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jueves, 18 de marzo de 2021

1983. El mundo a un tris de dar el tras. Nieves Concostrina.

El 25 de septiembre de 1983, cuando pasaban catorce minutos de las diez de la noche hora española, madrugada del día siguiente en Moscú… el mundo podría haber acabado patas arriba. Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron en un tris de la guerra nuclear, y dado que España está en medio y, encima, con varias bases americanas en activo en territorio español en aquel momento, nos habría salpicado. Seguro. Aquella noche no ocurrió nada, pero de lo que pudo haber pasado no nos enteramos hasta muchos años después. Ahora se conoce como «el incidente del equinoccio de otoño», y solo el sentido común de un oficial soviético libró al mundo de otra debacle.
Está claro que la ignorancia es la madre de la felicidad, porque no nos enteramos de lo que estuvo a punto de ocurrir. Afortunadamente, los periódicos españoles del día siguiente solo trajeron noticias más o menos normales: una fuga masiva de presos del IRA en Irlanda, un pesquero francés que apresó a uno vasco, el último concierto como dúo de Simon & Garfunkel… pero el titular podría haber sido común en toda la prensa mundial: guerra nuclear, o apocalipsis atómica, como se la llamó entonces. Antes de llegar a lo que ocurrió aquella noche del 83, conviene poner el escenario para entender por qué los yanquis y los soviéticos estaban de los nervios.
Presidía Estados Unidos por aquel entonces Ronald Reagan, que no se empleó precisamente en hacer amigos en la Unión Soviética. Decir que había muy mal rollito se queda corto. En aquel mismo año fue cuando Reagan acuñó el lema «El imperio del mal» cada vez que se refería a la URSS.
En la otra esquina del ring, con calzón rojo, Yuri Andrópov presidiendo la Unión Soviética; un tipo con cara de seta que nos suena menos que otros gerifaltes soviéticos porque lo nombraron máximo líder y a los quince meses se murió, quién sabe si de la emoción. Era un tipo duro, de la vieja guardia. Aplastó la rebelión en Hungría y la primavera de Praga y estuvo implicado en la invasión de Afganistán.
Reagan y Andrópov no eran los más adecuados para estar gobernando el mundo en un momento tan tenso, porque en 1983 estábamos aún en plena guerra fría y a los dos se les fue la olla con los misiles. Estaban apuntándose, no solo desde sus países, sino que desde los países amigos apuntaban a la vez a los países amiguetes del otro. La carrera armamentística estaba en un plan imparable y aquello podía reventar en cualquier momento. Y encima, tres semanas antes del incidente del equinoccio de otoño pasó algo dramático: el derribo de un avión surcoreano por parte de un caza soviético. Era un Boeing 747 que se desvió de su ruta por error, invadió el espacio aéreo de la URSS, y los soviéticos lo confundieron con una nave espía. El piloto encargado de abatirlo, sin embargo, se percató de que era un avión de pasajeros, y como era uno de esos descerebrados que solo cumplen órdenes, disparó. Doscientos sesenta y nueve muertos, entre ellos varios estadounidenses.
Y así llegamos a lo sucedido en la madrugada del 26 de septiembre en una base militar rusa al sur de Moscú, el Punto Central de Mando de los Sistemas de Detección de Ataques con Misiles. Allí enviaban información de los movimientos del enemigo los satélites rusos, y al mando del tinglado estaba el teniente coronel Stanislav Petrov cuando, pasados catorce minutos de la medianoche, se iluminó la luz roja de alerta máxima. Uno de los satélites alertó de que un misil intercontinental de largo alcance había salido de una base estadounidense en Montana con dirección a la Unión Soviética. Petrov se quedó cuajado en su despacho acristalado, que estaba en alto y desde donde veía a todos los operarios con sus ordenadores y sus pantallitas. Unos segundos después el satélite avisó de que estaban en camino otros cuatro misiles. Todos miraban hacia arriba esperando órdenes, pero Petrov indicó que volvieran a sus puestos de control y esperaran.
Algo no le cuadraba y decidió pararse a pensar, lo cual es de agradecer viniendo de un militar soviético. Sabía que el satélite que estaba enviando la información no era precisamente el mejor de la flota; era el satélite tonto. Como Petrov también era técnico informático, pensó que quizás la detección de los cinco misiles fuera una lectura errónea de los ordenadores. Pero siguió pensando, y dedujo que nadie comienza una guerra enviando cinco míseros misiles a un mismo objetivo. Si Estados Unidos lanzara un ataque sorpresa enviaría cientos de misiles con distintos objetivos. Los yanquis tenían preparados 7.000 pepinos intercontinentales, y, aunque no tuvieran previsto lanzarlos todos el mismo día, cinco eran demasiado pocos. Era muy raro, además, que todos los misiles partieran de la misma base de Montana. ¿Y si se le había ido la pinza al ordenador? Algo raro estaba pasando y decidió saltarse el protocolo hasta que supiera exactamente qué era.
Lo que se supone que debería haber hecho Petrov es eso que tanto vemos en las pelis: apretar el botón rojo que avisaba directamente al jefazo Yuri Andrópov, al ministro de Defensa y al jefe del Estado Mayor ruso, seguramente todos muy dispuestos a contraatacar sin pensar. Pero el oficial espabilado sabía que en cuanto apretara aquel botón, la orden siguiente e inmediata era la respuesta de la Unión Soviética lanzando misiles a Estados Unidos.
No apretó.
Solo dedujo que, si en media hora no impactaba nada en territorio soviético, efectivamente, era una falsa alarma. Y si impactaba ya daría igual. Íbamos a morir todos.
Tuvo razón, fue una falsa alarma, una errónea interpretación del satélite tonto. Pero que muy tonto para detectar cinco misiles inexistentes.
Resulta que por estas cosas que tiene el universo, que casi siempre va a su bola, acababa de producirse el equinoccio de otoño, y al cruzar el Sol el ecuador, los rayos rebotaron contra unas nubes, el satélite bobo confundió esas señales térmicas con misiles y saltaron las alarmas. Por eso se lo llamó «El incidente del equinoccio de otoño», un suceso al que no le falta su parte absurda: al teniente coronel Stanislav Petrov le arruinaron la vida.
No importó que su instinto se demostrara acertado, ni importó que evitara una guerra; lo único que tuvieron en cuenta fue que desobedeció las órdenes y que no se ajustó al protocolo que ordenaba no pensar y apretar el botón rojo para que algún desquiciado soviético respondiera con el envío de misiles a Estados Unidos. Y todo porque aplicó la auténtica y genuina inteligencia militar, tan poco utilizada por los altos mandos de todos los ejércitos del mundo.
A Petrov lo destituyeron, le prohibieron hablar del asunto y le hicieron la vida imposible. Necesitó tratamiento psiquiátrico y acabó retirado en un pueblecito ruso con una humilde pensión. Su mujer se pasó diez años preguntándole: «¿Qué hiciste, cariño?» Y él siempre respondía lo mismo para no mentir: «No hice nada, mi amor». Y exactamente hizo eso. Nada.
Tuvieron que pasar diez años antes de que se hiciera pública esta historia, y hasta 1993 estuvieron lavando aquel trapo sucio en casa. Pero acabó trascendiendo, porque en la URSS había más espías que muñecas matrioskas. Los dos únicos reconocimientos que recibió el oficial, ya metidos en el siglo XXI, fueron por parte de Estados Unidos. En 2004 le dieron el premio Ciudadano del Mundo, y en 2006 Naciones Unidas le llevó a Nueva York y le dedicó un homenaje público por su sensatez. Porque el 26 de septiembre de 1983 se mascó la tragedia, pero gracias a Petrov, la guerra fría continuó siendo eso, fría.
Petrov lo perdió todo por usar las neuronas en vez de apretar el botón rojo y liar una guerra nuclear. Enorme diferencia con el papanatas del piloto del caza soviético que el 31 de agosto de 1983 derribó el vuelo 007 de Korean Air porque esas eran las órdenes, aunque vio que era un avión de pasajeros. Y encima se quejó de que solo le dieron una prima de doscientos rublos por su hazaña.
Afortunadamente, Petrov fue la persona adecuada que estaba en el sitio justo para tomar la decisión correcta. Murió a los setenta y siete años, en 2017. Tres hurras por un militar con dos dedos de frente.

Pretérito imperfecto. Historias del mundo desde el año de la pera hasta ayer mismo. 2018.
 

martes, 9 de febrero de 2021

1926. ¿Ande andas, Agatha Christie? Nieves Concostrina.

El mayor misterio de Agatha Christie no lo encontramos en ninguno de sus libros. El mayor misterio de Agatha Christie lo protagonizó la propia escritora en diciembre de 1926. El día 3 desapareció y no la encontraron hasta once días después. Ni ella pudo explicar qué pasó ni nadie ha podido explicarlo aún hoy.
¿Pudo ser víctima de un estado de fuga psicogénica o disociativa? Pues, sí, eso pudo ser según sospechan los que saben. Es un síndrome que contempla la psiquiatría desde hace más de un siglo, pero que no se tomó en serio, no se catalogó, hasta los años cincuenta. Consiste en que la persona afectada sufre una especie de amnesia que le hace olvidar quién es, pero a la vez se fabrica una nueva personalidad para escapar de una situación dolorosa. Todo ello, evidentemente, de forma inconsciente. Es como si la mente regateara a su propietario para fugarse de sí mismo.
Esa es una de las conjeturas psiquiátricas para explicar aquella desaparición de la escritora que durante once días trajo locos a los británicos, a Scotland Yard, a la prensa y a su familia. Sigue sin saberse exactamente qué pasó, aunque sí se sabe por qué pasó.
Y la culpa la tuvo su apellido.
El apellido de Agatha no era Christie. Ese era el de su marido, su primer marido. El típico esposo que deja a su mujer por su secretaria, en este caso una chica muy mona llamada Nancy Neele. Por las infidelidades de Archibald Christie se le fue la pinza a su esposa Agatha.
1926 fue un mal año para la escritora. Murió su madre, y ella estaba muy enmadrada; llegó su primer gran éxito, y a ella el éxito la estresaba; y su marido remató la faena pidiéndole el divorcio. Se puede decir que Agatha Christie gestionó malamente tanta calamidad junta y todo desembocó en la extravagante historia que viene a continuación.
La noche del 3 de diciembre Agatha dejó una nota a su secretaria que decía: «No estaré en casa esta noche. Mañana ya te diré dónde estoy», pero la escritora ya no volvió a dar señales de vida. El día 4 la policía encontró un coche en mitad de una colina de la campiña inglesa, abandonado cuesta abajo y fuera del camino. Dentro, un abrigo de piel y un carné de conducir a nombre de Agatha Christie. Saltaron las alarmas y comenzó la búsqueda.
Fueron a preguntar al marido, a quien, por cierto, pillaron en pleno enredo con Nancy, y el señor Archibald quitó importancia al asunto diciendo que probablemente esa desaparición fuera producto de la naturaleza dramática de su mujer. Se preocupó lo justo, pero no así la policía, que se entregó a la búsqueda de la reina del crimen destinando mil guardias que por primera vez emplearon aviones en la localización de una persona desaparecida. A los policías se sumaron quince mil voluntarios, y cazadores con sabuesos peinaron la campiña inglesa, pero nada.
Durante los once días que estuvo desaparecida no hubo la más mínima pista. Ni una. La solución al misterio se presentaría sola el 14 de diciembre, cuando dos músicos de un hotel balneario al norte de Inglaterra, en Harrogate, creían haber identificado a Agatha Christie gracias a las fotos que reproducían los periódicos porque la prensa estaba volcada con el caso de la desaparición de la escritora más famosa del momento, un misterio absolutamente apasionante.
Lo curioso es que esos periódicos era los mismos que leía Agatha Christie en el hotel, pero ella no se reconocía en las noticias. Se había desasociado tanto de sí misma que ya no sabía ni quién era.
Los músicos llamaron a la policía diciendo que en el hotel se alojaba una señora muy simpática y alegre que llevaba allí diez días, que bailaba el charlestón, tocaba el piano, jugaba al billar y cantaba. Hacía todo lo que no hacía Agatha Christie en su vida olvidada. Los músicos dijeron que esa señora se parecía mucho a la de los periódicos, pero ella decía llamarse Teresa Neele. Y Neele era el apellido de la amante de su marido.
La cabecita loca de Agatha creó unas cuantas fantasías que mezcló con su cruda realidad para fabricarse una nueva vida. Pero a la poli aún le faltaba hacer la prueba del algodón: acudir con alguien que identificara a la escritora cara a cara, y el único posible y más adecuado era precisamente el marido, el descastado del tal Archibald. Cuando avisaron a la señora Neele de que una visita la esperaba en recepción, ella bajó, se fue hacia su marido, extendió su mano y dijo: «Hola, me llamo Neele. Señorita Teresa Neele». Y el marido, cuajado. No le dijo eso de «anda, tira pa’casa», porque no tenía gran interés en recuperarla, pero ahí terminó un misterio que tuvo al país en vilo y comenzó otro que la psiquiatría sigue intentando explicar.
La policía reconstruyó los hechos a toro pasado, a base de testigos que fueron localizando o descubriendo que se habían cruzado, sin saberlo, con la escritora más famosa del momento. Uno que la vio en una estación, otro que la ayudó a arrancar el coche, otro que vio a una mujer andando sin abrigo y sin sombrero sola por el campo.
Su periplo se pudo reconstruir casi kilómetro a kilómetro, y el móvil de su desaparición también se averiguó, porque se supo que aquel 3 de diciembre, que era viernes, además de dejar la nota a su secretaria diciendo que esa noche no dormiría en casa, Agatha Christie dejó en casa su anillo de casada. Fue la misma noche en la que su marido le había pedido el divorcio para inmediatamente después salir de casa a pasar el fin de semana con su amante. Agatha no lo encajó.
Estuvo toda la madrugada conduciendo, deambulando, hasta que subió con el coche a una colina, soltó los frenos y lo dejó caer. Se sospecha que fue un intento de suicidio, pero el vehículo se frenó contra unos arbustos y ahí lo dejó. Cuando salió del coche iba tocada, por eso encontraron su abrigo dentro. Nadie en su sano juicio, con el biruji que hace en Inglaterra en diciembre, se deja el abrigo.
Desde allí llegó a una estación de ferrocarril, se subió a un tren, se bajó en otra estación, se subió a otro tren, llegó a Harrogate, tomó un taxi, pidió ir al hotel balneario y cuando se bajó de aquel coche ya era Teresa Neele. Parecía saber a dónde iba, o al menos su instinto lo sabía, porque días antes había pensado en ir a ese balneario con su marido.
La escritora hizo un tótum revolútum de realidad y fantasía, en algún momento abandonó a la infeliz Agatha Christie y nació la alegre Teresa Neele. Ese es el misterio que sigue intentando explicar la psiquiatría, porque no estaba diagnosticado. Era una semiamnesia que sonaba a pitorreo. Mucha gente se mosqueó con ella. Once días buscándola, todo dios preocupado y resulta que la señora estaba en un hotel de lujo bailando el charlestón. Ahora se considera una fuga disociativa, algo así como «yo me piro de mi vida, que no me gusta».
Por fortuna, no perdimos a Agatha Christie, porque aún estaban por llegar sus novelas más famosas. Volvió a la realidad y recuperó su capacidad para escribir. Estuvo en tratamiento psiquiátrico, con hipnosis, y fue recuperando su vida. Su marido, por aquello del qué dirán, aguantó sin divorciarse un año y pico más, pero acabó largándose con Nancy Neele.
De aquellos once días Agatha Christie nunca pudo explicar nada. Ella no estuvo en este mundo, pero se lo pasó en grande sin saberlo. Lo que da pena de toda esta historia es que Agatha Christie se hizo inmensamente famosa, se convirtió en la escritora más traducida del planeta, en la más leída de todos los tiempos, y resulta que inmortalizó el apellido del tipo que se la pegaba con otra.
Su segundo esposo, un tipo muy majo y muy cariñoso, el arqueólogo junto al que recorrió Oriente, junto al que se inspiró para sus más famosas novelas, habría merecido más prestar su apellido: Mallowan. Agatha Mallowan también le hubiera quedado muy bien a la reina del crimen.

Pretérito imperfecto. Historias del mundo desde el año de la pera hasta ya mismo, 2018.

domingo, 10 de enero de 2021

1849. Toro de Benjumea contra tigre de Bengala. Nieves Concostrina.

Asunto tan imperfecto como vergonzoso el que viene a continuación. El 12 de mayo de 1849, en la antigua plaza de toros de Madrid, se enfrentaron un tigre de Bengala y un toro de lidia para entretener a un público que, lejos de merecer el adjetivo de respetable, se pirraba por estos espectáculos sangrientos de luchas de fieras contra toros.
Aquella tarde ganó el toro, y lo malo es que se merendó a la fiera tan rápido que se lio una muy gorda. El público quería sangre y que el sufrimiento de los animales se alargara cuanto más tiempo, mejor. Pagaban por ver matarse a zarpazos y cornadas a dos bichos poderosos.
Por eso cabe preguntarse qué pasa por la cabeza de un supuesto ser humano que disfruta viendo cómo se enzarzan en una pelea a muerte dos animales solo para entretenimiento de alimañas de dos patas. Da igual que sean dos gallos, dos perros, un tigre y un toro, un toro y un elefante… o uno oso, una pantera y un león contra un toro… Porque todas estas circunstancias se han dado desde hace cuatro siglos y hasta principios del XX en España. Tenemos la barbarie incrustada en los genes.
Los animales solo luchan cuando es estrictamente necesario; por su territorio, por aparearse o por la comida… Hasta que entran en el juego otros animales, los humanos, y deciden que tienen que pegarse porque sí, por disfrute. Lo que ocurrió aquel 12 de mayo de 1849 entre un toro de nombre Señorito, y un tigre de Bengala sirve para conocernos un poquito mejor.
Como era costumbre, aquella tarde se levantó en el centro del ruedo una jaula para encerrar a los dos animales. Porque la barrera de una plaza sirve para frenar a los toros, y no siempre, pero un tigre se la salta a la torera y se puede zampar a dos espectadores sin miramientos. Y en aquella jaula se juntaron Señorito, de la ganadería sevillana de José María Benjumea, con divisa azul y rosa, y un real tigre de Bengala sin divisa. Los dos bichos se miraron, Señorito se fue a por el tigre y diez minutos después, el de Bengala ya era historia. Gran mosqueo en los tendidos porque el espectáculo se había quedado en nada. El público se amotinó, a Señorito se lo llevaron a punta de capote a chiqueros y el empresario tuvo que prometer otro encierro de toro y fiera para que no le quemaran la plaza.
Meses después se organizó otro espectáculo en desagravio por el frustrado de mayo, porque no era fácil montar estos saraos. En España no había ganaderías de tigres y no era tan fácil conseguir otro. Tampoco interesaba que volviera a salir Señorito, porque era más fiero que las fieras, así que hubo que tentar a otras reses que estuvieran más por la labor de dar espectáculo. Se eligió a Caramelo, un cinqueño colorado y bragado, y como enemigo se optó por un león de nombre Julio y un tigre que hizo de sobrero. Al final, el toro también ganó, pero hubo espectáculo y, sobre todo, duró más. Caramelo volvió a chiqueros entre aplausos. No lo sacaron a hombros.
Este asunto se registró a mediados del siglo XIX, pero no era ninguna modernez. El gusto de enfrentar a toros contra fieras ya le pirraba a Felipe II, y era una de las principales aficiones del rey y su mujer de entonces, Isabel de Valois: ver enfrentamientos de toros y fieras. Al rey le enviaban como regalo bichos exóticos y en el Alcázar de Madrid, lo que hoy es el Palacio Real, había un patio que llamaban la leonera, donde los guardaban hasta que se organizaba algún espectáculo con toros. El entretenimiento continuó con Felipe III y alcanzó su máximo apogeo con Felipe IV, cuya afición merece atención especial.
Visualicemos la siguiente escena: una plaza atestada de un público vociferante, excitadísimo, encaramado en gradas y protegido por talanqueras; en el centro de la plaza, encerrados todos juntos, un león, un tigre, un oso, una zorra, dos gatos monteses, una mona, un camello salvaje, un caballo desbocado, una mula, un toro y dos gallos (lo de los gallos es lo más desconcertante). Los trece animales, despistados perdidos porque no entienden qué hacen allí con esa fauna y entre tanta bestia de dos patas, están siendo azuzados por seis hombres armados con pinchos que los hostigan para que se enfrenten entre ellos.
Adivinen cuál de los animales se hizo el dueño de la plaza y mató a todos los demás. El toro.
Corría el año de 1631 y era uno de esos festejos sangrientos con los que los reyes entretenían a la plebe de vez en cuando para ganarse su favor. El espectáculo que nos ocupa, con el toro, el león, el oso, la mona, los gallos… lo organizó el ministro conde duque de Olivares en el Retiro de Madrid para celebrar que el príncipe de Asturias, el hijo de su señor el rey Felipe IV, cumplía dos añitos.
Porque toros y reyes han ido en este país íntimamente unidos, sobre todo con los Austrias y los últimos Borbones, que eran y son taurófilos. A los primeros, en cambio, no les gustaban nada los toros: a Felipe V le ponían malo, a Fernando VI le horrorizaban y Carlos III no le veía la diversión por ninguna parte, así que tan pronto financiaban una plaza de toros como paralizaban la construcción de otra; o tan pronto sacaban reales órdenes que prohibían las corridas como abrían la mano y autorizaban espectáculos con la excusa de financiar un puente, una muralla o un hospital porque los españoles echaban de menos la sangre. Pan y circo.
Pero volvamos al jolgorio del Retiro con el rey disfrutón Felipe IV, que consiguió reunir en un solo espectáculo dos de sus grandes pasiones, los toros y la caza (las otras dos eran las mujeres y el teatro). En aquel espectáculo que le montó su valido el conde duque de Olivares se convocó al personal en el parque del Retiro de Madrid, y todos se lo pasaron en grande gracias a la carnicería que montó el toro. Lo malo es que cuando el astado quedó dueño del coso no había quien se hiciera con él. Menos mal que allí estaba Felipe IV, que solucionó el asunto en un pispás. La crónica de la época no tiene desperdicio: «Viendo nuestro César [el rey] que era imposible despejar el circo de aquel monstruo español [el toro] pidió el arcabuz y sin perder la mesura real ni alterar la majestad del semblante, hizo la puntería con tanta destreza que la muerte del toro fue instantánea».
¡Qué tío!
Porque fue Felipe IV el que innovó la fiesta introduciendo esa variante de disparar al toro, al oso o al león desde el palco real cada vez que acudía a un festejo a lo largo y ancho de todos sus reinos. Se convirtió en un lucimiento personal para hacer alarde de su puntería, y se hizo costumbre que el respetable se lo pidiera como remate del espectáculo. Algunos poetas, como Lope de Vega sin ir más lejos (y pelota como él solo), ensalzaban al toro por haber tenido el enorme privilegio de haber sido fulminado por el mismísimo monarca:
Dichosa y desdichada fue tu suerte,
pues, como no te dio razón la vida,
no sabes lo que debes a tu muerte.
Ahí está ese Lope, encima tratando como estúpido al toro por no enterarse de que lo ha matado todo un rey.
Y era el conde duque de Olivares, el mayor mangoneador del reino, el que no paraba de organizarle a Felipe IV corridas de toros o luchas de toros con fieras. Sabía que la debilidad del rey era cazar, y si lo mantenía entretenido en el campo o en la plaza, disparando a jabalíes o a toros, a Felipe IV solo le quedaría tiempo para firmar lo que le ponían delante. De este detalle se percató todo el mundo. El embajador de Venecia escribió en una ocasión que Felipe IV mostraba tanto gusto por la equitación y la caza, «que el conde de Olivares procura entregarle todo el día a esos ejercicios, no dejándole sino el tiempo necesario para firmar las decisiones del Consejo».
Pero llegó el momento en el que al valido se le acabó el chollo porque todo el mundo acabo calándolo. Ahora bien, tiene guasa que cuando el rey lo apartó de su lado, lo desterrara a una bonita ciudad de Zamora. A Toro. Qué cosas…
Y una curiosidad: los animales salvajes que le regalaban a Felipe IV se guardaban en el Real Sitio del Retiro, en lo que se llamaba la Casa de Fieras, que acabó siendo el germen del primer zoo de Madrid. Allí había osos, elefantes, panteras, tigres, leones… y cada vez que el rey quería juerga porque se ganaba una batalla o porque nacía una infantita o un principito, utilizaban a esas fieras para montar espectáculos y contentar a la plebe.
Hay infinidad de festejos documentados en los que se enfrentaban fieras contra toros, y fueron los reyes los que pusieron estos espectáculos de moda para que el populacho se fuera aficionando. Por eso esta salvajada llegó hasta el siglo XX y se continuaron celebrando, oficialmente, hasta 1904.
Ese año, en plena Semana Grande de San Sebastián, y después de una novillada de la feria, se organizó un espectáculo añadido que consistió en enfrentar a un toro de la ganadería sevillana de Antonio López Plata con un tigre de Bengala. El festejo se anunciaba así en la prensa: «Mañana tendrá lugar en la plaza de toros el sugestionador, atrayente y esperado espectáculo de la lucha del tigre y el toro». El toro se llamaba Hurón, cárdeno, astifino y con trapío; el tigre, César; rayado, bajo de agujas y bien armado. Comenzó la lucha y Hurón se fue a por César; le arreó y el tigre, un poco manso, tras recibir la primera embestida se hizo el muerto pegado a los barrotes de la jaula. Al público le supo a poco la pelea y protestó, así que los asistentes en el albero azuzaron a César para que se levantara y plantara cara a Hurón. César se fue a por el toro y el toro volvió a arrearle, con tan mala fortuna que el golpe del tigre justo contra la puerta de la jaula, la abrió.
El tigre y el toro salieron al ruedo y allí siguió la pelea ante el espanto de los donostiarras. Tuvo que intervenir la autoridad armada, los miqueletes, que acabó con las dos fieras a tiros en mitad de un caos impresionante. Entre los nervios, el rebote de los disparos, el pánico en los tendidos y que algunos espectadores también sacaron sus armas, aquella tarde cayeron bajo las balas el toro Hurón, el tigre César y el humano Juan Pedro Lizarriturry. Otros veinte acabaron heridos por disparos o pisoteados y aquello sirvió para que la autoridad competente prohibiera atrocidades de este calibre.
Pero el público siguió reclamando sangre. Todavía en los años sesenta del siglo pasado exigían poder ver toros contra osos, panteras y elefantes… El respetable, la mayor parte de las veces, es, simplemente, la peor de las alimañas.

Pretérito imperfecto. Historias del mundo desde el año de la pera hasta ya mismo, 2018

lunes, 14 de diciembre de 2020

1839. Opio o plomo. Nieves Concostrina.

Agosto de 1839. El político chino Lin Zexu envía una carta a la reina Victoria de Inglaterra exigiendo que los británicos dejen de introducir el opio en su país. La carta a la poderosa soberana europea decía en uno de sus párrafos: «Sé que en vuestro país está prohibido fumar opio. Ello significa que no ignoráis hasta qué punto resulta nocivo. Pero en lugar de prohibir el consumo de opio, valdría más que prohibieseis su venta; o mejor aún, su producción». Fin de la cita.
A doña Victoria, con todo su golpe finolis y su estricta moral, no se le movió una pestaña cuando terminó de leer la carta. Y es que, casi con total seguridad, el mayor narcotraficante de la historia no ha sido Colombia, ha sido Reino Unido. El cártel de Medellín no ha sido la más eficaz organización delictiva, lo fue la Compañía Británica de las Indias Orientales. Y si se trata de capos, Pablo Escobar no le llegaba a la reina Victoria ni a la suela del zapato.
La estrategia de cualquiera para hacerse de oro con el narcotráfico no ha cambiado en los últimos dos siglos. Consiste en introducir la droga, crear adicción y dejar que el negocio crezca solo. Cuanta más adicción, más demanda. Cuanta más demanda, más negocio. Y cuando Gran Bretaña decidió convertir en drogodependientes a cuantos más chinos mejor, lo hizo por venganza, por intereses económicos y por soberbia. Porque fue una época en la que los británicos no permitían que nadie les tosiera. Mucho menos ese imperio hermético y tradicional repleto de gentes con ojos rasgados.
El opio es más antiguo que el hilo negro. Se extrae de la adormidera, cultivada sobre todo en Oriente, una amapola muy bonica que guarda un juguillo blanco y lechoso. Esto luego se seca, se procesa y de ahí sale el opio. En Mesopotamia y Egipto se usaba como analgésico; en Persia, como anestésico; romanos y griegos le daban un uso medicinal, pero si querían tener una charla con algún dios, pues también le daban. Y en muchos otros lugares el opio servía a soldados y ciudadanos para mitigar el miedo a la guerra.
Con el paso de los siglos, con el avance de la investigación, se fue descubriendo que todo lo que tuviera que ver con el opio, ya fuera en plan jarabe, en grageas, como linimento o en enemas, ayudaba a los enfermos. Aunque intentaban vender que lo curaba prácticamente todo, en realidad no curaba absolutamente nada.
El opio ayudaba a sobrellevar el dolor, suministraba placer, relajaba, quitaba la angustia, serenaba el ánimo… muy bonito todo. Sí, ya.
Hasta que empezó a ser palpable que aquello generaba una dependencia del copón.
Los enfermos ya no buscaban opio para el alivio de su mal. Se hacían los enfermos para conseguir la droga y provocaron la peor de las enfermedades, la adicción.
Los que empezaron a fumarse el opio fueron los chinos, que se inventaron un aparatejo con una pipa larga. Al principio fumaban con moderación, sin pasarse, y buscando un supuesto beneficio medicinal.
Hasta que llegaron los británicos y pensaron que sería muy fácil desestabilizar el país si convertían a los chinos en adictos. Exactamente lo mismo que hizo Pablo Escobar en Estados Unidos: inundar el mercado estadounidense con cocaína y convertir a los yanquis en adictos. Pues Pablito no inventó nada. Estaba inventado. Eso ya lo hicieron los británicos con los chinos en el siglo XVIII.
Allá por 1773, Gran Bretaña tenía el monopolio del opio que se cultivaba en la India. Los británicos controlaban las plantaciones, el procesamiento, el almacenaje, la venta… o sea, unos narcos en toda regla. Y resulta que ya a finales de aquel siglo XVIII la economía británica pasaba por serias dificultades, por no decir que el país estaba prácticamente en bancarrota. La razón era que Gran Bretaña había perdido un lucrativo negocio en América porque se acababan de independizar las famosas trece colonias.
Estados Unidos empezó a andar solito y la corona británica perdió aquel gran pedazo de pastel que sustentaba su economía. Por ejemplo, ya no se podían llevar a Reino Unido tan alegremente el algodón americano. Ahora tenían que comprarlo. ¿Qué hicieron? Volcarse en el comercio con China, pero dieron con la horma de su zapato. Los británicos quisieron imponer sus reglas de juego comerciales, y los chinos les dijeron que tararí que te vi, que en China se jugaba con las reglas de los chinos.
Gran Bretaña necesitaba de ellos mucho té, mucha seda, mucha porcelana y mucho algodón. Los chinos querían que les pagaran con oro y plata, sobre todo plata, pero eso no les venía bien a los británicos porque les desequilibraba su balanza comercial. Los ingleses no querían estar soltando plata y más plata, sobre todo porque no la tenían. Querían conseguir que el gigante asiático se abriera al comercio, que los chinos no solo les vendieran, que también compraran productos a Reino Unido. Y los chinos, que no; que no compraban, que solo vendían.
Muy bien, dijeron los británicos ya metidos en el siglo XIX. Pues si no queréis por las buenas, lo haremos por las malas. Y tenían tanta producción de opio en la India, que empezaron a introducirlo en el mercado chino. Nadie pudo imaginar la velocidad a la que se iba a extender el contrabando y el consumo del opio. Empezaron a proliferar los fumaderos y millones de chinos acabaron colgados. Ya les importaban un pito las supuestas bondades medicinales. Ya fumaban por fumar.
Había tanta demanda de opio, y se convirtió en un producto tan competitivo, que lo que no habían conseguido los encuentros diplomáticos para equilibrar la balanza comercial lo estaba consiguiendo la adicción. China estaba hincando la rodilla económicamente, no solo porque estaba entrando el opio británico a espuertas sin tenerlo previsto, también estaba arruinándose socialmente por un número imparable de adictos que andaban tirados por las esquinas, y con la economía familiar arruinada porque el opio se llevaba dos tercios del jornal.
A las autoridades chinas el asunto se les fue de las manos. No sabían cómo atajar aquel desorden moral, y tenían una tremenda bronca interna porque unos apostaban por prohibir totalmente el consumo y perseguir a los narcotraficantes sin tregua, mientras otros apostaban por la legalización para acabar con el mercado negro. Y hablamos de 1834. Resulta que llevamos doscientos años discutiendo sobre lo mismo.
Al final optaron por prohibir el consumo, perseguir a los traficantes de opio y plantar cara a los británicos. Ahí fue cuando el comisario imperial Lin Zexu escribió a la reina Victoria de Inglaterra la carta que abría este texto, exigiendo que sus chicos dejaran de introducir opio en China y amenazando con tomar medidas si no cesaba el narcotráfico. No hace falta insistir por dónde se pasó la soberana el ultimátum.
El comisario Lin cumplió. Bloqueó el puerto de Cantón, confiscó veinte mil cajas de opio valorado en 5 millones de libras que aguardaban a ser desembarcadas y las destruyó. ¿¡Cómo!? Se sorprendieron en Londres. ¿¡Que han hecho qué!? ¿¡Que han destruido nuestra droga!? Y enviaron a China cuatro mil hombres en unos cuantos barcos de guerra para exigir por las bravas que se legalizara el comercio del opio y que les indemnizaran por la droga destruida.
Así fue como empezó la primera guerra del opio en 1840. Británicos y chinos no se pusieron de acuerdo y acabaron intercambiando plomo. Un año estuvieron a tiros, hasta que China capituló, y esta rendición les trajo pésimas consecuencias: no solo que los británicos siguieron metiendo opio a espuertas y enganchando a los chinos a la droga, también China tuvo que pagar una factura de guerra tremenda y abrir cinco de sus grandes puertos para que Gran Bretaña comerciara libremente con los productos que le vinieran bien.
Y una consecuencia más: China tuvo que dar pleno dominio a los británicos de la isla de Hong Kong durante 155 años. Seguro que muchos recuerdan aquel año de 1997, con infinidad de actos que ofrecieron todos los informativos cuando los británicos tuvieron que devolver Hong Kong a China. Ya habían pasado los 155 años y muchos, la inmensa mayoría, no tenía ni idea de que Reino Unido se hubiera quedado con la isla durante siglo y medio gracias a la droga; gracias al opio.
Pero si estamos hablando de la primera guerra del opio entre Gran Bretaña y China, está claro que, como mínimo, hubo otra más. Y es que en China se juntaron el hambre con las ganas de comer. Tras la primera guerra del opio, con la mitad de los chinos fumados, con la economía maltrecha, con el ejército deprimido porque no estaban acostumbrados a perder, con protestas sociales por todo el imperio, y con una tremenda crisis política porque el mundo había cambiado y los chinos andaban estancados en una maquinaria estatal tradicional y antigua, los británicos vieron la oportunidad de seguir apretando las tuercas para sacar más rendimiento.
Y como el resto del mundo estaba ojo avizor a ver qué pasaba, en cuanto vieron a China debilitada, también se presentaron en sus puertos diciendo ¿qué hay de lo mío? Estados Unidos y Francia fueron dos de las potencias que quisieron meter cuchara en el mercado chino.
China que no, y los demás que sí, y en 1856 se lio la segunda guerra del opio, quince años después de que hubiera terminado la primera.
Y también perdió China. Tuvo que firmar otro tratado con tan pésimas consecuencias como el primero. China era un perro flaco, y todo eran pulgas.
El país quedó tan debilitado que todo el que pasaba por ahí pegaba un mordisco. Japón, España, Portugal se unieron a franceses, estadounidenses y británicos para sacar tajada. Y todo gracias al opio.
Tiene guasa la cosa. Lo de plata o plomo no lo inventó Pablo Escobar. Antes ya dijeron los británicos eso de opio o plomo.

Pretérito imperfecto. Historias del mundo desde el año de la pera hasta ya mismo. 2018.

sábado, 31 de octubre de 2020

1815. Frankenstein y el volcán. Nieves Concostrina.

5 de abril de 1815. En la lejana Indonesia, el volcán Tambora entra en erupción. Al principio solo fueron un par de pedetes, pero cinco días después la cosa se puso seria. El estallido fue de tal calibre que la columna de humo y cenizas alcanzó la estratosfera. Primero subió hasta llegar a los 43 kilómetros de altura, y después esa cortina tupida y gris se extendió y oscureció el hemisferio norte del mundo durante los siguientes meses. El sol se nubló y 1816 pasó a la historia como el año sin verano.
En realidad pasó a la historia por algo más. Porque aquel verano destemplado, grisáceo y lluvioso trajo consigo el nacimiento de una criatura extraordinaria que parió la mente de Mary Godwin. Un moderno Prometeo, un ser a veces monstruoso y a ratos tierno que se convirtió dos años después, en 1818, en el protagonista del más célebre relato de terror. Para entonces, Mary ya había cambiado su apellido de soltera por el de Shelley.
La historia de Frankenstein la conocemos todos gracias al cine. La del jovencito, la del mayorcito, versiones nuevas, versiones viejas, en color y en blanco y negro, así que no se trata de hablar del relato, sino de conocer todos los cotilleos que provocaron que aquel año sin verano un grupo de cinco bohemios veinteañeros se reuniera en un pedazo de villa suiza. Se trata de conocer a esos jóvenes intelectuales pelín pijos; se trata de saber por qué Mary Godwin pasó a ser Mary Shelley, y se trata de saber si todo fue producto de la imaginación de la autora o si se fumó algo.
Quien haya visto la película Remando al viento, la que Gonzalo Suárez dirigió en 1987, ya sabe de qué va la cosa. Y para quien no lo sepa, se va a enterar. Pero antes, mejor presentar a los personajes y conocer sus circunstancias, situando el escenario y la atmósfera, porque si no llega a ser por aquella erupción del volcán indonesio en 1815; si no llega a ser porque en 1816 no hubo verano; si no llega a ser porque aquellos cinco personajes coincidieron a orillas de un lago suizo… Mary Shelley no hubiera publicado su relato dos años después. Era necesario un marco adecuado e incomparable como el que brindaron Villa Diodati, el entorno y la meteorología.
Vayamos al planteamiento, nudo y desenlace de esta historia.
Planteamiento. Primero hay que conocer a los cinco amigotes que fueron a pasar aquellos días de junio de 1816 a la Riviera Suiza. Y empezamos con las chicas:
Mary Godwin, diecinueve años. Hija de filósofos. La madre, feminista, y el padre, anarquista. O sea, que la niña salió suelta, lista, muy leída… y un poquito intensa, todo sea dicho. Mary creció admirando a una madre que no conoció porque murió once días después de haberla parido; una faena, porque la pobre Mary cargó toda su vida con un tremendo sentimiento de culpabilidad.
Estaba también Claire, dieciocho años, hermanastra de Mary, también lista y no menos intensa.
Y ahora vienen los tres chicos. Percy Bysshe Shelley era uno de ellos: veintirés años, niño aristócrata, rebelde sin causa y expulsado de Oxford por respondón, no por vago. Acabó siendo un poeta romántico y depresivo. Estaba casado y tenía dos niños, pero andaba en tratos carnales con Mary Godwin.
John William Polidori, veintiún años. Era médico, pero aspiraba a ser gran escritor. Siempre acompañaba a su paciente para cuidarle allá a donde viajara porque era de salud quebradiza. Y sobre todo para aprender algo de él, porque ese paciente debilucho al que cuidaba Polidori era la gran estrella invitada del asunto que nos ocupa, el que aglutinaba en torno a sí aquel complejo grupo humano:
George Gordon Byron, veintiocho años, muy famoso en Inglaterra desde bien jovencito, gran poeta, vanidoso, le gustaban ellos y ellas, saciaba todos sus apetitos cuando le apetecía y con quien le apetecía. También con esposa e hija a las que abandonó. En los momentos de los que hablamos estaba liado con Claire, la hermanastra de Mary.
El escenario lo puso Villa Diodati, alquilada por lord Byron para él y para su médico. Había salido huyendo de Inglaterra porque la sodomía estaba castigada con la pena de muerte, y como sus paisanos cada vez lo tenían más acorralado, decidió salir por pies, aunque él lo disfrazara de «me voy porque no os aguanto más, que sois muy cansinos». Aquellos días en Suiza con sus colegas románticos fue la primera parada de un largo periplo. Byron ya no volvió a Inglaterra. Bueno, sí, volvió, pero con los pies por delante.
Vamos llegando al nudo de esta historia. Tenemos a lord Byron y a su médico Polidori instalados en su casoplón, en Villa Diodati; y a los otros tres, a Mary, Claire y Percy, también de alquiler en una casita cercana, más modesta. Quedaban los cinco para pasear, para remar, para charlar y para lo que se terciara. No hay que perder de vista los líos entre ellos, que son importantes. Mary Godwin enredada con el poeta Percy, lord Byron achuchándose de vez en cuando con Claire, y el médico Polidori, sin perrito que le ladrara salvo su paciente, que era bastante borde con él.
Alguien definió aquella reunión en Villa Diodati como «el círculo más brillante y romántico de poetas, escritores y personalidades que Suiza jamás haya visto». Pues, la verdad, según se mire. Todos eran muy listos, cierto, pero con mucho aceite en la sartén cualquiera fríe bien. Tenían posibles, posibilidades y facilidades para ir a su bola.
El caso es que en esas andaban, con el tiempo feo y la climatología del revés por culpa del volcán indonesio, cuando, a mediados de junio de 1816, la cosa empeoró. Se metieron unas tormentas y unos vendavales que dejaron al grupito de amiguetes intelectuales, todos juntos, encerrados en la villa de Byron durante tres o cuatro días. No tenían WhatsApp ni tele ni radio ni Twitter ni Facebook. Solo tiempo.
Hace años, algunos bares pusieron de moda colocar un cartel que decía: «No tenemos wifi, hablen entre ustedes». Pues eso es lo que hicieron Mary, Percy, Polidori, Byron y Claire durante sus días de encierro forzado. Charlaron, leyeron, y como los cinco eran amantes de lo gótico, jugaron a meterse miedo contando relatos fantásticos y repasando cuentos de terror mientras la lluvia arreciando fuera, el retumbar de los truenos y el golpeteo de las ramas en los ventanales ponían el decorado perfecto.
Lord Byron propuso entonces que, aprovechando que estaban todos sugestionados por el entorno y por las lecturas, y mientras el tiempo no mejorara, ¿por qué no escribir cada uno un relato de terror, a ver qué salía de ahí? Curiosamente, a ninguno de los dos poetas famosetes, Shelley y Byron, les salió una buena historia. Los dos que armaron un buen relato de terror fueron Mary Godwin y el médico, John Polidori.
Mary escribió la historia de un doctor llamado Frankenstein que, por dar vida a un muerto, acabó creando un monstruo. Y Polidori escribió El vampiro, que va de un aristócrata inglés muy pijo, muy culto, muy vanidoso y muy borde que se dedicaba a seducir a jovencitas para chuparles la sangre. Y no hay que ser malpensado, porque Bram Stocker todavía no había ni nacido, y por tanto su Drácula, tampoco. Ya se puede deducir quién copió a quién.
Según contó años más tarde la propia Mary, la inspiración para el relato del monstruo le vino por una horrible pesadilla que tuvo una de aquellas noches de tormenta encerrada en Villa Diodati. Y es que ese grupito de veinteañeros le pegaba a los opiáceos; al láudano en concreto. Lord Byron para sus dolencias, Mary porque le ayudaba a dormir, la otra porque estaba depre, y el otro porque sí.
No hay que extrañarse, pues, de que Mary contara que soñó «con un estudiante de artes impías, de rodillas junto al objeto que había armado». Y que vio «el horrible fantasma de un hombre extendido que por obra de algún motor poderoso cobraba vida y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural». Pues claro, si te acuestas hasta las cejas de láudano sueñas cosas raras.
El doctor Polidori, sin embargo, puso menos ensoñación y más mala leche. Porque el protagonista de su relato El vampiro, el aristócrata chulo, borde, vanidoso y seductor era clavadito a su paciente, a lord Byron, al que únicamente soportaba porque su compañía le permitía estar en la pomada de la intelectualidad.
Y ya llega el desenlace. La violenta tormenta que mantuvo al grupo encerrado aquellos cuatro días se fue con viento fresco, todos continuaron con su plácido descanso suizo y, cuando terminó agosto, para Mary, Percy y Claire también llegó el final de aquellas vacaciones de 1816, el año sin verano. Lord Byron no podía volver a Inglaterra, así que continuó un par de meses más en Villa Diodati y luego siguió viaje por Europa con John William Polidori.
Claire tuvo meses después una hija de la que, por supuesto, el papá Byron se desentendió. John Polidori acabó suicidándose con cianuro, seguramente harto de aguantar a su insoportable paciente, pero no sin antes ver publicado El vampiro.
Percy y Mary pudieron casarse porque la esposa de él también se suicidó, de ahí que cuando el relato Frankenstein o el moderno Prometeo se publicara firmado por su autora (inicialmente fue anónimo), apareciera ya Mary Shelley, no Mary Godwin.
Ese fue el apellido que se llevó a la tumba Mary, pero no fue lo único que conservó hasta el final la viuda de Percy B. Shelley. Aquel matrimonio duró poco, hasta 1822, cuando el poeta murió ahogado y acabó teatralmente cremado en una playa italiana (esperpéntico episodio que no viene al caso). Su viuda recibió el hígado o el corazón a la brasa (nunca quedó claro qué fue exactamente lo que se rescató de aquella pira funeraria) y con ella lo conservó toda su vida. Y con ella sigue, porque se lo llevó a la tumba.
Aquí se quedó, con nosotros, la genial criatura que creció en su mente aquel año sin verano.

 

Pretérito imperfecto. Historias del mundo desde el año de la pera hasta ayer mismo, 2018.

Imagen: Shelley et Mary Godwin por William Powell Frith, 1877

martes, 15 de septiembre de 2020

1517. El ganso de Lutero. Nieves Concostrina.

31 de octubre de 1517. Centro de Alemania. En una ciudad a orillas del río Elba un monje agustino muy cabreado avanza a grandes pasos con un cartelón debajo del brazo y con un martillo y varios clavos en una mano. Llega hasta las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg, desenrolla el cartel, lo sujeta contra la madera y a martillazos lo clava para que lo vea todo el mundo. Ahí lo dejo, debió pensar. Y se volvió a su convento más desahogado.
Era una protesta. Un pedazo de protesta de un monje protestón llamado Martín Lutero. Ni de lejos pudo imaginar el pollo que iba a montar con aquellas 95 tesis que inauguraron oficialmente la Reforma Protestante con la que a Roma los fieles se le empezaron a escapar a chorros.
En 2017 se cumplió el quinto centenario de la Reforma. Quinientos años desde que Lutero lio la que lio, así que no viene mal saber de qué va esto, porque siempre estamos con que si las 95 tesis de Lutero por aquí, que si las 95 tesis de Lutero por allá, que si las clavó, que si las envió, que si Lutero, que si las tesis… ¿pero sabemos exactamente qué pasó? ¿Por qué las redactó? ¿Para qué? ¿Qué ponía? ¿Qué pretendía?
De entrada, quede dicho que no se sabe si esa imagen que tenemos todos de Lutero clavando el papel en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg es real. Pudo haber ocurrido, pero no hay ningún testigo. Puede que fuera una escena inventada con posterioridad para dar más fuerza al episodio, porque visto la que se montó venía bien adornar con un poquito de escenografía. Da igual. Hay tantas papeletas para que haya ocurrido como para que no, porque aquellas puertas eran una especie de tablón de anuncios y Lutero bien pudo fijar sus tesis, sus propuestas, para iniciar el debate. Aunque es más probable que su texto lo enviara por correo al papa de Roma, a León X, aquel que dicen que dijo: «Dios nos ha dado el papado, disfrutémoslo». Le pega todo.
El título completo del famoso texto de Lutero es «95 tesis sobre la virtud de las indulgencias». ¿Y qué eran exactamente las indulgencias? Pues una estafa de proporciones bíblicas.
Lutero ya llevaba años de cabreo en cabreo porque Roma era un despiporre. Todos los papas eran unos corruptos, y el que no tenía cinco hijos al retortero tenía tres amantes. Compraban estados, se asesinaban unos a otros y se robaban las novias. Pero la gota que colmó el vaso de Lutero fue el comercio de indulgencias, un invento del papa muy rentable que no servía absolutamente para nada.
Dicho de forma muy sencillita para quien no haya oído hablar nunca de este tema: consistía en que la Iglesia te vendía un papelito que te aseguraba librarte del purgatorio y largarte directamente al cielo. Ya está. Alguien dirá, ¿algún tonto compró eso? Miles de tontos compraron eso, porque más que tontos eran personas absolutamente aterrorizadas, aniquiladas por el pánico del infierno y la duda de la salvación. La Iglesia les metía el miedo en el cuerpo y luego les hacían pagar para librarse de ese miedo.
Una maniobra genial.
En aquel siglo XVI todo el mundo andaba muy preocupado por no acabar en el purgatorio, un estado intermedio que se inventó la Iglesia en el siglo XIII, que se supone que estaba situado entre el cielo y el infierno y donde había una lista de espera para ir a uno u otro sitio. Ya se puede hablar en pasado porque en pleno siglo XXI el expapa Benedicto XVI recalificó el purgatorio y lo convirtió en una especie de estado espiritual, que era como admitir disimuladamente que sí, que vale, que el purgatorio no existe.
Pero, claro, esto de que el purgatorio no existe no lo sabían en el siglo XVI, y resulta que en Roma se habían metido en obras para hacer una iglesia grande, muy grande. La más grande de la cristiandad. Una iglesia por encima de sus posibilidades y que se les fue de presupuesto. San Pedro del Vaticano estaba saliendo por un pico y no había suficiente dinero.
Hubo que inventarse algo para recaudar, y ese algo fueron las indulgencias, que ya existían desde hacía siglos porque la indulgencia equivalía a decir «va, venga, te perdono, pero a cambio te rezas esto, o te vas de peregrinaje a tal lugar santo, o te arreas un par de latigazos, o dejas de comer tres días, o duermes en el suelo sobre un manojo de ortigas». Cualquier cosa que hiciera sufrir.
Llegó el momento en que esto de las indulgencias se reveló como una oportunidad de negocio inigualable, y el perdón de los pecados empezó a venderse. Como la gente se lo creía todo, se llegó al extremo de vender indulgencias hasta por los pecados futuros, por los que aún no se habían cometido. Como si compraras el perdón por si en algún momento cayera la breva y acabaras acostándote con el vecino del quinto, aunque hasta el momento solo te lo hubieras cruzado al bajar la basura.
Vaya otro ejemplo concreto; tan concreto, que fue precisamente el que cabreó a Lutero: Maguncia es una ciudad alemana en la que, para ser elegido arzobispo, un tipo pagó en 1514 al papa, a León X, la fabulosa cifra de veinticuatro mil ducados. Una vez conseguido el cargo, el arzobispo de Maguncia también logró del papa el permiso para predicar indulgencias en los territorios bajo sus dominios. Dicho así, eso de predicar suena fino, pero en realidad era para vender indulgencias.
De esta venta sacaban tajada el propio arzobispo, el papa, la banca Fugger (donde se ingresaba el dinero), y el emperador Maximiliano, el abuelito de nuestro Carlos V. Todos pillaban su parte.
Nadie podía evitar la tentación de comprar aquellos papelitos, aquellas indulgencias que te aseguraban un lugar en el cielo. Tenían enormes ventajas: tú podías pecar todo lo que te diera la gana y luego pagabas a la Iglesia para que te quitara el pecado de encima. Cuanto más pagaras, más pecados te borraban.
Martín Lutero fue uno de aquellos cristianos que vivían acogotados por el miedo al infierno, y también el que observó de cerca el lucrativo negocio que se traían con la compraventa de indulgencias. Hasta que se paró a pensar y entendió que solo era un timo, un sacacuartos. Y redactó su protesta, sus 95 tesis explicando por qué aquello no debería ser así. Intentando abrir un debate y discutir sobre el tema.
Cuando el texto de Lutero llegó a manos de León X, el papa no hizo puñetero caso. ¿Quién era el atrevido? ¿Un monje alemán? Protestones a él… como se pusiera tonto montaba una hoguera y lo achicharraba.
Pero el papa se pasó de listo y no tuvo en cuenta un pequeño detalle. La imprenta ya estaba en marcha, y los escritos de Lutero tuvieron una impresionante difusión por Alemania y todo el norte de Europa. Solo cuando los dominicos, que eran los que estaban directamente implicados en la venta de indulgencias, presionaron al papa y le pidieron que hiciera algo porque el monje la estaba liando y fastidiando el negocio, afectando a las ventas, deteriorando la imagen santa del alto clero, solo entonces el papa León X sacó una bula condenando los escritos de Lutero.
Demasiado tarde. Las protestas de Lutero habían corrido como la pólvora. Tenía miles de defensores, miles de seguidores.
Cuando le llegó la bula de condena, fue Lutero el que montó la hoguera para quemarla públicamente. Porque, eso sí, a los cristianos, protestantes o no, les gustaba una hoguera para quemar humanos, papeles o lo que fuera más que a MacGyver una ferretería.
El desafío a Roma era total, sin posible marcha atrás, y aunque el mosqueo con las indulgencias solo fue el punto de partida, Lutero, ya puestos, continuó desarrollando lo que acabaría siendo una nueva religión. Lo que él llamó «el mejoramiento del estado cristiano».
Por ejemplo, ¿qué era eso de que hubiera tantas vírgenes, tantos santos, tantos mártires? Y la inmensa mayoría inventados. Pues porque a todos los usaba la Iglesia de Roma como mediadores ante dios; era una forma de diversificar el negocio y, entre otras cosas, animar el mercado de las reliquias. Lutero dijo que no, que aquí el único interlocutor válido con dios era Jesucristo. Ni san Pitopato ni la virgen del perpetuo calorín.
Otro asunto. Eso del celibato. ¿A cuento de qué, si todo el mundo sabía que ni un solo papa, cardenal, obispo, abad o fraile lo cumplía? ¿Quién se había inventado eso de que había que ser célibe para ser cura? Lutero también dijo que no a esto. En vez de sacerdotes, pastores. Y el que quisiera, que se casara. Que eso ahorraba muchos follones y pondría a los menores a salvo.
La Biblia. Otro lío. ¿Por qué solo podían interpretarla los autoproclamados príncipes de la Iglesia? ¿Por qué no podía leerla la gente normal si era a ella a quien se dirigía? ¿Por qué no traducirla a lenguas vulgares? Y como Lutero no recibió una explicación razonable ni razonada, fue y la tradujo al alemán.
La primera intención de Lutero hace quinientos años fue hacer una reforma, porque según su criterio, la Iglesia, su Iglesia, se estaba saliendo de madre. Pero no fue el primero en advertir de la deriva gamberra que estaba tomando la multinacional. Ciento y pico años antes de que Lutero la liara parda hubo otros que también intentaron decirle al alto mando eclesiástico que de qué iban; que se habían salido del camino, que aquello ya no era lo que debería ser. Entre ellos estuvieron el inglés John Wycliffe y el checo Jan Hus. Ellos fueron en realidad los precursores de la reforma protestante, lo que pasa es que no triunfaron como triunfó Lutero, ni alcanzaron la fama que alcanzó Lutero. También es cierto que Lutero salió vivo de su chulería y los otros dos no.
John Wycliffe ya se atrevió en el siglo XIV a traducir la Biblia a lengua vulgar, al inglés, y también dijo en voz alta que eso de la transustanciación (lo de que el pan y el vino se convierta en el cuerpo y la sangre de Cristo) era un cuento chino. Este hombre tuvo la suerte de morirse de forma natural, pero a la Iglesia le cabreó tanto que se le escapara un hereje vivo, que lo que hizo fue desenterrar al pobre Juanito Wycliffe y quemarlo. Ya estaba muerto, pero se dieron el gustazo de rematarlo.
Y después del inglés llegó un checo, Jan Hus, más comedido que Wycliffe pero con el suficiente cuajo como para presentarse en mitad del Concilio de Constanza para leerles un sermón que llevaba escrito y convencerles de que la Iglesia tenía que poner fin a los abusos. Pretendía exigir a los clérigos que abandonaran los vicios, que recuperaran los valores de pobreza y moralidad, y reclamaba a la institución que se dejara de tanta compraventa de perdones. Un pedazo de iluso.
La verdad es que Jan Hus se confió de más, porque el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Segismundo I le dijo «Ve, ve… que yo te cubro. Cántales las cuarenta que yo ya si eso te protejo luego».
A quién se le ocurre fiarse de la palabra de un rey.
Jan Hus no pudo leer ni la primera línea de su sermón frente al Concilio de Constanza. Es más, le obligaron a retractarse antes de decir ni mu. Pero no se retractó. Simplemente calló. Días después lo achicharraron allí mismo, en Constanza, por bocazas. Hereje, decían entonces.
Lo amarraron a un poste con una cadena y prendieron fuego bajo sus pies a los primeros haces de leña. Cuando empezó a subir el calorcito le preguntaron por última vez: «¿Qué? ¿Te retractas o no?». Y dijo Jan: «¡Que no!».
Kaput.
Y ahora es cuando viene la bonita profecía del ganso. Cuentan que el revoltoso Hus, que en checo significa «ganso», antes de largarse achicharrado al otro barrio tuvo oportunidad de hablar con el emperador que lo dejó vendido frente al Concilio de Constanza. Le dijo: «Vas a asar un ganso, pero dentro de un siglo te encontrarás un cisne que no podrás asar». El emperador no debió de entender nada, entre otras cosas porque no pensaba vivir cien años para verlo, pero, efectivamente, un siglo después llegó Martín Lutero y todo mundo entendió que él era el cisne que predijo Jan Hus. De ahí que en muchas iglesias luteranas haya un cisne sobre la puerta, un cisne sobre el púlpito, cisnes en las veletas… El cisne acabó siendo el perfecto logotipo de los luteranos, y por eso también en la abundante iconografía de Lutero aparece tras él, a sus pies, un ganso, y ese ganso es su precursor, Jan Hus.
Lutero fue el cisne que la iglesia ya no pudo asar en la hoguera, aunque toda su valiente peripecia ni le convierte en santo ni, mucho menos, en mejor persona; ni significa que sus ideas fueran excelentes. Porque Lutero y los luteranos acabaron siendo tan fundamentalistas como los que criticaban, y acabaron montando hogueras para los herejes con tanto arte como los católicos. Tal para cual.
Es lo que han tenido, y todavía tienen, algunas religiones, que siempre se han sentido en el derecho de aniquilar al prójimo en el nombre de dios. De su dios. De sus dioses.
Aztecas, musulmanes, apaches, católicos, mayas, judíos, luteranos, incas, anglicanos, vikingos, puritanos, pies negros, hindúes, egipcios, cherokees… ninguno se libra.

Pretérito imperfecto. Historias del mundo desde el año de la pera hasta ya mismo. 2018.
 

viernes, 31 de julio de 2020

1492. Sin Colón, ni gazpacho ni cigarrito. Nieves Concostrina.

Hay vicios cuyo origen tienen día, mes y año. El 6 de noviembre de 1492 Cristóbal Colón anotó en su diario la primera referencia al tabaco de la que tenemos noticias. Pero el almirante no fumaba. Fue uno de sus marineros, Rodrigo de Jerez, que como su propio nombre indica era de Ayamonte (Huelva), quien pasó a la historia por ser el primer europeo que fumó, que le gustó, que se enganchó y que tuvo que pasar el síndrome de abstinencia en la cárcel.
A Cristóbal Colón se le pueden echar en cara muchas cosas, y una de ellas, y visto lo visto con la distancia de cinco siglos, es haber traído el tabaco de América. Sin Colón no habría sido posible el gazpacho, ni la tortilla de patatas, pero lo malo es que con los tomates y las papas también vino el tabaco. Aquel 6 de noviembre Colón escribió que mucha gente, hombres y mujeres, iban con un tizón en las manos; un tizón relleno de hierbas que chupeteaban con fruición y que luego les hacía expulsar humo por la boca. Y eso lo apuntó en su diario porque así se lo explicaron dos de los hombres a los que envió a darse un garbeo.
El tabaco lo descubrieron en Cuba, cómo no. Hacía apenas un mes que Colón y sus chicos habían llegado al Caribe y andaban de isla en isla bicheando, oliendo a ver si daban con las especias que buscaban, pimienta y canela sobre todo. Cuando recalaron en Cuba, Colón hizo lo habitual: enviar a dos de sus hombres de avanzadilla a que se dieran una vuelta por la isla y luego le contaran qué se cocía y de qué iban los indios. Aquellos dos comisionados fueron Luis de Torres y Rodrigo de Jerez, que allá donde paraban, entre fiestas y agasajos, les ofrecían un tizón para que lo chuparan.
Cuando volvieron al campamento base ya iban fumando como carreteros, y a Colón le explicaron cómo era ese tizón más o menos con estas palabras: «Unas hierbas secas, metidas en una cierta hoja, también seca, que los indios encienden por una parte y por la otra chupan o sorben para dentro el humo». Eso lo traslada Colón a su diario y pasa a ser la primera descripción de la acción de fumar y de lo que es un cigarro.
Comprobaron también que todo lo que se puede hacer con el tabaco ya lo habían chequeado los indios. Unos fumaban las hierbas envueltas, otros las mascaban, los sacerdotes inhalaban el humo con pipa para comunicarse con los dioses, y los de más allá machacaban la hoja hasta pulverizarla para poder esnifarla en plan medicinal, exactamente lo mismo que se hacía en Europa siglo y pico después, solo que lo llamaban rapé.
La planta del tabaco vino a España en el regreso del primero de los viajes de Colón. Llegó en la carabela la Niña con Rodrigo de Jerez, que fue el que empezó a extender el vicio en su pueblo, en Ayamonte, con la tontería de hacer demostraciones de cómo liarse un puro. El pionero Rodrigo está tan aceptado mundialmente como el primer fumador moderno, que en Nicaragua hay una marca de puros que se llama así, Rodrigo de Jerez.
Los ayamontinos, por tanto, fueron los primeros en España en echarse un pitillito. Hubo cierta alarma en el pueblo, y alguno de sus paisanos lo denunció ante la Inquisición por hacer brujería, porque solo el diablo podía dar a un hombre el poder de echar humo por la boca. La Inquisición estuvo de acuerdo en que aquello era cosa del demonio y lo metió en prisión. Siete años de cárcel por fumar le cayeron a Rodrigo de Jerez. Cuando salió, sin embargo, media España estaba fumando. La vida es muy injusta, y ser precursor en algo, lo que sea, acarrea sus riesgos.
El vicio no tardó en extenderse por Europa. Dicen que ningún otro hábito se ha propagado tanto ni tan rápido. Dos siglos después de aquel primer cigarrito de Rodrigo de Jerez toda la humanidad conocía el tabaco y todo el mundo, de toda condición, tenía acceso a él. Al principio se extendió con la excusa de que el tabaco tenía un uso terapéutico, pero la disculpa se desmontó sola en cuanto se demostró que seguían fumando los que supuestamente ya se habían curado. Se enganchó todo el mundo.
La incongruencia llega ahora: si resulta que la Inquisición fue la primera liga anti-tabaco por considerar eso de fumar una práctica diabólica y procedente de una cultura salvaje, ¿cómo es posible que en menos de cien años, en Roma, estuvieran todos fumados? Pues porque hubo un cardenal que se llamaba Próspero Santacroce que introdujo el tabaco en 1585 y en todos los huertos de los monasterios se cultivaba la planta. Al principio porque eran unas hierbitas que curaban cosas, pero acabaron todos enviciados. Se les prohibió fumar durante los oficios porque las iglesias estaban llenas de humo, pero muchos no aguantaban una misa de dos horas sin salir a fumar a la mitad. El franciscano Giuseppe da Convertino disculpaba a todos los fumetas porque decía que libraba a los religiosos de la tentación de la carne.
¿Y qué fue del otro fumador? ¿De Luis de Torres, el colega de Rodrigo de Jerez? Pues seguramente no le hubiera importado morir de cáncer de pulmón porque, seguro, habría vivido más. A Luis de Torres lo mataron los indios.
Fue uno de los treinta y nueve hombres que Colón dejó en el Fuerte Navidad con el encargo de ir haciendo amigos con la población local porque, debido a la pérdida de la nao Santa María, no entraban todos los tripulantes en las dos carabelas que regresaban a España. Pero resultó que aquella delegación, en vez de hacer amigos en las Indias, lo hicieron con las indias y acabaron inflando a los indios. Cuando Colón volvió en su segundo viaje estaban todos fritos. Seguramente Luis de Torres murió fumando, pero no por fumar.
En Europa el tabaco ganó tantos adictos en tan poco tiempo que los gobiernos intervinieron para prohibirlo. Pero luego esos mismos gobiernos se percataron de su torpeza y rectificaron. Si eso le gustaba a tanta gente, en vez de prohibirlo, mejor clavar unos impuestos y engordar el erario. Y así, de la noche a la mañana, se pasó de la represión a bendecir el rentable vicio de fumar.
Los indios consideraban el tabaco una hierba sagrada. Y las haciendas públicas, también.

Pretérito imperfecto. Historias del mundo desde el año de la pera hasta ya mismo. 2018.