En
los restaurantes, nada más sentarse, mi padre le pedía al camarero
pan con aceite a modo de examen. “Si el aceite es bueno, la calidad
de la cocina también lo será”, razonaba.
Un
día invitó a su hermano Alfredo a comer en «el restaurante con el
mejor aceite de todo Jaén. A mi tío Alfredo le sorprendió que su
hermano no siguiera la liturgia de pedir pan con aceite antes de leer
la carta, y que estuviera tan embobado y se mostrara con exquisita
amabilidad con la diligente chef de ojos verdes.
–Me
casaré con esta mujer –le dijo mi padre a su hermano.
–¿Así,
tan fácil? ¿No sería mejor que antes la invitaras a salir?
–preguntó este, sarcástico.
–¿Acaso
no me escuchas? Me casaré con esta mujer.
Y,
justo cuando Alfredo se disponía a mofarse, mi padre le entregó la
invitación de boda.
A
la chef –mi futura madre– le costó contener la risa al observar
el rostro de incertidumbre del hermano de su prometido. Y mi tío,
aunque molesto de que hubiera mantenido el romance en secreto, se
alegró de que su sibarita hermano hallara por fin algo en un
restaurante que le gustara aún más que el aceite.
Blog del autor: Narrativa breve

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