interior de la habitación. Su flaca y desgarbada figura se acomodó con torpeza en la silla que le ofrecía mientras comenzaba a jugar con su sombrero entre los dedos. Sus profundos ojos tenían un mirar asustado, distraído, y atisbaban furtivos por entre los rincones de la habitación, como si buscasen algo escondido dispuesto a echarse sobre él en cualquier momento. Su rostro estaba ojeroso y sin color. Las comisuras de sus labios tenían un rictus espasmódico.
-¿Qué te ocurre, viejo? Parece que has visto un fantasma. ¡Levanta el ánimo!
Me acerqué al mueble bar y llené un pequeño vaso con el vino de una botella.
-¡Bébete esto!
Vació el vaso de un sorbo y continuó jugando con su sombrero.
-Gracias, Prague; no me siento demasiado bien esta noche.
-¡No hace falta que lo digas! ¿Qué es lo que va mal?
Malcolm Bruce se agitó inquieto en su silla. Lo miré en silencio, preguntándome qué podía haberle afectado de aquella manera. Conocía a Bruce y lo tenía catalogado como un hombre tranquilo y con voluntad de acero. Verlo en aquel estado de nervios no era normal. Le ofrecí un cigarro, y él lo tomó, mecánicamente. Pero, hasta que Bruce no encendió el segundo cigarrillo, el silencio entre los dos continuó. Su nerviosismo parecía desaparecer poco a poco. Una vez más fue el hombre dominante, seguro de sí mismo, que yo conocía.
-Prague –empezó-, me acaba de suceder la experiencia más diabólica y terrible que puede acontecerle a un hombre. No estoy muy seguro de si debo contártelo o no, pues tengo miedo de que pienses que estoy loco; ¡cosa que no te reprocharía! Pero es cierto, ¡hasta la última palabra!
Hizo una dramática pausa y lanzó al aire unos tenues anillos de humo. Sonreí. Ya había escuchado más de una historia de miedo en aquella misma mesa. Debía haber alguna especie de peculiaridad en mi forma de ser que inspiraba confianza a los demás; me han contado historias tan extrañas que algunos hombres darían años de su vida por escucharlas. Pero, a pesar de mi gusto por lo sobrenatural y peligroso, de mi atracción por el conocimiento de lejanas e inexploradas regiones, me he visto condenado a una vida prosaica y aburrida, con un trabajo anodino.
-¿Has oído hablar alguna vez del profesor Van Allister? -preguntó Bruce.
-¿Quieres decir de Arthur Van Allister?
-¡El mismo! ¿O sea que le conoces?
-¡Desde luego! Hace años que le conozco. Desde el momento en que renunció a su profesorado de química en la escuela para dedicarse a sus experimentos. Yo le ayudé a diseñar el laboratorio insonorizado en el ático de su casa. Después comenzó a estar tan embebido en su trabajo que no tenía tiempo de ser amable con nadie.
-Recordarás, Prague, que cuando ambos estábamos en la escuela, yo era muy aficionado a la química.
Asentí, y Bruce siguió hablando.
-Hace unos cuatro meses yo estaba buscando trabajo. Van Allister publicó un anuncio en el que requería un ayudante, y yo le contesté. Se acordaba de cuando yo estaba, en el colegio, y pude convencerle de que sabía lo suficiente de química como para serle útil. Tenía una joven de secretaria, la señorita Marjorie Purdy. Era la típica mujer que se dedicaba por completo a su trabajo, tan eficiente como bonita. Había ayudado algunas veces a Van Allister en el laboratorio, y pronto descubrí que mostraba mucho interés en este trabajo y que hacía sus propios experimentos. Pasaba casi todo su tiempo libre en el laboratorio con nosotros. Sólo era cuestión de tiempo que tanta camaradería se convirtiese en una profunda amistad, de tal forma que llegó un momento en el que yo dependía de su ayuda en mis experimentos más difíciles, cuando el profesor estaba ocupado. Jamás vi que titubease ante mis requerimientos. ¡Aquella chica se desenvolvía con la química como el pato en el agua! Hace aproximadamente dos meses el profesor Van Allister dividió el laboratorio en dos estancias, quedando una de ellas para su uso personal. Nos dijo que iba a realizar una serie de experimentos que, si tenían éxito, le darían una fama universal. Se negó firmemente a darnos cualquier tipo de información sobre sus características.
«Por entonces, la señorita Purdy y yo estábamos solos cada vez más tiempo. El profesor permanecía encerrado en su habitación durante días y no aparecía ni tan siquiera para comer. Esto también nos permitía tener más tiempo libre. Nuestra amistad se hizo más fuerte.
Sentía una creciente admiración por la delicada joven que parecía moverse con genuina seguridad entre olorosos frascos y densas mezclas químicas, embutida en ropas blancas desde la cabeza a los pies, incluyendo los guantes de goma que llevaba en las manos.
«Anteayer, Van Allister nos invitó a su cuarto de trabajo. “Por fin lo he conseguido”, dijo, mostrándonos un pequeño recipiente que contenía un líquido incoloro. “Aquí tengo lo que va a ser el mayor descubrimiento químico jamás conocido. Voy a probar delante de vosotros su eficacia. Bruce, ¿podrías traerme uno de los conejos, por favor?” Fui a la otra habitación y cogí uno de los conejos que guardamos, junto con las cobayas, para nuestros experimentos. Puso al pequeño animalillo en una caja de cristal lo suficientemente grande para que cupiese y cerró la tapa. Después colocó un embudo de cristal en un pequeño agujero que había sobre la tapa. Nos acercamos para ver mejor. Destapó el recipiente y echó su contenido sobre la caja donde estaba el conejillo. "¡Ahora vamos a descubrir si mis semanas de esfuerzos continuados han tenido éxito o han fracasado!” Lenta, metódicamente, yació el contenido del frasco en el embudo, mientras veíamos cómo el líquido se esparcía por el recipiente donde estaba el aterrado animalillo. La señorita Purdy emitió un grito de asombro, mientras que yo parpadeaba para asegurarme de que lo que veía era cierto. ¡Pues en el sitio donde hacía sólo unos momentos había habido un conejo vivo y aterrado, ahora no habla más que un montoncito de livianas, blancas cenizas!
«El profesor Van Allister se volvió hacia nosotros con un aire de triunfal satisfacción.
De su rostro emanaba un júbilo malsano y sus ojos brillaban con una expresión salvaje y cruel. Su voz adoptó un tono de superioridad cuando nos dijo:
«Bruce —y usted también, señorita Purdy— habéis tenido el privilegio de contemplar el éxito de los resultados de una fórmula que revolucionará el mundo.
¡Este preparado reduce instantáneamente a cenizas a cualquier objeto que toque, excepto al cristal!
Pensad en lo que puede significar. ¡Un ejército equipado con bombas de cristal llenas con mi fórmula podría ser capaz de aniquilar el mundo! Madera, metal, piedra, ladrillo —cualquier cosa— desaparecerían ante su paso, sin dejar más restos que lo mismo que ha quedado del conejillo con el que he experimentado, ¡un montoncito de tenues, blancas cenizas!
«Miré a la señorita Purdy. Su rostro estaba tan blanco como la bata que vestía. Esperamos a que Van Allister recogiera en un pequeño frasco todo lo que había quedado del conejillo. Debo admitir que mi mente estaba helada cuando me dijo que podíamos irnos. Le dejarnos solo tras las pesadas puertas que separaban su cuarto de trabajo. Una vez a salvo y solos, la señorita Purdy no pudo contener sus nervios. Sufrió un desmayo y habría caído al suelo si yo no la hubiese sujetado en mis brazos. La sensación de su cuerpo delicado y tembloroso sobre el mío era insoportable. La acerqué suavemente hacia mí pegando mi boca a la suya. La besé varias veces presionando con mis labios los suyos, rojos y delicados, hasta que abrió los ojos y vi el amor reflejado en ellos. Después de una deliciosa eternidad volvimos de nuevo a la tierra, con el suficiente conocimiento como para darnos cuenta de que aquel laboratorio no era el lugar más idóneo para aquellas ardientes demostraciones. En cualquier momento, el profesor podía salir de su retiro y, dado su estado actual de ánimo, no sabíamos qué podía ocurrir si nos descubría en aquella amorosa actitud. Pasé el resto de la jornada como en un sueño. Me asombraba de que fuese capaz de seguir con mi trabajo en tal estado. Actuaba como un autómata, una máquina bien engrasada, ocupándose mecánicamente de sus tareas, mientras que mi mente vagaba por lejanas y deliciosas regiones de ensueño. Marjorie estuvo ocupada con sus tareas de secretaria durante el resto del día, y procuré no mirarla ni una sola vez hasta que mis ocupaciones en el laboratorio estuvieron terminadas. Aquella noche nos dedicamos a disfrutar de nuestra nueva felicidad. ¡Prague, recordaré esa noche mientras viva! El momento más feliz de mi vida fue cuando Marjorie Purdy me dijo que se casaría conmigo. Ayer fue otro día de éxtasis y arrobamiento. Transcurrió la jornada con dulces sentimientos mientras trabajaba. Luego siguió otra noche de amor. ¡Si nunca has amado a una mujer en la vida, Prague, a la única mujer del mundo, no podrás entender el delirio que te produce pensar en ella! Y Marjorie hacía que pensase continuamente en ella. Se dio sin reservas a mí. Hacia el mediodía de hoy tuve que salir a la farmacia a comprar unos productos que necesitaba para completar uno de mis experimentos. Cuando volví eché de menos la presencia de Marjorie.
Miré si todavía estaban su sombrero y su abrigo, pero no fue así. No había visto al profesor desde el experimento con el conejillo, ya que estaba encerrado en su cuarto de trabajo.
-Pregunté a la servidumbre, pero ninguno la había visto salir de la casa, ni les había dejado ningún mensaje dirigido a mí. Según iba atardeciendo, la sensación de angustia se agrandaba. Pronto se hizo de noche y seguía sin rastro de mi querida niña. Ya no tenía ganas de trabajar. Comencé a caminar de un lado a otro de la habitación como un tigre enjaulado. En cuanto sonaba el teléfono o el timbre de la puerta renacían en mí las esperanzas de volver a escuchar su voz, pero todas las veces fue en vano. Cada minuto se alargaba una hora; ¡cada hora una eternidad! ¡Buen Dios, Prague! ¡No puedes imaginarte cuánto he sufrido! Desde las cumbres del amor sublime me he visto sumido en las más oscuras simas de la desesperación. Ante mis ojos aparecían las más horribles visiones, los peores hechos que pudieran acontecer.
Y seguía sin volver a escuchar su voz.
-Parecía que había pasado una vida entera, aunque al mirar el reloj me di cuenta de que sólo eran las siete y media, cuando el mayordomo me dijo que Van Allister requería mi presencia en el laboratorio. No tenía ningunas ganas de hacer experimentos, pero mientras estuviese bajo su techo él era mi maestro, y me veía obligado a obedecerle. El profesor estaba en su cuarto de trabajo, con la puerta ligeramente abierta. Me dijo que me acercase y que cerrara la puerta del laboratorio. Debido a mi estado de ánimo en aquellos momentos, mi mente actuó como una cámara fotográfica, registrando todos los hechos que sucedieron a continuación. En el centro de la habitación, sobre una alta mesa de mármol, habla un recipiente de cristal del tamaño y forma aproximados de un ataúd. Rebosaba del mismo líquido incoloro que había estado dentro de la pequeña botella, dos días antes. A la izquierda, sobre un taburete de cristal, había otro frasco de cristal. No pude reprimir un escalofrío involuntario cuando vi que estaba lleno de ligeras, blancas cenizas. ¡De repente, vi algo más que hizo que mi corazón dejase de latir! Sobre una silla, en un rincón de la habitación, reposaban el sombrero y el abrigo de la mujer que había decidido unir su vida a la mía; ¡la mujer a la que yo había jurado lealtad y protección mientras durasen nuestras vidas! Mis sentidos se nublaron, mi alma se colmó de pánico, cuando me di cuenta de lo que había sucedido. No podía haber otra explicación. ¡Las cenizas del frasco era todo lo que había quedado de Marjorie Purdy!
«El mundo quedó suspendido durante unos largos, terribles instantes; ¡después me volví un loco, un loco ceñudo con un solo objetivo! Lo siguiente que soy capaz de recordar es la imagen del profesor y la mía forcejeando desesperadamente. Aunque ya era viejo, aún conservaba una fuerza similar a la mía, y además tenía la ventaja añadida de su estado de tranquilidad y autocontrol. Poco a poco fue empujándome hacia el recipiente de cristal. En breves instantes, mis cenizas se mezclarían con las de la mujer que había amado. Choqué contra el taburete y mis dedos se cerraron sobre el frasco que contenía las cenizas. ¡Con un último y supremo esfuerzo, lo levanté por encima de mi cabeza y golpeé el cráneo de mi oponente con todas las fuerzas que me quedaban! Sus brazos se relajaron de inmediato y su desvaída figura cayó al suelo inconsciente. Aún bajo los efectos del acaloramiento, levanté el silencioso cuerpo del profesor y con mucho cuidado, bastante más del que había mostrado al golpearle, ¡introduje el cuerpo en el cajón de la muerte!
«Desapareció en un instante. Tanto el líquido como el profesor se habían esfumado, ¡y en su lugar sólo quedaba un pequeño montoncito de livianas, blancas cenizas! Pero, mientras contemplaba el resultado de mi acción y fueron pasando los efectos de mi locura, tuve que enfrentarme ante la dura y fría verdad: había asesinado a una persona. Una calma antinatural se apoderó de mí. Sabía que no quedaba ni un solo rastro que pudiera delatarme, exceptuando el hecho de que yo había sido la última persona que había sido vista con el profesor. Por otra parte, ¡no había más que cenizas! Me puse el sombrero y el abrigo, y le dije al mayordomo que el profesor me había dado estrictas órdenes de que no se le molestase, indicándome también que podía tomarme el resto de la tarde. Una vez en el exterior, todo mi autocontrol se vino abajo. No había forma de contener mis nervios. No sabía dónde dirigirme; sólo recuerdo que vagué de aquí para allá hasta darme cuenta de que me hallaba en tu apartamento, hace unos minutos. Necesitaba hablar con alguien, Prague; sólo quiero aliviar mi torturado cerebro. Sé que puedo confiar en ti, viejo amigo, así que te he contado toda la verdad. Aquí estoy; puedes hacer lo que prefieras. ¡Ahora que Marjorie no está, la vida ya no significa nada para mí!
La voz de Bruce se estremeció por la emoción cuando pronunció el nombre de la mujer a la que amaba. Me incliné sobre la mesa y observé con atención la mirada del hombre desesperado que se acurrucaba alicaído en el sillón. Me levanté, me puse el sombrero y el abrigo y me acerqué a Bruce, que sacudía la cabeza, oculta entre las manos, y profería débiles lamentos.
-¡Bruce!
Malcolm Bruce levantó la vista.
-Bruce, escúchame. ¿Estás seguro de que Marjorie Purdy ha muerto?
-Estoy seguro… -Sus ojos se dilataron ante tal sugerencia y su cuerpo se puso rígido.
Insistí:
-¿Estás total y absolutamente seguro de que las cenizas que contenía el frasco eran las de Marjorie Purdy?
-¡Pues… yo… las vi, Prague! ¿Adónde quieres ir a parar?
-Entonces no estás totalmente seguro. Viste el sombrero y el abrigo de la mujer sobre la silla y, en tu estado de ánimo, tomaste una conclusión precipitada.
-Las cenizas tienen que ser las de la mujer desaparecida… El profesor ha experimentado con ella… y cosas por el estilo. Vamos, seguramente Van Allister te dijo algo.
-No sé qué pudo decir. ¡Ya te he dicho que me convertí en un loco salvaje!
-Entonces tienes que venir conmigo. Si no ha muerto, tiene que hallarse en algún rincón de la casa, y si está allí, ¡tenemos que encontrarla!
Ya en la calle, paramos un taxi y en breves instantes el mayordomo nos permitió entrar en la casa de Van Allister. Bruce abrió el laboratorio con su llave. La puerta del cuarto de trabajo del profesor aún estaba entornada. Mis ojos barrieron la habitación reconociendo todos sus rincones. A la izquierda, cerca de la ventana, había una puerta cerrada. Atravesé la habitación y tiré del manillar, pero ni tan siquiera se movió.
-¿Adónde da?
-Es sólo una antesala donde el profesor acostumbra a guardar sus aparatos.
-Es igual, hay que abrir esta puerta, insistí, ceñudo. Retrocedí unos pasos y di una fuerte patada sobre la madera. Después de varios intentos, la cerradura saltó, dejándonos el paso libre.
Bruce, con un grito inarticulado, atravesó la habitación hasta situarse ante un arca de caoba. Escogió una de las llaves de su llavero, la metió en la cerradura y abrió la tapa con manos temblorosas.
-Aquí está, Prague; ¡rápido! ¡Tiene que darle el aire!
Entre los dos llevamos el desmayado cuerpo de la mujer hasta el laboratorio. Bruce preparó una infusión que hizo resbalar por entre sus labios. Después de unos momentos, sus ojos comenzaron a abrirse. Miró asombrada el cuarto donde se hallaba, hasta que reparó en Bruce y sus ojos se iluminaron de repente con la felicidad de encontrarle allí. Más tarde, después de los primeros intercambios de palabras, la mujer nos contó todo lo que habla sucedido:
-Cuando Malcolm se fue, al atardecer, el profesor me hizo llamar a su cuarto de trabajo.
Como me mandaba frecuentemente a hacer algún que otro recado, pensé que éste era el motivo y cogí el abrigo y el sombrero para ganar tiempo. Cerró la puerta del pequeño cuarto y, sin previo aviso, me atacó por detrás. Pronto me dominó y me ató las manos y los pies. Era imposible que nadie me oyese. Como ya sabes, el laboratorio está totalmente insonorizado. Entonces sacó un mastín que debía haber atrapado de algún sitio y lo redujo a cenizas delante de mis ojos. Luego puso las cenizas en un frasco de cristal sobre el taburete que hay en el laboratorio. Se dirigió a la pequeña antesala y sacó esa especie de ataúd de cristal del arca que habéis visto. ¡Por lo menos eso parecía a mis aterrados sentidos! Vertió la suficiente cantidad de ese horrible líquido como para rebosar el recipiente. Entonces me dijo algo que es lo único que recuerdo. ¡Tenía la intención de experimentar su compuesto con una persona humana!
Se estremeció ante el recuerdo.
Empezó a ponderar sobre el privilegio que era ser la primera persona en dar su vida por una causa tan digna. Después, con toda la calma del mundo, me comunicó que te había elegido a ti como conejillo de indias, ¡y que yo sería la testigo de su éxito! Me desmayé. El profesor debía tener miedo de que alguien se enterase, pues lo siguiente que recuerdo es que me desperté dentro del arcón en donde me habéis encontrado. ¡Era sofocante! Cada vez me costaba más respirar. Pensaba en ti, Malcolm, en las horas maravillosas y felices que habíamos pasado juntos los últimos días. ¡No sabía qué haría cuando tú no estuvieses! ¡Rogué, incluso, que me matara a mí también! Tenía la garganta dolorida y seca; todo comenzó a oscurecerse. Por fin, desperté para encontrarme a tu lado, Malcolm. Su voz era un susurro nervioso y ronco.
-¿Dónde está el profesor?
Bruce la llevó en silencio hasta el laboratorio. Ella se estremeció ante la visión del ataúd de cristal. Todavía en silencio, Bruce se dirigió directamente al recipiente, ¡y, cogiendo en su mano un puñado de livianas, blancas cenizas, dejó que resbalasen suavemente entre sus dedos!

miércoles, 28 de enero de 2026

Dagón. H. P. Lovecraft.

Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo. Pese a mi esclavitud a la morfina, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayan leído estas páginas atropelladamente garabateadas, quizá se hagan idea -aunque no del todo- de por qué tengo que buscar el olvido o la muerte.
Fue en una de las zonas más abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el paquebote en el que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario alemán. La gran guerra estaba entonces en sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido en su degradación posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a unos prisioneros navales. En efecto, tan liberal era la disciplina de nuestros opresores, que cinco días más tarde conseguí escaparme en un pequeño bote, con agua y provisiones para bastante tiempo.
Cuando al fin me encontré libre y a la deriva, tenía muy poca idea de cuál era mi situación. Navegante poco experto, sólo sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las estrellas, que estaba algo al sur del ecuador. No sabía en absoluto en qué longitud, y no se divisaba isla ni costa algunas. El tiempo se mantenía bueno, y durante incontables días navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la esperanza de que pasara algún barco, o de que me arrojaran las olas a alguna región habitable. Pero no aparecían ni barcos ni tierra, y empecé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella ondulante e ininterrumpida inmensidad azul.
El cambio ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a conocer los pormenores; porque mi sueño, aunque poblado de pesadillas, fue ininterrumpido. Cuando desperté finalmente, descubrí que me encontraba medio succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi alrededor, con monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el cual se había adentrado mi bote cierto trecho.
Aunque cabe suponer que mi primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación del paisaje tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentí más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la superficie putrefacta una calidad siniestra que me heló el corazón. La zona estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos identificables que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. Quizá no deba esperar transmitir con meras palabras la indecible repugnancia que puede reinar en el absoluto silencio y la estéril inmensidad. Nada alcanzaba a oírse; nada había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje me producían un terror nauseabundo.
El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro por la cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la ciénaga tenebrosa que tenía bajo mis pies. Al meterme en el bote encallado, me di cuenta de que sólo una posibilidad podía explicar mi situación. Merced a una conmoción volcánica el fondo oceánico había emergido a la superficie, sacando a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra emergida debajo de mí, que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por mucho que aguzaba el oído. Tampoco había aves marinas que se alimentaran de aquellos peces muertos.
Durante varias horas estuve pensando y meditando sentado en el bote, que se apoyaba sobre un costado y proporcionaba un poco de sombra al desplazarse el sol en el cielo. A medida que el día avanzaba, el suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante seco para poderlo recorrer fácilmente. Dormí poco esa noche, y al día siguiente me preparé una provisión de agua y comida, a fin de emprender la marcha en busca del desaparecido mar, y de un posible rescate.
A la mañana del tercer día comprobé que el suelo estaba bastante seco para andar por él con comodidad. El hedor a pescado era insoportable; pero me tenían preocupado cosas más graves para que me molestase este desagradable inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día caminé constantemente en dirección oeste guiado por una lejana colina que descollaba por encima de las demás elevaciones del ondulado desierto. Acampé esa noche, y al día siguiente proseguí la marcha hacia la colina, aunque parecía escasamente más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del cuarto día llegué al pie de dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me había parecido de lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve respecto del resto de la superficie. Demasiado cansado para emprender el ascenso, dormí a la sombra de la colina.
No sé por qué, mis sueños fueron extravagantes esa noche; pero antes que la luna menguante, fantásticamente gibosa, hubiese subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto de un sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones que había tenido eran excesivas para soportarlas otra vez. A la luz de la luna comprendí lo imprudente que había sido al viajar de día. Sin el sol abrasador, la marcha me habría resultado menos fatigosa; de hecho, me sentí de nuevo lo bastante fuerte como para acometer el ascenso que por la tarde no había sido capaz de emprender. Recogí mis cosas e inicié la subida a la cresta de la elevación.
Ya he dicho que la ininterrumpida monotonía de la ondulada llanura era fuente de un vago horror para mí; pero creo que mi horror aumentó cuando llegué a lo alto del monte y vi, al otro lado, una inmensa sima o cañón, cuya oscura concavidad aún no iluminaba la luna. Me pareció que me encontraba en el borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos insondable de noche eterna. En mi terror se mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y la espantosa ascensión de Satanás a través de remotas regiones de tinieblas.
Al elevarse más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle no eran tan completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba cornisas y salientes que proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el descenso; y a partir de unos centenares de pies, el declive se hacía más gradual. Movido por un impulso que no me es posible analizar con precisión, bajé trabajosamente por las rocas, hasta el declive más suave, sin dejar de mirar hacia las profundidades estigias donde aún no había penetrado la luz.
De repente, me llamó la atención un objeto singular que había en la ladera opuesta, el cual se erguía enhiesto como a un centenar de yardas de donde estaba yo; objeto que brilló con un resplandor blanquecino al recibir de pronto los primeros rayos de la luna ascendente. No tardé en comprobar que era tan sólo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión de que su posición y su contorno no eran enteramente obra de la Naturaleza. Un examen más detenido me llenó de sensaciones imposibles de expresar; pues pese a su enorme magnitud, y su situación en un abismo abierto en el fondo del mar cuando el mundo era joven, me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya imponente masa había conocido el arte y quizá el culto de criaturas vivas y pensantes.
Confuso y asustado, aunque no sin cierta emoción de científico o de arqueólogo, examiné mis alrededores con atención. La luna, ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua que discurría por el fondo formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones, y casi lamiéndome los pies donde me había detenido. Al otro lado del abismo, las pequeñas olas bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie podía distinguir ahora inscripciones y toscos relieves. La escritura pertenecía a un sistema de jeroglíficos desconocido para mí, distinto de cuantos yo había visto en los libros, y consistente en su mayor parte en símbolos acuáticos esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y demás. Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres marinos desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición había visto yo en la llanura surgida del océano.
Sin embargo, fueron los relieves los que más me fascinaron. Claramente visibles al otro lado del curso de agua, a causa de sus enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían despertado la envidia de un Doré. Creo que estos seres pretendían representar hombres... al menos, cierta clase de hombres; aunque aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo homenaje a algún monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a descubrir con detalle sus rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más grotescos de lo que podría concebir la imaginación de un Poe o de un Bulwer, eran detestablemente humanos en general, a pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente anchos y fláccidos, sus ojos abultados y vidriosos, y demás rasgos de recuerdo menos agradable. Curiosamente, parecían cincelados sin la debida proporción con los escenarios que servían de fondo, ya que uno de los seres estaba en actitud de matar una ballena de tamaño ligeramente mayor que él. Observé, como digo, sus formas grotescas y sus extrañas dimensiones; pero un momento después decidí que se trataba de dioses imaginarios de alguna tribu pescadora o marinera; de una tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes que naciera el primer antepasado del hombre de Piltdown o de Neanderthal. Aterrado ante esta visión inesperada y fugaz de un pasado que rebasaba la concepción del más atrevido antropólogo, me quedé pensativo, mientras la luna bañaba con misterioso resplandor el silencioso canal que tenía ante mí.
Entonces, de repente, lo vi. Tras una leve agitación que delataba su ascensión a la superficie, la entidad surgió a la vista sobre las aguas oscuras. Inmenso, repugnante, aquella especie de Polifemo saltó hacia el monolito como un monstruo formidable y pesadillesco, y lo rodeó con sus brazos enormes y escamosos, al tiempo que inclinaba la cabeza y profería ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.
No recuerdo muy bien los detalles de mi frenética subida por la ladera y el acantilado, ni de mi delirante regreso al bote varado... Creo que canté mucho, y que reí insensatamente cuando no podía cantar. Tengo el vago recuerdo de una tormenta, poco después de llegar al bote; en todo caso, sé que oí el estampido de los truenos y demás ruidos que la Naturaleza profiere en sus momentos de mayor irritación.
Cuando salí de las sombras, estaba en un hospital de San Francisco; me había llevado allí el capitán del barco norteamericano que había recogido mi bote en medio del océano. Hablé de muchas cosas en mis delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de las palabras. Los que me habían rescatado no sabían nada sobre la aparición de una zona de fondo oceánico en medio del Pacífico, y no juzgué necesario insistir en algo que sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso etnólogo, y lo divertí haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda filistea en torno a Dagón, el Dios-Pez; pero en seguida me di cuenta de que era un hombre irremediablemente convencional, y dejé de preguntar.
Es de noche, especialmente cuando la luna se vuelve gibosa y menguante, cuando veo a ese ser. He intentado olvidarlo con la morfina, pero la droga sólo me proporciona una cesación transitoria, y me ha atrapado en sus garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner fin a todo esto, ahora que he contado lo ocurrido para información o diversión desdeñosa de mis semejantes. Muchas veces me pregunto si no será una fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a causa de la insolación, cuando escapé del barco de guerra alemán. Me lo pregunto muchas veces; pero siempre se me aparece, en respuesta, una visión monstruosamente vívida. No puedo pensar en las profundidades del mar sin estremecerme ante las espantosas entidades que quizá en este instante se arrastran y se agitan en su lecho fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra y esculpiendo sus propias imágenes detestables en obeliscos submarinos de mojado granito. Pienso en el día que emerjan de las olas, y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a los endebles restos de una humanidad exhausta por la guerra... en el día en que se hunda la tierra, y emerja el fondo del océano en medio del universal pandemonio.
Se acerca el fin. Oigo ruido en la puerta, como si forcejeara en ella un cuerpo inmenso y resbaladizo. No me encontrará. ¡Dios mío, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!

viernes, 2 de enero de 2026

La declaración de Randolph Carter. H. P. Lovecraft.

Les repito, caballeros, que su encuesta es inútil. Enciérrenme para siempre, si quieren; ejecútenme, si necesitan una víctima para propiciar la ilusión que ustedes llaman justicia; pero yo no puedo decir más de lo que ya he dicho. Todo lo que puedo recordar se lo he contado a ustedes con absoluta sinceridad. No he ocultado ni desfigurado nada, y si algo continúa siendo vago, se debe únicamente a la oscura nube que ha invadido mi cerebro... A esa nube, y a la confusa naturaleza de los horrores que cayeron sobre mí.
Vuelvo a decir que ignoro lo que ha sido de Harley Warren, aunque creo —casi espero— que ha encontrado la paz y el olvido definitivos, si es que existen en alguna parte. Es cierto que durante cinco años he sido su amigo más íntimo, y que compartí parcialmente sus terribles investigaciones en lo desconocido. No niego, aunque mi memoria no es todo lo precisa que sería de desear, que ese testigo suyo puede habernos visto juntos como él dice en el camino de Gainsville, andando hacia Big Cypress Swamp, a las once y media de aquella horrible noche. Y no tengo inconveniente en añadir que llevábamos linternas eléctricas, azadas y un rollo de alambre con diversos instrumentos; ya que esos objetos representaron un papel en la única escena que ha quedado grabada de un modo indeleble en mi trastornada memoria. Pero de lo que siguió, y del motivo de que me encontraran solo y aturdido a orillas del pantano a la mañana siguiente, insisto en que sólo sé lo que les he contado una y otra vez. Dicen ustedes que no hay nada en el pantano o cerca de él que pudiera constituir el marco de aquel espantoso episodio. Repito que no sé nada, aparte de lo que vi. Pudo ser una alucinación o una pesadilla —y espero fervientemente que lo fueran—, pero eso es todo lo que recuerdo de lo ocurrido en aquellas terribles horas, después de que nos alejamos de la vista de los hombres. Y el motivo de que Harley Warren no haya regresado sólo pueden explicarlo él, o su espectro... o algo desconocido que no puedo describir.
Como he dicho antes, las fantásticas investigaciones de Harley Warren no me eran desconocidas, y hasta cierto punto las compartía. De su gran colección de libros raros y extraños sobre temas prohibidos he leído todos los que están escritos en los idiomas que domino; muy pocos, comparados con los escritos en idiomas que no entiendo. La mayoría, creo, son obras en lengua arábiga; y el libro inspirado por el espíritu del mal —el libro que Warren se llevó en su bolsillo al otro mundo— que provocó los acontecimientos, estaba escrito en unos caracteres que nunca había visto. Warren no quiso decirme nunca lo que contenía aquel libro. En cuanto a la naturaleza de nuestras investigaciones..., ¿tengo que repetir que no gozo ya de una plena comprensión? Y encuentro misericordioso que sea así, ya que eran unas investigaciones terribles, que yo compartía más por renuente fascinación que por verdadera inclinación. Warren siempre me había dominado, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí ante la expresión de su rostro la noche anterior al espantoso acontecimiento, mientras hablaba ininterrumpidamente de su teoría, de que ciertos cadáveres no se corrompen nunca sino que permanecen enteros en sus tumbas durante un millar de años. Pero ahora no le temo, ya que sospecho que ha conocido horrores más allá de mis posibilidades de comprensión. Ahora temo por él. Repito que no tenía la menor idea de nuestro objetivo de aquella noche. Desde luego, tenía mucho que ver con el libro que Warren llevaba —aquel libro antiguo en caracteres indescifrables que le había llegado de la India un mes antes—, pero juro que ignoraba lo que esperábamos descubrir. Su testigo dice que nos vio a las once y media en el camino de Gainsville, en dirección al pantano de Big Cypress. Probablemente es cierto, aunque yo no lo recuerdo claramente. En mi cerebro sólo quedó grabada una escena, y debió producirse mucho después de medianoche, ya que una pálida luna en cuarto menguante estaba muy alta en el cielo, velada por gasas semitransparentes. El lugar era un antiguo cementerio; tan antiguo, que temblé ante las múltiples evidencias de años inmemoriales. Se encontraba en una profunda y húmeda hondonada, cubierta de musgo y de maleza, y llena de un vago hedor que mi fantasía asoció absurdamente con piedras en descomposición. Por todas partes veíanse señales de descuido y decrepitud, y parecía acosarme la idea de que Warren y yo éramos los primeros seres vivientes que invadíamos un silencio letal de siglos. Por encima del borde de la hondonada la luna menguante atisbaba a través de los fétidos vapores que parecían brotar de ignotas catacumbas, y a sus débiles y oscilantes rayos pude distinguir una repulsiva formación de antiquísimos mausoleos, panteones y tumbas; todos en estado ruinoso, cubiertos de musgo y con manchas de humedad, y parcialmente ocultos por una lujuriante vegetación.
Mi primera impresión vívida de mi propia presencia en aquella terrible necrópolis se refiere al acto de detenerme con Warren ante una determinada tumba y de desprendernos de la carga que al parecer habíamos llevado. Observé entonces que yo había traído una linterna eléctrica y dos azadas, en tanto que mi compañero había cargado con una linterna similar y una instalación telefónica portátil. No pronunciamos una sola palabra, ya que ambos parecíamos conocer el lugar y la tarea que nos estaba encomendada; y sin demora empuñamos las azadas y empezamos a limpiar de hierba y de maleza la arcaica sepultura. Después de dejar al descubierto toda la superficie, que consistía en tres inmensas losas de granito, retrocedimos unos pasos para contemplar el fúnebre escenario; y Warren pareció efectuar unos cálculos mentales. Luego se acercó de nuevo al sepulcro y, utilizando su azada como una palanca, trató de levantar la losa más próxima a unas piedras ruinosas que en su día pudieron haber sido un monumento funerario. No lo consiguió, y me hizo una seña para que acudiera en su ayuda. Finalmente, nuestros esfuerzos combinados aflojaron la losa, la cual levantamos y apartamos a un lado.
Quedó al descubierto una negra abertura, por la que brotó un efluvio de gases miasmáticos tan nauseabundos que Warren y yo retrocedimos precipitadamente. Sin embargo, al cabo de unos instantes nos acercamos de nuevo a la fosa y encontramos las emanaciones menos insoportables. Nuestras linternas iluminaron un tramo de peldaños de piedra empapados en algún detestable licor de la entraña de la tierra, y bordeados de húmedas paredes con costras de salitre. Entonces, por primera vez que yo recuerde durante aquella noche, Warren me habló con su meliflua voz de tenor; una voz singularmente inalterada por nuestro pavoroso entorno.
—Lamento tener que pedirte que te quedes en la superficie —dijo—, pero sería un crimen permitir que alguien con unos nervios tan frágiles como los tuyos bajara ahí. No puedes imaginar, ni siquiera por lo que has leído y por lo que yo te he contado, las cosas que tendré que ver y hacer. Es una tarea infernal, Carter, y dudo que cualquier hombre que no tenga una sensibilidad revestida de acero pudiera llevarla a cabo y regresar vivo y cuerdo. No quiero ofenderte y el cielo sabe lo mucho que me alegraría llevarte conmigo; pero la responsabilidad es mía, y no puedo arrastrar a un manojo de nervios como tú a una muerte o una locura probables. Te repito que no puedes imaginar siquiera de qué se trata... Pero te prometo mantenerte informado por teléfono de cada uno de mis movimientos. Como puedes ver, he traído alambre suficiente para llegar al centro de la tierra y regresar.
Todavía puedo oír, en mi recuerdo, aquellas palabras pronunciadas fríamente; y puedo recordar también mis protestas. Parecía desesperadamente ansioso por acompañar a mi amigo a aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mostró inflexible. En un momento determinado amenazó con abandonar la expedición si no me daba por vencido; una amenaza eficaz, dado que sólo él tenía la clave del asunto. Tras haber obtenido mi asentimiento, dado de muy mala gana, Warren cogió el rollo de alambre y ajustó los instrumentos. Finalmente, me entregó uno de los auriculares, estrechó mi mano, se cargó al hombro el rollo de alambre y desapareció en el interior de aquel indescriptible osario.
Fui a sentarme sobre una vieja y descolorida lápida, cerca de la negra abertura que se había tragado a mi amigo. Durante un par de minutos pude ver el resplandor de su linterna y oír el crujido del alambre mientras lo desenrollaba detrás de él; pero el resplandor desapareció bruscamente, como tapado por una revuelta de la escalera, y el sonido se apagó con la misma rapidez. Yo estaba solo, pero unido a las desconocidas profundidades por aquel mágico alambre cuyo verde revestimiento aislante brillaba bajo los pálidos rayos de la luna menguante.
Consultaba continuamente mi reloj a la luz de mi linterna, y estaba pendiente del auricular con febril ansiedad; pero durante más de un cuarto de hora no oí absolutamente nada. Luego percibí un leve chasquido, y llamé a mi amigo con voz tensa. A pesar de mis aprensiones, no estaba preparado para las palabras que me llegaron desde aquella pavorosa bóveda, con un acento de alarma que resultaba mucho más estremecedor por cuanto que procedía del imperturbable Harley Warren. Él, que se había separado de mí con tanta tranquilidad momentos antes, llamaba ahora desde abajo con un tembloroso susurro más impresionante que el más desaforado de los gritos:
—¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que estoy viendo!
No pude contestar. Me había quedado sin voz, y sólo pude esperar. Warren habló de nuevo:
—¡Carter, es terrible... monstruoso... increíble!
Esta vez la voz no me falló, y vertí en el micrófono un chorro de excitadas preguntas. Aterrado, repetía sin cesar:
—Warren, ¿qué es? ¿Qué es?
De nuevo me llegó la voz de mi amigo, ronca de temor, ahora visiblemente teñida de desesperación:
—¡No puedo decírtelo, Carter! ¡Es demasiado monstruoso! No me atrevo a decírtelo... ningún hombre podría saberlo y continuar viviendo... ¡Dios mío! ¡Nunca había soñado en nada semejante!
Silencio de nuevo, interrumpido solamente por mis ocasionales y ahora estremecidas preguntas. Luego, la voz de Warren con un trémulo de desesperada consternación:
—¡Carter! ¡Por el amor de Dios, vuelve a colocar la losa y márchate si puedes! ¡Aprisa! ¡Déjalo todo y márchate... es tu única oportunidad! ¡Haz lo que te digo y no me pidas explicaciones!
Le oí, pero sólo fui capaz de repetir mis frenéticas preguntas. A mi alrededor había tumbas, oscuridad y sombras; debajo de mí, alguna amenaza más allá del alcance de la imaginación humana. Pero mi amigo estaba expuesto a un peligro mucho mayor que el mío, y a través de mi propio terror experimenté un vago resentimiento al pensar que me creía capaz de abandonarle en semejantes circunstancias. Se oyeron más chasquidos, y tras una breve pausa un lamentable grito de Warren:
—¡Dale esquinazo! ¡Por el amor de Dios, coloca de nuevo la losa y dale esquinazo, Carter!—. La jerga infantil de mi compañero, reveladora de que se encontraba bajo la influencia de una profunda emoción, actuó sobre mí como un poderoso revulsivo.
Formé y grité una decisión:
—¡Warren, resiste! ¡Voy a bajar!
Pero, ante aquel ofrecimiento, el tono de mi amigo se convirtió en un alarido de absoluta desesperación:
—¡No! ¡No pueden comprenderlo! Es demasiado tarde... y la culpa ha sido mía. Coloca de nuevo la losa y corre... es lo único que puedes hacer ahora por mí.
El tono cambió de nuevo, esta vez adquiriendo una mayor suavidad, como de resignación sin esperanza. Sin embargo, seguía siendo tenso debido a la ansiedad que Warren experimentaba por mi suerte.
—¡Date prisa! ¡Corre, antes de que sea demasiado tarde!
No traté de contradecirle; intenté sobreponerme a la extraña parálisis que se había apoderado de mí y cumplir mi promesa de acudir en su ayuda. Pero su siguiente susurro me sorprendió todavía inerte en las cadenas de un indescriptible horror.
—¡Carter, apresúrate! Todo es inútil... tienes que huir... es mejor uno que dos... la losa... Una pausa, más chasquidos, luego la débil voz de Warren:
—Todo va a terminar... no lo hagas más difícil... cubre esos malditos peldaños y ponte a salvo... no pierdas más tiempo... hasta nunca, Carter... no volveremos a vernos.
El susurro de Warren se hinchó hasta convertirse en un grito; un grito que paulatinamente se hinchó a su vez y se hizo un alarido que contenía todo el horror de los siglos...
—¡Malditos sean los seres infernales! ¡Hay legiones de ellos! ¡Dios mío! ¡Huye! ¡Huye! ¡HUYE!
Después, silencio. Ignoro durante cuantos interminables eones permanecí sentado, estupefacto; susurrando, murmurando, llamando, gritándole a aquel teléfono. Una y otra vez a través de aquellos eones susurré, murmuré, llamé y grité:
—¡Warren! ¡Warren! ¡Contesta! ¿Estás ahí?
Y entonces llegó hasta mí el horror culminante: el horror indecible, impensable, increíble. Ya he dicho que parecieron transcurrir eones después de que Warren lanzó su última desesperada advertencia, y que sólo mis propios gritos rompieron el pavoroso silencio. Pero al cabo de unos instantes se oyó un chasquido en el receptor y tensé el oído para escuchar. Grité de nuevo: «Warren, ¿estás ahí?», y en respuesta oí lo que envió la oscura nube sobre mi cerebro. No intentaré describir aquella voz, caballeros, puesto que las primeras palabras me arrancaron la conciencia y crearon un vacío mental que se extiende hasta el momento en que desperté en el hospital. ¿Qué podría decir? ¿Que la voz era hueca, profunda, gelatinosa, remota, sobrenatural, inhumana, incorpórea? Aquello fue el final de mi experiencia, y es el final de mi historia. Lo oí, y no sé nada más... La oí mientras permanecía petrificado en aquel cementerio desconocido en la hondonada, entre las lápidas carcomidas y las tumbas en ruinas, la exuberante vegetación y los vapores miasmáticos... La oí surgiendo de las abismáticas profundidades de aquel maldito sepulcro abierto, mientras contemplaba unas sombras amorfas y necrófagas danzando bajo una pálida luna menguante.
Y esto fue lo que dijo:
«¡Imbécil! ¡Warren está MUERTO!»