Con todas nuestras fuerzas hemos
luchado para que no llegase el invierno. Nos hemos agarrado a todas
las horas tibias, y a cada puesta de sol hemos procurado sujetar el
sol en el cielo todavía un poco, pero todo ha sido inútil. Ayer por
la tarde el sol se ha puesto irrevocablemente en un enredo de niebla
sucia, de chimeneas y de cables, y esta mañana es invierno.
Sabemos
lo que quiere decir, porque estábamos aquí el invierno pasado, y
los demás lo aprenderán pronto. Quiere decir que, en el curso de
estos meses, de octubre a abril, de cada diez de nosotros, morirán
siete. Quien no se muera sufrirá minuto por minuto, día por día,
durante todos los días: desde la mañana antes del alba hasta la
distribución del potaje vespertino, deberá tener constantemente los
músculos tensos, dar saltos primero sobre un pie y luego sobre el
otro, darse palmadas bajo los sobacos para resistir el frío. Deberá
gastar pan para procurarse guantes, y perder horas de sueño para
repararlos cuando estén descosidos. Como no se podrá comer nunca al
aire libre, tendremos que consumir nuestro pienso en la barraca, de
pie, disponiendo cada uno de un palmo de pavimento, y apoyarse en las
literas está prohibido. A todos se nos abrirán heridas en las manos
y para conseguir una venda habrá que esperar toda la tarde durante
horas y de pie en la nieve y al viento.
Del
mismo modo que nuestra hambre no es la sensación de quien ha perdido
una comida, así nuestro modo de tener frío exigiría un nombre
particular. Decimos «hambre», decimos «cansancio», «miedo» y
«dolor», decimos «invierno», y son otras cosas. Son palabras
libres, creadas y empleadas por hombres libres que vivían, gozando y
sufriendo, en sus casas. Si el Lager hubiese durado más, un nuevo
lenguaje áspero habría nacido; y se siente necesidad de él para
explicar lo que es trabajar todo el día al viento, bajo cero, no
llevando encima más que la camisa, los calzoncillos, la chaqueta y
unos calzones de tela, y, en el cuerpo, debilidad y hambre y
conciencia del fin que se acerca.
Del
mismo modo en que se ve desvanecerse una esperanza, así ha llegado
el invierno esta mañana. Nos hemos dado cuenta cuando hemos salido
del barracón para ir a lavarnos: no había estrellas, el aire oscuro
y frío olía a nieve. En la plaza de la Lista, bajo la primera luz,
al reunirnos para el trabajo, nadie ha hablado. Cuando hemos visto
los primeros copos de nieve, hemos pensado que si el año pasado en
esta época nos hubiesen dicho que íbamos a ver otro invierno en el
Lager, nos habríamos dirigido a tocar el tendido eléctrico; y
también lo haríamos ahora si fuésemos lógicos, si no fuera por
este insensato y loco residuo de inconfesable esperanza.
Porque
«invierno» quiere decir todavía una cosa más.
La
primavera pasada los alemanes han construido dos enormes tiendas en
una explanada de nuestro Lager. Cada una, durante el buen tiempo, ha
hospedado a más de mil hombres; ahora, las tiendas han sido
desmontadas y un exceso de dos mil hombres se hacinan en nuestras
barracas. Nosotros, los veteranos prisioneros, sabemos que estas
irregularidades no les gustan a los alemanes y que pronto sucederá
algo que haga disminuir nuestro número.
La
selección se siente llegar. Selekcja: la híbrida palabra latina y
polaca se oye una vez, dos veces, muchas veces, intercalada en
conversaciones extranjeras; al principio no se la individualiza,
después se impone a la atención, finalmente nos persigue.
Esta
mañana, los polacos dicen Selekcja. Los polacos son los que primero
saben las noticias, y generalmente procuran que no se difundan,
porque saber algo mientras los demás no lo saben todavía puede
resultar ventajoso. Cuando todos sepan que la selección es
inminente, lo poquísimo que cada uno podría intentar para
escurrirse (corromper con pan o con tabaco a algún médico o a algún
prominente; pasar de la barraca al Ka-Be o viceversa en el momento
exacto, de manera que se cruce uno con la comisión) será su
monopolio.
En
los días siguientes, la atmósfera del Lager y de la cantera está
saturada de Selekcja: nadie sabe nada preciso y todos hablan de ello,
hasta los obreros libres, polacos, italianos, franceses, que vemos a
escondidas durante las horas de trabajo. No se puede decir que se
produzca una ola de abatimiento. Nuestra moral colectiva está
demasiado desarticulada y aplastada para que sea inestable. La lucha
contra el hambre, el frío y el trabajo deja poco margen al
pensamiento, aun tratándose de este pensamiento. Cada cual reacciona
a su manera, pero casi ninguno con las actitudes que parecerían más
plausibles por ser realistas, es decir con la resignación o con la
desesperación.
Quien
puede tomar providencias, las toma; pero son los menos, porque
sustraerse a la selección es muy difícil, los alemanes hacen estas
cosas con gran seriedad y diligencia.
Quien
no puede prevenirse materialmente trata de defenderse de otro modo.
En los retretes, en el lavadero, nos enseñamos el uno al otro el
pecho, las nalgas, los muslos, y los compañeros se tranquilizan:
«Puedes estar tranquilo, seguro que esta vez no te toca… du
bist kein Muselmann… más bien yo», y al mismo tiempo se bajan
los pantalones y se levantan la camisa.
Ninguno
niega a otro esta limosna: ninguno está tan seguro de su suerte como
para tener el valor de condenar a otro. Yo mismo he mentido
descaradamente al viejo Wertheimer; le he dicho que, si lo
interrogan, responda que tiene cuarenta y cinco años y que no se
olvide de afeitarse la tarde antes, aun a costa de quitarse de la
boca un cuarto de pan; que, aparte de esto, no debe alimentar
temores, y que además no es nada cierto que se trate de una
selección para el gas: ¿no le ha oído decir al Blockaltesterr que
los seleccionados irán al campo de convalecencia de Jaworszno?
Es
absurdo que Wertheimer tenga esperanzas: aparenta sesenta años,
tiene gruesas varices, casi no siente el hambre. Y, sin embargo, se
va a la litera sereno y tranquilo y, a quien le hace preguntas, le
responde con mis palabras; son las palabras de orden del campo
durante estos días: yo mismo las he repetido como, con menos
detalles, me las he sentido recitar por Jaim, que está en el Lager
desde hace tres años y, como es fuerte y robusto, está
admirablemente seguro de sí; y le he creído.
Sobre
esta exigua base también yo he atravesado la gran selección de
octubre de 1944 con inconcebible tranquilidad. Estaba tranquilo
porque había logrado mentirme cuánto era necesario. El hecho de que
yo no haya sido elegido ha dependido sobre todo del azar y no
demuestra que mi confianza estuviese bien fundada.
También
Monsieur Pinkert es, a priori, un condenado: basta con mirarle a los
ojos. Me llama con una seña, y me cuenta con aire confidencial que
ha sabido, de qué fuente no puede decírmelo, que, efectivamente,
esta vez hay una novedad: la Santa Sede, por medio de la Cruz Roja
Internacional… en fin, me asegura personalmente que, tanto para él
como para mí, de la manera más absoluta, está excluido todo
peligro: cuando civil, era, como es sabido, agregado a la embajada
belga en Varsovia.
De
varios modos pues, también estos días de vigilia, que cuando se
habla de ellos, parece que deberían haber sido tormentosos más allá
de todo límite humano, pasan de una manera no muy diferente que los
demás.
La
disciplina del Lager y de la Buna no se relaja en modo alguno; el
trabajo, el frío y el hambre son suficientes para acaparar toda
nuestra atención.
Hoy
es domingo de trabajo, Arbeitssonntag: se trabaja hasta las
trece, después se vuelve al campo para la ducha, el afeitado y el
control general de la sarna y de los piojos y, en el tajo,
misteriosamente, todos hemos sabido que la selección será hoy.
La
noticia ha llegado, como siempre, rodeada de un halo de detalles
contradictorios y recelos: esta misma mañana ha habido una selección
en la enfermería; el porcentaje ha sido del siete, del treinta, del
cincuenta por ciento del total de los enfermos. En Birkenau, la
chimenea del Crematorio humea desde hace diez días. Hay que hacerle
sitio a una enorme expedición que va a llegar del gueto de Posen.
Los jóvenes dicen a los jóvenes que serán elegidos todos los
viejos. Los sanos dicen a los sanos que sólo serán elegidos los
enfermos. Serán excluidos los especialistas. Serán excluidos los
judíos alemanes. Serán excluidos los Números Bajos. Serás elegido
tú. Seré excluido yo.
Con
toda normalidad, a partir de las trece en punto, el taller se vacía
y la formación gris e interminable desfila durante dos horas hacia
los dos puestos de control, donde como todos los días somos contados
y recontados, ante la orquesta que, durante horas sin interrupción,
toca como todos los días las marchas con las que, a la entrada y a
la salida, debemos sincronizar nuestros pasos. Parece que todo marcha
como todos los días, la chimenea de la cocina humea como de
costumbre, ya ha empezado la distribución del potaje. Pero luego se
ha oído la campana, y ahora hemos comprendido que va en serio.
Porque
esta campana suena siempre al alba, y entonces es la diana, pero
cuando suena a media jornada quiere decir Blocksperre,
encierro en la barraca, y esto sucede cuando hay selección, para que
nadie se sustraiga a ella y, cuando los seleccionados salgan hacia el
gas, para que nadie los vea partir.
Nuestro
Blockaltester conoce su oficio. Se ha cerciorado de que todos
hemos entrado, ha hecho cerrar la puerta con llave, ha dado a cada
uno la ficha en que constan la matrícula, el nombre, la profesión,
la edad y la nacionalidad, y ha dado orden de que todos se desnuden
completamente quedándose sólo con el calzado. De este modo,
desnudos y con la ficha en la mano, esperaremos a que la comisión
llegue a nuestra barraca. Nosotros somos la barraca 48, pero no se
puede prever si se empezará por la barraca 1 o por la 60. De todos
modos, podemos estar tranquilos durante una hora por lo menos, y no
hay motivo alguno para que no nos metamos bajo las mantas de las
literas para calentarnos.
Ya
dormitan muchos cuando un desencadenamiento de órdenes, de
blasfemias y de golpes indica que la comisión está llegando. El
Blockaltester y sus ayudantes, a gritos y puñetazos, a partir
del fondo del dormitorio, empujan hacia delante a la turba de
desnudos asustados y los apiñan dentro del Tagesraum, que es
la Comandancia. El Tagesraum es un cuarto de siete metros por
cuatro: cuando la caza ha terminado, dentro del Tagesraum está
comprimida una masa humana caliente y compacta que invade y rellena
perfectamente todos los rincones y ejerce en las paredes de madera
una presión que las hace crujir.
Ahora
estamos todos en el Tagesraum y además de no haber tiempo, ni
siquiera hay espacio para tener miedo. La sensación de la carne
caliente que oprime por todo alrededor de uno es singular y no es
desagradable. Hay que procurar tener la nariz en alto para encontrar
aire, y no arrugar o perder la ficha que tenemos en la mano.
El
Blockaltester ha cerrado la puerta del Tagesraum que da
al dormitorio y ha abierto las otras dos que, del Tagesraum y
del dormitorio dan al exterior. Aquí, delante de las dos puertas,
está el árbitro de nuestro destino, que es un suboficial de la SS.
Tiene a la derecha al Blockaltester, a la izquierda al furriel
de la barraca. Cada uno de nosotros, saliendo desnudos del Tagesraum
al frío aire de octubre, debe dar corriendo los pocos pasos que hay
entre las puertas delante de los tres, entregar la ficha al SS y
entrar por la puerta del dormitorio. El SS, en la fracción de
segundo entre las dos pasadas sucesivas, con una mirada de frente y
de espaldas, decide la suerte de cada uno y entrega a su vez la ficha
al hombre que está a su derecha o al hombre que está a su
izquierda, y esto es la vida o la muerte de cada uno de nosotros. En
tres o cuatro minutos, una barraca de doscientos hombres está
«terminada» y, durante la tarde, el campo entero de doce mil
hombres.
Yo,
inmovilizado en la carnicería del Tagesraum, he sentido
gradualmente disminuir la presión humana en torno a mí, y pronto me
ha tocado el turno. Como todos, he pasado con paso enérgico y
elástico, procurando llevar la cabeza alta, el pecho fuera y los
músculos contraídos y marcados. Con el rabillo del ojo, he
procurado ver a mi espalda y me ha parecido que mi ficha ha ido a la
derecha.
Conforme
íbamos volviendo al dormitorio, podíamos vestirnos. Nadie conoce
ahora con seguridad el propio destino, hay que saber primero con
seguridad si las fichas condenadas son las pasadas a la derecha o a
la izquierda. Ahora no es el caso de tener consideraciones los unos
con los otros ni de tener escrúpulos supersticiosos. Todos se
amontonan en torno a los más viejos, a los más desnutridos, a los
más «musulmanes»; si sus fichas han ido a la izquierda, la
izquierda es con toda seguridad el lado de los condenados.
Antes
de que la selección haya terminado, todos saben ya que la izquierda
ha sido efectivamente la «schlechte Seite», el lado
infausto. Hay, naturalmente, irregularidades: René, por ejemplo, tan
joven y robusto, ha terminado en la izquierda: quizás porque tiene
gafas, quizás porque anda un poco encorvado como los miopes, pero
más probablemente por un simple descuido: René ha pasado delante de
la comisión inmediatamente antes que yo, y podría haberse producido
un cambio de fichas. Lo pienso, hablo con Alberto y convenimos en que
la hipótesis es verosímil: no sé lo que pensaré mañana y
después; hoy, la cosa no despierta en mí ninguna emoción precisa.
Del
mismo modo, también ha debido de haber un error en el caso de
Sattler, un macizo campesino transilvano que veinte días antes
estaba en su casa; Sattler no entiende alemán, no ha comprendido
nada de lo que ha sucedido y está en un rincón remendándose la
camisa. ¿Debo ir a decirle que la camisa ya no va a servirle?
No
hay por qué asombrarse de estas equivocaciones: el examen es muy
rápido y sumario y, por otra parte, para la administración del
Lager, lo importante no es tanto que sean eliminados precisamente los
inútiles, como que queden rápidamente libres los sitios de acuerdo
con determinado tanto por ciento preestablecido.
En
nuestra barraca, la selección ha terminado, pero continúa en las
otras, por lo que ahora estamos en clausura. Pero puesto que,
mientras tanto, han llegado los bidones de potaje, el Blockaltester
decide proceder sin más a su distribución. A los seleccionados se
les distribuirá una ración doble. No he sabido nunca si ésta sería
una iniciativa absurdamente compasiva del Blockaltester o una
explícita disposición de los SS, pero de hecho, en el intervalo de
dos o tres días (también a veces mucho más largo) entre la
selección y la partida, las víctimas de Monowitz-Auschwitz
disfrutan de este privilegio.
Ziegler
presenta la escudilla, recibe la ración normal y se queda esperando.
«¿Qué más quieres?», le pregunta el Blockaltester: no le
parece que a Ziegler le toque suplemento, lo aparta de un empujón,
pero Ziegler vuelve e insiste humildemente: me han puesto de verdad a
la izquierda, todos lo han visto, que vaya el Blockaltester a
consultar las fichas: tiene derecho a ración doble. Cuando la ha
conseguido, se va tan tranquilo a la litera y empieza a comérsela.
Ahora
todos están raspando atentamente con la cuchara el fondo de la
escudilla para sacar las últimas pizcas de potaje, y se forma un
trasteo sonoro que quiere decir que la jornada ha terminado. Poco a
poco, prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en
el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta,
con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da
gracias a Dios porque no ha sido elegido.
Kuhn
es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego
que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y
está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin
pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No
comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna
oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los
culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá
remediar ya nunca?
Si
yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.
Si esto es un hombre, 1947.

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