Me
ocurrió una vez, en un cruce, en medio de la multitud, de su ir y
venir.
Me
detuve, parpadeé: no entendía nada. Nada de nada: no entendía las
razones de las cosas, de los hombres, todo era insensato, absurdo.
Y
me eché a reír.
Lo
extraño para mí era que nunca antes lo hubiese advertido. Y que
hasta ese momento lo hubiese aceptado todo: semáforos, vehículos,
carteles, uniformes, monumentos, aquellas cosas tan separadas del
sentido del mundo, como si hubiera una necesidad, una consecuencia
que las uniese una a otra.
Entonces
la risa se me murió en la garganta, enrojecí de vergüenza.
Gesticulé
para llamar la atención de los transeúntes y «¡Deteneos un
momento!», grité. «¡Hay algo que no funciona! ¡Todo está
equivocado! ¡Hacemos cosas absurdas! ¡Éste no puede ser el camino
justo! ¿Dónde iremos a parar?».
La
gente se detuvo a mi alrededor, me observaba, curiosa. Yo estaba allí
en medio, gesticulaba, me volvía loco por explicarme, por hacerles
partícipes del relámpago que me había iluminado de golpe: y me
quedaba callado. Callado porque en el momento en que alcé los brazos
y abrí la boca, fue como si me tragara la gran revelación y las
palabras me hubiesen salido así, en un arranque.
—¿Y
qué? —preguntó la gente—. ¿Qué quiere decir? Todo está en su
sitio. Todo marcha como debe marchar. Cada cosa es consecuencia de
otra. ¡Cada cosa está ordenada con las demás! ¡Nosotros no vemos
nada de absurdo ni de injustificado!
Yo
me quedé allí, perdido, porque ante mi vista todo había vuelto a
su lugar y todo me parecía natural, semáforos, monumentos,
uniformes, rascacielos, rieles, mendigos, cortejos; y sin embargo
aquello no me daba tranquilidad sino tormento.
—Disculpad
—respondí—. Tal vez me haya equivocado. Me pareció. Pero todo
está en orden. Disculpad —y me abrí paso entre miradas ásperas.
Sin
embargo, todavía hoy, cada vez que no entiendo algo (a menudo),
instintivamente me asalta la esperanza de que esta vez sea la buena,
y que yo vuelva a no entender nada, a adueñarme de aquella sabiduría
diferente, en un instante encontrada y perdida.
La gran bonanza de las Antillas, 1991.

No hay comentarios:
Publicar un comentario