miércoles, 31 de marzo de 2021

"Una guerra sin fin". Ursula K. Le Guin.

Algunos pensamientos, apuntados en distintos momentos, sobre la opresión, la revolución y la imaginación.
LA ESCLAVITUD
Mi país se unió en una revolución y casi acabó roto por otra.
La primera revolución fue una protesta contra una explotación social y económica mortificante, estúpida, pero relativamente moderada. Fue casi totalmente exitosa.
Muchos de los que hicieron la primera revolución practicaban la forma más extrema de explotación económica y opresión social: eran propietarios de esclavos.
La segunda revolución estadounidense, la Guerra Civil, fue un intento por preservar la esclavitud. Tuvo éxito parcialmente. Se abolió la institución, pero en Estados Unidos se siguen pensando unos cuantos pensamientos con la mente del esclavista y la mente del esclavo.


LA RESISTENCIA A LA OPRESIÓN
Phillis Wheatley, poeta y esclava liberada, escribió en 1774: «En todo pecho humano, Dios ha implantado un principio que llamamos el amor de la libertad; no tolera la opresión, y ansia la liberación».
Esa frase me parece tan cierta como que el sol brilla. Todo lo que es bueno en las instituciones y la política de mi país depende de ello.
Y sin embargo veo que, aun cuando amamos la libertad, toleramos en gran medida la opresión y hasta negamos la liberación.
Me parece peligroso insistir en que nuestro amor por la libertad siempre pesa más que cualquier fuerza o inercia que nos impida oponer resistencia a la opresión y buscar la liberación.
Si niego que hay gente fuerte, inteligente y capaz que desea y acepta la opresión, tomo a los oprimidos por débiles, estúpidos e ineptos.
Si fuera cierto que la gente superior se niega a ser tratada como inferior, se seguiría que quienes ocupan los órdenes más bajos realmente son inferiores, pues, de ser superiores, protestarían; dado que aceptan una posición inferior, son inferiores. Se trata del argumento cómodamente tautológico del esclavista, el reaccionario social, el racista y el misógino.
Es un argumento que aún hoy acosa al examen del Holocausto hitleriano: ¿por qué «subieron a los trenes» los judíos? ¿Por qué no «lucharon»? Una pregunta que —así formulada— es incontestable y puede ser utilizada por el antisemita para dar a entender que los judíos son inferiores.
Pero el argumento también seduce al idealista. Muchos estadounidenses liberales y conservadores de conciencia humanitaria albergan la convicción de que todas las personas oprimidas sufren de un modo intolerable la opresión, deben estar dispuestas a rebelarse y ansiosas por hacerlo y, si no lo hacen, son moralmente débiles o incurren en un error moral.
Yo creo de manera categórica que toda persona que se considere racial o socialmente superior a otra o le confiera una condición de inferioridad está equivocada. Pero algo muy distinto es juzgar de manera categórica y negativa a las personas que aceptan la condición inferior. Si digo que se equivocan, que la moral exige que se rebelen, me corresponde examinar qué opciones reales tienen, si actúan por ignorancia o convicción, si tienen alguna oportunidad de reducir su ignorancia o cambiar sus convicciones. Hecho el examen, ¿cómo puedo decir que están en falta? ¿Acaso son ellos, y no los opresores, los que hacen el mal?
La clase dominante siempre es reducida, los órdenes inferiores son mucho más numerosos, incluso en una sociedad de castas. Los pobres siempre superan en gran medida a los ricos. Los poderosos son menos numerosos que aquellos sobre los que ejercen el poder. Los hombres adultos tienen una posición dominante en casi todas las sociedades, aunque siempre son menos numerosos que las mujeres y los niños. Los gobiernos y las religiones aprueban y mantienen la desigualdad, el rango social, el rango de género y el privilegio, total o selectivamente.
La mayoría de la gente, en la mayoría de los sitios, en la mayoría de las épocas, pertenece a una condición inferior.
Y la mayoría de la gente, aun hoy, aun en el «mundo libre», aun en la «tierra de la libertad», cree que ese estado de cosas, o algunos de sus elementos, son naturales, necesarios e inmutables. Sostienen que así ha sido siempre y que por lo tanto así debe ser. Puede tratarse de convicción o ignorancia; con frecuencia, se trata de ambas cosas. A lo largo de los siglos, la mayoría de la gente de condición inferior no tenía manera de saber que existía o podía existir cualquier otra forma de organizar la sociedad: que el cambio era posible. Solo aquellos de una condición superior han tenido conocimientos suficientes como para saberlo; y su poder y sus privilegios se verían amenazados si cambiara el orden de las cosas.
La historia no ofrece una guía moral fiable en estas cuestiones, porque la historia está escrita por la clase superior, los instruidos, los empoderados. Pero no queda más remedio que remitirse a la historia y a la observación de los sucesos presentes. De acuerdo con esas pruebas, las revueltas y rebeliones son raras, las revoluciones sumamente raras. En casi todas las épocas, en casi todos los lugares, una mayoría de mujeres, esclavos, siervos, castas inferiores, descastados, campesinos, trabajadores, una mayoría de personas definidas como inferiores —es decir, la mayoría de las personas— no se han rebelado contra quienes las despreciaban y explotaban. Resisten, sí; pero su resistencia tiende a ser pasiva, o tan indirecta y enraizada en el comportamiento cotidiano que resulta casi invisible.
Cuando se registran las voces de los oprimidos y las clases bajas, algunas son llamadas a la justicia, pero la mayoría son expresiones de patriotismo, alabanzas al rey, promesas de defender la patria, todas en leal apoyo del sistema que les resta poder y de quienes se benefician con ello.
La esclavitud no habría existido en todo el mundo si los esclavos se hubieran alzado a menudo contra sus amos. La mayoría de los propietarios de esclavos no acaban asesinados. Son obedecidos.
Los trabajadores ven cómo el director de su empresa cobra un sueldo trescientas veces superior al suyo y se quejan, pero no hacen nada.
En la mayoría de las sociedades las mujeres mantienen las premisas y las instituciones de la supremacía masculina, se someten a los hombres, los obedecen (abiertamente) y defienden la superioridad innata de los hombres como un hecho natural o un dogma religioso.
Los hombres de extracción baja —jóvenes y pobres— luchan y dan la vida por el sistema que los mantiene en el escalón más bajo. La mayoría de los incontables soldados muertos en las incontables guerras libradas para mantener el poder de los soberanos de una sociedad o de una religión han sido considerados inferiores por esa misma sociedad.
«No tienes nada que perder, salvo tus cadenas», pero preferimos besarlas.
¿Por qué?
¿Están las sociedades humanas construidas inevitablemente en forma de pirámide, con el poder concentrado en la punta? ¿Es la jerarquía del poder un imperativo biológico que la sociedad humana está obligada a cumplir? Casi con seguridad la pregunta está mal formulada y por lo tanto es imposible de contestar, pero no deja de hacerse y contestarse, y quienes la hacen suelen contestarla de manera afirmativa.
Si existe tal imperativo innato y biológico, ¿impera por igual en los dos sexos? No contamos con pruebas incontrovertibles de que existan diferencias innatas de género en el comportamiento social. A ambos lados del debate, los esencialistas argumentan que los hombres están predispuestos por naturaleza a establecer un poder jerárquico, mientras que las mujeres, si bien no inventan esas estructuras, las aceptan o imitan. De acuerdo con los esencialistas, eso asegura que el programa masculino prevalezca, y sería de esperar que la cadena de mando, donde el «superior» manda al «inferior», con el poder concentrado en unos pocos, fuese un patrón casi universal en la sociedad humana.
La antropología aporta algunas excepciones a esa presunta universalidad. Los etnólogos han descrito sociedades que carecen de una cadena de mando fija; en ellas el poder, en lugar de afianzarse en un rígido sistema de desigualdades, es flexible y se distribuye de diferentes maneras en diferentes situaciones, operando con frenos y contrapesos que siempre tienden al consenso. Se han descrito sociedades en las que un género no se considera superior al otro, aunque siempre hay cierta división del trabajo por géneros y las actividades de los hombres son las que más probabilidades tienen de premiarse.
Pero todas ellas son sociedades que describimos como «primitivas», tautológicamente, pues ya hemos establecido una jerarquía de valores: primitivo = bajo = débil, civilizado = alto = poderoso.
Muchas sociedades «primitivas» y todas las «civilizadas» están rígidamente estratificadas, con mucho poder asignado a unos pocos y poco o ninguno a la mayoría. ¿Es la perpetuación de las instituciones que fomentan la desigualdad social el motor de la civilización, como sugiere Lévi-Strauss?
Los que ejercen el poder están mejor alimentados, mejor armados y mejor educados y, por ende, son más propensos a seguir estándolo, pero ¿basta eso para explicar la ubicuidad y persistencia de la extrema desigualdad social? Sin duda, el hecho de que los hombres son un poco más grandes y musculosos (aunque algo menos longevos) que las mujeres no alcanza para explicar la ubicuidad de la desigualdad de género y su perpetuación en las sociedades en las que el tamaño y la musculatura no tienen mucha importancia.
Si los seres humanos odiáramos la injusticia y la desigualdad como decimos y creemos hacerlo, ¿cómo es posible que cualquiera de los grandes imperios y civilizaciones antiguas haya durado más de quince minutos?
Si los norteamericanos odiamos la injusticia y la desigualdad con la pasión con que decimos hacerlo, ¿cómo es posible que algunas personas en este país no tengan suficiente comida?
Exigimos un espíritu rebelde de aquellos que no tienen ninguna oportunidad de saber que la rebelión es posible, mientras que los privilegiados nos quedamos quietecitos y no vemos ningún mal.
Tenemos buenos motivos para proceder con cautela, no hacer ruido, no causar problemas. Está en juego una gran cantidad de paz y tranquilidad. Con frecuencia, el cambio mental y moral necesario para pasar de la negación de la injusticia a la conciencia de la injusticia conlleva un coste alto. Puedo acabar sacrificando mi contento, estabilidad, seguridad y afectos personales por el sueño del bien común, por una idea de libertad que quizá no viva para disfrutar, un ideal de justicia que quizá nadie alcance.
Las últimas palabras del Mahabharata son: «De ninguna manera puedo lograr un objetivo que está fuera de mi alcance». Es probable que la justicia, una idea humana, esté fuera del alcance humano. Se nos da bien lo de inventar cosas que no pueden existir.
Tal vez la libertad no pueda lograrse mediante instituciones humanas, pero debe seguir siendo un atributo de la mente o el espíritu que no dependa de las circunstancias, un don de la gracia. Tal es (si entiendo bien) la definición religiosa de la libertad. El problema que veo en ella es que su devaluación del trabajo y las circunstancias alienta las injusticias institucionales que vuelven el don de la gracia inaccesible. Un niño de dos años que muere de inanición o por una paliza o en un bombardeo no ha tenido acceso a la libertad, ni a ningún don de la gracia, en ningún sentido en que yo pueda entender las palabras.
Mediante nuestros propios esfuerzos solo podemos lograr una justicia imperfecta, una libertad limitada. Mejor eso que nada. Aferrémonos a ese principio, el amor de la libertad del que habló la poeta, la esclava liberada.


EL TERRENO DE LA ESPERANZA
La transformación de la negación de la injusticia en reconocimiento de la injusticia no puede revertirse.
Nuestros ojos han visto lo que han visto. Una vez que vemos la injusticia, nunca más podemos negar la opresión y defender al opresor de buena fe. Lo que era lealtad ahora es traición. En adelante, si no resistimos, conspiramos.
Pero hay un punto medio entre la defensa y el ataque, un punto para la resistencia flexible, un espacio abierto al cambio. No es un espacio fácil de hallar o habitar. Muchos de los mediadores que intentaron llegar allí acabaron huyendo despavoridos a Múnich.
Aun cuando alcancen el punto medio, es posible que nadie se lo agradezca. El tío Tom de Harriet Beecher Stowe es un esclavo que muere azotado después de hacer el valiente intento de convencer a su amo de que cambie de opinión y negarse de manera inamovible a azotar a otros esclavos. Sin embargo, insistimos en utilizarlo como un símbolo de la capitulación y el servilismo abyectos.
Al admirar el desafío heroicamente inútil, despreciamos la resistencia paciente.
Pero el espacio de la negociación, donde la paciencia efectúa cambios, es aquel en el que se posicionó Gandhi. Lincoln también llegó allí, con mucho esfuerzo. El obispo Tutu, después de vivir en esa zona durante años con singular honor, vio que su país se desplazaba, por incómoda e inciertamente que lo hiciera, hacia ese terreno de la esperanza.


LAS HERRAMIENTAS DEL AMO
Audre Lorde dijo que no se puede desmantelar la casa del amo con las herramientas del amo. Pienso en esta poderosa metáfora, intentando comprenderla.
Los radicales, liberales, conservadores y reaccionarios estiman que la educación en los conocimientos del amo conduce inevitablemente a la conciencia de la opresión y la explotación y, por ende, a un deseo subversivo de igualdad y justicia. Los liberales apoyan la educación universal y gratuita, la escuela pública y las discusiones abiertas en las universidades por la misma razón por la que los reaccionarios se oponen a esas cosas.
La metáfora de Lorde parece decir que la educación no es relevante para el cambio social. Si nada de lo que el amo utilizaba le sirve al esclavo, entonces la educación en los conocimientos del amo debe abandonarse. Así pues, una clase inferior debe reinventar la sociedad por completo, crear nuevos conocimientos, a fin de alcanzar la justicia. De lo contrario, la revolución fracasará.
Puede ser. En general, las revoluciones fracasan. Pero creo que su fracaso empieza cuando el intento de reconstruir la casa para que todos puedan vivir en ella se convierte en el intento de agarrar todas las sierras y los martillos, hacer un fuerte en el cobertizo del antiguo amo y dejar a los demás fuera. El poder no solo corrompe, sino que causa dependencia. El trabajo se convierte en destrucción. Nada se construye.
Las sociedades cambian con violencia y sin ella. La reinvención es posible. La construcción es posible. ¿Qué otras herramientas tenemos para construir sino martillos, clavos y sierras, vale decir, educación, aprender a pensar, capacidades de aprendizaje?
¿Existen, en efecto, herramientas que aún no se han inventado, que debemos inventar para construir la casa donde queremos que vivan nuestros hijos? ¿Podemos basarnos en lo que sabemos ahora, o es lo que sabemos ahora un obstáculo para descubrir lo que necesitamos saber? Para aprender lo que la gente de color, las mujeres, los pobres necesitan enseñar, para aprender los conocimientos que necesitamos, ¿debemos desaprender todos los conocimientos de los blancos, los hombres, los poderosos? Junto con el sacerdocio y la falocracia, ¿debemos descartar la ciencia y la democracia? ¿Acabaremos intentando construir sin ninguna herramienta, más allá de nuestras propias manos? La metáfora es fértil y peligrosa. No puede responder a las preguntas que suscita.


SOLO EN LAS UTOPÍAS
En el sentido en que permite columbrar una alternativa imaginada al «modo en que vivimos ahora», buena parte de mi narrativa puede denominarse utópica, pero no dejo de resistirme a la palabra. Creo que muchas de mis sociedades inventadas mejoran en algún aspecto la nuestra, pero me parece que «utopía» es un nombre demasiado grandioso y rígido para caracterizarlas. La utopía y la distopía proceden del intelecto. Yo escribo a partir de la pasión y la diversión. Mis historias no son advertencias nefastas ni proyectos de lo que deberíamos hacer. La mayoría, creo, son comedias sobre las costumbres humanas, recordatorios sobre la infinita variedad de formas en que acabamos siempre en el mismo sitio y homenajes a esa variedad infinita a través de la invención de aún más alternativas y posibilidades. Incluso las novelas Los desposeídos y El eterno regreso a casa, en las que calculé con más método que de costumbre ciertas permutaciones del uso del poder, que preferí a las disponibles en el mundo, constituyen esfuerzos tanto por subvertir como por mostrar el ideal de un plan social asequible que acabaría con la injusticia y la desigualdad de una vez por todas.
Para mí, lo importante no es ofrecer una esperanza específica de progreso sino, al presentar una realidad alternativa imaginada pero convincente, sacudir mi mente, y también la mente del lector, a fin de que ambos abandonemos la costumbre perezosa y timorata de pensar que la manera en que vivimos ahora es la única manera en que se puede vivir. Esta inercia es lo que permite que no se cuestionen las instituciones injustas.
Por su misma concepción, la fantasía y la ciencia ficción ofrecen alternativas al mundo presente y real del lector. En general, los jóvenes admiten ese tipo de historias porque su vigor y su sed de experiencia los animan a aceptar alternativas, posibilidades, cambios. Al haber llegado a temer incluso la imaginación de un cambio verdadero, muchos adultos se cierran a la literatura imaginativa, jactándose de no ver en ella otra cosa que lo que ya conocen, o lo que creen que conocen.
Dicho esto, es cierto que mucha ciencia ficción y fantasía, como si temiera su propia capacidad para inquietar, es tímida y reaccionaria en materia de inventiva social: la fantasía se aferra al feudalismo; la ciencia ficción, a las jerarquías militares e imperiales. Ambos géneros suelen premiar al héroe, o a la heroína, solo por realizar hazañas extraordinarias y masculinas. (Yo misma escribí de ese modo durante años. En La mano izquierda de la oscuridad, mi héroe no tiene género, pero sus actos heroicos son casi exclusivamente masculinos). En especial en la ciencia ficción, a menudo nos encontramos con la idea que he mencionado más arriba: cualquier personaje de condición inferior, si no es un rebelde siempre dispuesto a hacerse con la libertad mediante la acción audaz y violenta, resulta despreciable o sencillamente no tiene importancia.
En un mundo de tal simplicidad moral, si un esclavo no es Espartaco, no es nadie. Esa forma de presentar las cosas es despiadada y poco realista. La mayoría de los esclavos, o de los oprimidos, forman parte de un orden social que, dados los términos mismos de la opresión, no tienen siquiera la oportunidad de percibir como susceptible de ser alterado.
El ejercicio de la imaginación es peligroso para quienes se aprovechan del estado de las cosas porque tiene el poder de demostrar que el estado de las cosas no es permanente, ni universal, ni necesario.
Al tener la capacidad real, aunque limitada, de poner en tela de juicio las instituciones establecidas, la literatura imaginativa tiene también la responsabilidad de ese poder. El narrador dice la verdad.
Es triste que muchas historias potencialmente capaces de ofrecer una visión propia se conformen con tópicos patrióticos o religiosos, milagros tecnológicos o ilusiones vanas, sin que los escritores intenten imaginar la verdad. Las oscuras distopías de moda se limitan a invertir los tópicos y emplean ácido en vez de sacarina, pero siguen eludiendo el compromiso con el sufrimiento humano y las posibilidades genuinas. La narrativa imaginativa que admiro ofrece alternativas al statu quo que no solo cuestionan la ubicuidad y necesidad de las instituciones existentes, sino que amplían el campo de las posibilidades sociales y el entendimiento moral. Ello puede hacerse en un tono tan ingenuo y esperanzado como el de las primeras tres temporadas de la serie televisiva Star Trek, o mediante construcciones de una complejidad, sofisticación y ambigüedad ideológica y técnica como son las novelas de Philip K. Dick o Carol Emshwiller; pero siempre es reconocible el mismo impulso: llevar a imaginar un cambio.
No conoceremos nuestra propia injusticia si no podemos imaginar la justicia. No seremos libres si no imaginamos la libertad. No podemos exigir que alguien intente alcanzar la justicia y la libertad si no ha tenido la oportunidad de imaginar que se pueden alcanzar.
Quisiera cerrar y coronar estas reflexiones inconclusas con las palabras de un escritor que nunca dijo sino la verdad y siempre la dijo con calma, Primo Levi, que vivió un año en Auschwitz y conoció la injusticia.
«La ascensión de los privilegiados, no solo en el Lager sino en todo lugar de convivencia humana, es un fenómeno angustioso pero inevitable: solo en las utopías no existe. Es deber del justo hacer la guerra a todo privilegio inmerecido, pero no debemos olvidar que se trata de una guerra sin fin (1)».


(1)Los hundidos y los salvados. Primo Levi.

Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura y la imaginación. 2018.
 

martes, 30 de marzo de 2021

Troyanos. Constantino Cavafis.

Son nuestras fatigas, las de los infortunados,
son nuestras fatigas como las de los troyanos.
A poco que triunfemos; a poco que orgullosos
nos sintamos, comenzamos ya
a tener ánimo y buenas esperanzas.
Pero siempre ocurre algo y nos detiene.
Aquiles surge en la trinchera ante nosotros
y a grandes voces nos espanta.
Son nuestras fatigas como las de los troyanos.
Pensamos que con arrojo y decisión
vamos a mudar la hostilidad de la fortuna
y nos echamos fuera a pelear.
Mas cuando llega el momento decisivo,
el arrojo y decisión se desvanecen;
se turba nuestra alma y paraliza;
y en derredor corremos de los muros
buscando salvarnos en la huida.
Nuestra derrota es, sin embargo, segura. Arriba,
en las murallas, el treno ya ha empezado.
De nuestros días lloran recuerdos y pasiones.
Con amargura lloran por nosotros Príamo y Hécuba.


lunes, 29 de marzo de 2021

Negotium Perambulans. Edward Frederic Benson.

El turista despreocupado que pase por West Cornwall quizás pueda haber observado, al cruzar presuroso la meseta estéril que hay entre Penzance y Land’s End, un mojón en estado ruinoso que señala un camino rural en pendiente y que lleva en su tablilla ajada la inscripción «Polearn 2 millas»; pero probablemente habrán sido muy pocos los que hayan tenido la curiosidad de recorrer esas dos millas para ver un lugar al que las guías de viajes conceden una noticia tan superficial. En un par de líneas poco atrayentes se describe allí el lugar como una aldea de pescadores con una iglesia sin ningún interés particular salvo unos tablones tallados y pintados (pertenecientes originalmente a un edificio anterior) que forman la barandilla del altar. Pero se recuerda a los turistas que la iglesia de St. Creed tiene una decoración similar, pero muy superior en interés debido a su conservación, por lo que ni siquiera los que sienten una inclinación hacia las iglesias se ven atraídos hacia Polearn. No merece la pena tragarse un cebo tan pequeño, y una simple mirada al empinado camino, que con el tiempo seco presenta una alfombra de piedras puntiagudas, y tras las lluvias un curso de agua embarrado, casi con toda seguridad le decidirán a no exponer su motor o bicicleta a ese tipo de riesgos en una región tan escasamente poblada. Apenas ha visto una casa desde que salió de Penzance, y la posibilidad de empujar una bicicleta pinchada durante media docena de fatigosas millas parece un precio muy alto a cambio de ver unos cuantos tablones pintados.
Por ello es poco probable que el pueblo de Polearn se vea invadido ni siquiera en el momento culminante de la estación turística, y por lo que se refiere al resto del año imagino que un par de personas cruzarán cada día esas dos millas (bastante sobradas) de cuesta empinada y pedregosa. No estoy olvidando en este exiguo cálculo al cartero, pues son escasos los días en los que dejando caballo y carro arriba de la colina llega hasta el pueblo, ya que unos cuantos cientos de metros, camino abajo, hay un gran buzón blanco, parecido a un cofre, al lado del camino, con una ranura para las cartas y una puerta cerrada con llave. Sólo cuando llevaba en la cartera una carta certificada o era portador de un paquete demasiado grande para insertarlo a través de la ranura cuadrada del cofre, tenía que bajar la colina y entregar la perturbadora misiva, dándosela en persona al propietario y recibiendo a cambio por su amabilidad alguna pequeña moneda de gratificación o un refresco.
Pero esas ocasiones son raras, y su rutina general consiste en sacar del buzón las cartas que pueda haber depositadas allí y dejar en su lugar las que ha traído. Estas las viene a buscar, quizás ese mismo día o quizás al siguiente, un enviado de la oficina de correos de Polearn. En cuanto a los pescadores del lugar, que en su comercio exportador constituyen el principal vínculo de movimiento entre Polearn y el mundo exterior, ni siquiera en sueños llevarían sus capturas por la inclinada pendiente, con seis millas de viaje, hasta el mercado de Penzance. La ruta marina es más corta y sencilla, y entregan sus mercancías en la cabeza del muelle. Por ello, aunque la única industria de Polearn sea la pesca marina, no encontrará pescado allí a menos que le haya comunicado previamente sus necesidades a uno de los pescadores. Los arrastreros regresan tan vacíos como una casa hechizada, mientras sus trofeos viajan en un tren veloz hacia Londres.
Ese aislamiento de una pequeña comunidad, habiendo sido un hecho continuado de la vida durante siglos, produce también el aislamiento del individuo, por lo que en ninguna parte se encontrará mayor independencia de carácter que entre los habitantes de Polearn. Pero estos se encuentran unidos, así me lo ha parecido siempre, por alguna comprensión misteriosa: es como si todos ellos hubieran sido iniciados en algún rito antiguo inspirado y estructurado por fuerzas visibles e invisibles. Las tormentas de invierno que se embravecen contra la costa, el encanto de la primavera, los veranos calurosos y tranquilos, la estación de las lluvias y la decadencia otoñal han conformado un encantamiento que línea a línea les ha sido comunicado a todos y se refiere a las potencias, malignas y benignas, que rigen el mundo y se manifiestan de modos benignos o terribles…
Llegué por primera vez a Polearn cuando era un niño de diez años, débil y enfermizo, amenazado por problemas pulmonares. El trabajo de mi padre le obligaba a quedarse en Londres y se consideraba que para mí el aire fresco y un clima suave eran condiciones esenciales para que pudiera llegar a la vida adulta. La hermana de mi padre se había casado con el vicario de Polearn, Richard Bolitho, nativo del lugar, y por eso acabé pasando tres años, como huésped de pago, con mis parientes. Richard Bolitho poseía una hermosa casa que prefería habitar en lugar de la vicaría, que dejó a un joven artista, John Evans, quien se había visto tentado por el hechizo de Polearn, pues no salía del lugar desde principios de año hasta finales. En el jardín construyeron para mí un abrigo de techo sólido abierto por un lado al aire, y allí vivía y dormía, pasando apenas una hora de las veinticuatro detrás de paredes y ventanas. Estaba fuera en la bahía con los pescadores, o vagabundeando por los riscos recubiertos de aulaga que ascendían en empinada pendiente a izquierda y derecha desde la garganta profunda en la que se encontraba el pueblo, o bien haraganeaba por la cabeza del muelle o me iba a buscar nidos en los arbustos con los chicos del pueblo. Salvo los domingos y las escasas horas diarias de mis lecciones, podía hacer lo que quisiera siempre que estuviera al aire libre. En cuanto a las lecciones, no tenían nada de formidable; mi tío me dirigía por floridas sendas entre la espesura de la aritmética, y me llevaba a hacer agradables excursiones en los elementos de la gramática latina, pero sobre todo me pedía que le hiciera un relato diario, con frases claras y gramaticales, de mis movimientos y de lo que había ocupado mi mente. Si decidía yo hablarle de un paseo por los acantilados, mi discurso debía ser ordenado, sin anotaciones vagas e imprecisas de lo que había observado. De esa manera formaba también mi capacidad de observación, pues me ordenaba que le dijera qué plantas estaban en flor, y qué aves se hallaban suspendidas sobre el mar dedicadas a la pesca, o cuáles construían nidos en los arbustos. Le debo por ello una gratitud perenne, pues la observación y la expresión de mis pensamientos con palabras claras se ha convertido en mi profesión.
La rutina prescrita para el domingo era mucho más formidable que las tareas de la semana. Algunas ascuas oscuras formadas por el calvinismo y el misticismo ardían débilmente en el alma de mi tío y hacían que el domingo se hubiera convertido en un día de terror. Su sermón de la mañana nos chamuscaba con un anticipo de los fuegos eternos reservados a los pecadores que no se arrepintiesen, y apenas si era menos terrorífico en el servicio infantil de la tarde. Me acuerdo muy bien de su exposición de la doctrina de los ángeles guardianes. Decía que un niño podía considerarse seguro con esa atención angelical, pero que se cuidara de cometer ninguna de las numerosas ofensas que obligaban a su guardián a apartar el rostro de él, pues tan seguro como que hay ángeles que nos protegen hay también presencias malignas y horribles que están dispuestas a atacar precipitadamente; y hablando de ellas se demoraba con peculiar agrado. Recuerdo muy bien, asimismo, su comentario en el sermón de la mañana sobre las tablas talladas de la barandilla del altar, a las que ya he aludido. Estaba allí el ángel de la Anunciación, y el de la Resurrección, pero también se encontraba la bruja de Endor, y en la cuarta tabla una escena que era de entre todas la que más me concernía. Esta cuarta tabla (bajó desde el pulpito para señalar sus rasgos gastados por el tiempo) representaba la puerta del cementerio de Polearn, y ciertamente el parecido resultaba notable una vez que te lo habían indicado. En la entrada se encontraba la figura de un sacerdote vestido con sotana que sostenía una cruz, con la que se enfrentaba a una criatura terrible, semejante a una babosa gigantesca, que ante él se levantaba sobre las patas traseras. Aquello, según la interpretación de mi tío, era algún ser maligno, tal como nos había dicho a los niños, de un poder y malignidad casi infinitos, al que sólo se podía combatir con una fe firme y un corazón puro. Abajo estaba escrita esta leyenda: «Negotium perambulans in tenebris», sacada del Salmo noventa y uno. Nos la traducía como «La pestilencia que camina en la oscuridad», lo que sólo muy débilmente vertía la frase latina. Para el alma era más mortal que cualquier peste que sólo pudiera matar el cuerpo: era la Cosa, la Criatura, el Negocio que traficaba en la Oscuridad exterior, un enviado de la cólera de Dios a los perversos…
Mientras él hablaba podía ver yo las miradas que intercambiaban los miembros de la congregación, y sabía que sus palabras estaban provocando una conjetura, un recuerdo. Se transmitían murmullos y señales de asentimiento, sabían a qué aludía él, y con la curiosidad de mi adolescencia no pude descansar hasta que les sonsaqué la historia a mis amigos los hijos de los pescadores cuando, a la mañana siguiente, estábamos desnudos tomando el sol después de nuestro baño. Uno conocía un pedazo, el siguiente sabía otro, y juntos formaban una leyenda verdaderamente alarmante. De modo escueto y sencillo, la historia era la siguiente:
A menos de trescientos metros de distancia, en la plataforma de suelo llano que hay bajo la cantera de la que se habían sacado sus piedras, se había levantado una iglesia mucho más antigua que aquella desde la que mi tío nos aterraba todos los domingos. El propietario de la tierra la había derribado construyendo para sí mismo una casa en la misma sede y con aquellos materiales, pero conservando, en un éxtasis de perversión, el altar, sobre el que comía y después jugaba a los dados. Con la vejez se apoderó de él una negra melancolía, y mantenía luces encendidas toda la noche porque sentía un miedo mortal ante la oscuridad. Una noche de invierno apareció una tormenta como nadie había conocido antes; rompió las ventanas de la habitación en la que había cenado y apagó las lámparas. Gritos de terror atrajeron a sus criados, que le encontraron en el suelo con sangre brotando de su garganta. Al entrar vieron que una enorme sombra negra pareció alejarse de él, arrastrarse por el suelo, subir por la pared y salir por la ventana rota.
Allí estaba él moribundo —me contó el último de mis informantes—. Y aunque había sido un hombre grande y fornido, se había convertido en una bolsa de piel, pues aquel ser le había chupado toda la sangre. Su último aliento fue un grito, con el que voceó las mismas palabras que nos lee el párroco.
Negotium perambulans in tenebris—sugerí yo.
Más o menos. En todo caso latín.
¿Y después? —pregunté.
Nadie se acercó allí, la vieja casa se pudrió y cayó en ruinas hasta hace tres años, cuando llegó el señor Dooliss desde Penzance y volvió a levantar la mitad de ella. Pero a él no le importan mucho esos seres, ni tampoco el latín. Saca su botella de whisky por el día y está borracho como un señor por la noche. Bueno, me voy a cenar a casa.
Con independencia de la autenticidad de la leyenda, ciertamente conocía yo ese hecho acerca del señor Dooliss de Penzance, quien desde ese día se convirtió en objeto de mi curiosidad, más todavía porque la casa de la cantera estaba junto al jardín de mi tío. La Cosa que caminaba en la oscuridad no removió mi imaginación, y estaba tan acostumbrado ya a dormir solo en mi cabaña que la noche no me reservaba terrores. Pero resultaba muy interesante despertar a alguna hora y escuchar los gritos del señor Dooliss, conjeturando que la Cosa había caído sobre él.
Poco a poco la historia fue desapareciendo de mi mente, siendo borrada por los intereses más vivos de cada día, y en los dos últimos años que llevé mi vida al aire libre en el jardín de la vicaría raras veces pensé en el señor Dooliss y en el posible destino que le aguardaba por su temeridad al vivir en el lugar en el que había actuado esa Cosa de la Oscuridad. De vez en cuando le veía en la valla del jardín, un hombre grande y rubio de paso lento y tambaleante, pero nunca le vi fuera de su propiedad, ni en las calles del pueblo ni en la playa. No se metía con nadie y nadie se metía con él. Si él estaba dispuesto a correr el riesgo de ser la víctima del legendario monstruo nocturno, o emborracharse tranquilamente hasta morir, era asunto suyo. Por lo que pude averiguar mi tío había hecho algunos intentos de verle cuando se vino a vivir a Polearn, pero el señor Dooliss no parecía considerar de utilidad alguna a los párrocos, pues decía que no estaba en casa y nunca devolvía la llamada.
Tras tres años de sol, viento y lluvia, había superado totalmente mis primeros síntomas y me había convertido en un jovencito de trece años fuerte y robusto. Me enviaron a Eton y Cambridge, y a su debido tiempo terminé los estudios y me convertí en abogado. Veinte años después obtenía unos ingresos anuales de cinco cifras y había invertido ya en valores seguros una suma que me producía dividendos que, dados mis gustos simples y hábitos frugales, me proporcionarían todas las comodidades materiales que necesitaba yo a este lado de la tumba. Los grandes premios de mi profesión estaban ya a mi alcance, pero no tenía ambiciones que me atrajeran ni deseaba esposa e hijos, pues debo suponer que soy solterón por naturaleza. En realidad, durante todos aquellos atareados años el encanto de las colinas azuladas y lejanas me había hecho conservar una ambición, la de regresar a Polearn y volver a vivir aislado del mundo, con el mar y las colinas cubiertas de aulaga como compañeros de juego, y los secretos que allí habitaban como motivo de exploración. El encanto de aquello se había entretejido en mi corazón, y puedo afirmar sinceramente que en todos aquellos años apenas si había pasado un día que no hubiera cruzado por mi mente ese pensamiento y el deseo de estar allí. Aunque había mantenido una comunicación frecuente con mi tío mientras vivió, y tras su muerte con la viuda, que seguía viviendo allí, no había regresado desde que inicié mi trabajo profesional, pues sabía que si iba allí el volver a marcharme me produciría un dolor que era incapaz de resistir. No obstante había decidido que cuando me hubiera ganado los medios para mi independencia regresaría para no volver a marcharme. Y sin embargo fui y me marché, y ahora no hay nada en el mundo que pudiera inducirme a tomar el camino que desde la carretera conduce de Penzance a Land s End, y ver las laderas de la garganta elevarse empinadas por encima de los tejados del pueblo escuchando el grito de las gaviotas mientras pescan en la bahía. Una de esas cosas invisibles, de los poderes de la Oscuridad, saltó a la luz y la vi con mis propios ojos.
La casa en la que había pasado aquellos tres años de adolescencia la heredó mi tía, y cuando le hice saber mi intención de regresar a Polearn sugirió que hasta que encontrara yo una casa conveniente debía vivir con ella siempre que su proposición no me resultara inconveniente.
«La casa es demasiado grande para una mujer anciana y solitaria», me escribió. «A menudo he pensado en abandonarla e irme a una casita suficiente para mí y mis necesidades. Pero ven y compártela, querido, y si te resulto molesta, tú o yo podemos irnos. Quizás desees soledad —como les sucede a casi todos los habitantes de Polearn—, y me abandones. O puede que te abandone yo a ti: una de las razones principales de que haya permanecido aquí todos estos años fue el sentimiento de que no debía dejar que la vieja casa muriera de hambre. Las casas, como ya sabes, se mueren de hambre si no se vive en ellas. Fallecen de una muerte prolongada; el espíritu que habita en ellas se va volviendo más y más débil y al final se marcha. ¿No te parecerá esto absurdo para tus ideas londinenses…?»
Como es natural, acepté calurosamente esa propuesta, y una tarde de junio me encontré al principio del camino que conducía a Polearn, y volví a descender al empinado valle entre las colinas. No parecía que el tiempo hubiera producido cambios en la garganta: el mojón ruinoso (o su sucesor) señalaba hacia el camino con un tablero desvencijado, y varios cientos de metros más allá estaba el buzón blanco para el intercambio de cartas. Cosa que recordaba, cosa que encontraba mi vista, y lo que veía no estaba reducido a una escala menor, tal como suele suceder con los escenarios de la infancia que se vuelven a visitar. Allí estaba la oficina de correos, la iglesia y junto a ella la vicaría, y más allá los altos matorrales que separaban de la carretera la casa a la que yo me dirigía, y más lejos los tejados grises de la casa de la cantera, mojada y brillante por el húmedo viento marino de la tarde. Todo era exactamente como yo lo recordaba, y sobre todo esa sensación de retiro y aislamiento. En algún lugar por encima de las copas de los árboles subía el camino que unía la carretera principal con Penzance, pero todo aquello había quedado inconmensurablemente distante. Los años que habían pasado desde la última vez que crucé la bien conocida puerta se desvanecieron como un aliento helado y desaparecieron en ese aire cálido y suave. Los tribunales habían quedado en algún lugar del oscuro libro de la memoria que, si me interesaba volver las páginas, me informaría de que allí me había hecho un nombre y buenos ingresos. Pero el libro oscuro estaba ahora cerrado, pues me hallaba de regreso en Polearn y el hechizo volvió a rodearme.
Y si Polearn no había sido alterado, lo mismo sucedía con tía Hester, quien me recibió en la puerta. Siempre había sido delicada y blanca como la porcelana, y los años, en lugar de envejecerla, sólo la habían refinado. Cuando nos sentamos a conversar tras la cena, me contó lo que había sucedido en Polearn en todos aquellos años y, sin embargo, de alguna manera los cambios de los que ella hablaba sólo parecían confirmarme la inmutabilidad de todo aquello. Cuando recuperé la memoria de los nombres le pregunté sobre la casa de la cantera y el señor Dooliss, y su rostro se oscureció un poco, como la sombra de una nube al cruzar un día de primavera.
Sí, el señor Dooliss —dijo—. Pobre señor Dooliss. Qué bien me acuerdo de él, aunque deben haber pasado diez años o más desde que murió. Nunca te escribí para contártelo porque todo fue terrible, querido, y no deseaba ensombrecer tu recuerdo de Polearn. Tu tío siempre pensó que le sucedería algo así si seguía con sus costumbres perversas y etílicas, y algo peor todavía; y aunque nadie sabe qué es exactamente lo que sucedió, fue del tipo que podía preverse.
Pero ¿qué es aproximadamente lo que sucedió, tía Hester? —pregunté.
Bueno, claro que no te lo puedo contar todo, porque nadie lo sabe. Pero era un gran pecador y el escándalo que le rodeó en Newlyn fue sonado. Vivía además en la casa de la cantera… me pregunto si por casualidad te acordarás de un sermón de tu tío, cuando bajó del pulpito y explicó esa tabla de la barandilla del altar; me refiero a ese horrible ser que se levanta sobre las patas traseras fuera de la puerta del cementerio.
Sí, lo recuerdo perfectamente.
Ah. Así que te impresionó, supongo, lo mismo que a todos los que lo escucharon. Y esa impresión nos golpeó y marcó a todos cuando se produjo la catástrofe. El señor Dooliss debió enterarse de alguna manera del sermón de tu tío, y en una borrachera irrumpió en la iglesia y convirtió la tabla en pedazos. Por lo visto debió pensar que había en ella algo mágico, y creyó que si lo destruía se liberaría del terrible destino que le amenazaba. Pero debo decirte que antes de que cometiera ese terrible sacrilegio había sido ya un hombre hechizado: odiaba y temía la oscuridad, pensando que la criatura de la tabla le perseguía, y que mientras mantuviera encendidas las luces no podría tocarle. Para su mente trastornada la tabla era la raíz de su terror, y por eso, tal como te dije, irrumpió en la iglesia e intentó —ya comprobarás por qué digo «intentó»— destruirla. Cierto que a la mañana siguiente la encontramos convertida en astillas, cuando tu tío fue a la iglesia para el servicio matinal y, como conocía el miedo que tenía el señor Dooliss a la tabla, inmediatamente después fue a la casa de la cantera y le acusó de su destrucción. El nunca lo negó; se jactó de lo que había hecho. Estaba allí sentado, aunque era primera hora de la mañana, bebiendo whisky. «He arreglado por usted el tema de la Cosa, y también su sermón. Me importan un comino esas supersticiones», le dijo.
»Tu tío se marchó sin dar respuesta a su blasfemia, lo que significa que se fue directamente a Penzance para informar a la policía sobre ese atropello a la iglesia; pero al regresar de la casa de la cantera volvió a entrar en la iglesia para poder precisar los detalles del daño, y allí estaba la tabla, entera y sin el menor desperfecto. Y sin embargo él mismo la había visto destrozada, y el señor Dooliss había confesado que la destrucción fue obra suya. Pero allí estaba, ¿quién sabe si la había arreglado el poder de Dios o algún otro poder?
Aquello era realmente Polearn, y fue el espíritu de Polearn el que me hizo aceptar como hecho comprobado todo lo que me estaba diciendo tía Hester. Había sucedido así. Entonces siguió hablando con su voz tranquila.
Tu tío reconoció que estaba actuando algún poder que se encontraba más allá del alcance de la policía, y no acudió a Penzance a informar sobre el atropello, pues las pruebas de este habían desaparecido.
En ese momento me recorrió una repentina avalancha de escepticismo.
Debió existir algún equívoco —dije—. No estaría roto…
Su sonrisa me interrumpió.
Claro, querido, has estado tanto tiempo en Londres. Pero deja que te cuente el resto de la historia. Por alguna razón aquella noche no pude dormir. Hacía mucho calor y me faltaba aire; me atrevo a decir que pensarás que las malas condiciones del tiempo explicarían mi estado de vigilia. Una y otra vez iba a la ventana para ver si podía encontrar más aire, y desde ella veía la casa de la cantera, y la primera vez que salí de la cama observé que estaba muy iluminada. Pero la segunda vez la vi totalmente a oscuras, y mientras me sorprendía de aquello escuché un grito terrible, y un momento después los pasos de alguien que corría a toda velocidad saliendo por la puerta. Mientras corría gritaba: «¡Luz, luz! ¡Dadme una luz o me cogerá!» Escuchar aquello resultaba terrible, por lo que fui a despertar a mi marido, que dormía en la pequeña cámara que hay al otro lado del pasillo. No perdió tiempo, pero para entonces el pueblo entero se había despertado con los gritos y, cuando tu tío llegó al muelle, descubrió que todo había terminado, había marea baja y en las rocas, a los pies del muelle, estaba el cadáver del señor Dooliss. Debió cortarse alguna arteria cuando cayó sobre esas rocas de bordes afilados, pues había muerto desangrado, pensaron, y a pesar de que era un hombre robusto y grande su cadáver no era más que piel y huesos. Y sin embargo no había un charco de sangre a su alrededor, como habría sido de esperar. ¡Sólo piel y huesos, como si le hubieran chupado hasta la última gota de sangre!
Guardó silencio un momento y se inclinó hacia delante.
Querido, tú y yo sabemos lo que sucedió, o al menos podemos sospecharlo. Dios tiene sus instrumentos de venganza para aquellos que llevan la perversidad a los lugares que habían sido sagrados. Oscuras y misteriosas son sus maneras.
Puedo imaginar fácilmente lo que habría pensado de una historia semejante si me la hubieran contado en Londres. Existía una explicación obvia: aquel hombre estaba borracho, y no es de sorprender que le persiguieran los demonios del delirio. Pero aquí, en Polearn, el asunto era distinto.
¿Y quién vive ahora en la casa de la cantera? —pregunté—. Hace años los chicos de los pescadores me contaron la historia del hombre que la construyó, y de su horrible final. Y ahora ha vuelto a suceder. Seguramente nadie se atreverá a habitarla de nuevo.
Antes incluso de terminar la pregunta vi en su rostro que alguien lo había hecho ya.
Sí, vuelve a estar habitada, pues la ceguera no tiene fin… no sé si te acordarás de él. Hace muchos años era el arrendatario de la vicaría.
John Evans —contesté yo.
Eso es. Era un hombre muy agradable. A tu tío le encantaba tener un arrendatario tan bueno. Y ahora…
Mi tía se levantó.
Tía Hester, no deberías dejar frases sin terminar —le dije.
Ella hizo un gesto con la cabeza.
Pero, querido, si esa frase se terminará por sí misma. ¡Qué tarde es ya! Debo irme a la cama, y tú también, o pensarán que hemos de dejar las luces encendidas aquí durante las horas oscuras.
Antes de meterme en la cama descorrí las cortinas y abrí todas las ventanas a la marea cálida del aire marino para que entrara suavemente. Al contemplar el jardín pude ver, bajo la luz de la luna y brillante por el rocío, el techo de la cabaña en la que había vivido durante tres años. Aquello, como todo lo demás, me retrotrajo a los viejos tiempos a los que ahora había regresado, y me parecieron formar una unidad con el presente, como si no estuvieran separados por un vacío de más de veinte años. Los dos fluían en uno, como gotas de mercurio que se unen en una sola bola brillante y suave, de misteriosas luces y reflejos. Entonces, levantando un poco la vista, volví a ver iluminadas las ventanas de la casa de la cantera sobre el fondo negro de la ladera.
La mañana no acabó con mi ilusión, tal como suele suceder. Mientras empezaba a recuperar la conciencia, imaginé que era de nuevo un muchacho que despertaba en la cabaña del jardín y, aunque al irme despertando más me reí de esa impresión, comprendí que se basaba en algo que era realmente cierto. Ahora como entonces bastaba con estar allí, vagabundear de nuevo por los acantilados y escuchar el ruido que hacían al abrirse las vainas de las semillas maduras de los matorrales de aulaga; caminar pausadamente por la orilla hasta la cueva del baño, flotar, dejarme ir a la deriva y nadar en la marea caliente y tomar el sol sobre la arena, viendo pescar a las gaviotas, pasar el rato en la cabeza del muelle con los pescadores, ver en sus ojos y oír en su tranquila conversación la evidencia de cosas secretas que, más que ser conocidas por ellos, formaban parte de su instinto y su mismo ser. Allí estaban los poderes y presencias; de ellas sabían los álamos blancos que crecían junto a la corriente que charlaba valle abajo, y a veces mostraban un vislumbre de su conocimiento en los destellos de la parte inferior y blanca de las hojas; también estaban empapados en esos poderes y presencias los mismos guijarros que pavimentaban la calle… allí estaba también, empapado en esas presencias, todo lo que yo quería; lo había estado inconscientemente de muchacho, pero ahora el proceso debía volverse consciente. Debía conocer qué conmoción de fuerzas fructíferas y misteriosas hervía en las laderas al mediodía y centelleaba en el mar por las noches. Podían ser conocidas, podían incluso ser controladas por los que eran maestros del hechizo, pero nunca se podía hablar de ellas, pues eran habitantes de lo más interior, injertados en la vida eterna del mundo. Pero además de estas potencias claras y amables había secretos oscuros, y a ellos pertenecía sin duda el negotium perambulans in tenebris, que, aunque de malignidad mortal, podía considerarse no sólo como perverso, sino también como el vengador de los actos sacrílegos e impíos… todo ello formaba parte del encantamiento de Polearn, cuyas semillas hacía tiempo que estaban, dormidas, en mí. Pero ahora estaban brotando, y quién sabe qué extraña flor se abriría en sus tallos.
No pasó mucho tiempo hasta que me encontré con John Evans. Una mañana que estaba tumbado en la playa vi avanzando y arrastrando los pies por la arena a un hombre robusto y de mediana edad con el rostro de Sileno. Se detuvo cuando estuvo cerca de mí y me miró entrecerrando los ojos.
Vaya, si es el chaval que solía vivir en el jardín del párroco. ¿No me reconoce?
Cuando me habló me di cuenta de quién era: creo que fue su voz quien me instruyó, y al reconocerla pude ver en esa caricatura los rasgos del joven fuerte y vivo.
Claro, es usted John Evans. Solía ser muy amable conmigo; me hacía dibujos.
Los hice, y le haré alguno más. ¿Bañándose? Eso es algo peligroso. Nunca se sabe quién vive en el mar; aunque tampoco quién vive en tierra. Y no es que yo les haga mucho caso. Me dedico al trabajo y al whisky. ¡Dios mío! Desde aquel tiempo he aprendido a pintar; y también a beber. Vivo en la casa de la cantera, ya sabe, y es un lugar que da mucha sed. Venga a ver mis cosas si pasa por allí. Se ha quedado con su tía, ¿no? Podría hacer un retrato maravilloso de ella. Un rostro interesante; y sabe mucho. Los que viven en Polearn tienen que saber mucho, aunque no es que yo sepa mucho de ese conocimiento.
No me acuerdo de que nunca hubiera sentido al mismo tiempo tanta repulsión y tanto interés. Detrás de la grosería de su rostro habitaba algo que, aunque repugnaba, al mismo tiempo me fascinaba. La misma cualidad tenía su manera de hablar, espesa y ceceante. Y en cuanto a sus pinturas, ¿cómo serían…?
Me iba ya a casa —dije—. Me encantaría ir si me lo permite.
A través del jardín abandonado me condujo hasta esa casa, en la que nunca había entrado. Había un gato grande y gris tomando el sol en la ventana, y una anciana disponía el almuerzo en una esquina del frío salón al que daba la puerta. Estaba construida en piedra y las molduras talladas en los muros, los fragmentos de gárgolas e imágenes esculpidas, daban testimonio de que era auténtico que se hubiera construido utilizando la iglesia demolida. En una esquina había una mesa de madera tallada y oblonga sobre la que se hallaban esparcidos en desorden los instrumentos de un pintor, y sobre las paredes se apoyaban montones de lienzos.
Señaló con el pulgar la cabeza de un ángel incrustada en la repisa de la chimenea, y sofocó una risa.
Un aire muy santificado, así que lo rebajamos para los propósitos de la vida ordinaria con un tipo distinto de arte. ¿Un trago? ¿No? Bueno, dé la vuelta a algunos de mis cuadros mientras me pongo a tono.
Lo que pensaba de su habilidad como pintor estaba justificado: sabía pintar (y evidentemente podría pintar cualquier cosa), pero jamás había visto yo pinturas tan inexplicablemente infernales. Había estudios exquisitos de árboles, pero te dabas cuenta de que había algo que habitaba en las sombras parpadeantes. Había un dibujo de su gato tomando el sol en la ventana, tal como lo acababa de ver, sin embargo no era un gato, sino un animal de terrible perversión. Había un muchacho desnudo tumbado sobre la arena, pero no era humano, sino un ser maligno que había salido del mar. Y sobre todo había cuadros de su jardín, olvidado y semejante a una selva, pero sabías que en los arbustos había presencias dispuestas a saltar sobre ti…
Y bien, ¿le gusta mi estilo? —dijo acercándose con una copa en la mano (el vaso que sostenía contenía alcohol sin diluir)—. Intento pintar la esencia de lo que veo, no la simple corteza y la piel, sino su naturaleza, aquello de donde procede y lo que engendra. Hay mucho en común entre un gato y un arbusto fucsia si los miras atentamente. Todo sale del limo del pozo, y todo regresa allí. Me gustaría hacer un retrato suyo algún día. Levantaría el espejo ante la naturaleza, como decía ese viejo lunático.
Después de aquel encuentro, durante los meses de aquel verano maravilloso, le vi ocasionalmente. A veces se quedaba en su casa dedicado a pintar durante varios días, y luego alguna tarde le encontraba paseando ociosamente por el muelle, siempre a solas, y cada vez que nos encontramos creció mi repulsión e interés, pues cada vez daba la impresión de que había ido más lejos por un camino de conocimiento secreto que le conducía a un santuario perverso en el que le aguardaba la iniciación completa… y luego, repentinamente, llegó el final.
Me había encontrado con él una tarde en los acantilados cuando el atardecer de octubre encendía todavía el cielo, pero por encima, con rapidez sorprendente, se aproximaba desde el oeste una gran mancha de nubes negras de una densidad que jamás había visto. La luz fue succionada desde el cielo y el crepúsculo cayó en capas cada vez más gruesas. De pronto él tomó conciencia de aquello.
He de regresar lo más rápido que pueda —dijo—. Habrá oscurecido en unos minutos y mi criado está fuera. Las lámparas no estarán encendidas.
Partió a un paso extraordinariamente vivo para alguien que andaba arrastrando los pies y apenas si podía levantarlos, y enseguida había convertido su paso en una carrera que le hacía avanzar dando traspiés. Aun en la oscuridad que se iba produciendo, pude ver que su rostro estaba bañado por el sudor de algún terror inexpresable.
Debe venir conmigo —dijo con palabras entrecortadas—. Pues así conseguiremos encender antes las luces. No puedo pasar sin ellas.
Tuve que esforzarme para mantener su paso, pues el terror le daba alas, y aun así me quedé atrás, por lo que cuando llegué a la puerta del jardín él ya había recorrido la mitad del sendero que llevaba a la casa. Le vi entrar, dejando la puerta abierta, y le encontré manejando torpemente unas cerillas, pero su mano temblaba tanto que no podía pasar la llama a la mecha de la lámpara.
Pero ¿qué prisa hay? —pregunté.
Sus ojos se concentraron entonces en la puerta abierta que tenía a mis espaldas, y dio un salto desde el asiento, junto a la mesa que en otro tiempo había sido el altar de Dios, lanzando un grito.
¡No, no! ¡Fuera…!
Me di la vuelta y contemplé lo que él había visto. La Cosa había entrado y se deslizaba ahora rápidamente por el suelo hacia él, como una oruga gigantesca. Brotaba de ella una luz rancia y fosforescente, pues aunque ahora el exterior estaba totalmente negro la pude ver con toda claridad gracias a la luminosidad horrible de su presencia. Surgía de ella también un olor a corrupción y decadencia, como a lodo que ha estado mucho tiempo bajo el agua. No parecía tener cabeza, pero en la parte frontal había un orificio de piel arrugada que se abría y cerraba y babeaba por los bordes. Carecía de pelo y en su forma y su textura era como una babosa. Al avanzar, levantó del suelo la parte delantera, como una serpiente dispuesta a atacar, y se lanzó sobre él…
Ante esa visión, y con sus gritos de agonía en mis oídos, el pánico que me había paralizado se relajó convirtiéndose en un valor desesperado, y con manos paralizadas e impotentes traté de sujetarla. Pero no pude: aunque había allí algo material era imposible cogerla; mis manos se hundían en ella como en barro espeso. Era como luchar con una pesadilla.
Creo que sólo pasaron unos segundos antes de que terminara todo. Los gritos del infeliz se convirtieron en gemidos y murmullos mientras tenia encima la Cosa: jadeó una o dos veces y se quedó inmóvil. Por un momento escuché gorgoteos y ruidos de succión, y luego aquello se marchó tal como había entrado. Encendí la lámpara que él había manoseado y lo encontré tumbado en el suelo: no era más que una corteza de piel en pliegues sueltos sobre unos huesos que sobresalían.

Visible e invisible, 1923.

sábado, 27 de marzo de 2021

Borges ciego. José María de Quinto.

Yo ya no sé si esta anécdota corresponde al maravilloso escritor que fue Jorge Luis Borges o si el que me la contó (no recuerdo quién) se la atribuyó a él sin más contemplaciones. En cualquier caso, creo que Borges hacía bromas con su ceguera. Y esa anécdota, sea verdadera o no, merece salvarse del olvido.


-Cuando fui a cruzar la Avenida 18 de julio en Buenos Aires --acaso tres o cuatro veces más ancha que la de la Castellana en Madrid-- anduve buscando a tientas ayuda y al fin encontré otra mano. Cogido de esa mano amiga crucé la ancha avenida , escuchando los claxons y el zumbido de los automóviles. Una vez cruzado , ya en la otra acera, alguien se desprendió de mi mano y dijo: << Muchas gracias >>.

 


viernes, 26 de marzo de 2021

Chu-Bu y Sheemish. Lord Dunsany.

 Los martes por la tarde era costumbre en el templo de Chu-bu que el sacerdote entrara y cantara: «Nadie existe salvo Chu-bu».

Y toda la gente se alegraba y gritaba: «Nadie existe salvo Chu-bu». Y ofrecían miel a Chu-bu, y maíz y manteca de cerdo. De esta manera era glorificado.
Chu-bu era un ídolo algo antiguo, como puede comprobarse por el color de la madera. Había sido esculpido en caoba y después pulimentado. Luego lo habían erigido sobre un pedestal de diorita con un brasero delante para quemar especias y dorados platos llanos para la manteca. De esta manera adoraban a Chu-bu.
Debía haber estado allí más de cien años, cuando un día los sacerdotes llegaron al templo con otro ídolo y lo erigieron sobre un pedestal cerca de Chu-bu, cantando: «También existe Sheemish».
Palpablemente Sheemish era un ídolo moderno, y aunque su madera había adquirido un tono rojo oscuro, podía uno figurarse que acababa de ser esculpido. Y ofrecieron miel a Sheemish lo mismo que a Chu-bu, y también maíz y manteca de cerdo.
La furia de Chu-bu no conoció límite de tiempo, estuvo furioso toda la noche y al día siguiente todavía lo estaba. La situación exigía inmediatos prodigios. Seguramente el ídolo no tenía potestad para devastar la ciudad con una peste que matara a todos sus sacerdotes, por lo que sabiamente concentró los poderes divinos que tenía a fin de originar un pequeño terremoto. «Así —pensaba Chu-bu— me reafirmaré como único dios, y los hombres escupirán sobre Sheemish».
Chu-bu insistió y volvió a insistir, mas el terremoto no llegaba todavía, cuando de pronto se dio cuenta de que el aborrecido Sheemish osaba tratar de hacer un milagro también. Dejó de ocuparse del terremoto y estuvo atento —¿o debería decir con todos los sentidos alerta?— a lo que Sheemish estaba pensando, pues los dioses se enteran de lo que pasa en la mente gracias a un sentido distinto a los otros cinco. Sheemish trataba también de provocar un terremoto.
El móvil del nuevo dios era probablemente hacer valer sus derechos. Dudo que Chu-bu comprendiera o se preocupase lo más mínimo por ese motivo; para un ídolo inflamado de celos era suficiente que su detestable rival estuviera a punto de hacer un milagro. Todo el poder de Chu-bu viró inmediatamente en redondo, oponiéndose resueltamente al terremoto, por pequeño que este fuera. Durante algún tiempo todo siguió igual en el templo de Chu-bu, sin que se produjera ningún terremoto.
Ser un dios y no poder realizar un milagro es una sensación desesperante; es como si un hombre decidiera estornudar y no le saliera el estornudo; como si alguien intentara nadar provisto de pesadas botas o pretendiera recordar un nombre completamente olvidado: todos estos sufrimientos padecía Sheemish.
Y el martes llegaron los sacerdotes y los fieles, y todos adoraron a Chu-bu y le ofrecieron manteca de cerdo, diciendo: «Oh, Chu-bu, que has creado todo»; y luego los sacerdotes cantaron: «También existe Sheemish»; y Chu-bu se avergonzó y no habló en tres días.
En el templo de Chu-bu había pájaros sagrados, y al acercarse el tercer día y su noche, la mente de Chu-bu descubrió, por así decirlo, que había excrementos en la cabeza de Sheemish.
Chu-bu habló a Sheemish como hablan los dioses, sin mover los labios ni siquiera alterar el silencio, diciendo: «Hay excrementos en tu cabeza, oh, Sheemish». A lo largo de toda la noche murmuró una y otra vez: «Hay excrementos en la cabeza de Sheemish». Y cuando al amanecer se oyeron voces a lo lejos, Chu-bu se mostró exultante con el despertar de las cosas de la Tierra, y exclamó hasta que el sol estuvo alto: «Excrementos, hay excrementos en la cabeza de Sheemish»; y al mediodía dijo: «Por tanto, Sheemish debe de ser dios». De esa manera dejó confundido a Sheemish.
Y el martes llegó alguien y lavó su cabeza con agua de rosas, y de nuevo fue adorado y le cantaron: «También existe Sheemish». Y Chu-bu todavía estaba contento, pues decía: «La cabeza de Sheemish ha sido profanada», y de nuevo: «Su cabeza fue profanada, eso está bien». Y he aquí que una tarde había también excrementos en la cabeza de Chu-bu, circunstancia de la que se apercibió Sheemish inmediatamente.
Con los dioses no ocurre como con los hombres. Nosotros nos enfadamos unos con otros y cambiamos continuamente de parecer, mas la ira de los dioses es perdurable. Chu-bu recordaba y Sheemish no olvidaba. Hablaron entre ellos como nosotros no solemos hacer, en silencio, pero oyéndose uno al otro, y sus puntos de vista no fueron como los nuestros. No deberíamos juzgarlos solamente mediante criterios humanos. A lo largo de toda la noche hablaron y en todo ese tiempo únicamente pronunciaron estas palabras: «Sucio Chu-bu». «Sucio Sheemish». «Sucio Chu-bu». «Sucio Sheemish» toda la noche. Al amanecer su ira no se había agotado, ni se habían hartado de acusarse mutuamente. Y, poco a poco, Chu-bu vino a darse cuenta de que no era más que el igual de Sheemish.
Todos los dioses son celosos; mas esta igualdad con el adversario Sheemish, un objeto de madera pintada cien años después que el propio Chu-bu, y la adoración a él prestada en el templo del mismo Chu-bu, eran particularmente amargas. Aunque fuera dios, Chu-bu era celoso; y cuando llegó de nuevo el martes, tercer día de la adoración a Sheemish, Chu-bu no pudo soportarlo más. Sentía que debía manifestar su enojo a toda costa, y con toda la vehemencia de su voluntad reanudó sus intentos de provocar un pequeño terremoto. Nada más irse del templo los adoradores, Chu-bu se concentró a fin de realizar el milagro; de vez en cuando sus meditaciones se veían alteradas por la ya familiar máxima «Sucio Chu-bu»; mas Chu-bu perseveraba ferozmente, sin dejar de decir lo que quería decir y ya había dicho novecientas veces, y pronto cesaron incluso esas interrupciones.
Cesaron porque Sheemish había retomado un proyecto que nunca había abandonado del todo: el deseo de exaltarse e imponerse a Chu-bu, realizando un milagro; y, como estaban en una zona volcánica, había elegido un pequeño terremoto como milagro más fácilmente asequible a un dios pequeño.
Ahora bien, un milagro solicitado a la vez por dos dioses tiene el doble de probabilidad de cumplirse que si es deseado por uno solo, y una posibilidad incalculablemente mayor que cuando dos dioses tiran cada uno por su lado; como ocurre en el caso de dioses más antiguos y más importantes: cuando el sol y la luna apuntan a la misma dirección tenemos las mayores mareas.
Chu-bu nada sabía de la teoría de las mareas, y estaba demasiado ocupado con su milagro para darse cuenta de lo que Sheemish estaba haciendo. Y súbitamente se consumó el milagro.
Fue un terremoto muy localizado, pues existen otros dioses además de Chu-bu o incluso Sheemish, y estos habían querido que fuera pequeño; mas derribó algunos monolitos de una columnata que soportaba un ala del templo e hizo caer todo un muro del mismo; y las humildes casuchas de los habitantes de aquella ciudad temblaron un poco, y algunas puertas se bloquearon y no podían abrirse. Ni Chu-bu ni Sheemish pretendían hacer nada más; mas habían puesto en marcha una vieja ley más antigua que el propio Chu-bu: la ley de la gravedad, que aquella columnata había aplacado durante centenares de años; y el templo de Chu-bu se estremeció, luego se tambaleó una vez y finalmente se derrumbó sobre las cabezas de Chu-bu y Sheemish.
Nadie lo reconstruyó, pues nadie osaba acercarse a dioses tan terribles. Algunos dijeron que Chu-bu hizo el milagro; otros dijeron que fue Sheemish; y se originó un cisma. Los más débiles, alarmados por el encono de las sectas rivales, buscaron un término medio y dijeron que ambos lo habían realizado; mas ninguno de ellos adivinó la verdad: que lo hicieron por rivalidad.
Y un rumor surgió, y ambas sectas lo compartieron: quien tocase a Chu-bu o mirase a Sheemish, moriría.
Así fue como adquirí a Chu-bu cuando una vez realicé un viaje más allá de las colinas de Ting. Lo encontré en el derrumbado templo de Chu-bu: sus manos y dedos de los pies sobresalían de los escombros, y estaba tendido boca arriba. Y en esa misma postura en que lo encontré lo he mantenido hasta la fecha sobre la repisa de la chimenea; de esa manera está menos expuesto a ser derribado. Sheemish estaba roto, de manera que lo dejé donde estaba.
Y Chu-bu parece tan desvalido, con sus regordetas manos alzadas, que, a veces, me entran ganas de inclinarme ante él y rezarle, diciendo: «Oh, Chu-bu, tú que lo has creado todo, socorre a tu siervo».
Chu-bu no puede hacer mucho, aunque estoy seguro de que en cierta ocasión en una partida de bridge me envió un as de triunfos, después de que en toda la velada no había tenido una sola carta que mereciera la pena. La suerte podía haber hecho por mí otro tanto, mas eso no se lo conté a Chu-bu.

El libro de las maravillas, 1912.