lunes, 6 de julio de 2026

Ortigas. Alice Munro.

En el verano de 1979 entré en la cocina de la casa de mi amiga Sunny en Uxbridge (Ontario) y vi a un hombre junto a la encimera preparando un sándwich de kétchup.
He recorrido con mi esposo —el segundo, no el que dejé atrás aquel verano— las colinas del nordeste de Toronto en busca de aquella casa; con una ociosa perseverancia he intentado localizarla, pero nunca lo he logrado. Probablemente la hayan demolido. Sunny y su marido la vendieron pocos años después de mi visita. Como lugar de veraneo estaba demasiado lejos de Ottawa, donde ellos vivían. Los hijos, a medida que entraban en la adolescencia, se resistían a ir. Y en la casa había demasiado trabajo de mantenimiento para Johnston —el marido de Sunny—, a quien le gustaba pasar los veranos jugando al golf.
He encontrado el campo de golf; creo que era el mismo, aunque han limpiado la vieja verja y ahora hay un club más elegante.
Cuando de pequeña yo vivía en el campo, en verano los pozos de esa comarca se secaban. Ocurría cada cinco o seis años, cuando no llovía lo suficiente. Los pozos eran agujeros cavados en la tierra. El nuestro era más profundo que la mayoría pero, como necesitábamos una buena provisión de agua para los animales enjaulados —mi padre criaba zorros plateados y armiños—, un día llegó un perforador con un equipo impresionante y el agujero se fue extendiendo hacia abajo, cada vez más abajo, hasta que encontró agua en la roca. Desde entonces pudimos bombear agua pura y fría en cualquier época del año por mucha sequía que hubiera. Era un motivo de orgullo. De la bomba colgaba un jarrito de lata y, cuando en los días calcinantes yo bebía de él, pensaba en rocas negras por donde el agua corría centelleando como el diamante.
El perforador —a veces lo llamaban pocero, como si fuera muy fastidioso precisar lo que hacía, como si la antigua descripción fuese más cómoda— era un hombre llamado Mike McCallum. Vivía en la ciudad vecina a nuestra granja, pero no tenía casa. Vivía en el hotel Clark: había llegado en primavera y se quedaría hasta que acabara todo el trabajo que encontrara por hacer en la región. Después se iría a otro lado.
Mike McCallum era más joven que mi padre, pero tenía un hijo un año y dos meses mayor que yo. El muchacho vivía con el padre en hoteles o pensiones, dondequiera que el padre estuviera trabajando, e iba a la escuela que tuviera más cerca. Él también se llamaba Mike McCallum.
Sé exactamente qué edad tenía, porque eso los niños lo dejan sentado de inmediato; sean amigos o no, entre ellos es uno de los asuntos esenciales de negociación. Él tenía nueve y yo ocho. Cumplía años en abril; yo, en junio. Cuando llegó a casa con su padre ya estaban avanzadas las vacaciones de verano.
Su padre conducía un camión rojo oscuro siempre polvoriento o embarrado. Cuando llovía, Mike y yo nos subíamos al camión. No recuerdo si el padre entraba en nuestra cocina a beber una taza de té o a fumar, si se quedaba bajo un árbol o seguía trabajando. La lluvia lavaba las ventanillas del camión y retumbaba como piedras en un tejado. La cabina olía a hombres; a ropa de trabajo, herramientas, tabaco y calcetines como queso agrio. También a perro peludo mojado, porque llevábamos con nosotros a Ranger. Para mí, Ranger era parte de la familia; estaba acostumbrada a tenerlo siempre encima y a veces, sin ninguna razón, le ordenaba que se quedara en casa, se fuera al granero, me dejara en paz. Pero Mike lo quería. Invariablemente se dirigía a él con dulzura, lo llamaba por el nombre, le contaba nuestros planes y, cuando Ranger partía hacia cualquier proyecto perruno, como perseguir una marmota o un conejo, se quedaba esperándolo. Con la vida que hacía con su padre, Mike nunca iba a tener un perro propio.
Un día que estaba con nosotros, Ranger se lanzó detrás de una mofeta y la mofeta se dio la vuelta y lo roció. A Mike y a mí nos cayó parte de la culpa. Mi madre tuvo que suspender lo que estuviera haciendo para ir a la ciudad a comprar varios frascos grandes de zumo de tomate. Mike persuadió a Ranger para que entrase en una tina y allí le echamos zumo de tomate y le cepillamos el pelo. Parecía que lo estuviésemos lavando con sangre. ¿Cuánta gente haría falta para conseguir tanta sangre?, nos preguntábamos. ¿Cuántos caballos? ¿Y elefantes?
Yo tenía más trato que Mike con la sangre y la muerte de animales. Lo llevé a ver la mancha que había en un lugar del prado, cerca del portón del establo, donde mi padre mataba y descuartizaba los caballos con que alimentaba a los zorros y los armiños. De tantas pisadas, el suelo estaba pelado y la mancha rojo sangre era profunda como una marca de hierro candente. Luego lo llevé a la carnicería del establo, donde se colgaban los cuerpos muertos de los caballos antes de molerlos para hacer alimento. La carnicería era un simple cobertizo con muros de malla, una malla negra de moscas ebrias de olor a carroña. Nosotros cogíamos tejas y las machacábamos hasta matarlas.
Nuestra granja era pequeña: nueve hectáreas. Lo bastante pequeña para que yo hubiera explorado todos los rincones, y cada rincón tenía un aspecto y un carácter peculiar que yo no habría sabido poner en palabras. Es fácil entender qué tenía de especial el cobertizo de malla con los largos, pálidos cadáveres de caballo colgados de ganchos brutales, o el suelo pisoteado teñido de sangre donde los caballos vivos se transformaban en alimento para zorros. Pero había otros lugares, como las piedras que flanqueaban la pasarela del granero, que no me decían menos aunque no hubiese sucedido en ellos nada memorable. A un costado había una lisa piedra blancuzca cuyo bulto dominaba todas las demás, de modo que aquel lado tenía para mí un aire extrovertido y público; por eso siempre elegía subir por allí y no por el otro lado, donde las piedras eran más oscuras y se apretaban con un aire más mezquino. Del mismo modo, cada árbol del lugar tenía su actitud y su presencia: el olmo era sereno y el cedro, amenazador; los arces, cotidianos y amigables, el espino, viejo y rezongón. Hasta las pozas de los remansos del río —donde años antes mi padre había vendido gravilla— tenían su carácter distinto, más fácil quizá de reconocer si una las veía llenas de agua cuando cesaban los torrentes de primavera. Estaba aquella pequeña, redonda, profunda y perfecta; la que se estiraba como una cola; y otra muy ancha, de forma indecisa, siempre con el morro asomando, pues las aguas eran muy escasas.
Mike veía todas estas cosas desde un ángulo muy diferente. Y lo mismo me pasaba a mí ahora que estaba con él.
Las veía a su manera y a la mía y, como por su misma naturaleza la mía era incomunicable, tenía que mantenerla en secreto. La suya se relacionaba con el provecho inmediato. La gran piedra pálida de la pasarela era para saltar desde ella; cogía carrerilla e, impulsándose en el aire por encima de las piedras pequeñas de la pendiente, aterrizaba en el suelo apisonado, delante de la puerta del establo. Todos los árboles eran para trepar, pero sobre todo el arce junto a la casa, por una de cuyas ramas se podía gatear hasta dejarse caer en el techo de la terraza. Y las pozas de gravilla eran simplemente para zambullirse, con un grito de animal que se lanza sobre su presa, tras una carrera furiosa por la hierba alta. Si estuviéramos a principios de año, cuando las aguas son más caudalosas, decía Mike, habríamos podido construir una balsa.
En cuanto al río, por un tiempo ese proyecto fue tenido en cuenta. Pero en agosto el río era tanto un sendero rocoso como un curso de agua y, en vez de intentar bajarlo a flote o a nado, lo vadeábamos descalzos —saltábamos de una piedra desnuda a otra, resbalábamos en las musgosas rocas sumergidas, surcábamos grupos de nenúfares de hojas chatas y de otras plantas cuyos nombres no recuerdo o no supe nunca (¿chirivía silvestre?, ¿cicuta de río?)—. Las matas eran tan tupidas que parecían arraigadas en islas, en tierra firme, aunque en realidad crecían del légamo y sus raíces serpeantes nos atrapaban las piernas.
El río era el mismo que atravesaba la ciudad, y cuando lo remontábamos llegábamos a ver el doble arco del puente de la carretera. En mis paseos sola o con Ranger nunca había ido hasta el puente, porque por allí solía haber gente de la ciudad. Iban a pescar a la orilla, y cuando el río estaba lo bastante alto los chicos saltaban desde el parapeto. En esa época probablemente no, aunque tal vez hubiera algunos chapoteando entre los pilares, vocingleros y hostiles como eran siempre los chicos de la ciudad.
También estaban los vagabundos. Pero no le hablé de ellos a Mike, que iba delante de mí como si el puente fuese un destino corriente y no tuviera nada de desagradable ni de prohibido. Oímos voces, y como era de esperar, eran voces de muchachos chillando; se habría dicho que el puente les pertenecía. Hasta allí, Ranger nos había seguido, sin entusiasmo, pero de pronto viró hacia la orilla. Era un perro ya viejo y nunca había tenido una afición indiscriminada por los niños.
Un hombre que estaba pescando —no en el puente, sino en la orilla— maldijo la agitación que había causado Ranger al salir del agua. Nos preguntó por qué no dejábamos nuestro puto perro en casa. Mike siguió andando como si el hombre sólo hubiera silbado y pronto entramos en la sombra del puente, donde yo no había estado en mi vida.
El suelo del puente nos hacía de techo; franjas de sol caían por entre las tablas. Entonces por arriba pasó un coche, hubo un ruido atronador y por un momento se apagó la luz. El acontecimiento nos dejó inmóviles, mirando hacia arriba. Debajo-del-puente era un lugar por derecho propio, no un mero tramo del río. Cuando hubo pasado el coche y el sol volvió a filtrarse por los resquicios, su reflejo arrancó del agua olas de luz, raras burbujas de luz, para proyectarlas en los pilares de cemento. Mike gritó para probar el eco y lo mismo hice yo, pero débilmente, porque en la orilla los muchachos, los extraños del otro lado del puente, me daban más miedo que los vagabundos.
Iba a la escuela rural que había más allá de nuestra granja. La inscripción había mermado hasta tal punto que yo era la única cría de mi clase. Pero Mike iba desde la primavera a la escuela de la ciudad y para él aquellos chicos no eran desconocidos. De no ser porque a su padre se le ocurría llevarlo al trabajo, para poder vigilarlo de vez en cuando, probablemente no habría estado jugando conmigo sino con ellos.
Entre los muchachos de la ciudad y Mike debió de haber un intercambio de saludos.
Hey. ¿Y tú qué haces aquí?
Nada. ¿Qué piensas que hago?
Nada. ¿Y ésa quién es?
Nadie. Es ella, nada más.
Ña-ña. Ella.
En realidad se estaba desarrollando un juego que tenía a todo el mundo pendiente. Y todo el mundo incluidas las niñas —pues más adelante había niñas en la orilla, enfrascadas en sus cosas—, aunque ya no estábamos en la edad en que niños y niñas solían jugar juntos. O habían seguido a los muchachos desde la ciudad —fingiendo no seguirlos— o los muchachos habían llegado tras ellas con intención de acosarlas; pero con la reunión había cobrado forma aquel juego y, como el juego los necesitaba a todos, las restricciones habituales habían desaparecido. Y, como el juego era mejor cuantos más participaran, para Mike fue fácil entrar y llevarme a mí con él.
Era un juego de guerra. Los chicos se habían dividido en dos ejércitos que guerreaban uno contra otro desde barricadas toscamente hechas con ramas o protegiéndose tras las hierbas, las cañas y unos juncos más altos que nuestras cabezas. Las armas principales eran unas bolas de arcilla grandes como pelotas de béisbol. Se daba el caso de que más o menos a mitad del banco del río había una fuente especial de arcilla, un pozo gris medio oculto por hierbas (la idea del juego debía de haber surgido al descubrirlo), y era allí donde trabajaban las niñas preparando munición. Se sobaba y apretaba la arcilla viscosa hasta moldear una bola lo más dura posible —podía contener algo de gravilla y hierba u hojas que se pegaran al fabricarla, pero no piedras añadidas adrede—, y la provisión tenía que ser grande porque cada bola sólo servía una vez. No se podían recoger las que habían fallado, rehacerlas y arrojarlas de nuevo.
Las reglas de la guerra eran simples. Si a uno le daba una bola —oficialmente se llamaban balas de cañón— en la cara, la cabeza o el cuerpo, tenía que caer muerto. Si le daba en los brazos o las piernas, igualmente tenía que tumbarse, aunque sólo estaba herido. A las niñas también correspondía arrastrarse hasta los heridos y arrastrarlos hasta un lugar llano que era el hospital. Se los curaba con emplastos y tenían que quedarse quietos contando hasta cien. En cuanto acababan podían volver a la lucha. Los soldados muertos tenían prohibido levantarse hasta que acabara la guerra, y la guerra no acababa hasta que en uno de los dos bandos estuvieran todos muertos.
En ambos bandos había muchachos y niñas, pero como las niñas éramos muchas menos no podíamos fabricar munición y hacer de enfermeras de un solo soldado cada una. Todas las niñas tenían su propia pila de bolas y trabajaban para ciertos soldados; cuando uno de ellos caía herido, llamaba a la niña en cuestión a gritos, para que ella lo arrastrara y le curara las heridas lo antes posible. Yo hacía bolas para Mike y el nombre que Mike gritaba era el mío. Había tal ruido en el aire —gritos constantes de «Estás muerto», victoriosos o enfurecidos (enfurecidos porque siempre había algún muerto que disimuladamente volvía a la lucha), y encima el ladrido de un perro, que no era Ranger, que de algún modo se había mezclado en la guerra—, tal ruido que una debía estar muy alerta a la voz del muchacho que podía llamarla. Cuando el grito llegaba había una sensación de fina alarma, un cable que hacía que vibrara en todo el cuerpo el despertar de una devoción fanática. (Al menos para mí, que al contrario que las otras niñas rendía servicios a un solo guerrero).
Creo que hasta aquel día tampoco había jugado en grupo. Y qué alegría me daba formar parte de una empresa tan grande y apremiante, y dentro de ella ser elegida esencialmente para servir con fidelidad a un luchador. Cuando a Mike lo herían se quedaba flojo y quieto, y no abría los ojos, mientras yo le ponía hojas enfangadas en la frente, la garganta y —quitándole la camisa— el pálido, suave estómago, alrededor del ombligo dulce y vulnerable.
No ganó nadie. Largo rato después, el juego se desintegró entre disputas y resurrecciones en masa. Camino de casa, nosotros tratamos de llevarnos algo de arcilla tendiéndonos en el lecho del río. Llevábamos las camisas y los pantalones cortos chorreando de barro.
Atardecía. El padre de Mike se preparaba para marcharse.
Dios santo —dijo.
Había un peón que iba a ayudar a mi padre cuando había que descuartizar o se necesitaba un par de brazos más. Tenía una mirada de muchacho adulto y respiraba con un silbido asmático. Le gustaba hacerme cosquillas hasta que yo me sofocaba. Nadie interfería en la lucha. A mi madre no le gustaba, pero mi padre decía que era en broma.
Estaba en el vallado, ayudando al padre de Mike.
Os habéis revolcado juntos en el barro —dijo—. Para empezar ahora tendréis que casaros.
Desde detrás de la mosquitera, mi madre lo había oído. (Si los hombres hubieran sabido que estaba allí no habrían hablado de esa manera). Salió y, antes de comentar la facha que llevábamos, le dijo algo al peón en voz baja y recriminatoria.
Yo oí parte de lo que decía.
Como hermano y hermana.
El peón se miraba las botas con una sonrisa indefensa.
Mi madre se equivocaba. El peón estaba más cerca de la verdad que ella. No éramos como hermano y hermana, al menos como cualquier hermano o hermana que yo conociera. Como mi único hermano era poco más que un bebé, no tenía experiencia en ese campo. Pero tampoco nos parecíamos a las mujeres y los maridos que yo había visto, personas viejas —para empezar— y habitantes de mundos tan separados que apenas se reconocían el uno al otro.
Eramos un par de novios sólidos y avezados cuyo vínculo no necesitaba mucha expresión visible. Yo al menos sentía algo solemne y emocionante.
Me di cuenta de que el peón estaba hablando de sexo, aunque no creo que conociera la palabra. Y eso me hizo odiarlo aún más que de costumbre. En lo específico se equivocaba. Lo nuestro no era la exhibición, el magreo, las intimidades culpables; no había nada de la trabajosa búsqueda de lugares ocultos, nada de esa mezcla de placer, frustración y vergüenza viva e inmediata. Yo había vivido escenas así con un primo y con un par de hermanas algo mayores que iban a mi escuela. Aquellas parejas me habían disgustado antes y después del acontecimiento y, aun mentalmente, de buena gana habría negado lo que había sucedido. Nunca habría pensado en una escapada con alguien por quien sentía afecto o respeto; sólo con gente que me desagradaba, como me desagradaban de mí misma los abominables escozores del arrebato.
En cuanto a lo que sentía por Mike, el demonio se había transformado en excitación difusa y una ternura que se extendía por toda la piel, en un placer visual y una satisfacción tintineante en presencia de la otra persona. Cada mañana me despertaba con hambre de verlo, de oír al camión del pocero tambalearse y traquetear por el camino. Sin dar la menor muestra de ello, idolatraba su nuca y la forma de su cabeza, el pliegue de su ceño, sus largos pies descalzos y sus codos sucios, su voz fuerte y confiada, su olor. Aceptaba sin vacilar, y aun devotamente, los papeles que entre nosotros no era preciso urdir ni explicar; yo lo asistía y admiraba, él dirigía y estaba siempre dispuesto a protegerme.
Y una mañana el camión no llegó. Una mañana, evidentemente, el trabajo estuvo acabado, la tapa del pozo instalada, la bomba en funcionamiento, el agua fresca admirada. En la mesa del almuerzo hubo dos sillas menos. Tanto el Mike mayor como el chico habían comido siempre con nosotros. El Mike chico y yo no solíamos hablarnos y apenas nos mirábamos. A él le gustaba untar el pan con kétchup. Su padre hablaba con papá, y la conversación trataba sobre todo de pozos, accidentes, niveles de agua. Un hombre serio. Un trabajador de la cabeza a los pies, decía mi padre. Sin embargo, él —el padre de Mike— concluía casi todas las frases con una risa. Su risa tenía un eco solitario, como si todavía estuviera en el pozo.
El camión no llegó. Con la obra acabada, no había razón para que volvieran. Y resultó ser que aquel trabajo era el último que le quedaba al perforador en nuestra comarca. Tenía más trabajos esperando en otros sitios y quería empezarlos lo antes posible, mientras durara el buen tiempo. Como vivía en el hotel, sólo tenía que hacer la maleta y partir. Y eso había hecho.
¿Cómo pude no entender lo que pasaba? ¿No hubo ninguna despedida, ninguna conciencia de que la última tarde, cuando subía al camión, Mike se estaba yendo para siempre? ¿No agitó nadie la mano, no se volvió hacia mí una cabeza —o dejó de volverse— cuando el camión, cargado ahora con la maquinaria, fue dando bandazos por última vez camino abajo? Con el primer borbotón de agua —recuerdo aquel borbotón, y a todos reunidos para beber un trago—, ¿por qué no comprendí cuántas cosas terminaban para mí? Ahora me pregunto si no hubo un plan deliberado de no hacer de aquello algo especial, de eliminar las despedidas y evitar que me pusiera —o nos pusiéramos— demasiado triste o difícil.
Es improbable que entonces se tomaran tanto en cuenta los sentimientos de los niños. Padecerlos o reprimirlos era asunto nuestro.
No me puse difícil. Pasada la primera conmoción no le mostré nada a nadie. Cada vez que me veía, el peón bromeaba (¿Qué, tu amigo se ha largado?), pero yo nunca le hice caso.
Tendría que haber sabido que Mike iba a irse. Igual que sabía que Ranger era viejo y moriría pronto. Aceptaba la ausencia futura; sólo que, hasta que Mike desapareció, no tenía ni idea de cómo era la ausencia. De cómo se alteraría todo mi territorio, como si por un fallo se hubiera escurrido todo sentido salvo la pérdida de Mike. Nunca pude volver a mirar la piedra blanca de la pasarela sin pensar en él, y al fin le tomé aversión. Lo mismo empecé a sentir por la rama del arce y, cuando mi padre la cortó porque se acercaba demasiado a la casa, sentí aversión hacia la cicatriz del tronco.
Semanas más tarde, un día en que llevaba ya puesta mi chaqueta de otoño, estaba junto a la puerta de la zapatería, esperando a que mi madre se probara unos zapatos, cuando oí que una mujer llamaba a un tal Mike. «Mike», gritó mientras pasaba. De golpe tuve la convicción de que esa mujer desconocida era la madre de Mike —yo sabía, aunque no por él, que no estaba muerta sino separada del padre—, y de que algo los había llevado de nuevo a la ciudad. No me puse a considerar si el regreso sería transitorio o definitivo; sólo pensé —mientras salía de la tienda a la carrera— que un minuto más tarde iba a verlo.
La mujer había alcanzado a un niño, de unos cinco años, que acababa de coger una manzana de un cajón que había en la acera, delante de la tienda de al lado.
Incrédula, me paré a mirar al niño como si ante mis ojos hubiera tenido lugar un maleficio abusivo y humillante.
Un nombre común. Un niño estúpido, de cara chata y sucio pelo rubio.
El corazón me latía con estrépito, como si en mi pecho sonaran aullidos.


Sunny me esperaba en Uxbridge al pie del autobús. Era una mujer de huesos grandes y cara vivaz, con el pelo rizado, de un castaño canoso, sujeto por pinzas desiguales a los lados de la cara. Aunque hubiera ganado peso —lo que había sucedido—, nunca habría parecido una matrona sino una muchacha majestuosa.
Me sumergió en su vida, como siempre había hecho, contándome que había estado a punto de llegar tarde porque Claire tenía un tapón en el oído y esa mañana la había llevado al hospital para que se lo extrajeran; que luego el perro había vomitado en el escalón de la cocina, probablemente porque odiaba el viaje, la casa y el campo; y que, mientras ella —Sunny— salía a buscarme, Johnston había puesto a los niños a limpiar, puesto que eran ellos los que habían querido tener un perro, y Claire se quejaba de seguir oyendo un zumbido.
Así que, ¿qué tal si nosotras vamos a emborracharnos a un lugar bonito y tranquilo y no volvemos más a casa? —preguntó—. Claro que tenemos que volver. Johnston ha invitado a un amigo que tiene a su mujer y a sus hijos en Irlanda y quieren irse a jugar al golf.
Sunny y yo habíamos sido amigas en Vancouver. Como nuestros embarazos se habían sucedido a la perfección, nos las habíamos arreglado con un solo ajuar de maternidad. Una vez a la semana más o menos, en mi cocina o en la suya, alteradas por los niños y en ocasiones tambaleándonos de sueño, nos espabilábamos a fuerza de café y cigarrillos para lanzarnos a una charla desenfrenada: sobre el matrimonio, las peleas, nuestros defectos personales, nuestras interesantes y deshonrosas motivaciones, las ambiciones perdidas. Leíamos a Jung al mismo tiempo e intentábamos seguir la pista a los sueños. En ese momento de la vida que suele considerarse un mareo reproductivo, cuando la mujer tiene la mente anegada de jugos maternos, nosotras seguimos imponiéndonos leer a Simone de Beauvoir, Arthur Koestler y The Cocktail Party.
La actitud de nuestros maridos no era en absoluto la misma. Cuando sacábamos esos temas, decían «Eso es sólo literatura» o «Ni que te hubieras graduado en filosofía».
Ahora las dos nos habíamos marchado de Vancouver. Pero Sunny se había trasladado con su marido, sus hijos y sus muebles, de la manera normal y por las razones habituales: su marido había cambiado de trabajo. Yo en cambio me había ido por una razón moderna, que se aprobaba entusiasta pero fugazmente y sólo en ciertos círculos, dejando marido, casa y todo lo adquirido durante el matrimonio (salvo los niños, claro, cuya posesión se parcelaría) con la esperanza de hacer una vida que pudiera sobrellevarse sin hipocresía, privación ni vergüenza.
A la sazón vivía en el segundo piso de una casa de Toronto. Los vecinos de abajo —los dueños de la casa— habían llegado de Trinidad hacía una docena de años. A un lado y otro de la calle, las viejas casas de ladrillo con galerías y ventanas altas, antaño hogares de metodistas y presbiterianos apellidados Henderson, Grisham o McAllister, rebosaban de gente de piel cobriza u olivácea que hablaba un inglés para mí desconocido, si es que siquiera lo hablaban, y a todas horas colmaban el aire con el aroma de su comida dulce y condimentada. A mí todo eso me hacía feliz; me daba la sensación de haber cambiado de verdad, después de un largo viaje desde la casa matrimonial. Pero era demasiado esperar que lo mismo sintieran mis hijas, de diez y doce años. Yo había dejado Vancouver en primavera y ellas habían llegado a comienzos de las vacaciones de verano, supuestamente para estar conmigo los dos meses. Los olores de la calle les resultaban asqueantes y el ruido les daba miedo. Hacía calor y no podían dormir ni con el ventilador que les compré. Teníamos que dejar la ventana abierta, y las fiestas en los patios traseros duraban a veces hasta las cuatro de la madrugada.
Expediciones al Centro de Ciencias y a la Torre de Comunicaciones, al museo y al zoo, comidas en los restaurantes refrigerados de los grandes almacenes, un viaje en transbordador a Toronto Island: nada podía compensar la ausencia de sus amigos ni reconciliarlas con la versión travestida del hogar que yo les ofrecía. Echaban de menos a sus gatos. Querían volver a sus habitaciones, a la libertad de su vecindario, a la parsimonia de los días de quedarse en casa.
Durante un tiempo no se quejaron. Oí que la mayor le decía a la otra:
A mamá hay que convencerla de que estamos contentas. Si no, se sentirá mal.
Por fin, la cosa estalló. Acusaciones, confesiones de desdicha (hasta exageraciones de la desdicha, según me pareció, desplegadas en mi beneficio). La menor gritando «¿Por qué no vive en casa y ya está?», y la mayor respondiéndole «Porque odia a papá».
Telefoneé a mi marido, que me preguntó prácticamente lo mismo y proporcionó por su cuenta la misma respuesta. Cambié los billetes, ayudé a las niñas a hacer las maletas y las llevé al aeropuerto. Nos pasamos todo el viaje jugando a un juego bobo que propuso la mayor. Había que elegir un número —27, 42—, mirar por la ventanilla del coche y contar los hombres que una veía; el vigésimo séptimo, cuadragésimo segundo o lo que fuese era el hombre con el que una se casaría. De vuelta en casa, sola, reuní todos los vestigios de su presencia —un dibujo que había hecho la menor, una revista Glamour que había comprado la mayor, bisutería y ropa que en Toronto podían ponerse pero en su ciudad no— y los metí en una bolsa de basura. Y más o menos lo mismo hice cada vez que pensaba en ellas; le di cerrojazo a mi mente. Había desdichas —las relacionadas con los hombres— que yo podía soportar y otras —las relacionadas con los niños— que me superaban.
Volví a vivir como antes de su visita. Dejé de preparar el desayuno y salí cada mañana a tomar café con bollos frescos en el del italiano. La idea de haberme liberado de lo doméstico, al menos de momento, me encantaba. A partir de ese instante, empecé a fijarme en la expresión de los que ocupaban las banquetas que había junto a la ventana o las mesas de la acera: gente para la cual aquél no era un momento agradable ni extraordinario, sino una rancia costumbre de la vida solitaria.
De vuelta en casa me sentaba a escribir durante horas enteras en una mesa de madera, bajo las ventanas de una antigua galería convertida en cocina de utilería. Tenía la esperanza de ganarme la vida como escritora. El sol calentaba temprano la salita y las corvas —seguramente llevaba pantalones cortos— se me pegaban a la silla. Percibía el peculiar, dulzón olor químico de las sandalias de plástico absorbiendo el sudor de mis pies. Me gustaba: era el olor de mi laboriosidad y, esperaba, de mis logros. Lo que escribía no era mejor que lo que me las había ingeniado para escribir en mi antigua vida mientras se asaban las patatas o la colada daba tumbos en el tambor de la lavadora. Escribía más, sencillamente, y no peor: eso era todo.
Más tarde me daba un baño y probablemente iba a ver a alguna amiga. Bebíamos vino en terrazas de pequeños restaurantes de Queen Street, Baldwin Street o Brunswick Street y hablábamos de nuestras vidas; sobre todo de los amantes, pero como la palabra «amante» nos revolvía un poco el estómago, decíamos «el hombre con quien salgo». Y a veces veía al hombre con quien salía. Durante la estancia de mis hijas, yo lo había proscrito, aunque un par de veces, tras dejar a las niñas en un cine gélido, había roto la regla.
Había conocido a aquel hombre antes de romper mi matrimonio y él había sido la razón directa para romperlo, aunque ante él —y ante todos— yo fingiese que no era así. Cuando nos encontrábamos intentaba mostrarme despreocupada e independiente. Intercambiábamos novedades —yo me aseguraba de tenerlas—, nos reíamos y paseábamos por el barranco, pero en realidad lo que yo quería era incitarlo a que se acostara conmigo, porque creía que el alto entusiasmo del sexo fusionaba lo mejor de los seres. En estas cuestiones era una estúpida, en un sentido muy peligroso sobre todo para una mujer de mi edad. A veces me sentía exultante después de los encuentros —deslumbrada y segura—, otras veces el recelo me pesaba como una losa. Una vez él se iba, sólo tomaba conciencia de estar llorando cuando sentía las lágrimas corriéndome por las mejillas. El motivo solía ser una sombra que había entrevisto en él, una brusquedad, alguna advertencia oblicua. Más allá de las ventanas, a medida que oscurecía, empezaban las fiestas en los jardines traseros; más tarde, la música, los gritos y las provocaciones terminarían en peleas y yo tendría miedo, no de la posible hostilidad sino de una especie de inexistencia.
En medio de una de sus crisis telefoneé a Sunny y ella me invitó a pasar el fin de semana en el campo.
Qué hermoso es esto —dije.
Pero, para mí, la región por la que viajábamos no significaba nada. Las colinas eran una serie de lomas verdes, en algunas había vacas. Había puentes bajos de cemento sobre arroyos asfixiados de juncos. El heno se empacaba de una forma nueva, en rollos que quedaban en los campos.
Espera a ver la casa —dijo Sunny—. Es sórdida. En la tubería había un ratón. Muerto. Aún siguen apareciendo pelos en el agua de la bañera. Ahora eso está arreglado, pero nunca se sabe qué más pasará.
No me preguntó por mi nueva vida. ¿Era delicadeza o censura? Tal vez no supiera empezar, simplemente no pudiera imaginársela. De todos modos, yo le habría dicho mentiras, o medias verdades. Fue muy duro romper, pero había que hacerlo. Claro que siempre hay un precio; no sabes cómo echo de menos a las niñas. Estoy aprendiendo cómo se le devuelve la libertad a un hombre y a ser libre yo misma. Estoy aprendiendo a tomarme el sexo de forma relajada, algo muy difícil para mí porque no es lo que nos enseñaron y encima ya no soy joven, pero estoy aprendiendo.
Un fin de semana, pensé. Parecía mucho tiempo.
En el lugar donde había habido una galería quedaba una cicatriz en los ladrillos de la casa. Los niños de Sunny trotaban en la explanada.
Mark ha perdido el balón —gritó Gregory, el mayor.
Sunny les dijo que me saludaran.
Hola. Mark ha tirado la pelota al otro lado del cobertizo y ahora no la encontramos.
La niña de tres años, nacida después de nuestro último encuentro, salió corriendo de la cocina y se detuvo, sorprendida de ver a una extraña. Pero enseguida se recuperó y me dijo:
Me ha volado un bicho en la cabeza.
Sunny la alzó en brazos. Yo cogí mi bolso y entramos en la cocina, donde Mike McCallum estaba untando kétchup en una rebanada de pan.
Eres tú —dijimos casi al mismo tiempo. Reímos los dos y corrí hacia él a la vez que él avanzaba. Nos dimos la mano.
Pensé que eras tu padre —expliqué.
No sé si llegué a acordarme del perforador. Más bien había pensado: «Yo a este hombre lo conozco». Un hombre que movía su cuerpo con ligereza, como si entrar y salir de un pozo para él no fuera nada. Pelo muy corto con canas incipientes, ojos profundos de color claro. Cara magra, jovial pero austera. Una reserva proverbial, nada desagradable.
Imposible —dijo él—. Papá murió.
Johnston entró en la cocina con las bolsas de golf, me saludó y le dijo a Mike que se diera prisa.
Se conocen, cariño —explicó Sunny—. Quién lo hubiera dicho.
De cuando éramos niños —dijo Mike.
¿De verdad? —preguntó Johnston—. Es increíble.
Y todos juntos agregamos lo que iba a agregar él.
El mundo es un pañuelo.
Mike y yo aún nos mirábamos riendo, como si nos dejáramos claro que ese descubrimiento, que a Sunny y Johnston les parecía increíble, para nosotros era un cómico y deslumbrante estallido de buena suerte.
Durante toda la tarde, mientras los hombres estuvieron fuera, me sentí llena de una feliz energía. Hice un pastel de melocotón para la cena y le leí a Claire para que durmiera la siesta mientras Sunny llevaba a los niños a pescar, infructuosamente, en el verdín del arroyo. Luego las dos nos sentamos en el suelo de la sala, con una botella de vino, y otra vez fuimos amigas que hablaban no de la vida sino de libros.
Mike no recordaba las mismas cosas que recordaba yo. Él nos recordaba andando por la estrecha cumbre de unos cimientos de hormigón, imaginando que era un edificio altísimo del que si nos llegábamos a caer nos mataríamos. Yo dije que debía de haber sido otro lugar, pero luego recordé los cimientos de un garaje que no había llegado a construirse en el cruce de nuestro camino con la carretera. ¿Nos habíamos subido allí?
Sí.
Yo me acordaba de haber querido aullar a voz en cuello debajo del puente y de tener miedo de los chicos de la ciudad. Él no se acordaba de ningún puente.
Los dos recordábamos las bolas de arcilla y la guerra.
Nos habíamos puesto a fregar juntos los platos para poder hablar sin ser desatentos.
Me contó cómo había muerto su padre. Había fallecido en un accidente de tráfico, volviendo de un trabajo cerca de Bancroft.
¿Y tus padres viven?
Le dije que mi madre había muerto y que mi padre se había vuelto a casar.
Llegado un momento le conté que estaba separada de mi marido y que vivía en Toronto. Le dije que había tenido un tiempo a mis hijas pero ahora estaban de vacaciones con su padre.
Él me contó que vivía en Kingston, pero no que no llevaba allí mucho tiempo. Había conocido a Johnston hacía poco, a través del trabajo. Como Johnston, era ingeniero civil. Su mujer había nacido en Irlanda pero trabajaba en Canadá cuando la conoció. Era enfermera. En ese momento estaba en Irlanda, en County Clare, visitando a su familia. Se había llevado a los niños.
¿Cuántos niños?
Tres.
Cuando acabamos con los platos, fuimos a la sala y nos ofrecimos a jugar al Scrabble con los niños para que Sunny y Johnston pudieran dar un paseo. Una sola partida; se suponía que era hora de irse a la cama. Pero los niños nos convencieron de que empezáramos otra, y cuando volvieron los padres aún estábamos jugando.
¿Qué os había dicho? —preguntó Johnston.
Es la misma partida —mintió Gregory—. Dijiste que podíamos acabar la partida y es la misma.
Seguro —dijo Sunny.
Añadió que era una noche preciosa y que con eso de tener canguros en casa ella y Johnston se acostumbrarían mal.
Anoche Mike se quedó con los niños y hasta fuimos al cine. Una película vieja. El puente del río Kwai.
Sobre —dijo Johnston—. Sobre el río Kwai.
De todos modos, yo ya la había visto —repuso Mike—. Hace años.
Está bastante bien —dijo Sunny—. Sólo que me molestó el final. Para mí es un error. ¿Te acuerdas de cuando Alec Guinness ve el cable en el agua, por la mañana, y se da cuenta de que alguien va a volar el puente? Se pone como loco y entonces todo se complica porque morirá todo el mundo y demás. Vale, para mí tendría que haber visto el cable y saber lo que pasaría, pero quedarse de todos modos y morir en la explosión… Me parece que es lo que haría ese personaje, y dramáticamente habría sido más eficaz.
No —dijo Johnston, en un tono de haber discutido ya el asunto—. ¿Dónde estaría el suspense, entonces?
Estoy de acuerdo con Sunny —tercié yo—. Recuerdo que el final me pareció muy complicado.
¿Y a ti, Mike?
A mí me pareció muy bien —respondió Mike—. Muy bien como estaba.
Chicos contra chicas —comentó Johnston—. Ganan los chicos.
Les dijo a los niños que recogieran el juego y los niños obedecieron. Pero a Gregory se le ocurrió que quería ver las estrellas.
Sólo aquí se pueden ver —adujo—. En casa siempre hay luces y porquerías.
Eh, cuidado —dijo el padre. Pero enseguida agregó—: De acuerdo, venga, pero cinco minutos, vamos todos a mirar el cielo.
Buscamos la Estrella Guarda, cercana a la segunda del brazo de la Osa Mayor. Si uno alcanzaba a verla, dijo Johnston, quería decir que tenía suficiente buena vista para entrar en las Fuerzas Aéreas; al menos así había sido durante la Segunda Guerra Mundial.
Yo la veo, pero ya sabía que estaba allí —dijo Sunny.
Yo la he visto —dijo Gregory, desdeñoso—. La he visto aunque no sabía si estaba allí o no.
Yo también la he visto —dijo Mark.
Mike estaba delante de mí y a un lado. En realidad estaba más cerca de Sunny. No había nadie detrás y yo quería rozarlo; rozar levemente, como por casualidad, su brazo o su hombro. Luego, si él no se apartaba —¿por cortesía, por considerarlo un simple accidente?—, quería apoyarle un dedo en su nuca desnuda. ¿Era eso lo que habría hecho él si hubiera estado detrás de mí? ¿En eso se habría concentrado, en vez de en mirar las estrellas?
Tenía la sensación, sin embargo, de que era un hombre escrupuloso. Se habría refrenado.
Y por la misma razón, por cierto, esa noche no iría a mi cama. En cualquier caso era tan arriesgado que se hacía imposible. Arriba había tres habitaciones: la de las visitas y la de los padres daban a la más grande, donde dormían los niños. Quien quisiera entrar en cualquiera de las dos pequeñas tenía que pasar por la otra. A Mike, que la noche anterior había dormido en la de las visitas, lo habían trasladado abajo, al sofá desplegable de la sala. En vez de deshacer la cama en donde dormiría yo, Sunny le había dado a él sábanas limpias.
Es muy limpio —dijo—. Y a fin de cuentas es un viejo amigo.
Yo no podía pasar una noche apacible entre aquellas sábanas. En mis sueños, no en la realidad, olían a juncos, barro de río y cañas bajo el sol candente.
Sabía que él no vendría por muy poco que fuera el riesgo. Habría sido un acto mal visto en casa de sus amigos, que con el tiempo también serían —si no lo eran ya— amigos de su mujer. ¿Y cómo podía estar seguro de que yo quería eso? ¿O de que él quería, realmente? Ni siquiera yo estaba segura. Hasta entonces siempre había podido considerarme una mujer fiel a la persona con quien dormía en un momento dado.
Dormí inquieta y tuve sueños de una lujuria monótona, con tramas secundarias irritantes y desagradables. Unas veces Mike quería cooperar pero encontraba obstáculos. Otras veces se volvía esquivo, como cuando decía que me había comprado un regalo pero acababa de perderlo y era para él importantísimo recuperarlo. Yo le decía que no se preocupara, que el regalo no me importaba porque mi regalo era él, la persona que quería y había querido siempre; decía eso. Pero él seguía preocupado.
Toda la noche —o al menos cada vez que me despertaba, y me desperté muchas veces—, los grillos estuvieron cantando junto a mi ventana. Primero pensé que eran pájaros, un coro de infatigables pájaros nocturnos. Llevaba viviendo en ciudades el tiempo suficiente para haber olvidado la perfecta cascada de sonido que pueden obrar los grillos.
Hay que decir, también, que en ocasiones al despertarme me encontraba varada en un banco seco. Una lucidez inoportuna. ¿Qué sabes en realidad de ese hombre? ¿Qué sabe él de ti? ¿Qué música le gusta, a quién vota? ¿Qué espera de las mujeres?
¿Habéis dormido bien? —preguntó Sunny.
Como una piedra —dijo Mike.
Bien, sí —contesté yo.
Esa mañana, todo el mundo estaba invitado a almorzar en la casa de unos vecinos que tenían piscina. Mike dijo que él prefería darse una vuelta por el campo de golf, si no había problema.
Claro —Sunny me miró—. Bueno, no sé si tú… —dijo.
Y Mike preguntó:
Tú no juegas al golf, ¿no?
No.
Pero igual podrías hacerme de caddie.
Te haré de caddie yo —intervino Gregory. Estaba dispuesto a apuntarse a cualquier excursión que hiciéramos nosotros, seguro de que lo pasaría mejor y tendría más libertad que con sus padres.
Sunny le dijo que no.
Tú vienes con nosotros. ¿No quieres meterte en la piscina?
En esa piscina, todos los chavales hacen pipí. No sé cómo no lo sabes.
Antes de salir, Johnston nos había prevenido de que anunciaban lluvia. Mike dijo que correríamos el riesgo. Me gustó que hablara en plural y me gustó ir en el coche con él, en el asiento de la esposa. Me causaba placer imaginarnos como pareja, un placer que sabía exaltado, adolescente. Me cautivaba la idea de ser esposa, como si no lo hubiera sido nunca. Eso no me había pasado con el hombre que entonces era mi amante. ¿De verdad habría podido asentarme con un amor verdadero, desprenderme de las partes mías que no encajaban y ser feliz?
Pero ahora que estábamos solos había cierta inhibición.
¿No es hermoso el campo aquí? —pregunté.
Y ahora lo decía en serio. Bajo el nuboso cielo blanco, las colinas parecían más suaves que el día anterior bajo el sol insolente. A fines del verano, el follaje de los árboles se corroía; los bordes de las hojas empezaban a oxidarse y algunas ya estaban del todo castañas o rojas. Yo ya reconocía diferentes hojas.
Robles —dije.
Aquí el suelo es arenoso —explicó Mike—. En toda la comarca… La llaman Cresta de los Robles.
Dije que suponía que Irlanda era muy hermosa.
Algunas zonas son muy áridas. Roca pelada.
¿Tu mujer creció allí? ¿Habla con ese acento encantador?
Si la escucharas dirías que sí. Pero cuando vuelve le dicen que lo ha perdido. Le dicen que parece americana. Americana es lo que dicen siempre… Tanto les da si es canadiense.
Y tus hijos… Supongo que no tienen acento irlandés, ¿no?
No.
Por cierto, ¿son niños o niñas?
Dos niños y una niña.
Ahora yo sentía un apremio por hablarle de las contradicciones, las penas y las necesidades de mi vida.
Yo echo de menos a mis hijas —dije.
Pero no contestó. Ni una palabra de comprensión, ningún aliento. Tal vez le parecía indecoroso hablar de nuestras parejas y nuestros hijos, dadas las circunstancias.
Poco después entrábamos en el aparcamiento del club y, un poco estrepitosamente, como para compensar la rigidez, él comentó:
Parece que el miedo a la lluvia ha dejado a los golfistas domingueros en casa.
En el aparcamiento había un solo coche. Mike se bajó y fue al despacho a pagar mi entrada.
Yo nunca había estado en un campo de golf. Había visto partidos por televisión, una o dos veces y nunca por decisión propia, y tenía la vaga idea de que a ciertos palos se los llamaba hierros, o a ciertos hierros palos, que uno en especial era el niblick y el campo se llamaba link. Cuando le dije eso a Mike, contestó:
A lo mejor te aburres espantosamente.
Si me aburro daré un paseo.
Eso pareció gustarle. Me apoyó en el hombro una mano cálida y dijo:
Verás cómo te dan ganas.
Mi ignorancia no importaba —desde luego que no tuve que hacer de caddie— y no me aburrí. Mi única tarea era seguir a Mike por donde fuera y mirarlo. En realidad ni siquiera tenía que mirarlo. Podría haber mirado los árboles que bordeaban el campo; eran unos árboles altos de copa plumosa y tronco esbelto, de cuyo nombre yo no estaba segura —¿acacias?—, agitados de vez en cuando por un viento que allí abajo no se sentía. También había bandadas de pájaros, mirlos o estorninos, que volaban con una urgencia comunitaria, aunque sólo de una copa a otra. Recordé entonces que eso hacían los pájaros; en agosto o a fines de julio empezaban a celebrar bulliciosas reuniones en masa, preparándose para volar al sur.
De vez en cuando Mike hablaba, pero rara vez a mí. No había necesidad de que yo respondiera, y de hecho no habría podido hacerlo. Me pareció, sin embargo, que hablaba más que si hubiera estado jugando sin compañía. Sus palabras inconexas eran reproches, elogios prudentes o advertencias para él mismo, y en ocasiones no eran casi palabras sino esos sonidos que quieren comunicar un significado, y lo comunican, en la larga intimidad de las vidas vividas en cercanía voluntaria.
Se suponía pues que yo debía hacer eso: proporcionarle una noción de sí amplificada, extendida. Una noción más cómoda, podría decirse, un sentido tranquilizador de la soledad propia por donde cada humano se mueve sin hacer ruido. De haber sido yo un hombre, él no habría tenido la misma expectativa, o la solicitud no habría sido tan natural y espontánea. Tampoco si hubiera sido una mujer con quien no creía tener un vínculo establecido.
Todo eso no era producto de mi imaginación. Estaba allí, entero, en el placer que me inundaba mientras caminábamos por el link. Las dolorosas descargas de deseo que me habían recorrido por la noche se habían domesticado y limitado a una delicada llama piloto, atenta, conyugal. Yo lo observaba colocarse, elegir, calcular, ojear, balancearse, y luego miraba el trayecto de la pelota, que a mí me parecía siempre triunfal y a él problemático, hasta el lugar del reto siguiente, de nuestro futuro inmediato.
Caminábamos casi sin hablar. ¿Lloverá?, decíamos. ¿No has sentido una gota? A mí me pareció que sí. A lo mejor no. No era la típica y dudosa charla sobre el tiempo; pertenecía al contexto del juego. ¿Crees que acabaremos la vuelta?
El caso fue que no la acabamos. Hubo una gota de lluvia —indudablemente una gota—, luego otra y por fin un golpeteo. Por encima del campo, Mike miró hacia donde las nubes habían cambiado de color, del blanco al azul plomizo, y sin especial alarma ni decepción dijo:
Aquí está nuestra lluvia.
Luego se puso a ordenar metódicamente la bolsa.
No podríamos haber estado más lejos de la casa del club. Los pájaros, en un alboroto creciente, nos sobrevolaban en círculos, indecisos, agitados. Las copas de los árboles se sacudían y hubo un ruido —al parecer, sobre nuestras cabezas— como de ola pedregosa estrellándose contra la playa. Mike dijo:
Mejor nos metemos allí debajo.
Al borde de la hierba había unos arbustos de hojas oscuras y aspecto casi formal, como si los hubieran plantado en seto. Pero eran silvestres y habían crecido apretados. Aunque parecían impenetrables, al acercarnos vimos pequeñas entradas, sendas angostas abiertas por animales o jugadores en busca de pelotas. El terreno declinaba suavemente y, después de atravesar el desparejo muro de matas, entrevimos el río, el río que explicaba el cartel de la entrada, el nombre del club. Club de golf La Ribera. El agua era de un gris acerado y las ráfagas de viento la habían ondulado, pero sin romper en crestas como la de los estanques. Entre la orilla y nosotros había un prado de maleza florecida. Solidago, salvia de campanillas violáceas, algo que me pareció ortiga en flor —púrpura o blanca— y ásteres silvestres. Parra, también, rodeando lo que encontrara y anudándose, o en maraña bajo los pies. El suelo era suave, no del todo espumoso. Ni las plantas de apariencia más frágil y delicada llegaban a nuestras cabezas.
Cuando nos paramos a mirar entre ellas vimos, a poca distancia, grupos de árboles agitándose como ramos. Y algo que se aproximaba en la dirección de las nubes sombrías. Era la lluvia de verdad, que venía detrás del primer chubasco, pero daba la impresión de ser mucho más que una lluvia. Parecía como si una gran porción del cielo se hubiera desprendido y empezara a descargarse, clamorosa y resuelta, bajo una forma animal no del todo reconocible. A la cabeza se desplazaban cortinas de agua; no velos, sino gruesas cortinas que se sacudían con violencia. Las divisábamos claramente aunque todavía no sintiéramos más que unas gotas leves y ociosas. Habríamos podido estar mirando a través de una ventana, sin creer que el cristal fuera a hacerse añicos, hasta que se rompió y el viento y la lluvia nos embistieron y mi cabello se alzó en un revuelo. Pensé que pronto se me iba a erizar la piel.
En aquel momento intenté dar la vuelta; tenía la urgencia, que no había sentido hasta entonces, de salir de los arbustos y correr hacia la casa. Pero no podía moverme. Bastante costaba ya tenerse en pie; a cielo abierto, el viento me habría derribado enseguida.
Encorvándose para meter la cabeza entre las matas, la cara contra el viento y sin soltarme el brazo, Mike se puso delante de mí. Luego se volvió a mirarme, protegiéndome de la tormenta. Tanto habría dado que se hubiera interpuesto un palillo. Me dijo algo a la cara, pero no lo oí. Por mucho que estuviese gritando no me llegaba ni un sonido suyo. Me había cogido los dos brazos y bajó las manos hasta aferrarme las muñecas. Así fue tirando hacia abajo —en el intento de cambiar de posición trastabillamos— hasta que estuvimos los dos en cuclillas. Tan cerca estábamos uno de otro que no podíamos mirarnos; sólo podíamos mirar el suelo, los diminutos ríos que empezaban a romper en torno a nuestros pies, las plantas aplastadas, los zapatos empapados. Veíamos aquello a través de los torrentes que rodaban por nuestra cara.
Mike me soltó las muñecas y me plantó las manos en los hombros. Era más un gesto de retraimiento que de sosiego.
Así permanecimos hasta que cesó el viento. No pudieron ser más de cinco minutos, y quizá fueron sólo dos o tres. Seguía lloviendo, pero era una lluvia fuerte, normal. Él retiró las manos y nos levantamos temblando. Teníamos las camisas y los pantalones pegados a los cuerpos. A mí el pelo me caía sobre la cara en largos zarcillos de bruja y él tenía cortos tallos oscuros aplastados sobre la frente. Intentó sonreír, pero apenas le quedaban fuerzas. Luego nos besamos y estuvimos abrazados un instante. Fue más un rito, el agradecimiento por haber sobrevivido, que una tendencia de los cuerpos. Los labios se deslizaron unos sobre otros, frescos y resbaladizos, y la presión del abrazo nos estremeció levemente, como si nos hubiera rociado con agua fría.
Cada vez llovía menos. Tambaleando un poco sobre hierbas medio aplastadas nos abrimos paso entre los gruesos arbustos chorreantes. Por todo el campo de golf había grandes ramas arrancadas. Sólo más tarde pensé que alguna habría podido matarnos.
Anduvimos al raso esquivando las ramas caídas. Ya casi no llovía y el aire empezaba a iluminarse. Como caminaba con la Cabeza inclinada, para que el agua que me caía del pelo no rodase por mi cara, sentí el sol calentándome los hombros antes de alzar los ojos a la luz festiva.
Me detuve, respiré hondo y moviendo la cabeza me quité el pelo de la cara. Había llegado el momento, ahora que estábamos empapados, a salvo y frente al fulgor. Ahora había que decir algo.
Hay una cosa que no te he dicho.
Su voz me sorprendió, como el sol. Pero en el sentido opuesto. Había en ella un peso, una advertencia, una decisión con un matiz de excusa.
Sobre nuestro hijo menor —dijo—. Nuestro hijo menor murió el verano pasado.
Oh.
Murió atropellado —añadió—. Lo atropellé yo. Dando marcha atrás en la puerta de casa.
Volví a pararme. El se paró conmigo. Los dos mirábamos adelante.
Se llamaba Brian. Tenía tres años. El caso es que… yo pensé que estaba en la cama. Los otros aún estaban en pie, pero a él lo habíamos acostado. Y fue y se levantó. Sin embargo debí mirar. Debí mirar con más cuidado.
Imaginé el momento en que se había bajado del coche. El ruido que debió de hacer. La madre corriendo fuera de la casa. No es él. Él no está aquí. Esto no ha pasado.
Arriba, en la cama.
Echó a andar de nuevo y entró en el aparcamiento. Yo lo seguía a unos pasos. Y no dije nada; ni una palabra amable, impotente. Lo habíamos dejado atrás.
Él no dijo: «Fue mi culpa» o «Nunca lo podré superar. Nunca me lo perdonaré. Pero hago todo lo que puedo».
Ni: «Mi mujer me perdona pero ella tampoco lo va a superar».
Yo lo sabía. Ahora sabía que él era de esos que han tocado fondo. De esos que saben —como no sabía yo, ni me acercaba siquiera a saber— qué significa exactamente tocar fondo. Los dos lo sabían, él y su mujer, y eso los unía como sólo lo hace aquello que une o separa para siempre. No vivirían siempre en el fondo, claro. Pero compartirían el hecho de conocer ese espacio central gélido, vacío, cerrado.
Podría sucederle a cualquiera.
Sí. Pero no parece que sea así. Parece que le sucediera a éste, a aquél, elegidos aquí y allá, de uno en uno.
No es justo —dije.
Hablaba de cómo lidiar con esos castigos fortuitos, esos zarpazos malvados y catastróficos. Peores así, tal vez, que cuando ocurren entre un aluvión de desgracias, en la guerra o en un terremoto. Y todavía peores cuando hay alguien cuya acción, probablemente una acción inhabitual, lo hace singular y permanentemente responsable.
De eso hablaba. Pero también quería decir: No es justo. ¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
Una protesta tan brutal que casi parece inocente, cuando surge de la médula del ser. Inocente, es decir, cuando es una quien la eleva y no la hace pública.
En fin —dijo él con mucha suavidad. Porque no se veía la justicia por ningún lado—. Sunny y Johnston no lo saben —agregó—. No lo sabe ninguno de los que conocimos después de cambiar de casa. Nos pareció que así nos arreglaríamos mejor. Ni siquiera los otros niños… Ellos casi no lo mencionan. No lo nombran.
Yo no era de los que habían conocido después de dejar la casa. No era de las personas entre las que harían su nueva vida, normal y ardua. Yo era una persona que sabía; nada más. Una persona que él tenía para sí y que sabía.
Qué raro —exclamó, mirando alrededor, antes de abrir el maletero para colocar los palos—. ¿Qué pasó con el tío que había aparcado aquí? ¿Te fijaste en que cuando llegamos había un coche? Pero en el campo no vi a nadie, ahora que lo pienso. ¿Y tú?
Contesté que no.
Un misterio —dijo. Y otra vez—: En fin.
Era una expresión que yo había oído muchas veces en mi infancia, y dicha en el mismo tono. Un puente entre una cosa y otra, una conclusión o una forma de decir algo que no podía decirse más claramente, ni pensarse.
«El fin del pozo está en el pozo», era el chiste para contestar.
La tormenta había malogrado la fiesta junto a la piscina. Eran demasiados invitados para meterse en casa, y los que tenían hijos habían preferido marcharse.
En el camino de vuelta, tanto Mike como yo habíamos notado —y lo habíamos comentado— una picazón en los antebrazos, en el dorso de las manos y alrededor de los tobillos. Lugares que habíamos tenido al descubierto al acuclillarnos entre la maleza. Me acordé de las ortigas.
Sentados en la cocina de Sunny, ya con ropa seca, contamos la aventura y mostramos las ronchas.
Sunny sabía qué hacer. La del día anterior con Claire no había sido su primera visita a la sala de urgencias del hospital local. Otro fin de semana, los niños se habían metido en un terreno fangoso, detrás del establo, y habían vuelto cubiertos de manchas y verdugones. El médico había dicho que debían de haber rozado ortigas. Que se habrían revolcado en ellas, había dicho exactamente. Había recetado compresas frías, una loción antihistamínica y unas píldoras. En el frasco aún quedaba loción, y también quedaban píldoras porque Mark y Gregory se habían curado enseguida.
Dijimos que píldoras no; lo nuestro no parecía tan serio.
Sunny contó que había hablado con la mujer de la gasolinera, y que según ella había una planta con cuyas hojas se hacía el mejor cataplasma para las ronchas de ortiga. Nada de píldoras ni porquerías, había dicho la mujer. La planta se llamaba algo así como pie de cordera. ¿Piscornera? La mujer había dicho que se la encontraba en cierto cruce de caminos, junto a un puente.
Sunny tenía muchas ganas de hacerlo; le encantaba la idea del remedio folclórico. Tuvimos que advertirle que la loción ya estaba allí, y pagada.
Pero ella disfrutaba velando por nosotros. En realidad, nuestra tribulación puso a toda la familia de buen humor, los apartó de los inconvenientes del día de tormenta y los planes cancelados. El hecho de que hubiésemos resuelto irnos juntos y hubiésemos vivido una aventura —una aventura cuyas pruebas llevábamos en el cuerpo—, parecía despertar en Sunny y Johnston un entusiasmo provocativo. Graciosas miradas de él, una solicitud encendida de parte de ella. Por supuesto que si hubiéramos aportado pruebas de verdadera mala conducta —abrojos en el trasero, manchas rojas en los muslos y el vientre—, no habrían sido tan encantadores e indulgentes.
A los chicos los divertía vernos sentados con los pies en sendas palanganas, los brazos y las piernas envueltos en trapos gruesos. A Claire la deleitaba en especial la visión de nuestros pies adultos disparatadamente expuestos. Mike retorcía los largos dedos y ella rompía en ataques de risa alarmada.
Bien. Si alguna vez volvíamos a encontrarnos sería lo mismo de siempre. O si no nos encontrábamos más. Un amor inútil, consciente de su lugar. (Alguien había dicho que irreal, porque nunca se arriesgaría a partirse el cuello, a transformarse en un chiste malo o a consumirse tristemente). Nada arriesgado y sin embargo vivo como un hilo de agua dulce, una fuente subterránea. Con el peso de ese nuevo silencio, ese sello.
En todos los años de nuestra amistad menguante nunca le pedí a Sunny noticias de él, ni las tuve.
Esas plantas de grandes flores púrpuras no son ortigas. He descubierto que se llaman algo así como dactilorizas. Las ortigas entre las que seguramente nos metimos son plantas más insignificantes, sus flores son de un púrpura más claro y tienen tallos malignamente provistos de espinas finas, feroces, penetrantes e inflamatorias. Aunque no las notáramos, también de ésas debió de haber habido en el prado baldío.

Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. 2001.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario