miércoles, 19 de agosto de 2026

El barón rampante. Capítulo XII, [Gian dei Brughi]. Italo Calvino.

A veces, por la noche, a Cósimo le despertaban gritos como: «¡Socorro! ¡Los bandidos! ¡Perseguidlos!».
Por los árboles, se dirigía rápido al lugar de donde aquellos gritos procedían. Era quizá un caserío de pequeños propietarios, y una familia medio desnuda estaba allí fuera con las manos a la cabeza.
¡Ay de nosotros! ¡Ay de nosotros! ¡Ha venido Gian dei Brughi y se nos ha llevado todo el producto de la cosecha!
Se agolpaba la gente.
¿Gian dei Brughi? ¿Era él? ¿Lo habéis visto?
¡Era él! ¡Era él! Llevaba una máscara en la cara, una pistola así de larga, y le seguían otros dos enmascarados, y él los mandaba. ¡Era Gian dei Brughi!
¿Y dónde está? ¿Adónde ha ido?
Ah, sí, ¡a ver si lo agarras a Gian dei Brughi! ¡Quién sabe dónde está a estas horas!
O bien quien gritaba era un viandante dejado en medio del camino, despojado de todo, caballo, bolsa, capa y equipaje.
¡Socorro! ¡Al ladrón! ¡Gian dei Brughi!
¿Cómo ha sido? ¡Decidnos!
Saltó desde allí, negro, barbudo, apuntando con el trabuco, ¡por poco me mata!
¡Rápido! ¡Persigámosle! ¿Por dónde ha escapado?
¡Por aquí! ¡No, quizá por allí! ¡Corría como el viento!
A Cósimo se le había metido en la cabeza ver a Gian dei Brughi. Recorría el bosque a todo lo largo y lo ancho detrás de las liebres o los pájaros, azuzando al pachón: «¡Busca, busca, Óptimo Máximo!». Pero lo que le habría gustado sacar de su cubil era al bandido en persona, y no para hacerle o decirle nada, sólo para ver cara a cara a una persona tan afamada. En cambio, nunca había conseguido hallarlo, ni siquiera dando vueltas toda una noche. «Será que esta noche no ha salido», se decía Cósimo; pero por la mañana, aquí o allá en el valle, había un corrillo de gente en el umbral de una casa o en un recodo del camino, comentando el nuevo robo. Cósimo acudía, y aguzando mucho los oídos escuchaba aquellas historias.
Pero tú que estás siempre sobre los árboles del bosque —le dijo una vez alguien—, ¿nunca lo has visto, a Gian dei Brughi?
Cósimo se avergonzó mucho.
Pues… me parece que no…
¿Y cómo quieres que lo haya visto? —intervino otro—, Gian dei Brughi tiene escondites que nadie puede encontrar, y va por caminos que nadie conoce.
¡Con la recompensa que ofrecen por su cabeza, quien lo atrape podrá vivir bien toda su vida!
¡Ya! Pero los que saben dónde está, tienen cuentas pendientes con la justicia casi tanto como él, y si se deciden terminan en la horca también ellos.
¡Gian dei Brughi! ¡Gian dei Brughi! Pero ¿será siempre él quien comete estos delitos?
Da igual, tiene tantas acusaciones que aunque consiguiera disculparse de diez robos, mientras tanto ya le habrían colgado por el undécimo.
¡Ha sido bandido en todos los bosques de la costa!
¡Mató incluso a un jefe de banda en su juventud!
¡Ha hecho de bandido también entre los bandidos!
¡Por eso ha venido a refugiarse a nuestras tierras!
¡Es que somos demasiado buenos!
Cósimo cada nueva noticia la iba a comentar con los caldereros. Entre la gente acampada en el bosque, había en aquellos tiempos toda una ralea de fulleros ambulantes: caldereros, silleros, traperos, gente que evita las casas, y que por la mañana estudia el hurto que hará por la noche. En el bosque, más que el taller tenían su refugio secreto, el escondrijo de lo que hurtaban.
¿Sabéis? ¡Esta noche Gian dei Brughi ha asaltado una carroza!
¿Ah, sí? Puede ser…
¡Ha conseguido detener los caballos al galope cogiéndolos por la brida!
Pues, o no era él o en lugar de caballos eran grillos…
¿Qué decís? ¿No creéis que fuera Gian dei Brughi?
Sí, sí, ¿qué ideas le vas a meter en la cabeza a ése? ¡Claro que era Gian dei Brughi!
¿Y de qué no es capaz Gian dei Brughi?
¡Ja, ja, ja!
Al oír hablar de Gian dei Brughi de este modo, Cósimo no salía de su asombro, se desplazaba por el bosque e iba a escuchar en otro campamento de vagabundos.
Decidme, según vosotros, el de la carroza de anoche, ¿fue un golpe de Gian dei Brughi, no?
Todos los golpes son de Gian dei Brughi cuando salen bien. ¿No lo sabes?
¿Por qué cuando salen bien?
Porque cuando no salen bien, ¡quiere decir que son realmente de Gian dei Brughi!
¡Ja, ja! ¡Ese chapucero!
Cósimo ya no entendía nada.
¿Gian dei Brughi un chapucero?
Los otros, entonces, se apresuraban a cambiar de tono:
Claro que no, claro que no, ¡es un bandido que da miedo a todos!
¿Lo habéis visto vosotros?
¿Nosotros? ¿Y quién lo ha visto alguna vez?
Pero ¿estáis seguros de que existe?
¡Ésa sí que es buena! ¡Claro que existe! Pero si no existiera…
¿Si no existiera?
—… Sería lo mismo. ¡Ja, ja, ja!
Pero todos dicen…
Claro, es lo que hay que decir: ¡es Gian dei Brughi que roba y mata por todas partes, ese terrible bandido! ¡Quisiéramos ver que alguien lo dudase!
En fin, Cósimo había comprendido que el miedo a Gian dei Brughi que había por el valle, cuanto más se subía hacia el bosque más se convertía en una actitud dudosa y a menudo abiertamente burlona.
La curiosidad de dar con él se le pasó, porque comprendió que Gian dei Brughi a la gente más experta no le importaba nada. Y fue precisamente entonces cuando ocurrió el encuentro.
Cósimo estaba en un nogal, una tarde, y leía. Le había entrado hacía poco la nostalgia de algún libro: estar todo el día con el fusil apuntando, esperando que llegue un pinzón, a la larga aburre.
Así pues, leía el Gil Blas, de Lesage, sosteniendo con una mano el libro y con la otra el fusil. Óptimo Máximo, al que no le gustaba que su amo leyese, daba vueltas alrededor buscando pretextos para distraerlo: ladrando por ejemplo a una mariposa, para ver si conseguía hacerle apuntar el fusil.
Y de pronto, bajando de la montaña, por el sendero, venía corriendo y jadeando un hombre barbudo y mal vestido, desarmado, y detrás llevaba a dos esbirros con los sables desenvainados que gritaban:
¡Detenedlo! ¡Es Gian dei Brughi! ¡Lo hemos cogido, al fin!
Ahora el bandido se había distanciado un poco de los esbirros, pero si continuaba moviéndose torpemente como quien tiene miedo de equivocarse de camino o caer en alguna trampa, los tendría pronto pisándole los talones. El nogal de Cósimo no presentaba agarraderos para quien quisiera trepar, pero él tenía allí en la rama una cuerda de esas que llevaba siempre consigo para superar los pasos difíciles. Tiró un extremo a tierra y ató el otro a la rama. El bandido vio caer aquella cuerda casi en las narices, se retorció las manos un momento en la incertidumbre, luego se agarró a la cuerda y trepó con rapidez, revelándose como uno de esos inseguros impulsivos o impulsivos inseguros que parece que nunca saben aprovechar el momento justo y por el contrario atinan siempre.
Llegaron los esbirros. La cuerda ya había sido retirada y Gian dei Brughi estaba junto a Cósimo entre las frondas del nogal. El camino se bifurcaba. Los esbirros tomaron cada uno por un lado distinto, luego se volvieron a encontrar, y no sabían adónde ir. Y repentinamente toparon con Óptimo Máximo que meneaba la cola por aquellos parajes.
¡Eh! —dijo uno de los esbirros al otro—, ¿no es éste el perro del hijo del barón, el que vive en los árboles? Si el muchacho está por aquí cerca podrá decirnos algo.
¡Estoy aquí arriba! —gritó Cósimo.
Pero no gritó desde el nogal donde estaba antes y en donde estaba escondido el bandido; se había desplazado rápidamente a un castaño de enfrente, de modo que los esbirros levantaron enseguida la cabeza en aquella dirección sin ponerse a mirar a los árboles de en torno.
Buenos días, señoría —dijeron—, ¿por casualidad no habréis visto correr al bandido Gian dei Brughi?
Quién era no lo sé —respondió Cósimo—, pero si buscáis a un hombrecito que corría, ha tomado por ahí, hacia el torrente…
¿Un hombrecito? Es un hombre terrible, que inspira miedo…
Bueno, desde aquí parecéis todos pequeños…
¡Gracias, señoría! —y tiraron hacia el torrente.
Cósimo volvió al nogal y siguió con la lectura del Gil Blas. Gian dei Brughi todavía estaba abrazado a la rama, pálido entre los cabellos y la barba hirsutos y rojos como los mismos brezos, con hojas secas, erizos de castaña y agujas de pino enredados en ellos. Escrutaba a Cósimo con dos ojos verdes, redondos y turbados; feo, era feo.
¿Se han ido? —se decidió a preguntar.
Sí, sí —dijo Cósimo, afable—. ¿Es usted el bandido Gian dei Brughi?
¿Cómo me conoce?
Ah, pues, por la fama.
¿Y usted es el que nunca baja de los árboles?
Sí. ¿Cómo lo sabe?
Bueno, también yo, la fama corre.
Se miraron con amabilidad, como dos personas importantes que se encuentran por casualidad y están contentas de no ser desconocidas la una para la otra.
Cósimo no sabía que más podía decir, y se puso de nuevo a leer.
¿Qué lee?
El Gil Blas, de Lesage.
¿Es bonito?
Pues sí.
¿Le falta mucho para terminarlo?
¿Por qué? Bueno, unas veinte páginas.
Porque cuando lo termine quisiera pedirle que me lo prestara —sonrió, algo confundido—. ¿Sabe?, me paso los días escondido, nunca se sabe qué hacer. Si tuviera un libro de vez en cuando, digo. Una vez detuve una carroza, poca cosa, pero había un libro y lo cogí. Me lo llevé, escondido bajo la casaca; habría dado todo el resto del botín, con tal de quedarme aquel libro. Por la noche, enciendo la linterna, me dispongo a leer…, ¡estaba en latín! No entendía ni una palabra… —Sacudió la cabeza—. Ya ve, yo el latín no lo sé…
Bueno, el latín, caray, es difícil —dijo Cósimo, y sintió que a pesar suyo estaba tomando un aire protector—. Éste está en francés…
Francés, toscano, provenzal, castellano, los entiendo todos —dijo Gian dei Brughi—. Un poco también el catalán: Bon dia! Bona nit! Està la mar molt alborotada.
En media hora Cósimo terminó el libro y se lo prestó a Gian dei Brughi.
Así empezaron a relacionarse mi hermano y el bandido. En cuanto Gian dei Brughi había terminado un libro, corría a devolvérselo a Cósimo, tomaba en préstamo otro, escapaba a esconderse a su refugio secreto, y se hundía en la lectura.
A Cósimo los libros se los proporcionaba yo de la biblioteca de casa, y cuando los había leído me los volvía a dar. Ahora empezó a quedárselos más tiempo, porque una vez leídos se los pasaba a Gian dei Brughi, y a menudo volvían con las encuadernaciones despellejadas, con manchas de moho, babas de caracoles, porque quién sabe dónde los tenía el bandido.
En días preestablecidos, Cósimo y Gian dei Brughi se daban cita sobre un determinado árbol, se intercambiaban el libro y se separaban, ya que el bosque estaba siempre batido por los esbirros. Esto tan simple era muy peligroso para ambos; incluso para mi hermano, que desde luego no habría podido justificar su amistad con aquel criminal. Pero a Gian dei Brughi le había pillado tal furia de lecturas, que devoraba novela tras novela y, al estar todo el día escondido leyendo, en un día liquidaba unos tomos que mi hermano había empleado una semana en leer, y entonces no había manera, quería otro, y si no era el día establecido se lanzaba por los campos en busca de Cósimo, asustando a las familias en los caseríos y arrastrando detrás de él a toda la fuerza pública de Ombrosa.
Ahora a Cósimo, aún más apremiado por las peticiones del bandido, los libros que yo conseguía procurarle ya no le bastaban, y tuvo que ir a buscar otros proveedores. Conoció a un comerciante de libros judío, un tal Orbecche, que le suministraba incluso obras en varios tomos. Cósimo iba a llamar a su ventana desde las ramas de un algarrobo llevándole liebres, tordos y perdices acabados de cazar a cambio de volúmenes.
Pero Gian dei Brughi tenía sus gustos, no se le podía dar un libro cualquiera, pues al día siguiente buscaba a Cósimo para que se lo cambiase. Mi hermano estaba en la edad en que se empieza a gozar con lecturas más sustanciosas, pero se veía obligado a ir despacio, desde que Gian dei Brughi le devolvió Las aventuras de Telémaco, advirtiéndole que si le daba otra vez un libro tan aburrido, le serraría el árbol por debajo.
Cósimo, a partir de este momento, habría querido separar los libros que quería leer por su cuenta con toda calma de los que se procuraba sólo para dejárselos al bandido. Pero no: también a éstos tenía que echarles al menos una ojeada, porque Gian dei Brughi se volvía cada vez más exigente y desconfiado, y antes de quedarse con un libro quería que le contase un poco el argumento, y pobre de él como lo cogiera en falta. Mi hermano probó a pasarle novelitas de amor, y el bandido llegaba furioso preguntando si lo había tomado por una mujercita. No se conseguía adivinar nunca lo que le gustaba.
En resumidas cuentas, con Gian dei Brughi pegado a él, la lectura para Cósimo, de aquella distracción de media horita, se convirtió en su ocupación principal, en el objeto de todo el día. Y a fuerza de manejar volúmenes, de juzgarlos y compararlos, de tener que conocer siempre otros nuevos, entre lecturas para Gian dei Brughi y la creciente necesidad de lecturas para sí, a Cósimo le entró tal pasión por las letras y por todo el saber humano que no le eran suficientes las horas desde el alba al ocaso para lo que habría querido leer, y seguía incluso en la oscuridad, a la luz de una linterna.
Descubrió al fin las novelas de Richardson. A Gian dei Brughi le gustaron. Acabada una, enseguida quería otra. Orbecche le consiguió un montón de volúmenes. El bandido tenía lectura para un mes. Cósimo, recobrada la tranquilidad, se lanzó a leer las Vidas de Plutarco.
Gian dei Brughi, mientras tanto, tumbado en su lecho, con los hirsutos cabellos rojos llenos de hojas secas sobre la frente fruncida, los ojos verdes que se le enrojecían por el esfuerzo de la vista, leía y leía moviendo la mandíbula en un deletreo furioso, teniendo en alto un dedo húmedo de saliva dispuesto a volver la página. Con la lectura de Richardson,una inclinación latente desde hacía tiempo en su ánimo lo iba consumiendo: un deseo de una vida rutinaria y casera, de parentescos, de sentimientos familiares, de virtudes, de aversión a los malvados y los viciosos. Todo lo que lo rodeaba ya no le interesaba, o lo llenaba de disgusto. Ya no salía de su guarida salvo para correr hacia Cósimo para que le cambiase el volumen, en especial si era una novela en varios tomos y se había quedado a la mitad de la historia. Vivía así, aislado, sin darse cuenta de la tempestad de resentimientos que estaba incubando contra él incluso entre los habitantes del bosque, en un tiempo sus fieles cómplices, pero que ahora se habían cansado de tener entre ellos un bandido inactivo, que atraía a todos los esbirros.
En otra época, se le habían acercado cuantos en los alrededores tenían cuentas que ajustar con la justicia, aunque fuese poco, habituales pequeños robos, como los de aquellos vagabundos estañadores de ollas, o delitos propiamente dichos, como los de sus compañeros bandidos. Para cada hurto o atraco esta gente se aprovechaba de su autoridad y experiencia, e incluso se escudaba con su nombre, que corría de boca en boca y dejaba los suyos en la sombra. Y quien no tomaba parte en los golpes también disfrutaba de algún modo de su suerte, porque el bosque se llenaba de lo robado y de contrabando de todas clases, que había que despachar o revender, y todos los que frecuentaban aquellos lugares encontraban con qué traficar. Quien además llevaba a cabo atracos por su cuenta, sin que lo supiera Gian dei Brughi, se apoyaba en aquel nombre terrible para atemorizar a los agredidos y sacarles el máximo; la gente vivía en el terror, en cada maleante veía a Gian dei Brughi o a uno de su banda y se apresuraba a desatar los cordones de la bolsa.
Estos buenos tiempos duraron mucho; Gian dei Brughi había visto que podía vivir de renta, y poco a poco se fue abandonando. Creía que todo seguía como antes, en cambio los ánimos eran otros y su nombre ya no inspiraba ningún respeto.
¿A quién le era útil, a estas alturas, Gian dei Brughi? Se estaba escondiendo con lagrimones en los ojos leyendo novelas, ya no realizaba atracos, no proporcionaba botines, en el bosque nadie podía ocuparse de sus asuntos, venían los esbirros todos los días a buscarlo y por poco que un desgraciado tuviese un aspecto sospechoso se lo llevaban a la prevención. Si se añade la tentación de la recompensa que ofrecían por su cabeza, se ve claro que los días de Gian dei Brughi estaban contados.
Otros dos bandidos, dos jóvenes que habían sido adiestrados por él y que no sabían resignarse a perder aquel buen jefe de la banda, quisieron darle ocasión de rehabilitarse. Se llamaban Ugasso y Bel-Loré, y de niños habían sido de la banda de ladronzuelos de fruta. Ahora, mayores, se habían convertido en salteadores de caminos.
Así pues, van a buscar a Gian dei Brughi a su guarida. Estaba allí, tendido sobre la paja.
Sí, ¿qué pasa? —dijo, sin levantar los ojos de la página.
Teníamos que proponerte una cosa, Gian dei Brughi.
Hum… ¿Qué? —y leía.
¿Sabes dónde está la casa de Costanzo, el recaudador de impuestos?
Sí, sí… ¿Eh? ¿Qué recaudador?
Bel-Loré y Ugasso intercambiaron una mirada contrariada. Si no le quitaban aquel maldito libro de delante de los ojos, el bandido no entendería ni una palabra.
Cierra el libro por un momento, Gian dei Brughi. Escúchanos.
Gian dei Brughi aferró el libro con ambas manos, se puso de rodillas, se lo apretó contra el pecho manteniéndolo abierto por la señal, luego el deseo de seguir leyendo era demasiado y, siempre sujetándolo estrechamente, lo levantó hasta poder hundir la nariz en él.
Bel-Loré tuvo una idea. Había allí una tela de araña con una gruesa araña. Bel-Loré alzó con manos ligeras la tela de araña con la araña y se la tiró encima a Gian dei Brughi, entre el libro y la nariz. El infeliz de Gian dei Brughi se había ablandado tanto que hasta una araña le daba miedo. Sintió en la nariz aquella confusión de patas de araña y filamentos pegajosos, y antes incluso de comprender qué era, lanzó un gritito horrorizado, dejó caer el libro y empezó a abanicarse con las manos la cara, con los ojos en blanco y la boca que escupía.
Ugasso se tiró al suelo y consiguió agarrar el libro antes de que Gian dei Brughi le pusiera un pie encima.
¡Devuélveme ese libro! —dijo Gian dei Brughi, tratando con una mano de librarse de la araña y la telaraña, y con la otra de arrancar el libro de las manos de Ugasso.
No, ¡primero escúchanos! —dijo Ugasso escondiendo el libro a la espalda.
Estaba leyendo Clarisa. ¡Devolvédmelo! Precisamente en el momento culminante…
Oye esto. Nosotros llevamos esta noche una carga de leña a casa del recaudador de impuestos. En el saco, en vez de leña, vas tú. Cuando sea de noche, sales del saco…
¡Pues yo quiero terminar Clarisa! —Había conseguido librarse las manos de los últimos restos de telaraña y trataba de luchar con los dos jóvenes.
Oye esto… Cuando sea de noche sales del saco, armado con tus pistolas, haces que el recaudador te dé todo lo que ha recaudado durante la semana, que guarda en el cofre en la cabecera de la cama…
Dejadme al menos acabar el capítulo… Sed buenos chicos…
Los dos jóvenes pensaban en los tiempos en que, al primero que se atrevía a contradecirle, Gian dei Brughi le clavaba dos pistolas en el estómago. Les vino una amarga nostalgia.
Tú coges los sacos de dinero, ¿de acuerdo? —insistieron, tristemente—, nos los traes, nosotros te devolvemos tu libro y podrás leer cuanto quieras. ¿Está bien así? ¿Irás?
No. No está bien. ¡No iré!
Ah, conque no irás… Ah, conque no irás, dices… ¡Pues mira, entonces! —y Ugasso cogió una página de hacia el final del libro (—¡No! —gritó Gian dei Brughi), la arrancó (—¡No! ¡Quieto!), hizo una bola con ella, la echó al fuego.
¡Ah! ¡Perro! ¡No puedes hacer eso! ¡Ya no sabré cómo termina! —y corría detrás de Ugasso para pillarle el libro.
Entonces qué, ¿vas a ir a casa del recaudador?
No, ¡no pienso ir!
Ugasso arrancó otras dos páginas.
¡Estate quieto! ¡Todavía no he llegado ahí! ¡No puedes quemarlas!
Ugasso ya las había tirado al fuego.
¡Perro! ¡Clarisa! ¡No!
Entonces qué, ¿vas a ir?
Yo…
Ugasso arrancó otras tres páginas y las lanzó a las llamas.
Gian dei Brughi se sentó con la cara entre las manos.
Iré —dijo—. Pero prometedme que me esperaréis con el libro fuera de la casa del recaudador.
Escondieron al bandido en un saco, con un haz de leña sobre la cabeza. Bel-Loré llevaba el saco a la espalda. Detrás iba Ugasso con el libro. De vez en cuando, cuando Gian dei Brughi con una patada o un gruñido desde dentro del saco daba muestras de estar a punto de arrepentirse, Ugasso le hacía oír el ruido de una página arrancada y Gian dei Brughi volvía a quedarse calmado enseguida.
Con este sistema lo llevaron, disfrazados de leñadores, hasta dentro de la casa del recaudador de impuestos y lo dejaron allí. Fueron a situarse un poco lejos, detrás de un olivo, esperando la hora en que, terminado el golpe, debía reunirse con ellos.
Pero Gian dei Brughi tenía demasiada prisa, salió antes de oscurecer, por la casa aún había demasiada gente.
¡Manos arriba! —Pero ya no era el de antes, era como si se viese desde fuera, se sentía un poco ridículo—. Manos arriba, he dicho… Todos los de la habitación, contra la pared… —Nada: no se lo creía ni él, lo hacía por hacer—. ¿Estáis todos? —No se había dado cuenta de que se había escapado una niña.
En cualquier caso, era un trabajo en el que no se podía perder ni un minuto. En cambio lo alargó, el recaudador se hacía el tonto, no encontraba la llave, Gian dei Brughi comprendía que ya no lo tomaban en serio, y en el fondo estaba contento de que así ocurriese.
Salió, por fin, con los brazos cargados de bolsas repletas de escudos. Corrió casi a ciegas al olivo fijado para reunirse.
¡Aquí está todo lo que había! ¡Devolvedme Clarisa!
Cuatro, siete, diez brazos se arrojaron sobre él, lo inmovilizaron de la espalda a los tobillos. Una cuadrilla de esbirros lo levantaba a pulso y lo ataba como a un jamón.
¡A Clarisa la verás estando en chirona! —y lo condujeron a la cárcel.
La cárcel era una torre a orillas del mar. Un bosque de pinastros crecía allí cerca. Desde lo alto de uno de estos pinastros, Cósimo llegaba casi a la altura de la celda de Gian dei Brughi y veía su rostro tras las rejas.
Al bandido no le importaban nada ni los interrogatorios ni los procesos; cualquiera que fuese el resultado, lo iban a ahorcar igualmente; pero su preocupación eran esos días vacíos allí en la prisión, sin poder leer, y aquella novela dejada a medias. Cósimo consiguió obtener otro ejemplar de Clarisa y se lo llevó al pino.
¿Dónde habías llegado?
¡Cuando Clarisa escapaba de la casa de mala fama!
Cósimo hojeó un poco y luego:
Ah, sí, aquí lo tengo. Pues… —y empezó a leer en voz alta, vuelto hacia la reja, a la que se veían agarradas las manos de Gian dei Brughi.
La instrucción de la causa se fue alargando; el bandido resistía las torturas; para hacerle confesar cada uno de sus innumerables delitos se requerían días y días. Pero siempre, antes y después de los interrogatorios, se quedaba escuchando a Cósimo que le leía. Cuando terminó Clarisa, viéndolo algo entristecido, Cósimo pensó que Richardson, a la postre, era un poco deprimente; y prefirió empezar a leerle una novela de Fielding, que con vicisitudes más movidas lo consolara un poco de la libertad perdida. Eran los días del proceso, y Gian dei Brughi sólo tenía en la cabeza los azares de Jonathan Wild.
Antes de que se acabara la novela, llegó el día de la ejecución. En la carreta, en compañía de un fraile, Gian dei Brughi llevó a término el último viaje como viviente. Las ahorcaduras en Ombrosa se ejecutaban en una alta encina en medio de la plaza. Alrededor todo el pueblo formaba un círculo.
Cuando tuvo la soga al cuello, Gian dei Brughi oyó un silbido entre las ramas. Alzó el rostro. Era Cósimo, con el libro cerrado.
Dime cómo termina —dijo el condenado.
Siento decírtelo, Gian —respondió Cósimo—, Jonathan termina colgado por el cuello.
Gracias. ¡Que sea lo mismo para mí! ¡Adiós! —y dio un puntapié a la escalera, quedando estrangulado.
El gentío, cuando el cuerpo cesó de agitarse, se marchó. Cósimo se quedó hasta la noche, a horcajadas de la rama de la que colgaba el ahorcado. Cada vez que un cuervo se acercaba para morder los ojos o la nariz al cadáver, Cósimo lo ahuyentaba agitando el gorro.

El barón rampante, 1957.

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