Mostrando entradas con la etiqueta Ambrose Bierce. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ambrose Bierce. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de febrero de 2025

El hombre que salía de la nariz. Ambrose Bierce.

En la intersección de dos calles de esa parte de San Francisco que se conoce de manera bastante genérica con el nombre de North Beach, hay un solar vacío que está bastante más nivelado de lo que suele suceder con los solares, vacíos o no, de esa zona. Sin embargo, inmediatamente detrás de él, por el sur, el terreno adopta una empinada pendiente cuya cuesta se interrumpe por tres terrazas cortadas en la roca blanda. Es un lugar para cabras y para pobres, y varias familias de cada categoría lo han ocupado conjunta y amistosamente «desde la fundación de la ciudad». Una de las humildes viviendas de la terraza inferior resulta notable por su tosco parecido a un rostro humano, o más bien al simulacro de éste que un muchacho podría recortar en una calabaza, sin pretender ofender a los de su raza. Los ojos son dos ventanas circulares, la nariz es una puerta, la boca una abertura provocada al quitar un tablón inferior. La puerta no tiene escalones. Como rostro, la casa es demasiado grande; como vivienda, demasiado pequeña. La mirada vacía y carente de significado de sus ojos, sin pestañas ni cejas, resulta misteriosa.
A veces un hombre sale de la nariz, gira, pasa por el lugar en donde debería estar la oreja derecha y, abriéndose camino por entre la multitud de niños y cabras que obstruyen el estrecho sendero entre las puertas de sus vecinos y el borde de la terraza, llega a la calle descendiendo por un tramo de escaleras desvencijadas. Se detiene allí para consultar su reloj y cualquier desconocido que acierte a pasar en ese momento se sorprenderá de que un hombre semejante se interese por saber la hora que es. Una observación más detenida demostraría que la hora del día es un importante elemento en los movimientos de ese hombre, pues 365 veces al año sale exactamente a las dos en punto de la tarde.
Una vez que se ha asegurado de que no se ha equivocado en cuanto a la hora, guarda el reloj y camina a paso vivo hacia el sur, calle arriba, durante dos manzanas, gira a la derecha y al acercarse a la esquina siguiente fija la mirada en una ventana alta de un edificio de tres pisos que hay en su camino. Se trata de una estructura algo deslucida, en su origen de ladrillo rojo, pero ahora grisácea. Se ve en ella, bien a las claras, el contacto del tiempo y el polvo. Construida como vivienda, ahora es una fábrica. No sé lo que se hace allí, pero supongo que las cosas que se suelen hacer en una fábrica. Lo único que sé es que a las dos en punto de todos los días, salvo los domingos, está llena de actividad y estruendo: la sacuden los latidos de algún motor grande y se escuchan los gritos recurrentes de la madera atormentada por la sierra. En la ventana en la que nuestro hombre fija tan intensamente su mirada expectante no aparece nunca nadie; en realidad el cristal tiene una capa tan grande de polvo que hace tiempo que dejó de ser transparente. El hombre la mira sin detenerse, por lo que el giro de la cabeza se va haciendo cada vez más pronunciado conforme va dejando atrás el edificio. Al llegar a la esquina siguiente, gira a la izquierda, rodea la manzana y regresa a un punto situado diagonalmente respecto a la calle de la fábrica: un punto por el que ya había pasado antes, y por el que vuelve a pasar ahora mirando frecuentemente hacia atrás, por encima del hombro derecho, hacia la misma ventana; hasta que la pierde de vista. Se sabe que durante muchos años no ha variado su ruta ni ha introducido una sola innovación en su actividad. Un cuarto de hora después vuelve a estar en la boca de su vivienda; y una mujer, que lleva parada algún tiempo en la nariz, le ayuda a entrar. No se le vuelve a ver hasta las dos del día siguiente.
La mujer es su esposa. Se gana la vida, y la del marido, lavando para los pobres entre los que viven, entre disputas que destruyen la porcelana y la competencia doméstica.
El hombre tiene unos cincuenta y siete años, aunque parece mucho más viejo. Sus cabellos son absolutamente blancos. No tiene barba y siempre va recién afeitado. Sus manos están limpias y sus uñas bien cortadas. Por lo que se refiere al vestuario, éste es claramente superior al que le corresponde, tal como indican su entorno y el negocio de su esposa. Va vestido con mucha pulcritud, aunque no a la moda. Su sombrero de copa no tiene más de dos años y las botas, escrupulosamente limpias, carecen de parches. Me han contado que la ropa que lleva durante la excursión diaria de quince minutos no es la misma que utiliza en su casa. Como todas sus otras posesiones, ésta se la mantiene y arregla su esposa, que la renueva con tanta frecuencia como se lo permiten sus escasos medios.
Hace treinta años, John Hardshaw y su esposa vivían en Rincon Hill, en una de las hermosas residencias de aquel barrio, entonces aristocrático. Él era médico, pero al heredar una suma considerable de su padre ya no se preocupó más de las dolencias de sus semejantes, pues la gestión de sus propios asuntos le daba ya todo el trabajo que podía permitirse. Tanto él como su esposa eran personas muy cultivadas, cuya casa era frecuentada por un pequeño grupo de mujeres y hombres que el matrimonio pensaba que merecía la pena conocer por sus gustos. Por lo que se sabe gracias a ellos, el señor y la señora Hardshaw vivían muy felices juntos; la esposa estaba entregada a su bello y feliz marido y muy orgullosa de él.
Entre sus conocidos estaban los Barwell -marido, esposa y dos hijos pequeños- de Sacramento. El señor Barwell era un ingeniero de minas y obras civiles cuyas ocupaciones le mantenían mucho tiempo fuera de su casa y le obligaban a ir con frecuencia a San Francisco. En esas ocasiones, su esposa solía acompañarle y pasaba mucho tiempo en casa de su amiga, la señora Hardshaw, siempre con los dos hijos, con los que se había encariñado mucho la señora Hardshaw, que no había tenido ninguno. Por desgracia, el marido de la señora Hardshaw se encariñó igualmente con la madre... con un cariño realmente fuerte. Para mayor desgracia todavía, aquella atractiva dama era más débil que sabia.
Hacia las tres de una madrugada otoñal, el oficial número 13 de la policía de Sacramento vio a un hombre que salía furtivamente por la puerta posterior de una residencia de caballeros, por lo que le detuvo inmediatamente. El hombre, que llevaba sombrero flexible y un abrigo velludo, ofreció al policía a cambio de su liberación primero cien dólares, después quinientos y finalmente mil. Como no llevaba encima ni siquiera la primera suma mencionada, el policía trató su propuesta con virtuoso desprecio. Antes de haber llegado a la comisaría, el prisionero había ofrecido darle un cheque de diez mil dólares, aceptando permanecer atado en un sauce a la orilla del río hasta que éste hubiera sido cobrado. Como la propuesta sólo provocara nuevas burlas, no dijo nada más y se limitó a dar un nombre evidentemente falso. Cuando le cachearon en la comisaría, lo único que encontraron de valor fue un retrato en miniatura de la señora Barwell: la dama de la casa en la que había sido apresado. Iba engarzado en valiosos diamantes y algo en la calidad de la ropa del hombre provocó una punzada de inútil remordimiento en el incorruptible pecho del policía número 13. No había nada en la ropa ni en la persona del prisionero que sirviera para identificarle y fue fichado por robo con escalo con el nombre que él mismo había dado: el honorable nombre de John K. Smith. La K. fue una inspiración de la que sin duda se sintió muy orgulloso.
Entretanto, la misteriosa desaparición de John Hardshaw estaba provocando murmuraciones en Rincon Hill, San Francisco, llegando incluso a mencionarse en uno de los periódicos. A la dama que uno de los periódicos describió con consideración como su «viuda» no se le ocurrió buscarle en la prisión de Sacramento, ciudad que nunca se supo que él hubiera visitado. Fue acusado como John K. Smith y, tras renunciar al interrogatorio, enviado a juicio.
Unas dos semanas antes del proceso, la señora Hardshaw, enterándose por accidente de que su esposo estaba retenido en Sacramento con un nombre supuesto bajo la acusación de robo con escalo, acudió presurosa a esa ciudad sin atreverse a mencionar el asunto a nadie y se presentó en la cárcel pidiendo una entrevista con su esposo John K. Smith. Ojerosa y enferma de ansiedad, llevando un sencillo abrigo de viaje que la cubría de la cabeza a los pies, y dentro del cual había pasado la noche en el vapor, demasiado nerviosa para dormir, apenas parecía lo que era, pero sus maneras decían en su favor más que cualquier cosa que se le hubiera ocurrido a ella decir como prueba de su derecho a ser admitida. Le permitieron ver al preso a solas.
Lo que sucedió durante aquella penosa entrevista no se ha llegado nunca a conocer, aunque acontecimientos posteriores demuestran que Hardshaw encontró los medios para someterla a su voluntad. Ella abandonó la prisión con el corazón roto, negándose a responder cualquier pregunta, y al retornar a su desolado hogar renovó, aunque con poco entusiasmo, la investigación sobre el paradero del esposo desaparecido. Una semana más tarde también ella desapareció: había «vuelto a los Estados»... y nadie llegó a saber nunca nada más.
En el juicio, el prisionero se declaró culpable «por indicación de su consejero legal», tal como le dijo su consejero. Sin embargo el juez, en cuya mente diversas circunstancias inusuales habían creado una duda, insistió al fiscal para que tomara declaración al policía número 13 y también se leyó ante el jurado la declaración de la señora Barwell, que no pudo asistir personalmente por encontrarse muy enferma. Era muy breve: no sabía nada del asunto salvo que aquel retrato era de su propiedad y creía haberlo dejado en la mesa del salón cuando se acostó la noche de la detención. Iba a ser un regalo para su esposo, que en aquel momento, lo mismo que durante el juicio, se encontraba en Europa por encargo de una empresa minera.
La actitud de la testigo cuando hizo esa declaración en su residencia fue descrita más tarde por el fiscal del distrito como extraordinaria. Por dos veces se había negado a testificar, y en una ocasión, cuando a la declaración sólo le faltaba su firma, se la había arrebatado al funcionario y la había hecho pedazos. Llamó a sus hijos al lado de su lecho de enferma y los abrazó con ojos llorosos, pero después, enviándolos fuera de la habitación, verificó su declaración con el juramento y la firma y se desmayó: en palabras exactas del fiscal del distrito, «se mareó». En ese momento su médico, que acababa de llegar, se hizo cargo de la situación de inmediato y cogiendo por el cuello al representante de la ley lo lanzó a la calle, enviando a su ayudante tras él de una patada. La vejación de los agentes de la ley no fue vengada porque la víctima de tal indignidad ni siquiera la mencionó en el tribunal. Tenía ambiciones de ganar su caso y, de haber relatado las circunstancias en las que se tomó esa declaración, no habría tenido demasiado peso; además, la ofensa contra la majestad de la ley del procesado hubiera resultado menos atroz que la del médico irascible.
Por sugerencia del juez, el jurado pronunció un veredicto de culpabilidad; no quedaba nada más por hacer y el procesado recibió una condena de tres años en una penitenciaría. Su consejero legal, que no había objetado nada y ni siquiera había suplicado clemencia -en realidad apenas había dicho una palabra-, estrechó la mano de su cliente y abandonó la sala del tribunal. A todos los abogados les resultó evidente que había sido contratado sólo para impedir que el tribunal designara un abogado defensor que pudiera insistir en realizar una defensa.
John Hardshaw cumplió su condena en San Quintín, y al ser liberado encontró en la puerta de la prisión a su esposa, que había regresado de «los Estados» para recibirle. Se pensó que se fueron directamente a Europa; al menos, firmaron en París un poder general a un abogado que todavía vive entre nosotros y del que he obtenido muchos de los hechos de esta historia. En poco tiempo, el abogado vendió todas las posesiones de los Hardshaw en California y durante años no volvió a saberse nada de la infortunada pareja; aunque muchos a cuyos oídos llegaron sugerencias vagas e imprecisas de esta extraña historia, y que habían conocido a sus personajes, recordaron tiernamente su personalidad y pensaron compasivamente en su infortunio.
Ambos regresaron varios años más tarde, los dos con la fortuna y el espíritu abatidos, y él también con mala salud. No he sido capaz de averiguar el propósito de su regreso. Vivieron durante algún tiempo, con el nombre de Johnson, en un barrio bastante respetable situado al sur de Market Street, bastante acomodado, y nunca se les vio lejos de su casa. Les debía quedar un poco de dinero, pues no se sabe que él realizara ninguna ocupación, ya que el estado de su salud probablemente no se lo permitía. La devoción de la mujer a su esposo inválido fue motivo de comentario entre los vecinos; nunca parecía alejarse de su lado y siempre le apoyaba y animaba. Pasaban horas sentados en un banco de un pequeño parque público, leyéndole ella un libro, con la mano de él entre las suyas, acariciándole a veces ligeramente su frente pálida, elevando con frecuencia sus ojos, todavía hermosos, del libro que estaba leyendo para mirarle a él, mientras le comentaba algo del texto, o cerrando el volumen para entretener su estado de ánimo hablando de... ¿de qué podían hablar? Nadie escuchó jamás una conversación entre ellos dos. El lector que haya tenido la paciencia de seguir su historia hasta este punto, quizás pueda disfrutar imaginándolo: probablemente había algo que evitarían. La actitud del hombre era de abatimiento profundo; la verdad es que los jóvenes de la vecindad, poco piadosos y con ese sentido penetrante hacia las características físicas visibles que distingue siempre a los jóvenes varones de nuestra especie, le mencionaban a veces entre ellos con el apodo de el Espectro Taciturno.
Un día sucedió que John Hardshaw se sintió poseído por una inquietud de espíritu. Dios sabrá lo que le impulsó a ir hasta allí, pero el hecho es que cruzó Market Street, se dirigió hacia el norte por las colinas y bajó hasta la región conocida con el nombre de North Beach. Girando sin objetivo hacia la izquierda, caminó por una calle desconocida hasta que se encontró frente a lo que en aquel tiempo era una morada bastante grande, y que ahora es una fábrica bastante ruinosa. Levantando casualmente la mirada hacia arriba, vio en una ventana abierta lo que hubiera sido mejor que nunca hubiera visto: el rostro y la figura de Elvira Barwell. Los ojos de ambos se encontraron. Con una aguda exclamación, semejante al grito de un pájaro sorprendido, la dama se puso en pie de un salto y sacó la mitad del cuerpo por la ventana, aferrándose a ambos lados del marco. La gente que pasaba por la calle, se detuvo por el grito y miró hacia arriba. Hardshaw permaneció inmóvil, incapaz de hablar, con sus ojos llameantes.
-¡Tenga cuidado! -gritó alguien de la multitud cuando la mujer seguía echándose hacia adelante, desafiando la callada e implacable ley de la gravedad, al igual que en otro tiempo había desafiado otra ley que Dios había proclamado atronadoramente desde el Sinaí.
Lo repentino de sus movimientos hizo que un torrente de cabellos oscuros cayera de sus hombros por encima de las mejillas, ocultándole casi el rostro. Permaneció así un momento, y luego... un grito de temor sonó en la calle cuando, perdiendo el equilibrio, la mujer cayó desde la ventana, formando una masa confusa y rotatoria de faldas, miembros, cabellos y rostro blanco, hasta que golpeó el suelo con un sonido horrible y un impacto tan fuerte que se pudo sentir a cien metros de distancia. Por un momento, todas las miradas se negaron a cumplir su objetivo y se apartaron del espectáculo horrible que había en la acera. Pero atraídas de nuevo hacia ese horror, vieron que había aumentado extrañamente. Un hombre sin sombrero, sentado sobre las piedras del pavimento, sostenía el cuerpo roto y sangrante contra su pecho, besaba las mejillas destrozadas y la boca espumeante por entre las marañas de pelo humedecido, con sus propios rasgos indistinguibles y enrojecidos por la sangre, que casi le sofocaba y caía a chorros por su barba humedecida.
La tarea del reportero casi ha terminado. Esa misma mañana los Barwell acababan de regresar de una estancia de dos años en Perú. Una semana más tarde, el viudo, ahora doblemente desolado, puesto que no podía dejar de entender el significado de la terrible demostración de Hardshaw, había zarpado hacia un puerto distante que desconozco; no ha regresado nunca. Hardshaw, pues había dejado ya de ser Johnson, pasó un año en el manicomio de Stockton, donde, gracias a la influencia de unos piadosos amigos, también fue admitida su esposa para que pudiera atenderle. Cuando le dieron el alta, no porque estuviera curado sino porque era inofensivo, regresaron a la ciudad; ésta siempre pareció tener para ellos alguna terrible fascinación. Vivieron durante algún tiempo en la Misión Dolores, en una pobreza algo menos abyecta que la que les afecta hoy; pero estaba demasiado lejos del objetivo del peregrinaje diario de ese hombre. No podían permitirse los billetes del transporte. Así que ese pobre ángel del cielo -esposa del convicto y del lunático- obtuvo por un alquiler bastante razonable la choza de rostro vacío de la terraza inferior de la Colina de la Cabra. La distancia desde allí hasta el edificio que fue vivienda y ahora es una fábrica no es muy grande; en realidad es un paseo agradable a juzgar por la mirada alegre del hombre cuando lo inicia. El viaje de regreso le resulta ya un poco fatigoso.

¿Pueden suceder tales cosas? 1893

sábado, 21 de diciembre de 2024

El viudo Turmore. Ambrose Bierce.

Las circunstancias bajo las que Joram Turmore se convirtió en viudo nunca fueron popularmente comprendidas. Yo las conozco, naturalmente, pues yo soy Joram Turmore; mi mujer, la difunta Elizabeth Mary Turmore, tampoco las ignora, y aunque ella las cuente, aún permanecen en secreto ya que no hay un alma que le haya creído jamás.
Cuando me casé con Elizabeth Mary Johnin, era muy rica, de lo contrario yo no hubiese podido afrontar el casamiento puesto que no tenía un centavo y el Cielo no había puesto en mi corazón ninguna intención de ganar alguno. Tenía la Cátedra de Gatos en la Universidad de Graymaulkin y los ejercicios escolásticos me inhabilitaban para el peso de cualquier negocio u ocupación. Además, yo no podía olvidar que era un Turmore, un miembro de la familia cuyo lema desde el tiempo de Guillermo de Normandía había sido Laborare est errare. La única infracción que se conoce de la sagrada tradición familiar ocurrió cuando Sir Aldebarán Turmore de Peters-Turmore, ilustre ladrón del siglo XVII, asistió personalmente a una difícil operación llevada a cabo por algunos de sus empleados. Esa mancha sobre nuestro blasón no puede contemplarse sin sentir la más desgarrada mortificación.
Mi Cátedra de Gatos en la Universidad de Graymaulkin jamás se destacó, por supuesto, por el trabajo. En ninguna época hubo más de dos estudiantes de la Noble Ciencia, y tan sólo repitiendo las conferencias manuscritas de mi predecesor, que había encontrado entre sus pertenencias (murió en el mar, camino de Malta), podía apenas saciar lo suficiente su hambre de conocimientos sin ganar siquiera la distinción que se otorgaba a manera de salario.
Naturalmente, bajo tan apremiantes circunstancias, vi a Elizabeth Mary como a una suerte de especial Providencia. Ella imprudentemente rehusó compartir conmigo su fortuna, pero eso no me preocupó para nada, ya que si bien de acuerdo con las leyes del país (como es sabido), la esposa tiene el control de su patrimonio durante su vida, éste pasa al marido a su muerte: ni siquiera puede ella disponer de él por testamento. La mortalidad entre esposas es considerable pero no excesiva.
Habiéndome casado con Elizabeth Mary y, en cierta forma, habiéndola ennoblecido haciéndola una Turmore, sentí que la forma de su muerte debía igualarse a su distinción social. Si yo la hubiera matado por cualquiera de los métodos maritales ordinarios hubiera incurrido en justo reproche, por no poseer el orgullo familiar adecuado. Mas no podía encontrar un plan adecuado.
En esta emergencia decidí consultar el archivo Turmore, una valiosa colección de documentos, incluyendo los registros de la familia desde el tiempo de su fundador en el siglo VII de nuestra era. Sabía que entre estos sagrados títulos debería encontrar detallados relatos de los principales asesinatos cometidos por mis santos ancestros durante cuarenta generaciones. De entre esa masa de papeles no podía dejar de sacar las más valiosas sugerencias.
La colección contenía también muy interesantes reliquias. Había títulos de nobleza concedidos a mis antepasados por hacer desaparecer atrevida e ingeniosamente a pretendientes al trono o a sus ocupantes; estrellas, cruces y otras condecoraciones atestiguando servicios del más secreto e innombrable carácter; heterogéneos regalos de los conspiradores más grandes del mundo que representaban un valor monetario intrínseco incalculable. Había joyas, trajes, espadas de honor y toda suerte de "testimonios de estima"; el cráneo de un rey transformado en copa de vino; títulos de vastas fincas, largo tiempo confiscadas, vendidas o abandonadas; un breviario iluminado que había pertenecido a Sir Aldebarán Turmore de Peters-Turmore, de infausta memoria; orejas embalsamadas de muchos de los más reconocidos enemigos de la familia; el intestino delgado de un cierto indigno hombre del estado italiano hostil a los Turmore que, enroscado como una soga de saltar, había servido a la juventud de seis generaciones consanguíneas... momentos y recuerdos preciosos más allá de las valoraciones de la imaginación pero, por los mandatos sagrados de tradición y sentimiento, para siempre inalienables por la venta o el regalo.
Como cabeza de la familia, yo era el custodio de todos estos preciosísimos bienes heredados y, para su segura conservación, había construido sobre los cimientos de mi casa una fortaleza de mampostería maciza, cuyas sólidas paredes de piedra y cuya única puerta de hierro podían desafiar por igual el choque de un terremoto, el incansable azote del Tiempo o la mano profana de la Codicia.
A estos tesoros del alma, fragantes de sentimiento y ternura, ricos en sugerencias de crímenes, me volví para encontrar ahora las claves del asesinato. Para mi indecible asombro y dolor, lo encontré vacío. Cada estante, cada cajón, cada cofre había sido saqueado. ¡De tan única e incomparable colección no quedaba vestigio! Sin embargo, probé que hasta que yo mismo había abierto la maciza puerta de metal, ni un cerrojo, ni una barra había sido movida: los sellos de la cerradura estaban intactos.
Pásé la noche entre la lamentación y la indagación; ambas fueron infructuosas. El misterio era impenetrable a la conjetura y ningún bálsamo podía calmar semejante dolor. Pero ni una sola vez durante esa horrible noche mi firme espíritu pudo abandonar su alto designio contra Elizabeth Mary, y el alba me halló aún más resuelto a cosechar los frutos de mi matrimonio. Mi gran pérdida pareció acercarme a relaciones espirituales más profundas con mis ancestros muertos, y darme una nueva e inevitable obediencia a la persuasión que hablaba en cada glóbulo de mi sangre.Inmediatamente formé un plan de acción, y procurándome un fuerte cordel entré a la habitación de mi esposa, encontrándola, como esperaba, profundamente dormida. Antes de que se despertara la tenía fuertemente atada de pies y manos. Estaba muy sorprendida y dolorida, pero sin atender a sus protestas hechas a viva voz, la llevé a la ahora saqueada fortaleza, allí donde nunca permití que entrara y de cuyos tesoros no le había advertido. Sentándola, todavía atada, contra un ángulo de la pared, pasé los siguientes dos días con sus noches en acarrear al lugar ladrillos y argamasa. A la mañana del tercer día la tuve firmemente emparedada, desde el suelo hasta el techo. Durante todo este tiempo no tuve en cuenta sus ruegos de piedad más que (ante su promesa de no resistir, que debo decir que ella cumplió con honor) para concederle la libertad de sus piernas. Le concedí un espacio de cerca de cuatro pies por seis. Cuando coloqué los últimos ladrillos en la parte superior, en contacto con el cielo raso de la fortaleza, me dijo adiós con lo que me pareció la serenidad de la desesperación, y me fui a descansar sintiendo que había observado fielmente las tradiciones de una antigua e ilustre familia. Mi única amarga reflexión, en lo que a mi conducta concernía, surgió al tomar conciencia de que había trabajado durante la realización de mi designio; pero nadie lo sabría jamás.
 
Después de descansar durante una noche, fui a ver al juez de la Corte de Sucesiones y Herencias y firmé una declaración jurada de todo lo que había hecho, excepto el trabajo manual de construir la pared, que imputé a un sirviente. Su Excelencia designó a un comisionado de la Corte, quien realizó un cuidadoso examen del trabajo y, según su informe, Elizabeth Mary Turmore fue formalmente declarada muerta al fin de la semana. De acuerdo con la ley tomé posesión de sus bienes que, a pesar de no ser mucho más valiosos que mis tesoros perdidos, me elevaron de la pobreza a la riqueza y me trajeron el respeto de los grandes y de los buenos.
Unos seis meses más tarde me llegaron extraños rumores: el fantasma de mi mujer muerta había sido visto en distintos lugares de la región, pero siempre a una considerable distancia de Graymaulkin. Estos rumores, de cuya auténtica fuente no pude enterar, diferían en varios detalles, pero eran semejantes en atribuir a la aparición un alto grado de prosperidad mundana aparente combinada con una audacia poco común en los fantasmas. ¡No sólo estaba el espíritu ataviado con ropajes costosos, sino que caminaba a mediodía y, más aún, conducía! Me sentí indeciblemente molesto con estos cuentos y, pensando que podría hacer algo más que superstición en la creencia popular de que sólo espíritus de los muertos no enterrados pueden caminar sobre tierra, decidí llevar a algunos obreros equipados con picos y barras hacia la fortaleza en la que nadie había entrado durante mucho tiempo. Les ordené demoler la pared de ladrillo que había construido alrededor de la compañera de mis alegrías. Había resuelto dar al cuerpo de Elizabeth Mary un entierro como el que creía que su parte inmortal aceptaría como un equivalente del privilegio de encontrarse a gusto entre las apariciones de los vivos.
En pocos minutos volteamos la pared y, metiendo una lámpara a través de la brecha, miré adentro. ¡Nada! Ni un hueso, ni un cabello, ni un jirón de ropa... ¡el angosto espacio que, de acuerdo con mi testimonio, contenía legalmente todo lo que había sido mortal de la difunta señora Turmore, estaba absolutamente vacío! Este admirable descubrimiento, para una mente ya perturbada por tanto misterio y excitación, era más de lo que yo podía soportar. Lancé un grito y caí en un estado de paroxismo. Durante meses estuve entre la vida y la muerte, afiebrado y delirante; no me recuperé hasta que mi médico tuvo el cuidado de sacar de mi caja fuerte un estuche de mis más valiosas joyas y huir del país.
Al verano siguiente tuve ocasión de visitar mi bodega, en un rincón de la cual había construido la fortaleza, que hacía tiempo se encontraba en desuso. Al mover un tonel de oporto, lo arrojé con fuerza contra la pared medianera y me sorprendió descubrir que desplazaba dos grandes piedras cuadradas que formaban una parte de la pared.
Apoyando sobre ellas las manos, las empujé fácilmente y, mirando a través del hueco, vi que habían caído dentro del nicho en el cual yo había emparedado a mi lamentada esposa. Frente a la abertura que su caída había dejado, a una distancia de cuatro pies, estaba la pared que mis propias manos habían construido a fin de encarcelar a la infortunada y gentil esposa. Ante una revelación tan significativa, comencé a explorar la bodega. Detrás de una hilera de barriles encontré cuatro objetos muy interesantes desde el punto de vista histórico, pero sin valor alguno.
En primer lugar, los restos enmohecidos de un traje ducal florentino del siglo XI; segundo, un breviario de resplandeciente pergamino con el nombre de Sir Aldebaran Turmore de Peters-Turmore inscripto en colores en la primera página; tercero, una calavera transformada en copa y muy manchada de vino; cuarto, la cruz de hierro de un Caballero Comendador de la Orden Imperial Austríaca de Asesinos por Veneno.
Eso era todo; ni un objeto que tuviera valor comercial, ni papeles, ni nada. Pero esto era suficiente para aclarar el misterio de la fortaleza. Mi esposa había adivinado tempranamente la existencia y el propósito de este apartamento, y, con la destreza del genio había efectuado una entrada, desprendiendo las dos piedras de la pared.
En diferentes oportunidades, y a través de esta abertura, había sustraído la colección entera que, sin duda, logró convertir en dinero. Cuando con un inconsciente sentido de la justicia (cuyo recuerdo no me trae ninguna satisfacción) decidí emparedarla, por alguna maligna fatalidad escogí aquella parte donde estaban las piedras removidas y, sin duda antes de que hubiera terminado mi trabajo, ella las movió y, deslizándose hacia la bodega, las volvió a colocar en su sitio. Se escapó del sótano fácilmente, sin ser observada, para disfrutar sus infames ganancias en lejanos lugares. Me he esforzado en procurar una orden de prisión, pero el dignísimo Barón de la Corte de Sumarios y Condenas me recuerda que ella está legalmente muerta y dice que mi único recurso es apelar ante el Jefe de Cadáveres y solicitar una orden de exhumación y resurrección. Tal parece que debo sufrir sin remedio este enorme daño a manos de una mujer desprovista tanto de principios como de vergüenza.


domingo, 30 de junio de 2024

Una tumba sin fondo. Ambrose Bierce.

Me llamo John Brenwalter. Mi padre, que era borracho, tenía la patente de un invento para hacer granos de café con arcilla; pero como era un tipo honrado, no quiso dedicarse personalmente a su fabricación. Por eso nunca llegó a ser rico, ya que los derechos de su invento apenas le alcanzaban para pagar los pleitos entablados. En consecuencia, no pude disfrutar de muchas de las ventajas propias de los hijos con padres indecentes y sin escrúpulos y, de no haber sido por una madre justa y cariñosa que relegó al resto de los hermanos y se encargó personalmente de mi educación, habría crecido en la ignorancia y me habría visto obligado a dedicarme a la enseñanza. Verdaderamente, ser el hijo de una mujer buena vale oro.
Papá tuvo la desgracia de morirse cuando yo tenía diecinueve años. Como había disfrutado de una salud de hierro, él fue el primer sorprendido por el hecho, que se produjo de repente durante la comida. Aquella misma mañana le habían comunicado la concesión de la patente de un artefacto que reventaba cajas fuertes por medio de presión hidráulica sin el menor ruido. El Comisario de Patentes había considerado el invento como el más ingenioso, efectivo y digno de mérito que jamás le habían presentado, y mi padre, como era de esperar, se había hecho la ilusión de una vejez llena de prosperidad y honores. Su repentina muerte le supuso por tanto una gran decepción, aunque a mi madre, piadosa y resignada ante la voluntad de la Providencia, le afectó bastante menos. Al finalizar la comida, y una vez retirado el cuerpo de mi pobre padre, nos llevó a la habitación de al lado y se dirigió a nosotros del siguiente modo:
—Hijos, el extraño suceso que acabáis de presenciar es uno de los más desagradables acontecimientos en la vida de un hombre de bien, y uno de los que menos me gustan, os lo aseguro. Creedme si os digo que nada tuve que ver en ello. Pero desde luego —añadió tras una pausa, bajando los ojos como en profunda meditación— es mejor que haya muerto.
Dijo esto con un sentimiento tan natural que nadie se atrevió a pedirle una explicación. Y es que la actitud de sorpresa que mi madre adoptaba cuando nos equivocábamos resultaba terrible. Recuerdo que un día, después de un acceso de mal humor en el que me había tomado la libertad de arrancarle una oreja a mi hermano pequeño, sus únicas palabras fueron:
—John, ¡me sorprendes!
Me pareció un reproche tan severo que, tras una noche en vela, me dirigí a ella y, entre lágrimas, me arrojé a sus pies exclamando:
—Madre, perdóname por haberte sorprendido.
Todos, pues, incluyendo al crío desorejado, consideramos que nos iría mejor si aceptábamos la manifestación que acababa de hacer sin el menor pestañeo.
Y prosiguió:
—Debéis saber, hijos míos, que en caso de muerte repentina y misteriosa la ley exige que se presente un forense, trocee el cadáver y entregue los pedazos a varios señores que, después de haberlos analizado, certifican la muerte. Por este trabajo el forense cobra un montón de dinero. Desearía en nuestro caso evitar esta formalidad tan dolorosa, pues es algo que nunca habría tenido la aprobación de vuestro padre. John —dijo dirigiéndose a mí con cara angelical—, tú eres un chico educado y muy discreto. Ahora tienes la ocasión de mostrar tu gratitud por los sacrificios que tu educación nos ha supuesto a todos los demás. Así que ve y acaba con el forense.
No puedo expresar con palabras lo que dicha muestra de confianza me complació, pues me daba la oportunidad de distinguirme con una acto que iba perfectamente con mi disposición natural. Entonces, arrodillándome ante ella, besé su mano y la bañé con lágrimas. Poco antes de las cinco de aquella misma tarde había acabado con el forense.
Fui detenido inmediatamente y enviado a la cárcel, donde pasé una noche de lo más incómoda, incapaz de conciliar el sueño por las blasfemias que soltaban mis compañeros de calabozo, dos curas, cuya formación teológica les había dotado de un sin fin de ideas impías y de un dominio sin par del lenguaje irreverente. Pero entrada la noche, el carcelero, que dormía en una habitación contigua y estaba siendo igualmente importunado, entró en la celda y, lanzando un tremendo exabrupto, advirtió a aquellos reverendísimos caballeros que si volvía a oír más palabrotas no tendría en cuenta su condición y los pondría de patitas en la calle. Sólo entonces bajaron el tono de su insoportable conversación y sacaron un acordeón, permitiéndome así dormir el sueño pacífico y refrescante de la juventud y la inocencia.
A la mañana me llevaron ante el juez Superior, que era quien tenía competencia en el caso, y me sometieron a los interrogatorios preliminares. Me declaré inocente alegando que el hombre al que había asesinado era un demócrata célebre (mi madre, que era republicana, me había instruido, desde mi más tierna infancia, en los principios de un gobierno honrado y en la necesidad de acabar con la oposición facciosa). Al juez, que había sido fraudulentamente elegido en un colegio electoral republicano, mi alegato le impresionó sensiblemente y me ofreció un cigarro.
—Con su venia, su Señoría —comenzó el fiscal—. No considero necesario presentar prueba alguna en este caso. Usted preside la sala como magistrado y, con la ley en la mano, su misión es resolver. Testimonios y pruebas supondrían, por igual, poner en duda la voluntad de su Señoría de llevar a cabo dicha misión aceptada bajo juramento. Por tanto no tengo más que añadir.
Mi abogado, hermano del difunto forense, poniéndose en pie dijo:
—Con la venia de la Sala. El representante de la acusación ha manifestado tan clara y elocuentemente que es tarea de ley entender en este caso que sólo me queda demandar hasta qué punto él mismo se ha ajustado a ella. Ciertamente, su Señoría, usted ha de resolver. ¿Y qué va a resolver? Eso es algo que la ley deja sabia y justamente a su elección, e inteligentemente usted siempre se ha eximido de las obligaciones que la legislación impone. Desde que le conozco, su Señoría ha resuelto cometer cohecho, hurto, incendio, perjurio, adulterio, asesinato, en definitiva, todos y cada uno de los delitos previstos en el código y todos los excesos típicos de seres desaprensivos y depravados, entre los que incluyo al representante del ministerio público. Ha cumplido pues, ampliamente, el cometido de resolver y, como no hay pruebas contra mi respetable joven cliente, solicito su libre absolución.
Hubo un silencio impresionante. El juez se levantó, se puso el birrete y, con una voz llena de turbación, me condenó de por vida, ordenando mi puesta en libertad. Entonces se volvió hacia mi abogado y le espetó fría pero significativamente:
—Ya nos veremos.
A la mañana siguiente, aquél que tan concienzudamente me había defendido contra la acusación de homicidio en la persona de su hermano (con el que, por cierto, había tenido un altercado por la propiedad de unas tierras), había desaparecido y hasta el día de hoy se ignora su paradero. Entretanto, el cuerpo de mi padre había sido clandestinamente enterrado a medianoche en el patio de su último domicilio, con sus botas puestas y las vísceras sin analizar.
—Estaba en contra de todo exhibicionismo —dijo mi madre mientras acababa de apisonar la tierra sobre su cuerpo y ayudaba a sus hijos a esparcir paja sobre su tumba—; sus instintos eran hogareños y amaba la vida tranquila.
En la solicitud que mi madre hizo del acta de defunción manifestaba que tenía buenas razones para creer que mi padre había fallecido, pues hacía días que no aparecía por casa a comer; pero el juez de la Sala de Usurpasucesiones —como más tarde mamá siempre la llamaría con desprecio— decidió que las pruebas eran insuficientes y puso la herencia en manos del Administrador Público, que era su yerno. Se comprobó que los haberes eran iguales a las deudas; sólo quedaba la patente del artilugio para reventar cajas fuertes silenciosamente, que había pasado a pertenecer ahora al juez que intervino en el asunto y al Administraidor Público. De este modo, una familia digna y respetable se vio rebajada del bienestar al delito en unos pocos meses: la necesidad nos obligó a trabajar.
En la selección de quehaceres nos regimos por una serie de consideraciones tales como capacidad personal, preferencias, etc. Mi madre abrió una selecta escuela privada en la que enseñaba el arte de cambiar las pintas en las alfombras de piel de leopardo; mi hermano mayor, George Henry, aficionado a la música, se hizo corneta en un asilo para sordomudos que había cerca; mi hermana Mary María aprendió a preparar la Esencia de Llavines del Profesor Pan de Centeno, que daba diferentes sabores a las aguas minerales, y yo me establecí como ajustador y dorador de vigas para horcas. El resto de los hermanos, demasiado jóvenes aún para trabajar, siguieron robando pequeños artículos, tal y como se les había enseñado. Durante los ratos de ocio engañábamos a los viajeros para que se alojaran en casa y, después de robarles, enterrábamos sus cuerpos en la bodega.
En una parte de esta estancia teníamos vinos, licores y provisiones. Como se agotaban con mucha rapidez, creímos supersticiosamente que las personas allí enterradas salían por la noche y celebraban una fiesta. Más de una mañana, a pesar de que la puerta había sido cerrada y atrancada contra cualquier intruso, descubrimos trozos de carne adobada, latas de conserva vacías y desperdicios por el estilo tirados por el suelo. Alguien propuso tomar las provisiones y almacenarlas en otro lugar, pero nuestra madre, siempre tan generosa y hospitalaria, dijo que era mejor hacer frente a las pérdidas que exponernos arriesgadamente. Si les negábamos esa insignificante gratificación a los fantasmas podrían poner en marcha una investigación que acabaría con nuestro esquema de división del trabajo y desviaría las energías de toda la familia hacia la tarea que yo ejercía: pasaríamos uno a uno a decorar con nuestros cuerpos las vigas de las horcas. Aceptamos pues su decisión con sumisión filial, ya que reverenciábamos su astucia y pureza de carácter.
Una noche que estábamos todos en la bodega (ninguno se atrevía a bajar solo) dedicados a la labor de dar cristiana sepultura al alcalde de una localidad cercana, mi madre y los críos, con una vela cada uno, y George Henry y yo con el pico y la pala, mi hermana soltó un alarido y se cubrió la cara con las manos. Todos nos sobresaltamos y suspendimos las exequias; pálidos y con voces temblorosas, pedimos a Mary María que nos dijera qué le había asustado. Los pequeños estaban tan nerviosos que las velas temblequeaban en sus manos y en las paredes las sombras de nuestras figuras parecían bailar con movimientos toscos y groseros, adoptando unas actitudes de lo más extrañas. La cara del interfecto tan pronto mostraba a la luz su tez cadavérica como desaparecía por efecto de alguna sombra: cada vez tomaba una nueva expresión más condenatoria, un ceño más ladino. Las ratas, aún más asustadas que nosotros por el grito, corrían en tropel de un lado a otro, emitiendo agudos chillidos, o se quedaban inmóviles con los ojos fijos en la oscuridad de algún rincón.
Esos pequeños puntos de luz verde hacían juego con la débil fosforescencia de la descomposición que llenaba la fosa a medio cavar y parecían la manifestación visible del ligero olor a muerto que impregnaba aquel aire malsano. Los pequeños soltaron las velas y comenzaron a lloriquear mientras se agarraban a las piernas de sus mayores, y nos habríamos quedado entre tinieblas de no haber sido por aquella luz siniestra que brotaba de la tierra e inundaba los bordes de la fosa como si de un manantial se tratara.
Mi hermana, en cuclillas sobre la tierra que habíamos sacado, se había descubierto la cara y miraba fijamente con ojos desorbitados a un hueco oscuro entre dos barriles.
—¡Ahí está! ¡Ahí está! —gritó mientras señalaba—. ¡Dios santo!, pero ¿es que no lo veis?
¡Claro que lo vimos!
Una figura humana apenas reconocible en la oscuridad, que se tambaleaba como si se fuera a caer y se agarraba a los barriles en busca de apoyo, dio un paso y por un momento se hizo visible a la luz de las pocas velas que nos quedaban; después, se incorporó con esfuerzo y cayó de bruces. Todos habíamos reconocido la apariencia, el rostro y el porte de nuestro padre (muerto hacía diez meses y enterrado con nuestras propias manos), en pie y completamente borracho.
No quisiera extenderme sobre los incidentes de nuestra precipitada huida lejos de aquel lugar; sobre la desaparición de todo sentimiento humano en aquella tumultuosa y enloquecida ascensión por las húmedas escaleras desvencijadas, en las que nos escurrimos, tropezamos y caímos, empujándonos y encaramándonos unos sobre otros mientras pisoteábamos a unas criaturas que fueron rechazadas y enviadas a la muerte por su propia madre. Sólo ella, mis hermanos mayores y yo conseguimos escapar.
Los demás perecieron abajo, unos por las heridas, otros de miedo y el resto abrasados, ya que, después de dedicar una hora a recoger algunas ropas y lo que de valor teníamos, pegamos fuego a la casa y huimos hacia las colinas. Ni siquiera nos detuvimos a coger la póliza del seguro, único pecado de omisión que mi madre reconocería años después en su lecho de muerte, muy lejos de allí. Su confesor, un santo, nos aseguró que, teniendo en cuenta las circunstancias, Dios perdonaría su descuido.
Unos diez años después de nuestra partida, y siendo ya un próspero falsificador, volví de incógnito a aquel lugar con la intención de conseguir los efectos de valor que habían quedado enterrados en la bodega. Todo fue en vano: el descubrimiento de restos humanos entre las ruinas había movido a las autoridades a continuar las excavaciones, por lo que acabaron encontrando nuestras riquezas, apropiándose de ellas honestamente. La casa nunca se reconstruyó y el barrio estaba, de hecho, abandonado. Se había hablado de tantas visiones y ruidos sobrenaturales en aquella zona que nadie quería vivir allí. Al no encontrar a quién preguntar o importunar, decidí satisfacer mi piedad filial echando un último vistazo al rostro de mi padre por si, después de todo, nuestros ojos nos habían traicionado y seguía todavía en su tumba. Recordé, además, que siempre llevaba un enorme anillo de diamantes y, como no había vuelto a saber nada de él desde su muerte, pensé que podría estar enterrado con él. Una vez conseguida una pala, localicé rápidamente la tumba en lo que había sido el patio y comencé a cavar. Llevaba poco más de un metro cuando el fondo cedió y, a través de un largo conducto, fui a caer a una cloaca.
No había ningún cuerpo ni rastro de él.
Sin poder salir, me arrastré por el sumidero y, después de retirar, no sin dificultad, algunos escombros y restos de mampostería ennegrecida que obstruían el hueco, aparecí en lo que había sido la fatídica bodega.
Por fin todo estaba claro. Mi padre, cualquiera que fuera la causa que le había hecho caer enfermo durante la comida (y creo que el testimonio de mi santa madre podría haber arrojado alguna luz sobre el asunto) había sido enterrado vivo. Su tumba se cavó accidentalmente sobre el centro de la bóveda de una alcantarilla y rompió, en sus esfuerzos por volver a la vida, la podrida pared y consiguió deslizarse hasta llegar finalmente a la bodega. Al comprobar que no era bienvenido en su propia casa, y como no tenía otra, vivió en su encierro subterráneo, testigo de nuestros ahorros y sustentado por nuestros alimentos; era él, ¡el muy ladrón!, el que se apoderaba de nuestra comida y se bebía nuestro vino. En un momento de embriaguez necesitó compañía, como le pasa a todos los borrachos, y abandonó su escondrijo sin darse cuenta de las funestas consecuencias que acarreaba a su familia: un error que fue casi un crimen.

sábado, 2 de diciembre de 2023

La cosa maldita. Ambrose Bierce.

I. No siempre se come lo que está sobre la mesa.


A la luz de una vela de sebo en un extremo de la rústica mesa, un hombre leía un libro. Era un viejo libro de cuentas muy usado y, al parecer, su escritura no era demasiado legible porque a veces el hombre acercaba el libro a la vela para ver mejor. En esos momentos la mitad de la habitación quedaba en sombra y sólo era posible entrever unos rostros borrosos, los de los ocho hombres que estaban con el lector. Siete de ellos se hallaban sentados, inmóviles y en silencio, junto a las paredes de troncos rugosos y, dada la pequeñez del cuarto, a corta distancia de la mesa. De haber extendido un brazo, cualquiera de ellos habría rozado al octavo hombre que, tendido boca arriba sobre la mesa, con los brazos pegados a los costados, estaba parcialmente cubierto con una sábana. Era un muerto.
El hombre del libro leía en voz baja. Excepto el cadáver, todos parecían esperar que algo sucediera. Una serie de extraños ruidos de desolación nocturna penetraba por la abertura que hacía de ventana: el largo aullido innombrable de un coyote lejano; la incesante vibración de los insectos en los árboles; los gritos extraños de las aves nocturnas, tan diferentes del canto de los pájaros durante el día; el zumbido de los grandes escarabajos que vuelan desordenadamente, y todo ese coro indescifrable de leves sonidos que, cuando de golpe se interrumpe, creemos haber escuchado sólo a medias, con la sospecha de haber sido indiscretos. Pero nada de esto era advertido en aquella reunión; sus miembros, según se apreciaba en sus rostros hoscos con aquella débil luz, no parecían muy partidarios de fijar la atención en cosas superfluas.
Sin duda alguna eran hombres de la vecindad; granjeros y leñadores.
El que leía era un poco diferente; tenía algo de hombre de mundo, sagaz, aunque su indumentaria revelaba una cierta relación con los demás. Su ropa apenas habría resultado aceptable en San Francisco; su calzado no era el típico de la ciudad, y el sombrero que había en el suelo a su lado (era el único que no lo llevaba puesto) no podía ser considerado un adorno personal sin perder todo su sentido. Tenía un semblante agradable, aunque mostraba una cierta severidad aceptada y cuidada en función de su cargo. Era el juez, y como tal se hallaba en posesión del libro que había sido encontrado entre los efectos personales del muerto, en la misma cabaña en que se desarrollaba la investigación.
Cuando terminó su lectura se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. En ese momento, la puerta se abrió y entró un joven. Se notaba claramente que no había nacido ni se había educado en la montaña: iba vestido como la gente de la ciudad. Su ropa, sin embargo, estaba llena de polvo, ya que había galopado mucho para asistir a aquella reunión.
Solamente el juez le hizo un breve saludo.
—Lo esperábamos —dijo—. Es necesario acabar con este asunto esta misma noche.
—Lamento haberlos hecho esperar —dijo el joven, sonriendo—. Me marché, no para eludir su citación, sino para enviar a mi periódico un relato de los hechos como el que supongo quiere usted oír de mí.
El juez sonrió.
—Ese relato tal vez difiera del que va a hacernos aquí bajo juramento.
—Como usted guste —replicó el joven enrojeciendo con vehemencia—. Aquí tengo una copia de la información que envié a mi periódico. No se trata de una crónica, que resultaría increíble, sino de una especie de cuento. Quisiera que formara parte de mi testimonio.
—Pero usted dice que es increíble.
—Eso no es asunto suyo, señor juez; si yo juro que es cierto.
El juez permaneció en silencio durante un rato, con la cabeza inclinada. El resto de los asistentes charlaba en voz baja sin apartar la mirada del rostro del cadáver. Al cabo de unos instantes el juez alzó la vista y dijo:
—Procedamos con la investigación.
Los hombres se quitaron los sombreros y el joven prestó juramento.
—¿Cuál es su nombre? —le preguntó el juez.
—William Harker.
—¿Edad?
—Veintisiete años.
—¿Conocía usted al difunto Hugh Morgan?
—Sí.
—¿Estaba usted con él cuando murió?
—Sí, muy cerca.
—Y ¿cómo se explica...? su presencia, quiero decir.
—Había venido a visitarlo para ir a cazar y a pescar. Además, también quería estudiar su tipo de vida, tan extraña y taciturna. Parecía un buen modelo para un personaje de novela. A veces escribo cuentos.
—Y yo a veces los leo.
—Gracias.
—Cuentos en general, no me refería sólo a los suyos.
Algunos de los presentes se echaron a reír.
En un ambiente sombrío el humor se aprecia mejor. Los soldados ríen con facilidad en los intervalos de la batalla, y un chiste en la capilla mortuoria, sorprendentemente, suele hacernos reír.
—Cuéntenos las circunstancias de la muerte de este hombre —dijo el juez—. Puede utilizar todas las notas o apuntes que desee.
El joven comprendió. Sacó un manuscrito del bolsillo de su chaqueta y, tras acercarlo a la vela, pasó las páginas hasta encontrar el pasaje que buscaba. Entonces empezó a leer.


II. Lo que puede suceder en un campo de avena.


...apenas había amanecido cuando abandonamos la casa. Íbamos en busca de codornices, cada uno con su escopeta, y nos acompañaba un perro. Morgan dijo que la mejor zona estaba detrás de un cerro, que señaló, y que cruzamos por un sendero rodeado de arbustos. Al otro lado el terreno era bastante llano y cubierto de avena silvestre. Cuando salimos de la maleza, Morgan iba unas cuantas yardas por delante de mí. De repente oímos, muy cerca, a nuestra derecha y también enfrente, el ruido de un animal que se revolvía con violencia entre unas matas.
—Es un ciervo —dije—. Ojalá hubiéramos traído un rifle.
Morgan, que se había parado a examinar los arbustos, no dijo nada, pero había cargado los dos cañones de su escopeta y se disponía a disparar. Parecía algo excitado y esto me sorprendió, pues era célebre por su sangre fría, incluso en momentos de súbito e inminente peligro.
—Ven —dije—. No esperarás acabar con un ciervo a base de perdigones, ¿verdad?
No contestó, pero cuando se volvió hacia mí vi su rostro y quedé impresionado por su expresión tensa, alarmada. Comprendí entonces que algo serio ocurría, y lo primero que intuí fue que nos habíamos topado con un oso. Colgué mi escopeta y avancé hasta donde estaba Morgan.
Los arbustos ya no se movían y el ruido había cesado, pero mi amigo observaba el lugar con la misma atención.
—Pero ¿qué pasa? ¿Qué diablos es? —le pregunté.
—¡Esa cosa maldita! —contestó sin volverse.
Su voz sonaba ronca y extraña. Estaba temblando.
Iba a decir algo cuando vi que la avena que había en torno al lugar se movía de un modo inexplicable. No sé cómo describirlo. Era como si, empujada por una ráfaga de viento, no sólo se cimbreara sino que se tronchaba y no volvía a enderezarse; y aquel movimiento se acercaba lentamente hacia nosotros.
Aunque no recuerdo haber pasado miedo, nada antes me había afectado de un modo tan extraño como aquel fenómeno insólito e inenarrable. Recuerdo (y lo comento porque me vino entonces a la memoria) que una vez, al mirar distraídamente por una ventana, confundí un cercano arbolito con otro de un grupo de árboles, mucho más grandes, que estaban más lejos. Parecía del mismo tamaño que éstos, pero al estar más clara y marcadamente definido en sus detalles, no armonizaba con el resto. Fue un simple error de perspectiva pero me sobresaltó y llegó incluso a aterrorizarme.
Confiamos tanto en el buen funcionamiento de las leyes naturales que su suspensión aparente nos parece una amenaza para nuestra seguridad, un aviso de alguna calamidad inconcebible. Del mismo modo, aquel movimiento de la maleza, al parecer sin causa, y su aproximación lenta e inexorable resultaban inquietantes. Mi compañero estaba realmente asustado; apenas pude dar crédito a mis ojos cuando le vi arrimarse la escopeta al hombro y vaciar los dos cañones contra el cereal en movimiento. Antes de que el humo de la descarga hubiera desaparecido oí un grito feroz -un alarido como el de una bestia salvaje- y vi que Morgan tiraba su escopeta y, a todo correr, desaparecía de aquel lugar. En ese mismo instante fui arrojado al suelo por el impacto de algo que el humo ocultaba, una sustancia blanda y pesada que me embistió con gran fuerza.
Cuando me puse de pie y recuperé mi escopeta, que me había sido arrebatada de las manos, oí a Morgan gritar como si agonizara. A sus gritos se unían aullidos feroces, como cuando dos perros luchan entre sí. Completamente aterrorizado, me incorporé con gran dificultad y dirigí la vista hacia el lugar por el que mi amigo había desaparecido. ¡Que Dios me libre de otro espectáculo como aquél! Morgan estaba a unas treinta yardas; tenía una rodilla en tierra, la cabeza, con su largo cabello revuelto, descoyuntada espantosamente hacia atrás, y era presa de unas convulsiones que zarandeaban todo su cuerpo. Su brazo derecho estaba levantado y, por lo que pude ver, había perdido la mano. Al menos yo no la veía. El otro brazo había desaparecido. A veces, tal como ahora recuerdo aquella escena extraordinaria, no podía distinguir más que una parte de su cuerpo; era como si hubiera sido parcialmente borrado (ya sé, es extraño, pero no sé expresarlo de otra forma) y al cambiar de posición volviera a apreciarse de nuevo en su totalidad.
Debió de ocurrir todo en unos pocos segundos, durante los cuales Morgan adoptó todas las posturas posibles del obstinado luchador que es derrotado por un peso y una fuerza superiores. Yo sólo lo veía a él y no siempre con claridad. Durante el incidente soltaba gritos y profería maldiciones acompañadas de unos rugidos furiosos como nunca antes había oído salir de la garganta de un hombre o una bestia.
Permanecí en pie por un momento sin saber qué hacer, hasta que decidí tirar la escopeta y correr en ayuda de mi amigo. Creí que estaba sufriendo un ataque o una especie de colapso. Antes de llegar a su lado, lo vi caer y quedar inerte. Los ruidos habían cesado pero volví a ver, con un sentimiento de terror como jamás había experimentado, el misterioso movimiento de la avena que se extendía desde la zona pisoteada en torno al cuerpo de Morgan hacia los límites del bosque. Sólo cuando hubo alcanzado los primeros árboles, aparté la vista de aquel insólito fenómeno y miré a mi compañero. Estaba muerto.


III. Un hombre desnudo puede estar hecho jirones.


El juez se levantó y se acercó al muerto. Tiró de un extremo de la sábana y dejó el cuerpo al descubierto. Estaba desnudo y, a la luz de la vela, mostraba un color amarillento. Presentaba unos grandes hematomas de un azul oscuro, causados sin duda alguna por las contusiones, y parecía que lo habían golpeado en el pecho y los costados con un garrote. Había unas horribles heridas y tenía la piel desgarrada, hecha jirones.
El juez llegó hasta el extremo de la mesa y desató el nudo que sujetaba un pañuelo de seda por debajo de la barbilla hasta la parte superior de la cabeza. Al retirarlo vimos lo que tenía en la garganta. Los miembros del jurado que se habían levantado para ver mejor lamentaron su curiosidad y volvieron la cabeza. El joven Harker fue hacia la ventana abierta y se inclinó sobre el alféizar, a punto de vomitar. Después de cubrir de nuevo la garganta del muerto, el juez se dirigió a un rincón de la habitación en el que había un montón de prendas. Empezó a coger una por una y a examinarlas mientras las sostenía en alto.
Estaban destrozadas y rígidas por la sangre seca. El resto de los presentes prefirió no hacer un examen más exhaustivo. A decir verdad, ya habían visto este tipo de cosas antes. Lo único que les resultaba nuevo era el testimonio de Harker.
—Señores -dijo el juez—, estas son todas las pruebas que tenemos. Ya saben su cometido; si no tienen nada que preguntar, pueden salir a deliberar.
El presidente del jurado, un hombre de unos sesenta años, alto, con barba y toscamente vestido, se levantó y dijo:
—Quisiera hacer una pregunta, señor. ¿De qué manicomio se ha escapado este último testigo?
—Señor Harker —dijo el juez con tono grave y tranquilo—; ¿de qué manicomio se ha escapado usted?
Harker enrojeció de nuevo pero no contestó, y los siete individuos se levantaron y abandonaron solemnemente la cabaña uno tras otro.
—Si ha terminado ya de insultarme, señor —dijo Harker tan pronto como se quedó a solas con el juez—, supongo que puedo marcharme, ¿no es así?
—En efecto.
Harker avanzó hacia la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte. Su sentido profesional era más fuerte que su amor propio. Se volvió y dijo:
—Ese libro que tiene ahí es el diario de Morgan, ¿verdad?. Debe de ser muy interesante porque mientras prestaba mi testimonio no dejaba de leerlo. ¿Puedo verlo? Al público le gustaría...
—Este libro tiene poco que añadir a nuestro asunto —contestó el juez mientras se lo guardaba—, todas las anotaciones son anteriores a la muerte de su autor.
Al salir Harker, el jurado volvió a entrar y permaneció en pie en torno a la mesa en la que el cadáver, cubierto de nuevo, se perfilaba claramente bajo la sábana. El presidente se sentó cerca de la vela, sacó del bolsillo lápiz y papel y redactó laboriosamente el siguiente veredicto, que fue firmado, con más o menos esfuerzo, por el resto:
—Nosotros, el jurado, consideramos que el difunto encontró la muerte al ser atacado por un puma, aunque alguno cree que sufrió un colapso.


IV. Una explicación desde la tumba.


En el diario del difunto Hugh Morgan hay ciertos apuntes interesantes que pueden tener valor científico. En la investigación que se desarrolló junto a su cuerpo el libro no fue citado como prueba porque el juez consideró que podría haber confundido a los miembros del jurado. La fecha del primero de los apuntes mencionados no puede apreciarse con claridad por estar rota la parte superior de la hoja correspondiente; el resto expone lo siguiente:
...corría describiendo un semicírculo, con la cabeza vuelta hacia el centro, y de pronto se detenía y ladraba furiosamente. Al final echó a correr hacia el bosque a gran velocidad. En un principio pensé que se había vuelto loco, pero al volver a casa no encontré otro cambio en su conducta que no fuera el lógico del miedo al castigo.
¿Puede un perro ver con la nariz? ¿Es que los olores impresionan algún centro cerebral con imágenes de las cosas que los producen?


2 sep:
Anoche, mientras miraba las estrellas en lo alto del cerco que hay al este de la casa, vi cómo desaparecían sucesivamente, de izquierda a derecha. Se apagaban una a una por un instante, y en ocasiones unas pocas a la vez, pero todas las que estaban a un grado o dos por encima del cerco se eclipsaban totalmente. Fue como si algo se interpusiera entre ellas y yo, pero no conseguí verlo pues las estrellas no emitían suficiente luz para delimitar su contorno. ¡Uf! Esto no me gusta nada...»


Faltan tres hojas con los apuntes correspondientes a varias semanas.


27 sep:
Ha estado por aquí de nuevo. Todos los días encuentro pruebas de su presencia. Me he pasado la noche otra vez vigilando en el mismo puesto, con la escopeta cargada. Por la mañana sus huellas, aún frescas, estaban allí, como siempre. Podría jurar que no me quedé dormido ni un momento -en realidad apenas duermo. ¡Es terrible, insoportable! Si todas estas asombrosas experiencias son reales, voy a perder la razón; y si son pura imaginación, es que ya la perdí.
3 oct:
No me iré, no me echará de aquí. Esta es mi casa y mi tierra. Dios aborrece a los cobardes...


5 oct:
No puedo soportarlo más. He invitado a Harker a pasar unas semanas. Él tiene la cabeza en su sitio. Por su actitud podré juzgar si me cree loco.


7 oct:
Ya encontré la solución al misterio. Anoche la descubrí de repente, como por revelación. ¡Qué simple, qué horriblemente simple!»
Hay sonidos que no podemos oír. A ambos extremos de la escala hay notas que no hacen vibrar ese instrumento imperfecto que es el oído humano. Son muy agudas o muy graves. He visto cómo una bandada de mirlos ocupan la copa de un árbol, de varios árboles, y cantan todos a la vez. De repente, y al mismo tiempo, todos se lanzan al aire y emprenden el vuelo. ¿Cómo pueden hacerlo si no se ven unos a otros? Es imposible que vean el movimiento de un jefe. Deben de tener una señal de aviso o una orden, de un tono superior al estrépito de sus trinos, que es inaudible para mí. He observado también el mismo vuelo simultáneo cuando todos estaban en silencio, no sólo entre mirlos, sino también entre otras aves como las perdices, cuando están muy distanciadas entre los matorrales, incluso en pendientes opuestas de una colina.
Los marineros saben que un grupo de ballenas que se calienta al sol o juguetea sobre la superficie del océano, separadas por millas de distancia, se zambullen al mismo tiempo y desaparecen en un momento. La señal es emitida en un tono demasiado grave para el oído del marinero que está en el palo mayor o el de sus compañeros en cubierta, que sienten la vibración en el barco como las piedras de una catedral se conmueven con el bajo del órgano.
Y lo que pasa con los sonidos, ocurre también con los colores. A cada extremo del espectro luminoso el químico detecta la presencia de los llamados rayos 'actínicos'. Representan colores —colores integrales en la composición de la luz— que somos incapaces de reconocer. El ojo humano también es un instrumento imperfecto y su alcance llega sólo a unas pocas octavas de la verdadera 'escala cromática'. No estoy loco; lo que ocurre es que hay colores que no podemos ver.»
Y, Dios me ampare, ¡La Cosa Maldita es de uno de esos colores!

sábado, 22 de julio de 2023

La ventana tapiada. Ambrose Bierce.

En 1830, a solo unas pocas millas de donde hoy se levanta la gran ciudad de Cincinatti, se extendía un inmenso e impenetrable bosque. La región entera fue poblada por gente de la frontera, incansables almas que, tan pronto como construyeron hogares habitables fuera de la naturaleza salvaje y algún grado de prosperidad que hoy llamaríamos indigencia, impelidos por algún misterioso impulso de su naturaleza, abandonaron todo y se dirigieron hacía el oeste lejano para encontrar nuevos peligros y privaciones en un esfuerzo por lograr de nuevo las exiguas comodidades a las que habían renunciado voluntariamente. Muchos de ellos habían dejado ya esa región de los antiguos asentamientos, pero entre aquellos que permanecieron hubo uno que había sido de los primeros en llegar. Él vivía solo en una cabaña de troncos rodeada por todas partes por el bosque, de cuya lobreguez y silencio pareció ser parte, ya que nadie jamás le vio sonreír o decir una palabra innecesaria. Sus simples necesidades fueron suplidas por la venta o el trueque de pieles de animales salvajes del río, pero no por cosas que él hizo sobre la tierra, que si hubiera sido necesario, podría haber reclamado como propias por derecho. Hubo evidencias de "mejoras", unos pocos acres de terreno a un lado de la casa en el que se habían talado algunos de sus árboles; los deteriorados tocones cubiertos a medias por los nuevos brotes que nacían a pesar de la destrucción producida por el hacha. El entusiasmo del hombre por la agricultura había aparentemente ardido con una lánguida llama, expirando en penitenciales cenizas.
La pequeña cabaña, con su chimenea de troncos, su techo de tejas arqueadas, atravesadas por maderos y sellados con barro, tenía una sola puerta y, opuesta a la misma, una sola ventana, que estaba tapiada. Nadie podía recordar un tiempo en que no lo estuviera, y nadie nunca supo el porqué; ciertamente no por el desagrado del ocupante hacia la luz y el aire. En aquellas raras ocasiones en que un cazador había pasado por aquel solitario lugar, el recluso comúnmente era visto tomando sol en la puerta, si es que el cielo le proveía con sus rayos. Yo creo que unas pocas personas quedan con vida que conocen el secreto de esta ventana, y soy uno de ellos, como ustedes podrán verlo.
El nombre del hombre se decía que era Murlock. Aparentaba setenta años, pero realmente tenía unos cincuenta. Algo que no eran los años había influido en su envejecimiento. Su pelo y su larga barba eran blancas, y sus ojos, grises, como sin lustre, hundidos; su rostro excepcionalmente mostraba arrugas que parecían formar parte de dos sistemas que se cruzaban. Su figura era alta y parca, y tenía los hombros un poco encorvados, como si estuviera cargando algo. Yo nunca lo vi, sino que supe todo esto a través del relato del abuelo, quien me contó la historia cuando era niño; él lo había conocido cuando vivía cerca de allí, en aquellos años.
Un día Murlock fue encontrado en su cabaña, muerto. No era el momento ni el lugar para jueces de instrucción y periódicos, y supongo que todos asumieron que había muerto por causas naturales ya que, de no ser así, me lo habrían dicho y debería recordarlo. Sólo se que con lo que probablemente fuera un sentido de idoneidad, el cuerpo fue enterrado cerca de la cabaña, junto a la tumba de su esposa, quien le había precedido por tantos años que la tradición local casi no recordaba su existencia. Esto finaliza el último capítulo de esta historia real, exceptuando el hecho de que muchos años después, con un parecido espíritu intrépido, yo entré en ese lugar y me acerqué lo suficiente a la cabaña en ruinas como para lanzar una piedra sobre ella, y entonces corrí huyendo del fantasma que todo chico bien informado sabía que habitaba el lugar. Pero existe un capítulo anterior contado por mi abuelo.
Cuando Murlock construía su cabaña empezó decididamente a conformar la granja trabajando con su hacha, sirviéndose del rifle como un apoyo, él era joven, fuerte y lleno de esperanza. Se había casado en aquel país del Este de donde procedía, como era costumbre, con una joven devota y honesta que compartía con él los peligros y las privaciones de rigor siempre con un espíritu alegre. No se recuerda su nombre; la tradición guarda silencio en cuanto a sus encantos personales aunque la duda se mantiene; ¡pero Dios prohíbe que yo la comparta! De su afecto y felicidad hay evidentes muestras en todos y cada uno de los días de viudedad vividos por el hombre; ¿qué sino el magnetismo de unos benditos recuerdos podría haber encadenado un espíritu aventurero a un lugar como ese?
Un día Murlock regresó de una cacería en un lugar distante del bosque y encontró a su mujer postrada con fiebre y delirando. No había médico en millas, no había vecinos, tampoco ella estaba en condición de carecer de atención. Así que él ejerció también la tarea de atenderla y curarla, pero al tercer día entró en coma y falleció, aparentemente sin jamás regresar a su sano juicio.
Por lo que yo sé de una naturaleza como la de él, podemos aventurar algunos detalles del perfil dibujado por mi abuelo. Cuando se convenció de que ella estaba muerta, Murlock tuvo aún sentido como para recordar que la muerte debe ser seguida por el entierro. En preparativos para su sacra labor, cometió un error tras otro, haciendo algunas cosas de manera incorrecta y otras que había hecho correctamente, las volvió a hacer una y otra vez. Sus fallas ocasionales en llevar a término cosas simples y ordinarias lo llenaron de estupor como el de un borracho que se cuestiona por la suspensión de las leyes familiares naturales. También se sorprendió por no llorar - sorprendido y un poco avergonzado -; seguro que no es bueno no llorar por los muertos. "Mañana", dijo en voz alta, "tengo que hacer el ataúd y enterrarla, y entonces la echaré de menos, cuando no la vea más; pero ahora, ella está muerta, por supuesto, pero todo está bien; de alguna manera debe ser así. Las cosas no pueden ser tan malas como parecen"
Él permaneció sobre el cadáver por la noche, ajustando el cabello y dándole los últimos cuidados, haciéndolo de manera muy mecánica, con un cuidado casi desalmado, y con un sentido de convicción en su mente de que todo aquello estaba bien, como si la fuera a tener de nuevo consigo, y todo fuera explicado. Nunca había experimentado el dolor; su capacidad de sentirlo no había sido utilizada jamás, ni su corazón ni su mente podían concebirlo. No sabía lo que era un golpe bajo; este conocimiento vendría después y jamás se marcharía. El Dolor es un artista de poderes tan variados como los instrumentos con los que interpreta sus cantos fúnebres hacia los muertos, evocando desde las más agudas y finas notas hasta los acordes más graves y bajos que pulsan el lento y recurrente latido de un tambor distante. Algunos se asustan, otros se quedan pasmados. Para este viene como un flechazo certero, punzando toda la sensibilidad de una vida entusiasta; para el otro como el golpe de una maza, que aplasta todo e inmoviliza todo. Vamos a concebir que Murlock se vio afectado de esta manera, por (y aquí estamos en un campo de no mayor seguridad que la de la mera conjetura) que ni bien terminó su pía labor, se sentó en una silla a un lado de la mesa en la que yacía el cuerpo, y depositó sus brazos en el borde de la mesa, dejando caer su cara en ellos, sin lágrimas y en exceso cansado. En ese momento provino desde la ventana abierta un sonido como de aullido de un chico perdido en las lejanías del oscuro bosque. Pero el hombre no se movió. De nuevo, y más cercano que antes, sonó el aullido sobrenatural. Quizás era una bestia salvaje; quizás era un sueño. Para Murlock estaba dormida.
Algunas horas después, como luego se supo, el desgraciado vigía se despertó y deslizó su cabeza de los brazos, intentando escuchar sin saber por qué. Allí en la negra oscuridad al lado de la muerte, recordando todo sin asustarse, forzó la vista para ver mejor, no sabía el qué. Todos sus sentidos estaban alerta, su respiración se suspendió, la sangre se le detuvo en las venas como respaldando al silencio. ¿Quién o qué lo había despertado, y dónde estaba?
Súbitamente la mesa crujió bajo sus brazos, y al mismo tiempo escuchó, o creyó escuchar, un ligero, un paso suave, otro; ¡suena como si fuera de un pie desnudo sobre el suelo!
Estaba aterrorizado, paralizado, sin poder gritar o moverse. Necesariamente esperó, esperó allí en la oscuridad lo que parecieron siglos de un espanto tal que, hasta donde sabemos, nadie ha vivido nunca para contarlo. Trató en vano de pronunciar el nombre de la mujer muerta, también en vano su mano se estiró y palpó la mesa, para ver si ella estaba allí. Su garganta estaba atenazada y sus brazos y manos eran como plomo. Entonces ocurrió lo más espeluznante. Un cuerpo pesado pareció ser arrojado violentamente contra la mesa, con un tal ímpetu que lo empujó contra su pecho tan fuertemente como para tumbarlo. Al mismo tiempo oyó y sintió el impacto de algo sobre el piso, algo que chocó con tanta violencia que la casa entera se movió por el impacto. Siguió una reyerta, y una sucesión de sonidos imposibles de describir. Murlock se levantó. El miedo excesivo pasó a tomar control de sus facultades. Pasó su mano sobre la mesa. ¡No había nada ahí!
Hay un punto en que el terror puede conducir a la locura, y la locura incita a la acción. Sin ninguna intención definida, sin ningún motivo, pero con el obstinado impulso de un loco, Murlock pegó un brinco hacia la pared, donde estaba su arma cargada, y la descargó sin apuntar a ningún sitio concreto. Con el relámpago que iluminó la estancia, vio una enorme pantera arrastrando el cadáver de su mujer a través de la ventana, los dientes clavados en su garganta. Luego hubo una oscuridad más negra que la de antes y silencio; y cuando regresó a la consciencia, el sol brillaba y los pájaros cantaban en los árboles del bosque.
El cuerpo quedó cerca de la ventana, donde la bestia lo dejó antes de partir asustada por el fogonazo y la detonación del rifle. Las ropas estaban despedazadas, el largo cabello desordenado, las piernas quedaron desparramadas. Desde la garganta, horriblemente lacerada, había un manchón sanguinolento que todavía no había coagulado. La cinta con la que había vendado las muñecas estaba rota; las manos fuertemente crispadas. Entre los dientes tenía un fragmento de la oreja del animal.