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domingo, 7 de diciembre de 2025

La hectárea. Giovannino Guareschi.

—Margherita —dije, mientras me sentaba a la mesa—, ¿te acuerdas de aquel terreno del que te hablé el año pasado?
—No —respondió Margherita—, ¿por qué?
—Porque lo he comprado.
Margherita me miró estupefacta; y explicó a los niños:
—No le bastan los disgustos que se busca como periodista; ¡ahora quiere tener más como granjero!
Le dije que no había por qué exagerar la cosa.
—Es un terreno de una hectárea —precisé.
Pero eso, en vez de tranquilizar a Margherita, aumentó su excitación.
—Hace seis o siete años que en los periódicos no se habla más que de hectáreas, y él va y precisamente compra una hectárea de terreno.
Este es uno de los famosos razonamientos de Margherita; ya me había habituado a esa clase de lógica, pero aquella vez no pude evitar el enfadarme y la invité a no decir tonterías.
—¿Tonterías? —replicó Margherita—. Ocupaciones de tierras, discusiones sobre los latifundios y las reformas agrarias, inundaciones y demás; dime: ¿están o no están mezcladas las hectáreas en todos los líos políticos que se refieren al campo?
Aquella noche la cosa quedó así, porque me retiré de la lucha. Pero al día siguiente, Margherita me preguntó:
—Y esa hectárea, ¿dónde está?
Después quiso saber si en el terreno crecía hierba y si había alguna planta.
Y así llegó el día en que oí a la Pasionaria que hablaba por teléfono con su amiguita y le explicaba:
—No, mañana no puedo. Mañana vamos a ver la hectárea de papá…
Nos detuvimos en el restaurante del pueblo y nos sentamos a la mesa para comer algo. En la estancia contigua a aquella en que nos hallábamos había gente que bebía y charlaba. Entró un recién llegado y dijo:
—Parece ser que ha venido el que compró el pequeño terreno del cruce.
—¿Qué pinta tiene? —preguntó alguien.
—No lo he visto. Pero, tal como están las cosas, solo puede tener pinta de estúpido.
—Ya —añadió un tercero—. Si ha pagado por ese terreno del tamaño de un pañuelo más del doble de lo que vale, a la fuerza tiene que ser un estúpido.
Intervino un viejo:
—No, no. Todo lo más, un pobre desgraciado. Quién sabe cómo lo habrán pescado.
—Si uno no entiende de estas cosas, es mejor que se quede en casa y se dedique a lo suyo —respondió el de antes—. Para mí, es un estúpido.
—Naturalmente —saltó otro—. Será uno de esos macacos de la ciudad que en cuanto hacen una excursión al campo les da por la manía del aire puro, la vida sencilla y otras imbecilidades. Entonces, compran un pedazo de tierra y después lo venden por la mitad de lo que pagaron.
Rieron. Después, uno dijo:
—¡Menuda mercancía! A lo mejor, en la ciudad, para ir al retrete tienen que salir fuera del barrio, porque en el suyo no lo hay, y después, cuando vienen al campo, empiezan en seguida a decir que sin termo y sin baño con agua caliente y fría no pueden vivir. En la ciudad llevan la vida más tonta y retirada posible, y cuando están aquí se las dan de grandes señores, toman el té en el jardín y, si asoman la nariz por la taberna, se las dan de demócratas, pagan la bebida a todos y juegan a los bolos con los campesinos. Apuesto el cuello a que esos que han comprado el terreno del cruce se construyen su casita con baño y termosifón y un jardín con sombrilla para tomar el té.
—Sí, tienes razón; verás como edifican una casa.
—Veremos a la señora ir de un lado a otro en bragas, como si fuera a la playa.
Rieron otra vez. Después, uno comenzó de nuevo:
—¡Desgraciados! Son los horteras de siempre, de la ciudad; esos que en cuanto tienen un huerto, se creen propietarios y vienen en automóviles llenos de amigos de la ciudad para ver un campo de tréboles.
—¡Lo que nos vamos a reír si hace la casa! —exclamó un jovencito—. El que ha sido capaz de pagar tanto dinero por ese terreno, debe de ser de esos que aquí, a cuatro pasos del Po, construye un chalet al estilo suizo.
—Sí, ya conozco a esa gente. Construyen la casa; después, de vez en cuando, aparecen de improviso: «Por favor, trasládeme esa puerta un poco más allá… Tapie esa ventana y abra una a la otra parte… Derribe esta pared y levante otra ahí…» A esos tipos les gusta que se diga de ellos que son originales y que están un poco chiflados… ¡Después, cuando llega la hora de pagar, se dan cuenta de lo que vale todo eso!
Intervino el viejo:
—Al fin y al cabo, el comprador tiene razón; si tiene dinero, puede gastárselo como mejor le parezca…
—¡Dinero! ¿Qué dinero quieres que tenga? Si fuera un verdadero señor, no vendría aquí a construir una casa. Ni habría comprado un terreno que no llega siquiera a una hectárea. Ese debe de ser un tipo de medio pelo…
Margherita movió la cabeza.
—Y ahora, ¿qué vas a hacer? ¿Volverás a vender la hectárea? —preguntó.
—No, Margherita. En cuanto tenga dinero, construiré una casa con baño, termosifón y un pequeño jardín con flores. Y de vez en cuando, mientras duren las obras, apareceré por aquí y diré: «Por favor, esa puerta trasládenla medio metro más a la derecha… Cierre esa ventana y abra otra en la pared de enfrente…» Es el destino de nosotros, los de medio pelo…
Margherita suspiró y después dijo que, a pesar de todo, aquello no le disgustaba.
—En el fondo, es bonito poder estar lejos de la ciudad, disfrutando de esta paz, entre esta gente tan sencilla y cordial. Entre esta gente que nos comprende…

jueves, 27 de julio de 2017

Primera historia. Giovannino Guareschi.

Yo vivía en Bosque Grande, en la Basa con mi padre, mi madre y once hermanos. Yo, que era el mayor, tocaba apenas los doce años, y Quico, que era el menor, apenas contaba dos. Mi madre me daba todas las mañanas una cesta de pan y un saquito de miel de castañas dulces; mi padre nos ponía en fila en la era y nos hacía decir en voz alta el Padrenuestro; luego marchábamos con Dios y regresábamos al anochecer.
Nuestros campos no acababan nunca y habríamos podido correr todo el día sin salir de sus lindes. Mi padre no hubiera dicho una palabra si le hubiésemos pisoteado una hectárea de trigo en brote o si le hubiésemos arrancado una hilera de vides. Sin embargo, siempre salíamos fuera, y no nos sobraba el tiempo para nuestras fechorías. También Quico, que tenía dos años, la boca pequeñita y rosada, los ojos grandes, de largas cejas, y ricitos que le caían sobre la frente como a un angelito, no se dejaba escapar un ansarón cuando lo tenía a tiro.
Todas las mañanas, a poco de haber partido nosotros, llegaban a nuestra granja viejas con canastos llenos de anserinos, pollas y pollitos asesinados, y mi madre por cada cabeza muerta daba una viva. Teníamos mil gallinas escarbando por nuestros campos, pero cuando queríamos poner algún pollo a hervir en la olla, era preciso comprarlo.
Mi madre, entre tanto, seguía cambiando ansarones vivos por ansarones muertos.
Mi padre ponía cara seria, se ensortijaba los largos bigotes e interrogaba rudamente a las mujerucas para saber si recordaban quién de los doce había sido el culpable.
Cuando alguna le decía que había sido Quico, el más pequeñín, mi padre se hacía contar tres o cuatro veces la historia, y cómo había hecho para tirar la piedra, y si era una piedra grande, y si había acertado el ansarón al primer tiro.
Estas cosas las supe mucho tiempo después: entonces no nos preocupaban. Recuerdo que una vez, mientras yo, después de haber lanzado a Quico contra un ganso que se paseaba como un estúpido por un pradecito pelado, estaba apostado con mis otros diez hermanos detrás de unas matas, vi a mi padre a veinte pasos de distancia, fumando su pipa a la sombra de una gruesa encina.
Cuando Quico hubo despachado el ganso, mi padre se marchó tranquilamente con las manos en los bolsillos, y yo y mis hermanos dimos gracias al buen Dios.
-No se ha dado cuenta -dije en voz baja a mis hermanos. Pero entonces yo no podía comprender que mi padre nos había seguido toda la mañana, ocultándose como un ladrón, nada más que para ver cómo mataba Quico los gansos.
Pero me estoy saliendo del sembrado. Es el defecto de quien tiene demasiados recuerdos.
Debo decir que Bosque Grande era un pueblo donde nadie moría, por virtud del aire extraordinario que allí se respiraba. En Bosque Grande, por lo tanto, parecía imposible que un niño de dos años pudiera enfermarse. Sin embargo, Quico enfermó seriamente. Una tarde, a tiempo ya de regresar a casa, Quico se echó repentinamente al suelo y comenzó a llorar. Al cabo de un rato dejó de llorar y se quedó dormido. No hubo modo de despertarlo. Lo alcé en brazos y sentí que ardía. Parecía de fuego. Todos entonces tuvimos un miedo terrible. Caía el sol, y el cielo estaba negro y rojo; las sombras se hacían largas. Abandonamos a Quico entre los pastos y huimos gritando y llorando como si algo terrible y misterioso nos persiguiera.
– ¡Quico duerme y quema! ¡Quico tiene fuego en la cabeza! -sollocé cuando llegué donde estaba mi padre.
Mi padre, lo recuerdo bien, descolgó la escopeta de doble caño de la pared, la cargó, se la puso bajo el brazo y nos siguió sin hablar. Nosotros íbamos apretados alrededor suyo, ya sin miedo, porque nuestro padre era capaz de fulminar un lebrato a ochenta metros. Quico, abandonado en medio de las oscuras hierbas con su largo vestidito claro y sus bucles sobre la frente, parecía un ángel del buen Dios al que se le hubiese estropeado una alita y hubiera caído en el trebolar.
En Bosque Grande nunca moría nadie, y cuando la gente supo que Quico estaba mal, todos experimentaron una enorme ansiedad. En las casas se hablaba en voz baja. Por el pueblo merodeaba un forastero peligroso y nadie de noche se atrevía a abrir la ventana por miedo de ver, en la era blanqueada por la luna, rondar la vieja vestida de negro con la guadaña en la mano.
Mi padre mandó la calesa en busca de tres o cuatro doctores famosos. Todos palparon a Quico, le apoyaron el oído en la espalda y luego miraron en silencio a mi padre.
Quico seguía dormido y ardiendo; su cara habíase vuelto más blanca que un pañuelo. Mi madre lloraba entre nosotros y se negaba a comer. Mi padre no se sentaba nunca y seguía rizándose el bigote, sin hablar. El cuarto día, los tres últimos doctores que habían llegado juntos abrieron los brazos y dijeron a mi padre: -Solamente el buen Dios puede salvar a su hijo. Recuerdo que era de mañana: mi padre hizo una seña con la cabeza y lo seguimos a la era. Luego, con un silbido llamó a los domésticos, cincuenta personas entre hombres, mujeres y niños.
Mi padre era alto, flaco y fuerte, de largos bigotes, gran sombrero, chaqueta ajustada y corta, pantalones ceñidos a los muslos y botas altas. (De joven mi padre había estado en América, y vestía a la americana). Daba miedo cuando se plantaba con las piernas abiertas delante de alguno. Así se plantó ese día mi padre frente a los domésticos y les dijo:
-Sólo el buen Dios puede salvar a Quico. De rodillas: es preciso rogar al buen Dios que salve a Quico.
Nos arrodillamos todos y empezamos a rogar en voz alta al buen Dios. Por turno las mujeres decían algo y nosotros y los hombres respondíamos: “Amén”.
Mi padre, cruzado de brazos, permaneció delante de nosotros, quieto como una estatua, hasta las siete, de la tarde, y todos oraban porque tenían miedo a mi padre y porque querían a Quico.
A las siete, cuando el sol bajaba a su ocaso, vino una mujer en busca de mi padre. Yo lo seguí.
Los tres doctores estaban sentados, pálidos, en torno de la camita de Quico.
-Empeora -dijo el más anciano -. No llegará a mañana.
Mi padre nada contestó, pero sentí que su mano apretaba fuertemente la mía.
Salimos: mi padre tomó la escopeta, la cargó a bala, se la puso en bandolera, alzó un paquete grande, me lo entregó y dijo: “Vamos”.
Caminamos a través de los campos. El sol se había escondido tras el último boscaje. Saltamos el pequeño muro de un jardín y llamamos a una puerta.
El cura estaba solo en su casa, cenando a la luz de un candil. Mi padre entró sin quitarse el sombrero. -Reverendo -dijo -, Quico está mal y solamente el buen Dios puede salvarlo. Hoy, durante doce horas, sesenta personas han rogado al buen Dios, pero Quico empeora y no llegará al día de mañana.
El cura miraba a mi padre asombrado. -Reverendo -prosiguió mi padre -, tú sólo puedes hablarle al buen Dios y hacerle saber cómo están las cosas. Hazle comprender que si Quico no sana, yo le hago volar todo. En ese paquete traigo cinco kilos de dinamita. No quedará en pie un ladrillo de toda la iglesia. ¡Vamos!
El cura no dijo palabra; salió seguido de mi padre, entró en la iglesia y fue a arrodillarse ante el altar, juntando las manos.
Mi padre permaneció en medio de la iglesia con el fusil bajo el brazo, abiertas las piernas, plantado como una roca. Sobre el altar ardía una sola vela y el resto estaba oscuro.
Hacia medianoche mi padre me llamó
-Anda a ver cómo sigue Quico y vuelve enseguida.
Volé por los campos y llegué a casa con el corazón en la boca. Luego volví corriendo todavía más ligero. Mi padre estaba todavía allí, quieto, con el fusil bajo el brazo, y el cura rezaba de bruces sobre las gradas del altar.
– ¡Papá! -grité con el último aliento.- ¡Quico ha mejorado! ¡El doctor ha dicho que está fuera de peligro! ¡Un milagro! ¡Todos ríen y están contentos!
El cura se levantó: sudaba y tenía el rostro deshecho.
-Está bien -dijo bruscamente mi padre.
Y mientras el cura lo miraba con la boca abierta, sacó del bolsillo un billete de mil y lo introdujo en el cepillo de los donativos.
-Yo los servicios los pago -dijo mi padre-. Buenas noches.
Mi padre nunca se jactó de este suceso, pero en Bosque Grande hay todavía algún excomulgado el cual dice que aquella vez Dios tuvo miedo.

Don Camilo: un mundo pequeño. Giovannino Guareschi, 1948.