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miércoles, 12 de agosto de 2026

Queenie. Alice Munro.

—Quizá sea mejor que dejes de llamarme así —dijo Queenie cuando me recibió en Union Station.
Yo pregunté:
—¿Cómo? ¿Queenie?
—A Stan no le gusta —explicó ella—. Dice que le recuerda a un nombre de caballo.
Me sorprendió más oírla decir «Stan» que la noticia de que ya no era Queenie sino Lena. Pero no podía suponer que después de un año y medio de casada siguiera llamando a su esposo señor Vorguilla. Durante aquel lapso no había vuelto a verla y un momento antes, al avistarla entre la gente que esperaba en el andén, por poco no la había reconocido.
El pelo, teñido de negro, se le arqueaba a los lados de la cara en ese estilo que no sé cómo llamaban pero entonces hacía furor. Tanto el hermoso color de jarabe de maíz —dorado en la superficie y oscuro debajo— como la sedosa cascada se habían perdido para siempre. Llevaba un vestido amarillo estampado que le ceñía el cuerpo y acababa unos centímetros por encima de las rodillas. Gruesos trazos a lo Cleopatra y una sombra púrpura le hacían los ojos más pequeños, en vez de agrandárselos, como si se estuvieran escondiendo adrede. Se había perforado las orejas; de los lóbulos colgaban aros de oro.
Vi que ella también me miraba con cierta sorpresa. Intenté ser atrevida y campechana. Dije:
—¿Eso es un vestido o una cortinilla para el trasero? —Se echó a reír y agregué—: Menudo calor hacía en el tren. He sudado como una marrana.
Oía el sonido de mi voz, vibrante y pletórica como la de mi madrastra Bet.
Sudado como una marrana.
Y luego, ya en el tranvía que llevaba a casa de Queenie, seguí sonando como una estúpida.
—¿Todavía estamos en el centro? —pregunté.
Los bloques altos habían quedado atrás muy pronto, pero no se habría dicho que aquél fuera un barrio residencial. Unos tras otros se sucedían los mismos edificios y comercios: una tintorería, una floristería, un colmado, un restaurante. Cajas de frutas y verduras en la acera, letreros de dentistas, costureras y fontaneros en ventanas de segundos pisos. Rara vez una construcción más alta. Rara vez un árbol.
—Esto no es el centro mismo —dijo Queenie—. ¿Recuerdas dónde te enseñé que estaba Simpson’s, donde cogimos el tranvía? Pues allí.
—O sea, ¿que ya casi estamos?
—Aún falta un buen trecho —le respondió ella. Luego agregó—: Un trecho. A Stan tampoco le gusta que diga sólo «trecho».
Con las repeticiones, o acaso con el calor, me estaba entrando ansiedad y un poco de náuseas. Entre las dos llevábamos mi maleta sobre las rodillas y a unos centímetros de los dedos yo tenía el cuello gordo y la calva de un hombre. Unos pocos pelos negros y sudorosos se le pegaban a la coronilla. No sé por qué tuve que pensar en los dientes del señor Vorguilla guardados en el botiquín; Queenie me los había enseñado cuando éramos vecinos de los Vorguilla y ella trabajaba en su casa. Eso había sido mucho antes de que el señor Vorguilla fuese ni remotamente Stan.
Dos dientes unidos, junto a la navaja, la brocha y el cuenco de madera con el asqueroso jabón lleno de pelos.
—Es su puente —había dicho Queenie.
¿Puente?
—Puente de dientes.
—Uf —había exclamado yo.
—Este es de recambio —había dicho ella—. Ahora lleva puesto el otro.
—Uf. ¿No están un poco amarillos?
Queenie me había tapado la boca. No quería que la señora Vorguilla nos oyese. La señora Vorguilla estaba abajo, echada en el sofá del comedor. Casi todo el tiempo tenía los ojos cerrados, pero podía no estar durmiendo.
Cuando al fin bajamos del tranvía tuvimos que subir una cuesta empinada, tratando torpemente de repartirnos el peso de la maleta. Aunque al principio lo parecieran, las casas no eran todas iguales. A veces, los tejados ceñían los muros como gorras; a veces, toda la planta alta era un tejado cubierto de tejas. Las tejas eran de color verde oscuro, castaño o pardo. Los porches llegaban casi hasta la acera y había tan poco espacio entre las casas que se podía dar la mano al vecino a través de la ventana. Había niños jugando en la calle, pero Queenie les hacía el mismo caso que les haría a pájaros que picotearan entre las grietas. Sentado en un escalón, un hombre gordísimo, desnudo de cintura para arriba, nos lanzó una mirada tan fija y sombría que no tuve duda de que quería decirnos algo. Queenie pasó de largo.


A mitad de la cuesta dobló por un sendero de gravilla que discurría entre cubos de basura. De una ventana de la segunda planta asomó una mujer y dijo algo que no conseguí entender. Queenie le respondió.
—Es mi hermana —explicó—. Ha venido de visita. —Y a mí me aclaró—: Es nuestra patrona. Vive arriba con su familia, en la parte de delante. Son griegos. Casi no habla inglés.
Resultó que Queenie y el señor Vorguilla compartían el cuarto de baño con los griegos. Había que llevar el rollo de papel higiénico, porque si se te olvidaba, allí no había. Yo tuve que entrar enseguida porque tenía una regla muy fuerte y debía cambiarme la compresa. Después de aquel día, durante años me bastaría ver una calle de ciudad en un día caluroso, los tranvías traqueteando o ciertos guijarros pintados, para recordar los retortijones en el vientre, las oleadas de flujo, las filtraciones del cuerpo, el aturdimiento bochornoso.
Había una habitación donde dormían Queenie y el señor Vorguilla, otra convertida en sala de estar, una cocina estrecha y una galería acristalada. Yo iba a dormir en el catre de la galería. Al otro lado de las ventanas, muy cerca, el patrón y otro hombre reparaban una moto. El olor a aceite, metal y maquinaria se mezclaba con un perfume de tomates maduros bajo el sol. Desde una ventana de la planta baja llegaba la música estridente de una radio.
—Ahí tienes algo que Stan no soporta —dijo Queenie—. Esa radio. —No por correr las cortinas floreadas logró que el ruido y el sol dejaran de entrar—. Me habría gustado poder ponerte sábanas —dijo.
Yo tenía en la mano la compresa ensangrentada envuelta en papel higiénico. Me dio una bolsa de papel y me guió hasta el cubo de basura.
—Las tiras todas aquí —dijo—. En el acto. No lo olvidarás, ¿no? Y no dejes tu caja a la vista de él; detesta que se lo recuerden.
Yo me seguía esforzando por parecer despreocupada, por comportarme como en mi casa.
—Necesito comprar un vestido tan mono como el tuyo —declaré.
—A lo mejor te lo hago yo —dijo Queenie metiendo la cabeza en la nevera—. Me apetece una coca; ¿y a ti? Es que voy a un lugar donde venden retales. Este vestido me salió por unos tres dólares. Por cierto, ¿qué talla usas ahora?
Me encogí de hombros. Dije que estaba tratando de adelgazar.
—Vale. Puede que encontremos algo.
—Voy a casarme con una señora que tiene una hijita más o menos de tu edad —había dicho mi padre—. Y el padre de esa niña ha dejado de verla. Por eso has de prometerme una cosa, y es que no le harás bromas ni le dirás maldades sobre eso. Seguro que a veces tendréis desacuerdos o pelearéis como pasa entre hermanas, pero de eso nunca debes decirle nada.
Y si lo dicen otros niños, tú te pones de parte de ella.
Para discutir un poco argumenté que yo no tenía madre y sin embargo nadie me decía maldades.
—Es diferente —dijo mi padre.
Se equivocaba en todo. No éramos en absoluto de la misma edad porque, cuando mi padre se casó con Bet, Queenie tenía nueve años y yo seis. Aunque en la escuela acabamos acercándonos cuando yo me salté un curso y Queenie repitió. Y nunca supe de nadie que intentara molestarla. Queenie era de esas de quienes todos quieren ser amigos. Para los equipos de béisbol la elegían la primera, aunque el juego le importaba poco, y primera para el equipo de ortografía aunque deletreaba fatal. Además no nos peleábamos. Ni una vez. Ella era conmigo la mar de bondadosa y yo le tenía una admiración inmensa. Sólo por ese pelo de oro bruñido y los oscuros ojos soñadores la habría idolatrado; por lo guapa que era. La risa de Queenie era dulce y tosca como azúcar moreno. Sorprendía que con tantos privilegios fuese tierna y amable.
La mañana de la desaparición de Queenie, una mañana de comienzos de invierno, tuve al despertarme la sensación de que se había ido.
Eran menos de las siete y todavía estaba oscuro. En la casa hacía frío. Cogí el albornoz lanudo que compartía con Queenie. Lo llamábamos Buffalo Bill y siempre se lo ponía la primera en levantarse. De dónde había salido era un misterio.
—Tal vez era de un amigo de Bet, de antes de que se casara con tu padre —dijo Queenie—. Pero no vayas a decirlo, que me mata.
No estaba en su cama ni en el lavabo. Bajé la escalera, sin encender la luz para no despertar a Bet. Miré por la ventanita de la puerta delantera. El pavimento duro, las baldosas de la acera y la hierba rala de la entrada relucían de escarcha. La nieve se había retrasado. Subí el termostato del vestíbulo y la caldera se despertó en la oscuridad con un gruñido fiable. Acabábamos de poner una caldera de aceite pero mi padre aún se despertaba a las cinco, decía, pensando que era hora de bajar al sótano a encender el fuego.
Mi padre dormía en lo que había sido una despensa, al lado de la cocina. Tenía una cama de hierro y una silla de respaldo roto, y sobre la silla la pila de revistas de National Geographic que leía cuando no podía dormir. Encendía y apagaba la luz del techo mediante una cuerda atada a la cabecera. A mí el arreglo me parecía totalmente natural y apropiado para el hombre de la casa, el padre. Dormía como un centinela, con una frazada basta por todo abrigo, rodeado de un indómito olor a motores y tabaco. Leía y velaba hasta altas horas y hasta dormido seguía vigilante.
Sin embargo no había oído a Queenie. Dijo que debía de estar en algún rincón de la casa.
—¿Has mirado en el cuarto?
—Allí no está —respondí.
—Puede que esté con su madre. La miedica…
Mi padre llamaba «mieditis» al trance en que Bet despertaba —o no despertaba del todo— de una pesadilla. Salía tambaleándose de su habitación, incapaz de explicar qué la había asustado, y la que la guiaba de vuelta a la cama era Queenie. Ella la abrazaba por la espalda, calmándola como un cachorro que lame leche, y a la mañana siguiente Bet no recordaba nada.
Yo había encendido la luz de la cocina.
—No quería despertarla —dije—. Miré la oxidada panera de lata en la que siempre golpeteaba el trapo, los cacharros lavados pero aún sobre la cocina y el lema provisto por la Granja Fairholme: El Señor es el corazón de la casa. Esperando estúpidamente que empezara el día, sin saber que la catástrofe lo había vaciado.
Alguien había quitado el cerrojo a la puerta que daba a la galería lateral.
—Ha entrado alguien —dije—. Ha entrado alguien y se ha llevado a Queenie.
Mi padre salió con los pantalones encima de los calzoncillos largos. Bet bajaba en pantuflas y bata de felpilla, encendiendo luces por el camino.
—¿Queenie está contigo? —le preguntó mi padre. Y a mí me dijo—: Esa puerta la han abierto desde dentro.
Bet preguntó:
—¿Qué pasa con Queenie?
—A lo mejor le apeteció dar un paseo —dijo mi padre.
Bet no le hizo caso. Llevaba en la cara una mascarilla seca de un potingue rosa. Era representante de productos de belleza y nunca vendía un cosmético que no hubiera probado.
—Ve a donde los Vorguilla —me ordenó—. A lo mejor recordó algo que debía hacer.
Había pasado una semana desde el funeral de la señora Vorguilla, pero Queenie había seguido trabajando en la casa; ayudando a embalar la vajilla y la ropa de cama para que el señor Vorguilla pudiera trasladarse a un piso. Como debía preparar los conciertos de Navidad del colegio, él no podía hacerlo todo solo. Bet quería que Queenie lo dejase para que la cogieran en alguna tienda para Navidad.
En vez de subir a por mis zapatos me puse las botas de goma de mi padre, que estaban junto a la puerta. Crucé el jardín dando tropezones y en el porche de los Vorguilla toqué el timbre. Era una campanilla que parecía proclamar la musicalidad de la familia. Arrebujada en Buffalo Bill, me puse a rezar. Queenie, Queenie, enciende las luces, por favor. Olvidaba que si Queenie estuviera trabajando habría encendido las luces.
No hubo ninguna respuesta. Aporreé la madera. Cuando acabara de despertarlo, el señor Vorguilla estaría de un humor de perros. Apreté la oreja contra la puerta, atenta a los ruidos.
—Señor Vorguilla, señor Vorguilla. Siento despertarlo. Señor Vorguilla. ¿Hay alguien ahí?
En la casa de enfrente abrieron una ventana. Allí vivían el señor Hovey, un solterón, y su hermana.
—¿Para qué tienes los ojos? —gritó el señor Hovey—. Mira el patio.
El coche del señor Vorguilla no estaba.
El señor Hovey cerró de un golpe.
Cuando abrí la puerta de nuestra cocina vi a mi padre y a Bet sentados a la mesa con sendas tazas de té. Por un instante pensé que se había restablecido el orden. Tal vez había llamado alguien con noticias tranquilizadoras.
—El señor Vorguilla no está —anuncié—. El coche tampoco.
—Oh, lo sabemos —asintió Bet—. Lo sabemos todo.
Mi padre dijo:
—Lee esto. —Y me acercó un papel que había encima de la mesa.
Me caso con el señor Vorguilla, decía. Sinceramente vuestra, Queenie.
—Debajo de la azucarera —añadió mi padre.
Bet dejó caer la cuchara.
—Quiero que lo juzguen —gritó—. Y a ella la quiero en el reformatorio. Quiero que venga la policía.
—Tiene dieciocho años y si quiere puede casarse. La policía no va a bloquear las carreteras.
—¿Y quién dice que están en la carretera? Seguro que se han escondido en un motel. Esa tonta y el tonto del culo de Vorguilla, con esos ojos de huevo.
—Hablar así no va a hacer que vuelva.
—No quiero que vuelva. No si viene arrastrándose. Ha hecho su cama y puede acostarse en ella con ese cabrón cara de huevo. Por mí se la puede follar por la oreja.
Mi padre dijo:
—Basta ya.
Para acompañar la coca, Queenie me dio un par de galletas 222.
—Es increíble cómo después de casarte se te van los retortijones. Bien, o sea, ¿que tu padre te contó lo nuestro?
Cuando yo le había dicho a mi padre que antes de empezar magisterio quería trabajar todo el verano, me había sugerido que fuese a Toronto a ver a Queenie. Me contó que ella había escrito a la empresa de transportes preguntándole si podía prestarles un dinero para pasar el invierno.
—Nunca le habría escrito —me dijo Queenie— de no ser porque el invierno pasado Stan tuvo neumonía.
—Fue la primera noticia que tuve de dónde estabas —expliqué. No sabía por qué, se me llenaron los ojos de lágrimas. Por la alegría que me había dado enterarme, por lo sola que me había sentido antes, porque deseaba oírla decir «Claro que contigo siempre pensé ponerme en contacto», y ella no lo decía—. Bet no sabe nada —añadí—. Cree que he venido por mi cuenta.
—Espero que no —dijo Queenie con calma—. O sea, espero que no lo sepa.
Yo tenía un montón de cosas que contarle. Le conté que la empresa de transportes se había ampliado de tres camiones a doce, que Bet se había comprado un abrigo de chinchilla, había expandido su negocio y ahora manejaba Beauty Clinics desde casa. Con aquel fin había arreglado la habitación donde solía dormir mi padre, y él había mudado el catre y las National Geographic a su despacho, una casilla de las Fuerzas Aéreas que había remolcado hasta el garaje de los camiones. Cuando estudiaba en la mesa de la cocina para mis exámenes de tercero de bachillerato, yo había escuchado a Bet decir «A una piel delicada como ésta no hay que tocarla ni con una esponja», antes de untar con cremas y lociones la basta cara de una clienta. Y a veces, en un tono no menos intenso, pero no tan optimista:
—Le aseguro que he vivido junto al mal. Tenía el mal en la casa de al lado y ni lo sospechaba, porque el caso es que una no sospecha, ¿no? Una siempre piensa lo mejor de la gente. Hasta que le parten los dientes.
—En eso tiene razón —decía la clienta—. A mí me pasa igual.
O bien:
—Cuando una cree que lo ha sufrido todo, resulta que acaba de empezar.
Luego, cuando ya había despedido a la mujer, Bet rezongaba:
—Como le toques la cara a oscuras la tomas por papel de lija.
No parecía que esas cosas interesaran a Queenie. Y además no hubo mucho tiempo. No habíamos acabado las cocas cuando oímos unos pasos rápidos en la gravilla y entró en la cocina el señor Vorguilla.
—Mira a quién tenemos aquí —exclamó Queenie. Hizo ademán de levantarse, como para tocarlo, pero él se desvió hacia el fregadero.
Ella había hablado en un tono tan risueño y sorprendido que me pregunté si le habría dicho algo sobre mi carta.
—Es Chrissy —explicó.
—Ya veo —dijo el señor Vorguilla—. Tiene que gustarte el calor, Chrissy, para haber venido a Toronto en verano.
—Va a buscar un trabajo —contó Queenie.
—¿Y tienes títulos? —preguntó el señor Vorguilla—. ¿Estás calificada para encontrar empleo en Toronto?
Queenie informó:
—Ha acabado el bachillerato.
—Vaya. Ojalá que con eso baste —comentó el señor Vorguilla.
Llenó un vaso de agua y se lo bebió de pie, dándonos la espalda. Exactamente como hacía en la cocina de la otra casa, la vecina casa de los Vorguilla, cuando la señora Vorguilla, Queenie y yo estábamos sentadas a la mesa. El señor Vorguilla entraba de vuelta de algún ensayo, o para hacer una pausa después de una de las lecciones de piano que daba en la sala. Ya al oír sus pasos la señora Vorguilla nos había prevenido con una sonrisa. Y todas mirábamos las letras del Scrabble, dándole la opción de fijarse en nosotras o no. A veces no lo hacía. La puerta del armario abriéndose, el chorro del grifo, el ruido del vaso en la encimera eran una serie de explosiones menores. Como si el señor Vorguilla retara a quien fuese a respirar mientras él estaba allí.
Se comportaba igual que cuando nos enseñaba música. Entraba en el aula con el paso de quien no tiene un minuto que perder, daba un golpecito con el puntero y había que empezar. Se paseaba entre los pupitres aguzando los oídos, los azules ojos saltones bien alerta y una expresión tensa y belicosa. En el momento menos pensado podía pararse junto a una para oírla cantar, para ver si falseaba o desafinaba. Luego bajaba lentamente la cabeza, clavándole a una los ojos saltones, acallando las otras voces con una mano, dispuesto a avergonzarla. Y corría la voz de que igualmente despótico era con sus diversos grupos y corales. Sin embargo era un favorito de los cantantes, sobre todo de las damas. Para Navidad le tejían prendas. Calcetines, bufandas y guantes para que se abrigara en los viajes entre colegio y colegio, entre un coro y otro.
Una vez, mientras Queenie estaba a cargo de la casa, pues la enfermedad de la señora Vorguilla le impedía ya llevarla, Queenie había pescado en un cajón un objeto de punto y me lo había agitado ante la cara. Había llegado sin el nombre de la donante.
Yo no sabía qué era.
—Es un calientaputero —había explicado Queenie—. La señora Vorguilla dice que no se lo enseñe, que se pondría furioso. ¿No sabes qué es un calientaputero?
—Hum… —había dicho yo.
—Es sólo una broma.
Tanto Queenie como el señor Vorguilla se iban a trabajar por las noches. El señor Vorguilla tocaba el piano en un restaurante. Se ponía un frac. Y Queenie vendía billetes en un cine. Como el cine estaba a sólo unas manzanas, yo la acompañé. Y cuando la vi sentada en la taquilla comprendí que al fin y al cabo el pelo teñido y los aretes no eran tan raros. Queenie tenía el mismo aspecto que algunas de las chicas que pasaban por la calle o iban al cine con sus novios. Y se parecía mucho a algunas chicas retratadas en los carteles que la rodeaban. Daba la impresión de tener algo en común con el mundo de los dramas, de los amores fogosos y los peligros que se describía en la pantalla.
Daba la impresión, habría dicho mi padre, de no ser ninguna segundona.
—¿Por qué no vas a dar una vuelta? —me había preguntado.
Pero yo temía llamar la atención. No me imaginaba sentada en un bar, tomando café y pregonando al mundo que no tenía nada que hacer ni lugar adonde ir. Ni entrando en una tienda a probarme ropa que no tenía esperanzas de comprar. Volví a subir la cuesta, contesté al saludo de la mujer griega, que estaba en la ventana, y entré usando la llave de Queenie.
Me senté en el catre de la galería. No tenía dónde colgar la ropa, y de todos modos pensé que quizá no fuese buena idea abrir la maleta. Tal vez al señor Vorguilla no le gustase ver indicios de que iba a quedarme.
Pensé que el señor Vorguilla estaba tan cambiado como Queenie. Pero él no había cambiado como ella, ahora de una elegancia y una sofisticación para mí severas y extrañas. Tenía el pelo, antes rojo grisáceo, totalmente canoso y en la cara —siempre presta a relampaguear de rabia ante una posible falta de respeto, una ejecución defectuosa o algo fuera de lugar en la casa— una expresión de daño más permanente, como si todo el tiempo se cometiera ante sus ojos una ofensa o se dejara de castigar una mala conducta.
Me levanté a dar vueltas por el piso. Cuando en un lugar están quienes lo habitan, es imposible echarle un buen vistazo.
Lo más bonito me pareció la cocina, aunque era demasiado oscura. En la ventana que había sobre el fregadero, Queenie había plantado hiedra y, como le gustaba a la señora Vorguilla, había cucharas de madera asomando de un lindo jarro sin asa. En la sala estaba el piano, el mismo piano de la otra casa. Había un sillón, una biblioteca hecha con tablas y ladrillos, un tocadiscos y muchos discos en el suelo. No había televisión. Tampoco mecedoras de avellano ni cortinas estampadas. Ni siquiera la lámpara de pie con escenas japonesas en la pantalla. Sin embargo, un día de nieve, todas esas cosas se habían despachado a Toronto. Yo estuve en casa a la hora de comer y había visto el camión de mudanzas. Bet no podía apartarse de la ventana delantera. Al cabo, olvidando la dignidad que le gustaba exhibir ante los extraños, había gritado a los peones:
—Cuando lleguéis a Toronto decidle a ése que si llega a enseñar la jeta por aquí se arrepentirá para siempre.
Los peones la saludaron alegremente, como si estuvieran acostumbrados a escenas de ese tipo; y tal vez lo estaban. Trasladar muebles debe exponerlo a uno a cabreos y ataques de rabia.
Pero ¿adonde habían ido a parar las cosas? Las vendieron, pensé. Tienen que haberlas vendido. Mi padre había dicho que en Toronto, daba la impresión, al señor Vorguilla le estaba costando encontrar trabajo en lo suyo. Y Queenie había dicho algo así como que estaban «atrasándose». Si no se hubieran estado atrasando nunca le habría escrito a mi padre.
Debían de haber vendido los muebles antes de que ella escribiera.
En la biblioteca vi La enciclopedia de la música, un Diccionario mundial de la ópera y Las vidas de los grandes compositores. También ese libro grande y delgado, de hermosa cubierta, que la señora Vorguilla solía tener junto al sofá: las Rubaiyatas de Omar Jayam.
Había otro libro de cubierta decorada cuyo título exacto no recuerdo. Algo en el título me sugirió que podía gustarme. Tal vez la palabra «florecido», o «perfumado». Lo abrí, y recuerdo perfectamente la primera frase que leí.
«A las odaliscas jóvenes del harim se las instruía además en el uso exquisito de sus uñas».
Yo no sabía bien qué era una odalisca pero la palabra «harim» (¿por qué no «harem»?) me dio una pista. Y para descubrir qué se les enseñaba a hacer con las uñas tuve que seguir leyendo. Leí y leí durante acaso una hora y luego dejé caer el libro.
Sentía excitación, repugnancia e incredulidad. ¿Eran ésas las cosas en que se interesaban los verdaderos adultos? Hasta el dibujo de la cubierta, las preciosas viñas curvas y retorcidas, parecía levemente hostil y corrupto. Recogí el libro para devolverlo a su sitio y se abrió para mostrar los nombres escritos en la guarda. Stan y Marigold Vorguilla. Con letra de mujer. Stan y Marigold.
Pensé en la pálida, ancha frente de la señora Vorguilla, en sus rígidos rizos de un color grisáceo. Los pendientes de perlas y las blusas con un lazo en el cuello. Era un poquito más alta que el señor Vorguilla y a eso atribuía la gente que no salieran juntos. Pero la verdadera razón era que ella se agitaba. La agitaba subir escaleras o tender la ropa. Y al final la agitaba incluso sentarse a la mesa a jugar al Scrabble.
Al principio mi padre nos prohibía aceptar dinero por hacerle la compra o tenderle la colada; explicaba que eran favores de buen vecino.
Bet decía que ella probaría a quedarse tumbada, a ver si la gente iba a cuidarla gratis.
Hasta que un día el señor Vorguilla fue a casa a acordar que Queenie trabajase para ellos. Queenie estaba dispuesta porque no había aprobado el curso y no quería repetir. Al fin Bet aceptó, pero le dijo que no debía cuidar a la mujer.
—A ti no te concierne que la muy rácana no contrate a una enfermera.
Queenie reveló que todas las mañanas el señor Vorguilla sacaba las pastillas y todas las noches lavaba a la señora Vorguilla con una esponja. Hasta intentaba fregar las sábanas en la bañera, como si en la casa no existiese una lavadora.
Recordé las veces en que estábamos jugando al Scrabble en la cocina y el señor Vorguilla, después de beber su vaso de agua, le ponía a la señora Vorguilla una mano en el hombro. Suspiraba como si hubiera vuelto de un viaje largo y agotador.
—Hola, cielo —decía.
La señora Vorguilla estiraba el cuello para besarle la mano reseca.
—Hola, cielo —decía.
Luego él nos miraba a nosotras como si nuestra presencia no lo molestara en absoluto.
—Hola, chicas.
Más tarde, a oscuras en la cama, Queenie y yo nos reíamos.
—Buenas noches, cielo.
—Buenas noches, cielo.
Cómo me habría gustado volver a esos tiempos.
Por la mañana, aparte de ir al lavabo y salir a echar la compresa en el cubo, estuve sentada en mi catre de la galería hasta que se marchó el señor Vorguilla. Yo temía que no tuviera adonde ir, pero al parecer no era así. En cuanto hubo salido, Queenie me llamó. En la mesa había una naranja pelada, copos de maíz y café.
—Y aquí tienes el periódico —dijo—. Estuve mirando las ofertas de empleo. Pero antes quiero hacerte algo en el pelo. Te lo cortaré un poco detrás y te lo armaré con los rulos. ¿Te parece?
Accedí. No había acabado de comer cuando Queenie ya me rondaba perfeccionando su idea. Luego me sentó en un taburete —yo seguía bebiendo el café— y se puso a manejar peine y tijeras.
—¿Qué tipo de empleo buscamos? —preguntó—. He visto uno en una lavandería. En el mostrador. ¿Qué te parece?
—Estaría muy bien —dije yo.
—¿Sigues con el plan de ser maestra?
Le respondí que no sabía. Comprendí que podía parecerle una ocupación algo insulsa.
—Yo creo que te conviene. Inteligencia te sobra. Los maestros ganan más. Ganan más que la gente como yo. Y tienes más independencia.
Pero trabajar en el cine estaba bien, dijo. Había conseguido el puesto un mes antes de Navidad y se había alegrado de veras porque al fin había podido comprar los ingredientes para una tarta con su propio dinero. Y se había hecho amiga de un hombre que vendía árboles de Navidad en la caja de un camión. El hombre le había vendido uno por cincuenta céntimos y ella misma lo había arrastrado cuesta arriba. Le había colgado banderines rojos y verdes de papel crepé, que era barato. Unos adornos los había hecho con papel metálico sobre cartón y otros los había comprado en las rebajas de última hora del drugstore. De una revista había sacado la idea de colgar del árbol galletas caseras. Era una costumbre europea.
Le apetecía organizar una fiesta, pero no sabía a quién invitar. Sólo estaban los griegos, Stan y un par de amigos. Entonces se le había ocurrido invitar a los alumnos de él.
Yo no lograba acostumbrarme a que dijera «Stan». Y no sólo porque me recordaba su intimidad con el señor Vorguilla. Eso tenía su importancia, claro. Pero también estaba la sensación de que ella lo había hecho desde cero. Una persona nueva. Stan. Como si el señor Vorguilla que las dos habíamos conocido —y no digamos ya la señora Vorguilla— no hubiese existido nunca.
Entonces Stan sólo enseñaba a adultos —realmente los prefería a los escolares—, así que no tuvieron que preocuparse por preparar juegos y entretenimientos para niños. Habían hecho la fiesta un domingo por la noche porque tanto Stan como ella trabajaban en el restaurante y en el cine el resto de noches.
Los griegos llevaron vino hecho por ellos y unos alumnos, licor de huevo, ron y jerez. Otros aparecieron con discos para bailar, pensando que Stan no tendría música de ésa; y no se equivocaban.
Queenie había hecho rollos de salchicha y pan de jengibre y la mujer griega unas galletas especiales. Estaba todo muy bueno. La fiesta era un éxito. Queenie bailaba con un chico chino llamado Andrew, que había llevado un disco que ella adoraba.
—Gira, gira —dijo, y yo moví la cabeza como me indicaba. Riendo, ella aclaró—: No, no. No te decía a ti. Así es la canción. Es de los Byrds.
«Gira, gira, gira», cantó. «Hay días para sembrar y tiempo de recoger».
Andrew estudiaba para dentista. Pero quería aprender a tocar la sonata Claro de luna. Stan le había dicho que le llevaría mucho tiempo. Andrew era paciente. Le contó a Queenie que no podía costearse el viaje a casa para Navidad. Su familia vivía en el norte de Ontario.
—Pensé que eran chinos.
—No, chinos chinos no. Son de aquí.
Sí que hubo un juego de niños. Jugaron a las sillas. A esas alturas todo el mundo chillaba. Hasta Stan. Había cogido a Queenie al vuelo, la había sentado en sus rodillas y no la soltaba. Y cuando todos se fueron no había querido que limpiase. Quería que fuera a la cama.
—Ya sabes cómo son los hombres —dijo Queenie—. ¿Tienes novio o algo por el estilo?
Respondí que no. El último chófer que había contratado mi padre venía todo el tiempo a casa con mensajes sin importancia y mi padre había dicho: «Lo que busca es una oportunidad de hablar con Chrissy». Pero yo lo trataba con frialdad y de momento no se había atrevido a invitarme a salir.
—O sea, que aún no sabes nada de esas cosas —dijo Queenie.
Yo repliqué:
—Pues claro que sé.
—Hum… —dijo ella.
Los invitados a la fiesta se comieron casi todo menos la tarta. Del pastel no habían comido gran cosa, pero Queenie no se molestó. Era algo pesado y a esas alturas ya estaban repletos de rollos de salchicha y demás. Por otra parte, como no había terminado de asentarse según recomendaba el libro, le había alegrado que sobrase una parte. Había pensado, antes de que Stan la arrastrara, que cubriría la tarta con un baño borracho, y la dejaría en un sitio fresco. O lo había pensado o lo había hecho realmente y, como a la mañana siguiente la tarta no estaba sobre la mesa, pensó que lo había hecho. Bien, había pensado, la tarta está guardada.
Uno o dos días después Stan dijo: «Comamos un trozo de esa tarta». Ella propuso dejarla asentarse un poco más, pero él insistió. Ella no la encontró ni en el aparador ni en la nevera. Buscara donde buscara no lograba encontrarla. Y en eso, recordó cómo había cogido un paño limpio, empapado en vino, y envuelto las sobras con mucho cuidado. Y luego recordó cómo había cubierto el paño con papel de cera. Pero ¿cuándo? ¿Lo había hecho o era todo un sueño? ¿Dónde había puesto la tarta después de envolverla? Intentaba verse guardándola pero tenía la mente en blanco.
Había revisado el fondo del aparador, pero sabía que era una tarta demasiado grande para estar allí. Luego había buscado en el horno y hasta en lugares absurdos como los cajones del dormitorio, debajo de la cama o los estantes del vestidor. No estaba en ningún lado.
—Si la guardaste en alguna parte, en alguna parte ha de estar —dijo Stan.
—La guardé. En alguna parte la guardé —dijo Queenie.
—A lo mejor estabas borracha y la tiraste.
—No estaba borracha. Y no la tiré.
Pero buscó en la basura. Tampoco.
Sentado a la mesa, él la observaba. Si la guardaste en alguna parte, en alguna parte ha de estar. Ella empezaba a ponerse frenética.
—¿Estás segura? —preguntó Stan—. ¿Estás segura de que no se la diste a alguien?
Estaba segura de no haberla regalado. La había envuelto para guardarla. Estaba segura, estaba casi segura de haberla envuelto. Estaba segura de no habérsela dado a nadie.
—Bueno, no sé —dijo Stan—. Creo que tal vez se la diste a alguien. Y creo que sé a quién.
Queenie se quedó de piedra. ¿A quién?
—Creo que se la diste a Andrew.
¿A Andrew?
Sí, sí. Al pobre Andrew, que le había contado que no podía ir a su casa por Navidad. Andrew le había dado pena.
—Así que le diste la tarta.
No, había dicho Queenie. ¿Por qué iba a hacer eso? Ella no hacía esas cosas. Ni se le había pasado por la cabeza darle la tarta a Andrew.
Stan dijo:
—Lena. No mientas.
Y así había empezado la larga y miserable batalla de Queenie. No lograba decir más que no. No, no, no le di la tarta a nadie. No le di la tarta a Andrew. No estoy mintiendo. No, no.
—Probablemente estabas borracha —dijo Stan—. Estabas borracha y no te acuerdas bien.
Queenie contestó que no estaba borracha.
—El que estaba borracho eras tú —añadió.
El se levantó y, acercándose con la mano levantada, le dijo que no le dijera que estaba borracho, que nunca le dijera eso.
Queenie gritó:
—No lo haré. No lo haré. Lo siento.
Y él no le pegó. Pero ella se puso a llorar. Siguió llorando mientras trataba de persuadirlo. ¿Por qué iba a regalar la tarta, con el trabajo que le había dado hacerla? ¿Por qué no quería creerle? ¿Qué razón tenía ella para mentirle?
—Todo el mundo miente —decía Stan.
Y cuanto más lloraba y le rogaba que le creyera, más frío y sarcástico se volvía él.
—Aplica cierta lógica. Si está aquí, ve y encuéntrala. Si no está, es que la regalaste.
Queenie dijo que eso no era lógico. No porque no la encontrara tenía que haberla regalado. Entonces él se acercó de nuevo a ella, sonriendo a medias con tal calma que por un momento Queenie pensó que iba a besarla. En cambio, él le cerró las manos alrededor del cuello y por un segundo le cortó el aliento. Ni siquiera le había dejado marcas.
—Vamos —dijo—. Vamos… ¿Resulta que ahora tú me vas a enseñar lógica?
Después fue a vestirse para ir a tocar al restaurante.
Él le retiró la palabra. Por una nota le comunicó que volvería a hablarle cuando ella le dijera la verdad. Queenie se pasó las fiestas llorando. Estaba previsto que el día de Navidad fueran los dos a visitar a la familia griega, pero ella no podía ir con aquella cara. Tuvo que ir Stan solo y decir que estaba enferma. De todos modos, los griegos debían de saber la verdad. Probablemente habían oído la batahola.
Queenie se puso una tonelada de maquillaje para ir a trabajar, y el gerente le había dicho:
—¿Qué quieres? ¿Que la gente piense que es una historia de llorar?
Ella había contado que tenía sinusitis y el hombre la había dejado marchar.
Cuando Stan llegó a casa esa noche fingiendo que ella no existía, Queenie se volvió a mirarlo. Sabía que él iba a acostarse junto a ella como un poste y que si se le acercaba seguiría como un poste hasta que se apartase. Se daba cuenta de que él podía seguir viviendo así y ella no. Pensó que de seguir así se moriría. Como si realmente él la hubiera estrangulado, se moriría.
Así que dijo: Perdóname.
Perdóname. Hice lo que tú dices. Lo siento.
Él se sentó en la cama. Sin hablar.
Ella dijo que de verdad había olvidado que había regalado la tarta, pero que ahora lo recordaba y le pedía disculpas.
—No te he mentido —le explicó—. Lo olvidé.
—¿Olvidaste que le diste la tarta a Andrew? —preguntó él.
—Debí olvidarlo. Lo olvidé.
—A Andrew. Se la diste a Andrew.
Sí, dijo Queenie. Sí, sí, eso había hecho. Y se puso a aullar y a colgarse de él y rogarle que la perdonara.
Está bien, acaba con esa histeria, dijo él. No dijo que la perdonaba, pero le limpió la cara con un paño tibio y se echó junto a ella, abrazándola, y muy pronto quiso hacer todo lo demás.
—Se acabaron las lecciones del señor Claro de Luna.
Y para rematarlo, más tarde Queenie encontró la tarta.
La encontró envuelta en un trapo de cocina y en papel de cera, tal como recordaba. Y dentro de una bolsa de compra colgada de un gancho de la galería trasera. Por supuesto. La galería acristalada era ideal porque en invierno hacía demasiado frío para usarla, pero no un frío glacial. Seguramente eso había pensado al colgar la tarta. Que era el lugar ideal.
Y después se había olvidado. Puede que estuviera un poco borracha; sin duda lo estaba. Se había olvidado por completo. Y estaba allí.
La encontró y la tiró. No le había contado nada a Stan.
—La tiré —dijo—. Estaba buenísima todavía, y llena de esos ingredientes y frutos caros, pero ni en sueños quería tocar de nuevo el asunto. Así que la tiré.
La voz, tan doliente en los pasajes malos de la historia, era ahora astuta y risueña, como si todo el tiempo me hubiera estado contando un chiste y tirar la tarta fuera el desenlace ridículo. Tuve que soltar la cabeza de sus manos y volverme a mirarla.
Dije:
—Pero él no tenía razón.
—Pues claro que no tenía razón. Los hombres no son normales, Chrissy. Es una de las cosas que aprenderás si alguna vez te casas.
—Entonces no lo haré. No me casaré nunca.
—Sólo estaba celoso. No veas lo celoso que estaba.
—Nunca.
—Mira, tú y yo somos muy diferentes, Chrissy. Muy diferentes. —Suspiró. Dijo—: Yo soy una criatura del amor.
Pensé que esas palabras podrían aparecer en el cartel de una película: Una criatura del amor. Tal vez en una de las películas que pasaban en el cine de Queenie.
—Verás qué guapa vas a estar cuando te quite los rulos —dijo ella—. No te durará mucho lo de no tener novio. Pero hoy ya es tarde para salir a buscar trabajo. Mejor mañana madrugas. Si Stan te pregunta algo, le dices que fuiste a un par de sitios y apuntaron tu número de teléfono. Dile que a un restaurante, una tienda o lo que sea. Como para que crea que estás buscando.
Al día siguiente me cogieron en el primer lugar donde probé, aunque no había conseguido madrugar después de todo. Queenie había decidido peinarme de otra manera y maquillarme los ojos, pero el resultado no había sido el que esperaba. «Al fin y al cabo eres más bien del tipo natural», había dicho, y lo había quitado todo y usado mi propia barra de labios, que no era de color rosa pálido y brillante como la suya, sino de un rojo vulgar.
A esas alturas ya era tarde para que Queenie saliera conmigo a revisar su casilla de correos. Tenía que prepararse para ir al cine. Como era sábado, trabajaba también por la tarde. Sacó la llave y me pidió que fuera yo a mirar la casilla. Me explicó dónde era.
—Tuve que alquilar mi propia casilla cuando escribí a tu padre —me dijo.
Conseguí trabajo en un drugstore que estaba en el sótano de un edificio de apartamentos. En el momento de entrar casi no tenía esperanzas. El calor me había aplastado el pelo y tenía un bigote de sudor sobre el labio superior. Al menos los retortijones en el estómago se habían calmado.
Una mujer de uniforme blanco bebía café detrás del mostrador.
—¿Vienes por lo del empleo? —preguntó.
Contesté que sí. Era una mujer de cara cuadrada y rígida, pestañas repasadas con lápiz y un panal de pelo púrpura.
—Hablas inglés, ¿no?
—Sí.
—Quiero decir si no lo habrás aprendido. ¿No serás extranjera?
Respondí que no lo era.
—En estos dos días he probado a dos chicas que tuve que despedir. Una dio a entender que hablaba inglés pero no era cierto y a la otra había que repetirle todo diez veces. Lávate bien las manos en el fregadero, que te traeré un delantal. Mi marido es el farmacéutico y yo llevo la caja. —Sólo entonces reparé en un hombre canoso que desde el mostrador alto de un rincón me miraba con disimulo—. Ahora está vacío, pero dentro de un rato habrá movimiento. En este edificio son todos viejos y después de la siesta empiezan a bajar a tomar café.
Me anudé el delantal y ocupé mi puesto detrás del mostrador. Un empleo en Toronto. Traté de descubrir dónde estaban las cosas sin preguntar y sólo tuve que hacerlo dos veces: cómo funcionaba la cafetera y qué hacer con el dinero.
—Tú haces la cuenta y me la traen a mí. ¿Qué te pensabas?
Estaba bien. La gente entraba sola o de dos en dos, la mayoría a pedir café o una coca. Yo lavaba y secaba las tazas, limpiaba el mostrador y al parecer hacía bien las cuentas porque nadie se quejaba. Como había dicho la mujer, la mayoría de los clientes eran ancianos. Algunos, muy amables conmigo, comentaban que era nueva y hasta me preguntaban de dónde había llegado. Otros parecían sumidos en una especie de trance. Una mujer pidió tostadas y me las arreglé para hacérselas. Luego hice un bocadillo de jamón. Se montó un pequeño alboroto cuando entraron cuatro personas a la vez. Un hombre quería pastel con helado, y el helado estaba duro de rascar como el cemento. Pero lo conseguí. Iba ganando confianza. «Servido», les decía al ponerles el pedido, y «Aquí viene el golpe» al presentarles la cuenta.
En un momento de poco trabajo se me acercó la mujer de la caja.
—He visto que hacías unas tostadas —dijo—. ¿No sabes leer?
Señaló un cartel pegado al espejo, detrás del mostrador.
NO SE SIRVEN DESAYUNOS DESPUÉS DE LAS 11.
Contesté que, como se podían hacer bocadillos calientes, no me había parecido mal hacer tostadas.
—Bien, pues te equivocaste. Bocadillos calientes sí, con diez centavos de recargo. Tostadas no. ¿Has entendido?
Dije que sí. No me sentía tan abatida como me habría sentido al principio. Pensaba constantemente en el alivio que sería volver y contestarle al señor Vorguilla que sí, que tenía trabajo. Ahora podría buscarme una habitación propia. Tal vez al día siguiente, o el domingo, si el drugstore cerraba. Aunque sólo alquilara una habitación, pensaba, Queenie tendría adonde huir si el señor Vorguilla se enfurecía de nuevo.
Y si alguna vez Queenie decidía dejar al señor Vorguilla (insistía en considerar la posibilidad pese al final que Queenie había dado a su historia), con los sueldos de las dos podríamos alquilar un pisito. O al menos una habitación con cocina americana y cuarto de baño para nosotras solas. Sería como cuando vivíamos en casa con nuestros padres, salvo que nuestros padres no estarían.
Guarnecía cada bocadillo con una hoja de lechuga y un pepinillo encurtido. Eso era lo que prometía otro cartel pegado al espejo. Pero, como al sacar el primer pepinillo del tarro me había parecido demasiado grande, había decidido cortarlos por la mitad. Así acababa de presentarle el bocadillo a un hombre cuando la mujer de la caja vino a servirse una taza de café. Se llevó el café a la caja y lo bebió de pie. Esperó a que el hombre comiera el bocadillo, lo pagara y se fuese para acercarse a mí otra vez.
—A ese hombre le has dado medio pepinillo. ¿Con todos los bocadillos haces lo mismo?
Le dije que sí.
—¿No te han enseñado a cortar un pepinillo en rodajas? Cada uno tiene que alcanzar para diez bocadillos por lo menos.
Miré el cartel.
—No dice una rodaja. Dice un pepinillo.
—Ya está bien —dijo la mujer—. Quítate ese delantal. Si algo no voy a tolerar es que mis empleados me contesten. Puedes coger tu cartera y largarte. Y no se te ocurra preguntarme por la paga porque no has servido de nada, y de todos modos te tomé como aprendiza.
El hombre canoso atisbaba con una sonrisa nerviosa.
Así que me encontré de nuevo en la calle, andando hacia la parada del tranvía. Pero ahora ya sabía la dirección de ciertas calles y también cómo hacer transbordos. Hasta tenía experiencia laboral. Podía decir que había trabajado detrás de un mostrador. Si me pedían referencias me vería en apuros, pero podía agregar que la cafetería estaba en mi pueblo. Mientras esperaba el tranvía saqué la lista de lugares en donde pensaba solicitar empleo y el mapa que me había dado Queenie. Pero se había hecho tarde y la mayoría de los locales estaban lejos. Me daba miedo tener que hablar con el señor Vorguilla. Decidí volver a pie, con la esperanza de llegar cuando ya hubiera salido.
Había empezado a subir la cuesta cuando me acordé del correo. Regresé hasta la estafeta, saqué una carta de la casilla y retomé el camino a casa. Seguro que el señor Vorguilla ya se había ido.
Pero no era así. La ventana de la sala que daba al sendero estaba abierta y al pasar frente a ella oí música. No era de la que escuchaba Queenie. Era esa música complicada que a veces salía por las ventanas de la casa de los Vorguilla; una música que reclamaba la atención y luego no iba a ninguna parte, o al menos no lo bastante pronto. Música clásica.
Queenie estaba en la cocina, llevaba puesto otro de sus vestidos sucintos y todo el maquillaje posible. Llevaba brazaletes en los brazos. Estaba poniendo tazas en una bandeja.
Al dejar la luz del sol atrás sentí un mareo fugaz y cada centímetro de mi piel se cubrió de sudor.
—Chist —dijo Queenie, y es que yo había cerrado de un portazo—. Están dentro escuchando música. El y su amigo Leslie.
Acababa de decirlo cuando la música se interrumpió abruptamente y hubo un estallido de charla excitada.
—Uno pone un disco y el otro tiene que adivinar qué es después de escuchar sólo un trocito —explicó Queenie—. Ponen un trocito, paran y luego empiezan otra vez y otra. Te saca de quicio. —Comenzó a cortar rodajas de pollo y a colocarlas sobre rebanadas de pan con mantequilla—. ¿Has encontrado trabajo? —preguntó.
—Sí, pero no era permanente.
—Vaya. —No parecía muy interesada. Pero al escuchar de nuevo la música alzó los ojos, sonrió y dijo—: ¿Has ido al…? —Entonces vio la carta que yo tenía en la mano.
Soltó el cuchillo y corrió hacia mí susurrando:
—Has entrado con la carta en la mano. Tendría que haberte prevenido. Ponla en mi cartera. Es una carta privada. —Me la arrebató justo en el momento en que la tetera empezaba a silbar sobre el hornillo—. Ay, coge la tetera. Rápido, Chrissy, ¡rápido! Coge la tetera o entrará en un segundo. No soporta ese ruido.
Me volvió la espalda y comenzó a rasgar el sobre.
Retiré la tetera del hornillo.
—Haz el té, por favor… —pidió Queenie, en voz baja y en el tono preocupado de quien ha recibido un mensaje urgente—. Sólo tienes que echarle el agua. Está puesto. —Reía como si estuviera leyendo un chiste privado. Vertí el agua sobre las hojas de té y ella dijo—: Gracias. Oh, Chrissy, gracias. Gracias. —Se volvió hacia mí. Se había ruborizado y todos los brazaletes le tintineaban con una agitación delicada. Dobló la carta, se levantó la falda y se metió el papel bajo el elástico de las bragas—. A veces me revisa la cartera —reveló.
Yo dije:
—¿El té es para ellos?
—Sí. Y tengo que irme a trabajar. Caray, ¿qué hago? Tengo que cortar los sándwiches. ¿Dónde está el cuchillo?
Cogí el cuchillo, corté los sándwiches y los puse en una fuente.
—¿No quieres saber de quién es mi carta? —preguntó ella.
No tenía ni idea.
—¿De Bet? —dije.
Pues tenía la esperanza de que fuese un perdón privado de Bet lo que había hecho florecer a Queenie de esa manera.
Ni siquiera había mirado la letra del sobre.
A Queenie le cambió la cara. Por un momento dio la impresión de no saber de quién le hablaba. Luego recobró la alegría. Me rodeó con los brazos y, con una voz trémula, turbada y triunfal, me susurró al oído:
—Es de Andrew. ¿Puedes llevarles tú la bandeja? Yo no puedo. Ahora mismo no puedo. Oh, gracias.
Antes de marcharse al trabajo, Queenie entró en la sala y besó al señor Vorguilla y a su amigo. Los besó a los dos en la frente. De mí se despidió con un mariposeo de la mano:
—Chao.
En el momento de llevar la bandeja noté el fastidio del señor Vorguilla al ver que no era Queenie. Sin embargo me habló en un tono asombrosamente tolerante y me presentó a Leslie. Leslie era un calvo fornido que a primera vista me pareció casi tan viejo como el señor Vorguilla. Cuando una se acostumbraba a la calva y la tenía en cuenta, se volvía mucho más joven. No era el tipo de amigo que yo hubiera esperado del señor Vorguilla. No era brusco ni sabelotodo sino hospitalario y alentador. Cuando le hablé de mi empleo en la cafetería del drugstore, por ejemplo, me dijo:
—Pues no es poco, ¿sabes?, que te cojan en el primer lugar donde lo intentas. Es una prueba de que causas buena impresión.
Descubrí que no me costaba hablar de la experiencia. La presencia de Leslie lo facilitaba todo y parecía suavizar la actitud del señor Vorguilla, como si ante su amigo tuviera que tratarme con una cortesía decente. También podía ser que percibiese en mí un cambio. Cuando una deja de tenerle miedo, una persona nota la diferencia. Quizás el señor Vorguilla no supiera bien en qué estribaba ni de dónde surgía aquella diferencia, pero lo desconcertaba y lo volvió más cuidadoso. Acordó con Leslie que era una suerte haberme librado de ese empleo, y hasta dijo que aquella mujer debía de ser una de esas timadoras despiadadas que se encontraban en algunos antros de Toronto.
—Y no tenía ningún derecho a no pagarte —añadió.
—Yo pienso que el marido tenía que haber dado la cara —dijo Leslie—. Si es el farmacéutico, el jefe es él.
El señor Vorguilla aventuró:
—Quién sabe si un día no prepara un brebaje especial. Para su mujer.
No era tan difícil servir el té, ofrecer leche y azúcar y sándwiches, e incluso charlar cuando una sabe algo que esa persona no sabe sobre un peligro que ignora. Precisamente porque él no sabe que yo no puedo sentir por él otra cosa que odio. No era que él hubiese cambiado; o, si había cambiado, era probablemente porque yo había cambiado.
Pronto dijo que se le había hecho la hora de ir a trabajar. Fue a vestirse. Entonces Leslie me preguntó si me gustaría cenar con él.
—A la vuelta de la esquina hay un lugar adonde suelo ir —explicó—. Nada elegante. No es un lugar para Stan.
A mí me alegró saber que no era un lugar elegante.
—Claro —dije.
Y después de dejar al señor Vorguilla en el restaurante fuimos a un local de pescado frito. Leslie pidió la cena Súper —aunque acababa de consumir varios sándwiches de pollo— y yo, la Normal. El bebió cerveza y yo Coca-Cola.
El habló de sí mismo. Dijo que se arrepentía de no haber estudiado magisterio como iba a hacer yo en lugar de música, que no facilitaba una vida estable.
Yo estaba tan enfrascada en mi situación que ni le pregunté qué clase de músico era. Mi padre me había comprado un billete de vuelta. «Nunca se sabe cómo te entenderás con ellos», había dicho. Había pensado en el billete al ver a Queenie metiéndose la carta de Andrew bajo el elástico de las bragas. Aunque en aquel momento no supiese aún que era una carta de Andrew.
No había ido a Toronto porque sí, ni para encontrar un trabajo de verano. Había ido a ser parte de la vida de Queenie. O, si no había más remedio, parte de la vida de Queenie y el señor Vorguilla. Y hasta la fantasía de que Queenie viviera conmigo tenía relación con el señor Vorguilla y con que ella le diese su merecido. Y al pensar en el billete de regreso estaba dando algo por supuesto: Que podía volver a vivir con Bet y mi padre y ser parte de la vida de ellos.
Mi padre y Bet. El señor y la señora Vorguilla. Queenie y el señor Vorguilla. Hasta Queenie y Andrew. Eran parejas y cada una de ellas, por dislocada que estuviese, tenía en el presente o en el recuerdo una guarida íntima, con su arrebato y su confusión, de la cual yo estaba aislada. Y yo debía estar aislada, lo deseaba, porque no veía en sus vidas nada que me instruyera ni me diese aliento.
Leslie también estaba aislado. Sin embargo me habló de varias personas a quienes lo unían lazos de sangre o de amistad. Su hermana y el marido de ella. Sus sobrinos y sobrinas, las parejas casadas que visitaba y con quienes pasaba las vacaciones. Todas tenían problemas, pero todas tenían su valor. Habló de los trabajos que hacían, de la falta de trabajo de algunas, de sus talentos, de sus golpes de suerte, de sus errores de juicio, con gran interés pero sin pasión. Estaba aislado, parecía, del amor y el rencor.
Más adelante en mi vida, yo habría advertido los fallos de aquella actitud. Habría sentido la impaciencia, incluso la desconfianza, que suele sentir una mujer por un hombre falto de motivaciones. Un hombre que sólo tiene para ofrecer amistad y la ofrece con tal soltura que, aun si es rechazado, puede seguir adelante sin perder el buen humor. Lo que yo tenía enfrente no era un solitario con esperanzas de enganchar una muchacha. Ni a mí se me escapaba eso. Era alguien que se solazaba en el momento y en una especie de fachada razonable de la vida.
Aunque no era del todo consciente, era exactamente la compañía que me hacía falta. Es muy probable que fuera deliberadamente amable conmigo. Tal como un rato antes, de forma inesperada, yo me había propuesto ser amable con el señor Vorguilla o al menos protegerlo.
Estaba estudiando magisterio cuando Queenie se fugó otra vez. Recibí la noticia por una carta de mi padre. Mi padre no sabía cómo había ocurrido ni cuándo. Por un tiempo, el señor Vorguilla se lo había ocultado, pero al fin se lo había contado por si Queenie había vuelto a casa. Mi padre le había contestado que eso no le parecía probable. A mí me escribió que al menos ahora no podríamos decir que Queenie nunca habría hecho algo así.
Durante muchos años, aun después de casada, me llegó por Navidad una postal del señor Vorguilla. Trineos cargados de paquetes brillantes; una familia recibiendo amigos en un umbral decorado. Tal vez pensara que en mi nueva forma de vida esas escenas me atraerían. Tal vez las cogía del exhibidor sin fijarse. Siempre incluía la dirección del remitente, como para recordarme su existencia e informarme de dónde estaba en caso de que hubiera noticias.
Por mi parte, yo ya no esperaba ese tipo de noticias. Nunca descubrí siquiera si fue con Andrew o con otro con quien se escapó Queenie. Ni si en caso de ser Andrew siguieron juntos. Cuando mi padre murió y dejó algún dinero se hizo un intento serio por seguir el rastro de Queenie, pero no dio resultado.
Sin embargo ahora ha pasado algo. Ahora que mis hijos son adultos, que mi esposo se ha jubilado y los dos viajamos mucho, tengo la sensación de que a veces veo a Queenie. No es que la vea por la fuerza de un deseo o un empeño particular; tampoco que me convenza de que realmente es ella.
Una vez fue en un aeropuerto atestado y ella llevaba un sarong y un sombrero de paja con guirnalda de flores. Bronceada y entusiasta, con aspecto de rica, rodeada de amigos. Otra vez estaba entre unas mujeres, a la puerta de una iglesia, espiando una boda. Llevaba una manchada chaqueta de ante y no parecía próspera ni contenta. Una vez más, en una bocacalle, esperaba la luz verde para cruzar una fila de parvulario camino del parque o la piscina.
La última ocasión y la más rara fue en un supermercado de Twin Falls (Idaho). Al doblar una esquina, llevando las pocas cosas que había comprado para un picnic, me topé con una anciana apoyada en su carrito como si me estuviera esperando. Una viejecita llena de arrugas, de boca torcida y piel amarronada e insalubre. El pelo hirsuto y amarillento, los pantalones violeta subidos hasta el bulto de la panza: una de esas mujeres que de todos modos, con la edad, han perdido la cintura. Los pantalones bien podían ser de una tienda de segunda mano, y lo mismo el jersey de colores alegres, pero apelmazado y encogido, abotonado sobre un pecho de niña de diez años.
El carrito estaba vacío. La mujer ni llevaba bolso.
Y al contrario que las anteriores, ésta parecía saber que era Queenie. Me sonrió con tal alegría de reconocer, y tal ansia de ser reconocida, que se habría dicho que era un acontecimiento, el momento que le concedían un día entre mil, cuando la dejaban salir de las sombras.
Lo único que hice yo fue estirar la boca con una cordialidad impersonal, como ante una solitaria desconocida, y seguir mi camino a la caja.
Luego, en el aparcamiento, le dije a mi marido que había olvidado algo y volví corriendo. Busqué en todos los pasillos. Pero en ese lapso ínfimo la viejecita se había desvanecido. Tal vez hubiera salido justo después de mí; tal vez ya andaba por las calles de Twin Falls, a pie, o en un coche conducido por un pariente o un vecino. Podía incluso conducir ella misma. Existía la posibilidad, sin embargo, de que siguiera en el supermercado y entre pasillo y pasillo nos desencontráramos. Me encontré yendo de un lado a otro, temblando en la atmósfera glacial del aire refrigerado, escrutando las caras, asustando quizás a la gente con el ruego silencioso de que me dijeran dónde estaba Queenie.
Hasta que entré en razón y me convencí de que no era posible, de que, fuera quien fuese, Queenie me había dejado atrás.

Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, 2001.

lunes, 6 de julio de 2026

Ortigas. Alice Munro.

En el verano de 1979 entré en la cocina de la casa de mi amiga Sunny en Uxbridge (Ontario) y vi a un hombre junto a la encimera preparando un sándwich de kétchup.
He recorrido con mi esposo —el segundo, no el que dejé atrás aquel verano— las colinas del nordeste de Toronto en busca de aquella casa; con una ociosa perseverancia he intentado localizarla, pero nunca lo he logrado. Probablemente la hayan demolido. Sunny y su marido la vendieron pocos años después de mi visita. Como lugar de veraneo estaba demasiado lejos de Ottawa, donde ellos vivían. Los hijos, a medida que entraban en la adolescencia, se resistían a ir. Y en la casa había demasiado trabajo de mantenimiento para Johnston —el marido de Sunny—, a quien le gustaba pasar los veranos jugando al golf.
He encontrado el campo de golf; creo que era el mismo, aunque han limpiado la vieja verja y ahora hay un club más elegante.
Cuando de pequeña yo vivía en el campo, en verano los pozos de esa comarca se secaban. Ocurría cada cinco o seis años, cuando no llovía lo suficiente. Los pozos eran agujeros cavados en la tierra. El nuestro era más profundo que la mayoría pero, como necesitábamos una buena provisión de agua para los animales enjaulados —mi padre criaba zorros plateados y armiños—, un día llegó un perforador con un equipo impresionante y el agujero se fue extendiendo hacia abajo, cada vez más abajo, hasta que encontró agua en la roca. Desde entonces pudimos bombear agua pura y fría en cualquier época del año por mucha sequía que hubiera. Era un motivo de orgullo. De la bomba colgaba un jarrito de lata y, cuando en los días calcinantes yo bebía de él, pensaba en rocas negras por donde el agua corría centelleando como el diamante.
El perforador —a veces lo llamaban pocero, como si fuera muy fastidioso precisar lo que hacía, como si la antigua descripción fuese más cómoda— era un hombre llamado Mike McCallum. Vivía en la ciudad vecina a nuestra granja, pero no tenía casa. Vivía en el hotel Clark: había llegado en primavera y se quedaría hasta que acabara todo el trabajo que encontrara por hacer en la región. Después se iría a otro lado.
Mike McCallum era más joven que mi padre, pero tenía un hijo un año y dos meses mayor que yo. El muchacho vivía con el padre en hoteles o pensiones, dondequiera que el padre estuviera trabajando, e iba a la escuela que tuviera más cerca. Él también se llamaba Mike McCallum.
Sé exactamente qué edad tenía, porque eso los niños lo dejan sentado de inmediato; sean amigos o no, entre ellos es uno de los asuntos esenciales de negociación. Él tenía nueve y yo ocho. Cumplía años en abril; yo, en junio. Cuando llegó a casa con su padre ya estaban avanzadas las vacaciones de verano.
Su padre conducía un camión rojo oscuro siempre polvoriento o embarrado. Cuando llovía, Mike y yo nos subíamos al camión. No recuerdo si el padre entraba en nuestra cocina a beber una taza de té o a fumar, si se quedaba bajo un árbol o seguía trabajando. La lluvia lavaba las ventanillas del camión y retumbaba como piedras en un tejado. La cabina olía a hombres; a ropa de trabajo, herramientas, tabaco y calcetines como queso agrio. También a perro peludo mojado, porque llevábamos con nosotros a Ranger. Para mí, Ranger era parte de la familia; estaba acostumbrada a tenerlo siempre encima y a veces, sin ninguna razón, le ordenaba que se quedara en casa, se fuera al granero, me dejara en paz. Pero Mike lo quería. Invariablemente se dirigía a él con dulzura, lo llamaba por el nombre, le contaba nuestros planes y, cuando Ranger partía hacia cualquier proyecto perruno, como perseguir una marmota o un conejo, se quedaba esperándolo. Con la vida que hacía con su padre, Mike nunca iba a tener un perro propio.
Un día que estaba con nosotros, Ranger se lanzó detrás de una mofeta y la mofeta se dio la vuelta y lo roció. A Mike y a mí nos cayó parte de la culpa. Mi madre tuvo que suspender lo que estuviera haciendo para ir a la ciudad a comprar varios frascos grandes de zumo de tomate. Mike persuadió a Ranger para que entrase en una tina y allí le echamos zumo de tomate y le cepillamos el pelo. Parecía que lo estuviésemos lavando con sangre. ¿Cuánta gente haría falta para conseguir tanta sangre?, nos preguntábamos. ¿Cuántos caballos? ¿Y elefantes?
Yo tenía más trato que Mike con la sangre y la muerte de animales. Lo llevé a ver la mancha que había en un lugar del prado, cerca del portón del establo, donde mi padre mataba y descuartizaba los caballos con que alimentaba a los zorros y los armiños. De tantas pisadas, el suelo estaba pelado y la mancha rojo sangre era profunda como una marca de hierro candente. Luego lo llevé a la carnicería del establo, donde se colgaban los cuerpos muertos de los caballos antes de molerlos para hacer alimento. La carnicería era un simple cobertizo con muros de malla, una malla negra de moscas ebrias de olor a carroña. Nosotros cogíamos tejas y las machacábamos hasta matarlas.
Nuestra granja era pequeña: nueve hectáreas. Lo bastante pequeña para que yo hubiera explorado todos los rincones, y cada rincón tenía un aspecto y un carácter peculiar que yo no habría sabido poner en palabras. Es fácil entender qué tenía de especial el cobertizo de malla con los largos, pálidos cadáveres de caballo colgados de ganchos brutales, o el suelo pisoteado teñido de sangre donde los caballos vivos se transformaban en alimento para zorros. Pero había otros lugares, como las piedras que flanqueaban la pasarela del granero, que no me decían menos aunque no hubiese sucedido en ellos nada memorable. A un costado había una lisa piedra blancuzca cuyo bulto dominaba todas las demás, de modo que aquel lado tenía para mí un aire extrovertido y público; por eso siempre elegía subir por allí y no por el otro lado, donde las piedras eran más oscuras y se apretaban con un aire más mezquino. Del mismo modo, cada árbol del lugar tenía su actitud y su presencia: el olmo era sereno y el cedro, amenazador; los arces, cotidianos y amigables, el espino, viejo y rezongón. Hasta las pozas de los remansos del río —donde años antes mi padre había vendido gravilla— tenían su carácter distinto, más fácil quizá de reconocer si una las veía llenas de agua cuando cesaban los torrentes de primavera. Estaba aquella pequeña, redonda, profunda y perfecta; la que se estiraba como una cola; y otra muy ancha, de forma indecisa, siempre con el morro asomando, pues las aguas eran muy escasas.
Mike veía todas estas cosas desde un ángulo muy diferente. Y lo mismo me pasaba a mí ahora que estaba con él.
Las veía a su manera y a la mía y, como por su misma naturaleza la mía era incomunicable, tenía que mantenerla en secreto. La suya se relacionaba con el provecho inmediato. La gran piedra pálida de la pasarela era para saltar desde ella; cogía carrerilla e, impulsándose en el aire por encima de las piedras pequeñas de la pendiente, aterrizaba en el suelo apisonado, delante de la puerta del establo. Todos los árboles eran para trepar, pero sobre todo el arce junto a la casa, por una de cuyas ramas se podía gatear hasta dejarse caer en el techo de la terraza. Y las pozas de gravilla eran simplemente para zambullirse, con un grito de animal que se lanza sobre su presa, tras una carrera furiosa por la hierba alta. Si estuviéramos a principios de año, cuando las aguas son más caudalosas, decía Mike, habríamos podido construir una balsa.
En cuanto al río, por un tiempo ese proyecto fue tenido en cuenta. Pero en agosto el río era tanto un sendero rocoso como un curso de agua y, en vez de intentar bajarlo a flote o a nado, lo vadeábamos descalzos —saltábamos de una piedra desnuda a otra, resbalábamos en las musgosas rocas sumergidas, surcábamos grupos de nenúfares de hojas chatas y de otras plantas cuyos nombres no recuerdo o no supe nunca (¿chirivía silvestre?, ¿cicuta de río?)—. Las matas eran tan tupidas que parecían arraigadas en islas, en tierra firme, aunque en realidad crecían del légamo y sus raíces serpeantes nos atrapaban las piernas.
El río era el mismo que atravesaba la ciudad, y cuando lo remontábamos llegábamos a ver el doble arco del puente de la carretera. En mis paseos sola o con Ranger nunca había ido hasta el puente, porque por allí solía haber gente de la ciudad. Iban a pescar a la orilla, y cuando el río estaba lo bastante alto los chicos saltaban desde el parapeto. En esa época probablemente no, aunque tal vez hubiera algunos chapoteando entre los pilares, vocingleros y hostiles como eran siempre los chicos de la ciudad.
También estaban los vagabundos. Pero no le hablé de ellos a Mike, que iba delante de mí como si el puente fuese un destino corriente y no tuviera nada de desagradable ni de prohibido. Oímos voces, y como era de esperar, eran voces de muchachos chillando; se habría dicho que el puente les pertenecía. Hasta allí, Ranger nos había seguido, sin entusiasmo, pero de pronto viró hacia la orilla. Era un perro ya viejo y nunca había tenido una afición indiscriminada por los niños.
Un hombre que estaba pescando —no en el puente, sino en la orilla— maldijo la agitación que había causado Ranger al salir del agua. Nos preguntó por qué no dejábamos nuestro puto perro en casa. Mike siguió andando como si el hombre sólo hubiera silbado y pronto entramos en la sombra del puente, donde yo no había estado en mi vida.
El suelo del puente nos hacía de techo; franjas de sol caían por entre las tablas. Entonces por arriba pasó un coche, hubo un ruido atronador y por un momento se apagó la luz. El acontecimiento nos dejó inmóviles, mirando hacia arriba. Debajo-del-puente era un lugar por derecho propio, no un mero tramo del río. Cuando hubo pasado el coche y el sol volvió a filtrarse por los resquicios, su reflejo arrancó del agua olas de luz, raras burbujas de luz, para proyectarlas en los pilares de cemento. Mike gritó para probar el eco y lo mismo hice yo, pero débilmente, porque en la orilla los muchachos, los extraños del otro lado del puente, me daban más miedo que los vagabundos.
Iba a la escuela rural que había más allá de nuestra granja. La inscripción había mermado hasta tal punto que yo era la única cría de mi clase. Pero Mike iba desde la primavera a la escuela de la ciudad y para él aquellos chicos no eran desconocidos. De no ser porque a su padre se le ocurría llevarlo al trabajo, para poder vigilarlo de vez en cuando, probablemente no habría estado jugando conmigo sino con ellos.
Entre los muchachos de la ciudad y Mike debió de haber un intercambio de saludos.
Hey. ¿Y tú qué haces aquí?
Nada. ¿Qué piensas que hago?
Nada. ¿Y ésa quién es?
Nadie. Es ella, nada más.
Ña-ña. Ella.
En realidad se estaba desarrollando un juego que tenía a todo el mundo pendiente. Y todo el mundo incluidas las niñas —pues más adelante había niñas en la orilla, enfrascadas en sus cosas—, aunque ya no estábamos en la edad en que niños y niñas solían jugar juntos. O habían seguido a los muchachos desde la ciudad —fingiendo no seguirlos— o los muchachos habían llegado tras ellas con intención de acosarlas; pero con la reunión había cobrado forma aquel juego y, como el juego los necesitaba a todos, las restricciones habituales habían desaparecido. Y, como el juego era mejor cuantos más participaran, para Mike fue fácil entrar y llevarme a mí con él.
Era un juego de guerra. Los chicos se habían dividido en dos ejércitos que guerreaban uno contra otro desde barricadas toscamente hechas con ramas o protegiéndose tras las hierbas, las cañas y unos juncos más altos que nuestras cabezas. Las armas principales eran unas bolas de arcilla grandes como pelotas de béisbol. Se daba el caso de que más o menos a mitad del banco del río había una fuente especial de arcilla, un pozo gris medio oculto por hierbas (la idea del juego debía de haber surgido al descubrirlo), y era allí donde trabajaban las niñas preparando munición. Se sobaba y apretaba la arcilla viscosa hasta moldear una bola lo más dura posible —podía contener algo de gravilla y hierba u hojas que se pegaran al fabricarla, pero no piedras añadidas adrede—, y la provisión tenía que ser grande porque cada bola sólo servía una vez. No se podían recoger las que habían fallado, rehacerlas y arrojarlas de nuevo.
Las reglas de la guerra eran simples. Si a uno le daba una bola —oficialmente se llamaban balas de cañón— en la cara, la cabeza o el cuerpo, tenía que caer muerto. Si le daba en los brazos o las piernas, igualmente tenía que tumbarse, aunque sólo estaba herido. A las niñas también correspondía arrastrarse hasta los heridos y arrastrarlos hasta un lugar llano que era el hospital. Se los curaba con emplastos y tenían que quedarse quietos contando hasta cien. En cuanto acababan podían volver a la lucha. Los soldados muertos tenían prohibido levantarse hasta que acabara la guerra, y la guerra no acababa hasta que en uno de los dos bandos estuvieran todos muertos.
En ambos bandos había muchachos y niñas, pero como las niñas éramos muchas menos no podíamos fabricar munición y hacer de enfermeras de un solo soldado cada una. Todas las niñas tenían su propia pila de bolas y trabajaban para ciertos soldados; cuando uno de ellos caía herido, llamaba a la niña en cuestión a gritos, para que ella lo arrastrara y le curara las heridas lo antes posible. Yo hacía bolas para Mike y el nombre que Mike gritaba era el mío. Había tal ruido en el aire —gritos constantes de «Estás muerto», victoriosos o enfurecidos (enfurecidos porque siempre había algún muerto que disimuladamente volvía a la lucha), y encima el ladrido de un perro, que no era Ranger, que de algún modo se había mezclado en la guerra—, tal ruido que una debía estar muy alerta a la voz del muchacho que podía llamarla. Cuando el grito llegaba había una sensación de fina alarma, un cable que hacía que vibrara en todo el cuerpo el despertar de una devoción fanática. (Al menos para mí, que al contrario que las otras niñas rendía servicios a un solo guerrero).
Creo que hasta aquel día tampoco había jugado en grupo. Y qué alegría me daba formar parte de una empresa tan grande y apremiante, y dentro de ella ser elegida esencialmente para servir con fidelidad a un luchador. Cuando a Mike lo herían se quedaba flojo y quieto, y no abría los ojos, mientras yo le ponía hojas enfangadas en la frente, la garganta y —quitándole la camisa— el pálido, suave estómago, alrededor del ombligo dulce y vulnerable.
No ganó nadie. Largo rato después, el juego se desintegró entre disputas y resurrecciones en masa. Camino de casa, nosotros tratamos de llevarnos algo de arcilla tendiéndonos en el lecho del río. Llevábamos las camisas y los pantalones cortos chorreando de barro.
Atardecía. El padre de Mike se preparaba para marcharse.
—Dios santo —dijo.
Había un peón que iba a ayudar a mi padre cuando había que descuartizar o se necesitaba un par de brazos más. Tenía una mirada de muchacho adulto y respiraba con un silbido asmático. Le gustaba hacerme cosquillas hasta que yo me sofocaba. Nadie interfería en la lucha. A mi madre no le gustaba, pero mi padre decía que era en broma.
Estaba en el vallado, ayudando al padre de Mike.
—Os habéis revolcado juntos en el barro —dijo—. Para empezar ahora tendréis que casaros.
Desde detrás de la mosquitera, mi madre lo había oído. (Si los hombres hubieran sabido que estaba allí no habrían hablado de esa manera). Salió y, antes de comentar la facha que llevábamos, le dijo algo al peón en voz baja y recriminatoria.
Yo oí parte de lo que decía.
Como hermano y hermana.
El peón se miraba las botas con una sonrisa indefensa.
Mi madre se equivocaba. El peón estaba más cerca de la verdad que ella. No éramos como hermano y hermana, al menos como cualquier hermano o hermana que yo conociera. Como mi único hermano era poco más que un bebé, no tenía experiencia en ese campo. Pero tampoco nos parecíamos a las mujeres y los maridos que yo había visto, personas viejas —para empezar— y habitantes de mundos tan separados que apenas se reconocían el uno al otro.
Eramos un par de novios sólidos y avezados cuyo vínculo no necesitaba mucha expresión visible. Yo al menos sentía algo solemne y emocionante.
Me di cuenta de que el peón estaba hablando de sexo, aunque no creo que conociera la palabra. Y eso me hizo odiarlo aún más que de costumbre. En lo específico se equivocaba. Lo nuestro no era la exhibición, el magreo, las intimidades culpables; no había nada de la trabajosa búsqueda de lugares ocultos, nada de esa mezcla de placer, frustración y vergüenza viva e inmediata. Yo había vivido escenas así con un primo y con un par de hermanas algo mayores que iban a mi escuela. Aquellas parejas me habían disgustado antes y después del acontecimiento y, aun mentalmente, de buena gana habría negado lo que había sucedido. Nunca habría pensado en una escapada con alguien por quien sentía afecto o respeto; sólo con gente que me desagradaba, como me desagradaban de mí misma los abominables escozores del arrebato.
En cuanto a lo que sentía por Mike, el demonio se había transformado en excitación difusa y una ternura que se extendía por toda la piel, en un placer visual y una satisfacción tintineante en presencia de la otra persona. Cada mañana me despertaba con hambre de verlo, de oír al camión del pocero tambalearse y traquetear por el camino. Sin dar la menor muestra de ello, idolatraba su nuca y la forma de su cabeza, el pliegue de su ceño, sus largos pies descalzos y sus codos sucios, su voz fuerte y confiada, su olor. Aceptaba sin vacilar, y aun devotamente, los papeles que entre nosotros no era preciso urdir ni explicar; yo lo asistía y admiraba, él dirigía y estaba siempre dispuesto a protegerme.
Y una mañana el camión no llegó. Una mañana, evidentemente, el trabajo estuvo acabado, la tapa del pozo instalada, la bomba en funcionamiento, el agua fresca admirada. En la mesa del almuerzo hubo dos sillas menos. Tanto el Mike mayor como el chico habían comido siempre con nosotros. El Mike chico y yo no solíamos hablarnos y apenas nos mirábamos. A él le gustaba untar el pan con kétchup. Su padre hablaba con papá, y la conversación trataba sobre todo de pozos, accidentes, niveles de agua. Un hombre serio. Un trabajador de la cabeza a los pies, decía mi padre. Sin embargo, él —el padre de Mike— concluía casi todas las frases con una risa. Su risa tenía un eco solitario, como si todavía estuviera en el pozo.
El camión no llegó. Con la obra acabada, no había razón para que volvieran. Y resultó ser que aquel trabajo era el último que le quedaba al perforador en nuestra comarca. Tenía más trabajos esperando en otros sitios y quería empezarlos lo antes posible, mientras durara el buen tiempo. Como vivía en el hotel, sólo tenía que hacer la maleta y partir. Y eso había hecho.
¿Cómo pude no entender lo que pasaba? ¿No hubo ninguna despedida, ninguna conciencia de que la última tarde, cuando subía al camión, Mike se estaba yendo para siempre? ¿No agitó nadie la mano, no se volvió hacia mí una cabeza —o dejó de volverse— cuando el camión, cargado ahora con la maquinaria, fue dando bandazos por última vez camino abajo? Con el primer borbotón de agua —recuerdo aquel borbotón, y a todos reunidos para beber un trago—, ¿por qué no comprendí cuántas cosas terminaban para mí? Ahora me pregunto si no hubo un plan deliberado de no hacer de aquello algo especial, de eliminar las despedidas y evitar que me pusiera —o nos pusiéramos— demasiado triste o difícil.
Es improbable que entonces se tomaran tanto en cuenta los sentimientos de los niños. Padecerlos o reprimirlos era asunto nuestro.
No me puse difícil. Pasada la primera conmoción no le mostré nada a nadie. Cada vez que me veía, el peón bromeaba (¿Qué, tu amigo se ha largado?), pero yo nunca le hice caso.
Tendría que haber sabido que Mike iba a irse. Igual que sabía que Ranger era viejo y moriría pronto. Aceptaba la ausencia futura; sólo que, hasta que Mike desapareció, no tenía ni idea de cómo era la ausencia. De cómo se alteraría todo mi territorio, como si por un fallo se hubiera escurrido todo sentido salvo la pérdida de Mike. Nunca pude volver a mirar la piedra blanca de la pasarela sin pensar en él, y al fin le tomé aversión. Lo mismo empecé a sentir por la rama del arce y, cuando mi padre la cortó porque se acercaba demasiado a la casa, sentí aversión hacia la cicatriz del tronco.
Semanas más tarde, un día en que llevaba ya puesta mi chaqueta de otoño, estaba junto a la puerta de la zapatería, esperando a que mi madre se probara unos zapatos, cuando oí que una mujer llamaba a un tal Mike. «Mike», gritó mientras pasaba. De golpe tuve la convicción de que esa mujer desconocida era la madre de Mike —yo sabía, aunque no por él, que no estaba muerta sino separada del padre—, y de que algo los había llevado de nuevo a la ciudad. No me puse a considerar si el regreso sería transitorio o definitivo; sólo pensé —mientras salía de la tienda a la carrera— que un minuto más tarde iba a verlo.
La mujer había alcanzado a un niño, de unos cinco años, que acababa de coger una manzana de un cajón que había en la acera, delante de la tienda de al lado.
Incrédula, me paré a mirar al niño como si ante mis ojos hubiera tenido lugar un maleficio abusivo y humillante.
Un nombre común. Un niño estúpido, de cara chata y sucio pelo rubio.
El corazón me latía con estrépito, como si en mi pecho sonaran aullidos.


Sunny me esperaba en Uxbridge al pie del autobús. Era una mujer de huesos grandes y cara vivaz, con el pelo rizado, de un castaño canoso, sujeto por pinzas desiguales a los lados de la cara. Aunque hubiera ganado peso —lo que había sucedido—, nunca habría parecido una matrona sino una muchacha majestuosa.
Me sumergió en su vida, como siempre había hecho, contándome que había estado a punto de llegar tarde porque Claire tenía un tapón en el oído y esa mañana la había llevado al hospital para que se lo extrajeran; que luego el perro había vomitado en el escalón de la cocina, probablemente porque odiaba el viaje, la casa y el campo; y que, mientras ella —Sunny— salía a buscarme, Johnston había puesto a los niños a limpiar, puesto que eran ellos los que habían querido tener un perro, y Claire se quejaba de seguir oyendo un zumbido.
—Así que, ¿qué tal si nosotras vamos a emborracharnos a un lugar bonito y tranquilo y no volvemos más a casa? —preguntó—. Claro que tenemos que volver. Johnston ha invitado a un amigo que tiene a su mujer y a sus hijos en Irlanda y quieren irse a jugar al golf.
Sunny y yo habíamos sido amigas en Vancouver. Como nuestros embarazos se habían sucedido a la perfección, nos las habíamos arreglado con un solo ajuar de maternidad. Una vez a la semana más o menos, en mi cocina o en la suya, alteradas por los niños y en ocasiones tambaleándonos de sueño, nos espabilábamos a fuerza de café y cigarrillos para lanzarnos a una charla desenfrenada: sobre el matrimonio, las peleas, nuestros defectos personales, nuestras interesantes y deshonrosas motivaciones, las ambiciones perdidas. Leíamos a Jung al mismo tiempo e intentábamos seguir la pista a los sueños. En ese momento de la vida que suele considerarse un mareo reproductivo, cuando la mujer tiene la mente anegada de jugos maternos, nosotras seguimos imponiéndonos leer a Simone de Beauvoir, Arthur Koestler y The Cocktail Party.
La actitud de nuestros maridos no era en absoluto la misma. Cuando sacábamos esos temas, decían «Eso es sólo literatura» o «Ni que te hubieras graduado en filosofía».
Ahora las dos nos habíamos marchado de Vancouver. Pero Sunny se había trasladado con su marido, sus hijos y sus muebles, de la manera normal y por las razones habituales: su marido había cambiado de trabajo. Yo en cambio me había ido por una razón moderna, que se aprobaba entusiasta pero fugazmente y sólo en ciertos círculos, dejando marido, casa y todo lo adquirido durante el matrimonio (salvo los niños, claro, cuya posesión se parcelaría) con la esperanza de hacer una vida que pudiera sobrellevarse sin hipocresía, privación ni vergüenza.
A la sazón vivía en el segundo piso de una casa de Toronto. Los vecinos de abajo —los dueños de la casa— habían llegado de Trinidad hacía una docena de años. A un lado y otro de la calle, las viejas casas de ladrillo con galerías y ventanas altas, antaño hogares de metodistas y presbiterianos apellidados Henderson, Grisham o McAllister, rebosaban de gente de piel cobriza u olivácea que hablaba un inglés para mí desconocido, si es que siquiera lo hablaban, y a todas horas colmaban el aire con el aroma de su comida dulce y condimentada. A mí todo eso me hacía feliz; me daba la sensación de haber cambiado de verdad, después de un largo viaje desde la casa matrimonial. Pero era demasiado esperar que lo mismo sintieran mis hijas, de diez y doce años. Yo había dejado Vancouver en primavera y ellas habían llegado a comienzos de las vacaciones de verano, supuestamente para estar conmigo los dos meses. Los olores de la calle les resultaban asqueantes y el ruido les daba miedo. Hacía calor y no podían dormir ni con el ventilador que les compré. Teníamos que dejar la ventana abierta, y las fiestas en los patios traseros duraban a veces hasta las cuatro de la madrugada.
Expediciones al Centro de Ciencias y a la Torre de Comunicaciones, al museo y al zoo, comidas en los restaurantes refrigerados de los grandes almacenes, un viaje en transbordador a Toronto Island: nada podía compensar la ausencia de sus amigos ni reconciliarlas con la versión travestida del hogar que yo les ofrecía. Echaban de menos a sus gatos. Querían volver a sus habitaciones, a la libertad de su vecindario, a la parsimonia de los días de quedarse en casa.
Durante un tiempo no se quejaron. Oí que la mayor le decía a la otra:
—A mamá hay que convencerla de que estamos contentas. Si no, se sentirá mal.
Por fin, la cosa estalló. Acusaciones, confesiones de desdicha (hasta exageraciones de la desdicha, según me pareció, desplegadas en mi beneficio). La menor gritando «¿Por qué no vive en casa y ya está?», y la mayor respondiéndole «Porque odia a papá».
Telefoneé a mi marido, que me preguntó prácticamente lo mismo y proporcionó por su cuenta la misma respuesta. Cambié los billetes, ayudé a las niñas a hacer las maletas y las llevé al aeropuerto. Nos pasamos todo el viaje jugando a un juego bobo que propuso la mayor. Había que elegir un número —27, 42—, mirar por la ventanilla del coche y contar los hombres que una veía; el vigésimo séptimo, cuadragésimo segundo o lo que fuese era el hombre con el que una se casaría. De vuelta en casa, sola, reuní todos los vestigios de su presencia —un dibujo que había hecho la menor, una revista Glamour que había comprado la mayor, bisutería y ropa que en Toronto podían ponerse pero en su ciudad no— y los metí en una bolsa de basura. Y más o menos lo mismo hice cada vez que pensaba en ellas; le di cerrojazo a mi mente. Había desdichas —las relacionadas con los hombres— que yo podía soportar y otras —las relacionadas con los niños— que me superaban.
Volví a vivir como antes de su visita. Dejé de preparar el desayuno y salí cada mañana a tomar café con bollos frescos en el del italiano. La idea de haberme liberado de lo doméstico, al menos de momento, me encantaba. A partir de ese instante, empecé a fijarme en la expresión de los que ocupaban las banquetas que había junto a la ventana o las mesas de la acera: gente para la cual aquél no era un momento agradable ni extraordinario, sino una rancia costumbre de la vida solitaria.
De vuelta en casa me sentaba a escribir durante horas enteras en una mesa de madera, bajo las ventanas de una antigua galería convertida en cocina de utilería. Tenía la esperanza de ganarme la vida como escritora. El sol calentaba temprano la salita y las corvas —seguramente llevaba pantalones cortos— se me pegaban a la silla. Percibía el peculiar, dulzón olor químico de las sandalias de plástico absorbiendo el sudor de mis pies. Me gustaba: era el olor de mi laboriosidad y, esperaba, de mis logros. Lo que escribía no era mejor que lo que me las había ingeniado para escribir en mi antigua vida mientras se asaban las patatas o la colada daba tumbos en el tambor de la lavadora. Escribía más, sencillamente, y no peor: eso era todo.
Más tarde me daba un baño y probablemente iba a ver a alguna amiga. Bebíamos vino en terrazas de pequeños restaurantes de Queen Street, Baldwin Street o Brunswick Street y hablábamos de nuestras vidas; sobre todo de los amantes, pero como la palabra «amante» nos revolvía un poco el estómago, decíamos «el hombre con quien salgo». Y a veces veía al hombre con quien salía. Durante la estancia de mis hijas, yo lo había proscrito, aunque un par de veces, tras dejar a las niñas en un cine gélido, había roto la regla.
Había conocido a aquel hombre antes de romper mi matrimonio y él había sido la razón directa para romperlo, aunque ante él —y ante todos— yo fingiese que no era así. Cuando nos encontrábamos intentaba mostrarme despreocupada e independiente. Intercambiábamos novedades —yo me aseguraba de tenerlas—, nos reíamos y paseábamos por el barranco, pero en realidad lo que yo quería era incitarlo a que se acostara conmigo, porque creía que el alto entusiasmo del sexo fusionaba lo mejor de los seres. En estas cuestiones era una estúpida, en un sentido muy peligroso sobre todo para una mujer de mi edad. A veces me sentía exultante después de los encuentros —deslumbrada y segura—, otras veces el recelo me pesaba como una losa. Una vez él se iba, sólo tomaba conciencia de estar llorando cuando sentía las lágrimas corriéndome por las mejillas. El motivo solía ser una sombra que había entrevisto en él, una brusquedad, alguna advertencia oblicua. Más allá de las ventanas, a medida que oscurecía, empezaban las fiestas en los jardines traseros; más tarde, la música, los gritos y las provocaciones terminarían en peleas y yo tendría miedo, no de la posible hostilidad sino de una especie de inexistencia.
En medio de una de sus crisis telefoneé a Sunny y ella me invitó a pasar el fin de semana en el campo.
—Qué hermoso es esto —dije.
Pero, para mí, la región por la que viajábamos no significaba nada. Las colinas eran una serie de lomas verdes, en algunas había vacas. Había puentes bajos de cemento sobre arroyos asfixiados de juncos. El heno se empacaba de una forma nueva, en rollos que quedaban en los campos.
—Espera a ver la casa —dijo Sunny—. Es sórdida. En la tubería había un ratón. Muerto. Aún siguen apareciendo pelos en el agua de la bañera. Ahora eso está arreglado, pero nunca se sabe qué más pasará.
No me preguntó por mi nueva vida. ¿Era delicadeza o censura? Tal vez no supiera empezar, simplemente no pudiera imaginársela. De todos modos, yo le habría dicho mentiras, o medias verdades. Fue muy duro romper, pero había que hacerlo. Claro que siempre hay un precio; no sabes cómo echo de menos a las niñas. Estoy aprendiendo cómo se le devuelve la libertad a un hombre y a ser libre yo misma. Estoy aprendiendo a tomarme el sexo de forma relajada, algo muy difícil para mí porque no es lo que nos enseñaron y encima ya no soy joven, pero estoy aprendiendo.
Un fin de semana, pensé. Parecía mucho tiempo.
En el lugar donde había habido una galería quedaba una cicatriz en los ladrillos de la casa. Los niños de Sunny trotaban en la explanada.
—Mark ha perdido el balón —gritó Gregory, el mayor.
Sunny les dijo que me saludaran.
—Hola. Mark ha tirado la pelota al otro lado del cobertizo y ahora no la encontramos.
La niña de tres años, nacida después de nuestro último encuentro, salió corriendo de la cocina y se detuvo, sorprendida de ver a una extraña. Pero enseguida se recuperó y me dijo:
—Me ha volado un bicho en la cabeza.
Sunny la alzó en brazos. Yo cogí mi bolso y entramos en la cocina, donde Mike McCallum estaba untando kétchup en una rebanada de pan.
—Eres tú —dijimos casi al mismo tiempo. Reímos los dos y corrí hacia él a la vez que él avanzaba. Nos dimos la mano.
—Pensé que eras tu padre —expliqué.
No sé si llegué a acordarme del perforador. Más bien había pensado: «Yo a este hombre lo conozco». Un hombre que movía su cuerpo con ligereza, como si entrar y salir de un pozo para él no fuera nada. Pelo muy corto con canas incipientes, ojos profundos de color claro. Cara magra, jovial pero austera. Una reserva proverbial, nada desagradable.
—Imposible —dijo él—. Papá murió.
Johnston entró en la cocina con las bolsas de golf, me saludó y le dijo a Mike que se diera prisa.
—Se conocen, cariño —explicó Sunny—. Quién lo hubiera dicho.
—De cuando éramos niños —dijo Mike.
—¿De verdad? —preguntó Johnston—. Es increíble.
Y todos juntos agregamos lo que iba a agregar él.
—El mundo es un pañuelo.
Mike y yo aún nos mirábamos riendo, como si nos dejáramos claro que ese descubrimiento, que a Sunny y Johnston les parecía increíble, para nosotros era un cómico y deslumbrante estallido de buena suerte.
Durante toda la tarde, mientras los hombres estuvieron fuera, me sentí llena de una feliz energía. Hice un pastel de melocotón para la cena y le leí a Claire para que durmiera la siesta mientras Sunny llevaba a los niños a pescar, infructuosamente, en el verdín del arroyo. Luego las dos nos sentamos en el suelo de la sala, con una botella de vino, y otra vez fuimos amigas que hablaban no de la vida sino de libros.
Mike no recordaba las mismas cosas que recordaba yo. Él nos recordaba andando por la estrecha cumbre de unos cimientos de hormigón, imaginando que era un edificio altísimo del que si nos llegábamos a caer nos mataríamos. Yo dije que debía de haber sido otro lugar, pero luego recordé los cimientos de un garaje que no había llegado a construirse en el cruce de nuestro camino con la carretera. ¿Nos habíamos subido allí?
Sí.
Yo me acordaba de haber querido aullar a voz en cuello debajo del puente y de tener miedo de los chicos de la ciudad. Él no se acordaba de ningún puente.
Los dos recordábamos las bolas de arcilla y la guerra.
Nos habíamos puesto a fregar juntos los platos para poder hablar sin ser desatentos.
Me contó cómo había muerto su padre. Había fallecido en un accidente de tráfico, volviendo de un trabajo cerca de Bancroft.
—¿Y tus padres viven?
Le dije que mi madre había muerto y que mi padre se había vuelto a casar.
Llegado un momento le conté que estaba separada de mi marido y que vivía en Toronto. Le dije que había tenido un tiempo a mis hijas pero ahora estaban de vacaciones con su padre.
Él me contó que vivía en Kingston, pero no que no llevaba allí mucho tiempo. Había conocido a Johnston hacía poco, a través del trabajo. Como Johnston, era ingeniero civil. Su mujer había nacido en Irlanda pero trabajaba en Canadá cuando la conoció. Era enfermera. En ese momento estaba en Irlanda, en County Clare, visitando a su familia. Se había llevado a los niños.
—¿Cuántos niños?
—Tres.
Cuando acabamos con los platos, fuimos a la sala y nos ofrecimos a jugar al Scrabble con los niños para que Sunny y Johnston pudieran dar un paseo. Una sola partida; se suponía que era hora de irse a la cama. Pero los niños nos convencieron de que empezáramos otra, y cuando volvieron los padres aún estábamos jugando.
—¿Qué os había dicho? —preguntó Johnston.
—Es la misma partida —mintió Gregory—. Dijiste que podíamos acabar la partida y es la misma.
—Seguro —dijo Sunny.
Añadió que era una noche preciosa y que con eso de tener canguros en casa ella y Johnston se acostumbrarían mal.
—Anoche Mike se quedó con los niños y hasta fuimos al cine. Una película vieja. El puente del río Kwai.
—Sobre —dijo Johnston—. Sobre el río Kwai.
—De todos modos, yo ya la había visto —repuso Mike—. Hace años.
—Está bastante bien —dijo Sunny—. Sólo que me molestó el final. Para mí es un error. ¿Te acuerdas de cuando Alec Guinness ve el cable en el agua, por la mañana, y se da cuenta de que alguien va a volar el puente? Se pone como loco y entonces todo se complica porque morirá todo el mundo y demás. Vale, para mí tendría que haber visto el cable y saber lo que pasaría, pero quedarse de todos modos y morir en la explosión… Me parece que es lo que haría ese personaje, y dramáticamente habría sido más eficaz.
—No —dijo Johnston, en un tono de haber discutido ya el asunto—. ¿Dónde estaría el suspense, entonces?
—Estoy de acuerdo con Sunny —tercié yo—. Recuerdo que el final me pareció muy complicado.
—¿Y a ti, Mike?
—A mí me pareció muy bien —respondió Mike—. Muy bien como estaba.
—Chicos contra chicas —comentó Johnston—. Ganan los chicos.
Les dijo a los niños que recogieran el juego y los niños obedecieron. Pero a Gregory se le ocurrió que quería ver las estrellas.
—Sólo aquí se pueden ver —adujo—. En casa siempre hay luces y porquerías.
—Eh, cuidado —dijo el padre. Pero enseguida agregó—: De acuerdo, venga, pero cinco minutos, vamos todos a mirar el cielo.
Buscamos la Estrella Guarda, cercana a la segunda del brazo de la Osa Mayor. Si uno alcanzaba a verla, dijo Johnston, quería decir que tenía suficiente buena vista para entrar en las Fuerzas Aéreas; al menos así había sido durante la Segunda Guerra Mundial.
—Yo la veo, pero ya sabía que estaba allí —dijo Sunny.
—Yo la he visto —dijo Gregory, desdeñoso—. La he visto aunque no sabía si estaba allí o no.
—Yo también la he visto —dijo Mark.
Mike estaba delante de mí y a un lado. En realidad estaba más cerca de Sunny. No había nadie detrás y yo quería rozarlo; rozar levemente, como por casualidad, su brazo o su hombro. Luego, si él no se apartaba —¿por cortesía, por considerarlo un simple accidente?—, quería apoyarle un dedo en su nuca desnuda. ¿Era eso lo que habría hecho él si hubiera estado detrás de mí? ¿En eso se habría concentrado, en vez de en mirar las estrellas?
Tenía la sensación, sin embargo, de que era un hombre escrupuloso. Se habría refrenado.
Y por la misma razón, por cierto, esa noche no iría a mi cama. En cualquier caso era tan arriesgado que se hacía imposible. Arriba había tres habitaciones: la de las visitas y la de los padres daban a la más grande, donde dormían los niños. Quien quisiera entrar en cualquiera de las dos pequeñas tenía que pasar por la otra. A Mike, que la noche anterior había dormido en la de las visitas, lo habían trasladado abajo, al sofá desplegable de la sala. En vez de deshacer la cama en donde dormiría yo, Sunny le había dado a él sábanas limpias.
—Es muy limpio —dijo—. Y a fin de cuentas es un viejo amigo.
Yo no podía pasar una noche apacible entre aquellas sábanas. En mis sueños, no en la realidad, olían a juncos, barro de río y cañas bajo el sol candente.
Sabía que él no vendría por muy poco que fuera el riesgo. Habría sido un acto mal visto en casa de sus amigos, que con el tiempo también serían —si no lo eran ya— amigos de su mujer. ¿Y cómo podía estar seguro de que yo quería eso? ¿O de que él quería, realmente? Ni siquiera yo estaba segura. Hasta entonces siempre había podido considerarme una mujer fiel a la persona con quien dormía en un momento dado.
Dormí inquieta y tuve sueños de una lujuria monótona, con tramas secundarias irritantes y desagradables. Unas veces Mike quería cooperar pero encontraba obstáculos. Otras veces se volvía esquivo, como cuando decía que me había comprado un regalo pero acababa de perderlo y era para él importantísimo recuperarlo. Yo le decía que no se preocupara, que el regalo no me importaba porque mi regalo era él, la persona que quería y había querido siempre; decía eso. Pero él seguía preocupado.
Toda la noche —o al menos cada vez que me despertaba, y me desperté muchas veces—, los grillos estuvieron cantando junto a mi ventana. Primero pensé que eran pájaros, un coro de infatigables pájaros nocturnos. Llevaba viviendo en ciudades el tiempo suficiente para haber olvidado la perfecta cascada de sonido que pueden obrar los grillos.
Hay que decir, también, que en ocasiones al despertarme me encontraba varada en un banco seco. Una lucidez inoportuna. ¿Qué sabes en realidad de ese hombre? ¿Qué sabe él de ti? ¿Qué música le gusta, a quién vota? ¿Qué espera de las mujeres?
—¿Habéis dormido bien? —preguntó Sunny.
—Como una piedra —dijo Mike.
—Bien, sí —contesté yo.
Esa mañana, todo el mundo estaba invitado a almorzar en la casa de unos vecinos que tenían piscina. Mike dijo que él prefería darse una vuelta por el campo de golf, si no había problema.
—Claro —Sunny me miró—. Bueno, no sé si tú… —dijo.
Y Mike preguntó:
—Tú no juegas al golf, ¿no?
—No.
—Pero igual podrías hacerme de caddie.
—Te haré de caddie yo —intervino Gregory. Estaba dispuesto a apuntarse a cualquier excursión que hiciéramos nosotros, seguro de que lo pasaría mejor y tendría más libertad que con sus padres.
Sunny le dijo que no.
—Tú vienes con nosotros. ¿No quieres meterte en la piscina?
—En esa piscina, todos los chavales hacen pipí. No sé cómo no lo sabes.
Antes de salir, Johnston nos había prevenido de que anunciaban lluvia. Mike dijo que correríamos el riesgo. Me gustó que hablara en plural y me gustó ir en el coche con él, en el asiento de la esposa. Me causaba placer imaginarnos como pareja, un placer que sabía exaltado, adolescente. Me cautivaba la idea de ser esposa, como si no lo hubiera sido nunca. Eso no me había pasado con el hombre que entonces era mi amante. ¿De verdad habría podido asentarme con un amor verdadero, desprenderme de las partes mías que no encajaban y ser feliz?
Pero ahora que estábamos solos había cierta inhibición.
—¿No es hermoso el campo aquí? —pregunté.
Y ahora lo decía en serio. Bajo el nuboso cielo blanco, las colinas parecían más suaves que el día anterior bajo el sol insolente. A fines del verano, el follaje de los árboles se corroía; los bordes de las hojas empezaban a oxidarse y algunas ya estaban del todo castañas o rojas. Yo ya reconocía diferentes hojas.
—Robles —dije.
—Aquí el suelo es arenoso —explicó Mike—. En toda la comarca… La llaman Cresta de los Robles.
Dije que suponía que Irlanda era muy hermosa.
—Algunas zonas son muy áridas. Roca pelada.
—¿Tu mujer creció allí? ¿Habla con ese acento encantador?
—Si la escucharas dirías que sí. Pero cuando vuelve le dicen que lo ha perdido. Le dicen que parece americana. Americana es lo que dicen siempre… Tanto les da si es canadiense.
—Y tus hijos… Supongo que no tienen acento irlandés, ¿no?
—No.
—Por cierto, ¿son niños o niñas?
—Dos niños y una niña.
Ahora yo sentía un apremio por hablarle de las contradicciones, las penas y las necesidades de mi vida.
—Yo echo de menos a mis hijas —dije.
Pero no contestó. Ni una palabra de comprensión, ningún aliento. Tal vez le parecía indecoroso hablar de nuestras parejas y nuestros hijos, dadas las circunstancias.
Poco después entrábamos en el aparcamiento del club y, un poco estrepitosamente, como para compensar la rigidez, él comentó:
—Parece que el miedo a la lluvia ha dejado a los golfistas domingueros en casa.
En el aparcamiento había un solo coche. Mike se bajó y fue al despacho a pagar mi entrada.
Yo nunca había estado en un campo de golf. Había visto partidos por televisión, una o dos veces y nunca por decisión propia, y tenía la vaga idea de que a ciertos palos se los llamaba hierros, o a ciertos hierros palos, que uno en especial era el niblick y el campo se llamaba link. Cuando le dije eso a Mike, contestó:
—A lo mejor te aburres espantosamente.
—Si me aburro daré un paseo.
Eso pareció gustarle. Me apoyó en el hombro una mano cálida y dijo:
—Verás cómo te dan ganas.
Mi ignorancia no importaba —desde luego que no tuve que hacer de caddie— y no me aburrí. Mi única tarea era seguir a Mike por donde fuera y mirarlo. En realidad ni siquiera tenía que mirarlo. Podría haber mirado los árboles que bordeaban el campo; eran unos árboles altos de copa plumosa y tronco esbelto, de cuyo nombre yo no estaba segura —¿acacias?—, agitados de vez en cuando por un viento que allí abajo no se sentía. También había bandadas de pájaros, mirlos o estorninos, que volaban con una urgencia comunitaria, aunque sólo de una copa a otra. Recordé entonces que eso hacían los pájaros; en agosto o a fines de julio empezaban a celebrar bulliciosas reuniones en masa, preparándose para volar al sur.
De vez en cuando Mike hablaba, pero rara vez a mí. No había necesidad de que yo respondiera, y de hecho no habría podido hacerlo. Me pareció, sin embargo, que hablaba más que si hubiera estado jugando sin compañía. Sus palabras inconexas eran reproches, elogios prudentes o advertencias para él mismo, y en ocasiones no eran casi palabras sino esos sonidos que quieren comunicar un significado, y lo comunican, en la larga intimidad de las vidas vividas en cercanía voluntaria.
Se suponía pues que yo debía hacer eso: proporcionarle una noción de sí amplificada, extendida. Una noción más cómoda, podría decirse, un sentido tranquilizador de la soledad propia por donde cada humano se mueve sin hacer ruido. De haber sido yo un hombre, él no habría tenido la misma expectativa, o la solicitud no habría sido tan natural y espontánea. Tampoco si hubiera sido una mujer con quien no creía tener un vínculo establecido.
Todo eso no era producto de mi imaginación. Estaba allí, entero, en el placer que me inundaba mientras caminábamos por el link. Las dolorosas descargas de deseo que me habían recorrido por la noche se habían domesticado y limitado a una delicada llama piloto, atenta, conyugal. Yo lo observaba colocarse, elegir, calcular, ojear, balancearse, y luego miraba el trayecto de la pelota, que a mí me parecía siempre triunfal y a él problemático, hasta el lugar del reto siguiente, de nuestro futuro inmediato.
Caminábamos casi sin hablar. ¿Lloverá?, decíamos. ¿No has sentido una gota? A mí me pareció que sí. A lo mejor no. No era la típica y dudosa charla sobre el tiempo; pertenecía al contexto del juego. ¿Crees que acabaremos la vuelta?
El caso fue que no la acabamos. Hubo una gota de lluvia —indudablemente una gota—, luego otra y por fin un golpeteo. Por encima del campo, Mike miró hacia donde las nubes habían cambiado de color, del blanco al azul plomizo, y sin especial alarma ni decepción dijo:
—Aquí está nuestra lluvia.
Luego se puso a ordenar metódicamente la bolsa.
No podríamos haber estado más lejos de la casa del club. Los pájaros, en un alboroto creciente, nos sobrevolaban en círculos, indecisos, agitados. Las copas de los árboles se sacudían y hubo un ruido —al parecer, sobre nuestras cabezas— como de ola pedregosa estrellándose contra la playa. Mike dijo:
—Mejor nos metemos allí debajo.
Al borde de la hierba había unos arbustos de hojas oscuras y aspecto casi formal, como si los hubieran plantado en seto. Pero eran silvestres y habían crecido apretados. Aunque parecían impenetrables, al acercarnos vimos pequeñas entradas, sendas angostas abiertas por animales o jugadores en busca de pelotas. El terreno declinaba suavemente y, después de atravesar el desparejo muro de matas, entrevimos el río, el río que explicaba el cartel de la entrada, el nombre del club. Club de golf La Ribera. El agua era de un gris acerado y las ráfagas de viento la habían ondulado, pero sin romper en crestas como la de los estanques. Entre la orilla y nosotros había un prado de maleza florecida. Solidago, salvia de campanillas violáceas, algo que me pareció ortiga en flor —púrpura o blanca— y ásteres silvestres. Parra, también, rodeando lo que encontrara y anudándose, o en maraña bajo los pies. El suelo era suave, no del todo espumoso. Ni las plantas de apariencia más frágil y delicada llegaban a nuestras cabezas.
Cuando nos paramos a mirar entre ellas vimos, a poca distancia, grupos de árboles agitándose como ramos. Y algo que se aproximaba en la dirección de las nubes sombrías. Era la lluvia de verdad, que venía detrás del primer chubasco, pero daba la impresión de ser mucho más que una lluvia. Parecía como si una gran porción del cielo se hubiera desprendido y empezara a descargarse, clamorosa y resuelta, bajo una forma animal no del todo reconocible. A la cabeza se desplazaban cortinas de agua; no velos, sino gruesas cortinas que se sacudían con violencia. Las divisábamos claramente aunque todavía no sintiéramos más que unas gotas leves y ociosas. Habríamos podido estar mirando a través de una ventana, sin creer que el cristal fuera a hacerse añicos, hasta que se rompió y el viento y la lluvia nos embistieron y mi cabello se alzó en un revuelo. Pensé que pronto se me iba a erizar la piel.
En aquel momento intenté dar la vuelta; tenía la urgencia, que no había sentido hasta entonces, de salir de los arbustos y correr hacia la casa. Pero no podía moverme. Bastante costaba ya tenerse en pie; a cielo abierto, el viento me habría derribado enseguida.
Encorvándose para meter la cabeza entre las matas, la cara contra el viento y sin soltarme el brazo, Mike se puso delante de mí. Luego se volvió a mirarme, protegiéndome de la tormenta. Tanto habría dado que se hubiera interpuesto un palillo. Me dijo algo a la cara, pero no lo oí. Por mucho que estuviese gritando no me llegaba ni un sonido suyo. Me había cogido los dos brazos y bajó las manos hasta aferrarme las muñecas. Así fue tirando hacia abajo —en el intento de cambiar de posición trastabillamos— hasta que estuvimos los dos en cuclillas. Tan cerca estábamos uno de otro que no podíamos mirarnos; sólo podíamos mirar el suelo, los diminutos ríos que empezaban a romper en torno a nuestros pies, las plantas aplastadas, los zapatos empapados. Veíamos aquello a través de los torrentes que rodaban por nuestra cara.
Mike me soltó las muñecas y me plantó las manos en los hombros. Era más un gesto de retraimiento que de sosiego.
Así permanecimos hasta que cesó el viento. No pudieron ser más de cinco minutos, y quizá fueron sólo dos o tres. Seguía lloviendo, pero era una lluvia fuerte, normal. Él retiró las manos y nos levantamos temblando. Teníamos las camisas y los pantalones pegados a los cuerpos. A mí el pelo me caía sobre la cara en largos zarcillos de bruja y él tenía cortos tallos oscuros aplastados sobre la frente. Intentó sonreír, pero apenas le quedaban fuerzas. Luego nos besamos y estuvimos abrazados un instante. Fue más un rito, el agradecimiento por haber sobrevivido, que una tendencia de los cuerpos. Los labios se deslizaron unos sobre otros, frescos y resbaladizos, y la presión del abrazo nos estremeció levemente, como si nos hubiera rociado con agua fría.
Cada vez llovía menos. Tambaleando un poco sobre hierbas medio aplastadas nos abrimos paso entre los gruesos arbustos chorreantes. Por todo el campo de golf había grandes ramas arrancadas. Sólo más tarde pensé que alguna habría podido matarnos.
Anduvimos al raso esquivando las ramas caídas. Ya casi no llovía y el aire empezaba a iluminarse. Como caminaba con la Cabeza inclinada, para que el agua que me caía del pelo no rodase por mi cara, sentí el sol calentándome los hombros antes de alzar los ojos a la luz festiva.
Me detuve, respiré hondo y moviendo la cabeza me quité el pelo de la cara. Había llegado el momento, ahora que estábamos empapados, a salvo y frente al fulgor. Ahora había que decir algo.
—Hay una cosa que no te he dicho.
Su voz me sorprendió, como el sol. Pero en el sentido opuesto. Había en ella un peso, una advertencia, una decisión con un matiz de excusa.
—Sobre nuestro hijo menor —dijo—. Nuestro hijo menor murió el verano pasado.
Oh.
—Murió atropellado —añadió—. Lo atropellé yo. Dando marcha atrás en la puerta de casa.
Volví a pararme. El se paró conmigo. Los dos mirábamos adelante.
—Se llamaba Brian. Tenía tres años. El caso es que… yo pensé que estaba en la cama. Los otros aún estaban en pie, pero a él lo habíamos acostado. Y fue y se levantó. Sin embargo debí mirar. Debí mirar con más cuidado.
Imaginé el momento en que se había bajado del coche. El ruido que debió de hacer. La madre corriendo fuera de la casa. No es él. Él no está aquí. Esto no ha pasado.
Arriba, en la cama.
Echó a andar de nuevo y entró en el aparcamiento. Yo lo seguía a unos pasos. Y no dije nada; ni una palabra amable, impotente. Lo habíamos dejado atrás.
Él no dijo: «Fue mi culpa» o «Nunca lo podré superar. Nunca me lo perdonaré. Pero hago todo lo que puedo».
Ni: «Mi mujer me perdona pero ella tampoco lo va a superar».
Yo lo sabía. Ahora sabía que él era de esos que han tocado fondo. De esos que saben —como no sabía yo, ni me acercaba siquiera a saber— qué significa exactamente tocar fondo. Los dos lo sabían, él y su mujer, y eso los unía como sólo lo hace aquello que une o separa para siempre. No vivirían siempre en el fondo, claro. Pero compartirían el hecho de conocer ese espacio central gélido, vacío, cerrado.
Podría sucederle a cualquiera.
Sí. Pero no parece que sea así. Parece que le sucediera a éste, a aquél, elegidos aquí y allá, de uno en uno.
—No es justo —dije.
Hablaba de cómo lidiar con esos castigos fortuitos, esos zarpazos malvados y catastróficos. Peores así, tal vez, que cuando ocurren entre un aluvión de desgracias, en la guerra o en un terremoto. Y todavía peores cuando hay alguien cuya acción, probablemente una acción inhabitual, lo hace singular y permanentemente responsable.
De eso hablaba. Pero también quería decir: No es justo. ¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
Una protesta tan brutal que casi parece inocente, cuando surge de la médula del ser. Inocente, es decir, cuando es una quien la eleva y no la hace pública.
—En fin —dijo él con mucha suavidad. Porque no se veía la justicia por ningún lado—. Sunny y Johnston no lo saben —agregó—. No lo sabe ninguno de los que conocimos después de cambiar de casa. Nos pareció que así nos arreglaríamos mejor. Ni siquiera los otros niños… Ellos casi no lo mencionan. No lo nombran.
Yo no era de los que habían conocido después de dejar la casa. No era de las personas entre las que harían su nueva vida, normal y ardua. Yo era una persona que sabía; nada más. Una persona que él tenía para sí y que sabía.
—Qué raro —exclamó, mirando alrededor, antes de abrir el maletero para colocar los palos—. ¿Qué pasó con el tío que había aparcado aquí? ¿Te fijaste en que cuando llegamos había un coche? Pero en el campo no vi a nadie, ahora que lo pienso. ¿Y tú?
Contesté que no.
—Un misterio —dijo. Y otra vez—: En fin.
Era una expresión que yo había oído muchas veces en mi infancia, y dicha en el mismo tono. Un puente entre una cosa y otra, una conclusión o una forma de decir algo que no podía decirse más claramente, ni pensarse.
«El fin del pozo está en el pozo», era el chiste para contestar.
La tormenta había malogrado la fiesta junto a la piscina. Eran demasiados invitados para meterse en casa, y los que tenían hijos habían preferido marcharse.
En el camino de vuelta, tanto Mike como yo habíamos notado —y lo habíamos comentado— una picazón en los antebrazos, en el dorso de las manos y alrededor de los tobillos. Lugares que habíamos tenido al descubierto al acuclillarnos entre la maleza. Me acordé de las ortigas.
Sentados en la cocina de Sunny, ya con ropa seca, contamos la aventura y mostramos las ronchas.
Sunny sabía qué hacer. La del día anterior con Claire no había sido su primera visita a la sala de urgencias del hospital local. Otro fin de semana, los niños se habían metido en un terreno fangoso, detrás del establo, y habían vuelto cubiertos de manchas y verdugones. El médico había dicho que debían de haber rozado ortigas. Que se habrían revolcado en ellas, había dicho exactamente. Había recetado compresas frías, una loción antihistamínica y unas píldoras. En el frasco aún quedaba loción, y también quedaban píldoras porque Mark y Gregory se habían curado enseguida.
Dijimos que píldoras no; lo nuestro no parecía tan serio.
Sunny contó que había hablado con la mujer de la gasolinera, y que según ella había una planta con cuyas hojas se hacía el mejor cataplasma para las ronchas de ortiga. Nada de píldoras ni porquerías, había dicho la mujer. La planta se llamaba algo así como pie de cordera. ¿Piscornera? La mujer había dicho que se la encontraba en cierto cruce de caminos, junto a un puente.
Sunny tenía muchas ganas de hacerlo; le encantaba la idea del remedio folclórico. Tuvimos que advertirle que la loción ya estaba allí, y pagada.
Pero ella disfrutaba velando por nosotros. En realidad, nuestra tribulación puso a toda la familia de buen humor, los apartó de los inconvenientes del día de tormenta y los planes cancelados. El hecho de que hubiésemos resuelto irnos juntos y hubiésemos vivido una aventura —una aventura cuyas pruebas llevábamos en el cuerpo—, parecía despertar en Sunny y Johnston un entusiasmo provocativo. Graciosas miradas de él, una solicitud encendida de parte de ella. Por supuesto que si hubiéramos aportado pruebas de verdadera mala conducta —abrojos en el trasero, manchas rojas en los muslos y el vientre—, no habrían sido tan encantadores e indulgentes.
A los chicos los divertía vernos sentados con los pies en sendas palanganas, los brazos y las piernas envueltos en trapos gruesos. A Claire la deleitaba en especial la visión de nuestros pies adultos disparatadamente expuestos. Mike retorcía los largos dedos y ella rompía en ataques de risa alarmada.
Bien. Si alguna vez volvíamos a encontrarnos sería lo mismo de siempre. O si no nos encontrábamos más. Un amor inútil, consciente de su lugar. (Alguien había dicho que irreal, porque nunca se arriesgaría a partirse el cuello, a transformarse en un chiste malo o a consumirse tristemente). Nada arriesgado y sin embargo vivo como un hilo de agua dulce, una fuente subterránea. Con el peso de ese nuevo silencio, ese sello.
En todos los años de nuestra amistad menguante nunca le pedí a Sunny noticias de él, ni las tuve.
Esas plantas de grandes flores púrpuras no son ortigas. He descubierto que se llaman algo así como dactilorizas. Las ortigas entre las que seguramente nos metimos son plantas más insignificantes, sus flores son de un púrpura más claro y tienen tallos malignamente provistos de espinas finas, feroces, penetrantes e inflamatorias. Aunque no las notáramos, también de ésas debió de haber habido en el prado baldío.

Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. 2001.