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sábado, 13 de junio de 2026

Un grito en la noche. Ernesto Ortega Garrido.

El piso se alquilaba con fantasma. Lo decía el anuncio: Calefacción central y fantasma incluido. Por ese precio, en el centro, no íbamos a encontrar nada mejor, y para nosotros, sin hijos que pudieran asustarse, resultaba perfecto. Poco a poco, nos hemos acostumbrado a su presencia. Le gusta apagar y encender las luces y, si estamos viendo una película, cambia de canal. A veces, se enfada sin razón y, como un niño, nos arroja cosas, o se encierra en el dormitorio, dando un portazo. pero lo peor son las noches, cuando estamos en la cama, leyendo un libro o haciendo el amor, y lo oímos gritar, llamar a papá y a mamá entre sollozos. Ni mi marido ni yo nos atrevemos a levantarnos. escuchamos unos pasitos. Una corriente de aire recorre la habitación. Algo se desliza entre las sábanas y se acurruca a nuestro lado, mientras nos hacemos los dormidos.

sábado, 30 de julio de 2022

Cita en la arena. Ernesto Ortega.

Cuando la vi por primera vez estaba tendida al sol, sobre la arena. Llevaba sus gafas oscuras y un bikini rojo, y bastaron un par de segundos, para saber, sin ninguna duda, que quería pasar el resto de mi vida a su lado. Desde entonces, dedico todo mi tiempo a buscarla. Esta tarde, la he encontrado. El sol ya comenzaba a ponerse en el horizonte y una brisa suave me acariciaba el rostro. Mientras corría hacia ella ha vuelto a suceder. La arena ha empezado a desaparecer bajo nuestros pies y nos hemos precipitado al vacío.
Durante un instante he logrado agarrar su mano. Luego todo ha sido muy rápido. Una montaña de arena se nos ha venido encima y nos hemos soltado. Alguien ha debido de darle vuelta al reloj. Ahora tengo que encontrarla de nuevo.

miércoles, 2 de marzo de 2022

La chica del carrito. Ernesto Ortega.

Tenía el pelo más corto, pero se parecía tanto a mí que hasta mi madre nos hubiese confundido. Llevaba un tiempo observándola. Sujetaba el carrito de un niño y esperaba a alguien, porque no paraba de mirar el reloj cada minuto, como si necesitase comprobar que transcurría el tiempo. Éramos prácticamente idénticas. Me di cuenta de que me estaba mordiendo las uñas. Cuando me pongo nerviosa, no puedo evitarlo. Es una manía que tengo desde niña. Entonces, llegó él. Lo reconocí enseguida, aunque habían pasado más de cinco años desde la última vez que nos habíamos visto. Estaba más gordo y llevaba barba, pero todavía conservaba la misma sonrisa y la misma mirada que habían hecho que me enamorase de él. Le dio un beso y luego se inclinó sobre el carrito y le hizo carantoñas al bebé. Hubiese querido acercarme a ellos y preguntarles tantas cosas. Averiguar si él había conseguido acabar Derecho o si continuaba levantándose cada mañana para correr. Pedirle perdón. Saber si ella le seguía poniendo tres cucharadas de azúcar al café o si había dejado, por fin, de morderse las uñas. Descubrir si tenían un perro o si habían cumplido su sueño de viajar a Australia. Me habría gustado coger al niño en brazos. ¿Qué nombre le habrían puesto? ¿Luis, como él? ¿A quién de los dos se parecería? ¿Tendría sus ojos? ¿Habría heredado mi nariz? Pero no me atreví. Calle abajo, vi alejarse mi otra vida.


jueves, 22 de abril de 2021

Hormigas. Ernesto Ortega Garrido.

Desde que te fuiste la casa ha comenzado a llenarse de hormigas. Están en todas partes. Dentro de unos armarios, debajo del fregadero, en las rendijas de las ventanas. Sentado en el sofá, las veo desfilar por el salón, cargando con nuestras cosas: las migas de las tostadas que preparábamos los sábados para desayunar, las piedras que cogimos en una playa de Cádiz, esa forma que tenías de tocarte la nariz cuando pensabas en tus cosas. Ayer las descubrí huyendo del dormitorio, llevándose nuestra canción favorita a cuestas.


miércoles, 2 de octubre de 2019

Malos tiempos para las hadas. Ernesto Ortega.

Cuando estalló la crisis, papá ya no pudo comprarnos más libros y las brujas y las hadas se vieron obligadas a emigrar a Alemania, en busca de trabajo. Los lobos, en cambio, se disfrazaron de corderos y huyeron a Wall Street, donde la realidad cotiza al alza y la magia consiste básicamente en multiplicar por dos el valor de las acciones. Los gnomos no pudieron hacer frente a los préstamos hipotecarios. Ni encadenados a sus setas lograron evitar que los desahuciasen. La casita de chocolate también se la ha quedado el banco. Con el calentamiento global acabará por derretirse. El lago donde otrora chapoteábamos felices está casi vacío. Los sapos agonizan al sol, mientras esperan a que alguien los bese, y hasta los patitos más feos han perdido toda esperanza de convertirse en cisnes. Como no tenían papeles, los duendes y los elfos fueron expulsados. Los ogros perdieron el apetito y las perdices están en peligro de extinción. Dicen que habíamos imaginado por encima de nuestras posibilidades, pero a papá no le importa. Cada noche, antes de dormir, entra en nuestro cuarto y se inventa un cuento. Y así vamos llegando a fin de mes.

Esta noche te cuento. Diciembre 2017.
 

jueves, 16 de noviembre de 2017

Blanco y negro, Ernesto Ortega.

El día que repusieron “Casablanca” en el cine de verano hacía tanto viento que a Humphrey Bogart se le voló el sombrero y fue a parar a la fila siete, justo en mis rodillas. No pude evitar ponérmelo. Cuando terminó la película el cielo se había vuelto gris. Un hombre que se ocultaba entre las sombras me sonrió. Llovía y por alguna ventana se escapaban las notas de un piano. Una chica me pidió fuego. Yo no fumaba, pero me entraron unas ganas irresistibles de encenderme un pitillo y llamarla muñeca. Desapareció en un Austin blanco. Paré un taxi y dije: “Rápido. ¡Siga a ese coche!”, pero la perdí. Al llegar a casa una mujer me esperaba sentada en el sofá con un vestido negro. Me quité el sombrero y lo dejé sobre la mesa. Cuando iba a besarla, me dijo: “Venga, cámbiate, que llegamos tarde a la cena”, y todo recuperó su aburrido color original.