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jueves, 2 de enero de 2025

Una apacible tarde de verano. Iván Teruel.

Piensen en un frenazo agudo, de esos que taladran la conciencia de cualquiera. Interioricen, a continuación, el sonido que produce un saco de piedras contra el suelo. Recuerden, también, cómo se encoge un gusano cuando siente una amenaza, pero sustitúyanlo por tres corazones. Ahora viene lo más duro: imaginen a tres madres que hablaban distraídas en el parque y que ahora corren, con un llanto espeso en la garganta, hacia la carretera que hay tras los setos. La escena es terrible, sí. Sobre todo, porque, cuando lleguen al lugar del atropello, dos de ellas no podrán evitar sentir una dolorosa sensación de alivio.

El oscuro relieve del tiempo. 2015.

lunes, 8 de mayo de 2023

Entre Escila y Caribdis. Iván Teruel.

¿Recuerdas aquel ratón moribundo? Una voz deshilachada. Sí, le digo. ¿Lo recuerdas? Mi padre, con los restos de su voz de siempre. Sí, le digo. ¿Lo recuerdas? Sí. Ahora es mi voz la que se fragmenta. Y mi memoria rescata la imagen de mi padre tocando el ratón con la punta del pie para ver si aún vivía: un cuerpo indefenso estremeciéndose. Y entonces mi padre que clava la mirada en el pequeño animal, lo rodea nervioso, niega con la cabeza repetidamente. Lo que sigue es el chasquido del cuerpo indefenso contra una tapia. ¿Y aquella paloma, al lado del contenedor? Sí, también. Y la memoria recupera variaciones de lo mismo: la paloma y su cuello medio quebrado, mi padre mirándola primero, rodeándola y negando con la cabeza después, cogiendo una barra de hierro. Y mi mano estirándole del brazo, que no lo hiciera. Su voz musitando que debía hacerlo. ¿Lo entiendes, verdad? Sí, claro. Y ahora soy yo quien fija la mirada en un cuerpo indefenso, quien niega con la cabeza repetidas veces, quien empieza a rodear nervioso la cama donde mi padre, de pronto, suplica ser aquel ratón o aquella paloma de hace treinta años.

El oscuro relieve del tiempo, 2015.
 

domingo, 27 de noviembre de 2022

Definición de amor. Iván Teruel.

A Anna Margarits
Hace ya días que el pelo se le cae como deshaciéndose. Así que al final se ha decidido. Cuando llega él, ella lo está esperando frente al espejo, con su nueva peluca. ¿Te gusta? Él responde con una sonrisa tierna y un acercamiento. Le quita la peluca con delicadeza, coge espuma de afeitar del armario y la extiende por la cabeza de ella. Alcanza una cuchilla de un cajón y con un amor infinito recorre la piel redonda del cráneo. Al acabar, besa su calva y le dice: «Recuerda, vida, que un día prometimos no tener miedo a los espejos». 

El oscuro relieve del tiempo, 2014.

viernes, 16 de septiembre de 2022

El mundo no se acaba nunca. Iván Teruel.

El manotazo titubeante derriba otra mosca. ¿Ha visto señora McGuffin que este año eestos dipterios volapatadores están mas le, le, lentos que de costumbre? La pequeña mano coge la mosca de las alas y dibuja una parábola temblorosa hasta colocarla en el montón donde se hallan el resto de los insectos. ¿Será la hipanopia de la histo, tor, ria que sub nierte nierte a la...? Ya ve señora Guffinmac que eesto es el fin. ¿Lo ve? La cabeza pelada tiembla, se inclina hacia un lado, unos ojos empañados miran atentamente el montón. El fin, fin, ¿lo ve señora Gufmacin? Se aveci, ci, na, el fin, fin, final de los tiempos. Los dedos índice y pulgar de la mano derecha forman una pinza inestable. La pinza va cogiendo de las alas diferentes moscas del montón y forma otro montón al lado. El fin, fin, final ¿oye? La cabeza es un metrónomo inclinado y nervioso: no deja de oscilar en su eje oblicuo. La mirada opaca se encharca de repente. ¿Por qué señora MucGaffin por qué eestos dirtemios voleadores están más le, le, lentos? ¿No ve que es el fin, fin, final de todo? la boca se abre, se estremece, y de la garganta sale un sonido agudo y resquebrajado, el cuerpo convertido en un balancín nervioso.
La señora McGuffin se acerca al niño, lo envuelve en un abrazo, le da un beso en la frente. La señora McGuffin hace un esfuerzo ímprobo por dejar sus lágrimas en el borde de los párpados, construye un dique, traga saliva repetidas veces, aparta los dos montones de pipas de la mesa y le susurra al oído: las moscas no están más lentas, mi vida, eres tú, ¿oyes?, que cada día estás más ágil, ¿oyes?, como papá, tesoro, cada día más ágil y fuerte. Así que no sufras, mi vida, no sufras, que el mundo no se va a acabar nunca.