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lunes, 24 de agosto de 2026

[El lunes te agarró la muerte, Paula]. Paula, (Fragmento). Isabel Allende.

El lunes te agarró la muerte, Paula. Vino y te señaló, pero se encontró frente a frente con tu madre y tu abuela y por esta vez retrocedió. No está derrotada y todavía te ronda, rezongando con su revuelo de harapos sombríos y rumor de huesos. Te fuiste para el otro lado por algunos minutos y en verdad nadie se explica cómo ni por qué estás de vuelta. Nunca te habíamos visto tan mal, ardías de fiebre, un ronroneo aterrador te salía del pecho, se te asomaba el blanco de los ojos a través de los párpados entrecerrados, de pronto la tensión te bajó casi a cero y comenzaron a sonar las alarmas de los monitores y la sala se llenó de gente, todos tan afanados en torno a ti, que se olvidaron de nosotras, y así es como estuvimos presentes cuando se te escapaba el alma del cuerpo, mientras te inyectaban drogas, te soplaban oxígeno y trataban de poner de nuevo en marcha tu corazón agotado. Trajeron un aparato y empezaron a darte golpes eléctricos, terribles corrientazos en el pecho, que te hacían saltar de la cama. Oímos órdenes, voces alteradas y carreras, llegaron otros médicos con diferentes máquinas y jeringas, quién sabe cuántos minutos eternos transcurrieron, parecieron muchas horas. No podíamos verte, te tapaban los cuerpos de quienes te atendían, pero pudimos percibir con nitidez tu zozobra y el aliento triunfal de la muerte. Hubo un momento en el cual la febril agitación se congeló de súbito, como en una fotografía, y entonces escuché el murmullo en sordina de mi madre exigiéndote que lucharas, hija, ordenándole a tu corazón que siguiera andando en nombre de Ernesto y de los años preciosos que te faltan por vivir y del bien que aún puedes sembrar. El tiempo se detuvo en los relojes, las curvas y picos verdes en las pantallas de las máquinas se convirtieron en líneas rectas y un zumbido de consternación reemplazó el chillido de las alarmas. Alguien dijo no hay más que hacer… y otra voz agregó ha muerto, la gente se apartó, algunos se alejaron y pudimos verte inerte y pálida, como una niña de mármol. Entonces sentí la mano de mi madre en la mía impulsándome hacia delante y dimos unos pasos al frente acercándonos a la orilla de tu cama y sin una lágrima te ofrecimos la reserva completa de nuestro vigor, toda la salud y fortaleza de nuestros más recónditos genes de navegantes vascos y de indómitos indios americanos, y en silencio invocamos a los dioses conocidos y por conocer y a los espíritus benéficos de nuestros antepasados y a las fuerzas más formidables de la vida, para que corrieran a tu rescate. Fue tan intenso el clamor que a cincuenta kilómetros de distancia Ernesto sintió el llamado con la claridad de un campanazo, supo que rodabas hacia un abismo y echó a correr en dirección al hospital. Entretanto en torno a tu cama se helaba el aire y se confundía el tiempo y cuando los relojes marcaron de nuevo los segundos, ya era tarde para la muerte. Los médicos vencidos se habían retirado y las enfermeras se preparaban para desconectar los tubos y cubrirte con una sábana, cuando una de las pantallas mágicas dio un suspiro y la caprichosa línea verde empezó a ondular señalando tu retorno a la vida. ¡Paula!, te llamamos mi madre y yo en una sola voz y las enfermeras repitieron el grito y la sala se llenó con tu nombre.
Ernesto llegó una hora más tarde; había devorado la autopista y atravesado la ciudad como una exhalación. Hasta entonces no tenía duda que sanarías, pero en esta ocasión, vencido, de rodillas en la capilla, rogó simplemente para que cesara este martirio y descansaras por fin. Sin embargo, cuando te abrazó en la siguiente visita la vehemencia del amor y el deseo de retenerte fueron más poderosos que la resignación. Te siente en su propio cuerpo, se adelanta a los diagnósticos clínicos, percibe signos invisibles para otros ojos, es el único que pareciera comunicarse contigo. Vive, vive por mí, por nosotros, Paula, somos un equipo chica mía, te rogaba, verás que todo sale bien, no te vayas, seré tu apoyo, tu refugio, tu amigo, te sanaré con mi amor, acuérdate de ese bendito 3 de enero en que nos conocimos y todo cambió para siempre, no puedes dejarme ahora, estamos recién comenzando, nos queda medio siglo por delante. No sé qué otras súplicas, secretos o promesas te susurró al oído ese lunes tenebroso, ni cómo te sopló ganas de vivir en cada beso que te dio, pero estoy segura que hoy respiras por obra de su tenaz ternura. Tu vida es una misteriosa victoria del amor. Ya has superado la peor parte de la crisis, te están administrando el antibiótico preciso, han controlado tu presión y poco a poco cede la fiebre. Has vuelto al punto de partida, no sé qué significa esta especie de resurrección. Llevas más de dos meses en coma, no me engaño, hija, sé cuán grave estás, pero puedes recuperarte por completo; el especialista en porfiria asegura que no tienes daño cerebral, la enfermedad sólo te ha atacado los nervios periféricos. Palabras, palabras benditas, las repito una y otra vez como una fórmula de encantamiento que puede traerte la salvación. Hoy te habían colocado de costado en la cama y a pesar del aspecto torturado de tu pobre cuerpo, tu cara estaba intacta y te veías hermosa como una novia dormida, con sombras azules bajo tus largas pestañas. Las enfermeras te habían refrescado con agua de colonia y recogido el cabello en una gruesa trenza, que colgaba fuera de la cama como una cuerda marinera. No hay señas de tu inteligencia, pero vives y tu espíritu aún te habita. Respira, Paula, tienes que respirar…
Mi madre sigue regateando con Dios, ahora le ofrece su vida por la tuya, dice que de todos modos setenta años son mucho tiempo, mucho cansancio y muchas penas. También yo quisiera ocupar tu lugar, pero no existen recursos de ilusionista para estos trueques, cada una de nosotras, abuela, madre e hija, deberá cumplir su propio destino. Al menos no estamos solas, somos tres. Tu abuela está cansada, trata de disimularlo, pero le pesan los años y durante estos meses de sufrimiento en Madrid el invierno se le ha metido en los huesos, no hay forma de darle calor, duerme bajo una montaña de frazadas y de día anda envuelta en chalecos y bufandas, pero no deja de temblar. Hablé largamente por teléfono con el tío Ramón para que me ayude a convencerla de que es hora de volver a Chile. No he podido escribir en varios días, sólo ahora, que empiezas a salir de la agonía, vuelvo a estas páginas. 

Paula, 1994.

miércoles, 19 de agosto de 2026

El barón rampante. Capítulo XII, [Gian dei Brughi]. Italo Calvino.

A veces, por la noche, a Cósimo le despertaban gritos como: «¡Socorro! ¡Los bandidos! ¡Perseguidlos!».
Por los árboles, se dirigía rápido al lugar de donde aquellos gritos procedían. Era quizá un caserío de pequeños propietarios, y una familia medio desnuda estaba allí fuera con las manos a la cabeza.
—¡Ay de nosotros! ¡Ay de nosotros! ¡Ha venido Gian dei Brughi y se nos ha llevado todo el producto de la cosecha!
Se agolpaba la gente.
—¿Gian dei Brughi? ¿Era él? ¿Lo habéis visto?
—¡Era él! ¡Era él! Llevaba una máscara en la cara, una pistola así de larga, y le seguían otros dos enmascarados, y él los mandaba. ¡Era Gian dei Brughi!
—¿Y dónde está? ¿Adónde ha ido?
—Ah, sí, ¡a ver si lo agarras a Gian dei Brughi! ¡Quién sabe dónde está a estas horas!
O bien quien gritaba era un viandante dejado en medio del camino, despojado de todo, caballo, bolsa, capa y equipaje.
—¡Socorro! ¡Al ladrón! ¡Gian dei Brughi!
—¿Cómo ha sido? ¡Decidnos!
—Saltó desde allí, negro, barbudo, apuntando con el trabuco, ¡por poco me mata!
—¡Rápido! ¡Persigámosle! ¿Por dónde ha escapado?
—¡Por aquí! ¡No, quizá por allí! ¡Corría como el viento!
A Cósimo se le había metido en la cabeza ver a Gian dei Brughi. Recorría el bosque a todo lo largo y lo ancho detrás de las liebres o los pájaros, azuzando al pachón: «¡Busca, busca, Óptimo Máximo!». Pero lo que le habría gustado sacar de su cubil era al bandido en persona, y no para hacerle o decirle nada, sólo para ver cara a cara a una persona tan afamada. En cambio, nunca había conseguido hallarlo, ni siquiera dando vueltas toda una noche. «Será que esta noche no ha salido», se decía Cósimo; pero por la mañana, aquí o allá en el valle, había un corrillo de gente en el umbral de una casa o en un recodo del camino, comentando el nuevo robo. Cósimo acudía, y aguzando mucho los oídos escuchaba aquellas historias.
—Pero tú que estás siempre sobre los árboles del bosque —le dijo una vez alguien—, ¿nunca lo has visto, a Gian dei Brughi?
Cósimo se avergonzó mucho.
—Pues… me parece que no…
—¿Y cómo quieres que lo haya visto? —intervino otro—, Gian dei Brughi tiene escondites que nadie puede encontrar, y va por caminos que nadie conoce.
—¡Con la recompensa que ofrecen por su cabeza, quien lo atrape podrá vivir bien toda su vida!
—¡Ya! Pero los que saben dónde está, tienen cuentas pendientes con la justicia casi tanto como él, y si se deciden terminan en la horca también ellos.
—¡Gian dei Brughi! ¡Gian dei Brughi! Pero ¿será siempre él quien comete estos delitos?
—Da igual, tiene tantas acusaciones que aunque consiguiera disculparse de diez robos, mientras tanto ya le habrían colgado por el undécimo.
—¡Ha sido bandido en todos los bosques de la costa!
—¡Mató incluso a un jefe de banda en su juventud!
—¡Ha hecho de bandido también entre los bandidos!
—¡Por eso ha venido a refugiarse a nuestras tierras!
—¡Es que somos demasiado buenos!
Cósimo cada nueva noticia la iba a comentar con los caldereros. Entre la gente acampada en el bosque, había en aquellos tiempos toda una ralea de fulleros ambulantes: caldereros, silleros, traperos, gente que evita las casas, y que por la mañana estudia el hurto que hará por la noche. En el bosque, más que el taller tenían su refugio secreto, el escondrijo de lo que hurtaban.
—¿Sabéis? ¡Esta noche Gian dei Brughi ha asaltado una carroza!
—¿Ah, sí? Puede ser…
—¡Ha conseguido detener los caballos al galope cogiéndolos por la brida!
—Pues, o no era él o en lugar de caballos eran grillos…
—¿Qué decís? ¿No creéis que fuera Gian dei Brughi?
—Sí, sí, ¿qué ideas le vas a meter en la cabeza a ése? ¡Claro que era Gian dei Brughi!
—¿Y de qué no es capaz Gian dei Brughi?
—¡Ja, ja, ja!
Al oír hablar de Gian dei Brughi de este modo, Cósimo no salía de su asombro, se desplazaba por el bosque e iba a escuchar en otro campamento de vagabundos.
—Decidme, según vosotros, el de la carroza de anoche, ¿fue un golpe de Gian dei Brughi, no?
—Todos los golpes son de Gian dei Brughi cuando salen bien. ¿No lo sabes?
—¿Por qué cuando salen bien?
—Porque cuando no salen bien, ¡quiere decir que son realmente de Gian dei Brughi!
—¡Ja, ja! ¡Ese chapucero!
Cósimo ya no entendía nada.
—¿Gian dei Brughi un chapucero?
Los otros, entonces, se apresuraban a cambiar de tono:
—Claro que no, claro que no, ¡es un bandido que da miedo a todos!
—¿Lo habéis visto vosotros?
—¿Nosotros? ¿Y quién lo ha visto alguna vez?
—Pero ¿estáis seguros de que existe?
—¡Ésa sí que es buena! ¡Claro que existe! Pero si no existiera…
—¿Si no existiera?
—… Sería lo mismo. ¡Ja, ja, ja!
—Pero todos dicen…
—Claro, es lo que hay que decir: ¡es Gian dei Brughi que roba y mata por todas partes, ese terrible bandido! ¡Quisiéramos ver que alguien lo dudase!
En fin, Cósimo había comprendido que el miedo a Gian dei Brughi que había por el valle, cuanto más se subía hacia el bosque más se convertía en una actitud dudosa y a menudo abiertamente burlona.
La curiosidad de dar con él se le pasó, porque comprendió que Gian dei Brughi a la gente más experta no le importaba nada. Y fue precisamente entonces cuando ocurrió el encuentro.
Cósimo estaba en un nogal, una tarde, y leía. Le había entrado hacía poco la nostalgia de algún libro: estar todo el día con el fusil apuntando, esperando que llegue un pinzón, a la larga aburre.
Así pues, leía el Gil Blas, de Lesage, sosteniendo con una mano el libro y con la otra el fusil. Óptimo Máximo, al que no le gustaba que su amo leyese, daba vueltas alrededor buscando pretextos para distraerlo: ladrando por ejemplo a una mariposa, para ver si conseguía hacerle apuntar el fusil.
Y de pronto, bajando de la montaña, por el sendero, venía corriendo y jadeando un hombre barbudo y mal vestido, desarmado, y detrás llevaba a dos esbirros con los sables desenvainados que gritaban:
—¡Detenedlo! ¡Es Gian dei Brughi! ¡Lo hemos cogido, al fin!
Ahora el bandido se había distanciado un poco de los esbirros, pero si continuaba moviéndose torpemente como quien tiene miedo de equivocarse de camino o caer en alguna trampa, los tendría pronto pisándole los talones. El nogal de Cósimo no presentaba agarraderos para quien quisiera trepar, pero él tenía allí en la rama una cuerda de esas que llevaba siempre consigo para superar los pasos difíciles. Tiró un extremo a tierra y ató el otro a la rama. El bandido vio caer aquella cuerda casi en las narices, se retorció las manos un momento en la incertidumbre, luego se agarró a la cuerda y trepó con rapidez, revelándose como uno de esos inseguros impulsivos o impulsivos inseguros que parece que nunca saben aprovechar el momento justo y por el contrario atinan siempre.
Llegaron los esbirros. La cuerda ya había sido retirada y Gian dei Brughi estaba junto a Cósimo entre las frondas del nogal. El camino se bifurcaba. Los esbirros tomaron cada uno por un lado distinto, luego se volvieron a encontrar, y no sabían adónde ir. Y repentinamente toparon con Óptimo Máximo que meneaba la cola por aquellos parajes.
—¡Eh! —dijo uno de los esbirros al otro—, ¿no es éste el perro del hijo del barón, el que vive en los árboles? Si el muchacho está por aquí cerca podrá decirnos algo.
—¡Estoy aquí arriba! —gritó Cósimo.
Pero no gritó desde el nogal donde estaba antes y en donde estaba escondido el bandido; se había desplazado rápidamente a un castaño de enfrente, de modo que los esbirros levantaron enseguida la cabeza en aquella dirección sin ponerse a mirar a los árboles de en torno.
—Buenos días, señoría —dijeron—, ¿por casualidad no habréis visto correr al bandido Gian dei Brughi?
—Quién era no lo sé —respondió Cósimo—, pero si buscáis a un hombrecito que corría, ha tomado por ahí, hacia el torrente…
—¿Un hombrecito? Es un hombre terrible, que inspira miedo…
—Bueno, desde aquí parecéis todos pequeños…
—¡Gracias, señoría! —y tiraron hacia el torrente.
Cósimo volvió al nogal y siguió con la lectura del Gil Blas. Gian dei Brughi todavía estaba abrazado a la rama, pálido entre los cabellos y la barba hirsutos y rojos como los mismos brezos, con hojas secas, erizos de castaña y agujas de pino enredados en ellos. Escrutaba a Cósimo con dos ojos verdes, redondos y turbados; feo, era feo.
—¿Se han ido? —se decidió a preguntar.
—Sí, sí —dijo Cósimo, afable—. ¿Es usted el bandido Gian dei Brughi?
—¿Cómo me conoce?
—Ah, pues, por la fama.
—¿Y usted es el que nunca baja de los árboles?
—Sí. ¿Cómo lo sabe?
—Bueno, también yo, la fama corre.
Se miraron con amabilidad, como dos personas importantes que se encuentran por casualidad y están contentas de no ser desconocidas la una para la otra.
Cósimo no sabía que más podía decir, y se puso de nuevo a leer.
—¿Qué lee?
—El Gil Blas, de Lesage.
—¿Es bonito?
—Pues sí.
—¿Le falta mucho para terminarlo?
—¿Por qué? Bueno, unas veinte páginas.
—Porque cuando lo termine quisiera pedirle que me lo prestara —sonrió, algo confundido—. ¿Sabe?, me paso los días escondido, nunca se sabe qué hacer. Si tuviera un libro de vez en cuando, digo. Una vez detuve una carroza, poca cosa, pero había un libro y lo cogí. Me lo llevé, escondido bajo la casaca; habría dado todo el resto del botín, con tal de quedarme aquel libro. Por la noche, enciendo la linterna, me dispongo a leer…, ¡estaba en latín! No entendía ni una palabra… —Sacudió la cabeza—. Ya ve, yo el latín no lo sé…
—Bueno, el latín, caray, es difícil —dijo Cósimo, y sintió que a pesar suyo estaba tomando un aire protector—. Éste está en francés…
—Francés, toscano, provenzal, castellano, los entiendo todos —dijo Gian dei Brughi—. Un poco también el catalán: Bon dia! Bona nit! Està la mar molt alborotada.
En media hora Cósimo terminó el libro y se lo prestó a Gian dei Brughi.
Así empezaron a relacionarse mi hermano y el bandido. En cuanto Gian dei Brughi había terminado un libro, corría a devolvérselo a Cósimo, tomaba en préstamo otro, escapaba a esconderse a su refugio secreto, y se hundía en la lectura.
A Cósimo los libros se los proporcionaba yo de la biblioteca de casa, y cuando los había leído me los volvía a dar. Ahora empezó a quedárselos más tiempo, porque una vez leídos se los pasaba a Gian dei Brughi, y a menudo volvían con las encuadernaciones despellejadas, con manchas de moho, babas de caracoles, porque quién sabe dónde los tenía el bandido.
En días preestablecidos, Cósimo y Gian dei Brughi se daban cita sobre un determinado árbol, se intercambiaban el libro y se separaban, ya que el bosque estaba siempre batido por los esbirros. Esto tan simple era muy peligroso para ambos; incluso para mi hermano, que desde luego no habría podido justificar su amistad con aquel criminal. Pero a Gian dei Brughi le había pillado tal furia de lecturas, que devoraba novela tras novela y, al estar todo el día escondido leyendo, en un día liquidaba unos tomos que mi hermano había empleado una semana en leer, y entonces no había manera, quería otro, y si no era el día establecido se lanzaba por los campos en busca de Cósimo, asustando a las familias en los caseríos y arrastrando detrás de él a toda la fuerza pública de Ombrosa.
Ahora a Cósimo, aún más apremiado por las peticiones del bandido, los libros que yo conseguía procurarle ya no le bastaban, y tuvo que ir a buscar otros proveedores. Conoció a un comerciante de libros judío, un tal Orbecche, que le suministraba incluso obras en varios tomos. Cósimo iba a llamar a su ventana desde las ramas de un algarrobo llevándole liebres, tordos y perdices acabados de cazar a cambio de volúmenes.
Pero Gian dei Brughi tenía sus gustos, no se le podía dar un libro cualquiera, pues al día siguiente buscaba a Cósimo para que se lo cambiase. Mi hermano estaba en la edad en que se empieza a gozar con lecturas más sustanciosas, pero se veía obligado a ir despacio, desde que Gian dei Brughi le devolvió Las aventuras de Telémaco, advirtiéndole que si le daba otra vez un libro tan aburrido, le serraría el árbol por debajo.
Cósimo, a partir de este momento, habría querido separar los libros que quería leer por su cuenta con toda calma de los que se procuraba sólo para dejárselos al bandido. Pero no: también a éstos tenía que echarles al menos una ojeada, porque Gian dei Brughi se volvía cada vez más exigente y desconfiado, y antes de quedarse con un libro quería que le contase un poco el argumento, y pobre de él como lo cogiera en falta. Mi hermano probó a pasarle novelitas de amor, y el bandido llegaba furioso preguntando si lo había tomado por una mujercita. No se conseguía adivinar nunca lo que le gustaba.
En resumidas cuentas, con Gian dei Brughi pegado a él, la lectura para Cósimo, de aquella distracción de media horita, se convirtió en su ocupación principal, en el objeto de todo el día. Y a fuerza de manejar volúmenes, de juzgarlos y compararlos, de tener que conocer siempre otros nuevos, entre lecturas para Gian dei Brughi y la creciente necesidad de lecturas para sí, a Cósimo le entró tal pasión por las letras y por todo el saber humano que no le eran suficientes las horas desde el alba al ocaso para lo que habría querido leer, y seguía incluso en la oscuridad, a la luz de una linterna.
Descubrió al fin las novelas de Richardson. A Gian dei Brughi le gustaron. Acabada una, enseguida quería otra. Orbecche le consiguió un montón de volúmenes. El bandido tenía lectura para un mes. Cósimo, recobrada la tranquilidad, se lanzó a leer las Vidas de Plutarco.
Gian dei Brughi, mientras tanto, tumbado en su lecho, con los hirsutos cabellos rojos llenos de hojas secas sobre la frente fruncida, los ojos verdes que se le enrojecían por el esfuerzo de la vista, leía y leía moviendo la mandíbula en un deletreo furioso, teniendo en alto un dedo húmedo de saliva dispuesto a volver la página. Con la lectura de Richardson,una inclinación latente desde hacía tiempo en su ánimo lo iba consumiendo: un deseo de una vida rutinaria y casera, de parentescos, de sentimientos familiares, de virtudes, de aversión a los malvados y los viciosos. Todo lo que lo rodeaba ya no le interesaba, o lo llenaba de disgusto. Ya no salía de su guarida salvo para correr hacia Cósimo para que le cambiase el volumen, en especial si era una novela en varios tomos y se había quedado a la mitad de la historia. Vivía así, aislado, sin darse cuenta de la tempestad de resentimientos que estaba incubando contra él incluso entre los habitantes del bosque, en un tiempo sus fieles cómplices, pero que ahora se habían cansado de tener entre ellos un bandido inactivo, que atraía a todos los esbirros.
En otra época, se le habían acercado cuantos en los alrededores tenían cuentas que ajustar con la justicia, aunque fuese poco, habituales pequeños robos, como los de aquellos vagabundos estañadores de ollas, o delitos propiamente dichos, como los de sus compañeros bandidos. Para cada hurto o atraco esta gente se aprovechaba de su autoridad y experiencia, e incluso se escudaba con su nombre, que corría de boca en boca y dejaba los suyos en la sombra. Y quien no tomaba parte en los golpes también disfrutaba de algún modo de su suerte, porque el bosque se llenaba de lo robado y de contrabando de todas clases, que había que despachar o revender, y todos los que frecuentaban aquellos lugares encontraban con qué traficar. Quien además llevaba a cabo atracos por su cuenta, sin que lo supiera Gian dei Brughi, se apoyaba en aquel nombre terrible para atemorizar a los agredidos y sacarles el máximo; la gente vivía en el terror, en cada maleante veía a Gian dei Brughi o a uno de su banda y se apresuraba a desatar los cordones de la bolsa.
Estos buenos tiempos duraron mucho; Gian dei Brughi había visto que podía vivir de renta, y poco a poco se fue abandonando. Creía que todo seguía como antes, en cambio los ánimos eran otros y su nombre ya no inspiraba ningún respeto.
¿A quién le era útil, a estas alturas, Gian dei Brughi? Se estaba escondiendo con lagrimones en los ojos leyendo novelas, ya no realizaba atracos, no proporcionaba botines, en el bosque nadie podía ocuparse de sus asuntos, venían los esbirros todos los días a buscarlo y por poco que un desgraciado tuviese un aspecto sospechoso se lo llevaban a la prevención. Si se añade la tentación de la recompensa que ofrecían por su cabeza, se ve claro que los días de Gian dei Brughi estaban contados.
Otros dos bandidos, dos jóvenes que habían sido adiestrados por él y que no sabían resignarse a perder aquel buen jefe de la banda, quisieron darle ocasión de rehabilitarse. Se llamaban Ugasso y Bel-Loré, y de niños habían sido de la banda de ladronzuelos de fruta. Ahora, mayores, se habían convertido en salteadores de caminos.
Así pues, van a buscar a Gian dei Brughi a su guarida. Estaba allí, tendido sobre la paja.
—Sí, ¿qué pasa? —dijo, sin levantar los ojos de la página.
—Teníamos que proponerte una cosa, Gian dei Brughi.
—Hum… ¿Qué? —y leía.
—¿Sabes dónde está la casa de Costanzo, el recaudador de impuestos?
—Sí, sí… ¿Eh? ¿Qué recaudador?
Bel-Loré y Ugasso intercambiaron una mirada contrariada. Si no le quitaban aquel maldito libro de delante de los ojos, el bandido no entendería ni una palabra.
—Cierra el libro por un momento, Gian dei Brughi. Escúchanos.
Gian dei Brughi aferró el libro con ambas manos, se puso de rodillas, se lo apretó contra el pecho manteniéndolo abierto por la señal, luego el deseo de seguir leyendo era demasiado y, siempre sujetándolo estrechamente, lo levantó hasta poder hundir la nariz en él.
Bel-Loré tuvo una idea. Había allí una tela de araña con una gruesa araña. Bel-Loré alzó con manos ligeras la tela de araña con la araña y se la tiró encima a Gian dei Brughi, entre el libro y la nariz. El infeliz de Gian dei Brughi se había ablandado tanto que hasta una araña le daba miedo. Sintió en la nariz aquella confusión de patas de araña y filamentos pegajosos, y antes incluso de comprender qué era, lanzó un gritito horrorizado, dejó caer el libro y empezó a abanicarse con las manos la cara, con los ojos en blanco y la boca que escupía.
Ugasso se tiró al suelo y consiguió agarrar el libro antes de que Gian dei Brughi le pusiera un pie encima.
—¡Devuélveme ese libro! —dijo Gian dei Brughi, tratando con una mano de librarse de la araña y la telaraña, y con la otra de arrancar el libro de las manos de Ugasso.
—No, ¡primero escúchanos! —dijo Ugasso escondiendo el libro a la espalda.
—Estaba leyendo Clarisa. ¡Devolvédmelo! Precisamente en el momento culminante…
—Oye esto. Nosotros llevamos esta noche una carga de leña a casa del recaudador de impuestos. En el saco, en vez de leña, vas tú. Cuando sea de noche, sales del saco…
—¡Pues yo quiero terminar Clarisa! —Había conseguido librarse las manos de los últimos restos de telaraña y trataba de luchar con los dos jóvenes.
—Oye esto… Cuando sea de noche sales del saco, armado con tus pistolas, haces que el recaudador te dé todo lo que ha recaudado durante la semana, que guarda en el cofre en la cabecera de la cama…
—Dejadme al menos acabar el capítulo… Sed buenos chicos…
Los dos jóvenes pensaban en los tiempos en que, al primero que se atrevía a contradecirle, Gian dei Brughi le clavaba dos pistolas en el estómago. Les vino una amarga nostalgia.
—Tú coges los sacos de dinero, ¿de acuerdo? —insistieron, tristemente—, nos los traes, nosotros te devolvemos tu libro y podrás leer cuanto quieras. ¿Está bien así? ¿Irás?
—No. No está bien. ¡No iré!
—Ah, conque no irás… Ah, conque no irás, dices… ¡Pues mira, entonces! —y Ugasso cogió una página de hacia el final del libro (—¡No! —gritó Gian dei Brughi), la arrancó (—¡No! ¡Quieto!), hizo una bola con ella, la echó al fuego.
—¡Ah! ¡Perro! ¡No puedes hacer eso! ¡Ya no sabré cómo termina! —y corría detrás de Ugasso para pillarle el libro.
—Entonces qué, ¿vas a ir a casa del recaudador?
—No, ¡no pienso ir!
Ugasso arrancó otras dos páginas.
—¡Estate quieto! ¡Todavía no he llegado ahí! ¡No puedes quemarlas!
Ugasso ya las había tirado al fuego.
—¡Perro! ¡Clarisa! ¡No!
—Entonces qué, ¿vas a ir?
—Yo…
Ugasso arrancó otras tres páginas y las lanzó a las llamas.
Gian dei Brughi se sentó con la cara entre las manos.
—Iré —dijo—. Pero prometedme que me esperaréis con el libro fuera de la casa del recaudador.
Escondieron al bandido en un saco, con un haz de leña sobre la cabeza. Bel-Loré llevaba el saco a la espalda. Detrás iba Ugasso con el libro. De vez en cuando, cuando Gian dei Brughi con una patada o un gruñido desde dentro del saco daba muestras de estar a punto de arrepentirse, Ugasso le hacía oír el ruido de una página arrancada y Gian dei Brughi volvía a quedarse calmado enseguida.
Con este sistema lo llevaron, disfrazados de leñadores, hasta dentro de la casa del recaudador de impuestos y lo dejaron allí. Fueron a situarse un poco lejos, detrás de un olivo, esperando la hora en que, terminado el golpe, debía reunirse con ellos.
Pero Gian dei Brughi tenía demasiada prisa, salió antes de oscurecer, por la casa aún había demasiada gente.
—¡Manos arriba! —Pero ya no era el de antes, era como si se viese desde fuera, se sentía un poco ridículo—. Manos arriba, he dicho… Todos los de la habitación, contra la pared… —Nada: no se lo creía ni él, lo hacía por hacer—. ¿Estáis todos? —No se había dado cuenta de que se había escapado una niña.
En cualquier caso, era un trabajo en el que no se podía perder ni un minuto. En cambio lo alargó, el recaudador se hacía el tonto, no encontraba la llave, Gian dei Brughi comprendía que ya no lo tomaban en serio, y en el fondo estaba contento de que así ocurriese.
Salió, por fin, con los brazos cargados de bolsas repletas de escudos. Corrió casi a ciegas al olivo fijado para reunirse.
—¡Aquí está todo lo que había! ¡Devolvedme Clarisa!
Cuatro, siete, diez brazos se arrojaron sobre él, lo inmovilizaron de la espalda a los tobillos. Una cuadrilla de esbirros lo levantaba a pulso y lo ataba como a un jamón.
—¡A Clarisa la verás estando en chirona! —y lo condujeron a la cárcel.
La cárcel era una torre a orillas del mar. Un bosque de pinastros crecía allí cerca. Desde lo alto de uno de estos pinastros, Cósimo llegaba casi a la altura de la celda de Gian dei Brughi y veía su rostro tras las rejas.
Al bandido no le importaban nada ni los interrogatorios ni los procesos; cualquiera que fuese el resultado, lo iban a ahorcar igualmente; pero su preocupación eran esos días vacíos allí en la prisión, sin poder leer, y aquella novela dejada a medias. Cósimo consiguió obtener otro ejemplar de Clarisa y se lo llevó al pino.
—¿Dónde habías llegado?
—¡Cuando Clarisa escapaba de la casa de mala fama!
Cósimo hojeó un poco y luego:
—Ah, sí, aquí lo tengo. Pues… —y empezó a leer en voz alta, vuelto hacia la reja, a la que se veían agarradas las manos de Gian dei Brughi.
La instrucción de la causa se fue alargando; el bandido resistía las torturas; para hacerle confesar cada uno de sus innumerables delitos se requerían días y días. Pero siempre, antes y después de los interrogatorios, se quedaba escuchando a Cósimo que le leía. Cuando terminó Clarisa, viéndolo algo entristecido, Cósimo pensó que Richardson, a la postre, era un poco deprimente; y prefirió empezar a leerle una novela de Fielding, que con vicisitudes más movidas lo consolara un poco de la libertad perdida. Eran los días del proceso, y Gian dei Brughi sólo tenía en la cabeza los azares de Jonathan Wild.
Antes de que se acabara la novela, llegó el día de la ejecución. En la carreta, en compañía de un fraile, Gian dei Brughi llevó a término el último viaje como viviente. Las ahorcaduras en Ombrosa se ejecutaban en una alta encina en medio de la plaza. Alrededor todo el pueblo formaba un círculo.
Cuando tuvo la soga al cuello, Gian dei Brughi oyó un silbido entre las ramas. Alzó el rostro. Era Cósimo, con el libro cerrado.
—Dime cómo termina —dijo el condenado.
—Siento decírtelo, Gian —respondió Cósimo—, Jonathan termina colgado por el cuello.
—Gracias. ¡Que sea lo mismo para mí! ¡Adiós! —y dio un puntapié a la escalera, quedando estrangulado.
El gentío, cuando el cuerpo cesó de agitarse, se marchó. Cósimo se quedó hasta la noche, a horcajadas de la rama de la que colgaba el ahorcado. Cada vez que un cuervo se acercaba para morder los ojos o la nariz al cadáver, Cósimo lo ahuyentaba agitando el gorro.

El barón rampante, 1957.

sábado, 15 de agosto de 2026

Octubre de 1944. Primo Levi.

Con todas nuestras fuerzas hemos luchado para que no llegase el invierno. Nos hemos agarrado a todas las horas tibias, y a cada puesta de sol hemos procurado sujetar el sol en el cielo todavía un poco, pero todo ha sido inútil. Ayer por la tarde el sol se ha puesto irrevocablemente en un enredo de niebla sucia, de chimeneas y de cables, y esta mañana es invierno.
Sabemos lo que quiere decir, porque estábamos aquí el invierno pasado, y los demás lo aprenderán pronto. Quiere decir que, en el curso de estos meses, de octubre a abril, de cada diez de nosotros, morirán siete. Quien no se muera sufrirá minuto por minuto, día por día, durante todos los días: desde la mañana antes del alba hasta la distribución del potaje vespertino, deberá tener constantemente los músculos tensos, dar saltos primero sobre un pie y luego sobre el otro, darse palmadas bajo los sobacos para resistir el frío. Deberá gastar pan para procurarse guantes, y perder horas de sueño para repararlos cuando estén descosidos. Como no se podrá comer nunca al aire libre, tendremos que consumir nuestro pienso en la barraca, de pie, disponiendo cada uno de un palmo de pavimento, y apoyarse en las literas está prohibido. A todos se nos abrirán heridas en las manos y para conseguir una venda habrá que esperar toda la tarde durante horas y de pie en la nieve y al viento.
Del mismo modo que nuestra hambre no es la sensación de quien ha perdido una comida, así nuestro modo de tener frío exigiría un nombre particular. Decimos «hambre», decimos «cansancio», «miedo» y «dolor», decimos «invierno», y son otras cosas. Son palabras libres, creadas y empleadas por hombres libres que vivían, gozando y sufriendo, en sus casas. Si el Lager hubiese durado más, un nuevo lenguaje áspero habría nacido; y se siente necesidad de él para explicar lo que es trabajar todo el día al viento, bajo cero, no llevando encima más que la camisa, los calzoncillos, la chaqueta y unos calzones de tela, y, en el cuerpo, debilidad y hambre y conciencia del fin que se acerca.
Del mismo modo en que se ve desvanecerse una esperanza, así ha llegado el invierno esta mañana. Nos hemos dado cuenta cuando hemos salido del barracón para ir a lavarnos: no había estrellas, el aire oscuro y frío olía a nieve. En la plaza de la Lista, bajo la primera luz, al reunirnos para el trabajo, nadie ha hablado. Cuando hemos visto los primeros copos de nieve, hemos pensado que si el año pasado en esta época nos hubiesen dicho que íbamos a ver otro invierno en el Lager, nos habríamos dirigido a tocar el tendido eléctrico; y también lo haríamos ahora si fuésemos lógicos, si no fuera por este insensato y loco residuo de inconfesable esperanza.
Porque «invierno» quiere decir todavía una cosa más.
La primavera pasada los alemanes han construido dos enormes tiendas en una explanada de nuestro Lager. Cada una, durante el buen tiempo, ha hospedado a más de mil hombres; ahora, las tiendas han sido desmontadas y un exceso de dos mil hombres se hacinan en nuestras barracas. Nosotros, los veteranos prisioneros, sabemos que estas irregularidades no les gustan a los alemanes y que pronto sucederá algo que haga disminuir nuestro número.
La selección se siente llegar. Selekcja: la híbrida palabra latina y polaca se oye una vez, dos veces, muchas veces, intercalada en conversaciones extranjeras; al principio no se la individualiza, después se impone a la atención, finalmente nos persigue.
Esta mañana, los polacos dicen Selekcja. Los polacos son los que primero saben las noticias, y generalmente procuran que no se difundan, porque saber algo mientras los demás no lo saben todavía puede resultar ventajoso. Cuando todos sepan que la selección es inminente, lo poquísimo que cada uno podría intentar para escurrirse (corromper con pan o con tabaco a algún médico o a algún prominente; pasar de la barraca al Ka-Be o viceversa en el momento exacto, de manera que se cruce uno con la comisión) será su monopolio.
En los días siguientes, la atmósfera del Lager y de la cantera está saturada de Selekcja: nadie sabe nada preciso y todos hablan de ello, hasta los obreros libres, polacos, italianos, franceses, que vemos a escondidas durante las horas de trabajo. No se puede decir que se produzca una ola de abatimiento. Nuestra moral colectiva está demasiado desarticulada y aplastada para que sea inestable. La lucha contra el hambre, el frío y el trabajo deja poco margen al pensamiento, aun tratándose de este pensamiento. Cada cual reacciona a su manera, pero casi ninguno con las actitudes que parecerían más plausibles por ser realistas, es decir con la resignación o con la desesperación.
Quien puede tomar providencias, las toma; pero son los menos, porque sustraerse a la selección es muy difícil, los alemanes hacen estas cosas con gran seriedad y diligencia.
Quien no puede prevenirse materialmente trata de defenderse de otro modo. En los retretes, en el lavadero, nos enseñamos el uno al otro el pecho, las nalgas, los muslos, y los compañeros se tranquilizan: «Puedes estar tranquilo, seguro que esta vez no te toca… du bist kein Muselmann… más bien yo», y al mismo tiempo se bajan los pantalones y se levantan la camisa.
Ninguno niega a otro esta limosna: ninguno está tan seguro de su suerte como para tener el valor de condenar a otro. Yo mismo he mentido descaradamente al viejo Wertheimer; le he dicho que, si lo interrogan, responda que tiene cuarenta y cinco años y que no se olvide de afeitarse la tarde antes, aun a costa de quitarse de la boca un cuarto de pan; que, aparte de esto, no debe alimentar temores, y que además no es nada cierto que se trate de una selección para el gas: ¿no le ha oído decir al Blockaltesterr que los seleccionados irán al campo de convalecencia de Jaworszno?
Es absurdo que Wertheimer tenga esperanzas: aparenta sesenta años, tiene gruesas varices, casi no siente el hambre. Y, sin embargo, se va a la litera sereno y tranquilo y, a quien le hace preguntas, le responde con mis palabras; son las palabras de orden del campo durante estos días: yo mismo las he repetido como, con menos detalles, me las he sentido recitar por Jaim, que está en el Lager desde hace tres años y, como es fuerte y robusto, está admirablemente seguro de sí; y le he creído.
Sobre esta exigua base también yo he atravesado la gran selección de octubre de 1944 con inconcebible tranquilidad. Estaba tranquilo porque había logrado mentirme cuánto era necesario. El hecho de que yo no haya sido elegido ha dependido sobre todo del azar y no demuestra que mi confianza estuviese bien fundada.
También Monsieur Pinkert es, a priori, un condenado: basta con mirarle a los ojos. Me llama con una seña, y me cuenta con aire confidencial que ha sabido, de qué fuente no puede decírmelo, que, efectivamente, esta vez hay una novedad: la Santa Sede, por medio de la Cruz Roja Internacional… en fin, me asegura personalmente que, tanto para él como para mí, de la manera más absoluta, está excluido todo peligro: cuando civil, era, como es sabido, agregado a la embajada belga en Varsovia.
De varios modos pues, también estos días de vigilia, que cuando se habla de ellos, parece que deberían haber sido tormentosos más allá de todo límite humano, pasan de una manera no muy diferente que los demás.
La disciplina del Lager y de la Buna no se relaja en modo alguno; el trabajo, el frío y el hambre son suficientes para acaparar toda nuestra atención.
Hoy es domingo de trabajo, Arbeitssonntag: se trabaja hasta las trece, después se vuelve al campo para la ducha, el afeitado y el control general de la sarna y de los piojos y, en el tajo, misteriosamente, todos hemos sabido que la selección será hoy.
La noticia ha llegado, como siempre, rodeada de un halo de detalles contradictorios y recelos: esta misma mañana ha habido una selección en la enfermería; el porcentaje ha sido del siete, del treinta, del cincuenta por ciento del total de los enfermos. En Birkenau, la chimenea del Crematorio humea desde hace diez días. Hay que hacerle sitio a una enorme expedición que va a llegar del gueto de Posen. Los jóvenes dicen a los jóvenes que serán elegidos todos los viejos. Los sanos dicen a los sanos que sólo serán elegidos los enfermos. Serán excluidos los especialistas. Serán excluidos los judíos alemanes. Serán excluidos los Números Bajos. Serás elegido tú. Seré excluido yo.
Con toda normalidad, a partir de las trece en punto, el taller se vacía y la formación gris e interminable desfila durante dos horas hacia los dos puestos de control, donde como todos los días somos contados y recontados, ante la orquesta que, durante horas sin interrupción, toca como todos los días las marchas con las que, a la entrada y a la salida, debemos sincronizar nuestros pasos. Parece que todo marcha como todos los días, la chimenea de la cocina humea como de costumbre, ya ha empezado la distribución del potaje. Pero luego se ha oído la campana, y ahora hemos comprendido que va en serio.
Porque esta campana suena siempre al alba, y entonces es la diana, pero cuando suena a media jornada quiere decir Blocksperre, encierro en la barraca, y esto sucede cuando hay selección, para que nadie se sustraiga a ella y, cuando los seleccionados salgan hacia el gas, para que nadie los vea partir.
Nuestro Blockaltester conoce su oficio. Se ha cerciorado de que todos hemos entrado, ha hecho cerrar la puerta con llave, ha dado a cada uno la ficha en que constan la matrícula, el nombre, la profesión, la edad y la nacionalidad, y ha dado orden de que todos se desnuden completamente quedándose sólo con el calzado. De este modo, desnudos y con la ficha en la mano, esperaremos a que la comisión llegue a nuestra barraca. Nosotros somos la barraca 48, pero no se puede prever si se empezará por la barraca 1 o por la 60. De todos modos, podemos estar tranquilos durante una hora por lo menos, y no hay motivo alguno para que no nos metamos bajo las mantas de las literas para calentarnos.
Ya dormitan muchos cuando un desencadenamiento de órdenes, de blasfemias y de golpes indica que la comisión está llegando. El Blockaltester y sus ayudantes, a gritos y puñetazos, a partir del fondo del dormitorio, empujan hacia delante a la turba de desnudos asustados y los apiñan dentro del Tagesraum, que es la Comandancia. El Tagesraum es un cuarto de siete metros por cuatro: cuando la caza ha terminado, dentro del Tagesraum está comprimida una masa humana caliente y compacta que invade y rellena perfectamente todos los rincones y ejerce en las paredes de madera una presión que las hace crujir.
Ahora estamos todos en el Tagesraum y además de no haber tiempo, ni siquiera hay espacio para tener miedo. La sensación de la carne caliente que oprime por todo alrededor de uno es singular y no es desagradable. Hay que procurar tener la nariz en alto para encontrar aire, y no arrugar o perder la ficha que tenemos en la mano.
El Blockaltester ha cerrado la puerta del Tagesraum que da al dormitorio y ha abierto las otras dos que, del Tagesraum y del dormitorio dan al exterior. Aquí, delante de las dos puertas, está el árbitro de nuestro destino, que es un suboficial de la SS. Tiene a la derecha al Blockaltester, a la izquierda al furriel de la barraca. Cada uno de nosotros, saliendo desnudos del Tagesraum al frío aire de octubre, debe dar corriendo los pocos pasos que hay entre las puertas delante de los tres, entregar la ficha al SS y entrar por la puerta del dormitorio. El SS, en la fracción de segundo entre las dos pasadas sucesivas, con una mirada de frente y de espaldas, decide la suerte de cada uno y entrega a su vez la ficha al hombre que está a su derecha o al hombre que está a su izquierda, y esto es la vida o la muerte de cada uno de nosotros. En tres o cuatro minutos, una barraca de doscientos hombres está «terminada» y, durante la tarde, el campo entero de doce mil hombres.
Yo, inmovilizado en la carnicería del Tagesraum, he sentido gradualmente disminuir la presión humana en torno a mí, y pronto me ha tocado el turno. Como todos, he pasado con paso enérgico y elástico, procurando llevar la cabeza alta, el pecho fuera y los músculos contraídos y marcados. Con el rabillo del ojo, he procurado ver a mi espalda y me ha parecido que mi ficha ha ido a la derecha.
Conforme íbamos volviendo al dormitorio, podíamos vestirnos. Nadie conoce ahora con seguridad el propio destino, hay que saber primero con seguridad si las fichas condenadas son las pasadas a la derecha o a la izquierda. Ahora no es el caso de tener consideraciones los unos con los otros ni de tener escrúpulos supersticiosos. Todos se amontonan en torno a los más viejos, a los más desnutridos, a los más «musulmanes»; si sus fichas han ido a la izquierda, la izquierda es con toda seguridad el lado de los condenados.
Antes de que la selección haya terminado, todos saben ya que la izquierda ha sido efectivamente la «schlechte Seite», el lado infausto. Hay, naturalmente, irregularidades: René, por ejemplo, tan joven y robusto, ha terminado en la izquierda: quizás porque tiene gafas, quizás porque anda un poco encorvado como los miopes, pero más probablemente por un simple descuido: René ha pasado delante de la comisión inmediatamente antes que yo, y podría haberse producido un cambio de fichas. Lo pienso, hablo con Alberto y convenimos en que la hipótesis es verosímil: no sé lo que pensaré mañana y después; hoy, la cosa no despierta en mí ninguna emoción precisa.
Del mismo modo, también ha debido de haber un error en el caso de Sattler, un macizo campesino transilvano que veinte días antes estaba en su casa; Sattler no entiende alemán, no ha comprendido nada de lo que ha sucedido y está en un rincón remendándose la camisa. ¿Debo ir a decirle que la camisa ya no va a servirle?
No hay por qué asombrarse de estas equivocaciones: el examen es muy rápido y sumario y, por otra parte, para la administración del Lager, lo importante no es tanto que sean eliminados precisamente los inútiles, como que queden rápidamente libres los sitios de acuerdo con determinado tanto por ciento preestablecido.
En nuestra barraca, la selección ha terminado, pero continúa en las otras, por lo que ahora estamos en clausura. Pero puesto que, mientras tanto, han llegado los bidones de potaje, el Blockaltester decide proceder sin más a su distribución. A los seleccionados se les distribuirá una ración doble. No he sabido nunca si ésta sería una iniciativa absurdamente compasiva del Blockaltester o una explícita disposición de los SS, pero de hecho, en el intervalo de dos o tres días (también a veces mucho más largo) entre la selección y la partida, las víctimas de Monowitz-Auschwitz disfrutan de este privilegio.
Ziegler presenta la escudilla, recibe la ración normal y se queda esperando. «¿Qué más quieres?», le pregunta el Blockaltester: no le parece que a Ziegler le toque suplemento, lo aparta de un empujón, pero Ziegler vuelve e insiste humildemente: me han puesto de verdad a la izquierda, todos lo han visto, que vaya el Blockaltester a consultar las fichas: tiene derecho a ración doble. Cuando la ha conseguido, se va tan tranquilo a la litera y empieza a comérsela.
Ahora todos están raspando atentamente con la cuchara el fondo de la escudilla para sacar las últimas pizcas de potaje, y se forma un trasteo sonoro que quiere decir que la jornada ha terminado. Poco a poco, prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido elegido.
Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca?
Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.

Si esto es un hombre, 1947.

lunes, 13 de julio de 2026

La vida de mi madre es un novela que me ha prohibido escribir. Isabel Allende. Paula, (fragmento).

La vida de mi madre es una novela que me ha prohibido escribir; no puedo revelar sus secretos y misterios hasta cincuenta años después de su muerte, pero para entonces estaré convertida en alimento de peces, si mis descendientes cumplen las instrucciones de arrojar mis cenizas al mar. A pesar de que rara vez logramos ponernos de acuerdo, ella es el amor más largo de mi vida, comenzó el día de mi gestación y ya dura medio siglo, además es el único realmente incondicional, ni los hijos ni los más ardientes enamorados aman así. Ahora está conmigo en Madrid. Tiene el pelo de plata y arrugas de setenta años, pero todavía brillan sus ojos verdes con la antigua pasión, a pesar de la amargura de estos meses, que todo lo torna opaco. Compartimos un par de piezas de hotel a pocas cuadras del hospital, donde contamos con una hornilla y una nevera. Nos alimentamos de chocolate espeso y churros comprados al pasar, a veces de unas contundentes sopas de lentejas con salchichón capaces de resucitar a Lázaro, que preparamos en nuestra cocinilla. Despertamos de madrugada, cuando todavía está oscuro, y mientras ella se despereza, yo me visto de prisa y preparo café. Parto primero, por calles parchadas de nieve sucia y hielo, y un par de horas más tarde ella se reúne conmigo en el hospital. El día se nos va en el corredor de los pasos perdidos, junto a la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos, solas hasta el anochecer, cuando aparece Ernesto de vuelta de su trabajo y comienzan a llegar de visita los amigos y las monjas.
Según el reglamento sólo podemos atravesar esa puerta nefasta dos veces al día, vestirnos con los delantales verdes, calzarnos forros de plástico y caminar veintiún pasos largos con el corazón en la mano hasta tu sala, Paula. Tu cama es la primera de la izquierda, hay doce en esa habitación, algunas vacías, otras ocupadas: pacientes cardíacos, recién operados, víctimas de accidentes, drogas o suicidios, que pasan por allí unos días y luego desaparecen, algunos vuelven a la vida, a otros se los llevan cubiertos con una sábana. A tu lado yace don Manuel, muriéndose lentamente. A veces se incorpora un poco para mirarte con ojos nublados por el dolor, vaya qué guapa es su niña, me dice. Suele preguntarme qué te sucedió, pero está sumido en las miserias de su propia enfermedad y apenas termino de explicarle lo olvida. Ayer le conté un cuento y por primera vez me escuchó con atención: había una vez una princesa a quien el día del bautizo sus hadas madrinas colmaron de dones, pero un brujo colocó una bomba de tiempo en su cuerpo, antes que su madre pudiera impedirlo. Para la época en que la joven cumplió veintiocho años felices todos habían olvidado el maleficio, pero el reloj contaba inexorablemente los minutos y un día aciago explotó la bomba sin ruido. Las enzimas perdieron el rumbo en el laberinto de las venas y la muchacha se sumió en un sueño tan profundo como la muerte.
Que Dios guarde a su princesa, suspiró don Manuel.
A ti te cuento otras historias, hija.
Mi infancia fue un tiempo de miedos callados: terror de Margara, que me detestaba, de que apareciera mi padre a reclamarnos, de que mi madre muriera o se casara, del diablo, los juegos bruscos, las cosas que los hombres malos pueden hacer con las niñas. No se te ocurra subir al automóvil de un desconocido, no hables con nadie en la calle, no dejes que te toquen el cuerpo, no te acerques a los gitanos. Siempre me sentí diferente, desde que puedo recordarlo he estado marginada; no pertenecía realmente a mi familia, a mi medio social, a un grupo. Supongo que de ese sentimiento de soledad nacen las preguntas que impulsan a escribir, en la búsqueda de respuestas se gestan los libros. El consuelo en los momentos de pánico fue el persistente espíritu de la Memé, que solía desprenderse de los pliegues de la cortina para acompañarme. El sótano era el oscuro vientre de la casa, lugar sellado y prohibido al cual me deslizaba por un ventanuco de ventilación. Me sentía bien en esa caverna olorosa a humedad, donde jugaba rompiendo tinieblas con una vela o con la misma linterna que usaba para leer de noche bajo las sábanas. Pasaba horas dedicada a juegos callados, lecturas clandestinas y esas complicadas ceremonias que inventan los niños solitarios. Había almacenado una buena provisión de velas robadas en la cocina y tenía una caja con trozos de pan y galletas para alimentar a los ratones. Nadie sospechaba de mis excursiones al fondo de la tierra, las empleadas atribuían los ruidos y las luces al fantasma de mi abuela y no se acercaban jamás por ese lado. El subterráneo consistía en dos cuartos amplios de techo bajo y suelo de tierra apisonada, donde quedaban expuestos los huesos de la casa, sus tripas de cañerías, su peluca de cables eléctricos; allí se amontonaban muebles rotos, colchones despanzurrados, pesadas maletas antiguas para viajes en barco que ya nadie recordaba. En un baúl metálico marcado con las iniciales de mi padre, encontré una colección de libros, fabulosa herencia que iluminó esos años de mi infancia: El tesoro de la juventud, Salgari, Shaw, Verne, Twain, Wilde, London y otros. Los supuse vedados porque pertenecían a ese T. A. de nombre impronunciable, no me atreví a sacarlos a la luz y, alumbrada por candiles, me los tragué con la voracidad que despiertan las cosas prohibidas, tal como años después leí a escondidas Las mil y una noches, aunque en realidad en esa casa no había libros censurados, nadie tenía tiempo para vigilar a los niños y mucho menos sus lecturas. A los nueve años me sumergí en las obras completas de Shakespeare, primer regalo del tío Ramón, una bella edición que repasé innumerables veces sin parar mientes en su calidad literaria, por el simple placer del chisme y la tragedia, es decir, por la misma razón que antes escuchaba los folletines de la radio y ahora escribo ficción.
Vivía cada cuento como si fuera mi propia vida, yo era cada uno de los personajes, sobre todo los villanos, mucho más atrayentes que los héroes virtuosos. La imaginación se me disparaba inevitablemente hacia la truculencia. Si leía sobre los pieles rojas que arrancaban el cuero cabelludo a sus enemigos, suponía que las víctimas quedaban vivas y continuaban sus luchas con apretados gorros de piel de bisonte para sujetarse los sesos que asomaban entre las fisuras del cráneo despellejado, y de allí a imaginar que las ideas también se les escapaban había un paso.
Dibujaba los personajes en cartulina, los recortaba y los sostenía con palitos, ese fue el comienzo de mis primeros intentos en el teatro. Les contaba cuentos a mis alelados hermanos, horribles historias de suspenso que llenaban sus días de terrores y sus noches de pesadillas, tal como después hice con mis hijos y con algunos hombres en la intimidad de la cama, donde una fábula bien contada suele tener un poderoso efecto afrodisiaco.
El tío Ramón tuvo una influencia fundamental en muchos aspectos de mi carácter, aunque en algunos casos me ha costado cuarenta años relacionar sus enseñanzas con mis reacciones. Poseía un Ford destartalado que compartía a medias con un amigo; él lo usaba lunes, miércoles, viernes y domingo por medio, y el otro lo tenía el resto del tiempo. Uno de esos domingos con automóvil, nos llevó con mis hermanos y mi madre al Open Door, un fundo en los alrededores de Santiago donde internaban a los locos mansos.
Conocía bien esos parajes porque en su juventud pasaba las vacaciones allí invitado por unos parientes que administraban la parte agrícola del sanatorio. Entramos a barquinazos por un camino de tierra bordeado por grandes plátanos orientales formando una bóveda verde por encima de nuestras cabezas. A un lado quedaban los potreros y al otro los edificios rodeados de un huerto de árboles frutales, donde deambulaban unos cuantos dementes pacíficos vestidos con camisolas descoloridas, que acudieron a nuestro encuentro corriendo junto al coche y asomando las caras y las manos por las ventanillas entre gritos de bienvenida. Nos encogimos en el asiento espantados mientras el tío Ramón los saludaba por el nombre, algunos habían estado allí por muchos años y en los veranos de su juventud jugaba con ellos. Por un precio razonable negoció con el cuidador para que nos dejara entrar al huerto.
—Bájense, niños, los locos son buena gente —ordenó—. Pueden subirse a los árboles, comer todo lo que quieran y llenar este saco.
Somos inmensamente ricos.
No sé cómo consiguió que los internos del sanatorio nos ayudaran.
Pronto les perdimos el miedo y terminamos todos encaramados devorando damascos, chorreados de jugo, arrancándolos a manos llenas de las ramas para meterlos en la bolsa. Les dábamos un mordisco y si no nos parecían bien dulces los tirábamos y sacábamos otro, nos lanzábamos los damascos maduros, que nos reventaban encima en una verdadera orgía de fruta y de risa.
Comimos hasta la saciedad y después de despedirnos a besos de los orates emprendimos el regreso en el viejo Ford con la gran bolsa repleta, de la cual seguimos engullendo hasta que nos vencieron los calambres de barriga. Ese día tuve conciencia por primera vez de que la vida puede ser generosa. Jamás habría tenido una experiencia así con mi abuelo o con otro miembro de mi familia, que consideraban la escasez una bendición y la avaricia una virtud. De vez en cuando el Tata aparecía con una bandeja de pasteles, siempre medidos, uno para cada uno, nada faltaba y nada sobraba. El dinero era sagrado y a los niños nos enseñaban desde temprano cuánto costaba ganarlo. Mi abuelo tenía fortuna, pero no lo sospeché hasta mucho después. El tío Ramón era pobre como un ratón de sacristía y tampoco lo supe entonces, porque se las arregló para enseñarnos a gozar de lo poco que tenía. En los momentos más duros de mi existencia, cuando me ha parecido que se cierran todas las puertas, el sabor de esos damascos me viene a la boca para consolarme con la idea de que la abundancia está al alcance de la mano, si uno sabe encontrarla.

Paula, 1994.

domingo, 5 de julio de 2026

Libro del desasosiego. [Fragmento 454]. Fernando Pessoa, 1982.

La lectura de los periódicos, siempre penosa desde el punto de vista estético, lo es con frecuencia también desde el moral, incluso para quien tenga escasas preocupaciones morales.
Las guerras y las revoluciones —hay siempre una u otra en curso— llegan, en la lectura sobre sus efectos, a causar no horror sino tedio. No es la crueldad de todos aquellos muertos y heridos, el sacrificio de todos los que mueren batiéndose, o son muertos sin haberse batido, lo que pesa duramente en el alma: es la estupidez que sacrifica vidas y haberes a cualquier cosa inevitablemente inútil. Todos los ideales y todas las ambiciones son un desvarío de comadres hombres. No hay imperio que merezca que por él se destroce una muñeca de niña. No hay ideal que valga el sacrificio de un tren de hojalata. ¿Qué imperio es útil o qué ideal proficuo? todo es humanidad, y la humanidad es siempre la misma —variable pero imposible de perfeccionar, oscilante pero improgresiva. Ante el curso inimplorable de las cosas, la vida que tuvimos sin saber cómo y que perderemos sin saber cuándo, el juego de diez mil ajedreces que es la vida en común y en lucha, el tedio de contemplar sin utilidad lo que no se realiza nunca — qué puede hacer el sabio sino pedir el reposo, el no tener que pensar en vivir, pues basta tener que vivir, un poco de lugar al sol y al aire y al menos el sueño de que hay paz del otro lado de los montes.

Libro del desasosiego, 1982.

domingo, 17 de mayo de 2026

Libro del desasosiego. Fragmento 442. Fernando Pessoa. 1982.

Releo, en una de estas soñolencias sin sueño, en que nos entretenemos inteligentemente sin la inteligencia, algunas de las páginas que todas juntas formarán mi libro de impresiones sin nexo. Y desde ellas me sube, como un olor de cosa conocida, una impresión desierta de monotonía. Siento que, incluso cuando digo que soy siempre diferente, he dicho siempre la misma cosa; que soy más análogo a mí de lo que me gustaría confesar; que, a fin de cuentas, ni tuve la alegría de ganar ni la emoción de perder. Soy una falta de saldo de mí mismo, de un equilibrio involuntario que me llena de desolación y que me debilita.
Todo cuanto escribí es sombrío. Se diría que mi vida, incluso la mental, era un día de lluvia lenta, en que todo es no-acontecimiento y penumbra, privilegio vacío y razón olvidada. Me llena de desolación la seda rota. Me desconozco bajo la luz y el tedio.
Mi humilde esfuerzo de al menos decir quién soy, de registrar, como una máquina de nervios, las mínimas impresiones de mi vida subjetiva y aguda, todo eso se me vació como un balde en el que tropezasen, y se mojó por tierra como el agua de todas las cosas. Me fabriqué con tintas falsas, acabé en un imperio de buhardilla. Mi corazón, del que confié los grandes sucesos de la prosa vivida, me parece hoy, escrito en la distancia de estas páginas releídas con un alma distinta, una bomba del huerto provinciano, instalada por instinto y accionada por razones de utilidad. Naufragué sin tormenta en un mar donde se puede estar de pie.
Y pregunto a lo que me queda de consciente en esta serie confusa de pausas entre cosas inexistentes, de qué me sirvió llenar tantas páginas de frases en las que creí como mías, de emociones que sentí como pensadas, de banderas y pendones de ejércitos que son sólo, al final, papeles pegados con saliva por la hija del mendigo debajo de los aleros del tejado.
Pregunto a lo que queda de mí a qué vienen estas páginas inútiles, destinadas al extravío y la basura, perdidas antes de existir entre los papeles rasgados del Destino.
Pregunto, y continúo. Escribo la pregunta, la envuelvo en nuevas frases, la desmadejo con nuevas emociones. Y mañana volveré a escribir, continuando con mi libro estúpido, las impresiones diarias de mi disuasión con frío.
Sigan siendo como son. Jugado el dominó y ganado el juego, o perdido, las fichas se vuelven boca abajo y el juego finalizado es de color negro.

Libro del desasosiego, 1982.

domingo, 22 de marzo de 2026

Libro del desasosiego. (Fragmento 407). Fernando Pessoa.

Dios me creó para niño, y me dejó siempre niño. ¿Pero por qué dejó que la Vida me golpease y me quitase los juguetes, y me dejara solo en el recreo, estrujando con mis manos tan débiles la bata azul sucia de lágrimas copiosas? ¿Si yo no había de poder vivir sino en medio de cariño, por qué desalojaron mi cariño? Ah, cada vez que veo por la calle un niño llorando, un niño exilado de los otros, me duele más que la tristeza del niño el horror por sorpresa de mi corazón exhausto. Me duelo con todo el tamaño de la vida sentida, y son mías las manos que retuercen el borde de la bata, son mías las falsas cuencas de las lágrimas auténticas, es mía la debilidad, mía la soledad, y las risas de la vida adulta que pasa me usan como el fuego de cerillas rascadas en el tejido sensible de mi corazón.

Libro del desasosiego. 1982.

domingo, 8 de marzo de 2026

La vida instrucciones de uso (Capítulo LXXXIII). Georges Perec.

Hutting, 3
La habitación de Hutting, instalada en el altillo de su gran estudio, corresponde más o menos a la antigua habitación de servicio n.º 12, en la que vivió, hasta finales de 1949, un matrimonio muy viejo al que llamaban los Honoré; Honoré era en realidad el nombre de pila del marido, pero nadie, salvo quizá la señora Claveau y los Gratiolet, conocía su apellido —Marcion— ni usaba el nombre de pila de la mujer, Corinne, a quien todos los vecinos se empeñaban en llamar señora Honoré.
Hasta mil novecientos veintiséis los Honoré sirvieron en casa de los Danglars. Honoré era mayordomo y la señora Honoré cocinera, una cocinera a la antigua, que llevaba en cualquier época del año un pañuelo de indiana prendido con un alfiler a la espalda, un gorro que le cubría los cabellos, medias grises, enaguas rojas y, encima de la blusa, una delantal de peto. Completaba el servicio de los Danglars una tercera criada; era Célia Crespi, que había sido contratada como doncella unos meses antes.
El tres de enero de mil novecientos veintiséis, unos diez días después del incendio que había destruido el gabinete de la señora Danglars, Célia Crespi, al ir a empezar su jornada sobre las siete de la mañana, se encontró con el piso vacío. Por lo visto, los Danglars habían metido unos cuantos objetos de primera necesidad en tres maletas y se habían marchado sin avisar.
La desaparición de un presidente segundo del Tribunal de Apelación no podía constituir un hecho anodino y al día siguiente empezaron a correr los rumores sobre lo que, de buenas a primeras, se dio en llamar el caso Danglars: ¿Era cierto que se habían proferido amenazas contra el magistrado? ¿Era cierto que desde hacía más de dos meses lo andaban siguiendo unos policías vestidos de paisano? ¿Era cierto que se había efectuado un registro en su despacho del Palacio de Justicia a pesar de una prohibición formal notificada al prefecto de policía por el propio ministro de Justicia? Fueron las preguntas que, encabezada por los periódicos satíricos, formuló la prensa multitudinaria con su acostumbrado sentido del escándalo y su sensacionalismo.
La respuesta llegó al cabo de una semana: el Ministerio del Interior publicó un comunicado anunciando que Berthe y Maximilien Danglars habían sido detenidos el cinco de enero, cuando intentaban entrar clandestinamente en Suiza. Y se enteró el público, estupefacto, de que, desde el final de la guerra, el alto magistrado y su esposa habían cometido unos treinta robos a cual más audaz.
No era por interés por lo que robaban los Danglars sino más bien, a semejanza de todos esos casos descritos con abundancia de detalles por la literatura psicopatológica, porque los peligros que corrían al cometer aquellos robos les procuraban una exaltación y una excitación de índole propiamente erótica y de intensidad excepcional. Aquel matrimonio de grandes burgueses rígidos que siempre habían tenido unas relaciones a lo Gauthier-Shandy (una vez por semana, después de darle cuerda al reloj de chimenea, Maximilien Danglars cumplía su deber conyugal) descubrió que el robar en público un objeto de gran valor desencadenaba en uno y otro una especie de embriaguez libidinosa que pronto se convirtió en su razón de existir.
Habían tenido la revelación de aquella pulsión común de modo totalmente fortuito; un día, acompañando a su marido a Cleray, para que escogiera una cigarrera, la señora Danglars, presa de un trastorno y un pavor irresistibles y mirando directamente a los ojos a la dependienta que los atendía, había robado una hebilla de cinturón de concha. No era más que un hurto de lujo, pero, cuando aquella misma noche se lo confesó a su marido, que no había advertido nada, el relato de aquella hazaña ilegal provocó simultáneamente en ellos un frenesí sensual que no solía formar parte de sus prácticas amorosas.
Las reglas de su juego se elaboraron bastante aprisa. Lo importante en todo aquello era que uno de los dos realizase delante del otro el robo que este último le había intimado a cometer. Todo un sistema de prendas, generalmente eróticas, recompensaba o castigaba al ladrón según hubiese triunfado o fracasado.
Recibiendo mucho y siendo invitados muy a menudo, elegían sus víctimas en los salones de las embajadas o en las grandes fiestas del Todo París. Por ejemplo, Berthe Danglars desafiaba a su marido a que le trajese la estola de pieles que llevaba aquella noche la duquesa de Beaufour y Maximilien, recogiendo el guante, exigía a cambio que su mujer se procurase el cartón de Fernand Cormon (La caza del uro) que adornaba uno de los salones de sus huéspedes. Según la dificultad para acercarse al objeto codiciado, el candidato podía disponer de cierto plazo y hasta beneficiarse, en determinados casos más complejos, con la complicidad o la protección del cónyuge.
De los cuarenta y cuatro retos que se lanzaron, treinta y dos fueron cumplidos. Robaron, entre otras cosas, un gran samovar de plata en casa de la condesa de Melan, un boceto de Perugino en la residencia del nuncio del Papa, el alfiler de corbata del director general del Banco Hainaut, y el manuscrito casi completo de la Memoria sobre la vida de Jean Racine, por su hijo Louis, en casa del jefe de gabinete del ministro de Instrucción Pública.
Cualquier otra persona hubiera sido localizada y detenida en seguida; pero ellos, incluso en los pocos casos en que los cogieron in fraganti, pudieron disculparse con facilidad: parecía tan imposible que un gran magistrado y su esposa pudieran resultar sospechosos de robo que los testigos preferían dudar de lo que habían visto con sus propios ojos antes que admitir la culpabilidad de un juez.
Así, interrogado por el comerciante en objetos artísticos d’Olivet en la escalera de su hotelito particular, cuando se llevaba tres lettres de cachet, firmadas por Luis XVI, relativas a la prisión del marqués de Sade en Vincennes y en la Bastilla, Maximilien Danglars explicó con el mayor sosiego que acababa de pedir la autorización para llevárselas prestadas cuarenta y ocho horas a un hombre al que había confundido con su anfitrión, justificación totalmente indefendible que d’Olivet aceptó, no obstante, sin pestañear.
Esta casi impunidad les dio una temeridad loca, como lo demuestra en particular el suceso que acarreó su perdición. Con motivo de un baile de máscaras, ofrecido por Timothy Clawbonny —del banco de negocios Marcuart, Marcuart, Clawbonny y Shandon—, un viejo anglosajón lampiño, amanerado y pederasta, disfrazado de Confucio, mandarín de gafas y vestidura larga, Berthe Danglars robó una tiara escita. El robo se descubrió durante la fiesta. La policía, llamada inmediatamente, registró a todos los invitados y descubrió la joya en la gaita trucada de la esposa del presidente, que se había disfrazado de escocesa.
Berthe Danglars confesó tranquilamente que había forzado la vitrina donde estaba encerrada la tiara porque se lo había mandado su marido; con la misma tranquilidad Maximilien confirmó esta confesión, exhibiendo acto seguido una carta del director de la cárcel de la Santé en la que le rogaba —a título altamente confidencial— que no perdiese de vista cierta corona de oro que sabía por uno de sus mejores confidentes que debía ser robada en el transcurso de aquella fiesta de disfraces por Chalia la Rapine: se había dado este sobrenombre a un audaz ladrón que había cometido su primera fechoría en la Ópera durante una representación de Boris Godunov; en realidad Chalia la Rapine fue siempre un ladrón mítico; más adelante se averiguó que de los treinta y tres robos con fractura que se le imputaban, los Danglars habían perpetrado dieciocho.
Aquella vez aún, por inverosímil que pudiera parecer la explicación, fue admitida por todos, incluida la policía. Sin embargo, al regresar, pensativo, al Quai des Orfèvres, un joven inspector, Roland Blanchet, quiso ver los expedientes de todos los robos cometidos en París en ocasión de fiestas mundanas, pendientes todavía de solución; pegó un salto al constatar que los Danglars figuraban en veintinueve de las treinta y cuatro listas de invitados. Para él eso constituía la más abrumadora de todas las pruebas; pero el prefecto de policía, a quien comunicó sus sospechas, pidiéndole que lo encargara del caso, no quiso ver en ello más que una coincidencia. Y tras haber informado, por prudencia, al Ministerio de Justicia, donde causó indignación que un policía pudiera dudar de la palabra y la honorabilidad de un magistrado tenido en gran aprecio por todos sus colegas, el prefecto prohibió a su inspector que se ocupase de aquella investigación y, ante su insistencia, lo amenazó incluso con trasladarlo a Argelia.
Loco de rabia, presentó Blanchet su dimisión, jurándose a sí mismo que volvería con la prueba de la culpabilidad de los Danglars.
En vano, durante varias semanas, los siguió o los mandó seguir y penetró clandestinamente en el despacho que Maximilien tenía a su disposición en el Palacio de Justicia. Las pruebas que andaba buscando, si es que existían, no estaban desde luego allí, y la única oportunidad que le quedaba era que los Danglars hubiesen conservado en su piso algunos de los objetos robados. En Nochebuena de 1925, sabiendo que los Danglars cenaban fuera, que los Honoré ya estaban acostados y que la joven doncella iba de cotillón con tres amigos (Serge Valène, François Gratiolet y Flora Champigny) al restaurante de los Fresnel, Blanchet consiguió penetrar por fin en el tercero izquierda. No encontró ni el abanico incrustado de zafiros de Fanny Mosca, ni el retrato de Ambroise Vollard por Felix Vallotton que había sido sustraído a lord Summerhill al día siguiente mismo de haberlo adquirido, pero sí un collar de perlas que tal vez fuese el que habían robado en casa de la princesa Rzewuska poco después del armisticio y un huevo de Fabergé que coincidía bastante con el que se había robado en casa de la señora de Guitaut. Pero dio con un cuerpo del delito mucho más comprometedor para los Danglars que aquellas pruebas cuya legitimidad podrían seguir discutiendo sus ex superiores: un cuaderno de gran formato, con rayado contable, que contenía la descripción sucinta pero precisa de cada uno de los robos que los Danglars habían cometido o habían intentado cometer, acompañada, en la página de al lado, de la enumeración de prendas que, consecuentemente, se había impuesto el matrimonio.
Blanchet iba a volverse con el cuaderno revelador, cuando, en la otra extremidad del pasillo, oyó que abrían la puerta del piso: era Célia Crespi que se había olvidado de encender la chimenea del gabinete de la señora antes de subir a acostarse, tal como se lo había pedido Honoré, y volvía a cumplir tardíamente su deber, aprovechando la ocasión para ofrecer una copita de licor a sus compañeros de cotillón y hacerles probar los maravillosos marrons glacés mandados al señor por un encausado agradecido. Escondido tras una cortina, miró Blanchet su reloj y vio que era cerca de la una de la madrugada. Sin duda estaba previsto que los Danglars volvieran tarde, pero cada minuto que pasaba aumentaba el riesgo de un encuentro desagradable, y no podía salir sin pasar por delante de la gran vidriera del comedor donde Célia agasajaba a sus convidados. La visión del ramo de flores artificiales le dio la idea de provocar un incendio antes de ir a ocultarse al dormitorio de los Danglars. El fuego se propagó con loca rapidez, y Blanchet se preguntaba si no iba a caer en su propia trampa, cuando Célia Crespi y los demás acabaron por darse cuenta de que estaba ardiendo todo el fondo del piso. Dieron la alarma y ya entonces le fue fácil huir al policía mezclado con la multitud de auxiliadores y vecinos.
Blanchet estuvo haciéndose el muerto durante varios días, dejando cruelmente que los Danglars creyeran que el cuaderno que los condenaba —y que habían buscado frenéticamente al regresar a su piso medio consumido por el fuego— se había quemado al mismo tiempo que todos los objetos que se hallaban en el gabinete. Después, el ex policía llamó a Danglars: el triunfo de la justicia y el restablecimiento de la verdad no eran ya los únicos motivos que lo animaban: si sus pretensiones hubieran sido menos elevadas, es probable que aquel caso no hubiera salido nunca a la luz pública y el presidente segundo del Tribunal de Apelación y su esposa hubieran seguido mucho tiempo aún entregándose libremente a sus sustracciones libidinosas. Pero la cantidad que exigió Blanchet —quinientos mil francos— superaba sus posibilidades financieras. «Róbenlos» replicó cínicamente Blanchet antes de colgar: los Danglars se sentían absolutamente incapaces de robar por dinero y prefirieron jugarse la última carta emprendiendo la huida.
A la justicia le gusta muy poco que sus supuestos defensores se mofen de ella, y el jurado pegó fuerte: treinta años de reclusión criminal para Berthe Danglars, cadena perpetua para Maximilien, que fue deportado a Saint-Laurent-du-Maroni, donde tardó poco tiempo en morir.
Hace algunos años, paseando por París, la señorita Crespi reconoció a su antigua señora; la vio sentada en un banco de la calle de la Folie-Régnault: una vagabunda desdentada, vestida con una bata de color caca de oca, empujando un cochecito de niño lleno de harapos diversos y respondiendo al apodo de Baronesa.
Ambos Honoré tenían en la época setenta años. Él era un lionés de tez pálida; había viajado, había tenido aventuras, había sido marionetista con Vuillerme y con Laurent Josserand, ayudante de un fakir, mozo de café en el baile Mabille, organillero con un gorro puntiagudo y un monito subido al hombro, antes de colocarse de criado en casas burguesas, en las que su flema, más británica que la de los mismos británicos, no había tardado en hacerlo insustituible. Ella era una robusta campesina normanda que lo sabía hacer todo: igual habría cocido el pan que habría matado un gorrino, si se lo hubiesen pedido. Colocada en París a la edad de quince años, a finales de 1871, había entrado de pinche en una pensión de familia, The Vienna School and Family Hotel, en el 22 de la calle Darcet, cerca de la plaza Clichy, un establecimiento llevado con mano férrea por una griega, la señora Cissampelos, mujer bajita y seca como un trallazo, que enseñaba buenos modales a las jóvenes inglesas portadoras de aquellos temibles incisivos que entonces quedaba bien decir que servían para hacer teclas de piano.
Al cabo de treinta años, Corinne seguía allí de cocinera, aunque sólo ganaba veinticinco francos mensuales. Fue por esa época cuando conoció a Honoré. Se vieron por primera vez en la Exposición Universal, en el espectáculo de los Muñecos Guillaumes, un teatro de autómatas en el que, en un escenario minúsculo, se veía bailar y parlotear a unas muñecas de cincuenta centímetros de estatura, vestidas a la última moda. Viendo Honoré el asombro de Corinne, le dio explicaciones técnicas antes de llevarla a visitar la Casa al revés, un viejo castillo gótico alzado sobre sus chimeneas, con las ventanas del revés y los muebles colgados del techo, el Palacio luminoso, aquella casa mágica en la que todo, desde los muebles hasta las tapicerías, desde las alfombras hasta los ramos de flores, estaba hecho con vidrio, y cuyo constructor, el vidriero Ponsin, había muerto sin verla acabada; el Globo celeste, el Palacio del vestido, el Palacio de la óptica, con su gran catalejo que permitía ver la LUNA a UN metro, los Dioramas del Club Alpino, el Panorama trasatlántico, Venecia en París y otros diez pabellones. Lo que más los impresionó fue, a ella, el arco iris artificial del pabellón de Bosnia y, a él, la Exposición minera subterránea, con sus seiscientos metros de pasadizos recorridos por un ferrocarril eléctrico que desembocaba de pronto en una mina de oro en la que trabajaban negros de verdad, y la cuba gigantesca del señor Fruhinsoliz, verdadera edificación de cuatro pisos que comprendía no menos de cincuenta y cuatro quioscos donde se despachaban todas las bebidas del mundo.
Cenaron en la Taberna de la Bella Molinera, al lado de los pabellones coloniales, donde bebieron Chablis en jarrita y donde comieron sopa de berzas y pierna de cordero que a Corinne le pareció mal guisada.
A Honoré lo había contratado por un año el señor Danglars padre, un viticultor de la Gironde, presidente de la Sección bordelesa del Comité de Vinos, que se había venido a instalar a París para todo el tiempo que durara la Exposición y le había alquilado un piso a Juste Gratiolet. Cuando dejó París, a las pocas semanas, el señor Danglars padre estaba tan contento con su mayordomo que se lo regaló, junto con el piso, a su hijo Maximilien, que estaba a punto de casarse y acababa de ser nombrado asesor. Poco después, el joven matrimonio, aconsejado por su mayordomo, contrató a la cocinera.
Después del caso Danglars los Honoré, demasiado viejos para pensar en buscarse otra colocación, obtuvieron de Émile Gratiolet la autorización de seguir conservando su cuarto. Estuvieron vegetando en él con sus pequeños ahorrillos, reforzados de vez en cuando gracias a alguna chapuza suplementaria, como guardar a Ghislain Fresnel cuando no podían llevárselo las niñeras, o ir a buscar a Paul Hébert a la salida del colegio, o preparar para tal o cual vecina que daba una cena suculentos pastelillos de carne o bastoncitos de naranja en dulce forrados de chocolate. De este modo vivieron más de veinte años todavía, cuidando su buhardilla con meticuloso esmero, dando cera a las baldosas romboidales, regando casi con cuentagotas su mirto en el jarro de cobre rojo. Alcanzaron la edad de noventa y tres años, ella cada vez más arrugadita, él cada vez más largo y seco. Y un día de noviembre de 1949, se cayó Honoré al levantarse de la mesa y murió casi en el acto. Corinne no le sobrevivió más allá de unas semanas.
Célia Crespi, para quien era su primer trabajo, se quedó más desamparada aún que los Honoré con la desaparición súbita de sus señores. Tuvo la suerte de volver a colocarse casi en seguida en la escalera con el inquilino que, durante un año, ocupó el piso de los Danglars, un hombre de negocios latinoamericano al que la portera y algunos más llamaban Rastacuero, un obeso jovial de bigotes lustrados, que fumaba largos habanos, se hurgaba los dientes con un palillo de oro y llevaba un grueso diamante a modo de alfiler de corbata; después la empleó la señora de Beaumont, cuando se vino a vivir a la calle Simon-Crubellier después de su boda. Más tarde, cuando la cantante, casi en seguida de nacer su hija, se marchó para una larga gira por Estados Unidos, Célia Crespi entró de costurera en casa de Bartlebooth y se quedó hasta que el inglés emprendió su larga vuelta al mundo. Un poco más tarde encontró una colocación de dependienta en Las delicias de Luis XV, la pastelería salón de té más apreciada del barrio y en ella trabajó hasta su jubilación.
Aunque siempre la llamaron señorita Crespi, Célia Crespi tuvo un hijo. Lo trajo discretamente al mundo en mil novecientos treinta y seis. Casi nadie se había dado cuenta de que estaba embarazada. Toda la finca se preguntó por la identidad del padre y se barajaron todos los nombres de los individuos de sexo masculino que vivían en la casa, con edades comprendidas entre los quince y los setenta y cinco años. El secreto no se desveló nunca. El niño, declarado hijo de padre desconocido, se crio fuera de París. Nadie de la casa lo vio jamás.
Se ha sabido, hace sólo unos años, que lo mataron durante los combates por la Liberación de París, cuando ayudaba a un oficial alemán a cargar en su sidecar una caja de botellas de champán.
La señorita Crespi nació en un pueblo al norte de Ajaccio. Salió de Córcega a la edad de doce años y nunca ha vuelto a ir. A veces entorna los ojos y ve el paisaje que había delante de la ventana del cuarto donde hacía la vida toda la familia: la tapia cubierta de buganvilias en flor, la cuesta donde crecían matas de euforbios, el seto de chumberas, el emparrado de alcaparros; pero no consigue acordarse de nada más.
Actualmente la habitación de Hutting sirve muy rara vez. Encima del sofá-cama cubierto con una piel sintética y provisto de unos treinta cojines de colores abigarrados, está clavada una alfombra de rezos de seda procedente de Samarcanda, con un dibujo rosa ajado y largos flecos negros. A la derecha un silloncito tipo sapo forrado de seda amarilla hace de mesilla de noche: sostiene un despertador de acero brillante que presenta la forma de un corto cilindro oblicuo, un teléfono cuya esfera tiene un dispositivo de teclas y un número de la revista de vanguardia La Bête Noire. No hay cuadros en las paredes pero, a la izquierda de la cama, montada en un marco de acero móvil que la convierte en una especie de monstruoso biombo, hay una obra del intelectualista italiano Martiboni: es un bloque de poliestireno de dos metros de alto, uno de ancho y diez centímetros de hondo, en el que están metidos viejos corsés revueltos con pilas de antiguos carnets de baile, flores secas, vestidos de seda rozados hasta la trama, jirones de pieles apolilladas, abanicos roídos semejantes a patas de ánades despojadas de sus palmas, zapatos de plata sin suelas ni tacones, restos de festines y dos o tres perritos disecados.

La vida instrucciones de uso, 1978.