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sábado, 27 de febrero de 2016

Justo y el Ángel. Ángel Zapata.

Justo me dice que no haga caso. Me dice que haga como si no le viera. «Tú, ni caso», me dice Justo. Me insiste en que el precio del piso ha sido una ganga. Y en que el ángel de la anunciación, con sus bucles dorados y sus alas de nieve, se cansará algún día de aparecerse a las doce, junto a la máquina de coser, y llamarme «bendita seas entre las mujeres».
—A ti qué más te da lo que te llame —me dice Justo—. Tú piensa en que este piso tiene un balcón hermoso, Antonia; y en que está bien comunicado.
Eso me dice.
—Bendita tú entre las mujeres —me dice el ángel todos los días.
Y a pesar de sus bucles dorados y sus alas de nieve, yo me pongo roja como una manzana, porque me lo dice con mucha intención.
—Tú ni caso —me insiste Justo.
Y entre Justo y el ángel van a volverme loca.


Ángel de la Anunciación, Carlo Dolci. Museo Louvre, París.

sábado, 13 de febrero de 2016

Belvedere. Ángel Zapata.

Nadine y yo somos un matrimonio como cualquiera, en un bonito dúplex con jardín. No muy lejos de aquí pasan los años y se suceden las demoliciones. Pero Nadine y yo somos felices. Nuestros hijos han crecido rápido. Uno, el mayor, estudia en Boston. El mediano se fue a las misiones (a estornudar, nos dijo; no supimos por qué). Y el pequeño, que no mostró afición por los estudios, sigue aún con nosotros; y se entretiene haciendo el cocodrilo, los fines de semana, en el foso que rodea el jardín.
—¿En qué piensas? —me pregunta Nadine algunas veces.
—En ti —le miento; para no preocuparla sin motivo.
De perfil, nuestros hijos no se distinguen de un serrucho. De frente son idénticos a esa efigie ladina de George Washington que aparece en los dólares. Una vez, en un viaje que hicimos a Rótterdam, me quedé sin florines y pagué al conductor de un autobús con mi hijo mediano:
—Tenemos instrucciones de no aceptar serruchos —me dijo él.
Entonces nos apeamos sin protestar.
Y pasamos todo el día perdidos.
Esto es el tiempo, el autobús se va, quedan los hijos, los hijos, esas vigas caídas, los hijos, los puentes levadizos y los puentes volados, Nadine y yo, este montón de escombros dondequiera que mire.


 La vida ausente, 2006.