jueves, 2 de julio de 2026

Patrón. Abelardo Castillo.

La vieja Tomasina, la partera se lo dijo, tas preñada, le dijo, y ella sintió un miedo oscuro y pegajoso: llevar una criatura adentro como un bicho enrollado, un hijo, que a lo mejor un día iba a tener los mismos ojos duros, la misma piel áspera del viejo. Estás segura, Tomasina, preguntó, pero no preguntó: asintió. Porque ya lo sabía; siempre supo que el viejo iba a salirse con la suya. Pero m'hija, había dicho la mujer, llevo anunciando más partos que potros tiene tu marido. La miraba. Va a estar contento Anteno, agregó. Y Paula dijo sí, claro. Y aunque ya no se acordaba, una tarde, hacía cuatro años, también había dicho:
Sí, claro.
Esa tarde quería decir que aceptaba ser la mujer de don Antenor Domínguez, el dueño de La Cabriada: el amo.
Mire que no es obligación. —La abuela de Paula tenía los ojos bajos y se veía de lejos que sí, que era obligación. —Ahora que usté sabe cómo ha sido siempre don Anteno con una, lo bien que se portó de que nos falta su padre. Eso no quita que haga su voluntad.
Sin querer, las palabras fueron ambiguas; pero nadie dudaba de que, en toda La Cabriada, su voluntad quería decir siempre lo mismo. Y ahora quería decir que Paula, la hija de un puestero de la estancia vieja —muerto, achicharrado en los corrales por salvar la novillada cuando el incendio aquel del 30— podía ser la mujer del hombre más rico del partido, porque, un rato antes, él había entrado al rancho y había dicho:
Quiero casarme con su nieta —Paula estaba afuera, dándoles de comer a las gallinas; el viejo había pasado sin mirarla. —Se me ha dado por tener un hijo, sabés. —Señaló afuera, el campo, y su ademán pasó por encima de Paula que estaba en el patio, como si el ademán la incluyera, de hecho, en las palabras que iba a pronunciar después. —Mucho para que se lo quede el gobierno, y muy mío. ¿Cuántos años tiene la muchacha?
Diecisiete, o dieciséis —la abuela no sabía muy bien; tampoco sabía muy bien cómo hacer para disimular el asombro, la alegría, las ganas de regalar, de vender a la nieta. Se secó las manos en el delantal.
Él dijo:
Qué me miras. ¿Te parece chica? En los bailes se arquea para adelante, bien pegada a los peones. No es chica. Y en la casa grande va a estar mejor que acá. Qué me contestas.
Y yo no sé, don Anteno. Por mí no hay… —y no alcanzó a decir que no había inconveniente porque no le salió la palabra. Y entonces todo estaba decidido. Cinco minutos después él salió del rancho, pasó junto a Paula y dijo «vaya, que la vieja quiere hablarla». Ella entró y dijo:
Sí, claro.
Y unos meses después el cura los casó. Hubo malicia en los ojos esa noche, en el patio de la estancia vieja. Vino y asado y malicia. Paula no quería escuchar las palabras que anticipaban el miedo y el dolor.
Un alambre parece el viejo.
Duro, retorcido como un alambre, bailando esa noche, demostrando que de viejo sólo tenía la edad, zapateando un malambo hasta que el peón dijo está bueno, patrón, y él se rió, sudado, brillándole la piel curtida. Oliendo a padrillo.
Solos los dos, en sulky la llevó a la casa. Casi tres leguas, solos, con todo el cielo arriba y sus estrellas y el silencio. De golpe, al subir una loma, como un aparecido se les vino encima, torva, la silueta del Cerro Negro. Dijo Antenor:
Cerro Patrón.
Y fue todo lo que dijo.
Después, al pasar el último puesto, Tomás, el cuidador, lo saludó con el farol desde lejos. Cuando llegaron a la casa, Paula no vio más que a una mujer y los perros. Los perros que se abalanzaban y se frenaron en seco sobre los cuartos, porque Antenor los enmudeció, los paró de un grito. Paula adivinó que esa mujer, nadie más, vivía ahí dentro. Por una oscura asociación supo también que era ella quien cocinaba para el viejo: el viejo le había preguntado «comieron», y señaló los perros.
Ahora, desde la ventana alta del caserón se ven los pinos, y los perros duermen. Largos los pinos, lejos.
Todo lo que quiero es mujer en la casa, y un hijo, un macho en el campo —Antenor señaló afuera, a lo hondo de la noche agujereada de grillos; en algún sitio se oyó un relincho —. Vení, arrímate.
Ella se acercó.
Mande —le dijo.
Todo va a ser para él, entendés. Y también para vos. Pero anda sabiendo que acá se hace lo que yo digo, que por algo me he ganao el derecho a disponer. —Y señalaba el campo, afuera, hasta mucho más allá del monte de eucaliptos, detrás de los pinos, hasta pasar el cerro, abarcando aguadas y caballos y vacas. Le tocó la cintura, y ella se puso rígida debajo del vestido. —Veintiocho años tenía cuando me lo gané —la miró, como quien se mete dentro de los ojos—, ya hace arriba de treinta.
Paula aguantó la mirada. Lejos, volvió a escucharse el relincho. El dijo:
Vení a la cama.


II


No la consultó. La tomó, del mismo modo que se corta una fruta del árbol crecido en el patio. Estaba ahí, dentro de los límites de sus tierras, a este lado de los postes y el alambrado de púas. Una noche —se decía—, muchos años antes, Antenor Domínguez subió a caballo y galopó hasta el amanecer. Ni un minuto más. Porque el trato era «hasta que amanezca», y él estaba acostumbrado a estas cláusulas viriles, arbitrarias, que se rubricaban con un apretón de manos o a veces ni siquiera con eso.
De acá hasta donde llegues —y el caudillo, mirando al hombre joven estiró la mano, y la mano, que era grande y dadivosa, quedó como perdida entre los dedos del otro—. Clavas la estaca y te volvés. Lo alambras y es tuyo.
Nadie sabía muy bien qué clase de favor se estaba cobrando Antenor Domínguez aquella noche; algunos, los más suspicaces, aseguraban que el hombre caído junto al mostrador del Rozas tenía algo que ver con ese trato: toda la tierra que se abarca en una noche de a caballo. Y él salió, sin apuro, sin ser tan zonzo como para reventar el animal a las diez cuadras. Y cuando clavó la estaca empezó a ser don Antenor. Y a los quince años era él quien podía, si cuadraba, regalarle a un hombre todo el campo que se animara a cabalgar en una noche. Claro que nunca lo hizo. Y ahora habían pasado treinta años y estaba acostumbrado a entender suyo todo lo que había de este lado de los postes y el alambre. Por eso no la consultó. La cortó.
Ella lo estaba mirando. Pareció que iba a decir algo, pero no habló. Nadie, viéndola, hubiera comprendido bien este silencio: la muchacha era una mujer grande, ancha y poderosa como un animal, una bestia bella y chucara a la que se le adivinaba la violencia debajo de la piel. El viejo, en cambio, flaco, áspero como una rama.
Contesta, che. ¡Contesta, te digo! —se le acercó. Paula sentía ahora su aliento junto a la cara, su olor a venir del campo. Ella dijo:
No, don Anteno.
¿Y entonces? ¿Me querés decir, entonces…?
Obedecer es fácil, pero un hijo no viene por más obediente que sea una, por más que aguante el olor del hombre corriéndole por el cuerpo, su aliento, como si entrase también, por más que se quede quieta boca arriba. Un año y medio boca arriba, viejo macho de sementera. Un año y medio sintiéndose la sangre tumultuosa galopándole el cuerpo, queriendo salírsele del cuerpo, saliendo y encontrando sólo la dureza despiadada del viejo. Sólo una vez lo vio distinto; le pareció distinto. Ella cruzaba los potreros, buscándolo, y un peón asomó detrás de una parva; Paula había sentido la mirada caliente recorriéndole la curva de la espalda, como en los bailes, antes. Entonces oyó un crujido, un golpe seco, y se dio vuelta. Antenor estaba ahí, con el talero en la mano, y el peón abría la boca como en una arcada, abajo, junto a los pies del viejo. Fue esa sola vez. Se sintió mujer disputada, mujer nomás. Y no le importó que el viejo dijera yo te voy a dar mirarme la mujer, pión rotoso, ni que dijera:
Y vos, qué buscas. Ya te dije dónde quiero que estés.
En la casa, claro. Y lo decía mientras un hombre, todavía en el suelo, abría y cerraba la boca en silencio, mientras otros hombres empezaron a rodear al viejo ambiguamente, lo empezaron a rodear con una expresión menos parecida al respeto que a la amenaza. El viejo no los miraba:
Qué buscas.
La abuela —dijo ella—. Me avisan que está mala —y repentinamente se sintió sola, únicamente protegida por el hombre del talero; el hombre rodeado de peones agresivos, ambiguos, que ahora, al escuchar a la muchacha, se quedaron quietos. Y ella comprendió que, sin proponérselo, estaba defendiendo al viejo.
Qué miran ustedes —la voz de Antenor, súbita. El viejo sabía siempre cuál era el momento de clavar una estaca. Los miró y ellos agacharon la cabeza. El capataz venía del lado de las cabañas, gritando alguna cosa. El viejo miró a Paula, y de nuevo al peón que ahora se levantaba, encogido como un perro apaleado—. Si andas alzado, en cuanto me dé un hijo te la regalo.


III


A los dos años empezó a mirarla con rencor. Mirada de estafado, eso era. Antes había sido impaciencia, apuro de viejo por tener un hijo y asombro de no tenerlo: los ojos inquisidores del viejo y ella que bajaba la cabeza con un poco de vergüenza. Después fue la ironía. O algo más bárbaro, pero que se emparentaba de algún modo con la ironía y hacía que la muchacha se quedara con la vista fija en el plato, durante la cena o el almuerzo. Después, aquel insulto en los potreros, como un golpe a mano abierta, prefigurando la mano pesada y ancha y real que alguna vez va a estallarle en la cara, porque Paula siempre supo que el viejo iba a terminar golpeando. Lo supo la misma noche que murió la abuela.
O cuarenta y tantos, es lo mismo.
Alguien lo había dicho en el velorio: cuarenta y tantos. Los años de diferencia, querían decir. Paula miró de reojo a Antenor, y él, más allá, hablando de unos cueros, adivinó la mirada y entendió lo que todos pensaban: que la diferencia era grande. Y quién sabe entonces si la culpa no era de él, del viejo.
Volvemos a la casa —dijo de golpe.
Ésa fue la primera noche que Paula le sintió olor a caña. Después —hasta la tarde aquella, cuando un toro se vino resoplando por el andarivel y hubo gritos y sangre por el aire y el viejo se quedó quieto como un trapo— pasó un año, y Antenor tenía siempre olor a caña. Un olor penetrante, que parecía querer meterse en las venas de Paula, entrar junto con el viejo. Al final del tercer año, quedó encinta. Debió de haber sido durante una de esas noches furibundas en que el viejo, brutalmente, la tumbaba sobre la cama, como a un animal maneado, poseyéndola con rencor, con desesperación. Ella supo que estaba encinta y tuvo miedo. De pronto sintió ganas de llorar; no sabía por qué, si porque el viejo se había salido con la suya o por la mano brutal, pesada, que se abría ahora: ancha mano de castrar y marcar, estallándole, por fin, en la cara.
¡Contesta! Contéstame, yegua.
El bofetón la sentó en la cama; pero no lloró. Se quedó ahí, odiando al hombre con los ojos muy abiertos. La cara le ardía.
No —dijo mirándolo—. Ha de ser un retraso, nomás. Como siempre.
Yo te voy a dar retraso —Antenor repetía las palabras, las mordía—. Yo te voy a dar retraso. Mañana mismo le digo al Fabio que te lleve al pueblo, a casa de la Tomasina. Te voy a dar retraso.
La había espiado seguramente. Había llevado cuenta de los días; quizá desde la primera noche, mes a mes, durante los tres años que llevó cuenta de los días.
Mañana te levantas cuando aclare. Acostate ahora.
Una ternera boca arriba, al día siguiente, en el campo. Paula la vio desde el sulky, cuando pasaba hacia el pueblo con el viejo Fabio. Olor a carne quemada y una gran «A», incandescente, chamuscándole el flanco: Paula se reconoció en los ojos de la ternera.
Al volver del pueblo, Antenor todavía estaba ahí, entre los peones. Un torito mugía, tumbado a los pies del hombre; nadie como el viejo para voltear un animal y descornarlo o caparlo de un tajo. Antenor la llamó, y ella hubiera querido que no la llamase: hubiera querido seguir hasta la casa, encerrarse allá. Pero el viejo la llamó y ella ahora estaba parada junto a él.
Ceba mate. —Algo como una tijera enorme, o como una tenaza, se ajustó en el nacimiento de los cuernos del torito. Paula frunció la cara. Se oyeron un crujido y un mugido largo, y del hueso brotó, repentino, un chorro colorado y caliente. —Qué fruncís la jeta, vos.
Ella le alcanzó el mate. Preñada, había dicho la Tomasina. Él pareció adivinarlo. Paula estaba agarrando el mate que él le devolvía, quiso evitar sus ojos, darse vuelta.
Che —dijo el viejo.
Mande —dijo Paula.
Estaba mirándolo otra vez, mirándole las manos anchas, llenas de sangre pegajosa: recordó el bofetón de la noche anterior. Por el andarivel traían un toro grande, un pinto, que bufaba y hacía retemblar las maderas. La voz de Antenor, mientras sus manos desanudaban unas correas, hizo la pregunta que Paula estaba temiendo. La hizo en el mismo momento que Paula gritó, que todos gritaron.
¿Qué te dijo la Tomasina? —preguntó.
Y todos, repentinamente, gritaron. Los ojos de Antenor se habían achicado al mirarla, pero de inmediato volvieron a abrirse, enormes, y mientras todos gritaban, el cuerpo del viejo dio una vuelta en el aire, atropellado de atrás por el toro. Hubo un revuelo de hombres y animales y el resbalón de las pezuñas sobre la tierra. En mitad de los gritos, Paula seguía parada con el mate en la mano, mirando absurdamente el cuerpo como un trapo del viejo. Había quedado sobre el alambrado de púas, como un trapo puesto a secar.
Y todo fue tan rápido que, por encima del tumulto, los sobresaltó la voz autoritaria de don Antenor Domínguez.
¡Ayúdenme, carajo!


IV


Esta orden y aquella pregunta fueron las dos últimas cosas que articuló. Después estaba ahí, de espaldas sobre la cama, sudando, abriendo y cerrando la boca sin pronunciar palabra. Quebrado, partido como si le hubiesen descargado un hachazo en la columna, no perdió el sentido hasta mucho más tarde. Sólo entonces el médico aconsejó llevarlo al pueblo, a la clínica. Dijo que el viejo no volvería a moverse; tampoco, a hablar. Cuando Antenor estuvo en condiciones de comprender alguna cosa, Paula le anunció lo del chico.
Va a tener el chico —le anunció—. La Tomasina me lo ha dicho.
Un brillo como de triunfo alumbró ferozmente la mirada del viejo; se le achisparon los ojos y, de haber podido hablar, acaso hubiera dicho gracias por primera vez en su vida. Un tiempo después garabateó en un papel que quería volver a la casa grande. Esa misma tarde lo llevaron.
Nadie vino a verlo. El médico y el capataz de La Cabriada, el viejo Fabio, eran las dos únicas personas que Antenor veía. Salvo la mujer que ayudaba a Paula en la cocina —pero que jamás entró en el cuarto de Antenor, por orden de Paula—, nadie más andaba por la casa. El viejo Fabio llegaba al caer el sol. Llegaba y se quedaba quieto, sentado lejos de la cama sin saber qué hacer o qué decir. Paula, en silencio, cebaba mate entonces.
Y súbitamente, ella, Paula, se transfiguró. Se transfiguró cuando Antenor pidió que lo llevaran al cuarto alto; pero ya desde antes, su cara, hermosa y brutal, se había ido transformando. Hablaba poco, cada día menos. Su expresión se fue haciendo cada vez más dura —más sombría—, como la de quienes, en secreto, se han propuesto obstinadamente algo. Una noche, Antenor pareció ahogarse; Paula sospechó que el viejo podía morirse así, de golpe, y tuvo miedo. Sin embargo, ahí, entre las sábanas y a la luz de la lámpara, el rostro de Antenor Domínguez tenía algo desesperado, emperradamente vivo. No iba a morirse hasta que naciera el chico; los dos querían esto. Ella le vació una cucharada de remedio en los labios temblorosos. Antenor echó la cabeza hacia atrás. Los ojos, por un momento, se le habían quedado en blanco. La voz de Paula fue un grito:
¡Va a tener el chico, me oye! —Antenor levantó la cara; el remedio se volcaba sobre las mantas, desde las comisuras de una sonrisa. Dijo que sí con la cabeza.
Esa misma noche empezó todo. Entre ella y Fabio lo subieron al cuarto alto. Allí, don Antenor Domínguez, semicolgado de las correas atadas a un travesaño de fierro, que el doctor había hecho colocar sobre la cama, erguido a medias podía contemplar el campo. Su campo. Alguna vez volvió a garrapatear con lentitud unas letras torcidas, grandes, y Paula mandó llamar a unos hombres que, abriendo un boquete en la pared, extendieron la ventana hacia abajo y a lo ancho. El viejo volvió a sonreír entonces. Se pasaba horas con la mirada perdida, solo, en silencio, abriendo y cerrando la boca como si rezara —o como si repitiera empecinadamente un nombre, el suyo, gestándose otra vez en el vientre de Paula—, mirando su tierra, lejos hasta los altos pinos, más allá del Cerro Negro. Contra el cielo.
Una noche volvió a sacudirse en un ahogo. Paula dijo:
Va a tener el chico. El asintió otra vez con la cabeza.
Con el tiempo, este diálogo se hizo costumbre. Cada noche lo repetían.


V


El campo y el vientre hinchado de la mujer: las dos únicas cosas que veía. El médico, ahora, sólo lo visitaba si Paula —de tanto en tanto, y finalmente nunca— lo mandaba llamar, y el mismo Fabio, que una vez por semana ataba el sulky e iba a comprar al pueblo los encargos de la muchacha, acabó por olvidarse de subir al piso alto al caer la tarde. Salvo ella, nadie subía.
Cuando el vientre de Paula era una comba enorme, tirante bajo sus ropas, la mujer que ayudaba en la cocina no volvió más. Los ojos de Antenor, interrogantes, estaban mirando a Paula.
La eché —dijo Paula.
Después, al salir, cerró la puerta con llave (una llave grande, que Paula llevará siempre consigo, colgada a la cintura), y el viejo tuvo que acostumbrarse también a esto. El sonido de la llave girando en la antigua cerradura anunciaba la entrada de Paula —sus pasos, cada día más lerdos, más livianos, a medida que la fecha del parto se acercaba—, y por fin la mano que dejaba el plato, mano que Antenor no se atrevía a tocar. Hasta que la mirada del viejo también cambió. Tal vez, alguna noche, sus ojos se cruzaron con los de Paula, o tal vez, simplemente, miró su rostro. El silencio se le pobló entonces con una presencia extraña y amenazadora, que acaso se parecía un poco a la locura, sí, alguna noche, cuando ella venía con la lámpara, el viejo miró bien su cara: eso como un gesto estático, interminable, que parecía haberse ido fraguando en su cara o quizá sólo en su boca, como si la costumbre de andar callada, apretando los dientes, mordiendo algún quejido que le subía en puntadas desde la cintura, le hubiera petrificado la piel. O ni necesitó mirarla. Cuando oyó girar la llave y vio proyectarse larga la sombra de Paula sobre el piso, antes de que ella dijera lo que siempre decía, el viejo intuyó algo tremendo. Súbitamente, una sensación que nunca había experimentado antes. De pronto le perforó el cerebro, como una gota de ácido: el miedo. Un miedo solitario y poderoso, incomunicable. Quiso no escuchar, no ver la cara de ella, pero adivinó el gesto, la mirada, el rictus aquel de apretar los dientes. Ella dijo:
Va a tener el chico.
Antenor volvió la cara hacia la pared. Después, cada noche la volvía.


VI


Nació en invierno; era varón. Paula lo tuvo ahí mismo. No mandó llamar a la Tomasina: el día anterior le había dicho a Fabio que no iba a necesitar nada, ningún encargo del pueblo.
Ni hace falta que venga en la semana —y como Fabio se había quedado mirándole el vientre, dijo: —Mañana a más tardar ha de venir la Tomasina.
Después pareció reflexionar en algo que acababa de decir Fabio; él había preguntado por la mujer que ayudaba en la casa. No la he visto hoy, había dicho Fabio.
Ha de estar en el pueblo —dijo Paula. Y cuando Fabio ya montaba, agregó: —Si lo ve al Tomás, mándemelo. Luego vino Tomás y Paula dijo:
Podes irte nomás a ver tu chica. Fabio va a cuidar la casa esta semana.
Desde la ventana, arriba, Antenor pudo ver cómo Paula se quedaba sola junto al aljibe. Después ella se metió en la casa y el viejo no volvió a verla hasta el día siguiente, cuando le trajo el chico.
Antes, de cara contra la pared, quizá pudo escuchar algún quejido ahogado y, al acercarse la noche, un grito largo retumbando entre los cuartos vacíos; por fin, nítido, el llanto triunfante de una criatura. Entonces el viejo comenzó a reírse como un loco. De un súbito manotón se aferró a las correas de la cama y quedó sentado, riéndose. No se movió hasta mucho más tarde.
Cuando Paula entró en el cuarto, el viejo permanecía en la misma actitud, rígido y sentado. Ella lo traía vivo: Antenor pudo escuchar la respiración de su hijo. Paula se acercó. Desde lejos, con los brazos muy extendidos y el cuerpo echado hacia atrás, apartando la cara, ella, dejó al chico sobre las sábanas, junto al viejo, que ahora ya no se reía. Los ojos del hombre y de la mujer se encontraron luego. Fue un segundo: Paula se quedó allí, inmóvil, detenida ante los ojos imperativos de Antenor. Como si hubiera estado esperando aquello, el viejo soltó las correas y tendió el brazo libre hacia la mujer; con el otro se apoyó en la cama, por no aplastar al chico. Sus dedos alcanzaron a rozar la pollera de Paula, pero ella, como si también hubiese estado esperando el ademán, se echó hacia atrás con violencia. Retrocedió unos pasos; arrinconada en un ángulo del cuarto, al principio lo miró con miedo. Después, no. Antenor había quedado grotescamente caído hacia un costado: por no aplastar al chico estuvo a punto de rodar fuera de la cama. El chico comenzó a llorar. El viejo abrió la boca, buscó sentarse y no dio con la correa. Durante un segundo se quedó así, con la boca abierta en un grito inarticulado y feroz, una especie de estertor mudo e impotente, tan salvaje, sin embargo, que de haber podido gritarse habría conmovido la casa hasta los cimientos. Cuando salía del cuarto, Paula volvió la cabeza. Antenor estaba sentado nuevamente: con una mano se aferraba a la correa; con la otra, sostenía a la criatura. Delante de ellos se veía el campo, lejos, hasta el Cerro Patrón.
Al salir, Paula cerró la puerta con llave; después, antes de atar el sulky, la tiró al aljibe.


 Cuentos crueles, 1966.

miércoles, 1 de julio de 2026

Tus hijos no son tus hijos. Khalil Gibran.

Tus hijos no son tus hijos

son hijos e hijas de la vida

deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino través de ti.

Puedes darles tu amor,

pero no tus pensamientos, pues,

ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,

pero no sus almas, porque ellas,

viven en la casa del mañana,

que no puedes visitar

ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerlos semejantes a ti

porque la vida no retrocede,

ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos

como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación

en tu mano de arquero

sea para la felicidad.

 

domingo, 28 de junio de 2026

Obediencia. Fredric Brown.

En un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Fue construida con un metal precioso y es algo impresionante, de veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella…
Estaban en una patrulla de rutina en el Sector 1534, más allá de Sirio y a muchos parsecs de Sol. La nave era la consabida biplaza de reconocimiento utilizada para todas las patrullas fuera del sistema. El capitán May y el teniente Ross jugaban al ajedrez cuando sonó la alarma.
El capitán May dijo:
-Don, ajústala, mientras pienso esta jugada.
No apartó la mirada del tablero; sabía que solo podía tratarse de un meteoro pasajero. En ese sector no había naves. El hombre había penetrado mil parsecs en el espacio y aún no había encontrado una forma de vida extraña lo bastante inteligente para comunicarse, menos aún para construir naves espaciales.
Ross tampoco se levantó, sino que se volvió en la silla para mirar el tablero de instrumentos y la telepantalla. Levantó distraídamente la mirada y quedó boquiabierto: había una nave en la pantalla. Recuperó lo suficiente el aliento para gritar «¡Capitán!» y después el tablero de ajedrez cayó al suelo y May miró por encima de su hombro. Pudo oír la respiración de May y luego su voz que dijo:
-¡Fuego, Don!
-¡Pero si es un crucero clase Rochester! Uno de los nuestros. Ignoro qué hace aquí, pero no podemos…
-Vuelve a mirar.
Don Ross no podía volver a mirar porque no había dejado de hacerlo pero repentinamente vio a qué se refería May. Era casi un Rochester, pero no del todo. Tenía algo extraño. ¿Algo? Era extraño, se trataba de una imitación alienígena de un Rochester. Y sus manos corrieron hacia el botón de disparo casi antes de que todo el impacto de la situación lo alcanzara.
Con el dedo en el botón, observó los diales del telémetro Picar y del Monold. Marcaban cero.
Lanzó una maldición.
-Capitán, nos interfieren. ¡No podemos calcular a qué distancia está, su tamaño ni su masa!
El capitán May asintió lentamente, pálido.
En el interior de la cabeza de Don Ross, un pensamiento dijo:
-Serénense, hombres. No somos enemigos.
Ross se volvió y miró a May. Este dijo:
-Sí, lo he recibido. Telepatía.
Ross volvió a maldecir. Si fueran telépatas…
-Fuego, Don. Visual.
Ross oprimió el botón. La pantalla quedó cubierta por una llamarada de energía y cuando esta cesó, no había restos de nave espacial…


*


El almirante Sutherland dio la espalda al gráfico estelar colgado de la pared y los estudió agriamente desde debajo de sus pobladas cejas. Dijo:
-May, no me interesa refundir su informe. Ambos han estado sometidos al psicógrafo; hemos extraído de sus mentes hasta el último segundo del encuentro. Nuestros lógicos lo han analizado. Están aquí por razones disciplinarias. Capitán May, ¿conoce el castigo por desobediencia?
-Sí, señor -reconoció May tensamente.
-¿Cuál es?
-La muerte, señor.
-¿Y qué orden desobedeció?
-Orden General Trece-Noventa, Sección Doce. Prioridad Cuadrado-A. Toda nave terrestre, sea militar o de otro tipo, tiene la orden de destruir inmediatamente y al verla a cualquier nave extraña que encuentre. Si no lo hace, debe volar hacia el espacio extraterrestre, en una dirección no exactamente contraria a la de la Tierra, y continuar hasta que se le acabe el combustible.
-¿Y por qué motivo, capitán? Lo pregunto simplemente para averiguar si lo sabe. Desde luego, no es importante y ni siquiera relevante si comprende o no el motivo de cualquier disposición.
-Sí, señor. Para que no exista la posibilidad de que la nave extraña siga a la nave avistada hasta Sol y se entere así de la situación de la Tierra.
-Pero usted desobedeció esa disposición, capitán. No está seguro de haber destruido al extraño. ¿Qué puede decir en defensa propia?
-No lo consideramos necesario, señor. La nave extraña no parecía hostil. Además, señor, debían conocer nuestra base; al hablarnos nos llamaron «hombres».
-¡Tonterías! El mensaje telepático fue enviado por una mente extraña, pero recibido por las de ustedes. Sus mentes tradujeron automáticamente el mensaje a nuestra terminología. Él no sabia necesariamente el punto de origen de ustedes ni que eran humanos.
El teniente Ross no tenía por qué hablar, pero preguntó:
-Señor, por lo tanto, ¿no se cree que fueran amistosos?
El almirante resopló.
-Teniente, ¿dónde se entrenó? Parece haber pasado por alto la premisa más elemental de nuestros planes de defensa, el motivo por el cual desde hace cuatrocientos años patrullamos el espacio en busca de cualquier vida extraña. Todo extraño es un enemigo. Aunque hoy se mostrara amistoso, ¿cómo podemos saber que lo será el año que viene o dentro de un siglo? Y un enemigo potencial es un enemigo. Cuanto más rápidamente sea destruido, más segura estará la Tierra. ¡Analice la historia militar del mundo! Como mínimo, demuestra eso. ¡Piense en Roma! Para estar a salvo, no podía permitirse el lujo de vecinos poderosos. ¡Y en Alejandro el Grande! ¡Y en Napoleón!
-Señor -intervino el capitán May-, ¿estoy bajo pena de muerte?
-Sí.
-Entonces más vale que hable. ¿Dónde está Roma ahora? ¿Y el imperio de Alejandro o el de Napoleón? ¿Y la Alemania nazi? ¿Y el tiranosaurio Rex?
-¿Quién?
-El antepasado del hombre, el más resistente de los dinosaurios. Su nombre significa «rey de los saurios tiranos». También pensaba que todos los demás seres eran sus enemigos. ¿Y dónde está ahora?
-Capitán, ¿es todo lo que tiene que decir?
-Sí, señor.
-Entonces lo pasaré por alto. Un razonamiento falaz y sentimental. No está bajo pena de muerte, capitán. Simplemente respondí que sí para averiguar lo que decía, hasta dónde llegaba. No se muestra piedad con usted a causa de una tontería humanitaria. Se ha encontrado una circunstancia realmente atenuante.
-¿Puedo saber cuál, señor?
-El extraño fue destruido. Nuestros técnicos y lógicos lo han averiguado. El Picar y el Monold funcionaban correctamente. El único motivo por el cual no registraron ninguna señal se debió a que la nave extraña era demasiado pequeña. Pueden detectar un meteoro que pesa nada más que dos kilos y cuarto. La nave extraña era más pequeña.
-¿Más pequeña…?
-Indudablemente. Ustedes pensaron en la vida extraña en términos de nuestro tamaño. No existen razones por las cuales deba de ser así. Incluso podría ser submicroscópica, demasiado pequeña para ser visible. La nave extraña debió contactar deliberadamente, a una distancia de pocos metros. Y los disparos, a esa distancia, la destruyeron por completo. Por eso no vieron un casco carbonizado como prueba de que había sido destruida -sonrió-. Lo felicito, teniente Ross, por su puntería. Desde luego, en el futuro las descargas visuales serán innecesarias. Hemos modificado inmediatamente los detectores y calculadores de las naves de todas clases a fin de que detecten y señalen objetos incluso de tamaño diminuto.
Ross dijo:
-Gracias, señor. ¿Pero no opina que el hecho de que la nave que vimos, al margen de su tamaño, fuera una imitación de una de nuestras naves de clase Rochester prueba que los extraños ya saben sobre nosotros mucho más que nosotros sobre ellos, incluido probablemente el emplazamiento de nuestro planeta natal? ¿Y que, aunque sean hostiles, el reducido tamaño de su aparato es lo que les impide expulsarnos del sistema?
-Es posible. O ambas cosas son ciertas o ninguna lo es. Es evidente que, al margen de su habilidad telepática, técnicamente son muy inferiores a nosotros… o, de lo contrario, no imitarían nuestro diseño de naves espaciales. Tuvieron que leer la mente de algunos de nuestros ingenieros para copiar ese diseño. Sin embargo, aunque supongamos que eso es verdad, quizá todavía no conocen el emplazamiento de Sol. Las coordenadas espaciales serían sumamente difíciles de traducir y el nombre Sol no significaría nada para ellos. Además, su descripción aproximada coincidiría con las de otros millares de estrellas. De todos modos, está en nuestras manos encontrarlos y exterminarlos antes de que ellos nos encuentren a nosotros. Hemos dado la alerta a todas las naves que están en el espacio para que los busquen y las hemos equipado con instrumentos especiales para detectar objetos pequeños. Estado de guerra. Quizás sea redundante decirlo: siempre existe un estado de guerra con los extraños.
-Sí, señor.
-Eso es todo, caballeros. Pueden retirarse.
En el pasillo, dos guardias armados esperaban. Cada uno de ellos se colocó a un lado del capitán May.
May dijo rápidamente:
-Don, no digas nada. Lo esperaba. No olvides que desobedecí una orden importante y que el almirante dijo que estaba condenado a muerte. Mantente al margen de esto.
Con los puños cerrados y los dientes fuertemente apretados, Don Ross vio cómo los guardias se llevaban a su amigo. Sabía que May tenía razón; no podía hacer nada salvo meterse en líos mayores que aquel en el que May ya estaba metido y empeorar la situación de su amigo.
Salió casi ciegamente del Edificio del Almirantazgo. Salió y se emborrachó en seguida pero de nada le sirvió.
Tenía la acostumbrada licencia de dos semanas antes de volver a presentarse para cumplir con sus deberes espaciales y sabía que le convendría aclarar su mente en ese período. Fue a ver a un siquiatra y habló hasta perder la mayor parte de su amargura y su sentimiento de rebeldía.
Volvió a sus libros de texto y se sumergió en la necesidad de una estricta e indiscutible obediencia a la autoridad militar, en la necesidad de una vigilancia incesante a la espera de razas extrañas y en la necesidad de exterminarlas siempre que las encontrara.
Ganó; se convenció a sí mismo de cuán impensable había sido creer que el capitán May pudiera haber sido totalmente perdonado por haber desobedecido una orden, por el motivo que fuese. Incluso se sintió horrorizado por haber consentido en esa desobediencia. Desde luego, técnicamente era intachable; May había estado al mando de la nave y la decisión de regresar a la Tierra en lugar de volar hacia el espacio -y la muerte- provino de él. Como subordinado, Ross no había compartido la responsabilidad. Pero ahora, como persona, le remordía la conciencia por no haber tratado de convencer a May de que no desobedeciera.
¿Qué sería del Cuerpo Espacial sin obediencia?
¿Cómo podía compensar lo que ahora consideraba su negligencia culpable, su delito? Durante ese período miró ávidamente los telenoticieros y supo que, en algunos otros sectores del espacio, habían destruido otras cuatro naves extrañas. Gracias a los instrumentos de detección mejorados, todas fueron destruidas al ser avistadas; no hubo comunicación después del primer contacto.
Durante el décimo día de licencia, puso fin a las vacaciones por decisión propia. Regresó al Edificio del Almirantazgo y pidió audiencia con el almirante Sutherland. Obviamente, se rieron de él, pero lo esperaba. Logró que llevaran hasta el almirante un conciso mensaje verbal. Simplemente decía: «Tengo un plan que probablemente nos permitirá encontrar el planeta de los extraños sin que nosotros corramos riesgos».
Sin duda alguna, esas palabras le abrieron paso.
Permaneció en posición de firmes ante el escritorio del almirante y dijo:
-Señor, los extraños han intentado contactamos. No han podido hacerlo debido a que los destruimos al contactarlos, antes de que enviaran un pensamiento telepático completo. Si les permitimos que se comuniquen, existe la posibilidad de que delaten, accidentalmente o de otro modo, el emplazamiento de su planeta natal.
El almirante Sutherland respondió secamente:
-Y lo hagan o no, podrían descubrir el del nuestro siguiendo la nave a su regreso.
-Señor, mi plan cubre esa contingencia. Sugiero que me envíen al mismo sector donde se estableció el contacto inicial… esta vez en una nave monoplaza y desarmado. Solicito que esta misión sea ampliamente difundida a fin de que todos los hombres del espacio lo sepan y sepan que estoy en una nave desarmada con el fin de establecer contacto con los extraños. Opino que ellos se enterarán. Seguramente logran recibir pensamientos a larga distancia pero enviarlos, por lo menos a mentes terráqueas, solo a distancias muy cortas.
-Teniente, ¿cómo lo ha deducido? No se preocupe, coincide con lo calculado por nuestros lógicos. Dicen que el hecho de que hayan robado nuestra ciencia, por ejemplo para copiar nuestras naves a escala menor, antes de que reparáramos en su existencia, demuestra su capacidad de leer nuestros pensamientos a… bueno, a distancia moderada.
-Sí, señor. Supongo que si la noticia de mi misión llega a toda la flota, los extraños se enterarán. Y al saber que mi nave está desarmada, establecerán contacto. Averiguaré qué tienen que decirme, que decirnos, y es posible que ese mensaje incluya una pista acerca del emplazamiento de su planeta natal.
-Y en ese caso el planeta duraría un máximo de veinticuatro horas -dijo el almirante Sutherland-. ¿Pero qué me dice de lo contrario, teniente? ¿No existe la posibilidad de que lo sigan a su regreso?
-Señor, aquí es donde no tenemos nada que perder. Regresaré a la Tierra solo si averiguo que ya conocen su emplazamiento. Creo que ya lo conocen gracias a sus habilidades telepáticas… y que no nos han atacado porque no son hostiles o porque son demasiado débiles. Pero sea como fuere, si conocen el emplazamiento de la Tierra no lo negarán al hablar conmigo. ¿Por qué habrían de hacerlo? Lo considerarán un elemento favorable para ellos y creerán que estamos pactando. Si afirman que lo conocen aunque no sea cierto… me negaré a aceptar su palabra a menos que me den pruebas.
El almirante Sutherland lo miraba atentamente. Dijo:
-Hijo, usted tiene algo. Probablemente le costará la vida pero… si no es así y regresa con la novedad sobre el lugar de donde proceden los extraños, será el héroe de la raza. Probablemente acabará con mi trabajo. A decir verdad, siento la tentación de robarle la idea y hacer yo mismo el viaje.
-Señor, usted es demasiado valioso. Yo soy sacrificable. Además, señor, tengo que hacerlo. No son honores lo que deseo. Algo me pesa en la conciencia y quisiera compensarlo. Debí tratar de evitar que el capitán May desobedeciera órdenes. Yo no debería estar aquí ahora, con vida. Debimos volar hacia el espacio, dado que no estábamos seguros de haber destruido al extraño.
El almirante carraspeó.
-Hijo, usted no es responsable de ello. En un caso como este, solo el capitán de la nave es responsable. Pero comprendo lo que quiere decir. Siente que, en espíritu, desobedeció órdenes porque en su momento coincidió con la decisión del capitán May. De acuerdo, eso pasó y su sugerencia lo compensa, aunque usted mismo no tripulara la nave de contacto.
-¿Pero puedo hacerlo, señor?
-Puede, teniente. Mejor dicho, puede hacerlo, capitán.
-Gracias, señor.
-Tendrá una nave preparada dentro de tres días. Podríamos tenerla antes, pero necesitaremos esos días para que la flota conozca la noticia de nuestras «negociaciones». Pero debe comprender que bajo ninguna circunstancia se desviará, por iniciativa propia, de las limitaciones que usted ha precisado.
-Sí, señor. A menos que los extraños ya conozcan el emplazamiento de la Tierra y lo demuestren fehacientemente, no regresaré. Volaré hacia el espacio. Le doy mi palabra, señor.
-Muy bien, capitán Ross.


*


La nave monoplaza volaba cerca del centro del Sector 1534, más allá de Sirio. Ninguna otra nave patrullaba ese sector.
El capitán Don Ross estaba tranquilo y esperaba. Observaba la visiplaca y esperaba a que una voz hablara en el interior de su mente.
Surgió cuando llevaba menos de tres horas de espera.
-Hola, Donross -dijo la voz, y simultáneamente aparecieron cinco minúsculas naves espaciales en su visiplaca.
El Monold le indicó que cada una de ellas pesaba menos de treinta gramos. Preguntó:
-¿He de hablar en voz alta o solamente debo pensar?
-No tiene importancia. Puede hablar si desea concentrarse en un pensamiento determinado, pero primero guarde silencio un momento.
Medio minuto después, Ross creyó oír en su mente el eco de un suspiro y luego:
-Lo siento. Supongo que esta charla no servirá de nada para ninguno. Verá, Donross, no conocemos el emplazamiento de su planeta natal. Quizá podríamos haberlo averiguado pero no nos interesaba. No éramos hostiles y, a partir de las mentes de los terráqueos, sabíamos que no podíamos correr el riesgo de ser amistosos. Por lo tanto, si usted obedece órdenes podrá regresar para informar.
Don Ross cerró los ojos un instante. Entonces ese era el fin, no tenía sentido seguir hablando. Había dado su palabra al almirante Sutherland de que obedecería las órdenes al pie de la letra.
-Así es -dijo la voz-. Ambos estamos condenados, Donross, y lo que le digamos carece de importancia. No logramos atravesar el cordón de sus naves y hemos perdido a la mitad de nuestra raza en el intento.
-¡La mitad! ¿Quiere decir…?
-Sí, Solo éramos mil. Construimos diez naves, cada una de las cuales transportaba un centenar. Los terráqueos destruyeron cinco naves; solo quedan cinco más, las que usted ve, toda nuestra raza. A pesar de que va a morir, ¿le interesa saber algo sobre nosotros?
Don Ross asintió, olvidando que no podían verle, pero debieron de leer en su mente su afirmación.
-Somos una raza antigua, mucho más antigua que la suya. Nuestro hogar es, o era, un minúsculo planeta del compañero oscuro de Sirio; solo tiene ciento sesenta kilómetros de diámetro. Sus naves aún no lo han encontrado, pero solo es cuestión de tiempo. Hace muchos, muchísimos milenios que somos inteligentes, pero jamás desarrollamos los viajes espaciales. Ni era necesario ni deseábamos hacerlo. Hace veinte años de los suyos, una nave terráquea pasó cerca de nuestro planeta y captamos los pensamientos de los hombres que iban en ella. Entonces supimos que nuestra única seguridad, nuestra única posibilidad de supervivencia, consistía en un vuelo inmediato hasta los límites más lejanos de la galaxia. Gracias a esos pensamientos supimos que tarde o temprano nos encontrarían, aunque nos quedáramos en nuestro propio planeta, y que seríamos implacablemente exterminados.
-¿No pensaron en combatir?
-No. No podríamos haberlo hecho aunque lo hubiésemos deseado… y no lo deseamos. Para nosotros es imposible matar. Si la muerte de un solo terráqueo e incluso de un ser inferior asegurara nuestra supervivencia, no podríamos causarla. Usted no puede comprenderlo. Un momento… creo que puede hacerlo. Donross, usted no es como los demás terráqueos. Pero volvamos a nuestra historia. Extrajimos detalles del viaje espacial de las mentes de los miembros de esa nave y los adaptamos a la diminuta escala de las naves que construimos. Hicimos diez, las suficientes para transportar a toda nuestra raza. Pero descubrimos que no podemos atravesar sus patrullas. Cinco de nuestras naves lo intentaron y todas han sido destruidas.
-Yo hice una quinta parte: destruí una de sus naves -informó Don Ross apesadumbrado.
-Se limitó a cumplir órdenes. No se culpe a sí mismo. En ustedes la obediencia está tan profundamente arraigada como en nosotros el odio a matar. Aquel primer contacto con la nave en que usted viajaba fue deliberado; teníamos que cercioramos de que nos destruirían al vernos. Pero a partir de entonces, y de una en una, otras cuatro naves nuestras han intentado pasar y todas han sido destruidas. Reunimos todas las restantes aquí cuando supimos que usted establecería contacto con nosotros desde una nave desarmada. Pero aunque desobedeciera órdenes y regresara a la Tierra, esté donde esté, para informar de lo que acabamos de decirle, no darían órdenes de dejarnos pasar. Todavía hay muy pocos terráqueos como usted. Es posible que en épocas futuras, cuando los terráqueos lleguen al extremo más lejano de la galaxia, haya más seres como usted. Pero ahora, las posibilidades de que logremos hacer pasar siquiera una de nuestras naves son remotas. Adiós, Donross. ¿Qué significa esa extraña convulsión de su mente y la contracción de sus músculos? No lo comprendo. Espere… es el reconocimiento de que usted percibe algo incoherente. Aunque el pensamiento es demasiado complejo, demasiado confuso. ¿De qué se trata?
Finalmente Don Ross logró dejar de reír.
-Escuche, amigo alienígena que no puede matar -dijo Don-, los libraré de esto. Me ocuparé de que atraviesen nuestro cordón hacia la seguridad que desean. Pero lo divertido es el modo en que lo haré. Será obedeciendo órdenes y yendo hacia mi propia muerte. Saldré al espacio extraterrestre para morir allí. Usted, todos ustedes, pueden acompañarme y vivir allí. Navestop. Sus minúsculas naves no aparecerán en los detectores de la patrulla si tocan esta nave. Y por si eso fuera poco, la fuerza de gravedad de esta nave los empujará y no tendrán que utilizar combustible hasta que estén más allá del cordón y fuera del alcance de sus detectores. Podré recorrer, como mínimo, cien mil parsecs antes de que se agote el combustible.
Hubo una prolongada pausa hasta que la voz en la mente de Don Ross dijo, débil y suavemente:
-Gracias.
Esperó hasta que las cinco naves desaparecieron de su visiplaca y oyó cinco ligeros sonidos cuando hicieron contacto con el casco de su propia nave. Después volvió a reír. Y obedeció órdenes: voló hacia el espacio y la muerte.
En un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Es algo impresionante, de veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella, pero tienen derecho a hacerlo; la construyeron y la honran. La estatua es de un metal sumamente duro. En un mundo sin atmósfera, durará eternamente… o hasta que los terráqueos la encuentren y la destruyan. A menos que, desde luego, para entonces los terráqueos hayan cambiado profundamente.


domingo, 21 de junio de 2026

Cine de verano. Ana Grandal.

Nadie sabe lo que pasó. Nadie vio nada, tan solo el cuerpecito del chico desmadejado sobre el asfalto reblandecido por el inclemente calor. Los sanitarios lo alzaron del suelo, y la toalla que llevaba anudada al cuello quedó colgando como un guiñapo sanguinolento y triste.
Nadie se acuerda tampoco de la película proyectada anoche sobre el inmenso lienzo blanco instalado en la playa, protagonizada por un famoso superhéroe volador, ni de la mirada callada de aquel chico a unas manos que aplauden con la misma fuerza que estallan contra su rostro infantil.


sábado, 20 de junio de 2026

Los ojos hacen algo más que ver. Isaac Asimov.

Después de cientos de miles de millones de años, pensó de súbito en sí mismo como Ames. No la combinación de longitudes de ondas que a través de todo el universo era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido en sí. Una clara memoria trajo las ondas sonoras que él no escuchó ni podía escuchar.
Su nuevo proyecto le aguzaba sus recuerdos más allá de lo usualmente recordable. Registró el vórtice energético que constituía la suma de su individualidad y las líneas de fuerza se extendieron más allá de las estrellas.
La señal de respuesta de Brock llegó.
Con seguridad, pensó Ames, él podía decírselo a Brock. Sin duda, podría hablar con cualquiera.
Los modelos fluctuantes de energía enviados por Brock, comunicaron:
¿Vienes, Ames?
Naturalmente.
¿Tomarás parte en el torneo?
¡Sí! —Las líneas de fuerza de Ames fluctuaron irregularmente—. Pensé en una forma artística completamente nueva. Algo realmente insólito.
¡Qué despilfarro de esfuerzo! ¿Cómo puedes creer que una nueva variante pueda ser concebida tras doscientos mil millones de años? Nada puede haber que sea nuevo.
Por un momento Brock quedó fuera de fase e interrumpió la comunicación, y Ames se apresuró en ajustar sus líneas de fuerza. Captó el flujo de los pensamientos de otros emanadores mientras lo hizo; captó la poderosa visión de la extensa galaxia contra el terciopelo de la nada, y las líneas de fuerza pulsada en forma incesante por una multitudinaria vida energética, discurriendo entre las galaxias.
Por favor, Brock —suplicó Ames—, absorbe mis pensamientos. No los evites. Estuve pensando en manipular la Materia. ¡Imagínate! Una sinfonía de Materia. ¿Por qué molestarse con Energía? Es cierto que nada hay de nuevo en la Energía. ¿Cómo podría ser de otra forma? ¿No nos enseña esto que debemos experimentar con la Materia?
¡Materia!
Ames interpretó las vibraciones energéticas de Brock como un claro gesto de disgusto.
¿Por qué no? —dijo—. Nosotros mismos fuimos Materia en otros tiempos… ¡Oh, quizás un trillón de años atrás! ¿Por qué no construir objetos en un medio material? O con formas abstractas, o... escucha, Brock... ¿Por qué no construir una imitación nuestra con Materia, una Materia a nuestra imagen y semejanza, tal como fuimos alguna vez?
No recuerdo cómo fuimos —dijo Brock—. Nadie lo recuerda.
Yo lo recuerdo —dijo Ames con seguridad—. No he pensado sino en eso y estoy comenzando a recordar. Brock, déjame que te lo muestre. Dime si tengo razón. Dímelo.
No. Es ridículo. Es... repugnante.
Déjame intentarlo, Brock. Hemos sido amigos desde los inicios cuando irradiamos juntos nuestra energía vital, desde el momento en que nos convertimos en lo que ahora somos. ¡Por favor, Brock!
De acuerdo, pero hazlo rápido.
Ames no sentía aquel temblor a lo largo de sus líneas de fuerza desde... ¿desde cuándo? Si lo intentaba ahora para Brock y funcionaba, se atrevería a manipular la Materia ante la Asamblea de Seres Energéticos que, durante tanto tiempo, esperaban algo novedoso.
La Materia era muy escasa entre las galaxias, pero Ames la reunió, la juntó en un radio de varios años-luz, escogiendo los átomos, dotándola de consistencia arcillosa y conformándola en sentido ovoide.
¿No lo recuerdas, Brock? —preguntó suavemente—. ¿No era algo parecido?
El vórtice de Brock tembló al entrar en fase.
No me obligues a recordar. No recuerdo nada.
Existía una cúspide y ellos la llamaban cabeza. Lo recuerdo tan claramente como te lo digo ahora. —Efectuó una pausa y luego continuó—. Mira, ¿recuerdas algo así?
Sobre la parte superior del ovoide apareció la «cabeza».
¿Qué es eso? —preguntó Brock.
Es la palabra que designa la cabeza. Los símbolos que representan el sonido de la palabra. Dime que lo recuerdas, Brock.
Había algo más —dijo Brock con dudas—. Había algo en medio.
Una forma abultada surgió.
¡Sí! —exclamó Ames—. ¡Es la nariz! —Y la palabra «nariz» apareció en su lugar—. Y también había ojos a cada lado: «Ojo izquierdo..., Ojo derecho».
Ames contempló lo que había conformado, sus líneas de fuerza palpitaban lentamente. ¿Estaba seguro que era algo así?
La boca y la barbilla —dijo luego— y la nuez de Adán y las clavículas. Recuerdo bien todas las palabras. —Y todas ellas aparecieron escritas junto a la figura ovoide.
No pensaba en estas cosas desde hace cientos de millones de años —dijo Brock—. ¿Por qué me haces recordarlas? ¿Por qué?
Ames permaneció sumido en sus pensamientos.
Algo más. Órganos para oír. Algo para escuchar las ondas acústicas. ¡Oídos! ¿Dónde estaban? ¡No puedo recordar dónde estaban!
¡Olvídalo! —gritó Brock—. ¡Olvídate de los oídos y de todo lo demás! ¡No recuerdes!
¿Qué hay de malo en recordar? —replicó Ames, desconcertado.
Porque el exterior no era tan rugoso y frío como eso, sino cálido y suave. Los ojos miraban con ternura y estaban vivos y los labios de la boca temblaban y eran suaves sobre los míos.
Las líneas de fuerza de Brock palpitaban y se agitaban, palpitaban y se agitaban.
¡Lo lamento! —dijo Ames—. ¡Lo lamento!
Me has recordado que en otro tiempo fui mujer y supe amar, que esos ojos hacían algo más que ver y que no había nadie que lo hiciera por mí... y ahora no tengo ojos para hacerlo.
Con violencia, ella añadió una porción de materia a la rugosa y áspera cabeza y dijo:
Ahora, deja que ellos lo hagan —y desapareció.
Y Ames vio y recordó que en otro tiempo él fue un hombre. La fuerza de su vórtice partió la cabeza en dos y partió a través de las galaxias siguiendo las huellas energéticas de Brock, de vuelta al infinito destino de la vida.
Y los ojos de la destrozada cabeza de Materia aún centelleaban con lo que Brock colocó allí en representación de las lágrimas. La cabeza de Materia hizo lo que los seres energéticos ya no podían hacer y lloró por toda la humanidad y por la frágil belleza de los cuerpos que abandonaron un billón de años atrás.

Anochecer y otros cuentos. 1969.

lunes, 15 de junio de 2026

La pesca milagrosa. Manuel Mejía Vallejo.

¿Qué vas a hacer? —preguntaron a Roberto en la plaza de Balandú, frío y sol en su sueño.
Voy a pescar —respondió ajustando sus aparejos.
¿Dónde?
En la fuente.
De bronce la fuente caedora sobre el pequeño charco limpio, diez centímetros de profundidad en piedra labrada, con lama de años retenidos. —¿Pescar, allí?
Lo querían, se burlaron, pero lo respetaban: Roberto inventaba la vida, le sobaba sus mejores flancos.
Aquí —dijo, y tiró el anzuelo.
Se reunieron muchos para seguirle la corriente, echando risas y bromas al aire quieto. Pero Roberto no miró la extrañeza ni la burla del pueblo, y arrojó el anzuelo en sereno desparpajo. Sonreían. Él miraba el agua pequeña de la fuente.
¡Una trucha! —exclamaron muchas voces al tiempo, cuando vieron brincar la trucha al extremo de la caña encordada. Roberto recuperó la cuerda, despegó el pez cuidadosamente.
Dos libras y media, si acaso —dijo y lo devolvió con suavidad al agua. El pez y él desaparecieron: uno por el agua sin profundidad, el otro calle arriba, silencioso y lento.


domingo, 14 de junio de 2026

El alambre. Emilia Pardo Bazán.

Siempre que ocurría algo superior a la comprensión de los vecinos de Paramelle,
preguntaban, como a un oráculo, al tío Manuel el Viajante, hoy traficante en ganado
vacuno. ¡Sabía tantas cosas! ¡Había corrido tantas tierras! Así, cuando vieron al señorito
Roberto Santomé en aquel condenado coche que sin caballos iba como alma que el
diablo lleva, acosaron al viejo en la feria de la Lameiroa. El único que no preguntaba, y
hasta ponía cara de fisga, era Jácome Fidalgo, alias Mansegura, cazador furtivo injerto
en contrabandista y sabe Dios si algo más: ¡buen punto! Acababa el tal de mercar un
rollo de alambre, para amañar sus jaulas de codorniz y perdiz, y con el rollo en la
derecha, su chiquillo agarrado a la izquierda, la vetusta carabina terciada al hombro,
contraída la cara en una mueca de escepticismo, aguardaba la sentencia relativa a la
consabida endrómena. El viejo Viajante, ahuecando la voz, tomó la palabra.
-Parecéis parvosa. Os pasmáis de lo menos. ¡Como nunca somástedes el nariz fuera de
este rincón del mundo! ¡Si hubiésedes cruzado a la otra banda del mar, allí sí que
encontraríades invenciones! Para cada divina cosa, una mecánica diferente: ¡hasta para
descalzar las hay!
Con estas noticias no se dio por enterado el grupo de preguntones. Quién se rascaba la
oreja, quién meneaba la cabeza, caviloso. Fidalgo tuvo la desvergüenza de soltar una
risilla insolente, que rasgó de oreja a oreja su boca de jimio. Con sorna, guardándose el
alambre en el bolsillo de la gabardina, murmuró:
-Máquinas para se descalzar, ¿eh? ¿Y no las hay también para...?
Soltó la indecencia gorda, provocando en el compadrío una explosión de risotadas, y
chuscando un ojo añadió socarronamente:
-¡A largas tierras, largos engaños! Si el Viajante no cierta a poner claro lo que es ese
coche de Judas, vos lo aclararé yo, ¡careta!, vos lo aclararé yo. ¿Vístedes vos el camino
de fierro?
-Yo, no... yo, no...
-Yo, sí, cuando me llamaron a declarar en Auriabella...
-Pues igual viene a ser. En trueco de caballos lleva dentro un maquinismo, a modo de
reló... Y el maquinismo, ¡careta!, es lo que empuja.
A su vez el Viajante, con desprecio:
-Pero ¿tú no sabes que el tren va por carriles, y esta endrómena por todas las carreteras,
hom? ¿Qué tiene que ver lo negro con lo blanco?
-Pues a ver entonces, ¡careta!, en qué consiste.
-En eso.
-Y eso..., ¿qué es?
-Que va, ¿estamos?, por onde se le entoja -declaró enfáticamente el tío Manuel, echando
a andar en busca de su yegua.
No quería el tratante esperar a que atardeciese, que es mal negocio para quien lleva
dinero en la faja; pero urgíale sobre todo evadirse de aquel interrogatorio
comprometedor para su fama de sabiduría universal. Jácome, encogiéndose de hombros,
mofándose, tiró de su pequeñuelo, su Rosendo, Sendiño, y se dispuso a emprender
también la vuelta a la aldea. No tenía en el mundo más que aquella criatura: su mujer,
hallándose recién parida, había muerto a consecuencia del susto de ver entrar a los
civiles, que venían a prender al marido por sospechas de no sé qué alijo de tabaco y sal.
Solo en la tierra con el chiquillo, Jácome le crió sabe Dios cómo; y ahora se le caía la
baba viendo despuntar en Sendiño, a los seis años mal contados, otro cazador, otro
merodeador, sin afición alguna al trabajo lento y metódico del labriego, fértil ya en
ardides y tretas de salvaje para sorprender nidos y pajarillos nuevos, para descubrir
dónde ponen las gallinas del prójimo y aun para engolosinarlas echándoles granos de
maíz, hasta atraerlas a la boca del saco. El padre estaba embelesado con tal retoño, y le
enseñaba nuevas habilidades cada día. Era la criatura lo único que despertaba en
Jácome, bajo la dura coraza metálica que revestía su corazón, palpitaciones de humana
ternura.
Apenas echaron carretera arriba, en dirección a las alturas de Sandiás, el chico,
traveseando, corrió delante: saltaba sobre una pierna, haciéndose el cojo. El padre, con
el instinto siempre vigilante del cazador, escrutaba sin proponérselo los espesos pinares,
las madroñeras y los manchones de castaños, que revestían los escarpes pedregosos de
la montaña. «Si volase una perdiz, si cruzase una liebre...» Pensaba en esta hipótesis,
cuando un relámpago blanco y color canela lució entre un seto. Mansegura se echó la
carabina a la cara y disparó casi sin apuntar. Sendiño, loco de alegría, brincó, tomó
vuelo, se lanzó en dirección a la maleza. Era su encanto hacer de perro, portando la
caza. A los dos minutos salió del matorral el chico, balanceando, agarrada de las patas
traseras, una liebre poco menor que él. Padre e hijo se confundieron en un grupo,
admirando la hermosa pieza. Caliente estaba aún el cuerpo del animal; la blanca y densa
piel de su vientre relucía como seda manchada de sangre; sus enormes orejas pendían;
sus ojos se vidriaban.
-¡Careta, lo que pesa! -balbució, gozoso, el cazador, sopesándola, babándose de vanidad
paternal, porque Sendiño reía fanfarronamente columpiando su carga.
Y se entretuvieron así, padre e hijo, confundidos en la complacencia de la destrucción y
la victoria, palpando la presa, distraídos. Tan distraídos, que el vigilante contrabandista,
habituado al acecho, de sentidos despiertísimos, no oyó el ruido insólito, semejante al
resuello y jadeo trepidante de alimaña fabulosa y despertó al tener encima ya al
monstruo, ¡taf, taf, taf!, al desgarrarle los oídos el rugido de metal de su bocina. Jácome,
instintivamente, saltó de costado, evitando la embestida furiosa; vio tendido a Sendo; a
su lado, en el polvo, el cuerpo de la liebre... y ya del «coche de Judas» ni rastro, ni señal
en el horizonte... Se arrojó fiero, loco, a recoger al niño, que yacía de bruces, la cara
contra la hierba de la cuneta; le llamó con nombres amantes, le acarició... El niño le
blandeaba en los brazos, inerte, tronchado, roto. Jácome conocía bien las formas que
adopta la muerte... Soltó el cadáver y alzó los ojos atónitos, sin llanto, al cielo, que
consentía aquella iniquidad... Después, sobre el padre que sufría se destacó el hombre
de lucha, pronto a la acometida y a la emboscada, vengativo y feroz. Cerró los puños y
amenazó en la dirección que llevaba el «coche de Judas». ¡No se reirá don Roberto! ¡Se
lo prometo yo!... Él va a Paramelle... Allí no duerme... ¡Volverá!
Alzó otra vez a Sendiño, y con infinita delicadeza le transportó a lo más oculto del
pinar, depositándole sobre un lecho de ramalla seca. Cerca del muerto colocó la
carabina, y la liebre muerta, polvorienta, ¡vengada ella también! Volvió a la carretera, y
recorrió un largo trecho estudiando el sitio a propósito para su intento. Una revuelta
violenta se le ofreció. Ni de encargo. A derecha e izquierda, árboles añosos avanzaban
sus ramas sobre el camino, como brazos fuertes que se brindasen a secundar a
Mansegura. Él extrajo del bolsillo el rollo de alambre, desenrolló un trozo, midió, cortó
con su navaja, retorció uno de los extremos, calculó alturas, lo afianzó a una rama
sólidamente, ensayó la resistencia y, pasando al otro lado, probó si había rama que
permitiese tender el hilo metálico recto al través del camino. Mientras practicaba estas
operaciones, atendía, no fuera que pasase alguien y le viese. Nadie: la carretera desierta;
por allí solo se iba a Sandías y al pazo de don Roberto... Por precaución, sin embargo,
Jácome no sujetó el otro cabo del alambre. Tiempo tenía. Con él agarrado se tumbó en
el pequeño resalte de la cuneta, y pegó la oreja a la tierra lisa, aguardando. Dos veces
saltó y se ocultó en la maleza: eran transeúntes, «gente de a caballo», un cura, una
pareja a estilo de Portugal, hombre y mujer sobre una misma yegua, apretados y
contentos. La tarde caía, el rocío enfriaba y escarchaba la hierba, enmudecían los
pájaros o piaban débilmente. Un sordo trueno, lejano, llenó con su mate redoblar el oído
del contrabandista. Ágil, con la precisión de movimientos del impulsivo, se incorporó,
amarró firme el otro cabo a la rama y se agachó entre el brabádigo espeso. Si se
descuida, ¡careta! El trueno ya se venía encima, resollante y amenazador. ¡Taaf!
Mansegura vio distintamente, un segundo, al señorito, su gorra blanca, su rostro guapo,
desfigurado por los anteojos negros... «¡Ahora!», pensó. El rostro guapo se tambaleó
violentamente, como cabeza de muñeco que se desencola; un alarido se ahogó en la
catarata de sangre... Fue instantáneo; el automóvil, loco y sin dirección, corrió a
despeñarse por la pendiente, arrastrando a su dueño, a quien el alambre había degollado,
con la misma prontitud y limpieza que pudiera la mejor navaja de barbería...
Y Mansegura, después de cerciorarse de que el señorito quedaba bien amañado, se entró
en el pinar, recobró su escopeta, echó una mirada de dolor y de triunfo a Sendiño, que
parecía dormir, y dejando el camino real, se perdió en los montes, por atajos de él
conocidos, en dirección de la frontera portuguesa.