Pacto
Alguien-Que-Mereciera-Llamarse-Lulú
conoció, sin procurarlo, a La-Muerte-Que-Te-Alcanza, en un
crepúsculo del mil setecientos. Importa consignar que,
esencialmente, a la primera le disgustó la segunda, mientras que la
segunda simpatizó con la primera. Por
completo de acuerdo, se arrancaron los ojos.
Nimbo
Enorme
y bueno. Trabajaba y residía en un taller mecánico. Entre sus
pertenencias figuraban un colchoncito con cotín engrasado como él y
unas frazadas asquerosas. Dos gatos dormían a su lado. Cocinaba
huevos y sopa y se calentaba mate cocido con una garrafa. A los
chicos del barrio les producía curiosidad. Un día, ese hombre que
se trasladaba bamboleándose, que sonreía y silbaba, que apretaba
con los dientes un toscano, ese hombre de paz, muerto, apareció
nimbado, semi-empotrado en un pilar, inapacible, limpio, con alígero
nimbo de barniz selenita.
Cuento
corto
En
sus cuentos —me refiero a mi hija—, que son breves, hay misterio,
suspenso. Y siempre mata a alguien. Acababa de leerme el último, y
en ese, moría el protagonista. Le pregunté: “¿Por
qué no hacés que siga vivo?”
Ella me explicó: “No
me salía, no sabía cómo continuar, me cansé y, además, ya estuve
mucho rato”.
Le sugerí: “Seguí
escribiéndolo mañana”.
Adujo: “No;
porque es un cuento corto”.
Solo
Desde
que me quedé solo decreció mi optimismo. (Riego malvones a la
madrugada. Volveré al lecho. Hasta que aburrido me dejaré caer, y
lograré así reaccionar, sobreponerme y encarar el día, si no
laborable para mí, que eso nunca, al menos...) Los que ya no están,
con cariño y con resignación, me instaban a la diurna vigilia.
¿Han
contemplado a pájaros muriendo?... Yo los he contemplado.
Corbatitas, jilgueros, chingolos..., despidiéndose a través de
sonidos broncos y aislados, o de un piar chillón y sostenido.
Ya no me
afeito ni me peino, no recito églogas en el salón principal ni
ensayo formas de saludo frente al gran espejo del vestíbulo. No hay
artilugio ni práctica conspicua que pudiera adquirir o conservar.
Duermo ahora con los pies envueltos en una bufanda y bebo el té
amargo, sin limón ni coñac. Claro está, no espero ser visitado ni
socorrido, aun en circunstancias extremas. Desde que me quedé solo,
soy, a simple vista, un hombre infeliz.

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