La tortura es pura física.
La
resultando de golpear un cuerpo femenino de 56 kilogramos de peso un
número N de veces contra una pared, es una cantidad de hematomas
inferior o igual al número de veces que se despertará llorando el
resto de su vida, ya bien entrada la noche.
La
oscilación de un peso de 7 kilogramos colgado de los testículos de
un hombre adulto, produce una sensación de dolor directamente
proporcional a la sensación de pérdida que experimentaron sus hijos
la mañana que supieron por su madre que había sido detenido, y no
fueron al colegio.
La
cabeza de un interrogado al ser sumergida en una bañera desaloja un
volumen de agua idéntico al miedo que le impedirá volver a coger el
teléfono cuando suene en casa de madrugada, pero siempre inferior al
que experimentará cada vez que sienta acercarse los pasos de un
extraño a su espalda.
Una
descarga eléctrica de 300 voltios, aplicada a intervalos de 3
minutos sobre los pezones de una mujer desnuda e indefensa, genera
una desconfianza en el otro que ninguna declaración de derechos
humanos conseguirá paliar jamás.
Si
el cuerpo de un hombre joven es arrojado al mar desde un avión que
vuela a una altura de 1.300 pies en dirección al Este, y las
condiciones de visibilidad son buenas, ¿cómo recuperar entonces la
fe en el hombre? ¿Cómo volver a mirar a la cara a los perros?
Aquí yacen dragones. 2013.
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando León de Aranoa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando León de Aranoa. Mostrar todas las entradas
viernes, 15 de mayo de 2020
viernes, 24 de abril de 2020
Lo que el mar devuelve. Fernando León de Aranoa.
El mar de las vacaciones de
mi infancia era un mar frío y con olas, a veces temibles, que
triplicaban mi altura. Era también un mar peligroso, al que convenía
acercarse con respeto.
Una vez cada verano, puntual a su cita, llegaba a la playa un muerto. Alguien que había desaparecido unos días antes durante el baño y que el mar puntualmente devolvía a sus familias. Nosotros hacíamos apuestas sobre el día en el que aparecería, provocando el sobresalto de los bañistas.
En esas ocasiones, los padres corrían para tapar los ojos de los niños que aún éramos. Nos llamaba la atención su color azulado, y el enorme volumen de sus cuerpos hinchados nos llevaba a concluir que sólo se ahogaban los gordos, lo que nos proporcionó una primera noción de inmortalidad, equivocada pero muy conveniente. Cuando nuestras madres nos gritaban desde la orilla, fuera de sí, que saliéramos del agua o a ver si es que queríamos ahogarnos, nosotros respondíamos muy dignos que no estábamos gordos. Ellas pensaban que éramos idiotas, y nosotros que las madres no se enteraban nunca de nada.
Luego hacíamos castillos y ahogados de arena entre las toallas, que diseccionábamos alegremente como expertos forenses con nuestros rastrillos de colores, para horror de familias propias y ajenas. Nada interesa más a un niño que la muerte, esa cosa lejana de la que hablan los mayores en voz baja, tan improbable aún como los dragones de los cuentos.
Y es que el mar devuelve siempre las cosas. Devuelve cumplidor a los bañistas imprudentes después de haberse quedado con su vida, pero también los cascos vacíos de las botellas, el petróleo que pierden los barcos y los restos de los naufragios.
En un pueblo de Galicia, la marea trajo una vez una virgen de madera antigua, flotando sobre las aguas como una aparición. Los vecinos, postrados de rodillas en el puerto, la recibieron entre lágrimas y fervores. Desde entonces la pasean en barca una vez al año, y con sus descendientes, repiten de rodillas la ceremonia de bienvenida a la Virgen Náufraga. Como para compensar, ese mismo mar devuelve a veces fardos de cocaína que, arrojados por la borda de las embarcaciones en apuros, llegan hasta la costa a la deriva, y son recibidos con parecido fervor.
Al tanto de la costumbre del mar, los amantes despechados lloran a menudo frente a él: piensan quizá que este, conmovido, les retornará el amor que perdieron.
Cada verano, en una playa del sur, aparece una patera cargada de subsaharianos que se desploman exhaustos entre paellas y factores de protección diez. Acaso el mar nos esté devolviendo así los emigrantes que en los años sesenta se fueron a Suiza, a Argentina, a Alemania, porque la desesperación en sus ojos es, al fin, la misma.
Gigante malhumorado y cumplidor, el amar no quiere nada que no sea suyo. Es un espejo grande y despiadado que no admite subterfugios, y nos devuelve sin misericordia lo que somos.
Una vez cada verano, puntual a su cita, llegaba a la playa un muerto. Alguien que había desaparecido unos días antes durante el baño y que el mar puntualmente devolvía a sus familias. Nosotros hacíamos apuestas sobre el día en el que aparecería, provocando el sobresalto de los bañistas.
En esas ocasiones, los padres corrían para tapar los ojos de los niños que aún éramos. Nos llamaba la atención su color azulado, y el enorme volumen de sus cuerpos hinchados nos llevaba a concluir que sólo se ahogaban los gordos, lo que nos proporcionó una primera noción de inmortalidad, equivocada pero muy conveniente. Cuando nuestras madres nos gritaban desde la orilla, fuera de sí, que saliéramos del agua o a ver si es que queríamos ahogarnos, nosotros respondíamos muy dignos que no estábamos gordos. Ellas pensaban que éramos idiotas, y nosotros que las madres no se enteraban nunca de nada.
Luego hacíamos castillos y ahogados de arena entre las toallas, que diseccionábamos alegremente como expertos forenses con nuestros rastrillos de colores, para horror de familias propias y ajenas. Nada interesa más a un niño que la muerte, esa cosa lejana de la que hablan los mayores en voz baja, tan improbable aún como los dragones de los cuentos.
Y es que el mar devuelve siempre las cosas. Devuelve cumplidor a los bañistas imprudentes después de haberse quedado con su vida, pero también los cascos vacíos de las botellas, el petróleo que pierden los barcos y los restos de los naufragios.
En un pueblo de Galicia, la marea trajo una vez una virgen de madera antigua, flotando sobre las aguas como una aparición. Los vecinos, postrados de rodillas en el puerto, la recibieron entre lágrimas y fervores. Desde entonces la pasean en barca una vez al año, y con sus descendientes, repiten de rodillas la ceremonia de bienvenida a la Virgen Náufraga. Como para compensar, ese mismo mar devuelve a veces fardos de cocaína que, arrojados por la borda de las embarcaciones en apuros, llegan hasta la costa a la deriva, y son recibidos con parecido fervor.
Al tanto de la costumbre del mar, los amantes despechados lloran a menudo frente a él: piensan quizá que este, conmovido, les retornará el amor que perdieron.
Cada verano, en una playa del sur, aparece una patera cargada de subsaharianos que se desploman exhaustos entre paellas y factores de protección diez. Acaso el mar nos esté devolviendo así los emigrantes que en los años sesenta se fueron a Suiza, a Argentina, a Alemania, porque la desesperación en sus ojos es, al fin, la misma.
Gigante malhumorado y cumplidor, el amar no quiere nada que no sea suyo. Es un espejo grande y despiadado que no admite subterfugios, y nos devuelve sin misericordia lo que somos.
lunes, 6 de abril de 2020
Motivos. Fernando León de Aranoa.
El Departamento de Ciencias
del Comportamiento de una prestigiosa universidad del Medio Oeste
americano realizó a mediados de los años ochenta un estudio sobre
una muestra de población de seis mil quinientos individuos según el
cual, los motivos por lo que el hombre sonríe con más frecuencia a
lo largo de su vida adulta, son:
1. Un recuerdo de la adolescencia.
2. Una llamada de teléfono largamente esperada.
3. Un diagnóstico.
4. El hallazgo inesperado de una fotografía en el transcurso de una mudanza.
Por el contrario, el mismo estudio establece que los motivos por los que el hombre siente tristeza y llora con más frecuencia en esa misma franja de edad, son:
1. Un recuerdo de la adolescencia.
2. Una llamada de teléfono largamente esperada.
3. Un diagnóstico.
4. El hallazgo inesperado de una fotografía en el transcurso de una mudanza.
Aquí yacen dragones, 2013.
1. Un recuerdo de la adolescencia.
2. Una llamada de teléfono largamente esperada.
3. Un diagnóstico.
4. El hallazgo inesperado de una fotografía en el transcurso de una mudanza.
Por el contrario, el mismo estudio establece que los motivos por los que el hombre siente tristeza y llora con más frecuencia en esa misma franja de edad, son:
1. Un recuerdo de la adolescencia.
2. Una llamada de teléfono largamente esperada.
3. Un diagnóstico.
4. El hallazgo inesperado de una fotografía en el transcurso de una mudanza.
Aquí yacen dragones, 2013.
lunes, 16 de marzo de 2020
Instrucción para deshacerse de un cadáver de tamaño medio. Fernando León de Aranoa.
Independientemente de los
motivos que inspiraran el asesinato y del modo en que éste se haya
llevado a cabo, expertos consultados recomiendan, como la fórmula
más eficaz y segura de deshacerse de un cadáver de tamaño medio,
introducirlo en una maleta grande, acercarse al aeropuerto más
cercano y facturarla en cualquier compañía aérea hacia un destino
del que le separen al menos tres escalas internacionales. La maleta y
su contenido desaparecerán en el trayecto sin que nadie acierte a
dar con su paradero, y a cambio usted recibirá una compensación
económica nada desdeñable.
Este procedimiento puede ser empleado también para deshacerse de un cadáver de tamaño grande, con el único inconveniente de que en ese caso deberá abonar una penalización por exceso de peso.
Este procedimiento puede ser empleado también para deshacerse de un cadáver de tamaño grande, con el único inconveniente de que en ese caso deberá abonar una penalización por exceso de peso.
martes, 11 de febrero de 2020
Usted está aquí. Fernando León de Aranoa.
Los mapas están hechos para
ser consultados una sola vez. Sus pliegues se configuran de acuerdo a
un patrón de movimientos que responde a una lógica de naturaleza no
secuenciada, lo que hace que una vez desdoblados, resulte imposible
volver a plegarlos adecuadamente.
Cuando lea en un mapa la leyenda “Usted está aquí”, no se fíe. Usted no está ahí. Se ha comprobado que dicha afirmación se puede encontrar de manera simultánea en cientos de mapas repartidos por toda la ciudad, lo que físicamente resulta posible sólo para deidades y otras naturalezas ubicuas, poco frecuentes en el plano de la realidad en el que nos movemos a diario.
Se sabe también de la existencia de un mapa en el que aparecían indicados todos los lugares en los que usted no estaba, pero jamás fue comercializado por razones de tristeza.
En determinadas culturas, los mapas simbolizan los lugares que representan, por lo que deben ser manipulados con extrema cautela. En ese sentido, es trágicamente célebre el descuido que cometió la London Cargographic Society en una edición de 1932 del mapa de Londres, donde olvidó imprimir una calle entera del barrio obrero de Grapsberry. A pesar de que el error fue diligentemente corregido en la siguiente edición, nunca nadie volvió a tener noticia de sus vecinos.
En una nota más alegre, es conocida la iniciativa del prestigioso cartógrafo sir Philisbury Hammond, natural de New Hadder, que trató de elaborar un mapa de su ciudad natal a escala natural y le salió otra ciudad idéntica y contigua. Desde entonces, los viajeros que la visitan dudan si caminan por sus calles o por las de su mapa, sin que nadie, ni siquiera los nativos de la localidad, acierten a resolver tan terrible duda.
Del mismo modo que en algunos mapas aparecen indicadas las líneas de transporte urbano o los monumentos históricos, hay otros en los que se indican los lugares donde regularmente acuden los enamorados a besarse, o los parques en los que la inspiración visita a los poetas con más frecuencia. Otros señalizan las calles más proclives a las disputas entre peatones y automovilistas, o las esquinas de la ciudad en las que más a menudo sobrevienen inesperadas desavenencias y deshacen sus acuerdos las parejas. Este tipo de mapas, dado su evidente valor, no resultan fáciles de encontrar. Para que sean eficaces deben ser hallados en lugares y momentos inesperados para usted, por lo que no pueden ser detallados aquí.
A pesar de lo excepcional de este tipo de mapas, de difícil catalogación, los expertos coinciden en que los millares de modelos existentes pueden reducirse en esencia a tres: mapas falsos, mapas verdaderos y mapas del tesoro. Estos últimos están muy sobrevalorados. Su fiabilidad dependerá de la correspondencia que guarden con la noción que su usuario tenga de lo que es un tesoro. Así las cosas, los más literales nos guiarán hasta un cofre lleno de monedas de oro semioculto en una playa, mientras otros, acaso más metafóricos, nos guiarán hasta una mujer de extraordinaria belleza.
Particularmente apreciados, por último, resultan los mapas del tesoro que conducen hasta uno mismo. Resultan difíciles de conseguir, y sólo podrán llegar a sus manos regalados por un buen amigo o ser hallados en el fondo de una maleta muy apreciada por usted en su juventud.
Antes de emprender su viaje, asegúrese de que el mapa que guía sus pasos es de la clase deseada, para evitar sorpresas desagradables. De todos es sabido que en los mapas no aparece jamás el lugar donde fueron adquiridos, con el objeto de que no le sea posible regresar y reclamar, en caso de que no resulten de su agrado.
Aquí yacen dragones, 2013.
Cuando lea en un mapa la leyenda “Usted está aquí”, no se fíe. Usted no está ahí. Se ha comprobado que dicha afirmación se puede encontrar de manera simultánea en cientos de mapas repartidos por toda la ciudad, lo que físicamente resulta posible sólo para deidades y otras naturalezas ubicuas, poco frecuentes en el plano de la realidad en el que nos movemos a diario.
Se sabe también de la existencia de un mapa en el que aparecían indicados todos los lugares en los que usted no estaba, pero jamás fue comercializado por razones de tristeza.
En determinadas culturas, los mapas simbolizan los lugares que representan, por lo que deben ser manipulados con extrema cautela. En ese sentido, es trágicamente célebre el descuido que cometió la London Cargographic Society en una edición de 1932 del mapa de Londres, donde olvidó imprimir una calle entera del barrio obrero de Grapsberry. A pesar de que el error fue diligentemente corregido en la siguiente edición, nunca nadie volvió a tener noticia de sus vecinos.
En una nota más alegre, es conocida la iniciativa del prestigioso cartógrafo sir Philisbury Hammond, natural de New Hadder, que trató de elaborar un mapa de su ciudad natal a escala natural y le salió otra ciudad idéntica y contigua. Desde entonces, los viajeros que la visitan dudan si caminan por sus calles o por las de su mapa, sin que nadie, ni siquiera los nativos de la localidad, acierten a resolver tan terrible duda.
Del mismo modo que en algunos mapas aparecen indicadas las líneas de transporte urbano o los monumentos históricos, hay otros en los que se indican los lugares donde regularmente acuden los enamorados a besarse, o los parques en los que la inspiración visita a los poetas con más frecuencia. Otros señalizan las calles más proclives a las disputas entre peatones y automovilistas, o las esquinas de la ciudad en las que más a menudo sobrevienen inesperadas desavenencias y deshacen sus acuerdos las parejas. Este tipo de mapas, dado su evidente valor, no resultan fáciles de encontrar. Para que sean eficaces deben ser hallados en lugares y momentos inesperados para usted, por lo que no pueden ser detallados aquí.
A pesar de lo excepcional de este tipo de mapas, de difícil catalogación, los expertos coinciden en que los millares de modelos existentes pueden reducirse en esencia a tres: mapas falsos, mapas verdaderos y mapas del tesoro. Estos últimos están muy sobrevalorados. Su fiabilidad dependerá de la correspondencia que guarden con la noción que su usuario tenga de lo que es un tesoro. Así las cosas, los más literales nos guiarán hasta un cofre lleno de monedas de oro semioculto en una playa, mientras otros, acaso más metafóricos, nos guiarán hasta una mujer de extraordinaria belleza.
Particularmente apreciados, por último, resultan los mapas del tesoro que conducen hasta uno mismo. Resultan difíciles de conseguir, y sólo podrán llegar a sus manos regalados por un buen amigo o ser hallados en el fondo de una maleta muy apreciada por usted en su juventud.
Antes de emprender su viaje, asegúrese de que el mapa que guía sus pasos es de la clase deseada, para evitar sorpresas desagradables. De todos es sabido que en los mapas no aparece jamás el lugar donde fueron adquiridos, con el objeto de que no le sea posible regresar y reclamar, en caso de que no resulten de su agrado.
Aquí yacen dragones, 2013.
lunes, 6 de enero de 2020
Las muertes de María. Fernando León de Aranoa.
Cuando muere María muere la
hija de Juan y Rocío, muere la hermana de Carlos, y también la
mejor amiga de Ana Villares, con la que paseaba cada viernes por
Reforma. Mueren también cuando muere María la amiga de Violeta, la
de Marga, la de Juancar y Simón. Y muere la mujer a la que Peralta
más quiso, a la que hoy pierde por segunda vez, y a la que aún
abraza en silencio cuando duerme, a pesar del tiempo transucrrido y
los consejos.
Cuando muere María muere también la mujer que cada tarde, entre las cuatro y las seis, paseaba con prisa a un perrito desclasado por el parque que está pegado a la radial, y muere la joven atractiva aunque un poco bizca pero muy correcta de la que Héctor Salvarroja, conductor de la línea 12 del Interurbano, hablaba a menudo a sus compañeros de ruta y a la que nunca invitó a tomar un refresco en la terracita de La Particular, como él habría querido, porque le faltó el arrojo necesario para hacerlo.
Cuando muere María mueren una compañera de cadena de montaje silenciosa, siete vecinas, doce conocidas, la paciente favorita de un dentista y un amor callado, tan secreto que por más que nos empeñemos nunca sabremos una palabra más de él.
Cuando muere María sucede, en realidad, un genocidio del que la humanidad no se recuperará jamás. Sus cadáveres, la suma feroz de sus ausencias, caben sin problemas en el ataúd de gama media sobre el que su madre llora hoy desconsolada las muertes de María. No hay espacio en el mundo, sin embargo, que pueda contener su dolor.
Aquí yacen dragones, 2013.
Cuando muere María muere también la mujer que cada tarde, entre las cuatro y las seis, paseaba con prisa a un perrito desclasado por el parque que está pegado a la radial, y muere la joven atractiva aunque un poco bizca pero muy correcta de la que Héctor Salvarroja, conductor de la línea 12 del Interurbano, hablaba a menudo a sus compañeros de ruta y a la que nunca invitó a tomar un refresco en la terracita de La Particular, como él habría querido, porque le faltó el arrojo necesario para hacerlo.
Cuando muere María mueren una compañera de cadena de montaje silenciosa, siete vecinas, doce conocidas, la paciente favorita de un dentista y un amor callado, tan secreto que por más que nos empeñemos nunca sabremos una palabra más de él.
Cuando muere María sucede, en realidad, un genocidio del que la humanidad no se recuperará jamás. Sus cadáveres, la suma feroz de sus ausencias, caben sin problemas en el ataúd de gama media sobre el que su madre llora hoy desconsolada las muertes de María. No hay espacio en el mundo, sin embargo, que pueda contener su dolor.
Aquí yacen dragones, 2013.
viernes, 6 de diciembre de 2019
Los asesinos precavidos. Fernando León de Aranoa.
Los
científicos de la Antigüedad creían que, al morir, quedaba grabada
en la retina de nuestros ojos la última imagen que habían visto.
Suponían, por tanto, que buscando en ella encontrarían el rostro
del asesino en el momento de asestar la puñalada definitiva, como si
se tratara de una placa fotográfica, revelando su identidad. Por ese
motivo, las víctimas de crímenes violentos aparecían con
frecuencia con las cuencas de los ojos vacías.
Hoy sabemos que no es así.
Sin embargo, los asesinos, precavidos, siguen matando por la espalda.
Aquí yacen dragones, 2013.
Hoy sabemos que no es así.
Sin embargo, los asesinos, precavidos, siguen matando por la espalda.
Aquí yacen dragones, 2013.
domingo, 20 de octubre de 2019
Instrucciones para escribir una carta. Fernando León de Aranoa.
Conocer
a una mujer una tarde, en una terraza del centro de su ciudad.
Convidarla a un café y entablar con ella una conversación ligera,
pero no superficial. Apreciar la calidez y el silencio, su rutina de
sonrisas, titubeos. Imaginar vivamente su aliento en el nuestro y la
caricia dorada del sol en su pelo castaño, en la ventana, al caer la
tarde.
Amarla después, echarla de menos. Aguardar a que pasen catorce días exactos.
Entonces ya está usted listo para escribir una carta.
Aquí yacen dragones, 2013.
Amarla después, echarla de menos. Aguardar a que pasen catorce días exactos.
Entonces ya está usted listo para escribir una carta.
Aquí yacen dragones, 2013.
sábado, 17 de agosto de 2019
Los adioses elegidos. Fernando León de Aranoa.
En
la estación de Vitebsk, entre un puesto pequeño de souvenirs y un
estanco en el que venden tabaco para liar Occidental Fuerte, hay un
comercio de despedidas. Allí, los viajeros solitarios eligen la que
mejor se acomodará a su partida de acuerdo con su estado de ánimo y
con sus posibilidades económicas.
Por una cantidad ciertamente razonable, en él se puede encontrar desde el apretón de manos formal y económico de un conocido reciente hasta el abrazo sincero de un amigo muy querido; también la despedida emocionada en el andén de una familia al completo, con sus abrígate mucho y sus llama cuando llegues, sus lamentos y su llanto inconsolable, en el que se empeñan a conciencia cinco intérpretes de sólida formación actoral y diferentes edades.
La despedida más solicitada es sin embargo el beso con abrazo prolongado de una bella enamorada. Su ternura susurrada deja en nuestra solapa un leve rastro de jazmines que tarda varios kilómetros en desaparecer. Promesas de inmediato reencuentro, juramentos de fidelidad y llamada diaria, se acompañan de los lógicos reproches por la indeseada partida, que conceden verosimilitud a la escena.
Por un insignificante suplemento, la enamorada caminará unos metros por el andén en paralelo al tren, con su mirada emboscada en la nuestra, pronunciando palabras de amor que no podremos escuchar, porque lo impedirá el traqueteo creciente del tren y la indudable emoción del momento.
El arrullo de los adioses elegidos acompaña a los viajeros buena parte del trayecto, reconfortando su sueño con una levemente dolorosa, aunque necesaria, sensación de desarraigo.
Aquí yacen dragones, 2013.
Por una cantidad ciertamente razonable, en él se puede encontrar desde el apretón de manos formal y económico de un conocido reciente hasta el abrazo sincero de un amigo muy querido; también la despedida emocionada en el andén de una familia al completo, con sus abrígate mucho y sus llama cuando llegues, sus lamentos y su llanto inconsolable, en el que se empeñan a conciencia cinco intérpretes de sólida formación actoral y diferentes edades.
La despedida más solicitada es sin embargo el beso con abrazo prolongado de una bella enamorada. Su ternura susurrada deja en nuestra solapa un leve rastro de jazmines que tarda varios kilómetros en desaparecer. Promesas de inmediato reencuentro, juramentos de fidelidad y llamada diaria, se acompañan de los lógicos reproches por la indeseada partida, que conceden verosimilitud a la escena.
Por un insignificante suplemento, la enamorada caminará unos metros por el andén en paralelo al tren, con su mirada emboscada en la nuestra, pronunciando palabras de amor que no podremos escuchar, porque lo impedirá el traqueteo creciente del tren y la indudable emoción del momento.
El arrullo de los adioses elegidos acompaña a los viajeros buena parte del trayecto, reconfortando su sueño con una levemente dolorosa, aunque necesaria, sensación de desarraigo.
Aquí yacen dragones, 2013.
sábado, 29 de junio de 2019
Las cosas que se quieren perder. Fernando León de Aranoa.
Los objetos con más
tendencia a perderse son los relojes regalados por alguien muy querido y las
cadenas de oro. También las carpetas con apuntes manuscritos en los días anteriores
a un examen, nuestro rotulador rojo favorito y las llaves de casa, aunque éstas
tiendan a hacerlo sólo de manera temporal.
Resulta llamativo también
el empeño en ser olvidados en los taxis que muestran los paraguas en los días
de lluvia y las bufandas al comenzar el invierno. Las gafas de sol de óptica,
por el contrario, manifiestan una mayor disposición a perderse en los meses de
más calor.
A día de hoy parece
probado que existe una relación de proporcionalidad directa entre la
importancia de los objetos y su tendencia a desaparecer: el número de teléfono
de una mujer de ojos oscuros, anotado al vuelo en un ticket de compra en la
cola de unos grandes almacenes, tendrá más posibilidades de no ser encontrado
jamás cuanto más diáfana sea la claridad con la que creamos haber visto en
ellos a la mujer por la que daríamos, llegado el caso, nuestra vida. También
las personas muestran en ocasiones tendencia a perderse. En especial los niños,
porque aún desconocen la rutina, y los viejos, porque la quieren olvidar.
jueves, 13 de abril de 2017
La melodía. Fernando León de Aranoa.
Apoyado
en la pared de adobe llena de agujeros, el soldado silba una melodía
sencilla mientras el pelotón que va a ejecutarle carga, apunta y
dispara sus armas.
El capitán al mando se sorprende esa misma noche en la cantina, tarareando la melodía. Evita a las soldaderas, le incomoda su risa.
Rechaza el alcohol y la euforia con la que sus oficiales celebran la victoria de hoy y conjuran el miedo a la derrota de mañana.
Pasa la guerra, se olvida. Si se ganó o se perdió, pocos lo recuerdan ya.
El capitán se hace brigada y el brigada, general, sin que la melodía se borre de donde sea que haya quedado grabada. Pueden pasar meses sin que vuelva a su cabeza, pero sabe que en el instante en el que lo desee podrá tararearla otra vez y, sin saber por qué, lo percibe como una amenaza.
Así sucede el día de la comunión de Andrés, su hijo; una tarde en los caballos, en la que apostaron cuarenta pesos a Veloz y perdieron; la mañana que a su mujer le dieron la terrible noticia y tres meses después, justo después de su entierro, en una cafetería del centro de la ciudad a la que no había regresado desde que se fueron a vivir al barrio alto, en los años setenta.
La silbará por última vez ausente, en su lecho de muerte. Su hijo, ya un joven cadete de la escuela de oficiales Baltasar Luengo, pregunta por su origen, pero el anciano militar le miente.
Años más tarde la tararea él también en un bar, una noche, sin darse cuenta. Una joven, que le escucha, se enamora de él dos mesas más allá. La melodía le es familiar. Su padre la silbaba cuando ella era niña, cuando el mundo comenzaba y terminaba en el caballo imaginario de sus rodillas. Pero eso fue hace mucho, antes incluso de la guerra, en la que había muerto fusilado.
La joven tiene una mirada hermosa: hay tanta vida en sus ojos que asusta. Y sin embargo, sin que pueda comprender por qué, al joven cadete le cuesta sostenérsela.
Siente que le debe una explicación, pero no sabe cuál.
Aquí yacen dragones. Fernando León de Aranoa, 2013.
El capitán al mando se sorprende esa misma noche en la cantina, tarareando la melodía. Evita a las soldaderas, le incomoda su risa.
Rechaza el alcohol y la euforia con la que sus oficiales celebran la victoria de hoy y conjuran el miedo a la derrota de mañana.
Pasa la guerra, se olvida. Si se ganó o se perdió, pocos lo recuerdan ya.
El capitán se hace brigada y el brigada, general, sin que la melodía se borre de donde sea que haya quedado grabada. Pueden pasar meses sin que vuelva a su cabeza, pero sabe que en el instante en el que lo desee podrá tararearla otra vez y, sin saber por qué, lo percibe como una amenaza.
Así sucede el día de la comunión de Andrés, su hijo; una tarde en los caballos, en la que apostaron cuarenta pesos a Veloz y perdieron; la mañana que a su mujer le dieron la terrible noticia y tres meses después, justo después de su entierro, en una cafetería del centro de la ciudad a la que no había regresado desde que se fueron a vivir al barrio alto, en los años setenta.
La silbará por última vez ausente, en su lecho de muerte. Su hijo, ya un joven cadete de la escuela de oficiales Baltasar Luengo, pregunta por su origen, pero el anciano militar le miente.
Años más tarde la tararea él también en un bar, una noche, sin darse cuenta. Una joven, que le escucha, se enamora de él dos mesas más allá. La melodía le es familiar. Su padre la silbaba cuando ella era niña, cuando el mundo comenzaba y terminaba en el caballo imaginario de sus rodillas. Pero eso fue hace mucho, antes incluso de la guerra, en la que había muerto fusilado.
La joven tiene una mirada hermosa: hay tanta vida en sus ojos que asusta. Y sin embargo, sin que pueda comprender por qué, al joven cadete le cuesta sostenérsela.
Siente que le debe una explicación, pero no sabe cuál.
Aquí yacen dragones. Fernando León de Aranoa, 2013.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










