—Quizá sea mejor que dejes de
llamarme así —dijo Queenie cuando me recibió en Union Station.
Yo
pregunté:
—¿Cómo?
¿Queenie?
—A
Stan no le gusta —explicó ella—. Dice que le recuerda a un
nombre de caballo.
Me
sorprendió más oírla decir «Stan» que la noticia de que ya no
era Queenie sino Lena. Pero no podía suponer que después de un año
y medio de casada siguiera llamando a su esposo señor Vorguilla.
Durante aquel lapso no había vuelto a verla y un momento antes, al
avistarla entre la gente que esperaba en el andén, por poco no la
había reconocido.
El
pelo, teñido de negro, se le arqueaba a los lados de la cara en ese
estilo que no sé cómo llamaban pero entonces hacía furor. Tanto el
hermoso color de jarabe de maíz —dorado en la superficie y oscuro
debajo— como la sedosa cascada se habían perdido para siempre.
Llevaba un vestido amarillo estampado que le ceñía el cuerpo y
acababa unos centímetros por encima de las rodillas. Gruesos trazos
a lo Cleopatra y una sombra púrpura le hacían los ojos más
pequeños, en vez de agrandárselos, como si se estuvieran
escondiendo adrede. Se había perforado las orejas; de los lóbulos
colgaban aros de oro.
Vi
que ella también me miraba con cierta sorpresa. Intenté ser
atrevida y campechana. Dije:
—¿Eso
es un vestido o una cortinilla para el trasero? —Se echó a reír y
agregué—: Menudo calor hacía en el tren. He sudado como una
marrana.
Oía
el sonido de mi voz, vibrante y pletórica como la de mi madrastra
Bet.
Sudado
como una marrana.
Y
luego, ya en el tranvía que llevaba a casa de Queenie, seguí
sonando como una estúpida.
—¿Todavía
estamos en el centro? —pregunté.
Los
bloques altos habían quedado atrás muy pronto, pero no se habría
dicho que aquél fuera un barrio residencial. Unos tras otros se
sucedían los mismos edificios y comercios: una tintorería, una
floristería, un colmado, un restaurante. Cajas de frutas y verduras
en la acera, letreros de dentistas, costureras y fontaneros en
ventanas de segundos pisos. Rara vez una construcción más alta.
Rara vez un árbol.
—Esto
no es el centro mismo —dijo Queenie—. ¿Recuerdas dónde te
enseñé que estaba Simpson’s, donde cogimos el tranvía? Pues
allí.
—O
sea, ¿que ya casi estamos?
—Aún
falta un buen trecho —le respondió ella. Luego agregó—: Un
trecho. A Stan tampoco le gusta que diga sólo «trecho».
Con
las repeticiones, o acaso con el calor, me estaba entrando ansiedad y
un poco de náuseas. Entre las dos llevábamos mi maleta sobre las
rodillas y a unos centímetros de los dedos yo tenía el cuello gordo
y la calva de un hombre. Unos pocos pelos negros y sudorosos se le
pegaban a la coronilla. No sé por qué tuve que pensar en los
dientes del señor Vorguilla guardados en el botiquín; Queenie me
los había enseñado cuando éramos vecinos de los Vorguilla y ella
trabajaba en su casa. Eso había sido mucho antes de que el señor
Vorguilla fuese ni remotamente Stan.
Dos
dientes unidos, junto a la navaja, la brocha y el cuenco de madera
con el asqueroso jabón lleno de pelos.
—Es
su puente —había dicho Queenie.
¿Puente?
—Puente
de dientes.
—Uf
—había exclamado yo.
—Este
es de recambio —había dicho ella—. Ahora lleva puesto el otro.
—Uf.
¿No están un poco amarillos?
Queenie
me había tapado la boca. No quería que la señora Vorguilla nos
oyese. La señora Vorguilla estaba abajo, echada en el sofá del
comedor. Casi todo el tiempo tenía los ojos cerrados, pero podía no
estar durmiendo.
Cuando
al fin bajamos del tranvía tuvimos que subir una cuesta empinada,
tratando torpemente de repartirnos el peso de la maleta. Aunque al
principio lo parecieran, las casas no eran todas iguales. A veces,
los tejados ceñían los muros como gorras; a veces, toda la planta
alta era un tejado cubierto de tejas. Las tejas eran de color verde
oscuro, castaño o pardo. Los porches llegaban casi hasta la acera y
había tan poco espacio entre las casas que se podía dar la mano al
vecino a través de la ventana. Había niños jugando en la calle,
pero Queenie les hacía el mismo caso que les haría a pájaros que
picotearan entre las grietas. Sentado en un escalón, un hombre
gordísimo, desnudo de cintura para arriba, nos lanzó una mirada tan
fija y sombría que no tuve duda de que quería decirnos algo.
Queenie pasó de largo.
A
mitad de la cuesta dobló por un sendero de gravilla que discurría
entre cubos de basura. De una ventana de la segunda planta asomó una
mujer y dijo algo que no conseguí entender. Queenie le respondió.
—Es
mi hermana —explicó—. Ha venido de visita. —Y a mí me
aclaró—: Es nuestra patrona. Vive arriba con su familia, en la
parte de delante. Son griegos. Casi no habla inglés.
Resultó
que Queenie y el señor Vorguilla compartían el cuarto de baño con
los griegos. Había que llevar el rollo de papel higiénico, porque
si se te olvidaba, allí no había. Yo tuve que entrar enseguida
porque tenía una regla muy fuerte y debía cambiarme la compresa.
Después de aquel día, durante años me bastaría ver una calle de
ciudad en un día caluroso, los tranvías traqueteando o ciertos
guijarros pintados, para recordar los retortijones en el vientre, las
oleadas de flujo, las filtraciones del cuerpo, el aturdimiento
bochornoso.
Había
una habitación donde dormían Queenie y el señor Vorguilla, otra
convertida en sala de estar, una cocina estrecha y una galería
acristalada. Yo iba a dormir en el catre de la galería. Al otro lado
de las ventanas, muy cerca, el patrón y otro hombre reparaban una
moto. El olor a aceite, metal y maquinaria se mezclaba con un perfume
de tomates maduros bajo el sol. Desde una ventana de la planta baja
llegaba la música estridente de una radio.
—Ahí
tienes algo que Stan no soporta —dijo Queenie—. Esa radio. —No
por correr las cortinas floreadas logró que el ruido y el sol
dejaran de entrar—. Me habría gustado poder ponerte sábanas
—dijo.
Yo
tenía en la mano la compresa ensangrentada envuelta en papel
higiénico. Me dio una bolsa de papel y me guió hasta el cubo de
basura.
—Las
tiras todas aquí —dijo—. En el acto. No lo olvidarás, ¿no? Y
no dejes tu caja a la vista de él; detesta que se lo recuerden.
Yo
me seguía esforzando por parecer despreocupada, por comportarme como
en mi casa.
—Necesito
comprar un vestido tan mono como el tuyo —declaré.
—A
lo mejor te lo hago yo —dijo Queenie metiendo la cabeza en la
nevera—. Me apetece una coca; ¿y a ti? Es que voy a un lugar donde
venden retales. Este vestido me salió por unos tres dólares. Por
cierto, ¿qué talla usas ahora?
Me
encogí de hombros. Dije que estaba tratando de adelgazar.
—Vale.
Puede que encontremos algo.
—Voy
a casarme con una señora que tiene una hijita más o menos de tu
edad —había dicho mi padre—. Y el padre de esa niña ha dejado
de verla. Por eso has de prometerme una cosa, y es que no le harás
bromas ni le dirás maldades sobre eso. Seguro que a veces tendréis
desacuerdos o pelearéis como pasa entre hermanas, pero de eso nunca
debes decirle nada.
Y
si lo dicen otros niños, tú te pones de parte de ella.
Para
discutir un poco argumenté que yo no tenía madre y sin embargo
nadie me decía maldades.
—Es
diferente —dijo mi padre.
Se
equivocaba en todo. No éramos en absoluto de la misma edad porque,
cuando mi padre se casó con Bet, Queenie tenía nueve años y yo
seis. Aunque en la escuela acabamos acercándonos cuando yo me salté
un curso y Queenie repitió. Y nunca supe de nadie que intentara
molestarla. Queenie era de esas de quienes todos quieren ser amigos.
Para los equipos de béisbol la elegían la primera, aunque el juego
le importaba poco, y primera para el equipo de ortografía aunque
deletreaba fatal. Además no nos peleábamos. Ni una vez. Ella era
conmigo la mar de bondadosa y yo le tenía una admiración inmensa.
Sólo por ese pelo de oro bruñido y los oscuros ojos soñadores la
habría idolatrado; por lo guapa que era. La risa de Queenie era
dulce y tosca como azúcar moreno. Sorprendía que con tantos
privilegios fuese tierna y amable.
La
mañana de la desaparición de Queenie, una mañana de comienzos de
invierno, tuve al despertarme la sensación de que se había ido.
Eran
menos de las siete y todavía estaba oscuro. En la casa hacía frío.
Cogí el albornoz lanudo que compartía con Queenie. Lo llamábamos
Buffalo Bill y siempre se lo ponía la primera en levantarse. De
dónde había salido era un misterio.
—Tal
vez era de un amigo de Bet, de antes de que se casara con tu padre
—dijo Queenie—. Pero no vayas a decirlo, que me mata.
No
estaba en su cama ni en el lavabo. Bajé la escalera, sin encender la
luz para no despertar a Bet. Miré por la ventanita de la puerta
delantera. El pavimento duro, las baldosas de la acera y la hierba
rala de la entrada relucían de escarcha. La nieve se había
retrasado. Subí el termostato del vestíbulo y la caldera se
despertó en la oscuridad con un gruñido fiable. Acabábamos de
poner una caldera de aceite pero mi padre aún se despertaba a las
cinco, decía, pensando que era hora de bajar al sótano a encender
el fuego.
Mi
padre dormía en lo que había sido una despensa, al lado de la
cocina. Tenía una cama de hierro y una silla de respaldo roto, y
sobre la silla la pila de revistas de National Geographic que leía
cuando no podía dormir. Encendía y apagaba la luz del techo
mediante una cuerda atada a la cabecera. A mí el arreglo me parecía
totalmente natural y apropiado para el hombre de la casa, el padre.
Dormía como un centinela, con una frazada basta por todo abrigo,
rodeado de un indómito olor a motores y tabaco. Leía y velaba hasta
altas horas y hasta dormido seguía vigilante.
Sin
embargo no había oído a Queenie. Dijo que debía de estar en algún
rincón de la casa.
—¿Has
mirado en el cuarto?
—Allí
no está —respondí.
—Puede
que esté con su madre. La miedica…
Mi
padre llamaba «mieditis» al trance en que Bet despertaba —o no
despertaba del todo— de una pesadilla. Salía tambaleándose de su
habitación, incapaz de explicar qué la había asustado, y la que la
guiaba de vuelta a la cama era Queenie. Ella la abrazaba por la
espalda, calmándola como un cachorro que lame leche, y a la mañana
siguiente Bet no recordaba nada.
Yo
había encendido la luz de la cocina.
—No
quería despertarla —dije—. Miré la oxidada panera de lata en la
que siempre golpeteaba el trapo, los cacharros lavados pero aún
sobre la cocina y el lema provisto por la Granja Fairholme: El
Señor es el corazón de la casa. Esperando estúpidamente que
empezara el día, sin saber que la catástrofe lo había vaciado.
Alguien
había quitado el cerrojo a la puerta que daba a la galería lateral.
—Ha
entrado alguien —dije—. Ha entrado alguien y se ha llevado a
Queenie.
Mi
padre salió con los pantalones encima de los calzoncillos largos.
Bet bajaba en pantuflas y bata de felpilla, encendiendo luces por el
camino.
—¿Queenie
está contigo? —le preguntó mi padre. Y a mí me dijo—: Esa
puerta la han abierto desde dentro.
Bet
preguntó:
—¿Qué
pasa con Queenie?
—A
lo mejor le apeteció dar un paseo —dijo mi padre.
Bet
no le hizo caso. Llevaba en la cara una mascarilla seca de un
potingue rosa. Era representante de productos de belleza y nunca
vendía un cosmético que no hubiera probado.
—Ve
a donde los Vorguilla —me ordenó—. A lo mejor recordó algo que
debía hacer.
Había
pasado una semana desde el funeral de la señora Vorguilla, pero
Queenie había seguido trabajando en la casa; ayudando a embalar la
vajilla y la ropa de cama para que el señor Vorguilla pudiera
trasladarse a un piso. Como debía preparar los conciertos de Navidad
del colegio, él no podía hacerlo todo solo. Bet quería que Queenie
lo dejase para que la cogieran en alguna tienda para Navidad.
En
vez de subir a por mis zapatos me puse las botas de goma de mi padre,
que estaban junto a la puerta. Crucé el jardín dando tropezones y
en el porche de los Vorguilla toqué el timbre. Era una campanilla
que parecía proclamar la musicalidad de la familia. Arrebujada en
Buffalo Bill, me puse a rezar. Queenie, Queenie, enciende las luces,
por favor. Olvidaba que si Queenie estuviera trabajando habría
encendido las luces.
No
hubo ninguna respuesta. Aporreé la madera. Cuando acabara de
despertarlo, el señor Vorguilla estaría de un humor de perros.
Apreté la oreja contra la puerta, atenta a los ruidos.
—Señor
Vorguilla, señor Vorguilla. Siento despertarlo. Señor Vorguilla.
¿Hay alguien ahí?
En
la casa de enfrente abrieron una ventana. Allí vivían el señor
Hovey, un solterón, y su hermana.
—¿Para
qué tienes los ojos? —gritó el señor Hovey—. Mira el patio.
El
coche del señor Vorguilla no estaba.
El
señor Hovey cerró de un golpe.
Cuando
abrí la puerta de nuestra cocina vi a mi padre y a Bet sentados a la
mesa con sendas tazas de té. Por un instante pensé que se había
restablecido el orden. Tal vez había llamado alguien con noticias
tranquilizadoras.
—El
señor Vorguilla no está —anuncié—. El coche tampoco.
—Oh,
lo sabemos —asintió Bet—. Lo sabemos todo.
Mi
padre dijo:
—Lee
esto. —Y me acercó un papel que había encima de la mesa.
Me
caso con el señor Vorguilla, decía. Sinceramente vuestra, Queenie.
—Debajo
de la azucarera —añadió mi padre.
Bet
dejó caer la cuchara.
—Quiero
que lo juzguen —gritó—. Y a ella la quiero en el reformatorio.
Quiero que venga la policía.
—Tiene
dieciocho años y si quiere puede casarse. La policía no va a
bloquear las carreteras.
—¿Y
quién dice que están en la carretera? Seguro que se han escondido
en un motel. Esa tonta y el tonto del culo de Vorguilla, con esos
ojos de huevo.
—Hablar
así no va a hacer que vuelva.
—No
quiero que vuelva. No si viene arrastrándose. Ha hecho su cama y
puede acostarse en ella con ese cabrón cara de huevo. Por mí se la
puede follar por la oreja.
Mi
padre dijo:
—Basta
ya.
Para
acompañar la coca, Queenie me dio un par de galletas 222.
—Es
increíble cómo después de casarte se te van los retortijones.
Bien, o sea, ¿que tu padre te contó lo nuestro?
Cuando
yo le había dicho a mi padre que antes de empezar magisterio quería
trabajar todo el verano, me había sugerido que fuese a Toronto a ver
a Queenie. Me contó que ella había escrito a la empresa de
transportes preguntándole si podía prestarles un dinero para pasar
el invierno.
—Nunca
le habría escrito —me dijo Queenie— de no ser porque el invierno
pasado Stan tuvo neumonía.
—Fue
la primera noticia que tuve de dónde estabas —expliqué. No sabía
por qué, se me llenaron los ojos de lágrimas. Por la alegría que
me había dado enterarme, por lo sola que me había sentido antes,
porque deseaba oírla decir «Claro que contigo siempre pensé
ponerme en contacto», y ella no lo decía—. Bet no sabe nada
—añadí—. Cree que he venido por mi cuenta.
—Espero
que no —dijo Queenie con calma—. O sea, espero que no lo sepa.
Yo
tenía un montón de cosas que contarle. Le conté que la empresa de
transportes se había ampliado de tres camiones a doce, que Bet se
había comprado un abrigo de chinchilla, había expandido su negocio
y ahora manejaba Beauty Clinics desde casa. Con aquel fin había
arreglado la habitación donde solía dormir mi padre, y él había
mudado el catre y las National Geographic a su despacho, una casilla
de las Fuerzas Aéreas que había remolcado hasta el garaje de los
camiones. Cuando estudiaba en la mesa de la cocina para mis exámenes
de tercero de bachillerato, yo había escuchado a Bet decir «A una
piel delicada como ésta no hay que tocarla ni con una esponja»,
antes de untar con cremas y lociones la basta cara de una clienta. Y
a veces, en un tono no menos intenso, pero no tan optimista:
—Le
aseguro que he vivido junto al mal. Tenía el mal en la casa de al
lado y ni lo sospechaba, porque el caso es que una no sospecha, ¿no?
Una siempre piensa lo mejor de la gente. Hasta que le parten los
dientes.
—En
eso tiene razón —decía la clienta—. A mí me pasa igual.
O
bien:
—Cuando
una cree que lo ha sufrido todo, resulta que acaba de empezar.
Luego,
cuando ya había despedido a la mujer, Bet rezongaba:
—Como
le toques la cara a oscuras la tomas por papel de lija.
No
parecía que esas cosas interesaran a Queenie. Y además no hubo
mucho tiempo. No habíamos acabado las cocas cuando oímos unos pasos
rápidos en la gravilla y entró en la cocina el señor Vorguilla.
—Mira
a quién tenemos aquí —exclamó Queenie. Hizo ademán de
levantarse, como para tocarlo, pero él se desvió hacia el
fregadero.
Ella
había hablado en un tono tan risueño y sorprendido que me pregunté
si le habría dicho algo sobre mi carta.
—Es
Chrissy —explicó.
—Ya
veo —dijo el señor Vorguilla—. Tiene que gustarte el calor,
Chrissy, para haber venido a Toronto en verano.
—Va
a buscar un trabajo —contó Queenie.
—¿Y
tienes títulos? —preguntó el señor Vorguilla—. ¿Estás
calificada para encontrar empleo en Toronto?
Queenie
informó:
—Ha
acabado el bachillerato.
—Vaya.
Ojalá que con eso baste —comentó el señor Vorguilla.
Llenó
un vaso de agua y se lo bebió de pie, dándonos la espalda.
Exactamente como hacía en la cocina de la otra casa, la vecina casa
de los Vorguilla, cuando la señora Vorguilla, Queenie y yo estábamos
sentadas a la mesa. El señor Vorguilla entraba de vuelta de algún
ensayo, o para hacer una pausa después de una de las lecciones de
piano que daba en la sala. Ya al oír sus pasos la señora Vorguilla
nos había prevenido con una sonrisa. Y todas mirábamos las letras
del Scrabble, dándole la opción de fijarse en nosotras o no. A
veces no lo hacía. La puerta del armario abriéndose, el chorro del
grifo, el ruido del vaso en la encimera eran una serie de explosiones
menores. Como si el señor Vorguilla retara a quien fuese a respirar
mientras él estaba allí.
Se
comportaba igual que cuando nos enseñaba música. Entraba en el aula
con el paso de quien no tiene un minuto que perder, daba un golpecito
con el puntero y había que empezar. Se paseaba entre los pupitres
aguzando los oídos, los azules ojos saltones bien alerta y una
expresión tensa y belicosa. En el momento menos pensado podía
pararse junto a una para oírla cantar, para ver si falseaba o
desafinaba. Luego bajaba lentamente la cabeza, clavándole a una los
ojos saltones, acallando las otras voces con una mano, dispuesto a
avergonzarla. Y corría la voz de que igualmente despótico era con
sus diversos grupos y corales. Sin embargo era un favorito de los
cantantes, sobre todo de las damas. Para Navidad le tejían prendas.
Calcetines, bufandas y guantes para que se abrigara en los viajes
entre colegio y colegio, entre un coro y otro.
Una
vez, mientras Queenie estaba a cargo de la casa, pues la enfermedad
de la señora Vorguilla le impedía ya llevarla, Queenie había
pescado en un cajón un objeto de punto y me lo había agitado ante
la cara. Había llegado sin el nombre de la donante.
Yo
no sabía qué era.
—Es
un calientaputero —había explicado Queenie—. La señora
Vorguilla dice que no se lo enseñe, que se pondría furioso. ¿No
sabes qué es un calientaputero?
—Hum…
—había dicho yo.
—Es
sólo una broma.
Tanto
Queenie como el señor Vorguilla se iban a trabajar por las noches.
El señor Vorguilla tocaba el piano en un restaurante. Se ponía un
frac. Y Queenie vendía billetes en un cine. Como el cine estaba a
sólo unas manzanas, yo la acompañé. Y cuando la vi sentada en la
taquilla comprendí que al fin y al cabo el pelo teñido y los aretes
no eran tan raros. Queenie tenía el mismo aspecto que algunas de las
chicas que pasaban por la calle o iban al cine con sus novios. Y se
parecía mucho a algunas chicas retratadas en los carteles que la
rodeaban. Daba la impresión de tener algo en común con el mundo de
los dramas, de los amores fogosos y los peligros que se describía en
la pantalla.
Daba
la impresión, habría dicho mi padre, de no ser ninguna segundona.
—¿Por
qué no vas a dar una vuelta? —me había preguntado.
Pero
yo temía llamar la atención. No me imaginaba sentada en un bar,
tomando café y pregonando al mundo que no tenía nada que hacer ni
lugar adonde ir. Ni entrando en una tienda a probarme ropa que no
tenía esperanzas de comprar. Volví a subir la cuesta, contesté al
saludo de la mujer griega, que estaba en la ventana, y entré usando
la llave de Queenie.
Me
senté en el catre de la galería. No tenía dónde colgar la ropa, y
de todos modos pensé que quizá no fuese buena idea abrir la maleta.
Tal vez al señor Vorguilla no le gustase ver indicios de que iba a
quedarme.
Pensé
que el señor Vorguilla estaba tan cambiado como Queenie. Pero él no
había cambiado como ella, ahora de una elegancia y una sofisticación
para mí severas y extrañas. Tenía el pelo, antes rojo grisáceo,
totalmente canoso y en la cara —siempre presta a relampaguear de
rabia ante una posible falta de respeto, una ejecución defectuosa o
algo fuera de lugar en la casa— una expresión de daño más
permanente, como si todo el tiempo se cometiera ante sus ojos una
ofensa o se dejara de castigar una mala conducta.
Me
levanté a dar vueltas por el piso. Cuando en un lugar están quienes
lo habitan, es imposible echarle un buen vistazo.
Lo
más bonito me pareció la cocina, aunque era demasiado oscura. En la
ventana que había sobre el fregadero, Queenie había plantado hiedra
y, como le gustaba a la señora Vorguilla, había cucharas de madera
asomando de un lindo jarro sin asa. En la sala estaba el piano, el
mismo piano de la otra casa. Había un sillón, una biblioteca hecha
con tablas y ladrillos, un tocadiscos y muchos discos en el suelo. No
había televisión. Tampoco mecedoras de avellano ni cortinas
estampadas. Ni siquiera la lámpara de pie con escenas japonesas en
la pantalla. Sin embargo, un día de nieve, todas esas cosas se
habían despachado a Toronto. Yo estuve en casa a la hora de comer y
había visto el camión de mudanzas. Bet no podía apartarse de la
ventana delantera. Al cabo, olvidando la dignidad que le gustaba
exhibir ante los extraños, había gritado a los peones:
—Cuando
lleguéis a Toronto decidle a ése que si llega a enseñar la jeta
por aquí se arrepentirá para siempre.
Los
peones la saludaron alegremente, como si estuvieran acostumbrados a
escenas de ese tipo; y tal vez lo estaban. Trasladar muebles debe
exponerlo a uno a cabreos y ataques de rabia.
Pero
¿adonde habían ido a parar las cosas? Las vendieron, pensé. Tienen
que haberlas vendido. Mi padre había dicho que en Toronto, daba la
impresión, al señor Vorguilla le estaba costando encontrar trabajo
en lo suyo. Y Queenie había dicho algo así como que estaban
«atrasándose». Si no se hubieran estado atrasando nunca le habría
escrito a mi padre.
Debían
de haber vendido los muebles antes de que ella escribiera.
En
la biblioteca vi La enciclopedia de la música, un Diccionario
mundial de la ópera y Las vidas de los grandes compositores.
También ese libro grande y delgado, de hermosa cubierta, que la
señora Vorguilla solía tener junto al sofá: las Rubaiyatas
de Omar Jayam.
Había
otro libro de cubierta decorada cuyo título exacto no recuerdo. Algo
en el título me sugirió que podía gustarme. Tal vez la palabra
«florecido», o «perfumado». Lo abrí, y recuerdo perfectamente la
primera frase que leí.
«A
las odaliscas jóvenes del harim se las instruía además en el uso
exquisito de sus uñas».
Yo
no sabía bien qué era una odalisca pero la palabra «harim» (¿por
qué no «harem»?) me dio una pista. Y para descubrir qué se les
enseñaba a hacer con las uñas tuve que seguir leyendo. Leí y leí
durante acaso una hora y luego dejé caer el libro.
Sentía
excitación, repugnancia e incredulidad. ¿Eran ésas las cosas en
que se interesaban los verdaderos adultos? Hasta el dibujo de la
cubierta, las preciosas viñas curvas y retorcidas, parecía
levemente hostil y corrupto. Recogí el libro para devolverlo a su
sitio y se abrió para mostrar los nombres escritos en la guarda.
Stan y Marigold Vorguilla. Con letra de mujer. Stan y Marigold.
Pensé
en la pálida, ancha frente de la señora Vorguilla, en sus rígidos
rizos de un color grisáceo. Los pendientes de perlas y las blusas
con un lazo en el cuello. Era un poquito más alta que el señor
Vorguilla y a eso atribuía la gente que no salieran juntos. Pero la
verdadera razón era que ella se agitaba. La agitaba subir escaleras
o tender la ropa. Y al final la agitaba incluso sentarse a la mesa a
jugar al Scrabble.
Al
principio mi padre nos prohibía aceptar dinero por hacerle la compra
o tenderle la colada; explicaba que eran favores de buen vecino.
Bet
decía que ella probaría a quedarse tumbada, a ver si la gente iba a
cuidarla gratis.
Hasta
que un día el señor Vorguilla fue a casa a acordar que Queenie
trabajase para ellos. Queenie estaba dispuesta porque no había
aprobado el curso y no quería repetir. Al fin Bet aceptó, pero le
dijo que no debía cuidar a la mujer.
—A
ti no te concierne que la muy rácana no contrate a una enfermera.
Queenie
reveló que todas las mañanas el señor Vorguilla sacaba las
pastillas y todas las noches lavaba a la señora Vorguilla con una
esponja. Hasta intentaba fregar las sábanas en la bañera, como si
en la casa no existiese una lavadora.
Recordé
las veces en que estábamos jugando al Scrabble en la cocina y el
señor Vorguilla, después de beber su vaso de agua, le ponía a la
señora Vorguilla una mano en el hombro. Suspiraba como si hubiera
vuelto de un viaje largo y agotador.
—Hola,
cielo —decía.
La
señora Vorguilla estiraba el cuello para besarle la mano reseca.
—Hola,
cielo —decía.
Luego
él nos miraba a nosotras como si nuestra presencia no lo molestara
en absoluto.
—Hola,
chicas.
Más
tarde, a oscuras en la cama, Queenie y yo nos reíamos.
—Buenas
noches, cielo.
—Buenas
noches, cielo.
Cómo
me habría gustado volver a esos tiempos.
Por
la mañana, aparte de ir al lavabo y salir a echar la compresa en el
cubo, estuve sentada en mi catre de la galería hasta que se marchó
el señor Vorguilla. Yo temía que no tuviera adonde ir, pero al
parecer no era así. En cuanto hubo salido, Queenie me llamó. En la
mesa había una naranja pelada, copos de maíz y café.
—Y
aquí tienes el periódico —dijo—. Estuve mirando las ofertas de
empleo. Pero antes quiero hacerte algo en el pelo. Te lo cortaré un
poco detrás y te lo armaré con los rulos. ¿Te parece?
Accedí.
No había acabado de comer cuando Queenie ya me rondaba
perfeccionando su idea. Luego me sentó en un taburete —yo seguía
bebiendo el café— y se puso a manejar peine y tijeras.
—¿Qué
tipo de empleo buscamos? —preguntó—. He visto uno en una
lavandería. En el mostrador. ¿Qué te parece?
—Estaría
muy bien —dije yo.
—¿Sigues
con el plan de ser maestra?
Le
respondí que no sabía. Comprendí que podía parecerle una
ocupación algo insulsa.
—Yo
creo que te conviene. Inteligencia te sobra. Los maestros ganan más.
Ganan más que la gente como yo. Y tienes más independencia.
Pero
trabajar en el cine estaba bien, dijo. Había conseguido el puesto un
mes antes de Navidad y se había alegrado de veras porque al fin
había podido comprar los ingredientes para una tarta con su propio
dinero. Y se había hecho amiga de un hombre que vendía árboles de
Navidad en la caja de un camión. El hombre le había vendido uno por
cincuenta céntimos y ella misma lo había arrastrado cuesta arriba.
Le había colgado banderines rojos y verdes de papel crepé, que era
barato. Unos adornos los había hecho con papel metálico sobre
cartón y otros los había comprado en las rebajas de última hora
del drugstore. De una revista había sacado la idea de colgar del
árbol galletas caseras. Era una costumbre europea.
Le
apetecía organizar una fiesta, pero no sabía a quién invitar. Sólo
estaban los griegos, Stan y un par de amigos. Entonces se le había
ocurrido invitar a los alumnos de él.
Yo
no lograba acostumbrarme a que dijera «Stan». Y no sólo porque me
recordaba su intimidad con el señor Vorguilla. Eso tenía su
importancia, claro. Pero también estaba la sensación de que ella lo
había hecho desde cero. Una persona nueva. Stan. Como si el señor
Vorguilla que las dos habíamos conocido —y no digamos ya la señora
Vorguilla— no hubiese existido nunca.
Entonces
Stan sólo enseñaba a adultos —realmente los prefería a los
escolares—, así que no tuvieron que preocuparse por preparar
juegos y entretenimientos para niños. Habían hecho la fiesta un
domingo por la noche porque tanto Stan como ella trabajaban en el
restaurante y en el cine el resto de noches.
Los
griegos llevaron vino hecho por ellos y unos alumnos, licor de huevo,
ron y jerez. Otros aparecieron con discos para bailar, pensando que
Stan no tendría música de ésa; y no se equivocaban.
Queenie
había hecho rollos de salchicha y pan de jengibre y la mujer griega
unas galletas especiales. Estaba todo muy bueno. La fiesta era un
éxito. Queenie bailaba con un chico chino llamado Andrew, que había
llevado un disco que ella adoraba.
—Gira,
gira —dijo, y yo moví la cabeza como me indicaba. Riendo, ella
aclaró—: No, no. No te decía a ti. Así es la canción. Es de los
Byrds.
«Gira,
gira, gira», cantó. «Hay días para sembrar y tiempo de recoger».
Andrew
estudiaba para dentista. Pero quería aprender a tocar la sonata
Claro de luna. Stan le había dicho que le llevaría mucho
tiempo. Andrew era paciente. Le contó a Queenie que no podía
costearse el viaje a casa para Navidad. Su familia vivía en el norte
de Ontario.
—Pensé
que eran chinos.
—No,
chinos chinos no. Son de aquí.
Sí
que hubo un juego de niños. Jugaron a las sillas. A esas alturas
todo el mundo chillaba. Hasta Stan. Había cogido a Queenie al vuelo,
la había sentado en sus rodillas y no la soltaba. Y cuando todos se
fueron no había querido que limpiase. Quería que fuera a la cama.
—Ya
sabes cómo son los hombres —dijo Queenie—. ¿Tienes novio o algo
por el estilo?
Respondí
que no. El último chófer que había contratado mi padre venía todo
el tiempo a casa con mensajes sin importancia y mi padre había
dicho: «Lo que busca es una oportunidad de hablar con Chrissy».
Pero yo lo trataba con frialdad y de momento no se había atrevido a
invitarme a salir.
—O
sea, que aún no sabes nada de esas cosas —dijo Queenie.
Yo
repliqué:
—Pues
claro que sé.
—Hum…
—dijo ella.
Los
invitados a la fiesta se comieron casi todo menos la tarta. Del
pastel no habían comido gran cosa, pero Queenie no se molestó. Era
algo pesado y a esas alturas ya estaban repletos de rollos de
salchicha y demás. Por otra parte, como no había terminado de
asentarse según recomendaba el libro, le había alegrado que sobrase
una parte. Había pensado, antes de que Stan la arrastrara, que
cubriría la tarta con un baño borracho, y la dejaría en un sitio
fresco. O lo había pensado o lo había hecho realmente y, como a la
mañana siguiente la tarta no estaba sobre la mesa, pensó que lo
había hecho. Bien, había pensado, la tarta está guardada.
Uno
o dos días después Stan dijo: «Comamos un trozo de esa tarta».
Ella propuso dejarla asentarse un poco más, pero él insistió. Ella
no la encontró ni en el aparador ni en la nevera. Buscara donde
buscara no lograba encontrarla. Y en eso, recordó cómo había
cogido un paño limpio, empapado en vino, y envuelto las sobras con
mucho cuidado. Y luego recordó cómo había cubierto el paño con
papel de cera. Pero ¿cuándo? ¿Lo había hecho o era todo un sueño?
¿Dónde había puesto la tarta después de envolverla? Intentaba
verse guardándola pero tenía la mente en blanco.
Había
revisado el fondo del aparador, pero sabía que era una tarta
demasiado grande para estar allí. Luego había buscado en el horno y
hasta en lugares absurdos como los cajones del dormitorio, debajo de
la cama o los estantes del vestidor. No estaba en ningún lado.
—Si
la guardaste en alguna parte, en alguna parte ha de estar —dijo
Stan.
—La
guardé. En alguna parte la guardé —dijo Queenie.
—A
lo mejor estabas borracha y la tiraste.
—No
estaba borracha. Y no la tiré.
Pero
buscó en la basura. Tampoco.
Sentado
a la mesa, él la observaba. Si la guardaste en alguna parte, en
alguna parte ha de estar. Ella empezaba a ponerse frenética.
—¿Estás
segura? —preguntó Stan—. ¿Estás segura de que no se la diste a
alguien?
Estaba
segura de no haberla regalado. La había envuelto para guardarla.
Estaba segura, estaba casi segura de haberla envuelto. Estaba segura
de no habérsela dado a nadie.
—Bueno,
no sé —dijo Stan—. Creo que tal vez se la diste a alguien. Y
creo que sé a quién.
Queenie
se quedó de piedra. ¿A quién?
—Creo
que se la diste a Andrew.
¿A
Andrew?
Sí,
sí. Al pobre Andrew, que le había contado que no podía ir a su
casa por Navidad. Andrew le había dado pena.
—Así
que le diste la tarta.
No,
había dicho Queenie. ¿Por qué iba a hacer eso? Ella no hacía esas
cosas. Ni se le había pasado por la cabeza darle la tarta a Andrew.
Stan
dijo:
—Lena.
No mientas.
Y
así había empezado la larga y miserable batalla de Queenie. No
lograba decir más que no. No, no, no le di la tarta a nadie. No le
di la tarta a Andrew. No estoy mintiendo. No, no.
—Probablemente
estabas borracha —dijo Stan—. Estabas borracha y no te acuerdas
bien.
Queenie
contestó que no estaba borracha.
—El
que estaba borracho eras tú —añadió.
El
se levantó y, acercándose con la mano levantada, le dijo que no le
dijera que estaba borracho, que nunca le dijera eso.
Queenie
gritó:
—No
lo haré. No lo haré. Lo siento.
Y
él no le pegó. Pero ella se puso a llorar. Siguió llorando
mientras trataba de persuadirlo. ¿Por qué iba a regalar la tarta,
con el trabajo que le había dado hacerla? ¿Por qué no quería
creerle? ¿Qué razón tenía ella para mentirle?
—Todo
el mundo miente —decía Stan.
Y
cuanto más lloraba y le rogaba que le creyera, más frío y
sarcástico se volvía él.
—Aplica
cierta lógica. Si está aquí, ve y encuéntrala. Si no está, es
que la regalaste.
Queenie
dijo que eso no era lógico. No porque no la encontrara tenía que
haberla regalado. Entonces él se acercó de nuevo a ella, sonriendo
a medias con tal calma que por un momento Queenie pensó que iba a
besarla. En cambio, él le cerró las manos alrededor del cuello y
por un segundo le cortó el aliento. Ni siquiera le había dejado
marcas.
—Vamos
—dijo—. Vamos… ¿Resulta que ahora tú me vas a enseñar
lógica?
Después
fue a vestirse para ir a tocar al restaurante.
Él
le retiró la palabra. Por una nota le comunicó que volvería a
hablarle cuando ella le dijera la verdad. Queenie se pasó las
fiestas llorando. Estaba previsto que el día de Navidad fueran los
dos a visitar a la familia griega, pero ella no podía ir con aquella
cara. Tuvo que ir Stan solo y decir que estaba enferma. De todos
modos, los griegos debían de saber la verdad. Probablemente habían
oído la batahola.
Queenie
se puso una tonelada de maquillaje para ir a trabajar, y el gerente
le había dicho:
—¿Qué
quieres? ¿Que la gente piense que es una historia de llorar?
Ella
había contado que tenía sinusitis y el hombre la había dejado
marchar.
Cuando
Stan llegó a casa esa noche fingiendo que ella no existía, Queenie
se volvió a mirarlo. Sabía que él iba a acostarse junto a ella
como un poste y que si se le acercaba seguiría como un poste hasta
que se apartase. Se daba cuenta de que él podía seguir viviendo así
y ella no. Pensó que de seguir así se moriría. Como si realmente
él la hubiera estrangulado, se moriría.
Así
que dijo: Perdóname.
Perdóname.
Hice lo que tú dices. Lo siento.
Él
se sentó en la cama. Sin hablar.
Ella
dijo que de verdad había olvidado que había regalado la tarta, pero
que ahora lo recordaba y le pedía disculpas.
—No
te he mentido —le explicó—. Lo olvidé.
—¿Olvidaste
que le diste la tarta a Andrew? —preguntó él.
—Debí
olvidarlo. Lo olvidé.
—A
Andrew. Se la diste a Andrew.
Sí,
dijo Queenie. Sí, sí, eso había hecho. Y se puso a aullar y a
colgarse de él y rogarle que la perdonara.
Está
bien, acaba con esa histeria, dijo él. No dijo que la perdonaba,
pero le limpió la cara con un paño tibio y se echó junto a ella,
abrazándola, y muy pronto quiso hacer todo lo demás.
—Se
acabaron las lecciones del señor Claro de Luna.
Y
para rematarlo, más tarde Queenie encontró la tarta.
La
encontró envuelta en un trapo de cocina y en papel de cera, tal como
recordaba. Y dentro de una bolsa de compra colgada de un gancho de la
galería trasera. Por supuesto. La galería acristalada era ideal
porque en invierno hacía demasiado frío para usarla, pero no un
frío glacial. Seguramente eso había pensado al colgar la tarta. Que
era el lugar ideal.
Y
después se había olvidado. Puede que estuviera un poco borracha;
sin duda lo estaba. Se había olvidado por completo. Y estaba allí.
La
encontró y la tiró. No le había contado nada a Stan.
—La
tiré —dijo—. Estaba buenísima todavía, y llena de esos
ingredientes y frutos caros, pero ni en sueños quería tocar de
nuevo el asunto. Así que la tiré.
La
voz, tan doliente en los pasajes malos de la historia, era ahora
astuta y risueña, como si todo el tiempo me hubiera estado contando
un chiste y tirar la tarta fuera el desenlace ridículo. Tuve que
soltar la cabeza de sus manos y volverme a mirarla.
Dije:
—Pero
él no tenía razón.
—Pues
claro que no tenía razón. Los hombres no son normales, Chrissy. Es
una de las cosas que aprenderás si alguna vez te casas.
—Entonces
no lo haré. No me casaré nunca.
—Sólo
estaba celoso. No veas lo celoso que estaba.
—Nunca.
—Mira,
tú y yo somos muy diferentes, Chrissy. Muy diferentes. —Suspiró.
Dijo—: Yo soy una criatura del amor.
Pensé
que esas palabras podrían aparecer en el cartel de una película:
Una criatura del amor. Tal vez en una de las películas que
pasaban en el cine de Queenie.
—Verás
qué guapa vas a estar cuando te quite los rulos —dijo ella—. No
te durará mucho lo de no tener novio. Pero hoy ya es tarde para
salir a buscar trabajo. Mejor mañana madrugas. Si Stan te pregunta
algo, le dices que fuiste a un par de sitios y apuntaron tu número
de teléfono. Dile que a un restaurante, una tienda o lo que sea.
Como para que crea que estás buscando.
Al
día siguiente me cogieron en el primer lugar donde probé, aunque no
había conseguido madrugar después de todo. Queenie había decidido
peinarme de otra manera y maquillarme los ojos, pero el resultado no
había sido el que esperaba. «Al fin y al cabo eres más bien del
tipo natural», había dicho, y lo había quitado todo y usado mi
propia barra de labios, que no era de color rosa pálido y brillante
como la suya, sino de un rojo vulgar.
A
esas alturas ya era tarde para que Queenie saliera conmigo a revisar
su casilla de correos. Tenía que prepararse para ir al cine. Como
era sábado, trabajaba también por la tarde. Sacó la llave y me
pidió que fuera yo a mirar la casilla. Me explicó dónde era.
—Tuve
que alquilar mi propia casilla cuando escribí a tu padre —me dijo.
Conseguí
trabajo en un drugstore que estaba en el sótano de un edificio de
apartamentos. En el momento de entrar casi no tenía esperanzas. El
calor me había aplastado el pelo y tenía un bigote de sudor sobre
el labio superior. Al menos los retortijones en el estómago se
habían calmado.
Una
mujer de uniforme blanco bebía café detrás del mostrador.
—¿Vienes
por lo del empleo? —preguntó.
Contesté
que sí. Era una mujer de cara cuadrada y rígida, pestañas
repasadas con lápiz y un panal de pelo púrpura.
—Hablas
inglés, ¿no?
—Sí.
—Quiero
decir si no lo habrás aprendido. ¿No serás extranjera?
Respondí
que no lo era.
—En
estos dos días he probado a dos chicas que tuve que despedir. Una
dio a entender que hablaba inglés pero no era cierto y a la otra
había que repetirle todo diez veces. Lávate bien las manos en el
fregadero, que te traeré un delantal. Mi marido es el farmacéutico
y yo llevo la caja. —Sólo entonces reparé en un hombre canoso que
desde el mostrador alto de un rincón me miraba con disimulo—.
Ahora está vacío, pero dentro de un rato habrá movimiento. En este
edificio son todos viejos y después de la siesta empiezan a bajar a
tomar café.
Me
anudé el delantal y ocupé mi puesto detrás del mostrador. Un
empleo en Toronto. Traté de descubrir dónde estaban las cosas sin
preguntar y sólo tuve que hacerlo dos veces: cómo funcionaba la
cafetera y qué hacer con el dinero.
—Tú
haces la cuenta y me la traen a mí. ¿Qué te pensabas?
Estaba
bien. La gente entraba sola o de dos en dos, la mayoría a pedir café
o una coca. Yo lavaba y secaba las tazas, limpiaba el mostrador y al
parecer hacía bien las cuentas porque nadie se quejaba. Como había
dicho la mujer, la mayoría de los clientes eran ancianos. Algunos,
muy amables conmigo, comentaban que era nueva y hasta me preguntaban
de dónde había llegado. Otros parecían sumidos en una especie de
trance. Una mujer pidió tostadas y me las arreglé para hacérselas.
Luego hice un bocadillo de jamón. Se montó un pequeño alboroto
cuando entraron cuatro personas a la vez. Un hombre quería pastel
con helado, y el helado estaba duro de rascar como el cemento. Pero
lo conseguí. Iba ganando confianza. «Servido», les decía al
ponerles el pedido, y «Aquí viene el golpe» al presentarles la
cuenta.
En
un momento de poco trabajo se me acercó la mujer de la caja.
—He
visto que hacías unas tostadas —dijo—. ¿No sabes leer?
Señaló
un cartel pegado al espejo, detrás del mostrador.
NO
SE SIRVEN DESAYUNOS DESPUÉS DE LAS 11.
Contesté
que, como se podían hacer bocadillos calientes, no me había
parecido mal hacer tostadas.
—Bien,
pues te equivocaste. Bocadillos calientes sí, con diez centavos de
recargo. Tostadas no. ¿Has entendido?
Dije
que sí. No me sentía tan abatida como me habría sentido al
principio. Pensaba constantemente en el alivio que sería volver y
contestarle al señor Vorguilla que sí, que tenía trabajo. Ahora
podría buscarme una habitación propia. Tal vez al día siguiente, o
el domingo, si el drugstore cerraba. Aunque sólo alquilara una
habitación, pensaba, Queenie tendría adonde huir si el señor
Vorguilla se enfurecía de nuevo.
Y
si alguna vez Queenie decidía dejar al señor Vorguilla (insistía
en considerar la posibilidad pese al final que Queenie había dado a
su historia), con los sueldos de las dos podríamos alquilar un
pisito. O al menos una habitación con cocina americana y cuarto de
baño para nosotras solas. Sería como cuando vivíamos en casa con
nuestros padres, salvo que nuestros padres no estarían.
Guarnecía
cada bocadillo con una hoja de lechuga y un pepinillo encurtido. Eso
era lo que prometía otro cartel pegado al espejo. Pero, como al
sacar el primer pepinillo del tarro me había parecido demasiado
grande, había decidido cortarlos por la mitad. Así acababa de
presentarle el bocadillo a un hombre cuando la mujer de la caja vino
a servirse una taza de café. Se llevó el café a la caja y lo bebió
de pie. Esperó a que el hombre comiera el bocadillo, lo pagara y se
fuese para acercarse a mí otra vez.
—A
ese hombre le has dado medio pepinillo. ¿Con todos los bocadillos
haces lo mismo?
Le
dije que sí.
—¿No
te han enseñado a cortar un pepinillo en rodajas? Cada uno tiene que
alcanzar para diez bocadillos por lo menos.
Miré
el cartel.
—No
dice una rodaja. Dice un pepinillo.
—Ya
está bien —dijo la mujer—. Quítate ese delantal. Si algo no voy
a tolerar es que mis empleados me contesten. Puedes coger tu cartera
y largarte. Y no se te ocurra preguntarme por la paga porque no has
servido de nada, y de todos modos te tomé como aprendiza.
El
hombre canoso atisbaba con una sonrisa nerviosa.
Así
que me encontré de nuevo en la calle, andando hacia la parada del
tranvía. Pero ahora ya sabía la dirección de ciertas calles y
también cómo hacer transbordos. Hasta tenía experiencia laboral.
Podía decir que había trabajado detrás de un mostrador. Si me
pedían referencias me vería en apuros, pero podía agregar que la
cafetería estaba en mi pueblo. Mientras esperaba el tranvía saqué
la lista de lugares en donde pensaba solicitar empleo y el mapa que
me había dado Queenie. Pero se había hecho tarde y la mayoría de
los locales estaban lejos. Me daba miedo tener que hablar con el
señor Vorguilla. Decidí volver a pie, con la esperanza de llegar
cuando ya hubiera salido.
Había
empezado a subir la cuesta cuando me acordé del correo. Regresé
hasta la estafeta, saqué una carta de la casilla y retomé el camino
a casa. Seguro que el señor Vorguilla ya se había ido.
Pero
no era así. La ventana de la sala que daba al sendero estaba abierta
y al pasar frente a ella oí música. No era de la que escuchaba
Queenie. Era esa música complicada que a veces salía por las
ventanas de la casa de los Vorguilla; una música que reclamaba la
atención y luego no iba a ninguna parte, o al menos no lo bastante
pronto. Música clásica.
Queenie
estaba en la cocina, llevaba puesto otro de sus vestidos sucintos y
todo el maquillaje posible. Llevaba brazaletes en los brazos. Estaba
poniendo tazas en una bandeja.
Al
dejar la luz del sol atrás sentí un mareo fugaz y cada centímetro
de mi piel se cubrió de sudor.
—Chist
—dijo Queenie, y es que yo había cerrado de un portazo—. Están
dentro escuchando música. El y su amigo Leslie.
Acababa
de decirlo cuando la música se interrumpió abruptamente y hubo un
estallido de charla excitada.
—Uno
pone un disco y el otro tiene que adivinar qué es después de
escuchar sólo un trocito —explicó Queenie—. Ponen un trocito,
paran y luego empiezan otra vez y otra. Te saca de quicio. —Comenzó
a cortar rodajas de pollo y a colocarlas sobre rebanadas de pan con
mantequilla—. ¿Has encontrado trabajo? —preguntó.
—Sí,
pero no era permanente.
—Vaya.
—No parecía muy interesada. Pero al escuchar de nuevo la música
alzó los ojos, sonrió y dijo—: ¿Has ido al…? —Entonces vio
la carta que yo tenía en la mano.
Soltó
el cuchillo y corrió hacia mí susurrando:
—Has
entrado con la carta en la mano. Tendría que haberte prevenido.
Ponla en mi cartera. Es una carta privada. —Me la arrebató justo
en el momento en que la tetera empezaba a silbar sobre el hornillo—.
Ay, coge la tetera. Rápido, Chrissy, ¡rápido! Coge la tetera o
entrará en un segundo. No soporta ese ruido.
Me
volvió la espalda y comenzó a rasgar el sobre.
Retiré
la tetera del hornillo.
—Haz
el té, por favor… —pidió Queenie, en voz baja y en el tono
preocupado de quien ha recibido un mensaje urgente—. Sólo tienes
que echarle el agua. Está puesto. —Reía como si estuviera leyendo
un chiste privado. Vertí el agua sobre las hojas de té y ella
dijo—: Gracias. Oh, Chrissy, gracias. Gracias. —Se volvió hacia
mí. Se había ruborizado y todos los brazaletes le tintineaban con
una agitación delicada. Dobló la carta, se levantó la falda y se
metió el papel bajo el elástico de las bragas—. A veces me revisa
la cartera —reveló.
Yo
dije:
—¿El
té es para ellos?
—Sí.
Y tengo que irme a trabajar. Caray, ¿qué hago? Tengo que cortar los
sándwiches. ¿Dónde está el cuchillo?
Cogí
el cuchillo, corté los sándwiches y los puse en una fuente.
—¿No
quieres saber de quién es mi carta? —preguntó ella.
No
tenía ni idea.
—¿De
Bet? —dije.
Pues
tenía la esperanza de que fuese un perdón privado de Bet lo que
había hecho florecer a Queenie de esa manera.
Ni
siquiera había mirado la letra del sobre.
A
Queenie le cambió la cara. Por un momento dio la impresión de no
saber de quién le hablaba. Luego recobró la alegría. Me rodeó con
los brazos y, con una voz trémula, turbada y triunfal, me susurró
al oído:
—Es
de Andrew. ¿Puedes llevarles tú la bandeja? Yo no puedo. Ahora
mismo no puedo. Oh, gracias.
Antes
de marcharse al trabajo, Queenie entró en la sala y besó al señor
Vorguilla y a su amigo. Los besó a los dos en la frente. De mí se
despidió con un mariposeo de la mano:
—Chao.
En
el momento de llevar la bandeja noté el fastidio del señor
Vorguilla al ver que no era Queenie. Sin embargo me habló en un tono
asombrosamente tolerante y me presentó a Leslie. Leslie era un calvo
fornido que a primera vista me pareció casi tan viejo como el señor
Vorguilla. Cuando una se acostumbraba a la calva y la tenía en
cuenta, se volvía mucho más joven. No era el tipo de amigo que yo
hubiera esperado del señor Vorguilla. No era brusco ni sabelotodo
sino hospitalario y alentador. Cuando le hablé de mi empleo en la
cafetería del drugstore, por ejemplo, me dijo:
—Pues
no es poco, ¿sabes?, que te cojan en el primer lugar donde lo
intentas. Es una prueba de que causas buena impresión.
Descubrí
que no me costaba hablar de la experiencia. La presencia de Leslie lo
facilitaba todo y parecía suavizar la actitud del señor Vorguilla,
como si ante su amigo tuviera que tratarme con una cortesía decente.
También podía ser que percibiese en mí un cambio. Cuando una deja
de tenerle miedo, una persona nota la diferencia. Quizás el señor
Vorguilla no supiera bien en qué estribaba ni de dónde surgía
aquella diferencia, pero lo desconcertaba y lo volvió más
cuidadoso. Acordó con Leslie que era una suerte haberme librado de
ese empleo, y hasta dijo que aquella mujer debía de ser una de esas
timadoras despiadadas que se encontraban en algunos antros de
Toronto.
—Y
no tenía ningún derecho a no pagarte —añadió.
—Yo
pienso que el marido tenía que haber dado la cara —dijo Leslie—.
Si es el farmacéutico, el jefe es él.
El
señor Vorguilla aventuró:
—Quién
sabe si un día no prepara un brebaje especial. Para su mujer.
No
era tan difícil servir el té, ofrecer leche y azúcar y sándwiches,
e incluso charlar cuando una sabe algo que esa persona no sabe sobre
un peligro que ignora. Precisamente porque él no sabe que yo no
puedo sentir por él otra cosa que odio. No era que él hubiese
cambiado; o, si había cambiado, era probablemente porque yo había
cambiado.
Pronto
dijo que se le había hecho la hora de ir a trabajar. Fue a vestirse.
Entonces Leslie me preguntó si me gustaría cenar con él.
—A
la vuelta de la esquina hay un lugar adonde suelo ir —explicó—.
Nada elegante. No es un lugar para Stan.
A
mí me alegró saber que no era un lugar elegante.
—Claro
—dije.
Y
después de dejar al señor Vorguilla en el restaurante fuimos a un
local de pescado frito. Leslie pidió la cena Súper —aunque
acababa de consumir varios sándwiches de pollo— y yo, la Normal.
El bebió cerveza y yo Coca-Cola.
El
habló de sí mismo. Dijo que se arrepentía de no haber estudiado
magisterio como iba a hacer yo en lugar de música, que no facilitaba
una vida estable.
Yo
estaba tan enfrascada en mi situación que ni le pregunté qué clase
de músico era. Mi padre me había comprado un billete de vuelta.
«Nunca se sabe cómo te entenderás con ellos», había dicho. Había
pensado en el billete al ver a Queenie metiéndose la carta de Andrew
bajo el elástico de las bragas. Aunque en aquel momento no supiese
aún que era una carta de Andrew.
No
había ido a Toronto porque sí, ni para encontrar un trabajo de
verano. Había ido a ser parte de la vida de Queenie. O, si no había
más remedio, parte de la vida de Queenie y el señor Vorguilla. Y
hasta la fantasía de que Queenie viviera conmigo tenía relación
con el señor Vorguilla y con que ella le diese su merecido. Y al
pensar en el billete de regreso estaba dando algo por supuesto: Que
podía volver a vivir con Bet y mi padre y ser parte de la vida de
ellos.
Mi
padre y Bet. El señor y la señora Vorguilla. Queenie y el señor
Vorguilla. Hasta Queenie y Andrew. Eran parejas y cada una de ellas,
por dislocada que estuviese, tenía en el presente o en el recuerdo
una guarida íntima, con su arrebato y su confusión, de la cual yo
estaba aislada. Y yo debía estar aislada, lo deseaba, porque no veía
en sus vidas nada que me instruyera ni me diese aliento.
Leslie
también estaba aislado. Sin embargo me habló de varias personas a
quienes lo unían lazos de sangre o de amistad. Su hermana y el
marido de ella. Sus sobrinos y sobrinas, las parejas casadas que
visitaba y con quienes pasaba las vacaciones. Todas tenían
problemas, pero todas tenían su valor. Habló de los trabajos que
hacían, de la falta de trabajo de algunas, de sus talentos, de sus
golpes de suerte, de sus errores de juicio, con gran interés pero
sin pasión. Estaba aislado, parecía, del amor y el rencor.
Más
adelante en mi vida, yo habría advertido los fallos de aquella
actitud. Habría sentido la impaciencia, incluso la desconfianza, que
suele sentir una mujer por un hombre falto de motivaciones. Un hombre
que sólo tiene para ofrecer amistad y la ofrece con tal soltura que,
aun si es rechazado, puede seguir adelante sin perder el buen humor.
Lo que yo tenía enfrente no era un solitario con esperanzas de
enganchar una muchacha. Ni a mí se me escapaba eso. Era alguien que
se solazaba en el momento y en una especie de fachada razonable de la
vida.
Aunque
no era del todo consciente, era exactamente la compañía que me
hacía falta. Es muy probable que fuera deliberadamente amable
conmigo. Tal como un rato antes, de forma inesperada, yo me había
propuesto ser amable con el señor Vorguilla o al menos protegerlo.
Estaba
estudiando magisterio cuando Queenie se fugó otra vez. Recibí la
noticia por una carta de mi padre. Mi padre no sabía cómo había
ocurrido ni cuándo. Por un tiempo, el señor Vorguilla se lo había
ocultado, pero al fin se lo había contado por si Queenie había
vuelto a casa. Mi padre le había contestado que eso no le parecía
probable. A mí me escribió que al menos ahora no podríamos decir
que Queenie nunca habría hecho algo así.
Durante
muchos años, aun después de casada, me llegó por Navidad una
postal del señor Vorguilla. Trineos cargados de paquetes brillantes;
una familia recibiendo amigos en un umbral decorado. Tal vez pensara
que en mi nueva forma de vida esas escenas me atraerían. Tal vez las
cogía del exhibidor sin fijarse. Siempre incluía la dirección del
remitente, como para recordarme su existencia e informarme de dónde
estaba en caso de que hubiera noticias.
Por
mi parte, yo ya no esperaba ese tipo de noticias. Nunca descubrí
siquiera si fue con Andrew o con otro con quien se escapó Queenie.
Ni si en caso de ser Andrew siguieron juntos. Cuando mi padre murió
y dejó algún dinero se hizo un intento serio por seguir el rastro
de Queenie, pero no dio resultado.
Sin
embargo ahora ha pasado algo. Ahora que mis hijos son adultos, que mi
esposo se ha jubilado y los dos viajamos mucho, tengo la sensación
de que a veces veo a Queenie. No es que la vea por la fuerza de un
deseo o un empeño particular; tampoco que me convenza de que
realmente es ella.
Una
vez fue en un aeropuerto atestado y ella llevaba un sarong y un
sombrero de paja con guirnalda de flores. Bronceada y entusiasta, con
aspecto de rica, rodeada de amigos. Otra vez estaba entre unas
mujeres, a la puerta de una iglesia, espiando una boda. Llevaba una
manchada chaqueta de ante y no parecía próspera ni contenta. Una
vez más, en una bocacalle, esperaba la luz verde para cruzar una
fila de parvulario camino del parque o la piscina.
La
última ocasión y la más rara fue en un supermercado de Twin Falls
(Idaho). Al doblar una esquina, llevando las pocas cosas que había
comprado para un picnic, me topé con una anciana apoyada en su
carrito como si me estuviera esperando. Una viejecita llena de
arrugas, de boca torcida y piel amarronada e insalubre. El pelo
hirsuto y amarillento, los pantalones violeta subidos hasta el bulto
de la panza: una de esas mujeres que de todos modos, con la edad, han
perdido la cintura. Los pantalones bien podían ser de una tienda de
segunda mano, y lo mismo el jersey de colores alegres, pero
apelmazado y encogido, abotonado sobre un pecho de niña de diez
años.
El
carrito estaba vacío. La mujer ni llevaba bolso.
Y
al contrario que las anteriores, ésta parecía saber que era
Queenie. Me sonrió con tal alegría de reconocer, y tal ansia de ser
reconocida, que se habría dicho que era un acontecimiento, el
momento que le concedían un día entre mil, cuando la dejaban salir
de las sombras.
Lo
único que hice yo fue estirar la boca con una cordialidad
impersonal, como ante una solitaria desconocida, y seguir mi camino a
la caja.
Luego,
en el aparcamiento, le dije a mi marido que había olvidado algo y
volví corriendo. Busqué en todos los pasillos. Pero en ese lapso
ínfimo la viejecita se había desvanecido. Tal vez hubiera salido
justo después de mí; tal vez ya andaba por las calles de Twin
Falls, a pie, o en un coche conducido por un pariente o un vecino.
Podía incluso conducir ella misma. Existía la posibilidad, sin
embargo, de que siguiera en el supermercado y entre pasillo y pasillo
nos desencontráramos. Me encontré yendo de un lado a otro,
temblando en la atmósfera glacial del aire refrigerado, escrutando
las caras, asustando quizás a la gente con el ruego silencioso de
que me dijeran dónde estaba Queenie.
Hasta
que entré en razón y me convencí de que no era posible, de que,
fuera quien fuese, Queenie me había dejado atrás.
Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, 2001.

