miércoles, 12 de agosto de 2026

Queenie. Alice Munro.

Quizá sea mejor que dejes de llamarme así —dijo Queenie cuando me recibió en Union Station.
Yo pregunté:
¿Cómo? ¿Queenie?
A Stan no le gusta —explicó ella—. Dice que le recuerda a un nombre de caballo.
Me sorprendió más oírla decir «Stan» que la noticia de que ya no era Queenie sino Lena. Pero no podía suponer que después de un año y medio de casada siguiera llamando a su esposo señor Vorguilla. Durante aquel lapso no había vuelto a verla y un momento antes, al avistarla entre la gente que esperaba en el andén, por poco no la había reconocido.
El pelo, teñido de negro, se le arqueaba a los lados de la cara en ese estilo que no sé cómo llamaban pero entonces hacía furor. Tanto el hermoso color de jarabe de maíz —dorado en la superficie y oscuro debajo— como la sedosa cascada se habían perdido para siempre. Llevaba un vestido amarillo estampado que le ceñía el cuerpo y acababa unos centímetros por encima de las rodillas. Gruesos trazos a lo Cleopatra y una sombra púrpura le hacían los ojos más pequeños, en vez de agrandárselos, como si se estuvieran escondiendo adrede. Se había perforado las orejas; de los lóbulos colgaban aros de oro.
Vi que ella también me miraba con cierta sorpresa. Intenté ser atrevida y campechana. Dije:
¿Eso es un vestido o una cortinilla para el trasero? —Se echó a reír y agregué—: Menudo calor hacía en el tren. He sudado como una marrana.
Oía el sonido de mi voz, vibrante y pletórica como la de mi madrastra Bet.
Sudado como una marrana.
Y luego, ya en el tranvía que llevaba a casa de Queenie, seguí sonando como una estúpida.
¿Todavía estamos en el centro? —pregunté.
Los bloques altos habían quedado atrás muy pronto, pero no se habría dicho que aquél fuera un barrio residencial. Unos tras otros se sucedían los mismos edificios y comercios: una tintorería, una floristería, un colmado, un restaurante. Cajas de frutas y verduras en la acera, letreros de dentistas, costureras y fontaneros en ventanas de segundos pisos. Rara vez una construcción más alta. Rara vez un árbol.
Esto no es el centro mismo —dijo Queenie—. ¿Recuerdas dónde te enseñé que estaba Simpson’s, donde cogimos el tranvía? Pues allí.
O sea, ¿que ya casi estamos?
Aún falta un buen trecho —le respondió ella. Luego agregó—: Un trecho. A Stan tampoco le gusta que diga sólo «trecho».
Con las repeticiones, o acaso con el calor, me estaba entrando ansiedad y un poco de náuseas. Entre las dos llevábamos mi maleta sobre las rodillas y a unos centímetros de los dedos yo tenía el cuello gordo y la calva de un hombre. Unos pocos pelos negros y sudorosos se le pegaban a la coronilla. No sé por qué tuve que pensar en los dientes del señor Vorguilla guardados en el botiquín; Queenie me los había enseñado cuando éramos vecinos de los Vorguilla y ella trabajaba en su casa. Eso había sido mucho antes de que el señor Vorguilla fuese ni remotamente Stan.
Dos dientes unidos, junto a la navaja, la brocha y el cuenco de madera con el asqueroso jabón lleno de pelos.
Es su puente —había dicho Queenie.
¿Puente?
Puente de dientes.
Uf —había exclamado yo.
Este es de recambio —había dicho ella—. Ahora lleva puesto el otro.
Uf. ¿No están un poco amarillos?
Queenie me había tapado la boca. No quería que la señora Vorguilla nos oyese. La señora Vorguilla estaba abajo, echada en el sofá del comedor. Casi todo el tiempo tenía los ojos cerrados, pero podía no estar durmiendo.
Cuando al fin bajamos del tranvía tuvimos que subir una cuesta empinada, tratando torpemente de repartirnos el peso de la maleta. Aunque al principio lo parecieran, las casas no eran todas iguales. A veces, los tejados ceñían los muros como gorras; a veces, toda la planta alta era un tejado cubierto de tejas. Las tejas eran de color verde oscuro, castaño o pardo. Los porches llegaban casi hasta la acera y había tan poco espacio entre las casas que se podía dar la mano al vecino a través de la ventana. Había niños jugando en la calle, pero Queenie les hacía el mismo caso que les haría a pájaros que picotearan entre las grietas. Sentado en un escalón, un hombre gordísimo, desnudo de cintura para arriba, nos lanzó una mirada tan fija y sombría que no tuve duda de que quería decirnos algo. Queenie pasó de largo.


A mitad de la cuesta dobló por un sendero de gravilla que discurría entre cubos de basura. De una ventana de la segunda planta asomó una mujer y dijo algo que no conseguí entender. Queenie le respondió.
Es mi hermana —explicó—. Ha venido de visita. —Y a mí me aclaró—: Es nuestra patrona. Vive arriba con su familia, en la parte de delante. Son griegos. Casi no habla inglés.
Resultó que Queenie y el señor Vorguilla compartían el cuarto de baño con los griegos. Había que llevar el rollo de papel higiénico, porque si se te olvidaba, allí no había. Yo tuve que entrar enseguida porque tenía una regla muy fuerte y debía cambiarme la compresa. Después de aquel día, durante años me bastaría ver una calle de ciudad en un día caluroso, los tranvías traqueteando o ciertos guijarros pintados, para recordar los retortijones en el vientre, las oleadas de flujo, las filtraciones del cuerpo, el aturdimiento bochornoso.
Había una habitación donde dormían Queenie y el señor Vorguilla, otra convertida en sala de estar, una cocina estrecha y una galería acristalada. Yo iba a dormir en el catre de la galería. Al otro lado de las ventanas, muy cerca, el patrón y otro hombre reparaban una moto. El olor a aceite, metal y maquinaria se mezclaba con un perfume de tomates maduros bajo el sol. Desde una ventana de la planta baja llegaba la música estridente de una radio.
Ahí tienes algo que Stan no soporta —dijo Queenie—. Esa radio. —No por correr las cortinas floreadas logró que el ruido y el sol dejaran de entrar—. Me habría gustado poder ponerte sábanas —dijo.
Yo tenía en la mano la compresa ensangrentada envuelta en papel higiénico. Me dio una bolsa de papel y me guió hasta el cubo de basura.
Las tiras todas aquí —dijo—. En el acto. No lo olvidarás, ¿no? Y no dejes tu caja a la vista de él; detesta que se lo recuerden.
Yo me seguía esforzando por parecer despreocupada, por comportarme como en mi casa.
Necesito comprar un vestido tan mono como el tuyo —declaré.
A lo mejor te lo hago yo —dijo Queenie metiendo la cabeza en la nevera—. Me apetece una coca; ¿y a ti? Es que voy a un lugar donde venden retales. Este vestido me salió por unos tres dólares. Por cierto, ¿qué talla usas ahora?
Me encogí de hombros. Dije que estaba tratando de adelgazar.
Vale. Puede que encontremos algo.
Voy a casarme con una señora que tiene una hijita más o menos de tu edad —había dicho mi padre—. Y el padre de esa niña ha dejado de verla. Por eso has de prometerme una cosa, y es que no le harás bromas ni le dirás maldades sobre eso. Seguro que a veces tendréis desacuerdos o pelearéis como pasa entre hermanas, pero de eso nunca debes decirle nada.
Y si lo dicen otros niños, tú te pones de parte de ella.
Para discutir un poco argumenté que yo no tenía madre y sin embargo nadie me decía maldades.
Es diferente —dijo mi padre.
Se equivocaba en todo. No éramos en absoluto de la misma edad porque, cuando mi padre se casó con Bet, Queenie tenía nueve años y yo seis. Aunque en la escuela acabamos acercándonos cuando yo me salté un curso y Queenie repitió. Y nunca supe de nadie que intentara molestarla. Queenie era de esas de quienes todos quieren ser amigos. Para los equipos de béisbol la elegían la primera, aunque el juego le importaba poco, y primera para el equipo de ortografía aunque deletreaba fatal. Además no nos peleábamos. Ni una vez. Ella era conmigo la mar de bondadosa y yo le tenía una admiración inmensa. Sólo por ese pelo de oro bruñido y los oscuros ojos soñadores la habría idolatrado; por lo guapa que era. La risa de Queenie era dulce y tosca como azúcar moreno. Sorprendía que con tantos privilegios fuese tierna y amable.
La mañana de la desaparición de Queenie, una mañana de comienzos de invierno, tuve al despertarme la sensación de que se había ido.
Eran menos de las siete y todavía estaba oscuro. En la casa hacía frío. Cogí el albornoz lanudo que compartía con Queenie. Lo llamábamos Buffalo Bill y siempre se lo ponía la primera en levantarse. De dónde había salido era un misterio.
Tal vez era de un amigo de Bet, de antes de que se casara con tu padre —dijo Queenie—. Pero no vayas a decirlo, que me mata.
No estaba en su cama ni en el lavabo. Bajé la escalera, sin encender la luz para no despertar a Bet. Miré por la ventanita de la puerta delantera. El pavimento duro, las baldosas de la acera y la hierba rala de la entrada relucían de escarcha. La nieve se había retrasado. Subí el termostato del vestíbulo y la caldera se despertó en la oscuridad con un gruñido fiable. Acabábamos de poner una caldera de aceite pero mi padre aún se despertaba a las cinco, decía, pensando que era hora de bajar al sótano a encender el fuego.
Mi padre dormía en lo que había sido una despensa, al lado de la cocina. Tenía una cama de hierro y una silla de respaldo roto, y sobre la silla la pila de revistas de National Geographic que leía cuando no podía dormir. Encendía y apagaba la luz del techo mediante una cuerda atada a la cabecera. A mí el arreglo me parecía totalmente natural y apropiado para el hombre de la casa, el padre. Dormía como un centinela, con una frazada basta por todo abrigo, rodeado de un indómito olor a motores y tabaco. Leía y velaba hasta altas horas y hasta dormido seguía vigilante.
Sin embargo no había oído a Queenie. Dijo que debía de estar en algún rincón de la casa.
¿Has mirado en el cuarto?
Allí no está —respondí.
Puede que esté con su madre. La miedica…
Mi padre llamaba «mieditis» al trance en que Bet despertaba —o no despertaba del todo— de una pesadilla. Salía tambaleándose de su habitación, incapaz de explicar qué la había asustado, y la que la guiaba de vuelta a la cama era Queenie. Ella la abrazaba por la espalda, calmándola como un cachorro que lame leche, y a la mañana siguiente Bet no recordaba nada.
Yo había encendido la luz de la cocina.
No quería despertarla —dije—. Miré la oxidada panera de lata en la que siempre golpeteaba el trapo, los cacharros lavados pero aún sobre la cocina y el lema provisto por la Granja Fairholme: El Señor es el corazón de la casa. Esperando estúpidamente que empezara el día, sin saber que la catástrofe lo había vaciado.
Alguien había quitado el cerrojo a la puerta que daba a la galería lateral.
Ha entrado alguien —dije—. Ha entrado alguien y se ha llevado a Queenie.
Mi padre salió con los pantalones encima de los calzoncillos largos. Bet bajaba en pantuflas y bata de felpilla, encendiendo luces por el camino.
¿Queenie está contigo? —le preguntó mi padre. Y a mí me dijo—: Esa puerta la han abierto desde dentro.
Bet preguntó:
¿Qué pasa con Queenie?
A lo mejor le apeteció dar un paseo —dijo mi padre.
Bet no le hizo caso. Llevaba en la cara una mascarilla seca de un potingue rosa. Era representante de productos de belleza y nunca vendía un cosmético que no hubiera probado.
Ve a donde los Vorguilla —me ordenó—. A lo mejor recordó algo que debía hacer.
Había pasado una semana desde el funeral de la señora Vorguilla, pero Queenie había seguido trabajando en la casa; ayudando a embalar la vajilla y la ropa de cama para que el señor Vorguilla pudiera trasladarse a un piso. Como debía preparar los conciertos de Navidad del colegio, él no podía hacerlo todo solo. Bet quería que Queenie lo dejase para que la cogieran en alguna tienda para Navidad.
En vez de subir a por mis zapatos me puse las botas de goma de mi padre, que estaban junto a la puerta. Crucé el jardín dando tropezones y en el porche de los Vorguilla toqué el timbre. Era una campanilla que parecía proclamar la musicalidad de la familia. Arrebujada en Buffalo Bill, me puse a rezar. Queenie, Queenie, enciende las luces, por favor. Olvidaba que si Queenie estuviera trabajando habría encendido las luces.
No hubo ninguna respuesta. Aporreé la madera. Cuando acabara de despertarlo, el señor Vorguilla estaría de un humor de perros. Apreté la oreja contra la puerta, atenta a los ruidos.
Señor Vorguilla, señor Vorguilla. Siento despertarlo. Señor Vorguilla. ¿Hay alguien ahí?
En la casa de enfrente abrieron una ventana. Allí vivían el señor Hovey, un solterón, y su hermana.
¿Para qué tienes los ojos? —gritó el señor Hovey—. Mira el patio.
El coche del señor Vorguilla no estaba.
El señor Hovey cerró de un golpe.
Cuando abrí la puerta de nuestra cocina vi a mi padre y a Bet sentados a la mesa con sendas tazas de té. Por un instante pensé que se había restablecido el orden. Tal vez había llamado alguien con noticias tranquilizadoras.
El señor Vorguilla no está —anuncié—. El coche tampoco.
Oh, lo sabemos —asintió Bet—. Lo sabemos todo.
Mi padre dijo:
Lee esto. —Y me acercó un papel que había encima de la mesa.
Me caso con el señor Vorguilla, decía. Sinceramente vuestra, Queenie.
Debajo de la azucarera —añadió mi padre.
Bet dejó caer la cuchara.
Quiero que lo juzguen —gritó—. Y a ella la quiero en el reformatorio. Quiero que venga la policía.
Tiene dieciocho años y si quiere puede casarse. La policía no va a bloquear las carreteras.
¿Y quién dice que están en la carretera? Seguro que se han escondido en un motel. Esa tonta y el tonto del culo de Vorguilla, con esos ojos de huevo.
Hablar así no va a hacer que vuelva.
No quiero que vuelva. No si viene arrastrándose. Ha hecho su cama y puede acostarse en ella con ese cabrón cara de huevo. Por mí se la puede follar por la oreja.
Mi padre dijo:
Basta ya.
Para acompañar la coca, Queenie me dio un par de galletas 222.
Es increíble cómo después de casarte se te van los retortijones. Bien, o sea, ¿que tu padre te contó lo nuestro?
Cuando yo le había dicho a mi padre que antes de empezar magisterio quería trabajar todo el verano, me había sugerido que fuese a Toronto a ver a Queenie. Me contó que ella había escrito a la empresa de transportes preguntándole si podía prestarles un dinero para pasar el invierno.
Nunca le habría escrito —me dijo Queenie— de no ser porque el invierno pasado Stan tuvo neumonía.
Fue la primera noticia que tuve de dónde estabas —expliqué. No sabía por qué, se me llenaron los ojos de lágrimas. Por la alegría que me había dado enterarme, por lo sola que me había sentido antes, porque deseaba oírla decir «Claro que contigo siempre pensé ponerme en contacto», y ella no lo decía—. Bet no sabe nada —añadí—. Cree que he venido por mi cuenta.
Espero que no —dijo Queenie con calma—. O sea, espero que no lo sepa.
Yo tenía un montón de cosas que contarle. Le conté que la empresa de transportes se había ampliado de tres camiones a doce, que Bet se había comprado un abrigo de chinchilla, había expandido su negocio y ahora manejaba Beauty Clinics desde casa. Con aquel fin había arreglado la habitación donde solía dormir mi padre, y él había mudado el catre y las National Geographic a su despacho, una casilla de las Fuerzas Aéreas que había remolcado hasta el garaje de los camiones. Cuando estudiaba en la mesa de la cocina para mis exámenes de tercero de bachillerato, yo había escuchado a Bet decir «A una piel delicada como ésta no hay que tocarla ni con una esponja», antes de untar con cremas y lociones la basta cara de una clienta. Y a veces, en un tono no menos intenso, pero no tan optimista:
Le aseguro que he vivido junto al mal. Tenía el mal en la casa de al lado y ni lo sospechaba, porque el caso es que una no sospecha, ¿no? Una siempre piensa lo mejor de la gente. Hasta que le parten los dientes.
En eso tiene razón —decía la clienta—. A mí me pasa igual.
O bien:
Cuando una cree que lo ha sufrido todo, resulta que acaba de empezar.
Luego, cuando ya había despedido a la mujer, Bet rezongaba:
Como le toques la cara a oscuras la tomas por papel de lija.
No parecía que esas cosas interesaran a Queenie. Y además no hubo mucho tiempo. No habíamos acabado las cocas cuando oímos unos pasos rápidos en la gravilla y entró en la cocina el señor Vorguilla.
Mira a quién tenemos aquí —exclamó Queenie. Hizo ademán de levantarse, como para tocarlo, pero él se desvió hacia el fregadero.
Ella había hablado en un tono tan risueño y sorprendido que me pregunté si le habría dicho algo sobre mi carta.
Es Chrissy —explicó.
Ya veo —dijo el señor Vorguilla—. Tiene que gustarte el calor, Chrissy, para haber venido a Toronto en verano.
Va a buscar un trabajo —contó Queenie.
¿Y tienes títulos? —preguntó el señor Vorguilla—. ¿Estás calificada para encontrar empleo en Toronto?
Queenie informó:
Ha acabado el bachillerato.
Vaya. Ojalá que con eso baste —comentó el señor Vorguilla.
Llenó un vaso de agua y se lo bebió de pie, dándonos la espalda. Exactamente como hacía en la cocina de la otra casa, la vecina casa de los Vorguilla, cuando la señora Vorguilla, Queenie y yo estábamos sentadas a la mesa. El señor Vorguilla entraba de vuelta de algún ensayo, o para hacer una pausa después de una de las lecciones de piano que daba en la sala. Ya al oír sus pasos la señora Vorguilla nos había prevenido con una sonrisa. Y todas mirábamos las letras del Scrabble, dándole la opción de fijarse en nosotras o no. A veces no lo hacía. La puerta del armario abriéndose, el chorro del grifo, el ruido del vaso en la encimera eran una serie de explosiones menores. Como si el señor Vorguilla retara a quien fuese a respirar mientras él estaba allí.
Se comportaba igual que cuando nos enseñaba música. Entraba en el aula con el paso de quien no tiene un minuto que perder, daba un golpecito con el puntero y había que empezar. Se paseaba entre los pupitres aguzando los oídos, los azules ojos saltones bien alerta y una expresión tensa y belicosa. En el momento menos pensado podía pararse junto a una para oírla cantar, para ver si falseaba o desafinaba. Luego bajaba lentamente la cabeza, clavándole a una los ojos saltones, acallando las otras voces con una mano, dispuesto a avergonzarla. Y corría la voz de que igualmente despótico era con sus diversos grupos y corales. Sin embargo era un favorito de los cantantes, sobre todo de las damas. Para Navidad le tejían prendas. Calcetines, bufandas y guantes para que se abrigara en los viajes entre colegio y colegio, entre un coro y otro.
Una vez, mientras Queenie estaba a cargo de la casa, pues la enfermedad de la señora Vorguilla le impedía ya llevarla, Queenie había pescado en un cajón un objeto de punto y me lo había agitado ante la cara. Había llegado sin el nombre de la donante.
Yo no sabía qué era.
Es un calientaputero —había explicado Queenie—. La señora Vorguilla dice que no se lo enseñe, que se pondría furioso. ¿No sabes qué es un calientaputero?
Hum… —había dicho yo.
Es sólo una broma.
Tanto Queenie como el señor Vorguilla se iban a trabajar por las noches. El señor Vorguilla tocaba el piano en un restaurante. Se ponía un frac. Y Queenie vendía billetes en un cine. Como el cine estaba a sólo unas manzanas, yo la acompañé. Y cuando la vi sentada en la taquilla comprendí que al fin y al cabo el pelo teñido y los aretes no eran tan raros. Queenie tenía el mismo aspecto que algunas de las chicas que pasaban por la calle o iban al cine con sus novios. Y se parecía mucho a algunas chicas retratadas en los carteles que la rodeaban. Daba la impresión de tener algo en común con el mundo de los dramas, de los amores fogosos y los peligros que se describía en la pantalla.
Daba la impresión, habría dicho mi padre, de no ser ninguna segundona.
¿Por qué no vas a dar una vuelta? —me había preguntado.
Pero yo temía llamar la atención. No me imaginaba sentada en un bar, tomando café y pregonando al mundo que no tenía nada que hacer ni lugar adonde ir. Ni entrando en una tienda a probarme ropa que no tenía esperanzas de comprar. Volví a subir la cuesta, contesté al saludo de la mujer griega, que estaba en la ventana, y entré usando la llave de Queenie.
Me senté en el catre de la galería. No tenía dónde colgar la ropa, y de todos modos pensé que quizá no fuese buena idea abrir la maleta. Tal vez al señor Vorguilla no le gustase ver indicios de que iba a quedarme.
Pensé que el señor Vorguilla estaba tan cambiado como Queenie. Pero él no había cambiado como ella, ahora de una elegancia y una sofisticación para mí severas y extrañas. Tenía el pelo, antes rojo grisáceo, totalmente canoso y en la cara —siempre presta a relampaguear de rabia ante una posible falta de respeto, una ejecución defectuosa o algo fuera de lugar en la casa— una expresión de daño más permanente, como si todo el tiempo se cometiera ante sus ojos una ofensa o se dejara de castigar una mala conducta.
Me levanté a dar vueltas por el piso. Cuando en un lugar están quienes lo habitan, es imposible echarle un buen vistazo.
Lo más bonito me pareció la cocina, aunque era demasiado oscura. En la ventana que había sobre el fregadero, Queenie había plantado hiedra y, como le gustaba a la señora Vorguilla, había cucharas de madera asomando de un lindo jarro sin asa. En la sala estaba el piano, el mismo piano de la otra casa. Había un sillón, una biblioteca hecha con tablas y ladrillos, un tocadiscos y muchos discos en el suelo. No había televisión. Tampoco mecedoras de avellano ni cortinas estampadas. Ni siquiera la lámpara de pie con escenas japonesas en la pantalla. Sin embargo, un día de nieve, todas esas cosas se habían despachado a Toronto. Yo estuve en casa a la hora de comer y había visto el camión de mudanzas. Bet no podía apartarse de la ventana delantera. Al cabo, olvidando la dignidad que le gustaba exhibir ante los extraños, había gritado a los peones:
Cuando lleguéis a Toronto decidle a ése que si llega a enseñar la jeta por aquí se arrepentirá para siempre.
Los peones la saludaron alegremente, como si estuvieran acostumbrados a escenas de ese tipo; y tal vez lo estaban. Trasladar muebles debe exponerlo a uno a cabreos y ataques de rabia.
Pero ¿adonde habían ido a parar las cosas? Las vendieron, pensé. Tienen que haberlas vendido. Mi padre había dicho que en Toronto, daba la impresión, al señor Vorguilla le estaba costando encontrar trabajo en lo suyo. Y Queenie había dicho algo así como que estaban «atrasándose». Si no se hubieran estado atrasando nunca le habría escrito a mi padre.
Debían de haber vendido los muebles antes de que ella escribiera.
En la biblioteca vi La enciclopedia de la música, un Diccionario mundial de la ópera y Las vidas de los grandes compositores. También ese libro grande y delgado, de hermosa cubierta, que la señora Vorguilla solía tener junto al sofá: las Rubaiyatas de Omar Jayam.
Había otro libro de cubierta decorada cuyo título exacto no recuerdo. Algo en el título me sugirió que podía gustarme. Tal vez la palabra «florecido», o «perfumado». Lo abrí, y recuerdo perfectamente la primera frase que leí.
«A las odaliscas jóvenes del harim se las instruía además en el uso exquisito de sus uñas».
Yo no sabía bien qué era una odalisca pero la palabra «harim» (¿por qué no «harem»?) me dio una pista. Y para descubrir qué se les enseñaba a hacer con las uñas tuve que seguir leyendo. Leí y leí durante acaso una hora y luego dejé caer el libro.
Sentía excitación, repugnancia e incredulidad. ¿Eran ésas las cosas en que se interesaban los verdaderos adultos? Hasta el dibujo de la cubierta, las preciosas viñas curvas y retorcidas, parecía levemente hostil y corrupto. Recogí el libro para devolverlo a su sitio y se abrió para mostrar los nombres escritos en la guarda. Stan y Marigold Vorguilla. Con letra de mujer. Stan y Marigold.
Pensé en la pálida, ancha frente de la señora Vorguilla, en sus rígidos rizos de un color grisáceo. Los pendientes de perlas y las blusas con un lazo en el cuello. Era un poquito más alta que el señor Vorguilla y a eso atribuía la gente que no salieran juntos. Pero la verdadera razón era que ella se agitaba. La agitaba subir escaleras o tender la ropa. Y al final la agitaba incluso sentarse a la mesa a jugar al Scrabble.
Al principio mi padre nos prohibía aceptar dinero por hacerle la compra o tenderle la colada; explicaba que eran favores de buen vecino.
Bet decía que ella probaría a quedarse tumbada, a ver si la gente iba a cuidarla gratis.
Hasta que un día el señor Vorguilla fue a casa a acordar que Queenie trabajase para ellos. Queenie estaba dispuesta porque no había aprobado el curso y no quería repetir. Al fin Bet aceptó, pero le dijo que no debía cuidar a la mujer.
A ti no te concierne que la muy rácana no contrate a una enfermera.
Queenie reveló que todas las mañanas el señor Vorguilla sacaba las pastillas y todas las noches lavaba a la señora Vorguilla con una esponja. Hasta intentaba fregar las sábanas en la bañera, como si en la casa no existiese una lavadora.
Recordé las veces en que estábamos jugando al Scrabble en la cocina y el señor Vorguilla, después de beber su vaso de agua, le ponía a la señora Vorguilla una mano en el hombro. Suspiraba como si hubiera vuelto de un viaje largo y agotador.
Hola, cielo —decía.
La señora Vorguilla estiraba el cuello para besarle la mano reseca.
Hola, cielo —decía.
Luego él nos miraba a nosotras como si nuestra presencia no lo molestara en absoluto.
Hola, chicas.
Más tarde, a oscuras en la cama, Queenie y yo nos reíamos.
Buenas noches, cielo.
Buenas noches, cielo.
Cómo me habría gustado volver a esos tiempos.
Por la mañana, aparte de ir al lavabo y salir a echar la compresa en el cubo, estuve sentada en mi catre de la galería hasta que se marchó el señor Vorguilla. Yo temía que no tuviera adonde ir, pero al parecer no era así. En cuanto hubo salido, Queenie me llamó. En la mesa había una naranja pelada, copos de maíz y café.
Y aquí tienes el periódico —dijo—. Estuve mirando las ofertas de empleo. Pero antes quiero hacerte algo en el pelo. Te lo cortaré un poco detrás y te lo armaré con los rulos. ¿Te parece?
Accedí. No había acabado de comer cuando Queenie ya me rondaba perfeccionando su idea. Luego me sentó en un taburete —yo seguía bebiendo el café— y se puso a manejar peine y tijeras.
¿Qué tipo de empleo buscamos? —preguntó—. He visto uno en una lavandería. En el mostrador. ¿Qué te parece?
Estaría muy bien —dije yo.
¿Sigues con el plan de ser maestra?
Le respondí que no sabía. Comprendí que podía parecerle una ocupación algo insulsa.
Yo creo que te conviene. Inteligencia te sobra. Los maestros ganan más. Ganan más que la gente como yo. Y tienes más independencia.
Pero trabajar en el cine estaba bien, dijo. Había conseguido el puesto un mes antes de Navidad y se había alegrado de veras porque al fin había podido comprar los ingredientes para una tarta con su propio dinero. Y se había hecho amiga de un hombre que vendía árboles de Navidad en la caja de un camión. El hombre le había vendido uno por cincuenta céntimos y ella misma lo había arrastrado cuesta arriba. Le había colgado banderines rojos y verdes de papel crepé, que era barato. Unos adornos los había hecho con papel metálico sobre cartón y otros los había comprado en las rebajas de última hora del drugstore. De una revista había sacado la idea de colgar del árbol galletas caseras. Era una costumbre europea.
Le apetecía organizar una fiesta, pero no sabía a quién invitar. Sólo estaban los griegos, Stan y un par de amigos. Entonces se le había ocurrido invitar a los alumnos de él.
Yo no lograba acostumbrarme a que dijera «Stan». Y no sólo porque me recordaba su intimidad con el señor Vorguilla. Eso tenía su importancia, claro. Pero también estaba la sensación de que ella lo había hecho desde cero. Una persona nueva. Stan. Como si el señor Vorguilla que las dos habíamos conocido —y no digamos ya la señora Vorguilla— no hubiese existido nunca.
Entonces Stan sólo enseñaba a adultos —realmente los prefería a los escolares—, así que no tuvieron que preocuparse por preparar juegos y entretenimientos para niños. Habían hecho la fiesta un domingo por la noche porque tanto Stan como ella trabajaban en el restaurante y en el cine el resto de noches.
Los griegos llevaron vino hecho por ellos y unos alumnos, licor de huevo, ron y jerez. Otros aparecieron con discos para bailar, pensando que Stan no tendría música de ésa; y no se equivocaban.
Queenie había hecho rollos de salchicha y pan de jengibre y la mujer griega unas galletas especiales. Estaba todo muy bueno. La fiesta era un éxito. Queenie bailaba con un chico chino llamado Andrew, que había llevado un disco que ella adoraba.
Gira, gira —dijo, y yo moví la cabeza como me indicaba. Riendo, ella aclaró—: No, no. No te decía a ti. Así es la canción. Es de los Byrds.
«Gira, gira, gira», cantó. «Hay días para sembrar y tiempo de recoger».
Andrew estudiaba para dentista. Pero quería aprender a tocar la sonata Claro de luna. Stan le había dicho que le llevaría mucho tiempo. Andrew era paciente. Le contó a Queenie que no podía costearse el viaje a casa para Navidad. Su familia vivía en el norte de Ontario.
Pensé que eran chinos.
No, chinos chinos no. Son de aquí.
Sí que hubo un juego de niños. Jugaron a las sillas. A esas alturas todo el mundo chillaba. Hasta Stan. Había cogido a Queenie al vuelo, la había sentado en sus rodillas y no la soltaba. Y cuando todos se fueron no había querido que limpiase. Quería que fuera a la cama.
Ya sabes cómo son los hombres —dijo Queenie—. ¿Tienes novio o algo por el estilo?
Respondí que no. El último chófer que había contratado mi padre venía todo el tiempo a casa con mensajes sin importancia y mi padre había dicho: «Lo que busca es una oportunidad de hablar con Chrissy». Pero yo lo trataba con frialdad y de momento no se había atrevido a invitarme a salir.
O sea, que aún no sabes nada de esas cosas —dijo Queenie.
Yo repliqué:
Pues claro que sé.
Hum… —dijo ella.
Los invitados a la fiesta se comieron casi todo menos la tarta. Del pastel no habían comido gran cosa, pero Queenie no se molestó. Era algo pesado y a esas alturas ya estaban repletos de rollos de salchicha y demás. Por otra parte, como no había terminado de asentarse según recomendaba el libro, le había alegrado que sobrase una parte. Había pensado, antes de que Stan la arrastrara, que cubriría la tarta con un baño borracho, y la dejaría en un sitio fresco. O lo había pensado o lo había hecho realmente y, como a la mañana siguiente la tarta no estaba sobre la mesa, pensó que lo había hecho. Bien, había pensado, la tarta está guardada.
Uno o dos días después Stan dijo: «Comamos un trozo de esa tarta». Ella propuso dejarla asentarse un poco más, pero él insistió. Ella no la encontró ni en el aparador ni en la nevera. Buscara donde buscara no lograba encontrarla. Y en eso, recordó cómo había cogido un paño limpio, empapado en vino, y envuelto las sobras con mucho cuidado. Y luego recordó cómo había cubierto el paño con papel de cera. Pero ¿cuándo? ¿Lo había hecho o era todo un sueño? ¿Dónde había puesto la tarta después de envolverla? Intentaba verse guardándola pero tenía la mente en blanco.
Había revisado el fondo del aparador, pero sabía que era una tarta demasiado grande para estar allí. Luego había buscado en el horno y hasta en lugares absurdos como los cajones del dormitorio, debajo de la cama o los estantes del vestidor. No estaba en ningún lado.
Si la guardaste en alguna parte, en alguna parte ha de estar —dijo Stan.
La guardé. En alguna parte la guardé —dijo Queenie.
A lo mejor estabas borracha y la tiraste.
No estaba borracha. Y no la tiré.
Pero buscó en la basura. Tampoco.
Sentado a la mesa, él la observaba. Si la guardaste en alguna parte, en alguna parte ha de estar. Ella empezaba a ponerse frenética.
¿Estás segura? —preguntó Stan—. ¿Estás segura de que no se la diste a alguien?
Estaba segura de no haberla regalado. La había envuelto para guardarla. Estaba segura, estaba casi segura de haberla envuelto. Estaba segura de no habérsela dado a nadie.
Bueno, no sé —dijo Stan—. Creo que tal vez se la diste a alguien. Y creo que sé a quién.
Queenie se quedó de piedra. ¿A quién?
Creo que se la diste a Andrew.
¿A Andrew?
Sí, sí. Al pobre Andrew, que le había contado que no podía ir a su casa por Navidad. Andrew le había dado pena.
Así que le diste la tarta.
No, había dicho Queenie. ¿Por qué iba a hacer eso? Ella no hacía esas cosas. Ni se le había pasado por la cabeza darle la tarta a Andrew.
Stan dijo:
Lena. No mientas.
Y así había empezado la larga y miserable batalla de Queenie. No lograba decir más que no. No, no, no le di la tarta a nadie. No le di la tarta a Andrew. No estoy mintiendo. No, no.
Probablemente estabas borracha —dijo Stan—. Estabas borracha y no te acuerdas bien.
Queenie contestó que no estaba borracha.
El que estaba borracho eras tú —añadió.
El se levantó y, acercándose con la mano levantada, le dijo que no le dijera que estaba borracho, que nunca le dijera eso.
Queenie gritó:
No lo haré. No lo haré. Lo siento.
Y él no le pegó. Pero ella se puso a llorar. Siguió llorando mientras trataba de persuadirlo. ¿Por qué iba a regalar la tarta, con el trabajo que le había dado hacerla? ¿Por qué no quería creerle? ¿Qué razón tenía ella para mentirle?
Todo el mundo miente —decía Stan.
Y cuanto más lloraba y le rogaba que le creyera, más frío y sarcástico se volvía él.
Aplica cierta lógica. Si está aquí, ve y encuéntrala. Si no está, es que la regalaste.
Queenie dijo que eso no era lógico. No porque no la encontrara tenía que haberla regalado. Entonces él se acercó de nuevo a ella, sonriendo a medias con tal calma que por un momento Queenie pensó que iba a besarla. En cambio, él le cerró las manos alrededor del cuello y por un segundo le cortó el aliento. Ni siquiera le había dejado marcas.
Vamos —dijo—. Vamos… ¿Resulta que ahora tú me vas a enseñar lógica?
Después fue a vestirse para ir a tocar al restaurante.
Él le retiró la palabra. Por una nota le comunicó que volvería a hablarle cuando ella le dijera la verdad. Queenie se pasó las fiestas llorando. Estaba previsto que el día de Navidad fueran los dos a visitar a la familia griega, pero ella no podía ir con aquella cara. Tuvo que ir Stan solo y decir que estaba enferma. De todos modos, los griegos debían de saber la verdad. Probablemente habían oído la batahola.
Queenie se puso una tonelada de maquillaje para ir a trabajar, y el gerente le había dicho:
¿Qué quieres? ¿Que la gente piense que es una historia de llorar?
Ella había contado que tenía sinusitis y el hombre la había dejado marchar.
Cuando Stan llegó a casa esa noche fingiendo que ella no existía, Queenie se volvió a mirarlo. Sabía que él iba a acostarse junto a ella como un poste y que si se le acercaba seguiría como un poste hasta que se apartase. Se daba cuenta de que él podía seguir viviendo así y ella no. Pensó que de seguir así se moriría. Como si realmente él la hubiera estrangulado, se moriría.
Así que dijo: Perdóname.
Perdóname. Hice lo que tú dices. Lo siento.
Él se sentó en la cama. Sin hablar.
Ella dijo que de verdad había olvidado que había regalado la tarta, pero que ahora lo recordaba y le pedía disculpas.
No te he mentido —le explicó—. Lo olvidé.
¿Olvidaste que le diste la tarta a Andrew? —preguntó él.
Debí olvidarlo. Lo olvidé.
A Andrew. Se la diste a Andrew.
Sí, dijo Queenie. Sí, sí, eso había hecho. Y se puso a aullar y a colgarse de él y rogarle que la perdonara.
Está bien, acaba con esa histeria, dijo él. No dijo que la perdonaba, pero le limpió la cara con un paño tibio y se echó junto a ella, abrazándola, y muy pronto quiso hacer todo lo demás.
Se acabaron las lecciones del señor Claro de Luna.
Y para rematarlo, más tarde Queenie encontró la tarta.
La encontró envuelta en un trapo de cocina y en papel de cera, tal como recordaba. Y dentro de una bolsa de compra colgada de un gancho de la galería trasera. Por supuesto. La galería acristalada era ideal porque en invierno hacía demasiado frío para usarla, pero no un frío glacial. Seguramente eso había pensado al colgar la tarta. Que era el lugar ideal.
Y después se había olvidado. Puede que estuviera un poco borracha; sin duda lo estaba. Se había olvidado por completo. Y estaba allí.
La encontró y la tiró. No le había contado nada a Stan.
La tiré —dijo—. Estaba buenísima todavía, y llena de esos ingredientes y frutos caros, pero ni en sueños quería tocar de nuevo el asunto. Así que la tiré.
La voz, tan doliente en los pasajes malos de la historia, era ahora astuta y risueña, como si todo el tiempo me hubiera estado contando un chiste y tirar la tarta fuera el desenlace ridículo. Tuve que soltar la cabeza de sus manos y volverme a mirarla.
Dije:
Pero él no tenía razón.
Pues claro que no tenía razón. Los hombres no son normales, Chrissy. Es una de las cosas que aprenderás si alguna vez te casas.
Entonces no lo haré. No me casaré nunca.
Sólo estaba celoso. No veas lo celoso que estaba.
Nunca.
Mira, tú y yo somos muy diferentes, Chrissy. Muy diferentes. —Suspiró. Dijo—: Yo soy una criatura del amor.
Pensé que esas palabras podrían aparecer en el cartel de una película: Una criatura del amor. Tal vez en una de las películas que pasaban en el cine de Queenie.
Verás qué guapa vas a estar cuando te quite los rulos —dijo ella—. No te durará mucho lo de no tener novio. Pero hoy ya es tarde para salir a buscar trabajo. Mejor mañana madrugas. Si Stan te pregunta algo, le dices que fuiste a un par de sitios y apuntaron tu número de teléfono. Dile que a un restaurante, una tienda o lo que sea. Como para que crea que estás buscando.
Al día siguiente me cogieron en el primer lugar donde probé, aunque no había conseguido madrugar después de todo. Queenie había decidido peinarme de otra manera y maquillarme los ojos, pero el resultado no había sido el que esperaba. «Al fin y al cabo eres más bien del tipo natural», había dicho, y lo había quitado todo y usado mi propia barra de labios, que no era de color rosa pálido y brillante como la suya, sino de un rojo vulgar.
A esas alturas ya era tarde para que Queenie saliera conmigo a revisar su casilla de correos. Tenía que prepararse para ir al cine. Como era sábado, trabajaba también por la tarde. Sacó la llave y me pidió que fuera yo a mirar la casilla. Me explicó dónde era.
Tuve que alquilar mi propia casilla cuando escribí a tu padre —me dijo.
Conseguí trabajo en un drugstore que estaba en el sótano de un edificio de apartamentos. En el momento de entrar casi no tenía esperanzas. El calor me había aplastado el pelo y tenía un bigote de sudor sobre el labio superior. Al menos los retortijones en el estómago se habían calmado.
Una mujer de uniforme blanco bebía café detrás del mostrador.
¿Vienes por lo del empleo? —preguntó.
Contesté que sí. Era una mujer de cara cuadrada y rígida, pestañas repasadas con lápiz y un panal de pelo púrpura.
Hablas inglés, ¿no?
Sí.
Quiero decir si no lo habrás aprendido. ¿No serás extranjera?
Respondí que no lo era.
En estos dos días he probado a dos chicas que tuve que despedir. Una dio a entender que hablaba inglés pero no era cierto y a la otra había que repetirle todo diez veces. Lávate bien las manos en el fregadero, que te traeré un delantal. Mi marido es el farmacéutico y yo llevo la caja. —Sólo entonces reparé en un hombre canoso que desde el mostrador alto de un rincón me miraba con disimulo—. Ahora está vacío, pero dentro de un rato habrá movimiento. En este edificio son todos viejos y después de la siesta empiezan a bajar a tomar café.
Me anudé el delantal y ocupé mi puesto detrás del mostrador. Un empleo en Toronto. Traté de descubrir dónde estaban las cosas sin preguntar y sólo tuve que hacerlo dos veces: cómo funcionaba la cafetera y qué hacer con el dinero.
Tú haces la cuenta y me la traen a mí. ¿Qué te pensabas?
Estaba bien. La gente entraba sola o de dos en dos, la mayoría a pedir café o una coca. Yo lavaba y secaba las tazas, limpiaba el mostrador y al parecer hacía bien las cuentas porque nadie se quejaba. Como había dicho la mujer, la mayoría de los clientes eran ancianos. Algunos, muy amables conmigo, comentaban que era nueva y hasta me preguntaban de dónde había llegado. Otros parecían sumidos en una especie de trance. Una mujer pidió tostadas y me las arreglé para hacérselas. Luego hice un bocadillo de jamón. Se montó un pequeño alboroto cuando entraron cuatro personas a la vez. Un hombre quería pastel con helado, y el helado estaba duro de rascar como el cemento. Pero lo conseguí. Iba ganando confianza. «Servido», les decía al ponerles el pedido, y «Aquí viene el golpe» al presentarles la cuenta.
En un momento de poco trabajo se me acercó la mujer de la caja.
He visto que hacías unas tostadas —dijo—. ¿No sabes leer?
Señaló un cartel pegado al espejo, detrás del mostrador.
NO SE SIRVEN DESAYUNOS DESPUÉS DE LAS 11.
Contesté que, como se podían hacer bocadillos calientes, no me había parecido mal hacer tostadas.
Bien, pues te equivocaste. Bocadillos calientes sí, con diez centavos de recargo. Tostadas no. ¿Has entendido?
Dije que sí. No me sentía tan abatida como me habría sentido al principio. Pensaba constantemente en el alivio que sería volver y contestarle al señor Vorguilla que sí, que tenía trabajo. Ahora podría buscarme una habitación propia. Tal vez al día siguiente, o el domingo, si el drugstore cerraba. Aunque sólo alquilara una habitación, pensaba, Queenie tendría adonde huir si el señor Vorguilla se enfurecía de nuevo.
Y si alguna vez Queenie decidía dejar al señor Vorguilla (insistía en considerar la posibilidad pese al final que Queenie había dado a su historia), con los sueldos de las dos podríamos alquilar un pisito. O al menos una habitación con cocina americana y cuarto de baño para nosotras solas. Sería como cuando vivíamos en casa con nuestros padres, salvo que nuestros padres no estarían.
Guarnecía cada bocadillo con una hoja de lechuga y un pepinillo encurtido. Eso era lo que prometía otro cartel pegado al espejo. Pero, como al sacar el primer pepinillo del tarro me había parecido demasiado grande, había decidido cortarlos por la mitad. Así acababa de presentarle el bocadillo a un hombre cuando la mujer de la caja vino a servirse una taza de café. Se llevó el café a la caja y lo bebió de pie. Esperó a que el hombre comiera el bocadillo, lo pagara y se fuese para acercarse a mí otra vez.
A ese hombre le has dado medio pepinillo. ¿Con todos los bocadillos haces lo mismo?
Le dije que sí.
¿No te han enseñado a cortar un pepinillo en rodajas? Cada uno tiene que alcanzar para diez bocadillos por lo menos.
Miré el cartel.
No dice una rodaja. Dice un pepinillo.
Ya está bien —dijo la mujer—. Quítate ese delantal. Si algo no voy a tolerar es que mis empleados me contesten. Puedes coger tu cartera y largarte. Y no se te ocurra preguntarme por la paga porque no has servido de nada, y de todos modos te tomé como aprendiza.
El hombre canoso atisbaba con una sonrisa nerviosa.
Así que me encontré de nuevo en la calle, andando hacia la parada del tranvía. Pero ahora ya sabía la dirección de ciertas calles y también cómo hacer transbordos. Hasta tenía experiencia laboral. Podía decir que había trabajado detrás de un mostrador. Si me pedían referencias me vería en apuros, pero podía agregar que la cafetería estaba en mi pueblo. Mientras esperaba el tranvía saqué la lista de lugares en donde pensaba solicitar empleo y el mapa que me había dado Queenie. Pero se había hecho tarde y la mayoría de los locales estaban lejos. Me daba miedo tener que hablar con el señor Vorguilla. Decidí volver a pie, con la esperanza de llegar cuando ya hubiera salido.
Había empezado a subir la cuesta cuando me acordé del correo. Regresé hasta la estafeta, saqué una carta de la casilla y retomé el camino a casa. Seguro que el señor Vorguilla ya se había ido.
Pero no era así. La ventana de la sala que daba al sendero estaba abierta y al pasar frente a ella oí música. No era de la que escuchaba Queenie. Era esa música complicada que a veces salía por las ventanas de la casa de los Vorguilla; una música que reclamaba la atención y luego no iba a ninguna parte, o al menos no lo bastante pronto. Música clásica.
Queenie estaba en la cocina, llevaba puesto otro de sus vestidos sucintos y todo el maquillaje posible. Llevaba brazaletes en los brazos. Estaba poniendo tazas en una bandeja.
Al dejar la luz del sol atrás sentí un mareo fugaz y cada centímetro de mi piel se cubrió de sudor.
Chist —dijo Queenie, y es que yo había cerrado de un portazo—. Están dentro escuchando música. El y su amigo Leslie.
Acababa de decirlo cuando la música se interrumpió abruptamente y hubo un estallido de charla excitada.
Uno pone un disco y el otro tiene que adivinar qué es después de escuchar sólo un trocito —explicó Queenie—. Ponen un trocito, paran y luego empiezan otra vez y otra. Te saca de quicio. —Comenzó a cortar rodajas de pollo y a colocarlas sobre rebanadas de pan con mantequilla—. ¿Has encontrado trabajo? —preguntó.
Sí, pero no era permanente.
Vaya. —No parecía muy interesada. Pero al escuchar de nuevo la música alzó los ojos, sonrió y dijo—: ¿Has ido al…? —Entonces vio la carta que yo tenía en la mano.
Soltó el cuchillo y corrió hacia mí susurrando:
Has entrado con la carta en la mano. Tendría que haberte prevenido. Ponla en mi cartera. Es una carta privada. —Me la arrebató justo en el momento en que la tetera empezaba a silbar sobre el hornillo—. Ay, coge la tetera. Rápido, Chrissy, ¡rápido! Coge la tetera o entrará en un segundo. No soporta ese ruido.
Me volvió la espalda y comenzó a rasgar el sobre.
Retiré la tetera del hornillo.
Haz el té, por favor… —pidió Queenie, en voz baja y en el tono preocupado de quien ha recibido un mensaje urgente—. Sólo tienes que echarle el agua. Está puesto. —Reía como si estuviera leyendo un chiste privado. Vertí el agua sobre las hojas de té y ella dijo—: Gracias. Oh, Chrissy, gracias. Gracias. —Se volvió hacia mí. Se había ruborizado y todos los brazaletes le tintineaban con una agitación delicada. Dobló la carta, se levantó la falda y se metió el papel bajo el elástico de las bragas—. A veces me revisa la cartera —reveló.
Yo dije:
¿El té es para ellos?
Sí. Y tengo que irme a trabajar. Caray, ¿qué hago? Tengo que cortar los sándwiches. ¿Dónde está el cuchillo?
Cogí el cuchillo, corté los sándwiches y los puse en una fuente.
¿No quieres saber de quién es mi carta? —preguntó ella.
No tenía ni idea.
¿De Bet? —dije.
Pues tenía la esperanza de que fuese un perdón privado de Bet lo que había hecho florecer a Queenie de esa manera.
Ni siquiera había mirado la letra del sobre.
A Queenie le cambió la cara. Por un momento dio la impresión de no saber de quién le hablaba. Luego recobró la alegría. Me rodeó con los brazos y, con una voz trémula, turbada y triunfal, me susurró al oído:
Es de Andrew. ¿Puedes llevarles tú la bandeja? Yo no puedo. Ahora mismo no puedo. Oh, gracias.
Antes de marcharse al trabajo, Queenie entró en la sala y besó al señor Vorguilla y a su amigo. Los besó a los dos en la frente. De mí se despidió con un mariposeo de la mano:
Chao.
En el momento de llevar la bandeja noté el fastidio del señor Vorguilla al ver que no era Queenie. Sin embargo me habló en un tono asombrosamente tolerante y me presentó a Leslie. Leslie era un calvo fornido que a primera vista me pareció casi tan viejo como el señor Vorguilla. Cuando una se acostumbraba a la calva y la tenía en cuenta, se volvía mucho más joven. No era el tipo de amigo que yo hubiera esperado del señor Vorguilla. No era brusco ni sabelotodo sino hospitalario y alentador. Cuando le hablé de mi empleo en la cafetería del drugstore, por ejemplo, me dijo:
Pues no es poco, ¿sabes?, que te cojan en el primer lugar donde lo intentas. Es una prueba de que causas buena impresión.
Descubrí que no me costaba hablar de la experiencia. La presencia de Leslie lo facilitaba todo y parecía suavizar la actitud del señor Vorguilla, como si ante su amigo tuviera que tratarme con una cortesía decente. También podía ser que percibiese en mí un cambio. Cuando una deja de tenerle miedo, una persona nota la diferencia. Quizás el señor Vorguilla no supiera bien en qué estribaba ni de dónde surgía aquella diferencia, pero lo desconcertaba y lo volvió más cuidadoso. Acordó con Leslie que era una suerte haberme librado de ese empleo, y hasta dijo que aquella mujer debía de ser una de esas timadoras despiadadas que se encontraban en algunos antros de Toronto.
Y no tenía ningún derecho a no pagarte —añadió.
Yo pienso que el marido tenía que haber dado la cara —dijo Leslie—. Si es el farmacéutico, el jefe es él.
El señor Vorguilla aventuró:
Quién sabe si un día no prepara un brebaje especial. Para su mujer.
No era tan difícil servir el té, ofrecer leche y azúcar y sándwiches, e incluso charlar cuando una sabe algo que esa persona no sabe sobre un peligro que ignora. Precisamente porque él no sabe que yo no puedo sentir por él otra cosa que odio. No era que él hubiese cambiado; o, si había cambiado, era probablemente porque yo había cambiado.
Pronto dijo que se le había hecho la hora de ir a trabajar. Fue a vestirse. Entonces Leslie me preguntó si me gustaría cenar con él.
A la vuelta de la esquina hay un lugar adonde suelo ir —explicó—. Nada elegante. No es un lugar para Stan.
A mí me alegró saber que no era un lugar elegante.
Claro —dije.
Y después de dejar al señor Vorguilla en el restaurante fuimos a un local de pescado frito. Leslie pidió la cena Súper —aunque acababa de consumir varios sándwiches de pollo— y yo, la Normal. El bebió cerveza y yo Coca-Cola.
El habló de sí mismo. Dijo que se arrepentía de no haber estudiado magisterio como iba a hacer yo en lugar de música, que no facilitaba una vida estable.
Yo estaba tan enfrascada en mi situación que ni le pregunté qué clase de músico era. Mi padre me había comprado un billete de vuelta. «Nunca se sabe cómo te entenderás con ellos», había dicho. Había pensado en el billete al ver a Queenie metiéndose la carta de Andrew bajo el elástico de las bragas. Aunque en aquel momento no supiese aún que era una carta de Andrew.
No había ido a Toronto porque sí, ni para encontrar un trabajo de verano. Había ido a ser parte de la vida de Queenie. O, si no había más remedio, parte de la vida de Queenie y el señor Vorguilla. Y hasta la fantasía de que Queenie viviera conmigo tenía relación con el señor Vorguilla y con que ella le diese su merecido. Y al pensar en el billete de regreso estaba dando algo por supuesto: Que podía volver a vivir con Bet y mi padre y ser parte de la vida de ellos.
Mi padre y Bet. El señor y la señora Vorguilla. Queenie y el señor Vorguilla. Hasta Queenie y Andrew. Eran parejas y cada una de ellas, por dislocada que estuviese, tenía en el presente o en el recuerdo una guarida íntima, con su arrebato y su confusión, de la cual yo estaba aislada. Y yo debía estar aislada, lo deseaba, porque no veía en sus vidas nada que me instruyera ni me diese aliento.
Leslie también estaba aislado. Sin embargo me habló de varias personas a quienes lo unían lazos de sangre o de amistad. Su hermana y el marido de ella. Sus sobrinos y sobrinas, las parejas casadas que visitaba y con quienes pasaba las vacaciones. Todas tenían problemas, pero todas tenían su valor. Habló de los trabajos que hacían, de la falta de trabajo de algunas, de sus talentos, de sus golpes de suerte, de sus errores de juicio, con gran interés pero sin pasión. Estaba aislado, parecía, del amor y el rencor.
Más adelante en mi vida, yo habría advertido los fallos de aquella actitud. Habría sentido la impaciencia, incluso la desconfianza, que suele sentir una mujer por un hombre falto de motivaciones. Un hombre que sólo tiene para ofrecer amistad y la ofrece con tal soltura que, aun si es rechazado, puede seguir adelante sin perder el buen humor. Lo que yo tenía enfrente no era un solitario con esperanzas de enganchar una muchacha. Ni a mí se me escapaba eso. Era alguien que se solazaba en el momento y en una especie de fachada razonable de la vida.
Aunque no era del todo consciente, era exactamente la compañía que me hacía falta. Es muy probable que fuera deliberadamente amable conmigo. Tal como un rato antes, de forma inesperada, yo me había propuesto ser amable con el señor Vorguilla o al menos protegerlo.
Estaba estudiando magisterio cuando Queenie se fugó otra vez. Recibí la noticia por una carta de mi padre. Mi padre no sabía cómo había ocurrido ni cuándo. Por un tiempo, el señor Vorguilla se lo había ocultado, pero al fin se lo había contado por si Queenie había vuelto a casa. Mi padre le había contestado que eso no le parecía probable. A mí me escribió que al menos ahora no podríamos decir que Queenie nunca habría hecho algo así.
Durante muchos años, aun después de casada, me llegó por Navidad una postal del señor Vorguilla. Trineos cargados de paquetes brillantes; una familia recibiendo amigos en un umbral decorado. Tal vez pensara que en mi nueva forma de vida esas escenas me atraerían. Tal vez las cogía del exhibidor sin fijarse. Siempre incluía la dirección del remitente, como para recordarme su existencia e informarme de dónde estaba en caso de que hubiera noticias.
Por mi parte, yo ya no esperaba ese tipo de noticias. Nunca descubrí siquiera si fue con Andrew o con otro con quien se escapó Queenie. Ni si en caso de ser Andrew siguieron juntos. Cuando mi padre murió y dejó algún dinero se hizo un intento serio por seguir el rastro de Queenie, pero no dio resultado.
Sin embargo ahora ha pasado algo. Ahora que mis hijos son adultos, que mi esposo se ha jubilado y los dos viajamos mucho, tengo la sensación de que a veces veo a Queenie. No es que la vea por la fuerza de un deseo o un empeño particular; tampoco que me convenza de que realmente es ella.
Una vez fue en un aeropuerto atestado y ella llevaba un sarong y un sombrero de paja con guirnalda de flores. Bronceada y entusiasta, con aspecto de rica, rodeada de amigos. Otra vez estaba entre unas mujeres, a la puerta de una iglesia, espiando una boda. Llevaba una manchada chaqueta de ante y no parecía próspera ni contenta. Una vez más, en una bocacalle, esperaba la luz verde para cruzar una fila de parvulario camino del parque o la piscina.
La última ocasión y la más rara fue en un supermercado de Twin Falls (Idaho). Al doblar una esquina, llevando las pocas cosas que había comprado para un picnic, me topé con una anciana apoyada en su carrito como si me estuviera esperando. Una viejecita llena de arrugas, de boca torcida y piel amarronada e insalubre. El pelo hirsuto y amarillento, los pantalones violeta subidos hasta el bulto de la panza: una de esas mujeres que de todos modos, con la edad, han perdido la cintura. Los pantalones bien podían ser de una tienda de segunda mano, y lo mismo el jersey de colores alegres, pero apelmazado y encogido, abotonado sobre un pecho de niña de diez años.
El carrito estaba vacío. La mujer ni llevaba bolso.
Y al contrario que las anteriores, ésta parecía saber que era Queenie. Me sonrió con tal alegría de reconocer, y tal ansia de ser reconocida, que se habría dicho que era un acontecimiento, el momento que le concedían un día entre mil, cuando la dejaban salir de las sombras.
Lo único que hice yo fue estirar la boca con una cordialidad impersonal, como ante una solitaria desconocida, y seguir mi camino a la caja.
Luego, en el aparcamiento, le dije a mi marido que había olvidado algo y volví corriendo. Busqué en todos los pasillos. Pero en ese lapso ínfimo la viejecita se había desvanecido. Tal vez hubiera salido justo después de mí; tal vez ya andaba por las calles de Twin Falls, a pie, o en un coche conducido por un pariente o un vecino. Podía incluso conducir ella misma. Existía la posibilidad, sin embargo, de que siguiera en el supermercado y entre pasillo y pasillo nos desencontráramos. Me encontré yendo de un lado a otro, temblando en la atmósfera glacial del aire refrigerado, escrutando las caras, asustando quizás a la gente con el ruego silencioso de que me dijeran dónde estaba Queenie.
Hasta que entré en razón y me convencí de que no era posible, de que, fuera quien fuese, Queenie me había dejado atrás.

Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, 2001.

martes, 11 de agosto de 2026

El herido. Miguel Hernández.

I
Por los campos luchados se extienden los heridos.
Y de aquella extensión de cuerpos luchadores
salta un trigal de chorros calientes, extendidos
en roncos surtidores.


La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
Y las heridas suenan, igual que caracolas,
cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
esencia de las olas.


La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
La bodega del mar, del vino bravo, estalla
allí donde el herido palpitante se anega,
y florece y se halla.


Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
La que contengo es poca para el gran cometido
de sangre que quisiera perder por las heridas.
Decid quién no fue herido.


Mi vida es una herida de juventud dichosa.
¡Ay de quien no esté herido, de quién jamás se siente
herido por la vida, ni en la vida reposa
herido alegremente!


Si hasta a los hospitales se va con alegría,
se convierten en huertos de heridas entreabiertas,
de adelfos florecidos ante la cirugía
de ensangrentadas puertas.


II
Para la libertad sangro, lucho, pervivo,
para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.


Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.


Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.


Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.


Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.