La confusión se apoderó del parque. La madre, a duras penas conteniendo el llanto, reprochaba amargamente a su marido el que éste cediera siempre ante los caprichos del niño. El padre, cabizbajo, aguantaba estoicamente la perorata de su esposa. El primogénito observaba cómo su hermanito, asido de un globo desproporcionadamente grande para su tamaño, se iba rápidamente elevando. El policía, pistola en mano, esperaba impaciente una decisión para actuar. Pero ¿qué hacer? Si no disparaba, el niño se perdería irremediablemente en algún lugar de la estratosfera, pero si se decidía a hacer fuego... Finalmente, el abuelo, en un arrebato de casta de viejo coronel, y ante la pasividad general, decidió: «Mejor un muerto en la familia que un desaparecido». Y dio orden de disparar. El globo reventó con un seco ruido apenas perceptible. Segundos después el niño regresaba, estrellándose contra el adoquinado.
