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martes, 5 de marzo de 2024

El funambulista. Pedro Ugarte.

Me gustaría dar un paso adelante, o un paso atrás. Pero es horrible sentir esa leve vibración bajo mis pies y saber que un pequeño descuido me haría caer al suelo.
Y, además, toda esa gente, allá abajo, mirándome. Es horrible.
Cómo avanzar, cómo retroceder. El jefe de pista gesticula. Estará diciendo las mentiras de siempre a su querido público. Hablará de mi valor, el muy estúpido. Explicará que he sido yo mismo el que pidió que quitaran la red, el que despreció la barra de equilibrio, el que siempre quiso caminar por el cable “desafiando -dirá- a la muerte”.
Pero yo quise la red, y quise la barra, o acaso en realidad quise siempre quedarme en el suelo, esa amplia superficie plana donde posar el pie no es un espectáculo ni un oportunidad para la muerte. Acaso yo nunca quise ser funambulista. Pero es lo que al público le gusta, decía el director, es preciso hacer lo que al público le gusta.
Yo creo que he entendido lo que quieren, lo que esperan de mí. No debo fallar. Debo hacerlo bien, y hacerlo bien será vacilar dentro de poco, caer a la pista enarenada, para que todos puedan reconfortarse contemplando un feroz estallido de miembros y de sangre.


sábado, 27 de enero de 2024

Parábola de los buscadores de diamantes. Pedro Ugarte.

El dios convocó a los buscadores. A cada uno de ellos le asignó un diamante diminuto, un mínimo diamante del tamaño de un grano de arena. Antes, el dios había esparcido esos diamantes en parajes infinitos.
Un buscador tenía que encontrar el suyo en los limos del fondo de un riachuelo; otro, en la extensión de una larga playa. Un tercero supo que su diamante estaba oculto en los vastos arenales de un desierto. Para todos ellos la labor era la misma: algo que nunca podrían alcanzar, algo absolutamente imposible.
Pero el buscador del riachuelo se dio cuenta de que tenía cierta ventaja sobre los demás y durante años revolvió, aunque sin éxito, los barros donde se escondía su diamante. El buscador de la playa, más desanimado por la extensión que debía registrar, se contentó con vagar entre las dunas, y sólo a veces movía distraídamente con el pie la arena, en espera de ese golpe de fortuna que nunca se produjo.
El buscador del desierto, en fin, se sintió abrumado. Estaba igualmente condenado a la derrota, pero de forma más desoladora que los otros. Reflexionó durante tres días, buscó la sombra de una palmera y se sentó a escribir la parábola de los buscadores de diamantes.


jueves, 19 de abril de 2018

La memoria del mundo. Pedro Ugarte.

Después de la Gran Detonación llegaron las plagas, las guerras y el hambre. En unos pocos meses millones de seres humanos desaparecieron y sólo con el tiempo pequeñas partidas de supervivientes lograron vencer el miedo y la desconfianza, llegar a acuerdos e iniciar la tarea titánica de levantar de nuevo la civilización.
Aún no somos más de mil personas, pero ya ha pasado lo peor. Así lo demuestra que la mitad de la colonia esté compuesta por jóvenes y niños, nacidos después de la explosión. En ellos depositamos la esperanza de un mundo mejor. Entre nosotros, los mayores, se reparten las tareas y reconquistamos poco a poco parcelas de bienestar. Hay ingenieros que construyen generadores, pequeños talleres de metalurgia. Tienen los conocimientos, pero aún hacen falta herramientas y materias primas. Con el tiempo, construyen ingenios que recuerdan vagamente antiguas comodidades. Hay una precaria instalación de electricidad, bombas para extraer el agua. Uno de sus últimos éxitos ha sido construir departamentos estancos que con el tiempo podrían cumplir la función de conservar alimentos con el frío. También hay médicos, juristas y contables. Atienden a los más débiles, organizan los almacenes, distribuyen los recursos. Minuciosos artesanos comienzan a elaborar toda clase de instrumentos y algún viejo agricultor ordena seleccionar semillas y extender las plantaciones. La colonia, a pesar de las penalidades del principio, por fin no pasa hambre.
Por las noches, rodeando enormes hogueras, hablamos de los viejos tiempos y recordamos con nostalgia las delicias del antiguo bienestar. Un hombre anciano y justo ha sido elegido como jefe. En una emulación de la antigua democracia, hemos acordado que cada cuatro años su puesta deba someterse a elección. Alguien que trabajó como abogado está redactando ahora lo que se convertirá en nuestra ley principal.
- Pero aún hace falta otra cosa –dijo una noche el jefe. Y al hacerlo me miró-: Debemos recuperar la memoria.
- ¿La memoria? –repetí, sintiéndome elegido.
- La memoria del mundo.
En pocos días, el jefe y su consejo definieron el proyecto. Cierto, la raza humana había conseguido sobrevivir, pero era necesario que también sobrevivieran su historia y su cultura. Si queríamos reinstaurar la civilización, debíamos conservar memoria del pasado, el enorme patrimonio que el ser humano había aquilatado a lo largo de los siglos. También había que dejar constancia de los errores, para que no volvieran a repetirse. El anciano sabía que, antes del holocausto, yo era aficionado a los libros y que había escrito algunas cosas.
- Esa será tu labor –me dijo, ante el fuego de la hoguera y poniendo a toda la comunidad por testigo-: recuperar la memoria del mundo. Has leído muchos libros. Eres lo suficientemente viejo como para recordar las cosas del pasado, y lo suficientemente joven como para tener tiempo de escribirlo.
Aturdido, comprendí cuál iba a ser mi misión. A partir de entonces abandonaría los campos de cereal y me quedaría en la aldea, con los ancianos y los niños. Me proveyeron de plumas, de un líquido entintado y del rudimentario papel que habíamos empezado a elaborar.
- A partir de ahora escribe –dijo el anciano- Escribe todo lo que recuerdes.
Hombres y mujeres salían a cazar, a cultivar o a construir nuevos artefactos. Las personas más ancianas cuidaban de los niños y les daban enseñanza. Pero a mí se me asignó una labor vasta e imposible: debía recordarlo todo. Debía escribir sobre las antiguas libertades, recordar la historia de los pueblos y con él las acciones heroicas y el horror de los tiranos. Comprendí la envergadura de la tarea y sentí vértigo. Cierto, yo había leído mucho, antes del holocausto, cuando aún existían libros. Pero cuántos poemas podría recordar. Qué despojos del latín o del griego podría rescatar del olvido. Qué podría escribir sobre filosofía china o sobre la conquista de América. Los persas. Los vikingos. Los etíopes. Cómo lograr que no se disolvieran para siempre cosas de las que no sabía nada: la literatura húngara, la civilización de los mayas. Los títulos de las novelas, ¿tenía sentido recordarlos? ¿Tenía sentido resumir en un papel la trama de una obra de teatro, el azar de un argumento, el nombre de un solo personaje que pudiera salvar del olvido? Y la música: tararear melodías, transcribirlas. Qué pálido reflejo de Mozart podía rescatar mi garganta. Tenía que salvar a Don Quijote, al capitán Akab, al rey Lear y a la duquesa de Guermantes. Y tenía que salvar a Kublai Khan, a Alejandro Magno, a Jesús de Nazaret y a Thomas Jefferson.
Cada mañana veía partir a los agricultores, los ingenieros, los maestros. Yo me quedaba en la choza, persuadido de que mi misión era inagotable e imprecisa, y que moriría con la amargura de saberla incompleta. La noche antes de empezar, lloré en mi lecho, sabiendo que aquella tarea, innecesaria para la supervivencia de nuestro pueblo, era de algún modo mucho más importante. Pero, por mucho que escribiera, apenas lograría rescatar una porción insignificante de la vasta memoria del planeta.
Y una luminosa mañana, mientras oía las alegres voces de los niños que se dirigían a la escuela, di la espalda al mundo, me senté a la mesa que habían traído el día anterior los carpinteros, mojé en tinta la pluma y comencé a escribir.