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martes, 21 de diciembre de 2021

Náufragos con pies de piedra. Agustín Martínez Valderrama.

 A Edward John Smith, capitán del Titanic.


¿El mar o la mar? Los marineros y los poetas suelen decir la mar. Yo no soy marinero, ni poeta, pero siempre digo la mar. Dicen que en Southampton también hay mar. Y marineros. Y poetas. Pero allí se dice the sea. Sólo the sea. The sea a secas. Será la costumbre. Lo que no varía es la cadencia. La cadencia con la que la mar se traga a los náufragos con pies de piedra. Aquí y en Southampton. Aunque allí se empeñen en decir todo el rato the sea. Sólo the sea. The sea a secas. Pero eso ya se dijo antes. Mucho antes. Casi al principio. También que en Southampton hay mar. Y marineros. Y poetas. Lo que no se dijo es que apenas hay árboles. Será para que no se cuelguen los poetas.

Sentido sin alguno, 2012.

martes, 4 de julio de 2017

Avistamiento. Agustín Martínez Valderrama.

El otro día aterrizó un platillo volante en el jardín de mi casa. Fue algo insólito. Hasta entonces nunca habíamos tenido jardín. Ni casa.


Blog: Previsiones meteorológicas de un cangrejo, 2010. Agustín Martínez Valderrama.

jueves, 7 de abril de 2016

El hombre elefante. Agustín Martínez Valderrama.

Me corté una oreja y salí de casa. En el ascensor coincidí con mi vecino y me preguntó qué había ocurrido. Le dije que fue un accidente, esquiando. El tipo del quiosco también se fijó. A él le expliqué lo del atraco a punta de navaja. Luego, en la cafetería, el camarero insistió. Se me cayó, respondí sin más. Al llegar a la oficina confesé que sufría un tumor maligno. Funcionó. Hasta ella dijo que lo sentía y me besó en la mejilla. Tenía una voz bonita, olía bien y era más guapa aún de cerca. Unos días después todo volvió a ser como antes. Ayer me corté la otra.

jueves, 11 de febrero de 2016

Carne rebozada. Agustín Martínez Valderrama.

La cena se enfriaba en la mesa y nuestro vecino seguía igual. Desnudo, subido en una silla y con una soga al cuello. A veces, bajaba y deambulaba cabizbajo por la habitación. De aquí para allá. De allá para aquí. Luego volvía a subirse, se anudaba la cuerda y colocaba los pies en el filo. Así llevaba toda la tarde. Nosotros, desde la ventana, lo observábamos expectantes. Papá decía que sí. Mamá decía que no. Pero el hombre, que si sí, que si no, no se decidía nunca. Al final, corrimos las cortinas y nos sentamos a la mesa. La carne rebozada fría no vale nada.

domingo, 10 de enero de 2016

Estética. Agustín Martínez Valderrama.

Existe cierto dilema entre arrojar a un niño o a un viejo desde un séptimo piso. Dejando a un lado meras consideraciones éticas (que si uno tiene toda la vida por delante, que si otro por detrás…) la duda reside en la estética del vuelo. El niño, por naturaleza, se precipitará con gracia, cierta ingenuidad y hasta incluso alegría, ejecutando durante la vertical multitud de figuras y acrobacias de indescriptible belleza. Asimismo, el viejo, prescindiendo de florituras, realizará un ejercicio impecable, sobrio: un clavado sin tirabuzón. Sin duda, ambos recibirán los vítores de más estrépito, las puntuaciones más altas. Todo lo contrario —aquí no hay dilema alguno— que el individuo de mediana edad. Y su caer triste, atolondrado, de aspavientos y hormigas muertas.