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miércoles, 15 de julio de 2026

La estatua inesperada. Ramón Gómez de la Serna.

No se supo nunca por qué había brotado aquella estatua en el jardín.
El caso fue que una mañana se encontraron con ella, quieta en el gesto hipócrita de las estatuas, sobre un pedestal de haber estado allí toda la vida.
Se hicieron indagaciones, se preguntó en diez leguas a la redonda. Nadie sabía nada.
Sólo el que todo lo explica de alguna manera opinó que aquel debía ser un fantasma, que había vuelto la cabeza o había hecho algo prohibido por la ley y se había quedado convertido en estatua de piedra.


lunes, 17 de enero de 2022

El plante de los girasoles. Ramón Gómez de la Serna.

Como una mulatería empecinada los girasoles comenzaron a gritar su rebelión. Sostenían con su cara de soles negros que no podían ser explotados.
Sus cabezas fanáticas e insoladas decían que no querían ser cosechados, que querían seguir tomando el sol, sin hacer nada, sin prestar sus semillitas ni al hombre ni a sus industrias.
Hubo que emplear las ametralladoras y cayeron desparramados y desgranados sus granujientos y carillenos rostros.
Así se ensemillaron de tal modo los campos de la refriega que la nueva cosecha resultó centuplicada, magnífica.


jueves, 28 de noviembre de 2019

La tienda de las manzanas preciosas. Ramón Gómez de la Serna.

Los vendedores de fruta tienen a veces barbas de filósofo. Son como vegetarianos pedagógicos que se dedican a sembrar la salud en medio de la vida. Tienen algo también de boticarios frescos, naturales, espontanistas.
Aquel de la barba roja como hecha con pelos de panocha, inventó el medio más seguro de vender, pues además de titular a su frutería El Paraíso, expuso las manzanas más ruborosas de los pomares, las que son como mozas que se miran el delantal, y colocó sobre ellas un letrero en que anunciaba:


MANZANAS DEL ÁRBOL PROHIBIDO


Importación directa del Éufrates


Todos los hombres mojigatos y las mujeres timoratas formaron cola a la entrada de la frutería, encintando las calles como serpiente de cola sin fin.

Disparates y otros caprichos, 2005
 

sábado, 5 de mayo de 2018

Cuando nos ahogó una cortina. Ramón Gómez de la Serna.

Alguna vez hemos estado como fuera de la vida, en el espacio laberíntico entre la vida y la muerte, y fue cuando nos envolvió una cortina o bien se nos desprendió encima o porque no supimos encontrar la salida entre sus grandes pliegues.
Envueltos en la cortina y rizados en su rizo nos perdimos en un interregno entre ópera y baile de máscaras, entre negro y blanco, sin saber qué podía ser de nosotros, en manos del verdugo de terciopelo.

 

jueves, 29 de marzo de 2018

La mano. Ramón Gómez de la Serna.

El doctor Alejo murió asesinado. Indudablemente murió estrangulado.
Nadie había entrado en la casa, indudablemente nadie, y aunque el doctor dormía, por higiene, con el balcón abierto, era tan alto su piso que no era de suponer que por allí hubiese entrado el asesino.
La policía no encontraba la pista de aquel crimen, y ya iba a abandonar el asunto, cuando la esposa y la criada del muerto acudieron despavoridas a la Jefatura. Saltando de lo alto de un armario había caído sobre la mesa, las había mirado, las había visto, y después había huido por la habitación, una mano solitaria y viva como una araña. Allí la habían dejado encerrada con llave en el cuarto.
Llena de terror, acudió la policía y el juez. Era su deber. Trabajo les costó cazar la mano, pero la cazaron y todos le agarraron un dedo, porque era vigorosa corno si en ella radicase junta toda la fuerza de un hombre fuerte.
¿Qué hacer con ella? ¿Qué luz iba a arrojar sobre el suceso? ¿Cómo sentenciarla? ¿De quién era aquella mano?
Después de una larga pausa, al juez se le ocurrió darle la pluma para que declarase por escrito. La mano entonces escribió: «Soy la mano de Ramiro Ruiz, asesinado vilmente por el doctor en el hospital y destrozado con ensañamiento en la sala de disección. He hecho justicia».

Caprichos. Ramón Gómez de la Serna, 1925.
 

sábado, 17 de diciembre de 2016

Yo vi matar a aquella mujer. Ramón Gómez de la Serna.

En la habitación iluminada de aquel piso vi matar a aquella mujer. El que la mató, le dio veinte puñaladas, que la dejaron convertida en un palillero. Yo grité. Vinieron los guardias. Mandaron abrir la puerta en nombre de la ley, y nos abrió el mismo asesino, al que señalé a los guardias diciendo: 
—Este ha sido. 
Los guardias lo esposaron y entramos en la sala del crimen. La sala estaba vacía, sin una mancha de sangre siquiera. En la casa no había rastro de nada, y además no había tenido tiempo de ninguna ocultación esmerada. 
Ya me iba, cuando miré por último a la habitación del crimen, y vi que en el pavimento del espejo del armario de luna estaba la muerta, tirada como en la fotografía de todos los sucesos, enseñando las ligas de recién casada con la muerte… 
—Vean ustedes —dije a los guardias—. Vean ... El asesino la ha tirado al espejo, al trasmundo.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Ese soy yo. Ramón Gómez de la Serna.

Cuando vi sacar aquel cadáver del agua, grité:

-Ése soy yo… Yo.

Todos me miraron asombrados, pero yo continué: “Ése soy yo… Ése es mi reloj de pulsera con un brazalete extensible… Soy yo”.

-¡Soy yo!… ¡Soy yo! -les gritaba y no me hacían caso, porque no comprendían cómo yo podía ser el que había traído el río ahogado aquella mañana.


jueves, 1 de septiembre de 2016

viernes, 14 de febrero de 2014

El fanático de Dios. Ramón Gómez de la Serna. Microrrelato.

Leía todas las oraciones de todas las biblias, de todos los libros sagrados, rezaba a todos los dioses y era zoólatra, idólatra, politeísta y monoteísta… Todo el día lo dedicaba a todos los cultos.
Y murió, y al entrar en el reino de las sombras se encontró con un Dios que no estaba citado en ninguna de sus teogonías, un Dios extraño y callado que le cogió y le amasó en la masa común, otra vez en el barro común.
 
El fanático de Dios, de Ramón Gómez de la Serna, en Disparates y otros caprichos, 2005.