Mostrando entradas con la etiqueta Khalil Gibrán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Khalil Gibrán. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de julio de 2026

Tus hijos no son tus hijos. Khalil Gibran.

Tus hijos no son tus hijos

son hijos e hijas de la vida

deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino través de ti.

Puedes darles tu amor,

pero no tus pensamientos, pues,

ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,

pero no sus almas, porque ellas,

viven en la casa del mañana,

que no puedes visitar

ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerlos semejantes a ti

porque la vida no retrocede,

ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos

como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación

en tu mano de arquero

sea para la felicidad.

 

domingo, 29 de marzo de 2020

La senda. Khalil Gibrán.

Una mujer y su hijo vivían entre las colinas; este era su primer y único hijo.
El niño murió de una fiebre mientras el médico lo vigilaba.
La madre, destruida por la tristeza, gritó al médico:
-Dime, dime, ¿qué es lo que hizo aquietar su fortaleza y silenciar su canción?
Y el médico respondió:
-Fue la fiebre.
Y la madre dijo:
-¿Qué es la fiebre?
Y también el médico respondió:
-No puedo explicártelo. Es algo infinitamente pequeño que visita el cuerpo y que no podemos ver con nuestros ojos humanos.
Luego el médico se fue y ella continuó repitiendo para sí:
-Algo infinitamente pequeño que no podemos ver con nuestros ojos humanos.
Por la tarde el sacerdote llegó para consolarla. Y ella lloró y gritó diciendo:
-¡Oh! ¿Por qué he perdido a mi hijo, mi único hijo, mi primer hijo?
Y el sacerdote respondió:
-Hija mía, es la voluntad de Dios.
-¿Qué es Dios y dónde está Dios? -preguntó entonces la mujer-. Quiero ver a Dios y rasgarme el pecho delante de Él y hacerme brotar sangre de mi corazón a sus pies. Dime dónde encontrarlo.
-Dios es infinitamente grande -contestó el sacerdote-. No puede ser visto con nuestros ojos humanos.
-¡Lo infinitamente pequeño asesinó a mi hijo por voluntad de lo infinitamente grande! -gritó la mujer-. Dime, ¿qué somos nosotros?
En ese momento entró la madre de la mujer con el sudario para el niño muerto, y oyó las palabras del sacerdote y el llanto de su hija. Depositó el sudario y tomó entre sus manos la mano de su hija y le dijo:
-Hija mía, nosotros mismos somos lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande, y somos la senda entre ambos.

El vagabundo, 1976.