-Dispense,
amigo, ¿cuánto tiempo se necesita para ir de Corbigny a
Saint-Révérien?
El
picapedrero levanta la cabeza y, apoyándose sobre su maza, me
observa a través de la rejilla de sus gafas, sin contestar.
Repito
la pregunta. No responde.
-Es
un sordomudo -pienso yo, y prosigo mi camino.
Apenas
he andado un centenar de pasos, cuando oigo la voz del picapedrero.
Me llama y agita su maza. Vuelvo y me dice:
-Necesitará
usted unas dos horas.
-¿Por
qué no me lo ha dicho usted antes?
-Caballero
-me explica el picapedrero-, me pregunta usted cuánto tiempo se
necesita para ir de Corbigny a Saint-Révérien. Tiene usted una mala
manera de preguntar. Se necesita lo que se necesita. Eso depende del
paso. ¿Conozco yo su paso? Por eso le he dejado marchar. Le he visto
andar un rato. Después he calculado, y ahora ya lo sé y puedo
contestarle: necesitará usted dos horas.
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domingo, 10 de mayo de 2026
El informe. Jules Renard.
lunes, 19 de diciembre de 2016
El sapo. Jules Renard.
Nacido de una piedra, vive bajo una piedra y en ella se cavará su tumba.
Le visito con frecuencia y, cada vez que levanto su piedra, temo encontrarle de nuevo y también temo que ya no esté.
Sigue ahí.
Oculto en ese seco escondrijo —limpio, estrecho, tan suyo— que ocupa su totalidad, hinchado como bolsa de avaro.
Si una lluvia le hace salir, se planta delante de mí. Unos torpes saltos y me mira con ojos enrojecidos.
Si este injusto mundo le trata como a un leproso, a mí no me da miedo agacharme junto a él y acercar mi rostro humano al suyo.
En seguida, dominaré un gesto de desagrado y te acariciaré con mi mano, ¡oh, sapo!
En esta vida hay que aguantar a algunos que dan mucho más asco.
Ayer, sin embargo, me faltó un poco de tacto. Él hervía y rezumaba por todas sus verrugas reventadas.
—Mi pobre amigo —le dije—, no quisiera entristecerte, pero, ¡mira que eres feo!
Abrió su boca infantil y desdentada de aliento cálido, y me respondió con un ligero acento inglés:
—¡Pues anda que tú!
Historias naturales, Jules Renard. 1894.
Le visito con frecuencia y, cada vez que levanto su piedra, temo encontrarle de nuevo y también temo que ya no esté.
Sigue ahí.
Oculto en ese seco escondrijo —limpio, estrecho, tan suyo— que ocupa su totalidad, hinchado como bolsa de avaro.
Si una lluvia le hace salir, se planta delante de mí. Unos torpes saltos y me mira con ojos enrojecidos.
Si este injusto mundo le trata como a un leproso, a mí no me da miedo agacharme junto a él y acercar mi rostro humano al suyo.
En seguida, dominaré un gesto de desagrado y te acariciaré con mi mano, ¡oh, sapo!
En esta vida hay que aguantar a algunos que dan mucho más asco.
Ayer, sin embargo, me faltó un poco de tacto. Él hervía y rezumaba por todas sus verrugas reventadas.
—Mi pobre amigo —le dije—, no quisiera entristecerte, pero, ¡mira que eres feo!
Abrió su boca infantil y desdentada de aliento cálido, y me respondió con un ligero acento inglés:
—¡Pues anda que tú!
Historias naturales, Jules Renard. 1894.
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