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viernes, 15 de septiembre de 2017

Alarma aérea. Ernesto Santana.

Amaneció hace una hora y aún no he podido dormir porque la sirena, que empezó a sonar desde ayer por la tarde, no se ha callado ni un momento.
—¿De qué sirena hablas? —me preguntas mirándome con tu aburrida suspicacia— Llovió un poco, eso sí.
—¡Claro que llovió! —exclamo yo soltando el aire igual que un buzo al regresar a la superficie, y añado, aunque sé que no servirá de mucho—: Y ahora sigue lloviznando. Pero yo te hablo de esa sirena que no ha parado en toda la noche.
—Habrá sido una pesadilla —y pones esa mezquina sonrisa a medias que los que se consideran cuerdos usan con los locos familiares—. O quién sabe si todavía no te has despertado.
—Cállate un momento, por favor. Escucha bien. ¿No la oyes?
—Claro que la oigo —te encoges de hombros y extiendes tu mano como si fueras a ponerla sobre mi cabeza—. ¡Si ahora mismo ha empezado a sonar!
Aunque ya no te digo nada más, de todas maneras busco en tus ojos una chispa de esa demencia que te hace comenzar a oír la tortura de la maldita sirena justamente cuando se ha callado.

 

sábado, 12 de noviembre de 2016

Nudos en el pañuelo. Ernesto Santana.

Me dijeron que así no olvidaría. Viendo el nudo, recordaría enseguida lo que no debía olvidar. Hoy, mi único pañuelo es un nudo de nudos que nada significa. Como otras veces, empiezo por deshacer el nudo, y entonces es como si resultara al fin aquello por lo cual hice esa marca. Cuando el pañuelo queda libre de nudos, estrujado pero leve, lo contemplo un rato sobre mi mano con cierta inquietud, como si fuera un ave rara que sabe algo que yo no sé, pero que nunca podrá decírmelo.