sábado, 29 de junio de 2019

Las cosas que se quieren perder. Fernando León de Aranoa.


Los objetos con más tendencia a perderse son los relojes regalados por alguien muy querido y las cadenas de oro. También las carpetas con apuntes manuscritos en los días anteriores a un examen, nuestro rotulador rojo favorito y las llaves de casa, aunque éstas tiendan a hacerlo sólo de manera temporal.
Resulta llamativo también el empeño en ser olvidados en los taxis que muestran los paraguas en los días de lluvia y las bufandas al comenzar el invierno. Las gafas de sol de óptica, por el contrario, manifiestan una mayor disposición a perderse en los meses de más calor.
A día de hoy parece probado que existe una relación de proporcionalidad directa entre la importancia de los objetos y su tendencia a desaparecer: el número de teléfono de una mujer de ojos oscuros, anotado al vuelo en un ticket de compra en la cola de unos grandes almacenes, tendrá más posibilidades de no ser encontrado jamás cuanto más diáfana sea la claridad con la que creamos haber visto en ellos a la mujer por la que daríamos, llegado el caso, nuestra vida. También las personas muestran en ocasiones tendencia a perderse. En especial los niños, porque aún desconocen la rutina, y los viejos, porque la quieren olvidar.


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