La
lectura de los periódicos, siempre penosa desde el punto de vista
estético, lo es con frecuencia también desde el moral, incluso para
quien tenga escasas preocupaciones morales.
Las
guerras y las revoluciones —hay siempre una u otra en curso—
llegan, en la lectura sobre sus efectos, a causar no horror sino
tedio. No es la crueldad de todos aquellos muertos y heridos, el
sacrificio de todos los que mueren batiéndose, o son muertos sin
haberse batido, lo que pesa duramente en el alma: es la estupidez que
sacrifica vidas y haberes a cualquier cosa inevitablemente inútil.
Todos los ideales y todas las ambiciones son un desvarío de comadres
hombres. No hay imperio que merezca que por él se destroce una
muñeca de niña. No hay ideal que valga el sacrificio de un tren de
hojalata. ¿Qué imperio es útil o qué ideal proficuo? todo es
humanidad, y la humanidad es siempre la misma —variable pero
imposible de perfeccionar, oscilante pero improgresiva. Ante el curso
inimplorable de las cosas, la vida que tuvimos sin saber cómo y que
perderemos sin saber cuándo, el juego de diez mil ajedreces que es
la vida en común y en lucha, el tedio de contemplar sin utilidad lo
que no se realiza nunca — qué puede hacer el sabio sino pedir el
reposo, el no tener que pensar en vivir, pues basta tener que vivir,
un poco de lugar al sol y al aire y al menos el sueño de que hay paz
del otro lado de los montes.
Libro del desasosiego, 1982.

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