martes, 30 de mayo de 2023

Libro del desasosiego, [Fragmento 117]. Fernando Pessoa.

La mayoría de las personas padecen de no saber decir lo que piensan y ven. Dicen que no hay nada más difícil que definir en palabras una espiral: es necesario, dicen, dibujar en el aire, con la mano y sin literatura, el gesto ascendente y ordenadamente enrollado con el que aquella figura abstracta de los muelles o de algunas escaleras se manifiesta a nuestros ojos. Pero, siempre que nos acordemos de que decir es renovar, podremos definir sin dificultad una espiral: es un círculo que sube sin llegar nunca a acabarse. Sé muy bien que la mayor parte de la gente no se atrevería a definirla así, porque supone que definir es decir lo que los otros quieren que se diga, y no lo que es preciso decir para definir. Lo diré de otro modo: una espiral es un círculo virtual que se desdobla subiendo sin nunca realizarse por completo. Pero no, la definición sigue siendo abstracta. Buscaré lo concreto, y todo podrá verse: una espiral es una serpiente sin serpiente enroscada verticalmente en torno a nada.
Toda la literatura consiste en un esfuerzo para hacer real la vida. Como todos saben, incluso cuando actúan sin saber, la vida es absolutamente irreal, en su realidad directa; los campos, las ciudades, las ideas, son cosas absolutamente ficticias, hijas de nuestra compleja sensación de nosotros mismos. Son intrasmisibles todas las impresiones salvo si las hacemos literarias. Los niños son muy literarios porque dicen tal como sienten y no tal como debe sentir quien siente según otra persona. Oí una vez a un niño que decía, queriendo decir que estaba a punto de llorar, no " Tengo ganas de llorar", que es lo que diría un adulto, es decir, un estúpido, sino "Tengo ganas de lágrimas". Y esta frase absolutamente literaria, hasta el punto de que resultaría afectada en un poeta célebre , si pudiera llegar a decirla, explica resueltamente la presencia caliente de las lágrimas saltando de los párpados conscientes de la amargura líquida. " ¡Tengo ganas de lágrimas!" Aquel chiquillo supo definir bien su espirar.
¡Decir! ¡Saber decir! ¡Saber existir a través de la voz escrita y de la imagen intelectual! Todo esto es lo que en la vida vale: lo demás son hombres y mujeres, amores supuestos y vanidades ficticias, subterfugios de la digestión y del olvido, gentes removiéndose como bichos cuando se levanta una piedra bajo el enorme pedregal abstracto del cielo azul y sin sentido.

Libro del desasosiego, 1982.

domingo, 28 de mayo de 2023

Redacción (III). Pablo Martín Sánchez.

En la vida hay miradas y miradas, hay miradas que te dejan indiferente y miradas que te ponen los pelos de punta, pero yo estas últimas no las conocía hasta hace unos segundos, cuando la niña de delante me ha mirado con unos ojos como los de las mujeres desnudas que salen en un vídeo de mi padre que encontré un día en un cajón de su despacho, unos ojos que con sólo mirarte te dejan como derretido por dentro, como cuando en verano hace mucho sol y te comes un helado, pero eres más lento que el calor y se te va derritiendo y escurriendo entre las manos, y por más que chupes te acaba siempre poniendo pringado, hasta que viene tu madre y te da una torta descomunal por haberte manchado la camisa, y te empieza a gritar y a decirte que qué ha hecho ella para merecer esto, que si eres peor que un hijo tonto y cosas por el estilo, el caso es que cuando la niña de delante me ha mirado con aquellos ojos dulces de helado de chocolate caliente he sentido como un cosquilleo en todo el cuerpo, me he puesto a sudar y juraría que la pirula se me ha hecho más grande, porque he notado como un bulto enorme que me crecía en los calzoncillos y al tocármelo yo diría que era la pirula, aunque parezca mentira y penséis que me lo invento y que he leído muchos cómics de superhéroes fantásticos, pero entonces me he acordado de aquellos hombres que salían en el vídeo de mi padre, que tenían unos pirulos tan grandes que yo pensé que debían ser efectos especiales de esos que hacen en las películas, y entonces me he tranquilizados, porque los hombres debemos ser como las plantas, que como dice mi madre si les das cariño, crecen, y me he puesto a escribir esta redacción para que no se dieran cuenta de mi bulto y porque además me he puesto rojo y así puedo disimular mejor.
He tenido que poner un punto y aparte en esta redacción porque la niña de delante me ha tirado un papelito doblado en el que había escrito me gustas y después de leerlo he tenido que responderle con otro papelito doblado en el que decía tú también y ahora estoy esperando a que me vuelva a enviar otro papelito, pero ella no hace más que girarse y sonreírme, girarse y guiñarme el ojo, girarse y sacarme la lengua, girarse y mover el pelo, girarse y mandarme besos, y yo que cada vez noto el bulto más grande en el pantalón y me da la sensación de que voy a estallar de un momento a otro o que me voy a mear encima, y justo ahora que veo que ella está escribiendo por fin otro papelito entra la señorita, que ha vuelto del lavabo con los ojos muy rojos, y me dice que por favor me levante y vaya a pedirle disculpas, pero yo no puedo levantarme si no quiero que todo el mundo vea el bulto que tengo entre las piernas y se rían de mí, y la niña de delante se ponga colorada y piense que soy un monstruo y deje de quererme y no me vuelva a escribir más papelitos doblados, así que hago como si no hubiera escuchado a la señorita y sigo escribiendo, cada vez más rápido, más rápido, para que vean que estoy ocupado y me dejen en paz, pero la señorita empieza a gritar mi nombre, cada vez más fuerte, noto que se está acercando, se pone a mi lado, está leyendo lo que he escrito, estoy perdido.

Fricciones, 2011. 

sábado, 27 de mayo de 2023

Decreto Imperial. Isar Hasim Otazo.

El hombre cometió un crimen atroz. Mis gendarmes lo aprehendieron caminando plácidamente por la plaza principal, cubierto de sangre de pies a cabeza. No huía: sencillamente caminaba. Cuando lo interrogaron, contó sin emoción lo acaecido. Una viuda le había dado posada y cuando le servía el almuerzo derramó por equivocación un tazón de sopa caliente en sus ropas. En venganza por haberle arruinado el sayo, el hombre empuñó un cuchillo y la despanzurró como a un puerco. Luego, al ver que los cinco hijos de la mujer lo miraban con horror, procedió a hacer lo mismo con ellos, todos menores de diez años.
Cuando lo trajeron ante mi presencia y expusieron el caso, el hombre admitió haber sido el autor de los hechos, pero no se excusó ni expresó remordimiento. Para intimidarlo, le planteé las formas de ejecución: desangramiento por corte abdominal, decapitación con hacha de piedra, crucifixión inversa, empalamiento… pero él sólo asentía, sin entender la dimensión del castigo.
Yo, el emperador, domador de dragones, comandante en jefe del ejército que expulsó a esa raza nefasta de los grifos, juez supremo que ajustició a los temibles nigromantes, autor del libro en que hablo de la batalla que por cinco años libramos contra las execrables sierpes que devastaban nuestras tierras, yo, el hijo del Sol y de la Luna, no lograba entender a este maldito hombre.
Así que ordené que le suspendieran la pena. Le obsequié a la más bella de mis concubinas, con la que tuvo dos hijos. Al cabo de los años, cuando supe a través de mis espías que era feliz, que soñaba con ver crecer a sus descendientes, que le temía a la muerte, lo hice comparecer ante mí y le recordé el juicio que tenía pendiente. Cayó de rodillas y expresó horror por su nefasto pasado y, por fin, asumió su culpa y pidió clemencia.
Entonces dicté su sentencia: sería decapitado, no sin antes ser testigo de la ejecución de sus hijos y su esposa.


 

martes, 23 de mayo de 2023

Problemas con el estambre. Laura Elisa Vizcaíno.

La doncella Aracné abrió una Escuela de Tejido y Bordado. Entre millones de alumnas sólo una no pudo graduarse. La creían holgazana e irresponsable, incapaz de hacer la tarea completa. Sus compañeras se burlaban de ella y, como no le dirigían la palabra, nadie le preguntó por qué deshacía el tejido todas las noches.

domingo, 21 de mayo de 2023

Meditación del vampiro. Hipólito G. Navarro.

En el campo amanece siempre mucho más temprano.
Eso lo saben bien los mirlos.
Pero tiene que pasar un buen rato desde que surge la primera luz hasta que aparece definitivamente el sol. Manda siempre el astro en avanzadilla una difusa claridad para que vaya explorando el terreno palmo a palmo, para que le informe antes de posibles sobresaltos o altercados. Luego, cuando ya tiene constancia de que todo está en orden, tal como quedó en la tarde previa, se atreve por fin a salir. Su buen trabajo le cuesta después recoger toda la claridad que derramó primero. Por eso se ve obligado a subir tan alto o antes de caer, para que le dé tiempo a absorber toda esa luz y no dejar ninguna descarriada cuando se vuelva a hundir por el oeste.
Luego en el campo, paradójicamente, se hace de noche también muy pronto.
Los mirlos apagan sus picos naranjas y se confunden con el paisaje.
Y agradecido yo, me descuelgo y salgo.

sábado, 20 de mayo de 2023

Sueños. José Cereijo.

Algunas veces pienso que quisiera
dormirme para siempre, y que fuera mi vida
una sesión continua de fantasmas:
criaturas de humo junto a las que vivir
con esa intimidad honda y distante
que acostumbra a tener la propia compañía.
Algunas veces pienso
que lo que de verdad quisiera es más sencillo,
y mucho menos autocomplaciente:
a besos, a patadas, como fuera,
despertar de una vez.

Las trampas del tiempo, 1996.
 

lunes, 15 de mayo de 2023

La mosca. Julio Cortázar.

Te tendré que matar de nuevo.
Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima,
en Cristianía,
en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos,
en el burdel, en la cocina, sobre un peine,
en la oficina, en esta almohada
te tendré que matar de nuevo,
yo, con mi única vida.


domingo, 14 de mayo de 2023

Pueblo chico. Fernando Iwasaki.

No soportaba más a ese mamarracho. En la escuela me golpeaba y me humillaba; abandoné la fábrica porque disfrutaba insultándome y ni siquiera en el casino dejaba de ridiculizarme, delante de los viejos y de las mujeres. El pueblo es chico y aquel imbécil lo había convertido en un infierno grande. Por eso lo hice, porque aquí las noticias vuelan.
Cuando inventé lo de su enfermedad comenzaron los primeros síntomas, cuando describí sus llagas y la pestilencia de sus forúnculos dejó de salir a la calle, y cuando mandé poner su esquela en el periódico del pueblo desapareció para siempre.
Nadie quiso ir a su entierro.

Ajuar funerario, 2006.

sábado, 13 de mayo de 2023

La cajera. Daniil Jarms.

Masha encontró una seta, la cogió y la llevó al mercado. En el mercado golpearon a Masha en la cabeza, y encima amenazaron con golpearla también en las piernas. Masha se asustó y se fue corriendo.
Llegó corriendo a la cooperativa y allí quiso esconderse detrás de la caja registradora. Pero el director vio a Masha y le dijo:
-¿Qué es eso que llevas ahí?
-Una seta.
Dijo el director.
-¡Mira qué lista! ¿Quieres que te consiga aquí un trabajo?
Dijo Masha:
-Ya verás como no.
Dijo el director:
-¡Claro que sí!
Y puso a Masha a trabajar, dando vueltas a la manivela de la caja registradora.
Masha estuvo dando vueltas y más vueltas a la manivela de la caja registradora, y de repente se murió. Llegó la policía, levantó acta y le impuso al director una multa de quince rublos.
Dijo el director:
-¿Una multa por qué?
Y dijo la policía:
-Por asesinato.
El director se asustó, pagó la multa a toda prisa y dijo:
-Muy bien, pero llévense cuanto antes a esa cajera muerta.
No obstante, el dependiente de la sección de frutería dijo:
-De eso nada, ella no era cajera. Lo único que sabía era dar vueltas a la manivela de la caja. La cajera es esa de ahí.
-A nosotros lo mismo nos da una que otra: nos han ordenado que nos llevemos a la cajera, así que nos la llevamos.
La policía se acercó a la cajera.
La cajera se echó al suelo por detrás de la caja y dijo:
-Yo no voy.
Dijo la policía:
-Serás boba. ¿Por qué no quieres venir?
Dijo la cajera:
-Me van a enterrar viva.
La policía intentó levantar a la cajera del suelo, pero no había manera, porque la cajera era muy gruesa.
-Cójanla de las piernas -dijo el dependiente de la sección de frutería.
-No -dijo el director-, a mí esta cajera me sirve de mujer. Por eso les ruego que no le dejen al aire los bajos.
Dijo la cajera:
-¿Lo oyen? No se atrevan a dejarme al aire los bajos.
La policía cogió de los sobacos a la cajera y la sacó a rastras de la cooperativa.
El director mandó a los dependientes que ordenaran la tienda y empezaran a despachar.
-¿y qué vamos a hacer con la muerta? -dijo el dependiente de la sección de frutería señalando a Masha.
-¡Ay, Señor! -dijo el director-. ¡Menuda hemos liado! Pues sí, ¿qué hacemos con la muerta?
-¿Y quien va a ocuparse de la caja? -preguntó el dependiente.
El director se llevó las manos a la cabeza. De un rodillazo, desparramó las manzanas por todo el mostrador y dijo:
-¡Esto ha sido un desastre!
-¡Un desastre! -repitieron a coro los dependientes.
De pronto el director se atusó los bigotes y dijo:
-¡Je, je! ¡Yo no me rindo tan fácilmente! Vamos a poner a la muerta en la caja, igual los clientes no se dan ni cuenta de quién está en la caja.
Sentaron a la muerta en la caja, le pusieron un cigarrillo entre los labios para que tuviese más pinta de viva y, para hacerlo aún más verosímil, le colocaron la seta en las manos.
Dejaron a la muerta así en la caja, igualita que si estuviera viva, salvo por el color tan verde de la cara, y porque tenía un ojo abierto y el otro completamente cerrado.
-Nada -dijo el director-, todo irá bien.
Pero el público llamaba a la puerta, nervioso. ¿Cómo es que no abría la cooperativa?
En particular, una señora con un abrigo de seda empezó a gritar como una descosida: no paraba de agitar el bolso y ya estaba apuntando con el tacón al picaporte de la puerta. Y, por detrás de esa señora, una vieja con una funda de almohada en la cabeza se puso a chillar, a soltar tacos y a llamar «miserable roñica» al director de la cooperativa.
El director abrió la puerta y dejó pasar al público. El público fue corriendo primero a la sección de carnicería, y después al sitio donde se vende el azúcar y la pimienta. La vieja, en cambio, fue derecha a la pescadería, pero al pasar echó un vistazo a la cajera y se quedó de piedra.
-¡Ay, Señor! -dijo-. ¡Que Dios nos asista!
En cuanto a la señora del abrigo de seda, ya había recorrido todas las secciones y se dirigió a la caja a toda prisa. Pero, en cuanto vio a la cajera, se frenó en seco y se quedó ahí parada sin decir nada. Los dependientes también estaban callados, mirando al director. Y el director, desde detrás del mostrador, se limitaba a observar, a la espera de acontecimientos.
La señora del abrigo de seda se volvió a los dependientes, diciendo:
-¿Quién es esa que está en la caja?
Pero los dependientes no abrían la boca, porque no sabían qué contestar.
El director tampoco decía nada.
En ese momento vino gente corriendo de todas partes. Había una muchedumbre en la calle. Se congregaron numerosos porteros. Se oyeron silbidos. En una palabra, un verdadero escándalo.
La muchedumbre estaba dispuesta a esperar hasta la noche junto a la cooperativa, pero alguien dijo que en la calle Oziorny estaban cayendo viejas de las ventanas. Entonces la multitud que había junto a la cooperativa menguó, porque muchas personas se trasladaron ala calle Ozionry.


31 de agosto de 1936.

Me llaman Capuchino, 2006.

jueves, 11 de mayo de 2023

Diagnóstico de la civilización. Eduardo Galeano.

En algún lugar de alguna selva, alguien comentó: Qué raros son los civilizados. Todos tienen relojes y ninguno tiene tiempo.

El cazador de historias, 2016.

martes, 9 de mayo de 2023

Juego del escondite. Javier Ximens.

Fue un chaval sigiloso y atrevido, siempre salvaba a los compañeros en los juegos infantiles. Era al que se le ocurrían las mejores travesuras, como la de colocar el cubo de agua con polvo de tiza encima de la puerta a la espera de que entrara el maestro; el más audaz con las chicas, el único que consiguió un beso de Milagritos, la inaccesible hija del alcalde; solidario con los amigos, compartía el bocadillo de la merienda; generoso, te perdonaba los cromos y las canicas. Y fuerte, fuerte como un formón de arado, él solo sujetó la puerta de la cuadra mientras que nosotros huíamos por la gatera del pajar. Aguantó toda la tortura en el cuartelillo y aun sin uñas no nos delató. << Por mí y por todos mis compañeros>>, dicen que gritó antes de que sonara la descarga.

lunes, 8 de mayo de 2023

Entre Escila y Caribdis. Iván Teruel.

¿Recuerdas aquel ratón moribundo? Una voz deshilachada. Sí, le digo. ¿Lo recuerdas? Mi padre, con los restos de su voz de siempre. Sí, le digo. ¿Lo recuerdas? Sí. Ahora es mi voz la que se fragmenta. Y mi memoria rescata la imagen de mi padre tocando el ratón con la punta del pie para ver si aún vivía: un cuerpo indefenso estremeciéndose. Y entonces mi padre que clava la mirada en el pequeño animal, lo rodea nervioso, niega con la cabeza repetidamente. Lo que sigue es el chasquido del cuerpo indefenso contra una tapia. ¿Y aquella paloma, al lado del contenedor? Sí, también. Y la memoria recupera variaciones de lo mismo: la paloma y su cuello medio quebrado, mi padre mirándola primero, rodeándola y negando con la cabeza después, cogiendo una barra de hierro. Y mi mano estirándole del brazo, que no lo hiciera. Su voz musitando que debía hacerlo. ¿Lo entiendes, verdad? Sí, claro. Y ahora soy yo quien fija la mirada en un cuerpo indefenso, quien niega con la cabeza repetidas veces, quien empieza a rodear nervioso la cama donde mi padre, de pronto, suplica ser aquel ratón o aquella paloma de hace treinta años.

El oscuro relieve del tiempo, 2015.
 

domingo, 7 de mayo de 2023

Los reptadores. Philip K. Dick.

Construía, y cuanto más construía más le gustaba construir. La cálida luz del sol se filtraba hacia abajo; la brisa del verano se agitaba a su alrededor, mientras trabajaba animadamente. Cuando se acabó el material, paró y descansó. El edificio no era grande; se trataba más de un modelo a escala que otra cosa. Una parte de su cerebro se lo decía, mientras la otra hervía de entusiasmo y orgullo. Al menos, era lo bastante grande para poder entrar. Se arrastró por el túnel de entrada y se enroscó en su interior, complacido.
Algunos fragmentos de tierra cayeron por una grieta del techo. Rezumó un fluido pegajoso y reforzó aquel punto. El aire que llenaba el edificio era limpio y frío, casi libre de polvo. Se arrastró por última vez sobre las paradas interiores y dejó un rastro pegajoso, que no tardó en secarse. ¿Qué más necesitaba? Estaba un poco amodorrado; se quedaría dormido al cabo de unos instantes.
Pensó en ella y extendió una parte de su cuerpo por la entrada todavía abierta. Aquella parte montó vigilancia, mientras el resto se sumía en un sueño reparador. Estaba feliz y contento, consciente de que desde lejos sólo se veía un montoncillo de arcilla gris. Nadie se fijaría; nadie adivinaría lo que yacía debajo.
Y si se fijaba, tenía métodos para solucionar el problema.


El granjero detuvo su vieja camioneta Ford con un chirrido de frenos. Maldijo y retrocedió unos metros.
Ahí hay uno. Baje y échele un vistazo. Tenga cuidado con los coches. Por aquí van muy deprisa.
Ernest Gretry abrió la puerta de la cabina y saltó a la caldeada carretera. El aire olía a sol y hierba seca. Los insectos zumbaron a su alrededor mientras avanzaba con cautela por la carretera, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, su cuerpo enjuto inclinado hacia adelante. Se detuvo y escudriñó el suelo.
La cosa había sido aplastada a conciencia. Marcas de ruedas la cruzaban por cuatro sitios diferentes y sus órganos internos habían estallado. Era como una babosa, un tubo alargado y viscoso, con los órganos de los sentidos en un extremo y una confusa masa de extensiones protoplasmáticas en el otro.
Lo que más le impresionó fue la cara. Tardó un poco en mirarla directamente. Antes, contempló la carretera, las colinas, los enormes cedros, cualquier cosa menos aquello. Había un brillo en los ojillos muertos, que se iba desvaneciendo rápidamente. No eran los ojos opacos de un pez, estúpidos y vagos. La vida los había animado, una vida de la que apenas había obtenido una breve visión, antes de que el camión la aplastara.
Cruzan de vez en cuando —dijo en voz bajo el granjero—. A veces, llegan incluso a la ciudad. La primera que vi iba por en medio de la calle Grant, a unos cincuenta metros por hora. Van muy despacio. Algunos niños las persiguen. Yo, si las veo, prefiero evitarlas.
Gretry dio un puntapié a la cosa. Se preguntó vagamente cuántas habría entre los arbustos y en las colinas. Vio casas apartadas de la carretera, relucientes cuadrados blancos bajo el sol de Tennessee. Caballos y ganado adormilado. Gallinas sucias que picoteaban el suelo. Un país dormido y apacible, bañado por el sol de finales de verano.
Allí, en la ladera de aquellas colinas —señaló el granjero—. ¿Quiere recoger los restos? Hay una guardada en un gran depósito, en la delegación de la Standard Oil. Llenaron el depósito de queroseno para intentar conservarla. Muerta, desde luego. Está en muy buena forma, comparada con ésta. Joe Jackson le partió la cabeza con un garrote. La encontró una noche reptando en su propiedad.
Gretry volvió al camión, tembloroso. Tenía el estómago revuelto y tuvo que respirar hondo varias veces.
No sabía que había tantas. Cuando me enviaron desde Washington, dijeron que se habían visto muy pocas.
Hay un montón. —El granjero puso en marcha la camioneta y esquivó con gran cuidado los restos esparcidos sobre la carretera. Hemos tratado de acostumbrarnos a ellas, pero es imposible. Resultan muy desagradables. Mucha gente se está marchando. Se nota en el aire una especie de abatimiento. Tenemos este problema y hay que hacerle frente. —Aceleró, sus manos correosas aferradas al volante—. Da la impresión de que cada vez nacen menos niños normales.—¿Dónde está el laboratorio radiactivo? —preguntó.


De vuelta a la ciudad, Gretry llamó a Freeman desde una cabina instalada en el ruinoso vestíbulo del hotel.
Hay que hacer algo. Están por todas partes. A las tres iré a ver una colonia. El tipo que se encarga de la parada de taxis sabe dónde están. Dice que habrá unas once o doce juntas.
¿Qué opina la gente de la zona?
¿A usted qué le parece? Creen que es el Juicio Final. Tal vez tengan razón.
Tendríamos que haberles trasladado hace tiempo, y limpiado toda la zona. Ahora no tendríamos este problema. —Freeman hizo una pausa—. ¿Qué sugiere usted?
La isla que escogimos para las pruebas de la bomba H.
Es una isla muy grande. Tuvimos que trasladar y establecer en otro sitio a un grupo numeroso de nativos. Dios santo, ¿tantos hay?
Los ciudadanos exageran, por supuesto, pero tengo la impresión de que habrá alrededor de un centenar.
Freeman guardó silencio durante largo ratoNo lo sabía —dijo por fin—. Tendré que consultarlo con las altas esferas, desde luego.
Habrá que someter la isla a más pruebas, pero comprendo la urgencia.
Me gustaría. La situación es grave. Hay que desembarazarse de estas cosas. La gente no puede convivir con estos monstruos. Déjese caer por aquí y eche un vistazo. No lo olvidará jamás.
Veré qué puedo hacer. Hablaré con Gordon. Llámeme mañana.
Gretry colgó, abandonó el sucio y destartalado vestíbulo, y salió a la acera, calcinada por el sol. Tiendas mugrientas y coches aparcados. Algunos viejos sentados en peldaños y sillas desvencijadas. Encendió un cigarrillo con mano temblorosa y consultó su reloj. Eran casi las tres. Se encaminó con paso lento hacia la parada de taxis.
La ciudad estaba muerta. Nada se movía. Sólo los viejos petrificados en sus sillas y los coches de otras ciudades que pasaban a toda velocidad por la autopista. Una capa de polvo y silencio se cernía sobre todo. La vejez, como una gran araña gris, cubría todas las casas y tiendas. Ni una risa. Ni el menor ruido.
Ningún niño jugaba.
Un sucio taxi azul se detuvo en silencio a su lado.
Aquí estoy, señor —dijo el chófer, un hombre con cara de rata, de unos treinta años, un palillo colgando entre sus dientes torcidos—. Vámonos.
¿Está muy lejos? —preguntó Gretry mientras salía.
Nada más salir de la ciudad. —El vehículo aceleró con gran estrépito, sacudiéndose como una tartana—. ¿Es usted del FBI?
No.
Lo he dicho por el traje y el sombrero. —El chófer le dirigió una mirada de curiosidad—. ¿Cómo se enteró de los reptadores?
Por el laboratorio de radiactividad.
Sí, es por culpa de lo que hacen allí. —El chófer salió de la autopista y se adentró en una carretera de tierra—. Es por aquí, en la granja de los Higgins. Esos malditos bichos eligieron el terreno de la vieja Higgins para construir sus casas.
¿Casas?
Tienen una especie de ciudad subterránea. Ya lo verá... Las entradas, al menos.
Trabajan en grupo, construyen como locos.
Salió de la carretera, pasó entre dos enormes cedros, atravesó un campo lleno de baches y se detuvo al borde de un barranco rocoso.
Ya hemos llegado.
Era la primera vez que Gretry veía uno vivo.
Salió del taxi con movimientos torpes, con las piernas entumecidas. Las cosas se movían con lentitud entre el bosque y los túneles de entrada, practicados en el centro del claro.
Transportaban materiales de construcción, arcilla y malas hierbas. Lo pegaban con una sustancia viscosa hasta darle una tosca forma y lo introducían con gran cuidado bajo tierra.
Los reptadores median entre sesenta y noventa centímetros de largo; algunos eran más viejos, oscuros y pesados que otros. Todos se movían con una lentitud agónica, una silenciosa fila que se arrastraba sobre el suelo calcinado por el sol. Eran blandos, carecían de caparazón y parecían inofensivos.
Sus rostros le fascinaron e hipnotizaron. La siniestra parodia de rostros humanos.
Arrugadas facciones de bebé, ojos diminutos, una hendidura en lugar de boca, orejas torcidas, algunos mechones de cabello. Seudópodos alargados a modo de brazos, que se extendían y contraían como plastilina. Parecían increíblemente flexibles. Se alargaban y contraían cuando sus sensores entraban en contacto con algún obstáculo. No prestaron atención a los dos hombres, como inconscientes de su presencia.
¿Son peligrosos? —preguntó Gretry.
Bueno, tienen una especie de aguijón. Sé que atacaron a un perro. Le aguijonearon a base de bien. Se hinchó y la lengua se le puso negra. Tuvo convulsiones y murió. Estaba chafardeando —añadió el chófer, como disculpándolos—. Interrumpió su trabajo. No paran de trabajar Siempre ocupados.
¿Están casi todos?
Yo diría que sí. Suelen congregarse aquí. Siempre les veo reptar por esta parte. —El taxista hizo un vago ademán—. Han nacido en lugares diferentes. Uno o dos en cada granja cercana al laboratorio de radiactividad.
¿Dónde está la granja de la señora Higgins? —preguntó Gretry.
Allí arriba. ¿La ve entre los árboles? ¿Quiere que...?
No tardaré —le interrumpió Gretry—. Espere aquí.


Cuando Gretry se acercó, la anciana estaba regando los geranios rojo oscuro que crecían alrededor del porche. Levantó la vista al instante, con una expresión astuta y suspicaz en su rostro arrugado, la regadera sujeta como un instrumento despuntado.
Buenas tardes —saludó Gretry. Inclinó el sombrero y enseñó sus credenciales—.
Estoy investigando... los reptadores. En el limite de su terreno.
¿Por qué?
La voz de la mujer era vacía, triste, fría. Como su cara y su cuerpo encogido.
Intentamos encontrar una solución. —Gretry se sentía torpe, inseguro—. Se ha sugerido que los saquemos de aquí y los acomodemos en una isla del Golfo de México. No deberían estar en este lugar. Es demasiado duro para la gente. No es justo —concluyó con timidez.
No. No es justo.
Ya hemos empezado a desplazar a toda la gente que vive cerca del laboratorio de radiactividad. Tendríamos que haberlo hecho mucho antes.
Los ojos de la anciana relampaguearon.
Ustedes y sus inventos. ¡Miren lo que han hecho! —Le apuntó con un dedo huesudo—. Ahora han de poner remedio. Tienen que hacer algo.
Los trasladaremos a la isla lo antes posible, pero hay un problema. Hemos de contar con la autorización de los padres Su derecho a la custodia es inalienable. No podemos... —Se interrumpió—. ¿Qué piensan? ¿Permitirán que recojamos a sus... hijos y nos los
llevemos?
La señora Higgins se encaminó hacia la casa. Gretry la siguió, vacilante, por las oscuras y polvorientas habitaciones. Estancias mohosas llenas de lámparas de aceite y cuadros descoloridos, sofás y mesas antiguos. Atravesaron una gran cocina, en la que destacaban inmensas ollas y sartenes de hierro fundido, bajaron unos peldaños de madera y se detuvieron ante una puerta pintada de blanco. La mujer llamó con energía.
Movimientos y susurros al otro lado.
Abrid la puerta —ordenó la señora Higgins.
Tras una pausa insoportable, la puerta se abrió poco a poco. La señora Higgins terminó de abrirla e indicó a Gretry que la siguiera.
En la habitación aguardaban un hombre y una mujer. Retrocedieron cuando Gretry entró.
La mujer abrazaba una gran caja de cartón que el hombre le había pasado de repente.
--¿Quién es usted? —preguntó el hombre, y se apoderó de la caja.
Las pequeñas manos de su mujer temblaron.
Gretry estaba en presencia de los padres de uno. La joven, de cabello castaño, no tenía más de diecinueve años. Esbelta, menuda, cubierta con un vestido verde barato, una muchacha de pechos rotundos y ojos asustados. El hombre era más fuerte y alto, moreno y apuesto, de brazos y manos robustas que aferraban con firmeza la caja de cartón.
Gretry no podía apartar los ojos de la caja. Tenía agujeros en la parte superior. Se movía levemente en los brazos del hombre, balanceándolo de un lado a otro.
Este hombre ha venido para llevárselo —anunció la señora Higgins al hombre.
La pareja recibió la noticia en silencio. El marido se limitó a sujetar con más fuerza la caja.
Los transportará a todos a una isla —continuó la señora Higgins—. Todo está arreglado. Nadie les hará daño. Estarán a salvo y harán lo que les plazca. Construir y arrastrarse a su gusto, sin que nadie se vea obligado a verles.
La joven asintió, como aturdida.
Dádselo —ordenó la anciana, impaciente—. Dadle la caja y acabemos de una vez por todas.
Al cabo de un momento, el joven depositó la caja sobre la mesa.
--¿Sabe algo de ellos? —preguntó—. ¿Sabe lo que comen?
Nosotros... —empezó Gretry, sin saber qué decir.
Comen hojas. Sólo hojas y hierba. Les damos las hierbas más pequeñas que podemos encontrar.
Sólo tiene un mes —dijo la joven con voz hueca—. Ya quiere ir con los otros, pero lo tenemos encerrado. No queremos que salga. Aún no. Tal vez más adelante. No sabíamos qué hacer. No estábamos seguros. —Sus grandes ojos oscuros relampaguearon un momento, una silenciosa petición de ayuda, y luego volvieron a apagarse—. Cuesta mucho decidirse.
El marido desató el grueso nudo y levantó la tapa.
Échele un vistazo.
Era el más pequeño que Gretry había visto. Pálido y blando menos de treinta centímetros. Se había acurrucado en un rincón de la caja, entre una masa de hojas mordisqueadas y una especie de cera. Yacía dormido bajo una capa transparente que le rodeaba. No les prestó atención; estaban demasiado lejos para verles. Gretry experimentó una extraña sensación de horror. Se apartó, y el joven puso la tapa en su lugar.
Sabíamos lo que era—dijo con voz ronca—. En el mismo momento de nacer. Vimos uno en la carretera. Uno de los primeros. Bob Douglas vino a buscarnos para que lo viéramos. Era suyo y de Julie. Eso fue antes de que empezaran a congregarse junto al barranco.
Cuéntale lo que pasó —indicó la señora Higgins.
Douglas le aplastó la cabeza con una piedra. Después, vertió gasolina sobre el cuerpo y lo quemó. La semana pasada, Julie y él hicieron las maletas y se largaron.
¿A cuántos han destruido? —consiguió preguntar Gretry.
Unos pocos. Muchos hombres se ponen como locos cuando los ven. No se les puede culpar.
La mirada del hombre transparentaba impotencia. Creo que estuve a punto de hacer lo mismo.
Quizá tendríamos que haberlo hecho —murmuró la joven—. Quizá tendría que haberte dejado.
Gretry cogió la caja de cartón y se encaminó hacia la puerta.
Terminaremos lo antes posible. Los camiones ya están en camino. Mañana todo habrá concluido.
--Gracias a Dios —exclamó la señora Higgins con voz tensa, desprovista de emoción.
Sostuvo la puerta para que Gretry pasara, y éste atravesó la oscura casa cargado con la caja, bajó los hundidos peldaños del porche y salió al sol cegador.
La señora Higgins se detuvo ante los geranios rojos y cogió la regadera.
Cuando los cojan, cójanlos a todos. No dejen ni uno. ¿Comprendido?
Sí —murmuró Gretry.
Que algunos de sus hombres y camiones se queden. Continúen buscando. No permitan que quede uno.
Cuando hayamos trasladado a la gente que vive cerca del laboratorio de radiactividad se acabarán...
Calló. La señora Higgins le había dado la espalda y estaba regando los geranios. Las abejas zumbaban a su alrededor. El aire caliente agitaba las flores. La anciana desapareció por un lado de la casa, sin dejar de regar. Gretry se quedó solo con la caja.
Turbado y avergonzado, bajó poco a poco por la colina, atravesó el campo y llegó al barranco. El taxista fumaba un cigarrillo apoyado en el vehículo. Le esperaba sin impacientarse. La colonia de reptadores trabajaba sin descanso en la construcción de su ciudad. Había calles y corredores. Gretry observó en algunas entradas complicadas marcas que bien podían ser palabras. Algunos reptadores colaboraban en disponer misteriosas cosas que no logró discernir.
Vámonos —ordenó al chófer.
El hombre sonrió y abrió la puerta trasera.
No he parado el taxímetro —dijo, con una expresión astuta en su cara de rata—.
Ustedes tienen todos los gastos pagados, no se preocupe.


Construía, y cuanto más construía más le gustaba construir. A estas alturas, la ciudad superaba los ciento veinte kilómetros de profundidad y tenía ocho de diámetro. Toda la isla se había convertido en una inmensa ciudad que se extendía día a día. Con el tiempo, atravesaría el océano y llegaría a tierra firme, donde el trabajo se intensificaría.
A su derecha, un millar de compañeros levantaba en silencio y metódicamente la estructura de soporte que reforzaría la cámara de reproducción principal. En cuanto estuviera colocada, todo el mundo se sentiría más tranquilo. Las madres estaban empezando a parir sus crías.
Eso era lo que le preocupaba, le robaba en parte la alegría de construir. Había visto a uno de los recién nacidos antes de que fuera ocultado a toda prisa y los rumores acallados.
Un breve vistazo a la cabeza bulbosa, el cuerpo en escorzo, las extremidades rígidas.
Chillaba, lloraba y la cara se le ponía roja. Gorjeaba, se agitaba en vano y movía los pies.
Alguien, horrorizado, había machacado por fin el atavismo con una piedra, con la confianza de que no surgirían más.

sábado, 6 de mayo de 2023

Libro del desasosiego. [Fragmento 20]. Fernando Pessoa. 1982.

En varias ocasiones, a lo largo de mi vida oprimida por circunstancias, me ha sucedido, cuando quiero librarme de algún conjunto de ellas, verme súbitamente rodeado por otras del mismo orden, como si existiera de forma definida una enemistad contra mí en el tejido incierto de las cosas. Arranco del cuello una mano que me ahoga. Veo que en la mano con que arranqué la otra me vino atado un lazo que me cayó en el cuello con el gesto de liberación. Aparto con cuidado el lazo, y casi me estrangulo con mis propias manos.

Libro del desasosiego, 1982.

jueves, 4 de mayo de 2023

Historias que se repiten. Lilian Elphick.

A Diego, Gabriela y Susana
Llegamos al hotel. De inmediato, el conserje nos advirtió que no había agua. Habíamos estado cinco horas y media dentro de un avión; era natural nuestra pretensión de darnos un baño. Además, yo tenía los pies hinchados y D. necesitaba afeitarse. G. y S. querían hacerse el pelo. Pero llegará dentro de un rato, tengan paciencia, por favor, agregó el hombrecillo de gafas y anticuada levita.
Subimos a nuestras habitaciones. La colcha de mi cama estaba quemada de cigarrillos; del armario colgaban cuatro ganchos negros. Yo fui la primera en oír la llegada del agua: las tuberías roncaron y muy pronto un hilo barroso salía del grifo. Miré la ducha sin regadera; sólo un trozo de manguera revenida afloraba de la pared mohosa. No había tanta presión para que se llenara el estanque del W.C. Mientras investigaba cómo llamar a mis colegas (anexo 210 para la habitación 406; anexo 315 para la habitación 201), escuché el llanto del bebé a través del ducto de la ventilación. Lo hacía con una monotonía fastidiosa y ni me acordé del cuento de Cortázar, lo juro. Quizás sólo era un bebé con hambre o cólicos. Salí al pasillo, bajé dos pisos y di con la 312. La puerta tenía candado y el lactante lloraba detrás de ella. Las cañerías de todo el hotel ahora mascullaban, como fantasmas del infierno.
Fuimos a comer. Había muy pocos lugares abiertos. Encontramos un restorán de comida rápida. Todos pedimos lo mismo: pechuga de pollo frita y cerveza.
D. fue el primero en contarnos lo del bebé en la habitación 708. No, le dije, está en la 312. G. y S. habían llegado a la 503. Y ahí, recién, nos reímos, recordando a Petrone. Pero nosotros teníamos no una, sino varias puertas condenadas.
Luego de engullir la pechuga, caminamos para conocer un poco. No hay nada peor que un domingo en la noche y, sobre todo, con el recuerdo de aquella criatura ubicua que berreaba en tres habitaciones diferentes.
Como era obvio, el conserje nos aseguró que no había ningún pasajero con bebé en todo el hotel. Incluso, se permitió hacer un par de bromas de pésimo gusto, como imitar el berrinche del infante y los arrullos de la madre. Quedamos desconcertados.
Decidimos dormir los cuatro en la 406, de G. y S., pero no pudimos conciliar el sueño. Toda la noche soportamos el lloriqueo, los portazos y el borboteo insidioso de las tuberías. A la mañana siguiente, descubrimos una puerta en la pared del fondo de la ducha de la 201, de D. Era diminuta y no tenía candado. Teníamos los ojos muy irritados y la garganta rasposa. Un nauseabundo olor a leche agria invadía el dormitorio.
Nos miramos: habíamos empequeñecido lo suficiente como para entrar. Abre tú, le carraspeé a S. Ella giró el picaporte y uno a uno fuimos cruzando el umbral de nuestra condena.

Del blog de la autora: Ojo travieso.

martes, 2 de mayo de 2023

Hacía un frío de mil demonios. Max Aub.

Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina del Venusitano Carranza y San Juan de Letrán.
No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y cuando le dicen a uno a las siete y cuarto, lo mismo da sean las siete y media.
Tengo un criterio amplio para todas las cosas, siempre he sido un hombre tolerante: un liberal de la vieja escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que éste punto existe.
Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina estaba abierta a los cuatro vientos.
Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez, las ocho. Es natural que ustedes se pregunten por qué no le dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza faltar a una cita.
Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media; y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero ésas son las cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en la que salí de casa, nadie podía suponer que se levantaría aquel viento.
Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Tránsido, amoratado.
Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:
- ¡Hola, amigo!
Así, sin más. No lo pude remediar: le empujé bajo el tren que pasaba.

Crímenes ejemplares, 1957.

lunes, 1 de mayo de 2023

Reyerta. Federico García Lorca.

En la mitad del barranco
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.
Una dura luz de naipe
recorta en el agrio verde,
caballos enfurecidos
y perfiles de jinetes.
En la copa de un olivo
lloran dos viejas mujeres.
El toro de la reyerta
se sube por las paredes.
Ángeles negros traían
pañuelos y agua de nieve.
Ángeles con grandes alas
de navajas de Albacete.
Juan Antonio el de Montilla
rueda muerto la pendiente,
su cuerpo lleno de lirios
y una granada en las sienes.
Ahora monta cruz de fuego,
carretera de la muerte.


*


El juez, con guardia civil,
por los olivares viene.
Sangre resbalada gime
muda canción de serpiente.
Señores guardias civiles:
aquí pasó lo de siempre.
Han muerto cuatro romanos
y cinco cartagineses.


*


La tarde loca de higueras
y de rumores calientes
cae desmayada en los muslos
heridos de los jinetes.
Y ángeles negros volaban
por el aire del poniente.
Ángeles de largas trenzas
y corazones de aceite.

Romancero gitano. 1928.